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Dogmas Marianos en la Iglesia Católica

Este documento resume cuatro dogmas marianos de la Iglesia Católica Romana: 1) María como Madre de Dios, establecido en el Concilio de Éfeso en 431; 2) la virginidad perpetua de María, declarada en el Concilio Lateranense en 649; 3) la Inmaculada Concepción de María, definida por el Papa Pío IX en 1854; y 4) la Asunción de María, proclamada dogma en 1950. Explica los orígenes, debates teológicos e implicaciones de cada uno de estos dogmas marian

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Dogmas Marianos en la Iglesia Católica

Este documento resume cuatro dogmas marianos de la Iglesia Católica Romana: 1) María como Madre de Dios, establecido en el Concilio de Éfeso en 431; 2) la virginidad perpetua de María, declarada en el Concilio Lateranense en 649; 3) la Inmaculada Concepción de María, definida por el Papa Pío IX en 1854; y 4) la Asunción de María, proclamada dogma en 1950. Explica los orígenes, debates teológicos e implicaciones de cada uno de estos dogmas marian

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LOS DOGMAS MARIANOS

La revelación de Dios no se encuentra exclusivamente en


la Biblia, sino también en la enseñanza de la Iglesia que
interpreta la revelación bíblica. Ya hemos estudiado lo que
los Evangelios nos enseñan acerca de María, por tanto, en
este capítulo examinaremos María en los dogmas, es
decir, en las verdades reveladas que creemos y por las
cuales alabábamos y glorificamos a Dios. La Iglesia
católica romana afirma cuatro dogmas marianos: María
como Madre de Dios, su virginidad perpetua, la
Inmaculada Concepción y la Asunción. Procederemos en
orden cronológico según la fecha en que se proclamó
formalmente cada dogma, aunque es importante tener
presente que la fecha en que un dogma se proclama
formalmente no quiere decir que esa sea la primera vez qu
e se celebra ese dogma o que se cree en él. La Inmaculada
Concepción y la Asunción, por ejemplo, no se
declararon como enseñanzas católicas sino hasta los
últimos siglos, pero se cree en ellos desde siglos antes.
Esta presentación mostrará los elementos principales de
cada dogma, así como sus implicaciones para la fe en
nuestros días. 
Theotokos (Madre de Dios) 
El Concilio de Éfeso, un concilio ecuménico o una reunión
mundial de obispos, declaró solemnemente en el año 431
que: “Si alguien no confesara que Emanuel es el mismo
Dios y que, por lo tanto, la Santa Virgen es la Madre de
Dios, en cuanto en la carne llevó la Palabra de Dios hecha
carne [como está escrito, ‘La Palabra fue hecha carne’]:
dejadlo ser anatema”. Que los padres del concilio
declararan como anatema o excomulgado a quien no
profesara la fe en María como Madre de Dios, reflejaba el
debate de la Iglesia de los primeros siglos sobre la
humanidad de Jesús y la unidad de sus naturalezas
humana y divina. Como sucede en los pasajes de los
Evangelios de Mateo y Lucas sobre la infancia de Jesús, así
también el primer dogma mariano en definirse surgió
principalmente por la necesidad de entender a su Hijo
Jesucristo más profundamente. Cirilo de Alejandría fue la
figura que explicó al Concilio de Éfeso por qué
María debía ser considerada Theotokos, la palabra en grieg
o que significa Madre de Dios. La creencia cristiana de que
Jesús fue verdaderamente Dios y verdaderamente humano
—uno igual a nosotros en todo, excepto en el pecado—
significa que María fue también la Madre de Dios. Solo hay
una persona, un sujeto en Cristo y María es la madre de
esa persona que simultáneamente es humana y divina. Así,
el
título Theotokos refleja la maravilla de la Encarnación y, en 
definitiva, la profunda humil- dad de Dios, que nació tan
vulnerable como cualquiera de nosotros y fue
completamente dependiente de su madre y de la
comunidad humana, en sentido amplio, para sobrevivir.

