Met, El Muerto
Met, El Muerto
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Adrián Haidukowski
Met, el muerto
ePub r1.2
Titivillus 14.10.2017
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Adrián Haidukowski, 2001
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Agradecimientos
A mi familia toda.
A Diego Paszkowski, a su taller de narrativa y a todos sus alumnos en
constante evolución prodigiosa.
A Julieta Bliffeld, Ale Parissi, Nico Mateo, Julieta Shama, Sebastián Koen,
Ernest y Sonin Traiding.
A Gabriel Luffman que ayudó sin saberlo.
A Miri que todavía pregunta qué es la Piromicina.
A Gabriela Liffschitz.
A Héctor Brown y su confusión final.
A mi viejo.
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… a mis dos flores…
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Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han
traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido
el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto,
porque para Bandeira ya estaba muerto.
JORGE LUIS BORGES, El muerto, El Aleph.
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Uno
Se acercó a mí como muchos otros se me venían acercando desde que gané ese
premio asqueroso. Cien mil dólares. No tan asqueroso aunque sí molesto. Un
autógrafo, pensé. Alguna pregunta estúpida de cómo el personaje central logra
descubrir una de las muchas estupideces que descubre. Pero no. Se sentó a mi mesa y
sin permiso empezó diciendo que me había llamado como cien veces en la semana.
No es mentira, desde que gané ese premio me llaman todo el día, el numerito rojo del
contestador dejó de titilar en los cincuenta porque la cinta no debía alcanzar. Por
culpa de tipos como él me quedé sin teléfono, aunque mucho no lo uso. ¿Cómo
consiguen mi número? Voy a pedir que me cambien la línea, pensé, y me di cuenta de
que el tipo ese todavía estaba sentado ahí, sentado en frente, hablando. Le pedí que se
fuera de la mejor forma que podía pedirle algo a alguien en ese momento. Pero
parecía no entender, no me escuchaba, y si hay algo que me molesta es que no me
escuchen. Acaso se olvidó de que era yo el que se ganó los cien mil dólares, que era a
mí a quien todos le prestaban atención y no a él. Pobre tipo. Me dijo que le quedaban
tres meses de vida. Qué me importa, te podrías morir acá, le dije. Pobre tipo, pensé.
Me reí y pensé otra vez pobre tipo, y después lo pensé de nuevo. No quería
escucharlo. Pero no me quedaba otra, mirá si me contagiaba. Dijo que quería que le
escribiera un libro. Un autógrafo, pensé, tanto lío para eso, pero no. Dijo que había
leído todo lo mío y que me admiraba. Sólo un libro, dije, escribí un solo libro que por
ahora es suficiente. Él era nada más que un lector y no escribía, por eso me eligió a
mí y no a otro. Mirá si iba a escribir un libro para ese tipo. Menos después de tener
los cien mil dólares en el bolsillo, y menos todavía sabiendo que una vez por mes
cobro en efectivo por los derechos de autor y que además siempre llegan algunos
pesos extras gracias a la reputación que me hice. Hubiese venido antes, tal vez se lo
escribía por cincuenta pesos, o por un buen vino, qué sé yo. Mala suerte tuvo el
pobre. Se tendría que haber enterado antes de que se moría, tal vez lo trataba mejor,
de qué sirve tratar bien a alguien si sabés que se va a morir. Llamé al mozo y cuando
iba a pagar y a dejar al pobre tipo hablando solo, ahí y solo, como tendría que ser,
llegó Yamila. Yamila es mi única amiga, novia y pareja. Aunque yo no soy el único
para ella, pero qué más se le puede pedir a una mujer. Que llegue temprano, por
ejemplo. Porque por su culpa había tenido que escuchar a ese tipo como quince
minutos. Se lo dije. Y ella para molestarme se quedó escuchando algo de lo que decía
él, y encima no se rió. Pobre mina. No sé cuánto tiempo hablaron. En realidad el que
hablaba era él, y Yamila se limitaba a decir «fascinante», lo mismo que dice cuando
tiene un orgasmo conmigo. Yo digo «miserable», si es que llego a tenerlo. Me
levanté, los insulté y me fui. El muerto quiso seguirme, yo no lo vi pero escuché a
Yamila decirle que no valía la pena. Ella sí que me conoce. Salí a la calle y no tenía a
dónde ir, era invierno pero no caía esa lluvia finita que a mí me gusta tanto porque les
molesta a todos. Caminé un rato: fumé tres cigarrillos, firmé un autógrafo y volví.
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Habían pasado diez minutos. Los insulté de nuevo y me senté. Yamila me tocó la
pierna y yo le subí la mano. Ella me conoce. Entonces sí lo escuché hablar. La
historia era bárbara, al pobre tipo le salía todo mal. Hasta la fecha de su muerte se la
dieron tarde. Era algo para aprovechar. Tuve ganas de pedirle que fuera a mi casa a
escuchar los mensajes y que después me hiciera un resumen. Eso era la muerte de
verdad, y si se moría antes igual no iba a haber diferencia. Yami seguía tocándome y
no sé cómo hizo para meter la mano por adentro de mi pantalón sin que nadie se diera
cuenta. Yo también quería tocarla, pero escuchar esa historia era mejor, era mejor
imaginarlo a él en las situaciones que contaba. El pobre tipo no dejaba de hablar y yo
quería tener mi notebook. Pero no para escribir, para mostrarle que yo había ganado
los cien mil dólares y que por eso yo tenía una notebook y que por eso él se tenía que
callar un poco. Además ya había escuchado suficiente. Con lo que me había dicho
podía imaginar toda una vida. ¿Tres meses? No me acordaba y se lo volví a
preguntar. Sí, tres meses. Pero igual no le iba a escribir el libro. No todavía, quería
esperar que se muriera. Yamila lo sabía y por eso disfrutaba escuchándolo. Pagué la
cuenta y ella dijo que lo íbamos a llamar. Mentira, ella sabe mentir y eso me gusta.
En la calle paramos un taxi, Yamila subió y dejó la puerta abierta; yo, como
siempre, esperé un minuto antes de subir. Nos reímos mucho, y aunque no sabía bien
por qué nos reíamos, estuvo divertido. El tachero aprovechó y bajó como diez fichas,
recién ahí nos preguntó a dónde íbamos. Nos miramos y como no teníamos idea
empezamos a reírnos otra vez, pero mi risa empezaba a ser más forzada y ya me tenía
un poco aburrido todo eso. Entonces le dije al infeliz que manejaba que me llevara a
casa, pero al parecer no me conocía porque me preguntó la dirección. Yamila dijo que
no, que a la de ella. Se debe haber olvidado de que está casada. Entonces fuimos a la
mía. En los lentos diez pisos del ascensor no hizo nada, pero ni bien puse la llave en
la cerradura no sé cómo hizo para sacarse la ropa. Yo pensaba en otra cosa, en los
mensajes, por ejemplo, aunque a mí no me quedaban tres meses, pero Yami, que sí se
quería morir, prendió el contestador y mientras escuchábamos al tipo del bar
suplicando y suplicando nosotros cogíamos y cogíamos. «Fascinante». «Fascinante».
«Miserable». Cuando terminamos se vistió y se fue. Ni chau me dijo. Pensar que con
el marido no tiene sexo. Aunque si lo pienso de esa forma, conmigo no tiene nada, no
quiere tener nada. ¿Quién podría? Además con lo del premio se complicó todo. Yo
ahora soy famoso y en cualquier lado puede haber un fotógrafo de alguna revista. A
mí no me importa, pero ella es casada.
Era temprano, no quería escribir. Podía haber jugado al Dark Seed pero justo ahí
sonó el teléfono. Lo pensé un poco y atendí. Era un amigo, Kein, si a Kein se lo
puede llamar amigo. Quería manguearme o necesitaba algo. Yo prefiero el cigarrillo,
está siempre, hasta cuando no tenés uno para fumar. Le corté y a los cinco minutos
sonó de nuevo y volví a atender. Cortarle a la gente a veces es divertido. Era una
exalumna que me llamaba para felicitarme por el premio, me dijo que recién se
enteraba y estaba feliz por mí. Le pregunté si no quería festejarlo en mi casa y dijo
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que no le molestaba. Llegó media hora después de cortar. Desconecté el teléfono. La
alumna estaba linda, flaca que alguna vez fue gorda pero adelgazó haciendo
gimnasia, simpática. Se llamaba… no me acuerdo cómo se llamaba, pero se llamaba
de alguna forma, y sí me acuerdo que se quedó a dormir y me puse contento porque
después de mucho tiempo no me molestaba que una mujer durmiera en casa. Hasta
soñé con algo bárbaro, pero no me acuerdo qué. Eso sí, temprano a la mañana, de
buena forma, le pedí que se fuera. De verdad se lo pedí de buena forma porque la
piba se fue lo más bien. Sonó el teléfono y me pareció extraño porque lo había
desconectado. No atendí y era Yamila. Dejó dicho en el contestador que su esposo se
iba de viaje quince días y ella se quedaba sola. ¿Eso era bueno o malo?
Estuve todo el día sentado frente a la computadora escribiendo, escuchando
mensajes que me dejaban en el contestador y jugando al Dark Seed. Todo
acompañado por un buen vino. A la noche, a eso de las diez, al fin pude encontrar la
tercera llave para dejar la ciudad y salvar al alienista y así matar a los vecinos y yo
poder escaparme o liberar mi cabeza a través del Dark Seed, porque el Dark Seed se
trata de eso, de un tipo que tiene un tumor y resulta que el tumor es el alienista que
Giger le metió en la cabeza y tiene que sacárselo y a su vez encontrar los pasadizos
que se van creando en su propia casa que él antes creía conocer pero este Giger como
está reloco hace cosas como éstas y además dibuja como un genio. Si yo hubiese sido
pintor me hubiera gustado ser como Giger. Llegar a viejo medio loco y que todavía se
te pare. Porque el viejo dibuja como si todavía se le parase. Lo conoció a Dalí
también, otro viejo loco. Yo conocí a Borges. Una vez, en el colegio secundario vino
un viejo que hablaba en hebreo. Yo iba a la O. R. T. Colegio judío. Un schule. No le
presté atención porque no tenía idea de quién era. Pensaba que ese viejo se podía
dejar de hinchar y dejarnos ir a jugar al fútbol. Recién a los veinte, cuando analicé
para la facultad algunos de sus cuentos, me di cuenta de quién era. Una vez le conté
eso a Yamila y me pegó, después se rió y después me preguntó si había vivido en una
caja fuerte. Yo le dije que ojalá y ella me dijo que no podía ser, no me creía, todavía
no me cree. Eran las diez y llegó Yamila. Vino con el muerto y me volví a acordar de
Borges, no porque esté muerto. Por el cuento me acordé.
¿Qué hacés con este tipo acá? Quiero que escribas para él, se lo merece. No, ni
loco, váyanse. El tipo estaba callado, seguro que por orden de Yamila, yo pensaba en
el Dark Seed, en que el juego es una basura pero como tiene dibujos de Giger es
bárbaro, también pensaba que en mi casa tendría que haber algún pasadizo secreto
para escaparse. Ojalá. Le dije al muerto que se sentara en la computadora y
escribiera, que yo después se lo iba a corregir. El tipo estaba más pálido que en el bar.
Le dije si quería tomar algo, había vino. No puedo, dijo. Entonces Yamila se ofreció
para ir a comprar Pepsi. Coca, dije. También le dije que me comprara cigarrillos, que
los estaba extrañando y ella me dijo que no, que los cigarrillos me iban a matar antes
que a mis hijos. Le iba a decir que igual no tengo hijos, pero entonces el tipo dijo que
él también quería cigarrillos y que por lo de morirse no se hacía problema. Ahí lo
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respeté un poco más y me imaginé qué pasaría si me quedaran tres meses a mí.
Seguro me lamentaría por todo lo que no hice y no haría nada más. Bárbaro. Le
pregunté si no le gustaba la música. Pensé un poco y le puse algo para que se
inspirara. Un compacto que compré cuando yo era un tarado. No digo que había
dejado de serlo, pero tenía el premio y plata.
Qué irónico, me dijo. Y yo pensé que había logrado inspirarlo porque el tipo
empezó a escribir, o al menos intentaba. Escribía con los índices y tardaba en
encontrar cada letra como cinco segundos. Cuando escribió el título, le pedí que lo
borrara, que por respeto a Borges y a él mismo, ningún cuento o novela se podía
llamar «El muerto». Me miró y se puso a llorar. Qué imbécil, pensé. Por suerte volvió
Yamila, pero la histérica me gritó y me preguntó qué le había hecho. Como diez
veces me lo preguntó. Nada, dije. Abrí los cigarrillos y me fumé uno y el muerto se
fumó otro. Te vas a morir. Te vas a morir, le dije. El tipo se rió y pensé gracias a Dios.
¿Y ahora qué? Yamila, que había entrado en mi cuarto y no es nada lenta, me
preguntó si la había pasado bien la noche anterior. Y yo, que soy más rápido que ella
y que todos, le dije que mejor la había pasado ayer a la tarde, cuando estuvimos
juntos. Qué estúpido, dijo mientras se reía. Está todo bien, pensé. El tipo, que no
entendía nada, dijo que nos teníamos que apurar. Y después me decís irónico a mí,
dije. Otra vez empezó a reírse con esa risa asquerosa, porque mostraba todos los
dientes amarillos, y además, cada vez que largaba el humo hacía un ruido
insoportable, como si soplara las velitas de un cumpleaños. Entonces yo, que ya me
estaba cansando del tipo ese, de Yamila y de toda esa escena, dije basta. Me tienen
podrido, vos, el tipo este y todo, justo cuando había encontrado la tercera llave me
vienen a arruinar la vida, no los soporto más, se van ahora y no vuelvan ¿me
entienden? Por qué no escuchás un poco de la historia, te va a interesar, haceme caso,
dijo Yamila. Y parecía que me convenía hacerle caso porque si ella dice algo de esa
forma seguro que tiene razón. Aunque ya sabía lo que había escuchado en el bar.
Yami, con el mismo tonito misterioso, me dijo que había más, que lo escuchara.
Entonces lo escuché. Eran las once y nos quedamos hasta las tres de la mañana,
después él se fue pero Yami no.
¿Y tu esposo? En Río de Janeiro. ¿Qué está haciendo? Está en una asamblea de
eso que él hace. ¿Qué hace? Sabés lo que hace. Sí, ¿pero que está haciendo? Qué te
importa. «Fascinante».
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Cuando me desperté Yami no estaba y era mediodía. Me bañé, desayuné y pensé
en el pobre tipo; le quedaban tres meses y cada vez menos. Imaginé lo angustiado que
debía sentirse y me puse a escribir.
El proyecto Grossier
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ventanas y la puerta del lavadero para que se ventilara un poco el lugar. Necesitaba
salir. Para volver más tarde y creer que eso era algo nuevo aunque no lo fuera. Salí y
cuando estaba por cerrar la puerta de mi departamento me pareció que el olor denso
me seguía. Lo que vi explicó todo: el muerto, el muerto que bajaba del ascensor. Él
también me vio, me sonrió. Ahí estaba, llegando. Dijo que abajo estaba abierto y por
eso subió, después dijo hola. Yo dije lo mismo: hola, y lo invité a un bar para que
escribiéramos algo juntos, porque me había llevado la notebook.
El tipo no estaba pálido y parecía feliz. Se debía haber olvidado de que se estaba
muriendo. ¿Cuánto te queda?, le pregunté, y el tipo no se volvió a reír. Me contó
cómo había llegado a ser lo que era. No era nadie, yo se lo recordaba y él me decía
que estaba contento porque yo había aceptado. Como no quería que se sintiera mal,
decidí no contestarle, pero la que se tenía que hacer cargo de todo era Yami, aunque
para ella nada representaba un compromiso total. Ella es mi mujer, la quiero, no es mi
única mujer pero la quiero. El esposo es científico o algo así. Tienen plata, y me
conoció cuando presentaba mi libro, el último, el mejor, el único. Le gusta escribir
pero no escribe bien, por lo menos a mí no me gusta lo que hace aunque tiene buenas
ideas, en eso a veces hasta me da una mano. Ahora entiendo por qué no se quedó ella
con la historia del muerto. Es buena, es muy buena la historia. Yamila tiene olfato
para esas cosas y tal vez por eso me la cedió, porque ella sabe que escribe mal. O tal
vez lo que me cedió fue al muerto, no sé. De las dos formas estaría bien dicho. Hasta
tiene cara de libro, el pobre.
En el bar me dijo que era pintor y según él sus pinturas valían mucho. No le creí.
Si valían tanto no lo hubiese dicho. Además, lo importante es la opinión de los otros,
y lo que los otros paguen por tus cosas, de eso se trata el arte. También me dijo cómo
se llamaba, yo no lo sabía. Tampoco sabía qué estaba haciendo yo ahí, pero si la
historia era buena, tal vez las pinturas también, aunque como yo no había visto
ninguna por el momento no me interesaba pensar en eso. Elegimos una mesa cerca de
la ventana, y cerca de un enchufe. Conecté la notebook y él me dijo que había escrito
algo en su casa. Sacó de un bolsillo un papel, una servilleta. Una basura, en
definitiva. Le pregunté qué me estaba dando y me dijo que lo que yo le había pedido.
Me dio asco y el tipo se dio cuenta. Shuajda Gabriel. Ese era el nombre. Gabi no le
iba a decir porque sonaba a maricón, y si él lo era, yo no. El apellido era difícil y eso
que estoy acostumbrado a los apellidos difíciles. Le pregunté si no le molestaba que
lo llamara «Met». Y como él no sabía qué significaba dijo que sí. «Met», en hebreo,
significa muerto.
Lo que escribió, a pesar de que en el papel no se entendía casi nada, era la
primera frase de lo que me había dicho, según él un buen comienzo para la historia,
pero el escritor seguía siendo yo y además eso ya lo había escuchado. Le pregunté si
se pensaba que yo era un tarado para que me dijeran todo dos veces. El tipo me pidió
perdón y se quedó en silencio. Yo me acordé de Maquiavelo, que decía que más vale
ser temido que amado u odiado. Él, seguro, no conocía a Maquiavelo.
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Su familia era una de esas familias puritanas. Vivían de la tierra y no tenían ni
radio ni televisión. Como en las películas pero esto era en serio, no se puede creer
que todavía existan. Vivió ahí hasta los veinte y después se vino para la Capital
porque lo echaron. Me acordé de una vez en que fui al campo con unos amigos, cada
uno estaba con su chica. Era una casa enorme que tampoco tenía electricidad. Fue
terrible. Si hubiera estado solo habría sido lo peor de mi vida. Por suerte fui con una
mujer, con Kein y otros amigos. Me la pasé cogiendo. Después de tres días estábamos
tan aburridos que hasta nos animamos a hacer cosas de a cuatro y hasta de a seis.
Después de esa vez, siempre, una vez al año, organizo algo por el estilo. Me recuerda
lo bien que estoy en la ciudad y que nunca podría vivir en el campo, porque querer
escapar o vivir más tranquilo no significa suicidarse ni convivir con grillos y esos
animales de mierda. Tampoco nunca voy a poder escribir sobre esas frivolidades, es
ridículo pensar que alguien puede ser feliz en el medio de la nada, por suerte soy un
tipo de ciudad y con sólo pensar en un libro lleno de descripciones de diferentes
clases de hojas, de distintos cielos, aunque sean todos el mismo, y de silencios
aburridos que se pueden escuchar en el campo, me da asco.
«Met» tenía treinta, por lógica había vivido nada más que diez, y ahora se iba a
morir. Tenía varios hermanos y dos hermanas. Cinco hermanos y dos hermanas. Él
era el menor de los hombres y después venían ellas. Rubiecitas y muy calladas, él me
las describió así. Por acá es muy difícil encontrar mujeres calladas, dije. Él volvió a
sonreír y dijo que su historia es muy parecida a la que había hecho una escritora que
se llama Diene Ginwal. Pero después aclaró que nada más los personajes eran
parecidos, que la historia en sí no tenía nada que ver. Después volvió a hacer silencio
y dijo que los personajes tampoco tenían mucho que ver, pero que el libro era muy
bueno. Me preguntó si la conocía y yo le dije que sonaba a best-seller. Me dijo que sí,
que era eso, un best-seller. Yo no leo esa clase de literatura, yo escribo, y como
escribo, leo cosas que leen nada más que los escritores, por eso los best-sellers los
leen gente como vos, que no saben nada, le dije y como él no reaccionaba le pedí que
siguiera. Él siguió un rato más pero no le presté mucha atención, además nos
interrumpieron varias veces: el mozo, un pibe al que le mostré la notebook porque
vendía lapiceras y otro pibe no tan pibe que me saludó y me felicitó. Me estaba
aburriendo. Se lo dije y entonces me empezó a contar la parte buena de la historia: los
que vivían ahí debían llegar vírgenes al matrimonio, los hombres y las mujeres. Los
hermanos decían que eran vírgenes pero en realidad no lo eran porque estaban con
una de las hermanas. Ninguna de las dos hermanas era virgen. Es decir que mal no la
pasaban. Pensé que hasta la pasaban mejor de lo que yo la pasé en el campo con mis
amigos; ellos se escondían y esconderse le da otro toque a las cosas. Como Yami
conmigo. La quiero mucho, pero no sé si aguantaría legalizar la situación, tal vez
perdería el encanto. Tendría que probar, nunca se sabe. El hermano mayor estaba
comprometido con otra puritana. «Met» sabía que todo eso estaba mal. En realidad no
le importaba que fuera virgen o no, pero él lo odiaba porque creía que estaba con la
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hermana menor, justo la que le gustaba a él. «Met» sí era virgen, y aunque creía en
todo lo que los padres le hicieron creer, estaba enamorado de la hermana menor.
Entonces, unos días antes del casamiento fue a hablar con el pastor del lugar y le
contó todo. Él creía que la hermana menor andaba con el que se estaba por casar, pero
no. Vaya a saber uno con quién andaba la rubiecita. Porque seguro que andaba con
alguien. Los hermanos, los cinco, estaban con la otra. Y «Met» se jodió. A él lo
cagaron a piñas. Pero antes violaron a la menor, también entre los cinco. La
reventaron porque pensaban que era ella la que había hablado para salvar a su
hermana. Y cuando se enteraron de que fue él, los padres lo echaron por mentiroso.
En una de ésas los hermanos lo violaron también, qué se yo. La hermana no pudo
quedarse. A ella le gustaba vivir ahí pero después de lo que pasó no pudo aguantar y
se fue. «Met», que se estaba por morir, creía que era por culpa de la familia. Según él,
por una maldición de la menor. En realidad estaba enfermo, no era una maldición,
pero como lo echaron, y a la pobre piba la echaron también, él creía eso. En realidad
a ella no la echaron, se fue. Pero es como si la hubiesen echado. Se terminaron yendo
juntos; pero cuando llegaron a la Capital estuvieron un tiempo y se pelearon. Nunca
más se volvieron a ver. La piba estaba mal. Decía que toda la culpa era del pelotudo
del muerto. Tenía razón. Pobre piba. Ella se fue por otro lado para no verlo. La
familia lo odia y a la hermana también. A decir verdad, la historia no es tan buena
como había pensado.
Llegué a casa tarde y me tiré a dormir. Temprano a la mañana me levanté porque
alguien estaba tocando el timbre. Tocó como quince minutos y no dejaba de tocar. Yo
no quería levantarme porque a la noche me había olvidado de cerrar las ventanas y
hacía frío. Me dolía la garganta y cuando al fin abrí era Yamila. ¿Te levanté? No, para
nada, metete en la cama y callate. Y ella, después de decir que hacía un frío terrible y
de cerrar las ventanas, dijo que ni loca y me preguntó cómo iban las cosas con Gabi.
¿Qué Gabi? Gabi ¿no te acordás de Gabi? Yo sí me acordaba pero le dije que no. Ella
revisó el contestador y levantó una carta del suelo. Había más, pero a ella le llamó la
atención sólo ésa. Yo trataba de convencerla para que se metiera en la cama. Había
varios mensajes que según ella no importaban mucho. La carta no era sólo una carta.
Era una invitación para una ceremonia donde me iban a dar otro premio. Yami dijo
que eso era bárbaro. Le pregunté si había plata y ella dijo que no. Entonces no voy, es
todo política, dije. Pero de pronto, sin decirme nada, ella ya en la cama, me
convenció. Ella puede convencer a cualquiera. Hasta a mí. «No tan miserable».
Yo te acompaño. ¿Y tu marido? Está en Brasil. Sí, ya sé, pero… ¿no vas a tener
problemas? No se va a enterar. Si se entera te venís a vivir conmigo. Ni loca.
Qué estúpido. No me lo voy a perdonar nunca. La primera vez en años que bajo la
guardia y mirá lo que pasa, pensé. Me lo merezco. Enojado, llamé a una chica, no sé
a quién pero iba a venir a las once. Estaba oscureciendo y Yami se había ido. Como
cinco horas antes se había ido y yo todavía pensaba en lo que me había dicho.
Aunque pasé la tarde jugando al Dark Seed y escribiendo, me acordé que me había
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olvidado de decirle que la historia del muerto tenía algunos puntos flojos, porque
aunque fuera una historia real no significaba que fuese buena ni mucho menos. Si
cada persona pudiese escribir su historia y ésta funcionara a la perfección, sólo por
ser real, los cien mil dólares se los habría ganado otro y habría un Borges en cada
esquina, en cada café. Pero por suerte no. En el Dark Seed tampoco me fue muy bien.
La última vez que jugué me había olvidado de guardar los cambios y tuve que
empezar todo de nuevo. Todo por culpa del puto y de Yami. Aunque todavía no sabía
si era puto o no. Pero parecía. La chica que iba a venir se llamaba Emilia.
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insultar, decía que no era un trapo de piso ni nada por el estilo. Yo trataba de calmarla
diciéndole cosas lindas que es lo que mejor me sale. Pero ella nada, estuvo no sé
cuánto tiempo cortándome de muchas formas distintas y se fue. No pude ni tocarle
una pierna. Eran más de las doce y traté de ubicar a Yami. En su casa no estaba. Me
imaginé que trataba de aprovechar el viaje del marido. Seguro que andaría con uno de
sus ricachones. Me dormí pensando en el Dark Seed. Pero soñé lo mismo que había
soñado varios días atrás cuando dormí con Emilia, mi exalumna. Todavía no me
acuerdo de qué era el sueño ese. Pero no debe ser nada, si no me acordaría.
Otra vez, temprano, tocaban y tocaban. Me desperté y era Yamila, otra vez. No le
dije que se metiera a la cama; es más, la corté cuando ella quiso meterse. Tampoco le
pregunté dónde había estado la noche anterior. La traté muy mal. Me preguntó qué
me pasaba y yo le dije que había tenido una mala noche y que además no me iba muy
bien con lo que estaba escribiendo. Ella dijo qué raro y me pidió leerlo. Prendió la
computadora y buscó lo que le dije: El proyecto Grossier. Lo leyó varias veces y
siempre que terminaba, se reía. ¿Y eso de poner tantas preguntas cortas? Vos no eras
de robar. Vargas Llosa ni se va a dar cuenta, dije. Con esta porquería andás. Sí. ¿Y la
historia de Gabi? No le digas Gabi, decile «Met». ¿Met? El muerto, dije. Está bien, le
va perfecto, aunque todavía no se murió. Pero ya se va a morir. Todos nos vamos a
morir. Sí, pero él antes. Igual no te conviene subestimarlo, tan muerto no está. La
historia es una mierda, dije. Ella me preguntó cuál de todas. Los personajes son
inconsistentes, tienen ideales de pibes del dos mil y viven en una granja de mala
muerte, no se lo cree nadie. Al menos da para escribir un cuento sobre lo que le pasó
a Gabi, digo a «Met», dijo. No, ni para eso da, no me la creo aunque el tipo se muera
adelante mío. ¿Pero no sos vos el escritor?, ¿no sos vos el que ganó los cien mil
dólares?, bueno, justifícalos. Qué fácil que hacés todo. Lo único que quiero es darle
una oportunidad al pobre Gabi, y tan mala no es la historia, me parecería muy
descortés de tu parte escribir El proyecto Gracioso. Grossier. ¿Qué? Grossier. ¿Qué
significa eso? Después te explico, seguí… no, mejor no sigas, ya sé lo que me vas a
decir, pero… ¿qué es lo que te importa tanto del tipo ese? Yami no contestó y me
preocupé, no porque no me haya contestado, sino porque me di cuenta de que era la
primera vez que nos encontrábamos y no teníamos sexo. Porque sexo teníamos
siempre. Bueno, siempre no. Ese día no, y ni siquiera hablamos del tema. Algo raro le
pasaba, fue a la heladera y sacó jugo de naranja. Sirvió un vaso para mí y otro para
ella. Lo tomé rápido y me serví otro. Nos quedamos hablando y después de un rato
me dijo que lo que yo estaba escribiendo no se podía comparar con lo que ella me
había conseguido. Vos no me conseguiste nada, le dije, y ella hizo un mueca extraña,
pero la entendí. Estaba equivocada, ella no me consiguió ninguna historia, porque fue
el muerto el que vino a hablarme cuando yo estaba en el bar. Estaba solo y me vino a
hablar a mí, no a ella. Porque parece que a los putos les gusto, siempre me siguen.
Una vez, cuando no era famoso, estaba caminando por el Centro y vino un tipo a
preguntarme no sé qué cosa. Yo trabajaba en un banco. Esto fue un año después de
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terminar la secundaria. Estudiaba y trabajaba, y siempre me vestía con traje para… no
sé para qué. Qué estúpido que era… en verdad no me quedaba otra. La cosa es que se
me acercó un tipo y me dijo que me invitaba a tomar un café y no sé qué más. Ésa no
fue la única, pero sí fue la primera vez que me pasó algo por el estilo. Yo no le dije
nada y me fui porque tuve miedo. La última vez fue muy distinto: yo estaba medio
borracho en un lugar y me tocaron, lo reventé al tipo ese. Aunque siempre que me
acuerdo de lo poco que me acuerdo de esa noche, ya no sé si me tocaron o lo
imaginé. Pero igual le rompí un vaso en la cara. Era uno de esos vasos de cerveza. Yo
no estaba solo, estaba con Kein que me sacó rápido para que no se armara más
quilombo. Me sangraba la mano pero no importaba, me sentía orgulloso porque a mí
ningún tipo me puede tirar onda así, y menos en medio de Florida por donde yo
trabajaba.
Yami seguía en silencio y estaba frente a la computadora con su vaso de jugo
vacío y dijo que me escuchaba. Pero yo no estaba hablando. Prendí un cigarrillo y
ella se sirvió más jugo. Lo tomé yo y le dije que me iba. Ella se quedó en mi casa, no
era la primera vez que estaba sola y además tenía llaves. ¿Por qué siempre me
despierta a timbrazos si tiene sus llaves? Tal vez no quiera encontrarme con otra, y
por eso avisa o espera que le abra. Propiedad privada le dicen. Yami se quedó
escribiendo. Para la gente que escribe mal debe ser bueno sentarse en la silla de un
genio, debe ser más fácil, cosas así inspiran. Yo, en cambio, de vez en cuando
necesito escaparme y ser uno más del montón, aunque cosas como ésas me dan
miedo.
Cuando volví, a la tarde, ella no estaba y la llamé. ¿Qué hiciste? Le pregunté. ¿De
qué me hablás? De lo que estaba escribiendo, ¿lo borraste? No, bueno… ¿qué hora
es?, estaba durmiendo la siesta. ¿Lo borraste o no? Sí, dijo. No dijo que sí pero lo dio
a entender. Y yo, que pensaba putearla y cortarle, tuve que aguantar un silencio
incómodo y no le dije nada. Cortó ella porque debería estar dormida. Al otro día,
cuando vino con «Met», le pregunté quién se creía que era para borrar mis archivos.
Estaban los dos parados en la puerta y ella me preguntó por qué no los dejaba pasar.
Le dije que primero me contestara y ella dijo que lo hacía por mi bien. Yo no le creí
pero los dejé entrar y prendí un cigarrillo. «Met» no estaba tan pálido y eso,
particularmente eso, me llamó la atención. No sé por qué pero siempre presiento
cuando va a pasar algo feo. El teléfono empezó a sonar y Yami me preguntó por qué
no atendía. No vale la pena, le dije. Sonó varias veces más y tampoco la dejé atender
pero ella atendió igual y no me dijo quién era, debía ser alguna mujer porque le cortó
sin decir nada.
Lo único que me dijo, para cambiar de tema, fue que el esposo volvía antes. Eso
era bueno. Yo le dije que no me importaba pero en realidad me puse contento. Seguro
que no iba a poder ir a la fiesta y entonces yo tampoco iba a ir. ¿No te molesta?, me
preguntó. ¿Qué cosa? Que vuelva mi esposo. Más me molestaba ver a «Met»
contento. ¿Por qué estás contento?, le dije y él bajó la cabeza. Yamila, aunque me
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conoce, se enojó. Pero como me conoce no me dijo nada de lo que yo quería que me
dijera: que era una mala persona, que no podía tratar así a la gente y todo ese tipo de
cosas que me gustan tanto. Ella se dio vuelta y miró al muerto, los dos al mismo
tiempo hicieron una sonrisita, ese tipo de complicidades me fastidian, pero no es que
me fastidie que se pongan en mi contra, no, eso ni siquiera me molesta, es más, suele
ser divertido. No hay nada mejor que discutir. Discutirle a uno, a dos, a tres, a todos.
Es bárbaro, y es mejor si uno sabe que está equivocado. Los otros se vuelven locos y
siempre se termina a las piñas. Hija de puta, pensé, así que era eso, se está curtiendo
al muerto de «Met». Por eso me molestó, no era puto, o Yami es lesbiana, o una
asquerosa, qué se yo. No, Yami no es tan asquerosa, tal vez le quiere dar una buena
despedida. Hijos de puta. Pude haberlos mandado a la mierda pero no se habían dado
cuenta de que los vi. Oportunidades así hay que aprovecharlas. Además, ellos no son
los únicos que pueden ser cínicos, yo me iba a divertir más. Yami me dijo que la
fiesta era en dos días y que tenía que preparar un discurso. Pero vuelve tu marido. No
importa, dijo. ¿Por qué no vas con tu nuevo noviecito? Ella se quedó blanca y no se
sabía si iba a reírse o a llorar, pero entendió y me agarró del brazo. Me dolió. Me
llevó hasta la habitación y me preguntó si creía que ella tenía algo con Gabi. ¿Cómo
pensás una cosa así?, le dije. Te conozco, sos una basura, sos capaz de creer cualquier
cosa. No mi amor, no digas eso. Tal vez a las otras las trates así, pero a mí no. Nos
miramos y yo bajé la vista. Me dijo algo que no entendí, seguro me insultó otra vez,
pero se estaba desvistiendo y justo entró el muerto. Nos miró, pidió perdón y volvió a
salir. Yami, a todo esto, ya estaba junto a la puerta pero del lado de afuera, y con el
mismo tonito que usa siempre para dar una mala noticia, dijo «lástima que tenemos
invitados». «Met», otra vez «Met». Se podía morir ahí. Tenía ganas de matarlo.
Cuando volví al comedor Yami se estaba riendo, el muerto también, pero me vio y
bajó la cabeza y tuvo miedo. Me serví vino, me senté en el sillón grande, al lado de
«Met» y lo miré fijo. Él estaba colorado y ni se animaba a levantar la cabeza. ¿Por
qué no venís vos a la habitación?, le dije. Él se rió. De qué te reís, puto de mierda.
Cada uno hace de su culo un jarrón, dijo. La que se rió fue Yamila. ¿En la granja no
te enseñaron a tener respeto? Yami se volvió a reír. Podíamos estar así todo el día
pero no habían venido para eso. ¿Para qué vinieron? Yo no lo sabía y en una de ésas
ellos tampoco. Al principio me pudo haber interesado escuchar a «Met», pero en ese
momento ya tenía claro que su historia, o mejor dicho, su vida, era una mierda. Y si
era cierto que pintaba, sus cuadros, como su vida, también. Lo único bueno sería
encamarme con una de las rubiecitas. Che, muerto, ¿sabés dónde está tu hermanita
ahora? Sí, me dijo. Yami se puso contenta porque pensó que la historia me volvía a
interesar. ¿Dónde? No te puedo decir. ¿Cómo que no podés? No, no puedo, perdoná.
