Introducción
Introducción
PROBLEMÁTICA
FILOSÓFICA
Historia
2021
Consultas:
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Programa de:
Introducción a la Problemática
Filosófica
(Cód. H001)
Universidad Nacional de Córdoba Año Lectivo:
Facultad de Filosofía y Humanidades 2021
Escuela de Historia Cursada Virtual
Carreras: Semestre: Primero
Profesorado y Licenciatura Carga Horaria: 96 horas
en Historia Hs. Semanales: 6 horas
Planes: 2017 y 1993 Ubicación: 1° año; Materia obligatoria
Equipo Docente:
Prof. Adjunto a Cargo: Edgar J Rufinetti
Prof. Asistente: Carolina Favaccio
Prof. Asistente: Esteban Leiva (carga anexa)
Prof. Asistente: Julia Monge
Ayudante Alumno: Sofía Puertas
Ayudante Alumno: Gabriela Falco
I. Presentación
Una Introducción resulta siempre un recorte de ciertos aspectos que se consideran básicos o elementales
respecto al ámbito o disciplina que se presenta. Esta circunstancia aparece como un primer determinante
de nuestra propuesta y nos pone ante la pregunta acerca de las cuestiones que han de considerarse
relevantes o centrales y a partir de las cuales, eso es lo que al menos debiera esperarse, los estudiantes
podrían obtener un panorama o un mapa de aquello que se llama filosofía. Sin embargo otra determinación
nos sale al paso, y está cifrada en el propio nombre: Introducción a la problemática filosófica denota una forma o
un modo particular de abordar la práctica y la historia de la filosofía. No es solo que se dé por supuesto
que tengamos que ocuparnos de “problemas” y de “problematizar”, sino que con ello se impone un
criterio de selección: de entre todo aquello que pensaron, hicieron, imaginaron y sintieron los llamados
filósofos, lo relevante resultan ser los “problemas”. Pero además está el singular de la problemática
filosófica que puede ser leída al menos en dos sentidos: uno que podría resumirse preguntando cuál es la
problemática filosófica; otro, nos conduce no a un problema particular sino más bien al modo de trabajo, o
mejor, a la actitud propia de la filosofía.
Nuestra propuesta pretende, a contrapelo, identificar y analizar diferentes “problemáticas” y modos de
1
abordaje de la filosofía en los que pueda verse cierta relación entre filosofía e historia. La conexión entre
éstas de ningún modo se limita al campo específico de la historia de la filosofía; desde luego que si se
comprende la filosofía anclada en el contexto político, social y cultural en el que se practica, la historia de
esta disciplina puede vincularse con cierta facilidad a la práctica historiadora. Por otro lado, una de las
modalidades de la conexión entre historia y filosofía que abordaremos es la llamada filosofía de la historia;
a nuestro entender, la relación que aquí se establece tiene que ser abordada en vinculación con un modo
particular de concebir la «operación filosófica», de manera tal que no resulta extensiva a cualesquiera
reflexiones sobre la historia.
No obstante, como pondremos de manifiesto en el desarrollo del programa, historia y filosofía han
confluido en el tratamiento de cuestiones tales como la posibilidad y la manera de conocer los
acontecimientos humanos, la objetividad de sus narraciones, el carácter de los objetos que se investiga, la
naturaleza de la acción humana. En este sentido, creemos que ciertas reflexiones filosóficas acerca de la
historia se articulan con consideraciones teórico metodológicas de la propia historiografía.
Es por ello que proponemos indagar dos ámbitos conceptualmente relacionados, en los que parecieran
confluir dichas reflexiones: por un lado, el del conocimiento del mundo humano, el que requiere ser
abordado tanto desde una estrategia epistemológica como desde una consideración ontológica. Y, por otro,
aquel en el que emerge un interés humano por interpretar y dar sentido práctico al mundo histórico social
de la vida en el que siempre estamos insertos.
II. Objetivos
Generales:
➢ Introducir a los estudiantes al análisis crítico de ciertas problemáticas filosóficas señalando su
vinculación con la historia.
➢ Promover el debate de las cuestiones abordadas poniendo de relieve tanto el “contexto” como las
referencias intertextuales en la argumentación de los autores abordados.
Específicos:
➢ Identificar los aspectos por los que las cuestiones abordadas cobraron relevancia en una
determinada época.
➢ Reconocer los supuestos operantes tanto en la definición de los problemas tratados como en los
modos de abordarlos.
➢ Reflexionar críticamente sobre las prácticas filosóficas e historiográficas.
➢ Desarrollar una actitud crítica frente al abordaje disciplinar, reconociendo las dimensiones
específicas de la producción, la experiencia y la conciencia históricas.
2
III. Núcleos Temáticos
Unidad 1:
1. Presentación: Relación historia y naturaleza en las concepciones antiguas y modernas. Tareas del
historiador y logro de la imparcialidad. La historia como problema filosófico.
2. Surgimiento del pensamiento positivo y el pensamiento abstracto en la Grecia antigua. El chamán, el
filósofo, el historiador. Deliberación sobre lo común, acción y democracia. Los Sofistas y Sócrates.
3. Comunidad política y regímenes de gobierno. El hombre como “animal político” y ciudadanía.
Bibliografía obligatoria
- Arendt, H. “El concepto de historia: antiguo y moderno” en Arendt, Entre el pasado y el futuro, Península,
Barcelona, 1996.
- Vernant, J P. “Del mito a la razón. La formación del pensamiento positivo en la Grecia arcaica” en
Vernant, J P. Mito y pensamiento en la Grecia antigua, Ariel 1983.
- De Romilly, J. Los Grandes sofistas de la Atenas de Pericles, Gredos, Madrid, 2010. (“Prefacio” y “Aparición y
éxito de los sofistas”)
- Platón. Apología de Sócrates, Gredos-RBA, Barcelona, 2007.
- Dri, R. “Filosofía política aristotélica” en Borón, A (comp) La filosofía política clásica, Clacso, Bs As, 2003.
Clases Prácticas:
- Tucídides “Discurso fúnebre de Pericles” en Historia de la guerra del Peloponeso, Gredos, Madrid, 2006.
- Aristóteles. Política, Gredos, Madrid, 1988. (Libro 1)
Bibliografía complementaria
- Alegre Gorri, A. “El mundo griego: tiempo e historia” en Reyes Mate, M. (ed.) Filosofía de la historia.
Trotta, Madrid.1993
- Detienne, M. “El proceso de secularización” en Detienne, M. Los maestros de verdad en la Grecia arcaica,
Taurus, Madrid, 1983.
- Brauer, D. “Introducción” en Brauer, D. La historia desde la teoría, Prometeo, Bs As, 2009
- Finley, M. El Nacimiento de la política, Crítica, Barcelona, 2015.
- Guthrie, W K C. “El mundo de los sofistas” en Guthrie, Historia de la filosofía griega, Tomo III, Gredos,
Madrid, 2003.
- Reale, G y Antiseri, D. Historia del pensamiento filosófico y científico, Herder, Barcelona, 1988 (Tomo I)
- Roldán, Concha. “La prehistoria de la filosofía de la historia” en Roldan Entre Casandra y Clío. Akal,
Madrid, 1997.
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- Vernant, J P. Mito y sociedad en la Grecia antigua, Siglo XXI, Madrid, 2003
- Valdeón, J. “El mundo cristiano (Antiguo y medieval)” en Reyes Mate, M. (ed.) Filosofía de la historia.
Trotta, Madrid.1993.
Unidad 2.
1. El concepto de proceso en la naturaleza y en la historia. El escepticismo y el modelo heliocéntrico. La
duda de Descartes sobre el conocimiento y el problema de la objetividad: en busca de un método.
2. Concepto moderno de historia y temporalidad. La crítica de Vico al escepticismo: la historia como
construcción humana y el principio del verum/factum.
Bibliografía obligatoria
- De Olaso, E. “El escepticismo antiguo en la génesis y el desarrollo de la filosofía moderna” en Enciclopedia
Iberoamericana de filosofía, ed Trotta, 1994
- Descartes, R. Discurso del método, Terramar Ed, La plata, 2005. (partes 1 a 4).
- Reale, G y Antiseri, D. “Descartes: el fundador de la filosofía moderna” en Historia del pensamiento filosófico
y científico, Herder, Barcelona, 1995 (Tomo II)
- Vico, G. Sabiduría primitiva de los italianos, Inst. de Filosofía, Buenos Aires, 1939 (Cap. 1)
- Berlin, I. Vico y Herder. Dos estudios en la historia de las ideas. Cátedra, Madrid, 2000 (“Introducción” y “La
teoría del conocimiento de Vico y sus fuentes” I y II)
Clases Prácticas:
- Vico, G. Sabiduría primitiva de los italianos, Inst. de Filosofía, Buenos Aires, 1939 (Cap. 1)
- Berlin, I. Vico y Herder. Dos estudios en la historia de las ideas. Cátedra, Madrid, 2000 (“La teoría del
conocimiento de Vico y sus fuentes” I y II)
Bibliografía complementaria
- Berlin, I. “G Vico y la historia cultural” en Berlin, El fuste torcido de la humanidad, Península, Barcelona
2002
- Descartes, R. Meditaciones metafísicas, Terramar Ed, La plata, 2005
- Gemma Muñoz-Alonso López. “La crítica de Vico a Descartes” en Cuadernos sobre Vico 2, 1992.
- Koselleck, R., Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Paidós, Barcelona, 1993
(“Introducción” y “Futuro Pasado del Comienzo de la Modernidad”).
- Kristeller, P. El pensamiento renacentista y sus fuentes. FCE, México, 1982.
- Popkin, R. La historia del escepticismo desde Erasmo hasta Spinoza, FCE, México, 1983.
- Reale, G y Antiseri, D. Historia del pensamiento filosófico y científico, Herder, Barcelona, 1988 (Tomo II)
- Ricoeur, P. “Perspectivas críticas” en Ricoeur. Historia y verdad, FCE, BsAs, 2015
- Roldán, Concha. “La aurora de la filosofía de la historia” en Roldan Entre Casandra y Clío. Akal, Madrid,
4
1997.
Unidad 3.
1. Teleología, progreso y tiempo histórico: el surgimiento de la “filosofía de la historia”. Filosofía crítica y
filosofía especulativa de la historia. Libertad e igualdad del hombre frente al orden político.
2. Kant y la teleología de la naturaleza como dadora de significado. La naturaleza antagónica del hombre.
3. Razón e historia en Hegel. La dialéctica de la historia y la crítica a la investigación empírica.
Bibliografía obligatoria
- Dotti, J. “El pensamiento político moderno” en Enciclopedia Iberoamericana de filosofía, ed Trotta, 1994.
- Roldán, Concha. “La aurora de la filosofía de la historia” en Roldan Entre Casandra y Clío. Akal, Madrid,
1997
- Kant, I. “Idea de una historia universal en sentido cosmopolita” en Kant, Filosofía de la historia, FCE,
México, 1997.
- Kant. “Replanteamiento de la pregunta sobre si el género humano se halla en continuo progreso hacia lo
mejor” en Kant, El conflicto de las facultades, Alianza, Madrid, 2003.
- Châtelet, F. “Kant. Pensador de la modernidad” en Châtelet, Una historia de la razón, Nueva Visión, Bs As,
1993.
- Hegel, G W F. “Las distintas maneras de considerar la historia” y “La visión racional de la historia
universal” en Hegel Lecciones sobre filosofía de la historia universal, Alianza, Madrid, 1997.
- Brauer, D “La filosofía idealista de la historia”, en Reyes Mate, M (ed). Filosofía de la historia. (III- La
dialéctica de la historia en Hegel)
Clases Prácticas:
- Kant, I. “Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?” AAVV ¿Qué es Ilustración?, Tecnos, Madrid,
1993.
- Kant, I. “Idea de una historia universal en sentido cosmopolita” en Kant, Filosofía de la historia, FCE,
México, 1997
Bibliografía ampliatoria
- Astrada Carlos. Marx y Hegel, Ediciones el alef.com, 2000
- Brauer, D. “La filosofía idealista de la historia” en Reyes Mate, M (ed). Filosofía de la historia.
- Hyppolite, J. Introducción a la filosofía de la historia de Hegel, Ed Caldén, 1970.
- Honneth, A. “La ineludibilidad del progreso. La definición kanteana de la relación entre moral e historia”
en Honneth, Patologías de la razón, Katz, Bs As, 2009.
- Marcuse, H. “La filosofía de la historia” en Marcuse Razón y revolución, Altaya, Barcelona 1997
- Meinecke, F. El historicismo y su génesis, FCE, México, 1943.
5
- Ricoeur, P. “La filosofía crítica de la historia” en Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido. FCE, Bs As,
2010.
- Sevilla, J. “El concepto de filosofía de la historia en la modernidad” en Reyes Mate, M.(ed) Filosofía de la
historia.
Bibliografía obligatoria
- Schnädelbach, H. La filosofía de la historia después de Hegel. Alfa, Barcelona, 1980. (Introducción)
- Marx. K. “Prólogo a la Contribución a la Crítica de la economía política” en Marx, Introducción general a la
crítica de la economía política, Cuadernos de Pasado y Presente, Nº 1, Córdoba, 1970.
- Marx, K y Engels, F. La ideología Alemana, Grijalbo, Barcelona, 1970 (Selección capítulo 1)
- Nietzsche, F. “Verdad y mentira en sentido extramoral” en Revista Discurso y realidad, Tecnos, Madrid
1996
- Nietzsche, F. Segunda consideración intempestiva: Sobre utilidad y perjuicio de la historia para la vida.
Alción Editora, Córdoba, 1998.
Clases Prácticas:
- Marx. K. “Prólogo a la Contribución a la Crítica de la economía política” en Marx, Introducción general a la
crítica de la economía política, Cuadernos de Pasado y Presente, Nº 1, Córdoba, 1970.
Bibliografía ampliatoria
- Anderson, Perry. Tras las huellas del materialismo histórico, Siglo XXI, Madrid, 1986.
- Astrada Carlos. Marx y Hegel, Ediciones el alef.com, 2000.
- Bubner, R. “La unidad de la historia y el inicio de la filosofía de la historia” en Bubner Acción, historia y
orden institucional, FCE, Bs As, 2010.
- Burckhardt, J. Reflexiones sobre la historia universal. FCE, México, 1943. (Introducción)
- Colli, G. Introducción a Nietzsche, Folios ediciones, México, 1983.
- Habermas, J. “Entre ciencia y filosofía: el marxismo como crítica” en Habermas Teoría y praxis, Tecnos,
Madrid, 1987.
- Jay, Martin. “Vico y el marxismo occidental” en Socialismo fin-de siécle. Nueva Visión, Bs. As, 1990.
- Moro Abadía, O. “Entre Casandra y Clio: A propósito del pasado, el presente y el futuro de la filosofía de
6
la historia”, Isegoría 35 (2006) 295-308.
- Löwith, K. Max Weber y Karl Marx, Gedisa, Barcelona, 2007.
- Ranciere, J. “Sentido y figuras de la historia” en Figuras de la historia, Eterna Cadencia, Bs As, 2013.
- Ricoeur, P. “Preludio. El peso de la historia y lo no-histórico” en Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido.
- Schnädelbach, H. Filosofía en Alemania (1831-1933), Cátedra, Madrid, 1991.
- Vásquez, E. “Filosofía postidealista (materialista) de la historia” en Reyes Mate, M.(ed) Filosofía de la
historia.
- Vattimo, G. Introducción a Nietzsche, Nexos, Barcelona, 1990.
V. Evaluación
Se prevén 1 exámenes parcial (pudiendo recuperarlo) y 1 trabajos prácticos evaluados (pudiendo
recuperarlo). Se evaluará el proceso de adquisición de las capacidades lecto-comprensoras y el grado de
asimilación y nivel de exposición de los contenidos desarrollados. Se evaluará el proceso de adquisición de
las capacidades lecto-comprensoras y el grado de asimilación y nivel de exposición de los contenidos
desarrollados.
Habrá dos instancias de evaluación: un parcial y un trabajo práctico, con sus respectivos recuperatorios.
- Para alcanzar la condición de regular, se deberá obtener una calificación de 4 o más en ambas instancias
evaluativas.
- Para acceder a la condición promocional, se deberá obtener 7 o más en ambas instancias evaluativas.
Coloquio final para la acreditación.
7
Horarios de Clases
Teóricos: Lunes de 18 a 20 hs
Miércoles de 18 a 20
Prácticos:
Horarios Profeser
Miércoles 10 a 12 hs Prof. Julia Monge
Miércoles de 12 a 14 hs Prof. Julia Monge
Jueves de 14 a 16 hs Prof. Esteban Leiva
Viernes 16 a 18 hs Prof. Carolina Favaccio
Viernes 18 a 20 hs Prof. Carolina Favaccio
8
Cronograma de Clases Prácticas
Semana exámenes
A partir de este cronograma de clases prácticas, cada profesor especificará el cronograma para sus
comisiones, el cual será colgado en el Aula Virtual para consulta de les estudiantes.
9
UNIDAD 1
HANNAH ARENDT
Entre el pasado
y el futuro
Ocho ejercicios
sobre la reflexión política
Ediciones Península
Barcelona
Publicado por primera vez en Estados Unidos con el título:
Between Past and Future de Hannah Arendt.
ISBN: 84-8307-001-4.
II. EL CONCEPTO DE HISTORIA:
ANTIGUO Y MODERNO - -
l . HISTORIA Y NATURALEZA
49
mismo tipo de existencia eterna para las cosas que nacen y
mueren como para las cosas que son y no cambian. «El ser de
las criaturas vivas es la Vida», y el ser para siempre (&el. etvcu)
corresponde a &eL-yevÉc;, procreación.3
Sin duda que esta recurrencia eterna «es la mayor aproxi
mación posible de un mundo del llegar a ser al del ser>>,4 pero no
convierte a los hombres en inmortales, por supuesto; por el con
trario, dentro de un cosmos en el que todo era inmortal, el ca
rácter de mortal fue lo que se convirtió en el sello distintivo de
la existencia humana. Los hombres son «los mortales», lo único
mortal que existe, porque los animales existen sólo como miem
bros de su especie y no como individuos. El carácter mortal del
hombre estriba en el hecho de que la vida individual, una (3Coc;
con una historia vital reconocible desde el nacimiento hasta la
muerte, surge de la vida biológica, �w-ii. Esta vida individual se
distingue de tqdas las demás cosas por su movimiento rectilíneo
que, por decirlo así, atraviesa los movimientos circulares de la
vida biológica. Esto es la mortalidad: moverse en una línea rec
ta en un universo donde todo, sí es que se mueve, lo hace den
tro de un orden cíclico. Cuando los hombres persiguen sus me
tas, labrando la tierra fértil, obligando al viento libre a hinchar
sus velas, surcando las olas siempre móviles, cortan un moví
miento que no tiene objetivo y que gira dentro de sí mismo.
Cuando Sófocles, en el famoso coro de Antígona, dice que no
hay nada que inspire más reverencia que el hombre, continúa
poniendo como ejemplo las actividades humanas que, con un
propósito definido, violentan a la naturaleza porque perturban
lo que, en ausencia de los mortales, constituiría la eterna quietud
de ser para siempre que descansa o gira dentro de sí misma.
Para nosotros· es difícil comprender que las hazañas y tra
bajos de los que son capaces los mortales, y que se convierten
en el tema de la narración histórica, no se vean como partes de
un todo o de un proceso; por el contrario, el acento está siem
p re en situaciones y gestos singulares. Situaciones, hazañas o
acontecimientos singulares interrumpen el movimiento circu
lar de la vida cotidiana en el mismo sentido en que la (3ioc; de
los mortales interrumpe el movimiento circular de la vida bio
lógica. El tema de la historia son estas interrupCiones: en otras
palabras, lo extraordinario.
En la Antigüedad, cuando se empezó a especular sobre la na
turaleza de la historia, a pensar en un proceso histórico y en el
destino histórico de las naciones, en su ascenso y caída, en un
curso en que las acciones particulares y los acontecimientos se
veían dentro de un todo, de inmediato se dijo que esos procesos
debían ser circulares. El movimiento histórico empezó a cons
truirse según la imagen de la vida biológica. En términos de la fi
losofía antigua, esto podría significar que el mundo de la historia
había vuelto al mundo de la naturaleza; el mundo de los morta
les, al universo inmortal. Pero en términos de la poesía y de la his
toriografía antiguas, significaba que se había perdido aquel senti
do inicial de la grandeza de los mortales, como algo distinto de la,
sin duda, mayor grandeza de la naturaleza y de los dioses.
A comienzos de la histqria de Occidente, la distinción en
tre ]a mortalidad de los hombres y la inmortalidad de la na
turaleza, entre las cosas hechas por el hombre y las cosas que
llegan a ser por sí mismas, era para la historiografía una pre
sunción tácita. Todas las cosas que deben su existencia a los
hombres, como los trabajos, las proezas y las palabras, son pe
recederas, están infectadas, por decirlo así, por el carácter mor
tal de sus autores. Sin embargo, si los mortales consiguen dotar
a sus trabajos, proezas y palabras de cierto grado de perma
nencia y detener su carácter perecedero, estas cosas, al menos
en cierta medida, integran el mundo de lo perdurable y dentro
de él ocupan un puesto propio, y los mortales mismos encon
trarían su puesto en el cosmos, donde todo es inmortal a ex
cepción del hombre. La capacidad humana que permite lograr
esto es la memoria, Mnemosine, a quien por tanto se consideró
madre de todas las otras musas.
Para comprender con rapidez y algún nivel de claridad todo
lo lejos que hoy estamos de esta concepción griega de la relación
entre naturaleza e historia, entre el cosmos y los hombres, se nos
puede permitir que citemos cuatro versos de Rilke en su lengua
original; son tan perfectos que desafían a la mejor traducción.
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Aquí incluso las montañas sólo parecen descansar bajo la
luz de las estr.<;:lllls; son lentas, las devora en secreto el tiempo;
nada es para siempre, la inmortalidad ha huido del mundo para
encontrar una morada incierta en la oscuridad del corazón hu
mano, que aún tiene la capacidad de recordar y decir: para siem
pre. La inmortalidad o carácter imperecedero, si existe o cuan
do existe, no tiene un verdadero hogar. Al mirar esas líneas con
los ojos de los griegos, vemos casi como si el poeta tratara cons
cientemente de invertir las relaciones planteadas por los griegos:
todo se ha vuelto perecedero, salvo quizá el corazón humano; la
inmortalidad ya no es el medio en el que se mueven los morta
les, sino que ha encontrado su refugio sin amparo en el propio
corazón de la mortalidad; las cosas, los trabajos y proezas, los
hechos e incluso las palabras inmortales, aunque los hombres
todavía sean capaces de extemalizar, cosificar -por decirlo
así- el recuerdo de ,sus corazones, perdieron su puesto en el
mundo; en vista de que el mundo y la naturaleza son perecede
ros, y ya que las cosas hechas por el hombre, una vez que han lle
gado a ser, comparten el destino de todos los seres, todos em
piezan a morir en el momento en que llegan a la existencia.
