UNIDAD 2
E. Sinatra - Las entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I
“Solo una”
Vamos a comenzar nuestro curso sobre las entrevistas preliminares y la entrada en análisis.
Una cita de Freud que ha sido y es señera para mí es la siguiente: “Todos saben, muchos lo
ignoran, la insistencia que pongo ante quienes me piden consejo sobre las entrevistas
preliminares en el análisis eso tiene una función, para el analista por supuesto esencial. No
hay entrada posible en análisis sin entrevistas preliminares" . Esta frase es asertiva. Es
categórica: "no hay entrada en análisis sin entrevistas preliminares". Vamos a escribirlo así:
Ea=> Ep
He introducido un símbolo lógico, el de la implicación (⇒) para escribir que la entrada en
análisis requiere dándole allí un valor prominente de las entrevistas preliminares. Desde
nuestra orientación lacaniana, tenemos este enunciado asertivo que localiza como
condición de la entrada en análisis las entrevistas preliminares. ¿Qué quiere decir esto? En
primer lugar, que la entrada en análisis no es un procedimiento automático que se pueda
regular anticipadamente, o sea, no se trata de determinado número de entrevistas fijas que
darían cuenta en su resolución, a partir de una secuencia pre programada, de una entrada
en análisis. Hay algo más que ha de suceder. En ese algo más está el hueso, la clave, el
resorte mismo de la causa.
Para Jacques Lacan, las entrevistas preliminares cumplen una función absolutamente
precisa: evaluar las condiciones de posibilidad de una persona de soportar la apuesta
analítica. Ese dispositivo habrá de construir las condiciones de analizabilidad. ¿A qué nos
referimos al hablar de "criterios de analizabilidad"?
Respuesta 1: A la diferencia de estructura, es decir, a una cuestión diagnóstica, a una
evaluación clínica.
Respuesta 2: A la posición del sujeto.
Bien. Faltaría uno más, que es consecuencia de los dos anteriores: la apertura a lo
inconsciente.
Si se utiliza la palabra apertura, es porque tiene que haber un cierre: ¿cómo se pueden
relacionar "las entradas" en análisis con la apertura y los cierres del inconsciente a lo largo
de un análisis?
Desde la orientación lacaniana, no tenemos patrones de conducta; tenemos principios que
debemos formalizar. A lo largo de este curso vamos a poner a prueba nuestra formalización
y verificar esta aseveración a partir de casos clínicos. ¿Cuál es la hipótesis de base? Una
hipótesis no sólo tiene una demostración, una tesis, sino que tiene postulados, y vamos a
trabajar con esta estructura geométrica de la lógica a partir de una hipótesis y cuatro
postulados. Para comenzar, nuestra hipótesis de base: "Existe discontinuidad entre las
entrevistas preliminares y la entrada en análisis".
Podríamos escribir, inclusive, esta hipótesis de base colocando ahora entre "entrevistas
preliminares" y "entrada en análisis" en lugar del símbolo lógico de la implicación -como
estaba escrito una doble barra. Ea//Ep
Ahora escribamos la fórmula completa que dice: "La entrada en análisis implica las
entrevistas preliminares". y, agregando un punto que indica un valor de conjunción: "la
entrada en análisis implica una discontinuidad -marcada, precisamente, por esa doble barra-
con las entrevistas preliminares": (Ea =>Ep).(Ea//Ep)
Con los cuatro postulados que siguen, vamos a comenzar a localizar hacia dónde apunto
con esta hipótesis:
- Primer postulado: La entrada en análisis constituye un umbral que debe ser
franqueado desde las entrevistas preliminares por el entrevistado. El umbral designa
el punto de atravesamiento, un objetivo por alcanzar.
- Segundo postulado: La discontinuidad de la secuencia de las entrevistas
preliminares y entrada en análisis es consecuencia de un corte realizado por el
analista al interpretar la demanda del propuesto analizante. Ustedes se dan cuenta
que el propuesto analizante significa que no se es analizante en las entrevistas
preliminares. "Analizante" es una categoría que indica una función, pero para
obtener esa función, habrá que trabajar.
