Un árbol se conoce por sus
frutos
“No hay árbol bueno que pueda dar fruto malo, ni
árbol malo que pueda dar fruto bueno” (Lc 6,43).
Fray Enrique Arenas Molina, OAR
Rector Uniagustiniana
Ambientación
Vivimos ciegos. Nos asentamos más en los fallos y defectos de los
demás que en los propios. Hacemos una cosa y decimos otra, somos
los más hipócritas. Tenemos una religiosidad de solo palabras y no de
obras. Queremos un cambio en la sociedad y nos da miedo meternos
en sus estructuras. Rebuscamos líderes y no valoramos los propios,
los que hasta la vida la han entregado por nosotros. Un árbol se co-
noce por sus frutos.
Jesús de Nazaret, como líder, mostró el camino a seguir para los que
creemos en Él, y es el mandamiento del amor: nadie tiene amor más
grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13). Al final de nues-
tra vida, lo único que contará será lo que hayamos sembrado por Dios
y por los otros.
Es evidente la insistencia del Maestro: “Servir y a dar la vida”. Pues,
el fruto muestra el cultivo de un árbol. Un árbol se conoce por sus
frutos. Jesús pretende señalar a sus discípulos el auténtico camino
de discernimiento para seguirle: el camino de servicio y sacrifico, fir-
meza y despojo total. Nada de apegos materiales, abrir el corazón y
trabajar en la misión encomendada. Por eso les hace sabiamente la
Un árbol se conoce por sus frutos 205
pregunta: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? Creo que somos ciegos;
ciegos que pueden ver, pero no miran.
Si precisamos, evidenciamos que son abundantes las enseñanzas de
reflexión descubiertas en este ambiente habitual: el fruto muestra el
cultivo de un árbol. Pueden ver, pero no miran, se salvaguardan en
la ceguera, la ceguera del corazón que es producida por el pecado
y por la dureza de nuestros juicios hacia los demás. Están ciegos y
se ayudan mutuamente, por eso esta escena habitual en nosotros: el
árbol y sus frutos.
En la Biblia leemos con frecuencia: el árbol y su fruto en el relato
del evangelio vale como amonestación sobre los líderes, incluidos
los líderes religiosos. ¿Qué mensaje enseñan? ¿Cómo reflejan sus ac-
ciones lo que dicen creer? ¿Existe coherencia? Esta narración, sin
embargo, también sirve como examen de conciencia personal. Así
como el fruto de un árbol revela su naturaleza, y la salud de tal fruto
da evidencia de la vitalidad del árbol, el fruto de nuestras vidas ofrece
evidencia de quiénes somos:
“No hay árbol bueno que pueda dar fruto malo, ni ár-
bol malo que pueda dar fruto bueno. Cada árbol se co-
noce por su fruto: no se cosechan higos de los espinos,
ni se recogen uvas de las zarzas. El hombre bueno dice
cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el
hombre malo dice cosas malas porque el mal está en
su corazón. Pues de lo que abunda en su corazón habla
su boca” (Lc 6,43-45).
Esta es una de las mejores comparaciones de Jesús, en imágenes y
sentencias. Cada una proporcionaría para reflexionar sobre ella:
podemos comenzar por considerar lo que dicen nuestras palabras
y acciones sobre nosotros y sobre el Dios que habita en nosotros.
¿Se expresa el fruto de nuestras vidas en el cuidado de otros o en
206 Reflexiones del Rector, nº 9
egoísmo? ¿Estamos produciendo palabras y acciones que comunican
generosidad, o emiten un mensaje que promueve la codicia? ¿Esta-
mos trabajando por la justicia para los marginados o alienan aún más
nuestras palabras y acciones a quienes ya se sienten excluidos? ¿Co-
municamos suavidad y paz, o hablan nuestras vidas del caos? ¿Qué
tipo de frutos producimos?
Agustín de Hipona comenta que el árbol se conoce por sus frutos. No
alabes a nadie antes de que razone, esto es un escenario preciso en
los seres humanos, pues podemos tropezar sorpresas desapacibles:
“Se agita la criba y queda el desecho,
así el desperdicio del hombre cuando es examinado;
el horno prueba la vasija del alfarero,
el hombre se prueba en su razonar;
el fruto muestra el cultivo de un árbol,
la palabra la mentalidad del hombre;
no alabes a nadie antes de que razone,
porque ésa es la prueba del hombre” (Eclo 27,4-7).
De esta manera, nosotros somos como los árboles. Sin duda, la pre-
gunta es si producimos frutos útiles, sabrosos, provechosos para Dios
y para los demás. ¿Los hermanos vienen a confortarse y alimentarse
de nosotros? ¿Se dirigen a nosotros cuando necesitan un consejo,
una ayuda y un servicio?
Quisiera introducir este artículo: Un árbol se conoce por sus frutos.