Con Heródoto, palabras, proezas y acontecimientos -es
decir, las cosas que sólo deben su existencia a los hombres
se convirtieron en el tema de la historia. De todas las cosas he
chas por el hombre, éstas son las más fútiles. Los trabajos de las
manos humanas deben parte de su existencia a la materia pri
ma que proporciona la naturaleza y, por tanto, llevan dentro
cierta dosis de permanencia, tomada en préstamo, por decir
lo así, de la índole imperecedera de lo natural. Pero lo que se
produce entre los mortales directamente, la palabra hablada y
todas las acciones y proezas que los griegos llamaron 'TT p á�et,c;
o 'TT pá')'J..LIX'Ta, como lo opuesto a 'TTO LT)O"Lc;, fabricación, jamás
pueden superar el momento de su realización, jamás podrían
dejar ninguna huella sin la ayuda del recuerdo. La tarea del
poeta y la del historiador (a quienes Aristóteles todavía pone
dentro de la misma categoría, porque el tema de ambos es la
'TT p a�Lc;) 6 consiste en hacer algo que sea digno de recuerdo. Lo
hacen traduciendo 'TT pa�Lc; y A.É�Lc;, acción y palabra, en ese
tipo de 1TOLTJO"Lc; o fabricación que, por último; se convierte en
palabra escrita.
52
Como categoría de la existencia humana, la historia es más
antigua, por supuesto, que la palabra escrita, más antigua que
Heródoto e incluso que Homero. Si se habla en términos no
históricos sino poéticos , su comienzo se encuentra en el mo
mento en que Ulises, en la corte del rey de los feacios, escucha
el relato de sus propias hazañas y sufrimientos, la historia de su
vida, en ese instante algo situado fuera de él mismo, un «ob
jeto» que todos ven y escuchan. Lo que había sido mero suce
so se había convertido en «historia». Pero la transformación de
hechos y acontecimientos singulares en historia era esencial
ment� la misma «imitación de acción» hecha con palabras que
más tarde empleó la tragedia griega, 7 donde, como cierta vez
señaló Burckhardt, «la acción externa se oculta al ojo» me
diante los informes de los mensajeros, aun a pesar de que no
había ninguna objeción en contra de mostrar lo horrible.8 La
escena en que Ulises esc-ucha la historia de su propia vida es pa
radigmática tanto de la historia como de la poesía; la «reconci
liación con la realidad», la catarsis, que según Aristóteles era la
esencia de la tragedia y según Hegel era el fin último de la his
toria, se producía entre las lágrimas del recuerdo. El más pro
fundo motivo humano para la historia y la poesía se muestra
aquí en una pureza sin paralelo: ya que el oyente, el actor y el
atormentado son la misma persona, todos los motivos de cu
riosidad y avidez diáfanas por la información, siempre dueños,
por supuesto, de un papel amplio tanto en la investigación his
tórica como en el placer estético, están ausentes en Ulises mis
mo, que se habría aburrido más que emocionado si la historia
fuese sólo noticias y la poesía sólo diversión.
Estas distinciones y reflexiones pueden parecer lugares co
munes para los oídos modernos . Sin embargo, llevan implícita
una enorme y penosa paradoja que contribuía (quizá más que
cualquier otro factor individual) al aspecto trágico de la cultu
ra griega en sus manifestaciones máximas. La paradoja es que,
por un lado, todo se veía y medía respecto del entorno de las
cosas que son para siempre, mientras que, por otro, los griegos
-al menos los preplatónicos- entendían que la grandeza hu
mana residía en las proezas y en las palabras, y estaba repre
sentada por Aquiles, «el de los grandes hechos y las grandes
palabras», más bien que por el hacedor y fabricante o incluso
53
que por el poeta y el escritor. Esta paradoja, que la grandeza se
entendiera en términos de permanencia, en tanto que la gran
deza humana se veía precisamente en las actividades más fúti
les y menos duraderas de los hombres, obsesionó a poetas e
historiadores griegos, tal como había perturbado la paz de los
filósofos.
La temprana solución griega de la paradoja fue poética y
no filosófica. Consistía en la fama inmortal que los poetas pue
den conceder a la palabra y a la proeza, para que superen no
sólo el momento trivial del habla y de la acción sino incluso la
vida mortal de quien la dice o la ejecuta. Antes de la escuela so
crática - con la posible excepción de Hesíodo-, no encontra
mos una crítica verdadera de la fama inmortal; hasta Heráclito
pensó que ésta era la mayor de todas las aspiraciones humanas
y, aunque denunció con amargura violenta las condiciones po
líticas de su nativa Éfeso, jamás se le habría-oeurrido condenar
el ámbito de los asuntos humanos como tales ni dudar de su
grandeza potencial.
El cambio, preparado por Parménides, se concretó con Só
crates y llegó a su culminación en la filosofía platónica, a cuyas
enseñanzas sobre la inmortalidad potencial de los hombres
mortales se les adjudicó autoridad en todas las escuelas filosó
ficas antiguas. Sin duda, Platón todavía se vio enfrentado a esa
misma paradoja, y parece haber sido el primero en considerar
que «el deseo de hacerse famoso y no quedarse al fin sin un
nombre» estaba en el mismo plano que el deseo natural de los
niños por el que la naturaleza asegura la inmortalidad de la espe
cie, aunque no la aeavaO"ia del individuo. En su filosofía políti
ca, por tanto, propuso que se sustituyera la segunda por la pri
mera, como si el deseo de inmortalidad a través de la fama se
pudiera cumplir también a pesar de que los hombres «son in
mortales porque dejan hijos de sus hijos tras de sí y comparten
la inmortalidad a través de la unidad de un eterno retorno»;
cuando declaró que engendrar hijos era una ley, evidentemen
te esperaba que esto fuese suficiente para el natural anhelo de
inmortalidad del «hombre común». Ni Platón ni Aristóteles
creían ya queJos hombres mortales pudiesen «inmortalizarse»
(aeavaTq;eLV, en la terminología aristotélica, una actividad cuyo
objeto no es necesariamente uno mismo, la fama inmortal del
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nombre, sino que incluye una variedad de ocupaciones rela
cionadas con cosas inmortales en general)- a través de gtañdes
proezas y palabras.9 Habían descubierto, en la propia actividad
del pensamiento, una capacidad humana oculta, capaz de apar
tarse de todo el campo de los asuntos humanos, que el hom
bre no debía tomarse demasiado en serio (Platón) , porque era
evidentemente absurdo pensar que el humano es el máximo ser
existente (Aristóteles) . Mientras engendrar podía ser bastante
para la mayoría, «inmortalizarse» significó par� el filósofo estar
en las cercanías de esas cosas que persisten para siempre, es
tar allí y presente en un estado de atención activa, pero sin ha
cer nada, sin realizar proezas ni trabajar. De modo que la acti
tud típica de los mortales, una. vez que habían llegado a las cer
canías de lo inmortal, era la contemplación sin acción e incluso
sin palabras: el vou<; aristotélico, la altísima y específicamente
humana capaCidad de visión pura, no puede expresar con pa
labras lo que contiene/0 y la verdad última que la visión de las
ideas descubrió a Platón es como un nppT)Tov, algo que no se
puede expresar con palabras . 1 1 Por lo tanto , los filósofos resol
vieron la antigua paradoja negando al hombre no la capacidad
de «inmortalizarse», sino la capacidad de medirse a sí mismo y
medir sus propias hazañas con respecto a la grandeza perdura
ble del cosmos, de igualar, por así decirlo, la inmortalidad de la
naturaleza y los dioses con una grandeza inmortal propia. La
solución se produce claramente a expensas «de los grandes he
chos y de las grandes palabras».
La distinción entre poetas e historiadores de una parte y fi
lósofos de la otra era que los primeros simplemente aceptaban
el concepto de grandeza corriente entre los griegos. La alaban
za, de la que provenía la gloria y después la fama duradera, po
día concederse sólo a las cosas que ya eran «grandes», es decir,
a las cosas que tenían una cualidad visible, brillante, que las
distinguía de todas las otras y hacía posible la gloria. Lo gran
de era lo que merecía la inmortalidad, lo que debía ser admi
tido en la compañía de las cosas que duraban para siempre, ro
deando la futileza de los mortales con su majestad insuperable.
A través de la historia, los hombres casi se han convertido en
los pares de la naturaleza y sólo los acontecimientos, las proe
zas o palabras que se elevaron por sí mismas al siempre pre-
55
sente desafío del universo natural eran lo que llamaríamos his
tórico. No sólo el poeta Homero ni el historiador Heródoto,
sino también Tucídides, que de un modo mucho más sobrio
fue el primero en establecer las normas de la historiografía, nos
dice explícitamente en el comienzo de la Guerra del Pe/opone
so que escribió su obra por la «grandeza» de la guerra, porque
«fue el mayor movimiento conocido en la historia, no sólo de
los helenos, sino también de una gran parte del mundo bárba
ro . . . casi de la humanidad».
La preocupación por la grandeza, tan prominente en la po
esía y en la historiografía griegas, se basa en la muy íntima co
nexión entre los conceptos de naturaleza e historia. Su común
denominador es la inmortalidad. La inmortalidad es lo que la
naturaleza posee sin esfuerzo y sin asistencia de nadie, y la in
mortalidad es lo que, por tanto, los mortales deben tratar de lo
grar, si quieren ser dignos del mundo·en el que han nacido, ser
dignos de las cosas que los rodean y en cuyo ámbito están ad
mitidos por un breve tiempo. Por consiguiente, la conexión en
tre historia y naturaleza de ningún modo es una oposición. La
historia recibe en su recuerdo a los mortales que a través de he
chos y palabras se han mostrado dignos de la naturaleza, y su
fama imperecedera significa que, a pesar de su carácter mortal,
pueden seguir en la compañía de las cosas perdurables.
57
ficó no interferencia y también no discriminación. De estas dos,
la no discriminación, abstenerse de alabar y de criticar, era evi
dentemente mucho más fácil de conseguir que la no interferen
cía; cualquier selección de material, en cierto sentido, interfiere
en la historia y todos los criterios de selección ponen el curso
histórico de los acontecimientos bajo ciertas condiciones esta
blecidas por el hombre, muy semejantes a las condiciones que el
científico prescribe para los procesos naturales en los experi
mentos.
Aquí hemos establecido el problema de la objetividad en
términos modernos, tal como surgió durante la época moder
na, en la que se creyó haber descubierto la «nueva ciencia» de
la historia, que debía obedecer a las normas de la ciencia natu
ral, «más antigua». Sin embargo, esto era entenderse mal a sí
misma. La ciencia natural moderna se desarrolló con rapidez,
para convertirse en una cierrcia aún «más nueva» que la histo
ria, y ambas brotaron, corno veremos, exactamente del mismo
conjunto de «nuevas» experiencias, cuando se hizo la nueva
exploración del universo, a comienzos de la era moderna. El
punto curioso y todavía confuso en las ciencias históricas fue
que no adoptaron las normas de las ciencias naturales de su
misma época, sino que se volvieron hacia la actitud científica y,
en última instancia, filosófica que la época moderna había em
pezado a liquidar. Sus normas científicas, que culminaron en la
«extinción del yo», tenían sus raíces en la ciencia aristotélica y
medieval, que sobre todo consistía en observar los hechos y
catalogarlos. Antes de la edad moderna no se discutía que la
contemplación serena, pasiva y desinteresada del milagro de
la existencia, o de la maravilla de la creación divina, tendría
que ser también la actitud adecuada para el científico, cuya cu
riosidad sobre el terna aún no se había separado de la maravilla
ante lo general, de donde nació la filosofía, según los antiguos.
Con la época moderna, esta objetividad perdió su funda
mento y, por tanto, estuvo constantemente a la expectativa de
nuevas justificaciones. Para las ciencias históricas, la vieja nor
ma de objetividad tenía sentido sólo si el historiador creía que,
en su integridad, la historia era o bien un fenómeno cícli
co aprehensible corno un todo mediante la contemplación (y
Vico, siguiendo las teorías de la baja Antigüedad, aún sustenta-
ba esta opinión) , o bien que una providencia divina la condu
cía hacia la salvación de la humanidad, que su plan era un he
cho revelado, cuyos comienzos y fines se conocían y, por tanto,
también se podía contemplarla como un todo. Sin embargo,
ambos conceptos eran muy ajenos a la nueva conciencia que de
la historia tenía la época moderna; los dos sólo eran la estruc
tura tradicional en la que las nuevas experiencias se compri
mían y de la que había surgido la nueva ciencia. El problema de
la objetividad científica, tal como se planteó en d siglo XIX, de
bía tanto a la autoconcepción histórica errónea y a la confu
sión fil�sófica, que se había vuelto difícil reconocer el verdade
ro tema de discusión, el tema de la imparcialidad, sin duda
decisivo no sólo para la «ciencia» de la historia sino también
para toda la historiografía, desde la poesía y la narración en
adelante.
La imparcialidad, y con ella toda la historiografía verdade-·
ra, llegó al mundo cuando Homero decidió cantar la gesta de
los troyanos a la vez que la de los aqueos, y proclamar la gloria
de Héctor tanto como la grandeza de Aquiles. Esta imparciali
dad homérica, de la que se hizo eco Heródoto, quien puso ma
nos a la obra para evitar que «queden sin gloria grandes y ma
ravillosas obras, así de los griegos como de los bárbaros», aún
es el tipo de objetividad más alto que conocemos. No sólo deja
atrás el interés común en el propio bando y en el propio pue
blo que, hasta nuestros días, caracteriza a casi todas las histo
riografías nacionales , sino que también descarta la alternativa
de victoria o derrota -para los modernos una expresión del
juicio «objetivo» de la propia historia-, y por ello no puede
interferir en lo que se juzgaba digno de alabanza inmortaliza
do.L· a. Algo más tarde, y expresado con magnificencia por Tucí
dides, aparece en la historiografía griega, para contribuir a la
objetividad histórica, otro elemento poderoso, que sólo pudo
llegar a primer plano después de la larga experiencia de la vida
en la pólis, configurada, hasta un límite increíblemente amplio,
por un conjunto de ciudadanos que hablaban unos con otros.
En esta conversación incesante, los griegos descubrieron que
nuestro mundo común se ve siempre desde un número infinito
de posiciones diferentes, a las que corresponden los más diver
sos puntos de vista. En un flujo de argumentos totalmente ina-
59
gotable, como los que presentaban los sofistas a los atenien
ses, el ciudadano griego aprendió a intercambiar sus propios
puntos de vista, su propia «opinión» -la forma en que el mundo
se le aparecía y mostraba (ooKe'L j.LOL, «me parece», de donde
.
proviene Oó�a, «opinión»)- con los de sus conciudadanos.
Los g �iegos aprendieron a comprender, no a comprenderse
como Individuos sino a mirar al mismo mundo desde la posi
ción del otro , a ver lo mismo bajo aspectos muy distintos y, a
menudo, opuestos. Los discursos en que Tucídides articula
las posiciones y los intereses de los partidos enfrentados aún
son un testimonio vivo del grado extraordinario de esta obje-
tividad. ·
6o
cosa en el mundo, y que el hombre es el ser supremo sobre la
tierra.
Conectado con esta íntima convicción del carácter sacro de
la vida como tal, que se ha mantenido entre nosotros aun des
pués de que la seguridad de la fe cristiana en la vida posterior
a la muerte se diluyera, está el énfasis en la importancia total
del interés personal, todavía tan prominente en toda la filosofía
política moderna. En nuestro contexto esto significa que el
tipo de objetividad practicada por Tucídides , por muy admira
ble que sea, ya no tiene ningún fundamento en la vida política
real. Al hacer de la vida nuestra preocupación primera y prin
cipal, no hemos dejado espacio para una actividad basada en el
desdén del interés por la propia vida. El desinterés todavía
puede ser una virtud religiosa o moral; pero apenas si podría
ser una virtud política. En e�tas condiciones, la objetividad
perdíó su validación por la experiencia, se divorció de la vida
real y se convirtió en el asunto académico «sin vida» que Droy
sen denunciaba, con razón, como eunuco.
Además, el nacimiento del concepto moderno de la historia
no sólo coincidía con la época moderna, sino que también esta
ba poderosamente estimulado por la duda que esa era tuvo
acerca de la realidad de un mundo exterior «objetivamente»
dado a la percepción humana como un objeto no cambiado ni
cambiable. En nuestro contexto, la consecuencia más importan
te de esta duda fue el énfasis en la sensación misma como algo
más «real» que el objeto «sentido» y, de todos modos, el único
· campo seguro de la experiencia: Contra esta subjetivización,
que no es más que un aspecto del aún creciente mundo de la
alienación del hombre en la época moderna, no se podía aducir
ningún juicio: todos se reducían al campo de las sensaciones y
terminaban en el nivel sensorial más bajo de todos, el del gusto.
Nuestro vocabtJ.ario es una muestra elocuente de esta degrada
ción. Todos los juicios no inspirados en el principio moral (del
que se piensa que es algo anticuado) , o no dictados por algún in
terés personal, se consideran asuntos de «gusto», pero de un
modo bien distinto al que se alude al decir que la preferencia
por la sopa de almejas o por la de gu�santes es una cuestión de
gustos. Esta convicción, a pesar de la vulgaridad de sus defen
sores en el campo teórico, perturbó la conciencia del historia-
61
dor mucho más profundamente porque, en el espíritu general
de la época-moderna, tiene raíces mucho más profundas que las
presuntamente superiores normas científicas de sus colegas, los.
científicos.
Por desdicha, está en la naturaleza misma de las disputas
académicas el hecho de que los problemas metodológicos em
pañen cuestiones mucho más fundamentales. En cuanto al con
cepto moderno de historia, el hecho fundamental es que surgió
en los mismos siglos xvr y xvrr, que introdujeron el descomunal
desarrollo de las ciencias naturales. Entre las características de
esa época, aún vivas y presentes en nuestro propio mundo, la
principal es la alienación del hombre respecto del mundo, ya
mencionada y tan difícil de percibir como la condición básica de
toda nuestra vida, porque fuera de ella y, en parte al menos, fue
ra de su desesperación, surgió la tremenda estructura del artifi
cio humano. en que hoy habitamos, en cuyo marco incluso des
cubrimos el medio de destruirlo, junto con todas las cosas que
hay en la tierra no hechas por el hombre.
Esta alienación ante el mundo tiene la formulación más
breve y concisa jamás conocida en la famosa frase de Descartes
«de omnibus dubitandum est>> porque esta norma significa algo
por completo distinto del escepticismo inherente a la duda
interna de todo pensamiento verdadero. Descartes llegó a esa
idea porque los por entonces recientes descubrimientos de las
ciencias naturales lo habían convencido de que el hombre, en
su búsqueda de la verdad y del conocimiento, no puede fiarse
ni de la evidencia que dan los sentidos, ni de la «verdad inna
ta» de la mente, ni de la «luz interior de la razón». Desde en
tonces, desconfiar de las capacidades humanas fue una de las
condiciones más elementales de la época y del mundo moder
nos; pero la desconfianza no surgió, como habitualmente se su
pone, de una repentina y misteriosa disminución de la fe en
Dios, y su causa originalmente no fue siquiera una sospecha
que afectara a la razón como tal. Su origen fue, simplemente, la
muy justificada pérdida de confianza en la capacidad de los
sentidos para revelar la verdad. La realidad ya no se mostró
como un fenómeno exterior a la percepción- humana, sino que
se deslizó, por decirlo así, hacia la percepción de la sensación
misma. Resultó entonces que sin fiarse de los sentidos, sin te- ·
ner fe en Dios ni en la razón, ya no había certidumbre, porque
la revelación de la verdad divina y de la racional se entendie
ron, siempre, como algo ajustado a la simplicidad inspiradora
de temor reverente de la relación del hombre con el mundo:
abro mis ojos y tengo visión, escucho y oigo el sonido, muevo
mi cuerpo y palpo la tangibilidad del mundo. Si empezamos
por dudar de la veracidad y fiabilidad de esta relación, por su
puesto no excluyente de los errores ni las ilusiones sino, por el
contrario, concebida como la condición de su exactitud final,
ninguna de las tradicionales metáforas que señalan la verdad
suprasep.sorial -ya se trate de los ojos de la mente que pueden
ver el firmamento de las ideas o de la voz de la conciencia oída
por el corazón humano- puede ya transmitir su significado.
La experiencia fundamental que cimenta la duda cartesia
na fue el descubrimiento de que la tierra gira en torno al sol,
algo opuesto a la experiencia directa. La época moderna em
pezó cuando el hombre, con la ayuda del telescopio, volvió sus
ojos corporales hacia el universo, sobre el que había especula
do durante largo tiempo -viendo con los ojos de la mente,
oyendo con los oídos del corazón y guiado por la luz interna de
la razón-, y supo que sus sentidos no eran adecuados para
captar el universo, que su experiencia cotidiana, lejos de ser ca
paz de constituir el modelo para la percepción de la verdad y la
adquisición del conocimiento, era una fuente continua de error
y engaño. Después de este engaño - cuya enormidad apenas si
podemos comprender, porque pasaron siglos antes de que su
impacto se sintiera en todas partes y no sólo en el restringido
círculo de estudiosos y filósofos-, las sospechas empezaron a
acosar al hombre moderno desde todas partes . Pero su conse
cuencia más inmediata fue el ascenso espectacular de las cien
cias naturales, que por largo tiempo se mostraron liberadas por
el descubrimientó de que nuestros sentidos por sí mismos no
decían la verdad. De aquí en adelante, seguras de la falta de fia
bilidad de las sensaciones y de la consiguiente insuficiencia de
la mera observación, las ciencias naturales se volvieron hacia la
experimentación que, por directa interferencia en la naturale
za, aseguraba un desarrollo cuyo avance, desde entonces, se
mostró como algo al parecer ilimitado.
Descartes se convirtió en el padre de la filosofía moderna,
porque generalizó la experiencia tanto de las precedentes como
de su propia generación, la desarrolló en un nuevo método de
pensamiento y así llegó a ser el primer pensador entrenado por
completo en esa «escuela de la sospecha>> que, según Nietzsche,
constituye la filosofía moderna. La suspicacia respecto de los
sentidos se mantuvo como el núcleo del orgullo científico hasta
que, en nuestra época, se transformó en una fuente de inquietud.