- Tercer postulado: El corte efectuado -marcado por las dos barras que indican la
discontinuidad- implica la puesta en juego de una categoría: la de decisión, la que
requiere de un consentimiento (o rechazo). Esto es lo contrario de un procedimiento
automático; la decisión es el punto más alto de implicación subjetiva. ¿Por qué?
Porque lleva a constituir la categoría de sujeto en torno de la responsabilidad y de la
elección, dando lugar al siguiente postulado, consecuencia directa del anterior:
- Cuarto postulado: Tal decisión produce al sujeto -ésa es, en rigor, la verdadera
localización subjetiva coordinado al emplazamiento del saber, el que dará lugar a la
efectuación del inconsciente por la vía del síntoma.
Vayamos por partes: tal decisión respecto del saber produce al sujeto, produce un sujeto;
por lo tanto, no hay un sujeto anticipadamente encarnado en el entrevistado. Cuando nos
referimos al sujeto, estamos indicando una operación de suposición que se deberá poner en
juego para que haya análisis. El entrevistado habrá conquistado ese nombre (sujeto), pero
para ello deberá perder algo. Al dar lugar al inconsciente, el que llegue sabrá que no sólo
hay mucho que no sepa de sí, sino que además sabrá que hay un saber que no era sin que
él lo sepa y que ese saber tiene consecuencias en el cuerpo, en sus pensamientos y en su
relación con los otros.
Hoy voy a intentar demostrar esta hipótesis y sus postulados, a partir de una viñeta clínica a
la que llamaré "Sólo una". Un hombre joven solicita una entrevista por teléfono de un modo
singular. Me pide que lo reciba por un problema muy específico que él vendría a
plantearme. A continuación, impone una condición: sólo aceptaría venir a verme si yo
cumplo con su exigencia. ¿Cuál es?: que sea "sólo una". Él pretende "sólo una" entrevista.
¿Qué hacer frente a ese pedido?, ¿cómo responder de un modo satisfactorio? Por mi parte,
luego de un momento de vacilación, acepté sus condiciones y lo cité para el día siguiente.
Nuestro entrevistado se presentó puntualmente, expresándose con meticulosidad,
intentando que no se filtraran dudas en sus cuidadosos razonamientos. Se esforzaba para
que no existieran equívocos en lo que él quería decir, para ser más preciso aún en lo que él
había venido a preguntarme. Pues, como él mismo lo dijo: "sólo se trata de una pregunta".
A todo esto, desde mi función como practicante, me encontraba -por un lado- con la
dificultad de cómo no responder puntualmente a una demanda y -por otro- inmerso en la
intriga que este hombre iba creando respecto de cuál era la pregunta que venía a
formularme.
Esta presentación tan meticulosa que este hombre realizaba, permitía anticipar una
evaluación clínica, perfilando la estructura que algunos de ustedes ya están susurrando:
neurosis obsesiva. Finalmente, se develó la incógnita: "el problema -dijo- transcurre en el
campo del amor" (la intriga se intensificaba); pero después de un prolongado silencio,
agregó: "ella no quiere tener sexo conmigo; ¿podría usted decirme por qué?".
Previamente, él ya había consultado con otro analista, de cierto renombre; en aquella
oportunidad, él había obtenido una respuesta inmediata: "bueno hombre, pero ¡usted la
eligió!".. La respuesta que obtuvo nuestro entrevistado es interesante, porque indica la
responsabilidad que el sujeto tiene respecto de aquello que lo aqueja; es decir, que por su
intermedio se intenta cuestionar el lugar de "bella alma" que alguien sostiene en la queja
que formula. Pero a pesar de esta consideración -podríamos decir, verdadera- la respuesta
no había servido para nada en este caso; y lo demostraremos por un detalle clínico: este
hombre no es histérico, es obsesivo. Y de lo que se tratará en este curso, será de prestar
atención a los detalles, en pos de constituir nuestra orientación en la dirección de la cura.
Ustedes recuerdan los problemas que traía esta presentación: se requería de un analista de
forma inmediata -en una entrevista- que le diera como respuesta un saber sobre una tercera
persona, con la cual el entrevistado no podía tener relaciones sexuales; así formulado ¡es
un disparate!; la formulación planteada en estos términos es realmente delirante: a
condición de entenderlo en el sentido que Freud lo hacía, sin confundir estructuras clínicas,
al referirse al delirio de la obsesión en el caso del Hombre de las Ratas. Es decir, existen
formaciones delirantes que no requieren de una estructuras para manifestarse. Es otro
elemento para tener en cuenta en nuestras entrevistas preliminares.
