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03 El Cáliz Maldito

La leyenda épica de Arturo, rey de los britones narra la historia del rey Arturo y cómo mantiene la paz y prosperidad en Bretaña. Sin embargo, con la vejez de Arturo crecen las semillas de la desunión, ya que los paganos buscan eliminar el cristianismo y los sajones intentan apoderarse de una reliquia sagrada para debilitar el reino. Arturo se da cuenta que la traición viene de dentro y que los celtas podrían enfrentarse en una guerra civil que dejaría correr ríos de sang

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03 El Cáliz Maldito

La leyenda épica de Arturo, rey de los britones narra la historia del rey Arturo y cómo mantiene la paz y prosperidad en Bretaña. Sin embargo, con la vejez de Arturo crecen las semillas de la desunión, ya que los paganos buscan eliminar el cristianismo y los sajones intentan apoderarse de una reliquia sagrada para debilitar el reino. Arturo se da cuenta que la traición viene de dentro y que los celtas podrían enfrentarse en una guerra civil que dejaría correr ríos de sang

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La leyenda épica de Arturo, rey de

los britones.
Los pueblos de Bretaña llevan años
disfrutando de la paz y la
prosperidad gracias al buen
gobierno del rey Artor y la alianza de
las tribus pactada en la Unión de
Reyes. Frente al despotismo de su
predecesor, Uter Pandragón, Artor
gobierna con enorme sentido del
deber, con honor y buen hacer.
Negros presagios sobre Camelot.
Ahora que Artor envejece, a su
alrededor empieza a sembrarse la
semilla del descontento. Los
paganos, en su afán por eliminar las
creencias cristianas del territorio,
expulsan de sus tierras a sus
seguidores. Pero necesitan un
símbolo que les legitime y que sirva
de vínculo, que una a todos los que
no confían en Artor para formar un
grupo invencible.
Los oscuros y funestos beligerantes
intentan apoderarse del antiguo cáliz
guardado por el obispo Lucius de
Glastonbury con el fin de socavar la
unidad del reino lograda por Artor.
Una vez que se han apropiado de la
reliquia, las fuerzas del mal se
liberan desatando una ola de
fanatismo y de violencia
incontrolable.
¿Sobrevivirá Bretaña?
Artor ve que la amenaza sobre su
reino parte de su propia casa, que
en ella habita la traición. A Artor le
traicionan los suyos. Los celtas se
enfrentarán entre ellos dejando
correr tras de sí ríos de sangre.
¿Sobrevivirá la leyenda del rey
Arturo?
M. K. Hume

El rey Arturo: El
cáliz maldito
Crónicas del rey Arturo: Rey de
los británicos - 3
ePub r1.0
viejo_oso 23.11.14
Título original: King Arthur: The Bloody
Cup
M. K. Hume, 2009
Traducción: Paloma Tejada Caller

Editor digital: viejo_oso


ePub base r1.2
Amigos, verdaderos amigos, hay
pocos y suelen ser especiales. Tenemos
familia, nos guste o no, no la elegimos.
En general, queremos a nuestros
familiares porque con ellos
compartimos historia, recuerdos y
lazos de sangre.
Pero a los amigos los elegimos
porque llenan espacios vacíos del
alma. Nuestros mejores amigos están
ahí para protegernos en momentos
difíciles.
Por eso, Lynne Baker, Roger
Hughes, Pauline Reckentin, Robyn
Jones y Fenny Steel, este libro está
dedicado a vosotros. Pauline me
convenció hace años de que
conseguiría lo que pretendía con este
proyecto; Roger es mi compañero y mi
mejor lector y con él comparto
extrañas e interesantes ideas, y Robin,
Lynne y Fenny siempre han estado
conmigo «en las trincheras», en esos
duros momentos en que intentaba
matar al viejo dragón.
Y por eso también os dedico a todos
vosotros los golpes más terribles de
Artor y sus decisiones más difíciles.
Habéis estado a mi lado en un viaje
vital y me habéis cuidado siempre, pese
a mis muchas faltas.
AGRADECIMIENTOS

E
L CÁLIZ MALDITO, volumen
III de las Crónicas de Arturo,
representa la culminación de un
arriesgado viaje de descubrimiento
interior. En el mundo occidental, todos
sabemos que Arturo muere cuando
termina la Arturiada. Así pues, ¿qué
singularidad puede encontrar un autor en
este hombre, si su mera existencia
constituye parte inextricable de la
historia de Britania[1]?
El mérito que haya podido suponer
el terminar esta obra se lo debo en gran
medida a mis amigos y demás personas
cercanas, que me aconsejaron, me
animaron y casi me obligaron a concluir
mi viaje. Vaya desde aquí un
agradecimiento muy especial a mi
súper-agente, Dorie Simmonds, que con
su entusiasmo, experiencia y seguridad
logró articular el proyecto de manera tan
profesional. De igual modo, agradezco
especialmente todo lo que me ayudó mi
compañero, mecanógrafo, editor, agente
de márketing y manipulador, Michael
Hume, para comprender los retos a que
se enfrentan los más capaces hombres de
acción (como él) cuando llegan al cénit
de su vida y el futuro empieza a
difuminárseles en la vejez. Todos
necesitamos mantener la dignidad y la
autoestima, sobre todo quienes, como
Arturo, volaron tan sumamente alto
durante los cuarenta años en que ejerció
de Dux Bellorum de Britania.
A quienes contribuisteis a mi
decisión de resucitar a Arturo, que los
dioses os acompañen siempre, y cuando
al final os reunáis con él, que os
reconozca… ¡y os invite a una caña!
A todos vosotros, buenos y malos,
mi eterno agradecimiento.
DRAMATIS
PERSONAE

Antor: Celta, marido de Livinia. Es


señor de Villa Poppinidii, próxima a
Aquae Sulis. Es padre de Keu y
padrastro de Artorex. Actúa como pater
familias y, antes de morir, promueve la
boda de la hija secreta de Artor, Licia,
con Comac, hijo de Llanwith. Cuando
muere lo entierran en el jardín de Gallia.
Artorex/Artor: Hijo legítimo de Uter
Pandragón. Supremo rey de los britones.
De niño el obispo Lucius de
Glastonbury lo envía a Villa Poppinidii
para protegerlo del malvado Uter. El
joven asume el nombre de Artor cuando
accede al trono como rey de los
britones. Gobierna el reino desde la
inexpugnable fortaleza de Cadbury Tor.
Ban: Llamado Antorcha del Oeste, es el
defensor de Uter Pandragón. Se enfrenta
a Artorex en combate singular y es
derrotado. Ban acompaña a Artorex en
un ataque suicida contra la fortaleza
sajona de Anderida, donde cae
asesinado.
Bandur: Conocido también como
Manipulador de los Mares, Príncipe de
Nidum. Bandur es un viejo guerrero que
decide morir en manos de Galván para
no rendirse durante las campañas que
Artor lleva a cabo contra los sajones
occidentales.
Bedwyr: Hijo de los guardianes del
Bosque de Arden. Pertenece a la tribu
de los cornovios. Fue capturado y
convertido en esclavo por los guerreros
de Glamdring Ironfist, un príncipe sajón.
Cumple un papel fundamental en la
derrota que finalmente inflige Artor
sobre el ejército de Glamdring. Lo
llaman el Cuchillo de Arden.
Botha: Capitán de la guardia de Uter
Pandragón. Uter le ordena que mate a la
familia de Artorex y que destruya Villa
Poppinidii.
Bregan: Herrero de un pueblo cercano a
Villa Poppinidii. Artorex salva a su hijo,
Brego, de las perversidades de la
familia de los Severinii y, en
agradecimiento, Bregan le regala el
cuchillo del dragón de hierro.
Cerdicap: El portador del estandarte del
grupo de emisarios que Artor envió para
negociar con Glamdring Ironfist. Todos
fueron asesinados.
Cletus: Sirviente más anciano de Villa
Poppinidii.
Enid: Esposa de Galván. Enid es una
joven aristócrata, callada y educada que
adora a su marido y está encantada de
haber concebido un hijo suyo. Por
desgracia, está a punto de morir, a
consecuencia del parto. Myrddion y
Niniana intervienen y gracias a su
pericia médica logran salvarla.
Escoria (La): Pequeño grupo de unos
veinte mercenarios reclutados por
Artorex para atacar la inexpugnable
fortaleza sajona de Anderida. Rufus,
Pelles y Odin son tres de sus miembros
destacados.
Frith: Esclava anciana en casa de los
Poppinidii. Mima a Artorex en su niñez
y se convierte en su confidente. Pasa al
servicio de la mujer de Artorex, Gallia,
y muere con ella en un ataque que
realizan a la villa unos desertores
enviados por Uter Pandragón. Sus
cenizas están dispersas, junto a las de su
señora, en el Jardín de Gallia.
Gaheris: Hermano menor de Galván e
hijo menor del Rey Lot. Actúa también
como emisario de Artor para intentar
sellar una tregua con Glamdring Ironfist.
Cae asesinado junto a sus compañeros
de misión, precipitando una alianza
entre Lot y Artor.
Galahad: Hijo de Galván.
Gallia: Primera esposa de Artorex, hija
de un comerciante romano de Aquae
Sulis que murió en una epidemia de
peste. Es asesinada por orden de Uter
Pandragón, junto con el hijo que llevaba
en el vientre. Posteriormente Artor
encarga que construyan un jardín en su
recuerdo, llamado el Jardín de Gallia.
Galván: Primogénito del rey Lot y la
reina Morcadés de la tribu de los
otadinos. Pese a su condición de
mujeriego impenitente, es uno de los
defensores más acérrimos del rey Artor.
Es hermano de Gaheris. Como un tonto,
cae seducido por Wenhaver, y mantiene
la relación incluso después de casarse
con Enid y de convertirse en padre de
Galahad. Galván solo consigue escapar
de su libido y de las garras amorosas de
la reina cuando huye al Norte.
Galwyn: Jefa de cocina en Ratae.
Madrastra de Niniana.
Gareth: Nieto de Frith, protector de
Licia y, durante un tiempo, sirviente en
Villa Poppinidii. Gareth construye el
Jardín de Gallia y se ocupa de Licia
hasta que la muchacha se casa. Liberado
de su compromiso, Gareth se dirige a
Cadbury Tor para exigirle a Artor que
cumpla su promesa y le permita entrar a
formar parte de su guardia como
guerrero.
Glamdring Ironfist: Príncipe de los
sajones occidentales. Glamdring ejecuta
a los enviados de Artor, que habían
llegado a la tierra de los démetas para
firmar una tregua bienintencionada. En
este acto traidor, Gaheris, hijo del rey
Lot, muere asesinado por no querer
quebrantar el juramento que ha hecho
ante el rey Artor. Artor derrota a
Glamdring en la batalla de Mori
Saxonicus, donde los sajones se
muestran más débiles y carentes de
estrategia que Artor. Posteriormente,
gracias al odio y a la doble
personalidad de Bedwyr, el esclavo de
la tribu de los cornovios, capturan a
Glamdring en su propia fortaleza y el
sajón muere ejecutado.
Glaucus: Un comerciante de ataúdes. La
reina Wenhaver ordena a su criada
Myrnia que le proporcione una bañera, y
la confundida doncella requiere la ayuda
de Myrddion. El consejero compra un
ataúd moldeado como la diosa
Andrómeda y pide que lo adapten para
satisfacer el deseo de la soberana.
Glaucus debe destruir la tapa para
asegurarse de que Wenhaver no se dé
cuenta de la sensata broma de Myrddion.
Gruffydd: Uno de los mejores espías de
Myrddion. Salva a una niña, Niniana, de
morir congelada en Durobrivae después
de que violaran y asesinaran a su madre
juta. Se convierte en portador de
espadas de Artor. Más tarde, a la muerte
de Galwyn, la niñera de Niniana,
Gruffydd lleva a la muchacha a Cadbury
donde se convertirá en aprendiz de
Myrddion.
Julanna: Esposa de Keu y madre de la
hija de este, Livinia la Menor. Pasa a ser
la viuda de Villa Poppinidii, con buen
número de hijas de Keu. Dirige la villa
en todos los aspectos, salvo por
derecho.
Keu: Hijo de Antor y Livinia y
hermanastro de Artorex. Posteriormente
entrará al servicio del rey Artor y se
convertirá en su senescal. Durante
muchos años Keu da buena muestra de
su perversidad, pese a sus espléndidas
dotes como guerrero. Al final lo
descubren cuando intentaba violar y
asesinar a Niniana. Cuando Myrddion se
da cuenta de que Keu no va a cambiar
nunca y que puede quedar impune de
culpa, lo envenena con setas letales.
Licia: Hija de Artorex y Gallia. Se casa
con Comac, el hijo más joven de
Llanwith pen Bryn, amigo de Artor y uno
de los Tres Viajeros. Artor da su
consentimiento por respeto a la decisión
de Antor y porque sabe que Llanwith
siempre protegerá a Licia. La joven
deberá cambiarse de nombre y adoptar
uno que evoque menos a los romanos. Se
llamará Anna y con el tiempo se
convierte en reina de los ordovices, que
la consideran hija de Uter Pandragón y,
por tanto, hermana de Artor.
Livinia la Mayor: Esposa de Antor y
última en la genealogía romana de los
Poppinidii. Madre de Keu y madrastra
de Artorex. Muere involuntariamente
asesinada por Keu en una disputa
doméstica. Antes de que muera, Artor le
promete proteger siempre a su hijo.
Livinia la Menor: Primogénita de Keu y
Julanna. Livinia la Menor es muy amiga
de Licia. Se casa con el hijo de un
magistrado de Aquae Sulis.
Lot: Rey de la tribu de los Otadini y
fiero enemigo del rey Artor. Se alía con
los sajones orientales y solo rompe su
alianza cuando el príncipe de los
sajones occidentales asesina a Gaheris,
su hijo menor.
Lucius: Obispo y líder de la comunidad
cristiana de Glastonbury. Uter
Pandragón le encarga la tarea de
asesinar al pequeño Artorex, pero en
lugar de obedecer, envía al niño a Lord
Antor del Bosque Salvaje para que lo
acoja. Más tarde, Lucius esconde la
espada y la corona de Uter Pandragón
para asegurarse de que solo el auténtico
pretendiente al trono de rey supremo
pueda recuperarlas. Artorex lo consigue
y se convierte en rey supremo de los
britones.
Morcadés: Segunda hija de Gorlois e
Ygerne. Hermanastra de Artorex, está
casada con el rey Lot de la tribu de los
Otadini. Madre de Gaheris, cuya muerte
llora hasta la locura. Se incorpora a las
fuerzas de su esposo para comprobar
que se hace justicia contra los sajones
occidentales. Dicen que fue seducida
por el joven rey de los brigantes y que
envió al hijo de ambos a casa del padre
para que se educase allí.
Morgana: Primogénita de Gorlois e
Ygerne. Es hermana de Morcadés y
hermanastra de Artorex. Bruja de
renombre. Interfiere en el matrimonio de
Artor, como consejera de la
impresionable Wenhaver, para
desestabilizar a la pareja. Al final se
aísla y vive recluida al norte de la
frontera.
Myrddion: Principal consejero del rey
supremo. Al final abandona a su señor
para casarse con Niniana, su aprendiz.
Forman su hogar en la distante Caer Gai,
una fortaleza destruida en las montañas.
Myrnia: Doncella de Wenhaver y chivo
expiatorio de todos los males que
aquejan a su señora. Artor tiene que
intervenir cuando una iracunda
Wenhaver hiere a la joven con un garfio
para trabajar la lana. La criada queda
ciega de un ojo y llena de cicatrices.
Vuelve a su pueblo con una sustanciosa
dote.
Nils Redbeard: Capitán de la fortaleza
de Glamdring Ironfist en Caer Fyrddin.
Niniana: Niña a la que salvó Gruffydd.
Cuando Artorex es Dux Bellorum, la
nombran su protegida. Después pasa a
ser aprendiz de Myrddion y el amor de
su vida. Por su carácter excepcional la
gente de Cadbury la llama la Muchacha
del Viento y del Agua. Cuando Keu
intenta asesinarla vilmente, Myrddion la
aparta de la vida de la corte y huye con
ella a Caer Gai, donde viven
tranquilamente y son felices.
Odin: Procedente de Jutlandia, miembro
de la Escoria, grupo de mercenarios que
ayudan a Artorex a capturar la fortaleza
sajona de Anderida. Se convierte en
guardaespaldas de Artorex.
Pelles (Pinhead): Miembro de la
Escoria, arquero experto. Se casa con
una mujer del lugar y se convierte en uno
de los capitanes más afectos a Artor.
Perce (Percival): Ayudante de cocina en
Ratae, que pretende convertirse en
guerrero. Va con Gruffydd y Niniana a
Cadbury Tor donde se convierte en
guardaespaldas y sirviente de Targo. El
anciano mercenario ejerce como su
tutor, supervisa sus entrenamientos y al
final interviene para que Artor lo admita
como miembro de la guardia real. A la
muerte de Targo, Artor recibe a Percival
como guardaespaldas por el amor que
profesa al anciano romano. Percival es
cristiano.
Severinii: Familia romana residente en
una villa de Aquae Sulis. Formada por
Severinus (un epicúreo), Severina (su
madre) y Antiochus (catamita de
Severinus). Los Severinii son
responsables de la violación y asesinato
de al menos ocho niños de las aldeas de
la zona. Severinus, amigo de Keu, es
llevado ante la justicia por Artorex. Los
Severinii son ejecutados y su villa
termina incendiada y arrasada.
Simeón (Simón): Sacerdote judío de
Glastonbury. Maestro herrero, forja la
corona de Artor y le arregla su espada
Escalibor.
Simnel: Primo de Luka, responsable de
la trama organizada para asesinar al rey
de los brigantes y a sus herederos. Artor
captura a los asesinos y los tortura hasta
que delatan a Simnel. Ante la amenaza
de que serán expulsados de la unión de
reyes, los líderes de los brigantes
entregan a Simnel. Artor se venga en él
de la muerte de su amigo.
Targo: Soldado profesional romano,
maestro de espadas de Antor en Villa
Poppinidii. Instruye a Artorex en las
artes marciales, de acuerdo con las
instrucciones de los Tres Viajeros. Con
el tiempo Targo se convertirá en el
servidor más fiel y más querido de
Artor. Luchó con su señor en las doce
campañas que llevó a cabo, incluida la
última de Mir Saxonicus. Cuando al
final se retira actúa como consejero de
Artor y entrena a Percival para que se
convierta en guerrero. Al final se ve
afectado por una dolencia pulmonar en
una época de peste, y muere. Durante su
enfermedad Niniana se hace cargo de
Targo, con gran riesgo por su parte, y se
gana la aprobación de los asistentes
cuando interviene en el funeral del
anciano. Artor queda desolado ante la
pérdida de su amigo, el único hombre en
quien realmente confiaba. Targo deja
como legado las «Leyes de Targo», para
mantener a salvo a su señor. Encarga a
Odin que proteja siempre al rey
supremo.
Tres Viajeros (Los): 1. Myrddion
Merlín: Principal Consejero de Uter
Pandragón y, a su vez, del rey Artor. Es
mago, filósofo, arquitecto, estratega y
jefe de espías. 2. Llanwyth pen Bryn:
Príncipe (y rey, posteriormente) de la
tribu de los ordovices. Antes de morir
arregla el matrimonio de su benjamín,
Comac, con la hija de Artor, Licia,
asegurando con ello que la muchacha
quede a salvo. 3. Luka: Príncipe (y rey,
posteriormente) de la tribu de los
brigantes de Cymru. Al final Luka es
asesinado por Simnel, un primo corrupto
que codicia el trono. En la trama
también son asesinados los hijos y los
nietos de Luka. Artor se venga sin
compasión alguna de los asesinos de
Luka.
Ulf: Uno de los tres guerreros celtas a
los que Glamdring Ironfist perdona la
vida para que regresen ante el rey
supremo con las cabezas de sus
emisarios y le transmitan un mensaje
insultante. Ulf jura que matará diez
sajones por cada celta asesinado en el
campo de ejecución, si no muere antes.
Uter Pandragón: Sucesor de Ambrosius
como rey supremo de los britones; padre
de Artorex.
Vortigern: Rey de Cymru (Gales) en una
época varias generaciones anteriores a
Artor. Se le recuerda porque abrió las
puertas de Dyfed a los sajones, con la
condición de que aplacaran a su reina
sajona, Rowena. Intentó sacrificar a
Myrddion en una apuesta para
construirse una fortaleza en Dinas
Emrys.
Wenhaver: Reina suprema, bellísima y
meretriz. Durante décadas Wenhaver
dificulta la vida en la corte, se enfurruña
y hace caso omiso de las obligaciones
que le corresponden, sin importarle nada
ni nadie, algo que no mejora a medida
que pasa el tiempo. Su vanidad y
egoísmo siguen atormentando a Artor y
entorpeciendo sus planes de futuro.
Wyrr: Vidente albino de Glamdring
Ironfist y cerebro de sus violentos
brazos. Esta peligrosa simbiosis queda
destruida cuando Bedwyr le mata a las
puertas de Caer Fyrddin, mientras huye
de su cautiverio.
Ygerne: Inicialmente, esposa de
Gorlois, el Jabalí de Cornualles. A su
muerte, se casa con Uter Pandragón. Es
madre natural de Artorex.
PRÓLOGO

¡Más cumple en el hombre


vengar al amigo que mucho
llorarlo!
Para todos nosotros un día
se acaba
la vida en la tierra[2]…

RES FURTIVOS SE dirigían por


separado a un solitario cobertizo que
había al norte de Ratae. El verano

T tocaba rápidamente a su fin y los


bosques empezaban ya a vestir
las pajizas hojas del otoño. Pese a que
la noche estaba serena, la luna apenas
asomaba por entre las nubes, como si las
últimas tormentas de los meses
calurosos estuvieran acomodándose en
la cadena montañosa.
—Entra viajero. ¡Llegas tarde!
Quien hablaba estaba cubierto por
un largo manto negro que ocultaba su
figura y lo convertía en una mancha
misteriosa, apenas perceptible al fondo
de aquella habitación de adobe y cañas.
Como la chimenea no estaba encendida,
no se le veía el rostro, que tenía
envuelto en la capucha del manto. El
hombre se cubría la boca y la nariz con
un generoso paño de lana tosca, que
además le cambiaba la voz.
—El camino ha sido arduo, y no me
atrevía a viajar a la luz del día —
contestó el hombre más pequeño,
mientras se deslizaba al interior por la
desvencijada puerta.
El recién llegado mostraba una
imagen todavía más clandestina que la
de su señor. Se cubría las manos con
unos raídos guantes de viaje y sus
andrajosos ropajes lo hacían parecer un
bulto informe y mugriento.
—Bien, al menos ya has llegado —
dijo con brusquedad el tercer hombre,
provocando en el mendigo un gesto de
disgusto, oculto bajo los andrajos.
—¿Has encontrado a alguien
adecuado para lo que necesitamos, que
mantenga la boca cerrada?
—Concédeme un poco de sentido
común —respondió el mendigo irritado
—. El rey supremo enseguida hace
enemigos, así que no me ha sido difícil
entrar en contacto con varios tipos que
han sido expulsados de Cadbury por
borrachos o ladrones. Les gusta la idea
de la traición, así que, llegado el
momento, harán lo que les diga.
El tercer hombre hizo un sonido
despectivo y se recostó contra la pared
del fondo, mientras se limpiaba las uñas
con un pequeño cuchillo peligrosamente
afilado. A diferencia de sus
compañeros, llevaba el rostro
descubierto, un rostro desagradable,
fruncido de cicatrices, más horrendo si
cabe, porque lucía un ojo tuerto, con el
párpado cosido. Tenía el pelo trenzado
de los guerreros y sobre la frente
exhibía un cuidado parche que se había
retirado de la cara por comodidad. El
pesado jubón que llevaba, de piel de
vaca reforzada con chapas de bronce,
daba claras muestras de estar muy
gastado, aunque tenía el cuero suave
gracias a la grasa. En general, tenía la
ropa limpia y aseada, como
correspondía a un mercenario.
—Ha llegado el momento de entrar
en acción —susurró el mendigo—. Y,
con suerte, el cabrón supremo no se dará
cuenta del peligro que corre. En
Cadbury Tor se ha vuelto un blando, con
tanto llevarse a la cama al servicio para
evitar a la puta de la reina. Está mayor.
Y es demasiado tolerante con la iglesia
cristiana. A este paso serán los curas los
que se queden con todo.
El de negro, que estaba sentado, hizo
un gesto brusco con una de las manos sin
sacarla del manto.
—Artor va a caer.
—No tengo por qué amar al que
mató a mi señor —empezó a decir
calmadamente el guerrero—. Pero sería
un desastre infravalorar a Artor. Si ha
sobrevivido tanto tiempo es porque tiene
talento y está bien preparado. Manipula
a nuestro pueblo y no hay quien soborne
a sus guardias.
—El pueblo es bobo con tanto
querer a Artor —dijo el mendigo con un
suspiro—. Pero si no nos andamos con
cuidado, en un momento dado nos podría
delatar cualquiera de ellos.
La figura de negro rió de manera
contenida, pese a que ninguno de los
otros dos podría imaginar que estuviera
regocijándose.
—Los campesinos se han olvidado
de los viejos tiempos que se vivieron
antes de Pandragón, pero en las
ciudades del norte se está gestando
mucha insatisfacción —siguió el
mendigo, esbozando una sonrisa oculta
bajo la capucha—. Tenemos que
capitalizar ese descontento y he
encontrado la forma de que contribuyan
a la causa. Te pido permiso para
llevarla a cabo.
Dirigió su solicitud directamente al
hombre de negro, que no se sintió muy
satisfecho con el tono en que se le hacía
el requerimiento. Con todo, se esforzó
por distender los puños, que delataban
su nerviosismo.
—Sigue.
—Necesitamos un símbolo que
unifique al pueblo y lo induzca a
levantarse en una revuelta popular
contra el gobierno de este bastardo.
El mendigo avanzó un poco dentro
del cobertizo y por entre los andrajosos
ropajes que disimulaban sus rasgos dejó
entrever una boca femenina, de gesto
retorcido. Lo único que asomaba de la
capucha era el destello de sus ojos,
profundos y fanáticos hasta la locura.
—He encontrado algo que podemos
reutilizar para nuestros fines. Es un
regalo de los dioses, tan antiguo que
puede que incluso lo utilizaran los
héroes o las propias divinidades, un
símbolo capaz de prometer una vida
mejor al más abyecto de los hombres.
Comprobaba que se había ganado la
atención de sus dos interlocutores.
—Hablo del cáliz del obispo Lucius
de Glastonbury —susurró el mendigo
con voz reverente—. Me enteré de que
existía cuando ayudé a refugiarse a un
cura que habían apartado de su abadía.
Podría jurar que fue Ceridwen, la diosa
que dio conocimiento a los hombres, la
que puso a este chalado en mi camino. Y
desde que me topé con él, me he
dedicado a averiguar todo lo que se dice
del cáliz. Parece que de joven Lucius
era un romano pagano y que por alguna
suerte del destino llegó a poseer el
cáliz. Los sacerdotes lo tienen por
sagrado, porque era de Lucius, pero
cuanto más lo pienso, más juraría que
huele a sangre. El sacerdote había
ayudado a enterrar a Lucius y lloraba
cuando pensaba en su antiguo señor,
encerrado en el frío corazón de la tierra,
con aquel cáliz como único consuelo.
—¿Y por qué no usamos cualquier
copa vieja que encontremos? —preguntó
el hombre de negro—. ¿Para qué vamos
a perturbar los restos de Lucius
innecesariamente? Si arremetemos
contra Glastonbury atraeremos la
atención de los cristianos y de Artor. Tu
razonamiento falla desde la base, a no
ser que venga motivado por un rencor
personal.
El mendigo dio muestras de
soliviantarse por la afrenta.
—He considerado los riesgos que
tiene mi plan, pero ese cáliz lleva un
simbolismo intrínseco de tal potencia,
que lo podemos utilizar para conseguir
lo que nos proponemos. Los cristianos
más leales honrarán la reliquia de
Lucius y la investirán de poder. Si
consiguiéramos transferir esta devoción
a Ceridwen y probar que Lucius le robó
el cáliz, añadiremos más poder a nuestra
imaginería. Yo conseguiría establecer
este poderoso vínculo, porque rindo
culto a Ceridwen y conozco las antiguas
fórmulas druídicas. Los dioses siguen
ahí, los llevamos bajo la piel, por
mucho que se quejen los sacerdotes.
Muchos celtas siguen siendo paganos y
empiezan a desconfiar del poder cada
vez mayor que tienen los curas
cristianos. Si atacamos Glastonbury,
estaremos atacando a todos los celtas
cristianos. Y lo que es más importante,
estaremos atacando a Artor.
—Pero Artor no es cristiano —
replicó el guerrero tuerto—. Por lo que
he podido comprobar y lo que me han
contado, no es nada. Tiene buenas
palabras para todas las creencias, con lo
que intenta forjarse un aura de
imparcialidad y justo equilibrio.
El mendigo sonrió.
—Lo cual se suma a las razones que
tenemos para atacar el sagrado
Glastonbury, verdadero centro
neurálgico del Occidente cristiano.
Podemos insinuar que la Iglesia robó la
dádiva que Ceridwen legó a la
humanidad para sus viles propósitos.
Podéis criticarme lo que queráis, pero
conozco a la gente y la gente sigue
temiendo el creciente poder del
cristianismo.
—Muy bien. Entonces, explícanos tu
plan.
El líder vestido con ropas oscuras se
incorporó un poco en su desvencijada
banqueta. Los ojos le brillaban de
inteligencia.
—Si consigo convencer a esos
insatisfechos que tienen pocas razones
para amar al dios crucificado de que
esta reliquia es realmente antigua y que
fue el regalo que los dioses hicieron a
los hombres en tiempos primigenios,
entonces tendremos el símbolo adecuado
para lograr nuestros fines. Y luego, si
incitamos a la gente a realizar los
antiguos sacrificios, les damos la
esperanza de obtener la riqueza que
arrebatemos de las iglesias cristianas y
les prometemos restaurar las antiguas
costumbres de libertad, nos seguirán.
Se detuvo y miró a sus
interlocutores, primero a uno y luego al
otro.
—Si logro hacerme con el cáliz de
Ceridwen, seguro que los dioses me
mostrarán lo que hay que hacer para
burlar a los cristianos y devolver
nuestras tierras a la pureza original.
El mercenario, que no tenía fe en
nada, sonrió con amargura.
—¿La copa de Ceridwen? Lo que
parece que tenía la diosa era un caldero,
del que proceden todo el conocimiento y
todos los desastres. Nunca se ha hablado
de un cáliz. ¡Estás cambiando los
hechos!
—Los campesinos son
supersticiosos y, si conseguimos jugar
con sus odios y sus miedos, les dará lo
mismo un cáliz que un caldero. La diosa
Ceridwen tiene una función oracular y
eso resulta útil. Es hechicera, madre y
cazadora. Cuidará de quienes protejan
sus lugares sagrados y se vengará de
quienes se aparten de sus designios. Es
vieja y joven a la vez. Ceridwen es el
sagrado ser amado y la bruja. Es un
potente enemigo para oponerse a Artor y
a su desleído y cobarde dios cristiano.
—Se te encienden demasiado los
ojos de veneración, amigo. A mi no me
importan nada tu Ceridwen, ni su
caldero, lo conviertas en cáliz o no —
replicó el hombre vestido de negro—.
Pero si puedes utilizar a tu diosa para
descalabrar a Artor, no voy a discutir
contigo los pormenores del plan.
El guerrero asintió con la cabeza,
mostrando su aprobación.
—Al menos un cáliz es más fácil de
llevar que un caldero de hierro. Supongo
que sea cual sea el objeto que
utilicemos, tendremos que trasladarlo un
sinfín de veces de acá para allá, hasta
conseguir que la gente renuncie a los
años de paz de que estamos disfrutando.
—A los campesinos solo les
preocupa llenarse la tripa y poder
discutir de mujeres, vino y oro —dijo el
mendigo con impaciencia—. Si creen
que un cáliz les va a conceder lo que
anhelan, lo seguirán hasta el final.
El guerrero miró fijamente al
mendigo.
—¿Sabes dónde está el cáliz?
—Claro, pero hasta hacerme con él,
primero tendré que cargarme a unos
cuantos tonsurados.
—¿Y del cura, qué? Seguro que te
delata cuando lo robes —el tono que
usaba la sombra no mostraba particular
interés—. Por lo que sé, los sacerdotes,
incluso los que han sido expulsados, no
renuncian a su fe, ¡esos malditos!
—Los muertos no hablan y los
borrachos rara vez saborean el vino que
tanto les gusta. Los gusanos empezaron a
dar buena cuenta del cura en cuanto
salió de mi casa.
—¡Bien hecho! —la sombra asintió
—. Coge el cáliz y utilízalo para unir a
los insatisfechos y convertirlos en un
arma consistente, sobre todo por el
norte, donde Artor es más vulnerable y
carece de aliados. Y quizá convenga
asesinar al obispo de Glastonbury,
Aethelred, mientras estás en ello. Si
ponen a un obispo distinto y menos
respetado, tanto mejor para nuestros
planes. ¿Crees que puedes hacerlo? Si
tienes dudas, dímelo ya, porque tenemos
demasiadas cosas en juego, como para
que te dediques del todo a la causa.
—¿Dudas de mí, señor? —el
mendigo alzó la voz—. ¿Dudas del
sagrado juramento que hice,
comprometiéndome a limpiar el
territorio de esta inmundicia cristiana?
Si hace falta, incendiaré todas las
iglesias del país para cumplir mi
promesa ante ti y ante los dioses. No
voy a renunciar a nada hasta conseguir
la victoria final.
La oscura sombra reconoció las
palabras del mendigo con un leve
movimiento de cabeza, aunque por la
tensión que acumulaba en los hombros y
en la espalda se veía que no se sentía tan
cómodo como intentaba aparentar.
—Nuestro amigo, que ves aquí, será
tu contacto. Sabe moverse libremente
por las fronteras tribales y te
proporcionará refugio y dinero cuando
salgas de tu base. Habla en mi nombre y
tiene mi total confianza, porque solo me
debe lealtad a mí. Le obedecerás en
todo. Si quieres hablar conmigo no
tienes más que mandar un mensaje a la
Posada de la Bruja Azul, en Deva. Mi
amigo sabrá siempre dónde
encontrarme.
El mendigo se puso derecho y de
repente su enorme sombra se cernió
sobre la estancia a la luz de la luna. Era
como si algo amenazador sustrajera el
aire del cobertizo.
—No fallaré, señor. Al obispo
Aethelred le queda poco. Saquearé
Glastonbury y me haré con el cáliz.
Llevo media vida esperando el momento
de asaltar Cadbury.
El mendigo se dio la vuelta y
desapareció en la oscuridad. Aquellos
pies cubiertos por simples andrajos le
permitían desplazarse silenciosamente y
lo único que dejó tras de sí fue un hedor
a sudor y corrupción y un pesado halo
de resentimiento.
—Esa víbora me pone los pelos de
punta, señor —el guerrero torció el
gesto manifestando su aversión—.
Confío en que sepas lo que estás
haciendo encomendándole nuestros
planes a un chalado. Estos fanáticos lo
único que me provocan son ganas de
coger un buen cuchillo.
—¿Qué es lo que sabe realmente?
¿Y qué importa? No conoce nuestra
identidad y no tiene ni idea de lo que
pretendemos. Lo único que le mueven
son sus dioses y un inútil y vehemente
deseo de venganza. Podemos servimos
de él y si falla y lo cogen, le acusarán de
insurrección. Mis planes van mucho más
allá de esos estúpidos devaneos suyos.
Los reinos no caen por diferencias
religiosas. Nuestros verdaderos aliados
son el poder, la codicia y la envidia.
—Vale —murmuró entre dientes el
guerrero—. ¿Qué quieres de mí, señor?
—¿Sigues teniendo contactos en la
corte del rey Lot?
El guerrero asintió.
—Bien. Entonces es el momento de
que te conviertas en el fiel sabueso de
ese gordo estúpido. Indaga bien en la
corte de los otadinos, porque Lot
siempre ha querido tener una red de
informantes capaz de rivalizar con los
espías de Artor.
El guerrero asintió con la cabeza. La
orden era fácil de cumplir, porque en el
pasado había vendido sus habilidades a
todos los reyes del territorio
septentrional.
—Mantén los ojos siempre abiertos
y tu espada afilada. Mis planes
dependen de la capacidad con que te
conviertas en un vasallo de confianza
del rey Lot. Pero recuerda dónde están
realmente tus compromisos.
El guerrero se echó el puño cerrado
al pecho, como los romanos, haciendo
una inclinación de cabeza; después se
bajó el parche para ocultar el ojo que
tenía tuerto.
—Estoy vinculado a ti y a los tuyos
por juramento, mi señor. Y no debes
temer que flaquee en lo más mínimo.
Cada vez que cierro los ojos recuerdo
los aullidos de mi señor; por eso juré
que, cuando llegue mi hora, me llevaré
conmigo al Hades a Artor y a sus
aliados. Solo entonces podrá Simnel
descansar en paz.
La sombra se levantó para ajustarse
bien la enorme capa que lo cubría.
—Simnel fue ejecutado por Artor
cuando ingenuamente intentó hacerse con
el trono de los brigantes. Y, si no
tenemos cuidado, compartiremos su
desgracia. Así que modera tu ansia de
venganza.
—Llevo veinte años esperando con
paciencia —dijo escuetamente el
guerrero tuerto—. Ya no puedo esperar
más.
—Si te necesito, enviaré a alguien
para que nos reunamos en la posada en
que nos vimos por primera vez. En
cuanto el norte estalle en llamas, Artor
se verá forzado a luchar en nuestro
terreno y está claro que ni siquiera los
demonios como él son inmortales. Artor
no puede vencer sin el apoyo que le
brindan los reyes tribales; tu tarea
consiste en invalidar sus alianzas.
El misterioso hombre desapareció y
el cobertizo quedó frío, vacío y
desolado, como la cara del guerrero.
Por un instante se miró las palmas de
las manos, fuertes y llenas de cicatrices,
preguntándose dónde quedaban su honor
y su inocencia. Pero en cuanto recordó
cómo los cuervos se habían ensañado
con los ojos de su señor, dispersó la
última de sus tribulaciones.
—¡Comienza la partida! —dijo,
lanzando su voz al gélido aire de la
noche, mientras se disponía a desatar su
caballo.
Un búho solitario lo vio partir, sin
mover una pluma, con la paciencia de
los depredadores.
El último de los conspiradores salió
al galope y, de repente, el búho se lanzó
en picado, dejando sin vida a una
pequeña criatura del bosque. Tan solo el
débil aullido que surgió de entre los
matorrales dio cuenta de que algo
peludo y cálido moría bajo unas garras
indiferentes.
CAPÍTULO I

EL VIENTO DEL
NORTE

Estuve en la Cruz
Con María Magdalena.
Recibí la musa
Del caldero de Ceridwen.

El Libro de Taliesin
C
UANDO EL OTOÑO teñía de
rojo y oro los frutales, llegaron
a Cadbury Tor dos esbeltos
jinetes a lomos de vigorosos caballos de
patas bien cepilladas. Por los campos
que rodeaban las fortificaciones se
extendían montones cárdenos de hojas
caídas, arrastradas por el temprano
viento invernal. Los jóvenes iban
fijándose en los huertos de frutales, en
las acogedoras casas de labranza y en la
población enclavada a la falda de
Cadbury sin perder detalle, pasmados
ante la belleza que desplegaba este reino
sumido en la más absoluta seguridad.
Los guerreros arrastraban tras de sí
un halo de glamour y un cierto brillo de
extravagancia alarmante para los
supersticiosos del lugar. Y lo que es
más, como los forasteros eran gemelos,
muchos se santiguaban a su paso muertos
de miedo, porque a nadie se le escapa
que los gemelos representan una
maldición y una bendición a la vez. Los
hombres eran calcados uno a otro,
apuestos, pero mostraban un aspecto tan
aterrador que pocos a su paso se
librarían de sentir un escalofrío en la
nuca.
Cuando llegaron a la primera puerta
de la ciudadela, vanidosamente sentados
sobre sus elegantes corceles —uno
blanco y otro negro— proclamaron en
voz bien alta su ascendencia para que
los oyeran todos los hombres de armas.
—Deseamos que se nos abra paso
—exigió calmadamente el gemelo de
pelo oscuro.
—Somos Balyn y Balan ap Cerdic,
de la estirpe de ap Llanwith, de insigne
memoria, y venimos ante el rey supremo
por encargo de nuestra madre, para
ofrecerle nuestros servicios a nuestro
señor feudal.
Pese a que los guerreros que estaban
de guardia no habían oído hablar de los
gemelos, todos los miembros de la
guarnición conocían las gestas del
legendario rey Llanwith, del clan de los
ordovicos, que había ayudado al joven
Artor a asumir el trono de Bretaña.
Durante muchos años había corrido el
rumor de que Anna, la matriarca de la
tribu, era pariente de Artor, algo que
añadía un punto más de misterio a la ya
de por sí distinguida familia. Los
guardias que vigilaban la entrada a las
fortificaciones se pusieron firmes en
señal de respeto.
Con una marcada reverencia el vigía
dio paso a los gemelos, que cruzaron la
puerta de la ciudadela.
Por el empinado camino hasta la
cumbre, los hombres cabalgaron en
paralelo, uno, de cabello castaño
oscuro, casi negro, el otro a su lado,
pelirrojo. El uno guiaba su caballo con
la mano derecha; el otro con la
izquierda. Mientras los observaban
desde la muralla, los guerreros
recordaban las murmuraciones de
quienes decían que su madre era
hermana del rey supremo e hija ilegítima
del gobernante anterior, Uter Pandragón.
Y si uno se fijaba bien, había que
reconocer que los dos jóvenes dejaban
adivinar una forma del rostro y un color
de ojos gris como el que solo otro
hombre tenía: Artor, el rey supremo, el
que gobernaba la fortaleza de Cadbury.
—La leyenda se cierne de nuevo
entre nosotros —dijo pensativo un
anciano guerrero al paso de los jinetes.
Y se escupió en la palma de la mano—.
Pronto tendremos diversión.
—Son jóvenes apuestos, forraje
fresco para la reina —respondió otro
con malicia.
—Yo que tú mantendría el pico
cerrado, Rhys, si no quieres que sea el
rey quien te lo cierre para siempre. Si
Lord Artor ha decidido no tener en
cuenta lo que hace su mujer, ¿quiénes
somos nosotros para meternos? —
señaló uno de los veteranos.
—A ver si los dioses mandan una
plaga y terminan con esa puerca —dijo
Rhys en voz baja—. Y entonces puede
que Cadbury vuelva a gozar de plena
salud.
Sin saber el revuelo que estaban
provocando, Balyn y Balan seguían su
camino hacia la cumbre por entre las
murallas defensivas, observando con
placer de especialista la habilidad y la
solidez con que en su día se realizaron
las construcciones planeadas por
Myrddion Merlín. Y, de repente, se
dieron cuenta de que habían llegado.
Ante ellos se alzaba la torre de madera
de una iglesia, de estrechas ventanas
adornadas con vidrieras de colores.
Junto al santuario cristiano el palacio
del rey supremo se erguía sobre un
terreno dividido en distintos niveles,
cimentados sobre losetas de piedra y de
madera.
Al llegar a la imponente puerta del
palacio, labrada y con dragones recién
pintados, los gemelos fueron detenidos
por dos enormes guerreros que los
observaban de arriba abajo con ojos
cautelosos, nada afables. Uno de los
guerreros, que rozaba los cincuenta
años, llevaba el pelo largo, rubio
platino, trenzado hasta la cintura con
hilos de plata. El otro, algo más joven y
de rostro más abierto, exhibía un torso
asombrosamente musculoso y aguerrido.
Uno y otro lucían brazaletes con el
dragón real y gargantillas a juego,
aunque estas apenas asomaban por
debajo de las túnicas que les cubrían las
camisas de cota de malla.
—Háganse a un lado, soldados —
ordenó Balyn imperiosamente—. Hemos
cabalgado sin parar desde Viroconium
para ofrecer nuestros servicios al rey
supremo.
La arrogancia con que hablaba Balyn
puso en guardia a los dos guerreros.
Nadie entraba a palacio sin permiso, por
muy rancio que fuera su abolengo.
—¿Hacen el favor? —añadió Balan,
mostrando la mejor de sus sonrisas.
Percival y Gareth sonrieron
instintivamente para responder al
gemelo moreno, al que tanto le brillaba
el pelo y cuyos ojos tan grises parecían
el reflejo del sol sobre el mar helado.
Tras toda una vida al servicio del
rey supremo, Gareth conocía los
derechos inalienables de Anna. Y por
eso se le contrajo el pecho con una
punzada de dolor. También sabía que los
nietos de Artor venían a prestar
juramento ante su señor, sin conocer los
auténticos vínculos de sangre que los
unían.
—El rey supremo se merece toda la
protección que podamos darle los fieles
servidores de su guardia personal —
explicó Percival educadamente—. Y
debo decir que nos tomamos nuestro
trabajo con toda seriedad —añadió
envolviendo con su sonrisa a los dos
recién llegados—. Les ruego dejen sus
armas en el umbral. En las estancias de
este palacio del Juicio solo el rey
supremo va armado.
Balan accedió con buen humor, pero
Balyn manifestó su disgusto en cada uno
de los músculos faciales. A pesar de
todo, una a una los hermanos fueron
dejando a un lado todas las armas que
llevaban, y eso que eran muchas, y
siguieron a Percival y a Gareth hasta el
lugar en que se encontraba el rey
supremo.
La sala resplandecía engalanada con
tapices de elegantes paños que servían
de marco perfecto a los estandartes
bélicos de Mori Saxonicus, la última
gran batalla que libraron contra los
sajones occidentales, mandados por
Glamdring Ironfist. Los gemelos se
quedaron estupefactos al contemplar los
símbolos que representaban uno de los
más grandes triunfos occidentales. A su
alrededor vieron cortesanos
elegantemente vestidos con pieles y
telas teñidas de impresionantes colores
y guerreros ricamente ataviados, como
corresponde a los servidores de un rey,
unos descansando en bancos de madera
labrada y otros de pie en alguna esquina,
hablando entre sí y bebiendo cerveza o
el vino que les ofrecían unos callados
sirvientes. A decir de los asombrados
Balyn y Balan, era como si estos
cortesanos no se dieran cuenta de la
grandiosidad que los rodeaba.
Los años de paz habían engendrado
un sentimiento de complacencia, que
Balan podía leer en los rostros insulsos
y regordetes de quienes los miraban
boquiabiertos mientras accedían al
palacio real. Pero también vio que entre
aquella bondadosa muchedumbre había
agricultores, pastores y comerciantes.
Hombres corrientes que se acercaban
sin reserva al rey supremo, plenamente
convencidos de que Artor contribuiría a
solucionar sus casos con justicia
intachable e imparcial. Balan se
estremeció de solo pensar que iba a
formar parte de un mundo tan bello y tan
justo.
Fijó su mirada en el hombre que
ocupaba un sencillo sillón al final de la
gran sala. Llevaba una túnica blanca
resplandeciente, sin mayor realce que el
que le proporcionaba la corona, un aro
de oro rojo y una cadena que asomaba
por el cuello del ropaje. Aunque
resultaba mucho menos imponente que
los demás aristócratas que había por allí
sin especial ocupación, a la legua se
apreciaba la fuerza que irradiaba su
carácter. Era el centro del mundo; de él
surgían las baladas y leyendas: Artor,
rey supremo de los britones.
El rey estaba deseando respirar aire
fresco. Los nobles demandantes le
provocaban dolor de cabeza con tantas
solicitudes de ascenso frente a sus
rivales, tantas reclamaciones fronterizas
y tantas peticiones de exención de
impuestos. Su avaricia con frecuencia le
daba náuseas.
Al tiempo, su Sala de Audiencias
también convocaba a personas
corrientes. Agricultores, comerciantes y
ciudadanos esperaban en largas colas
que recorrían el serpenteante camino
hasta palacio, buscando el dictamen del
único hombre que sabían justo. Y a
Artor le satisfacía esto de deshacer
complejas madejas familiares o
económicas, porque le recordaban lo
que era ser un hombre libre.
Como la sala estaba llena de
demandantes, los gemelos provocaron
un enorme revuelo al avanzar a grandes
zancadas entre la multitud, ignorándola
por completo. En apenas unos instantes
se encontraban orgullosos sobre las
ornamentadas baldosas que demarcaban
la esfera del rey supremo y su reina. Con
los pies sobre las garras del mosaico
que representaba el dragón real, parecía
que los gemelos fueran extensiones de la
gran bestia que se recostaba a los pies
de Artor. Pausadamente y con cuidada
disciplina los hermanos se arrodillaron
para besar las zarpas del dragón alado.
—Levantaos, jóvenes príncipes; los
hijos de la reina Anna no tienen que
postrarse a mis pies —ordenó el rey
mientras la reina Wenhaver miraba
fijamente a los gemelos.
Artor escuchó sus saludos con una
mezcla de emoción y desasosiego.
Balan, el que usaba la mano izquierda, o
siniestra, era alto y de complexión
parecida a la del propio Artor. De
melena larga, lisa y brillante, sin rizo
alguno, lucía un rostro apacible y sereno
bajo sus cejas oscuras y arqueadas. Al
ver a este joven de miembros gráciles,
Artor sintió una dolorosa sacudida de
cariño.
Sólo unos minutos mayor que su
hermano y tan rubio como moreno era
aquel, Balyn mostraba una melena
suavemente ondulada, que le caía un
punto por debajo de los hombros. En
cuanto los demandantes que esperaban
en la sala reconocieron el parecido entre
los jóvenes y el rey supremo, el silencio
quedó roto por un sordo zumbido de
comentarios. El segundo gemelo
utilizaba su mano diestra o derecha, algo
que para los supersticiosos resultaba
una señal más favorable, aunque Artor
no tenía nada claro que este cuento de
viejas resultara infalible. Con la
agilidad mental que le caracterizaba,
descubrió en Balyn un carácter
impulsivo tal y como se desprendía de
la rapidez con que movía las manos y de
la impetuosidad con que hablaba,
dejando escapar sus pensamientos sin la
necesaria prudencia.
Los dos hombres se levantaron y
aguardaron pacientemente ante el
escrutinio del monarca.
Por su parte, los gemelos
examinaban el rostro de su señor,
fijándose en los canosos rizos que le
enmarcaban la cara. Artor seguía siendo
apuesto, fuerte y de miembros
poderosos, pero su boca revelaba
pesadumbre, la misma que empañaba
sus grises ojos invernales con
desconfianza. Sobre una nariz bien
torneada aparecía un ceño fruncido por
las arrugas del desvelo y los ojos no
podían ocultar profundas y oscuras
ojeras.
—Bueno, Artor, me presentarás,
¿no? —intervino la reina, dando
golpecitos sobre el estrado con el pie.
La edad no había atenuado la
ostentación con que siempre se
engalanaba la reina. Lucía demasiadas
piedras preciosas, un atentado a la
elegancia. De gesto irascible y labios
finos, mostraba una boca surcada de
arrugas. Aunque seguía teniendo un pelo
bellísimo, su rostro y su cuerpo,
cercenado por la edad, dejaba ver la
vida disipada que había llevado, pese a
que la señora pretendiera disimularlo
con apretados corsés y copiosos afeites
que más correspondían a una joven que
a una mujer madura. Cuando Artor de
vez en cuando se fijaba y recordaba lo
bella que fue en su día, sentía verdadera
compasión por ella. Como si de una
pintura sobre tabla se tratara, tenía un
aspecto sorprendente hasta que en un
movimiento se rompía el hechizo y se
liberaba la arpía que aguardaba
agazapada bajo los bucles y el aderezo.
Los dos jóvenes se arrodillaron ante
ella y, como de costumbre, Balyn habló
primero.
—Soy Balyn ap Cerdic, mi señora,
el segundo hijo de Cerdic ap Llanwith
de los ordovicos y este imberbe
jovenzuelo es mi hermano gemelo,
Balan, menor que yo. No se fíe de las
dulces palabras que le depare, señora,
porque seré solo yo quien encuentre
expresión adecuada a su belleza.
—¡Qué encantador! —dijo
Wenhaver con una risa tonta.
A Balyn le ardía la mirada y Artor
suspiró para sus adentros al ver con qué
facilidad el muchacho se había dejado
seducir por la fastuosidad ornamentada,
ensayada y absolutamente superficial de
la reina.
—Mi reina —dijo Balan, por su
parte, con medida gravedad. Tenía la
mirada directa y parecía que una sombra
le oscurecía los ojos antes de que los
bajara en señal de respeto.
A Artor no se le escapaba nada.
—¿Qué nuevas me traéis de vuestra
madre, la reina Anna, y de vuestro
hermano, Brann?
—Brann goza del favor de su tribu y
fortifica sus tierras con diligencia —
respondió Balyn con tono ligeramente
displicente—. Jura ante ti que los
sajones nunca pondrán pie en su
territorio mientras viva.
Artor asintió distante. Gareth
debería haber advertido a Balyn que
cualquier falta de respeto para con el
hijo mayor de Anna resultaba terreno
peligroso, sobre todo cuando el deber
estaba en juego. El rey supremo llevaba
décadas inmolándose en las hogueras
del deber y por ello comprendía muy
bien el precio que Brann tenía que pagar
por mantener el trono.
—Madre manda sus saludos y me
rogó que le recordara que el rey
supremo sigue siendo su guerrero
preferido de entre todos los nobles de
occidente —añadió Balan cauteloso—.
Le pido que perdone la familiaridad con
que le hablo, mi señor, pero jura que le
conoce desde que nació.
Artor no pudo sino sonreír ante la
breve alocución de Balan y parecía que
sus ojos eran algo menos sombríos.
—¿Se encuentra bien? —preguntó al
joven.
—Tenemos una madre infatigable —
respondió Balan con una abierta sonrisa
—. Sigue bellísima, como sin duda
habrá oído, mi señor, pero no da
importancia alguna a su físico. Es la
primera en unirse a las mujeres para la
cosecha de manzanas y la última en
retirarse a descansar en épocas de
inundación o pestilencia. No hay
muchacho en todo Viroconium que no la
colme de elogios y los más pequeños la
llaman la Dama del Sol, porque juran
que el sol brilla más por donde ella
pasa.
—Siempre fue una granuja —Artor
sonrió con cariño, al recordar a Anna de
niña en Aquae Sulis—. Vuestra madre
siempre estaba haciéndose heridas en
las rodillas y se escapaba con los
trabajadores a cada paso para explorar
los campos de la villa.
—¿Por qué yo no he conocido nunca
a esta reina de los ordovicos? —
preguntó Wenhaver contrariada al ver la
cantidad de halagos que se habían
vertido sobre otra mujer, sobre todo una
mujer de la que se decía que tenía tan
rancio linaje—. ¿Por qué no ha venido
nunca a Cadbury o siquiera a Venta
Belgarum?
Artor frunció el ceño, controlando el
genio. De los gemelos, solo Balan fue
capaz de descubrir el disgusto de Artor
ante lo que había sido un reproche
implícito a su madre. Sonrió agradecido.
—La reina Anna prefiere sus tierras
de adopción y me dice que le cuesta
mucho salir de sus fronteras —contestó
Artor irritado—. Me honran sus
preferencias en este aspecto, porque no
da importancia alguna a ceremonias
cortesanas.
—Y sus gentes tampoco la dejarían
marchar con facilidad —añadió Balan
—. Ahora hasta los años de infancia que
pasó entre los romanos se consideran
una virtud, porque ella insiste mucho en
la higiene y en los antiguos valores del
honor y el respeto hacia todo aquel que
se acerca a ella.
Wenhaver frunció un poco el ceño,
pero enseguida recordó que las arrugas
empezaban a marcársele demasiado
alrededor de los ojos. Intentó suavizar el
gesto, pese a que seguía echando chispas
con la mirada. En algún lugar de su
miserable corazoncito Wenhaver sabía
que su marido amaba a Anna más que a
nadie en el mundo. Sonrió con dulzura,
al tiempo que afilaba con saña sus
palabras para mostrar su desagrado.
—¿De verdad trabaja en los campos,
como una esclava? —dijo arrastrando
las sílabas de la última palabra y
manifestando un interés edulcorado,
mientras se miraba las uñas impecables
y decoradas con henna—. Pues, ¡tendrá
la piel estropeadísima!
Balan palideció y hasta Balyn se
sulfuró ante el insulto proferido por la
reina.
—Wenhaver, ¡déjalo! —dijo Artor
elevando levemente la voz—. No todas
las reinas se deleitan con hueros
placeres y vanidades propias. Algunas,
como la reina de los ordovicos, son
castellanas, en el sentido galo de la
palabra, porque comparten con las
mujeres normales aquellas tareas que
tienen que realizar. Y al hacerlo
entienden las cosas mucho mejor. Mi
hermana Morcadés es así. Gobierna con
el rey Lot y se interesa por las
cuestiones femeninas, y de manera
implícita la gente obedece sus órdenes.
Reconozco que hemos tenido nuestras
diferencias en el pasado, pero siempre
he sabido que mi hermana es una
auténtica reina.
Wenhaver miró detenidamente a los
muchachos con sus espléndidos ojos,
primero a uno, luego al otro; al llegar a
su marido bajó la vista para no toparse
con su gesto de enfado. Por la expresión
de su rostro el rey ya veía que en pocos
minutos tendría una pataleta, pero los
gemelos no sabían a que atenerse.
Artor se volvió de nuevo hacia
Balan, gesto que no pasó desapercibido
a su gemelo. Balyn, algo tenso, no hizo
nada por evitar que se le notara su
malestar en el rostro.
—¿Así que Anna ha conseguido
civilizar a los contumaces guerreros de
Cymru? Mi padrastro, Antor de los
Poppinidii, temía que no la aceptaran
por tener antepasados romanos, pese a
haberse criado entre los celtas.
—Sus virtudes siempre triunfan
sobre los prejuicios que puedan pesar
sobre ella, mi señor. En realidad en su
casa sigue utilizando su nombre romano,
cosa que sabe toda la tribu, y la siguen
queriendo a pesar de sus rarezas —
Balan irradiaba orgullo, pese a que
había cuidado hasta el extremo lo que
quería decir. Era como si un abismo se
abriera ante él a medida que la
conversación iba tendiendo trampas
inevitables.
—¡Licia! —murmuró Artor en voz
baja. Detrás del trono Odin se rebulló.
—Tiene un nombre mágico y muy,
muy antiguo. La llamaron así por la gran
matrona de los Poppinidii, Livinia la
Mayor, que murió antes de que ella
naciera.
—Ya, ya, Livinia la Menor nos contó
los detalles de su nacimiento —dijo
Balyn, disputándose la mirada y el favor
del rey.
—¿Habéis estado en Aquae Sulis?
—preguntó Artor, inclinándose de
pronto hacia delante con ojos luminosos,
sin poder ocultar lo complacido que
estaba al oírlo.
Wenhaver se quedó boquiabierta
ante la súbita reacción de su esposo.
Realmente le interesaban estos dos
forasteros, cuando casi siempre se
cansaba pronto de las visitas.
—Muchas veces, señor. Conocemos
el jardín de Gallia y la urna que contiene
sus cenizas y nos han contado la historia
de Frith, la inteligente curandera. Los
lugareños suelen visitar la tumba,
aunque no sepan quién está allí
enterrada. Murió antes de que naciera
Madre —Balyn sonrió al ver que Artor
ni siquiera parpadeaba al escuchar su
relato, pese a que lo que contaba no era
del todo cierto.
«Mejor así —dijo Artor para sus
adentros—. Ojos que no ven, corazón
que no siente.»
—También hemos rezado por Lord
Targo, honorable maestro de espadas —
dijo Balyn apresuradamente, como de
costumbre—. Y por el abuelo Antor,
claro.
Aunque Artor no se veía muy
predispuesto hacia el muchacho, no
pudo ocultar el cariño que destilaba su
voz al hablar de Antor.
—Lord Antor fue mi padrastro y un
hombre honesto a carta cabal. Siempre
deseó que lo enterraran en el jardín de
Gallia y que los visitantes pudieran
sentarse en su lápida a contemplar
tranquilamente la belleza del lugar.
Muchas veces dijo que quería escuchar
la risa y la suave melodía de la tierra
mientras dormía el sueño eterno.
—Bonita manera de verlo —
murmuró Wenhaver en un tono
suficientemente elevado como para que
su marido lo oyera. Artor apretó los
dientes y continuó.
—Gallia era una romana poco dada
al relumbrón, muchacho, y murió
demasiado pronto. No había cumplido
los veinte cuando se fue. Yo, que las
conocí bien, puedo decir sin temor a
equivocarme que Frith y Gallia fueron
las mujeres más excelsas que jamás han
pisado Aquae Sulis. Siempre las respeté
profundamente, por eso mantengo el
jardín y me hago cargo de los costes.
Wenhaver bostezó con delicadeza,
pero sin disimulo.
—En fin, parece que estamos
aburriendo a la reina, que tolera mal los
relatos del pasado. Si nos ponemos a
hablar de gente excepcional, algo que ni
conoce ni comprende, seguro que se
enfada.
Como buen tío, Artor bajó la mirada
ante los dos jóvenes que seguían firmes
y orgullosos como ávidos sabuesos
entrenados para la caza.
—Gareth, mi mano derecha, se
encargó de arreglar el jardín cuando era
joven. Ahora lo atienden su hermano y
sus sobrinos de acuerdo con lo que les
digo.
Balyn frunció el ceño. Aunque no
tenía ni idea de lo que se ocultaba tras
esta conversación, decidió que tenía que
hablar de todos estos temas con la mano
derecha del monarca.
Balan sonreía afable, porque le
encantaban las historias del pasado y se
sentía tan embrujado por los pergaminos
de Llanwith como en su día lo estuvo
Artor mientras vivió en Villa Poppinidii.
A diferencia de su hermano, que nunca
le daba demasiadas vueltas a las cosas,
Balan si se dio cuenta de las malas
vibraciones que parecían darse entre el
rey supremo y su relumbrante esposa.
Por eso decidió reflexionar un poco
sobre las implicaciones que tenía este
acertijo en cuanto tuviera tiempo.
Como la luz de primeras horas de la
tarde iba debilitándose, el rey se dio
cuenta de que anochecería pronto. Por
eso aceptó los juramentos de lealtad que
le hacían los muchachos y les ofreció un
puesto entre sus filas desde donde
probar su honor. Los dos jóvenes
guerreros saludaron la decisión con
alegría incontenida. Artor vio entonces
que aún eran unos niños.
Pero no voy a juzgar por adelantado,
se dijo muy serio, acordándose de
cuando de joven tuvo que enfrentarse a
los malos designios de su propio padre.
Mientras se inclinaban ante el rey
para irse, Balan cogió a su hermano del
brazo para evitar que emprendiera una
retirada demasiado rápida.
—Muchas gracias, mi señor —
musitó Balyn aturdido, pero Balan le dio
un codazo.
—¡Dile lo de los otros visitantes! —
susurró.
—Perdone, Majestad, pero la
emoción de haber logrado que nos
reciba me ha borrado todo atisbo de
juicio —explicó Balyn—. Están a punto
de llegar otros nobles parientes que
desean verlo. Les prometimos que
actuaríamos como enviados.
Artor elevó una ceja, en gesto de
extrañeza.
—El señor Galván regresa de
Cadbury con su hijo mayor. Nos
encontramos por el camino, pero como
Galván quería visitar la tumba de Targo,
nos despedimos en el cruce que conduce
a Aquae Sulis.
Wenhaver sonrió sin ocultar su
lascivia y su excitación, mientras Artor
se mordía la lengua de vergüenza al
observar lo que tan claramente le pasaba
por la cabeza.
«La perra está en celo», pensó con
brutalidad, pero no dejó traslucir más
que el educado interés que le
correspondía como monarca.
—Recuerdo bien al hijo de Galván.
Era un niño enorme y guapísimo que
casi termina con la vida de Lady Enid en
el parto. La hermosa Niniana, la
Doncella del Viento y del Agua,
consiguió salvar a los dos, madre e hijo.
Con un atisbo de satisfacción
malsana, Artor observó la desilusión
que expresaba el rostro de su esposa al
oír esos inoportunos cumplidos a una
mujer que no era ella. La aprendiza de
Myrddion superaba a la reina en belleza,
inteligencia, elegancia y éxitos.
Independientemente del inmenso abismo
que las separaba en términos sociales,
Wenhaver sabía que Niniana siempre
había estado por encima de ella. Por eso
la seguía odiando con la misma
intensidad que el primer día cuando se
conocieron muchas décadas atrás. En
algo sí era la reina mejor que Niniana,
en que juraba enemistad eterna.
Ante tal contrariedad la carita de
muñeca de la reina se había desfigurado
hasta convertirse en un torvo reflejo de
sí misma. Y sin embargo, la tristeza
empañaba el aparente triunfo del
monarca. Artor sabía bien que Wenhaver
y él habían echado por tierra sus vidas,
ahora inútiles y baldías. Se arrepentía
de todo lo que se habían reprochado uno
a otro, hurgando siempre en heridas
mínimamente cicatrizadas en momentos
de tolerancia mutua, con tal de obtener
un instante de satisfacción personal.
—¿Cómo se llama el chico?
—Galahad, señor, y según los
Otadinos es el mejor guerrero del
mundo.
—Galahad —repitió Artor, notando
cómo en algún lugar ultraterreno el
vacío temblaba ante los bandazos de la
rueda Fortuna, que había empezado a
girar.
—El niño será bienvenido —dijo el
rey con voz queda. La audiencia había
terminado.

