LA CAJA DE PANDORA
Al principio de los tiempos, un titán llamado Prometeo entregó a los hombres el
regalo del fuego. El dios Zeus estaba furioso con el titán por no haber pedido su
permiso primero y con los humanos por aceptar el regalo, por lo que ideó un plan
para castigar a todos.
Le ordenó a Hefesto que creara una mujer hermosa a quien llamó Pandora.
Afrodita le imprimió el don de la belleza, Hermes le dio astucia, Atenea le enseñó
diversas artes y Hera le hizo el regalo que cambiaría la historia de los hombres por
siempre: la curiosidad. Luego, Zeus ordenó a Hermes llevar a la hermosa mujer a
la Tierra.
Antes de emprender su camino a la Tierra, Zeus obsequió a Pandora una caja de
oro con incrustaciones de piedras preciosas atada con cuerdas doradas y le
advirtió que bajo ninguna circunstancia debía abrirla.
Hermes guio a Pandora desde el Monte Olimpo y se la presentó al hermano de
Prometeo, Epimeteo. Los dos se casaron y vivieron felices, pero Pandora no podía
olvidar la caja prohibida. Todo el día pensaba en lo que podía haber adentro.
Anhelaba abrir la caja, pero siempre volvía a atar los cordones dorados y devolvía
la caja a su estante.
Sin embargo, la curiosidad de Pandora se apoderó de ella; tomó la caja y tiró de
los cordones desatando los nudos. Para su sorpresa, cuando levantó la pesada
tapa, un enjambre de adversidades estalló desde la caja: la enfermedad, la
envidia, la vanidad, el engaño y otros males volaron fuera de la caja en forma de
polillas. Pero entre todos ellos, voló una hermosa libélula trazando estelas de color
ante los ojos sorprendidos de Pandora.
A pesar de que Pandora había liberado el dolor y sufrimiento en el mundo,
también había permitido que la esperanza los siguiera.
Y es la esperanza lo que permite a la humanidad seguir adelante a pesar de las
adversidades.
La mariposa azul
Los sabios japoneses cuentan la leyenda de un hombre que se quedó viudo y tuvo que
hacerse cargo de sus dos hijas pequeñas.
Esto no era una tarea fácil, pues sus dos hijas eran muy curiosas y siempre le estaban
preguntando sobre esto y sobre aquello.
El hombre intentaba responder a las preguntas de sus hijas de la mejor forma posible, pero no
siempre lograba hacerlo. Siendo él un campesino con escasos estudios, no podía responder a
todas las dudas que tenían sus curiosas hijas.
Es por eso que decidió enviarlas a vivir con un viejo sabio, que vivía en una montaña, y del
cual se rumoreaba que conocía todos los secretos del universo.
Estando en compañía del viejo sabio, las niñas aprendieron mucho. El anciano siempre tenía
una respuesta para cualquier pregunta y no dudaba en dar solución a los problemas más
complejos.
Esto hizo que las niñas quisieran saber cuál era el alcance de la sabiduría del anciano:
—Estoy segura de que el anciano no lo sabe todo. Nadie puede conocer todos los secretos
del universo —dijo la mayor de las niñas.
Y entonces las dos se pusieron a pensar en una pregunta que el anciano sabio no pudiera
responder para dejarle en evidencia y demostrar que no lo sabría todo. Pero pasaron los días
y a ninguna de las dos hermanas se le ocurría ninguna idea.
Así hasta que una tarde, mientras caminaban por la montaña, a la mayor de las niñas se le
ocurrió una idea. Entonces se internó entre el césped, que era muy alto por aquella zona, y
cuando volvió tenía algo oculto dentro de su delantal.
—Ya sé cómo vamos a demostrar que el anciano no lo sabe todo —dijo la mayor de las niñas.
— ¿Y cómo vamos a hacerlo? —Preguntó la menor.
Para responder, la mayor de las niñas dejó ver a su hermana lo que tenía escondido en el
delantal: se trataba de una hermosa mariposa azul cuyas alas brillaban como la luz de sol.
—Esconderé esta mariposa en mi mano y le preguntaré al anciano si la mariposa está viva. Si
me responde que está muerta, entonces todo lo que tengo que hacer es abrir la palma de mi
mano y dejar que la mariposa vuele. Y en caso de que me diga que la mariposa está viva,
entonces la aplastaré antes de que él se dé cuenta. De esta forma, sin importar la respuesta
que me dé, el anciano estará equivocado.
La menor asintió ante el plan de su hermana y ambas se dirigieron hacia donde se encontraba
el sabio. Este estaba sentado, meditando en la cima de la montaña, cuando aparecieron las
dos niñas.
La mayor de las niñas le mostró su mano al sabio diciéndole que ahí tenía una mariposa.
—Sabio, tenemos una pregunta que hacerle… ¿puede decirnos si la mariposa que está en mi
mano está viva o está muerta?
El sabio, sin pensárselo mucho, le respondió con una sonrisa:
—Eso depende de ti, pues la mariposa está en tus manos.
Cuentan los sabios japoneses que las niñas, tras esta respuesta, no volvieron a intentar
engañar al sabio. Además, agradecieron mucho la respuesta que les había dado, pues no solo
era una lección de humildad, sino también un valioso mensaje sobre el destino y sobre como
muchas veces se encuentra en nuestras manos.