Laúd en Pintura Barroca Española
Laúd en Pintura Barroca Española
TESIS DOCTORAL
Presentada por:
Mª Soledad Palmer González
Dirigida por:
Prof. D. Felipe Jerez Moliner
Prof. D. Francisco Bueno Camejo
VALENCIA, 2015
EL LAÚD EN LA PINTURA ESPAÑOLA DEL
BARROCO
INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . 7
Justificación y objetivos. . . . . . . . 9
Metodología. . . . . . . . . . 11
Materiales y recursos . . . . . . . . 13
Estructura del trabajo . . . . . . . . 14
Agradecimientos . . . . . . . . . 15
PRIMERA PARTE . . . . . . . . . 17
SEGUNDA PARTE . . . . . . . . . 39
5
3.1.2 Las bibliotecas e inventarios de artistas como canteras de la
inspiración.
3.1.3 El uso de la estampa a través de los tratadistas.
3.1.4 La estampa en función del comitente.
3.1.5 La estampa como medio de concreción iconográfica: el
concilio de Trento y sus repercusiones.
3.2 Temáticas pictóricas y simbología . . . . . 88
CONCLUSIONES . . . . . . . . . 167
6
INTRODUCCIÓN
7
JUSTIFICACIÓN Y OBJETIVOS
9
de los reinados de los tres últimos Austrias menores, que abarcan del 1598 al
1700, y que son: Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Esta progresión temporal nos
ha permitido observar un auge y una decadencia en cuanto a la representación
del laúd en las pinturas de la época, pudiendo así formular unas hipótesis
sobre estos hechos.
Así pues, los objetivos que se buscan con la realización de esta tesis
doctoral se pueden agrupar de la siguiente manera:
Profundizar en el estudio del laúd, investigando sus orígenes e historia, y
siguiendo su evolución morfológica, que nos ayudará a determinar las
diferentes tipologías de este instrumento.
Conocer las causas de su auge y posterior decadencia en la sociedad y
en las representaciones pictóricas barrocas, tanto en España como a
nivel europeo.
Reconocer su simbología y entender el contexto histórico, social y
cultural que enmarca dichas representaciones artísticas.
Analizar y comparar los instrumentos pintados por los artistas barrocos
de las distintas escuelas españolas, para llegar a conocer el grado de
fidelidad en sus representaciones.
Localizar cronológica y espacialmente las distintas obras de artistas
europeos en las que también se representa el laúd o sus derivados.
Con todo ello, pretendemos dar una visión completa sobre la importancia
de este instrumento en la sociedad y por consiguiente en las representaciones
pictóricas, así como qué características formales e interpretación simbólica le
otorga cada artista.
METODOLOGÍA
11
búsqueda de información empezó en las bibliotecas, archivos y museos de la
ciudad de Valencia. Posteriormente, cuando ya presenté dicho trabajo, en el
año 2012 fui beneficiaria de una beca Erasmus Prácticas y marché a Florencia
por un periodo de tiempo. Durante esta estancia en la cuna del Renacimiento,
y en vistas de que la futura tesis doctoral iría por el mismo camino que el
trabajo de investigación pero ampliando el ámbito territorial, aproveché y visité
la Biblioteca Berenson (Villa I Tatti, The Harvard University Center for
Renaissance Studies) de Florencia. Allí pude encontrar gran variedad de
documentación respecto al laúd, no sólo a nivel musical sino que amplié el
número de obras en las que aparecía representado el laúd, y que supuso un
paso adelante para realizar las fichas de obras con las que termina esta tesis,
dando así constancia de la abundancia de representaciones de este
instrumento en el arte barroco europeo.
Con posterioridad, y tras mi regreso a España, me centré en la búsqueda
y recopilación de información perteneciente a las dos escuelas de pintura
españolas que me quedaban por indagar, que eran la sevillana y la madrileña.
Marché primero a Sevilla, donde entre sus archivos, bibliotecas y museos,
encontré gran cantidad de documentación necesaria para abordar el tema. Del
mismo modo, en el viaje a Madrid pude investigar lo relativo y perteneciente a
esta escuela y sus artistas, acudiendo a la Biblioteca Nacional y a la Sociedad
Española de Musicología, para acabar de completar el aspecto musical de esta
tesis.
Además de los viajes con fines teóricos, realicé otros con el objetivo de
ver y observar, aprender del natural, y eso lo pude hacer visitando, por
ejemplo, el Museo de Instrumentos Musicales en Bruselas (Bélgica), en el cual
hay un amplio y variado repertorio de laudes, desde el clásico renacentista
hasta las tiorbas y chitarrones barrocos.
Finalmente, tras la fase de consulta y recopilación de la información
procedente de fuentes documentales, inicié la fase de sistematización de los
datos. Para ello fue muy importante la utilización de un diario, en el que anotar
todo lo ya consultado, lo destacable de cada publicación, el elenco de obras y
de artistas que nos iban a servir de ejemplo de las diversas escuelas de pintura
12
española, así como una lógica y coherente organización de la información útil a
través de documentos word.
No hay que olvidar las facilidades prestadas por la búsqueda vía on line
tanto de imágenes como de publicaciones, en bases de datos y repertorios de
imágenes. La red ha sido fundamental para hallar algunas obras y poder
consultar ciertas revistas especializadas en música e iconografía, e incluso
acceder a publicaciones en otras lenguas.
MATERIALES Y RECURSOS
13
Si la bibliografía existente sobre la representación de la música en la
pintura ya es escasa, ni que decir que del tema concreto del laúd no
encontramos ninguna publicación previa a esta tesis doctoral. Por tanto,
estamos trazando un punto de partida para el estudio de este campo, cuyas
futuras investigaciones podrían abordarlo ampliando el marco espacio-temporal
o, incluso, trasladarlo a otros instrumentos musicales.
Por lo que se refiere a las obras analizadas, hemos escogido aquellas que
representan el laúd, así que es de notar que muchos grandes artistas
españoles de este período quedan fuera de nuestro estudio. Entre las obras de
la escuela madrileña destacan la “Visión de San Antonio de Padua” de Vicente
Carducho, “La Virgen de Belén” de Maíno, la “Aparición de la Virgen del Rosario
a los cartujos” de Sánchez Cotán, “El triunfo de San Hermenegildo” de Herrera
el Mozo y “El tránsito de la Magdalena” de José Antolínez. En cuanto a la
escuela sevillana, analizaremos obras como “Cristo servido por los ángeles en
el desierto” de Pacheco, “La Virgen del Pozo Santo” de Alonso Vázquez, “La
Virgen de los Remedios” de Pedro Villegas, “Las tentaciones de San Jerónimo”
de Valdés Leal, además de una serie de obras de Roelas y otras tantas de
Zurbarán y Murillo. Por último, de la escuela valenciana, señalar las obras de
Francisco Ribalta, "San Francisco confortado por un ángel músico", los
“Desposorios místicos de Santa Gertrudis” y “La Virgen de Porta-Coeli”, de
Juan Sariñena la “Virgen de la Esperanza con ángeles músicos”, de Cristobal
Llorens “Cristo y Dios Padre” y de Jerónimo Jacinto de Espinosa “La última
comunión de la Magdalena”, entro otros autores anónimos que dejaron en sus
obras testimonio iconográfico del laúd.
AGRADECIMIENTOS.
15
PRIMERA PARTE
17
1. El CONTEXTO HISTÓRICO. EL SIGLO XVII EN EUROPA Y ESPAÑA.
El siglo XVII en Europa está marcado por una profunda crisis general1, a
la que España tampoco fue ajena. Desde el punto de vista religioso, la nueva
centuria ha heredado todos los problemas de la Reforma Protestante2, que
divide a la Europa cristiana en dos grandes bandos irreconciliables. Frente a
esta situación se articula una “lucha contra la crisis” con el intervencionismo
estatal como solución para regular la vida económica del país y la monarquía
absoluta para resolver la crisis del estado. A estos problemas se añaden la
acentuación de la división entre las clases sociales, el debilitamiento de la
nobleza en favor de la burguesía y las frecuentes guerras entre naciones,
guerras civiles y revueltas entre las diferentes clases sociales, además
acentuadas por asuntos religiosos.
1 MUNCK, T. (1994), La Europa del siglo XVII.1598-1700. Estados, conflictos y orden social de Europa, Madrid, Akal.
2 SUÁREZ VILLEGAS, J.C. (2010), Reforma protestante y libertades en Europa, Madrid, Editorial Dykinson.
3 DOMINGUEZ ORTIZ, A. (1973), Crisis y decadencia de la España de los Austrias, Barcelona, Ed. Ariel.
19
establecido.4
Frente al amor por el orden, la medida, la proporción y la exactitud del
arte Renacentista, el Barroco supone el gusto por la libertad creadora y la
búsqueda por la expresión y el movimiento: predominan las líneas curvas;
abundan los adornos y contrastes muy marcados en la iluminación; colores y
formas acentúan el carácter dramático de las obras… En arquitectura, el
barroco desplaza las líneas; en escultura y pintura todo lo torna agitación, casi
desorden y, en música, supone un cambio extraordinario ante esta estética
dinámica y plagada de contrastes.
Según Roger Bragard y Ferdinand de Hen5 el período que comprende
desde finales del siglo XVI hasta 1750, ha sido calificado por los historiadores
de la música diversamente, atendiendo a sus distintos puntos de vista según
su procedencia geográfica. Así, para unos, este período será denominado
“período barroco”, para otros “época del bajo continuo”, aunque para otros será
la “época del estilo concertante”. Los partidarios de denominarlo “período
barroco” son, la mayor parte, musicólogos alemanes que justifican la elección
de este apelativo por el hecho de que, si la música ha evolucionado
paralelamente a las otras artes, es lógico hablar de música barroca al mismo
tiempo que se habla de arte barroco. Por otra parte, la música del siglo XVII y
de la primera mitad del siglo XVIII se caracteriza por unas peculiaridades
comunes que la diferencian del resto de las épocas, según recoge López Calo6.
Frente al estilo polifónico clásico renacentista, nace en este período un nuevo
tipo de composición, la monodia acompañada, y aparece además un nuevo tipo
de escritura, en la cual sólo se anotan la melodía principal y el llamado bajo
continuo. El órgano, el clave, el laúd, la tiorba, el violón, el trombón, el fagot,
etc. eran los instrumentos que frecuentemente desarrollaban esta melodía más
grave.
Los compositores barrocos emplean, sobre todo en la música
instrumental, contrastes de ritmo, tempo (lento-rápido), timbres diversos,
4 BENITO OLMOS, A.; FERNÁNDEZ TAPIA, T.; PASCUAL GÓMEZ, M. (1997), Arte y Música en el Museo del Prado,
Madrid, Visor-Libros Editorial.
5 BRAGARD, R.; DE HEN F.J. (1967), Les instruments de musique dans l’art et l’histoire, Bruselas, editorial Albert de
Visscher.
6 LÓPEZ CALO, J. (2004), Historia de la música española. 3. Siglo XVII, 2ª ed., 5 vols., Madrid, Alianza Editorial.
20
dinámica (piano-forte), etc., para producir una sensación de movimiento
continuo y tratar de conmover al oyente. Es ahora cuando la música
instrumental adquiere un gran progreso propiciado, en parte, por el desarrollo
y perfección de todas las familias de instrumentos. Sin embargo, los
polifonistas españoles, hasta finales del siglo XVI, escribían las mismas
melodías para las voces que para los instrumentos, éstos aportaban
simplemente mayor variedad sonora. El libro anteriormente citado, recoge los
más importantes compendios de música instrumental de esta época que
resumimos a continuación. En el Libro XXI de El Melopeo y Maestro, del ilustre
teórico Pedro Cerone (Nápoles 1613), se clasifican los instrumentos musicales
de la España del siglo XVII en tres clases: de golpe, de viento y de cuerda,
dentro de la cual estaba el laúd. En 1618, Praetorius publicó Syntagmatis
Musici Michaelis Praetorii C. Tomus Secundus de Organographia, en el que
trata la teoría, los instrumentos y la práctica de ésta época. Y en 1636-37,
Marin Mersenne publica el tratado de Harmonie Universelle, centrado en la
construcción de instrumentos minuciosamente ilustrados. Estas obras han sido
de especial importancia para clasificar las distintas tipologías de laúd que
analizaremos en este trabajo.
7 CASTELLOTE CUBELLS, S. (1997), Reformas y contrarreformas en la Europa del siglo XVI, Madrid, Ed. Akal.
8 BLACK, J. (1997), La Europa del siglo XVIII, 1700-1789. Madrid, Ed. Akal.
9 BERGIN, J. (2002), El siglo XVII: Europa 1598-1715, Barcelona, Ed. Crítica (traducción Antonio Desmonts).
21
la memoria histórica, sin duda debido a que le faltan características definitorias
comparables a la Reforma o a la Ilustración. Pocas investigaciones sobre este
siglo han logrado formular un título que compendie una perspectiva
universalmente compartida sobre la esencia del siglo. Es interesante que esa
falta de «identidad» global aplicable al conjunto de la Europa del siglo XVII
coincida con el uso, en diferentes regiones del continente, de una serie de
denominaciones para designar el siglo, entero o en parte. La “época de la
grandeza” sueca se extiende sin ninguna duda sobre todo el siglo XVII y la
“edad de oro” holandesa no le va en zaga. El “siglo de oro” español10, como su
nombre sugiere, también significa un siglo de grandeza, no únicamente en el
terreno político e internacional sino también en las esferas literaria, espiritual y
artística, aunque en este caso comprende la segunda mitad del siglo XVI y
acaba poco antes de 1640, el “año de la catástrofe” en la historia española11.
El grand siècle de Francia también es distinto: puede que no se reparta entre
dos siglos, pero se ha asociado fundamentalmente, en buena parte gracias al
énfasis de Voltaire sobre su creatividad y liderazgo cultural, con el periodo de
gobierno personal de Luis XIV (1661-1715)12, y en realidad no abarca la
primera mitad del siglo. Y, para confundir aún más, espacios de tiempo mucho
más breves, atestados de acontecimientos que, según se afirma, han
modelado la historia posterior, han quedado grabados en la memoria histórica
de determinados países e, implícitamente, vienen definiendo para ellos el siglo
entero. Es el caso del “diluvio” polaco de la década de 1650, que acabó con la
independencia política del país, y en menor medida de la “época de los
disturbios” rusa (1584-1613), que terminó con el ascenso de la dinastía
Románov y ciertas perspectivas de estabilidad política.
Una consecuencia de esto es que los historiadores del siglo han tenido
que pensar más de lo habitual y acuñar sus propios términos interpretativos. El
siglo XVII como la «época del absolutismo» tuvo considerable aceptación
durante generaciones, pero la investigación posterior a la guerra ha permitido
descubrir las auténticas limitaciones de la monarquía absoluta, incluso en los
10 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M. (1984), La sociedad española en el Siglo de Oro, 2 vols., Madrid, Ed. Gredos.
11 HUME, M. (2009), La Corte de Felipe IV: la decadencia de España, Ed. Espuela de Plata.
12 BURKER, P. (1995), La fabricación de Luis XIV, Madrid, Editorial Nerea.
22
países donde no estuvo especialmente amenazada, al mismo tiempo que la
expansión de los estudios históricos más allá del ámbito tradicional de la
historia política ha enriquecido, pero también complicado, las concepciones
tradicionales, incluso las relativas a la política. Si existe hoy alguna etiqueta
generalmente reconocida para designar el siglo XVII, es la de ser una época -y,
por lo tanto, no necesariamente comprende todo el siglo- de crisis. Quizá sea
paradójico, a la luz de lo que se acaba de decir sobre el grand siècle francés,
que fuera un historiador francés, Roland Mousnier, que escribía en la década de
1950 quien caracterizó a todo el siglo como un siglo de crisis en todas las
esferas y a todo lo ancho y lo largo de Europa. Pero este análisis generalizador
ha merecido poco apoyo, entonces y después, lo que no ha impedido a los
historiadores proponer varias crisis posibles, o periodos de crisis13: junto con la
supuesta crisis general europea de las décadas centrales del siglo, se han
reconstruido otras más breves pero no menos generales tanto para la década
de 1590 como para la de 1680. Pese a lo mucho que se ha extendido este uso,
numerosos historiadores siguen siendo escépticos tanto sobre el valor
explicativo del término “crisis”, en especial cuando parece aplicable a todo,
como en la idea de una crisis general que, a la vez que es de escala
paneuropea, abarca las esferas social, económica, política, cultural y otros
ámbitos de la vida. Lo que está claro es que la antigua visión del siglo como un
siglo de grandeza, uno de los que aporta mayores logros y progresos hacia la
modernidad, ha quedado tan maltrecha que no es posible recomponerla. Las
reservas que pudieran mantener los historiadores sobre el siglo de crisis no
han despejado la opinión más generalizada de que la Europa del siglo XVII
estuvo acosada por los problemas demográficos y económicos, la turbulencia
social y las grandes guerras en mayor medida que la de los siglos XVI y XVIII.
13 PÉREZ SÁNCHEZ, A.E. (1968), La crisis de la pintura española en torno a 1600 En: España en las crisis del arte
europeo, CSIC, Madrid, p. 167-177.
14 MACKENNEY, R. (1997), La Europa del siglo XVI. Expansión y conflicto, Madrid, Akal.
23
religión como la rebelión holandesa, conflictos que implicaban a varias
potencias europeas, alcanzaron su máxima intensidad en este momento. La
resolución del primer conflicto en 1598 permitió a la sociedad y a la monarquía
francesas reconstruirse y recuperarse, pero la suspensión del segundo en
1607-1609 sólo fue provisional y se reanudó en 1621. La crisis política del gran
ducado de Moscovia afectó en último término a gran parte de Europa oriental y
atrajo la participación de Suecia y Polonia. Aun si Moscovia comenzó a
recuperar estabilidad baja la nueva dinastía Románov, se había desencadenado
una lucha triangular por la hegemonía en la región, lucha que proseguiría en el
siglo siguiente hasta que la Rusia de Pedro el Grande salió a la larga vencedora
en la década de 1710. Entre 1593 y 1606 los Habsburgo austríacos y los turcos
otomanos libraron una guerra prolongada e incierta en los Balcanes, pero el
nuevo siglo pronto demostraría ser mucho más prolífico en lo referente a
guerras largas. Tales conflictos nada tenían de novedad en la historia europea
y, puesto que rara vez implicaban a más de unos pocos estados, por lo general
se desenvolvían con estrépito y en relativo aislamiento de los demás conflictos
de otras zonas de Europa. El nuevo siglo sería testigo de la gradual
concatenación de estos conflictos en principio regionales hasta transformarse
en guerras mayores y prácticamente europeas, desde la guerra de los Treinta
Años15 hasta las de la época de Luis XIV.
De los muchos legados del siglo XVI, las cuestiones religiosas eran las
más espinosas y explosivas18, la época en que las revueltas religiosas daban
nacimiento a nuevas confesiones y nuevas iglesias estaba en buena medida
17 IGLESIAS RODRÍGUEZ, J.J. et al. (1995), Manual de Historia Universal. Edad Moderna. Siglos XVI-XVII, Madrid,
Historia 16.