Sí, un buen árbol solo puede dar frutos buenos; un árbol malo solo
puede dar frutos malos. El Jesús dijo, “toda planta que mi Padre ce-
lestial no haya plantado, será desarraigada”. No puedes juzgar algo
verdaderamente que nunca hayas saboreado, es por eso que un árbol
se juzga por el fruto que proporciona. Jesús acostumbraba a utilizar
el ejemplo de un árbol como algo paralelo a los seres humanos.
Con este pasaje bíblico, Lucas describe toda una realidad de vida re-
novada: cada árbol se conoce por sus frutos. Los frutos del árbol que
es la familia, son los niños y los jóvenes. Son frutos buenos cuando
Un árbol se conoce por sus frutos 207
el árbol tiene buenas raíces –que son los abuelos– y un buen tronco
–que son los padres.
Expresaba Jesús que todo árbol bueno da frutos buenos y todo árbol
malo da frutos malos. La gran familia humana es como un bosque,
donde los árboles buenos aportan solidaridad, comunión, confianza,
apoyo, seguridad, sobriedad feliz, amistad. La presencia de las fami-
lias numerosas es una esperanza para la sociedad.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una pa-
rábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No
caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que
su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje,
será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que
tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que
llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu herma-
no: ¿Hermano, déjame que te saque la mota del ojo,
sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócri-
ta! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás
claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. No
hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado
que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto;
porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se ven-
dimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la
bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el
que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que
rebosa del corazón, lo habla la boca” (Lc 6,39-45).
Tiempo de reflexión
• Siguiendo la narración de la parábola ¿estás de acuerdo en que la
fuerza ella se descubre en lo que evoca dentro de nosotros y no
simplemente en lo que significa?
208 Reflexiones del Rector, nº 9
• El Salmo 1 contiene una imagen del árbol plantado cerca de las
corrientes de agua. ¿Qué otras imágenes puedes pensar para co-
municar cómo la naturaleza nos puede enseñar a vivir?
• Simplemente en una reflexión a conciencia ¿De qué modos la pa-
rábola del árbol conocido por sus frutos te ayuda a considerar lo
que significa ser una persona buena?
• De acuerdo con la narración y en una escala de discernimiento
¿Cómo contarías el fruto que produce tu vida en este momento?
Los mensajes de Jesús nos recuerdan que la verdadera vida íntegra
demanda una transformación interior, el tipo de transformación que
Él promete cuando sus palabras continúan hablándonos hoy. Un ár-
bol puede gozar todo tipo de condiciones externas ideales: lluvias
moderadas, mucha luz de sol y buenas temperaturas. Pero si no se
alimenta de los ricos nutrientes del suelo, no dará fruto.
En este apartado, Un árbol se conoce por sus frutos, compartiré
ocho aspectos primordiales que nos ayudarán a valorar el fruto de
nuestras vidas, el fruto muestra el cultivo de un árbol:
1. ¿Puede un ciego guiar a otro ciego?
2. La paja en el ojo ajeno.
3. El apelativo hipócrita.
4. El árbol y sus frutos.
5. Quien juzga se equivoca.
6. Entender es juzgar.
7. ¡No Juzgues! Cada uno tiene una historia.
8. La ceguera del corazón.
Cristo, es la luz del mundo. Se trata de la luz verdadera que ilumina-
rá el camino de nuestra vida para alcanzar la salvación eterna. Pero
Un árbol se conoce por sus frutos 209
cuando los hombres nos empeñamos en ver la “luz” con gafas de ma-
dera o simplemente no la aceptamos por soberbia, a Cristo no le que-
da otra más que respetar nuestra libertad. El fruto muestra el cultivo
de un árbol.
1. ¿Puede un ciego guiar a otro ciego?
Es innegable que un ciego no puede guiar a otro ciego. Creemos co-
nocer o saberlo todo, pero estamos encerrados en nuestras costum-
bres, vicios, tradiciones y leyes.
Jesús les hizo también esta comparación: ¿Puede un ciego guiar a otro
ciego? ¿No caerán los dos en un pozo? El discípulo no es superior al
maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maes-
tro.
Jesús pretende recalcar que un discípulo no puede ser ciego, sino
que debe ver bien, es decir, debe poseer el conocimiento para acom-
pañar con sabiduría. De lo contrario, corre el peligro de lesionar a las
personas que dependen de él. Así, Jesús llama la atención de aque-
llos que tienen responsabilidades enseñanza o de mando: los que
acompañan en su aprendizaje, los pastores de almas, las autoridades
públicas, los legisladores, los padres, exhortándoles a que sean cons-
cientes de su delicado papel y a discernir siempre el camino acertado
para conducir a las personas.