Como se aprecia, había que desacomodarlo para poder intervenir. Era complicado, ya que
por más que la formulación que este hombre hacía (si lo pensamos desde un punto de vista
"técnico") era una demanda de saber dirigida al Otro, había algo más en juego; ahora,
¿cómo responder a esa insólita pregunta, a la encrucijada, que indicaba su simple
formulación?. Por otro lado, él ya me había proporcionado una clave a la que, como
analista, era necesario que recurriera: "no me diga lo que ya sé, porque no me sirve para
nada, porque eso ya me lo dijo el otro".
En este ejemplo, se aprecia una cuestión crucial: comprueban ustedes cómo el valor de
verdad verdadero de un enunciado puede ser absolutamente ineficaz, cómo puede pasar
absolutamente de largo al formularse de modo interpretativo. Con lo cual, ya estamos
sensibilizándonos respecto del valor que la verdad tiene en el análisis; estamos prestos a
comprobar el modo en el que un analista puede perder la brújula si se encomienda a la
verdad como amo absoluto.
Su pregunta que -como psicoanalista- me era, verdaderamente, dirigida, es una pregunta
que transportaba un verdadero sufrimiento para quien la enunciaba; clara en su formulación,
obvia por su planteo, pero a pesar de todo eso, yo no podía -ni sabía- cómo contestarla.
Por supuesto, me imaginaba -mientras escribía esta viñeta- algo que podrían ustedes estar
pensando; por ejemplo: ¿no decía Lacan que no hay que 'responder a la demanda' sino
'interpretarla'? Sí, ese es el saber de los libros que acude a nuestra memoria; inclusive,
puede ocurrir esta irrupción en el momento preciso que estén analizando, y -entonces-
pensar: "no, no tengo que responder a la demanda".
Planteada así, ¿cuál es el valor de esta frase? ¿Sería ella orientadora de la dirección de la
cura, o -por el contrario- se trataría, más bien, de una exigencia superyoica que precipitaría
a la inhibición, a la parálisis, a la neutralización de la acción analítica? En los practicantes
jóvenes, es aún más frecuente que en el resto de los practicantes el hecho de quedar
sometidos a esta presión, a la exigencia superyoica del Sujeto
Supuesto-Saber-de-los-textos; a esta figura de goce del Otro que opera en algunos
momentos de vacilación, en los que el practicante no sabe qué hacer en ese preciso
momento: "¿qué debo escuchar?"
La instauración de un encuadre da cierto grado de seguridad. El setting, puede tranquilizar,
calmar la angustia de una persona que está frente a otra sin nada que le diga, previamente,
qué es lo que tiene que hacer. Son ciertas reglas que -de alguna manera- van pautando el
tiempo y el espacio de un modo organizado, y que permiten apaciguar -vamos a decirlo de
este modo- la relación al Otro.
Rápidamente se pueden filtrar en el encuentro analítico -como en cualquier otro- dos
sentimientos que dan cuenta de la ambivalencia freudiana: el amor y el odio. ¿Cómo sé que
no voy a amar a quien tengo frente a mí y recién veo por primera vez, o que no lo voy a
odiar? ¿Y si no me gusta? Esto sucede. La cuestión es cómo responder. El encuadre tiene
un valor preciso de localización, no sólo para el analizante, sino -quizás, fundamentalmente-
para el analista: situar a la "pareja" analizante en el encuadre para garantizar, de algún
modo, el decurso del análisis.
Del acto, una vez más, no tenemos el confort de una garantía previa que anticipe que si
hacemos "eso" o lo "otro", ha de estar bien hecho. Entonces, ¿cuál es nuestro problema?
