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Movilizaciones sociales en Bolivia 2003

Este documento describe los principales eventos políticos que ocurrieron en Bolivia en el año 2003, incluyendo las protestas masivas en febrero y septiembre-octubre. En febrero, hubo un levantamiento urbano en La Paz y otras ciudades en respuesta a un nuevo impuesto al salario anunciado por el presidente. Esto resultó en enfrentamientos entre la policía y el ejército que dejaron decenas de muertos y heridos. Más tarde en septiembre y octubre, hubo grandes movil
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Movilizaciones sociales en Bolivia 2003

Este documento describe los principales eventos políticos que ocurrieron en Bolivia en el año 2003, incluyendo las protestas masivas en febrero y septiembre-octubre. En febrero, hubo un levantamiento urbano en La Paz y otras ciudades en respuesta a un nuevo impuesto al salario anunciado por el presidente. Esto resultó en enfrentamientos entre la policía y el ejército que dejaron decenas de muertos y heridos. Más tarde en septiembre y octubre, hubo grandes movil
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Capítulo IV

2003: Política insurgente. El año rebelde

Tres grandes luchas coincidieron durante 2003: una vasta y generali-


zada movilización “en defensa del gas”, que fue precedida por amplias
experiencias deliberativas y contradictorios esfuerzos de articulación;
la movilización, bloqueos de caminos y cerco a la ciudad de los comu-
narios aymaras, una vez más, tanto por el pliego de los 70 (72) puntos
como por la libertad de Edwin Huampu; y el levantamiento de los
vecinos y gremios de la ciudad de El Alto en contra del “impuesto
disfrazado” contenido en los formularios Maya y Paya, como en
defensa de sus connacionales aymaras asesinados en Warisata el 20
de septiembre, en defensa del gas. La gigantesca movilización y levan-
tamiento de septiembre-octubre de 2003 ocurrió, además, en medio
del profundo y general malestar indígena y popular ocasionado por la
llamada “Ley de Seguridad y Protección Ciudadana”.1
Por otra parte, algunos meses antes de tales acontecimientos
se produjo el levantamiento urbano conocido como “Febrero

1. Jaime Paz Pereira, diputado nacional por aquel entonces e hijo de Jaime Paz Zamora, dirigente
histórico del MIR, había presentado una propuesta de “Ley de Seguridad Ciudadana” (Ley 2494) que
contenía los siguientes dos artículos: “Artículo 213°. (Atentado Contra la Seguridad de los Medios de
Transporte). El que por cualquier modo impidiere, perturbare o pusiere en peligro la seguridad o la
regularidad de los transportes públicos, por tierra, aire o agua, será sancionado con reclusión de 2 a 8
años. Artículo 214°. (Atentados Contra la Seguridad de los Servicios Públicos). El que, por cualquier
medio, atentare contra la seguridad o el funcionamiento normal de los servicios públicos de agua,
luz, substancias energéticas, energía eléctrica u otras, y la circulación en las vías públicas, incurrirá
en privación de libertad de 3 a 8 años”. Es decir, entre otras cosas, convertía en delito con pena de
cárcel el bloqueo de calles y caminos, uno de los principales métodos de la lucha social.

223
Negro”. Así, para analizar los sucesos de 2003, comenzaremos
por un breve repaso de lo ocurrido en febrero que, a mi entender,
constituye un antecedente de los sucesos posteriores, en tanto fue
la primera gran acción de confrontación en La Paz y otras ciuda-
des contra el gobierno de Sánchez de Lozada –que había tomado
posesión el 6 de agosto de 2002–, en la que la población urbana
enfurecida por el aumento de los impuestos exhibió su voluntad de
no acatar las decisiones de los gobernantes y ensayó radicales for-
mas de enfrentamiento. Posteriormente, hilvanaré los principales
cauces del antagonismo que se desplegó en septiembre-octubre,
para reflexionar sobre sus perspectivas emancipativas y sobre las
dificultades y obstáculos que se hicieron patentes entonces.

Febrero de 2003: una población que no está dispuesta a obedecer

El 12 de febrero de 2003, dos contingentes de la fuerza pública


boliviana, el batallón policial conocido como Grupo Especial de
Seguridad (GES) y un destacamento militar de la infantería boli-
viana, se agarraron a tiros en la Plaza Murillo, centro y corazón
político de la ciudad de La Paz. Horas más tarde se desató en La
Paz y El Alto un levantamiento urbano que durante la noche se
dedicó a quemar y saquear edificios públicos y oficinas de partidos
políticos. En Cochabamba y Santa Cruz, a menor escala, ocurrie-
ron acciones semejantes.
Así reportaron las agencias de información los sucesos de entonces:

AFP, DPA Y Reuters


La Paz, 12 de febrero. Al menos 14 personas murieron y otras
70 resultaron heridas en violentos enfrentamientos que
siguieron a un motín de policías en rechazo a la decisión del
presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada de estable-
cer un impuesto de 12,5 por ciento al salario.
La policía en La Paz –del Grupo Especial de Seguridad– se
acuarteló desde ayer en repudio al presupuesto del gobier-

224
no, que no considera aumentos salariales, lo que derivó
en enfrentamientos armados con fuerzas del ejército y
protestas en las que participaron sectores empresariales y
comerciales del país.
Un multitud prendió fuego al edificio de la vicepresidencia
de la República, del Ministerio del Trabajo, una oficina ban-
caria y las sedes del gobernante Movimiento Nacionalista
Revolucionario (MNR) de Sánchez de Lozada, así como
de su aliado del Movimiento de Izquierda Revolucionario
(MIR) y de la populista Unidad Cívica Solidaridad (UCS),
cercana al oficialismo.
Aunado a estos incendios se desató una oleada de saqueos
a comercios y protestas callejeras por parte de universita-
rios, en medio de reclamos para que renuncie el presidente
Sánchez de Lozada. Centrales sindicales y el líder opositor
cocalero Evo Morales anunciaron movilizaciones, bloqueos
de carreteras y un paro de 24 horas para este jueves.2

El domingo anterior, 9 de febrero, el presidente Sánchez de


Lozada decidió acatar las directivas del FMI, y en cadena nacional
comunicó a la población la instauración de un impuesto directo al
salario –el impuestazo– que afectaría, sobre todo, al pequeño con-
tingente de asalariados formales: maestros, médicos y enfermeras,
trabajadores fabriles y policías.3
Desde el lunes 10 de febrero una multitud de voces se opuso al
aumento en los impuestos que condenaba a mayores penurias a un

2. La Jornada, 13 de febrero de 2003.


3. “A principios de 2003, los funcionarios del FMI decidieron que era hora para que el gobierno de
Bolivia asumiera una posición fuerte y enfrentara el déficit –fiscal– con una acción seria. El FMI
exigió que en el lapso de un año el déficit fuera cortado en casi un tercio, o lo que equivale a decir,
(que quedara) por debajo del 5,5% del PIB. Alcanzar esa meta sería una condición para recibir ayuda a
largo plazo (Para lograr tal objetivo) el gobierno tendría que realizar una combinación de recortes pre-
supuestarios e incremento de los impuestos en más de 250 millones de dólares” (Shultz, 2005: 26).
El trabajo de Shultz y su equipo de investigadores revisó en detalle las comunicaciones y documentos
que hubo en enero entre el FMI y el gobierno boliviano; posteriormente, realizó una larga entrevista al
entonces vicepresidente Carlos Mesa. Lo que tal investigación muestra es la discusión que se produjo
dentro del propio gobierno de Sánchez de Lozada, entre dos posturas para conseguir cumplir el objeti-
vo estipulado por el FMI: una opción era aumentar los impuestos a las transnacionales que explotaban
el gas y otra consistía en establecer el impuesto directo al salario que finalmente se decidió imponer.

225
amplio grupo social. Evo Morales llamó a la población a rechazar el
impuestazo y a realizar acciones de desobediencia civil. La Central
Obrera Boliviana también llamó a la resistencia4 y a tales convoca-
torias, de manera un tanto oportunista a consideración de muchos,
respondió el cuerpo especial de la Policía Nacional Boliviana cono-
cido como GES (Grupo Especial de Seguridad), dirigido entonces
por el llamado mayor Vargas.5 Cabe destacar que la policía nacional
estaba ya envuelta en un conflicto con el gobierno por el reiterado
retraso a sus pagos y por los bajos montos percibidos por los poli-
cías de bajo rango. En ese contexto, el GES decidió “acuartelarse”
en sus instalaciones ubicadas en una de las esquinas de la Plaza
Murillo y fue sólo cuestión de tiempo que se iniciara la balacera
entre ellos y los militares convocados por el entonces ministro del
Interior, Alberto Gasser para proteger las instalaciones del gobier-
no. Los militares, además, colocaron una gran cantidad de francoti-
radores en diferentes edificios públicos del centro de la ciudad, y es
a ellos a quienes se culpa de las 34 personas muertas y 182 heridas
que se contabilizaron en las siguientes 36 horas.6
Un dato interesante, percibido por el mayor Vargas y comuni-
cado a Jim Shultz durante su investigación, es el origen étnico y las
prácticas deliberativas de los policías de bajo rango:

Tan pronto como el presidente hizo el anuncio –del nuevo


impuesto– se convirtió en el tema de discusión en los cuar-
teles policiales a lo largo de la capital. Vargas recordó que la
reacción entre los oficiales de la tropa era característica de
la cultura indígena aymara a la cual muchos pertenecían.
Entre los aymaras la toma de decisión de la comunidad se
respeta, está cerrada a los ajenos y refleja la última palabra:
“Primero se callan… es típico del comportamiento aymara.
Se quedan callados, esperan a que el que es ajeno a su clase
social se retire. En ese caso a mí me han dicho: ‘Gracias mi

4. APDHB, 2004.
5. El mayor Vargas fue posteriormente dado de baja de la Policía y organizó un partido político.
6. APDHB, 2004.

226
mayor. Lo vamos a llamar si lo vamos a necesitar. Gracias’”.
Yo me retiro, ellos se juntan, se reúnen, conversan. Luego de
estas discusiones, los policías anunciaron que se opondrían
al impuestazo e inmediatamente demandaron una reunión
con el ministro de Gobierno, Alberto Gasser” (Shultz: 35).

Así, ya desde febrero de aquel 2003 se produjo un levantamien-


to urbano con quema de edificios públicos y saqueos. Multitudes
urbanas –o muchedumbres–7 iracundas desparramaron con fuego
su rechazo contundente a las decisiones de los políticos la noche
del 12 al 13 de febrero, exhibiendo, además, que no estaban dis-
puestos a obedecer y acatar las decisiones de los gobernantes en
cualquier circunstancia. En esto los acompañaron hasta algunos
contingentes policiales.
Es claro también que desde febrero, a raíz de la discusión y apro-
bación del Presupuesto de la Nación y del fallido intento del MNR
de subir los impuestos para equilibrar el déficit fiscal, la cuestión
de los ingresos que el gobierno boliviano obtenía por concepto de
regalías y gravámenes a las transnacionales comenzó a ser objeto
de atención pública. Por aquel entonces comenzó a difundirse y
discutirse de manera amplia el hecho de que las corporaciones
petroleras que operaban en Bolivia pagaban sólo el 18% de impues-
tos sobre los volúmenes totales de gas y petróleo extraídos y que,
además, tal producción total no era controlada por ninguna entidad
estatal sino que se daba por buena y fiable la información contenida
en las “declaraciones juradas” de las propias empresas.

7. Álvaro García Linera introdujo en aquella temporada una distinción entre “multitud” y “muche-
dumbre” para intentar diferenciar entre las distintas formas de acción colectivas que se habían des-
pertado en Bolivia. García Linera en Memorias de Octubre, precisó así su distinción: “(En febrero de
2003) quienes se movilizaron fueron personas que carecen de una filiación organizativa primordial y
que, por tanto, son capaces de actuar de manera electiva, en torno a un objetivo sin rendir cuentas a
nadie, sin seguir a nadie y sin tener ningún comportamiento que no emane de su criterio individual,
de sus expectativas individuales, de sus angustias e intereses personales” [García, 2004: 45]. A partir
de esa afirmación, García distingue entre multitud y muchedumbre: “La muchedumbre es la manifesta-
ción colectiva de una individuación vaciada, de un desarraigo de las tradiciones sin sustituto cognitivo,
de un porvenir cerrado, sin rumbo y sin más meta que el sobrevivir a cómo dé lugar. Esta muchedum-
bre es la coalición temporal y facciosa de individuos provenientes de los más diversos oficios que no le
deben nada a nadie, ni al sindicato, ni al gremio, ni a la junta de vecinos y mucho menos a un estado
que los ha abandonado a su suerte o sólo existe para extorsionarlos” [García, 2004: 46].

227
Este ambiente de profundo hartazgo social, de malestar y
desconfianza hacia las decisiones gubernamentales junto a la dis-
posición colectiva de enfrentarlas, llegando incluso a la quema y
destrucción de edificios públicos que no puede ser contenida, pues
la policía y el ejército estaban en esos momentos enfrentados entre
sí, exhibe aspectos del temperamento social que comenzó a confi-
gurarse. Exhibe, también, tanto el grado de deterioro de la de por sí
débil institución estatal boliviana, como la elección gubernamental
de la represión militar como camino para enfrentar los problemas
políticos y constituye, en tal sentido, un antecedente importante
de lo que ocurrirá en los siguientes meses hasta desembocar en el
conjunto de sucesos que produjeron aquel octubre rojo.