Es cierto que Jesús toma prestada una expresión sapiencial, para in-
dicarse como modelo de maestro y guía a seguir: “No está el discípu-
lo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado será como
su maestro”. Es una invitación a seguir su ejemplo y su enseñanza
para ser guías seguros y sabios. Y esta enseñanza está encerrada,
sobre todo, en el Sermón de la Montaña que enseña la actitud de
mansedumbre y de misericordia para ser personas sinceras, humil-
des y justas.
210 Reflexiones del Rector, nº 9
Quiere Jesús que su discípulo sea capaz de orientar a otros por el
auténtico camino de vida y salvación, no hacia sí mismo. El punto de
referencia, el centro, es siempre Jesús, que es camino verdad y vida
(Jn 14,6). Quien pierde esa referencia queda ciego: no reconoce a Je-
sús, no comparte su visión.
No obstante, Jesús llama a los fariseos “guías ciegos” porque no ven:
no reconocen la intervención salvadora de Dios que se está dando a
través de Jesús. Ellos están inquietos de sí Jesús cumple o no la ley,
de si respeta el sábado o no. Les incomoda que Jesús cure en sábado;
no les interesa el bien que Jesús está haciendo a las personas que han
asistido a Él.
Con las acciones de Jesús, Dios presenta su misericordia hacia per-
sonas despreciadas y marginadas, a las que levanta de su miseria y
devuelve su dignidad de hijos de Dios. Los fariseos están dentro de
un pozo. Sólo ven su propio proyecto de presunta perfección, aquella
que los hace llamarse a sí mismos “separados”, que es lo que significa
“fariseos”.
2. La paja en el ojo ajeno
Mediante esta imagen, la paja en el ojo ajeno, quiero proyectar un
criterio de discernimiento, una lección de prudencia sobrenatural.
Para juzgar a un hombre, un movimiento, una doctrina, no debemos
dejarnos llevar por sus apariencias o sus declaraciones. No debemos
fijarnos en sus palabras, sino hemos de mirar sus obras y sus reali-
zaciones.
Jesús percibe en sus discípulos la tentación del fariseísmo, por eso
advierte contra la actitud de quien juzga al hermano por hechos
minúsculos y, en cambio, no ve la gravedad de su propia conducta
egoísta. Sacarse la viga del ojo significa examinarse constantemente,
evaluar la propia conducta, reconocer los propios pecados y pedir
perdón.
Un árbol se conoce por sus frutos 211
¿Por qué miras la viga que hay en el ojo de tu hermano
y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes de-
cir a tu hermano: ¿hermano, deja que te saque la paja
de tu ojo, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo?
¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces
verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano!
En el pasaje bíblico encontramos otra frase significativa, que nos ex-
horta a no ser presuntuosos e hipócritas. Escribe así: “¿Cómo es que
miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la
viga que hay en tu propio ojo?”. Muchas veces, lo sabemos, es más
fácil o más cómodo percibir y condenar los defectos y los pecados
de los demás, sin darnos cuenta de los nuestros con la misma cla-
ridad. Siempre escondemos nuestros defectos, también a nosotros
mismos; en cambio, es fácil ver los defectos de los demás.
La tentación es ser indulgente con uno mismo –manga ancha con
uno mismo– y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros
con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los de-
fectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que
tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o
corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos ser
conscientes de ello y, antes de condenar a los otros, mirar dentro de
nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humil-
dad, dando testimonio de la caridad.
¿Cómo podemos entender si nuestro ojo está libre o si está obsta-
culizado por una viga? De nuevo es Jesús quien nos lo dice: “No hay
árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que
dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto”. El fruto son las
acciones, pero también las palabras. La calidad del árbol también se
conoce de las palabras.
Ciertamente, quien es bueno saca de su corazón y de su boca el bien
y quien es malo saca el mal, practicando el ejercicio más dañino entre
nosotros, que es la murmuración, el chismorreo, hablar mal de los
212 Reflexiones del Rector, nº 9
demás. Esto destruye; destruye la familia, destruye la escuela, des-
truye el lugar de trabajo, destruye el vecindario. Por la lengua empie-
zan las guerras. Pensemos un poco en esta enseñanza de Jesús y pre-
guntémonos: ¿Hablo mal de los demás? ¿Trato siempre de ensuciar
a los demás? ¿Es más fácil para mí ver los defectos de otras personas
que los míos? Y tratemos de corregirnos al menos un poco: nos hará
bien a todos.
3. El apelativo hipócrita
Con este apelativo hipócrita que Jesús da varias veces a los doctores
de la ley en realidad es dirigido a cualquiera, porque quien juzga lo
hace en seguida, mientras que Dios para juzgar se toma su tiempo.
El único que juzga es Dios y a los que Dios da la potestad de hacerlo.