El problema es que «encontramos el comportamiento de la na
turaleza tan distinto de lo que observamos en los cuerpos visibles
y palpables de nuestro entorno, que ningún modelo configurado
según nuestras experiencias a gran escala puede ser "verdadero"
jamás»; en este puntó, la conexión indisoluble entre nuestro
pensamiento y nuestra percepción sensorial se cobra su vengan
za, porque un modelo que no tomase en cuenta para nada la ex
periencia sensorial y, por tanto, fuera completamente adecuado
a la naturaleza en el experimento, no sólo es «prácticamente
inaccesible sino además impensable».16 En otras palabras, el pro
blema no es que el universo físico moderno no se pueda visuali
zar, porque este tema está implícito en la afirmación de que la
naturaleza no se revela a los sentidos humanos; la inquietud co
mienza cuando la naturaleza resulta ser inconcebible, es decir,
impensable aun en términos de razonamiento puro.
La dependencia del pensamiento moderno respecto a los
descubrimientos objetivos de las ciencias naturales se muestra
con la máxima claridad en el siglo XVII. No siempre se la admi
tió tan prestamente como lo hizo Hobbes, quien atribuyó su fi
losofía de forma exclusiva a los resultados de la obra de Co
pérnico y Galileo, Kepler, Gassendi y Mersenne, y denunció
toda la filosofía pasada como un sin sentido, con una violencia
igualada quizá sólo por el desprecio de Lutero hacia los stulti
philosophi. No se necesita el extremismo radical de la conclu
sión de Hobbes, ni la de que el hombre debe ser malvado por
naturaleza, sino la de que una distinción entre lo malo y lo
bueno no tiene sentido y la de que la razón, lejos de ser una luz
interior que desvela la verdad, es una simple «facultad de con
tar con las consecuencias»; la sospecha básica de que la expe
riencia terrena del hombre presenta una caricatura de la ver
dad no está menos presente en el temor cartesiano de que un
espíritu maligno pueda dominar el mundo y apartar para siem-
pre la verdad de la razón de un ser tan manifiestamente sujeto a
error. En su forma más inofensiva, esa sospecha empapa el em
pirismo inglés, para el que la significación de lo -sensible dado se
disuelve en los datos de la percepción sensorial y sólo manifies
ta su sentido a través del hábito y las experiencias repetidas, de
modo que, en un subjetivismo extremo, el hombre por último
queda prisionero en un no-mundo de sensaciones sin significa
do, que ninguna realidad ni verdad pueden penetrar. En apa
riencia, el empirismo no es más que una reivindicación de los
sentidos; en la realidad, descansa sobre la aceptación de que
sólo el aQálisis basado en el sentido común puede darles validez
y siempre comienza con una declaración de desconfianza en la
capacidad sensorial para revelar la verdad o la realidad. En rea
lida d, el puritanismo y el empirismo son sólo las dos caras de
una misma moneda. La misma sospecha fundamental inspiraría
en Kant, por fin, eL gigantesco esfuerzo de volver a e_x!lffiinar las
facultades humanas de tal modo que la cuestión de un Ding an
sich, de una facultad empírica de revelarl a verdad, en un senti
do absoluto, pudiera quedar en suspenso.
De consecuencia mucho más inmediata para nuestro con
cepto de la historia fue la versión positiva del subjetivismo que
surgía del mismo dilema: aunque parece que el hombre es in
capaz de reconocer el mundo dado que no hizo él mismo, no
obstante es capaz de saber al menos qué es lo hecho por él mis
mo. Esta actitud pragmática ya es la razón enteramente articu
lada por la que Vico volvió su atención hacia la historia, por
lo que se convirtió en uno de los padres de la moderna concien
cía histórica. Vico dijo: «Geometrica demonstramus quia fa
cimus; si physica demonstrare possemus, /aceremus.»17 («Po de
66
por tanto, en un sentido «fabricamos naturaleza» en la medida
en que «fabricamos historia». Es verdad que llegamos a este
punto sólo con los descubrimientos nucleares, cuando las fuer
zas naturales están sueltas, desencadenadas, por decirlo así, y
se producen procesos naturales que jamás habrían existido sin
la directa interferencia de la acción del hombre. Este estadio va
mucho m ás allá no sólo de la época premoderna, cuando se
usaron el viento y el agua para sustituir y multiplicar las fuerzas
humanas, sino también de la era industrial, con su máquina de
vapor y su motor de combustión interna, cuando las fuerzas
natur�s se imitaron y usaron como medios de producción fa
bricados por el hombre.
La declinación contemporánea del interés en las humani
dades, y sobre todo en el estudio de la historia, al parecer ine
vitable en todos los países muy modernizados, concuerda con
los primeros impulsos que llev:aten hasta la moderna ciencia
histórica. Lo que hoy está definitivamente fuera de lugar es la
resignación que condujo a Vico al estudio de la historia. Pode
mos hacer en el reino físico natural lo que pensábamos que
sólo podíamos hacer en el reino de la historia. Hemos empeza
do a actuar en la naturaleza tal como lo hacíamos en la historia.
Si se trata de una mera cuestión de procesos, se ha visto que el
hombre es capaz de iniciar procesos naturales que no se pro
ducirían sin intervención humana, tal como es capaz de iniciar
algo nuevo en la esfera de los asuntos humanos.
Desde principios del siglo xx, la tecnología se muestra
como el campo de encuentro de las ciencias naturales y la de la
historia, y aun cuando casi no se ha hecho un solo gran descu
brimiento científico con finalidades pragmáticas, técnicas o
prácticas (el pragmatismo, en el sentido vulgar del término,
queda refutado por el registro objetivo del desarrollo científi
co) , ese efecto final está en acuerdo perfecto con las metas in
herentes a la ciencia moderna. Las ciencias sociales, compa
rativamente nuevas, que con tanta rapidez pasaron a ser a la
histqria lo que la tecnología resultó ser a la física, pueden usar
la experimentación de un modo mucho más tosco y menos
fidedigno que las ciencias naturales, pero el método es el mis
mo: también prescriben condiciones, condiciones para el com
portamiento humano, así como la física prescribe condiciones
para los procesos naturales. Si su vocabulario es repulsivo y su
esperanza de cerrar la presunta brecha entre nuestro dominio
científico de la naturaleza y nuestra deplorada impotencia para
«gestionar» los asuntos humanos, a través de una ciencia de in
geniería de las relaciones humanas, suena aterradora, es sólo
porque han decidido tratar al hombre como un ser absoluta
mente natural cuyo proceso de vida puede manipularse del
mismo modo que todos los demás procesos.
Sin embargo, en este contexto es importante tener conciencia
de la distinción decisiva que hay entre el mundo tecnológico en el
que vivimos, o quizá comenzamos a vivir, y el mundo mecanizado
que surgió de la Revolución Industrial. Esta distinción correspon
de en esencia a la que hay entre acción y fabricación. La indus
trialización aún consistía, sobre todo, en la mecanización de los
procesos de trabajo, la mejora en la fabricación de objetos, y la ac
titud del hombre ante la naturaleza todavía seguía siendo la del
hamo faber, p ara quien la naturaleza da la materia de la que surgió
el artificio humano. No obstante, el mundo al que hemos venido
a vivir está determinado por las acciones del hombre sobre la na
turaleza, por las que se crean procesos naturales y se los dirige ha
cia lo artificial, y el reino de los asuntos humanos, mucho más que
por la construcción y la preservación del artificio humano como
una entidad de relativo valor permanente.
La fabricación se distingue de la acción por su comienzo
definido y su fin predecible: termina con un producto elabora
do, que no sólo sobrevive a la actividad de la producción sino
que también, de inmediato, tiene una especie de «vida» propia.
Por el contrario, la acción, como los griegos lo descubrieran, es
en sí y por sí misma absolutamente fútil: jamás deja detrás un
producto final. Si tiene alguna consecuencia, en principio será
un a nueva cadena interminable de acontecimientos cuya con
secuencia eventual, el agente, es totalmente incapaz de conocer
o controlar con anticipación . Lo máximo que puede es hacer
que las cosas vayan en determinada dirección, e incluso nunca
está seguro de ello. Ninguna de esas características está pre
sente en la fabricación . Comparado con la futileza y fragilidad
de la acción humana, el mundo generado por la fabricación tie
ne una permanencia perdurable y una solidez tremenda. Sólo
en la medida en que el producto elaborado se incorpora al
68
mundo humano, donde su uso y su «historia» eventual no se
pueden predecir por entero, la fabricación a su vez inicia un
proceso cuya salida no se puede prever por completo y, por
tanto, está más allá del control de su ejecutor. Esto significa
sólo que el hombre nunca es exclusivamente homo faber, que
aun el fabricante sigue siendo a la vez un ser de acción, que em
pieza el proceso vaya donde vaya y haga lo que haga.
Hasta nuestra propia época, la acción humana con sus pro
cesos debidos a la mano del hombre estuvo .confmada al mun
do humano, en tanto que la preocupación p rimordial del hom
bre resp�to de la naturaleza era usar sus materiales para la
fabricación, para construir artificios humanos y defenderlos de
la fuerza abrumadora de los elem,entos. En el momento en que
empezamos a generar nuestros propios procesos naturales -y
la fisión nuclear es, precisamente, pn proceso natural debido al
hombre-, no sólo aumentamos nuestro poder sobre la natu- ·
70
ca moderna, y demuestran que su común denominador es el
concepto de proceso, tal como el común denominador de la na
turaleza y la historia, en la Antigüedad, es el concepto de in
mortalidad. Pero la experiencia que subyace en la idea de pro
ceso de la época moderna, a diferencia de la experiencia que
subyace en la antigua idea de inmortalidad, no es en primera ins
tancia una experiencia que el hombre haga en el mundo que lo
rodea; por el contrario, surge de la desesperación ante la posibi
lidad de experimentar y conocer adecuadamente todo lo que es
dado al hombre y no hecho por él. Contra esa desesperación, el
hombre moderno apeló a la potencia total de sus propias capa
cidades; sin esperanza de hallar la verdad a través de la mera
contemplación, empezó a poner a prueba su capacidad para la
acción y, al hacerlo así, no pudo evitar la comprobación de que,
cada vez que el hombre actúa, ini�ia procesos. La idea de pro
ceso no denota una cualidad objetiva de la historia o de la natu
raleza: es el resultado inevitable de la acción humana. El primer
resultado de la acción de los hombres sobre la historia es que la
historia se convierte en un proceso, y el argumento más convin
cente para que el hombre actúe en la naturaleza mediante una
investigación científica es que hoy, siguiendo la formulación de
Whitehead, «la naturaleza es un proceso».
Es bastante peligroso actuar en la naturaleza, llevar la hu
mana índole impredecible a un campo en el que nos enfrenta
mos con las fuerzas elementales que, tal vez, jamás podremos
controlar con seguridad. Aún más peligroso sería ignorar que,
por primera vez en nuestra historia, la capacidad humana para
la acción ha comenzado a dominar a todas las otras, a la capa
cidad de asombro y pensamiento en la contemplación, no me
nos que a las capacidades del homo /aber y del animal laborans
humano. Esto, desde luego, no significa que de ahora en ade
lante los hombres ya no serán capaces de fabricar cosas, pensar
o trabajar. No son las capacidades del hombre, sino la conste
lación que ordena sus mutuas relaciones lo que puede cambiar, y
lo hace, históricamente. Tales cambios pueden observarse me
jor en las variables autointerpretaciones del hombre a través
de la historia, que, aunque sean muy poco importantes para el
«qué» último de la naturaleza humana, con todo, son los testi
monios más b reves y sucintos del espíritu de épocas enteras.
7I
Así, hablando esquemáticamente, la Antigüedad griega clásica
consideró que la forma más elevada de vida humana era-la que
se vivía en la pólis y que la capacidad humana suprema era el
lenguaje, �wov 1TOALTLKÓv y �wov A.ó-yov txov, según la famo
sa doble definición de Aristóteles; Roma y la filosofía medieval
definieron al hombre como el animal rationale; en las etapas
iniciales de la época moderna se pensó que el hombre era, so
bre todo, homo faber hasta que, en el siglo xrx, se interpretó
que el hombre es un animal laborans, cuyo metabolismo con la
naturaleza podía rendir la productividad más alta de la que es
capaz la vida humana. Con los antecedentes de estas definicio
nes esquemáticas, resultaría adecuado que el mundo en que es
tamos viviendo definiera al hombre como un ser capaz de ac
ción, porque esta capacidad se convirtió, al p arecer, en el
centro de todas hs otras capacidades humanas.
Está fuera de duda que la capacidad de actuar es la más pe
ligrosa de todas las habilidades y posibilidades humanas, y
también está fuera de duda que los riesgos creados por el hom
bre a los que la humanidad se enfrenta hoy nunca se enfrenta
ron antes. Consideraciones como éstas no pretenden dar solu
ciones ni consejo. En el mejor de los casos, podrían estimular
un� reflexión continua y estricta sobre la naturaleza y las posi
bilidades intrínsecas de la acción, que nunca antes reveló su
grandeza y su peligrosidad tan abiertamente.
72
a funciones de un proceso general. La enormidad de este cam
bio puede escapársenos, si permitimos que nos engañen gene-
ralizaciones como el desencanto del mundo o la alienación del
hombre, generalizaciones que a menudo implican una idea ro
mántica del pasado. Lo que implica el concepto de proceso es
que lo concreto y lo general, la cosa o hecho singular y el signi
ficado universal, son concomitantes. El proceso, que por sí
solo da sentido a lo que lo lleve adelante, ha adquirido
. así un
monopolio de universalidad y significado.
Sin duda, nada diferencia con mayor agudeza los concep
tos moélerno y antiguo de historia, porque esta diferenciación
no depende de que la Antigüedad tuviera o no un concepto de
la historia del mundo o una idea general de la humanidad. Mu
cho más importante es que la historiografía griega y romana,
por muy distintas que sean entre sí, dan por sentado que la sig
nificación o, como dirían los romanos, la lección ·de -cada he
cho, hazaña o acontecimiento se revela en y por sí misma. Es
evidente que esto no excluye ni la causalidad ni el contexto en
que algo ocurre; los antiguos tuvieron de ello tanta conciencia
como nosotros. Pero la causalidad y el contexto se veían a la luz
que el mismo hecho brindaba; iluminando un segmento espe
cífico de los asuntos humanos; no se veían como dueños de una
existencia independiente de la que el hecho sería la única ex
presión más o menos accidental, aunque adecuada. Toda ac
ción o acontecimiento contenía y desvelaba su parte de signifi
cado «general» dentro de los límites de su forma individual
y no necesitaba un proceso de desarrollo y absorción para
volverse significativa. Heródoto quería «decir lo que existe»
(A.éyeLv '!'a ÉÓV'T(X) porque la palabra y la escritura fijan lo fútil
y perecedero, «fabrican una memoria» de ello, en el giro grie
go : ¡.LV1Í!-LTJV 'lTOLe'La9m; no obstante, jamás habría dudado de
que cada cosa q{¡e existe o existió lleva en sí su significado y
sólo necesita de la palabra para ponerlo de manifiesto (AÓ')'OL<;
ÜT]A.ouv, «manifestar con palabras») , para la «exposición pú-
. blica de los grandes hechos», &:rró oeL�LS Ep')'WV ¡.LB')'áAwv. El
flujo de esta narración es lo bastante amplio como para dejar
espacio a muchos relatos , pero nada en él indica que lo general
confiere un alcance y una significación a lo particular.
Este desplazamient� 9e� énfasis convierte en insustancial la
. .
73
determinación de si la poesía y la historiografía griegas vieron en
el significado de un acontecimiento cierta grandeza sobresalten
te que justificase el recuerdo por parte de la posteridad, o si los
romanos concibieron la historia como un almacén de ejemplos
tomados del comportamiento político real para demostrar qué
demandaban de cada generación las tradiciones, la autoridad de
los antepasados, y qué había acumulado el pasado para benefi
cio del presente. Nuestra noción de proceso histórico se impo
ne a ambos conceptos, confiriendo a la simple secuencia tem
poral una importancia y dignidad que jamás tuvo antes.
Por este énfasis moderno en el tiempo y en la secuencia
temporal, a menudo se ha sostenido que el origen de nuestra
conciencia histórica se funda en la tradición judeocristiana, con
su concepto temporal rectilíneo y su idea de una providencia di
vina que otorga al conjunto del tiempo histórico del hombre la
unidad de .un plan de salvación; una idea que, sin duda, con
trasta con la insistencia en los hechos y acontecimientos indivi
duales de la Antigüedad clásica tanto como con las especulacio
nes sobre los ciclos temporales de la Baja Antigüedad. Muchos
testimonios se citan para apoyar la tesis de que la conciencia his
tórica moderna tiene un origen religioso cristiano y nació de
la secularización de categorías originalmente teológicas. Solo
nuestra tradición religiosa, se ha dicho, sabe de un comienzo y,
en la versión cristiana, de un fin del mundo; si la vida humana
sobre la tierra obedece a un plan de salvación, su mera secuen
cia tiene que contener una significación independiente de todos
los sucesos singulares y trascendente a ellos. Por tanto, continúa
esta argumentación, una <<Visión general bien definida de la his
toria del mundo» no apareció antes del cristianismo, y la prime
ra filosofía de la historia está en la agustiniana De Civitate Dei. Y
es verdad que en Agustín encontramos la noción de que la his
toria misma, es decir, la que tiene significado y sentido, se pue
de separar de los hechos históricos singulares relatados en la na
rración cronológica. Agustín dice explícitamente que, aunque las
instituciones pasadas de los hombres se relatan en la narración
histórica, la historia misma no se debe contar entre las institu
ciones humanas. 19
Sin embargo , esta similitud entre el concepto cristiano y el
moderno de la historia es engañosa; se funda en una compara-
74
ción con las especulaciones de la Baja Antigüedad acerca del
carácter cíclico de la historia, y pasa por alto los conceptos de -
historia griego y romano clásicos. La comparación se basa en
que el propio Agustín, al refutar las especulaciones paganas so
bre el tiempo, tenía presentes las teorías cíclicas sobre el tiem
po corrientes en su época, las que ningún cristiano podía acep
tar por el absoluto carácter único de la vida y muerte de Cristo
sobre la tierra: «Una vez murió Cristo por nuestros pecados;
tras volver de la muerte, ya no morirá nunc.a más.»20 Lo que los
intérpretes modernos suelen olvidar es que Agustín proclamó
el carácter único de este hecho, que suena tan familiar a nues
tros oídos, sólo para este único hecho, el acontecimiento su
premo de la historia humana, cuando la eternidad, por decir
lo así, irrumpió en el curso de la mortalidad terrena; Agustín
no reivindicó -como lo hacemos nosotros- ese carácter úni
co para los acontecimientos sec�lares comunes. El simple he
cho de que el problema de la historia no surgiera en el pensa
miento cristiano antes de Agustín tendría que hacernos dudar
de su origen cristiano, y más aún porque, en términos de la
propia filosofía y teología agustiniana, surgió de un accidente.
La caída de Roma, de la que fue testigo, tuvo para cristianos y
paganos por igual un valor decisivo, y Agustín dedicó trece
años de su vida a refutar esa creencia. La cuestión, tal como la
veía él, era que ningún acontecimiento meramente secular po
día ni debía tener importancia capital para el hombre. Su falta
de interés en lo que llamamos historia era tan grande que dedi
có un solo libro de su Civitas Dei a los hechos seculares; ade
más, cuando encargó a su discípulo Orosio que escribiera una
«historia del mundo», sólo pensaba en una «verdadera recopi
lación de los males del mundo».21
La actitud de Agustín ante la historia secular no es, en esen
cia, distinta de la de los romanos, aunque está invertido el acen
to: la historia sigue siendo un almacén de ejemplos y la localiza
ción de los acontecimientos en el tiempo dentro del curso
histórico secular sigue careciendo de importancia. La historia
secular se repite y la única narración en la que se producen
acontecimientos singulares e irrepetibles empieza con Adán y
termina con el nacimiento y muerte de Cristo. Desde entonces,
los poderes seculares surgen y caen_ COf!l_�_en el pasado, y lo se-
75
guirán haciendo hasta el fin del mundo, pero ninguna verdad
fundamentalmente nueva volverá a revelarse a través de esos su
cesos mundanales a los que, se supone, los cristianos no han de
adjudicar una significación particular. En cualquier filosofía
cristiana de verdad, el hombre es un «peregrino sobre la tierra»
y este hecho por sí solo la separa de nuestra propia conciencia
histórica. Para un· cristiano, como para un romano, la significa
ción de los acontecimientos seculares estriba en que tengan el
carácter de ejemplos que se pueden repetir, de modo que la ac
ción puede seguir ciertos esquemas normalizados. (Esto, inci
dentalmente, está también muy alejado de la idea griega de pro
e?a, relatada por poetas e historiadores, que sirve como una
especie de patrón para medir las capacidades de grandeza pro
pias. La diferencia entre el respeto fiel a un ejemplo reconocido
y el intento personal de medirse con él es la diferencia entre la
moral romanocristiana y lo que se llamó espíritu agonal griego,
que no sabía de consideraciones «morales» sino sólo de un &e'L
tXpL<J"TBÚBLV, un esfuerzo incesante para ser siempre el mejor de
todos. ) Por otra parte, para nosotros la historia se funda y des
ploma sobre la consideración de que el proceso, en su misma se
cularidad, nos relata una anécdota propia y que, hablando de
manera estricta, no pueden producirse las repeticiones.
Más ajena aún al concepto moderno de la historia es la idea
cristiana de que la humanidad tiene un comienzo y un fin, de
que el mundo fue creado en un momento determinado y por
fin desaparecerá, como todas las cosas temporales. La concien
cia histórica no surgió cuando, en la Edad Media, los judíos to
maron la creación del mundo como el punto de partida de la
enumeración cronológica; tampoco nació cuando Dionisia el
Exiguo empezó a contar el tiempo desde el nacimiento de Cris
to. Conocemos esquemas similares de cronología de la civili
zación oriental, y el calendario cristiano imitó la práctica roma
na de contar el tiempo desde el año de la fundación de Roma.
El cómputo moderno de las fechas históricas establece un con
traste rígido, tras su introducción tardía (fines del siglo xvm),
tomando el nacimiento de Cristo como punto de referencia
desde el que se cuenta el tiempo tanto hacia atrás como hacia
delante. Esta reforma cronológica se presenta en los manuales
como una simple mejora técnica, necesaria en términos erudi-
tos para facilitar la fijación exacta de fechas en la historia anti
gua, sin hacer referencia a-una multitud de distintas formas de
calcular el tiempo. En épocas más recientes, Hegel inspiró una
interpretación que ve en el sistema moderno de datación una
verdadera cronología cristiana, porque en la actualidad el naci
miento de Cristo parece haberse convertido en el punto de re
ferencia de la historia mundiaF2
Ninguna de estas explicaciones es satisfactoria. Las refor
mas cronológicas con fines eruditos se produjeron varias veces
en el pasado, sin que se las aceptara en la vida diaria, precisa
mente p<lrque sólo se inventaron por conveniencia académica
y no se corresponden con ningún cambio social amplio del
concepto del tiempo. En nuestrq sistema, lo decisivo no es que
el nacimiento de Cristo se vea ahora como el punto de referen
cia de la historia del mundo, porque se ha reconocido como tal
y con gran fuerza hace varios siglos sin ningún efecto similar
sobre nuestra cronología; lo decisivo es que ahora, por prime
ra vez, la historia de la humanidad se vuelve a un pasado infi
nito al que podemos hacer añadidos a voluntad y en el que po
demos seguir investigando, ya que se p royecta hacia un futuro
infinito. Esta infinitud doble de pasado y de futuro elimina to
das las nociones de principio y fin, lo que pone a la humanidad
en una potencial inmortalidad terrena. Lo que a primera vista
parece una cristianización de la historia del mundo en realidad
elimina de la historia secular todas las especulaciones religiosas
sobre el tiempo. En cuanto a la historia secular, vivimos en un
proceso que no conoce principio ni fin y que no nos permite
sustentar expectativas escatológicas. Nada podría ser más aje
no al pensamiento cristiano que ese concepto de una inmorta
lidad terrena de la humanidad.