Es, por ejemplo, ¿cómo hacer de la más inteligente e iluminadora cita de Sigmund Freud,
de Jacques Lacan, de J.-A. Miller... un saber instrumental que opere -apto para cada
ocasión- respetando la singularidad del caso? Ese es nuestro problema de base: se trata de
saber hacer ahí, en la experiencia analítica, con eso; porque con "saber" Freud, Lacan,
Miller, a pie y de memoria, no alcanza.
Curiosa forma de recuerdo la que estamos planteando: olvidar los textos. Esto sería
recomendable para saber hacer con ellos, sería una fórmula de un pretendido acto logrado
en el dispositivo analítico: olvidar los textos para saber hacer con ellos.
La articulación entre teoría y práctica va a atravesar todo este curso porque, en última
instancia, vamos a demostrar que es el psicoanálisis como síntoma lo que se pretende
obtener por cada practicante. "El psicoanálisis como síntoma" no se debe leer: los síntomas
del psicoanalista; no se trata de promover la angustia del practicante confrontado, en un
momento de su práctica, al recuerdo angustiante de las citas -en la manifestación
surpeyoica del Otro-, a la que antes hicimos referencia; no es eso lo que se intenta
promover. El psicoanálisis como síntoma obtenido por el analizante al final del recorrido en
su propio análisis: de eso se trata, de un saber hacer allí -en cada dirección de la cura-
como practicante del psicoanálisis.
Volvamos a la viñeta clínica, porque estamos en el punto de la entrevista en el cual se
requería de una decisión del analista, frente al carácter sostenido e insistente de una
pregunta por parte del entrevistado. Él decía que había aceptado acudir esa única vez y que
no era solamente la única sino que era la última. Era preciso responderle de alguna manera.
Tenemos la urgencia de la prisa establecida, no por los tiempos lógicos, sino por la urgencia
del empuje de un tiempo que se acababa para alguien que viene a la consulta. ¿Cuál fue mi
respuesta? Manifesté mi sorpresa, no intenté ocultarla y luego -con un gesto de interés-, lo
animé a que continuara hablando. Así lo hizo y podemos -ahora sí- anticipar la ruptura de
este enigma: finalmente, la ocasión fue propicia para el psicoanálisis.
Todos sus padecimientos parecían girar en torno de esa novia que había devenido su
síntoma, él sólo hablaba de ella, sólo estaba preocupado por ella, ella era verdaderamente
la causa de su angustia, de su malestar, de su resentimiento, hasta de las variaciones
cotidianas de su humor. A pesar de considerarse, como él mismo lo definía, "un consagrado
batallador sexual" y de tener acceso -también es textual- a "casi todas las mujeres", ella, su
propia novia, rehusaba acostarse con él. Pero en ese momento produjo una nueva
interrogación: ella lo humilla y él quiere saber por qué lo hace; como verán, hay aquí algo
nuevo, estamos avanzando respecto de la posición en juego. Ya hay, presentándose, una
interpretación realizada por el entrevistado acerca de su padecimiento: el Otro -en
este caso una mujer, su novia-, lo humilla; además él supone que ella se satisface en
ello, pero él no sabe por qué. Vemos despejarse en este punto que no hay un indicador de
certeza respecto de una pretendida suposición de goce del Otro, descartando con ello un
elemento diferencial para la psicosis.
Más allá de que en este punto y en este momento el entrevistado no sepa qué quiere decir
con lo que dice, la localización de un significante es muy importante, sobre todo cuando
indica una condición de satisfacción. La función de la interrogación es esencial en las
entrevistas preliminares, por eso es preciso situar para qué sirve y en nombre de qué se
interroga. Se trata de dar lugar a que la persona que habla evidencie una sensibilidad
respecto a la lengua que él habita -y, muy especialmente, a la lengua que lo habita: es decir,
sin su "intención". También, mientras transcurren las entrevistas, la interrogación va
haciendo lo suyo respecto de la localización de la transferencia: sitúa al sujeto en su función
de representación, mientras se dirige al analista la suposición del saber necesaria para dar
inicio al análisis.
