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Créditos
TRADUCCIÓN
Flochi
Flor
Jessibel
Kiki
LizC
OnlyNess
3
CORRECCIÓN
Claudia
Flochi
Lelu
LizC
LECTURA FINAL
LeyRoja
Mariangela
DISEÑO
Bruja_Luna_
Índice
Créditos 3 Diecisiete 145
Dedicatoria 5 Dieciocho 160
Sinopsis 6 Diecinueve 172
Uno 8 Veinte 176
Dos 21 Veintiuno 192
Tres 34 Veintidós 210
Cuatro 44 Veintitrés 218
Cinco 62 Veinticuatro 229 4
Seis 68 Veinticinco 242
Siete 77 Veintiséis 255
Ocho 81 Veintisiete 259
Nueve 87 Veintiocho 282
Diez 97 Veintinueve 297
Once 103 Treinta 323
Doce 113 Treinta y uno 334
Trece 121 Treinta y dos 337
Catorce 126 Treinta y tres 357
Quince 130 Epílogo 365
Dieciséis 137 Sobre la autora 374
Dedicatoria
Para los que aman con una ferocidad que reinstala la fe y quema la
armadura.
5
Sinopsis
El rey de los lobos era más bestia que hombre, más tirano que rey, y
mucho más de lo que parecía.
Criado para vengar a sus padres asesinados, había sido entrenado y
condicionado hasta que solo la violencia y el odio recubrían las paredes de
su corazón muerto.
Durante casi cuatro años, había hecho todo lo que podía para ayudar
a mi reino mientras nos enfrentábamos a la maldad inconquistable del rey
lobo; prácticamente nada.
6
Como única heredera del linaje Gracewood, me habían relegado a
tareas serviles que me mantuvieran a mí y a mis secretos a salvo.
La oportunidad de hacer algo más que preocuparme detrás los muros
de nuestro castillo llegó cuando los traspasé después escuchar los planes
de mis padres para mi futuro. Al huir, me precipité, sin saberlo, hacia un
destino que todos esperábamos desesperadamente evitar.
Cuando lo vi venir, ya era demasiado tarde. Para mi familia. Para mí
reino.
Para mi corazón.
Antes de que pudiera detener la hemorragia, el rey me tenía bajo su
gigantesca pata, y un movimiento equivocado tras otro hizo que esas
afiladas garras se hundieran más y más bajo mi magullada piel.
Podría haber estado atrapada, ser ingenua y estar furiosa, pero aún
tenía un reino que salvar y un plan. Sin embargo, cuando colisionamos, el
derramamiento de sangre, el miedo, sus atrocidades... todo se disolvió como
polvo de estrellas en el mar nocturno.
Las estrellas habían trazado nuestro destino, pero no importaba lo que
ellas o mi corazón quisieran. Me negaba a ver al macho enigmático, al chico
perdido sin corazón con un alma bajo la piel de un monstruo.
El rey salvaje que había destruido todo lo que amaba caería, incluso
si mi corazón cayera con él.
**Inspirado en Hades y Perséfone, Rumpelstiltskin y La princesa del
cisne, The Savage and the Swaw no está relacionado con ninguna otra
novela de Ella Fields. Se trata de una fantasía romántica independiente con
contenido para adultos.**
7
Uno
Mi mano se apartó de la puerta que había estado a punto de abrir para
dar las buenas noches a mis padres.
—¿El príncipe humano? —gritó mi madre—. Entregarla a él, a ellos,
no solo es una traición hacia nuestra hija, sino que es un insulto a todo lo
que hemos construido mientras sufríamos su presencia en estas tierras.
—¿Crees que no soy consciente de eso? —gritó mi padre. Congelada,
esperé, marchitándome en el acto mientras su voz se suavizaba—. No
tenemos otra opción, Nikaya. Es esto o esperar a que se despliegue el mapa
de las estrellas, y ambos sabemos lo que él le hará a ella, a cualquiera de 8
nosotros, si se le da la oportunidad.
Mi madre no dio respuesta, y pude imaginar su rostro sereno moteado
de preocupación, con sus mejillas rubí y retorciéndose por sus preocupantes
pensamientos.
—Se la llevarán, lo sé, y aunque ella no quiera al príncipe, ni él a ella,
estará a salvo.
—¿A salvo? —Mi madre se rió a medias—. Puede que nos teman y
cumplan nuestras órdenes, pero no te equivoques, Althon, fingen de todos
modos —arremetió, con una voz inusualmente fría—. Serán cualquier cosa
menos que agradables para ella.
El agua brotó de mis ojos y mi mano tembló cuando la levanté para
abrir la puerta. Las siguientes palabras de mi padre me detuvieron.
—Es mejor para ella sentirse incómoda que ser torturada o encontrar
su fin antes que pueda engendrar un heredero como Joon. Esto otorga
protección y, por lo tanto, tiempo para que Opal se asegure que la línea
Gracewood continúe.
Me di la vuelta y corrí escaleras abajo hacia las cocinas vacías de
abajo, con mi camisón ondeando detrás de mí, atrapando el viento que se
acumulaba mientras salía por la puerta y entraba en los jardines traseros.
La fruta y las hojas no recolectadas salpicaron y crujieron, pero no me
detuve.
El cielo se oscureció mientras obligaba a mis pies a llevarme más
rápido a través de la hierba que me llegaba hasta los tobillos. Mientras
intentaba correr más rápido que mi corazón atronador.
El movimiento de las hojas, los campos de lavanda, las estrellas en lo
alto y el rocío de tierra bajo mis pies descalzos fueron los únicos testigos de
mi huida.
Corrí hacia el refugio de los bosques oscuros, hacia el camino que los
atravesaba y que había memorizado cuando era niña, mucho antes que
comenzaran los ataques y el derramamiento de sangre, y no me detuve hasta
llegar a la boca de la cueva baja.
Allí, me arrastré, elevándome a mi altura máxima a medida que el
túnel se hacía más profundo mientras me desviaba lentamente hacia el
acantilado del barranco. El árbol muerto, ahuecado y casi tan ancho como
las torres del castillo, bloqueaba la salida. Caminé a través de él,
desesperada por escapar de la tierra húmeda y sentir la brisa y la luz de las
9
estrellas sobre mis mejillas mojadas una vez más.
Una rama, retorcida y cubierta de musgo, plegada contra el vientre
interior del árbol, esperaba mis pies sucios. Subí hasta que mi cabeza se
asomó al agujero y pude agarrarme a los nudos de ambos lados para
levantarme y sentarme a un lado de la abertura.
Durante unos momentos preciosos, me limité a respirar, la corteza se
sentía cálida y áspera contra mis piernas, mis pies colgaban en lo alto sobre
el agua que se arrastraba bajo el árbol. Bailaba entre las dos tierras, girando
en las numerosas curvas mientras se dirigía gradualmente hacia el mar.
El reflejo de la luna se arrugaba y deformaba, y las estrellas
parpadeaban entre las ondulaciones y las burbujas borboteantes. Este árbol
no siempre había estado aquí, aunque tenía mucho más tiempo que yo. Hace
mucho, dos puentes gigantescos mantenían unidos a Nodoya y sus reinos
místicos de Sinshell y Vordane, y a su gente.
Dijeron que una vez fuimos un todo. Aunque algo me decía que eso no
era precisamente cierto, de lo contrario nunca habría habido tal división.
Una grieta era todo lo que necesitábamos para crear un abismo. Y un abismo
solo crecería y se profundizaría con el tiempo.
Con la mirada fija en el barranco ensanchado por la guerra y el odio,
los restos podridos de madera y piedra de barcos diezmados y un puente
antiguo, maldije y pasé la mano por debajo de mi nariz, deseando que mis
ojos se secasen. Desde que era una niña sabía que me vería obligada a
casarme, y probablemente antes de estar preparada, pero nunca me había
atrevido a pensar que terminaría así.
Que la mayoría de los pretendientes estarían muertos y que el único
que quedaría sería un humano.
No es que odiara la idea de casarme con un humano. Todo lo contrario.
El príncipe Bron era apuesto. Él llevaba consigo un aire de indiferencia que
luchaba por ocultar su arrogancia. Era delgado y alto, con cabello castaño
oscuro salpicado con vetas doradas debido a los muchos días que pasaba al
aire libre cazando y entrenando bajo el sol. Las pocas veces que lo había
visto, lucía una sonrisa que nunca dejaba de hacer que el corazón se
detuviera.
Pasé innumerables horas después tratando de capturar la forma en
que esa sonrisa tocaba sus ojos oscuros en mi cuaderno de pergamino,
nunca satisfecha del todo de haberlo hecho bien. Rara vez él había mirado 10
hacia mí. Y cuando lo hizo, sus labios se inclinaron hacia abajo y se
aplanaron, sus ojos me evaluaron.
Para él, yo no era más que un hada, simplemente otra criatura que no
podía ser cazada.
Si nos basamos en la historia, muchos de nosotros hacíamos cosas
estúpidas por miedo, así que no me permitiría caer en ilusiones. Creer que,
si nos casáramos, él estaría feliz.
Y aunque lo consideraba guapo y carismático, mi madre tenía razón.
Viviría con una perpetua incomodidad, en el mejor de los casos, y temiendo
por mi vida o por una lesión, en el peor.
—Y yo que pensaba que tenía este cadáver putrefacto de árbol para mí
solo.
Sobresaltada, trepé hacia el último cruce que quedaba que unía las
tierras de Nodoya y casi me caigo, mis uñas se clavaron en la corteza. Nunca,
ni una sola vez, me había encontrado con otra alma en mi escondite.
La figura encapuchada deslizó una espada ancha dentro de una funda
a su espalda y se acercó sigilosamente por el acantilado rocoso con una
agilidad alarmante.
Debería haberme movido. Debería haberle exigido que volviera por
donde vino. Aunque algo me susurró que cualquiera de las dos cosas sería
inútil.
Él no era de sangre dorada, ni era humano. Su olor a humo y a cedro
me inundó, se incrustó en mí, levantando cada pequeño vello de mi cuerpo.
—No puedes estar aquí.
—¿Quién lo dice? —preguntó con una inclinación de cabeza que dejó
al descubierto mechones de cabello rubio blanquecino. Su voz era de limón
y chocolate, decadente y amarga, rica y grave.
—Lo digo yo —declaré, agradecida de que mis palabras no temblaran.
—Ah. —Entonces se dejó caer con una velocidad y precisión
asombrosa sobre el árbol caído, el agujero (mi única salida) entre nosotros.
—¿Y quién eres tú?
Estaba demasiado rígida para ofenderme, cada parte de mí estaba
bloqueaba y se preparaba para huir.
—Sabes muy bien quién soy. 11
Quitando la capucha de su capa, levantó lentamente sus ojos hacia
los míos.
—Somos un reino dividido, princesa, así que no esperes que todos te
reconozcamos. —Mi corazón se aceleró, mi mente saltó sobre las vías de
escape. Mientras tanto, sus ojos azules recorrieron mi rostro—. No tengo
ningún interés en hacerte daño.
Parpadeé.
—Eres carmesí. Puedo olerlo… —Mis ojos se deslizaron por su túnica
y su capa, ambas de un negro medianoche con flecos rojos—. Además de
verlo, así que si no te importa…
—¿Por qué tienes los ojos húmedos? —Mirando mis mejillas,
murmuró—: Has estado llorando, oh solecito. —Intenté deslizarme dentro
del agujero, pero sus siguientes palabras me detuvieron—. Yo no haría eso
todavía si fuera tú.
Apenas había terminado de hablar cuando el sonido de pasos, aullidos
de sabuesos y gruñidos de cambiaformas se extendieron por la brisa y el
agua de abajo.
—Estás patrullando.
—Pronto se moverán.
La confusión torció mis rasgos. Él me observó con un brillo divertido
en los ojos.
—Eres un guardia —dije, observando las empuñaduras de las dos
espadas visibles sobre sus hombros—. Un guerrero. ¿Por qué no alertarlos
de mi presencia? —Palabras estúpidas, pero si iba a entregarme al rey de la
sangre, al rey de los lobos, ya habría hecho su movimiento.
—Llámame curioso —dijo con un tono que sonaba más aburrido que
intrigado—. Hacía tiempo que no veía una dorada de cerca, una hija del sol,
y de la realeza, además.
Una colección de gruñidos se acercó, seguida de risas mientras sus
amigos asesinos se llamaban unos a otros.
El hombre que estaba a mi lado no era un hombre cualquiera. Era un
Fae de sangre carmesí, lo que significaba que no podía confiar en nada de
lo que dijera. Por su culpa, nuestro pueblo estaba dividido. Violentos,
sedientos de sangre y corruptos, el caos era una canción que corría por sus
venas y que había convertido en enemigos a las facciones reales de Nodoya 12
mucho antes de mis veintidós años.
Un reino era: vida, creación y paz. El otro: muerte, poder y violencia.
Nosotros, los del sol, habíamos luchado y perdido muchas batallas
contra los ejércitos invasores carmesí durante los últimos años, y aunque la
situación había estado relativamente tranquila durante un par de lunas, no
era tan ingenua como para creer que no volverían a atacar.
Nadie estaba seguro de lo que esperaban conseguir, aparte de la
muerte y destrucción y, debido a la desaparición del anterior rey y la reina
de los Fae de sangre, la venganza. La aniquilación de los precursores de la
luz: mi familia y mi gente.
El barranco de abajo hizo más difícil que nos sorprendieran, pero eso
nunca los detuvo. Nuestras filas se redujeron, y sabían que ya no podíamos
patrullar y proteger como lo hicimos alguna vez.
Habían sido ellos los que destruyeron el Primer y Viejo Puente, pero
continuamente traían sus propios artilugios para aquellos que no podían
dar el salto o cruzar volando.
Pasó un minuto cargado con mi respiración cada vez más caliente.
Luego otro. La patrulla comenzó a moverse.
—¿No deberías ir con ellos?
El guardia se encogió de hombros.
—No vendrán a buscarme si es eso lo que te preocupa.
Muchas cosas me preocupaban actualmente, su presencia, tan
pesada que el aire parecía convertirse en un aceite que untaba mi piel
granulada, era la mayor preocupación.
Como si pudiera sentirlo, sus suaves labios se curvaron ligeramente.
—No respondiste mi pregunta. —Notando mi ceño fruncido, dijo—:
Estabas llorando. ¿Por qué?
Esa última palabra fue acortada, una orden más que una pregunta, y
me habría resistido a su audacia si no lo hubiera sabido mejor. Estábamos
solos, y aunque podía defenderme hasta cierto punto, él era un asesino
entrenado que llevaba armas.
La única arma que yo llevaba estaba en mi interior. En su mayor parte,
era tan inútil como muchos de los dones concedidos a los portadores de la
luz. Curar, reparar, cultivar, crear... no éramos más que una brizna 13
comparada con los descendientes de la oscuridad. Sus habilidades eran
enormes, y yo solo conocía algunas. Solo había escuchado historias sobre
su poder.
Historias que me hacían preguntarme cómo habíamos sobrevivido
todo este tiempo y qué había poseído a mi abuelo para enfrentarse a los
últimos gobernantes del reino de la sangre, para luchar contra Vordane.
El hombre miraba el agua, muy quieto. No estaba segura de por qué
respondí, pero las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensar
mucho en ellas.
—Escuché que me voy a casar.
Si era posible, el desconocido parecía estar aún más quieto, toda su
contextura, grande e imponente, rehuía la luz de las estrellas que intentaba
alcanzar su cabello rubio. Aclarándose la garganta, mantuvo su atención
fija en el agua que viajaba por debajo.
—Eso es lo que hacen las princesas, ¿no es así? —Su tono era más
frío, helado—. Así que parece inútil quejarse por eso.
Si no me había ofendido antes, ahora sí.
Solté una carcajada áspera mientras enroscaba las piernas sobre el
árbol para marcharme. Mis pies golpearon el interior del tronco cuando lo
escuché decir:
—Espera.
No lo hice. Había sido una tonta al pasar tiempo en su compañía.
Guardia, soldado de infantería, guerrero de las bestias… fuera lo que fuera,
no quitaba el hecho de que él era el enemigo, y debería considerarme
afortunada por seguir respirando.
Un grito se me escapó cuando apareció frente a mí. Di un paso atrás,
con el corazón acelerado.
—¿Qué…?
—Hay otro agujero —dijo a modo de explicación. Antes que pudiera
levantar la vista para ver dónde estaba, tomó mi mano, rozando mi piel con
los callos, mientras me arrastraba por las entrañas del árbol caído y volvía
al interior de la cueva.
—Suéltame —grité, tirando de mi mano.
14
No se disculpó por su falta de decoro. Simplemente sonrió mientras se
giraba para caminar hacia atrás, medio protegido por las sombras.
—El príncipe humano, supongo.
Tardé un momento en darme cuenta de lo que quiso decir, y sentí que
mi estómago se congelaba.
—Eso no es realmente de tu incumbencia…
—Tiene sentido —murmuró—. Tu gente está cada vez más
desesperada. —Se detuvo, y casi choqué con él—. Dime, Sunshine, ¿sabes
cómo luchar?
Incrédula, me quedé boquiabierta ante el exceso de confianza de este
hombre.
—¿Sunshine?
Su sonrisa se inclinó más hacia una mejilla, revelando un hoyuelo y
oscureciendo sus imponentes ojos.
—Responde la pregunta.
—Responde a la mía.
—Eso no era una pregunta.
Puse los ojos en blanco.
—Creo que lo era, y tú sabes que lo era.
Él soltó un suspiro petulante.
—¿Siempre eres así de difícil? ¿Y estúpida? —Mis ojos se agrandaron,
pero antes que pudiera contraatacar, levantó una gran mano, agitándola
frívolamente hacia mí—. ¿No me has escuchado decir hija del sol?
Mis mejillas se sonrojaron y el ardor recorrió mi cuello. Agradecí que
no pudiera ver.
Su risa áspera decía lo contrario, pero estaba demasiado distraída por
el sonido como para preocuparme. Se deslizó sobre mi piel para filtrarse
dentro de ella, deslizándose por debajo para calentar mi sangre. Alejándome
de la sensación, levanté los hombros y la barbilla.
—Estoy segura que eres consciente que estás insultando a la realeza.
—¿Insultando? —ronroneó, desenvainando una espada de su espalda
con un rápido movimiento—. Por qué, tienes suerte que eso sea todo lo que
estoy haciendo, Princesa. —Siseó el título, y su espada absorbió la escasa 15
luz que había detrás de nosotros.
El miedo se enturbió, añadió peso a cada una de mis extremidades
mientras retrocedía.
—No te atreverías.
Frunciendo los labios, el carmesí miró desde su espada, que colgaba
inerte a su lado, hacia mí. No dejé que eso me engañara para pensar que él
no podría atacar antes que yo pudiera protestar.
Yo era tan difícil de matar como él, pero todo lo que tenía que hacer
era deslizar esa espada en mi cráneo. Si contenía hierro, entonces en mi
corazón, o podía tallar el órgano de mi pecho y reducirlo a polvo.
Nada de eso me sonaba muy atractivo.
—Si no me hubieras interrumpido tan groseramente, sabrías que no
tengo intención de matarte… —La forma en que hizo perdurar esas suaves
palabras sugirió que no me haría daño en este momento—. Los insultos,
solecito, van a ser la menor de tus preocupaciones si realmente vas a casarte
con el príncipe humano.
Él dijo la verdad, así que no dije nada, tratando de evaluar si podía
pasar junto a él y dejarlo atrás de alguna manera. Yo era de la realeza y,
aunque mis poderes no eran tan grandes como los que provenían de
Vordane, era más rápida que la mayoría, especialmente que un simple
guardia que se había tomado la molestia de ser pícaro por la noche.
Como si pudiera adivinar mis pensamientos, sus ojos brillaron. Un
desafío. Un macho que quería perseguir. Dado que algunos de los Fae de
sangre y todos los del ejército del rey eran cambiaformas, eso no me
sorprendió. Aunque había escuchado suficientes historias horribles sobre lo
que su especie les hacían a las mujeres que perseguían como para
reconsiderarlo.
Cuidado, parecía canturrear una voz susurrante. Cuidado ahora.
Lanzó la espada a la otra mano, sin dejar de mirarme.
—¿Dónde está tu arma?
—Para que lo sepas…
Levantó una ceja.
Me enfurecí, detestando tener que admitir:
16
—Yo… no llevo ninguna.
Las gruesas cejas doradas se fruncieron.
—¿De verdad quieres que crea que dejarías la seguridad de tu nido
para tentar a las sombras del más allá sin estar preparada?
Tragué saliva, incapaz de mirarlo, y me moví sobre mis pies descalzos.
Entonces me absorbió. Podía sentirlo, su fría mirada heló mi sangre
mientras, sin duda, examinada mi sucio camisón y mis pies, y armaba el
rompecabezas.
—Huiste a toda prisa.
—Lo hice.
—Tonta —escupió como si yo fuera un niño que necesita ser regañado.
No tenía ni idea de quién era este mestizo, pero se había quedado el
tiempo suficiente para que yo detectara y confirmara el olor de un lobo.
Estaba a punto de llamarlo de esa manera cuando me lanzó su espada.
—Pero sabes cómo pelear, ¿no es así, solecito?
La atrapé, la empuñadura de cuero estaba caliente por su tacto.
—Por supuesto que sí.
Desenvainó su otra espada, ésta más corta. Su mirada se enfrió una
fracción, los labios se inclinaron hacia arriba una vez más.
—¿Por tu miserable vida?
—Eres repugnantemente grosero.
—¿Pero me equivoco?
Fruncí el ceño.
—Mi vida no es… —Me detuve y tomé una bocanada de aire, sin querer
llegar a eso. Mi vida era cualquier cosa menos miserable, pero no iba a
admitirle que no estaba ni cerca de lo que esperaba que fuera algún día. Eso
sería egoísta teniendo en cuenta la cantidad de gente, pueblos y ciudades
que habíamos perdido. Aunque no había creado un sueño lo suficientemente
firme como para buscarlo incluso antes que comenzaran los ataques, había
esperado algo. Algo más—. Sí.
Su espada giró en el aire antes de atraparla con una floritura que
terminó con sus pies calzados y separados.
—Muéstrame. 17
—No necesito mostrarte nada… —El aire salió de mi garganta cuando
su espada se abalanzó sobre mi mano, y me aparté del camino, tropezando
con la larga falda de mi camisón. Haciendo una mueca, parpadeé hacia la
tierra, las rocas y el techo de la cueva lleno de raíces de árboles—. Voy a
tener tu cabeza, argh —Grité y rodé, los mechones de mi larga cabellera
dorada incrustados en la tierra debajo la espada del desconocido.
Respirando con dificultad, miré boquiabierta a su dueño, que me
miraba con los brazos cruzados.
—Ya veo. Deseas morir.
—No —escupí, poniéndome en pie a toda prisa.
Dando un paso adelante, se acercó incómodamente, lo
suficientemente cerca para que yo pudiera ver pequeñas motas negras
dentro de sus ojos azul profundo y la gran longitud de sus pestañas doradas
que los enmarcaban.
—Ellos se saldrán con la suya. Recuerda mis palabras, princesa, y
luego serás desechada. —Cada palabra era empujada entre los dientes
blancos perfectos, los caninos a cada lado más afilados que cualquiera que
hubiera visto antes, y mi cuello se encogió aún más mientras él se cernía
sobre mí—. Con o sin tratado, el reino humano tolera nuestra suerte en el
mejor de los casos, y preferirían verte arder antes que casarte con su
precioso príncipe malcriado.
Levantando los mechones cortados de mi cabello, los vio crecer de
nuevo en la palma de su mano, pero no aparté los ojos de él. Del corte rígido
y áspero de su mandíbula cuadrada salpicada con una barba de varios días.
Su nariz, fuerte y recta, se crispó cuando sus fosas nasales se ensancharon
y dio un paso atrás.
Como si finalmente pudiera respirar de nuevo, tragué bocanadas de
aire húmedo y terroso.
Nunca había estado tan cerca de un Fae de sangre; ni siquiera había
pasado tiempo en la misma proximidad que uno. Lo más cerca que había
estado era escuchar sus aullidos y gritos desde nuestro calabozo si los
habían capturado espiando o acercándose demasiado al castillo.
Incluso antes que comenzaran los ataques, no había habido más que
silencio desde la primera guerra. Nada más que una profunda tensión que
se fue gestando durante años y años, a medida que las dos tierras quedaban
separadas por algo más que agua creciente. 18
Y por eso nunca lo supe, ni siquiera había escuchado que estar tan
cerca como acabábamos de estar este desconocido y yo, podía extinguir el
aliento y el pensamiento racional.
—Él te llevará —murmuró ahora—. De eso estoy seguro, pero ¿con qué
propósito? Nunca se apareará contigo, nunca se le permitirá mantenerte,
así que —se giró—, supongo que esperaremos y veremos.
Aturdida y conmocionada, ignoré la advertencia que acechaba bajo
sus últimas palabras.
—Tengo que irme —dije, temblando mientras veía la espada que había
dejado caer—. Pronto vendrán a buscarme.
—¿Siempre haces lo que te dicen? —Una burla cariñosa, pero no se
detuvo en una—. ¿Siempre navegas a lo largo de las olas de esta vida
podrida, esperando algo mejor en lugar de actuar?
La rabia se desplegó desde algún lugar profundo dentro de mí,
inesperada pero no lo suficientemente alarmante como para detener mi
lengua.
—Basta ya. No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
—Oh, pero lo hago —dijo, pasando el pulgar por debajo de su regordete
labio inferior—. Y lucho con todo lo que soy, con todo lo que no soy, por todo
lo que soy. —Su mirada se volvió lupina, brillante y oscura a la vez, mientras
se deslizaba sobre mí—. ¿Eres una herramienta o un arma, solecito? —Se
me secó la boca y ladró—: Conviértete en un arma que nadie pueda
empuñar. Levanta la espada.
Las lágrimas brotaron, pero no del miedo. No, venían de algún lugar
que prefería no visitar, pero afortunadamente, no tuve que hacerlo. Le
permití la suficiente libertad para agacharme y rasgar mi camisón, el
material ahora quedaba justo por encima de mis rodillas mientras me
levantaba con la espada.
El guardia carmesí no miró mis piernas. No apartó su atención de mi
rostro mientras yo separaba los pies, inhalaba profundamente por la nariz
y asentía.
Esquivé su primer golpe y, cuando se giró, nuestras espadas se
encontraron con un sonoro choque, y mi hombro chilló por su fuerza.
Retrocediendo, avancé cuando él lo hizo y me agaché bajo su brazo. Él
se rió y luego golpeó con tanta fuerza que tuve que saltar, y nuestras
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espadas se encontraron en el aire, el movimiento descendente de la mía
salvó mi mano.
—Mejor —dijo, apartándose.
Limpié el sudor de mi frente, sabiendo que él se estaba conteniendo,
sin saber por qué, pero apreciándolo de todos modos.
Con círculos y saltos, nos detuvimos, mientras la sangre goteaba de
mi brazo y mi pierna. Los cortes no eran profundos, me di cuenta, pero eran
suficientes para alimentar el fuego que este desconocido había avivado.
Y con sonidos desconocidos de los que no sabía que era capaz, me
abalancé una y otra vez.
Se enfrentó a mí golpe tras golpe, y supe que nunca lo superaría, pero
no me importó. No se trataba de eso, y me negaba a dejar que eso me
impidiera intentarlo y fallar y volver a intentarlo.
—La luna se va —dijo cuando nos separamos una vez más, su rostro
libre de sudor mientras el mío goteaba—. Y tú también debes hacerlo.
A montones y con jadeos, mi aliento me abandonó, subiendo y bajando
por mi pecho, finalmente, el carmesí se atrevió a vislumbrar mi cuerpo. Sus
labios se aflojaron y pareció liberarse de cualquier pensamiento que se
hubiera apoderado de su mente.
Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo al interior del árbol hueco.
—Tu espada —dije.
—Quédatela —respondió sin mirar atrás—. Nos volveremos a
encontrar. —Y entonces no fue más que una sombra devorada por la
oscuridad.
Estaba a medio camino de casa, con el sol manchando las oscuras
montañas más allá del castillo en la distancia, cuando me di cuenta que no
había recibido su nombre.
20
Dos
—Opal —llamó mi madre en las escaleras de mi torre a la mañana
siguiente—. Cielo estrellado, ¿qué te pasa? —preguntó, abriendo la puerta
de mi habitación—. Es casi mediodía.
Gimiendo, recogí las mantas por encima de mi cuerpo, segura que los
cortes y rasguños que me había hecho durante la noche se habían curado,
pero sin querer arriesgarme a que ella los viera en caso de que no fuera así.
—Tuve problemas para dormir.
No es mentira. Cuando llegué a casa después de haber escondido la
espada del guardia carmesí bajo la rueda de un viejo carruaje en los campos
21
más allá de los terrenos del castillo, me quedé mirando el techo adornado
con espirales en un trance, medio preguntándome si había soñado con
conocerlo.
Hasta que recordé lo que había escuchado de antemano y la razón por
la que había huido a mi lugar seguro de soledad que rara vez visitaba. No
estaba segura de muchas cosas en estos días, pero estaba segura que ese
lugar ya no era seguro, y que probablemente regresaría a pesar de todo.
Mamá apartó las gruesas cortinas de encaje y la brisa entró para
saludarnos. Sonrió, siempre complacida por ello, pero esa sonrisa se
desvaneció cuando me miró.
—Estás sucia.
Mierda. Tal vez ese guardia tenía razón, y yo no era más que una
estúpida. Porque ni siquiera había pensado en comprobar mi reflejo en el
espejo que había sobre mi tocador antes de caer en la cama.
—Me olvidé de bañarme ayer —murmuré.
Después de mirarme por un momento que temí desenmascararía la
verdad, la reina de Sinshell soltó un regaño, murmurando para sí misma
mientras gritaba por la puerta para que Linka viniera a prepararme un baño.
Al regresar, sus rasgos, aunque solo finamente marcados teniendo en
cuenta que se acercaba a los doscientos años, se arrugaron profundamente.
—Date prisa. Tu padre y yo te esperamos para almorzar.
Mi estómago se hundió. Tanto de miedo como de hambre.
—Tengo que ocuparme de los jardines del sur.
—No necesitas hacer tal cosa —me regañó con calidez—. Date prisa,
la comida se desperdicia.
Me abstuve de poner los ojos en blanco ante sus palabras usadas en
exceso y me deshice de la ropa de cama cuando ella se marchó.
Mientras me desnudaba, llegó Linka, un duendecillo que poseía leves
habilidades elementales, y se puso a trabajar directamente para llenar la
profunda bañera en la habitación contigua. Un grito ahogado tensó mi
columna y me gire frente al tocador para encontrar sus dedos, tan pálidos
que eran de un rosa suave, revoloteando hacia su boca.
—Opal, ¿qué te pasó?
Moviéndome ligeramente, vi lo que ella veía en el espejo, sobre el 22
perfume que yo misma había elaborado y embotellado, varios peines, mi
tiara, el colorete, los libros a medio leer, y me encogí por dentro.
—Oh. —Pensé rápidamente, esperando que fuera suficiente—. Ayer
tuve una sesión de entrenamiento tardía.
—Tu padre no suele ser tan… —Linka intentó y no encontró las
palabras adecuadas, y tenía razón.
—Él estaba de mal humor, supongo —murmuré, y luego pasé junto a
ella hacia el cuarto de baño.
Caramelo y vainilla flotaban desde las cálidas profundidades de la
bañera, y me metí en ella. Me sentía más rígida de lo que pensaba, y agradecí
el jengibre salado que Linka había echado para ayudar a una curación más
rápida.
—Pensé que tu padre estaba ocupado reuniéndose con sus generales
ayer por la tarde.
Las estrellas me evitaban. Conocía el tono de su voz profunda y la
chispa de sus ojos cerúleos. Ella había olido mi mentira, algo que yo olvidaba
con demasiada frecuencia era que los duendes son expertos en eso, y ahora
ella no renunciaría.
Podía confiar en ella. Nos conocíamos desde que yo era una niña de
siete años y ella se estaba convirtiendo en una mujer y entrando al servicio
del castillo de Gracewood. Pero si se trataba de eso, era dolorosamente
consciente que la confianza solo llegaría hasta cierto punto si ella temía que
yo estuviera en peligro.
—Me encontré con un soldado en los campos más allá del castillo —
murmuré, arrancando el paño de su mano extendida y sumergiéndolo en el
agua.
—Tu árbol caído, querrás decir. El cruce que queda. —Su ceja se
arqueó cuando miré hacia arriba, estaba molesta por haberle hablado del
cruce en mi emoción tras haberlo encontrado hace unos años en mi
juventud—. Ahora no es momento de adivinanzas, Opal. Tienes moretones
en las caderas y los codos, rasguños que aún no han sanado, también.
No me había dado cuenta que la espada del hombre carmesí me había
golpeado con tanta fuerza y fruncí el ceño contra el paño mientras lo frotaba
en mi rostro. No fue su espada, sino las veces que me había caído al
esquivarla.
—Bien —resoplé, restregándome mis brazos—. Le expresé mi
23
preocupación por no tener suficiente práctica últimamente, y decidió
complacerme.
—¿Quién es este soldado? ¿Elhn? —Ella se refería al capitán favorito
de mi padre, que a menudo me había entrenado cuando él no estaba
disponible mientras crecía en mis años de madurez. Sucedía que mi padre
no estaba disponible a menudo.
Eso fue hasta que una tarde tuve una pequeña rabieta y casi hice algo
imperdonable. Elhn pensaba que me encontraba enferma, pero mi padre
sabía que era lo contrario. Y hoy en día, me decía que mis habilidades eran
suficientes como para que pudiera esperar hasta que él estuviera libre.
El lobo carmesí seguramente no estaría de acuerdo.
Puede que no sepa tanto como me hubiera gustado, pero sí sé una
cosa. Padre había accedido a entrenarme él mismo porque haría lo que fuera
necesario para mantener mis secretos ocultos. No serviría de nada que se
corriera la voz de mis dones, que evocara el miedo y pusiera una diana en
mi espalda, ni tampoco ayudarían a salvar este reino agonizante.
—No —dije con un tono lo suficientemente cortante como para sugerir
que no diría nada más.
Suspirando, Linka lo dejó pasar, y sus siguientes palabras llevaban
un tipo diferente de cautela.
—Mira, no estoy segura que te hayas enterado, pero no quiero que te
sorprendan…
—Lo sé —dije, mojando el paño—. Sobre el príncipe Bron.
Linka dejó de buscar en los estantes que había detrás de mí y que
albergaban aceites, sales, peines y paños, viniendo con uno grande de estos
últimos para que me secara.
—Sabes que desean que se casen.
—Los escuché hablar de eso, sí —dije y terminé de limpiarme.
El silencio goteó con el agua mientras escurría la tela y la colgaba
sobre el borde de la bañera antes de salir. Linka me envolvió, metiendo los
bordes del paño debajo de mi brazo mientras me miraba a los ojos, los suyos
llegaban a mi barbilla.
—Creo que ahora entiendo por qué entrenaste cuando no tenías
necesidad de hacerlo. 24
De hecho, habían pasado algunos inviernos desde la última vez que
tomé una espada con mi padre. Podía decir que él tenía asuntos más
urgentes que atender con las fuerzas de Vordane que entraban en nuestro
reino en pequeños grupos para asesinar a la nobleza y a los altos
funcionarios, las continuas emboscadas en Royal Cove. Aunque este último
habitaba en Errin, el reino humano, todos necesitábamos utilizarla para el
comercio debido a las estrechas entradas y los acantilados que rodeaban el
resto de las tierras del noreste de Nodoya.
Una debilidad de la que era consciente el rey de sangre.
—Un juego —había concluido mi padre hace unos meses en una
reunión con su consejo de guerra—. Él juega con nosotros. Somos los
ratones, y él es el gato salvaje, debilitándonos mientras se prepara para un
golpe mortal.
Había escuchado fuera de las puertas, con el corazón en la garganta
y las rosas que había arrancado de los jardines para derretir y embotellar
aplastadas en mi mano temblorosa.
Impotente. Como su única heredera, ya que mi hermano murió antes
que yo naciera junto a mis abuelos en la Batalla de los Puentes Caídos, no
me encerraron, pero me dieron poca libertad para ayudar en esta guerra que
parecía interminable.
Y ese guardia anoche, el enemigo que podría y tal vez debería haberme
matado, me había hecho recordar eso.
Yo podría ser un arma. Podría ayudar. En cambio, ellos deseaban que
fuera una herramienta.
—Es por tu propia protección —dijo mi padre desde la cabecera de la
mesa mientras masticaba su carne de venado, con los dedos cerrados en un
puño sobre la gigantesca plancha de madera—. No solo eso, sino que
continuarás con nuestro linaje. Con su protección, puedes apresurarte a
asegurar que eso ocurra. Envía al bebé a través de los mares a los otros
reinos, no me importa. Pero recuerda mis palabras, Opal. —Su voz bajó—.
Él vendrá por nosotros, y es hora que seamos más proactivos en lugar de
negar este hecho. Ahora está claro que no podemos derrotarlo. Nadie puede.
Cuando él diga que es nuestra hora… —Extendió las manos, sin molestarse
en terminar una frase que no necesitaba completarse.
El guardia carmesí había dicho lo mismo. 25
Recuerda mis palabras.
Un bebé. A través del mar. Cada palabra sin emoción que salía de su
boca aumentaba mi pánico, mi tenedor casi se dobla en mi mano.
—No puedo aparearme con un humano.
—Claro que no lo harás —dijo mi madre a mi lado—. Si aceptan el
compromiso matrimonial, Elhn te acompañará al castillo de Errin como tu
guardia personal. Él mismo se encargará de ese deber.
Deber.
Un mareo me invadió. No importaba que no lo quisiera o que no
estuviera preparada para nada de esto. No podía ni imaginarme un
momento en el que lo estuviera. Ellos sabían eso. Mis padres eran muy
conscientes de que yo era más joven de lo que muchos de nuestra especie
considerarían apropiado para crear otra vida.
Pero ese era mi papel, mi deber, y no me hacía ilusiones. Mi existencia,
el desapego de mi padre, la severa preocupación de mi madre, mi
incapacidad para crear una vida fuera de este castillo… mi propósito estaba
claro para todos. Sobre todo, para mí.
Era amada, y lo sabía, pero estaba sola. Una princesa, pero un
reemplazo de un príncipe muy querido. Una forma de llevar nuestro apellido
hacia un futuro incierto. Nada más.
Una herramienta.
No me atreví a mirar a Elhn, que sabía que estaba de pie en la puerta,
con las manos detrás de su espalda, con una mirada intensa sobre mí.
Mayor que mi madre por al menos una década, era guapo, aunque un poco
frío, pero también estaba emparejado. Para pedirle esto...
—¿Y si no están de acuerdo?
Mi madre le lanzó a mi padre una mirada que decía que ella se había
hecho esa misma pregunta.
—Estarán de acuerdo —dijo mi padre, y nada más, mientras
terminaba su vino.
26
La oscuridad se proyectó lentamente, como si el tiempo no quisiera
que abandonara la seguridad de nuestra fortaleza de piedra lunar y corriera
por las cocinas y los campos en busca de la espada oculta.
Sin embargo, dos noches después, esperé a que los ocupantes del
castillo estuvieran durmiendo, y eso fue exactamente lo que hice.
Él ya estaba allí, y no sabía por qué me sentía aliviada y a la vez
nerviosa al ver su figura sombría sentada sobre el último vínculo entre
nuestras tierras.
Su voz era nítida y monótona, como si decir algo le molestara.
—Vine la víspera, pero tú nunca lo hiciste.
La palma de mi mano casi resbaló cuando me arrastré por el agujero
para sentarme al otro lado, tal como lo habíamos hecho la otra noche.
—¿No te necesita tu rey? —La pregunta podría haber sido más mordaz
de lo que pretendía, pero sin duda tenía que saber lo monstruoso que era
su gobernante si todavía no había intentado llevarme a él o hacerme daño.
Reconocer que tal vez no todas las criaturas carmesí eran asesinos
despiadados que nos querían matar no era algo con lo que me sintiera
cómoda todavía, pero a menudo me había preguntado si ese era realmente
el caso.
Si tal vez había algunos… los suficientes para cambiar el rumbo de
esta guerra.
El guardia no dijo nada. Cuando me acomodé sobre la madera
cubierta de musgo, con mis botas de piel colgando a escasos metros de las
suyas, que eran puntiagudas, hasta la rodilla y de cuero negro, miré y lo
encontré sonriendo abiertamente ante una pequeña daga en sus manos.
—Es probable que esté demasiado ocupado con una de sus muchas
amantes como para preocuparse por mi paradero. —Clavando la daga en el
árbol, haciendo un agujero en la falda de mi camisón, dijo—: Confío en que
sepas usar una.
—Puedo —dije, aunque no tenía tanto entrenamiento con una como
con una espada. Contemplando la empuñadura oscura, grabada y cubierta
con rubíes desgastados, negué con la cabeza. 27
—¿Por qué volviste?
—¿Respuesta sincera?
—Siempre —dije, cansada de que me mantuvieran en la oscuridad
hasta que fuera demasiado tarde.
—Me intrigas, solecito. Solo un poco. —Hizo ademán de levantarse y
saltar por el agujero, pero se detuvo y bajó cuando miré detrás de él hacia
la pared fangosa del acantilado—. ¿Qué pasa?
—¿Cómo llegaste hasta aquí?
—Un secreto —dijo, y supe que estaba sonriendo por la cadencia más
oscura de su voz antes de permitirme mirarlo—. Cuéntame el tuyo y yo te
diré el mío.
Sin saber por qué cuando solo miraba sus brillantes ojos azules,
sentía que mis mejillas se calentaban.
—Guarda el secreto, pero dime tu nombre.
Su cabeza se inclinó, la acción era totalmente lupina, y ronroneó
—No estamos ni cerca de conocernos en ese sentido. —Bajando de un
salto por el agujero, continuó, sabiendo que yo lo escucharía—. No temas,
te avisaré cuando sea casi la hora para que lo grites a las estrellas.
Mis mejillas ardieron más, y agradecí que no pudiera ver.
—Desvergonzado —murmuré, arrancando la daga y siguiéndolo a
través del árbol y hacia la cueva.
Sus ojos se agrandaron cuando me despojé del camisón y lo arrojé a
la tierra cerca de la entrada del árbol. Mantuve los labios entre los dientes,
mirando mis pantalones de entrenamiento de cuero y térmica larga.
—Pensé que sería mejor llevar una ropa más apropiada.
El hombre carmesí parpadeó, carraspeó mientras se daba la vuelta y
murmuró algo en voz baja que no alcancé a escuchar por encima del sonido
de otra daga siendo desenvainada de su bota.
—Me devolviste mi espada.
—Por supuesto. —Hice girar la daga en mi mano, estudiando el fino
arte de la empuñadura de cuero que se enrollaba entre los rubíes. Vides, tal
vez, o lo habían sido antes de envejecer bajo su agarre férreo por el uso
excesivo…
La daga cayó al suelo. 28
El carmesí me observó con las cejas levantadas.
—¿Mantequilla en tus dedos, princesa?
—¿C-cuántos de los míos has matado con… con eso?
Las palabras eran demasiado suaves para tanta fealdad.
—Más de lo que puedes soñar. Ahora recógela.
No lo hice, no pude. Lo miré fijamente, recordando los gritos que había
escuchado a kilómetros de distancia, los rugidos despiadados, el golpeteo
de los cascos de los caballos que llevaban a mi padre y a sus soldados en su
ayuda, pero demasiado tarde.
Demasiado tarde, la aldea fue arrasada, las llamas arrojaban cenizas
al cielo nocturno…
—Opal —ladró el enemigo, sacándome de mi trance. Estaba delante
de mí, tan cerca y sin embargo no lo había visto moverse. Había estado
demasiado perdida en la pesadilla, una de las muchas que él y su gente nos
habían dado—. Recoge tu arma.
Tenía que irme. La claridad llegó demasiado tarde. No tenía ninguna
razón para quedarme en este lugar que una vez me perteneció solo a mí con
este intruso. Con un enemigo que no dudaría en capturarme o matarme si
se lo ordenaban.
Mierda. Por supuesto. Eso podría ser exactamente lo que estaba
esperando… un momento oportuno para atraparme desprevenida y tal vez
incluso robarme para que su rey me usara como cebo contra mis padres.
—Opal —dijo el carmesí cuando lo rodeé, dirigiéndose a la pequeña
boca de la cueva que me había traído hasta él.
Este extraño macho estaba equivocado. No solo era estúpida. Era una
idiota empeñada en ignorar lo obvio: todos nos dirigíamos directamente a la
perdición segura. Mi padre había hecho bien en hacer sus planes, por
ridículos e injustos que parecieran. Con nuestra gente siendo aniquilada,
aldea por aldea, pueblo por pueblo, y nuestra tierra masacrada bajo sus
cuerpos moribundos, ya no era cuestión de si el rey vendría por nosotros,
sino cuándo.
A punto de echar a correr, casi tropecé con una roca cuando dijo:
—Fang.
Me quedé quieta y me di la vuelta lentamente para encontrarlo de pie,
29
envuelto en la noche, en el centro del pasillo, alejado de la luz de la luna.
—Mi nombre. Me llaman Fang.
Una ofrenda de paz.
Una súplica para quedarme. Debería haberlo ignorado, pero sabía,
incluso sin conocer nada de este Fang, que algo tan aparentemente normal
era raro para él.
—Fang —repetí, saboreándolo, sin saber qué hacer con él—. Tú… —
Mi estómago se revolvió, el estofado de albóndigas de pollo que habíamos
comido para la cena se agitó y elevó mientras me acercaba a él. Mi voz se
volvió ronca, ahogándome con la pregunta—. Nos han asesinado, Fang, ¿y
para qué?
—Porque podemos —dijo con la misma sencillez que la salida del sol
y recuperó la daga que me había entregado. Esperando hasta que me
acerqué, hasta que entré por la abertura más amplia en la que habíamos
encontrado esta extraña tregua, tomó mi mano y me atrajo hacia él. Su olor
siguió mientras presionaba la empuñadura contra mi palma, sus dedos
estaban fríos contra los míos, pero nada tan frío como su mirada—. Y no
nos detendremos, no vacilaremos, no nos cansaremos. Así que jodidamente
apuñálame.
Era como si supiera exactamente lo que tenía que decir para que ese
miedo tan profundo se transformara en una furia abrasadora.
Golpeé, casi cayendo de bruces mientras él se abalanzó hacia un lado,
riendo.
—Perfecciona esa ira, hazla tuya, no mía. —Se abalanzó hacia delante,
y yo jadeé, mi espada recibió el repentino impacto de la suya justo delante
de mi pecho. Respirando por la nariz, sonrió y luego nos hizo girar. Su frente
a mi espalda, sus fuertes brazos me enjaulaban, amenazantes y cálidos al
mismo tiempo—. Déjate llevar, solecito —dijo, con un tono gutural y en voz
baja, mientras yo luchaba en vano—. Esa furia ardiente es un arma
poderosa, pero solo si la controlas, la utilizas y no le das la oportunidad de
utilizarte.
Mi respiración se estabilizó mientras mi corazón se saltaba
demasiados latidos. Aquel aroma, cedro y humo, nublaba mi mente.
La mano que engullía la mía, callosa y enorme, reajustó mi agarre en
la daga.
—Combate cuerpo a cuerpo —murmuró como si quisiera explicar por 30
qué su cuerpo se había amoldado a mi espalda— en el suelo, acorralada,
enfrentamiento no deseado, sea lo que sea, no puedes dudar. —Su aliento
bañó mi oreja y mi mejilla, removiendo los finos pelos de mi trenza—.
Apuñalas al instante. —Haciéndome girar, llevó mi mano hacia mi tórax,
peligrosamente cerca de mi pecho, y empujó hacia mi axila—. Si están
blindados, busca los huecos y úsalos.
Asintiendo, seguí sus movimientos cuando su mano me soltó, y
entonces comenzamos de nuevo.
Con cada estocada, cada empujón y el baile de mis pies, el príncipe
Bron, los planes de mi padre, los aullidos lejanos y el trino de los pájaros
nocturnos, el hecho que mi enemigo me estuviera enseñando a sobrevivir a
gente como él... todo eso fluyó hacia los bordes oscuros de mi mente. Solo
existía este extraño hombre llamado Fang, sus gruñidos, alguna que otra
maldición, la aguda agilidad que me atrapaba constantemente
desprevenida, el áspero ritmo de los latidos de mi corazón y el sudor que
empañaba todo mi cuerpo.
Cuando el aullido de las criaturas, lobos y demás, al otro lado del
barranco no hizo más que aumentar de volumen, vacilé, esquivando por
poco su espada cuando rozó el brazo de mi térmica, la lana revoloteó hasta
el suelo.
Con una sonrisa curvada en la mejilla, ojos febriles de un azul salvaje
y su cabello rubio erizado en todas las direcciones, Fang hizo una profunda
reverencia y se marchó.
No se despidió. Se fue con la luna y nunca miró atrás.
El amanecer recolectó luz y bañó la oscuridad con oro ahumado.
Los incendios se desataron en el este a través del río, destruyendo uno
de los últimos pueblos del norte antes de los bosques que bordeaban los
acantilados.
A caballo y a pie, los supervivientes, pocos, llegaron con sus escasas
pertenencias y niños a cuestas. Las alforjas y cestas se balanceaban sobre
las bestias cubiertas de ceniza, columnas de fuerte aliento soplaban ante
ellos con grandes resoplidos. 31
Los rostros, ennegrecidos por el hollín y brillantes por el sudor y las
lágrimas, me miraban sin comprender mientras pasaban, apiñados detrás
las murallas de la ciudad.
No se me permitió dirigirme hacia donde muchos necesitarían mi
ayuda. Hay otros, decía Madre, suficientes como para no ponerte en peligro.
Impotente, lo único que podía hacer era quedarme allí y esperar a que
llegaran los peores heridos. Entonces podría ser de ayuda. Entonces podría
sentirme útil. Entonces, algo de este dolor que carcomía mi carne y los
huesos encontraría otra salida, otro propósito.
Una vez que todos fueron llevados al ayuntamiento, donde se
quedarían con otras familias que aún no habían encontrado una nueva
vivienda o abandonado la ciudad en busca de bosques, granjas y campos
abiertos, miré el cielo de la mañana mientras el sol naciente recogía lo que
quedaba de sus hogares en llamas y lo engullía en su puño dorado.
Recogí más matricaria y raíz dorada en los campos más allá del
castillo, el sol era ahora una brasa que se hundía detrás de los imponentes
pinos que se cernían sobre los bosques que se oscurecían.
Mucha gente había llegado y luego perecido, y muchos se estaban
curando, pero quedaban marcados para siempre.
Dejando mis cosas dentro de la cesta, bajé a la tierra sembrada de
flores silvestres, mirando hacia esos bosques con una pregunta que me
había hecho pero que no me atrevía a decir en voz alta. No por miedo a una
reprimenda, sino por miedo a la respuesta.
Sin siquiera preguntar, sabía que nada lo haría detenerse. El rey de la
sangre y sus ejércitos sedientos de venganza saquearían y expropiarían, y
parecía que no se cansarían hasta que todas las criaturas de Sinshell
estuvieran muertas.
Cómo debe ser vivir con un odio tan profundo, tan intocable, tan
incurable… No quería saberlo.
Nunca me compadecería de él, de eso estaba segura. No cuando los
carros seguían avanzando por el horizonte fuera de la ciudad, llevando a los
muertos a sus lugares de descanso final junto a los acantilados.
Mirando por encima de mi hombro, los observé en la distancia. El
castillo que tenían a sus espaldas parecía estar mirando, con su piedra 32
luminosa apagada por la consternación.
Cuando volví a mirar hacia el bosque que tenía ante mí, me encontré
con un par de ojos que me miraban fijamente.
El cervatillo se tambaleó cuando se atrevió a romper el dosel de la
vegetación, sus grandes ojos parpadearon, absorbieron y finalmente se
posaron en mi rostro. Con un excitado movimiento de su trasero, saltó sobre
la hierba y cayó rápidamente sobre sus nuevas patas.
Una risa acuosa me sorprendió y, sollozando me puse en pie y me
acerqué para ayudarla a levantarse.
Antes que pudiera alcanzar a la torpe criatura, una flecha pasó
zumbando y el ciervo se desplomó en la hierba.
Girando, miré a Deandra.
—Solo era un bebé.
La soldado pasó junto a mí, las gruesas trenzas oscuras que
mantenían el cabello alejado de su rostro rebotaban contra la armadura.
Agachándose, recuperó su flecha. La sangre aún cubría sus mejillas
bronceadas y su frente de la batalla al otro lado del río. Si es que se puede
llamar batalla. Pocos del regimiento del rey de sangre habían quedado
cuando llegaron nuestros soldados, su tarea de aterrorizar y asesinar ya
había sido cumplida.
Deandra me lanzó una sonrisa.
—Una delicia, princesa.
El horror se apoderó de mí tan rápidamente que tuve que apartar la
mirada cuando echó el ciervo sobre sus hombros chapados.
Se rió.
—Deberíamos involucrarte en la acción real y crear una barrera
endurecida para ese blando corazón tuyo.
No tenía palabras para eso. Solo existía esa culpa persistente, que
clamaba y arañaba con el recordatorio de que no estaba haciendo lo
suficiente. Ninguno de nosotros sería capaz de hacer lo suficiente.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Deandra caminó de regreso a través de la espesa hierba, recogí mi
33
cesta, siguiéndola mientras decía:
—Me dijeron que te busque. Tenemos un invitado.
Tres
El príncipe había llegado por su cuenta.
Sus padres, según el príncipe Bron, no estaban muy contentos con la
idea de un matrimonio entre nuestros dos reinos, pero al recibir la carta de
mi padre, sintió curiosidad.
Lo suficientemente curioso como para hacer que una gran parte de su
ejército lo escoltara hasta aquí antes de dispersarse por nuestra ciudad, los
campos y bosques de más allá, al parecer.
Conmocionada por los nervios, pero decidida a hacer lo que fuera
necesario tras el derramamiento de sangre del día, me escondí en la antesala
34
del gran salón para escuchar sus saludos y charlas hasta que mi madre
pronunció mi nombre, llamándome.
Esperaba desdén, desinterés como mínimo. No esperaba que el
príncipe se hubiera puesto más guapo que la última vez que lo vi hace tres
años. Su abundante cabello castaño se rizaba alrededor de la línea de su
frente, susurraba sobre una barbilla afilada, sus ojos brillaban bajo las
gruesas cejas.
Sus labios carnosos se separaron y sus ojos oscuros me miraron una
vez y luego otra con una lentitud que parecía deliberada. Inclinó la cabeza.
—Princesa, qué hermosa has crecido.
Había madurado hace años, pero no me molesté en recordárselo. Él
había estado demasiado ocupado atendiendo a sus compañeras como para
darse cuenta que había una princesa hada entre ellas.
Ahora, mientras caminaba a su lado en los jardines, escuchándolo
contarme historias de su tenso viaje hasta aquí y de los panaderos de Tulane
que le habían ofrecido los bollos más deliciosos que jamás había probado,
me preguntaba si era consciente que nos habíamos conocido antes.
—Será mejor que no los comas en el futuro. —Finalmente pronuncié
unas palabras, aunque fueron silenciosas—. O cualquier otra cosa de
extraños en Sinshell.
Sus pies, enfundados en unas relucientes botas marrones que hacían
juego con sus ojos, se ralentizaron cuando rodeamos el cuarto cerco de
vegetación y color. Los arbustos subían más alto aquí, el patio del castillo
estaba a nuestras espaldas y solo eran visibles las habitaciones de las torres.
—Pensaba que los hechizos de comida y los venenos de hadas no eran
más que cuentos absurdos para dormir.
Contuve una carcajada.
—No hay nada absurdo en ello —dije, deteniéndome ante un racimo
de rosas y pasando mis dedos por un pequeño pimpollo.
—Tus bollos en Errin ahora sabrán a hollín, eso es todo.
—Bien. —Emitió una corta respuesta—. ¿Y qué hay de otras comidas?
—Se movió, su calidez acercándose a mi brazo—. Seguramente, puedo
comer algo sin preocuparme de que me arruine para todo lo demás.
35
La forma en que dijo esas palabras, pronunció las últimas con una
cadencia más baja y profunda, atrajo mis ojos hacia él.
—Es probable que te demos una comida que no puedas encontrar en
tu reino.
—En efecto —la voz de Bron retumbó de una manera que me hizo
arquear mis cejas. Su mirada se desvió de mi rostro a mi mano, mis dedos
ahuecando y alentando el despliegue de la rosa. Sus labios se separaron y
luego se cerraron al tragar—. Dios, realmente eres una princesa hada.
Arqueé una ceja y me dispuse a marcharme cuando agarró mi mano.
Su tacto era suave y cálido mientras me acercaba. Era alto para ser humano,
pero los Fae, especialmente la nobleza, eran más altos que la mayoría de los
humanos, así que nuestras narices estaban casi perfectamente alineadas
cuando sus dedos se levantaron, esperando mi permiso.
Curiosa, curvé mis labios con una sonrisa de aceptación. Mis labios
se abrieron con una respiración entrecortada cuando sus dedos
acomodaron el cabello detrás de mí oreja. Suave y casi reverente, trazaron
el arco, el punto cercano que, si no fuera por otra cosa, hacía tan evidente
lo diferente que éramos.
—Suave —susurró, como para sí mismo, mientras fruncía las cejas—
. No llevas joyas en las orejas.
—Solía hacerlo, pero a menudo lo olvidaba, y nos curamos rápido. —
Mi voz era jadeante, y tragué saliva cuando su dedo se deslizó sobre el
pequeño lóbulo para recorrer mi cuello, acercándose al fino tirante de seda
de mi pesado vestido color albaricoque—. Bron —dije, más como una
advertencia, pero ¿para quién? no lo sabía ya que mi estómago se llenó de
polillas.
Pareciendo contenerse, retiró su mano, sonriendo como si lo hubieran
atrapado robando una golosina y no se arrepintiera.
—Eres preciosa.
—Igual que tú —dije, a lo que él soltó una carcajada sorprendida—.
¿Qué estás haciendo aquí, Príncipe?
Enarcó una ceja y dio un paso atrás, con pequeñas motas doradas en
sus ojos que estallaban bajo el sol.
—Tu padre nos escribió, como ya sabes.
36
—No puedes querer casarte conmigo. —Incapaz de encontrar su
ardiente mirada, fijé mis ojos en su túnica de bronce aterciopelado y en su
capa—. Ambos lo sabemos.
Permaneció en silencio durante un largo momento, con las pestañas
caídas mientras giraba sobre un pie y miraba alrededor del jardín. No
estábamos solos, pero no me molesté en decírselo. Dándose la vuelta,
frunció los labios, estudiándome, y sonó un rasgón cuando se atrevió a dar
un paso más.
Estaba lo suficientemente silencioso como para pensar que ni siquiera
lo había escuchado, pero con mi oído, lo hice, y aproveché la distracción
para prolongar cualquier excusa que hubiera estado a punto de darme.
—Tu capa —dije, con tristeza y agachándome, alcanzando el
dobladillo. Mirando mis rosas, siseé—: Me disculpo. Normalmente se
comportan mucho mejor.
—¿Las flores? —preguntó, desconcertado.
Tarareé, frotando mis dedos sobre y a lo largo del terciopelo roto y las
costuras. El desgarro era demasiado irregular, rebelde. No funcionaba. Con
un suspiro, me levanté y sugerí:
—Déjamela y lo arreglaré después de la cena.
Bron se quitó la capa y recogió el pesado material, pero antes que
pudiera colocarlo en mis manos extendidas, se inclinó hacia delante y con
sus labios rozó mi mejilla.
—Amable y hermosa.
Lo vi marcharse, mis mejillas se sentían calientes, una más que la
otra, el viento pateaba las hojas alrededor de sus rápidos pasos. Se había
ido para evitar responderme, y yo estaba demasiado distraída por la
suavidad de su boca llena sobre mi piel como para preocuparme.
Durante la cena, llegó la noticia de que algunos de los hombres del
príncipe habían sido atacados en Spring Forest.
Hasta ese momento, había sido un asunto tranquilo y tenso. Mi padre
ignoró cuidadosamente las miradas de advertencia de mi madre cada vez 37
que hablaba de un contrato matrimonial, sin necesidad de insinuar las
razones, pero haciéndolo de todos modos.
Me senté y me quedé mirando mi plato lleno de oso asado y nabos
especiados, empujando parte de la carne en el charco de crema blanca que
había a su lado.
El príncipe tampoco había comido, aunque sí había bebido su vino.
Tonta, pensé, ya que le había advertido de la comida, y él no había
pensado que se extendería también a la bebida. Nuestros vinos se
elaboraban de la misma manera que la mayoría de los vinos, pero con la
mano de un hada. La pasión por su tarea y su sangre vital se filtraba en
cada lote.
Las mejillas de Bron ya estaban enrojecidas y sus ojos se esforzaban
por enfocarse en mi padre. Una risa salió de sus labios por nada cuando mi
madre sugirió amablemente:
—Querido príncipe, tal vez no deberías beber…
Fue entonces cuando llegaron dos soldados, el de Bron y el más alto
en el mando de mi padre, cuyas expresiones reflejaban una gran
preocupación.
—Su majestad —dijo Elhn con una rápida reverencia—. Acabamos de
recibir noticias de cuerpos colgados en los árboles de Spring Forest,
miembros destrozados, sangre en el río… —Se interrumpió cuando mi
madre levantó una mano y me miró—. Mis disculpas.
Agradecida por no haber comido, ofrecí una pequeña sonrisa, con el
pecho oprimido.
—¿Mis hombres? —gritó el príncipe, la alegría se desvaneció de su
rostro como una tormenta entrante que nubla el sol. Al levantarse, se
tambaleó sobre sus pies, parpadeando con dureza.
—Por Dios, ¿qué me hiciste beber?
Los labios de mi madre se apretaron entre los dientes. Nadie le había
hecho beber nada. Él se había servido el vino antes que ninguno de nosotros
fuera consciente de lo que estaba haciendo.
—¿Sobrevivientes? —preguntó mi padre, deslizando sus gruesos
dedos alrededor del borde de su copa, con los ojos sin ver sobre la mesa.
—No hay informes de ninguno.
38
Mi padre se levantó de su asiento, las serpientes cubiertas de flora que
rodeaban el respaldo de su silla de oro y plata parecían vigilantes.
—Hablemos fuera.
El general de Bron ofreció una mano cuando el príncipe tropezó con
nada, y luego la retiró cuando fue reprendido.
No importaba que Spring Forest bordeara gran parte de la costa,
extendiéndose desde Gracewood y hasta Errin. Ellos estaban aquí. Una vez
más, habían cruzado.
Suficientes para acabar con una parte del ejército del príncipe.
Después de pasear por mis habitaciones durante lo que parecieron
horas, recuperé la capa del príncipe y me senté en el asiento de la ventana
que daba a los jardines de abajo para cumplir mi promesa.
Un hilo invisible fluyó debajo de las yemas de mis dedos y lo hice
coincidir con el mismo tono de marrón dorado de la capa. El aroma del
príncipe, sal marina y algo dulce como azúcar quemado, se desprendía del
desgastado terciopelo.
Sus labios, carnosos, suaves y cálidos, que se frotaron
inesperadamente sobre mi piel, las motas de oro en sus ojos marrones...
Aquellas polillas revoloteando murieron, fueron sustituidas por un calor
fundido cuando un par de ojos y labios diferentes entraron en mi mente.
Cuando imaginé que había sido la boca cruel y a la vez sensual de
Fang la que había acariciado mi piel, y sus dedos tan delicados rozando el
arco de mi oreja.
Abriendo los ojos, insegura de cuándo los había cerrado, doblé la capa
remendada en mi regazo y apoyé la cabeza en la ventana de cristal. Me
pregunté qué estaría haciendo Fang, qué le haría hacer su bestial rey a
diario, y si habría estado entre los asesinos de la ciudad, de la aldea y de
Spring Forest.
Dos ataques. Ambos brutales, rápidos y cercanos. 39
Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos llenos de miedo,
seguido de otro. Retrocedí y crucé a toda velocidad la habitación, sabiendo
que el olor que había al otro lado no pertenecía a mis padres ni a ninguno
de nuestro personal.
—Buenas noches —dijo el príncipe, con finas líneas de expresión
alrededor de los ojos y su cabello desordenado por sus dedos—. Espero que
no sea demasiado tarde, pero he venido a por mí capa.
—¿Te vas?
Él asintió, su mirada nunca se encontró con la mía.
—Sí, fue una tontería venir en tiempos como estos. —Una sonrisa
débil se dibujó en sus labios—. Mi madre siempre me regaña por ser
demasiado curioso para mi propio bien. Un espíritu aventurero.
Podía sentir empatía, así que sonreí y le entregué su capa.
—La he reparado.
El príncipe asintió una vez más, desplegando la capa para buscar el
lugar donde había estado el desgarro mientras yo me apoyaba en la madera
y lo examinaba bajo el resplandor de las llamas en los candelabros a ambos
lados de la puerta. Sus pestañas bajas ensombrecían sus mejillas, la boca
se tensaba formando una delgada línea.
—Probablemente no sea prudente, como estoy seguro de que mi padre
te ha dicho, que te vayas...
Los ojos del príncipe saltaron de la rotura remendada a los míos,
amplios y oscuros.
—Oro.
¿Perdón?
Dio unos golpecitos con la uña sobre la rotura, y ambos escuchamos
el pequeño tintineo antes que sacudiera la capa hacia mí, parpadeando
rápidamente.
—La costura, tu costura, es… —Tragó saliva—. Es de oro.
No.
Podía sentir como todo el color se drenaba de mi rostro mientras le
40
arrebataba la capa y buscaba a tientas lo que había hecho.
Pero ahí estaba. Cada puntada perfecta era oro grueso, tejido.
Mierda. Me tragué la conmoción, la vergüenza, la niña asustada que
había sido antes y que intentaba resurgir.
—Parece que me equivoqué de color —murmuré, esperando que él
creyera la excusa.
Con el ceño fruncido, clavó sus ojos en la capa, evidentemente
inseguro.
—Discúlpame mientras veo si puedo deshacer esto. —Podía
deshacerlo yo misma, pero pasé corriendo junto a él y bajé las escaleras en
busca de mi madre en la torre opuesta a la mía.
Corrí por el sombrío pasillo y subí las escaleras, la pesada falda de mi
vestido de tul se enganchaba en las piedras, haciéndome golpear los dedos
de los pies desnudos. Al abrir la puerta, encontré su habitación vacía y
retrocedí hacia la pequeña entrada, mi corazón era un bulto de miedo sin
latir en mi pecho.
Mi padre me atrapó mientras bajaba y daba la vuelta a la última
escalera, con ojos brillantes que me absorbieron e intuyeron lo que yo no
podía decir. Mirando detrás de él, me arrastró hasta un cuarto de limpieza
cercano, escondido de la escasa luz.
—Mírame, abejita. Mírame. —Lo hice, como siempre lo había hecho,
mientras él hacía que sus ojos cambiaran de un verde intenso a un dorado
y luego a un marrón. Tales payasadas me provocaban ataques de risa
cuando era pequeña y, a medida que crecía, me ayudaban a moderar la
tormenta que había en mi interior. La naturaleza salvaje que aguardaba y a
veces insistía en ser liberada. Su sola presencia, el tiempo que pasaba
conmigo sin importar el motivo, solía ser suficiente para distraerme.
Ahora no funcionaría. Ambos lo sabíamos, y tras unos minutos de
sentir mi respiración agitada, rompiéndose sobre mis labios, él me soltó y
dio un paso atrás.
—Ve. Corre.
Entonces solté la capa y lo hice.
No era seguro salir del castillo ahora mismo. Lo sabía, y él también.
Pero tenía que hacerlo. La alternativa, según él y mi madre, era mucho peor.
Salí corriendo una vez más por la salida de la cocina, comprobé si
había soldados patrullando y esperé a que sus antorchas se desvanecieran
antes de salir por el huerto y adentrarme en los campos. 41
Oro.
La mirada de asombro del príncipe. La consecuencia de liberar tal
secreto en nuestro mundo… Corrí más rápido, más fuerte, mi sangre
presionaba en cada vena, cada músculo tensándose y doblándose.
Había ocurrido por primera vez cuando era joven. Había estado
remendando el vestido color ciruela favorito de mi madre, el de seda que ella
había dicho que era el favorito de mi hermano, y con las imágenes de su
sonrisa serena, los retratos de ellos juntos, simplemente… sucedió.
Estaba emocionada, tan segura de que se alegraría por lo que había
conseguido hacer, pero ella y mi padre se habían mirado con ojos brillantes
de miedo y me habían advertido que nunca hablara de eso.
Que no volviera a hacerlo.
Durante años, no me habían permitido arreglar nada hasta que un día
lo hice en contra de sus deseos, demostrándoles que no volvería a ocurrir.
No parecían creerme, pero una vez que se cercioraron que no había
rastro de oro entre los hilos, asintieron y dijeron que me limitara a remendar
en mis habitaciones.
Llevábamos en la sangre, como parte de nuestra alma, curar,
construir, reparar, crear y amplificar el crecimiento. Rara vez podíamos
mantenerlo contenido en la naturaleza. Era una canción en nuestros
corazones, y cuando esa canción exigía libertad, era doloroso ignorar su
llamado. De la misma manera que ahora resultaba doloroso ignorar el ritmo
palpitante en mi interior que suplicaba ser liberado.
Lo ignoré, tenía que hacerlo mientras corría por el bosque, saltando
por el camino conocido y rodeando cada piedra y trampa bien conocida.
Supe antes de agacharme debajo de la pequeña abertura y
arrastrarme hasta el interior de la cueva, que él no estaba aquí.
Aun así, trepé por el árbol para sentarme en su cima, y allí vi lo que
había hecho que los habitantes del pueblo abandonaran sus tiendas y casas.
Sangre.
La luz de las estrellas destellaba sobre la superficie oscura del agua,
resaltando hebras más oscuras que la estropeaban y se entrelazaban a lo
largo de ella como serpientes deslizándose en busca de un festín
interminable. 42
Él no estaba aquí. No vendría.
Y en lugar de pensar en todas las horribles razones, dejé que la
corriente de mi interior me arrastrara.
Y dentro de esa oscuridad, me dejé llevar.
Mi madre me esperaba en mi habitación cuando regresé con el sol
naciente, con su voz solemne.
—¿Sabes lo que has hecho?
Sacudí mi cabello y arrastré los dedos por él, la tela azul reluciente
que colgaba de los retorcidos postes de madera de mi cama ocultaba la
expresión de mi madre.
—Por supuesto que lo sabe —dijo mi padre detrás de mí, y volví a
entrar a trompicones en mi dormitorio, observando las líneas cansadas de
su rostro—. Ha sellado nuestros destinos.
Aunque sus palabras me atravesaron como una espada sin filo, no
había ira en su tono, solo una suave resignación. Mirando su armadura y la
espada a su lado, pregunté:
—¿Adónde vas?
—El príncipe y sus hombres nos esperan fuera de la ciudad. Vamos a
escoltarlos de regreso a Errin.
—No puedes —dije, con el pánico rascando mi voz—. No es seguro.
—Ningún lugar es seguro —refunfuñó, y luego forzó una sonrisa
cuando mi rostro se descompuso. Acercándome, murmuró contra mi
cabello—: Mírame, abejita. —Inhalando su aroma, los arándanos que sabía
que guardaba en una bolsa sobre la funda de su arma, me encontré con sus
cansados ojos verdes—. Sé valiente.
Mi madre lo siguió fuera, dejando una preocupación sofocante a su
paso. Eso nubló la habitación, mi mente, y agradecí cuando Linka entró
para alejarme de ella.
—Ven, ahora. Es solo un viaje rápido hacia el sur.
43
Asentí, con mi brazo en el suyo. Desde el balcón de las habitaciones
de mis padres, Linka y yo vimos cómo mi padre, montado en su semental
de medianoche, alzaba vuelo con sus soldados y desaparecía más allá del
polvo que se acumulaba.
Cuatro
El crepúsculo se extendió por la ladera, arrastrando el día hacia rosas
y naranjas profundos para regalar a la creciente noche.
Esta vez, él estaba allí, y al ver la espada apoyada contra la pared
rocosa de la cueva, me detuve, la recogí y esperé.
—Sunshine —dijo con fingida alegría, como si yo fuera cualquier cosa
menos una pesada nube de lluvia. Sus botas golpearon el árbol con un
poderoso golpe que sacudió la tierra sobre mi cabeza, sus pasos eran
perezosos pero rápidos mientras se acercaba a la entrada de la cueva—. No
necesitamos entrenar si tú… 44
En cuanto entró, me abalancé sobre él y, sin el suficiente aviso para
quitarle el arma, él se agachó justo a tiempo para evitar perder preciosos
mechones de ese cabello rubio claro.
—Opal.
Lo ignoré, ignoré el sonido de mi nombre en sus labios que lo hacía
sonar más que lo simple que era.
—Lucha.
Después de mirarme por momentos inflexibles y fracturados, su
mirada azul se oscureció. Finalmente, desenvainó su espada.
—¿Alguien te hizo enojar?
No quería hablar. Hacerlo solo me llevaría a más angustia, más rabia,
ya que su gente mataba continuamente a los míos y a los humanos, y a él
no le importaba. No le importaba que su odio, su malicia, su avaricia y su
crueldad hubieran destrozado a mi familia y que pronto nos hicieran
suplicar a los pies de los mortales para que nos dieran refugio.
Refugio que ahora no darían por mi culpa, porque a sus ojos, todos
nosotros éramos monstruos, abominaciones en los que no se podía confiar.
No, a este macho carmesí no le importaba en absoluto.
Volví a golpear, y nuestras espadas se encontraron en el aire, la luz de
la luna desollando las hojas mientras se deslizaban y luego chocaban entre
nosotros.
—Opal —dijo Fang una vez más, pero no aparté los ojos de su espada
mientras daba un paso atrás—. Joder, ¿qué te pasa?
No podía hablar con él. Ni siquiera debería haberme relacionado con
él. No importa lo inocente que pareciera.
—¿Sunshine? —Una pregunta que contenía una suavidad que podría
confundirse con preocupación.
No podía matarlo. Incluso si pudiera, no estaba preparada para matar
a nadie, y ambos lo sabíamos.
Así que solté la espada, y esta vez, fui yo quien se marchó sin mirar
atrás.
45
Había guardias apostados en todas las esquinas fuera de las puertas
del castillo, muchos de los cuales me lanzaban miradas de desaprobación
mientras avanzaba por el bullicioso mercado de la ciudad hacia la plaza.
Me merecía su desaprobación, sin duda, pero no por ninguna razón
que ellos supieran.
Estaba claro que pensaban que era absurdo que mi madre me
permitiera aventurarme por las calles de la ciudad, engullidas por los
carruajes y los carros que avanzaban detrás de los caballos sobre el
adoquinado y los carritos de los vendedores agazapados ante cada callejón.
Pero mi madre, recluida en su habitación desde que mi padre se había
marchado, no lo sabía.
—Tenemos suficientes plantas de semillero para pasar el invierno, mi
princesa —dijo Linka a mi lado, con las manos apretadas alrededor de su
cesta de compra vacía—. También hierbas. Cualquier otra cosa que
necesites, podemos traerla.
Yo no estaba aquí para ninguna de esas cosas, y ella no tardó en
descubrirlo cuando cruzamos la plaza y nos dirigimos directamente a un
callejón oscuro. Caminamos hasta su final, el arroyo que susurraba a través
de los nudosos arbustos del otro lado era incapaz de enmascarar el olor a
vino añejo y a rosas.
Me abstuve de arrugar la nariz cuando nos detuvimos ante la puerta
pintada de negro y encajada entre un arco de piedra. El exterior de la roca
era más oscuro aquí, más bien de un marrón cremoso, con algunas piedras
afectadas por la podredumbre negra y las enredaderas frondosas y caídas.
Una dura comparación con el blanco de la piedra lunar y los desbordantes
enrejados del resto de la ciudad.
La aldaba de la puerta tenía la forma de la cabeza de una serpiente,
un sol que se elevaba en la placa de cobre detrás de ella. Nuestro escudo
real. Aunque era una entidad más grande que cualquier marco real, había
servido a Sinshell durante cientos de años. Aunque los curiosos se
preguntarían quién fue el que realmente se benefició de su línea de trabajo.
Pasé la mano por el metal, sentí el rumoreado cosquilleo hasta las
yemas de los dedos, y luego la solté para golpearlo contra la puerta. 46
—Princesa —siseó Linka, dándose cuenta tardíamente de dónde
estábamos y ante qué puerta nos encontrábamos—. Te prohíbo que…
—Espera aquí —dije y entré cuando las bisagras crujieron y la puerta
se abrió sola. El sentimiento de culpabilidad golpeó mi estómago, pero
necesitaba una escolta para que los centinelas de las puertas consideraran
siquiera permitirme una breve ausencia del castillo, y aunque ella había
protestado, tenía que ser Linka.
No podía arriesgarme a traer a nadie más.
La puerta se cerró silenciosamente detrás de mí, la luz de las velas
parpadeaba y trepaban desde la media docena de velas gigantes colocadas
en las paredes forradas de libros. Avancé tres pasos hasta situarme sobre
un trozo de alfombra esmeralda.
Envuelta en un parche de luz solar que se filtraba a través de la
ventana de cristal rojo situada a su izquierda, la mujer de ojos rubí cruzó
las piernas en la generosa silla de estilo trono que había detrás de su enorme
escritorio.
—Brillante —canturreó la hechicera serpiente, las dos serpientes
blancas brillantes sobre sus hombros se agitaron—. Llevo tiempo
esperándote.
Ella selló nuestros destinos.
—¿En serio? —Tragando el nudo en mi garganta, quité la capucha de
mi capa gris de la cabeza y metí las manos entre sus pliegues para ocultar
el temblor—. Entonces lamento haberte hecho esperar.
La hechicera tarareó como si no me creyera. Había un plato de cerezas
frente a ella, las serpientes enroscadas bajo sus voluminosas ondas de
cabello color burdeos seguían creciendo.
—Llegas demasiado tarde.
Parpadeé y luego fruncí el ceño.
—Dijiste que habías estado esperando.
—En efecto, lo hacía, pero me has hecho esperar demasiado.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —ronroneó y pinchó una cereza con un palillo—.
Alguien me visitó antes que tú, y ahora ya no tengo las cartas de tu destino.
—¿Cómo? —pregunté, mientras algo se agitaba en mi confusa mente,
convirtiendo mi confusión en algo que disparó una flecha de miedo en mi
47
corazón.
—Ya sabes cómo, princesita. ¿La criatura que me visitó? —Masticando
la cereza, sonrió, la fruta madura como la sangre tiñó su sonrisa
serpentina—. Bueno, sus destinos están entrelazados.
Las rocas apedrearon mi estómago, volviendo áspera cada lenta
respiración.
Sabiendo que no obtendría nada más de ella, incliné la cabeza y me
dispuse a salir cuando los cerrojos hicieron click en la puerta.
—Pago.
—Pero no me has dicho mi destino —dije innecesariamente, con los
dedos curvados en las palmas de mis manos. Por supuesto, ella intentaría
quitarme algo. Nadie ponía un pie dentro de su guarida sin dejar algo de sí
mismo.
—Pero lo hiciste. Puede que te lleve más tiempo entender lo que las
estrellas han planeado para ti.
Mis ojos se agrandaron, luego se cerraron, y agradecí estar de espalda
para que no pudiera verme.
—Te enviaré las monedas que desees.
—Sabes que no son monedas lo que deseo, mi brillante llama. Diez
gotas deberían ser suficientes. —Me giré hacia ella, y mi pecho se hundió
cuando golpeó la gran copa negra sobre su escritorio dorado, y luego empujó
el pequeño cuchillo hacia mí—. Cuando estés lista.
Tentada a cerrar los ojos, clavé la punta en la palma de mi mano,
ignorando el escozor mientras cerraba el puño. La mirada de la hechicera
no estaba en la sangre que caía gota a gota en la copa, sino en mi rostro.
Su cabeza se inclinó cuando capté sus ojos, y sus labios se curvaron
brevemente, demasiado breve para ser considerado una sonrisa, y sus ojos
rubí se oscurecieron un poco.
—Te pareces a ella.
Sorprendida, pregunté:
—¿A quién? ¿A mi madre?
La hechicera me arrebató la copa, y me alegré, pues había perdido la
cuenta de cuántas gotas le había dado. 48
—Dale mis más cordiales saludos. —Se levantó y se alejó de su
escritorio, levantando las cabezas de sus serpientes.
Como no quería ver lo que había planeado para mi sangre, me
apresuré a salir de su choza.
—¿Qué demonios te pasó? —Linka esperó para susurrarme hasta que
cruzamos la plaza, su rostro una vez rosado ahora blanco—. Te diste cuenta
de quién era.
—Por supuesto que sí. —Levanté la mano, con el corte ya curado, para
enfatizar.
Aturdida, Linka esperó hasta que atravesamos la multitud que se
alineaba en la calle frente a la zapatería. Estaban llevando a cabo una venta,
probablemente preocupados porque sus creaciones se estropearían si la
guerra se acercaba a nuestras puertas y querían recolectar cualquier
moneda que pudieran.
—Bueno, ¿qué dijo, entonces?
—Nada.
—¿Nada? —casi chilló—. No visitas a la hechicera y te vas sin nada.
Suspirando, aparté algunos mechones de cabello sueltos de mi rostro
y acomodé la capucha de la capa. Incluso con ella puesta, algunos me
reconocieron, pero para cuando lo hacían, yo ya había pasado junto a ellos,
demasiado rápido para perseguirme y saludarme o hacerme una reverencia.
—Ella no pudo decirme mi destino —acepté—. Ya se lo ha entregado
a otra persona.
El brazo de Linka se apretó alrededor del mío mientras subíamos la
pequeña y empinada colina que conducía a las puertas del castillo, cuya
piedra lunar se alzaba por encima de la ciudad y las granjas más allá. Otro
sol para cegarnos a todos.
—¿Quién vendría a buscar tu destino?
—No lo sé, pero probablemente nadie —dije, habiéndome preguntado
ya lo mismo. Una inclinación de cabeza a los guardias, y nos dejaron 49
entrar—. Quienquiera que fuera, simplemente vino en busca de los suyos.
