PARTICIPACIÓN, DEMOCRACIA
Y DERECHOS HUMANOS
Un enfoque a partir de los
dilemas de América Latina*
José Thompson **
En la presente ponencia, se analizarán las relaciones entre la
democracia y los derechos humanos, con énfasis en las
diversas facetas de la participación política, para después echar
una mirada a la realidad más reciente de América Latina en
estas materias, todo en búsqueda de un sentido actual a
postulados sostenidos o inspirados por Thomas Jefferson.
El nexo entre democracia y derechos humanos
A pesar de los abundantes esfuerzos1 por vincular los
campos de la vigencia de los derechos humanos y la salud de
la democracia, lo cierto es que las relaciones que se establecen
entre ambos conceptos y su ámbito de aplicación tienden a
darse más por supuestas sin buscar su enfoque a casos
concretos de la historia reciente.
* Ponencia presentada en la conferencia internacional “Thomas Jefferson, rights
and the contemporary world” organizada por el International Center for
Jefferson Studies, en Bellagio, Italia, del 3 al 7 de junio de 2002.
** Director, Centro de Asesoría y Promoción Electoral, Instituto Interamericano de
Derechos Humanos, San José, Costa Rica.
1 Ver al respecto IIDH, Estudios Básicos de Derechos Humanos I, San José, 1994;
Camargo, Pedro Pablo, Derechos Humanos y democracia en América Latina:
análisis comparativo, Bogotá, 1996; Comisiónn Interamericana de Derechos
Humanos, Derechos humanos y democracia representativa, Washington, 1965.
80 Revista IIDH [Vol. 34-35
Sostenemos, a los efectos de la presente ponencia, que las
perspectivas que se asuman respecto de los conceptos de
derechos humanos y de democracia tienen implicaciones en
cuanto a la utilidad de la relación entre ambos como
herramienta para evaluar la solidez, integridad y legitimidad de
los regímenes democráticos.
Conviene empezar por recordar que ambos institutos, la
democracia2 y los derechos humanos tienen, en cuanto tiene
que ver con el desarrollo de la cultura occidental, raíces que
coinciden temporalmente en el esplendor de la civilización
griega y que se involucran con los mismos fundamentos.
En efecto, la democracia griega aspira a ser un sistema de
gobierno que adecuada y legítimamente permita adoptar
decisiones para toda la ciudadanía3 mientras que temas
centrales de la doctrina de derechos humanos, tales como la
equidad -Aristóteles- y la igualdad -Escuela estoica-, se
desarrollan a partir de debates relativos a la justicia, como
valor. El encuentro entre ambas temáticas se evidencia cuando
se habla de la justicia social 4.
Esta relación entre sistema de gobierno democrático y
derechos fundamentales de los individuos es luego retomada
históricamente con mayor precisión: en la Escuela Clásica del
Derecho Natural -Locke, Rousseau y el movimiento de la
Ilustración- y vertida en el pensamiento del cual Thomas
2 Rebasa con mucho los propósitos de este ensayo entrar en la consideración de
la abundante literatura sobre el concepto de democracia. Baste, a este efecto, ver
IIDH/CAPEL, Diccionario Electoral, II Edición, Tomo I, San José, 2001, voz
“democracia”, pp. 346 ss.
3 Por más de lo restrictivo del concepto de ciudadanía entre los griegos, ver las
notas al respecto en [Link]/apuntes/politica/la_democ/, que no
necesariamente es equivalente a la universalidad que impera en las discusiones
acerca de los derechos del ser humano -con la posible excepción de los
planteamientos de Platón acerca de la justicia en la ciudad, que se
fundamentaban en la diferenciación y la separación con armonía-.
4 Por más de las reflexiones en torno a una ley por encima de la humana que se
desarrolla en el drama de Antígona.
2001-2002] Participación Política 81
Jefferson se nutre para luego llevar a nuevas dimensiones en
sus trabajos individuales y en la Declaración de Independencia
de los Estados Unidos, con la declaratoria radical de que “todos
los hombres son creados iguales, que han sido dotados de
ciertos derechos inalienables, que entre ellos se hallan la vida,
la libertad y la búsqueda de la felicidad...”.
De manera que para este pensamiento, destilado a lo largo
de muchos siglos y abonado por muchos talentos, la relación
entre los derechos fundamentales del ser humano y el ejercicio
válido del poder trasciende o debe trascender la forma de elegir
los gobernantes, para tornarse en una cuestión relacionada con
su propia legitimidad.
Postulamos que, en la actualidad, las relaciones entre
democracia y derechos humanos deben tener un marco de
referencia de carácter convencional en los instrumentos
internacionales que se han adoptado para la consagración y
protección de los derechos humanos, que reflejan un consenso
en torno a la definición más precisa y las implicaciones de los
derechos considerados fundamentales. A efectos de la presente
ponencia, nos concentraremos con especial fuerza en las
disposiciones de la Convención Americana sobre Derechos
Humanos (CADH) y sus Protocolos adicionales5.
Para las disposiciones internacionales de derechos
humanos, la vigencia del régimen democrático es una
exigencia derivada de su propio texto, en la figura de los
denominados derechos políticos. La CADH indica en su
artículo 23 que:
5 No sólo por ser la realidad latinoamericana el énfasis de este ensayo, sino por
ser, como se verá oportunamente, la más explícita en la relación entre
democracia y derechos humanos; en todo caso, puede compararse su texto y
orientación con instrumentos de cobertura universal, como el Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos y la propia Declaración Universal.
Para efectos de la presente ponencia se hará referencia también a instrumentos
adoptados en el marco de la Organización Internacional del Trabajo.
82 Revista IIDH [Vol. 34-35
1. Todos los ciudadanos deben gozar de los siguientes
derechos y oportunidades:
de participar en la dirección de los asuntos públicos,
directamente o por medio de representantes libremente
elegidos;
de votar y ser elegidos en elecciones periódicas auténticas,
realizadas por sufragio universal e igual y por voto secreto
que garantice la libre expresión de la voluntad de los
electores, y
de tener acceso, en condiciones generales de igualdad, a las
funciones públicas de su país.