Prendió un cigarrillo y volvió a soplar como si fuera el cumpleaños. Tuve dos
opciones: o me enojaba y le decía de todo, o me hacía el bueno. Me decidí por la
segunda, a los putos les debe gustar más así. Necesito saber, trabajo de campo le
dicen, necesito saber todo, lo más posible, me vendría bien escuchar otra versión
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sobre lo que me contaste, la historia está bárbara ¿sabes?, por eso quiero meterme
más de lleno, si conozco a tu hermanita y hablo con ella voy a entender mejor todo,
dije. Yami, desde la cocina, hizo un gesto como diciéndome: «qué bien». Yo sentía
que en vez de hablar con un muerto hablaba con un bebé y él dijo que lo tenía que
pensar. Pensar qué, hijo de puta, qué mierda tenés que pensar tanto. La primera
opción había aparecido sola. Yami me pidió que me calmara y «Met» dijo en voz baja
que era ella la culpable de lo que le estaba pasando a él, y que si yo iba de su parte,
tal vez también estaría en peligro. Encima está loco, pensé. ¿A qué vinieron? A
saludarte, según Gabi sos una persona solitaria, dijo Yamila mientras traía una
bandeja con café. ¿Y a vos qué mierda te importa mi vida?, preocúpate por lo poco
que le queda a la luya, ¿cuánto te queda?, tres, dos, diez días, ¿cuánto? Para esas
cosas no hay una fecha fija, dijo él como si no se fuera a morir nunca. ¿Pero te vas a
morir o no? Todos nos vamos a morir. Sí, sí, eso ya lo sé, pero tanto me admirás que
querés aburrirme con tus últimos meses, dije, y él se empezó a reír pero de verdad,
casi se muere de tanto reírse. Estuvo así como cinco minutos, Yamila también. En
realidad ella no se reía por lo que había dicho que no era para nada gracioso, pero
«Met» no podía parar. Por eso Yami estaba contenta, lo miraba a «Met», me miraba a
mí, se reía, lo miraba de nuevo y se reía. Mientras ellos estaban ahí como dos
estúpidos pensé que el muerto en algo tenía razón, yo vivía solo desde hacía mucho
tiempo pero igual no era para que me jodieran todos los días. Familia no tengo, salvo
unos tíos que viven en Israel y es como si no estuvieran, porque yo vivía con ellos y
desde que se fueron a vivir allá ni me escriben. Es verdad que estoy un poco solo,
pero… para qué admitirlo. Mientras ellos seguían riéndose, prendí la computadora y
preparé todo para una tarde agitada. Tomé un café de los que hizo Yami y estaba feo.
Parecía agua. No llegué a terminarlo que ya estaba dentro del Dark Seed. Este juego,
tenga o no tenga dibujos de Giger, es una mierda. Apagué. Los miré a ellos y volví a
prender. La computadora me marcó un error y pensé que era uno de esos días en que
lo mejor es dormir. Solo. Sólo dormir y nada más, fui a mi pieza y cuando quise
tirarme en la cama sonó el teléfono. Si no había nadie no atendía, pero como estaba
Yamila y ella sí iba a atender, atendí yo. Era Kein, pensé que hacía bastante tiempo
que no lo veía y además le había cortado unos días atrás. Lo saludé, él me puteó y
dijo que necesitaba un favor. Es verdad, hacía mucho que no lo veía y ya quería
manguearme. Le dije que esperara, le grité a Yami que me trajera un cigarrillo y ella
me lo trajo prendido y todo. Qué feo que te prendan los cigarrillos, es más, lo mejor
de fumar, aparte del olor rico que te queda en las manos, es prender el cigarrillo. Kein
estaba esperando en el teléfono y yo fui al comedor, le dejé el cigarrillo prendido a
«Met» y me prendí uno. Cuando volví a mi habitación y quise hablar escuché el tono
de ocupado. Al rato llamaron de nuevo, esta vez no atendí y Yamila tampoco.
Lástima para el que llamó. Yami y el muerto se fueron más tarde. Yo ni me enteré
porque me quedé dormido y ellos no me avisaron. Mejor. Faltaban dos días para la
fiesta y no tenía ganas de verlos otra vez. No tenía ganas de verlos a ellos ni a Kein ni
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a nadie, pero Kein vino ese mismo día, me despertó y no me quedó otra que hacerle
el favor. Nada importante. Así era mi relación con Kein. Nada importante. Me pidió
que lo ayudara a escribir una carta para su exesposa, él quería volver y ella no. Nunca
tuvo suerte con las mujeres, tampoco con los amigos. Nos hablábamos y nos veíamos
poco. Nos hablábamos cuando necesitábamos algo, o para avisarnos que había alguna
de las fiestas que nos gustan. Tal vez para eso estén los amigos.
Esos dos días los pasé encerrado. Desconecté el teléfono y lo conectaba nada más
que para pedir pizza y para conectarme a la red. Me quedé escribiendo, durmiendo y
tomando algo de vino. De vez en cuando está bien algo de eso. Me dediqué a escribir
algunas cosas que no tenían nada que ver con nada, a jugar a algunos juegos que tenía
guardados desde hacía mucho y a navegar por Internet. Pensé en reescribir El
proyecto Grossier, pero no. No sé por qué no. Nunca nadie pudo decirme lo que está
bien y lo que está mal escribir, nadie va a poder, menos Yamila que no tiene idea de
nada, pero igual no lo reescribí. Que Yamila se dedique a hacerle favores a los
muertos, eso sí le sale bien.
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Dos
El lugar era enorme y para la fiesta no le habían puesto nada, debía ser así
siempre, se notaba por detalles que yo no vi pero que Yami remarcó. Tenían telas
colgadas por todo el techo, y estaban bastante sucias. Eso no era bueno, y aunque yo
no vi la tierra que Yami sí vio, el lugar estaba bien decorado: alfombra roja que
estaba fija y limpia, espejos en las paredes, algunos de ellos con dibujos raros, como
fileteados, y también algunas guardas evolutivas al estilo de Escher: de una paloma a
un reptil, de castillos a un tablero de ajedrez con sus piezas y del sol a otra paloma.
Los manteles de las mesas combinaban con la ropa de los mozos, qué estupidez.
Pensar que hay gente que dedica la vida a detalles como ése. Aunque mal no
quedaba. El fondo del escenario también tenía el mismo color que los mozos y la
verdad que de quedar bien pasaba a ser gracioso, todo fucsia. Cuando me pude
escapar de Yami, porque no sé por qué Yami estaba todo el tiempo pegada a mí y
posaba frente a cualquier cosa que tuviera foco, me acerqué a una de las chicas que
acomodaba a la gente para preguntarle si su ropa interior también era fucsia. Ella,
después de sonreír al mejor estilo de su trabajo, me pidió un autógrafo y eso me
pareció raro, las que laburan de esas cosas no suelen leer mucho. Eso creía yo, pero la
piba me comentó algunas cosas bastante interesantes de mi libro. Después me
preguntó una cosa estúpida sobre cómo el personaje central logra descubrir una de las
muchas estupideces que descubre. Eso es lo que preguntan todos, es lo único que
llegan a entender, y no está mal. Le dije a la piba que cuando terminara la fiesta se iba
a ir conmigo, ella me dijo que no sabía. Pero no entendió bien, yo no se lo pregunté,
se lo dije y se lo volví a decir de la misma forma y ella dijo que bueno. Fui a buscar a
Yami que por casualidad también me estaba buscando. Estaba con un fotógrafo de
una revista, no sé de cuál pero según Yami era una revista importante. Pensé que ya
estaba borracha, pero no podía ser, era temprano. ¿Por qué actuaba de esa forma?
Qué se yo, era su problema.
Apenas entramos nos sirvieron un buen vino y tal vez, por eso no me fui cuando
me enteré de qué clase de lugar era ése. Todos los hombres estaban de smoking
menos yo. Había algunos famosos y pocas mujeres. Periodistas, fotógrafos y cámaras.
Todo era muy lindo pero el lugar estaba lleno de homosexuales y lesbianas Para
colmo el mío no era el único premio que iban a dar, eso fue lo que más me molestó,
pero ya estaba ahí. Todo en ese lugar me molestó, salvo el vino que por suerte no
dejaban de servirme y los dibujos de Escher que es otro viejo loco. A los
homosexuales les gusta Escher y no porque sea un viejo loco, sino por las cosas que
dibuja: evolución, mutación y transformación; a mí también me gusta pero por otros
motivos. Había un mozo que me seguía por todos lados con una botella de Navarro
Correas Beaujolais y dos copas de color humo, ésa era la otra cosa que no me
molestó. Cuando se vaciaba la copa me servía más, cuando se acababa la botella
volvía con una llena que descorchaba delante mío, aunque si me servía otra cosa yo
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igual me hubiese dado cuenta. Se portaron bien los tipos, así me tendrían que tratar
todos siempre.
Un millonario había puesto plata para los premios, pero sin consultar a los que
ganamos, decidieron, no sé quién pero decidieron, donar toda esa plata a una
comunidad. Le pregunté a Yami si el requisito de entrada era ser gay. Ella me dijo
que no, que uno es gay si quiere. Como «Met», le dije, debe ser amigo del millonario.
No es amigo, su pareja es el hijo. Ahí fue cuando me enteré de que a «Met» también
le iban a dar un premio, pero a él porque se estaba por morir y por su lucha contra no
sé qué cosa, por su arte renovador y bla, bla, bla. Ni un peso me iban a dar. El premio
se llamaba «Jacinto Galdez». ¿Quién mierda será Jacinto Galdez? Tiene nombre de
puto.
Me acerqué a la piba que todavía estaba ahí pero ahora junto a una compañera de
trabajo, aunque ya habían dejado de trabajar porque estaban todos acomodados salvo
yo que estaba hablando con ellas. Le pregunté si ella era lesbiana como el resto de las
mujeres que había en la fiesta. La amiga, que escuchó lo que yo había dicho, me
preguntó si la que estaba conmigo también. Yamila no es lesbiana pero yo dije que sí
y las dos empezaron a reírse como unas taradas. Pensé que era raro que alguien como
ella hubiera leído un libro, sólo un libro y justo el mío. Entonces la amiga me dijo que
lesbianas no eran pero sí muy unidas. Imaginé a las dos conmigo en mi departamento:
que una desvestía a la otra y yo miraba, que ellas se masturbaban y yo seguía
mirando, las miraba en la fiesta y estaban bárbaras, el conjuntito que tenían puesto
me estaba volviendo loco. Una era… las dos eran flacas y altas, como a mí me
gustan, eso era lo más importante, además de que tenían todo lo que una mujer tiene
que tener, porque me las imaginaba a las dos juntas en la cama y la verdad que a esas
pibas no les faltaba nada. Me fui para la mesa y pensaba en cómo hacer para sacarme
a Yami de encima cuando terminara la fiesta. En mi mesa estaba «Met» y su pareja,
Yami y otros tipos que no sé quiénes eran pero me los presentaron, después «Met»
me dio un abrazo y yo lo abracé porque pensaba en otra cosa, pensaba en las dos
pibas desnudas en mi cama, por eso seguía sin saber quiénes eran esos tipos y por eso
lo abracé a «Met», si no ni loco. Yami estaba contentísima, y cuando empezó la
ceremonia, justo en ese momento, una cámara se acercó a nuestra mesa, un pibe que
debía ser el periodista de algún programita de cable me preguntó si Yami era mi
pareja, y cuando yo iba a decir que no, saltó ella y dijo, mientras me besaba y yo
trataba de separarla, que hacía unos meses que estábamos viviendo junios. Las
mujeres no saben lo que quieren, pero cuando saben algo es porque quieren todo y
cuando a ellas se les ocurre. El tipo se fue porque el mismo mozo que me servía el
vino y que todavía me estaba siguiendo se le puso adelante para servirme más. La
mire a Yami y ella se dio cuenta de que estaba un poco desubicada. «Met» también se
dio cuenta pero trataba de hacerse el distraído. La pareja, el hijo del millonario, era
uno de esos tipos que de ser tipo podía tener todas las mujeres. Era dos veces «Met»
y dos veces yo. Rubio, ojos claros y además toda la plata. Pensé que iba a ser mejor
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tratar bien a «Met», al menos por ese día, a ver si todavía me ligaba una piña.
La ceremonia comenzó con música clásica y un presentador al estilo de lucha
libre. La música clásica es fea y aburrida y no es así porque yo no la entienda, es una
clase de música que no pega con nada, y menos con el pelado que estaba haciendo la
presentación. Podés imaginarte miles de situaciones distintas y la música clásica
nunca va a tener nada que ver. No queda bien cuando estás en la cama con una mina,
ni cuando escribís, ni cuando te peleás con la que estabas en la cama, ni en muchos
otros momentos. Tal vez en las películas sí, por algo son películas y la vida es otra
cosa. Como los libros que se dedican a contar lo espiritual y bueno que es vivir en la
soledad del campo o en algún otro lugar en que haya soledad, para los libros está
perfecto, pero quién podría vivir en un lugar así.
El pelado pidió un aplauso para alguien y todos aplaudieron. El pelado hizo un
chiste y todos se rieron. El pelado es un pelotudo, le dije a Yamila y ella dijo que me
callara. «Met» y su novio estaban frente a mí y de la mano. Tuve que escuchar varios
discursos de varios tipos diferentes, como media hora escuchando discursos y viendo
franelear a «Met» con el rubio, aunque al rubio no parecía gustarle mucho todo ese
juego que «Met» hacía. Igual no me importó, trataba de esquivarlos con la mirada. El
mozo me ayudaba a no prestarles atención, porque me seguía sirviendo y yo nada
más me preocupaba por tomar. No sé cuántas copas habré tomado, pero no fumé. No
porque no quise, no se podía. Entonces fui a la entrada y prendí un cigarrillo.
Apareció una de las acomodadoras y quise adelantar lo de mi casa. No sé por qué
pero la piba me dijo que no estaba bien. Ni yo, ni lo que quería hacer. Quería darle un
beso, un beso nada más. Ella me empujó y casi me caigo, me agarró el mozo y le
pregunté por qué no tenía botella. Me dijo que ya era suficiente. Me empecé a reír y
le dije si no quería ser mi papá, también le pregunté cuánto había tomado él y me
contestó algo que no me acuerdo. Quería más. Volví a la mesa y Yamila me dio el
discurso que ella había escrito para mí. ¿Sos vos la escritora?, entonces, dejame en
paz. Tenelo, dijo Yami. Lo agarré y lo rompí. Voy a improvisar, dije. Ya habían
empezado a dar los premios y Yami no parecía muy contenta, entonces llamé al pibe
de la cámara y le pedí que nos filmara, a Yami y a mí. Pero ella todavía estaba un
poco fastidiosa. ¿Qué te pasa?, acá está la cámara, decile todo el tiempo que llevamos
viviendo juntos, dale, decíselo a la cámara. Yami se tapaba la cara y entonces me di
cuenta de que el desubicado era yo. En el escenario seguían entregando premios,
como si quisieran tapar mis gritos con aplausos. «Met» me dijo susurrando que ahí
venía el mío y después abrazó al grandote de una forma que me dio asco. Por un
momento pareció que al grandote también le daba asco.
Premio «Jacinto Galdez» a la revelación artístico-cultural del año. Por su
desenvolvimiento en el área de la literatura contemporánea, por su trayectoria más
que prestigiosa, por la ayuda que brinda a nuestra causa. Escuché mi nombre y todos
empezaron a aplaudir. «Gracias, gracias». Subí al escenario con el mozo de la mano,
se había tomado en serio lo de ser mi papá. Frente a la tarima volví a decir lo mismo.
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«Gracias, gracias». Bajé del escenario con el premio en una mano y con el mozo en
la otra. Me recibió «Met» y me abrazó de nuevo. Me saludaron muchos. Yo estaba
seguro de que lo hacían por compromiso, o por ocultar la envidia. De todas maneras,
no dejé de sonreír en ningún momento. En realidad no aguantaba más, tenía ganas de
irme. No solo, con las chicas, o con Yamila. No, con Yamila no. Igual me quedé. El
de «Met» fue el último premio. Pasó a recibirlo con su novio. Lloraban y lo
abrazaban. Un velorio anticipado. Y era una buena idea. Hacer el velorio de alguien
que se está por morir mientras vive. Y aunque «Met» ya estaba muerto, parecía que lo
estaba disfrutando. Después de brindar con un champagne seco que me dio acidez y
cuando todos dejaron de presumir, pusieron música y empezaron a bailar como si
fuese un bar-mitzvá, aunque era un velatorio. Yami se acercó y me preguntó si estaba
bien. ¿Para bailar o para qué? Lindo discurso, dijo. «Gracias, gracias», le dije.
Después le pregunté cuál era la causa y ella se empezó a reír. Le mostré el premio que
me habían dado y le dije que era una réplica en miniatura de una escultura de Miró.
Ya sé, dijo Yami. Es «El pequeño mochuelo» y lo eligió Gabi. «Met», dije, «Met» me
tiene podrido y vos también, le dije que todo el lugar era un asco y que el premio era
horrible, y ella me dijo que se lo diga a Miró, y que si no me gustaba me podía ir
cuando quisiera. Entonces me fui. Solo. Me fui a la puerta y fumé otro cigarrillo, el
último. Vino un tipa con un grabador y pidió hacerme unas preguntas. Yo le dije que
no quería irme solo, que no me lo merecía. La tipa se quedó mirando y me preguntó,
con aire presuntuoso, algo sobre el premio. Le pregunté si le gustaba, ella me dijo que
sí y se lo regalé. Después paré un taxi y le pedí que me llevara a un lugar donde
hubiera minas. La tipa se quedó mirando desde afuera, como diciendo por qué no
puedo ir con vos. Pero aunque estaba buena y me calentaba mucho, prefería algo de
sexo por dinero. En el camino, el taxista, mientras me convidaba un cigarrillo, me
preguntó cuánto quería gastar. Entonces, no sé por qué me arrepentí y le dije que no,
que me llevara a casa, se lo tuve que decir varias veces porque el tachero no me
entendía, o sí me entendía pero quería convencerme de ir a un lugar sobre la calle
Larrea que se llamaba «Pool and Show». Me dijo que era un lugar de primera y por
nada más que quince pesos, y que ya que estaba se iba a divertir un rato él también.
Por esa plata ni una paja es de primera, qué te pueden ofrecer por quince pesos. ¿A
«Met»? No, hasta «Met» debe valer un poco más, pensé. Pero pobre, qué iba a saber
él quién era yo, si era un pobre tachero. Al final me dejó en casa y como yo no tenía
cigarrillos me quedé con el paquete del que antes él me había convidado. Le quedaba
uno, que lástima. Igual dejé buena propina. Me di cuenta de que no tendría que haber
vuelto solo, tendría que haberme traído al mozo, porque si tardé como quince minutos
en abrir la puerta de calle, descorchar un vino iba a ser más difícil. En realidad no la
pude abrir solo, pero llegó una vecina que me miró mal y me dijo que me iba a
denunciar al consorcio porque yo siempre estaba borracho. Le agradecí por lo de la
puerta y le pregunté si tenía fuego. Le expliqué que me moría de ganas de fumar mi
último cigarrillo pero que no lo podía prender y que eso era peor que cualquier otra
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cosa. Me miró mal otra vez, y ni siquiera quiso compartir el ascensor conmigo. Mejor
para mí, pensé, todo el ascensor para mí solo. Estuve otros cinco minutos tratando de
abrir la puerta de casa, que al final se abrió sola. No se abrió sola, apareció un tipo
que no sé quién era pero él sí sabía quién era yo. Me dijo que mi casa era la de arriba,
que estábamos en el piso nueve y yo vivía en el décimo. Ya sé, no soy tarado, le dije.
Subí por la escalera.
Y me levanté en la escalera, al lado del ascensor y entonces entré a casa. Me dolía
el cuello y tenía el brazo izquierdo dormido. Vacié los bolsillos sobre la mesa y me
saqué toda la ropa, la tiré en el lavadero y después me metí debajo de la ducha. Agua
fría ni loco. Mientras me bañaba escuché sonar varias veces el teléfono pero después
no llegaba a escuchar los mensajes. Por qué no lo habré desconectado. Tenía ganas de
dormir pero me dolía la cabeza y entonces no podía. Además, la cama era demasiado
cómoda. No es que eso fuera malo, pero venía de dormir en la escalera y pensar en mi
cuerpo todo enroscado y duro me daba una sensación de incomodidad que no me
dejaba concentrarme en el sueño, porque me la pasaba comparando las almohadas
con los escalones, las sábanas con los mosaicos y cosas por el estilo. Una boludez.
Terminé preparándome un café. No sabía qué hora era pero igual no importaba. En el
contestador, el numerito rojo titilaba en diez. Prendí la computadora, puse música
fuerte y encendí el televisor en un canal de noticias. Todo para ver si se iba el dolor
de cabeza que cada vez era peor. Tomé una aspirina con el café que estaba horrible y
frío y comí una porción de pizza que había sobrado del día anterior, o del anterior, no
me acordaba pero la comí igual. Al rato, además de la cabeza me mataban las
puntadas en el hígado. Creo que era el hígado, o en realidad era todo el cuerpo. Fiesta
de mierda y premio de mierda, pensé. Ni sabía dónde estaba el premio. Ah sí, se lo
regale a una periodista, que boludo que soy a veces, si a mí me gusta Miró. Me quedé
toda la tarde jugando al Dark Seed, porque aunque el juego sea una mierda, tiene
dibujos de Giger y eso es más importante que cualquier cosa. Además no podía
dormir y nunca había llegado al final. Esa tarde tampoco lo pude terminar. Decidí
escuchar los mensajes para no pensar más y reírme un poco de otros que nunca iban a
tener una respuesta: el primero era de Emilia, mi exalumna, que quería verme. El
segundo era de Yami que hablaba como llorando y decía que había muerto Gabriel,
también decía que me esperaba en un bar y que eran las diez de la mañana, después
lloraba un poco más y en otro mensaje me decía que ya no iba a estar en el bar y que
fuera cuanto antes a una dirección que me daba. Los demás no importaban mucho,
además eran casi todos de Yami que lloraba y lloraba y en todos quería asegurarse de
que yo iba a ir al velatorio. Apagué todo lo que había prendido y el dolor de cabeza
aumentó. Yo seguía sin poder dormir y cuando se hizo de noche me vestí, busqué mis
anteojos negros, bajé, paré un taxi y le pedí que me llevara a la dirección que había
dejado Yami en el contestador.
Llegué al lugar y había mucha gente, casi más que en la fiesta. Lo primero que
pregunté fue la hora porque era de noche y no sabía qué hora era. Diez y media. Yo
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no lo podía creer. ¿Qué? Diez y media, disculpe ¿usted es el escritor? No podía creer
que pudiese estar parado a esa hora y en un velorio y como me sentía. Por un lado era
mejor, tal vez en ese estado disimulaba un poco lo poco que me importaba que se
hubiera muerto «Met».
Había mucha gente, algunos con el mismo smoking de la fiesta. En una de ésas
también estaban las acomodadoras. Escuché por ahí que «Met» falleció cuando
llegaron a su casa, después de que terminó toda la ceremonia y el baile, pero lo que
más me llamó la atención era que en la puerta no decía Gabriel Shuajda, decía otro
nombre, no me acuerdo cuál pero no Gabriel Shuajda. Yo no encontraba a nadie
conocido. Pensé que tal vez me había equivocado de velorio. Eso me molestó. Me
sentía solo, más solo que nunca y encima el lugar era chico y estaba lleno de gente de
la que yo me tenía que cuidar para que no me tocaran como esa vez en el boliche,
porque si pasaba algo parecido se iba a armar, velatorio o no velatorio. De pronto, no
sé cómo, aparecí frente al cajón. Lo vi a «Met» y me impresioné: mi primer velatorio
a cajón abierto. «Met» más pálido que nunca. Más pálido que cuando vino a casa, que
cuando vino a hablarme en el café, porque me vino a hablar a mí y no a otro. En ese
momento alguien me abrazó con fuerza y en seguida sentí el perfume de Yamila.
Estaba llorando y me dio un poco de lástima, no estaba fingiendo, Yami nunca finge.
Pobre Yami. De verdad lo quería. Si sabías que se iba a morir por qué mierda te
encariñaste, le dije. No seas tonto, me dijo llorando y sin dejarme. Me abrazó como
cinco minutos y yo ahí me di cuenta de que la quería. Pobre Yami, no dejaba de
llorar. Me soltó al rato, pero se quedó cerca y no dijo nada más. Yo le pregunté por
qué no decía Gabriel Shuajda en la plaqueta. Ella se enojó y me dijo que pusieron el
nombre artístico. También le pregunté por la familia de «Met», por la verdadera, por
la del campo. Ella se enojó todavía más, me pidió que por esa vez, lo llamase Gabriel.
Mirá, «Met» me dejó llamarlo «Met». Ella puso cara de no tener ganas de discutir
ahí, y algo de razón tenía. Pensé en el muerto, porque ahora que sí estaba muerto ya
no hacía falta llamarlo así, y bien podría ser, de ahora en más, Gabriel, como ella
quería. Volví a pensar en la familia de «Met»… de Gabriel. Me pregunté si de verdad
no se pondrían mal al saber que se les murió un hijo, no creo que no les afecte.
Yamila me dejó solo, se fue al lado del rubio, a cualquier mujer le gusta el rubio ese
aunque sea puto. Ella lo estaba consolando. Está bien que lo consuele, pensé, igual es
puto. Yo me fui hasta el bar que estaba ahí adentro pero un piso arriba y pedí un café,
no había ninguna mesa libre así que lo tomé parado en la barra; tampoco tenía
cigarrillos, pero no le iba a pedir a nadie, a ver si alguno creía que le estaba tirando
onda. Por las dudas me quedé en la barra tomando mi café, con mis anteojos negros y
sin hablar con nadie. Igual nadie hablaba, parecían estar mal de verdad, como si le
hubiesen tenido afecto a Gabriel. Estuve toda la noche ahí. Me habré tomado seis
cafés, y fumé casi un atado, porque en la barra al final sí vendían cigarrillos. Pensé en
muchas cosas, pero la única conclusión que pude sacar fue que el velorio del día
anterior, donde todos estaban contentos porque Gabriel se iba a morir, me gustaba
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mucho más que éste.
Se desocupó una mesa y pude sentarme. Pedí una Coca para sacarme el gusto del
café. Un tipo de barba y pinta de intelectual se me sentó al lado y me saludó, seguro
que me conocía. Me acordé otra vez del muerto buscándome en aquel bar, el tipo ese
no era puto, pero yo igual me quedé al margen de sus comentarios, que no eran para
nada brillantes; además, me pareció medio desubicado, nadie hablaba y el tipo estaba
como en su casa. Entonces me preguntó si conocía al muerto. ¿Usted no?, le dije, y él
me dijo que no. Después empezó a hablar como si alguna vez hubiéramos tenido
algún vínculo, o como si algún día pudiésemos llegar a tenerlo. Qué se yo, tal vez sí
era puto, pero después dijo que él estaba ahí nada más que para acompañar a su
esposa, porque a ella esa muerte la había afectado mucho. Pensé en «acompañar», en
«esposa», y en «afectado». El marido de Yami. Tal vez por eso me conocía, y por eso
se sentó al lado mío, y por eso quería hablarme. Pero no sabía nada, no tenía idea de
quién era yo. Un infeliz con aires de grandeza, así lo había descripto Yamila. Como
todo investigador, tendría que ser aburrido y sumiso. Pero no era así. Estaba vestido
con un traje bastante lindo, o por lo menos de buen gusto, una camisa blanca
desabotonada y prendiendo y apagando cigarrillos todo el tiempo, como yo, aunque
él debía fumar más, y fumaba los mismos cigarrillos, hasta la camisa era parecida. El
tipo empezaba a caerme bien y pensé que era lo peor que me podía pasar. Le pregunté
a qué se dedicaba y él me dijo lo que yo ya sabía: uno de los científicos más
importantes, dijo que de él dependían muchas personas. Y a mí qué me importa, para
qué mierda le pregunté. Tendría que haberle dicho que de mí sólo dependía su esposa.
Pero él lo debía saber. Tal vez no sabía que era de mí, pero que dependía de otro, eso
lo sabía seguro. Nos quedamos hablando hasta que todos se fueron para el entierro.
Yo me volví a casa. Había estado toda la noche despierto y la noche anterior también,
nada más había dormido unas horas y en la escalera. Me sentía mal, se lo dije a Yami
y ella entendió. En realidad le pregunté si podía irme. Si me lo hubiese pedido me
quedaba, por ella, no por Gabriel, sólo por ella que era la única con la que podía
llegar a tener algún compromiso. Yamila no se enojó ni dijo nada porque estaba con
el marido. Después iba a ir para mi casa.
Apenas llegué me tiré en la cama, ni pensé en la escalera. No sé cuánto dormí
pero me levanté y había un olor horrible. Abrí las ventanas y la puerta del lavadero
para ventilar. Todavía era de día pero estaba oscureciendo. En el contestador había
varios mensajes pero lo apagué y lo volví a prender para borrarlos. Me senté en la
computadora y ahora sí para reescribir El proyecto Grossier.
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Imaginó a una persona tomando la sustancia de acuerdo a las
indicaciones profesionales, imaginó a cada uno de los que recibirían la
mezcla para ser ingerida. Tal vez blanco, o negro, o bajo, o alto, hombre o
mujer. Cualquiera. Hasta algún conocido o familiar lejano. Pensó que uno de
ellos llegaba a su mesa y se sentaba junto a él. Tal vez ya estaba muerto y
comenzaba diciendo lo mucho que lo admiraba por haberlo matado. Él
trataba de ignorar todo, pero su esposa lo hacía sentirse peor. Hacía tiempo
que su esposa no le prestaba la atención necesaria.
Imaginaba quedar afuera del Proyecto Grossier, imaginaba quedar
excluido de la próxima revolución científica, no ser parte del paradigma que
muy pronto debería cambiar, e imaginaba quedar al margen del estrato más
alto de la comunidad científica del hemisferio, imaginaba quedar afuera de
todo eso que años antes había conseguido con la dedicación que ahora
estaba abandonando. Y, por otra parte, imaginaba que su esposa estaba con
otro.
Cerraba fuerte los ojos y se decía que todo estaba bien, pero volvía a
escuchar a una de las muchas personas que sufrirían las consecuencias y los
temores regresaban. Las voces de los muertos, de aquel muerto en particular,
la voz de su esposa, la del hombre que, él lo sabía, ahora estaba con su
esposa, lo acorralaban contra su temor.
No era sólo que lo que estaba haciendo podía ser algo errado ni tampoco
que pudiera perder su alma o lo ganado en años de estudio. Era algo mucho
más profundo, algo que tal vez esa persona que ya estaba muerta podía llegar
a mostrarle. Tal vez no darle la solución, pero sí mostrarle, de la forma más
abierta y descriptiva, su verdadero problema.
Su principal temor era el de ser igual a los demás. Ser igual a todos los
que morirían por las dosis mal procesadas. Ser igual a esa persona
imaginaria, también muerta, que lo visitaba en un café y decía admirarlo.
Él se consideraba distinto, pero comenzar a temer lo hacía sentirse ya no
un científico sino un ser humano corriente. Alguien simple y sucio, uno más.
Abatido, pensó en renunciar a todo y no ser como los otros, sino peor…
(ESTO ES UNA MIERDA. NO VALE LA PENA EMPEZAR DE NUEVO)
Yamila dijo que iba a venir. Seguro estaría mal por todo lo que había pasado y me
necesitaba. Por eso me quedé tomando algo, fumando unos cigarrillos y pasando el
tiempo con la computadora. Pero aunque quería esperarla estaba cansado. Esperar no
es mi costumbre, y menos a una mujer. Yo no espero, a mí me esperan. Pero Yami me
necesitaba y eso era distinto, ella no aparecía y yo me ponía nervioso pero igual
estaba mucho más tranquilo. No me sentía tan mal como antes y Gabriel estaba
muerto, eso era lo que me tranquilizaba. Lo que me daba miedo era él. Cuanto menos
escuche de «Met» o Gabriel Shuajda, o como sea su nombre artístico, mejor, y si no
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me lo nombran nunca más no me voy a ofender. Se hizo de noche y no tenía noticias
de Yamila. Habían llamado varias veces, pero ninguna había sido ella. Yo quería
ayudarla y también mostrarle lo que había escrito. Mirá si no era una mierda. Porque
ahora que ya no estaba el muerto, o que el muerto ya estaba muerto, nadie nos iba a
molestar y entonces podríamos terminar lo que había quedado pendiente. Ésa iba a
ser la mejor forma de ayudarla. Al final ni apareció. Llamé a su casa y la sirvienta
que tenía, yo ni sabía que tenía sirvienta, me dijo que se había ido de viaje con el
esposo. Hija de puta, ella y la sirvienta. No sabía qué hacer. Pensé en llamar a Emilia,
un mensaje del montón, pero si la volvía a ver se iba a pensar cualquier cosa y no me
la iba a poder sacar de encima nunca más. Terminé llamándola. Ella se puso contenta
y me invitó a la casa. Vivía cerca y sola, pero igual no fui. Le dije que se tomara un
taxi, que lo pagaba yo.
La piba era agradable. Nos quedamos hasta tarde y la pasé tan bien como la vez
anterior. Me contó que vivía en un departamento de un ambiente que no tenía ni una
sola ventana. Me hizo acordar a cuando yo estudiaba y vivía solo en un agujero de
ésos. Porque cuando yo iba al secundario vivía con mis tíos, los de Israel. No estaba
mal, pero cuando me recibí decidieron irse a Israel y yo no quise. Me quedé solo y
por eso me mudé a un lugar como el que tiene la piba, aunque el de la piba debería
estar mucho mejor arreglado que el mío. Igual es mejor vivir ahí antes que en el
campo o en un kibutz, como mis tíos, o en cualquier otro lugar parecido a una granja,
escuchando música clásica y creyéndose protagonista de un libro sobre la soledad y
toda esa basura. Por eso a la piba la respeto, porque vive sola y se la banca en esa
cueva. Tocaron el timbre y era tarde para tocar el timbre, pensé que era Yamila que
quería ser prudente, porque tenía llaves y entonces me avisaba. Pero no, Yami estaba
de viaje. Pregunté por el portero eléctrico y era el novio de Gabriel. El exnovio de
Gabriel. El rubio. Bajé a abrirle y cuando me vio llegar, salió de un auto importado
que tenía vidrios oscuros y un brillo increíble. A mí no me gustan mucho los autos
pero ése tenía un brillo realmente increíble. El rubio tenía anteojos negros como los
míos y estaba todo vestido de cuero. Si yo no sabía que era puto no me daba cuenta.
Me saludó y dijo que le urgía verme. ¿Qué cosa? Le pregunté como burlándome
porque conmigo nadie se hace el culto porque sí, y menos a esa hora. Necesito hablar
con vos, me dijo, urgente. Yo no lo podía creer, en verdad tuve ganas de decirle que
se fuera, se lo dije y el tipo sacó algo parecido a un cheque y me lo puso en la mano.
Cuando leí no lo podía creer. Otros cien mil dólares. ¿Tan lindo te parezco? El tipo se
rió y me dijo que necesitaba hablar conmigo. Por esta plata hasta te susurro al oído,
pensé. En ese momento apareció una vecina, la vieja hija de puta que quiere hacerme
echar del edificio, apareció en camisón y lo miró mal al rubio y después a mí. No sé
qué dijo pero la mandé a la mierda. Él me pidió disculpas por la hora. Yo le dije que
no se preocupara, que la gente es celosa, después le dije que estaba acompañado pero
que igual no había problemas. Lo hice pasar. Primero dudé, pero vi el cheque otra vez
y no había razón para dudar de nada. En el ascensor me adelantó algo. Sí, cien mil
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dólares. Él quería que escriba la historia de Gabriel. ¿Dónde está Yamila?, ¿a ella
para qué le pagaste? El tipo no entendió y por un momento yo tampoco, pero no saber
dónde estaba Yamila me ponía mal, incluso con la plata en la mano. Entramos y
Emilia preguntó quién era. Los presenté y le pedí que se fuera, a ella se lo pedí. Le
dije que tenía que hablar de negocios. Qué negocios, vos sos escritor, dijo y tenía
razón. Sí, tenés razón, pero igual te vas. Le di diez pesos para el taxi pero tenía que
bajar a abrirle. Mierda. Le pedí al rubio que esperara y bajé rápido. Cuando volví ya
no se sentía ese olor horrible, mi casa estaba fresca y ventilada, como yo quería,
como a mí me gusta. El tipo estaba sentado en el sillón, tranquilo y como en su casa
que también debía ser una casa muy fresca aunque debía valer diez veces más que la
mía. Parecía «Met», la única diferencia es que no tenía miedo. Ni a mí ni a nada.