Jesús, delante del Padre, ¡nunca acusa! Al contrario: ¡defiende! Es el
primer Paráclito. Después nos envía el segundo, que es el Espíritu
Santo. Él es defensor: está delante del Padre para defendernos de las
acusaciones. ¿Y quién es el acusador? En la Biblia se llama acusador
al demonio, satanás. Jesús nos juzgará, sí: al final de los tiempos, pero
mientras tanto intercede, defiende.
Jesús nos dice: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no
serán condenados; perdonen y serán perdonados; den y se les dará”.
Qué interesante todas estas frases que sintetizan todo un estilo de
vida, un estilo de vida que después Él completa diciendo: “el discípulo
no es superior al maestro, no miren la paja del ojo ajeno si hay una
viga en el tuyo”, sino buscar de ser comprensivo, de ser atento, de no
vivir con los ojos cerrados como un ciego –Él dice– que quiere con-
ducir a otros ciegos. Por eso, toda la vida del cristiano tiene que tener
una mirada desde la caridad, desde el amor; la vida del cristiano tiene
que ser siempre una ayuda permanente al que está a nuestro lado.
No obstante, el juicio, a veces, rompe relaciones y quiebra todo lo que
puede ser la alegría de la vida. No es que no tengamos que juzgar el
Un árbol se conoce por sus frutos 213
mal y condenar el mal, pero tenemos que salvar a la persona y ayudar
a la persona a salir del mal; no es que tengamos que darlo todo sin
pensar en qué, sino que tenemos que ser generosos en el dar porque
como Él dice: “Den y se les dará” dar amor y recibiremos amor, dar
gestos de solidaridad y seremos alegrados por la solidaridad de los
demás, dar perdón y recibiremos el perdón y viviremos en paz.
No somos mejores que los demás y, por lo tanto, no somos los lla-
mados a juzgar a nuestros hermanos: “Tú, ¿quién eres para juzgar al
prójimo” (St 4,12). Ponernos en la situación real de los otros y escu-
charlos con atención, sin juzgarlos, ayuda a que las relaciones sean
constructivas y liberadoras. Conviene recordar que es fácil caer en
la tentación de la crítica feroz y demoledora cuando no se sabe ni se
conoce la situación por la que está pasando la persona que tenemos
al frente.
4. El árbol y sus frutos
El árbol y sus frutos. Sí, el fruto muestra la siembra de un árbol. Con
este pasaje bíblico de Lucas, que representa toda una realidad de vida
renovada: Cada árbol se conoce por sus frutos. Esta narración es el
primer ejemplo a seguir como auténticos cristianos y líderes innova-
dores en el mundo, pues, el fruto muestra el cultivo de un árbol. Todo
árbol se conoce por sus frutos.
Sabemos que en el innovado mundo de las estructuras hay disímiles
tipos de líderes. Viven aquellos que agrupan en sí mismos toda la
autoridad y no consienten que nadie batalle sus decisiones; otros,
en cambio, encomiendan compromisos, dejan a sus subordinados un
gran espacio de autonomía y solo intervienen cuando algo verdade-
ramente no marcha. Hay líderes que dan una gran participación a sus
participantes en las decisiones, logrando así más convicción a la hora
de realizar lo decidido entre todos.
214 Reflexiones del Rector, nº 9
Otros buscan asegurar el cumplimiento de las tareas a través de ne-
gociaciones e intercambios de beneficios entre el líder y sus segui-
dores. Detrás de todo liderazgo debe haber, o tendría que haber, una
visión: la meta, los propósitos, los objetivos, aquello que la organiza-
ción quiere llegar a HACER y lo que quiere llegar a SER. Cuando un
líder tiene una visión atrayente, motivadora y logra que sus seguido-
res la compartan con entusiasmo, es posible que el emprendimiento,
del tipo que sea, produzca buenos frutos.
Jesús de Nazaret surgió como un líder al que sus doce discípulos
siguieron con una gran adhesión, fidelidad y lealtad. Los primeros,
cuatro pescadores, salieron tras de Él en cuanto les dijo “síganme”.
Dejaron todo atrás para seguirlo. Pasado ese primer momento de en-
tusiasmo y ya completado el grupo de los Doce, los discípulos em-
prendieron su aprendizaje en el seguimiento de Jesús.
Los Doce discípulos habitaban siempre con Él. Lo acompañaban a
todas partes. Presenciaban sus acciones: curación de enfermos,
expulsión de demonios; escuchaban su predicación: sus parábolas,
sus discursos, sus dichos cortos e incisivos. Todo eso fue quedando
grabado en su corazón. Los evangelios pueden darnos la impresión
de que Jesús decía las cosas una sola vez; sin embargo, es más que
probable que repitiera sus enseñanzas ante diferentes audiencias. De
este modo los discípulos, escuchando una y otra vez, fueron memo-
rizando el mensaje del Maestro.