EN LAS LEJANAS tierras del norte


Morgana no paraba de frotarse las
manos y los nudillos; sentía que a la
urdimbre del mundo se le había soltado
un hilo. Su hermana Morcadés estaba en
grave peligro. Los huesos le presagiaban
muerte y por experiencia sabía que cada
muerte traía otras detrás. Su hermano,
Artor, estaba más amenazado que nunca
y ella intentaba desesperadamente
desenterrar un sentimiento de triunfo al
verle caer de su atalaya en cuanto la
rueda de la Fortuna comenzara a girar.
Le había odiado tanto que tendría que
sentir algo, siquiera alivio.
Los suyos estaban muriendo, pero lo
que ella buscaba inútilmente era algún
augurio que pudiera revelarle su destino.
—¡Mierda! —exclamó con rudeza.
Se retiró una lágrima, porque la Adivina
todos los días de su penosa existencia
imploraba la muerte.
Entonces con la mirada perdida y los
ojos vueltos hacia dentro consiguió ver
una deteriorada jícara de hojalata que
iba llenándose de sangre fresca y
lustrosa hasta derramarse.
—¡Ha llegado el cáliz! —murmuró
Morgana dejando escapar las palabras a
través de unos labios secos y
resquebrajados, por los que escapaba la
indigencia que engendra el veneno de la
vejez—. El cáliz está llenándose,
llenándose y pereceremos todos.
Recuperó la mirada y consiguió
centrarse de nuevo en sus marchitas
manos tatuadas. Sonrió con su espantosa
boca y con lengua vibrátil se mojó los
labios ensangrentados como si de una
lagartija se tratara, saludando al sol.
—Pero… Artor se acerca al final —
murmuró con voz imperceptible—. ¡Que
los dioses sean alabados! ¡Por fin
Gorlois recibirá su venganza!
A pesar de todo, la razón amenazaba
su pasajero triunfo. Artor tenía casi
sesenta años. Morcadés era todavía
mayor y Morgana se sentía vieja, tanto
como el extenuado corazón de las
montañas otadinas. Tenían que haber
muerto hacía años, y ahora los hermanos
existían como anacronismos del poder y
de una vitalidad ilusoria.
Su cabeza racional emitió un
suspiro.
¿Qué importa después de tanto
tiempo? ¿Quién recuerda los desatinos
pasados?
Se contestó ella misma.
«¡Yo! Y mi asqueroso hermano. Al
fin… se mueve la rueda de la Fortuna.»
CAPÍTULO II

JURAMENTOS DE
SANGRE Y
HERMANOS DE
GUERRA

RTOR RECORRÍA UNA y otra vez el


perímetro de sus aposentos. Iluminados

A por lámparas de bronce,


Percival y Gareth aguardaban
inquietos en la austera habitación a que
el rey se relajara; Odin seguía apoyado
en la pesada puerta de madera con
actitud impasible.
De acuerdo con las frugales
costumbres del monarca lo único que
Percival y Gareth podían hacer era
guardar los rollos del rey supremo en
sus estantes y ordenar su colección de
mapas. Odin se sirvió un poco del agua
que habían traído para su señor en una
jarra de plata con abolladuras y probó
también los frutos secos, el queso y el
pan que le habían preparado. Artor
siempre regañaba a Odin por ser tan
precavido y le llamaba vieja maniática,
pero cuando se trataba de velar por la
seguridad de Artor, Odin se limitaba a
sonreír con gesto perdido y amable,
haciendo caso omiso de lo que dijera a
su señor.
Artor observó a sus tres
guardaespaldas más cercanos y se
preguntaba por qué le habían sido fieles
durante tanto tiempo. Odin, el juto,
tendría ya más de sesenta años, aunque
el pelo pardo y la barba canosa le daban
un aire más de madurez que de senectud.
Estaba fuerte como un viejo roble y se
mantenía erguido, pese a su altura. Odin
había jurado solemnemente ser fiel a
Artor hasta la muerte y, por mucho
tiempo que pasara, Odin nunca rompería
esta alianza.
Gareth era medio pariente, porque su
abuela, la esclava Frith, había sido la
madre de Artor en todo salvo en lo
biológico. Frith había muerto con
Gallia, la queridísima esposa romana de
Artor, que en el recuerdo se había
convertido en la idealizada belleza de
un sueño remoto. Gareth había pasado la
juventud al cuidado de la hija de Artor,
la madre de esos fuertes gemelos que
tanto habían conmovido el escondido
corazón del rey supremo. Gareth no
conocía más vida que la de servir al
monarca y a su familia.
Y en cuanto a Percival, puro,
cristiano y atleta extraordinario, era en
parte un éxito de Targo y en parte
producto de Galwyn, surgido en las
cocinas de Venonae. Percival había
jurado proteger a su rey con toda la
pasión de su corazón, mientras le
quedara aliento. Artor sabía, por
experiencia propia, que Percival
arriesgaría lo que fuera y se sacrificaría
por él más allá de lo imaginable.
De repente Artor se enojó consigo
mismo y con sus servidores. ¿Por qué
tenían que amarlo? Él nunca se
preocuparía por ellos con esa misma
dedicación tan desinteresada. Era como
si el cariño que le profesaban le
estuviera ahogando, como una cadena de
pinchos.
—Llevo tanto tiempo esperando una
señal que apenas tengo esperanzas de
encontrar una solución —dijo
suspirando, sin dirigirse a nadie en
concreto.
—¿Señor? —Percival levantó la
vista, abandonando por un instante lo
que estaba haciendo al ordenar la mesa
de su rey—. ¿Hay algo que pueda hacer?
—Esto escapa a tu razón —gruñó
Artor. Y siguió arriba y abajo, dando
vueltas por la habitación, aunque
arrepentido por el estallido de rabia que
había mostrado.
Gareth dejó de servirse agua de la
jarra, decorada con un dragón enroscado
sobre su propia cola, y puso la mano
suavemente sobre el hombre de su señor
para que no siguiera con sus frenéticas
idas y venidas.
—Sí, mi señor, son tus nietos. Y no,
no puedes compartir el secreto con
ellos, porque si lo supieran estarían en
riesgo de muerte.
Percival se puso tenso ante el
descaro con que había hablado Gareth, y
el formidable Odin frunció el ceño.
Artor agitó con tal fuerza su leonina
cabeza que Gareth se estremeció, aunque
seguía confiando en su señor.
—Eres de los pocos que quedan ya
que saben la historia de Gallia y de los
años que pasé en Villa Poppinidii
cuando era un muchacho —dijo el rey en
tono de advertencia.
Percival abrió la boca de par en par.
Y como siempre, Artor se dio cuenta
de todo.
—Percival, mantén la boca callada
al respecto. Más te vale no revelar mis
secretos. Soy viejo y no respondo de
mis humores.
Percival iba a contestar que no sabía
ningún secreto, pero, haciendo caso a la
advertencia de Artor, no abrió la boca.
El monarca siguió dando vueltas a la
habitación.
—Sé que no puedo desvelar a
ninguno de los gemelos sus derechos
hereditarios. De momento son objeto de
envidia para todos los que creen que
Anna es mi hermana. Pero a pesar del
peligro que corren, lo único que puedo
hacer es ver si alguno de ellos tiene el
carácter y la capacidad necesarios para
sucederme en el trono.
—Puede que sí —farfulló Odin.
Gruffydd, el portador de espadas,
entró en la habitación cojeando, ayudado
por su bastón y lanzando improperios
porque se había golpeado uno de los
pies con el marco de la puerta. El paso
del tiempo le había dado un aspecto
decrépito, pero no había modificado ni
su carácter ni su salud.
—¿Es que no vas a invitar a este
viejo a un trago de buen vino? —sonrió
—. Sé que tú eres más de agua, pero a
mi modo de ver el agua solo sirve para
mear bien, para que crezcan las cosas o
para lavarse las barbas. Dado que eres
el rey, seguro que hay algo potable por
ahí escondido.
Artor accedió con la cabeza y
Percival abrió un armario en el que se
guardaban enormes botellones de vino
para disfrute del monarca. Como sabía
que Artor querría que él bebiera con el
viejo portador de espadas, dispuso dos
jarras sobre la mesa.
—Tenías que haberte deshecho de
esa fulana con la que te casaste a la
primera —dijo Gruffydd con cierto
misterio—. Y haberte buscado una
auténtica mujer, capaz de engendrar al
hijo que diera continuidad a tu linaje.
—Tú también, viejo amigo, deberías
aprender a cerrar el pico —Artor lo
miró con una frialdad que no prometía
nada bueno, caso de que Gruffydd
siguiera dándole consejos no solicitados
—. Si alguna vez quiero hablar contigo
del tema, ya te lo diré.
—A la mierda todo, Artor. Mírame
como te dé la gana, pero las cosas son
como son, independientemente de que
estés de mal humor —contestó Gruffydd
sin especial delicadeza—. Targo tenía
más razón que un santo en lo que decía
de esa zorra tuya. No es tarde para
quitártela de encima y no puedes echar
de Cadbury a todo el que diga lo que no
es sino la pura verdad. Te traerá la
muerte y, con la suerte que tiene, seguirá
durante años como siempre, quejándose
y criticando mientras soba a los
jovencitos con los que se junta.
—¡Ya está bien!
—Un par de inviernos en Tintagel le
vendrían de maravilla a la reina para su
carácter —insistió Gruffydd, sin hacer
caso alguno a la enfurecida expresión de
Artor—. Es más sórdido que una teta de
bruja en medio de una tormenta. A tu
madre nunca llegó a gustarle, por lo que
sé y el duque Gorlois hacía lo imposible
por pasar la mayor parte del año en sus
posesiones de verano. Hasta Morgana,
que siempre profesa afecto por todo lo
que pertenecía a su padre, huye de
Tintagel como de la quema.
Artor mantenía una expresión gélida.
Odin olía el peligro en esa mirada
glacial que nunca había desaparecido
del todo en el semblante de su señor. Se
concentró en limpiarse las uñas.
—Es una idea estupenda, señor.
Sencillamente mándala lejos y así no
correrá la sangre de nadie —dijo
Percival intentando suavizar la
conversación.
—Ya lo pensaré —observó el
monarca zanjando el tema. Y al punto, en
señal de bienvenida un tanto retrasada,
rodeó con el brazo los escuálidos
hombros de su asistente y preguntó—:
Bueno, jefe de los confidentes, ¿cómo
van mis territorios?
Gruffydd tenía ahora toda la cabeza
cana y mostraba el aspecto de quien ya
ha empezado a bajar la cuesta. Desde
que desapareció Myrddion Merlín, solo
Gruffydd fue capaz de resucitar y
mantener activa la red de confidentes
que proporcionaban a Artor su servicio
de inteligencia.
Cada vez que pensaba en Myrddion
Merlín, Gruffydd sentía un dolor en el
pecho que le resultaba ya familiar.
Aunque Cadbury había sobrevivido a la
desaparición del sabio, estaba claro que
desde que su amigo se fue Artor perdió
para siempre cierta luz en la mirada. Sin
la presencia de la bella Niniana, la
Doncella del Viento y el Agua, se
desvaneció el encanto de la vida en
palacio, como se desvanecieron también
la magia y las limpias carcajadas que
infundían esperanza al corazón más
recio y más sombrío. Durante todos
estos años, desde que se fue, Artor no
había querido pronunciar el nombre de
su amigo. Y hasta en el recuerdo de la
gente Niniana quedó relegada al papel
de esa maga, bella y sobrenatural, que
les había arrebatado a Myrddion.
Gruffydd suspiró. Mientras bebía el
excelente vino de Artor, pensaba en la
muerte. Ahora recordaba peor los
acontecimientos recientes que los de
antaño y sabía que pronto pasaría el
cuidado de Excalibur a su hijo mayor.
En privado reconocía que la espada le
resultaba ya demasiado pesada y que
apenas podía levantarla con sus
escuálidos brazos.
Gruffydd mantuvo en funcionamiento
el sistema de confidentes que había
creado Myrddion, pero sabía bien que
no había añadido nada significativo a la
fórmula que inventó en su día el viejo
cortesano, cuando el reino de Artor
estaba todavía fresco y lozano. Desde
que se fue Myrddion, occidente siguió su
curso, porque Artor se empeñaba con
toda su alma en que el reino persistiera,
pero Cadbury se había quedado
paralizado en el tiempo… al borde de la
decadencia.
—Deja de dormitar ya mientras
disfrutas del excelente vino que te doy y
cuéntame cómo van mis reyes tribales.
Gruffydd se sobresaltó un poco,
sonrió como pidiendo disculpas y
comenzó a ordenar sus ideas.
—Bueno —empezó—. Lo que puedo
decir es que Wynfael no es precisamente
un epicúreo como su padre, alabados
sean los dioses, así que el reino de
Leodegran va mejor que cuando estaba
él. Cuando se desplomó mientras
intentaba montar a una esclava… para
no levantarse más, toda la tribu quedó
absolutamente aliviada. El hombre
estaba tan gordo al final que apenas
podía andar, salvo cuando quería
inflarse a comer. Wynfael es cristiano,
de modo que mantendrá su lealtad a la
Unión de los Reyes tribales. Esos
histéricos buscan ser mártires a toda
costa, así que seguro que si te libras de
tu conflictiva esposa, el hermano se
retirará a rezar por su alma. No le gusta
su hermana.
Artor recordaba al padre de
Wenhaver como un hombre de gustos
caros y exóticos. Qué extraño que el hijo
renegara de los vicios paternos para
acogerse al dudoso atractivo de la
religión.
—Bran y tu Anna mantienen bien
atados los territorios de los ordovicos
—siguió Gruffydd—. De hecho, el
último demeta que consiguió sobrevivir
parece que reconoce a Bran como señor.
Y los cornovios permanecen leales a tu
causa. El fiel Bedwyr ha salido de
Arden… con esposa, lo creas o no. Creo
que viene pronto, señor.
—Parece que todos quieren venir a
Cadbury últimamente, pero de todos los
invitados, Bedwyr es mi preferido. Sin
él nos habría sido mucho más difícil
ganar en Mori Saxonicus y solo los
dioses saben si habríamos logrado
aplastar a las liendres de Caer Fyrddin
si Bedwyr no nos hubiera dejado entrar
a través de las antiguas cloacas —Artor
frunció el ceño—. Y del sur, ¿qué? ¿Qué
pasa con los dummonios, los durotrogos,
los belgas y los atrebatos? Los que
quedaban de las tribus orientales, ¿se
han unido del todo a los reinos o siguen
suspirando por tiempos pasados?
Gruffydd parpadeó varias veces,
sorprendido por la pregunta. Los padres
de Artor venían los dos de tribus
meridionales, tribus que siempre habían
conformado el corazón del reino.
—Sí, señor. Puede que estén
demasiado satisfechos, porque no han
tenido ataques sajones desde hace tres
años y parece que los bárbaros aceptan
nuestras fronteras. Pero algunos de los
celtas del este que fueron desplazados
no ven bien que no hayas expulsado a
los sajones al océano Germánico[3]. Con
todo, como no son tontos, reconocen que
los sajones y los anglos se han
establecido con mucha fuerza en el
territorio. Hay icenos que llaman a su
antigua patria Angloterra. Y el sur
permanece leal.
—A cualquiera que tenga un poco de
sensatez le duele que desaparezca lo que
es justo y bueno —murmuró Percival.
—Ya, pero también cualquier
persona sensata sabe reconocer cuándo
es el momento de abandonar unos
absurdos sueños de gloria —respondió
Gruffydd—. Los sajones, los anglos y
los jutos están bien pertrechados en las
tierras orientales y no hay quien los
desaloje de ahí. Y aun así, no han
conseguido avanzar un solo metro desde
Mori Saxonicus.
—¡Ni lo conseguirán mientras yo
viva para detenerlos! —alegó Artor
como si de un juramento se tratara.
Ninguno de los presentes lo dudaba—.
Pero el norte no está tan seguro,
¿verdad, amigo?
—No creo verdaderamente que los
descendientes de Luka se dediquen a
provocar problemas en las tribus
septentrionales. No corre buena sangre
por las venas del nuevo rey de los
brigantes, pero es un cabroncete bastante
listo. Mordred es un joven calculador y
ambicioso que parece no haber
heredado mucho del encanto de su
padre.
—No me gusta ni su nombre… no
presagia nada bueno —apuntó Odin
desde donde estaba de guardia, cerca de
la puerta.
—Pues todavía te gustará menos su
persona cuando lo veas, Odin. Parece
que al volver a Segedunum, tras la
batalla de Mori Saxonicus, Morcadés
pasó una noche en Verterae. El hijo
pequeño de Luka era un chaval muy
bello y Morcadés seguía resultando
atractiva, siempre que uno no se fijara
en el poco encanto que tenía. Por lo
visto el príncipe cayó perdidamente
enamorado y del encuentro salió un
niño, Mordred.
Artor se sorprendió de lo bien que el
jefe de los confidentes conocía a su
hermana.
—A Morcadés no le hizo ninguna
gracia quedarse embarazada a una edad
madura, como tampoco le gustó la idea
al rey Lot. Por eso, al poco de nacer,
enviaron a Mordred con su padre. El
chiquillo sobrevivió a la rebelión de
Simnel y lo educó un heredero de Luka,
el único que quedaba, por si él mismo
no tenía hijos. De ahí que ahora tengas
otro pariente incómodo, un tipo que
pretende utilizar los derechos de sangre
heredados de su madre para sus propios
fines.
—Todas las mujeres son iguales en
la oscuridad, tengan la edad que tengan
—insinuó Odin para vergüenza de
Percival, que se puso colorado en medio
del regodeo de los demás.
—¿Todavía eres virgen? —preguntó
Gruffydd sorprendido a Percival
mirándolo fijamente.
—¡Todavía! —el rey supremo se rió
con auténticas ganas.
—No eres justo, señor —intervino
Percival—. Solo he querido realmente a
una mujer… y hace tiempo que
desapareció. Estoy decidido a esperar
hasta que encuentre a la mujer adecuada.
Artor sabía que su asistente soñaba
con Niniana, su compañera de juegos
infantiles. Percival nunca había pasado
de estos primeros escarceos amorosos
de la pubertad y su falta de experiencia
le impedía superar la imagen idealizada
que tenía de Niniana. El rey supremo se
habría reído de las desilusiones
amorosas un tanto infantiles que sufren
los hombres, si no fuera porque Gallia
también había sido para él la mujer
perfecta, absolutamente ideal.
—¿Qué tiene que ver el matrimonio
con estar encelado? —preguntó Odin
con desabrido interés—. El celibato no
parece la mejor solución cuando uno no
encuentra la mujer adecuada.
—Solución que dudo mucho hayas
probado, grandullón —contestó
Percival, que seguía colorado como un
tomate.
Odin se limitó a sonreír bajo una
barba canosa, mordiéndose el labio,
como era típico en él. Solo se le notaba
la edad en que tenía algunos dientes
rotos y oscurecidos.
—Así que —musitó Artor— dentro
de poco tendremos en Cadbury a Galván
y a este Galahad, a Bedwyr y su esposa
que no sabemos cómo se llama, y a
Mordred, que es el hijo menor de
Morcadés y el rey ilegítimo de los
brigantes. Ya están aquí los gemelos de
Anna. Es como si la siguiente
generación fuera reuniéndose para roer
mis huesos antes de que haya muerto.
De entre los presentes, solo
Gruffydd recordaba a Uter Pandragón,
otro rey supremo que intentaba aferrarse
a la inmortalidad. Gruffydd sintió un
escalofrío, pensando en las impiedades
que tendría que cometer por mantenerse
al servicio de su señor. Siempre que
recordaba a Keu, el hermanastro del rey,
retorciéndose de dolor en un camastro,
Gruffydd daba gracias a los dioses
Tuatha y Danaan por no haber tenido que
ejecutar las órdenes de Artor. Alguna
otra mano había intervenido para
terminar con los desmanes de Keu, y
Gruffydd no había tenido que mancharse
de sangre. Indudablemente obedecería a
su querido dueño hasta el último día,
hasta que no pudiera ya sostener una
espada. Después de tantos años juntos,
el jefe de los confidentes sabía que
Artor nunca actuaba con alevosía a
menos que las circunstancias le
provocaran una ira ciega, algo que
raramente afectaba al rey en su madurez.
Pero ¿sería Artor capaz de ordenar un
asesinato si con ello, por vil y cobarde
que fuera, se salvaba occidente? Por
supuesto. Y ¿podría vivir el monarca
con las consecuencias de tal vileza?
Aprendería a llevar la carga, con tal de
seguir protegiendo a su gente y de
mantener la Unión de Reyes.
—Si él puede, yo también tengo que
poder —suspiró Gruffydd, mientras la
mirada de Artor se volvía hacia su viejo
soldado, como si le estuviera leyendo el
pensamiento.
—Esa agitación que tienes es propia
de viejos —dijo Gareth con voz queda
—. Tú, pese a estar próximo a los
sesenta, todavía tienes salud y estás
fuerte. A esa edad murió tu padre. Los
lobeznos siempre harán manada en
cuanto vean que el líder de la antigua
grey empieza a envejecer, así que ten
cuidado con los celos y la ira. Ésa fue la
equivocación de Uter —sonrió a su rey
—. Mi abuela y antigua amiga tuya, la
vieja Frith, te diría que lo que tenga que
venir, vendrá.
Artor asintió con la cabeza gacha,
mirando el anillo que llevaba en el
pulgar. Llevaba ya muchos años
ensuciándose las manos de sangre, por
eso la perla del anillo brillaba ahora
con un tono rojizo que tenía incrustado.
Para la mente agotada de Aitor esa perla
era como un ojo ciego.
—Sí, nuestra vieja Frith era una
mujer muy sabia como mi amigo
Myrddion. Ojalá estuvieran todavía
entre nosotros. Pero las cenizas de Frith
reposan en el jardín de Gallia y
Myrddion debe haber cedido ya a la
vejez —Artor devolvió una sonrisa a
Gareth en señal de agradecimiento—.
No temo a la muerte ni a que las cosas
terminen; no, no es eso.
Ni los soldados ni el jefe de
confidentes tenían intención alguna de
contestar, pero Odin notó el peligro que
conllevaba dejar a Artor sumido en sus
preocupaciones y decidió responder por
todos.
—Los que estamos aquí
protegiéndote sabemos que el reino se
perderá en algún momento, una vez que
hayas iniciado el camino de las
sombras, señor. No tememos nuestro
destino, porque sabemos que es
inevitable. Pero sí nos asusta tener que
asistir a una decadencia lenta y
contemplar de nuevo los aciagos días
del pasado.
—Eres como mi segundo yo, Odin
—le contestó Artor—. A veces no
entiendo por qué has seguido conmigo
tantos años, cómo has podido renunciar
a tener hijos, a amar y a vivir tranquilo
solo por ser fiel a mi causa. ¿Por qué lo
has hecho, amigo?
—Los dos hicimos un juramento,
señor. Y nunca me he arrepentido de lo
que ello me ha exigido.

EL VIENTO OTOÑAL que agitaba los


frutales de Cadbury soplaba de manera
serpenteante por los bosques, las
montañas y los grises valles helados. En
la lejana Cymru las brisas pedían
descaradamente entrar en la villa de
piedra, construida alrededor de las
ruinas de un árbol venerable. Y con lo
persistentes que son los vientos fríos,
consiguieron colarse por los postigos de
algunas ventanas que tenían las bisagras
algo cedidas. Un zarcillo de gélida brisa
removió los cabellos de una mujer que
estaba sentada junto a una chimenea.
Poco a poco el viento se consumió en el
propio calor de la habitación que
rebosaba colorido. El negro intenso de
las paredes, las antiguas maderas y las
vigas cubiertas de humo cobraban vida
gracias a unos enormes tapices colgados
que mostraban extrañas figuras
entrelazadas y la imagen recurrente de
un hombre vestido de negro. En la
esquina junto a un impecable telar había
madejas de lana colgadas del techo,
coloreadas con tintes vegetales de todos
los tonos imaginables, verde, dorado,
naranja, rojo y azul pastel. En otro de
los rincones había manojos de hierbas
secas, flores, hojas y hasta algas también
colgadas boca abajo, añadiendo colores
difuminados a la exuberante habitación
que ocupaba la mujer.
Los suelos eran de piedra, algo poco
frecuente en estos climas, si bien
suavizada por alfombras de lana y
jarapas de nudos de fuertes colores que
dibujaban espirales. Para sentarse había
bancos de madera de curiosas formas,
cubiertos con pieles bien curtidas y las
paredes de piedra desnuda estaban
forradas de estantes con tarros de cristal
basto que parecían soldados de
miniatura. Esos tarros habían
sobrevivido todo un viaje desde
Cadbury y ahora ofrecían un fascinante
juego de luces y sombras rojo y oro
provocado por el fuego de la chimenea,
que, reflejado en ellos, impedía ver su
contenido.
La mujer se volvió al sentir el aire
frío que se le colaba por su larguísima
melena trenzada. Se levantó con
elegancia natural, cogió una madeja de
lana nueva y se acercó a los postigos
que quedaban ligeramente entreabiertos.
Con la mirada absolutamente
concentrada en el tiro de la corriente
que entraba, encajó bien la lana en la
ranura hasta comprobar con la mano que
ya no sería importunada en su santuario
por ningún otro aire frío. Después
volvió a sentarse.
El perro lobo de hocico gris que
estaba tumbado a sus pies ni se molestó
en moverse de la alfombra.
La belleza y la pena envolvían a
Niniana como un elegante manto
invisible.
Pese a tener casi treinta y nueve
años, su rostro no mostraba arrugas. A
diferencia de la reina Wenhaver, la
madurez solo había labrado en Niniana
mayor gravedad y una elegancia de
extrema delicadeza. Seguía teniendo el
pelo de color platino, mucho más largo,
recogido a distintas alturas con
brillantes pasadores. Iba vestida de gris,
como era su costumbre, pero de tono
suave, con ligeros tintes de un antiguo
verdoso, similar al de las aguas
estancadas cuando reflejan la intensa luz
de la luna llena.
Niniana seguía teniendo la misma
cara, aunque en su mirada se podía leer
el largo y duro paso del tiempo. El azul
profundo de los ojos ya no brillaba con
la curiosidad y el fuego de la juventud,
porque ahora la Doncella del Viento y
del Agua estaba muerta. Su esencia se
había evaporado aquella aciaga tarde en
que Myrddion Merlín había emprendido
su camino hacia los dioses desde una
enorme pira colocada en la cima de la
montaña. Desde entonces la Dama del
Lago gobernaba la hondura de su propio
ser con paciencia, compasión y una
resolución infinita y diamantina.
Mientras trabajaba con el huso para
convertir en finas hebras la lana lavada,
dirigía sus pensamientos hacia el viento
nocturno, y como él se alejaba hacia el
norte, el oeste o el sur, buscando,
indagando, intentando encontrar el
motivo de su deambular. A Niniana
nunca le había preocupado la magia, ni
creía en ese mundo oculto de
encantamientos y maldiciones. Con esas
supersticiones primitivas se habían
reído mucho Myrddion y ella en aquella
época tan feliz, cuando sus hijos eran
pequeños y él todavía no se había
quedado ciego.
—Ahora veo que estoy más ciego
que nunca, pequeña Niniana —solía
decirle él para consolarla—. Mi alma se
aleja del cuerpo y te ve tal y como eres.
Va muy lejos, toma distancia de mi
fortaleza física y me permite contemplar
a mi amigo, el joven Artorex, y las
batallas que tendrá que librar en la zona
oriental y meridional. Y hasta Morgana,
la pobre y triste Morgana, siente el filo
de mi presencia. Cómo salta,
recorriendo con la mirada su maloliente
habitación de vieja gruñona para ver si
me encuentra.
Se reían sin malicia, pero en su
fuero interno Niniana no le creía.
Myrddion notaba lo que ella sufría al ir
viéndolo cada vez con menos facultades
y sabía que, hasta cuando se reía con sus
gracias, a la muchacha se le inundaban
de lágrimas sus bellos ojos azules. A
veces él se despertaba en medio de la
noche y empezaba a hablar con una voz
que a ella le resultaba casi desconocida,
describiendo extrañas carretas que no
necesitaban caballo, lanzas que
destruían ciudades de cristal y de un
gran tapiz de la historia humana que
mostraba ante sus ojos hasta el fin de los
tiempos. En esos momentos, Niniana no
sabía si su marido era el hombre más
sabio de la creación o si simplemente se
encontraba sumido ya en los sueños
absurdos de la vejez.
Niniana recogía estas visiones por
escrito, porque una vez pronunciadas,
Myrddion las olvidaba del todo;
Después marido y mujer intentaban
descifrar el significado que podrían
tener.
—Todo el futuro me resulta muy
próximo, querida —le decía, volviendo
su rostro curtido, pero aún bello, hacia
la luz—. Debes entregar mis sueños al
fuego. La magia no existe, pero quizá sí
cierta percepción interior. Y si es así,
correríamos el riesgo de dejamos llevar
por ella, cuando en realidad solo
deberíamos guiarnos por la cabeza y el
corazón. Así que deja mis sueños a un
lado, mi amor, porque no son más que
sombra de sombras.
Pero Niniana no le hizo caso y
empezó a tejer y a bordar la lana para
preservar lo más fielmente posible la
gloria de su ceguera. Para ella su marido
no era un mago, sino un gran poeta de
mente aún joven, al que se le agolpaban
en la cabeza imágenes imponentes. Pero
en aquel momento, después de la pira
funeraria, sintió un pesar tan intenso y
tan devorador que sus tres hijos tuvieron
que llevarla a la casa que tenían en la
montaña, hundida en una caverna de
locura.
Con la mirada perdida, se debatía
luchando contra pesadillas inenarrables,
hasta que sus hijos se vieron obligados a
atarla a la cama. En sus sobresaltos de
terror la asaltaban sauces sangrantes,
capullos de rosas chamuscados, mujeres
crucificadas y dragones ciegos, y sus
hijos temblaban sobrecogidos al ver los
arañazos que le salían a su madre en la
piel y que ella misma se provocaba.
Después, con la misma inmediatez
con que le había sobrevenido este
descenso a los infiernos de la locura,
recuperó los sentidos. Esa noche soñó
que se iba abriendo paso a través de un
bosque de árboles semihumanos que la
conducían hacia un estanque de agua
sanguinolenta junto a un sauce que
escondía horrores inimaginables.
Mientras gritaba, se sintió empujada por
manos anónimas a apartar el follaje del
llorón; sus ojos deseaban que las ramas
se cerraran, porque sabía que bajo esa
vegetación sanguinolenta iba a
encontrarse con su propio yo.
Pero no podía hacer nada para
contrarrestar la fuerza que la empujaba
en el sueño.
—¡Niniana! —gritó el demonio. Con
la mano derecha, fuerte y enorme
agarraba la suya mientras que con la
izquierda le tapaba los ojos. Entonces,
justo cuando se estaba desmayando del
horror, la arrastró de nuevo a la
espesura del sauce, donde se vio en el
confortable nido de su cama. Su amante
de pelo oscuro la había besado por todo
el cuerpo, hasta curarle todas las
magulladuras, las quemaduras y los
arañazos que ella misma se había
provocado. Se la había comido con la
mirada, como si esta criatura demoníaca
de las sombras y el caos pretendiera
arrebatarle el alma y así lloró
intensamente en medio de su desamparo
y su orfandad.
—Soy yo, Niniana. Tu viejo esposo.
¿No me reconoces?
Y entonces vio que todavía era presa
del sueño, porque esa criatura no era el
Myrddion decadente de los últimos
años, sino en plena fuerza de la juventud
serena. ¡Qué guapo estaba y cómo la
envolvía con sus cabellos formando una
red insondable! Le habría gustado
retirarse, pero Myrddion la miraba con
los mismos ojos de su primer encuentro,
brillantes, complacidos y llenos de
tristeza.
—Pero ¡estás muerto, Myrddion!
Deja que sufra mis penas, porque tus
cenizas ya están frías en la urna
funeraria. Preferiría enloquecer o morir
antes que quedar atrapada en un
sinsentido, buscándote
desesperadamente.
Le besó los dedos llenos de
magulladuras.
—La vida seguirá para ti, amor. Vas
a vivir mucho y cuando me llames
vendré y hablaremos y nos reiremos
como hacíamos cuando yo respiraba
como el resto de los mortales. Cuando
quieras que venga, piénsame y ahí
estaré.
Y así fue cómo Niniana tuvo que
reconocer lo que Odin, el menos culto
de sus antiguos amigos, había sabido
desde siempre, de manera instintiva,
pese a que nunca lo hablaron: el alma
sigue y solo unos cuantos afortunados
consiguen enviar su espíritu al viento
para que se encuentren con el alma de
quienes los convocan, más allá del
dolor, más allá de la pena y más allá de
la indignidad de la muerte.
—¿Mamá? —se oyó una voz desde
la cocina.
Niniana abandonó sus reflexiones.
Al entrar en la estancia, una de las
criadas, que pertenecía a la gente de la
colina, estaba a punto de dar un cachete
al hijo pequeño de Niniana con un
cucharón. El niño había cogido pan y
estaba mojando trocitos de corteza en la
salsa de cordero. El hijo mayor,
Taliesin, intentaba hacerse con el
mendrugo que su hermano tenía en la
mano.
Niniana no tuvo más que levantar su
dedo índice.
—¡Basta! —la palabra cayó como
una piedrecilla en un estanque de aguas
serenas.
—¡Perdona, madre! —dijo Taliesin
soltando el brazo de su hermano—.
Tenía que haberme dado cuenta de que
estabas descansando y podía molestarte.
—No pasa nada, pero Gerda no
tiene por qué ir por ahí como boba
persiguiéndoos porque os portéis mal.
Como todos los de su gente, que a
duras penas lograban ir tirando, Gerda
era bajita y morena. Los dos hijos de
Niniana sacaban una cabeza a la chica,
cuyos ancestros debían remontarse al
pueblo de hombres pintados que habían
ocupado las islas desde tiempo
inmemorial en una existencia pacífica. A
Niniana le molestó que sus hijos fueran
tan atolondrados; por eso cogió la mano
de Gerda y se la apretó en señal de
disculpa.
Taliesin prometió enseñarle a Gerda
su segunda mejor composición, si la
criada se dignaba a perdonarlo.
Mostraba tal arrepentimiento en la
mirada, que la joven declinó su
indignación.
—Déjate de penas, muchacho. Os
conozco a ti y a tu hermano desde que
llevabais pañales, así que más os vale
no tocar los guisos que hago hasta que
yo lo diga —la chica, que apenas era
más que una niña, dio a cada chiquillo
un toque en la coronilla con el cucharón
de madera.
Los hijos de Niniana eran la delicia
de la colina. La gente corriente se
extrañaba al verlos, tan distintos uno de
otro y de no haber sabido lo mucho que
se quiso la pareja, habrían jurado que
alguien había introducido un pájaro
ajeno en el nido de la Casa de Piedra.
Taliesin era la reencarnación de su
padre, una sinfonía en blanco y negro,
pero de ojos tan azules que apenas
parecían humanos. De pequeño se había
hecho un arpa y empezó a ver el talento
que tenía para la música cuando
comenzó a practicar con el instrumento.
Las abuelas del pueblo no hacían más
que mirar el mechón blanco que tenía en
las sienes y asentían con ese gesto de
entendimiento ancestral de quien sabe de
dónde sacaba el muchacho las
cualidades.
Glynn ap Myrddion era el segundo
hijo de Niniana. Acababa de cumplir
diecisiete años y era completamente
rubio, frente a lo moreno que era su
hermano, aunque los ojos los había
heredado también de su padre. Los
oscuros ojos de Glynn resultaban aún
más penetrantes, teniendo en cuenta lo
rubias que tenía las cejas y el dorado de
su tez. Glynn no sentía ese atractivo por
la música y la poesía que mostraba
Taliesin. Prefería el oficio de curandero,
sanar heridas, como hacía su padre. Por
eso iba detrás de Myrddion como si
fuera su sombra, mientras el viejo
recogía hierbas para preparar sus
pócimas. Glynn se había convertido en
la perfecta mano derecha de su padre y
ya entonces el muchacho curaba niños
aquejados de un pueblo de las colinas.
Los paisanos decían que debía tener
algo de magia en las manos, aunque
también reconocían que los dedos de
Taliesin gozaban de cierto poder.
En cuanto a Rhys, de dieciséis años
y dotado de un enorme talento
matemático, se inclinaba por el arte de
la construcción. Se pasaba la vida
arreglando cosas, le había construido un
precioso telar a su madre, le encantaba
arreglar tejados y trabajaba la piedra y
la madera hasta que le revelaban sus
secretos.
Los tres conocían bien la
generosidad de la tierra y sabían cómo
cultivar los terrenos, por lo que Niniana
no tenía queja de ninguno de sus tres
hijos, todos altos y esbeltos. Rhys era el
más corpulento de todos; se parecía un
poco a los ancestros que Niniana no
llegó a conocer. Como el muchacho se
había enterado de que en una villa
cercana había un herrero, la madre
suponía que se iría unos meses de
aprendiz y que volvería a montar su
propia forja.
Suspiró.
En la cumbre de la colina el viento
soplaba con fuerza. Incluso en la cocina,
cuando estaban todos juntos cenando con
Gerda y Col, su esposo, un pastor que
apenas abría la boca, Niniana escuchaba
unas voces que gritaban en el vendaval
nocturno.
—Taliesin debe irse de las colinas y
marchar a Cadbury para estar junto al
rey Artor, allí o donde deban ir —le
decían las voces a Niniana—.
Obedécenos, Dama del Agua, porque a
tu hijo lo necesitan. Los días de Artor
están contados. Y aunque tu hijo sea aún
joven, debes permitirle que concluya lo
que su padre empezó, porque el cáliz
maldito está a punto de llegar.
Niniana oyó las voces durante tres
noches seguidas y aunque rellenaba con
toda la lana que había en Powys
cualquier resquicio de la casa por los
que pudiera infiltrarse el viento, no
conseguía acallar a los mensajeros de
sus sueños.
Taliesin extendió su brazo por
encima de la mesa para acariciar la
mano de su madre con suavidad,
dándole masajes en la palma con el
pulgar, como hacía su padre tiempo
atrás.
—¿Por qué estás tan triste, Madre?
—preguntó—. ¿Hay alguna canción que
pueda aliviar tus pesares? ¿O compongo
alguna bagatela nueva para devolverte la
felicidad?
—Me guste o no, es esencial que
estés en Cadbury antes de Samhein —le
dijo a su hijo, con los ojos bañados en
lágrimas—. No sé bien por qué tienes
que ir y no quiero que te vayas en pleno
invierno, pero las voces me dicen que
tienes que hacer la crónica de la muerte
del rey.
Taliesin se quedó con la boca
abierta, mientras Rhys reía como un
campesino cualquiera, al ver la cara de
consternación que se le había quedado a
su hermano mayor.
—¿Cadbury? ¿Y qué voy a hacer yo
allí? —exclamó Taliesin enfurecido—.
¿En que puedo servir al rey supremo?
Padre nos trajo la desgracia con tanta
inteligencia y mis talentos son escasos,
comparados con los suyos. Mi misión
está aquí, contigo, ¿no?
Niniana sonrió arrepentida.
—Ojalá pudiera retenerte siempre
aquí conmigo, pero el viento no me
permitiría descansar hasta que atendiera
su mensaje. Te reclaman, debes cantar
para el rey supremo. Le proporcionarás
tranquilidad con tus cantos y tus fábulas
y también con tus lecciones, siempre que
el rey Artor quiera atenderte. Hay que
decirle que el cáliz maldito está cerca.
Rhys se echó a reír.
—¿Y eso qué es? ¿Acaso te lo ha
explicado también el viento? —al ver
que estaba hiriendo a su madre con estas
preguntas, dejó de reírse—. Lo siento.
Perdóname —dijo—. Pero el viento, o
lo que sea, te está exigiendo demasiado.
Hace solo un año que Padre murió.
—Taliesin tiene que ir a la corte —
repitió Niniana—. No puedo evitarlo,
porque cuando una madre se encuentra
atada al destino de su hijo, no puede
evitar lanzarlo por sendas difíciles —y
mientras decía esto una lágrima resbaló
por su mejilla.
De repente, Niniana despejó todos
sus temores. Irguió la espalda,
echándose hacia atrás su espléndida
melena.
—La familia de Myrddion Merlín
siempre ha servido al rey supremo de
las tribus celtas y si tu padre en su
momento abandonó a su querido Artor,
lo hizo exclusivamente por amor a mí.
Ahora devuelvo a Myrddion a la corte,
encarnado en mi hijo primogénito.
Tienes que cumplir tu deber, Taliesin,
para que tu padre esté orgulloso de ti
esté donde esté, más allá de las aguas de
la muerte.
«No quiero ir», pensó Taliesin con
testarudez. Odiaba estas voces que
hablaban a su madre. Le molestaban las
necesidades del monarca, que venían a
interrumpir sus planes, pero al tiempo se
sentía emocionado porque a los jóvenes
les encanta la aventura. Y sobre todo,
nunca negaría nada a su madre, porque
los hilos del cariño que ella le daba
ejercían sobre él una fuerza mayor que
la de cualquier grillete.
De tal modo que Taliesin accedió a
dejar a un lado sus tribulaciones y
prepararse para el viaje, aunque decidió
que el tiempo que le quedara libre, por
poco que fuera, lo pasaría con su madre
y sus hermanos. Si Glynn o Rhys en
algún momento se molestaron al ver el
papel que su hermano iba a representar
en la historia de occidente, nunca dieron
muestra de envidia.
En medio de la noche, cuando el
viento soplaba de oriente, Taliesin se
debatía pensando en la amenaza que
implicaba el cáliz maldito. Se imaginaba
un gran recipiente dorado, adornado con
enormes piedras, torpemente talladas. El
objeto le rondaba en los más oscuros
recovecos de la mente, cada día más
grande, cuanto más lo pensaba. De
manera horrenda y truculenta la sangre
se desbordaba del recipiente,
empañando así los ricos relieves y las
brillantes gemas. En el interior la sangre
hervía en una espiral viscosa que
arrastraba a Taliesin hasta unas
profundidades imposibles e
inconmensurables.
Cuando se despertaba de esos
sueños, estaba bañado en sudor y
temblando de miedo, pero de día
controlaba el gesto, para que su madre
no notara la palidez delatora del terror.
Madre e hijo se mentían uno a otro,
sin mediar palabra.
Mientras Taliesin preparaba lo que
iba a ser irse de casa por primera vez, el
invierno dominaba el territorio con
garras de hierro. El día del viaje se
levantó temprano, pensando que su
madre estaría en la cocina o secando
lana en la chimenea, pero la casa tenía
ese aspecto extraño y desierto, mostraba
ese vacío que solo se siente cuando el
alma se ha ido.
A través de los rastrojos se veían las
huellas de unos pies descalzos que
salían de la cocina y se adentraban en la
profundidad del bosque. Las marcas
apenas habían hollado la hierba, pero
Taliesin pudo recomponer el sendero
tomado por su madre fijándose en las
zonas en que había cuajado una frágil
escarcha.
Con cautela de cachorro, siguió las
huellas de su madre hasta adentrarse en
el bosque, siguiendo el curso de un
arroyuelo helado, que terminaba tras una
loma ligeramente empinada de la colina.
Al fondo había un lago medio
congelado, que a la débil luz de la
mañana brillaba como un trozo de fina
ágata negra.
Taliesin se detuvo observando a su
madre, que empezaba a caminar por el
lago helado. Sobre los hombros llevaba
unas pieles oscuras y brillantes como
los abrigos de foca, que dejaban ver su
melena suelta, de un gris plata. En la
cabeza de Taliesin empezaron a fluir
versos, al ver cómo Niniana se quitaba
las pieles hasta quedarse medio desnuda
en medio del lago, y levantaba sus
largos y pálidos brazos hacia el sol
naciente. Vio la marca del dragón que le
subía por la pierna y se imaginó el hielo
derritiéndose suavemente bajo el calor
de sus pies.
Antes de tomar el camino de vuelta a
la Casa de Piedra, hizo un saludo al
cielo, al agua y a los sauces que definían
los bordes más lejanos del lago. El
collar de electrón que le había regalado
Myrddion y que llevaba sobre el pecho
refulgía como si se tratara de las más
bellas escamas de pescado.
—Realmente es la Dama del Lago
—Taliesin se abrazó al tronco del roble
tras el que se escondía para que su
madre no lo viera al pasar. Se había
vuelto a poner las pieles y su rostro
lucía blanco como una perla en aquella
media luz.
Más tarde, avanzada la mañana,
cuando el gris del cielo aparecía
tímidamente iluminado por el sol,
Taliesin se alejó a caballo con su perro
preferido por toda compañía, para ir
componiendo su poema.
Niniana lloraba.

OTRAS TRES MUJERES vieron el


mismo amanecer sintiendo la misma
emoción, con la misma fuerza, igual de
absorbente.
En las lejanas tierras del norte, en un
refugio de paja, ramas de sauce y barro,
Morgana se amargaba pensando en el
deterioro físico que acarreaba el paso
del tiempo. El espejo de plata, el regalo
más cruel que le había hecho Uter
Pandragón, reflejaba un rostro hundido y
una mirada sin vida, como disecada,
muy similar a la que mostraba su
padrastro justo antes de morir. Uter la
odió intensamente, con la misma
intensidad con que ansiaba sus pociones
que lo mantenían con vida. El anciano
rey veía en el rostro de su hijastra la
imagen del traicionado Gorlois y
comprendió lo mucho que había
contribuido esta mujer al dolor de sus
últimos días. ¿Adivinaría el viejo
monstruo que ella iba a vivir muchos
años, suficientes para comprobar que se
había vuelto más fea incluso que él?
¿Sería que Uter imaginó que el espejo le
descubriría todos los pensamientos
amargos que engendró, todas las
crueldades que llevó a cabo durante
décadas de una vida horrenda y
depravada? Morgana reflexionaba
viendo la infinita maldad con la que
había borrado en su rostro cualquier
rasgo de femineidad. Sin hijos, sin
amigos y vacía, había considerado todas
las maneras posibles de venganza.
Puede que Morgana llorara en su
momento, pero sus obsesiones le habían
impedido gozar siquiera del desahogo
de las lágrimas.
¡Cómo se estaría riendo Uter
Pandragón, desde el otro lado de la
muerte!
Petulante y mezquina, la reina
Wenhaver se revolvía en la suntuosidad
de su lecho. Sus carnes ansiaban las
lascivas y emocionantes caricias de un
hombre, de cualquier hombre, pero por
encima de la lujuria sentía otra
imperiosa necesidad. Sería capaz de
renunciar a todos los placeres de la
carne por herir a Artor. Tampoco ella
encontraba consuelo ante el espejo
porque empezaban a salirle canas. Con
su consabida e impertinente arrogancia,
le reconfortaba ver que solo tenía unas
cuantas que había conseguido arrancarse
delicadamente con unas pinzas de oro.
Aún le quedaba tiempo de vengarse de
toda una vida de insultos reales o
imaginados.
Cuando Elayne se despertó, vio que
estaba cubierta de plumas en un lecho de
hojas de otoño. Medio dormida se dio
cuenta de que yacía en una pequeña
tienda en la que no entraban los tímidos
rayos del sol invernal. No sabía, entre
sueños como estaba, dónde se hallaba,
ni quién era el que roncaba a su lado.
Pero al poco comprobó que el pesado
brazo de Bedwyr la rodeaba por la
cintura.
«Soy una esposa, —pensó, con
cierta sorpresa—. Así que me voy a
Cadbury a ver al rey supremo.»
Sonrió y se soltó su melena castaña.
Y despertó a su marido.
CAPÍTULO III

LA DAMA DEL
TELAR

Qué es la mujer para que


los hombres la abandonen
Por ir en busca de la vieja y
canosa hacedora de viudas.

Antigua canción nórdica


C
UANDO GALVAN SE despertó,
después de haber dormido
profunda y apaciblemente, tuvo
la desconcertante sensación de que caía
desde gran altura. Poco a poco fue
recobrando la memoria, al sentir el
cuerpo desnudo y cálido que vacía junto
a él, bajo su brazo izquierdo, un tanto
quebrantado y entumecido.
«Lo he conseguido, —se dijo para
sus adentros, a medida que iba
recobrando la memoria—. No sólo es
que Galahad vaya a enfadarse conmigo
por semejante error, sino que me parece
recordar que esta dama es realmente una
dama.»
Galván nunca había tenido grandes
luces.
El príncipe pasaba ya de los
cincuenta años y por eso tendría que
procurar ir deslizándose suavemente
hacia una vejez digna. Pero la naturaleza
había querido que en él se combinara
una limitada inteligencia con la valentía
temeraria, una soberbia elegancia
atlética y la belleza intemporal y gélida
de su madre, la reina Morcadés. Con el
tiempo se le habían caído un poco los
pómulos y alrededor de los ojos
mostraba unas líneas blancuzcas, fruto
de los años pasados a lomos del
caballo. El pelo se le había aclarado un
poco, ahora lo tenía menos rojizo, pero
seguía manteniendo las mismas mejillas
imberbes de la juventud, por pura
vanidad masculina. Desgraciadamente,
su cuerpo continuaba moviéndose a
golpe de libido, sin disciplina alguna.
—¡No me gusta tener tanta barba! —
le había dicho a Enid, su esposa,
mientras se afeitaba con una cuchilla
especial, afiladísima—. ¡Pero tampoco
soy como los romanos, que se atreven a
quitarse los pelos uno a uno de raíz!
Se estremeció solo de pensarlo,
mientras Enid le besaba en la mejilla,
acariciando con pasión la suave piel,
aún sin arrugas, del esposo.
El hijo de Galván, Galahad, parecía
nacido para eclipsar a su padre, lo cual
irritaba particularmente al príncipe. No
era que le molestara envejecer, porque
hasta el momento el proceso había sido
bastante agradable. Ni que envidiara la
inteligencia que mostraba Galahad con
las armas, porque su tío, el rey Artor,
siempre había tenido mayor habilidad
guerrera que él. Por un lado, el príncipe
tenía fama de ser uno de los mejores
espadachines celtas de su tiempo, y
además la extraordinaria belleza física y
la finura de su hijo era algo que le
llenaba siempre de orgullo. Lo que
realmente odiaba de Galahad era esa
mojigatería que el chico lucía
abiertamente como un cilicio. El joven
había decidido convertir en virtud la
virginidad y el celibato, cosa que para
Galván era una completa estupidez.
Por ser el primogénito, Galahad
tenía responsabilidades familiares. Pero
¿hasta qué punto hacía caso a su padre?
En cuanto salía el tema de acostarse con
alguna mujer, Galahad se limitaba a
sonreír con cara inocente, argumentando
que dejaba esos asuntos de la carne para
otros hombres… como Galván. Según su
propia grandiosa visión de futuro,
Galahad estaba destinado desde la cuna
a una gloria que sobrepasaba cualquier
gesta guerrera, incluso superior al papel
que le correspondía como heredero al
trono de una tribu celta.
En aquella cama ajena, labrada de
manera rocambolesca en forma de
barco, Galván apretó los dientes, en
señal de fastidiosa impotencia.
En su momento pensó que el chico se
vería tentado a frecuentar los exóticos
antros de perdición de Aquae Sulis,
pero los encantos de aquellas rubias, ya
fueran nobles, plebeyas o profesionales,
dejaban impávido a Galahad. Y al
muchacho tampoco le atraían los
encantos de otros hombres, de los
jóvenes, ni siquiera le atraían los
animales, porque, a juicio de Galván,
Galahad era frío como un témpano en
materia sexual. Incluso se atrevía a
sermonear a su padre sobre los deberes
y responsabilidades conyugales, cosa
que despertaba en Galván un enorme
deseo de cruzarle la cara.
Curiosamente, la única vez que
Galahad manifestó cierto interés por
algo de lo que ofrecía Aquae Sulis fue
cuando contempló el jardín de Gallia, en
Villa Poppinidii. En este santuario a la
cultura romana en medio de la Bretaña
celta reposaban ahora las cenizas de
Targo, de tan bendita memoria. A él
acudían muchos soldados para que
intercediera por ellos ante los dioses
cuando estuvieran a punto de morir.
Aunque Galahad rechazaba semejantes
supersticiones, ensalzaba las virtudes de
Gallia, en tanto que representaba el
espejo de la perfecta femineidad, pese a
ser pagana, según decían. Incluso el
jardín en sí conmovió el gélido corazón
del chico.
—Es realmente una lección de
humildad saber que un esclavo y una
aristócrata murieron juntos y que ahora
sus cenizas están mezcladas —decía
Galahad a quien quisiera escucharlo—.
El jardín de Gallia me ayuda a
reflexionar sobre la comunión que me
une al Padre Todopoderoso.
—¡Por favor, Galahad! —suplicó
Galván—. ¡No haces más que
sermonearme! —lo que quería es que su
hijo mostrara interés por algo que no
fuera el dios cristiano.
De camino a Lindinis, asentamiento
meridional más próximo a Cadbury,
llegaron a un río de corrientes
apacibles, que discurría por abiertos
prados y encerraba una isla en medio.
En la isla había una villa con una torre
defensiva extraña que hacía pensar en
una antigua ocupación. Los dos hombres
contemplaban encantados los prados que
recorrían la orilla, cuajados de
malvaviscos y densos juncos hasta
formar una barrera casi impenetrable. El
aire bullía con el rumor de abejas,
mariposas y libélulas.
Padre e hijo hicieron como si no
notaran el festín que innumerables
criaturas se estaban dando en sus pies,
gracias a que iban descalzos.
Se sentaron a la sombra de un árbol
enorme y en ese rato vieron que una
barca de madera se abría paso hacia un
banco de limo, próximo a donde ellos
dormitaban. Al rato se les acercó un
hombre robusto. Era de estatura mediana
y llevaba los brazos y piernas tatuados
con espirales y volutas azules. Bajó a
tierra, sacudiéndose el barro que se le
había quedado pegado a la ropa. Esta
extraña criatura, casi deforme, a juzgar
por los hombros, exageradamente
anchos y las piernas tan cortas, casi
femeninas, que tenía, llevaba el pelo
recogido con una cinta plateada,
guedejas escasas y grisáceas que
probablemente nunca se había cortado.
—Señores —dijo dirigiéndose a
ellos con profunda voz cavernosa—, mi
señora, la Dama de Salinae la Menor,
les da la bienvenida y les ruega que
acepten su hospitalidad en la villa.
Como no solemos tener visita, estará
encantada de recibir noticias del mundo
exterior. En este rincón tan perdido,
estamos completamente aislados.
A Galván se le iluminó la mirada al
instante: una cama suave, bajo techo
cómodo sería maravilloso, después de
los pesares del camino, mejor incluso
que un vino de crianza.
Galahad, por el contrario, se quedó
imperturbable. Entrecerró los ojos con
desconfianza para mirar al extraño.
Torció el gesto en cuanto percibió el
olor a sangre pagana. A lo que huele esta
criatura es a aceite perfumado, en
realidad, pensó asqueado, frunciendo el
labio. Tiene aspecto de picto.
—Gracias, amigo —respondió
Galván inmediatamente, para
contrarrestar el evidente desprecio con
que su hijo había recibido el
ofrecimiento—. Soy Galván, Príncipe de
los otadinos, y voy de camino a Cadbury
en compañía de mi hijo mayor, Galahad
—sonrió—. Siempre he creído que
Salinae estaba en territorio de los
ordovicos. ¿Tiene tu señora alguna
remota relación con Bran ap Cerdic?
—Su padre era pariente lejano de
Llanwith, mi señor, y fue él quien
reedificó las fortificaciones de Salinae.
Se asentó aquí hace muchos años en
compañía de mi señora, que era su única
hija. Fue desterrado, tras mandar
ejecutar a su esposa siguiendo las leyes
romanas, por una disputa de sangre
provocada por cuestiones de
infidelidad.
Galván apenas pudo disimular su
turbación. Como el rey supremo,
despreciaba a todo aquel que se
empeñara en ejercer sus derechos como
paterfamilias.
—Si tienen el gusto de seguirme,
señores, los acercaré en la barca hasta
la isla —dijo educadamente el
hombrecillo—. Mi señora llama a esta
isla Salinae la Menor en recuerdo de su
antiguo hogar. Yo me llamo Gronw y soy
el consejero espiritual de la Dama de la
Salinae. Y como imagino que tendrán
muchas dudas, siéntanse libres de
preguntarme lo que deseen.
Galahad lanzó sobre el hombre una
mirada hostil, llena de recelo.
—¿Y qué hacemos con los caballos
y los bultos mientras estamos allí? No
creo que quepan en la barca —dijo en
tono grosero.
No sabemos si Gronw se sintió
molesto, pero no lo manifestó en
absoluto. Limitándose a sonreír
cortésmente, respondió impasible:
—Ya hemos avisado a los vecinos
que nos surten de grano, carne y criados
de que llegabais. Ellos se encargarán de
vuestras monturas, así que no hay nada
que temer. Estarán en buenas manos.
—Pues no he visto ningún pueblo
por aquí; así que no sé cómo te ha dado
tiempo a contactar con ningún vecino —
dijo Galahad amenazadoramente—. ¿Por
qué tenemos que fiarnos de lo que
dices?
—¡Galahad! —le reprendió su
padre, pero Gronw fingió no haber
escuchado el comentario.
—Sabíamos que veníais desde hace
horas, por eso nos hemos adelantado a
avisar a los vecinos. En cuanto
embarquemos, vendrán a por vuestras
monturas.
—¿Cómo? —insistió Galahad.
—Si te refieres a cómo avisamos a
la gente del pueblo, lo hacemos con
espejos —contestó Gronw con toda
serenidad, sin mostrar el más ligero
atisbo de impaciencia.
—Ya lo sabes, Galahad, así que deja
de marear a este pobre hombre —
ordenó Galván—. Gronw, tú mandas.
El trayecto hasta la isla lo hicieron
apenas sin esfuerzo, porque Gronw era
un experto remero. A medida que se
acercaban a un pequeño muelle, Galván
iba viendo el reducido tamaño de la
isla, pese a que parecía mayor por los
árboles que aún quedaban con hojas. La
villa estaba en la cima rodeada de
jardines y frutales que se extendían hasta
los mismos bordes del agua.
Mientras caminaban por entre
melocotoneros, manzanos y tierras en
barbecho, Galván iba contemplando las
estatuas de estilo romano que había
dispuestas aquí y allá, con muy buen
gusto. Le impresionaron la paz y la
tranquilidad del lugar. La villa en sí no
solo tenía nombre romano, sino que
estaba construida según dichos cánones.
—Esa torre tiene un aspecto muy
raro —comentó Galván con cierta
curiosidad—. No es lo que se espera
uno encontrar en una villa de corte
romano.
—La torre nos sirve para saber si
vienen forasteros y mi señora pasa
largos ratos tejiendo en la habitación de
arriba. Dice que es su ventana al mundo.
La torre ya tenía muchos años cuando
construyeron la villa sobre la estructura
anterior, poco después de que nos
asentáramos en Salinae la Menor —
contestó Gronw con una afabilidad que
rozaba el tono familiar. Tenía los ojos
ambarinos con motas verdosas y, pese a
que el hombre parecía sentirse a gusto
con ellos, Galván intuía algo extraño en
aquella mente de profunda inteligencia.
Gronw dejó a sus huéspedes en
manos de unos criados que esperaban
tranquilamente de pie. Padre e hijo
fueron llevados a una espaciosa
habitación que estaba al lado de unos
baños romanos. Los criados, sonrientes
y educados, no pronunciaron palabra,
salvo para informar a los invitados de
que su señora les esperaba a cenar
pasadas dos horas.
Galahad empezó a dar vueltas por la
habitación, observando los mosaicos y
la pintura de las paredes, sin soltar en
ningún momento el crucifijo que llevaba
colgado del cuello. Se detuvo delante de
un fresco en que aparecían ninfas y
sátiros jugando en un agradable paisaje
boscoso, puso cara de asco y entonó una
breve oración por lo bajo.
—Déjate de fervores, Galahad —
soltó Galván—. Respeto que practiques
tu religión como desees, aunque no sé de
dónde te viene la fe. En casa nunca
hemos tenido inquietudes espirituales,
salvo que sirvieran para algo. Pero no
voy a tolerar que seas grosero con
nuestra anfitriona simplemente porque
no te gusten sus creencias. Pienses lo
que pienses, te callas.
Los almendrados ojos de Galahad
lanzaron una mirada gélida, que daba
muestra de su intransigencia. Galván
rezongó algo para sus adentros. Galahad
resultaba insoportable cuando
despreciaba con tanta soberbia a
quienes no se atuvieran exactamente a
sus estándares.
—Este lugar apesta a corrupción,
padre, y a ti el lujo y la ostentación te
tientan demasiado. Deberías pensar más
en tu alma inmortal y menos en el placer.
—Supongo que tú preferirías que
durmiéramos en el suelo después de
cenar agua con carne seca, ¿no?
—Mejor ser austero que no verse
tentado por el libertinaje pagano —
contestó Galahad.
—¿Cómo he podido engendrar yo a
semejante mojigato tan arrogante? ¡No,
Galahad!, ¡no digas ni una palabra más!
Más te valdría pensar que ni tu abuelo ni
yo hemos dejado de respetar otras
creencias. Algún día serás rey y tendrás
que gobernar un reino en el que la gente
confiará en todo tipo de dioses. Cuando
llegue el momento, no sería sensato que
prohibieras las demás religiones porque
aquí, en estas islas, te encontrarías en
clara minoría. El propio rey Artor, a
quien solo le he visto regirse por el
sentido del deber y de la lealtad, es más
romano que cristiano. Y a lo mejor
podrías aprovechar esta noche para
practicar un poco la buena educación.
Por lo menos no le han convencido
para que se ponga un pellejo de cordero
y deje de lavarse, se dijo Galván para
sus adentros, acordándose de un
sacerdote cristiano de dudosa reputación
que había ido al palacio del rey Lot el
verano anterior. Llevaba unas ropas tan
asquerosas y de un olor tan putrefacto
que hasta el más fajado guerrero de los
otadinos estuvo a punto de devolver.
A la hora convenida, vestidos con
sus mejores atavíos, con aspecto pulcro
y saludable, padre e hijo fueron
conducidos a un triclinio con divanes al
más puro estilo romano. Galahad se
sentó afectadamente al borde de un
diván de madera tallada en oro, lo más
cerca que pudo de la salida, como si su
alma inmortal estuviera en imperioso
peligro.
Galván se quedó de pie. Aunque la
costumbre romana le resultaba familiar,
eso de reclinarse para comer no le
convencía mucho. Lanzó una mirada a
Galahad, que mostraba un gesto hosco y
de verdadera aversión, para ver si por
una vez el hijo sonreía.
Pero a Galván se le disipó por
completo el enfado en cuanto la señora
de la casa apareció en la sala.
Era bellísima, de melena larga y
negra, cuidadosamente arreglada, como
corresponde a una doncella. Tenía la tez
muy pálida, como si apenas se atreviera
a salir de casa y los dedos muy largos,
según pudo ver Galván. Pero el mayor
encanto residía en su mirada y en la
amplia sonrisa que alegraba su boca.
Era de ojos muy oscuros, cálidos,
adornados por largas pestañas. Las
cejas oscuras, ligeramente elevadas al
final, le daban una expresión de
complicidad y extrañeza a la vez. Sin
embargo, en cuanto empezó a conversar
con la dama, Galván se convenció de
que estos rasgos faciales protegían un
carácter tímido, sencillo e inocente.
—Bienvenidos, señores. Honráis mi
mesa con vuestra presencia —sonrió
abiertamente a sus invitados—. Espero
poder ofreceros excelente comida, buen
vino y una velada apacible, para que
siempre recordéis con cariño vuestro
paso por Salinae la Menor.
Pese a sus reparos Galahad se sintió
momentáneamente arrebatado por el
encanto de la dama, sin atreverse a
pronunciar palabra. El vestido de la
anfitriona era de corte fino y elegante,
de una tela delicadamente teñida en una
mezcla de tonos verdes azulados y de
bellos bordados en cuello, mangas y
bajos, de manera que su dueña parecía
flotar en un mar de aguas inquietas.
Galván fue el primero en recuperar
la voz.
—Tu amabilidad nos honra de
manera especial e inmerecida, señora.
Salinae la Menor es maravillosa, pero la
isla carece del encanto y la belleza de su
señora.
La anfitriona sonrió sonrojada. Tenía
la voz cálida y profunda de las mujeres
y una risa contagiosa.
Pese a sus buenas intenciones,
Galván sintió un cierto escalofrío por la
espalda.
—Hablas bien, príncipe Galván.
Demasiado listo para mí. Soy una
chiquilla poco acostumbrada a que la
halaguen.
Galahad frunció el ceño, a modo de
irónico homenaje, al comprobar la
gracia que tenía su padre con las
mujeres. Si Galván hubiera leído lo que
en este momento pasaba por la cabeza
de su hijo, estaría horrorizado; para
Galahad lo único que pretendía la mujer
era provocar y su padre empezaba a
caer en el anzuelo.
—Tu criado no ha querido decirnos
cómo te llamas. Y me cuesta dirigirme a
ti toda la noche como mi señora —
intervino Galahad con brusquedad, sin
pizca de diplomacia ni gracejo.
La dama lo envolvió con sus ojos
oscuros, pero en la gélida mirada que le
devolvía Galahad no encontró un ápice
de admiración ni de simpatía. Sin perder
la apostura volvió su atención a Galván.
—Lo siento, príncipe Galván, por
haber sido tan descuidada. Mi padre
Rufus me llamaba Miryll, siguiendo la
costumbre de nuestros ancestros.
Aunque pertenecemos a los ordovicos,
por nuestras venas corre sangre romana
y él no se convirtió al dios cristiano
hasta muy tarde —sonrió, mientras
Galahad se empeñaba en descubrir otra
provocación en sus húmedos labios
rojos.
—Veo que tu hijo no abre la boca;
debe ser que cree en Jesús, el hijo del
carpintero —siguió la dama con tono
afable—. En mi opinión los cristianos
no dejan sitio en su corazón para
quienes como nosotros seguimos los
antiguos ritos —suspiró con gracia—.
Pero me voy a callar, porque no
pretendo ofender en absoluto a mis
queridos invitados. Comamos y
bebamos mientras me contáis noticias de
occidente. En Salinae la Menor estoy
muy aislada; apenas viene gente a
visitarnos.
Ahora fue Galahad quien se sonrojó,
al ver que Miryll se había dado perfecta
cuenta de sus prejuicios. Le había
dejado desarmado, y además Galván le
había lanzado una mirada muy
significativa, advirtiéndole que si seguía
siendo tan maleducado iban a tener
problemas.
Miryll se reclinó elegantemente en
su diván, invitando a sus huéspedes a
hacer lo mismo, mientras llamaba a los
criados con las palmas.
Al instante empezaron a llegar
viandas y vinos, que servían unas
doncellas mudas. Eran unos manjares
epicúreos, sofisticados, exóticos.
Galahad inspeccionaba cuidadosamente
cada bocado con ojos suspicaces.
Durante la velada, la señora Miryll
mantuvo en todo momento una
conversación normal y poco
comprometida, dirigiéndose sobre todo
a Galván, que respondía a sus agasajos
con más educación.
En cuanto hubieron terminado,
Galahad se excusó alegando que estaba
cansado. Galván reconoció la señal:
estaría enfurruñado y sin hablar hasta
por la mañana.
—¿No tardarás mucho, no, padre?
—dijo Galahad con toda intención—.
Tenemos que ponernos en camino
temprano —sonaba tan severo que
Galván se sintió como un niño pequeño
amonestado por su padre. Y como padre,
precisamente, el príncipe decidió
desafiar a su heredero y primogénito.
Puede que Galván respondiera a
Miryll porque decidiera poner a su hijo
en su sitio. Puede que estuviera
demasiado acostumbrado a practicar la
seducción. O puede simplemente que
Galván echara de menos estar con
mujeres que lo halagaran. Las lámparas
de aceite parpadeaban ya cuando Galván
se levantó un tanto beodo para irse a sus
dependencias.
Antes incluso de que se bebiera la
última copa, Miryll había conseguido
que Galván le prometiera quedarse un
día más en Salinae la Menor. Como era
de suponer a Galahad le dio rabia que su
padre hubiera accedido, pero por una
vez no dijo nada, con buen criterio.
Miryll le había contado a Galván
que el río pasaba cerca de Gastonbury y
que gracias a sus afluentes aquel lugar
se había convertido en uno de los
centros religiosos más admirados de
occidente. Cuando el príncipe sugirió ir
en barco a Glastonbury, Miryll se echó a
reír. Glastonbury no tenía costa, pese a
haberla tenido en su momento; de ahí su
nombre, la Isla de las Manzanas.
Galahad se dedicó a averiguar cosas
de la dama de Salinae la Menor, de
Gronw y de la historia de la familia. No
sabía con exactitud por qué desconfiaba
de Miryll, pero se sentía raro cuando
estaba con ella y no le gustaba la manera
en que se habían visto envueltos en su
invitación a quedarse algo más en aquel
lugar extraño e intemporal.
Miryll sonreía admirada al oír las
historias más tontas contadas por boca
de Galván. Una cosa que Galahad no
entendía era por qué una mujer joven,
inteligente y guapa como Miryll podía
verse embelesada por las gracias de un
hombre mayor.
Pero Galván no sentía ninguno de
estos riesgos. Estaba encantado con el
jardín, con el estanque y el avellano, con
las rosas salvajes, las flores de marisma
medio marchitas y el pendular de los
juncos. Cuando Miryll lo invitó a entrar
en la torre, estaba deseando explorar la
antigua fortificación, que pegaba tan
poco con el lujo de la villa que
defendía.
—El edificio es muy antiguo y sus
orígenes se pierden en la bruma de los
tiempos —explicó Miryll, mostrando en
la mirada una enorme fascinación, un
enorme afecto o algún otro sentimiento
más profundo—. Ya era antiguo cuando
los reyes hicieron la paz con los
romanos. Sellamos el interior con una
mezcla de barro, estiércol y pelo de
caballo, como en épocas primitivas.
Galván examinó la piedra utilizada
en la construcción de las murallas y el
diseño de las escaleras de caracol. Y de
repente se acordó de otra torre, en
Glastonbury, cuando quedó como un
absoluto imbécil al intentar coger la
espada de Uter que estaba incrustada en
la pared, algo más arriba de su alcance.
Se aclaró la garganta.
—Me recuerda a la torre de
Glastonbury Tor.
—El pezón de la Doncella. Sí, se
parece.
Galván se sintió un poco incómodo,
hasta que Miryll le cogió la mano entre
las suyas.
—¿Tienes miedo de las antiguas
leyendas, señor?
Galván negó con la cabeza.
—Los campesinos cuentan que un
anciano que iba a Glastonbury
procedente de tierras lejanas —dijo la
dama— construyó una iglesia dedicada
al dios cristiano. Parece que el hombre
plantó un espino a partir de una corona y
para protegerlo construyó esta torre que
guardara su secreto. ¿Qué corona sería
esa?
Galván prestó atención
inmediatamente.
—No pongas esa cara, príncipe
Galván. Aquí no hay ningún tesoro
escondido. Si hubiera habido algo, lo
habríamos encontrado cuando
reconstruimos la torre. Cuando padre
llegó a la isla, la estructura estaba casi
en ruinas y tuvieron que trabajar durante
muchos meses para hacerla habitable.
—¿Quién era ese anciano que
construyó la iglesia original?
Miryll no pudo evitar un cierto gesto
de contrariedad.
—¿Quién sabe, príncipe Galván?
Me han dicho mil nombres. Hay sabios
que lo llaman Josephus, y otros el
Comerciante, o simplemente el
Forastero. Han pasado por lo menos
quinientos años desde que vino por aquí
y su nombre se pierde en la marea de
estas perdurables aguas.
Galván intentó apartar una cierta
premonición de peligro y siguió a la
dama por las escaleras hasta que
accedieron a una espléndida sala
circular.
Por enormes vanos de piedra la torre
se abría al exterior. Eran irregulares,
pero de gran atractivo, precisamente por
su sencillez. La luz inundaba todos los
rincones de la sala. Galván vio que las
ventanas podían cerrarse con pesados
paños de lana para evitar un tanto los
fríos invernales, pero a juzgar por el
brillo de las telarañas parece que
apenas se utilizaban.
El centro de la torre estaba
dominado por una enorme losa de piedra
desnuda, una pesada pieza de roca
caliza que absorbía toda la luz. Galván
alargó los dedos para acariciar la piedra
en su desnudez. La cubría un paño
bordado que suavizaba un tanto el
aspecto de lápida que ofrecía.
En un rincón había un tapiz que
representaba las flores, los juncos y las
hierbas que crecían bajo la ventana. El
trabajo a medio hacer resultaba
precioso. Galván levantó una ceja,
mirando a Miryll en señal de
interrogante. Ella sonrió tímidamente.
—Sí, eso lo hago yo. Tejo y bordo lo
que veo por la ventana. En el siguiente
tapiz quiero reproducir la escena en que
tú y tu hijo estabais descansando bajo
los robles, con Gronw en su barca yendo
a recogeros para traeros a la villa. Mis
tapices reflejan mi vida aquí en la isla.
Por un instante pareció entristecerse.
Galván intentó imaginar qué peso la
embargaba, qué maleficio atenazaba su
alma. Al momento la dama abrió los
ojos de par en par y ofreció la mejor de
sus sonrisas.
Galván contuvo el aliento y
prescindió de sus halagos fáciles y
seductores.
El príncipe pasó el día como en una
ensoñación, mientras paseaba con
Miryll por los jardines y escuchaba las
historias que la dama le contaba por la
tarde para entretenerlo. Sin apenas darse
cuenta de la hora que era, la noche se les
fue echando suavemente encima,
recordándoles que debían volver a
bañarse y arreglarse para la cena.
Cuando Galván llegó a la habitación,
Galahad seguía callado como siempre,
hasta el punto que el príncipe tuvo que
obligarlo a hablar. El joven había
pasado el día en el scriptorium, entre
empolvados rollos de vitela y papiros
egipcios.
—Padre, hay una enorme colección
de tarros de cerámica, todos muy
antiguos, a juzgar por lo sucios y
empolvados que están. También he
encontrado documentos, algunos
bastante dañados y otros con una
interesante pátina de antigüedad. No sé
en qué lengua están, pero también he
visto que en algunos hay notas escritas
por el padre de Miryll, que aluden a una
antigua reliquia que se encuentra aquí
escondida por seguridad.
Galván se sorprendió al ver lo
emocionado que estaba su hijo, con lo
poco dado que era el chico a mostrar
entusiasmo por nada, salvo por su dios.
—Sí, puede ser —dijo Galván con
parsimonia—. Miryll me dijo que al
parecer hay un tesoro escondido en la
torre.
Galahad calló por unos momentos,
antes de lanzarse a hablar otra vez.
—Creo que los rollos pueden estar
en arameo. No lo sé, es una suposición,
pero las notas que dejó Rufus hablan de
un constructor de la torre que hablaba en
esa lengua pagana. El propio nombre,
Josephus, también indica que pudo
pertenecer a esa raza maldita, la de los
judíos —lanzó una mirada penetrante a
su padre—. ¿Te imaginas la cantidad de
información que hay aquí? —inquirió
con fervor—. ¡Tendría que ser entregada
a la Iglesia!
—¡La Iglesia!, ¡la maldita Iglesia!
¿Es que no piensas más que en la
Iglesia?
—No mucho, padre. Excepto, claro,
en las obligaciones que tengo contigo.
Mientras Galahad daba vueltas por
la habitación, Galván pensaba que al
menos el hijo había encontrado en la isla
algo interesante.
—Salinae la Menor no es un sitio
apacible ni saludable, padre —añadió
Galahad con tono de superioridad—.
Toda la villa me huele a decadencia,
pese a la esencia de perfume que
despide.
Galván no dio crédito alguno a la
advertencia que le había hecho su hijo.
—¿Ah, sí? A lo único que me huele
a mi es a limpio y a una comida
excelente. No cabe duda de que Salinae
la Menor y estos suelos pulidos son
justo lo contrario de lo que vivimos en
Lot, con ese tufo a esteras, al perro de
caza de tu abuelo y a terrible cabeza de
pescado. Vamos, muchacho, espabila un
poco, a ver si disfrutamos de este receso
mientras dure.
Galahad no podía negar que la casa
de Lot estaba sucia y llena de piojos,
sobre todo en invierno, por lo que se
limitó a mostrar un gesto de disgusto.
—Estoy seguro de que aquí en la
villa hay una reliquia, padre. Creo que
es un objeto sagrado y no confío en
quienes la custodian.
—¡Vaya!, pues fuera lo que fuera,
hace tiempo que desapareció.
Galván se marchó. Estaba
acostumbrado a estas extrañas
obsesiones de Galahad y no soportaba
mucho los prejuicios que normalmente
embargaban a su hijo.
ESA NOCHE GALVAN bebió a placer.
Durante la cena sirvieron generosamente
vino endulzado con miel, con lo cual
después apenas se acordaría de haber
subido a la torre con dificultad y aún
menos de haber mantenido una intensa
sesión de sexo sobre un montón de
pieles justo en el centro de aquel
espacio circular. Mientras gemía y
resoplaba sobre el cuerpo de Miryll, le
parecía estar oyendo una lengua extraña,
pero no podía prestar mucha atención,
centrado como estaba en lo que le exigía
el cuerpo y el denso perfume que surgía
de las húmedas carnes sobre las que
cabalgaba. Sorprendido, vio que por
mucho que intentara penetrar a la mujer
que tenía debajo, no conseguía el
ansiado placer.
Por fin, con piernas temblorosas se
sintió arrastrado escaleras abajo, hasta
que aterrizó en la suave cama de Miryll.
En cuanto el cuerpo se lo permitió, se
hundió exhausto en un profundo sueño de
imágenes fantasmagóricas, en las que se
veía rodeado por blancos brazos de
mujeres que lo conducían de acá para
allá a golpe de látigo, deleitándose a
placer.
Cuando por fin fue despertándose
perezosamente, vio que Miryll estaba
tumbada a su lado, despeinada y
adorablemente hermosa y renegó de lo
que había hecho, movido por su libido.
¡La muchacha era virgen! Es todo lo que
recordaba en medio de su turbación.
«¡Pues no me puedo casar con ella! Sabe
que tengo esposa al otro lado del muro,
—pensó Galván con alivio—. Así que
fuera lágrimas. Pero ¡como todas, algo
querrá!»
Para salpicar sus pensamientos con
algún tipo de acción, Galván besó de
manera mecánica los cabellos de la
dama, desplegados sobre la almohada.
Miryll abrió unos ojos adormecidos
y observó el cuerpo desnudo de Galván,
según se levantaba de la cama. Se fijó
en el vientre algo caído de su amante, en
su papada de hombre maduro, pero no
dijo nada; se limitó a hacer una leve
mueca de asco. Tenía la mirada apagada
y enigmática mientras se estiraba como
un pulcro gatito.
—Supongo que tendrás ganas de
salir para Cadbury, príncipe Galván —
dijo sonriendo de manera un tanto
automática a su invitado—. Tienes que
perdonarme por seguir acostada, estando
tú a punto de marchar. He indicado a
Gronw que os atienda hasta que lleguéis
a la otra orilla.
Miryll volvió a estirarse, metió las
manos bajo la almohada y siguió
durmiendo como un chiquillo.
Galván había imaginado una escena
en la que la joven amante despechada se
echaría a llorar, discutiría con él y se
pondría a chillarle indignada. Se había
preparado para engatusarla y halagarla
convenientemente, por eso esta
despedida tan abrupta no solo le
sorprendió sino que le resultó un tanto
deprimente. Lo único que podía hacer
era salir de puntillas, irse a su
habitación y dejar a Miryll sumida en la
despreocupación de sus sueños.
Afortunadamente Galahad seguía
dormido.
Galván se sintió manipulado y
usado. Sin tener en cuenta que con los
años había dejado a cientos de mujeres
con el mismo desafecto que Miryll ahora
mostraba hacia él, Galván agarró un
berrinche propio de su edad, que lo
mantuvo enfurruñado durante la comida
y el trayecto que hicieron hasta
recuperar sus monturas y provisiones.
Galahad frunció sus impecables
labios para no saltar cuando su padre
empezó a soltar improperios al ver que
se le caía una de las alforjas al suelo.
—¿Supongo que habrás dormido
bien, padre?
Galván resopló por toda respuesta.
—No has dormido en la habitación
—siguió Galahad—. Espero que Miryll
mereciera la pena, después de todo el
esfuerzo.
—¿Y tú que sabrás, enano? Ya no
pienso hablar más de Salinae la Menor.
Para mí, como si no existiera.
Galahad tuvo el atrevimiento de
reírse para desagrado de su padre.
—¿Acaso la dama no apreció tus
encantos? ¿Es que el gran Galván se va
haciendo viejo?
Galván dio un sopapo a su hijo,
como quien reprende a un chiquillo
rebelde. Las mejillas de Galahad
enrojecieron como la grana y en sus ojos
asomó una mirada de irritación que
claramente distaba mucho de la
resignación cristiana.
—Calla la boca, niñato, y habla a tu
padre con respeto. No tienes por qué
meterte en cómo paso las noches. Eso es
asunto mío.
Galahad decidió no contestar, pero
lanzó una puya a su padre que lo dejaría
preocupado el resto del camino.
—Si la dama hubiera podido
persuadirme para romper mis promesas,
padre, habría apostado por mí. ¿Te has
parado a pensar por qué quería que uno
de nosotros nos metiéramos en su cama
y por qué nos despidió tan seca en
cuanto consiguió lo que quería? La
señora buscaba algo que no eran
precisamente tus encantos.
Galván subió a su montura fingiendo
una despreocupación que realmente no
sentía. Bajo el esplendor de Salinae la
Menor había algo viejo y mohoso que
Galahad había reconocido en la mirada
de Miryll.
—Eres un fastidio infernal, Galahad,
mucho peor que un cura con sotana —
dijo Galván—. Verdaderamente me
resultas tan cargante como tu tía abuela
Morgana —mientras cabalgaban, sus
ojos se cruzaron con los del chico,
almendrados, divertidos—. Pero, en este
caso, me temo que puedes tener razón.
CAPÍTULO IV