Septiembre de 2003: las comunidades en defensa de Huampu

El domingo 20 de julio del año pasado, en la comunidad de


Cota Cota, cantón Pucarani de la provincia Los Andes, tuvo
lugar un cabildo abierto para juzgar a dos ladrones de ganado.
Atrapados in fraganti, Elías Mamani y Valentín Ramos, de 23
y 74 años, respectivamente, fueron el blanco final de la ira de
una comunidad que desde hacía dos meses venía demandan-
do una investigación por abigeato que afectaba a varios campe-
sinos. De acuerdo a una nota aparecida en el diario paceño La
Prensa el 25 de julio, un día de la primera quincena de ese mes,
Mamani y Ramos fueron detenidos y tapiados en un cuarto de
Cota Cota. Ya enterado de los hechos, el subprefecto de la
zona (una autoridad administrativa dependiente del gobierno
departamental), Manuel Cuevas, envió un memorando el 13
de julio a Edwin Huampu, secretario general de la central
campesina de la comunidad. El documento “ordenaba” a
Huampu “para que arregle en la comunidad Cota Cota según
justicia comunitario sobre el robo del ganado [...]” (sic).
Las formas de aplicación de la justicia tradicional aymara,
en general, no incluyen la pena de muerte o el linchamien-

228
to. Sin embargo, hartos de no recibir atención judicial, los
comunarios decidieron el 20 de julio no entregar a sus
cautivos, que fueron ajusticiados a golpes en su “celda” ese
mismo domingo por la noche (Gómez: 20).

Unos días después se abrió una investigación policial. Sin


embargo, no detuvieron a “ningún sospechoso ni tampoco han
encontrado los cadáveres de las dos víctimas ajusticiadas [...] Los
comunarios se negaron a revelar información sobre lo sucedido y
guardan silencio ante los interrogatorios de la Policía”.8 El tono de
ésta y de las demás noticias aparecidas en los periódicos bolivianos,
a decir de Luis Gómez, era de escándalo y de condena por el suceso.
El 27 de julio una jueza de Pucarani ordenó la detención de Edwin
Huampu por el asesinato de los dos abigeos, la policía cumplió la
orden y Huampu fue recluido en el Penal de San Pedro de La Paz.
La comunidad de Cota Cota manifestó su descontento con la deten-
ción de su dirigente y llevó el caso a la CSUTCB que incorporó la
exigencia de la liberación de Huampu como una de sus principales
reivindicaciones en la negociación que supuestamente desarrollaba
con el gobierno MNRista. El resto de las reivindicaciones exigidas
por la CSUTCB consistía en el “cumplimiento del Pliego de 70
puntos” que se había presentado desde 2001, aunque el curso con-
creto de la negociación versaba entonces en torno a la “entrega de
1.000 tractores a los productores del campo”.9 El pliego de los 70
puntos, en cierta medida era una versión ampliada del Pliego del
Pacto Intersindical de 45 puntos, que quedó en la mesa de negocia-
ción al levantarse los bloqueos de 2001. Este documento lo hemos
analizado en detalle en el Capítulo II, así como la “captura” parcial
de su significado emancipativo en medio de la negociación con el
estado. Para 2003, los aspectos de mayor filo crítico, expresados en
el Pliego del Pacto Intersindical dos años antes, habían quedado
sumergidos en un mar de negociaciones y regateos por concesiones
importantes aunque definitivamente de menor relevancia.

8. La Prensa, 25 de julio de 2003.


9. La Razón, 30 de julio de 2003.

229
En este contexto, el 10 de septiembre por la tarde, las autoridades y
dirigentes campesinos aymaras realizaron una asamblea en el audito-
rio de Radio San Gabriel, en el barrio alteño de Villa Adela, en donde
más tarde se concentraron también estudiantes de la Universidad
Pública de El Alto (UPEA) y dirigentes del Transporte Interprovincial
de La Paz. Luego de discutir los avances en la negociación, los diri-
gentes exigieron de plano la liberación inmediata e incondicional
de Edwin Huampu, dando como hora final para ello las 5 p.m... De
hecho, de acuerdo por lo dicho ese día por el Mallku, ese punto “era
la llave para abrir el diálogo”. Cuando se venció el plazo, “automática-
mente”, como ya habían decidido, los aymaras rompieron el diálogo e
iniciaron una huelga de hambre por tiempo indefinido10 y decretaron
el bloqueo de caminos por todo el Altiplano.11
Esta huelga de hambre masiva y, posteriormente, rotativa, que
fue objeto de burla y escarnio por parte de analistas y políticos,
tuvo un papel central en el curso, perseverancia y radicalidad del
conflicto de septiembre-octubre pues se constituyó en la dirección
colectiva y asambleísta, en deliberación permanente y con una
radio a su disposición, del conjunto de sucesos posteriores.12 Según
explicó Felipe Quispe posteriormente, la huelga de hambre funcio-
naba más o menos así: si bien inicialmente fueron las autoridades
sindicales de base –autoridades comunitarias– quienes iniciaron
la huelga, se le imprimió un carácter “rotativo”; es decir, las auto-
ridades de cada cantón debían de enviar un número específico de
huelguistas que rotaban según lapsos establecidos.13 La selección de
los relevos, a su vez, se hacía echando a andar el mecanismo rota-
tivo de todas las comunidades pertenecientes al cantón. Comenzó

10. “Dos mil campesinos ayunan”, La Prensa, La Paz, jueves 11 de septiembre del 2003.
11. Felipe Quispe declaró el 10 de septiembre la “automática” cancelación del diálogo e instalación de
la huelga de hambre señalando: “Hemos esperado hasta las 5 a que el gobierno venga con el herma-
no Huampu, pero no llegó y sólo nos mandó una carta que dice que el caso ya está cerrado”.
12. “La huelga, donde para hacer sus turnos se habían trasladado los mandos militares de varias
comunidades, fue inmediatamente custodiada por la ‘policía originaria’, la cual además de custodiar
la sede donde se llevaba a cabo la huelga, realizaba ‘cambios de guardia’ portando los símbolos de
autoridad como el chikote, mientras los huelguistas gritaban consignas en aymara contra la venta
del gas y contra Sánchez de Lozada”. Descripción de la huelga de hambre de septiembre de 2003
realizada por Marxa Chávez.
13. Entrevista a Felipe Quispe realizada en Achacachi el 8 de marzo de 2006.

230
a marchar de esta manera, según describe Quispe, un enorme dis-
positivo comunitario de cohesión que, en primer lugar, conformó
un cuerpo estable y al mismo tiempo móvil de lucha, deliberación
y decisión que permitía que todos se controlaran entre sí, esto es,
que todos quienes ingresaron a la huelga de hambre verificaran
que llegaban los relevos de los distintos cantones de las diversas
provincias, con la ventaja de que podían conocer directamente el
curso de las negociaciones y discutir los pasos a seguir. Además,
como las discusiones y asambleas permanentes se producían en el
local de Radio San Gabriel, resultaba posible que la información se
dispersara por múltiples canales; en primer lugar, después de cada
asamblea o cada decisión, de inmediato se informaba de ellas a toda
la población aymara a través de las ondas de radio: se hablaba sobre
las novedades en la negociación o de las decisiones acordadas, se
reprendía a los comunarios que no habían llegado a la huelga de
hambre, se instruía sobre los siguientes turnos, etc. Además, la
gente que volvía a sus comunidades podía, a su vez, informar direc-
tamente y cara a cara a los demás comunarios sobre lo que sucedía
en La Paz, sobre la actitud de los gobernantes, la disposición de
lucha de los demás, etc. Es decir, si algún sentido tiene el término
“asamblea permanente” es, a mi entender, justamente éste.
Ahora bien, tal como me explicó Claudia Espinoza, periodista
que colaboraba entonces con el equipo urbano de difusión de la
CSUTCB, al paso de los días y sobre todo cuando el bloqueo de
caminos –que ciertamente tuvo sus altibajos y dificultades– se vol-
vió más contundente después de los sucesos de Warisata el 20 de
septiembre –ver más adelante–, muchos comunarios “con turno
para la huelga de hambre de Radio San Gabriel” al no poder llegar
a La Paz, encargaban a sus familiares y paisanos asentados en la
ciudad de El Alto que “cumplieran sus turnos por ellos”.14 Según
Espinoza, que observó directamente lo anterior, esto contribuyó de
manera decisiva a reforzar, profundizar, consolidar y dar un signi-
ficado distinto a la alianza entre los aymaras rurales y urbanos: los

14. Entrevista a Claudia Espinoza en marzo de 2006.

231
alteños que iban a “cubrir el turno” de un pariente o un paisano,
posteriormente traían a su zona información de primera mano
acerca de lo que ocurría y la transmitían en las reuniones de su
Junta Vecinal, fortaleciendo y estrechando los vínculos y coordina-
ción entre las acciones y aspiraciones de los aymaras rurales con
aquellos asentados en la ciudad de El Alto.
En relación a las demandas exigidas entonces por las comuni-
dades movilizadas, desde el inicio de septiembre había comenzado
la discusión colectiva sobre el “Pliego”. En innumerables reunio-
nes y asambleas se recordaron los sucesivos acuerdos previos, “los
incumplimientos de los gobiernos”; se estableció que era necesaria
la entrega de tractores y créditos, así como la libertad de Huampu.
Asimismo, se demandó la anulación de la Ley de “Protección y
Seguridad Ciudadana”15 y se ratificó la oposición a la venta del gas
por Chile. Ahora bien, a partir del análisis que realicé en el capítulo II
del Pliego petitorio del Pacto Intersindical en 2001, podemos afirmar
que, en realidad, las “demandas” de septiembre de 2003 contenían
nuevamente una larga lista de exigencias y peticiones, al lado de la
búsqueda de derogatoria o anulación de prácticamente todas las leyes
que habían afectado a las comunidades campesinas indígenas.
El viceministro de Asuntos Campesinos de ese momento, Javier
Núñez, en su calidad de “encargado de la negociación” a media-
dos de septiembre afirmó ante los medios, categórico, que de los
72 puntos que tenían en agenda de negociación con la dirigencia
campesina aymara, “se habían logrado algunos avances en varios
puntos” y, por tanto, “no tendrían motivos para protestar”16. Y
ahí pareció estancarse el conflicto, al menos para el gobierno, que
durante los días siguientes mantuvo similar discurso, reprimiendo
otras movilizaciones e insistiendo en dialogar simultáneamente.
Lo más lejos que llegó en su respuesta sobre la libertad de Edwin
Huampu, fue asignarle un par de defensores públicos para que lo
representaran en el proceso. Esto, por otro lado, era un derecho del
15. Esta ley básicamente proscribía el derecho a movilización y bloqueo como formas legítimas de
protesta de las organizaciones sociales y, como medida punitiva, sugería aplicar la detención ipso
facto de los “bloqueadores”. Ver nota 1 en este capítulo.
16. Citado por Gómez, 2004: 26-28.

232
detenido y no una concesión. Por otro lado, cabe destacar que, de
acuerdo a lo expresado por Felipe Quispe, era muy claro tanto para
él como para muchas de las autoridades comunitarias reunidas en
Radio San Gabriel, que no había manera de negociar el “Pliego
Petitorio” con el gobierno y que, de lo que se trataba, era de ganar
tiempo para preparar la rebelión centrando la atención en la liber-
tad de Huampu, a la cual el gobierno no iba a acceder, a fin de que
en las comunidades madurara la decisión de salir nuevamente a un
bloqueo de caminos contundente.17 En contraste con esta claridad
en relación a la recuperación del uso del tiempo, es decir, a pautar
los tiempos de manera autónoma para que pueda ponerse en movi-
miento el complejo mecanismo deliberativo de las comunidades,
la cuestión de los contenidos de la rebelión que en su versión más
radical tendían a impugnar el orden general del estado a través del
cuestionamiento a las leyes recientemente aprobadas y a sujetar las
decisiones políticas a la autoridad inmediata de las comunidades,
quedó, una vez más, sumergida en el discurso sindical de “peti-
ciones” y “exigencias” al gobierno. Además, tal como veremos en
las páginas siguientes, cuando la cuestión de la defensa del gas se
generalizó y se convirtió en la demanda central y unificadora de la
movilización, las perspectivas políticas aymaras que daban conteni-
do al radical llamado a la “guerra civil”, tal como comenzó a escu-
charse por aquel entonces, quedaron todavía más oscurecidas.18
Por su parte, ante la inminencia de los bloqueos, el gobierno
comenzó el despliegue de tropas en las carreteras, los caminos y
varios puntos clave para garantizar “la transitabilidad” pese a afirmar

17. En la entrevista a Felipe Quispe realizada en marzo de 2006, él insistió una y otra vez en que,
sobre todo en septiembre de 2003, fue decisivo el que lograron “traer al gobierno de aquí para allá”
ganando tiempo para la organización de las comunidades.
18. “El Mallku prepara los bloqueos y anuncia una ‘guerra civil’”, La Prensa, viernes 12 de septiembre
del 2003. Quispe, al afirmar que el bloqueo se iniciará desde el 15 de septiembre, “anunció ayer
que se prepara un bloqueo de caminos y un cerco a La Paz, y prometió una ‘guerra civil’ para que
el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada esté al servicio de los bolivianos y no de las transnacio-
nales”. El ampliado que se realizó el jueves 11, fue respaldado por el magisterio rural, el transporte
interprovincial, la UPEA y la COB. En ese ampliado, “hubo unanimidad para pedir al dirigente
cocalero Evo Morales que se una y respalde el movimiento que empezó el miércoles con una huelga
de hambre”. Sin embargo, esto resultó muy difícil por el “paralelismo sindical” existente entonces
entre una CSUTCB de Román Loayza –cercano al MAS– y otra CSUTCB de Felipe Quispe que en
ese momento llevaba la iniciativa.

