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Amnesia

Federico
Axat

Ediciones Destino
© Federico Axat, 2018
Publicado de acuerdo con Pontas Literary & Film Agency

© Editorial Planeta, S. A. (2018)


Ediciones Destino es un sello de Editorial Planeta, S.A.
Diagonal, 662-664. 08034 Barcelona
[Link]
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Primera edición: septiembre de 2018

ISBN: 978-84-233-5430-6
Depósito legal: B. 18.853-2018
Impreso por Black Print
Impreso en España-Printed in Spain

El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien libre de cloro
y está calificado como papel ecológico.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación


a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier
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1

Encontré a la chica muerta de un disparo en el salón


de mi casa.
Desperté envuelto en una bruma de confusión,
como solía sucederme cada vez que me emborracha-
ba y caía rendido en otro sitio que no fuera mi propia
cama. Mi primer contacto con la realidad fue el chirri-
do distante del columpio en el porche delantero; el
segundo, un golpe a la lámpara de pie cuando estiré
los brazos para desperezarme, todavía sin abrir los
ojos. La fatalidad que caracterizaba mi vida última-
mente hizo que la lámpara cayera al suelo y la tulipa
estallara en mil pedazos.
En ese momento comprendí que estaba en el sa-
lón, tendido boca abajo. Tenía un intenso dolor en el
pecho, el brazo izquierdo entumecido y la mejilla
apelmazada. Al levantar apenas los párpados, lo pri-
mero que divisé fue la forma de la botella de vodka
en la mesilla baja, a un metro de donde me encontra-
ba. Desde aquella posición la perspectiva la había
transformado en una obra colosal, un obelisco a la
altura de mi fracaso. Hice una mueca de desagrado y
de nuevo me sumí en la oscuridad que empezaba a

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resultarme tan familiar. La vocecita acusadora em-
pezó a hablarme casi de inmediato. He asumido mi
problema con el alcohol y aprendido a escucharla
durante esos primeros instantes de pesadez y culpa.
Lo hago en silencio, como un niño que recibe una
merecida reprimenda, recordando cuán lejos han
quedado los tiempos en los que creía tener el control
sobre mi vida, y que no importa cuántas veces se lo
haya prometido a mi exesposa, o a mi hija (aunque
ella no lo sepa), o incluso a mi abogada, volveré a caer
en la misma trampa una y otra vez como un idiota.
Tengo veintisiete años. Donald, mi mentor en Alco-
hólicos Anónimos, dice que me he dado cuenta a
tiempo, que él a mi edad era un necio con una década
por delante de excesos y estupidez. No resulta un
pensamiento demasiado reconfortante.
Cuando empecé a levantarme, un dardo con pun-
ta de acero se me clavó en la frente. Los brazos me
temblaron y estuve a punto de dejarme caer, pero fi-
nalmente conseguí erguirme en lo que fue la lagar-
tija más penosa de mi vida. He aprendido a ignorar
una resaca leve, incluso a convivir con una modera-
da; sin embargo, no hay nada que hacer ante una de
proporciones épicas. Me costaba determinar a cuál
de ellas me enfrentaba esta vez.
Abrí los ojos.
La ventana era un rectángulo negro; de algún
modo me había teletransportado al futuro y ya había
anochecido. ¿Era posible que no recordara absoluta-
mente nada de las últimas horas? No sería la prime-
ra vez, pero el hecho no dejaba de maravillarme.
Normalmente aquí la vocecita iniciaba la segunda

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parte de su discurso habitual, ya no basado en el
reproche aleccionador sino en la culpa y la resigna-
ción; desaparecía la vehemencia y la furia y sólo que-
daba la triste aceptación de una causa perdida. Pero
esta vez no hubo tiempo para lamentos, porque
mientras me concentraba en la botella, una forma
resplandeciente en el suelo atrajo mi atención, y lo
que durante apenas un instante fue un destello en
forma de L no tardó en revelarse como la pistola Ru-
ger P85 que había pertenecido a mi padre.
Fue entonces cuando con el rabillo del ojo divisé
el cuerpo. Todo esto debió de suceder en menos de
medio minuto, pero en mi mente los acontecimien-
tos se desarrollaron con una lentitud pasmosa. Giré
la cabeza, consciente de que algo no estaba bien, y allí
estaba la muchacha, boca abajo, cubierta con una
sábana blanca. Tenía la cabeza ligeramente ladeada
hacia la derecha, hacia donde yo estaba, los ojos
abiertos puestos en el infinito.
Me considero una persona fuerte. A los once años
encontré a mi madre muerta tras una larga agonía a
causa de una enfermedad terminal. Mi padre fue
detenido, acusado de haberla asfixiado con una al-
mohada, y al poco tiempo se disparó en la cabeza con
una escopeta que le pulverizó el cráneo. A él no tuve
que verlo, pero estaba solo en casa cuando la policía
se presentó a darme la noticia. El cadáver de la chica,
a quien más tarde me referiría como la chica de la
gargantilla —aunque en ese momento no llevaba
ninguna—, me afectó de un modo diferente, porque
había en su mera existencia algo espeluznante que me
incriminaba inequívocamente.

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Fui hacia el cuerpo olvidándome por un momen-
to de las palpitaciones en la cabeza. Mi vista viajaba
de la muchacha al arma. Del arma a la muchacha. El
miedo llegó, y con él la pregunta obvia.
¡¿Qué has hecho?!
Nunca había visto a esa chica en mi vida, de eso
estaba seguro; sin embargo, había algo en ella que
me resultaba extrañamente familiar.