La declaración de que María es Theotokos también 
subraya que la grandeza de María está no solo en haber
sido elegida para ser la Madre de Dios, sino también en
que tuvo la fe necesaria para aceptar su vocación. Al darle
a María el título de Madre de Dios, celebramos su
inmenso acto de fe. Además, no vemos la llamada de Dios
y la valiente aceptación de la misma por parte de María
como dos realidades distintas, sino como dos misterios de
la gracia inseparables, que nos llevan a una contemplación
más profunda de la colaboración humano-divina a la
que Dios invitó a María y a la que nos invita a cada uno de
nosotros.
Para los católicos de hoy en día, el título de Madre de Dios
es un dogma en el sentido propio del término. Es decir,
esta frase no es solo una afirmación de lo que Dios nos ha
revelado, sino una alabanza a las maravillosas obras de
Dios. Consciente o inconscientemente decimos esta frase
frecuentemente en la liturgia y en nuestras oraciones. Las
oraciones de la celebración eucarística usan este título
en el culto de la Iglesia. El avemaría termina con la frase
“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros
pecadores . . .”. Litúrgicamente, la Solemnidad de la Madre
de Dios ha sido celebrada desde hace mucho cada primero
de enero, al final de la octava de Navidad. Celebrar esta
fiesta ocho días después de Navidad subraya su relación
íntima con el nacimiento de Cristo, así como el papel de
María en la Encarnación y en la historia de la Salvación. La
fiesta subraya nuestra necesidad como católicos de alabar
a Dios por el don de María la Madre de Dios y de
comprender las implicaciones más profundas de esa frase
para nuestra vida coti- diana como discípulos de Cristo.

Siempre virgen 
El escrito que más influyó para que se afirmara en los fieles
la creencia en la perpetua virginidad de María, fue el
protoevangelio de Santiago, el cual data del siglo II.
Atribuido a Santiago, que es mencionado como
“hermano” de Jesús en los Evangelios, el texto se centra en
el nacimiento de María y en su vida hasta la infancia de
Jesús. Llegó a ser popular entre los primeros cristianos y
es la fuente de muchos elementos de la devoción mariana
que no se encuentran en el Nuevo Testamento. Por
ejemplo, el protoevangelio dice que Joaquín y Ana eran los
padres de María. También dice que Santiago y sus
hermanos eran hijos de José de un matrimonio previo, que
José era viudo cuando se casó con María y que María
permaneció virgen después de concebir a Jesús. Hay
importantes interpretaciones de obispos y teólogos que
también afirman la virginidad perpetua de
María. Conforme el tiempo pasó, María también llegó a ser
vista como el modelo de todos aquellos que son llamados
a la castidad en la vida monástica. Su virginidad fue vista
no solo como un estado físico de celibato, sino como una
disposición espiritual para ser fiel a Dios con corazón
indiviso y total disponibilidad. El Con- cilio Lateranense
(649) proclamó que la enseñanza de la perpetua virginidad
de María desarrollada por los primeros padres de la
Iglesia, era parte de la doctrina católica: Si alguno no
confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propiamente
y según verdad por madre de Dios a la santa y siempre
Virgen María, como quiera que concibió en los últimos
tiempos sin semen por obra del Espíritu Santo al mismo
Dios Verbo propia y verdaderamente, que antes de todos
los siglos nació de Dios Padre, e incorruptiblemente le
engendró, permaneciendo ella, aun después del parto, en
su virginidad indisoluble, sea conde- nado. La enseñanza
católica actual explica que el dogma de la perpetua
virginidad de María tiene implicaciones tanto para la vida
en celibato como para la vida
matri- monial. El Papa Pablo VI escribió en su exhortación 
apostólica Marialis Cultus (1974) que la virginidad de
María “no fue un acto de cerrarse a algunos de los valores
del estado matrimonial . . .” (núm. 37). El teólogo Karl
Rahner sostenía que, ya sean casados o solteros, todos los
cristianos en cierto modo deben imitar la virginidad de
María. Debemos renunciar incluso a las cosas buenas de
este mundo para expresar nuestra creencia de que, junto a
Dios, todo es secundario. En otras palabras, así como
María decidió renunciar a la belleza del don del amor
conyugal querido por Dios, nosotros también estamos
llamados a proclamar, al abstenernos de algunos bienes
de la creación, que solo importa la gracia de Dios. Esto
sucede, por ejemplo, todos los años con las prácticas del
tiempo de Cuaresma.