Porque morir sí se iba a morir, como todos.
«La inmortalidad». Fue lo primero que dijo y yo pensé en Kundera y en toda la
mierda que iba a tener que escuchar por cien mil dólares. Quería que Gabriel fuese
inmortal, eso era lo que quería, algo casi imposible. Ya está muerto, le dije, para
inmortales lee a Borges. Él me miró enojado y me pidió que haga un esfuerzo y
entienda. Sí, entendía, pero no era para tanto, lo que tenía no daba para una novela, y
menos para una gran novela que pudiese hacer inmortal a nadie. Él se puso de pie y
dijo que Kundera, sólo a partir de un gesto encantador de una mujer, pudo escribir La
inmortalidad, que sólo con ese gesto insignificante relacionó sonidos con imágenes,
olores con emociones y, por sobre todo, relacionó recuerdos con más recuerdos, y que
todos esos sonidos, imágenes, olores, emociones y recuerdos… Basura, dije yo,
pagale a Kundera si te gusta tanto. Se quedó en silencio, dijo que podía conseguir
más datos y que el cheque que me había dado era la mitad, que cuando terminase me
daría los otros cien mil. Ahí yo me quedé frío y nada más dije que él tenía razón, no
sé por qué dije eso, bueno, sí sé. Tuve que escucharlo otra hora hablando de
literatura, como si supiera algo. Su punto de vista sobre los cambios que se estaban
dando en el arte del nuevo siglo y todas esas cosas que puede hablar alguien como él
durante una hora. Mientras tanto yo pensaba que escribir, aunque tuviera que escribir
basura, por semejante cantidad de plata, valía la pena incluso si se trataba del muerto,
y no era para despreciar. Cien mil dólares y por adelantado. Después cien mil más.
Antes de irse, me dijo que se olvidaba de algo: me entregó una servilleta toda
arrugada escrita con la letra de Gabriel. Tenía una dirección. La dirección de la
hermana, me dijo el rubio. ¿De qué hermana? La hermana de Gabriel, él te habló de
su hermana ¿no?, tal vez te sirva para algún dato perdido. Yo le dije que no era
importante, y él me dijo que si necesitaba alguna otra cosa lo llamara. Le agradecí por
todo y lo despedí. Ni pude dormir.
A la mañana siguiente, bien temprano, empezaron a tocar el timbre. Yo estaba sin
dormir y tocaban y tocaban al mejor estilo Yamila. Era la piba, mi exalumna que
apareció sin que yo le diese permiso. Pensé que no me equivocaba en eso de que no
me la sacaba más de encima. Siempre tengo razón. Cuando peor las tratás más se
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enamoran. En otro momento la hubiese echado, pero estaba muy linda, no me había
despertado y además trajo algo que era bastante interesante, una nota de una revista
que hablaba muy bien de mí. Lo peor era que yo no me acordaba de haberle dado una
entrevista a una tal Inés Lizarralde. Pero era una revista importante y por eso me
llamaba la atención. No me acordé hasta que leí la nota.
Hablaba de lo espontáneo que puedo ser en las situaciones más comprometidas
porque contaba cómo le había regalado el premio a ella. En realidad, decía que
cualquier persona podría haber recibido la estatuilla de mis manos. Que fue ella por
casualidad. Al principio no entendí si eso era bueno o malo. Creía que era una crítica
dura, pero no. La nota decía que yo no conocía la fama, qué gracioso. Pero también
decía la verdad: soy natural, sencillo, puro, leal, sincero, simpático, desinteresado y
otros adjetivos que eran sinónimos de los anteriores. Qué bien, pensé, soy natural,
sencillo, puro, leal, sincero, simpático, desinteresado y otros adjetivos sinónimos de
los anteriores. Después hablaba del premio, de qué se trataba y por qué lo había
ganado yo y no otro. Por supuesto que fue porque yo soy yo y los otros no son nadie.
Pero ella no lo decía así de claro. Era una nota de varias páginas. Había una foto de la
mina con el premio. El premio era lindo o ella era muy fea. No, creo que el premio es
feo, y ella horrible. ¿Para esto viniste? Te quería ver, dijo mi alumna. Aunque no
tendría que haberle explicado nada le expliqué que tenía que trabajar y le pedí que se
fuera y ella se fue, pero mal. Me quedé solo y traté de empezar a escribir, pero
pensaba en cualquier cosa menos en la historia de Gabriel. Pensaba en Yamila, en los
cien mil dólares y en la rubiecita. En cualquier cosa. Leí la nota varias veces y
siempre encontraba algo nuevo. Buena periodista esta Inés. Tuve ganas de verla de
nuevo. Seguro que ella también debía tener ganas, pero veía la foto y no valía la pena.
Como no podía escribir y ya me sabía de memoria la nota de mi amiga Inés, me fui a
caminar. Sin notebook ni nada. Con cigarrillos y una lapicera por si alguien me pedía
un autógrafo. Me fui a una plaza y me senté con unos viejos. Pensé que sería bueno
pasar algunos días tranquilo, solo y tranquilo. Pensar en la novela que tenía que
escribir y en cómo gastar la plata. Podía ir al campo. Pero no, no tenía con quien ir, y
no me gustaba. Igual nunca se sabe, tal vez, me vendría bien visitar a la hermana de
Gabriel, mataría varios pájaros de un tiro, me daría alguna idea mejor para la historia,
me relajaría un poco y hasta podría terminar en la cama con la rubiecita. Nunca se
sabe. No firmé ningún autógrafo y volví a casa. Me fijé la dirección. La hermana
vivía en la provincia y no se podía llegar en taxi. Se podía, pero me iba a salir caro.
Yamila no estaba, mi exalumna mucho no me importaba y en la Capital no tenía nada
que hacer. Tenía que escribir, pero con la notebook se puede escribir en cualquier
lado, es lo bueno de ser un escritor exitoso. Fui al banco que queda cerca de casa para
depositar el cheque. Cuando gané el premio Yamila me obligó a abrir una cuenta
corriente. Me dijo que era más organizado, que me daban una tarjeta de crédito y
todo. Y tenía razón, retiro en cualquier lado, cuando tengo ganas, y además estoy
tranquilo. Hasta me puse al día con los impuestos que nunca había pagado. Llené la
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boleta de depósito del cheque y pedí que me dieran el saldo. A la piba que me atendió
no la conocía, era muy simpática y por eso me pareció raro no conocerla. A ella
también le caí simpático. Me dijo que esperara unos minutos y después me entregó
una hoja con un resumen de toda la plata que había gastado en los últimos meses y
con la cifra exacta de lo que me quedaba: cero. Compré el departamento, la notebook
y gasté en muchas boludeces. Pero igual estaba tranquilo, entregué el cheque que
estaba a nombre de la Fundación «Jacinto Galdez» por los otros cien mil y la piba se
sorprendió tanto que dijo «fascinante», como dice Yami. La piba era linda en serio,
mucho más linda y joven que Yami. Me miraba mientras yo esperaba sentado en el
sillón y también me miraba cuando leía la hoja que me había dado. Lástima, pensé,
me voy esta noche, o tal vez mañana, pero que me voy es seguro y quiero estar solo.
Tal vez cuando vuelva, le dije antes de irme, y ella sonrió. Sí, seguro que cuando
vuelva, pensé. En casa dormí hasta la noche. Después preparé una mochila con algo
de ropa y fui para Retiro. También llevé la notebook, mi libro y la revista. Todo para
mostrarle a la hermana de Gabriel con quién estaba, para que se diera cuenta de que
conmigo tenía que tener algo de respeto, a ver si se le ocurría tirarme una maldición
como al muerto. Yo no creo en esas cosas, pero siempre es mejor estar prevenido.
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Tres
Caminé por el pasillo hasta la mitad del micro y me senté en el veintidós
ventanilla. Apoyé la mochila en el veintitrés pasillo para que no se sentara nadie.
Subieron muchos pero por suerte ninguno terminó al lado mío. Dormí toda la noche.
Lo que duró el viaje, ni siquiera toda la noche, y me levanté igual que en la escalera;
con el brazo izquierdo dormido y con dolor de cuello. Era muy temprano y los pocos
negocios que había en la estación estaban cerrados, salvo el bar donde tomé un café.
Estaba por amanecer y hacía frío. Había un olor extraño, olor a campo, aunque no era
campo campo, pero había un olor distinto al de la ciudad. Busqué un lugar para poder
dejar las cosas. Caminé desde donde estaba en dirección al Centro. Caminé cinco
cuadras y, aunque llevaba pocas cosas, cada vez pesaban más. Podía ponerme a elegir
pero no quería seguir caminando y entonces me metí en la primera pensión que
encontré. Una vieja me saludó como si fuese una familiar lejana que hacía mucho no
veía. Recién se debía levantar y ya estaba preparando las cosas para lavar la vereda,
fue muy amable. Pensé que ni mis tíos me tratarían así. Pero era tan amable que no
me quedó otra que escucharla hablar sobre vida y obra de varios de sus vecinos. Era
insoportable y ni mientras me servía el desayuno podía callarse. Después me llevó a
una habitación que no tenía enchufe. Le pregunté si no tenía otra y la vieja tuvo que
pedir en otra habitación que se cambiaran, todo por mí. Recién una hora después
estuve decentemente instalado. Me tiré en la cama y todavía estaba con dolor de
cuello. Pensé que Yamila nunca iba a saber dónde encontrarme. Que volvería de sus
vacaciones y en mi casa no habría nadie. Tendría que haberle dejado una nota. No,
mejor no, suerte que no le dejé nada, quién se cree que es. Además, si se entera de
que vine acá nada más que para escribir la historia de Gabriel, seguro que piensa que
todo es gracias a ella. Se pondría contenta y no se lo merece. Además tengo cien mil
razones para escribir, y si Yami cree que la razón para hacerlo es la historia en sí
misma, está muy equivocada. Que las dos cosas coincidan es pura casualidad.
El lugar era una mierda. Pensé en quedarme nada más que una noche, o tal vez, ni
eso, tenía que encontrar a la hermana de Gabriel porque seguro terminaba durmiendo
con ella. Igual dejé las cosas en la habitación y fui a buscar un buen hotel. Caminé,
ahora sí, hasta el Centro, que estaba a dos cuadras. Hotel bueno no había. Entré en el
que parecía el mejor. Quedaba frente a la plaza central, justo al lado del Banco
Provincia y frente a la Municipalidad que estaba del otro lado. En el centro de la
plaza estaban preparando todo para una fiesta. Había un escenario y, alrededor, varios
puestos vacíos. Pedí un cuarto simple y el encargado me dijo que no había lugar, que
estaba todo ocupado. No lo podía creer, quién viene a este pueblo de mierda si no es
para hacer una novela. Tal vez el rubio les pagó a varios un adelanto igual al mío y
los otros cien mil iban a ser para el que escribiera mejor, aunque pensar que había
escritores mejores que yo era tan ridículo como decir que el hotel estaba completo. El
encargado me dijo que esa noche había una feria artesanal, que había venido gente de
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todos los pueblos cercanos y que por eso los hoteles estaban llenos.
La vieja de mi pensión no conocía a ninguna rubia de apellido Shuajda. Tal vez
ése era el nombre artístico de Gabriel y el otro era el verdadero, tal vez «Met» ni
siquiera se llamaba Gabriel, tal vez la rubia estaba casada y se había cambiado el
apellido, o tal vez la vieja me estaba mintiendo. Tenía la dirección pero no el nombre.
No lo sabía. No me había dado cuenta. No puedo olvidarme de detalles tan
importantes, pensé, igual acá no vive mucha gente y seguro la voy a encontrar.
Entonces le mostré la dirección y me dijo que era lejos; después me contó algo de la
feria, dijo que era esa misma noche y me preguntó si no había notado el gran
movimiento que había en todo el pueblo. Sí, seguro, dije. También me preguntó si yo
había venido por la feria. Yo soy escritor, le dije, soy escritor de la Capital y estoy
buscando a una señorita rubia que se llama Shuajda, dije. La vieja sonrió y me
felicitó.
A la noche fui para la feria, debía ser importante en serio. Había bastante gente,
no mucha pero estaba bien. Di una vuelta por los puestos y le compré un regalo a
Yami y otro a Emilia. Un licor de chocolate y una artesanía en madera. En una
esquina de la plaza había un monumento de un viejo con unas herramientas. La placa
decía «Jacinto Galdez». ¿Quién mierda será Jacinto Galdez? ¿Por qué no vino a
darme el premio en persona? Pero seguro que estaba muerto, como el muerto, si no,
no te convierten en estatua. Mientras caminaba, algunos murmuraban en grupos
alrededor mío, otros se acercaban y me preguntaban si yo era el escritor de la Capital.
Elegía a quién decirle que sí y a quién decirle que no, era divertido. Algunos me
pedían perdón y otros me preguntaban si conocía a actores de la tele o estupideces
como ésas. Tocó un grupo bailantero y después fue la elección de la reina. La reina
tenía seis puntos, las que perdieron un promedio de dos, pero seguro que para el lugar
deberían ser hermosas. Una como ésa la encuentro en cualquier esquina de la Capital
y la puedo tener en mi cama en diez minutos. Pensé que si ésa era la reina, la
hermana de Gabriel no debería ser tan linda.
A eso de las doce ya casi no había nada. Cerraban los negocios, levantaban los
puestos de la plaza y la gente también se iba. Volví al hotel a las doce y media. En el
camino me crucé con una de las participantes del concurso y me preguntó si yo era el
escritor. Le dije que sí y ella sonrió. Me preguntó para dónde iba. Para el mismo lado
que vos, le dije. ¿Cómo sabés que vamos para el mismo lado? Yo no sabía, tampoco
sabía que la vieja era su abuela y el padre el dueño de la pensión. Ella me lo contó,
también me dijo que no vivía en ese lugar pero igual fuimos juntos. Era una chica
agradable y terminamos hablando bastante tiempo en una sala que vendría a ser la
recepción. La chica, segunda princesa, no era muy linda pero sí muy simpática y ya
no tenía un dos como me había parecido en el escenario. Le dije que ella tendría que
haber ganado el concurso y casi se muere de la emoción. Se puso toda colorada y me
dijo que igual hace tres años que lo gana la hija del intendente. Tenía que irse y le
ofrecí acompañarla pero dijo que no hacía falta.
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Temprano a la mañana me tomé un remise hasta la dirección que tenía. Veinte
minutos por el Camino Nacional y llegamos a la Colonia «Jacinto Galdez». En la
entrada había un arco de piedra y una tranquera que no se podía cruzar con el auto.
Caminé por un sendero de tierra hasta donde me dijo el remisero, crucé un puente que
también estaba hecho del mismo tipo de piedras que el arco y después no había dónde
ir. Llegué a un campo que estaba rodeado de casas todas iguales, hechas de madera y
pintadas de blanco, todas iguales. Había dos que eran más grandes que las demás,
supuse que una debía ser el granero porque estaba rodeada por una cerca y se
escuchaban gallinas y cosas así, la otra debería ser algún lugar de encuentro, pero
después vi la cruz y no supuse más nada. Algunos se asomaban por las ventanas de
las casas y me miraban como a un bicho. Entonces me quedé parado en el medio y
pensé en ir a la iglesia, seguro ahí me iban a ayudar, pero se acercó una persona y yo
le dije a quién buscaba. Me señaló una casa. Yo gané el premio «Jacinto Galdez»,
pensaba mientras caminaba hacia ahí.
«Met» me había mandado al lugar donde nació. Ninguna hermana. Me mandó
con la familia para que les dijera que uno de sus hijos había muerto. Me di cuenta
cuando ya estaba adentro de la casa hablando del tema. El padre, que tenía un acento
raro, me preguntó cómo había sido y yo le dije que no importaba. La madre no podía
dejar de llorar. Me tuve que quedar ahí, no podía irme después de la noticia que había
traído. Qué mala suerte, pensé. En realidad podía irme pero la madre, que parecía
estar mal en serio, me pidió que me quedara. No sé por qué pero le hice caso. El
padre, después de que le conté la noticia y después de preguntarme lo que me
preguntó, se fue no sé a dónde. Al rato apareció uno de los hermanos y me asusté.
Pensé que era igual a Gabriel, pero me quedé mirándolo y no era tan parecido, era
parecido a otra persona pero no sabía a quién. De todas formas debía estar tan muerto
como «Met». Le dije «Met» y el pibe me contestó que no. Seguro debía entender. En
dónde me metí, pensé. Aparecieron tres hermanos más, todos parecidos, y dos
hermanas, rubias y muy lindas, que sí podrían haber sido las reinas del desfile.
Después aparecieron más mujeres que eran las esposas de los muertos, me saludaban,
me miraban raro y nada más. Me acordé de todo lo que Gabriel me había contado,
pensaba que con los enteritos marrones que usaban parecían todos santos, pero las
fiestas que deberían organizar seguro eran las mejores. En un momento en la casa
había más de diez personas y todas mirándome a mí. Me acerqué a uno de los
hermanos, al que parecía el mayor y le dije que yo era un escritor famoso, uno de los
mejores y que estaba escribiendo una novela sobre Gabriel. El tipo se rió y me
preguntó en qué me podía ser útil. Tuve ganas de decirle que tenía que ayudarme a
ganar otros cien mil dólares, pero le pregunté si no era molestia hablar con él y con
sus hermanos. Él dijo que no había problema. La madre, mientras se lamentaba a los
gritos, me preguntó dónde estaba el cuerpo de Gabriel y yo le dije que en el
Cementerio de la Chacarita, pero en realidad no sabía. Me fui lo más rápido que pude
y le dije al hermano mayor que iba a volver al otro día para hablar con cada uno.
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Caminé hasta llegar al remise que me esperaba en la tranquera, justo donde lo había
dejado. Vio, no tienen ni tele, ni tractores, ni nada, me dijo el remisero, están todos
locos, dijo después. Pensé que eso era lo primero que piensa cualquier ignorante
cuando conoce algo distinto. No parecían vivir mal, tan locos no debían estar.
Esa misma noche mientras cenaba en una parrilla, me encontré con la nieta de la
vieja. Se llamaba Clara. Cuando la saludé me preguntó a qué había ido a lo de los
locos. Le dije que por trabajo y ella me dijo que su papá también era el dueño de la
parrilla, que ella no necesitaba trabajar. Qué me importa, menos mal que perdió, si no
no me la saco de encima, pensé.
Al otro día volví a la Colonia, en mi mochila llevaba la revista con la nota y otras
cosas. Busqué al hermano mayor. En realidad no hizo falta que lo buscara porque me
estaba esperando en la tranquera. Ni me saludó y me dijo que no querían colaborar
conmigo, que yo no era bienvenido y que no les interesaba que se escribiera nada
acerca de su hermano. Yo no le dije nada. Él siguió hablando, dijo que su hermano
era un pecador y un asesino, que le había hecho demasiado mal a la familia, a la
Colonia y a todos. Yo no traté de discutirle, y así, sin discutir, pude sacarle mucha
más información de la que necesitaba. Lo que yo sabía era todo mentira, no todo,
pero algunas cosas sí. Gabriel tenía cinco hermanos y dos hermanas pero no se había
ido con una de las rubias, al parecer se había escapado con otro hermano. Gabriel me
mintió, pensé, también pensé que era mejor no molestar más a los de la Colonia y
volver a la Capital, ahí ya no tenía nada que hacer. Vio que están todos locos, me dijo
otra vez el remisero. Yo no le contesté y pensé en no volver a la Capital, y sí en
volver al otro día para hablar otra vez con el hermano. No creía nada de lo que me
habían contado Gabriel ni el otro rubio. Porque Gabriel en la Capital vivía con su
novio y no tenía ningún problema en decir qué le gustaba y qué no. No había razón
para mentirme sobre eso. Es más, para él hubiese sido una hazaña escaparse con uno
de los hermanos y me hubiese contado lo mismo que me contó el rubio y no otra
cosa. Sería más divertido escribir que se escapa con un hombre, pensé. Pero tengo
que hacer inmortal a Gabriel, no escribir una comedia. Decí que son cien mil dólares,
si no mando todo a la mierda, le dije al remisero que no entendió nada. Pensé en lo
que pudo haber pasado y tenía varias posibilidades: o se escapó con un hermano, o
con una hermana, o con ninguno de los dos. ¿O con los dos? Gabriel me había
contado que todo era por un casamiento y por la virginidad que para ellos era
importante y pensé que tal vez me convenía hablar con el cura del lugar. Decidí no
quedarme otro día y a mitad de camino le dije al remisero que volviéramos a la
Colonia. ¿Está seguro? Sí. Pero mire que están locos. Te pago bien, dije, o sea que
tenía que hacer lo que yo le dijera. Me bajé y caminé hasta la casa de los padres.
Cuando llegué el padre me dijo que me fuera, me lo dijo en alemán pero igual se
entendía. Yo no me fui y en seguida aparecieron los hermanos, que de muertos no
tenían nada. Uno tenía una pala, los demás llevaban fierros y cosas por el estilo. Me
agarraron entre dos, a uno me lo saqué de encima con un codazo, al otro no sé.
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Izquierda, cintura, derecha, patada. Qué pasa, no te acercás, rubiecito, están muertos
en serio.
Estaba en la cama y de pronto apareció Yamila, apareció de la nada y se subía
encima mío. ¿Qué haces acá? Te quiero coger. ¿Cuándo volviste? Nunca me fui. Yo
llamé a tu casa, hablé con la sirvienta y me dijo que te habías ido con tu esposo. ¿Qué
te pareció? ¿Quién? Mi esposo. No sé, buen tipo. ¿De verdad te pareció buen tipo?,
qué lástima. Ella no me dio tiempo a decir nada que ya habíamos empezado.
«Miserable». «Miserable», decía ella. No, no, eso lo digo yo. Pero lo está diciendo
ella y se ríe y no parece Yami. ¿Qué pasó con tu marido? No lo voy a ver más, me
decía Yamila mientras sallaba y se movía encima mío. ¿Qué le pasó? Se fue con
«Met». «Met», es decir que revivió y ya no es más Gabriel. Yami dejaba de saltar y
me decía que ahora ella también se iba a ir pero yo me iba a juntar con «Met» y el
esposo. Se hacía a un lado y atrás estaban ellos que se reían y me tiraban plata, «cien
mil dólares», decían. Yamila se iba y yo le gritaba pero ella no se daba vuelta y yo no
podía levantarme porque estaba atado y además nadie me hacía caso y si hay algo que
me molesta es que no me hagan caso. «Cien mil dólares», repetían los dos. Yo seguía
gritando y de pronto no gritaba más porque mi cama estaba llena de billetes y me
ponía contento y otra vez aparecía Yami y me decía que elija, ella o los dólares, y yo
no sabía qué elegir y ella chistaba y aparecían los hermanos de «Met» con «Met».
Cargaban palas, fierros y cosas por el estilo. Dos me agarraban y a uno me lo sacaba
de encima con un codazo y al otro no sé. Pero después «Met» venía de atrás y me
daba un palazo en la cabeza y yo me caía y me seguían pegando cuando estaba en el
suelo y Yamila miraba y yo decía que paren y ella se limitaba a decir «fascinante» y
estaba con su marido y se iban los dos caminando de la mano. Estaban desnudos y el
marido de Yamila desnudo es asqueroso, pero igual se la llevaba de la mano.
Me levanté en mi habitación con un dolor de cabeza terrible. Al mi lado estaba
Blanca, Clara, o como sea que se llamara pero estaba ahí. ¿Quién es Yamila? ¿Quién?
Estabas llamando a Yamila. ¿Dónde está? Acá no ¿es tu filo? ¿Mi qué? ¿Tu novia?
¿Quién? Yamila. ¿De dónde la conocés? Vos la llamabas. ¿Y qué te importa a quién
llamo? No es que me importe. ¿Te importo yo? Sí. Metete en la cama, le dije. No,
dijo ella. ¿Qué hacés acá? Te cuido. ¿Y qué hago yo acá? ¿Viste que están todos
locos? ¿Quiénes? Los locos. Yo nada más quería descansar. Descansá, te conviene.
Al otro día cuando me levanté, creo que fue al otro día porque había perdido la
noción del tiempo, la vieja me vio y lo primero que hizo fue pedirme que le pagara lo
que tenía que pagarle y que me fuera, porque yo no podía quedarme más en ese lugar.
No entendí nada. ¿Qué le había hecho? Me dolía todo y en lo único que pensé fue en
mandarla a la mierda. Váyase a la mierda, y me fui a la agencia de remises porque era
una de las últimas cosas que me acordaba. También me acordaba haber soñado algo,
no sabía bien qué, pero era el mismo sueño de siempre, salvo algunos detalles, por
ejemplo que apareciera Clara, yo le quería dar un beso y ella me decía que no. Qué
estúpida, tendría que haber aprovechado en el sueño porque despierto no le doy un
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beso ni borracho. Bueno, borracho tal vez sí.
El remisero me saludó, me preguntó si me había recuperado y después me dio mi
mochila que había quedado en el auto. Le dije que no me acordaba bien lo que había
pasado y me contó. Los hermanos me cargaron hasta la tranquera y me tiraron ahí. Yo
estaba inconsciente. Después él me metió en el auto y me llevó a la pensión de la
vieja. Eso era todo. Quería hacer la denuncia pero era un poco tarde. ¿Cómo un poco?
¿Es tarde o no? Y él me dijo que ellos la hicieron primero y que era mejor que me
fuera porque si no además de todo me iban a meter preso. Tuve miedo y pensé que tal
vez lo mejor era hacer lo que todos querían y volver a la Capital. Pero no. Le dije al
tipo que me llevara a la Colonia y él se negó. Te pago el doble. Yo no quiero ir preso,
dijo. Te pago tres veces más de lo que vale el viaje y además te dejo una propina.
Usted está más loco que los locos, dijo después de aceptar. Para algo sirve la plata,
pensé.
Tardó un poco más porque tomó otro camino que no me dejaba en la entrada pero
sí en un lugar donde nadie podía verme llegar. Además, en el camino me contó la
historia de la Colonia y cosas que me iban a servir para la novela; también dijo que en
el pueblo había un montón de rumores sobre mí y que no eran nada buenos. Yo saqué
de la mochila la revista y se la mostré. Le dije que leyera la nota mientras me
esperaba. Ya la leí, y también vi su libro, dijo. Pero no lo leyó. Me dejó en un
barranco bastante profundo. Léala otra vez y espéreme. No se preocupe, jefe. Bajé
por el barranco y después crucé el río. Mi idea era llegar a la casa de alguno de los
hermanos sin que nadie se diera cuenta y pegarle hasta que me dijera la verdad, ése
era mi plan, y aunque no era un plan muy bueno era mejor que irse y nada más. Tomé
por donde me había dicho el remisero y llegué a una casa. No era la de los padres, en
verdad eso fue lo que pensé porque aparecí por atrás y me metí por una ventana. Creí
que no había nadie y en la cocina agarré un cuchillo por las dudas. Ahí sí que escuché
a alguien, caminé hasta una pieza y había una mujer desnuda. Me escondí tras una
puerta y pude verla bien. Era la misma del primer día, la hermana de Gabriel, la más
linda de las dos, la reina, vestida era muy linda, y desnuda hermosa. Esperé que se
vistiera y después la agarré por la espalda y le tapé la boca para que no gritara. No
grites y no te hago nada, le dije. Cuando se calmó la solté, no tardó mucho en
calmarse. Pensé que iba a gritar pero me pidió que la ayudara a escaparse, me rogaba
arrodillándose y besándome las manos. Yo trataba de calmarla pero era imposible.
Me dijo que si no la ayudaba iba a gritar y a mí no me quedó otra que decirle que sí,
pero en realidad si algo no quería era ayudar a esa rubia por más linda que fuera. Le
dije que tenía que contarme lo que había pasado con Gabriel y ella me dijo que no,
que no podía. ¿Cómo que no podés? Hice un juramento, además Gabriel está muerto
y no tendría sentido hablar de eso, dijo. Te querés escapar y no me podés contar.
Estás en peligro, decía mientras me tironeaba de la ropa en dirección a la salida.
Vamos, escapémonos. Ni loco. Grito. Gritá. Te cuento qué pasó con mis hermanos.
Sólo quiero saber de Gabriel, no de tus hermanos ni de tu hermana ni de nadie más.
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¿Qué hermana?, preguntó. La que se escapó con Gabriel, él me dijo eso. La rubia
pensó un minuto y volvió a insistir para que nos escapáramos juntos. Pensé que si me
iba con ella iba a hacer lo mismo que Gabriel me había contado. La diferencia es que
yo no sabía si era verdad o no. Al final de todo sí era verdad, pero no lo hizo Gabriel,
lo hice yo, me escapé con la rubia. Yo no me escapé, la ayudé a ella y en el camino
me arrepentí como diez veces. A ver si después esta rubiecita me tira una maldición y
me muero como el hermano y tengo que pedirle a algún escritorcito que escriba mi
novela. Ni loco ofrezco cien mil, es demasiado. El remisero me dijo que estaba loco
en serio y que no nos iba a ayudar. Le di plata, le di todo lo que tenía en los bolsillos,
y le dije que nos llevara a la terminal de micros. No, primero tengo que buscar mis
cosas en la pensión, pensé cuando estábamos a mitad de camino.
La vieja me dijo que si no le pagaba no me daba mis cosas. Yo no tenía plata
porque le había dado todo al remisero, y entonces le dije que la plata estaba con mi
computadora y que sólo yo la podía sacar de ahí porque tenía una clave súpersecreta.
La vieja, que no entendía nada, me dijo que no, agarró el teléfono para llamar a la
policía o a alguien. Yo traté de volver al remise pero sentí que me agarraban del
brazo. Era Clara. Me pidió que la siguiera hasta una habitación, me dio un beso y me
entregó mis cosas. La notebook era lo más importante, lo otro estaba en una bolsa. Le
dije que me acompañara hasta el auto, que le quería dar algo. Al salir, el remise no
estaba. Mierda, pensé, me cagaron. Clara me preguntó qué era lo que le iba a dar y yo
le dije que por el momento nada, pero algo le tenía que dar. La abracé y le di un beso.
Ni en el sueño se lo hubiera dado así. Pensar que ayer no me quise acostar con vos,
dijo ella y yo pensé que no podía ser que supiera mis sueños, pero eso no era lo
importante. Lo importante era que en ese momento apareció el remise con la rubia,
que estaba llorando, y el remisero que estaba más asustado que yo. Le dejé mi libro a
Clara y le di otro beso. Fuimos hasta la estación; el próximo micro hacia la Capital
salía dos horas después. No podía esperar y tampoco podía comprar pasajes porque
no tenía plata. No sabía qué hacer. La rubia, que lloraba y lloraba todo el tiempo, no
me dejaba pensar. Yo le dije que se volviera, que a mí ya no me importaba nada de
ella, ni de Gabriel, ni de nada. Pero ella dijo llorando que ya no podía volver. Le dije
que se sacara la ropa y ella sonrió. Saqué de la bolsa un jean y una remera y se los di
para que se cambiara. Todavía estábamos adentro del auto, la rubia se desnudó al lado
mío, era más que hermosa y encima no usaba ropa interior. El remisero no podía dejar
de mirar y yo tampoco. Si me contaran una historia así no me la creería, ¿quién
podría creerlo?, pero como me pasó no me queda otra que aceptarlo. Aunque esto de
los puritanos maniáticos no pasa todos los días, a mí me pasó.
Yo no tenía plata y tampoco idea de cómo conseguir pasajes. Le dije al remisero
que nos esperara. En la terminal sentía que todos me miraban aunque no había mucha
gente: los mozos del bar, los que estaban tomando algo y dos viejas que atendían el
único negocio abierto, casi nadie. Pero en verdad no me miraban a mí, la miraban a
ella, seguro porque era muy linda o tal vez la miraban porque la conocían, en esos
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pueblitos todos se conocen. Pero no era por eso, empezó a llorar otra vez y no había
forma de calmarla. Se acercaron las dos viejas y uno de los mozos a preguntar qué le
pasaba, se acercaron y yo les dije que no era su problema, que se fueran. Una de las
viejas me preguntó si yo era el escritor y le dije que no. Caminé hasta las boleterías y
sentí un alivio enorme cuando vi los carteles de las tarjetas de crédito.
La rubia lloró todo el viaje y yo ni siquiera sabía cómo se llamaba. Cada vez que
le preguntaba me decía algo que no entendía porque me lo decía llorando y era
imposible entenderla y calmarla. Te fuiste, era lo que querías, ¿ahora qué mierda te
pasa? Y ella en vez de calmarse lloraba más. Cuando llevábamos casi una hora de
viaje se acercó uno de los choferes y me dijo que la gente quería dormir y que si no
calmaba a mi esposa iba a tener que obligarnos a bajar. ¿Qué podía hacer? Le dije que
se sentía muy mal porque estaba embarazada y el tipo me miró con cara de asombro,
después la miró a ella y nos pidió disculpas. La rubia lloró todo el viaje y nadie
volvió a chistar ni a decirnos nada.
En Retiro traté de convencer a un tachero para que nos llevara sin pagar, le conté
algo de lo que nos había pasado y agregué que nos habían robado todo, me preguntó
dónde vivíamos y cuando le contesté dijo que el ciento seis me dejaba cerca. Lo
mandé a la mierda y casi me rompe la cara. Dos veces en una semana era demasiado.
No nos quedó otra que tomar el colectivo. Salimos por la rampa de la estación y nos
miraban todos, la miraban a ella y esta vez sí porque era muy linda. Caminamos por
donde están los puestos de la calle y me di cuenta de que no lloraba más, estaba
contenta y le sonreía a cualquier tipo que nos cruzábamos. La agarré del brazo para
que dejara de hacer eso y ella se hizo la ofendida. Metió las manos en los bolsillos,
sacó algo y al principio yo no sabía qué era, pero cuando lo vi bien le dije que era
nuestro viaje en taxi. La rubia había encontrado un billete de diez en mi jean y yo
pensé que era demasiada buena suerte, no hay nada más feo que viajar en colectivo.
No me di cuenta de lo mucho que extrañaba mi casa hasta que llegamos, me tiré
en la cama y después me di un baño. Tenía la cara hinchada y me dolía un poco pero
no era nada grave, o al menos eso pensé. Escuché los mensajes que había en el
contestador: mi exalumna, la periodista, que no supe cómo había conseguido el
número, pero por algo es periodista, otra vez Emilia, un mensaje del banco en el que
me pedían que me presentara cuanto antes y algunos mensajes más que no tenían
importancia. No había ninguno de Yami y eso me molestó, pero el único que me
llamó la atención fue el último, era del rubio y decía que necesitaba verme. Querrá
pagarme más, pensé, ojalá. Mientras yo escuchaba los mensajes la rubia se estaba
bañando. Tuve ganas de espiarla pero no valía la pena, igual me acerqué y le pregunté
cómo se llamaba. Mónica. Lindo nombre, dije y ella no dijo nada. ¿Sos la hermana
menor o mayor? Ella sólo se asomó por la cortina y sonrió. Mierda, pensé, es
hermosa en serio. Fui hasta el comedor y traté de comunicarme con Yami. Corté antes
de que atendieran, hice lo mismo varias veces y me sentí un tarado. Pensé en la rubia,
en Mónica. Estar con ella sería un problema, no me la iba a poder sacar de encima y
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esconderla para siempre tampoco podía, tal vez aparecía Yamila y todo mal. Con las
otras es distinto, pensé, yo manejo los tiempos y sé cuándo tienen que venir y cuando
tienen que irse, pero ésta se iba a quedar para siempre. Pensé que mejor sería llevarla
a otro lado, a un hotel o a lo de alguien. Mientras pensaba qué hacer encendí un
cigarrillo y de pronto no pude pensar más. Apareció semidesnuda y me dijo que ya
había terminado de bañarse. Llevaba puesta una camisa mía y no hay nada que me
guste más que eso. Yo no pensaba hacer nada pero ella se me tiró encima. Dijo
gracias, y usó un tono parecido al que usa Yami para decir «te quiero devolver el
favor».
A la mañana me importaba muy poco lo que había pasado. En realidad no era que
no me importara, habíamos estado muy bien juntos y tal vez por eso le dije que no
podía vivir conmigo. Esperaba que me suplicara y me dijera que sin mí no iba a poder
estar en una ciudad como ésta, pero dijo que bueno y me sorprendió. Me volvió a
sorprender cuando dijo que yo tenía que encontrarle un lugar para vivir, porque en la
calle no podía quedarse. Pensé en alquilarle un departamentito y visitarla una vez por
semana. Un gasto así valía la pena, pero se me ocurrió otra cosa: Kein me debía un
favor.