77
asuntos humanos -'Ta 'TWV &v8pw7rwv 7rp&yJ.Lcxnx-, del que
Platón habla con tanto desdén p recisamente porque ninguna
permanencia hay en él y, por consiguiente, no se puede esperar
que desvele la verdad. Pensar, con Hegel, que la verdad reside
y se revela a sí misma en el propio proceso temporal es carac
terístico de todo el conocimiento histórico moderno, ya se ex
prese en términos hegelianos o no. El ascenso de las humani
dades en el siglo xvm se inspiró en el mismo sentimiento de la
historia y, por tanto, está claramente diferenciado de las res
tauraciones recurrentes de la Antigüedad, ocurridas en etapas
anteriores. Los hombres empezaron a leer, según señaló Mei
necke, como nunca antes lo habían hecho. «Leyeron para ex
traer de la historia la verdad última que podía ofrecer a los que
buscan a Dios»; pero ya no se pensaba que esta verdad última
estaba en un único libro, fuera la Biblia o algún sustituto de
ella. Se consideraba que la historia misma era tal libro, el libro
«del alma humana en las épocas y los países», como lo definió
Herder.23
La investigación histórica reciente arrojó mucha luz sobre el
período de transición entre la Edad Media y la época moderna,
con el resultado de que el comienzo de ésta, que antes se identi
ficó con el Renacimiento, se llegó a remontar hasta el corazón
mismo de la Edad Media. Esa gran insistencia en una continui
dad ininterrumpida, a pesar de su alto valor, tiene una desven
taja, pues, al tratar de cerrar las brechas que separan una cultu
ra religiosa del mundo secular en que vivimos, las evita en lugar
de resolverlas, lo que constituye el gran problema del innegable
ascenso repentino de lo secular. Si por «secularización» no se
entiende más que el ascenso de lo secular y el eclipse concomi
tante de un mundo trascendente, resultará innegable que la
conciencia histórica moderna está íntimamente conectada con
esa secularización. Sin embargo, esto no implica de ningún
modo la transformación dudosa de las categorías religiosas y
trascendentes en finalidades y normas terrenas inmanentes, en
las que han insistido los historiadores de las ideas en tiempos
cercanos. Ante todo, secularización significa simplemente la se
paración de religión y política, y esto afecta a ambos elementos
de una manera fundamental, de modo que nada parece menos
probable que esa transformación gradual de las categorías reli-
78
giosas en conceptos seculares, cuyo establecimiento procuran
los defensores de la e-ontinuidad sin -fisuras. La razón de que
hasta cierto punto puedan convencernos está en la naturaleza
de las ideas en general, antes que en el período del que tratan;
en el momento en que se separa por entero una idea de su base
en la experiencia real, no es difícil establecer una conexión en
tre ella y casi cualquier otra idea. En otras palabras, si conside
ramos que existe algo así como un reino independiente de ideas
puras, todas las nociones y conceptos no pt1eden sino estar inter
relacionados, porque en ese caso todos deben su origen a la mis
ma fuen¡e: una mente humana vista en su subjetividad extrema,
jugando para siempre con sus propias imágenes, inalterada por
la experiencia y sin relación con el mundo, concebido ya sea
como naturaleza o bien como h!storia.
Sin embargo, si por secularización entendemos un hecho
que se puede fechar en el tiempo histórico y no un cambio de
ideas, entonces la cuestión no es si la «destreza de la razón» he
geliana era una secularización de la providencia divina o si
la sociedad sin clases de Marx representa una secularizaCión de la
Era Mesiánica. El hecho es que se produjo la separación de
Iglesia y Estado y que así se eliminó la religión de la vida pública,
con lo que desaparecieron todas las sanciones religiosas de la
política, y así la religión perdió ese elemento político adquirido
en los siglos en que la Iglesia católica romana se comportó
como la heredera del Imperio romano. (No se deduce que esta
separación convirtiera a la religión en un «asunto privado» por
completo. Este tipo de carácter privado en la religión surge
cuando un régimen tiránico prohíbe el funcionamiento públi
co de las iglesias, niega al creyente el espacio público en el que
puede reunirse con otros y ser visto por ellos. El dominio pú
blico secular, o la esfera política, para decirlo con precisión,
abarca y da espado a la esfera religiosa pública. Un creyente
puede ser miembro de una iglesia y, a la vez, actuar como un
ciudadano en la unidad mayor que constituyen todos los que
pertenecen a la Ciudad. ) A menudo propiciaron esta s :
zación hombres que para nada pusieron en duda la Í'9� �
las enseñanzas religiosas tradicionales (incluso H . � JRHBR
79
creer que todos los que prepararon o contribuyeron a estable
cer una nueva esfera secular independiente fueran ateos en se.
creto o sin saberlo. Todo lo que podemos decir es que no in
fluyó en lo secular el hecho de que tuvieran fe o no la tuvieran.
Los teóricos políticos del siglo xvn concretaron la seculariza
ción separando el pensamiento político de la teología, e insis
tiendo en que el imperio de la ley natural daba una base para el
poder político, aun cuando Dios no existiese. Era el mismo
pensamiento que llevó a De Groot a decir que «ni siquiera
Dios puede lograr que dos más dos no sean cuatro». La cues
tión no era negar la existencia de Dios sino descubrir en el ám
bito secular un significado independiente, inmanente, que ni
siquiera Dios pudiese alterar.
Hemos señalado antes que la consecuencia más importante
de la aparición del campo secular en la época moderna fue que
la creencia en la inmortalidad individual -ya fuera hrinmorta
lidad del airn:a o, más importante aún, la resurrección del cuer
po- perdió en lo político su fuerza vinculante. Pues bien, sin
duda «era inevitable que la posteridad terrena volviera a con
vertirse una vez más en la sustancia principal de la esperanza»,
pero de esto no se infiere que se produjese una secularización de
la creencia en un más allá, ni que la nueva actitud no fuese, en
esencia, más que «una nueva acomodación de las ideas cristia
nas que trataba de desplazaD>.24 Lo que en realidad sucedió fue
que el problema de la política recuperó aquella importancia gra
ve y decisiva para la existencia de los hombres que le había fal
tado desde la Antigüedad, porque era irreconciliable con una
comprensión estrictamente cristiana de lo secular. Tanto para
los griegos como para los romanos, a pesar de todas las diferen
das, la fundamentación del poder político se originó en la nece
sidad humana de superar el carácter mortal del hombre y la fu
tileza de los hechos humanos. Fuera del poder político, la vida
del hombre no era sólo y ni siquiera ante todo insegura, es decir,
expuesta a la violencia de otros; además, carecía de sentido y de
dignidad porque en ningún caso podía dejar huellas tras de sí.
Ésta fue la causa de la maldición que el pensamiento griego
arrojó sobre toda la esfera de la vida privada, cuya «necedad»
consistía en que sólo se interesaba por la supervívencia, tal como
fue la razón del punto de vista de Cicerón, quien sostuvo que,
8o
sólo construyendo y preservando comunidades políticas, la virtud
humana podía alcanzar los caminos de la divinidad.2.:.En otras pa
labras, la secularización de la época moderna, una vez más, llevó
a primer plano esa actividad que Aristóteles había llamado &8a
va'TG�eLv, un término para el que no hay equivalente en nuestras
lenguas modernas. Cito de nuevo esta palabra porque alude a una
actividad de «inmortalización», más que al objeto que se ha de
volver inmortal. Luchar por la inmortalidad puede significar,
como ocurrió en la antigua Grecia, lograrla mediante hechos fa
mosos que otorguen una fama inmortal; también puede significar
que se a�egue al artificio humano algo más permanente que no
sotros mismos; y puede significar, como ocurrió entre los filóso
fos, que se pase la propia vida con las cosas como inmortal. En
cualquier caso, la palabra designaba una actividad y no una cre
encia, y lo que la actividad requerí� era un espacio imperecedero
que garantizara que la «Ínm(')rtalización» no sería vana.26 · - --
=
3 . HISTORIA Y POLÍTICA
86
confusión misericorde para el propio Marx y fatal para sus se
guidores- podría haber lle""+aao a la identificación marxista de
la acción y «la elaboración de la historia»?
La idea marxista de \<elaboración de la historia» influyó mu
cho más allá del círculo de los marxistas convencidos o revolu
cionarios determinados. Aunque se conecta estrechamente con
la idea de Vico de que el hombre hacía la historia, para distin
guirla de la «naturaleza>>, hecha por Dios, la diferencia entre am
bas sigue siendo decisiva. Para Vico, como más tarde para Hegel,
la importancia del concepto de historia era sobre todo teórica.
Nunca s� le ocurrió a ninguno de los dos aplicar este concepto
directamente, utilizándolo como un principio de acción. Conce
bían la verdad como algo revelado a la mirada contemplativa, di
rigida hacia el pasado, del historiador que, al ser capaz de ver el
proceso como un todo, está en la posición de pasar por alto los
«objetivos estrechos» de los hombres de acción, para concen
trarse en cambio en los «objetivos elevados» que ellos mismos
advierten a sus espaldas (Vico). Por otra parte, Marx combinó
esta idea de la historia con las filosofías políticas teleológicas de
las primeras etapas de la época moderna, de modo que en su
pensamiento los «objetivos elevados» -que, según los filósofos
de la historia, se desvelaban sólo a la mirada retrospectiva del his
toriador y del filósofo- podían convertirse en objetivos inten
cionales de acción política. Lo decisivo es que la filosofía política
de Marx no se basaba en un análisis de la acción y de los hom
bres de acción sino, por el contrario, en el interés hegeliano en la
historia. Los politizados eran el historiador y el filósofo de la his
toria. Por el mismo motivo, la antigua identificación de la acción
con la producción y fabricación se suplementó y perfeccionó,
por decirlo así, identificando la mirada contemplativa del histo
riador con la contemplación del modelo (el et ooc; o «forma», de
donde Platón había derivado sus <<ideas»), que guía a los artesa
nos y precede toda producción. El peligro de estas combinacio
nes no está en que lo que antes fuera trascendente se vuelva in
manente, cosa que se aduce a menudo, como si Marx intentara
establecer sobre la tierra un paraíso localizado antes en el más
allá. El peligro de transformar los «objetivos elevados» descono
cidos e incognoscibles en intenciones planeadas y deliberadas es
taba en que el significado y la falta de significado se convertían en
fines, que fue lo que sucedió cuando Marx adoptó la significa
ción hegeliana de toda la historia - el despliegue y actualización
progresivos de la idea de Libertad-, como una meta de la
acción humana y cuando él, además, según cuenta la tradición,
vio este «objetivo» último como el producto final de un pro
ceso de manufacturación. Pero ni la libertad ni ningún otro sig
nificado pueden ser jamás el producto de una actividad huma
na en el mismo sentido en que una mesa es, sin duda, el producto
final de la actividad del carpintero.
La creciente falta de significación del mundo moderno qui
zá nunca se anticipó con tanta claridad como en esta identifica
ción del significado y el fin. El significado, que jamás puede ser
el objetivo de la acción y, no obstante, inevitablemente surgirá
de los hechos humanos después de que la acción misma haya
terminado, se persiguió entonces con la misma maquinaria de
intenciones y de medios organizados, aplicada a los objetivos
p articulares directos de la acción concreta, con el resultado de
que era como si el significado mismo se hubiese apartado del
mundo de los hombres, a quienes no les quedaba nada más que
una interminable cadena de propósitos, en cuyo avance las me
tas e intenciones futuras borraban la falta de significado de
todos los logros pasados. Es como si los hombres se hubiesen
cegado de pronto a las distinciones fundamentales, como la que
media entre significado y finalidad, entre lo general y lo partÍ·
cular o, hablando en términos gramaticales, la diferencia entre
«por el bien de . . .» y «a fin de . . . » (como si el carpintero, por
ejemplo, se olvidara de que sólo ejecuta sus actos particulares al
hacer una mesa dentro de la modalidad «a fin de», aunque toda
su vida de carpintero se ve regulada por algo bien distinto, es
decir, por una amplia noción de «por el bien de», por la que se
convirtió, en primer lugar, en carpintero) . En el momento en
que se olvidan esas distinciones y los significados se degradan
para transformarse en fines, lo que sucede es que los fines mis
mos dejan de ser seguros, porque la diferencia entre medios y fi
nes ya no se entiende, de modo que por último todos los fines se
convierten y se degradan en medios.
En esta versión de derivar la política de la historia o, más
bien, la conciencia política de la conciencia histórica -que no
se limita en particular a �arx Y ni siquiera al pragmatismo en
_
88
general-, podemos detectar con facilidad el antiguo intento
de escapar de las frustraciones y de la fragilidad de las a_cciones
humanas construyéndolo a imagen del hacer. Lo que diferen
cia la teoría de Marx de todas las demás que aceptaron la no
ción de <<hacer la historia» es el hecho de que sólo él compren
dió que si se aceptaba que la historia es el objeto de un proceso
de fabricación o del hacer, debe llegar un momento en que ese
«objeto» esté terminado y en que, si se imagina que es posible
«hacer historia», no se puede ignorar la consecuéncia de que la
historia tendrá un fin. Cuando oímos hablar de objetivos gran
diosos eR política, como el de establecer una sociedad nueva en
la que la justicia esté garantizada para siempre, el de declarar
una guerra que termine con todas las guerras o el de hacer que
·
todo el mundo sea democrático, nos movemos en el campo de
esta clase ele pensamiento.
En este contexto es importante ver que, tal como se muestra
en los espacios de nuestro calendario extendidos hacia el infini
to del pasado y del futuro, el proceso de la historia se ha abando
nado aquí por el bien de un tipo de proceso totalmente distinto,
. el de hacer algo que tenga un principio y un fin, cuyas leyes de
movimiento, por tanto, se pueden determinar (por ejemplo,
como movimiento dialéctico) y cuyo contenido medular se pue
de descubrir (por ejemplo, como lucha de clases). Sin embargo,
este proceso no puede garantizar a los hombres ninguna clase de
inmortalidad, porque su fin borra y quita importancia a todo lo
ocurrido antes: en la sociedad sin clases, lo mejor que puede ha
cer la humanidad con la historia es olvidarse de todo ese tema
desdichado, cuyo único objetivo era anularse a sí mismo. T am
poco puede otorgar significado a sucesos particulares, porque
ha cl.iluido todo lo particular en medios cuya falta de significa
ción termina en el momento en que el producto final está termi
nado: los hechos singulares y las acciones y sufrimientos no tie
nen más significado, en este caso, que el que tienen el martillo y
los clavos respecto de la mesa terminada.
Conocemos la curiosa falta de significado final que surge de
todas las filosofías estrictamente utilitarias, tan comunes en la
primera fase industrial de la era moderna y tan características de
ella, cuando los hombres, fascinados por las nuevas posibilida
des de la fabricación, lo pensaron todo en términos de medios y
fines, es decir, de categorías cuya validez tenía su fuente y justi
ficación en la experiencia de producir objetos de uso. El pro
blema estriba en la naturaleza del sistema de categorías de fines
y medios, que de inmediato cambia todo fin alcanzado en los
medios para un nuevo fin, con lo que destruye, por decirlo así,
la significación dondequiera que se la aplique hasta que, en me
dio de la al parecer interminable pregunta utilitaria sobre cuál
es el uso de algo, en medio del al parecer interminable proceso
en que el objetivo de hoy se convierte en el medio de un maña
na mejor, surge la única pregunta a la que ningún pensamiento
utilitario ha podido responder jamás: «¿cuál es el uso del uso?»,
como Lessing la planteó súcintamente.
Esta falta de significación de todas las filosofías utilitarias de
verdad pudo escapar al conocimiento de Marx porque pensaba
que, después de que Hegel descubriera en su dialéctica la ley de
todos los movimientos, naturales e históricos, él mismo había
. encontrado el resorte y el contenido de esta ley en el campo his
tórico y, por tanto, el conocimiento concreto de la anécdota que
la historia tenía que contar. La lucha de clases: para Marx esta
fórmula parecía desvelar todos los secretos de la historia, tal
como la ley de la gravedad pareció descubrir todos los secretos
de la naturaleza. Hoy, después de habernos permitido estos ti
pos de construcción de la historia unos tras otros, estas fórmulas
unas tras otras, ya no nos preguntamos si esta o aquella fórmula
particular es correcta. En todos esos intentos, lo que se conside
ra como una significación no es en realidad más que un esque
ma y, dentro de las limitaciones del pensamiento utilitario, sólo
los esquemas pueden tener sentido, porque son los únicos que
se pueden «hacer», y, por el contrario, los significados - co
mo la verdad-· sólo se pueden descubrir o desvelar a sí mis
mos . Marx no fue sino el primero, y por cierto el más grande
entre los historiadores, que confundió un esquema con un sig
nificado, y, sin duda, mal se podría esperar que él compren
diese que casi no había esquema en el que los acontecimientos
del p asado no pudieran encajar con tanta precisión y consis
tencia como lo hicieron en el suyo. Al menos, el esquema mar
xista se basaba en una importante visión general histórica; des
de entonces hemos visto que los historiadores, con toda li
bertad, imponen sobre la multitud de hechos pasados casi
90
cualquier esquema que se les ocurra, con el resultado de que la
ruina de lo fáctico y lo particular, a través de la aparentemente
mayor validez de los «significados» generales , ha minado in
cluso la estructura factual básica de todo el proceso histórico,
es decir, la cronología.
Además, Marx construyó su esquema tal como lo hizo a
causa de su interés en la acción y la impaciencia ante la historia.
Él es el último de esos pensadores que están en la frontera entre
el interés en la política más antiguo de la era moderna y su pos
terior preocupación por la historia. El punto en que la época
moderoo abandonó, porque volvía a descubrir lo secular, sus
primeros intentos de establecer una nueva filosofía política, po
dría señalarse recordando el momento en que se abandonó el
calendario de la Revolución Francesa, tras un decenio, y la Re
volución se reintegró, por decid� así, al proceso histórico con su
doble extensión hacia el infinito. Fue como sí se concediera que
ni aun la Revolución, que es todavía, junto con la promulgación
de la Constitución americana, el mayor acontecimiento de la
moderna historia política, contenía bastante significado inde
pendiente en sí misma. como para empezar un nuevo proceso
histórico. El calendario republicano no se dejó de lado sólo por
que Napoleón deseaba regir un imperio y porque lo considera
ran como un par las testas coronadas europeas. Ese abandono
también implicaba rechazar, a pesar del restablecimiento de lo
secular, la aceptación de la fe de los antiguos en que las acciones
políticas son significativas más allá de su localización histórica y,
en especial, el repudio de la fe romana en el carácter sacro de las
fundaciones, y de la costumbre paralela de medir el tiempo se
gún la fecha de fundación. Es verdad que la Revolución france
sa, que se inspiró en el espíritu romano y se presentó al mundo,
como gustaba decir Marx, con ropajes romanos, invirtió su mar
cha en más de un· sentido.
En la filosofía política de Kant, se encuentra un hito igual
mente importante en el cambio de la antigua preocupación por
la política a la posterior preocupación por la historia. Kant, que
había saludado a Rousseau como al «Newton del mundo moral»
y a quien sus contemporáneos saludaron como el teórico de los
derechos del hombre,34 tuvo una dificultad mayor aún para en
frentarse a la nueva idea de la historia, que probablemente llegó
91
a su atención por los escritos de Herder. Es uno de los últimos
filósofos que se queja de verdad del «curso falto de significación
de los asuntos humanos», del «melancólico carácter acciden
tal» de los hechos y desarrollos históricos, de esta desesperan
zada, insensata «mezcla de error y violencia», como cierta vez
Goethe definió a la historia. Con todo, Kant también vio lo que
otros habían visto antes que él: una vez que se contempla la his
toria en su totalidad (im Grossen) , más que a los hechos singula
res y a las intenciones siempre frustradas de los agentes huma
nos, todo adquiere sentido de pronto, porque siempre hay una
anécdota que contar, al menos. En su conjunto, el proceso pare
ce estar guiado por una <<intención de naturaleza>>, desconocida
para los hombres de acción pero comprensible para los que vie
nen tras ellos . Al perseguir sus propios objetivos sin criterio, los
hombres parecen guiados por «el hilo conductor de la razón».35
Tiene cier.ta importancia anotar que Kant, como Vico antes,
ya tenía conciencia de lo que Hegel más tarde llamaría «el arti
ficio de la razón» (ocasionalmente, Kant la llamó <da artimaña
de la naturaleza»). También tenía un discernimiento rudimen
tario de la dialéctica histórica, como se ve cuando señala que la
naturaleza persigue sus objetivos totales a través del «antagonis
mo de los hombres en la sociedad . . . sin el cual los hombres, de
tan buen carácter como las ovejas que crían, apenas sabrían
cómo otorgar a su propia existencia un valor más alto que el que
tiene su ganado». Esto demuestra hasta qué punto la idea mis
ma de la historia como proceso sugiere que en sus acciones los
hombres se guían por algo de lo que no son necesariamente
conscientes, y que no tiene expresión directa en la acción en sí.
O, para decirlo de otra manera, demuestra lo útil que el con
cepto de historia moderno resultó ser para dar al campo polí
tico secular un significado del que, de otro modo, parecería
desprovisto. En Kant, al contrario que en Hegel, el motivo mo
derno de la evasión de la política hacia la historia está muy cla
ro aún. Es la huida hacia el «todo», una evasión impulsada por
la falta de significado de lo particular. El interés primario se si
tuaba aún en la naturaleza y en los principios de la acción polí
tica (moral, como diría él) y, gracias a esto, fue capaz de percibir
las desventajas cruciales del nuevo enfoque, el único gran esco
llo que ninguna filosofía de la historia, ningún concepto de pro-
92
greso pudieron remover jamás. En las palabras de Kant: «Siem
pre producirá confusión . el hecho de que las generaciones an
. .
93
completo. Vemos un signo de la categoría política de la filosofía
kantiana en el hecho de que las afl.tiguas perplejidades inheren
tes a la acción volvieran otra vez al primer plano.
