Julio Ramón Ribeyro
(Lima, Perú, 31 de agosto de 1929 - Lima, 4 de diciembre de 1994)
DIRECCIÓN EQUIVOCADA
Las botellas y los hombres
(originalmente publicado, por error, como Los hombres y las botellas)
(Lima: Populibros peruanos, 1964, 135 págs.)
RAMÓN ABANDONÓ LA oficina con el expediente bajo el
brazo y se dirigió a la avenida Abancay. Mientras
esperaba el ómnibus que lo conduciría a Lince, se
entretuvo contemplando la demolición de las viejas
casas de Lima. No pasaba un día sin que cayera un solar
de la colonia, un balcón de madera tallada o
simplemente una de esas apacibles quintas
republicanas, donde antaño se fraguó más de una
revolución. Por todo sitio se levantaban altivos edificios
impersonales, iguales a los que había en cien ciudades
del mundo. Lima, la adorable Lima de adobe y de
madera, se iba convirtiendo en una especie de cuartel
de concreto armado. La poca poesía que quedaba se
había refugiado en las plazoletas abandonadas, en una
que otra iglesia y en la veintena de casonas
principescas, donde viejas familias languidecían entre
pergaminos y amarillentos daguerrotipos.
Estas reflexiones no tenían nada que ver
evidentemente con el oficio de Ramón: detector de
deudores contumaces. Su jefe, esa misma mañana, le
había ordenado hacer una pesquisa minuciosa por
Lince para encontrar a Fausto López, cliente nefasto
que debía a la firma cuatro mil soles en tinta y papel de
imprenta.
Cuando el ómnibus lo desembarcó en Lince, Ramón
se sintió deprimido, como cada vez que recorría esos
barrios populares sin historia, nacidos hace veinte años
por el arte de alguna especulación, muertos luego de
haber llenado algunos bolsillos ministeriales,
pobremente enterrados entre la gran urbe y los lujosos
balnearios del Sur. Se veían chatas casitas de un piso,
calzadas de tierra, pistas polvorientas, rectas calles
brumosas donde no crecía un árbol, una yerba. La vida
en esos barrios palpitaba un poco en las esquinas, en el
interior de las pulperías, traficadas por caseros y
borrachines.
Consultando su expediente, Ramón se dirigió a una
casa de vecindad y recorrió su largo corredor perforado
de puertas y ventanas, hasta una de las últimas
viviendas. Varios minutos estuvo aporreando la puerta.
Por fin se abrió y un hombre somnoliento, con una
camiseta agujereada, asomó el torso.
—¿Aquí vive el señor Fausto López?
—No. Aquí vivo yo, Juan Limayta, gasfitero.
—En estas facturas figura esta dirección —alegó
Ramón, alargando su expediente.
—¿Y a mí qué? Aquí vivo yo. Pregunte por otro lado.
—Y tiró la puerta.
Ramón salió a la calle. Recorrió aún otras casas,
preguntando al azar. Nadie parecía conocer a Fausto
López. Tanta ignorancia hacía pensar a Ramón en una
vasta conspiración distrital destinada a ocultar a uno de
sus vecinos. Tan sólo un hombre pareció recurrir a su
memoria.
—¿Fausto López? Vivía por aquí, pero hace tiempo
que no lo veo. Me parece que se ha muerto.
Desalentado, Ramón penetró en una pulpería para
beber un refresco. Acodado en el mostrador, cerca del
pestilente urinario, tomó despaciosamente una Coca-
Cola. Cuando se disponía a regresar derrotado a la
oficina, vio entrar en la pulpería a un chiquillo que tenía
en la mano unos programas de cine. La asociación fue
instantánea. En el acto lo abordó.
—¿De dónde has sacado esos programas?
—De mi casa, ¿de dónde va a ser?
—¿Tu papá tiene una imprenta?
—Sí.
—¿Cómo se llama tu papá?
—Fausto López.
Ramón suspiró aliviado.
—Vamos allí. Necesito hablar con él.