18 SUÁREZ VILLEGAS, J.C. (2010), Reforma protestante y libertades en Europa, Madrid, Editorial Dykinson.
25
acabada (salvo en Inglaterra, con las nuevas sectas que proliferaron durante la
guerra civil), pero la transición a la ortodoxia confesional que tuvo lugar en el
siglo XVII fue cualquier cosa menos tranquila. La mayoría de la población
europea compartía la misma visión pesimista del mundo, la raíz agustiniana,
que cimentaba la fe cristiana, la variante protestante tanto, si no más, como la
católica. Si esto unía a las élites con la población general dentro de una misma
composición mental de fondo, poco hizo por evitar las hostilidades
confesionales, a menudo violentas a raíz del progresivo emponzañamiento,
debido a lo cual en todas partes las primeras autoridades modernas tuvieron
grandes dificultades para dominarlas. En realidad, como había mostrado la
experiencia del siglo XVI, su mejor baza era abrazar una ortodoxia religiosa e
imponerla a sus súbditos con todos los medios de que dispusieran19. Pero la
permanente inestabilidad del mapa confesional, sobre todo dentro del Imperio,
alimentaba graves tensiones políticas, así como religiosas y sociales, hasta el
extremos de desencadenar en 1618 el conflicto que conocemos por la guerra
de los Treinta Años. Pero el impacto de estas evoluciones confesionales,
todavía inacabadas, en distintas regiones de Europa septentrional y central,
incluida Francia, continuaron dejándose sentir en forma de encarnizadas luchas
hasta los tiempos de Luís XIV y Guillermo de Orange. Las afiliaciones
confesionales de los estados europeos aún podían pesar mucho en su
búsqueda de aliados, tanto para la guerra como para la paz, aunque la esfera
de las relaciones internacionales podría pensarse menos susceptible a estas
influencias que la política interior. Los soberanos tuvieron que actuar con suma
precaución antes de recurrir a los argumentos derivados de la raison d'Etat20
para justificar las alianzas interconfesionales, pues su buena fama podía salir
muy malparada tanto dentro del país como en el extranjero. De modo que las
expulsiones o los destierros de las minorías religiosas, desde los moriscos
españoles en 160921 hasta los hugonotes franceses después de 1685, siguieron
produciéndose a todo lo largo del siglo, creando diásporas en varias zonas de
19 BERCÉ, Y.M.; MOLINIER, A.; PÉRONNET, M. (1991), El siglo XVII: de la Contrarreforma a las luces, Madrid, Akal.
20 MEINECKE, F. (1973), L'idée de la raison d'Etat dans l'histoire des Temps modernes, Ginebra, Libreria Droz.
21 LOMAS CORTÉS, M. (2011), El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614), Valencia, Universidad
de Valencia.
26
Europa e incluso en el Nuevo Mundo. Estas medidas eran el resultado lógico de
lo que en la época se entendía por tolerancia y su ejercicio: aguantar una
situación insoportable hasta dar con una solución duradera. En un continente
donde las autoridades, tanto locales como centrales, estaban preocupadas por
los efectos debilitantes de las desavenencias religiosas, el destierro o la
expulsión de los disidentes seguía siendo una solución “pensable”, incluso
atractiva, en concordancia con la muy generalizada exigencia de uniformidad
religiosa.
22 TREVOR-ROPER, H. (2009), La crisis del siglo XVII. Religión, reforma y cambio social, Buenos Aires, Katz Editores.
23 PACHECO, J.M.; TISNÉS, R.M. (1971), Historia eclesiástica: La consolidación de la Iglesia. Siglo XVII, Colombia, Ed.
Lerner
27
paso resultó ser extremadamente lento, sobre todo en la Europa católica
donde el bajo clero era sumamente numeroso y heterogéneo, tanto en estatus
como en dedicación. La Europa protestante24 sufrió con menor agudeza este
problema concreto y la florescencia de nuevas universidades y academias
fundadas durante y después de la Reforma colaboró a crear un clero
aceptablemente educado. Pero la educación no garantizaba los resultados
deseados, y los pastores protestantes tenían por costumbre quejarse de la
indiferencia, la falta de devoción, el materialismo, etc., de sus congregaciones;
el fracaso de la reforma espiritual no se reducía a Inglaterra en la época de
Oliver Cromwell25. Desde luego, la verdadera razón de este estado de cosas
bien pudo deberse a que la mayor austeridad de las observancias religiosas y
las más severas exigencias que recaían sobre las congregaciones en las esferas
de la conducta moral y social dieron lugar a que la línea que dividía a los
“buenos” de los “malos” cristianos se situara irrealmente alta para todo el
mundo menos para la minoría comprometida. En cualquier caso, ahora se veía
factible la idea de una breve y efectiva reforma de la Europa protestante y el
proceso de protestantización prosiguió hasta bien entrado en siglo XVII.
La Europa católica afrontó el asunto de la reforma religiosa con un
talante más conservador y en muchas zonas de Europa era relativamente poco
lo que se había intentado, y no digamos ya conseguido, hacia 1600 e incluso
166026. Las anteriores generaciones de historiadores solían pensar que la
Contrarreforma (o reforma católica) se había quedado sin gas alrededor de
1600 o, como máximo, de 1648, pero esta cronología estaba unida a una
comprensión política del fenómeno, sobre todo del ascenso y supuesta
decadencia del liderazgo papal. Una generación de investigadores ha expuesto
las limitaciones de esa concepción, y el historiador francés Jean Delumeau27
alegó que la marea alta de la reforma católica en Francia (y en buena parte de
Europa) no se alcanzó hasta las décadas primeras y centrales del siglo XVIII,
que para mucha gente significarían el punto álgido de la Ilustración. La mejora
24 ELLIOTT, J.H. (2005), La Europa dividida: 1559-1598, 5ª ed., Madrid, Siglo XXI Editores.
25 ESCAMILLA, J. (2012), Inglaterra protestante y España católica. Dos naciones modeladas por la religión y el
impacto en América, Bloomington, WestBow Press.
26 PO-CHIA HSIA, R. (2010), El mundo de la renovación católica, 1540-1770, Madrid, Akal.
27 DELUMEAU, J. (1989), El miedo en Occidente del siglo XIV al XVIII, Madrid, Ed. Taurus.
28
del bajo clero fue lenta y a menudo de limitados horizontes, lo cual no impidió
que las parroquias de la Europa católica fueran intensamente visitadas por los
obispos y sus subordinados, quienes también fomentaron las misiones en que
predicaban miembros de las órdenes religiosas más que sacerdotes seculares.
Las nuevas confraternidades y agrupaciones de devotos arraigaron en casi
todas partes. En muchos aspectos fueron la clave para que surgiera un nuevo
tipo de cristiano «común», masculino o femenino, que según Louis Châtellier28
constituiría un legado importante para el posterior catolicismo moderno. A lo
largo del siglo fueron surgiendo algunas formas sorprendentes de vida
religiosa, sobre todo para mujeres, que rompían con las rígidas prescripciones
del concilio de Trento sobre la clausura y el aislamiento. Esto permitió a su vez
que quienes formaban parte de las nuevas congregaciones e institutos llevaran
vidas sencillas en estrecha proximidad a la sociedad laica, de cuyas
necesidades pedagógicas y caritativas se ocupaban.
En todo esto parece estar claro que las reformas de mayor éxito no
ocurrieron precisamente en las regiones de Europa donde las autoridades
religiosas y seculares estaban esencialmente de acuerdo sobre los objetivos de
la reforma, sino donde el poder secular era lo bastante fuerte para mantener
tales empeños; en los demás sitios, la fragmentación del poder político, como
sucedió en áreas del Imperio, obstaculizó estos esfuerzos durante más de un
siglo después del concilio de Trento.
29
duración y gravedad de éstas, en su inmensa mayoría, fueron pequeñas en
dimensiones y como amenaza, aunque los contemporáneos estuvieran
asustados por el carácter repentino y la destructividad de las revueltas
campesinas y sus homónimas urbanas. Las autoridades del siglo XVII
estuvieron en todo momento preocupadas por los «humores» del populacho y
se escandalizaban especialmente cuando elementos de la nobleza y de los
grupos de élite se situaban abiertamente con quienes reivindicaban sus
agravios. Los comentaristas de la época advertían a las élites contra la locura
de unirse de este modo a las clases inferiores, puesto que éstas, inconstantes
e irracionales, estaban movidas por sus pasiones: algo que debían evitar a
cualquier precio los elementos racionales de la élite social30.
Más que por los motines y las revueltas, el siglo XVII se recuerda por sus
guerras aunque tal vez menos por las estrategias militares que por la
desolación que causaron los conflictos, que probablemente fue mayor que en
cualquier periodo militar hasta las guerras del siglo XX33. Muchas de estas
guerras fueron consecuencia de conflictos no resueltos procedentes del siglo
anterior, como ya hemos señalado. La Europa del siglo XVII fue uno de los
siglos menos pacíficos de la historia moderna, con sólo cuatro años de
completa paz en todo el continente. La tendencia de los conflictos a extenderse
geográficamente y atraer a otras potencias como aliadas de los principales
protagonistas fue otra significativa innovación. El efecto neto consistió en
ampliar la escala de las campañas militares y el tamaño de los ejércitos,
desatando algo que en muchos casos los estados involucrados en la guerra no
podían financiar ni controlar de forma eficaz, de tal modo que les resultaba
imposible, llegar a su definitiva conclusión. No fueron muchas las zonas de
Europa que escaparon a la guerra, y los estados involucrados estaban
normalmente bien decididos a luchar en suelo enemigo, para que la guerra se
autofinanciara siquiera en parte. Escandinavia, Italia central y meridional, así
como la península Ibérica, fueron las zonas que mejor consiguieron mantener
las operaciones bélicas a prudente distancia. Sólo después de 1704 tuvo
32 PARKER, G. (2013), El siglo maldito. Clima, guerra y catástrofe en el siglo XVII , Barcelona, Ed. Planeta.
33 PAYNE, S.G. (2011), La Europa Revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX, Barcelona, Ed. Temas
de hoy.
31
directamente España, hasta entonces la mayor potencia militar de Europa, una
vivencia directa de la guerra dentro de sus fronteras (aunque Cataluña había
sido parcialmente ocupada por las tropas francesas en la década de 1640).
Pero hubo algo más en el impacto de las guerras durante este siglo que
lo hace sobresalir respecto al previo y al posterior. Por primera vez tuvo pleno
reconocimiento el soldado como tipo «universal», un síntoma de la dispepsia
de la época. Asimismo es evidente que las dimensiones geográficas de los
conflictos, empezando por la guerra de los Treinta Años, aproximó los horrores
de la guerra a la población de todo el continente, desde Borgoña, Lorena y los
Países Bajos hasta Polonia y Rusia, sin olvidar el Imperio y el norte de Italia, el
tradicional campo de batalla de Europa. De hecho, pese a que gran parte de
los combates seguían estando a cargo de soldados mercenarios, aventureros y
voluntarios, cuya disciplina era muy superior a la de los reclutas de las levas
forzosas, la brutalidad de la guerra puede que fuese bastante más contenida
de lo que nosotros creemos y los ejemplos de masacres masivas de soldados y
civiles probablemente no fueron cosa de todos los días.
Desde la década de 1950 los historiadores han visto el siglo XVII como
un periodo de estancamiento económico, decadencia e incluso crisis general34,
que contrasta con el rápido crecimiento económico que caracterizó a los siglos
anterior y siguiente. En origen esta decadencia se explicaba por la disminución
de las importaciones de plata de la América española a partir de 1610, por lo
que el crecimiento impulsado por el dinero dio paso a la deflación y la recesión.
El principal problema que plantea esta explicación es que ahora parece ser que
la caída de las importaciones de plata se limita a los años que van desde la
década de 1630 a la de los 50. Entonces, desde 1960-70, los historiadores
explicaban la crisis del siglo XVII como una consecuencia del crecimiento de la
35 DOMINGUEZ ORTIZ, A. (1973), Crisis y decadencia de la España de los Austrias, Barcelona, Ed. Ariel.
36 GARCÍA HOLGADO, B. (1975), Europa, siglo XV-XVII: economía, sociedad, ideología, Madrid, Editorial El Coloquio.
37 DOMINGUEZ ORTIZ, A. coor. (1989), La crisis del siglo XVII: la población, la economía, la sociedad, Madrid, Ed.
Espasa-Calpe.
33
En cuanto a industria y comercio, los países que no protegieron estos
sectores de la competencia extranjera es indiscutible que conocieron tasas más
lentas de desarrollo comercial. La plata que importaba España de sus colonias
americanas aumentó sustancialmente a partir de 1660, dentro del gran
crecimiento de la economía atlántica durante este periodo, el cual financió a su
vez el creciente volumen de las exportaciones de manufacturas a América. No
obstante, prácticamente toda esta plata era reexportada por España hacia el
norte de Europa, de donde procedía el grueso de las manufacturas que España
exportaba a América38. En consecuencia, si bien la demanda de la América
española actuó como un importante estímulo para las manufacturas europeas
a partir de 1650, no benefició a España sino a las industrias textiles rurales del
norte de Francia, de Flandes y Renania. España hizo multitud de leyes para
evitar que esto ocurriera, por ejemplo prohibiendo la exportación de metales
preciosos; el problema radicaba en que las leyes no se cumplían. De hecho,
España no hizo casi nada por proteger su industria, el comercio y la
navegación.
38 SUÁREZ FERNÁNDEZ, L. dir. (1986), La crisis de la hegemonía española. Siglo XVII, En: J.L. Comellas, coor.,
Historia General de España y América, 2ª ed., tomo VIII, Madrid, Ediciones Rialp.
39 BENEYTO PÉREZ, J. (1961), Historia social de España e Hispanoamérica, Madrid, Cultura e Historia.
40 TOMÁS Y VALIENTE, F. (1963), Los validos en la monarquía española del siglo XVII, Madrid, Editorial Siglo XXI.
34
la reforma moral; reforma de la educación, de la conducta personal, del gasto
excesivo. Significativo es el hecho de que el programa se quedara en nada al
no existir la maquinaria que lo pusiera en práctica. La burocracia central era
sumamente conservadora y no sentía ningún entusiasmo por los cambios.
Además, no existía un reino de España sino únicamente tres reinos (Castilla,
Aragón y Portugal), que estaban gobernados por el mismo Habsburgo41. Los
reinos eran absolutamente soberanos, con sus propios órganos de gobierno,
leyes y monedas. Olivares acertó a ver que esto impedía al rey sacar todo el
potencial de sus reinos y concibió avanzar hacia la unión con el objetivo último
de «una fe, una ley, un rey». Fracasó cuando primero Cataluña y después
Portugal renunciaron a su fidelidad a los Habsburgo. Por tanto, había fracasado
el intento de imponer desde arriba las reformas modernizadoras a las
comunidades.
41 HUME, M. (2009), La Corte de Felipe IV: la decadencia de España, Ed. Espuela de Plata.
42 AVILÉS FERNÁNDEZ, M.; VILLAS TINOCO, S.; CREMADES GRIÑÁN, M.C. (1988), La crisis del siglo XVII bajo los
últimos Austrias (1598-1700) ,Madrid, Editorial Gredos.
35
la muerte del rey. Los reinos españoles se estancaron, pero sin
desintegrarse43.
No sorprendió a nadie el estallido de la guerra de sucesión española tras
la muerte de Carlos II44, que después de las desavenencias varias entre el
poder francés y el de los Habsburgo austríacos por la repartición de la herencia
española, terminó con la proclamación de Felipe de Anjou como poseedor de la
corona española, bajo en nombre de Felipe V, pero al precio de una serie de
concesiones territoriales y comerciales necesarias para retribuir a los aliados.
El deseo de evitar la división del imperio que había movido al agonizante
Carlos II y a sus consejeros a redactar las disposiciones testamentarias había
precipitado la guerra; es irónico que el resultado del conflicto que siguió fuera
precisamente este reparto.
43 KAMEN, H. (1981), La España de Carlos II, Barcelona, Ed. Crítica (traducción castellana de Josep M. Barnadas).
44 DOMINGUEZ ORTIZ, A. (1982), Testamento de Carlos II, En: Testamentos de los Reyes de la Casa de Austria,
Madrid, Editora Nacional.
45 MÂLE, F. (1985), El Barroco. El arte religioso del siglo XVII, Madrid, Ed. Encuentro.
46 BERGIN, J. (2002), opus cit.
36
encargaron millares de nuevos altares tan grandes y variados como sus más
espectaculares antecesores renacentistas pero privilegiando un tema concreto:
la Virgen y el Niño. Como convenía a una Iglesia contrarreformada que
pretendía centrar la atención de los creyentes en la divinidad redentora de
Cristo y la especial santidad de su madre, este dúo sacro fue el lugar común
religioso del siglo. Aparecieron Vírgenes y Niños Jesús en todos los estilos y
actitudes47.
47 MORENO MENDOZA, A. (1997), Mentalidad y pintura en la Sevilla del Siglo de Oro, Madrid, Ed. Electa.
48 HERNÁNDEZ DÍAZ, J.; MARTÍN GONZÁLEZ, J.J.; PITA ANDRADE, J.M. (1982), La escultura y la arquitectura
españolas del siglo XVII, Summa Artis, vol. 26, Madrid, Espasa-Calpe.
49 GRIMBERG, C. (1970), El siglo de Luis XIV: Versalles, espejo del mundo, 2 vols., Barcelona, Ed. Círculo de Amigos
de la Historia.
37
SEGUNDA PARTE
39
2. EL LAÚD: HISTORIA, TIPOLOGÍAS, ORGANOLOGÍA, TÉCNICAS DE
TAÑIDO.
2.1 HISTORIA50
50 REY, J.J.; NAVARRO, A. (1993), Los instrumentos de púa en España: bandurria, cítola y “laúdes españoles”, Madrid,
Alianza Editorial
51 OCHSENKHUN, S. (1558), Tabulaturbuch auff die Lauten, Heydelberg, Johann Rhol.
52 GALILEI, V. (1568), Fronimo/dialogo di Vicenzo Galilei/nobile fiorentino/sopra l'arte del bene intavolare/et
rettamente sonare la musica/Negli strumenti artificiali si di corde come di fiato, & in particulare nel Liuto.
53 COROMINAS, J., (1954), Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Berna, Ed. Francke.
41
introducido en Occidente las grandes emigraciones árabes medievales y, a
través de la mediación española, se habría difundido posteriormente por
Europa hasta llegar a ser el instrumento que conocemos.
Según algunos expertos, el origen del laúd parece remontarse al II
milenio anterior a nuestra era, dentro de las civilizaciones sumerias. Allí debió
de nacer una especie de laúd de mango corto y caja recia. De Babilonia pasó a
los territorios asirios del norte, Assur, Umn Dabagiya, Mosul y Nínive, donde
pudo haberse perfeccionado dando lugar a laudes primordialmente
desarrollados en China, en el siglo IV. Hacia el sur se abrió otro camino de
expansión emprendido por un cordófono punteado con mango, donde se
originó un modelo constituido por un mástil largo y un resonador pequeño.
Esta variante de laúd arraigó especialmente en el Reino Nuevo egipcio (1567-
1085 a.C.) y en las latitudes de Shiraz y norte de la India. Éstos eran los
mismos que los empleados en la Antigua Grecia y en Roma, aunque su uso e
importancia fueron restringidos54.
En el siglo III a.C. encontramos su más famosa representación en una
estatuilla de una tañedora que toca uno de esos laudes, encontrada en la
antigua Tanagra, a orillas del Asopo, en Beocia. Hacia el siglo V, el laúd
encontró un notable culto en Bizancio. Uno de estos instrumentos más
destacados, de largo mástil y pequeño resonador, es el tanbûr, que se difundió
por los territorios hindúes y por el ámbito preislámico. Su caja acústica se
elaboraba, originariamente, con un caparazón de tortuga, mientra que una
membrana constituía la tabla armónica. Posteriormente, el resonador pasó a
fabricarse con madera, la espalda -formada por anillos- ganó en
abombamiento, su tapa abandonó la tendencia esférica para adoptar un perfil
almendrado, y se añadió una cuerda más. Hasta el siglo VIII su mástil no contó
con divisiones o trastes y se tocaba con un plectro de concha o madera.
54 REMNANT, M. (2002), Historia de los instrumentos musicales, Barcelona, Col. Ma non troppo. Ed. Robinbook (trad.
Ramón Andrés).
42
Poseía una tapa armónica de piel y un formato relativamente pequeño, pero a
finales del siglo VII, los árabes sustituyeron la membrana por una lámina de
madera, a la vez que lo aumentaron de tamaño en su totalidad. El hecho de
que pasase a construirse íntegramente de madera hizo cambiar su nombre,
como se puntualizó en un principio, por el de 'ud, es decir, madera.
55 SADIE, S. (1984), The new grove dictionary of musical instruments, Londres, Macmillan Publishers.
56 HERRERA, F. (2006), Enciclopedia de la guitarra, 3ª ed., 4 vols., Valencia, Editorial Piles.
43
través de España pasó a todos los demás países europeos, aunque hubo otras
vías de penetración, como Sicilia y los contactos establecidos en las cruzadas.