Aunque así fuera, Kant no podía dejar de advertir que la ac
ción no colmaba ninguna de las dos esperanzas que la Edad Mo
derna estaba destinada a aguardar de ella. Si la secularización
de nuestro mundo implica la resurrección del antiguo deseo de
cierta clase de inmortalidad terrena, la acción humana -sobre
todo en su aspecto político-- resultará de una inadecuación sin
gular para cumplir con las exigencias de la nueva época. Desde
el punto de vista de la motivación , la acción se muestra como la
menos interesante y más futil de las ocupaciones humanas: «Pa
siones, fines personales y la satisfacción de los deseos egoístas
son . . . los resortes más' eficaces de la acción»37 y <dos hechos de la
historia conocida» considerados por sí mismos «no tienen una
base común ni continuidad ni coherencia» (Vico) . Por otra par
te, desde el plinto de vista de la realización, la acción resulta ser
a la vez más fútil y más frustrante que las actividades manuales y
de producción de objetos. Los hechos humanos, a menos que
permanezcan en la memoria, son lo más perecedero de la tierra;
apenas si sobreviven a la propia actividad y, por cierto, en sí mis
mos nunca pueden aspirar a esa permanencia que, cuando su
peran el tiempo de vida de su fabricante, aun los objetos de uso
corriente tienen, sin mencionar las obras de arte, que nos siguen
hablando durante siglos. La acción humana, proyectada en una
red de relaciones donde se persiguen gran cantidad de fines
opuestos, casi nunca colma su intención original; ningún acto
logra que su autor lo reconozca como propio con la misma cer
tidumbre feliz con que cualquiera reconoce haber producido
cualquier objeto. Alguien que empiece a actuar ha de saber que
ha empezado algo cuyo fin nunca puede anticipar, si por otra
cosa no, porque su propia acción ya lo ha cambiado todo y lo ha
hecho aún más impredecible. Esto era lo que Kant tenía en men
te cuando habló del «melancólico carácter accidental» («trostlo
se Unge[ahr») , tan notorio en el registro de la historia política.
«Acción: no sabemos cuál es su origen ni cuáles sus consecuen
cias: por tanto,. ¿posee algún valor la acción?»38 ¿No tenían ra
zón los filósofos antiguos, no era una locura esperar que del
campo de los asuntos humanos brotara algún significado?
94
Durante largo tiempo se pensó que estas insuficiencias y
perplejidades internas de la vita activa podían resolverse igno
rando las peculiaridades de la acción, e insistiendo en la «falta
de significado» del proceso de la historia en su integridad, que
parecía redimir por fin a la esfera política del «melancólico ca
rácter accidental» y dignificarla frente a él, algo de necesidad
evidente. La historia -basada en la hipótesis manifiesta de
que, por muy accidental que pareciesen las acciones en el pre
sente y en su singularidad, inevitablemente conduCían a una se
cuencia de hechos integrantes de un relato que se podía trans
mitir en UJla narración comprensible en el momento en que los
acontecimientos quedaban en el pasado- se convirtió en la
gran dimensión en la que los hombres podían «reconciliarse»
con la realidad (Hegel), la realidad de los asuntos humanos, es
decir, de las cosas que deben su existencia sólo a los hombres.
Además, como la historia en su versión moderna se concebía
sobre todo como un proceso, demostró una afinidad peculiar
y alentadora con la acción que, por cierto, en contraste con
todas las otras actividades humanas, consiste ante todo en ini
ciar procesos, un hecho del que -claro está- siempre ha sido
consciente la experiencia humana. aun cuando la preocupa
ción de la filosofía por el hacer como modelo de la actividad
humana hubiera evitado la elaboración de una terminología ar
ticulada y de una descripción exacta. La noción misma de pro
ceso, característica de la ciencia moderna, tanto natural como
histórica, probablemente se originó en esta fundamental expe
riencia de acción a la que la secularización otorgó un acento
desconocido hasta entonces, desde los primeros tiempos de la
cultura griega, incluso desde antes del surgimiento de la pólis y,
sin duda, desde antes de la victoria de la escuela socrática. En
su versión moderna, la historia podía llegar a un acuerdo con
esa experiencia y, atinque no consiguió salvar a la política mis
ma de su antigua situación de desgracia, aunque los hechos sin
gulares y los actos que constituían el reino de la propia política
quedaban en el limbo, al menos confirió al registro de los acon
tecimientos pasados esa cuota de inmortalidad terrena a la que
necesariamente aspiraba la época moderna, pero que los hom
bres de acción ya no se atrevían a exigir de la posteridad. -
95
EPÍLOGO
97
el mundo objetivo en el momento en que se inicia la acción; el
proceso de la acción, si es coherente, avanzará hasta crear un
mundo en el que la hipótesis se haga axiomática y evidente
por sí misma.
La temible arbitrariedad con la que nos enfrentamos cada
vez que decidimos embarcarnos en este tipo de acción, que es la
contrapartida exacta de los procesos lógicos coherentes, es más
obvia aún en el campo político que en el real. Pero es más difícil
convencer a todos de que esto es verdad en la historia pasada. El
historiador, al mirar hacia atrás en el proceso histórico, se ha
acostumbrado a descubrir un significado «objetivo», indepen
diente de los fines y de la conciencia de los actores, hasta tal
punto que es capaz de no advertir lo que en realidad ha ocurri
do, mientras intenta discernir alguna tendencia objetiva. Por
ejemplo, no verá las características particulares de la dictadura
totalitaria de Stalin por detenerse en la industrialización del im
perio soviético o en las metas nacionalistas de la tradicional po
. lítica exterior rusa.
Dentro de las ciencias naturales, las cosas no son diferentes
en esencia, pero parecen más convincentes porque están muy
apartadas de la competencia del lego y de su saludable y obsti
nado sentido común, que se niega a ver lo que no puede com
prender. También aquí, el pensar en términos de procesos, por
una parte, y la convicción, por otra, de que cada uno sólo sabe
lo que ha hecho por sí mismo han llevado a la total carencia de
significado que surge, inevitablemente, de la idea de que se pue
de optar por hacer lo que uno quiera y siempre habrá como
consecuencia cierto tipo de «significado». En ambos casos, la
incertidumbre está en que el incidente particular, el hecho que
se puede observar o el simple acontecimiento natural, o la ac
ción registrada y el acontecimiento histórico dejan de tener
sentido sin un proceso universal en el que están, supuestamen
te, inmersos; con todo, en el momento en que el hombre se
acerca a ese proceso para escapar del carácter accidental de lo
particular, para descubrir el significado -orden y necesidad-,
su esfuerzo encuentra una contradicción en la respuesta que
llega de todas partes: valdrá cualquier orden, cualquier necesi
dad, cualquier significado que se quiera imponer. Esta demos
tración es la más clara que se puede obtener: en tales condiciones
no existe necesidad ni significado. Es como si el «melancólico
carácter accidental» de lo particular nos hubiera dado alcance
y nos persiguiera hasta la misma región en que las generaciones
anteriores se habían refugiado para huir de él. El factor decisi
vo de esta experiencia, tanto en la naturaleza como en la histo
ria, no son los esquemas con los que tratamos de «explicar» ni
los que en las ciencias sociales e históricas se eliminan mutua
mente porque todos ellos se pueden probar de forma coheren
te con mayor rapidez, que en las ciencias naturales, donde las
cosas son más complejas y, por esta razón técnica, menos abier
tas a la" arbitrariedad irrelevante de las opiniones irrespon
sables. Por cierto que tales opiniones tienen una fuente bien
distinta, pero son capaces de oscurecer el rasgo de la contin
gencia, tan importante, con el que hoy nos enfrentamos en to
das partes. Lo decisivo es que nuestra tecnología, que nadie
puede considerar como ineficaz, se basa en estos piíncipios, y
que nuestras técnicas sociales, cuyo campo de experimenta
ción real está en los países totalitarios, sólo tienen que superar
cierto tiempo de retardo para estar en condiciones de hacer
para el mundo de las relaciones humanas y de los asuntos hu
manos lo mismo que ya se ha hecho para el mundo de los arte
factos humanos.
La época moderna, con su creciente alienación del mundo,
ha desembocado en una situación en que el hombre, vaya don
de vaya, sólo se encuentra a sí mismo. Todos los procesos de la
tierra y del universo se han revelado como hechos por el hom
bre específica o potencialmente. Estos procesos, tras devorar,
por decirlo así, la objetividad sólida de lo dado, terminaron por
quitar significación al único proceso global que originalmente
se concibió para darles sentido a ellos y para actuar, digámoslo
así, como el eterno tiempo-espacio en el que todos pueden fluir
Y así liberarse de sus mutuos conflictos y su exclusividad. Esto
le ocurrió a nuestro concepto de la historia, tal como le ocurrió
a nuestro concepto de la naturaleza. En la situación de radical
. alienación del mundo no son concebibles para nada ni la histo
ria ni la naturaleza. Esta doble pérdida del mundo -la pérdi
da de la naturaleza y la del artificio humano en el sentido más
amplio, que incluye toda la historia- dejó tras de sí una socie
dad de hombres que, sin un mundo común que a la vez los re-
99
lacionara y separase, viven en una separación desesperadamen
te solitaria o se ven comprimidos en una masa, porque una so
ciedad de masas no es sino esa clase de vida organizada que se
establece, de modo automático, entre los seres humanos que
aún están relacionados entre sí pero han perdido el mundo que ha
bía sido común a todos ellos.
roo
Traum, dass er einmal in einem unbewachten Augenblick -dazu gehort
allerdings eine Nacht, so /inster wie noch keine war- aus der Kampflinie
ausspringt und wegen seiner Kamp/eser/ahrung zum Richter über seine mit
einander kiimpfenden Gegner erhoben wird. »
29 7
10. Ibid., 1 1 43a36.
1 1 . Séptima carta.
12. W. Heisenberg, Philosophic Problems o/ Nuclear Science, Nueva York,
1952, p. 24 .
1 3 . Cita tomada de Alcxandre Koyré, «An Experiment in Measurement», en
Proceedings o/ the American Philosophical Society, vol. 97, núm. 2 , 1953 .
14. Más de veinte años atrás hizo esta misma observación Edgar Wind en su
ensayo «Sorne Points of Contact between History and Natural Sciences»
(en Philosophy and History, Essays Presented to Ernst Cassirer, Oxford,
1939). Wind ya demostró que los últimos desarrollos de la ciencia, que la
hacen mucho menos «exacta», determinan que los científicos se planteen
preguntas «que los historiadores suelen considerar propias». Parece ex
traño que un argumento tan fundamental y obvio no haya desempeñado
ningún papel en la siguiente discusión metodológica y en otras de la cien
cia histórica.
15 Citado en Friedrich Meinecke, Vom geschichtlichen Sinn und vom Sinn
·
299
32. Leviatán, libro I, cap. 3 (trad. de A. Escohotado, Editora Nacional, Ma
drid, 1983, p. 134).
33. La democracia en América, 2" parte, capítulo final, y 1" parte, «Introduc
ción dd autor», respectivamente.
34. El primero en ver a Kant como teórico de la Revolución Francesa fue
Friedrich Gentz en su «Nachtrag zu den R.asonnement des Herrn Prof.
Kant über das Verhaltnis zwischen Theorie und Praxis», en Berliner Mo
natsschrz/t, diciembre de 1793 .
35. Idee zu einer allgemeinen Geschichte in weltbürgerlicher Absicht, Intro-
ducción.
36. Op. cit. , tercera tesis.
3 7. Hegel, en Filosofía de la histon"a universal, Madrid, 1 980.
38. Nietzsche, Wille zur Macht, núm. 2 9 1 .
39. Martín Heidegger señaló cierta vez este hecho extraño durante un deba
te público en Zúrich (publicado bajo el título Aussprache mit Martín Hei
degger am 6. November 1951 Photodruck Jurisverlag, Zúrich, 1 952):
,
«. . . der Satz: man kann alles beweisen [ist] nicht ein Freibrie/, sondern ein
Hinweis auf die Moglichkeit, dass dort, wo man beweist im Sinne der De
duktion aus Axiomen, dies jederzeit in gewissem Sinne moglich ist. Das ist
das unheimlich Riitselhafte, dessen Geheimnis ich bisher auch nicht an ei
nem Zipfel au/zuheben vermochte, dass dieses Ver/ahren in der modernen
Naturwissenschaft stimmt».
40. Werner Heisenberg, en publicaciones recientes, ofrece esta misma idea
en diversas variaciones. Por ejemplo, véase: Das Naturbild der heutigen
Physik, Hamburgo, 1 956.
300
COLECC!ON ZETEIN - ESTUDIOS Y ENSAYOS
John Kenncth Galbrnllh
LA IIOltA LIBERAL JEAN- PIERRE VERNANT
L. W. H. llu!l
IliSl'ORIA Y FILOSOFIA DE LA CIENCIA
Andrcas G. Papandrcou
LA ECONOJ.\liA COMO CIENCIA
Theodol' W. Adorno
PRISMAS
Ln critica de In cultura y la sociedad
t 1
Alfonso G. Ba:rbancbo
FUNDAMENTOS Y POSIDILlDADES
DE LA ECONOMETRIA
Thcodor W. Adorno
NOTAS DE LITERATURA
\V. Van Onnan Quinc
DESDE UN PUNTO DE VISTA LOGICO
Ch. N. ~larlin
·: .
' MITO Y PENSAMIENTO
PROMESAS Y AMENAZAS
DE LA ENERGIA NUCLEAR
W. Van Onnnn Quinc
1\IETOOOS DE LA LOGICA
EN LA
X. Rubert de Ventós
J;;L ARTE ENSTh1ISMADO
Lulgi Elnaudi
MITOS Y PARADOJAS
.GRECIA ANTIGUA
DE LA JUSTICIA 'fHIDUTARIA
C. A. Doxlatlis
ARQUITECTURA EN TRANSICJON
J. K. Galbrailh
CAPITAUSMO Al\IERICANO
El concepto del poder compensador Traducción castellana de
G. G. Grnngcr Juan Diego L6pez Bonillo
FORII-IALISl\10 Y CIENCIAS HUl\IANAS
Angel ·Lntorrc
UNIVERSIDAD Y SOCIEDAD
R. Hnvcmann .
DlALECTICA SIN DOGMA
Ciencia natural y concepción del mundo
C. Clpolta
CAt'!ONES Y VELAS
La primera fase tic In expansión ·,
europea (1400·1700)
O. Popcscu
EL SISTEMA ECONOMICO
EN LAS l'tllSIONES JESUlTlCAS '
U. J . Berman 1
JUSTICIA EN LA U. R. S. S .
Una lnlcrprc!ación del derecho soviético
i
J.-R. Cnpelln
EL DERECHO COl\10 LENGUAJE
Un análisis lógico .f ~
Jost': Alslna
DESCUBRThtlENTO DEL MEDITERRANEO
Ensayes sobre culiura europea
C. Ulises 1\loulines
L.ll. ESTRUCTURA DEL MUNDO SEiiSlDLE
Sistema s fcn~menalistas EDlTORIAL ARIEL
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Jos ep Ll. Blaseo Esplngucs d e Llohregat
LENGUAJE. FILOSOFíA Y CONOCIMlliNTO ··BARCELON A
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del logos introduciría pues en la historia una i{iscontinuidad
radica[ ~iajero sin e_quipaj~~· la filosofía vendría"al mundÓ sin
pasado, sm padres, sm familia; sería un comienzo absoluto.
Al mismo• tiempo, el h?mbre-g?ego se encuentra, en esta
perspec.tiva, elev~do por ·encima <le todos los otros" pueblos,
: .·
predestinado; en el, los :logos se ·h ace carne. "Si ha inventado la
.: l:Uosofía, dice· todavía<!lutnet, :es . en-:razón de sus cualidades
de mteligencia' ·exc~pciojiale_s: el_.espíritu de observación . unido
al poder ~e '~azonam~e~t~:·~;'• Y,- _ni,ás allá de la filosofía. griega:.--·
~ MITO :A LA ~!'7:; esta. s,upenor1;dad ~a_s~ ··p~oy~denCI~ se trapsmite a todo e1 pen-
samiento occidental, · s~hdo del helenismo. · , . · ··
1
LA--Fo~C'«-I5EL--!,ENSAMz#.;o· ~b~mv~:-,:_- ,;.
1 •. ' .; :·; ~' • ..
._. _!·
~ LA GRECIA ARCAICA 1 .. ;:: .·:¡ ·-: · . .-~:l!·;iL .
El pensami€m~o ra~i?h~ tiene UQ~ . !ic~a civil; se_- ~noce sú En el transcur~o d.e -~~~ . último~ cincuenta años 'sin
embar-
fecha y su lugar de 11:ac:muento. ·Es en el siglo VI antes· de nues- go, .1~ confianzá_de .Occid?-nte en ;est: _monopolio, '?e'-Ia razó~
tra era, en las · qiudades griegas de Asiil Menor, donde' surge li_a s1?o puesta _e n entr~diCho. -~a · cnsJS de la fJSica y de fu-
una nueva fonna de reffexión, totlilinente positiva;;sobre 1a Ciencia contemporáneas ha s~cudido . fuertemente -los funda-
naturaleza: Btimet menciona Ht opini6n corriente cuaiido seña: mentos -que .s_e . c~efap d~~itiy?s~ de ~a. lógica clásica:_Ei
la· a este respecto: "Los filósofos jonios han franqueado la vía contacto con las grandes civilizac•'>ues espmtualmente diferen- ·
que la ciencia, a partir de este momento, no ha tenido más tes a la nuestra; como la ·India y la China, ha hecho estallar el
que seguir".2 El nacimiento de la l:Uosofía en Grecia, determi- cuad_ro del humanism:? :tradicional. Occidente hoy ya no puede
naría, en consecuencia, los inicios del pensan_liento científico; considerar su pensamiento como el pensamiento, ni saludar en
se podría decir: del pensamiento sin más. En la escuela de la aurora· de la l:Uosofía griega el nacimientD del sol de la Ra-
Milcto, por primera vez, el logos se habría liberado del mito zón: El pensamiento· ~acionai, en el tiempo que siente preocu-
de igual modo que las escamas se desprenden de los ojos del P~<:Ión po~ su porv~mr y q~e pone en duda sus principios, se
ciego. Más que de un cambio de actitud intelectual, de una dmge haCia sus ongenes; mterroga su pasado para situarse
mutación mental, se trataría de una revelación decisiva y defi- para comprenderse históricamente. '
nitiva: el descubrimiento de la razón.8 Es por lo que sería Dos fech.a~ jalon11n este esfuerzo. En 1912, Cornford publi-
Vlllll> escudriñar en el pasado los orígenes del pensamiento ca From ;eltgwn to philosophy, e:ri la q~e intenta, por primera
ruc:ional. L§l verdadero pensamiento no podría tener otro ori- vez, prec1sar el vínculo que liga'·el pensamiento rellgioso y los
¡t.OJI c¡ue él mismo. )Es exterior a la historia, que no puede ex-
1;u(!ur en el desarrOllo del espíritu sino los obstáculos, los erro-
ro!! y las ilusiones sucesivas. Tal es el sentido del "milagro"
w·lt;go: a través de la íllosofía de los jonios, se reconoce, enc.:<:a:-
i
• 1
P IL A R G IR A L T G O R IN A
&
SEIX BARRAL
Título original:
Les Grands Sophistes
dans l’Athènes de Péridès
Primera ed ición : abril 1997
ISB N : 8 4 -3 2 2 -4 7 7 4 -X
Im preso en España
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida,
almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico,
mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
A Paul Lemerle
PREFACIO
8
sido discípulo de Gorgias, de Pródico y de Antifón, es decir,
de 1res de ellos; seguramente esta tradición no es más que
una conclusión sacada de las similitudes evidentes entre
sus obras y la enseñanza de los sofistas; obras que, no cabe
la menor duda y salta a la vista, tratan del mismo método
de análisis, de la misma presentación dialéctica, del mismo
espíritu positivista y de las mismas investigaciones del esti
lo. El propio Sócrates se nos presenta como si mantuviera
relaciones constantes con los sofistas y a algunos de ellos
los trata con consideración. Platón le hace decir, en el
Menón, que fue alumno de uno de ellos, de Pródico; es cier
to que precisa en el Crátilo —para mofarse, pero como algo
verosímil— que no ha oído de Pródico la lección de cin
cuenta dracmas, sino la de «un dracma» (384 b). Más tar
de, Platón se refiere incesantemente a estos hombres; de
sus diálogos, donde los saca a menudo a escena, hay dos
que llevan como título el nombre de los dos primeros sofis
tas; Gorgias y Protágoras. Por último, Isócrates, fundador a
principios del siglo iv de una nueva escuela de retórica y de
filosofía, define a ésta en relación con los sofistas, de quie
nes corrige ciertas tendencias pero a quienes sigue muy de
cerca en espíritu: él mismo había sido alumno del sofista
Gorgias, cuyos cursos había seguido en Tesalia. En la lite
ratura de la época vemos por doquier que se nos presenta a
los sofistas como gente cuya influencia era decisiva.
¿Cómo, en estas condiciones, no desear comprender lo
que fueron? ¿Y cómo, cuando se es especialista del siglo v
ateniense, no desear al término de largos estudios sobre los
textos de esta época, remontarse al fin a estos personajes
tan poco conocidos, pero tan importantes? A decir verdad,
no se comprende nada de lo que fueron, y nada del siglo de
Pericles, ni siquiera del «milagro griego», si no se tiene una
idea clara de la naturaleza y del alcance de su influencia.
Sólo que la empresa es tan ardua com o necesaria. Por
que se da el caso de que estos hombres tan influyentes, que
acumularon tratado tras tratado sobre gran cantidad de
temas, se nos escapan cruelmente. Sabemos, en general,
quiénes eran. Si puede existir alguna vacilación de detalle
sobre tal o cual personaje, conocemos sus nombres, sus
fechas, su reputación. Se trata de maestros venidos de
diversas ciudades, que enseñaron en Atenas... en la segun
da mitad del siglo v a.C. y un poco antes. Poseemos díver-
9
sos testimonios sobre su actividad y sobre la clase de ense
ñanza que impartían. Pero las dificultades empiezan cuan
do intentamos verlo con más claridad.