Como resulta fácil observar, características esenciales de la
democracia como la conocemos actualmente están contenidas
en este artículo: representación por vía de la posibilidad de
elegir y ser elegido, sufragio universal e igual, igualdad de
oportunidades para el desempeño de funciones públicas. De
modo que no es posible afirmar que haya cumplimiento de las
obligaciones en materia de derechos humanos si no se impulsa
y mantiene un régimen democrático.
Los derechos políticos se ubican, por demás, en la
categoría de los derechos humanos relacionados con la
libertad, lo que trae implicaciones para la aplicación de las
respectivas garantías 6.
Pero la relación no se queda ahí. Instituciones funda-
mentales del régimen democrático son esenciales para asegurar
la vigencia de los derechos humanos, la corrección de
conductas violatorias a estos derechos y la eventual reparación
de las consecuencias de estas violaciones.
6 Por largo tiempo, se suscitaron debates acerca de las categorías de derechos
humanos y las implicaciones para su aplicabilidad, enfatizando las obligaciones
de no interferencia que tocarían al Estado en el caso de los derechos civiles y
políticos, las llamadas “libertades”, ver Cançado Trindade, Antonio, El Derecho
Internacional de los derechos humanos en el siglo XXI, Editorial Jurídica de
Chile, 2000, pp. 59 ss.
2001-2002] Participación Política 83
La primera institución es, evidentemente, la Justicia7, ya
que es el juez el encargado por excelencia de recibir denuncias
de violaciones de derechos humanos, investigarlas y, si es del
caso, ordenar su corrección o reparación8. De manera que sin
una Justicia imparcial y eficaz parece ilusoria la posibilidad de
que exista vigencia de los derechos humanos en el plano
nacional.
Más aún, si el fin mismo de la democracia no es solamente
el ejercicio de un sistema de gobierno sino la búsqueda del
bienestar de los ciudadanos, los derechos humanos amplia-
mente considerados proporcionan una guía para medir la
calidad de la democracia con parámetros acordados por los
países mismos 9.
Sostenemos, en consecuencia, que los derechos humanos no
sólo incluyen disposiciones esenciales para la existencia de la
democracia y que la democracia es el régimen por excelencia
en que la vigencia de los derechos humanos puede darse, sino
que la medida de la salud y calidad de la democracia puede
hallarse en el marco que ofrecen los derechos humanos, inte-
gralmente considerados.
Esta relación útil se expresa de manera clara cuando la
enfocamos precisamente al cuadro de la participación política,
dado que en ella se engloban una serie de actividades para cuyo
ejercicio debe darse la vigencia de los derechos humanos, sin
la cual, el verdadero sentido de las actividades que la
componen se pierde para convertirse en una serie de ritos que
podrían servir a cualquier causa, por menos democrática que
esta sea.
7 Por esta denominación significamos tanto las expresiones “Administración de
Justicia” “Poder Judicial” o “Sistema estatal de justicia”, sin detenernos ahora
en los rasgos que diferencian a una de otra.
8 Las relaciones entre Justicia y Derechos Humanos han sido objeto de examen en
escritos tales como el del autor en Acceso a la Justicia y equidad. Estudio en
siete países de América Latina, Banco Interamericano de Desarrollo-Instituto
Interamericano de Derechos Humanos San José, Costa Rica, 2000, pp. 416 ss.
9 La extensión del uso de “calidad de la democracia” en América Latina puede ser
constatado en Diccionario Electoral…, pp. 109-121.
84 Revista IIDH [Vol. 34-35
Los elementos de la participación política
De las múltiples definiciones de participación política se
escoge ahora la que el Instituto Interamericano de Derechos
Humanos -IIDH- ha adoptado para sus trabajos de
investigación y educación en la materia. Según este enfoque,
la participación política es una noción compleja, que se
manifiesta en “toda actividad de los miembros de una comu-
nidad derivada de su derecho a decidir sobre el sistema de
gobierno, elegir representantes políticos, ser elegidos y ejercer
cargos de representación, participar en la definición y
elaboración de normas y políticas públicas y controlar el
ejercicio de las funciones públicas encomendadas a sus repre-
sentantes”.
Este concepto nos presenta una serie de elementos que
conviene desagregar para una correcta comprensión.
Antes que nada, importa aclarar que el uso del término
comunidad es plenamente intencionado y pretende ser abar-
cativo de país o pueblo, en diversas dimensiones, a fin de hacer
evidente que la participación se ejerce, en una sociedad
ampliamente democrática, no sólo en los procesos políticos
nacionales, sino en los similares en el plano regional o local.
Por otra parte, y en la consideración de la diversidad de nuestro
mundo, la participación debe incluir las formas de adopción de
decisiones políticas o comunes en comunidades indígenas,
tribales o autónomas, aunque sus prácticas adquieran relieves
propios, no extensibles a lo nacional10.
Del concepto amplio de participación política debemos
precisar a qué se refiere, en primer lugar, la determinación del
sistema de gobierno. Esto por cuanto sabemos que la demo-
cracia es el régimen exigido por el marco que brindan los
10 Sobre estos temas y otros relacionados, ver por ejemplo Stavenhagen, Rodolfo,
et. al, Entre la ley y la costumbre: el derecho consuetudinario indígena en
América Latina, México, 1990.
2001-2002] Participación Política 85
derechos humanos y hemos afirmado que es el único régimen
que goza de legitimidad en este contexto. Si ello es así,
conviene preguntarse qué margen queda para ejercer la
escogencia del sistema de gobierno; ello plantea el debate
acerca de la unidad o diversidad de conceptos de democracia.