DE PARIENTES,
AMANTES Y OTROS
ENEMIGOS
DIVERSOS

N SUREÑO DE greñas oscuras mirada


furtiva entró con sigilo en el bar más

U deshonroso de Deva, La Bruja


Azul, y se acercó al fondo
donde un rudo tablero hacía las veces de
barra. Secándose el sudor de las manos
en la sucia chaqueta de lana que llevaba,
inspeccionaba el recinto con ojos
nerviosos.
En aquel bar cochambroso, lleno de
humo de la chimenea, que apestaba a una
mala sopa de pescado y a borrachera, el
forastero llamaba la atención
simplemente por el miedo que emanaba
de su actitud.
—Busco a Octa, el dueño de este
antro asqueroso —dijo dirigiéndose a un
pastor que estaba tomándose, todo
encorvado, un cuenco de caldo
grasiento. El hombre retiró bruscamente
la mano del forastero.
—Quita las zarpas de ahí —dijo con
un gruñido—. Octa está ahí, junto a los
cacharros —y señaló con un dedo
mugriento a un hombre que estaba
sirviendo cuencos de sopa y jarros de
cerveza a los clientes.
El forastero agradeció la indicación
con un movimiento de cabeza y se fue
haciendo hueco a través de la muralla de
hombres que se agolpaban en el bar,
hasta que llegó al tabernero.
—Por aquí viene de vez en cuando
un tipo llamado Pebr —empezó
diciendo el forastero.
El tabernero hizo por retirar la vista
de los cuencos que estaba sirviendo
para mirar al recién llegado.
—Que es tuerto —añadió el
forastero.
—Puede que sí puede que no.
¿Quién lo busca?
—Eso a ti no te importa —dijo el
forastero con crudeza—. Dile sin más
que estoy en Deva y que tengo su cáliz.
El mensaje es que el asunto está en
marcha. ¿Te has enterado? Que la cosa
está en marcha. Dentro de tres días me
pasaré por aquí a ver si Pebr contesta
algo.
El tabernero llenó otro cuenco y lo
depositó con tal fuerza en la barra que
salpicó al forastero con aquel fango
parduzco.
—¿Te has enterado? —volvió a
decir el hombre, chupándose el líquido
de los dedos.
—Sí. Que tienes su maldito cáliz.
¡Como si a mí me importara algo! Que la
maldita cosa está en marcha, sea lo que
sea. En tres días, dices.
El forastero echó unas monedas
sobre los restos de sopa que había en la
barra.
—Por las molestias.
Y desapareció por entre la marea
humana que había en La Bruja Azul.
—¡Maldito sureño! —farfulló el
tabernero, recogiendo las monedas que
se llevó instintivamente a la boca para
limpiarlas.
Si el forastero hubiera tenido la
precaución de mirar para atrás, habría
visto que lo seguía una sombra muy alta.
Si hubiera escuchado con atención,
habría oído unos pasos sigilosos justo
detrás de él, tan discretos como cuando
la luna se oculta tras un cúmulo de
nubes.
De repente un brazo de hierro lo
rodeó por detrás, agarrándolo por el
cuello. La cuchillada que siguió acalló
cualquier ruido. Después de tapar
hábilmente el chorro de sangre, el tuerto
soltó el cuerpo del forastero, que cayó
al suelo entre convulsiones sobre el
charco, cada vez mayor, de su propia
hemorragia.
El forastero sintió que Pebr le
hundía la bota en las costillas con
desprecio mudo. Es lo último que notó.
Antes de que el forastero perdiera del
todo la vista y el oído, el tuerto ya se
había ido.
—Quienes mencionan mi nombre, no
vuelven a hablar —musitó Pebr el
Tuerto en voz baja.
Dentro del bar Octa meditaba sobre
lo peligroso de la vida, mientras se
retiraba el sudor de la frente. Pero no
dijo nada. El silencio aseguraba la vida
a los sensatos.
A MEDIDA QUE se iba echando encima
el invierno, Cadbury bullía como un
avispero. Cada día llegaban nuevos
visitantes de renombre a los que
contemplar. Balyn y Balan también
llamaron la atención en su momento,
pero ahora habían llegado a Cadbury
Tor dos grupos de visitantes seguidos,
que, como todos, subían a lomos de su
montura por las espirales del camino
hasta llegar a la cumbre, acompañados
de su guardia personal y sus mulos de
carga.
El primero en llegar fue Mordred ap
Cynwael. Los ciudadanos de Cadbury
eran muy cosmopolitas y estaban
acostumbrados a recibir embajadas del
continente, pero Mordred era distinto
incluso de aquellos exóticos grupos que
venían de la Gallia o de Hispania.
Como todos los descendientes de
Luka, rey de los brigantes, Mordred era
esbelto, moreno y atractivo. Pero a
pesar de su encanto natural, el caballero
proyectaba cierto halo de sectarismo y
falta de honestidad. Puede que esa
impresión fuera cosa de la luz. Mordred
tenía las extremidades robustas y recias,
quizá algo finas para los cánones de
belleza militar. Montaba un caballo
engualdrapado, pero sin el freno que
utilizan muchos nobles. Como los
centauros mitológicos, marchaba
erguido sobre la montura, con las
piernas ocultas bajo un manto de lana
que se ataba al cuello del animal con un
broche dorado que representaba la
cabeza de un jabalí. Los ancianos del
lugar se estremecían al ver el emblema,
como si los aciagos días de Gorlois y
Uter Pandragón hubieran regresado.
Mordred soltó las riendas y se bajó
del caballo, sin atender al muchacho que
había ido corriendo a recoger los cueros
del barro.
Subió a grandes zancadas las
escaleras que conducían al palacio de
Artor y abrió la puerta de un empujón,
sin ceremonia alguna, y echando a un
lado a Percival, como si el escudero
real fuera invisible. Mordred, seguido
por Gareth y Percival, avanzó con
desenvoltura hasta los tronos gemelos.
Artor se levantó.
—¿Quién eres para romper la paz
que reina en la casa del rey supremo? —
preguntó Artor con cortesía, aunque, de
haber podido, los presentes habrían
advertido a Mordred de que la mirada
del monarca era gélida como las
corrientes invernales.
Odin fue el primero en moverse.
Sacó su hacha de guerra y dio un paso al
frente. El resto de la guardia personal de
Artor desenfundó ligeramente sus armas.
Percival sacó su espada provocando un
tenue y siniestro silbido.
—¡Pero tío, vaya bienvenida! —los
ojos de Mordred brillaban inteligentes y
divertidos—. Si tus guardias quieren
que les entregue las armas, no tienen
más que decirlo.
El joven, de edad similar a la de los
gemelos y tan atractivo a su manera
como Balyn y Balan, se quitó las armas
que llevaba con mucho aspaviento,
armas que recogieron prestos Gareth y
Percival. Cuando este último le despojó
de un cuchillo mortal que escondía en la
bota, Mordred, el rey de los brigantes,
se echó a reír sardónicamente.
—Ten mucho cuidado con mi
juguetito, chaval. Me lo regaló mi
madre.
Percival se ruborizó hasta las cejas,
muerto de timidez, pero Artor estaba
sumamente irritado por los insultos que
el recién llegado lanzaba contra su
escudero y contra su propio honor de
rey. Frunció el ceño. El emblema de
Morcadés que lucía la espada, con
aquellas dos serpientes enlazadas,
dejaba claro que Mordred solo juraba
fidelidad a una persona: a sí mismo.
—Ten cuidado, Percival, amigo —
dijo Artor sonriendo con la misma falta
de sinceridad y la misma aparente
caballerosidad con que Mordred
desplegaba su arrogancia—. Mi
hermana bien podría haber envenenado
la espada —Artor mantuvo la mirada
fija en el rostro de su sobrino, sin perder
la gélida sonrisa—. Por muy
descendiente real que seas, nieto o no
nieto de Luka, dentro de palacio no
puedes llevar armas. Ni tampoco tienes
derecho a insultar a caballeros como
Percival o Gareth, que en estas tierras
mantienen un estatus mucho más elevado
que el tuyo. Refrena esa lengua afilada
que tienes y que te legó tu madre, no sea
que alguno de los aquí presentes decida
ponerte en tu sitio, al ver que no eres
más que un inútil desgraciado que
desconoce el sentido del honor.
Mordred permaneció de pie, sin
abrir la boca, con la cara pálida bajo su
melena de un negro azabache.
Conteniéndose de manera impecable, el
joven relajó los músculos y decidió
hacer caso omiso a los insultos.
—Si he provocado alguna ofensa, mi
señor, te pido perdón y me disculpo ante
los nobles Percival y Gareth. No
pretendía romper el orden de la casa. Al
contrario, estaba deseando llegar ante
Artor, amigo y defensor de mi abuelo,
para presentarle mis respetos y prestarle
juramento eterno. Creo que somos
parientes lejanos.
Aquellas palabras, tan bellamente
pronunciadas, provocaron en Artor una
punzada de dolor, por el tono un tanto
desdeñoso que conllevaban.
El rey Luka había sido un buen
amigo del rey supremo. Por eso Artor
había jurado venganza contra los
cobardes que lo asesinaron, pensaba
Percival muy alterado. Ahora el nieto de
Luka solicita el favor real reclamando
derechos de sangre y una antigua
amistad. Pero por muy pariente que sea
del rey, nadie tiene permiso para
insultarlo.
—Acepto tus disculpas, Mordred.
Mis cortesanos sabrán apreciar que eres
nieto de mi antiguo amigo Luka, porque
tu abuelo era un hombre admirable; fue
mi mentor de pequeño; por eso le debo
el más profundo de los respetos.
Mordred sonrió al ver que el rey se
retractaba. Odin se revolvió en actitud
amenazadora desde la posición que
ocupaba, junto al monarca.
—Creo que la deuda quedó bien
pagada cuando colocaste en el trono de
los brigantes a mi primo, señor. Fue una
decisión justa, rápida e inteligente —
Mordred hizo una notoria reverencia en
burlesca señal de respeto.
—Ya hablaremos, rey de los
brigantes y nieto de mi amigo. De
momento te digo que aprecio tu
juramento de lealtad, tanto más después
de lo mal que ha empezado nuestra
relación —dijo Artor con una ligera
sonrisa—. Pero no te vendría mal pensar
en lo que habría hecho tu abuelo en mi
lugar. Luka te habría rebanado los sesos.
Pero mi amigo era un hombre
apasionado y de acción rápida, y yo no
—la mirada de Artor era fría como la de
un escualo.
Mordred tuvo la prudencia de
callarse y retirarse un poco, con la
cabeza gacha, arropado el rostro por
mechones de pelo negro, que lo
realzaban en finura y belleza.
Al ver que se marchaba el rey de los
brigantes, Odin hizo por lo bajo una
señal contra los malos augurios,
mientras Wenhaver se comía con la
mirada el cuerpo del joven.
Artor siguió impartiendo justicia a
quienes la demandaban de él, aunque
mantenía el oído bien atento a las
carcajadas y las palabras que inundaban
la cabeza de Mordred como una
bandada de cuervos.

A LOS POCOS DÍAS, mientras Artor


estaba sentado a la mesa, Bedwyr y
Lady Elayne solicitaron audiencia.
Bedwyr quiso retirarse y esperar a que
el rey terminara de comer, pero Artor no
respetó protocolo alguno con su
Cuchillo de Arden, el hombre que en
Caer Fyrddin le había abierto camino a
los sajones.
Wenhaver hizo un mohín, porque
Mordred le resultaba un comensal muy
agradable y la entretenía mucho con sus
malvados comentarios acerca del
parecido que tenían con Artor los
escuderos de su guardia personal.
—Los escuderos de la guardia
personal de Artor son hijos bastardos
suyos —dijo Wenhaver con una risita
ahogada—. ¿No lo ves?
«¡Qué inteligente!, —pensó Mordred
—. Los hijos no reconocidos, sobre todo
si ocupan altos puestos dentro de la
corte, tenían un enorme incentivo para
mantenerse leales al monarca.» Y, como
es lógico, el amor y el afecto hacia la
figura paterna garantizan la seguridad
frente a los asesinatos. Mordred
reflexionaba todo esto en medio de una
mezcla de admiración y de amarga
envidia.
—Quiero decir, querido, míralos —
susurró Wenhaver—. Son pálidos
remedos de su padre y en todo el
proceso, a mí me dejan con cara de
idiota.
Increíble, pensó Mordred con
incredulidad. Esta mujer no solo es
estéril, sino que además es tonta. ¿Por
qué se empeñará el rey en seguir con
ella?
Cuando Lord Bedwyr y su esposa
entraron en la sala pidiendo disculpas y
acomodándose en los sitios que habían
dispuesto para ellos, atrajeron las
miradas de todos.
Bedwyr estaba entrado en canas,
como los viejos mastines de hocicos
grises. El Maestro de Arden llevaba con
nobleza las heridas de guerra y las
cicatrices de la esclavitud y aquellos
ojillos marrones, tan similares a los
tiernos árboles que crecían en su
bosque, desplegaban una mirada llena
de auténtico amor y respeto. Se arrodilló
para rendir homenaje a su rey y, si el rey
no se lo hubiera impedido, le habría
besado los pies.
—Me han dicho que mi Cuchillo de
Arden tiene intención de casarse —dijo
Artor entre bromas—. Ya va siendo
hora, amigo. Llevas muchos años de más
disfrutando de los placeres de la
juventud.
—Los años no pasan por ti, mi rey.
Me parece que vas a resistir hasta el
final de los tiempos, como el viejo
Myrddion.
Como los ojos de Artor dejaron ver
una tímida sombra de dolor ante el
recuerdo del amigo, Bedwyr se
reprochó haber provocado en el
monarca esa triste evocación. En
desagravio, empezó a hablar de unas
cosas y de otras con el orgullo y la
torpeza de la gente sencilla.
—Esta dama es mi esposa, Elayne
de Arden. Es la más bella flor de los
cornovios.
Wenhaver resopló mostrando su más
absoluto desprecio. Artor le dio una
patada por debajo de la mesa.
Elayne permanecía allí, con los ojos
bajos y la capucha cubriéndole todavía
el rostro. Llevaba unos pesados ropajes
de color anaranjado, justo como el de
las hojas otoñales, por debajo de los
cuales Artor adivinaba un cuerpo
atlético y grácil. Se retiró la capucha de
la cara con manos morenas y miró al rey
supremo por primera vez.
Al contemplar a Elayne, la esposa
de su honorable amigo, Artor sintió un
especial latido dentro del pecho.
Elayne no era particularmente bella
ni hermosa para los cánones de la
Bretaña celta o romana. Wenhaver y la
legendaria Niniana la superaban con
mucho en elegancia y finura de rasgos, y
la querida Gallia, muerta hacía ya tanto,
era mucho más llamativa y más atractiva
de cara. Elayne tenía la piel color
ámbar, oscurecida por el sol, y los
dedos llenos de llagas de tanto recoger
bayas y manzanas. Su melena, de pelo
grueso y liso como una tabla, era de
color castaño claro y desprendía un
brillo particularmente sano. A Artor casi
le llegaba el olor a días radiantes que
emanaba de sus trenzas recogidas en un
sencillo rodete. Seguro que los zarcillos
díscolos y chisporroteantes que crecían
en medio de aquel aire espeso
acariciarían su cara límpida y ardiente
como una llama.
Elayne tenía la nariz estrecha, algo
larga quizá y un poco respingona, capaz
de captar el malestar moral que se
respiraba en aquel festín. Sus cálidos
ojos eran de color ámbar con pequeñas
motas verdes que destacaban alrededor
de unas negras y profundas pupilas. Eran
ojos que no se estremecían por nada, ni
siquiera cuando el rey los escudriñaba
con su mirada fría y gris.
«¿A qué temer? —parecían decir
aquellos ojos—. Pertenezco a Arden y
los bosques nunca mueren.»
Elayne tenía las cejas móviles y
sublimes, nada que ver con esas finas
líneas que Wenhaver había puesto de
moda en Cadbury. El perfecto
complemento a una boca de labios
gruesos y bien formados que cerraban
una barbilla firme y decidida.
Y pese a la recia esbeltez de su
figura, era menuda, como Gallia, y tan
segura como ella en presencia de
hombres y mujeres ilustres. Cuando
hacía una reverencia, reproducía la
misma gracia natural de su añorada
Gallia. El corazón de Artor no podía
más.
—No cabe duda de que Lady Elayne
es la flor más bella de Arden —afirmó
Artor en voz alta para que lo oyeran
todos—. Te felicito por tu elección,
Bedwyr, y os doy la bienvenida a
Cadbury Tor. No olvido los muchos
años de generosa renuncia que has
entregado al servicio de occidente desde
que dejaste tus adorados bosques de
Arden. Por eso te estaré eternamente
agradecido.
Bedwyr enrojeció complacido por el
reconocimiento que le deparaba el rey
supremo y condujo a su esposa hasta el
asiento que Artor le indicaba con mano
negligente. Wenhaver fue la única en
notar un cierto temblor en la mano del
monarca y se dio cuenta de que el rey
rehuía la mirada de Elayne.
—¡Pero, bueno! ¿El indestructible
Artor temeroso de una mujer? —
exclamó en voz tan baja que ni siquiera
su esposo la oyó—. ¡No puedo creerlo!
—dijo sonriendo con dulzura a
Mordred, para ver si también él había
notado la incomodidad de Artor. Parece
que el cabrón este está codiciando la
esposa de otro, pensó con mordacidad.
Y encima la esposa de un amigo. Puede
que todavía corra algo de sangre por las
venas de Artor.
Mordred dio unos golpecitos con el
dedo sobre la mano de Wenhaver, como
para advertirle de que se le estaba
notando demasiado lo que pensaba.
Wenhaver bajó los ojos para
eliminar esa expresión complacida de su
rostro.
Artor estuvo muy correcto en su
papel de anfitrión tanto con Bedwyr
como con Elayne, evitando todo gesto
que delatara la más mínima preferencia
por la esposa de su amigo. Balan, que
estaba sentado junto a Elayne, entró
enseguida en conversación con ella, de
manera que Artor pudo observar cómo
brillaba ella al describir las posesiones
de su esposo, la feracidad de sus
campos y lo que la querían ya los
campesinos del lugar. El rey supremo
imaginaba que aquel cuerpo olería a pan
recién amasado, a heno fresco y a la
exquisita dulzura de un cachorrito.
Notó el deseo en la entrepierna.
—La gente es amabilísima, pese a
ser tan pobre —explicaba Elayne a
Balan con natural sencillez—. Yo intento
hacer todo lo que puedo por procurarles
una vida más cómoda. Es mi obligación
como dueña, y lo hago con gusto, dar lo
que tengo a la gente de mi marido.
—Esa dedicación te honra, mi
señora —contestó Balan de corazón—.
Mi madre, Anna de los ordovicos,
siempre dice que su jornada termina
solo cuando el último de sus hijos ha
comido —quedó absorbido por el calor
que irradiaban los ojos de Elayne y,
como el rey supremo, se esforzó por
encontrar palabras que provocaran en
ella cierta admiración por él.
«Maldito pimpollo», pensó Artor
cada vez más irritado viendo cómo
Elayne sonreía tímidamente al joven
guerrero. Desplegaba inconscientemente
tal encanto, que la florida belleza de
Wenhaver quedaba reducida a la nada.
«Mi esposa se encuentra a gusto
hablando con personas distinguidas, —
pensaba Bedwyr con orgullo—. Con
ella crecen mis méritos en la corte del
monarca.»
«Qué criatura tan artera es esta
Elayne, —pensaba Wenhaver furiosa—.
Está tomando posiciones, ganándose la
atención de todos estos imbéciles.»
Como conocía bien la estupidez
masculina, supo leer en los ojos de
Balan el punto de admiración que la
recién llegada despertaba en él.
—Me acabo de fijar en las manos
tan estropeadas que tienes, Lady Elayne
—dijo la reina confidencialmente—. Te
voy a mandar unos ungüentos especiales
para que se te suavicen y se te aclaren.
Creo que también ayuda ponerse guantes
de lana para dormir. A las damas de la
corte se las reconoce por la elegancia de
sus dedos. Por eso tenemos que hacer lo
posible por recuperar la belleza de tus
manos.
—Huy, dios mío —dijo Elayne
realmente preocupada—. Nunca pienso
en mis manos cuando estoy trabajando.
Eres muy amable por ofrecerme ayuda,
majestad.
Artor apretó los dientes mientras
Balan se quedó mirando a Wenhaver
fijamente con abiertos ojos de reproche.
Como galgo hambriento, Bedwyr se
estremeció ante la condescendencia de
la reina.
—Desde que mi Elayne era niña ha
trabajado más que dos mujeres adultas
juntas y nuestra gente la llama Mamita,
porque nunca pedirá a los criados cosas
que pueda hacer por sí misma. Y no
habrá enfermo, hombre, mujer o niño,
que quede desatendido, por muy lejos
que esté, incluso aunque para hacerlo
tenga que levantarse de madrugada,
coger el caballo y volver al anochecer.
Elayne lanzó una sonrisa a su marido
un tanto ruborizada y agradecida por
defender su dignidad. Ese amor que él
manifestaba abiertamente por ella le
llenaba el corazón.
—Por dios, Wenhaver, deja que la
muchacha siga comiendo —interrumpió
Artor—. Sus manos la ennoblecen y
desde luego creo lo que dice Bedwyr de
que su pueblo la venera. Me recuerda
mucho a mi madrastra, Livinia la Mayor,
que regentaba Villa Poppinidii con
ternura y afecto. Ojalá todas las mujeres
tuvieran esas mismas virtudes.
El comentario del monarca
constituyó un duro revés para Wenhaver,
porque le daba justo en su punto débil.
Completamente desarmada, la reina
quedó sumida en un silencio que echaba
chispas. La reprimenda de Artor selló el
destino de Elayne para la eternidad.
Ahora se había convertido en enemiga
de la reina.

UNA SEMANA ANTES de que


comenzaran las fogatas de Samhein
llegaron a Cadbury Galván y Galahad.
Era una época en que se organizaba toda
una enorme serie de banquetes, cacerías
y festejos. Galván siempre había tenido
especial afición por la diversión y con
su característico entusiasmo infantil no
notaba demasiado el aire denso y
cerrado de Cadbury. El año viejo estaba
a punto de concluir y los ciudadanos
tenían la vista y las esperanzas puestas
en el nuevo ciclo, para ver si en él
conseguían remendar los pequeños
jirones que empezaban a surgir en el
tapiz del país.
Galván se lanzó entusiasmado al
deporte de la caza. Como cualquier
macho agresivo y sano, adoraba
perseguir animales. Artor le prestaba
sus mastines y grandes lebreles para que
le ayudaran a abatir cervatillos, lobos y
algún zorro despistado, empresa difícil,
dado que había nevado mucho y las
presas vestían sus capas de camuflaje
invernal. El príncipe rara vez regresaba
sin un par de conejos, algún manojo de
pichones o hasta algún jabalí. En la
corte, todos, Artor incluido, disfrutaban
de los prolongados banquetes nocturnos.
La víspera de Samhein había caído
una gran nevada, por lo que Galván,
Balan, Balyn y Galahad tuvieron que
regresar a casa antes de mediodía. En
aquellos cielos grises de nube baja no
asomaba el más mínimo rayo de sol y
los árboles del bosque, de un negro
antracita, destacaban más que nunca en
medio de la blancura inmaculada de la
nieve.
—El silencio del bosque era
amenazador —comentó Balan a las
damas mientras se calentaba las manos
en el brasero—. Ya sé que esta época es
la más silenciosa, pero es que ni los
árboles se quejaban del peso de la
nieve, como suelen hacerlo
normalmente.
—Sí —interrumpió Balyn—. Y la
luz del bosque era tan tenue que nos
parecía que íbamos a ver cosas
imaginarias. Todavía me entran
escalofríos de solo pensarlo.
—Pero ¿como qué cosas, so
valiente? —dijo Mordred arrastrando
las palabras mientras estiraba las
piernas para acercarlas a la enorme
chimenea central.
—Los chicos hablan de un enorme
ciervo que divisamos en medio de la
nieve —dijo Galván—. Un bicho
realmente enorme, con unos cuernos…
que apenas podía con ellos. Qué
maravilla sería clavar una flecha en
criatura tan majestuosa. Habría dado mi
mano diestra por cazar aquel ciervo.
—Estás reventado, por eso no sabes
bien lo que dices, padre, pero sí que es
verdad que ese animal era inmensamente
grande y esquivo —dijo Galahad—.
Pero lo que más me llamó la atención
fue la actitud de los perros. Estaban
aterrorizados y no querían perseguirlo.
Nos acercamos a caballo, lo
perseguimos hasta los matorrales, pero
nunca conseguimos tenerlo a tiro, era
como si estuviera protegido por algún
tipo de encantamiento.
—Los ciervos, por muy grandes que
sean, ni siquiera los machos, rara vez
producen miedo —comentó Artor
sonriendo un poco. Estaba escuchando
la conversación mientras afilaba su daga
por un lado que tenía algo romo a
consecuencia de la sesión de caza del
día anterior.
—Puede que todo fuera un efecto
óptico, como si un haz de luz o algo nos
hubiera inducido a ver estas fantasías,
bueno, tan… peculiares —prosiguió
Galván—. Yo… hasta creo haber visto
una corona en la cornamenta de aquel
ciervo. Después el animal se hundió en
medio de la nieve y creímos haberlo
atrapado.
—Pero, no sé cómo, algo le ayudó a
levantarse, salió de la nieve y
¡desapareció! —dijo Balyn para
concluir la historia con una rúbrica
dramática.
—¿Viste una corona? —preguntó
Mordred con el rostro un tanto
empalidecido.
—Y un halcón —añadió Galahad—.
Justo después de que desapareciera el
venado, vimos un enorme halcón
peregrino. Era blanco como la nieve,
con rayas doradas. El pájaro salió del
mismo matorral en que estaba escondido
el ciervo y después se lanzó en un vuelo
en espiral, hasta que también
desapareció entre las nubes.
—Para mí que vuestras visiones
presagian algo malo —intervino
Wenhaver muy excitada.
—¿Seré yo ese venado? —preguntó
Artor, apartando ligeramente la vista de
su piedra de afilar—. Y el halcón, ¿será
algún heredero o pretendiente al trono?
No creo. Y con el debido respeto,
señores, lo más probable es que os
vierais afectados por el resplandor de la
nieve.
Sin detenerse de lo que estaba
haciendo, Artor siguió frotando el borde
de la daga con la piedra y una escofina,
lo cual incrementaba el dramatismo de
la atmósfera que reinaba en la caldeada
sala.
—¡Es posible, señor! —respondió
Galván pensativo, aunque con gesto de
extrañeza—. ¡Pero es que los que
estábamos allí vimos realmente el
venado y el halcón!
—Probablemente los visteis —
respondió Artor, cortando de raíz todo
comentario sobre visiones y presagios
—. Pero no eran sobrenaturales.
—Por cierto, probablemente dentro
de poco llegará una visita, mi rey —
recordó Galahad—. Mientras subíamos
la cuesta que nos traía a la torre, vimos
un jinete a lo lejos que venía en esta
dirección. Iba solo, seguido de un perro
de caza, por una senda nevada.
—Será un mendigo, que llega a que
lo refugiemos aquí por caridad durante
el crudo invierno —incidió Wenhaver
despectivamente.
—El frío es muy peligroso; resulta
increíble que alguien pueda ir por ahí
sin morir en el intento —murmuró
Elayne, mostrando en la mirada su
dulzura de corazón.
—Mis súbditos son siempre
bienvenidos en Cadbury Tor o en los
pueblos —afirmó Artor inequívoco—.
No deberíamos rechazar a nadie que
venga en noches como estas, gélidas
como la tetilla de Morgana, sobre todo
ahora que estamos cerca de Samhein. Y
además, de todos los mendigos que he
visto, Wenhaver, ninguno tenía ni
caballo ni perro.

ESA TARDE LA oscuridad cayó


enseguida, como si la nevada, más fuerte
de lo normal para la época, hubiera
cegado al sol y a la luna. El jinete
solitario emprendió la subida en espiral
hasta la torre, intentando evitar los
trozos de hielo ennegrecido que
reflejaban las antorchas dispuestas
regularmente en las murallas. Aunque
Artor había dado orden de que no
detuvieran al viajero durante el camino,
algunos guerreros de la guardia miraban
de reojo al enorme perro que andaba
tranquilamente junto a su amo.
—Seas bienvenido, amigo, porque
Samhein se nos echa encima —dijo
Percival a modo de saludo cuando el
viajero llegó a la última puerta de la
fortificación—. Ha nevado de manera
endiablada y ha cuajado mucho. Me
alegro de que hayas encontrado refugio
en esta noche tan terrible.
—No te preocupes, buen señor —
contestó el hombre con voz apagada
bajo las capas de lana y pieles que
engordaban su figura. A la espalda
parecía acarrear un pesado fardo y
colgado del hombro cargaba otro bulto
de lana con algún utensilio. Hasta el
perro llevaba un pequeño hatillo, pero
como el animal era más grande que un
chaval de siete años puesto en pie,
apenas notaba el peso.
—Esta noche te procurarán refugio
en los establos, por orden del rey
supremo, pero debo recoger las armas
que lleves.
Sin pronunciar palabra el viajero se
quitó del cinturón un viejo y afilado
cuchillo y se lo entregó por la
empuñadura a Percival.
—¿No llevas más que esto con el
invierno tan frío que estamos teniendo?
—Percival estaba desconcertado. No
imaginaba cómo era posible sobrevivir
así sin más, enfrentado a las
inclemencias del tiempo.
—Para abatir piezas de venado
tengo a mi Rhiannon, que es mejor que
cualquier hierro, en caso de que algún
ingenuo se atreva a atacarme. Cuando
necesito algo más, me lo procuro como
puedo.
Percival levantó una ceja en actitud
interrogante.
—Soy de Caer Gai, en la lejana
Powys, donde los inviernos son mucho
más crudos que en estas tierras
apacibles. Toco el arpa y vengo a cantar
para ganarme una cena en la mesa del
rey supremo.
—Entonces eres doblemente
bienvenido, viajero, porque a mi señor
le encanta la diversión. Descansa y
lávate, si es tu costumbre. Te recogeré
en una hora.
Los dos hombres fueron hasta los
establos, donde había un confortable
compartimento con heno recién venteado
para acoger al exhausto viajero.
Rápidamente buscaron también sitio
para el perro y el caballo, y al punto
llegó un muchacho dispuesto a
cepillarles el lomo. Con cortesía natural
el viajero hizo una reverencia a Percival
y le prometió estar preparado para
cuando el guerrero regresara.
En cuanto Percival cerró la puerta
del establo, el viajero se quitó el pesado
bulto de encima y lo tiró al suelo. El
fardo más pequeño lo colgó
cuidadosamente de un clavo que había
en una pequeña cerca de madera y que
separaba al hombre de un enorme
caballo bayo. Los mozos de cuadra que
andaban por allí engrasando las
monturas, dejaron lo que estaban
haciendo para contemplar sin rubor
alguno cómo iba desnudándose el
viajero, capa tras capa.
El hombre que salió de aquel denso
capullo de tela y pieles era alto como el
propio rey Artor. Cuando se quedó en
cueros, los palafreneros tuvieron tiempo
de sobra para ver que el juglar era
ancho de hombros, estrecho de cadera y
lampiño, salvo por la melena negra
azabache que le caía por la espalda.
Tenía manos y pies delgados y largos y
había algo en él que hizo que uno de los
jóvenes, sin que nadie se lo pidiera,
fuera a buscar dos jarros, uno de agua
caliente y otro de agua fría, para
llevárselos. Cuando se los ofreció, el
forastero sonrió con abierta sinceridad,
algo que reconfortó enormemente al
chico.
—Muchas gracias, caballerito. Ya
sabes que tengo que lavarme antes de
cantar para el rey.
—De nada, señor —contestó el
muchacho, inclinándose con respeto—.
Los caballos ya tienen y podemos
calentar más para la cena.
—Entonces, voy a componer una
canción para ti. ¿Cómo te llamas?
—Gaviota, señor. Mi madre en su
día vivía junto al mar y decía que al
nacer, yo graznaba como las gaviotas.
El viajero puso la mano izquierda
sobre la frente del chico y al instante
Gaviota notó que le invadía una especie
de calor por todo el cuerpo.
—Igual que el pájaro del que tomas
el nombre, Gaviota, llegarás muy lejos.
Y cuando lo consigas, espero que te
acuerdes de que ya te lo dijo Taliesin,
porque sé que lo que digo se va a
cumplir.
Gaviota se echó para atrás, porque
parecía que esta noche de Samhein iba a
ser una noche de sorpresas y tenía un
poco de miedo. Volvió con sus amigos
que estaban tumbados sobre balas de
heno y se puso la mano suavemente
sobre la frente, justo en el punto en que
habían descansado los dedos de
Taliesin.
Taliesin sonrió un tanto arrepentido
al ver la cara de miedo e incertidumbre
que irradiaba el chico. Él no era uno de
esos embaucadores que reparten
profecías como calderilla barata. Los
ojos de Gaviota, curiosos e inquisitivos,
habían hablado a Taliesin mucho más
claramente que cualquier profecía. El
arpista sabía que el muchacho era un
viajero nato, que se iría de Cadbury
mucho antes de hacerse un hombre.
Cuando Percival regresó, el viajero
estaba lavado, aseado y vestido con una
larga túnica que asomaba por debajo de
un manto negro con capucha.
—Estoy listo, señor. He dicho a
Rhiannon que me espere. Así que cojo el
arpa y vamos a presentarme ante mi
nuevo amo.
Percival miró al forastero a la luz de
la antorcha, aquella figura alta, envuelta
en un velo de misterio, con el rostro
perfectamente rasurado y boca sensual.
—Espero que tengas bien la voz,
viajero. El rey ha tenido un día difícil y
necesita que lo entretengan.
—Haré todo lo que pueda, porque
estoy obligado por un juramento familiar
a servir al rey supremo.
Mientras lo conducía hacia la sala
de banquetes, Percival sentía con fuerza
tras de sí la presencia del forastero.
Lo que nos faltaba es tener más
motivos de discordia, pensó Percival
para sus adentros. La corte de Artor
parece ya un avispero a punto de
estallar, así que confío en que este
hombre consiga ahuyentar al menos
parte de los males que fluyen por la
casa.
De alma noble, Percival sabía que el
destino rara vez se prometía bondadoso,
ni siquiera para los buenos o los
piadosos. Por eso rezó en silencio a su
Cristo, pidiéndole que protegiera a
Artor de todo mal que hubiera entrado
en la distinguida Cadbury Tor. Pero en
su fuero interno sabía que el tiempo
corría imparable y acelerado hacia un
destino desconocido y aciago.
CAPÍTULO V

EL BARDO Y SU
CANTO

E
N UNA SALA llena de
guerreros, ciudadanos ilustres y
nobles damas, Artor recorría
con la mirada el bullicio que animaba
las mesas, deseando que pasara pronto
esta celebración de Samhein. El
comedor quedaba iluminado con la luz
de braseros y apliques de pared, que
reflejaban pálidamente los destellos de
oro, bronce, plata y piedras preciosas de
los invitados. La gente hablaba,
gesticulaba y conversaba en medio de la
animación, evaluando con la mirada las
respuestas de sus compañeros de mesa.
Los guerreros rivalizaban unos con otros
ensalzando el esplendor de sus arneses,
lo exótico de sus pieles o la pulcritud de
sus prendedores, sus brazaletes y sus
ornamentos para el pelo. Las mujeres,
con vestidos de lana de los más
variados tonos, diseñados para mostrar
y ocultar a la vez, presumían y sonreían
agitando sus largas pestañas
maquilladas como si fueran jóvenes
doncellas. Sus pendientes resplandecían
a la luz de las antorchas, sus cabellos,
delicadamente ondulados o trenzados,
brillaban con ungüentos perfumados y
sus cuerpos se movían hacia delante y
hacia atrás para hablar unas con otras,
aventurando placeres prohibidos.
Artor, sentado en su silla cural,
tendía a pensar cínicamente que ya no
quedaba nada auténtico en Cadbury. No
veía ninguna belleza en tanto brillo de
miradas falsas, ni valor alguno en las
exageradas fanfarronadas masculinas.
Torció el gesto. ¿Quién era él para
juzgar a guerreros y cortesanos que
tenían a su rey por modelo? También él
era un falso. Su matrimonio era una
vergüenza, su hija había sido educada
por otras personas, porque así lo había
querido él, utilizando como excusa la
seguridad de la niña, y había cometido
faltas peores y más despiadadas de lo
que cualquiera de estas frágiles e
inocentes criaturas podría imaginar.
Mientras Artor reflexionaba sobre
estas cuestiones con el ceño fruncido,
Odin observaba con preocupación a su
señor. Aunque no sabía exactamente qué
es lo que le perturbaba tanto, podía
imaginárselo. El rey había pasado una
mala tarde.
Antes de la cena se había puesto a
leer los rollos de César que en su día le
dio Llanwith pen Bryn. Estaba sentado,
con una pierna apoyada en el brazo de
su silla de campaña, cuando de repente
entró la reina hecha una furia en sus
dependencias privadas, dejando tras de
sí un denso halo a perfume y echando
por tierra su apacible aislamiento.
—¿Qué tienes que decir? —dijo
Wenhaver con tono irritado y agudo, con
un gesto desagradable en los labios, muy
tensos, que dejaban ver las arrugas de la
edad. Azuzada por los insidiosos
comentarios de Mordred, la reina estaba
indignada, dispuesta a montar una
escenita.
Artor suspiró profundamente, apartó
el rollo que estaba leyendo y se frotó los
ojos. Iba perdiendo vista, algo que no
contribuía a su alegría, porque a nadie le
gusta enfrentarse a la vejez o a la
enfermedad.
—¿Qué es lo que he hecho ahora,
que tanto te ofende? —se armó de valor
para resistir la impaciente arremetida de
su esposa. Por experiencia sabía que
Wenhaver no dejaría de molestarlo hasta
que calmara su irritación.
—Sabes muy bien por qué estoy
molesta, hipócrita. Has mostrado
abiertamente tus deseos por otra mujer
estando yo delante, dejando mi
reputación en boca de todos.
Recomponiéndose en el asiento,
Arturo rió con amargura. Wenhaver lo
fulminó con la mirada, con la cara
adelantada y el cuello tenso, igual que
un vociferante perrito faldero. Artor
miraba lo exageradamente colorada que
se había puesto su maliciosa esposa y la
comparaba con Gallia, algo que le llevó
a pensar de nuevo en la dulzura y el
afecto que irradiaba Elayne.
Todas sus frustraciones acumuladas
se le agolparon en el rostro, encendido
como una tea. ¿Quién era esta mujer
para censurarlo?
—¿Tu reputación? Ya eres de sobra
conocida por todo el mundo como una
vulgar putilla; a tu lado la mujer del
emperador Claudio pasaría por virginal.
Me has puesto los cuernos durante años;
he tenido que taparme los oídos para no
escuchar los comentarios de unos y
otros, para no enterarme de lo que hasta
el más torpe de los criados de Cadbury
ya sabía. ¿Cómo voy a comprometer tu
reputación, si tú la has quebrantado por
completo con no sé cuántos hombres que
han pasado por la corte?
Wenhaver se quedó de pie, erguida
sin más, algo raro para lo que solían ser
sus poses. Por la cabeza de Artor pasó
un cierto destello de admiración.
Wenhaver resultaba mucho más regia
cuando defendía su papel que cuando
generaba problemas o actuaba con esos
gestos tan arrogantes y ostentosos.
—Insisto: no me restriegues por las
narices lo que te atrae esa morenita
indecente —dijo altiva—. No es ninguna
criada con la que revolcarse para que
engendre otro de esos bastardos que
sirven en tu guardia personal.
Regia o no, Wenhaver se había
pasado.
Artor le dio un manotazo con toda la
palma, pero cuidándose de no
provocarle ninguna marca. La reina,
desprevenida, lanzó un gruñido como
cuando alguien da una patada a un
animal. Y, si Artor no la hubiera tirado
sobre la cama y la tuviera amarrada por
las muñecas, le habría devuelto el golpe.
—No me menciones a Elayne,
Wenhaver, cuando no tienes derecho a
pronunciar siquiera su nombre. Y te lo
advierto, si yo no estuviera asfixiado
por una vieja vaca estéril como tú y si
Elayne no estuviera casada con mi
amigo, claro que procuraría ganarme su
corazón y su cama. Pero soy viejo y ella
demasiado joven todavía… y ¡tú sigues
con una salud de hierro deprimente! —
se detuvo, presionó con fuerza las
muñecas de su esposa y siguió en tono
amenazante—. Ten cuidado, no sea que
corras la misma suerte que Keu, mi
difunto hermanastro de infausta
memoria. Me puso en tal situación que
no pudo evitar sufrir un accidente no
deseado.
Wenhaver se quedó con la boca
abierta. Se desembarazó de su marido y
cayó al suelo. El rey tenía la mirada
gélida y severa que le provocó un
escalofrío alarmante.
—Ya te dije en su día que me
resultas completamente prescindible,
pero apenas has atendido a mis
advertencias. Hasta tu hermano Wynfael
está avergonzado de tu comportamiento.
Poco a poco vas perdiendo tu belleza y
te ves obligada a maquillarte de manera
grotesca, hasta convertirte en una
parodia de mujer —Artor hizo un gesto
de asco—. Tienes un punto de suerte a tu
favor. Ni siquiera me plantearía irme
con Elayne si tú no estuvieras, por
mucho que me atraiga. Porque me vería
obligado a matar a mi amigo, Bedwyr, y
para mí Bedwyr significa mucho más
que cualquier mujer, desde luego más
que tú, mi vieja insulsa.
Sin pretenderlo, Wenhaver estaba
temblando. La actitud del rey era tan fría
que, olvidándose de todas sus
pretensiones, la reina sintió un terror
absoluto. Le parecía que en cualquier
momento le iba a estallar la vejiga si
Artor seguía dándole dentelladas con su
mirada implacable.
—Así que, Wenhaver, de ahora en
adelante vas a cumplir con tus deberes
públicos de manera irreprochable. Vas a
dejar de comprometer a Galván, y de
seducir a su hijo, o a cualquier otro
hombre que viva bajo mi techo. ¡Estoy
harto de ti hasta la náusea, Wenhaver!
No aguanto tus mohines, ni tus rabietas,
ni tu infinita y estúpida vanidad. Te exijo
silencio absoluto, si no quieres que te
calle la boca para siempre. ¡Y esto no es
una amenaza, es una promesa!
—No creo que te atrevas a matarme
—dijo Wenhaver lloriqueando, aunque
no sonaba muy convencida. Empezó a
temblar de miedo, pensando en venenos,
caídas imprevistas o navajas asesinas;
todo se agolpaba en su mente, tan dada a
las fantasías en ese momento.
—¿Ah no? —contestó Artor con
suavidad—. No me procuras placer
alguno, ni como esposa ni como mujer.
En Cadbury la mayoría se alegraría de
no volver a verte.
Wenhaver sintió náuseas y estuvo a
punto de vomitar sobre la tarima de las
dependencias de Artor. Llevaba
demasiados años con sus antojos y sus
caprichos. Demasiados años restregando
ante el rey sus desenfrenos para
provocar en él alguna reacción que le
confirmara que seguía siendo alguien.
Dentro de ella una parte de su ser, esa
parte que aún ansiaba ser amada y gozar
del calor familiar, empezó a llorar
amargamente por tanta miseria, tan
inútil. Era una niñita estúpida,
inconsciente de sus actos, que se había
labrado el rechazo de su esposo. Ahora,
mientras se protegía de la ira de un
hombre desesperado, recordaba los
excesos y la crueldad que habían
caracterizado al padre y las hermanas
del monarca.
Wenhaver cayó en un silencio
aterrorizado y se encogió para que se la
viera lo menos posible.
Al ver la expresión tan atemorizada
de Wenhaver, el rey sintió verdadera
vergüenza. Sí, su esposa era una
maldición. Sí, sus devaneos lascivos
habían puesto en peligro su gobierno
desde que era una chiquilla. Pero, ¿y si
le hubiera dado una oportunidad?
¿Acaso la muerte de Gallia había sido
tan devastadora como para dejarle
sellado el corazón para siempre?
La respuesta a estas preguntas se
agolpaban en su mente.
¡Sí! ¡Sí!
¿Sería que él no había hecho
demasiado caso de los excesos de su
esposa porque ella le importaba menos
que el más inútil de sus lebreles? ¿Le
había demostrado claramente a su
esposa lo poco que le importaba?
¡Sí! ¡Sí!
Entonces Artor se dio cuenta de que
no servía de nada amenazar a Wenhaver
con quitarla de en medio; y que sus
amenazas eran tan crueles como los
engaños a que ella le había sometido. Su
padre, Uter Pandragón, siempre había
respondido con brutalidad al sentirse
injuriado, amenazado o insultado. Y
Artor llevaba toda la vida intentando no
caer en esos errores de su progenitor.
Pero su dignidad personal se
interponía en este balance. Artor miró a
su aterrorizada esposa, que seguía
medio encorvada en el suelo. Puede que
fuera una corrupta y que se mereciera
todos los ultrajes que él le había
espetado, pero Wenhaver también habría
podido convertirse fácilmente en una
verdadera reina y en una complaciente
esposa. Llevaba casada con él más años
de los que pasó arropada en casa de su
padre. Con paciencia él podría haber
pulido esos pérfidos rasgos de su
carácter, mimándola y animándola a que
siguiera caminos más adecuados.
¡Podría haber sido así! ¡Qué excusa
más patética para la autoindulgencia!
Artor no podía seguir con este juego,
pero tampoco podía infligir más daño a
su esposa. Ella no iba a cambiar, y no
iba a cambiar por culpa suya. Le tocaba
vivir con lo que él mismo había
provocado.
Artor le tendió la mano para
ayudarla a levantarse. Por unos instantes
pensó incluso en arreglarle el vestido,
pero le resultaba demasiado fingido;
sería como tratarla con cierta
conmiseración.
Se refrenó de hacerlo y se odió a sí
mismo, tanto como odiaba a Wenhaver.
La reina empezó a sollozar ahogando
un llanto desesperado.
—¿Quién era Claudio? —preguntó a
su esposo inopinadamente, con su mente
asida, como siempre, a una sola idea,
vana e irrelevante.
Artor se echó a reír, para embarazo
de Wenhaver, que bajó los ojos entre
ofendida y acusadora.
La alegría de Artor se desvaneció.
Wenhaver no entendía porque no le
habían proporcionado la educación que
él daba por supuesta.
—Un emperador romano que tenía
una mujer más lasciva que la más barata
de las putas. Me equivoqué al
compararte con ella, porque tu
comportamiento nunca pudo afectar tanto
a la sensibilidad de tus súbditos. Ni
tampoco has puesto en peligro el trono.
No creo que usaras tus deseos sexuales
con propósitos traicioneros, al menos no
deliberadamente. Discúlpame por haber
sacado esto a colación.
—Te odio, Artor —afirmó Wenhaver
sin un ápice de emoción en sus palabras.
—Yo también me odio con
frecuencia —contestó Artor esbozando
una leve sonrisa.
Incluso ahora, pasados los años, no
sabía calibrar el tipo de relación que
mantenía con su esposa. Pero estaba
harto de darle vueltas a los problemas y
lo que más deseaba era coger el caballo
y emprender la acción para volverle a
dar sentido a su vida.
—En todo caso, querida, y aunque
me arrepiento de haberte hablado con
tanta crueldad, no olvides la profunda
verdad que esconden mis amenazas. No
tienes derecho a acusarme de
infidelidad, porque nunca he traicionado
mis promesas matrimoniales. Sí, me he
servido de criadas complacientes, pero
no las he amado, ni he hecho por sus
hijos nada más que reconocer
mínimamente de dónde venían.
Reconocer estas cosas no dice mucho de
mí, pero soy un hombre y no he hecho
votos de castidad. Sin embargo,
Wenhaver, tú me has traicionado con
personas de mi mismo linaje, algo que
me avergüenza profundamente. Y has
sido lo suficientemente indiscreta como
para humillarme en público, pese a que
nadie haya hablado abiertamente del
tema.
Le agarró por la barbilla y la obligó
a mirarlo.
—No voy a pagarte con la misma
moneda, lo juro. No se me ocurriría
comprometerme con ninguna mujer
casada de noble cuna, ni pienso herir a
mis amigos abusando de su confianza.
Tú y yo estamos metidos en una batalla
perpetua, que dura años. Lo único que
estoy haciendo ahora es poner sobre la
mesa mis condiciones y mis propuestas
para contigo. A partir de ahora no quiero
más actos indecorosos. Ni más
escarceos con Galván. Lo tienes
asustado y no sabe controlarse
sexualmente cuando te ve. Aunque no
puedo controlarte el pensamiento, ni
evitar que me odies, lamento mucho la
relación tan amarga que mantenemos.
Pero no me mines más. Si me asesinan o
si soy derrocado, tú correrás la misma
suerte.
Ella salió de la sala, ondeando la
falda y lanzándole una mirada casi tan
impersonal y distante como la suya.
Artor no recordaba que Wenhaver se
hubiera ido nunca con tanta dignidad
como aquel triste día.
Ahora, en la caldeada sala de
banquetes, mientras observaba a la
pléyade de nobles invitados que tenía a
su mesa y veía a su esposa hablar
tranquilamente con Balyn, Artor se
hundió en la melancolía. Justo en ese
momento entró Percival en la estancia
seguido de una figura alta vestida con un
largo manto negro. Menos mal, algo para
entretenernos, pensó el rey agradecido.
Bendito sea Percival.
—Permíteme verte la cara,
forastero, y dime cómo te llamas.
Los jóvenes que allí estaban no
sabían nada de Myrddion Merlín, salvo
lo que contaban las innumerables
leyendas de magia, transfiguraciones e
inteligencia sobrehumana que se habían
elaborado en torno a su persona. Por eso
no entendieron el grito ahogado de
sorpresa que recorrió la sala cuando el
joven se quitó la capucha.
Artor se quedó lívido.
—¿Qué broma es ésta? —el corazón
le latía sobresaltado al ver el claro
parecido que tenía este joven con
Myrddion.
Taliesin se había puesto sus mejores
ropajes, tejidos y bordados por su
madre, con complejos diseños de
pájaros por el cuello y los bordes.
Sobre la lana negra destacaba imponente
el hilo de plata, y como único aderezo el
joven lucía en una oreja un sencillo
abalorio de electrón, herencia de su
padre. El pelo le caía por los hombros,
con su inconfundible mechón blanco.
—Soy Taliesin ap Myrddion, hijo de
Myrddion Merlín. Me envía mi madre,
la Dama del Lago, para que cante y
toque ante el rey, mi señor, en esta feliz
velada.
La sala era un hervidero de susurros.
Ésta sí que era una auténtica sorpresa de
Samhein.
—¿Cómo está tu padre? —consiguió
preguntar Artor, acariciando con la
mano un guardapelo que tenía oculto
bajo su manto.
Taliesin bajó la cabeza.
—Mi padre ha pasado al reino de
las sombras, mi rey, pero te amó hasta el
último de sus días. Mi madre, Niniana,
ruega que recuerdes los profundos
sentimientos que él siempre tuvo por ti.
—¿Sabes tocar, Taliesin, hijo de
Myrddion? —preguntó Wenhaver
cortésmente, un tanto ruborizada en
contraste con la palidez que todavía
afectaba a Artor.
—Es el único talento que tengo con
que deleitar a mi rey y a su bella reina
—respondió Taliesin con cierto orgullo.
Entonces, haciendo una reverencia, sacó
el arpa de la funda.
Mientras Taliesin recorría las
cuerdas con sus dedos, el público
extasiado observaba la singular belleza
de aquel instrumento, cuya estructura
reproducía una talla de mujer. Gracias a
la delicadeza con que el joven tañía
aquella arpa, el dulce sonido empezó a
cobrar vida.
Situado frente a los invitados,
empezó a recitar la historia de la
coronación real. Sobrepasando las
sombras del tiempo, el joven Artorex
cobró vida en el canto y se enfrentó al
cruel espectro de su padre. Las rimas
evocaron al difunto Lucio en
Glastonbury, y el momento en que el
heredero cogió su espada y su corona
para proclamarse rey supremo, tal y
como reclamaba su destino. Taliesin
entonó su salmodia, cantando gloriosas
batallas, evocando a antiguos héroes y
perdidos amores y cuando la historia
alcanzó su clímax con la coronación de
Artor, las cuerdas vibraron exultantes
hasta que callaron.
La sala estalló en aplausos, los
hombres aporreaban las mesas y
lanzaban gritos de alabanza ante la
fuerza que tenía la balada. Incluso
Wenhaver se emocionó hasta las
lágrimas, al recordar las esperanzas y
promesas que albergaba en su juventud.
—¿De dónde sale este canto? —
preguntó Artor, perturbado todavía por
los recuerdos que en él había despertado
el arpa de Taliesin, imágenes de la vida
y la muerte de antiguos amigos.
—Escribí la historia tal y como mi
padre me la contó, señor —contestó
Taliesin—. Si mi pequeño talento te
complace, me doy por satisfecho.
—Eres consumado maestro de
juglares, Taliesin ap Myrddion, pero es
lo que cabría esperar del hijo de mi más
viejo y sabio amigo. Continúa cantando,
por favor.
Con dedos inspirados, Taliesin
recitó cantos que describían a la sencilla
gente de la montaña, creando vuelos de
pájaros y batidas de águilas con sus
palabras. Llenó la sala de alegría y
bellas melodías.
Cuando estaba terminando el recital,
Taliesin entonó el canto de la Dama del
Lago y su anciano amante. Oír aquellas
palabras que recordaban al Myrddion de
su juventud hizo llorar a Artor
abiertamente. El bardo recreó después a
Niniana con versos tan inspirados que
incluso quienes no habían visto nunca su
enorme belleza, empezaron a quererla un
poco. Instintivamente, los allí presentes
se supieron desamparados por la
ausencia de aquella mujer.
Taliesin cambió el tono hacia otro
más cantarín y delicado para describir
la llegada de Wenhaver a Cadbury. Los
cabellos de oro, los ojos claros y la
preciosa boca de la joven volvieron a
nacer llenos de esperanza, pasión y
orgullo.
Y ahora fue Wenhaver la que lloró
amargamente. Volvió a sentir cada una
de las palabras que Artor y ella se
habían cruzado en la discusión de por la
tarde y se sintió honda y profundamente
arrepentida de los muchos errores
cometidos de manera tan irreflexiva y
negligente.
Taliesin se detuvo para beberse un
jarro de vino especiado que le aclarara
la garganta. En ese receso, los rápidos
ojos de Artor se fijaron en que tenía las
yemas de los dedos abiertas y que el
índice de la mano derecha lo tenía
sangrando.
—Te hemos hecho trabajar
demasiado para ganarte la cena, joven.
Ya es hora de que descanses.
Taliesin agradeció el comentario.
—Lord Artor, cuando me di cuenta
por primera vez de que tenía este
talento, mi padre me pidió que
escribiera para ti unos versos como
regalo y en memoria de vuestra amistad.
Terminaré la velada con una última
historia relativa al jardín de Gallia.
Profundas, lentas y dulces fueron las
notas que salieron del arpa para recrear
a Gallia con palabras. Taliesin
recordaba cómo murieron ella y Frith a
manos de los guerreros de Uter
Pandragón, y cómo los demás velaron y
honraron sus cenizas con flores frescas.
El dulce reguero de agua volvió a surgir
de la roca, aquel antiguo monolito del
Viejo Bosque, hasta llegar a la ondulada
cuba que alimentaba las rosas y el jardín
de hierbas aromáticas. Targo volvió a
vivir y a morir, para descansar al fin en
el jardín donde dormía Gallia,
amodorrado entre el zumbido de abejas
y el seductor perfume de las flores. Y en
medio de aquella escena de armonía y
belleza natural se alzaba Antor,
protector en la muerte, igual que lo
había sido en vida.
Los invitados al espléndido
banquete, muchos de los cuales no
habían estado nunca en aquel jardín,
quedaron absolutamente transfigurados
con el mensaje de paz y belleza que de
manera tan sencilla transmitía Taliesin.