Lacan se toma rigurosamente en serio que es el lenguaje el único elemento del que
disponemos para operar en el análisis. Entonces, volvamos a la pregunta que dio origen a
ubicar la importancia de la función de interrogación. Efectivamente pregunté qué era para él
"humilla", a qué se refería con eso contrariando, de ese modo, la obviedad que otorga el
sentido común; para comenzar a establecer una asimetría entre la relación analítica y el
discurso corriente; ya que ¿cómo se hace cuando alguien llega al consultorio para hacerle
saber, sin explicárselo, que el análisis es otra cosa que un dispositivo de charla en el que
una persona habla y otra contesta y donde las reglas de la cortesía están en juego?, ¿cómo
se hace para hacer saber, sin explicitárselo al entrevistado, que en el análisis se trata de
otra cosa que del discurso común, el de la calle? Ese es un problema.
A partir de desplegar procedimientos retóricos de la lingüística, Lacan adjudica al analista el
"poder discrecional del oyente" y comprobamos aquí una aparente paradoja, ya que por un
lado se trata de una función que el analista debe emplear y -al mismo tiempo- Lacan
subraya que se trata de un poder. Pero en la experiencia analítica el riesgo siempre está, y
el sintagma empleado recuerda el problema: ¿cómo se hace para no usar el poder del
oyente instituyéndose en el lugar del Otro? ¿Cómo hacer para no colocarse en el lugar del
Otro que decide respecto a la significación de quien habla? El sentido común, en ese
sentido, es nuestro peor consejero.
Pero, decíamos, se "soltó" un término. Voy a escribir algo para ubicar lo que tenemos hasta
ahora:
S1 → S2
"sólo una" "humilla"
"Sólo una ⇒ humilla". En estos dos significantes está representado el sujeto, definido en
tanto la "simple" remisión de un significante hacia otro. "Sólo una" remite a "humilla", el que
-a su vez- se hace representar por "novia". Ustedes comprobaron que este segundo
significante fue soltado luego de un momento en el cual parecía que nada más podía
decirse: "yo vengo aquí para que usted me diga por qué mi novia no quiere acostarse
conmigo... usted tiene que responderme". Ustedes aprecian que la vertiente casi natural de
la respuesta iría, más bien, del lado de: "yo nada tengo para responderle" y cuya
consecuencia -casi inevitable- sería: "entonces, me voy". Es decir, que en el momento en
que surgió este significante -el segundo: "humilla"-, este S2 indica que se pudo atravesar un
impasse. Podemos agregar que en esta remisión se pasa de interrogarse: "¿por qué ella no
quiere coger conmigo?" -vamos a decirlo como lo decía él- a querer saber: "¿por qué a ella,
sólo una, le gustaría humillarme?"
Luego de abundantes comentarios acerca de la "hechología” sexual, surgió -de un modo
imperceptible para él- un deslizamiento: pasaría de hablar de la relación imposible con
su dama para continuar haciéndolo acerca de su padre; la contigüidad del relato
permitió al analista distinguir el desplazamiento de dama a padre con nitidez.
¿Qué pasó? Estaba quejándose de ella y pasó a quejarse de él. Imperceptiblemente, en la
metonimia discursiva, se produjo este deslizamiento. Era obvio para mí, pero no lo era en
absoluto para el entrevistado. Siguió hablando como si nada hubiera sucedido. Aquí se hizo
necesaria una nueva decisión por mi parte: ¿qué hacer entonces?¿Interpretar? ¿No
interpretar? ¿Intervenir?
Como recordarán, la decisión es una categoría central en los postulados de nuestra
hipótesis de base. Y vemos que no solamente corresponde al entrevistado (y luego al
analizante) confrontarse con ella, sino -y fundamentalmente- es el analista quien se halla
interpelado en relación con la determinación y la realización del acto analítico, ya que es a
él al que se halla consagrado por su función.
¿Qué hice en este caso? Esperando una situación mas propicia, decidí no intervenir; es
decir, dejar que el material reprimido estuviera más asequible para la conciencia del sujeto,
mientras se localizaban las condiciones de efectuación de la transferencia. ¿Hice bien?
Nunca se sabe si una intervención en sí misma es o no es un acto analítico,
solamente se sabe por los efectos producidos a posteriori; y, para eso, hay que
soportar la espera, hay que saber que en la sesión siguiente, en la subsiguiente o en
la otra, tal vez, se sabrá si la intervención realizada tuvo o no, efecto de discurso, es
decir, como se dice vulgarmente si "entró" o no lo hizo.