Está ya superada la época del debate acerca de las
democracias cuando las socialistas o populares sostenían ser
tan igualmente democráticas como las occidentales o
representativas. Ello no significa, sin embargo, que no existan
tipos de democracia y que no pueda optarse entre ellos: desde
la monarquía republicana hasta el presidencialismo de corte
americano; la determinación de las características del sistema
de gobierno es una potestad válida de toda comunidad y
enriquece la búsqueda de soluciones cada vez más demo-
cráticas.
Recientes discusiones en las Américas en torno al contenido
y sentido de la democracia11 demuestran que la polémica sigue
viva en cuanto a las características que deben darse para que
pueda hablarse de una verdadera democracia. Estas discu-
siones enfrentaron, en un momento determinado, las ca-
racterísticas de representativa y “participativa” como si la una
debiera o pudiera darse disociada de la otra.
En los tiempos actuales, pareciera sorprendente que alguien
pudiera poner en duda que la democracia se define por su
carácter de representativa, no sólo porque es la representación
la nota definitoria de las democracias, sino porque, en el
mismo marco que los derechos humanos proporcionan, el
11 Por ejemplo, en las Américas se produce en el año 2001 un amplio debate en el
marco de la Organización de los Estados Americanos OEA, acerca de las
características de la democracia en la actualidad, a propósito de la eventual
adopción de la Carta Democrática Interamericana, cuyo texto puede consultarse
en Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (31ª. : 2001
jun.: (San José). Carta democrática interamericana. [Internet] URL:
[Link]
86 Revista IIDH [Vol. 34-35
elegir y ser elegido, esto es, la práctica de la representación
misma, son parte esencial de los derechos políticos.
También parece, con vista de la realidad reciente de
América Latina que la mera representación es insuficiente para
asegurar la democracia. La búsqueda de formas de parti-
cipación directa por parte de los ciudadanos atenúa la
incidencia de la lejanía de representantes que a menudo optan
por actuar como delegados, de manera que el carácter partici-
pativo agrega sustancialmente a una verdadera democracia,
pero en nada está opuesto a una representación bien
entendida.
En los trabajos del IIDH se ha optado por agregar una
tercera nota característica a la democracia, para entenderla
como un concepto guía y motor y no simplemente como una
descripción de la realidad: la necesidad de que sea inclusiva,
esto es, que en respeto de la diversidad de sujetos, pueblos,
orígenes y contextos, busque reflejar la variedad y riqueza de
etnias, lenguas, perspectivas y culturas que constituyen el
mosaico de las Américas.
Una derivación de este carácter inclusivo puede hallarse en
la importancia de impulsar los gobiernos locales. La
experiencia de América Latina es que la concentración de
poder en el gobierno central ha sido la práctica dominante, por
mucho12, lo que ha traído consigo, a la vez, que sean las
grandes zonas urbanas los polos de desarrollo, con poster-
gación de los sectores rurales. Si se compara la proporción de
habitantes por gobierno local en esta parte del mundo frente a
la existente en Francia, Estados Unidos o Suiza, se comprende
12 Ver en este sentido Brewer-Carías, Allan, “La opción entre democracia y
autoritarismo...”, Conferencia Inaugural de la XV Conferencia de la asociación
de Organismos Electorales de Centroamérica y el Caribe, 2001: “Venezuela, con
casi un millón de kilómetros cuadrados de superficie y cerca de 24 millones de
habitantes, tiene sólo 338 municipios. Francia, en cambio, con la mitad de dicha
superficie y 59 millones de habitantes, tiene 36,559 municipios o comunas; es
decir, cien veces más…”, pp. 13-14.
2001-2002] Participación Política 87
la incidencia de este factor en transformar el gobierno en algo
más bien ajeno y lejano.
Un segundo elemento de la participación política tiene que
ver con el derecho a elegir. Es obvio que para el pleno ejercicio
de este derecho tienen que existir una serie de condiciones y de
sistemas previos y que está lejos de terminar el debate acerca
de cómo dar las mejores seguridades para el voto como acto de
expresión de la voluntad del ciudadano. Pero es claro, de la
simple lectura del texto citado de la CADH, que para que
pueda darse el derecho a elegir, debe haber la organización de
procesos electorales revestidos de garantías.
Las garantías que dan sentido al voto tienen que ver tanto
con el carácter de auténticos de los comicios como con la
extensión del derecho a elegir, que hoy en día no es válido
restringir por razones de sexo o de nivel de alfabetización.
Para que el sufragio sea realmente universal como derecho,
deben darse, al menos: un registro civil confiable, un padrón
electoral actualizado, un documento de identidad habilitante
para el voto, una organización electoral eficiente el día de los
comicios y condiciones que aseguren la transparencia y
oportunidad en la transmisión de los resultados.
Un debate relacionado con estos temas es el que enfoca el
problema de la abstención, que puede percibirse como una
válida decisión de no ejercer el sufragio, o bien como un
alejamiento, voluntario pero peligroso, de las respon-
sabilidades derivadas de la ciudadanía o, peor aun, como
desconfianza en el sistema democrático y falta de fe en su
legitimidad13. Cada vez con mayor intensidad, cobra fuerza la
discusión acerca de las implicaciones de este fenómeno. Basta
13 Algunos de los países con sistemas democráticos más establecidos tienen altos
niveles de ausentismo electoral, como bien lo ejemplifica Estados Unidos, con
menos del 50% de votación efectiva, ver Stephenson, D., Grier, The principles
of democratic elections, US Department of State Democracy Papers, p. 5.
88 Revista IIDH [Vol. 34-35
ver los porcentajes de ausentismo electoral en recientes
procesos celebrados en América Latina 14.
Tercer elemento en este concepto útil de participación
política es el derecho a ser elegido, en estrecha relación con el
de elegir. Las derivaciones de este derecho y de las condicio-
nes para su ejercicio pueden ocupar bibliotecas enteras, en
particular en cuanto tienen que ver con la soberanía del pueblo
y el carácter de la representación.