Esa misma tarde, después de hablar con Kein, lo visité. Ella estaba muy ansiosa
por conocer a mi amigo. Cuando llegamos él nos estaba esperando en la puerta.
Bajamos del taxi y el muy boludo ni se fijó en ella, me agarró del brazo y dijo que ni
loco. Después me preguntó que me había pasado en la cara, le dije que nada y que me
debía un favor. Lo que te pedí yo no fue nada a cambio de esto, vos estás loco. No
tenés compromiso con nadie, le dije, qué te molesta aguantarla unas semanitas. ¿Y
vos qué compromiso tenés? Me tengo que ir de viaje, mentí. Dejala en tu
departamento. Ya te dije por teléfono, es de la provincia y no quiere estar sola. Que
sea de la Antártida, en mi casa no se queda. Al menos una noche. No, ni un día. Pensé
que íbamos a tener que volver a casa y que yo iba a perder a mi último amigo, pero
Mónica lo agarró a Kein del hombro y le preguntó con una soltura increíble si él era
Kein. Kein se quedó callado y dijo que lo lamentaba, pero que no iba a poder
quedarse. No es tan feo como me habías dicho, dijo ella y yo no podía creer lo que
estaba escuchando. Es horrible, es más feo que… No, es lindo, es lindo y bueno, dijo
ella ¿no es cierto, Kein?, ¿no es verdad que sos bueno? Kein dijo que sí, que él era
bueno. Bueno, dijo, que se quede una noche, para probar. Nos hizo pasar y yo le dije
que tenía que ir a escribir una nota para una revista o algo así, igual ni me escuchaba
porque estaba encantado con la rubia que preparaba algo en la cocina y Kein la
miraba desde el living. ¿Cómo decís que se llama? Mónica. Me encanta. Pensé en
decirle que si la tocaba moría pero si no podían estar juntos Kein me la iba a
devolver. Entonces pensé que el infeliz la iba a pasar mejor de lo que se merecía. ¿Y
qué pasó con tu ex?, le pregunté, ¿salió el divorcio?, ¿le mandaste la carta? Sí, sí…
¿Qué carta?, dijo. Eso me molestó, el pibe estaba mal en serio y ni me quería
imaginar cómo iba a quedar después de la primera noche. Pero lo más importante era
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el alivio que sentía por haberme podido sacar de encima a la rubia. Mentira, no fue un
alivio, igual me callé la boca y al rato me fui. Le dije que lo llamaba al otro día. Él
me preguntó si ella no tenía alguna valija o algo y yo le dije que no la iba a necesitar.
No te das una idea lo que te estoy regalando, le dije con tanta bronca que empecé a
reírme y Kein se empezó a reír también. Me acompañó a la puerta y, todavía a
riéndose, dijo que me hiciera ver por un médico, como tenés la cara, dijo. Y me fui.
Apenas entré a casa preparé todo para empezar a escribir los otros cien mil
dólares. Vino, cigarrillos, música de fondo y nada más. Dos horas. Dos horas
escribiendo y borrando. Todo basura, decía cada vez que llegaba a completar una
carilla. Terminé jugando al Dark Seed. Hacía no sé cuánto tiempo que no jugaba y
haber perdido la práctica me puso más nervioso todavía. Traté de dormir una siesta, y
aunque era de noche, no pude. Miré la tele, navegué por la red hasta la madrugada y
cuando me quedé sin cigarrillos salí a buscar un kiosco y compré un cartón para tener
un problema menos. Pedí una pizza pero en la pizzería me dijeron que a esa hora sólo
tenían medialunas. Mientras comía medialunas volví al procesador de textos para
tratar de escribir algo. Hice una lista de personajes, de lugares, de situaciones.
Describí la Colonia «Jacinto Galdez», el pueblo «Jacinto Galdez», describí a Gabriel
vivo y muerto, y la casa de Mónica; conté lo que había pasado con ella y también
cómo me pegaban en ese lugar de mierda y aunque eso no lo quería recordar, escribí
cualquier cosa menos un argumento que justificara ciento cincuenta páginas
inmortales. Estuve varios días peleándome con el teclado, incomunicado, fumando
como un animal, tomando vino y comiendo pizza. Pensaba en todo lo que me pasó y
quizá por pensar en todo eso no podía escribir nada. ¿Qué podía escribir? Que «Met»
era pintor y un puto de mierda que se murió como lo que era. ¿Que más? Que se
escapó de una Colonia de puritanos con el hermano, con la hermana, ni siquiera sabía
con quién se había escapado. Que fui hasta allá para conseguir información y lo único
que traje fue una mujer para el infeliz de mi amigo. Cien mil dólares, pensaba cada
vez que trataba de escribir algo. Cien mil dólares que iba a tener que devolver. Seguro
que Yamila sabría guiarme, me daría alguna idea, algo bueno, pero no sabía dónde
estaba. En la casa me seguían diciendo que de vacaciones y yo ya no les creía.
Llamaba a cualquier hora para ver si me estaban mintiendo, pero siempre atendía la
sirvienta, a veces con voz de dormida y otras veces con voz agitada, pero siempre con
el tono cortés y repitiendo lo mismo: Residencia Foggelberg. Estuve así toda una
semana. Un día el rubio dejó un mensaje en el contestador. Era muy gracioso
escucharlo, porque el tipo se presentaba como el novio de Gabriel y no decía ni su
nombre ni nada. Parecía como si no tuviera personalidad, o como si no existiera más
allá de su exnovio que encima estaba muerto; a algunos les pasa, será por eso que no
puedo estar en pareja. Al principio no entendía por qué me seguía llamando, pensaba
que el muy hijo de puta quería controlarme y por eso no le respondía las llamadas.
Una vez atendí por reflejo y cuando escuché la voz, corté. Después de eso comenzó a
llamarme tres o cuatro veces por día. Tal vez me convenía ir a otro lado, pero no tenía
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a dónde; además, en mi casa estaba bien, lo único que tenía que hacer era no
contestar el teléfono y listo. Terminé desconectándolo. Pasaron unos días y yo me
dedicaba más a leer que a escribir.
Se me ocurrió buscar el libro que según Gabriel era parecido a su historia, o que
los personajes eran parecidos, o algo así. Diene Ginwal. Al final lo conseguí, se
llamaba Las telas del segundo hombre. Se trataba de un chico que vivía en el campo
y su tío y sus primos lo dominaban, lo hacían trabajar demasiado y cosas así. El pibe
se termina escapando a los veinte años y lo único que le importa es llegar al océano.
De ahí en más cuenta su odisea. Todo el tiempo habla de la odisea que realiza al
caminar y caminar en busca del océano. Al parecer su madre, antes de morir y dejarlo
a cargo de su tío, le dice que ahí está la libertad y por eso el tipo camina y camina.
Pero si estaba tan domado, ¿cómo mierda se escapa? Diene nunca lo explica,
tampoco explica cuál es la odisea de buscar el océano. En definitiva, el libro es una
descripción asquerosa del mar. Lo describe de mil formas diferentes y asquerosas sin
siquiera haberlo visto, y tal vez por eso lo describe tan mal. El pibe camina durante
doscientas páginas buscando el océano y encima no lo encuentra. Camina durante un
año y al final no llega. Ni siquiera era un best-seller. Era tan malo que me hacía
seguir leyendo. Doscientas páginas de mierda en tiempo récord, un día, seis horas, no
sé. Asqueroso. ¿Qué tendrá de parecido con la historia de Gabriel? Nada. La escritora
era de Nueva York y tenía la misma edad que yo; el libro había sido editado dos años
atrás. En Estados Unidos la tipa era muy conocida pero no por ese libro sino por el
que había escrito primero. Según la crítica había sido uno de los mejores libros de la
década, todo eso lo supe a través de internet porque en su editorial habían hecho una
página sobre ella. Me hubiese gustado saber cómo era físicamente, pura curiosidad,
pero no había nada, no había una foto ni en el libro ni en la página de internet. Pero lo
más raro era que yo nunca había oído hablar de esa mujer antes de que me la
nombrara Gabriel. Pensé en comprar su primer libro, pero con la basura que había
leído no valía la pena. Tiré Las telas del segundo hombre con mis otros libros de
mierda y después de desvestirme me tiré a dormir yo.
Cuando abrí los ojos era de mañana o tal vez de tarde, Yamila estaba al lado mío,
en la cama. Pensé que todo era otro sueño pero ella estaba durmiendo y desnuda. La
desperté. Ni me di cuenta que llegaste, ¿cuándo llegaste? No te quise molestar. Ni el
timbre escuchaste, parecías muerto, dijo ella. Comentario poco feliz, pensé yo. No es
un sueño, ¿no? No ¿por qué?, ¿vos soñás conmigo? ¿Y tu esposo? No sé ni me
importa. ¿Cuándo llegaste? Temprano, me dijo. No, pero cuándo volviste del viaje.
Hace unos días, te llamé pero no atendías. ¿Y tu esposo? Se fue otra vez de viaje a…
se fue otra vez. ¿A dónde? ¿Qué te importa? Lo conocí. Ya sé, los vi charlando en el
velatorio, no sabés qué miedo me dio. ¿Qué cosa? Verlos juntos, por eso me fui con
él. ¿Por qué? No sé, pensé que iba a ser mucho más fácil, es más, pensaba en decirle
a mi esposo que mirara el programa en el que nos filmaron, pero después fue lo de
Gabi y me arrepentí. ¿Para qué querías que nos viera juntos? No sé, no lo soporto
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más. Pero te fuiste dos semanas con él. Es mi esposo, yo estaba mal, vos sabes cómo
es una cuando está mal. No, no sé, dije No quería más problemas, me fui de viaje con
él y si estuviese en la misma situación me volvería a ir. Nos quedamos en silencio sin
mirarnos y sin hacer nada. Prendí un cigarrillo y le ofrecí uno a Yami. Al rato ella
dijo que le había parecido una buena excusa para pelearse. ¿Pelearte con quién? Con
mi esposo, vos entendés. No, no entiendo, explícame. Para él todo lo que hago está
bien, nada le viene mal, siempre se va de viaje y cuando está es como si no estuviera.
Pero te fuiste quince días y me dejaste solo, no entiendo cuál es tu problema. Ella no
dijo nada. Se quedó en silencio, fumando, después me dijo que vio cómo Gabriel
empezaba a sentirse mal. Estaba ella y el novio de Gabriel. Aunque no era lo que
tenía ganas de escuchar la dejé seguir. Fue horrible, nunca me había pasado algo así,
dijo, fue de pronto y no pudieron hacer nada, empezó a sentirse mal y se cayó al suelo
y dejó de respirar. Yami no lloraba, yo no quería mirarla pero seguro que no lloraba.
No sabía qué decirle, entonces la abracé y nos quedamos en silencio como una hora.
Sin besarnos ni nada, nos dormimos y nos despertamos igual, abrazados. Hicimos el
amor pero no fue ni «fascinante» ni «miserable». Para mí fue distinto, ella seguía
pensando en lo suyo, en la muerte de Gabriel. Nos quedamos todo el día y toda la
noche en la cama. Le comenté lo de la propuesta del novio de Gabriel y lo que yo
pensaba de eso. Ella me dijo que tratara de escribir, que la historia era bárbara, y que
los cien mil dólares no cambiaban nada. Tal vez para vos, pensé, a los ricos la plata
les importa una mierda, piensan que todo es por el arte y por amor a algo. Yamila es
otra que se cree lo del espíritu y la soledad y todo eso, me cago en Yamila. Los cien
mil dólares era lo único que me inspiraba, pero no se lo dije. Ella sí me dijo que si la
historia no me gustaba podía inventar algo, que por algo yo era el escritor. No le
conté sobre la hermana de Gabriel, ni de la Colonia, ni lo que me había pasado ahí.
Ella ni se había dado cuenta de los golpes, me miré en el espejo y ya no tenía nada. El
tiempo lo cura todo, pensé. Además yo me sentía mucho más tranquilo, no por lo que
habíamos hecho, no sé por qué, pero Yami en algo seguía teniendo razón, el escritor
soy yo y por lo tanto puedo hacer lo que quiera con las historias que quiera. Entonces
hice lo que tuve ganas. Me levanté y, mientras ella seguía durmiendo, me puse a
escribir. Estaba por amanecer y pensé que la historia no era ni mala ni buena. Era una
historia más y de mí dependía que no lo fuera. Lo de puritanos haciéndose los locos
no era muy creíble, no es natural, en realidad nada es natural pero la gente no tiene
idea. Entonces pensé en lo contrario, unos cuantos locos queriendo hacer las cosas
bien. Por supuesto que no les sale. Pero locos no es la palabra, la palabra es distintos,
ésa es la clave, un par de personajes distintos al hombre común para poder asociarlos
libremente con otras cosas: con una familia, por ejemplo con la familia de «Met»: un
padre loco y unos hermanos pervertidos. Con la Fundación «Jacinto Galdez», con
fiestas, con la decoración de la Fundación «Jacinto Galdez» en la fiesta: alfombras
rojas, copas de color humo y guardas evolutivas al estilo Escher: transformación,
mutación y evolución. Y también pensé en Kein, mi único amigo, pensé en no tener
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amigos ni tampoco en quién confiar. Imaginé gente solitaria en serio. No en el campo,
ni en la montaña ni en una isla desierta. No hace falta nada de eso, rodeado de
extraños uno puede sentirse más solo todavía. Y hasta los nombres tienen que ser
extraños, distintos, nombres como el de Kein. Pero Kein no, incluir a gente conocida
en la ficción está mal. Nombres distintos pensé: Mercy, Hyenna, Swidt. Asociar
libremente está permitido, sobre todo para un escritor como yo. Yamila tiene razón,
puedo sacarlos del ambiente rural y meterlos en Buenos Aires, vestirlos con ropa de
color y poner un poco de pornografía. Algo de droga y de sexo, aunque si había algo
que les sobraba a esos granjeros era sexo. Con todo eso hasta se puede lograr el
escándalo perfecto, hacer de un montón de hojas un libro que venda, que gane
premios y que la gente se la pase hablando de lo que hiciste. Un libro exitoso y un
personaje inmortal. Entonces lo hice, me senté a escribir y pensé en una palabra
retrofuturista que funcionara como nombre y que, al mismo tiempo, pudiera servir
como lugar, como inicio y como final; me acordé del libro que Diene había escrito y
pensé en Odisea.
[Link] - Página 46
Cuatro
Odisea
Cuál era la diferencia entre hacerlo por mí o hacerlo por quien sea. Se lo
dije, y no sólo esa noche. ¿Crees que a ella le importó? Nada de lo que yo
decía le importaba. Entonces me di cuenta de que todo lo que había hecho
era un error. Así tendría que haberlo visto antes, darme cuenta antes, eso es
lo que tendría que haber pasado. Pero yo estaba mal, y vos sabes cómo es
uno cuando está mal, porque yo estaba mal en serio, yo sí sabía, tan tonto no
era. Todo por la Odisea. Aunque en la Odisea fue distinto… perdón, con
Odisea fue distinto. Es que así también se llamaba el bar, entonces yo no
decía que iba a ver a Odisea, decía que iba a la Odisea. Mis amigos, o los
que en ese momento eran mis amigos, entendían. Pero vos viste cómo son los
amigos cuando uno encuentra algo copado y ellos no lo quieren entender. Al
principio no sabían qué era Odisea. ¿Un bar? ¿Un boliche? ¿Una mujer?
Todo eso estaba bien, ellos tenían razón, y lo más gracioso era no
contestarles, porque me volvían a preguntar y yo les decía cualquier cosa y
volvían a preguntar y podíamos estar así toda la noche. Al final supieron y
fue cuando me dejaron de ver. No me arrepiento de lo que pasó, pero me
hubiese gustado que se enteraran por mí y no como se enteraron, aunque no
tiene nada de malo. Pero tal vez hubiese sido distinto. No sólo con ellos,
también en la Odisea… perdón, con Odisea.
Odisea quedaba abajo del cine Lossuar, era un cine xxx hasta que lo
compraron los evangelistas. Odisea era la dueña, no del cine, del bar. Nunca
me dijo por qué Odisea. Se llamaba Daiana Castro, y nunca me dijo por qué
Odisea. Y eso que se lo preguntaba siempre y hasta después de estar juntos,
que es cuando todos confiesan todo. Te lo digo por experiencia, es el mejor
momento para preguntar. Si tuviste buen sexo, si no no. En la Odisea fue
distinto, ella me quería y yo también. Esos evangelistas. Al final Odisea se
vendió como todos. Cuando llegaron los evangelistas, a la Odisea se le acabó
el negocio. Al principio le pedían que les vendiera el lugar. Ni loca, ese lugar
significaba mucho para ella. A mí me encantaba todo lo que había, desde las
alfombras rojas hasta la barra de laca marrón, desde las copas de cristal
humo hasta los vasos con el nombre grabado. Tenía espejos en las paredes,
pero no eran los espejos comunes que reflejan y nada más, no, no eran ésos,
eran espejos distintos, con dibujos de hombres y mujeres que había hecho el
hermano de Odisea, que era pintor. Ella tenía suerte, se llevaba bien con la
familia y hasta seguía viendo a los mismos amigos de cuando era chico. Yo en
cambio no. Mi hermana se fue a México y se casó con una lesbiana que a mí
me odiaba. Mi hermana y su novia. Yo sabía por qué mi hermana me odiaba,
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pero nunca supe por qué hizo que me odiara su novia. Siempre las lesbianas
se acercan a los hermanos de las novias, pero ella a mí me odiaba, seguro
que porque mi hermana le contó. Odisea una vez me dijo que no me hiciera
problema, que las lesbianas son malas como los hombres, pero como no son
hombres, son dos veces más malas. ¿Entendés?
En la Odisea se vestía siempre de acuerdo a cómo decoraba el lugar. Los
espejos no, porque los había pintado el hermano y ella nunca los tapaba.
Organizábamos fiestas de disfraces y llenábamos el piso de globos, no sabes
qué divertido. Hacíamos fiestas cowboys, de los cincuenta, sesenta, setenta,
ochenta, hasta fiestas retrofuturistas. Eran bárbaras. Los jueves, viernes y
sábados el lugar estaba lleno. Los domingos iban los mismos de siempre y
hasta algunos turistas que vaya a saber cómo encontraban el lugar; los
demás eran días tranquilos. A mí me gustaban los martes, aunque el último
año no sólo los martes, sino que estaba todos los días ahí adentro. Y qué
podía hacer. Ya no tenía amigos. Eso fue porque ellos un día me siguieron y
entraron y me vieron con Odisea. Estábamos besándonos. En realidad era
más que besarnos, pero bueno. La cuestión es que me vieron, se enteraron y
yo me quedé sin amigos y Odisea terminó siendo todo para mí. Por eso te
digo que con ella fue distinto, ella me quería y yo también. Hasta que
llegaron los evangelistas. La acusaron de bruja y al lugar lo declararon
satánico. Como en el siglo XIII. La obligaron a cambiar. Ella no quería vender
pero si no cambiaba la iban a mandar presa porque tenían pruebas de que en
ese lugar se ejercía la prostitución. Todas mentiras, pero podía llegar a ir
presa en serio. Una vez, en la cama, me contó que estuvo presa, me dijo que
habían sido los peores días de su vida. Pobre, no sabés las cosas horribles
que le hicieron, pobre, después ni siquiera se animaba a pasar por una
comisaría. Yo trataba de convencerla de que les hiciera juicio, porque aunque
ella tenía antecedentes no eran tan graves y además no influían. Pero tenía
miedo. Entonces, cuando yo pensaba que el bar lo iba a vender o a alquilar,
en la Odisea se decidió por otra cosa. No lo consultó con nadie, ni siquiera
conmigo, que era su pareja. Me llamó por teléfono y anunció que habían
llegado a un arreglo. Cuando llegué y vi cómo era el arreglo me enfermé de
golpe y le vomité todo el piso. Me di cuenta de que era como todas.
Esa semana fue terrible, ya no me importaba nada, hasta empecé a
trabajar en la calle nada más que para hacer algo. Entonces conocí a Mercy.
Mi primera cliente, pensé. Pero al poco tiempo estaba viviendo conmigo,
hasta llegué a creer que la quería, pero no. Era el momento, con cualquier
persona hubiera sido lo mismo. Por eso después no me molestaba que me
usaran así. Además yo estaba con Mercy por un solo motivo, necesitaba
comparar, y aunque eso era imposible, todo trataba de compararlo con
Odisea, con los buenos momentos en el Odisea. Yo soñaba con ella todo el
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tiempo, soñaba que iba a venir a buscarme, aunque sabía que eso no iba a
pasar porque ella no era la misma. Yo tampoco era el mismo, y tampoco
podía ir a verla. No podía aceptar lo que había hecho. Nadie lo aceptó. Todos
sus amigos, sus familiares, todos cortaron relación. Ni siquiera ella aceptaba
haber traicionado sus ideales.
Con Mercy las cosas fueron distintas. Cuando terminó de instalarse, les
alquilaba mi casa a sus amigos que venían con mujeres, hombres o con quien
sea. Yo vivía en ese lugar pero era como si no estuviese. No sabía quién
entraba o quién salía, pero siempre terminaba metiéndome en el juego. No me
interesaba nada, mi casa olía cada vez peor y hubo semanas en que no salí ni
para comprar el pan. Cuando me despertaba, en algún momento del día,
miraba alrededor y siempre era lo mismo: gente distinta, música distinta,
olores distintos, pero todo era igual. Entonces necesitaba a Mercy, creía que
ella me ayudaba, yo la comparaba con Odisea y entonces sí me ayudaba.
Pero no era lo mismo, una noche la encontré en mi cama con otra mujer, me
acuerdo que hasta supe el nombre porque Mercy lo estaba gritando: Hyenna.
Me enojé nada más que para enojarme, en realidad me causó gracia porque
me acordé lo que me había dicho Odisea. Le dije que se fuera, ella me dijo
que no se iba y se quedó no sé cuánto tiempo más. En realidad se quedó hasta
que uno de sus amigos, Swidt, uno que había estado mucho tiempo en casa,
me dijo que unos días atrás habían venido a buscarme. Dijo que no sabía
quién era la persona porque discutió con Mercy en el pasillo, él escuchaba
desde atrás de la puerta pero entendió que se peleaban por mí. No pensaba
decírmelo, pero Mercy se enteró de que él había escuchado y lo amenazó, y
ahí Swidt decidió contarme. Le pregunté a Mercy y ella dijo que era lo mejor,
que no me convenía verla, que lo del pasillo, que echar a Odisea, fue porque
me quería, que lo hacía por mí. ¿Cuál era la diferencia entre hacerlo por mí o
hacerlo por quien sea? Se lo dije, esa noche fue la primera vez que se lo dije.
¿Creés que a ella le importó? Nada de lo que yo decía le importaba. Yo sólo
sabía que necesitaba a Odisea, y Mercy también lo sabía, pero ella me estaba
usando. Entonces fui a la Odisea, pero la Odisea no estaba y los evangelistas
tampoco, todo clausurado.
En la puerta del cine y del Odisea había un enorme cantero que todos
usaban como descanso, los que iban al Odisea y los que no también. En un
momento tuvo flores y también parecía un cenicero gigante, porque antes de
entrar a ver una película todos fuman. Yo no tenía cigarrillos y entonces fui al
kiosco de la esquina para comprar. El viejo que atendía me reconoció y no
paró de quejarse, decía que desde que cerraron el cine y el Odisea ya casi no
tenía trabajo. Traté de no llorar y le dije que sí, que eso nos había arruinado
la vida a todos. Volví al cantero, prendí un cigarrillo y, mirando la puerta
cerrada del Odisea, pensé en todo lo que me había pasado, en que todo era
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culpa del destino. Que no me viera más con Odisea fue culpa del destino o un
castigo de alguien. De mi hermana, que se fue a México con su novia, por
ejemplo. Se fue por lo que le hice cuando ella cumplía catorce, porque ella ya
estaba pensando en sus cosas y no quería que papá y mamá supieran. Yo
nunca estuve seguro hasta que lo confirmé por un amigo, pero no dije nada.
Al principio me asusté, pero ella se enteró de que yo sabía y me compraba
cosas y me presentaba amigas. Ése era el trato. Nunca lo hablamos, no lo
arreglamos bien, pero era una especie de pacto de silencio. Nos entendíamos
con la mirada, vos viste cómo son los hermanos. Ella iba a cumplir catorce y
yo tenía dos más, dieciséis o quince. Con sus amigas yo mucho no hacía. Pero
una vez vino Dani, uno de los que me dejó de ver cuando conoció a la Odisea.
Nos encerramos en mi habitación, aunque no era sólo mi habitación porque
la compartía con mi otra hermana, la más chica. Papá decía que yo tenía que
dormir con ella, que era mejor así. Todos los que tienen dos hermanas
duermen solos y sus hermanas en una pieza aparte. Así debería ser, siempre
fue así, pero papá decía que no. Él decía que yo con mi hermana menor.
Daniel era más grande y a la amiga de mi hermana la manoseamos toda, eso
fue unos días antes del cumple de Verónica. Y Dani de repente le pegó. Pero
le pegó fuerte, no como cuando nos peleábamos en el colegio. Le pegó
distinto, hasta a mí me dolía. Nunca supe por qué le pegó, aunque todavía me
acuerdo y me avergüenzo. Ese golpe fue especial. Como los espejos de
Odisea, que también eran especiales pero no se sabe bien cómo llegaron a
serlo. Mi hermana se enojó tanto que le contó a papá y a mamá y me
castigaron. No importa qué fue lo que me hicieron, pero yo sí sé lo que hice:
el día de su cumpleaños invité a todos mis amigos. Ella no los había invitado,
le daba vergüenza porque sabía que mis amigos sabían lo de ella. El
problema no fue ése, el problema fue más grave. Cuando llegaron eran como
diez, y empezaron a molestar a las amigas de Vero. A Vero la cargaron todo el
tiempo y cantaban cosas horribles. Ella lloró como dos semanas seguidas y
entonces la pusieron a dormir con mi otra hermana. Me acuerdo y me siento
mal, después de lo que pasó nunca le pedí perdón. Pobre, como para no
odiarme. Fue desde ese día que no nos miramos más a los ojos. Y eso que
éramos chicos. Pero ella era mucho más valiente que yo, tenía catorce y ya
estaba descubriendo su cuerpo. Yo, en cambio, necesité diez años más y no
pude hacerlo solo. Necesité que todos mis amigos, o los que decían ser mis
amigos, me dejaran de ver. Necesité conocer a la Odisea. Necesité darme
cuenta de todo lo malo que le hice. No sólo a ella, también a mi hermana,
porque, igual que a Odisea, la abandoné cuando no debí haberlo hecho.
Porque volvía casa y entre toda esa suciedad la llamé a Mercy y le pedí que
volviera. Yo estaba mal. Vos sabés cómo es uno cuando está mal.
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Pude haber seguido pero Yami se despertó al mediodía y quiso ver lo que estaba
escribiendo. No se lo mostré, se fue al rato y dijo que me iba a llamar. Me quedé solo
y leí varias veces Odisea. Nada que ver con Gabriel ni con su historia, y todavía me
faltaban unas ciento cuarenta páginas para llegar al límite de la inmortalidad. ¿Cómo
podía seguir? No sabía. Lo que sí sabía era que lo que había escrito en unas horas era
lo mejor de varias semanas. Tal vez será Yami, pensé. No, eso es ridículo, soy yo, si
no no me hubieran premiado tantas veces como me premiaron. Lo volví a leer y ya no
era tan bueno. Yo podía escribir mejor. No era bueno. Era más bien malo. Era otra
basura del tipo de basura que había escrito en las últimas semanas, todo por culpa de
Yamila.
A la tarde fui al banco y no entré, preferí quedarme afuera. Por un momento me
puse mal porque quería encontrarme con la cajera que me había gustado tanto, pero
era mejor así, qué cosa tan importante me iban a decir que yo no supiera. Nada.
Estuve en la puerta pensando en cuando yo trabajaba en un banco. Los bancos cierran
a las tres, era lo único que me acordaba, y tenés que quedarte hasta las cinco. Qué
horario horrible, pensé. ¿Tan mal la había pasado que era lo único que podía
acordarme? Sabía el horario y también sabía que cualquier persona que trabajara en
un lugar tan deprimente no merecía mi respeto. Entonces, por qué tenía que darle el
gusto de estar conmigo a esa piba por más linda que fuera. Definitivamente no quise
entrar. Caminé media hora hasta que decidí tomar un café, cualquier bar es mejor que
un banco. Lástima que no había llevado la notebook porque era un muy buen lugar
para escribir. Pedí un café y pensé que me gustaría estar ahí con Yamila. Me quedé
toda la tarde, en un momento el mozo vino a decirme que tenía que consumir algo
más. Pedí otro café pero no me lo trajo el mozo sino el dueño que apareció para
decirme que no me hiciera problema, que para ellos era un honor tenerme como
cliente. Por fin alguien inteligente. Tomé rápido el café y me fui, se estaba haciendo
de noche y Yamila dijo que me iba a llamar.
Llegué a casa y tuve que compartir el ascensor con mi vecina, yo pensé que no
me iba a hablar pero me preguntó por la chica que había venido el otro día a verme,
me preguntó si era mi novia. Yo no sabía de quién estaba hablando pero le dije que sí.
Lástima, tan joven y buena moza, pobre chica, dijo y se quedó mirándome. Por suerte
era su piso y bajó, vieja de mierda. En casa abrí todas las ventanas y estaba por llover.
En el contestador había sólo dos mensajes. Estaré perdiendo mi popularidad, pensé
después de escucharlos: uno era del banco y el otro de Yamila que me iba a pasar a
buscar a las nueve para ir a cenar. Su esposo está de viaje, ningún problema, pensé.
Faltaba media hora. Me bañé y me probé bastante ropa: quería seguir siendo
alguien popular. No vino sola, estaba con el rubio que preguntó por qué me había
vestido tan bien. No sé, ¿qué diferencia hay?, dije. Eso no me molestó tanto como
tener que aguantar música clásica mientras él subía a la autopista para manejar a más
de ciento cincuenta kilómetros por hora. Loco de mierda, puto de mierda. Estaba
sordo y cagado de miedo. No nos matamos de pura casualidad y llegamos a la
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costanera en menos de cinco minutos. Cinco minutos, demasiada música clásica. ¿Te
gusta manejar?, me preguntó. No. Qué lástima. Nos sentamos en el mejor lugar y
apenas nos sentamos nos sirvieron un buen vino que probó el rubio. Yamila no decía
nada y él tampoco. Yo tampoco dije nada hasta que trajeron el menú. El plato más
barato costaba treinta dólares y era una ensalada, y entonces sí hablé: ¡Uy!, qué caro,
dije. El rubio pidió que nos fijáramos en los cuadros: eran todos originales y de
pintores importantes. Me fijé y Yamila también. Cuadros de cincuenta mil dólares y
más, seguro que los pagaron con ensaladas. Comimos, tomamos y los precios me
importaron muy poco. Antes de que sirvieran el primer plato Yamila dijo que iba a
haber una presentación de los cuadros de Gabriel, y en la misma fiesta me iban a dar
una mención de agradecimiento por haberme ofrecido a escribir su historia. Yo no me
ofrecí. No importa, a Gabriel le hubiera gustado saber que vos lo hacías por él y no
por la plata. ¿Y para decir eso me trajeron acá? No, sólo por eso no, dijo el rubio, me
pareció correcto plantear un acercamiento distinto al que habíamos tenido, a Yamila
la conozco muy bien, ella me habla mucho de vos y todo lo que me contó es muy
alentador, pero la imagen que transmitís es distinta, por eso te invité, tal vez si te
conociera mejor podría estar de acuerdo con Yamila sobre tu personalidad. Y a vos
qué te importa, me pagás para escribir, no para que sea simpático. Ya tuvimos una
charla parecida y te expliqué lo que quería en mi libro. Lo voy a escribir yo, va a ser
mi libro. Sí, pero vas a tocar un tema que para mí es muy importante y por eso
necesito saber. ¿Saber qué? Todo. Si querés saber más de mí leé las revistas, dije. Él
dijo que las leía todas y que en una había encontrado una nota de Inés sobre mí, me
preguntó por qué le había regalado la réplica y yo le dije que ella me la había pedido.
Qué raro, dijo, Inés me contó lo contrario. Ellos se conocían, Inés cubría los remates,
las exposiciones y los eventos que él organizaba, pero no confiaba mucho en ella, por
eso no le dio mucha importancia a esa nota. Según el rubio no era una periodista
objetiva y escribió lo que escribió porque estaba enamorada de mí. Ridículo, dije yo
mientras él sacaba un papel que tenía un número de teléfono y algo más. Dijo que, a
pedido de Inés, él tendría que haberme entregado eso hacía varios días, apenas saliera
la nota. Yo agarré el papel y Yami me lo sacó de la mano. Si te parece que escribo tan
mal para qué mierda me pagaste cien mil dólares. Para mí no escribís mal,
simplemente no me gusta como sos. ¿Entonces por qué me pagaste? Él trató de
cambiar de tema y yo le pregunté otra vez. Me lo pidió Gabriel, dijo. ¿Él tampoco era
objetivo? Sí, y lamentablemente también estaba enamorado de vos. Mentira, le dije.
¿Por qué te voy a mentir? Tuve ganas de irme pero nos quedamos en silencio, ¿por
qué me iba a mentir? Todavía faltaba el postre y cuando por fin lo sirvieron se acercó
una vieja que estaba en otra mesa y me pidió que le firmara un autógrafo. Tuve ganas
de matar a la vieja, a Yami y al rubio, pero aguanté y fui increíblemente cordial, la
señora estaba encantada y Yamila también. Como no tenía papel usé una servilleta
bordada con el nombre del restaurante. Yamila me dio un beso y con el tonito que usa
siempre cuando miente dijo que yo seguía siendo su ídolo. Sonreímos y me vinieron
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ganas de estar solo con ella, pero estaba el rubio. Igual agarré la mano de Yami y la
puse en mi pierna, ella sonrió otra vez y con el tonito que usa siempre cuando algo no
le gusta, dijo que había que tener un poco de respeto y esperar. Respeto, respeto por
quién. Ella, en silencio, miró al rubio, después me miró a mí y ya no nos reímos. Al
rato pedí la cuenta y fue el mozo el que me miró de forma extraña. No, dijo Yamila,
no hay que pagar. Yo quiero pagar, dije. No hace falta, a mí no me cobran, dijo el
rubio. Cuando salimos le dije a Yami que viniera conmigo, que me iba a tomar un
taxi. Ella dijo que se sentía mal y que Gabriel la iba a llevar a la casa. ¿Quién?
Perdón, me siento mal, dijo otra vez, me va a llevar él, dijo y señaló al rubio. O se
sentía mal en serio o se estaba curtiendo al puto. Nos despedimos con un beso en la
mejilla y eso me dolió más que todo lo que había pasado en el restaurante. Ella con el
rubio no podía estar, pero parecía que tampoco estaba conmigo. Antes de irse me dio
la hoja con el teléfono de Inés. La rompí.
Llegué a casa bastante tarde porque me quedé caminando por el puerto y empezó
a llover y no pude conseguir un taxi hasta media hora después. En la puerta del
departamento estaba esperándome Emilia. Le pregunté cómo había entrado y dijo que
una vecina mía le había abierto porque le daba lástima que esperara afuera y se
mojara por mí. También dijo que la vecina no me quería mucho, que le había
aconsejado dejarme; me iba a decir algo más pero no pudo porque empezó a llorar.
No me quedó otra que abrazarla, le dije que la vieja estaba loca y la hice pasar. Yo te
defendí, dijo llorando. Gracias. Emilia estaba mal, por su cara había estado así
bastante tiempo. Le pregunté qué le pasaba y ella preguntó lo mismo. No le contesté.
Entonces dijo que yo desaparecí por no sé cuántos días, que no le avisé nada, que
tenía miedo y que me extrañaba, lo dijo todo llorando y yo no sabía qué hacer. Le
pedí perdón y le dije algunas cosas lindas. Entonces me acordé que había traído unos
regalos y los fui a buscar. Le di la casita de madera y abrimos el licor de chocolate
que era para Yami. Lo tomamos mientras le contaba que había ido al sur a cubrir el
apareamiento de las ballenas para la revista dominical de un diario. Qué copado, dijo
ella. Ya estaba todo como antes, pensé. El licor era bueno, y tal vez fue por el licor
mezclado con el vino que había tomado en el restaurante, pero me di cuenta de que la
casita era igual a la de los padres de Gabriel. Sin decirle nada a Emilia, tiré la
artesanía por la ventana que estaba abierta a pesar de que seguía lloviendo. Ella me
miró y le dije que la casita no me gustaba; dijo lo mismo y nos reímos.