Freud decía de la relación entre transferencia e interpretación, que hay que esperar a que
se sitúe la transferencia para interpretar. Lacan viene a decir: la interpretación, sitúa la
transferencia, pero también al revés, en otro momento de sus escritos. Y podríamos
plantear nosotros: ¿necesariamente una afirmación es verdadera y la otra es falsa? ¿Son
dos maneras de decir: el huevo o la gallina?
Me parece más bien que se trata de esta última formulación. Porque Lacan llega a decir, en
sus últimas enseñanzas, que la transferencia es la interpretación. Hay una función dialéctica
de la interpretación bajo transferencia. A1 interpretar se sitúa la transferencia y la
transferencia se sitúa mediante la interpretación y el acto analítico.
¿Cómo se localiza al sujeto en las entrevistas? No es dándole alguna silla que uno lo va a
localizar. Es cierto que es preciso interpretar para situar la transferencia; es verdad, pero no
es menos cierto que debe existir un sitio -un espacio transferencial para producir la
interpretación; por Freud sabemos hasta qué punto una interpretación lanzada fuera de
transferencia es salvaje, silvestre.
Quizás recuerden ahora la intervención del otro analista mencionado que había sido tan
certera, como salvaje; tan precisa como fuera de tiempo. Y acá nos estamos anoticiando del
valor del tiempo como variable esencial a tener en cuenta -en las entrevistas preliminares: si
la interpretación no "entra" en el momento adecuado es como la ocasión, pasa de largo. Y
ello sucede especialmente en el discurso protagonizado por los sujetos obsesivos en los
análisis, pero también en muchos otros casos, y sobre todo en las entrevistas preliminares.
Pero entonces, ¿cómo se hace para descompletar el discurso de un obsesivo? En la
obsesión consolidada es muy difícil atravesar esa coraza resistencial que se produce a
partir de un yo fuerte, en el que se atenaza y a lo que se circunscribe la personalidad del
obsesivo; vamos a decir, con todas las comillas del caso: "¿cómo perforar esa defensa
con la cual él nada quiere saber respecto del lugar que tiene en lo que dice?" Él sabe
lo que dice y de eso no hay nada para decir.
El valor de interpretación puede estar situado muchas veces por un silencio. En otros casos,
por una palabra, o por un gesto, por un corte de sesión o de entrevista; en otros por una
frase que sea cita de lo que acaba de decir el analizante (o el entrevistado). Es decir, que
tampoco para esto hay una garantía absoluta -prét á porter- la que daría el valor de verdad
de la intervención. ¿Qué hacer cada vez? Eso está totalmente determinado por lo que
acaece en ese momento, bajo transferencia, en el dispositivo analítico, y esto es lo que no
se puede reglamentar. El acto analítico siempre tiene un margen de error inevitable.
El silencio, en ese caso, surtió efecto. El entrevistado volvió a cambiar de referente una y
otra vez.
Continuó hablando como si nada, sustituyendo (siempre de modo imperceptible para él) el
relato de sus padecimientos con su novia por los sufridos con su padre hasta que,
finalmente, pude entrar en el hueco, descompletar sus dichos pidiéndole alguna precisión: lo
interrogué por una particularidad de su nombre, ya que cuando se había presentado
telefónicamente había utilizado uno y, al presentarse en la entrevista, había empleado dos.
Me explica que omite, en general, el primero de ellos, haciéndose nombrar por el segundo.
A continuación aclara que su primer nombre es el que le ha puesto su padre, ése es el que
omite, el que es -en verdad- el mismo de su abuelo paterno; mientras que el utilizado por él
(el segundo) ha sido el elegido por su madre; siguió hablando inmediatamente, evitando
toda fisura en su relato, dando a entender con un gesto de malestar, que lo verdaderamente
importante era lo que él estaba a punto de contar y no lo que el otro le preguntaba: ésta es
una verdadera dificultad, especialmente en el tratamiento de la obsesión.