La espada, la rueca y el
arado
Romos quedan tras los años.
Las hazañas se vuelven
polvo
Porque el odio siempre
provoca daños.
Han desaparecido las
coronas. La mejor espada se
oxidará
Y toda la fuerza humana por
sus temores medida será.
Qué pronto se debilitan los
nimios poderes reales
Qué rápido sus esperanzas
fracasan y se desvanecen,
Y en la mujer la belleza
envejece
Mientras asirse pretende a
la frágil juventud,
que desaparece.
Las flores, no, echarán
nuevos brotes,
A cualquier hora, cualquier
día, siempre,
Mil años más su eterno
aliento prende.
Y el jardín de Gallia la ley
sagrada prueba
De que el amor, en sí,
impide que cualquiera de
nosotros muera.

Tras el acorde final se hizo un


silencio absoluto.
—No podemos pretender que los
sonidos describan bien el poder
reparador del amor que se nos da como
don divino, mi señor —dijo Taliesin en
medio del silencio—. Mi padre solía
decir que las raíces de este jardín están
bien arraigadas en esta verdad tan
simple y tan poderosa. ¿Cómo voy yo a
crear palabras que generen la justicia
del amor?
Artor se levantó y se inclinó ante
Taliesin, como si hubieran
intercambiado los papeles.
—Mi viejo amigo fue el único que
siempre me recordaba cómo ser rey. Y
el hijo de mi viejo amigo es el único
capaz de recordarme cómo ser persona.
—Gracias, mi señor —contestó
Taliesin, con cierta confusión reflejada
en sus ojos claros.
Y entonces, riéndose como un niño,
Artor levantó la copa para recordar a
sus invitados que la noche estaba para
algo.
—Vamos, amigos. Encendamos los
fuegos y limpiemos nuestras almas para
empezar bien el nuevo año, un año en
que se nos perdonarán todas nuestras
faltas.
—¡Brindemos! ¡Alegría! —gritaron
todos los allí reunidos—. Un nuevo año
ha llegado.

COMO LA PIRA de troncos estaba


empapada de aceite y brea, la llama
prendió de inmediato en cuanto el rey y
la reina pusieron la tea. Las mujeres
alimentaban el fuego con bayas y bellas
guirnaldas de flores secas, y otros
avivaban su energía con manzanas
desecadas, paños bordados y jarros de
vino dulce.
En Cadbury, hombres, mujeres y
niños bailaban alrededor de las
hogueras de Samhein, que convirtieron
la oscuridad de la noche en un tapiz de
tonos rojizos, dorados y granates,
mientras que los rostros forjaban
máscaras esbozadas por el fuego, en
claroscuro, sobre el marco iluminado de
la nieve. La gente cantaba y bailaba. Los
amantes se besaban y las viejas
hablaban de sus nietos, pidiendo
fecundidad, buenas cosechas y lluvias
de abril para criar la nueva camada de
corderos y terneras.
Todos se alegraban de ver al rey y a
la reina bailando juntos, porque eran los
encargados de renovar la savia de todos
los seres vivos.
—¡Qué farsa! —susurró Mordred
maliciosamente a uno de sus
compañeros—. Un viejo y una estéril
bailando juntos para provocar el
renacimiento del país. Pero, mira.
¡Apenas se tocan!
Las maliciosas palabras de Mordred
llegaron a oídos de los gemelos, que al
punto dejaron de aplaudir y de reírse.
Balyn se adelantó hacia Mordred.
—Me ofende lo que dices, Mordred.
Los comentarios que haces podrían ser
motivo de traición. No puedes verter tal
fatalismo sobre el rey y la reina.
—¡Y una mierda, muchacho!
Wenhaver está como está y Artor apoya
sus fantasías. Lo que digo es vox populi,
dentro y fuera de la corte. Si no fueran
tan ridículos, me preocuparían
realmente.
Balyn no percibió la ambigüedad de
la frase.
—Te recomiendo que seas un poco
más prudente, brigante. Por lo que sé,
los de tu linaje pertenecen a una cobarde
y asesina bandada de insaciables
gansos. Y desde ahora te digo que
llegará el día en que Artor os rebane los
sesos, como ya hizo con otros traidores
de tu tribu.
Balan se mantuvo firme, sobre la
tierra helada, dejando que su hermano
expresara el asco que ambos sentían.
Galahad había sido testigo de la
conversación y no dudó en sumarse a las
advertencias.
—Mordred, ¿es verdad que tu madre
era bruja? Debería ser quemada en la
hoguera, como acostumbraban a hacer
los paganos con sus enemigos antes de
que Jesús salvara estas tierras para
entregárselas a la Santa Iglesia.
—Primo, no eres más que un
fervoroso mentecato —contestó
Mordred—. Deberías saber distinguir a
las brujas, pues en nuestra familia
siempre se han practicado las artes
oscuras.
—Silencio —susurró Odin—. No
temo a los fuegos de Baltane, así que si
seguís diciendo barbaridades contra mi
dueño y señor, no vacilaré en rebanaros
la garganta.
Mordred se echó para atrás. Aunque
se sentía lógicamente incómodo ante el
enorme juto, no tenía ganas de ceder en
el juego que estos estúpidos jóvenes
estaban librando con él. Pero se le
olvidaba que tampoco había entre ellos
una clara diferencia de edad.
—¿No te gusta la discusión? Desde
luego esta corte es un modelo de alegría
y felicidad.
Mordred desapareció en la
oscuridad, dejando, eso sí, un halo de
pestilencia tras él.
Abriéndose paso por una lluvia de
chispas y brasas, Artor se acercó a los
jóvenes guerreros.
—¡Bailad, muchachos! Buscad
jóvenes a las que besar y brazos amigos
que os quieran, porque Samhein solo se
celebra una vez al año.
Avergonzados e incómodos, los
jóvenes se perdieron entre la gente que
reía alegremente.
—El rey de los brigantes quiere tu
cabeza, Artor —Odin hablaba sin rencor
—. Se dedica incluso a incitarnos a unos
contra otros. Déjame acabar con él y fin
del problema.
—No puedo asesinar al heredero de
Luka. ¡Y no lo voy a hacer! —dijo Artor
con una sonrisa y el brillo del fuego
iluminándole los ojos—. Al menos, no
hasta que dé un paso más. En todo caso,
ten el hacha preparada por si cambian
las circunstancias.
La noche se llenó de risas, vino y
figuras mitigadas por la luz. Ese día
dentro de palacio no se hacía distinción
entre nobles y criados y los pasillos
reproducían el eco estridente del
jolgorio.
Al final, Artor se retiró a la paz de
sus dependencias, donde lo esperaba
calmadamente Taliesin, ante la puerta
recubierta de hierro, con el arpa
envuelta en su funda de lana.
—Señor, traigo un mensaje privado
para ti de mi madre. No sé lo que
significa; e incluso me dijo que ella
tampoco. Pero te envía una seria
advertencia de peligro —el joven estaba
avergonzado por la vaguedad de su
mensaje—. Me pidió que te dijera que
el cáliz maldito ha llegado.
—¿El cáliz maldito? —repitió Artor
—. ¡Diantre, muchacho! En mi vida he
oído ese término. ¿Por qué iba a temer
yo a un cáliz, maldito o no?
Taliesin se encogió de hombros, de
manera muy expresiva.
—Oye susurros traídos por el viento
y por las noches tiene presagios de mal
agüero. A veces pienso que quizá esté
empezando a envejecer, pero creo que
no se equivoca, porque yo también
percibo olor a carroña.
—En palabras del viejo Targo, que
fue buen amigo de tu padre, solo los
imbéciles desaprovechan las ventajas
que se les dan, por inútiles que
parezcan.
Taliesin sonrió agradecido. Desde
donde estaba, percibió cómo crecía la
sombra del monarca, monstruosamente,
como si de una bestia encorvada se
tratara. Se estremeció.
—Puedes dormir aquí, en la
antecámara de mis habitaciones, si
quieres —añadió Artor, pensando que el
chico quizá estuviera acusando el frío
nocturno—. Te lo agradezco mucho,
Taliesin.
—Estoy bien en los establos, mi
señor. Pronto pasará la escarcha y
Rhiannon estará deseando salir. No te
molesto más.
Por la ventana, Artor observaba
impasible cómo las fogatas de Samhein
iban hollando la prístina nieve, a medida
que se apagaban.
CAPÍTULO VI

EL ENEMIGO EN
CASA

L
A PRIMAVERA LLEGÓ con
antelación.
De no estar convertido en
cenizas, Myrddion Merlín habría dicho a
su rey que los reinos no suelen perderse
en rápidas y sangrientas luchas por el
poder. Empiezan a descomponerse por
dentro, a partir de un veneno alimentado
desde fuera. Los viejos robles se
arrugan y se deforman afectados por la
enfermedad hasta que un fuerte viento
acaba por derribarlos. Y aunque el árbol
esté hendido, sigue luchando por dar
fruto en una última y ardiente lucha por
la inmortalidad. Las mejores manzanas
nacen en ramas heridas, pero son
escasas y suelen verse atacadas por
plagas de pequeños insectos que se
ceban en el fruto nuevo y exultante.
Entonces, cuando verdaderamente llega
el final, se comprueba que la manzana
madura es solo bella por fuera, sana piel
que esconde una carne enferma, corrupta
y devorada por los gusanos.
Y así empezó a arruinarse Cadbury.
Aunque temía por su seguridad,
Wenhaver no podía refrenar su carácter,
una manera de ser vanidosa y engreída,
que se había agudizado y agravado
durante décadas. Consciente de lo que
había dicho Artor, intentaba evitar a
Galván, pero seguía volviendo sus ojos
ardientes sobre aquel joven cuya
impetuosa naturaleza lo convertía en
presa fácil.
Balyn. El gemelo que más se parecía
a Artor de joven.
No cometió la imprudencia de
rebajarse ante él por el camino de la
seducción. La veneración que le
profesaba Balyn resultaba totalmente
anodina frente a la frialdad y el desdén
que caracterizaban a Artor. El joven
sentía en su pecho el honor de la sangre
y la lealtad, mientras que en Artor las
pasiones latían dormidas. Así que ella
se vanagloriaba ante la cálida mirada de
Balyn, creyéndose que todavía era
joven.
—¿Estás embobado, hermano? —
preguntó Balan a Balyn sin protocolo
alguno, al ver que se había pasado horas
intentando complacer los caprichos de
Wenhaver—. Si es casi tan vieja como
tu madre.
Balyn estaba horrorizado. Con su
ropa de trabajo y el pelo enmarañado,
Anna no podía ocultar su edad, entre
otras cosas porque no se cuidaba tanto;
solo necesitaba agua caliente y de vez en
cuando algún aceite especial, los días de
fiesta. Su melena de rizos rebeldes,
ahora entreverados de canas, eran fiel
testimonio de cinco hijos nacidos y tres
abortos y por más que las arrugas que le
nacían alrededor de los ojos, en las
mejillas y en el cuello delataran su edad,
a Anna no le importaba.
En comparación, Wenhaver nunca
sería vieja.
—La edad no tiene nada que ver con
la elegancia y la juventud, cretino, y la
reina Wenhaver es eternamente alegre y
femenina. Me río mucho con ella y
además no pertenece al clan de los
austeros, como tú o madre.
Balan hacía ruidos con la garganta,
desesperado, al ver que su hermano
empezaba a fruncir el ceño, como si le
fuera a dar una rabieta.
—No entiendes lo necesitada que
está la reina de que la entretengan y la
cuiden un poco. Es muchos años más
joven que el rey y, como a él no le gusta
bailar, ni charlar ni jugar, ¡se siente
sola!
—Tienes un cerebro de chorlito,
Balyn. ¿Nunca te has planteado por qué
está el rey tan atareado y por qué no
puede estar contemplando a la reina
permanentemente? No es posible
mantener la unidad de un reino durante
años si uno se dedica a jugar a los dados
o a parlotear por ahí. Y a la reina
Wenhaver apenas le exige más que
fidelidad, algo que, a decir de la
mayoría, la reina no está dispuesta a
concederle. No, no voy a hacer
comentarios insidiosos sobre la reina,
pero deberías tener más cuidado y
escuchar bien, no sea que te estés
dejando llevar simplemente por una
carita guapa. Si nuestro rey resulta duro
y adusto, quizá tenga sus razones.
Balyn enrojeció. Balan siempre
había sido el más mesurado y serio de
los gemelos, aunque a Balyn se le daban
mejor las actividades físicas. A Balyn
toda su vida le habían estado diciendo
que «tenía que meditar un poco más las
cosas, como su hermano». Por eso el
rencor le subía ahora como la bilis.
—Solo tienes que mirar a la guardia
personal del rey —reivindicó Balyn—.
¿No ves el parecido? Mordred dice que
Artor se dedica a acostarse con mujeres
humildes para engendrar bastardos que
luego recluta para que lo protejan. Si
eso es cierto, la reina queda en muy mal
lugar.
Los hermanos estaban a las puertas
de la ciudadela, frente a frente. Una
fuerte brisa del este les revolvía los
cabellos, anaranjados del uno, castaños
del otro, y los serenos ojos grises de
Balan chocaban con los ardientes ojos
grises de Balyn.
Balan notó que empezaba a
calentarse él también.
—Ya, hermano, pero la reina no
tiene hijos. Y, si lo que dice Mordred es
cierto, también debes preguntarte qué
necesidad tiene nuestro rey de fijarse
primero en las criadas. Luego, mírate en
el espejo y obsérvate. Y después me
dices qué has visto.
En ese momento Balan llegó a oír
cómo chocaban los extremos del
universo uno contra otro hasta formar un
óvalo perfecto, mientras la tierra
empezaba a temblar bajo sus pies, como
si los cimientos de Cadbury estuvieran
deshaciéndose. Sabía que había hecho
una afirmación estúpida llevado por su
irritación; por eso levantó una mano
para aplacar a su hermano. Pero Balyn
le cortó.
—Estás poniendo en entredicho el
honor de nuestra madre con tus palabras.
¿Cómo te atreves, Balan? ¿Cómo te
atreves a sugerir que somos la semilla
de un déspota? Pero ¿cómo es posible?
Te estás acusando a ti mismo tanto como
a mí.
Balan lanzó sus brazos alrededor del
cuello de su hermano, hierático, para no
ver la herida que reflejaba la mirada de
su gemelo.
—¡No! —le susurró a su hermano al
oído—. ¡No! ¡No es eso! ¡Seguro que
Comac es nuestro padre! Pero he oído
que madre podría ser hermana del rey
supremo. A veces las cosas no son como
parecen, y solo un imbécil se dejaría
embaucar por rumores que puedan
herirle. Tú no eres hijo de Artor, ni yo
tampoco. Pero mírate en el espejo,
hermano, y piensa antes de lanzarte a
hablar. Si pertenecemos a la familia de
Artor, tenemos vínculos más directos
con el que Mordred. Por eso tenemos
que entender que Mordred quiera
enfrentamos con el rey. El rey de los
brigantes no oculta nunca sus
aspiraciones legítimas al trono. ¿A quién
preferiría la gente como heredero de
Artor? ¿A Mordred o a ti?
Conmocionado como estaba Balyn
apenas había atendido a lo que decía su
hermano. En su mente no hacía más que
comparar sus rasgos con los del rey
supremo. Se apartó violentamente de su
hermano, liberándose de sus brazos.
—Ten cuidado, Balyn. A madre no le
gustaría que al final termináramos
matándonos —dijo Balan, intentando
bromear un poco. Pero Balyn retiró la
mirada llena de ira de la de su
implorante hermano y corrió hacia los
establos.
—Ojalá el Hades me calle la boca
—se recomendó Balan para sus adentros
—. Y que el Hades devore a Mordred, a
Wenhaver y a todas esas ratas que se
amontonan a los pies del rey supremo, si
es que aún queda un mínimo rastro de
justicia en este mundo.

A MUCHOS KILÓMETROS de
Cadbury, una serie de hombres armados
estaban a punto de romper la sagrada
paz de Glastonbury. Desde hacía
décadas, rateros y delincuentes habían
abandonado la idea de hacerse
fácilmente con algún botín asaltando la
abadía o los edificios anejos; ni siquiera
se atrevían a profanar el recinto con sus
sucios pies.
Patéticamente pequeña y construida
al parecer por Josephus, la iglesia tenía
unos muros que, debido al desgaste de la
madera, se alabeaban en distintas
direcciones. La torre, de piedra vista,
era algo más impresionante y recia,
aunque desde luego Glastonbury nunca
había puesto su potencial defensivo en
sus murallas. Hasta ahora se había
salvado de los ataques simplemente por
su carácter sagrado.
Dentro de la iglesia la luz se filtraba
por unas angostas oquedades. Las
sencillas losetas, instaladas mucho
después de que se construyera el
edificio, lucían inmaculadas. El altar era
muy sencillo, salvo por la cruz de oro
que lo presidía. La reducida estancia
estaba caldeada por tapices de lana que
colgaban de las paredes, y ocultaban sus
manchas oscuras. Los hermanos se
sentaban en bancos rudimentarios y
perfectamente alineados, que en caso
necesario podían retirarse para dejar un
espacio despejado en el centro.
Los sacerdotes y legos dormían en
salas separadas con cocina
semiadosada. En todo el enclave reinaba
un orden apacible, por el escrupuloso
cuidado con que los constructores
originales habían diseñado en su día el
asentamiento. Como es de suponer, con
el paso de los siglos se habían ido
añadiendo nuevas estructuras según las
necesidades, que habían conferido
mayor encanto al recinto de Glastonbury.
Alrededor de la sencilla y cautivadora
iglesia habían ido surgiendo
enfermerías, boticas, establos, forjas,
posadas para peregrinos e incluso
letrinas.
Sin embargo, la muerte estaba a
punto de llegar a este antiguo centro de
poder y religiosa piedad.
En aquella tarde fría y despejada, el
escándalo que produjeron los bandidos
al atacar las dependencias del santuario
rugió como el viento que anuncia las
tormentas. Aunque los sacerdotes y
hermanos que allí vivían solo pudieron
huir, dado que su religión les impedía
provocar sangre, algunos legos
intentaron frenar el avance de seis
enérgicos asaltantes. Con todo, dado que
estos valientes campesinos no tenían por
armas más que sus habituales azadones y
sus rastrillos, pronto fueron disuadidos
de su acción a golpe de hierro.
En uno de los graneros en que se
almacenaba el heno y el grano para el
invierno, el fuego estalló, como si de
repente hubiera brotado un enorme
racimo de flores escarlatas. Las
campanas empezaron a doblar en señal
de alarma por todo el enclave, mientras
un reguero de figuras con humildes
ropajes de lana corrían de acá para allá,
como hormigas asustadas. Igual que
estos insectos, un pequeño grupo de
hermanos se afanaban por proteger su
iglesia, todo lo que tenían en la vida.
Como cuando comenzó el asalto los
religiosos acababan de terminar los
rezos vespertinos, el obispo Aethelred
pidió a los que estaban con él que
defendieran los edificios externos.
—¡Pero, señor —protestó uno de los
hermanos— no podemos dejarle solo!
¿Qué haríamos sin usted? ¡Usted es
nuestro señor y el corazón de
Glastonbury!
—Soy ya viejo, hermano Marco, y
es Dios el corazón de Glastonbury. Mi
vida no es nada, comparada con uno
solo de los edificios de la ciudad de
Dios. Dejadme aquí y salvad nuestro
santuario. Dios protegerá la iglesia.
Pero los hermanos volvieron pronto
a pedirle a Aethelred que se escondiera.
Había edificios ya ardiendo y tras los
hermanos venían los asaltantes buscando
al obispo. El pestilente olor a humo
invadía el aire.
Aethelred se levantó de orar, con el
cuerpo tembloroso de la tensión. Era
muy mayor y tenía una piel
apergaminada, casi transparente, que
dejaba al descubierto unas venas muy
finas por las muñecas, las sienes y la
garganta. Era más etéreo que un vilano,
aunque cuando hablaba con ese tono
firme, cálido y barítono, dejaba a su
interlocutor con una impresión muy
distinta, de hombre fuerte, sabio y
decidido.
—Se os necesita en otro sitio, hijos.
Os ruego que salvéis lo que podáis sin
arriesgar la vida. Yo estaré a salvo en el
altar de nuestro Señor.
Por mucho que insistieron, el obispo
no dio su brazo a torcer, hasta que los
hermanos no vieron más salida que
cumplir con lo que había mandado. Bajo
esa apariencia dulce y venerable, casi
caduca, el obispo Aethelred escondía un
autoritarismo inflexible.
Los asaltantes se dispersaron para
conseguir diversos objetivos. Cinco
hombres armados con refulgentes
espadas y hachas recorrieron los
edificios del enclave como lobos
hambrientos, tomando a los religiosos
como rehenes que les servían de guía.
Pero un hombre vestido de cuero
negro, terrible como el demonio que
tanto odiaban los sacerdotes, se dirigió
desafiante hacia la iglesia, armado con
una pequeña espada de doble filo y un
bastón largo y negro con curiosas
incrustaciones de fresno y roble. El
guerrero de negro marchaba tan
decidido que apenas se fijó en los
sacerdotes que se escabullían a su paso
como gallinas aterrorizadas.
Los cinco guerreros vestidos de
marrón salieron de la iglesia, hablaron
entre sí apresuradamente, hicieron sus
cálculos y empezaron a cavar con sus
hachas junto a una tumba cerca del muro
del santuario. Trabajaban con eficacia y
precisión, como si su violenta incursión
en Glastonbury tuviera por objeto
desenterrar algo de allí.
Mientras tanto, el jefe perseguía otra
meta mucho más terrible, para la que se
había preparado con entusiasmo.
En el interior de la iglesia el intruso
vio al obispo solo junto al altar.
Aethelred, orando y de rodillas,
quedaba a merced de aquel extraño
implacable.
El obispo se levantó, hizo una
genuflexión y se volvió para mirar los
ojos impasibles del recién llegado. La
maldad que vio en aquella mirada le
confirmó lo cerca que estaba de
encontrarse con Dios.
—Si tienes que matarme, hijo, hazlo
pronto y rápido —dijo el anciano con
valentía. En su día había sido
campesino, aunque ingresó como
sacerdote para comprender los secretos
de la lengua latina y para aplacar cierta
hambruna que sentía en el estómago.
Pasados los años no había perdido la
claridad y sencillez con que habla la
gente del campo y a aquellas alturas
apenas le importaba nada la muerte.
—Vas a morir poco a poco, padre —
dijo el guerrero de negro en voz baja
asestándole al obispo un golpetazo en la
barbilla con el extremo del bastón que le
rompió la mandíbula—. Pero vas a
morir sin decir una palabra.
Mientras Aethelred intentaba rezar
con los dientes destrozados, el guerrero
lo siguió golpeando cada vez con más
saña, hasta que en estado
semiinconsciente el sacerdote cayó a los
pies de su asaltante.
—Te… perdono… hijo —farfulló el
obispo con la boca inundada de sangre.
—Pero yo a ti no —gruñó el
guerrero izando el bastón y dejándolo
caer con fuerza mientras trazaba un
amplio semicírculo sobre la cabeza del
anciano. La sangre brotó al instante y
salpicó el paño blanco que cubría el
altar. Entonces, con perversa intención,
el guerrero se retiró los ropajes y orinó
sobre la cruz y los valiosos textos que
había en el altar que tenía delante.
Justo cuando el guerrero se disponía
a aplastar la cabeza del anciano con el
pie, se oyó un chillido penetrante, como
de joven desesperada, que lo dejó
petrificado. Se giró de inmediato,
escudriñando con mirada viva y
maliciosa los tapices y rincones oscuros
del templo.
Notó como si algo se escabullera
por las losetas del recinto, como el
sonido de una rata asustada y se alarmó.
Pero allí no había nadie. No se movía
nada. Se volvió hacia Aethelred.
Asestó un último golpe al obispo en
la cabeza, un golpe sordo y seco. Pero al
hacerlo el extremo del bastón chocó con
el altar y al guerrero se le resbaló el
arma, que desapareció entre las
sombras.
Fuera se oían voces cada vez más
fuertes, gritos, alaridos y el lejano
sonido de los caballos.
El guerrero de negro se alejó del
cadáver. Sin perder un momento ni
detenerse a recoger el bastón, el
asaltante desenvainó su pequeña espada
y salió corriendo de la iglesia
dirigiéndose hacia las tumbas que
rodeaban las murallas.
Quedaba poco tiempo y solo había
cumplido la mitad de su tarea.
Un joven sacerdote, oculto tras un
enorme tapiz, se encorvó contra la pared
y vomitó, sin importarle cómo se estaba
poniendo los pies. Cuando salía de su
escondite, brotó del cuerpo del obispo
un hilillo de sangre en dirección a él,
como si de un dedo acusador se tratara.

LA TARDE SE prolongaba y Balyn


seguía reflexionando.
Pese a lo obsesivo, terco y
apasionado de su carácter, no era tonto
del todo. Durante toda su vida había
hecho caso de lo que le decía Balan,
porque valoraba lo capaz que era su
hermano de llegar al fondo de los
problemas. Y ahora, perturbado como
estaba por lo que ocultaban las
engañosas sonrisas de Cadbury, iba
dando tumbos por los pasillos de
palacio, como si fuera ciego.
El palacio de Artor no era inmenso,
pero sí enrevesado, porque había
crecido de manera desordenada para
cubrir las necesidades que iban
surgiendo a medida que la corte del rey
se complicaba. Concebido en líneas
generales como si fuera una villa con
una amplia entrada, que había pasado a
ser la Sala de Juicios del monarca, la
estructura tenía un atrio que ahora
quedaba dividido en habitaciones, a las
que se llegaba por largos y angostos
pasillos que llevaban a otros pasillos a
los que se abrían habitaciones más
pequeñas, muchas de ellas oscuras y de
escasa ventilación. En la parte trasera,
se levantaba una segunda planta a la que
se accedía por una escalera de madera.
Hasta cierto punto el palacio de Artor
resultaba primitivo, carente de la
opulencia típica de climas meridionales,
aunque los suelos de madera del piso de
arriba y las baldosas del de abajo
estaban impecables, olían bien y en
ellos no se veía ni una brizna de la paja
que solían utilizar en tantos hogares
celtas para ocultar la porquería y
disimular el hedor, sobre todo durante
los meses de invierno.
En aquel lugar solo se dominaban
los pasillos a base de utilizarlos y
explorarlos. Por eso Balyn se sentía
completamente perdido. Y tampoco
ayudaba su naturaleza, porque Balyn
perdía todo rasgo de racionalidad en
cuanto no estaba de humor. Pretendía
evadirse de lo que le preocupaba sin
tener ni idea de adónde iba.
Por pura casualidad se topó con el
rey supremo en uno de aquellos pasillos.
Artor se encontraba expansivo.
Había estado viendo cómo se entrenaba
con las armas su guardia personal y le
había gustado ver la habilidad que
demostraban dos de sus guerreros. Uno
era un tipo muy alto de unos cuarenta
años, llamado Gwydion, como uno de
los dioses celtas. Artor se acordaba muy
bien de la madre de Gwydion, Olwen, la
risueña hija de un campesino. Gwydion
tenía el pelo rubio como Olwen y los
rizos indomables de Artor. El chico se
había convertido en un hombre abierto y
cordial, de buen carácter, como su
madre. Se casó cuando era muy joven y
había tenido un hijo que había entrado
también en la guardia.
En el entrenamiento Gwydion tenía
por compañero de armas a un chico
bastardo mucho más joven que él,
llamado Vran, de dieciocho años. El
muchacho era moreno, esbelto y
musculoso, más bajo que su progenitor,
más bien pequeño y pulcro como su
madre, Fearn, que al parecer y según los
rumores descendía de un esclavo picto.
A diferencia de otras mujeres de esta
poderosa raza, Fearn era una muchacha
elegante y vivaracha, enormemente
inteligente, que había seguido teniendo
relación de amistad con Artor. De vez en
cuando el rey supremo la visitaba en su
confortable hogar de Cadbury Town y
ella lo recibía como siempre, con
alegría, buena charla y afecto
entrañable.
Artor sintió un enorme orgullo al ver
a aquellos dos guerreros, tan distintos
uno de otro, combatiendo hasta llegar a
tablas. Aunque Gwydion tenía mayor
alcance, no conseguía encontrar
resquicio por donde atacar a Vran, que
se movía con rapidez e inteligencia de
acróbata.
Cuando terminó el asalto, Artor
felicitó a los dos hombres, que,
ruborizados y agradecidos, se inclinaron
en señal de respeto. Artor dio una
palmada en la espalda a Gwydion y
pasó la mano por la cabeza a Vran,
admirado de la devoción que tan
sinceramente le mostraban uno y otro
con la mirada.
Qué extraño, pensó. Nunca he
reconocido abiertamente a mis hijos
bastardos y sin embargo qué fieles son.
Estoy seguro de que esta guardia daría
la vida por defenderme.
—Muchas gracias, señor, por
confiar tanto en nosotros —dijo
Gwydion en voz baja, cerrando el puño
de la mano derecha y manteniéndolo
sobre el corazón, como hacían las
legiones romanas.
—Habéis proporcionado enorme
placer a este anciano, muchachos. Dad
recuerdos a vuestras madres y hacedles
llegar mi respeto y mi afecto.
Los dos parecían más altos,
agradecidos como estaban por estas
palabras de Artor. El rey los aceptaba
como suyos, y también a sus madres,
pese a que nunca llegarían a ser hijos
legítimos y no tuvieran esperanza alguna
de obtener formalmente grandes dádivas
del rey supremo.
Así que cuando Artor se dio de
bruces con un Balyn que corría
atolondrado por los pasillos, solo se
irritó momentáneamente, porque estaba
de demasiado buen humor como para
estropearlo.
Retirándose del joven, Artor miró a
un Balyn preocupado. El joven no
conseguía nunca ocultar sus emociones,
por mucho que sonriera. El verlo tan
hondamente consternado no auguraba
nada bueno para la tranquilidad de
ánimo con que venía Artor. El rey más
que oír, notó que la figura protectora de
Odin el juto se desplazaba sigilosa hasta
situarse detrás de él.
Balyn estaba tan embebido en sus
pensamientos que habría seguido dando
tumbos atolondradamente por el palacio,
si Artor no lo hubiera detenido.
Agarrándolo del brazo, le obligó a
mirarle a la cara.
—No corras tanto, joven Balyn.
¿Dónde vas tan despavorido, como un
caballo asustado? ¿A dónde te diriges
con tantas prisas y a qué se debe ese
ceño tan fruncido que llevas?
Balyn se detuvo y balbuceó algunas
palabras para disculparse, rojo como un
tomate.
—Estoy enfadado y confundido,
señor. Ni te había visto. Ruego me
perdones por ir con tanta prisa y de
manera tan ineducada.
—Eso no basta, jovencito. Iba a ver
a la reina, pero no pasa nada si me
retraso un poco. ¿En qué puedo
ayudarte?
El chico juntó los ojos, igual que
Gallia cuando estaba preocupada por
algún problema difícil. El rey sintió que
se le contraía el pecho de dolor por esta
broma que le gastaba la memoria. No
sabía por qué recordaba tantos detalles
insignificantes, tantos gestos de su
amada, cuando se le escapaban otros
muchos rasgos de su rostro. En honor a
Gallia, decidió no hacer caso del
fogonazo de contrariedad que cruzó por
los ojos de su nieto que, enfurruñado,
mantenía la mirada fija en el suelo.
—He discutido con mi hermano,
señor —contestó Balyn—. No ha sido
más que una pelea pasajera, nada que te
obligue a renunciar a tus deberes con la
reina —Balyn jugueteaba con los pies
como los niños cuando se les coge en
una mentira. Y se miraba las manos con
ojos delatores.
—Vamos a ver, Balyn. Wenhaver
puede esperar, pero me parece que tú
no.
Con decisión y paciencia Artor
consiguió que el chico lo siguiera a sus
dependencias privadas, muy consciente
de que Odin le lanzaba una mirada de
reproche y desaprobación.
Aunque a regañadientes, Balyn dejó
que Artor lo condujera a sus espartanas
dependencias donde fue casi obligado a
sentarse. Mientras el muchacho repasaba
con la mirada este santuario, Odin le
ofreció una copa de suave vino español.
La bebida tenía el mismo tono dorado
que las motas que salpicaban el gris de
los ojos del invitado.
—Por viejo que sea, muchacho, he
visto ya muchas cosas como para no
distinguir una pelea entre hermanos de
una discusión en toda regla. Dime de
qué habéis discutido —Artor habló con
el tono enérgico de quien impone
autoridad. Pese a que percibía la
afabilidad del monarca, Balyn se puso
colorado.
—Te vas a enfadar conmigo —
empezó diciendo el joven, pero se calló
de inmediato.
—Me enfado con mucha gente, pero
cuéntamelo.
—Discutíamos de ti, señor… y de la
reina.
Artor se pasó la mano por su melena
enmarañada. Balyn tenía menos tacto
que un chiquillo. Y al oír aquellas
palabras atolondradas se olvidó de la
poca prisa que ya tenía. Alzó con la
mano la barbilla del chico y por un
instante deseó que aquel apuesto joven
tuviera la mitad del aplomo que habían
demostrado Vran y Gwydion.
—Estás tan confundido y tan
preocupado que puedes hacerme las
preguntas que quieras. Las contestaré
con toda sinceridad, siempre que no
tenga que mancillar mi honor. No tengo
nada que ocultarte, jovencito.
—Mordred dice que los miembros
de tu guardia personal son todos
bastardos que tú engendraste —dijo
Balyn sin mayor miramiento—. A mí me
daba pena la reina y Balan me dijo que
me estaba precipitando.
Artor palideció mínimamente y sin
darse cuenta dio un pequeño pisotón en
el suelo con la bota.
—¿Y? —preguntó Artor arqueando
una ceja—. Sé muy bien que ese cotilleo
tan tonto no es lo que te ha hecho salir
corriendo por los pasillos de palacio,
como si fueras un becerro ciego.
Consternado Balyn intentó
escabullirse de la incisiva mirada del
monarca, pero como tantos otros
hombres y mujeres antes que él, no lo
consiguió. A Artor no se le escapaba
nada.
—Balan me dijo que me mirara en
un espejo —dijo calmadamente.
Sus ojos, de mirada igual de intensa
que la de la difunta Gallia, no ocultaban
su sufrimiento.
En lugar de reconfortarlo o de
decirle la verdad, Artor se bebió de un
trago la copa de vino.
Odin se la volvió a llenar
inmediatamente.
—¿Realmente crees que tú eres hijo
bastardo mío? ¿Y que tu madre es mi
puta?
A Artor se le veía apesadumbrado,
pero no enfadado, algo que tranquilizó a
Balyn.
—No exactamente —balbució—.
Balan me decía que estaba loco de
pensar eso, que era un traidor. Pero ¿qué
quieres que haga, si cada vez que me
afeito te veo reflejado en el espejo?
Todo el mundo sabe que los reyes hasta
ahora han engendrado hijos de mujeres
aristocráticas. Mordred me ha contado
lo que pasaba en mi familia.
—Mordred tiene una lengua
viperina, que se la van a cortar dentro
de poco —murmuró Artor, levantándose
de donde estaba sentado. Miró al
apuesto mozalbete y comprobó que tenía
los mismos rizos y el mismo tono
dorado de piel que él de joven—. A
pesar de todo, tienes derecho a saber la
historia de tu madre. Y te la voy a contar
yo, para que no tengas que hacer ya caso
a rumores, ni escuchar más indirectas.
Entiendo tu confusión, Balyn, por eso no
me enfado. Sí, mi guardia personal en
parte está formada por hijos míos
reconocidos, aunque ilegítimos, a los
que he decidido no abandonar. La reina
no me ha dado herederos y pese a que
trabajamos juntos por el bien del reino,
yo ya no tengo edad para
enamoramientos. Nuestro matrimonio
fue pactado, Balyn, y los dos hemos
sufrido las consecuencias de estos
asuntos de estado. No te voy a mentir.
Ninguno hemos sido particularmente
felices dentro de la pareja, pero
cumplimos con nuestro deber lo mejor
que podemos.
Algo aplacado, Balyn tomó un sorbo
de vino. Como la explicación del
monarca le merecía suficiente
credibilidad, poco a poco se le iba
pasando el enfado.
—¿Te molesta tanto que el rey se líe
con una jovencita de servicio, si
siempre cumple con sus deberes como
progenitor con los niños nacidos de una
noche de placer?
Balyn levantó la vista y negó con la
cabeza.
—Y con respecto al parecido que
tienes conmigo, no se qué decirte para
aplacar tus temores y para que elimines
las sospechas que ha sembrado Mordred
en tu cabeza. Tu madre, Anna, y yo
somos parientes. Parientes muy
próximos. Bran, tu hermano mayor, es
probablemente mi heredero directo,
aunque nunca lo atribularé con esa
pesada carga. Hace muchos años yo
reconocí privadamente que tu madre era
hermana mía, hija de Uter Pandragón,
engendrada en su lecho de muerte. La
gente en general no sabe que existe este
vínculo de sangre, porque Anna se
sentiría avergonzada ante cualquier
insinuación de ser hija ilegítima.
Balyn estaba con la boca abierta. Se
sentía completamente desarmado.
—Mis dos hermanas mayores niegan
el parentesco entre Anna y yo por
razones personales y por ambición.
Tampoco he sido nunca del todo claro
con Anna, y por eso ella no sabe con
certeza quién fue su verdadero padre.
Afortunadamente aceptó que Lord Antor
fuera su padrastro y yo me quedé
tranquilo, en parte por razones políticas,
pero sobre todo porque así quedaba
protegida frente a las mentiras que
pudieran inventar sinvergüenzas como
Mordred. Nunca he hablado de esto en
público para no herirla y para
preservarla de otros hombres que tenían
mucho que ganar simplemente
haciéndole un hijo. Como, por otra
parte, tu padre, Comac, era hijo de uno
de mis mejores amigos, yo sabía que con
él Anna y su prole estarían a salvo —
Artor sonrió ante un Balyn que lo miraba
con ojos abiertos de par en par—.
¿Crees que me equivoqué al protegerla
de las ambiciones y las difamaciones de
tantos desprejuiciados?
Artor hablaba con claridad y
aparentemente sin argucias. Bajo la
atenta mirada del monarca, Balyn iba
notando que las cosas se le aclaraban y
sintió como si se le deshiciera un nudo
por dentro. Si Artor hubiera sabido la
sinceridad con que el muchacho
aceptaba su explicación y la lealtad con
la que lo reconocía como cabeza de
familia, se habría sentido avergonzado
de haberle dicho esas medias verdades
con tanta habilidad.
—Siento haber albergado ideas tan
aberrantes, mi rey. Me he dejado utilizar
y me he dejado arrastrar por los
rumores, cuando habría sido más fácil
preguntar sin más para conocer la
verdad. He sido un estúpido.
—No, muchacho, lo que eres es
joven y los juegos de poder, que es lo
habitual en la corte, te pillan de nuevas.
Pero ten cuidado con Mordred, porque
le gusta hacer correr la idea de que es
hijo de Morcadés, y de que ella
traicionó a su marido con el hijo
pequeño de Luka. A él le viene bien que
lo tengan por pariente mío y que lo
reconozcan como tal. Puede que por eso
esté tardando tanto en regresar a sus
territorios, aunque ya me ha llegado por
varios conductos que sus súbditos lo
echan de menos. Mordred juega a sus
cosas. No sé si dice la verdad o no, pero
se parece a mi hermana, Morgana, la
Vidente. Mordred cree que tiene el
mismo derecho al trono que Galván y
sus hermanos. Por eso no hay que
confiar en él.
—Balan intentó explicarme las
razones que tiene Mordred para decir lo
que dice, pero yo no lo escuchaba —el
pesar asomaba al rostro de Balyn.
Cuando terminaron de beberse la
copa que tenía cada uno en la mano,
Balyn se levantó y se inclinó
respetuosamente ante el rey.
—Apenas sé nada del mundo, pero
prometo atender a quienes tienen la
cabeza más fría que yo a partir de ahora.
Mantendré la boca cerrada sobre esto
que me has contado, señor, y juro que no
te traicionaré jamás.
—No quiero que viertas tu sangre
por mí, muchacho, porque tu madre no
me perdonaría nunca. Pero lo que sí te
pediría es que pienses antes de actuar.
Cuando yo era joven tuve la suerte de
tener siempre a Targo, que me enseñó a
ejercitar la paciencia y a no tomar
decisiones precipitadas de las que me
pudiera arrepentir después. Para eso tú
tienes a tu hermano gemelo.
Balyn se retiró con la enternecedora
impericia de un cachorrillo, después de
dar varias veces las gracias al monarca
y sin ocultar en la mirada el brillo del
héroe apasionado.
Artor siguió sentado en su silla
favorita con una pierna en alto, habiendo
por lo visto olvidado que tenía que ir a
ver a la reina. Mostraba el ceño
fruncido de irritación y se sentía un tanto
asqueado por las mentiras y medias
verdades que seguía manteniendo por
obligación.
—Has sido demasiado sincero con
ese joven, Artor —le espetó Odin—. El
joven es en exceso apasionado y muy
poco reflexivo. Vive al filo de una
navaja y si se entera, nunca te perdonará
que le hayas contado esa pequeña
mentira.
Artor hizo caso omiso de las
palabras de Odin. Balyn no era más que
un ardiente joven apasionado. Sin
especial cortesía le dijo a Odin que se
callara. Odin obedeció, asiendo
fuertemente una pequeña bolsa de cuero
que le colgaba del cuello. Dentro de la
bolsa Odin palpó las piedrecillas que
tenía marcadas con runas. En el mundo
había pocas cosas que le amedrentaran,
pero la mirada de Balyn era demasiado
expresiva y para Odin aquellos ojos
eran una premonición. El chico iba de un
extremo a otro, entre exultante y
desesperado, y Artor no se daba cuenta
de que por la fragilidad de Balyn, por
sus errores, podría acabar en la ruina.
Durante un tiempo Artor permaneció
sentado, mordisqueando una manzana de
las que tenía en la alacena, mientras
pensaba lo irritante que era su sobrino
Mordred.
Como le correspondía en tanto que
rey tribal, Artor había recibido a
Mordred en audiencia privada en cuanto
llegó a Cadbury. Pero ninguno sacó
provecho de aquel momento.
Mordred iba exquisitamente
ataviado de rojo y negro, una
extravagancia que realzaba su porte.
Nada más entrar a las dependencias
privadas del monarca, pasó revista a la
estancia con eficacia notable,
registrando minuciosamente todo
aquello que pudiera revelarle algo de la
personalidad de Artor. Y, por su parte, a
cada paso que daba Mordred, Artor no
podía evitar compararlo con su
peligrosa hermanastra, Morgana la
Vidente.
—¿Por qué has venido, Mordred?
Indudablemente, puedes quedarte lo que
consideres conveniente, pero no acierto
a ver los motivos que te han hecho venir
desde tan lejos —Artor sonreía a su
sobrino con la misma falsedad con que
lo hacía el joven.
—Bueno, tío, dado que no nos
conocíamos y como he sido coronado de
manera tan imprevista al morir el rey,
creía conveniente que habláramos. Luka,
como sabes, era mi abuelo y a mí me
educaron como un brigante —Mordred
sonrió—. Realmente me coronaron a mí
por la falta de herederos al trono.
»Mi primo murió de una enfermedad
de pulmón y sin hijos. Yo tuve la suerte
de estar por allí, un forastero, último
heredero de Luka, huérfano de padre y
madre. Como mi primo estuvo algún
tiempo enfermo, el consejo de ancianos
gobernaba en nombre del rey, como era
costumbre. Y pese a que a ti te parezca
que no me ocupo mucho del trono y de
mi gente, te aseguro que esos gruñones
no se ponen de acuerdo en nada que no
sea la acción normal de gobierno. Los
jóvenes guerreros me siguen, por eso no
temo que me depongan. Pero tengo
curiosidad por conocer más a mi abuelo
y quiero saber la historia de la familia
por parte de madre. Confío en que
entiendas mi postura, dado que a ti te
educaron de manera parecida.
Realmente habían tenido infancias
muy distintas. La madre de Mordred
había rechazado al chico por ser un
error de cálculo y a su padre lo habían
asesinado antes de que el niño tuviera
uso de razón. El pequeño fue educado
por soldados y tratado como un molesto
bastardo, aunque nadie negaba que era
de buena cuna. Para el resto de los
chicos de su edad no era más que un
huérfano desterrado al que hacer
bromas.
Artor podía imaginarse la vida de
Mordred, marcada por la desesperación,
la soledad y las burlas de los demás
muchachos, algo que lo había señalado
durante años. A Mordred no lo habían
querido, lo habían ignorado, rechazado;
no había tenido una Frith o un Targo que
lo hicieran más humano. Esos aspectos
de su carácter que le habían ayudado a
sobrevivir durante los estériles años de
su juventud habían cimentado también su
posición como rey de una tribu guerrera
y apasionada, pero no eran unos valores
muy deseables; Mordred era ambicioso
y de una gélida eficacia. Por un instante
Artor se dio cuenta de que el joven
Mordred había heredado esta naturaleza
fría y racional de la misma fuente que él.
Y en eso, Mordred era el noble que se
parecía más al rey supremo.
Y aun así, a Artor no le gustaba y
sabía que nunca podría confiar en él. El
monarca nunca se había visto llevado
por ese nervio de la ambición que
conduce a algunos hombres a cometer
terribles delitos para cumplir sus más
íntimos anhelos. Y eso que había
conocido a muchas personas que se
veían aquejadas por un exceso de
ambición. La ambición había sido el
motor vital de Glamdring Ironfist y de
Keu, pese a que uno y otro fueran tan
distintos y persiguieran metas tan
diversas. La ambición había alentado la
revuelta de Simnel que provocó la
muerte de Luka. Ironías del destino, esa
ambición de Simnel es lo que
desencadenó que Mordred fuera elevado
a la posición de rey de los brigantes.
¿Qué más podía pedir Mordred?
¿Acaso tenía la mirada puesta en el
trono de Artor?
Artor decidió no perder de vista a
Mordred.
Ahora se puso de mejor humor al
pensar en los gemelos. Quizá fueran una
bendición. Si uno de ellos se convirtiera
en su heredero, las esperanzas de
Mordred quedarían abortadas. Balyn y
Balan eran expertos guerreros, y lo más
importante de todo, todavía eran
jóvenes.