Aparte de estar afectado por un cuadro mayor de
restricciones que las que aplican al derecho al sufragio15, este
derecho se concreta en una actividad que requiere ciertamente
garantías pero que, al menos en América Latina, exige control
por diversos mecanismos: la tendencia en esta parte del mundo
ha sido a entender el ejercicio del poder no como una actividad
de representación, sino como lo que algunos han llamado
“delegación”, que se traduce en una suerte de sultanismo
instaurado por el ritual de cada cuatro, cinco o seis años cuando
la población acude a las urnas16. Esta visión del gobernante
como detentador de poder y no como mandatario, se ve refor-
zada por la extensión del presidencialismo como sistema de
gobierno.
Al otro lado del espectro en materias relacionadas con el
derecho a ser elegido -y a actuar como representante- está la
cuestión de la gobernabilidad, esto es, qué capacidad real de
adoptar decisiones tiene el representante, cuando el fraccio-
namiento de las instancias de poder atenta contra la efectiva
práctica del gobierno.
14 Por ejemplo, en elecciones presidenciales: Colombia (1998) 49% y 41% -doble
vuelta-, El Salvador (1999) 61%, Guatemala (1999) 46.6% y 59.6% -doble
vuelta-, Venezuela (2000) 43.69%.
15 Entran en consideración causales diversas de edad, habilitación, residencia, que
varían según el sistema de que se trate.
16 Así, O’Donnell, Guillermo, Polyarchies and the (Un) Rule of Law in Latin
America, University of Notre Dame, 1999.
2001-2002] Participación Política 89
El ejercicio ideal del derecho a ser elegido debe encontrarse
precisamente en el amplio espacio que separa a los dos
extremos indeseables: la ingobernabilidad y el sultanismo.
Un cuarto elemento en la noción de participación política
que aquí se propone es la posibilidad de influir en la definición
de normas y políticas públicas, lo cual significa dar vida al
adjetivo que se ha asignado, más arriba en esta ponencia, a la
democracia, como participativa. De esta manera, se propicia
la consulta eventual a la ciudadanía más allá de las elecciones
regulares o se crean mecanismos para que las organizaciones
de la sociedad civil o los individuos puedan y no solamente por
intermedio de los partidos políticos, expresar sus opiniones,
exigir acciones o proponer iniciativas.
Este factor es importante no sólo para evitar la tendencia al
ejercicio de poder delegado, sino para fortalecer las instancias
de negociación y la protección de las minorías, contribuyendo
al desarrollo de una democracia en acción. La mayor o menor
extensión de los mecanismos de democracia directa o
participativa depende, claramente, de escogencias nacionales,
pero su mayor incidencia estimula la vida democrática en
diferentes planos –local, comunitario o ciudadano-.
Finalmente, se ha propuesto el elemento del control del
ejercicio de las funciones públicas, que toma cuerpo en la
noción de rendición de cuentas, que resulta mejor expresada
en el concepto de “accountability”, puesto que debe aludir no
sólo a la existencia de mecanismos para combatir la corrupción
y fomentar la transparencia, sino también y de manera
fundamental, con la disposición permanente de quien ejerce
funciones públicas de dar cuenta de sus actos en la gestión que
se le ha encomendado, y con la capacidad efectiva de la
sociedad -organizada o en actuación individual de sus
miembros- de supervisar el cumplimiento de las funciones, el
uso de los recursos públicos y la concreción de los
90 Revista IIDH [Vol. 34-35
compromisos eventualmente asumidos en las campañas
políticas o con oportunidad de la elección de los represen-
tantes.
La incidencia de los derechos humanos para el
ejercicio de la participación política
Ha quedado propuesto y expuesto que las relaciones entre
democracia y derechos humanos se evidencian con especial
fuerza cuando se enfoca el tema de la participación política.
Pero ello no es cierto solamente porque los derechos esenciales
en que la participación cobra vida son protegidos por los
instrumentos de derechos humanos, sino porque esa partici-
pación sería imposible o carente de significado si no es en
función de la vigencia de otros derechos humanos. Conviene
detenerse en este punto y para efecto de exposición relacionar
los postulados con las situaciones antes, durante y después del
momento en que la participación política se expresa de manera
más evidente: las elecciones.
En primer término, hay condiciones necesarias para el sano
ejercicio de la participación política que deben darse antes de
los comicios y que se traducen en el respeto o no de derechos
humanos.
Así, sin una vigencia amplia de la libertad de expresión17,
el electorado tiene una capacidad limitada para conocer y
17 Según la CADH, en su “Article 13. Freedom of Thought and Expression
[Link] has the right to freedom of thought and expression. This right
includes freedom to seek, receive, and impart information and ideas of all kinds,
regardless of frontiers, either orally, in writing, in print, in the form of art, or
through any other medium of one’s choice. The exercise of the right provided
for in the foregoing paragraph shall not be subject to prior censorship but shall
be subject to subsequent imposition of liability, which shall be expressly
established by law to the extent necessary to ensure: [Link] for the rights or
reputations of others; or [Link] protection of national security, public order, or
public health or morals…”.
2001-2002] Participación Política 91
evaluar las ofertas electorales e inclusive de reconocer el
significado del proceso electoral18 y evaluar el peso relativo de
su propio involucramiento en el mismo. Esto es cierto para la
libertad de prensa y la libre acción y opinión de los medios de
comunicación, pero también lo es en la faceta que doctrinas
europeas han venido sosteniendo acerca del derecho a la
información como parte de un concepto más amplio que la
simple emisión del pensamiento 19.
Lo mismo puede ser dicho de derechos tales como la
libertad de asociación20 y la libertad de reunión21, puesto que
sin una vigencia de la primera estaría amenazada la existencia
de los partidos políticos22 y sin el respeto a la segunda se
limitaría severamente la posibilidad de traducir la organización
partidaria en un mecanismo de comunicación directa con la
población.
La celebración misma de las elecciones depende de la
concreción de derechos humanos, tales como el sufragio y la
posibilidad de postularse para un cargo de elección popular, los
cuales tienen su análisis particular, pero involucran la vigencia
y práctica de muchos otros derechos.