Al reflexionar en el dogma de la virginidad de María y en el


lugar que ocupó en
el Plan de Salvación, el Catecismo de la Iglesia Católica afi
rma que “La virginidad de María manifiesta la iniciativa
absoluta de Dios en la Encarnación” (núm. 503).
Esta afirmación muestra cómo la gracia de Dios permea
toda la vida de María. También sugiere que, ya sean
casados o solteros, cuando proclamamos el dogma de la
perpetua virginidad de María, alabamos las maravillas
obradas por Dios en la vida de María y nos
comprometemos a imitar su colaboración con la iniciativa
divina, colocando a Dios por encima de todo, incluso de
las cosas buenas de la creación.

La Inmaculada Concepción 
La Inmaculada Concepción es un claro ejemplo de cómo la
devoción popular tiene tanta influencia para definir un
dogma como los debates teológicos. La fe de los fieles en
la Inmaculada Concepción comenzó en los primeros siglos
del cristianismo y se extendió todavía más durante la Edad
Media, una era en que la devoción mariana, las
peregrinaciones y apariciones proliferaron. Hay tres
apariciones que están vinculadas de manera particular con
la Inmaculada Concepción: a santa Brígida de Suecia
(1373), a santa Catalina Labouré (1830) y a santa
Bernadette en ourdes (1858). En los tres casos, las
videntes afirmaron que María les había confirmado la
doc- trina de la Inmaculada Concepción cuando se les
había aparecido; en Lourdes esto sucedió cuatro años
después de que la doctrina hubiera sido proclamada
oficial- mente por el Papa Pío IX. Los líderes de la Iglesia
también respaldaron la doctrina de la Inmaculada
Concepción. El Papa Sixto IV aprobó la fiesta litúrgica de la
Inma- culada Concepción en 1476. Después el Concilio de
Trento (1545–1563) decretó que todos los seres humanos
habían nacido con el pecado original, excepto María. Los
teólogos que apoyaron la doctrina de la Inmaculada
Concepción tenían que afrontar una cuestión importante:
si Jesús es el salvador de todos los seres huma- nos,
incluso de su Madre, ¿cómo podía haber sido ella
concebida sin pecado antes de que Cristo muriera en la
cruz y resucitara de entre los muertos para
nuestra redención? Los teólogos más influyentes que
respondieron a esta pregunta y promovieron la fe en la
Inmaculada Concepción fueron franciscanos,
especial- mente los teólogos de la Edad Media Juan Duns
Scoto y su maestro Guillermo de Ware. Entre otros
argumentos, propusieron la idea de la redención
preventiva, es decir: María fue salvada por el acto redentor
de Cristo y por una gracia especia- lísima, pues el poder
redentor de su pasión, muerte y resurrección la preservó
del pecado por la fe.