Esto demuestra, también, la introducción de la música árabe en Europa, ya que
si el pueblo cristiano heredó y adoptó el laúd, es natural que se sirviese de la
música que se usaba para ese instrumento. De hecho, los cristianos que
querían aprender a tocar el laúd, recurrían a los maestros moriscos. Al Farabi,
en su “Libro de la música” (1893), da una descripción completa del laúd de
cuatro y cinco cuerdas.
Los primeros 'ud se montaban sólo con cuatro cuerdas de hilo de seda.
Eran las cuatro cuerdas que daban las cuatro notas re, sol, do, fa. Parece que
en origen el 'ud sólo tenía cuatro trastes sobre los cuales se apoyaban los
dedos índice, medio, anular y meñique. A estas cuatro cuerdas, el simbolismo
de los teóricos árabes daba el siguiente significado, comparándolas a la
naturaleza y a los cuatro elementos:
Zir, o la prima, es la más fina y se afina al tono más alto. Simboliza al
fuego por su sonido agudo y lleno de calor.
Metsni Mothlick, o segunda cuerda, es comparable al aire por su ligereza.
Motsellets, o tercera, parecida al agua por su frialdad.
Bem, o cuarta, su sonido pesado y grave recuerda a la tierra.57
57 BERTINI, H.; LEDHUY, A. (1835), Encyclopédie pittoresque de la musique, Paris, Ed. Delloye.
44
y luego la guitarra eran los instrumentos preferidos, eso no significó un
desinterés por parte española hacia el laúd.
45
Laúd clásico renacentista
58 SALAZAR QUIJADA, A. (1988), Conceptos fundamentales en la historia de la música, Madrid. Alianza Ed.
46
publicadas fueran para laúd. En efecto, la palabra “ricercare”, que indica el
primer género de composiciones con carácter prevalentemente instrumental,
aparece por primera vez en la obra de Francesco Spinacino, publicada en
Venecia en 1507.59
59 SPINACINO, F. (1507), Intabulatura de lauto, Libro primo, Venecia, editor Ottaviano Petrucci.
47
frecuencia entre las piezas, de acuerdo con los requisitos de la música. El
hecho de que las cuerdas añadidas no necesitaran trastes, y por lo tanto no
requirieran pasar por encima del diapasón, llevó a la otra tendencia. Los
constructores de laúd comenzaron agregando un segundo clavijero para las
cuerdas graves en una extensión del cuello del instrumento. Esta modificación
se inició en Italia, donde a un laúd se le dotó de esta extensión y recibió el
nombre de chitarrone o tiorba. La tercera y última tendencia adoptada a
principios del siglo XVII, sobre todo en Francia, fue hacia la experimentación
con diferentes modelos de afinación para los seis órdenes de cuerdas que
pasaban por los trastes.
48
Durante la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, un
relativamente pequeño pero creciente número de compositores han ido
reproduciendo piezas originales y arreglos para laúd, ya sea como instrumento
solista o como parte de un pequeño grupo o conjunto musical.
Tras este recorrido histórico sobre el origen y utilidad del laúd en las
distintas épocas, pasamos ahora a tratar otros aspectos como las distintas
tipologías de laudes que surgen en el siglo XVI y XVII, así como sus
características morfológicas u organologías, además de la forma en la que se
debía de tocar.
2.2 TIPOLOGÍAS
Para empezar sería conveniente dar una definición de laúd que nos
permita apreciar sus características y distinguirlo de sus variantes. Obviamente
no existe unanimidad a lo largo de la historia a la hora de definir este
instrumento, pero aquí proporcionaremos algunas de las definiciones que más
se acercan a lo que entendemos como laúd clásico, para después definir sus
derivados o adaptaciones.
Para la Sociedad Americana del Laúd, éste es un instrumento musical de
cuerda pulsada, con un cuerpo ovoide, cuya espalda está fabricada con
delgadas tiras de madera, y cuya caja de resonancia se cierra por delante con
una tabla, la cual atraviesan las cuerdas a través de un puente y que van por
el largo cuello, a través del diapasón, hasta el clavijero donde se encuerdan y
se tensan. Según M. Rita Brondi60, el laúd es un instrumento de cuerda con un
amplio cuerpo de madera en forma de pera del que sale un mástil, con trastes,
que acaba en un clavijero inclinado hacia atrás. Mary Remnant61, va más allá
del instrumento propiamente dicho y habla de la familia del laúd como aquella
integrada por instrumentos constituidos por un mástil unido a una caja de
resonancia, en el cual el intérprete presiona las cuerdas contra el mástil o las
49
toca con los dedos por encima del mismo para obtener las notas requeridas.
Normalmente, presentan una espalda abombada, si bien existen numerosos
híbridos.
Para el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana62, el laúd
es un cordófono pulsado, formado por una caja de contorno periforme y fondo
ventrudo compuesto por costillas (también llamadas duelas), mástil con trastes
a distancia de semitono y clavijero angulado con clavijas laterales. En la tapa
suele llevar uno o varios rosetones. También especifica que en los escritos
sobre organología se utiliza el término, sobre todo en plural, para designar
genéricamente a los cordófonos compuestos, concepto que agrupa a todos los
instrumentos que constan de clavijero, mástil y caja diferenciados, entre los
que se clasifican, por ejemplo, la guitarra o el violín. Tal uso, quizá
excesivamente amplio, es consecuencia de la adaptación al español de la
terminología de C. Sachs y E. Hornbostel63 y puede, con frecuencia, dar lugar a
confusiones, por lo que debe ser tenido en cuenta.
Según otras fuentes, se trata de un cordófono punteado y provisto de
resonador, con espalda abombada y mango, cuyas cuerdas están colocadas de
forma paralela al plano que forman ambos. Difiere de la vihuela en que no
tiene el vientre o cuerpo cuadrado, sino redondo y hecho de numerosas
costillas delgadas, sutilmente pegadas unas con otras.
Así pues, aunque el nombre del laúd parece que haya desaparecido en
España desde finales del siglo XVII, y que acaso se le denominase bandola o
mandola, sigue apareciendo reiteradamente en las ilustraciones del siglo XVIII.
64 PICCININI, A. (1623), Intavolatura de liuto e di chitarrone, Libro I, Bolonia, editor Giovani Paolo Moscatelli (edición
facsimilar de Orlando Cristoforetti, Florencia, S.P.E.S., 1983)
51
El empleo del laúd para sostener la parte del bajo continuo supuso, con
el paso del tiempo, la adición de otros bordones. Este hecho provocó una serie
de problemas que los fabricantes trataron de resolver añadiendo un nuevo
clavijero, o alargando el mango. Además, para robustecer la sonoridad, se
ampliaron las dimensiones y se cambió la forma de la caja. Se llegó de esta
manera a instrumentos nuevos que, en función de sus características
dominantes, recibieron los nombres de laúd tiorbado, tiorba o chitarrone.
Términos sobre los que no se ha dado todavía una explicación suficiente y
precisa, por lo que no son siempre utilizados de manera unívoca.
Los archilaudes conservan los seis coros tradicionales del laúd, pero
vienen enriquecidos por un nuevo clavijero, elevado sobre el primero, para la
colocación de los bordones, en orden diatónico descendente y dispuestos para
que suenen al aire. El instrumento, según opinión de Alessandro Piccinini,
habría sido inventado por él mismo en 1623, cosa no probada, ya que en
aquellos tiempos se realizaban muchos experimentos, y como ya hemos dicho
este término no designaría a un sólo instrumento sino a varios, entre ellos lo
que habría inventado Piccinini que sería lo que hoy identificamos con el laúd
tiorbado.
En cuanto al laúd tiorbado, se trata igualmente de un laúd pero con
alargamiento pronunciado del mango, en el que encuentra lugar un clavijero
para los bordones. Si bien Curt Sachs65 lo incluye entre los archilaúdes,
Bragard y De Hen ven en él una reminiscencia del laúd típico renacentista,
usado sobre todo en Francia, donde se distinguen en su construcción los
hermanos Jacques y Denis Gaultier. Para Paganelli66, es un instrumento
típicamente italiano. Lo cierto es que es un instrumento híbrido, no frecuente,
que combina las ventajas del archilaúd (graves reforzados) con el tamaño más
pequeño del instrumento clásico. Piccinini prefiere la palabra arciliuto a laúd
tiorbado porque éste implicaba una relación con la tiorba que él, el inventor del
primero, negó. Mersenne (1652) estaba confundido entre tiorba y arciliuto, que
quizá sólo indica que tampoco era común en París en ese momento.
65 SACHS, C. (1947), Historia universal de los instrumentos musicales, Buenos Aires, Ed. Centurión.
66 PAGANELLI, S. (1966), Gli strumenti musicali nell'Arte, Milán, Ed. Fabbri
52
Laúd tiorbado
53
detrimento de los coros más agudos, que tuvieron que afinarse a la
octava inferior.
54
instrumentos como “Caprici a due stromenti, tiorba y tiorbino” de Castaldi. A
parte de ser un instrumento solista, la tiorba estaba integrada en conjuntos de
instrumentos en los que desempeñaba la función de bajo continuo, función en
la que sustituía en ocasiones al clave. También acompañaba de manera muy
bella al solo vocal, como en los Madrigali per cantare sopra il Chitarrone o
Torba a una voce. Existen notables métodos de tiorba como Table pour
aprendre facilement a toucher le théorbe sur la base continue de Angelo
Michele Bartolotti o Traité d'acompaignement pour la théorbe et le clavessin de
Ettienne Denise Delair.
55
hacia atrás, sino que continuaba recto, solía estar provisto de seis órdenes
situados sobre el diapasón, y finalizaba a su vez en otro clavijero, cuya función
era la de albergar entre seis u ocho bordones sencillos, que eran diatónicos.
La tabla armónica poseía una roseta análoga a la del laúd, con la
peculiaridad de que en el chitarrone se solían labrar más de una de estas
rosetas; lo más usual era el grupo de tres en disposición triangular, para lo
cual se colocaban las dos de mayor perímetro en la base y, por encima de
éstas, la tercera roseta algo más pequeña. Debido a la longitud de dicho
instrumento el tañedor debía sujetarlo en la mayoría de los casos mediante
una correa.
Chitarrone
57
Su estrecho diapasón llevaba trastes móviles de tripa. La espalda tenía una
pronunciada curvatura que se asemejaba en su forma a la de media pera. Los
primitivos ejemplares aparecidos en el siglo XVI tuvieron dos o tres cuerdas
que fueron en principio de tripa y más tarde de metal. En el siglo XVII aparece
descrito por Marín Mersenne (1636) con un número de tres cuerdas, pero
durante la siguiente centuria llegó a tener seis.
Colascione
58
nombres de colachontino y mezzo colascione. Si bien el colachón alcanzó cierta
notoriedad en algunos países europeos, su mayor arraigo lo alcanzó en la
región meridional italiana, donde el mezzo colascione fue característico de los
carnavales napolitanos. A partir de principios del siglo XVIII, el mezzo
colascione se destinó esencialmente a la música popular.
No se sabe mucho acerca de Domenico Bresciani excepto que era un
virtuoso del colascione. Tenemos la suerte de que una imagen de Bresciani ha
sobrevivido gracias al famoso pintor y caricaturista Pier Leone Ghezzi quien
hizo un grabado de Domenico y su hermano (con sus instrumentos) a
mediados del siglo XVIII. El escrito debajo de la imagen describe a Domenico,
quien interpreta el colascione de dos cuerdas de una manera encomiable,
mientras que su hermano (que queda en el anonimato, de espaldas) le
acompaña con la guitarra. En abril de 1765, ambos tocaron para Federico el
Grande, rey de Prusia, en el Palacio de Sanssouci.
59
propia, que en los graves tiene el efecto del guitarrón y en los agudos asemeja
un arpa. Encontramos indicaciones técnicas sobre el uso de estos instrumentos
en el Libro Primo d’Intavolatura di Chitarrone, Venecia, 1606, de G.J.
Kapsberger. También A. Piccinini presenta en su obra normas útiles para este
instrumento, a la vez que advierte que en el guitarrón todos los acordes han
de ser arpegiados.
La música para laúd se escribía en tablatura, de la que había distintos
sistemas: la denominada tablatura italiana, la francesa y la alemana.
Simplemente citamos este tipo de escritura pero no entraremos en más
detalles ya que en nuestra investigación no abordaremos aspectos referidos a
la afinación ni a la escritura musical de dicho instrumento.
El uso del laúd tuvo sus altos y sus bajos. Muy en boga durante el siglo
XVI, sobre todo en Italia y en Gran Bretaña, decae en el XVII en que, en
cambio, se afianza en Francia; en el XVIII va cediendo sitio a sus derivados,
cuando en Alemania, precisamente, aparecen sus más preclaros maestros; en
el XIX todos los instrumentos de esta familia ya han caído en desuso, cediendo
el relevo a la guitarra. Aunque como ya hemos dicho en otro apartado, a
mediados del siglo XX hay un resurgir del laúd en España, con las formaciones
o agrupaciones de pulso y púa que lo introducen en sus orquestas.
2.3 ORGANOLOGÍA
60
extremo aparece fijado un listón de madera (cordiere) donde se ligan las
cuerdas, al tiempo que con su ligera prominencia hace a la vez de puente o
caballete. El mango, de aspecto semicilíndrico, es relativamente corto, sin
llegar a ser demasiado grueso y con un diapasón dividido en nueve trastes.
Sobre la parte plana queda dispuesta la trastera, normalmente de ébano o de
otra madera dura, dividida en secciones semitonales por muescas en las que
se insertan ligamentos de tripa. Estos trastes de tripa, móviles, suelen ser
diez, aunque luego se aumentaron hasta doce. Es característico en la
extremidad del mango el clavijero, una paleta doblada casi en ángulo recto,
sobre la que aparecen dispuestas las clavijas con objeto de regular la tensión
de las cuerdas y, por tanto, de la afinación.68
68 BLASCO, F.; SANJOSÉ, V. (1994), Los instrumentos musicales, Valencia, Universidad de Valencia.
61
El laúd estaba formado por seis órdenes (normalmente de cuerdas
dobles) con los siguientes nombres: el más agudo era el "timple", los otros en
orden descendente el "pequeño intermedio", "gran intermedio", "contratenor",
"tenor" y "bajo".
Como ya hemos mencionado, fue el instrumento dominante en Europa
durante la Edad Media y el Renacimiento, manteniéndose en algunas zonas
hasta mediados del siglo XVIII. En origen tenía cuatro o cinco órdenes sencillos
o dobles a los que se añadía una cuerda sencilla en el agudo, llamada
cantarela o prima. Con el paso del tiempo llegó a tener hasta catorce órdenes
simples y también dobles. En cuanto a las partes de las que consta son las
siguientes:
Clavijas: Piezas de madera alargadas, con una ligera conicidad, en las
cuales se enrolla la cuerda para tensarla.
Trastes: Cuerdas de tripa anudadas alrededor del mástil. Acortan la
cuerda a la longitud deseada cuando el intérprete las pisa entre dos de
estos trastes.
Mástil: Mango alargado que surge del cuerpo del instrumento, sobre el
cual se tienden las cuerdas y se ejecutan las posiciones de la mano que
se use.
Diapasón: Lámina que cubre el mástil para protegerlo del desgaste y
darle rigidez, pues sobre ella se apoyan los dedos del ejecutante al pisar
las cuerdas. Suele ser de ébano.
Caja de resonancia: Abombada, construida a partir de costillas
longitudinales, llamadas duelas, y con forma de media pera.
Boca: En los laúdes antiguos ostenta un rosetón decorativo finamente
tallado.
Cuerdas: Seis cuerdas dobles afinadas al unísono por pares. Siendo, hoy
en día, de tripa las agudas y de núcleo de tripa y entorchado de metal
las graves.
Puente: Llamado también barra-cordal. En él las cuerdas vibran
directamente desde el nudo, sin apoyarse en ninguna lámina, como en
las guitarras actuales.
62
Cordal: Sólo algunos laúdes medievales poseían una pieza aparte para
anudar las cuerdas, pues desde la Edad Media y hasta el siglo XVIII el
puente y el cordal coincidían en una única pieza, la barra-cordal.
69 BORNSTEIN, A. (1987), Gli strumenti musicali del Rinascimento, Padua, Ed. F. Muzzio.
63
La muestra más antigua sobre los detalles de construcción del laúd
provienen del manuscrito 7.295 de la Biblioteca Nacional de París (ca.1440);
en él se ofrecían datos similares a los aportados dos siglos más tarde por Marin
Mersenne (1636). En Bolonia, a principios del siglo XVI, hubo una escuela de
constructores que llegó a ser la más importante de Europa; de ella destacamos
maestros como Maler o Frei, artesanos alemanes afincados en Italia. Sus
instrumentos se caracterizaban por un cuerpo largo y delgado con hombros
casi rectos. Los Tieffenbrucker constituían otra de las familias de artesanos
alemanes que trabajó en Italia en la segunda mitad del siglo XVI. A ellos se
asociaron Vendelio Venere y Michael Hartung. La forma de sus laúdes es más
redondeada y la espalda la conforma un elevado número de costillas, como
consecuencia de la utilización de madera de tejo, madera de centro marrón y
una fina capa blanquecina exterior. Cada costilla era cortada de manera que
tuviese una mitad oscura y otra clara, con el fin de que fuese decorativa. El
descubrimiento y fabricación de cuerdas entorchadas o revestidas de metal
tuvo importantes aplicaciones para el laúd, ya que permitió la fabricación de
instrumentos con un único clavijero en el que pudiesen colocarse los once
órdenes requeridos habitualmente en el laúd francés del siglo XVII.
Hasta mediados del siglo XV, el laúd era punteado con plectro, tal y como
lo tocaban los árabes cuando invadieron la Península Ibérica. La posición de la
mano derecha era prácticamente paralela a las cuerdas, sobresaliendo el
antebrazo por el borde final de la caja armónica. Las pinturas medievales
muestran generalmente a músicos de pie, tañendo laúdes más bien pequeños.
70 OHLSEN, O. (1992), Aspectos técnicos esenciales en la ejecución del laúd, Madrid, Ópera Tres-Ediciones Musicales.
64
Desde aproximadamente 1450, y respondiendo al avance de la música
polifónica, los laudistas reemplazaron el plectro por los dedos, con el fin de
lograr un sonido más suave. Las posibilidades polifónicas que tenía el tañido
con los dedos hicieron que el laúd, la vihuela y la guitarra fueran durante dos
siglos los instrumentos socialmente más extendidos en Europa. De todos los
tipos instrumentales que durante la Edad Media hispánica empleaban la técnica
de la púa sólo dos la conservaron durante el siglo XVI: la bandurria y la cítola,
ambos de uso popular.
65
excepto cuando deban pulsarse más de una no estando el punto debajo se
deben hacer hacia arriba. La acción «hacia abajo» será con el pulgar y la de
«hacia arriba» con el dedo índice. Esta acción alternada recorre toda la
extensión del instrumento, es decir, los 6 órdenes normales del laúd del siglo
XVI (una cuerda simple como “prima” y cinco cuerdas dobles)72. Esta idea es
compartida por otros tratadistas como Adrian Le Roy, Luys Milan o Miguel de
Fuenllana. Estos dos últimos escribieron para vihuela.
72 Se entiende por “orden” a cada uno de los pares de cuerdas del laúd (afinados al unísono o a la octava). El primer
orden (la “prima”) fue, generalmente, simple en los laúdes renacentistas, así también el segundo orden en los
laúdes barrocos.