233
que la negociación continuaba. La ocupación militar de las carrete-
ras, que no fue capaz de evitar el bloqueo de caminos, realizado en
esta ocasión de manera totalmente dispersa, al lado de las continuas
afirmaciones de los distintos ministros y voceros gubernamentales
en relación a que “las carreteras se encontraban expeditas”, fueron la
causa de que casi dos centenares de turistas de diversas nacionalida-
des se quedaran varados tanto en Sorata como en Copacabana.
Las afirmaciones gubernamentales de que “no pasaba nada”, alen-
taron a que las empresas de turismo se comportaran, efectivamente,
como si nada sucediera enviando a los viajeros extranjeros, por tierra,
a las distintas poblaciones al pie de los nevados andinos en la mejor
temporada del año: comienzos de la primavera austral. Cuando estos
turistas se vieron atrapados, tanto en Sorata como en Copacabana por
los bloqueos de caminos, el gobierno decidió organizar un operativo
militar para “rescatarlos”. La primera intervención militar para este
fin, concluyó con los enfrentamienos y masacre de Warisata, pobla-
ción por la que tiene que pasarse en el camino a Sorata.
El 19 de septiembre de 2003 por la noche, un contingente
militar encabezado por el ministro Sánchez Berzaín, recorrió el
Altiplano en dirección a Sorata. En Warisata, la población opuso
resistencia al paso de los camiones y se produjo un enfrentamiento
que fue brutalmente reprimido. Juan Condori cuenta los sucesos
de la siguiente manera: “El sábado 20 estábamos ya organizados,
cuando por la madrugada comenzaron a pasar los camiones con
soldados que iban, dice, a rescatar los turistas […] A eso de las dos
de la tarde han llegado de Achacachi cinco camiones llenitos de
soldados […] Después comenzó la balacera. Aquí estaba gente de
todo el cantón, como el setenta por ciento”.19
El enfrentamiento en Warisata fue durísimo: diversos contin-
gentes militares intentaron durante todo el día 19 y la mañana
del 20, quebrar la resistencia que miles y miles de comunarios de
la región de Omasuyos oponían a su paso hacia Sorata. Las ope-
raciones eran dirigidas directamente desde un helicóptero por el

19. Entrevista a Juan Condori, comunario de la zona de Warisata, realizada en octubre de 2003, que
me fue facilitada por Luis Gómez.

234
entonces ministro de Gobierno, Carlos Sánchez Berzaín, apodado
“el Zorro”. Y para quebrar la resistencia en ese famoso y querido
poblado, cuna además de la reconocida Normal Superior Rural de
Warisata, se utilizó incluso a la fuerza aérea. Este despliegue de
brutalidad estatal durante todo el fin de semana, que dejó varios
cadáveres entre ellos el de dos niños pequeños, conmovió a la
población boliviana en su conjunto.
Por su parte, Felipe Quispe afirma: “El día 20 de septiembre
realizamos la ‘emboscada de Warisata’, aludiendo a que después
de la sorpresa del día 19, los aymaras fueron rápidamente capaces
de ponerse en estado de apronte y presentar resistencia, también
militar, utilizando viejas armas en manos de las comunidades.
De ahí la ferocidad del enfrentamiento y la represión del día 20
de septiembre. En los siguientes días, de lo que se trató, también
según Quispe, fue de “estirar el tiempo”, dificultando y entorpe-
ciendo todo lo posible la apertura de cualquier negociación, que era
la postura del gobierno después del descrédito que le caía encima
tanto por el fallido operativo de “rescate de los turistas” como por
los nuevos muertos que entraban en su ya abultada cuota de san-
gre: “Que queremos negociar en Warisata, que podemos negociar
en el Cuzco. (…) Y entonces si se separan todos del Goni y comien-
zan las maniobras de los politiqueros... que si triunvirato militar-
campesino, que si participación en el gobierno. En realidad, somos
nosotros los que hemos impulsado (sin querer) para las elecciones
generales”.20 Por su parte, los viajeros de Copacabana sólo pudie-
ron llegar a La Paz después de un periplo de más de 48 horas
donde lo determinante fue un salvoconducto para permitir su paso
por el territorio aymara expedido por Felipe Quispe.21

20. Entrevista a Felipe Quispe el 8 de marzo de 2006 en Achacachi.


21. Para una crónica detallada del regreso a La Paz de los turistas atrapados en Copacabana ver Gó-
mez, 2004: 57 y ss. Por su parte, después de los sucesos del 19-20 de septiembre, Felipe Quispe, a
nombre de su pueblo y de la Confederación Sindical Única de Trabajadores del Campo de Bolivia,
dijo: “La CSUTCB ha declarado duelo nacional de 30 días, las wiphalas estarán con crespón negro
en todos los lugares. Se instruye a las federaciones departamentales y regionales a sumarse a este
bloqueo de caminos y económico, mantener el bloqueo indefinido en todos los lugares y estar alerta,
y no hacerse masacrar. También se ha decretado estado de sitio en todo el altiplano”. Quispe explicó
que el estado de sitio indígena significaba que ni soldados ni policías tenían garantías dentro de su
territorio y que quedaba prohibido el patrullaje “en nuestras comunidades” (Gómez, 2004: 50).

235
A partir de la capacidad aymara de ocupar el territorio y contro-
larlo en los momentos de la rebelión, instituyendo incluso “estados
de sitio indígenas”, se hace evidente no sólo la capacidad de desplie-
gue de una vigorosa autonomía de facto, sino el tendencial contenido
de búsqueda de autogobierno propio por parte de la población rural
–y posteriormente urbana– del Altiplano paceño. En ese mismo
sentido se expresa una reflexión posterior de Quispe, cuando afirma
que “el ascenso del Evo no es un milagro... Ya en el año 2000 se
dio la autonomía y la autodeterminación. Y nosotros empujamos el
Pachakuti que es una transformación de fondo”. La cuestión pro-
blemática, según la perspectiva que guía esta investigación, son las
causas por las cuales estas acciones colectivas y el belicoso discurso
que se venía gestando en las acciones de movilización y bloqueo,
quedaron atrapados tanto en la institucionalidad boliviana dominan-
te como en el imaginario estatalizante de la transformación política,
es decir, por qué si bien fueron contra, no claramente avanzaron
más allá del estado. Sigamos con el análisis del curso de los aconte-
cimientos para entender cómo se configuró la caída de Sánchez de
Lozada un mes después de la masacre de Warisata.

¡El gas no se vende!

En medio del profundo enojo y de la radical movilización aymara,


se produjo la primera gran jornada de lucha nacional específica-
mente en defensa del gas, convocada para el 19 de septiembre por
la Coordinadora de Defensa del Gas y otras agrupaciones sociales
y sindicales.22 En la medida en que la lucha en defensa del gas
fue convirtiéndose, al paso de los días de conflicto, en la demanda
articulatoria central de un levantamiento social en expansión, es
conveniente presentar algunos elementos relativos tanto a la pro-
blemática del gas, como a la Coordinadora de Defensa del Gas.
22. De hecho, el repudio inicial a la exportación del gas hacia México a través de los puertos chilenos
ya era durante la primera quincena de septiembre una consigna que articulaba las distintas movi-
lizaciones sociales, tal como se verá en la siguiente sección que aborda los sucesos de la ciudad de
El Alto.

236
Algunos antecedentes de la lucha por el gas

Mencionamos anteriormente que desde febrero de 2003, después


de la derrota del impuestazo decretado por el gobierno de Sánchez
de Lozada, un tema que quedó en el centro del debate público
fue la cuestión de los ingresos del estado. Diversas organizacio-
nes populares, colegios de profesionales, expertos y académicos,
junto a organizaciones sindicales y diversos militantes del MAS
–o personas cercanas a este partido–, comenzaron a dar a conocer
los desventajosos términos para el estado boliviano en los que se
habían establecido los contratos de extracción y exportación de gas
con diversas empresas transnacionales. En particular se mencio-
naban reiteradamente dos cuestiones: 1) la asimétrica e injusta
distribución de las ganancias obtenidas de la producción del gas,
de cuyo total, el 82% era apropiado directamente por las empresas
transnacionales, quedando para el estado sólo un 18% del monto
obtenido en forma de impuestos y regalías; 2) la cuestión de que
los diversos organismos estatales encargados de controlar la canti-
dad de gas extraído por las empresas petroleras (Superintendencia
de Energía, Ministerio de Hidrocarburos, entre otros), no tenían
manera alguna de verificar las cantidades explotadas, sobre las que
dichos consorcios informaban en “declaraciones juradas”.
En efecto, el MAS planteaba “el aumento tributario a las petroleras
del 18 al 50% por la explotación del petróleo [lo que significaría] para
el país el paso de 150 millones de dólares al año”.23 En un documento
partidario, argumentaban de la siguiente manera: “Planteamos en el
marco de un proceso de acuerdos entre todos, el incremento del 18%
al 50% del aporte impositivo de las empresas petroleras, como una
señal y mecanismo de afirmación de soberanía y la unidad en la solu-
ción de la crisis económica”.24 Sin embargo, incluso dentro del MAS
se presentaron divergencias, por ejemplo los llamados “disidentes
parlamentarios” quienes conformaron un Bloque Parlamentario
Indígena Originario y Popular, que no obedecería las órdenes ema-

23. La Prensa, martes 2 de septiembre del 2003.


24. Comunicado de prensa del MAS, La Prensa, La Paz, jueves 4 de septiembre de 2003.

237
nadas de las cúpulas partidarias masistas al considerar que debía
conseguirse algo más que un aumento de los impuestos.25
Así, la forma de relacionamiento entre el estado boliviano y
las empresas transnacionales comenzó a ser objeto de análisis y
denuncia, generalizándose la indignación social a diversos niveles:
¿cómo era posible que el estado boliviano fuera tan pobre y care-
ciera de fondos para casi cualquier proyecto de promoción social,
si un recurso de alta rentabilidad, el gas, estaba siendo explotado y
comercializado por diversas empresas extranjeras, supuestamente
en condiciones de “sociedad” con el Estado? Esta pregunta, o varian-
tes de ella, comenzó a circular en una gran cantidad de editoriales
periodísticas, comentarios radiofónicos y se organizaron, como en
la víspera de la Guerra del Agua, una gran cantidad de conferencias,
foros y reuniones, donde se discutían tales cuestiones.
Por otro lado, entre agosto y septiembre de 2003, el gobierno de
Sánchez de Lozada llegó a un acuerdo con el gobierno mexicano
del entonces presidente Fox para exportar un gran volumen de gas
para la producción de energía eléctrica en México. Ese gas bolivia-
no a ser exportado a México debería salir al mar por los puertos
chilenos de Arica e Iquique, que en el siglo XIX pertenecieron a
Bolivia y que fueron anexados por Chile, durante la confrontación
militar conocida como “Guerra del Pacífico” en 1879.
En tales condiciones es que se forma, en abril de 2003, la
Coordinadora de Defensa del Gas, de la cual Oscar Olivera también
fue vocero.26 Si bien la Coordinadora de Defensa del Gas, reeditó
en 2003 algunas de las experiencias deliberativas y organizativas
que el propio movimiento popular había adquirido en el año 2000,
no alcanzó en esta ocasión la eficacia organizativa y política de la
Guerra del Agua; quizás, entre otras razones, porque en 2003 se
25. La Prensa, miércoles 3 de septiembre de 2003. En 2003 la brigada parlamentaria del MAS con-
sistía en 27 diputados y 8 senadores.
26. Según la prensa de la época, la Coordinadora del Gas se conformó en septiembre agrupando
a sindicatos, instituciones cívicas, vecinales, campesinas, profesionales, universitarias, e inclusive
militares y policiales junto con partidos opositores como el MAS, PS, MIP y MSM. Si bien todas estas
fuerzas participaron en las primeras reuniones y mantuvieron hasta el final el acuerdo de oponerse
a la venta del gas por Chile y a las condiciones de explotación de los hidrocarburos, fueron pocos los
demás acuerdos alcanzados más allá de la movilización conjunta el 19 de septiembre, “Nace en oruro
una entidad de defensa del gas”, La Prensa, sábado 6 de septiembre del 2003.

238
abordaba una temática más compleja y de carácter nacional, y no
básicamente regional como en el 2000 que, además, era mucho
menos cercana a la población “sencilla y trabajadora” de lo que
había sido la cuestión del agua. Es decir, no es lo mismo que una
población con gran experiencia en la gestión tradicional del agua
se enfrente a una ley que pretende arrebatar este recurso para pri-
vatizarlo, a que esa misma población objete y rechace la manera
en la cual el estado ha entablado contratos con las transnacionales
y decida gestionar y usufructuar los recursos comunes.
Así, se produjo con anterioridad al 19 de septiembre un consen-
so generalizado de que las condiciones de exportación del gas eran
inaceptables y de ahí brotaron dos de las consignas más impor-
tantes de lo que siguió: “El gas es nuestro, carajo”, “El gas no se
vende”.27 Sin embargo, en relación a cómo dar curso a los esfuer-
zos por la “reapropiación social de los hidrocarburos” –que era la
manera en que Oscar Olivera expresaba la aspiración social- había
diversas posturas: desde la posición oficial del MAS de elevar los
impuestos, hasta las voces que exigían nacionalización inmediata
de los hidrocarburos sin indemnización.
Entonces, si bien en 2003 volvió a aparecer en el centro de la
discusión la pregunta de “quién decide sobre el asunto público” y
se impugnaron de manera contundente las decisiones del gobier-
no de Sánchez de Lozada, no era ni inmediato ni sencillo imaginar
colectivamente cómo se podría producir tal “reapropiación social de
los hidrocarburos”.
En relación a la Coordinadora del Gas, en una entrevista en
2004, Oscar Olivera señala lo siguiente:

Bueno, (la Coordinadora del Gas) nace en abril del año


2003 como una necesidad de establecer un espacio que
pueda articular esfuerzos colectivos y dignos, pero muy
fragmentados; un espacio de los sectores sociales y también
27. Testimonios en primera persona de mujeres alteñas que participaron en la Guerra del Gas, con-
tando las múltiples discusiones previas a los sucesos de octubre, donde se produjo el consenso que
las animó a involucrarse en la lucha social pueden encontrarse en: Choque, Britto, Hylton, La Guerra
del Gas contada desde las mujeres, CPMGA, El Alto, 2005.