Dejándola en el vestíbulo para que se ocupe del resto de sus tareas,
me dirigí a la biblioteca del segundo piso, esperando que el crepitar del fuego
y el tesoro de libros con sus lomos con letras desgastadas calmasen la ola
creciente en mi interior.
Debería haber sabido que no lo haría. Colocando el texto de historia
antigua sobre la mesa de mármol, miré el retrato plateado y dorado de mi
padre y mi madre con Joon, mi difunto hermano. Sus labios estaban
ligeramente curvados, pero los tres pares de ojos estaban sonriendo.
Otro retrato, sin Joon y en su lugar con una diminuta yo, estaba en la
pared opuesta.
Mientras miraba la imagen, nuestros ojos y cabellos dorados eran
similares, traté de ignorar las miradas vacías, la falta de ojos sonrientes que
no fueran los míos, y conté las horas transcurridas desde la partida de mi
padre.
El vacío que había en mi interior se ensanchó.
Pronto. Pronto volvería. El viaje a Errin era de dos días, a no ser que
hubiera optado por atravesar las tierras humanas y entregar al príncipe y lo
que quedaba de su séquito directamente a la puerta del rey y la reina.
Un ruido sordo llegó desde el piso de arriba, seguido por el extraño
sonido de mi madre gritándole a alguien. En el pasillo se escuchaban
susurros, murmullos de preocupación y exigencias entre el personal.
Mis ojos se cerraron, la habitación de repente era demasiado caliente,
demasiado sofocante y pequeña.
—Ahora no —gemí entre dientes.
No me escuchó. Yo no escuché.
No corrí. Decidida a vencer el instinto esta vez, caminé, y cuando
llegué al bosque más al norte, me di cuenta demasiado tarde que no podía
ceder ante él, aunque quisiera.
Todavía era de día, para empezar, y este lugar, el suelo húmedo bajo
mis manos al llegar a la cueva, ya no era un lugar seguro para permitirme
tal indulgencia.
Decidida a esperar, a pensar en las palabras cuidadosamente
elaboradas por la hechicera hasta que ya no pudieran asustarme más, me
quedé hasta el anochecer. Adentro, contra la pared, con la tierra tibia en mi
espalda, vi mis manos y brazos temblar, mis pies desvanecerse y reaparecer,
50
y deseé que mi sangre se enfriara.
La luna tomó una forma que no pude ver en el cielo. Él no estaba aquí,
no iba a venir, y después de horas de temblar mientras hervía por dentro,
supe que tenía que dejarlo ir. Que probablemente era seguro hacerlo.
A punto de hacerlo, abrí los ojos al escuchar un suave crujido en el
otro extremo de la cueva.
—¿Qué te pasa? —No era una pregunta, sino una orden de respuesta.
—Nada —dije demasiado rápido y me puse de pie de un salto,
esperando que me sostuvieran.
Lo hicieron, misericordiosamente, y mirándolo fijamente mientras se
acercaba, sentí que cada vaso sanguíneo hirviente comenzaba a enfriarse
mientras dibujaba los rasgos de Fang. La luz de la luna detrás de su cabeza
no lo tocaba, pero hacía brillar salpicaduras de plata sobre esos pómulos
angulosos, su gran elevación hacía esos ojos afilados como el hielo me
robaba el aliento.
—No hay nada que odie más que la gente que me hace perder el
tiempo. —Me habría burlado si hubiera tenido suficiente energía—. Dime
por qué estás temblando como una hoja en una tormenta.
Al encontrarme con esos ojos, aparté inmediatamente la mirada,
sabiendo que tendría que decirle algo o marcharme. Tenía la sensación de
que no me dejaría hacerlo esta vez.
—El príncipe me visitó.
Reinaba el silencio, con la excepción del agua que goteaba fuera de
nuestro pasadizo secreto.
—Podría decirse que no fue bien —murmuré, esperando que eso fuera
suficiente para aplacar su necesidad de una explicación.
Un zumbido bajo lo abandonó antes de decir:
—¿Estás prometida?
Me reí a medias al escuchar eso, hundiéndome contra la pared
mientras mis extremidades volvían lentamente a mí.
—Lo dudo mucho.
Más silencio.
—Estás decepcionada, entonces —supuso, ladeando la cabeza de esa
manera depredadora mientras me estudiaba con ojos brillantes.
51
—Algo así. —Rasgué mi vestido de encaje con la pequeña daga que
había empezado a usar atada a mi muslo, su mirada dejó una marca
abrasadora sobre mis piernas desnudas—. ¿Trajiste tus espadas?
En respuesta, desenvainó ambas de su espalda.
—Has comenzado a llevar un arma.
—Tiempos nefastos —murmuré, demasiado agradecida por haber
regresado a mí misma para recordar que estaba una vez más en un lugar
donde no debería estar con un idiota carmesí del otro lado del barranco.
Su voz se hizo melodiosa cuando dijo:
—Eso escuché.
La molestia llegó, espesa y aceitosa. Volví a meter la daga en su funda
en mi muslo, y luego le arrebaté la espada corta, la esmeralda con la
empuñadura oscura y ensombrecida.
—¿Tuviste algo que ver con eso? Spring Forest. La ciudad y los pueblos
del río.
—Sabes que no debes hacer preguntas cuyas respuestas no te
gustarán —murmuró en voz baja, con su otra espada girando en la mano.
Sus ojos se mantuvieron fijos en mí, brillantes como el hielo, pero tan vacíos.
—Muy bien —dije con una ligereza que ciertamente no sentía, e hice
lo que él había dicho, afinando esa furia en cada miembro, apretando los
dedos alrededor de la desgastada empuñadura mientras me preparaba.
Una sonrisa malvada hizo que el azul de sus ojos fuera más intenso.
—¿Bailamos, solecito?
—Pensé que nunca lo pedirías.
Nos movimos al mismo tiempo, las espadas chocaron y nuestras
sonrisas coincidieron. Mi brazo temblaba por el esfuerzo de mantener a raya
sus golpes, mis dientes rechinaban.
—Estás descuidada esta víspera —dijo, sonando aburrido cuando fingí
que tenía razón, y luego se abalanzó hacia adelante, su espada atrapando
la mía frente a su pecho, el acero redujo a la mitad su sonrisa cuando
nuestros estómagos se tocaron.
52
Retrocediendo, con la respiración demasiado acelerada, jadeé:
—Estoy bien —agarré la espada con ambas manos, preparada para su
arco descendente.
Estaba sobre mi espalda incluso antes de darme cuenta que me había
superado con facilidad, la parte posterior de mi cabeza estaba en su mano
y la espada apuntando a mi garganta.
—Muerta —susurró desde arriba, cada parte dura de su cuerpo estaba
alineada con las partes más blandas del mío.
Como si acabara de darse cuenta, parpadeó, frunciendo las cejas
sobre sus ojos cobalto.
—Eres enorme. —Fue lo único que se me ocurrió decir, las palabras
salieron de mis labios antes de pensar en cómo las recibiría.
Esos ojos se ampliaron, luego se entrecerraron y sus labios se
elevaron. Sus dientes, rayos, eran perfectos, cegadores en la oscuridad,
incluso sus caninos más largos y afilados.
—Supongo que eso es un cumplido. —Su sonrisa se aflojó—. Aunque,
¿qué sabrás tú de esos asuntos?
Mis dedos rebuscaron en la suciedad de mis costados, preparándome
para arrojárselo a los ojos si era necesario y luego empujarlo lejos de mí,
cuando la espada cayó a mi lado y él se levantó. Aunque solo un poco. Su
cabello caía sobre su frente. Sus grandes brazos me enjaularon en el suelo.
Nunca me había sentido pequeña. Nunca me había preocupado por
esas cosas.
Hasta ahora.
Hasta que sentí una energía, primitiva y sedienta de sangre, que se
filtraba de su enorme cuerpo de una manera que acortó mi respiración y
envió vergüenza en espiral hacia mi rostro.
Cuando no dije nada en absoluto, sabiendo que probablemente podía
sentir el calor que surgía de mis mejillas encendidas, preguntó con una voz
más suave:
—¿Te besó?
Me tomó un momento recordar al príncipe, y aunque no me digné a
darle una respuesta a Fang (no era asunto suyo) obtuvo una, sus ojos
exploraron los míos y luego cada centímetro de mi rostro.
53
—¿Dónde?
Tragando, dije con voz ronca:
—Quítate.
Otra sonrisa exasperante.
—No quieres que lo haga. Solo lo dices para guardar las apariencias.
Apreté los dientes, la ira me obligó a admitir:
—Me besó en la mejilla.
Él bajó la cabeza sin previo aviso, la punta de su nariz recorrió cada
mejilla hasta que olió lo que estaba buscando a pesar que me había bañado
numerosas veces desde entonces, e inhaló profundamente. Entonces,
cuando mis manos se dirigieron a la parte posterior de su cabeza, y mis
dedos se enroscaron en su cabello sorprendentemente suave para apartarlo,
me lamió.
—¿Acabas de…
—Silencio —dijo, con un ladrido seco y brusco, los brazos junto a mi
cabeza se flexionaron mientras lo hacía una vez más.
Los dedos de mis pies se curvaron. Algo se abrió paso desde mi pecho
hasta mi estómago, haciéndome sentir un cosquilleo profuso. Y luego, tan
suaves como los pétalos de rosa calentados por el sol, sus labios se
arrastraron con un roce cariñoso sobre mi piel, sobre cada centímetro de mi
mejilla, un ruido retumbante subiendo por su garganta, hizo que mis dedos
se enroscaran suavemente en su espeso cabello.
Más. Necesitaba más.
Como si pudiera sentirlo, su boca se deslizó hacia mis labios con una
lentitud tortuosa.
Nuestros ojos se encontraron y se mantuvieron durante unos
instantes que robaron el latido de mi corazón. Los suyos se habían
oscurecido. La pupila se expandió, el negro se extendió a un azul oceánico
ahora más profundo. Un escalofrío me asaltó, y entonces sus pestañas
bajaron, al igual que su boca.
Aquella sensación de plumas se fundió en fuego líquido.
Al principio, sus labios presionaron suavemente los míos,
encontrando dónde encajaban, descubriendo que lo hacían perfectamente. 54
Otro ruido sordo salió de él con mi aliento agitado, mi boca se separó
ligeramente, lo suficiente para que sus labios se deslizaran sobre los míos y
mis dedos se aferraron a su cabello.
—Nunca he hecho esto —dijo, y luego frunció el ceño como si su
admisión fuera de alguna manera mi culpa, como si el hecho de que se
acostara sobre mí y me besara también fuera de alguna manera mi culpa.
Ese ceño fruncido, la molestia que hizo que sus ojos entrecerraran,
me dijeron que lo que había dicho era cierto. Su beso, aunque nada menos
que impresionante, la vacilación y la lenta evolución, también lo eran.
Todo en mí se calmó. El hecho de que este joven y despiadado Dios no
hubiera sido besado por mil mujeres, o rayos, incluso hombres, me robó el
habla.
Sus labios rodaron entre los dientes mientras me observaba. Entonces
se movió, y mis manos decidieron mantener su cabeza dentro de su
desesperado agarre.
—Yo tampoco —susurré finalmente.
Sus fosas nasales se ensancharon junto con sus ojos, el deleite
provocó una sonrisa que no había visto antes en él. Una sonrisa que hablaba
de alegría desenfrenada o quizás incluso de alivio.
—Gracias a las malditas estrellas —dijo, con una voz tan áspera, y
entonces me robó el aliento una vez más.
Cualquier rastro de incertidumbre había desaparecido. Me besó como
si se le hubiera encomendado el trabajo más importante del universo, sus
labios sostuvieron los míos en una promesa firme durante unos instantes
de infarto antes de separarlos para que su aterciopelada lengua rozara el
interior de mi boca.
Gemí, sin importarme el extraño sonido cuando su dureza se encontró
con mis partes sensibles. Una de sus manos se deslizó lentamente por mi
costado, trazando y marcando cada curva, para enganchar mi pierna detrás
de su espalda.
Un gruñido bajo cubrió mi lengua y lo tragué con avidez, así como su
siguiente maldición. Presionó su longitud contra mi cuerpo a través de
nuestra ropa mientras nuestras lenguas se acariciaban y nuestros dientes
mordían los labios del otro.
El cobre llenó mi boca, pero no me importaba. Estaba perdida dentro
de este espacio oscuro y magnético donde no existía nada más que este arco
iris de sensaciones. Su calor, su respiración, siempre uniforme y ahora
55
rompiendo en mis labios con cada empuje de sus caderas.
Mis ojos se abrieron para descubrir que los suyos también lo estaban,
y sentí que caía sobre vientos rápidos mientras estaba acostada en el duro
suelo de tierra mientras él succionaba mi labio en su boca, raspando los
dientes. El ligero olor a sangre regresó y se puso de rodillas como si yo
hubiera tomado la espada que estaba a mi lado y lo hubiera golpeado con
ella.
Mi corazón se aceleró, demasiado rápido para poder controlar mis
pensamientos, y mucho menos las palabras, mientras Fang me miraba
fijamente. Con los labios entreabiertos y teñidos de rojo, su pecho subía y
bajaba mientras me miraba como si me hubiera crecido otra cabeza.
Luego, sin mediar palabra, se dirigió a sus espadas olvidadas y las
arrastró con él hasta la apertura de la cueva. Hasta el árbol que lo llevaría
de regreso al otro lado del barranco.
—Espera —logré exhalar, empujando hasta los codos—. Fang.
Sus pasos vacilaron, pero no dijo nada, no hizo nada más que
desaparecer en la noche.
El silencio en su ausencia gritó y erradicó el precioso aire que quedaba
en mis pulmones.
Con pies inestables, me levanté del suelo, sacudiendo la suciedad de
mi cabello y deseando que la humedad se alejara de mis ojos.
Lo había besado. Él me había besado.
No solo estaba prohibido. A no ser que se pudiera demostrar que las
relaciones ya existían antes de la segunda guerra, ahora era una traición
asociarse con el carmesí.
Sin embargo, eso no era lo que me aterrorizó. No, lo que más me
aterrorizaba era esa sensación residual de vacío, como si me hubiera quitado
algo que no podía describir, no podía encontrarle sentido y no estaba segura
que fuera inteligente intentarlo.
Algo que temía no poder recuperar. 56
En la entrada de la cueva, me arrodillé y me arrastré fuera del agujero
bajo y me quedé quieta cuando divisé algo en la hierba a la derecha. Me
acerqué y le di una patada con mi zapatilla.
Las nueces con pimienta se derramaron de la bolsa, y no necesité
acercarlas a mi nariz para reconocer el olor extraño que persistía en la tela.
Aquí no se permitía ese tipo de bocadillo.
Porque allí se comía.
El mundo se encogió y se inclinó, la niebla en la que me había dejado
Fang se despejó rápidamente.
Estrellas. Él había…
Volviendo a mirar hacia la cueva, inhalé profundamente, luego seguí
el rastro, los extraños olores, las señales que había pasado por alto antes
mientras me concentraba únicamente en tratar de contenerme y
controlarme... y luego todo de nuevo de una manera totalmente nueva,
cortesía de Fang.
Se escuchó un aullido desde lo más profundo del bosque, y entonces
estaba corriendo, corriendo y sabiendo que no lo lograría, sabiendo que
estaban a kilómetros y kilómetros de distancia, y que, si tenía alguna
posibilidad, tendría que cambiar.
Y así, con un destello, mi corazón se retorció y luego se detuvo dentro
de mi pecho, lo hice.
Mi sangre rugió y vibró, mi visión se oscureció y mis sentidos se
iluminaron a una velocidad que solía hacerme vomitar durante horas
cuando volvía a cambiar. Torpe por el pánico y el desuso de esta forma, casi
volé de cabeza contra un árbol antes que mis alas se extendieran e
inclinaran, y giré alrededor y a través de sus ramas.
Alto, alto y más alto, subí, coronando las copas de los árboles del
bosque, dejándolos atrás en preciosos minutos. La luna se alzaba detrás el
castillo en la distancia a mi izquierda, pero continué hacia el sur y seguí la
densa línea de árboles y follaje que bordeaba el barranco.
La suave luz naranja que proyectaba la ciudad más allá de las puertas
del castillo iluminaba el rabillo del ojo; las aldeas entre las murallas de la
ciudad y los bosques debajo de mí, oscuras y adormecidas. No era el caso
de otros mientras volaba más cerca hacia tierra firme, Errin, el reino de los
humanos, escondido bajo las estrellas a una distancia cada vez mayor.
57
Algunas aldeas, granjas, pequeños pueblos y la vieja mina no eran más que
cáscaras, una oscuridad que tal vez nunca volvería a ver la luz.
Más rápido, tenía que moverme más rápido.
Había volado innumerables veces cuando era joven antes de aprender
a controlarlo, a ocultar lo que mis padres consideraban una maldición más
que un don, pero nunca tan rápido. El viento se abalanzó sobre mí,
intentando dirigirme hacia el norte, de vuelta a casa, cuando lo que
necesitaba era seguir avanzando hacia el sur, tan frío como para erizar cada
una de mis plumas.
Sin poder evitarlo, miré a la derecha, hacia el barranco que se extendía
por el borde del bosque, los bordes irregulares del acantilado y los árboles
del otro lado visibles incluso de noche. Vordane se extendía más allá de esos
árboles. Una entidad exuberante y poblada de árboles, de penumbra oculta.
Unas pizcas de luz brillaban como estrellas lejanas desde su corazón: la
ciudad al otro lado del río desde el palacio que vigilaba todo en la esquina
más al norte de Vordane.
La Fortaleza de las Sombras.
Hacía años que no la vislumbraba desde los cielos. Nunca la había
visitado. Nunca nos atrevimos. Hacerlo era como dar la bienvenida a una
muerte prematura.
El pensamiento se marchitó cuando el viento lanzó un grito que atrajo
mi mirada hacia el sureste. Giré y subí, no pasó mucho tiempo antes que lo
viera.
Las llamas, la carnicería, la masacre...
Toda la sangre.
Ni rastro del príncipe y sus soldados. Habían cruzado la frontera,
entonces, y posiblemente ya estaban en casa. Lo que dejaba solo a mi padre
y su pequeña tropa, que había estado haciendo el viaje de regreso a casa.
El acero chocó contra el acero. Las bestias se abalanzaron sobre las
extremidades. La sangre se esparció como ráfagas de lluvia cayendo del cielo
y formando charcos de la misma manera.
Mi corazón ardía en mi pecho y las cenizas inundaba mi boca.
Era demasiado tarde. 58
Era demasiado tarde, pero volví a dar un giro para mantenerme fuera
de la vista y me dejé caer por debajo de los árboles, atravesando un granero
vacío que había más allá y llegando hasta la valla rota. La hierba bien podría
haber sido hormigón bajo mis pies, ya que aterricé con mucha fuerza, pero
no me moví.
Una gran sombra contra un tocón podrido, alambre de púas
enroscado en el viento detrás de mí, no podía hacer nada más que quedarme
allí y mirar.
Había tantos. Rayos, jodidamente tantos. Lobos de diferentes formas
y colores, algunos con alas, la mayoría del doble del tamaño de cualquier
hombre humano, gruñendo, embistiendo y desgarrando…
Demasiados para haber cruzado un puente improvisado arrojado
sobre el barranco o el río en la oscuridad de la noche.
Volví a tropezar con mis pies entumecidos.
Fang.
Yo.
Mi culpa.
Un lobo, más grande que ninguno de los que había visto antes, se
estrelló en el aire y en el centro del claro, sus fauces se abrieron con un
rugido tan feroz que hizo temblar mis plumas y cada brizna de hierba
empapada de sangre.
Las alas de pelaje color crema, ennegrecidas por la sangre y las
vísceras, se abrieron en abanico y luego se metieron a ambos lados del torso
de la bestia con cuernos mientras merodeaba entre la multitud.
El rey de sangre.
La lucha no cesaba, pero no era una lucha. Los soldados de mi padre,
Fae que habían sido entrenados desde que sus cuerpos habían madurado,
cayeron como insectos aplastados bajo garras gigantes.
Fue una masacre.
Moverme. Tenía que moverme, pero unirme a la batalla garantizaría
mi muerte, y las repercusiones de eso se extenderían a lo largo y ancho.
Yo era la última heredera viva. Una heredera que proporcionara a mi
familia otra.
59
Pero mi padre, gritando de furia mientras se defendía de tres
atacantes, recibió un golpe en el costado. Su cabello blanco dorado estaba
cubierto de sangre, su rostro casi irreconocible… No podía dejarlo.
No podía dejar a ninguno de ellos.
Si volvía a cambiar, con suerte aún encontraría la daga atada a mi
muslo, aunque sabía que no serviría de mucho con bestias que
cuadruplicaban el tamaño de mi forma cambiada.
La bestia más grande, el rey, avanzó entre los caídos, aplastándolos
bajo sus gigantescas patas como si ya fueran suelo que pertenecía a la tierra
y nada más.
Mi padre, que se defendía de un atacante tras otro, debilitándose cada
vez más, no lo vio venir.
Grité, y el sonido fue poco más que una llamada a los pájaros salvajes
que se habían dispersado, inútil y sin sentido.
Pero él escuchó.
Mi padre miró en mi dirección con los ojos muy abiertos, ya no
empapados de rabia, sino de un brillante miedo. Miedo por mí. Sus ojos se
dirigieron a los árboles, indicando, suplicándome que me fuera.
Debería haberlo escuchado, pero no podía esperar que yo fuera capaz
de moverme ni un centímetro cuando el lobo se levantó sobre sus patas
traseras y levantó a mi padre del suelo por el cuello.
Luego se movió mientras su pata lo golpeó, garras y pelaje perforando
profundamente el pecho de mi padre.
La bestia, ahora un macho con una capa negra que me resultaba
familiar bajó al suelo con el cuello de mi padre todavía en su puño, y el otro
dentro de su pecho, retorciendo y tirando, mientras mi padre soltaba un
grito silencioso y giraba los ojos hacia el cielo.
Fang.
Mi estómago dio un vuelco y mi visión se ennegreció cuando el cuerpo
sin vida de mi padre cayó al suelo, con su corazón reluciente en la mano del
guardia carmesí, en la mano del Rey de sangre.
Los vítores y los aullidos atravesaron el claro y mi pecho sin aire,
cuando el rey, Fang, se llevó el corazón de mi padre a la boca y lo desgarró
con los dientes.
Dientes que, hace apenas unas horas, habían rozado mis labios.
60
La sangre vital de mi padre caía en cascada y bajaba por su barbilla
mientras levantaba el órgano muerto hacia el cielo nocturno, con la
aprobación atronadora, vil y ensordecedora de sus parientes.
Los pocos soldados que quedaban no podían ser ayudados. Lo sabía.
Así que cuando el corazón de mi padre cayó a la hierba junto a su
cadáver, me retiré, me encogí de nuevo en la noche en busca de la luz
indulgente del día para acabar con esta retorcida pesadilla.
Él había mentido.
Todo este tiempo, no había estado reuniéndome con algún guardia
rebelde del reino enemigo. No había derramado palabras preciosas en los
oídos de Fang. Rayos, su nombre ni siquiera era Fang.
El monstruo de Vordane tenía varios nombres.
El rey de sangre. El rey de los lobos. El rey Dade.
Y yo era una maldita tonta.
Antes que pudiera llegar al granero o a la cáscara de una granja, lo
sentí, el calor de unos ojos en mi espalda. Girando mi cuello, encontré al rey
de pie junto a la valla que acababa de abandonar, en el mismo lugar donde
lo había visto asesinar a mi padre, con su rostro manchado de sangre, la
capa ondeando y esos ojos azules arremolinados sin nada que quisiera leer.
Él no lo sabía. No había forma que pudiera saber que era yo.
Todo lo que vio fue un gran cisne negro.
Así que me di la vuelta y volé hacia la protección del bosque, con la
esperanza de que me protegieran, que mis alas me llevaran todo el camino
a casa mientras mi alma se sentía tan pesada.
Si él hubiera sabido que era yo, no tenía ninguna duda que fácilmente
me habría perseguido, pero volé sola.
61
Cinco
Los días pasaban como semillas que se alimentan lentamente de la
tierra.
El cuerpo de mi padre fue finalmente recuperado y entregado a la
tierra detrás del castillo, una semilla gigante bajo el árbol de cerezos junto
a mi hermano. Las flores, blancas y luminosas, habían brotado alrededor de
la base del árbol, extendiéndose hacia nuestros pies como pequeñas
estrellas de los deseos.
Mi madre lloró a mi lado, aunque no salieron lágrimas de sus ojos.
Sabía que ese tipo de dolor tenía que ser peor que cualquier otro: el
62
que duele con una intensidad que te roba las lágrimas y se niega a permitir
que la pena abandone tu cuerpo. Porque si lo hiciera, no quedaría nada.
Nada.
Perder a alguien que amas, un compañero nada menos...
Y fue mi culpa.
No se lo había dicho. No estaba segura de poder hacerlo alguna vez.
Que había sido engañada y tan estúpida. Que había pasado tiempo con el
enemigo, sin saberlo, sin pensar que él era mucho más que eso.
Él era nuestra ruina.
Mírame, abejita.
No me permitiría derramar lágrimas. No por la misma razón que mi
madre, sino porque no me atrevería a llorarlo cuando no lo merecía.
Nuestro ejército había sido reducido a pedazos, el miedo se extendía
por los salones del castillo como si el invierno hubiera llegado antes de
tiempo.
No quedaba nadie para movilizarnos o elaborar estrategias sobre cómo
reforzar nuestras fronteras y reunir a más personas para capacitar, ya sean
agricultores, comerciantes o de otro tipo. Solo había un silencio tan
sofocante que me preguntaba si eso nos mataría antes que el Rey Dade
pensara en acabar con todos nosotros.
Elhn había resultado gravemente herido, dejando a los dos generales
de mi padre luchando por recuperar la compostura en una ciudad y un reino
inundados de peligros. El capitán y otros dos soldados eran todo lo que
quedaba de la unidad destruida de mi padre.
—Princesa. —El sirviente y amigo más cercano de mi madre, Edwan,
hizo una reverencia cuando llegué a las escaleras que conducían a su
habitación.
La había estado evitando. Una hazaña fácil cuando se negaba a salir
de su habitación, y ahora, estaba tratando de reunir el valor para ir a ver
cómo estaba.
63
Su rostro bañado por el sol estaba pálido y demacrado, las mejillas
hundidas, las orejas arqueadas contrastaban con su cabeza calva. En sus
manos temblorosas había una bandeja con caldo y pan, y la señalé con un
gesto.
—¿Ella todavía no quiere comer?
—Me temo que no, mi princesa —murmuró con los labios
blanquecinos por la preocupación—. Han pasado cuatro días.
Mis ojos se cerraron.
—¿Ha bebido algo?
Inclinó la cabeza.
—Un poco, pero no lo suficiente, y sobre todo vino.
Éramos una especie que viviría miles de años, pero eso no significaba
que no pudiéramos caer presa de la inanición como los humanos. Nuestros
cuerpos tardarían mucho más en perecer, pero lo harían con el tiempo si no
se los trata bien.
—Gracias, Edwan. Lo haré lo mejor que pueda.
La gratitud llenó sus ojos violetas y se inclinó una vez más antes de
doblar la esquina.
Subiendo las escaleras, la puerta crujió mientras la abría con un
pensamiento, y caminé dentro de la oscura y rancia habitación. El aroma de
mi madre, rosa de limón, se desvanecía con su salud, dejando a su paso el
sabor amargo de las hojas empapadas.
Rodeé la cama a medio hacer, donde yacía apoyada contra las
almohadas mientras miraba las cortinas ondulantes que ocultaban las
ventanas y el balcón, dejé la bandeja sobre su mesita de noche.
—Madre, date prisa, la comida se desperdicia.
Con un duro trago, se movió un poco.
—No tengo hambre.
—Lo sé —dije mientras trepaba por sus piernas para acostarme en el
lugar de mi padre, su aroma a lima y cuero penetraba en la almohada. Mi
corazón palpitaba, la culpa endurecía mi voz—. Yo tampoco, ¿así que tal vez
podamos pasar hambre juntas?
64
Y allí estaba ella, Nikaya, reina de Sinshell, su mirada más dura que
el sol.
—No harás tal cosa.
—Sabes que lo haré si no comes. —Tomé su mano fría y la apreté—.
Debes hacerlo. —Sus largas pestañas se agitaron y su garganta se balanceó
mientras yo suplicaba—: No puedo perderte a ti también.
Mirándome con esos ojos dorados tan similares a los míos, temí que
ella pudiera notarlo, que pudiera leer la culpa en mis ojos y en mi voz.
Si lo hizo, no lo dejó ver y, a cambio, me dio un débil apretón en la
mano.
—Abejita —susurró, un apodo roto para la hija que le había roto el
corazón—. Algún día entenderás lo que es sentir que tu alma abandona tu
pecho, luchar contra el instinto de tu corazón para seguir. —Lamiendo sus
labios secos, agregó, sin apenas hacer ruido—: Un día, sabrás lo que es
encontrar y perder a tu verdadera pareja. —Extendiendo la mano, acarició
con sus fríos dedos mi mejilla—. Casi preferiría la muerte para ti, abejita.
Sin saber qué decir, solo que quería mantenerla aquí, presente y
hablando, dije:
—Me preocupa que tal cosa pueda ocurrir antes de que encontrar
pareja sea un pensamiento en mi mente.
Entonces sonrió, melancólica y desdichada.
—No encuentras pareja —dijo, ahora con color en su voz. Era oscura,
pero de todos modos tenía color—. Las estrellas te las traen.
Me habían contado un sinfín de veces antes de cómo ella y mi padre
habían llegado a encontrarse. A los cincuenta años, ya era hora de que se
separara de su amante y creciera, había dicho su padre, por lo que se
concertó un matrimonio con uno de los pretendientes elegidos por mi
abuelo.
Dos noches antes de su boda, cuando la gente del pueblo y los
aldeanos de todo Sinshell llegaron, conoció a mi padre, el hijo de un granjero
que vivía fuera del bosque en la frontera entre Errin y Sinshell. Un guerrero
no por elección, sino porque su familia y él habían necesitado proteger su
medio de vida, la tierra y el ganado. Su madre había insistido en que
asistiera a la boda, ya que era inaudito perderse un evento así.
Mi madre, que por supuesto había estado enamorada de otro y no 65
sentía un cariño romántico por su prometido a pesar que eran amigos, se
había escapado del castillo para tomar una cerveza en la ciudad. Escondida
en un rincón oscuro de la taberna, había observado a hadas de toda clase
beber, bailar, apostar y lanzar dardos, perdida por la pena.
Él la había percibido antes de entrar, había dicho. Poco acostumbrado
a quedarse sin hacer nada, había decidido explorar la ciudad al caer la
noche. Curioso, había entrado en la taberna, atraído por ella como una
polilla al fuego. En cuestión de horas, la boda se canceló y la familia de mi
padre ya estaba haciendo planes para trasladar su granja más cerca del
corazón de Sinshell.
No se puede luchar contra un vínculo de apareamiento y ganar, me
había dicho. Y así, con una frustración nacida de la pérdida de dinero y del
tiempo de nuestra gente, mi abuelo había acogido a mi padre, pero le había
ordenado que limpiara el desastre que había causado.
Él lo había hecho con mucho gusto y había sustituido a Elhn para
casarse con mi madre.
Un cuento de hadas escrito y contado con gran asombro en el reino
humano.
Pero, como sugirieron sus muchas historias, no todos los cuentos de
hadas terminaban felizmente.
—Una pareja que no encontrarás, no en este reino. —Una tos siguió a
sus sombrías palabras y fruncí el ceño—. El príncipe nos escribió. —Enredó
un mechón de mi cabello entre sus dedos. Mirándolo fijamente, dijo con
poco cuidado—: Solicita que te quedes con él para protegerte mientras
consideran casarte con su familia.
—¿Qué? —Casi grité.
Matrimonio. No había pensado que todavía se esperaba que lo
hiciera... Pensé que había arruinado cualquier posibilidad de tal alianza
cuando hilé oro en la capa del príncipe, y él huyó a casa.
Madre no se sobresaltó, solo sonrió con tristeza y suspiró.
—Oh, los juegos que nos han obligado a jugar.
—Madre, no puedo...
—Te vas pasado mañana con el sol naciente. —Mientras recogía mi
cabello detrás de mi oreja, su toque comenzó a ser cálido—. Tendrás su 66
protección y te necesitamos a salvo. Eso es lo que importa ahora mismo.
Cerré los ojos, queriendo protestar, queriendo gritarle que se levantara
y me ayudara a arreglar todo esto. Pero ya estaba, y lo había hecho, y el
príncipe era nuestra única salida.
Ella lo sabía.
—No sé cómo hacer esto —dije, tragando saliva—. Pero lo haré,
aunque el rey de sangre...
—Él regresará, así que nadie sabe que te vas. Solo tú. —Unos ojos
serios se encontraron con los míos, una orden en ellos—. Y yo.
Debía desplazarme por mí misma. Tenía que cambiar y volar.
Asintiendo, tomé su mano.
—Haré esto por ti, pero debes comer. —Ella puso los ojos en blanco—
. Madre —dije, más suave ahora—. Si no tengo nada por lo que vivir, ¿qué
me impedirá volar a través del mar?
Esperé una reprimenda, un recordatorio de mi deber. Ninguno de los
dos llegó.
Después de largos minutos de mirarme con un vacío en su mirada que
nunca había visto antes, se llevó mi mano a los labios.
—Deberías, miel de abeja. Deberías huir y no volver jamás.
Ambas sabíamos que no lo haría, así que se sentó mientras yo le daba
de comer trozos de pan bañados en caldo.
67
Seis
Las montañas Polinphe se elevaban a mi lado, silenciosas
observadoras de mi solitario viaje hacia el este.
Sus picos se extendían hacia las nubes, bloqueando los peligrosos
acantilados que había más allá, sobre el Mar Nocturno.
La única forma de que los barcos se aventuraran a nuestra mitad de
Nodoya arruinada por la guerra era a través de la Cala Real, que con
demasiada frecuencia era emboscada por bandidos carmesíes que
esperaban enviados por su rey.
Nunca hice esto.
68
Era difícil de creer, y sin duda una mentira, que la bestia del oeste, el
rey de los lobos, nunca se hubiera atrevido a besar a alguien. Se rumoreaba
que tenía treinta y cuatro años, que llevaba más de veinticinco blandiendo
la espada y agitación, y que podía partir a alguien por la mitad solo con sus
garras.
El rey tirano probablemente había llevado a cientos de amantes a su
cama.
Aplasté el pensamiento intruso, la furia inesperada e inoportuna que
lo acompañaba, y cualquier imaginación de esos labios demasiado suaves
en los míos.
Él pagaría. De un modo u otro, tenía que hacerlo, incluso si moría en
el intento.
Porque seguramente lo haría.
Manteniéndome entre los árboles, las colinas y el tranquilo sendero de
tierras de cultivo solo interrumpido por Salt Creek y el nido de vegetación
que lo rodeaba, hice a un lado los pensamientos de venganza y culpa.
Madre se había levantado misericordiosamente de su cama y había
abandonado sus aposentos ayer. No sabía si era para mí comodidad o
porque el reino la necesitaba. Simplemente estaba agradecida de que lo
hubiera hecho. Ahora, al cruzar la frontera, el bosque que se extendía por
kilómetros y kilómetros desde las montañas a mi izquierda hacia el barranco
convertido en río a la derecha, necesitaba fabricar una excusa para
alimentar a la realeza humana.
Para explicar mi llegada solitaria.
Quizás, el simple hecho de que fuera Fae sería suficiente para
apaciguarlos, aunque sabía que la mayoría, especialmente el rey y la reina,
sabían que era mejor no aceptar eso.
Todavía no había descubierto si tenía ese don, pero algunos de
nosotros podíamos desplazarnos de un lugar a otro. Por lo general, eran de
la nobleza dorada y carmesí, y muy poderosos. Como si las bestias
necesitaran más ventaja.
Estaba comenzando a sentir verdadera empatía por mi abuelo, quien
había liderado la carga para librar a Nodoya de los padres del rey Dade. La
amenaza que probablemente representaban para nuestro continente era
ahora abundantemente obvia para todos. 69
Una amenaza que ahora se había convertido con su hijo en una
promesa mortal.
Los campos secos y las dunas de arena que ondulaban hacia Cala Real
pronto sustituyeron al verde exuberante y ondulante que se desvanecía
detrás de mí. El castillo de Errin se encontraba en la esquina sureste de
Nodoya, hecho de piedra, madera y argamasa que brillaban en bronce y
marrones bajo el sol. La ciudad de Errin se extendía y trepaba entre él y la
Cala Real, una vasta gama de colores crema y otros colores, edificios de
piedra arenisca y ladrillo aplastados sin pensar en una vía despejada.
Un reino en el que es fácil esconderse.
Guardé ese pensamiento, manteniéndolo en el espacio seguro de mi
mente junto a las cosas más oscuras que no podía y no tenía tiempo de
liberar. Más tarde. Quizás dentro de unos años, habría tiempo para
dedicarme a esos pensamientos dolorosos que coincidían con el cambio de
ritmo de los latidos de mi corazón. Un tiempo en el que pudiéramos
permitirnos reflexionar y jurar hacerlo mejor.
No podía ver que existiera ese tiempo. Todo lo que podía ver, incluso
con la belleza incrustada en la arena debajo de mí, las olas rodando contra
los acantilados y en la bahía, era sangre y finales.
Los caminos de las aldeas, poco más que polvo compacto bordeado de
arbustos y cactus, se arrastraban hacia la ciudad reluciente, y me desvié a
la izquierda para alejarme de ellos, hacia el castillo oculto detrás de un
gigantesco muro de piedra.
Algunos guardias miraron hacia arriba, la mayoría miró hacia otro
lado, y esperé hasta que no hubo ojos en mí antes de bajar silenciosamente
hasta las fuentes de un extenso patio. Un cisne, negro, mirando alrededor
con lentos arcos de su cuello, era todo lo que cualquiera vería si por
casualidad me espiaran de pie sobre la cornisa de piedra, con las plumas
empañadas por el agua.
Al levantar la vista, me encontré con los ojos de mármol de una
estatua, uno de los dioses ante los que se inclinaban los humanos, con su
virilidad al descubierto y una lanza en la mano.
—Un cisne negro —dijo alguien desde atrás—. Mira, Georgette, ¿lo
ves?
Mierda.
—Oh, Dios —dijo quien supuse que era Georgette—. Creo que hace 70
años que no veo un cisne, y menos uno negro.
—Un mal presagio, ¿crees? —preguntó su compañera.
Ante eso, no pude evitar girar la cabeza hacia ellas, haciendo que
ambas mujeres, que llevaban cestas de pan y fruta, chillaran. A
continuación, se alejaron a toda prisa de la fuente y se adentraron en la
calle adyacente de la ciudad.
Un presagio. Me habría burlado. En vez de eso, me aseguré de estar
sola antes de moverme y sacudir mis miembros rígidos y hormigueantes.
Bueno, dado el temor de mis padres a mi maldición, solo el tiempo diría si
estaban en lo correcto, y no tenía tiempo para preocuparme.
Saliendo de detrás de la estatua gigante que derramaba agua de su
boca en las profundidades infestadas de algas que había debajo, crucé a la
sombra de unos arces cercanos mientras enderezaba los faldones esmeralda
y oliva de mi vestido.
Lo había mantenido lo más simple posible, sabiendo que así era como
lo preferían los humanos, el vestido se ataba a mi espalda con pequeños
lazos y cubría mis pechos y la parte superior de los brazos. El corpiño
parecía apretar mi pecho, o tal vez era mi pecho el que se apretaba, cuanto
más me acercaba a la muralla del castillo.
Mi cuello se tensó hacia atrás para contemplar la altura de aquel muro
mientras un carro tirado por caballos pasaba tranquilamente por el costado,
con soldados sentados en la parte de atrás con cestas vacías.
Me habían hablado de ella, de esta muralla y del castillo, muchas
veces, pero demasiado distraída por mis propios caprichos y la inocencia
que una vez había albergado con demasiada determinación, no había
escuchado. Había guardias apostados en cada esquina en torres de
vigilancia que les permitirían ver a kilómetros en cualquier dirección, con
sus armaduras de bronce y plata brillando al sol.
—Alto —gritó una voz femenina cuando salí del refugio de los árboles
y me dirigí al patio—. ¿Qué te trae por aquí?
Aquí vamos.
—Opal —dije, mi nombre sonaba extraño. Casi extranjero—. Soy la
princesa Opal de Gracewood, estoy aquí a petición de la familia real.
Un pesado silencio aceleró los latidos de mi corazón, y entonces la
puerta de metal plateado frente a mí, no la más grande, apta para caballos
y carruajes, sino para la entrada de una sola fila, se abrió. 71
Cinco guardias, con armadura y cascos, salieron y se detuvieron ante
mí, inspeccionándome de pies a cabeza y luego se miraron entre sí.
—Es ella —dijo uno, las palabras salieron amortiguadas detrás del
metal que cubría su rostro—. La he visto antes.
Estudié al hombre, preguntándome si incluso hablaba en serio, antes
de finalmente decidir que no importaba siempre y cuando me llevaran a
donde tenía que estar.
—Notifica a la familia —dijo la mujer, y luego me hizo un gesto para
que la siguiera mientras dos guardias se apresuraban a entrar por la puerta
Esperamos en otro patio, con más fuentes borboteando,
interrumpiendo el tenso silencio, mientras los soldados se movían y me
miraban. Rosas de todas las tonalidades se mezclaban entre los espesos
arbustos que bordeaban los pasillos que conducían a las puertas curvas del
castillo y alrededor de los laterales, desvaneciéndose junto a los senderos
bordeados de setos.
—Ven —dijo el guardia con brusquedad y movió la mano hacia las
puertas de madera arqueadas que permanecían abiertas como si yo fuera
un animal extraviado con el que no quería ensuciarse.
Una sombra cruzó el suelo vestido de rojo. El príncipe, con una sonrisa
y sus manos extendidas, entró por la puerta, inmediatamente bajó los tres
escalones circulares para saludarme con un beso en cada mejilla que no
tocaron la piel.
—Bienvenida, Princesa. —Retrocediendo, miró a su alrededor y su
sonrisa se desvaneció un poco—. ¿Tu séquito?
—Ya regresaron —dije, sorprendida por la suave mentira.
Después de un asentimiento y una mirada a los guardias que estaban
detrás de mí, me condujo al interior. Sorprendida, me apresuré a seguirlo,
más confundida que reconfortada por la facilidad con la que se había pasado
por alto mi llegada en solitario.
—Lo siento —dijo mientras cruzábamos la cámara de entrada. Los
retratos de sus antepasados colgaban de las paredes a ambos lados de la
suave alfombra roja—. Sobre tu padre. Él era un buen… hombre. —No era
un hombre en absoluto, sino un varón de gran corazón y poder.
Las puertas se cerraron con un estruendo que me hizo estremecerme
y olvidarme de corregirlo. Los candelabros encendidos se agitaron y luego se 72
encendieron en lo alto de las paredes de piedra.
—Gracias.
—¿Te apetece algún refresco? —preguntó, pareciendo tan pequeño
ahora, sus ricos ojos apagados en este lugar del después. Después que se
fue sin despedirse y me hiciera pensar lo peor. Después que mi padre lo
escoltara a él y a sus hombres a casa sanos y a salvo.
Después que los mataran mientras regresaban a casa.
Todo lo que pude hacer fue negar con la cabeza y entrelazar mis dedos
temblorosos.
Aclarándose la garganta, Bron se metió las manos en los bolsillos de
sus pantalones marrón oscuro.
—Han enviado a buscar a mi madre y a mi padre. Es posible que ya
nos estén esperando en el gran salón.
—Ellos entonces están al tanto —dije, cautelosa mientras
caminábamos por un largo pasillo, adentrándonos en este oscuro y extraño
castillo—. ¿Qué planeamos casarnos?
Su leve tos y la vacilación en su siguiente paso alejaron mis ojos de
las escaleras de madera cubierta con una alfombra roja que zigzagueaban a
través del techo hacia los pisos de más allá.
—Te lo explicaremos a su debido tiempo.
Su tono soso y la rigidez de sus hombros hicieron que mi mente diera
vueltas. Aunque, seguramente, si hubieran planeado hacerme daño, ya lo
habrían hecho. Nadie me había tocado y, además, sería una tontería.
Puede que Sinshell fuera un reino roto, pero el reino humano
necesitaría toda la ayuda que pudiera reunir si tuvieran alguna posibilidad
de sobrevivir al rey de sangre.
En el gran salón no había nada más que dos tronos sobre un estrado
de madera, envuelto en dos escalones. Las puertas de madera pulida se
abrieron para revelar que el rey y la reina ya estaban sentados, y sus
silenciosas discusiones cesaron al vernos.
Las sonrisas forzadas se sucedieron mientras se levantaban. La madre
de Bron, Sabrina, tenía arrugas en sus ojos y boca, pero era hermosa de
todos modos. Su padre, pelirrojo y robusto, pasó un dedo sobre su bigote 73
canoso y luego pasó la mano por su traje ceremonial rojo y marrón.
—Bienvenida, Princesa Opal.
—Lamentamos mucho saber del fallecimiento de su padre. Nos
entristece tanto saber que, si nuestro hijo se hubiera quedado quieto
durante estos tiempos difíciles, tal vez seguiría vivo.
Bron miró al suelo, y busqué a tientas una respuesta, los rizos
castaños de Sabrina se deslizaron sobre su hombro mientras miraba a su
marido.
—Gracias —me decidí finalmente mientras un peso frío presionaba
detrás de mis ojos—. Se lo extraña mucho.
Las palabras de la reina hablaban más de la reticencia de tener a su
hijo cerca de nosotros que de la culpa por no haber podido controlarlo. Aun
así, esa punzada en mi pecho empeoró a medida que volvían todos los
inútiles “y si”.
—Hemos preparado sus aposentos —dijo el rey con un carraspeo,
sacándome de mis atormentados pensamientos—. Esperamos que los
encuentre agradables. —Otra mirada de su esposa lo hizo balbucear—: Oh,
y por supuesto, nos aseguraremos que no sufras ningún daño bajo nuestra
vigilancia.
—Eso es muy amable de su parte, pero debo preguntar por los planes
de matrimonio…
—Niña. —Sabrina soltó un resoplido que sonó más como un suspiro—
. ¿Puedo ser franca?
Yo no era una niña. Un hecho del que ella era muy consciente. Sin
embargo, al no tener otra opción, asentí.
—Sí, por supuesto.
Bajando del estrado, caminó hacia mí con su vestido, una mezcla de
volantes y encaje celeste oscuro, arrastrándose detrás de ella. Un brazo
enguantado de seda se deslizó entre los míos
—Te acompañaré a tu habitación mientras charlamos. —Atravesamos
las imponentes puertas antes que pudiera encontrar palabras para el rey o
el príncipe y nos dirigimos directamente a las escaleras por las que había
pasado al entrar.
Su brazo permaneció unido con el mío durante todo el camino, y
aunque esperé, observando los candelabros ornamentados que bailaban y
los retratos en los paneles de madera de las paredes, flanqueados por
74
tapices de bronce y oro, Sabrina no dijo ni una palabra hasta que llegamos
a la parte superior de la escalera.
Al final de las cuatro empinadas vueltas de la escalera, un corto pasillo
conducía a una sola y pesada puerta de madera, la reina perdió su agarre
en mi brazo mientras luchaba por abrirla. Podría haberla abierto para ella
con solo desearlo, pero dudaba que apreciara mucho la exhibición de
nuestras diferencias.
Con un resoplido que apartó los rizos de su rostro, Sabrina abrió la
puerta y extendió una mano para que yo entrara primero. Lentamente, lo
hice y reconocí que estaba dentro de una de las torres cuadradas que había
visto en mi viaje a la ciudad, ésta probablemente sea la más corta de las
cuatro dado el tamaño de la escalera y la habitación.
La decoración de bronce, rojo y oro también se había introducido en
estas habitaciones. La cama, acolchada en rojo con espirales dorados
estampados y cojines con borlas, estaba en el centro de la habitación. Dos
cajoneras de madera a cada lado albergaban brillantes faroles de metal rojo,
sin llamas.
La visión de la sombra carmesí tentó a mi mente a bailar hacia lugares
espantosos.
—Hay un baño justo a través de esta puerta —dijo Sabrina, golpeando
la madera cerrada y sacándome de mi casi espiral—. Las sirvientas te han
proporcionado suficientes elementos esenciales... —Ella miró mi atuendo, la
falta de pertenencias—. Les pediré que te proporcionen más vestidos y ropa
de dormir.
Asentí, murmurando mi agradecimiento mientras mis ojos recorrían
las paredes desnudas, el gran baúl dorado junto a la única ventana
arqueada.
—Es hermoso —dije, aunque solo fuera por algo que decir, mientras
me acercaba para contemplar los grabados que tenía. La madera había sido
tallada por una mano experta. Pequeñas criaturas, ardillas y conejos,
jugaban entre los árboles en la madera pintada de oro. Una compra, sin
duda, a un carpintero de Sinshell.
—En su interior, encontrarás tu primera ronda de proyectos.
Eso hizo que aparte mi mano del baúl. Me giré hacia la reina, que
estaba parada, con la barbilla en alto y las manos entrelazadas frente a ella.
—¿Proyectos? 75
Una pequeña sonrisa curvó sus labios y luego suspiró.
—Querida, ¿de verdad pensaste que albergaríamos a una princesa de
las hadas por alguna razón que no fuera para ayudar? Seguramente, no eres
tan joven como para no estar acostumbrada a esa política.
Contra mi deseo urgente de que no lo hicieran, mis mejillas se
calentaron.
—¿Qué quieres que haga? —Remendar, supuse, o tal vez hacer
pinturas o cerámica.
El pensamiento se sacudió y despertó cuando la sonrisa de Sabrina se
convirtió en algo real y amenazante.
—Nuestro hijo nos informó de tu habilidad para coser oro.
Me quedé sin aire.
—Yo... yo no —comencé, luego lo intenté de nuevo—. No puedo
simplemente...
—Ahórrame tus excusas, princesa. —Caminando hacia el baúl, la
reina lo abrió para revelar montones de ropa adentro, y tropecé con la
cama—. Nuestros ejércitos han sido diezmados. Los pocos que quedan
ayudan a protegernos, sí, pero no serán suficientes si los problemas llegan
a nuestra puerta. Y llegarán. —Ella se enderezó, recatada y sin pestañear—
. Necesitamos más soldados y, por lo tanto, más monedas, nuestras arcas
se agotan más rápido cada mes con cada barco que se ve obligado a alejarse
de nuestras costas al no poder arriesgarse al peligro de comerciar con
nosotros.
—Usted... pero creo que no lo entiende —dije a pesar que sus palabras
tenían mucho sentido—. No es algo que pueda hacer simplemente por una
orden. Sinceramente, solo ha sucedido un puñado de veces. Todas ellas por
accidente.
La reina asintió una vez, luego miró al suelo con los labios fruncidos.
Cuando levantó la mirada, su voz bajó, profundizando en la advertencia.
—Entonces te sugiero que averigües cómo lo hiciste y lo vuelvas a
hacer. —Parpadeé, mis ojos ardían por una avalancha de lágrimas que
nunca llegarían—. Muchas veces, y si demuestras que eres digna —inclinó
un hombro huesudo—, entonces hablaremos del matrimonio.
Se dirigió hacia la puerta y yo corrí tras ella, suplicando:
—No, por favor. Espere. 76
Se cerró en mi cara, numerosos cerrojos giraron al otro lado antes que
pudiera hacer sonar el pomo.
—No intentes escapar. Serás capturada incluso antes que llegues a las
murallas del castillo.
Me desplomé contra la puerta, con el terror desgarrando lentamente
mi corazón.
—Oh, y nada de esa magia de hadas. A menos que, por supuesto —se
rio suavemente, el sonido era más de una amenaza—, implique
proporcionarnos oro.
Sus pasos hacia la planta baja fueron ahogados por cada aliento que
pasaba por mis labios. Tragando con fuerza, me giré hacia mi nueva
habitación. Mi nuevo hogar.
Mi celda.
Siete
El resplandor tardío del sol se filtró sobre los suelos de madera,
ahuyentado lentamente por las crecientes sombras.
No encendí los faroles ni los pocos candelabros dorados de las paredes.
Sobre la cama, contemplé aquel hermoso baúl, preguntándome cómo
había llegado aquí, prisionera y asesina. Cuando la luna tomó la forma de
una guadaña, supuse que un final de esta naturaleza era justo, y tal vez
aquí era exactamente donde se suponía que debía pasar mis últimos días.
En una jaula carmesí y dorada. 77
Debajo de la ventana arqueada de poca altura, el baúl se burlaba de
mí y me hablaba de promesas que no podía verme cumpliendo ni
encontrando una salida. Porque, aunque pudiera reunir la energía para
hacer lo que me habían encargado y coser hilo de oro en las prendas de su
interior, no me permitirían salir.
Mi madre tendría que mandar a buscarme, pero para ello se
necesitaría un ejército, del que ahora carecíamos con el resto de los soldados
necesarios para proteger nuestro reino.
La habitación se había oscurecido cuando una sirvienta llamó a la
puerta y luego la abrió para entregar una bandeja que temblaba en sus
manos. Joven y pálida, la mujer tartamudeó:
—P-princesa, está muy oscuro aquí.
Antes de su siguiente respiración, las llamas capturadas por el sol
bailaron dentro de los candelabros de cada pared, revelando sus asustados
ojos azules. Puede que no use magia para escapar, pero la usaría como
cualquier otro miembro. Era una parte de quien era, tan necesaria y vital
como respirar.
—Déjalo en el baúl —murmuré—. Gracias.
Hizo lo que le pedí, y se apresuró a salir de la habitación como si fuera
a comérmela para cenar.
No comí nada, pero abrí la ventana situada sobre el guiso de pescado
antes de tumbarme de lado en la cama para mirar el cielo nocturno.
Las estrellas seguían parpadeando, la luna aún brillaba, pero ahora
sentía como si ellas también se burlaran de mí desde donde estaban
sentadas tan alto sobre todos nosotros: una tonta princesa dorada que
había caído en los trucos de un enemigo conocido y había traído la ruina a
todos.
La mañana trajo consigo una visita. Mis ojos se abrieron cuando la
puerta se abrió, un crujido casi silencioso de las bisagras y un olor familiar
me alertaron de la entrada del príncipe.
—Opal —susurró como si estuviera dormida cuando pudo ver mis ojos
sobre él. Cerrando la puerta, se apoyó contra ella y pasó las manos por sus
mejillas—. Ni siquiera sé qué decir, aparte de que lo siento.
—¿Lo sabías? —pregunté, sentándome y empujando mi cabello hacia
atrás de mis hombros—. ¿Sabías que este era su plan para mí todo el 78
tiempo?
Jugando con el dobladillo de su camisa, dio un paso cauteloso hacia
adelante, sus botas relucientes se encontraron con la suave alfombra roja.
—Opal, tienes un don increíble. Uno que podría ayudarnos a cambiar
esta pesadilla...
—Mi madre estará muy disgustada —dije las palabras con poca
vehemencia.
Él las recibió como la advertencia que eran, tragando saliva mientras
asentía.
—Lo entiendo, de verdad. —Fruncí el ceño, apartando las piernas de
él cuando se acercó a la cama y se atrevió a tomar asiento a mi lado—. Nos
casaremos, ¿de acuerdo? Haremos de Nodoya el gran reino que alguna vez
fue, pero para hacer eso, primero necesitamos tu ayuda.
—Aceptar casarme contigo fue suficiente ayuda —dije antes que
pudiera pensarlo mejor, mis ojos se agrandaron ante mi propia arrogancia—
. Pero ustedes, los humanos, nunca se conforman con todo lo que se les ha
dado.
Una sonrisa suave se dibujó en sus labios, pero no llegó esos ojos
oscuros que me miraban fijamente.
—Es cierto, pero debes creerme cuando te digo que, si hubiera
pensado que te ocurriría algún daño, no habría seguido adelante con esto.
—Mentiroso —siseé, levantándome y tomando la bandeja del baúl. Se
estrelló contra el suelo cuando abrí la tapa de madera, revelando ríos de
color—. Habrías aceptado de todos modos porque no eres un rey. Eres un
príncipe y no tienes muchas opciones.
Su mandíbula se tensó y rechinó los dientes.
Me senté en el suelo, sacando una capa forrada de terciopelo del baúl
y extendiéndola sobre mi regazo.
—Déjame, porque parece que tengo milagros que atender.
—Lo hiciste antes —dijo Bron con una risa forzada y chirriante—. ¿No
puedes volver a hacerlo?
—Si fuera tan fácil, estas prendas ya habrían sido reemplazadas por
otras, ¿no crees? —Sabía que debería haber vigilado mi tono y elegido mis 79
palabras con más cuidado, pero había pasado la mayor parte de mi vida
haciendo precisamente eso, y al final, no había servido de nada.
Ni para mí ni para los que amaba.
—Puedes hacerlo. Sé que puedes. Lo he visto. —El príncipe se puso de
pie—. Y entonces tendremos nuestra venganza, Opal, esto te lo juro.
Venganza.
La palabra nunca había sonado más atractiva, nunca había hecho que
mi corazón se encendiera de una manera tan violenta y ensordecedora. Lo
deseaba más de lo que recordaba haber deseado nada, y sabía que lo
necesitaría. Me quedé mirando la tela ondulada.
—Moriremos en el intento.
Los pasos de Bron se detuvieron a mitad de camino hacia la puerta.
—Pero debemos intentarlo. —Dudó y luego murmuró—: Regresaré
mañana ¿si te parece bien?
No dije nada, sabiendo que era su manera de decir que el tiempo de
lamentar mi destino y de perder el tiempo había llegado a su fin.
Una vez que la puerta se cerró y los pestillos hicieron click al otro lado,
me dispuse a calmar mi sangre caliente para intentar concentrarme.
No había nada más que pudiera hacer. No iba a salir viva de este
castillo a menos que les diera lo que querían, e incluso así, las posibilidades
de que eso ocurriera parecían escasas. Sin embargo, era todo lo que tenía,
y aunque estaba cansada, muy cansada de que me dijeran lo que tenía que
hacer, había aprendido que hacer lo que quería me llevaba a destinos mucho
más graves.
Las horas pasaron rápidamente, el sol arrastrándose hacia el fondo
del cielo mientras permanecía sentaba con esa primera capa, ahora
extendida ante mí por el suelo. Las lágrimas amenazaban, pero sabía que
no caerían. En cambio, dejaron un dolor en mi cráneo que traté de infundir
en mi inalcanzable tarea.
Al anochecer, lo único que había conseguido era deshacer las
puntadas anteriores, trozos de hilo desgarrados que esperaban ser cosidos
de nuevo con oro.
Mis dedos rozaron y se deslizaron sobre cada centímetro de tela, y
luego pasé a la siguiente, una túnica hecha de fino algodón, y deseé que mi
corazón se desenrollara ante mí en la prenda que me esperaba.
O bien se negaba o algo faltaba, algo iba mal, pero no conseguía
80
descifrar qué podía ser, qué podía significar, mientras pensaba en el puñado
de veces que el oro había girado debajo mis dedos antes.
Me entregaron otra bandeja de comida y se llevaron el almuerzo que
no había comido. Había conseguido beber unos sorbos de agua, sintiéndome
culpable al recordar a mi madre y cómo había prometido hacer lo que
parecía imposible cuando todo lo que quería era desvanecerse y permitir que
su alma encontrara a mi padre.
La puerta se cerró una vez más, la sirvienta ni una sola vez miró en
mi dirección.
Estaba segura que ella le informaría a la reina, y después de arrancar
más ropa del baúl y mirarla con consternación, los días que pasé comiendo
mal en mi reino y sin comer nada aquí empezaron a afectarme. Me mareé,
mis párpados se sentían insoportablemente pesados, y me desplomé sobre
la ropa en el suelo para mirar el techo de filigrana.
Un chasquido sonó en el alféizar de la ventana. No me moví. Otro
pájaro que esperaba que le tirara mi comida no consumida
—Sunshine, ¿qué demonios estás haciendo en este pútrido lugar?
Ocho
Sentado contra el marco de la ventana, con una bota en el suelo y la
otro en el alféizar de madera, el intruso ladeó la cabeza.
—Te he estado buscando por todo el campo.
No era un pájaro. Ojalá lo fuera.
Era un lobo.
—¿Y bien? —Debajo de la capucha de su capa, sus ojos brillaron,
recorriéndome con un rápido barrido de evaluación—. ¿Te comieron la
lengua? Espero que no. —Su boca se curvó—. Me gusta bastante. 81
—Tú —respiré, mi corazón finalmente se reinició con un doloroso
golpe.
Su sonrisa se transformó en una mueca.
—Yo.
Revolví la ropa, mis manos resbalaron sobre la seda y la gasa.
—No.
Observó desde su posición, con una ceja levantada.
—¿No? —Su capa absorbió la luz de las estrellas mientras se inclinaba
hacia adelante—. ¿No, qué?
—Tú eres... tú eres él, y lo mataste.
Una risa suave salió de sus labios en forma de pecado, el sonido áspero
iluminó sus ojos.
—Sunshine, aunque encuentro divertido tu desconcierto, lo que dices
tiene muy poco sentido.
—Mi padre. —Me puse de rodillas, con mi vestido enredado debajo y a
mi alrededor—. Lo mataste —dije entre dientes, cada palabra de fuego—, y
te comiste su corazón.
Los labios del rey de sangre se fruncieron.
—Oh, eso.
Un pesado silencio cayó como una soga envolviendo mi cuello,
congelando mi deseo de gritar para pedir ayuda, para alertar a los guardias
bajo las escaleras que el enemigo había atravesado sus muros. Que podría
matarme.
—Así que eras tú —murmuró, muy suave, demasiado suave, y apreté
los dientes por el aleteo dentro de mi estómago vacío—. El Cisne negro.
—¿Qué cisne?
—Ni siquiera lo intentes. —Lanzando su mano hacia mí, dijo—: Ambos
sabemos que estuviste allí.
A punto de gritar, mis intenciones se marchitaron cuando el rey hizo
una mueca.
—Yo no haría eso. No te gustaría que otra persona muriera por tu
culpa, ¿verdad? —Tragué saliva y mis ojos se cerraron—. En realidad, no
fue tu culpa. Protegida, envuelta en una burbuja de inocencia como estabas, 82
bueno, apuesto a que tu única responsabilidad en esta vida ha sido… —
Fingió pensar—. ¿Salvarte para el apareamiento, tal vez?
Tarareó, recibiendo una confirmación que no necesitaba cuando no
dije nada.
—Como estaba diciendo, incluso si no hubieras sido inocente, ¿cómo
habrías sabido quién soy?
No estaba segura de sí intentaba aliviar la culpa que pesaba en cada
una de mis respiraciones o hacer que se extendiera como un incendio
forestal.
—Aquellos de este lado del reino que me han visto rara vez viven para
contarlo.
—¿Por qué? —Una pregunta estúpida e inútil que no debería haber
dejado salir.
—¿Por qué, qué? —La medianoche ondeó sobre su atuendo negro, la
brisa fluyó a su alrededor para besar mi piel ardiente—. ¿Por qué te engañé?
Eso debería ser obvio. —Sus palabras tenían un humor seco que quería
arrancarle hasta que me suplicara que me detuviera—. ¿Por qué te besé?
Bueno, mi pequeña y bonita cría, eso también debería ser obvio a estas
alturas siendo que...
—Suficiente. ¿Por qué lo mataste?
—Eres un poco grosera. ¿Alguien te ha dicho eso alguna vez? —
Contempló el pensamiento, su lengua rozo su labio superior y dirigí mis ojos
a mis manos temblorosas—. Quizás has sido demasiado mimada en ese
encantador reino tuyo. Los modales, mi cisne negro, no son arcaicos ni
bárbaros. Están arraigados en nuestra herencia y son parte de quienes
somos.
Estuve a punto de reírme de lo absurdo y siseé:
—Tú eres el bárbaro, un salvaje sin corazón. ¿Dónde estaban tus
jodidos modales cuando asesinaste a mi padre, a mi gente?
Una sonrisa entró en su voz, pero mantuve mi atención fija en mis
dedos que se retorcían y apretaban.
—Tenemos todo el tiempo del mundo para las historias, pero
desafortunadamente, ese momento aún no ha llegado.
Miré hacia arriba cuando su otro pie cayó al suelo con un golpe
controlado para no alertar a nadie de su presencia.
83
—¿Dónde están los otros?
—¿Quienes? —preguntó, poniéndose de pie.
No me puse de pie, no me importaba que un monstruo estuviera a dos
pasos de acecharme a pesar que debería haberlo hecho.
—Tus bestias guerreras. Estás aquí para invadir y conquistar, ¿no es
así?
—Todavía no, solecito. —Avanzó esos dos pasos y luego se agachó
frente mí—. Aún no.
Su olor corría desenfrenado, un torrente de aire contaminado que
quería erradicar, y cuando su dedo tocó a mí barbilla, inclinándola hacia
arriba, torcí su muñeca y miré fijamente esos bonitos ojos demacrados.
Sonrió, impresionante de una manera que no se merecía, con esos
hoyuelos expuestos.
—Ahí está ella.
—No me toques.
—Creo que me estás tocando.
Soltándolo, me moví hacia atrás y sus ojos se posaron en la alfombra.
—¿Tuviste una rabieta con tus pertenencias?
No le respondí. En vez de eso, me puse de pie y me dirigí hacia la
puerta. Él ya estaba allí, un grupo de sombras formaron un hombre alto y
de hombros anchos en un segundo, bloqueando la puerta.
—Basta de rodeos, dime por qué estás aquí. —Suspiró cuando di un
paso atrás y me di la vuelta—. ¿Es para casarte con el sapo humano?
—No mereces nada, y no obtendrás nada de mí nunca más.
—Opal —dijo, justo detrás de mí, y salté un poco cuando su aliento se
deslizó por mi cuello—. Responde la maldita pregunta.
Me giré, y nuestros pechos casi se encontraron mientras me planté en
su rostro.
—¿O qué? ¿También me asesinarás?
Sus ojos se entrecerraron.
—Habrías estado muerta hace semanas si esa fuera mi intención.
Eso impactó y cimentó algo a lo que no quería prestar atención 84
—Solo vete. —Mi voz se quebró en la última palabra, y volví a bajar al
suelo, mareada una vez más y sin la energía para permanecer de pie con él,
y mucho menos para alertar a alguien de su presencia.
—No me comí su corazón —dijo después de un momento de pesadez,
todavía detrás de mí, con su mirada clavada en la parte superior de mi
cabeza mientras ponía un vestido sobre mis piernas—. Quiero decir,
normalmente lo haría, pero lo escupí.
Solté un bufido, mi garganta y mi pecho estaban demasiado
contraídos.
—Porque eso hace que sea más fácil soportar el hecho de que nunca
volveré a verlo.
No pudo decir nada al respecto, el silencio fue forzado, como si no
supiera qué hacer. Entonces me rodeó y me preguntó con un tono afilado:
—¿Qué estás tratando de hacer?
—Debo coser oro en todos estos… —levanté el vestido—, y estoy
cansada, así que por favor… —susurré, el cansancio superponiéndose a mi
miedo y odio hacia él—. Solo vete ya.
Se agachó.
—Lo haré cuando me digas por qué te obligan a hacer tal cosa.
No lo hice, y dejé que dedujera de eso lo él que haría.
No se fue. Me observó, con los ojos clavados en mis manos debilitadas.
Me aparté cuando él agarró una, y dijo:
—Confía en mí.
Casi me reí.
—Nunca.
Él asintió una vez, pero tomó mi mano de todos modos, y yo estaba
demasiado débil para luchar contra él cuando bajó al suelo frente a mí y
dijo:
—Inténtalo de nuevo. —Cuando me quedé boquiabierta, sonrió—.
Adelante, te reto.
Frunciendo el ceño, lo hice y jadeé cuando el hilo de oro no solo se
entrelazó a través de la tela, sino que bailó a lo largo del dobladillo y el escote
85
con tal velocidad que el vestido brilló con él en un puñado de respiraciones
entrecortadas.
Parpadeando y luego mirando su expresión contemplativa, le
pregunté:
—¿Cómo?
—Lo hiciste tú. Yo simplemente... ayudé. —Soltó mi mano y apartó la
capa de su pierna, colocándola en mi regazo sobre el vestido—. Otra vez —
dijo, con una fría demanda.
No estaba segura de cómo estaba ocurriendo ni de por qué permití que
me tocara una vez más. Solo sabía que estaba sucediendo y estaba
agradecida. No con él, sino simplemente… aliviada.
En cuestión de minutos, todo el baúl de ropa tenía oro hilado a través
de cada hilo de costura, y con una sonrisa salvaje, el rey de los lobos me
miró bajo sus largas pestañas.
—Hacemos un buen equipo.
La realidad volvió a golpear. Saqué mi mano de entre sus sedosos y
callosos dedos y me apresuré a ponerme en pie.
—Hacemos un buen nada.
Recogí cada objeto, los doblé y los coloqué sobre la tapa cerrada del
baúl mientras el rey permanecía allí, observando en silencio.
—Deberías comer —dijo finalmente, y luego se fue.
86
Nueve
Tal y como había prometido, el príncipe me vino a visitar a la mañana
siguiente, con una sonrisa que se extendía por sus mejillas.
—Lo has conseguido.
Efectivamente, la sirvienta que me había entregado el desayuno había
ido a informarles de la ropa apilada sobre el baúl. Me quedé donde estaba,
acostada sobre la cama arrugada con la misma ropa con la que llegué,
mientras ella se marchaba y volvía con una amiga a recogerlo todo.
Ahora, todavía sentada en la cama, estaba rompiendo el montón de
pan duro que vino con el desayuno, obligándome a comer pequeños trozos
87
con sorbos de agua. Casi había pensado que era un sueño, un truco de una
mente aturdida por la miseria, hasta que se llevaron los objetos con cuidado;
el motivo de la ropa bordada en oro era un fantasma que acechaba todos
mis pensamientos.
—¿Opal? —preguntó el príncipe, sin moverse de donde estaba junto a
la puerta abierta.
—Deseo estar sola —dije finalmente. Sin encontrarme con sus ojos,
dejé que los míos se deslizaran lejos del atuendo que llevaba.
—Madre dice que se te permite salir de tus aposentos para dar un
paseo por los jardines...
—He dicho que me gustaría que me dejaran en paz. —El pan comenzó
a desmenuzarse en el firme agarre de mis dedos.
El príncipe se aclaró la garganta y luego salió.
—Como quieras.
La puerta se cerró con llave, y no volvió a abrirse hasta esa noche
cuando salía del cuarto de baño con una bata de satén blanca que había
encontrado colgada en un gancho junto a los estantes de sales de baño.
—Bien, estás limpia. Herma estaba empezando a preocuparse por el
hedor que podrías desprender en esta habitación.
No me molesté en informarle que cualquier hedor que dejara en mi
estado sin lavar no sería detectado por su sentido del olfato inferior, mis
dedos peinaban mi cabello en una trenza suelta que caía sobre mi hombro.
La reina finalmente me miró a los ojos cuando no dije nada, los suyos
se ensancharon con expectación.
Aun así, permanecí en silencio y ella resopló, se giró hacia la puerta e
hizo pasar a alguien.
Dos hombres llevaban tres bolsas cada uno. Las vaciaron en la
alfombra roja frente el baúl dorado, ahora vacío. Con rápidas reverencias,
pasaron junto a la reina con sus bolsas y se marcharon.
Sabrina señaló los nuevos montones de ropa.
—Te daremos hasta pasado mañana.
Una risa sorprendida se me escapó.
—¿Ahora me dan límites de tiempo? —Ella entrelazó las manos al 88
frente, enderezó su postura y yo negué con la cabeza—. ¿Qué pasa si no los
termino a tiempo?
—Es posible que se eliminen ciertas asignaciones. —Con una sonrisa
tímida, se giró hacia la puerta, con su vestido marrón y dorado arrastrando
consigo las migas pan sin barrer—. Buenas noches.
Me quedé mirando la puerta cerrada, luego miré las montañas
expectantes en el suelo y decidí terminar mis albóndigas de pollo. Les faltaba
el sabor, el amor a la tierra, de casa, pero no eran terribles, y después de no
comer bien durante un tiempo, probablemente sabían mejor de lo que
realmente sabían.
Después, abrí la puerta con un toque de mi mano en la madera,
sonriendo para mí misma mientras dejaba la bandeja afuera, luego la cerré.
Una tonta victoria que no hacía más que mostrar un pequeño desafío y, con
suerte, una indirecta a Herma, la sirvienta, para que se mantuviera alejada
de mi habitación.
Como temía, en el momento en que mis dedos tocaron el hilo de los
mejores trajes que había colocado frente a mí en la gran cama individual,
no sucedió nada.
Nada salvo las costuras que ya estaban allí se hicieron más fuertes.
Inflexibles.
Aunque estaba segura de que la mayoría de los humanos apreciarían
algo así, sabía que el rey y la reina no lo harían y miré con desprecio la ropa
como si hubiera sido creada para engañarme.
—¿Necesitas ayuda?
Mis ojos se dirigieron a la ventana. Cómo había llegado, tan silencioso
e indetectable, estaba más allá de mí.
—¿Cómo estás pasando por encima de los guardias?
—Deformación —dijo como si yo fuera tonta, y tal vez lo era por no
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haberlo considerado ya. En mi defensa, tenía que lidiar con desafiantes
costuras sin oro, y el rey de sangre, afortunadamente, se había ido al fondo
de mi mente.
Hasta ahora.
Se abrió paso como si tuviera todo el derecho a hacerlo y cruzó la
habitación, con las manos metidas en los bolsillos de su largo abrigo de
cuero mientras examinaba el espacio.
—Una bonita celda para una bella princesa hada.
—No es una celda —mentí. Ambos sabíamos muy bien que lo era.
Al parecer, para complacerme, no replicó, sino que se limitó a sumergir
los dedos en el cuenco de sopa de verduras que había sobre la mesita de
noche. Se los metió en la boca y las náuseas me asaltaron cuando sus labios
se curvaron alrededor de ellos, y mi sangre se rebeló, calentándose. Luego
hizo una mueca, sacando la lengua.
—Cielos, eso es jodidamente asqueroso.
—También lo es tu presencia —murmuré, aclarándome la garganta—
. Por favor, conoces la salida.
—Si se trata de tu padre, me temo que no puedo disculparme —dijo
con una apatía tranquila que alarmó más de lo que enfureció—. El deber es
el deber, y no puedo desviarme del camino que me han marcado.
Incliné la cabeza hacia atrás para parpadear.
—¿Tu deber es asesinar a cientos, no a miles de los nuestros?
—Si es necesario, sí. También a los humanos. —Dio unos golpecitos
con el dedo al farol apagado, y esta cobró vida, con el rebote de las llamas—
. No discrimino, solecito.
Resoplé. Una neblina roja cubrió mis ojos mientras apretaba los dedos
alrededor de un pañuelo.
—Eres repugnante.
Se sentó en la cama, sin importarle que le deseara mal, y cruzó sus
largas piernas debajo de él, la madera crujió bajo nuestro peso.
—Entonces, dame la mano y sigamos adelante.
90
Puse mis manos sobre mi regazo, y él observó la acción con una media
sonrisa enloquecedora y una inclinación de cabeza, mechones de cabello
rubio se deslizaron hasta rozar su frente.
—¿Por qué has venido aquí?
Sus cejas se arquearon y me miró fijamente como si yo debiera saber
por qué había aparecido una vez más.
—Cisne, dondequiera que vayas, dondequiera que te encuentres, me
temo que estoy obligado a seguirte. —Por el filo de esas palabras y el hielo
iluminando sus ojos, no pude transmitir si estaba satisfecha con lo que
había declarado.
Mi garganta se cerró, la ira estaba siendo estrangulada por el miedo.
—Preferiría que no lo hicieras.
—Solo dices eso porque maté a tu padre y a muchas otras criaturas.
—Agitando su mano, recogió una túnica y tomó mi mano—. Ponte furiosa
más tarde. Tengo cosas que hacer después de esto.
Aturdida una vez más, no me aparté. Miré la túnica entre nosotros
como si mi odio pudiera arrancarle la piel, pero entonces me di cuenta del
contraste en el tamaño de nuestras manos, las mías demasiado pequeñas y
casi ocultas por las suyas.
El oro se desenrollaba, fluyendo como un río salpicado a lo largo del
borde de la túnica. Mis dientes chocaron, pero no pude evitarlo. El
conocimiento es poder.
—¿Me atrevo a preguntar qué cosas?
—Puedes preguntar, pero eso no garantiza una respuesta.
Suspiré cuando arrojó la túnica a un lado y extendió un abrigo grande
entre nosotros, con nuestras manos todavía unidas.
—Mutilar, torturar, infundir miedo...
—La política me aburre —dijo—. Si quieres saberlo, tengo una reunión
con mi tío y dos de mis… —Su nariz se movió cuando hizo una pausa—.
Supongo que lo más fácil es llamarlos amigos.
No estaba segura de si estaba intentando ser gracioso o si realmente
no se había dado cuenta de que estos supuestos amigos suyos eran sus
amigos hasta ahora.
—¿Tu tío? —pregunté mientras cambiaba el abrigo terminado por un
vestido. No había escuchado casi nada del temible general que 91
supuestamente había sido el hermano y mejor amigo del difunto gobernante
de Vordane. Solo que era cruel, despiadado y tenía cientos de años, pero
aún no tenía pareja.
El rey tarareó.
—En efecto, Serrin fue una vez un tipo muy podrido, y ahora me temo
que estoy incluso más podrido que él. —Miró hacia arriba, con los dientes
destellando—. Es una maldición, esta insoportable necesidad que tengo de
ganar.
Apenas podía atreverme a imaginar lo miserable que era su tío y las
criaturas a las que llamaba amigos.
—Supongo que uno de esos amigos es el verdadero Fang.
—Fanerin es su nombre real, que, por supuesto… —sonrió
burlonamente mirando el vestido—, detesta, así que siempre ha sido Fang.
—Sus dedos se enlazaron entre los míos sobre una nueva prenda. Un
movimiento suave y cauteloso que fingí ignorar. Debajo de sus pestañas, me
miró de soslayo—. ¿Sabes mi nombre?
—El rey de sangre.
Esa nariz fuerte y recta se arrugó.
—El rey de los lobos.
Él asintió.
—Ese es mucho mejor. —Frotando la barba incipiente de su mejilla
con los dedos, el sonido endureció cada uno de mis músculos, él dijo
cuidadosamente—: Pero ¿cuál es mi nombre de nacimiento, Opal?
—Dade Volkahn —susurré, sin saber por qué, y aparté mis ojos de los
suyos.
El silencio se impregnó y él carraspeó mientras seleccionaba otra
prenda, con los dedos que no querían soltar los míos. El cuello alto de su
abrigo rozaba su oreja arqueada mientras se inclinaba ligeramente hacia
adelante.
—Mi madre murió antes de poder ponerme un nombre, pero mi tío
conocía los dos nombres entre los que se había esforzado por elegir.
No pude evitarlo.
—¿Cuál era el otro?
—Él nunca me lo dijo, todavía se niega —dijo con un bufido—. El 92
arrogante de mierda.
Preguntarle sobre su madre, por cómo había muerto, parecía un
camino demasiado peligroso para recorrerlo con su piel sobre la mía, el calor
se desplegaba desde nuestros cuerpos hacia la tela entre nosotros y
calentaba la habitación.
Sin palabras, cambiamos una prenda de vestir por otra, Dade
aparentemente contento con la tarea mundana. Sorprendente,
considerando que sabía que era una criatura con mucho más que meros
trucos de salón bajo la manga.
Cuando las últimas prendas se unieron a la pila, sentí demasiada
curiosidad como para no decir:
—Creía que los Fae de sangre no podían remendar. Que tales cosas
no solo estaban por debajo de ti, sino que tampoco estaban dentro de tu
ámbito de poder.
El rey de Vordane se levantó, se estiró y soltó una risa fría mientras
caminaba hacia la ventana.
—No puedo hacer nada, cisne. Simplemente estoy abriendo la puerta
para que lo hagas tú misma.
Se desvaneció antes que pudiera preguntarle qué había querido decir,
disipando a su paso zarcillos sombríos.
El príncipe llegó antes del almuerzo al día siguiente, y me detuve en
mi paseo por la habitación, extendiendo los dedos sobre el vestido violeta y
crema que me había puesto cuando me desperté de un sueño intranquilo.
Era espantoso, demasiado grande y apretado con un encaje espumoso
que brotaba en los gigantescos faldones y sobre mi pecho, haciendo que mis
pechos parecieran más grandes de lo que ya eran. Pero me habían quitado
el vestido sucio, y aparte de ser un recuerdo de mi hogar, de por qué estaba
aquí, tampoco había sido un gran consuelo.
Sueños de sangre, dientes, pieles y plumas me atormentaron en las
horas siguientes, mientras intentaba y fracasaba en reconstruir el sueño 93
para darle sentido a algo tan revuelto.
—Buenos días, princesa. —Bron hizo una reverencia, sabiendo que no
tenía que hacerlo, pero mostrándome respeto de todos modos—. Sé que tal
vez no estés dispuesta, pero esperaba…
—Sí —dije, ya caminando hacia él y luego pasando por la puerta. Mis
músculos contraídos y tensos se sacudían con cada paso. Necesitaba el sol,
el sabor de la lluvia que había humedecido las primeras horas de la mañana
con la brisa y el espacio abierto.
—Está bien —dijo el príncipe lentamente, riendo con un poco de
nerviosismo mientras me seguía por las escaleras.
En la parte inferior, dos guardias inmóviles con esos extraños cascos
en la cabeza me miraron fijamente. Bron dijo:
—Por aquí. —Y señaló un pasillo un poco más abajo del que
estábamos.
Era más estrecho, menos abarrotado de adornos y cuadros que los
otros en los que había estado. No había rastro de nadie más, salvo otro
guardia apostado frente a la puerta de madera que Bron abrió para que
saliéramos a un camino de piedra.
A unos metros de distancia del guardia que nos vigilaba, me detuve e
incliné la cabeza hacia el cielo, inhalando profundamente. La tensión se fue
filtrando poco a poco mientras exhalaba y apartaba los ojos de las pesadas
nubes blancas de arriba.
—Llevas varios días encerrada —dijo el príncipe como si hubiera
estado buscando algo que decir, alguna explicación para mis extrañas
acciones.
Y a él le parecerían extrañas. Para alguien que no tenía ningún vínculo
con su tierra, excepto por lo que podía darle.