Jesús como buen líder no buscó plasmar un círculo de amigos, aten-
tos y curiosos, que lo siguieran a todas partes, ansiosos de innova-
ciones. Jesús llamó a los Doce para participar en un proyecto, el más
formidable y desmesurado que pueda haberse presentado jamás: el
proyecto de amor y de salvación de Dios, la reconciliación en Dios de
toda la humanidad y de “servir y a dar la vida”.
Jesús llamó a sus discípulos “para que estuvieran con Él y para en-
viarlos a predicar” (Mc 3,14). Como parte de su formación, los enviaba
en misión, de dos en dos, a pueblos y aldeas. Llegará el día en que
Un árbol se conoce por sus frutos 215
Jesús, ya resucitado, los enviará a anunciar el evangelio a todas las
naciones de la Tierra.
En su camino con Jesús, los discípulos fueron creciendo. Fueron de-
purando expectativas erradas, para comprender y asumir la visión de
Jesús. Les costó abandonar la tentación del poder, pero entraron en
el camino del servicio, para llegar un día, como el Maestro, “a servir
y a dar la vida”. Aprendieron a formar comunidades de seguidores de
Jesús, donde cada uno podía encontrar su dignidad de hijo de Dios y
participar también en la misión.
5. Quien juzga se equivoca
Es indiscutible que quien juzga se equivoca sencillamente porque
toma un lugar que no es suyo. Pero no solo se equivoca, también
se confunde. Está tan obsesionado con lo que quiere juzgar de esa
persona (¡tan obsesionado!) que esa idea no le deja dormir. Y no se da
cuenta de la viga que él tiene. Es un fantasioso. Y quien juzga se con-
vierte en un derrotado, termina mal, porque la misma medida será
usada para juzgarle a él. El juez que se equivoca de sitio porque toma
el lugar de Dios termina en una derrota. ¿Y cuál es la derrota? La de
ser juzgado con la medida con la que él juzga.
Quien juzga se equivoca, por eso es significativo saber con preci-
sión la libertad que conlleva conocerse a uno mismo, para no caer
en el juzgar. Porque se dice que el árbol bien cultivado se conoce
por sus frutos, y el corazón del hombre por la expresión de sus pen-
samientos.
En el camino de conocerse a uno mismo, es sustancial ser consciente
de cómo y por qué reaccionamos ante varios estímulos. Para ello,
cuando la ira aflora y se instala en nuestro cuerpo, por ejemplo, será
necesario quedarnos observando, sin juzgar y sin entrar en confron-
tación con esta sensación.
216 Reflexiones del Rector, nº 9
Tres son las palabras fundamentales que son claves para este mo-
mento del conocerse a uno mismo y no juzgar al Otro. Si quieres
conocerte, observa la conducta de los demás; si quieres conocer a los
demás, mira en tu propio corazón:
1. El conocerse: darse cuenta lo difícil de conocerse a uno mis-
mo. Darse cuenta de que uno este ciego en muchas cosas, darse
cuenta de las vigas que uno tiene en el propio ojo. Algunos lla-
marían a estas vigas: los prejuicios que uno tiene, los sesgos y
los condicionamientos que uno tiene, darme cuenta que estamos
ciegos.
No obstante, para ser libre es ineludible conocerse a uno mismo,
y no me refiero a nombre y apellidos, a qué me gusta desayunar
o a qué es lo que deseo o no hacer. Más bien, me refiero a esas
partes que tanto nos cuesta mirar y que tanto nos duelen cuando
los demás cometen la osadía de señalárnoslas.
Pregunta sincera ¿Qué es eso que tanto daño nos hace? ¿A qué
nos resistimos? A la envidia, a la soberbia o a la cobardía. Estas
son cualidades que todo ser humano posee, que algunos niegan y
que otros muchos rechazan.
De esta manera, girar la cara ante lo que forma parte de nosotros
no evitará que siga estando allí. Conocerse a uno mismo no es
fácil, pero tampoco imposible.
Conócete a ti mismo (Nosce te ipsum, tal y como ponía en el San-
tuario de Apolo en Delfos) y conocerás todo el Universo y a los
dioses. Conocerás tus luces y tus sombras.
El conocerse uno mismo es el asiento para desdoblar todo el po-
tencial humano que transportamos dentro de nuestro ser. Todos
somos diferentes, no obstante, todos tenemos la capacidad de
dar al mundo algo que los demás no pueden. Conócete a ti mismo
y descubrirás qué es.
Un árbol se conoce por sus frutos 217
Por último, Galileo Galilei decía que, la mayor sabiduría que exis-
te es conocerse a uno mismo”.
2. Corregirse: Jesús dice saca primero la viga de tu ojo, no solo dar-
me cuenta de que tengo condicionamientos, prejuicios o sesgos.
