—No, no y no, —decía el sapo mientras iba y venía —Bueno, —contestó al fin el sapo—, pero si prometen
cruzando el caminito a los saltos— esto sí que no no reírse.
puede ser.
—Ni locos, don sapo. Cómo nos vamos a reír si
La paloma, la garza blanca, el zorrino, el ñandú y el estamos todos preocupados esperando que nos
piojo que vivía en la cabeza del ñandú lo miraban sin cuente algo.
saber qué decir. ¡Hacía tanto rato que el sapo se
paseaba cada vez más enojado! —Bueno, pero es que ahí es donde está el problema:
no se me ocurre ninguna cosa.
Al final, el piojo se animó. Total, por más enojado que
estuviera el sapo, él estaba a salvo. —¿Ni una mentirita, don sapo?
—Bueno, bueno, don sapo, ya es hora de que nos —Nada m’hijo, no se me ocurre nada, y eso que estoy
cuente algo. Para eso somos amigos. desde tempranito déle pensar y pensar. Y debe ser
algo grave, es la primera vez en mi vida que no me
—Cuente, cuente —pidió la paloma. sale ninguna mentira.
—Claro —dijo la garza blanca—, el pueblo quiere
saber de qué se trata. —¿Ni siquiera una chiquitita?
—Ni una mentira para hormigas me sale.
—Cuente, cuente —insistió el piojo.
—Y dígame, don sapo —insistió el piojo—, ¿no se
El sapo se quedó quieto. Los miró de arriba para abajo acordará de alguna peleíta con una docena de
y de abajo para arriba. Pero siguió callado y más víboras?
quieto todavía.
Los ojos del sapo se pusieron chiquitos, como para
—¡Vamos, don sapo, díganos algo! —volvió a insistir el que no se escapen las ideas que se le empezaban a
piojo. ocurrir.
1
—Claro que, si usted nunca peleó con una docena de
víboras en una siesta de verano… —dijo el piojo El sapo puso cara de no darle mucha importancia al
mirando para otro lado. asunto.
—Una docena de víboras… Una docena de víboras en —Para ser exactos, no, no era una docena. Es una
una siesta de verano… ¿Le parece que así es la forma de decir nomás.
historia, m’hijo?
—Ah, ya me parecía que eran muchas.
—Seguro —dijo el piojo—, seguro que ésa fue una
pelea formidable. —¿Muchas? No m’hija, muchas no, porque en realidad
eran catorce.
—¿Y todas venenosas, no? —dijo el sapo
comenzando a entusiasmarse. —¿Catorce víboras?
—Claro, muy venenosas, y enojadas y hambrientas y —Sí, y sin contar otras tres que estaban un poco
con unas ganas bárbaras de pelear. flacas.
—Eso, eso —dijo el sapo—, así me parece que era. —¿Diecisiete víboras, entonces? ¡No lo puedo creer!
—Seguro, don sapo, y ésa sí que tuvo que ser una —Y no me crea, m’hija.
buena pelea.
Los ojos de la paloma, la garza blanca, el zorrino, el —Ah, ya me parecía que eran demasiadas.
coatí y el ñandú se abrieron como los ojos de un
—No me crea que eran diecisiete porque ésas eran
chancho.
solo las venenosas: las yararás, las corales y las
—¡Don sapo! —gritó con admiración la garza blanca—. cascabeles. Pero había otras diez que eran culebras.
¡No me diga que usted peleó con una docena de
—¡Veintisiete víboras! ¡Qué barbaridad!
víboras!
2
—¿Valiente yo? No crea, m’hijo, valientes eran las
—Don sapo, —dijo el piojo saltando de contento—, víboras.
¡eso era una viboridad!
—¡Pero, don sapo, si eran un montón!
—¿Y usted les peleó a todas juntas? —preguntó el
coatí. —Igualito, m’hijo. Aunque sea de a montones, hay que
ser muy valiente para atacar a un sapo.
—Y bueno, se hace lo que se puede.
El piojo no daba más de contento y saltaba de un lado
—¿Qué pensó cuando se vio rodeado de tantas para otro picándolo al ñandú.
víboras? —preguntó el coatí.
—¿Y qué pasó, don sapo? ¿Qué pasó después?
—Ni tiempo a pensar me dieron. Atacaron de un lado y ¿Usted se escapó?
del otro, todas al mismo tiempo.
—¡Ya sé, ya sé —dijo la paloma—, se les escapó por
—¡Qué susto, don sapo! ¡Qué susto se habrá pegado! entre las patas!
—Se habrán pegado, dirá, porque dicen que las —Eso mismo pensé yo, pero cuando ya me iba a
víboras atacan cuando se asustan. Y por la forma en escapar por entre las patas, zás, me acordé que las
que me atacaron tenían un susto de la gran siete. víboras no tienen patas. Y ahí se armó la gorda…
—¿Y qué pasó, don sapo? ¿Qué hizo usted? —¡Qué bárbaro! ¡Se armó el lío! —dijo el zorrino.
—Las dejé venir nomás. —No, se armó la gorda.
—¡Qué valiente, don sapo! —Eso dije, don sapo. Es lo mismo.
3
—Es que aquí la que se armó era la gorda, una víbora
gorda. Se armó de valor y atacó. Y ahí se me ocurrió la
idea. Pegué un manotazo para aquí, un manotazo para
allá, y manotazo va, manotazo viene, fui haciendo un
trabajo muy prolijo.
—¿Y qué hizo, don sapo? —dijo el piojo entusiasmado
picándolo de nuevo al ñandú.
—Las fui poniendo en fila una tras otra, mordiéndose la
cola. Y ahí fue como inventé el lazo, un invento muy
útil, como todos saben.
—¡Qué trabajo lindo, don sapo! ¡Le salió redondito! —
dijo el piojo saltando de contento.
—¡Qué quiere que le diga, m’hijo, cada cual se divierte
como puede!