239
de los profesionales, que ante todo decidieron, a partir del
año 2000 cuando se recuperó la empresa de agua aquí,
cuando los intereses de las trasnacionales estaban puestos
en apoderarse del agua, como se habían apoderado de todo
el patrimonio nacional, compuesto por todas las empresas
y los recursos naturales aquí en Bolivia. (Por eso) es que a
partir de aquel momento, con esa experiencia de establecer
espacios participativos, horizontales, con objetivos claros, y
que incluyan a la totalidad de la población, sin distinción, es
que se convoca una reunión de estos sectores y allá se proce-
de a establecer un primer manifiesto, diríamos, a la Nación,
indicando que era totalmente imprescindible, necesario,
establecer, reitero, un espacio que empiece a luchar por la
recuperación de los hidrocarburos.
Esto se consolida después de la decisión de Gonzalo Sánchez
de Lozada de vender el gas a Estados Unidos y México, vía
Chile. De tal forma que el 5 de septiembre del año 2003,
básicamente, en la ciudad de Oruro se forma la Coordina-
dora de Defensa y Recuperación de los Hidrocarburos, diría-
mos, con una fuerte presencia indígena, campesina, urbana
y profesional, para establecer justamente ese espacio, que
no solamente había promovido una labor de concientización
y de información a la gente sobre el tema hidrocarburífero,
sino ante todo se habían elaborado una serie de propuestas
que permitan por la vía de la proposición, así como por la vía
de la movilización, la recuperación de nuestros hidrocarbu-
ros. Esta Coordinadora lanza su primera convocatoria de una
movilización para el día 19 de septiembre del 2003, y (noso-
tros la) vemos como un preámbulo de lo que finalmente des-
pués significó (la lucha en) septiembre y octubre y la salida
de Gonzalo Sánchez de Lozada del gobierno nacional.28

28. Entrevista a Oscar Olivera, Coordinadora por la Defensa del Gas (Cochabamba, Bolivia 17/8/04).
Publicada en diversos periódicos electrónicos; entre ellos: [Link]
php?story_id=631

240
Vale la pena insistir en dos diferencias entre los esfuerzos de
articulación política que produjeron la Coordinadora del Agua, y la
formación de la Coordinadora del Gas. El primero de ellos es que
para rechazar la Ley de Aguas –Ley 2066– en el año 2000, lo que
hicieron tanto la Coordinadora como los dirigentes de la CSUTCB
fue, inicialmente, impugnar la ley a partir de la movilización y, en
segundo, proponer versiones distintas únicamente para determi-
nados artículos de dicho cuerpo legal, justamente los aspectos de
mayor importancia para la población movilizada. Es decir, en la
lucha por el agua los planteamientos comunales y populares, a la
hora de la negociación con el estado, fueron emitidos casi siempre
desde una postura negativa y particular. En contraste con esto, en
2003 existían al menos dos “propuestas de ley de hidrocarburos”
que pretendían modificar el cuerpo legal existente y, además, había
ya una mucho mayor presencia de diputados indígenas y popula-
res tanto del MAS como del MIP en el Parlamento Nacional. En
relación a la “recuperación de los hidrocarburos” esto es impor-
tante, porque trasladaba el centro del discurso de la confrontación
desde una serie de aspectos claros y fácilmente comprensibles
para el conjunto de la población, a un terreno de debate legal entre
expertos de una u otra postura, en el cual la población movilizada
queda colocada en posición de espectadora, tal como ocurrió con la
discusión pública de la Ley de Hidrocarburos durante 2004.29
En tal sentido, la valoración positiva que el propio Oscar Olivera
hace del hecho de que en 2003 la Coordinadora del Gas contara con
una propuesta de ley, bajo la perspectiva de análisis que sostengo, en
realidad constituía una debilidad, pues contribuía a armar un esce-
nario en el cual la lucha partidaria legal en el Parlamento ocupaba un
lugar central por encima de la movilización social y subordinando a
los límites estatales de lo “posible”, los enunciados y consignas ela-
borados desde abajo. Desde mi perspectiva, el hecho de contar con
“una propuesta de ley” debilitaba hasta cierto punto los filos más
29. Un buen resumen del conjunto de difíciles y complejos aspectos en torno a la gestión estatal
del gas y a las distintas posturas presentes en el debate durante 2004 se encuentra en el trabajo de
Carlos Villegas, posteriormente ministro de Hidrocarburos del gobierno de Morales, “Nueva ley de
hidrocarburos: el debate de los temas centrales continúa vigente y sin solución”, Villegas, 2005.

241
claramente anti-corporaciones transnacionales de la pelea por el gas,
restituyendo los términos del conflicto al ámbito del estado-nación.
Por otra parte, a diferencia de la lucha de 2000, en 2003 había una
clara polarización entre dos posturas políticas confrontadas que divi-
dían al conjunto de los movilizados: por un lado, la postura de Evo
Morales y el MAS, que propugnaba reformas parciales en la estruc-
tura estatal, en lo que se avanzaba en la acumulación de “capacidad
política electoral”; y por otra, la postura de transformación social
radical propugnada desde las comunidades aymaras enredada con
las pugnas partidarias al interior del MIP de Felipe Quispe, de modo
que si bien lo profundo del malestar social se expresaba coreando la
consigna “guerra civil” y hablando de la posibilidad de “Refundar el
Qullasuyu”, no se ponían en práctica enérgica y explícitamente los
contenidos de la transformación política anhelada.30 Una muestra
de esto la encontramos en la información de prensa que el 20 de
septiembre de 2003 daba cuenta de la movilización en defensa del
gas ocurrida la víspera en Cochabamba:

Tal como estaba previsto en Cochabamba a partir de las 9


a.m. de seis lugares estratégicos se realizó la manifestación
en Defensa del gas y los recursos naturales con la asistencia
de más de 60.000 participantes de diversos sectores de la
población. Pese a que los puentes de acceso a Cochabamba
estaban custodiados por policías y militares la marcha con-
cluyó positivamente en la plaza 14 de Septiembre.
Desde los balcones de la Federación de Fabriles hicieron
uso de la palabra diferentes representantes de organiza-
ciones populares como Oscar Olivera de los fabriles, Luis
Choqueticlla de la COB, Evo Morales de los cocaleros,
Beneméritos, profesionales y campesinos, quienes después
de un juramento a los marchistas coincidieron en señalar
que se debe recuperar el gas en manos de los transnacio-
nales y se debe impedir con las movilizaciones la venta del

30. Pablo Mamani realiza una interesante reflexión sobre esto en su trabajo “Declaración de Guerra
Civil Indígena en Warisata, Región de Omasuyos”, Mamani, 2006: 127 y ss.

242
gas a Chile [...] Hubo algunos que llevados por la conmoción
plantearon el bloqueo en ese momento y la huelga “general
indefinida” a partir de hoy, pero la mayoría de las manifes-
taciones comprendió que debemos prepararnos y organiza-
mos en mejores condiciones para la batalla final por el gas.
La marcha concluyó pacíficamente como se consensuó y se
planificó con los movimientos sociales.31

Es muy claro que la referencia a que “el bloqueo de caminos


debe esperar”, es un llamado a desconocer la convocatoria de Felipe
Quispe promovida, en esos mismos momentos, desde La Paz.32
Los sucesos de Warisata, justo esa noche, y los combates militares
en la región norte del Altiplano entre el ejército y los comunarios
durante los siguientes días, contribuyeron a que poco a poco varia-
ra esta postura. Sin embargo, tal como se registró en la prensa en
aquel año, los sectores sociales más cercanos al MAS retrazaron la
movilización y la solidaridad con la lucha empujada en el occidente
del país por los aymaras, cuando menos hasta mediados de octubre
de 2003, después de la masacre en la ciudad de El Alto. Por su
parte, Oscar Olivera, con una posición mucho más consistente, los
días posteriores al 19 de septiembre emprendió una marcha a pie
hacia la ciudad de La Paz y el territorio aymara para expresar la soli-
daridad con las familias de los caídos y contribuir a su lucha.33 En
31. 19 de septiembre en Cochabamba según la información del Equipo Tinku, ver: [Link]
[Link]/serpal/especial/[Link]
32. Felipe Quispe, en varias intervenciones públicas, había insistido en convocar a Evo Morales a
sumarse al bloqueo de caminos que con algunas dificultades comenzaba en el Altiplano. Entre otras
razones, el “paralelismo sindical” creado entre Román Loayza y Felipe Quispe dentro la CSUTCB,
dificultaría una movilización conjunta: “Hubo unanimidad para pedir al dirigente cocalero Evo Mo-
rales, que se una y respalde el movimiento que empezó el miércoles con una huelga de hambre”,
“El Mallku prepara los bloqueos y anuncia una ‘guerra civil’”, La Prensa, viernes 12 de septiembre
de 2003.
33. “El martes 30 –de septiembre– por la mañana salió de Cochabamba la marcha de la Coordinado-
ra del Gas, compuesta de 300 personas, que quería unirse solidariamente a los aymaras en Warisata.
Encabezada por el líder fabril (y vocero de la coordinadora) Oscar Olivera, esta marcha se convirtió en
el primer intento de articulación entre los diversos sectores que confrontaban al gobierno. Olivera,
antes de iniciar, dejó claro que los trabajadores se oponían a las políticas neoliberales, pero también
al gobierno de Sánchez de Lozada ‘que ahora pretende rifar lo único que nos queda a los bolivianos:
el gas’. Los cocaleros del Chapare se reunieron a su vez en un ampliado inmenso en Villa Tunari,
a 300 km. de Cochabamba, para decidir su propia agenda de bloqueos y otras movilizaciones, pero
como su máximo dirigente, Evo Morales, hacía un viaje a Ginebra en esos días, decidieron dejar las
decisiones en suspenso hasta el 10 de octubre” (Gómez: 66).

243
los conflictivos y acelerados momentos de octubre de 2003 ocurrió
también el práctico rompimiento de los canales de comunicación
entre Olivera y Quispe, mantenidos hasta ese entonces pese a las
dificultades y desconfianzas que se habían producido, cuestión ésta
que complicará enormemente la posibilidad de emprender pasos
políticos más claros tanto tras la caída de Sánchez de Lozada, como
en 2004 durante el gobierno de Mesa.
Pasemos ahora a reseñar lo que fue la expansión de la lucha
aymara hacia la ciudad de La Paz y la caída del gobierno de
Sánchez de Lozada.

El Alto de pie: crónica sucinta de una victoria

Algunas consideraciones sobre la ciudad de El Alto y las Juntas


Vecinales

En 1950 El Alto era una especie de barrio industrial de La Paz,


donde además se asentaba el aeropuerto, y tenía alrededor de
11.000 habitantes. Hasta 1985 continuó formando parte de la ciu-
dad de La Paz; el 6 de marzo de ese año, el Congreso de Bolivia
aprobó la creación del Municipio de El Alto, como Cuarta Sección
de la Provincia Murillo del departamento de La Paz. Para el año
2000, vivían en El Alto 649.958 personas distribuidas en 7 distri-
tos urbanos y 2 rurales (datos de Montoya y Rojas, 2004: 12-13).
El rápido crecimiento de la ciudad de El Alto, que entre 1976 y
1985 triplicó su población y entre 1985 y 2000 volvió a duplicarla,34
se produjo, en primer lugar, porque en El Alto se asentaron muchas
de las industrias que fueron creadas después de la Revolución de
1952 y, en segundo lugar, porque tras la implementación de las
reformas neoliberales en 1985 una gran parte de la población
desplazada de los centros mineros por la política de “relocaliza-
ción”, así como incontables familias de origen rural, comenzaron

34. Instituto Nacional de Estadística, Bolivia, 2002.

244
a habitar los agrestes parajes cercanos al “centro” de la ciudad de
El Alto, conocido como “la Ceja de El Alto”, haciendo aparecer una
gran cantidad de barrios y asentamientos nuevos. La velocidad
con la que ocurrió el proceso de “urbanización” ocasionó que las
instituciones municipales fueran totalmente rebasadas por las
enormes y recurrentes oleadas de migrantes internos que llegaban
a establecerse en El Alto, en lo relativo a la provisión de servicios
básicos y, en general, organización de la vida urbana. Raúl Zibechi
describe esta situación en los siguientes términos:

La trama urbana de El Alto es atípica y muestra la forma


como se asentó la población. Lo único que se mantiene del
trazado primitivo de la ciudad son las grandes vías de salida:
las carreteras a Viacha, Oruro, Desaguadero y Copacabana, y
las grandes avenidas que conducen a esas carreteras. Entre
esas vías, aparece un conjunto de asentamientos o urbaniza-
ciones o barrios injertados formando una suerte de puzzle o
rompecabezas, que otorga al tejido vial una gran discontinui-
dad aunque cada unidad es homogénea y tiene sentido por
sí misma. Las piezas de este rompecabezas son más de 400
urbanizaciones en las que se han ido asentando los migran-
tes. A una escala mayor, puede diferenciarse entre El Alto
Norte y El Alto Sur: en la primera se asentó la población de
las provincias de Omasuyos, norte de Camacho y en general
los que provienen del norte del Altiplano, mientras en el sur
se asentaron los que provienen de Aroma, Pacajes y otras
regiones sureñas del Altiplano. (Zibechi, 2006: 44-45).