Así afrontaron el dilema teológico de cómo se podía


afirmar al mismo tiempo que María había sido salvada por
Cristo y que había sido concebida sin pecado. Los dos
franciscanos también sostenían que, como la Inmaculada
Concepción no contradice las Escrituras ni el Magisterio
de la Iglesia y dado que Dios querría siempre para María
las bendiciones y gracias más excelsas, entonces era
probable que Dios no solo hubiera santificado a María en
el seno materno, sino desde la misma concepción. Esta
devoción y fe en la Inmaculada Concepción estaba ya muy
difundida para el momento en que el Papa Pío IX la
declaró dogma católico en la fiesta de la
Inma- culada Concepción (8 de diciembre), en 1854. La de
claración del Papa Ineffabilis Deus afirma que: Por el
honor de la santa e íntegra Trinidad, por el honor y
renombre de la Vir- gen Madre de Dios, por la exaltación
de la fe Católica y el incremento de la religión, por la
autoridad de nuestro Señor Jesucristo, por la autoridad de
los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y por nuestra
propia autoridad, declaramos, pronunciamos y definimos:
la doctrina que mantiene que la Santísima Virgen María
fue preservada de toda mancha de pecado original en el
primer instante de su concepción por singular gracia y
privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos
de Jesucristo Salvador del género humano, es una doctrina
revelada por Dios y, por lo tanto, debe ser firme
y constantemente sostenida por todos los fieles. Para ser
más claro, la doctrina de la Inmaculada Concepción trata
de la concep- ción de María sin pecado original en el seno
de su madre Ana, como opuesta a la concepción virginal,
que está relacionada con la concepción de Jesús por
María, por obra del Espíritu Santo. Aun así, la declaración
formal de este dogma deja claro que Cristo sigue siendo el
Salvador de la humanidad, porque el Papa Pio IX dijo que
la “singular gracia y privilegio” de la Inmaculada
Concepción de María no fue concedida separada de Cristo,
sino que es uno de “los méritos de Jesucristo Salvador del
género humano”. Para los católicos, este dogma tiene un
valor particular por lo que nos dice acer- ca del poder y
gratuidad absoluta del amor de Dios. Tan grande es el
amor de Dios, que María recibió la gracia salvadora de
Dios incluso antes de nacer, en
el momento de su concepción. El Catecismo de la Iglesia 
Católica nos dice: “A lo largo de los siglos, la Iglesia ha
tomado conciencia de que María ‘llena de gracia’
por Dios (Lc 1,28) había sido redimida desde su concepci
ón” (núm. 491). Confesar el don de la gracia de Dios dado
a María nos ayuda a entender con mayor profun- didad el
inmenso amor que Dios nos ofrece. La Inmaculada
Concepción de María nos revela que Dios hace grandes
maravillas en nosotros, incluso antes de que le
respondamos en la fe. Es un dogma que nos invita a tener
un sentido de reverencia más profundo ante el maravilloso
amor de Dios que se nos muestra, primero y ante todo, en
la redención de María, pero también en la redención que el
Señor nos ofrece a nosotros mismos. La fiesta de la
Inmaculada Concepción y las oraciones relacionadas con
ella son ocasiones para alabar a Dios por la gracia
inmerecida y admirable misericordia que Dios ha ofrecido
libremente, no solo a María, sino a todos nosotros para
que alcancemos la salvación. 
Asunción 
Al igual que en la Inmaculada Concepción, en la Asunción
las celebraciones litúr- gicas y la devoción popular jugaron
un papel tan importante como el de la refle- xión teológica.
La fiesta se celebraba en Roma desde el siglo VII; en las
iglesias orientales se celebraba desde dos siglos antes. Los
teólogos también hicieron una articulación del dogma.
Sostenían que, dado que Dios quiere lo más
apropiado para la Madre de su unigénito y dado que ella lo
concibió virginalmente y no sufrió corrupción alguna al
darlo a luz, ¿no era acaso apropiado que fuera recibida
tam- bién en el cielo sin sufrir la corrupción de la muerte?
Además, si Cristo se había adelantado para prepararle un
lugar a sus apóstoles y demás creyentes, ¿cuánto más lo
habría hecho para su propia Madre? El Papa Pío XII
declaró oficialmente a la Asunción un dogma de la fe
católica en
la constitución apostólica de Munificentissimus Deus (1950
): Nosotros, por tanto, después de humildemente y
repetidamente rezar a Dios y apelar al Espíritu de la
Verdad por la gloria del Dios Todopoderoso, quien ha
mostrado un gran y particular amor para la Virgen María,
por el honor de su Hijo, el Rey de las eras inmortales y el
vencedor del pecado y de la muerte, por el aumento de la
gloria de su madre, por la alegría y exaltación de toda
la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de
los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y por nuestra
propia autoridad, pronunciamos, declaramos y definimos
como un dogma divinamente revelado: la Inma- culada
Madre de Dios, María siempre Virgen, terminado el curso
de su vida en la tierra, fue asumida en cuerpo y alma a la
gloria del cielo. Las circunstancias de esta proclamación