18 Una situación relativamente inédita sucede en Venezuela, cuando la sentencia de
la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia ordena, el 25 de mayo
del 2000, en respuesta a una acción interpuesta por una organización de la
sociedad civil, la suspensión de las elecciones previstas para apenas unos días
después (28 de mayo del 2000). Parte de los razonamientos se basan en la
incapacidad del electorado de estar informado adecuadamente de las
implicaciones del proceso electoral.
19 Ver al respecto Rebollo Vargas, R., Aproximación a la jurisprudencia
constitucional: libertad de expresión e información y sus límites penales,
Barcelona, 1992, y lo que la Constitución de España dispone en la materia
(artículo 20).
20 Ver artículo16 CADH.
21 Ver artículo 15 CADH.
22 Adscribimos a la noción de que, al menos en la forma en que ahora la
conocemos, la democracia es, fundamental aunque no exclusivamente,
democracia de partidos.
92 Revista IIDH [Vol. 34-35
En efecto, el principio de no discriminación, que está
contenido en los instrumentos de derechos humanos23 da
sentido a todo el sistema electoral de un país: han sido las
aplicaciones de este principio las que han llevado al carácter
universal e igual que caracteriza al sufragio para que sea
válido. De hecho, las limitaciones a los derechos de elegir y ser
elegidos deben encontrar justificación en parámetros que no
sean discriminatorios.
De la misma manera, la existencia de una justicia elec-
toral24 responde a las exigencias de los derechos humanos25 de
establecer formas institucionales de resolver conflictos; su
aplicación debe respetar los principios del debido proceso
aplicables, que también están incorporados a los instrumentos
de derechos humanos.
La realización de la participación política en los momentos
posteriores a los comicios también está condicionada o al
menos relacionada con el respeto a derechos humanos
específicos.
Para muestra, basta considerar la puesta en práctica de una
cultura de rendición de cuentas para comprender la necesidad
de que se respeten márgenes mínimos de petición y de acceso
a la información pública, que son las que permitirán a los
23 Según la CADH, en su artículo 1.1: “The States Parties to this Convention
undertake to respect the rights and freedoms recognized herein and to ensure to
all persons subject to their jurisdiction the free and full exercise of those rights
and freedoms, without any discrimination for reasons of race, color, sex,
language, religion, political or other opinion, national or social origin, economic
status, birth, or any other social condition”.
24 Cualquiera que sea el sistema que ella asuma, como parte de un tribunal de
justicia ordinario, como uno especializado e irrecurrible, entre otros, ver los
trabajos de Orozco (Jesús), en la voz “Justicia Electoral”, en Diccionario
Electoral…, pp. 752 ss.
25 Artículo 8 CADH: “Every person has the right to a hearing, with due guarantees
and within a reasonable time, by a competent, independent, and impartial
tribunal, previously established by law, in the substantiation of any accusation
of a criminal nature made against him or for the determination of his rights and
obligations of a civil, labor, fiscal, or any other nature”.
2001-2002] Participación Política 93
ciudadanos y a las organizaciones ejercer una efectiva
supervisión, aun si la transparencia no es la norma de los
gobernantes de turno. Y si la identificación de casos de
corrupción no remata en la acción eficaz del sistema judicial
también se está en presencia de una infracción a las
obligaciones internacionales en derechos humanos.
Estas relaciones merecen poco desarrollo en razón de su
evidencia, aunque el mero hecho de revelar interconexiones,
tiene implicaciones para la forma en que se deban aplicar e
interpretar las instituciones relacionadas con la participación
política. Pero los derechos humanos, en su grado de evolución
actual, incluyen más campos y conllevan más consecuencias
para la participación política.
La dignidad humana, concepto central de la evolución
actual de los derechos humanos, exige la vigencia de un amplia
gama de derechos, incluyendo los que se relacionan con las
condiciones económicas, sociales y culturales.
La Declaración de Viena de 1993, remate de la Conferencia
Mundial sobre Derechos Humanos, quiso zanjar el debate entre
aplicación de los derechos civiles y políticos frente a la de los
económicos, sociales y culturales, al proclamar la integralidad
e interdependencia de todos los derechos humanos.
No son pocos los que guardan reservas acerca de los
derechos económicos, sociales y culturales como parte de los
derechos humanos, porque se han acostumbrado a percibir
solamente las civil liberties como su contenido. Pero lo cierto
es que hay instrumentos internacionales que enumeran con
claridad obligaciones de los Estados que tienen que ver con la
educación, la salud, la seguridad social, el trabajo y las
condiciones para su ejercicio, entre otros, existe un Pacto
internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales,
a nivel universal y regionalmente, hay una Carta Social
Europea, como hay en las Américas, un Protocolo adicional a
la CADH en esta materia -Protocolo de San Salvador-.
94 Revista IIDH [Vol. 34-35
La aceptación de que las condiciones económicas, sociales
y culturales son un factor relevante a la hora de evaluar la salud
de un sistema político y la extensión del buen gobierno trae
consigo importantes consecuencias, relacionadas claro está con
las particularidades de estos derechos y de sus criterios de
interpretación26 y puede agregar elementos de análisis al
contexto en que se desarrolla la participación política. Cabe
considerar, a modo de ejemplo, el efecto de la inversión de un
Estado en educación y su incidencia en la capacidad de la
población de interpretar la oferta electoral , para comprender la
importancia de ampliar las visiones tradicionales en esta
materia, para lo cual el amplio marco de los derechos humanos
proporciona un buen conducto 27.
El horizonte para percibir el desarrollo de la participación
política varía también cuando se toman en cuenta los derechos
colectivos, tales como los protegidos por el Convenio 169 de la
Organización Internacional del Trabajo para los pueblos indí-
genas y tribales, porque significa una ampliación considerable
del universo de derechos aplicables y modifican la percepción
26 Para un análisis de las implicaciones que estos derechos -en buena medida
derivados del famoso principio de freedom from want que el Presidente
Roosevelt asumió en 1941-, ver Steiner, Henry and Alston, Philip, International
Human Rights in context, Oxford, 2000, pp 237 ss.