Hay igualmente, sobre todo en El Alto Sur, varios “barrios


mineros” donde se establecieron de forma más o menos compac-
ta, los relocalizados de algunas minas como Chojlla, Caracoles,
etc. Esta forma de ocupar el espacio urbano, conformando uni-
dades más o menos “homogéneas y que tienen sentido por sí
mismas”, tal como señala Zibechi, constituye la base material y
la trama organizativa sobre la cual se desarrolló el levantamiento

245
de El Alto en 2003. En relación a la forma de ocupar el espacio
Gómez señala lo siguiente:

Los alteños, migrantes asentados definitivamente y migrantes


temporales, guardan estrecha relación con sus comunidades.
Barrios enteros de la ciudad son espejos de las provincias del
interior. La gran mayoría de los pobladores de Villa Ingenio,
por ejemplo, son orginarios de Achacachi y Warisata, en
la provincia Omasuyos. Respetuosos de las formas orga-
nizativas, los vecinos eligen a sus dirigentes en asambleas
generales y abiertas, delegando en ellos la voz y el mando
pero no todo el poder, que puede ser revocado por el mismo
mecanismo. También de las provincias llegan a los hogares
alteños decenas de productos agrícolas y ganado para el con-
sumo, y van para ellas alimentos procesados, zapatos, ropas y
herramientas necesarias [...] el flujo de personas y productos
escapa, medianamente, a la lógica mercantil: es básicamente
resultado del natural intercambio entre personas de la misma
sangre, de la misma comunidad (Gómez: 16).

En tal sentido, cada uno de los barrios que conforman la ciudad


está organizado de múltiples maneras –asociaciones deportivas, de
padres de familia, fraternidades para las distintas fiestas patronales,
etc.– y, para fines tanto de ejecución de las tareas colectivas relacio-
nadas con el hecho de habitar un territorio –cavado de las zanjas
para el drenaje, levantado de los postes para la luz, construcción
del cordón de acera, de las áreas recreativas, etc.–; como de las
funciones de representación y gestión de trámites ante la Alcaldía,
la población de los barrios se organiza en las llamadas Juntas
Vecinales.35 Estas agrupaciones son, en cierta medida, una especie
de recreación urbana de la autoridad tradicional y/o sindical de las
comunidades rurales y, sobre todo en los barrios con mayor presen-
cia aymara, funcionan de manera similar a los sindicatos campesi-

35. Para mayor información sobre la estructura y formas organizativas de las Juntas Vecinales ver
Montoya y Rojas, 2004

246
nos de base. Por lo general, las funciones de las Juntas Vecinales
consisten en organizar el conjunto de tareas colectivas que los
vecinos de El Alto tienen que cumplir como “contraparte” de las
inversiones que la Alcaldía hace en sus barrios. Pero, además, en
momentos de álgida confrontación con el estado, como en el año
2003, también se constituyen como una especie de “microgobier-
nos barriales” tal como los llama Pablo Mamani (Mamani, 2005).
Por otra parte, las Juntas Vecinales se organizan, a su vez,
en la Federación de Juntas Vecinales de la Ciudad de El Alto,
FEJUVE-El Alto, fundada en 1979. En FEJUVE y en la Central
Obrera Regional de El Alto (COR-El Alto), afiliada a la COB, se ha
articulado “una red de organizaciones barriales y sindicales fuerte-
mente enraizadas en bases territoriales ocupadas en la solución de
necesidades básicas de la población. Juntas de vecinos y gremios se
han constituido como modos de autoorganización de la población,
por mano propia o mediante la canalización de demandas al poder
central, (y para) reivindicar la satisfacción de necesidades básicas”
(Montoya y Rojas, 2004: 23).
Esta estructura vecinal de base no tiene atribuciones legalmente
reconocidas en lo relativo a la propiedad de los lotes que son poseí-
dos a título personal por algún miembro de la unidad doméstica
que los habita. En cierto sentido, puede decirse que en El Alto
existe un “mercado inmobiliario” que se ciñe hasta cierto punto a
lógicas de funcionamiento más claramente mercantiles; aunque en
muchos barrios un vecino que quiere vender su predio debe contar
para ello con la autorización de la junta de vecinos. En la medida
en que todas las mejoras en el barrio y en el nivel de vida (acceso a
luz, agua potable y alcantarillado, pavimentado de las calles, etc.),
por lo general se obtienen a través de las gestiones que las Juntas
Vecinales realizan ante la autoridad municipal competente y con
base en acuerdos de colaboración entre vecinos y funcionarios, es
decisivo que quien “compre” un predio asuma ante la Junta el com-
promiso de participar en las obras colectivas. Es así que las Juntas
Vecinales tienen no sólo una gran importancia para los vecinos,
sino que se mantiene –regulada sobre todo por la presión social– la

247
obligación de participar en ella del conjunto de la población de un
determinado barrio, como mecanismo para emprender de forma
colectiva cualquier obra o gestión de interés común. Este entrama-
do organizativo de base, desparramado en los cientos de barrios
de la ciudad de El Alto, es lo que “hacia arriba” se engarza en la
estructura de la Federación de Juntas Vecinales (FEJUVE) conden-
sando en ella una amalgama de saberes prácticos que reconstruyen,
modifican y conservan las técnicas de rotación y obligación de las
comunidades agrarias para llevar a cabo empresas conjuntas.36
Ahora bien, durante largos años las dirigencias de las juntas
vecinales fueron presa del clientelismo partidario en la gestión de
la vida urbana, lo cual introdujo profundas disputas y fracturas
entre barrios. Sin embargo, en septiembre de 2003 la estructura
organizativa y los saberes prácticos de FEJUVE se pusieron al ser-
vicio de la movilización, tanto para la deliberación de los pasos a
dar y los fines a obtener como para, concretamente, organizar la
ocupación de la ciudad de El Alto:

En el caso de la FEJUVE […] las decisiones para las movi-


lizaciones de octubre se las tomaba en ampliados de pre-
sidentes. En donde el comité ejecutivo convocaba a estos
ampliados a los cuales asistían todos los presidentes y los
delegados de las diferentes zonas. En allí se discutían las
determinaciones y tomaban las decisiones para actuar de
forma pertinente y adecuada […] Cada zona organizaba su
manera de lucha, pero aquí se ha definido el bloqueo princi-
pal porque ellos tenían que organizar su sistema de bloqueo
[…] si en una junta […] hay mil habitantes, entonces 500 par-
ticipaban al día y 500 alternaban, era al menos en mi junta
eso ha ocurrido (Entrevista al secretario de Organización
de FEJUVE, Julio Pavón, el 19 de julio de 2004, citado en
Montoya y Rojas: 52-53).

36. Diversos acercamientos a las prácticas cotidianas y a la historia de El Alto pueden encontrarse en
la Revista de Análisis de la Realidad de El Alto, AltoParlante, cuyo N° 1 apareció en agosto de 2005.

248
Con estas someras explicaciones sobre los movilizados y sus
formas de articulación en mente, pasaré a describir los sucesos de
septiembre-octubre en la ciudad de El Alto.

Septiembre y Octubre Rojos: ¡Fuera Sánchez de Lozada!

Desde comienzos de septiembre la población de la ciudad de El


Alto se había movilizado contra los formularios catastrales “Maya-
Paya” que, para los vecinos, constituían una imposición por parte
del entonces alcalde de la ciudad, José Luis Paredes.37 Las primeras
marchas de protesta contra el “Maya-Paya” ocurridas desde los
primeros días de septiembre, terminaron en enfrentamientos con
la policía.38 En los debates previos y durante la marcha, también se
hizo referencia a otros temas de interés nacional como el rechazo al
Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y contra la Ley
de Seguridad Ciudadana, que incrementó el rechazo y la indigna-
ción de la gente común contra los partidos políticos, el Parlamento
y el gobierno nacional.39 Cabe señalar también la activa participa-
ción de la Central Obrera Regional de El Alto (COR-El Alto) que
llevó a cabo otra marcha –distinta a la convocada por la FEJUVE–,
donde la represión dejó un saldo de 6 heridos por la gasificación y
enfrentamientos contra 200 policías que resguardaban la Alcaldía,
hacia donde se habían dirigido los agremiados para exigir “hablar
con el alcalde”.40 Tras estas primeras marchas de protesta ocurridas
durante dos días seguidos, en asamblea de dirigentes vecinales,
los alteños decidieron ingresar a un Paro Cívico contra la medida

37. Los formularios “Maya” y “Paya” –que significan respectivamente “uno” y “dos” en aymara–,
eran parte de un plan de revisión y regularización del catastro municipal por parte de la Alcaldía
alteña, tendiente, según temían los vecinos, a instaurar nuevos impuestos. A los alteños no les inte-
resaba ni estaban dispuestos, tal como insistieron una y otra vez, a que los “registrara” la Alcaldía.
38. La Prensa, martes 2 de septiembre de 2003. La marcha del 1 de septiembre convocada por la
Federación de Juntas Vecinales contra el intento de registro catastral para el cobro de impuestos
congregó a una gran cantidad de gente; según las estimaciones de periódicos locales unas 30 mil
personas participaron, organizadas en torno a las más de 120 Juntas Vecinales alteñas. Además, en
esa misma marcha se perfilaron otros reclamos contra la contratación de una empresa de recolección
de basura (ENASA) en la ciudad de El Alto.
39. La Prensa, martes 2 de septiembre de 2003.
40. “Violenta marcha en El Alto deja un saldo de 6 heridos”, La Prensa, martes 2 de septiembre de
2003. Ver también: Medina, 2007.

249
impositiva del alcalde Paredes. Durante esos mismos días y mien-
tras las posibilidades de diálogo entre población y gobierno se
alejaban cada vez más, nuevos sectores comenzaron a participar y
a movilizarse: el “Estado Mayor del Pueblo”41 anunció a principios
de septiembre una “guerra contra la salida del gas por Chile”.42 Los
estudiantes de la Universidad Pública de El Alto (UPEA) también
iniciaron movilizaciones exigiendo autonomía para la universidad,
y posteriormente jugaron un papel muy importante en las movili-
zaciones, tanto por su apoyo a la huelga de hambre de la CSUTCB
y la Federación Tupak Katari como por la resistencia a las tropas
militares en octubre del 2003.43 Por otra parte, en esos mismos días
Evo Morales propuso la realización de un “plebiscito sobre la venta
del gas”, en contraposición a un posible “referéndum no vinculan-
te” del que comenzó a hablarse desde el gobierno.
En las siguientes dos semanas de septiembre la movilización
no decayó y más bien continuó incrementándose. Dos marchas
llegaron a la ciudad de La Paz durante esa semana; una desde
Huarina, en la región del Altiplano, encabezada por la Federación
Departamental de Trabajadores Campesinos de La Paz “Tupak
Katari” y otra desde Caracollo, en la región de Oruro, que había
sido organizada por la COB, la COR-El Alto y a la cual se había
plegado la dirección de la CSUTCB de Felipe Quispe. Los partici-
pantes en las dos columnas expresaban así sus reivindicaciones:

[…] el rechazo a la venta del gas –a cambio piden industriali-


zar el energético, en el país–, la abrogación de la ley de segu-
ridad ciudadana que penaliza las protestas sociales, el recha-
zo al nuevo código tributario que dispone cárcel para los
evasores y el cumplimiento de los convenios de 72 puntos
(firmados en 2001-2002), entre el gobierno y la CSUTCB en

41. El “Estado Mayor del Pueblo” era el nombre de la intermitente y frágil coordinación que en algu-
nos momentos logró articularse entre Felipe Quispe, Evo Morales y Oscar Olivera, principalmente.
La reunión de ellos tres, junto a otros dirigentes medios de los distintos sectores y regiones a los que
pertenecen, ocurrieron sólo en momentos de gran confrontación y su persistencia fue efímera.
42. La Prensa, martes 2 de septiembre de 2003.
43. La Prensa, martes 2 de septiembre de 2003.

250
Pucarani y la Isla del Sol en los que está incluida la dotación
de mil tractores para los campesinos.44

En tanto el gobierno eligió la represión como camino para disuadir


la protesta social, el temperamento colectivo continuó caldeándose
y se fueron sumando cada vez más contingentes a la movilización,
combinando de manera compleja añejas reivindicaciones locales con
la más general exigencia de evitar la venta del gas por los puertos chi-
lenos. En el siguiente cuadro se resume una parte de tales acciones
colectivas:

Movilizaciones en la ciudad de El Alto y bloqueos en el Departamento de La Paz


durante la tercera semana de septiembre de 2003

Fecha y evento Participantes Demandas más visibles


15 de septiembre FEJUVE Anulación total de los for-
(lunes) (Movilización deci- mularios “Maya” y “Paya”.
Paro indefinido y dida en la Asamblea Las autoridades municipales
movilización del 9 de septiembre) votaron la abrogación de los
formularios el día 16 y el
paro continuó.
15 de septiembre Sindicatos de chofe- Apertura de la carretera
Bloqueo de cami- res de Yungas Cotapata-Santa Bárbara, dis-
nos minución del costo anual del
“seguro obligatorio para el
autotansporte”.
15-16 de septiem- Comunarios Liberación de Huampu y
bre de Omasuyos, atención al pliego de 70
Reinstalación del Camacho, Huayna puntos.
bloqueo de cami- Capak, Los Andes y
nos (de manera Aroma
diversa y móvil
esta medida conti-
nuó hasta octubre
de 2003)
18 de septiembre Comunarios de pro- Liberación de Huampu y
(jueves) vincia Murillo atención al pliego de 70
Marcha masiva puntos.
hacia La Paz

44. La Prensa, domingo 7 de septiembre de 2003.

251
18 de septiembre Comunarios, trans- Igual que el anterior
Concentración portistas y maestros
y decreto de
Paro Cívico en
Achacachi
18 de septiembre Diversos sindicatos Disminución del costo del
Paro de actividades y asociaciones de “seguro obligatorio para el
transportistas del autotransporte”.
departamento de
La Paz
19 de septiembre La Paz: FEJUVE, El “1. Revisión de la Ley de
Movilización gene- Alto Hidrocarburos, específica-
ral en defensa del Cocaleros junto a mente el Art. 7 que habla
gas y por las múlti- organizaciones de de la propiedad del recurso
ples reivindicacio- transportistas de natural en boca de pozo.
nes sectoriales Yungas. 2. Industrialización del gas
Central Obrera en territorio nacional. No
Boliviana y choferes vender el recurso en su esta-
del departamento de do natural.
La Paz. 3. Plebiscito o referéndum
Cochabamba: coca- para la elección de un puer-
leros, regantes y to de salida del gas”.
población en gene-
ral convocados por
la Coordinadora de
Defensa del Gas
20 de septiembre Masacre de Warisata y enfrentamiento a balazos
(sábado) entre comunarios y militares cuando estos últimos
intentan romper el bloqueo. Masacre de la pobla-
ción cuando los militares ocupan el pueblo.
21 de septiembre Comunarios de
Sorata toman el
pueblo y queman las
oficinas de gobierno.
Desde el 21 de septiembre el bloqueo de A las demandas anteriores se
caminos se generalizó radicalizándose. añadieron dos más: indemni-
zación para los asesinados y
heridos de Warisata y salida
del ejército de las comunida-
des aymaras.
*Elaboración propia con información de La Prensa y La Razón, Gómez,
Espinoza y comunicados de las organizaciones.