66
Tañedor de laúd
Hacia finales del siglo XVI y comienzos del XVII, la música europea vivirá
grandes cambios en gusto y estilo. Se inicia el período de transición entre el
Renacimiento y el Barroco, y esto afectará al laúd. Se comienza a incrementar
el número de cuerdas (ahora habrá de 7, 8 o 10 órdenes) y empiezan a
construirse archilaúdes con hasta 14 órdenes simples o dobles. Las texturas
musicales se complicaron, con cambios armónicos más frecuentes y con una
línea baja más activa e independiente, que trajo como resultado la separación
de funciones entre el pulgar y los demás dedos de la mano derecha. El pulgar
empezó a quedarse en los órdenes graves, mientras que los dedos restantes
llegaron a asociarse sólo con las cuerdas agudas.73
En este período se producirá una importante evolución en el uso de la
mano derecha; las pinturas y grabados representando laudistas nos muestran
este cambio: la mano estará más perpendicular a las cuerdas y el pulgar,
estirado, pulsará sobre el dedo índice. Los textos teóricos de comienzos del
siglo XVII manifiestan su favoritismo por esta nueva alternativa, la “figueta
castellana”, como la llamó Venegas en 1557. Esta técnica se generalizó desde
73 BEIER, P. (1979), Right Hand Position in Renaissance Lute Technique, Journal of the Lute Society of America,
vol.XII, 16-17.
67
1620, aproximadamente, hasta fines del Barroco, y los tratados en los que se
menciona son, entre otros, el de Alessandro Piccinini (1623), Mary Burwell
(c.1652-8), Marin Mersenne (1636), Thomas Mace (1676) o Philipp Lesage de
Richee (1695).
74 GERLE, H. (1532), Sieben Lautenstücke aus Musica Teutsch, (trans. F. Hofmeister, 1965).
75 DOWLAND, R. (1610), Varietie of Lute-Lessons, Londres, Editor Thomas Adams.
68
barroco y especifica que la mano debe estar más cerca del puente, con el dedo
meñique apoyado y que nunca se deben pulsar las cuerdas con las uñas. Esta
posición coincide con muchas ilustraciones del siglo XVII, como por ejemplo,
con el grabado que representa a Charles Mouton, uno de los más famosos
laudistas franceses de fines de ese siglo.
Serán Thomas Mace76 y Ernst Gottlieb Baron77 quienes recomiendan una
nueva colocación de la mano, con el dedo meñique detrás del puente alrededor
de la chantarelle o cuerda más delgada, la prima, porque es un lugar estable,
aquieta la mano y da seguridad a la pulsación. Esta posición tan extrema, con
el meñique detrás del puente, no fue excepcional, pues muchas ilustraciones,
sobretodo del período barroco tardío, la confirman como de uso bastante
frecuente.
En cuanto a la mano izquierda, ya Vincenzo Capirola (c.1515) hacía
algunas recomendaciones como: no alejar los dedos de las cuerdas, no dejar
de emplear el dedo meñique, mantener los dedos fijos sobre el diapasón
pisando la(s) cuerda(s) hasta que aparezca otra nota que obligue al dedo a
abandonar la cuerda anteriormente pisada. Éste también introducirá en sus
tablaturas signos78 que indican la prolongación del valor de las notas, sería una
especie de calderón79. Fue usado por los laudistas italianos del siglo XVII, y
también por los franceses, aunque usaron un signo diferente, adoptado
posteriormente por los ingleses y luego en la generalidad de tablaturas de laúd
barroco. Este signo era una línea diagonal situada debajo de las letras, y era
llamado “les tenues”. En tablaturas de comienzos del siglo XVII podemos
encontrar líneas que no sólo indican la prolongación de los bajos sino también
de voces superiores o interiores, a modo de ligadura o legato. Avanzado el
siglo, las líneas diagonales se transforman en oblicuas.
Un manejo de mano izquierda sorprendentemente avanzado es descrito
76 MACE, T. (1676) Musick's Monument, Londres (edición facsimil, 1958, Paris, Editions du Centre National de Ia
Recherche Scientifique)
77 BARON, E. G. (1727), Study of the Lute, Nuremburg (trans. Douglas A. Smith, Redondo Beach: Instrumenta
Antiqua Publications, 1976).
78 El signo sería: #. Aunque a partir del siglo XVII un signo idéntico señalaría una ornamentación, el sostenido.
79 Calderón: símbolo musical que indica un punto de reposo alargado, normalmente, la duración de las notas a las
que afecta. (͡∩ )
69
por Thomas Robinson (1603)80: “vuestro cuerpo y vuestro brazo derecho
deben apoyar al laúd de manera que podáis tener la libertad en vuestra mano
izquierda para desplazar de aquí a allá, a vuestro gusto, permitiendo que a la
altura de la mitad del mástil se deslice para arriba o abajo la yema del pulgar,
extendiendo la muñeca de la mano y siempre desplazando vuestro pulgar
contra vuestro índice en cualquier traste que sea”. En esta descripción se
encuentran los fundamentos de la “moderna” técnica de los guitarristas,
echando abajo la teoría de que fueron inventados por Francisco Tárrega.
El ligado técnico de mano izquierda (dos o más notas realizadas con una
sola pulsación) no fue usado en el siglo XVI como articulación, sino sólo en
ornamentaciones. Desde comienzos del siglo XVII se inició su uso como
articulación, alcanzando un alto grado de exquisitez en la música para laúd
barroco.
71
3. EL LAÚD EN LA PINTURA BARROCA: FUENTES, TEMÁTICAS
PICTÓRICAS Y SIMBOLOGÍA.
3.1 FUENTES
81 FERNÁNDEZ LÓPEZ, J. (2002), Programas iconográficos de la pintura barroca sevillana del siglo XVII, Sevilla, 2ª
ed., Universidad de Sevilla.
73
favorecido el auge de la Reforma protestante, para manifestar el predominio
de los valores teológicos a un doble nivel o estructura de poder: de una parte
político, en el control del Estado por el absolutismo, y de otro religioso,
dominador de las conciencias. Monarquía e Iglesia, Estado absolutista y
religión configurarán el status imperante en el control de la sociedad del
Antiguo Régimen. Sin embargo, ese control social y cultural ejercido por el
poder en el siglo XVII tuvo diversas formas y manifestaciones aplicables a las
distintas actividades de la época, dentro de una concepción unitaria de la vida.
75
Pero la influencia de la filología puede plantearse a un segundo nivel: la
influencia de los textos religiosos directamente sobre las obras pictóricas y más
aún la influencia de la iconología, presente sobre todo en textos hagiográficos,
en la literatura religiosa y moral de la época, así como en los textos de mayor
interés ideológico fruto de la encendida piedad de la oratoria sagrada, los
sermones. Éstos, que sirven como fuentes para estudio de las mentalidades
de primerísimo orden, también parecieron influir y ser influidos por la filología
iconológica. Los sermones constituyen un lenguaje común para el pueblo y
fueron utilizados también como fuentes de inspiración por los artistas.
Aun siendo desigual el interés de los artistas por los libros, sí que
poseían gran número de estampas en sus obradores, que fueron sin duda
alguna un canal importante para la penetración de la cultura visual. Pero los
artistas también tuvieron a su disposición las bibliotecas que les ofrecían sus
propios comitentes, ya fuesen eclesiásticos o civiles. Son abundantes los
ejemplos en los que el prior del convento determina al pintor el modelo exacto
que ha de seguir para realizar el trabajo. En este caso es lógico que sea la
biblioteca del propio cenobio la que suministrara al artista el modelo a seguir.
En el ámbito de la corte, donde las bibliotecas nobiliarias eran más frecuentes,
lo normal es que los propios artistas visitaran las bibliotecas de sus mecenas
que suministraban, en ocasiones, novedades importantes que eran utilizadas
como fuente de inspiración. En este caso es oportuno apuntar el ejemplo de
Zurbarán y Velázquez para su trabajo en el Salón de Reinos.
Por otro lado las bibliotecas suponían para los artistas una verdadera
cantera para la inspiración y eran entendidas no sólo como elementos de
formación sino como medios para el estudio y el trabajo. Los libros, para el
artista, eran un instrumento en el trabajo cotidiano. Disponemos de estudios
que nos informan de cómo personas pertenecientes al clero, profesionales
77
liberales o vinculados a la administración, poseían importantes bibliotecas,
pero por lo general son escasos los ejemplos de grandes bibliotecas, sobre
todo contando con que la mayoría de la población era analfabeta, y en el caso
de inventariarse libros, lo habitual es que no superen la cincuentena de
volúmenes. Por ejemplo, en la Sevilla del siglo XVII destaca sobre todo el gran
número de libros religiosos, comprensible en una época donde el hecho
religioso lo ocupaba todo.
Los libros ofrecen la posibilidad de tener unas fuentes a las que recurrir,
pero no aseguran por supuesto la posesión del genio artístico. Todo el
repertorio de imágenes que el artista guardaba en su biblioteca y obrador
contribuía a crear un "corpus" de imágenes tan grande, que Julián Gállego83
habla de una verdadera cultura simbólica concerniente al Siglo de Oro, en la
que el grabado tendría un gran protagonismo. Las ilustraciones de los libros
han hecho mucho más por la propagación de una forma de cultura general que
los textos en sí mismos. Esta cultura simbólica se instruía de los libros más
variados y de las estampas más diversas.
83 GÁLLEGO SERRANO, J. (1987), Visión y símbolos en la pintura española del Siglo de Oro, 3ª ed., Madrid, Ed.
Cátedra.
84 VIGNOLA, J. (1562), Reglas de los cinco órdenes de la arquitectura, Roma.
85 VITRUVIO POLIÓN, V. (15 a.C), De architectura, (trad. “The Ten Books on Architecture”, 1960, Morris Hicky
Morgan)
86 SERLIO, S. (1537), I sette libri dell'architettura de Sebastiano Serlio bolognese, Venecia (Edición facsímil en
Albatros Ed., Valencia, 1977)
90 ALCIATO, A. (1531), Emblematum liber, Augsburgo (1ª edición publicada por Heinrich Steyner).
79
viaje de estudios que tantas veces se ha señalado como necesario para la
formación del artista. En este punto es conveniente advertir que en artistas
como Vicente Macip o Francisco Ribalta, que frecuentemente habían sido
estudiados suponiéndoles un viaje a Italia, la crítica más reciente ha
demostrado que sus componentes italianos les han llegado precisamente a
través de estampas, libros y pinturas.
94 CARRETE PARRONDO, J. (2004), Estampas de la Real Academia Española. Colección Rodríguez Moñino-Brey,
Madrid, Fundación Cultural Mapfre Vida.
95 NAVARRETE PRIETO, B. (1998), La pintura andaluza del siglo XVII y sus fuentes grabadas, Madrid, Fundación de
Apoyo a la Historia del Arte Hispánico.
81
señalados por Palomino96 como el ejemplo de perfección y guía para las
composiciones. El beneficio de estos modelos lo proporcionaban las estampas y
la noticia de libros. Por ejemplo, Jusepe Martínez97 recomienda en su tratado el
uso de estampas como algo habitual.
96 PALOMINO DE CASTRO Y VELASCO, A. (1796), El Museo Pictórico y Escala Óptica, 4 vols., Madrid.
97 MARTÍNEZ Y LURBEZ, J.N. (1866), Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura, Madrid, Real Academia
de San Fernando (escrito hacia 1675).
98 Jan Harmensz Muller y Bartholomeus Spranger, 1606, Galeria de Eslovenia.
99 PÉREZ SÁNCHEZ, A.E. (1993), Murillo y sus fuentes, En: De pintura y pintores. La configuración de los modelos
visuales en la pintura española, Madrid, p.129-146.
82
composición de Goltzius de la "Natividad". Lo fundamental es tanto el esquema
de la Virgen con el niño, como la faja y los ángeles músicos. Detalles más
precisos como el tipo físico del ángel músico, gestos, actitudes galantes y los
trajes, se relaciona con la estampa de manera indudable.
83
era escasísima y el componente creador, por lo tanto, se veía tremendamente
limitado. Otras veces encontramos en los contratos una precisión tan absoluta
que nos indica igualmente que detrás hay un modelo y por supuesto un deseo
manifiesto de quien encarga la obra. También en el sistema contractual del
siglo XVI se observa una minuciosa descripción de los asuntos a realizar, que
habitualmente se relacionaban con estampas.
100 LLEÓ CAÑAL, V. (1980), Imágenes e ideas en la pintura española del siglo XVII, Madrid, Alianza Ed. (Edición
facsimilar. Edición original de J. Brown)
84
pintores veedores encargados de que se cumplieran las directrices de verdad
sagrada y decoro. Este fenómeno habitual en la pintura española del siglo
XVII, nos hace ver cómo las estampas realizadas en Flandes, Holanda o Italia
en el siglo XVI no se consideraban, a pesar de su evidente éxito y difusión,
ejemplos directos de decoro y debían ser transformadas.
Sin duda alguna, ese dirigismo en arte fue capitaneado por los jesuitas,
con su política de atraer deleitando. Así es como llevan hasta sus últimas
consecuencias, la tendencia general contrarreformista de las imágenes como
medio para adoctrinar a los ignorantes. Los jesuitas fueron quienes
potenciaron la edición en Amberes de una gran cantidad de obras ilustradas y
estampas sueltas que contribuyeron en la formación de una iconografía
85
religiosa. Sobre este asunto, la obra que mayormente ejemplifica este
dirigismo y sobre todo este control iconográfico, es la del jesuita mallorquín
Jerónimo Nadal, "Imágenes de la Historia Evangélica", publicada en Amberes
en 1593 y estudiada y publicada por el padre Ceballos101. Como ha estudiado
este autor, la génesis del libro de Nadal parte del decoro del Concilio de Trento.
Antes de esta obra, otro jesuita, San Pedro Canisio, publicó en Amberes, en
1575, una edición de sus "Cathechismus minor latinus" con 50 estampas. La
importancia de estas obras, reside en que fueron un medio de enseñanza y
sobre todo de comunicación, de información para el pueblo. Fueron realizadas
bajo convencimiento de que el arte era un instrumento de instrucción y
propaganda.
101 RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, A. (1974), Las imágenes de la historia evangélica del Padre Jerónimo Nadal en el
marco del jesuitismo y la Contrarreforma, Traza y Baza, 5, 77-96.
86
convirtieron en ocasión para fijar su iconografía oficial, que sería
posteriormente difundida en las estampas de sus vidas. Finalmente, tenemos
el martirio de los santos, transmitido en estampas como medio de información,
así como por la obra de Cesare Baronio "Martirologio Romano"102 perpetuando
de esta manera la memoria de los héroes de la Iglesia.
102 BARONIO, C. (1586), Martyrologium Romanum ad novam kalendarii rationem, et ecclesiasticae historiae
veritatem restitutum. Gregorii XIII pontificis maximi iussu editum, Roma.
87
3.2 TEMÁTICAS PICTÓRICAS Y SIMBOLOGÍA
103 FLÓREZ ASENSIO, M. A. (2005), La música en la pintura española del siglo XVII, Goya: Revista de Arte, 306,
155-168.
88
Se produce un cambio fundamental en la pintura religiosa ya que los
músicos ya no serán personajes divinos sino humanos, y además mujeres, lo
que constituye una clara alusión al poder de la música sobre los sentidos y se
encuadra dentro de la tradición misógina de la cultura occidental, que asocia a
la mujer con los sentidos y la sensualidad, y por tanto con el pecado.
Esta visión de la música como vehículo de tentación se plasma
igualmente en el segundo tipo de pinturas musicales, las morales y
simbólicas. Los llamados bodegones y vanitas constituyen el grueso de este
tipo de pintura; pero aunque dentro del bodegón o naturaleza muerta europea
encontramos cuadros musicales tan interesantes como los de Evaristo
Baschenis (1617-1677), pintor bergamasco que parece haberse especializado
en la representación de naturalezas muertas con instrumentos,
lamentablemente este subgénero no parece haber tenido éxito en España,
aunque contamos con algunos ejemplos como el Bodegón con dulces e
instrumentos musicales de Pedro de Camprobín, que bajo su aparente
cotidianidad se nos ofrece un contenido moral subyacente al poner de
manifiesto la caducidad de todo lo material104.
Otro género pictórico en el que la presencia musical enmascara o
disimula el asunto principal del cuadro lo constituyen los cuadros de género.
Estas obras, fácilmente identificables, pero bastante escasas dentro de la
pintura española, encubren bajo su apariencia “costumbrista” un contenido
moral o filosófico, por lo cual se relacionarían directamente con el apartado
anterior. Aunque escasa la presencia de estos temas en la pintura española,
cabe destacar al mejor representante de esta tendencia: José Ribera. Aunque
español, desarrolla toda su vida profesional fuera de la Península, afincado en
Nápoles realiza varias series sobre los cinco sentidos introduciendo notables
novedades en la tipología tradicional. Ribera enlaza además sus innovaciones
con la revolución científica del siglo XVII. Suele representar a los distintos
sentidos de forma individualizada, aunque hay otra tendencia europea que
suele representarlos reunidos todos en una escena única.
104 REGALADO, A. (2002), El bodegón. Texto y contextos. En: J. Sureda, dir., Summa Pictórica. El Siglo de Oro de la
pintura española, Barcelona, Editorial Planeta.
89
Lamentablemente no hay en la pintura española escenas de “conciertos”
privados, tan frecuentes en la pintura barroca europea, sobretodo flamenca,
aunque sabemos que se hacían habitualmente, ya que constituían uno de los
entretenimientos sociales más apreciados. Tampoco conservamos
representaciones de escenas populares, igualmente útiles a la hora de
informarnos sobre la riqueza de los instrumentos populares utilizados en la
época.
Un sentido moralizante se esconde también en los cuadros mitológicos,
importantes ya que se trata de un tipo de pintura ligada estrechamente a la
Corte debido a que los principales clientes de este tipo de obras eran, además
del propio monarca, los miembros de la alta nobleza (especialmente aquellos
que desempeñaron cargos en Italia), pero también la nobleza secundaria, altos
funcionarios e intelectuales. Entre los pintores de mitología destacaremos al
propio Velázquez, José Ribera, Martínez del Mazo, etc. Lamentablemente en
otras pinturas mitológicas en las que aparecen representados instrumentos
musicales, son de mucha menor calidad, y la música únicamente ocupa en
ellas un papel secundario; en muchos casos los instrumentos representados
son más ficticios que reales.
El último grupo de temáticas lo representan los cuadros bélicos, en los
que aparecen instrumentos propios de la guerra. Se trata de un género muy
pobre desde el punto de vista musical, ya que en él los instrumentos son
simplemente parte del “decorado bélico”; destacando sobre todo tambores y
trompetas.
105 MADRID/1997, Los cinco sentidos y el arte, Madrid, Museo del Prado, 1 marzo – 4 mayo 1997, Madrid, Ministerio
de Educación y Cultura.
90
Edad Media. La representación de los cinco sentidos comenzó a desarrollarse
durante la Edad Media, debido a un progresivo interés por los mecanismos
cognoscitivos del hombre. Fue en esa época cuando se fijaron las
características iconográficas, y alcanzó su máximo esplendor entre los siglos
XVI y XVII. Influidos por la concepción religiosa medieval, que consideraba a
los sentidos peligrosas vías de acceso al pecado, muchos artistas interpretaron
este tema en el ámbito de la Vanitas (las alegorías pictóricas sobre la
caducidad de la vida humana y sobre la vanidad de los placeres terrenales), o
bien incluyeron en sus obras las personificaciones de la Prudencia y de la
Templanza, como admonición a no caer en los excesos del Placer.
Al sentido del Oído se suele representar alegóricamente mediante un
animal, el ciervo, porque es muy sensible a los ruidos; o mediante un dios
olímpico, Apolo, el dios de la música; o bien mediante la representación de
instrumentos musicales, atributos característicos del oído, asociados tanto al
arte de la música como al del canto. El laúd suele ser frecuente en estas
representaciones.
106 VIVES-FERRÁNDIZ SÁNCHEZ, L. (2011), Vanitas. Retórica visual de la mirada, Madrid, Ediciones Encuentro.
91
embajadores107 (1533), los instrumentos científicos y musicales (un laúd)
ocultan complejos contenidos simbólicos, relativos a lo transitorio de la belleza,
de la armonía y del arte. Los instrumentos musicales eran un motivo
recurrente en las alegorías del siglo XVII de la Vanitas.
107 CALABRESE, O. (1994), La Intertextualidad en pintura: Una lectura de los “Embajadores” de Holbein, Madrid, Ed.
Cátedra.
108 VALDIVIESO GONZÁLEZ, E. (2002), Vanidades y desengaños en la pintura española del Siglo de Oro, Madrid,
Fundación de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico.