Al otro día, temprano, me levanté porque alguien llamó en la madrugada, llamó
como cinco veces seguidas y encima no dejaba ningún mensaje. Otro muerto, me
dije. Mientras me daba un baño, Emilia preparó el desayuno y se fue. Me dejó una
flor que nunca supe de dónde había sacado y también una carta en la que decía que
me amaba, que no podía vivir sin mí, que estaba completamente enamorada y otras
cosas estúpidas que me sacaron las ganas de desayunar. Me quedé pensando en esa
manía de las mujeres por arruinar las pocas cosas buenas que existen.
Me senté frente a la computadora pero como no podía escribir nada me dediqué a
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comer lo que Emilia había preparado, que estaba frío pero no me importó. Huevos
revueltos, qué asco. Volví a tratar de escribir algo pero otra vez no pude. Me conecté
a la red y estuve boludeando como una hora y media. Tuve ganas de llamar a Yamila
para decirle que viniera pero después pensé que no se lo merecía. Al final, apenas me
desconecté, llamó. Me pidió que nos encontráramos en el mismo bar donde habíamos
conocido a Gabriel. Se la escuchaba mal y cuando le pregunté qué le pasaba me dijo
que no había podido dormir y que no se sentía bien. Entonces no nos encontremos,
dije. No, a las cinco ahí.
Tal vez quería pedirme perdón, porque si hubiese querido acostarse venía directo
a casa y ni me avisaba. Yo no sabía muy bien por qué motivo tenía que perdonarla,
pero siempre era bueno que Yamila pidiera perdón. No llevé la notebook pero en el
camino me arrepentí y volví a buscarla, por eso llegué quince minutos tarde y Yami
ya me estaba esperando. ¿Te sentís mejor? Sí. Los rubios curan todo, dije. Ella hizo
como que no había escuchado, pidió un café y yo pedí otro. Le di la computadora
porque me preguntó por lo último que había escrito y, mientras ella leía, yo fumé un
cigarrillo y firmé un autógrafo. Nadie me lo había pedido pero lo firmé en una
servilleta de papel para practicar. De pronto con un golpe fuerte Yami cerró la
notebook; pensé que la había roto y por eso la guardé rápido. Dijo que el café estaba
bueno y yo le dije que no me interesaba. Llamó al mozo y pidió otro, esta vez con
crema. Está bien el cuento, dijo y también dijo que era un cuento extraño. Es un
cuento sórdido, como vos… no es bueno… es demasiado frío, frívolo, vos sos una
persona frívola y el cuento refleja tu personalidad, sos frío y sin sentimientos, a veces
no puedo creer que hayas escrito el libro que escribiste, tendrías que volver a escribir
algo así y no pretendo que sea tan bueno… pero por lo menos que sea un poco más
profundo que esto, y creo que te pasaron cosas interesantes como para escribir con un
poco más de amor. Te sentís mal en serio, le dije, ¿de dónde sacaste esas ideas?, vos
no pensabas así. Ella me interrumpió, dijo que siempre pensó igual y por lo menos
eran sus ideas y que no se las robaba a nadie. Yo no entendí y ella dijo que Diene
Ginwal se la pasa hablando de la Odisea y que yo le había robado eso. Ahí me
preguntó si la conocía. Sí, dije, leí un libro hace poco. Leíste el segundo, encima que
le robás le robás del segundo libro que es el peor, no puedo creer lo que estás
haciendo, que quieras robarle a Vargas Llosa puede pasar, pero robarle a Diene es
increíble, nada más falta que el título de tu próxima novela sea El muerto, como el
cuento de Borges. Yamila no paraba de hablar y empezó a recordar todas las cosas
que nos habían pasado; no eran muchas, en realidad contaba lo que le había pasado a
ella conmigo, con su marido y con otros amantes. También habló de Gabriel, dijo que
él en sus últimos momentos de vida me había querido mucho y que eso debería ser
importante para mí, que es eso lo que me tendría que dar una ayuda para ser un poco
más profundo en mis relatos, ¿no te parece? No, lo único que quiero es poder escribir
algo bueno para que me paguen los otros cien mil y poder olvidarme de todo. Por eso
me quería encontrar con vos, dijo Yamila, en eso tenés razón, tenés que escribir
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cualquier cosa, no importa si es bueno o no, rellená el libro de citas, de nombres y
fechas, o mejor hacé como Menard y copiá el Quijote. Menard no lo copió, dije, lo
escribió otra vez. Sí, sí, eso no importa, lo único que te pido es que termines rápido,
haceme caso, cuanto más rápido termines mejor para los dos, digo para vos. Me
quedé callado, prendí otro cigarrillo y terminé el café. Miré fijo a Yami y le dije que
de verdad se sentía mal. No te entiendo, Yami, dije, hace un mes borraste archivos de
un cuento porque no te gustaba, hace cinco minutos me decías que tengo que escribir
con el corazón sobre el puto de tu amigo y ahora me decís que escriba basura para
ganar plata, ponete de acuerdo, no te entiendo y creo que ni vos te entendés. Yo sí me
entiendo, si te digo que termines rápido y te olvides de todo por algo será.
¿Olvidarme de qué? Nunca se sabe, tal vez si no escribís nada hasta te pide que le
devuelvas la plata, o no te paga. No puede, dije, ya me dio el cheque, además existe
un contrato de palabra y en la fiesta lo va a legalizar. Mirá, él dijo que te ofreciste y
sin un peso de por medio, vos lo escuchaste, y además qué sabés si no va a mentir, yo
no lo conozco tan bien, igual eso no significa que dejes de escribir con el corazón.
Me paré, dejé diez pesos en la mesa y me fui. Salí del bar y me llevé no sé a cuántas
personas por delante: las mujeres me gritaban, las viejas me insultaban y algún tipo
me quiso pegar. Caminé una cuadra llevándome gente por delante y era bárbaro.
Nunca se me había ocurrido algo tan bueno y pensé que era una gran idea para un
cuento, una idea mía. Estúpida, qué le pasa, ésa no era Yamila, no le hizo bien la
compañía del puto, a mí nadie me caga, si me estuvieran cagando me daría cuenta.
Había caminado dos cuadras y cuando estaba por subir a un taxi la escuché gritar. No
te vayas, perdóname. No me hiciste nada, me voy porque prefiero esperar que
termine todo esto, después nos volvemos a ver. Ella dijo que no me fuera pero pensé
que lo mejor era irme. Sí, estaba con el rubio, ahí lo supe, lo supe cuando me dijo que
no lo conocía, y de mí dice lo mismo, para qué molestarla si lo que quería era estar
con él. Se lo dije y ella me dijo que no. Que no, eso no, no, estás equivocado. Igual al
subir al taxi le pedí al tachero que arrancara rápido, ella no dejaba de gritar y eso me
daba un poco de lástima, gritaba y gritaba para que yo fuera a la fiesta. A través del
vidrio y con el auto en movimiento le dije que no sabía, que ni me acordaba de
cuándo era. Pero no escuchó porque se había cansado de correr. Se lo comenté al
tachero que era un pibe joven y no paraba de reírse de Yami. Aunque Yami ya no
corría él no dejaba de reírse. Está muerta con vos, dijo el pibe y yo dije que ojalá.
Llegué y me senté a escribir, cualquier cosa estaba bien, como había dicho Yami,
pero no podía escribir nada. Traté de empezar como diez veces pero cada vez
quedaba peor y cada vez me daba más asco leer lo que escribía. Entonces apagué la
computadora y abrí un vino. Un buen vino, no un vino cualquiera. Lo tomé de a poco
y la llamé a Emilia. Le pedí que pasara por una librería y me consiguiera el primer
libro de Diene. Dijo que la espere a las diez.
A eso de las diez llegó y trajo lo que le había pedido. El libro se llamaba Las
ruinas del agua. Le di las gracias y ni la saludé, leer ese libro era lo único que me
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interesaba. Ella se enojó y yo le expliqué que no podía quedarse, o que se quedara
pero que me iba yo. Emilia me pidió que la dejara quedarse, me lo pidió por favor,
dijo que tenía que hacer unas cosas para la facultad y que no me iba a interrumpir. Yo
me quedé en el living y ella se fue con sus libros a la habitación. No me iba a
interrumpir, pero cuando yo estaba por la mitad del libro apareció desnuda, dijo que
había terminado su tarea y que me esperaba en la cama. Por supuesto que no fui, el
libro era increíble y apenas antes le había avisado que no me molestara. Se lo recordé
y ella dijo que tal vez yo era un buen escritor, pero que como hombre era un desastre.
Traté de ignorarla pero el golpe bajo logró hacerme ir hasta la cama. Estuvimos
juntos, pero fue como un trámite, como ir al banco, como… Estuvo bárbaro, dijo
Emilia. Qué raro, pensé, para mí ni llegó a «miserable». Me vestí, volví al comedor y
le pedí que me preparara un café, prendí un cigarrillo y agarré el libro pero no podía
concentrarme. Me acordé de Yamila y la comparé con Emilia. Mi exalumna me
conocía mejor. Pudo convencerme, supo cómo convencerme y no le importó
humillarse ni lo que yo pensara para conseguir lo que quería. Le dije que iba a haber
una fiesta, que no me acordaba cuándo pero que me iban a dar un premio y me tenía
que acompañar. Emilia encantada.
Recién al amanecer terminé el libro, pude haber tratado de escribir pero prefería
quedarme con ese sabor distinto de cuando se lee algo bueno, porque a pesar de que
sólo era un best-seller, prefería recordar eso antes que arruinar la mañana con otro
fracaso mío. Nada más que un buen best-seller, pensé, y aunque no es la clase de
literatura que suelo leer, era bueno, mucho mejor que el otro, no tan bueno como el
que yo había escrito, pero era bueno y había logrado atraparme, cosa difícil porque a
mí los best-seller no me interesan. Pensé en Emilia, estaba durmiendo y también me
había atrapado, de otra forma pero lo había hecho. No tenía sueño y tampoco tenía
nada que hacer, y entonces trataba de despertarla: prendí la tele y puse el volumen al
máximo, también prendí la radio y hasta bajé y subí la persiana como tres veces; no
sé por qué lo hacía, igual ella ni se enteraba, seguía durmiendo como si estuviera en
su casa y todo lo que escuchaba fuera natural. Hubiese sido más fácil sacudirla un
poco y decirle que se despertara pero la dejé seguir durmiendo, apagué lo que había
prendido y traté de continuar Odisea. Todo, todo se convertía en lo peor que había
escrito en mi vida. Tal vez era demasiado pretencioso. Sí, era eso, tenía que exigirme
menos y escribir algo un poco más vulgar. Llevé la notebook a la cama, destapé a
Emilia y comencé a describirla como estaba, desnuda.
Todo era horrible. Yo nunca tuve sábanas de seda y Emilia estaba hermosa, no se
merecía un poema, y eso ni siquiera era un poema, era vulgar, sí, pero demasiado.
Dejé la notebook, me saqué la ropa y me metí en la cama. Ella me gustaba, me
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gustaba verla desnuda y le tapé la nariz: después de toser me preguntó la hora, yo le
pregunté si tenía algo que hacer y ella me dijo que no.
Tal vez sí tenía algo que hacer, porque cuando me desperté Emilia se había ido.
No sabía a qué hora pero ella no estaba y yo había dormido todo el día. Era de noche
pero igual desayuné y traté de concentrarme para escribir. Tenía que escribir algo,
cualquier cosa, rezaba por encontrar alguna idea mientras pensaba en el rubio. Puto
de mierda. No podía pensar en otra cosa y por lo tanto no podía escribir nada bueno.
Le tenía tanta bronca que hasta lo envidiaba. Cómo me gustaría que alguien me
odiara tanto como yo lo odio a él, pensé y pensé en la fiesta, había soñado con una
fiesta. Me acordaba del sueño: estaba el rubio, el esposo de Yamila y Gabriel, los tres
vestidos de smoking, arreglados y con dólares colgando de los bolsillos de sus trajes.
Yamila estaba horrible, se había hecho unas cirugías asquerosas porque quería
parecerse a Mónica que no apareció en el sueño pero es hermosa siempre. En cambio
yo estaba encerrado en un departamento de un ambiente lleno de humo y libros, y lo
único que hacía era escribir y escribir, no dejaba de escribir ni para comer o tomar
algo y ni siquiera para ir al baño. El departamento estaba justo en medio del salón y
los cuatro me pedían que siguiera, me decían que cuanto más escribiera más plata iba
a ganar y más personas me iban a llamar y más gente me iba a pedir autógrafos y
también iba a ser mucho más feliz y en una de ésas hasta millonario como ellos. Yo
les hacía caso y cada cinco minutos terminaba una novela. Decía terminé y uno se me
acercaba y me daba otro cheque. Fue un buen sueño aunque un poco exagerado.
Podía escribir y escribía y me pagaban por hacerlo. Ojalá fuera así en la realidad. A
veces es así en la realidad. Como cuando escribí mi libro, por ejemplo, que después
de hacer todo el trabajo de campo que tuve que hacer estuve tres meses encerrado en
mi viejo departamento, escribiendo hasta en el baño y sin comer casi nada. En el
sueño era distinto porque estaba Yami, Gabriel, el esposo de Yamila y el rubio. Rubio
hijo de puta, ni el nombre sabía, cómo podía ser. Sonó el teléfono. Era Kein, apenas
atendí empezó a insultarme y se lo escuchaba contentísimo, hacía mucho tiempo que
no lo escuchaba así. Me dio mucha más bronca de la que tenía. Kein se dio cuenta y
empezó a cargarme, yo seguro hubiera hecho lo mismo, así que no le podía decir
nada. ¿Cómo está Mónica?, pregunté como si no me importara lo que podía decirme.
Qué te importa ella, me dijo, lo importante acá soy yo, ¿o no? Ella era mi huésped,
dije. Pero ahora nos vamos a casar, así que jodete, dijo con su voz de feliz
cumpleaños. Eso ya no me gustó. Estás loco, no terminaste el divorcio y hace unas
semanas querías volver con tu ex. Las cosas cambian, vos lo sabés, estoy
perdidamente enamorado y no hay nada que quiera más que vivir con ella, ¿dónde la
conociste? Le dije unas mentiras en las que estaba involucrada la familia puritana, el
hermano muerto y algunas otras cosas; también le dije que no le convenía, que lo
pensara dos veces antes de equivocarse de nuevo y él cortó. Al rato lo llamé y le pedí
que se calmara, que lo que le decía era por su bien y no por otra cosa, y que de todas
formas él era mi único amigo, si a Kein se lo podía llamar amigo. Él no dijo nada y
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yo le pregunté qué era lo que ella le había contado. Me contestó que muy poco, dijo
que no le gustaba hablar de su familia y que todo el tiempo se la pasaba diciendo que
quería empezar de nuevo, una nueva vida, decía, formar otra familia y vivir en un
lugar tranquilo, no en la ciudad. Le pedí que me pasara con Mónica pero ella no
estaba, había salido a caminar. Le propuse que me acompañaran, los invité a los dos a
la Fundación «Jacinto Galdez» y dije que nos veríamos ahí para festejar. Siempre es
bueno festejar algo, dijo Kein y cortó.
Agarré la notebook que todavía estaba junto a la cama y me fui. Me tomé un taxi
hasta el bar donde Gabriel se acercó a hablarme por primera vez. Hasta me senté en el
mismo lugar y todo. En realidad ese lugar estaba ocupado, pero le pedí a la señora
que también parecía estar esperando a alguien que me dejara sentar ahí. Aceptó
pronto y le firmé un autógrafo, por suerte era lectora. Me senté y abrí la notebook.
Pedí una gaseosa y escribí cómo había empezado todo: describí al muerto llegando,
presentándose y después contando su historia. También a Yamila haciendo lo suyo y,
mientras escribía, me di cuenta de que estaba seguro de algo y era de que no quería
escribir más. Me sentía presionado. Lo mejor sería olvidarme de todo, pensé. Mandar
al rubio, a Yamila y a todos a la mierda y seguir con mi vida. Con una vida normal,
aunque nunca supe si mi vida era normal o no, o qué cosa era una vida normal. Me
imaginé trabajando en un banco y pensé que prefería estar muerto como Gabriel o ser
uno de esos borrachos que uno se cruza en cualquier esquina. No estaba seguro de lo
que quería hacer, en realidad eso no lo sabe nadie, pero sí sabía lo que no quería
hacer: no quería una vida normal y tampoco quería escribir más. Tal vez irme de viaje
a alguna otra ciudad, buscar algo distinto, escribir un libro en el campo o algo
parecido. Pero no podía, había mucho en juego. Mi futuro, por ejemplo, qué mejor
que otros cien mil para vivir unos años tranquilo. Tenía que escribir aunque no quería
hacerlo. Yamila había dicho que redactara cualquier cosa y listo, y entonces seguí
describiendo todo hasta que me echaron del café porque tenían que cerrar y volví a
casa.
Había varios mensajes, uno de Yamila y me recordaba lo de la fiesta, decía que
era al otro día y que tenía que estar a las nueve de la noche en el mismo lugar que la
vez anterior, que me esperaba y que me quería mucho. Lo último era mentira.
Después llamaron Kein, Emilia y muchos más que no sabía quiénes eran. A Kein y a
Emilia les devolví el llamado. No estaban pero los contestadores atendieron y les
avisé de la fiesta y después me fui a dormir yo. En la cama pensé que era demasiado
tarde, o demasiado temprano; también pensé que en los últimos días había estado
durmiendo al revés que todo el mundo.
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Cinco
En la calle había varios fotógrafos y periodistas. Apenas bajamos del taxi se nos
vinieron encima pero no hablé con ninguno ni dejé que me tomaran fotos. Que se
vayan a la mierda, le dije a Emilia pero ella sí quería posar, seguro que era la primera
vez que le pasaba una cosa así. Tuvimos problemas en la entrada porque en la lista
figuraba nada más que yo, sin acompañante. Pensé que si para mí había sido difícil
entrar, para Kein iba a ser imposible. Entonces busqué al rubio y le dije que anotara a
dos más. Le presenté a Emilia y dijo que ya se conocían, se conocieron en mi casa el
día en que la eché. No hubo problema, me mandó con uno de la entrada y yo le di los
nombres. Kein más uno. Adentro, en la recepción, nos ofrecieron un catálogo con
información y fotos de algunas pinturas. Emilia agarró uno pero yo no quise verlo, de
Gabriel ya sabía demasiadas cosas y a esa altura no me interesaba enterarme de nada
nuevo.
Las pinturas estaban separadas entre sí por apenas unos metros y con luces
perfectamente colocadas para poder apreciarlas de la mejor forma. Había más de cien
personas. Algunos se detenían frente a mí para saludarme, felicitarme y seguro para
decir algo más pero yo no les hablaba, no me interesaba hablar con nadie, y menos
con el tipo de gente que podía estar en una reunión como ésa. Emilia no entendía mi
actitud. No me importaba, nunca pensé que ella me pudiera entender. Cuando
preguntó qué me pasaba le dije que lo único que quería era ver las pinturas. Eran
buenas, debía reconocerlo, muy buenas. El muerto no parecía tener talento para
pintar, pero lo había hecho y yo no lo podía creer. Eran buenas, pero lo que más me
llamó la atención, más que las mismas pinturas, fue la firma: Gabriel Shuajda. Me
acordé del velatorio, me habían dicho que el nombre artístico era distinto. Debería
haber un error, o al menos eso pensé, porque las pinturas estaban firmadas por
Gabriel y ése era su verdadero nombre y no el artístico. Igual no le di mucha
importancia, era nada más que un detalle y seguí mirándolas. Había veinte y, aunque
eran todas diferentes, tenían algo en común que era muy difícil de descifrar; eso era
lo bueno: mirarlas, tratar de entenderlas y sacar el punto justo de continuación a la
pintura siguiente. Pensé que valdría la pena escribir la historia de un pintor tan bueno,
o tal vez no la historia pero sí algo parecido. Pude haber estado mucho tiempo frente
a las pinturas, pero la vi a Yamila con la periodista y de la bronca abracé a Emilia,
ella también me abrazó y estaba contentísima. ¿Por qué siempre están todos contentos
menos yo? Le di un beso, fue bastante largo pero Yamila ni me vio, o tal vez sí me
vio pero hacía como que no le interesaba. Todos me vieron, algunos gritaban y otros
pedían un aplauso y cosas desagradables de ese estilo. Todos me vieron, no podía
hacerse la distraída. Cuando solté a Emilia parecía que se iba a morir ahogada, estaba
más contenta que antes y no habló. Yamila se había ido para el salón principal. Pensé
en seguir mirando las pinturas pero le dije a Emilia que iba al baño y fui a buscar a
Yami. El salón grande estaba decorado como la otra vez: espejos con dibujos del
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estilo Escher, telas y ese color afeminado cubriendo todo. A las que no vi fue a las
dos promotoras que habían querido estar conmigo. Alcancé a Yami, la agarré del
brazo y le pregunté qué hacía con la periodista. Ella, con ese tonito macabro que usa
siempre cuando quiere decir algo macabro, me preguntó si había venido a visitarme
mi primita de Israel. Le dije que no tenía primita y ella dijo que de mí ya no le
importaba nada, y que a Inés tampoco y que ya no me iba a molestar más. Inés nunca
me molestó y además me puedo cuidar solo, dije. Yamila empezó a llorar y pensé que
ya no era el único que la pasaba mal en esa fiesta de mierda. Antes de dejarla sola y
llorando, le pregunté por qué las pinturas estaban firmadas por Gabriel si ése no era
su nombre artístico. Yami me gritó estúpido, pero no dijo nada más y siguió llorando.
Cuando me iba para el otro salón sentí que me gritaba algo pero no la quise escuchar,
y me fui con Emilia a seguir viendo las pinturas. Seguro Yamila no esperaba que yo
apareciera con otra, pobre Yami.
Atrapé una copa de vino que pasaba en una bandeja y vi a Emilia rodeada de unos
tipos que no sé quiénes eran, le pregunté y me dijo que eran unos actores buenísimos
y que era bárbaro estar con gente así. Le dije que para mí eso era lo mismo que nada,
y que si estaba con ella era porque suponía que cosas así tampoco le eran necesarias.
De vez en cuando es bueno sentirse importante, dijo, y yo le dije que para ser
importante te tienen que seguir a vos, no vos a ellos. No me contestó y dimos juntos
otra vuelta por donde estaban las pinturas. Emilia me dijo que le hacían acordar a mi
libro, que no sabía por qué pero algo en común tenían. Le dije que eso era una
estupidez y ella dijo que podía ser, pero que de eso se trata el arte, ver lo que uno
tiene ganas de ver en cada forma de expresión. Entonces me cago en el arte, dije, yo
ahí veo pinturas y no mi libro. No dijo nada. A eso de las nueve y media alguien pidió
que pasáramos al salón «Jacinto Galdez» para comenzar con la fiesta. Yo estuve en la
Colonia «Jacinto Galdez», le dije a Emilia y ella, que estaba enojada, me contestó que
me fuera a la mierda.
En el salón nos ubicaron en una mesa y a los pocos minutos se sentaron otras
personas que yo no sabía quiénes eran. Aunque estaba el mismo mozo de la primer
fiesta me tuve que servir solo, le tendría que haber dejado propina, nunca me doy
cuenta de esas cosas. Mentira, me servía Emilia que ya no estaba enojada. Yamila, en
otra mesa charlaba con el rubio y con Inés. Inés me miraba, guiñaba el ojo, saludaba
y seguía charlando. En un momento se acercó a nuestra mesa, saludó a Emilia y
preguntó qué me había parecido la nota. Muy interesante. ¿Y a tu hija le gustó? No es
mi hija, sale conmigo. Tan mal estás que necesitás aprovecharte de menores. Emilia
se levantó y dijo que no era menor. En todo caso soy yo la que me aprovecho de él,
dijo, y yo hacía que sí con la cabeza. Inés, antes de irse, dijo que qué lástima, pensar
que hay mujeres de verdad que se morirían por estar con vos. Puta de mierda, dijo
Emilia y me reí. Nos cambiamos a una mesa que estaba bien atrás y vacía, y desde
ahí yo no podía ver a nadie, ni a Yamila, ni al rubio, y gracias que apenas se veía el
escenario.
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La ceremonia comenzó quince minutos después, había una orquesta que tocaba
mal y un presentador que dio un discurso estúpido. Emilia no podía creer que para
abrir la exposición hubieran elegido como crítica experimentada a «la putita esa». Yo
sí lo creía, ya había visto demasiadas cosas en mi vida. Aunque lo que no había visto
era desnuda a, en palabras de Emilia, «la putita esa». Inés, ya en el escenario, dijo que
era un gran honor para ella hacer la presentación de un artista tan importante.
Después empezó a hablar y a hablar y a tratar de explicar las obras hablando, que es
algo tan difícil como hacer un buen libro transcribiendo una charla de dos viejos en
un bar. Eso era lo que quería hacer Inés. Imposible. Igual yo había dejado de escuchar
porque apareció Kein con Mónica. Los saludé y después se presentó Emilia. Hola,
dijo Emilia, soy Emilia. Se sentaron en nuestra mesa que era nuestra porque estaba
vacía. Mónica me preguntó si todas las pinturas eran de su hermano y le dije que sí,
que eran del muerto. Ella empezó a llorar. Está emocionada, dijo Kein. Yo no podía
creer cómo Mónica era tan hermosa, pensar que estuvo en mi cama. Emilia me dijo al
oído que no entendía cómo una chica como Mónica podía estar con un tipo tan
desagradable como Kein. Y eso que apenas lo conoces, dije y ella se rió. ¿Te da
envidia? Sí, sí, dije. Yo también soy linda. Sí, ya sé. ¿Y entonces por qué te da
envidia? Se la presenté yo. Ah, entiendo. Emilia entiende demasiado, pensé mientras
Inés seguía hablando y yo seguía escuchando a Kein que me contaba todos los
proyectos que tenían juntos. Mónica movía la cabeza diciendo que sí y se limitaba a
eso. Eran muchos proyectos: se iban a casar en ese mismo mes y después se iban a ir
a vivir al campo. ¿Qué?, ¿vos en el campo?, lo quiero ver. Sí, nos vamos después de
casarnos. En tres días te volvés. No, vas a ver que no, a Mónica le gustó mucho la
ciudad pero estuvo una semana entera con dolor de cabeza y parece que extraña a su
familia, me dijo que tiene una casa en una colonia y me invitó a vivir con ella. No,
grité yo, estás loco. Ahí Mónica dijo que era un hermoso lugar donde vive gente
trabajadora y pacífica y que no tenía nada de malo ir allá. Sí, ya lo sé, pacífica sobre
todo. Emilia dijo que nosotros también podíamos ir un tiempo y Mónica dijo que
sería fantástico. No, ni loco, dije. ¿Por qué no? Dale, animate, me decía Kein que se
había convertido en un estúpido. No, otra vez no. ¿Qué?, ¿ya estuviste? Sí, y le
encantó, dijo Mónica. ¿Y tu exesposa?, ¿y el juicio?, ¿y todo eso?, le pregunté a
Kein. Ya arreglé, le dejo todo. ¿Todo?, si tenés nada más que un departamento. Sí, y
se lo dejo, igual en el campo no lo voy a necesitar y además voy a estar con ella.
Cuando estaba por decirle otra vez que estaba loco, Inés, desde el escenario, pidió un
aplauso para uno de los mejores escritores contemporáneos, una hermosa persona que
se había ofrecido para escribir la historia del artista homenajeado. Ése era yo, pero no
me había ofrecido. Le dije a Kein que no se fuera, que teníamos que hablar en serio y
después fui para el escenario y todos aplaudieron. «Gracias, gracias, muchas
gracias». Cambié el discurso, y aunque no sabía por qué tenía que agradecer, dije
gracias y también dije que no me había ofrecido, que me habían llamado y que estaba
muy orgulloso de cobrar lo que cobraba por hacer lo que más me gustaba hacer.
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Todos se rieron y yo también. Todos se reían menos el rubio y Yamila, y como veía
que no la estaban pasando bien pedí que subieran al escenario conmigo, que vinieran
a compartir mi felicidad. Inés me sacó el micrófono de la boca y pidió un aplauso
para el pintor homenajeado. Se pusieron todos de pie y comenzaron a aplaudir mucho
más fuerte que antes y a vitorear. Eso me molestó. ¿Quién era el pintor homenajeado?
Un muerto. Mientras yo bajaba y el rubio subía al escenario, me lo imaginé con
Yamila. Eso me molestó mucho. Puto de mierda. Yamila no subió y se reía, me
miraba como diciendo qué estúpido que sos. Yo imaginé que lo decía con ese tonito
que ella usa siempre pero no dijo nada, me miraba y se reía mientras yo volvía a la
mesa. Cuando estaba a unos metros vi a Emilia en el suelo, a Kein y también a
Mónica. Todos en el suelo. ¿Qué pasó?, le pregunté a Kein que pedía un médico. Se
desmayó, gritaba. Un médico, grité yo y Kein me miró y dijo que se había desmayado
así, de golpe. Emilia estaba tratando de reanimar a Mónica. Kein gritó otra vez por un
médico y al minuto todos estaban alrededor viendo qué había pasado. Se desmayó,
decía Emilia, no es nada. Kein no sabía por qué, nadie sabía por qué. Debe ser la
ciudad, pensé yo. Apareció un médico que estaba entre el público y cuando fue a
atender a Mónica dijo qué chica hermosa. Mónica estaba en el piso, se le había
levantado el vestido y otra vez no tenía ropa interior. Kein le arregló la ropa y miró al
médico con ganas de pegarle, yo pensé que dijera lo que dijera no importaba porque
en ese lugar eran todos putos y fuera linda o fea a los putos eso no les importaba. El
médico pidió un perfume o algo fuerte para reanimarla. Alguien trajo un vaso con
whisky y se escuchó a la banda que empezaba a tocar otra vez. Mónica se despertó
tosiendo cuando olió la bebida y gritó, «Gabriel». Me miró a mí y dijo que le había
mentido. Yo no entendía nada. Kein, que estaba en el suelo junto a ella, tampoco
entendía. ¿Qué te pasó?, le preguntaba Kein. ¿Estás bien?, contame ¿qué pasó? Lo
único que ella decía era «Gabriel», lo repetía una y otra vez y yo le dije que su
hermano Gabriel estaba muerto, pero me gritó mentiroso y volvió a gritar «Gabriel».
En ese momento se juntó más gente que antes. Apareció Yamila y me preguntó qué
pasaba y si podía ayudar, yo le dije que no sabía y que su ayuda no hacía falta, o
acaso creés que yo no puedo escribir sin vos, le dije y me di cuenta de que eso no
tenía nada que ver con lo que ella me había preguntado. Kein ayudó a Mónica a
pararse, trataba de arreglarle el pelo y le decía cosas para calmarla. La llevó hasta una
silla y ella levantaba la cabeza como si buscara algo o a alguien, buscaba a alguien,
decía «Gabriel» y miraba para todos lados. Después me miró y me dijo que lo había
visto. ¿A quién viste? A mi hermano. No puede ser, está muerto. No, no, estoy segura,
dijo ella, me pareció verlo, aunque no estoy muy segura, le decía a Kein que no
entendía mucho pero consolaba a Mónica como si fuera una nenita boba. Eso no
estaba mal porque iba a ser su esposa, que es casi lo mismo. ¿Dónde lo viste?,
preguntó Kein. Ella dijo que en el escenario y volvió a Gritar «Gabriel», lo gritó
varias veces hasta que corrió hacia el escenario que ya estaba vacío. Subió y gritó
otra vez lo mismo, lo gritó en el micrófono que acopló y todos se taparon los oídos.
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Kein la siguió pero ella gritó otra vez en el micrófono. De pronto bajó corriendo hasta
donde estaba el rubio y empezó a llorar. Se abrazaron. Por un momento no entendí,
después no quise entender. ¿Qué mierda pasaba? Ese no era su hermano, su hermano
estaba muerto, yo había estado en el velatorio y Yamila lo había visto morir. Le dije a
Emilia que todo era un error, que se estaba equivocando y ella no dijo nada. Fui
corriendo hasta la entrada y agarré uno de los catálogos. Gabriel era el rubio. Es
decir, el rubio era el muerto. Es decir, el puto muerto me quería hacer escribir la
historia del rubio, que estaba vivo. ¿Cómo voy a escribir la historia de un muerto que
está vivo? Había una foto suya mientras pintaba uno de los cuadros de la exposición.
Soy un estúpido, pensé. Volví al salón principal y Mónica y el rubio seguían
abrazándose y me acerqué y les dije que no, que no podía ser. La busqué a Yami y no
la pude encontrar. Inés me abrazó y dijo que eso era muy romántico. Yo le dije que se
fuera a la mierda y pensé que me la había sacado de encima, pero me abrazó otra vez
y dijo algo de Emilia. Dijo que era una mocosa y que no me merecía, que yo era
alguien importante y famoso y que debía salir con alguien como yo. Como ella,
quería decir. Emilia estaba atrás y escuchó lo que ella me había dicho. La agarró del
brazo y cuando la tuvo de frente le dio una tremenda trompada. Increíble, dije yo. Eso
es amor, pensé. Inés estaba en el suelo pero nadie llamó a ningún médico. Emilia dijo
que se quería ir y yo le dije lo mismo. Kein estaba con Mónica y Mónica le decía que
había encontrado a su hermano, que Gabriel era su hermano y estaba loca de la
emoción. Kein me preguntó quién era el hermano. No sé, le dije, averigualo vos, a mí
ya no me importa. Tiene mucha plata ¿no? Tiene más que mucha, dije, o tal vez no,
no es el hijo de ningún millonario, es hijo de un granjero de mala muerte. Ahí
apareció Yamila. Estaba sorprendida pero yo sabía que estaba mintiendo. Yamila sabe
mentir. Antes me gustaba eso, me gustaba cuando éramos cómplices. Todos me
estaban mintiendo. Agarré a Emilia del brazo y ella dio un grito, tenía la mano
hinchada. Me reí porque vi a Inés en el suelo, tenía sangre en la nariz y los ojos llenos
de lágrimas. Le dije a Emilia que por favor nunca me pegara. Ella también se rió
aunque me dijo que si no le explicaba qué había pasado me iba a pegar igual. Nos
fuimos, paramos un taxi en la puerta y había más periodistas que antes, todos
preguntaban qué estaba pasando y yo les decía que había muerto Gabriel Shuajda.
Nadie me creía y los que me creían llamaban por sus celulares para anunciar la
noticia. Supongo que la noticia era que yo estaba loco y que decía cualquier cosa.
Nadie me creía. Nadie me creía lo de la muerte de Gabriel. ¿Gabriel estaba muerto?
Fuimos a un hospital porque a Emilia le dolía mucho la mano. Mientras a ella la
atendían me acordé de «Met». Pensé que ése debería ser su verdadero nombre porque
nadie conocía el otro, tenía razón en llamarlo así. «Met» se estaba muriendo, y se
moría en serio porque al final se murió. Se estaba muriendo y en sus últimos meses se
había hecho pasar por otro. Era ridículo pero era cierto. Qué estúpido, hay que ser
estúpido para caer tan bajo; se supone, o se suponía, que si te estás muriendo no
podés ser tan estúpido como para hacerte pasar por otro. Eran sus últimos tres meses
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y los pasó con Yamila y conmigo haciéndonos creer que él era Gabriel Shuajda, aun
sabiendo que eran sus últimos meses. No podía creerlo, aunque convencernos nos
convenció, por lo menos a mí. Pero no entendía por qué. Y tampoco entendía por qué
me había mentido Gabriel. El verdadero Gabriel, el pintor, si realmente era Gabriel y
no era otro. Pensé en qué razón lo había llevado a mentirme de la forma en que lo
hizo. Porque podía haberme pedido lo mismo que me pidió, podía haberme pagado lo
mismo que me pagó sin necesidad de mentir ni nada. Yo lo hubiese escrito igual,
aunque todavía no escribí ni una línea. Tuve miedo por mí, por la plata, por los cien
mil dólares que ahora sí iba a tener que devolver, porque además de no escribir nada
tampoco quería hacerlo. Después de todo lo que pasó quién podría. Pero la plata no se
la iba a devolver tan fácil, le iba a decir a Yamila que me ayudara a no perderla, ella
sabría qué hacer. Lo pensé mejor y Yamila no sólo sabría qué hacer, sino que podía
decirme lo que realmente había pasado. Ella estaba con el puto. Por algo me insistió
tanto en que terminara rápido la novela. Aunque no sabía si realmente podía volver a
confiar en ella.