DOS DÍAS MÁS tarde, con el cielo


cubierto de nubes negras amenazando
lluvia, vieron llegar por el norte a unos
jinetes. Cuando se aproximaron a los
huertos que había un poco más allá de
Cadbury Tor, la guardia dio la alarma.
Las campanas empezaron a repicar
por toda la fortaleza.
Acompañado de su guardia, Artor
salió a caballo hasta la primera muralla
para recibir a los jinetes que subían ya
rendidos por la colina. Los cinco
hombres habían salido de Glastonbury a
paso ligero y así habían cabalgado hasta
Cadbury. El jinete más inexperto del
grupo era un sacerdote tonsurado, que
venía con el hábito manchado de sangre
y apenas cubierto con un manto
harapiento. El hombre llegaba agotado,
semiinconsciente, tumbado sobre el
cuello de un caballo tembloroso, que se
tambaleó cuando pararon. La bestia
tenía el pecho y la cruz cubiertos de
sudor ensangrentado.
—¿Quién interrumpe la paz del rey
supremo? —preguntó Percival, ya
equipado con un traje de campaña que
se había puesto a toda prisa.
Los cuatro hombres desmontaron de
sus cabalgaduras para hacer una
pronunciada reverencia ante el rey; el
sacerdote no pudo moverse y siguió
medio inconsciente sobre el cuello del
caballo. Percival le ayudó a bajarse y a
mantenerse en pie, porque le temblaban
mucho las piernas.
El líder de los guerreros se dirigió a
Artor.
—Me llamo Ked, señor. Soy vasallo
de Glyndwr de Lloegyr y vengo a
informaros de las actividades de jutos y
sajones por el este. Hace dos noches
vimos distintos fuegos en lontananza. A
la mañana siguiente fuimos a
Glastonbury y comprobamos que el
recinto había sido atacado y que habían
prendido fuego a los edificios.
Artor cerró el puño. Glastonbury
estaba bajo su protección personal. Si la
asaltaban, estaban atacando
directamente a la corona.
—¿Y qué más? —dijo mirando al
exhausto sacerdote—. El tema me
resulta grave y urgente. Este sacerdote
ha cabalgado demasiado, sobre todo sin
estar acostumbrado a manejar las
riendas.
—El obispo de Glastonbury ha sido
asesinado —respondió Ked con
serenidad—. Lo mataron junto al altar.
Uno de los hombres de Ked mostró
un bastón de mando, parecido a los que
utilizaban los druidas. La talla que
decoraba ambos extremos lucía restos
secos de pelo, sangre y despojos
humanos.
Artor lanzó una exclamación al ver
aquello. Pero Gruffydd cogió el bastón
de la mano de Ked y lo examinó
minuciosamente.
—En el ataque murieron otros cinco
sacerdotes, pero los mataron con dagas
y espadas cuando intentaban apagar las
llamas —siguió Ked—. El altar fue
profanado con orina, lo mismo que los
códices sagrados que se guardaban en el
templo. Y lo que es peor, la tumba de
Lucius, el obispo anterior, también fue
profanada; incluso intentaron robar su
calavera —Ked se estremeció asqueado
al recordar la escena.
—¿Cuántos eran los que atacaron la
sagrada Glastonbury, Ked? Imagino que
sabrás interpretar las huellas, porque
eres guerrero y hombre de campo.
—Sí, mi señor, pude seguirles el
rastro con facilidad. El grupo que atacó
el recinto sagrado eran seis, pero solo
uno iba a caballo. Los demás iban a pie,
aunque robaron dos caballos para
escapar con más rapidez.
—O sea que viven cerca de la
comunidad de sacerdotes. Los que iban
a pie no creo que anduvieran mucho,
sobre todo si querían asaltar el recinto a
última hora.
Ked asintió con la cabeza.
—Por el rastro, estaba claro. Se
dirigían al norte; por eso preferimos
venir para dar cuenta del ataque, en vez
de perseguirlos.
—Os doy las gracias. Vuestro señor
contará siempre con nuestra ayuda, en
caso de que se vea en peligro. Y ahora,
descansad, porque mañana salimos para
Glastonbury para averiguar lo que
podamos sobre esta cobardía.
Mientras los hombres de Glyndwr
eran conducidos a sus dependencias y
los mozos buscaban establo para los
caballos, Artor regresó a su ciudadela.
El lucido ruano que montaba emprendió
una cabalgada impaciente, pero fue
obligado a detener su entusiasmo con un
enérgico tirón de rienda. A Artor le
dolía haber perdido a Coal y al hijo de
éste, pero lamentablemente el tiempo
pasaba para todos.
Cuando dejó el ruano en manos de
los mozos de cuadra para dirigirse a sus
dependencias, el monarca se sentía
abrumado.
—Lord Artor, ¿concederás un minuto
a un viejo sirviente? —preguntó
Gruffydd, exhausto, intentando seguir de
cerca las largas zancadas del rey.
—Por supuesto, Gruffydd. Y
convoca también a Galván, Galahad,
Bedwyr y los gemelos. Necesito debatir
esto con mentes frescas más que acatar
el consejo de los ancianos.
—¿De ancianos como yo, señor? —
preguntó Gruffydd al instante, sin que su
sonrisa lograra ocultar el punto
vulnerable que escondía su mirada.
—Nunca te he considerado un viejo,
Gruffydd —respondió Artor sonriendo a
su jefe de espías—. Eres demasiado
astuto. Esta cuestión pondrá a prueba a
los jóvenes. Balyn y Balan son fuertes,
lo sé, pero ¿serán ágiles y flexibles en
sus argumentos? ¿Y Galahad? ¿Será ese
dechado de virtudes que dicen que es o
un hipócrita, como lo describen sus
enemigos? Sea como sea, así conoceré
mejor a mis jóvenes guerreros —Artor
sonrió abiertamente—. Puedes invitar
también al hijo de Niniana. Ya sé que no
es un guerrero, pero quizá haya
heredado de Myrddion algo más que la
oratoria y la destreza instrumental.
—Vivo para servirte, señor —
contestó Gruffydd con una sonrisa
impertinente que iluminó por un instante
su rostro curtido.
—¡Viejo pelota! —dijo Artor con
tono cariñoso.
«Cómo vamos envejeciendo, —
pensó Artor observando a Gruffydd, que
se retiraba renqueando con esos pies tan
hinchados—. ¿Y los que vienen detrás?
¿Dónde se posicionarán? ¿Por qué
estarán dispuestos a morir?»
Al cabo de una hora Artor revisaba
con la mirada su espartana habitación, la
misma que en otro tiempo se llenaba con
las carcajadas del alegre Llanwith,
sentado allí, con las botas manchadas de
barro sobre la mesa, inundando el
espacio de alegría. Myrddion solía estar
de pie en aquel rincón, pensativo,
intentando buscar soluciones a los
problemas que preocupaban al rey con
la agilidad mental que lo caracterizaba.
Y Luka, tan impulsivo, también él había
estado allí y en momentos de frustración
había golpeado la mesa con la
empuñadura de su daga, dejando unas
marcas sobre la madera que aún se
podían ver. Y Targo, el honrado Targo,
se sentaba a su derecha, recordándole
que en los combates uno siempre tiene
que procurarse cierta ventaja.
«Quizá fuera mejor, —pensaba Artor
—, que yo también hubiera muerto,
descansando junto a mis queridos
fantasmas.»
En la mente de Artor flotaba el
rostro sonriente de Llanwith. En su
cabeza aún resonaba el eco de aquellas
palabras que le repetía una y otra vez,
hace tanto tiempo, cuando solo tenía
doce años:
—¡A ver cómo eres de rápido,
chico!
—¡Lo suficiente!
Artor reflexionaba esbozando una
ligera sonrisa. ¿Cómo se atrevería a
contestar a Llanwith con tal descaro?
Sí, con los años había demostrado
ser suficientemente rápido y fuerte para
superar casi cualquier obstáculo, salvo
el de la soledad. Llanwith había muerto
hacía veinte años de un derrame
cerebral que le provocó una hemorragia
incontenible; sangraba por las orejas, la
nariz y los ojos. A Llanwith lo había
sustituido primero un hijo, y luego otro,
pero ninguno de aquellos mocetones
había heredado su enorme fortaleza.
Solo Comac, el pequeño, había
sobrevivido; se casó con Licia, tuvo
hijos y consiguió mantener unida la tribu
de los ordovicos. Pero también él había
muerto de manera trágica antes de llegar
a viejo.
Ahora ocupaba su lugar Bran, su
primogénito, y todo indicaba que entre
los ordovicos la línea sucesoria iba a
continuar durante generaciones. Artor
sonreía sumido en la nostalgia. ¿Qué
habría dicho su viejo amigo al ver que
el nieto de Artor iba a gobernar la tribu
de los ordovicos?
—¡Se habría reído a carcajadas
durante un buen rato! —dijo Artor en
voz alta, solo como estaba en medio de
aquella habitación, con la confianza de
que su amigo estuviera viéndolo desde
algún sitio.
Ajenos al pesimismo en que se
sumía el monarca, los jóvenes guerreros
entraron en la estancia, un tanto
sobrecogidos por transgredir aquel lugar
sagrado, y sorprendidos por la falta de
lujo y ostentación que allí se respiraba.
—Soy de gustos sencillos,
jovencitos —explicó Artor, mientras
Odin rellenaba unos sencillos vasos de
campaña con hidromiel, cerveza y vino
—. No tengo paciencia para andar con
fuentes de oro o telas delicadas, porque
con eso lo único que conseguiría es
aletargarme y distraerme de lo que
realmente conviene a la causa. Al final,
si queremos ganar las batallas que se
nos avecinan, todos tenemos que estar
dispuestos a ceder nuestras posesiones
—se volvió a su jefe de espías—. Veo
que has traído el bastón que utilizaron
para atacar a Aethelred, y eres experto
en druidas. ¿Qué puedes decirnos?
Gruffydd negó con la cabeza.
—Los druidas no intervinieron para
nada; no fueron ellos los que hicieron
este bastón, mi señor. He servido a los
ancianos toda mi vida, por eso conozco
y entiendo sus símbolos. Y por eso
también no dudo en decir que este objeto
es falso y no tiene nada que ver con sus
rituales.
—¿Cómo es eso? —preguntó Balan
prudentemente—. ¡Parece auténtico!
—Sólo para el ojo inexperto. La
talla es muy burda y no revela ningún
signo que lo haga relevante para la
antigua religión. Por ejemplo, este rostro
impúdico donde se apoya la mano es un
sátiro, o sea, un símbolo romano. Y
además, la talla la han hecho mucho
después que el bastón, ¿no ves? La
madera está más limpia y tiene distinta
textura. Es más, es una madera distinta.
—Los druidas están en decadencia
—interrumpió Galahad—. Desde que
los romanos los exterminaron en la isla
de Mona, apenas quedan druidas. ¿No
será que este asalto está enmascarando
una rebelión de druidas contra el
cristianismo por los errores cometidos?
Los prejuicios de Galahad eran
evidentes. Galván se revolvió en su
asiento, pensando en cómo se sentirían
con aquellas afirmaciones quienes aún
eran fieles a los antiguos ritos.
—Los druidas eran maestros,
legisladores, sanadores e intelectuales
—intervino Bedwyr aparentemente
tranquilo, aunque a Artor no se le
escapó el sentimiento de desaprobación
que ocultaban sus palabras—. No van a
haber caído tan bajo, ni a ser tan
estúpidos como para asesinar al obispo
de Glastonbury, un hombre que vive
bajo la protección del rey supremo de
los britones. Y todo el mundo sabe que
nuestro rey tolera la existencia de
múltiples religiones.
De joven Bedwyr seguía las normas
del cristianismo, pero ahora era pagano.
¿Qué religión practicaba? Pocos se
atrevían a preguntarle al Cuchillo de
Arden por otras lealtades que no fueran
la de su completa fidelidad al rey
supremo.
—Mucha de mi gente aún se aferra a
las antiguas costumbres, aunque el
cristianismo se ha empezado a extender
por Arden —añadió—. Pero como haría
cualquier persona sensata, de boquilla
respetan ambas religiones.
Galahad hizo una mueca de
desprecio.
—¿Para qué puede querer alguien
llevarse la calavera del obispo Lucius?
—preguntó Balan, yendo al meollo del
asunto—. No debía ser muy importante,
porque yo nunca había oído hablar de él.
—La profanación va contra mí —
afirmó Artor con autoridad—. Lucius
asistió a mi coronación y me salvó la
vida cuando era un niño, enviándome a
Villa Poppinidii para que me criara
Lord Antor. Lucius era un hombre de
racionalidad romana y fe cristiana, una
combinación extraña y sumamente
valiosa. Puede que quisieran utilizar su
calavera en algún tipo de ritual para
conseguir que salga de Cadbury.
—¿Y por qué ibas a abandonar la
seguridad de tu fortaleza? —preguntó
Balyn.
—Porque tiene que hacerlo, mi
señor —contestó Taliesin—. El asesino
considera que Lucius es responsable de
sus males, reales o imaginarios, males
que piensa agravados bajo el reinado de
Artor. Si Artor no atiende a esta
provocación, estará demostrando a sus
enemigos que pretende quedarse
refugiado con sus guerreros sin salir de
sus fronteras hasta que los sajones
destruyan todos los reinos del oeste.
—Gracias, Taliesin —respondió
Artor—. Hablas, como tu padre, con
claridad y absoluta franqueza. Lo que
más me conviene es quedarme aquí,
tranquilamente, junto a la chimenea.
Pero no es ese mi destino. La bruja de
mi hermana, Morgana, ya me vaticinó
hace años lo que iba a pasar —sonrió
sardónicamente mirando a Galván y a
Galahad—. Y os presento mis disculpas
a los dos por hablar así de vuestra tía.
—No nos ofendes, Artor —contestó
Galván—. Siempre ha sido una mujer
venenosa.
—Sí —convino Galahad—. Es
pagana y sus maleficios son obra del
diablo.
—Entonces, ¿quiénes son nuestros
enemigos? —preguntó Artor al grupo de
los allí reunidos—. ¿Y dónde están?
—Puede que el sacerdote sepa algo
—sugirió Balyn—. Tiene que haber
tenido buenas razones para venir aquí
con esa urgencia y en tan malas
condiciones. ¿Se le ha preguntado algo
ya?
Artor se echó a reír y poco a poco se
le fue uniendo algún otro soldado.
Balyn se puso colorado como un
tomate.
—Bien hecho, Balyn. No cabe duda
de que la reina Anna ha criado dos hijos
bien valiosos. Mientras los demás
estábamos especulando sin más, tú has
hecho la pregunta más certera.
Balyn enrojeció aun más.
Artor se volvió a su ayudante.
—Vete a buscar al sacerdote, Odin.
Y procura no amedrentarlo del todo.
—Estás de broma, señor —dijo
Odin con tono de reproche mientras
salía.
—Pues, si hasta a mí, que lo
conozco desde hace años, me deja
completamente sin habla… —dijo
Bedwyr con tono jocoso.
Como el sacerdote había tenido
tiempo de lavarse la cara, de sacudirse
el polvo del hábito y de tomar algo antes
de presentarse, un tanto tambaleante, en
las dependencias reales, había
recobrado algo de color en el rostro y se
sostenía un poco más derecho. Era un
muchacho estilizado, de manos blancas y
delgadas, sin callosidades y bien
cuidadas, salvo por la hinchazón que le
habían producido las riendas en ambas
palmas. Viendo el daño que habían
sufrido aquellas manos tan tiernas, Artor
se dio cuenta de que el sacerdote nunca
había realizado tareas con el arado ni
había cavado las huertas de Glastonbury.
—¿Cómo te llamas, hermano? —
preguntó Artor.
El joven que se alabeaba como un
sauce, no paraba de mover los pies, ni
podía evitar el tic que afectaba a su
mandíbula.
—Me llamo Eldric, señor —
respondió con un hilo de voz—. Pero en
el convento me conocen como hermano
Petrus.
—Ven, hermano Petrus. Y no temas,
que aquí no hay espada ni garrote —le
dijo Artor—. ¿Cuáles son tus tareas en
Glastonbury?
—Soy escriba, mi señor. Me dedico
a copiar y reparar antiguos manuscritos
para gloria de la madre Iglesia.
Glastonbury se ha convertido en un
centro de erudición, además de ser lugar
de devoción.
Artor se tocó la barbilla, advirtiendo
lo descuidada que tenía la barba, y se
prometió que en cuanto pudiera iba a
darse un buen baño y a afeitarse con su
mejor cuchilla. Este lampiño mozalbete
le hacía sentirse caduco y abandonado.
—¿Estabas presente cuando mataron
a tu obispo? Si así fuera, te ruego que
me cuentes todo lo que viste y oíste.
Habla sin miedo.
El hermano Petrus empezó a frotarse
las manos nerviosamente, sin
preocuparse aparentemente del dolor
que le debían estar provocando las
heridas y los moratones que tenía. El
recuerdo del horror pareció desfigurarle
el rostro. Se le veía realmente
angustiado. Taliesin sabía que este
muchacho, pálido y retraído, no quería
contar lo que había vivido en la iglesia
de Glastonbury, porque contarlo no le
iba a dejar en buen lugar.
—Era cerca del anochecer, cuando
llegaron al monasterio, y justo entonces
acabábamos de terminar nuestros rezos
vespertinos. Lo primero que notamos fue
el olor a humo. Si no se hubieran
detenido para prender fuego al granero
de heno, nos habrían cogido a todos
dentro de la abadía como conejos.
—¿Y por qué fueron tan tontos los
asaltantes? —preguntó Taliesin en voz
baja sin dirigirse a nadie en particular
—. Todos saben a que hora son los rezos
vespertinos en las iglesias cristianas. Y,
además, ¿qué pretendían los atacantes
prendiendo fuego a edificios que no
encierran especial valor?
El hermano Petrus no sabía si tenía
que contestar a estas preguntas.
—El obispo ordenó a los hermanos
que salieran rápido para apagar los
fuegos —dijo—. Yo me quedé atrás, con
Aethelred, que era viejo y frágil.
—¿Cuántos hermanos se quedaron
con Aethelred? —preguntó Taliesin.
—Nadie se quedó con el obispo.
¿Por qué lo preguntas?
—Estoy simplemente intentando
reproducir lo que ocurrió en el ataque
—contestó Taliesin de manera inocente.
Para Taliesin, Petrus o bien era un
cobarde que no había querido ir a
apagar los fuegos o, por el contrario, era
un joven responsable que había querido
quedarse para proteger al obispo.
—Hubo varios hermanos que
regresaron para decirle al obispo que el
enclave estaba siendo atacado. Y de
nuevo le pidieron que saliera con ellos
para refugiarse en algún lugar seguro,
pero el obispo se negó. Aethelred
ordenó a los hermanos que intentaran
apagar los fuegos, siempre que no
arriesgaran su vida, y les aseguró que
Dios ya lo protegería —el joven
sacerdote reprodujo estas palabras
como escupiéndolas, haciendo un gesto
desagradable con la boca. Al ver que
los guerreros se sorprendían de cómo
había hablado, el muchacho se puso todo
colorado y retiró la mirada, muerto de
vergüenza.
Irritado, Artor carraspeó y Petrus
siguió con su relato.
—Como oía los violentos golpes
que estaban dando fuera, intenté
convencer al obispo para que
abandonara el altar y buscara otro lugar
más seguro. Por mucho que insistí, a él
no le pareció bien y permaneció junto al
sacramento. Cuando el guerrero de
negro entró en la iglesia, intenté
interponerme entre el obispo y aquel
desalmado, pero iba armado y yo no
podía defenderme. Aethelred siguió con
sus oraciones, como si nada.
Artor no entendía por qué Petrus no
había arrastrado al obispo a un lugar
seguro, incluso contra su voluntad.
Habría sido perfectamente capaz de
hacerlo. Artor torció el gesto.
Sospechaba que este joven sacerdote de
rostro avinagrado había dejado morir a
su frágil maestro.
—Parece que los asaltantes solo
buscaban la muerte de Aethelred —
afirmó Artor muy serio— porque tú no
has sufrido grandes daños. ¿Qué pasó
con los hermanos que se fueron de la
iglesia?
—Se dispersaron para apagar los
incendios o intentaron defender la
iglesia de aquellos villanos —dijo
nervioso y como entre susurros el
hermano Petrus—. Creí que los iban a
matar, pero, al ver los fuegos llegaron
más hermanos que estaban en los
campos. Los asaltantes al final tuvieron
que salir de estampida.
—¿Y tú? ¿Abandonaste la iglesia?
—preguntó Artor impaciente—. ¿Qué es
lo que viste realmente? ¡Y sé preciso!
No me interesa saber qué es lo que
hiciste, ni si te escondiste para salvar el
pellejo. Hombres mucho más nobles que
tú han visto conveniente huir cuando el
enemigo los superaba en número. Así
que, dime, sin florituras, qué es lo que
viste exactamente.
El hermano Petrus fijó la mirada en
Artor, con ojos suplicantes y le temblaba
la mandíbula. Como tantos
incompetentes, no quería enfrentarse a
sus propios defectos. Pero el gesto
adusto de Artor no le ayudó demasiado y
bajó la vista.
—Vi morir a mi obispo
vergonzosamente escondido detrás de
las cortinas del altar.
—Descríbenos qué es lo que viste,
Petrus —dijo Taliesin con tono educado
—. Nadie te va a culpar de lo que
hiciste, porque así tenemos un testigo
directo del asesinato. Lo único que
pedimos es que nos ayudes a identificar
a la mala bestia que cometió tal
atrocidad.
La amabilidad con que hablaba
Taliesin tuvo sus frutos. El muchacho
habló con mayor detalle.
—Había seis hombres. Cinco
estaban al servicio del líder, que iba de
negro. Los hombres llevaban jubones de
piel con placas de hierro y unos cascos
que no lucían emblema o símbolo
alguno. Parecían más simples villanos
que guerreros, aunque llevaban dagas y
garrotes. El líder les ordenó que
salieran del templo y oí que cavaban
algo fuera. —Se detuvo un momento,
como para recopilar más detalles.
—El que iba de negro era muy
distinto. No era alto, pero tenía un
cuerpo fornido y recio. Llevaba muchas
armas. Lo vi perfectamente cuando pasó
a mi lado. Iba vestido con una túnica
negra, recogida en la cadera con un
cinturón de plata del que colgaban
pequeñas calaveras. Se protegía el
pecho con una especie de casaca de
cuero negro con incrustaciones de
hierro, y llevaba un casco que terminaba
en un penacho de crin de caballo. Como
llevaba la capucha puesta, no le pude
ver la cara.
—¿Y? —preguntó Galván
impaciente.
Artor fulminó a su sobrino con la
mirada, al ver que Petrus esquivaba al
príncipe de los otadinos.
—Mató al obispo a palos, con el
bastón, ese que está ahí —Petrus señaló
al bastón que Gruffydd tenía en la mano
—. El líder golpeó al obispo hasta que
le rompió la cabeza, como si fuera un
huevo. Pero como en un momento dado
perdió el bastón, que se le había
enganchado en el altar, hubo de huir sin
él. Tuve que sujetarme la boca para no
gritar de espanto.
—¿Viste algo más? —dijo Artor con
voz ronca, asqueado por el relato.
—El hombre tenía las manos y el
cuello tatuados; lo vi cuando se abrió la
túnica. Y tenía más por los brazos, en el
espacio que queda entre las mangas y
los guantes. Cerca de las muñecas los
tatuajes tenían forma de serpientes y
monstruos extraños. El hombre era un
pervertido y maldijo el altar en la
antigua lengua, con palabras que no
entendí. Pero sí reconocí la lengua. Y
después orinó sobre el altar.
El joven sentía náuseas y habría
vomitado allí mismo, pero Taliesin le
obligó a beber un buen trago de vino de
la copa que apenas podía sostener entre
las manos. Recobró un poco el color y
continuó.
—Cuando el guerrero de negro salió
del templo, intenté ver qué hacía por una
de las ventanitas. Sus secuaces habían
abierto la tumba del obispo Lucius y el
hombre de negro estaba revolviendo los
huesos para coger algo que no vi bien.
Entonces llegaron nuestros hermanos y
los atacantes huyeron. El líder se fue a
lomos de un caballo negro.
El joven sacerdote se santiguó para
ahuyentar al demonio. De manera
palpable el calor de la sala pareció
disiparse en medio de un halo de
superstición. Petrus se echó a llorar, con
el ceño fruncido, como un niño.
—¡No quiero volver a Glastonbury!
¡Por favor, os lo ruego, no me hagáis
regresar a ese monasterio, señor, porque
el demonio ha estado allí… y creo que
no se ha ido! ¡No olvidaré mientras viva
el sonido de ese bastón abriéndole la
cabeza a mi obispo!
Artor observó la figura temblorosa
del sacerdote, que se mordía el labio
inferior, con gesto aterrorizado. Artor
sintió una mezcla de pena y desprecio
ante aquel joven afeminado.
—Puedes irte al sur, al monasterio
de Venta Belgarum, si así lo deseas. Os
corresponde a ti y a tu iglesia decidir
qué quieres hacer con la vida que tu dios
te ha obsequiado.
Con decisión, Artor se volvió hacia
sus guerreros olvidándose de todo lo
que concerniera a Petrus. Odin señaló la
puerta con la cabeza y el joven
sacerdote salió de la sala.
—No debemos mezclar la
superstición con el análisis que hagamos
de estas atrocidades —dijo Artor con
autoridad—. Hay alguien que ha
cometido estos hechos execrables. Un
asesino terminó con la vida del obispo
de Glastonbury y Gruffydd ya ha dicho
que no parece que fuera un druida. El
asesino no actúa como ningún druida
que yo haya conocido a lo largo de los
años, pero sea lo que sea, va a
responder ante mí de sus atrocidades.
Los días claros, se ve la torre de
Glastonbury Tor desde nuestra fortaleza.
Este guerrero de negro ha ido demasiado
lejos, se ha acercado demasiado a mi
territorio. Salgo para Glastonbury al
amanecer.
—Me gustaría ir contigo, señor —
dijeron uno a uno los cortesanos.
Y hasta Taliesin asintió con la
cabeza.
Artor se sintió satisfecho al ver su
arrojo. Había una nueva generación,
dispuesta a probarse en un asunto que
mezclaba venganza, crueldad y muerte.
¿Quién sabe qué se escondía detrás de
esas caras ardientes que lo observaban
con tanto entusiasmo?
Galván sintió un extraño
estremecimiento por la espalda.
¿Tendría algo que ver ese guerrero
vestido de negro con la aventura sexual
que tuvo al venir a Cadbury? ¡No era
posible! Pero se acordó de que Gronw,
el criado de Miryll, tenía los brazos
tatuados. Por más que Gronw era un ser
empalagoso, servil, apenas capaz de
cometer un asesinato tan fiero y brutal
como el que les habían narrado. No,
seguro que Gronw no era el asesino.
Galván decidió olvidarse de una idea
tan desagradable.
Por su parte, Galahad sentía que le
inundaba un sentimiento de ira. Para él,
su propósito en la vida era sojuzgar a
los paganos que ponían sus sucias manos
sobre la Iglesia. Y, a medida que este
sentimiento de lo que era su deber
crecía en su pecho, más se acordaba de
los tatuajes que había visto en Salinae la
Menor, en el cuerpo de Gronw. El joven
intentaba captar la mirada de su padre,
pero Galván lo evitaba pretendidamente,
llegando incluso a darle la espalda.
Cada uno de los hombres que
estaban reunidos con Artor intentaba
examinar el viaje a Glastonbury a la luz
de su propia naturaleza, de sus miedos y
ambiciones, salvo uno.
Con la mirada fija en el suelo,
Taliesin se mordía el labio inferior. Lo
que se decía del cáliz maldito eran
simples rumores, o mera pesadilla de su
madre… pero entonces, ¿por qué temía
que el asesinato de Glastonbury fuera la
primera señal que anunciaba la maligna
presencia de su poder?
Cuando al final se fue a dormir a los
establos, una copa manchada de sangre
inundó sus sueños con imágenes
angustiosas.
CAPÍTULO VII

EL GUERRERO DE
NEGRO

A
UNQUE LA EXPEDICIÓN a
Glastonbury fue breve, resultó
agotadora, pese a que no
tuvieron incidente alguno. Los guerreros
salieron con las primeras luces, pero
Artor marcó un paso endemoniado que
terminó por agotar incluso a los
gemelos. Todos se sentían doloridos
cuando a media tarde divisaron las
verdes praderas.
La travesía a caballo había sido más
complicada, porque Artor quiso que
todos llevaran el uniforme de batalla
completo, lo cual implicaba que los
jinetes fueran provistos de escudos,
protección de hombros, manoplas y
grebas para las piernas. Y como los que
marchaban eran nobles, las protecciones
estaban hechas de hierro repujado o de
piel recubierta de placas de hierro. En
todo caso, jinetes y caballos acarreaban
un peso desacostumbrado.
Los animales de carga llevaban el
equipamiento y las armas necesarias
para mantener una campaña ecuestre.
Cada guerrero necesitaba al menos una
lanza, una espada y un hacha como
panoplia básica. Aunque seguía
haciendo fresco, los guerreros no podían
evitar el sudor y la incomodidad que les
provocaban los escudos. La comitiva de
suministros, acostumbrada ya a estas
rápidas incursiones a caballo que
emprendía Artor siempre que los
sajones se aventuraban a salir de sus
fronteras, ocupó su lugar, a la cola de la
fuerza de caballería, para vigilar la
caravana.
Artor, Galván y Odin, consumados
jinetes los tres, miraban con
complacencia a los jóvenes que iban con
ellos. Con la espalda dolorida, los
brazos caídos y los músculos
agarrotados, seguro que pasarían mala
noche. Pese a lo entrenados y
preparados que estaban, estos jóvenes
no habían participado en ninguna de
estas rápidas incursiones del monarca y
no sabían cómo eran. Pero pronto iban a
aprender.
De todos ellos, el único que iba
sentado tranquilamente en su montura
era Taliesin. Como no le interesaba
entrar en combate, había preferido no
enfundarse la armadura habitual, en
favor de una chaqueta de piel de vaca y
unos pantalones de cuero. Llevaba la
cabeza protegida con el casco de su
padre, una pieza de brillante hierro
azulado, que supuestamente había caído
del cielo. El metal era particularmente
resistente, aunque pesaba mucho menos
que los de hierro normal. Para
protegerse las manos Taliesin llevaba
guantes suaves y flexibles, como sus
botas. Bajo el casco una melena de
cabellos trenzados le servía de
almohadillado. Ahora que el pelo no le
caía por la cara destacaban más sus
impresionantes ojos, típicos de la gente
del norte, y los rasgos faciales que lucía
al descubierto recordaban intensamente
a los de su padre, Myrddion Merlín.
—Este valle pertenece a
Glastonbury —dijo Artor señalando con
su arma los ricos territorios que se
extendían ante los exhaustos ojos de sus
guerreros. La tenue luz del atardecer se
reflejaba en las acequias, los pequeños
arroyuelos y los terrenos pantanosos que
formaban grandes paños plateados. Pese
a la violencia que se había vivido justo
aquí hacía unos días, Glastonbury
parecía dormitar, sumida en la belleza
de una tarde de primavera, mecida por
el dulce zumbido de las abejas, el aroma
de la nueva vida y el intenso olor a
tierra recién arada.
—Cadbury, desde luego, es bonito,
pero Glastonbury es como un pequeño
fragmento de paraíso —dijo Balan con
pasión juvenil—. Aquí todas las plantas
crecen muchísimo y hasta parece que el
ganado es más prolífico que en los
demás lugares que conozco de la región
occidental.
—Profanar esta paz es asestar un
golpe al corazón de la fe cristiana —
bufaba Galahad. Sus almendrados ojos
estaban embarrados de furia.
—¡Ay, Glastonbury! —expresó
Galván recordando viejos tiempos—.
¡Qué tonterías hice yo aquí una vez!,
¿verdad, Artor? Ese día me salvó no ser
tan alto. Debió parecer ridículo, yo
saltando para intentar cogerle la espada
a Uter, una espada a la que claramente
no llegaba.
—Te equivocas, sobrino —
respondió Artor de buen humor—. El
destino quiso librarte del peso de la
espada y la corona, así que debes estar
agradecido por lo que te pasó.
—Créeme, Artor, lo estoy —dijo
Galván con honestidad y buen tono—.
No resulta demasiado halagüeño verse
atrapado entre las ambiciones de mi
madre, de mi padre y de mi tía, desde
luego.
Mientras los guerreros iban de un
lado para otro sobre sus monturas entre
los pequeños brotes de las cosechas
recién plantadas, que ya empezaban a
despuntar, los hermanos que trabajaban
los campos dejaban lo que estaban
haciendo para saludarlos con la mano.
—No cabe duda de que en
Glastonbury Dios está con los que
trabajan la tierra —murmuró Galahad.
—Aquí, hijo, cada uno aporta lo que
sabe —dijo Galván. Le atribulaba
pensar que el caprichoso de su hijo
abandonara las armas para hacerse con
un azadón.
Enseguida divisaron algunos de los
edificios que habían ardido. Los muros
habían quedado arrasados, reducidos a
los propios cimientos de piedra
ennegrecida, profanados; parecían
obscenas cicatrices abiertas en aquella
tranquilidad.
Un grupo de sacerdotes y hermanos
legos se acercaron a recibir al retén
real. Pese a las caras frescas y
saludables que tenían, ninguno sonreía y
mantenían la mirada gacha. Solo algunos
levantaron la vista para ver a sus
visitantes, aunque en todos se percibía
una cierta tensión al hacer la debida
reverencia. Sorprendido de no recibir la
bienvenida que esperaba, Artor buscó la
cara de alguien que le resultara
conocido entre quienes estaban más
próximos.
—Hermano Simón, o Simeón.
¿Sigues desafiando al tiempo?
Un anciano artrítico, con las
articulaciones hinchadas, vestido con
una sencilla túnica de lana, dio un paso
al frente y se inclinó ante el rey. Y
cuando levantó la vista para mirar
torpemente al monarca, se le iluminaron
los ojos.
El tiempo no había tratado bien al
viejo judío. Ahora tenía la barba y el
pelo —esos escasos mechones que le
quedaban alrededor de la tonsura—
completamente blancos. En su día fue de
estatura mediana, delgado como un hilo,
pero ahora estaba encorvado por la
enfermedad y no era difícil adivinar que
le dolían las caderas. Las manos,
aquellas manos diestras y artísticas que
habían forjado la belleza de Excalibur y
la corona de dragón, las tenía ocultas,
dentro de la túnica.
—¿Sigues usando la espada y la
daga, señor? —preguntó el anciano con
voz ronca.
—Sí, hermano Simón —contestó
Artor devolviéndole una sonrisa—. Mis
armas se conservan tan jóvenes como en
su día fuimos tú y yo.
Los gemelos miraban el austero
rostro del clérigo y las empuñaduras de
las armas de Artor. ¿Acaso este judío
esquelético era el herrero que había
forjado Excalibur, la legendaria espada
que el rey Artor blandía en las grandes
batallas contra las hordas sajonas?
—Me halaga oírtelo, señor. Esas
espadas fueron las últimas piezas
realmente buenas que terminé. Ahora ya
no hago nada —sacó entonces las manos
de la túnica, artríticas, retorcidas, y
Artor sintió un hondo dolor, al ver hasta
qué punto había lacerado la fragilidad
física aquel talento prodigioso.
—Pero no te aflijas porque haya
perdido mis antiguas habilidades, señor,
ya que tengo dos aprendices estupendos
que se afanan por aprender el oficio.
Cada uno debe servir lo mejor que
pueda y como mejor pueda; y yo la
mayoría de los días me encuentro
satisfecho.
—¿Dónde está tu obispo? —
preguntó Artor—. ¿Habéis nombrado a
alguien para que ocupe el puesto de
Aethelred? —Artor recorrió el grupo de
clérigos con la mirada, todos vestidos
igual y con las manos metidas en las
amplias mangas de la túnica.
Un hombre recio, de pelo negro, dio
un paso al frente. Artor vio que llevaba
la tonsura aria, no la romana, y que
demostraba la confianza de los
guerreros celtas. Los rasgos de la cara,
despierta e inteligente, no delataban su
origen, pero por los brazos se podía
saber que procedía del este.
—Yo haré las veces de obispo, hasta
que se produzca un nuevo nombramiento
en Venta Belgarum. Me llamo Mark.
—¿Habéis enterrado ya a vuestro
obispo, Mark?
—Estábamos esperando que
llegarais, mi señor. El hermano Simón
estaba seguro de que vendrías a
Glastonbury porque tenéis fuertes
vínculos con este lugar. Hemos
dispuesto el cuerpo de nuestro obispo
junto al altar donde murió, con sus
vestimentas. Lo enterraremos al lado de
Lucius, después de que veas el cadáver,
cerca del muro de la iglesia que murió
por defender.
Este sacerdote es un hombre
riguroso y adusto, que no tiene ningún
sentido del humor, ni tampoco encanto,
pensó Artor mientras se apeaba del
caballo y entregaba las riendas a uno del
retén. Pero aun así, parece honesto y me
mira sin miedo.
—Deseo presentar mis respetos a
vuestro difunto obispo —solicitó Artor
amablemente—. Quiero ver con mis
propios ojos lo que me han contado.
Mark hizo una reverencia y condujo
a los guerreros hasta la iglesia, a la que
se entraba por una pequeña puerta de
piedra. Los más jóvenes estaban
deseando satisfacer su curiosidad y ver
el emplazamiento en que se había
producido aquel sacrílego asesinato. De
los guerreros Gruffydd y Galván se
quedaron atrás, con Odin y Gareth.
Percival siguió a su señor; al entrar en
el templo se arrodilló, y comenzó a
mover los labios, como si rezara.
El cuerpo del obispo, lavado,
embalsamado y vestido con sus ropajes
ceremoniales, no ocultaba las horrendas
heridas que le habían abierto en la
cabeza. Y ni el nardo ni los preciados
aceites conseguían disimular el dulce
olor de un cadáver en descomposición.
El obispo tenía el rostro cubierto por un
fino velo blanco que dejó al descubierto
más cicatrices cuando Artor lo retiró. La
nariz mostraba la huella cruel de haber
sido aplastada con una bota, una imagen
espeluznante y nueva para Artor; no
había visto nada parecido, ni después de
la peor de las torturas.
Galahad se santiguó. Incluso Balyn,
que no tenía especial miedo a la muerte,
se echó para atrás al ver semejante
profanación.
—¡Qué carnicería! ¡Se han ensañado
con este hombre! —dijo Artor con tono
aparentemente tranquilo, aunque a
Percival no se le escapaba la marejada
de ira que fluía bajo aquella voz
controlada—. Se ve que se tapó la cara
con las manos para protegerse de los
garrotazos.
Era evidente que el obispo tenía las
manos rotas por distintos sitios, pese a
que los hermanos habían puesto todo su
empeño en recomponerle los huesos
rotos y colocarle las manos sobre el
pecho, con los dedos cruzados, como si
estuviera rezando.
Taliesin se adelantó y retiró con
cuidado la túnica que tapaba el torso de
Aethelred. En el cuello se veía
claramente la huella de otro pisotón; el
asesino le había aplastado con la bota la
laringe y las vértebras de detrás. El
cadáver mostraba una tira de tela que le
pasaba por debajo de la barbilla y se
ataba en la coronilla.
—Esa tira es lo único que le
mantiene el cráneo unido, señor. Como
se desprende de los moratones que tiene,
no debió resistir mucho después de la
paliza —Taliesin señaló los oscuros
hinchazones que marcaban aquel rostro
destrozado, y que destacaban
llamativamente sobre la palidez del
cadáver—. Si le hubieran dado un golpe
certero, este hombre habría muerto a la
primera, pero el asesino quiso ensañarse
con él y provocarle el mayor daño
posible. Estaba lleno de odio.
Conmovido y asqueado, Artor
cubrió el rostro del obispo con el mismo
velo.
—Descansa en paz —murmuró Artor
—. ¡Ave, valiente!
Tras permanecer unos momentos en
silencio, Artor se volvió hacia Mark.
—Llévame a la tumba de Lucius —
ordenó.
—Pide a tu dios que este guerrero de
negro no tenga que enfrentarse a la ira
del rey —dijo Bedwyr a Balan en voz
baja—. Porque Artor va a buscar
venganza. El hombre de negro tendrá
que sufrir antes de morir.
—¿Es tan duro el rey? —preguntó
Balan.
—Cuando los malvados cometen
tropelías, tienen que temer por sus vidas
—dijo Bedwyr muy calmadamente—. El
rey pone en práctica la justicia que
aprendió de los romanos entre los que se
educó. Para hombres como Artor el
castigo debe ajustarse exactamente al
delito cometido y debe imponerse con
total imparcialidad. Este tipo de justicia
puede ser dura, pero es eficaz contra
acciones tan brutales como la que se ha
cometido contra este buen hombre.
—Pero ¿tú crees que con esta
justicia tan despiadada se puede crear
una civilización pacífica? —preguntó
Balan, escéptico.
—Pues no tienes más que mirar
Cadbury y valorar la paz que hay allí.
Hace una generación, esta paz no existía.
Ahora en occidente reinan la armonía y
la abundancia y se puede llegar al norte
con total seguridad. Pues bien, esa
seguridad existe únicamente porque
Artor ha impuesto los consiguientes
castigos a los ladrones, sin importarle
mancharse las manos en el proceso.
—Pero ¿y su conciencia, qué? —
murmuró Balan.
—No sé, pregúntale a él —contestó
Bedwyr y sin mediar más palabra salió
corriendo detrás de su rey.
Al abrigo de las paredes de la
iglesia, había una tumba parcialmente
excavada. A un lado estaba la mortaja,
hecha jirones y sucia, de manera que la
calavera y los huesos de los dedos del
anterior obispo romano quedaban
parcialmente expuestos, a la vista de
todos. Por respeto a Lucius, los
hermanos habían cubierto los restos con
una tela bordada.
—Todos terminaremos siendo polvo,
amigo Lucius —susurró Artor mientras
se acariciaba el gastado anillo que
llevaba en el pulgar desde el día de su
coronación, regalo del difunto obispo.
Artor se arrodilló para retirar el
paño bordado y examinar los huesos que
quedaban al descubierto.
—¿La tumba está exactamente como
la dejaron los asaltantes al huir?
—Sí, mi señor. Sabíamos que
desearías ver con tus propios ojos la
profanación, por eso solo cubrimos los
huesos con unos tablones para evitar que
les cayera agua o tierra.
—¿Para qué querrían estas bestias
abrir una vieja sepultura, con el esfuerzo
que cuesta y el riesgo a que se
exponían? —preguntó Artor a Taliesin,
que estaba igual de confuso—. El
guerrero de negro contaba con pocos
hombres y poco tiempo, sabiendo
además que en Glastonbury hay mucha
gente que puede venir a defender el
recinto. Los delincuentes no se han
llevado nada. Parece que el asalto tenía
por objeto exclusivamente matar a
Aethelred y abrir la tumba de Lucius. Es
muy raro, porque el hombre de negro
tenía que saber que los religiosos
pelearían por defender los restos de su
difunto obispo. ¿Mera diversión, quizá?
—Parece que no han tocado la
calavera, señor —contestó Taliesin muy
tranquilo—. ¿Ves? Tiene todavía toda la
tierra apelmazada. Puede que en la
tumba hubiera algo que el hombre de
negro estuviera buscando. Petrus estaba
casi seguro de que se habían llevado
algo.
Artor se volvió para interrogar al
hermano Mark.
—¿Introdujeron algo de valor en la
tumba del obispo Lucius cuando lo
enterraron?
—No lo sé, mi señor. No estaba aquí
cuando Lucius administraba
Glastonbury. Aún no había recibido la
llamada de Dios por aquella época.
Artor sonrió ligeramente al
sacerdote.
—Vete a buscar al hermano Simón.
Él llegó antes. Y llama a cualquier otro
anciano que sirviera aquí cuando Lucius
era obispo de Glastonbury.
La gente no titubeaba cuando Artor
daba órdenes, sobre todo cuando el
monarca estaba tan visiblemente
preocupado. El hermano Simón no tardó
en llegar, casi sin aliento. Apoyado en
un grueso bastón, se encorvó para
asomarse a la tumba. Se estremeció. Las
cuencas de los ojos del esqueleto
parecieron titilar con un halo de vida.
Otros cuatro ancianos se unieron al
grupo que permanecía junto a la
sepultura. Miraban la tumba de reojo,
como si tampoco ellos pudieran evitar
esa curiosidad innata que parecen tener
los vivos por el mundo de los muertos.
Algunos apretaban un crucifijo entre sus
manos, ya moteadas por la edad; otros
se hacían la señal de la cruz.
Artor se dirigió a los mayores.
—¿Sabéis si alguien puso algo en la
tumba de Lucius cuando lo enterraron?
¿Falta algo? Es importante que nos lo
digáis, si queréis que capturemos a los
villanos que asesinaron a vuestro
obispo. No es momento de guardar
secretos. Tú mira bien, Simón, que eres
muy perspicaz, y trata de recordar si hay
algo que puedan haberse llevado de la
tumba.
Los ancianos se acercaron a
examinar la tumba. Sus miradas
quedaron empañadas con una mezcla de
pesar y de confusión.
Entonces uno de ellos inició un
diálogo apresurado.
—Recuerdo que Lucius tenía algo en
las manos cuando expusieron su cuerpo
junto al altar.
—¿Qué era? —requirió Artor.
El anciano monje estaba
aterrorizado y solo acertaba a
pronunciar murmullos incoherentes.
—Era el cáliz que utilizaba, Lord
Artor —dijo con franqueza otro de los
sacerdotes—. Lucius fue enterrado con
su viejo cáliz de campaña. Lo usaba
todos los días, en la comida y en la
cena.
—Yo sé cómo era, mi señor —dijo
Simón, bajando la vista con un suspiro
—. Recuerdo que el metal estaba ya muy
arañado y dentado por los años. Antes
de morir, me ofrecí incluso para hacerle
otro cáliz, más adecuado a su posición,
pero no quiso. Me dijo que esa copa
había viajado con él por medio mundo y
que en ocasiones estuvo salpicada de
sangre. Nunca contó cómo llegó a sus
manos, pero lo que sí dijo es que lo
mejor era llenarla ahora de agua para
calmar la sed de un humilde monje —
Simón titubeó—. Me había olvidado por
completo de esa vieja copa abollada.
—No eres el único, hermano Simón
—contestó Artor distante, como si
percibiera en Simón un cierto deseo de
evadirse—. Yo también recuerdo
haberle visto beber de ese mismo
recipiente en aquellos años. Me acuerdo
de que tenía la base redonda, y que tenía
un sencillo reborde de metal que le
servía de asa. ¿Es esa la copa a la que te
refieres?
—Sí. La trataba como si no valiera
nada, pero sé que era un recuerdo del
pasado y que la utilizaba a diario.
—¿Pero por qué querrían estos
malvados coger una simple copa? —
susurró Taliesin al oído de Artor,
mientras en su cabeza bullían las
imágenes fantasmagóricas del cáliz
maldito que había visto en sueños—. A
no ser que el objeto sea una reliquia,
con una historia especial, no la querría
nadie; solo Lucius.
—Yo tampoco entiendo mucho, pero
ese cáliz debía tener algún sentido para
el hombre de negro —dijo Artor
volviéndose de nuevo a Simón—. ¿Qué
significaba esa copa para Lucius,
amigo? —preguntó con tono amable—.
Vamos, Simón, no me vas a herir por
mucho que me cuentes historias de ese
objeto.
Simón consideró las palabras del
monarca, reflejando una limpia honradez
en la mirada. Era evidente que estaba
meditando cuidadosamente la respuesta.
Taliesin y Percival fueron los únicos que
vieron una rápida sombra cruzar por
aquellos ojos, que al instante recobraron
su profunda candidez.
«¿Qué ocultaba Simón?, —se
preguntaba Percival—. Está siendo
demasiado cauto, incluso para lo que
suele ser un religioso.»
Percival se volvió hacia Taliesin,
que levantó una ceja en señal de mutuo
entendimiento.
«¿Será esa copa la que ocupa los
sueños de Madre?, —se preguntaba
Taliesin, mientras hacía con los dedos
una señal para ahuyentar los males—.
Este cáliz debe ser mucho más que una
simple copa de campaña antigua.»
—Lucius me contó una vez que se la
habían dado cuando era soldado —
Simón tenía el ceño fruncido, como si
hiciera grandes esfuerzos por recordar, u
ocultar, las evocaciones que le pasaban
por la cabeza—. Se avergonzaba de la
violencia que había ejercido de joven;
por eso apenas hablaba de aquellos
años, pero recuerdo que una vez,
musitando algo de su vida pasada, hizo
una alusión que realmente no entendí.
—También yo recuerdo haber
hablado con Lucius del cáliz —añadió
uno de los compañeros del anciano
monje—. Yo también le pregunté por
qué seguía conservándolo después de
tanto tiempo. Y me dijo que le gustaba el
diseño; yo interpreté que el cáliz lo
habían hecho en su tierra, o sea, donde
nació.
Otro de los ancianos se unió a la
conversación.
—Yo recuerdo que una vez lo llené
demasiado y se me derramó un poco de
agua. Al disculparme, Lucius me dijo
que no tenía importancia, porque las
manchas de agua eran mucho mejores
que las de las manos manchadas de
sangre que lo habían tocado en el
pasado. El obispo sonrió con aquella
tristeza que lo embargaba siempre que
hablaba de su juventud. Recuerdo que
por entonces todos sentíamos mucha
curiosidad, porque para nosotros, todos
tan jóvenes, el obispo se nos figuraba
como un hombre muy novelesco.
—Pero ¡está hecho de un metal muy
vulgar! —intervino Balyn—. ¿A quién le
interesa eso?
El monarca y sus hombres seguían
mirando la tumba, sin que esta les
devolviera respuesta alguna al enigma
que los embargaba. Pasado un rato,
Artor, girándose hacia Mark, rompió el
silencio.
—¿Viste por dónde se fueron el
guerrero de negro y sus hombres?
—Los que iban a pie se dirigieron
hacia el río, por aquellos cerros —
contestó Mark, agradeciendo que se
cambiara de tema—. El que iba de negro
se separó de ellos y marchó hacia el
norte, a lomos de un caballo.
—Entonces empezaremos a buscar
por la senda que conduce al río. Guarda
bien Glastonbury durante mi ausencia,
hermano Mark, y mantén una buena
guardia de noche. No creo que ya venga
nadie a perturbar vuestra tranquilidad,
pero estaréis más seguros estando
alertas. Podíais también tenernos
presentes en vuestras oraciones y, si
vuestro dios lo quiere, quizá
encontremos a esos perros salvajes que
asesinaron al obispo Aethelred.
Aunque Mark insistió para que se
quedaran a dormir, Artor sabía que
cualquier gota de agua que cayera
podría borrar las huellas de los fugitivos
y dejarlos sin rastro. Así que se
prepararon para salir de inmediato y
partieron a la pálida luz del anochecer.
Bedwyr guiaba, acompañado de
Taliesin, que iba a pie. Rápido como
todo hombre de campo, el hijo de
Niniana sabía mucho de caza y no le
costaba seguir el paso del caballo de
Bedwyr, mientras uno y otro buscaban a
su presa por los rastros delatores que
había ido dejando: hojas hundidas,
piedras movidas de sitio, cortezas
desgajadas de los árboles.
Poco antes de abandonar ya los
campos de Glastonbury, el grupo llegó a
un río que fluía por un cauce de orillas
levemente onduladas.
—Aquí hay signos de que han
movido alguna barcaza —gritó Bedwyr
volviéndose hacia Artor.
—Sí —confirmó Taliesin—. Se han
borrado algunas huellas por la lluvia,
pero todavía queda mucho rastro de que
han estado aquí. Y en el barro también
se ven las pisadas de dos caballos.
—Deben ser las de los caballos que
robaron —murmuró Bedwyr.
Observaba minuciosamente el
terreno, agachándose de vez en cuando
para recoger una minúscula pluma que
había caído al fango. Uno de los
hombres llevaba plumas de cuervo en el
casco. ¡Muy propio de carroñeros!
—Guárdalo bien —ordenó Artor sin
más—. ¿Por dónde se fueron? ¿Huyeron
corriente abajo? ¿O más bien subieron
el río en dirección contraria?
—Si fueran a pie, lo lógico sería
seguir hacia el este —sugirió Galván—.
No tendría mucho sentido correr tanto
para luego rehacer el mismo trecho
remando.
—Estoy de acuerdo —dijo Artor
con aspereza—. Iremos por el río
corriente abajo.
Como apenas había luz, tuvieron que
ralentizar el paso. Taliesin y los gemelos
cruzaban a la otra orilla de cuando en
cuando, por si encontraban algún indicio
de que las canoas hubieran atracado allí,
pero no vieron nada.
Cuando cayó la noche, viendo que
los caballos podían tropezar en algún
hoyo o zona insegura del terreno, Artor
ordenó detenerse a sus soldados. Se
sentaron bajo los sauces y sacaron algo
ligero de comer. Desde la otra orilla
Taliesin entonaba cantos sobre su tierra
con voz casi mágica, que embelesaba a
los gemelos. Poco a poco, escuchando el
rumiar de los caballos, el grupo se
dispuso a pasar la noche.
Al día siguiente, cuando hacia
mediodía Galván atravesaba la isla de
Salinae la Menor, sintió un súbito
estremecimiento de culpa. Galahad
frunció el ceño haciendo verlas
sospechas que le suscitaban aquella isla
y sus habitantes. Solo pensar en la
mirada artera de Gronw le sacaba de sus
casillas, pero esta vez el joven zelota se
guardó sus impresiones para sí mismo y
no dijo una palabra.
Ya por la tarde, los hombres de
Artor llegaron al mar. Los soldados se
desanimaron al ver la playa de piedras
envuelta en el fúnebre chillido de las
gaviotas. Por mucho que batieron las
orillas del estuario, no encontraron
ningún rastro de las embarcaciones.
Irritado y derrotado, Artor
contemplaba aquel mar, de color
plomizo y corrientes traicioneras.
—¡Ahí no hay barca que resista!
—Hombre, se puede acarrear una
canoa a la espalda, pero hasta ahora no
hemos encontrado nada que nos
confirme que llegaran hasta aquí, Artor
—dijo Bedwyr—. Lo más probable es
que abandonaran el río en algún punto
anterior, quizá por alguno de esos
afluentes que hemos dejado atrás.
—Ni rastro —añadió Taliesin—,
pero puede que hombres y caballos
hayan vadeado por algún lado para
quitarse de la vista.
—Pero no pueden haberse
volatilizado —reconvino Artor.
—Conocen el terreno mejor que
nosotros —intervino Taliesin con
serenidad, evitando sentirse ofendido—.
Quizá debamos investigar esos
pequeños afluentes. Aunque… —y
mientras decía esto, se le fue apagando
la voz.
—¿Qué? —dijo Artor nervioso.
—¡Mira! —Taliesin señalaba una
bandada de gaviotas que emprendían el
vuelo desde un pequeño arroyuelo
semiescondido—. ¡Allí! Esos pájaros
deben haber encontrado algo de comer.
El bardo no se habría fijado en
aquellas aves, de no haber sido porque
un halcón que andaba revoloteando por
las alturas, justo encima de las gaviotas,
había sembrado el pánico entre ellas y
las había obligado a emprender el vuelo.
—¡Bedwyr, vete a ver! —ordenó
Artor.
Bedwyr giró su caballo y Taliesin
subió a otro de un salto. Fueron
cabalgando por la playa hasta que
llegaron a una desembocadura del río,
de aguas mansas, por las que obligaron a
meterse a los caballos. Después de
cruzar una pequeña ensenada llena de
agua, desaparecieron por la orilla más
lejana, entre juncos y malvaviscos. A los
pocos minutos, Taliesin reapareció
sobre un montículo, haciendo señas con
la mano al resto de los jinetes.
—He encontrado algo, Artor —dijo
al reunirse de nuevo con el retén en un
pequeño remanso de piedras por entre
las que corría el agua—. Las gaviotas
estaban comiéndose un cadáver.
Atrapado en una hendidura entre dos
rocas había un cuerpo hinchado, todo
empapado de agua. Las gaviotas, que
volvían sobre su presa, empezaron a
desgarrarla con sus picos de garfio.
—Nunca me gustaron demasiado
esos pájaros —susurró Galván—.
¿Cómo se nos habrá escapado este
cadáver?
—Íbamos mirando al suelo para
encontrar rastro de personas o de
animales; no estábamos pendientes del
cielo —contestó Taliesin—. Nadie
repara en los chillidos de las gaviotas,
cuando se está cerca del mar.
Balan sacó el cadáver del agua y lo
arrastró hasta tierra firme.
Artor reconoció el jubón de cuero
raído con placas de hierro, que se
ajustaba a la descripción que había dado
el hermano Petrus. El rey resopló
asqueado.
—¿Y dónde están los demás?
Como si hubiera escuchado las
palabras de su señor, Bedwyr
reapareció. Salió de un bosquecillo de
árboles a medio crecer que quedaban
parcialmente escondidos de la orilla por
las ondulaciones del terreno. Bedwyr
lanzó un penetrante silbido para atraer la
atención de sus compañeros de ruta y
volvió a desaparecer entre las sombras.
Los soldados montaron sobre sus
cabalgaduras para reunirse cuanto antes
con su guía.
Los árboles del bosquecillo estaban
retorcidos, con las ramas combadas, por
el embate de los vientos marinos que
prevalecían en estas costas. El viento
soplaba por los atolones que se
elevaban sobre playas de pedrisco, para
volver arremolinado sobre las marismas
del río. Alrededor de los atormentados
árboles que procuraban sombra y cobijo
crecían densos matorrales de hierba y
allí, junto a un fuego de campamento ya
extinguido, yacían cuatro cadáveres en
posturas contorsionadas, como
arqueadas. Habían muerto con violencia,
retorcidos de dolor, pese a que ninguno
de los cadáveres presentaba heridas
apreciables.
—¡Ten cuidado, Taliesin! —dijo
Artor en señal de advertencia desde lo
alto de su montura, cuando el bardo ya
estaba arrodillado junto al cuerpo más
próximo, con la nariz poco menos que
pegada a la amoratada boca del cadáver.
Los demás miembros del grupo retiraron
la mirada asqueados.
Taliesin se levantó, sacudiéndose el
polvo de las rodillas.
—Los han envenenado, Artor —es
evidente que el hombre de negro sabe
que los muertos callan para siempre.
Taliesin recogió un casco de hierro
del que todavía colgaban dos arruinadas
plumas de cuervo. Y al poco de seguir
buscando por los alrededores, descubrió
una vasija de barro muy basta, sellada
con un tapón de cuero.
Artor movió la cabeza. Ya veía a los
criados bebiendo de la botella que se
les ofrecía, hasta saciarse, y sintiendo
después ardores especiales en la
garganta.
—¡Mierda! —dijo Galván—. ¡Estos
desgraciados confiaban en quienquiera
que sea su asesino! —y retiró la mirada
para evitar las náuseas—. ¡Los pájaros
han estado hurgando en estos cadáveres!
—¡Todas las criaturas divinas han
de alimentarse, padre! —contestó
Galahad con voz piadosa, aunque a
Galván no se le escapaba lo pálido que
estaba el chico. Galahad bajó del
caballo y se acercó a los cuerpos.
Alguno había vomitado y yacía boca
abajo con el rostro incrustado en un
residuo amarillento y repugnante.
—¡Déjalo, Galahad! —ordenó Artor
cortante—. ¡Que se pudran donde están!
¡Les concedo el mismo respeto que ellos
tuvieron con el obispo Aethelred!
Los gemelos y Galahad se sintieron
aturdidos ante la crueldad con que había
hablado Artor, pero Taliesin asentía con
la cabeza, como si lo entendiera.
—Vamos a seguir unos kilómetros
más, a ver si encontramos algún rastro
del hombre de negro —dijo Artor,
hierático, controlando su ira—. Hasta
ahora ha conseguido burlarnos, y se ha
asegurado de que no haya testigos que lo
traicionen, pero voy a intentar
encontrarlo.
Por fin, el terreno ofrecía algunas
huellas que podían resultar
significativas. Taliesin y Bedwyr
bajaron de sus monturas para examinar
unas pisadas que habían quedado
grabadas sobre la tierra húmeda.
Parecía que dos caballos habían salido
al galope en una dirección, de vuelta a
Glastonbury, mientras que un tercer
caballo había avanzado por un sendero
que corría paralelo al río.
—Olvidaos de las huellas de los dos
caballos —gruñó Bedwyr—. ¿No veis
que son mucho más superficiales que las
de este otro? Esos caballos no llevaban
jinete; los han soltado para despistar a
los rastreadores. Hay alguien que con
mente despierta utiliza tácticas
disuasorias, incluso sin tener certeza de
que vamos tras él.
—Entonces, sigamos las huellas del
caballo que va solo —concluyó Artor
taciturno.
El retén continuó la marcha en
prudente silencio.

GALVAN SE MOSTRABA
particularmente callado mientras el
grupo regresaba por la orilla del río.
Al final, cuando volvían a estar
próximos a Salinae la Menor, se acercó
al rey para pedirle perdón. Entre muchos
titubeos, con la mirada apartada de los
ojos del monarca, le contó lo que había
vivido en la extraña isla que había en
medio del río.
Taliesin notó que Galván se cuidaba
de no ponerse demasiado al alcance del
rey, por si le llegaba con la espada.
Cuando Galván terminó de hablar,
Artor tiró de las riendas de su caballo y
se quedó mirándolo. Se acercó lo más
posible a la bestia de Galván, hizo una
mueca, y cruzó la cara de su sobrino de
una bofetada. Sorprendido por la
reacción, aunque apenas dolorido,
Galván se tambaleó en su montura y
cayó directamente sobre sus posaderas.
—¿Qué tienes en la cabeza, Galván?
¿Serrín? ¡No! ¡No te molestes en
contestar! ¿Hemos perdido todo un día
galopando por ahí para que el guerrero
de negro tenga tiempo de esconderse en
esta maldita isla tuya? ¡Mierda!
Galván se levantó como pudo, con
su dignidad por los suelos. Con la
pericia de los buenos jinetes se subió de
un salto sobre la montura, cuidándose de
no acercarse demasiado a Artor. El
monarca le dio la espalda, dejándolo
triste y afligido.
—Me engañaron, tío. Ya lo sabes,
¿cuándo he sido yo capaz de resistirme
al encanto femenino?
—¡Tienes un hijo hecho y derecho,
Galván! ¡Ya no eres ningún crío, ni
puedes pretender que te perdonen el más
execrable de los delitos con una simple
sonrisita! Esta vez, por ejemplo, hemos
pasado por delante de un sitio que podía
esconder a un asesino y ¿qué has hecho?
¡Nada!
—Me sentía avergonzado…
—¿Pero es esa razón suficiente para
que tu rey se embarque en una
persecución inútil?
—No, pero encontramos a los
cómplices del hombre de negro.
Contra lo que eran habitualmente sus
maneras, Artor escupió al suelo,
asqueado, y se quedó quieto, mirando
fijamente las orillas del río.
—No me gusta este sitio —intervino
Galahad de manera un tanto simplona—.
Pero parece que a padre la compañía
femenina no le resultó tan desagradable.
Aturdidos, asqueados y con gesto de
reproche, Artor y Galván miraron al
joven, que los espetaba con cara de
complacencia.
—¡Galahad! —dijo Galván.
—Y no has contado que tenía un
criado bajito y chaparrito, que llevaba
todo el cuerpo tatuado —concluyó
Galahad triunfante—. Nunca me han
dado confianza esos paganos.
Artor golpeó las costillas del animal
con tal furia, que la bestia se echó hacia
atrás con un agudo relincho. Galván se
comía la crin de su montura, deseando
que se lo tragara la tierra.
—Siempre piensas con ese rabo que
te cuelga entre las piernas, sobrino —
advirtió Artor al príncipe—. Da gracias
de que no vuelva a darte en el culo.
Galahad echó una sonrisita al ver la
turbación de su padre, pero no contaba
con el sentido de la justicia que
caracterizaba a Artor.
—Y por lo que a ti respecta, joven
Galahad —empezó el monarca con gesto
burlón—, los hijos que se atreven a ir
contando historias de su padre con tanto
regodeo, no merecen honor ni respeto.
Puede que yo tenga la potestad de
castigar a tu padre, porque soy su señor.
Pero tú, ¿quién te crees que eres? Tú
tampoco me contaste que estuviste en
Salinae la Menor, así que lleva cuidado,
no sea que te castigue por lo que me has
hecho a mí y por lo que le has hecho a tu
padre.
Galahad enrojeció, no sabemos si de
vergüenza o de ira, pero para
satisfacción de Galván el muchacho
decidió no replicar.
El rey se obligó a mantener una
actitud digna y firme, que no revelara el
desprecio que sentía. Artor no tenía
tiempo de tratar con hipocresías o
mojigaterías, y menos con las de un tipo
que no demostraba tener ningún respeto
por sus mayores.
—El criado de la dama se llama
Gronw —dijo Galván, tanto para
romper el silencio, como para contribuir
con más detalles—. Es un personaje muy
desagradable, pero, si fuera el guerrero
de negro, no creo que se arriesgara a
volver a la isla. Si que es verdad que
está tatuado… es pagano… y es bajito y
bastante achaparrado.
Galván estaba horrorizado viendo la
expresión tan cínica del monarca.
—Pues ahora toca ir a ver a esa
dama, que cuando la desterraron se vino
a vivir a los umbrales de mi casa —dijo
Artor despectivamente—. También
quiero ver a este Gronw —y, pensando
en cosas más agradables, sonrió y dijo
—: Además, si la villa la construyeron a
la manera romana, puede que tenga
baños. Me muero por quitarme toda esta
mugre de encima.
Galahad resopló desdeñosamente.
Como todos los hombres que vivían al
otro lado del muro, no tenía muy claro
que bañarse todos los días fuera ni muy
sano ni muy masculino. Pero tampoco
podía acusar al rey supremo de excesivo
sibaritismo.
Artor sabía exactamente lo que en
ese momento pasaba por la cabeza del
joven y le hacía gracia. Puso el caballo
al galope y al punto sus guerreros
salieron tras él para no perder el paso.
«¡Ya la hemos fastidiado!, —se
decía Galván para sus adentros—. Este
Galahad va a ser mi ruina, sobre todo si
Miryll emplea sus técnicas con Artor.»