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2

Sin pensármelo dos veces, la puse boca arriba y com-


probé que no tenía pulso. La piel aún estaba tibia,
pero de algún modo sabía que no podría hacer nada
por ella. Oprimí su pecho una y otra vez, soplé aire
entre sus labios, volví a oprimir el pecho y seguí has-
ta que la consciencia me dijo que había cumplido
con mi deber. Me quedé arrodillado a su lado, mis
manos y mi cara embadurnadas de sangre, y la ob-
servé con un poco más de detenimiento. El suyo era
un rostro hermoso, ese tipo de belleza que no admite
discusión; no aparentaba más de veinte años. Lleva-
ba una remera blanca, unos shorts azules con corazo-
nes blancos y zapatillas DC. El disparo le había dado
en la espalda, a la altura del corazón.
Observé la sábana que había dejado a un costado,
ahora hecha una bola irregular. Un río de sangre es-
taba a punto de alcanzarla de modo que la aparté con
el pie.
Entonces perdí la calma. Hasta ese momento mis
actos habían estado marcados por el sentido común;
había hecho todo lo posible para salvarla. ¿Qué se
suponía que debía hacer ahora? Mis manos tem-

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blaban. Escruté el salón con la sensación de estar
siendo observado; me concentré en la botella vacía,
después en mis manos y por último en el arma. Ca-
miné de un lado para el otro mascullando palabras
ininteligibles. Tenía que llamar a la policía.
—Llama ahora mismo, Johnny —me dije mien-
tras cruzaba el salón a toda velocidad.
Pasé junto al cadáver y ni siquiera me atreví a
volver a cubrirlo con la sábana. Fui hacia la cocina
y me lavé las manos y el rostro frenéticamente.
—¡Mierda!
Seguí frotando la piel hasta que el agua de la pile-
ta recuperó su cristalinidad. Me quité la camiseta
manchada de sangre y la dejé en el canasto de la ropa
sucia. En el lavarropas había ropa limpia así que re-
busqué hasta encontrar una remera y me la puse.
La policía te preguntará por qué te has cambiado de
ropa.
—¡Porque no puedo soportar la puta sangre!
—estallé ante nadie.
La chica acaparaba toda mi atención en ese mo-
mento, pero había una parte de mí que seguía pen-
diente de la botella. Era la botella la que lo complica-
ba todo.
La agarré y la sostuve en alto, conteniendo el de-
seo de gritar y de lanzarla con fuerza contra el suelo.
¿Qué iba a hacer con ella?
Estás en medio del bosque. Algo se te ocurrirá.
Mi cabeza había entrado en un ciclo del que no
podía escapar. Salí por la puerta de adelante y rodeé
la casa para internarme en los bosques que se extien-
den más allá de mi propiedad hacia el norte de New

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Hampshire. Corrí a toda velocidad, agitando la bo-
tella vacía como un maníaco. Dos veces estuve a punto
de caer de bruces y a la tercera no tuve tanta suerte:
aterricé en la raíz de un abeto y mi labio inferior se
llevó la peor parte.
Genial, ahora tendrás que explicarle a la policía
cómo te has partido el labio.
Me encontraba a unos cincuenta metros de casa,
en un camino peatonal que había transitado un mi-
llón de veces durante mi infancia, y otras tantas en la
adultez. Fue entonces cuando escuché el estampido.
Me quedé helado, muy quieto, tendido en la tierra y
paladeando el sabor metálico de la sangre. ¿Había
sido un disparo? Creía que no, pero todo había suce-
dido muy rápido. En aquella dirección se encontraba
un sitio que con mi hermano habíamos bautizado
hacía mucho tiempo como el promontorio del rep-
til. Era curioso, porque hasta ese momento no me
había planteado seriamente la posibilidad de que yo
pudiera haber matado a la chica, y sin embargo tam-
poco pensaba que el asesino pudiera seguir en las
inmediaciones. Menuda paradoja.
Tenía que deshacerme de la botella y reevaluar la
situación.
Recorrí a trote ligero el resto del trayecto hasta
Union Lake, unos quinientos metros en total. Me de-
tuve en el acantilado, la masa de agua era un gran ojo
negro que reflejaba la luna en el centro. En la orilla
opuesta, en la cima de una colina y asomando entre los
árboles, estaba la planta de agua abandonada.
Lancé la botella con todas mis fuerzas, como si
eso ayudara a librarme del verdadero problema. El

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lago se la tragó con un ¡plop! y todo volvió a ser
como antes. Esa noche los búhos estaban particular-
mente animados.
Me quedé allí, francamente sin saber qué hacer, el
labio empezaba a hincharse y sabía que tenía que
volver; había una muchacha muerta en mi casa que se
merecía más que a un tipo mediocre preocupado por-
que su renovada afición por la bebida saliera a la luz.
Me estaba dando la vuelta cuando capté algo sobre
la orilla del lago. Entre las plantas, un globo blanco
se escondió: un rostro. Las ramas se sacudieron y al-
cancé a divisar una figura que se fundía con la noche.
Decidí regresar por el camino más directo, apar-
tándome del sendero. Eso me permitiría además
echar un vistazo en el promontorio del reptil. Si algo
empezaba a tener claro era que debía llegar a casa y
llamar a la policía de una vez por todas.

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