Ante todo nos enfrentamos a la paradoja de que sus
obras, sus tratados, tan diversos y tan célebres, estén prác
ticamente perdidos en la actualidad. ¿Serían acaso dema
siado técnicos? Nos encontramos con el hecho de que de
esta gran cantidad de escritos sólo perduran pequeños frag
mentos, la mayoría de muy pocas líneas, los salvados úni
camente por las citas.1Todos estos fragmentos de los sofis
tas no ocuparían en su conjunto más de veinte páginas. Y
por añadidura, nos llegan sin ningún contexto. Admitiendo
que las citas, hechas despues de varios siglos, sean correc
tas y fieles (lo cual sería muy loable), quienes suelen hacer
las son autores que no buscan dar una idea de sus doctri
nas, sino sólo a veces ofrecer un ejemplo de estilo o mos
trar algunos rasgos generales por los que los siglos clásicos
parecían confirmar sus propias ideas, escépticas o idealis
tas según los casos. Dicho de otro modo, el primer proble
ma es el de la interpretación. Cada uno tiene que recurrir
forzosamente a buena parte de imaginación, hasta el pun
to de que las controversias causan estragos... Es cierto que
también tenemos algunos testimonios, muchos de los cua
les datan del tiempo de Platón. Y en efecto, todos pensamos
en Platon, que no cesó en toda su obra de presentarnos a
los sofistas. Platón es nuestro mejor guía. Pero, ¡oh, para
doja!, este guía es, según todas las evidencias, parcial, ¡por
que si presenta a los sofistas, es para hacer que sus tesis
sean refutadas por Sócrates! Sentimos, pues, cierta inquie
tud al seguirle, teniendo la sensación de que estos sofistas
corren el riesgo de ser víctimas de una iluminación enga
ñosa.
Así pues, la cuestión de intentar reconstruir estos deba
tes no es fácil. Y el esfuerzo realizado en dicho sentido ha
obtenido a veces resultados que más desalientan que ani
man. Los sabios han estudiado cada fragmento, han tradu
cido, comentado, rectificado y discutido. Lo han hecho con
conocimiento y perspicacia, pero se han visto expuestos
con frecuencia a un doble peligro.
En primer lugar, ante lo arduo de las cuestiones y los
muchos puntos en litigio, los más meticulosos daban a sus
debates un carácter erudito un poco abrumador: el estudio
10
de los sofistas se acercaba casi al esoterismo, con los incon
venientes que esto conlleva.
Por otra parte, para discutir estas cuestiones era preci
so ser filólogo y filosofo; pero las dos aptitudes no suelen
dosificarse de manera uniforme. Cuando predomina la filo
sofía, lo lógico es que los problemas se planteen en función
de un pensamiento más especializado y más moderno que
el de los sofistas. De ahí, para la interpretación de un frag
mento de Protágoras, por ejemplo, una interpretación
«hegeliana» o una interpretación «nietzscheniana». De ahí
también la costumbre de leer a un autor antiguo «a la luz»
de un filósofo de los tiempos modernos. De repente se cons
tata —y es casi inevitable— que para el conjunto del movi
miento intelectual encamado en nuestros sofistas, cada
escuela filosófica tiende a leer estos fragmentos tan insufi
cientes encontrando en ellos sus propios problemas o sus
propias orientaciones. A veces se ha visto en ellos un racio
nalismo puro, o una experiencia existencial; en nuestros
días veríamos más bien en los fragmentos de los sofistas los
elementos de una filosofía del lenguaje (lo cual no sorpren
dería a nadie).2
Una investigación de este tipo —siempre que se lleve a
cabo con pmdencia— puede tener un valor estimulante
para todos y abrir perspectivas sugeridoras. Pero está claro
que da la espalda, deliberadamente, a la historia vivida,
aquella cuyo marco es la Atenas del siglo v y cuya acción
pone en escena, por una parte, a hombres avidos de cono
cimientos y, por otra, a estos maestros animados de un
espíritu nuevo. De esta historia partimos aquí; y a ella es a
la que querríamos volver en este libro, abordando así a los
sofistas desde un ángulo un tanto diferente.
El propósito de este libro concierne en efecto a la histo
ria de las ideas, entendida en el sentido más amplio del tér
mino. No es un libro de filosofía ni de filósofos. No se pue
de estudiar la Grecia clásica sin bañarse en la filosofía, que
entonces lo penetraba todo. Pero, a fin de cuentas, los sofis
tas del siglo V sólo enseñaban a los filósofos y solo ejercie
ron influencia sobre los filósofos. Tucídides y Eurípides
están totalmente imbuidos de su enseñanza, al igual que
Isócrates años más tarde. Aristófanes habla de ellos y, cuan
do Platón nos los presenta, no es siempre en los diálogos
más austeros. Los ha mezclado con la vida de la ciudad. Y,
11
sin duda, debe de estar permitido, com o a cualquier otro,
tratar de medir su papel a quien ha conocido bien a estos
discípulos y a estos testigos. Así que tenemos la suerte de
captar su pensamiento en los mismos términos que reflejan
las obras de los contemporáneos. Además, podemos definir
este pensamiento en función de la aventura extraordinaria
en el curso de la cual Atenas lo acogio, lo discutió y al fin
acabó por asimilarlo. Hemos tratado a los sofistas en su
relación con esta cultura de Atenas a la que marcaron tan
profundamente.
Esto implica cierto número de silencios que son indis
cutiblemente deliberados; y una esperanza precisa, que da
su sentido a la empresa.
No podemos enumerar todos los silencios, pero sí pode
mos al menos señalar algunos.
Silencio, en primer lugar, sobre la bibliografía, las obje
ciones y las sugerencias. Quien desee informarse a este res
pecto dispone de los instrumentos necesarios; pero es un
trabajo de especialistas. Después de haber leído todo lo que
ha caído en nuestras manos, hemos optado por no citar
nada en absoluto: los sofistas ya son bastante difíciles de
abordar para que tengamos que añadir ademas las notas
de una erudición demasiado pesada.
Por la misma razón, no mencionaremos nunca los pro
blemas anexos que no comprendían realmente el alcance de
las obras. Ni tampoco los títulos de los que no siempre se
sabe si se trata de un capítulo o de una obra aparte.
Silencio, también —y esto puede ser más grave—, sobre
los aspectos más técnicos de la actividad de los sofistas.
Algunos se ocuparon de las matemáticas, com o Hipias y
Antifón, y aportaron cosas nuevas a este campo. Otros se
ocuparon del ejercicio de la memoria, como Hipias. Varios
de ellos contribuyeron a la historia, estableciendo diversas
colecciones de hechos. Estos aspectos de su actividad
deben ser recordados, pero no los estudiaremos aquí a fin
de tener en cuenta las posibilidades de atención del lector
y para separar mejor la continuidad general de la aventura
intelectual que estaba en juego.
Por las razones ya indicadas, en la interpretación de las
obras hemos dejado de lado las que ya se han hecho en
nombre de las filosofías posteriores: hemos querido limi
tarnos a lo que podían comprender los lectores de la épo-
12
ca. Era tal vez un poco menos sugerente, pero en cualquier
caso más conforme con la preocupación de la verdad his
tórica.
Por último, en nombre de esa misma preocupación, no
hemos hecho intervenir nunca lo que se ha llamado la
segunda sofística, es decir, un movimiento intelectual basa
do en la retórica e inspirado en el ejemplo de los sofistas del
siglo V. Esta segunda sofística se sitúa en el siglo 11 d.C., es
decir, siete siglos después de la primera que es la que nos
ocupa, y está mucho más consagrada a la retórica que la pri
mera y mucho más abierta a las tendencias irracionales que
florecían en aquella época. Repetimos que para quien refle
xiona sobre la retórica o sobre el lenguaje, este acercamien
to tiene interés; pero no lo tiene para quien intenta com
prender lo que sucedió y se pensó en la Atenas del siglo v.
Estas opciones imponían, sin duda, cierto número de
abandonos; pero en cambio, fundan una esperanza, que es
la de reparar una injusticia.
Tal es el nudo de la cuestión: estos maestros fueron
grandes maestros. Pero resulta que también se les ha acu
sado de ser malos maestros. En diversas épocas, incluso en
la Atenas de entonces, fueron atacados públicamente. De
hecho, se les acusó de todo: de haber deteriorado la moral,
de haber rechazado todas las verdades, de haber sembrado
la mala fe, de haber soliviantado las ambiciones, de haber
perdido a Atenas. Platón tuvo su papel en este movimiento
de protesta; pero no fue el único. Y el resultado fue que este
bello título que habían adquirido al llamarse «sofistas», es
decir, especialistas en sabiduría, se convirtió en seguida, y
así ha continuado hasta nuestro tiempo, en sinónimo de
hombres retorcidos. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Tan poco dignos
eran estos hombres de tener los discípulos que tuvieron?
¿Tan impíos eran? ¿Hubo tantos malentendidos?, y en este
caso, ¿de dónde arrancan?
Estas preguntas son las que nos habían detenido, esti
mulado y detenido de nuevo vagamente en el curso de
muchos años de investigación y lectura; y ellas son las que
forman el tema de este libro.
Implican una preocupación de método que no se impo
ne del mismo modo a las obras consagradas habitualmen
te a los sofistas: era preciso, en efecto, evitar a toda costa
confundir a los grandes sofistas con sus discípulos dema
13
siado complacientes. En general fueron estos últimos los
verdaderos, y quizá los únicos, amoralistas. Por lo tanto
hay que guardarse de colocar al Cali cíes de Platón entre los
sofistas, porque nada sugiere que lo haya sido; la diferen
cia puede ser decisiva; y la confusión, admitida con excesi
va frecuencia, amenaza con falsear completamente los
datos. También Eurípides pudo ser influido por los sofistas,
pero nunca fue uno de ellos. En fin, un filósofo como
Demócrito pudo estar muy cerca de los sofistas, sus con
temporáneos, pero su orientación, así como su marco de
actividad era otra. Había que trazar un límite más firme.
En esto residía la única posibilidad de volver a situar a
los sofistas propiamente dichos bajo una luz adecuada y de
descubrir cómo se deformó con tanta facilidad su pensa
miento.
Nos ha parecido que de este modo podíamos aclarar un
aspecto capital de la historia del pensamiento griego y, a la
vez, ayudar a comprender cómo se falsea el diálogo entre
un pensamiento teórico riguroso y un público más o menos
bien informado y más o menos apto para captarlo. Estas
interpretaciones erróneas eran posibles en Atenas: una
información más extendida pero no por ello más exacta los
hace posibles en todas las épocas, y presta a la aventura
ateniense un sabor desgraciadamente ejemplar.
Es, pues, hacia este diálogo entre los sofistas y la opi
nión ateniense hacia el que hemos intentado atraer la aten
ción, considerándolos en sus diversos papeles: de profeso
res, de pensadores de ideas atrevidas, de moralistas lúcidos
y teóricos de la política. En cada campo se repite la misma
historia, una historia que hace desfilar sucesivamente los
descubrimientos audaces, el escándalo, las críticas y, final
mente, después de algunos retoques y una aclaración, el
retorno a los caminos que habían indicado.
Pues bien, estos caminos —como se verá— son todavía
en gran medida los nuestros, veinticinco siglos más tarde.3
14
N O T A S D E L P R E F A C IO
15
Capítulo I
17
meros maestros, pero no dice lo que hacían: la palabra sólo
los presenta como profesores sin otras connotaciones.
Estos profesores surgieron de todos los rincones de Gre
cia, más o menos en la misma época. Y todos enseñaron
algún tiempo en Atenas: sólo allí es donde los encontramos
y conocemos.
Los más grandes fueron Protágoras, que venía de Ábde-
ra, en el Norte, lindando con Tracia; Gorgias, que venía de
Sicilia; Pródico, que procedía de la pequeña isla de Keos;
Hipias, que venía de Elis, en el Peloponeso; Trasímaco, que
procedía de Calcedonia, en Asia Menor. Otros se han que
dado en meros nombres que cuentan bastante menos. Sólo
dos atenienses figuran entre tanto extranjero: Antifón y Cri
tias; no parece que fueran ni siquiera maestros profesiona
les e itinerantes, sobre todo el segundo. Es seguro que hubo
otros sofistas: por ejemplo, hay dos que Platón hizo revivir
en un diálogo muy irónico, los dos hermanos Eutidemo y
Dionisodoro, el primero de los cuales dio el título al diálo
go de Platón. Estos sofistas no fueron tan eminentes como
los primeros maestros que acabamos de nombrar: fueron
menos innovadores, menos filósofos y menos célebres. Indi
vidualmente, los conocemos poco: de hecho, sólo estamos
informados de que esta serie de personajes fueron los mas
carones de proa3 por sus enseñanzas y sus escritos, además
de por sus demostraciones profesionales.
Protágoras debió de llegar a Atenas poco después del
año 450, puesto que le vemos relacionado con Pericles en
443. Gorgias llegó en 427, después de la muerte de Pericles.
Eran los de más edad. Parece ser que Protágoras murió
hacia 411; pero Gorgias, Pródico e Hipias vivían aún duran
te el proceso de Sócrates en 399. El movimiento corres
ponde, pues, a la segunda mitad del siglo V , que partiendo
de la grandeza de Atenas la lleva a su derrota. Incluso aña
diendo a estos pocos hombres los autores de dos tratados
que nos llegaron de manera anónima pero que pertenecen,
sin duda alguna, al mismo movimiento de pensamiento, el
número de personas implicadas es reducido: un puñado de
hombres activos, en líneas generales, durante una genera
ción.
Gracias a Platón, sabemos muy bien quiénes eran y qué
emoción suscitó su llegada. Hay que cederle un poco la
palabra para su entrada en escena, porque nadie puede tes
18
timoniar mejor la extraordinaria notoriedad de este puña
do de hombres.
En el Protágoras, nos ofrece primero la imagen de la
exaltación que embargaba a los jóvenes ante la idea de oír
a los sofistas. Al comienzo de este pequeño diálogo, Sócra
tes cuenta que un joven irrumpió un día en su casa al ama
necer y le dijo: «Anoche, de madrugada, Hipócrates, hijo de
Apolodoro y hermano de Fasón, golpeó mi puerta con vio
lentos bastonazos; cuando le abrimos, se precipitó en el
interior gritando con todas sus fuerzas: "¿Estás despierto,
Sócrates, o duermes?” Reconocí su voz y le dije: "¿Eres tú,
Hipócrates? ¿Qué noticia me traes?” "Nada enojoso —dijo—,
¡sólo una excelente!” "En tal caso, tu noticia será bienveni
da, pero ¿de qué se trata y por qué esta noticia a hora tan
intempestiva?" "¡Protágoras está aquí!” —exclamó, dete
niéndose cerca de mí» (310 a-b). La frase griega expresa
incluso la falta de aliento del joven. Quiere ser discípulo de
Protágoras y lleva en seguida a Sócrates a ver a los sofistas.
Estos sofistas están en casa del acaudalado Calías,
miembro de una de las familias más nobles de Atenas. Son
muchos, rodeados de discípulos y admiradores.
He aquí ante todo a Protágoras, paseando por el vestí
bulo, escoltado por discípulos, muchos de los cuales son
extranjeros «a los que Protágoras anima a seguirle en todas
las ciudades por donde pasa, manteniéndolos bajo el hechi
zo de su voz como un nuevo Orfeo». Y Platón nos describe
las evoluciones de este coro que sigue al maestro en sus
vueltas y paseos, apartándose cada vez que da media vuel
ta para dejarle pasar en medio.
Más lejos, en la misma casa, se encuentra también
Hipias, en un asiento elevado, con todo un grupo de discí
pulos sentados en bancos: Hipias responde a todas sus pre
guntas, «desde lo alto de su trono»...
En otro aposento, ¡he aquí a Pródico! «Estaba todavía
acostado, envuelto en pieles y mantas más bien numerosas,
según me pareció.» Platón nombra a los efebos atenienses,
bellos y muy conocidos, que le rodeaban. Hipias hablaba de
las cosas celestes, pero no sé sabía de qué hablaba Pródico:
«En cuanto al tema de su conversación, no pude darme
cuenta desde fuera, a pesar de mi vivo deseo de oír a Pró
dico, que me parece un hombre de una ciencia superior y
19
realmente divina; pero su voz de bajo producía en el apo
sento un zumbido que hacía ininteligibles sus palabras.»
La casa está llena y sigue acudiendo gente: toda la cre
ma de Atenas se apiña para oír a los maestros; en el mismo
momento en que llegan Sócrates y su efebo, entran el bello
Alcibiades y Cridas, dos hombres llamados a jugar un gran
papel en la historia ateniense.
A decir verdad, no se trata de una presentación de sofis
tas, sino de una presentación de su increíble éxito.
Podríamos imaginar, al leer este pequeño texto, que el
éxito se debía más bien a una moda del momento, al entu
siasmo poco justificado de una juventud ciega por pensa
dores inquietantes. Pero todos los hechos contradicen esta
hipótesis. Lo que hemos recordado en el prefacio acerca de
la influencia duradera y profunda ejercida por estos hom
bres sobre los diversos autores de este siglo o del siguiente
no permite la menor duda a este respecto. Y la enseñanza
de la retórica o de la filosofía han quedado marcadas para
siempre por las ideas lanzadas y los debates abiertos por
ellos.
Debemos admitir por tanto que, si hubo entusiasmo, fue
general, y que Atenas, en el apogeo de su poder y su esplen
dor, se echó sin vacilar en brazos de estos maestros, hasta
el punto de que su literatura conservó para siempre sus
huellas.
Entonces ¿qué aportaban para considerarlo tan nuevo y
tan maravilloso? ¿Cuál era el motivo de esta fascinación?
¿Qué enseñaban? Ya es hora de descubrirlo y de acercamos
un poco más a estos maestros que nos han dejado entrever,
en el Protágoras, Sócrates y su joven compañero.
20
un pequeño escándalo. Vendían la competencia intelectual.
La vendían incluso muy cara.
El principio parecía sorprendente: en la Apología, el
Sócrates de Platón ironiza sobre este aspecto y, falsamente
admirador de Gorgias, Pródico e Hipias, exclama: «¿Qué
maestros son éstos, jueces, que van de ciudad en ciudad y
saben atraer a muchos jóvenes, cuando éstos podrían, sin
pagar nada, vincularse a cualquiera de sus conciudadanos
elegido por ellos?» (19 e).
Además, los precios eran elevados. Si Sócrates habla,
refiriéndose a Pródico, de una modesta lección por un
dracma, señala otras muy importantes a cincuenta drac-
mas, lo cual ya parecía una cantidad desorbitada. Recorde
mos que el famoso subsidio para los ciudadanos que ser
vían como jueces —subsidio que pareció tan demagógico en
la época y tuvo tantas repercusiones— era de dos óbolos, y
más tarde de tres, es decir, medio dracma. Por lo demás,
Platón no escatima adjetivos ni comparaciones. En el
Hipias Mayor, Sócrates dice que Gorgias, «por sus sesiones
privadas y sus conversaciones con los jóvenes supo reunir
fuertes sumas que se llevó de Atenas», que Pródico «daba
clases particulares y charlas por las que ingresaba sumas
fabulosas» y que si los sabios de otro tiempo no creían que
debieran ganar dinero con su ciencia, éstos lo hacían sin
tapujos, como Protágoras antes que ellos (282 c-d). Según
la tradición, Protágoras llegaba a hacerse pagar cien minas
(equivalentes a diez mil dracmas). Es cierto que al parecer
tenía demasiados solicitantes; y sus discípulos estaban tan
encantados que encontraban a Protágoras muy modesto: si,
después de las lecciones, no estaban de acuerdo con la
suma, declaraban bajo juramento en cuánto las valoraban;
y Protágoras lo aceptaba (Protágoras, 328 b). Sea lo que sea
él se enriquecía. Y el resultado era, si tenemos que creer el
Menón (91 d) que ¡Protágoras ganó él solo más dinero que
Fidias y diez escultores más juntos!
Sin detenernos demasiado en la idea de esta época feliz
en que los criterios de las ganancias más elevadas estaban
por lo visto del lado de las artes, podemos ver en el escán
dalo de estas observaciones la prueba de dos circunstan
cias. Son, en primer lugar, una prueba más del extraordi
nario éxito de los sofistas. Pero también son el indicio de
una primera novedad, consistente en la idea de que ciertos
21
conocimientos intelectuales se transmiten y son directa
mente útiles. Si se hacían pagar, es porque los sofistas
transmitían una enseñanza como profesionales. La idea de
profesión y de técnica especializada, que se percibe en su
nombre y se afirma en sus programas, justificaba esta acti
tud. Y el hecho es que no hay un profesor que no sea el
heredero directo de las pretensiones que chocaron tanto a
Platón cuando fueron emitidas por primera vez.4
¿Qué querían hacer?
En primer lugar, querían enseñar a hablar en público, a
defender sus ideas ante la asamblea del pueblo o ante el tri
bunal; eran, en primera instancia, maestros de retórica.
Porque, en un momento en que tanto los procesos com o la
influencia política y las decisiones del Estado, dependían
del pueblo, que a su vez dependía de la palabra, resultaba
esencial saber hablar en público, argumentar y aconsejar a
sus conciudadanos en el terreno de la política. Esto forma
ba un todo y proporcionaba la clave de una acción eficaz.
Así se explican las divergencias en las definiciones, que
son sobre todo una cuestión de matices: vemos, en efecto,
que Gorgias se define, en Platón, com o un maestro de retó
rica y Protágoras como alguien que enseña política. Uno
habla (en el Gorgias de Platón, 449 a) del arte de la retóri
ca (retoriké téjne), admitiendo que se trata a fin de cuentas
de debates de los tribunales y de la Asamblea. El otro admi
te que enseña el arte de la política (polittké téjne): está en el
Protágoras de Platón (319 a); precisa incluso que se trata de
saber administrar bien sus negocios y los de la ciudad; pero
el arte de decidirse uno mismo y de aconsejar a otros des
cansa sobre la competencia en argumentar; y Protágoras ha
escrito mucho sobre la argumentación. Está seguro, pues,
de que la diferencia de definición expresa una orientación
diversa en los dos hombres; pero está igualmente seguro de
que la retórica y la política van estrechamente ligadas, sien
do el objeto de la primera llegar a la segunda y proporcio
narle todas las armas para ello. Forjaba en efecto para este
fin reglas, recetas y una técnica: la palabra téjne, empleada
en los dos casos, refleja bien la ambición del propósito y el
sentimiento de haber elaborado un método.
En sus mismos comienzos tal enseñanza apuntaba al
éxito práctico. Al insistir en la posibilidad para todos de
acceder a él y conseguirlo, abría las carreras de la palabra
22
a cualquiera. Si la clientela de los sofistas no sugiere, en
realidad, una renovación social verdadera, la posibilidad
estaba de todos modos asegurada. Y, mientras tanto, ya se
encontraba fundada y codificada una nueva disciplina.
Este fin eminentemente práctico no era el único; ni esta
doble disciplina, la única perspectiva nueva que aportaban
estos personajes. Al hablar de administrar bien sus asuntos
y los del Estado, la definición de Protágoras supone un con
tenido intelectual, una sabiduría y una experiencia nacidas
del arte de dirigir bien sus ideas. Este contenido intelectual
es, de hecho, inseparable de la misma retórica, y ello por
dos razones.
