MARÍA Y LA ORDEN DE PREDICADORES EN LA ACTUALIDAD
Por: Fr. Alejandro Maquera Calderón, OP.
Es propio de nuestra vida religiosa dominicana la dimensión penetrante de la cercanía a la
madre del Señor", pero esta devoción mariana, de ordinario, se siente como una
necesidad de protección, de ayuda, como una respuesta a las exigencias de la vida misma.
Esto resalta un valor como respuesta a las necesidades del hombre, pero también su
fragilidad, que desde su debilidad puede cultivar un infantilismo inconsciente.
La devoción a María no es otra cosa que la cercanía a la Virgen. Esto responde a la
situación de indigencia del hombre, que es una realidad de la que todos tenemos
experiencia; pero no lo encierra en el infantilismo, como si sólo sirviese para crear una
barrera de protección, sino que lo promueve hacia la plena madurez propuesta en el plan
de Dios que quiere grande al hombre y le hace posible la perfección con la ayuda de la
gracia. Con ello el hombre puede llegar más allá de sus propios recursos humanos y
realizar incluso un ideal sobrenatural: ser hijo adoptivo de Dios en Cristo por medio de La
Virgen, que a su vez le exige un compromiso de vida desde todo su ser y no solo de una
parte del mismo, así como lo hizo la “llena de gracia”.
En la devoción a la Virgen muchos hermanos nuestros como hemos revisado en las
historias de sus vidas, encontraron una confirmación de su fe y de su experiencia mariana,
nosotros debemos sentirnos llamados a reflexionar y tomar conciencia de esta dimensión
mariana en nuestra vida dominicana.
Cuando hablamos de la cercanía a María como una dimensión de nuestra vida religiosa
dominicana, nos referimos a que María no es extraña a nuestra consagración. No es
acercada a nosotros sólo por un motivo de sentimentalismo, de interés, de costumbres, o
para adornarla con algo bonito nuestra Orden, no es sólo un elemento decorativo.
Si es una dimensión, debe llevarnos a constituir la realidad que es nuestra vocación; es
uno de sus elementos integrales. No reconocerlo sería una deficiencia; no respetarlo, una
culpa. De hecho, como dominicos encontramos en tal relación con María una actuación
particular y cualificada de las relaciones que, en virtud de la misión materna que Dios la
asignó en el plan de la salvación, unen a María con la Iglesia y de una forma especial con la
Orden, que desde sus inicios reconoció en ella a su especial Protectora y celestial patrona.
Actuación particular y cualificada, en cada hermano porque toma parte fundamental en
nuestra vida de consagrados.
En la relación particular de todo dominico María es "de modo particular nuestra madre, la
madre de los predicadores". Desgraciadamente, la costumbre de dar a estas expresiones
un sentido superficial y vago, más bien devocional y sentimental, obstaculiza el tomar
conciencia de la realidad mistérica que expresan. No solo debe quedar en unas palabras
bonitas, sino que debe llevarnos a tomar conciencia de nuestro propio rol como frailes
predicadores, que por gracia se nos ha dado el regalo de la vocación y que María es la
encargada de cuidarla y llevarla a buen término, pero no sin poner de nuestra parte.
Hay que recordar también el misterio de Pentecostés en el que "vemos a los apóstoles
perseverando unánimes en la oración con las mujeres y con María, la madre de Jesús, y
sus hermanos" No se puede hablar de iglesia si no está presente María, la madre del
Señor, con los hermanos de éste". Se habla de toda la iglesia, es verdad; pero, así como es
del todo singular el puesto que en ella ocupan los apóstoles, así también es natural
deducir una relación singular entre María y los que estamos llamados a continuar la
misión apostólica. Por eso convendría preguntarnos ¿Cómo está mi relación con Dios y
con la Madre del Señor, es ella quien permite un acercamiento más cercano a su Hijo?