92
más que un sueño que despertará en la muerte. Estas pinturas sirvieron para
reforzar el pensamiento pesimista. Los placeres terrenales son considerados
como efímeros y perjudiciales para el sentido virtuoso que hay que dar a la
vida si se quiere salvar a la hora del Juicio.
93
Estrechamente vinculado con esta temática estarían las naturalezas
muertas109. No es posible, al menos en el estado actual de las
investigaciones, indicar una fecha y un lugar de nacimiento precisos para el
género autónomo de la naturaleza muerta en pintura. Sin embargo, se puede
llegar a una aproximación satisfactoria, que consiste en identificar el momento
fundamental con el último decenio del siglo XVI en el cosmopolita,
contradictorio y efervescente ambiente artístico de Roma, donde confluyen
artistas de toda Europa. Las circunstancias que favorecen el rapidísimo
desarrollo de la naturaleza muerta no sólo tienen que ver con el ambiente
artístico y cultural sino también con las peculiaridades de la coyuntura
socioeconómica y las características de un mercado de arte en plena evolución.
Es cierto que las primeras noticias sobre el éxito del nuevo género pictórico
proceden de los inventarios de grandes colecciones aristocráticas, cuyos
dueños gravitan en torno a Roma o al menos mantienen una estrecha relación
con los palacios y las cancillerías de las altas jerarquías eclesiásticas (el
cardenal Francesco del Monte, el marqués Vincenzo Giustiniani, el cardenal
Federico Borromeo etc.); por otra parte, la naturaleza muerta se impone
pronto como producto "de masas”, no reservado a unas cuantas colecciones
principescas110. El formato, por lo común medio-pequeño, la alegría inmediata
y la alusión a una situación de tendencia y bienestar material hacen que la
naturaleza muerta se convierta en la respuesta perfecta a las expectativas y
los requerimientos de un público en gran medida inédito en el mercado del arte
y, más en general, en las estructuras de la economía europea: la burguesía.
La afirmación de una clase acomodada, en ocasiones considerada "la raíz
del capitalismo moderno", es poco reconocible en naciones fuertemente
caracterizadas por una corte y un núcleo histórico de familias nobles (como en
España o Francia) o por lejanas tradiciones de dominio aristocrático u
oligárquico (como en Italia); en cambio, es evidente en las jóvenes potencias
europeas, como Holanda y la zona de Amberes, donde se estaba imponiendo
una red relativamente amplia de mercaderes, empresarios y financieros.
109 CHERRY, P. (1999), Arte y Naturaleza: El bodegón español en el siglo de oro, Madrid, Ed. Doce Calles.
110 COLOMER BARRIGÓN, J.L. dir. (2003), Arte y Diplomacia de la monarquía hispánica en el siglo XVII, Madrid,
Ediciones Fernando Villaverde.
94
La encumbración de la naturaleza muerta en el mercado artístico111
europeo de principios del siglo XVII se funda en tres factores complementarios,
todos muy importantes: en primer lugar, la presencia de una cantera amplia,
asegurada por el mercado burgués que acabamos de describir; en segundo
lugar, la extraordinaria utilidad del género, que pronto está en condiciones de
ofrecer un amplísimo abanico de temas, formatos y referencias simbólicas,
hasta el punto de presentar a cualquier adquisidor la posibilidad de elegir un
cuadro prácticamente a medida; y por último, aunque su importancia no es
menor, el efecto de atracción, interés y polémica que la adhesión de un artista
conocido, Michelangelo Merisi, Caravaggio, causa en todos aquellos que se
ocupan de la pintura, tanto profesionales como aficionados.
111 MUÑOZ GONZÁLEZ, J. (2008), El mercado español de pinturas en el siglo XVII, Madrid, Fundación de apoyo a la
Historia del Arte español.
112 PERPIÑÁ GRACÍA, C. (2010), Los ángeles músicos. Estudio de los tipos iconográficos. En: II Encuentro
Complutense: Jóvenes Investigadores de Historia del Arte, Facultad de Geografía e Historia - Universidad
Complutense de Madrid, 28 - 30 de abril 2010, Madrid, Organiza Departamento de Historia del Arte II.
113 CARRASCAL MUÑOZ, J.M. (1997), Visión mística y éxtasis en la pintura de Zurbarán, Goya: Revista de Arte, 257,
289-302.
95
medios plásticos, pueden entenderse de dos formas: como descripción de las
repercusiones orgánicas correspondientes al impulso psíquico y como
representación metafórica sensible de esas vivencias del alma. El éxtasis es
efecto del amor. “Dice Dionisio que el amor divino produce el éxtasis”. Y añade
Santo Tomás: “Se dice que uno padece éxtasis cuando se pone fuera de sí; lo
cual sucede con relación tanto a la potencia aprehensiva, como a la apetitiva”.
Pero estar fuera de sí parece implicar un cierto grado de enajenación o locura.
El éxtasis clava el alma en una contemplación elevadísima, la arrebata, y
produce paralelamente una suspensión de los sentidos y de toda actividad
externa. Se le ha llamado “sueño de las potencias” y, según San Agustín, “peso
del alma”. La suspensión de los sentidos provoca, como una muerte pasajera,
la caída de la mandíbula inferior.
115 TERVARENT, G. DE (2002), Atributos y símbolos en el arte profano: Diccionario de un lenguaje perdido,
Barcelona, Ediciones del Serbal (traducción de José María Sousa).
116 HALL, J. (2003), Diccionario de temas y símbolos artísticos 2, Madrid, Alianza Editorial.
97
conciertos angélicos. También lo asocia a la representación del enamorado, y
en el bodegón, con una cuerda rota, significa la discordia, además de ser
algunas veces el instrumento alternativo de Orfeo y Apolo. Santiago
Sebastián117 lo asocia a la concordia de los príncipes, al igual que Alciato en su
emblema décimo, “Foedera” (las alianzas), cuyo tema central del grabado es el
laúd. Es clara, aquí, la referencia a la concordia que debe haber entre príncipes
cuando se realizan pactos o tratados que hay que respetar, ya que si uno solo
no cumple la palabra se produce el desconcierto político. Era, pues, la política
similar a la buena música, que peligraba cuando se rompía una sola cuerda;
era recomendable por tanto antes de la ejecución musical templar el
instrumento para que las cuerdas guardaran la debida armonía. Como ejemplo
de este simbolismo del laúd, Sebastián menciona la obra pictórica de Hans
Holbein el Joven, “Los Embajadores”, en la que la clave es el instrumento y el
texto musical adjunto, que además de acentuar el valor semántico de la
composición, tiene el carácter propio de la vanitas. Esta interpretación política
del laúd no era nueva, está dentro de una larga tradición considerar el Estado
como un organismo armónico para que funcione bien.
117 SEBASTIÁN LÓPEZ, S. (1995), Emblemática e Historia del Arte, Madrid, Ed. Cátedra.
98
Cabe concluir este apartado diciendo que la música no alcanza en la
pintura española del siglo XVII el lugar que le correspondería dada su
importancia en los diferentes ámbitos de la sociedad, importancia que sí queda
reflejada en la literatura, especialmente en géneros como la novela y el teatro.
Los cuadros musicales se caracterizan por su profundidad intelectual, ya que
en ellos los instrumentos musicales representados adquieren diversos
significados. Por este motivo, la pintura española del barroco se caracteriza por
una multiplicidad de significados, y por ende el predominio de un valor
polisémico del instrumento representado, en este caso que nos atañe, del laúd.
99
TERCERA PARTE
101
4. LAS PRINCIPALES ESCUELAS DE PINTURA BARROCA ESPAÑOLA
118 PORTELA SANDOVAL, F.J. (1989), Grandes maestros de la pintura barroca española, Historia Visual de Arte,
Barcelona, Ed. Vicens-Vives.
119 DOMINGUEZ ORTIZ, A. (1973), opus cit.
103
en las viviendas de la clase media. Por último, el cuadro de género y las
escenas de interior apenas tuvieron desarrollo, como lógica consecuencia de la
ausencia de una burguesía económicamente estable al estilo de la holandesa o
la italiana.
120 AYALA MALLORY, N. (1991), Del Greco a Murillo: la pintura española del Siglo de Oro (1556 – 1700), Madrid,
Alianza Forma.
104
ocaso del Imperio en los momentos finales del reinado de Felipe IV y el de su
hijo Carlos II.
La mayor difusión del naturalismo no sólo coincidió con la sensibilidad
popular de nuestras gentes, sino que también se identificó con la rigidez y la
escasa flexibilidad de los medios eclesiásticos de la Contrarreforma. De ahí la
frecuente representación de arrebatos místicos, escenas de penitencia y
dramáticos martirios que, en una curiosa mezcla de lo divino y de lo humano,
son representados como si lo milagroso y sobrenatural fuese algo cotidiano.
Precisamente, la forma de plasmar las escenas de martirio ha puesto sobre
ellos la etiqueta de una pintura cruenta y amante de lo desagradable que no
responde a la realidad, por cuanto los temas sangrientos afloran en todos los
artistas de la Europa católica, si bien es cierto que no con la intensidad que se
aprecia en España.
También el naturalismo fue el vehículo adecuado para la plasmación del
bodegón121, un tipo de naturaleza muerta con escaso número de objetos
inanimados pero tratados con intenso relieve, rígidamente ordenados sobre
una mesa o alféizar de una ventana, y dotados de sentido ascético, que
encierran una doble lectura, formal y simbólica, al igual que los cuadros de
vánitas, en los que la abundancia y suntuosidad de los objetos representados
no responde a otro fin que el de significar lo efímero de los placeres de la vida
terrena.
Aunque la pintura española del siglo XVII122, que sólo en parte puede ser
adjetivada de barroca, muestra una gran uniformidad de planteamientos, cabe
diferenciar varios focos importantes en razón de circunstancias políticas,
económicas o culturales. Así, Castilla, con Madrid, sede de la Corte, como
centro principal; Valencia y Andalucía, con Sevilla y Granada como capitales
destacadas, fueron los núcleos regionales más descollantes a lo largo de toda
la centuria, brillando temporalmente Toledo, Valladolid y Córdoba. En estas
escuelas estuvieron activos distintos pintores que pugnaron para que la
sociedad les otorgase una estimación más de artista que de artesano en razón
105
del carácter intelectual y no mecánico de tan noble arte liberal, pero pocos
fueron los que consiguieron gozar de tal consideración, permaneciendo la
mayoría vinculados a normas gremiales o corporativas y a un régimen de
talleres casi medieval y con frecuencia marcado por lazos familiares.
En aras de establecer un esquema cronológico que facilite el estudio
evolutivo, puede atenderse a la división por tercios de siglo o, mejor, por
reinados, ya que los mismos casi se corresponden exactamente con las tres
partes de la centuria: Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II
(1665-1700).
Durante el reinado de Felipe III, en los últimos años del siglo XVI,
diferentes pintores se sintieron preocupados por el retorno a la realidad,
utilizando al mismo tiempo recursos lumínicos de carácter tenebrista, con
esquemas compositivos de influencia manierista. Este primer naturalismo no
hay que contemplarlo únicamente a la luz de la pronta llegada a la península
de obras de Caravaggio, que sin duda contribuirían a la consolidación de la
estética naturalista, sino que conviene tener presente cómo ya en las últimas
décadas de la centuria anterior varios artistas españoles habían iniciado un
acercamiento a la realidad en el foco artístico desarrollado en El Escorial en
torno a Navarrete el Mudo y otros maestros. Los focos artísticos más
importantes de este momento fueron Madrid, en el que se incluye también
Toledo, así como Valencia y Sevilla.
Pasemos pues ahora a estudiar con detalle cada una de las escuelas,
destacando las obras de aquellos autores que plasmaron alguna tipología de
laúd en sus pinturas, y aclarar de qué tipo de instrumento se trata.
107
en El Escorial. Sus cuadros muestran un acusado interés por el naturalismo y
el manejo de la luz. Vicente sucedió a Bartolomé desde 1608 en el cargo de
pintor del Rey. Preocupado por los aspectos teóricos, además de los intentos
para crear una academia en Madrid al estilo de la boloñesa de los Carracci, en
1633 publicó los "Diálogos de la pintura" en los que defendió la importancia del
dibujo y del estudio del natural. Su amplia producción no parece estar muy en
consonancia con sus postulados teóricos, revelando mayor preocupación por el
realismo de los modelos y por el empleo de toques tenebristas en los
resplandores lumínicos, así como una sorprendente habilidad compositiva.
Centrado en la temática religiosa, con tendencia a composiciones
monumentales y a los efectos lumínicos, Carducho cumplió numerosos
encargos para iglesias y conventos de la zona castellana.
108
Esta obra fue realizada para la iglesia del Convento de San Gil, en Madrid, bajo
el mando de Fray Alonso de Huecas, un buen franciscano, devoto de San
Antonio de Padua y con exquisito gusto por la pintura. En el siglo XIX, con la
ocupación francesa comienza el expolio artístico y gran parte del éxodo de la
pintura española que llegó a Rusia fue debido al financiero holandés William
Coesvelt, por tal motivo, esta obra llegaría en 1815 al Museo del Hermitage de
San Petersburgo.123En ella observamos el momento en el que el santo estaba
leyendo sobre una mesa cuando, de pronto, recibe la visita del Niño Jesús
rodeado de ángeles -símbolos de pureza-. San Antonio interrumpe sus tareas y
se arrodilla ante la visión. La luz que emana de la sagrada figura ilumina toda
la escena.
123 FÉLIX GARCÍA, R. (2012), Fray Alonso de Huecas recuerda y acredita que, el origen de “La visión de San Antonio
de Padua” de Carducho del Hermitage, es el Convento de San Gil de Madrid En: Revista Santuario Franciscano,
203.
109
Como sucede en muchas obras de la época, el pintor pudo inspirarse o
directamente copiar el diseño de algún grabado o estampa. Así pues, vemos
aquí una lámina que podría responder a este patrón, pero en realidad se trata
de una copia hecha con posterioridad del cuadro original pintado por Carducho.
Al pie de la lámina, que podemos encontrar en la Biblioteca Virtual de la
Comarca de Torrijos, un texto dice lo siguiente: “S. Antonio de Padua. Copia
del quàdro original de Vicente de Carducho, que se venera en la Iglesia del Rl.
Convento de S. Gil de esta Corte. A solicitud del M.R.P.F. Alonso de Huecas ex
Difinidor, ex Provincial y guardián del actual de dicho Real Convento.” Bajo la
ilustración quedan anotados dos nombres “Emanuel a Cruce del” y “Moreno
Tejada sct”, (pintor de la lámina y grabador de la plancha).
En cuanto a Toledo, que muy pronto decaería como foco artístico, sin
duda el pintor más dotado en estos años fue el fraile dominico Juan Bautista
Maíno (1578-1649), que viajó a Italia y entró en contacto directo con las
pinturas de Caravaggio y de Aníbal Carracci y Guido Reni. Del primero asimiló
el naturalismo, los escorzos y la atención por la luz, mientras que de los
segundos adoptó la armonía compositiva y el rico colorido. Afincado en Toledo
desde 1611, trabajó para el convento de San Pedro Mártir y pintó el retablo de
"Las cuatro Pascuas" para los domínicos de Toledo. Trasladado a Madrid antes
de 1620, es nombrado profesor de dibujo del futuro Felipe IV, quien al subir al
trono le distinguirá con su protección. También participó en 1635 en el ornato
del palacio del Buen Retiro con "La rendición de Bahía". Maíno murió en el
colegio dominico de Santo Tomás de Madrid, en 1649.
110
“La Virgen de Belén”, (de fecha desconocida), realizada para las
Mercedarias de Fuentes de Andalucía (actualmente desaparecida).
111
igualmente en clave naturalista, siguiendo el grabado de hacia 1506. Pero lo
más interesante es advertir cómo la estampa de Durero sigue estando vigente
en Madrid y es utilizada por uno de los pintores que trabajaron para Felipe
IV.124
En cuanto al laúd representado, es de pequeño tamaño, con el mástil
corto pero siguiendo el modelo clásico (parte trasera abombada, con roseta
labrada en la caja, y probablemente con clavijero doblado en ángulo hacia
atrás). Pero aquí lo que llama la atención es la forma que tiene el ángel de
sujetar el instrumento y de tañerlo, ya que lo tiene en posición casi vertical,
apoyando el clavijero en el hombro izquierdo y tocando con plectro la mano
derecha, ya que la postura de los dedos insinúa com si estuviera pellizcando
algún elemento para hacer sonar las cuerdas, las cuales no se advierte el
número exacto.
124 PÉREZ SÁNCHEZ, A.E. (1994), Los grabados boloñeses del siglo XVII en la pintura española, En: Lecturas de
Historia del Arte, IV, Vitoria, p.102 y del mismo autor: Pintura española de los siglos XVII y XVIII en la Fundación
Lázaro Galdiano, Madrid,Fundación Lázaro Galdiano y Fundación Pedro Barrié de la Maza, 2005, p.102
112
“Aparición de la Virgen del Rosario a los cartujos”, 1603, Museo de Bellas
Artes de Granada.
113
aparece en primer término a la derecha sea su autorretrato. Probablemente
esta sea una de las mejores pinturas religiosas de Sánchez Cotán. Es un
excelente ejemplo de gran composición en el estilo de los primeros años del
siglo XVII, que en Andalucía podría compararse con el de Mohedano, y que,
ajeno a las alegrías coloristas y al gusto veneciano por lo anecdótico de un
Roelas, precede y parece anunciar a Zurbarán.125
El laúd que representa Cotán, sigue el modelo clásico, aunque es de
tamaño pequeño y estilizado. El mástil aparece parcialmente tapado por otro
ángel músico, con lo cual no vemos la zona del clavijero. Por la estrechez del
mástil parece tener un número reducido de cuerdas, y la boca del instrumento
no se aprecia si está labrada o no. En cuanto a la postura de la mano, parece
que toca con los dedos y que en ese momento está en actitud pausada.
125 ANGULO ÍÑIGUEZ, D.; PÉREZ SÁNCHEZ A.E. (1972). Pintura toledana de la primera mitad del siglo XVII. Madrid,
Instituto Diego Velázquez, CSIC.
114
“El triunfo de San Hermenegildo”, h. 1654, Museo del Prado en Madrid.
115
cuadro de gran eficacia dialéctica; y para ello ha empleado no sólo medios
formales sino también narrativos. Lo que se describe es el triunfo de un rey
católico y mártir frente al arrianismo, que aparece representado en las figuras
de la parte inferior izquierda. Hermenegildo se eleva a los cielos asido al
crucifijo, y sus oponentes yacen postrados en la tierra; y el santo se destaca
sobre un campo de luz, acompañado de ángeles músicos que protagonizan una
sinfonía de color, mientras que el reino de los arrianos es el de las sombras.
Pinturas como ésta influyeron no sólo en Madrid sino también en Sevilla; y de
hecho, el conocimiento del estilo de Herrera el Mozo fue fundamental en la
evolución del arte de Murillo.
En 1655, Herrera regresó a Sevilla y, con Murillo fundó en 1660 la
Academia de Pintura de Sevilla al estilo de las que existían en Italia, pero una
serie de disputas entre los dos artistas motivó el pronto traslado de Herrera a
Madrid, en donde decoró al fresco varias iglesias, y en 1672 desempeñó el
cargo de pintor del rey Carlos II, siendo designado en 1677 arquitecto de las
obras de Palacio, por lo que abandonó la práctica de la pintura.
Por lo que se refiere al laúd que representa Herrera el Mozo, vemos algo
totalmente novedoso hasta el momento, y es el hecho de representar un laúd
barroco, más concretamente un archilaúd, con dobles mástiles para dar cabida
a las cuerdas más graves y así poder realizar en bajo continuo. La caja sigue la
forma clásica, periforme, abombada, y con una boca central. En cuanto al
mástil más corto, recogería las cuerdas que realizan la notación convencional
del laúd, mientras que el más largo sería para las cuerdas graves y vemos que
termina en forma de voluta. No se aprecia el número de cuerdas pero deben
de ser bastantes para necesitar dos mástiles y dos clavijeros para encordarlas.