tuvieron dos aspectos importantes. Al igual que en el caso
de la Inmaculada Concepción, tuvo lugar en un momento
de mucho fervor mariano en la Iglesia y por parte de un
Papa conocido por su devo- ción mariana, como lo
demuestra el que Pío XII consagrara a todo el mundo
al Inmaculado Corazón de María en 1942. Además, para el
Papa Pío XII, la destruc- ción y la desacralización que había
sufrido el cuerpo humano durante la Primera y Segunda
Guerra Mundial parecía indicar que era un momento
particularmente apropiado para hacer una definición
formal de la Asunción, pues la creencia de que María había
sido asunta en cuerpo y alma confirmaba la dignidad del
cuerpo hu- mano y su destino final en la resurrección, de
acuerdo con el plan eterno de Dios. Es fácil notar que los
tres dogmas marianos previamente discutidos son
afir- mados una vez más e implícitamente en la definición
formal de la Asunción. Pero otros temas quedan aún
indefinidos: ¿María fue asunta al cielo después de
la muerte, como sostiene una importante oración litúrgica
que data del siglo VIII o sin haber probado la muerte? y
¿cómo se llevó a cabo su asunción? Se han ofre- cido
diversas propuestas para responder a estas preguntas a lo
largo de los siglos, respuestas que la definición formal de
la Asunción no resolvió. Lo que está
claro, como lo confirma el Catecismo de la Iglesia Católic
a, es que María “fue llevada en cuerpo y alma a la gloria de
la resurrección de su Hijo” (núm. 974). Sin embargo, lo
más importante es que, como en la Inmaculada
Concepción, la Asunción dice algo sobre María que, de
una manera ejemplar, es la voluntad de Dios para todo ser
humano. El dogma de la Asunción confiesa nuestra fe en
que, lo que Dios ha hecho con una de sus creyentes,
María, es el fin prometido a
todos los que mueren en la paz de Cristo. Como explica de 
forma sucinta el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Asu
nción de la Santísima Virgen constituye una partici- pación
singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación
de la resurrección de los demás cristianos” (núm. 966).
María es la primera de los redimidos y un signo para todos
nosotros de que Dios nos creó para llegar a la resurrección
de los cuerpos y a la vida eterna. Confesamos esto en la
liturgia, durante el Prefacio de la Misa para la fiesta de la
Asunción: “Porque hoy ha sido llevada al cielo la
Virgen, Madre de Dios; ella es figura y primicia de la Iglesia
que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de
tu pueblo, todavía peregrino en la tierra” hacia
nuestra verdadera patria celestial. 
Conclusión 
Los cuatro dogmas marianos de la Iglesia católica romana
son un reflejo de las principales enseñanzas bíblicas sobre
María y el discipulado cristiano. Su título “Madre de Dios”
es un eco de textos como el saludo de Isabel a “la madre
de
mi Señor” (Lc 1,43). Su virginidad perpetua es una extensi
ón de los relatos evangé- licos que hablan de cómo Jesús
nace de una virgen. La Inmaculada Concepción
re- suena en el saludo del ángel Gabriel cuando la declara ll
ena de gracia (Lc 1,28) y es también una prolongación de
algunos pasajes del Antiguo Testamento como el de la
llamada de Jeremías: “—Antes de formarte en el vientre te
elegí, antes de
salir del seno materno te consagré” (Jer 1,5). La Asunción 
confirma nuestra convicción de que Cristo resucitado es
“el primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los
que han muerto” (1 Cor 15,20). Su resurrección revela que
, como María, todos los redi- midos un día estarán unidos
en cuerpo y alma con Dios, y desde ese momento 
“estaremos siempre con el Señor” (1 Ts 4,17). Los
dogmas marianos también son reflexiones que parten de
la Biblia sobre María como modelo de discipulado y de la
humanidad redimida. Al profesar esos dogmas entramos
más profundamente en el Misterio de la salvación, el cual
es iluminado por ellos. No conocemos todos los detalles
biográficos de la vida de María sobre la tierra, pero a través
de estos dogmas sabemos que, desde su con- cepción
llena de gracia hasta su valerosa aceptación de la llamada
de Dios y su participación en cuerpo y alma en la
resurrección de Jesús, ella es el ideal cristiano al que todos
nosotros debemos aspirar. Los dogmas marianos nos
invitan a alabar a Dios por el don de María y la gracia
salvadora de Dios en su vida. Lo que cree- mos de María,
lo creemos por extensión también de nosotros mismos
como cre- yentes cristianos. Como virgen y Madre de Dios,
es un ejemplo de nuestra llamada a hacer la voluntad de
Dios y ser discípulos fieles, ya sea en la vida dentro
del matrimonio o en la castidad de la vida religiosa o del
laico soltero. Su Inmaculada Concepción y Asunción son
signos de nuestro origen y destino: juntos revelan
la abundancia del amor y gracia de Dios dados con
absoluta liberalidad a cada uno de nosotros, incluso desde
antes que naciéramos, revelando la promesa de la
resu- rrección del cuerpo, que es el designio de Dios para
todos los seres humanos que fueron creados solo por
amor.

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