252
Durante la última semana de septiembre, más precisamente
el día 24 cuando se celebra la Virgen de la Merced, patrona de los
presos, la Sala Penal Tercera de la Corte Superior de Distrito de La
Paz decidió poner en libertad provisional al dirigente campesino
Edwin Huampu que pudo volver a su comunidad. El gobierno
intentaba por entonces “desinflar” el conflicto que amenazaba
alcanzar nuevos bríos tras las muertes en Warisata, cediendo en
algunas de las demandas. Sin embargo, el lunes 22 de septiembre
se produjeron nuevas detenciones sobre todo en los bloqueos de
la ruta La Paz-Oruro. Por esos mismos días, la COB llevó a cabo
un ampliado en la localidad minera de Huanuni, donde se resol-
vió convocar a bloqueo y movilización permanente a partir del 29
de septiembre. Por su parte, las Seis Federaciones del Trópico de
Cochabamba también anunciaron el inicio del bloqueo de caminos
en la región del Chapare para el día 29.
El domingo 28 por la noche, el Mallku hizo conocer que el diá-
logo con el gobierno estaba roto y señaló que esperarían “unos días
más por si el gobierno cambia de actitud”, si no sucedía, planteó:
“vamos a retirarnos a nuestras comunidades a organizar el gobier-
no de los indígenas, la nación del Qullasuyu”. Durante esa semana
comenzó a generalizarse el pedido de renuncia del presidente que,
de ser una más entre las posibilidades que se barajaban, se convir-
tió paulatinamente en grito unánime después de la masacre de la
ciudad de El Alto, la segunda semana de octubre. Por su lado, el
gobierno comenzó a insistir en que sólo admitiría negociaciones
sectoriales y por demandas concretas, rechazando la discusión
sobre los puntos “duros” de la confrontación social: las decisiones
sobre el destino y usufructo de los hidrocarburos y, por supuesto,
la renuncia del presidente.
En este clima de crispación se sucedieron movilizaciones y accio-
nes de protesta en una zona cada vez más amplia del occidente del
país, con bloqueos y marchas en caminos y ciudades, mientras el
gobierno intentaba dar al conflicto una solución militar, reprimien-
do las movilizaciones y deteniendo a dirigentes. El bloqueo de las
rutas en el Chapare se fue produciendo de manera intermitente.

253
La acción de fuerza final y decisiva que produjo la caída de
Sánchez de Lozada provino de la ciudad de El Alto donde se inició
un paro indefinido a partir del 8 de octubre.45 Se instalaron nueva-
mente bloqueos en las principales avenidas de El Alto así como en
casi todos los barrios. Los jóvenes de El Alto que se movilizaron el 8
y 9 de octubre gritaban la consigna “Gas, constituyente, renuncia”,
sintetizando lo que era común y más visible al conjunto de acciones
de insubordinación (Gómez: 72). Es decir, para la primera semana
de octubre la población movilizada en su conjunto tenía claro que
el gobierno de Sánchez de Lozada era inadmisible y tenía que caer.
Las otras dos reivindicaciones: “gas y constituyente”, aludían, una
vez más a los contenidos por los que la población sencilla y traba-
jadora en Bolivia venía luchando desde 2000: recuperación de la
riqueza pública saqueada o de los bienes comunes enajenados; y
reorganización completa de las formas y modos de convivencia y
regulación política en el país, con énfasis creciente en la afirmación
de la prerrogativa social de intervenir directamente en la decisión
sobre los asuntos públicos de mayor importancia.
En este agitado océano de confrontaciones y luchas, la escasez
de alimentos y combustibles en la ciudad de La Paz era cada vez
más aguda. Así, bajo el argumento de garantizar la provisión de
gasolina, el gobierno decidió implementar, el día 12 de octubre,
un operativo militar para hacer llegar un convoy de carros cister-
na desde la Planta de Senkata, un complejo de procesamiento y
almacenamiento de hidrocarburos en el extremo sur de la ciudad
de El Alto, hasta la ciudad de La Paz. Para ello, era necesario que
el convoy de cisternas acompañado por vehículos militares atrave-
sara toda la ciudad venciendo los innumerables obstáculos que la
población movilizada había colocado para asegurar sus bloqueos.
Habiendo decidido optar por la “solución militar” del conflicto, el
gobierno firmó el 11 de octubre el llamado “decreto de la muerte”:

45. Una crónica detallada de los sucesos de El Alto, además de en Gómez, 2004, puede encontrarse
en Mamani, Pablo, 2005. Pablo Mamani establece el 8 de octubre como el día de inicio del “levan-
tamiento de El Alto” hasta la caída de Sánchez de Lozada. Otra crónica que explora los múltiples
esfuerzos de unificación y movilización realizados desde la base puede encontrarse en Mamani,
Julio, 2006.

254
Artículo 1.- (Emergencia Nacional)
Declárase emergencia nacional en todo el territorio de la
República para garantizar el normal abastecimiento de com-
bustibles líquidos a la población a través del resguardo de insta-
laciones de almacenaje, asegurar el transporte de combustibles
por camiones cisterna y otros y la distribución y suministro de
estaciones de servicio por el tiempo de hasta noventa días.
Artículo 2.- (Orden expresa)
En cumplimiento de los artículos 7 y 11 de la Ley 1405 de 30
de diciembre de 1992, se ordena a las Fuerzas Armadas de
la Nación hacerse cargo del transporte en camiones cisterna
y otros, resguardar instalaciones de almacenaje, poliductos,
estaciones de servicio y todo tipo de infraestructura desti-
nada a garantizar la normal distribución y suministro de
combustibles líquidos a la población en el Departamento de
La Paz. A tal efecto el Ministerio de Defensa establecerá los
mecanismos necesarios para su ejecución.
Artículo 3.- (Garantías)
Cualquier daño sobre los bienes y personas que se pudie-
ren producir como efecto del cumplimiento del objeto del
presente decreto supremo, su resarcimiento se encuentra
garantizado por el estado boliviano.46

Es decir, no sólo se establecía que las fuerzas armadas debían


encargarse de hacer llegar el combustible a La Paz, utilizando cual-
quier medio para vencer la resistencia de la población; además, el
estado boliviano se comprometía a “resarcir” (sic) cualquier daño
“sobre los bienes y personas”, lo cual en aquellos días quería decir
que los militares destinados a proteger el abastecimiento de gasolina
tenían “licencia para matar”. Así lo entendieron y así lo hicieron.
El 12 de octubre por la tarde, la “orden” presidencial de abaste-
cer de gasolina a La Paz aplastando a la ciudad de El Alto bloquea-
da por sus habitantes fue acatada. Luis Gómez reseña:

46. Decreto Supremo 27209 del 11 de octubre de 2003 firmado por Sánchez de Lozada y todo su
gabinete.

255
Eran poco más de las 6 de la tarde cuando los vieron salir.
Poco más de 300 soldados y decenas de policías custodia-
ban una caravana de cisternas de gasolina. Desde el puente
bajaron corriendo decenas de vecinos que custodiaban el
cruce: un poco más al sur, donde inicia la carretera a Oruro,
vieron a los vehículos iniciar su marcha por la avenida
en medio de una nube de gas. Del depósito de gasolina
de Senkata, propiedad de la empresa estatal Yacimientos
Petrolíferos Fiscales Bolivianos, había salido un convoy
de 24 cisternas, algunas tanquetas, varios camiones de
carga llenos de soldados y alimentos, algún automóvil...
así comenzarían las 36 horas de masacre por decreto que
definieron el rumbo de la contienda y provocaron la rabia
incontenible de los alteños (Gómez: 78).

Lo que siguió fue la insurrección de la ciudad de El Alto cuyos


habitantes, que durante dos días combatieron contra el convoy
militar, hicieron caer los puentes peatonales en algunas avenidas,
movieron viejos carros de ferrocarril para reforzar ciertos puntos
de bloqueo, cavaron zanjas en las avenidas principales, construye-
ron muros en las calles de entrada a los barrios, hicieron guardias,
cuidaron heridos y velaron muertos. También destruyeron las
instalaciones de la compañía de energía eléctrica Electropaz y las
de Aguas del Illimani, enfrentándose al ejército en una batalla des-
igual en la que se produjeron 257 heridos y 63 decesos.47
La heroica resistencia alteña modificó sustancialmente el
escenario pues aceleró el aislamiento, ahora también político,
del gobierno del MNR. En los días posteriores a la insurrección y
masacre de El Alto la exigencia de renuncia de Sánchez de Lozada

47. Memoria testimonial de la Guerra del Gas, coordinada por Verónica Auza, publicación financiada
por la Diócesis de El Alto, CEPAS-CARITAS y la Comisión de Hermandad, s/f. Entre los fallecidos
10 eran albañiles, 9 choferes y 7 obreros. Esta publicación, además de información documentada y
precisa contiene también narraciones de los protagonistas y una exhaustiva crónica de los 11 días
entre el 8 y el 17 de octubre de 2003. Otros detalles interesantes, como descripciones de las acciones
colectivas de colgamiento de perros y de zorros blancos –representando los perros a los militares y
el zorro al entonces odiado ministro del Interior, Sánchez Berzaín, apodado “el Zorro”– en algunas
zonas de El Alto, pueden revisarse en Mamani, Julio, 2006.

256
se hizo general. Segmentos de la clase media urbana de La Paz
comenzaron a movilizarse del modo que pudieron, organizaron
debates y concentraciones incluso en algunas avenidas y plazas en
el sur de la ciudad, zona de habitación de los segmentos más aco-
modados de la población. Posteriormente instalaron una huelga de
hambre en una iglesia en el tradicional barrio de Sopocachi donde
participaron, entre otras, la ex Defensora del Pueblo Ana María
Campero, y el grupo feminista Mujeres Creando. En esos mismos
días, el gabinete de Sánchez de Lozada comenzó a colapsar, diver-
sos ministros de Estado fueron disimuladamente presentando sus
respectivas renuncias. Por su parte, las movilizaciones, bloqueos y
marchas hacia La Paz y en otras ciudades, continuaron de manera
cada vez más potente y masiva durante toda esa semana hasta que,
finalmente, el 17 de octubre Sánchez de Lozada abandonó la resi-
dencia presidencial de San Jorge en un helicóptero para ir a Santa
Cruz y desde ahí abandonar el país. Había renunciado el asesino.
De las tres exigencias sintetizadas en la consigna “gas, constitu-
yente, renuncia”, la primera en cumplirse fue la renuncia. Sánchez
de Lozada renunció y ocupó su lugar el hasta entonces vicepresi-
dente Carlos Mesa. La población tenía la convicción de que había
dejado un mandato: Mesa sería presidente sólo si detenía la venta
del gas en las condiciones que su antecesor había pactado, si
modificaba la Ley de Hidrocarburos. Sobre la realización de una
asamblea constituyente se abrió, por aquel entonces, un espino-
so tema de discusión: ¿debía convocarla el estado o la población
movilizada y sus organizaciones podían convocar a una asamblea
constituyente por sí mismas? La lectura ex post de los sucesos de
octubre muestra cómo aquí hubo una especie de quiebre: la expul-
sión del presidente Sánchez de Lozada se transformó en un límite
para el avance del movimiento en la medida en que, de inmediato,
se delegó en las manos de Mesa, “el presidente cercado”, el cum-
plimiento de la “agenda” pergeñada en las calles y en los caminos
durante los meses previos.

257
¿En qué consiste emanciparse? Primera aproximación

Para concluir este capítulo vale la pena realizar una reflexión crí-
tica sobre el contraste entre la potencia y alcance de la rebelión y
levantamiento en 2003 y los resultados políticos de los dos años
siguientes, que culminan con la llegada a la presidencia de Evo
Morales, en elecciones anticipadas. Para entender dicho contraste,
vale la pena volver con más detalle sobre las acciones y discursos
de cada una de las fuerzas movilizadas durante la tercera semana
de octubre, que comienza con la Masacre de El Alto el día 12 y
culmina con la caída de Sánchez de Lozada, el 17.
El 13 de octubre de 2003, es decir, cuando la sociedad boliviana en
su conjunto aun no salía de su indignado asombro ante la brutal repre-
sión desatada en El Alto, tanto la CSUTCB, como la Coordinadora del
Gas y el propio MAS hicieron conocer su voz a través de documentos
que se difundieron ampliamente mediante prensa escrita, radio y en
centenares de reuniones y asambleas. La revisión comparada de cada
una de estas posturas resulta ilustrativa de las preocupaciones y bús-
quedas de cada quien. Eran momentos en los que todo parecía posible
y la apuesta al porvenir estaba en marcha.