117
La obra representa el momento de La asunción de la Magdalena, ya que,
perdonada por Cristo de los pecados de su vida licenciosa, María Magdalena es
ejemplo de una vida de conversión y penitencia. La escena refleja el momento
en que, según La Leyenda Dorada de Jacobo de Vorágine (siglo XIII), la santa
es elevada por ángeles al Cielo para asistir a los oficios celestiales como premio
a su vida penitente dedicada a la meditación, a la que se retiró tras la muerte
de Cristo. Uno de los ángeles porta las disciplinas o pequeños látigos para la
flagelación penitente, mientras que otro lleva flores y un tercero es músico. La
composición de esta obra, de pincelada suelta y amplia gama cromática,
evidencia el gusto barroco por el dinamismo y la expresividad.
El ángel de mayor tamaño, ubicado en la parte superior izquierda,
aparece tocando el laúd. Aun con la baja nitidez de la representación, se
adivina un laúd clásico renacentista, con mástil más largo de lo normal y caja
periforme, en el que no se observa ni la roseta central ni el clavijero. Tampoco
podemos decir nada sobre el número de cuerdas, que es inapreciable. En
cuanto a la posición de las manos, parece que el ángel simplemente esté
sujetando el instrumento, en vez de percutirlo, y es de señalar el hecho de que
la mano derecha parece tapar la boca por la que debe salir el sonido.
118
supo romper los fríos esquemas creativos empleados por sus predecesores, e
introdujo en la pintura vida, sentimiento y observación de la realidad. Aunque
a Roelas, al igual que a Herrera el Viejo, no se les puede calificar de
naturalistas -como lo serán sus sucesores- sino más bien de manieristas
reformados, ya que, en contraste con sus predecesores y aún contemporáneos
arcaizantes, como Alonso Vázquez y el propio Pacheco, resultan más
modernos, sensibles y atentos al pormenor cotidiano, tratado todo con una
técnica suelta y cálida de procedencia veneciana. Otros artistas de esta
generación como Mohedano, Uceda, Varela, Legot, Castillo y Esquivel, se
movieron entre ambas tendencias, apoyándose en la primera durante la
primera etapa de su creatividad pero desembocando finalmente en lo que sería
el lenguaje moderno del siglo XVII: el naturalismo.
119
copias de originales ajenos al artista como el “Cristo con la Cruz a cuestas” de
1589. Quizás la obra maestra de Pacheco sea “Cristo servido por los ángeles
en el desierto”, que procede del convento de San Clemente de Sevilla.
Realizada en 1616, es una pintura de gran ambición compositiva, en la que
introdujo detalles naturalistas de excelente factura, plasmados en los
alimentos y la vajilla que aparece sobre la mesa. De este mismo año era la
representación de “San Sebastián atendido por Santa Irene”, que perteneció al
Hospital de Alcalá de Guadaira y que fue destruido en 1936. En estas obras
Pacheco mantiene el alto nivel de calidad que se advierte de forma constante
en estos años y que perdurará aproximadamente hasta 1625.
120
participación del joven Velázquez, aprendiz en el taller de Pacheco por esas
fechas, y quien se cree que realizó la naturaleza muerta que hay sobre la
mesa. Por consiguiente, este lienzo es valioso por dos motivos: por su
excepcional riqueza simbólica, abierto a las influencias manieristas, y porque
es la primera naturaleza muerta de un joven genio de la pintura barroca
universal, Velázquez.
Pacheco representa aquí un ángel tañendo el laúd clásico renacentista,
muy bien definido y caracterizado. En este caso se observa la roseta labrada
con un dibujo geométrico, unas 7 u 8 cuerdas, no sabemos si simples o dobles,
y un mástil dividido en trastes que termina con un clavijero doblado hacia
atrás. Las manos del ángel también están colocadas con sumo cuidado y
detalle; la mano izquierda muestra los dedos en diferentes trastes simulando la
interpretación de distintas notas musicales, mientras que la derecha, colocada
por debajo de la roseta, parece percutir las cuerdas con el dedo pulgar.
121
Marchena; obra finalizada por Juan de Roelas. Sus obras más importantes en
Sevilla son la “Sagrada Cena”, del Museo de Bellas Artes, la “Virgen del Pozo
Santo”, de la catedral y el retablo del Hospital de las Cinco Llagas.
Casi con seguridad nos encontramos con la tabla dedicada a la Virgen del
Valle contratada por Vázquez en 1597 con Doña Beatriz Pérez, destinada a la
iglesia del Convento de Santa María de Jesús de Sevilla. En la tabla se narra la
milagrosa intervención de la Virgen para conseguir que salga indemne un niño
del pozo al que había caído. El centro de la composición está ocupado por la
Virgen, que lleva al Niño en su regazo, rodeada en la parte superior por
ángeles tañendo instrumentos musicales, entre los que destaca el laúd, de
tipología clásica renacentista. Lo curioso es la forma de sujetarlo, casi vertical
para dar cabida a todo el instrumento dentro de la escena. La pose de la mano
izquierda no parece estar tocando ninguna nota, más bien sujetando el mástil.
122
A los pies de la Virgen nos encontramos con la descripción del milagro,
cerrando la composición un amplio paisaje. Las figuras gozan de
monumentalidad pero el estatismo que presentan motivan que el espíritu
manierista que caracteriza la producción de Vázquez aquí no esté presente.
De Pedro Villegas sabemos que su formación artística fue local, en el
taller paterno, y no parece que viajase a Italia, aunque tenemos pruebas de
que utilizó grabados de procedencia italiana y flamenca. Su primera formación
hispano-flamenca se vio renovada por el manierismo italianizante que el pintor
pudo asimilar por contactos con artistas de origen italiano, con artistas
españoles formados en aquellas tierras o bien tomarlo de aquellos pintores
foráneos de intensa actividad en la escuela local, como Alejo Fernández y
Pedro de Campaña. Fue, sin embargo, hombre de cierta cultura que mantuvo
una intensa amistad con el humanista Arias Montano. Sus obras más
importantes son las pinturas del retablo del Hospital de San Lázaro, el retablo
de la Visitación de la catedral, la Sagrada Familia y la Virgen de los Remedios
de la iglesia de San Lorenzo, todas en Sevilla.
123
En los últimos años de su vida Villegas realizó, para la que fue su
parroquia, un retablo dedicado a la Virgen de los Remedios. En su tabla
principal, que es esta, aparece la Virgen sentada sobre un trono de nubes con
el Niño en su regazo, al cual abraza con su mano izquierda, mientras que con
la derecha sostiene un canastillo repleto de flores. La disposición compositiva
de la pintura presenta un esquema basado en una ordenación geométrica,
estando su espacio centrado por una estructura romboidal que alberga la figura
de la Virgen. En los espacios laterales que quedan libres, tanto en la parte
superior como inferior, aparecen ángeles que interpretan instrumentos
musicales o aparecen en actitud adorante. La filiación italianizante que
presenta la mayoría de las obras de Villegas se manifiesta también en ésta al
advertir que el modelo deriva en términos generales de prototipos originales de
Rafael, difundidos en el ámbito sevillano a través de grabados. De ahí que esta
pintura transmita un apacible espíritu basado en el sosiego de las actitudes y la
belleza de las formas.126
El laúd representado en la parte inferior izquierda de la escena presenta
varias peculiaridades respecto a los anteriormente analizados: en primer lugar,
el mástil está encarado hacia el suelo y, en segundo lugar, el clavijero termina
en forma de voluta. La inclinación hacia el suelo parece debida a una falta de
espacio en la composición para hacer caber al ángel con el instrumento, sin
dificultar la diagonal que se crea entre su mirada y la de la Virgen. El clavijero,
con 4 clavijas en cada lado, y por tanto, 8 cuerdas encordadas, termina en
forma curva, a modo de voluta, poco común en las representaciones de este
instrumento. Por último, reseñar que la roseta de la caja ha sido movida para
no ser tapada por la mano derecha del ángel, hecho que le otorga una
apariencia poco real.
126 VALDIVIESO GONZÁLEZ, E.; FERNÁNDEZ LÓPEZ, J. (1991), La pintura sevillana de los Siglos de Oro, Ministerio
de Cultura, Madrid.
124
anecdótico. Tal relación pudo producirse a través del estudio de las pinturas
venecianas existentes en las colecciones reales a las que Roelas tuvo acceso en
su condición de capellán cortesano. Establecido en Sevilla entre 1609 y 1616,
su rico colorido y el gusto por los amplios escenarios, le hicieron famoso muy
pronto ("Circuncisión”, h. 1606), para alcanzar su apogeo con altos lienzos de
altar como el "Martirio de San Andrés" (h.1609-1613), de grandes
proporciones y con amplios fondos de gloria que, continuados por Roelas en su
"Tránsito de San Isidoro" (1613), tanto desarrollo alcanzaría en las décadas
siguientes. El mundo veneciano aflora en esta obra por varios lados: el rico
colorido, la factura suelta, los contrastes lumínicos o el anecdotismo. Afincado
de nuevo en tierras sevillanas al final de su vida, tras una breve estancia
madrileña, llevó a cabo el retablo del convento de la Merced de Sanlúcar de
Barrameda (Cádiz).
125
Es muy probable que desde finales de 1604 o principios de 1605 Roelas
se ocupase de la realización de parte de las pinturas que se integran en el
retablo mayor de la iglesia de la Casa Profesa de los jesuitas sevillanos, hoy
iglesia de la Anunciación. Este retablo en madera, posee un diseño organizado
y claro, para que las imágenes pudieran llegar de forma nítida al espectador y
transmitir didácticamente su mensaje. Sus pinturas son obra de Girolamo
Lucente da Correggio, Antonio Mohedano y, sobre todo, de Juan de Roelas. El
retablo se inauguró el 25 de marzo de 1606. La pintura principal del retablo,
obra de Roelas, que con casi seis metros de altura presentaba una iconografía
grandiosa en su técnica y expresividad. Lógicamente, el contenido de la pintura
que representa al mismo tiempo "La Circuncisión" y "La Imposición del Nombre
de Jesús" hubo de estar sugerido al pintor por el padre Ignacio Yáñez,
prepósito de la Casa Profesa en aquellos momentos. No obstante, la traslación
al lienzo de Roelas de las ideas que le fueron suministradas fue absolutamente
extraordinaria. En efecto, de acuerdo con el contrato firmado en julio de 1604
fue Lucente da Correggio quien comenzó la ejecución de la primera de las
obras, "La Adoración de los Reyes", pero de acuerdo con una cláusula de dicho
contrato, si los jesuitas desaprobaban el fondo y la forma de esta primera
pintura, rescindirían el compromiso con el pintor y nombrarían a otro distinto
para que siguiese con el trabajo. Quizás esta fuese la causa por la que Antonio
Mohedano, autor de "La Anunciación" del ático, hiciese esta pintura y fuera
Roelas quien finalmente culminase el trabajo iniciado por los antes
mencionados, haciéndose cargo del gran lienzo central de "La Circuncisión", de
"La adoración de los pastores", situada la calle lateral derecha del retablo, y de
"San Juan Bautista" y "San Juan Evangelista" que figuran en el ático.
127
“San Joaquín y Santa Ana contemplando a la Virgen y al Niño”, h. 1607-
8, Convento de Santa Isabel, en Marchena (Sevilla).
128
“Martirio de San Andrés”, h. 1610-16, Museo de Bellas Artes, Sevilla.
129
júbilo celestial donde ángeles músicos y cantores se aprestan a recibir el alma
del apóstol. En la parte izquierda de la composición, aparece un ángel de
cuerpo entero tocando el laúd. En esta ocasión Roelas lo representa con más
detalles que en los casos anteriores, ya que podemos apreciar las formas
geométricas talladas en la boca del instrumento, así como los trastes y el
clavijero, el cual parece tener unas 6 clavijas. La caja aparece de forma menos
redondeada que en los casos anteriores, y apreciamos el abombamiento de su
parte trasera. La postura de las manos y los dedos denota gran naturalidad y
fidelidad con las técnicas de tañido.
130
confortado por un cortejo de clérigos que muestran expresiones dolientes y
conmovidas, advirtiéndose que son sacerdotes y seglares sevillanos de la
misma época de Roelas, a los cuales retrató. En la parte superior se describe
una gloria celestial en la que Cristo y la Virgen, rodeados de una nutrida y
musical corte angélica, se disponen a recibir el alma del santo. De esta forma,
contraponiendo la emoción y la tristeza que emanan del registro terrenal con la
desbordante alegría que envuelve las figuras del ámbito celestial, Roelas
consigue de forma vibrante y triunfal fundir lo humano con lo divino,
evidenciando que siempre la virtud del justo en la tierra es recompensada con
la felicidad eterna. El ángel tañedor de laúd representado en la parte derecha
de la escena celestial, es representado en plena ejecución de una obra musical.
La posición de los dedos así lo demuestran, pintados con gran detalle y
realismo. El instrumento pertenece al modelo clásico renacentista pero con
gran número de cuerdas, entre 11 y 12, para poder realizar gran variedad de
notas graves. La morfología de la caja se ve alterada por la perspectiva en la
que ha sido pintada.
Este último periodo de Roelas finaliza en 1625 cuando, después de una
vida fecunda en creaciones artísticas, muere en Olivares.
131
frecuencia el olvido de que sus personajes son de carne y hueso, revelando
evidentes incorrecciones anatómicas y dando la impresión de que compone con
maniquíes sin vida. Son, además, figuras poco integradas en los escenarios.
La primera etapa de su pintura discurre entre 1626 y 1629, y se
caracteriza por un acusado naturalismo, aunado con juegos lumínicos
tenebristas. De estos años data una amplia serie de lienzos con figuras de
santos y pasajes de la vida de Santo Domingo, además del ciclo destinado al
convento de la Merced Calzada de Sevilla. También de estas fechas son los
cuadros pintados para el Colegio franciscano de San Buenaventura de Sevilla,
donde puede verse mayor complicación en las composiciones pero sin olvidar
el iluminismo tenebrista y el realismo de los rostros, donde figuran excelentes
retratos tomados del natural.
Zurbarán decidió trasladarse en 1629 a Sevilla, donde comienza una
nueva etapa, el apogeo de su pintura. Los encargos de las iglesias y de las
órdenes religiosas se sucedieron de manera insistente, al tiempo que trabajaba
en lienzos de pequeño formato. Para la Casa Profesa de los Jesuitas realizó una
obra tan llena de misticismo como "La visión del Beato Alonso Rodríguez", con
figuras de rostros muy expresivos y que contiene la que, sin duda, es una de
sus mejores realizaciones perspectívicas.
133
“La visión del Beato Alonso Rodríguez”, 1630, Museo de la Real Academia
de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid.
134
porque todo lo ve con los ojos del alma, no con los de la carne, que no podrían
soportar la luz de tanta gloria. Gloria cuya grandeza no cabe en el mundo, mal
podría caber en el estrecho aposentillo del portero. Dados estos precedentes,
las figuras del ángel y del Santo no pueden estar representadas con más
expresión de amor, de humildad, de ternura y devoción. El rostro del anciano
portero es el de un bienaventurado; se ven en su pecho como dos escudos que
toman la forma de corazones, el uno con la cifra del nombre de María y el otro
con la del nombre de Jesús, aludiendo al suceso que el cuadro representa.
Además, tiene el Santo en la cintura el rosario que con tanta devoción rezaba a
la Santísima Virgen y también colgadas en la correa las llaves que a su cargo
estaban, como portero del Colegio; y en el suelo, el libro que se atribuye a
Kempis, el celebrado Contentus Mundi que era su habitual lectura y
entretenimiento de sus meditaciones. Todo está pintado con el brillante color
de la escuela sevillana y con la maestría que distingue al discípulo de Roelas,
Francisco de Zurbarán.
En cuanto al grupo de ángeles músicos y cantores de la parte superior
derecha, podemos advertir que en primer término aparece el laúd,
representado con gran realismo y con una perspectiva muy diferente a lo que
se ha visto hasta el momento. Zurbarán hace gala de su estudio y manejo de
la perspectiva, no sólo en el instrumento sino también en la arquitectura que
representa a los pies del ángel músico. Del laúd podemos decir que sigue la
morfología clásica pero advertimos un ensanchamiento del mástil y gran
número de clavijas, lo cual denota que se trata de un instrumento ya barroco
porque se aumenta el número de cuerdas graves para realizar el bajo continuo.
Contamos un total de 16 clavijas, lo que supone 8 cuerdas dobles, también
observamos una caja de resonancia abombada por su parte trasera y una
roseta tallada en la zona central. Las manos y dedos del ángel denotan
movimiento, por lo que se representa en plena ejecución de una obra musical.
Los dedos de la mano izquierda apoyan sobre los trastes para producir las
diferentes notas musicales, mientras que la mano derecha, situada por debajo
de la boca del instrumento, apoya las yemas de todos sus dedos sobre la caja
dando a entender que es el dedo pulgar el que percute las cuerdas.
135
Cuando Zurbarán pinta a un personaje en trance de éxtasis hace que sus
ojos estén llorosos, lo que parece una contradicción con el gozo que debería
provocarle la visión. Las consecuencias de este sentimiento son el fervor, tan
evidente en sus pinturas, y la languidez, que es, en definitiva, el resultado
último de la embriaguez que produce la presencia del Amado. Zurbarán
presenta sus visiones, hasta 1640, de dos formas distintas: la división del
cuadro en dos estratos, destinado el superior al mundo celestial, y la
yuxtaposición de ambas esferas, abriéndose la gloria al espacio terrenal, que
se mantiene en penumbra. Este segundo procedimiento es posterior al primero
en el tiempo y supone un avance estilístico, ya que la separación en pisos tiene
raíces en el manierismo y fue empleada por la anterior generación de pintores
sevillanos, que verían en ella un lenguaje fácilmente comprensible para un
pueblo acostumbrado a la misma estratificación escenográfica en los carros
empleados para los autos sacramentales.128
128 CARRASCAL MUÑOZ, J.M. (1997), Visión mística y éxtasis en la pintura de Zurbarán, Goya: Revista de Arte, 257,
289-302.
136
Al llegar a 1638, Zurbarán alcanzó uno de los mayores hitos artísticos de
su carrera, puesto que comenzó la realización de un amplio conjunto destinado
a la Cartuja de Jerez de la Frontera donde se situaron fundamentalmente las
obras en el retablo mayor, el pasillo del Sagrario y el coro de Laicos. El retablo
mayor constaba de dos cuerpos de altura. El primer cuerpo está presidido por
"La Batalla de Jerez". En los laterales de este primer cuerpo se encontraban
"La Adoración de los pastores", firmada y fechada en 1638 y "La Adoración de
los Reyes", conservadas ambas en el museo de Grenoble. Son obras de
excepcional calidad, en las que el naturalismo descriptivo se vincula a la
intensa emotividad que emana de los personajes que adoran al Niño. En el
segundo cuerpo la figura central podría haber sido San Bruno y en los laterales
la Anunciación y la Circuncisión, ésta última fechada en 1639, año de
conclusión del conjunto.
En la “Adoración de los Pastores”, en cuestión, se representa el momento
en que los pastores acuden a conocer al Niño Jesús nacido durante la noche, y
en dicha escena aparecen representados unos campesinos sencillos y rudos,
tostados por el sol y castigados por las inclemencias del tiempo, vestidos con
ropajes toscos, como corresponde a su humilde condición. Las figuras están
dotadas de un volumen casi tangible, gracias a los efectos lumínicos que el
pintor aplica sobre ellas. El ambiente oscuro y misterioso es iluminado con
fuerza desde un único punto, que no es otro que el propio bebé recién nacido,
en referencia a la luz que ilumina el mundo. Zurbarán renuncia a las típicas
escenas principescas del siglo anterior para presentarnos personajes populares
que sólo denuncian su condición superior en sus actitudes.