Prendí un cigarrillo y a la segunda pitada vino un médico que ni siquiera era
médico porque los que están en las guardias todavía no son médicos, y lo peor es que
te tratan como si fueran los reyes del mundo sólo porque tienen un guardapolvo
blanco y llevan un estetoscopio colgado del cuello. No son nadie, los sacás de la
anatomía y se pierden en la esquina de su casa, quiénes se creen que son. Uno más
infeliz que otro. Me dijo que en la sala de guardia no se puede fumar, le pregunté por
Emilia y me pidió que esperara un momento que ya me iban a dar información. No
quería esperar más así que salí de la guardia. No llovía, me hubiese gustado que
lloviera pero no. Hacía frío. Terminé mi cigarrillo al aire libre, después prendí otro y
me dieron ganas de jugar al Dark Seed. Hacía mucho que no jugaba. Ni me acordaba
cuándo había sido la última vez, no era importante y por eso me quería acordar, me
hubiese venido bien acordarme de algo así pero me acordé de otra cosa, me acordé
del libro de Diene, del primero. Pensé que no era sólo un best-seller, que era mejor
que eso, era una obra de arte en serio y lo comparé con mi libro, que es otra obra de
arte. En algún lado del país alguien debería estar leyéndolo o pensando en él. Así
debería ser, por algo fue el libro más vendido durante diecisiete semanas seguidas.
También me acordé del segundo libro, del segundo de Diene, yo no había escrito un
segundo libro aunque lo debería haber hecho. De ése, Las telas del segundo hombre,
no valía la pena acordarse, y otra vez intenté pensar en el Dark Seed pero no podía,
no podía creer que esos dos libros los había escrito la misma persona. La misma
Diene Ginwal. ¿Qué podía hacer cambiar tanto a alguien? Ojalá nunca me pase,
pensé. ¿Sería bueno encontrar a Diene y preguntarle? Sería una buena pregunta,
aunque ya se la deberían haber hecho. Tal vez contestaría lo mismo que les contestó a
todos los otros que le preguntaron lo mismo que les preguntaría yo, pero la diferencia
estaría en que a mí no sólo me daría una respuesta sino que me solucionaría un
problema. Un gran problema.
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Terminé el cigarrillo y volví a entrar. Había pasado mucho tiempo desde que
Emilia había sido atendida y ya debería estar curada. Entré y me estaba esperando,
ella y una médica que decía conocerme. Yo no la conocía pero ella me conocía a mí.
Si tuviera que acordarme de todos los que me conocen me volvería loco. Al parecer
Emilia le contó que era mi novia. Está bien, pensé, no pasa nada. Las dos estaban
fumando y yo les pregunté por qué ellas sí y yo no. No entendieron. Emilia me
presentó a su nueva amiga que era la doctora y yo le dije que me quería ir. Su nueva
amiga me dio dos recetas, un sobre con radiografías y me pidió controlar a la paciente
para que tomara un calmante cada seis horas. Además de eso tenía que tomar un
antiinflamatorio después de cada comida. Es mi amiga, no mi perro, dije.
Por eso, dijo la doctora, tiene que cuidarla bien, siempre es importante tener una
amiga a quien cuidar. Pensé que la médica era otra estúpida. Pensé que si le quedaran
pocos meses de vida se haría pasar por otra persona. La infeliz con guardapolvo y
estetoscopio me saludó y me dijo que le escribiera a mi amiga algo lindo en el yeso.
Eso sí era una buena idea.
Subimos a un taxi y Emilia me preguntó por qué no compraba un auto. Dijo que
hay autos en cuotas, baratos y buenos. La miré fijo y me pregunté qué hacía con ella.
Pasamos por una farmacia de turno, compré los remedios que ella necesitaba y
después fuimos para casa. No era lo mejor que me podía pasar, pero igual la dejé
quedarse conmigo.
El contestador marcaba veinte mensajes pero preferí no escucharlos, lo
desenchufé y también el teléfono. Le di los calmantes y ella se quedó dormida en un
minuto. Después me dormí yo, aunque no me dormí en seguida. Estuve pensando y
no dejaba de pensar y para no pensar más tuve que tomar uno de los calmantes de
Emilia.
Soñé con Yamila y me desperté agitado como si hubiese tenido una pesadilla. Fui
a la cocina a buscar un vaso de agua para darle a Emilia los remedios. Ya habían
pasado más de ocho horas y además tenía hambre. Aunque estaba despierto pensé
que seguía soñando porque la que estaba en el comedor era justamente Yamila.
Sentada en el sillón, fumando un cigarrillo y jugando con mi notebook. Hola, dijo.
Hola, dije. ¿Qué hacés acá? Tenemos que hablar. Yo con vos no tengo nada que
hablar, en todo caso voy a escuchar, me debés varias explicaciones y también
deberías disculparte, así que mejor empezá o me voy a dormir y no te veo nunca más,
salvo en sueños. ¿Qué querés que te diga? Y como ella no sabía qué era lo que quería
escuchar, hablé. Vos sabías todo, dije; me mentiste, me cagaste como si fuera nada,
porque que me haya cagado el puto me importa poco, pero lo que me hiciste vos no te
lo voy a perdonar nunca. Yo no sabía nada, te lo juro, ya hablé con Gabriel y él trató
de explicarme, pero yo no sabía nada y además vos también me mentiste, ¿qué hacía
esa rubia en tu mesa y con tu amigo?, me dijo Gabriel que era su hermana y que vos
la ayudaste a escapar de la Colonia, ¿por qué no me contaste que fuiste allá para
escribir el libro?, ¿por qué no me contaste que fuiste allá y la trajiste?, no puedo creer
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que después de ayudar a escapar a su hermana no sabías quién era el verdadero
Gabriel, todos sabían quién era, había fotos y todo, y hasta hubo publicidad casi una
semana entera, en la calle y por televisión. Creí que estaba muerto, me lo dijiste vos,
Yamila, vos me contaste que se murió adelante tuyo, y me lo contaste en la cama y
llorando. No lloré. No importa, vos sabías que era nada más que un infeliz, no, ni
siquiera, no era nadie, era un muerto que al final se murió y que lo único que le
interesaba de mí era… ni siquiera sé qué quería de mí el muerto ese. No, de vos no
quería nada, él era una buena persona, él sabía lo que hacía, yo lo quise mucho a
«Met», era bueno, estaba enamorado y todo lo hizo por amor, no tiene nada de malo
mentir por amor, estaba enamorado… ¿De mí? No, idiota, de Gabriel, hizo todo por
amor. No te creo, y si es así tus amigos son tan asquerosos como vos, dije. Yo no supe
cómo era todo hasta hace poco y cuando supe fue demasiado tarde, traté de advertirte
pero no sé por qué ya no me escuchabas ¿qué más podía hacer?, yo no sabía qué
hacer para ayudarte. Yamila estaba en el sillón, pude haberle dicho todas las formas
en las que me hubiese ayudado, pero empezó a llorar y no le dije nada. Pensé que era
una mujer sola, muy sola. Tal vez merecía que la abrazara y tratase de calmarla,
después de todo yo la seguía queriendo. Lo pensé y lo iba a hacer pero apareció
Emilia. En mi bata, con cara de dormida, preguntó qué pasaba y dijo que le dolía el
brazo. Le dije que siguiera durmiendo, que fuera a la cama, que ya le iba a llevar el
calmante. Supongo que no querés verme más, dijo Yamila. Le dije que no, o que tal
vez sí, pero que primero me iba a acompañar a lo de su amigo. Ella dijo que no era su
amigo y yo pensé que entonces no valía la pena que me acompañara. Igual me pidió
que la dejara ayudarme, y aunque era demasiado tarde, acepté.
En el taxi no hablamos, ella trataba de decirme algo pero no podía, no le salían las
palabras y yo tampoco se lo hacía fácil. Tal vez quería decirme que me amaba. Me di
cuenta porque estaba más nerviosa que de costumbre, fumaba y no dejaba de fumar,
apagaba un cigarrillo y prendía otro. Yo no fumé, le dije a Yami que quería dejar y
ella sonrió, ahí la ayudé porque si quería hablar ahora podía hacerlo, pero igual no
dijo nada. Pobre Yami, me seguía dando lástima.
Vivía en una casa enorme que quedaba en un barrio de lujo, creo que Belgrano R
o un lugar así, su casa debía costar veinte veces más que mi departamento y eso me
dio mucha bronca. Gabriel me estaba esperando, lo dijo una sirvienta que si fuera mi
sirvienta dejaría de ser mi sirvienta a los diez minutos de trabajar para mí. Dijo que el
señor Shuajda me estaba esperando, después saludó a Yamila que no era más Yamila
y sí la Señorita Foggelberg. ¿Señorita? Yamila movió la cabeza como pidiéndome
que siguiera a la sirvienta y que no volviese a preguntar. Cuando lo vi dijo que para él
era un placer recibirme. Yo no sabía por qué era un placer pero lo supuse por lo que
dijo después. Dijo que extrañaba a toda su familia y en especial a su hermana, y que
como ya me habría dado cuenta, él a la Colonia no podía volver. Me explicó todo sin
que yo dijera nada, me explicó todo y así como el tipo no dejaba de hablar, yo me iba
calmando de a poco. Tendría que haberme puesto furioso, pero el puto hablaba
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pausado y tranquilo, y eso me tranquilizó. Pensé que debía ser una estrategia. Era una
estrategia y funcionó. Hasta pensé en pedirle perdón, me sentí culpable. Increíble. La
culpa es así, te paraliza, te hace pensar en tonterías, te hace decir cualquier cosa en el
momento menos oportuno. Por eso le dije que lo único que me importaba era la plata.
Le dije eso y me sentí mal. ¿La plata? Sí, dije. ¿Y la novela? No dije nada. Él también
se quedó en silencio, tal vez esperaba leerla ahí mismo o que le devolviese los cien
mil, pero yo no lo iba a hacer y no había escrito nada. Gabriel se sentó al lado de
Yamila, me preguntó si quería tomar algo y se disculpó por no haberme ofrecido nada
antes. Cuando estamos molestos solemos ser descorteses, dijo. Yo no quería nada,
quería saber qué iba a pasar, nada más que eso. Le pidió un whisky a la sirvienta y
Yamila pidió un cortado. Dijo que él quería que yo escribiese su historia pero no
sabía cómo convencerme. Dijo que él no era nadie para pedirme algo así, algo tan
importante como eso y sin una razón válida. Me admiraba por mi primer libro, decía
que era un libro inmortal, como La inmortalidad, que según él era otro libro inmortal.
Por eso me eligió a mí, dijo que iba a ser yo o nadie, y que había inventado todo sólo
para convencerme de que lo hiciera. Él quería que yo aceptara porque la historia era
buena y no por plata ni por nada material. Según él la historia era buena, pero para mí
seguía siendo una porquería. Un libro inmortal se hace y se escribe sin pensar en los
beneficios posteriores, dijo y yo pensé que no era así porque cuando yo había
empezado a escribir mi primer libro no tenía ni para viajar en taxi y lo escribí igual, y
con lo único que soñaba era con escribir un libro exitoso para poder tener una
notebook y un buen departamento. Él entonces dijo lo mismo de antes, que la historia
era muy buena, y agregó que después de que se murió su novio nunca imaginó que yo
la iba a rechazar. Pensó que los cien mil dólares no iban a hacer falta para
convencerme, pero al final sí hicieron falta. Eso era una lástima, dijo, lo lamenté
mucho. También dijo que nunca pensó que yo iba a ir a la Colonia, o tal vez sí pensó
que podía llegar a ir porque yo era un buen escritor y todo buen escritor para hacer
algo de calidad necesita conocer el tema a fondo. Pero lo que nunca imaginó era que
una persona como yo iba a ayudar a escapar a alguien, y menos a su hermana. ¿Qué
es una persona como yo?, dije. El puto se reía y yo no sabía por qué, a mí no me
causaba gracia lo que estaba diciendo y se dio cuenta de que yo no estaba muy
cómodo porque me pidió disculpas por el tiempo que me había hecho perder y
también dijo que él igual pensaba decirme todo cuando yo terminara la novela y él
me tuviera que dar los otros cien mil que me había prometido. Pero como había
pasado todo lo que había pasado y yo no había escrito nada, en ese momento él ya no
quería ser inmortal, o por lo menos no quería llegar a serlo en un libro mío. ¿Y la
plata?, le pregunté otra vez. Él dijo que yo no había escrito nada y me pidió que le
diera una sola razón por la cual debería reclamarle la plata. Yo dije que la había
gastado, que la necesitaba y no sé qué más dije y él empezó a reírse. Yamila también
se reía porque le debía dar vergüenza escucharme. Yo seguía serio y le dije que había
dejado pasar varios trabajos por todo eso, que no podía pedirme nada, que mi tiempo
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era muy importante y que él y el puto de su novio muerto se podían dedicar a
arruinarle la vida a cualquier otro idiota pero a mí no. Yo la plata no te la pienso
devolver, dije. El puto se quedó en silencio, sonreía, miraba al techo, a Yami y seguía
sonriendo. Esperó un minuto y, todavía riéndose, dijo que si para mí era tan
importante que me la quedara, que total para él eso era como un vuelto. Puto de
mierda, pensé. Y pensé en eso porque sentía lo mismo que antes, otra vez esa culpa
asquerosa. Quédate con el cambio, dijo y empezó a reír más fuerte. En otro momento
Yamila me hubiese defendido, pero también se reía y supuse que ya había renunciado
a estar conmigo. Me quedo con los cien mil, dije. Sí, si te hace feliz, quedátelos.
Salí de la casa acompañado por la misma sirvienta de antes. Era morocha, alta y
tenía un vestidito de sirvienta que le quedaba hermoso. Me saludó y sonreía, yo no le
dije nada aunque podía haberlo hecho. En la puerta me tomé un taxi. Yamila no quiso
venir conmigo pero ya no me importaba, se había quedado con Gabriel. Gabriel
Shuajda. Pensaba en él y me imaginaba a «Met», pero «Met» estaba muerto y Gabriel
no, o tal vez sí, para mí Gabriel estaba muerto aunque viviera. Es decir que podía
volver a llamarse «Met». Como el verdadero «Met», como el muerto. Prendí un
cigarrillo que me convidó el tachero y pensé que «Met» no era ningún tarado, es más,
pensé que el tarado era yo que me había hecho problema durante no me acordaba
cuánto tiempo por lo que para un puto de mierda era una limosna. Me trató como yo
trataría a un banquero, o a un contador, o a un comerciante, o a alguien tan decadente
como todos ésos. Yo no era tan decadente, tenía plata, una notebook y un flor de
departamento con una piba veinte años menor que yo esperándome en la cama.
Apagué el cigarrillo porque no quería fumar más, me había olvidado de que quería
dejarlo.
No fui a casa. Pasé por un bar para comer algo, tenía hambre. Compré un atado y
pensé que sería mejor dejar el vicio en otro momento. Estaba vivo y por el momento
no tenía pensado morirme. Cuando salí del bar caminé un rato, caminé y mientras
caminaba me dije que estaba todo bien, que todo estaba como yo quería que
estuviese. Aunque seguía sintiéndome un poco desgraciado por lo que había pasado
con la plata. Yo no me merecía eso, yo no era así, tal vez un poco, pero no tanto,
aunque en realidad yo no era nadie, ahí me di cuenta, también me di cuenta de
muchas otras cosas, por ejemplo de que a Yami la seguía queriendo, y que a Emilia
también la quería, y que al único que no quería era a mí. Entonces sí me tomé un taxi
a casa.
Emilia estaba despierta y había hecho algo para almorzar aunque eran casi las
cuatro de la tarde. Me dijo que habían llamado como diez personas, que también
habían llamado de la editorial y de un banco. Le pregunté de qué banco y no se
acordaba. ¿Para qué atendés? Es la costumbre, dijo, además a mi casa llaman nada
más que familiares o compañeros de la facultad y a vos te llamaron tipos que vos ni
conocés. ¿Cómo sabés que no los conozco? Emilia se disculpó diciendo que había
tomado el calmante. Le expliqué que en mi casa había algo que se llamaba
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contestador automático y que servía para lo que ella no sabía hacer. No atiendas más,
dije. Ahí ella se acordó que lo del banco era urgente, que tenía que comunicarme
pronto porque mi cuenta estaba en rojo. No puede ser, ya tendrían que estar
acreditados los cien mil, dije. Busqué por todos lados el teléfono del banco, revolví
todo porque no sabía de dónde sacar el número. Al final Emilia, que estaba más
tranquila, llamó a informaciones. Después llamé yo pero al banco. Atendió un tipo.
Le dije mi nombre, mi problema y él dijo que esperara un momento. Estuve
escuchando una musiquita horrible como cinco minutos y nadie me respondía. Corté
y pensé que lo mejor sería ir personalmente, pero Emilia me hizo acordar que a esa
hora los bancos ya no atienden al público. Iba a ir igual pero antes llamaron ellos,
atendió Emilia y después me pasó el teléfono. Era el mismo tipo que me había dejado
esperando. Me pidió disculpas por la demora, dijo que ya habían cerrado y que me
esperaba al día siguiente, a primera hora. Le pregunté qué pasaba y dijo que había
habido un pequeño problema con mi cuenta, y que no podía hablar más porque la
empresa en casos como éste no le permitía dar información por teléfono; le insistí,
pero el infeliz colgó. Le pedí a Emilia que se fuera, a su casa o a donde quisiera, le
dije que necesitaba estar solo y ella se puso a llorar. No es mi culpa, decía. Nadie le
había echado la culpa de nada, simplemente necesitaba estar solo. Ella seguía
llorando y decía que estaba enferma y que no podía cuidarse sola con el brazo como
lo tenía, lloró un rato más y cuando se calmó se fue. No comí, no dormí, no hice
nada, sólo esperé hasta el otro día jugando al Dark Seed.
Estaba parado en medio del banco y no lo podía creer. La cajera dijo que no me
hiciera problema, que era sólo plata y que podía ser peor. Yo no sabía cómo podía
llegar a ser peor, lo que sí sabía era que el puto me había cagado. Rechazado por
denuncia policial, decía en el reverso del cheque, aunque el cheque no lo tenía,
apenas me dieron una fotocopia miserable; además, mi cuenta estaba en rojo y me
habían estado llamando para solucionar el problema, decían que todavía no habían
hecho ningún trámite legal porque yo había sido recomendado por la señora Yamila
Foggelberg, y nos querían cuidar como clientes. Me explicaron que cuando un
cheque de esa cifra es rechazado por denuncia policial el banco tiene la orden de
suspender la cuenta y de avisar a un juez para que éste pida la búsqueda y captura del
depositante. Era peor, iba a ir preso por culpa de «Met». Pensé que él mismo había
hecho la denuncia nada más que para no pagarme, era capaz, él sabía todo pero no me
dijo nada, lo supo siempre y se calló la boca para hacerme rogar por algo que encima
ni siquiera me daría. Volví a casa y Emilia no estaba, me acordé que la había echado.
Traté de comunicarme con Yamila pero prefería no llamarla, seguro que ella no me
quería ayudar más. Traté de llamar al puto pero no tenía el teléfono. Todo mal, pensé.
Me fijé en el contestador: no había ningún mensaje porque estaba apagado. Lo prendí
y me fui.
Me tomé un taxi hasta la Fundación «Jacinto Galdez», el cheque estaba a ese
nombre. En la puerta los carteles promocionaban las pinturas de Gabriel. Adentro, las
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estúpidas pinturas de Gabriel y gente mirando. Fui para el primer piso, me atendió
una chica. Le pedí hablar con el responsable de todo y me hizo pasar a una oficina
donde me atendió un tipo previsiblemente amanerado. Le expliqué el problema y me
pidió que esperara. Salió de la oficina, volvió a los cinco minutos y me dijo que, por
el momento, la fundación no se responsabilizaba por el cheque. Me preguntó si tenía
la boleta correspondiente que justificara el concepto en que me había sido entregado.
Yo no entendí qué era todo eso y le dije que estaba rechazado y que lo único que
quería era la plata o hablar con «Met». Perdón… ¿con quién desea hablar? Pensé un
segundo y le dije que quería hablar con Gabriel Shuajda. Todos quieren hablar con
Gabriel, dijo, pero él no está. Sabía que me estaba mintiendo. Lo amenacé: si no me
dejaba verlo lo iba a matar. Lo iba a matar ahí mismo, con mis propias manos. No
está, dijo, esta misma mañana se fue al extranjero y no vuelve en dos meses o más,
fue a organizar las exposiciones de sus pinturas por Europa. Le dije que entonces
tenía que hablar con el responsable de la empresa. El responsable soy yo, dijo;
también dijo que no podía solucionar nada. Me fui encima del tipo, lo agarré de los
brazos y él gritó. Gritó que si no lo soltaba iba a llamar a seguridad. Con una mano le
apreté el cuello y con la otra le puse la fotocopia del cheque en la cara. Ves, le dije,
leé: Fundación «Jacinto Galdez», cheque rechazado por denuncia policial. O sea que
no me voy hasta que no me pagues. El tipo volvió a gritar, lo solté y justo ahí
entraron dos de seguridad. O me iba o iba preso. El mariquita temblaba, me insultaba
y decía que los abogados de Gabriel me iban a demandar, y que si quería saber algo
más del cheque debía hablar con ellos, y que no apareciera más por ahí, y que mi
presencia era denigrante, y que no se imaginaba que un escritor tan famoso como yo
podía ser una persona tan desagradable. Gritó todo eso y siguió gritando pero yo me
había ido y no escuché más. Miré por última vez las pinturas de «Met»: ya no me
gustaban.
En la calle pensé que estaba como cuando terminé la secundaria: solo y sin un
peso. Puto de mierda, por qué no habré ido antes al banco. Aunque no hubiera
cambiado nada, de todas formas no me iban a pagar. En el contestador había sólo un
mensaje importante, de la editorial. No los llamé, no estaba para otra mala noticia.
Abrí un vino cualquiera, me tiré en el sillón y, mientras fumaba, trataba de pensar
cómo iba a hacer para tapar semejante agujero. Pensé que tenía que arreglar todo, mis
cuentas y mi vida, aunque ya no tenía vida, tal vez era a mí a quien debían llamar
«Met».
Me quedé en casa fumando, tratando de imaginar un futuro. Pensé que mi vida
era «miserable». Me quedé dormido en el sillón y me despertó el teléfono, recién
atendí cuando escuché el mensaje que dejaban. Era de la editorial. ¿Qué pasó?,
pregunté. Necesito hablar con… interrumpí y dije que hablaba conmigo. La voz, una
voz suave, dijo que me estaban buscando porque una editorial americana había
comprado los derechos del libro y querían que fuera a Nueva York para hacer la
presentación. Pensé que era otra mala noticia, pero cuando la voz suave me dijo
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cuánto podía llegar a ganar, sonreí. Me pidió que le confirmara cuándo estaría listo
para ir. Me quedé pensando y dije que no sabía. Hay un vuelo reservado para esta
semana: Buenos Aires-Nueva York, American Airlines, non stop, vuelo novecientos
cincuenta y seis, jueves, dieciocho veinte horas, el embarque y salida a las veintidós
veinte, dijo. ¿Tenés pasaporte? Sí, pero no sé si quiero ir. Es mejor que vayas, viajás
en primera clase, te reservamos un hotel cinco estrellas. Disculpá que no te hayamos
consultado pero no te podíamos encontrar, dijo la voz y yo dije que primero me
gustaría arreglar algunas cosas. Le dije que iba a pasar por la editorial a cobrar los
derechos de autor que me debían de los últimos meses y la voz suave me dijo que
estaba bien. Le pregunté si siempre tuteaba a todo el mundo y me dijo que sólo a los
buenos escritores.
Llamé a Emilia y le dije que la iba a visitar a su casa, que le iba a dar una buena
noticia. Estaba esperando en la puerta del edificio y parecía enojada, dijo que no
aguantaba más, que conmigo ella se había portado bien y que no se merecía que yo la
tratara así. Le dije que tenía razón, la calmé y le pregunté si quería saber cuál era la
buena noticia. Ella dijo que sí. Subimos a su departamento, que estaba perfectamente
ordenado aunque no había lugar para moverse. La cama estaba demasiado cerca de la
cocina y el baño al lado del escritorio. Me ofreció algo de tomar y yo le dije la buena
noticia. Me voy, dije. Emilia se quedó en silencio esperando por la buena noticia. Me
voy, repetí, y vos también te vas. ¿Me voy con vos? No, te vas a mi casa. A mí me
gusta acá, dijo. Si querés quedate, pero yo me voy. ¿Y la buena noticia? Qué, ¿no te
parece una buena noticia? ¿Me estás cargando?, dijo y se puso a llorar. Tuve que
calmarla otra vez, le dije que si para ella no era una buena noticia mudarse de ese
departamentito a mi casa, que se quedara; yo no sé cuánto tiempo me voy, me voy a
trabajar, así que mientras tanto podés mudarte. Ella no entendió, no le parecía tan
buena la noticia. Dijo que no iba a poder mantenerlo y que iba a tener que cambiar la
línea telefónica. No me voy mucho tiempo, dije, unas semanas nada más, tal vez un
mes, no tenés que gastar un peso. Te voy a extrañar, dijo. Yo no le dije nada.
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Seis
Salida: jueves, veintidós veinte, Ezeiza, vuelo novecientos cincuenta y seis,
American Airlines, non stop. Llegada: viernes, seis horas, New York, J. F. K. Eso es
una de las últimas cosas que recuerdo del vuelo, yo leyendo el pasaje y las azafatas
indicando las salidas de emergencia. Aunque también me acuerdo que al lado mío
estaba sentado un Lubavich, se peinaba la barba y miraba su reloj de oro que debía
valer más que el avión en el que viajábamos. Me habló en hebreo, se debió haber
dado cuenta que yo también sabía. Me preguntó muchas cosas: si había estado en
Tierra Santa, qué iba a hacer a Estados Unidos, si me había puesto los tefilin, si
quería ponérmelos apenas llegáramos. Yo le conté que tenía parientes en Israel pero
que no me interesaba hablar con ellos, y que a ellos tampoco les debía interesar de
mí. También le dije que era un escritor y que iba a trabajar. Él nunca había escuchado
nada sobre mí o sobre mi libro. Es una lástima, pensé. Hablamos en hebreo. Ridículo.
Hacía casi diez años que yo no hablaba hebreo y me sorprendí por lo bien que lo
hacía. Me pregunté si con el inglés pasaría lo mismo. Otra cosa que me acuerdo es
haberle pedido a Emilia dos de sus calmantes para tomar antes de que saliera el
avión. No es que tuviese miedo de volar, pero es mejor dormir antes que pasar una
mala noche.
Me despertó el carreteo del avión aterrizando, estaba tapado con una frazada azul
y supe por qué había tenido calor durante todo el viaje. Además sentía el brazo
izquierdo dormido y me dolía el cuello. Estiré las piernas y los brazos y vi que el
Lubavich estaba despierto y me sonreía. Después, cuando bajábamos, me dijo que
había sido un vuelo excelente y que durante algunas horas se había sentido más cerca
de Dios. Yo me reí. Nos despedimos, me dio una tarjeta que tenía una dirección en
Brooklyn y dijo que era un placer viajar conmigo.
Apenas bajé quise fumar un cigarrillo pero no se podía. Después hice los trámites
de aduana y después, de pura casualidad, vi a un tipo de traje negro que sostenía un
cartel con mi nombre. Así me habían dicho en la editorial: me iban a ir a buscar al
aeropuerto y me iban a llevar al Hotel Hyat de Park Avenue. Me había olvidado, pero
ver al tipo ese me recordó por qué estaba ahí, por qué estaba en ese aeropuerto y por
qué me iba a quedar en otro país tres o tal vez cuatro semanas. Tenía que presentar mi
libro. Otra vez. Todo de nuevo. Empezar de cero en un lugar en el que nadie te
conoce y en el que tampoco conocés a nadie, salvo el Lubavich que no me importaba.
Pensé que todo eso sería insoportable, aunque era mejor que estar en Buenos Aires
sin nada que hacer. Además pagaban bien. Muy bien. Si me hubiese enterado antes de
que iba a tener una oportunidad como ésta, no me habría preocupado tanto por
escribir la novela del muerto. Con el adelanto que me dieron cubrí todo lo que debía
en el banco, que era mucho; le dejé a Emilia la fotocopia del cheque rechazado para
que empezara los trámites judiciales. No con un abogado cualquiera, en la editorial
me recomendaron uno, el mejor para ese tipo de casos. Le dejé a Emilia todas las
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instrucciones, le dije que no se preocupara, le dije que al abogado sólo le diera la
fotocopia y una carta que escribí para explicar todo. Kein también era abogado, uno
de los peores, en otro momento se lo hubiese dejado a él, pero este juicio lo quería
ganar. Cien mil dólares, más todo el daño económico, moral y hasta casi físico que
me causó el no haber podido cobrarlo en su momento. Además, a Kein no lo había
vuelto a ver desde la fiesta, antes de irme llamé a su casa pero no contestaba nadie y
no sabía dónde podía llegar a estar. Pensé muchas cosas: que había dejado a Mónica
por el hermano, que Mónica lo había dejado a él por el hermano y también pensé que
el hermano, el rubio, el nuevo «Met», se los había llevado a los dos a Europa; pero de
todas las ideas que tuve la que más me gustó fue la de imaginar que, para el momento
en que yo estaría llegando al hotel, Kein debería estar en la Colonia, despertándose.
Me lo imaginé a las seis de la mañana ordeñando una vaca. Pobre Kein. Me reí y
pensé eso, pobre Kein.
Le dije al de traje negro que el del cartel era yo. Él no dijo nada, me saludó con
un gesto y movió la cabeza para que lo siguiera. Cargó mi valija hasta el
estacionamiento y la guardó en el baúl de un auto negro con vidrios oscuros. Fuimos
hacia el hotel. El tipo me preguntó si era la primera vez que venía a Nueva York. Le
dije que sí pero que no me importaba mucho la ciudad, que mi viaje era sólo por
trabajo. El tipo no preguntó nada más. El tráfico nos hizo tardar mucho, él no hablaba
y pensé en hablar yo, preguntarle qué eran algunas cosas que me resultaban
conocidas de las películas: edificios, puentes, todo eso. Pero no hablé, había viajado
nada más que para trabajar, y si le dije que la ciudad no me interesaba, no me
interesaba.
En el hotel me estaba esperando una mujer que decía ser la representante de la
editorial que iba a publicar mi libro. Lo primero que me preguntó, con un español
forzado, fue si necesitaba un intérprete. Le contesté en castellano que mi inglés era
muy bueno. Sonrió, dijo que se llamaba Cindy y se disculpó por no haber podido ir a
buscarme personalmente al aeropuerto. También dijo que ya tenían todo listo: la
traducción, la portada y el prólogo. Dijo que en tres días el libro iba a estar en la
calle, que pensaban hacer tanta publicidad como fuera posible y que con mi historia
iban a batir récords de venta. Qué bueno, dije yo mientras pensaba en otra cosa. Me
preguntó si tenía representante y yo le pregunté si eso era necesario. Ella dijo que no,
que era mejor que no tuviera, que ahora está de moda en los escritores jóvenes pero
que ella pensaba que era una pérdida de tiempo. Me puse contento por lo de joven.
Me preguntó si necesitaba algo, un intérprete, por ejemplo. Volví a decirle que no,
que mi inglés estaba bien, pero que lo que necesitaba era descansar porque en el
vuelo no había podido dormir mucho, y ahora se lo dije en inglés. Me dieron la
habitación y ella subió conmigo. Todo corre por cuenta de la editorial, dijo, y me
aconsejó que descansara bien porque había organizado una serie de paseos por los
lugares más importantes de la ciudad. Empezó a nombrar calles, edificios y
monumentos que yo conocía de las mismas películas de antes y que no me
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interesaban. Me llevarían a conocer todos esos lugares, no sólo esa tarde, sino
también al otro día y al otro. Después me dejó una lista de las presentaciones y
conferencias que yo tenía que dar. Había como veinte y la primera era en tres días. Es
cuando el libro sale a la venta, dijo y pensé que eso ya lo había dicho. Me preguntó si
necesitaba algo más y le dije que quería conocer a Diene Ginwal. ¿A quién?,
preguntó y puso una cara de sorpresa que me causó gracia. A la escritora, dije. Ella
dijo que sabía quién era, y me di cuenta de que mi pedido no le había gustado. Yo
igual le dije que eso para mí sería bárbaro y que también quería que la escritora
estuviera en alguna de las presentaciones. Dijo que no podía prometer nada. Me dejó
el número de su celular y se despidió. Pensé que se iba a quedar conmigo, había
dicho que la editorial estaba a cargo de todo. Así lo entendí, se lo dije pero ella no me
contestó y después de sonreír una vez más, se fue.
Era como un departamento de dos ambientes. En una habitación había una
heladera llena de cosas que yo nunca tendría en mi heladera, una mesa con sillas y un
pequeño placard que tenía una bodeguita con diez vinos distintos, casi todos
californianos; en la otra había un sommier de dos plazas y media, un televisor y una
puerta que daba al baño. El baño tenía hidromasaje. Parecía la habitación cara de un
albergue transitorio en Buenos Aires. La diferencia era que ahí todo estaba bien
cuidado, todo tenía un toque de calidad que en los telos no existe. O tal vez sí, pero
quién se detendría a mirarlos. Además esta habitación tenía una ventana y un
pequeño balcón. Los telos no tienen balcón. Nunca. Salvo uno al que fui una vez,
pero quedaba lejos de la ciudad y entonces no importaba porque no había nadie que te
pudiese espiar. Salí al balcón, se escuchaban tantos ruidos de bocinas y de todo tipo
de cosas que me sentí como en Buenos Aires. Miré para arriba y apenas se podía ver
el cielo. Al frente había más edificios. Preferí volver a entrar. Llené la bañadera, abrí
un vino que no conocía y estaba muy bueno. Se llamaba Sutter Home. Buen vino,
pensé, y me tiré a disfrutar del hidromasaje. Me hubiese gustado que estuviera
Yamila, o Emilia, o quien sea, pero estaba solo en un lugar donde no tenía muchas
ganas de estar. Antes de meterme en la cama de sábanas de seda, pensé en llamar a
recepción y que me mandaran una chica, o mejor dos, pero me quedé dormido
enseguida.
Llamaron a la habitación y me despertaron, era mediodía y dijeron que abajo
estaban listos y que podía salir cuando quisiera. Dije que no. Ya lo había dicho antes
pero tuve que decirlo de nuevo. Les dije que no quería hacer ningún recorrido por
ningún lado. Cindy me llamó a los cinco minutos y me preguntó si estaba seguro. Le
corté. Miré la tele, escribí en la notebook y miré otra vez la tele. Al final salí a
caminar solo. Era tarde y caminé como dos horas, buscaba un bar que se pareciera a
alguno de Buenos Aires. Caminé como dos horas, entré a muchos lugares y no
encontré nada. En realidad pude haber encontrado de todo, porque en cada cuadra, en
cada esquina, en cada metro de asfalto había de todo, pero yo solamente buscaba una
cosa y todo eso que había, y todo eso que pude haber encontrado, era nada, era lo
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mismo que nada. Hacía frío y me metí en un lugar que parecía interesante. Había
visto lugares mejores pero ya no tenía ganas de seguir caminando. Pedí un vino, pedí
el mismo que el del hotel pero me dijeron que no tenían, aunque tenían otro que era
muy bueno, Sterling, no me gustó el nombre, así que pedí un café y una Coca. No
había llevado la notebook pero igual no hubiese podido escribir nada, tampoco
quería. Ya no tenía presión para hacerlo, quiero decir que podría haber sido un buen
momento para escribir algo, pero no tenía ganas. Pensé en Diene. Me acordé de su
libro, de los dos. Del bueno y del malo. Las ruinas del agua y Las telas del segundo
hombre. Pensé en lo que me diría, pensé que tal vez nunca la iba a ver. Pensaba en
cualquier cosa con tal de no pensar.
Me levanté temprano, miré televisión unas cuatro horas y después quise volver al
mismo bar del día anterior. Por supuesto que no lo encontré. Caminé varias horas.