258
Posturas de las tres voces sociales más importantes el 13 de octubre de 2003
Coordinadora Nacional de Defensa del Gas
Documento: Fuera Gonzalo Sanchez de Lozada, alto a la masacre, moviliza-
cion popular para lograr cambios económicos y políticos
Parte resolutiva del documento:
Las organizaciones sociales convocamos a la inmediata movilización
permanente en Cochabamba y el país a partir del día de hoy bajo los
siguiente planteamientos:
1. La inmediata renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada por vende patria
y asesino; y en defensa de la democracia se propone la sucesión presi-
dencial prevista por la Constitución Política del Estado. Señalamos que
mientras este siga siendo presidente no hay diálogo posible.
2. Instalación de un nuevo gobierno dentro del marco constitucional
que se comprometa a:
a. Abrogar el D.S. 24806 de 4 de agosto de 1997
b. Modificación inmediata de la Ley de Hidrocarburos que permi-
ta la recuperacion de los mismos para los bolivianos
c. Suspension inmediata de cualquier negociacion sobre el gas y
el tratado de libre comercio con chile
d. Convocatoria a la Asamblea Constituyente, como una manera
de recuperar la democracia participativa para el pueblo.
3. Rechazo al decreto emitido esta madrugada por el gobierno
por constituir nuevamente una burla y una provocación al pue-
blo, pues en los hechos significa “consulto, pero yo decido”.
Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia
Documento: Con el dolor y la muerte de nuestros hermanos viene una mar-
cha desde las comunidades
Considerando e instructivo hechos en el documento:
(El gobierno de Sánchez de Lozada) Sigue pisoteando la voz del pueblo de
cara morena. Sigue despreciando su capacidad de organizarse y de tener
decisión. Pretende –este q’ara asesino– “tranquilizarnos” a pura bala.
Pero el pueblo no tiene miedo ni doble cara. Es una sola palabra la que exige
la renuncia del sanguinario… El Alto no está solo. La Paz no está sola. Desde el
Altiplano por varias vías vienen hermanos y hermanas por la Cordillera, por las
carreteras. Vienen a dar su apoyo moral y material a los combatientes alteños
que ya han resistido la muerte de más de 30 hermanos y decenas y decenas de
heridos desde el día 9 de octubre […] Vienen con el mandato de tres puntos:
- Sitiar a la ciudad de La Paz por todas sus entradas;
- No permitir el ingreso de nuevos militares que van a reprimir y matar;
- Realizar velorios públicos en las plazas de los sectores que tuvieron caídos.

259
Movimiento al Socialismo (MAS)
Documento: ¡Defender la Democracia !
El documento no tiene resoluciones ni instructivos. Más bien, fija una postura
política sobre la democracia. Las consideraciones más importantes que hace son
las siguientes:
Viva la Democracia
Desde abril del 2000, la sociedad civil organizada de múltiples formas ha
ido apareciendo en el escenario público. Sus demandas son de búsqueda de
reconocimiento de los derechos civiles, políticos y sociales.
Así, los más pobres, los excluidos, los marginados, los que andan de a pie,
los que siempre fuimos los gobernados, hemos empezado a reclamar y a
defender nuestros derechos.
Desde esa fecha, hemos recuperado dignidad para emitir nuestra voz, levan-
tar nuestras frentes y decirles a los poderosos: NO!!. ¡Ya Basta de manoseos
y de engaños!!. ¡Ya Basta de Neoliberalismo!! ¡Construyamos un nuevo pro-
yecto de nación y dotemos de carne a nuestra democracia!!
Así, hemos logrado a través de acción en las calles, hacernos escuchar y res-
petar. Y, en el calor de las movilizaciones, de las asambleas, de los cabildos
ha emergido la idea de una Asamblea Constituyente. Donde seamos todos
los bolivianos, desbloqueando a los intermediarios de siempre, los que nos
dotemos de un nuevo orden institucional democrático. […]
Refundar el país
La política es un derecho de todos y no de unos pocos. No se práctica sólo
una vez, a través del voto en las elecciones, se hace todos los días, a través
de cualquiera que emita su opinión, criterio, demanda y/o reinvindicación
personal o de su colectivo.
Refundar la Democracia
La democracia no sólo son los procedimientos electorales, sino, fundamen-
talmente, hacer realidad que los Derechos Humanos se respeten y sean los
mecanismos mediante los cuales nos relacionamos

El contraste entre las tres posturas es elocuente; refleja tres distintas


maneras de mirar y tomar posición ante lo que se iba configurando
como la mayor confrontación social en Bolivia desde la revolución
de 1952. La postura de la CSUTCB, en tanto cabeza articulatoria de
la mayor fuerza de movilización desde septiembre, centra su llama-
do en la conducción inmediata y efectiva del conflicto expresando
de manera sintética lo que ya estaba sucediendo: velorios públicos y
masiva concurrencia a La Paz desde las provincias. Adhiere a la exi-
gencia de renuncia de Sánchez de Lozada y no dice nada en relación
a la manera en que se puede recuperar el gas o sobre la perspectiva
política expresada en la consigna “asamblea constituyente”.

260
La postura de la Coordinadora del Gas, por su parte, centra la aten-
ción en la única salida política que se vislumbraba entonces para
el conflicto: renuncia de Sánchez de Lozada y respeto a la sucesión
constitucional del vicepresidente Mesa. Además, pone énfasis en
señalar el conjunto de pasos que ese gobierno “constitucional”
deberá cumplir modificando puntos centrales de la legislación sobre
hidrocarburos. En tal sentido, el documento propone un camino por
donde el conflicto pueda continuar: que se cambie el presidente y
que el nuevo cumpla con lo señalado desde la sociedad.
Finalmente, el documento político emitido en esa misma fecha
por el MAS se esfuerza básicamente por fijar su postura estraté-
gica: no se puede arriesgar “el proceso democrático”, el cual debe
ser “enriquecido”; adhiere a la exigencia de renuncia de Sánchez
de Lozada y coloca como central para la transformación política la
realización de una asamblea constituyente.
En relación a los contrastes entre las tres posturas, vale la pena
destacar un frecuente mecanismo político-discursivo, mediante
el cual se distancian y contraponen posiciones que hasta un cier-
to momento logran ámbitos de cooperación y sintonía: la parte
más radical del movimiento en 2003, la constituida por la articu-
lación en lucha de las comunidades rurales aymaras y los barrios
urbanos de El Alto, siendo además la que soportaba los mayores
niveles de represión estatal, se concentra en los aspectos de la
conducción operativa del conflicto, anima a los que están en la
primera línea de combate con la pronta llegada de refuerzos y, en
términos de las posibilidades políticas del momento, únicamen-
te señala que a Sánchez de Lozada hay que hacerlo caer. Por su
parte, entre la postura de la Coordinadora y la del MAS se va per-
filando con nitidez la escisión y privilegio diferenciado entre los
aspectos “políticos” y los aspectos “económicos” –o estratégicos,
de fondo, según se considere– en el conjunto de exigencias de los
movilizados. Si la Coordinadora pone el acento en la cuestión del
gas, en la necesidad de que se diagrame un camino para recupe-
rar lo saqueado, de tal manera que la voluntad social expresada
en calles y caminos logre avanzar; el MAS prefiere centrarse en

261
la cuestión más claramente “política” –en el sentido tradicional–
que estaba en disputa: lo relativo a la asamblea constituyente.
Resulta comprensible, además, que a partir de estos tres documen-
tos, los interlocutores y aliados potenciales de cada una de las fuerzas
en pugna sean distintos. La CSUTCB habla directamente a los comu-
narios movilizados; la Coordinadora busca nuevamente detonar un
proceso de deliberación entre la población en su conjunto y el MAS
hace guiños a todos aquellos interesados en organizar una asamblea
constituyente más o menos formal para una reconstrucción institu-
cional en momentos de colapso de cualquier orden heredado. Uno de
los principales destinatarios de las señales de Morales era, justamen-
te, Carlos Mesa, tal como quedará claro en el capítulo siguiente.
Por otro lado, en relación con los dos temas centrales que expre-
saban las aspiraciones más generales de transformación social
en aquel octubre de 2003, además de la renuncia del presidente:
asamblea constituyente y recuperación de los hidrocarburos; había
también posiciones contrapuestas y significados contradictorios
asociados a tales consignas. En el siguiente cuadro resumiré algu-
nas de las diferencias con que se expresaban las distintas perspec-
tivas de transformación social:
Asamblea Recuperación de los hidro-
Constituyente carburos
CSUTCB, Felipe Rechazo a la realiza- “Nacionalización sin indem-
Quispe y entor- ción de la Asamblea nización”
no cercano. Constituyente sobre La debilidad de esta consigna
Postura en oca- todo si ésta era con- consistía en que ubicaba la
siones comparti- vocada por el estado fuerza de la movilización
da por FEJUVE, pues en ese caso sólo como palanca para exigir al
estudiantes de habría una “reforma” Estado la realización de deter-
la UPEA y COB de Bolivia. minadas medidas. Esto es,
Quispe hablaba colocaba a los movilizados en
entonces de la condición de “peticionarios”
“Refundación de ante quien continuaba siendo
Qullasuyu”1; sin el titular reconocido de la
embargo, no explicaba soberanía social –el estado–;
cómo podría llevarse pese a que la exigencia se
a cabo. hiciera a partir de una enorme
fuerza de movilización y se
presentara de manera radical.

262
Coordinadora “Asamblea “Reapropiación social de los
del Gas, Oscar Constituyente sin hidrocarburos”. Tal formu-
Olivera y entor- intermediación parti- lación constituía el marco
no más cercano daria”. discursivo para impulsar una
La cuestión de quién serie de modificaciones lega-
convoca a la consti- les paulatinas, donde lo cen-
tuyente fue un punto tral estaba en la deliberación
insalvable para la pública de aquello que se
fuerza práctica de modificaba y se incorporaba.
Olivera y el entorno La otra idea clave era habili-
cochabambino de la tar el “control social”.
Coordinadora. En Bajo esta pauta se lograba dis-
diversas oportunidades putar, aunque fuera de mane-
tanto Olivera como ra lenta y paulatina, la titulari-
sus aliados discutieron dad de la soberanía social: se
sobre la posibilidad avanzaba fijando con claridad
de lanzar una convo- aquello que NO se permitiría
catoria a Asamblea a ningún gobernante.
Constituyente por
cuenta propia, aunque
nunca la llevaron a
cabo.
Seis “Asamblea “Recuperación de los hidro-
Federaciones Constituyente” con- carburos”.
del Trópico vocada por el estado Anulación de la Ley 1689
(cocaleros), donde se combinara y sustitución por otra Ley
Evo Morales, la representación promovida por el MAS,
Román Loayza y política partidaria y centrada en el aumento de
CSUTCB para- no partidaria. los impuestos a las corpora-
lela, MAS, ONG ciones.
y aliados.

Lo que queda claro en el anterior cuadro son las diferencias de


fondo entre las distintas voces y posturas que participaron en el
levantamiento de octubre de 2003, así como algunos de los proble-
mas que, a la larga, resultaron insuperables. El gobierno de Carlos
Mesa, tras tomar posesión de la presidencia, tendió puentes hacia
las posturas del MAS, el cual tenía una importante representación
parlamentaria. Cómo se comenzó a limar el filo de estas aspiracio-
nes colectivas de transformación social y política será el tema del
siguiente capítulo.

263
De momento, vale la pena realizar un primer ejercicio de elabo-
ración de conclusiones provisionales sobre la “capacidad eman-
cipativa” de las acciones de antagonismo y transformación de los
levantamientos bolivianos entre 2000 y 2003. Sobre todo porque
los sucesos de octubre pueden leerse como uno de los puntos más
álgidos de despliegue del antagonismo social, de mayor cohesión
en el enfrentamiento y en la disputa sobre la prerrogativa de deci-
dir sobre el asunto público que protagonizaron los diversos hom-
bres y mujeres movilizados e insurrectos. En tal sentido, antes de
revisar lo que efectivamente sucedió entre 2004 y 2005 me parece
pertinente reflexionar acerca de: 1) por qué sucedió lo que sucedió;
2) lo que podría haber sucedido; y este ejercicio no es tanto una
acción de imaginación o especulación sino de reflexionar con cui-
dado sobre lo que la población movilizada efectivamente consiguió
hacer, aun si después declinó en sus acciones o modificó el sentido
de sus esfuerzos y búsquedas.
En la Introducción de este trabajo formulé el siguiente razona-
miento que está en la base de mis argumentos: “La capacidad
emancipativa de los movimientos de insubordinación, tanto de
aquellos que surgen básicamente a partir de acciones de confron-
tación, como de los más estables que tienden a instaurar también
formas de regular la satisfacción de las necesidades cotidianas de
otra manera, se puede apreciar a partir de su posibilidad de pasar
con mayor o menor fluidez de la autogestión de la vida cotidiana
al antagonismo y viceversa. Lo decisivo, al menos en términos
teóricos, en relación a su capacidad emancipativa está en rechazar
asumir el punto de vista de la totalidad –que es la mirada estatal
y, en última instancia, del capital–, manteniendo a flor de piel la
expresión de la inagotable calidad particular de la lucha de cada

1. En una entrevista a Felipe Quispe, realizada a finales de 2003, a la pregunta sobre las diferencias entre
su postura política en relación a la del MAS, Quispe centra la atención sobre todo en los “métodos de
lucha”, lo cual es ilustrativo de la dificultad para formular y comunicar sus intenciones políticas:
“Pregunta del entrevistador: ¿Se trata de posiciones tan irreconciliables?
Respuesta de  Quispe: Sí, porque el MAS sólo aspira a llegar al gobierno por la vía pacífica, en cambio
nosotros queremos llegar al poder por la lucha armada. Si bien ahorita estamos inmersos en el campo
democrático, eso es algo simplemente temporal, táctico-estratégico”. [Link]