En el camino conversaron. Ramón se enteró que
Fausto López tenía una imprenta de mano, que se había
mudado hacía unos meses a pocas calles de distancia y
que vivía de imprimir programas para los cines del
barrio.
—¿Te pagan algo por repartir los programas?
—¿Mi papá? ¡Ni un taco! Los dueños de los cines me
dejan entrar gratis a las seriales.
En los barrios pobres también hay categorías.
Ramón tuvo la evidencia de estar hollando el suburbio
de un suburbio. Ya los pequeños ranchos habían
desaparecido. Sólo se veían callejones, altos muros de
corralón con su gran puerta de madera. Menguaron los
postes del alumbrado y surgieron las primeras acequias,
plagadas de inmundicias.
Cerca de los rieles el muchacho se detuvo.
—Aquí es —dijo, señalando un pasaje sombrío—. La
tercera puerta. Yo me voy porque tengo que repartir
todo esto por la avenida Arenales.
Ramón dejó partir al muchacho y quedó un
momento indeciso. Algunos chicos se divertían tirando
piedras en la acequia. Un hombre salió, silbando, del
pasaje y echó en sus aguas el contenido dudoso de una
bacinica.
Ramón penetró hasta la tercera puerta y la golpeó
varias veces con los puños. Mientras esperaba, recordó
las recomendaciones de su jefe: nada de amenazas,
cortesía señorial, espíritu de conciliación, confianza
contagiosa. Todo esto para no intimidar al deudor,
regresar con la dirección exacta y poder iniciar el juicio
y el embargo.
La puerta no se abrió pero, en cambio, una ventana
de madera, pequeña como el marco de un retrato, dejó
al descubierto un rostro de mujer. Ramón,
desprevenido, se vio tan súbitamente frente a esta
aparición, que apenas tuvo tiempo de ocultar el
expediente a sus espaldas.
—¿Qué cosa quiere? ¿Qué hay? —preguntaba
insistentemente la mujer.
Ramón no desprendió los ojos de aquel rostro. Algo
lo fascinaba en él. Quizá el hecho de estar enmarcado en
la ventanilla, como si se tratara de la cabeza de una
guillotina.
—¿Qué quiere usted? —proseguía la mujer—. ¿A
quién busca?
Ramón titubeó. Los ojos de la mujer no lo
abandonaban. Estaba tan cerca de los suyos que
Ramón, por primera vez, se vio introducido en el
mundo secreto de una persona extraña, contra su
voluntad, como si por negligencia hubiera abierto una
carta dirigida a otra persona.
—¡Mi marido no está! —insistía la mujer—. Se ha
ido de viaje, regrese otro día, se lo ruego…
Los ojos seguían clavados en los ojos. Ramón seguía
explorando ese mundo inespacial, presa de una súbita
curiosidad, pero no como quien contempla los objetos
que están detrás de una vidriera sino como quien trata
de reconstruir la leyenda que se oculta detrás de una
fecha. Solamente cuando la mujer continuó sus
protestas, con voz cada vez más desfalleciente, Ramón
se dio cuenta que ese mundo estaba desierto, que no
guardaba otra cosa que una duración dolorosa, una
historia marcada por el terror.
—Soy vendedor de radios —dijo rápidamente—. ¿No
quiere comprar uno? Los dejamos muy baratos, a
plazos.
—¡No, no, radios no, ya tenemos, nada de radios! —
suspiró la mujer y, casi asfixiada, tiró violentamente el
postigo.
Ramón quedó un momento delante de la puerta.
Sentía un insoportable dolor de cabeza. Colocando su
expediente bajo el brazo, abandonó el pasaje y se echó a
caminar por Lince, buscando un taxi. Cuando llegó a
una esquina, cogió el cartapacio, lo contempló un
momento y debajo del nombre de Fausto López
escribió: “Dirección equivocada”. Al hacerlo, sin
embargo, tuvo la sospecha de que no procedía así por
justicia, ni siquiera por esa virtud sospechosa que se
llama caridad, sino simplemente porque aquella mujer
era un poco bonita.
(Amberes, 1957