Caminaba por las mismas calles por las que creía haber caminado minutos antes. No
conocía nada, no tenía mapa y en un momento sentí que caminaba en círculos. Sentí
que estaba más solo que nunca a pesar de que me llevaba por delante una persona
cada cinco segundos. Estaba perdido. Estaba perdido y me puse contento. Me paré en
una esquina y pensé que alguien, en algún momento, me reconocería y me pediría un
autógrafo. Me haría alguna pregunta estúpida sobre mi novela; cómo el personaje
central logra descubrir una de las muchas estupideces que descubre. Pero no. Me
ignoraban, para ellos yo no era nadie. Era uno más del montón y me asusté, pensé que
eso era deprimente. Creí estar deprimido, pero pude relajarme y olvidar todo. Pensé
que quería tomar un vino y pensar. Entonces entré en el primer lugar que vi. Quedaba
justo en la esquina contraria a la que estaba parado. Me quedé ahí hasta la noche, que
en realidad no parece la noche porque en la calle seguía habiendo tanta gente como a
la tarde o a la mañana. Tomé un vino cualquiera y comí una hamburguesa y después
comí otra. Al otro día hice lo mismo: me senté en otro bar, tomé vino, Coca, café y
comí hamburguesas y algunas otras cosas.
En la primera presentación Cindy me preguntó dónde había estado y yo le dije
que por ahí. También me preguntó qué me parecía la ciudad. Todos nosotros amamos
Nueva York, dijo. Yo le dije que la ciudad era muy parecida a la mía pero con un
poco más de cada cosa. Ella sonrió, seguro porque sabía que estaba mintiendo. Yo de
la ciudad no había visto mucho, en realidad le contesté eso pensando en los bares en
que había estado, que eran casi iguales a los de Buenos Aires, salvo por algunos
detalles, y por la gente, que era algo más cerrada. Aunque el que no quería hablar con
nadie era yo. Me acordé de eso y le dije a Cindy que me gustaría ir a dar una vuelta
con ella, pero que no quería que me llevara a pasear, quería ir a algún buen lugar. O
tal vez no importaba el lugar, lo que quería era hablar con alguien algunas horas. No
con alguien, con ella. Dijo que estaba dispuesta y estaba. Esa misma mañana me llevó
a un lugar del que nunca supe el nombre. No fuimos a hablar, ahí era la primera
presentación. En la puerta había un bar que sí tenía un aire porteño. Eso sí es raro,
pensé. Si buscaba un bar con ambiente porteño era porque sabía que no lo iba a
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encontrar nunca. Tal vez por eso lo buscaba. Cindy me dio un libro, el mío. Me causó
gracia, ella presentándome mi propia novela. Me preguntó si me gustaba. ¿Cómo no
me iba a gustar? La había escrito yo y además había sido la mejor novela del país en
los últimos años. Nadie, en mucho tiempo, iba a poder escribir algo mejor. Ni
siquiera yo. Pobre Diene, a ella le había pasado lo mismo, pensé. Pensé en ella.
Nadie, nadie en todo el mundo podría comprenderme. Nadie salvo Diene. La edición
es buena, aunque lo importante es el contenido, dije. Abrí una página: la doscientos
tres. El personaje central está por descubrir una de las muchas estupideces que
descubre. Lo gracioso es que ahora las va a descubrir en inglés. Yo digo que son
estupideces, pero en realidad no lo son. Cindy me preguntó otra vez si me gustaba y
le dije que sí. Cerré el libro y me molestó ver que en la tapa un cartelito amarillo
decía best-seller. Pero no dije nada, le dije otra vez que sí, que estaba muy bien y que
la traducción parecía buena. Ella sonrió. Me preguntó qué me parecía la foto. ¿Qué
foto? Me enseñó el libro. En la contratapa estaba yo. No había nada escrito y todo era
una foto gigante que ni sabía cuándo me habían sacado. Éste soy yo fumando, le dije
y ella volvió a sonreír. Fue idea mía, dijo. Hace mucho que propongo lo mismo, pero
como la mayoría de los escritores son feos, para la gente de la editorial no valía la
pena gastar una contratapa en una foto, dijo. Yo no le presté mucha atención y pensé
otra vez en Diene, no sé por qué pensé en ella, pero tuve que dejar de pensar porque
había bastante gente que me preguntaba cosas del libro y tenía que dar respuestas.
Después de todo para eso me pagaban.
Había una mesa larga y yo estaba sentado detrás, como en toda presentación de
algo. Las preguntas eran muy estúpidas pero yo contestaba lo mejor que podía. Había
algunos periodistas latinos que me preguntaban en castellano, y yo les respondía
también en castellano y usaba palabras raras, o frases que seguro los americanos no
podrían entender aunque hablaran algo de español. No había traductor porque yo
había dicho que hablaba inglés, y entonces decía cosas como: Con este libro me gané
un toco de guita; o me definía a mí mismo como: el gil que se hizo un bacán y hasta
en algunas preguntas contestaba simplemente con: minga, pindonga o ni mamado.
Me divertí mucho, era la primera vez en no sé cuánto tiempo que me divertía.
Algunos periodistas americanos se quejaban, me pedían que hablara en inglés y uno
hasta se paró y se fue. La conferencia duró bastante tiempo y apenas terminó le dije a
Cindy que quería conocer a Diene Ginwal, quería que estuviese en una de mis
presentaciones y que si no la conseguía me iba a enojar. Pero la que estaba enojada
era ella, estaba enojada en serio. Dijo que yo era un irresponsable, y que no era nadie
para hacer lo que había hecho. Que ni siquiera era un escándalo del que se podía
sacar algo. Me dijo que era un tonto. Todo eso me lo dijo en un español que ya no era
nada forzado. Te voy a poner un traductor, quieras o no. No le respondí, no valía la
pena pelearme con la única persona en todo Nueva York que se preocupaba por mí. Y
la única que me podía llevar a Diene. ¿Y Diene?, le pregunté. ¿Quién? Diene. Es
mejor que no la conozcas. ¿Qué? Es difícil, dijo. No me importa, dije y Cindy no me
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contestó. Me llevaron de nuevo al hotel. Era temprano, pude haberme quedado en el
hall tomando un vino pero quería bañarme y después ir a caminar un poco. Al final
me quedé en el hidromasaje hasta que la piel se me arrugó toda. Desde ahí llamé a
Emilia. Tardaron como quince minutos en comunicarme y cuando escuché su voz,
estaba contentísima. Me dijo que me extrañaba mucho y que esa misma noche iba a
hacer una fiesta con todos sus amigos y compañeros de facultad para inaugurar su
nuevo departamento. Qué bueno, le dije, pero sigue siendo mío. Le pregunté por el
cheque y si había alguna novedad. Ella me preguntó qué cheque. Me amargó el día.
Me amargó y por suerte me dio algo distinto en qué pensar. La llamé otra vez y no me
atendió ella, me atendió un tipo que me pasó con ella, y ella me explicó que estaban
estudiando. ¿Y la fiesta? Es después, ¿querés venir? Me reí y ella dijo que no me
preocupara, que estaba todo bien. Después cortó. Yo sí estaba preocupado, no sabía
por qué. Por Emilia seguro que no. Tal vez porque me estaba aburriendo. Dicen que
Nueva York es la mejor ciudad del mundo, que es increíble. Y dicen muchas cosas
más, pero yo estaba ahí, la pasaba mal y presentía que la iba a pasar peor.
Pedí que me trajeran la cena a la habitación. Me ofrecieron comida japonesa, iraní
y tailandesa. Pedí un bife con papas fritas y comí mirando la tele. Daban buenas
películas y me quedé toda la noche frente al televisor. Todas habían sido filmadas en
Nueva York. Dieron Historias de Nueva York, Los Cazafantasmas y Taxi Driver.
Pensé que lo mío era muy estúpido: estaba ahí y en vez de salir a buscar las
verdaderas historias me entretenía mirando películas de cosas que pasaban ahí a la
vuelta.
Al otro día me levantaron temprano para ir a un auditorio donde me hicieron
preguntas sobre el libro. No me preguntaban a mí, le preguntaban al traductor y yo le
contestaba a él. Horrible. Me seguía aburriendo. Cindy no me dejó solo ni un minuto.
Parecía tener miedo por lo yo pudiera llegar a decir, pero cuando se dio cuenta de que
estaba más tranquilo ella también se tranquilizó. Tal vez por eso me aburrí tanto,
porque estaba tranquilo. Al día siguiente no hubo ninguna presentación, no salí del
hotel y me aburrí más. Los demás días fueron iguales.
En la Biblioteca Pública de Nueva York hubo mucho menos gente que en las
conferencias anteriores. No sólo menos gente, también menos periodistas, menos
todo. Las conferencias que siguieron parecían siempre iguales. Salvo que Cindy a
veces venía y a veces no. Tal vez no le interesaba acompañarme. Que se joda. Pero
las preguntas eran las mismas. Por momentos pensaba que los lugares también eran
los mismos, y hasta parecía que los periodistas también eran siempre los mismos, con
las mismas preguntas armadas por los de la editorial. Además, después de las
conferencias no se me acercaba nadie. Me acordé de que así había conocido a Yamila,
ella se había acercado a mí después de una charla que di en la Feria del Libro. Pero
ahora no se me acercaba nadie, como si no les interesara. ¿Para qué están si yo no les
intereso?, le pregunté a Cindy y me dijo que sólo les interesaba el libro, que yo no era
nadie. No tenía razón: yo sí era alguien y el libro les interesaba sólo porque pensaban
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ganar plata a costa mía. Tal vez por eso extrañaba tanto, extrañaba muchas cosas:
firmar autógrafos, mi casa y también jugar al Dark Seed. Extrañaba no necesitar
esforzarme para tener una mujer en la cama. Tal vez con Cindy no tenía que hacer
mucho esfuerzo, pero ni siquiera me gustaba tanto.
Un día después, cuando estábamos yendo para otra presentación, pregunté cómo
iban las ventas. Ella dijo que por ahora no se sabía nada, que había que esperar al
menos una semana y después sí me iban a decir. Ya había pasado más de una semana,
deberían saber. ¿Pero no se sabe nada?, pregunté. Cindy sacó diarios de un portafolio
y me dio unas críticas para que leyera. Definitivamente, extrañaba Buenos Aires. Una
decía que yo me creía Dios y que no era ni siquiera una mascota. Yo no entendí y ella
me explicó que mascota es pet y que casi todas las mascotas son perros, y que perro
es dog, y que perro al revés es Dios, y que Dios se dice God, y por eso escribieron lo
que escribieron; otra hablaba de mi libro como alguien hablaría de una cosa vieja o
pasada de moda, y eso que todavía ni llevaba un par de semanas en la calle; otra me
trataba directamente de irrespetuoso y decía que del libro ni valía la pena mirar la
contratapa. Qué se vayan a la mierda, le dije a Cindy en español. Para mí el libro es
excelente, dijo, pero se enojaron por lo del primer día, hiciste lo peor que le podés
hacer a un neoyorquino. Pero estuvo divertido. Tu diversión nos va a costar millones
de dólares. A mí nunca me hablaron de millones, pensé. Se lo dije y ella dijo que era
una forma de decir; igual sentí que me estaban robando, todas las editoriales nos
roban a los escritores. Espero que pase algo, dijo Cindy, si no vos y yo vamos a tener
problemas. ¿Yo por qué? Porque armaste todo este lío. Yo no hice nada, contesté
como contesté porque no tenía traductor, y además escribí el libro con el que vas a
ganar millones de dólares, o sea que yo puedo hacer lo que quiera. Tal vez en tu país,
acá hacés lo que yo te diga. Pensé que lo de poner un representante no era tan mala
idea. No me debería preocupar por nada porque él estaría a cargo de todo: de que no
me basurearan, de los números y de todo lo demás. Hasta podía repartir mis fotos ya
autografiadas. Era lo que yo necesitaba, tal vez no dejar de firmar autógrafos, pero sí
un poco más de tranquilidad. Le dije eso a Cindy y ella me dijo que en ese momento
ella era como mi representante. ¿Vos por qué? Me eligió la editorial, para la editorial
soy tu apoderada en este país. ¿Y qué problema te hacés si a mi libro le va mal?, ¿qué
problema podés tener vos? Si a tu libro le va bien, a mí me va bien, y si le sigue
yendo mal, yo me despido de este trabajo, dijo ella mientras guardaba otra vez los
diarios en su portafolio.
Ese día no hice nada fuera de lugar. Llegamos a una casa enorme que estaba
frente al Central Park y la conferencia no era una conferencia, era una reunión donde
había gente de toda clase. Diene no estaba. Se lo pregunté a Cindy apenas llegamos y
ella me dijo que Diene no iba a ese tipo de reuniones, que no podía ir a ningún lado.
No entendí lo que quería decir pero le pregunté para qué me llevaba a mí. Es
interesante, te va a gustar, vas a ver que te va a gustar, es como en las películas, dijo
con un tono parecido al que usa Yamila cuando quiere convencer a alguien de algo.
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Cindy me presentó a la mayoría de los que estaban. Había pintores, escritores,
periodistas, músicos, jugadores de fútbol americano, de béisbol y hasta un par de
políticos. Yo no conocía a nadie. Cindy me dijo que casi todos los que estaban ahí
habían recibido mi libro, pero que casi ninguno lo habría leído. Y aunque no se
presentaba mi libro me preguntaban cosas sobre lo que había escrito. Les contesté lo
mejor que pude, contesté lo que querían escuchar, fui cortés hasta con los políticos.
Pensé que a Cindy eso la iba a alegrar, me sentía mal por lo que había pasado, por lo
que le iba a pasar a ella. Y a mí también. Ella estaba preocupada, o debería estarlo,
después de todo era «como» mi representante.
Cuando terminó esa reunión la invité a tomar algo. Dijo que sí. Nos subimos a un
taxi y fuimos para el oeste, así le indicó Cindy al taxista. Me imaginé el Oeste. Una
película del Oeste. Vaqueros, caballos, todo eso. Pero no. Era el oeste de la ciudad. El
West Side, y llegamos en veinte minutos. Entramos a un bar donde había una
biblioteca enorme. Ella me dijo que siempre iba a ese bar, y que le encantaba todo lo
que había ahí. Me explicó que todos los libros que estaban en una de las vitrinas
habían pertenecido a Truman Capote y que tenían las anotaciones que él iba haciendo
mientras los leía. Me dijo que como ella era cliente de ese lugar, si lo pedía la dejaban
leer y tomar notas de las notas de Truman Capote. A ella le encantaba Capote, dijo
que había leído todos sus libros. Yo le dije que había leído sólo uno y que eso de la no
ficción no me gustaba mucho. Además escribe best-sellers, dije. Como vos, dijo
Cindy. Sí, pero yo no leo esa clase de libros, sólo los escribo. No le importó mucho,
me preguntó si me interesaba escuchar algunas historias sobre él. Pensé que eso era lo
que quería, escuchar cosas de ese estilo en lugares como en el que estábamos. Ella
pidió un Martini y yo un vino. Después comenzó diciendo que una vez Capote estaba
sentado en un bar con su novio y se le acercó una mujer para pedirle que le diera un
autógrafo. Él había sacado una lapicera y una servilleta y cuando le iba a preguntar
para quién iba dedicado el autógrafo la mujer se había desabrochado la camisa y el
corpiño. Truman pidió un marcador porque con lapicera es muy difícil escribir en la
piel. Al rato, el esposo de la mujer, que había visto todo desde otra mesa, se acercó y,
mientras se bajaba los pantalones, le pidió que firmara otro autógrafo. Truman se rió
y dijo que ahí ni siquiera podía escribir sus iniciales. Yo también me reí. Ella me dijo
que sabía muchas más historias de ese estilo. Que sabía muchas y que me podía
contar las que yo quisiera. Le dije que yo también sabía muchas historias pero de
Borges, que era mi escritor preferido. Ella conocía a Borges y me dijo que le gustaba,
pensé que eso estaba bien. Le conté que una vez el director Robbe Grillet se encontró
con Borges y le dijo que él había influido mucho en su obra. Borges lo miró y
cortésmente le pidió que por favor no lo descorazonara. Nos volvimos a reír y le
pregunté a qué se dedicaba. Truman Capote era escritor, dijo. Pensé que lo que había
dicho no era gracioso; hay una gran diferencia entre hacerse el gracioso y serlo, ella
se estaba haciendo la graciosa y no lo era. ¿A qué te dedicás además del trabajo en la
editorial?, le pregunté. Yo también escribo, dijo. Tenía una novela terminada y no la
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había presentado en ningún lugar, ni siquiera en la editorial en la que trabajaba. Decía
que le daba vergüenza, que no podía, que ella no era suficientemente buena como
para publicar sus cosas. Yo le dije que tal vez tenía razón, que tal vez no era tan
buena. Le pregunté si podría leer algo de lo suyo y ella me dijo que no. Traté de
convencerla y ella me dijo otra vez que no. Problema tuyo, pensé. Nos quedamos
hablando dos horas más. Me contó otras historias de su escritor preferido que no eran
para nada interesantes. Yo igual la escuchaba y decía que estaba todo bien. Cuando
nos íbamos le pregunté si había una librería interesante para comprar algo y ella me
dijo que estábamos en Nueva York, que no sólo había librerías sino que estaban las
más importantes del mundo. Me llevó a una que tenía tres pisos. Es la librería de la
editorial para la que trabajo, dijo, la que editó tu libro. Tal vez por eso yo estaba
como la novedad de la semana. Había una foto mía que era más grande que yo, había
carteles que decían que iba a estar firmando libros, había de todo menos gente que lo
estuviera comprando. Me quedé mirando como una hora. Todos pasaban, lo hojeaban
y lo volvían a poner donde estaba. Hijos de puta. No saben nada de literatura, le dije a
Cindy que estuvo al lado mío todo el tiempo. Después recorrí los tres pisos y compré
algunas cosas que ya había leído en castellano, pero compré las versiones originales.
Compré Las telas del segundo hombre, el segundo libro de Diene, que en una de ésas
en inglés estaba un poco mejor. Me moría de ganas de conocerla. Quería saber cómo
era: si era alta, gorda, flaca, si era linda o qué. Busqué en sus dos libros, en las
distintas ediciones y en todos lados donde podía encontrar una foto suya pero no
había nada. Ni siquiera una descripción física. En las portadas decía lo mismo que yo
ya sabía: que era de Nueva York y que tenía mi edad. Nada nuevo. Debe ser muy fea,
pensé, debe ser horrible, si no pondrían una foto grande, como la que pusieron en mi
libro. ¿La conocés a Diene?, le pregunté a Cindy. Ella dijo que sí, que se conocían
desde hacía mucho tiempo, dijo que habían sido buenas amigas pero que se
distanciaron hacía algunos años por problemas de trabajo. ¿Qué problemas?,
pregunté. Ella no contestó y me preguntó por qué me preocupaba tanto. Tengo que
preguntarle algo muy importante. Cindy, sorprendida, me preguntó si podía saber qué
era y le dije que no. Me volvió a preguntar y le dije que sólo se preocupara por
encontrarla, y que si quería saber algo más de por qué me interesaba tanto Diene,
debía darme a leer su propia novela. Ella sonrió y dijo que eso era trampa. Sí, le dije,
la trampa es la forma más interesante de las cosas. Dijo que estaba equivocado, que
definitivamente no me iba a dar su novela y que lo que la había distanciado de Diene
también era una especie de trampa. Volvimos en taxi al hotel y nos despedimos.
Pensé en decirle que se quedara y estoy seguro de que ella pensó en quedarse. Pero
nos despedimos.
Recién la llamé al otro día para decirle que tenía ganas de salir. Ella dijo que tenía
entradas para una ópera, que pensaba ir sola pero que yo podía acompañarla, que para
ella sería un honor. Música clásica. Yo odio la música clásica pero le dije que estaba
bien. Me iba a pasar a buscar a las ocho. Yo quería salir pero tal vez no con Cindy, y
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menos a ver una ópera. Igual tendría que haberla esperado, tendría que haberla
esperado o al menos haberle dejado un mensaje avisándole que no iba a estar. Yo
quería salir con Cindy, pero cuando bajé a recepción faltaba media hora y me puse a
hablar con uno de los conserjes. El tipo me recomendó un lugar que se llamaba
«Flash Dancer’s» y me dieron ganas de ir, tal vez por el nombre que me causó mucha
gracia o tal vez porque no quería ir a la ópera. Me dijo cómo llegar. No me lo dijo
directamente a mí sino al taxista que debía llevarme. Llegamos. Era un boliche pero
no lo era. Y aunque era una especie de sauna, lo más cerca que se podía estar de una
mujer era a dos metros; de vez en cuando uno podía acercarse para ponerle unos
dólares en la poca ropa que tenían y tal vez tocarlas, pero nada más que eso. Me senté
en la barra. Pedí un vino. Treinta dólares un vino cualquiera. Pensé que Cindy se iba
a enojar. Eran las nueve. Ya debería estar enojada. Que se joda, pensé. Yo odio la
música clásica. Aunque este lugar no era mucho mejor. Pregunté si me podía ir con
alguna de las chicas a algún hotel de por ahí y el de la barra me dijo que no, que eso
era sólo para mirar, para divertirse. Qué clase de diversión es ésta, mirar a mí no me
divierte, le dije y me dijo que me buscara una novia o una amiga o una puta, que esas
chicas eran bailarinas y que las debía respetar. Le dije que esto no parecía Nueva
York. El tipo me miró mal pero no dijo nada. Terminé el vino y después pedí un
whisky y después pedí otra cosa; bailaron como diez chicas y después pedí otra cosa
más y después traté de volver al hotel. Salí a la calle y en la calle no había gente ni
taxis ni nada. Caminé unas seis cuadras y me sentí como en una película. No sé cuál,
pero debe haber alguna de un escritor medio borracho caminando solo, de noche y
por Nueva York. Busqué un teléfono público y desde ahí quise llamar a Emilia. No
pude. Además no me acordaba del número de mi casa. Llamé a Cindy.
Increíblemente de su número sí me acordaba. No sé cuánto tiempo tardé en llamar.
Primero probé con una tarjeta que tenía, que era de Buenos Aires y no sirvió.
Después puse algunos centavos y una vocecita decía que tenía que poner más, que no
era suficiente. Terminé llamando a emergencias porque para comunicarse sólo había
que marcar sin hacer nada más. Les dije que no estaba borracho pero que era
extranjero y que no sabía cómo usar los teléfonos públicos. Me cortaron. Después de
diez minutos logré llamar a Cindy. Le conté que estaba en un teléfono público
esperándola, le dije que estaba en el lugar donde habíamos quedado y le pregunté por
qué no había venido. Ella preguntó si yo estaba loco que la llamaba tan tarde. No,
loco no, dije. ¿Dónde estás?, me preguntó. Leí en un negocio que decía Fao Schwarz.
¿Estás ahí, en la puerta de la juguetería? Sí, hay un oso de peluche que me está
mirando mal. Dijo que la esperara, que no me moviera de ahí, que en seguida pasaba
a buscarme. Me acordé por qué la había elegido como mi representante: ella me
cuidaba. Apareció en un taxi, no sé cuánto tiempo tardó. Yo estaba sentado al lado del
teléfono público mirando una muñeca que tenía mejor onda que el oso. Me ayudó a
subir al taxi y yo le dije que cada vez que tuviera un orgasmo conmigo tenía que decir
«fascinante». Como Yamila. Ella dijo que seguro.
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Me levanté en el hotel porque estaba sonando el teléfono. Igual no atendí. Me
dolía la cabeza. Me hubiese gustado tener mi contestador. A los cinco minutos Cindy
apareció y me dijo que me levante, que estábamos llegando tarde. ¿A dónde? A donde
tenemos que ir. ¿Qué haces acá? Esta es mi casa. Parece un hotel, dije. No me vestí
porque tenía la ropa puesta y le pedí que me consiguiera unos lentes oscuros. Te
perdiste una gran función, dijo y yo pensé que ella también se había perdido una gran
función. Le dije que había tenido que hacer algo muy importante y me disculpé. Sí,
ya me di cuenta, tuviste suerte de que no te haya pasado nada. ¿Dormimos juntos? Yo
en mi habitación, vos en el cuarto de invitados, dijo. ¿Dónde vivís que tenés cuarto de
invitados? Vivo con mis padres. Pensé en decirle qué feo pero no dije nada. Ese día
fuimos a una librería, la misma en la que habíamos estado dos días atrás pero ahora
no había casi nadie. Me dolía la cabeza y pensé que tal vez era mejor que no hubiera
nadie, en realidad había gente pero nadie me prestaba mucha atención y eso que me
había sentado en una mesa con una pila de libros junto a un cartel gigante que el otro
día no estaba y que tenía un cartel más chico que decía best-seller. Se suponía que iba
a haber cola para conseguir uno con mi firma. Pero apenas se vendieron doce libros
en las dos horas en que estuve ahí. En Buenos Aires sí hubiese habido cola, pensé y
me acordé de la Feria del Libro. Por lo menos ahora no tenía que responder preguntas
ni bancarme a un traductor y me distraje leyendo mi libro en inglés. Era muy bueno.
Le pregunté otra vez a Cindy cómo iban las ventas y ella me dijo que no como
pensaban pero que debían esperar que algunos leyeran el libro y después, cuando se
empezara a hablar de mí y de mi historia, sí se iba a vender. Me dejó en el hotel y ni
se despidió. Me dijo que estuviese listo a las siete de la mañana del otro día.
Fuimos otra vez al lejano Oeste, esta vez a la Universidad de Columbia. Los que
me preguntaban eran estudiantes. Me preguntaban cosas que prefería no contestar.
Me preguntaron si mis estudios me habían ayudado a convertirme en un escritor de
best-sellers, si no consideraba muy fácil el camino de los best-sellers para llegar a ser
un escritor reconocido y cosas por el estilo, pero las palabras best y seller estaban en
todas las preguntas. Todo muy lindo, dije, pero ustedes estudian acá gracias a la plata
de sus papitos. La miré a Cindy, pensé que se iba a enojar, pero se estaba riendo. Me
siguieron haciendo preguntas y cada vez era peor: me preguntaron si tenía alguna
idea de por qué el libro había fracasado. Yo les decía que era escritor y no
economista. Después me preguntaban lo mismo pero con otras palabras y yo
respondía lo mismo con otras palabras. Ahí sí tuve ganas de irme. Me paré y dije que
la conferencia había terminado. Cindy se tapaba la cara y miraba para abajo. Caminé
un rato por el «Campus» y después volvimos al hotel. Cindy me dijo que se habían
suspendido las últimas dos presentaciones y que me iba a poder volver antes, tal vez
en uno o dos días. Yo pensé que eso era bueno pero en realidad no estaba seguro. Era
cierto que no la pasaba bien pero tampoco quería volver, quería hacer otra cosa, no
sabía qué. Desde el hotel llamé a Emilia para decirle que me volvía antes. Yo le había
dicho que me iba a quedar en Nueva York un mes entero y habían pasado sólo doce
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días. No le gustó mucho la idea. Me preguntó cuándo, quería que le dijese la fecha y
la hora exacta pero yo no sabía. Me pidió que la llamara antes de salir para Buenos
Aires y yo le dije que no. Que la llamaba desde el portero eléctrico. Colgó.
Pasé la tarde en el hidromasaje, mirando la tele y escribiendo muchas boludeces
en la notebook. Pensé en ir a alguno de los bares que me habían gustado pero preferí
quedarme en el hotel, estaba cómodo y además aproveché para hacer la valija y
comprar algunas cositas en el lobby. Había de todo, todo era bárbaro y todo era caro y
todo iba a cuenta de la editorial. Compré una bata de seda, sábanas de seda, camisas
de marca, varios vinos, un cenicero de la estatua de la libertad que pensaba regalarle a
Emilia porque no se merecía otra cosa y compré muchas cosas más. Mil quinientos
dólares. Tampoco quería abusar. Me dijeron que me llevaban todo a la habitación y
les agradecí.
Eran casi las cuatro cuando llamaron a la puerta. Yo estaba en el hidromasaje y
salí con una toalla en la cintura. Esperaba encontrarme con vinos, camisas y regalos,
pero era Cindy. La invité a pasar y me dijo que ya tenían las reservas del vuelo y que
los pasajes eran para el día siguiente. Le dije que menos mal. Le pregunté si quería
tomar algo y me dijo que sí. Cindy me miraba de una forma extraña. Yo estaba sólo
con la toalla en la cintura y tal vez por eso me miraba así. Le dije gracias por haberme
conseguido lo único que necesitaba. Ella me preguntó qué era pero yo no respondí.
Le serví una copa de vino y dijo que había sido un honor conocerme y trabajar
conmigo. Yo le dije que ella era la representante más hermosa que un escritor podía
tener. Nos reímos. Ya no soy más tu representante, dijo. En ese momento, no sé por
qué, sentí que Cindy se sacaba un peso de encima. También se sacó la ropa.
¿No te pone mal que me vaya? No. Qué raro. ¿Qué tiene de raro? No sé, pienso
que vivís con tus padres y te veo como a una nenita que se enamora de alguien nada
más que para sufrir; es como esas historias en las que la chica está con su novio unos
minutos y después el tipo se le va a la guerra y ella se queda sola y sufriendo por el
resto de su vida. Aunque es demasiado exagerado, puede ser cierto, igual no te vas a
la guerra. No, a la guerra no, pero me voy a Buenos Aires, para vos sería lo mismo
que te dijera eso o que dijera Bosnia o cualquier otro lugar. Puede ser, pero no fue tan
bueno como para enamorarme. Por eso no dijiste «fascinante». No me pediste nada.
Entonces fue «miserable». No uso los mismos valores que vos. ¿Qué hacés viviendo
con tus viejos? Vivo. ¿No ganás bien como para pagarte un departamento? Gano para
pagarme un buen departamento en la Quinta Avenida y Central Park… no, mentira,
tanto no, pero estoy bien donde estoy. Qué ridículo. Todos mis conocidos dicen lo
mismo. ¿Por qué no me hacés una copia de tu novela así la leo en Buenos Aires? No
sé, lo voy a pensar.
Fuimos al hidromasaje y esa vez ella sí dijo «fascinante». Igual pensé que me
estaba cargando porque cada vez que lo decía me miraba y después sonreía, yo
también me reía. Pensaba en que todavía seguía viviendo con sus padres y me reía,
pobre. Abrimos otro vino y cuando lo estábamos por terminar alguien golpeó la
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puerta, eran los regalos. Hice pasar al botones que dejó las bolsas en la entrada, le di
una propina y se fue. Linda cuenta, dijo Cindy. Volvimos al hidromasaje y sonó el
celular de ella. Los dos nos quejamos, cada uno en su idioma. Igual Cindy no
contestó.
Después de escuchar el mensaje, volvió a quejarse y llamó. Habló cinco minutos
y decía a todo que sí, después llamó a otra persona y también decía a todo que sí.
Cuando cortó me dijo que me vistiera bien, que tenía una presentación más, que era la
última y era para la televisión. Le dije que no, que no iba a ir. Ella me dijo que
teníamos que ir. Yo tampoco tengo ganas, pero no nos podemos negar porque hay un
contrato firmado y como tu representante te aconsejo que te vistas porque si no vas te
pueden demandar. ¿No era que ya no sos mi representante? Volví a serlo, dijo.
«Fascinante», dije yo y después pensé que nunca había firmado nada. Yo nunca firmé
nada. Sí firmaste, firmaste en Buenos Aires y ahí sí que necesitabas un representante.
Le dije que me explicara y ella dijo mejor nos apuramos. Tuve que vestirme rápido y
me llevaron a unos estudios de televisión. Pensé que me iban a hacer las mismas
preguntas. Supuse que iba a ser un poco más de lo mismo.
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Siete
Me senté en una silla al lado de un viejo que yo no conocía. Del otro lado estaba
sentado otro tipo de barba y una rubia increíble. En el medio, en un sillón, el
conductor del programa. Yo no conocía a ninguno y supuse que ellos tampoco a mí.
Me maquillaron y, cuando estábamos por salir al aire, Cindy me hacía unas señas
raras, quería decirme algo pero yo no entendía. Movía los brazos y señalaba a la
rubia. Sí, es linda, decía yo, pero ella tampoco me entendía. Empezó el programa y el
tipo presentó a los invitados. La rubia era Diene Ginwal, los otros ya no me
importaban. Era hermosa y me miraba. Yo la miraba. La miraba a Cindy y ella la
seguía señalando. En un momento el conductor me preguntó algo, yo no le presté
atención y el tipo se hizo el gracioso y preguntó dónde estaba el traductor. Algunos se
rieron, Diene también. Yo la miraba y contesté a lo que me había preguntado.
También me preguntó si estaba escribiendo algo nuevo y yo le dije que no, que
todavía no estaba listo y quería esperar hasta que estuviese seguro de tener una buena
historia, dije que eso era necesario para no escribir una porquería. El tipo me
preguntó por qué. A muchos escritores les pasa, escriben un primer libro excelente y
después de eso creen que cualquier cosa va a estar bien, pero no, la gran mayoría
fracasa con su segundo libro. El conductor me pidió que diera algún ejemplo. Hay
muchos pero no quiero dar nombres, no sé por qué será, pienso que algo debe
cambiar en las personas después del éxito, tal vez el éxito no sea bueno para los
escritores o tal vez para algunos sí es bueno, a mí me gusta el éxito, lo disfruto, dije.
Pude seguir hablando pero el tipo me interrumpió y le preguntó a Diene qué pensaba
de todo lo que yo había dicho. Ella me miraba y mientras me miraba decía que no
siempre pasa. Siempre hay una explicación para todo, una explicación razonable sin
necesidad de prejuicios. Yo dije que no estaba prejuzgando, que simplemente era mi
opinión y que tenía derecho a darla. El conductor nos interrumpió y mandó a un
corte. Entonces Diene me dijo que estaba equivocado, y que si tenía algo para decirle,
que se lo dijera en privado. Me quedé en silencio. ¿Qué podía hacer? Cindy se
arrodilló al lado mío y dijo que ahí estaba Diene. No gracias a vos, le dije y ella me
dijo que yo era insoportable, que era asqueroso como ella. Se paró y se fue a donde
estaba antes, al lado de la cámara. Seguimos hablando otro bloque y el tipo presentó
mi libro y también el libro del barbudo que estaba al lado mío. Después nos tuvimos
que ir.
Busqué a Diene por todo el estudio y no la encontré; era un estudio chico pero al
parecer ella se había ido. Le pregunté a Cindy y dijo que esa mujer no le interesaba y
que era mejor que nos fuéramos rápido. Cuando salí alguien me agarró del brazo y
era ella. La misma Diene del programa. Me preguntó por qué había pedido que ella
estuviese en una de sus conferencias. Yo no sabía qué contestarle, tampoco sabía si
había alguna razón. Pero igual le dije que era porque quería sacarme una duda. ¿Y
por eso necesitas hacerlo frente a un millón de personas? ¿Cuántas personas decís que
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estaban mirando el programa ese? Tantas no, pero seguro que había muchas, dijo. Yo
me reí y le pregunté si quería ir a cenar y ella me dijo que iba a ir con un amigo, pero
que igual podíamos ir los tres, o los cuatro, que Cindy también podía venir. Y cuando
Diene la nombró me acordé de lo que Cindy me había contado: que ellas se conocían
y que estaban peleadas por trabajo, y pensé que a pesar de todo eso, mi representante
había hecho algo por contactar a Diene. Entonces la invité pero ella no quería ir,
tampoco quería que fuese yo. Pensé que tal vez ese problema de trabajo era un poco
más grave de lo que me imaginaba, pero la convencí. Aunque ella dijo que iba nada
más que para cuidarme.