Es el propósito real de vencer estas limitaciones. Conocerse y
corregirse, examinemos la riqueza que hay en estas dos palabras,
en estos dos llamados de Jesús. Si uno empieza por darse cuenta
de cuantas cosas ignora de inmediato obra con mayor sencillez,
con mayor humildad, o si uno se da cuenta de prejuicios que tie-
ne puede combatirlo más eficazmente.
3. Conocer a los demás: es en la idea de los frutos, el árbol se cono-
ce por sus frutos, lo que hay en el corazón se conoce por lo que
abunda en la boca. Estas enseñanzas son de vida, cosas útiles en
nuestras vidas.
Distinguimos a veces que se nos dice que juzgamos muy a la li-
gera las conductas de los demás, creamos juicios de valor, y po-
demos ser muy injustos, por juzgar con precipitación, o por no
saber o ignorar los motivos y las razones por las que esa persona
actúa como lo hace.
Así es la vida: el árbol sus frutos, es necesidad asumir un discer-
nimiento, delicadeza y prudencia para no entristecer al otro y
no juzgar a equivocarnos, pues, “entonces por qué me juzgas si
no sabes nada, no sabes nada, entonces por qué me juzgas, si no
sabes nada”.
Quiero describir seis ejemplos significativos para que antes de
juzgar reflexiones y recordemos que Jesús nos enseña que la Mi-
sericordia de Dios es más fuerte que la dureza del pecado:
• Cuando estés solo, cuida tus pensamientos.
• Cuando estés con amigos, cuida tu lengua.
• Cuando estés enojado, cuida tu temperamento.
218 Reflexiones del Rector, nº 9
• Cuando estés con un grupo, cuida tu comportamiento.
• Cuando estés en problemas, cuida tus emociones.
• Cuando empiezas a tener éxito, cuida tu ego.
Nuestro Dios es un Dios de tremenda misericordia. Ya lo dice el
mismo Cristo en el pasaje antes leído: ¿Por qué me llamáis, Señor,
Señor, y no hacéis lo que digo? Él vino para que el hombre tenga
vida Eterna en Él. Él nos enseña el camino. De nuestra parte está
el hacerle caso o no.
6. Entender es juzgar
En el evangelio de Juan 8,1-11 Jesús dice que, el que esté libre de peca-
do, que tire la primera piedra. Sabemos que en nuestra sociedad nos
pasamos el día juzgando a los demás. Desde la religión que practica,
la política que sigue, el club al que pertenece, la moda que sigue...Y
lo que es peor, juzgamos sus actos. No nos damos cuenta, que la ma-
yoría de veces, lo que hacemos, es proyectarnos. Vemos en el otro
nuestros propios defectos.
Lastimosamente, nuestros hermanos, juzgan más por los ojos que
por la inteligencia, pues, todos pueden ver, pero pocos vislumbran lo
que ven. Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido
a que tiritamos por nosotros mismos. Sin duda que es mucho más
dificultoso juzgarse uno mismo que juzgar a los demás y si logras
juzgarte discretamente serás un verdadero sabio.
Para san Agustín, es bien sabido que, no tengo derecho a juzgar la
vida de los otros. Sólo debo juzgarme a mí mismo y elegir o rechazar
en función de mi persona. Pronto se arrepiente el que juzga apresu-
radamente. Cuando más se juzga, menos se ama. El que se erige en
juez de la verdad y el conocimiento es desalentado por las carcajadas
de los dioses.
Un árbol se conoce por sus frutos 219
De acuerdo a mi dictamen no se debe juzgar a nadie; y menos sin
conocer los porqués. Los motivos casi siempre nos absuelven. Todos
actuamos siempre por alguna razón, por algún motivo, y muchas ve-
ces loable.
El vislumbrar esos impulsos, meterse en la piel del otro, la capacidad
de empatía no hacer ser más desprendidos y flexibles a la hora de
juzgar a los demás. Introducirse en la piel del otro es embarazoso,
pero nos humaniza. Y, nos vuelve más condescendientes y compren-
sivos a la hora de juzgar. “No juzguéis a los demás si no queréis ser
juzgados. Porque con el mismo juicio que juzgareis habéis de ser juz-
gados, y con la misma medida que midiereis, seréis medidos voso-
tros” (Mt 7,1-2).
7. ¡No Juzgues! Cada uno tiene una historia
La invitación de Jesús es a ver a los demás con ojos limpios. El acep-
tarlos tal cual son, con sus discrepancias legítimas. Es más, nos invi-
ta a mirarlos con los ojos que Él los mira: ojos misericordiosos, ojos
amorosos.
¡No Juzgues! cada uno tiene una historia. Qué sensible resonar que,
antes de juzgar al otro comprometerse mirarnos a nosotros mismos.