En primer lugar, está claro que saber analizar una situa
ción a fuerza de argumentos puede servir tanto para tomar
partido uno mismo como para convencer a los demás. Pro
tágoras parece considerar evidente la idea; un poco más
tarde Isócrates la enunciaría con todas sus letras y no sin
nobleza, en el elogio de la palabra que repite dos veces en
su obra (en el Nicoclés, 5-9, y en el discurso Sobre el inter
cambio, 253-257): «Los motivos de creencia mediante los
cuales persuadimos a los demás al hablar, son los mismos
que nos sirven en nuestras reflexiones personales: llama
mos buenos oradores a los hombres capaces de dirigirse a
la masa, pero buenos consejeros a aquellos que saben deba
tir mejor las cuestiones en sí mismos.»
Además, esta posibilidad de analizar una situación
supone cierta carga de observaciones y conocimientos resu
midos en lugares comunes susceptibles de aplicarse en
diversas circunstancias. Toda argumentación se basa en
probabilidades, lo cual implica en conjunto una lógica y
una visión clara de las conductas humanas habituales,
aceptadas y razonables. Toda demostración, de derecho o
de política, se basa en la idea de tales probabilidades. ¿Era
normal, en tal situación, tomar el partido que se ha elegi
do? ¿Era normal, bajo tal presión, cometer la falta que se
ha cometido? ¿Es normal, si se adopta tal solución, esperar
el éxito? Estos eran los tipos de razonamiento que siempre
se debía aprender a practicar. Y toda una ciencia de los
comportamientos humanos —una téjne, también esta vez—
se desliza así en la estela de la retórica y la política. Se pue
de decir que, en la práctica, todas las reflexiones generales
ofrecidas en apoyo de su defensa por los oradores de Tucí-
23
dides o los personajes de Eurípides, proceden directamen
te de este entusiasmo por un conocimiento nuevo del hom
bre y de sus costumbres.
Además, este deseo de conocimientos llevaba a los
maestros de la época a señalar y clasificar cantidad de
hechos en diversos campos: esto explica los sorprendentes
títulos de ciertos tratados menores de nuestros sofistas.
Porque, junto a grandes tratados de retórica o de política,
encontramos, entre los títulos, escritos sobre la lucha (Pro
tágoras), sobre la onomástica (Gorgias), sobre los nombres
de los pueblos, o la serie de vencedores olímpicos (Hipias),
sobre los sueños (Antifón) o sobre las constituciones (Cri
tias).
Se sabe, por lo demás, que en uno de estos sofistas,
Hipias, este celo de conocerlo todo desembocaba en un
curioso enciclopedismo que englobaba incluso las técnicas
artesanales. Cuenta Platón que un día, en Olimpia, Hipias
se jactaba de haber hecho sus ropas, su anillo, su sello; y,
según sus palabras, había fabricado su calzado y tejido su
manto; llevaba encima poemas y epopeyas. Declaró (tam
bién según Platón) entender más que nadie de ritmos, gra
mática, mnemotecnia... Ciertamente, esto era excepcional;
pero su caso refleja, en un grado máximo, el extraordinario
deseo de dominar todos los conocimientos, que es propio
de estos hombres.
Estas cosas, no obstante, eran nimiedades. Porque la
actividad de los sofistas desbordaba su enseñanza de la
retórica e iba mucho más lejos. Es de suponer que en estos
debates en el curso de los cuales se daba la vuelta a las res
ponsabilidades, los argumentos y las críticas, se formaba el
hábito de considerar siempre la posibilidad de una tesis
contraria, y por consiguiente de criticarlo y cuestionarlo
todo. Este hábito lanzaba el espíritu hacia nuevos çaminos:
al principio del respeto a las reglas sucedía su impugna
ción. Y el hecho es que en el mundo intelectual de los sofis
tas, donde nada era aceptado a priori, el único criterio segu
ro terminó siendo la experiencia humana, inmediata y con
creta. Los dioses, las tradiciones, los recuerdos míticos ya
no contaban: nuestros juicios, nuestras sensaciones, nues
tros intereses constituían desde ahora el único criterio
seguro. «El hombre —decía Protágoras— es la medida de
todas las cosas.» Al fin y al cabo, para los espíritus inicia
24
dos era fácil discernir lo que, en las tradiciones o en las
reglas de la ciudad, era pura convención: se daba muy a
menudo el caso, y los sofistas se apresuraban a demostrar
lo, para la gran excitación de todos. Escribieron tratados de
metafísica, analizaron nociones, reflexionaron sobre la jus
ticia. En resumen, al mismo tiempo que maestros de retó
rica fueron filósofos, en el sentido más estricto del término,
y filósofos cuyas doctrinas, por sus mismas perspectivas,
liberaban los espíritus, los estimulaban y les abrían cami
nos no hollados. Los nuevos filósofos —que no deben con
fundirse con los nuestros— empezaron así una verdadera
revolución intelectual y moral.
Esta revolución está jalonada para nosotros por el
recuerdo de los grandes tratados de metafísica y de moral
que hoy en día se han perdido. Platón los ha comentado,
discutido y refutado tan a menudo que nos permite medir
su importancia. Convendrá definir lo más exactamente
posible su alcance crítico y negativo, pero también restituir
sus aspectos más positivos.
Resulta en efecto que la parte crítica, al provocar vivas
reacciones, ha llamado más la atención. Es la que ha dis
cutido Platón y la que han utilizado un poco a la ligera los
oyentes no filósofos. Pero su escándalo no debe ocultar la
existencia de una reconstrucción de ciertos valores sobre
bases enteramente nuevas.
Nuestra tarea consistirá en precisar los más diversos
aspectos de la actividad de los sofistas, en su doble papel
de profesores y de pensadores.
Al hacerlo, no hay que pasar por alto que cada uno de
ellos ha tenido su originalidad propia. Algunos se han inte
resado sobre todo por la retórica, otros por la filosofía moral.
Del mismo modo hay quienes han sido más radicales que
otros en la crítica de los valores tradicionales o en el análisis
del conocimiento y del mundo; otros han sido más tradicio-
nalistas. Algunos se han ocupado sobre todo de derribar y
refutar, otros más bien de reconstruir. Será preciso volver a
los individuos en el desarrollo de cada capítulo. Pero los ras
gos que acabamos de esbozar son, en general, comunes a
todos ellos: esto es cierto en cuanto a las innovaciones que
aportaron en su calidad de profesores y lo es también en lo
que se refiere a aquella áspera crítica de suma trascendencia
que los indujo a todos a hacer tabla rasa, más o menos lim-
25
píamente, de los valores recibidos hasta entonces, y defender
en cambio, también con más o menos precisión, valores nue
vos basados en las exigencias de la vida de los hombres y de
las ciudades. Y es este elemento común, este «espíritu sofis
ta», lo que ante todo procuraremos definir. Él explica, en
efecto, la emoción suscitada por estos hombres. Porque su
éxito fue resonante, pero el escándalo no lo fue menos.
Esto se desprende de Las nubes de Aristófanes, una
comedia consagrada por entero a la nueva educación, que
fue representada en 423.
Es una comedia muy injusta, ciertamente, puesto que
Sócrates, que buscaba la verdad y no el éxito, se confunde
con los sofistas. Después de todo, ¿no pasaba el tiempo,
también él, discutiendo ideas, poniendo en duda lo que la
gente creía saber?, ¿y no impartía también él una enseñan
za totalmente intelectual? Una comedia podía jugar a con
fundirlos. La pieza, por otra parte, se muestra sin duda
igualmente injusta con los propios sofistas. Pero es sinto
mática, ya que denuncia ante todo el rechazo de las tradi
ciones, el rechazo de la moral y el arte engañoso de defen
der sus intereses con argumentos aparentes.
Tres años después de la llegada de Gorgias a Atenas, la
pieza muestra en todo caso que la ciudad entera estaba sen
sibilizada a esta crisis de valores aportada por los nuevos
filósofos y a la revolución que introducían en los espíritus.
Traían consigo cosas buenas y cosas malas, conoci
mientos maravillosos y riesgos morales seguros... En cual
quier caso, novedades.
Pero una vez reconocido este hecho, surgen inmediata
mente dos preguntas: nos vemos obligados, en efecto, a pre
guntarnos de dónde venían estas novedades y cómo es que
espíritus diversos, salidos de ciudades griegas muy alejadas
unas de otras, hayan abordado así juntos estas vías en lí
neas paralelas; y resulta imposible no inquirir por qué su
acción se impone a todos en Atenas, a fin de causar allí el
efecto que acabamos de mencionar.
En cierto sentido, la causa es el progreso excepcional del
siglo V ateniense y, más allá de este proceso, el mecanismo
de las grandes mutaciones que se producen a veces en la
historia de las ideas.
26
Al principio, es manifiesto que estos sofistas respondían a
una espera y se introducían en una evolución profunda que
se revelaba entonces en todos los campos. En Grecia, el
pensamiento y las letras tendían a hacer más sitio al hom
bre y a la razón.
La historia de la filosofía es, en este aspecto, convin
cente. Pasa del universo al hombre, de la cosmogonía a la
moral y a la política.
Hasta el primer tercio del siglo v, la filosofía, ya fuera
jónica o de la Magna Grecia, se había propuesto revelar los
secretos del Universo. Esto es cierto no sólo si nos referi
mos a Tales, a Anaximandro o a Anaxímedes, sino también
si hablamos de Heráclito, Parménides y Empédocles. Más
tarde, en la época de Pericles, se acabaron estos «maestros
de la verdad». Entre aquellos cuyas enseñanzas siguió Peri
cles se encuentra, entre tantos maestros conocidos, Anaxá-
goras. Anaxágoras había nacido en Asia Menor; pero había
venido a vivir a Atenas. Ahora bien, Plutarco en la Vida de
Pericles nos lo presenta como un racionalista. Plutarco
cuenta, en efecto, que a propósito de un morueco de un
solo cuerno cuya cabeza habían llevado a Pericles, el adivi
no Lampón interpretó el hecho como un presagio, pero
Anaxágoras, al abrir el cráneo, dio una explicación pura
mente fisiológica, y allí donde uno ve la acción divina, el
otro se vale de la ciencia y la observación. Es la misma ten
dencia racional que volvemos a encontrar al final de la Vida
de Pendes, cuando el hombre de Estado muestra al piloto
que él no debe temer a un eclipse, haciéndole comprender
el principio con un lado de su manto: la mitad del siglo v
se libera así de las supersticiones. Por otra parte, Anaxágo
ras ofrecía también, como sus predecesores, un sistema del
mundo, pero lo que regía el sistema ya no eran ni los ele
mentos ni el azar ni la necesidad, ni siquiera el amor y el
odio, sino el espíritu (nous). Y esto se parecía a las causas
inteligibles y explicaciones accesibles a la razón humana.
También Sócrates cuenta con gracia en el Fedón la alegría
que sintió al descubrir esta teoría de Anaxágoras. Pensó que
a partir de ese momento bastaría para explicarlo todo con
enseñar lo mejor en cada caso y sacar explicaciones com
prensibles. Dicho de otro modo, Sócrates, que pronto abor
daría toda una filosofía centrada en el hombre, se imaginó
haber encontrado ya un guía en Anaxágoras, y un pensa
27
miento que le indicaba el camino. Pero tuvo que desenga
ñarse. Había un aliciente, una posibilidad; pero la conti
nuación del texto (98 b y siguientes) relata en el mismo
tono la desilusión de Sócrates al proseguir la lectura y per
der sus bellas esperanzas cuando, en lugar de una finalidad
racional, ve puestos en entredicho diversos elementos mate
riales ajenos a la razón. Estas causas materiales le decep
cionan. Imagina que si al preguntarle por qué está sentado
en este lugar, el filósofo buscara mil explicaciones materia
les, diría que su cuerpo está compuesto de huesos y nervios,
que funcionan de tal o cual manera, pero omitiría la ver
dadera razón, a saber, que, tras haber sido condenado, le ha
parecido mejor estarse sentado en este lugar, y más justo
permanecer en él para sufrir el castigo que le espera.
Esperanza, pues, ¡pero esperanza frustrada! Este texto
notable revela muy bien que Anaxágoras marca un progre
so hacia lo humano y racional, pero un progreso destinado
a parecer insuficiente a los ojos de sus sucesores.
Esta misma evolución, atrayente al principio pero pron
to superada, produciría sin duda el mismo efecto en un filó
sofo menos conocido, Diógenes de Apolonia, que también
fue a vivir a Atenas y tenía, conforme a la tradición, curio
sidades de orden médico, e interés por las explicaciones
teleológicas.
Pero pronto se supera el paso. Demócrito de Ábdera es
uno de los padres del atomismo: es por lo tanto un hombre
que también se propone explicar el universo, pero de un
modo, esta vez, objetivo y materialista. Además de su tra
tado sobre el orden del universo, había escrito otro sobre el
orden humano: este compatriota de Protágoras era, como
Sócrates, un moralista.
Estos hechos prueban muy bien que la inspiración de
los «físicos» seguía manifestándose. Por esto Aristófanes
pudo mezclar en Las nubes sus intereses con los de Sócra
tes y presentar a éste com o muy preocupado por las «cosas
celestes». Pero con ello descuidaba completamente la origi
nalidad del filósofo.
En efecto, con Sócrates todo cambia: en lo sucesivo sólo
cuenta el hombre y los fines que se propone; sólo cuenta el
bien. En tan sólo una generación, la filosofía ha cambiado
de terreno y de orientación. El cambio es tan claro que se
adquiere el hábito de llamar a todos los filósofos anteriores
28
a Sócrates, en bloque, filósofos «presocráticos». Entre ellos
se alinea a los sofistas, de los cuales fue sensiblemente con
temporáneo (tema veinte años menos que el de más edad,
Protágoras, y veinte más que los más jóvenes). Pero ellos
también habían dado el mismo viraje; este paralelismo
revela claramente que se trataba de una tendencia profun
da hacia una filosofía cada vez más humana y racional. El
hecho de que la evolución haya pasado por una serie de
pensadores pertenecientes a ciudades diversas explica tam
bién que haya podido desembocar en esta aparición conco
mitante en países alejados entre sí. El terreno estaba pre
parado.
Por otra parte habremos observado, al hilo de la evoca
ción, que la descripción del universo se hacía desde su lado
más científico y racional. Ahora bien, en el mismo momen
to en que la filosofía socrática se volvía hacia el hombre,
abriéndose así a un campo nuevo, asistimos a otro naci
miento: el de la medicina científica.
La medicina, en efecto, era en su origen de carácter
mayormente religioso o mágico. Empieza con un dios,
Asclepio, y subsiste durante mucho tiempo de drogas cono
cidas por tradición o por azar. En el siglo v aparece el inte
rés de comprenderla, de conocer el cuerpo humano y su
funcionamiento. Es imposible decir en qué fecha surge este
interés: seguramente se trata de una lenta maduración; la
medicina como ciencia no empieza para nosotros hasta
Hipócrates. Pero Hipócrates, que era de Cos, parece que
nació hacia 460, com o Tucídides y Demócrito, no es, pues,
el primero en despertar en los autores de la época la curio
sidad médica. Hemos visto que Diógenes de Apolonia se
interesaba por el cuerpo humano (conservamos de él un
fragmento sobre las venas); de modo todavía más claro,
Tucídides se dedica a describir com o un clínico minucioso
la peste que hizo estragos al principio de la guerra del Pelo
poneso, recogiendo toda una lista de síntomas que podían
conducir a un diagnóstico: no es debido a la influencia de
Hipócrates, que entonces debía de tener unos treinta años;
tampoco es una moda que proceda de Hipócrates cuando a
cada instante sus oradores se refieren, para su acción polí
tica, al modelo de la medicina. Así pues, hubo predeceso
res; existieron anuncios y aspiraciones más antiguas; de
este modo calculamos que en las décadas anteriores debió
29
de desarrollarse el deseo de conocer mejor la naturaleza
física del hombre. Hipócrates es en este campo el resulta
do, del mismo modo que Sócrates lo es en el campo de la
moral. Desde entonces, la razón y el método se afirman
resueltamente. Los tratados hipocráticos reaccionan contra
las interpretaciones supersticiosas de ciertas enfermedades.
Otros descubren las reglas de un método riguroso y pru
dente. No faltan quienes hablan de la influencia del clima.
Otros en fin describen el funcionamiento del cuerpo huma
no de una manera que hoy nos parece harto superada, pero
que entonces era audazmente nueva. Este interés científico
corresponde al deseo de fundar una téjne, como hacían los
sofistas en materia política.
Los sofistas no intervienen en este desarrollo: la conti
nuidad del progreso médico y las fechas probables de la
actividad de los hombres descartan esta hipótesis. En cam
bio, el principio de la ciencia médica, aunque imperfecto e
impreciso, pudo tentar e inspirar a los futuros sofistas,
com o también pudo contribuir a favorecer la expectativa
del público docto en este aspecto. Pero en esta doble apa
rición vemos sobre todo el nacimiento de un mismo espíri
tu, que inspira las ambiciones paralelas de los fundadores
de estas téjnai.
Por un rasgo simbólico, el hermano del sofista Gorgias
era médico; y Gorgias parece que se relacionó con el
ambiente médico; así habría podido determinar mejor la
parte del orador y del médico: por lo menos es lo que Pla
tón le hace decir (en el Gorgias, 456 b).
Por lo demás, incluso más cerca de los sofistas, el espí
ritu de la téjne comenzaba a extenderse hasta el mundo de
las letras. En Sicilia, la retórica y las téjnai retoricái existie
ron antes de los sofistas: Corax y Tisias sólo son nombres
para nosotros o poco más. Pero se sabe que ya manejaban
el argumento de la probabilidad y lo hacían de una mane
ra que Sócrates (en Fedra, 273 b) califica de «experta y lle
na de arte» (sophón y tejnicón).
Constatamos, por otra parte, que el más antiguo de los
trágicos atenienses, Esquilo, que murió en 456, y por lo tan
to antes de mediar el siglo, dejó en el Prometeo un elogio
de todos los descubrimientos que el Titán proporcionó a los
hombres. Son hallazgos, procedimientos, artes y recursos
{sophismata, mejanémata, téjnai, porói: las palabras son
30
múltiples e insistentes, para terminar, en el verso 506, resu
miendo: todas las téjnai); y entre estos descubrimientos
figuran las diversas invenciones materiales, pero también,
con la adivinación, sobre la cual insiste el piadoso Esquilo,
descubrimientos más racionales como el número y, natu
ralmente, la medicina.
A decir verdad, el espíritu de la época está tan presente
en semejante tema que, poco después, Sófocles y Eurípides
lo recuperarán, poniendo énfasis cada uno en descubri
mientos diferentes y en otras responsabilidades, pero cele
brando, cada uno a su manera, las maravillas de la vida
civilizada y de las artes y técnicas en las que se basa. Era
el tema del siglo, y varios sofistas volverán a él. El sofista
Hipias, en el Hipias Mayor de Platón, asimila el progreso de
su arte al de las otras artes, que menciona como una evi
dencia; y admite que en materia de ciencia la téjne de los
sofistas ha dejado atrás a los antiguos (281 d).
No obstante, estas observaciones no hacen más que
anticipar la que va a sobrevenir a continuación. Volviendo
a Esquilo, podemos decir que, independientemente de las
téjnai que triunfan en el Prometeo, toda su obra confirma el
modo como el espíritu nuevo se extenderá progresivamen
te a partir de la primera mitad del siglo.
Si su teatro es todavía enteramente religioso y dirigido
por la acción de los dioses, si marca, dentro del género trá
gico, un punto de partida, se puede constatar a pesar de
todo que también es una interrogación que el coro, obsti
nadamente, trata de comprender y de verificar la idea de
que los dioses son justos. Las viejas ideas sobre el hybris
son revisadas a la luz de esta fe; y el adivino arbitrario es
corregido con fuerza. Mejor todavía: Esquilo ha sido ator
mentado por los problemas de la falta y el castigo: toda la
trilogía de La Orestiada tiende a rechazar la vieja ley del
talion, a medir más equitativamente la responsabilidad y, a
fin de cuentas, a transmitir a los hombres y a la ciudad el
encargo de asegurar la justicia. Se advierte, detrás de este
teatro, una obsesión moral que se examina, instituciones
que se ordenan y se humanizan.
La prueba está en que después de Esquilo se pone de
manifiesto que el teatro de Sófocles, pese a seguir teniendo
un sentido muy fuerte de la soberanía de los dioses, se pre
gunta menos sobre sus razones que sobre la respuesta que
31
deben suministrar los hombres: con el heroísmo, el interés
se centra en la acción humana; los contrastes firmes y fuer
tes se enfrentan a las diversas actitudes posibles, com o
podrían hacerlo los verdaderos litigantes. El cambio de
perspectiva es claro; se pasa de los dioses a los hombres.
Sófocles ya tenía cincuenta años cuando el primero de los
grandes sofistas llegó a Atenas; y si pudo llegarle tardía
mente la influencia de las nuevas modas para tal o cual
método de expresión, es evidente que su inspiración pro
funda no les debe nada.
El contraste con Eurípides ofrece la prueba: cuando la
influencia de los sofistas ha pasado por algo, nadie puede
engañarse. La evolución del género trágico confirma que si
hubo un umbral franqueado en el momento en que se afir
ma la influencia de los sofistas, la evolución hacia el hom
bre y hacia la razón se había dibujado mucho tiempo antes,
y sin que los sofistas intervinieran para nada. Al contrario,
esta evolución preparó el terreno para su acción y para su
éxito.
Lo mismo sucede con la historia. Herodoto es para el
comienzo del género histórico lo que Esquilo es para el del
género trágico. Pero su obra Encuestas, todavía llena de
leyendas, dioses y oráculos, sólo debe su condición de pri
mera obra histórica verdadera a un doble deseo: el de
seguir racionalmente los sucesos recientes, dependientes
del mundo humano y no del mundo legendario, y el deseo
de controlar, gracias al espíritu crítico y al juicio, los testi
monios de unos y otros. Antes de Herodoto, los relatos que
hacían referencia al pasado trataban sobre todo de las fun
daciones de las ciudades y las genealogías de los héroes.
Después, Hecateo de Mileto intentó ser más crítico, pero
aún no había concebido la idea de centrar su obra en los
hechos históricos de manera determinada y coherente. La
historia de Herodoto y la tragedia en sus comienzos com
parten el principio de apasionarse por el comportamiento
humano, a riesgo de verse expuestos a las dificultades y a
la sinrazón.
Hay que sumar a esto que Herodoto, com o tantos otros,
acaba en Atenas y que el fin de su relato, del que Atenas es
el personaje principal, es también la parte de su obra don
de las técnicas de la política o de la estrategia están mejor
32
analizadas y las leyendas irracionales son más raras y más
breves.
Ciertamente no era todavía la historia crítica, positiva y
altamente ambiciosa para la razón humana como la de
Tucídides, después de los sofistas. Aquí también hay un
umbral. Sin embargo, Herodoto, que no pudo reflejar su
influencia más que indirectamente y en pasajes aislados,
pone de manifiesto, hasta en la evolución interna de su
obra, la misma aspiración a la razón y a lo humano que
aparece en todas las producciones de este siglo.