Fuimos a un restaurante japonés. Me preguntaron si me gustaba la comida
japonesa y yo les dije que nunca había probado. El amigo de Diene estaba
esperándonos en una mesa. Ella me lo presentó y el tipo ni me miró, ni a mí ni a
Cindy. Tampoco dijo nada. Cindy se reía. Ella le preguntó si hacía mucho tiempo que
estaba esperando. Pudo habérselo preguntado a una pared que hubiese conseguido la
misma atención. El tipo no decía nada. Está muerto, pensé. ¿Qué le pasa?, le pregunté
a Diene y ella dijo que estaba reflexionando. ¿Sobre qué? Nadie sabe pero no
importa, siempre llega a la misma conclusión. Mientras comíamos hablábamos sobre
cosas sin importancia, hablamos de comida, de libros, de películas y yo también les
conté algunas cosas sobre Buenos Aires. Parecían no estar muy cómodas entre ellas;
y aunque se esforzaban para que todo fuese natural, cuanto más se esforzaban peor
era. En un momento se pusieron a hablar y yo no entendía sobre qué. Cindy le
preguntaba a Diene por alguien y Diene contestaba, así con muchos nombres;
después preguntaba Diene y contestaba Cindy. En un momento sentí que yo era como
el amigo de Diene, que era como una pared, que no existía. O que era peor, pensé que
yo era «Met» y entonces dije que no había nada que me importara nada. Las dos me
miraron y no dijeron nada más. En un momento Diene nos preguntó si queríamos ir a
una fiesta. ¿Hoy? No, mañana. Yo puse mi mejor sonrisa y dije que sí y Cindy dijo
que yo mañana volvía a Buenos Aires. Le dije que no, que cambiara el pasaje, que no
me volvía nada. Cindy no sabía qué decirme porque según ella tenía que hablar con la
gente de la editorial para arreglar las cosas. Sos mi representante, le dije, hacés lo que
yo te pida y te estoy pidiendo que me abras el pasaje para quedarme más tiempo. Ya
no soy tu representante, dijo, y también dijo que no sabía si iba a poder quedarme en
el hotel. No hay problema, dijo Diene. Yo tengo una casa grande, que se quede
conmigo, siempre hay lugar para un escritor simpático. En mi casa también hay
espacio, hay una habitación libre, dijo Cindy. Sí, pero hay que preguntarles a tus
papás si te dejan. Diene se rió. Yo le iba a dar las gracias, pero el amigo se despertó y
dijo que a veces, en Nueva York, el cielo cambia de forma… y los edificios… y la
gente… se mezclan con olores… y yo amo… a la gente… a los olores… a los que…
Los tres nos quedamos en silencio esperando que terminara la frase, pero no dijo nada
más. Yo tampoco sabía si decir algo. Diene dijo que eso era nuevo y que no era tan
bueno como lo que solía decir. No me pude imaginar qué era lo que solía decir,
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seguro que algo muy gracioso, como él, que estaba completamente loco. Llevaba
ropa negra de terciopelo y un gorro de terciopelo también. En un momento llamó al
mozo, dijo algo en un idioma que parecía japonés y después de que le trajeron una
bolsa con algo de comida, se paró, saludó a Diene y se fue. Está celoso, dijo ella, pero
no se preocupen, ya se le va a pasar. Yo no estaba preocupado, en todo caso estaba
preocupado pero no por el loco ese. Ni sabía por qué estaba preocupado.
Después de la cena Diene me anotó en una servilleta su teléfono y la dirección de
su casa y dijo que la llamara temprano, o que ni la llamara, dijo que fuera
directamente, que desde el hotel donde yo estaba un taxi no me costaría más de
quince dólares. Dijo que me esperaba y se fue. Yo me fui con Cindy. La invité a
dormir conmigo. Volvimos al hotel caminando porque ella dijo que era cerca.
Después de diez cuadras en silencio pensé que tal vez estaría arrepentida. Entonces le
dije que la habíamos pasado bien y que no había que arrepentirse de nada. Ella no me
contestó, pero cuando llegamos al hotel me pidió que tuviese cuidado con Diene, que
era una mujer peligrosa, me dijo que ella la conocía y repitió que tuviese cuidado. Yo
le dije que sí y me di cuenta de que lo único que le pasaba era que estaba celosa,
como el amigo de Diene. Sí, seguro, le dije. Le pregunté si venía conmigo o no. No,
dijo, tengo que levantarme temprano para arreglar todo. La saludé y ella dijo que me
llamaba para confirmar el vuelo. Yo no me voy, dije. Aunque te quedes es como si te
fueras a la guerra, dijo riéndose.
Me levanté y desayuné en el salón comedor. En un momento el mozo apareció
con un teléfono inalámbrico y un llamado para mí. Era Cindy. En el hotel no me
podía quedar más tiempo. ¿Y el pasaje? Salvo que tomes el avión en una hora y
veinte minutos, lo perdés. Entonces lo pierdo, dije. No seas tonto, te paso a buscar en
quince minutos, llegamos justo para abordar, llamo al aeropuerto y pido que demoren
el vuelo… Le corté. Terminé de desayunar, fui a la habitación y después a la
conserjería. Pedí un taxi y me fui para lo de Diene.
Diez dólares desde el hotel hasta East Village. Toqué timbre y me contestó un
tipo. Abrió con el portero eléctrico y me dijo que subiera. Pensé que yo en casa
hubiese tenido que bajar y pensé que tal vez por eso no me gustaba invitar a casi
nadie. Me recibió el tipo de la noche anterior, aunque estaba semidesnudo y tenía dos
peies largos y enrulados que le llegaban a los hombros. Yo pensé que me había
equivocado de departamento. No, no, ya me visto, dijo. Me quedé solo en la entrada y
dejé mis cosas ahí. Era un loft enorme, aunque no era un loft, era un dúplex porque
había una escalera que subía. En el medio había una pecera gigante y después me di
cuenta de que no era una pecera sino una pantalla en la que transmitían pececitos
nadando. Demasiado moderno. Ridículo. A los cinco minutos apareció de vuelta el
tipo, esta vez vestido y con la misma ropa de terciopelo del día anterior y con los
peies dentro del mismo gorro. ¿Y Diene? No vino a dormir. ¿Vos vivís con ella? A
veces, dijo. Después me pidió que me acomodara, que me sintiese como en casa.
Llevé mis cosas a un sillón y él se sentó al lado de mi valija y se quedó mirándola.
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Pensé que no había problema y me dediqué a conocer el departamento. Entré en la
primera habitación que encontré, estaba justo atrás de la pantalla con pececitos y
había una mujer desnuda durmiendo. Pensé que era Diene y me acerqué. No dije
nada, me acerqué y traté de verla mejor; la chica no se movía y la piel le brillaba de
una forma extraña. Me acerqué más y seguía sin moverse. Hice un ruido para ver si
se despertaba y nada. En un momento pensé en tocarla, pero si justo en ese momento
se despertaba yo iba a quedar como un idiota. Yo no era un idiota. Entonces me
decidí y cuando estiré la mano para tocarle la espalda escuché a alguien gritar y me
sobresalté tanto que casi me muero. Después vi a Diene y al loco riéndose atrás mío.
La chica seguía sin moverse. ¿Está muerta?, pregunté. Es de cera, dijo Diene, y
también dijo que no había problema, que no era al primero a quien le pasaba.
Bienvenido, dijo después, éste es tu cuarto. Me senté en la cama y, mientras prendía
un cigarrillo pensaba que tal vez sí era un idiota. Me temblaban las manos y cuando
vi al loco del amigo de Diene traer mi valija vacía lamenté por no haberle hecho caso
a Cindy. Los vinos quedan acá y las sábanas de seda me sirven de cortinas. Diene se
reía y después de reírse me dijo que había leído mi libro, dijo que le había gustado y
me preguntó dos o tres cosas. Después yo le pregunté algo sobre sus libros y ella
prefirió no contestarme. Así que tenés miedo de fracasar, dijo. Le dije que no, que no
escribía porque no tenía nada bueno para escribir. Yo siempre escribo, dijo, tal vez no
con la idea de un libro, pero como escritora tengo que demostrarme cada día que lo
soy, y entonces escribo cualquier cosa con tal de escribir. A veces, como dijiste en el
programa, faltan buenas historias y buenos personajes, pero después de que uno
aprende a escribir es lo más difícil de encontrar, dijo y tenía razón. Y también tenía
mucha suerte por poder escribir tan fácilmente, aunque eso no significaba que
cualquier cosa estuviera bien. Después de todo su segundo libro no era tan bueno. Se
lo dije y me dijo que su segundo libro era excelente, que era diez veces mejor que el
primero y lo que pasaba era que la gente común no lo entendía. Dijo que le daba
lástima que yo pensara de esa forma. ¿Por qué creés que acá tu libro no tuvo éxito?,
me preguntó. No sé, le dije. La gente en este país está acostumbrada a la basura, es
decir que si les das basura entretenida ellos lo disfrutan, y si los hacés pensar un poco
más de lo que pueden te censuran… a su forma. En Nueva York la peor censura es no
vender, dijo. Yo pensaba que tal vez debía tener razón, pero su segundo libro seguía
siendo malo y a mí no me iba a convencer de que no lo era. Igual no le dije nada y le
pregunté si al menos podía saber sobre qué estaba escribiendo ahora. Ella me dijo que
sobre nada. Yo tengo una buena historia que tendría que haber escrito y no escribí,
dije. ¿Por qué no la escribiste si es tan buena? Porque no me pagaron lo que me
tendrían que haber pagado. Qué raro, no te creo, dijo. En realidad no la había escrito
porque me parecía una basura, pensé, era una historia mala pero le dije otra vez que
no la había escrito por eso, porque no me pagaron y también dije que era muy
entretenida y extraña. Ella me preguntó si la había inventado y yo le dije que no, que
todo era real. Cuando tengas tiempo me la contás. Cuando quieras, no tengo otra cosa
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que hacer, dije. Ella sonrió y me preguntó si quería comer algo. Yo no quería nada
pero ella sí. Fuimos hasta la cocina, quedaba en el mismo piso y tuvimos que pasar
por el comedor. Todas mis cosas estaban esparcidas por el suelo. La puta que lo parió,
dije. Diene no entendió pero se reía. A mí no me causó ninguna gracia. Le pregunté
qué le pasaba a su novio y ella me dijo que no era su novio y que era homosexual.
Otro más, pensé. Tomamos un café y ella me preguntó qué quería hacer hasta la
noche. No sé, dije. ¿Vos qué vas a hacer? Estoy ocupada, dijo y después terminó su
café, me dio unas llaves del departamento, anotó la dirección donde nos íbamos a
encontrar a las ocho y se fue. Me quedé solo. En realidad no estaba solo, en algún
lugar de la casa debía estar el loco, pero no me importó. Levanté todas mis cosas y
pensé que ni sabía para qué quería encontrarme con Diene, sí, quería preguntarle algo
pero tampoco podía estar seguro de qué era. Tal vez sí me acordaba, pero sería
ridículo decirle que me explicara por qué su primer libro era tan bueno y el segundo
tan malo y cómo podía hacer yo para no escribir un segundo libro tan malo como el
que había escrito ella. Y sería más ridículo preguntarle eso después de saber que para
ella su segundo libro era excelente y que era una incomprendida. Tal vez la respuesta
la tendría yo y no Diene, porque en los últimos meses no había escrito nada y ésa era
la mejor forma de no hacer un segundo libro malo. Pensemos en Rulfo, pensé, que
escribió sólo dos libros y nada más. Pero yo no podía dejar de escribir por miedo,
pensar así era ridículo. Entonces dejé todas mis cosas en el suelo, agarré la notebook
y me fui a buscar un bar cualquiera. Caminé unas cuadras y pensaba en seguir
caminando hasta encontrar uno interesante y sentarme a escribir, pero en una vidriera
vi que tenían el Dark Seed II. Me reí. Entré y lo compré. No fui a ningún bar. Volví a
la casa de Diene y me quedé frente a la computadora toda la tarde. Giger es un genio.
Jugué toda la tarde y cuando me di cuenta eran las seis. Pensé en dormir un rato y
después ir al lugar donde tenía que ir, pero me tiré junto a la mujer de cera y cuando
me levanté Diene estaba parada al lado mío. Te quedaste dormido, dijo. ¿Qué hora
es? Qué diferencia hay. En el comedor me enteré de que eran casi las doce, y también
me enteré de que Diene había visto a Cindy y que Cindy le había preguntado si yo
estaba con ella y que ella le dijo que no y yo pensé que todo eso me daba lo mismo.
No te quiere mucho, dije. No es mi problema. ¿Qué pasó? ¿No te contó? No, le dije.
Qué raro, dijo ella. En realidad me dijo que estaban distanciadas por cosas de trabajo.
¿Trabajo? Sí, y cada vez que te nombraba no lo hacía con mucho cariño, pero aparte
de eso no me dijo nada. Lo que sea, trabajo o lo que ella quiera, pero no tiene razón,
dijo Diene y después no dijo nada más. Nos quedamos en silencio hasta que me
acordé que ella era la única que me podía ayudar. Para que pudiera comprenderme
primero tenía que saber lo que me había pasado, y la única forma de saber era
conociendo la historia. Ese fue un momento extraño, ella me preguntó por lo mismo
en lo que pensaba yo. Preguntó por la historia que tenía para contarle y me puse
contento. Yo le dije que todo me había pasado unos meses antes de llegar a Nueva
York. Le dije que le iba a contar todo y que después era ella la que me iba a ayudar a
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mí. A mí no me ayudás en nada contándome la historia, dijo. Pensé que tenía razón,
entonces repetí lo mismo y además dije que no importaba, que me tenía que ayudar
en algo pero más tarde, después de escuchar todo. Se rió y me preguntó en qué. No le
respondí, pensé otra vez que ella era la única que me podía comprender.
Primero le dije que gracias a «Met» yo había leído sus libros. Después le dije
quién había sido «Met» y cómo lo había conocido. Le dije que así había empezado
todo y también le dije que no estaba seguro de si había terminado. Ella escuchaba y
fumaba, yo hablaba y fumaba también. De vez en cuando alguno de los dos iba hasta
el bar para servir alguna bebida, yo tomaba vino y ella se preparaba un trago con
vodka, leche y otra cosa que no sé qué era. Estuve hablando toda la noche. Le conté
todo. También le conté lo que había escrito en ese tiempo: El proyecto Grossier y
Odisea, y lo que me querían obligar a escribir para hacer inmortal a Gabriel Shuajda
y nunca escribí. En un momento el amigo de Diene apareció con otro tipo, los dos
estábamos tan concentrados en la historia que ni siquiera los saludamos, y creo que
ellos tampoco. Seguimos hablando hasta que se hicieron las seis de la mañana. En
realidad yo fui el que habló y cuando terminé Diene me dijo que tenía razón, que la
historia no era buena y que no había mucho para escribir. Pensé que entonces sí me
había comprendido, pero no entendía por qué se había quedado escuchando toda la
noche y por qué parecía tan entusiasmada mientras yo le iba contando todo.
Desayunamos y yo le pregunté cómo se podía llamar por teléfono público a Buenos
Aires, ella me dijo que no sabía pero que podía llamar de ahí mismo, que no me
hiciera problema. Mientras desayunábamos ella me iba preguntando cosas de la
historia, cosas de la Colonia, del pueblo, de Buenos Aires, me preguntaba cómo era
Yamila, Emilia, Kein, Mónica, Clara, los dos «Met», y me seguía preguntando cosas
de Buenos Aires y detalles que según ella eran cosas sin importancia. En un momento
me preguntó si los cien mil dólares me los iban a pagar. Le dije que no sabía, que
deberían pagármelos. ¿Por qué?, no hiciste inmortal a nadie, te iban a pagar para eso
¿no?, si no escribiste nada ¿por qué te los tendrían que pagar? Por respeto, yo no soy
un principiante ¿vos no los exigirías? Ella se quedó en silencio y dijo que podía ser,
también dijo que estaba cansada y se fue a dormir.
Llamé a Emilia y no atendía nadie, ni siquiera el contestador. Llamé varias veces
y lo mismo. Me quedé pensando que al final de todo Diene no me había ayudado.
Pero yo tampoco le había pedido que lo hiciera. O sí le pedí pero no le dije en qué me
podía ayudar. Seguro que por eso me dieron ganas de llamar a Yamila. Ella sí me
comprendía. La llamé, atendió la misma sirvienta de siempre y también dijo lo
mismo: Residencia Foggelberg. Pregunté por Yamila y la mujer me dijo que estaba
durmiendo, que la señora no se había levantado. Le dije que la despertara, que le
dijera quién hablaba. A los cinco minutos me atendió. ¿Dónde estás?, preguntó. Qué
te importa. Me enteré por una revista que tradujeron tu libro, felicitaciones. Gracias.
Así que de gil a bacán, dijo. Ah, también leíste eso en la revista. Sí, pero antes te
busqué por todos lados, no sabía dónde te habías metido y al final Inés me dijo que
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estabas afuera, me podías haber avisado que te ibas ¿cuándo volviste? Estoy en
Nueva York, no volví, no sé si voy a volver, estoy trabajando. ¿Trabajando vos?, ¿de
qué? No importa. Qué casualidad, yo también estoy trabajando pero en la Fundación
«Jacinto Galdez». ¿En dónde? Donde escuchaste, Gabriel se fue con Mónica y con tu
amigo Kein y nos dejó a mí y a Inés a cargo de todo; te acordás de Inés ¿no?
¿Adónde se fueron? Al interior, fundaron una colonia. Me quedé en silencio porque
no entendía nada. ¿Adónde fue «Met»?, pregunté. «Met» se fue al cielo, está muerto,
dijo Yamila. De Gabriel te estoy hablando… ¿en dónde decís que está Gabriel?, ¿no
se había ido a Europa? No, dijo. A mí en la Fundación me dijeron eso. No, se fue al
interior con la hermana y con tu amigo, estaban muy emocionados, creen que se les
van a sumar unas veinte familias en un año, es muchísimo ¿no? Qué sé yo, debe ser,
dije mientras pensaba que iban a fundar una especie de kibutz, como mis tíos, que se
fueron a un kibutz, tal vez no a fundarlo pero se fueron y me dejaron solo, y que con
Kein iba a pasar lo mismo, no lo voy a ver más, pensé mientras me acordaba de las
fiestas que hacíamos una vez al año para recordar lo feo que es vivir en el campo. El
otro día fui a tu casa y me encontré con tu amiguita y su pareja ¿sabías que están
viviendo juntos en tu departamento? Ni me dejaron entrar, hasta cambiaron la
cerradura y todo, dijo Yamila y después dijo si le regalaste el departamento a ella
debés estar loco, con lo que te costó comprarlo, además en tu número no atiende
nadie, parece que cambiaron el número también. ¿Y el cheque?, pregunté. ¿Qué
cheque?, preguntó ella. Los cien mil dólares. ¿Qué pasa con el cheque? Estás a cargo
de la Fundación, calculo que me lo vas a pagar, deberías pagármelo. No, no puedo, no
te lo voy a pagar y mejor que te olvides de eso porque hay más de diez razones para
no pagar ese cheque y mejor que te olvides porque encima vas a terminar perdiendo
plata. La plata no me importa, dije y ella se rió. Sí, sí, seguro, tal vez no te importe
pero mejor no hagas nada porque un juicio por una promesa de pago por algo que ni
siquiera habrás hecho lo perdés seguro. No le dije nada, qué podía decirle ¿que me
seguía cagando? Era mejor no decir nada. Pensé que ella iba a cortar pero dijo algo.
Dijo que yo me hacía demasiada mala sangre con cosas que no valían la pena. ¿Y
para vos qué vale la pena?, pregunté. Seguro que lo que para vos no tiene
importancia, dijo. No sabía en qué podíamos ser tan diferentes, siempre había
pensado que Yamila era muy parecida a mí, pero ahora lo estaba dudando y entonces
le pregunté si ella siempre había sabido que «Met» no era «Met», que era un tipo
cualquiera y que todo lo había inventado el puto millonario para cagarme la vida.
Nadie te quiso cagar, ¿por qué siempre pensás que todos están en tu contra?, lo que
pasó fue una serie de malos entendidos y de coincidencias. No me mientas, dije, no
necesitás seguir mintiendo, y además ya no me importa, no me importa nada de vos
ni de nadie, estoy bien donde estoy y con quien estoy. ¿Entonces para qué llamaste?,
preguntó y yo no contesté porque pensé que tenía razón. ¿Para qué llamé?, me quedé
pensando y no sabía qué decirle. ¿Y tu esposo?, le pregunté para preguntar algo. De
viaje, no sé dónde está y tampoco me importa. Pensé otra vez que era el momento
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justo para cortar pero ella me dijo que me extrañaba y yo me quedé en silencio ¿qué
le podía decir? ¿Cuándo vas a volver? No sé, la verdad que no sé. Para eso llamaste
¿no? ¿Para qué? Para que te pida que vuelvas, para que te pida perdón ¿para qué más
ibas a llamar? Puede ser, pero acá también me pidieron que me quede y por ahora
elijo Nueva York. ¿Dónde estás parando? En lo de una amiga. Dame un teléfono
donde te pueda ubicar, por las dudas, por si pasa algo con el cheque o si sé algo de tu
amiguita. Yo te llamo, le dije y corté. Corté y tuve ganas de llamarla otra vez, pero la
llamé a Cindy. Estaba en una reunión, me pidió que la volviese a llamar en diez
minutos y yo le dije no, que me llamara ella a lo de su amiga.
Llamó exactamente a los diez minutos, esperé para levantar el tubo y Cindy ya
estaba hablando con Diene. Ya te dije que no está conmigo ¿para qué llamás?, le dijo
Diene y Cindy le gritó que ella era una mentirosa. Una de las dos cortó, después corté
yo y me fui. Llamé desde un teléfono público y Cindy me pidió que nos
encontráramos en el mismo bar de la otra vez. No sé llegar, le dije y ella me explicó.
Subí a un taxi y le pedí al conductor que me llevara a la calle cincuenta y cuatro del
West Side, frente al Clinton Park. Ella me iba a esperar en la puerta.
El taxi tardó más de quince minutos en avanzar tres cuadras. Le pregunté si
siempre era así y me dijo que a esa hora el tránsito era terrible y que si quería llegar
antes me convenía tomar el Subway y después caminar. La línea «B» o «D». Caminar
no quería porque estaba con la notebook pero la idea de tomar el subte no estaba mal.
El taxista me indicó cómo hacer y lo hice. Tardé una hora porque me equivoqué de
estación y después tomé el que volvía y me pasé otra vez porque me subí a un
expreso y al final bajé en un lugar que no era y me tomé otro taxi. El subway es un
laberinto, le dije. Me contestó que sí, manejó cinco minutos y llegamos. Cindy estaba
en la puerta y apenas bajé del taxi me abrazó demasiado fuerte. Cómo te extrañé,
decía, estás vivo, contame cosas de la guerra. Me reí y le dije que no era tan malo
como ella pensaba. Entramos, pedí vino para los dos y ella me preguntó para qué la
quería ver. Sos mi representante, dije, quiero saber qué pasa con mi libro y con lo que
me deberían pagar por las ventas y también me gustaría arreglar todo con vos para
que te encargues de cobrar los derechos de autor de la editorial en Buenos Aires, yo
ya no quiero saber nada de todo eso ¿sabés?, pero quiero que te encargues vos,
necesito a alguien de confianza y vos me inspirás mucha confianza. Gracias, dijo, y
me aseguró que ella se iba a encargar de todo y me iba a dar lo que me correspondía
cuando yo lo necesitara. Pensé que sería suficiente como para alquilar un
departamento en Nueva York y vivir sin problemas. ¿Me trajiste tu novela?, le
pregunté. No, me dijo, lo estuve pensando mejor y no te la voy a dar. Gracias por
tener la misma confianza que yo tengo en vos, le dije y ella me dijo que la perdonara
pero que no quería volver a pasar otra vez por lo mismo. No entendí y le pedí que me
explicara. Ella no quería pero le dije que si no me contaba iba a buscar otro
representante. Parecía tener ganas de decirme que buscara otro, pero suspiró y
empezó a contarme que con Diene eran muy buenas amigas. Nacimos en el mismo
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barrio, nuestros padres siempre estaban juntos y nosotras también, dijo, cuando yo
tenía diez años los papás de Diene se separaron y ella se fue a vivir con su mamá al
sur, Phoenix, y no nos escribimos ni nos hablamos por quince años; al principio la
extrañaba, pero pasó el tiempo y llegué a olvidarme de ella, y seguro que ella también
de mí. Cindy hizo una pausa y siguió diciendo que era verdad, ni se acordaba de ella.
Un día cuando volví del trabajo mamá me dijo que había llamado Diene y que estaba
otra vez en Nueva York, en ese momento dije qué bien y pensé que era otra de esas
cosas que decía mamá y que no me interesaban, o que esa Diene era una de sus
excompañeras del club o algo, pero cuando comprendí de quién se trataba me puse
contenta; fue una gran alegría verla otra vez, se quedó en casa varias semanas hasta
que consiguió un departamento acorde a su presupuesto; la ayudamos mucho, mi
familia la ayudó demasiado y siempre la tratamos como si fuera de la familia. Tal vez
fue eso lo que le molestó tanto, dijo Cindy mientras miraba hacia otro lado, después
hizo una pausa y se quedó pensando, seguro que en lo mismo que me había dicho. Le
pedí que siguiera y ella dijo otra vez que Diene no se merecía ni el uno por ciento de
todo lo que le dimos ¿pero cómo podíamos saber?, dijo. Nos quedamos otra vez en
silencio, tomamos vino y yo prendí un cigarrillo. Cindy dijo que no le gustaba el vino
y yo me reí, después se pidió un Martini y de pronto siguió hablando. Seguro que fue
eso lo que le molestó a Diene, dijo, que le diéramos tantas cosas. Si esa tarde hubiera
sido la primera vez que escuchaba a Cindy no habría dudado en pensar que era una
resentida. Y era una resentida. Y tenía razón en serlo. Eso quedó claro cuando dijo
que de todas las cosas que Diene se había llevado, lo que menos le importó y lo que
más la desilusionó, fue la novela. ¿Qué novela? La mía, la que escribí yo. Tomé otra
copa de vino y pensé que Cindy se contradecía, algo te importa o no, pero no puede
no importarte y desilusionarte al mismo tiempo. Te estás contradiciendo, dije. No,
para nada, yo me entiendo y sé que vos también me vas a entender. No entiendo eso y
tampoco entiendo lo de la novela. Diene nunca escribió una novela, ella no podría
escribir ni su nombre, no tiene talento ni para pensar una historieta. ¿No te parece que
exagerás? No, Las ruinas del agua la escribí yo, era mi historia y ella me la robó y la
editó con su nombre y lo que sigue ya lo conoces. No lo podía creer ¿por qué debería
creerlo? Vos leíste su segundo libro, ése sí lo escribió ella, Las telas del segundo
hombre, hasta el título es una porquería, dijo Cindy y después terminó su trago. Me
quedé pensando, le pregunté si Diene le había robado la idea o la novela terminada y
por qué no había hecho la denuncia y también le pregunté por qué debería creerle.
Ella me dijo que si yo no le creía no le importaba, y que no se contradecía. Empezó a
reírse, pidió otro Martini y me dijo que tuviese cuidado con Diene. Ya me lo dijiste
una vez. Te lo dije dos veces, y te lo voy a decir cien veces más si es necesario. Pensé
que la palabra robar era algo fuerte, pero toda esa historia era muy fuerte. Buena
historia, le dije, después se lo dije otra vez y también le dije que era una buena
historia para contar. No, me dijo, por favor no digas nada, quiero que las cosas
queden así. ¿Por qué?, te robó la novela ¿no te gustaría que se sepa la verdad? Ya se
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sabe, hace dos años que se sabe, cuando editó Las telas del segundo hombre todo el
mundo entendió todo. No, nadie sabe nada. Pero yo escribo, me interrumpió, eso es lo
único que me importa, yo escribo y me siento una escritora y voy a seguir escribiendo
y no me va a importar nada porque escribo para mí, no sabés los escritores que vi
derrumbarse por apenas un poco de éxito, no quiero ser uno de ésos y por eso sigo
con lo mío, soy feliz donde estoy y con quien estoy. Le dije que ella no era feliz, que
tenía miedo y también le dije que ser escritor, un buen escritor, no tiene nada que ver
con la fama, si estás preparado no te afecta, no debería afectarte; además, escribir o
no escribir es muy distinto a que la gente sepa la verdad. A nadie le importa mi
verdad. Eso es lo que vos creés, yo creo que lo único que te pasa es que tenés miedo.
Puede ser, tal vez yo no esté preparada para la fama, todavía no. O tal vez no seas tan
buena, dije y ella otra vez me preguntó si me había gustado Las ruinas del agua. Ese
libro es de una tal Diene Ginwal, ¿la conoces?, dije. Cindy no dijo nada y yo me
quedé pensando, me serví más vino y entonces le dije que no se preocupara, que
nadie se iba a enterar de nada. También pensé en qué problema habría si yo escribía
la historia de ellas. ¿Qué vas a hacer? ¿Cuándo? Ahora. No sé, nada, qué sé yo.
Tengo algo para proponerte, vení conmigo, dijo ella. Pagamos la cuenta y apenas
salimos nos subimos a un taxi. Fuimos para Greenwich Village y cuando llegamos
entramos en un edificio viejo y subimos hasta el último piso. Esta es mi verdadera
casa, dijo Cindy y entramos. Nada del otro mundo, pensé. Un departamento de dos
ambientes grandes con buena vista; se veía un parque, y Cindy me dijo que era el
Washington Square Park. Muy lindo, le dije y ella otra vez me pidió que la siguiera.
Esta vez la seguí hasta la habitación, era grande y en el medio había una cama grande
también. Nos sacamos la ropa. «Fascinante». «Fascinante». «Miserable».
¿«Miserable»? Estuvo bueno. Cindy estuvo muy bien, Cindy es linda, pensé mientras
me iba, tal vez no tan linda como Diene pero es una mujer en serio. Diene también es
una mujer.
Volví en subte, era fácil, tenía que hacer lo mismo que antes pero en sentido
contrario. En realidad no, porque había ido hacia el bar y ahora estaba volviendo
desde la casa de Cindy, pero averigüé cómo volver y llegué a la casa de Diene en
menos de media hora. Necesitaba dormir, y aunque pude haberme quedado en lo de
Cindy pensé que sería mejor ver qué pasaba con Diene.
Tenía llaves pero igual toqué timbre y después subí. Cuando entré el amigo de
Diene estaba en un rincón, sentado en el piso, con las piernas cruzadas y mirando
hacia una pared. Supuse que estaría meditando otra vez, pero sin saludarme me
preguntó algo que no entendí y como no entendí no contesté, entonces él me dijo que
yo me debía sentir el personaje de un cuento de hadas, que todo lo que me estaba
pasando era como un sueño pero que no me ilusionara porque era sólo eso, un sueño
que no iba a durar mucho más, y que cuando Diene quisiera yo volvería a ser el de
siempre y que volvería a la selva sudamericana de la que vengo y que nadie se
acordaría más de mí. Qué problema, dije yo y él empezó a reírse y dijo otra cosa que
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tampoco pude entender y como no entendí le dije que no me hablara más y que se
buscara otro lugar para vivir porque lo iba a sacar a patadas. El tipo se incorporó,
respiró profundo y después no se movió más. Yo no sabía qué hacer, estaba frente a
mí y no se movía, entonces le dije que podía ir a llorar al baño pero no se aguantó,
empezó a llorar ahí, adelante mío. Me gritó que yo era un bruto y que había llegado
para arruinarle la vida. Tengo mejores cosas que hacer, le dije y después le pregunté
por Diene. ¿Y Diene?, le pregunté. Acá estoy, escuché desde la otra punta del
comedor. Y ahí estaba, sentada en una mesa de vidrio con una notebook abierta. Creí
que era la mía pero me di cuenta de que la mía estaba adentro de la valija que colgaba
de mi hombro y también de que la había cargado toda la mañana para nada. Vení,
sentate, dijo Diene, sentate conmigo. Me senté frente a ella. Seguro estaría enojada
porque traté mal a su amigo pero de eso ni habló. Estaba concentrada en su
computadora, no decía nada y como no decía nada pensé que estaba hermosa, que
frente a la computadora estaba hermosa y que ni Cindy, ni Yamila, ni Emilia, ni
ninguna de las otras mujeres que conocí le llegaba a los talones. ¿Querés tomar algo?,
preguntó cinco minutos después. Le pedí un café. Un café y una Coca, dije y ella
llamó a su amigo. Le dijo que trajera dos cafés y una Coca y algo para comer.
¿Salado o dulce?, me preguntó Diene. Salado. Al puto no le gustó mucho todo eso
pero igual fue a la cocina sin decir nada. Ella me preguntó adonde había ido y yo le
dije que había estado por ahí, que Nueva York era demasiado grande y con
demasiadas cosas como para acordarme el nombre de cada lugar. Diene se rió. Sí,
seguro, abrí tu notebook y sentate frente a mí, dos escritores trabajando, dijo. Me
causó gracia, no lo que dijo sino la forma en que lo dijo, porque yo hacía mucho
tiempo que no podía escribir nada y ella, según Cindy, no sabía escribir ni su nombre,
ni siquiera en esa computadora que debía costar mucho más que la mía. ¿Qué estás
escribiendo?, le pregunté y cuando me iba a contestar apareció su amigo con una
bandeja enorme y la dejó en la mesa. Ya te podes ir, le dijo Diene. Mirá, querida, vos
nunca me trataste así, vos no eras así conmigo, no sé qué te pasa, le dijo el puto y
empezó a llorar otra vez. Yo no podía aguantar la risa, en realidad sí aguanté porque
verlo sufrir así me daba un poco de pena. Pena no, vergüenza ajena. Ella no decía
nada y el tipo estaba esperando una respuesta, supuse que estaba esperando eso o tal
vez propina, entonces saqué de mi bolsillo unas monedas y se las puse en la mano.
Las tiró al piso, gritó algo que otra vez no entendí y pensé que él estaba mereciendo
empezar a llamarse «Met». Después, mientras me apuntaba con el índice, gritó algo
que me dio miedo. Parecía un disco escuchado de atrás para adelante y tuve más
miedo todavía. Diene se reía, en realidad no se reía, tenía ganas de reírse pero seguro
que también le daba vergüenza ajena. El tipo terminó de quejarse y, llorando, dijo que
se iba a su habitación y Diene le dijo que él no había entendido nada. No entendiste
nada, repetí. Pero parece que yo tampoco entendía y Diene nos aclaró a los dos. Te
podés ir, repitió ella. Te dije que te podés ir pero no a tu habitación, te podés ir de esta
casa. El pobre tipo empezó a llorar mucho más fuerte que antes y se fue gritando.
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Tuve miedo otra vez y pensé que me podía hacer algo, alguna magia o alguna cosa
rara por el estilo. Pero Diene dijo que no había por qué preocuparse, que era
inofensivo y no le podía hacer mal a nadie. ¿Entonces por qué lo echaste? ¿A vos qué
te parece?, me preguntó. A mí me pareció que ella quería estar conmigo y no me
equivocaba, pero me quedé en silencio. Tendría que haberle dicho ahí mismo que nos
fuéramos a la cama porque nos esperaban varios «fascinantes» pero no dije nada, me
quedé como un muerto, como «Met». Pensé que yo era «Met» y tenía miedo, no sabía
muy bien por qué pero me temblaban las piernas y no pude hablar. Tomé mi Coca y
mi café en silencio y también comí algo, después entré al Dark Seed II; el juego es
una mierda pero como tiene dibujos de Giger deja de ser una mierda para convertirse
en uno de los mejores. Estuve sentado con ella mucho tiempo, yo no hablaba pero
Diene de vez en cuando me pedía que la ayudara con modismos del castellano pero
en inglés, yo trataba de buscar las palabras justas para traducir frases como: quería
manguearme, me tiene podrido, un lugar donde hubiera minas, era un boliche pero
no lo era, esperando en la tranquera, el gil que se hizo un bacán, ni mamado, un
granjero de mala muerte y otras por el estilo que la verdad me resultaban muy
difíciles. Yo pensaba en cosas que enseñaba en la facultad, que la literatura se
produce como sentido y que no es sólo significados estúpidos, o sea que el hecho de
que lo tradujera o no era lo mismo para un porteño, para una neoyorquina o para
quien fuera. Pero mucho no le importaba porque me seguía preguntando algunas
cosas de la historia, decía que ciertas partes eran irrelevantes y me preguntaba qué
podía pasar si quitaba el fragmento del pueblo con Clara, o la charla con el Lubavich
en el avión, o El proyecto Grossier y Odisea. Preguntaba qué podía pasar si obviaba
todo eso. Yo no sabía qué podía pasar, lo único que sabía era que estábamos ahí,
frente a frente, cada uno con su notebook. Yo jugando y ella escribiendo. Y pensaba
que ella no me había ayudado en nada y que tampoco me iba a ayudar; y pensaba que
su segundo libro seguiría siendo malo y que yo seguiría sin poder escribir. Y me sentí
cansado. Pero estar despierto era lo mejor. Además no hubiese podido dormir porque
me preocupaban dos cosas. La primera era que Diene iba a hacer lo que yo no había
podido: inmortalizar a «Met» y cobrar los cien mil dólares, y de eso lo peor era estar
seguro de que lo iba a escribir en primera persona, como si fuese yo. La segunda era
pasar al siguiente nivel del Dark Seed II. En realidad la segunda me importaba más
que la primera.
Diene Ginwal
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