Somos comprometidos de nuestras fallas, y son estos los que conve-
nimos amonestar. Al otro lo ayudaremos con nuestra comprensión,
no con nuestros juicios severos.
Esta metáfora ¡No Juzgues! representa que a veces caminamos parte
de nuestra vida juzgando a los demás y juzgándonos a nosotros mis-
mos.
En situaciones, las personas que más juzgamos a otros es porque en
realidad somos muy duros y exigentes con nosotros mismos.
220 Reflexiones del Rector, nº 9
¡No Juzgues!
“Un joven de 24 años viendo a través de la ventana del tren gritó:
¡Papá, mira los árboles como van quedando detrás! El Padre sonrió y
una pareja de jóvenes sentados cerca, miró al joven de 24 años con
conducta infantil y murmuraron que ya era mayor como para andar
diciendo eso. De pronto, otra vez exclamó: ¡Papá, mira las nubes
están corriendo con nosotros!
La pareja no pudo resistirse y le dijo al Padre: ¿Por qué no llevas a
tu hijo a un buen médico? El Padre sonrió y dijo: Ya lo hice y preci-
samente venimos del hospital, mi hijo era ciego de nacimiento, y hoy
por primera vez puede ver. La pareja de jóvenes quiso tragarse lo
que habían dicho”.
Moraleja
• Cada persona en el planeta tiene una historia.
• No juzgues a la gente antes de que realmente los conozcas. La
verdad puede sorprenderte.
• La verdad es que cuando miramos a los demás, sólo buscamos
las deficiencias.
• No Juzgues, “tú no sabes la tormenta que esa persona ha tenido
que atravesar en su momento de prueba” (Rm 2,1).
• ¿Cuáles son los conflictos más frecuentes en nuestra familia? ¿Y
en nuestra comunidad? ¿Es fácil la reconciliación en familia y en
comunidad? ¿Sí o no? ¿Por qué?
• ¿De qué manera los consejos de Jesús pueden ayudar a mejorar la
relación dentro de nuestra familia y de la comunidad?
• El culto perfecto que Dios quiere “Si, pues, al presentar tu ofren-
da en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo
contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero
Un árbol se conoce por sus frutos 221
a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu
ofrenda” (Mt 5,23-24).
Para poder ser aceptado por Dios y estar unido a Él, es preciso estar
reconciliado con el hermano. Antes de la destrucción del Templo del
año 70, cuando los cristianos han participado a las peregrinaciones
a Jerusalén para hacer sus ofertas al altar del Templo, recordaban
siempre la frase de Jesús. Ahora en los años 80, en el momento en
que Mateo escribe, el Templo y el Altar ya no existían. La comunidad
pasó a ser el Templo y el Altar de Dios (1Co 3,16).
Es lamentable que nos pasamos parte del día entero juzgando, cali-
ficando o criticando a nuestros semejantes, hijos, amigos, familiares,
políticos, jefes, famosos, ricos y pobres. Y al juzgar parece que nos
elevamos por encima de todos ellos, entonando el típico “PORQUE
YO NO SOY ASÍ”.
8. La ceguera del corazón
Hay muchas clases de ceguera. Está la clásica la del bastón y las gafas
oscuras. Pero hay otras muchas cegueras ocultas, camufladas, difí-
cilmente identificables, sobre estas nos llama la atención el texto bí-
blico de Lucas: “la ceguera del corazón”.
Hay mucha gente que ve, sí, pero se queda en la superficie de las co-
sas, no llega a descubrir que hay otras luces: la de comprender lo que
hay en el fondo de cada mirada, la de reconocer los propios errores,
la del amor, la de la fe.
La ceguera del corazón es producida por el pecado y por la dureza
de nuestros juicios hacia los demás. Con Cristo, la ceguera se pue-
de superar. Él puede hacer el milagro de volver la vista al ciego, por
ejemplo. Cristo puede hacer el milagro de acabar con la ceguera de
nuestro corazón ocasionado por el rencor, la desesperación, las en-
vidias, así como de nuestros pensamientos negativos que incluso nos
hacen tomar decisiones a base de presunciones erróneas y llevar-
222 Reflexiones del Rector, nº 9
nos a malas acciones de las cuales luego nos estamos arrepintiendo.
Cuando hay ceguera de corazón se suelen tomar malas decisiones.
Cristo viene a librar de la ceguera de la noche. “Yo soy la luz del mun-
do”. Limpia el ciego de nacimiento los ojos del cuerpo, para que vea; y
hasta le abre los del alma, para que crea. Y quiere que sus seguidores
pasemos decididamente de la muerte a la vida, de las tinieblas a la
luz. Más aún: que acabemos convirtiéndonos en luz. “En otro tiempo
eres tiniebla, ahora sois luz en el Señor. Caminamos como hijos de la
luz”.