De acuerdo con las estrictas normas locales de la iconografía religiosa,
todas las figuras aparecen completamente vestidas y no se permiten detalles
virtuosos que distraigan al espectador. Zurbarán procura crear una atmósfera
de sosegada reverencia y concentra su atención en la parte superior de los
cuerpos y en los rostros; la corrección anatómica no es esencial en su proyecto
y por tanto no intenta mostrar las piernas por debajo de las rodillas, dejando
que la imaginación del espectador las suponga. Por el contrario, se detiene
ampliamente en los más pequeños detalles inanimados, como es el laúd,
137
pintado con gran precisión en el que se puede apreciar el número de cuerdas,
entre 6 y 7 órdenes de cuerdas, de largo mástil y la decoración que posee al
arranque del mástil, nunca antes apreciada en las representaciones de este
instrumento. Por otro lado, no vemos la mano derecha, lo cual indica o que no
está tocando, o bien, que la tiene situada casi a la altura del puente, posición
que sería técnicamente incorrecta.
Es con todo esto que Zurbarán logra una representación del relato
directa y sin afectación, así como una poderosa interpretación de su significado
espiritual.
138
mano del maestro, pero al mismo tiempo, con intervenciones llevadas a cabo
por sus colaboradores que desequilibran la homogeneidad estilística de algunas
pinturas. Su habilidad para componer volúmenes sólidos y estáticos,
dispuestos con rigurosos y simples esquemas compositivos, cuya sobriedad se
refuerza con un austero empleo del color dominado por los tonos blancos y
marrones de los hábitos de los padres jerónimos. La utilización de solemnes
fondos arquitectónicos en perspectiva es también recurso constante en este
ciclo. El conjunto decorativo de la sacristía se completa con dos obras situadas
en la capilla de San Jerónimo que la preside. En el pequeño altar de la capilla
figura "La apoteosis de San Jerónimo" en la cual el Santo asciende hacia el
cielo impulsado por una corte angélica. En los muros laterales aparecen dos
amplias composiciones de alta calidad: "San Jerónimo flagelado por los
ángeles" y "Las tentaciones de San Jerónimo". En la primera de estas obras y
en medio de aúreos resplandores celestiales Cristo presencia el castigo que
varios ángeles infligen a San Jerónimo por haber leído textos de Cicerón,
según un sueño descrito por el propio Santo. En la segunda, San Jerónimo
rechaza con actitud teatral la presencia de un elegante y aristocrático grupo de
tentadoras mujeres que interpreta música y canta, en el que no se advierte
precisamente ninguna intención lasciva, sino que parecen recatadas damas
que regalan el oído al Santo con un refinado concierto.
En este último lienzo se relata una de las pruebas a las que fue sometida
la santidad de San Jerónimo: habiéndose retirado de las galas mundanas,
entre las que se contaba el cargo de cardenal, San Jerónimo, se recluyó en una
cueva del desierto para meditar y hacer penitencia. Su resistencia se vio
tentada por la aparición de una corte de hermosas jóvenes que intentaron
inclinarle hacia los placeres de la carne y los sentidos. El modo que Zurbarán
tiene de representar la escena se aleja bastante del matiz erótico que
tradicionalmente se atribuye a este episodio. De este modo, en vez de unas
lujuriosas cortesanas nos presenta unas tímidas damiselas, vestidas de igual
manera que sus vírgenes mártires, que parecen dar una serenata al anciano
más que tratar de provocar sus bajos instintos. La boca de la cueva presta un
telón oscuro tanto al personaje como al premeditado bodegón que hay en el
139
centro: configurado como una vánitas, muestra los temas perennes de la
meditación sobre el ser humano, con los libros como símbolo del conocimiento
y la calavera como símbolo de la muerte. La técnica empleada es la de sus
mejores años, el tenebrismo, ejecutando con gran maestría un brillante juego
de luces y sombras. De este modo consigue destacar casi con violencia las
partes iluminadas que más le interesan: el macilento cuerpo del viejo, las
hojas amarillas de los libros y las hermosas pieles de las jóvenes así como sus
vestidos y sus instrumentos musicales, tradicionalmente asociados con el
pecado de la lujuria. Entre ellos, destaca el laúd, que sólo vemos de manera
parcial, portado por la joven que mira de frente al espectador, y por lo que se
adivina, parece ser un laúd clásico de 6 órdenes de cuerdas y de mástil
alargado.
141
de la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, encargados por su amigo el
canónigo Justino de Neve para conmemorar la promulgación del Breve de
Alejandro VII relativo a la Inmaculada.
La última etapa, conocida como la del "estilo vaporoso", destaca por dos
grandes series que suponen el punto culminante de la producción de Murillo:
se trata de la del convento de los Capuchinos, realizada entre 1665 y 1670, y
la del Hospital de la Caridad (1668-1674), ambos en Sevilla. La primera está
compuesta de 22 lienzos que componían el retablo mayor y otros laterales. En
cuanto a la segunda, en 1665 Murillo había ingresado en la hermandad de la
Santa Caridad, y pocos años después, ejecutó varios lienzos para decorar la
iglesia del Hospital de dicha Cofradía. Cuatro lienzos de menor tamaño, que
ilustraban otras tantas obras de caridad, se encuentran hoy repartidos por
distintos museos ("La curación del paralítico", en la National Gallery de
Londres; "La liberación de San Pedro", en el Ermitage de San Petersburgo). Por
su parte la Galería Nacional de Washington conserva "El regreso del hijo
pródigo", lienzo de extraordinario cromatismo que ilustra el caritativo acto de
vestir al desnudo, interpretado casi más como una escena de género que como
un tema bíblico. Otro lienzo de esta misma serie, "La disipación del hijo
pródigo", lo analizaremos a continuación ya que contiene la representación de
un laúd. La última obra de Murillo fue el retablo mayor de la iglesia conventual
de los Capuchinos de Cádiz, en el que el lienzo principal está dedicado a "Los
desposorios de Santa Catalina" (1682).
143
de maestros de generaciones anteriores. Murillo todavía no ha creado un estilo
personal y por eso en el dibujo muestra evidentes influencias de su maestro,
Juan del Castillo, especialmente en los rasgos delicados y finos con los que
describe los rostros y las sonrisas insinuadas. En el rompimiento de Gloria que
aparece en la zona superior -formado por ángeles mancebos que tocan música
y cantan mientras que angelitos arrojan flores a Santo Domingo- se constata la
influencia de Juan de Roelas. Los ropajes que cubren a los personajes estarían
inspirados en Zurbarán, sobre todo el modelado recio de los pliegues. Quizá
por esta amalgama de influencias, algunos especialistas consideran,
injustificadamente, que no se trata de una obra salida de los pinceles de
Murillo.
En esta obra vemos representado, en la zona del rompimiento de gloria,
un ángel sentado en las nubes y tocando un laúd clásico, de mástil alargado,
clavijero en ligero ángulo hacia atrás, caja oblonga, más alargada de lo
normal, y roseta labrada, aunque no se llegue a distinguir el número de
cuerdas que posee.
“La disipación del hijo pródigo”, 1660-65, Museo Nacional del Prado,
Madrid.
144
Esta obra, junto con El hijo pródigo recoge su legítima, La despedida del
hijo pródigo y El hijo pródigo abandonado, son los cuatro únicos bocetos
conocidos de una serie integrada por seis lienzos pertenecientes a la National
Gallery de Dublín y que se inspiran en la parábola del hijo pródigo (Lc, 15).
Están parcialmente basados en estampas de Jacques Callot (1592-1635). En
ellos Murillo da rienda suelta a su habilidad para la narración y a su gusto por
las escenas inspiradas en la vida cotidiana, y su carácter de boceto les aporta
una gran frescura y libertad. Son obras en las que el pintor trabaja sin la
presión del cuadro final, por lo que contienen fragmentos que, por su agilidad y
dinamismo, sólo pueden ser comparados con los dibujos de su autor.129
Aunque con dificultad para apreciar detalles, podemos observar en
primer término a un joven tañendo el laúd. Parece ser uno clásico, con el
clavijero en ángulo y caja abombada. No se llegan a ver ni las cuerdas ni
ningún tipo de decoración.
129 PORTÚS PÉREZ, J.(2001), Guía de la pintura barroca española, Madrid, Museo del Prado.
145
unos años antes, pero de los que difieren por el dinamismo, el empleo de la luz
y la factura mucho más suelta. Valdés Leal participó en la fundación de la
Academia de Pintura sevillana, de la que fue director varios años al abandonar
Murillo el centro. Sin duda, sus obras más famosas son las alegorías o
jeroglíficos, de intenso simbolismo moralizante. Con ayuda del más chocante y
macabro realismo y pecando, tal vez, de recargamiento, se elevó a altas cotas
conceptuales para dar testimonio de lo fugaz y perecedero de las riquezas y
placeres terrenales. El sentido dinámico de la pintura de Valdés Leal aflora
asimismo en los lienzos que dedicó a la Inmaculada, con la figura de María más
corpulenta y envuelta en mayor agitación que en las de Murillo. Entre sus
últimas realizaciones, figura la serie que pintó para los Jesuitas de Sevilla, con
ocho escenas de la vida de San Ignacio y el ornato de la iglesia de los
Venerables que no pudo concluir, siendo ultimado por su hijo y único discípulo
Lucas Valdés.
146
Esta interesante serie de la vida de San Jerónimo fue realizada por
Valdés Leal para decorar la sacristía del convento hispalense de San Jerónimo
de Buenavista. La constituyen 18 lienzos en los que se narran episodios de la
vida del Santo y se ensalza la historia de la orden religiosa con la
representación de sus principales miembros, algunos vinculados a la vida del
propio convento. La mitad de este ciclo ingresó en el Museo de Bellas Artes de
Sevilla tras la Desamortización de 1840 y la otra mitad fue ilegalmente vendida
a coleccionistas. Se inicia la serie con “El bautismo de San Jerónimo”, firmado
y fechado por Valdés en 1657. Mucho más afortunadas son las escenas de la
“Tentación” y la “Flagelación”, espléndidamente resueltas con la intensidad
dramática y vigoroso cromatismo característicos del pintor. Fuera de España se
encuentran los episodios de “San Jerónimo discutiendo con los rabinos” y “La
muerte de San Jerónimo”.
En la obra que nos atañe, “Las Tentaciones de San Jerónimo”, Valdés Leal
presenta al santo arrodillado, semidesnudo y haciendo contundentes gestos de
rechazo con las manos a las lujuriosas mujeres que se presentan detrás de él.
Las damas danzan y tocan instrumentos que el santo no quiere oír y concentra
su atención en el crucifijo que se presenta sobre una roca, junto a las
Escrituras y la calavera que conforman sus atributos. El rostro de rechazo del
santo contrasta con las actitudes y gestos lujuriosos de las mujeres, lo que
Zurbarán no había conseguido en su cuadro sobre el mismo tema del convento
de Guadalupe. Aquí el pintor emplea una pincelada vigorosa y rápida que no
está reñida con el detallismo de los elegantes y ricos vestidos o la descripción
de la naturaleza muerta que aparece junto al santo. No deja de ser interesante
también la descripción del ambiente de la oquedad donde vive el santo que
deja ver al fondo un desértico paisaje. Por lo que se refiere a las mujeres
tentadoras, la que está de espaldas al espectador, ataviada con lujosas
vestimentas, es portadora de un laúd, del que sólo vemos la parte baja de la
caja y el clavijero. Parece responder al modelo clásico, ya que no se aprecia un
tamaño mayor del convencional ni doble clavijero, aunque la incerteza por el
número de cuerdas es evidente.
147
4.4 LA ESCUELA VALENCIANA: CONTEXTO, AUTORES Y OBRAS
Esta obra fue pintada entre 1620 y 1621 para el Convento de los
Capuchinos de la Sangre de Cristo en Alboraya, Valencia. Ribalta desarrolla un
tema extraído de la vida de San Francisco de Asís, el milagro por el que el
santo, ya bastante enfermo al final de sus días, recibe la visita de un ángel
músico. Dicho asunto, procedente de Italia, comienza a ser muy habitual en la
pintura española a partir de finales del siglo XVI, ya que encaja muy bien con
los ideales contrarreformistas que ensalzan la visión y éxtasis de los santos de
todos los tiempos. El santo se encuentra recostado y sobresaltado ante la
aparición de un ángel, en el momento en que un cordero se apoya en su lecho
149
y un hombre, puede ser un fraile, entra en la estancia. El religioso mira hacia
el ser que irrumpe en lo alto llevando un instrumento musical. La ambientación
del lugar se reduce a la cama, al crucifijo colgado en la pared, a la mesa con
un libro y una pequeña lámpara encima, y a la puerta del fondo.
Según la doctora Mª Pilar de la Peña130, en su estudio sobre la melodía
mística dentro de este cuadro de Ribalta, existen dos versiones en la
explicación del milagro: una, afirma que el santo mira estupefacto al ángel, y
otra, que sólo oye una música, sin ver a nadie. Ribalta transforma la audición
en una visión, único medio que tiene el pintor para transmitir el
acontecimiento. Aunque nuestro oído no puede apreciarlo, una música está
sonando para San Francisco, quien reacciona ante ella con todo su cuerpo. Su
intérprete, un joven alado, se introduce de manera súbita en la celda,
suspendido en el aire y tañendo un laúd.
El artista emplea con libertad los escritos biográficos sobre el santo, en
donde se indica que el ángel canta y se mueve de un lado a otro. Aquí va a
prescindir del primer aspecto, pues el músico no da indicios de usar su voz
para acompañar la pieza que toca, pero, sin embargo, sí expresa el
movimiento a través de su postura escorzada y del vuelo que acusan los paños
que le cubren. Así se sugieren las vibraciones sonoras que, emitidas por el
instrumento, impactan a San Francisco. Por otro lado, observamos un motivo
apócrifo que traslada el hecho acaecido en el siglo XIII a la época del pintor,
dándole así actualidad. El pintor se permite ciertas libertades con el fin de
hacer más real el milagro, lo que le lleva a incluir ciertos motivos anacrónicos,
como el laúd, o simbólicos, como el cordero o la comida del monje en la
semioscuridad. Mientras las fuentes mencionan una cítara o una viola, en el
lienzo aparece un laúd, que responde al modelo clásico vigente en el
Renacimiento y en los inicios del Barroco. La fidelidad con que se muestra el
laúd nos invita a considerar la misma actitud con respecto a la música que
subyace en la obra. Teniendo en cuenta la época barroca en que ésta se
realiza, hay que pensar en una melodía acompañada armónicamente.
130 DE LA PEÑA GÓMEZ, M.P. (1992), Melodía mística en un cuadro de Francisco Ribalta. En: Actas del Primer
Congreso de Historia del Arte Valenciano, Valencia, 25-29 mayo 1992, Valencia, Generalitat Valenciana, p.409-412.
150
El tema básico de la obra es la unión íntima del hombre con Dios a través
de la música; por lo que expresa, con su pintura, la necesidad que siente el
hombre de renunciar a sí mismo y a todo lo que le rodea para quedarse en la
pobreza más esencial, como paso previo para unirse con Dios. De ahí que el
laúd actúe como elemento que hace posible la comunicación entre el hombre y
Dios y, por tanto, su fusión mística. El pintor recoge el pensamiento de San
Francisco acerca de los instrumentos musicales, con la función de alabar al
Señor y de consolar a los pobres. El mismo enfoque platónico-pitagórico se
advierte en la literatura mística de los siglos XVI y XVII.
Aquí el laúd es tañido por el ángel con los dedos, lo que permite una
mayor flexibilidad, sobre todo para tocar acordes; el uso del plectro decayó a
finales del siglo XV, aunque algunos laudistas lo usaban aún en el XVII. En
torno al mástil, que se va ensanchando desde el siglo XVI al añadirse mayor
número de cuerdas, se disponen unos siete trastes de tripa enrollados y
atados, que marcan los diversos semitonos, aunque de forma inexacta por
aflojarse con facilidad. El mango termina con el clavijero doblado hacia atrás
para permitir una mayor tensión de las cuerdas, de las que no podemos
determinar el número exacto, apreciándose once clavijas dispuestas
lateralmente. El reverso de su caja de resonancia está abombado en la típica
forma de media pera, aunque se percibe mejor en otros cuadros de ésta
época. La tabla armónica plana de forma oval tiene una roseta central de
labrado sencillo; se aprecia en su unión con el mástil un tallado artísticamente
más exquisito, sólo visto anteriormente en el laúd de “La Adoración de los
Pastores” de Zurbarán. Como peculiaridad hay que destacar que el ángel
sujeta el instrumento con el mástil encarado hacia el suelo, hecho que veremos
repetidos en otras de sus obras así como en otros autores de la pintura barroca
española.
151
Según afirman las autoras del libro Arte y Música en el Museo del
Prado131, es sorprendente encontrar este instrumento dentro de la pintura
española de ésta época, ya que la vihuela de mano (con cuerpo de guitarra y
afinación de laúd), alcanzó mayor éxito en nuestro país y posteriormente fue
sustituida por la guitarra de cinco y seis cuerdas. Esto nos da a entender que
lo que en pintura se representaba, muchas veces distaba de lo que realmente
se encontraba en la sociedad de la época.
131 BENITO OLMOS, A.; FERNÁNDEZ TAPIA, T.; PASCUAL GÓMEZ, M. (1997), Arte y Música en el Museo del Prado,
Madrid, Visor-Libros Editorial.
152
Otra obra de Ribalta en la que podemos apreciar un laúd es los
Desposorios místicos de Santa Gertrudis, obra inédita hasta 1987, cuando fue
incorporada a la producción del pintor por Benito Doménech132, como un
magnífico ejemplo de su madurez artística alcanzada en la década de 1620. Ya
desde finales del siglo XVI y durante todo el siglo XVII, abundan las
representaciones de santos que participan en numerosos episodios de éxtasis y
visiones. Estos místicos, se encargaban de cumplir el sueño de ese tiempo, que
era fundamentalmente la unión con Dios. Tal es el caso de Santa Gertrudis que
en sus escritos narraba sus numerosas visiones en las que observaba en
éxtasis la presencia de Cristo. La obra hace referencia a una de las numerosas
visiones de arrebato místico de la santa. En la escena aparece el momento en
que Cristo, acompañado de una corte celestial de ángeles se aparece a la
abadesa benedictina en el interior de su humilde celda, y tomándole de la
mano le comunica su mensaje de redención: Salvarte-He, Librate, no temas.
La escena se presenta con una iluminación fuertemente contrastada, donde de
la aureola del Redentor parte una luz que ilumina la estancia, destacando el
rostro de la joven abadesa, que con fervor extático, muestra en su pecho el
atributo de su corazón con la imagen del Niño Jesús, símbolo de su amor por
Cristo y su emblema iconográfico. La presencia de ángeles músicos que
aparecen tocando un violín y un laúd, contribuyen a crear una atmósfera
sobrenatural de marcado acento lírico. Esta música celestial es la encargada de
transportar la santa al cielo, alejándola de las voces del mundo terrenal. Se
trata de un recurso empleado en otras obras del periodo de madurez de Ribalta
como hemos visto anteriormente.
También aquí el laúd es tañido por el ángel con los dedos; no se aprecia
el número de cuerdas ni de clavijas, tampoco la roseta labrada en la tabla
armónica. Parece ser un laúd clásico, con unos 6 o 7 órdenes de cuerdas
simples o dobles, clavijero doblado hacia atrás, dorso abombado y típica
construcción periforme. Llama la atención la forma de sujetarlo, ya que lleva el
132 BENITO DOMÉNECH, J. (1987), Desposorios místicos de Santa Gertrudis. En: Catálogo de la Exposición Los
Ribalta y la pintura valenciana de su tiempo, Valencia-Madrid, Museo del Prado, p. 158-159.
153
mástil hacia el suelo, recurso empleado por varios artistas por motivos
compositivos. Este será el modelo de laúd que veremos en la mayoría de
representaciones, tanto a nivel nacional como valenciano, durante todo el siglo
XVII. Es el modelo importado de Italia.
Por último, hay quien le atribuye a Francisco Ribalta el panel central del
retablo mayor de la Cartuja de Porta-Coeli iniciado en 1625, en el que se
representa a la Virgen, ante la Puerta del Cielo, coronada como reina y con el
Niño en brazos, sujetando entre ambos una orbe. La Virgen de Porta-Coeli es
una obra de controvertida atribución. Ya en los antiguos catálogos del Museo
de Bellas Artes de Valencia se le atribuye a Ribalta, también Araujo (1875) lo
154
consideraba suyo, aunque de segundo orden; Darby (1938) lo atribuye a
Bausá, mientras que Kowal133 (1985) lanza la hipótesis de que podría tratarse
de una obra de Espinosa. Será Benito (1987) quien atribuirá al panel una doble
autoría, en su opinión tanto la figura de la Virgen como los ángeles más
próximos a ella obedecen al estilo de Francisco Ribalta, mientras que el resto,
más proclive a formas evanescentes y caprichosas, podría ser tal vez obra de
Vicente Castelló, su yerno.