—Se siente como si hubiera pasado medio siglo.
El príncipe se rio entre dientes y continuamos por el sendero bordeado
de setos, unos amplios escalones nos llevaban a lo largo del castillo y a los
jardines que había detrás. El verde, salpicado de ráfagas de color y árboles
cargados de frutas, se extendía por lo menos media milla hacia aquella
impenetrable muralla en la distancia.
—Eres... —resopló el príncipe—, increíble, Opal. Esas prendas... —Nos
detuvimos junto a un banco de mármol con helechos en maceta a ambos 94
lados, y se giró para mirarme—. Madre ha asegurado una venta por el lote.
—¿Cuánto? —Me acerqué a los geranios que había al otro lado del
camino, deslizando los dedos sobre los brillantes pétalos, y observé cómo se
intensificaba su color.
Con una audible inhalación, el príncipe también lo hizo.
—No estoy en libertad de discutir tales asuntos. Lo siento.
—Mentiroso —ronroneé, lanzándole una sonrisa tímida por encima del
hombro.
Sus ojos abandonaron mis dedos y los pétalos que se desplegaban
sobre ellos, y se encontraron con los míos con un sobresalto.
—No estoy seguro de lo que quieres decir.
—No lo sientes —dije simplemente y me enderecé, levantando los
brazos y gimiendo con el estiramiento de los músculos de mi espalda.
La mirada de Bron era acalorada, recorriendo rápidamente por mi
rostro hacia mi pecho cuando me giré, y aunque no tenía ningún interés en
el embaucador humano, todavía sonreí. Mi madre había tenido razón en
muchas cosas en sus divagaciones ausentes durante nuestras dos décadas
juntas. Los hombres, especialmente los humanos, eran fácilmente
superados cuando se jugaba bien.
—¿Puedes sentir mentiras?
Nunca me habían interesado demasiado los juegos de lujuria. Por muy
mimada que estuviera, me contentaba con esperar un amor que lo
consumiera todo, como el que habían encontrado mis padres. Un amor que
extendiera los límites de la eternidad.
No tenía el deseo, pero también había tenido poca necesidad de
preocuparme por esos asuntos. No se podía decir lo mismo ahora.
—No de la manera que crees —dije y le di una palmadita en el brazo
antes de adentrarme en el jardín, pasando por delante de las parras de
tomate y los pepinos. Los trabajadores con palas y guantes siguieron
adelante cuando me vieron acercarme.
Debajo de un roble en el perímetro, encontré otro banco, este era de
madera, y recogí una manzana caída del suelo. Bron se unió a mí,
lentamente, como si sintiera curiosidad por lo que diría o haría a
continuación mientras frotaba la fruta sobre mi vestido, los gránulos de 95
tierra lo estropeaban.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté, mordiendo la manzana y
encontrándola, así como tantas otras cosas en este mágico reino seco,
insuficiente.
Bron se deslizó más cerca de mí en el asiento, con las cejas arrugadas
por la confusión.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que se pueda formar un ejército. —Incluso mientras lo decía,
algo en mi interior protestó ante la idea de que el hombre que había visitado
mi habitación para ayudarme a coser oro muriera en un campo de batalla.
Rápidamente, aplasté el sentimiento. Él no merecía nada más que las
penurias y el tormento que le esperaban. Una muerte tan sangrienta y
grotesca como la que le había dado a mi padre, si no peor.
—No estoy del todo seguro.
Tomé otro bocado, masticando mientras hablaba, y alejé la imagen de
mi madre regañándome y de la charla de Dade sobre los modales.
—¿No estás seguro? —Tragué, sonriendo ante el rostro aturdido del
príncipe—. ¿O simplemente no quieres decírmelo?
—Oh, quiero decírtelo —dijo, su expresión se fundió en una de interés
acalorado—. Pero estoy seguro que me meteré en problemas si lo hago.
—¿Quién se va a enterar que has dicho algo? —Arqueé una ceja.
Riendo, extendió la mano y limpió el jugo de manzana de mi labio
inferior con el pulgar.
—Si puedes guardar un secreto…
Agité mis pestañas.
—Por supuesto. Sabes que somos expertos en hacerlo.
Se inclinó más cerca, la frescura de su aroma estaba mal, sus ojos
caídos sobre mi boca.
—Esperamos que dentro de un mes, pero lo más probable es que sea
un poco más.
—¿Un mes? —Casi me atraganté, bajando la voz a un susurro—.
Podría pasar cualquier cosa en ese tiempo.
—Estamos pidiendo refuerzos de todas partes del mundo, princesa.
Eso y entrenarlos a todos una vez que llegan, bueno, lleva tiempo. Es más
96
rápido que esperar, con la esperanza de que uno de los reinos humanos
vecinos al otro lado del mar pueda simplemente venir en nuestra ayuda.
Nadie vendría. Éramos una tierra de mitos, leyendas y muerte.
El oro era necesario, la única manera.
Dirigiendo la mirada hacia el jardín, apreté los dientes y me concentré
en las flores de caléndula. Él tenía razón, y, aun así, algo se ahuecaba dentro
de mí al pensar en todos los horrores que podían surgir de las sombras
durante ese tiempo.
—Opal. —Unos dedos cálidos y suaves agarraron mi barbilla,
moviendo mi rostro hacia el suyo—. Los derrotaremos, lo juro —susurró el
príncipe con vehemencia, luego se apoderó de mis labios.
Diez
Eran suaves, pero no tan suaves como esperaba.
Eran gentiles, pero con una firmeza que hablaba de una agresión
apenas contenida.
Eran agradables, pero cinco segundos fueron suficientes, así que me
alejé.
—Lo siento —murmuró Bron, parpadeando hacia su regazo.
—Debería regresar. —Me puse de pie, mis dedos acercándose a mis
labios—. Estoy segura de que ya ha llegado otra entrega de ropa. 97
Bron se unió a mí, y lo que había parecido una caminata corta ahora
se sentía como si se prolongara a una eternidad, el silencio entre nosotros
era un viento frío.
No estaba satisfecha por haber demostrado que el príncipe podía
sentirse tentado a cuidar de mí, a ayudarme, incluso si no fuera por la
bondad de su corazón. No me sentía más que… vacía. Un abismo, uno que
parecía ensancharse más que la división entre nuestro reino, había hecho
un hogar dentro de mi pecho.
Quise llorar. Quise hacerlo, pero sabía que no lo haría, no podía.
En lo alto de las escaleras, Bron abrió la puerta de mi jaula e hizo una
reverencia.
—Gracias por… —se detuvo, farfullando con brusquedad—. Bueno,
por acompañarme.
Todo lo que pude lograr fue una sonrisa y me dirigí hacia las nuevas
montañas de ropa que podía ver esperándome en el suelo.
Una mano grande agarró mi brazo, jalándome un poco hacia atrás.
Bron me susurró al oído, alborotando mi cabello mientras mi columna
se ponía rígida:
—Debes saber que no lo siento para nada. —Con una sonrisa en sus
labios, me miró momentáneamente, luego me soltó y bajó las escaleras.
Dentro, me apoyé contra la puerta cerrada. La manzana, todavía
aferrada entre mis dedos, había cubierto mi mano con su sangre pegajosa.
El rey de los lobos no apareció esa noche, y al día siguiente, me quedé
en mis habitaciones, decidida a tejer el hilo de oro yo misma.
Quizás si podía, él no volvería. Por lo menos, no tendría ninguna razón
para quedarse si pensaba en hacerme otra visita.
Y así, aunque no había oro ante mí después de pasar horas con
diferentes prendas de ropa, estaba lista, frustrada pero lista, cuando él llegó.
Aunque cuando la sombra se desplegó en un macho grande, se me
ocurrió que estaba equivocada. Que mientras se deslizaba por la ventana,
98
sus botas aterrizaban silenciosamente en el suelo y tiraba del cuello de su
abrigo tan alto como los huesos afilados de sus mejillas, nunca iba a estar
preparada para todo lo que era.
Un monstruo disfrazado en una rara forma de arte.
Las llamas en los candelabros de la pared se agitaron y se
balancearon, la luz suave y la oscuridad resaltaron los ángulos ásperos de
su rostro, los labios sensuales y esos ojos… Tragué y miré hacia la ventana
abierta, preguntándome por qué nunca había pensado en cerrarla.
—La abriría —dijo, con un crujido en el cuello, siguiendo mi visión y
mi línea de pensamiento—. Nada me impide conseguir lo que quiero.
Esas palabras fueron como piedras hundiéndose dentro de mis oídos
ardientes. Mientras jugaba con un delantal en mi regazo, con las faldas
apretadas a mi alrededor en la cama, me reí un poco, el sonido seco.
—¿Quieres jugar conmigo?
No pude no mirarlo mientras tomaba el mismo asiento que la última
vez al final de la cama, esta vez quitándose las botas antes de levantar sus
largas y musculosas piernas. Pantalones que parecían bombachos pero
parecían más gruesos envueltos alrededor de ellos, moviéndose como agua
mientras cruzaba las piernas. Mis ojos se abrieron de par en par cuando los
vi moldearse sobre la amplitud de su entrepierna, el fuego infundió mis
mejillas mientras se reía entre dientes, y aparté la mirada.
—Me encanta jugar contigo —ronroneó, el odio y el calor llenaron mi
estómago—. Es una de las muchas cosas que más deseo hacer contigo.
—¿Antes de matarme?
Sus ojos se entornaron, espesas cejas se inclinaron sobre ellos. Sin
apartarlos de mi mirada, extendió la mano y agarró la mía, uniendo los
dedos al instante.
—Estoy empezando a preguntarme si eso te agradaría. —Cuando
parpadeé, agregó—: Admitir algo que ambos sabemos que no tengo
intención de hacer.
Tenía que alejarme del tema, de él, pero, ay, me esperaban cientos de
prendas y, aunque lo odiaba, no podía hacer esto sola.
—Vamos a ponernos a trabajar.
Sus dedos apretaron suavemente. 99
—Por supuesto.
Ya habíamos hecho cuatro piezas, mi mirada fija en el oro que se
desenrollaba debajo de mi mano, un suave calor flotando por cada vena,
fluyendo a través de mis dedos hasta sus puntas, cuando preguntó:
—¿Quién más conoce tu habilidad?
—¿Que soy un cisne?
Levantó una ceja dorada, arrastrando un par de pantalones forrados
de piel entre nosotros.
—Las sombras lo oyen todo, princesa. —Al notar mi ceño fruncido,
continuó, con la voz tan baja que sentí que el calor regresaba mientras
estudiaba sus labios para estar segura de lo que estaba diciendo—. Los
mortales no solo han escuchado, sino que han contado historias sobre el
único cambiaformas que honró a los Fae dorados, por lo que estoy seguro
de que algunos también son conscientes de que el hilado de oro está
relacionado con la rareza del cisne negro.
—Esos cuentos probablemente no significan nada para ellos —espeté,
pero susurré las duras palabras—. Solo de nuestra clase, y para ser honesta,
ni siquiera estoy segura de por qué.
—Ah. —El rey de los lobos sonrió a nuestras manos—. Nunca te lo
dijeron.
—Que es un mal presagio de algún tipo, sí —murmuré—. Eso lo he
recabado.
El rey frunció el ceño, sus ojos recorrieron mi rostro desde debajo de
sus pestañas rizadas.
—Es todo lo contrario. —Suspirando como si estuviera confundido y
molesto, arrojó los pantalones a un lado y recogió un vestido grande. Lo
levantó en el aire para que cayera sobre nuestras piernas, creando una
suave, breve y agitada brisa—. Las estrellas de hecho nos han dado algunas
contradictorias… ¿qué diablos?
Sorprendida por su arrebato, el gruñido que tan repentinamente le
hizo áspera la voz, deformando su expresión y levantando su labio superior,
no pude moverme mientras se lanzaba hacia mí, luego me tiró de nuevo
sobre las almohadas. Cálidas bocanadas de aire, cosquilleos y tirones en el
estómago recorrieron mi cuello, mi mandíbula inferior y, finalmente, mi
boca. 100
—El sapo te besó.
El aire que él había removido con el vestido nos había delatado al
príncipe y a mí. Había pasado bastante tiempo, y me había lavado, que ni
siquiera había pensado en el hecho de que él podría oler a Bron sobre mí, y
para ser honesta, realmente no me había importado.
Tonta. Fui una maldita tonta al olvidar quién entraba como ladrón
dentro de esta jaula.
No era como la mayoría de los Fae que residían en estas tierras. Era
una bestia lobo con un sentido del olfato elevado que excedía incluso a
aquellos de nosotros con los sentidos más grandiosos.
Un gruñido bajo retumbó cerca de mi oído, y lo sentí temblar sobre
mí, temblando con inconfundible rabia.
Ahora no era el momento de provocarlo.
—Para —dije tan suavemente como pude, tratando de mantener mi
voz sin vacilar—. Por favor, está bien.
Pero no se movió, solo soltó una violenta maldición y arrastró su nariz
sobre mi mejilla.
—Dejaste que te tocara.
No era una pregunta, por lo que no la traté como si lo fuera, y
simplemente esperé con los ojos cerrados a que se apartara de mí. Pasó un
minuto, tal vez dos, con él solo respirando, bajo, profundo y mortal, los
brazos apoyados junto a mi cabeza, su nariz presionada contra mi
mandíbula.
Se estaba conteniendo. De hacer qué, no quería saber. Pero a pesar de
todas mis burlas sobre él asesinándome…
No. No así.
Infundí su nombre con cada centímetro de miedo atravesándome.
—Dade.
Pareció funcionar. Se levantó, mirándome con ojos profundos como el
océano, luego maldijo una vez más. Unas manos temblorosas se deslizaron
por su cabello mientras se retiraba al final de la cama y luego se frotaba las
mejillas.
Pasó otro minuto sofocante. No podía mirarlo.
Sin saber qué más hacer, recuperé más ropa y su mano caliente y 101
rígida, sin apartar la vista de la tarea. Su furia no menguó. En todo caso, se
convirtió en una nube de tormenta entre nosotros, y me puse tensa, sin
atreverme a mirarlo mientras esperaba para ver si estallaba.
—¿Por qué? —dijo finalmente a través de sus dientes apretados como
si odiara soltar las palabras.
—No eres el único capaz de jugar.
—¿Qué significa? —ladró.
—Sabes exactamente lo que quiero decir —dije, demasiado suave,
todavía incapaz de mirar esos violentos ojos azules.
La mía pegada a su mandíbula apretada, la vi sufrir un espasmo
mientras giraba el cuello y gruñía:
—Tonta.
—¿Disculpa?
—Me escuchaste muy bien.
El silencio hirviente nos enjauló, y ambos permanecimos
concentrados en la ropa durante tensos minutos. El hilo de oro brillaba bajo
nuestras manos, brillando más que cualquier estrella. Su agarre era tan
tenso que sus dedos se movían y apretaban los míos.
No podía soportarlo, odié no poder quedarme quieta, no poder seguir
soportando el silencio, la frustración, la ira. Él había asesinado a mi padre,
a tanta gente de mi pueblo, destruido pueblos y casas, pero no podía
mantener la boca cerrada ni hacer que se fuera. Me aborrecí a mí misma,
detestaba que hubiera empeorado ese autodesprecio.
—No es de tu incumbencia.
Fue incorrecto decirlo. Por muchos motivos. El principal es que lo
impulsó a la acción. Con un gruñido que acelera el corazón, se lanzó de
rodillas. La ropa aplastada debajo de él, agarró mis mejillas en sus manos.
—¿No es de mi incumbencia?
Su mirada sostuvo la mía, escrutadora y sin pestañear.
—Dade —intenté de nuevo, extendiendo la mano para envolver mis
manos sobre las suyas. Bajó la cabeza, sus fosas nasales ensanchadas y
luego…
Me besó.
Duro, posesivo, erradicador, sus labios persuadieron y reclamaron, y 102
me alejé de su agarre en mi rostro y empujé su pecho, apartando sus manos.
—¿Cómo te atreves?
Su respiración irregular flotó sobre mi boca.
—Juega lo que creas que debes jugar, solecito. —Su rostro estaba
desprovisto de algo acogedor, vacío y ferozmente frío—. Pero no dejes que
vuelva a hacer eso.
Entonces se fue, dejando poco más de la mitad de la ropa reluciente
de oro.
Once
El enojo y la vergüenza se convirtieron en un pozo de serpientes dentro
de mi pecho y estómago, retorciéndose y estrangulándome. Después de
dormir toda la mitad de la noche, tenía que escapar de mis aposentos.
La sirvienta de la reina había llegado, el disgusto arrugando sus
facciones cuando se había llevado la ropa incompleta de la cama y el suelo.
—No me siento bien —había dicho, sin tono, y ella asintió antes de
irse para informar a Sabrina.
Estaba segura de que su majestad me visitaría antes del atardecer de
mañana si no había terminado, pero no sentí pánico ante la idea. Ningún
103
sentido de urgencia. Todo lo que quedaba era el aroma del rey de sangre, su
beso feroz y ese autodesprecio interminable.
Al rodear el sendero más alejado hacia la parte trasera de los jardines,
reduje la velocidad de mis pasos cuando escuché risitas desde el extremo
norte. Me volví, apenas lo suficiente para distinguir colores en movimiento:
rosas, verdes y azules; y mechones de rizos castaños y negros.
Las princesas.
Como me la pasaba recluida en mi jaula dorada, todavía tenía que
conocerlas, pero había escuchado rumores sobre su belleza, sus travesuras
despiadadas en la corte y sus edades.
Las gemelas, Myla y Claudia, tenían dieciocho años, y la hermana
mayor, Rosabelle, apenas diez meses más joven que su hermano Bron, de
veintitrés años. Algunos decían que Rosabelle era una bastarda debido a su
color y cabello un poco más oscuros, mientras que otros decían que fue
adoptada, encontrada en la escalinata del castillo.
No sabía qué pensar, y no tenía ningún pensamiento de una forma u
otra debido a que no me importaba la política humana y sus rumores.
Pero mientras continuaban riendo en el patio envuelto en enredaderas
en lo alto de los jardines, pude sentir sus miradas sobre mí mientras
continuaba mi caminata. Quizás no sabían que podía oírlas, o quizás sabían
que mi oído era mejor que el de ellas y no les importaba.
—Bron tiene la intención de cuidar de ella —dijo una.
Otra se rio, casi gritando:
—Eldrid no querría oír hablar de eso.
Una voz tranquila y firme dijo:
—La princesa de las hadas tiene más posibilidades de casarse con el
idiota que con una de las amantes descerebradas de él, te lo aseguro.
—Rosabelle —dijo boquiabierta una de las chicas—, es una maldita
hada. No seas absurda.
Rosabelle no dijo nada más mientras la otra gemela susurraba:
—Puede que sea bonita, pero sus orejas son raras, y también la forma
104
en que se mueven, como si fueran agua en medio del hielo.
—Tan inmóvil —murmuró su hermana—. Es espeluznante.
Me pinché el dedo con una espina solo para vislumbrar el color de mi
sangre. El carmesí oscuro apareció y, de espaldas a las princesas, me lo
llevé a la boca y lo chupé. Un error, recuerdos inmediatos y ardientes
inundaron mi mente, transformadores y demasiado amargos para ser
considerados dulces.
—… incluso ha dicho que no se casará con ella —dijo ahora una de
las gemelas—. Algo sobre no ser lo suficientemente maleable.
Rosabelle resopló.
—Imagínate.
Su conversación se redujo a algunos cortesanos desafortunados
mientras se retiraban al interior del castillo, dejando sombrillas en el ladrillo
y tazas de té blancas sobre una gran mesa de metal, con la pintura color
crema descascarillada.
Mirándolas cuando pasé, consideré todo lo que habían dicho y esperé
a que llegara la ira. Esperé a que se me revolviera el estómago al saber que
me habían tomado por tonta una vez más.
Nunca llegó.
No podía decidir si era porque había experimentado algo peor o si era
por el hecho de que ya sabía que nunca me casaría con el príncipe humano.
Todo lo que sabía era que necesitaba salir más, tal vez hacerme amiga
de una princesa o dos, si planeaba escapar de este lugar con vida.
Como si mi estado de ánimo cansado lo hubiera convocado, el príncipe
pronto se paseó por los jardines, su sonrisa tan brillante como el sol
poniente de la tarde.
—Opal, te he estado buscando por todas partes.
—¿Oh? —Incliné mi cabeza, sonriendo y conteniendo una risa—. En
realidad, solo hay otro lugar en el que podría estar.
Su sonrisa de respuesta solo podría describirse como insufriblemente
optimista, ya que continuó diciendo:
—¿No te han informado? Eres libre de vagar por los pasillos como
quieras, en cualquier jardín que quieras. —En lugar de sentirme
sorprendida o incluso emocionada, eso me trajo sospechas. Tomando mis
manos, el príncipe sonrió más ampliamente—. Madre ha acordado que un
matrimonio entre nuestros dos reinos sería beneficioso —se apresuró a
105
decir—. Un buen camino a seguir.
Beneficioso.
Adecuado.
Fruncí los labios para mantenerlos cerrados, lentamente quitando mis
manos de las suyas para no preocuparlo.
—Bueno, esto es… inesperado. —Y una auténtica basura, pensé.
¿Por qué la reina le mentiría a su hijo de esa manera? ¿Para qué me
informara y, por lo tanto, mantuviera viva mi esperanza lo suficiente como
para seguir trabajando para ellos?
Mirando fijamente sus ojos salpicados de oro mientras murmuraba
sobre la conversación que habían tenido durante el desayuno, sus manos
moviéndose animadamente, lo vi rascarse el costado de su nariz tres veces.
El momento de su aparición en los jardines, no mucho después de que
sus hermanas se hubieran ido, dejándonos solo a nosotros, los insectos y
tal vez un jardinero merodeando, dijo que esto no tenía nada que ver con su
madre o el rey.
Él estaba mintiendo.
—Hola, asesino.
El rey de Vordane no habló ni titubeó cuando cruzó la habitación
desde donde había entrado junto a la puerta y volvió a sentarse en la cama.
Movimientos silenciosos y fluidos ahora forzados, recogió la ropa y mi mano,
y nos pusimos manos a la obra.
—Pareces… tenso —lo aguijoneé una vez que llegamos al penúltimo
montón.
—Jodidamente furioso es como me siento —gruñó, moviendo la
mandíbula y apretando su mano sobre la mía—. Apestas a él.
—Él no me besó —dije después de un minuto que me robó el aire
precioso de mis pulmones—. Sin embargo, me encontró en los jardines.
Levantó la cabeza, sus facciones se retorcieron con disgusto pero no
106
menos impresionantes.
—Qué adorable.
Mirando la cama, tarareé y pronto pasamos a la última pila.
Como era una idiota y porque lo odiaba, continué, despreocupada y
sin molestarme por el calor abrumador que desprendía e inundaba la
habitación.
—Dijo que planea casarse conmigo, ha hablado con su madre y ella lo
ha tenido en cuenta.
Su expresión salvaje se relajó, desvaneciéndose en algo demasiado
oscuro para ser nombrado.
—¿Qué? —pregunté con un aire de fingida impaciencia.
—De verdad, solecito… —Pareció mirar a través de mí—. ¿No puedes
oler la podredumbre cuando se agacha ante esa bonita nariz tuya?
Dejé que sintiera cada gramo de rabia en su interior, con la esperanza
de que quemara su alma negra, y luego, con una calma que amenazó con
romper el hielo de sus ojos, dije:
—Soy muy consciente de lo que se esconde y se pudre en este reino y
que no tengo lugar aquí.
La habitación se enfrió en un instante cuando su furia se transformó
en confusión, su expresión perpleja casi cómica.
—Entonces, ¿por qué? —Sus espesas cejas se aplanaron sobre sus
ojos—. ¿Por qué hacer algo de esto?
—Por ahora, no tengo otra opción.
Todavía parecía escapársele que él era la razón.
—La tienes y lo sabes —espetó, inclinándose sobre las prendas para
agarrar mi barbilla. Sus ojos se hundieron en los míos, negándose a
soltarlos, mientras murmuraba—: Podemos irnos ahora mismo.
—Tú puedes, y espero que lo hagas, pero no puedo. —Tirando de su
muñeca, le enseñé los dientes cuando no quiso soltar mi barbilla e ignoré el
apretado aleteo en mi pecho cuando sonrió—. No me devolverías a casa, e
incluso si lo hicieras, tú nos matarías a todos poco después.
La sonrisa del rey lobo se desanimó y se levantó de la cama. 107
—Alguien viene. —Mirándome desde la puerta cerrada, me tendió la
mano—. Vamos.
—No.
—Ahora no es el momento para que seas petulante sobre lo de tu
padre…
El picaporte giró, alguien manipulando torpemente las cerraduras y
maldijo.
—Opal —dijo Dade, con una voz sorprendentemente suave, al igual
que sus ojos. Suplicando, me di cuenta, y luego la puerta se abrió de golpe,
y él desapareció, el príncipe trastabilló en el interior.
—¿Para qué demonios necesitan tantas condenadas cerraduras? —
gruñó, cerrando la puerta detrás de él con una risa sin aliento—. Mierda,
eso fue ruidoso. —Enderezándose, se quitó el abrigo, arrastrando las
palabras—: ¿Te desperté?
El olor a cerveza que emanaba de su forma inestable en la habitación
fue suficiente para hacer que mi cabeza diera vueltas mientras lo inhalaba.
Ebrio como estaba, evidentemente no vio la ropa en la cama y el piso, la
mayoría con hilos de oro.
—No, príncipe.
Me señaló con un dedo.
—Algún día seré rey. —Se detuvo al lado de la cama, su pierna a
escasos centímetros de mi pie descalzo—. Y necesitaré una reina que
gobierne a mi lado.
Tan concentrada en el hedor, en las palabras confusas que salían de
sus labios sonrientes, no lo vi venir.
En un suspiro, había caído sobre mí, golpeándome la cabeza contra la
pared detrás de la cama.
—Pero uno siempre debe probar antes de comprometerse. —Sus
manos estaban de repente por todas partes, deslizándose por mis costados
hasta mis muslos, tirando de mis faldas con tanta fuerza que escuché
numerosos desgarros.
—Bron —dije, mi voz se quebró en mi garganta mientras luchaba por
empujar sus hombros—. No puedo permitir esto, por favor. —Empujé más
fuerte—. Bron, tienes que irte.
108
—No tomará mucho tiempo —dijo, como si eso fuera todo el estímulo
que necesitaba para someterme.
Nunca me sometería, pero su cuerpo, envuelto tan pesadamente sobre
el mío, y mi miedo me mantuvieron atrapada mientras sus manos errantes
se abrían paso hacia mi pecho y entre mis piernas. Mis rodillas se cerraron
sobre su mano y gruñí, chasqueando los dientes mientras arrancaba la otra
mano que tiraba del corpiño de mi vestido.
—Detente —siseé—. Detente ahora mismo.
Él solo se rio, murmurando palabras bajas.
—Te haré sentir tan bien. Dios, tu piel es tan suave. —Entonces su
mano irrumpió en los confines de mis rodillas, alcanzó mi ropa interior y la
rozó, y grité.
Grité, y toda la frustración, todo el miedo, todo mi poder reprimido
llegó a mis manos, empujándolo con la fuerza suficiente para enviarlo por
encima del borde de la cama y volando al suelo con un violento golpe.
De prisa, me senté, con el corazón acelerado.
Maldiciendo, Bron gimió, agarrándose a la ropa de cama para
ayudarse a sí mismo a ponerse de pie.
—Pequeña perra hada —espetó, frotándose un lado de la cabeza.
Mis dientes rechinaron cuando sus ojos se encontraron con los míos,
y entonces sonreí, amplia y atrevida, mientras luchaba por ponerse de pie.
Antes de que pudiera siquiera tocar el colchón, dejé que mi poder se
derramara y se juntara en una burbuja de aire nublado espinoso a mi
alrededor, lo que lo sorprendió lo suficiente como para que se detuviera
mientras le enviaba todo a él.
El aire lo golpeó en el pecho, aturdiéndolo mientras las espinas
perforaban su piel expuesta. Con los ojos abiertos de par en par, se quedó
boquiabierto y luego se dejó caer al suelo.
Tragué saliva, salí y me alejé de la cama, insegura de cómo una
pequeña acumulación de aire, típicamente usada para refrescarse y hacer
jardinería, había funcionado en el príncipe de esta manera. Pero lo había
hecho y mis ojos se cerraron con fuerza.
—Funcionó —me escuché decir, una y otra vez mientras
frenéticamente me bajaba las faldas andrajosas y luego tropecé hacia atrás
contra un pilar duro. 109
—Funcionó.
No un pilar sino un macho.
Manos fuertes sujetaron la parte superior de mis brazos.
—La furia intensifica las cosas de formas tan hermosas, mi cisne.
—Él… —Parpadeé y parpadeé en el lugar donde el pie del príncipe
sobresalía detrás del otro lado de la cama—. Él intentó…
—Y nunca se atreverá a intentarlo de nuevo.
—Maldición —dije, bilis cubriendo la palabra, mi garganta. Mis
palmas se clavaron en mis ojos, mi pecho en llamas—. Ese jodido humano
idiota.
Dade soltó una risa baja que murió rápidamente.
—Ya terminé de jugar este juego. —Dejando caer mis manos, me giré
para encontrarlo mirando al príncipe, al idiota que había tratado de robarme
aún más—. Vamos.
Dando un paso hacia atrás, miré a la ventana, luego a su mano
esperando.
—¿Cuándo llegaste aquí?
—Cuando lo empujaste de encima de ti como el saco de mierda que
es. —Sus brazos me rodearon, inflexibles mientras el cielo nocturno se
decoloraba y se movía detrás de él, y me advirtió—: Sostente.
—No —grité, pero era demasiado tarde, el sonido robado por el hielo
en el que nos habíamos deformado, el color se desdibujaba, los objetos se
volvían a moldear, el tiempo se ajustó y luego se reajustó… y luego se detuvo
con una ferocidad que robó cada gramo de oxígeno de mis pulmones.
Mi cabeza daba vueltas y tosí, mi estómago amenazaba con desalojar
los muslos de cordero que había comido para cenar en el reluciente suelo
de piedra blanca.
—¿Qué has hecho? —casi grité, mis manos agarrando mi cabello. La
habitación en la que estábamos, su techo interminable de piedra y madera,
se cerró sobre mí.
—Te rescaté. De nada.
—¿Me rescataste? —Entonces grité, y una loca carcajada siguió
cuando avancé hacia él y le ordené—: Llévame de vuelta en este instante.
—¿Por qué? ¿Así puedes casarte con el príncipe sapo y encontrar la
110
manera de derrotarme? —Se rio, bajo e insidioso—. No funcionará, y no solo
porque no puedo ser derrotado, sino porque nunca se le permitirá casarse
contigo.
—Iba a trabajar por mi libertad —dije, sin saber siquiera por qué me
molestaba.
Levantó las cejas.
—¿Seduciendo al príncipe para que te ayude a irte? —Tomando un
mechón de mi cabello, lo hizo girar alrededor de su dedo, con el pulgar
rozando el mechón dorado—. Si esta noche fuera un indicio, habrías
fracasado. —Sus ojos brillaron—. Las criaturas como él no esperan. Toman.
Me soltó el cabello y, estupefacta, giré en círculo, asimilando la
grandeza que me rodeaba. El intenso contraste entre la belleza que cayó
sobre mis ojos y el exterior descuidado, nudoso y gastado que había visto
desde el cielo hace algunos años mientras tomaba uno de mis raros y
atrevidos vuelos.
Antes de que pudiera absorber las paredes de piedra sin vida, el techo
abovedado y las gigantescas puertas negras de lo que parecía ser un gran
vestíbulo, sujetó mi mano y me arrastró más profundamente hacia lo que
sabía que tenía que ser Shadow Keep.
—Dade —advertí, tirando en vano para liberarme de su agarre—. Que
las estrellas me ayuden, si no…
Giró sobre mí y me tropecé hacia atrás, agradecida por su agarre
mientras mi otro brazo giraba para mantenerme en pie.
—¿Tú qué? —dijo furioso, sus ojos eran fragmentos de hielo manchado
de negro—. No hay escapatoria, no de aquí, no de mí, y deberías intentar…
—Dejó que esas palabras no dichas llenaran el pequeño espacio entre
nosotros, luego continuó hacia una escalera gigante de mármol.
Se ensanchaba en la parte inferior, se estrechaba en el rellano central
y luego volvía a ensancharse en la parte superior para unirse con las
barandillas de mármol a juego que parecían estar sostenidas por una fila
tras otra de árboles tallados. Entonces me di cuenta con la fuerza suficiente
para engrosar mi lengua e hinchar mi garganta.
Efectivamente, estaba de pie en medio de Shadow Keep.
Subimos, yo con el corazón latiendo dolorosamente dentro de mi pecho
y él con brutal determinación en cada gracioso paso, hasta llegar al rellano
central. El piso estaba hecho completamente de esa piedra reluciente sin 111
alfombras ni muebles agrupados a la vista.
La única decoración era la ventana arqueada sobre el rellano, grande
y llena de vidrio carmesí, las otras a ambos lados ovaladas y su vidrio de un
gris tan claro que era casi transparente.
Giramos a la izquierda por el pasillo, pasando puerta tras puerta
cerrada, sus manijas de bronce con la forma de la cara de un lobo gruñendo,
y luego llegamos a otro tramo de escaleras, pero este era de piedra y mucho
menos impresionante.
Noté otro tramo que coincidía en el lado opuesto del palacio, torreón,
fuera lo que fuera este lugar, pero poco más cuando me llevó a un pasillo en
sombras que albergaba dos habitaciones. La que estaba enfrente estaba
bloqueada por puertas arqueadas lo suficientemente grandes como para que
una bestia pudiera trepar. A la que nos dirigimos tenía una puerta única y
más pequeña, y estaba abierta.
Sin pausa, me soltó suavemente y me empujó a la oscuridad con una
mano en la parte baja de mi espalda. Me quedé inmóvil en el interior, mis
ojos se posaron en una cama con dosel blanco con ropa de cama de piel gris
y almohadas de seda con borlas, una larga tumbona de color rojo oscuro al
final. Estanterías de madera blanca a juego se extendían por dos paredes,
mesitas de noche con patas de abedul retorcidas a ambos lados de la cama
y luego vislumbré otras tres puertas.
No vi adónde llevaban, a cámaras para bañarse y vestirse, tal vez. Me
volví hacia el rey mientras decía, brusco y enfadado:
—Pareces bastante aficionada a las jaulas doradas… —Dobló un dedo
en la puerta, persuadiendo a la madera pesada a que fuera hacia él y
efectivamente atrapando sus crueles palabras en el interior—. Así que aquí
tienes otra, mi bonito cisne.
112
Doce
Dade
El camino a la gloria estaba pavimentado con sangre y violencia.
Y una lujuria que derrite los huesos, al parecer. Aunque en casi toda
una vida de entrenamiento con mi tío, nunca entró en detalles sobre mucho
más. El sexo era una liberación, había dicho, y el deseo una maldición.
Follamos para deshacernos de ello, pero solo si hacerlo no restará valor a
nuestros objetivos. 113
El amor sería nuestro final.
Una sorpresa inesperada: la intensa atracción una molestia que pensé
que podría necesitar erradicarla hasta que las estrellas intervinieran, y
bueno, aquí estábamos.
Una princesa cisne, una joya preciada que no se había visto en siglos,
estaba ahora acorralada dentro de mi fortaleza. Ella podía correr, podía
cambiar, escapar y volar por su cuenta a casa, pero ambos sabíamos que
sería inútil.
Ambos sabíamos que yo disfrutaría la persecución y tal vez dejaría un
rastro de violencia sangrienta a mi paso.
Mi cisne se ahogaba fácilmente en sentimientos inútiles como la culpa,
por lo que se quedaría dónde estaba, con las plumas extendidas debajo de
mi pata.
—Mi rey —dijo Fang arrastrando las palabras desde el salón—. ¿Por
qué huelo un pájaro entre nosotros?
El aroma de ella debería haber sido un claro indicio durante nuestro
puñado de visitas a esa cueva, pero mi hambre era tal que me importó poco
su dulce y aireada fragancia y más su cuerpo ágil. Cada curva perfecta, su
risa y la forma en que sus ojos cambiaban de bronce a oro fundido con sus
emociones turbulentas.
Nunca debí haber confiado en Fang, pero como era lo más parecido
que tenía a lo que la mayoría llamaba un amigo, a veces lo hacía.
—Porque estás metiendo el hocico donde no corresponde.
Empecé a andar por el pasillo cuando se rio entre dientes y dijo:
—Scythe está realmente feliz, ¿sabes? —Suspirando, me volví para
apoyarme en una de las puertas de roble oscuro mientras Fang terminaba
de masticar su pierna de pollo—. Ya está afilando sus garras. El cisne es un
manjar.
La mesa circular de mármol se sacudió con mi creciente rabia,
haciendo sonar los cubiertos que no se molestaba en usar.
—Entonces, lo mejor para ti es asegurarte de que esas garras
permanezcan envainadas.
Su risa baja me siguió mientras recorría el pasillo hacia las escaleras
que bajaban en espiral hacia las cocinas. 114
El personal hizo una reverencia y siguió con sus asuntos. Me apresuré
hacia Merelda, la cocinera principal, que estaba regañando a una pixie joven
y me aclaré la garganta.
Aunque todos los demás en la cocina se quedaron quietos, sus miedos
e inquietudes rodeando las habitaciones demasiado cálidas, Merelda no hizo
tal cosa. La cocinera había estado al frente de estas cocinas desde antes de
que yo naciera y, por lo tanto, supuse que era imposible evocar una
obediencia total en alguien que te había azotado con una cuchara de madera
por robar margaritas de azúcar frescas.
Los ojos verde pálido de la pixie miraron en mi dirección, luego hacia
Merelda, y sintiendo que ya no escuchaba una palabra, Merelda la despidió
con un gesto de su favorito paño de cocina raído antes de finalmente
considerarme digno de su atención.
—Rey.
Vi a la pixie correr a mi alrededor, mis labios retorciéndose, luego
incliné mi cabeza hacia la cocinera rechoncha.
—La aterrorizas.
—No más que tú —murmuró, dirigiéndose a una bandeja de espera en
la isla de madera detrás de mí y vertiendo una cucharada de masa sobre
ella—. ¿Qué puedo hacer por ti, Daden?
Como siempre, apreté los dientes, pero ella era la única a la que se le
permitía llamarme por mi verdadero nombre.
—Tenemos un invitado.
—¿Solo uno? —No apartó su atención de su tarea, derramando sobre
la bandeja montones de gotas de lo que olía a avena, pasas y azúcar
morena—. Estás perdiendo tu toque si regresas con un solo prisionero.
—Sarcasmo —dije, arrastrando mi dedo sobre uno de los pegotes
perfectos, gimiendo un poco cuando los dulces ingredientes se incendiaron
en mi lengua—. Delicioso.
Me dio un manotazo con la toalla y frunció el ceño.
—Llega al punto. —La bandeja se movió fuera de mi alcance. Sabia—
. ¿Qué tiene que ver este invitado conmigo? No alimentas a los prisioneros.
—Tendremos que alimentar a éste tres veces al día y darle lo que 115
desee.
—¿Tres veces al día? —Sus cejas doradas se alzaron con su cabeza,
sus ojos marrones parpadearon mientras observaba mi rostro—. Tienes…
—Eso será todo —dije antes de que toda la sala se diera cuenta de la
información que preferiría que no tuvieran. No es que estuviera
avergonzado. Este sentimiento, molesto e incesante, prohibía tal cosa.
Simplemente no me importaba darles a todos algo más sobre lo que
chismorrear mientras preparaban nuestras comidas.
La mirada de Merelda me siguió hasta que desaparecí escaleras arriba.
El palacio, a menudo conocido como Shadow Keep, estaba lleno de
actividad, murmullos en los pasillos y detrás de puertas cerradas mientras
todo el personal atendía sus deberes.
Lo sentí antes de verlo y reprimí una maldición en el pasillo en lo alto
de las escaleras cuando salió de una pequeña sala de estar donde había
estado esperando y se puso a caminar a mi lado.
—Tenemos que hablar.
—¿Oh? —Me moría de ganas de decirle que se fuera a la mierda, pero
en lugar de eso, le pregunté—: ¿De qué?
Hizo un gesto hacia el salón ahora vacío, Fang ya no estaba, los restos
de su cena aún sobre la mesa. Nada más que huesos.
—Sabes exactamente de qué —dijo Serrin en cuanto cerró las puertas
detrás de nosotros. Tal cosa no evitaría que los transeúntes escucharan, no
cuando muchos de ellos eran cambiaformas hadas, así que los enmascaré
con un pensamiento, atrapando nuestras palabras en el interior—. Se
pensaba que el cisne negro no era más que una fábula, pero ahora sabemos
que eso no lo es.
—Ella no lo es —corregí y apoyé un hombro contra la pared—. Su
nombre es Opal.
Los ojos azules de Serrin se entrecerraron.
—No importa. Has traído nuestra condena predicha directamente a
nuestra puerta, dentro de nuestra fortaleza. Peor que eso… —Sus espesas
cejas se arrugaron con su rostro—. Pareces jodidamente feliz por eso.
Pasé mi lengua por un canino, sonriendo para mis adentros.
—No te preocupes. Ella no haría daño a una mosca. —Me enderecé y
pasé una mano por mi cabello—. Necesitaré una legión lista para viajar al
116
anochecer.
—Tienes a su princesa y nosotros hemos matado a su rey —dijo Serrin
innecesariamente, su expresión se transformó en conmoción—. ¿Es la reina,
la próxima? Caerán, ¿y qué hará entonces tu cisne?
—Lo que el cisne haga o no haga no es de tu incumbencia —dije con
los dientes apretados—. Nos dirigimos a la cala. Mientras visitaba el castillo
Errin, escuché hablar de barcos que llegaban al amanecer pasado mañana.
—Dade.
Me volví hacia las puertas cuando sus siguientes palabras me
detuvieron.
—Temo lo que las estrellas tienen en mente para ti, para todos
nosotros, si procedemos ahora que sabemos de su existencia.
Cuando la pluma se encuentra con el fuego, la venganza expirará.
La ira ardió con más fuerza que cualquier profecía trazada por las
estrellas cuando me volví hacia él y gruñí en voz baja:
—¿Estás sugiriendo que nos detengamos? ¿Cuándo estamos tan
jodidamente cerca de la aniquilación total?
—La aniquilación total nunca fue lo que tenía en mente, mi rey, solo
vengarme de aquellos que nos robaron el corazón. Casi has promulgado todo
lo que nos habíamos propuesto hacer, así que quizás sea el momento de
poner en marcha otro plan. —Cuadró los hombros y separó los pies. Una
postura de batalla adecuada a su demanda—. Ahora, debemos hacer que se
sometan.
Lo miré durante incontables segundos, y luego, como si estuviera
surgiendo de las profundidades más hondas de mi interior, una risa grave
se escapó, haciéndose más fuerte cuando agarré la tela áspera de su túnica
roja dentro de mi puño y enseñé los dientes.
—¿Te atreves a decirme lo que tengo y no tengo que hacer?
Toda mi puta vida, este cretino me había bañado en historias de
asesinatos, angustias y represalias. A la edad de cinco años, me entregó una
cuchilla y me dijo que me limpiara las lágrimas y cortara lo que las había
causado.
Nunca me había dado un respiro, sin embargo, ahí estaba,
pidiéndomelo. 117
Para su crédito, no tembló, y no vaciló mientras decía a través de sus
labios apretados:
—Simplemente deseo que tengas éxito y no caigas, Dade.
Mirándolo con ferocidad, casi nariz con nariz, dije furioso:
—Tú me hiciste, me puliste en todo lo que soy, así que no te atrevas a
pararte aquí y actuar como si no lo supieras mejor, actuar como si no me
conocieras. —Su túnica se deslizó a través de mis dedos con garras,
rasgándose mientras las abría y lo empujaba—. Si vacilamos, aunque sea
por un respiro, perdemos la ventaja. Perdemos esta guerra. Eso es lo que
me dijiste. Eso es lo que sé que es verdad. Así que mantén tus
preocupaciones profetizadas para ti mismo.
Las puertas se abrieron y se cerraron de un portazo contra su rostro
cuando las atravesé.
Esperé, con las garras retraídas desde hacía mucho tiempo dentro del
lecho de mis uñas, hasta que la cruda furia que Serrin había avivado, la
brasa que nunca se extinguía dentro de mí, se redujo a un ardor controlable.
Fuera de la puerta de sus habitaciones, me quedé de pie, escuchando.
Su corazón no estaba corriendo tan rápido como lo había estado cuando
llegamos, pero oh, cómo bailaba todavía, bombeando sangre a esas
hermosas extremidades, alimentando cada paso mientras caminaba al otro
lado de la puerta.
Nunca la vi venir. Junto con tantas otras fábulas, la princesa cisne
era solo una historia contada alrededor de fogatas y antes de acostarse.
Algunas eran historias reales de eventos pasados tejidas con ficción, otras
completamente imaginadas para asustar a los jóvenes o entretener a los
hermanos o posibles compañeros nocturnos.
Todo este tiempo, ella había sido un mito. Un mito ahora de carne y
hueso y ojos dorados ardientes.
Mía. Ella era toda mía. Y el príncipe perfecto de Errin ahora tenía una
marca brillante en su espalda. Su muerte llegaría mucho antes de lo que
habíamos predicho. Mucho antes de lo que era sabio.
118
Tendría tiempo suficiente para reflexionar sobre su arrepentimiento
por tocar a mi criatura mientras este encerrado en las entrañas de mi
torreón, su sangre acumulándose lentamente bajo sus pies colgantes.
Como si pudiera oler el destello de mi ira, el aire se calentó con mi
hambre de venganza, la caminata al otro lado de la puerta cesó. Pasando
una mano sobre mi cabello ya perfectamente despeinado, la abrí con una
sonrisa.
Y fui golpeado en la cabeza por un candelabro.
Me balanceé, pero solo momentáneamente, agarrando a mi cisne en lo
alto de las escaleras con mis brazos alrededor de ella.
Ella se retorció y enfureció, sus piernas volando detrás de ella para
patearme en las espinillas. No me importó. Apenas lo sentí. La llevé de
regreso a sus habitaciones y la puse de pie, observando sus ojos dorados y
lo agitado de su amplio pecho.
Al darse cuenta de dónde había aterrizado mi atención, gruñó. Sonreí.
—Estás disgustada conmigo.
Aparté el candelabro de una patada y cerré la puerta mientras algo se
deslizaba por la línea de mi cabello.
—Mataste a mi padre —dijo por lo que pareció ser la centésima vez—.
Me engañaste, me mentiste y me secuestraste. —Su sonrisa era cualquier
cosa menos reconfortante, pero aun así, sorprendentemente hermosa
mientras gruñía—: Disgustada es una palabra demasiado suave, Rey.
Levantando mi mano, recogí un poco de sangre de donde ella había
golpeado cerca de mi frente y la froté entre las yemas de mis dedos.
—Prueba con otra, entonces.
—¿Qué? —Me miró con ferocidad, marchando hacia atrás hacia la
cama cuando yo avanzaba.
—Otra palabra. Odio, desprecio, ira, aborrecimiento, repugnancia…
Se detuvo, entrecerró los ojos y luego los dejó caer sobre la alfombra
de piel delante de la cama, con largas pestañas coronando sus mejillas.
—Solo… vete.
—¿Así puedes intentar escapar de nuevo? —pregunté, intrigado y 119
complacido—. Dime, solecito. ¿Por qué esperar hasta que llegué cuando
podrías haber encontrado fácilmente otra salida?
Su silencio fue revelador, fuerte en la forma en que hablaba de todo lo
que ambos ya sabíamos.
—Porque te encontraría —dije, gentilmente, suavemente, sujetando su
barbilla con mis dedos ensangrentados y levantando sus ojos hacia los
míos—. Dondequiera que vayas, no importa qué tan lejos, ni dónde te
escondas, esto… —froté la sangre en mi pulgar sobre su labio inferior y vi
sus pupilas explotar con su respiración rápida—, nunca fallará en unirnos
si uno de nosotros busca al otro, y mi cisne… —Sus pestañas revolotearon,
mi pulgar rozando, tentando esos labios perfectos a cerrarse alrededor de él.
Sonreí, mi polla más dura que nunca antes en mi vida, empujando los
confines de mis pantalones de tal manera que supe que cuando ella se
balanceó contra mí, incapaz de evitarlo, pudo sentirlo.
Mis labios rozaron su sien, un gemido bajo acompañando mis
palabras mientras los suyos se envolvían alrededor de mi pulgar para ser
presentado a su lengua sedosa.
—Mi querido cisne, nunca llegará un día, una noche, un maldito
minuto en el que no te necesite cerca.
Desaparecí antes de hacer algo imprudente. Antes de inclinarla sobre
la cama y levantarle las faldas para explorar la carne sabía que mis palabras,
mi toque, cielos, mi puta presencia por sí sola, la había humedecido.
Aparecí en mis habitaciones, y en el silencio, el rugido de mi sangre
en mis oídos ayudó a ahogar el rugido que asoló mi garganta mientras
agarraba mi longitud y eliminaba la necesidad que ella constantemente
avivaba.
120
Trece
Opal
Ese rugido violento, el que llegó minutos después de que hubiera
dejado mis aposentos, reverberó a través de las paredes y se hundió
profundamente en mis huesos, instando a mis dedos a lugares donde rara
vez se habían aventurado antes.
No lo haría, me negué a hacerlo por su culpa.
Ignorar el deseo, el dolor que vivía y respiraba como una segunda 121
entidad dentro de mí cada vez que estaba cerca, fue como arrastrar un
cuchillo sobre carne resbaladiza, esperando que la hoja no se deslizara o
cortara.
No podía permitirlo. No después de lo que había hecho, la magnitud
de todo y no cuando ahora sabía quién era.
Mi enemigo, nacido y criado para ser nada más que como sugerían los
muchos rumores.
Aceptarlo dentro de mi cuerpo no solo causaría vergüenza sino que
también podría costarme la vida bajar la guardia de esa manera, sin
importar lo que las estrellas hubieran decidido.
No era la decisión de destinos tan lejanos de nosotros decidir cómo se
desarrollarían nuestras vidas, no cuando entregarles nuestra fe significaba
cierto peligro: más derramamiento de sangre y muerte.
Sin embargo, no podía irme. No podía poner un pie fuera de esa puerta
con la intención de escapar. Él lo sabría. Me seguiría. Huir a casa, a pesar
de que mi corazón estaba herido por el deseo de hacer precisamente eso,
sería egoísta.
Traería oscuridad a las puertas de nuestra ciudad, a nuestra gente, y
ya habían visto y soportado mucho.
En un esfuerzo por evitar pensamientos sobre cerezos en flor,
corazones desgarrados y ojos grandes y suplicantes, descubrí que las
habitaciones estaban llenas y eran lo suficientemente lujosas como para
sugerir que tal vez el rey no tenía la intención de matarme. Que tal vez había
estado esperando para robarme. Eso o habían pertenecido a su madre o a
una de sus amantes.
Descarté los pensamientos sobre esto último con irritación.
Durante horas, con las comidas entregadas y abandonadas fuera de
mi puerta, me senté en la cama irresistiblemente cómoda y paseé por la
habitación, pensando, arrepintiéndome, preocupándome, tratando de
conjurar una estrategia que pudiera acabar con esta locura.
Pero cuando la locura era todo lo que conocíamos, todo lo que
conocían estos salvajes, ¿qué esperanza había de cosechar algo más?
La respuesta llegó con la salida del sol, su brillo dorado se filtró entre
las ramas con nudos de espinas oscureciendo las dos ventanas a cada lado
de mi cama y la vista del río en la distancia no muy lejana. En lugar de
actuar en consecuencia, arrastré mi desayuno adentro y saboreé cada
bocado antes de decidirme por dormir.
122
Este no era el tipo de plan que se podía planear, sino que se reducía a
sacrificarse con tal de sobrevivir, y tal vez, solo tal vez, provocaría un
cambio. Si funcionaría, no lo sabía, y aunque me enfermaría intentarlo, los
días y las noches por delante parecían interminables, una cosa estaba
dolorosamente clara. Sin la reunión de más fuerzas del otro lado del mar,
no teníamos nada más.
No tenía nada más.
Todo lo que tenía era él.
El rey de los lobos. Un monstruo salvaje que, por razones que apenas
comenzaba a comprender por completo, ronroneaba y se acicalaba ante el
mero olor de mí.
La puerta se abrió sin resistencia como lo había hecho hace unas
horas cuando recogí mi comida.
Parecería que los cocineros se habían apresurado a tomar nota de lo
que comía y no comía, proporcionándome más fruta con el desayuno y el
almuerzo y porciones más pequeñas de las comidas.
Me preguntaba a medias si el rey había pedido que nadie entrara en
mis aposentos o si el personal simplemente no quería hacerlo. Aunque
estaba dispuesta a apostar que cuando regresara, mi cama, que ya había
hecho yo misma, sería rehecha y la bandeja que consistía en una jarra de
agua y mi cena mayoritariamente consumida desaparecería.
El pasillo estaba en silencio, inquietantemente, mientras recogía mi
cabello, todavía húmedo por el baño rápido que había tomado al
despertarme mucho después del sol, y caminaba hacia las puertas cerradas
al final del pasillo.
Sin necesidad de comprobarlo, sabía qué habitaciones estaban más
allá de la intimidante madera grande. Grabados de espinas y enredaderas
entrelazados a lo largo de las enormes barreras arqueadas, su olor, humo y
cedro, penetrante dentro de su guarida.
Pero él no estaba ahí. Sus habitaciones estaban vacías, pero no me
molesté en intentar girar las manijas de latón. Estarían bloqueadas, e
123
incluso si no lo estuvieran, no quería ver qué horrores acechaban dentro.
Su olor por sí solo era una trampa, una llamada tentadora para
atraerme a cierta oscuridad. Ya estaba de pie sobre el precipicio,
preparándome para saltar a las sombras de las profundidades debajo,
dolorosamente consciente de que tal vez nunca podría regresar.
Y aunque estaba segura de que podía hacerlo, segura de que no tenía
otra opción, no tuve la oportunidad. Bajé la escalera, y la gigante luego de
esa, y me detuve en el gran vestíbulo, girando de un lado a otro.
Nadie, ni una sola alma, había pasado a mi lado. Nadie se paraba en
ninguno de los huecos y puertas. Sin personal, sin guardias, sin rey.
En lugar de salir por las puertas principales, donde sabía que había
centinelas, por muy silenciosos que fueran, crucé el vestíbulo a la izquierda
y giré en la parte de atrás de las escaleras para encontrar un salón en una
esquina: paredes de estanterías que rodeaban un sofá y un piano negro
reluciente, y luego me trasladé al par de puertas que se encontraban detrás
de la escalera.
Rosas, rojas y amarillas, teñían las secciones oblongas de vidrio
recortado, la luz del sol goteaba a través de ellas y bajaba por la madera
barnizada debajo. Se abrieron silenciosamente cuando las empujé, dejando
al descubierto una terraza más allá y dos centinelas silenciosos que ni
siquiera se volvieron para mirarme. Los escalones, rodeados por matas de
hierba y diminutas flores blancas, allanaron el camino desde la terraza de
piedra hasta el césped verde esmeralda.
Más rosas, vivas en rojos y negros, desplegadas en hileras de lechos
circulares ante un seto gigante. A medida que me acercaba, mis faldas se
juntaban lejos del rocío que persistía en la hierba, descubrí que no era un
seto sino el punto de entrada a un laberinto.
—Un juego —dijo una voz profunda desde atrás.
Me giré, mi pulso se aceleró y mi corazón latió con fuerza, para
encontrar a un hombre enorme con cabello castaño oscuro metido detrás de
sus orejas. Su sonrisa se extendió lentamente a sus ojos casi negros
mientras masticaba un hueso lo suficientemente pequeño como para
meterse entre los dientes, con los dedos metidos en el borde de sus
pantalones.
No confiaba en la postura casual fingida, que no estaría sobre mí en
un suspiro fallido si lo creía necesario. 124
—Si te atreves —continuó, arqueando una ceja oscura.
—No me gustan los juegos —respondí, contenta de que mi voz se
mantuviera firme.
Se dio cuenta de mi mirada a los guardias a unos metros de distancia
en la terraza, su sonrisa subiendo más alto en sus mejillas, hoyuelos
apareciendo.
—Sin embargo, aquí estás.
Cada músculo se tensó, listo para que le brotaran plumas y volar.
Como si pudiera sentir eso, el macho solo se rio.
—No temas. Me han advertido que no te haga daño, cisne.
—Eso es… encantador —murmuré.
—Por supuesto. —Esos ojos oscuros se deslizaron sobre mí, una
lectura lenta que levantó cada vello de mi cuerpo—. A otros se les ha dado
la misma orden, aunque no presionaría tu presencia sobre ciertas…
personas.
Fruncí el ceño, segura de que había un mensaje claro detrás de esas
palabras, uno que no podía leer, pero asentí.
—¿Dónde está?
—¿El rey? —preguntó, sabiendo muy bien que era a lo que me refería—
. La ensenada real.
Mi estómago se hundió y mis planes a medio hacer se marchitaron. El
oro, todo ese oro que me había ayudado a tejer, y él simplemente… mataría
a los comerciantes antes de que pudieran siquiera intercambiarlo.
Hervía. Mi piel hervía con cada respiración tensa, y me alejé de la
criatura alta, que me miraba fijamente, para recomponerme
momentáneamente antes de preguntar:
—¿No querías ir con él…?
—Mi nombre es Fang. Me dieron órdenes de vigilar las cosas aquí. Eres
libre de vagar por los terrenos, pero podría advertirte que esperes hasta que
regrese el rey.
Fang. El rey y sus deseos podían pudrirse. Todo ese hilo de oro…
Di un paso hacia el laberinto, necesitando alejarme de otra bestia con
la piel de un Fae, necesitando alejarme de este lugar, de su rey y de todas
sus abominables acciones.
125
—Princesa. —Una advertencia que me negué a escuchar.
Rodeé la abertura en el seto y me permití, aunque fuera por un rato,
perderme.
Catorce
Dade
Le di una patada en el hombro al muchacho caído, sacándolo de la
roca sobre la que había muerto.
Lo que quedaba del rostro del capitán después de aterrizar en la roca
estaba demasiado ensangrentado para distinguirlo. No importaba. Me
agaché y palpé sus bolsillos, olfateando, hasta encontrar lo que necesitaba
dentro de su abrigo. 126
—Capitán Lesands —murmuré para que Scythe escuchara—, recibió
órdenes mínimas y básicas.
—No entiendo —dijo lo que el resto de nosotros, si tuviéramos medio
cerebro, estábamos pensando—. ¿Dónde está el oro, entonces?
No buscábamos el oro cosido por mí y mi cisne. No, estábamos aquí
simplemente por el gusto de hacerlo. Evitar que la ropa bordada en oro
abandonara nuestras costas no era más que una ventaja.
Una bonificación que además impedía que el rey y la reina humanos
reunieran ejércitos extranjeros en nuestra tierra.
No nos habían dado información errónea. Yo mismo lo había
escuchado, y los lobos que se ganaban la vida en las aldeas y granjas de los
humanos (decorados para parecer menos de lo que eran) habían respaldado
esa información con sus propios hallazgos
Tres barcos entrarían en la Cala Real después del amanecer. Solo uno
había hecho lo que se preveía, todos sus habitantes morían ahora en la
arena a nuestros pies, muertos, o nadaban hacia el mar para arriesgarse
con las despiadadas bestias del océano.
Caminé hacia el agua donde Scythe sostenía la cabeza de un hombre
que se agitaba debajo de la superficie, sus ojos brillaban mientras el hombre
salía a respirar, escupiendo y tosiendo.
Gruñó en el rostro del caballero:
—¿Dónde están los demás?
—¿Demás?
Volvió a meter la cabeza bajo el agua y luego la sacó tirando de su
cabello.
—Los otros barcos, maldito inútil.
—No sé de...
Sus palabras fueron interrumpidas cuando Scythe lo empujó bajo el
agua una vez más. Aunque no necesitábamos que nos dijera lo que ya había
descubierto.
Una gaviota chilló en lo alto, aleteando mientras las águilas y los
127
cuervos comenzaban a arremolinarse, atraídos por el olor de la sangre y
carne moribunda. Levanté la vista hacia ellos, luego miré el pergamino en
mi mano y volví a leer su escaso contenido.
—Así que tenemos coordenadas y una tarea. —Scythe soltó al hombre
cuando quedó inerte, el mar se tragó la cabeza, luego el torso, y le pasó las
manos por el chaleco de cuero. Entrecerré los ojos hacia la bahía espumosa,
pensando en voz alta—. Recoge la mercancía y zarpa inmediatamente. No
hay mercancías, pero nos faltan dos barcos.
—Un señuelo. —Scythe frunció el ceño ante el duro resplandor del sol
del mediodía.
Habíamos llegado antes del amanecer, pero no habíamos atacado
cuando el barco ancló en la cala. No, habíamos esperado a que llegara el
regimiento del rey y la reina. Cuando nadie lo hizo, observamos a los
marineros humanos, escuchamos sus suaves acentos mientras hablaban
entre ellos a bordo, y luego nos dimos cuenta, por su cuidadosa
conversación que algo andaba mal y que no tenían planes de abandonar su
barco.
Así que decidimos eliminarlos nosotros mismos.
—Vuelve a apilar todos los cuerpos y miembros a bordo —rugí,
estrujando el pergamino en mi mano para luego prenderle fuego—. Deja el
barco en el puerto, pero préndelo fuego.
—Un mensaje. —Scythe sacudió la sangre de su cabello negro—. Me
gusta.
—De hecho, hemos sido engañados —dije, molesto más allá de lo
razonable por haber confirmado mis sospechas—. Deben haber escalado los
acantilados más allá del castillo. Eso o bajaron o simplemente lanzaron la
tela a los otros dos barcos
Scythe siguió mi línea de visión hasta la playa, los borrones grises de
la aldea costera que había sido desocupada hacía mucho tiempo, hacia la
ciudad más allá.
—¿Deberíamos ir en esa dirección? Podemos cortarles el paso
mientras se van.
—No funcionará. —Yo era el único de nuestra legión que podía volar.
Vordane tenía tres legiones. Scythe comandaba la legión uno, la legión dos
pertenecía a Fang, y mi tío comandaba la legión tres, la única legión con
voladores.
Yo gobernaba y tenía más rango que todos, pero ni siquiera yo estaba
lo suficientemente cargado de ira y codicia como para enviar a mis guerreros 128
por tierras vigiladas con la esperanza de llegar al mar y a los barcos en los
acantilados de más allá. Semejante tarea requeriría más de una legión, a
menos que fueran acompañados por soldados de a pie, tal vez incluso por
algunos de los gruñones que aún estaban en entrenamiento.
Llevar a los cachorros a misiones para las que aún no estaban
equipados no solo supondría la muerte de muchos de ellos (un potencial
desperdiciado), sino que enfurecería a muchos.
Nunca estaba de maldito humor para tratar con madres descontentas.
—Regresamos a casa —dije por fin, apartando mis ojos de la ciudad
de Errin y de todos los cretinos que me esperaban dentro. Su engaño me
irritaba, y estaba seguro que lo habían esperado tanto como esperaban que
su producto robado saliera a salvo de nuestras aguas.
Me pregunté cómo se sentirían por la desaparición de su cautiva.
Ahora mi cautiva. Mi cisne.
El pensamiento me hizo sentir un poco mejor por haber sido
engañado, y muchos guerreros se quedaron boquiabiertos, perplejos
mientras yo me abría paso entre todos ellos con una sonrisa de satisfacción.
Oh, esos miembros de la realeza humana estarían muy enojados.
Estaba dispuesto a apostar que ni siquiera habían alertado a la querida
madre de mi cisne. Porque eso los revelaría como los tontos torpes que eran,
además enfurecería a la viuda afligida hasta el punto de la guerra.
Yo mismo enviaría un anónimo, sabiendo que la reina de oro enviaría
a todos los soldados, a todas las criaturas disponibles, a Errin, eliminando
a muchos de ambos reinos. Perfecto. Mucho menos trabajo para mí.
Por desgracia, aprendí que mi cisne no apreciaría eso.
Oh, cómo me enfurecía.
Cielos, la detestaba a ella y a todo lo que representaba. La detestaba
casi tanto como la deseaba. Había sido maldecido. Estaba seguro de eso. El
pájaro era tanto mi remedio como mi aflicción.
Afortunadamente para todos, nunca me había asustado el trabajo
duro. La realeza humana podía esperar. El ansia de poner los ojos en mi
princesa emplumada no podía.
Con una ráfaga de llamas rompe huesos, me moví, las pequeñas
heridas que había recibido en nuestra cacería se curaron. Mientras los
guerreros levantaban y arrojaban cuerpo tras cuerpo en el barco, salté hacia
la ladera, hundiendo las garras en la arena blanda y las briznas de hierba,
129
desplegando las alas mientras reprimía un rugido retumbante y salía
disparado hacia el cielo.
Quince
Opal
El silencio se extendió detrás de mí como una sombra a mis espaldas.
El canto de los pájaros de los árboles se desvaneció y murió, el susurro
de las hojas se detuvo. Mirando hacia arriba, era como si un techo de cristal
se hubiera deslizado por encima de mi cabeza, atrapando al mundo exterior
y a mí dentro.
Los finos vellos de mis brazos desnudos comenzaron a erizarse, la 130
cálida brisa ya había cesado. El aire se había vuelto denso, helado, pero aún
podía sentir cada respiración entrar y salir de mi cuerpo. Un pie se movió
delante del otro, llevándome hacia la primera esquina del laberinto.
En esa esquina estaba sentado un gnomo de jardín, y mientras me
internaba más profundamente en el laberinto, otro y otro, todos vestidos con
diferentes ropas pintadas de rojo, amarillo, verde y azul. Algunos llevaban
sombreros de copa, otros gorros, y en cada uno de sus rostros había
pequeñas sonrisas secretas. Ellos guiaban el camino, y me encontré ansiosa
por descubrir cómo se vería el próximo con cada nueva esquina.
El sol no me dejaba, pero su calidez ya no estaba presente, y la sombra
con cada giro que pasaba hacía que mi piel se erizara y se me pusiera de
gallina. Rosas, de negros y rojos más profundos, colgaban de muchas ramas
espinosas en el seto, todas en perfecta floración.
En mi sexta vuelta, cedí al impulso de extender la mano y tocar una.
Los pétalos de seda se endurecieron y cedieron bajo mis dedos, y luego el
suelo tembló, y apreté mi mano contra mi pecho mientras las raíces se
deslizaban desde debajo del seto.
Retrocedí, pero no importó. Como serpientes en un frenesí alimenticio,
las raíces corrieron detrás de mí, y caí de espaldas, con los huesos crujiendo.
Un grito quedó atrapado dentro de mi garganta, incapaz de ser liberado
cuando me levanté de mi trasero magullado y traté frenéticamente de
arrancarme las raíces que rodeaban mis tobillos.
Dade diría que este es un ejemplo perfecto de cómo llevar un arma
podría salvarme la vida. Sin embargo, no tenía ninguna, sabiendo que
probablemente no se me permitiría una herramienta para matarlo.
Gimiendo, tiré y jalé en vano. El pánico se apoderó de mí, mi corazón
golpeó mi esternón cuando las enredaderas no se movieron. Subieron más
alto, acercándose a mis rodillas, las espinas rasgaron y atraparon mis
faldas.
Cambia, me dije. No tenía más remedio que cambiar.
Cerré los ojos, tragué saliva con fuerza mientras mis piernas
comenzaban a entumecerse, y luego el pensamiento racional volvió a entrar,
y me incliné hacia adelante para envolver ambas manos alrededor de las
enredaderas. Las espinas cortaron mis palmas, mi sangre solo ayudó a mis
intenciones mientras obligué a la planta a calmarse, a dejar de moverse.
Mi aliento, una cosa largamente olvidada, ardió mientras observaba
las enredaderas serpenteantes lentamente quedarse inmóviles, y luego se 131
desenredaron suavemente de mi cuerpo.
No esperé, no estaba dispuesta a creer que pudiera permitírmelo. Me
puse de pie, urgiendo a que la sensación regresara y me di la vuelta para
regresar. Regresar al enemigo con el que me estaba familiarizando
incómodamente. Preferiría terminar lo que él había comenzado que
desperdiciar la oportunidad de mi gente aquí siendo mutilada por plantas o
alguna otra criatura.
Llegué al final del camino bordeado de setos cuando se movieron.
Cerrándose, se deslizaron juntos en un parche de vegetación y rosas tan
espesas que no estaba segura de que mis escasos poderes pudieran
convencerlos de que hicieran lo contrario.
Maldiciendo, me volví, las enredaderas ahora se deslizaban hacia atrás
bajo los setos, y corrí a través de la hierba suave y cortada hasta el otro
extremo. Si el laberinto quería que me ganara la salida, eso era lo que haría.
Al doblar la curva, una fila de gnomos de jardín me bloqueó el camino,
y parpadeé, jurando que ya había visto algunos de esos gnomos cuando
hubo un destello de luz cegadora.
Mi brazo se disparó para protegerme los ojos, y cuando lo bajé,
encontré rostros pequeños con expresiones determinadas y armas más
grandes de lo que eran en sus manos.
Pequeña gente.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el elfo de barba blanca.
—Un intruso —siseó una cosa diminuta a su lado, un jovencito que
llevaba un overol más pequeño que la palma de mi mano.
No importaba que fueran pequeños. Me moví sin pensar, sin pensar
en el riesgo, las alas batiendo y llevándome por encima de las paredes
gigantes del seto. Los gnomos, Pequeña Gente, se convirtieron en nada más
que puntos de colores debajo de mí mientras escalaba más alto, mis alas se
abrieron ampliamente con la brisa que se acumulaba.
La atrapé, volando por encima del seto. A mi espalda, Shadow Keep
bloqueaba mi ascenso a la vista, pero no desde los huertos al oeste del seto,
ni a los trabajadores de los huertos y campos de trigo que se extendían por
una milla o más hacia el este detrás de un gran edificio con un patio de
entrenamiento salpicado de caballos delante. 132
Los invernaderos se encontraban en tres filas agrupadas junto a los
campos, y cuando abrí una brecha en el seto interminable… árboles. Los
densos bosques se extendían desde el oeste para rodear la esquina más al
norte, extendiéndose hacia el este.
Hacia el barranco, el lugar donde una vez encontré soledad y desde
entonces me había dado caos.
Perdida en mis cavilaciones, la melancolía por toda la oscuridad que
estaba detrás y delante de mí, me ladeé y me dejé caer bajo el espeso follaje
de los árboles y entré en el bosque. Tenía que regresar. Sabía que incluso
con el rey fuera, aún podría estar alerta de mi ausencia, y si este singular
plan mío iba a funcionar, entonces lo último que necesitaba era hacer que
desconfiara demasiado de…
Una red me atrapo, tirándome hacia el suelo.
Las plumas se rasgaron y se esparcieron, y volví a transformarme
justo cuando golpeé la tierra, con los dientes repicando, el tobillo gimiendo
mientras me resbalaba en la red y rodaba a un lado. Empujándome y
mirando a través de la malla, me encontré rodeada de Pequeña Gente.
Se quedaron boquiabiertos, con las armas flojas a los costados u
olvidadas en el suelo.
Una mujer de cabello blanco se acercó, sus ojos azul oscuro parecían
demasiado grandes para su pequeña cabeza.
—Un cisne negro.
Otra mujer se apresuró a pasar junto a ella, le arrebató el cuchillo de
su mano floja y le espetó:
—Bueno, no te quedes ahí, libérala. —Chasqueando la lengua, se
acercó a mí, cortando la red y luego gritó—: ¡Rosanne! Pon la tetera al fuego.
—Ella me miró, sus enormes ojos sonreían brillantes—. Tenemos una
invitada especial.
La sorpresa me mantuvo inmóvil mientras la red áspera se deslizaba
por mis brazos y miré alrededor del pequeño claro en el que había
terminado. Con cautela, me puse de pie, absorbiendo a las diminutas
criaturas que salían corriendo de sus hogares dentro de las setas gordas,
troncos de árboles gruesos y los macizos de flores que rodeaban a ambos.
Surgieron madrigueras, arrojaron piedras a un lado y más de ellos
treparon y se derramaron sobre la hierba.
—Realmente son Gente Pequeña.
133
No tuvimos ninguno en Sinshell por algunas décadas, muchos temían
que se hubieran extinguido o hubieran seguido adelante después de la
primera guerra.
—Preferimos el término Elfo. —El hombre de barba blanca se acercó
más, sus mejillas sonrojadas y moviéndose mientras sonreía—. Pero puedes
llamarnos como mejor te parezca.
—Elfos —susurré, parpadeando con fuerza, todavía asimilándolos.
—¿Qué te parece tu té? —preguntó la mujer, con la cabeza inclinada.
¿Té? Salí de la red y retrocedí un par de pasos hacia lo que esperaba
que fuera la entrada al bosque.
—Hace solo unos momentos, estaban listos para matarme.
—¿Matarte? —La hembra retrocedió—. Oh, querida, no. Simplemente
enseñamos una lección a los intrusos y luego los dejamos ir. —Me congelé
ante eso, pensando que tal vez era hora de tomar vuelo de nuevo cuando
ella continuó—: Puede que les falten algo de cabello y zapatos, pero eso es
de esperar.
—¿Zapatos? —No pude evitar preguntar mientras dos pequeños
jóvenes se apresuraban a través de la multitud circular de Elfos hacia el
claro con una bandeja de té.
El hombre barbudo se hizo a un lado, y haciendo un ademán detrás
de él, arrancó parte del follaje.
—Los más jóvenes los disfrutan.
De hecho, detrás de él, entre la hierba alta y las flores silvestres,
algunos de ellos trepaban por lo que parecía ser un castillo construido con
zapatillas, botas y zapatos de vestir de cuero. Estos últimos eran pocos, y lo
serían, ya que los usaban principalmente hombres humanos en Errin.
Ignorando el impulso de caminar más cerca e inspeccionar a los niños
que reían, las ventanas cortadas de las suelas y la almena hecha con la base
de goma de una bota de lluvia, pregunté:
—¿Y el cabello?
—Oh —dijo la mujer, arrastrando mis ojos de nuevo hacia ella
mientras preparaba la bandeja de té—, eso es simplemente para echar
desgracia a las almas más oscuras, las podridas que deseaban que nos
134
ocurran daños.
Me encontré siguiendo su petición de sentarme cuando hizo un gesto
hacia la hierba vacía detrás de mí y alisé mis faldas andrajosas sobre mis
rodillas mientras lo hacía.
—¿Cómo se hace eso?
Una voz diminuta, probablemente indetectable para los oídos
humanos, vino de debajo de mi rodilla.
—Hervimos y tejemos sus cabellos, luego hacemos hermosas mantas
suaves con ellos. —Moví mi pierna, mirando hacia abajo a la joven mujer
que lucía una sonrisa de dientes separados entre sí y su cabello castaño
recogido en trenzas.
—Fink —siseó quien supuse que era su madre—. Dale a la princesa
su espacio.
Pero me encontré devolviéndole la sonrisa a la joven y ofreciéndole la
mano.
Su madre jadeó cuando su hija, encantada, se subió y se agarró a mis
dedos mientras la levantaba hasta mi pierna. Allí, se sentó, mirándome
recibir el té que estaba segura de terminar en dos sorbos de la mujer de
cabello blanco.
—¿Y cuál es tu nombre?
—El nombre de mi mamá es Beshal —informó Fink, quien luego señaló
al hombre de barba blanca y dijo—, y ese es mi papá, Harro, y ese es mi tío
y mi tía, Gretz y Pilon.
Asentí, todavía sonriendo mientras Fink me presentaba a más de los
reunidos cerca. La mayoría lo devolvió, algunos de los jóvenes se
escabulleron detrás de las piernas de sus padres, asomándose detrás de
ellos de vez en cuando con sonrisas tímidas.
El té, aunque apenas estaba allí, era divino, una mezcla de bergamota
y sol que calentó mi pecho y relajó mis hombros. Me ofrecieron más y
descubrí que no podía negarme cuando Beshal frunció el ceño.
—Nadie le dice a esa mujer que no. —Se rio jovialmente Harro, quien
supuse que era su esposo.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Fink—. Perteneces a los libros de
cuentos, a los cuentos que se cuentan antes de dormir.
135
Levanté una ceja ante eso.
—No soy tan vieja.
Fink se rio, pero Beshal dijo:
—El cisne negro no se ha visto durante muchos años y durante mucho
tiempo se pensó que había sido purgado de su línea de sangre para siempre.
Asentí.
—Lo sé. —Sin saber qué más decir, me encogí de hombros, riendo
débilmente—. Bueno, aquí estoy. Otro.
—Y en las garras del rey, nada menos —se quejó Harro, sus cejas
pobladas cubriendo sus ojos color chocolate—. Entonces sí, ¿qué te trae por
aquí?
—Él me robó —dije simplemente, porque era cierto y lo último que
haría sería proteger a gente como Dade Volkahn.
Nadie habló durante un minuto, el único sonido era el trino de los
pájaros y el mar a lo lejos, estrellándose bajo los acantilados.
—Pero estás fuera de la fortaleza. Podrías volar a casa en cualquier
momento.
—No seas tonto. —Beshal miró a su esposa con el ceño fruncido—. El
rey de los lobos la encontraría, la cazaría hasta sus últimos días. —Ella me
miró, sus ojos brillaban con conocimiento—. No, ella está exactamente
donde debería estar.
Sonreí y bebí un sorbo de té.
136
Dieciséis
Dade
Una maldita fiesta del té.
Estaba volando a través de las tierras de cultivo del sur de Vordane
cuando algo comenzó a arrastrarse debajo de mi piel. Aterrizando en un
prado, sobresalté a algunos animales, luego volví a transformarme y opté
por viajar más rápido cuando la sensación no disminuyó.
Apareciendo dentro de la Fortaleza, supe instantáneamente que algo 137
andaba mal, así que interrogué a Fang hasta temí que podría arrancarle la
cabeza y allí estaba ella…
Sentada entre las jodidas setas y flores, bebiendo té con los elfos.
Fang casi se había orinado en sus pantalones cuando aparecí ante él
en la terraza después de encontrar las habitaciones de Opal vacías, su olor
conduciendo al exterior.
—¿Dónde está? —había gruñido.
Contuvo una maldición y se enderezó de donde había estado tomando
una pequeña siesta contra el pilar.
—Ella quería explorar el laberinto.
—¿Y la dejaste? —Lo miré con enfado—. ¿Sola?
—No le harán daño, estoy seguro.
Había gruñido, transformándome en sombra dentro del laberinto, solo
para descubrir que su aroma se elevaba hacia el cielo, se arrastraba hacia
el bosque más allá del laberinto, y luego desaparecía de repente. Aterricé y
lo rastreé de nuevo con la brisa, siguiéndolo hasta el bosque.
Encontrarla sonriendo, bebiendo té como si no hubiera evitado el
peligro y haciendo que mi estómago se revolviera y se retorciera de una
manera tan repugnantemente extraña. Los elfos la rodeaban, sentados en
la hierba, de pie ante ella con rostros embelesados, y uno incluso posado en
su pierna.
—Mi rey. —Uno de ellos finalmente se dio cuenta que estaba en medio
de ellos, de pie junto a un árbol, y mi cisne… oh, sí, eso era pánico en sus
ojos cuando bajó su taza de té del tamaño de una huella digital y miró en
mi dirección.
Incliné mi cabeza, mirándola. ¿Qué has estado haciendo?
Apartó la mirada, ayudando a la diminuta criatura a bajar de su
pierna y la dejó sobre la hierba.
—Gracias por el té —le dijo a Beshal, cuyos ojos iban y venían entre
nosotros mientras colocaba cuidadosamente la taza de té sobre la bandeja—
. Fue el más delicioso que he probado.
Beshal, sonriendo, se olvidó de mi presencia e hizo una reverencia.
—Por favor, regresa.
—Me encantaría. 138
Contuve un gruñido y me acerqué, agarrando a mi cisne por el brazo.
Los elfos tomaron nota, pero sabiamente no dijeron una palabra mientras
se apresuraban a regresar a sus casas, y llevé mi cisne a sus aposentos.
Dentro de ellos, una brisa sombría todavía desvaneciéndose desde
nuestra llegada, Opal se giró hacia mí.
—Eso fue muy grosero.
—¿Grosero? —Cerré la puerta de una patada, perplejo hasta el punto
de casi reírme.
—Tú solo… solo… —con un gemido, el cisne extendió sus brazos—,
me tomaste, y ni siquiera les ofreciste un saludo.
—¿Qué les importan a los elfos los saludos?
Sus ojos se agrandaron, las joyas de oro se engancharon en los míos.
—¿Quieres decirme que ni siquiera los conoces?
—¿Qué hay que saber? —Miré las estanterías, cansado de esta
conversación—. Son Gente Pequeña y no me importan ni me sirven.
La ira iluminó sus ojos, y me encontré embelesado por el brillo de ellos,
la forma en que sus pómulos se enrojecieron. Su boca, el perfecto lazo rosa,
se abrió, pero luego sus labios se cerraron. No podía apartar la mirada
mientras veía cómo la ira se derretía rápidamente, reemplazada por una
calma engañosa.
—¿Por qué? —dijo finalmente.
Apenas podía soportar parpadear y lo hice tan rápido para no
perderme ni un momento de mirarla fijamente.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué me quieres aquí? ¿De qué te sirvo, sobre todo teniendo en
cuenta lo que han predicho las estrellas?
Fue directa, directamente allí, y debería haber sabido que
eventualmente reuniría el coraje. cielos, viendo cómo se vio obligada a
madurar, a adaptarse a su entorno en constante cambio, a adaptarse a las
cosas que le sucedieron mientras esperaba controlarlo y revertirlo todo…
impresionante y fascinante.
Puse un pie delante del otro, mi armadura de cuero todavía apestaba
a sangre y terror, y noté la forma en que su corazón latía más fuerte, su piel
se sonrojó más profundamente y todo su cuerpo se tensó.
139
Pero esos ojos, no se apartaron de los míos.
Una princesa protegida, sin duda, pero una que había hecho su misión
absorber todo en el mundo que la rodeaba, buscando cosas en las que los
otros no podían permitirse perder el tiempo. Ella encendió la intriga y el
estudio como nada lo había hecho nunca, y sabía que, incluso sin la
interferencia de las estrellas, sería así independientemente.