ALERTADA A BASE de luces


proyectadas con espejos, una pequeña
flotilla de canoas y esquifes salió de
Salinae la Menor en dirección a las
orillas del río en que aguardaban Artor y
su grupo. Para tranquilidad de Galván,
Gronw no apareció. Contra lo que era su
carácter, el príncipe de los otadinos
tenía cierto sentimiento de
responsabilidad, una cosa para él muy
desagradable y ajena, que había
intentado evitar a lo largo de su vida.
En cuanto avistaron la villa y los
jardines que la rodeaban, Artor se
animó. Quitando la torre, Salinae la
Menor podría parecer una versión
reducida de Villa Poppinidii, donde se
había criado hasta cumplir la mayoría de
edad. El rey supremo se dio cuenta de lo
mucho que echaba de menos su hogar.
—Me estoy haciendo viejo, Odin —
comentó calladamente a su escolta.
—Sí —respondió Odin sin más
retórica, como siempre.
—¿Estoy acabado, Odin? —Artor
puso un pie en la proa de la pequeña
embarcación y se quedó mirando la
bota. Cualquiera que lo viera así, en esa
postura tan relajada, no pensaría nunca
en la triste nostalgia que inundaba la
cabeza del monarca.
—Aún no, Artor. Todavía nos
quedan asuntos turbios que tratar y
muchos días dorados como este para
disfrutar.
Artor se rió sin alegría.
—Ahí está, tu extraño instinto de
juto en acción, supongo —suspiró—. La
muerte nunca ceja y la diosa de la guerra
está simplemente tomándose un respiro.
Imagino que moriré como César,
asesinado por mis amigos, para bien del
reino.
—Esta isla huele mal, señor —le
advirtió Odin.
El rey supremo prestó atención,
porque el instinto de Odin, juto o lo que
fuera, no solía fallar.
Artor llevaba veinte años sin
guerrear, salvo para intervenir en
pequeñas escaramuzas que surgían por
sus fronteras todos los años, en cuanto
empezaba el calor, o sea, cuando
regresaban los veranos «sajones». Algo
inevitable cuando había dos
civilizaciones en continua fricción, tan
próximas una de otra. Y era normal que
se formaran llagas en aquellos puntos
donde las dos culturas más chocaban.
Con todo, Artor reflexionaba sobre esta
idea de Odin, de que habría nuevas
batallas. La guerra total era algo terrible
y destructivo, pero no lo eran menos
esos engañosos y aduladores juegos
verbales, esa permanente disputa en que
consistía la política.
En el muellecito de madera estaba
Lady Miryll con sus criados,
esperándolos para ofrecerles vino y
dulces. Uno de los criados se acercó al
rey y a sus cortesanos.
—No está permitido portar armas en
Salinae la Menor, mi señor —dijo el
chico nervioso.
Artor vio que el hombre tenía estatus
de esclavo por el collar de hierro que
tenía en el cuello y no tuvo más remedio
que ahogar una honda expresión de
disgusto. Artor siempre había detestado
la esclavitud, en parte por culpa de la
difunta Frith, pero sobre todo porque
destruía el alma tanto del dueño como
del esclavo. Como si pudiera leer el
pensamiento de su jefe, Odin apartó
educadamente al muchacho.
—El rey supremo de los britones y
su guardia siempre permanecen armados
—respondió Gareth con gravedad—.
Somos su cuerpo de guardia y no nos
desarmamos ante nadie, amigo o
enemigo.
—Y yo no dejo mi espada de rey
supremo a nadie que no sea mi portador
de espadas, Gruffydd, que viene
conmigo —afirmó Artor alto y claro
para que la anfitriona lo oyera—.
Considero un insulto que se me haga esta
solicitud y una afrenta a mi honor.
El sirviente se escabulló
rápidamente para susurrar la respuesta
de Artor al oído de su dueña.
Miryll permaneció impasible, tibia y
sin expresión alguna. Al cabo, sonrió y
por primera vez Artor se dio cuenta de
su encanto. Mantuvo la mirada fría y
cautelosa.
Respondió a la reverencia que le
hacía Miryll con la debida educación y
entre los dos intercambiaron palabras de
bienvenida, hueras y refinadas.
La expresión de Odin, situado a la
espalda del rey, era gélida.
Cuando Miryll los condujo a la villa
y pasaron por los jardines cultivados en
terraza, Artor observó complacido el
orden romano que la dama había dado a
la flora de Britania. Le atraía el suave
balanceo de caderas que veía, pero ese
sentido de la geometría, esa tranquilidad
que encontraba en este típico jardín
romano le daban mucha más
satisfacción.
Elogió a Lady Miryll y ella le
agradeció sus palabras con una
reverencia.
En cuanto divisaron la villa los ojos
expertos del monarca empezaron a
percibir sutiles diferencias con respecto
al estilo de Livinia la Mayor. Las
esculturas, muy sofisticadas,
representaban antiguos temas violentos,
como el rapto de las sabinas o escenas
de Júpiter y sus enamoradas. Era como
un canto sutil a la violencia sexual, pero
en general llamaba la atención lo
ostentoso del lugar, demasiadas fuentes
y demasiado colorido por todas partes,
algo que no resultaba muy agradable a la
vista.
Pero como Artor estaba decidido a
ser generoso ese día, perdonó las
irritantes imperfecciones de Salinae la
Menor y se propuso disfrutar del lujo y
la buena disposición que allí
encontraba.
La sencilla elegancia del atrio le
gustó mucho. El padre de la dama debió
de ser muy rico, porque incluso la fuente
de Villa Poppinidii, con todos los
recursos de que disponía aquel lugar,
estaba decorada con un simple pez de
bronce. El padre de Miryll, sin embargo,
había encargado una estatua enorme con
una figura erótica, medio pez, medio
mujer, con cola y aletas puntiagudas a lo
largo de su espina dorsal. La talla estaba
colocada en medio de abundantes
conchas, muy extravagantes, que
llenaban un enorme recipiente de
mármol.
—¿Te gusta la fuente, gran señor? —
preguntó Miryll—. Mi padre estaba muy
orgulloso de sus antepasados romanos,
por eso quizá la encuentres un poco
extraña.
Miryll era una conquistadora
consumada. Tenía la mirada fija en el
rey supremo y sonreía con el mismo
brillo que irradiaban sus enormes ojos
color miel. Pero como Artor había sido
perseguido ya por muchas de las más
bellas damas del occidente britón,
conocía las artes de la seducción igual o
mejor que ella. De hecho, esas miradas
tímidas que le lanzaba y ese permanente
mover las manos le resultaban rasgos un
tanto demasiado femeninos y sin gracia.
Artor, con todo, se contó los dedos de
las manos y los pies, para confirmar que
seguía entero.
—No, nada extraña, Lady Miryll.
Me eduqué en una familia romana y
siempre he agradecido lo mucho que
gané con eso. Viví en una propiedad
rural, que había a las afueras de Aquae
Sulis. Es más, llevo tiempo deseando
darme un baño romano; quizá tú tengas
tu propio hipocausto.
Una sombra pasajera oscureció el
rostro de Lady Miryll. No esperaba que
Artor fuera más romano que ella.
Como Artor siempre había sido
observador, notó que las pupilas se le
agrandaban; no estaba cómoda.
—Por supuesto, majestad. Los baños
están a tu disposición. Pero seguro que
tu visita se debe a razones más
perentorias; ¿no será simplemente que
quieres disfrutar del lujo de la villa? —
se puso colorada, los ojos abiertos de
par en par, y se tapó la boca con una
mano; se sentía avergonzada—. Lo
siento, señor, ruego que me perdones.
No está bien que una mujer sin más
pregunte qué intenciones tiene el rey
supremo. En tanto que soberano de
occidente, tienes derecho a ir y venir
por donde te plazca.
«Me parece que estás intentando
hacerte la lista conmigo, Lady Miryll o
quienquiera que seas, —pensó Artor,
mientras de sus labios salían hermosas y
vacías palabras que disiparon la falsa o
casual descortesía de la dama—. No
eres realmente romana, por mucho que
lo declares. Te pongo nerviosa, porque
crees que consigo traspasar esa amable
fachada con la que te presentas a tus
invitados.»
Los baños no eran muy grandes, pero
tenían las paredes y el fondo recubiertos
de mármol y estaban bien terminados.
Artor disfrutó muchísimo con los aceites
perfumados, el estrígilo, el calidarium,
el frigidarium, el tepidarium y el experto
rasurado que le hizo Odin. Artor no le
permitía a nadie más que a él acercar
una cuchilla desnuda a su garganta.
Vestido con una túnica limpia, sin
mayor lujo ni ostentación, Artor no
podía ocultar sus dotes de mando.
Incluso con ese aspecto desenfadado, su
figura imponía. Dejando a un lado a
Odin y a Taliesin, el rey era más alto
que cualquiera de los soldados de su
retén y a su lado los criados de la casa
parecían enanos. Su paso mesurado y la
fuerza y la tranquilidad que rezumaban
sus rasgos infundían respeto. Hasta el
cabello ahora más apagado guardaba un
punto de la rojiza belleza de entonces y
seguía manteniendo los mismos rizos del
joven que fue. Los gemelos y Galahad
parecían chiquillos a su lado y Galván
un libertino descarado de mediana edad.
Lady Miryll abrió un poco los ojos
para mirarlo desde su puesto en la mesa.
Artor conocía bien esa pretendida
inocencia, esas insinuaciones sexuales,
lo mismo que sabía qué implicaba todo
ello, a qué lo estaban invitando
veladamente. El rey se rió para sus
adentros. Galván debió de ser mera
arcilla cálida y maleable en manos de
Miryll.
A diferencia de sus compañeros,
Artor se reclinó en el diván con
naturalidad, como si lo hiciera todos los
días del año. Percival se dispuso a
actuar como degustador del vino y la
comida. Si a Miryll le desagradó esta
falta de confianza del monarca, lo
disimuló a la perfección. El resto de los
nobles consiguieron tenderse como
pudieron en los asientos del triclinio.
Taliesin permaneció discretamente
apoyado en una de las paredes, con su
enorme arpa en los brazos.
Y empezó la comida, rica en
exquisiteces. Balan y Galván comieron a
placer, pero Balyn y Galahad miraban
con horror aquellos pajarillos rellenos y
no tocaron sus platos. Por razones
diversas cada uno era un iconoclasta en
esto del gusto. Galahad había decidido
aferrarse a los platos sencillos,
creyendo que así seguía los pasos de su
maestro carpintero, Jesús.
Balyn, por su viveza de carácter,
tenía una enorme imaginación y veía
todo el proceso de matar el tordo,
rellenarlo con setas, introducirlos
después en pechuga de paloma con más
asaduras picadas, hierbas y castañas, y
después en un enorme pavo. Le
espantaba solo pensarlo, aunque también
le fascinaba.
Si Artor hubiera podido ver las
imágenes que pasaban a toda velocidad
por la mente de Balyn, se habría
preocupado realmente. El joven se veía
a menudo torturado por imágenes muy
gráficas que le inducían a actuar
precipitadamente. Era un simple,
sencillamente porque la simplicidad le
proporcionaba paz y tranquilidad.
Percival probó cada uno de los
elaborados platos que les ofrecían y
bebió el agua que Artor decidió beber,
mientras Balan declaraba que el vino
era particularmente bueno y preguntaba
a la dama de dónde lo había sacado.
Miryll se reía con finura. Su bella
voz melodiosa sonaba prometedora
como una caricia, pero Artor observó
con satisfacción que Balan no se
inmutaba.
—Aunque nuestra isla sea tan
pequeña y esté alejada de todo, Lord
Balan, no somos bárbaros.
Personalmente, nunca he sido aficionada
a esos vinos tintos tan fuertes que a mi
padre tanto le gustaban, por eso los
criados me compran este blanco dulce
de la Gallia meridional. Me alegro de
que te agrade mi elección.
Artor comió hasta saciarse,
ayudándose de un cuchillo estrecho.
Apenas tocó la comida con los dedos;
de hecho, Galahad se sorprendió de la
facilidad con que el rey supremo era
capaz de hacerse a las maneras romanas.
Mientras luchaba por comerse un trozo
de pato que Artor había ensartado con
facilidad para dividirlo entre los dos,
Galahad pensaba si no se habría
equivocado al juzgar frívolamente a
Artor como un simple remedo de su
abuelo, el rey Lot.
Como suele ocurrirles a los jóvenes,
para Galahad toda persona mayor de
cuarenta era un viejo inútil. Su abuelo
no era más que un hombre gordo y
fondón, que vivía como la mayoría de
los celtas, y que no era ni
particularmente limpio ni
particularmente instruido. Es más, a
Galahad le costaba imaginar que el rey
Lot y su reina fueran en su momento
gente importante. Eran sus abuelos, unos
viejos.
Estos mismos prejuicios Galahad los
aplicó a su tío abuelo. Claro que Artor
debió de ser en su día un espléndido
guerrero y un rey astuto, pero aquella
época ya había pasado. Con la
arrogancia de la juventud y el desprecio
que los celtas sentían por otras razas,
Galahad no había reparado en el hombre
que escondía aquella melena canosa. Y
como Artor permitía que los paganos
practicaran su religión, para Galahad el
rey era además un bárbaro, carente de
verdadera moral.
Ahora tenía que reconocer que su
rey era un hombre refinado y, no solo
eso, sino que parecía inmune a los
encantos de Lady Miryll. Por lo que
entendía Galahad, Artor no era ni
pagano ni cristiano, y se empeñaba en
reconocer hondos valores morales en
todas las religiones. Galahad se
estremeció al ver sus propias
inconsistencias. No sabía nada de otras
religiones ni de otras civilizaciones, ni
siquiera del pueblo de su señor, Jesús.
Por eso, empezó a emular las elegantes y
prácticas maneras de Artor.
—¿Quién es ese joven criado del
rincón, mi señor? —preguntó Lady
Miryll, señalando a Taliesin con una
mano lánguida y apoyándose
familiarmente con la otra sobre el brazo
de Artor. Inclinada como estaba en
aquella postura, Artor le pudo ver sus
blancos y turgentes pechos.
—No es un criado, Lady Miryll —
contestó Artor con mucha calma,
mientras Taliesin salía de la oscuridad
para que lo presentaran—. Este joven es
el hijo de Myrddion Merlín, el adivino
más sabio de toda Bretaña. Su madre es
Niniana, la Dama del Lago, una mujer de
extraordinaria belleza e inteligencia. Y
como buen hijo de Myrddion, Taliesin
va y viene por donde gusta.
—He oído hablar del gran
Myrddion, sí —la dama sonrió a
Taliesin—. ¿Es verdad, como dicen, que
tu padre era capaz de cambiar de
aspecto?
Taliesin frunció el ceño por un
instante y levantó la cabeza. Tenía el
pelo perfectamente peinado, casi tan
largo como el de su anfitriona. Pero
también más grueso y más oscuro que el
suyo.
—Señora, mi padre no tenía
necesidad alguna de desprenderse de su
forma humana. Sabía prever lo que iba a
ocurrir en el futuro. Leía en los rostros
el alma de la gente, sanaba a los
enfermos y contribuyó a transformar
occidente. Con todo eso, ¿qué necesidad
tenía de hacer vulgares truquitos de
magia?
Aunque Taliesin mostraba una
expresión educada y estaba dispuesto a
quitarle hierro al asunto, sus palabras
dejaron clara la falta de respeto que
Miryll sentía por sus invitados. La dama
se ruborizó mínimamente y bajó los ojos
con un lento movimiento de pestañas.
Como es de suponer, los hombres de la
sala, salvo por tres notables
excepciones, la perdonaron todo.
Taliesin se volvió hacia Artor, para
romper el hechizo.
—¿Quieres que recite algo para
complacer a la dama, Lord Artor?
Artor asintió con la cabeza. Taliesin
sacó ceremoniosamente el arpa de la
funda de lana, exagerando el ritual y con
un simple tañer de cuerdas cautivó a los
comensales.
La primera canción hablaba del telar
de Niniana y de las maravillas que
hacía. Despojada de toda su
sofisticación anterior, Miryll se metió
por completo en la música. Galván
recordaba lo que en su día le dijo sobre
su «propia ventana al mundo».
Parecía que el arpa reproducía el
ruido sordo de la lanzadera y el zumbido
de la urdimbre y la trama; Taliesin
acariciaba el instrumento para que
mostrara la brillantez con que en el telar
surgía la visión de su padre con toda
brillantez. El arpa vibraba y repicaba en
el rasgar de las cuerdas, una y otra vez,
hasta que el público arrebatado por la
música llegaba a imaginar el tapiz de
Niniana, cuajado de símbolos e
imágenes desconocidas.
Cuando terminó este poema, Taliesin
hizo que el arpa llorara y se quejara de
dolor, como la mujer que ha perdido
para siempre la esperanza. Su canto
describía los ojos ciegos de su padre en
el ataúd, esa mirada blanca, dirigida al
cielo, las tormentas que atronaron los
montes el día que murió y el deambular
enloquecido de Niniana. Había tanto
amor en aquella salmodia que la dama
no pudo evitar las lágrimas por mucho
que quiso. Artor la miraba por el rabillo
del ojo y empezó a quererla más por la
empatía que demostraba.
Para terminar Taliesin evocó con su
canto la llegada del monarca, en unos
versos tan pintorescos que Galván no
pudo menos que echarse a reír a
carcajadas, al revivir la carrera a
caballo que había echado con Artorex
hasta Glastonbury. Allí se volvió a
celebrar entre chanzas sus inútiles
intentos por coger la espada que había
escondida en la torre. El poema llegó a
su fin con la correspondiente pompa y
todos los allí presentes sintieron la
añorada sombra de aquellos lejanos
días.
Cuando se hizo el silencio, la sala
seguía vibrando con imágenes del
pasado.
—Tu madre debió de querer
muchísimo a Myrddion Merlín —dijo
Miryll con toda seriedad, todavía
embargada por la emoción.
—Y aún lo quiere —respondía
Taliesin—. Creo que el amor que se
tenían va más allá de la muerte.
La dama se inclinó un poco, con un
especial brillo en la mirada.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Mi madre asegura que Myrddion
viene a verla por las noches, y cuando
ella lo llama, si se encuentra mal.
—¿Pero cómo puede ser eso? Nadie
puede burlar a la muerte.
Taliesin sonrió con mirada perdida.
—Estoy hondamente seguro de que
la pureza de corazón y el amor
trasciende cualquier cosa para aquellos
escogidos que están unidos para
siempre. Para casarse, mis padres
tuvieron que olvidarse de la edad, de los
deseos mundanos y de la fuerza de los
poderosos y así se juraron amor eterno.
Para ellos la muerte no era más que otro
obstáculo que debían superar con la
fuerza de su amor.
—Nunca he conocido ese amor tan
intenso —respondió la dama
apesadumbrada—. Y supongo que ya no
lo conoceré.
Los comensales se miraban las
manos, no sabiendo bien qué hacer ni
qué decir. Ellos tampoco entendían del
todo lo que Taliesin estaba contando.
—Yo sí, solo una vez, pero fue muy
pasajero —recordó Artor pronunciando
las palabras lentamente—. Cuando lo
conoces, ese amor no lo olvidas nunca.
Miryll se volvió hacia el rey
supremo con miles de preguntas en la
mirada. Al verla tan sincera, Artor
reconoció lo guapa que estaba cuando
no fingía.
—Y Lady Wenhaver ¿ha sido
siempre tu gran amor, mi señor?
Odin se revolvió nervioso desde
donde estaba, detrás del rey. El monarca
sintió que una robusta rodilla le
presionaba la espalda.
—Ten cuidado —parecía estar
diciéndole Odin con ese gesto.
Como siempre, Artor estuvo muy
diplomático.
—No, señora. La reina Wenhaver
nunca ha sido mi gran amor, porque los
matrimonios pactados pocas veces
provocan esa locura en la sangre que
llamamos «pasión» —contestó
suavemente, con cierto tono de tristeza
—. Con todo, hace muchos años viví un
romance de juventud; y aunque puede
decirse que yo aún no había alcanzado
la plena madurez, ese amor no fue ni
más frágil ni menos auténtico. En
general, los jóvenes suelen vivir un
primer amor pasajero. En mi caso, lo
que pasó es que aquella hermosa y
adorada mujer regresó a la tierra de la
que surgió siendo aún una chiquilla,
pero nunca la he olvidado.
Suspiró.
—Su recuerdo todavía me asalta por
las noches, aunque tengo que dar gracias
por haber conocido esa pasión inicial,
por breve que fuera.
—¿Te casaste con ella, señor?
¿Conociste con ella la satisfacción plena
del deseo? —preguntó Miryll. Algunos
de los hombres de Artor se miraban
aturdidos ante las descaradas
insinuaciones de la dama. Y para Galván
era como si lo estuvieran insultando a él
mismo, como hombre del rey.
Odin presionó más fuerte sobre la
espalda de Artor con la rodilla.
—Yo no tenía tierras y en esa
situación a los jóvenes no se les suele
permitir que se casen con la mujer que
aman —contestó Artor, sin que casi
nadie notara la ambigüedad que
encerraba la frase.
Odin se relajó un poco.
Miryll suspiró.
—¡Qué triste vivir un amor tan
intenso y no conocer las dichas del
matrimonio con esa persona!
Se quedó con mirada pensativa. El
peligro había pasado. Para romper el
tono melancólico que amenazaba con
inundar el espíritu de la cena y para
evitar también que alguien analizara más
detenidamente sus palabras, Artor alzó
su copa.
—Brindemos por el amor de todos
nosotros, jóvenes o viejos. La Fortuna
valorará lo que merecemos según lo que
cada uno albergue en su corazón. ¡Que
tengáis mucho amor!
Los hombres se pusieron en pie y,
salvo el escolta y Taliesin, todos
levantaron la copa y bebieron.
Miryll también elevó su copa de
plata.
—¡Por el amor! —gritaron y al
instante el ambiente se llenó de risas que
disiparon toda la sensiblería anterior. El
vino corría mientras el amor se
convirtió en tema central de la
conversación para los comensales.
Miryll, con las mejillas sonrosadas y sus
risitas inocentes no tardó mucho en
embelesar a los caballeros allí reunidos.
Al poco rato se excusó con
elegancia y dejó al grupo allí bebiendo.
Artor también se retiró pronto,
porque tenía demasiadas sospechas en la
cabeza y quería reflexionar. La señora
de la isla no solo les había ofrecido
comida y bebida; había mucho más
sobre lo que pensar. Por otra parte sabía
que sus escoltas necesitaban un poco de
expansión para comer tranquilamente en
la cocina y hacer turnos para cumplir
con sus obligaciones.
Taliesin salió a pasear
sosegadamente por los jardines huyendo
del jolgorio. En medio de aquel silencio
las voces y el bullicio del retén real ya
no se oían. El joven bardo de Cymru se
quedó mirando la torre y vio para su
sorpresa que por una ventanita salían
destellos de luz emitidos con una
lámpara de aceite. A intervalos
regulares la lámpara se apagaba en este
intercambio de mensajes. Desde donde
estaba, Taliesin no veía si desde tierra
firme alguien respondía a esta luz
recurrente.
¿Será que la dama pasa toda la
noche de vigilancia?, se preguntaba
Taliesin. ¿O será que está hablando con
el enemigo, aprovechando la oscuridad?
A los pocos minutos cesaron las
señales luminosas que comunicaban la
villa con ese alguien desconocido.
Taliesin se quedó esperando un poco,
pero como la luna ya empezaba a
ocultarse para dejar paso a la mañana,
el joven decidió irse a dormir. Los
pasillos de la villa eran enrevesados y
tardó en orientarse, sobre todo por lo
cansado que estaba y quizá por el propio
embrujo de la luna.
De repente se oyó por las
dependencias un grito agudo y débil, que
se cortó de inmediato.
Taliesin empezó a maldecir en voz
baja y apresuró sus pasos hacia las
habitaciones del rey. Iba tan deprisa que
se tropezó y cayó sobre las botas de
Gareth que yacía, inconsciente, en la
puerta.
—¡Ayúdame, madre! —susurró
Taliesin mientras intentaba apartar un
poco el cuerpo de Gareth, que no
respondía a ningún estímulo. Le han
drogado, pensó. ¿Y el rey?
Taliesin empujó con fuerza la puerta
entreabierta, pensando que opondría
cierta resistencia. Pero no fue así, con lo
cual casi se cae todo lo largo que era.
Por los rayos de luna que entraban por
la ventana estaba claro que la cama del
monarca estaba vacía.
A Taliesin se le puso un nudo en la
garganta y empezó a respirar
aceleradamente.
La noche estaba sumida en el más
absoluto silencio. Excepto él, parecía
que todos los demás dormían.
Taliesin recorrió el patio interior,
abriendo las puertas para mirar dentro
de las habitaciones. En una de ellas,
Odin, con ojos legañosos, intentaba
levantarse; en otra, Galahad buscaba sus
armas, maldiciendo entre dientes.
Taliesin siguió con su búsqueda
desesperada, sin apenas hacer ruido con
las sandalias por aquel suelo de
baldosas. Volvió sobre sus pasos.
Al final de un largo pasillo, se veía
un pequeño rayo de luz por debajo de
una puerta.
Taliesin a la carrera, golpeó la
puerta para encontrarse inmerso al punto
en una densa bruma.
Los baños. Estoy en los baños,
pensó mientras se abría paso rozando la
pared con la mano.
La puerta se cerró sola.
Durante un instante vio aparecer por
entre la bruma un pequeño fragmento de
piel que al momento desapareció con
una carcajada. Taliesin percibía el
peligro con boca pastosa. Se encontraba
tan confundido que casi se cae sobre las
fláccidas piernas de Artor que se
interponían a su paso. Entre el vaho
consiguió entrever una figura oscura
sobre el cuerpo del rey supremo, que le
mantenía la cabeza bajo el agua.
Taliesin no tuvo tiempo de pensar.
Con dedos fuertes, acostumbrados a
ensayar con el arpa horas y horas
durante años, asestó un fuerte golpe al
enemigo en la cabeza, que tenía cubierta
con una capucha negra. La figura se
resintió, viéndose obligado a rebajar la
fuerza que ejercía sobre los hombros de
Artor. Se echó para atrás con una mano
fuertemente asida a la garganta.
Consciente de la urgencia, Taliesin
dio la espalda a la tenebrosa figura. Su
instinto le decía que tenía que sacar a
Artor del agua. Con una fuerza que no
sabía siquiera que tenía, Taliesin cogió a
su rey por los talones, hasta que
consiguió depositarlo en el suelo,
inconsciente. El monarca yacía boca
abajo, empapado, sobre las húmedas
baldosas de los baños.
Mientras estaba agachándose para
ver mejor a su rey, Taliesin sintió una
punzada en el antebrazo y cayó para
atrás, buscándose mecánicamente el
punto del dolor con la otra mano.
La figura de negro se le acercó, pero
Taliesin se quitó de en medio. Intentaba
ponerse de pie mientras en su cabeza iba
ya componiendo el poema de su propia
muerte. Sabía que estaba desarmado y
que era, por tanto, presa fácil. Entonces,
como si se tratara de un sueño que poco
a poco va haciéndose realidad con
absoluta claridad, la puerta de los baños
se abrió de par en par y en la sala entró
un guerrero semidesnudo entonando el
grito de los otadinos.
La tenebrosa figura pareció
encorvarse un poco sobre sí misma, dio
una patada al cuerpo inconsciente de
Artor y desapareció entre la más espesa
de las brumas. Se oían pasos alejándose
sobre un suelo mojado.
Taliesin se echó sobre el cuerpo del
monarca, que yacía boca abajo.
Le dio la vuelta. Artor tenía el rostro
particularmente pálido y entumecido. En
un lado de la frente tenía un enorme
cardenal con una herida, de la que salía
un fino reguero de sangre. Parecía que el
rey no respiraba.
Taliesin empezó a golpear al
monarca, hundiéndole las manos en el
pecho con toda su fuerza. Si se hubiera
tratado de un hombre más débil,
probablemente se le habrían roto las
costillas, pero al poco rato, fue como si
los pulmones reaccionaran y empezaron
a inspirar y expirar aire en una
respiración entrecortada, que vino
acompañada de un hilillo de agua.
El rey dejó de respirar.
—¡Haz algo! —gritó Galahad
horrorizado, apuntando con la espada
directamente hacia la garganta de
Taliesin y sin reparar en que estaba
medio desnudo.
—Mi padre solía hacer la
respiración boca a boca a los recién
nacidos que no podían hacerlo solos.
—¡En nombre de Dios, pues hazlo
ahora tú también!
Disculpándose en silencio ante su
rey, Taliesin cogió una honda bocanada
de aire y uniendo sus labios a los del
monarca, le introdujo el soplo en los
pulmones.
Galahad soltó la espada y ayudó a
que ese aire saliera del cuerpo de Artor,
presionándole el pecho, igual que antes
había hecho Taliesin.
Disculpándose de nuevo ante el rey,
Taliesin le abofeteó en la mejilla con la
palma abierta. Artor cogió aire
involuntariamente y empezó a toser de
manera incontrolada, como si se fuera a
ahogar. Al punto empezó a salirle agua
por la boca y por la nariz.
Pasados unos minutos Artor empezó
a respirar solo, aunque con dificultad.
Seguía medio inconsciente. Taliesin
suspiró agradecido, pero pronto notó
como si la habitación se balanceara
violentamente.
—¡Estás sangrado como un cerdo!
—señaló Galahad—. ¡Tienes que taparte
esa herida! El suelo ya estaba bastante
resbaladizo, como para que ahora tú lo
empeores con tu sangre.
—¿Sangrando? —preguntó Taliesin
aturdido. Galahad empezó a rasgar un
trozo de tela de la túnica del bardo para
hacer una venda.
—Necesito que alguien me ayude a
llevar al rey a su cuarto —dijo Galahad,
al ver que no podía levantar el cuerpo
de Artor por muchos esfuerzos que
hacía.
—¡Enseguida te ayudo, Galahad! —
respondió Taliesin—. ¡Esta villa no es
segura todavía! —notaba que las piernas
se le doblaban, como si fueran de
arcilla.
—¡Si sales, coge el cuchillo de
Artor! Está allí, junto al brasero —los
rápidos ojos de Galahad habían
divisado el cuchillo del dragón en un
rincón, como si en el forcejeo que
debieron de mantener Artor y su atacante
uno de los dos le hubiera dado una
patada.
Respirando profundamente y algo
recuperado de su mareo, Taliesin se
aventuró a salir por entre la bruma o el
humo que, según comprobaba ahora,
salía de lo que se estuviera quemando en
el brasero. Una vez que Galahad escapó
haciendo eses, medio arrastrando, medio
acarreando el cuerpo del monarca, el
silencio solo quedó interrumpido por un
goteo de agua.
«Estoy dando palos de ciego», pensó
Taliesin mientras, huyendo de la bruma,
entraba en una habitación en que los
baños estaban llenos de agua fría.
Allí quedaba el rastro de distintas
pisadas bordeando la piscina, que
después se perdían por una puerta que
estaba más allá. De las huellas, unas
eran de bota y las otras de unos pies
descalzos.
Taliesin se dispuso a seguir las
pisadas con cautela.
Cuando atravesó la siguiente puerta,
se encontró en medio de un vestidor con
montones de toallas mojadas, tiradas en
el suelo o sobre los bancos de madera.
Las huellas continuaban, aunque
parecían cada vez más secas.
Después de esta habitación, se
entraba por una puerta a un pequeño
vestíbulo por el que se salía de la villa.
Las huellas humanas continuaban hasta
el exterior y se perdían en la hierba.
Pero en el vestíbulo había además una
escalera que conducía al piso superior.
En el tercer escalón había un charquito,
que brillaba mucho.
En el umbral de la puerta que daba
al jardín había un guante negro
abandonado, como si fuera la piel de un
reptil enfermo.
Taliesin lo recogió con mucho
cuidado, porque sabía que aún le
sangraban los dedos de su mano
izquierda. Y ahora ¿qué hacía? Subió
por las escaleras hasta que llegó a una
sala circular que ocupaba la parte
superior de la torre.
Lady Miryll estaba allí, tumbada
sobre una especie de camastro de
piedra, cubierta con una colcha de piel.
Al entrar Taliesin volvió la cabeza,
buscando sus ojos directamente, con
mirada impenetrable. Taliesin tenía un
aspecto extraño, con todo el pelo
revuelto, las ropas húmedas y
manchadas de sangre, y una cara pálida
como la luna menguante. A pesar de
todo, la dama permaneció inmóvil, como
si no le sorprendieran nada tales
detalles.
Sin pronunciar palabra, levantó las
ropas de la cama, como invitándolo a
entrar. Visto así, desnudo, el cuerpo de
la dama era de color alabastro y
bellísimo, pero a Taliesin le repugnó lo
mismo que si estuviera contemplando un
cadáver de una matanza. Se frotó los
ojos con las manos y cuando volvió a
mirarla, Miryll se había tapado con la
colcha hasta la barbilla.
—¿Has visto a alguien por aquí,
señora? —preguntó Taliesin con voz
ronca.
—No, no ha venido nadie —
respondió insinuándosele con una
sonrisa—. ¿Puedo ayudarte en algo?
Pareces enfermo.
—¿Has estado hace poco en los
baños? Me pareció verte salir.
Se llevó un mechón a la boca, como
si quisiera comprobar si estaba húmedo.
—Estuve hace una hora. ¿Por qué lo
preguntas?
—Perdóname, señora —dijo
Taliesin mirándola con ojos suspicaces
—, pero han atentado contra la vida del
rey en esta villa.
Los ojos de Miryll echaban humo,
pero Taliesin notó que la dama no se
esperaba que hubiera hablado en los
términos en que lo había hecho.
—¿Está vivo? —preguntó Miryll
con voz suave, mientras alargaba la
mano para llegar a una campanita de
plata—. Desde luego aquí no hay nadie
que quiera causar ningún mal al rey
supremo de los britones.
—El rey está vivo —respondió
Taliesin respetuoso.
—Que Fortuna nos salve. Tienes que
perdonarme, mi señor, porque tengo que
vestirme.
Miryll volvió a tocar la campana
para llamar a sus camareras, algo que
sorprendió a Taliesin, porque no había
visto a nadie mientras subía por las
escaleras.
El bardo salió de la habitación y
llegó como pudo a la planta baja,
apoyándose contra la pared. En el
trayecto se cruzó con una criada, que se
aterrorizó al verlo mientras subía a la
torre. Rehízo el camino de ida, pasando
por los baños y por los pasillos, que
ahora estaban llenos de criados y de
soldados armados, hasta que llegó a la
puerta de la habitación de Artor.
—Por fin vuelves, Taliesin —
Galahad empujó un poco a Gareth para
que se quitara de en medio, y se dispuso
a quitarle a Artor las ropas tan
empapadas que llevaba—. Estaba a
punto de mandar una cuadrilla a buscarte
—pese al tono de voz tan seco con que
pronunciaba sus frases, estaba claro que
Galahad se sentía muy aliviado, viendo
que Taliesin regresaba sin problema—.
¿Me ayudas con Artor? No es que sea un
peso pluma, precisamente.
Taliesin se acercó para ayudar a
Galahad justo en el momento en que
entraba Odin, meneando su cabeza de
oso, entre airado y confundido. El
enorme juto llevaba el hacha
desenfundada y tenía los ojos al rojo
vivo, del intenso color de la locura.
—¡No toquéis al rey! —gruñó con
fiereza.
Taliesin le puso una mano
ensangrentada sobre el pecho.
—Baja el hacha, Odin. Artor vive en
buena medida gracias a los esfuerzos de
Galahad. Hay que desnudar a tu señor,
darle calor y meterlo en la cama, para
que yo pueda verle la herida que tiene
en la cabeza.
—Y ¿quién va a ocuparse de ti,
bardo? —dijo Odin, esta vez con su
mirada de siempre, de un gris azulado.
—Sobreviviré. He conseguido
detener la hemorragia —se volvió hacia
Gareth, que seguía turbado, acurrucado
en un banco en el rincón.
Parecía gravemente enfermo.
—Quizá debas salir y meterte los
dedos en la garganta, a ver si devuelves,
Gareth —le sugirió Taliesin—. Te
vendrá bien, para eliminar el veneno que
llevas en la sangre.
—He fallado a mi señor, Odin —
musitó Gareth, frotándose la cara como
si quisiera librarla de la droga que
seguía induciéndolo a dormir—. Lo deje
en una posición vulnerable al ataque.
—Sal, Gareth —repitió Taliesin—.
No te vendrá mal devolver; es más, te
sentirás mucho mejor.
—¿Quién ha hecho eso? —preguntó
Odin en voz baja, con tanta emoción que
Taliesin sintió cierta pena por el
desgraciado que, según Odin, hubiera
causado algún daño a su señor.
—Uno de los culpables dejó caer
este guante mientras huía —contestó
Taliesin. Tiró el guante de cuero negro
sobre una silla. Parecía una mano
amputada—. Galahad tenía razón. Esta
villa era la guarida del guerrero de
negro.
Y entonces, por primera vez en su
vida, Taliesin se desmayó.
CAPÍTULO VIII

VIEJOS PECADOS Y
VIDAS INÚTILES

E
L MAESTRO CANTOR no
estuvo inconsciente por mucho
tiempo. Alguien le había
colocado bajo la cabeza un trozo de tela
suave, doblada varias veces para que
estuviera mullida, mientras otros le
habían desnudado dejándole el pecho y
los hombros al descubierto. Ahora le
estaban haciendo daño, intentando
limpiarle la herida por dentro.
—Me quiero incorporar —susurró
Taliesin entre dientes—. Ya me coseré
yo, gracias.
—Pareces tu padre, Taliesin —era
la bronca voz de Artor—. Tienes que
perdonar a Percival, porque he sido yo
quien le ha ordenado que me deje ver
las heridas que tienes. ¡Mierda, hijo! Si
llegas a morir por mi culpa, no tendría
manera de saber lo que pasó anoche. No
recuerdo nada a partir del momento en
que me metí en los baños.
Percival se puso colorado y le dio a
Taliesin un paño húmedo que había
estado usando para limpiarle una herida
bastante profunda que Taliesin tenía en
el antebrazo.
—¿Me puedes traer mi bolsita de la
habitación, Percival? Y una túnica
nueva. Parece que la herida está limpia,
pero es profunda y hay que coser. El que
me atacó se vengó con la daga, después
del golpe que le asesté en la garganta.
—¿Quién era? —preguntó Artor con
voz más fuerte que antes.
Taliesin se puso de pie como pudo,
se quitó la harapienta túnica que llevaba
y entrevió a Artor, sentado al lado de su
camastro.
—No sé, pero vi la vaga sombra de
una persona desnuda que salía corriendo
por los baños.
Artor estaba totalmente
desconcertado. Mantenía el ceño
fruncido y hacía gestos de dolor, como
si le dieran punzadas en la cabeza.
—Desde luego, hubo un ruido que
me despertó, pero era como si
estuvieran llamando a la puerta. Cogí el
cuchillo y en el pasillo casi me caigo
encima de Gareth. Como no se
despertaba, imaginé que algo malo
estaba pasando. Y como un bobo, me
incorporé como un gato salvaje, en vez
de llamar a la guardia. Recuerdo que oí
también un grito raro, al otro lado del
pasillo, y lo seguí. Creo que además vi
una luz —Artor murmuraba, con los ojos
perdidos en la distancia, intentando
recordar lo que le había ocurrido
aquella mañana.
—La luz estaba en los baños —le
dijo Taliesin—. Por eso te encontré.
Entonces, ¿recuerdas haber oído un
grito?
—Recuerdo que había una niebla
densa que despedía un olor fétido, como
si hubieran echado algo al brasero.
Dios, apenas me veía las manos. Pero oí
algo, intenté golpearlo y a partir de ese
momento es como si el tejado se me
hubiera caído en la cabeza.
—Entonces debiste alcanzar al
atacante —dijo Taliesin—. ¿Utilizaste el
cuchillo o le diste con la mano?
—Le di un puñetazo.
Galahad interrumpió la
conversación.
—Tú también oíste el grito, Taliesin.
¿Era de un hombre o de una mujer?
—Creo que era de mujer.
—Entonces, ¿dónde está Lady
Miryll? —todos los prejuicios de
Galahad asomaban en su mirada.
—Estaba vistiéndose cuando la dejé
en la torre para regresar a tu habitación,
señor —respondió Taliesin—. Ya
tendría que estar aquí.
—¡Maldita sea! —exclamó Artor
furioso—. Esta villa es suya. ¿Quién iba
a saber mejor lo que pasa dentro de sus
muros? Nos hemos entretenido
demasiado. Si hubiéramos tenido una
anfitriona inocente habría venido a mi
habitación al oír el ataque —Artor
parecía recuperado ahora que tenía un
enemigo a la vista—. ¡Odin! ¡Galahad!
¡Buscad a esa mujer y traedla al atrium!
¡Id por todas partes y utilizad la fuerza
que consideréis necesaria! Esta villa es
un nido de víboras.
—Cuando la dejé en la torre, vi que
tenía el cabello húmedo —añadió
Taliesin pensativo y con cierto tono de
arrepentimiento. Miryll era demasiado
joven y demasiado bella como para
morir acusada de traición.
—Creo que tenemos que admitir que
ella está implicada en esto de algún
modo; alguien ha intentado atentar contra
mí —dijo Artor con voz implacable.
—Pero no fue la persona que te
quería ahogar, señor, como tampoco
creo que fuera ella la que te golpeara.
Esas culpas habrá que cargarlas en la
maleta del hombre de negro.
—Galahad me contó que me quedé
inconsciente y que me salvaste,
sacándome de la bañera. Insiste mucho
en que, de no haber intervenido tú,
estaría muerto. Te agradezco la valentía
que has demostrado.
Percival regresó con el hatillo de
Taliesin en la mano. Taliesin sacó una
bolsita de cuero y cogió algunos
utensilios médicos.
—Cada uno servimos como
podemos, mi señor —respondió. En la
bolsa encontró una aguja y una larga
hebra de tripa. Haciendo caso omiso de
las caras de asombro con que lo miraban
Artor y Galván, que acababa de entrar,
Taliesin empezó a coserse la herida que
tenía en el brazo.
—¿Tienes que dedicarte a la costura
justo ahora, Taliesin? —se quejó Galván
—. Tengo el estómago y la cabeza ya
bastante revueltos a estas horas de la
mañana, como para encima tener que ver
eso. ¿Por qué estamos todos levantados,
por cierto? ¿Y por qué está toda la
guardia dentro? ¿Qué pasa?
—No comprendo cómo has logrado
dormir con el ruido y el lío que ha
habido, Galván —dijo Artor atribulado
—. Han intentado asesinarme. Galahad
tenía razón cuando decía que este lugar
estaba envenenado.
—¡No seas ridículo! —exclamó
Galván, todavía medio dormido—.
¿Cómo va a ser Lady Miryll el guerrero
de negro?
Galahad llegó justo a tiempo de
escuchar estas últimas palabras de su
padre. Y se encogió de hombros de
manera muy expresiva.
—¿Qué? —preguntó Galván—.
¿Qué pasa?
Gareth entró más pálido de lo que
había salido, pero también más
despierto.
—¡Pareces un pato mareado! ¿Qué te
ocurre? —Galván lanzó toda su
frustración contra Gareth, que lo único
que hacía era estar allí, con un aspecto
infame.
—A Gareth y Odin los drogaron,
Galván, y alguien ha intentado ahogarme
—explicó Artor—. Parece que Lady
Miryll está implicada, pero también es
posible que fuera simplemente el
anzuelo de una trampa que nos tendieron
los conspiradores.
Galván se quedó con la boca abierta.
Odin entró en la habitación sin hacer
ruido.
—Odin, ¿qué habéis descubierto? —
preguntó Artor.
—Encontramos a Lady Miryll justo
en el momento en que iba a embarcar en
un esquife para irse. Si nos descuidamos
un poco se habrían escapado ella y su
criada. Lo habrían tenido muy fácil, pero
la dama se entretuvo en recoger las
joyas y la ropa que tenía empacada de
antes. Es curioso cómo la ambición y la
vanidad han perturbado a más hombres y
mujeres que el odio —sentenció Odin
—. Y te interesará saber que la dama
tiene un cardenal reciente en el esternón.
Artor se quedó inmóvil. Así que
había golpeado a la dama en la sala de
baños, mientras intentaba asesinarlo.
Miryll no era simplemente un cebo; era
una regicida.
—¿Dónde están?
—Como ordenaste, las tenemos bajo
vigilancia en el atrium —respondió
Odin con sonrisa de satisfacción. Bajo
su barba pelirroja asomaban dos caninos
retorcidos que hoy lucían más
depredadores que nunca—. La señora de
Salinae la Menor tiene una lengua muy
larga, señor —añadió con tono
desenfadado.
—No me sorprende lo que dices,
Odin. La dama no es una dama —Artor
dirigió la mirada de nuevo sobre
Taliesin—. ¿Has terminado de coser,
bardo? Si quiero tener la cabeza clara y
conseguir alguna explicación de Lady
Miryll, alguien tiene que examinarme la
herida del cráneo y ordenarme bien los
sesos.
Taliesin cortó el trozo de hilo con un
cuchillo bien afilado y se puso en pie.
—Claro, señor. Ya he terminado con
la herida.
Sacó una túnica de su hatillo y se la
puso por la cabeza.
—Ahora, mi señor —dijo sonriendo
—. ¿Cuántos dedos ves, si te pongo la
mano delante?
ARTOR DEJÓ QUE Miryll y sus
criados dieran mil vueltas en su
imaginación a lo que iba a ocurrirles.
Para Artor una o dos horas significaba
una buena siesta y un tiempo de
descanso. Para los rehenes era un
tiempo de creciente tensión.
Por fin, el rey entró en el atrium, con
una taza de agua caliente con miel en la
mano, para entonarse. Pese al bálsamo
que le habían untado en la frente, el rey
parecía descansado y fuerte físicamente.
Tras él venía su guardia y los nobles del
retén, con un aspecto mucho más
agotado que él.
Artor se sentó en un banco de
mármol que estaba convenientemente
situado, porque desde allí podía
observar tanto la fuente como a Lady
Miryll. Como la dama llevaba el cuello
del vestido abierto, el monarca
enseguida se fijó en que se le veían los
bordes de un cardenal que estaba
formándose. La dama tenía la mirada
furtiva y asustada, aunque intentaba
parecer tranquila y digna.
—Te deseo que tengas una feliz
mañana, Lady Miryll —dijo Artor
distendido—. ¿Cuántos años crees que
tengo?
A la reina se le emborronaron los
ojos de aversión y se apretaba las manos
con tal fuerza que se le veían los
nudillos blancos.
—Eres demasiado viejo —contestó
con tono desagradable—. ¡Feo,
asqueroso, arrogante y viejo!
Artor sonrió con una sinceridad tan
convincente que a Taliesin se le
ruborizaron las mejillas. Recordaba a su
padre, Myrddion Merlín, hablando de
los últimos y amargos días de Uter
Pandragón; Artor no mostraba signos de
ir convirtiéndose en el violento
monstruo en que había degenerado aquel
personaje, pero a lo mejor se convertía
en algo peor.
—Te felicito por lo bien que sabes
controlarte, señora —Artor endureció el
tono—. Anoche parecías estar tan a
gusto en mi presencia, luciendo tu
cuerpo para deslumbrarme, y ahora veo
que me odias y que odias todo lo que
represento. ¿Tengo razón o no, Lady
Miryll? Si es que te llamas así.
—Soy Ceridwen —susurró—. ¡Soy
la doncella, la madre y la bruja! ¡Tú no
eres nada y no tienes legitimidad alguna!
¡Tu reino es una farsa!
Todos los que allí estaban, formando
un semicírculo, tomaron aliento,
horrorizados. ¡No daban crédito! ¡Tanta
arrogancia y tanta blasfemia!
Taliesin dio un paso al frente, casi
sin pensar.
—¡Tú no eres mi bisabuela!
La tensión se disolvió con la enorme
carcajada de Artor. Entonces explicó a
los guerreros que en occidente todavía
había una leyenda según la cual
Myrddion Merlín era descendiente
directo de la diosa, algo que, de ser
verdad, convertiría a Taliesin en su
bisnieto.
Artor miró a Miryll.
—Puede que te quieras hacer pasar
por algo o alguien que te haga feliz. No
me importa nada, pero Taliesin sí puede
ponerte objeciones, si lo reclamas como
pariente.
Lady Miryll escupió a Artor
despectivamente. Tenía el rostro
retorcido de odio.
—Me has defraudado —dijo Artor,
como para seguir la conversación—.
Llevo tiempo intentando descubrir
grandes intrigas y conspiraciones de mis
enemigos y ¿con qué me encuentro? Con
una estúpida que se cree diosa. Una
mujer cretina e ignorante, utilizada como
peón por una serie de despiadados que
no tienen empacho en dejarla
abandonada a mi justicia.
Lady Miryll volvió a escupirle, con
los ojos desorbitados.
—Tienes una carita muy mona,
señora, pero muy poca educación. ¿Eso
es lo que te enseñó tu madre?
Miryll palideció al oír que se
mencionaba a su difunta madre.
—Si lo que pretendías era
asesinarme, no lo has conseguido; eso
sí, gracias a que Taliesin, el hijo de
Myrddion, de insigne memoria,
reaccionó con rapidez y a que tus
cómplices eran unos ineptos. Con todo,
el fracaso es el mayor y más peligroso
de los pecados, ¿no crees?
La dama contrajo un poco más el
gesto, mostrando unas arrugas tan
repugnantes, que Galván no entendía
cómo pudo encontrarla bella en su día.
—Vamos, contesta, mujer; sigues
viva porque me interesa oírte, nada más.
—¡Tú eres el fraude! —gritó Miryll
por fin—. No hay sangre romana ninguna
en tus venas; yo sí, desciendo de
Augusto y a través de él estoy
emparentada con el propio César.
—No, otra vez con esa vieja y
manida cantinela —Artor movió la
cabeza—. Me desilusionas realmente,
Lady Miryll. ¿Eres otra de esas locas
que reclaman el trono de occidente o lo
que pretendes es restaurar el imperio
romano? ¿A lo mejor es algo todavía
más descabellado y te crees realmente
una diosa?
—Mi padre, el Pandragón, era hijo
de Constantino II y nieto del gran
Máximo. ¿Eso no es tener sangre
romana, Miryll? Pero me enorgullezco
de tener sangre mezclada, porque por
encima de todo soy bretón.
Artor miró con tristeza a los ojos de
Miryll, como si tuviera delante a un niño
al que un padre severo le ha pillado
robando. El falso gesto de cariño con
que la miraba era más duro que la peor
de las bofetadas.
—Galván, mi sobrino, tiene un
pasado mucho más noble que tú, Miryll.
Y Galahad también tiene derechos
legítimos. Y además es cristiano, lo cual
le favorecería en cualquier disputa que
se levantara en tierras meridionales por
cuestiones sucesorias. Supongo que tu
padre intentaría hacerte creer que
procedes de algún hijo bastardo de
Augusto. Pero, en todo caso, iba muy
desencaminado o estaba chalado, porque
en occidente a estas alturas reclamar ese
linaje no vale nada, eso siempre que
fuera cierto, claro. La Roma de los
Césares ha muerto. En estas islas el
trono pasa del rey actual al siguiente
heredero directo. No imagino a los
celtas reconociendo como líder ni al
mismísimo Julio César, en caso de que
este tipo consiguiera librarse del Hades.
—El cáliz maldito te verá enterrado,
Artor —dijo Miryll escupiendo cada
palabra—. Y ese mismo cáliz servirá
para bautizar a mi hijo y expulsará de
estas tierras a todos tus fieles. Me rijo
por las leyes antiguas y nuestra causa
prevalecerá.
Estas palabras de Miryll hicieron
desaparecer cualquier rastro de alegría
que pudiera tener la mirada de Artor.
Para los guerreros allí reunidos este
cambio de actitud no resultaba
demasiado propicio para la suerte de la
dama.
—Bueno. Parece que ya tenemos tu
versión de la realidad. ¿A qué viejas
leyes te refieres, Lady Miryll? ¿Crees en
Tuatha de Danaan? ¿Te sometes a las
leyes de los druidas y a la justicia del
hombre de paja? ¿Te has consagrado a
los dioses romanos? ¿O se trata de algo
aún más antiguo? —el rey supremo se
detuvo con la mirada fija en la fuente de
la sirena. Estuvo así un rato largo, como
hipnotizado por el rítmico y recurrente
fluir del agua. Después volvió a clavar
sus gélidos ojos grises sobre Miryll.
Taliesin sabía que en aquella mirada no
había compasión alguna.
»¿O acaso estás siguiendo a ciegas
las aspiraciones de otro? —preguntó
Artor—. Debo admitir que me intriga
saber qué tipo de hombre puede mover
los hilos de una mujer tan bella como tú.
—No sabrás la verdad hasta que sea
demasiado tarde —se envolvió en su
capa con aire triunfante, dejando ver
toda su voluptuosidad, de la cabeza a
los pies.
—¿Dónde está Gronw, Miryll?
¿Dónde se ha metido tu curita?
La dama pareció desconcertada,
pero se repuso de inmediato.
—No está aquí —respondió
desafiante—. Ha vuelto con su gente.
—¿Con los pictos azules que viven
al otro lado del muro? —interrumpió
Galahad, con tono despectivo—. Creía
que los celtas habían limpiado de
alimañas estas tierras civilizadas, pero
no me sorprende que Gronw sea un
viscoso picto pagano. Seguro que los
tatuajes que lleva y esa personalidad tan
censurable de que hace gala son pictos.
Esa gentuza no son más que escoria
pagana que los otadinos tenemos que
abatir, como se abate a los lobos
salvajes.
Miryll volvió el rostro hacia
Galahad rápida como una serpiente.
—Aunque los trates como animales
aún no has logrado que se inclinen ante
ti. Mi madre era la amante de Gronw, ¡y
era una reina picta! Sus antepasados
gobernaban estas islas antes de que
llegaran los celtas y los romanos.
Manejaba al inútil de mi padre como si
fuera un corderito atado con una cuerda.
—Entonces te compadezco —
contestó Galahad—. No cabe duda de
que al final tu padre le machacó la
cabeza.
Galván se sintió reconfortado por
unos instantes con las crueles palabras
que su hijo acababa de dirigirle a la
dama.
—¡Ya basta! —rugió Artor—.
¡Galahad, en vez de verter tus prejuicios
sobre Miryll, a la que parece que lo
único que han hecho es liarla con
historietas, encárgate de que salga un
jinete a toda prisa para Aquae Sulis para
que organice a nuestros guerreros! ¡Que
hagan una batida por las rutas más
recónditas que lleven al muro hasta
encontrar a Gronw! Ya sabes qué
aspecto tiene, así que ocúpate de que la
caza sea ágil, que tenga que correr como
un conejo. O como una de esas ratas
asquerosas a las que tanto se parece.
—Será un placer, señor —Galahad
salió del atrio con dignidad, dándose
aires de importancia.
El rey supremo se volvió hacia
Miryll.
—Ahora que se ha marchado este
joven cortesano impetuoso, quizá
quieras contarme algo de tu hijo. Me
gustaría saber algo más de ese niño que
me sustituirá en el trono.
—Está en un lugar donde nadie
puede hacerle daño, ni siquiera tú —
susurró, llevándose las manos con gesto
protector hacia el vientre—. Está aquí
dentro.
—Desde luego —contestó Artor—.
Supongo que el hijo es de Galván —y
sin esperar una respuesta, continuó—.
¿Puso la semillita voluntariamente? No
imaginaba que quisiera tener más hijos.
La dama apretó los labios.
—Lo intentó con todas sus fuerzas,
aunque está ya viejo. Yo habría
preferido que fuera Galahad quien
engendrara a mi hijo, pero ese estúpido
está absorbido por su dios. El padre era
más fácil de manejar y se puso
enseguida a la tarea. Estoy contenta
porque mi hijo será el producto de
distintos linajes reales.
—Artor, te juro que no pretendía…
—intervino Galván con un hilo de voz, y
con todo el estómago revuelto—. Sé que
me drogaron, pero admito que tampoco
me negué. Te pido que me perdones,
señor —Galván se arrodilló ante el rey,
con los ojos anegados en lágrimas.
—Si me enfadara cada vez que te
acuestas con una fulana, Galván, ya
tendría que haberte mandado a la
hoguera hace años. Esta mujer no fue
más que un bocado agradable que
llevarte a la boca. No te culpo de nada,
así que levántate y no vuelvas a mirarle
a la cara. No es más que una mujerzuela,
y nada inteligente, por cierto.
Artor lanzó esta pulla cruel con tal
manejo del tiempo que toda la guardia
estalló en una estruendosa carcajada.
Todos los que estaban allí sabían que
Galván iba detrás de cualquier cosa que
oliera a femenino. Taliesin hizo una
mueca de contrariedad al ver el
desprecio por las mujeres que se veía en
aquellas risas masculinas.
—Mi señor —dijo en voz alta—, ¿tú
crees que Gronw es capaz de idear una
trama tan compleja? Tenemos un obispo
muerto, un cáliz de campaña robado de
la tumba de otro religioso, un criado que
se cree druida, la hija de un celta y una
reina picta, educada en la idea de que es
la reencarnación de Ceridwen, y todos
esos hilos están tan enmarañados, Lord
Artor, que para deshacer los nudos se
necesita una mente muy lúcida. Por muy
bella y muy inteligente que sea Lady
Miryll, no tiene la experiencia suficiente
para maquinar todo esto. Solo tienes que
escucharla, señor. No hace más que
repetir lo que le han enseñado, como un
niño.
—¡Calla, Taliesin! —le ordenó
Artor enfadado—. No necesito que me
des lecciones.
Por la expresión del monarca, el
debate estaba cerrado. Taliesin se retiró.
—Mis disculpas, señor.
A Miryll le habían salido unas motas
rojas en las mejillas. Se puso de pie de
un salto, momento en el cual Odin se
sacó el hacha del cinturón.
—Es muy fácil ir acumulando
porquería sobre una simple mujer,
pretendiente —dijo irónica—. Tengo
mucha más alcurnia que tú. Y mi
venganza es saber que el cáliz terminará
contigo, porque Gronw se encargará
muy bien de contar lo que pasa aquí. Si
me matas, todo el mundo pensará que
eres un monstruo. Tu Lucius dejó un
pequeño dardo envenenado para ti, y ese
dardo te enterrará en tu propio estiércol.
Y me divertiré viendo cómo te asfixias
allí. Dirás que soy una estúpida, dilo,
pero yo alcanzaré la gloria con tu
castigo.
—Pero, señora, creía que sabías en
qué posición te encuentras. Vas a morir.
Todos esos pensamientos atroces, tu
resentimiento y, lamentablemente, el hijo
que quizá lleves en las entrañas,
terminarán contigo en el reino de las
sombras.
Miryll comprendió por fin que iba a
morir cuando terminara el
interrogatorio. Sus criados se movían de
un lado a otro, observando la escena con
ojos aterrorizados. Al ver que sobre
ellos se cernía también la muerte, no
hacían más que pensar en distintas
maneras de salvarse. Miryll bajó la
vista. Su hijo nunca daría el primer
hálito de vida; quizá por primera vez
empezó a pensar si aquellos
desalmados, con tanto afán de gloria, no
la habrían utilizado como carnaza para
agrandar sus propias ambiciones.
La palidez de su rostro delataba lo
que estaba pensando. Artor la observaba
con una expresión algo más dulce.
—Si me asesinaran, Occidente nunca
admitiría al hijo bastardo de Galván —
le dijo—. Tengo tantos supuestos
herederos que podría crear mi propio
pueblo sólo con ellos. Y tengo sobrinos
y sobrinos nietos por todo el norte. Tú y
tu hijo no sois más que una vía falsa, que
alguien ha diseñado para desviar la
atención del auténtico punto de ataque.
Lo que verdaderamente pretendía
Gronw era conseguir su objetivo en
Glastonbury. Puede que con el tiempo tu
hijo me pudiera haber causado
problemas, pero lo dudo mucho.
—Gronw no me utilizaría así —dijo
Miryll rota por dentro—. Fue quien me
educó y quien me custodió como parte
de un plan noble y grandioso.
—Y te ha llenado la cabeza de
mentiras. ¿Por qué, Miryll? El guerrero
de negro ha conseguido sacarme de
Cadbury, pero si no hubiera venido aquí,
habrías llevado a término tu embarazo y
te habrían matado, aprovechando la
excusa del parto. No digas que no con la
cabeza; no seas crédula, Miryll, porque
¿dónde está tu protector, ahora que tanto
lo necesitas? Tarde o temprano estabas
condenada a morir. Pero Gronw sí me
conoce; sabía que no permitiría
discordias dentro de mi reino. Te dejó
atrás para hacerme perder tiempo y así
poder escapar.
El rey sonrió a la dama, mostrando
su pesar en la mirada, como si de un
padre desilusionado se tratara.
—El reino se habría venido abajo, si
Gronw hubiera conseguido su objetivo y
si yo hubiera muerto cuando intentaron
asesinarme. En tal caso, Gronw habría
tenido el terreno libre para construirse
una base segura en Salinae la Menor, y
desde allí recoger el fruto de los
fragmentos rotos en que quedaría el país
tras la consabida guerra civil. Siempre
has sido moneda de cambio, querida,
independientemente de la meta que él se
trazara. Eres mujer. Si hubieras nacido
hombre, Gronw habría tenido las cosas
muy distintas.
Taliesin sí advirtió la falla en la
argumentación que hacía Artor, pero los
demás quedaron impactados y con la
boca abierta, al ver cómo el rey dejaba
la trama al descubierto. ¿Cuál era el
papel del cáliz en todo este lío? Taliesin
estaba seguro de que Gronw no podía
ser el principal conspirador. No tenía
suficiente conocimiento sobre la vida en
la corte, ni sobre el propio Artor.
Alguien más importante estaba
moviendo a las personas como fichas de
un tablero de juego.
—¡Estás mintiendo! —gritó Miryll,
pero se veía que lo decía sin convicción
alguna.
—¡Lo siento realmente, Miryll; me
das pena! —contestó Artor con
sinceridad—. Eres toda una mujer, una
mujer muy bella, que naciste para
casarte y para que te quisieran. Gronw
se ha apoderado de tu futuro y lo ha
envenenado, sin preocuparse lo más
mínimo de lo que le pudiera pasar a la
mujer que utilizaba para lograr sus
propósitos.
Taliesin observaba hasta qué punto
los ojos de la dama y su gesto de agonía
reflejaban la verdad transmitida por las
palabras de Artor. Se sentía triste al ver
la juventud y la ingenuidad de aquella
mujer y temía por su destino.
Artor dio un paso hacia ella, con la
mano abierta.
—Te perdonaría la traición que has
cometido si accedieras a contarme lo
que sabes del cáliz maldito. A cambio
de la información, os ofrecería gustoso
mi perdón a ti y a tus criados. Y
permitiría que tuvieras a tu hijo, porque
no soy ningún monstruo al que le plazca
subyugar a inocentes. Tengo particular
curiosidad por conocer la historia de la
reliquia, porque sé que el obispo Lucius
antes de hacerse religioso fue soldado
romano en muchos de los territorios del
Imperio.
Quizá hubiera sido mejor que Artor
se atuviera a su palabra y que hubiera
retirado sus amenazas anteriores. Quizá
habría podido perdonar a Miryll, aunque
la mujer no le hubiera contado nada
relevante. Después de todo, Gallia
estaba embarazada cuando Uter ordenó
que la asesinaran; Artor no deseaba
seguir las huellas de su padre; solo
pensarlo le atormentaba.
Pero todo ello queda para la
conjetura, porque Miryll sí creía
realmente que el rey iba a matarla.
Retraída en un rincón, con el tapiz de su
vida hecho jirones, decidió resolver el
asunto a la romana. Si hubiera tenido
una espada, se habría tirado sobre ella.
Pero como no era así, se arrancó de la
cabeza un largo broche dorado y se
abalanzó sobre Artor para hincarle el
gancho en el ojo.
—¡No! ¡Odin, no! —gritó Artor.
Demasiado tarde.
Con más rapidez que el silbido de la
lengua de una serpiente, Odin le segó la
cabeza con el hacha.
El cuerpo de la mujer se mantuvo
tambaleante unos instantes, echando
sangre por el cuello. Después,
empezaron a temblarle las rodillas y se
derrumbó, a cierta distancia de su
cabeza, que con ojos abiertos de par en
par había caído a pocos metros de allí.
Los criados se cubrieron la cara con
la túnica, lanzando gemidos de angustia.
Artor suspiró, retirándose del charco
de sangre que iba haciéndose cada vez
más grande.
Taliesin era el único que lloraba por
la dama. Durante toda su prodigiosa
vida recordaría aquel gesto
contorsionado, envejecido por la
traición. Fue el único que vio cómo en
el curso de un invierno, Lady Miryll
había pasado de ser doncella, a mujer
recién embarazada, para terminar
muriendo con el rostro que más
aterroriza a las mujeres, la máscara de
una bruja.
Respetuosamente y con prudencia,
Taliesin se acercó para cerrar los ojos
de Miryll, y poner juntos cabeza y
cuerpo. Al momento la mujer recobró
sus rasgos jóvenes y delicados, un rostro
pálido como la luna, callado como las
sombras. La sangre le había oscurecido
los cabellos; parecía una criatura de la
luz y de la oscuridad, la efigie de una
muchacha que nunca había existido del
todo.
Aunque la sangre no llegó a
salpicarle las sandalias, Artor se dio
cuenta de que tenía las manos
manchadas.
—¿Qué habría sido de ella si tú no
hubieras aparecido por sus territorios,
Galván? —musitó Artor—. ¿Y cómo le
habría ido con otro padre y consejeros
distintos? Todos esos tienen la culpa,
como la tenemos tú y yo, porque a
ninguno de mis criados se les puede
acusar de haber intervenido en esta
muerte.
Artor analizaba la carnicería que se
había cometido en el atrio tras la
máscara de sus responsabilidades
reales. Pero lo que realmente se
escondía tras esa máscara, a Taliesin se
le escapaba.
—Que liberen a sus criados después
de interrogarlos —ordenó Artor a
Galván—. Podrán abandonar la villa,
pero que no se lleven nada, porque esta
casa ahora forma parte de las
posesiones de Galahad. Todo lo que ella
tenía debe ser legado a tu hijo, porque
supo ver las intenciones de Lady Miryll
nada más conocerla. Dejad que los que
vivían con ella vayan por ahí hasta que
alguna tribu los acoja, porque no quiero
más sangre en este lugar.
—¿Y qué hacemos con ese? —
preguntó Galván señalando con el dedo
a uno de los criados que tenía el brazo
roto—. No debíamos permitirle salir.
¿Cómo se rompió el brazo?
—Pregúntale, a ver —dijo Artor—
pero no le hagas nada. No quiero más
muertes cuando la verdadera presa se ha
escapado y se encuentra a miles de
kilómetros de aquí.
Galahad entró poco después de que
el rey hubiera dado las órdenes y cuando
los criados ya estaban reuniendo a los
sirvientes para el interrogatorio. Se echó
un poco para atrás, al ver el cadáver de
Miryll, pero Artor no pudo ver ni un
ápice de compasión en aquel rostro tan
violentamente bello.
—Excelente —dijo Galahad con
toda dignidad—. La putilla ya está con
su creador. No me da ninguna pena,
porque era abominable.
Artor no podía creerlo; la brutalidad
de Galahad no encajaba en absoluto con
el código cristiano al que se acogía con
tanto ardor. El joven se pavoneaba, tan
pagado de sí mismo, que Galván no
pudo evitar acercarse a él y darle una
bofetada lo más fuerte que pudo.
—¿Y eso a qué viene? —Galahad no
era consciente de lo despiadado que era.
—Lady Miryll era lo que de ella
hicieron, hijo —explicó Galván—. Y
para mi vergüenza, lo mismo pasa
contigo. Ojalá pudieras albergar algún
sentido de la compasión, como exige ese
Jesús tuyo.
Por una vez, Galahad se dio cuenta
de que no tenía a mano una respuesta
fácil.
Galván se volvió hacia Artor y se
inclinó ante su señor.
—Te ruego me permitas meterla en
un esquife, mi señor. Si no hay nadie
para lavar el pobre cuerpo de Miryll, lo
haré yo. Permíteme entregársela al mar,
para que redima su alma en el océano, y
así mi hijo podrá dormir en el regazo de
las olas.
—Como quieras, Galván —
respondió Artor. Después se volvió
hacia Galahad, pero sin suavizar un
ápice su mirada—. Te concedo la
posesión de esta isla desde este
momento, Galahad. Tienes que
mantenérmela protegida —y con esto,
salió del atrio.

POCO A POCO se fue echando encima


la tarde; las flores primaverales
cerraban ya sus pétalos al aproximarse
la oscuridad, mientras Galván, Odin,
Percival y Galahad conducían el cuerpo
de Lady Miryll al pequeño puertecillo
que había al final de la isla. Soplaba un
dulce aire crepuscular, casi una melodía
que se dejaba oír por todo el jardín
hasta perderse en la villa, o eso le
parecía a Galván, que estaba agotado.
Por la mañana ese aire habría penetrado
en el estuco y la madera de las paredes,
liberando la villa del hedor a Gronw.
Puede que también disolviera la peste a
sangre que quedaba en el atrio.
Al final Taliesin ayudó a Galván a
lavar el cuerpo mutilado de la dama, una
tarea que recaía normalmente en las
mujeres. El bardo había visto a su madre
efectuar el mismo ritual con los restos
de su padre y entendía la dignidad que
implicaban estos últimos protocolos.
Desnuda, lavada y perfumada,
Miryll yacía sobre una sencilla
estructura de madera, con el pelo
retirado del rostro. Galván había
volcado su joyero para coger un collar
de oro que le cubriera el cuello, de
modo que sirviera de unión entre cuello
y cara; parecía dormida. Envolvieron el
cuerpo en finas telas y le adornaron los
brazos con pulseras.
Con estas atenciones Lady Miryll
volvía a ser de nuevo la señora de
Salinae la Menor.
Antes de que Odin y Percival
levantaran el féretro para colocarlo en
el esquife, Galván puso su mano
izquierda sobre el vientre ligeramente
hinchado de la dama. Y pensó por un
momento cómo habría sido ese hijo de
los dos…, pero se acordó de que ya
tenía demasiados.
Galahad acompañó al féretro
porque, examinando su corazón, lo había
visto falto de caridad cristiana. Se dio
cuenta de que había sentido celos de la
dama, no de su cuerpo, sino de la
facilidad con que consiguió ganarse a su
padre, un hombre al que él nunca podría
comprender ni querer.
Odin llevó el cuerpo, porque sabía
que tenía una deuda con el espíritu de
aquella mujer por haberle segado la
vida. No se arrepentía, porque su deber
era garantizar la seguridad del monarca,
pero las culpas de sangre eran cargas
muy pesadas para los guerreros que
procedían de las frías tierras del norte.
Con este último gesto de dignidad, Odin
confiaba en que la sombra de Lady
Miryll no estuviera esperándolo en
Udgard, cuando la muerte se lo llevara
por fin.
Percival asistió a la ceremonia por
Artor. El rey no podía asistir, porque
hacerlo implicaría admitir alguna culpa
en sus actuaciones. Solo Percival sabía
con qué fuerza había golpeado Artor las
paredes de su habitáculo con los dos
puños cerrados, después de salir del
atrio. Solo Percival sabía que el rey
supremo se había postrado para rezar al
dios cristiano implorando perdón.
Porque Artor no sabía si realmente
habría querido ejecutar a Miryll en
última instancia.
Ser rey implicaba librarse de las
amenazas. Ser persona, proteger a los
frágiles y los inocentes. Artor no podía
ser leal a una de sus obligaciones sin
desatender a la otra. Y ahora el rey
supremo no sabía qué habría decidido.
Por primera vez en toda su vida el
recuerdo de su amada Gallia se
interponía en su corazón como un lingote
de plomo. Si él hubiera sido Uter
Pandragón, habría asesinado a la mujer
y al hijo que llevaba en su vientre sin
ningún cargo de conciencia, pero, como
era Artor, sufría.
Percival cogió las andas del féretro
que le correspondían a Artor, recitando
en silencio preces expiatorias.
Taliesin esperaba pacientemente en
un extremo del puerto con el arpa fuera
de la funda. El esquife seguía atado a
tierra, pero con la vela hinchada; todo
estaba preparado para aquella última
travesía.
Una vez colocado el cuerpo, Galván
soltó la cuerda del timón y el esquife se
fue alejando por la corriente, en una
imagen de arruinada belleza.
Taliesin entonó un canto fúnebre
para la dama.
La cálida voz del bardo se perdió en
la distancia, llevada por la brisa de la
tarde; los pájaros, alborotados, salieron
de los nidos que tenían entre los juncos
y los cazadores empezaron a temblar
con un miedo supersticioso, mientras se
dirigían a sus trampas. Los escasos
pescadores que oyeron la lejana melodía
o vieron pasar el esquife flotando sobre
las olas quedaron desconcertados y
empezaron a llorar la pérdida de alguien
a quien no sabían nombrar.
Porque era la belleza misma la que
cabalgaba sobre aquellas olas y la que
viajaba en las notas de aquel canto,
fantasmal y mágica.
Galván se quedó mirando el esquife
y su pálida carga hasta que la marea lo
devoró, disolviéndolo en la oscuridad.
Contra su voluntad, lloró en silencio
ahora que nadie podía ver el brillo que
las lágrimas le dejaban en las mejillas.
Protegido por el sudario de la noche,
Galván no sabía si lloraba por Miryll o
por él.
CAPÍTULO IX

OTRO VERANO
SAJÓN

G
RONW SE LAMENTABA sin
consuelo.
—¡Está muerta, señora!
¡Está muerta! ¡Tu hija! ¡Nuestra niña! ¡Y
el bastardo supremo está vivo, por mi
culpa; no conseguí rematar lo que se me
había encargado!
Gronw descendió aceleradamente
por el cuello de su montura, intentando
recordar el rostro de su amada difunta.
Murió cuando Miryll era casi un bebé y
Gronw tenía que hacer verdaderos
esfuerzos por recuperar con detalle sus
rasgos.
—¡Nuestra Miryll ha muerto! —dijo
entre sollozos con sentimiento
arrepentido—, a no ser que los dioses
consigan que su sombra le persiga por el
aire de la noche. ¡Seguro que ya está
muerta!
A Gronw le importaba bastante poco
lo que le hubiera ocurrido a Miryll,
porque ya había cumplido su parte en el
apresurado plan de asesinar a Artor.
Había sido ella la que había echado
droga en la comida que le sirvieron a la
guardia. Había sido ella la que había
llamado a la puerta de Artor y lo había
persuadido engañosamente para que se
diera un baño. Desnuda y riéndose,
había entrado en el calidarium, en medio
de un inmenso vapor, y había cumplido
con lo que Gronw le había
encomendado. Y hasta cuando Artor la
golpeó con el puño en el pecho
dejándola sin aliento, se había reído de
manera infantil, mientras Gronw
intentaba ahogar al monarca.
La heroica tarea que en su
imaginación le proporcionaría tantos
beneficios era mucho más importante
para Gronw que la vida de una
chiquilla. Eso se decía así mismo. La
muchacha conocía las implicaciones de
lo que estaban planeando.
El hombre sintió que un reguero de
lágrimas imprevistas le resbalaba por la
mejilla.
Cuando llegaron a Salinae la Menor,
Miryll era una niña dulce, con la que
Gronw había llegado a encariñarse al
verla jugar en sus rincones favoritos.
Pero cuando vio que los ojos de Miryll
reflejaban la mirada de su difunta madre
y que el pelo recién lavado le olía al
mismo perfume, le empezó a invadir una
fuerte sensación de pérdida, que lo
devoró. A partir de entonces todo el
cariño que pudo haber sentido por la
chiquilla quedó disuelto en una marea de
amargura y bilis.
Cuando se fue de Salinae la Menor,
Gronw estuvo cabalgando durante días
por caminos secundarios, sin detenerse
más que para dejar descansar al caballo
y robar algo de comida. Desde su
escondite, en alguna ocasión había visto
pasar jinetes por la antigua calzada
romana y por eso sabía que los
guerreros de Artor lo estaban buscando.
Pero en estos momentos en que se
veía abatido por el miedo, el cansancio,
y el peso de sus culpas, intentaba
reponerse acariciando el cáliz que
llevaba guardado al calor de su jubón de
cuero. Y lo conseguía. El roce con el
metal le calmaba el remordimiento que
permanentemente le laceraba la razón.
Tenía el cáliz de Ceridwen, el cáliz de
Lucius, y lo llenaría hasta arriba de
sangre fresca, una y otra vez, para
resucitar a su amada y a la hija de esta.
—Dormiré cuando llegue a Deva —
susurró agotado a la sombra de la noche
—. En cuanto llegue a Deva, estaré a
salvo.
Entonó su mantra una Y otra vez,
mientras el caballo seguía lentamente en
dirección al norte.
EN CADBURY EL rey supremo recorría
sus dependencias como una fiera
enjaulada. No le apetecía conversar con
nadie, ni salir a cazar, ni pasear por sus
fértiles labrantíos. Se sentía ahogado,
amortajado dentro de sus territorios,
como si lo hubieran enterrado vivo.
Desde que regresó con sus tropas a
Glastonbury, allí no había cambiado
nada. Superficialmente Artor no
apreciaba cambios en el rostro de sus
cortesanos, ni en la seguridad de los
tratados que mantenía con las tribus
celtas ni en la falta de coordinación que
caracterizaba a los sajones.
Pero lo que sí había cambiado desde
que llegó de Salinae la Menor era su
punto de mira y Artor lo sabía. La
sombra de Miryll y de su hijo no le
preocupaban mucho; eran unas voces
más que se añadían a la gran marea de
muertos que siempre esperaban a que se
durmiera para perturbar sus sueños.
Pero las implicaciones del ataque a
Glastonbury no le permitían pegar ojo.
Indudablemente alguien había
pretendido destronarlo, un conspirador
inteligente Y bien organizado. Gronw se
había evaporado, como si nunca hubiera
existido. Pero esto habría sido
imposible sin un eficaz grupo de
simpatizantes; si no, los guerreros y
agentes del monarca habrían encontrado
al picto. Para formar una red de
conspiradores como aquella se
necesitaba mucha planificación, mucha
paciencia y mucha decisión. Gronw, un
picto desconocido procedente del norte,
no había podido montar esa
organización; no tenía ni poder ni
alcance para encontrar, reclutar y
organizar a los insatisfechos.
Gronw era un oportunista. Se había
aprovechado de la visita de Galván y
Galahad a Salinae la Menor con
refinada desfachatez. Y lo mismo pasó
cuando Artor llegó con sus soldados a la
isla; Gronw diseñó inmediatamente un
intento de asesinato para alcanzar sus
objetivos por esa vía, fuera cual fuera su
idea original. Artor se había salvado por
casualidad, no porque Gronw hubiera
cometido algún fallo al cambiar de
planes.
—Quienquiera que sea ahora mi
enemigo, es mucho más peligroso que
los sajones, porque me está atacando
desde dentro y el atacante no se deja ver
—susurró Artor para sus adentros—. No
puedo defenderme contra un enemigo
interno y tan bien atrincherado.
Contrariado como estaba, en su
deambular había vuelto sin darse cuenta
a sus dependencias. Se detuvo en la
puerta unos segundos, intentando
serenarse y recordó que con tanto pensar
en la conspiración y cómo detenerla, se
había olvidado de que lo estaban
esperando para la habitual sesión de
juicios. Dio un golpetazo innecesario a
la puerta y se metió en la habitación.
—¿Señor? —Odin levantó la cabeza
del camastro en el que descansaba.
—Soy un viejo zorro atrapado en
una trampa por una pata. ¿Me atreveré a
cortarme esa pata para liberarme?
Odin miró a su señor con cara de
preocupación.
Artor estaba ataviado para la Sesión
de Juicios y ahora tiraba al suelo su
anillo de oro con toda la fuerza que
tenía.
—¡Artor! —protestó Odin—. ¿En
qué puedo ayudarte?
—En nada, salvo que conozcas un
mecanismo para que yo me evapore y
desaparezca de aquí.
Artor frunció el ceño y por un
instante Odin creyó que se iba a echar a
llorar.
—Pero, en todo caso, ¿adónde iría,
si decidiera largarme y olvidarme de
todas mis obligaciones? ¡No puedo ir a
ningún lado! ¡Sólo aquí!
Odin recogió el anillo del rey y le
arregló un poco la túnica.
—Tengo miedo, Odin. ¡No veo cómo
salir de este embrollo!
Al oír el tono con que el rey había
gritado estas palabras, Percival entró de
inmediato en la habitación.
—A ver, ¿alguien más que quiera ser
testigo de mi vergüenza? —Artor se
dejó caer en su silla, agarrándose la
cabeza con las manos.
El monarca había estudiado a los
filósofos y entendía bien que su reino
estaba desmoronándose. Notaba el olor
a decadencia que despedían sus
territorios, un olor a podrido como el
que despiden los pergaminos atacados
por termitas. Veía la descomposición en
las riñas que se levantaban entre sus
soldados y en la depravación de
hombres como Mordred. Y no se
equivocaba.
Los nobles y los guerreros se habían
olvidado de lo terrible que era la vida
cuando vivían apresados entre dos
males: el gobierno de un déspota y la
implacable presión de los bárbaros.
Como Artor había terminado con las
guerras y había impuesto la paz y la
autoridad de la ley, en Cadbury Tor
quedaban ya muy pocos moradores que
recordaran los lejanos años en que la
fortaleza estaba en ruinas y las murallas
abandonadas, totalmente cubiertas de
brozas y vegetación. O se habían
olvidado del régimen de Uter Pandragón
o no habían nacido cuando aquel
trastornado gobernaba el país con el
puño de hierro de su terrible locura.
Las personas olvidamos con
facilidad a qué sabe, a qué huele y cómo
hiere el dolor. Tras varias décadas de
estabilidad, parte de los aristócratas
celtas habían olvidado lo excepcional
que había sido Artor en su juventud, y
con que habilidad incluso ahora, en los
rescoldos de su vida, seguía
manteniendo la seguridad de sus
fronteras. Y había nobles arrogantes,
ignorantes también de las lecciones que
proporciona la historia, que se creían
capaces de ocupar el puesto del rey
supremo.
—Aunque mi reino estuviera sano y
fuerte, yo no podría evitar los embates
de mi propia debilidad, cada vez mayor
—le dijo Artor a Odin, embargado por
la emoción.
Si alguien se atreviera a decir la
verdad con sinceridad, Artor percibía
ese olor a decadencia en lo incontenible
de su ira; todo y todos los que le
rodeaban le irritaban.
Odin y Percival no encontraron
manera de consolar a Artor. Mudos y
derrumbados, lo único que podían hacer
era mostrarle al monarca su amor y su
fidelidad, dos cargas más que añadir al
abatimiento real.