A nadie se le escapa que percibir la presencia de María es descubrir una relación esencial
con ella mucho más real y eficaz que afirmar solamente la ejemplaridad de un modelo o el
valor de una analogía. La experiencia va más allá de la doctrina. Y por eso desde nuestra
propia experiencia estamos llamados a dar fe de lo que significa María en nuestra vida y
como la hace más agradable para Dios.
Hoy se rechaza el devocionismo como sentimentalismo, infantilismo o búsqueda vana de
protección de quien se refugia en su debilidad. Pero la piedad mariana no es
devocionismo. Es respuesta de fe y revela aspectos admirables del destino del hombre, de
su dignidad y misión responsable, de las ayudas con las que Dios le hace capaz de realizar,
en colaboración con Él un proyecto eficaz de vida y un auténtico servicio a la historia, a
nuestra Orden, a la Iglesia y porque no decirlo a la humanidad.
Como dominicos debemos rechazar el devocionismo mas no la devoción, pero aún más
debemos saber acoger la persona y misión de María, vivirla, testimoniarla y educar en ella
al pueblo de Dios.
Nosotros debemos anunciar a Cristo, que es su hijo; y ¿quién nos transmitirá mejor la
verdad sobre él que su madre? Debemos nutrir los corazones humanos con Cristo; y
¿quién puede hacernos más conscientes de lo que hacemos que aquella que lo
alimentó?”. Por eso María se convierte en aquella compañera de camino de todo
dominico que ama a Dios y que solamente busca responderle con generosidad y
prontitud.
En este clima de fe el dominico oirá resonar en su corazón la voz de Cristo: "He ahí a tu
madre", y le responderá con gozo, como hizo el discípulo al que Jesús amaba, tomando a
María "entre sus bienes más preciados" reconociendo en la propia vida el puesto que
compete a la madre de Cristo y de los cristianos. Le resultará espontáneo expresar su
respuesta vital a Cristo con aquel gesto que expresa la conciencia de la singular presencia
de María y el compromiso de fidelidad a Cristo: la entrega o consagración. Y vivirá tal
donación consciente de su relación cercana con María y de su compromiso cristiano y
religioso, con la disposición que nos permite conocer a Cristo y creer en él, es decir, con la
humildad, que es atención a Dios, docilidad a Él, disponibilidad de ponerse al servicio suyo
y de sus planes, a ejemplo de María, discípula predilecta del Señor.
La espiritualidad dominicana, dentro de la espiritualidad cristiana, indica disponibilidad y
generosidad para una unión, imitación y configuración con Cristo, desde el modo de Santo
Domingo, que a su vez recoge las raíces marianas. Ya que ninguna como ella, en el
seguimiento y amor al Señor.
Por esto la Orden vive esta realidad en sintonía con la interioridad de Cristo, que asocia a
María en la obra de la salvación. Al mismo tiempo, mira en María, su figura y su madre,
para aprender de ella el modo de asociarse a Cristo. Los sentimientos o disponibilidad y la
vida íntima de Cristo con respecto a su madre, deben ser imitados y vividos por todo
dominico. La realidad de la predicación, de la que es portador, urge y llama a poner en
práctica esta espiritualidad mariana, que es, por su naturaleza desde Cristo y desde la
Iglesia.
La espiritualidad dominicana es esencialmente eclesial y mariana, porque brota del hecho
de ser signo personal de Cristo, que está presente en la iglesia asociando a María. La
espiritualidad dominicana se desenvuelve en el ministerio apostólico, como prolongación
de la función misionera de Jesús. Esta relación del dominico con Cristo incluye el vivir la
asociación de María a la obra de la salvación, tal como lo concebía Domingo en su tiempo.
Esta época está llamada a una renovación profunda de nuestra Orden por el testimonio de
sus hijos, para responder al signo de los tiempos, pero siempre con una perspectiva
mariana, que ayudará a estar atentos como la Virgen María a Jesús en este camino que
nos hemos trazado haciendo presente el reino de Dios en nuestro propio mundo, pero con
el amor materno, los gestos, virtudes y por supuesto su sí inquebrantable de nuestra
madre.