Opal no se movió a pesar de que la parte racional de ella, la parte que
pensaba que yo no era más que una bestia salvaje, anhelaba hacerlo. Su
aroma se infiltró, inundando profundamente, y gemí ligeramente mientras
mi cabeza nadaba con éste, y mi sangre se calentaba y burbujeaba con
deseo.
Dedos cubiertos de sangre seca se deslizaron bajo su delicada barbilla
y sus ojos se cerraron cuando mi cabeza bajó.
—Porque, mi problemático cisne, prefiero mantener a mis adversarios
más dignos justo donde pueda verlos —susurré, sus ojos volviéndose a abrir
cuando mi nariz chocó suavemente contra el costado de la de ella—. Justo
debajo de mi hocico.
Me separé de su fuerte inhalación, el aire entre nosotros se volvió lo
suficientemente tenso como para romperse con la necesidad atada, y me
obligué a ir hacia la puerta.
—Espera —dijo con voz ronca.
Mis ojos se cerraron brevemente y luego miré por encima de mi
hombro.
Se retorció las manos delante de ella, su fogosidad encogiéndose con
sus hombros, y luego se volvió hacia la ventana.
—No importa.
Su tormento debería haberme satisfecho, pero en cambio, empeoró ese
pozo de sensación extraña dentro de mi estómago, haciendo que se
arrastrara hasta mi pecho.
140
—Podrías tomarla simplemente —sugirió Scythe, arrancando un trozo
de una manzana roja brillante y sonriendo alrededor de la fruta—. Después
de todo, no somos más que salvajes.
La sola idea, de ella luchando y llorando debajo de mí, como había
visto que les pasaba a algunas mujeres antes, durante los ataques, me
disgustó ahora como entonces.
—No —ladré—. Podemos ser salvajes, pero no ladrones. —Scythe
arqueó una ceja en interrogación, sabiendo que efectivamente yo era un
hipócrita. No me importaba. Él lo sabía. Él había estado allí cuando le dejé
muy claro que no toleraría tal abuso—. Solo las alimañas toman lo que no
se les ofrece voluntariamente.
Asintió una vez, volviendo a su manzana.
—Entonces vino. Seguro que olvidará lo mucho que te odia con un
poco de vino en su suave vientre.
Le mostré los dientes y se rio, alzando el dedo medio en el aire mientras
se inclinaba y salía de la sala de guerra.
Ahora estaba vacía, salvo por Fang y yo. Él y Scythe se habían quedado
atrás después de la reunión con mi tío sobre el ingenioso engaño de la
realeza humana en la cala. Parecería que el hilo dorado había abandonado
nuestras costas, pero no teníamos el deseo, ni la preocupación, de buscarlo.
Dejemos que los humanos lo intercambien.
Nadie acudiría en su ayuda, sin importar cuánto oro acumularan y
vendieran. Los que estaban al otro lado del mar debían saber que sería un
suicidio involucrarse en una guerra que no les concierne.
Tomarían su oro, harían sus promesas deficientes, derramarían
mentiras tan fácilmente como lo hacían los humanos con tanta frecuencia,
y mientras tanto, continuaríamos. Ahora estábamos cerca. Solo quedaba la
reina, y aquellos en su corte en quienes no se podía confiar una vez que
tomáramos sus tierras por nuestras.
—Scythe no sabría qué hacer con una mujer a menos que aterrizara
en su regazo —dijo Fang, arrebatando mi atención de las coordenadas en el
mapa de Nodoya.
Las estacas rojas indicaban los puntos de referencia ya destruidos.
Cubrían encantadores trozos pequeños y gordos, como sangre goteando a
través de un lecho de nieve. El negro indicaba las tres fortalezas que 141
quedaban por tomar.
El castillo Gracewood, la ciudad de Sinshell y el castillo Errin.
Este último era un poco optimista y posiblemente innecesario. Aunque
la idea de compartir un reino con humanos no me molestaba tanto como a
algunos de mis hermanos, aun así me irritaba. Principalmente debido a sus
actitudes sospechosas y taimada afirmación del poder.
No atacaban. Los de su calaña se escondían en las sombras y se
saltaban la escaramuza.
Y decían que nosotros, los Fae, éramos criaturas sin moralidad.
—Por suerte para Scythe —murmuré distraídamente, mis ojos se
arrastraron desde el castillo Errin y barrieron el bosque y el río hacia la
tierra más allá—, eso es lo que sucede a menudo. —Cómo los Gracewood
habían compartido su tierra con los mortales durante todos estos siglos era
algo que los historiadores no podían explicar en detalle.
Decían que diez barcos entraron en el puerto hace muchos años, con
la intención de explorar un reino por el que otros marineros habían pasado
en sus viajes. Un reino protegido por la niebla y la bruma con la arena más
dorada que cualquier moneda.
En lugar de luchar con ellos, los débiles de nuestra especie, los Fae
dorados, los habían invitado a quedarse y vendieron una parte de su tierra
de buena fe. Con la esperanza de aprovechar oportunidades comerciales con
más suciedad humana al otro lado del mar.
De hecho, las oportunidades llegaron, y con ellas, los humanos
negociaron su camino hacia más tierras desde la línea Gracewood, su reino
ahora ocupaba casi la mitad de Sinshell, y renombraron la esquina sureste
de nuestro continente en honor a su primer rey, Errin.
Sí, sería interesante recuperar lo que nunca perteneció realmente a
los mortales. Sin embargo, no podía prever cómo hacerlo nos beneficiaría
mucho. Porque ellos efectivamente habían ayudado al continente de Nodoya
y sus dos reinos de origen a crecer en riqueza y oportunidades.
—¿Rey? —Fang lanzó una nuez aromatizada al mapa—. Cielos, ¿has
estado fumando avellano?
Él sabía que era mejor no preguntar algo así, así que no debería
haberme molestado en responder y, en cambio, froté mis dedos sobre mi
barbilla. 142
—¿Qué hay del pasaje?
—Podríamos usarlo de nuevo, pero ¿tu cisne no habría informado a
su madre o a alguien de su existencia a estas alturas?
Dudoso.
—Envía a tu legión allí con las primeras luces para ver si sigue en pie.
Afilando su daga favorita, Fang asintió.
—¿Y cómo le fue después de su viaje por el laberinto?
—Estaba tomando el té con los elfos cuando la encontré.
—¿Qué? —soltó Fang con una carcajada.
—Me escuchaste muy bien —refunfuñé y saqué los marcadores de
posición del mapa. Rodaron por la mesa hacia el Mar Nocturno.
—Vaya, vaya —dijo Fang arrastrando las palabras y arrojó la piedra
que había estado usando a la mesa—. Creo que a este cisne sin duda le
gusta mantenerte alerta.
—Ella no puede soportar verme —admití, cada palabra tensa—. Sin
embargo, las mismas estrellas lo han ordenado. No lo entiendo.
Las llamas bailaban más alto en los candelabros de la pared, no se
veía la luz del día en la habitación sin ventanas que había sido hechizada
para evitar que nadie en las mazmorras al final del pasillo, o en cualquier
otro lugar, oyera por casualidad.
—¿Has pensado en hacer algo bueno por ella?
Fruncí el ceño.
—La salvé de ser mutilada por los cerdos humanos, ¿no es verdad?
Luego, la ubiqué en lujosos alojamientos con tres comidas al día.
Fang se mordió los labios y luego los soltó con una sonrisa.
—¿Quizás deberías regalarle algo que le guste entonces?
—¿Qué es lo que no le gusta de sus aposentos? —Parpadeando una
vez, me pregunté por qué no habría apreciado mi rescate y todo lo que le
había dado desde entonces, pregunté—: ¿Y por qué haría eso?
El imbécil se rio, luego se puso serio al darse cuenta de que había
dicho en serio cada palabra.
—Oh, mis malditas estrellas. —Enderezándose en la silla, colocó las 143
manos entre sus rodillas abiertas y se inclinó hacia adelante—. De acuerdo,
primero tienes que averiguar qué le gusta, qué la hace feliz, luego regalarle
algo con una disculpa por alejarla de sus nuevos amigos elfos.
—¿Por qué diablos iba a disculparme? —pregunté incrédulo—. Ella es
mía, no de ellos.
—Los dorados son… diferentes. —Asintió—. Por lo que he visto y oído
de todos modos. Así que no creo que al cisne le guste mucho que la traten
como si fuera una propiedad.
—Pero eso es exactamente lo que es —dije, la confusión provocó que
mis dedos se doblaran mientras mis garras amenazaban con aparecer.
Entregada y asegurada de forma segura, ella me pertenecería para siempre.
Fang me miró por unos instantes que solo se enfurecieron, luego
sacudió la cabeza y se puso de pie.
Apretando los dientes, espeté:
—Independientemente de la letra pequeña, a ella le gustan las
tonterías frívolas como las flores. —Lancé una mano con garras a una taza
y un platillo vacíos en la mesa, luego me incliné sobre ellos—. Y té elegante
y bonitos ideales como la paz.
Fang levantó sus hombros, mirando mis garras negras, luego los dejó
caer mientras se dirigía a la puerta.
—Entonces dale flores y té elegante. —Con una mirada por encima de
su hombro que no pude descifrar, dijo—: Ambos sabemos que no puedes
concederle eso último.
Se había ido por un tiempo antes de que finalmente retrajera mis
garras, dejando surcos en el mapa y la madera debajo de él.
144
Diecisiete
Opal
Me quedé en mis aposentos al día siguiente, sin saber cómo proceder
o si tenía lo necesario para llevar a cabo esta loca idea.
No había otra forma.
Sin embargo, mientras estaba sentada en la cama, con flechas y
círculos de luz que se filtraban entre las enredaderas y las ramas que
ocultaban la mayoría de las ventanas, había contemplado lo que había 145
estado a punto de preguntarle al rey el día anterior.
Cuando le dije que esperara.
Tuve la esperanza de que caminara de regreso a mí, y entonces podría
besarlo, pero debería haberlo sabido antes de que la palabra saliera de mi
boca y sus ojos afilados se encontraran con los míos por encima de su ancho
hombro que no sería así de simple.
Él no lo habría creído. Ahora no. Todavía no.
Un libro estaba extendido sobre mi regazo, rimas infantiles de las
tierras mortales y un puñado de uvas entrando en mi boca, cuando un breve
golpe en la puerta resonó y él entró tranquilamente.
Tragando saliva, cerré el libro y lo coloqué encima de la pequeña pila
al lado del cuenco de frutas en la mesita de noche.
—¿Siempre entras en los aposentos sin permiso? —Hice una mueca
interiormente. Idiota. Era una maldita idiota. Toda mi vida, había sacado
provecho de la habilidad de morderme la lengua, pero a su alrededor, la
única criatura con la que tenía que hacerlo, no podía protegerme de esa
manera.
Dade frunció los labios en un pensamiento fingido, apoyándose contra
la puerta.
—Bueno, sí. —Una sonrisa, magnífica que le llegó a los ojos, hizo que
mi estómago se apretara—. Soy el rey, después de todo.
Leí las palabras que pronunció su sonrisa menguante… Y sería
prudente recordar eso.
—Y sí llamé a la puerta. —Suspiró y un momento después dijo—: Sal
a caminar conmigo. —Una oferta amable que no podía rechazar.
Aun así lo intenté, porque eso era lo que seguramente esperaba.
—Preferiría no hacerlo.
Su risa entrecortada era como garras y calor, una suave amenaza que
arañaba la piel.
—Tus mentiras son dulces, de verdad. Pero tengo tiempo. Esperaré
mientras te alimentas un poco más.
146
Queriendo apartar mis ojos de él, miré hacia mi vestido lavanda.
Simple, versátil y con cordones alrededor de cada borde en blanco, caía
desde la parte superior de mis pechos hasta mis tobillos sencillamente como
si fuera un camisón.
Era uno de mis nuevos favoritos, pero demasiado sencillo si esperaba
seducir a un rey.
—Bien —dije y sus cejas se alzaron a la vez que me levantaba de la
cama—. Pero déjame cambiarme primero.
Esperando que se fuera y me permitiera un poco de privacidad para
hacer precisamente eso, crucé la habitación hacia la puerta cerrada en la
misma pared que la cámara de baño.
En su interior, hileras de vestidos para diversas ocasiones colgaban
en melocotones, cremas, lilas, azules, esmeraldas, blancos y limones. Una
silla de estar con tachuelas se ubicaba en la esquina, una mesa plateada
ornamentada al lado, para que uno pudiera sentarse y comer o beber
mientras quien usaba esta habitación decidía qué prenda de vestir usar.
Las capas eran de terciopelo, seda y lana gruesa. La ropa de dormir
era de buen gusto, incluso si algunas de las confecciones de encaje no
dejaban casi nada a la imaginación. No estaba segura de que pudiera
profundizar lo suficiente como para encontrar el coraje para algunas de
ellas.
Mis dedos cayeron sobre un vestido blanco con una enagua pesada.
Su corpiño quedaba lo suficientemente bajo como para tentar, pero no lo
suficiente como para mancillar.
—¿Te gustan? —La voz del rey vino desde atrás y mi mano voló a mi
pecho.
Estaba de pie en la puerta, apoyado contra el borde de madera con las
manos en los bolsillos de sus pantalones.
—Elegí los colores. —Su mirada dejó las prendas y me envolvió como
una brisa fresca en medio de un duro verano—. Los colores que pensé que
se adaptarían mejor a tu tono de piel, tu cabello… —Parpadeó una vez, sus
ojos encontraron los míos—. Y tus ojos.
Las palabras se evaporaron de mi mente.
Cada una.
Me quedé allí, con los dedos cayendo débilmente a mi costado
mientras los ojos del rey dejaban los míos para vagar lentamente por mi
rostro. Se posaron en mis labios por un breve momento, el tiempo suficiente
para recordar el peso sin aire de los suyos sobre ellos, y luego se deslizaron
147
por mi cuerpo.
—Déjate eso puesto.
Las palabras regresaron a toda prisa, haciéndome girar donde estaba,
mientras decía con una fuerte exhalación:
—Pero seguramente algo mejor…
—Es perfecto. Eres perfecta. —Dade salió del vestidor y entró en el
dormitorio—. Vamos.
Incapaz y poco dispuesta a discutir, porque a mí también me gustaba
el vestido y también porque sentía como si algo se hubiera colado dentro de
mi cerebro y mezclado todo en un lío irreconocible, lo seguí en silencio al
pasillo.
Rodeamos la escalera y seguimos en silencio hasta el final. En el
vestíbulo, el rey se detuvo y se volvió hacia mí tan de repente que casi me
choqué contra su pecho. Me sostuvo con fuertes manos sobre mis hombros.
Me dije que no retrocediera y me quedara quieta mientras miraba esos ojos
cerúleos.
—¿Quieres un poco de té antes de irnos?
Sus manos se deslizaron lentamente por mis brazos, dejando
escalofríos a su paso.
—¿Té? —pregunté, lo suficientemente perpleja como para fruncir las
cejas—. Pensé que íbamos a dar un paseo.
La mandíbula del rey se flexionó y asintió como para sí mismo.
—Correcto. Sí, por supuesto. —Tomando mi mano, me condujo a
través del gran vestíbulo, a través de esas formidables puertas arqueadas, y
hacia un rellano de piedra beige que se curvaba con los tres escalones
debajo.
Reduje la velocidad, el rey se vio obligado a hacer lo mismo, y me volví
para mirar de nuevo a lo que había sido mi prisión la semana pasada.
Shadow Keep era de hecho un palacio, su gigantesco exterior se elevaba más
alto de lo que mis ojos podían alcanzar desde nuestro ángulo. Piedra negra
entremezclada con losas de hormigón blanquecino, creando una
monstruosidad que la mayoría podría considerar abandonada si no
supieran nada mejor.
Las enredaderas frondosas, llenas de espinas y fuera de control, 148
cubrían algo más que las ventanas de mis aposentos. Se enroscaban sobre
cada espacio disponible, haciendo que la piedra fuera casi invisible debajo,
la luz y la oscuridad se asomaban en pequeños parches. Las puertas que
teníamos ante nosotros y las estatuas de bestias lobos con alas en alto sobre
las cornisas de los tejados eran todo lo que parecía ileso. Aunque el musgo
se arrastraba sobre las cabezas y los cuerpos de los centinelas centenarios,
la piedra se agrietaba en algunos lugares, la monstruosa extensión de
vegetación y espinas simplemente se había enroscado y tejido a su
alrededor.
—¿Un baúl de monedas de oro por tus pensamientos?
—Es… hermoso —me escuché admitir, embelesada—. Y nada de lo
que uno podría esperar.
—Es un elemento disuasorio, sí, pero sobre todo prefiero que la gente
no piense que vivo en un palacio reluciente con todo el brillo y los lujos.
Me volví hacia el rey, riendo un poco.
—Pero es así por dentro.
Dade me guiñó un ojo, mi estómago dio un vuelco, y luego tomó mi
mano de nuevo.
—Muchos no lo saben. —Bajando los escalones hacia la fuente, otra
bestia alada en el centro, con agua saliendo de sus fauces abiertas, el rey
agregó—: Y no tenemos toda la pompa… —Movió su mano libre—. Los
cuadros, baratijas, jarrones. Eliminé la mayor parte.
Observé cómo el musgo se volvía más oscuro a medida que nos
acercábamos al borde de la pared baja de la fuente cuadrada, lo vi deslizarse
y retorcerse como si pidiera a alguien que tocara la repisa calentada por el
sol. No lo hice, conociendo un truco cuando veía uno. Ese musgo fue
cultivado con encantamientos para arrebatar las extremidades y la ropa de
los invitados no deseados.
—¿Por qué?
—Menos trabajo para el personal. Todo ese polvo debe ser bastante
tedioso. —Hice una mueca y él se dio cuenta, porque dijo—: ¿Crees que
estoy bromeando?
—Seguramente.
Una risa rápida y sorprendida.
—Bien. Me recordaba a mis padres, a los que nunca conocí y no pude
149
soportarlo.
El deseo de preguntar más sobre ellos espesó mi lengua. Evitamos el
camino que se alejaba de la Fortaleza hacia el río a través de los árboles y
giramos por un camino de piedra. Los setos, salpicados de rosas rojas como
la sangre y blancas como la nieve, estaban perfectamente recortados a cada
lado de nosotros.
La repentina quietud, la pregunta que salió de mis labios
entreabiertos, me hizo muy consciente del suave apretón de su enorme
mano alrededor de la mía.
—¿Qué edad tenías cuando murieron?
—Apenas más de una semana.
La fría indiferencia en esas palabras me impactó al igual que una dura
e inesperada bofetada de empatía. No haber conocido a mis padres… A pesar
de todos sus muchos defectos, todavía no podía entenderlo y ni siquiera
quería intentarlo.
—¿Te han contado mucho sobre ellos?
—Suficiente —dijo, con un tono brusco—. Principalmente cómo
murieron en la primera guerra. —Eso ya lo sabía, pero no los detalles, de
los cuales me sorprendió al decir—: Tu abuelo y su general los atrajeron y
capturaron, los ataron a postes llenos de flores para hacer de ellos un
ejemplo, para lograr docilidad por medio de amenazas, y luego los torturó
antes de matar a mi madre y así comenzar la guerra.
Me detuve cuando llegamos al borde de la Fortaleza. Una puerta
gigante de metal oscuro se cernía a mi derecha, envuelta en espirales de
hojas y bloqueando la entrada al costado del palacio.
—Ellos no hicieron tal cosa.
—Lo hicieron, y nada más que por miedo a los más grandes que ellos.
—Su mano soltó la mía, pero no antes de que se la llevara a los labios. Suave
y con sus ojos fijos en los míos, presionaron mis nudillos, luego
desaparecieron con su toque—. Cree lo que quieras. —Caminó a través de
la puerta abierta, el camino de piedra había terminado y sobre la hierba bajo
nuestros pies—. Los tuyos siempre lo hacen.
Lo seguí detrás de un rosal y luego una gran agrupación de arbustos
más allá de eso hasta que emergimos a un claro ondulado que me cortó el
aliento y lo expulsé de repente. La hierba esmeralda bailaba en el aire otoñal,
las flores silvestres y las campanillas crujían, los pétalos se esparcían en la
150
corriente del viento.
Y debajo de éste, un río, su superficie como la de vidrio azul,
serpenteante y ondulante, atravesando el corazón de Vordane, separando a
su gobernante del resto de la tierra.
—Hay puentes escondidos entre las partes del río más densamente
boscosas y siempre están vigilados. —El cabello de Dade se echó hacia atrás,
cada centímetro de su belleza labrada en mármol estaba disponible a la vista
cuando dio unos pasos más abajo de donde yo estaba—. La ciudad al otro
lado del río se presta tanto para casas, barcos y negocios. Hay un florista,
botánico, herbolario, boticario… —continuó, pero me encontré perdida en el
movimiento de sus labios, la suavidad perfecta de ellos y los dientes blancos
que se revelarían mientras hablaba de este lugar, este lugar de pesadillas y
muerte, con tan ardiente cariño.
El movimiento de su boca cesó, y temí que mis mejillas se sonrojarían
cuando esos labios se curvaron en una sonrisa de complicidad, así que miré
a la ciudad al otro lado del río, los pequeños destellos de una mentira que
me habían hecho creer toda mi vida.
Si había pesadillas en esta tierra, entonces estaban bien escondidas,
porque todo lo que vi fue magia, vitalidad y, a juzgar por lo que él creía que
era cierto, un gobernante empeñado en la justicia.
Venganza contra quienes le habían quitado algo insustituible.
No estaba segura de dónde había escuchado fábulas de tortura sobre
sus padres, pero sí sabía que no podía ser verdad. Le haría ver eso. Antes
de que todo esto terminara, la verdad viviría.
Me aclaré la garganta y pregunté:
—¿Podemos cruzarlo?
—Otro día —murmuró el rey—. O noche. Las luces danzantes sobre el
río son algo completamente maravilloso.
Esas palabras me recorrieron en forma de un escalofrío mientras
miraba las casas de madera y piedra agrupadas y los escaparates, las calles
que lo envolvían todo firmemente en la forma de un diamante imperfecto.
No podía distinguir mucho más allá del corazón de Vordane, nada salvo
muchas áreas cubiertas de bosques, posiblemente algunos arroyos y
pueblos.
151
—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté, sin ira en la pregunta, solo
curiosidad descarada.
—Tú, ah… —El rey dirigió su atención a sus botas, la brisa atrapó su
suelta túnica y se la pegó a su firme pecho. Tragué saliva, quitando mis ojos
de su torso musculoso cuando levantó su mirada—. Bueno, parece que te
gustan los jardines.
—Nosotros, los dorados, nacimos con flores en el cabello —murmuré,
aunque no pude evitar sonreír—. Debería estar ofendida por tu suposición.
Su frente se arrugó de una manera que encontré demasiado
entrañable para un hombre que había arrancado el corazón de mi padre de
su pecho antes de desgarrarlo con los dientes.
—No es simplemente una suposición, sino observar a lo que pareces
atraída.
Mi aliento se detuvo y se desvaneció.
Él. Me sentía atraída por él, y recordar quién era y lo que había hecho
parecía inútil dadas nuestras circunstancias, pero nunca podría olvidarlo.
Como si leyera mis pensamientos cada vez más oscuros, Dade suspiró
y recuperó algo de la pistolera que asumí que no tenía armas. No era así;
simplemente las había hechizado para que nadie pudiera verlas.
—Ten —dijo, cerrando parte del espacio entre nosotros para ofrecerme
una espada con empuñadura de zafiro—. En caso que decidas correr hacia
el laberinto sin ayuda. No es de hierro, así que no te molestes en venir por
mi corazón.
Esas últimas palabras fueron bajas, heladas. No le dije que dudaba
que los elfos se metieran conmigo, tampoco que no había pensado en hundir
una espada bajo su carne. Con cuidado, extendí la mano, el sol brillando en
la reunión de zafiros en la empuñadura antes que mi mano envolviera el
cuero.
Pareciendo que no estaba seguro de qué hacer consigo mismo, la
inquietante quietud del rey ya no estaba. Se movió, sus botas presionando
pesadamente contra la hierba, y se pasó una mano por la mejilla y el cabello.
Me había dado un arma, creyendo que no le clavaría la espada en la
espalda cuando se diera la vuelta y vadeó el montículo de hierba hasta el
camino de regreso al palacio a través de los arbustos.
152
—Puedo cuidar de mí misma, ¿sabes?
—Por eso te regalé la daga —dijo—. De nada.
Un jardinero pasó junto a nosotros en el camino e hizo una reverencia,
pero no miró en nuestra dirección mientras yo corría tras su rey.
—Dade.
Se detuvo en los escalones, sus pestañas se extendieron desde un ojo
enjoyado que me miró por encima de su hombro.
—¿Por qué te molestaste en enseñarme? Cuando nunca habías
planeado dejarme vivir.
—¿Sigues pensando que tenía la intención de matarte? —se burló—.
Ambos sabemos que eso es imposible. —Se dirigió hacia adentro, y
confundida, lo seguí escaleras arriba, pensando que se dirigía de regreso a
mis habitaciones, aturdida cuando caminó directamente hacia las puertas
de la suya.
—Pero podrías haberlo hecho entonces —dije, mis faldas apretadas en
mi puño—. Tuviste infinitas oportunidades.
—Debería haberte matado, sí, y quizás una vez tuve la intención de
hacerlo. —Abrió las puertas de sus aposentos, esperando a que yo entrara
delante de él antes de continuar. No debería hacerlo, pero lo hice, y de
inmediato me sorprendió la enormidad de la recámara, completamente
aturdida junto a una cómoda baja con pocas baratijas.
—La primera vez que te vi sentada en ese árbol ahuecado, supe que
tenía que hacerlo, después de usarte para llegar a ese padre tuyo, por
supuesto. —Continuó antes de que pudiera enviar el cráneo de lobo
disfrazado de jarrón sobre su cajonera volando hacia su cabeza engreída—.
Pero incluso apenas habiéndote conocido, la mera idea de hacerlo, de
hacerte daño de alguna manera, me hizo sentir extraño. Un poco enfermo.
—Sus ojos se entrecerraron en mí—. ¿Eres una bruja jugando a ser la
heredera del cisne?
Le di una mirada en blanco.
—No es divertido.
—Bien. ¿Te cuajaría la sangre saber que me gusta jugar con mi comida
antes de comerla? 153
Mi lengua amenazó con hacer un agujero en mi mejilla y dejé el cráneo
con un ruido sordo.
Una risa estruendosa arrugó cada uno de sus letales rasgos,
calentándolos y transformándolos en algo más, algo que cuajó mi sangre por
razones equivocadas, algo que preferiría no ver pero sabía que volvería a
hacerlo cada vez que cerrara los ojos.
Se balancearon sobre él, luego sobre su habitación, la cama dos veces
más grande que la de cualquier otro rey con sus postes de madera oscura
doblados y las dos ventanas oblongas a cada lado cubiertas en vidrios rojos
y abundantes enredaderas. A un lado de la cama había un escritorio de roble
oscuro frente a una ventana, tinteros y pergamino alineados y apilados
pulcramente, y una pequeña mesa de comedor con dos asientos. En el otro
lado, en la pared sobre otra cómoda utilizada como mesita de noche, se
extendía un mapa.
Gruesas manchas de tinta enrojecidas se habían esparcido sobre
Sinshell, sobre los puntos de referencia que él había envenenado y
asesinado.
Arrancando mis ojos del mapa hacia el rey, que estaba de pie con esa
exasperante máscara de indiferencia, el peso de la daga en mi mano
aumentó.
Y corrí de sus aposentos a los míos.
La indecisión, el disgusto, el odio y algo más que no quería reconocer
hizo que mis miembros se enredaran en la ropa de cama hasta que la luna
se elevó más allá de las ventanas.
La oscuridad se acumulaba en parches sobre el suelo y en las
esquinas de la habitación, rota solo por sombras más claras que se
balanceaban y flotaban.
Mírame, abeja…
La daga, metida debajo de la mesita de noche, ya estaba caliente en
mi mano cuando me incliné para recuperarla como si estuviera lista y
esperando ser usada.
No sabía lo que estaba haciendo. Todo lo que sabía era lo que estaba
154
sintiendo, este dolor insoportable y abrasador que se rompía en olas
ardientes detrás de mis ojos secos. Encendió cada miembro en acción, mi
respiración en afilados fragmentos de aire y encerró mi corazón en una
barrera protectora de hielo mientras salía de mis habitaciones.
El pasillo estaba vacío. No había guardias fuera de nuestras puertas
para protegerse. Estaba dispuesta a apostar que el rey se consideraba a sí
mismo suficiente protección. El monstruo engreído e insufrible.
¿Te cuajaría la sangre saber que me gusta jugar con mi comida antes
de comerla?
Su tono suave, palabras brutales, me habían turbado durante horas.
Durante años, mi gente había vivido con miedo y preocupación de que
pronto seguirían ellos. Que pronto vendría por todos nosotros, sin dejar
rastro de nosotros, salvo por los sanadores que había oído que nos había
robado para ayudar a su propia gente.
Incluso entonces, serían criados en la historia de los Fae de sangre
hasta que nuestra herencia estuviera tan diluida con la de ellos, esos
sanadores Fae dorados que fueron robados pronto serían borrados de la
memoria de casi todos.
No más.
No podía soportarlo, este tortuoso juego de odio y miedo confundidos
por la lujuria. Miedo a él, miedo a mí misma y a lo que él avivaba dentro de
mí, miedo por mi gente y lo que sería de ellos si caía presa de un rey asesino
y me perdía. O en la muerte o…
Ni siquiera podía comprender la idea, pero esta entidad dentro de mí,
este lío predestinado que parecía una especie de broma espantosa de las
estrellas, me hizo sentirlo de todos modos.
Quería que desapareciera, antes de que se convirtiera en algo que le
costaría todo a nuestra gente.
Una de las puertas se abrió con un pensamiento y, sorprendida, me
quedé allí un momento mientras giraba lo suficiente para revelar la
oscuridad interior.
Cuando estuve segura de que las sombras que se balanceaban sobre
el suelo eran solo eso, entré sigilosamente y la puerta se cerró con un clic
casi silencioso detrás de mí. Mis ojos se ajustaron lentamente con cada paso
cuidadoso que daba hacia la enorme cama. 155
En ella, de espaldas y sin camisa, dormía el rey. Su pecho desnudo,
esculpido por las estrellas y marcado por sus propios actos, subía y bajaba.
Sus brazos, bloques de músculos, estaban doblados detrás de su cabeza,
exponiendo mechones de cabello dorado en sus axilas. Sus pestañas
formaban crestas en sus mejillas en surcos de sombra, labios perfectos que
se separaban con cada suave aliento.
Los de nuestra especie no eran propensos a cosas como los ronquidos,
aunque había pensado que los lobos Fae de sangre, incluso aunque no
estuvieran en su forma de bestia, podrían hacerlo. Su aroma, cielos, su puto
aroma estaba por todas partes, y me mareé con ello, me detuve junto a su
cama, invadida por la urgencia de pensar en esto, tal vez encontrar otra…
no.
Con los dientes apretados, me arrojé sobre la cama y presioné mi
espada contra su grueso y exquisito cuello en medio de un latido fallido.
Él sonrió, una lenta revelación de sus dientes mientras sus ojos
permanecían cerrados.
—Hazlo —ronroneó con voz ronca, y luego sus ojos se abrieron,
ardiendo y entrecerrados—. Compañera.
La sangre goteó cuando mi mano tembló y la hoja se deslizó contra su
piel; esa palabra dicha en voz alta partió todo lo que yo era en dos.
Su sonrisa no menguó, pero sus brazos se abrieron y rodearon mi
cuerpo, sus manos se deslizaron por mi espalda. Un dedo con garras raspó
la gasa, rasgando el camisón blanco transparente. Esa garra se tomó su
tiempo recorriendo la extensión de mi columna hasta que mi camisón cayó
sobre mis brazos, mis senos casi expuestos.
Los ojos del rey nunca dejaron los míos.
La espada se deslizó de mis dedos y cayó al suelo cuando el rey la
apartó y me agarró la nuca.
Mi boca se estrelló contra la suya. Desesperada y hambrienta, me
derrumbé sobre él y mis labios separaron los suyos, dientes atrapando su
lengua.
Gimió, tirándome de espaldas y se cernió sobre mí con ojos brillantes.
Bajó la cabeza, una risa áspera bailó en mi boca un segundo antes de que
mordiera mi labio superior.
—¿De verdad me deseas muerto, solecito?
156
Sus alas, aunque no visibles en esta forma, se desplegaron como
sombras sobre las paredes, dejando todo excepto él en total oscuridad. No
lo deseaba muerto, no pude responder. El horror trató de formar un lugar
en mi mente vacía cuando mis muslos se separaron, permitiendo que su
cuerpo se asentara contra el mío.
Se rio entre dientes, el sonido calentó deliciosamente mis labios que
buscaban. Sus antebrazos estaban apoyados a ambos lados de mi cabeza,
sus dedos alisaban el cabello de mi cara.
—Si lo quisieras, habrías apuntado a la cabeza y no a mi garganta,
compañera.
Gruñí.
—Deja de decir eso.
Una ceja dorada se arqueó.
—Avergonzada, ¿verdad?
Él sabía que yo lo estaba y quise que lo supiera, cuando siseé:
—Más de lo que jamás podrás comprender, salvaje.
Si lo ofendí, lo ocultó bien. Dade tarareó, luego volvió a capturar mis
labios para probarlos rápidamente, murmurando entre roces burlones:
—Quiero avergonzarte como es debido… —Lo sentí temblar cuando
mis manos se deslizaron sobre su espalda, músculos y tendones
moviéndose—. Quiero sentirte, torturarte con mi boca, mis dedos —gimió—
, mi polla. —Tragó saliva, su voz cambió, grave—. Te quiero resbaladiza, tan
resbaladiza que tu pulso se acelerará para siempre con solo pensar en mí.
Gemí, presionando mis manos en su cintura tonificada, presionándolo
contra mí. Sus caderas comenzaron a mecerse mientras su mano se
arrastraba por mi costado, llevándose consigo mi camisón arruinado. Con
sus ojos en los míos, apartó la boca, sus labios rozaron mi barbilla, viajando
lentamente hacia mi pulso. Presionó su lengua contra éste, y cada uno
exhaló un fuerte suspiro. Arrastrando su boca sobre mi pecho, luego se
levantó lo suficientemente alto como para mirar mis senos.
—Joder —dijo con un gemido, y luego estaba apretando, lamiendo,
acariciando y volviéndome tan loca que me retorcía debajo de él, en llamas
y ardiendo más con cada respiración.
De rodillas entre mis piernas abiertas, mi camisón andrajoso abierto
157
una vez más con un lento deslizamiento de su garra. Me hizo cosquillas en
el estómago, se detuvo justo antes de mi montículo y luego se retiró cuando
Dade rasgó la tela con las manos antes de mirar lo que había debajo. Maldijo
de nuevo.
—¿Siempre duermes sin ropa interior?
—Yo-yo… —Mi voz era demasiado gruesa, demasiado inservible.
—No respondas a eso —dijo con voz ronca.
Insegura de qué hacer con mis manos, con mi cuerpo desnudo en
exhibición debajo de este macho gigante, sus ojos gemelos charcos de
océano ardiente sobre los míos, el pánico se apoderó de mí.
Y entonces me tocó. Sus ojos permanecieron en los míos, y me tocó
con una precisión tan cuidadosa, sus labios se abrieron con un gemido bajo
ante lo que encontró.
—Me temo que podría explotar en mis pantalones.
—Quítatelos —urgí, repentinamente desesperada por verlo.
No lo hizo y fruncí el ceño. Entonces, dedos ligeros como plumas,
dedos que habían arrancado cabezas de cuerpos y diezmado pueblos y
aldeas enteras, me tocaron como si me fuera a romper si no lo hacía con
sumo cuidado. Arriba y abajo, me rozaron, girando para que sus nudillos
hicieran lo mismo. Atraparon mis pliegues, los abrieron ligeramente y gemí
largo y fuerte, delirando de una manera que nunca antes había
experimentado.
Notándolo, notándolo todo, Dade repitió la acción, cambiando sus
nudillos por la yema de un dedo grueso, pero no antes de arrastrar su lengua
por ellos.
Hipnotizada y sin aliento dentro de mis pulmones, vi sus párpados
cerrarse. Esas pesadas pestañas bajaron con su mano mientras acariciaba
y giraba, y retorcí mi labio entre mis dientes mientras cada miembro
hormigueaba y mi sangre se calentaba más allá de cualquier cosa que
pudiera considerarse segura.
—Bésame —dije con voz ahogada, y él estuvo encima de mí en un
instante, todavía empujándome hacia una entrada lenta al olvido.
Nuestros labios se encontraron y se separaron, su lengua coincidiendo
con los movimientos circulares de su dedo. 158
—Al principio —dijo, con la voz tan profunda que algunas de sus
palabras se quebraron—, cuando me di cuenta de lo que había sucedido esa
noche en la cueva, que me había vinculado a ti, no podía creerlo. —Su
aliento se precipitó dentro de mi boca—. No quería…
Su dedo se arrastró hasta mi entrada, jugando, y ambos gemimos.
—Pero cuando te vi de nuevo, supe, incluso como un cisne, que esto
era real, real de una manera que se sentía correcto, sin importar cuánto
pensara en rechazarlo. Y ahora… —Hizo un círculo de nuevo, arrastró sus
dientes sobre mi barbilla, a lo largo de mi mandíbula y lamió mi pulso
errático—. Ahora que te tengo en mi cama, en mis brazos, al borde de
romperte debajo de mí… —Gimió, sus dientes apretando suavemente mi
piel—. Puedo ver que las estrellas te hicieron solo para mí.
No podía hablar, apenas podía soportar creer una palabra de lo que
decía, y mucho menos tratar de alejarme de los sentimientos en los que su
toque, que él, me estaba ahogando. Mis ojos se abrieron cuando me frotó, y
sus fosas nasales se ensancharon cuando su mirada de ojos pesados
recorría todo mi rostro, leyendo y aprendiendo.
Escuché sus pantalones aflojarse y sentí su piel arder contra la mía,
aunque no se había movido para deshacerse de ellos.
—Dijiste… —Tragué con fuerza, agarrando la parte de atrás de su
cabeza cuando tuvo la intención de levantarse—. No has hecho esto.
—No mentí. —Siseó cuando su longitud reemplazó a sus dedos. No
entró en mi cuerpo. Se frotó contra mí, más duro que una piedra y
perfectamente posicionado, y yo estaba agitándome por la ladera de un
acantilado, esperando ser empujada.
Enloquecida por la sensación, incliné su cabeza para lamer la sangre
de su cuello. El corte se selló bajo mi lengua y se estremeció, deslizándose
más fuerte contra mí. Las estrellas se amontonaron detrás de mis ojos
cerrados, nuestra respiración dificultosa era una canción violenta en mis
oídos.
—Opal —gimió, y mi nombre nunca había sonado así, como un voto
hecho con cuatro simples letras.
Me barrió una ola y me arrojó por el acantilado, completamente
sumergida debajo de todo lo que él era mientras se mecía contra mí, mi
cabeza enjaulada en sus manos mientras luchaba por abrir mis ojos y
respirar. Sus propios ojos eran de un azul furioso, su pulgar en la comisura
de mis labios cuando masculló una maldición y se quedó quieto. Algo cálido
159
se derramó sobre la parte inferior de mi cuerpo y no se detuvo hasta que
dejé de temblar y mis labios se aflojaron contra los suyos.
Un gruñido de satisfacción subió por su garganta, llenó mi oído
mientras dejaba caer su cabeza en mi cuello, donde se quedó por unos
momentos fracturados. Luego gruñó, rodando a su lado y manteniendo mi
cuerpo alineado con el suyo, mi cabeza ubicada debajo de su barbilla sobre
su pecho atronador:
—No te atrevas a irte.
Y no me fui.
No me fui hasta que llegó la mañana cuando lo llamaron al amanecer.
Dieciocho
Opal
Shadow Keep podría haber parecido abandonado desde el exterior,
pero por dentro, estaba vivo y rebosante del zumbido de actividad.
Y estaba cansada de mirar las mismas paredes, hojeando las mismas
páginas de libros que no podían mantener mi interés, y de mis propios
pensamientos retorcidos y peligrosos.
Puestos de cabeza y de adentro hacia afuera, se entrelazaron, 160
separaron y desenredaron solo para anudarse en trozos del tamaño de un
bocado de creciente ansiedad que siempre terminaba conmigo paseando por
la habitación.
Ayer me quedé en mis aposentos, sintiendo la indecisión y la
necesidad del rey como si fuera mía. Por mucho que odiara admitirlo, era
mío. No había llamado a la puerta, no había entrado como si el lugar le
perteneciera, porque ciertamente lo hacía, y yo no había tenido las agallas
para buscarlo.
Hoy, incluso entre la constante vibración de la vida al otro lado de la
puerta de mi celda, podía sentir su ausencia. Eso y mi propio auto desprecio
eran mis compañeros constantes y quería deshacerme de ellos.
Las estrellas te hicieron solo para mí.
Gruñendo, recogí mi bandeja de té y decidí devolverla yo misma a la
cocina. Él no estaba aquí y no debería haberme importado si lo estuviera.
Tenía la misión de salvar a mi gente, a todo este reino, así que encontrarme
con él era parte de ese plan. Usarlo, aprovechar lo que las estúpidas estrellas
habían ordenado, era todo lo que tenía.
Pero sabía que ya no era tan simple.
Compañero.
No podía cuestionarlo, ni luchar contra ello, aunque eso era
exactamente lo que había estado tratando de hacer desde esa noche en la
cueva. Seguiría luchando contra eso. Lo juraba. Rechazar a una pareja, un
vínculo forjado entre dos almas, no era exactamente común, pero sucedía
una y otra vez.
Aunque al rechazar a la pareja, normalmente no la volvían a ver o al
menos hacían todo lo posible por no hacerlo. Durante un período
incalculable, estaba atrapada con el mío. Así que tenía que descubrir si
había una manera de rechazar lo inevitable como lo habían hecho otros
mientras también estaba tan cerca, mientras que todo en lo que podía
pensar era en desgarrar su carne de sus huesos al mismo tiempo que
fantaseaba con desgarrar su ropa de su cuerpo estúpidamente magnífico…
La puerta se abrió silenciosamente, el pasillo estaba vacío afuera,
como de costumbre, y alejé mis pensamientos.
Un día a la vez.
Habían pasado dos desde que me desperté sola en su cama, su olor
tan sofocante como la manta de piel con la que me cubrió, y no había ganado
claridad. Solo más tormento para acompañar a una nueva clase de deseo
161
que ahora se acurrucaba debajo de mi piel.
Parecía ronronear al pensar en él, al recordar su suave piel
deslizándose sobre la mía…
—Princesa. —Me detuve al pie de las escaleras y parpadeé al ver a la
joven pixie. Hizo una reverencia, dedos delgados levantando el delantal de
sus largas y delicadas piernas—. ¿Puedo tomar eso por usted?
Debería haber dicho que sí. En cambio, ofrecí lo que esperaba que
fuera una dulce sonrisa, mis mejillas aún calientes, y pregunté:
—En realidad, ¿esperaba poder ver las cocinas?
La pixie parpadeó, sus ojos verdes grandes y sus labios rosados flojos.
—Si no te importa —agregué—. Es solo que… bueno, estoy
terriblemente aburrida. Me encantaría ofrecer una mano amiga, pero
entiendo si eso te ofendería. —Tales cosas eran ciertas. Asumir la tarea de
otra persona era similar a hacer que se sintiera o pareciera inferior, y
aunque muchos habían tratado de adaptarse a una forma de pensar más
amable durante los miles de años de nuestra existencia, todavía se aferraba
a muchos—. Me encantaría simplemente entregarla y luego ir a la biblioteca.
Mirándome con curiosidad, la pixie de cabello púrpura asintió una
vez.
—De acuerdo. —Pasando su mano detrás de ella, dijo—: Permítame
acompañarla, entonces.
Aliviada, la seguí ansiosa, casi perdiendo una cuchara de la bandeja.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunté mientras rodeábamos las escaleras
y avanzábamos rápidamente por el largo pasillo.
—Gwenn —dijo, luego sonrió—. Conozco el suyo, princesa Opal.
Sonreí.
—Entonces ahora estamos igualadas. —En lo alto de un conjunto de
escaleras de madera en espiral, con nudos de roble en la barandilla
desgastados suavemente bajo mi mano, no pude evitar aguijonear un poco
más—. ¿Cuánto tiempo has servido a tu rey?
—El rey nos emplea a todos —dijo Gwenn y casi me tropecé en un
escalón por la sorpresa—. Nos paga generosamente. —Se volvió en la parte
inferior, sonriendo ampliamente con ojos llenos de orgullo—. Después de 162
seis años de ahorrar, compré la casa de mis padres. —Dio un paso atrás
cuando entré en el cálido resplandor de una de las dos grandes
habitaciones—. Pronto, espero empezar a ahorrar para mí.
—¡Gwenn! ¿Qué te he dicho sobre alardear?
Gwenn me hizo una mueca antes de volverse hacia la mujer mayor.
—No estoy alardeando, Mer. Le estaba contando a la princesa que no
se espera que sirvamos. Lo hacemos de buena gana aquí en Vordane.
No me perdí la pulla en sus palabras, sin importar lo sucinto o dulce
que fuera, ni tampoco la forma en que la mujer llamada Mer se tensó en el
largo mostrador de madera en el centro de la habitación contigua, de
espaldas a mí.
Se volvió, sus rizos dorados recogidos en un moño bajo y apretado en
la base de su grueso cuello y frunció el ceño. Con un chasquido de su
lengua, Gwenn se acercó a mí y tomó la bandeja de té de mis manos.
—¿Qué la trae por aquí, princesa?
Hice un gesto hacia donde Gwenn se había marchado, una fila de tres
lavabos con agua jabonosa haciendo espuma en dos.
—Quería devolver la bandeja.
—Pero enviamos a alguien para que lo haga por usted.
—Quería explorar, Merelda —dijo Gwenn, regresando con una toalla
raída que Merelda arrebató de las manos húmedas de la pixie sin apartar
sus ojos de mí—. Claramente —dijo Gwenn con un brillo en sus ojos—, una
fiesta de té con los elfos no fue suficiente para ella.
Las cejas de Merelda se arrugaron ante eso, profundizando las líneas
en su rostro. Tenía que tener el doble de la edad de mi madre, y su
impaciencia lo demostraba más allá de su apariencia.
—¿Una fiesta de té con los elfos? ¿A qué demonios te refieres?
—¿No escuchaste? —dijo Gwenn—. Le han estado diciendo a todo el
que quiera escuchar. Beshal está muy emocionada consigo misma. El cisne
negro —se acercó a un montón de masa y cogió un rodillo—… cenando con
los elfos, aquí para salvarnos a todos.
El disgusto de Merelda regresó ante eso, y le siseó por encima del
hombro a la pixie.
—De lo único de lo que tendrás que ser salvada es de ese rodillo que
choque contra tu frente si vuelves a decir esas tonterías.
163
¿Tonterías? Salvarlos a todos era realmente una exageración. No
estaba segura de tener la capacidad de acostarme con el rey, y mucho menos
de atraerlo a un juego de fingir amor que podría ablandar su corazón.
—Pero la profecía…
Merelda chasqueó los dedos y la voz de la pixie desapareció. Gwenn
frunció el ceño, sus labios aún se movían, luego dio un pisotón y arrugó la
cara antes de irrumpir en un frondoso jardín más allá de una puerta
arqueada abierta.
Con un suspiro cargado, Merelda la vio irse y luego me miró. Conocía
esa expresión, la había visto en muchas caras durante mi corta vida, así que
me preparé: barbilla arriba, hombros hacia atrás, dedos entrelazados frente
a mí y una pequeña y paciente sonrisa en su lugar.
—Niña —comenzó la cocinera, la cocinera principal supuse—. ¿Una
advertencia para ti, ¿si se me permite? —Podría haber sido una pregunta,
pero fue pronunciada como una advertencia.
Aun así, asentí, mis ojos fijos en su severa mirada marrón.
—No sé por qué estás aquí. No sé qué guardas bajo la manga de seda,
pero diré esto: puede que él esté encaprichado, pero sigue siendo un rey, y
usurpar a un rey, especialmente a uno tan poderoso y venerado como él…
—Frunció los labios y se echó la toalla por encima del hombro—. Las
consecuencias se extenderían por las generaciones venideras. Esto debe
terminar con la tuya. Con él. Nadie más necesita soportar lo que se ha visto
obligado a hacer.
—No sé a qué te refieres —dije, y honestamente, porque aunque lo
había contemplado, sabía que no podría matarlo, sabía que tendría que girar
la espada contra mí misma si llegara a eso—. Él me trajo aquí, y por mucho
que desee irme, no puedo. No puedo porque hay… —Me detuve y tragué,
soltando una exhalación lenta.
—Hay poco a lo que volver. Todo está pereciendo. —Dijo lo que no
pude, no con crueldad, pero en un tono inexpresivo que hablaba de hechos
brutales y sin piedad—. Tu tierra, tu riqueza y tus seres queridos.
Nuevamente asentí.
—Quiero arreglar esto —admití, un poco incómoda por hacerlo—. Lo
sé, pero no sé cómo, y no soy una asesina. —Mis palabras tenían más
agallas de lo que pretendía. 164
—Como Dade lo es —dijo Merelda, con las cejas en alto.
Respiré hondo, sabiendo que esto no iba a ninguna parte y que quizás
lo poco que podía hacer tampoco iría a ninguna parte.
—No te preocupes. —Sonreí levemente—. Porque no puedo salvar a
nadie. —Mi pecho se contrajo al escuchar esas palabras en voz alta—. Y tu
rey lo sabe muy bien.
Merelda me estudió por un momento, luego inclinó la cabeza. Con otro
suspiro, se acercó a una cesta de fruta fresca y sacó una mandarina.
—Puede que no puedas salvar a nadie, pero he oído que te gustan las
frutas.
Aturdida, vi como su mano cálida tomaba la mía y colocaba la
mandarina en mi palma. Cerró mis dedos sobre ésta.
—Un monstruo siempre será un monstruo, hermosa tonta, así que
deja de perder el sueño. —Con una palmadita en mi mano, me soltó,
murmurando en voz baja mientras volvía al mostrador—. Pero recuerda que
incluso las bestias más violentas pueden ser domadas.
Las palabras de la cocinera se quedaron conmigo a medida que
recorría los pasillos hacia la biblioteca escondida en el largo y estrecho salón
más allá de la gran escalera. Un fuego crepitaba en la chimenea, deteniendo
mis pasos fuera de las puertas abiertas, pero no sentí a nadie dentro.
Domarlo. Era evidente que la cocinera, que supuse conocía bien a este
rey bestial al que las estrellas me habían atado, creía que había algo en él
que mucha gente, tal vez simplemente la mía, no podía ver.
Tratar de comprender eso cuando todo lo que podía ver era sangre
derramada y todo lo que podía oír eran gritos y el olor del humo y los
muertos era imposible, sin embargo… algo me dijo que no estaría aquí si
eso no fuera cierto. No estaría deambulando por las estanterías que se
elevaban desde el suelo hasta el techo, escaleras hechas con ramas
apoyadas contra las filas para llegar a los estantes más altos, si pensaba
que todo estaba perdido. 165
Me hubiera ido a casa para pasar el poco tiempo que teníamos con lo
que quedaba de mi familia y amigos.
Sacando una delgada novela gris del estante más cercano al fuego,
sonreí ante el título descolorido. Un amor y una mentira. Rodeé el piano, lo
coloqué sobre la pequeña pila que había hecho en la mesa de roble que había
sido marcada por muchas tazas de té calientes y entonces me quedé quieta.
Se me erizaron los finos vellos en la base de mi cuello. Se me puso la
piel de gallina en los brazos y todos mis sentidos se pusieron en alerta
máxima. El salón tenía dos puntos de entrada: el primero sellado por dos
sillones gigantes, el segundo por la forma en que yo había entrado. Podía
moverlos, o podía enfrentar a quienquiera que estuviera en el pasillo.
O podía sentarme y esperar a que aparezcan.
Elegí recoger los libros e irme por el camino por el que había llegado.
Por tonto que haya sido, me había enfrentado a cosas peores, seguramente…
El salón estaba afortunadamente vacío.
Sin embargo, cuando rodeé las escaleras, escuché pisadas suaves
desde atrás y me di la vuelta.
No había nadie allí, pero el tapiz negro, un lobo blanco con alas de
fuego aullando a la brillante luna llena de satén, se balanceó.
Y el aroma a tierra. Sudor y tierra.
Apartando ese conocimiento, tomé las escaleras con mi paso rápido
habitual, tal vez caminando un poco más rápido, y casi tropecé con los
escalones que conducían a mis aposentos cuando sentí a alguien detrás de
mí.
Me volví en la parte superior, mi corazón latía en mi garganta, y no
encontré a nadie allí mientras cuidadosamente me deslizaba hacia atrás
hacia una alcoba que albergaba una estatua. Choqué con ésta, maldiciendo
cuando se tambaleó y giré rápido para enderezarla.
Una mano cayó sobre mi cadera, el calor calentando mi espalda y
tragué un grito. Con los libros levantados con ambas manos, me giré, lista
para golpearlos en la cabeza.
Entonces la voz de Dade sopló suavemente contra mi mejilla.
—¿Te he erizado las plumas, mi hermoso cisne? —Se rio cuando mi
aliento tembló a través de mis labios, atrapando los libros antes de que
166
cayeran al suelo—. ¿Qué demonios planeabas hacer con estos? ¿Golpearme
hasta matarme?
Se los arrebaté y le di un golpe en el pecho con uno. Un intento de
hacerlo retroceder un paso o diez. Un intento que fracasó.
—¿No tienes gente inocente a la que matar? —Me ardieron las mejillas
y me negué a mirarlo a los ojos, eligiendo en cambio mirar su garganta. Los
finos vellos que lo cubrían, subiendo y bajando por esa barbilla ferozmente
tallada.
—Ya lo taché de mi lista de cosas por hacer —declaró con tan irritante
indiferencia que deseé haberlo golpeado con los pobres libros—. Quería
verte. —Parpadeé cuando me tomó la mano con cuidado. La puso sobre mi
corazón todavía palpitante, sus dedos, toda su mano, superponiéndose a la
mía—. Tu corazón se acelera.
Tan grande esa mano, mientras permaneció allí por un momento, y
perdí el poco control que tenía, finalmente encontré sus ojos azules.
Eran de un color turquesa brillante, viendo su mano dejar la mía para
subir por mi pecho y envolver mi garganta.
—Un cuello tan delicado y perfecto. —Su voz fue una caricia afilada—
. Cielos, algunos lo llamarían como de un cisne. —Entonces sonrió, perverso
y cada centímetro del lobo que era se desvaneció de sus ojos cuando cayeron
sobre mis labios—. Quería verte ayer. La necesidad de posar los ojos sobre
ti es un ardor que nunca cesaba. Pero lo sabía. —Esa enorme mano se
apretó por un segundo, luego se aflojó, su pulgar rozando mi pulso
palpitante—. Pude sentir que no estabas lista. Tu vergüenza, tu
autodesprecio… te aleja de mí.
—Dade…
—Deseo lamerte —gimió, silenciando efectivamente mi humilde
protesta—. Aquí. —Su agarre en mi cuello se aflojó, su tacto se arrastró
lentamente hasta mi pecho—. Estos —dijo con voz áspera, sus dedos
haciendo cosquillas en los montículos desnudos de mis senos antes de
arrastrarlos hacia mi estómago—. Aquí. —Su mano vagó por mi cadera,
deslizándose sobre el hueso y moviéndose hacia mi trasero. Lo apretó, gimió
profundamente y prendió fuego a mis venas—. Aquí. Y por último… —Sus
ojos se conectaron con los míos, una tormenta cada vez más oscura en la
cúspide del aguacero en el interior mientras me ahuecaba con fuerza, y me 167
estremecí—. Aquí. Tengo tantas ganas de probarte de nuevo, de tomarme
mi tiempo contigo, de saborear cada bocado de necesidad codiciosa que este
bonito coño derramará sobre mi lengua.
Atrapada dentro de las imágenes de todo lo que él había descrito, no
pude hacer nada más que comenzar a arder y mirar fijamente esos ojos
intensos. Volvió a mirar, esperando, mirando, deseando. Su deseo nubló el
aire que luché por inhalar, la madera almizclada se hacía más espesa con
cada segundo, y me obligué a parpadear.
Encontré mi voz, apenas, y descubrí que era vergonzosamente
entrecortada, susurrando:
—No puedes simplemente decir… —Tragué saliva—. Todo eso.
Traté de mirar alrededor de su hombro, rezando para que
estuviéramos solos como pensaba, pero sin saberlo con certeza. Sus labios
se curvaron.
—¿Por qué? Es cierto y sé que lo disfrutarás tanto como yo.
Alargando mi mano entre nosotros, quité la suya de encima de mí.
Tenía que hacerlo antes de cometer otra tontería, como caer en ello para
alimentar el hambre que él había avivado.
El rey me miró, sus cejas cerniéndose sobre sus ojos. Antes de que
pudiera incitarme a nada más, le espeté:
—¿Dónde has estado?
Suspiró como si lo hubiera despertado de un buen sueño.
—En ninguna parte importante.
Correcto. Mirándolo fijamente, esperando que algo del calor debajo de
mi piel retrocediera, esperé a que se moviera. El calor no lo hizo, y él
tampoco, así que resoplé y lo esquivé.
—¿De qué tenías tanto miedo? —preguntó cuando me acerqué a mis
aposentos—. ¿Justo ahora cuando volví? No me engañaré creyendo que sigo
siendo yo.
—No te temo. —Caminé más rápido y abrí la puerta—. Pero te
desprecio —dije delicadamente, luego la cerré detrás de mí.
Escuché su risa y sus palabras a través de la madera contra la que
me recosté, tratando de recuperar el aliento.
—De hecho, eres todo lo que fantaseo también, pareja. 168
El comienzo de una sonrisa se retorció en mis labios. Me regañé y solté
los libros sobre la mesita de noche.
Me desperté con un jadeo agitado.
Una fina capa de sudor me cubría de la cabeza a los pies, mi camisón
se pegaba a mi cuerpo mientras mi corazón daba tumbos y gemía.
Dentro del baño tibio, me senté con las rodillas pegadas a mi pecho,
mirando el sol ahuyentar lentamente la noche y esperando que los restos de
mi pesadilla se desvanecieran. Bestias de sangre y sombra y dientes como
dagas rodaban en las laderas verdes aterciopeladas con niños corriendo,
sonriendo y luego gritando mientras esas sombras llegaban a lo más alto de
los valles y cubrían todo de carmesí y noche.
No fue una pesadilla y eso fue lo que lo hizo aún más aterrador.
En los jardines, vagué por la hierba salpicada de rocío, descubriendo
plantas que nunca había encontrado en nuestras tierras, pero con una
inhalación, descubrí que las conocía de todos modos. Delante del huerto
que devoraba una buena parte del lado occidental de los terrenos del castillo
había dos largas hileras de plantas medicinales, hierbas y especias.
No era ningún secreto que nuestros sanadores estaban siendo
utilizados por sus ejércitos, pero verlo y algunas de las plantas de nuestra
tierra lo hizo aún más serio.
La Fortaleza estaba en silencio cuando regresé, caléndulas y plata fina
metidos dentro de las mangas largas y sueltas de mi vestido celeste. El
corpiño era suelto, el terciopelo que cubría el área del pecho se movía y se
deslizaba de una manera que podría haberse sentido un poco inadecuada
en casa, como si fuera un camisón o una bata de artista.
Pero estaba lejos de casa y descubrí que me gustaba bastante el
algodón liberador que revoloteaba alrededor de mis tobillos. Era como si
quien lo creó hubiera pensado en llevar la ropa de dormir a la ropa de día y
hubiera encontrado el equilibrio perfecto.
Sabía que esas cosas generalmente eran creadas por los Fae dorados,
169
pero ya no era lo suficientemente ingenua como para creer que los carmesí
no tenían sus propios modistas talentosos. Hice una nota mental para
preguntarle a Gwenn la próxima vez que la viera.
Un hada de pelo rojizo, una de las cuales no había visto antes, pasó
junto a mí mientras yo doblaba las escaleras hacia el vestíbulo del interior.
Asentí, ofreciendo una breve sonrisa, pero ella no levantó la vista para
encontrarse con mis ojos. En sus manos, noté que había un cubo en sus
manos temblorosas.
Y manchas de sangre en su delantal. Fresca, descubrí cuando inhalé.
Cielos. ¿Qué horrores estaba desatando ahora? ¿Y sobre su personal?
Parecían respetarlo. Sin duda le temían. Pero no podía negar el asombro y
la lealtad de su gente.
Mi mano apretó la barandilla de mármol. Me dije a mí misma que lo
dejara en paz. No estaba aquí para asegurarme de que su personal estuviera
bien atendido. No debería haber estado aquí en absoluto.
Un sonido metálico sonó desde algún lugar más profundo dentro de la
Fortaleza, y unos instantes después, otro olor a sangre. Mis pies me sacaron
del último escalón y me llevaron por el pasillo que contenía habitación tras
habitación, la mayoría de ellas grandes y desocupadas, y finalmente, me
llevaron a las cocinas.
Perdiendo el olor, retrocedí, sabiendo muy bien que Dade no lo habría
perdido. Ya habría encontrado la fuente con sentidos mucho más poderosos
que la mayoría de nosotros. El molesto conocimiento solo alimentó mi
búsqueda para descubrir lo que había sucedido, así que me di la vuelta y
encontré una puerta cerrada en la mitad del pasillo. No estaba bloqueada.
Sabiendo que estaba sola, por ahora, la abrí y cerré detrás de mí,
envolviéndome en una oscuridad total.
Una luz brillante ardió en las yemas de mis dedos y me encontré
dentro de otro pasillo. Un pasillo tan hermoso como el que había dejado
segundos antes. Entonces, ¿por qué, me pregunté, estaba tan oscuro? Y
hechizado, me di cuenta, protegido para evitar que los gemidos que oía desde
el otro extremo se filtraran a la Fortaleza. Seguí el ruido, los rancios olores
de muerte, sangre y otros fluidos corporales, hacia la oscuridad en
pendiente lenta.
El aire se volvía más frío con cada paso que bajaba por la rampa
inteligentemente escondida que se hacía pasar por un pasillo. Un giro
170
brusco al final, seguido inmediatamente por otro, y me protegí los ojos, el
calor en mis dedos se apagó. Las llamas bailaban en candelabros sobre las
paredes de lo que parecía ser un calabozo. Celdas, celdas con barrotes de
hierro, todas vacías salvo por los fantasmas de las almas fallecidas hacía
mucho tiempo, se alineaban en uno de los largos muros de piedra del
estrecho espacio.
Del otro lado, cadenas y otros artefactos de tortura colgaban de la
piedra y el techo en al menos diez lugares diferentes, y en el centro,
encadenado al techo y al piso, con los brazos y piernas desollados, se
encontraba el príncipe ensangrentado y con los ojos hinchados.
—¿Heddo? —murmuró alrededor de la mordaza de metal atada a su
boca—. ¿Quién es? ¿Quién? —Su cabeza se agitó de lado a lado como si
pudiera ver dónde estaba. Pero no podía ver, o de lo contrario habría sabido
que ahora estaba parado justo frente a él, mis dedos presionados contra mi
boca y mi estómago hundiéndose hasta mis pies.
El príncipe Bron era apenas reconocible. Si no fuera por su olor,
sofocado como estaba bajo el sudor, la sangre y otros fluidos menos
atractivos, entonces tal vez ni siquiera hubiera sabido que era él.
¿Dónde has estado?
En ninguna parte importante.
Mis dientes se apretaron.
Las cadenas resonaron, y Bron gimió, un sonido similar a un gemido
lloroso seguido de mocos y sangre saliendo de sus fosas nasales. Retrocedí,
incapaz de quitar mis ojos de las rayas de sangre que lo cubrían, los cortes,
los profundos tajos y moretones y el espacio recién limpiado en el piso debajo
de él.
Tenía que ayudarlo. Había intentado tenerme sin mi permiso. Contra
mi voluntad. Podría haber estado muy intoxicado, pero no pondría excusas
por él.
Era igual de monstruo que la criatura que me había rescatado de él.
Sin embargo, ciertamente no podía dejarlo morir.
Pero tampoco pude hacer que mis pies se movieran o encontrar una
manera de ayudarlo.
Las lágrimas amenazaron con salir, pero mis ojos permanecieron
secos. Lentamente, salí de la cueva estrecha y encantada creada para el 171
dolor y el asesinato hasta que esas sombras se volvieron a juntar y oscurecer
con cada giro.
En la puerta cerrada, esperé. Esperé hasta que escuché pasos pasar,
la voz y la risa de Gwenn se entremezclaron con las de otra y finalmente se
desvanecieron en el otro lado.
Entonces regresé a mis habitaciones, donde me senté en mi bonita
cama y me quedé mirando mis manos inútiles.
Diecinueve
Dade
Los príncipes estirados no son tan fáciles de robar, pero son atraídos
fácilmente.
Cogí al nuestro la mañana antes de regresar para encontrar a mi cisne
en el pasillo fuera de nuestras habitaciones, la mera visión del rostro
arrogante del cabrón fue suficiente como para hacerme hervir la sangre
cuando pensé en cómo ella había permitido que sus labios indignos rozaran
los suyos.
172
Les había dado instrucciones a los guerreros y luego regresé a la
Fortaleza para ver a Opal. Lo que casi me había ganado un libro en la cara.
Todavía sonreí al pensar en ella usando un libro como arma.
Definitivamente podía luchar, pero a menudo olvidaba su propia fuerza ante
el miedo.
El príncipe había recibido una carta de un amigo mío que se destacaba
en imitar la escritura a mano. Una carta de mi querida Opal que decía que
estaba huyendo y le solicitaba reunirse con ella a solas cerca del Pozo de los
Deseos. El antiguo pozo se encontraba a unas pocas millas de la frontera
entre Sinshell y Errin, lo suficientemente profundo en la tierra de Sinshell
como para que los soldados humanos no nos vieran venir.
Y tampoco el príncipe. Aunque fue lo suficientemente idiota como para
creer el contenido de la carta, no fue tan estúpido como para llegar solo.
Sus ocho camaradas eran ahora cebo de dragones marinos gracias a
la legión tres, y después de ver con horror cómo ellos habían volado sobre
los acantilados para arrojar a sus hombres al Mar Nocturno, el príncipe no
tuvo otra opción.
Me había mirado furioso, indignado incluso cuando el miedo se
desprendía de él en una oleada putrefacta.
—¿Q-qué quieres?
Había sonreído.
—Pensé que nunca lo preguntarías. —Luego lo noqueé con un puño
en la cara antes de ordenarle a mi tío que se encargara de la entrega del
príncipe a mi mazmorra.
Lo que quería era que sus tripas rezumaran entre mis dedos
ensangrentados, mis garras aún incrustadas en su estómago. Lo que quería
era devorar a mi cisne frente a él, mostrarle lo que era tenerla como una
participante dispuesta, mostrarle que él nunca, ni en esta vida ni en la
posterior, sabría cómo era eso realmente.
Lo que quería era su puta cabeza en una pica encima de mi fortaleza,
pero no podía apresurarme. No, me tomaría mi tiempo para llegar allí.
Saborearía cada momento y haría que se arrepintiera del día en que vio por
primera vez a mi compañera con extremo cuidado y atención a cada pequeño
detalle. 173
Balanceando una bota delante de la otra, arrastré mis dedos sobre mis
instrumentos, la sangre salpicaba el suelo de piedra. Oh, las cosas que
habían visto y hecho. Elegí las tijeras para mi siguiente tarea, notando que
estaban relucientes, evidentemente no se usaban tanto como la sierra, el
martillo y otros dispositivos variados.
El príncipe gimió y lloriqueó. Silbé, los pensamientos de Opal debajo
de mí en mi cama nunca estaban demasiado lejos de la vanguardia de mi
mente. Si era honesto, con demasiada frecuencia era lo único en lo que podía
pensar.
Bésame, había dicho ella, tan bruscamente, como si hubiera
manchado partes de ella hacer tal súplica.
Abrí las tijeras y corté con ellas a través del abdomen del idiota.
La forma en que ella se estremeció ante mi toque, temblando cuando
comenzó a deshacerse de una manera tan lenta y felizmente tortuosa.
Cerré las tijeras alrededor de la punta de su pezón y corté.
Agonía. Había estado atrapada en el tipo más exquisito de agonía,
mayormente desnuda debajo de mí, con los senos moviéndose con esfuerzo
y la piel enrojecida y transpirada, sus ojos luchando por enfocarse, por
permanecer abiertos cuando llegó.
La sangre brotó sobre los mangos y mi mano, y con sus gritos nada
más que ruido blanco, lo apuñalé entre las costillas.
Cuando finalmente todo se agrupó lo suficiente para desmoronarse, y
ella se desbordaba de placer, temblando implacablemente con éste,
mientras yo me derramaba sobre ella.
Otra puñalada, está en el estómago, las hojas de las tijeras
separándose mientras aún estaban dentro de su estómago.
—Dade. —Me llegó su voz. Tan suave, tan jodidamente dulce. Una
fruta de verano con alma.
Y joder, ella sabía igual de dulce. Tan divina que quería devorar…
—Dade. —Esta vez un gruñido a medio gritar, seguido de un toque en
mi codo.
Retrocedí, girando y arrancando las tijeras de las tripas del príncipe
mientras lo hacía, la sangre deslizándose por el aire para salpicar los pies 174
de Opal.
El príncipe gritó, confuso y continuo, pero apenas pude oírlo.
No escuché nada cuando la mirada de Opal revoloteó detrás de mí
hacia el príncipe destrozado que había tratado de robar su virginidad. Quien
había intentado robar lo que era mío. Quien buscó usarla para su propio
beneficio, casarse con ella, profanarla, humillarla…
Me volví y dije:
—Vuelvo enseguida, querido príncipe. —Luego lo golpeé en la cara lo
suficientemente fuerte como para enviarlo a la nada negra.
—Solecito —dije entre dientes, enfurecido y extasiado de que ella
estuviera a una distancia de tocarme. La toqué, tomándola gentilmente del
brazo y llevándola fuera del calabozo.
Su cabeza seguía girando sobre su hombro, su renuencia a alejarse
de lo que había visto evidente en sus pesados pasos.
—¿Dónde lo encontraste?
Envié llamas a los candelabros del oscuro corredor y bailaron hacia el
techo con dibujos de enredaderas.
—Eso no importa. ¿Qué estás haciendo aquí? —Me detuve cuando
llegamos al pasillo encantado, la luz del fuego parpadeando en sus ojos.
—Yo… —Se mordió el labio, luego soltó un suspiro apresurado—.
Bueno, te estaba buscando. —Sus mejillas se enrojecieron cuando dijo
suavemente—: No pude encontrarte, así que seguí tu olor.
Fruncí el ceño, inseguro de si le hubiera creído de no ser por la
vergüenza, esa molesta vergüenza que tanto le gustaba albergar, entrando
en su voz, piel y esos ojos dorados.
—Dijiste que me mostrarías la ciudad —continuó, con sus manos
apretadas en las faldas de su vestido color crema de encaje y satén—. De
noche, y he estado esperando, pero… —Su nariz se arrugó, y joder si no
quise inclinarme y mordisquearla, luego besarla, luego hacer lo mismo con
esos labios infundidos para el pecado—. ¿Vas a matarlo?
Ya, notando la forma en que sus ojos seguían lanzándose a mi
alrededor, sobre mí, sabía que no dejaría pasar esto. Quería saber más.
Podría decírselo.
O podría estar a la altura de la abominación que ella pensaba de mí y 175
aprovechar su curiosidad para una salida nocturna y robar un poco más de
tiempo con esa deliciosa boca suya.
Tiré las tijeras que no sabía que todavía sostenía sobre mi hombro.
Golpearon el suelo con un ruido metálico.
—Bien. Vamos.
Si ella pensaba que no me había dado cuenta de lo que estaba
haciendo, era hermosa y a la vez delirante.
Y fui un maldito tonto por permitirlo.
Veinte
Opal
—¿Qué es exactamente lo que deseas ver?
El rey parecía reacio, molesto, y supe que era porque lo había apartado
de su tarea de torturar al príncipe. Se había lavado las manos en la cocina,
indicándome que esperara en lo alto de las escaleras, pero cuando regresó,
con un carruaje esperando debajo de los escalones de la Fortaleza, vi que lo
había hecho a toda prisa o su piel estaba manchada. 176
Siempre estaría manchada con sus actos de brutalidad.
Dentro de un carruaje tan azul oscuro como el cielo nocturno, me giré
para enfrentar a Dade. Estaba mirando por la ventana circular, pero sabía
que no veía los setos por los que pasábamos, la fuente, ni el camino
bordeado de sauces que habíamos empezado a bajar.
Podría haber sido nuevo para mí, pero él lo había visto todo antes.
Extrañaba dar por sentado esas cosas en mi propio hogar. Las paredes, los
tesoros guardados en su interior, todas las cosas hasta que te las
arrebataban.
—Las boutiques de ropa —admití finalmente—. Me gustan bastante
tus modas, la comodidad de los vestidos y la ropa de dormir, los materiales.
Deseo conocer a las personas que los elaboran. —En parte porque quería
ver si eran trabajadores esclavos, hadas doradas robadas de mi reino.
—¿Así puedes rehacer la ropa de una manera similar? —Antes de que
pudiera decir que sí, añadió con una leve mueca de desprecio—: ¿Para
cuando vuelvas a casa? —Entonces me miró, y en esos ojos azules no estaba
la misma criatura que me había acorralado en los pasillos fuera de nuestras
habitaciones el día anterior, la criatura que me tocó con una reverencia
violentamente delicada que derritió y abrasó.
En esos ojos se vislumbraba el depredador que siempre sería.
El monstruo que había condenado y matado a cientos de almas,
responsable de la muerte de miles de personas, incluido mi padre.
Le había arrebatado su siguiente asesinato: había pensado en
distraerlo porque, aunque no podía soportar a Bron, no podía permitir que
muriera en esa mazmorra de pesadilla. No cuando las repercusiones serían
enormes y él podía ser útil para enviar un mensaje importante.
Y entonces había atraído al lobo de su presa capturada al ofrecerme
como su próxima comida, pero evidentemente fui tonta e infructuosa.
Y estaba fallando.
Tragué el nudo en mi garganta, deseando que parpadeara de una vez.
Deseando que las cosas fueran diferentes. Que él no fuera quien era, que no
fuera todos los horrores que había cometido, y que pudiera subirme a su
regazo y borrar el invierno de sus ojos.
—Creo que ambos sabemos que nunca volveré a casa. —Eso pareció
hacerlo. El rey parpadeó, entrecerrando sus ojos con la inclinación de sus
cejas espesas—. Así que, me gustaría dedicar mi tiempo a hacer cosas que
177
disfruto. —La mentira fluyó sutilmente, suavemente, de entre mis labios.
Tanto es así, que me pregunté si era porque había más verdad en las
palabras de lo que había sabido hasta que las liberé.
Si este fuera cualquier otro hombre, en cualquier otro momento, en
cualquier otra vida, nada me gustaría más que ver las cosas que más amaba.
Remendar, perfumar, explorar y hacer jardinería.
Pero esas cosas eran una pérdida de tiempo y egoístas. Lo había
descubierto por las malas. Mi gente estaba muriendo y seguiría muriendo.
Dade soltó un suspiro por la nariz, sus fosas nasales dilatándose
levemente.
—¿Te gustaría pasar tus días con tus pasiones? ¿Remendando y la
jardinería? —Levantó un poco los labios y luego dijo—: Pero escuché que ya
pasas mucho tiempo en los jardines.
Incliné la cabeza, después miré por la ventana.
—Define mucho, mi rey.
—Creo que mi polla acaba de romper la costura de mis pantalones. —
Tosí, arrastrando mis ojos de las luces que habían comenzado a brillar a
través de la ventana y volviendo al rey sonriente—. Repítelo.
Fruncí el ceño.
—No.
—Sí —ronroneó.
—¿Tienes una… —arrugué la nariz, irritada por no haber tenido las
palabras adecuadas y decidí—… erección cada vez que alguien te llama su
rey?
—¿Erección? —dijo, el deleite iluminando sus ojos, levantando las
cejas. Se rio, después extendió un dedo para trazar el puente de mi nariz—
. Solo cuando lo hace mi compañera.
Chasqueé los dientes hacia su dedo, sonriendo.
—Puede que seas mi compañero, pero no eres mi rey.
—Ah, al fin lo admite. Entonces, ¿por qué lo dijiste? —preguntó, pura
curiosidad aterciopelada.
—Fue una burla —dije con frialdad—. Sarcasmo. ¿Sabes qué es eso?
—¿Sabes lo erecto que estoy? 178
Lo golpeé en el pecho por reflejo, juguetonamente y sin pensarlo.
Atrapó mi mano antes de que pudiera retraerla y se la llevó a la boca
de modo que sus labios se deslizaron sobre la piel de mis nudillos, sin
apartar los ojos de los míos mientras escuchaba mi corazón zumbar y
martillar.
—Mira —murmuró contra mi piel, sus ojos mirando detrás de mí.
Se deslizó sobre el asiento de cuero a mi lado mientras yo miraba por
la ventana. El aliento escapó de mis labios a través del cristal abierto hacia
la noche más allá. Más adelante se alzaba un puente lo suficientemente
grande como para que dos carruajes lo cruzaran a la vez, el río reflejando la
vegetación y las rocas grandes que se ubicaban a lo largo de él, así como el
cielo nocturno.
—Aquí vienen —dijo el rey, su voz en mi cuello, agitando mechones de
cabello y calentando mi piel. Dejamos el puente con un golpe suave, luego
serpenteamos a través de un cultivo de robles gigantes y las brechas entre
ellos. La luz de las estrellas se esparcía sobre las ardillas saltando, los
caminos de tierra compacta y senderos.
Descubrí pronto cuando salimos del follaje y entramos en un valle de
hierba clara, no solo la luz de las estrellas, sino luces. Deslumbrantes y
borrosas, iluminaban el corazón de Vordane en líneas ordenadas que se
extendían más allá de lo que podía ver sentada dentro del carruaje. Aunque
sospechaba que a menos que estuviera en el aire, aun así no podría capturar
todo lo que nos esperaba.
Las calles, empedradas y estrechas, estaban llenas de cabañas de dos
pisos hechas de ladrillo, madera y piedra. Tiendas se entremezclaban entre
ellas, así como casas más pequeñas. Lo primero en aparecer por la ventana
fue un grupo de pabellones manufactureros, con techo de paja y gastados,
pero muy preciados, sus chimeneas expulsando bocanadas de humo que se
disipaban en el interior del cielo nocturno.
Una destilería. Un taller de metalurgia. Un taller de reparación de
carruajes. Una tienda de suministros de utensilios de cocina… los carteles
eran todos iguales y colgaban sobre las amplias puertas de metal, algunas
cerradas y selladas herméticamente por la noche.
En casa, teníamos algunos cobertizos similares diseñados para tales
cosas y más, porque seguramente había más al otro lado del carruaje que
no había visto, pero nada tan ordenado, tan grande y tan obviamente
necesario, como cualquiera de los reunidos antes y después de mis ojos. 179
La ciudad era una enroscada serpiente adornada con joyas, casas y
tiendas pegadas unas a otras de una manera armoniosa, desordenada pero
organizada, la luz balanceándose en las ventanas y puertas, de las fogatas,
candelabros y antorchas. Había entrado en otro laberinto, este hecho a
mano en rectas líneas cuadradas que se extendían más de lo que podía
caminar en un día.
Esperé, mirando más de cerca, con el calor del rey a mi lado. Esperé
y observé a los grupos de ciudadanos que pasábamos. Algunos estaban
acurrucados en los escalones de las puertas, chismeando y riendo. Otros
estaban sirviendo a los clientes fuera de espaciosos restaurantes
apretujados.
Muchos nos miraron directamente y nos hacían reverencias.
Me recosté, olvidando no por primera vez con quién había viajado
hasta aquí y preguntándome por qué cielos no lo había visto. El odio, las
peleas, los robos y los disturbios.
Con un regente como el que estaba sentado a mi lado, las historias
eran interminables. Los cuentos contaban sobre la cruel Vordane y su rey
malévolo que gobernaba a su pueblo con un puño afilado como garras.
Me sentí agradecida cuando el rey golpeó el techo, y el conductor
detuvo a los caballos. Dade se bajó antes que yo, y antes de que pudiera
negarlo, me agarró por la cintura y me dejó sobre el adoquín irregular.
Me aferré a sus brazos, luego me enderecé y me aparté, girando en un
círculo lento para ver dónde estábamos. Al final de una calle que se extendía
para siempre, la mayoría de las luces apagadas, excepto dos apliques afuera
de una gran puerta de madera con muchas cerraduras de metal.
La puerta estaba abierta, las risas y el ruido estridente saliendo a la
calle desde el interior. Casi sonreí, aliviada de haber encontrado algo de
verdad en las historias que nos habían contado a todos y me armé de valor
para lo que pudiera recibirnos del otro lado.
Pero el rey pasó junto a la puerta, y fruncí el ceño antes de apurarme
para seguir el ritmo, preguntándome adónde iba.
Se detuvo frente a una tienda a oscuras, llamó una vez y murmuró
palabras a alguien que no pude ver cuando la puerta blanca con su borde
azul se abrió una rendija.
—Por supuesto, mi rey. Adelante. Solo será un momento. 180
El rey miró hacia atrás hacia donde yo aún estaba frente a un
bungalow oscuro que se encontraba entre la taberna en la que pensé que
entraríamos y lo que pronto me di cuenta que era la modista preferida del
rey.
Su tienda tenía paredes pintadas de color lila, velas con aroma a
lavanda en cada superficie y telas que me tentaron a babear mientras
revoloteaba como una mosca en un picnic.
Cuando la mujer regresó, una morena con afilados ojos melosos y rizos
cortos que rebotaban alrededor de su cuello, hizo una reverencia.
—Disculpen, mi hijo necesitaba que le leyeran las dos últimas páginas
de su libro o habría gritado a todo pulmón.
Dade se rio entre dientes.
—Lo que tienes es un tirano en ciernes, querida Olivianna.