27 La vinculación entre ciertos derechos económicos y la plena ciudadanía no es
cosa nueva, como nos recuerda Eide, Asbjorn: “In 1950, T.H. Marshall focused
on the historical development in the West of those attributes which were vital to
effective “citizenship”. He distinguished three stages in this evolution… Civil
rights…the great achievement of the eighteenth century… political rights were
the principal achievement of the nineteenth century… social rights were the
contribution of the twentieth century, making it possible for all members of
society to enjoy satisfactory conditions of life.”, en Economic, social and
cultural rights, Martinus Nijhoff Publishers, 2001, p.13. Ver también IIDH, Los
derechos económicos, sociales y culturales: un desafío impostergable, San José,
1999.
2001-2002] Participación Política 95
del potencial que existe para la participación política 28,
planteando dilemas tales como la compatibilidad entre
sistemas de gobierno comunitarios y representación de líderes
indígenas en los órganos nacionales.
A lo anterior puede agregarse la interpretación más amplia
de que la no discriminación debe empezar por reconocer
diferencias y traducirse en un combate efectivo contra las
desigualdades de hecho, lo cual en varios sistemas se ha
concretado en la aplicación de cuotas o criterios numéricos29.
En este contexto, las relaciones entre derechos humanos y
democracia adquieren otro perfil y las implicaciones de la
vigencia de los derechos humanos para la evaluación de la
participación política en el marco de un sistema de gobierno
que aspire a ser más que una democracia electoral toman
dimensiones mucho mayores.
Por supuesto que un análisis a fondo de estos temas rebasa
con mucho el propósito y los límites de este ensayo, pero
interesa ahora explorar en qué medida este enfoque contribuye
a la interpretación de realidades como las que nos presenta
América Latina.
28 A pesar de la escasa Bibliografía, puede consultarse: Oliart, Francisco,
“Campesinado indígena y derecho electoral en América Latina”, en Cuadernos
de CAPEL 6, San José, 1986; Nueva sociedad 153: Pueblos indígenas y
democracia, Caracas 1998, y Guerrero, Andrés, “Poblaciones indígenas,
ciudadanía y representación”, en Nueva Sociedad 150, Caracas 1997.
29 Por ejemplo en Argentina, la legislación indica que las listas de los partidos
deberán tener mujeres en un mínimo de un 30 % de los candidatos de los cargos
a elegir y en proporciones con posibilidad de resultar electas. No será
oficializada ninguna lista que no cumpla estos requisitos. La incorporación de
cuotas específicas para candidaturas femeninas también se contempla en
Paraguay, Bolivia, Costa Rica, Ecuador Brasil y República Dominicana. En
Colombia, la Constitución Política le concede dos circunscripciones especiales
en el Senado a las comunidades indígenas (art. 171) y facilita la creación por ley
de 5 circunscripciones especiales en la Cámara de Representantes para grupos
étnicos (1), negritudes (2), minorías políticas (1) y ciudadanos que viven en el
extranjero (1). (Art. 176).
96 Revista IIDH [Vol. 34-35
Balance de los logros y los riesgos de la
democracia en América Latina
Con la notable y persistente excepción de Cuba, América
Latina exhibe, por primera vez en su historia, un predominio
competo de la democracia representativa. Con altibajos pero
con continuidad, regímenes electos democráticamente ceden el
poder a sucesores escogidos de la misma manera; los militares,
que ostentaron tanto poder político hace apenas unos años se
han retirado a sus cuarteles; la institucionalidad electoral ha
adquirido mayor credibilidad.
Y este es un proceso relativamente reciente. A fines de los
años setenta del siglo pasado, y todavía a inicios de la década
de los ochenta, la democracia era una excepción en esta parte
del mundo30. La ola democratizadora que barrió con los
autoritarismos -fundamentalmente de corte autocrático militar-
se inicia después de 1985 y pronto cobra dimensiones
impensadas aun para los más optimistas, como se ilustra por el
hecho de que de que en tan solo ocho años, de 1992 al 2000 se
realizan alrededor de 80 procesos electorales.
De hecho, procesos tan complejos como el de paz en
Centroamérica31 optan por acuerdos que se comprometen a
una salida electoral para superar los cuestionamientos a la
mayor parte de los regímenes de la región.
Con algunas notables excepciones que no progresan, como
el autogolpe del Presidente Serrano en Guatemala en 1993 y
alguna que sale adelante, como la disolución del Congreso
ordenada por el Presidente Fujimori en el Perú en 199232, se
30 En 1980, eran democracias reconocidas como tales: Colombia, Costa Rica y
Venezuela.
31 El mismo que le merece al Presidente Oscar Arias de Costa Rica el Premio
Nobel de la Paz en 1987.
32 La timidez de la respuesta internacional a esta última permitió a Fujimori
establecer un régimen formalmente democrático pero crecientemente corrupto y
autoritario hasta su vertiginosa caída en el año 2000.
2001-2002] Participación Política 97
extiende la institucionalidad democrática como la entendemos,
esto es, con división de poderes, frenos y contrapesos y un
mayor desarrollo de los organismos judiciales y electorales.
En lo que ahora más interesa, los canales para la
participación política se amplían en el periodo de los años
noventa y lo electoral pasa a ser actividad intensa y
compartida. El IIDH crea su Centro de Asesoría y Promoción
Electoral en 1983, aunque no es sino a fines de 1984 que inicia
su trabajo; ya a fines de 1985 ha formado la primera asociación
de organismos electorales en el mundo33. La sombrilla de las
asociaciones que se van constituyendo sirve para generar
proyectos de asistencia técnica inspirados en la filosofía de la
cooperación horizontal -sur-sur-; en su desarrollo se subsanan
progresivamente defectos y vacíos en la mecánica y la
legislación electoral en los países latinoamericanos34.
