La mansedumbre no es cualidad de los blandos y débiles, sino de los
fuertes y enérgicos, cuya fuerza y energía se mantienen bajo control.
La cultura dominante venera la potencia y el poder.
Muchas veces, la potencia se manifiesta a través de la fuerza bruta y la
violencia. Por ejemplo, las llamadas «películas de acción» (uno de los
géneros más populares entre los jóvenes) generalmente presentan a sus
héroes como vigilantes armados cuyo objetivo es ejercer la justicia por
medio de la violencia. La popularidad de muchos videojuegos o juegos para
computadora parece estar directamente relacionada a la cantidad de
muertos que produce.
Cada vez más, observamos cómo los deportes requieren un alto
componente intimidatorio además de la habilidad necesaria para el juego.
Vemos cómo las figuras deportivas sistemáticamente se enfrentan entre
ellas y se niegan a retirarse porque no quieren ser consideradas débiles.
Cada vez hay más personas que se visten con remeras que dicen «No Fear»
(Sin miedo), no porque no le tengan temor a nada sino porque quieren dar
una imagen de rudeza e invulnerabilidad que proclama: «No se meta
conmigo».
Nos enseñan de varias maneras desde nuestra infancia que «sólo los duros
sobreviven».
Por lo tanto, si deseamos «prosperar» en el mundo las personas, tenemos
que ser autoritarias, ambiciosas y auto-promocionarnos.
Dado que nuestra sociedad insiste en asociar la fortaleza y el poder con la
masculinidad, la cultura de la agresión impacta fuertemente en los
jóvenes. La mayoría de los niños aprenden desde pequeños que para ser
«un verdadero hombre» es necesario demostrar la propia fuerza, hacerse el
duro y actuar «a lo macho». Más aún, se les enseña a esconder sus
sentimientos (a menos que éstos sean de rabia o enojo) y a no llorar en
público, ya que esas demostraciones emocionales son consideradas signos
de debilidad.
En medio de una cultura dominante que fomenta la agresividad y la auto-
promoción, también suena «natural » estimular a las personas a
aprovechar y explotar para beneficio propio cualquier tipo de posición de
poder a la que tuvieran acceso. Si quiere lograr algo, nos dicen, si quiere
impactar a la gente, tiene que estar en una posición de poder; de lo
contrario, está condenado a ser inútil e, incluso, a fracasar. De manera
que las personas que quieran dejar su marca en el mundo deberán
resignarse a hacerlo usando los métodos del mundo, que por lo general
son el poder y la coacción.
Cultivar la humildad
Los cristianos y cristianas son llamados a ser el pueblo de Dios en el
mundo. El propósito que tiene Dios al llamarnos a llevar una vida formada
por el Espíritu no es exhibir nuestro estilo de vida para que nos presten
atención, que nos ganemos la admiración de otras personas o que los
convenzamos de que somos «mejores» personas.
Al contrario, Dios nos llama a ser el cuerpo de Cristo para que seamos luz
de las naciones y que les hagamos ver algo del carácter de Dios.
El octavo de los frutos del Espíritu que menciona Pablo ha sido traducido
de varias maneras: como gentileza, mansedumbre o humildad. Esa
palabra, junto con muchas otras utilizadas en ambos Testamentos, se
refiere a esa fuerza de carácter que se necesita para fundar las propias
relaciones en algo distinto del orgullo y el poder. En todos los casos, estas
palabras se originan en los ámbitos económico y social, en los cuales la
propia sumisión no es simplemente una actitud o una disposición interior,
sino que es algo que resulta evidente a todos.
De hecho, en la Biblia hay una relación estrecha entre la gentileza, la
mansedumbre, la humildad, la modestia e incluso la paciencia: todas
requieren que dejemos de intentar controlar el mundo.
Actuemos con mansedumbre, aún en contra de nuestra propia
comodidad, aún en nuestro demérito y el daño de nuestra reputación.
Ante la angustia y la aflicción, ante la tensión que surge muchas veces en
el hogar con el cónyuge o los hijos, los padres u otras personas, la fricción
que se vive muchas veces en el lugar de trabajo, o en el centro de estudios;
aún frente a nuestros enemigos, que la mansedumbre tape nuestra boca y
aprisione nuestros pensamientos para que seamos capaces de responder
sin enojo ni resentimiento, que la mansedumbre sea una virtud que
madura junto con las demás virtudes, porque entonces serán una realidad
en nuestras vidas las palabras de nuestro dulce Salvador: “aprended de
mí” (Mt. 11.29), así seremos imitadores y nos pareceremos cada día más a
nuestro amado Maestro, Señor y Salvador Jesucristo.
Ningún hombre o mujer ha exibido jamás estas cualidades con tal
equilibrio o en tal perfección como Jesucristo. Pero ésta es justamente la
clase de persona que todo cristiano anhela ser.
Su crecimiento natural
La siguiente verdad que debemos notar es que estas cualidades son
descritas como fruto del Espíritu. Dadas las condiciones apropiadas todo
fruto crece naturalmente. Es cierto que a veces decimos que "aceleramos"
a las plantas poniéndolas en un invernadero a cierta temperatura. Pero
"acelerar" en este contexto sólo significa acelerar su crecimiento
proveyendo artificialmente las condiciones bajo las cuales mejor crecen
naturalmente. Pero el proceso de crecimiento en sí (aun en un
invernadero) no es artificial sino natural.
Al darle al carácter cristiano el nombre de "fruto del Espíritu" el apóstol
Pablo enseñaba no sólo que es sobrenatural en origen (fruto del Espíritu)
sino que también es de crecimiento natural (fruto del Espíritu). Es
importante mantener el equilibrio entre estas dos verdades, especialmente
por la siguiente razón. Mucha gente podría suponer que ya que la vida
santa es producto del Espíritu Santo no hay nada que puedan ellos
contribuir al proceso.
Pero el solo hecho de que el Espíritu lo produzca como su "fruto" nos
indica de inmediato que hay ciertas condiciones de las cuales depende el
crecimiento y de las cuales tenemos que hacemos responsables.
Porque lo natural es siempre condicional. Se hace natural solamente
cuando las condiciones son apropiadas.
No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla, pues todo 10 que el hombre
siembra, eso también segará. Porque el que siembre para su propia carne,
de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del
Espíritu segará vida eterna (6: 7,8 BLA).
Sin embargo, hay cristianos que se sorprenden de que no cosechan fruto
del Espíritu, aunque han gastado mucho de su tiempo sembrando para la
carne. ¿Acaso suponen que pueden timar o engañar a Dios, torciendo sus
leyes a conveniencia propia?
Sembrar para la carne: Al decir "sembrar", el apóstol parece referirse al
conjunto global de nuestros pensamientos, hábitos, forma de vida,
dirección de vida y disciplina de vida. Incluye la gente que frecuentamos
("dime con quien andas..."), las amistades que cultivamos, lo que leemos,
las películas que vemos en la televisión o en el cine, las cosas con que
ocupamos nuestro tiempo libre, y todo aquello que absorbe nuestro
interés, usa nuestra energía y domina nuestra mente. Es respecto a todas
estas cosas que tenemos que tomar decisiones, tanto en lo que respecta al
sentido general de nuestra vida como a las miles de
escogencias menores que se nos presentan día a día. Con todas estas
cosas estamos sembrando, constantemente sembrando, y según lo que
decidamos, escojamos y sembremos, será nuestra
cosecha.