La mujer sonrió, reuniendo sus capas de faldas azules transparentes
y acercándose a mí. Familiar. Que estuvieran lo suficientemente
familiarizados el uno con el otro como para que ella hiciera esperar a su rey
mientras metía a su hijo en la cama hizo que se me agriara el estómago.
—Princesa Opal, es un placer.
La desestimé, mi molestia desvaneciéndose cuando Olivianna me
mostró su tienda y me contó cómo se había enamorado de la costura
después de verse obligada a reparar el mejor vestido de su madre.
—No solo lo había manchado con vino, sino que lo había roto con el
alféizar de la ventana mientras volvía a entrar en la casa de mis padres.
Después, tomando el té, reveló que su hijo fue concebido esa noche, y
aunque no estaba en contacto con el macho que había elegido estar con otra
y servir en una de las legiones del rey, pensó que era una señal.
—Ni siquiera fue que lo hubiera arreglado tan bien. —Se inclinó más
cerca, con risa en sus ojos—. Era que lo había disfrutado y me había
preguntado cómo sería si hubiera hecho más modificaciones. —Se sirvió un
poquito más de té de una tetera de cristal—. Así que, comencé a desmantelar
algunas de mis ropas y, poco después, pedí un préstamo comercial a mis
padres.
—¿Qué pensaron? —No pude evitar preguntar—. De tu hijo, y del
macho que te dejó para criarlo sola.
Contempló su té y luego levantó esos ojos que ahora supuse que 181
sonreían a menudo.
—No lo supieron hasta que estuve a unas lunas de dar a luz, y para
entonces… —se encogió de hombros—, estaba ganando lo justo para
mantener a flote mi tienda nueva.
—Entonces, ¿vives arriba?
Olivianna asintió.
—Hay dos habitaciones, una cocineta y un baño. Además, hago mi
mejor trabajo por la noche cuando Ryon está durmiendo. —Me guiñó un ojo
mientras soplaba su té—. Después de un vino o dos. Por eso me gusta estar
cerca de todo lo que necesito.
Nos marchamos poco después, Dade cargando el carruaje que ahora
estaba estacionado al otro lado de la calle frente a un carnicero de aspecto
decadente con una montaña de tela.
La culpa me carcomió, un hormigueo que no cesaría. No era como si
no le hubiera pagado a Olivianna, además de permitirle que lo bese en las
dos mejillas, por el saco de monedas que él había dejado en la mesa junto
al libro que había estado leyendo, diría que le había pagado generosamente.
No, por mucho que odiara admitirlo, no necesitaba el material. Lo
quería, por supuesto, mi corazón canturreando al ver todos los algodones,
sedas y rayón, pero no debería haberlo llevado tan lejos como para aceptarlo.
No solo había distraído al rey de sus aventuras asesinas, lo había
usado para ganar algo de lo que no tenía libertad para disfrutar.
Tenía que superarlo. Tenía que acostumbrarme a hacer esas cosas.
Porque se necesitaría mucho más que algunos trozos de tela para
evitar que lastimara a más personas.
—No sé qué decir —murmuré, observando los colores que intentaban
nadar fuera del compartimiento de almacenamiento debajo del asiento del
conductor.
—Diría que deberías agradecerme, pero prefiero que me besaras.
Mis mejillas ardieron instantáneamente, el conductor estaba ocupado
pero aún al alcance del oído.
Dade rozó su pulgar sobre mi mejilla cálida, después señaló con la
cabeza hacia el lado de la calle en la que estábamos parados y tomó mi 182
mano.
—Tómate una copa conmigo.
—Oh, no podría —dije, ya no estaba de humor para ver la violencia de
esta ciudad.
—Disparates. Vi la forma en que la miraste antes.
La taberna parecía demasiado húmeda, demasiado oscura para
albergar a un miembro de la realeza como Dade, pero tan perfecta para la
bestia que acechaba bajo su piel.
Detrás de él, mis dedos atrapados en la curva de los suyos, lo vi
merodear hacia una barra hecha de barril, todos los ojos sobre nosotros. Su
atención terminó ignorada, al igual que cualquier saludo emitido en su
dirección, cuando Dade se inclinó sobre el mostrador para decirle algo a un
hombre de cabello plateado con piercings en una oreja arqueada y ojos de
un azul tan profundo que eran casi morados.
Permanecí detrás de él, observé la forma en que el resplandor tenue
de una lámpara de fuego convirtió su cabello rubio en un tono arenoso
oscuro y sombrío, y estudié la extensión amplia de su espalda debajo de su
túnica negra.
Aquella que usaba esta noche era ajustada, aunque no pensé que se
debiera a que no le quedara bien, sino a que le quedaba demasiado bien.
Los músculos se movían, tensaban y flexionaban a medida que señalaba
algo en los estantes oscuros detrás del cantinero. Con un pie sobre el otro
en botas de cuero, su peso apoyándose en la madera envejecida que se
balanceaba sobre los barriles, y parecía haber sido sacado directo de un
barco.
Echando un vistazo alrededor de la taberna casi vacía, aparté mis
dedos de los suyos, notando el miedo en algunos clientes solitarios y
mayores que estaban terminando sus bebidas con despreocupación fingida.
Había más curiosidad que miedo por parte de un grupo de mujeres, e incluso
hambre en aquellas que se estaba riendo, intentando reunir el coraje para
acercarse a su rey.
La manera fácil en que el rey se había comunicado con Olivianna me
hizo sentir una irritación ardiente. No me había dado cuenta que había
estado haciendo una mueca hasta que las mujeres sonrieron con pesar y se
retiraron, y Dade se dio la vuelta, con una botella y dos vasos en las manos.
—¿Vamos? 183
Le di una mirada plana y él negó con la cabeza con una sonrisita antes
de empujarse hacia un conjunto de escaleras al borde de la encimera. Las
subimos, encontrando unas pocas mesas pequeñas encaramadas ante una
ventana triangular del suelo al techo que daba a la calle oscura de abajo. La
suciedad y las estrellas sabían qué más lo cubría, pero aun así, todavía pude
distinguir las hileras de luces, la ciudad de Vordane más allá.
Dade pateó una silla para mí, y tomé asiento mientras él rodeaba la
mesa y se desplomaba en otra con la gracia que un hombre de su estatura
y complexión musculosa no debería haber tenido. La silla ni siquiera gimió.
Nos sirvió a cada uno una copa de lo que olía a vino helado de vainilla.
—Las asustaste.
Mis ojos se dispararon hacia los suyos, confundida, pero él estaba
sonriendo contra su vaso.
—Las hembras. —Volvió a poner el tapón de cristal de la jarra y se
llevó la copa a los labios, con la mirada fija en la mía—. Reconociste el
vínculo, te aseguraste que pudieran olerlo además de verlo.
Una sensación helada se deslizó por mi columna vertebral.
—No hice tal cosa.
Dade medio puso los ojos en blanco, su garganta balanceándose a
medida que tragaba y se reclinaba, una rodilla sobre la otra.
—Me inclinaría a creerte si no fuera por el hecho de que tengo una
puta nariz, solecito. —Con una mirada acentuada, declaró con frialdad—:
También lo olí.
No sabía cómo yo no lo olí, a menos que no hubiera podido hacerlo
siendo quien emitió una amenaza silenciosa.
Dade dejó su copa, ya a solo un sorbo largo de ser vaciado.
—Supongo que la visita a Olivianna te enfureció, te predispuso. —
Sonrió, apareciendo un hoyuelo—. No importa. De hecho, me gustó
bastante.
Solté una carcajada, levanté mi copa para tragar dos bocados que
tanto necesitaba, y casi gemí.
—Mierda —susurré, bajándolo y mirando lo que quedaba—. Esto es
delicioso.
—Pensé que podría gustarte. 184
—Y puedes acostarte con quien quieras —espeté, sin saber por qué,
pero sabiendo que no quería que él pensara que me importaba más de lo
que estaba dispuesta a dejar ver—. La mayoría de los reyes lo hacen.
El labio superior de Dade se curvó, sus dedos apretándose alrededor
de la base de su copa.
—¿Te atreves a insultarme?
—¿Cómo te he insultado?
—¿Respuesta honesta? —dijo a lo que asentí—. Al sugerir que me
acostaría con alguien más, especialmente cuando ambos sabemos lo que
sabemos… —Dejó que sus palabras se desvanezcan, y me sentí tentada a
poner voz a lo que no había dicho, de modo que tal vez otros pudieran saber
que el rey no era el animal promiscuo que creían que era.
Por supuesto que, no pude. Una mujer mejor y más astuta se habría
asegurado que la noticia se hubiera propagado por medio reino a estas
alturas.
Una princesa mejor le habría atravesado el corazón con un cuchillo de
hierro y habría terminado con esta locura.
—¿Por qué? —pregunté finalmente lo que había anhelado, aún no del
todo segura de creerle. La forma en que me había tocado, besado y torturado
decía que no podía ser verdad. Sin embargo, la parte racional de mi cerebro
decía lo contrario. Que era instintivo, un deseo tan salvaje, que nuestra
inexperiencia en materia de lujuria y sexo no tenía espacio para respirar.
Para existir en absoluto.
Sabiendo exactamente a qué me estaba refiriendo, Dade me torturó
un poco más con un brillo de complicidad en sus ojos, pareciendo
reflexionar sobre mi pregunta. Al darse cuenta de mi impaciencia creciente,
se frotó los labios entre los dientes y luego exhaló un suspiro profundo.
—Es una distracción, cisne. —Tragó saliva, sus pestañas
sumergiéndose con sus ojos chamuscando en mi boca—. Ahora lo sé más
que nunca.
Algo comenzó a burbujear dentro de mi pecho, mi sangre, al escuchar
esa admisión cortante. Que yo era una distracción, pero aquí estaba él, este
rey todopoderoso, simplemente permitiéndolo…
Tosí, preguntando en voz baja con mis palabras mezclándose: 185
—Entonces, ¿quieres decirme que rechazaste las demás ofertas?
—¿Ofertas? —preguntó, el humor empapando la palabra—. La
mayoría está demasiado aterrorizada como para siquiera intentarlo y los que
se atrevieron solo estaban interesados en mi… —arrugó un poco la nariz—,
muchos títulos, supongo.
—Oh —solté, encorvándome en la silla—. Está bien, de acuerdo.
Se quedó mirándola, sin pestañear y aún erizado silenciosamente.
Me mordí el labio para no sonreír.
—Si estás esperando una disculpa, estarás esperando toda la
eternidad.
Resopló, apurando su vino y estampando el vaso sobre la mesa. Se
inclinó hacia adelante, con voz suave y ojos duros.
—Lo que aún estoy esperando es ese beso.
Arqueé una ceja.
—¿Por qué no saltas a la casa de Olivianna y pides uno?
—No salto. —El ceño de Dade se arrugó, y se reclinó, estudiándome
por un momento. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, y aparté
la mirada cuando dijo—: En serio te molesta nuestra amistad.
Miré por la ventana, viendo una bandada de pájaros volar bajo la luna.
Mis huesos hormigueando con el deseo de hacer lo mismo.
—Si así es cómo quieres llamarlo.
Dade se quedó callado un momento, luego tarareó.
—Es extremadamente agradable a la vista, pero maldice como ningún
guerrero con el que haya luchado.
Mis manos se cerraron en puños. Los llevé debajo de la mesa.
—Eso es encantador.
—Sí, es encantadora. Aunque desearía que no se hubiera cortado el
cabello. Antes era mucho mejor. Verás, podía agacharse ante mí y
desabrocharme los pantalones sin que uno de esos rizos rebote… —dijo,
pensativamente.
—Cállate —siseé, levantándome tan rápido que la silla chirrió en el 186
suelo.
Dade me observó, con un brazo colgando del respaldo de la silla, un
dedo frotando la barba debajo de su labio inferior perezosamente.
—¿Algún problema, cisne?
—Tú —susurré acaloradamente—. Tú eres el puto problema. No te
soporto. Llévame a casa.
Sonrió.
—¿Casa?
Gruñí y se rio, levantando las manos.
—Pero por supuesto, Su Majestad. Lidera el camino.
Mis dientes se pegaron a medida que hacía lo mejor que podía para no
dar pisotones por las escaleras, la ira encendiendo un fuego que ardió con
cada respiración mientras ignoraba a los pocos clientes lo suficientemente
valientes como para quedarse y me apresuré a salir al carruaje.
—Bestia insufrible —murmuré, entrando antes de que pudiera
ayudarme a hacerlo.
—¿Bestia? —preguntó, subiendo detrás de mí y asegurándose que su
cuerpo gigante casi aplastara el mío a medida que se metía por el mismo
lado—. Pensé que los dorados eran del tipo creativo.
—Podrías haber entrado por el otro lado —resoplé, sacando las faldas
de mi vestido en el que se había sentado. Me di por vencida cuando pensé
que se rompería y pegué la nariz a la ventana, suplicando que el aire de la
noche me tranquilizara antes de hacer algo tonto, como golpear al rey de los
lobos en su hermoso rostro engreído.
—¿Dónde está la diversión en eso?
Tragué un puñado de maldiciones coloridas. Mi enfado con el rey
bárbaro, conmigo, impidiéndome disfrutar del paisaje. Los celos y la
vergüenza me impidieron ver casi nada.
El salvaje se rio, lo suficientemente repentino y agudo como para
quitarme el aliento.
—Mierda, ya detente. —Lo miré fulminante, luego chillé cuando
aterricé en su regazo, el carruaje sacudiéndose—. Solo estaba jugando. No
quise decir nada de eso. 187
Mi mirada fulminante se borró en un parpadeo.
—¿Nada?
El humor se desvaneció de su rostro. Esos pómulos tensos bajaron
con su sonrisa suave, su toque cruel en la forma en que rizaba tan
suavemente un mechón de cabello detrás de mi oreja.
Su mirada lo siguió, su dedo luego cayendo por mi brazo con lentitud
deliberada mientras sus ojos se encontraban con los míos.
—Nada en absoluto. Olivianna es la prima más joven de mi tío, y él
sabía de su habilidad para confeccionar ropa fina, así que la contrató poco
después de que nació su bebé para hacerme lo que quisiera.
Así que era joven, como sospeché, pero no tanto como para
aprovecharse de un rey para mejorar su vida cuando sabía que el trato que
había hecho ya era más de lo que jamás se hubiera atrevido a esperar.
Jamás se podría decir lo mismo de mí, y por eso, casi la envidié. No
solo por su libertad para crear y ganarse la vida, para vivir una vida propia
y por su cuenta, sino porque me sentía la mitad de mujer que era, sabiendo
que yo era cada centímetro de la oportunista que casi había creído que era
ella.
Lo odiaba, quería odiar a todos para poder dejar de odiarme cada vez
que él me tocaba, me miraba, siquiera se acercaba a mí, aunque
seguramente, no podía odiarlo para siempre.
Tenía que tener fe en que tal vez algún día, estaría bien con aprovechar
este compañerismo, de este rey bestia y su deseo por mí. La salvación de
tantos valía la ruina de un alma.
—¿Qué estás pensando? —murmuró Dade, su mano enmarcando mi
rostro para mantener mis ojos en los suyos. Buscando, pacientes e
impacientes al mismo tiempo. Tenía la sensación de que la hazaña no era
común para este hombre.
—¿Por qué harías eso? —susurré—. ¿Decir todo eso? Especialmente
cuando acababas de insistir en que nunca habías hecho nada por el estilo.
Dade tarareó, su pulgar frotando mi mejilla, sus ojos arrastrándose a
medida que aterrizaban en mis labios.
—A estas alturas ya deberías saber que me encanta ver cómo las cosas
se retuercen —ronroneó, y mis labios se separaron instintivamente, la
dureza que había intentado ignorar pero que ahora no podía temblando 188
debajo de mí—. Me encanta verte retorcerte más que nada, especialmente
cuando es sobre mí.
Mi lengua rozó su pulgar, la banda enrollada de calor dentro de mí
tensándose.
Se rompió, al escuchar su gruñido retumbante. Aferré su rostro, esas
delicadas mejillas ásperas, y lo besé.
Atrás quedó la exploración cargada de culpa que me había impedido
tomar lo que quería antes. Solo había necesidad, pura y abrasadora, lenguas
y dientes. Incliné su cabeza. Inclinó la mía. Mi cuerpo se hundió y empujó,
necesitando que esa dureza en sus pantalones se frotara contra mí solo un
poco más, un poco más alto… Gemí cuando Dade se apartó.
Con sus dedos flotando por mi mejilla hasta mi barbilla, la inclinó
hacia arriba, susurrando:
—Abre los ojos.
No quería, sabiendo lo que él vería dentro de ellos: todo el permiso que
no necesitaba para darme todo por lo que ardía.
—Ábrelos —dijo de nuevo, más firme, una orden oscura que no podía
ignorar.
Me rendí, mis pestañas revoloteando bajo, mis párpados pesados pero
no tan pesados como la necesidad pesada dentro de mí que esperaba
atención.
Los labios de Dade se separaron, una pequeña gota de sangre
burbujeando cerca del centro de su labio inferior.
—Eres la criatura más exquisita que he visto en mi vida. —Sus
palabras fueron susurradas como si no fueran palabras que hubiera
planeado decir y frunció el ceño.
Mis dedos se arrastraron, mis pulgares rozando sus suaves cejas
gruesas hasta que sus labios se retorcieron. Su mano en mi cintura se
apretó sobre mi cadera, luego levantó la tela fina de mi vestido para subir
por mi muslo.
—¿Quieres saber por qué nunca pude arrojarte al calabozo como a tu
príncipe? Sin importar qué veneno me arrojes.
—No —susurré, pero él sabía que era una mentira.
Sonrió, y luché contra la necesidad intensa de lamer esos hoyuelos.
Sus dedos se acercaron al vértice de mis muslos, y me incliné un poco hacia
189
atrás, dejando espacio para que rozaran mi ropa interior.
—Porque —dijo contra mi barbilla, mordiendo suavemente. Su otra
mano atrajo mi cabeza hacia la suya, su nariz rozando la mía—. Porque tus
ojos, los latidos de tu corazón y tu cuerpo me dicen la verdad. —Mis ojos se
fueron cerrando, sus labios susurrando sobre mi mejilla, sus dedos
alcanzando donde lo necesitaba y frotando—. Me deseas. Podrías odiarlo,
pero no puedes rechazarme porque te quema viva tan solo considerarlo.
Mi respiración se aceleró, mis muslos apretándose.
—¿Se siente bien? —preguntó lo que ya sabía, luego exhaló un suspiro
áspero sobre mi boca antes de besarla muy suavemente y murmurar—:
Estás tan empapada por mí, solecito, tan cálida y necesitada. —Entonces
sentí una agudeza en mí, y me quedé inmóvil cuando él me hizo callar, una
garra arrastrando el material hacia abajo para abrirlo—. Tengo que sentirte.
El carruaje rebotó sobre una roca, pero el rey no perdió el control. Su
boca se reunió con la mía, ardiente, indagando, y temí morir con sus labios
sobre los míos y ni siquiera darme cuenta. Ni siquiera importarme.
Era humo y calor, y estaba jadeando, maullando, mientras me
acariciaba a alturas vertiginosas, su mano libre recorriendo mi espalda, sus
dedos hundiéndose en mi cabello y su palma sujetando mi cara. Me
balanceé sobre él, contra él, incapaz de respirar pero sin importarme si eso
significaba que perdería sus labios sobre los míos.
—Derrítete para mí, cisne —rugió contra mi lengua, luego chupó mi
labio superior—. Déjalo ir.
Su dedo presionó, movió y las chispas se encendieron, mis ojos
abriéndose por completo, mi cabello por todas partes a medida que soltaba:
—Estrellas, voy…
El rey gruñó, y me arrojó sobre el asiento, mis piernas abiertas, las
faldas desgarradas y agrupadas en mi cintura, y luego su boca regresó
cuando su longitud se estrelló contra mí.
Sus ojos acalorados me contemplaron, su mano retorciéndose en mi
cabello, y yo apreté su mejilla, susurrando contra su boca:
—Más duro, envuelve mi pierna alrededor de ti.
La orden hizo que se quedara inmóvil. Luego, con un aleteo de sus
fosas nasales, hizo lo que dije y maldijo violentamente, su cuerpo gigante
inclinándose sobre mí, buscando desesperadamente su propio placer 190
mientras yo volaba hacia el mío.
Después de algunas respiraciones fallidas, sus ojos resplandecieron a
medida que un rugido silencioso entreabría su boca. Mi espalda se arqueó,
inclinando mi cabeza hacia el cielo observando a través de la ventana
ovalada.
Se retorció sobre mí, mis faldas sucias y arruinadas. No me importaba.
Quería más.
No sentía la madera del carruaje contra la parte posterior de mi
cráneo. Todo lo que podía sentir eran los dientes del rey arañando la curva
de mi cuello, su lengua lamiendo, sus labios chupando.
A pesar de su inexperiencia y la mía, nunca pensé que me convertiría
en esto. Esta lasciva criatura insaciable que arrojaría más que la precaución
al viento.
Sacrificaría casi cualquier cosa por más de este macho. Para mantener
sus manos recorriendo mis costados, su boca en mi pulso, bajando hasta
los picos de mis pechos, su aprobación un zumbido gutural mientras mis
dedos exploraban los mechones gruesos de su cabello, hundiéndose en su
cuero cabelludo.
Sí, sacrificaría mi alma por el rey de los lobos. Es por eso que en los
momentos de claridad, me rebelaría contra el deseo de entregarme entera a
él.
Usaría este infierno con la intención de destruirme en mi beneficio,
por muy pocos que sean.
Golpeamos otro bache. El rey gruñó, levantándose cuando el carruaje
dejó de sacudirse, luego regresando a mí. Pero me froté la cabeza, riendo
incluso a medida que hacía una mueca, y después de un momento, él hizo
lo mismo.
Dade me ayudó a sentarme, agarrando mi rostro y llevando mi frente
a sus labios mientras sus dedos vagaban por mi cabello.
—Estoy bien. —Me reí.
Resopló y besó mi frente una vez más, después suspiró y me puso
sobre su regazo a medida que intentaba dejarme presentable.
—Necesitaremos un carruaje más grande.
Algo se rompió dentro de mi pecho, pero lo ignoré. Fácil de hacer 191
cuando recordaba lo que habían hecho esas manos inquietas, las vidas que
él había destruido.
De vuelta dentro de la Fortaleza, dejó otro beso prolongado en mi
frente, y me reí cuando frunció el ceño ante el movimiento de mi cabeza.
—Buenas noches, salvaje. —Como yo, mi bestia no estaba saciada, en
lo más mínimo.
Pero estaba absolutamente distraído.
Refunfuñó un:
—Buenas noches, cisne. —Su expresión petulante evocó una risa
breve de mi parte mientras cerraba la puerta en su rostro y esperaba.
Veintiuno
Opal
El príncipe estaba en silencio cuando llegué, y si no fuera por el hecho
de que bajo la luz del fuego, podía ver su pecho subir y bajar, temería que
hubiera muerto.
Miré alrededor de las paredes, la luz brillando en mis dedos y
cubriendo la roca húmeda. Había una puerta en el lado más alejado de la
angosta mazmorra, varios dispositivos de tortura alineados en la pared 192
detrás de Bron, y en la más cercana a mí sobre un gancho oxidado había un
juego de llaves.
Al escuchar su tintineo, Bron se agitó, sus ojos todavía demasiado
hinchados para ver quién estaba allí. Gruñó, luego soltó una exhalación
jadeante cargada de derrota. Me detuve a pocos metros de él, estudiando el
daño en su torso, preguntándome cuánto más viviría si esas heridas no eran
atendidas, y luego vi las cicatrices.
Lo habían estado curando. Lo habían estado curando para mantenerlo
con vida. Para seguir dándole más del dolor agonizante.
Un destello de afecto calentó mi pecho al saber que Dade había hecho
esto, al menos en parte, por mí. Para vengarme.
No podía dejar que eso me impidiera hacer lo que tenía que hacer. Si
el príncipe estaba aquí, si moría, entonces quién sabía qué sería de los
planes de la realeza humana. No podíamos arriesgarnos a que ellos y mi
madre unieran fuerzas de esa manera, independientemente de los ejércitos
que pudieran reunir al otro lado de los mares.
La idea de esas fuerzas marchando sobre esta tierra, diezmándola de
la forma en que el rey de sangre había hecho con tantos de nuestros lugares,
hizo que mi estómago se encogiera y me llenara el alma de desazón. Vordane,
su paz y su sorprendente normalidad no era su gobernante, sin embargo
todos sus ocupantes tenían las manos manchadas de sangre.
Sangre de gente inocente.
Tenía que terminar. Todo ello.
Solté los grilletes del príncipe, y cayó al suelo con un gemido que me
hizo congelarme y mirar a mi alrededor. Los latidos de mi corazón tronaban
en mis oídos, casi lo suficientemente fuertes como para ahogar los balbuceos
de Bron.
Cuando estuve tan segura como pude de que nadie vendría, bajé al
suelo y deslicé varias llaves en las cadenas que sostenían la mordaza en su
boca hasta que finalmente una de ellas hizo clic, y el horrible casco cayó
sobre la piedra manchada de sangre.
—Vamos —susurré, tirando de su brazo mientras él giraba su
mandíbula con una mueca de dolor—. Es ahora o nunca.
—¿Opal? —gruñó, abriendo un ojo lo suficiente para confirmar que
era yo—. Cielos, estás viva.
193
Traté de no ofenderme ni de perder más tiempo y lo levanté.
—Muévete.
Finalmente escuchó, poniéndose de pie sobre sus piernas
temblorosas. Después de algunos bamboleos que casi nos hacen
estrellarnos contra el suelo, encontró el equilibrio suficiente para
tambalearse hacia la puerta que conducía a la oscuridad.
—Sujétate de la pared —ordené, luego le dije que esperara cuando
llegáramos al final del pasillo frío que nos llevaría de regreso a la Fortaleza.
Era un riesgo, pero tenía que creer que valdría la pena, que ambos
saldríamos vivos de esto. Esperamos, Bron respirando en un silbido
constante, su peso pesado mientras se apoyaba en mi costado. Lo bloqueé
y me concentré en captar cualquier sonido del otro lado de la puerta.
Nada salvo los ocasionales crujidos y gemidos de la antigua fortaleza.
—De acuerdo. —Quise abrir la puerta—. Sé tan silencioso como
puedas, ¿de acuerdo? Y rápido.
Bron asintió y lo arrastré a medias hacia el pasillo resplandeciente.
En la oscuridad de la noche, los candelabros iluminaban tenuemente, pero
el hecho de que estuvieran encendidos no era algo que pudiéramos
permitirnos.
Apagué a cada uno a medida que nos acercábamos hasta que
cruzamos el gran vestíbulo antes de las escaleras. Caminamos a paso rápido
hacia el otro lado, pasamos la biblioteca y esas estatuas espeluznantes que
habían visto generación tras generación de Volkahns y solo las estrellas
sabían qué tipo de cosas estaban moviéndose por estos pasillos.
Las puertas que daban al exterior no estaban cerradas. No había
centinelas en la terraza.
—No es normal —murmuró Bron—. No es normal, ¿verdad? —dijo de
nuevo cuando no respondí.
No lo era, y aunque no debería haber necesitado confirmar eso, aun
así asentí.
—No tenemos tiempo para preocuparnos. —Seguimos moviéndonos.
Atravesamos los jardines, una cubeta de zanahorias se volcó en nuestra
prisa, pasamos los establos más allá y nos adentramos en los arbustos que
se volvieron más espesos a medida que disminuíamos la velocidad detrás de
los corrales de entrenamiento.
Bron se inclinó por sus rodillas, respirando con dificultad, jadeando 194
lo suficiente como para saber que estaba evitando toser.
—¿A dónde me llevas?
Estuve tentada de poner los ojos en blanco.
—Cualquier lugar es mejor que donde estabas, así que ¿por qué
preguntas? Necesitamos llegar al bosque. —Parpadeé ante la oscuridad, los
campos de trigo meciéndose con la brisa nocturna, y dije—: Por ahí. —
Mientras señalaba las carretas estacionadas a un lado del campo—.
Corramos hacia cada carreta y no reduzcamos la velocidad hasta que
hayamos atravesado los árboles.
Bron sofocó una tos.
—No puedo ver una mierda.
Tomé su mano, encogiéndome pero tirando.
—Estarás bien.
Corrimos de carreta en carreta, esquivando horquillas y agujeros a
medio cavar llenos de estiércol, y aunque traté de no hacerlo, lo único en lo
que podía pensar era en lo fácil que había sido hasta ahora. Demasiado fácil.
Tan fácil que supe que algo andaba mal.
Ni siquiera los perros de las perreras más allá de los corrales y establos
se habían movido.
Algo estaba terriblemente mal, pero no podíamos dar marcha atrás.
No podía dar marcha atrás. No teníamos más remedio que llevar esto a cabo.
Continuamos hacia el noreste a través del bosque, Bron incapaz de
mantener el ritmo apresurado y reduciendo la velocidad a un paso lento a
unos pocos kilómetros del barranco.
De lo que esperaba fuera el cruce.
—Sigue caminando —dije, sabiendo que tenía que regresar antes de
que la noche se convirtiera en mañana—. A lo largo del barranco, mira hacia
abajo y encontrarás un árbol ahuecado. Es un puente.
El rostro cubierto de sangre de Bron, el sudor atravesando las
manchas marrones, se arrugó.
—¿No vienes conmigo?
Continué como si no hubiera escuchado esas palabras tentadoras. No
deseaba ir a ningún lado con él, pero volver a ver a mi madre, solo una
última vez… Tragué saliva.
195
—Sube al interior del árbol y camina hasta la cueva que hay más allá,
luego sigue el bosque hacia el este durante unos kilómetros hasta que veas
las luces de Sinshell.
—Opal —dijo Bron—. Tu madre ha estado frenética. Ha amenazado a
nuestra familia. ¿Por qué crees que incluso me encontré con el rey de
sangre?
No estaba segura de qué decir, el pensar en mi madre fue suficiente
como para hacer que las palabras se convirtieran en cenizas sobre mi
lengua.
—Tienes que darte prisa —dije, retrocediendo desde el claro para
cubrir los árboles—. Dile que estoy bien. Que me viste, que te ayudé a irte y
que todos ustedes no deberían hacer nada ya que el rey me trata bien, y
tengo un plan.
Eso quedaría por verse después de lo que había hecho ahora.
Bien podría haberle clavado otra daga en la garganta y haberlo
apuñalado.
Se me ocurrió una idea cuando Bron vaciló y me incliné en busca de
un palo. Poniéndome de pie, le infundí todo el dolor y el amor que luchaba
dentro de mí, el calor se extendió de mis dedos sobre la madera marrón,
volviéndola dorada.
Bron se quedó boquiabierto, con un ojo hinchado ahora medio abierto,
y lo sujetó con una mano temblorosa.
—Entrégaselo a ella. Puede sentirlo, verlo, saber que todo lo que dices
es cierto, y luego se asegurará de que te cuiden antes de viajar a casa. —
Cada palabra fue hielo en mis labios, porque él no se lo merecía, y si mi
madre lo supiera, se aseguraría de que nunca regresara a casa…
Luego, me recordé. No podía permitir que el lodo aceitoso que llenaba
mis venas cambiara mis planes. Obtendría todo lo que se merecía. Pero
primero, tenía que ser útil. Tenía que ver a mi madre. Tenía que volver a
casa con Errin.
La garganta de Bron se movió y asintió.
—¿Estás segura? —Lanzó una mirada a los árboles detrás de mí, la
Fortaleza que se alzaba muy por debajo de ellos, kilómetros en la oscuridad
pero su suave resplandor aún visible a través de las hojas danzantes—.
Ahora no es el momento de ser mártir. Es un maldito monstruo, Opal. Te 196
matará.
Entonces sonreí y me retiré a la oscuridad.
—Preferiría que me matara antes que intentar apoderarse de lo que no
le pertenece.
Bron maldijo.
—No era yo mismo. Te lo juro, en realidad no habría…
Apreté los dientes.
—Ahórratelo, y si pudieras ser tan amable de devolver el favor de
salvar tu vida manteniéndote alejado de la bebida y de las mujeres
desinteresadas, y haciendo lo que he dicho, entonces esas serían suficientes
gracias.
Bron se quedó mirándome durante incontables minutos, y esperé
detrás del tronco grueso y áspero de un roble gigante hasta que finalmente,
la hierba se balanceó y su olor y sus pasos se desvanecieron con la brisa.
En su ausencia, no sentí ningún alivio, ninguna sensación de logro al
engañar a un rey asesino.
No sentí nada más que el viento acumulado rizando mi cabello fuera
de mi cara, arrastrándose dentro de los pliegues de mi camisón. Seguía
usando la misma ropa interior. El mismo par que contenía un desgarro justo
sobre mi centro, su semilla hace mucho tiempo que se secó sobre el material.
Su voz entrecortada, la cadencia silenciosa de sus gemidos, la forma
simple pero decididamente curiosa con la que me tocaba y derretía mis
huesos, el tiempo entre su dominio sobre mis pensamientos se hacía cada
vez más delgado con cada día que pasaba.
Sabía que se enteraría de la fuga del príncipe en cuanto se
descubriera. Sabía que era la primera persona a la que interrogaría, culparía
y tendría todo el derecho a hacerlo. Quizás incluso ocuparía el lugar de Bron
en esa mazmorra.
Sin embargo, seguí caminando de regreso, esquivando raíces de
árboles rebeldes, helechos afilados y rocas cubiertas de musgo hasta que el
aroma a trigo y rosas se aproximó. Cuando rodeé un árbol nudoso, sus
ramas retorciéndose lo suficiente como para agacharme antes de pasar por
encima de un tronco, entonces olí algo más.
Girando hacia la derecha, encontré al rey.
Apoyado en una roca gigante que le llegaba a los hombros, le quitaba 197
la piel a una manzana con un cuchillo pequeño, sus ojos no estaban fijos
en su tarea sino en mí.
—¿Confío en que nuestro querido príncipe tendrá un buen viaje a
casa?
La misma ropa de esta noche todavía adornaba su figura, arrugada
por nuestra cita en la parte trasera de su carruaje. Mi garganta se secó, mis
dedos apretándose y aflojándose a mis costados. Su tono podría haber sido
bastante agradable, pero fue su mirada vacía la que delató el peligro que
acechaba detrás de su pregunta.
Las llaves en la pared. Las habían dejado allí para él o sus guerreros
en caso de que las necesitaran, pero también habrían conocido escondites
mucho mejores.
Las había dejado a la vista. Las puertas abiertas. La falta de
centinelas.
—Yo-yo… —balbuceé, el miedo creando un nudo en mi garganta
cuando mi corazón dejó de latir.
—¿Crees que no sabía lo que estabas tramando? —preguntó,
arrancando un bocado de la manzana, el cuchillo brillando—. ¿Pensaste que
no me preguntaría qué harías cuando descubrieras la alimaña en mi
mazmorra?
No tenía nada que decir al respecto. Nada que pudiera ayudar. No
tenía excusas. No deseaba ninguna. Había hecho lo que había hecho y
aceptaría cualquier castigo que me diera.
Aun así, esperó con una paciencia desconcertante, sus ojos brillando
más con cada segundo.
Traté de encontrar las palabras y me encontré con todas las que eran
inútiles.
—¿Nunca te has preguntado cómo era antes? Ha habido suficiente
violencia.
Me abstuve de tragar saliva ante la fiera expresión de sus rasgos, el
inmediato oscurecimiento de sus ojos.
—Sin embargo, que lo liberes solo traerá más.
—Pero tú… —Negué con la cabeza, incrédula y confundida—. Tú… tú
simplemente me dejaste liberarlo. 198
—Yo-yo-yo, ciertamente lo hice —se burló con una cruel curva de su
labio superior—. Quería ver qué harías… y ahora lo sé. —En el humo y la
sombra, se desvaneció, y la consternación llenó todo mi ser como una nube
que bloquea el sol.
No podía respirar. Mi visión se oscureció. Mis piernas empezaron a
temblar.
¿Me mataría? ¿Me lastimaría? Sabía que algo andaba mal, tan
terriblemente mal, pero no había pensado que sería algo así.
Que me pondría a prueba. Sabiendo que fracasaría, decidió ponerme
a prueba de todos modos, y era una idiota, porque sabía que habría elegido
la mayoría de las cosas en lugar de él. Compañero o no.
Me dejé caer contra el árbol, mis manos se hundieron en mi cabello
sudoroso y enredado. Las lágrimas llegaron a su punto álgido y cerré los
ojos por el ardor.
Lo había traicionado como él había supuesto.
Lo había traicionado sabiendo que me atraparía, tal vez queriendo que
lo hiciera. Quizás con la esperanza de que si él me odiaba de la misma
manera que tenía que odiarlo, entonces esto sería más fácil.
Lo traicionaría una y otra vez si eso significara ayudar a quienes él
lastimó.
No había salida. Para ninguno de los dos. Este tormento, este juego
mortal de lujuria y guerra, no tendría vencedores. Aun así, juré soportar
cualquier otra cosa que tuviera que hacer. Incluso si me dejaba desgarrada
por toda la eternidad.
Incluso si mi alma continuaba despegándose de mi corazón.
Regresé a mis aposentos sin interrupciones, entumecida y bastante
exhausta, por lo que recé para que el castigo que me esperaba pudiera
esperar hasta la mañana.
Los centinelas habían vuelto a sus puestos. Los ojos me seguían. No
miré a ningún lado más que al frente, usando lo que quedaba de mi energía 199
para mantener la cabeza en alto, preguntándome si Bron habría cruzado
siquiera el cruce si el rey sabía lo que tramé.
Tenía que creer que lo había hecho. Que vería a mi madre, a mi gente,
y les daría un poco de esperanza en forma de una ramita dorada inútil.
Llegó la mañana con el desayuno esperándome fuera de mi puerta.
Con los ojos nublados por solo lograr capturar unas pocas horas de sueño
antes de más pesadillas y mi conciencia desgarrada se apoderara de mí, lo
llevé dentro de mis aposentos sin atreverme a mirar las gigantes puertas
cerradas al final del pasillo.
El pan se volvió rancio junto al alféizar de la ventana, mi té se enfrió y
fue bebido a medias en la delicada taza de té cuando el mediodía se abrió
paso a través de la hiedra que se arrastraba por las ventanas.
Y aun así, esperé.
Esperé por algo que nunca llegó y, después de darme un baño, me
quedé dormida sobre las pieles limpias que habían colocado a los pies de mi
cama mientras no estaba. Me desperté justo antes de que me entregaran la
cena, pero en lugar de llevarla adentro y cerrar la puerta, la dejé caer sobre
la mesa pequeña y salí al pasillo que olía a carne y champiñones.
Las puertas de los aposentos del rey estaban abiertas, y me arriesgué
a echar un vistazo rápido detrás de mí, sabiendo que no había nada salvo
estatuas y fantasmas, y luego miré dentro.
La cama estaba hecha, la decoración no había sido tocada por el polvo
y libros nuevos estaban sobre su mesita de noche. Quería ver qué eran,
mirar más de cerca ese mapa con sus horribles manchas rojas, pero no
podía moverme.
Quizás eso se debió a que era otra trampa. O tal vez no lo era en
absoluto y mi paranoia había alcanzado alturas peligrosas en el silencio
antinatural del rey. ¿Dónde estaba? Su aromaba sofocaba sus habitaciones,
hizo que mi sangre zumbara para ir en busca de él, el bocado más reciente
conducía hacia las escaleras.
Mis pies me llevaron hacia allí y bajé antes de que pudiera pensarlo
mejor, y mientras giraba alrededor del último tramo para seguir ese aroma,
un grito subió a mi garganta.
—¿Yendo a algún lugar? —Un hombre imponente estaba junto a una
estatua de la mitad de su tamaño, una estatua de su ser más básico: un
lobo.
200
Me detuve.
—¿Quién eres tú?
En su mano tenía una daga, su borde brillaba bajo las velas que
flotaban en la araña de cristal sobre nuestras cabezas.
—Scythe.
Moviendo mis ojos de esa daga a su mirada llena de cicatrices, asentí.
—Supongo que estaba buscando al rey.
—¿Supones? —preguntó con una inclinación de cabeza. Esa cicatriz,
tuve que preguntarme si era la razón para su burdo nombre por la forma en
que se curvaba a través de la piel sellada de su ojo perdido—. Fue una
maldición —dijo entonces, sorprendiéndome. Se llevó la punta de la hoja a
la cara—. Para nunca abrir, nunca regenerar y sanar.
El otro era de un verde tan aterciopelado, como musgo después de la
lluvia.
—Lo siento. —No me atreví a preguntar qué pasó, sabiendo sin
preguntar que él nunca compartiría esa información, ya que algo me decía
que no era una herida de batalla.
—¿Por qué? —Envainó la hoja en una funda en su cadera, su túnica
gris cayendo para ocultarla—. No lo hiciste.
—Lo sé, pero solo quiero decir… —Nerviosa, curvé los dedos a mis
lados. Los apreté, soltando—: Debe haber sido una agonía.
Su labio superior se curvó sobre unos dientes blancos y brillantes.
—Muchas cosas reciben el título de agonizante, cisne. Pero esto —
señaló con el pulgar el ojo que le faltaba— no merece tal honor.
Hice lo mejor que pude para tragarme el hirviente impacto antes de
que pudiera pasar por mi cara. De todos modos debió haberlo hecho, porque
su sonrisa se volvió verdaderamente amenazadora.
—Deberías volver a tu jaula ahora.
—No soy una prisionera.
Hizo un gesto con una mano hacia las gigantes puertas oscuras.
—Entonces, por supuesto, permíteme acompañarte.
La lluvia que golpeaba contra la Fortaleza, golpeteando
insistentemente en cada ventana, me hizo fruncir el rostro. La curiosidad
201
me ganó cuando le eché un vistazo a sus pantalones, las botas salpicadas
de barro y las armas que seguramente estaban escondidas debajo. Acababa
de regresar de alguna parte.
—¿Qué estabas haciendo con la daga?
—Admirándola.
Ignoré esas palabras frías y mordaces.
—¿Pensaste que tramaba algo?
Levantó un hombro.
—No te habría hecho daño si a eso es a lo que te refieres. —Su sonrisa
se volvió salvaje entonces, entrando en su ojo de una manera que lo hizo
brillar con un verde más brillante—. Nuestro querido rey nunca me
perdonaría.
—Entonces, ¿lo harías si no fuera por eso? —No estaba asustada,
tampoco enfadada. En todo caso, apreciaba la honestidad. Las mentiras
eran un viejo consuelo que ahora me encontraba cansada de encontrar.
Lo cual creo que descifró cuando entrecerró los ojos y cerró la boca,
su postura rígida de alguna manera relajándose un poco.
—Si no fueras su compañera, tus plumas serían un bonito jarrón a
estas alturas.
Me reí incluso mientras hacía una mueca de dolor por dentro. Solo me
miró con más sospecha, pero su expresión se relajó cuando solté un
profundo suspiro.
—Me crees el enemigo cuando no he matado a nadie.
—No se necesita tener las manos manchadas de sangre para ser un
asesino —afirmó con frialdad—. Además, liberaste al asqueroso príncipe
humano, demostrando tu poca fiabilidad. Compañera del rey o no.
—Lo hice porque otra muerte no repara nada. —Me apoyé contra la
barandilla de la escalera—. ¿Cómo puedes apoyarlo? ¿Toda esta muerte?
Scythe bufó.
—De la misma manera que tú y los tuyos la apoyaron cuando se
movieron contra nosotros en la primera guerra. —Acercándose un paso,
susurró acaloradamente—: Ustedes comenzaron esto. Quizás no tú, sino tu
familia.
202
No encontré nada que decir a eso. No había nada que decir cuando las
palabras se volvían tan pocas e inútiles contra numerosas acusaciones.
Sonrió, no de manera amigable, y giró sobre sus talones para dirigirse
al pasillo.
—El miedo convierte a las bestias en monstruos, princesa. Recuerda
eso la próxima vez que estés tan dispuesta a condenar.
Observé cómo la oscuridad del pasillo lo cubría, luego regresé a mis
aposentos y miré mi cena fría. Y esperé un poco más.
Pasaron dos días con la misma rutina difícil de entender. Supuse que
era seguro asumir que no vendría por mí. Que nadie vendría por mí.
Pero nunca era seguro asumir nada con el rey de los lobos.
Por primera vez en días, salí de mis habitaciones y me aventuré a
bajar, la lluvia implacable afuera salpicaba las ventanas de la Fortaleza. Las
enredaderas que cubrían el exterior creaban un violento traqueteo y golpeteo
mientras un trueno retumbaba en lo alto.
No me atrevía a ir más allá de la biblioteca, aunque mi curiosidad, este
insufrible tirón debajo de mi piel, me hacía anhelar profundizar en la
Fortaleza.
Él se encontraba aquí. Llevaba aquí tres días. Lo había sentido.
Escuché su regreso tardío cada noche a sus aposentos mientras me
preguntaba si me reconocería en la mía. Nunca lo hizo, y en la cuarta noche
de silencio, el mal tiempo intensificó la vibra tensa que había llenado la
Fortaleza desde su llegada, ese incesante anhelo ganó.
No sabía qué iba a decir, solo que cuando llegué al rellano debajo de
las escaleras que conducían a nuestras habitaciones, tuve que seguir el
sonido de su risa. Subí las escaleras que conducían al otro lado del piso más
alto de la Fortaleza, un lugar que aún no había explorado, seguí su olor, el
ruido se escapaba a los pasillos y descubrí una habitación enorme.
Un salón de baile.
Brillantes candelabros plateados colgaban del techo pintado de rosas, 203
y debajo de ellos había columnas envueltas en más enredaderas. Las
luciérnagas centelleantes rebotaban dentro de diminutos orbes de vidrio que
giraban a su alrededor y flotaban por toda la habitación.
Las llamas bailaban en candelabros negros y resplandecían con la
energía en el espacio gigante, y dadas las risas y actividades estridentes y
salvajes, rugían hacia el techo.
Me detuve en la puerta, insegura de lo que estaba pasando cuando me
di cuenta de que no estaba ocurriendo nada especial. Esto no era un baile,
sino una fiesta de algún tipo.
Mujeres desnudas bailaban juntas alrededor de una gran silla circular
de aspecto aterciopelado en la esquina, y mis ojos se agrandaron cuando un
hombre se acercó a una y le abrió sus piernas, colocándolas alrededor de su
cuello hasta que la mujer dejó de reír. Su espalda se arqueó, su cabeza y
hombros eran las únicas partes de ella que quedaban en el gran diván
mientras el macho se daba un festín entre sus muslos y otro se arrastraba
sobre ella, su miembro acercándose a su boca.
—Un cisne negro oscurece nuestra entrada —dijo Fang arrastrando
las palabras, sentado sobre un cojín gigante con una morena, una pipa entre
sus labios.
—Joder —murmuró un hombre pelirrojo con una cicatriz profunda
que le atravesaba la mejilla desde una mesa llena de bebidas, cartas y
montones de monedas—. Tres, trae al rey.
Un hombre de cabello dorado que asumí que debía haber sido Tres
golpeó su cerveza contra la mesa, las monedas rebotando.
—Tú ve a buscar al rey.
—Solo hazlo —espetó una mujer de cabello negro a su lado.
—El imbécil puede hacerlo él mismo —dijo Tres, recogiendo su
cerveza—. Y como si no supiera que hay un pájaro aquí.
—¿Cómo me llamaste?
—Mierda. —Fang se levantó lentamente del suelo, su impresionante
compañera haciendo pucheros—. Brim —advirtió.
—Me escuchaste, idiota.
La jarra salió volando, fallando por poco mi cabeza cuando me hice a
204
un lado y resonó en el pasillo detrás de mí.
Sucedió tan rápido, y al igual que sucedió con el rey, apenas lo vi. Una
serie de crujidos leves, la noche se fundió en zarcillos sombreados y la piel
se transformó en pelaje. Los machos eran completamente lobos cuando
chocaron en el aire sobre la mesa y se llevaron una silla al suelo con ellos.
La silla se hizo añicos. Gruñidos, rugidos y vítores estallaron, pero no
duró más que un conjunto de breves segundos.
Desde el otro lado de la cavernosa habitación, en un rincón que no
podía ver frente a las mujeres desnudas en la silla circular, llegó un gruñido
lo suficientemente letal como para romper tímpanos y perseguir sueños.
Dade se tomó su tiempo. Con una camisa holgada de manga larga de
color gris acero que se abría en su pecho, dando un vistazo a los finos vellos
que espolvoreaban su piel calentada por el sol, sus largas piernas (muslos
gruesos abrazados con fuerza por pantalones negros) consumieron el
espacio rápido para despejar el salón de baile.
El silencio se volvió tan completo que cada golpe de sus botas altas
hasta las rodillas resonó como un eco.
Con una mirada sombría en mi dirección, suspiró y miró a los
guerreros comportándose mal que ahora estaban en sus formas Fae, bien
erguidos, esperando una reprimenda.
—Transfórmense de nuevo —ordenó Dade, y entonces los machos
volvieron a ser lobos, formidables en tamaño y altura, pero ni mucho menos
cerca del monstruoso tamaño de su gobernante alado—. Vayan a sus casas
y quédense allí hasta que les digan lo contrario.
El lobo rojo se fue primero, el negro y el gris le siguió, ambos con la
cola metida entre las piernas.
—Tú también —dijo el rey, y había estado tan ocupada viendo a los
lobos pasar a mi lado, el rojo deteniéndose para olfatear mi pierna, que no
me había dado cuenta de que me estaba hablando.
Parpadeé y él se burló, caminando hacia mí cuando no me moví.
—¿De verdad quieres enfurecerme más, cisne?
—Sólo… —Demasiados ojos, incluso algunos de esos follando de
nuevo en diferentes espacios de la habitación, estaban sobre mí. Cuadré mis
hombros y lo intenté de nuevo de todos modos, mirando directamente a los
fríos ojos del rey—. Necesito hablar contigo. Por favor.
Una ceja se elevó.
205
—¿Por favor? —Balanceó un pie delante del otro, avanzando
lentamente hacia adelante—. Vaya, vaya. Bueno —señaló el pasillo—, por
supuesto, adelante.
Cuando salí fui seguida de algunas risitas, y él detrás de mí, las
puertas se cerraron detrás de él.
No pude apartar la mirada de la madera oscura tallada y lustrada.
—¿Algo te molesta, solecito?
Sabía muy bien lo que me molestaba y, aun así, le dije:
—¿Qué estabas haciendo ahí?
El rey se apoyó contra la pared, metiendo una mano dentro del bolsillo
de su pantalón mientras me miró por medio minuto acalorado, luego
suspiró.
—¿Qué parecía que estaba haciendo?
—Bueno, no podía verte, pero había mujeres desnudas, y estaban…
—Mis mejillas se calentaron, y miré mis pies descalzos, sintiéndome
increíblemente pequeña. Inútil y estúpida una vez más.
—Follando. Estaban follando. Dilo conmigo.
Me negué, y el rey se rio sin humor, el sonido despreocupado me puso
los vellos de punta por todo el cuerpo. Sacando su mano de su bolsillo y
frotándose la mandíbula, dijo en un tono suave:
—Somos guerreros, pero también somos familia y amigos, y
disfrutamos de las cosas buenas que esta larga vida eterna tiene para ofrecer
como cualquier otra criatura.
Mi estómago se hundió tan fuerte y rápido que temí que la poca comida
que había tenido para la cena se me subiera por la garganta.
—Eso significa que tú…
—Usaste lo que siento por ti en mi contra, pero soy un tonto por
permitírtelo.
—Entonces, ¿tomas represalias de esta manera? —pregunté, cada
nuevo aliento fuerte y cortante—. ¿Qué quieres que haga? —Me sorprendí
preguntando—. Si fueras yo, ¿qué habrías hecho?
—Cisne —dijo, y nunca lo había escuchado decirlo sin inflexión, como
si fuera solo una palabra—. Buscas empatía en un hombre que no la tiene.
Eres un pájaro y yo una bestia. Ahora, corre antes de que reflexione sobre
206
la posibilidad de crear una bandera de la victoria con esas hermosas plumas
negras.
Me dejó con sus duras palabras pero innegablemente verdaderas y se
encerró de nuevo en su guarida de libertinaje.
No estaba segura de cuánto tiempo estuve allí con los ojos y el pecho
ardiendo, pero cuando escuché algo golpear contra las puertas cerradas,
seguido de gruñidos y risas, me obligué a regresar por el pasillo.
Mi pie apenas había tocado el mármol frío del rellano cuando ese olor,
a sudor y tierra, regresó. Pero era demasiado tarde para darme cuenta de
que era otro enemigo.
—Puede que él no te arranque esas plumas… —Un aliento caliente
rozó mi hombro—. Pero yo sí lo haré.
Algo golpeó un lado de mi cabeza, y luego no hubo nada.
Terminé en la mazmorra después de todo, aunque no fue Dade quien
me trajo aquí.
—Serrin —dijo el hombre con una desconcertante calma cuando
regresó y se dio cuenta de que estaba despierta—. Tío del rey alfa y su
consejero. —Vadeando hacia mí, observó el metal que había sido enrollado
alrededor de mi cuello e hizo una mueca—. Cielos, esto es desagradable,
pero ya ves, me han dejado pocas opciones.
La cadena estaba tensa, pero no tanto que luchara por respirar y
hablar. Mis manos estaban atadas a mi espalda con algo que ardía como
una cuerda.
—¿Dónde está?
—Partieron esta mañana para aterrorizar a un pequeño pueblo
llamado Tulane. ¿Es posible que lo conozcas?
Sin duda él sabía que estaba más que familiarizada con la ciudad en
la frontera de Sinshell. Allí residía el Pozo de los Deseos, así como un arroyo
que contenía piedras curativas y algas. Sin embargo, no fueron solo esas
cosas las que clavaron un clavo de miedo en mi corazón. 207
Fue la gente. Tulane era una ciudad agrícola. Lo que quedaba de la
familia extensa de mi padre todavía vivía allí. Me pregunté si el rey lo sabía
y, a juzgar por el brillo del hombre de ojos azules que tenía ante mí, supuse
que no.
—Sabes que mi familia vive allí. Que allí vive más gente inocente.
—Quizás ya no —dijo Serrin, haciendo una mueca de nuevo—. Diría
que todo es justo en el amor y la guerra, pero ambos conocemos esta guerra
y —señaló con la mano con frivolidad— lo que sea con lo que tú y Dade han
estado luchando es cualquier cosa menos justo.
El macho que, además de estar dotado de ojos de color similar, no se
parecía en nada a su sobrino sabía muy bien que éramos compañeros.
Serrin me rodeó, el roce de sus dedos sobre su barba corta y oscura
se mezclaba con los pasos de sus botas.
Fue paciente, esperando que mi curiosidad ahogara mi obstinado
deseo de permanecer callada.
—¿Qué es lo que quieres?
Los pasos cesaron, su cabello castaño largo hasta los hombros
cayendo sobre un ojo cuando se detuvo frente a mí.
—Acabar con esto de una vez por todas. —Sacó una daga de una funda
en su cintura y se acercó—. Él me perdonará, y espero que tú también lo
hagas, ya que simplemente estoy haciendo lo que él ya debería haber hecho.
Ahora transfórmate.
Confundida, pregunté:
—¿Qué? ¿Por qué?
—Solo hazlo. —Cuando no lo hice, suspiró y me rodeó hasta llegar
detrás de mí, luego metió la punta de la hoja en mi brazo. Grité. Nadie me
escucharía, lo sabía, pero no pude evitarlo mientras mi sangre burbujeaba
y luchaba contra el hierro que intentaba envenenar mis venas.
Me transformé, mis alas aleteando, la cadena alrededor de mi cuello
apretándose, el otro extremo ahora en las manos de Serrin en lugar de estar
enganchada al techo.
—Quédate quieta, Princesa —ordenó, pero seguí luchando, mi cuello
maltratándose, el instinto gritaba que saliera volando, que me deshiciera del
metal que lo rodeaba.
Podría haber sido un pájaro, pero tenía la mitad del tamaño de él, y
208
no pude evitar el impulso de balancear mi pico hacia sus manos. Me eludió.
Una a una, me arrancó las plumas del cuerpo, el pellizco afilado me
enfureció hasta el punto de enredarme en la cadena de mi espalda.
—Eso basta —canturreó Serrin, cerniéndose sobre mí ahora, con un
martillo y un gran clavo en la mano. Su bota aterrizó en mi pierna, el martillo
golpeó el clavo que se cernía sobre mi ala, una, dos veces…
Me desmayé y volví en sí con ambas alas clavadas al suelo de piedra,
las plumas, demasiadas, estaban reunidas en un gran saco junto a una
celda vacía.
—Estás despierta —dijo Serrin, acercándose—. Bien. Ahora, debo
enviar un tesoro emplumado a la querida reina dorada, pero, por supuesto,
no se puede entregar una amenaza sin una buena dosis de sangre. Mis
disculpas, princesa. Sé que es más fácil para ti curarte en esta forma, pero
necesito que vuelvas a cambiar si deseas volar de nuevo.
Sabiendo que era mejor que ignorar su advertencia, hice lo que me
pidió, la agonía me inundó y oscureció mi visión por los dos agujeros en la
parte inferior de mis brazos.
—Unos días y deberían sanar bien. No le di al hueso —dijo como si me
hubiera hecho un favor.
No pude hablar. Temí que si abría la boca, gemiría como un bebé y
gritaría hasta que mis pulmones se agotaran.
Pero aún no había terminado.
Me levantó para sentarme contra la pared y luego me arrancó la bata
hasta que no llevé nada más que mi ropa interior de color amarillo canario.
No, no estuvo satisfecho hasta que hundió el cuchillo en una de las heridas
y lo retorció, sujetando la extremidad sobre el saco de plumas.
La sangre se acumuló y extendió sobre el negro luminoso, reuniéndose
en una capa gruesa que empapó las plumas y la lona color crema. Jirones
de mi vestido fueron lanzados adentro.
—Tu madre debe rendirse, jurar lealtad a nuestro rey y entonces
podremos terminar con todo esto —murmuró Serrin como si yo estuviera de
acuerdo y luego se fue.
El carnicero se fue. Se fue y quedé medio desnuda con la sangre
acumulándose debajo de mí en el suelo.
209
Veintidós
Dade
Catorce años
—De pie, muchacho.
Escupí una gota de sangre en la tierra, mi cabeza zumbando y mi
espada a mi lado. Podía estirarme y alcanzarla, pero no podía. Cada parte de
mí estaba astillada, mis propios huesos estaban quebradizos y doloridos.
210
—Dade —gruñó Serrin.
Me puse de pie, demasiado lento para su gusto, y aterricé sobre mi
trasero cuando su bota con punta de acero chocó contra mi estómago. Mi
desayuno salió volando de mi estómago, quemó su camino hasta mi garganta,
pero ya había estado antes aquí.
Cada maldito día. Era torturado más allá de lo razonable mañana,
tarde y noche, pero la razón siempre era la misma.
Mi tío vino por mi yugular.
—¿Crees que estarían orgullosos? —Soltó una risa sarcástica—. Eres
una desgracia. Ahora, ponte de pie de una puta vez —rugió con una
vehemencia que no pude ignorar.
Entendía su dolor. Lo sentía cada mañana cuando me obligaba a
hacerlo antes de que mis ojos se hubieran abierto por completo. Mi padre
había sido su mejor amigo, su ídolo, un compañero encontrado en un
hermano.
Y nunca me dejaría olvidar.
Agarré mi espada y bailamos. Golpeé, izquierda, izquierda, derecha,
luego fingí un giro, tomándolo desprevenido. Solo sirvió para enfurecerlo aún
más, sus ataques ya no practicaban la precaución sino la vida o la muerte.
El impacto podría haberme matado, pero él había estado así de furioso
muchas veces antes. Solo una vez, la primera vez, mientras yacía en un
charco de mi propia sangre, sin saber si volvería a ver salir el sol, fue
suficiente para tomarme en serio su rabia mortal.
Luchamos hasta que fui empujado contra la valla de madera, otros
guerreros de edades similares repasando sus posturas y rutinas matutinas
en los corrales frente al nuestro.
Podía sentir sus ojos en nosotros, escuchar el gruñido general para que
despejen el sitio mientras retrocedía del acero viniendo a por mi costado.
Mostré mis dientes, mi sangre hirviendo cuando los ojos de Serrin chocaron
con los míos, el odio, el dolor y la frustración en los suyos siendo demasiado
para escapar.
Atrapado. Estaba atrapado, y nunca me liberaría.
Quería vengar la muerte de mis padres. Quería gobernar este reino con 211
un brutal puño peludo. Quería asegurarme que todos supieran el precio de
cruzarse con un Volkahn.
Pero también quería seguir a los demás a medida que dejaban los patios
de entrenamiento y regresaban a sus casas o cuarteles. Quería volar con
ellos, pelear con ellos, y sabía que lo haría, pero… ¿cuándo?
¿Cuándo sería lo suficientemente bueno para vivir una vida fuera de mi
tío y su sed de sangre? ¿Cuándo sería capaz de reírme con los demás
mientras entrenaban y peleaban juntos? ¿Cuándo me tratarían como un rey
en crecimiento y menos como una bestia que nunca sería domada? ¿Cuándo
sería capaz de seguir a una mujer que hubiera despertado mi interés en lugar
de mirar a las guerreras desde lejos?
¿Cuándo sería capaz de respirar de una puta vez sin que me regañaran,
me recordaran, me golpearan y me controlaran?
Un rugido escapó enfurecido de algún lugar profundo de mi interior,
sorprendiéndonos a los dos mientras mi piel zumbaba, pero no se incendió
con el cambio.
—Si esto significa tanto para ti, ¿por qué no solo te conviertes en rey?
Los ojos de Serrin se encendieron, y se apartó. Justo cuando pensé que
había terminado conmigo por esta mañana, se giró hacia atrás, el flanco de
su espada alcanzándome en el hombro con la fuerza suficiente para cortar mi
túnica de cuero y rozar mi piel.
—Eres un ingrato…
Me liberé, desenredándome en una oscuridad tan plena, un ardor que
partió mi respiración y mis huesos y transformó todo en más. Más agudo, más
feroz, más mortífero: sucedió muy rápido, más rápido que nunca, que mi tío
no tuvo tiempo de reaccionar.
Gruñí, mis dientes aterrizaron sobre su garganta, mi aliento gruñido
inundando el aire helado. Inmovilizado debajo de mis patas, con las garras
hundidas en sus hombros, Serrin pareció algo más que cabizbajo y furioso.
Por primera vez en toda mi vida, me miró con miedo.
Nadaba en sus ojos, lo inundaba y se filtraba por sus poros, y lo inhalé
profundamente, ebrio de un poder cada vez más fuerte que cualquier cosa que
hubiera encontrado antes en mi cuerpo madurando.
Un rugido atronador me abandonó, descontrolado y vaporoso en el aire,
empapando su mejilla. Sus manos se levantaron, sus ojos acumulando el
dolor para acompañar el miedo a medida que mis garras se hundían aún más
212
profundamente.
—Dade —ordenó, aunque careció de la convicción habitual—. Dade,
vuelve. Cambia de nuevo.
El hueso crujió bajo el peso de mis patas, su sangre corriendo entre ellas
hasta la tierra junto a su cabeza.
Lo intentó otra vez, su voz más suave, más gentil de lo que la había
escuchado antes.
—Dade, por favor. Debes volver a cambiar.
Gruñí, con los dientes más cerca de su mejilla, tentado a darle un
mordisco, solo uno. Aunque estaba seguro que su carne sabría a leche agria,
pero tenía que aprender. Tenía que pagar.
—Tu madre te quería —dijo, sorprendiéndome—. Fuiste una sorpresa,
por supuesto, aunque ella sabía que tu padre estaba mintiendo. Que había
planeado tu concepción. No le importó. —Se rio, el sonido lloroso—. No le
importó porque desde el momento en que se dio cuenta que existías, te amó.
Te amó con un amor tan puro, que lloró cada vez que llorabas desde que
llegaste.
Me relajé en mis ancas, pero solo un poco.
—Ni siquiera una semana —continuó—. Ni siquiera tuvo una semana
para aprender a dejar de sentir tu dolor, tu hambre, tu confusión como si fuera
la de ella y tu padre… cuando se fue a la reunión anual de los puentes, había
tenido apenas unos tres días. Solo tres malditos días. —Pronunció cada
palabra con la mandíbula apretada, como si le hiciera falta de todas sus
fuerzas para evitar que el dolor acumulándose en sus ojos se le escapara.
Retiré mis garras. Siseó, las heridas humeando en el frío antes de que
comenzaran a cerrarse lentamente.
—Se fue un día de más. Ese único día fue suficiente para que tu madre
se paseara, dividida entre sus dos grandes amores. Dije que iría. Le rogué
que se quedara, que esperara hasta la mañana cuando el resto de la guardia
estaría lista para partir con ella. Dijo que ella lo haría.
Tragó saliva y sonó como si le doliera.
—Ella lo prometió —dijo con voz ronca, y ahora las lágrimas escapaban
lentamente de sus ojos—. Y sé que él nunca me perdonará porque me fui a la
cama. No la detuve esa noche cuando te dejó con la niñera y salió corriendo.
Corrió hacia su compañero, hacia su muerte, y lo hizo con la esperanza de
que cualquier cosa que estuviera mal pudiera arreglarse, que él estaría bien,
213
aunque sabía y podía sentir lo contrario.
Sollocé en voz baja, quitando mis patas de sus hombros, los huesos
rechinando bajo mi peso, y me paré sobre él en su lugar. Pero no lo dejaría
irse. Aún no. No hasta que escuchara el resto. No hasta que sintiera que ese
órgano dentro de mí se ennegrecía y perecía un poco más.
Serrin sorbió, gimiendo antes de continuar.
—Cuando llegamos al puente viejo más tarde al día siguiente, se habían
ido. Serían otros dos días cabalgando y volando a través de Sinshell hasta
que los encontramos colgando de postes con flores, chorreando sangre por
todas partes, y Kenton Gracewood exigiendo que aceptemos sus términos, o
morirían.
Su dolor se fusionó con el mío, subiendo más alto en una furia que
abrasó cada vena hasta que sentí que se incrustó profundamente en mi alma.
—¿Y esos términos? —dijo Serrin, seguido de una risa seca—. Eran
enviarte a un reino humano, ya sea Errin o al otro lado del mar, para que
fueras criado como uno de ellos de modo que no supieras todo lo que podías
ser y, por lo tanto, no traer la ruina que temían. La mierda predicha de una
hechicera trastornada que afirmó que tú serías el fin del linaje Gracewood.
Un ruido sordo se deslizó entre mis dientes, y los rechiné, mi tío
sonriendo con tristeza.
—Exactamente —dijo—. Ellos crearon su propia perdición cuando el
padre de Althon deslizó esa espada por la garganta de tu madre y luego en
su corazón. Y aunque tu padre había sido torturado durante días para aceptar
sus términos, su agonía fue tan violenta que sacudió la tierra. Lo liberó y así
comenzó la primera guerra.
No me había dado cuenta que habíamos reunido una pequeña
audiencia, pero ni siquiera los generales y entrenadores se preocuparon por
decirles a los otros lobos que volvieran a las filas. No, no les importó en
absoluto hablar, interrumpir cualquier parte de lo que decía mi tío, aunque
estaba seguro que lo habían oído antes. Algunos de ellos incluso habían
estado allí. La miseria y la injusticia, el crimen que había quedado impune,
los mantuvo arraigados en el lugar o acercándose silenciosamente.
—Terminó apenas dos días después, como ya sabes, con una lanza en
el ojo de tu padre, cortesía de Althon Gracewood. —Retrocedí lo suficiente
para que Serrin se sentara—. Nos superaban en número, pero cuando Joon,
el príncipe Gracewood, también cayó, se retiraron. Pidieron el fin de la batalla 214
que ellos mismos habían creado, como si fueran el juez, el jurado y los
verdugos, y nosotros no fuéramos más que bestias que esperaban que
obedezcan ciegamente.
Ese nombre rugió a través de mí, me maldijo, y lo acogí, me incliné ante
el deseo de aplastarlo de la existencia: Althon Gracewood.
Serrin se pasó una mano embarrada por la mejilla, dejando suciedad a
su paso pero indiferente.
—Ella corrió con esperanza, y al final, eso fue lo que mató a tu madre.
La esperanza de que las criaturas no fueran buenas y amables, sino honestas
y justas. La esperanza mata —siseó, poniéndose de pie—. Así que, mátala
primero y pelea. Que todo este continente sepa que cometieron el error más
grave de sus miserables vidas cuando nos robaron.
Me encogí de nuevo en mí, más magullado y golpeado por dentro que
por fuera, pero algo había cambiado.
Algo había cambiado irrevocablemente cuando di la vuelta en círculo y
vi los rostros sombríos rodeando nuestro recinto. Algunos simplemente
siguieron mirando, horrorizados, otros tenían lágrimas en los ojos, y algunos
de ellos asintieron para confirmar que cada palabra que decía Serrin era
verdad.
Sabía que era verdad. Lo había sabido, pero no había sabido lo
escalofriantes que serían los detalles de esa verdad: el frío brutal de ellas
congelando mi torrente sanguíneo hasta congelar lo que quedaba de mi
corazón.
Tomé mi espada, apenas sintiendo su gran peso sobre el nuevo que
ahora se había convertido en una parte de mí.
Serrin sonrió con los ojos húmedos, y asintió.
—Ahí estás finalmente, mi rey.
No había forma sobrenatural de que pudiera tocar alguna vez a otra
persona, pero mi cisne no necesitaba saber eso.
Del mismo modo que no sabía que estaba parado en medio de una
ciudad que alguna vez fue hermosa llamada Tulane.
215
Por supuesto, disfruté viendo sus celos ahogar su necesidad de
odiarme. Lo disfruté, y quise más, pero no podía soportar la idea de verla.
Aún no. La mera visión de sus inquisitivos ojos dorados la noche anterior,
tan desesperadamente perdidos mientras miraban más allá de mí hacia el
salón de baile lleno de apostadores, luchadores, cabrones y la realeza, me
tentó a atormentarla un poco más.
No era como si no se lo mereciera.
La llama bailaba en mi palma, su ardor para nada comparado con el
hielo con el que me había dejado mi cisne. Había jugado conmigo. Me
engañó. Intentó seducirme para convertirme en una marioneta maleable
remodelada y embaucada fácilmente.
Mi cisne pronto aprendería lo bien que le funcionarían esos juegos.
Sin embargo, cuando iba a reducir la ciudad a cenizas, algo me detuvo,
y en su lugar lancé la llama a un puñado de árboles, con los dientes
apretados a medida que aullaba:
—Desalójalos.
—¿Hoy no vas a quemarlos? —preguntó Scythe, apresurándose a mi
lado con un montón de libros y licor.
Avancé penosamente por los charcos llenos de sangre causados por la
lluvia y la caída de su amado pozo.
—Si quemamos todo, entonces no tendremos nada que llevarnos para
nosotros cuando llegue el momento.
Sabiendo que tenía razón, maldita sea, siempre tenía razón, Scythe se
volvió para ordenar a los lobos y a nuestros nuevos amigos que detuvieran
sus robos y se marcharan. Algo comenzó a picar sobre mi piel como un
parásito debajo de mi armadura cubierta de sangre.
Pasaron unos momentos preciosos antes de recordar que había
sentido antes esta picazón.
Arranqué el metal, cargando contra los caballos, luego gruñí y me moví
cuando no disminuyó, eligiendo en su lugar volar adelante.
El viento aulló a modo de saludo, inundando mis oídos, cada zumbido
de mis alas incapaz de impulsarme lo suficientemente rápido mientras el
barranco se abría al mar y la picazón debajo de mi piel se calentaba hasta
convertirse en una quemadura constante.
Gruñendo, me dejé caer con una velocidad desgarradora hacia el
216
acantilado.
Opal. Lo supe antes de trasladarme a la Fortaleza y encontrarla en
cuestión de minutos que se sintieron después como una eternidad.
Arreglando mi camisa a medida que corría hacia la mazmorra, que ahora
estaba ardiendo, me detuve cuando doblé la puerta y la vi.
Desnuda y cubierta de sangre en el suelo del calabozo.
Se escuchó un crujido, pero supe que no era nadie. Que no era más
que el órgano de piedra dentro de mi pecho, rompiéndose con cada latido
oxidado.
La puerta en el otro extremo de la mazmorra crujió y gimió. Serrin
entró con un balde de agua jabonosa en mano y un sanador siguiéndolo. Se
detuvo, el sanador casi chocó contra él y luego se acercó a su lado
lentamente.
—Dade —dijo, parpadeando.
Mi visión se volvió carmesí.
La había tocado. Él… la había lastimado. Había abierto agujeros en su
cuerpo perfecto.
Le había arrancado las plumas, algunas flotando por el lugar, un saco
de ellas descansando junto a ella contra la pared.
Había aterrorizado a mi cisne.
—Dade, a-ahora solo e-escucha. —Serrin dejó el cubo y se acercó muy
despacio—. No es tan malo como… argh.
Agarrándolo por el cuello, lo lancé contra la pared. La golpeó con un
sonoro retumbar lo suficientemente fuerte como para romperla. Un crujido
repugnante se escuchó bajo el desmoronamiento de la argamasa y piedra
antes de que cayera inerte al suelo tembloroso.
La conmoción agitó a Opal, su jadeo ahogado partiéndome en dos.
Mis puños se curvaron, mis garras cortando la piel, mi cuerpo dividido
entre el lobo y el macho, y el deseo de acabar con él. Para asegurarme que
nunca más pudiera verla, tocarla, o cualquier otra cosa, nunca más.
Entonces dijo: “Tulane”, y quise girar esas garras en mi pecho y
arrojarme a sus pies manchados de sangre para suplicar piedad.
Preguntarle qué era esta vida de antes, qué sabía de ello, y cómo podíamos
salir adelante juntos si me perdonaba.
217
No lo haría. Nunca me perdonaría. De ahí por qué era un bastardo que
solo seguía asegurándose de ese hecho.
Así que, en cambio, corrí hacia ella, la tranquilicé, y le aparté el cabello
de la cara antes de quitarle delicadamente la cadena de su cuello magullado.
La sangre aún brotaba de una herida profunda en su brazo, y la cubrí con
mi mano, deseando que se detuviera, que se sellara. Lo hizo, pero solo
duraría por un tiempo antes de necesitar la atención médica adecuada.
Mi estómago dio un vuelco, la rabia y preocupación royéndose
mutuamente y cargando en cada respiración entrecortada que inhalaba.
Estrellas, la sangre. La sangre estaba por todas jodidas partes. Su otro brazo
también destrozado, pero más limpio, como si una estaca le hubiera
atravesado la carne.
Mirando el saco de plumas empapadas en sangre, tragué con fuerza.
—Cisne —dije con voz ronca.
Sus ojos se cerraron muy despacio, y la tomé con cuidado en mis
brazos, asintiendo al sanador que estaba observando con una mirada
marrón vidriosa.
—Sígueme.
Veintitrés
Opal
Desperté en medio de la niebla, las aguas sedosas del sueño
despegándose como una sábana suave deslizándose por mi cuerpo.
Un dolor, sordo y templado por manos curativas, persistió en ambos
brazos. Cuando los miré, la luz del día entrando por las ventanas más allá
de la cama y cerrando mis párpados, no vi nada más que vendas ligeramente
manchadas. 218
Un gemido bajo me siguió a otro sueño profundo.
Cuando desperté, las estrellas habían salido, la luna brillando sobre
la bestia merodeando en círculos al final de mi cama.
El gigante de pelaje blanco avanzó cinco pasos antes de tener que
deslizarse en un giro estrecho y luego volvió a pasearse. Lo observé,
hipnotizada por la gracia fluida de cada paso poderoso. Esas patas, el
músculo de sus piernas, podían hacer un agujero en el suelo si quisiera.
Pero fueron las alas las que me robaron el aliento. El pelaje sobre ellas
era tan ligero que parecían coriáceas a primera vista. El pelaje se volvía
denso hacia los bordes y luego se extendía en plumas cremosas.
Susurraban, esas alas gigantes, pegadas a su costado, pero de vez en
cuando se agitaban cuando soltaba un suspiro.
Necesitando un poco de agua, me apoyé en mis codos y casi me
atraganté cuando dejé el vaso y encontré a la bestia acechando hacia el lado
de la cama. Esos ojos eran del mismo azul cerúleo, absorbiéndome, sin
pestañear a medida que se sentaba junto a donde yo estaba.
Su hocico era canino, más grande que mi cabeza, pero los cuernos que
se curvaban detrás de sus orejas peludas no se parecían a nada que hubiera
visto antes en una criatura. Brillaban, un bronce profundo reluciente,
ambos más afilados que las hojas en cada extremo severamente puntiagudo.
Se decía que el hijo o la hija primogénita del rey llevaría cuernos. Una
característica que los diferencia del resto de sus familiares. Una corona para
el alfa de todas las bestias.
El rey de los lobos inclinó esa cabeza gigante y, finalmente, parpadeó.
Parpadeé en respuesta, y luego comprendí que estaba esperando. No
estaba segura de lo que quería, pero pronto me pregunté si esta era su forma
de preguntarme si estaba lo suficientemente tranquila con su apariencia
como para acercarse cuando soltó otro bufido, sus fosas nasales oscuras
ensanchándose mientras levantaba una pata y la dejaba de golpe en el
suelo.
Tragué saliva, insegura pero también certera que lo quería más cerca.
Y ese siempre era el problema con este macho. Temía quedarme
atrapada para siempre en algún lugar entre el deseo y la vacilación.
Pero entonces recordé. Tulane.
219
Bajé a la cama y me enfrenté a la pared opuesta, ignorando su gemido
bajo.
Pasó otro día, mis miembros demasiado rígidos y doloridos para
soportar más de un viaje a la cámara de baño.
Aún en su forma de bestia, Dade continuó con su paseo de un lado a
otro por la habitación, a veces eligiendo recostarse sobre las pieles en el piso,
su gigante cola de nieve agitándose a medida que dormía.
Sus ojos se abrieron de golpe, y fruncí el ceño, dejando el libro que
había estado intentando leer en la ropa de cama a mi lado. Un golpe sonó
segundos después, el hocico de Dade en el aire mientras olfateaba quién
era, luego gruñó en voz baja, como si estuviera molesto, cuando Scythe
entró.
Cerró la puerta detrás de él, con una sonrisa en sus labios carnosos a
medida que veía a su rey.
—Mi rey, ¿aún no estás cansado de jugar al guardia?
Dade gruñó lo suficientemente fuerte como para que sus labios se
desplegaran sobre sus relucientes colmillos blancos.
Scythe, aún sonriendo, metió las manos dentro de los bolsillos de sus
pantalones.
—Relájate, solo estoy aquí para informarte que tu querido tío
finalmente ha despertado. Sufrió una fractura de cuello. —La atención de
Scythe se arrastró lentamente hacia mí—. Pero vivirá.
Dade se levantó, más rápido de lo que habría pensado que algo de ese
tamaño pudiera moverse, y comenzó a pasearse de nuevo, esta vez más
lento, como si estuviera reflexionando sobre algo.
—Serrin —dije, forzando mis ojos de Dade a Scythe y lejos del recuerdo
de una mazmorra empañada de sangre—. ¿Terminó entregando el, eh…?
—¿El paquete? —terminó Scythe por mí. Asentí, y me observó por un
momento, luego soltó un suspiro fuerte y se apoyó contra la puerta. Su
túnica negra, forrada con costuras carmesíes, se aplastó contra su pecho
duro como si la tela pesada estuviera hecha para moverse con él como el
220
aire—. No, ha sido destruido.
Algo en esas palabras me dijo que no estaba exactamente emocionado
con el desperdicio, pero que no lo discutiría.
Asentí una vez más, enroscando parte de mi cabello detrás de mi oreja
a medida que el recuerdo del dolor de cada pluma perdida siendo arrancada
como si fueran zarzas entre las faldas, ondeó sobre mí en una oleada fría.
—No ha vuelto a cambiar —dije, en parte curiosa del por qué y también
deseando llenar el silencio tenso. Deseando desviar su atención a otro
lugar—. ¿Hay alguna razón?
Scythe leyó la pregunta que no hice: ¿sucede algo malo? Y esa curva
en sus labios regresó.
—Sus sentidos son mejores en su forma más básica —respondió—.
Todos los nuestros lo son, pero los de él, bueno, no tienen rival. —Su sonrisa
se amplió hasta convertirse en una sonrisa deslumbrante—. Acostúmbrate
a él, cisne. No regresará hasta que esté listo.
Reflexioné sobre eso durante el resto del día, y esta vez cuando llegó
la cena, noté una comida extra en la bandeja.
En lugar de comer en mi cama como solía hacerlo, la puse en la mesita
pequeña en la esquina al otro lado de la habitación. El espacio entre la
mesita de noche y las estanterías era estrecho, y no me engañaba al pensar
que el rey encajaría en la silla frente a mí incluso en su forma Fae.
Pero había espacio suficiente entre la cama y los estantes, las pieles
blancas sobre las que había dormido entre la bestia vigilante y yo, para que
se acercara si así lo deseaba y comiera algo.
Sin saber si volvería a cambiar o no, dejé su plato en el suelo. El rey
ni siquiera lo miró, sus ojos brillantes nunca dejándome. Su cola se agitó
detrás de él, esos ojos moviéndose a mi plato y luego de vuelta a los míos,
con una chispa de impaciencia en su interior.
Quería que comiera.
Eso nos hacía dos. Mis brazos temblaron un poco cuando quité los
cubiertos de la bandeja y corté la rebanada jugosa de cordero. La cola de
Dade dejó de agitarse a medida que masticaba, y después de algunos
bocados más de judías verdes y carne, dejé mis cubiertos y lo miré.
No lo había visto comer ni una vez en los días que habíamos estado 221
secuestrados en mis aposentos. Por supuesto, podría haberlo hecho
mientras había estado dormida, pero dudaba mucho que hubiera dejado sus
cavilaciones para tener tiempo para ello.
Entrecerró los ojos, y dije:
—Tú también necesitas comer. —Se estrecharon aún más y sonreí—.
No comeré otro bocado a menos que tú lo hagas.
Gruñó, el gruñido áspero erizando los vellos de mis ahora
extremidades firmes.
No cedí, pero levanté su plato de comida del suelo y corté el hueso de
la carne. Luego corté el cordero en cuatro trozos grandes y le indiqué al rey
que viniera hacia mí.
Ambos nos quedamos quietos.
Una orden. Le había dado una orden al monstruo de Nodoya y
mientras estaba en su forma de bestia nada menos.