Nuestras acciones son el resultado de nuestras decisiones. Como
seres libres decidimos lo que queremos hacer y lo hacemos o no lo
hacemos. ¡Qué hermoso sería si se nos conociera por nuestros fru-
tos de bondad, resultado de nuestras buenas decisiones en la vida!
A nivel familiar, en la convivencia diaria, ¡cuántas oportunidades de
ejercitarnos en la bondad! Incluso cuando tengamos que expresar
algún desacuerdo, ¡qué diferencia hay cuando se hace con bondad y
no con enojo! Lo mismo en el trabajo o en la escuela.
Es claro que logramos ver signos evidentes de la presencia de Dios y
no aceptarlos porque somos más ciegos que el ciego de nacimiento:
La curación del ciego de nacimiento.
“En aquel tiempo Jesús vio al pasar a un hombre ciego de nacimien-
to, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los
ojos del ciego y le dijo: Vete, lávate en la piscina de Siloé (que quiere
decir Enviado). Él fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los
que solían verle antes, pues era mendigo, decían: ¿No es éste el que
se sentaba para mendigar? Unos decían: Es él. No, decían otros, sino
que es uno que se le parece. Pero él decía: Soy yo. Lo llevan donde los
fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús
hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron
cómo había recobrado la vista. Él les dijo: Me puso barro sobre los
ojos, me lavé y veo. Algunos fariseos decían: Este hombre no viene de
Dios, porque no guarda el sábado. Otros decían: Pero, ¿cómo puede
Un árbol se conoce por sus frutos 223
un pecador realizar semejantes señales? Y había disensión entre
ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: ¿Y tú qué dices de él, ya que
te ha abierto los ojos? Él respondió: Que es un profeta. Y dijo Jesús:
Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven,
vean; y los que ven, se vuelvan ciegos. Algunos fariseos que estaban
con él oyeron esto y le dijeron: ¿Es que también nosotros somos cie-
gos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero,
como decís: Vemos vuestro pecado permanece” (Jn 9,1-12).
• Cristo es la luz del mundo. Se trata de la luz verdadera que ilu-
minará el camino de nuestra vida para alcanzar la salvación eter-
na. Pero cuando los hombres nos empeñamos en ver la “luz” con
gafas de madera o simplemente no la aceptamos por soberbia, a
Cristo no le queda otra más que respetar nuestra libertad.
• Los fariseos vieron al ciego de nacimiento muchas veces antes
de que fuese curado, pues si era mendigo lo más seguro es que
estuviese a la puerta del templo. Pero, ¿por qué ahora le echan en
cara de que es un farsante? ¿Por qué ahora no ven el milagro ve-
nido de Dios por ser realizado en sábado? Por soberbia y orgullo,
por no considerarse como lo que realmente son, simples cables
cuya función es la de transmitir la palabra de Dios.
• A nosotros también nos puede entrar el pecado de la soberbia si
no estamos atentos. Podemos ver signos evidentes de la presen-
cia de Dios, de su amor en nuestra vida y no aceptarlos porque
somos más ciegos que el ciego de nacimiento.
• Por eso, hay que estar abiertos a la luz de la verdad que es Cristo
y no cegarnos en nuestra soberbia. Aceptar a Cristo, aceptar su
amistad y su amor, aceptar la verdad de sus palabras y creer en
sus promesas; reconocer que su enseñanza nos conducirá a la
felicidad y, finalmente, a la vida eterna.
Concluyamos con esta alabanza de Agustín de Hipona, pues, quien
está lejos de Dios de la misma manera está lejos de sí mismo, aliena-
224 Reflexiones del Rector, nº 9
do de sí mismo, y sólo puede encontrarse a sí mismo si se encuentra
con Dios. De este modo logra llegar a su verdadero yo, su verdadera
identidad.
El Deseo de Dios
(Conf. 1,5,5).
Oh Señor, ¿cómo podría yo descansar en ti?,
¿cómo podría conseguir que vengas a mi
corazón y lo embriagues;
para que me olvide de todos mis males
y me abrace a ti, mi único Bien?
¿Qué eres tú para mí?
No te enojes y déjame hablar: ¿qué soy yo para ti,
para que me mandes que te amé, y, si no lo hago,
te disgustes conmigo
y me amenaces con grandes desgracias?
¿Es que no es suficiente desgracia el no amarte?
¡Ay de mí! Por lo que más quieras, dime:
¿qué eres tú para mí? Díselo a mi alma: Yo soy tu salvación.
Pero, ¡díselo de modo que yo lo oiga!
Señor, ahí tienes, delante de ti,
los oídos de mi corazón.
Ábrelos y dile a mi alma:
Yo soy tu salvación.
Entonces yo saldré disparado tras esa voz
y te daré alcance.
¡No me escondas tu rostro!
¡Muera yo para que no muera mi alma
y pueda así verte!
Amén.
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