Pero a continuación surgiría, ahora sí, un acontecimiento imprevisto que fue producto de un
lapsus decisivo: quiere nombrar a su novia, pero en su lugar pronuncia la primera
sílaba del nombre de su padre. Se detiene sorprendido, pretende explicarse, se altera;
pero continúa, a pesar de todo con su relato. Fue suficiente un gesto de sorpresa por parte
mía para motivar su aceleración logorreica, neutralizándome antes de que yo dijera algo. Es
decir, que aunque él mismo había manifestado sorpresa, se molestó por la división subjetiva
producida, carraspeó y siguió de largo como si nada, comentando la humillación que le
causaba su novia con su negativa, pasó, nuevamente, y sin solución de continuidad, a
lanzar una decidida queja sobre las privaciones que le habría hecho sufrir, desde su niñez,
su padre.
Fue entonces que relató un recuerdo que, en verdad, casi no era, pues él había
convivido con ese pensamiento imborrable (aunque aislado de las demás
representaciones): su odio infantil por su padre, para manifestar, sin
inmutarse, un deseo que había reiterado desde su niñez: el de que -de una vez por
todas- su padre se muriera.
Intervine en ese punto para señalarle -ahora sí- la sustitución "novia"/ "padre". Frente
a su sorpresa por constatar lo obvio de mi intervención, descubrió una paradoja: su
amada poseía cierto rasgos que él ya sabía cumplirían con el ideal de mujer de su
padre (lo que implicaría que él habría ofrecido la dama de sus pensamientos a su
odiado padre).
En ese momento, y ante su visible emoción, le propuse finalizar la entrevista. Esperé que se
incorporara, lo hizo, y me pidió volver, a lo que accedí, ofreciéndole un nuevo horario. Como
en otros casos de obsesión: eso siempre está ahí, frente a sus narices: la carta robada está
a su alcance pero no puede servir se de ella. Tenemos, así, un elemento que permite
establecer el valor diferencial de la represión en la histeria y en la obsesión. Por lo dicho, en
verdad en la obsesión no podemos hablar netamente de represión, su manifestación más
próxima es el aislamiento, defensa con la que el sujeto obsesivo evita confrontarse con la
consecuencia de la proximidad de dos representaciones en su conciencia.
Las entrevistas se sucedieron en torno de las privaciones que su padre le habría hecho
atravesar, lo que justificaría el odio que le profesaba. Hasta que en una oportunidad
interrumpí una queja haciéndole notar la retórica de defensa que enmarcaba su relato. De
todos modos, pretendió continuar con su alegato, cuando su atildado discurso fue
agujereado por un nuevo lapsus que volvió a sorprenderlo -lapsus producido ahora en
sentido inverso del anterior-: diciendo el nombre de su dama cuando quería decir el de
su padre. Nuevamente la sorpresa, luego un silencio, para finalizar confesando -con
vergüenza- lo dichoso que sería "si al menos una vez" su padre lo abrazara. Mi intervención
interrogativa: ¿sólo una? desencadenó un llanto conmovedor.
Las dos cadenas disjuntas (padre-novia) se habían cruzado por la chispa del lapsus. Se
recubrían así dos imposibilidades que las entrevistas permitieron localizar: gozar de su
dama, ser amado por su padre. En este punto sancioné la entrada en análisis.
Comprobamos aquí un modo de presentar la precipitación del sujeto. La localización
subjetiva es producida por el acto analítico introduciendo la dimensión del inconsciente.
En Introducción al método..., J.-A. Miller dirá: "Tenemos que permitir al sujeto algunos
engaños y no ir a buscar, inmediatamente, al sujeto en su fondo para decir que no es
verdad, que hay una contradicción. Al contrario, es preciso permitir, principalmente en las
entrevistas preliminares, que continúe mintiendo un poco en sus propios dichos... La
localización subjetiva introduce al sujeto en el inconsciente".
Creo que esta viñeta clínica puede colaborar a demostrar hasta qué punto el analista de la
orientación lacaniana no está autorizado a intervenir en el nombre de la verdad absoluta, ni
en el nombre del saber referencial de ninguna teoría, ni en el nombre del padre que le
permitiría ocupar el lugar del Otro que sí sabría administrar lo que hay que hacer cada vez.
Ya bastante nuestros entrevistados padecen al Otro desde el lugar que le adjudican desde
sus fantasmas, sin saberlo.
Fin.