Mi respiración se atascó en mi garganta. La cabeza de Dade se inclinó
como si estuviera divertido a medida que me consideraba.
Mis hombros se hundieron cuando él no se movió y probé un enfoque
diferente.
—Por favor. —Las palabras susurradas se rompieron un poco,
sorprendiéndonos a ambos. Pero entonces se movió.
Lentamente, sus ojos nunca dejando los míos, y los míos nunca
dejando los suyos, el cuerpo gigante del rey se balanceó con cada poderoso
paso perezoso que dio sobre la alfombra. Me quedé inmóvil, tan inmóvil que
no estaba segura si estaba respirando, mientras su rostro se elevaba más
alto que mi frente, inclinándose hacia abajo para que su mirada se
encontrara con la mía por encima del hocico largo.
Su olor era más potente en esta forma, escabulléndose dentro de cada
extremidad y bloqueando cada músculo a medida que me preguntaba si un
gran bocado suyo me arrancaría la cabeza de los hombros pulcramente.
Abrió la boca, asomando una lengua larga, y luego se sentó, aunque
su cabeza aún se cernía sobre la mía. Incapaz de detenerme, extendí una
mano tentativa, observando esos ojos para ver si se mordería, y cuando
simplemente esperó, acaricié su melena suavemente. Mis dedos
desaparecieron al instante dentro del pelaje blanco increíblemente suave, y
los aparté con un sobresalto.
Dade se humedeció los labios, y yo aparté la mirada, apuñalando un
222
trozo de cordero con el tenedor.
—Probablemente deberías recostarte, a menos que quieras que me
ponga de pie. —Como siempre, estaba demasiado cerca, demasiado grande
y simplemente demasiado para un espacio tan reducido.
Lo hizo, y me contuve para no retractarme ante la señal de sumisión.
Un rey lobo a los pies de un cisne.
Me costó un gran esfuerzo mantener mi mano firme mientras le
llevaba el tenedor a la boca, que ahora estaba casi al nivel de mi pecho, y
sus orejas se echaron hacia atrás, al igual que su cabeza.
Fruncí el ceño.
—¿No te gusta el cordero? No te creo.
Resopló y movió sus ojos hacia mi mano libre. Entonces entendí. Por
supuesto, no quería que usara un tenedor. Quería que le diera de la mano.
Mi estómago se hundió cuando eché un vistazo a esa boca, las dagas
descomunales inundadas de oscuridad que destrozaría toda mi mano en
menos de un segundo. Dade me observó fijamente, esperando, sabiendo que
una vez más estaba en guerra conmigo y ofreciéndome algo que no estaba
acostumbrado a darle a nadie más.
Paciencia.
No me haría daño, me recordé. El vínculo que compartíamos hacía que
eso fuera casi imposible. Al menos, no me lastimaría físicamente.
Mi corazón, mis sentimientos, no caían bajo esa mentalidad de
proteger a toda costa, porque él no tenía corazón propio. Pero cuando su
nariz tocó mi mano suavemente, me pregunté si en algún lugar detrás de
esos ojos azules observándome, estaba aprendiendo ahora que el mío
también debía ser protegido.
Así que, tomé un trozo de cordero y, con él en la palma de mi mano,
se lo ofrecí al rey.
Un destello de algo se movió detrás de esos ojos antes de que bajara
la cabeza y lamiera la carne delicadamente de mi mano con su lengua suave.
Pero cuando me dispuse a recoger otro trozo, gruñó y suspiré antes de
agarrar mi tenedor para tomar dos bocados de mi propia comida, que ahora
se había enfriado pero no fue menos deliciosa, los frijoles empapados en una 223
salsa de cebolla caramelizada glaseada.
Continuamos de esta manera hasta que solo quedaron las verduras.
Y dejé el plato en el suelo.
—Puedes lamerlos tú mismo —dije, sonriendo cuando soltó un suspiro
irritado.
Comió y, satisfecha, me serví un vaso de agua, luego eché un poco en
un plato pequeño de pan sobre la bandeja después de colocar los panecillos
pequeños en mi plato vacío.
Aunque el tamaño de su nariz lo dificultaba, el rey aun así lamió toda
el agua del cuenco, pero volvió la cabeza cuando le ofrecí más.
A la mañana siguiente, el rey se negó a desayunar pero accedió a
almorzar. Por supuesto. Probablemente todo lo que toleraría en esta forma
sería carne y verduras. La papilla solo lo enfermaría.
Esa noche, mientras el rey dormitaba ante la chimenea, me preparé
un baño después de la cena, agradecida por el tiempo a solas pero también
temerosa de que se fuera en mi breve ausencia.
Debí haber sabido que protestaría contra la barrera de madera y la
abriría al primer sonido de dolor que saliera de mi boca. Aun así, me deslicé
dentro de las profundidades cálidas, con burbujas con aroma a vainilla
haciendo espuma cerca de mi barbilla, y apreté los dientes.
Apenas había notado las heridas que se estaban curando en mi
espalda, los numerosos cortes pequeños pero profundos que casi habían
sanado, hasta que el agua me recordó cuántas plumas me faltarían la
próxima vez que cambiara. Estaba casi demasiado asustada para
averiguarlo, rezando para que pasara tiempo suficiente antes de que lo
hiciera y que muchas hubieran vuelto a crecer de antemano.
—Estoy bien —me quejé. Quitándome los vendajes de los brazos, los
coloqué sobre el borde y elegí una esponja del alféizar de la ventana para
arrastrar con cuidado sobre las heridas que se estaban curando—. Ya
puedes irte.
Ambos sabíamos que él no haría tal cosa. Se desplomó en el suelo
justo afuera del baño, su cabeza casi llenando la entrada.
Suspiré, pero terminé de lavarme antes de permitirme un momento
para solo sentarme dentro de la tibia agua cremosa, y respirar. Una nariz
húmeda en mi brazo me despertó del sueño, y me obligué a no asustarme
al ver la mirada entrecerrada de Dade a centímetros de la mía.
224
—Está bien —dije, enderezándome en la bañera y luego recordando
que estaba desnuda. Sin importar que fuera un lobo bestial con cuernos, ni
que me hubiera visto antes desnuda, aun así le ordené—: Saldré si me das
la privacidad para hacerlo.
Me miró de una manera que solo podría describirse como una burla,
luego se tomó su tiempo para girar en el espacio pequeño y regresar al
dormitorio.
No cerró la puerta, pero cuando miré por encima de mi hombro antes
de salir, no pude verlo. Envuelta en un paño, salí de la bañera hasta una
bata grande al lado y seleccioné un camisón de satén color melocotón que
caía hasta mis rodillas.
Dade estaba durmiendo en el suelo, un ojo se abrió de golpe cuando
pasé un peine por mi cabello húmedo mientras caminaba de regreso a la
cama. Lo puse sobre la mesita de noche, luego empujé con cautela mis
piernas debajo de la ropa de cama y escuché el viento aullar afuera, incapaz
de dormir.
Las espinas de las enredaderas chocaban contra las ventanas, el fuego
de la chimenea se estaba apagando.
—Dade —susurré eventualmente, sin saber si estaba dormido, si
alguna vez dormía en realidad mientras estaba en mis habitaciones—.
Supongo que, tu tío está retenido en alguna parte. Ya puedes cambiar.
No dijo nada, y después de unos momentos mirando fijamente al
techo, la luz y la oscuridad arrojándose entre sí a las sombras de la luna,
supe que no importaba si la amenaza estaba contenida.
Scythe tenía razón. El rey no regresaría hasta que estuviera listo,
hasta que hubiera pasado suficiente tiempo a solas con su ira, vergüenza y
cualquier otra cosa que afligiera a esa oscura mente extraña.
Tuve que preguntarme si tal vez no volvería hasta que yo lo perdonara.
Y tal vez podía perdonarle esto, pero había muchas otras cosas que no podía.
En cualquier caso, la visita de Scythe había sido más que un simple
mensaje sobre su tío que cualquiera podría haberle entregado. Había sido
una especie de reconocimiento. Dade era un rey, un tirano, pero seguía
siendo un rey, y este reino ahora estaba sin uno y un consejero hasta que
decidiera regresar.
Tenía el presentimiento de que su tío y consejero, el mismo hombre en 225
el que ahora no se podía confiar a los ojos del rey, era quien gobernaría en
ausencia del rey. Lo que dejaba a sus guerreros más confiables, los mismos
guerreros a los que les gustaba acostarse con mujeres en un salón de baile
bajo una mirada atenta mientras otros jugaban y bebían como estúpidos.
Podría no conocerlos bien, pero sabía que Scythe y Fang estaban mal
equipados para mantener este lugar unido durante semanas.
Probablemente nunca antes habían tenido que hacer algo así.
Dade tenía que saber eso, tenía que ser muy consciente de eso, dado
todo lo demás de lo que era tan consciente en esta forma, sin embargo…
—Dade —susurré de nuevo, más duro esta vez.
Se sentó, sus ojos brillantes en la oscuridad, sus cuernos bañados por
la luz de la luna.
Estaba loca, sin duda alguna. Una tonta por la forma en que me
preocupaba cuando este sería un momento oportuno para aprovecharme de
este rey asesino. Para abalanzarme y recuperar algo de lo que me había
robado a mí y a tantos otros. Podía alertar a lo que quedaba de nuestras
fuerzas, podía enviar un mensaje al reino humano, si de alguna manera
podía salir de esta habitación o enviar un mensaje a Vordane.
Pero ninguna de esas cosas era posible, incluso si podía hacerlas.
Me perseguiría. A dondequiera que fuera, hiciera lo que hiciera, él lo
sabría y me seguiría.
Aun así, continuaría con esta búsqueda estúpida. Pero era egoísta, así
que me aprovecharía de este rey mientras también alimentaba mi corazón
hambriento, esta necesidad invisible que inevitablemente sería mi fin.
Manteniendo mis ojos en los suyos, me levanté y di unas palmaditas
en el borde de la cama. Dade no se movió, ni siquiera desvió la mirada hacia
la cama.
Idiota terco.
Conteniendo un gemido de frustración, aparté mis ojos de los suyos y
arrugué las sábanas en mi puño. Bien. Si quería enfurruñarse en su forma
de bestia en el suelo durante el resto de sus días miserables, entonces…
Miré de la cama a él y casi me reí.
La rompería. Quizás incluso si tuviera cuidado, la madera todavía se
arquearía, se doblaría y se rompería bajo su peso considerable.
De acuerdo. Me paré y me dirigí a la puerta. Dade la alcanzó de un 226
salto que sacudió todos los muebles de la habitación. Gruñó en advertencia,
bloqueando mi salida.
Apoyé mis manos en mis caderas y arqueé las cejas.
Se sentó sobre su trasero y levantó la nariz en el aire, cada centímetro
del malcriado mocoso real, incluso como un lobo.
—Pensé que podríamos estar más cómodos en tus aposentos —dije,
suspirando.
Me miró fijamente, luego parpadeó, después se giró y marchó hacia la
puerta en el lado opuesto de la habitación: hacia la puerta que nunca me
había atrevido a abrir, ni siquiera me había atrevido a acercarme, antes de
ahora.
La abrí, sabiendo lo que iba a encontrar y no del todo segura que
simplemente cerrarla significara que nunca volvería a usarse, luego me
detuve en su vestidor.
Un vestidor que era casi del tamaño del dormitorio que acabábamos
de dejar. Rojos, grises, negros y una pequeña pizca de blancos y cremas fue
todo lo que pude distinguir en la oscuridad.
Dade resopló y me rodeó, su pelaje suave rozando mi pierna y mano,
esperando a que cerrara la puerta detrás de mí.
Satisfecho cuando hizo clic, entró pavoneándose en el dormitorio,
luego se detuvo, bloqueando mi entrada a medida que olfateaba el aire.
Esperé en la puerta, la luna rebotando en la ropa de cama oscura y prístina
de la cama gigantesca, mientras Dade olfateaba cada rincón, cada mueble y
luego se subía a su cama.
Ésta gimió, pero por lo demás pareció lo suficientemente grande para
él e incluso para mí. Sin embargo, me detuve, pensando que tal vez
simplemente debería decirle que estaba bien y regresar a mis aposentos.
Dade esperó, con la cabeza erguida, las sombras bailando alrededor
de sus orejas aguzadas y esos cuernos mortales, y me hundí con derrota y
alivio, cruzando una alfombra tejida y subiéndome a la monstruosidad para
sentarme a su lado.
Después de mirarlo por momentos interminables, cedí al impulso de
arrastrarme más cerca y recosté mi cabeza sobre una almohada empapada
en su aroma. Estuve tentada de rodar mi cara en ella, tentada de rasgarla
en pedazos con mis manos y dientes a medida que tragaba tanto de él como
podía.
Luego apoyó su cabeza debajo de la almohada junto a la mía, sus ojos
227
buscando, su pelaje subiendo y bajando con cada respiración.
Hermoso era una palabra demasiado pequeña para describirlo. Era
magnífico, terriblemente intimidante y tan absolutamente encantador que
capturaba cada aliento tembloroso. Aunque todos los instintos naturales
con los que nací me gritaban que no lo hiciera, me entregué al más nuevo.
Aquel con el que aún estaba luchando por llegar a un acuerdo: la necesidad
instintiva de estar lo más cerca posible a él. Me rendí y me acurruqué más
cerca para trazar su hocico, el sedoso pelaje blanco entre sus ojos.
Se cerraron ante mi toque, su lengua humedeciendo sus labios cuando
continué sobre su cabeza hasta los cuernos. Hueso. Huesos gemelos
retorcidos y afilados que, se sintieron cálidos y suaves bajo la yema de mi
dedo.
Alas, escondidas en su costado, se estremecieron cuando arrastré mi
dedo hacia sus orejas suaves y no pude evitar sonreír.
—¿También quieres que las toque?
Abrió un ojo en respuesta. Mi sonrisa permaneció en su sitio a medida
que me acomodaba contra la almohada, pensando que era mejor que ambos
durmiéramos.
Un empujón de su nariz fría en mi brazo me hizo ceder, y esas alas se
extendieron, estirándose ampliamente para rozar el suelo, las plumas
suaves rozando mi mejilla.
—Presumido.
Un fuego rugió a la vida, encendiendo las piedras plateadas en la
chimenea, pero no pude apartar mis ojos cansados de la magia a mi lado el
tiempo suficiente para admirar la mampostería. Cayeron, la respiración de
Dade tornándose más lenta, los latidos de su corazón un tambor lento cerca
de mi oído que me adormeció mientras me acurrucaba más cerca.
Desperté unas horas después, con sudor empañando mi frente, y me
di cuenta de por qué. Un ala había cubierto todo mi cuerpo como una manta.
Mi cara estaba enterrada en pelaje, un hocico expulsando respiraciones
uniformes que agitaban el cabello en la parte posterior de mi cabeza.
Me giré sonriendo para tomar algo de aire, notando que ya era de
mañana, pero volví a dormirme felizmente.
228
Veinticuatro
Opal
La tarde trajo consigo a un macho semidesnudo.
Con la barbilla en su palma, su otra mano jugando con mi cabello,
Dade me observaba con una sonrisa en esos ojos azul lupinos a medida que
estiraba mis piernas y forzaba a los míos a permanecer abiertos.
—Nunca participé en las celebraciones —dijo a modo de saludo.
Me tomó tres parpadeos confusos comprender a qué se estaba
229
refiriendo y el alivio me envolvió tan fuerte que me senté. No había estado
con ninguna de esas mujeres esa noche en el salón de baile.
Me pasó un vaso de agua y lo engullí hasta el fondo.
—Puedes hacer lo que quieras.
Intenté arrastrarme fuera de la cama, dejar el vaso junto a los libros
en la mesita de noche y salir. Él estaba de regreso. Había vuelto y ahora no
sabía qué hacer con él.
Conmigo.
El vaso cayó a la alfombra en el piso, rodando debajo de la cama
cuando un brazo rodeó mi cintura y me arrojó debajo de un gran cuerpo
tonificado. Dade me miró fijamente, con un aroma a cedro fresco saliendo
de él. Debe haberse bañado mientras aún dormía.
—Tú eres lo que quiero.
Aturdida, lo miré boquiabierta por momentos abrasadores.
—Tú los observaste —dije y quise golpearme inmediatamente.
Las cejas de Dade se fruncieron.
—Sí, lo he hecho a veces. Sería difícil encontrar a alguien que no lo
hiciera. —Entonces sonrió, mechones de cabello rubio cayendo sobre su
frente, rizándose alrededor de esos pómulos afilados. Ambos hoyuelos se
hicieron más profundos, mis dedos ansiosos por tocarlos—. Incluso tú
miraste. Te vi.
Allí me atrapó y me mordí los labios contra el calor queriendo subir a
mi cara.
—Estaba impactada.
—Tenías curiosidad. —Su sonrisa se convirtió en algo más mortífero,
luego bajó hasta que su pecho desnudo casi presionó el satén cubriendo el
mío, y murmuró—: Pero si te molesta, no volveré a mirar nunca más.
Reconocía un voto cuando escuchaba uno, especialmente en ese
profundo tono áspero.
—¿En serio? —pregunté de todos modos.
Mis labios se separaron, mi aliento navegando entre ellos cuando sus
ojos se posaron en ellos, y luego más abajo en mi pecho. Regresaron febriles
a los míos, sus fosas nasales ensanchándose.
230
—Mi cisne hermoso —ronroneó—. Mi némesis agridulce, estoy
empezando a temer que no hay nada que no haría por ti.
Jadeé al escuchar esas palabras y la forma en que la parte inferior de
su cuerpo cayó sobre el mío, mis piernas abriéndose antes de que pudiera
pensarlo mejor. No podía pensar.
Borraba todo lo racional, y el brillo agresivo que profundizó sus ojos,
haciendo que los músculos se flexionaran en los brazos poderosos a ambos
lados de mi cabeza, indicaba que lo sabía.
—Princesa —dijo con voz ronca. Mis manos aferraron sus mejillas. Mi
cuerpo se arqueó contra el suyo. Sus ojos se cerraron a medida que soltaba
ahogadamente—: Maldición —antes de estampar su boca sobre la mía.
El fuego llenó cada extremidad, mi corazón una explosión de latidos
fallidos mientras su boca asaltaba y saqueaba, y fue lo único que pude hacer
para no derretirme en el colchón de plumas debajo de nosotros.
Un dedo con garras rozó mi costado, la piel de gallina erizándose a su
paso, y luego el otro. Las correas fueron lo siguiente, luego ambas manos
volvieron a apretar las sábanas junto a mi cabeza a medida que mi camisón
caía en tiras con cada tirón de la parte inferior de su cuerpo sobre el mío.
—Me gustaba ese camisón —jadeé cuando su boca me dio un respiro,
y se deslizó por mi cuello y pecho.
—Te compraré veinte más para rasgar —murmuró contra mis pechos,
su aliento caliente y entrecortado, y gemí cuando su boca cálida se cerró
sobre un pezón rígido. Chupó, luego lamió, después se movió hacia el otro
para prodigarle la misma atención. Sus ojos destellaron hacia mí,
observando, aprendiendo, sabiendo. Sus dientes arañaron gentilmente
sobre la piel delicada, su pregunta más una búsqueda de confirmación—.
¿Te gusta eso?
—Me encanta, pero vuelve aquí. —Desesperada, agarré su cabello
entre mis dedos, acariciando su espalda cuando él acercó esa boca deliciosa
a la mía y luego empujé la cinturilla de sus pantalones.
Dejaron su cuerpo con un solo movimiento, y me congelé al sentirlo,
el calor de su piel suave casi hirviendo.
—Te necesito —susurró, entrecortado y mordiendo mis labios—. Como
nunca antes he necesitado nada hasta ahora.
Mordí sus labios en respuesta, luego lamí la pequeña perla de sangre 231
que había derramado.
—Hazlo —supliqué, demasiado suave para que sea el desafío tentador
que pretendía.
Dade se puso rígido sobre mí. Su cabeza se levantó lo suficiente como
para que sus ojos evaluaran los míos. Le devolví la mirada fijamente, mi
corazón martilleando contra el suyo, mi lengua enredada en todas las
palabras que quería y me negaba a decir.
Tómame, poséeme, redúceme a nada más que tuya.
Leyó el mensaje tácito alto y claro, una exhalación temblorosa
sacudiendo sus hombros anchos y dejando su nariz. Mis dedos se
hundieron en su espalda musculosa, mis muslos se apretaron alrededor de
su cintura, y mi corazón se agitó como el animal herido que era cuando no
me devoró.
No. En cambio, el monstruo me besó con dulzura, con seriedad, como
si fuera de porcelana que se rompería si no se manipulaba sin cuidado.
Mis ojos se llenaron de lágrimas y los cerré, hundiéndome en mi propio
peligro a medida que le devolvía el beso. Una caricia suave por cada
respiración agitada, frotando, fundiendo e incinerando. Me perdí tan
plenamente que cuando se estiró entre nosotros, presionando un dedo y
luego entrando, solté un gemido fuerte.
—Exquisita —susurró mi bestia contra mi boca, sacando ese dedo lo
suficiente para deslizarlo hacia adentro y torturarme otra vez. Se detuvo
cuando llegó a la barrera, aquella que pensé que diezmaría con la misma
crueldad hábil por la que era conocido, luego se retiró y bajó por mi cuerpo.
Gemí en protesta, pero mis manos extendidas no fueron rival para su
boca ansiosa. Lamió mis pechos, mi estómago, su lengua hundiéndose
dentro de mi ombligo, sus manos gigantes apretando mis caderas, luego se
detuvo en mi montículo.
Una exhalación acalorada estalló sobre mi piel resbaladiza, mis
piernas retorciéndose en las sábanas a cada lado de él mientras bebía hasta
saciarse con sus ojos. Una maldición acerada fue toda la advertencia que
tuve, su boca cayendo sobre mí. Podría no tener experiencia en el arte de
acostarse con una mujer, pero sabía que no lo sabría incluso si hubiera
tenido experiencia en este campo.
Con trazos largos aterciopelado, su lengua me arrasó: me saboreó de
muslo a muslo. Temblaban tan violentamente que, casi temí que hicieran
232
traquetear la cama, mis dedos en su cabello jalaron y empujaron. Más.
Más, más, más…
Respondió a mi llamado, encontrando ese lugar que había estado
evitando a propósito para darse tiempo para explorar, y una sola pasada
persuasiva de su lengua sobre él fue todo lo que necesitó. Me estremecí y
gemí, mis muslos atrapando su cabeza entre ellos, y mi cuerpo se curvó
hacia el techo mientras un océano de éxtasis puro me abrazó por momentos
dichosos.
Me soltó suavemente, con besos apenas ahí que Dade presionó contra
mi centro violento en comparación, y lo aparté, desesperada por su boca de
nuevo en la mía.
Se inclinó sobre mí, sus labios brillantes y sus pestañas bajas.
—Nunca en toda mi existencia he probado algo como tú.
Mi respiración aún era irregular, mi corazón latiendo fuerte y
magullado, pero quería más. Lo deseaba tanto que me las arreglé para
susurrar con voz ronca:
—¿Qué sabor tengo?
—A las estrellas, el sol y toda mía. —Se humedeció los labios—.
Jodidamente mía. —Aferré su barbilla, acercándolo más, queriendo ver por
mí, solo deseando, necesitando más. Los ojos pesados de Dade se abrieron
del todo con una chispa, sus labios curvándose—. Me sorprendes.
—Cállate y bésame, salvaje.
Me tragué su risa, luego su gemido cuando mi lengua se hundió en su
boca, saboreando mi propia esencia. La forma en que se combinó con la
suya hizo que mi cabeza diera vueltas.
Pero se apartó, sin aliento y de repente pareciendo tan inseguro de sí
que me pregunté si era el mismo hombre con el que me había quedado
atrapada estas últimas semanas.
—Te lastimaré.
Sonreí ante eso, mi nariz rozando la suya a medida que mis pulgares
bailaban sobre sus mejillas sin afeitar para deslizarse debajo de esas
pestañas largas. Soltó un suspiro jadeante, sus brazos temblando, y
susurré:
—Ya me has lastimado sin remedio, así que ¿por qué detenerte ahora?
233
Algo incorrecto que decir.
El rey se apartó de golpe, la lujuria luchando con algo que no podía
nombrar en sus ojos.
Me senté conmocionada, alcanzándolo y odiándome por eso, pero
tenía demasiado miedo de que él se retractara de un acuerdo que pensé que
ya habíamos hecho.
—Espera. —Se puso de pie, su trasero perfecto robando mi atención,
los muslos musculosos recogiendo sombras y la luz de las estrellas mientras
mi pánico aumentaba.
Su orden fue baja, apenas más que un gruñido.
—Puedes volver a tus aposentos.
—¿Disculpa? —Increíble. La molestia pisoteó el pánico. Un ruido
salvaje casi explotó, pero me lo tragué—. No regresaré a ningún lado —dije,
retrocediendo sobre la cama y cruzando mis brazos y piernas.
Dade se detuvo junto a la cómoda, todo su cuerpo inmóvil.
—Esa no fue una solicitud. Fue una orden.
—Entonces, ven y castígame, porque me niego a obedecer.
Mirándome por encima de su hombro, el animal que merodeaba bajo
su piel me devolvió la mirada fulgurante a través de sus ojos.
—Cuidado, cisne. —Una advertencia envuelta en dos palabras
engañosamente suaves.
—¿O qué? —me burlé, orgullosa de haber mantenido mi voz firme
cuando se volvió lentamente, y mis entrañas temblaron—. Has dejado un lío
entre mis piernas. Antes de eso, me hiciste una promesa que no has
cumplido.
—¿Lo hice, no? —se burló, luego dio dos grandes pasos
calculadamente lentos hasta el borde de la cama.
Mis ojos se arrastraron sobre su virilidad aterradora pero sin duda
impresionante, mi estómago disolviéndose en lava inundada de mariposas.
Vagaron sobre la definición nítida de sus caderas y abdomen, luego se
elevaron hasta las alas ensombreciendo detrás de su espalda y formando un
arco sobre las paredes bloqueando la luz de la luna.
Gimió, como si mi mirada fuera un toque ligero.
Al final, lo miré directo a los ojos. Los encontré, y arrastré mis dientes
234
sobre mi labio inferior antes de ronronear:
—Seguro que así me pareció.
Inclinó la cabeza, y luego fue su turno. Su mirada era completamente
inhumana, cada vez más salvaje a medida que se arrastró entre mis piernas,
se balanceó sobre mis pechos y después se movió hacia mi cara cuando me
arrojé sobre su cama y enredé mis manos en mi cabello ya enmarañado.
—¿Respuesta sincera?
La cama se hundió con su peso. Sus dedos se curvaron alrededor de
mi tobillo antes de moverse lentamente hacia arriba, y más arriba, y
detenerse en mi muslo.
—Siempre —contestó tenso.
La admisión ardió, mi garganta, mi lengua y mis labios.
—No creo que pueda irme incluso si en realidad quisieras que lo haga.
Él se congeló. Luego estaba de vuelta, encima de mí y mirándome
fijamente, tan rápido que chillé cuando dijo con brusquedad:
—Me atormentas.
—Entonces —dije a esa boca adictiva—. Atorméntame en respuesta.
—Mis piernas se envolvieron alrededor de su espalda, mis pies
presionándolo más cerca.
Otro gemido.
—Te arrepentirás. —Sin embargo, aún se estaba alineando, preparado
para atacar y matar tan pronto como le dieran el visto bueno—. Ambos
sabemos que lo harás.
No le mentiría, así no, pero me encontré queriendo hacerlo cuando me
miró así. Como si fuera una espada que adoraba, pero con la que se
pincharía en el pecho continuamente.
Eso era imposible. El rey de sangre no tenía corazón, no tenía
sentimientos fuera de los suyos, pero tal vez, a juzgar por el miedo
parpadeando en la superficie de esos tormentosos ojos insondables, tenía
alma.
Un alma que destruiría.
Apoyé mi mano sobre su mejilla gentilmente, acerqué su frente a la
mía y besé su nariz a medida que lágrimas escocían en mis ojos cerrados.
235
—Tal vez lo haga, o tal vez… —Besé su boca, su exhalación fuerte
quemando mis labios—. Tal vez sea la única cosa de la que nunca me
arrepentiré.
Su brazo se deslizó debajo de mis hombros, su mano atrapando mi
rostro con el suyo mientras fusionaba nuestras bocas, y su cuerpo chocó
contra el mío con una precisión intensa, borrando mi virginidad y mis planes
defectuosos.
Dade se tragó mi grito, sus dedos en mi cabello alisando los mechones
sudorosos, su polla alojada dentro de mí y tan dura, tan enorme, que temí
estallar, romperme en cada costura.
Innumerables respiraciones laboriosas se liberaron, y no lo hice. No
me rompí y besó mis labios, mis mejillas, mis párpados. Cuando se abrieron
lentamente, mis músculos relajándose y derritiéndose, incluso mientras la
ruina afilada aún ardía, mi salvaje estaba observando, esperando.
—Lo siento.
Lo miré boquiabierta, aturdida, segura de que era la primera vez que
lo oía pronunciar esas dos palabras y preocupada. Preocupada porque no
podía. No sabía lo que querían decir. No sabía lo que era el verdadero
remordimiento. Sin embargo, al mirar su expresión dolida, esos rasgos
sobrenaturales fruncidos con preocupación, tal vez lo hacía.
Tal vez estaba aprendiendo.
Me derretí aún más, mis miembros rígidos desenrollándose, mis dedos
alcanzando su frente empapada de sudor.
—¿Sientes reclamar mi virginidad, o sientes haberme lastimado?
Soltó una risa breve, el sonido profundo sacudiendo mi corazón,
iluminando sus ojos y recordándome el fuego entre mis muslos. Tarareando,
robó mis dedos y los llevó sobre mi pecho para que su boca los rozara.
—Nunca me disculparé por lo primero. —La alegría abandonó
entonces sus ojos—. Pero sí, siento haberte lastimado. Que te haya… —tragó
con dificultad—, que te haya causado tanto dolor.
La habitación giró detrás de él, mi corazón hundiéndose y elevándose,
pero me besó antes de que pudiera ordenarle que se alejara de mí.
Antes de que pudiera llorarle y exigirle que me explique del todo esa
disculpa. 236
Sin embargo, me alegró que lo hiciera, me alegré por el encuentro de
nuestros labios y el movimiento delicado de su cuerpo inseguro pero
desesperado dentro del mío, porque sabía por qué se estaba disculpando.
Y no lo quería. No lo permitiría.
Pero lo tendría.
Nuestra piel se tornó resbaladiza y se calentó, y en unos momentos,
tal vez un minuto, Dade ya no me estaba besando. Estaba gruñendo y
temblando, y supe que se estaba conteniendo.
Fascinada, aparté su rostro del mío para estudiarlo, las líneas
onduladas de su garganta, los tendones tensos en sus hombros y brazos, la
mirada medio embriagada y vidriosa en sus ojos, una tempestad esperando
ser desatada.
—Déjalo ir —susurré, sonriendo un poco.
—Pero yo… —gimió, sus caderas moviéndose más rápido ahora, el
instinto ahogando la inexperiencia torpe e inundando mi cuerpo con un
calor inesperado a medida que se hundía en mí, una y otra vez, y gemí—.
Maldición —gruñó, su cabeza cayendo hacia atrás, sus músculos
estremeciéndose, las sombras convirtiendo el fuego en cenizas, y sus dientes
al descubierto.
Mi estómago se enroscó con asombro en un nudo de necesidad que
hizo que mis muslos se apretaran alrededor de él, y miré. Vi su respiración
sisear entre sus dientes, su pecho subir y bajar en arcadas violentas,
mientras se apartaba de mi cuerpo y se derramaba sobre mi estómago.
Luego cayó sobre mí, recogiendo su peso antes de aplastarme y
deslizando su nariz entre mi cuello y hombro con un rugido atronador entre
respiraciones ásperas. Mi cabello se rizó con el calor, mi piel resbaladiza
pegándose a la suya.
—Estrellas todopoderosas —dijo con voz ronca y se empujó de nuevo
dentro de mi cuerpo. El aguijón afilado fue fácil de ignorar cuando me besó
debajo de la barbilla—. Tengo que hacerlo —gruñó—. Te sientes tan bien. —
Amasó mi costado, apretando mi cadera—. Tan jodidamente bien, no quiero
irme nunca.
—Diría que he creado un monstruo, pero ya eres un monstruo.
Resopló, apretando los dedos en mi cadera, su longitud no muy flácida
se endureció aún más dentro de mí. Pequeñas agujas de dolor se dispararon
en mí, pero me quedé quieta, contenta de ignorarlo porque tampoco quería
que él se fuera.
237
Luego olfateó el aire, y se movió, levantándose con cuidado hasta
apoyarse en sus antebrazos.
—Estás sangrando. —Pero no había disgusto o preocupación en su
mirada.
Era lujuria.
Con un gruñido áspero que provocó un escalofrío por mi piel, se retiró
de mi cuerpo y bajó entre mis piernas, sus dedos separando mis muslos
ampliamente cuando intenté cerrarlos. Intenté levantarme sobre mis codos,
queriendo limpiarme y deshacerme del deseo que había empañado mi
cerebro.
—No —advirtió, y retrocedí ante el poder detrás de la palabra—. Es tu
turno.
—Ya he tenido mi turno y no sabía que así es cómo funciona esto.
—Funciona como queramos, compañera. —Disparó esa última palabra
al blanco con una brutalidad afilada como un cuchillo—. Me has regalado
tu inocencia y ahora quiero disfrutarla aún más.
Intenté evitar que mis ojos se abrieran por completo.
—Como dijiste, hay sangre. —Agité una mano hacia la parte inferior
de mi cuerpo—. Ahí abajo.
Su sonrisa era nauseabunda por la forma en que tan rápidamente
aplastó mi resolución y aumentó esta hambre interminable. Salvaje. Este
macho me convertía en algo demasiado curioso, insaciablemente salvaje.
Me odié por descubrir que me encantaba, pero sabía que nunca sería
suficiente para detenerme.
Sonreí cuando pasó el pulgar a través de mí, separándome, luego se
lo llevó a la nariz e inhaló.
—Ciertamente salvaje.
Sonrió, se lamió el pulgar, y después me lamió a mí.
No se detuvo hasta que me estaba retorciendo. Hasta que mi cabeza
se agitaba en las almohadas, y mis muslos lo mantuvieron prisionero una
vez más.
238
—Cisne —dijo, aturdido cuando la mañana irrumpió por las ventanas
en forma de sombras más claras.
Me había quedado dormida sobre su pecho en cuanto mis muslos
liberaron su cabeza. Con una malvada sonrisa arrogante, se había
arrastrado arriba por la cama y tomó mi cuerpo inerte entre sus brazos.
No me gustó lo bien que encajé dentro de ellos, junto a él, encima de
él; todo era demasiado perfecto, demasiado insoportable en la forma en que
ya odiaba la idea de su ausencia.
—¿Mmm?
—Cásate conmigo.
El hielo llovió sobre mí en una ola lo suficientemente fuerte como para
provocar una risa conmocionada. Busqué en mi cerebro confuso algo,
cualquier cosa útil, y murmuré:
—Eso no fue una pregunta, y no. —Lo miré, preguntándome si estaba
soñando, si él había perdido la maldita cordura.
Simplemente sonrió, sus ojos aún cerrados, y susurró:
—Cisne, ¿quieres, por favor, casarte conmigo?
Mi estómago revoloteó.
—Mucho mejor —dije entre risas, y luego maté las mariposas—. Pero
la respuesta sigue siendo no.
Gruñó, moviéndose y girando su rostro hacia mi pecho y soltando un
suspiro dramático. Su boca se abrió, presionando mi pecho suavemente. Su
beso se volvió más caliente, más húmedo, a medida que continuaba
torturándome desde el borde del sueño. Quizás había tenido unas horas. No
tenía ni idea. Pero me sentí delirantemente exhausta y más viva que nunca
al mismo tiempo.
Cometí el error de gemir, de empujar contra él cuando la mano en mi
trasero se deslizó detrás de mí y se hundió entre mis piernas.
—Solo saber que estás aquí acostada con mi semilla encima es
suficiente para que me muera otra vez de hambre.
Me prendí fuego en un instante, y él sonrió, haciéndome rodar por 239
debajo de él y presionando su boca contra la mía.
—Esta vez —murmuró entre besos embriagadores—, esta vez será la
última vez que me vacíe sobre tu cuerpo en lugar de hacerlo dentro de él,
así que cuando mañana manden un tónico a tus habitaciones —maldijo
cuando lo agarré, apretando suavemente el acero revestido delicadamente
dentro de mi pequeña mano curiosa—, será mejor que lo bebas. A menos
que… —Sonrió de nuevo cuando me quedé paralizada—. Quieras un bebé
creciendo en tu útero.
El horror amenazó con robarme y arrancarme de este espacio mortal
pero seguro que había encontrado.
Lo notó, frunciendo el ceño.
—¿A dónde acabas de irte?
—A ninguna parte, solo… no hables de bebés —dije, y comprendió,
sus rasgos relajándose.
Pequeña yegua de cría.
Él asintió, a punto de abrir la boca, pero lo solté y empujé su pecho.
Se rio entre dientes, rodando de espaldas y metiendo las manos detrás
de su cabeza mientras yo montaba sus muslos y volvía a envolver mi mano
alrededor de él.
—¿Qué te hace pensar que habrá una próxima vez?
No dijo nada sabiamente, pero cedí. Decidiendo que me burlaría de él,
miré hacia su hombría.
—Bien —dije—. Supongo que es algo impresionante. —Aflojé mi agarre
para deslizar mi pulgar sobre la cabeza hinchada—. Tan grueso, largo y de
aspecto enojado…
Hizo una pausa en medio de un gemido.
—¿Mi pene se ve enojado?
—¿Necesitado? —ofrecí, a lo que él se encogió un poco de hombros.
—No te equivocas. —Sus dientes tomaron su labio, luego esos labios
se abrieron en una sonrisa cautivadora—. De hecho, incluso podría decir
que está desesperado.
—¿Ah, sí? —Seguí el juego—. ¿Por qué desesperado? 240
El rey tarareó, gutural y alucinante.
—Por visitar su nuevo hogar.
Me reí, dándole una palmadita en el pecho, y él me acercó a su lado
para robar mis labios.
—Muéstramelo —dije, aún sosteniéndolo—. Muéstrame cómo te gusta
que te toquen.
Con su mano en la parte posterior de mi cabeza, su brazo moldeando
mi cuerpo con el suyo, sus dedos se hundieron en mi cabello, masajeando
suavemente.
—Solecito. —Debajo de sus entrecerrados ojos sonrientes y vidriosos
que sabía que vería cada vez que cerrara los míos, me estudió, luego
murmuró—: Aceptaré cualquier cosa que me des y aun así arderé en
cuestión de segundos. No puedes equivocarte.
Sonriendo, pensé en probar esa declaración algo dulce que amenazaba
con unirse a las otras rupturas en mi corazón y lo apreté. Duro.
Maldijo. Sus pestañas gruesas hundiéndose, luego volviéndose a abrir
sobre charcos azules de fuego.
Mierda.
Como si hubiera leído mis pensamientos, sonrió satisfecho y luego me
besó hasta que cada respiración ardió tanto como mi cuerpo.
241
Veinticinco
Dade
Mi polla se deslizó de nuevo dentro de ella sin ayuda.
Estaba preparada, ya resbaladiza para mí. Esta vez, no hubo un grito
silencioso viajando por mi garganta, sino un grito ahogado, confuso y
silenciado por su propia conmoción cuando me planté profundamente y dejé
que me sintiera.
Dejé que lo sintiera todo.
242
Había experimentado el placer de llevarme al orgasmo innumerables
veces por mi propia mano, los mejores vinos, los cortes de carne y el dulce
sabor de la victoria. Sin embargo, nada, absolutamente nada, se sentía como
esto.
Estaba jodidamente seguro de que nada en todo el universo se sentiría
como ella: una canción inquietante desenvolviéndose en una creación
violenta debajo de mí, envolviéndome, apretándome, arruinándome por
siempre para todo lo demás.
Estar dentro de ella, moverse con ella, besarla, era hacer que se
hundiera bajo la médula de mis huesos, permitiéndole que me persiguiera
para siempre.
Mis dientes rozaron esa suave piel perfumada, mordiendo, arañando…
Estaba condenado a ser salvaje por la necesidad de asegurarme de que
viviera dentro de ella como ella lo haría conmigo.
Los maullidos suaves no tardaron en volverse roncos, sus muslos
satinados deslizándose sobre los míos y mis caderas. Profundicé más, con
las manos enredadas en su cabello y mis labios escalando la columna
elegante de su garganta. Besé su pulso, luego cedí al impulso que me
recorría con demasiada fuerza como para ignorarlo por más tiempo, y mis
dientes perforaron su carne.
Opal se quedó inmóvil, sus manos trepando por mi espalda temblando
sobre mi piel húmeda. No podía parar, mantuve mis dientes allí, la esencia
cobriza de ella invadiendo mi boca lentamente y hundiéndose en mis papilas
gustativas. Mis caderas se clavaron en las suyas, y luego giraron.
Un jadeo, y después, sus manos volaron hacia mi cabello. Sentí que
mis ojos se abrieron de par en par, pensando que me apartaría, pero no, ella
empujó, acunando mi cabeza con esas manos diminutas.
Quería más.
Mi sangre rugió, un gruñido de aprobación abandonándome, y chupé
y besé donde la había marcado y seguí meciendo mis caderas, presionando
dentro de ella mientras gemía y se retorcía debajo de mí.
Su calor se estrechó a mi alrededor, y me separé de su cuello,
susurrando para que lo supiera, para que no pudiera gritarme después al
respecto:
—Te he marcado.
243
Sus ojos dorados estaban brillosos, sus párpados pesados, y jadeó
entre la curvatura lenta de sus labios perfectos en forma de arco:
—Lo sé. —Su pierna se movió, empujando en mi costado, y leí la
intención en sus ojos, colocando un beso en su tobillo a medida que me
levantaba y colocaba su pierna sobre mi hombro.
Me hundí un poco más, mis ojos amenazando con rodar hacia el cielo.
—Mierda —susurré—. Puta mierda. —Sacudiendo la cabeza, me
obligué a mirarla, mi atención enganchándose en su pecho. Sus tetas se
agitaban, el sudor se acumulaba entre ellas, sus pezones rosados
suplicando por mi lengua. Se la di, su respiración se agudizó, y murmuré—
: ¿Te duele?
—Sí —admitió, su voz temblorosa cuando me quedé inmóvil—. Pero
también se siente bien. Muy bien.
Solté su pecho, observándola con el ceño fruncido.
—¿Quieres que me mueva? Me temo que no duraré mucho si lo hago,
y estoy muy contento de quedarme así dentro de ti hasta que nos obliguen
a salir de estas habitaciones.
Sus ojos centellearon, sus dedos recorriendo mis hombros, bailando
en los surcos de sudor. Se metió uno en la boca y sonrió, y podría haberme
corrido un poco dentro de ella al verlo.
—¿Estás diciendo que permitirías que alguien me apartara de ti?
Gruñí, indignado.
—Nunca.
Arrastrando su pulgar sobre mi labio inferior, sus ojos siguiendo el
movimiento, dijo en un tono que no pude descifrar:
—Eso es lo que pensé.
—Pensaste bien. —Le mordí el pulgar, y se lo robé con los dientes y
lengua, amando la forma en que sus ojos dorados se encendieron y su
cuerpo se enroscó hacia el mío—. Desde el momento en que te vi, antes de
que el lazo se cerrara en torno a nuestras almas, me di cuenta de que si
había deseado algo antes de ti —tragué pesado ante una opresión creciente
en mi garganta, en mi pecho, y besé su dedo—, entonces no lo había deseado
de verdad.
244
—Así que volviste —susurró, parpadeando lentamente.
—Volví. —Aparté su cabello de la mejilla y dije—: Me dije que era por
las razones correctas, pero Opal… —Solté el aliento, mi lengua se enredó
con cosas que no debería decir pero que no podía contener—. Estoy
preocupado. —Mi voz se redujo a un susurro áspero—. Me preocupa que ya
no sepa lo que es.
Sus labios se separaron, su lengua salió para mojarlos, luego arrastró
su muslo alrededor de mi cintura y agarró mi cara.
—Esto. —Mis ojos se hundieron en los suyos, el oro más cálido e
hipnotizante, sus palabras como una promesa clavada en mi alma—. Esto
es lo correcto.
Mi boca se enredó con la suya y rodamos, con las manos enredadas
en nuestros cabellos, nuestros corazones agitándose al unísono, perdidos
una vez más en nosotros.
El sueño se la llevó pronto, nos llevó a los dos, pero cuando sentí que
su culo se movió contra mi polla, se fue con una velocidad que nunca había
encontrado.
Besé su brazo, hombro, acaricié su cuello y moví su cabello por encima
de la cabeza para permitirme un mejor acceso.
Mi princesa robada despertó gimiendo, la canción más dulce que
jamás hubiera escuchado, y aferró la mano que tenía en su cintura,
moviéndola alrededor de su cuerpo, bajándola y separando sus muslos.
Mierda, era mágica. Todo en ella estaba hecho para mí.
Su calidez se desplegó en torno a mi dedo, ya húmeda, y el aroma de
nuestro anterior acto de amor no hizo sino aumentar mi necesidad cuando
esos muslos deliciosos se abrieron de par en par. Me acerqué más,
levantando su pierna hacia atrás y sobre la mía, y volví a introducirme en el
paraíso.
Un ahogado sonido agudo escapó de sus labios, pero me tomé mi
tiempo, hundiéndome hasta el fondo y rozando su hombro con mis labios.
Intenté sacar la mano para agarrar su pecho, pero Opal volvió a presionarla
entre sus piernas, en ese punto de nervios que, cuando se le instigaba de la
forma correcta, la hacía estallar.
Mis tripas se apretaron, mi polla crispándose dentro de ella mientras
me robaba el dedo índice y lo hacía girar alrededor de sí misma. Dejé que
tomara la iniciativa y me retiré lentamente de su cuerpo, ambos gimiendo
cuando volví a entrar.
245
No dijimos nada, y no hacía falta decir nada. Me follé a mi cisne hasta
que estalló con un grito silencioso, con mis dedos ahora en su cuello,
rodeándolo y sujetando delicadamente, forzando sus ojos y labios hacia los
míos a medida que sacaba cada gramo de placer de su cuerpo con lentas
estocadas duras.
Esta vez no me maldijo cuando me derramé dentro de ella, pero sí se
giró, con la cabeza metida bajo mi barbilla y los brazos deslizándose
alrededor de mí, sus dedos bailando sobre mi espalda. Nuestras piernas se
enredaban, y la abracé más cerca, todo lo que pude sin asfixiarla, y me perdí
en este reino extraño de ensueño.
Con mis dedos en su cabello suave, girando y frotando suavemente su
cuero cabelludo mientras se dormía, me pregunté si eso era lo que hacía el
vínculo de apareamiento. Sabía que unía las almas, que enriquecía una
atracción que ya existía, y te permitía sentir cuando esa parte de tu
existencia estaba en peligro, pero nunca había oído hablar de esto.
Esta sensación inexplicable dentro de mi pecho que quemaba,
enfriaba, aterrorizaba y emocionaba.
Unas horas más tarde, el sol había salido, al igual que el resto de la
fortaleza, pero, aunque sabía que tenía que estar dolorida, mi cisne seguía
teniendo tanta hambre como yo y se estiró para tocarme, despertándome
del sueño. Quería más.
No podía rechazarla. Aunque no tuviera miedo de que ésta fuera la
última vez que se entregara tan libremente a mí, no quería hacerlo. No la
dejaría. Me negaba a hacerlo aunque pudiera. No hasta que la sintiera
deshacerse a mi alrededor por última vez, ese cuerpo ágil rompiéndose y
temblando, y sus dedos arañando como si yo fuera su única atadura a lo
que ya había encontrado.
La verdadera magia.
Opal se rio y empujó mis hombros, intentando apartar mis labios de
su cuello y fracasando.
Se había bañado, pero nada eliminaría mi olor de ella. Me aseguraría 246
de ello.
—Para —dijo, su risa convirtiéndose en un gemido pequeño, su toque
en mis hombros demasiado débil para que creyera que en realidad quería
que parara—. Me vas a despeinar antes de que incluso lleguemos.
—Está bien —murmuré, e incliné su cabeza hacia atrás para capturar
su boca dulce.
Se abrió para mí, susurrando:
—Si no dejas de atacarme, podríamos acabar en una posición bastante
comprometida que podría alertar a los conductores.
—Querido cisne… —Lamí su labio superior, sonriendo cuando sus
pestañas se agitaron—. Nada me gustaría más que todo el mundo supiera
que te he tenido. —Presioné mi boca contra ese labio suave—. Varias veces.
—Luego su labio inferior, y después le robé los dos cuando me agarró la
cabeza e inclinó la suya, su lengua codiciosa en busca de la mía.
Los recuerdos de la noche anterior, esas horas de la madrugada, no
se habían ido, y ella tampoco. Por algún milagro, le había preparado un baño
en mis aposentos, y ella se había quedado, saliendo solo para vestirse
después de habernos bañado en la piscina gigantesca.
Por supuesto, la había seguido, temiendo que me diera un puñetazo
en el pecho con palabras venenosas llenas de arrepentimiento, pero también
necesitando tenerla cerca. Era algo instintivo, no de este mundo, una
compulsión dentro del hueso y la sangre, para asegurarme de que esta
criatura mía nunca se alejara demasiado de mí.
En su vestidor, tomé un té que me habían entregado mientras ella
miraba con atención los numerosos vestidos colgando ante ella. De alguna
manera, la convencí de que pasara el día conmigo, al menos lo que quedaba
de él, tentándola con otro viaje a la ciudad que sabía que ya le gustaba.
Sus dedos habían rozado el amarillo, deteniéndose brevemente.
—¿Por qué no elegir ese?
Los hombros de Opal se habían puesto rígidos.
—Mi madre dice que el amarillo no va conmigo.
Casi me atraganté con el té.
—¿Cómo un color puede no ir contigo?
Se había reído, volviéndose para mirarme como si hubiera contado un 247
chiste, y estuviera esperando a que le contara el desenlace del chiste.
Cuando esperé, sorbiendo más té, negó con la cabeza.
—Significa que no va bien con mi tez.
—Cualquier cosa te quedaría bien —afirmé, dejando el té y
atrayéndola entre mis rodillas abiertas—. Pero nada más que yo.
Me las había arreglado para llevarla a mi regazo y darle un beso entre
sus risitas antes de que se zafara de mí, dejándome duro, adolorido y con
esa maldita sensación elevada sin moverse en absoluto.
Se había decidido por un vestido verde noche sin corsé, que iba desde
los hombros hasta los tobillos, con pedrería en el escote y mangas
vaporosas. Lo aprobé. En realidad, habría aprobado un saco o nada en
absoluto, pero este vestido facilitaba el acceso a esas piernas cremosas.
Y, con suerte, lo que me esperaba y deseaba entre ellas.
El carruaje se tambaleó, y ella gruñó, con el jodido sonido más bonito
que jamás hubiera oído; besándome una vez con fuerza en los labios y luego
apartándome con una fuerza adorable.
—Entonces, ¿a dónde vamos? —murmuró, peinando sus rizos
delicados con sus dedos.
Apoyándome en la ventana, la observé enderezarse, preguntándome si
sabía el efecto que tenía en los demás, en mí, y levanté las cejas cuando
frunció el ceño.
—Dade.
—¿Sí?
Su rostro se arrugó con disgusto. De nuevo, adorable.
—¿Me has oído?
—No pude escuchar nada gracias a esa hermosa cara tuya.
Intentó parecer enfadada, pero sus labios se movieron.
—Salvaje.
—Estamos visitando la galería de arte —dije, sonriendo y
enderezándome cuando rebotamos sobre una roca. Un indicador de que ya
casi habíamos llegado.
—¿Tienes una galería de arte?
Me arreglé las mangas y me eché el cabello hacia atrás. 248
—¿Tú no?
—Yo, bueno —empezó, y le eché un vistazo para encontrarla mirando
por la ventana hacia los almacenes que había más allá—. Hacemos y
vendemos arte. —Entonces me miró—. ¿Y ahora supongo que tu lote lo está
vendiendo a un precio más alto?
No me digné a responder. Una cosa pobre de hacer, ya que sin duda
se le erizarían las plumas, pero tenía que seleccionar mis palabras con
cuidado.
—Opal, algunos de los tuyos… —Me rasqué la mejilla, con el estómago
revuelto mientras el carruaje se detenía—. No son quemados ni mueren en
la batalla.
Me obligué a enfrentarme a esos ojos ardientes cuando ella siseó:
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —asentí al conductor cuando abrió la puerta, bajando
primero para asegurarme de que era el único que ayudara a bajar a mi
cisne—, que algunos se rinden. No son esclavos, aunque ahora viven y
trabajan aquí.
Opal rechazó mi ayuda, y casi pensé que se encogería de nuevo dentro
del carruaje en uno de sus enfados. Caminamos por la calle en silencio, y
me obligué a esperar, para darle tiempo a asimilar lo que había dicho.
Aunque la guie entre los charcos embarrados por la tormenta, y por un
callejón estrecho que conducía a la galería al otro lado de la orilla del río.
—Pero nos odias —dijo finalmente—. Nos odias y nos matas.
—Mato a los que se resisten y a los que se les debe la muerte por lo
que me han quitado.
—Buscas conquistarnos a todos, obligarnos a vivir vidas que no
queremos. Quemas nuestros hogares, nuestro ganado y nuestra gente, y no
te importa lo que has hecho. —Sus palabras se volvieron más duras, más
bajas, y dos veces evité que tropezara—. ¿Ahora quieres decirme que eso no
es cierto? ¿Que mi gente nos abandona voluntariamente para crear una vida
aquí contigo y tus compañeros salvajes?
La dejé despotricar unos minutos más, y luego la arrastré bajo la
sombra de un sauce junto a la casa de una sola planta.
—¿Terminaste? 249
—No —respondió, con las mejillas encendidas por la ira—. Te vi. —
Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Te vi asesinar a mi padre y sus soldados.
Te vi desgarrar su corazón con tus dientes y acabar con su existencia. —
Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, las lágrimas habían desaparecido,
pero sabía que lo que había hecho permanecería para siempre—. Te vi —
dijo con voz ronca.
—Opal —corté cuando giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta
de la galería.
En el interior, saludé con la cabeza al propietario que estaba en la
recepción. Señaló con la cabeza un pasillo a su derecha, indicándome que
ella había ido por allí, y luego hizo una reverencia.
Asentí, agradeciendo haberle hecho asegurarse de que la galería
estuviera cerrada al público hasta que terminara nuestra visita. Tenía la
sensación de que iba a terminar de forma bastante prematura.
La encontré al final de la sala, admirando un cuadro de un pueblo
quemado. Las malas hierbas brotaban alrededor de un pozo de agua, crecían
en parches junto a las puertas derrumbadas, y la tierra carbonizada daba a
luz a flores silvestres nuevas a lo largo de la carretera que hacía tiempo que
no se utilizaba.
Complacerla en las cosas que le gustan es como mi maldito testículo
izquierdo.
Fang era un imbécil.
—Si dices que esto es hermoso, puede que esta vez te apuñale de
verdad.
Mierda. Entonces, sigue enfadada. Me moví sobre mis pies,
suspirando.
—Sé que nunca me perdonarás.
Opal se volvió para mirarme con fuego en los ojos.
—Por supuesto que nunca te perdonaré.
Miré detrás de nosotros por el pasillo, el propietario fingiendo ocuparse
de tareas absurdas en su escritorio lleno de pergaminos, y luego tomé la
mano de Opal.
Ella maldijo, tirando de ella para liberarla por un hueco a la vuelta de
250
la esquina.
—¿Te atreves a tocarme? Este edificio está plagado del dolor de mi
gente.
—Aunque así sea, también los está curando…
—¿Curando? —espetó—. Oh, claro. También robaste esas criaturas
para tu arsenal.
—No robé nada —dije con calma, y me sentí orgulloso por mantener a
raya a mi bestia—. Tuvieron la opción de elegir. Luchar o irse.
—¿Luchar? —Los ojos de Opal centellearon, charcos amplios de odio
que se clavaron en mi pecho—. Habrían perdido. Tú lo sabes y ellos lo saben
y por eso están aquí y por eso su talento cuelga de paredes que preferirían
ver arder.
En eso se equivocaba. Porque, aunque hubo resistencia con los recién
llegados a Vordane, por supuesto que la habría, la sofocamos
consintiéndolos y mimándolos hasta que casi se olvidaron de su origen.
Aunque, al igual que la mujer que estaba ante mí, algunas de estas
obras de arte decían que nunca lo olvidarían.
También los vigilábamos de cerca, aunque no eran conscientes de ello,
y habían surgido pequeños problemas. No era tan tonto como para explicarle
todo lo anterior y, en su lugar, le ofrecí:
—Aquí viven bien. Vidas justas, y tal vez un día, incluso puedan volver
a casa.
—¿Regresar? —preguntó, mirándome como si fuera el mayor tonto del
mundo—. ¿Regresar a qué exactamente? —Su cabeza se sacudió, al igual
que sus manos a medida que arrastraba los dedos por su cabello—.
Sinceramente, no lo entiendes, ¿verdad?
Fruncí el ceño, sin saber qué hacer o qué decir. Los ojos de Opal se
cerraron.
—Estrellas, Dade. ¿Qué te han hecho para hacerte creer que algo de
esto está bien?
Ladeé la cabeza, intentando y fallando en entender.
—No sé a qué te refieres. Soy un rey. Fui criado como tal.
—Ese es el maldito problema. —Opal se humedeció los labios, y deseé
acercarla y oler su cabello, pasar mis dedos por él, ralentizar los latidos de
su corazón bajo mi toque—. Te han educado para ser el problema, y tan a
fondo que ni siquiera ves lo que eres.
251
—Sé exactamente lo que soy —dije, manteniendo mi tono suave—. Un
rey de los lobos, un reparador de males, y ahora… —Di un paso atrevido
para acercarme—. También soy tu pareja.
Mi cisne me miró una vez más, sus pestañas batiendo con fuerza sobre
unos escrutadores ojos obstinados.
El pánico se apoderó de mi voz, haciéndola ronca.
—Dime qué puedo hacer. —Agarré sus mejillas, implorando—: Por
favor. Dime qué puedo hacer y lo haré.
—No hay nada que puedas hacer. Él se ha ido.
—Lo sé —dije, asintiendo una vez—. Lo sé, pero quiero intentarlo. Al
menos tienes que dejarme intentarlo. —Y lo haría. Estrellas, si pudiera
librarla del dolor rebosando en sus ojos, que atrofiaba sus latidos, trayendo
de vuelta de entre los muertos a su pequeño y estúpido padre, entonces lo
haría, maldita sea.
Sus ojos me estudiaron, sus manos alzándose para apartar las mías
de su cara, pero entonces sorbió, y sentí que se puso tensa.
—¿De verdad harías cualquier cosa?
Mierda, ¿no lo sabía a estas alturas?
—Cualquier puta cosa —respondí, con vehemencia, profundizando la
promesa.
—Acaba con esta guerra —dijo al instante y sin dudar—. Pon fin al
derramamiento de sangre, a la venganza, a la angustia innecesaria. Acaba
con ella ahora.
Me tambaleé hacia atrás, mis manos cayendo inertes, cada una de mis
razones, cada uno de mis planes, se dispersaron como cartas en la brisa
cuando esos ojos dorados se encontraron con los míos con disgusto. No lo
haría. Ella lo sabía y aun así me lo pidió.
—No puedo hacer eso.
—Sí, puedes.
La tomé de la muñeca cuando pasó por delante de mí para marcharse.
—Opal, no puedo. Aún no ha terminado.
—Se acaba cuando encuentres el puto corazón para decir que se acaba
—siseó. Sin importarle que el dueño pudiera escuchar, sus ojos me
recorrieron y se rio fríamente—. Pero ese es el problema, ¿no, mi rey? — 252
Retrocedió, dejándome con un—: No tienes uno.
Se apresuró a bajar por el pasillo bordeado de estatuas, sin mirar las
obras de arte en las paredes, su cabello rubio dorado flotando tras ella.
Al verla marchar, su aroma nublándome la mente y haciendo que mis
manos se cerraran a los costados, una idea me golpeó con tanta fuerza que
casi me tambaleé. La seguí por el pasillo y doblé esquina tras esquina hasta
alcanzarla.
—Cásate conmigo.
Opal no se detuvo, ni siquiera titubeó. Continuó como si no hubiera
dicho nada.
—Cásate conmigo y se acabará.
Se detuvo entonces, sus zapatillas enganchándose en la alfombra
oriental mientras se daba la vuelta, su cabello volando sobre su mejilla y
asentándose sobre su hombro.
—¿Lo dices en serio?
Me tomé mi tiempo, aunque quería correr hacia ella, arrojarme a sus
pies y mirarla con nada más que honestidad. Me tomé mi tiempo y me pasé
la mano por el cabello, forzando una respiración agitada.
—Por supuesto, llevará tiempo organizarlo, y no se me puede
ridiculizar por los planes que ya están en marcha mientras tanto, pero… —
Me detuve ante ella y me encontré con esa mirada dorada—. Sí, solecito. Te
juro que se acabará cuando seas mi esposa.
—Entonces, nos casamos mañana. No necesitamos una celebración
gigantesca.
Me reí, sin poder evitarlo, y cuando ella frunció el ceño, hice lo que
había estado deseando y la acerqué a mí, incluso cuando ella empujó
débilmente en mis brazos. Se rindió, mirándome con ojos llenos de
esperanza a medida que le enroscaba el cabello detrás de la oreja y le
susurraba:
—Por supuesto, tendré que escribirle a tu madre, pero una vez que
tengamos su permiso…
Desde el momento en que la saqué de aquella torre humana de
inmundicia, había esperado e intentado hacer planes para esto, para
hacerla mía en todos los sentidos, sabiendo al mismo tiempo que podría ser
imposible. Podría forzar su mano, como lo estaba haciendo ahora. Solo que
ahora sabía que había una gran parte de ella que me odiaba y me deseaba
253
a partes iguales, por lo que se sentía menos como una toma y más como
una persuasión.
La convencería por toda la eternidad. Sería mía en esta vida y en todas
las que vinieran después.
Opal se derritió en mi contacto, mi mano acunando su mejilla, y dijo
con un susurro resignado:
—Entonces, sí. Me casaré contigo si te das prisa.
—Al menos podrías intentar sonar emocionada —dije mientras la
irritación se disparaba sin previo aviso—. Serías la reina, y juntos,
uniríamos los dos reinos en un acto que haría historia…
—Contrato —dijo, apartándose y pavoneándose hacia un retrato
cercano de una joven con una corona trenzada y un gatito tuerto en su
regazo—. Lo que tendremos es un contrato, nada más, pero sí —dijo,
pasando a la siguiente imagen de un pueblo en la ladera del Mar Nocturno—
, haremos lo que parece que te gusta hacer.
—¿Y eso es?
Sus dedos se alzaron, el balanceo de los mismos y de su cuerpo me
hipnotizó a medida que se cernían sobre una ola espumosa.
—Corregir errores.
Sonreí, incluso cuando mi corazón se disparó y hundió, y me puse
detrás de ella para rodear con mis brazos su gloriosa cintura.
—Lo que tú digas, mi cisne. —La sentí tararear en señal de
aprobación, y besé su hombro desnudo—. Lo que tú digas.
254
Veintiséis
Dade
—El pájaro solo te está usando —declaró Fang desde la esquina de la
sala de guerra mientras se dejaba caer en una silla—. Es una trampa.
Scythe rugió su acuerdo y empujó su mano hacia la puerta, la otra en
su cadera a medida que rodeaba la gran mesa.
—No me sorprendería si este fuera su plan desde el principio.
—¿Casarse conmigo? —dije entre dientes.
255
—Ponerte de rodillas, jodido idiota, a través de su coño.
—Maldita sea, ten cuidado —le gruñí a Scythe.
—No —espetó, y se me erizó el vello cuando se detuvo y apuñaló con
un dedo el mapa ahora extendido sobre la pared—. ¿Primero tu tío, ahora
esto? —Su labio superior se curvó—. Ella te ha hipnotizado. —Sus dedos se
agitaron y revolotearon hacia mí—. Te puso algún hechizo de bruja vudú.
—Son compañeros —le recordó Fang innecesariamente—. Por
supuesto que quiere complacerla.
—Cierra la puta boca. ¿Desde cuándo ser el compañero de alguien
significa entregar las llaves de tu maldito reino?
Fang apretó los labios.
Me froté la frente.
—Desde que maté a su padre y ella nunca lo olvidará.
—Lo sabemos —dijo Scythe, sonriendo como si el recuerdo le
agradara. Para el cachorro joven que había sido encontrado en un charco
de sangre junto a la familia de Fang, sin duda lo hacía—. Estuvimos allí,
ayudándote.
—Suficiente —dijo Fang, sintiendo que mi paciencia se estaba
acabando—. Entonces, esta guerra termina. —Asintió—. Bien. De acuerdo.
—Se encogió de hombros—. Está bien. De todos modos, se está volviendo
aburrido.
—Tenemos otros problemas potenciales de los que preocuparnos
ahora que los humanos parecen haber hecho lazos a través del mar —les
recordé—. La guerra nunca termina, incluso cuando la batalla se detiene.
—Bebí la cerveza en la jarra que tenía delante—. La historia lo dice muy
claro.
Aunque nuestra historia sugería lo contrario, la tensión siempre se
había gestado entre las dos familias gobernantes de Nodoya. El odio, la
codicia, la envidia y la lujuria por el poder era una canción que corría en
todas nuestras venas, y si se les daban los medios adecuados (los cuales me
habían sido entregados en la prematura muerte de mis padres) nadie estaba
por encima de destruir cosas para conseguir lo que quisieran.
La diferencia entre la historia y yo era que no engañaba y confiaba en
las sombras para velar mis acciones en forma de asesinar, acostarme, robar
y otras tareas de sabotaje de menor gusto para vengarme. 256
Entrené, esperé y luego declaré la guerra abiertamente.
—¿Qué hay de la reina? —preguntó Scythe, mirando al castillo
Gracewood en el mapa—. Ella será un problema, sin importar si te casas
con su hija. Matamos a su compañero.
—También podríamos matar a su hija, pero no lo hemos hecho —
agregó Fang.
Rechiné los dientes al escuchar matar en la misma oración que Opal.
—Dale la cabeza de Serrin —sugirió Scythe mientras tomaba asiento—
. Deberías hacer eso.
Mi tío se podría en el calabozo más allá de la puerta de la sala de
guerra. Le habían permitido una comida al día de pan y estofado, y se veía
obligado a limpiar su propia suciedad al final de cada día. Me había
asegurado que no le dieran nada para hacer sus necesidades.
No era suficiente. Su muerte no sería suficiente. Pero moriría.
—Aún no —dije con gran desgana—. Primero necesita más tiempo con
sus demonios. —Sin mencionar mi puño en su cara hasta que sus ojos
escurrieran por sus fosas nasales.
—Ciertamente, es una trampa —dijo Fang nuevamente, mirando el
mapa en la pared.
—¿Crees que no lo sé? —Le había escrito a Nikaya tan pronto como
llegamos a casa de la galería hace tres días, y su respuesta había sido
rápida, su caligrafía estable a pesar de que cada palabra había marcado el
pergamino con su anhelo de verme sufrir y el regreso a salvo de su hija.
No había estado seguro de qué esperar. No conocía a la mujer. Pero sí
sabía que a ella se le habían presentado pocas opciones en lo que a mí
respecta durante casi cuatro años.
Me daría a su hija. Cómo, quedaba por ver hasta que llegó la carta
esta mañana. Se me había concedido permiso para casarme, un permiso
que no necesitaba necesariamente. Su única petición fue que la boda sea
una ceremonia privada.
Una ceremonia privada en el Castillo Gracewood.
—Tomamos dos legiones —dijo Scythe—. Dejamos una para proteger
Vordane, escondemos otra entre los bosques de Gracewood, y la legión tres
en la base de las Montañas Polinphe. —Asintió como si estuviera satisfecho 257
de que esto pudiera funcionar—. Pueden volar a través del Bosque de
Primavera a la primera señal de problemas.
La legión tres, generalmente bajo el mando de mi tío, ahora se dividía
entre Scythe y Fang si yo estaba ocupado, pero por lo demás, estaba bajo
mi mando.
—¿Y quién daría la señal? —pregunté, mirando la madera barnizada
de la pata de la mesa, sin ver nada más que todas las formas en las que esto
podría salir desastrosamente mal.
—Libera ese rugido poderoso. —Scythe entrelazó sus manos detrás de
su cabeza—. Tan dramáticamente como siempre.
Le di una mirada insulsa que Fang captó. Subió las piernas a la mesa,
con barro seco cubriéndole las suelas de las botas.
—También podemos recolectar algunos Fae dorados de confianza,
tenerlos listos para enviar una bengala.
—Es una ceremonia privada —les recordé con los dientes apretados,
un momento oportuno para atar y matar a una bestia.
Sin embargo, sabía que había ido demasiado lejos para rechazar esta
oportunidad. Haría de mi compañera mi reina, sin importar el costo. Lo
haríamos funcionar.
Lo discutimos hasta que encontramos aún más inconvenientes y luego
lo archivé.
—Mañana nos volveremos a reunir. Tengo un cisne que encontrar.
Scythe se burló pero dijo:
—Claro, permítele que siga llevándote continuamente a tu perdición.
—Sin embargo, el final de la frase perdió fuerza, y se dejó caer en la silla
contra la pared—. ¿Ya sabe la respuesta de su madre?
—Aún no —respondí y caminé hacia la puerta.
La risa de Fang me puso rígido.
—Entonces, ¿podemos ir y evaluar su expresión? Ya sabes, solo para
hacerte saber si creemos que ella en realidad desea tu deceso.
258
—Me siguen y mueren.
Sus risas aullantes me hicieron tener ganas de volverme y golpear sus
cabezas entre sí, pero seguí adelante.
Fang tenía razón. Era hora de ver cómo reaccionaba mi cisne ante la
idea de su compañero indeseado cayendo en una trampa.
Veintisiete
Opal
Los ojos de Beshal se abrieron de par en par, la tetera temblando en
su mano.
—¿Matrimonio?
En los días transcurridos desde que el rey me presentó la oportunidad
que había estado esperando, había hecho todo lo posible por ocuparme
mientras intentaba asimilar todo lo que había aceptado por el bien de mi
259
reino.
Pero estaba siendo deshonesta si pensaba que eso era todo con lo que
había estado intentando para hacer las paces. Porque esta emoción, esta
euforia acumulándose en la boca de mi estómago y pecho, decía que era
mucho más que un simple acuerdo contractual.
Significaba ceder potencialmente a lo que sentía. No estaba segura de
cómo hacerlo sin perdonarle por todo lo que había hecho. Y perdonar a Dade
Volkahn por sus muchas atrocidades…
Tomé el té que me ofrecieron y di un sorbo.
—Sí. ¿Eso es cítrico?
Beshal asintió, Fink se escondió entre las faldas fruncidas de mi bata
con su amigo Thompson, que se había mostrado tímido cuando llegué por
primera vez, pero que tembló de emoción cuando bajé la mano para subirlo
a una de mis piernas cruzadas.
—Mandarina y lavanda, querida. Mi favorito para esta época del año.
Efectivamente, las hojas se estaban acumulando ahora en montones,
el beso del invierno en el aire.
Beshal se sentó en una mecedora pequeña, con sus piececitos en botas
balanceándose bajo su vestido de volantes de color albaricoque que parecía
más bien un delantal inmenso.
—Vaya —dijo, chasqueando la lengua y bebiendo un poco de té—. No
puedo imaginarlo. Nuestro rey. Casado. Parece que fue ayer cuando oímos
a ese tío suyo gritarle después de haber hecho algo atroz que le disgustaba.
Quería escuchar más sobre Dade y su tío, pero sonaron crujidos.
Harro salió de su casa en la base de un olmo, empujando entre los
helechos que servían de valla con una bandeja de lo que parecían ser nueces
en la mano.
—Princesa, llegas justo a tiempo para comer nueces con pimienta.
Le agradecí y tomé una mientras Beshal lo ponía al corriente, y mordí
con demasiada fuerza cuando un recuerdo surgió de la oscuridad. El
recuerdo de estar tumbada en aquella cueva, luchando contra la necesidad
de cambiar y encontrando aquella bolsa de nueces con pimienta que uno de
los guerreros de Dade debe haber dejado caer en su viaje a través del cruce
y del bosque para masacrar a mi gente. 260
Iba a casarme con el monstruo que había matado a mi padre.
Tragué pesado, sin saborear nada más que la esencia agria del
arrepentimiento.
¿Se arrepentía? ¿Volvería atrás y cambiaría el pasado si pudiera?
Quería creer que lo haría. Quería creer tantas cosas que temía que
fuera un error volver a creer en ellas.
Harro soltó una carcajada retumbante.
—¿Matrimonio? ¿El rey carmesí? —Se balanceó sobre la roca en la que
se había sentado con su risa desvanecida—. Pues no lo creo.
—¿Crees que la princesa mentiría sobre algo así? —dijo Fink,
asomando la cabeza por debajo del verde mar de mis faldas—. Además,
papá, la ama.
Casi me reí con eso. Amor.
Dade Volkahn no sabría lo que es el amor, y mucho menos nada sobre
estar enamorado.
Mientras bajaba mi taza de té vacía, me di cuenta de que yo tampoco
lo sabía. Que tal vez, si esto era todo lo que esta vida tenía para dar, entonces
nunca sabría lo que era enamorarse. La lujuria, sin duda, pero nunca el
verdadero amor.
Fink me miró, con una sonrisa soñadora.
—¿Qué se siente besar a un rey? Especialmente a uno tan apuesto
como él.
Fuego líquido, pensé inmediatamente. Del tipo que extingue todo
pensamiento y sensibilidad. Del tipo que se derrite con un simple toque.
—Te ruego que me perdones, jovencito —espetó Beshal—. Cuida tu
lengua.
Harro gruñó.
—Y esa imaginación, por favor.
Sonreí, esperando que la sensación de hundimiento en mi interior no
estuviera presente en mis mejillas, y golpeé con cuidado la yema de mi dedo
bajo la barbilla de Fink.
261
—¿Quién dice que lo he besado?
Su sonrisa reservada me delató, pero solo susurró:
—Su expresión, mi señora. —Entonces Thompson la agarró por el
tobillo, y ella chilló, agachándose nuevamente dentro de las faldas de rayón
para atraparlo otra vez.
—Estás aprehensiva. —Beshal me miró con curiosidad, con la cabeza
ladeada—. Es inteligente, supongo —dijo, asintiendo—. Este mm, acuerdo
seguramente pondrá fin a esta disputa, pero ¿es lo que quieres?
Lo era y no lo era, y no sabía cómo responder a eso.
Las cejas de Harro se fruncieron, y después se puso de pie de un salto,
las nueces volando de su mano.
—Ahí viene. —Corriendo hacia delante, intentó arrebatarme a los
jóvenes de las faldas, pero el rey ya estaba aquí, y sonreí incluso cuando mi
corazón se hundió. Que viniera a buscarme cuando, aparte de dejar una
rosa negra fuera de mis habitaciones durante las dos últimas noches, se
había contentado con dejarme con mis pensamientos, no presagiaba nada
bueno.
—Está bien. Estás a salvo. —Le tendí una mano a Dade cuando
apareció, con una sombra ahumada enroscándose alrededor de su típico
atuendo negro, su largo abrigo de cuero retorciéndose con la brisa detrás de
él y revelando un chaleco negro debajo—. A nuestro rey le encanta una
buena taza de té.
Los ojos de Dade se entrecerraron, su impaciencia por tomarme y
contarme lo que fuera que le hubiera hecho venir a buscarme se hizo
evidente en el adelgazamiento de sus labios y en sus hombros rígidos.
—Así es, pero tenemos cosas que discutir. —Me observó—. ¿Dónde
está tu capa? Afuera hace frío.
—La olvidé, y esas cosas pueden esperar cinco minutos —dije,
retirando la mano y sirviéndome otra taza de té. Aunque tenía curiosidad
por saber a qué cosas se refería.
Harro y Beshal estaban tan quietos como las piedras que nos
rodeaban, los dos jóvenes dentro de mis faldas igual.
—Opal…
—Está delicioso —dije a mi pequeña taza, y di un sorbo antes de volver
a mirar a Beshal—. Y estábamos en medio de una conversación. Sería
descortés irse antes de terminar.
262
Pasó un segundo. Luego dos. Al tercero, finalmente cedió y preguntó:
—¿Me atrevo a preguntar de qué iba la conversación?
Resoplé un poco, y le sonreí.
—De ti, por supuesto.
Sus ojos azules se encendieron ante mi burla, sus labios curvándose
ligeramente.
—Maravilloso. —Suspirando, el rey bajó a la hierba y cruzó sus
piernas gigantescas. Agitó la mano—. Bien. Continúa.
No había pensado que cediera, y su presencia imponente de repente
pareció demasiado, asfixiante y helada a la vez, para encajar aquí en el suelo
con nosotros.
Pero encajar es lo que estaba intentando hacer.
Afortunadamente, Beshal se lanzó a la acción, sirviendo a su rey un
té con solo un ligero temblor en la mano. Marchó alrededor del pequeño
tocón que sostenía la bandeja y las nueces, empujando la hierba que le
llegaba a los hombros, y se agachó ante Dade.
—Aquí tiene, señor.
Esperamos en silencio tenso a medida que Dade olfateó el té, su nariz
arrugándose de una manera que hizo que mis labios temblaran con el
comienzo de una sonrisa amplia. Los pellizqué, observando cómo se llevó la
diminuta taza de té a la boca, probó y tragó.
Harro pareció contener la respiración, con los ojos del todo abiertos
hacia el rey, los pies clavados en la hierba y la barba moviéndose con la
brisa, mientras Beshal lo observaba con sonrientes ojos ansiosos.
Los dos jóvenes aún no se habían movido, pero no me engañé. Sabía
que ellos también estaban esperando.
—Delicioso —dijo finalmente, pareciendo un poco sorprendido cuando
tomó otro sorbo, deshaciéndose de lo que quedaba antes de devolver la taza
de té.
—¿Otra, mi rey? —preguntó Beshal, quien ya estaba retrocediendo
hacia la tetera.
—No —dijo simplemente.
—Gracias —añadí, molesta por su descortesía.
263
La atención de Dade se dirigió a mí, con una sonrisa letal pero cálida.
—Gracias.
Le devolví la sonrisa, y entonces me obligué a mirar a los elfos.
—Les estaba informando de nuestros planes de boda.
El silencio de Dade creó otra ola espesa de tensión. Lo ignoré, al igual
que los jóvenes, y Fink decidió exponerse entonces.
Levantó la cabeza, con los brazos inclinados sobre un montón de tela,
mientras veía al rey.
—¿Podemos asistir a esta boda? —preguntó, y su madre hizo un ruido
que no pude descifrar. Las mejillas de Fink se sonrosaron—. Mi rey.
—Debe disculparla —Harro entonces encontró su voz. Tartamudeando
un poco, se adelantó como si fuera a recuperar a su hija y enviarla a casa—
. Fink solo tiene unos pocos años.
—Está bien —respondí por el rey, quien me miró. Su cabeza se inclinó,
esos ojos sin parpadear pareciendo preguntar qué era exactamente lo que
les había dicho. Suficiente, respondí con una sonrisa, y luego dije en voz
alta—: Aún no sabemos dónde se celebrará la boda, pero nada me gustaría
más que verlos a todos allí.
—En realidad, es de eso de lo que tenemos que hablar —dijo Dade,
con tono cortante—. Ahora, si no te importa.
Fruncí los labios, con demasiada curiosidad por saber qué había dicho
mi madre. Era consciente de que le había escrito, y parecía que había
recibido noticias.
—Bien.
—Señor —dijo Fink, y me incliné hacia delante para colocar mi taza
de té en el tronco—. ¿Es cierto que respira fuego?
Dade soltó una áspera risa sorprendida, sus rasgos volviéndose de
piedra cuando murmuró:
—¿Respirar fuego?
—Sí —dijo, poniéndose ahora sobre mi pierna y mostrando la cabeza
de su amigo—. Ya sabe, como un dragón.
—En este continente no hay dragones —dijo el rey con suavidad, y me
dieron ganas de abofetearlo por la expresión plana que ensombreció el rostro
de Fink. Dade me miró, luego suspiró y le dijo a la joven elfa—: No, no respiro 264
fuego. Aunque supongo que sería un truco útil.
Fink sonrió.
—Oh, sí que lo sería.
—Una de las cosas que puedo hacer —dijo el rey, con un brillo en los
ojos a medida que se inclinaba un poco hacia nosotros—, es esto. —El fuego
brotó de la hierba detrás de él, moviéndose lentamente en un círculo
ardiente hasta sus rodillas dobladas.
Los ojos de Fink amenazaron con salirse de sus órbitas, mientras su
madre chillaba y su padre corría a agarrarla, apareciendo ahora otros elfos
del bosque para ver qué era toda aquella conmoción.
—¡Vaya! —respiró Fink, subiéndose a regañadientes a mi mano con
Thompson mientras su padre le hacía un gesto para que bajara
inmediatamente.
Salvo por la brisa agitando trozos de la cabellera espesa de Dade en
un lado de su frente, no se movió cuando el fuego desapareció tan rápido
como había llegado.
No debería permitirse tal facilidad con un poder tan letal, sobre todo
en aquellos que pretenden utilizarlo en su propio beneficio. Una punzada de
empatía se encendió por lo que habían sentido mis abuelos, por el miedo de
los padres de Dade, que habían aprovechado poderes impíos de llamas y
sombras, fuerza inimaginable, cambios y deformaciones.
Pero estaba más que permitido. Se lo habían concedido las estrellas,
y discutir con el destino de esa manera era inútil.
Y aunque podía empatizar, cada vez era más evidente que el asesinato
de los padres de Dade era solo eso. Un asesinato injustificado.
Los elfos retrocedieron unos pasos, inclinándose ante su rey cuando
éste se levantó y me ofreció la mano. Fink saludó con la mano desde el suelo
del bosque, mientras Thompson ya se dirigía al equipo de juego fabricado
con calzado robado.
Sonreí y le devolví el saludo antes de colocar mi mano en la del rey.
—Gracias por el té y la compañía maravillosa.