La Virgen, vestida con una túnica de color rojo vivo y con manto azul y
una enjoyada corona de oro en la cabeza, se alza erectamente sobre un globo.
Es el tipo icónico preestablecido, por su forma de peinado, rostro oval de
redondeado mentón, y cejas perfiladas, que guarda parecido con modelos
marianos típicos del viejo Ribalta. Los dos ángeles del ángulo inferior derecho,
los hallamos pero con otra pose en la obra anteriormente comentada. El
espacio restante se encuentra ambiguamente abarrotado con ángeles
adoradores y musicales, vestidos con túnicas terrosas de verde, pardo, naranja
y rojo, y tocando el laúd, el violín, la flauta y la guitarra.
133 KOWAL MARTIN, D. (1985), Ribalta y los ribaltescos: la evolución del estilo barroco en Valencia, Valencia,
Diputación Provincial de Valencia (traducción castellana de Manuel Lloris,).
155
sujetan el instrumento con el mástil encarado hacia el suelo; el instrumento es
prácticamente el mismo, aunque en este último sí se aprecian el número de
cuerdas y el calado de la roseta central. Además en todos ellos vemos
perfectamente la posición de ambas manos, imprescindible para corroborar si
la representación es fiel a las técnicas de tañer el laúd propias de la época.
156
En esta obra la tipología iconográfica de la Virgen responde a la
Esperanza o Virgen encinta que porta en su vientre al hijo de Dios,
manifestado en su avanzado estado y por aparecer justo en su vientre un disco
solar con facciones humanas, representación simbólica de Cristo como luz que
ha de iluminar al mundo. María se presenta descubierta en alusión a su
virginidad y con una larga cabellera adornada con una cinta enjoyada. El cuello
de la túnica y los márgenes del manto contienen gran profusión de elementos
de adorno, básicamente compuestos por perlarios y piedras preciosas. Según
el pormenorizado estudio realizado por Benito Doménech134, es obra de Juan
Sariñena, aunque hasta ese momento había sido considerada obra de Lluís
Dalmau. Debió ser realizada a principios del siglo XVII, dado que aparece de
forma manifiesta una clara influencia de los postulados estéticos introducidos
por el recién llegado Francisco Ribalta, de los cuales son especialmente
deudores, los ángeles músicos del primer término. Esta pareja de ángeles de
eco ribaltesco aparecen tocando sendos instrumentos musicales, el de la
izquierda un laúd de tipo clásico, aunque de forma más alargada, y su
compañero lo que parece ser una viola da gamba.
Consta documentalmente, que en el año 1603 pintaba Sariñena el
retablo para la capilla de Juan Lorenzo Vilarrasa en la cartuja de Porta-Coeli,
del cual se conservan varias tablas que pasaron con la desamortización al
Museo de Valencia, todas estas obras demuestran el peculiar estilo de
Sariñena, de pincelada suelta y coloración cálida de acento veneciano. La
Virgen de la Esperanza con ángeles músicos, fechable hacia 1610 podría
pertenecer a dicho encargo ya que comparte la misma procedencia y un estilo
muy próximo a esas obras, pero por el momento no se puede demostrar.
Este laúd es de tipo renacentista pero con la caja de forma más ovalada
y el mástil más largo. Se advierten cinco órdenes de cuerdas y también cinco
clavijas en un lateral, que sirven para la afinación, y el clavijero doblado
formando ángulo recto, como era lo habitual. Se puede considerar un laúd
clásico renacentista pero con sus peculiaridades dado que cada constructor de
134 BENITO DOMENECH, F. (1987), Los Ribalta y la pintura valenciana de su tiempo, Catálogo de la exposición
celebrada en Valencia, Lonja de Valencia, octubre-noviembre 1987, Valencia, Diputación Provincial.
157
instrumentos le daba su toque personal según los intereses sonoros del
comprador, o también variaba según la zona dónde se fabricase. No será igual
un laúd de inicios del siglo XVII en España que en Francia, Inglaterra o Italia.
Se les llamará a todos laúd, pero con sus características propias a nivel
organológico y en cuanto a afinación.
135 ARCINIEGA GARCÍA, L. (2001), El monasterio de San Miguel de los Reyes, 2 vols., Valencia, Conselleria de
Cultura i Educació.
158
Siguiendo la estética del retablo mayor que realizó para la parroquia de
Alacuás, podemos identificar la pintura de Cristo y Dios Padre como originales
de Cristóbal Llorens. Se trata de dos portezuelas de sagrario o expositor
procedentes en origen de Sagunto, en las que se puede apreciar el estilo de
Llorens, fiel seguidor de los modelos icónicos de Juan de Juanes, en las que
combinaba el empleo de una luminosidad vibrante con un atrevido y particular
uso del color.
Fueron atribuidas a este pintor por Benito Doménech136 quien con gran
acierto, observó en ellas una gran dependencia formal y estilística con la tabla
principal del retablo mayor de la parroquia de la Asunción en Alacuás, que
representa la Santísima Trinidad coronando a la Virgen entre un cortejo
celestial de ángeles músicos. Esta obra perfectamente documentada, fue
realizada por el pintor entre 1597 y 1600, años en los que también cabe
clasificar estas tablas de pequeño formato. Representan las figuras de Cristo y
Dios Padre en actitud de bendecir sobre un tono de nubes. A sus pies aparecen
representados un conjunto de ángeles músicos tocando diversos instrumentos
musicales. En el grupo que acompaña a Cristo podemos apreciar claramente
un laúd, un instrumento de cuerda con tesitura de bajo similar a la viola da
gamba y lo que parecen ser dos cornetas curvas. De los ángeles que
acompañan la figura de Dios Padre, el de la derecha toca un arpa gótica y el de
la izquierda un órgano positivo de mesa de tres octavas de extensión.
159
Otro autor de esta escuela es Jerónimo Jacinto de Espinosa (1600-
1667)137, procedente de Cocentaina, marchó a la ciudad de Valencia el año
1616 y se matriculó en el colegio de pintores de la ciudad, donde entró en
contacto con la escuela ribaltesca, por la que fue altamente influenciado. Fue
una de las personalidades más importantes, por no decir la más, en la pintura
de la escuela valenciana de la primera mitad del siglo XVII, o lo que es lo
mismo, una de las figuras más importantes del barroco valenciano. Aunque no
llegó a adquirir la altura artística de sus predecesores, es considerado el último
representante valenciano del gran barroco, totalmente contemporáneo a la
generación de los grandes maestros como Velázquez o Zurbarán. Su estilo
sigue la estela del naturalismo tenebrista, de composiciones teatrales,
monumentalidad corpórea, volúmenes definidos y realismo ascético. Su
actividad será fundamentalmente religiosa trabajando mucho para los
conventos valencianos, sobre todo para el Carmen Calzado, Santo Domingo y
la Merced. En los años 60, los últimos de su vida, trabaja sobre todo para los
mercedarios de Valencia y El Puig, con lienzos que se encuentran entre los
mejores de su producción, muestran la maestría del pintor al interpretar los
cálidos hábitos blancos mercedarios, y traducir la apasionada piedad iluminada
de los monjes, con esquemas compositivos de muy solemne verticalidad.
137 PÉREZ SÁNCHEZ, A.E. (2000), Jerónimo Jacinto de Espinosa (1600-1667), Catálogo de la Exposición, Museo de
Bellas Artes de Valencia, 28 septiembre-12 noviembre 2000, Valencia, Generalitat Valenciana.
160
“La última comunión de la Magdalena” (detalle), 1665, Convento de los
Capuchinos en Masamagrell.
Es una de las últimas obras de Espinosa pintada para el altar mayor del
Convento de los Capuchinos de Masamagrell (Valencia), firmada y fechada en
1665, pero según Orellana138 el cuadro no está terminado. El lienzo, que
rebosa la más apasionante y sincera piedad, está compuesto con su habitual
sobriedad y maestría en los pormenores, pero resulta, sin embargo,
notablemente arcaica para su fecha. El tratamiento tenebrista de la luz, la
presencia del donante arrodillado en primer término y la severa atmósfera,
apenas invadida por una gloria de ángeles corpulentos, parece responder a los
modos y a las formas de cuarenta años antes. Tanto naturalismo como
tenebrismo, las dos notas características del pintor, siguen presentes en esta
obra pintada poco antes de su muerte, con las que alcanzará notable
138 ORELLANA, M.A. (1930), Biografía pictórica valentina, Madrid, Gráficas Marinas.
161
intensidad dramática y emoción devota. En esta composición enlaza dos temas
frecuentes en la iconografía de la Contrarreforma al haber sido cuestionados
por la Reforma protestante: la eucaristía y María Magdalena penitente,
representación del sacramento de la penitencia.
162
“Imposición de la casulla a San Ildefonso”, (h. 1630), Museo Bellas
Artes de Valencia.
163
A la Virgen le acompañan un nutrido grupo de ángeles en diferentes
actitudes. Mientras alguno se dedican simplemente a contemplar el milagroso
prodigio, los dos situados en primer término participan de forma activa en la
acción; el de la izquierda ayudando a la Virgen a investir al santo con la casulla
y el de la derecha, situado en un primer término, tañendo un laúd, se
incorpora así al concierto celestial que ambienta el suceso. Se trata de un laúd
de cuerdas pulsadas, con un mango corto y un clavijero plano, inclinado casi
en ángulo recto hacia la parte posterior, con las clavijas situadas en los
laterales, cuerpo abombado y tapa armónica con roseta central.
164
Entre las obras realizadas por José de Ribera en su estancia en Roma,
1615-1616 Giulio Mancini dio a conocer la ejecución de una serie dedicada a
los sentidos. Aunque incompleta y dispersa se han localizado cuatro de las
cinco obras que la componían. La única obra que todavía se encuentra
desaparecida de la serie es “El Oído”, que es conocida a través de diversas
copias antiguas. Al sentido del oído concierne el conocimiento del lenguaje oral
y de la música y en ese lienzo presenta la figura de medio cuerpo de un músico
que con gesto alegre y desenfadado se nos presenta cantando y tocando un
laúd. El personaje aparece vestido de forma elegante o trovadoresca con
groguilla y sombrero emplumado, que lo alejan de los tipismos costumbristas
de resto de la serie. A pesar de la cuidada composición y del naturalismo que
se puede apreciar en la obra, dista mucho de la maestría de Ribera en el
tratamiento de las texturas y el empleo de la luz, a partir de la cual sería
prudente situarla a mediados del siglo XVII y en la órbita de pintores que
siguieron muy de cerca la producción del Españoleto y en repetidas ocasiones
practicaron el género alegórico.
165
el diapasón, paralela al mástil y las cuerdas, y sujetando con el dedo pulgar el
cuello del instrumento en su parte superior; mientras, la mano derecha está
apoyada sobre la tabla armónica con el dedo meñique, y con los dedos pulgar,
índice y medio percutiendo sobre las cuerdas.
166
CONCLUSIONES
167
CONCLUSIONES
El objetivo principal que nos proponíamos con este trabajo era estudiar el
laúd y su representación en la pintura barroca española, centrándonos en las
escuelas madrileña, sevillana y valenciana. En relación con este objetivo
general, nos habíamos propuesto otros objetivos más específicos, a partir de
los cuales hemos organizado las conclusiones:
169
2. Conocer las causas de su auge y posterior decadencia en la sociedad y
en las representaciones pictóricas barrocas, tanto en España como a
nivel europeo.
170
Objetivo 1. Profundizar en el estudio del laúd, investigando sus orígenes e
historia, y siguiendo su evolución morfológica, que nos ayudará a determinar
las diferentes tipologías de este instrumento.
171
numerosas variantes, que diferían según la época y el lugar, algunas de éstas
citadas por Robert Spencer en su artículo “Chitarrone, theorbo and archlute”.
Por lo que se refiere al laúd tiorbado, fue erróneamente asociado al término
archilaúd, pero que como decimos, lo englobaría pero no lo suplantaría.
Durante los siglos XVI y XVII el laúd tuvo una misión preponderante en
la música y la sociedad. De ello dan fe sus numerosas representaciones en las
obras pictóricas, al igual que la gran cantidad de publicaciones sobre tablatura
de laúd que se conocen de la época. Fue utilizado en las piezas cortesanas y en
las religiosas, en composiciones polifónicas y en melodías acompañadas, así
como para espectáculos populares y danzas. Además, muchos nobles y reyes
así como eclesiásticos, sobre todo europeos, solían tener algún laudista a su
servicio. En España, compartió fama y protagonismo con la vihuela. Además,
fue un instrumento que también se destinó a la orquesta, pero a partir de
finales del siglo XVII fueron sustituyéndolo progresivamente por el violín y el
clavecín. Así pues, esta desaparición del ámbito musical y social repercutió en
el hecho de que la representación del laúd se viera también afectada en la
pintura española desde finales del siglo XVII y durante los siglos posteriores. El
laúd, una vez se comprobó que podía ser sustituido por otros instrumentos,
porque ya no respondía a los deseos musicales de novedad sonora que exigía
la sociedad del momento, fue desapareciendo progresivamente. La causa fue
que no encontraba un lugar en el concierto de las nuevas formas
instrumentales a partir de mediados del siglo XVII o, tal vez, que su sonoridad
ya no satisfacía. Por ello, y tal vez porque los gustos habían cambiado y los
172
nuevos comitentes de arte solicitaban ver en sus obras instrumentos
modernos, en boga y no desfasados -como era ya el laúd-, dejó de pintarse en
las obras que encargaban.
El primer paso que hemos dado antes de analizar las obras de arte de
este trabajo, ha sido estudiar en profundidad el contexto histórico, social y
cultural que las enmarca, ya que es determinante para ciertos aspectos que
veremos a continuación. En el ambiente de crisis política y económica que se
encuentra España durante las primeras décadas del siglo XVII, florece y se
desarrolla una actividad artística sin parangón, una calidad artística sublime
que dará como fruto a algunos de los grandes maestros de la pintura española
de todos los tiempos. En estas circunstancias, la voz cantante la llevará la
Iglesia como principal cliente del arte barroco, y cuyos principios e ideas
incidirán directamente en los modelos iconográficos y compositivos. Es por ello
que la temática predominante en España fuera la religiosa, y por tanto,
veremos al laúd representado en este contexto. Los temas predilectos para
pintar el instrumento eran los rompimientos de gloria, que podíamos encontrar
en escenas con la Virgen, acompañada por el Niño Jesús, y cuyos ángeles
músicos tañían el laúd y la viola da gamba, entre otros. También era frecuente
en escenas de éxtasis o apariciones divinas a los Santos, en las que el laúd
173
participaba en la creación de un ambiente apropiado, una melodía divina;
remarcar que ningún instrumento mejor que él para tal hazaña por sus
características musicales y sonoras. Además, tuvieron gran repercusión las
pinturas de temática moralizante, sobre todo fuera de España, que ponían de
manifiesto lo fugaz de la vida y lo efímero de los placeres por los que se deleita
a los sentidos; produciendo tal placer a través del laúd.
174
Esta estandarización del modelo clásico, ya en época barroca, hemos
comprobado, que entre otras causas, era debida al uso de grabados y
estampas como fuentes de inspiración para los pintores. De este modo, el
instrumento que en ellas se representaba, era el que después copiaban los
pintores, creando así una anacronismo artístico-musical, ya que los grabados
solían ser inmediatamente anteriores en el tiempo y procedían de lugares
como Italia o Alemania. También era debido a los gustos y predilecciones de
los comitentes, que en ocasiones determinaban qué querían ver representado
en sus obras, y a nivel instrumental, solía ser el laúd para las de temática
religiosa, sobre todo, porque es un instrumento de sonidos dulces y
envolventes, perfecto para representarse en escenas de Ascensiones,
apariciones a Santos, o como complemento para los coros de ángeles músicos
que acompañan a la Virgen o a Cristo. De hecho, en las tres escuelas de
pintura española que hemos estudiado, el instrumento representado es casi en
su totalidad el laúd clásico renacentista, y suele aparecer en obras de temática
religiosa y moralizante.
Ahora bien, ¿eran esos instrumentos la viva imagen de los que se podían
observar en un concierto de laudes de la época? Queda muy en entredicho el
grado de fidelidad con el que son representados, ya que los artistas se
tomaban ciertas licencias. Así pues vemos como alteran las formas de la caja
armónica, juegan al despinte emborronando las cuerdas y el dibujo geométrico
de las rosetas, además de relegar los clavijeros a un segundo plano de
importancia, ya que al estar inclinado hacia atrás se pierde visibilidad y por ello
se descuida. Pero, por otra parte, requieren una particular atención aspectos
como la manera de sujetar el laúd, las posturas de las manos y de los dedos,
que en las obras analizadas en esta tesis se ajustan mucho a la realidad. La
mano derecha que percute con las yemas de sus dedos las cuerdas, autores
como Roelas, Herrera el Mozo o Murillo la colocan muy por debajo de la roseta,
a la altura del puente, postura técnicamente incorrecta; pero otros, como
Carducho, Sánchez Cotán o Antolínez la representan alrededor de la boca del
instrumento, lo que sería propio para obtener la sonoridad deseada, ya que en
175
ese punto la caja armónica absorbe el sonido para amplificarlo. En cuanto a la
mano izquierda, todos los autores la han representado sobre el diapasón
presionando con los dedos alguna cuerda, lo que sería correcto si se está
interpretando música. Por último, la adecuada forma de sujetar el instrumento
sería formando una perpendicular con el torso del cuerpo del músico, elevando
la parte del mástil y clavijero ligeramente hacia arriba. Pero como hemos
observado, y por motivos compositivos, algunos artistas han representado el
laúd inclinando el mástil hacia el suelo, porque ciertas composiciones así lo
requerían como “La Virgen de los Remedios” de Villegas, el “San Francisco
confortado por un ángel músico”, los “Desposorios místicos de Santa Gertrudis”
y “La Virgen de Porta-Coeli”, todas ellas de Ribalta.
Así pues, podemos concluir que las representaciones del laúd cuentan
con un elevado grado de fidelidad, y se ajustan a las formas de tañido en boga
durante el período barroco.
Con ello hemos pretendido estructurar con lógica y coherencia las obras,
para de cierta manera, apreciar qué tipo de laúd impera en cada área y en las
diferentes etapas dentro del marco cronológico que hemos establecido para
176
esta tesis. Se trata de una visión general, a nivel europeo, de la trascendencia
que el laúd tuvo durante el Barroco, y devolverle, en cierto modo, parte del
mérito y reconocimiento del que debería disfrutar, tras haber demostrado en
esta tesis que tanto en música como en pintura fue el más destacado y
sobresaliente de este período.
177
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FICHAS DE OBRAS
203
Fichas de obras – Italia
205
FICHA 1
207
FICHA 2
208
FICHA 3
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FICHA 4
210
FICHA 5
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FICHA 6
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FICHA 7
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FICHA 8
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FICHA 10
216
FICHA 11
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FICHA 12
218
Fichas de obras – Flandes
219
FICHA 13
221
FICHA 14
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FICHA 15
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FICHA 16
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FICHA 17
225
FICHA 18
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FICHA 19
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FICHA 20
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FICHA 21
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FICHA 22
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FICHA 24
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FICHA 25
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FICHA 26
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FICHA 27
235
FICHA 28
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FICHA 30
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FICHA 31
239
FICHA 32
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FICHA 33
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FICHA 34
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FICHA 35
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FICHA 36
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FICHA 37
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FICHA 38
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FICHA 40
248
FICHA 41
249
Fichas de obras – Francia
251
FICHA 42
253
FICHA 43
254
FICHA 44
255
FICHA 45
256
FICHA 46
257
FICHA 47
258
FICHA 48
259
Fichas de obras - Inglaterra
261
FICHA 49
263
FICHA 50
264