ESE DÍA, DESPUÉS de la Sesión de


Juicios, Artor decidió contar sus recelos
a la única persona que parecía escuchar
con imparcialidad sus preocupaciones.
—Has cabalgado mucho estas
últimas semanas —le dijo Lady Elayne,
acariciándole la frente como si fuera un
niño con fiebre—. Tienes que estar
reventado.
Según todos los dictados humanos y
religiosos, Artor no tenía que haber
buscado la compañía de la mujer de
Bedwyr. Si los descubrieran juntos, la
corte enseguida empezaría a rumorear
sobre faltas de fidelidad.
Indudablemente a él también lo
considerarían culpable, aunque nadie se
atreviera a decirlo. A ojos de la opinión
pública, si a Lady Elayne se la viera en
compañía del rey, sería considerada una
puta. Pero Artor necesitaba un
confidente, alguien con una mente más
fría, menos sesgada que sus
colaboradores. Egoístamente siempre
buscaba a Lady Elayne para hablar. Y si
en algún momento le asaltaban los
remordimientos con respecto a Bedwyr,
se tranquilizaba pensando que ninguno
de los dos, ni Lady Elayne ni él, hacían
nada inadecuado.
Artor suspiró.
—A los sajones no les interesa saber
si estoy cansado o no. Ni tampoco a
todos esos personajes de entre los celtas
que conspiran contra mí. Quieren darle
la vuelta a la tortilla y regresar a los
días aciagos, anteriores al momento en
que Ambrosius sacó a las tribus de la
barbarie. Sí, estoy cansado, pero ya
tendré tiempo de dormir. Hoy, mañana y
todos los días de ahora en adelante
tengo que prepararme para cabalgar y
cabalgar, hasta donde sea necesario.
Con todas sus fuerzas lo que Artor
deseaba era abandonar su agotada
cabeza en manos de Elayne y tomar
aliento de sus palabras.
—Mi señora, soy viejo y el cuerpo
me traiciona a cada paso que doy en la
silla. Si volviera a ser joven, este
verano sajón no me agotaría tanto. Pero,
por desgracia, occidente se ha relajado
con tantos años de paz.
Ahora le tocaba suspirar a Elayne.
Era muy difícil este nuevo rol que
asumía como confidente del monarca y
durante los últimos tres meses le había
causado muchos problemas de
conciencia, desde que Artor había
regresado de Salinae la Menor.
Amaba profundamente a Bedwyr,
como hombre y como marido, y no tenía
intención alguna de traicionar sus votos
matrimoniales con el rey Artor. Se
sonrojaba de solo pensarlo, porque el
rey nunca la había importunado
sexualmente. Sin embargo, Elayne sabía
que de la noche a la mañana la reina
Wenhaver y los rumores que corrían por
la corte podían convertir sus inocentes
acciones en imperdonables pecados. Si
admitía estar a solas con Artor, dejaba a
Bedwyr en muy mal lugar. Pero había
algo visceral que la unía al rey supremo
y la inducía a actuar como confidente.
Entendía la vulnerabilidad del monarca
y lo necesitado que estaba, cada vez
más, porque nadie que tenga sangre en
las venas puede sobrevivir sin compartir
sus más íntimos pensamientos. Y quien
no reconoce esta necesidad de abrirse a
alguien, termina en la locura.
Y además, como Elayne era una
joven muy honesta, no podía dejar de
reconocer que le halagaba verse tan
requerida por el rey supremo de los
britones. No podía negar el placer que
da sentir que un hombre tan importante
te necesita, y no por el físico, sino por la
inteligencia. Quizá por primera vez en la
vida, Elayne se sentía importante y a esa
sensación era difícil renunciar.
—Pero ¿están los bárbaros
realmente soliviantándose, señor? He
oído hablar de su crueldad, pero nunca
nos hemos sentido amenazados.
—Se están soliviantando, Lady
Elayne. Y esta vez vienen a caballo.
Como ya han aprendido, no me servirá
simplemente con la fuerza de unos
cabestros para mantenerlos fuera de
nuestras fronteras. Han llegado mensajes
de Ratae, Venonae, Lavatrae, incluso de
Portus Adurni, pidiendo que les
enviemos refuerzos para detener a los
lobos que amenazan con tirarles la casa.
Afortunadamente aún no han encontrado
un líder capaz de unificar los enclaves
sajones, y aún podemos reducirlos uno a
uno; alabado sea Mitra y los demás
dioses de la guerra y las artes militares.
—Pero ¿no es muy difícil para
nuestras fuerzas tener que controlar unos
enclaves tan dispersos? Supongo que
tendrán que cabalgar kilómetros y
kilómetros para llegar hasta el enemigo,
por ejemplo en lugares como Ratae o
Anderida.
Artor se inclinó ante ella y le besó la
mano. Elayne se sonrojó y viendo que
Artor había traspasado los límites de lo
permitido en su relación, retiró la mano,
escondiéndola en su regazo.
—Querida señora mía. He reforzado
las fortalezas para repeler a los
enemigos en semejante situación. Pelles,
Galván y el valiente de tu marido llevan
muchos años entrenándose con los
soldados para combatir a distintas
fuerzas sajonas. Los sajones solo nos
causarán verdaderos problemas cuando
se unan bajo un mismo líder.
—¿Y tú estás seguro de que puedes
rechazar a las fuerzas que vengan, por
ejemplo, de Anderida?
—Sí. Anderida es responsabilidad
únicamente mía desde que tengo
veintidós años. Estoy deseando salir
para combatir a los sajones y
expulsarlos de semejante lugar
pestilente.
Elayne miró a Artor con los ojos de
par en par. En sus pupilas veía irritación
y miedo, pero también emoción. Artor
vivía para los retos y en su avanzada
edad la amenaza sajona ya no
representaba el foco de sus temores.
—¿Tienes refuerzos que mandar a
las fortalezas, señor?
—Aún no, señora. Pero la tribu de
los cornovios irá a fortificar Ratae y
Venonae, donde Galván sigue
gobernando con mano firme a los
soldados. En esta etapa no tengo miedo
de que los sajones penetren por los
bosques.
—Pero sigues con el ceño fruncido
—murmuró Elayne—. Si las tribus se
mantienen fieles, los sajones tendrán que
enfrentarse al poder de nuestras
guarniciones fronterizas, como siempre.
—Y si no se mantienen fieles, ¿qué?
Llevo tiempo pensando qué pretende la
tribu de los brigantes, porque han
tardado mucho en desplazar soldados a
Lavatrae. Mordred habla mucho, pero
sus tropas no salen de sus fronteras.
Siguen estando aislados y para defender
el norte me he visto obligado a confiar
en el valor de los guerreros de Galahad,
y en la fuerza que les confiere el odio
que Morcadés siempre ha manifestado
contra todo lo sajón. Por suerte, la tribu
de los ordovicos seguirá moviéndose a
las órdenes de Bran y de acuerdo con
los deseos de su madre, Anna.
Mientras Artor le contaba con tanta
naturalidad estos detalles familiares,
Elayne contuvo el gesto de manera
instintiva. Le complacía la confianza que
el monarca depositaba en ella, pero se
sentía conmocionada al ver la cantidad
de odio, de argucias y de desconfianza
que regía en la Unión de Reyes. Lo que
contaba el rey supremo le abría a un
mundo habitualmente cerrado alas
mujeres, pero lo que veía le oprimía el
corazón.
—¿No crees que estos muros pueden
tener oídos, señor? Parece que la Unión
de Reyes no fomenta relaciones
demasiado cordiales o de confianza, así
que a lo mejor estamos rodeados de
espías. Supongo que tendrás espías en
sus tierras.
—Desde luego. A Gruffydd se le da
estupendamente eso de encontrar
colaboradores con talento que le ayudan
a tener buena información.
—¿Y no temes que haya alguien
escuchando justo ahora lo que decimos?
Artor se encogió de hombros,
inexpresivo.
Elayne se levantó, fue hasta el rincón
más alejado de la habitación y miró por
detrás de los enormes tapices bordados
que hacían más acogedora la estancia.
Satisfecha al comprobar que allí no
había más oídos que los de la guardia de
Artor, volvió junto al monarca.
—Lord Mordred presume mucho de
ser pariente tuyo —dijo en voz baja,
acercándose al rey más de lo que
acostumbraba—. Dice que su madre es
tu hermana mayor, aunque solo sabemos
por él que la reina Morcadés sedujo a su
padre. Mordred va rumoreando por ahí
que el auténtico heredero es él y que tú
estás ya demasiado viejo para controlar
el territorio. Está induciendo a la
revolución, furtivamente, eso sí.
Artor dio un puñetazo sobre los
brazos de su recargado sillón real.
Entornó los ojos con aire de sospecha.
Por unos minutos Elayne supo que
dudaba de ella.
—¿Cómo es que Mordred te ha
permitido saber todo eso? Es demasiado
listo como para revelar abiertamente sus
planes.
—Mordred nunca te critica
directamente. Quienes lo escuchan sacan
las oportunas conclusiones a partir de
sus insinuaciones y mentiras y él les
deja que vayan por ahí con sus
difamaciones. Mordred siempre negará
que haya incitado a la traición, pero al
tiempo crea la atmósfera necesaria para
que se produzca. Estate atento, mi señor.
Cuando me siento en la cámara de la
reina, los oigo hablar.
—Mordred no es mi heredero. No
tiene cuna, arrastra toda la amargura de
su madre sin tener razón alguna que lo
justifique. Preferiría morir sin heredero,
poniendo en peligro la seguridad de
occidente, que dejar el reino a un falso
pretendiente como Mordred. Ni tampoco
me preocupa que cuando muera
encuentre apoyos para su causa. Su falta
de legitimidad siempre será un
obstáculo para que lo acepten las tribus.
El rey supremo se calló, pero Lady
Elayne no quería renunciar tan
fácilmente a la conversación.
—La tribu de los brigantes controla
un territorio inmenso —dijo en voz baja
—. Tiene una población muy amplia,
peligrosamente amplia. Tengo miedo de
Mordred, mi rey. Hay algo en él que me
repugna, aunque cuando quiere es muy
agradable. Hay algo femenino en la
manera en que se complace con el rumor
más cruel —Elayne se ruborizó y Artor
vio cómo se le cubrían de pecas las
mejillas y la nariz. Era como si le
avergonzara haber hecho este
comentario, que parecía ir contra su
propio sexo. Por eso intentó explicarse
—. Si Mordred fuera un hombre al que
le gustaran los hombres, bueno, eso no
sería impedimento para que reinara.
Muchos guerreros han rechazado a las
mujeres para entregarse a otro hombre.
En eso pocos celtas lo criticarían. Pero
hay algo en la manera en que me mira
que me hace sentirme sucia, envenenada,
como si disfrutara con los comentarios
que provocan daño. Si los criados son
torpes, si cogen a algún bobalicón en
algún delito… Mordred disfruta con sus
miedos y los castigos que les infligen.
Ese sadismo no es sano en nadie, y en un
rey es terrorífico.
Ahora Lady Elayne se puso como un
tomate, porque pensó que esa
conversación con el rey no estaba
siendo muy adecuada. Al ver lo apurada
que estaba, Artor se echó a reír.
—Lo siento, señor —se disculpó—.
Estaba hablando sin pensar. Perdóname;
he sido demasiado franca.
—No importa, Lady Elayne. Estoy
de acuerdo en todo lo que has dicho;
pero esta conversación no resultaría muy
apropiada para el parterre de la reina.
Ahora le tocó reírse a Elayne.
—Señor, si hablas en serio, es que
no sabes muy bien de lo que hablan las
doncellas bien educadas.
—Bueno, nunca he considerado a
Mordred un heredero viable; ¡nunca!
Conozco demasiados detalles de ese
joven engreído como para tolerar sus
errores en el trono; ni siquiera como
miembro de mi familia.
El rey se frotaba sus enormes manos
de un modo extraño que, para Lady
Elayne, podían ser signo de timidez o de
vergüenza. Artor parecía estar buscando
fuerzas para compartir con ella un
secreto que le resultaba particularmente
desagradable.
—¡Mordred no es ni siquiera un
hombre como tal!
Viendo la cara de desconcierto que
ponía Elayne, Artor se preguntaba por
qué habría dicho nada. Hay secretos que
es mejor guardar y costumbres que
mejor se dejan de lado a la luz del día.
—No te entiendo, señor —el afable
rostro de Elayne brillaba de interés y
curiosidad en la semioscuridad de la
sala.
—Olvida todo lo que he dicho de él,
Lady Elayne ——murmuró Artor—.
Estaba desvariando como las abuelas y
debería haber aprendido ya a no dar
opiniones sobre mis familiares.
Artor se había educado en un mundo
romano; por eso había interiorizado la
tolerancia sexual que le caracterizaba
desde que era un recién nacido. Dónde
se procuraba uno el placer sexual era
cuestión de su conciencia y su religión;
desde luego al rey supremo no le debía
interesar lo más mínimo. Pero Mordred
había ido más allá de lo que Artor podía
tolerar y había resucitado un espectro
que atormentaba el espíritu ya
suficientemente angustiado del monarca.
El rey supremo había descubierto la
vida secreta de Mordred por pura
casualidad, porque el brigante conocía
Cadbury demasiado bien como para
perseguir a sus presas dentro del
recinto. Había sido un campesino que,
un día que el rey iba por el campo con
su guardia, se le había acercado y le
había contado lo incontable a su dueño y
señor.
El lugareño se había interpuesto en
medio del camino, casi bajo las patas
del caballo de Artor.
—¡Por todos los dioses! —gritó el
monarca, tirando de las riendas con tal
fuerza que el caballo casi cae sobre sus
ancas.
Odin sacó el hacha y durante unos
instantes la carretera se convirtió en un
conglomerado de caballos relinchando,
armas desenfundadas y hombres airados.
—¡Mi señor! ¡Sálvame! ¡Salva a mi
hijo! —gritaba el campesino, con la cara
surcada de polvo y lágrimas. Cuando el
hombre se acercó para tocarle la pierna,
Artor percibió un hedor a mugre y a
miedo.
—¡Déjalo en paz, Odin! —ordenó el
rey—. Está desarmado; no puede
hacerme nada.
Artor bajó de su montura y ayudó al
hombre a levantarse del suelo, donde
estaba arrodillado, en mitad del polvo.
—¿Por qué me has obligado a parar
poniendo en riesgo tu vida? Mi escolta
podría haberte matado por la tontería
que has hecho. ¡Vamos, hombre! ¡Habla
si quieres algo de mí, no soy adivino!
—No puedo hablar delante de ellos
—susurró el campesino, señalando a la
guardia—. ¡Por favor, señor; tengo
miedo y me da mucha vergüenza!
El hombre no tendría más de treinta
años, pero andaba encorvado como si
tuviera más del doble. Rezumaba
pobreza todo él, con el pelo enmarañado
y la ropa remendada.
Compadeciéndose de él, el rey
supremo lo llevó a un recodo del
camino, algo alejado de la guardia, para
que no les oyeran. Odin manifestó su
desaprobación con un gesto muy claro.
—Somos una familia pobre, mi
señor, porque la tierra no es rica y yo
debo parte de la cosecha a mi
terrateniente. Si no, nunca habría
enviado a mi Finnbar con el joven
dueño.
Artor asintió, expresándole
confianza.
—Finnbar es mi primogénito, pero
es pequeño y no sirve de mucho en la
granja. El joven señor pasó un día por
nuestra casa y al ver a mi hijo me
ofreció tomarlo a su servicio. Yo no vi
nada malo en ello. Lo juro, mi señor. No
habría aceptado una sola moneda si
hubiera sabido que le iban a hacer algún
daño.
Artor dio una palmada en el hombro
de aquel pobre hortelano en un gesto de
compasión nada frecuente en él, aunque
no sabía si con tantas excusas estaba
ocultando alguna culpa.
—Finnbar marchó a Cadbury y
durante semanas no supimos nada del
chico, hasta que hace tres días llegó a
casa. Estaba sangrando y me dijo que lo
habían violado y apaleado. Está
destrozado; sentado junto a la chimenea,
sin probar bocado. ¿Qué hago, señor?
Ya me he gastado la moneda que el
joven dueño me entregó.
Ni siquiera entonces Artor sintió
especial interés. El hombre había
vendido a su hijo mayor y ahora, encima
quería que se le hiciera justicia al
muchacho. El rey supremo frunció el
ceno con cara de desprecio.
—¿Qué años tiene Finnbar? —
preguntó.
—Ocho, mi señor, pero es menudo
para su edad.
—¡Puaj! —asqueado, Artor soltó un
sonido involuntario. La edad del chico
agravaba el delito del padre, porque
¿qué iba a buscar un noble en un
chiquillo? En su fuero interno el
campesino tendría que haber sospechado
que el niño corría peligro.
El abuso infantil mancillaba la
sociedad, aunque nadie hablaba de ello.
Artor recordó una gruta infernal a la que
entró de joven, un lugar al que llevaban
a los niños algunos pervertidos, ya
muertos por suerte, que satisfacían sus
enfermizas fantasías con los cuerpos
tiernos de los muchachos. Y con el
recuerdo de aquello le sobrevino
también el olor a carne descompuesta y
el lamento de mujeres afligidas. Unas
imágenes que aún lo perseguían.
—¿Quién era ese joven príncipe que
compró al niño? —preguntó Artor con
voz dura y fría, que atentaba contra la
sensibilidad de aquel hombre,
servilmente entregado a él.
—No me dijo su nombre, señor,
pero Finnbar lo llamaba Lord Mordred.
Horrorizado, Artor se dio la vuelta.
Dijo a Odin que diera al campesino una
moneda de oro para atender a su hijo y
después envió a un sanador de confianza
a su casa.
Artor intentó aliviar su conciencia
como pudo, pero decidió no sacar el
tema con Mordred. ¿Qué podía decirse
ante aquello? La alianza con los
brigantes era mucho más importante que
un niñito, pero el monarca acarreaba la
culpa de no haber hecho nada.
Como explicó a Taliesin aquel día,
la Unión de Reyes le había salido muy
cara, porque se había visto obligado a
tolerar cosas que le resultaban
repugnantes. Cuando Lady Elayne no
estaba a mano, Taliesin era el perfecto
interlocutor, porque a diferencia de con
la dama, Artor podía contarle al joven
bardo lo que quisiera.
—Pues no tuviste en cuenta a las
tribus cuando castigaste a los asesinos
de Luka —murmuró Gareth, mientras
ofrecía a su señor una botella de agua
fresca y una fuente de manzanas—. Te
llevaste a todos por delante, sin tener en
cuenta ley alguna.
—¡Eso fue distinto! —soltó Artor
desabrido.
Odin levantó una ceja y Artor tuvo el
detalle de ruborizarse.
—¡Vale, bien! Es verdad que perdí
los estribos cuando mataron a Luka y
que no esperé a que los reyes tribales
juzgaran a los asesinos.
Odin pasó un cuchillito al monarca
para que cortara la fruta.
—Que yo tenga mal humor no
cambia nada. La tribu de los brigantes es
importante para la causa, porque, al
controlar la parte central de occidente,
resultan esenciales en las campañas
contra los bárbaros. ¿Os imagináis lo
que ocurriría si los sajones
emprendieran un ataque sobre las tierras
de los brigantes y los abatieran?
Tendrían vía libre para cruzar los
territorios de Mordred y llegar hasta el
océano Hibérnico[4]. Todo el norte
quedaría desgajado y desprotegido.
Entonces ¿cómo íbamos a contener a
nuestros enemigos? ¡No podríamos! Al
final perderíamos occidente entero.
O eso es lo que pensaba Artor. Pero
cuando observaba a Mordred, sentado
allí entre las damas, con el ceño
fruncido y expresión sardónica, echando
inmundas estupideces por la boca, el rey
supremo se sentía profundamente
asqueado.
Tras la escrupulosa investigación de
Gruffydd pronto supieron hasta dónde
llegaban los excesos de Mordred.
Niñas, esclavos, chicos y mujeres
vulnerables servían de manjares en la
mesa del brigante; cualquiera podía caer
víctima de sus redes, si tenía la mala
suerte de estar bajo su dominio.
Mordred no le hacía ascos a nada,
porque lo que le gustaba era provocar
daño y humillación, no satisfacer sus
necesidades sexuales. El sexo de la
víctima no parecía importarle. Artor
entonces vio claro que todos los trofeos
de Mordred eran vicarios de la única
persona que lo había rechazado antes de
que tuviera siquiera conciencia de lo
que significaba la palabra humillación,
su madre, la reina Morcadés.
Artor estaba seguro de que, por
refinado y controlado que pareciera,
Mordred buscaba vengarse de los
brigantes, sobre todo de aquellos
hombres, mujeres y niños que le habían
ridiculizado de pequeño, amargándole
los solitarios años de su niñez. Bajo el
apacible rostro de Mordred, seguro que
había un volcán escupiendo ira. Con
cierto remordimiento, Artor se sintió
próximo a Mordred en sus motivaciones,
porque a él le podría haber pasado algo
parecido; si los tres viajeros no
hubieran llegado a Villa Poppinidii hace
cuarenta y ocho años y si Frith no le
hubiera dado su amor incondicional,
habría tenido que recorrer ese mismo
paisaje sombrío.
—¡Mordred nunca será íntegro,
nunca! —se decía Artor para sus
adentros—. A Keu le pasaba lo mismo.
Demostró que la gente no puede huir del
daño, los traumas y las heridas sufridas
durante la juventud. Lo más que pueden
es esconder su auténtico yo durante un
tiempo, pero el veneno no ceja hasta
que, antes o después, encuentra una vía
de escape.
Y así dejó que Mordred siguiera,
sabiendo muy bien que con eso lo único
que conseguía era retrasar lo inevitable.
Con todo, se dedicó a observar al
brigante muy de cerca, porque sabía que
el círculo de su vida empezaba a
cerrarse.

ESA MISMA SEMANA Elayne y Artor


se encontraban de nuevo en las
dependencias reales, hablando en
privado. Artor le estaba contando que le
había llegado una petición de ayuda de
Portus Adurni y que estaba preocupado
por Anderida, la inexpugnable fortaleza
sajona de la costa meridional, cuando
oyó un débil sonido al otro lado de la
puerta. Sin cortar la conversación, se
dirigió tranquilamente a la puerta sin
hacer ruido y la abrió de golpe.
Y allí estaba Mordred, ligeramente
encorvado, como si estuviera intentando
levantarse. El rey de los brigantes no
pareció apurarse al verse descubierto y
se incorporó tranquilamente, haciendo
una irónica reverencia.
—¿Ya has escuchado lo que querías,
Mordred? —preguntó Artor con tono
amable. Elayne veía que el rey siempre
se controlaba delante de Mordred.
—La población de Portus Adurni
siempre se aprovecha de las sombras —
dijo Mordred arrastrando las sílabas—.
Evidentemente, puedes repetir la
historia y recuperar de nuevo la
fortaleza de Anderida, pero a mí en tu
lugar no me agradaría arrastrarme por el
fango, sobre todo a tu edad, mi señor.
—Nunca pretendería pedirte que lo
hicieras, Mordred. Por lo que parece, el
fango que a ti te gusta es un fango moral,
que se me escapa —revestido de falsa
bonhomía, Artor dio una palmadita en la
espalda de aquel miserable, quizá
demasiado entusiasta—. Además, todos
los héroes de Anderida, excepto Odin y
yo, están muertos. Puede que tú tampoco
duraras demasiado, privado de tus
pequeños… placeres.
Mordred frunció el ceño, sin ocultar
su turbación. Como el brigante rara vez
mostraba sus sentimientos, Artor
disfrutó de su pequeña victoria.
—No sé a qué te refieres, señor.
—¡Sí lo sabes! —dijo Artor con una
sonrisa—. Supongo que nunca
imaginarías que iba a descubrir tu
secreto. Últimamente me he dedicado a
recorrer mi territorio para ver cómo
viven mis vasallos más menesterosos y
¡es increíble a lo que llegan por unas
cuantas monedas!
Mordred se quedó blanco.
—Y por lo que se refiere a los
sajones de Anderida, eso es cosa de
valientes —siguió Artor con tono
educado—, y veo que tú prefieres la
compañía de mujeres y niños.
—Ese defecto parece que es de
familia, señor —Mordred sonrió a Lady
Elayne desde la puerta—. Te deseo muy
buenos días, señora. ¿Está a gusto
Bedwyr en Ratae, tan lejos de tus
brazos? Seguro que echa de menos la
felicidad que le proporcionas —
Mordred miraba fijamente a la zona
poco iluminada en que estaba Lady
Elayne.
—Sí, Lord Mordred —contestó con
voz amable—. A menudo me escribe
diciéndomelo —miró a Mordred con
ojos fríos, llenos de palpable desprecio.
Saliendo de la oscuridad, avanzó un
poco hacia la puerta. Detrás aparecieron
Odin y su camarera—. Siempre me pide
que cuide del rey, como debe hacer
cualquiera que le haya jurado fidelidad.
Veo que escuchas atentamente por detrás
de las puertas, señor. ¿Será para saber si
el rey te necesita?
—Desde luego —respondió
Mordred, bajando la cabeza
sardónicamente. Le encantaban estos
juegos del ratón y el gato, sobre todo
cuando se sentía en terreno seguro. Era
una pena que Artor hubiera descubierto
su secreto, porque era un arma que
podría usar contra él, pero en toda
situación desagradable siempre hay algo
que la salve. Artor no había dicho nada
abiertamente. Y no lo iba a hacer ahora,
pensaba Mordred con aire petulante, que
necesita mis guerreros más que nunca,
ahora que se nos viene encima otro
verano sajón.

CUANDO ARTOR SALIÓ a lomos de


su caballo para dirigir la campaña
contra los sajones, lo hizo con una
sensación de alivio, por haber puesto a
Mordred sobre aviso y por librarse por
fin del hedor de la corte. Era una pena
que ese rey de los brigantes lo hubiera
visto con Lady Elayne, pero la dama
había demostrado tener recursos para
toda ocasión. Artor sonreía al acordarse
de lo que Elayne había contestado ante
las taimadas intimidaciones de Mordred.
Después de meses de incertidumbre,
de tantas conspiraciones y contra-
conspiraciones, de cálices malditos y
rebeliones infames, dedicarse a matar
justificadamente, aunque respetando
ciertos límites, venía muy bien. En la
guerra cada uno tiene su papel y los
campos están bien definidos.
Evidentemente siempre cabía la
posibilidad de que un aliado se
cambiara de bando, pero, comparado
con las vueltas que da la política, aquí
estaba claro quién era amigo o enemigo.
El gobernador de Portus Adurni
había enviado un correo a Cadbury con
un mensaje urgente para el rey supremo.
En el extremo de Magnis Portus, a unos
ciento cincuenta kilómetros de Cadbury,
la gente de esta ciudad portuaria
respondía con agilidad a las incursiones
que habitualmente hacían los sajones.
Clausentum y Portus Adurni defendían
las carreteras que iban a Venta Belgarum
y hacia la costa; por eso cuando los
espías les decían que los sajones habían
salido de la ciudadela por mar y tierra,
pedían auxilio.
La batalla de Anderida se libró
cuando Artor era muy joven e inexperto;
y en aquel momento no pudo ver lo
difícil que resulta vencer en esta
fortaleza tan bien defendida. El rey
regresaba a los comienzos, salvo por el
hecho de que ahora eran los sajones de
Anderida los que venían contra él. El
mundo estaba al revés: a los sajones ya
no les satisfacía simplemente defender
su fortaleza o desafiar a los soldados de
Artor para que los expulsaran. Ahora
veían que la rueda de Fortuna había
cambiado y que pronto sería su
momento.
Puede que este verano sajón fuera el
último. Artor lo sabía, pero le
provocaba la misma emoción de
siempre, pese a que le dolían todos los
huesos. Mientras viviera, ni Anderida ni
el resto de los bastiones de sus
enemigos orientales atacarían sus
fronteras con impunidad.
Los sajones iban saliendo en tropel
de Anderida, de Durobrivae y de
Lindum. Para contrarrestarlos, Artor
trasladó sus tropas de Cadbury a Venta
Belgarum. Las fuerzas de Ratae,
Lavatrae, Venonae y Verterae también
fueron movilizadas y estaban en alerta
máxima. Artor iba solo con caballería y
arqueros porque los sajones de
Anderida nunca había sido expertos
jinetes.
Mientras Artor veía cómo
levantaban su tienda en el vivac,
Wenhaver disfrutaba de los meses de
verano, descansando en su cámara,
bordando y chismorreando. Las damas
estaban obligadas a acompañarla, como
tantos principitos que habían quedado en
la ciudadela, prendados de ella.
Mordred era uno de sus favoritos, por
las pesadas bromas que le gustaba hacer
sobre el monarca, para disgusto de los
gemelos, de Elayne y de los criados que,
sin decir una palabra, les servían vino y
pasteles bañados en miel.
Afortunadamente para Mordred,
Artor decidió que los gemelos debían
incorporarse a la guerra y envió orden
de convocarlos. A las tropas les vendría
bien su energía y ellos tendrían
oportunidad de probar su valentía y sus
habilidades estratégicas. Como los
sajones habían llegado esta vez hasta las
tierras bajas y los bosques de Silva
Anderida, no iba a ser fácil desalojarlos
sin graves pérdidas humanas. Por eso
necesitaban mentes frías y valientes,
como las de los hijos de Anna.
Mordred sabía con seguridad que a
Wenhaver le importaba muy poco si su
marido salía vivo de esta providencial
campaña. Pero en eso infravaloraba a
Wenhaver.
El espejo de la reina no mentía y
Wenhaver se vio obligada a escucharlo.
Se daba cuenta de que había caído en la
madurez de manera irrevocable, de que
era estéril y de que su único gran logro
en la vida había sido convertirse en
reina máxima de occidente. Si Artor
moría, no tendría más mentores que la
reclamaran como trofeo de guerra y se
vería obligada a irse reduciendo hasta
acabar en la nada, una belleza
legendaria caída en la más terrible de
las decadencias. En caso de que se
produjera tamaño desastre, Wenhaver
caería en el olvido, sumida en la
pobreza que espera a las viejas estériles
e innecesarias.
No, Artor tenía que sobrevivir; que
los dioses se apiadasen de esos nobles
celtas que pretendían interponerse entre
ella y el trono del rey supremo.
Wenhaver consiguió concitar toda su
influencia como reina para apoyar a
Artor como justo y legítimo gobernador
de occidente. Y cuando se iba a la cama,
sola, hacía votos en silencio para poder
soportar su celibato, si eso servía para
que su marido siguiera en el trono en
momentos tan difíciles. Se dedicó a
recorrer Cadbury a caballo para
reconfortar a las esposas de los
guerreros de Artor y habría ido más allá
si los territorios fueran más seguros. Y
también enviaba mensajes a la Unión de
Reyes, recordándoles antiguas deudas y
asegurándose de que los reyezuelos
aportaran su parte en la leva de hombres
y dineros para sufragar la campaña de
Artor. Para su sorpresa, hizo capitular
hasta al mismo Mordred.
Lánguida y ociosa, la mayoría de los
cortesanos consideraban a Wenhaver un
ser tan inútil como un perrillo faldero.
Llevaba la melena rizada y perfumada,
las manos espléndidas, de palmas
sonrosadas, y los pies frágiles como los
de un bebé. Pero se equivocaba quien la
considerara desdeñable. Como reina de
occidente, cumplía su papel.
Artor había enviado a Balan a
custodiar las tierras bajas de Silva
Anderida y los bosques que quedaban al
norte de Noviomagus y Anderida, donde
el monarca había iniciado una estrategia
contra los sajones, que consistía en
cavar zanjas a lo largo de una franja de
montañas bajas, mientras la caballería
se ocultaba en la retaguardia. Con
renovado entusiasmo, Artor situó a sus
arqueros detrás de las líneas defensivas,
armados con sus peligrosas lanzas de
madera, perfectas para empalar caballos
según vinieran a la carga monte arriba.
Aunque los sajones habían empezado a
utilizar fuerzas de caballería, todavía les
resultaba un concepto ajeno; Artor
confiaba en que los bárbaros no se
dieran cuenta de las dificultades que les
había preparado en el campo de batalla.
En su tienda, Artor explicó su plan
de ataque a los capitanes. En dos
palabras, pretendía organizar una treta
para tentar a los sajones y hacerlos caer
en una trampa que acabara con ellos.
Al ver la jugada que pretendía llevar
a cabo el rey supremo con tanta
naturalidad, Balan se quedó absorto
mirando a Artor con admiración.
—Los sajones no conocen qué tipo
de disciplina se necesita para llevar a
cabo cargas de caballería —explicaba a
Balan—. Por desgracia para ellos, el
triunfo no se consigue solo con valentía.
Como los guerreros de Anderida nunca
han utilizado los caballos como
principal estrategia ofensiva, estarán en
desventaja. Estoy seguro de que
cargarán directamente contra nuestras
fuerzas, confiando en arrasarnos, igual
que nos pasó a nosotros con ellos en el
pasado.
—Pero ¿y si no cargan contra
nosotros? —preguntó Balan—. Si
tuviéramos que mantener un pulso largo
con ellos sería un desastre.
—En ese caso los arqueros
diezmarán sus tropas. Y si deciden
volver al ataque, los arqueros se
retirarán, se reagruparán y dejarán que
los caballos barran a los sajones que
hayan conseguido alcanzar la cima de la
montaña.
Por la mañana las tropas de Balan
salieron para localizar el grueso de las
fuerzas sajonas y regresaron a galope
tendido a las posiciones celtas, como si
estuvieran en alerta máxima. Artor
pensaba que los sajones perseguirían a
los jinetes de Balan y caerían en la
trampa. Pero, para asegurarse de que
realmente atacaran sus posiciones, Artor
iba a salir al campo de batalla, ataviado
con uniforme de combate completo, con
escudo y casco. Este despliegue
confirmaría a los sajones que el rey
supremo había llegado a Anderida para
dar a sus enemigos una lección en
persona. Artor confiaba en que los
sajones mordieran el anzuelo.
En Cadbury la corte sabía que el
monarca estaba metido en una faena
arriesgada. Wenhaver se sorprendió al
ver que tenía los nervios a flor de piel.
Cuando sus cortesanas le dijeron que
Balan regresaba a Cadbury a toda prisa,
se puso lívida, pese al maquillaje,
porque eso indicaba que la batalla de
Anderida Silva debía de haber
terminado. Tras verter unas lagrimitas,
Wenhaver convocó a sus damas para que
la ayudaran.
Balan, o Silencio, como le llamaban
los amigotes de Wenhaver, llegó de
inmediato a la rosaleda de la reina,
atendiendo a su solicitud. Su rostro
lozano brillaba de emoción y pese a la
herida que lucía en un muslo, se le veía
exultante.
—Por lo que veo, traes buenas
noticias, Lord Balan —sonrió al joven
—. Dinos qué pasa por el frente.
Cuéntanos todo y no te preocupes de
herir nuestra sensibilidad femenina —
Wehnaver se frotaba la nariz con un
capullo de rosa para evitar el fuerte olor
a sudor masculino.
—Perdóname por venir de
inmediato, sin haberme puesto algo más
presentable, mi señora. Cúmpleme
asegurarme de que seas la primera en
saber que el rey supremo ha abatido a
los sajones en los bosques y los ha
hecho retroceder hasta Anderida. Ni te
imaginas con qué brillantez llevó a cabo
su estrategia para procurarse la victoria.
Tuvo el valor de conducir a los sajones
él mismo y a pie, hasta que cayeron en la
trampa. Sí, a pie, con un escudo en el
que se veía bien claro el símbolo del
dragón.
Y ante un público mudo y
aterrorizado, Balan comenzó su relato
de cómo se había producido la
aplastante victoria contra los sajones en
Anderida Silva.
El joven había conducido a sus
soldados hasta el silente corazón del
bosque de robles, avellanos, alisos y
abedules. Por asombroso que parezca,
no se oía una rama ni el silbido de un
pájaro entre las azuladas sombras del
follaje. En los claros, el sol estival
lanzaba sus rayos sobre los jinetes,
broncíneos y dorados, mientras la
maleza amortiguaba el paso de la tropa.
Balan tuvo que esforzarse por
mantener la serenidad, pues cada vez iba
notándose más entusiasmado y nervioso.
Sin venir al caso pensó en cómo le iría a
su hermano, encargado de inspeccionar
las montañas de los alrededores de
Ratae con Pelles el Menor, Bedwyr y las
tropas. Balan sintió un punto de envidia
por las experiencias que debía de estar
viviendo su hermano junto a dos de los
más grandes líderes de occidente. Era
tan modesto que no reparaba en la
importancia de lo que el rey supremo le
había encomendado; había actuado como
señuelo para que los sajones cayeran en
el buche de Artor.
Un experto jinete que venía
cabalgando hacia ellos levantó la mano
para captar la atención de Balan. Éste
detuvo las tropas con un silbido. Algo se
movía a pocos metros por entre los
árboles. Balan oyó ruido, chapas de
metal chocando entre sí, redobles de
fustas y cascabeleo de correajes.
Claramente se acercaban los jinetes
a rienda suelta.
Las tropas de Balan aguardaron
escondidos entre los matorrales,
callados como centauros, con todos los
sentidos atentos a la llegada de los
jinetes. Entonces, en medio de muchas
palabrotas y destruyendo toda la maleza,
apareció un grupo de sajones que detuvo
sus caballos en un pequeño claro a
pocos metros de allí.
—¿Preparados? —susurró Balan a
sus hombres—. ¡Adelante!
Los celtas salieron al galope en un
abrir y cerrar de ojos. Afortunadamente
llevaban monturas muy experimentadas
en este tipo de terreno brutal, con
madrigueras, troncos caídos y ramas
tronchadas. Durante un momento los
sajones se arremolinaron aturdidos, pero
al poco salieron tras ellos algunos de
sus guerreros gritando de excitación
hasta que recibieron orden de callarse.
Con extrema destreza los celtas hicieron
caso omiso del entusiasmo tan primario
de las tropas sajonas, ligeramente
superiores en número, y condujeron a
sus perseguidores hacia un claro muy
abierto.
Allí, entre los árboles, aguardaba en
emboscada un destacamento de
arqueros. En cuanto aparecieron los
jinetes enemigos, empezaron a llover las
flechas. Los hombres de Balan retiraban
a los heridos, arrastrándolos hasta una
hondonada que había junto al arroyuelo,
mientras que los arqueros recogían sus
flechas y capturaban los caballos. A la
semana el montón de cadáveres había
crecido enormemente; en sucesivas
partidas al juego del ratón y el gato,
lideradas por Balan, los ratones morían
implacablemente, una vez tras otra.
Justo cuando Balan empezaba a
pensar que su reducida tropa de
soldados iba a acabar con todo el
ejército sajón, contingente a contingente,
los celtas se dirigieron a una zona más
clara del bosque, donde descubrieron al
grueso de los invasores sajones en
vivac.
La fuerza sajona estaba compuesta
por doscientos jinetes, soldados de
infantería y tropas de apoyo. La
caballería estaba bien provista de
animales, al menos dos por jinete, y
Balan quedó impresionado por la
organización que veía y la meticulosa
planificación que demostraba haber
podido comprar tantos caballos sin que
los espías celtas se percataran. Por fin,
parecía que los sajones habían
aprendido a combatir a los celtas.
Balan se detuvo para tomar aliento,
dejando a quienes lo escuchaban con los
ojos abiertos, impertérritos. Wenhaver
aplaudía de emoción y le pasó la rosa en
señal de homenaje.
—Es increíble la suerte que tiene
Artor en sus campañas —murmuró
Mordred—. O sea, que disteis con la
caballería sajona por casualidad, ¿no?
Balan se quedó callado, intentando
ver a dónde quería llegar Mordred con
sus ironías. Después miró al joven con
tal desprecio que este bajó la vista. Por
un momento, el parecido de este hombre
con Artor, su pariente, quedó inscrito en
las facciones de su rostro. Hasta
Wenhaver se estremeció.
—Estás aquí muy seguro, señor, no
por suerte, sino por la destreza militar
del rey supremo. No deberías hablar con
tanta sorna de una campaña que ha
durado una semana, en la que además no
has participado.
—No pretendía ofender, noble Balan
—se disculpó Mordred con ligereza.
Balan dejó pasar la leve irritación
que le provocaban aquellas palabras.
—Cuenta que pasó después, Balan
—dijo Wenhaver ansiosa—. Me muero
de curiosidad por saber qué hicisteis
cuando divisasteis a los sajones.
—Bien, mi señora —respondió
Balan—, como haría cualquier celta con
dos dedos de frente, al ver que eran al
menos veinte contra uno, ¡huimos!
Los sajones vieron a los soldados de
Balan casi de inmediato, por eso la
carrera fue veloz. Balan ordenó a uno de
sus guerreros que saliera a galope
tendido hacia la trampa que había
preparado Artor para advertir al rey de
que llegaban. Mientras tanto, el resto de
los soldados intentarían retrasar el
ataque de los sajones hasta que los
soldados del monarca estuvieran listos.
—Distraeremos a los sajones para
que no te sigan, Euen, pero ¡vuela! —
ordenó Balan.
Durante una hora los celtas
obligaron al primer destacamento de
sajones a perseguirlos por densos
robledales, sin preocuparse de las ramas
que les rasgaban las chaquetas y les
golpeaban los rostros. Después, cuando
quedaron casi atrapados en un círculo
sajón, Balan lanzó a sus hombres a
través de un pequeño hueco de la línea
de frente, en medio de fuertes gritos y
bramidos tribales, para volver a salir
hacia una colina boscosa. Cuando los
jinetes de Balan empezaron a subir, los
caballos estaban casi exhaustos. En la
distancia, el grueso del cuerpo enemigo
cruzaba entre los árboles a paso más
lento. Balan confiaba en que
persiguieran a su avanzadilla hasta el
área de ataque, pero si se retraían,
estaba seguro de que Artor ya habría
previsto una solución. Con fe ciega en su
rey, el joven galopó a ritmo vertiginoso,
lanzando penetrantes desafíos al
enemigo, mientras la tropa intentaba
mantenerse delante de sus
perseguidores.
Como los sajones creían que aquello
les daba cierta ventaja, lanzaron sus
caballos, igual de cansados, tras los
celtas. Uno de los guerreros cargó
contra la montura de Balan y, casi
perdiendo el equilibrio, golpeó con
fuerza a Balan por detrás. Con el
caballo descontrolado, Balan se echó
contra el cuello del animal evitando
aquel golpe de espada mortal, mientras
desenfundaba su hierro. Después, con
una valentía propia del mismísimo
Artor, detuvo un poco al caballo para
que el guerrero sajón lo adelantara. Con
precisión certera, Balan hincó su espada
con fuerza en la espalda del enemigo.
Galopaban a tal velocidad que Balan
perdió el arma. El sajón pasó volando a
su lado a lomos de un caballo
desbocado, absolutamente rígido,
atravesado por la espada. Entre gritos
de triunfo, Balan se dirigió sin perder el
ritmo hacia lo alto de la colina.
De repente Balan se dio cuenta de
que en un hoyo se escondía una de las
trampas de Artor, justo a los pies de su
caballo. Afortunadamente tuvo tiempo
de dar un giro a su montura. El resto de
los soldados seguían colina arriba sin
contratiempos. Tras ellos la caballería
sajona empezó a desaparecer, tragada
por cortinones de árboles, hojas y hierba
seca que se venían abajo; y empezaron
los alaridos. A Balan le habría gustado
tener los oídos bloqueados, para no oír
aquellos lamentos de caballos
empalados y hombres moribundos.
Luego apareció Artor, a pie, con toda la
armadura llamativamente teñida de un
rojo sangre. Con él venía un grupo de
guerreros y de arqueros, con ojos
inexpresivos y aspecto abatido.
—No me había dado apenas tiempo
de desmontar para pedir una espada a
uno de los arqueros, y los sajones ya
estaban allí —dijo Balan con toda
naturalidad— eso sí con nuestras flechas
acribillando a los jinetes que venían en
la delantera.
—¡Qué suerte! —dijo Mordred sin
especial emoción, con una sonrisa
demasiado amplia.
—¡Tanta burla no dice nada bueno
de ti! —soltó Balan.
—Es verdad, Mordred —le
reprochó Wenhaver— deberías mostrar
algún respeto por nuestros guerreros.
Balan tiene razón al decir que, si
estamos aquí confortablemente sentados
en Cadbury, es por las batallas que libra
mi marido —lucía una sonrisa cálida y
más hermosa que nunca, mientras le
daba pequeños golpecitos en el hombro
con su abanico de plata, pero el desdén
que recubría sus palabras cogió a
Mordred por sorpresa.
—Continúa, Balan, por favor —
ordenó Wenhaver girándose
pretendidamente para darle la espalda a
Mordred—. No quiero ni pensar en qué
puede haberle ocurrido a mi marido.
Ahora eran los dos hombres los que
se miraban sorprendidos. Ninguno de
ellos estaba acostumbrado a escuchar de
boca de la reina palabras que indicaran
alguna preocupación por el monarca.
Por un instante ambos se preguntaban a
qué nuevo juego estaría jugando la reina.
—El rey Artor aniquiló a la
principal fuerza sajona en cuanto
consiguió engatusarlos para que
realizaran un ataque frontal. Como
mantuvimos la caballería escondida,
creían que éramos vulnerables. Supongo
que pensaban que estábamos a su
merced, al estar usando nuestras mismas
tácticas. Pero las trampas y los
socavones que había diseñado Artor
sorprendieron a la primera oleada de
atacantes, mientras que nuestra infantería
no se movió de sus posiciones un solo
ápice. En cuanto los sajones se vieron
obligados a atacar, salió al galope de su
escondite la caballería, y en un abrir y
cerrar de ojos quedaron reducidos a
despojos ensangrentados.
Los cortesanos de Wenhaver
aplaudían emocionados, mientras a
Balan le servían una copa de vino.
—Brindemos por Artor. Que siga
reinando por mucho tiempo como rey de
los britones —gritó Balan. Levantó su
copa de vino y los demás se unieron al
brindis. Hasta Mordred dio muestras de
celo patriótico.
—¿Qué pérdidas sufrimos, Balan?
—preguntó Lady Elayne en voz baja.
Las mujeres que estaban con Wenhaver
bajaron los ojos. Todas entendían que
también las victorias se pagan caras.
—Todos los sajones murieron, Lady
Elayne. En Anderida habrá mucho llanto
estos días. Quemamos los cadáveres
para que las viudas pudieran ver la
columna de humo por el bosque y se
hicieran cargo del resultado del ataque
que habían llevado a cabo contra los
celtas. Los pocos sajones que lograron
huir fueron capturados.
Balan se enderezó un poco
rompiendo el silencio que había surgido
en torno a sus palabras.
—Y por lo que se refiere a nuestras
pérdidas, Artor venció, pero también es
verdad que por ello hubo muchos
hombres nobles que partieron hacia el
país de las sombras prematuramente. Ulf
de Caerleon, que sobrevivió en Mori
Saxonicus, pereció con unos treinta
arqueros, y aproximadamente veinte
jinetes volverán a reunirse con los suyos
en una urna funeraria. Pero sé que
nuestros muertos pensarían que una
victoria tan rotunda bien vale su
sacrificio. El rey Artor habló con los
supervivientes y con los heridos,
alabando a los caídos, y les dijo que
todo sacrificio contribuye a nuestra
seguridad. Como siempre, se enviará
dinero a las familias de los que fueron
abatidos o heridos en la batalla, porque
el rey nunca deja a las viudas y a los
hijos abandonados a su suerte. Ni
tampoco permitirá nunca que haya
madres ancianas vagando de acá para
allá, hambrientas y sin hogar donde
refugiarse. Ésta es la sabiduría y el amor
que nuestro rey nos infunde.
—La pérdida de gente tan joven es
muy dura —murmuró Wenhaver—.
¿Pero por qué se atreverían a salir de
Anderida estos sajones después de
tantos años? Tendrían que haber previsto
cuál iba a ser el resultado. ¿Es que les
sobran hombres?
—No lo sabemos, señora. Según
unos cuantos esclavos liberados, los
sajones estaban convencidos de que su
caballería ejercería una fuerte presión
sobre nuestras fronteras. Creían que
nuestros guerreros tendrían que retirarse
a la fuerza, permitiéndoles controlar una
parte más amplia del territorio. Por lo
que se ve, necesitan más tierra de
cultivo en sus asentamientos, porque no
tienen bastante a la hora de alimentar a
la población. No quiero angustiar a las
damas, pero los sajones volverán,
porque no les queda otra.
Hasta Mordred parecía apagado y
todo el buen humor que reinaba en los
aposentos de Wenhaver se disolvió.
UNA TRAS OTRA se fueron ganando
las batallas de Ratae, donde Balan dio
muestras de extraordinario valor,
mientras las fuerzas de Artor siguieron
con escaramuzas contra los sajones
durante todo aquel verano de
temperaturas extrañamente suaves. El
rey no había perdido su varita mágica.
En los combates en que sacaba
Excalibur, la espada de la gloria, y en
aquellos en que el estandarte del Dragón
rojo ondeaba mecido por las brisas
estivales, los sajones perecían y los
celtas ganaban terreno.
De Ratae a Anderida, los cuervos y
otras rapaces asistían a un suculento
festín. Como siempre, por donde Artor
cabalgaba, la muerte estaba asegurada,
porque el rey seguía todo un arsenal de
estrategias para derrotar a los sajones.
En una de las batallas, la caballería y
los arqueros, como un enjambre de
abejas, hostigaron a los sajones, hasta
que estos tuvieron que replegarse hacia
un río, donde les esperaba la infantería
sin dejarles resquicio alguno para huir.
Más tarde, en una destruida fortaleza
romana cerca de Ratae, Artor hizo salir
a los sajones de una posición
inexpugnable envenenándoles los pozos
con cadáveres en descomposición.
Aunque Balin y Balan no estaban de
acuerdo con tales métodos, quedaba
claro que resultaba más fácil vencer
sajones envenenados, manteniendo un
número mínimo de bajas entre los celtas.
A medida que Artor fue
incrementando la presión sobre los
invasores sajones, estos se vieron
obligados a forzar una estratégica
retirada hacia sus lugares de origen, al
este y al sur, y a sus respectivos
santuarios. Los que ocupaban Jutlandia,
sin embargo, iban mordisqueando poco
a poco, sin apenas ruido, las tierras
bajas próximas al muro y hundiendo allí
raíces que durarían miles de años.
Artor convocó a sus capitanes en la
fortaleza de Venonae para diseñar una
estrategia. El heterogéneo grupo de
hombres allí reunidos discutían con
desgana, tirados sobre los catres de sus
dependencias.
—Los sajones son como hormigas
—dijo Bedwyr, poniendo las botas de
campaña sobre una desvencijada mesa
que tenía Artor en su despacho de
Venonae—. Construyen un nido y siguen
cavando y cavando hasta hacerlo más
seguro. Entonces, cuando están listos, se
dispersan y expanden su red cada vez
más amplia por territorio celta.
—En cierto sentido, es todavía peor
—dijo Gruffydd— porque los sajones
están empezando a aplicar estrategia
militar; ya no confían en la fuerza bruta.
¡No te jode! ¡Si los cabrones esos
empiezan incluso a parecerse a nosotros,
salvo porque son enormes!
Artor asintió con la cabeza.
—Sabéis que lo que estamos
haciendo es retrasar lo inevitable. No
vamos a conseguir expulsarlos nunca de
esta isla, ahora que ya han conseguido
hacerse hueco.
Galahad parecía asqueado, como si
tuviera ganas de vomitar. Galván
dormitaba sobre un rígido taburete,
cansado como estaba después del largo
camino a Venonae, y Taliesin se
observaba las manos en un rincón.
—Los guerreros con auténtico
corazón celta sí pueden hacer retroceder
a los invasores hasta que se vuelvan por
mar, mi rey —intervino Balyn con
ingenuidad—. Todo lo que necesitamos
es tener más soldados y confiar todos en
el justo valor de nuestra causa.
Artor suspiró irritado.
—No tienes razón, Balyn. Los
sajones, anglos y jutos han venido para
quedarse, así que seamos realistas.
Llevan unos cien años viviendo en
Britania, o más, así que son britones, no
invasores. Si se unieran todos, nos
aniquilarían. Y una vez que asesinaran a
todos nuestros jóvenes guerreros,
terminarían con nuestro pueblo.
Nuestros enemigos no paran de recibir
ayuda de sus aliados que viven al otro
lado del mar, mientras que nosotros
tenemos que criar a nuestros propios
soldados. Y un niño tarda mucho en
hacerse hombre.
—Pero los bárbaros pretenden
desbancar a nuestros dioses, destruir
nuestras ciudades… toda nuestra forma
de vida —susurró Balan dejando
entrever cierto miedo en la mirada—. Si
luchamos es porque queremos
sobrevivir.
—Exacto, Balan —dijo Artor—. Y
probablemente triunfen al final.
Llevamos toda la vida, que yo recuerde,
protegiendo nuestras costumbres celtas.
Y lo que más deseo, igual que
Myrddion, Luka y Llanwith pen Bryn es
que nuestros enemigos se civilicen un
poco antes de que llegue la última fase.
Quizá deberíamos entablar mayor
relación con los pictos. Si nos
uniéramos, seríamos más fuertes ellos y
nosotros, pero los pictos nunca nos
perdonarán que les robáramos las tierras
en época remota. Quizá nos veamos
obligados a refugiarnos, como ellos, en
lugares agrestes, en los que hayamos de
catar el amargo pan de la pobreza y
tragar las amargas aguas de la derrota.
Pero incluso entonces, los celtas no
tienen por qué marchitarse o
desaparecer. En días como estos, en que
me duele el hombro por la herida que
me hicieron en Mori Saxonicus, no
consigo imaginar mejor futuro para mi
pueblo. Pero mañana, cuando no me
duela, levantaré el ánimo y recordaré
que tanto sacrificio no ha podido ser en
vano. Los corazones celtas sobrevivirán.
La cuestión es ¿dónde?
—¿Cómo puedes seguir
combatiendo contra los sajones si dudas
de que seamos capaces de vencerlos? —
preguntó Balyn, con el rostro
ensombrecido por la tristeza. Se sentía
totalmente conmocionado al ver la
brutalidad con que Artor había descrito
su futuro. Siempre había creído que el
pueblo de su padre era invencible, y
para él las incursiones contra los
sajones no suponían más que una
espléndida oportunidad para iniciarse en
la batalla. Nunca, ni siquiera cuando se
encontraba más bajo de ánimo, había
pensado Balyn que lo único que se
alzaba entre el pueblo celta y la
esclavitud era la fuerza y la inteligencia
de un viejo líder, apoyado por leales
soldados dispuestos a morir.
—¿Qué alternativa hay? —preguntó
Artor con sonrisa cansada—. Yo, por mi
parte, haría lo imposible por poner fin a
la amenaza sajona, de una vez por todas,
pero no creo que sea posible. ¿Dónde
irían los sajones si los expulsáramos de
la isla?
Balan parecía confundido, aunque no
dijo nada, pero Balyn aventuró una
respuesta.
—¿No podrían regresar a sus
territorios? Los sajones vendrán de
algún sitio.
—Sí, venían. Pero si estuvieras al
otro lado del mar te darías cuenta de que
hay más tribus del norte y del oeste que
vienen avanzando inexorablemente hacia
el sur. Los territorios sajones han sido
ocupados por otro pueblo que no
permite regresar a los habitantes
originales, exactamente como les
ocurrió a los pictos, que en su día
estaban aquí y fueron desplazados por
invasiones celtas. Les obligamos a salir
de sus tierras y refugiarse en las frías
extensiones baldías que hay al otro lado
del muro.
Balan asintió con la cabeza,
haciendo ver que comprendía el
argumento de Artor, pero Balyn frunció
el ceño. No lo aceptaba y no lo
aceptaban sus ojos, airados, heridos.
—Balyn, no puedes cerrarte a la
verdad. Ésta es ahora la tierra de los
sajones y, o la compartimos con ellos, o
uno de los dos tiene que salir.
—¡Desde luego, nosotros no! —juró
Balyn—. ¡Los celtas, nunca!
—¡Ojalá tengas razón, Balyn!
Llegados a este punto, Galván se
levantó. Cualquier otro vasallo estaría
avergonzado de haberse dormido en
presencia del rey, pero a Galván
simplemente le hacía gracia. Después de
semanas de lucha y vigilia, Artor nunca
le reprochaba sus siestas y Galván
siempre había sido capaz de dejar a un
lado sus preocupaciones, como si se
mudara de piel.
Al frente de los soldados de su
padre, el príncipe de los otadinos había
dado una buena lección a los jutos en
Eburacum, donde durante los últimos
cincuenta años habían corrido ríos de
sangre por ambos bandos. Cuando se
abrieron los frentes, el agua de las
ciénagas era roja, en vez de verde; y
donde en su momento crecían los juncos,
ahora yacían los cuerpos de los caídos.
Los bardos de los otadinos ya estaban
componiendo poemas sobre esta
crudelísima batalla, en la que ninguno de
los bandos estuvo dispuesto a ceder la
victoria.
Según el informe de Galván, celtas y
jutos habían luchado hasta un punto
muerto, porque los ejércitos parecían
muy equilibrados. Unos y otros estaban
desesperados y todos luchaban por la
supervivencia; por eso el conflicto había
sido tan espinoso y tan amargo.
—Al final, los jutos se retiraron y
nos cedieron el terreno —explicó
Galván a su rey, sin ocultar su alegría—.
Se han replegado a sus fronteras y no se
moverán de allí en años. Han perdido
muchas vidas, porque, como sabes, estos
gigantones peludos odian rendirse.
—Yo me cuidaría mucho de hablar
así de los jutos, estando Odin delante —
le advirtió Artor sonriente. A comienzos
de la campaña había tenido los ánimos
muy exaltados, pero ahora pese a que
seguía manteniendo una mirada hueca,
sonrió abiertamente y se sentía más
optimista, por mucho que hubiera estado
machacando a los gemelos con la idea
de la derrota.
Puede que simplemente le guste estar
fuera de la corte, pensó Galván, y ¿quién
le puede reprochar eso?
—Los jutos me trajeron lingotes de
oro rojo en carretas guiadas por bueyes
blancos para comprar los cadáveres de
sus hombres. Como habían sido unos
adversarios bien nobles, acepté el pago,
igual que hemos hecho otras veces. He
recorrido muchas leguas para dar el oro
a tu encargado y me he quedado una
décima parte para los parientes de
nuestros muertos, cantidad que he
enviado a mi padre y a la tribu de los
otadinos. Confío en que este arreglo sea
de tu agrado.
—Sí, Galván. En asuntos militares
actúas con un sentido común y una
agilidad muy loable.
Galván sonrió y aceptó la cerveza
que le pasaba Odin.
Artor ya no veía mucho a Galván,
porque su sobrino, muy a su pesar,
llevaba años sin ir a Cadbury; se había
dado cuenta de que la reina era una
cazadora despiadada y él una presa
fácil. Nunca consiguió resistirse a sus
encantos, ni siquiera cuando la soberana
fue haciéndose mayor y la única manera
que tuvo de ahogar esta debilidad suya
fue esconderse de los seductores cantos
de sirena de su enamorada.
—Dejaremos que los sajones se
replieguen en orden y sin espolearlos
demasiado —ordenó Artor—. Mientras
tanto, todas las tribus tienen que
contribuir a sufragar la reparación de
nuestras posiciones defensivas, salvo
los otadinos, porque Galván ya ha traído
el tributo que le pagaron por los jutos.
Esta orden es tajante sobre todo para la
tribu de los brigantes. Si no quieren
cumplir, corren el riesgo de que se les
expulse de la Unión de Reyes.
Artor fue mirando uno por uno a sus
líderes, hasta que recibía su
conformidad.
—Los guerreros de Mordred se
responsabilizarán de las defensas de
Verterae y Lavatrae. Ya le explicaré a él
lo que tiene que hacer de una manera tan
sencilla que hasta él lo va a entender.
Con todo, como no confío demasiado en
este pariente mío, que sus soldados se
fusionen con guerreros de tu tribu,
Galván. Tú estás al mando general de la
zona norte, así que consigue que esos
cabrones sirvan al rey. Puedes utilizar
todo el encanto que se te atribuye.
—Mi encanto solo ha funcionado
con mujeres, Artor, pero cumplir esta
tarea me va a dar mucha satisfacción.
¡Joder, lo que voy a disfrutar buscando
la colaboración de esos cabrones de los
brigantes!
—Tienes que nombrar a un segundo
de a bordo cojonudo, que te ayude a
cumplir todas las demás
responsabilidades que tienes.
Tendremos que realizar muchas visitas
sin avisar y necesitaremos inspeccionar
tus tropas para asegurarnos de que todo
va bien en la zona.
—Pondré a mi hermano, Geraint, de
segundo. Es competente y le va llegando
el momento de la promoción. Puedo
confiar en él para que lleve a cabo tus
órdenes.
—No me acuerdo de tu hermano,
aunque el nombre me suena. ¿Lo
conozco?
—Sí, mi señor. Pero era un
mozalbete lleno de granos cuando lo
viste. Ahora tiene treinta y nueve años;
nació un año antes que Gaheris. Es muy
callado, pero actúa muy bien como líder,
si se me permite decirlo. Como ya tiene
los hijos casi crecidos, puede dedicarle
mucho tiempo a tus intereses.
El recuerdo de Gaheris, hermano
menor de Galván, fue muy duro. Artor
siempre se había sentido responsable de
la muerte de su sobrino, asesinado por
Glamdring Ironfist hacía veinte años.
Gaheris había ido en representación de
Artor a una reunión con el líder de los
sajones para pactar una tregua. En
aquella cita los sajones asesinaron a los
emisarios de Artor y a su guardia
personal, lo cual terminó en una
señalada confrontación, la última de las
más importantes que libró Artor con sus
enemigos, con las batallas de Mori
Saxonicus y Caer Fyrddin.
—Si vale solo la mitad de lo que
valía Gaheris, Geraint será muy bien
recibido entre mis capitanes —dijo
Artor.
—Claro, señor. Es un buen guerrero
y sus hombres lo adoran. De plena
confianza; apostaría la vida por él.
—En cuanto a Ratae y Venonae —
Aitor se volvió hacia Bedwyr— los
ordovicos y los cornovios ya se han
comprometido a defender sus territorios.
Tú, Bedwyr, asumirás el mando de esta
fuerza conjunta.
—¿Yo? —gritó Bedwyr—. No soy
ningún rey para asumir el mando de un
ejército. Si acepto ese ascenso, ofenderé
a mis convecinos y a mi propio señor.
La sorpresa que mostraba Bedwyr
decía mucho de lo modesto que era este
guerrero cornovio. Entrado ya en la
mediana edad, estaba algo menos
pelirrojo y rubicundo, pero seguía
notándosele la marca del collar de
esclavo que en su día llevó en el cuello.
Se veía claramente que había tenido una
vida llena de dolores y peligros, solo
con observar las cicatrices que lucía en
el rostro y el hueso roto de la nariz.
—He hablado con los reyes de los
cornovios y los silures y he escrito a mi
pariente, el rey Bran de los ordovicos
—dijo Artor—. Todos están de acuerdo
en aceptar mi decisión. ¿Quién conoce
mejor que tú las montañas y los
bosques? Y, lo que es más, tengo plena
confianza en tu criterio.
Bedwyr agachó la cabeza.
—Voy a concederte el título de rey
de Arden. No tienes tribu, salvo los
hombres que quieran unirse a ti
voluntariamente. No puedo arriesgar la
alianza dándote más hombres de los que
ya tienes.
—Te obedeceré hasta la muerte, mi
señor. El título a mí no me dice nada,
pero mi familia estará orgullosísima;
por eso te lo agradezco. Lo único que te
pido es que permitas que mi esposa se
quede en Cadbury bajo tu protección. La
quiero mucho.
—Puedes estar seguro de que a Lady
Elayne nunca le pasará nada en Cadbury
—Artor se volvió hacia Balyn y Balan
—. En cuanto al mando de la zona
meridional, la dividiré entre vosotros
dos. Os encargaréis de la defensa de
Venta Belgarum y los puertos. Tendréis
que impedir que Anderida expanda más
su venenosa influencia. Aunque estaréis
lejos de casa y no os guste demasiado el
sur, os ruego a los dos que actuéis como
yo lo haría. Balyn, como tú tienes
autoridad natural y suficientes
habilidades militares, asumirás el
mando táctico. Y tú, Balan, eres un
estratega nato y mantienes siempre la
mente fría; así que asumirás el mando
estratégico.
Balan se arrodilló y se inclinó tanto
que Artor se ruborizó. Balyn tardó algo
más en responder, porque no podía dejar
de pensar en los cumplidos que le
habían hecho a su hermano. Sintió un
punto de envidia que le corroía algo por
dentro.
—¿Y cuáles son mis obligaciones,
señor? —preguntó Galahad. Se había
desenvuelto bien en el campo de batalla
y se preguntaba por qué tenía que
esperar tanto para que Artor le diera una
tarea que se adecuara a sus capacidades
y a sus orígenes.
Galván hizo un gesto de contrariedad
al ver que Artor levantaba una ceja. A
este paso, la falta de educación de su
hijo terminaría expulsándole de la corte.
—Sentarás tus bases en Salinae la
Menor para controlar los territorios que
circundan la isla. Gronw no ha
terminado todavía su tarea; sigue
queriendo destruirme. Así que eres el
encargado de encontrar el cáliz.
Gruffydd me ha dicho que el guerrero de
negro tiene aún mucha influencia por la
zona y que va a empezar a haber
problemas en las aldeas que rodean
Salinae la Menor. Aunque solo sean
patrañas, los aldeanos creen que Gronw
está al cuidado de una reliquia sagrada
que traerá la salvación a occidente.
Lamentablemente, entre las patrañas
también se incluye la idea de que yo no
soy digno de sostener el cáliz de Lucius.
—¿Por qué me has elegido para esa
tarea, mi señor? —preguntó Galahad,
demostrando de nuevo a su padre que en
su cabeza no cabía otra imagen del
mundo que no fuera la suya, ególatra y
egoísta.
—Tienes cierta habilidad para oler
la maldad, Galahad, y posees un sentido
cristiano de la rectitud que se combina
con una notable testarudez. Sé que no
vas a cejar hasta que no cumplas con el
cometido que te encargo.
Galahad seguía mostrándose
ofendido, pero antes de que se atreviera
a emitir ninguna queja, Galván le dio un
codazo.
Artor empezó a deambular por la
habitación, intentando conciliar acciones
con órdenes. Sobre aquellos hombres,
cada uno con sus defectos, recaía
demasiada responsabilidad. Al poco, sin
embargo, el rey supremo se encogió de
hombros, porque, como tantas veces dijo
Targo, tenía que sacar el máximo
provecho de lo que tenía.
—Yo me dirigiré a los principales
asentamientos de occidente para
trasladar a sus gentes un mensaje de
esperanza y reconciliación. Este verano
sajón no nos ha resultado costoso, pero
si queremos triunfar, tenemos que estar
alerta.
—Entiendo, mi rey —contestó
Galahad—. Temes los golpes que
puedan venir de dentro de nuestras
fronteras. Por mi parte, cumpliré mis
obligaciones con diligencia.
Artor volvió a dirigirse al grupo
entero de nuevo.
—Podéis retiraros, amigos; ya
hemos planificado el trabajo que
tenemos para el otoño y el invierno. Id y
que el favor de los dioses os acompañe.
Cuando se fueron sus capitanes,
Artor se relajó un poco y se hundió
cómodamente en su sillón, como le
correspondía a un viejo como él.
Taliesin salió de su rincón.
—Estás cansado, señor.
Artor suspiró.
—No sé desde cuándo tengo este
poder de manipulación; desde cuándo
puedo jugar con la esperanza de la gente
con la misma habilidad con la que tú
tocas el arpa, Taliesin. Parece que la
necesidad convierte en monstruos a las
personas.
—Comprendo hasta qué punto te
pesa el amor que te tienen tus súbditos,
porque temes tener que traicionarlos en
aras del reino. Pero si preguntaras a
cualquiera que viva en Venonae qué
pensaría si tuviera que morir por la
causa, te respondería que así es la
voluntad de los dioses, y no te
atribuirían la culpa de su muerte.
—Me alegra que tu madre te
enviara. Y agradezco que hayas querido
venir conmigo por todo el país, porque
así tengo a alguien con quien
desahogarme cuando no me gusta lo que
hago, que es demasiado a menudo.
Cuando uno está cansado, comete
errores.
—No tienes que fingir conmigo, ni
disculparte de nada, mi rey. No soy más
que Taliesin, tu bardo, y como nadie me
considera importante, nadie pretende
comprar mi lealtad.
—¡Peor para ellos!
Taliesin notaba la fortaleza de
carácter que desplegaba Artor. Su
espíritu seguía encendido, como el de
una vela ardiente. Puede que sus ojos
grises estuvieran ahora enfundados en
las arrugas de la vejez, pero la
inteligencia y el discernimiento que
habían gobernado la existencia del rey
seguían brillando con absoluta pureza.
Taliesin había visto esos mismos ojos
emitir una mirada fría, perfectamente
calculada, sí, pero también había sido
testigo de la profunda compasión
contenida que se escondía en aquella
profunda frialdad y que revitalizaba el
rostro de Artor con un candor especial.
Artor había ahogado gran parte de su
persona para salvar a occidente de los
invasores. La familia, el amor, la
fidelidad, la delicadeza, la
consideración y la humildad, todo lo
había enterrado sin piedad alguna
porque, dadas las circunstancias, estas
virtudes se convertían en debilidades.
Taliesin sabía que Artor seguía teniendo
esos rasgos muy marcados; por eso le
apenaba ver cuánto le costaba mantener
vivo su lado más dulce.
—Estoy muy orgulloso de ir contigo,
señor, y muy agradecido de ocupar el
puesto de mi padre. Y también es para
mí un privilegio ser testigo de tus
últimas fuerzas y, si los dioses lo
permiten, registrar para el futuro la
muerte del rey y del reino antes de que
llegue mi hora.
—¿Te importaría tocar para mí?
Alguna canción popular, algo que me
haga pensar en nuestro pueblo y en lo
que esperan de mí.
—Ahora mismo, señor. Voy a recitar
una historia que los aldeanos cantan en
las montañas, cuando llega la época de
la trilla.
Arrullado por la voz del bardo,
Artor se quedó dormido un rato y
cuando despertó siguieron hablando los
dos como buenos amigos hasta bien
entrada la noche. Para Artor era como si
Myrddion y Targo estuvieran vivos,
hablando por boca del joven arpista.
Los mayores buscan refugiarse lo
más posible en los recuerdos de un
pasado feliz.
En cuanto los primeros vientos de
otoño empezaron a silbar por las
murallas de la fortaleza, Artor notó que
su muerte se le acercaba inexorable. De
repente, una ráfaga de aire bamboleó las
contraventanas y al monarca se le pasó
por la mente la idea de que el reino
estaba en peligro. Su enemigo era
invisible, igual que el viento que ahora
sacudía sus murallas, pero si extendía la
mano, podía notarlo.
Estremecido, reconoció que nada ni
nadie podía detener al viento.
CAPÍTULO X