Nos acercábamos a los jardines cuando la mano de Dade apretó la mía
y me acercó, su voz cálida al oído mientras ronroneaba:
—¿Por el té y la compañía maravillosa? —Me erizó la piel cuando se
rio—. Vaya, sí que eres una princesita educada y obediente, ¿verdad? 265
Liberé mi mano, empujando mis hombros hacia atrás.
—Prefiero ser bien educada que grosera y arrogante.
—¿Soy grosero? —preguntó, y casi me reí por la forma en que lo había
hecho, como si estuviera perplejo, y también por el hecho de que sabiamente
no había negado su arrogancia—. ¿Cómo?
—Nos interrumpiste y luego te quedaste mirando por debajo de la
nariz hasta que casi te obligué a unirte a nosotros, y luego ni siquiera
pudiste agradecer a Beshal por el té.
—Era un buen té —admitió, y me giré ante él, esperando que
entendiera lo que acababa de explicar—. No fui grosero.
—Lo fuiste.
—Soy su rey. Ser gentil de esa manera me haría parecer débil.
—¿Débil? —Me reí—. Te haría parecer como si te importara.
—Tal vez no lo haga —respondió entonces, con las cejas levantadas en
señal de desafío, los ojos del alba mirándome por encima del puente fuerte
de su nariz—. ¿Pensaste en eso?
Sentí que mi piel se calentó bajo esa mirada, y dije en voz baja sin
pensar lo suficiente como para detenerme:
—Lo habría creído hace algunas semanas. Ahora, no estoy tan segura.
Su apatía fingida no vaciló. Nos quedamos mirándonos fijamente
durante un momento, un momento que onduló, se calentó, cargó y atrajo
mientras mis pensamientos se desviaban. Pensamientos de él por encima
de mí, detrás de mí, debajo de mí, sobre mí, horas pasadas dentro de mí…
Dade sorbió, sus ojos oscureciéndose como si pudiera oler lo que esos
pensamientos, lo que él, me hacían.
Maldita sea, por supuesto podía hacerlo. Maldiciendo por dentro como
un marinero, me aclaré la garganta.
—Entonces, ¿es una noticia importante?
Ni siquiera miró la terraza vacía antes de decir:
—Tu madre respondió. Vamos a casarnos en el Castillo Gracewood en
una ceremonia privada dentro de dos noches.
Dos noches. 266
Podría estar en casa mañana mismo. El alivio me golpeó tan fuerte
que, me llevó un momento imaginar cómo sería eso. Recorrer mi propia
ciudad, los arcos y rincones abarrotados de mi propio castillo, y los
jardines…
Me picaron los ojos, me escocieron, pero tragué la roca de emoción en
mi garganta. A casa. Me iba a casa. Un lugar en el que no me había atrevido
a pensar demasiado en las últimas semanas por miedo a no volver a verlo.
Por miedo a descubrir que prefería la compañía y el reino de un rey
que había manchado todo este continente con sus planes y acciones
vengativas.
Pero había comenzado con nosotros. Mi familia. Un hecho que había
elegido ignorar en gran medida. No solo porque no había estado allí, y no
sabía lo suficiente, sino porque no excusaba en lo más mínimo todo lo que
Dade había hecho.
Privada. Gracewood.
—¿Pasa algo, solecito? —Las palabras sarcásticas del rey me sacaron
de mi trance.
Parpadeé con fuerza antes de pasarme una mano por el cabello,
olvidando que me lo había tejido en una trenza suelta antes de dirigirme a
los jardines y arruinarlo.
No me importaba. Nerviosa, levanté la mirada hacia él, sin encontrar
más que una evaluación fría en esos ojos a medida que preguntaba en voz
alta:
—Quizás después de todo esto no sea muy sabio. —No creía que mi
madre fuera una asesina. Había marchado con los ejércitos de mi padre
muchas veces, pero a menudo se abstuvo de herir a otros si podía evitarlo.
Era una sanadora, una defensora.
Pero él había matado a su marido. A mi padre.
Su compañero.
Por no mencionar que, me había robado, su única heredera viva.
Los ojos de Dade se calentaron un poco, sus hombros cayendo
mientras deslizaba las manos dentro de los bolsillos de sus ajustados
pantalones negros.
267
—¿Por qué lo dices?
Me eché hacia atrás, conteniendo una risa incrédula cuando caí en la
cuenta. Lo sabía. Por supuesto, ya lo sabía.
Solo quería ver si yo ocultaba lo que ambos temíamos.
—No hagas eso —espeté, y luego me di la vuelta y me apresuré a
entrar. Podía tomar su boda preciosa y metérsela por el…
Unas manos me rodearon la cintura en las escaleras, y chillé. Dade
me dio la vuelta, se cernió sobre mí, con las cejas bajas y los labios curvados.
—¿Qué crees que estoy haciendo?
—Poniéndome a prueba.
Se acercó más, y mi espalda se encontró con la barandilla de mármol.
—¿Puedes culparme? No has venido a verme desde que acepté tus
condiciones.
—No has estado aquí —repliqué, odiando haber sonado molesta por
ese hecho.
—Sí he estado, pero he estado entrenando a una facción de mis
guerreros que estuvieron bajo el mando de Serrin, así como revisando los
informes entregados por algunos de nuestros exploradores y preparando las
cosas para cuando partamos mañana.
—¿Informes de qué?
—Estoy vigilando a esos miembros de la realeza humana, por
supuesto —tarareó, arrastrando un dedo por mi brazo, calentando la carne
a su paso, y deteniéndose bajo mi barbilla una vez que la hubiera acercado
a sus labios—. Especialmente ese príncipe al que pareces tenerle tanto
cariño.
La indignación me hizo hablar con dureza.
—No le tengo cariño.
—Le salvaste la vida, me traicionaste para hacerlo.
No pude decir nada a eso. Había hecho ambas cosas, y a pesar de mis
acciones, él estaba confiando en mí. Estaba depositando una gran confianza
en mí al contarme esos dos hechos aparentemente insignificantes sobre su
paradero.
—He estado esperando —dijo entonces, la parte inferior de su cuerpo 268
empujando contra el mío, duro, caliente, e inmediatamente sentí un
cosquilleo en todo el cuerpo—. Esperando que vuelvas a mi cama, que
simplemente vuelvas a mí.
—Quiero —admití, mucho más entrecortado de lo que me hubiera
gustado.
En voz baja y áspero, murmuró en mi mejilla:
—Entonces, ¿por qué te niegas a ti misma? ¿Por qué negarme a mí?
—Creí que vendrías por mí —solté otra verdad, cerrando los ojos ante
tanta tontería—. Nunca lo hiciste.
—Sí, lo hice. Te dejé regalos.
Las rosas. Sonriendo, volví a abrir los ojos, giré la cabeza hasta que
nuestros labios casi se tocaron.
—A diferencia de ti, no puedo olerte por debajo de la puerta cuando
estoy en la cama y probablemente dormida.
Lo meditó como si no lo hubiera considerado antes, y luego gimió como
si estuviera frustrado.
—Entonces, ven ahora. Podemos hablar más en mis aposentos.
Hipnotizada, le permití que me guiara por las escaleras, pero me
detuve cuando llegamos al rellano de nuestros aposentos, cuando vi
aquellas grandes puertas que se abrían para revelar un espacio manchado
de recuerdos de otro tiempo.
—Es como otro mundo —me oí decir, con los dedos arrancados del
rey. Se volvió hacia mí, con la confusión bailando en sus ojos—. Estar en
esa habitación contigo, todas esas horas… —Negué con la cabeza, sonriendo
incluso cuando algo dentro de mí gritaba que me acercara y besara esa
decepción de su molesto rostro apuesto—. No, jugamos demasiado. Nos
vamos mañana. No podemos distraernos en…
—Te deseo.
Unas palabras tan sencillas. Palabras tan simples con complicaciones
drásticas.
—Entraremos en esa habitación tuya, nos perderemos el uno en el
otro, y lo arriesgaremos todo llegando a Gracewood privados de sueño,
distraídos y enamorados.
—Enamorados —repitió, como si saboreara la palabra en silencio. 269
Me acerqué y tomé sus dos manos entre las mías, permitiéndome eso
cuando quería y necesitaba mucho más. Ardí con eso y apreté mientras
imploraba:
—Dade, esto no es un juego que se pueda ganar. Esta boda… podría
convertirse en otra guerra. Mi madre está herida. Gravemente con la pérdida
de mi padre, y no quiero perderla también a ella.
Parpadeó lentamente.
—No le haré daño.
—Tus ejércitos se unirán a nosotros, ¿no? Terminará en otra masacre
si mi madre hace alguna tontería desde un lugar de dolor.
—No —dijo, y el alivio me inundó—. Solo viajaremos tú y yo,
asumiendo el riesgo, un riesgo que estoy dispuesto a correr mil veces
porque, maldita sea, te deseo.
Una palpitación comenzó dentro de mi pecho. Me deseaba, y para él,
era así de simple, así de importante. Tuve que preguntarme si en realidad
nunca había deseado algo de esta manera. Si tal vez su disposición a correr
tal riesgo era el resultado de no haber conocido nunca las verdaderas
consecuencias. Si tal vez, no sabía nada de las complicaciones más allá de
lo físico, más allá de lo que solo podía ver.
Y no sabía cómo hacerle entender cuando no estaba segura de que eso
fuera posible, cuando él mismo había declarado que era un hombre sin
empatía, y cuando eso significaría reconocer cosas que era mejor dejar en
paz.
Así que asentí, cayendo en él cuando sus manos dejaron las mías y se
dirigieron a mi cara, sus labios rozando mi frente.
—Ella no puede morir, salvaje. ¿Me escuchaste?
—Lo hago. Nos casaremos y volveremos a casa.
A casa. Otra vez, esa palabra, usada para dos lugares completamente
y no tan diferentes. Ella estaría a salvo, pero el rey, este rey mío que no
quería pero que ahora no podía soportar la idea de ver dañado…
—¿Y si intenta algo? —pregunté, apartándome y frotándome el
pecho—. ¿Y si intenta algo, y…? —Y no pude expresar los pensamientos
oscuros—. ¿Por qué no esperamos?
270
Ladeó la cabeza.
—¿Esperar?
Asentí rápidamente.
—Podríamos esperar. Esperar hasta que podamos llegar a un mejor
acuerdo. Quizás un terreno más sólido sobre el que podamos casarnos.
—No, gracias. —Dade capturó un rizo que se había desviado de mi
trenza y lo enrolló en su dedo—. De todos modos, iremos.
Me reí, con los ojos llorosos.
—Bonitos modales. ¿Por qué no nos casamos aquí?
—Tu madre no estaría de acuerdo —contestó, sus ojos puestos en mi
cabello dorado—. Y debe ser así, para que crea que me importas. Debe ver
que, a pesar de las ideas que pueda tener, a pesar de todo, lo haré.
Era muy posiblemente una de las criaturas más poderosas de este
continente, si no la más, pero superado en número, eso no importaría.
El rey pareció divertido.
—Cisne, ¿estás preocupada por mi seguridad?
Sonreí, dejando caer la mano de mi pecho ardiente, negando con la
cabeza a medida que me dirigía a la puerta de mis habitaciones.
—Buenas noches, Dade.
—Daden.
Me giré, parpadeando hacia él con confusión.
—Mi verdadero nombre, aunque preferiría que no se usara nunca, es
Daden. —Cuando continué mirando fijamente, sonrió—. Salimos al
atardecer.
Daden.
Me había regalado un secreto; un nombre que nunca había oído,
aunque no dudaba de que fuera real. Desde que escuché aquellas palabras 271
pronunciadas en voz baja, la vulnerabilidad que se escondía aún más
silenciosa debajo de ellas, los aleteos me habían invadido y calentado el
pecho.
Una vulnerabilidad que había ocultado tan bien que no me
sorprendería que nadie más supiera que existía bajo ese barniz de calma
letal. Y mañana…
Me paseé por mis aposentos, la incertidumbre fluyendo a través de mí
y creando pensamientos oscuros.
¿Y si resultaba herido o, peor aún, era asesinado? ¿Y si otros
resultaban heridos o muertos?
Ella no me haría daño, mi corazón, no sin una buena razón, pero ver
caer al rey de sangre era razón suficiente. Excepto que, ella no lo sabía. Mi
madre no tenía idea de lo que él significaba ahora para mí.
Ni yo tenía idea de lo que significaba ahora para mí.
Cuando llegó la cena, recogí mi plato y cerré la puerta de una patada.
Al detenerme junto a la cama, miré la mesa del otro lado donde había
alimentado a mi bestia.
Mía. Me pareciera bien o no, eso era lo que era.
Un rey. Un salvaje. Un asesino.
Mío.
Cuando lo conocí, sentí como si una cuerda se hubiera enrollado
alrededor de mi cintura, tentando con suaves tirones atrevidos a estar más
y más cerca.
Con el paso de las semanas, esa cuerda se había convertido en un
lazo, y ahora estaba encadenada, magullada y dolorida por luchar contra
los jodidos tirones brutales que nunca cesarían.
No me molesté en llamar y abrí la puerta que comunicaba nuestras
habitaciones a través de su gran vestidor. Sabía que estaba allí. No lo había
oído salir, y no me importaba su intimidad cuando ya había visto cada
poderoso centímetro de él.
Dade abrió la puerta en el otro extremo, su cabello deliciosamente
despeinado y su cabeza inclinada, liberando una luz tenue en la habitación
oscura. Unos curiosos y fantasmales ojos azules me absorbieron y se
detuvieron en el pastel de pescado que tenía en las manos. Su nariz se
arrugó al percibir el aroma, y luego dio un paso atrás. 272
Se encendieron dos candelabros a cada lado de aquella cama
monstruosa, y mantuve los ojos alejados de la ropa de cama perfectamente
planchada que una vez había enredado tan a fondo.
—¿No te gusta el pescado?
Dade señaló la mesa cuadrada que había al otro lado de la cama,
situada entre dos grandes ventanas. Había dos sillas colocadas debajo, y su
cena intacta.
—No, pero soportaré el hedor si eso significa que cenarás conmigo. —
Desplegó una silla, y yo asentí como agradecimiento, el camisón en el que
me había cambiado se deslizó sobre el asiento acolchado de terciopelo gris.
—Ya te has bañado —dijo, sentándose al otro lado y sirviendo una
copa de vino—. Vainilla. —Me entregó la copa.
Solo había una, y mi corazón se calentó cuando la tomé, mis dedos
rozando los suyos.
—Podemos compartir, y sí. Estaba… —Exhalé un suspiro leve,
admitiendo mientras quitaba la tapa de mi plato y la dejaba a un lado, el
vapor flotando en el aire—. Nerviosa, supongo.
Dade, callado por un momento, cortó un filete tan grande como mi
cabeza, la sangre rezumando y acumulándose lentamente sobre el plato
blanco alrededor de las verduras al vapor.
—¿No te emociona ver a tu madre?
—Sí y no.
Asintió, comprendiendo mis temores, pues sabía que él albergaba
preocupaciones similares, sus dientes arrancando el gran trozo de carne de
su tenedor.
Me aclaré la garganta y corté mi pastel.
—¿Qué sabes de la tuya?
—¿Mi madre? —preguntó, con las cejas fruncidas y la comida aún en
la boca.
Sonreí a mi plato, me metí la esponjosa tarta en la boca y asentí.
Él tragó y cortó más comida.
—No mucho más allá de lo básico. Le gustaba la política, la natación
y la cocina.
273
—Una reina muy apropiada para el trono de Vordane.
Ignoró la burla ligera en mi tono.
—También le gustaba el piano, aunque se rumorea que no era muy
buena. Según supe, mi padre esperaba una esposa recatada, y en su lugar
acabó emparejado con una hembra que lo desafió en todo momento. —Su
tono despreocupado no impidió que esas palabras me hicieran encontrar
sus ojos sonrientes—. Le gustaba el ajedrez, la batalla, por supuesto, y la
navegación.
—¿La navegación?
Masticó y tragó más carne antes de responder.
—Tenía una flota de barcos, y mi tío y él solían zarpar dos veces al año
con la excusa del comercio. —Comí un poco más mientras él continuaba,
con el pecho apretado por todo lo que no había tenido la oportunidad de
conocer por sí mismo—. Un hombre de pocas palabras, supuestamente,
pero un observador agudo. Propenso a tener un temperamento terrible cada
dos lunas llenas si alguien lo ponía a prueba, pero por lo demás contento.
—Bebió un sorbo de vino, con los ojos bajos—. Muchos dicen que era
desconcertantemente callado, pero amistoso.
Mi apetito disminuyó; la deliciosa corteza mantecosa que se disolvió
sobre mi lengua luchó por deslizarse por mi garganta atascada. Sin
mirarnos, tomamos el vino al mismo tiempo, y el rey retiró la mano cuando
yo la retiré. Mis mejillas se calentaron, pero la tomé y bebí con avidez unos
cuantos tragos.
—¿Cómo se conocieron tus padres? —No debería haber preguntado.
Parecía que me encantaba castigarme, pero me importaba. Aunque él no los
hubiera conocido, formaban parte de él, y eran importantes.
—De hecho, por mi tío —dijo Dade sin inflexión—. Había arrastrado a
mi padre al gran lago más allá de la ciudad cuando oyó hablar de un grupo
de mujeres competiendo en una competencia de natación. —Una sonrisa
pícara iluminó sus rasgos—. Al parecer, mi padre protestó porque tenía
planes con dos mujeres esa misma noche y no quería llegar tarde.
Casi se me cae el vino al dejarlo.
—¿Dos?
Dade asintió, su cuchillo deslizándose con facilidad a través de la
carne ensangrentada, y luego recogió algunas verduras para ponerlas 274
encima.
—Supuestamente, era un poco demasiado amistoso con las mujeres,
aunque no de forma manifiesta, sino en privado. —Esperé mientras comía,
con sus labios carnosos más oscuros y húmedos por la comida, cuando
continuó—: Serrin prometió que no se retrasaría, pero al final no volvió a
casa hasta tres días después.
Me reí de eso.
—Tu madre le hizo pasar un mal rato.
—No, ella supo lo que quería cuando salió del lago y lo vio allí de pie.
—Se sentó, los dedos bailando alrededor de la copa de vino, sus ojos
bailando en mí—. Alquilaron una habitación en la ciudad hasta que
estuvieron satisfechos de que su vínculo fuera… bienvenido.
Mi piel se puso tensa, demasiado caliente en un instante. Aparté la
mirada, volviendo a mi comida. Sin embargo, no pude evitar preguntarme si
eso era lo que había hecho, si eso era lo que habíamos hecho hace unas
noches, dar la bienvenida al vínculo.
Su mirada sofocante, el aire ardiente entre nosotros, fue respuesta
suficiente.
Comimos en un silencio tenso, la atención de Dade un horno del que
no podía alejarme, pero no lo miré.
Se oyó una chirriante risa desgarradora, pero se levantó de la mesa
antes de que pudiera mirarlo. Sacó un libro del fondo de la pequeña pila que
tenía sobre la mesita de noche y se quedó mirando la cubierta marrón
desgastada por el tiempo.
—No te tomaba por un lector.
—Es difícil encontrar tiempo con tanta intención asesina, lo admito.
—Me resistí, el vino se me agrió en el estómago, pero entonces levantó la
cabeza y volvió a reírse, fuerte y genuinamente—. Tu expresión de ahora.
El sonido, las estrellas, el profundo y melódico timbre gutural que lo
abandonó amenazó con diezmarme donde estaba sentada.
—No eres gracioso —dije, aunque mi tono me traicionó, y apreté los
labios para mantener mi sonrisa contenida.
Resopló, regresando con esa gracia perezosa pero letal a la mesa, y
retomó su asiento.
275
—Toma. —Deslizando el libro sobre la madera, me indicó antes de
volver a su comida—: Abre la primera página.
Con cuidado, tomé el libro y lo observé comer durante un momento.
Parecía estar esperando mientras aparentaba que no le importaba nada
mientras dejaba el libro en mi regazo y aplacaba mi curiosidad.
Una mujer, morena y con una sonrisa que sin duda haría que casi
cualquiera quisiera complacerla, me devolvió la mirada con unos profundos
ojos azules. Debajo de una mejilla alta y blanca, asomaba un solitario
hoyuelo, con rizos castaños que caían alrededor de un rostro en forma de
corazón, como si hubieran sido creados para ayudar a suavizar esa
sensualidad tan llamativa como cruel.
Junto a la imagen de la hermosa hembra había otra. Ésta era la de un
hombre de una belleza brutal similar. Su estructura ósea no estaba
suavizada por nada, y mucho menos los ojos, que sonreían pero seguían
siendo de un azul oscuro y profundo. Su pelo casi blanco le caía hasta los
hombros en gruesas y desordenadas ondas, y sus labios no eran tan
carnosos como los del hombre sentado frente a mí.
Volví a mirar a la mujer, notando que Dade extraía ese rasgo, así como
los intimidantes bordes estructurados de los demás, de su rostro.
De su madre.
Debajo de los dos singulares retratos pintados y manchados con los
dedos por manos más pequeñas a lo largo de muchos años y pegados a la
primera página de un libro de adivinanzas infantiles anticuadas estaban sus
nombres.
Vern y Maya Volkahn.
Tragando, cerré la tapa sobre las almas que atormentaban al varón
sentado frente a mí y coloqué suavemente el libro sobre la mesa.
—Tienes sus pómulos y su frente. —Me señalé y luego a mis mejillas—
. Un ligero conjunto de hoyuelos, sus pestañas y sus labios.
Dade hizo una pausa, enderezando y bajando lentamente los
cubiertos.
Continué.
—Tu padre te dio su pelo pero un tono más oscuro, y ese azul profundo
y oceánico que a veces se apodera de tus ojos. —Apretando las manos sobre
la falda de mi camisón para mantener oculto el temblor que llegaba, logré 276
una pequeña risa—. Ah, y su fuerte nariz.
—¿Nariz fuerte? —preguntó, ladeando la cabeza.
Asentí.
—Ese puente perfecto con la cantidad justa de grosor y longitud.
Se quedó mirando un momento y luego sus facciones se arrugaron
mientras se sentaba y soltaba otra gloriosa pero breve carcajada. Mis
mejillas ardieron cuando se calmó y afirmó con deliberada lentitud:
—Grosor y longitud.
—El rey de las bromas ahora, ¿no? —Tosí para sofocar mi risa
burbujeante—. No seas tan lascivo.
—Tú lo dijiste, no yo. —Sonrió y se apartó algunos mechones de pelo
de la frente—. Así que te gusta mi… nariz.
La forma en que sus ojos brillaban con restos de alegría hizo que mis
muslos se apretaran.
—Me gusta —dije, sin querer añadir lo que él ya sabía, que también
me gustaban muchas otras cosas, así que me apresuré a decir—: Los dos
son increíblemente hermosos. Impresionantes. Tus padres.
Su sonrisa se desplomó, y sentí que mi corazón se estremecía ante lo
que acababa de hacer, con todo lo que había compartido conmigo, y por eso
tuve que decir suavemente:
—Me siento honrada de verlos, de que me los muestres. —Tenía la
sensación de que nunca había compartido esos retratos con nadie.
Me observó durante medio minuto aplastante y luego asintió una vez.
—Todos los retratos de ellos fueron retirados en cuanto tuve la edad
suficiente para dar órdenes a mi tío y no al revés.
—¿No querías verlas?
—No como recordatorios, como armas, no. —Su mirada se dirigió a un
espacio vacío en la mesa—. Pero sí como mis padres. Come —dijo, y se
levantó bruscamente para devolver el libro a su hogar junto a la cama.
Se tomó su tiempo, colocándolo exactamente como estaba con un tipo
de reverencia cuidadosa. Una reverencia que podría haber envidiado si no
fuera porque también me había regalado la misma atención.
El anhelo se convirtió en algo más, algo más salvaje e indomable, y 277
cuando él volvió a vacilar, forcé mi atención a la comida que había estado
metiendo descuidadamente en mi boca.
Casi terminada la cena, envié mi mirada por la habitación mientras
bebía un poco más de vino, admirando la madera de la extraña cama y las
espantosas calaveras sobre la repisa de la chimenea y los cajones.
—¿Son esos tus padres?
Sabía a qué me refería y rellenó la copa de vino cuando la dejé.
—Son mis parientes guerreros, mis amigos, podría decirse. Bond,
Reline y Nerin. Maduré con ellos, y murieron en la batalla. Los dos últimos
este último año, y Bond en el primero. —Su boca se torció, la jarra golpeó la
mesa con un ruido sordo—. Nunca fue alguien para esas cosas.
—Sin embargo, luchó de todos modos.
—A pesar de mis mejores intentos por obligarlo a volver a casa. —Sacó
algunas verduras que quedaban en su tenedor—, sí, por lo que sirven de
recordatorio.
Esperé mientras comía y pregunté:
—¿Recuerdos de lo que has perdido?
—De que puedo perder más. —Qué palabras tan oscuras y heladas.
Asentí, comprendiendo aunque odiaba que fuera capaz de hacerlo.
Haría lo que fuera necesario para asegurarse de no volver a perder nada
más, incluso si eso significaba apoderarse de todo el continente.
—Tu tío —dije, con curiosidad—. ¿Está vivo?
—Lo está, aunque no puedo decir por cuánto tiempo más.
Junté las manos en el regazo para no agarrar el vino, por él.
—Deberías liberarlo.
Los ojos de Dade abandonaron su plato, atrapando los míos mientras
lo apartaba.
—¿Liberarlo?
—Es tu tío —dije, intentando encontrar las palabras incluso cuando
el nuevo crecimiento de plumas en mi espalda todavía picaba en esta
forma—. Él estaba tratando de protegerte. Acabar con esta guerra tuya
haciendo que mi madre se sometiera.
278
—Se sirve a sí y solo a sí—dijo bruscamente, con la mandíbula girando
y luego apretando—. Siempre lo ha hecho. Te hirió, te mutiló…
—Estoy curada.
—Me traicionó cuando te hirió, y no me importan sus razones, solo
que lo hizo.
Se me secó la boca bajo el manto de aquellas palabras frías y llenas
de grava. Intenté un enfoque diferente, sabiendo que condenar a su tío a la
muerte no era lo que quería. En realidad, no. Quería enviar un mensaje para
asegurarse de que nadie más me pusiera la mano encima, y para ello se
haría daño a sí mismo.
—Él te crio.
La mandíbula de Dade se movió. Tomó el vino.
—Él te crio —dije de nuevo, más suave ahora—. Se ocupó de ti, ¿no?
Vació el contenido del vaso y lo dejó lo suficientemente fuerte como
para romperlo. Sin preocuparse, se frotó los dedos sobre las cerdas
alrededor de la boca, los movimientos fluidos, pero no de la forma que se
sentaba frente a mí al otro lado de la mesa.
—Lo hizo.
—¿Eso es todo? —dije, atónita—. Es tu sangre, y no me ofenderé si
decides darle otra oportunidad.
—Me puso una daga en la mano cuando cumplí cinco años y no me
dejó soltarla hasta que maté uno de los tres conejos que soltó en mis
habitaciones.
Me quedé helada. Dade se reclinó en la silla, la madera crujió mientras
apoyaba la pierna sobre la rodilla y miraba más allá de mí, hacia el pasado.
—No pude atrapar a uno con la maldita hoja, por supuesto, y
frustrado, cambié accidentalmente y lo maté de esa manera.
—No puedes controlar el cambio hasta que entras en la madurez.
—Cierto —cortó—. Eso no importó, y no importó que me vomitara
encima cuando volví a cambiar, llorando sobre este mismo suelo. —Sus ojos
recorrieron el extremo de la cama—. Me obligó a hacerlo dos veces por
semana hasta que acabé por arrancarles la cabeza a los tres conejos con
una cuchilla.
Mi pecho palpitó con la imagen de un macho tan joven perdiéndose
por la sed de sangre.
279
—Mierda…
—Y luego fueron los tejones. Un año más tarde, los patios de
entrenamiento, donde me golpeó hasta que mis huesos gimieron y me
enfurecí en silencio bajo cada golpe y los recordatorios que me escupía sobre
la muerte de mis padres.
—Él… —Parpadeé y solté un suspiro ahogado—. Utilizó sus muertes
como combustible.
—Por supuesto —dijo Dade, como si fuera normal, como si eso
estuviera bien—. Es comprensible, ya que funcionaba, pero a medida que
pasaban los años, su dolor disminuía.
—Pero su propósito nunca lo hizo.
—Había hecho un trabajo demasiado minucioso. Mis generales, los
guerreros más viejos, todos hablaban de mi padre como si fuera a volver en
cualquier momento. Las historias que Merelda me contaba de ella y mi
madre cocinando juntas en las cocinas…
—Eran amigas —supuse, y luego fruncí el ceño al recordar a la
cocinera jefe y nuestra conversación—. Pero Dade, ella no te habría contado
esas historias para hacerte daño, para incitar una necesidad de venganza.
—Eso lo sé, pero no importa. —Su voz bajó, se hizo más profunda, sus
ojos como el hielo al encontrarse con los míos—. No importaba cuando desde
todos los ángulos, en cada oportunidad disponible, me recordaban a ellos.
Vern y Maya Volkahn son fantasmas que respiran en este palacio. Todavía
vagan por los pasillos en el corazón de muchos, y nunca los olvidarán.
—El amor hace que las cosas sean imposibles de olvidar —susurré,
sin quererlo.
Dade tarareó y luego se pasó el dedo por el labio inferior.
—Yo no podría amarlos. No como ellos. Nunca tuve esa oportunidad,
y por eso se aseguraron de que nunca olvidara algo que nunca sabré.
Se hizo el silencio, no inoportuno pero sí frío, mientras ambos
asimilábamos todo lo que había dicho.
Como había llegado a temer y sospechar, mi compañero había sido
criado como un peón. Un arma hecha con los muchos corazones rotos de
un reino fracturado.
Una herramienta utilizada para la retribución.
280
Era todo lo que había conocido. No había conocido nada más para
saber más o menos. Esta tierra, su gente y sus recuerdos eran todo lo que
tenía.
Hasta ahora.
Me puse de pie, sin saber mis intenciones pero sabiendo que tenía que
ceder al tirón de esas cadenas. Tiraron, y yo las seguí hasta que estuve de
pie ante él y su pierna se deslizó hasta el suelo, con los ojos afilados mientras
me miraban fijamente.
—No te compadezcas de mí, cisne —me advirtió con aspereza.
—Nunca. —Intenté sonreír, sentí que se tambaleaba mientras me
preguntaba por todo lo que podría haber sido si las cosas fueran diferentes.
Si nos hubiéramos conocido en las circunstancias en que nuestros padres
conocieron a sus compañeros y a sus padres antes que ellos.
Como dos mocosos de la realeza que se pasaban el día apareándose y
haciendo planes para el día en que se hicieran con el trono, pensando que
era algo emocionante en lugar de una responsabilidad que podía tanto
salvar como destruir vidas si no se tomaba lo suficientemente en serio o se
tomaba demasiado en serio.
Caí en la cuenta de que si éste hubiera sido el caso, si nos hubiéramos
conocido sin sangre en nuestras almas y sin cicatrices en nuestros
corazones, entonces no se nos permitiría casarnos. No se podía detener un
vínculo de apareamiento, pero nunca en toda la historia de Nodoya un
Gracewood y un Volkahn habían intentado casarse.
Nunca se habría permitido.
En pocas horas, cambiaríamos la historia.
Rodeé su cuello con mis brazos, abrazándolo con fuerza, tan fuerte
que podía sentir cómo nuestros corazones tronaban juntos. Los brazos de
Dade me rodearon lentamente, su nariz se hundió en mi cuello, la mía me
hizo cosquillas con su pelo.
—¿Qué estamos haciendo? —Su voz estaba amortiguada por mi piel.
—Abrazándonos.
—De acuerdo —dijo, sonando un poco desconcertado pero sin soltar
su abrazo en lo más mínimo. Después de un minuto, con su cuerpo duro
como el acero bajo mi muslo, susurró—: Me haces olvidar.
281
Cerré los ojos con fuerza.
Esas palabras fueron lo único en lo que pude pensar mientras me
obligaba a alejarme del rey de los pucheros y volvía a mis habitaciones para
pasar una noche de sueño inquieto.
Veintiocho
Dade
El sueño me evadió y, aunque anhelaba hacerlo, no me atrevía a entrar
en las habitaciones de Opal para verla soñar. No solo probablemente la
asustaría al encontrarme allí, sino que también me sentiría tentado a
meterme en la cama y acercarme a ella.
Demasiado cerca y haríamos lo que ella había dicho: perdernos el uno
en el otro, el tiempo brotó como las aguas en ese barranco hasta que 282
desembocar en un río veloz devorado por completo por el océano.
No me importaba la idea de eso en absoluto, pero podía entender su
vacilación. Estaba asustada, aterrorizada por lo que vendría. Sobre todo, los
sentimientos contradictorios que despertó estar conmigo.
El amanecer se filtró por las ventanas de mis aposentos, su olor era
una mancha que nunca quise limpiar, cuando el sueño finalmente me llevó.
El almuerzo me estaba esperando en la sala de guerra cuando llegué, todavía
sacudiéndome el agua del cabello después de bañarme apresuradamente.
Agarré una pierna de pollo, desgarrándola mientras desarmaba los
planes que Fang y Scythe habían elaborado en mi ausencia.
—¿Ha dormido lo suficiente, señor? —preguntó este último, entrando
a la habitación y tomando una pierna de pollo de la bandeja antes de
apoyarse en la silla al otro lado de la mesa—. Ese cisne tuyo debe tener
bastante apetito.
La pierna de pollo golpeó su rostro antes de que lo viera venir. Él
gruñó, luego sonrió cuando saqué un pellejo en mi labio.
—Sería prudente no volver a mencionarla en una oración como esa,
maldito tuerto.
Un silbido.
—Oh, un insulto para un tuerto. —Fingió un puchero—. Entonces, no
se entregaron productos en sus aposentos durante la noche. —Arrojó los
huesos a la bandeja, perdiendo uno, manchando grasa sobre el mapa de
Gracewood tomado de la pared y esparcido sobre la mesa—. Pobre rey
detestable. ¿Ella te ha rechazado?
—Sabes que no lo ha hecho —refunfuñé, aunque a veces sentía que
todavía podía, y detestaba lo mucho que eso me aterrorizaba.
Scythe se quedó en silencio por un momento, luego pateó con los pies
debajo de la silla y se inclinó hacia adelante.
—Ella no lo hará. Vi la forma en que esos ojos extraños te miraban
mientras mostrabas esos horribles cuernos y alas en sus aposentos
mientras ella sanaba.
No le permití ver lo que esas palabras me hicieron, y en cambio,
mantuve mi atención fija en el mapa, en los indicadores colocados donde los
campamentos de los guerreros esperarían en la cordillera, en el Bosque de
la Primavera y el Bosque de Gracewood. 283
—Ya veremos.
Envolvió sus nudillos sobre la mesa, asintiendo.
—Vuelve con vida, y sí —tiró algunos indicadores a un lado,
reemplazándolos con una daga que cortó directamente a través del mapa y
la madera debajo—. Lo haremos.
—Esos espías de los que no hemos tenido noticias la semana pasada
—Fang llegó con un pergamino en la mano y una expresión sombría—, están
muertos.
Hice un gesto hacia el pergamino, pero las letras eran gruesas,
incorrectas, como si quienquiera que hubiera escrito el mensaje no quisiera
que se rastreara su identidad. Me lo llevé a la nariz y olí el sol y algún tipo
de baya. El aroma de una mujer.
—Un movimiento arriesgado de su parte. —Scythe silbó—. Hace que
uno se pregunte dónde encontraron tanto coraje.
Sabíamos muy bien de los intentos de la realeza humana por reunir
más fuerzas.
—Enviamos más espías, sólo dos viajeros —dije—. Solo para
registrarme.
—¿Y entonces? —preguntó Fang.
Deslicé un dedo por mi barbilla, miré el mapa, al reino de Errin junto
al mar.
—Eso depende de lo que encuentren, pero juré poner fin a los ataques,
¿recuerdas? —Cerré los ojos y maldije—. Esas eran las condiciones de Opal
para contraer matrimonio. No más violencia.
Ambos machos no dijeron nada, luego Scythe exhaló.
—Mierda.
Suspiré.
—En efecto. —Ya la había engañado, y hacerlo de nuevo era como
envenenarme y luego esperar a que se revelara el daño, pero aun así dije—:
Cuando regresen…
—Si regresan —murmuró Fang.
Lo fulminé con la mirada pero asentí.
—Que me envíen un mensaje. Tienen dos días. 284
Fang soltó una carcajada.
—¿Qué pasa si no pueden encontrar algo en dos días?
—Si hay algo que encontrar, encuéntralo antes de regresar dentro de
ese tiempo —dije, frío y con total naturalidad—. De lo contrario, los damos
por muertos y hacemos otros… arreglos. No hay tiempo que perder.
La aprensión pululó, la tensión se acumuló dentro de la habitación
con corrientes de aire. Por primera vez desde que era niño, esperaba no ir a
la batalla.
Las sombras se fusionaron y se separaron cuando me detuve en el
medio del vestíbulo justo después de la cena, que había comido en la sala
de guerra después de dejar a Scythe con una lista de instrucciones de una
milla de largo.
Supervisaría el funcionamiento de la Fortaleza, una tarea que no le
entusiasmaba del todo. Fang y los guerreros ya se habían ido, cruzando el
río hacia sus escondites dados, los generales adjuntos asignados y listos.
Opal dobló la esquina de la biblioteca.
—¿Dónde has estado? Te he estado buscando durante horas.
—Ocupado —dije, reajustando las mangas de mi camisa.
—¿Ocupado con qué?
Mis ojos se dispararon hacia los de ella, que estaban hirviendo con
sospecha mientras se sumergían en mi rostro. Tragué el impulso de
chasquear. Mi sangre estaba presionando mi piel, mi bestia interior
merodeaba, inquieta y ansiosa por las muchas amenazas que se avecinaban,
pero ocultas, que se dirigían hacia mí.
Eso no fue culpa suya. Era mía, y aunque no la merecía y casi la había
forzado a esta tenue alianza, lo último que quería era que ella me temiera.
—Primero que nada —dije—. Tuve problemas para dormir una vez
más, me hiciste sentir tan solo y dolorido, así que me desperté tarde con mi 285
puño alrededor de mi polla extremadamente enojada. —Sus ojos se
encendieron, las pestañas revolotearon lentamente, y sonreí cuando ella
evitó sonreír mordiendo su labio entre esos dientes nacarados—. En
segundo lugar, hay muchos detalles relacionados con la gestión de un reino,
como estoy seguro de que sabes. —Me acerqué, su aroma calmó un poco la
tensión—. Aunque espero que regresemos lo antes posible, no sé cuánto
tiempo estaremos.
No apaciguada en lo más mínimo, mi cisne levantó su barbilla,
exponiendo ese cuello largo y delicado.
—Apestas a engaño.
Tuve que tocarla, no pude evitarlo, así que cerré la brecha entre
nosotros y apreté suavemente sus mejillas. Mis ojos se clavaron en los de
ella, incluso cuando algo pesado trató de mantener la mentira entre mis
dientes.
—Cielo, finalmente te tengo. —Sonreí al ver sus cejas arqueadas—.
Ambos sabemos que lo hago, por lo que sería un tonto si pusiera en peligro
esto. —Besé su frente, luego su mejilla, su suspiro susurrante se hundió
dentro de mí y me revolvió el estómago—. Nosotros.
Estaba ardiendo en los pozos más profundos del inframundo mientras
estaba de pie en un suelo perfectamente sólido cuando sus manos se
cerraron sobre las mías, y esos ojos dorados me miraron, esperanzados,
confiados, aliviados.
Borré cualquier emoción de mis rasgos, ignoré la culpa que corría por
mi pecho y esperé su asentimiento.
Deslicé sus dedos a través de los míos, bajándolos entre nosotros.
—¿Lista?
La habitación comenzó a empañarse, las sombras regresaron y
cobraron fuerza.
—No —dijo, seguida de una risa nerviosa—. Pero vamos.
En unos momentos, llegamos al amparo de la creciente oscuridad,
planté mis pies en un suelo de piedra desconocido.
Y casi tropecé con una cama cuando Opal se alejó corriendo de mí a
través de las sombras.
No me atreví a enviar llamas a ninguno de los candelabros o velas, mis 286
ojos se ajustaban con cada segundo que pasaba hasta que pude distinguir
dónde estaba Opal junto a una gran puerta de madera. Sonreí mientras ella
giraba una de las dos cerraduras.
—Eso no mantendrá a nadie fuera.
Abrió la última cerradura tan silenciosamente que apenas hubo un
sonido.
—Podría darnos tiempo si lo necesitamos.
La dejé creer lo que sentía que necesitaba y puse mi mirada en la gran
habitación. Su olor inundó el espacio, incluso después de muchas semanas
sin su presencia. La cama, medio velada con una red azul y vestida de crema
y lavanda, estaba construida con roble teñido de blanco y estaba
encaramada en el centro de la pared del fondo.
A lo largo de esa pared, se encontraba una mesita de noche plagada
de libros salpicados de polvo y una tiara reluciente, había una puerta de
baño y otra que probablemente conducía a su camerino.
Me volví hacia la larga fila de estanterías detrás de mí y un tocador
abarrotado de carretes de tela y montones de ropa a medio remendar. En
los estantes, descubrí más libros, cuadernos, frascos de perfume y plumas
para escribir junto a un grupo de tinteros.
Tomé un frasco de perfume y lo descorché. Opal se apresuró a
arrebatármelo de la mano.
—Cuidado, ese es mi favorito.
—Vainilla rosada y… —Olí los restos que quedaban en el aire helado—
. Como azúcar moreno. ¿Caramelo?
Opal ocultó su sonrisa detrás de la botella de cristal, luego la volvió a
tapar y la dejó suavemente en el estante junto a muchas otras.
—Haces trampa con una nariz así. Aunque sería útil la próxima vez
que yo…
Se interrumpió con un ligero fruncimiento de cejas.
—La próxima vez, ¿qué?
—Iba a decir la próxima vez que haga algunos. —Lanzó su mano al
aire, forzando una rápida sonrisa antes de alejarse pavoneándose—. Pero
quién sabe si eso sucederá o cuándo. Es estúpido.
287
La seguí, no me gustó su tono, la pizca de tristeza salpicó en mi
interior.
—No es estúpido. ¿Lo haces tú misma? —Me volví hacia los estantes—
. ¿Todos esos?
—Sí —dijo, sonando más lejos.
La encontré dentro de la puerta de su camerino, helada ante un
vestido con volantes.
Un vestido de novia.
Su decepción se desangró en la habitación, me hizo desear arrancar
el vestido de su percha y rasgarlo en pedazos.
—Así que no es lo que hubieras elegido —dije y me moví para colocar
mis manos en sus caderas—. Pero le harás un favor a ese vestido, lo harás
aún más hermoso al permitirle adornar este cuerpo.
La escuché tragar y se inclinó un poco hacia mí con un suspiro
tembloroso.
—Ven. —La giré hacia la habitación y hacia la cama—. Deberíamos
dormir antes de que alguien nos escuche y nos descubra. —Cuando dudó,
le ofrecí—: O podríamos ir a buscar a tu madre y avisarle de nuestra llegada.
Sería lo más cortés, ¿no es así?
Opal se dio la vuelta entonces, sonriendo.
—No recuerdes tus modales ahora, salvaje. —Su sonrisa decayó y se
sentó en la cama, quitándose las pantuflas en silencio—. Simplemente
traerá problemas.
—Así que nos escondemos hasta que nos casemos —dije, encontrando
eso humorísticamente inalcanzable.
—Sí, básicamente.
Cisne obstinado e inteligente.
Me mantuve con las botas puestas y caminé hasta el asiento de la
ventana para ver lo que había más allá. Las montañas ondulaban a través
del oscuro velo de la noche, mis hermanos dormidos pero en guardia, sin
un diminuto resplandor de fogata a la vista.
El hedor de demasiadas flores y plantas diferentes perfumaba la brisa,
arrastrando mis ojos hacia los jardines debajo de la ventana que se extendía
hacia los campos y el bosque en la distancia.
Me pregunté, mientras tomaba asiento en el banco acolchado, cuántas 288
noches había estado sentada mi cisne aquí mismo, remendando prendas,
leyendo, embotellando perfume y soñando despierta mientras yo estaba allí.
Mientras yo había cruzado el barranco, a millas de su castillo, conspirando,
saqueando y arrebatando a su gente. En la muerte o la rendición, no
importaba. Tomé y tomé, y no sentí nada por ello, salvo un sentido de
rectitud porque nunca se hizo justicia.
Les fue entregado en la oscuridad de la noche por una horda de bestias
y su vengativo rey.
—He sido un rey desde antes de que aprendiera a decir la palabra —
dije en voz baja a la ventana que cerré suavemente—. Sin embargo, nunca
me he sentido realmente como uno.
No estaba seguro de que dijera nada cuando pasó un minuto de
silencio, pero luego Opal susurró:
—No tuviste tiempo para pensar en eso. —La ropa de cama crujió, y
miré en esa dirección, su cabello dorado se derramó sobre las almohadas—
. Un rey es lo que siempre has sido.
Pero, ¿era todo lo que sería y lo que seguiría siendo? Solo las estrellas
lo sabían.
—No me gusta la idea de convertirme en reina —dijo con sorpresa—.
No odio la idea de eso, pero no sé…
—No estás convencida de eso —dije, sonriendo un poco—. Sin
embargo, serás una reina despiadada, mi gentil cisne.
Ella ahogó su risa, luego suspiró y preguntó:
—¿Tú lo crees?
—Lo sé —dije al instante. Obligando a mis ojos de su forma cambiante
debajo de esas mantas, miré de vuelta por la ventana—. Los que no están
en el poder prenderían fuego a nuestras almas para oírnos hablar de esas
cosas.
—Ellos no entienden.
—No —coincidí, mirando la luz de la luna rociar sobre los girasoles
que se balanceaban—. Supongo que nadie entiende mucho de lo que todavía
tienen que experimentar por sí mismos.
Opal se movió de nuevo.
—Ven acuéstate conmigo. 289
—¿Junto a ti o dentro de ti?
Esperaba lo último todo el tiempo con la esperanza de que dijera que
no porque yo no podría hacerlo, y podría delatar nuestra presencia aquí.
Opal se limitó a reír, ahogándola con la mano mientras yo me
levantaba de la ventana y me quitaba las botas suavemente al lado de la
cama.
Su sonrisa se esfumó, los dientes se apoderaron de su labio inferior
cuando me quité el chaleco y me aflojé la túnica. Levantó la ropa de cama
y, aunque sabía que me sobrecalentaría, no le dije que no se molestara.
Estaría más cerca de ella debajo de él.
Su mano se coló por debajo de su mejilla, las pestañas las
ensombrecieron a ambas mientras observaba cómo me acomodaba y
colocaba mi cabeza sobre la almohada junto a la de ella.
—Pareces nervioso.
Levanté un codo para verla mejor.
—¿Me haría menos real admitir que lo estoy?
Su mano libre tocó mi nariz, sus ojos sonrieron.
—Te haría honesto.
Aproveché la oportunidad para preguntar:
—¿Respuesta honesta?
—Siempre —susurró.
—¿Tuviste miedo? Vivir aquí mientras yo estaba ahí fuera…
Tragué saliva, incapaz de decir el resto.
—Tomando tu venganza —terminó por mí, y solo pude mantener mis
ojos fijos en los de ella—. Sí —dijo ella—. Aunque era más un miedo a
sentirme impotente, mi regalo no era realmente un regalo, pero seguía
siendo algo que tenía que ocultar, y nadie sabía realmente por qué.
Me pregunté sobre eso por un momento, pero no necesité hacerlo
mucho.
—Porque tú serás mi fin.
El horror envolvió esos ojos, el oro se volvió naranja líquido.
—Sabes que no puedo hacerte daño. 290
Mordí mi labio y alisé un rizo rebelde de su frente.
—Adoro verte intentarlo. —Ella golpeó mi mano y ambos nos reímos
en silencio. Me puse serio, queriendo saber más. Una extraña sensación de
urgencia por saber todo estalló, librándome de la paciencia—. Así que
estabas atrapada aquí, protegida a toda costa, embotellando tus perfumes
y escribiendo anotaciones en tu diario sobre los malvados reyes jóvenes.
Su expresión plana decía que la había vinculado, y luego dijo:
—No escribí entradas en el diario. A veces dibujo y escribo historias.
Ficción —dijo, y aunque estaba oscuro, vi sus mejillas enrojecer—, pero sí,
fue divertido mantenerme entretenida.
—¿Qué tipo de historias? —Me acerqué un poco más, la cama gimió y
sentí que el calor subía de su rostro—. Oh, mi cisne pervertida.
—No así —dijo, riendo de nuevo—. Pero hubo algunos, eh, besos y
cosas por el estilo, supongo. —Gruñó ante mi expresión divertida—. Yo era
joven, ¿de acuerdo?
—Y extremadamente protegida —agregué, a lo que ella asintió—.
Aburrida, también.
Su cabeza se inclinó una fracción.
—No me sigas el humor, salvaje. Todavía no te dejaré leerlos.
Los leería. Mejor que eso, la convencería de que me dejara leerlos.
—Lo que digas.
Nuestras manos se rozaron y entrelacé nuestros dedos, mirándola
mientras ella me miraba.
—¿Qué crees que traerá el mañana?
—A mí con un vestido espantoso y esponjoso para uno. —El humor se
desvaneció, la aprensión arrugó sus ojos y afinó sus labios—. Ojalá supiera.
Pero supongo que desayunaré con mi madre y tú te esconderás hasta que
todo salga según lo planeado.
—Me gustan los planes, especialmente cuando funcionan —dije en un
intento de aliviar algo de su ansiedad. Falló y apreté su mano—. ¿Qué es lo
que desea que suceda?
Era como si ella realmente no hubiera pensado en eso, frunció el ceño
y sus ojos recorrieron mi rostro cuando finalmente lo hizo.
—¿Respuesta honesta? 291
—Siempre.
—No sé. —Mi pecho se hundió, luego dijo—: Todo lo que sé es que te
quiero, quiero a todos, ilesos, así que supongo que eso significa que quiero
que nos casemos y luego nos vayamos.
Mi garganta se apretó.
—Y vendrás conmigo.
—Acepté, ¿no es así?
—Estuviste de acuerdo en casarte conmigo —dije, e inmediatamente
quise golpearme por eso—. Eso fue todo.
Opal se limitó a mirarme como si pudiera ver a través de mí durante
unos segundos, y sentí que mi mano se empapaba de la suya.
—Ambos sabemos que nunca será así. —El alivio se apoderó de ella y
susurró—: Realmente no eres tú mismo.
Humedecí mis labios, pensando que sería mejor terminar esta
conversación y dormir. Bueno, ella dormiría, y yo fingiría mientras
escuchaba cada sonido en este castillo extranjero que una vez planeé
reducir a escombros.
Mi estúpida boca tenía otras ideas cuando Opal se acercó.
—Habla, di lo que está mal.
Cerré los ojos, conté hasta diez, luego murmuré, apenas un sonido:
—No me perdonas, y no puedo obligarte, pero quiero esto. —Abrí los
ojos y apreté su mejilla—. Te quiero todos los días, todas las noches,
siempre. —Sus ojos flotaban, húmedos y muy brillantes. Froté mi pulgar
debajo de uno—. Soy egoísta, lo sé, e indigno, pero tal vez podríamos…
Mierda.
—¿Podríamos qué? —preguntó ella, tan bajo, tan dulce.
—Cuando regresemos, ¿podríamos intentarlo? —dije
apresuradamente.
Las pestañas de Opal se agitaron, los labios se abrieron cuando la
comprensión se asentó.
—Te refieres a un matrimonio real.
Asentí, todo mi cuerpo se entumeció por el miedo al rechazo.
Miénteme, casi dije. Maldita sea, solo miénteme.
292
Mi cisne miró y miró fijamente, el calor de ella, el calor dentro de mí,
se desplegó y se agrupó. No podía respirar, no me atrevía a abrir la boca
para intentarlo por miedo a enviarla desde esta cama, fuera de mi alcance
para siempre.
Herida tan peligrosamente que no vi su intención, solo sentí mi
corazón rugir en mis oídos cuando ella me empujó sobre la cama y se
acurrucó sobre mí.
Su respuesta llegó en forma de manos en mi cabello, tirándolo hacia
atrás. En el gozo abrasador de su lengua en mi garganta, luego los dientes
hundiéndose en mi cuello. Las estrellas brillaban por toda la habitación, del
tipo que solo nosotros podíamos ver. Un calor tan envolvente que el sudor
estalló sobre los dos mientras mi sangre atravesaba mi piel y se extendía
con codicia sobre su lengua en espera.
Ella había sellado nuestro destino, el plan de las estrellas para
nosotros, nuestro vínculo, mientras su lengua se deslizaba en los pinchazos
con toques suaves y alucinantes.
No hubo vacilación en nuestros movimientos. La ropa desechada y
rasgada se acumuló alrededor de nuestras extremidades y fue arrojada
sobre la cama al suelo mientras rodaba y la miraba.
A mi compañera.
El fuego brilló en sus ojos, un fuego que sabía que ella veía reflejado
en los míos, y luego capturé su boca manchada de sangre, sus muslos se
levantaron, buscando con las manos. Vagaron por mi espalda mientras mi
lengua saboreaba lo que había hecho. El voto que había hecho sobrepasaba
y se burlaba de cosas como compromisos y bodas.
Se había comprometido conmigo en mente, cuerpo y alma, y no había
vuelta atrás.
Enloquecido por el conocimiento, con el sabor de mi esencia en sus
labios, el latido sincronizado de nuestros corazones y el poder latiendo a
través de mis venas de una manera que nunca antes había sentido, me
hundí dentro de ella. Ella estaba lista, su necesidad por mí era tan fuerte
que podía olerlo en el aire sofocante.
Opal jadeó y cubrí su boca con mi mano, mis ojos cayeron en los de
ella mientras gemía suavemente y maldecía. Me mordió y yo gruñí,
sembrado profundamente dentro de ella y sintiendo su cuerpo temblar con
una pequeña risa diabólica. 293
Sonreí, luego retiré mi mano, reemplazándola con mi boca y besándola
con fuerza. Con movimientos lentos, la amé, la llevé rápidamente a un
clímax tembloroso. La abracé mientras lo hacía y le mordí el hombro para
contener mi rugido mientras hacía lo mismo.
Pero mi cisne no había terminado.
Sus ojos destellaron y luego me empujó sobre mi espalda. Lo permití,
todavía recuperando el aliento, y luego maldije cuando apretó mi longitud y
pasó sus labios sobre mis mejillas.
—Sonríe —susurró, besando una con un movimiento de su lengua, y
reprimí una risa que le dio lo que quería.
Su mano apretó de nuevo, un pequeño gruñido la abandonó mientras
lamía… mi hoyuelo.
Luego se movió hacia el otro, su lengua precisa mientras se deslizaba
y se sumergía y su cabello cosquilleaba mi piel sobrecalentada.
—He querido hacer eso durante tanto tiempo.
—Querías lamer mi…
—Hoyuelos, sí —dijo, luego besó un camino por mi pecho.
Maldije, dividido entre querer devorar su boca divina y nunca querer
que ella detuviera todo lo que estaba haciendo.
—Cielo, me arruinas.
Ella tarareó.
—Eso sería justo.
Sus dientes rasparon sobre mi pectoral, las yemas de los dedos
trazaron y marcaron en cada caída y cumbre de mi torso. Me estremecí de
la cabeza a los pies. Más, urgí en silencio. Acaríciame, tortúrame… un
gemido retumbó de mí cuando esos delicados dedos se frotaron.
—Quiero envenenarte —dijo a mis músculos abdominales, y se
apretaron, la admisión encendió y empapó mi piel—. De la forma en que me
has hecho.
Mi corazón dio un vuelco, mis palabras salieron gruesas y guturales.
—Envenéname, cielo, y no te atrevas a pensarlo dos veces.
294
Sus ojos se movieron rápidamente hacia los míos, plagados de lujuria.
Un deseo tan potente que coincidía con lo que podía oler construyéndose
como un infierno entre sus muslos. Llameó, como un bronce líquido
luminoso, y luego se movió más abajo.
—Cisne —advertí cuando alcanzó mi polla, pero ella ya tenía que saber
que estaba cubierta por su liberación y la mía.
Al parecer, no le importaba. Sus labios se envolvieron alrededor de la
cabeza de mi polla y succionó lo suficientemente fuerte como para hacer que
mis ojos se abultaran.
La satisfacción curvó sus labios brillantes mientras me miraba
contraerse, duro como el acero en su pequeña mano, pero no se detuvo. Ella
chupó y meneó la cabeza, tomando tanto de mí como pudo en esa boca dulce
y caliente.
Justo cuando pensé que podría morir si me contenía por más tiempo,
su otra mano se deslizó por la base de mi polla para frotar mis testículos.
—Maldición —espeté, y la levanté de mis genitales y sobre mi
estómago, mi respiración vergonzosamente irregular.
Ella hizo un puchero.
—¿Qué? —Luego parpadeó y se mordió el labio, insegura—. Maldición,
¿te hice daño?
—Si por dolor te refieres a chupar hasta que casi exploto en tu
garganta, entonces sí —dije con brusquedad—, me estás matando.
—Oh.
Lo intentó, pero no pudo ocultar su sonrisa.
No la dejé regodearse por mucho tiempo, levantándola hasta que me
sintió esperando debajo de ella. Sus ojos se entornaron. Con las pestañas
en la cresta de sus mejillas y el labio inferior en la boca, se sentó a
horcajadas sobre mí y luego me llevó dentro de la perfección.
La vista de ella, ese largo cabello dorado rizado sobre sus pechos, su
montículo resbaladizo con nuestro acoplamiento, y yo desapareciendo
dentro de su cuerpo empapado de sudor…
Me senté y agarré esas gloriosas caderas. Opal gimió con la nueva
profundidad de mí dentro de ella y curvó sus piernas a mi alrededor.
Arrastré mi boca a lo largo de su barbilla, mi mano alcanzó su cabello,
inclinando su cabeza hacia atrás para que mis dientes y mi lengua rozaran
su cuello, le dije con voz ronca:
295
—Mueve esas caderas. —Lo hizo, y ambos respiramos—. Bien, cisne.
¿Cómo se siente? —Arrastré mis labios sobre su garganta, luego mordí su
barbilla—. Tenerme tan profundo dentro de ti.
—Como si pudiera arder y estar agradecida por ello.
Gruñí en voz baja, sin esperar una respuesta tan franca y rápida, y
mucho menos una que me robara el siguiente latido.
—¿Cómo…? —comenzó, luego tragó y bajó su frente a la mía, con los
brazos rodeando mi cuello—. ¿Cómo te sientes?
Sonreí contra su mejilla, froté mis labios sobre ella y apreté mi agarre
en su cadera mientras movía mi otro brazo alrededor de su espalda baja y
la apretaba más cerca. Sus pechos, húmedos y exuberantes, aplastados
contra mi pecho, su latido bailando con el mío.
—Eterno. —Sus ojos se abrieron de golpe, muy abiertos y buscando—
. Se siente como una eternidad, una verdad de la que nunca quiero
equivocarme.
Su boca se fusionó con la mía con tanta fuerza que volvimos a caer
sobre la cama.
Sobre mí, mi cisne se retorcía, sus caderas giraban, balanceándose, y
sus manos en su cabello cuando se levantaba y bajaba con fuerza. Los dos
maldecimos, un gruñido que no podría contener si hubiera intentado
soltarlo cuando empezó a temblar, a fracturarse, su cuerpo cabalgó sobre el
mío por instinto, persiguiendo la adrenalina que no conseguiría en ningún
otro lugar.
De ninguna parte más que en mí.
—Mi compañera —susurré, tanto en conmoción como en asombro.
—Sí —gimió, y lo perdí.
Llevándola de espaldas, empujé su pierna por encima de mi hombro
mientras se deshacía. Un grito silencioso amplió mucho sus ojos, y dentro
de ellos, un brillo salvaje se reflejó en mí desde los míos. Me estremecí, todo
mi cuerpo en llamas mientras me sacudía y gruñía como el animal que era
y me vaciaba dentro de ella una vez más.
Nuestros labios se encontraron, todavía pegados, mientras ambos
jadeábamos en la boca del otro.
—No escucho a nadie —susurró Opal, con los dedos recorriendo mi
espalda mientras la besaba una, dos, veinte veces, obsesionándome más
con su sabor cada día.
296
—Entonces no hemos terminado.
La besé una última vez y ella sofocó su risa en la almohada cuando la
puse a cuatro patas.
Veintinueve
Opal
Un gallo cantó a horas demasiado tempranas y me acerqué aún más
a un pecho duro.
Sentí su dedo subir y bajar por la hendidura de mi columna al borde
del sueño, mientras susurraba palabras apenas ahí contra mi cabello.
—Lo siento —escuché a través de las pequeñas grietas en su voz.
Luché contra el impulso de caer en sueños, escuchando, intentando
297
entender más de lo que estaba diciendo.
—Lo siento… —sus labios se presionaron en mi frente—… por
apartarlo de ti, por romperte el corazón antes de creerme digno de él, antes
de saberlo mejor. —Una exhalación fuerte agitó mi cabello, calentó mi piel—
. Antes de saber lo que era amar.
Mis ojos, aunque cerrados, ardieron junto con el órgano maltrecho en
mi pecho. Su toque me arrulló, sus murmullos repetidos me chamuscaron,
y ya no sabía nada, pero cuando susurró:
—Duerme, cisne —me permití vagar lejos de todo mientras aún estaba
atrapada entre sus brazos.
La mañana llegó con un estruendo, la puerta traqueteando.
Y un hombre tendido de costado, con la cabeza apoyada en su mano
y mirándome fijamente, sus piernas enredadas con las mías.
Mío, resonó por toda mi sangre.
Había hecho algo loco al aceptar eso, este vínculo, pero al verlo, esos
adoradores ojos azul hielo, sentí como si hubiera hecho una de las mejores
cosas en mi vida.
Un derecho del que nunca quería equivocarme.
Estiré la mano hacia él, sobre el parche de luz solar deslizándose sobre
su despeinado cabello rubio blanquecino para tocar su mejilla esculpida,
ese hoyuelo.
El golpe se produjo de nuevo cuando Dade arrastró las palabras:
—Tu madre desea verte.
Maldición. ¿Dónde estaba mi ropa? Rodé hasta el borde de la cama, la
risa baja de Dade detrás de mí, y agarré mi vestido rasgado del suelo.
—Gracias por tu ayuda —dije, con un sarcasmo pesado.
El dedo de Dade apareció sobre mi hombro, mi ropa interior colgando
de él. También las arrebaté, me las puse rápidamente y las subí por mis
piernas.
—Cielos, ese culo —siseó.
Lo fulminé con la mirada, pero se suavizó cuando vi el calor en sus
298
ojos, ese pecho desnudo por el que deseaba rastrillar mis dedos, sentir cada
cresta como una tabla de lavar debajo de mí…
—Opal —llamó mi madre a través de la madera—. Sé que estás ahí.
Abre la puerta.
El rey se mordió los labios y se dio la vuelta para ponerse los
pantalones mientras yo pasaba los brazos por el vestido y corría por el peine
en mi tocador. Estaba un poco polvoriento, pero de todos modos tenía que
lavarme el cabello y pasarlo por los mechones anudados y cubiertos de
sudor mientras corría hacia la puerta.
Hice una pausa, volviendo a mirar hacia la cama.
Dade sonrió, tumbado otra vez de costado, con el torso desnudo, pero
al menos los pantalones puestos.
—Camisa —susurré.
Hizo una mueca que decía que no entendió bien lo que dije, y le devolví
una que decía que era un maldito mentiroso. Se rio de nuevo a medida que
deshacía las cerraduras y abría la puerta.
En mi prisa por ponerme algo presentable, no había imaginado lo que
se sentiría al verla nuevamente. El cabello de mi madre, un tono más oscuro
que el mío, estaba recogido en un moño apretado en su nuca, ni un mechón
meloso fuera de lugar, y esos ojos del mismo color…
La furia se derritió de ellos y fui jalada a sus brazos. Le devolví el
abrazo, inhalando su aroma a limón y rosa, y apretándola con más fuerza
que nunca.
Sorbió, echándose hacia atrás, sus manos aún sobre mis brazos, pero
sus ojos se clavaron más allá de mí.
Sobre el rey semidesnudo en mi cama.
La reina Nikaya no era tonta. Podía olerlo y verlo por todas partes,
pero no dijo nada. Solo se quedó mirándome, demasiado tiempo y
demasiado duro para que pensara que algo bueno saldría de eso.
Nada bueno saldría de ella y Dade mirándose el uno al otro.
Él había matado a su compañero.
Y acababa de hacer mío al asesino de mi padre.
Un mareo me inundó. Y como si lo sintiera, mi madre tragó pesado y
palmeó mis mejillas, hombros y brazos rápidamente.
299
—¿Estás bien? —Esas manos temblaron, acercándose a mi rostro una
vez más y sosteniéndolo—. Estás bien.
—Lo estoy —confirmé—. Madre, príncipe Bron…
—Sé todo sobre el cretino y todo sobre el más grande de ellos que te
robó. —Su voz se hizo más profunda hasta convertirse en un gruñido—. De
mí.
—Temo que simplemente tenía que arruinar tus planes, Nikaya.
Hice una mueca. Mierda.
—Tú —siseó, pasando junto a mí—. Te pudrirás en las profundidades
más profundas y oscuras de…
—Madre —espeté, tomándola del brazo antes de que se acercara más
a mi cama—. Suficiente. Tenemos un acuerdo. —No miré a Dade, descubrí
que no podía cuando los ojos de mi madre se posaron sobre mí, empapados
en lágrimas de rabia. Tomé su otra mano, implorando—: He hecho un
acuerdo y no debemos romperlo. —Dije esas últimas palabras lentamente,
con cuidado, rogándole que se librara de la venganza y los planes—. Por
favor.
Sus ojos nadaron sobre mi cara, sus dedos temblando a medida que
sus labios se separaron, y volvió a mirar al rey. Sus ojos se cerraron cuando
se alejó.
—El desayuno será en veinte minutos. Solo tú.
Y entonces se fue.
Miré detrás de ella, luego cerré la puerta con un pensamiento y apoyé
mis manos en mis caderas.
Mi cabeza colgada se levantó de golpe, mis labios curvándose en una
mueca de desprecio cuando Dade murmuró perezosamente:
—Eso fue bastante bien.
—Deberías irte ahora —dije, yendo al baño a medida que todo lo que
me hizo olvidar amenazó con reducir mi corazón a cenizas—. Haz tu acto de
desaparición.
—Opal —llamó, una advertencia para que no me alejara más, una que
insinuaba que él sabía que ya no estaba tan segura de nada de esto.
No cuando el dolor de mi madre persistía en la habitación con la causa
de ello.
300
—Por favor —exigí, después cerré la puerta del baño.
Sonó un golpe, y me hundí más profundamente en las burbujas, con
las rodillas apretadas contra mi pecho.
—Te dije que…
—¿Princesa? —Linka.
Estuve a punto de saltar de la bañera, pero ella abrió la puerta antes
de que pudiera, un ojo azul brillante asomándose al interior y
ensanchándose cuando me vio.
Abrió más, luego cerró la puerta y se tapó la boca con las manos.
—Estás aquí. En serio estás de verdad aquí.
Se apresuró a abrazarme, olvidándose de que estaba desnuda, luego
se retiró, sus mejillas tornándose de un rosa oscuro mientras ambas
reíamos.
—Estoy aquí.
Se sentó en el suelo de piedra, su delantal derramándose a su
alrededor y se quedó boquiabierta.
—¿Cómo estás? —pregunté, decidiendo que era mejor que me lavara
y me preparara para el desayuno antes de que mi madre viniera a buscarme
otra vez.
—¿Yo? —chilló Linka prácticamente—. ¿Cómo estás tú? Oh, mis
estrellas. ¿Qué te hizo? ¿Estás bien?
—Estoy bien —respondí, entendiendo su preocupación, porque me
sentiría exactamente de la misma manera. Exprimí el paño y lo colgué al
costado de la bañera, ofreciéndole una sonrisa pequeña—. Estoy realmente
bien.
—Pero —comenzó, farfullando—, la reina Nikaya dice que planeas
casarte con el rey carmesí. ¿Cómo, por todos los cielos, estás bien?
—Porque —dije, buscando las palabras adecuadas. No andaría por ahí
mostrando el hecho de que había encontrado un compañero en nuestro
enemigo jurado. Eso no sería útil, ni prudente—. Es lo correcto. Lo único
que puedo hacer —agregué cuando parecía que iba a protestar—. Así que, 301
por favor, tráeme un paño para secarme. Tenemos un reino que rescatar
mediante el matrimonio.
Los ojos de Linka se ensancharon, pero se rio cuando lo hice, luego
me buscó uno de los estantes junto a la puerta, desdoblándolo a medida
que salía. Me estudió mientras me envolvía y entraba al dormitorio.
Sin rey a la vista. Estaba agradecida y un poco decepcionada a la vez.
—Pareces… diferente —observó Linka, dirigiéndose a mi cama antes
de que pudiera detenerla—. ¿Y por qué capté un aroma a sexo…? —Sus ojos
se abrieron increíblemente grandes entonces, y me detuve fuera del vestidor,
esperando que no dijera más.
Esa esperanza fue inútil. Linka dejó caer las sábanas y corrió hacia
mí, con la barbilla puntiaguda temblando. Sus manos delgadas me
alcanzaron, y luego se retiraron.
—No lo hizo, ¿verdad? Oh, estrellas, déjame ir a buscar al sanador…
—Detente —dije, la orden inconfundible y provocando que se
congelara en la puerta. Solté un suspiro lento, entonces añadí—: No fue así.
—Levantando la barbilla, la miré a los ojos, y luego cuadré los hombros ante
el horror desplegándose en su rostro—. No es así. Para nada.
Pero no hubo alivio. No hubo susurros para más detalles. No hubo
nada más que ese miedo y un disgusto evidente mirándome en respuesta.
Antes de que pudiera irse, le pedí una última cosa.
—Por favor, no se lo digas a nadie.
Estaba de espaldas a mí, con la mano alrededor de la manija de la
puerta, y no respondió. La puerta se cerró de golpe detrás de ella y me
desplomé sobre la cama deshecha.
Sobre la mesita de noche, la luz atrapando las joyas y llamando mi
atención, había una daga familiar con empuñadura de zafiro.
A pesar de la nube de incertidumbre flotando alrededor, sonreí por lo
que significaba: por la devolución del regalo que una vez intenté usar contra
él.
302
Después de un desayuno casi silencioso, conciso con cosas que
ninguno de nosotros diría, revisé mis habitaciones, no encontré ni rastro de
Dade, luego fui en busca de mi madre quien estaba en la sala de costura en
el segundo piso.
Necesitábamos hablar, y no dejaría que se tratara del ganado, el
comercio ni de la disminución de ambos.
Con la alianza matrimonial, arreglaríamos todo eso y más. Y pronto.
Una conmoción afuera me atrajo hacia la ventana más cercana en el
hueco de la escalera. Una carreta deambulaba por las puertas del castillo
afuera, cargada con cajas de productos, dos jóvenes en la parte de atrás
agitando cintas doradas y rojas.
Unos pasos cesaron por encima de mí.
—Oh, gracias a las malditas estrellas.
Edwan, sosteniendo un montón de material arruinado, se apresuró a
bajar los escalones hacia donde yo estaba, sus ojos violetas humedeciéndose
instantáneamente a medida que se inclinaba.
—Escuché que habías vuelto, y me alivia que estés bien, pero por favor
—dijo, tragando pesado—, por favor, dime que te quedarás.
Fruncí el ceño al ver el material, los colores brillantes estaban
triturados, otros arrugados y chamuscados. Todo ello probablemente
repercusiones del estado de ánimo de mi madre.
—¿Ha estado tan mal?
Él vaciló, y luego asintió.
—La amo —se apresuró a salir—. Las estrellas saben que lo hago, pero
no he podido apartarme de su lado. Mi compañero está furioso. Apenas me
ha visto en semanas porque tengo demasiado miedo de dormir demasiado
lejos de ella.
No estaba segura de qué decir y cómo podía ayudar cuando se hizo
evidente que este plan desastroso no beneficiaría a todos. Especialmente no
a mi madre.
Sin embargo, lo llevaría a cabo de todos modos, así que abracé a
Edwan con fuerza y no le hice promesas. Después lo vi irse.
303
Subiendo las escaleras, entré a la sala de costura, me abrí paso entre
los soportes de tela hasta las grandes ventanas que daban a una parte
pequeña del patio delantero y una de las entradas a la ciudad más allá.
La gente entraba y salía, más de esas cintas ondeando con la brisa. Vi
dos carretas de vendedores arrastrarse detrás de las masas reunidas,
seguidos por caballos que transportaban un vagón de cerveza.
—Dijiste algo privado, madre. —Cerré las cortinas al ver a un grupo
de hombres riendo y bebiendo, con jarras de cerveza en el aire, y me volví
para mirarla.
Se metió la empuñadura de un pequeño cuchillo en la boca, peleando
con los abalorios de un vestido color lavanda que esperaba que fuera para
ella, porque no tenía ganas de ponérmelo.
—Sí, la ceremonia.
Aflojé los dientes, infundiendo una calma que no sentía en mi voz.
—¿Qué sentido tiene tener una ceremonia privada cuando todo el
mundo ahora lo sabe?
—Nuestra gente necesita fe para creer que este sacrificio es el fin de la
guerra. Celebrar les otorga ese indulto.
Indulto.
—¿No crees que él se mantendrá fiel a su palabra? —pregunté lo que
ya había dejado claro—. Aceptó poner fin a los ataques, al derramamiento
de sangre, solo si me caso con él. —Me aseguré de que esas últimas palabras
registradas, dieran en el blanco.
Lo hicieron, las manos de mi madre se detuvieron sobre una flor hecha
con cinta. Tragó con fuerza, y se me erizaron los vellos de los brazos a
medida que la veía ocuparse con las cestas de herramientas junto a la pared.
—Lo sé —dije, gentil y cuidadosa—. Sé que esto debe ser difícil.
—Difícil —dijo como si no supiera nada y tendría razón al asumirlo—
. No conoces el significado.
—He pasado semanas fuera de aquí. —Parpadeé ante mi propia
audacia, el tono firme que había adoptado.
Linka apareció en la puerta con un gran fajo de tul lavanda en los
brazos y se detuvo. Sus ojos no revelaron nada, y revoloteó hacia uno de los
dos escritorios largos, colocando la tela en un espacio despejado al final.
304
Continué.
—He resistido y sobrevivido durante días y noches incontables, y
esperaba ser la salvación que tú y mi padre dijeron que sería para esta
familia. No, no te he proporcionado otro heredero, pero igual te he ayudado.
Hice que esto sucediera. No dejes que mis esfuerzos sean en vano.
Linka hizo un ruido, quizás un bufido.
La ignoré, mantuve mis ojos fijos en la espalda de mi madre mientras
ella se acercaba a la ventana, sus dedos en sus labios.
—No hables de él.
—¿De padre?
Todo su cuerpo se enroscó visiblemente y siseó.
—No lo hagas, y no te quedes ahí y trates de hacerme sentir culpable
por todo lo que has hecho mientras yo he estado aquí, sin hacer nada.
—Has estado de duelo —dije—. Al mismo tiempo que manteniendo
este reino al borde del colapso.
Se apartó de la ventana, su mano cayendo sobre sus faldas naranjas,
la luz del sol reflejándose en los abalorios de su corsé a juego y enviando
orbes sobre las paredes blancas.
—¿Te has acostado con él?
Retrocedí, conmocionada. No podía responder.
Ella sabía. Ya lo sabía. Al igual que la mujer detrás de ella, que fingía
estar ocupada ordenando el escritorio.
Ambas lo sabían. Pero no querían saberlo. Así que les di lo que
querían, lo que necesitaban, a pesar de que estaban dolorosamente
conscientes de que no era más que una mentira bastante podrida y negué
con la cabeza.
—De acuerdo. —La barbilla de mi madre se levantó—. Porque
descubrir que te importa el salvaje que destruyó a nuestra familia
significaría el fin del linaje Gracewood.
Mi sangre se cuajó en un veneno que contaminó cada respiración que
trataba de mantener firme, pero le sostuve la mirada. La sostuve mientras
dos entidades en guerra dentro de mí amenazaban con ponerme de rodillas:
culpa por mentir sobre Dade, por lo tanto menospreciar y reducir todo en lo
que nos habíamos convertido, y culpa por haber hecho algo de eso.
Linka me miró fijamente desde el otro lado de la habitación, y yo la
305
miré de vuelta, sin pestañear. Inclinó la nariz hacia el techo y se alejó.
De vuelta en mis habitaciones, encontré a un rey encaramado en mi
ventana, aparentemente desconcertado por las vistas de la ciudad.
—Bueno, mi hermoso cisne, no sé tú, pero estoy empezando a pensar
que tu madre ha difundido la buena noticia.
Dejé la jarra de jugo de naranja recién exprimido en el tocador y serví
un vaso a cada uno.
—Lo sé.
—Ha comenzado, su felicidad iluminando la belleza frágil de esta
tierra…
La palabra frágil me dolió y sospechaba que había algo más a lo que
se estaba refiriendo. Elegí sacarnos a los dos de nuestra miseria en lugar de
jugar.
—¿Y qué piensas al respecto?
Entonces, finalmente me miró, y ese ardor regresó con una venganza
con un lento barrido deliberado de esos ojos.
—Que quiere confundirnos.
Le ofrecí el vaso de jugo. Y aunque me inclinaba a estar de acuerdo, le
pregunté:
—¿Por qué piensas eso?
—Porque lo estamos —dijo en voz baja, tomando la bebida de mi
mano—. Gracias. —Apuró la mitad, luego se levantó y lo dejó junto a la jarra
antes de tomarme en sus brazos—. Te he extrañado.
—Apenas han pasado unas horas —señalé, pero no pude evitar sonreír
mientras frotaba mi cara en su camisa limpia. Debe haber regresado a sus
habitaciones. Eso o compró una nueva. Eso me recordó un detalle
importante que no había pasado por alto—. Hay vestidos para mí, pero no
hay ropa para ti.
—Eso tiene mucho sentido. —No dio más detalles cuando lo miré. Con
las yemas de sus dedos suaves en mi barbilla, la inclinó hacia atrás para
que su boca devastara la mía.
Me separé después de un momento sofocante, mi voz entrecortada.
—¿A dónde fuiste?
306
—¿En dónde no he estado? —Girando un mechón de mi cabello
alrededor de su dedo, le sonrió. Una sonrisa torcida que no subió y solo
apareció un hoyuelo—. Fui a visitar a una hechicera que robó tu sangre y
no te entregó ninguna fortuna.
Sus pestañas se elevaron hacia sus cejas bajas y mis labios se
separaron. Por supuesto.
—Viniste aquí —dije, sabiendo que era verdad antes de que hubiera
pronunciado las palabras—. ¿Viniste aquí solo para descubrir tu fortuna?
—Ya sabes lo que dicen. —Soltó mi cabello, los mechones rizándose
entre sus dedos y de nuevo contra mi pecho—. El conocimiento es poder.
No creía que esa fuera la única razón, no del todo.
—¿Qué te hizo visitarla?
Dade levantó un dedo, trazando mi frente con él, sus ojos siguiendo
su toque hasta la comisura de mi boca.
—¿Quieres una respuesta sincera?
Me estremecí.
—Siempre.
Me dio una rápida sonrisa satisfecha cuando se dio cuenta.
—Quería saber lo que la mayoría de nosotros quiere —dijo en voz
baja—. Supongo que, si había algo más.
—¿Algo más? —repetí, y ese dedo pasó de mi barbilla a mi pecho—.
¿Te refieres, además de la venganza?
Sus ojos fulguraron antes de apagarse y retrocedió un paso antes de
volverse.
—Sí. —Un escalofrío me recorrió a medida que lo veía caminar hacia
la ventana, su gran figura casi bloqueando el cielo—. Eso y quería una
explicación para la atracción intensa. He oído hablar de ello, lo he
presenciado innumerables veces, pero aun así encontrarme emparejado con
una Gracewood, un cisne…
—No lo sabías —dije, sintiendo que mi frente se arrugaba—. Que yo
era un cisne.
—No —dijo, aún de espaldas a mí—. Pero sospechaba, olí que había
algo más en ti.
307
—También estabas esperando saber qué era eso.
—Ciertamente. —Dejó algo en el alféizar de la ventana—. Creo que esto
te pertenece.
Una tira de pergamino. Me apresuré a desenvolverla, y encontré…
—Nada —dije, luego fruncí el ceño—. ¿Ella te dio un trozo de
pergamino en blanco?
La boca de Dade se curvó.
—Respira sobre él.
Aún con el ceño fruncido, aparté mis ojos de los suyos lentamente e
hice lo que dijo.
Un polvo dorado revoloteó en la habitación, rociando mis dedos en los
bordes del pergamino y en el piso. Una línea dorada a la vez, las palabras
aparecieron en una cursiva tan gruesa que, apenas podía distinguir lo que
estaba escrito.
Dade leyó las palabras, en voz baja y como si ya las hubiera
memorizado.
—Cuando la pluma se encuentre con el fuego, la venganza expirará.
—¿Recibiste el mismo? —Estaba a punto de preguntarle dónde estaba
cuando el pergamino se incendió y luego se desintegró, cayendo en rizos de
ceniza negra al suelo de piedra—. ¿Sabías que el mío diría eso?
—No —respondió, inclinándose para pasar los dedos sobre la ceniza.
Bailó hasta convertirse en nada con su toque, y se pasó la mano por los
pantalones mientras se levantaba—. Pero tenía el presentimiento de que
podría hacerlo.
La manga de su túnica se deslizó sobre su muñeca a medida que se
enderezaba. No me perdí el matiz rojizo de su piel y lo agarré.
No me detuvo cuando doblé la manga suelta hacia atrás y giré su
mano, comprobando si tenía alguna herida. Olfateé el aire, no había otras
señales de sangre en ninguna parte, luego le pregunté:
—¿De qué es esto?
Él sonrió y retiró su mano suavemente, el algodón cayendo.
—Tuve que escalar un enrejado. —Puso los ojos en blanco—. O, mejor
dicho, diez, ya que parece que a muchos les gustan tanto esas cosas
molestas. Una de tus flores salvajes me mordió.
308
Me reí, luego maldije cuando noté que el sol se oscurecía a un naranja
dorado.