De la misma manera, América Latina pasa a ser una región
del mundo con mayor sujeción a instancias internacionales de
protección de los derechos humanos. La CADH es ratificada
progresivamente por la mayor parte de los países, al punto de
que hoy en día veinticinco Estados son miembros; la Corte
Interamericana de Derechos Humanos tiene jurisdicción sobre
33 El llamado “Protocolo de Tikal”, agrupando a las instituciones de esta
naturaleza en Centroamérica y el Caribe. Actualmente, CAPELtodavía sirve de
Secretaría Ejecutiva a tres asociaciones que engloban a los organismos
electorales de las Américas, incluyendo Estados Unidos y Canadá.
34 A la fecha CAPELha llevado a cabo cerca de sesenta proyectos de este tipo, con
incidencia en catorce países latinoamericanos, y ha ejecutado más de ciento
cincuenta misiones de observación, compuestas fundamentalmente por
miembros de organismos electorales y planeadas como una oportunidad de
intercambio para la cooperación en esta materia, más que como una evaluación
de la corrección o no de la elección, que se hace pensando en la opinión pública
local o internacional. A estos números hay que sumar, naturalmente, las
actividades efectuadas por instituciones similares como la International
Foundation for Electoral Systems o la Unidad para la Promoción de la
Democracia de la Organización de Estados Americanos, para dar una idea de la
importancia de esta actividad.
98 Revista IIDH [Vol. 34-35
veintidós países del Continente35. Esta adhesión a instru-
mentos internacionales remata recientemente –en la por otras
razones trágica fecha del 11 de septiembre del 2001- en la
adopción de la Carta Democrática Interamericana, en la cual se
hace expresa e ineludible la democracia representativa como
condición para la pertenencia a la Organización de Estados
Americanos y a las instancias de integración hemisférica, como
la prevista Area de Libre Comercio de las Américas.
Pero este cuadro positivo se matiza dramáticamente cuando
se observan las imperfecciones, insuficiencias y grietas de esta
democracia latinoamericana.
En primer término, hay una creciente desilusión con la
democracia, en particular en el caso de los órganos legislativos
y los partidos políticos, que registran casi sin excepción los
últimos lugares en las encuestas de opinión y una peligrosa
añoranza por las soluciones fáciles de las épocas autoritarias36.
La crisis de los partidos políticos ha llegado a tal punto que ha
catapultado la llegada al poder de un líder abiertamente en
contra de los partidos como Chávez en Venezuela, otrora tierra
de un aparentemente firme bipartidismo.
Ese desencanto con la democracia se abona con males que
hacen a su incapacidad para dar respuesta a problemas urgentes
y graves y a su ineficacia para incluir adecuadamente a toda la
diversidad que la tierra latinoamericana alberga.
En el primer terreno, el de carencia de respuesta adecuada,
hay que mencionar al menos tres áreas problema: la poca
solidez del sistema económico, la corrupción y la inseguridad
ciudadana.
35 Confrontar datos actualizados en [Link]/.
36 Ver al respecto IIDH/CAPEL, Rial, Juan et alt comp., Urnas y desencanto
político: elecciones y democracia en América Latina 1992-1996, San José,
Costa Rica, 1998; Cerdas, Rodolfo, El desencanto democrático: crisis de
partidos y transición democrática en Centro América y Panamá, San José,
1993.
2001-2002] Participación Política 99
Argentina ejemplifica de manera dramática la incidencia de
los problemas económicos en la salud del régimen demo-
crático37, crisis más impactante aun por haberse producido con
aplicación de medidas recomendadas por los organismos
multilaterales internacionales; pero en general América Latina,
con la peor distribución del ingreso en el mundo38, no está
aplicando las posibilidades de la democracia y la legitimidad
de la participación de sus poblaciones para motivar por lo
menos un optimismo moderado en un futuro económicamente
más sólido.
Por su parte, la corrupción, que golpea fuertemente a la
región y sobre todo a su clase política, facilitando el descrédito
del sistema, viene acompañada por una sensación de
impunidad, ante la realización de investigaciones y procesos
judiciales que rara vez rematan en una asignación de
responsabilidad para los implicados cuando estos proceden de
las altas esferas políticas y económicas.
En lo que respecta a la inseguridad ciudadana ante la
extensión de la delincuencia, la internacionalización de
algunas de sus manifestaciones y la ineficacia de los cuerpos
de seguridad y judicial, hay aquí un campo especialmente apto
para a búsqueda de soluciones extremas, que deslegitimen a los
regímenes democráticos latinoamericanos. Lo cierto es que la
población reclama soluciones a corto plazo y entre algunos se
extiende la errónea creencia de que es el debido proceso el
culpable de la falta de acciones eficaces en el tema de
seguridad.
El segundo gran campo que erosiona la democracia
latinoamericana es el de la exclusión de amplios sectores de la
37 Cuatro presidentes en un mes es un récord difícil de superar, como también lo
es una suma de alrededor de 132,000 millones de dólares en deuda externa.
38 Ver Banco Interamericano de Desarrollo. Informe anual 2000. Washington,
D.C., BID, 2001. En: [Link]
100 Revista IIDH [Vol. 34-35
población, que trae como consecuencia la falta de sentido de
pertenencia de pueblos indígenas o de afrodescendientes o la
injusta desproporción en la representación política de la
mujer39. Cuando se repasa la composición de los cuerpos
políticos electos y cuando se ve el contenido de la agenda
política o de gobierno, se comprende que la falta de inclusión
se reproduce en la mayoría de las instancias. En estas
manifestaciones o en tantas otras, la noción misma de la
soberanía del pueblo y para el pueblo está claramente en
cuestión.
Al igual que se sostuvo con el ejercicio de la participación
política, se sostiene aquí que la agenda negativa de la
democracia latinoamericana afecta directamente la vigencia de
los derechos humanos. En efecto, en los temas de la ineficacia
en la gestión, tenemos que tomar en cuenta los derechos
económicos, sociales y culturales, que reclaman un lugar
privilegiado en los planes de gobierno en toda la región, y
también las exigencias de un sistema de justicia independiente
y eficaz, que tienen que ver con los temas de corrupción y de
inseguridad. Por su parte, la exclusión es una clara violación de
los derivados de los principios de igualdad y no
discriminación, establecidos regionalmente pero desarrollados
ampliamente por instrumentos particulares 40.