UNA RED DE
ENGAÑOS

S
ENTADO EN UN miserable
chamizo fabricado con zarzos,
juncos y barro, Gronw se miraba
los tatuajes de las manos con gesto
huraño. Cuando llovía, el agua calaba en
la cabaña y el viento entraba y salía a
voluntad por sus miles de rendijas y
agujeros. Pasar allí las húmedas noches
de invierno resultaba realmente una
tortura.
El refugio del guerrero de negro se
encontraba entre dos colinas batidas por
el viento, al oeste de Deva, una ciudad
provinciana de tamaño considerable,
que se alzaba donde terminaba Seteia
Aest. Deva estaba ubicada en la
principal calzada romana que iba desde
Venta Silurum al norte; por eso todo
intrépido viajero sabía que Deva era la
puerta de entrada al territorio de los
brigantes. De acuerdo con las
instrucciones que le habían dado a toda
prisa en una posada de la ciudad, Gronw
había tomado una carreterita
abandonada que iba a Mamucium y
desde allí había seguido un camino
recóndito que salía hacia las montañas.
Como casi nadie se aventuraba a
transitar por estas yermas colinas y
menos con un tiempo tan desapacible,
este peligroso sacerdote confiaba en que
no lo descubrieran.
Sólo los más duros o los más
desesperados se atrevían a seguir
aquella senda desoladora que servía de
vía pecuaria a pastores y agricultores de
las tierras bajas. Aunque vivía en un
sitio indecente e incómodo, Gronw se
sentía seguro, porque se lo habían
procurado unas familias de creyentes,
que seguían desde hacía mucho los
antiguos ritos. Los lugareños permitían
que Gronw ocupara esa cabaña de
pastores a cambio de trabajo.
Durante este tiempo habían llegado a
la cabaña algunos individuos
insatisfechos, curiosos y algún que otro
miembro de los menesterosos pueblos
de las colinas a escuchar las peroratas
del guerrero de negro, que para muchos
era un druida ilustre. Curiosamente,
Gronw no se parecía en nada a los
maestros de tiempos pretéritos ni poseía
el estatus del que se jactaba con tanta
palabrería. Más bien se ceñía a la magia
que ejercían las mujeres entre los
antiguos prydyn, sin entrar para nada en
divagaciones druídicas sobre el
muérdago o el roble.
Los prydyn, una antigua
denominación de los pictos, reconocían
a los Tuatha de Danaan, pese a que los
celtas nunca consiguieron pronunciar
bien los nombres pictos. Gronw sonreía
de manera nada atractiva. Ceridwen era
fundamental en su religión, porque las
reinas prydyn solían decidir quién iba a
gobernar en nombre de la diosa. Muchos
reyes llegaban a serlo simplemente
porque sus madres eran las que
mantenían las riendas del poder en
nombre de Ceridwen.
—Estos cerdos de los celtas
prefieren a su propia Ceridwen. Es
demasiado sagrada para ellos. No saben
ni pronunciar su nombre.
La cavidad de aquel chamizo
destartalado repetía sus palabras en un
eco extraño; era como si una segunda
voz estuviera hablando en voz alta con
él. Gronw estaba tiritando, incluso
envuelto en todas aquellas pieles y
harapos. La diosa no solía venir, pero
cuando tenía a bien considerar los
asuntos de los hombres, frágiles y
debilitados, todos los mensajes
rebosaban significado. Los celtas habían
matado a Gernyr, la amada de Gronw,
sacerdotisa de Ceridwen y habían
asesinado a Miryll, la hija de Gernyr.
De ahí que Ella, su diosa, deseara
ardientemente calmarse la sed con
sangre celta y saciarse de su carne,
cruda y temblorosa. Muchos años antes,
las legiones romanas habían castrado a
los druidas celtas en la isla de Mona,
por eso hoy solo quedaban retazos de
aquel culto y apenas unos cuantos
sacerdotes que seguían realizando sus
rituales en los bosques de robles
sagrados. Pero su diosa permanecía,
bajo distintos nombres y con distintos
rostros. La diosa era eterna y bailaría
sobre las tumbas de los celtas.
—La gente es idiota, si utiliza la
religión para justificar sus fracasos —se
decía Gronw para sus adentros, mientras
se despojaba de un harapiento traje
ceremonial y se ocupaba de calentar un
pobre guiso de conejo que le había
mandado un miembro de su grey—. Es
fácil convencer a los celtas de que sus
dioses los han abandonado (como si a
los dioses les importara que cualquier
jefecillo pierda uno o dos hijos en la
batalla o que la enfermedad acabe con
sus vacas). En vez de admitir que quizá
sean ellos los incompetentes, estos
celtas prefieren culpar a Artor de sus
males. Él es quien ha irritado a los
dioses; ¡por eso sufren! —Gronw
hablaba en voz alta para saborear el
placer de lo que decía.
—Puedo utilizar fácilmente esa
estupidez tan egoísta que los caracteriza,
Señora Gernyr —susurró—. Sí. Vamos a
usar esta arma contra ellos, ¿a que sí?
Pero ¡si estos cerdos de los celtas
disfrutan cuando les digo que Artor es el
responsable de su pobreza, de los
ataques de los sajones y hasta del
tiempo! Se les hace la boca agua de
pensar que pueden cargar sus faltas
sobre el rey supremo. Miryll ha sido
muy útil, aunque en realidad no
pretendía valerme de ella exactamente
para eso.
Cuando Gronw se vio obligado a
huir de la base de operaciones que tenía
en el sur, la dama de Salinae la Menor
pasó a ser una mártir mítica. Una mujer
embarazada y desvalida se convertía en
el símbolo ideal para ilustrar la idea de
que el rey supremo era un bárbaro
depravado y peligroso. Nadie que
representara una amenaza al trono de
Artor tenía derecho a la vida, ni siquiera
los niños no nacidos. Y muchos de los
que habían tenido antiguas discrepancias
con los romanos o que poseían algún
antepasado sajón de la época de
Vortigern, se acogían a cualquier mito
que alimentara sus resentimientos.
Gronw volvió a reírse tontamente,
esta vez más fuerte, con una risa
trastornada, que rozaba la histeria,
lanzada en medio de aquella habitación
desnuda.
—Vortigern cayó preso de
Ceridwen. Su esposa, Rowena, era
seguidora de la diosa, por muy sajona
que fuera. Hay bárbaros que aceptan Su
influjo, aunque prefieran a sus dioses
del trueno y la discordia. ¡Pobre
desgraciado! Vortigern era anciano y
tenía miedo de sus hijos, por eso invitó
a venir a las tribus de su esposa.
Gronw resopló con amargura.
—Imagínate, señora, una vieja rata
gris, temerosa de los elegantes hijos que
ha engendrado. Convocó a los gatos
para defenderse, y desde entonces la
tribu de Vortigern, rey supremo de nada,
lleva toda la vida tratando de quitárselo
de encima. Vortigern era un celta
estúpido, por eso Uter y su hijo se han
dedicado a despilfarrar las vidas de los
suyos para desarraigar a los sajones que
el viejo invitó a venir. ¡Bravo! ¡Así
tengo menos que asesinar! Pero
Vortigern dejó un legado de odio que nos
viene muy bien, señora, igual que a
Ceridwen le vino muy bien Miryll. La
muerte de Miryll ha servido a un gran
propósito, a nuestra sagrada causa. La
gente, ya sea noble o humilde, escuchará
la historia de su muerte y llorará por el
amor imposible entre ella y Galván. Da
lo mismo que no hubiera amor en
ninguno de los dos. Es una historia
bonita y la gente llorará al imaginar la
inocencia y el candor de la muchacha.
Gronw tenía razón. Las leyendas
cobran vida propia. La torre de Miryll,
lo que tejía, la relación que tuvo con
Galván adquirieron nueva forma,
revestida de ese característico tono
sentimental. Incluso la historia final, con
Miryll entregada a los mares, fue
adaptada, y ahora era la dama quien
entonaba su propio réquiem.
—La gente es así de idiota, señora.
Te haría gracia ver qué fácil resulta
manipular a los celtas.
Gronw nunca hablaba al fantasma de
Miryll. El espíritu de la chica no quería
visitarlo, pese a que la había visto nacer
y había sido su padrastro durante años.
Gronw seguía reverenciando a Gernyr,
la madre de Miryll, que había sido su
amante antes de que el marido de ella,
Rufus Miletus, ejerciera sus derechos
como pater familias. Y pese a que
habían pasado diecinueve años, ese
tiempo no había bastado para que
Gronw atenuara el odio profundo que
sentía contra todo lo romano-celta o
contra aquellos que contribuían a que
semejante reino siguiera existiendo.
Gernyr y su criado, Gronw, fueron el
botín de una contienda que se había
producido al otro lado del muro, cuando
la mujer era poco más que una cría. En
un camino de cabras que recorría los
suaves paisajes que dominaban Ituna
Aest, fueron capturados por Rufus
Miletus, un hombre ilustre que había ido
a visitar al rey Lot con su padre, Miletus
Magnus. En aquella época era normal
entre los celtas capturar bárbaros, casi
un deporte nacional. Gernyr, de diez
años, habría sido una valiosa presa, si
sus captores se hubieran percatado de
que su padre era un rey de los prydyn.
Pero como no sabía nada de sus
orígenes, Miletus Magnus había
convertido a la niña en esclava.
Gernyr se pasó la juventud llena de
odio y encerrada en sí misma. Y sus
sentimientos secretos ni siquiera se
suavizaron cuando Rufus Miletus, tan
cautivado por su belleza y su manera de
ser, se casó con ella. La muchacha
utilizó todas sus artes femeninas, eso sí,
con ayuda de Gronw, para no quedarse
embarazada del hombre al que odiaba.
Miletus no era cruel y había tenido que
soportar duras críticas de su anciano
padre cuando se comprometió con una
liberta; de ahí que la frialdad, la
promiscuidad y la palpable aversión que
mostraba Gernyr resultaran insultantes.
Con el tiempo, la muchacha fue
admitiendo en su lecho a Gronw y
demás hombres influyentes para
vengarse de su marido, que le había
privado de su patria. Cuando nació su
hija, Miryll, fue un verdadero milagro,
porque Gernyr intentó abortar sin
siquiera saber quién era el padre de la
criatura. Al final la niña se convirtió en
una nueva arma para la venganza, que
Gernyr utilizó contra el desventurado de
Miletus, si bien es verdad que este
nunca estuvo seguro de querer adoptar a
la hija de otro. Para su vergüenza, los
celtas de Salinae no paraban de hacer
comentarios sobre su esposa, hasta que
no tuvo más remedio que actuar contra
ella.
Gronw recordaba la última y
tremenda discusión, que terminó en
agresión, cuando Rufus Miletus golpeó a
Gernyr en la cabeza. Desde aquel
momento terrible y sangriento, la vida
de Gronw dejó de tener sentido, y solo
vivía para vengarse. Rufus Miletus fue
desterrado a Salinae la Menor donde
murió en paz. ¿A quién odiar ahora, si
no era a los celtas y en particular al rey
supremo, cuyas leyes perpetuaban la
esclavitud de los pictos, esos orgullosos
prydyn?
Aunque no había conseguido
perpetrar el asesinato de Salinae la
Menor, Gronw se dio cuenta de que
Artor era vulnerable. Los fidelísimos
seguidores del rey supremo iban
haciéndose mayores, mientras que los
nobles más jóvenes no parecían
preocuparse mucho por la seguridad del
monarca. Como la capacidad militar de
Artor y su aura de invencibilidad se
habían hecho legendarias, los servidores
del rey supremo no podían imaginar
siquiera que la edad podía acabar con
sus facultades. La corte de Artor estaba
ciega, sumida en la complacencia; el
propio monarca se había despreocupado
de su seguridad personal después de
tantos años de paz y prosperidad. La
reputación de Artor era tal que en pocos
meses volvería a descuidar las tácticas
de vigilancia que observaba después del
atentado para convertirse de nuevo en
una presa fácil.
Al rey no le importaba mucho su
propia vida, si bien no haría nada por
acortarla. Gronw no entendía por qué el
rey supremo abría las puertas a la
muerte, aunque tenía que reconocer que
estaría encantado de servirle si
encontraba la manera.
De momento, tenía el cáliz.
Aunque Gronw era un conspirador
nato, carecía de dotes de mando. Cuando
murió Gernyr, se quedó solo, con la
responsabilidad de educar a Miryll,
tarea que cumplió entre mentiras y
amarguras, hasta que su nuevo jefe lo
descubrió en su estéril aislamiento de
Salinae la Menor; a partir de entonces su
vida cobró un nuevo sentido. Lo que
tenía que hacer era expandir la sedición
y la desconfianza hacia Artor, y si la
religión podía servir a este propósito, se
utilizaría.
Gronw sacó el cáliz de donde estaba
escondido, bajo una losa del suelo de la
cabaña. Era un objeto sencillo, muy
modesto, sobre todo para el poder de
persuasión que encerraba.
Cuando Miryll lo vio por primera
vez, justo cuando lo sacaron de la tumba
de Glastonbury, se quedó mirándolo con
absoluto estupor.
—¿Qué tiene esto de valioso, Padre
Gronw? ¡Si no es más que un recipiente
de metal!
—Lo que es no explica su valor,
Miryll, sino su dueño. Esta copa
abollada la llevaba en su día madre
Ceridwen colgada del cinturón. La
usaba para repartir pequeñas raciones
del Caldero del Conocimiento. Si bebes
de la copa que te ofrece Caridwen y con
los labios rozas el borde de la misma, tu
corazón embeberá todo el conocimiento
de la sacerdotisa.
La pobrecilla, ingenua, se creía
todas las promesas que le hacía Gronw
y todas las mentiras que le contaba en
relación al parentesco que la unía a
Ceridwen. A él se le hacía un nudo en la
garganta, porque apreciaba lo que la
muchacha le quería, pero acostumbrado
a obedecer, había pocas cosas que lo
disuadieran de sus tareas, ni siquiera el
amor. Su nuevo dueño le había ordenado
matar al obispo cuando fuera a robar el
cáliz y realmente había disfrutado
asesinando a aquel prelado cristiano
junto a su altar, aunque no terminara de
entender para que había que matarlo.
Aethelred era demasiado humilde para
tener poder y con matarlo no se
conseguía demasiado para la causa.
Gronw realizaba lo que deseaba su
dueño, pero dueño y criado tenían sus
propios objetivos, distintos uno de otro.
Gronw buscaba acabar con todos los
cristianos celtas que hubiera en el
territorio, y no pararía hasta que por allí
corrieran ríos de sangre impía. Que su
dueño soñara con el poder, vale, pero
Gronw estaba en guerra contra todo lo
celta, incluido su señor.
Gronw frunció los labios de placer.
En el fondo, sabía que era un peón y en
momentos como en el que se encontraba,
muerto de hambre y de frío, abominaba
de su destino. Pero en una semana
saldría de esta inhóspita cabaña para
buscar un nuevo refugio desde el que
extender su veneno a más gente. No iba
a conciliar el sueño hasta que todos los
celtas de occidente fueran abatidos y el
fantasma de su amada descansara por fin
en paz. Y entonces, quizá, Gronw
dejaría de soñar.

GALAHAD CRUZÓ A grandes


zancadas los jardines de Salinae la
Menor, esta vez solo, porque su padre
había acudido a cumplir sus
obligaciones en el norte. En la villa,
Percival dormía tranquilamente.
Antes de salir de Venonae, Galahad
pidió audiencia privada a su rey.
—Perdona mi impertinencia, señor,
pero necesito tu ayuda. Me resulta
imprescindible contar con alguien de
confianza que venga conmigo y cumpla
funciones vicarias en Salinae la Menor,
mientras busco a Gronw. Si, como me
dijiste, tenemos que encontrar el cáliz,
necesitaré a alguien con quien hablar y a
quien confiar mis ideas. Y además,
como no podemos perder el apoyo de
los sacerdotes de Glastonbury, necesito
que sea un guerrero cristiano.
El rey supremo prefirió pensar que
el tono tan brusco que utilizaba Galahad
formaba parte de su personalidad, rígida
y machacona, y que no se trataba, pues,
de una pretendida descortesía. Lo que
pedía Galahad sonaba muy sensato,
aunque Artor desconfiaba de los
propósitos que realmente movían al
joven. Si tuviera que elegir entre su dios
y la causa celta, Galahad titubearía.
Gruffydd había informado al
monarca de que por el norte corrían
muchos rumores sobre el cáliz de
Ceridwen. Sus espías no sabían de
momento mucho más, pero era urgente
averiguar de dónde salía el cáliz y
dónde estaba.
—¿Te valdría mi escolta Percival?
—preguntó Artor—. Me da pena
prescindir de él, siquiera por un breve
periodo de tiempo. Percival es más
amigo que criado y a Targo le prometí
en su lecho de muerte que Percival
siempre estaría a mi lado. Con todo, es
más importante resolver este lío del
cáliz, así que te lo cedo.
Impresionado por la celeridad con
que el rey tomaba sus decisiones,
Galahad asintió con la cabeza y
llamaron a Percival para que se
presentara ante el rey y hablar con él a
solas.
Percival tenía ahora cuarenta y cinco
años y era un guerrero experimentado,
musculoso y ágil, aunque todavía de
rasgos infantiles.
—Tengo que pedirte que abandones
la corte para cumplir una misión de
enorme importancia para occidente —
dijo Artor a su ayudante—. Si tuviera
más opciones, no te lo pediría, pero
Galahad te necesita para localizar el
cáliz maldito, una reliquia sagrada que
están utilizando para congregar
disidentes contra mí. Hay que encontrar
ese cáliz y Glastonbury es la clave para
saber de dónde viene. Allí tiene que
haber alguien que sepa de dónde lo sacó
Lucius. Después de todo, el cáliz ha
estado en Glastonbury los últimos
setenta años. Tu dios vive allí, entre los
sacerdotes, por eso es mejor que vayas
tú y no yo; te aceptarán mejor que a
Galahad, que procede de las tierras
paganas del norte. Los sacerdotes se
sentirán más cómodos hablando contigo
que con cualquiera de nosotros.
Percival suspiró hondo, exhalando
todo un mundo de tristeza con aquel
gesto.
—Vivo para servirte, mi señor —
respondió—. Si así es la mejor manera
de hacerlo, estoy dispuesto a irme para
realizar mi cometido.
Artor le dio una palmada en la
espalda.
—Bien dicho. Es una pena, pero no
me fío del criterio de Galahad. Está
desquiciado con su dios, y los intereses
de la cristiandad no siempre son los que
convienen al rey. Sin embargo, sé que tú
siempre has sido leal y coherente con tus
principios —Artor sonrió—. Tienes otra
tarea. Además de encontrar el cáliz de
Lucius, quiero que descubras quién
desea utilizarlo, como creo, para
conspirar contra mí. Supongo que
Salinae la Menor sigue encubriendo
secretos que me pueden resultar útiles.
Y mientras estés en la zona, visita
Glastonbury y preséntate al nuevo
obispo.
Percival asintió con la cabeza. Se
acordó de la reticencia con que el
hermano Simón había contestado cuando
el rey le preguntó por el cáliz de Lucius;
si se presentaba ante el nuevo obispo
para hacerle una visita de cortesía, lo
más probable es que encontrara el
momento para charlar con el viejo judío
y sonsacarle algo más.
Percival salió para Salinae la Menor
en compañía de Galahad, pero no sin
que Odin le hiciera llegar sus temores a
voz en grito.
—El trío está roto, Perce. ¿Cómo
van a servir al rey Odin y Gareth sin ti?
El dos es un número de mala suerte y
muy peligroso.
A Odin se le veía tan desconsolado
que por poco hace cambiar a Percival
de idea. Pero Taliesin dio un paso al
frente, ofreciéndose voluntario para
servir al rey como tercer escolta.
—Sé que soy un mal sustituto de
Percival, Odin, pero me he enfrentado a
lobos y una vez hasta atravesé un oso
con una lanza. No soy ningún
pusilánime, si no mi madre no me habría
enviado aquí a servir al rey. Estate
seguro de que sabré proteger las
espaldas de Artor mientras Percival esté
fuera.
Odin revisó sus temores y vio que
estaban resueltos.
—El hijo de Myrddion se rebaja a
trabajar de criado —dijo Percival
sosegadamente.
—Pero el hijo de Niniana nunca se
fijaría en lo que implica evitar que el
rey corra riesgos —respondió Taliesin
con toda sinceridad—. Si surgiera la
ocasión, lo salvaría. Entonces ¿qué más
dan las libreas? Las etiquetas de criado
no afectan en nada a mi condición, sobre
todo si lucirlas me ennoblecen.
Odin abrazó a Taliesin y Percival se
maravilló del valor del juto, porque
Percival muy en el fondo de su alma, en
parte atávica y supersticiosa, aún temía
la intensidad que destilaba la mirada del
bardo.
Dio un apretón de manos a Taliesin y
notó que sus dudas quedaban
reemplazadas por un sentimiento de
amor y amistad.
—Cuidaos durante mi ausencia,
amigos, porque noto que el mundo está
cambiando. Veo miradas raras y oigo
rumores por los rincones. El peligro
acecha al rey supremo; así que, si
queréis proteger al monarca, dormid con
un ojo abierto y no bebáis más que agua.
Los dos hombretones rieron
abiertamente y abrazaron a Percival, que
ya solo tuvo tiempo de recoger las pocas
posesiones que tenía y apresurarse a los
establos. Como era de esperar, ahora
que tenía un objetivo, Galahad estaba
deseando librarse cuanto antes del polvo
de Venonae.
CUANDO PERCIVAL INICIÓ su
andadura a Glastonbury, los días iban
acortándose y los grises cielos de
invierno amenazaban con aguanieve.
Había visitado muchas veces aquel lugar
sagrado, pero esta vez tuvo ocasión de
comprobar que incluso a comienzos del
invierno las aguas de Glastonbury
manaban limpiamente de la tierra helada
y quejumbrosa y que sus amplias
colinas, de un verde tenue, estaban aún
cubiertas con las últimas hojas cárdenas
del otoño. Las esponjosas nieblas
blanquecinas difuminaban los esqueletos
de los árboles en paisajes engalanados y
Percival sintió que Glastonbury
desplegaba un atractivo renovado. Se
quedó boquiabierto al ver la belleza de
la tierra santificada por Dios.
Después de un breve trayecto, llegó
al antiguo enclave. Pronto se dio cuenta
de que los sacerdotes no tenían especial
afecto al nuevo obispo. Otha pen Gawr,
al que llamaban Rufus por la larga barba
pelirroja que le caía por el pecho como
un plumaje ardiente, era uno de los
clérigos más jóvenes de Glastonbury.
Percival se dio cuenta nada más llegar
que el hombre tenía cierta apariencia
sajona y una mirada ambiciosa y
arrogante.
Cuando se presentó ante el obispo,
Percival vio que Otha era un hombre
rollizo, ataviado con ricas vestimentas
que sus predecesores nunca habrían
aceptado. De labios gruesos y muy
colorados, desplegaba una mirada de un
azul inocente bajo tonsura celta, aunque
se esforzó por mantener los ojos solo
ligeramente entreabiertos, mientras
Percival se arrodillaba para besarle el
anillo. Por sentido común se veía que el
obispo Otha era de esos tipos que
valoran en gran medida las cosas
superficiales como la ostentación y el
lujo. Percival se preguntaba quién le
habría ayudado en una carrera tan
meteórica como la suya y por qué le
habría tocado a semejante sibarita gozar
de los fértiles campos de Glastonbury.
Por su parte, Otha se sentía a
disgusto con la presencia de Percival y
su séquito. Le resultaban molestos, algo
que el obispo no ocultaba en lo más
mínimo.
—Glastonbury es sede de una orden
religiosa y, como tal, no debe lealtad al
rey supremo —afirmó Otha sin rodeo
alguno, haciendo un gesto de asco con la
boca—. Con todo, nos sentimos
agradecidos de que el rey supremo nos
devolviera el bastón con el que
asesinaron al santo Aethelred. Ahora
rezamos ante esta reliquia para limpiarla
de la sangre que derramó de manera tan
inclemente.
—Debes estar agradecido, sí. Si esta
orden prospera, es gracias al rey
supremo —dijo Percival contundente,
pero educado—. ¿Desearías acaso que
Lord Artor os retirara la protección? Te
aseguro que si les interesa el botín, hay
miles de bandoleros y de sajones
dispuestos a cortar el cuello a religiosos
como vosotros sin mayor miramiento —
Percival no dejaba de mirar a los anillos
de oro que adornaban las regordetas
manos del obispo.
—¡Uf! —Otha resopló, como un
cerdo, lleno de desdén y Percival tuvo
que contenerse para no darle un
manotazo en su rechoncho y peludo
costillar.
El obispo no había ofrecido asiento
a su invitado, ni un vaso de agua.
Percival comparó a esta criatura con
Lucius y con Aethelred, su sucesor,
hombres dedicados ante todo a una vida
de pobreza, pero de una cortesía máxima
para con sus invitados.
—Lo único que necesito es hablar
con los miembros más ancianos de tu
comunidad para cumplir lo que me ha
encomendado el rey Artor. El rey
supremo me ha dado orden de que
investigue los orígenes de una copa que
utilizaba uno de tus predecesores, el
obispo Lucius. El rey Artor siente
curiosidad por averiguar por qué
robaron un objeto tan vulgar quienes
atacaron el templo.
—He oído hablar de ese recipiente
pagano. Tuvimos la suerte de que lo
robaran; así no empaña este recinto de
paz.
—Me parece inconveniente que
alguien considere ruin o pagano algo que
perteneciera al santo Lucius, obispo
Otha, porque Lucius fue fiel seguidor de
Jesucristo.
—¡Uf!
Percival se preguntaba si Otha
también gruñiría como un cerdo cuando
se encontrara mal. Pero, como le
interesaba conseguir lo que iba
buscando, mantuvo en todo momento un
gesto dócil y amable, sabiendo que así,
aunque pareciera tonto, no despertaría
especial interés en el hipócrita
pretencioso de Otha.
—¿Eres cristiano, muchacho? —
preguntó Otha.
Percival consiguió aniñar el gesto,
porque ya era un hombre maduro, era
guerrero y probablemente mayor que el
propio obispo.
—Sí, mi señor. He seguido la
doctrina cristiana toda mi vida adulta.
—Supongo que podría haber sido
peor, entonces —bufó el obispo con
tono insultante.
—He estado en Glastonbury varias
veces, normalmente cuando viene el rey
supremo en peregrinación. Una de las
tareas que me encomendaron fue cortar
un ramito de espino blanco de Wearyall
Hill, para que Artor lo luzca en el
sombrero en las fiestas de invierno.
Confío en el Señor Jesús y creo que
estuvo aquí, en el santo Glastonbury,
como dicen las antiguas leyendas.
También creo que José de Arimatea
construyó el templo y sembró la semilla
de la fe cristiana en estos pagos.
—Muy bien —farfulló Otha, que no
pudo encontrar fallo alguno en los
credenciales religiosos de Percival—.
Pero no distraigas a los hermanos de sus
obligaciones ni de sus rezos.
Percival se inclinó ante el obispo y
se fue de la sala aliviado.
Uno de los sacerdotes lo acompañó
sin pronunciar palabra a un largo
dormitorio, con estancias libres para
penitentes y viajeros que llegaran de
visita al monasterio. La celda poseía el
típico recipiente diminuto para los
santos óleos, un crucifijo y un pequeño
camastro. No tenía ventana y resultaba
minúscula y claustrofóbica. Pero, pese a
lo espartano del recinto, Percival se
encontró cómodo nada más llegar,
porque como le habían educado en las
cocinas de Venonae, apreciaba mucho lo
que era una habitación caliente y cerrada
en invierno.
En cuanto ordenó su bolsa de viaje,
salió a buscar al judío, Simón, que
estaba de encargado en un pequeño
taller de forja en los edificios que
rodeaban al enclave de Glastonbury.
El taller del hermano Simón tenía
una puerta frontal para que la forja se
enfriara con el aire. Una rústica pared
separaba el taller de los fuegos que
utilizaba el herrero, pero las dos
estancias se comunicaban por un vano.
Uno de los muros estaba repleto de
estantes y como banco de trabajo
utilizaban una mesa recia construida con
gruesos tablones de madera, como de un
palmo. El caldeado recinto, que carecía
de ventanas, bullía de actividad, porque
muchos de los hermanos aprovechaban
para protegerse del frío, poniendo como
excusa que necesitaban afilar hoces,
palas, azadones o rejas de arado.
Sentado en el banco de trabajo, el
hermano Simón parecía cabizbajo, como
si estuviera con pocas ganas de
contestar muchas preguntas, un tanto
suspicaz.
—El rey Artor te envía sus mejores
deseos —comenzó diciendo Percival,
mientras Simón supervisaba cómo se
fundían unos anillos de oro en una
estructura con forma de cruz que su
aprendiz había colocado en los fuegos
de la forja.
—Disfruta viendo esta estupidez,
¡una patena de oro! —farfulló Simón—.
El obispo Otha me ha ordenado fundir
todos los tesoros de Glastonbury para
contribuir a sus vanas ansias de riqueza.
Percival se estremeció al oír las
frases tan poco sensatas que decía
Simón despotricando; el joven aprendiz
también lanzó una pequeña exclamación
de sorpresa que apenas se ovó en medio
del fragor del fuego y las piedras de
afilar. Los legos seguían trabajando con
diligencia, inmunes ya al imprevisible
malhumor de Simón.
—No escuches y mantén los ojos
bien abiertos, chaval —dijo Simón
dirigiéndose al desazonado joven
tonsurado que se esforzaba por mantener
con unas largas tenazas una estructura de
hierro candente.
—Entonces, ¿no te gusta el nuevo
obispo?
—A su modo está bien, supongo,
pero no es el obispo adecuado para
gobernar la orden de Glastonbury. Es un
tipo demasiado mundano y ambicioso.
—Lo juzgas con mucha crudeza,
hermano Simón —dijo Percival con una
sonrisa que mostraba a las claras sus
simpatías por el sacerdote—. ¿De dónde
se cree que viene tu obispo?
—No te puedo decir, ni me interesa
nada averiguarlo.
El tono tan desabrido de la respuesta
puso a Percival aún más en guardia.
—Te ruego entiendas mi interés,
Simón —comenzó diciendo Percival—.
Me envía el rey Artor para que averigüe
el paradero de una copa que utilizaba el
santo Lucius, una reliquia que parece
demasiado corriente como para estar
levantando todo este escándalo.
De repente Simón dejó caer un
pequeño molde de arcilla que estaba
engrasando y que se rompió en varios
pedazos al chocar con el suelo.
Sorprendido y alarmado por lo que
ocurría, al joven aprendiz casi se le cae
la estructura de hierro que tenía en las
manos.
—¡Santo Dios de Abraham! —gritó
Simón exasperado—. ¡Mira lo que me
ha pasado por tu culpa! —se volvió con
mirada fulminante hacia el aprendiz que
no sabía dónde meterse—. ¡Que no se te
caiga eso, Ethelbert, o te despellejo
vivo! Pon esa estructura en el fuego otra
vez para que se vuelva a calentar. ¡Y
luego tráeme otro plato del estante! —a
Simón se le habían hinchado las venas
del cuello, intentando no explotar.
Percival esperó con paciencia a que
trajeran otro molde y lo dejaran
cuidadosamente sobre el banco de roble.
Poco a poco Simón fue recuperando la
respiración normal, se calmó un poco y
se arrodilló con dificultad sobre el suelo
desnudo. Empezó a orar en tono
monótono y susurrante, mientras
guerrero y aprendiz se miraban uno a
otro sin decir nada.
Y siguieron esperando.
Al final, cuando Simón consiguió
dominar sus emociones lo suficiente, se
puso de pie, sacudiéndose el polvo de
las rodillas y se sentó en un taburete
junto al banco de trabajo. Se quedó
cabizbajo, con la barbilla apoyada en
una mano.
—¿Te importa retirarte, Ethelbert? A
lo mejor puedes comer hoy más
temprano, o darte un paseo. Necesito
aclararme las ideas y estoy cansado.
—Claro, maestro. Siento haberte
ofendido.
—No me has ofendido, chico. Y, por
favor, dile a los hermanos que nos dejen
un rato a solas. Y que me disculpen por
perturbar su trabajo.
Los hermanos salieron apresurados
del taller. Fuera lucía un débil sol
invernal.
—¡Pero Otha sí que me ofende! ¡Que
dios lo maldiga! Los chavales más
jóvenes estarán revolucionados,
pensando que al judío le ha dado una
rabieta, y Otha se enterará y se pondrá
como un basilisco conmigo. Al menos
Lucius entendía que las personas,
cuando se enfadan, pueden decir de
todo. ¡Qué más da! A lo mejor los
muchachos mantienen el pico cerrado,
porque nuestro obispo no es del agrado
de todos —Simón miró a Percival
medio sonriendo—. Te ruego me
perdones, joven; vienes lleno de
gentilezas para conmigo y te recibo con
groserías y enfados.
—No tengo nada que perdonar,
hermano Simón. Solo dime abiertamente
lo que sepas de esa maravillosa copa.
Simón evitaba la mirada de
Percival.
—No sé tanto. Lucius nunca hablaba
de su pasado con nadie.
Impaciente y preocupado, Percival
no sabía cómo sacarle la verdad a este
viejo obstinado que se resistía a hablar
del tema. ¿Por qué un sacerdote tan
entregado como este habría de
inquietarse cuando alguien nombraba
una simple copa?
—Si realmente no sabes nada del
cáliz, ¿por qué cada vez que se
menciona su nombre te comportas como
una muchacha avergonzada, a la que han
sorprendido con su amante? Cualquier
otro se encogería de hombros sin más,
diciendo que no tiene idea de lo que le
preguntan.
—A Otha le encantaría expulsarme
de Glastonbury, sin consideración
alguna por mi tonsura ni por la edad que
tengo. Y lo va a conseguir, porque tiene
mucha paciencia. Odia a toda mi raza,
porque cree que asesinamos a Jesús,
como supongo que hicimos.
Percival refunfuñó de manera
ostensible. Simón estaba intentando
cambiar otra vez de tema.
—¡Pero Jesús era judío!
—¡Otha no sabe esa verdad tan
incómoda!
—Y ¿qué tiene que ver la raza judía
con el cáliz? No entiendo por qué temes
o por qué no quieres hablar abiertamente
conmigo.
Simón contestó.
—Estuviste delante cuando Artor les
preguntó a los hermanos más ancianos.
Lo que ninguno sabía es que el cáliz es
judío. No es celta, ni picto, ni sajón. Es
judío. Entre nosotros, todos lo sabemos.
Percival se quedó blanco.
—Sigo sin entender.
—Admito que no quise contarle toda
la verdad al rey Artor cuando me
preguntó. En su día yo sí le pregunté a
mi obispo de dónde había sacado
aquella simple copa judía. Lucius me
sonrío, haciéndose el dormido, como
solía hacer cuando no quería hablar de
algún tema. Yo sabía que había sido
decurión del ejército romano de la
Gallia, porque nadie puede ocultar
completamente su pasado. Y también
sabía que el anillo que Lucius le regaló
al rey Artor, en su momento estuvo
recubierto de sangre, sangre que solo
limpiaron las lágrimas de remordimiento
que derramó el obispo durante años. Por
lo que se desprendía de las palabras de
Lucius, supe que mi obispo había
matado a muchos soldados en crueles
batallas que había librado por todo el
mundo romano. Como yo también había
esgrimido una espada en su día, me daba
cuenta de que Lucius llevaba su historia
en la mirada, en su manera de ver la
vida y en la forma en que movía las
manos.
Percival asintió. Se abstuvo de
preguntar a Simón por qué se había
metido a sacerdote, porque sabía que al
judío le habría gustado la digresión.
—Sigue.
—En dos palabras, Lucius me dijo
que había recibido la copa de un
guerrero, que la había cogido de otro, a
quien se la había dado un tercero. Me
dijo que el Cáliz había recorrido muchas
leguas, como si estos ojos cansados no
supieran ver las cosas sin necesidad de
mayor explicación.
—Pero quedan más cosas por saber
—insistió Percival—. Sé que hay más.
El silencio de los dos se extendió
durante un buen rato, dolorosamente,
hasta que por fin Simón se decidió a
hablar.
—Pregunté al obispo muchas veces
acerca del cáliz —admitió irascible—.
Le acosaba con mis preguntas y hasta
llegué a enfadarlo por insistir tanto —
Simón se encorvó un poco, como si se
avergonzara al recordarlo—. En mi
orgullosa obstinación, buscaba algo
tangible que me ligara al santo Lucius.
Maldita sea, creo que toda mi vida he
sido vano y entrometido. Al final me
respondió con una evasiva, como para
que me callara, pero nunca conseguí
resolver el enigma.
—¿El enigma?
—Lucius era un hombre que
disfrutaba inventando complejas
adivinanzas, como la que resolvió el rey
Artor cuando llegó al trono de los
britones.
—Sí. Esa historia la conoce todo el
mundo dentro del reino.
—Lucius dijo que entendería todo, si
conseguía resolver el enigma. Le he
dado mil vueltas a lo largo de los años,
pero nunca conseguí resolver aquel
juego de palabras. A lo mejor tú tienes
más suerte. Para un religioso como yo,
mi maestro podría resultar
insoportablemente obtuso, aunque
muchas veces he pensado que a lo mejor
lo que pretendía era defenderme de las
consecuencias de mi vanidad —Simón
sonrió—. Lucius consiguió callarme la
boca y acallar mis preguntas. Así que
supongo que logró lo que quería. Nunca
más le volví a preguntar por el cáliz.
—Repíteme el juego de palabras,
Simón. Ya no tenemos a Myrddion
Merlín para que nos de la respuesta
correcta, una pena, pero intentaré por
todos los medios descubrir lo que quiere
decir preguntando a las mentes más
despiertas del reino.
—Te lo voy a repetir, porque ¡nunca
pude olvidarme de esta maldita
adivinanza! —Simón suspiró, como
quitándose un enorme peso de su alma
—. Que otros carguen con la
responsabilidad de haberla descifrado.
A cambio, te pido que no me culpes de
nada, independientemente de los
derroteros por los que te lleve esta
coplilla. Estoy demasiado cerca de la
gran mano de Dios, como para tener que
cargar con más pecados, sobre todo, si
son errores que han cometido otros.
Percival asintió, aguardando sin
prisa a que Simón siguiera hablando.
El judío jugueteaba con los trozos
rotos del molde de arcilla, se humedeció
los labios, borró una aparente
imperfección del suelo con la sandalia y
se lanzó a recitar:

He recorrido muchas leguas


en manos ensangrentadas
Por campamentos armados,
desde tierras desertizadas.
Mi valor no son piedras ni
oro.
No hay sangre ni sacrificio
sonoro
Que al centro de mi dolor
llegue.
Distinta boca de mí de
nuevo bebe.
Salvo que alguien codicie
este brillo anodino
Ahora encierro agua, no
vino.

—Esta coplilla puede significar


cualquier cosa —dijo Simón—. Aunque
estoy seguro de algo. El cáliz nunca
perteneció a la Bruja Azul, Ceridwen.
El guerrero de negro es un embustero,
además de un blasfemo y un asesino.
Como Percival no sabía escribir,
tuvo que aprenderse la adivinanza de
memoria.
—Y juro por la esperanza que tengo
en la redención eterna que ya no sé nada
más —le dijo Simón.
Percival agachó la cabeza en señal
de respeto y agradecimiento.
—Ya no te molesto más, hermano
Simón. Me has ayudado todo lo que
estaba en tu mano. Solo te rogaría que
no hables de esta coplilla con Otha, ni
con nadie.
Simón se rió entre dientes, haciendo
un ruido que recordaba al roce de
armaduras oxidadas.
—Eso sí puedo prometértelo. El
cáliz de Lucius tenía que haber
permanecido en esa tumba hasta el Día
del juicio. Ya ha provocado asesinatos,
desconfianzas y crueldad. Creo que solo
las manos de un santo son lo
suficientemente sagradas para sostener
un objeto tan simbólico.
Percival se levantó para irse.
—Una cosa más, antes de que te
vayas, joven —dijo Simón—. Lucius me
pidió encarecidamente que a su muerte
el cáliz fuera depositado en su tumba.
Me juró que era peligroso y me rogó que
hiciera todo lo necesario, so pena de
condenar mi alma mortal, para
asegurarme de que el recipiente era
enterrado con él. Cumplí sus deseos al
pie de la letra, pero a los pocos días
empecé a notar que se me iban
deformando las manos progresivamente,
hasta que se me quedaron así de
agarrotadas, como ahora las ves. He
buscado en las palabras de Jesús alguna
pista sobre recipientes como el cáliz,
pero nunca ha atendido mis súplicas. En
nombre de Dios, Percival, te ruego que
tengas cuidado, porque estoy seguro de
que ese Cáliz es peligroso —se detuvo
para dar más peso a sus advertencias—.
Por seguir las enseñanzas de Jesús he
traicionado mi raza y la fe de mis
mayores. Ningún hijo me cerrará los
ojos cuando muera y no tendré parientes
judíos que entonen un último canto por
mi alma. Por eso, entiéndeme cuando te
pido que olvides el cáliz y lo dejes
estar; no tengo más razones que las que
te he dicho. No querría volver a ver en
la vida la maldición de Lucius. Sé que la
copa acabará con todo asesino que la
tenga entre sus manos y que enloquecerá
a los más sensatos, si ambicionan
aprovecharse de sus supuestas
promesas. Si hay alguna debilidad en tu
corazón, el cáliz lo descubrirá, igual que
encontró la sangre que yo aún llevaba en
las manos y las arruinó para siempre.
Sonrió con nostalgia a Percival.
—Te hablo con tanta crudeza porque
eres un muchacho limpio y bueno,
Percival, y no querría tener
responsabilidad alguna, si te ocurriera
algo malo. Mírate bien el fondo del
corazón antes de coger esa copa y
llevártela al pecho. Y reza para que
semejante objeto nunca llegue a la corte
del rey Artor. Destruiría al rey con
mayor facilidad que cualquier espada. Y
tu Artor es bueno, porque lo conozco
desde mucho antes de que tú nacieras.
Pero los reyes tienen que hacer
concesiones, si quieren reinar durante
tanto tiempo y el cáliz terminará
encontrando sus debilidades. Y por lo
que respecta a sus cortesanos, como
nunca he ido a Cadbury, no sé qué tipo
de gente lo rodea, pero el cáliz
descubrirá cualquier vileza y cualquier
ambición que esas personas alberguen
en sus corazones —el hermano Simón se
miró las manos inútiles que tenía—. Me
arrepentiría de haberte ayudado si por
ello le ocurriera algo malo al rey
supremo o a alguno de sus leales
súbditos. Preferiría morir antes que
traicionar al hombre que se esfuerza por
defender la iglesia de Dios.
Percival no podía confortarle apenas
nada. Se limitó a inclinarse ante él como
muestra de respeto y salió, dejando al
anciano con sus aflicciones.
Cuando Percival se marchó, el
hermano Simón volvió sobre el nuevo
molde que le habían dado y comenzó a
engrasarlo con manos temblorosas, más
parecidas a dos muñones. Las lágrimas
le resbalaban por las mejillas, no solo
de pena, sino también de alegría.
Glastonbury sería su último hogar;
aunque el cáliz se hubiera apoderado de
sus manos, Dios le había otorgado la
gracia de Glastonbury. Simón tenía una
fe de hierro, tan fuerte como los metales
que en su día maleaba. Para bien o para
mal, el cáliz andaba perdido, pero
Simón confiaba en que Dios
prevalecería.
Esa noche Percival dictó un mensaje
a uno de los escribas, dirigido al obispo
Otha. Después, antes de que despuntara
la luz y sin que nadie lo viera, abandonó
el enclave religioso. Como Otha no era
de fiar, Percival había interrogado por
precaución a todos los demás sacerdotes
ancianos para no cargar demasiado las
sospechas sobre el hermano Simón.
En la carta que entregaron
personalmente a Otha, Percival se daba
por vencido, al no haber encontrado
pistas que le ayudaran a saber de los
orígenes del cáliz.
Y así, como el humo de los fogones
que en su día atendía, Percival
desapareció en la bendita oscuridad.

A CUATRO DÍAS de vuelo de cuervo,


Gronw se agitaba entre sueños en una
cabaña de piedra que había construida
en territorio de los ordovicos. Tendido
sobre un camastro de paja mugrienta,
soñaba con las múltiples caras de
Gernyr Pelo de Azabache. La mujer se
mordía el labio inferior con dientes
impolutos, meditando sobre brujería.
Los ojos le brillaban mientras le frotaba
a él los muslos, las ingles y los
párpados, cegados de lujuria. El
guerrero de negro gemía al recordar la
textura de su cuello y cómo le palpitaba
excitado cuando él la besaba. Y
entonces vio el terrorífico rostro de su
amada, echando sangre por unas arterias
seccionadas, que ya no alimentaban el
latido de su corazón.
Los brillantes ojos de la mujer aún
lo poseían, en cuerpo y alma.
Se revolvió en el sueño, deseando
volver a contemplar un minuto más su
belleza. Pero no le tranquilizaba nada, ni
siquiera el fluir inconsciente del
orgasmo, porque los ojos de ella lo
abrasaban, penetrando hasta el fondo de
su mente, igual que lo habían hecho una
y mil noches hasta entonces.
Al final, agotado y entumecido,
Gronw siguió durmiendo en su cabaña
maloliente, libre ya de sueños
perturbadores.

NINIANA SE DESPERTÓ de un sueño


con sangre y asesinatos y sintió que la
sombra de Myrddion se extendía a su
lado, para confortarla.
—Taliesin lo está haciendo bien —
le dijo a su amado—. Mi corazón me
dice que está aliviando el dolor del
monarca.
En la imaginación de Niniana,
Myrddion le contestaba con voz suave
mientras le acariciaba el pelo.
—Pero tendrá que ser fuerte, aún
más. Como tú, querida mía. Ahora los
intempestivos vientos del sur soplan con
aire frío, cuando tenían que ser cálidos.
Se avecinan terribles acontecimientos y
tienes que estar preparada para actuar.
Cada vez son más fuertes los que viven
en mancha, disfrutando con la sangre
derramada. Tú eres de las pocas
elegidas que puede hacer lo que hay que
hacer.
—Pero ¿tendré la fuerza necesaria
para cumplir con mi obligación, sea cual
sea? —preguntó Niniana, con ojos
inmensos, como dos lagos de aguas
azules, abiertos en la vacía oscuridad de
la noche.
—Tú siempre tienes fuerzas para
hacer lo que hay que hacer, mi señora.
La dama abrazó el vacío que yacía
junto a ella y soñó con las caricias de
Myrddion, sin preocuparse de los
vientos meridionales ni de los funestos
acontecimientos que ululaban en la
noche.
CAPÍTULO XI

RIPIOS Y
MONOTONÍA

S
ALINAE LA MENOR soñaba,
entregada a los vientos
nocturnos, con el pecho
presionado por las oscuras y frías aguas
del río y los árboles y tejados cubiertos
por un fino manto de nieve. En el paisaje
de árboles carbonizados y jardines de un
brillo diamantino destacaban las
estatuas como tenues sombras borrosas;
toda la villa parecía sostenerse inmóvil
sobre láminas de plata flotante.
Dentro, el hipocausto calentaba los
suelos; las ventanas y puertas estaban
todas bien cerradas. Apenas habían
cambiado los muebles, ni los criados,
aunque al llegar, la guardia personal de
Galahad se había instalado entre
estruendosas chanzas y sudores
juveniles. La nieve caía suavemente
sobre el atrium, pero ni aun así se
notaba el frío, gracias a los braseros y el
calor de las maderas, que combatían las
temperaturas más extremas. Unos
enormes postigos separaban el atrium
del resto de la casa, confiriendo al
recinto una sensación de confort y
seguridad en medio de una luz tenue.
Galahad había organizado
eficazmente la villa, pero pese a todos
sus movimientos no podía negarse que el
alma de Salinae la Menor había
desaparecido sin que por el momento
nadie la hubiera sustituido. Se percibía
claramente la ausencia de mujeres por
las telarañas que se iban formando en
los rincones y por la fina capa de polvo
que empezaba a posarse en las
superficies de madera; sin necesidad de
decir nada, todo hablaba del destino que
había sufrido Miryll.
En el scriptorium, Galahad y
Percival estudiaban sin demasiado éxito
las enigmáticas palabras que el primero
había escrito sobre la mesa con un
carboncillo.
—¡No tengo ni idea de lo que quiere
decir esta maldita adivinanza! —
profería Galahad irritado en voz baja—.
Artor me despellejará vivo si no
desciframos el acertijo de Lucius; ¡estoy
condenado a servir de zapatillas para el
monarca!
Percival iba a sonreír ante la
bromita de Galahad, pero se dio cuenta
de que el muchacho iba en serio. El
joven tenía todo el pelo revuelto;
parecía que incluso sus cejas,
normalmente serenas, se habían
enredado y bajo los párpados cansados
asomaban unos ojos enrojecidos por
falta de sueño.
—¿Y si interpretáramos estos versos
de alguna otra manera? —sugirió
Percival tentativamente—. Podríamos
precisar qué es lo que sabemos y seguir
a partir de ahí.
—Sabemos que Lucius llevó el cáliz
a Glastonbury —afirmó Galahad—. Se
lo contó a todo el que quiso preguntar.
—Si es así, la historia del cáliz no
es de aquí —contestó Percival—. Así
que no puede tratarse de la reliquia celta
que creías que estaba escondida en
Salinae la Menor.
Galahad se quedó pensativo.
—Supongo que no —dijo—. Pero,
entonces, ¿qué es lo que había oculto en
la torre? Debe de ser algo importante
para que el padre de Miryll lo registrara
por escrito, o sea, que ahora tenemos
dos misterios por resolver. Mierda,
cómo me gustaría que nos hubieran
encargado algo en vez de estar aquí
como dos memos intentando descifrar
acertijos y misterios estúpidos.
Todo lo que Percival tenía de
modesto, lo tenía Galahad de altanero,
pero Percival no veía por qué tenía que
restregar sus creencias ante sus amigos,
ni obligarlos a comulgar con ellas,
mientras que Galahad consideraba que
su obligación era convertir a la gente
para que se integrara en la Iglesia de
Roma. Pese a todo, la fe que compartían
empezaba a revelarse como algo
valioso, que reforzaba la incipiente
amistad entre ellos. Y eso que Percival
no se pasaba horas de rodillas, cosa que
Galahad consideraba esencial para
mantener la salud espiritual. Arrogante y
de carácter difícil, envarado como una
espada y de una franqueza despiadada,
Galahad era el estereotipo de lo que
representaba el guerrero cristiano para
todos los que entraban en contacto con
él. Solo en la intimidad se empezaba a
atisbar el alma insegura y atribulada de
un hombre que se esforzaba por romper
con una familia exótica e incompatible
con él. Percival entendía que Galahad
soñara con la gloria eterna para borrar
los recuerdos de su famoso y libertino
progenitor, del avaricioso de su abuelo,
de la bruja de su tía abuela y de una
madre arrebatada por el odio.
—¿Te ha hablado alguien de la
reliquia de Salinae la Menor, aparte de
lo que descubriste en los pergaminos?
—preguntó Percival.
—Cuando vine con mi padre, Gronw
y Lady Miryll me evitaban, como si
estuviera apestado —respondió
Galahad, jugueteando con una pluma de
junco. La cogía por el bisel, astillándola
y rasgándole la punta, hasta que la dejó
inservible.
—¿Crees que Lady Miryll pudo
revelarle algo a tu padre, que pudo
incluso pasarle inadvertido? Parece que
tanto Miryll como Gronw trataron a
Lord Galván como si fuera su amuleto
favorito y la dama se pasó todo el día
con él. Tuvieron que hablar de algo.
—Cuando nos fuimos de aquí, mi
padre no hizo más que quejarse todo el
camino de vuelta. Hablaba sobre todo
de Salinae la Menor y de su pasado. Me
reprochaba una y otra vez que no me
gustara el sitio y, aunque no recuerdo
bien qué decía, porque no le prestaba
demasiada atención, sí mencionó que la
madre de Miryll había sido asesinada
por su esposo. Padre estaba
convencidísimo de que Salinae la Menor
era un lugar venerable y me tildaba
constantemente de irracional por
repudiar a toda aquella cuadrilla.
—¿Tu padre te dio las razones por
las que pensaba así? Supongo que
discutiríais sobre el tema.
Galahad se rió sin demasiadas
ganas.
—No atiende a nada de lo que digo.
¡Es Galván, uno de los inmortales de
Artor!
Percival aguardó, de la misma
manera que había hecho con el hermano
Simón en Glastonbury. Entendía que
hasta el más inteligente de los
manipuladores odia el silencio; por eso
suelen precipitarse a llenar el vacío.
—¿Has oído hablar de esa leyenda
que cuenta la historia de un forastero,
que se supone construyó en su día el
primer templo de Glastonbury? —
preguntó Galahad.
—Vagamente; no recuerdo mucho —
dijo Percival encogiéndose de hombros
y tratando de no demostrar lo que sabía
de Josephus hasta no ver por dónde
discurría la mente de Galahad.
—Padre me dijo que el que hizo la
iglesia era el mismo que construyó la
torre de esta isla en la que estamos
ahora. Por lo visto ya había leído los
pergaminos con las notas de Rufus, pero
a padre no le interesaban esas
referencias que hacía a un anciano.
—Puede que la leyenda del anciano
sea el vínculo que estemos buscando —
dijo Percival con ciertas reservas. Se
resistía a pensar que hubiera un vínculo
entre la torre de Salinae la Menor y la
iglesia de Glastonbury. Para él Salinae
la Menor siempre sería pagana y estaría
anegada en sangre.
—¡Maldición! No recuerdo sobre
qué divagaba mi padre. Pero si me dejas
un momento, puede que me acuerde —
mientras Galahad recorría la habitación
arriba y abajo, Percival reflexionaba
sobre lo difícil que debía de ser tener un
padre como Galván, que ya era una
leyenda viva.
Estaba claro que Galahad estaba
estrujándose los sesos.
—Padre se encogió de hombros, sí y
convino en que no sabía nada del que
trajo los pergaminos… un nombre raro
de esos.
Percival se quedó mirando fijamente
a Galahad, sin llegar a creerlo. Un joven
tan comprometido, tan celosamente
cristiano, el príncipe de los otadinos, a
veces resultaba completamente obtuso.
—Ese nombre que mencionó, ¿no
sería Arimatea?
—Posiblemente. No me acuerdo.
—¿Y te acuerdas de la historia
sagrada?
Galahad palideció, pero al caer en
la cuenta fue animándose poco a poco.
—¿Será posible? ¿Será José de
Arimatea el que trajo el pergamino? ¿El
mismo José que nos trajo a Jesús? ¿El
que enterró al Cordero de Dios en su
tumba?
Los dos guerreros volvieron sus ojos
sobre las palabras que estaban escritas
en la mesa, con ojos ardientes de
emoción.
—Hay muchas leyendas que dicen
que José llegó a Britania, pero para mí
eso siempre ha sido un cuento —dijo
Galahad, con rostro expresivo.
—Puede que la leyenda parta de
algo que ocurrió hace muchísimo tiempo
y que haya cambiado con los años. ¿Has
visto en algún otro sitio algo parecido al
espino de Glastonbury? Myrddion
Merlín creía que el árbol del espino
venía de un ramito de la corona de
Cristo. Pero ¿cómo vamos a saberlo, si
han pasado tantos años?
Galahad negó con la cabeza. No
hacía más que leer y releer las palabras
que estaban escritas a carboncillo sobre
la mesa.
—Vamos a empezar por el principio
—insistió Percival, al ver la
preocupación que embargaba a su señor
—. ¿Qué era la reliquia que había aquí?
¿Dónde está? Escúchame, Galahad, y
deja de sacar conclusiones por tu cuenta
en