264
quien”, además de perseverar en el “éxodo semántico” del signifi-
cado que el estado intenta asignar y fijar a las acciones colectivas.
Con esto en mente, puede afirmarse, en relación a 1) que, algo
que resulta muy claro es que en 2003 se llegó a un punto en el
cual lo que seguía era una guerra civil generalizada, en donde la
victoria de cualquiera de las dos fuerzas confrontadas –población
vs. gobernantes– era incierta. En tal sentido la caída de Sánchez de
Lozada ocurrió, fundamentalmente, a) gracias al esfuerzo de lucha
desplegado por los hombres y mujeres aymaras del campo movi-
lizados en el bloqueo de caminos; b) a partir del sentido general,
compartido por una gran parte de la ciudadanía, de oposición y
rechazo a cierta forma de explotación de los hidrocarburos: y c) por
la insurrección generalizada en la ciudad de El Alto.
Sin embargo, para el desenlace que se produjo en octubre fue deci-
sivo, igualmente, que una gran parte de las clases medias y de las
élites económicas se convenciera de que la manera en que Sánchez
de Lozada y su gobierno pretendían conducir el país era ya insoste-
nible. Asimismo, fue decisivo para el curso de los eventos posterio-
res, también, que el MAS se hubiera colocado ya, para ese entonces,
como segunda fuerza electoral de Bolivia tras las elecciones de 2002
y que sus intenciones privilegiaran, más allá de los discursos y cier-
tos momentos de confrontación, tanto la preservación del “proceso
democrático” como la realización de una asamblea constituyente
auspiciada desde el estado. Estos dos elementos son inseparables:
amplios segmentos de las clases dominantes comprendieron en
octubre de 2003 que se estaba avanzando por un camino sin retorno
en la confrontación social, que podía ser muy peligroso para la con-
servación de sus propios privilegios, por lo cual era necesario, antes
que perder más, sacrificar a uno de los suyos. Las clases medias, por
su parte, encontraban que a través del MAS podían ampliar sus már-
genes de influencia sin tener que dialogar, negociar o directamente
subordinarse a lo que fueran proponiendo los aymaras movilizados
o las fuerzas móviles de la Coordinadora del Gas.
Por otro lado, la fuerza social-comunitaria y barrial aymara que para
entonces tenía gran influencia en otras organizaciones tradicionales

265
de Bolivia, como la COB, la COR-El Alto y varios otros organis-
mos sindicales, continuó desplegando, en condiciones de creciente
dificultad por las pugnas internas que para 2003 habían aflorado
ampliamente entre ellas, una estrategia tanto de movilización y
repudio a las políticas gubernamentales; como de ejercicio directo de
soberanía, es decir, de autonomía en la solución de los más variados
temas. La Coordinadora del Gas, por su parte, continuó tenazmente
impulsando un camino parecido al transitado tras la Guerra del Agua:
convertir en central la prerrogativa civil de fijar la agenda pública y de
decidir sobre los asuntos que a todos incumben: recuperación del gas
y constituyente como complementos de la renuncia de Goni.
Ahora bien, si el momento de la movilización y el levantamiento
sólo puede entenderse indagando en la producción de gigantescos
esfuerzos cooperativos –donde hasta cierto punto se moderan y
disimulan las rivalidades y competencias entre posturas y faccio-
nes políticas– para obtener determinados fines, en tiempos de
atenuación de la confrontación, esto es, en los episodios de relaja-
miento en el despliegue del antagonismo tras un lapso de enorme
tensión de las fuerzas sociales, afloran con virulencia los rasgos
competitivos y las rivalidades entre posturas políticas distintas.
Esto sucedió claramente en la cada vez más irreconciliable relación
entre las fuerzas sociales afines a Felipe Quispe y a Evo Morales,
donde, además, la presencia de Oscar Olivera como posible bisa-
gra, comenzó a perder el ímpetu anterior: Morales se distanciaba
de Olivera por su sistemática negativa de aceptar alguna candidatu-
ra a algún cargo público por parte del MAS; mientras que Quispe,
quien a partir de 2004 comenzó a perder su influencia política,
despreciaba y criticaba acremente a Olivera –como a casi todos los
demás dirigentes y voceros, hasta quedarse aislado e impotente en
2005– acusándolo de las cosas más descabelladas.
Por otro lado, hasta 2003 las demandas más importantes, las con-
signas más claras y con mayor capacidad de movilización habían
buscado, fundamentalmente, establecer vetos a la decisión y acción
gubernamental sobre diversos temas, abriendo caminos para la
autonomía de facto de las comunidades, sindicatos, barrios y distritos

266
sobre los asuntos más relevantes para cada quién; esto es, las aspira-
ciones profundas de las luchas giraban en torno al anhelo y decisión
local y/o sectorial de “colocar” al estado y a los gobernantes en un
sitio distinto al que institucional y legalmente ocupan: el de “man-
dantes”. Al hacer esto una y otra vez durante los años de rebelión y
levantamiento, rechazaban y abandonaban, por la vía de los hechos
y de manera colectiva aunque local, el papel de obedientes. Se trata-
ba pues del “desplazamiento” local del gobierno tanto limitando su
capacidad de imponer como cuestionando su potestad de hacerlo.
Al recapitular las exigencias sociales más profundas y reiteradas
durante los casi cuatro años de luchas analizados hasta aquí, encon-
tramos que estas versaron en torno al despliegue particular y nega-
tivo de específicos “vetos” sociales que consiguieron descolocar al
poder, ya sea por la vía de impedirle llevar a cabo sus decisiones polí-
ticas, como por el camino de su desconocimiento local de hecho:

– No a la Ley de Aguas
– No a la Ley de Tierras, ni al “saneamiento” conducido por el estado
– No a la erradicación de la coca
– No al formulario Maya-Paya48

El desplazamiento –o arrinconamiento– de la capacidad de las


élites gobernantes para ejecutar las decisiones tomada desde el
poder instituido, se produjo acotando colectivamente, con gran
habilidad, las prerrogativas y posibilidades de los gobernantes de
normar y decidir sobre el asunto común más importante y sensible
para cada fuerza social movilizada, y ampliando, simultáneamen-
te, la capacidad local para desconocer lo instituido, invirtiendo
los modos de regulación colectiva al colocar en el centro de la
vida pública las prácticas organizativas y políticas propias que se
visibilizaron y potenciaron durante estos años. Sin embargo, cada
una de estas acciones frecuentemente fue entendida como mero
esfuerzo local de resistencia, sin llegar a hilvanarse un marco de

48. Otras dos demandas particulares en esta misma dirección eran: “no al seguro obligatorio”, esgri-
mido por los choferes y el general: “no a la elevación de los impuestos”.

267
intelección de lo que sucedía que hubiera puesto el acento en lo
que tales prácticas tenían en común. De esta forma, las múltiples
acciones y aspiraciones de autonomía local sobre los aspectos más
sensibles de la específica forma de dominio estatal sobre cada
quien, no alcanzaron a entrelazarse entre sí más allá del momento
de la confrontación. Por tal motivo, no lograron dotar de conte-
nido a un concepto que apareció con bastante frecuencia en esta
temporada: autogobierno; si bien se aludía a él utilizando distintos
términos y refiriéndose a diferentes anhelos.
¿Intento sostener, por si acaso, que en aquellos momentos estuvo
mal, “fue una claudicación”, detenerse en la elección de Carlos Mesa
como reemplazante de Sánchez de Lozada, tal como dicen una y otra
vez ciertas corrientes trotskistas? Por supuesto que no. Mi lectura de
los acontecimientos es absolutamente contraria a tales posturas.
Más bien, lo que me interesa discutir en tanto considero que,
efectivamente, fue una debilidad que a la larga limitó la capacidad
emancipativa de los levantamientos y movilizaciones, es la cuestión
de que después de octubre de 2003 no se perseveró con la tenaci-
dad que el momento requería en el horizonte de sentido que, hasta
cierto punto, Felipe Quispe comenzó a bosquejar: “Mesa es un pre-
sidente que tiene que cumplir lo que nosotros hemos decidido” y si
no, “volvemos a quitarlo”. Argumentemos un poco más sobre esto.
He mencionado ya que en momentos cúspide de despliegue del
antagonismo social –como fue sobre todo, octubre de 2003– se
repudian y ponen en crisis al menos tres de los pilares básicos de
la síntesis estatal:

1) El monopolio de la decisión sobre las cuestiones funda-


mentales del asunto público en manos de los dominantes.
2) Los cimientos de la relación mando-obediencia dentro de la
sociedad que se erige, básicamente, sobre la creencia social en
la legitimidad del monopolio anterior. Tales cimientos se asien-
tan en las estructuras simbólicas profundas del imaginario
social que habilitan y hacen reconocer como aceptables ciertas
formas de dominación, es decir, la relación mando-obediencia

268
que se hunde en las divisiones étnicas y genéricas drásticamen-
te jerarquizadas, más íntimas de un conjunto social.
3) Las formas de organización política, el andamiaje nor-
mativo y administrativo de la vida social para resolver las
necesidades fundamentales del conjunto de la población
admitido en la anterior síntesis social.

Los dos primeros pilares se vieron drásticamente interpelados


y cuestionados entre 2000 y 2003; el tercero logró resistir a los
embates de la movilización popular introduciendo cambios en su
propia regulación. Vayamos con más detalle sobre esto: en 2003
se respetaron las reglas dominantes para el cambio político “de
emergencia” consagradas en la propia regulación boliviana. Sin
embargo y pese a tal “respeto” a lo instituido, anidaba en la acción
lograda la certeza de haber invertido uno de los fundamentos del
orden de mando liberal: la delegación de la soberanía social. Es
decir, mucho más que por el voto, la población entendía –y Felipe
Quispe lo decía– que Mesa estaba sentado en la silla, sobre todo,
porque ellos así lo decidían. Y si no hacía lo que la población había
decidido, en sus manos estaba la posibilidad de nuevamente des-
tituirlo.49 Claro que invertir los mecanismos del mando político
no resulta tan sencillo como esgrimir una convicción,50 tal como
discutiremos en el siguiente capítulo.
Por otro lado, en relación a todas las demás cuestiones de inte-
rés local sobre todo para aymaras rurales y urbanos, cocaleros,
regantes y usuarios de agua en distintas partes de la geografía
boliviana, los hombres y mujeres organizados en sus distintos
cuerpos de agregación –comunidades, sindicatos, comités, etc.–
conservaron una gran fuerza local habilitando tensamente una
especie de interregno autonómico fáctico que, sin embargo, no logró
conceptualizarse como una estrategia de emancipación en mar-
cha. Esto es, si bien la fuerza de la movilización, la energía social
49. El comunicado de la Coordinadora del Gas del 13/X/2003 citado anteriormente presenta argu-
mentos que tienen esta misma lógica interna.
50. Agradezco a Adolfo Gilly por hacerme notar que el “mando político” no es más que uno de los
rasgos del ejercicio del poder, aunque uno de los más importantes.

269
desestructurante derrochada hasta 2003 puso fin a un gobierno
insoportable y cambió sustancialmente los términos de lo social-
mente necesario y deseable, no reforzó ni amplió el horizonte de
sentido de la transformación social en marcha inaugurado desde
2000, en la Guerra del Agua.
En 2003 hubiera sido necesario, según mi postura, volver a
hilvanar una narrativa autónoma de los acontecimientos, de los
logros alcanzados y de los todavía no conseguidos, de los nuevos
fines emancipativos de transformación social que hasta entonces
habían aflorado, con la cuestión de la autonomía fáctica y las
posibilidades de autogobierno local como centro del argumento.
Es decir, en aquel año decisivo hubiera sido muy útil construir
una versión abierta de lo alcanzado y pensar los nuevos sucesos
de transformación social local posibles con una perspectiva ni
estadocéntrica ni acotada a una comprensión de lo “universal-
afirmativo” como lugar por antonomasia del poder. Pues el poder
que brota desde ese lugar de emisión es, únicamente, el poder del
estado en alguna versión. Dicho de otro modo, en vez de teorizar
sobre los “límites de lo realizado” admitiendo la normatividad
estatal como frontera inapelable de la propia lucha social, la cues-
tión era intentar iluminar las nuevas posibilidades de expansión
de la lucha desde los bordes, a partir de entender la capacidad de
irradiación de los múltiples antagonismos negativos y particulares
que continuaron desplegándose, aunque siempre atravesados por
la fuerza de gravitación emitida por el discurso de la transforma-
ción centrada en lo estatal, tanto como práctica concreta y, sobre
todo, como horizonte de posibilidad.
No quiero, ni por un instante, explicar los sucesos por las ausen-
cias que pudiera encontrar en el curso de su despliegue. Me inte-
resa, eso sí, hacer notar desde ahora la ausencia de una reflexión
más profunda sobre las posibilidades abiertas en Bolivia tras octubre
de 2003 en virtud de la importancia para la emancipación de la
formulación de un horizonte utópico, del peso y repercusión de
contar nítidamente con una perspectiva todavía-no alcanzada, pero
deseada, imaginada y susceptible de deliberación y construcción

270
colectiva. Señalo y reitero, además, que dicha perspectiva, para ser
emancipativa, necesariamente hubiera tenido que ser hilvanada
desde la multiplicidad, negativa y particular, de la polifónica lucha
social de aquellos años. El camino de la “sustitución” del grupo
social en la cúspide del mando político, bajo la premisa de que lo
políticamente decisivo es la ocupación del lugar de enunciación
universal y afirmativo, como en casi todas las experiencias del
atormentado y convulso siglo XX, una vez más se va mostrando
como estafa, como amarga contra-finalidad que impregna todo de
desilusión y desencanto.
Vale la pena proseguir con el recuento y análisis de algunos suce-
sos de los años posteriores, a fin de ampliar la discusión sobre
de las dificultades con que se topan las perspectivas emancipati-
vas porque, tal como con frecuencia y socarronamente comenta
Adolfo Gilly, en la lucha de clases “el otro lado también juega”.

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