Si añadimos a esto que, como viajero curioso, reunió
sobre los usos de los diversos pueblos toda clase de datos y
que obtuvo de esta comparación un sentido muy vivo de la
relatividad de todos estos usos, comprenderemos que el
espíritu mismo que animaba sus investigaciones menos sis
temáticas conducía directamente al relativismo de los sofis
tas y pudo proporcionarles tanto puntos de partida como
justificaciones.
Por doquier extendía este espíritu sus ramas, desplaza
ba los equilibrios y los intereses. Podríamos buscar pruebas
incluso en las artes, donde en el curso de la primera mitad
del siglo se ven desaparecer los monstruos y todos los ani
males menos el caballo, para dejar solamente en el puesto
de honor a la figura humana, considerada a partir de aho
ra en su realidad viviente. Y después, precisamente hacia
450, se inicia el estilo llamado clásico. Fidias es amigo de
Pericles, como Anaxágoras y Protágoras. Y es él quien sabe
dotar al cuerpo humano de una majestad sobrenatural.
También es él quien se distingue en el virtuosismo técnico
de las grandes estatuas criselefantinas.
Se había puesto en marcha una evolución profunda en
todos ios campos, que se manifestaba desde hacía mucho
tiempo pero que se acentuó a comienzos del siglo V, ya fue
ra porque el desarrollo de la vida política contribuyó,
comunicando a los ciudadanos el sentimiento de la impor
tancia de los acontecimientos humanos, ya porque las gue
rras médicas y la experiencia de una acción común y res
ponsable precipitó las cosas. Sea com o fuere, esta orienta
ción, que es una de las características esenciales de la civi
lización griega, fue desde entonces particularmente sen
sible.
Es la única explicación del hecho de que las teorías de
33
los sofistas pudieron nacer casi a la par en ciudades tan ale
jadas como las de Sicilia, la Ábdera septentrional y Asia
Menor. Cada uno de ellos, al hacerse innovador, estaba
impelido por un impulso común; este mismo impulso expli
ca también el éxito que alcanzaron.
Pero falta decir que es en Atenas donde los encontramos
a todos, que vinieron aquí, aquí fueron acogidos y aquí ejer
cieron su influencia en profundidad. Sin Atenas, no cabe
duda de que ni siquiera conoceríamos sus nombres. Y estos
nombres carecerían además de sentido e interés. Hay que
admitir, por tanto, que la moda de los sofistas sólo existió
gracias a un catalizador que sólo podía proporcionar la Ate
nas de Pericles.
34
poco a poco, siendo además la única ciudad rica y la única
que poseía una marina, aprovechó el menor pretexto para
imponer la ley por las armas. La confederación se convir
tió en un imperio. El tesoro federal fue transportado a Ate
nas, adonde las ciudades aportaban solemnemente su tri
buto. Y la ciudad prefería emplear este tributo a su mane
ra, con tal de que asegurase la libertad de los mares. Con él
se pagaron las construcciones de la Acrópolis. Por otra par
te, Atenas se había convertido en el gran centro del comer
cio marítimo, lo cual la enriquecía todavía más. Tenía dele
gados en las islas, a veces colonias, los habitantes de las
islas debían ser juzgados en la ciudad, por muchas causas.
En cincuenta años se convirtió en la capital de toda la Gre
cia marítima. Y la flota con que se la dotó para las guerras
médicas, pero que las contribuciones aliadas habían consi
derado primordial acrecentar y mantener, era tan dueña de
los mares que Pericles, al principio de la guerra del Pelo-
poneso, se complacía en decir que nada podía obstaculizar
su acción.
Ahora bien, estas riquezas se consagraban en gran par
te a la belleza, al lujo y a las comodidades de la vida. Tucí
dides, en la oración fúnebre de los hombres muertos en la
guerra, que presta a Pericles, le hace proclamar con fuerza
esta idea: «Con esto, para remedio de nuestras fatigas,
hemos asegurado al espíritu numerosos recreos, tenemos
concursos y fiestas religiosas que se suceden todo el año, y
también, en nuestras casas, instalaciones lujosas cuya
comodidad cotidiana aleja la contrariedad. Gracias a la
importancia de nuestra ciudad, vemos llegar a nuestros
hogares todos los productos de toda la tierra» (II, 38).
No hay, pues, nada sorprendente en el hecho de que este
poder y estos fastos atrajeran a gran cantidad de extranje
ros, algo así como la gran ciudad atrae a los provincianos.
Además, esta victoria de las guerras médicas, que había
sido la fuente del poderío ateniense, todavía le prestaba la
aureola de un prestigio único una generación o medio siglo
después. Todas las ciudades griegas se habían visto amena
zadas por el bárbaro y todas podían ver en Atenas a la libe
radora, la ciudad que por su valor y su determinación, tan
to como por sus armas, se había ganado el derecho a la gra
titud y la admiración de todos. Todavía en el siglo iv, los
discursos de los oradores atenienses, en Tucídides, y los elo
35
gios de Atenas, no dejan de recordar este gran momento y
de reivindicarlo. Cuando un hombre com o Herodoto, en
Asia Menor, decidió consagrarse a la historia de estas gue
rras médicas, ¿cómo no iba a desear sobre todas las cosas
vivir en la ciudad que era su heroína? Del m i s m o modo un
hombre como Gorgias, venido de aquellos países de la Mag
na Grecia que habían participado en la lucha y habían
enviado una embajada a Atenas para pedir apoyo, Gorgias,
que más tarde abogaría por una nueva unión de los griegos,
¿cómo no iba a querer prolongar su visita a Atenas, la ciu
dad que había encamado este ideal? La capital de la Gre
cia insular era también la depositaría de una tradición pan-
helénica que la guerra del Peloponeso empezó a eclipsar en
el último tercio del siglo pero que aún tenía toda su fuerza
baio Pericles. Y no es ciertamente una casualidad que,
cuando Pericles concibió el proyecto de una colonia pan-
helénica en Turio en 443, Herodoto se inscribió para ser
miembro y ciudadano de la nueva urbe, mientras Protágo
ras redactaba sus leyes.
Estas dos circunstancias explican la concentración de
talentos en la Atenas de Pericles; pero no son las únicas.
Porque Atenas no sólo representaba la libertad griega res~
pecto al bárbaro: encamaba también la libertad política a
secas, puesto que se había lanzado desde el inicio del siglo
hacia las vías a la sazón nuevas de la democracia. Y fue en
460 cuando se decretaron a este respecto las reformas mas
decisivas, y cuando Pericles accedió al poder. Entonces
todo era invención, invención y descubrimiento. Y sin duda
—los contemporáneos lo observaron— , el papel del imperio
y el de la flota fue muy importante en esta evolución; por
que los marinos eran del pueblo y ahora contaban más que
los caballeros y los hoplitas. En todo caso, la democracia
no dejaba de afirmarse. Incluso las construcciones de la
Acrópolis teman el fin, por lo menos en parte, de dar tra
bajo al pueblo: Plutarco lo explica bien en la Vida de Pen
des) este programa ha sido llamado a veces el «socialismo
de Estado» de Pericles. ... ,
Semejante experiencia, semejante espíritu de libertad
tenían que atraer a todos aquellos a quienes irritaba, en su
país, la opresión de la tiranía o el rigor de la oligarquía. Asi
mismo tenía que atraer a todos aquellos que, interesados en
los problemas políticos, se preocupaban por comprender
36
las posibilidades de la libertad y los medios de garantizar
la; debía atraer incluso a quienes ya se inquietaban por los
riesgos de una libertad demasiado grande. Y ante todo,
naturalmente, debía atraer a aquellos cuya actividad misma
se justificaba por el nuevo papel conferido a los ciudada
nos: los sofistas, que enseñaban a distinguirse por la pala
bra, encontraban en Atenas su lugar privilegiado de actúa-
C7on.
Por último, no podemos olvidar uno de los aspectos de
este espintu de libertad que hizo que todos estos hombres
o a os y rillantes del mundo griego pudieran establecer-
se en Atenas si así lo deseaban. Desde siempre, el gran
orgullo de Atenas era, en efecto, mostrarse hospitalaria y
acogedora con los extranjeros. No es éste el lugar de bus
car en el pasado más lejano de la ciudad las aportaciones
por matrimonio, adopción o naturalización, que contribu
yeron a enriquecer o a engrandecer Atenas: a este respecto
se había producido un endurecimiento. Y cuando los ciu
dadanos tuvieron más derechos, se hizo más difícil la con
cesión del título. En cambio, se abrían los brazos a los
extranjeros, que se instalaban y participaban en todo sin
convertirse en ciudadanos. Atenas lo hacía conscientemen
te y de ello derivaba su gloria. Alardeaba incluso de esta
diferencia que la distinguía de Esparta, donde las expulsio
nes de extranjeros, o xenelasias, eran una costumbre y un
medio de preservar el orden moral, al mismo tiempo que
los secretos de la defensa. Tucídides, en la misma oración
funebre en que celebra el esplendor y la opulencia de la
vida ateniense, señala también este rasgo: «Nos distingui
mos asimismo de nuestros adversarios por nuestro modo
de prepararnos para la práctica de la guerra. Nuestra ciu
dad esta, en efecto, abierta a todos, y no ha ocurrido nun
ca que, por expulsiones de extranjeros, prohibamos a
alguien un estudio o un espectáculo que, al no estar ocul
to, puede ser visto por un enemigo y serle útil» (Π, 39, 1).
Una hospitalidad semejante no es menos importante
que el poder, y puede producir este efecto bienhechor en
cualquier época en los países que la practican. El papel de
los intelectuales y de los profesores en la vida actual de
Estados Unidos podría ser una referencia... mutatis mutan
dis, claro está.
Se podría objetar que la hospitalidad ateniense para con
37
los intelectuales extranjeros no se produjo sin algunas cri
sis. Con Pericles, un aristócrata culto estaba a la cabeza de
la democracia: le gustaba rodearse de personas brillantes y
protegerlas. Fue amigo de todos los que sobresalían en el
pensamiento y en el arte. Y esto también tiene su impor
tancia Cuando él mismo estuvo en dificultades, y despues,
una vez muerto, todo este brillante círculo tuvo que sufrir
y fue perseguido por impiedad: el pueblo, cuando encuen
tra las pruebas, se vuelve contra los innovadores y los
rechaza. Aspasia, natural de Mileto, refinada amante de
Pericles, fue perseguida por impiedad; y más tarde dicen
que persiguieron a Protágoras en las mismas condiciones y
quemaron sus libros en público. Pero tales hechos forman
parte de los desórdenes públicos en tiempos de guerra; no
parece que atacaran a extranjeros en calidad de tales: no
conocemos prácticamente más que dos condenas a muerte
de intelectuales y se trata de dos atenienses; el primero es
Antifón, que fue condenado a muerte por su papel en el
régimen oligárquico de los Cuatrocientos, en 411; el segun
do es Sócrates, que pagó por todas las innovaciones de los
otros, en 399. ,
La acogedora Atenas sólo se volvió contra los extranje
ros en la medida en que participaban, com o otros, en movi
mientos de ideas que le parecían asociados a sus males. No
fue nunca xenófoba.
Este rasgo se suma a los otros para explicar el atractivo
que eiercía sobre los mejores espíritus de todas las ciuda
des. Así pues, el hecho tuvo evidentemente consecuencias
incalculables: hasta el siglo v apenas se conoció otro autor
que el ateniense Solón, de 450 a 350. Durante el gran siglo
de Grecia, no se conoce prácticamente un texto que no sea
ateniense: uno o dos fragmentos, históricos o líricos, emer
gen apenas de la nada. Gracias a las circunstancias y a la
aportación de todos, Atenas se confunde durante un tiem
po con Grecia: esto es un suceso capital. Sin embargo, des
de nuestro actual punto de vista, esta convergencia en Ate-
ñas tuvo otras consecuencias. Los extranjeros no sólo iban
allí sino que era un punto de encuentro. En la escena ima
ginada por el Protágoras de Platón, encontramos juntos en
casa de Calías a los principales sofistas: Protágoras, Hipias
y Pródico. Estos contactos diversos debían de estimularles
a favorecer los intercambios, hacer progresar o delimitar
38
las tesis y causar una competencia latente, pero constante.
Ademas, en el mismo diálogo encontramos alrededor de
estos extranjeros, toda una elite ateniense que incluye
entre otros, a los dos hijos de Pericles y a Erixímaco (eí
medico), al joven Fedro y, muy pronto, a Alcibiades y Cri
tias. Es de suponer que Platón haya añadido más de la
cuenta y que semejante asamblea no se reunía habitual-
mente. Pero la ficción no habría tenido ningún sentido si la
multiplicidad de los contactos no hubiera sido un elemen
to esencial de esta intensa fermentación intelectual.
Esto ya orienta la atención, no hacia lo que podía atraer
a los sofistas a Atenas, sino hacia lo que Atenas espera-
tícular eXtranjerOS en general y de Ios Sofiyas en par-
Esperaba mucho; esto reza para cada uno en particular
pero también para la ciudad en general. Porque cada uno
en particular y la ciudad en general tenían una necesidad
urgente y apasionada de saber debatir problemas políticos
jurídicos y morales.
Atenas era una democracia directa: todos podían espe
rar, si sabían expresarse, hacerse un nombre y adquirir
influencia. Quienquiera que tuviese la posibilidad de ser
escuchado debía cultivar sus talentos a toda costa: de este
mo o podría intervenir en la asamblea o defender una cau
sa ante un tribunal. En cuanto a los demás, se entrenaban
para comprender, criticar, apreciar: ya que al final podrían
votar, también ellos, sobre las cuestiones de política o sobre
as causas jurídicas. Saber debatir o juzgar era esencial
para el ciudadano de una urbe semejante. Y aún lo era más
para los jóvenes dotados, capaces de tomar parte en las
luchas políticas.
Se ha preguntado a menudo si la enseñanza impartida
por los sofistas a estos últimos representaba una orienta-
clon política determinada. Es un problema que deberemos
tratar en su momento, pero resulta un poco artificial, por
que no hay razón alguna para suponer que todos los sofis
tas tuvieran la misma. Encontramos de nuevo a algunos de
ellos en el círculo de Pericles, y a otros entre los instigado
res de la oligarquía. Lo importante es comprender que
aportaban una téjne mucho más que un programa. Y esta
tejne era indispensable para quienquiera que deseara
desempeñar el papel de consejero del pueblo. Incluía insti-
39
tuciones democráticas y jóvenes aristócratas acomodados:
Atenas tenía ambas cosas.
Pero sena traicionar los hechos atenerse a este aspecto
puramente pragmático, que sólo contendría la a m t o n y
las carreras. Porque a fin de ejercer asi sus facultades de
discutir y decidir, los atenienses entraban en una gran bus-
queda que todo los preparaba para seguir apasionada-
40
Este mismo entusiasmo no carecía de peligros, cuyos efec
tos no tardaron en hacerse notar bajo la forma de reaccio
nes criticas o incluso hostiles.
Naturalmente, quienquiera que aporte algo nuevo tro
pieza con resistencias. Y los maestros que enseñan a m an
tener no im porta qué tesis, haciendo tabla rasa de las tra
diciones más arraigadas, se exponen más que otros a estas
resistencias: el escándalo es el precio de su éxito.
Sin embargo, esto no fue todo en el caso de los sofistas
N o hay que extrañarse de las burlas y protestas de Aristó
fanes, por ejemplo, pero es que Eurípides, que fue tan cla
ramente marcado por su influencia, también los criticó en
vanas ocasiones. Incluso Sócrates, que se relacionaba con
ellos; pero Platón consagró toda su obra a convencerles de
su error por m edio deí m ism o Sócrates. E Isócrates, que les
siguió y se convirtió a su vez en maestro de retórica abrió
su escuela con la publicación de un Contra los sofistas .
Hubo, pues, en Atenas algo más que las resistencias nor
males a toda innovación un poco audaz. Hubo un fenóm e
no de rechazo, un deseo de responder, de poner en guardia
de retocar m uchas de sus tesis.
Se puede ser acogedor con ios extranjeros, abierto a las
ideas nuevas, apasionado del progreso y, no obstante, reac
cionar con vehemencia. Con m ayor razón se hará cuando
las ideas importadas afectan, quizá más de lo que se habría
im aginado al principio, a las tradiciones, a las creencias, a
los fundamentos de las leyes y de la moral. Pero también es
m uy probable que la evolución de las cosas acentuara pron
to las divergencias entre los nuevos maestros y su público.
Por ello permítasenos creer que, seducidos por su propio
éxito a la vez que por una fe desm edida en sus métodos y
en la razón, los sofistas llegaran a exagerar la nota y se
dejaran llevar progresivamente demasiado lejos.
Se produjo, en efecto, un fenómeno curioso. N i Platón
ni Aristóteles ni Isócrates ni Jenofonte hablan mal de los
primeros grandes maestros cuyos nombres hemos dado
aquí, pero todos los llam an «sofistas» en general, o «sofis
tas de hoy». E l hecho fue señalado por Aristóteles ,6 y cier
tamente se ha aplicado tam bién a Platón. Existe, por otra
parte, un texto curioso de Jenofonte (Sobre la caza , XIII)
que sugiere la m ism a conclusión. Es un ataque violento (y
aparentemente excesivo) contra los sofistas. Se encuentran
41
frases como éstas: «Me asombra que los hombres llamados
sofistas mantengan que conducen en general a los jóvenes
a la virtud, cuando los conducen a lo contrario. [...] Son
hábiles en la palabra, pero no en ideas. [...] Pretenden enga
ñar con sus palabras y sus escritos, con miras a su prove
cho personal.» Ahora bien, este escrito tan violento precisa
en dos ocasiones: «los sofistas actuales». Además, dice que
los sofistas no aportan ningún escrito del que se desprenda
el deber de ser virtuoso; en cambio es el mismo Jenofonte
quien nos ha transmitido con respeto la apología de Pródi
co, mostrando por qué razón Heracles, entre el vicio y la
virtud, escoge la virtud. ¡Hay que creer, pues, que «los sofis
tas» del siglo IV ya no son lo que eran!
¡Y si sólo hubieran sido los profesionales los que evolu
cionaron así! En Atenas se medía mejor cada día el peligro
de las teorías lanzadas por los sofistas, que los jóvenes
ambiciosos habían agravado y deformado. Ya hemos visto
que, desde 423, Aristófanes atacaba las lecciones de amo
ralidad a las cuales asociaba a Sócrates y los sofistas: muy
pronto llegaron hombres que, dejándose llevar por la moda
del momento, desnaturalizaron la enseñanza que conocían
más o menos directamente y la desacreditaron.
El resultado es que al entusiasmo de unos respondió
pronto la irritación violenta de otros. Y Platón nos aporta
el testimonio. Hemos abierto este capítulo con un cuadró
de dicho entusiasmo, procedente del Protágoras: en él se
encuentra la irritación evocada con brillantez en el Menón.
Allí Sócrates sugiere que los maestros de virtud en los cua
les se podría pensar son los sofistas; y Anitos se indigna.
Anitos era un político que fue estratego en 409 y jugó un
papel en el restablecimiento de la democracia en 404. Estu
vo presente sobre todo en el origen de la acusación contra
Sócrates. Su cólera, sólo al oír el nombre de los sofistas, no
tiene medida: «¡Que ninguno de mis parientes o amigos, ni
ciudadano ni extranjero, cometa la locura de ir a dejarse
mimar por esa gentuza!» «Los locos son los que les pagan,
y aún más los responsables, los parientes, y sobre todo las
ciudades que los dejan entrar y no los expulsan, tanto si son
extranjeros como si son ciudadanos quienes se dedican a
hacer esto!» Y concluye: «No hay nadie en Atenas que no
pueda superar a los sofistas en hacer mejor a un hombre.»7
La reacción de Anitos es aquí tan injusta (y Platón lo da
42
a entender porque Anitos confiesa nr> ™
mente a los sofistas) como L· c°nocer personal-
fonte en Sobre la caza Por lo 6η& exPresada por Jeno-
vencía entre los sofista, y L e n a T f o e Y ^ ^ k ^
Pero estas tempestades v T V6CeS íemPestuosa.
a los grandes maestros y en ®ras no atacaron jamás
nadie que tuviera que ver con ellas E n ^ 7 ? T C° ntró a
fitos y las bruscas indignaciones dp ! ° !> 06 los c o
para toda una enseñanza nara dehat ° S m.as’ lugar
esta enseñanza tendremos que v o lv e d ' ^ mfluencias· A
cernir lo que pudo explicar tanto el érito d T T * dÍS'
como las reacciones suscitadas contra el l t 6Str° S
como, poco a poco la + ontra eUos» y para ver
na parte de esta enseñanza cotT irién d T aSÍmil° una bue-
Como es natural, p r e f e i ^ r í a m o T t e t ^ ^ t ^ ^ 013·
fronlación en condiciones m,·™ q hacer la con
que los escritos de los sofistas hahte11^ ' ^ hemos dicho
no iban destinados al gran púwfco v ^ 8^ ntíáo- C° mo
dos y poco difundidos, se han p e r d i d i P°,C° C° pia~
cuanto a su enseñanza a sus mnfp ^ SU totalidad· En
que fuesen, eran evidéntemen t re^cias> Por brillantes
destinadas a lo que Tucídides UamiT™?uÇci°nes efímeras,
to». La preocupación nor ln h» . ,<<e! ^ βΓ del momen-
ocupación p o r " s 0ro n a l mdad y h beI,e2a' Ia Pre-
de lo escrito p o " β ° Γ n° * * * * « "ada
papel e n T e S n l o ^ t e n S 3 ^ ” 7 más de su
para nosotros de su obra v d<* qUe ha sobrevivido
través de estos autores Nenien ‘° ha hecho a
ficado y repensado sus ideas af i.mi,ado' m°d¡-
Esta situación convierte e? JeÜTOS nuevos·
difícil de reconstruir pero ñor „n 8° partICUIarmente en
quizá también faf “ . Es
sino los profesores. desear, no los autores,
LOS sofistas fueron los profesores del siglo de Pericles.
43
N O T A S D E L C A P ÍT U L O I
1 A 8 En sriego: mi téjne es
la sophia.
2. El verbeuse emplea ya en Hesiodo; el sustantivo aparece en Píndaro, en
44
Apología de Sócrates
Espacio de
Formación
Multimodal
Capítulo II. Filosofía política Aristotélica Titulo
Dri, Rubén - Autor/a; Autor(es)
La filosofía política clásica. De la Antigüedad al Renacimiento En:
Buenos Aires Lugar
CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales Editorial/Editor
1999 Fecha
Colección
politica; filosofia; teoria politica; filosofia politica; intelectuales; Temas
Capítulo de Libro Tipo de documento
http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/clacso/se/20100609122906/4dri.pdf URL
Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.0 Genérica Licencia
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