Si esta relación entre vigencia de los derechos humanos y
salud de la democracia es real, conviene ahora preguntarse
cómo, en este caso al igual que en las manifestaciones de la
participación política, puede ser útil en los debates políticos de
39 Los niveles de exclusión social de América Latina han merecido que se acuñara
la expresión “development cum social exclusion”, ver Chalmers et alt, The new
politics of inequality in Latin America, Oxford, 1997, p.21.
40 Hay una considerable producción normativa de Naciones Unidas en esta
materia, quizá más amplia que en ninguna otra rama de los Derechos Humanos,
ver la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de
discriminación racial (1965) o la Convención sobre la Eliminación de todas las
formas de discriminación contra la mujer (1979).
2001-2002] Participación Política 101
nuestros días y si hay alguna vinculación con lo que tiempo
atrás Thomas Jefferson nos dejó como ideario y como obra.
Los derechos humanos como guía del buen
gobierno y como germen de la participación política
La tesis central de este ensayo, de que existe una relación
estrecha e indisoluble entre vigencia de los derechos humanos,
democracia sólida y una sana participación política parece
haber quedado ejemplificada en las páginas anteriores, con un
especial énfasis en los problemas y dilemas de América Latina.
Además de explicitar la faceta ética del ejercicio político en
la búsqueda del bienestar de la ciudadanía, como insistiera
Jefferson y en su tiempo Locke y Rousseau, nos evidencia que
el gran desarrollo que ha habido en materia de derechos
humanos no ha corrido paralelo con los debates y propuestas
que se generan para afrontar los problemas y desafíos de
nuestra época.
Lo anterior no quiere decir, claro esta, que sea fácil el
tránsito del discurso general de la consagración de los derechos
humanos a su utilización como herramienta de quehacer
político y, por ende, como instrumento de evaluación de la
salud de la democracia -incluyendo las posibilidades reales de
ejercicio de la participación política-.
Pero nos recuerda, precisamente, que en el pensamiento de
Jefferson, de los grandes hombres del pensamiento político
moderno, de quienes sentaron las raíces de la democracia en
sus distintas formas, la legitimidad del gobierno no se medía
meramente por la bondad de sus elecciones, ni la mayor
división entre los órganos del poder público, factores
importantes pero insuficientes. En todos ellos, como en la
Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el buen
gobierno es el que respeta los derechos de su población y el que
102 Revista IIDH [Vol. 34-35
hace de este el norte de sus planes y sus actos, al punto que la
obediencia del ciudadano deja de ser obligatoria si es que estos
derechos -naturales, inalienables- son pisoteados por el poder.
Hoy contamos con un elenco más desarrollado y preciso de
los derechos humanos, hay una considerable doctrina y
jurisprudencia internacionales que permiten delimitar los
campos de acción y vislumbrar las consecuencias del
cumplimiento de estos derechos. Falta, sin embargo, buscar
que se transformen en herramientas de ejercicio del poder, en
cada una de las realidades a las que deba aplicarse.
Para la América Latina de hoy, este enfoque debería
significar al menos siete lecciones para la democracia:
1. Los derechos humanos implican más que libertades: una
democracia que no aprenda a afrontar los problemas de la
pobreza y la falta de oportunidades económicas no está
llenando su cometido.
2. Los seres humanos son creados iguales; las exclusiones y
discriminaciones, de hecho o de derecho son contrarias a los
derechos humanos y deslegitiman a las democracias que las
toleran.
3. La seguridad ciudadana es una prioridad para el desarrollo
de una sociedad y una exigencia de los derechos humanos;
la lucha contra la delincuencia y la violencia, sin embargo,
no puede incurrir en las violaciones que busca combatir.
4. La transparencia y una cultura de rendición de cuentas son
elementos esenciales de la democracia y de la participación
política; los derechos humanos exigen el control de todos
los ilícitos por parte de la justicia; las excepciones hechas a
favor de los poderosos socavan la solidez de la democracia
a los ojos de su pueblo.
5. La participación es la sangre viva de una democracia
verdadera, requiere de una apuesta en su favor, y de
2001-2002] Participación Política 103
condiciones para su ejercicio, por medio del respeto a
derechos humanos fundamentales tales como la libertad de
expresión, la de asociación y la de reunión, así como de
condiciones económicas y sociales mínimas y del estímulo
a la desconcentración del poder en la forma de gobiernos
locales.
6. El voto, el sistema electoral y la institucionalidad son
factores sine qua non para que pueda hablarse de
democracia pero no bastan para asegurar la participación
política y menos aun, el buen gobierno, que debe volver
siempre sobre la consideración de sus fines en busca del
bienestar de quienes están bajo su mando.
7. En los tiempos actuales, la consolidación de una democracia
sana y sólida, como la vigencia de los derechos humanos,
son asuntos que afectan cada vez al mundo entero: la cara
humana de la globalización está en el interés y los esfuerzos
por apoyar estas causas desde diversas latitudes.
Esta última idea, especialmente oportuna para una ponencia
que se inscribe en un encuentro internacional para analizar a la
luz de las circunstancias actuales las grandes ideas de Thomas
Jefferson, nos recuerda también que, en su tiempo y en sus
luchas, fue de muchas fuentes que provino la fuerza de las
ideas que constituyen la Declaración de Independencia y la
Constitución de los Estados Unidos. Las doctrinas de los
luchadores por los derechos del hombre inspiraron y
obsesionaron a Jefferson pensador y estadista, que no creyó
sólo en escribirlas sino en hacerlas instrumentos de lucha, de
cambio y de gobierno. Es esa quizá la mejor lección que
podemos extraer para los dilemas de nuestros días y para las
angustias de América Latina.