Dade deslizó sus dedos por mi mejilla, después soltó un suspiro
profundo y caminó a mi lado hacia el vestidor.
—Vamos a prepararte.
—Pero, ¿qué vamos a hacer contigo? —Supuse que podría casarse
conmigo con su túnica de algodón y sus pantalones, pero tenía la sensación
de que no era lo que él hubiera preferido.
Ahogué un bufido, riendo de nuevo cuando abrió la puerta de mi
vestidor. Un chaleco rojo sangre reluciente colgaba dentro, una camisa
negra de rica seda debajo y pantalones de vestir de colores a juego.
—Vaya. —Me reí—. Has estado ocupado.
Él sonrió, amplio y presumido.
—¿Bailamos, solecito?
Mi mente regresó rápidamente a esa cueva, mi corazón temblando.
Aun así, respondí:
—Pensé que nunca lo pedirías.
Finalmente, lo asimilé cuando las puertas abiertas de par en par de la
sala del trono se alzaron delante. Esto en serio estaba sucediendo.
Dade ya estaba allí. Después de vestirme, me dio algo de privacidad y
tiempo a solas con mis pensamientos acelerados y mi corazón, diciendo que
estaría bien cuando la cautela se aferraba a mis cuerdas vocales.
Ya había visto su atuendo, lo había visto usarlo, pero la aprehensión
me había impedido absorberlo tan completamente como ahora podía. El
pánico aún nadaba dentro de mi torrente sanguíneo, mi corazón era una
campana que sonaba profunda e inquietante en mis oídos, pero todo
desapareció cuando lo vi parado frente al estrado.
No fueron sus pantalones ajustados, el chaleco que se aferraba a su
físico esculpido, lo que me dejó sin aliento y se negó a devolvérmelo. 309
Fueron sus ojos. Radiantes, me bebieron como si fuera una joya
preciada que se había pasado la vida cazando.
Y ahora, oficialmente podía reclamarme.
Esa mirada ardiente flotó desde mis pies con zapatillas, los pequeños
lazos en los dedos de mis pies atrapando el encaje del vestido color crema a
juego que había elegido por encima del desastre de volantes que mi madre
había elegido para mí. Una pequeña rebelión, tal vez, pero si en realidad iba
a hacer esto, si esto efectivamente iba a suceder, entonces sucedería con un
vestido que hubiera elegido para mí, uno que me hiciera sentir más como la
de siempre.
Perlas pequeñas, apenas perceptibles hasta que la luz las atrapaba y
las revelaba, salpicaban las faldas fluyendo libremente. El corpiño era
ceñido pero no incómodo, cintas de seda entrecruzando sobre mi pecho y
espalda, y mangas con volantes de encaje acunando mis hombros.
Los ojos de Dade se detuvieron en mis manos, que estaban unidas
frente a mí, mis dedos entrelazados suavemente alrededor de un ramo de
rosas negras. Luego se arrastraron sobre mi pecho hasta mi cara.
Me encontré con su mirada asombrada, reprimiendo una sonrisa y
luego recordando que me había pintado los labios con carmín rojo.
—No esperaba las rosas —murmuró en mi oído cuando lo alcancé, sus
dedos deslizándose sobre los míos y entrelazándose entre ellos, uniéndonos
cuando me detuve ante él.
—No esperaba nada de esto —nos sorprendí a ambos al decir.
Asintió vacilante, su boca cerniéndose sobre mi mejilla.
—Te haré feliz. Esto lo juro por encima de todo lo demás.
Y la vehemencia áspera en esas palabras, en sus ojos azules cada vez
más oscuros, hizo imposible no creerle.
Sonaron pasos y retrocedí un poco cuando mi madre entró.
Los dedos de Dade se apretaron alrededor de los míos, y le fruncí el
ceño, pero él no me estaba mirando. Sus hombros rígidos y altos, todo el
afecto y el calor se desvanecieron de sus ojos cuando escudriñaron a mi
madre, las puertas cerrándose detrás de ella, luego el resto de la habitación
en sombras.
La luz del día se había desvanecido, el atardecer arrojando sombras
en naranja y oro a través de las dos ventanas arqueadas en el lado más 310
alejado de la habitación. Las hortensias se balanceaban fuera de ellas, su
aroma dulce incapaz de enmascarar la tensión gestándose en el espacio
cavernoso.
Los ojos de mi madre, entrecerrados con malicia suficiente para
quemar el sol, se deslizaron de Dade a mí.
—¿Estás segura que quieres hacer esto? —Al darse cuenta de mi
vestido, su expresión se endureció, apretando los labios—. Opal —comenzó,
y alcé las cejas, esperando su desaprobación, pero suspiró—. Te ves
preciosa.
Por lo general, teníamos a alguien que dibujara un retrato de la pareja
real el día de su boda, y mi corazón se hundió cuando me di cuenta de que
ese no sería el caso para nosotros.
—Madre —comencé, pero un zumbido leve entró en la habitación.
Llegó la hechicera serpiente, mechones de humo deslizándose hacia
las vigas y una sonrisa carmesí iluminando esos ojos rojos.
—Bueno, miren lo que tenemos aquí.
Mi madre permaneció en el centro de la habitación, su vestido color
albaricoque y lavanda balanceándose con una brisa anormal.
La expresión en blanco de Dade no vaciló, ni su postura, cuando las
zapatillas de tacón de la hechicera resonaron sobre la piedra blanca hasta
la alfombra pequeña sobre la que estábamos parados.
—Una bestia y un pájaro.
—Gracias por venir, Silver.
Aún estaba asimilando el hecho de que mi madre, obviamente, conocía
a la hechicera por su nombre de pila cuando Dade dijo:
—Vas a casarnos. —No una pregunta, sino un reconocimiento breve
de su presencia.
Silver apartó su atención de mi madre, sus labios curvándose a
medida que se detenía a pocos metros de nosotros. Sus dos serpientes
desenrolladas alrededor de sus brazos, retorciéndose.
—Sí, olvidé mencionarlo en tu pequeña visita anterior. —Forzó un
puchero—. Mis disculpas, rey.
Los ojos de mi madre volaron hacia Dade, pero él no le prestó atención.
Con un guiño pequeño hacia mí, Silver susurró no muy bajo: 311
—La fortuna es una cosa curiosa. ¿No es así, mi llama brillante?
—¿Crees que es gracioso? —Mi madre se acercó un paso más y
gruñó—: Terminemos con esto. Lo quiero fuera de mi castillo, mi ciudad y
nuestras vidas.
Silver me dio una mirada fingida de sorpresa, luego se volvió y extendió
sus dedos hacia mí, de espaldas a Dade.
—Nikaya, querida, cómo debe sangrar tu corazón… —Volviendo a
mirarnos a todos, nos observó a mí y a Dade, sus serpientes quedándose
quietas—. Oh, cielos. —Volviéndose hacia las ventanas, soltó una carcajada
que hizo que todos nos pusiéramos tensos y boquiabiertos a sus espaldas,
su vestido rojo rozando la piedra—. Ella no lo sabe.
La mandíbula de Dade se apretó, su mano cada vez más caliente,
demasiado caliente, en la mía. Con la otra, aflojó el cuello de su camisa, y
pude sentir casi todos sus músculos tensos. No solo estaba al borde, se
estaba aferrando a una pizca de nada que se estaba deshilachando, y tenía
el presentimiento de que si no fuera por mí, su boca no estaría cerrada.
Se estaba comportando, se había atado a sí mismo, por mí.
—¿De qué estás hablando? —preguntó madre distraídamente y noté
que sus ojos recorrían la habitación. De hecho, estaba impaciente. Tanto es
así que, no pareció notar el hecho de que la hechicera estaba hablando de
nuestro vínculo.
Seguramente, ya lo sabía. Seguramente, no estaba simplemente
fingiendo que no existía.
No se podían sentir todos los vínculos, pero era mi madre, sin
mencionar una reina con poderes a diferencia de muchos en nuestras
tierras.
Silver inclinó la cabeza en su dirección y luego sonrió.
—No importa. Estamos aquí para casar a estas dos criaturas divinas.
—Caminando hacia atrás, me arrebató las rosas de la mano, las olió y
después las arrojó al suelo. Entrecerré mis ojos, después se abrieron por
completo cuando trepó al estrado y se sentó en el trono de mi padre, ahora
de mi madre.
Sus uñas rojas golpearon los extremos dorados de los brazos gruesos.
Detrás de ella, rizos dorados con forma de rayos de sol se elevaron como una 312
segunda corona sobre las serpientes que giraban y luego se quedaban
inmóviles sobre su cabeza.
—Así que, procedamos.
Una sacerdotisa dorada normalmente oficiaba las bodas, y casi había
esperado que una fuera testigo de nuestro compromiso mutuo. La hechicera
serpiente estaba reservada para la nobleza, en caso de que la solicitaran
antes que la sacerdotisa, un costo demasiado alto para la mayoría de la
gente común. Sin mencionar la intimidación.
Me pregunté cuántas monedas se llevaría a casa después de que todo
esto estuviera dicho y hecho, o si ya había recibido el pago. El golpeteo de
esas uñas indicaba que era lo último cuando su propia impaciencia se
encendió, su curiosidad por esta experiencia terrible menguando.
No era de extrañar que mi madre estuviera de mal humor. Ya era
bastante vergonzoso que hubiera aceptado casar a su única hija con el
hombre que nos había causado tanto sufrimiento, agravado por el hecho de
que había tenido que gastar una buena moneda que probablemente no
teníamos.
Al final, Dade se volvió hacia mí. Su mirada evaluadora se enfrió
ligeramente cuando le ofrecí una pequeña sonrisa trémula, y tomó mis
manos entre las suyas.
—Bajo el sol que es bueno y dorado, bajo la mirada atenta de las
estrellas despertando, soy testigo y doy aprobación del vínculo matrimonial
entre el rey Daden Volkahn y la princesa Opal Gracewood. —Mi corazón no
podía seguir el ritmo de las palabras repentinas, y Dade me acercó un paso
más. La hechicera no debería haberse molestado en mirar alrededor de la
sala del trono mientras decía—: Si existe la desaprobación de esta unión,
ahora deben darse a conocer o ser tragadas por las mareas del destino para
siempre.
Silencio, y luego, el movimiento de los pies de mi madre. No la miré,
no podía soportar ver lo que seguramente era horror estampado en su
rostro. Mantuve mis ojos en el pecho de Dade, mi labio entre mis dientes,
hasta que la hechicera nos hizo repetir después de ella.
La voz de Dade no vaciló, los latidos de su corazón estables y
desacelerando los míos con su voto gentil.
—Por ahora y para siempre. —El aliento ardió en mi garganta mientras
313
me permitía mirarlo a los ojos: sus húmedos ojos resplandecientes—. Me
entrego a ti, Opal Gracewood.
Todos esperaron a medida que tragaba y encontraba mi voz, ahogada
al principio, pero firme en una convicción que no había sido consciente de
que había sentido hasta que esas palabras pasaron por mi lengua y sus ojos
sostuvieron los míos.
—Por ahora y para siempre, me entrego a ti, Daden Volkahn.
Las pestañas de Dade bajaron, creando sombras en sus mejillas
mientras sus manos temblaban en las mías.
—Ahora pueden sellar su promesa eterna —ronroneó la hechicera.
Me devolvió la mirada, sin lágrimas en sus ojos, pero su deleite
inconfundible cuando nuestros cuerpos cerraron la brecha, se unieron, y
sus manos se elevaron para abarcar mis mejillas.
Mis ojos se cerraron lentamente, la anticipación rebosante, luego
expandiéndose cuando susurró sobre mis labios:
—Sé que me crees incapaz, pero no es así, y lo hago. —Mis dedos
apretaron la tela de su chaleco, mis ojos buscando los suyos a medida que
su boca rozaba por encima la mía, su voz nada más que un susurro apenas
audible—. Te amo, Opal Gracewood.
Escuché cada palabra, probé su verdad cuando acunó la parte
posterior de mi cabeza, inclinándola de modo que nuestras bocas se
unieran. Se presionaron, y no retrocedieron, separándose y deslizándose
mientras sellábamos nuestro destino con fervor. Su mano libre vagó hasta
mi espalda baja y me acercó. Tan cerca, pero no podía acercarme lo
suficiente, aferrando su ropa y poniéndome de puntillas para hundir mis
dedos en su cabello.
Había funcionado, mucho mejor de lo que me hubiera atrevido a
esperar.
Este rey, este salvaje monstruo loco de un rey… me amaba. Una
confesión susurrada, sí, pero era simplemente la confirmación de una
verdad que ya sospechaba. Una verdad con la que había corrido durante
semanas cuando la había visto crecer en sus ojos, espesando el aire entre
nosotros y sintiéndola en cada toque abrasador.
De hecho, había funcionado, y ahora estaba agradecida por esas
manos sosteniéndome tan fuerte, su boca magullando contra la mía, porque
314
de lo contrario, me habría caído.
Habría caído bajo el peso de todo lo que había hecho.
Había creado una vida con este rey de los lobos. Tentativa, seductora,
dolorosa y maravillosa, pero sabía que… no podía quedármela. Que
estábamos jugando con tiempo prestado.
Pero tal vez esto podía funcionar. Tal vez no necesitaba perdonarle lo
imperdonable para ceder a todo lo que me hacía sentir. Tal vez podíamos
encontrar una manera de hacer realidad este pedazo imprevisto con el que
habíamos tropezado en una realidad a largo plazo.
Retrocedí y aspiré una respiración muy necesaria, mis dedos
recorriendo su mejilla y mi frente sobre la suya.
—Dade, nosotros…
Demasiado tarde, había olvidado mientras estaba perdida en él como
lo había estado antes en innumerables ocasiones, que mi madre y la
hechicera aún estaban con nosotros, aún observándonos…
Ahora separándonos.
—No —grité cuando soldados entraron por las ventanas. Soldados que
conocía desde antes de que pudiera pronunciar una palabra encadenaron a
mi esposo con hierro antes de que él pudiera convertirse en humo y cedro.
La hechicera desapareció, dejando a mi madre de pie junto a la pared
con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Llévenlo a la plaza.
—Madre —gruñí, apresurándome hacia los soldados—. Suéltalo ahora
mismo.
Me ignoró cuando me repetí y los acompañé hasta las puertas. Dade
se rio en voz baja, con la cabeza gacha.
—Bien hecho, Nikaya.
Sus dientes chasquearon.
—Aprendí del peor.
—Suéltalo. Hiciste una promesa. —Empujé y empujé al grupo de
315
soldados, pero no pude pasar y entonces unas manos fuertes me apartaron.
Pateé detrás de mí, girando para golpear a Elhn en la mejilla. No me
disculpé, ni me preocupé por su expresión de sorpresa cuando siseé:
—No me toques, maldita sea.
—Estás casada, ¿no? —Madre arrastró las palabras, asintiendo hacia
Elhn—. Ya sabes adónde llevarla.
—¿Llevarme? —Me giré hacia ella, pero Elhn atrapó mis brazos por
detrás antes de que pudiera hacerla entrar en razón—. Madre, estás
cometiendo un error. Un grave error.
Se detuvo en la puerta, Dade ya se había ido, mi corazón
arrastrándose en su ausencia mientras el sonido de la lucha se desvanecía
en los pasillos. Podía cambiar. Aún podía cambiar y enviarlos a todos
volando, pero…
Pero estaba esperando hasta estar bien lejos de mí.
De espaldas a mí, un ojo dorado me miró por encima del hombro, luego
levantó la barbilla hacia las ventanas, el tapiz colgando en lo alto de las
paredes entre ellas aun balanceándose.
—Has logrado todo lo que te propusiste. Te salvaste a ti misma. Has
salvado a tu gente. Ahora, debes ignorar cualquier culpa que puedas sentir.
—Caminó hacia la puerta—. Déjame el resto a mí.
—No, espera —grité, tirando en vano a medida que otro soldado
entraba en la sala del trono y ayudaba a Elhn a sacarme de ella y hacia las
escaleras de afuera.
Mi vestido se rasgó bajo su agarre brutal, bajo mis pies frenéticos.
Siseé y escupí, a punto de cambiar cuando Elhn se detuvo y murmuró:
—Princesa, por favor. Solo queremos escoltarla arriba de manera
segura mientras el salvaje es transportado a la plaza.
Después me vigilarían y se asegurarían de que no pudiera escapar. Me
negué, pateando y maldiciendo, intentando morder la mano del soldado
joven, y entonces salieron las cadenas de hierro.
A mitad de camino de las escaleras en espiral, Elhn me lanzó una
mirada que decía que las usaría si no obedecía. No me importaba. Que me
amarraran y me ataran. Nunca la perdonaría si lo mataba, y mataría a
cualquiera que la ayudara con mis propias manos.
Mi piel tembló de furia, con el cambio que no podía permitirme hacer.
Aún no. Y si esas cadenas me envolvían… no era tan poderosa como Dade
ni tenía sangre carmesí. Incluso si aún pudiera cambiar, era un cisne. No 316
estaba segura de poder escapar de los grilletes.
Inhalando profundamente por la nariz, me obligué a asentir. Cumplir
a pesar de que deseaba arrebatarle las cadenas de la mano y balancearlas
contra la cabeza de ambos.
En mis habitaciones, me dije. Una vez que estuviera encerrada en mis
habitaciones, cambiaría y saldría volando por la ventana.
Por supuesto, ya habían pensado en eso, el pánico congelando cada
vena y respiración cuando me llevaron más arriba por las escaleras.
Subimos más y más alto hasta llegar a la torre más alta del castillo.
Las aposentos de mis padres.
Fui empujada adentro, la puerta cerrándose de golpe detrás de mí, y
supe que estaba hechizada. Pude sentirlo cuando volví a tropezar con la
madera impenetrable, así que no me molesté en intentar abrirla.
Tomando bocanadas de aire, examiné la habitación gigante con sus
muebles de color dorado y crema, el olor de mi padre ya desvaneciéndose de
su lado de la cama y la ropa que aún colgaba en el vestidor a mi derecha.
Alejé la culpa que mi madre sabía que albergaba, pero no por las
razones que ella asumía y corrí al baño. La ventana estaba sellada, barras
de hierro ardiendo bajo mis dedos cuando entré en la bañera y empujé con
todas mis fuerzas.
Hundiéndome dentro de la bañera vacía, supe que las ventanas y la
puerta que conducía al pequeño balcón exterior serían iguales. Con mi
vestido apretado en mis manos, parpadeé ante las sales y los jabones.
Me encerró.
Se llevó al rey.
Mi esposo. Mi compañero.
Temí todo el tiempo que tuviera un plan. Semanas atrás, incluso lo
hubiera deseado. Por la mujer que una vez conocí y admiré, regresando del
dolor que intentó ahogarla y tomar medidas para que yo no tuviera que
hacerlo.
Porque no era más que una cobarde ingenua. Una tonta aterrorizada.
Y aunque ella había regresado, no era la misma. Nunca volvería a ser
la misma.
La alarma se disparó a través de mí cuando me di cuenta de que nunca 317
sería la misma si ella seguía con esto. A medida que me imaginaba a Dade
siendo arrojado a las calles de la ciudad para convertirlo en un ejemplo
violento. Un destino entregado al peor de los criminales.
Pagaría por sus crímenes con una muerte lo suficientemente lenta
como para sentir a todos y cada uno.
No.
—No, no, no —susurré, el sonido rompiéndose con cada respiración
rota—. No —dije más fuerte, mis manos golpeando mis ojos—. No puedo. Él
no puede…
Un aullido cortó el aire, lo suficientemente ensordecedor como para
hacer temblar los cimientos del castillo… y sacarme de la niebla asfixiante
de miedo en la que me había dejado atrapar.
Mírame, abejita.
Parpadeé para contener las lágrimas, levantando mi cabeza hacia el
dormitorio.
Salir. Necesitaba salir. Mirando hacia atrás a esas sales, las estudié:
la lavanda, los cítricos y la rosa…
Tropezando con mis faldas, salí de la gran bañera y me apresuré a
entrar en el dormitorio. Allí, debajo de la almohada de mi madre, donde la
había guardado desde que comenzaron los ataques hace cuatro años, estaba
la daga que le dio mi padre. Un acero raro que vino de una isla al otro lado
del Mar Nocturno.
Supuestamente enriquecido por el sudor, el trabajo y el resentimiento
de su creador, un esclavo goblin, atravesaría cualquier cosa.
Pero no atravesaría el hierro.
Estaba bien. No necesitaba romperlo.
Corriendo hacia la puerta, bajé al suelo a unos pasos de distancia con
la hoja en mi regazo y extendí las manos sobre la piedra. No estaba segura
si funcionaría y, si funcionaba, cuánto duraría, pero tenía que intentarlo.
Tenía que evitar que escucharan lo que estaba a punto de intentar.
Gritos y alaridos resonaron en el exterior, y cerré los ojos, suplicando,
rogando, persuadiendo…
Crece.
318
Las enredaderas se colaron y desplegaron por las grietas de la piedra,
arrastrándose con una velocidad alarmante y haciéndose más gruesas, más
frondosas, mientras se deslizaban por las paredes y sobre la puerta.
Parpadeé, maravillándome de la densa maravilla verde que giraba, bailaba
y se juntaba. Casi en silencio, el rasguño de una espina ocasional fue el
único sonido, se enroscaron alrededor de las rendijas de la puerta y sobre
cada centímetro de la madera hasta que apenas parecieron enredaderas,
sino un seto. Un alargado seto gigante bloqueando la entrada.
Corriendo hacia la ventana, me hundí debajo de su borde para que no
me vieran. No sabía cuánto tiempo aguantaría la barrera si alguien entraba,
tal vez solo unos segundos. Necesitaba más de unos segundos, pero agarré
la hoja, corté con ambas manos y destruí el borde afilado.
El sudor escurría a lo largo de mi nuca, la línea del cabello y cubría
mis palmas, mi pánico un zumbido en mis oídos. Mi mano resbaló cuando
sonó un estrépito, lo suficientemente fuerte como para llamar la atención de
la mitad del reino.
Me alcé muy despacio, sabiendo que no debería, que estaba perdiendo
un tiempo precioso. Que solo entraría aún más en pánico al ver a Dade ser
arrojado por las puertas del castillo y al enjambre de soldados y ciudadanos
que aguardaban más allá.
Él flaqueó, su ropa rasgándose y sangre salpicando un lado de su cara,
pero no cayó. Se lanzó contra las armas acercándose.
Cerré los ojos y me dejé caer al suelo.
—Maldición —lloré en voz baja—. Maldición, maldición, maldición. —
Mis dedos temblaron, se deslizaron sobre la empuñadura de cuero de la
daga, pero la levanté y seguí adelante.
No podía parar. No quedaba nada por hacer más que intentarlo. Nada
salvo aguantar y esperar un destino que sabía que no llegaría, un destino
que nunca me había atrevido a esperar.
Hasta ahora.
Infundida con ello, esos pasos calculados que daba cuando se
acercaba a mí, cada respiración medida y cronometrada, la forma
depredadora en que inclinaba la cabeza y estudiaba mis expresiones
faciales, el movimiento de mi boca. Esos ojos de mares tormentosos y cielos
brillantes por el sol: un vistazo a dos futuros si tenía el valor y el corazón
para decidir aceptar.
Empujé la hoja con más fuerza, el metal desmoronándose y
319
curvándose debajo de ella. Me dolieron los brazos mientras empujaba todo
mi cuerpo en cada deslizamiento y aferraba tontamente la barra con una
mano mientras serruchaba con la otra para intentar debilitarla más rápido
con magia, con calor.
Después de unos momentos, mis dedos comenzaron a fruncirse.
Dejando caer la daga, me aparté, soplando sobre las pequeñas ronchas rojas
que aparecieron.
Y cuando miré el metal doblado en el peldaño más bajo de un
cuadrado en la esquina de la ventana, sonreí y presioné mis dedos sobre él.
Apretando los dientes contra la exposición inmediata al hierro, el dolor frío
que amenazó, deseé que mi sangre, mis emociones caóticas, obedecieran y
atacaran.
Con una exhalación agitada, mi poder se desató.
Se liberó y corrió a través de cada cuadrado, la plata oscura ahora un
oro fundido.
Una risa húmeda se me escapó, y pateé la esquina, la vi romperse y
pateé de nuevo.
Sonaron preguntas ahogadas en la puerta, pero ya me había ido,
empujando y pateando hasta que los tornillos de la piedra lunar se soltaron,
y pude doblar el metal lo suficiente para atravesarlo. Mi vestido se enganchó
y rasgó, al igual que mi pierna, pero no tuve tiempo de prestarle atención
cuando se abrió la puerta de las habitaciones de mis padres, y Elhn estaba
maldiciendo, abriéndose camino a través de las enredaderas.
Detrás de mí, en la ventana, dentro de esos segundos correctamente
calculados, intentó soltar el metal. No podía pasar por el hueco y yo no podía
esperar para ver si se las arreglaba para quitar toda la rejilla de la ventana.
En el balcón, con mis manos llenas de ampollas presionando contra
la pared de piedra lunar, intenté encontrar a Dade, pero ya no podía verlo
entre la manada moviéndose en una línea lenta hacia la plaza del mercado.
Mi cabello voló alrededor de mi cara, los habitantes de la ciudad
deteniéndose con sus asuntos diarios y cerrando las tiendas o siguiendo la
conmoción.
Habían sabido que nos casaríamos.
¿Habían sabido que mi madre intentaría matar a mi esposo? 320
Supuse que muchos de ellos habían esperado algo como esto y no
podía culparlos. Una vez también había esperado su muerte.
Dade rugió, soldados volando y aterrizando en los tejados, los toldos y
el suelo duro mientras la multitud retrocedía un paso.
Seguía encadenado, pero el rey ya no estaba allí. En su lugar había
un lobo gigante de alas blancas, con cuernos agitándose como una espada
hacia el cielo cuando un soldado atrevido saltó hacia adelante.
No estaba segura de lo que estaban intentando hacer exactamente.
Iban a capturarlo y matarlo eventualmente, eso lo sabía, pero estaban
estancados, esquivando golpes mortales de sus garras, dientes y esos
cuernos.
—Princesa. —Elhn agarró un pedazo de mi vestido, tirando con fuerza
hacia la ventana.
Lo ignoré mientras lo miraba directamente a los ojos, y luego dejé que
mi sangre hirviera sin retorno. Caí en picado, primero de pico, desde la pared
hacia los jardines, el músculo de mis alas aun curando estaba rígido y
dolorido a medida que las levantaba y giraba hacia la azotea más cercana.
Un silbato perforó el aire, seguido de:
—¡Un cisne negro!
Me mantuve agachada, insegura de lo que haría una vez que lo
hubiera alcanzado, y serpenteé entre los tejados cubiertos de musgo, las
chimeneas resoplando alegremente en muchos como si no hubiera un
famoso rey lobo entre nosotros.
Necesitaría resistir el tiempo suficiente para que él se alejara, pero ya,
los ojos de quienes lo rodeaban se volvían lentamente hacia el cielo. Me
incliné, me hundí para volar alrededor de una carreta medio vacía. Un niño
sentado en la parte de atrás ondeaba una banderita dorada y roja mientras
su padre observaba la conmoción desde el borde del callejón.
El hombre gruñó y giró en un círculo rápido cuando mis alas lo
rozaron, el niño riendo y señalando a medida que volaba hacia la calle, me
elevaba sobre las muchas cabezas y luego chillé cuando una flecha voló
directo a mi pecho.
Me dejé caer, y plegué las plumas de mi espalda, los soldados divididos
entre mirar un gran cisne negro aproximándose a ellos o el animal
monstruoso que habían rodeado para aguijonear como la bestia salvaje que
era.
321
Murmullos de “cisne”, “estrellas” y “¿deberíamos matarlo?” vinieron
hasta mí con la brisa.
Antes de que pudieran tomar una decisión, la bestia giró, sus grandes
ojos clavados en mí. Un gruñido feroz, una advertencia inconfundible para
que me fuera, rompió el aire.
Sabía que no haría tal cosa. Batí mis alas, volando alto hacia el edificio
más cercano donde podía esperar y escanear el suelo rodeando a mi lobo en
busca de un lugar donde aterrizar mientras Elhn se apresuraba cuesta
abajo para informarles que no me mataran.
Era rápido, le concedería eso, pero no lo suficientemente rápido como
los carruajes que salían de las calles llenas de caos en busca de refugio, y
la gente también lo hacía. Esquivando, dando vueltas y corriendo de nuevo,
Elhn se hizo más grande cuanto más se acercó.
Me pregunté si habría tenido tiempo de informar a mi querida madre.
Un grito atrajo mi atención de nuevo a Dade, quien tenía a un hombre
inmovilizado debajo de él. Veinte soldados o más avanzaban, con las
espadas desenvainadas, algunos atacando. El horror me dejó helada cuando
uno de ellos hizo contacto y se hundió en su pata trasera.
Dade gimió y luego rugió, girando y arrojando a la mitad de los
soldados al suelo con un golpe de su pata. Aun así, llegaron más, el juego
de espera aparentemente había terminado, las armas en alto, las flechas
volando y deslizándose sobre sus alas y pelaje mientras se agachaba y
abalanzaba hacia los lados.
Me levanté, mis alas crujiendo, desplegándose a ambos lados de mí, y
me bamboleé hacia el borde del techo. Dade no estaba luchando para matar.
Una y otra vez, las cuchillas cortaron trozos de pelaje de su costado,
se hundieron en su carne antes de que los derribara, y podría haberlos
destruido. Podría haber muerto en el intento, pero mataría a muchos de
nuestros soldados antes de que eso sucediera.
Pero no sucedería. No podía.
Lo haría, insistió un empujón en mi estómago.
Lo haría porque se negaba a matar a cualquiera que se le acercara.
Elhn se acercó, gritando entre las manos acunadas:
—Princesa, debe irse. Ahora. 322
Casi me reí, pero el tono afilado de su voz me detuvo. Lo miré, noté
que su mirada se movía de mí al cielo, y luego miré hacia la plaza y Dade.
Sus dientes estaban al descubierto, un gruñido bajo retumbando
cuando los soldados se desplegaron, uno fue arrastrado por su camarada,
con la pierna doblada en un ángulo inquietante.
Se estaban retirando. ¿Por qué se estaban retirando?
Volví a mirar a Elhn. Se abrió paso entre la multitud, hablando
apresuradamente, y algunos soldados miraron hacia arriba.
También lo hice, y entonces jadeé y salté.
Caí en picado hacia la plaza con todo dentro de mí a una velocidad
que nunca antes había volado, lo suficientemente rápido como para
romperme algo cuando aterrizara. Probablemente muchas cosas.
Dade gimió, moviéndose para recibir la peor parte de mi impacto, y
reboté contra él.
Sacudí la cabeza, mareada y revoloteando contra su costado a mis pies
cuando una bola gigante, lo suficientemente clara para vivir en el cielo y
nunca ser notada, terminaba de caer.
Y nos envolvió a los dos.
Treinta
Opal
—Esta vez lo tenemos —dijo uno de los soldados que nos escupió.
Su saliva golpeó el orbe, deslizándose como si fuera una hoja de vidrio
transparente. Sabía sin tocarlo que no lo era. Zumbaba con un poder que
no podía nombrar ni reconocer.
Esta vez.
La sangre en la muñeca de Dade.
323
Dijo que no había pasado nada, que no había querido alarmarme
diciendo que alguien había intentado algo. Me volví para mirar a la bestia a
mi lado, quien se apoyaba sobre su estómago, sangrando en varios lugares,
pero mirándome como si estuviera preocupado de que me hubiera
lastimado.
—Maldito idiota —dijo Elhn, empujándose al frente de la multitud y
mirando el orbe con evidente consternación. Cerró los ojos y maldijo,
empujando al hombre a su lado—. Limpia esa suciedad antes de que llegue
su majestad.
El soldado frunció el ceño, al igual que algunos de los otros, pasando
nerviosos de un pie a otro. Algunos sangraban en algunos lugares, otros
aullaban de dolor bajo el toldo de la panadería más popular de la ciudad.
No podía verlos para medir cuán heridos estaban, y no me importaba.
Alcé mi pico en el aire cuando el soldado dijo:
—Capitán, ¿es usted un traidor? Le escupiré al monstruo si me place.
—En caso de que no te hayas dado cuenta, idiota —gruñó Elhn en su
cara y apuñaló un dedo en nuestra dirección—, allí también hay un cisne.
—¿Y qué? —dijo el tarado ignorante. Mientras tanto, varios pares de
ojos se abrieron del todo a su alrededor. Quizás conocían nuestra historia
lo suficiente como para saber o recordar que, aunque no se había visto a
uno de los míos en mucho tiempo, todos y cada uno de nosotros habíamos
sido miembros de la realeza Gracewood.
—La princesa —dijo Rodney, un soldado cinco años mayor que yo, que
a veces me traía plántulas frescas cuando visitaba el Bosque de la
Primavera, con un suspiro apresurado. Lo miré, sin ver ningún sentido en
hacer otra cosa. No era como si pudiera hablar para refutarlo, y si retrocedía,
lo sabrían con certeza—. Es ella —dijo, parpadeando.
El hombre que nos había escupido maldijo, luego corrió hacia
adelante, estudiándome a través del orbe.
—Pero solo es un cisne. —Los ojos gigantes de color marrón oscuro se
abrieron y parpadearon—. Un jodido cisne enorme, pero sigue siendo un
cisne.
Grazné y él se estremeció, provocando la risa de los soldados que
habían intentado lastimar a Dade momentos antes. 324
El rey refunfuñó detrás de mí, luego me empujó hacia su costado a
pesar de que nadie podría tocarme si se atrevieran. Mis pies palmípedos se
enredaron en las cadenas de las que se había soltado y él las arrojó a la
barrera transparente. Siseó, y miré como el hierro comenzó a derretirse.
Hubo una colección de maldiciones cuando los soldados lo notaron, y
luego hubo gritos, el hombre secó la saliva rápidamente cuando llegó mi
madre. El orbe lo electrocutó y su cabello se erizó en lo alto de su cabeza.
Gritó, apartando su mano y poniendo una distancia saludable entre
nosotros mientras se deslizaba entre sus hermanos.
—Muévanse —gritó mi madre, todos los soldados separándose a
medida que corría hacia mí y se llevó la mano a la boca. Mi corazón se
hundió con sus rodillas cuando se detuvo ante el orbe…
Y gritó.
El silencio que siguió a su agonía ensordecedora fue casi tan
ensordecedor como su grito. Dade gruñó, tenso a mi lado, y sentí mi pecho
hundirse por el miedo ante el temor brillando en los ojos de ella. Intenté
cambiar de vuelta.
No pude.
Moviéndose lo más cerca que pudo, el viento tirando de su cabello
meloso hacia atrás de sus hombros para revelar la totalidad de su expresión
afligida, mi madre extendió la mano como si fuera a colocar su mano sobre
el orbe.
Zumbaba con el calor aproximándose como si lo llamara y ella bajó la
mano.
—¿Qué has hecho? —lloró—. Oh, estrellas, Opal, ¿qué has hecho?
Dade gruñó cuando Deandra se acercó, con la espada levantada como
si fuera a cortar el orbe. Su ala emplumada me acercó más a él, casi
protegiéndome por completo. Giré mi cuello, pero su mirada se movía entre
la mujer soldado y la reina, sus músculos flexionándose y tensándose detrás
de mí.
No pude responderle. No pude cambiar. Solo pude empujar las plumas
de las alas de Dade para que no ocultaran mi vista y devolverle la mirada.
Los soldados a sus espaldas se quedaron callados, observando,
esperando órdenes. Sin embargo, su atención permaneció fija en mí y en el
lobo que había atrapado. Entonces, pareció asimilarlo, su expresión 325
decayendo. Su boca tembló mientras soltaba un suspiro resignado.
—Traigan a Silver —dijo, luego se repitió, con la voz elevada—. Que
alguien traiga ahora a la hechicera.
Mientras un grupo pequeño despegaba corriendo y se alejaba,
continuamos mirándonos. Mi corazón tronaba. El calor de la burbuja
rodeándonos parecía aumentar con cada minuto que pasaba.
Silver llegó, envuelta en sombras parecidas a serpientes que se
evaporaron justo delante de los cincuenta y tantos soldados. Los hombres y
mujeres la miraron a medida que se abría paso, con esa sonrisa serpentina
en su lugar.
Los ojos se clavaron en las serpientes enroscándose alrededor de la
parte superior de sus brazos, algunas lo suficientemente atrevidas como
para flotar sobre su cuerpo ágil y flexible delineado por un vestido largo y
ajustado de rubíes relucientes.
Fingió sorpresa.
—Oh, Nikaya. —Un gemido de placer acompañó sus siguientes
palabras—. Esto es demasiado bueno. —Sus manos se frotaron entre sí, el
regocijo en su voz evidente en esos ojos rojos—. Mis estrellas, solo míralos.
—Deteniéndose ante el orbe, arrastró una uña por él. Y no pasó nada. Sin
cargar. Sin retroceder—. ¿No son una buena pareja?
El vestido se dobló con ella como el agua sobre una roca mientras ella
se agachaba y susurraba:
—Sí, toda una pareja vinculada.
Los ojos de mi madre se cerraron, y luego se volvieron a abrir para ver
a la hechicera a medida que se ponía de pie.
—Arréglalo. —Los ojos de Silver relucieron y mi madre instó—: Por
favor.
—Me pediste una jaula impenetrable para una bestia. —Extendió una
mano en nuestra dirección—. Así que, eso es lo que te di.
—Tiene que haber una manera.
La sonrisa de Silver hizo que Dade se pusiera rígido.
—Siempre hay una manera. —Flotando más cerca de mi madre, pasó
326
un poco de su cabello dorado sobre su hombro, su sonrisa cayendo cuando
una larga uña carmesí trazó la mejilla y mandíbula de mi madre. Su voz se
derritió en un tono más suave que nunca hubiera pensado que la hechicera
demasiado confiada fuera capaz de hacer—. Y como ya sabemos, siempre te
costará algo invaluable. —Los ojos húmedos de mi madre se ensancharon
cuando Silver añadió en voz baja—: Ya no me quedan favores, mi amor.
Observándolas, algo turbio comenzó a despejarse, pero entonces se
fue, mi madre se quedó gruñendo ante el aire oscuro desvaneciéndose.
Sus manos se deslizaron por su cabello.
—Maldición. —Elhn, sabiamente, les dijo a los soldados que
retrocedieran, permitiéndole un mínimo de privacidad—. Esa maldita mujer
y sus malditos acertijos.
Dade resopló y le lancé una mirada fulminante que decía que esto no
era gracioso. En lo más mínimo. Simplemente bostezó y sentí que mis ojos
se abrieron del todo al ver todos esos dientes demasiado largos y afilados.
Se humedeció los labios, luego resopló y sonrió con los ojos.
No tenía idea de cómo podía permanecer tan tranquilo, cómo podía
encontrar una pizca de humor en esta situación. Entonces, recordé que
había sido sometido a cosas peores. Había estado en un campo de batalla
tras otro. Había sido criado y condicionado para la violencia y la brutalidad.
Por eso estábamos aquí, atrapados y en deuda con una hechicera
amante de los acertijos y una reina en busca de venganza.
Me moví sobre mis pies, girando mi cuello cuesta abajo hacia donde
estaba la guarida de Silver.
Cuando la pluma se encuentre con el fuego, la venganza expirará.
Mi madre me llamó por mi nombre, y me volví.
—Escúchame con atención, ¿de acuerdo?
No tenía otro lugar donde estar. Sabía que podía entenderla muy bien
por las muchas veces que me había perseguido por el castillo cuando había
cambiado accidentalmente de niña y no podía encontrar la manera de volver
a regresar.
—Sí —dijo, y una gota de agua se deslizó por su mejilla como si
también recordaba esos tiempos. Los tiempos en que mi padre fingía que no
era lo que era, pero mi madre me levantaba por mis pies palmeados, me
colgaba boca abajo y me llevaba a mis habitaciones donde me leía historias
hasta que me asentaba lo suficiente para volver a cambiar—. Tenemos que
hacer esto juntas, justo como entonces.
327
Parpadeé. No podíamos hacer nada juntas. No solo porque estaba aquí
y ella afuera, sino porque ahora éramos enemigas.
Había intentado matar a mi compañero todo el tiempo sabiendo cómo
me mataría a mí, porque ese mismo dolor era claramente aún demasiado
reciente para ella.
—Juntas —susurró—. No tengas miedo.
No le tenía miedo al orbe. Tenía miedo de lo que le haría a mi esposo
una vez que fuéramos liberados. Y así, negué con la cabeza.
Dade resopló, sus fosas nasales más anchas que mi cabeza se
ensancharon a medida que se acurrucaba contra mí y me miraba fijamente.
Lo fulminé con la mirada. No.
Sí.
Sabes lo que harán.
Inclinó la cabeza como si no fuera gran cosa, entrecerrando los ojos
con impaciencia.
—Opal —dijo mi madre—. Opal, mírame.
Lo hice, de mala gana, y ella sonrió, lágrimas silenciosas corriendo por
su rostro.
—Lo prometo. Será libre de irse.
Me puse rígida, sabiendo que hablaba con la verdad, pero aún con
cautela.
El ala de Dade se levantó como si la creyera, diciéndome que yo
también debía hacerlo.
La miré, y ella me devolvió la mirada con ojos brillantes. La mía hizo
lo mismo cuando dijo:
—Lo siento. —Se pasó la mano por debajo de la nariz, y susurró—: No
quería creerlo. Que ustedes dos tenían… —Negó con la cabeza, diciendo
finalmente—: Que ustedes se habían vinculado. Si no lo supiera, si no lo
creyera, entonces podría seguir adelante con lo que mi alma dolorida anhela.
—Esperé mientras miraba al rey—. Venganza.
Sabía sin mirar que él sostuvo su mirada, porque cuando ella me miró
una vez más, sus ojos ya no estaban húmedos sino decididos, su mandíbula
apretada.
328
—Pero no puedo hacerlo. Pensé que podía, pero no puedo hacerte
pasar por este dolor, y aunque tenía que intentarlo, Opal, tenía que hacerlo…
lamento haberlo hecho.
Me acerqué, y ella colocó su mano sobre el orbe, el calor
chisporroteando por debajo.
Apretó los dientes. Su cabello comenzó a levantarse. Pero supe antes
de que ella hiciera un gesto con su mano libre lo que tenía que hacer.
Presioné la punta de mi ala sobre el orbe, justo sobre su palma, y
asentí. Un crujido resonó, rebanando mi cráneo, mis huesos, mientras
parpadeaba entre formas.
—Lo siento —dijo de nuevo, ahora con terror en su voz—. Por favor,
regresa a mí.
Me sentí como si empujara desde las profundidades más profundas
del océano, arrastrándome de vuelta hacia mí. Mi corazón se aceleró, y mi
vista se nubló y oscureció. El orbe volvió a crujir. El calor de Dade se volvió
más firme en mi espalda como si ya hubiera cambiado. Envalentonada, me
deshice, cada aliento atascado e inquebrantable hasta que…
Jadeé de rodillas.
—Está bien.
La bola se fracturó bajo nuestro toque, ríos de oro atravesando el orbe
transparente en rápida sucesión. Todos contemplaron, y Dade me acercó a
su pecho justo cuando explotó. Tan precisos y afilados como el vidrio, los
fragmentos llovieron sobre nosotros, cortando y tintineando al golpear el
adoquín.
Cuando terminó, me giré para inspeccionar a Dade, notando un corte
en su boca y ojo, mis manos acariciando sus brazos rígidos…
Entonces se registraron los gritos, mi madre ya estaba de pie cuando
la campana de guerra sonó desde el castillo.
Una colección de aullidos, feroces e inquietantes, fue la única
advertencia que tuvimos antes de que las bestias, algunas aladas, todos
lobos, se abrieran paso por cada callejón.
La caballería había llegado y, con ella, otra fractura lo suficientemente
grande como para cortarme en dos.
Solo que esta vez, no era un orbe sino mi corazón.
329
Dade me agarró, con una daga en su mano que no había usado antes
y me empujó detrás de su espalda.
—Haré que se retiren.
Lo haría… pero ya estaban derramando sangre. Atacaron con garras,
dientes, fuerza y números que no eran rival para los nuestros.
Mi madre se quedó paralizada a mi lado, sus ojos totalmente abiertos
absorbiéndolo todo, luego Elhn se acercó, ladrando órdenes para que nos
moviéramos, y ella se volvió para agarrar mi mano.
—Entra en la panadería.
La seguí, flotando por la conmoción que se abría paso a través de mí,
destruyendo cada palabra en voz baja y recuerdo doloroso.
Él mintió.
Mintió, mintió, mintió.
Me miró fijamente a los ojos y mintió con sus dientes afilados cuando
prometió que vendría solo, cuando prometió que se comportaría y que mi
gente estaría a salvo. Cuando había prometido que el derramamiento de
sangre terminaría.
Le creí. Creí en él. Creí que había cambiado, y que finalmente había
comenzado a aprender, a comprender.
Había sido una tonta al creer que un lobo alguna vez sería cualquier
cosa menos un lobo.
Cuando llegamos a la panadería, Elhn nos hizo pasar al interior y pasé
junto a él mientras cerraba la puerta. Me alcanzó, pero ya me había ido. Una
espada yacía junto a una soldado caída, con los ojos mirando al cielo
mientras sangraba por la boca y una herida en el estómago.
Me agaché, sosteniendo mis manos sobre su estómago, el calor
inundándome y fluyendo a través de mí, conteniéndolo, pero no lo
suficientemente rápido. Los ojos marrones rojizo de la mujer se deslizaron
desde el cielo hasta los míos, su boca formando palabras que no pude
escuchar sobre el rugido, los gritos y el terror que se había desatado sobre
mi ciudad.
—Detenlo.
Detenlo. No la salves. Detenlo.
Tenía razón. Él había dicho que haría que se retiren, pero ya una vez
330
cometí el error de creer que él protegería mi corazón.
Me negaba a ser tan estúpida nunca más.
Apretando los dientes, forcé más de mi energía dentro de esa herida,
y luego junté sus manos y las empujé sobre ella.
—Mantenlas ahí y no te muevas. —Ella parpadeó, y yo arqueé las
cejas—. Es una orden.
Tomé su espada y me escabullí alrededor de dos hombre carmesí y
dorado, un hacha de batalla chocando con una espada ancha y casi
cortando el acero por la mitad por encima de mi cabeza.
No miré para ver si los reconocía. No podía. Seguí moviéndome,
esquivando a los ciudadanos que corrían, empujando una carreta que había
estado por la colina de pendiente lenta un poco desierta.
—Opal.
Me detuve al oír su voz y miré hacia arriba.
Allí, en la azotea más cercana a mí, aterrizó el rey de los lobos, el rey
de sangre, el ladrón asesino de mi corazón. Miró mi espada robada, luego
dijo:
—Agáchate —cuando una roca pasó sobre mi cabeza, volando a través
del escaparate detrás de mí.
El vidrio crujió y se quebró, y luego dos hombres cayeron al suelo, sin
armas, mostrando sus puños y dientes.
—Suficiente —tronó Dade.
El hombre se detuvo, manteniendo a raya al soldado dorado mientras
se balanceaba ciegamente hacia él desde el suelo.
La mirada de Dade cayó sobre mí, pesada y escrutadora. No le di nada
más que ira a cambio. Se puso rígido.
Sabía exactamente lo que había hecho. Pero en lugar de perder el
tiempo y cabrearme más, metió los dedos entre los labios, silbando cuatro
veces.
—Bajen sus armas y retraigan sus garras. —Luego gritó con las manos
acunadas—: Marchen de vuelta a casa.
Elhn estaba avanzando calle arriba, directamente hacia nosotros. La
confusión arrugaba sus facciones, y la sangre brotaba de su nariz mientras 331
veía a nuestros soldados. Algunos continuaban arremetiendo y golpeando a
las legiones carmesí, mientras que otros retrocedían, desconcertados y
mirando boquiabiertos alrededor a medida que los guerreros caían
lentamente en dos largas filas uniformes.
Elhn ordenó a nuestros soldados que no dejarían de luchar, gruñendo
sus nombres como si él mismo los mataría personalmente si desobedecían.
Dejando caer la espada, caí contra la puerta mientras Dade aterrizaba
ante mí y avanzaba.
—Cisne, debes entender…
—¿Que me mentiste? —Me reí, el sonido rompiéndose—. Oh, lo
entiendo perfectamente bien, imbécil.
Hizo una mueca, pasando una mano ensangrentada por su cabello, el
rubio tiñéndose de rojo. Alguien lo llamó, y echó un vistazo a sus manadas
de lobos reunidas por encima del hombro, luego me devolvió la mirada.
—Lo siento, ¿de acuerdo? Pero sabía que esto pasaría.
—Entonces, me lo dices —dije, cada palabra ardiendo, siseando entre
mis dientes—. Me dices, me hablas en lugar de mentirme.
Dejó de avanzar tres peligrosos pasos de mí. La brisa barrió algo de
ese cabello suave sobre su frente, sus ojos rivales de la oscuridad que había
invadido el cielo.
—¿Habrías escuchado?
Aturdida, aplasté las palmas de mis manos contra la puerta en mi
espalda.
¿Lo habría hecho? Me habría gustado pensar que sí, lo habría hecho,
pero esto… en lo que nos habíamos convertido se multiplicaba a diario, y no
podía seguir el ritmo. Lo había complacido, me había enamorado de él
mientras lo hacía, mientras intentaba hacer una diferencia, pero nunca
había confiado plenamente en él.
Ambos lo sabíamos.
Su nombre fue llamado una vez más, pero no reconoció a quienquiera
que fuera.
—Supongo que nunca lo sabremos. —Ojos, demasiados, estaban
sobre nosotros, pero eso no me impidió decir con un aliento ferviente—: Todo
lo que sé es que nunca más escucharé otra palabra que digas. —Los gemidos
332
de los heridos, los graznidos de los cuervos viniendo por los muertos, se
filtraron dentro de esta burbuja nueva de nuestra propia creación.
Su expresión cayó y palideció, su mano tembló cuando dio un paso
hacia adelante y se estiró como si fuera a tocarme.
—No lo dices en serio. —Parpadeó como si de repente se sintiera
inseguro y se detuvo cara a cara conmigo—. ¿Cierto?
—No —advertí. Apartando su mano, susurré—: Vete, y llévate el
conocimiento de que yo también mentí, y que nunca quise esto. —Arrastré
mis ojos de su boca cuando se abrió y encontré su mirada entrecerrada—.
Necesitabas que te detuvieran. Alguien tenía que detenerte. —Levanté un
hombro como si no me importara todo lo que habíamos sido y todo lo que
podríamos haber sido cuando me importaba demasiado—. Así que, eso es lo
que hice.
Dade me estudió, la rabia desplegándose, agudizando y retorciendo
cada rasgo. Rezumó de sus poros y rodó por su piel. Lo había visto
enfurecido, aunque nunca lo había sentido con tanta fuerza, como si
estuviera demasiado cerca de un fuego y comenzara a sudar.
La necesidad de calmarlo y apaciguarlo hormigueó sobre mi húmeda
piel pegajosa como una erupción que deseaba poder escapar de mi cuerpo,
y metí las manos detrás de mí, tirando de mis hombros hacia atrás.
Como si sintiera eso, la cabeza de Dade se inclinó. Resopló, una
sonrisa cruel iluminando sus ojos.
—Si bien puede ser así, esto… —esos ojos suyos no soltaron los míos
mientras señalaba mis pechos—, ese órgano acelerado en tu pecho dice que
podrías haber completado tu misión pero perdido más de lo que esperabas,
solecito.
—Vete —gruñí.
Su sonrisa se convirtió en una leve mueca de desprecio.
—Con gusto.
En cuestión de minutos, estaban saliendo de la ciudad, nuestros
soldados observando consternados.
Esperé hasta que se dio la vuelta antes de soltar un aliento cargado
tras otro, mi pecho apretado y dolorido sin importar cuánto intentara 333
controlar cada uno.
Esperé hasta que sus guerreros desaparecieron por la entrada de la
ciudad antes de volver a caer dentro de la tienda vacía y al suelo lleno de
cristales.
Treinta y uno
Dade
El veneno corría por mis venas a cada paso que me alejaba de la
fortaleza de piedra lunar que sostenía mi corazón aplastado.
Un juego. Yo no era más que una pieza principal en este juego llamado
guerra, y aunque mi cisne podría haber pensado que había jugado bien
contra mí, fui yo quien decidió que me utilizaría.
Sus acciones, sus emociones encontradas y esos malditos ojos la
334
delataban en todo momento. La había deseado, un deseo tan grave, tan
profundo e insaciable, que había aceptado el papel que ella creía que debía
desempeñar.
Porque sabía que debajo de esa falsa bravuconería se escondía mi
compañera, un vínculo que sofocaba todo lo demás. Un lazo del alma que
eclipsaría su ira y sus sentimientos conflictivos hasta que no fueran más
que una tenue sombra que podría borrar con el tiempo.
Debió pensar que no era mejor que una bestia sin cerebro, propenso
y a menudo perdido por los deseos más bajos, hambriento de nada más que
su sangre y su cuerpo calientes. A veces, lo era. Ciertamente.
Pero no siempre.
Eso no impidió que sus palabras de despedida hicieran el daño que
pretendía. El odio que rebosaba en aquellos ojos dorados, el asco, no
totalmente hacia mí sino hacia ella misma, pesaba en cada respiración, en
cada paso y manchaba de oscuridad las imágenes de las colinas verdes y los
campos de lavanda que las atravesaban.
Demasiado pronto, entramos en el bosque que habíamos atravesado y
sobrevolado un puñado de veces antes. Todo gracias a que mi cisne me
mostró el último puente que quedaba, el árbol hueco oculto, sobre el que
nos habíamos encontrado por primera vez.
La legión tres había volado hacia adelante, ahora nada más que
manchas oscuras tragadas por las nubes estrelladas sobre el bosque al otro
lado del barranco. Había optado por caminar. No tenía mucho sentido llegar
apresuradamente a casa cuando ese hogar se sentiría ahora como la tumba
que siempre había sido.
Sin ella, no era más que un torreón, un palacio para albergar
fantasmas y monstruos.
Los de la Legión dos charlaban entre ellos, en voz baja en su mayor
parte, mientras intentaban dar sentido a todo lo que acababa de ocurrir, y
Fang se reincorporaba para caminar a mi lado de vez en cuando. Sabía
cuándo mantener la boca cerrada y, sabiamente, no la abrió mientras
serpenteábamos entre los árboles hacia la cueva baja.
Entrar en esa cueva, espiar el espacio en el que me había acostado
con ella y sentir que mi alma se conectaba con la suya, fue como llevarme
una cuchilla al pecho y tragar fuego. 335
—Dade —llamó Fang, y no me había dado cuenta de que había dejado
de moverme.
No me había dado cuenta de que todos habían salido de la cueva,
cruzado por el tronco envejecido y por el barranco hasta Vordane.
Sacudiendo la cabeza, pasé junto a él, adentrándome en la cueva
hasta que aparecieron las entrañas huecas del árbol muerto.
Las botas de Fang crujieron detrás de mí sobre la tierra.
—Tú, ah, quieres hablar…
—No —espeté, y luego me calmé. Unos aullidos bajos, casi
indetectables, pero que aumentaban de volumen, entraron en la cueva.
Corrimos hacia el agujero, trepamos por él y, mientras Fang se dirigía
al borde escarpado del barranco para escalar por la pared llena de tierra y
rocas, yo me desvié y salí disparado hacia el aire.
Una miríada de violentas maldiciones inundó mi cabeza. Por
supuesto, lo harían. Mientras yo estaba ausente. Cuando descubrieron que
más de la mitad de mis mejores guerreros también estaban ausentes.
Sonaron más llamadas desde el sur, y volé sobre el barranco hasta
que se extendió en un río, luego viré hacia el oeste, el viento un rugido que
amenazaba con superar a los que navegaban desde allí. Me elevé
directamente por la ladera del acantilado hasta llegar a los árboles y me
desplacé en cuanto mis patas se estrellaron contra la tierra. Apenas había
respirado antes de que me dirigiera al otro lado del bosque que bordeaba el
río.
El primer pueblo que vi al recibir a mi bestia estaba iluminado.
La legión alada estaba casi allí, habiendo oído las llamadas de auxilio
mucho antes que nosotros, y me obligué a volar más fuerte, más rápido, con
mis huesos vibrando por la fuerza del viento que me empujaba, desgarrando
mi piel.
Un gruñido fue tragado por la noche cuando me di cuenta de lo bien
que se podía jugar conmigo después de todo.
Y ahora, era mi pueblo el que pagaría el precio de mi arrogancia.
El fuego surgió de las cabañas y las copas de los árboles, los guerreros
chocaron contra el suelo. Más adelante, como si alguien se limitara a
encender una colección de velas, el fuego siguió al fuego, un rastro ardiente
que se dirigía directamente a la ciudad y a todos sus cientos de ocupantes. 336
En el suelo, con su porte engreído inconfundible mientras daba
órdenes a sus generales, a los hombres que robaban a las mujeres y a los
niños de sus casas y los arrojaban hacia lo que parecía ser un corral
utilizado para el ganado, se encontraba el asqueroso príncipe humano.
Treinta y dos
Opal
Linka golpeó la puerta del baño.
—Princesa, ¿está todo bien ahí dentro?
Me hundí más en el agua refrescante y cerré los ojos. No. Nada estaba
bien ni aquí ni en ningún sitio.
—Todo bien —dije y esperé a que entrara, para ofrecerme una de sus 337
sonrisas felinas y un paño con el que secarme.
Sólo hubo silencio, y luego el sonido de sus suaves pasos en retirada.
Podía empatizar con su enfado hacia mí, pero eso no significaba que
fuera a perseguirla e intentar obligarla a empatizar conmigo. No tenía la
energía ni el espacio en mi magullado corazón para arreglar nada cuando
todo se sentía tan irremediablemente… destrozado.
Se suponía que este matrimonio iba a arreglar las cosas. Se suponía
que nos ayudaría a unirnos. Se suponía que debía salvarnos y acercarnos,
independientemente de lo que pudiera haber hecho a mi corazón.
Pero ahora se ha ido.
Mi marido. Mi enemigo. Mi tragedia imprevista.
Cuando por fin volví a entrar en mis aposentos, miré mi armario, las
numerosas batas y camisones. Anhelando crear algo más versátil y cómodo,
me vestí con un par de leggins viejos y una camisa color baya. En suaves
pliegues, el algodón caía desde mis pechos hasta la parte superior de los
muslos, sus mangas de raso abombadas pero no irritantes cuando giré la
cabeza por encima del hombro al oír un crujido.
Mi madre estaba sentada en la cama, con los dedos apretados en el
regazo y los ojos afilados mirando por la ventana.
La misma ventana junto a la que el rey se había sentado mientras
estudiaba los jardines y se perdía en sus propios pensamientos.
Las palabras me abandonaron sin previo aviso.
—¿Por qué te molestaste en permitir que nos casáramos?
Sin desviar la atención, como si no estuviera mirando realmente nada,
dijo en voz baja:
—No tenía la intención de que te casaras con él. —Me acerqué,
apoyándome en las estanterías—. Sólo que no podíamos atraparlo
desprevenido hasta entonces.
—Así que admites haberlo intentado —afirmé, y luego me mordí el
labio inferior cuando se tambaleó. No dijo nada. No me advirtió ni dijo la
verdad cuando descubrí que había estado sangrando. Podría añadir esa
mentira a su lista de atrocidades, pero sabía que no lo había hecho por
maldad o para protegerse.
Había mentido para protegerme a mí y al amor que sentía por mi
madre.
338
—Tu deseo de verlo castigado era más fuerte que el miedo de nuestra
familia a la estúpida profecía. —Casi me reí de lo desgarradoramente
absurdo de todo aquello—. Tan fuerte que ahora llevo su apellido en lugar
del nuestro.
No contestó, no era necesario, pero se giró en la cama y palmeó el
espacio a su lado.
—Ven a sentarte conmigo. —No me moví y ella me miró—. Por favor,
se nos acaba el tiempo.
—¿Tiempo? —Me moví entonces y me apresuré a tomar asiento junto
a ella—. ¿Qué quieres decir? Ya está hecho.
Notó el espacio que había dejado entre nosotras, ofreciendo una
sonrisa triste mientras recogía mi mano entre las suyas.
—Debes entenderlo, Opal. Vimos una oportunidad y la aprovechamos.
Mi boca se secó, dándole mordacidad a mi voz.
—¿Una oportunidad para qué?
—La realeza humana cumplió su promesa, aunque no sé si es para
ayudarse a sí mismos o a nosotros. Han preparado un ejército. —Asintió
mientras mis ojos se abrieron de par en par—. Ya están aquí.
—Aquí —repetí, pero no había ningún ataque, ninguno del que
hubiera oído hablar, salvo el del rey…
Mi corazón se hundió hasta los dedos de los pies, lanzándome de pie.
—Marchan hacia Vordane. —Aunque sus palabras temblaron, su
barbilla se alzó ligeramente—. El rey carmesí ha sido nuestro enemigo
durante el tiempo suficiente como para ser un tonto y creer que iba a llegar
sin un séquito, oculto o a la vista.
Un tonto, había dicho. O enamorado, dijeron sus ojos cuando los míos
se cerraron, mi estupidez me asfixió una vez más.
Su voz se suavizó.
—Nos atiborraremos de mentiras para mantener la magia que es el
amor.
No.
Pero mis ojos volvieron a abrirse con un sobresalto.
339
—Estrellas —me ahogué—. ¿Qué han hecho? —Corrí hacia la ventana
como si pudiera ver la carnicería, pero sólo había cielos oscuros pintados de
estrellas, calles tranquilas de la ciudad y el parloteo de la flora y la fauna en
la brisa.
Pero allí, debajo de todo, se podían detectar ligeras notas de ceniza.
Debería haberlo sabido. Debería haberlo esperado, pero no habría
pensado que llegaría tan lejos.
—Lo sabías —siseé, mirándola por encima del hombro—. Sabías que
traería sus legiones, dejando al resto de Vordane con poca protección contra
un ataque.
Las lágrimas brillaron en sus ojos.
—En ese momento, no sabía que ustedes dos habían… —Una vez más,
su cabeza tembló—. Aún estoy sorprendida, sinceramente, y no voy a decir
que estoy contenta. —Mirándome a los ojos, dijo con demasiada calma—: Lo
odio por ti, por nosotros, por toda nuestra familia, pero no se puede cambiar,
y por eso ahora me debato entre lo que es correcto para ti y lo que es correcto
para nuestra gente.
—¿Nuestra gente? —grité prácticamente—. Nosotros empezamos esto.
Tu padre empezó esto matando a sus padres, ¿y para qué? —Una risa
enloquecida me abandonó—. Porque tenían miedo de los más poderosos que
ellos.
—Althon —dijo en voz baja—. Tu padre mató a…. mató a Vern
Volkahn. —La cabeza me daba vueltas y vueltas mientras intentaba recordar
alguna vez en la que Dade me lo hubiera dicho. Nunca lo había hecho—.
Vern estaba loco de rabia —susurró, con la mirada perdida, como si
estuviera ahí atrás entre el comienzo de todo—. Mi padre. —Sus labios se
apretaron, luego se soltaron con un suspiro húmedo—. Mi padre acababa
de matar a su compañera, y sabíamos que nunca se detendría. Nunca
descansaría hasta que cada uno de nosotros pagara el precio de lo que mi
padre robó en un ataque de ira.
Se me heló la sangre, los huesos.
—¿Por qué?
—Estaban preocupados —dijo, aunque sus palabras eran débiles—.
Estaban intimidados. Mi padre más que nadie, pero fue su ego, agotado por
la vergüenza de la fuerza Vern y la negativa de Maya a someterse a sus
condiciones, lo que acabó con la vida de Maya. Nunca debió matar a ninguno
de los dos. —Habló con más suavidad, perdida en el pasado—. Se suponía
que nadie debía morir. Fue un tonto, y le costó su vida, así como la de mi
madre y mi hijo. 340
—¿Vern Volkahn mató a Joon?
—No —dijo mi madre con voz ronca—. Joon murió de una herida fatal
en el pecho mientras estaba en batalla, y tu abuelo mientras intentaba
protegerlo cuando cayó. Me fui del lado de tu padre y arrastré a Joon lo más
lejos posible de la carnicería para intentar salvarlo. —Inhaló un suspiro
agitado—. Pero Althon sabía lo que había que hacer, que había que detener
a Vern, así que él y nuestros mejores soldados lo acorralaron para poder
acabar con la bestia. Mi madre —exhaló—, falleció de pena no más de dos
meses después.
—Esto es… —Sacudí la cabeza—. ¿Todo este desamor, y todo porque
estaban asustados?
—Se les dio información. Que el bebé del rey y la reina, Dade Volkahn,
sería el fin del…
—Del linaje Gracewood —hablé por encima de ella, cortándola—.
Créeme, lo sé, pero todas estas profecías pueden significar cualquier cosa.
—Solté una risa plana y sin humor—. Tales extremos, y de todas formas se
cumplió.
No dijo nada a eso y resopló, levantándose de la cama.
—Lo amas. —No fue una pregunta.
Tuve la tentación de refutarlo, de decir que no albergaba tales
sentimientos, pero ese pozo de miedo que se había abierto dentro de mí, que
amenazaba con hundirme y tragarme hasta que no quedara más que una
sombría oscuridad, decía lo contrario.
Desvié la mirada y me subí al alféizar de la ventana.
—Tengo que irme.
—Opal —gritó cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de
hacer—. Probablemente es demasiado tarde.
—No lo sabemos. —Me negué a creer eso.
Su grito me siguió mientras me dejaba caer desde la ventana
convertida en un cisne. Mis alas se alzaron desde el suelo y me abalancé
entre los árboles de los jardines de abajo, y luego me sobresalté.
Oculto en la oscuridad de un arce, un destello de rojo ardió en la
sombra.
Silver asintió cuando me giré y aterricé ante ella. 341
—Deberías apresurarte —dijo, con sus serpientes todavía muy
quietas, enroscadas alrededor de sus hombros mientras yo me movía hacia
atrás—. La tengo.
Los sollozos de mi madre se oían desde mis aposentos, y miré hacia
atrás, sabiendo que tendría que dejarla a pesar de todo, pero…
—Tú —dije, un poco sin aliento—. Antes tú eras… su otra.
Los ojos de Silver se entrecerraron.
—¿Otra? —Asentí, sabiendo que no tenía mucho sentido, pero tenía
razón. Su labio superior se despegó hacia atrás, pero sus ojos se desviaron
hacia las ventanas—. No soy la otra de nadie, y ese fue el problema.
No, no podía imaginar que esta hembra fuera nada más que la única
razón de alguien para respirar. Sin embargo, seguía siendo así. Lo que fuera
que ella y mi madre compartieron antes de que mi padre llegara a Gracewood
no había dejado a la hechicera.
Tal vez ni siquiera por un momento, ya que confirmó:
—¿Por qué crees que permanezco en este lugar abandonado por las
estrellas cuando todos me consideran una traficante de la oscuridad? —Se
burló—. Mis dones no sólo serían apreciados, sino venerados en otro lugar.
—Sin embargo, te quedaste —dije en voz baja.
Sus hombros cayeron y suspiró, devolviéndome la mirada. Una fuerte
brisa entró, recogiendo mi cabello y trayendo consigo el olor a humo e
incertidumbre, pero dejando a la hechicera intacta.
—Vuela, mi brillante llama. Los vientos del destino no esperan a
ningún ave, por rara que sea.
Luego se fue, sus palabras bastaron para que me moviera y saliera
disparada hacia el cielo.
Las horas pasaban arrastrándose mientras yo deseaba la capacidad
de deformación.
Las copas de los árboles se balanceaban, la ceniza danzaba sobre
ellos, las brasas amenazaban con cruzar el río cerca de los restos de Puente
342
Viejo para crear más carnicería en Sinshell.
Continué hacia el suroeste, apuntando a la izquierda para ocultarme
por encima del bosque lleno de humo. Mis ojos lloraron a kilómetros de la
primera aldea del río antes de que la viera por completo. Negra como la
noche y rojo como el sol de verano poniente, el fuego envolvía casas de
campo, graneros y pequeños edificios.
No podía ver a Dade. Apenas podía ver nada a través de la niebla de
humo. Un rugido vino del norte, y bajé hacia los árboles mientras los puntos
de colores variados pronto se convirtieron en bestias que volaban
rápidamente.
La ayuda había llegado, pero la legión sin la capacidad de volar…
tardaría más de un día en llegar, y eso si no dejaban de correr.
La furia me invadió, empujándome con más fuerza mientras seguía a
los lobos en el cielo. La mitad de ellos cayó al suelo en la aldea, cayendo
inmediatamente en combate con soldados humanos, soldados que parecían
estar fuertemente blindados de metal de pies a cabeza.
La otra mitad siguió las llamas hasta el siguiente pueblo, hasta las
tierras de cultivo que residían en las afueras de la ciudad.
El ganado gimió y se dispersó, eché un vistazo detrás de mí. Corrales.
Estaban metiendo a las hembras y a sus crías en los corrales del ganado,
como habían hecho el rey de los lobos y sus guerreros.
Sólo que no fueron liberados ni se les dio la oportunidad de empezar
una nueva vida.
Una flecha tras otra voló, impactando en cabezas y pechos, madres y
abuelas cayendo alrededor de sus hijos que se lamentaban.
Caí, horrorizada y apenada, girando y volando rápidamente hacia esos
corrales.
No sabía qué iba a hacer, sólo que no podía seguir buscando a Dade
mientras se asesinaba a inocentes.
Habían asesinado a muchos inocentes; todos los guerreros que
arañaban los cuerpos protegidos por el metal, rompiendo cuellos y
miembros, habían matado a gente inocente. Y sabía, por muy diferentes que
fueran las circunstancias, que nada de eso estaba bien.
Todo estaba mal.
343
Ahora lo sabía. Había aprendido. Tenía que creer eso al menos. Tenía
que creer que, sin importar lo que pasara, habría seguido corrigiendo esos
errores.
Y ahora lo dejaban en ridículo por hacer lo correcto.
Me dejé caer y me lancé en espiral contra el brazo de un arquero,
arrancándole el arco de las manos antes de que me viera venir, y caí sobre
el siguiente.
—¿Qué…?
Ambos caímos al suelo, con las plumas desplegadas, mi cabeza
resonando contra una coraza metálica, pero me obligué a levantarme y a
volver al cielo antes de que el maldito soldado pudiera enroscar su mano
alrededor de mi pie.
Volando hacia las llamas, me incliné y recogí una rama en llamas.
Cerré los ojos contra el humo y el calor que bajaba hacia mi pico. Una flecha
pasó zumbando y no alcanzó mi ala por poco. Los gritos sonaron mientras
más arqueros hacían sonar sus arcos, la rama ardiendo cada vez más cerca,
delatando mi presencia en el cielo nocturno.
Un lobo aulló y echó a correr, moviéndose y arrebatando una lata de
queroseno de la mano de un soldado.
Y lo abrió con sus propias manos, derramándolo sobre la hierba en un
semicírculo alrededor del corral, entre los ocupantes y los soldados.
Dejé caer la rama, el fuego se extendió en un arco ascendente, las
hembras atrapadas y sus crías corrieron hacia el bosque mientras los lobos
se enfrentaban a los soldados y los obligaban a retroceder, dándoles tiempo
para huir.
Seguí a los aldeanos mientras se dispersaban entre los árboles, mis
alas se desplegaron al rodear un árbol y caer al suelo con un golpe seco. Me
desplacé hacia atrás, tosiendo mientras el humo llenaba mis pulmones, y
corrí tras los niños que escapaban.
No estaba segura de lo que podía hacer. Sólo sabía que tenía que
asegurarme de que los soldados que ahora entraban en el bosque no los
alcanzaran.
Rodeé un grueso grupo de árboles y la suciedad salpicó bajo mis pies
descalzos cuando me detuve.
Uno por uno, los aldeanos empujaron a los niños a través de un
agujero bajo un árbol. 344
Los elfos.
Girando en círculo, descubrí que cada vez eran más los que salían de
sus casas y se llevaban a las crías, algunas de las madres y ancianos
seguían corriendo si no cabían por los túneles del suelo ni por las pequeñas
puertas ocultas en los árboles y bajo las rocas.
—Súbanse a ellos —siseé, algunos oyeron y miraron detrás antes de
trepar por los troncos y adentrarse en el oscuro follaje de arriba. Me repetí,
instando a la brisa a llevar mi susurro a los que estaban fuera del alcance
del oído.
—Deberías irte, princesa —dijo una elfa canosa, señalando con su
bastón hacia el bosque más profundo—. Ahora es reina, ¿no? —Una triste
sonrisa se asomó a su mejilla—. Corre, porque también te cazarán si te ven.
Ella tenía razón. Tenía razón, pero… reina.
En todo el caos desde la resplandeciente ceremonia vespertina, que
ahora parecía haber tenido lugar hace días y no sólo horas, lo había
olvidado. Ya no era una princesa.
Era una traidora que había sido, y seguiría siendo, utilizada como
peón para poner a Dade Volkahn de rodillas.
Se oyeron crujidos, gritos de hombres por encima del estruendo de los
cascos de los caballos que se acercaban, y entonces corrí.
Y volé una vez más, escapando de la cobertura de los árboles. En el
cielo, no me resultaba más fácil respirar mientras seguía el rastro iluminado
por el fuego durante unos cuantos kilómetros y perseguía ese rugido
familiar. Un rugido tan violento y agónico que hacía temblar los árboles, mis
huesos y las propias estrellas.
Más allá de las tierras de labranza, un círculo de fuego se extendía
alrededor del río que lo separaba de la ciudad. Continué hacia él, hacia ese
sonido, seguí ese tirón incesante de las cadenas que me atarían para
siempre a él.
La carnicería era total, los miembros desgarrados y destrozados, los
muertos arrojados hacia el río o mirando a la nada mientras el fuego lamía
y devoraba sus cadáveres rotos. Los lobos gemían y aullaban tanto por la
rabia como por las heridas, los soldados, cientos de ellos, caían por docenas
pero implacables mientras intentaban atravesar la línea de bestias que
bloqueaban sus intentos de llegar más allá de la ciudad.
Las flechas volaron, algunas fueron apartadas por patas gigantes,
345
otras no dieron en el blanco, otras se hundieron en las pieles. Las espadas,
las dagas, las hachas e incluso las horquillas chocaban mientras los
hombres y las mujeres luchaban en su forma fae, y otros llegaban de la
ciudad.
Y al otro lado del río, rodeado de los que habían conseguido atravesar
la línea de bestias, estaba el rey.
El rey y el príncipe Bron.
Dade lo sostuvo con una espada en la garganta, ladrando órdenes a
los soldados de Bron que no podía oír. Un círculo de su fuego se encendió,
su brillo y calor más ásperos lo separaban del de las llamas hechas por el
hombre en todas partes, y los rodeó a ambos, alejando a los soldados de su
príncipe.
Entonces, sus ojos se alzaron, y no había duda del destello de miedo
que había en ellos cuando bajé.
Un gemido sobrenatural estalló y el suelo tembló. La línea de bestias
se rompió, los soldados se arremolinaron alrededor del río hacia la ciudad.
Hacia el rey.
Agité las alas con más fuerza, elevándome al cielo mientras
escudriñaba el suelo en busca de una forma de entrar, una forma de entrar
y sacarlo. No podía ganar. No esta vez. Pero eso no significaba que fuera a
dejarlo morir.
Volé unos metros lejos del enjambre hasta el suelo y me desplacé.
El humo era denso, se arrastraba por todas partes y dificultaba la
visión. Así que no lo vi venir hasta que ya estaba ante mí con la espada en
alto.
—Detente —le advertí al soldado con casco—. Soy la princesa Opal de
Sinshell. No somos enemigos.
El hombre sonrió.
—Tienes sangre de hada, princesa. —La sonrisa cayó—. Siempre
seremos enemigos.
Soltó un golpe, y yo me agaché, rodando hacia el suelo y golpeando mi
mejilla contra una roca. Agarré la roca, con la sangre acumulada en la boca
por un corte, y volví a rodar cuando su espada se acercó a mi cabeza.
346
Una y otra vez, golpeó, asegurándose de que no pudiera ponerme de
pie. Me moví, perdiendo la roca y retrocediendo a tiempo para usar su golpe
contra él. La roca se levantó al suelo antes de que pudiera agacharme para
recogerla, golpeando mi palma y luego su cabeza.
La sangre brotó de su nariz, a través de sus dedos, mientras retrocedía
y dejaba caer su espada.
—Maldita perra hada. —Le arrebaté la espada caída, luego levanté la
armadura del gran hombre y se la enterré en las entrañas mientras uno de
sus amigos corría hacia nosotros.
Se quedó boquiabierto ante su compañero caído y luego cargó contra
mí. Esta vez no me molesté en usar mi título. No cuando el odio en su mirada
verde ardía más que cualquier entendimiento que hubieran alcanzado con
mi madre.
Sus palabras volvieron a mí mientras esquivaba y corría, girando
cuando menos lo esperaba para enviarlo al suelo con una patada en la
pierna. Tal vez esto ya no se trataba de Dade y su cruzada de venganza.
No tuve tiempo de seguir contemplando eso después de rebanar el
cuello del soldado. Tenía que darme prisa antes de que alguien más
decidiera atravesar el humo para averiguar quién era y qué estaba haciendo.
Retrocedí para robar un pequeño cuchillo de la funda del hombre, y luego
corrí entre el humo y la multitud.
Casi me tropiezo con un tronco cuando me di cuenta de lo que acababa
de hacer.
Había matado a dos personas. Dos hombres que probablemente iban
a matarme, pero aun así, los había matado y sin dudarlo.
Apreté los dientes contra la oleada de culpa, recordando a aquellas
hembras que fueron abandonadas en charcos de sangre dentro de aquellos
corrales, sus familiares obligados a huir y dejarlas atrás.
El primer soldado no me vio, su espada bailaba hacia la cabeza de un
lobo y luego caía con su mano cortada. Gritó, la sangre salpicó la cara del
lobo mientras luchaba contra otro asaltante, y me agarró por el cabello.
En el suelo, resollé, el aire salía de mí demasiado rápido y volvía
demasiado lento. Me ardían el cuero cabelludo y los pulmones, levanté la
daga a tiempo para evitar un espadazo en la cara, empujando con una fuerza
que no sabía que poseía y luego rodando para cortar el tobillo de mi
atacante. 347
Me levanté mientras él caía y dejé que se desangrara en la hierba antes
de chocar con un hombre que era una roca y clavarle mi daga en el
estómago. La daga resonó sobre el metal, sin que los oídos normales la
oyeran, y me lancé hacia un lado cuando su puño se estrelló contra mi ceja,
y su hacha le siguió y patinó sobre mi hombro.
Reprimí un gemido, con un calor abrasador entrando en mi piel.
Hierro. Sus armas no sólo eran de acero, sino que estaban fabricadas
para ralentizar nuestra curación y cualquier posibilidad de supervivencia si
golpeaban un órgano vital.
Siseando, me agaché cuando llegó su siguiente golpe, y luego corrí
hacia su pecho.
Combate cuerpo a cuerpo. Apuñalas al instante.
La voz de Dade estaba en todas partes y en ninguna mientras cargaba,
consiguiendo de alguna manera tirar al gigante al suelo.
Si están blindados, encuentra los huecos y úsalos.
Jadeante y conmocionado, sus manos se levantaron, pero fueron
demasiado lentas para impedir que la espada se introdujera entre su coraza
y su casco, para evitar que se deslizara hasta su garganta.
Solté la espada y rodé cuando sentí que un soldado avanzaba detrás
de mí y me levanté con la espada del humano muerto para encontrarme con
la suya. El acero chocó, sus dientes se mostraron mientras empujaba, luego
retrocedió y me golpeó las piernas. Salté hacia atrás y luego hacia delante,
casi chocando con un cuerpo peludo.
Un lobo pardo desgarró la garganta del soldado, y luego corrió hacia
el siguiente mientras su sangre aún brotaba.
Hice lo mismo, cortando y esquivando y ganándome otro golpe en la
cabeza y un corte en el estómago. Entonces estaba allí antes de que pudiera
alcanzarlo, furioso y evidentemente asustado.
—No deberías estar aquí.
—¿Dónde más debería estar?
—¿Dónde está tu armadura? —Lanzó un cuchillo, golpeando a un
hombre en el ojo, y luego se encontró con el mío mientras gritaba y caía—.
Ni siquiera llevas zapatos.
—¿Dónde está tu armadura? —Le devolví el fuego y esquivé una
flecha.
348
Su garganta se tambaleaba, su cara ensangrentada y ennegrecida por
el hollín, y su traje de boda hecho jirones. Podían verse profundos cortes en
su abdomen, de los que aún manaba sangre. No se estaba curando lo
suficientemente rápido como para resistir un asalto de esta magnitud, y las
posibilidades de sobrevivir y eliminar los numerosos hombres de este
ejército ya eran escasas.
—Dade —advertí, y se apartó, tomando el escudo del soldado que
avanzaba y golpeándolo tres veces en la cara. Cayó, sus cuatro compañeros
rodearon a Dade antes de que pudiera moverse.
Apenas había echado a correr para ayudarlo cuando una voz
masculina gritó:
—Agáchate.
Una bola de fuego pasó por encima de mi cabeza y se dirigió hacia
Dade. Se agachó cuando dos soldados se lanzaron sobre él con las espadas
en alto.
El pánico me abrasó la garganta, pero entonces un cuchillo se clavó
en ella y una voz familiar canturreó:
—Princesa. —Tragué, y la hoja me hizo un corte en la piel, y me giré
para mirar al príncipe Bron—. ¿O debería decir, reina?
Tenía una venda alrededor del cuello, como si Dade hubiera intentado
matarlo cuando su ejército había rodeado el río y se había visto superado.
—¿Tienes intención de matarme? —pregunté con frialdad—. Salvé tu
alma podrida, ayudé a tu familia igualmente podrida, así que tendría mucho
sentido.
Bron hizo una mueca.
—Sí, es todo tan terriblemente enrevesado, ¿no? —Se acercó y me
levantó la barbilla para encontrarme con esos ojos marrones que una vez
me atreví a considerar hermosos. Pasaron de un lado a otro de los míos,
evaluando, sin parpadear, y luego se apartó—. No, no creo que lo haga, pero
te utilizaré.
No hacía falta preguntar para qué, aunque estaba a punto de hacerlo
de todos modos para darme tiempo.
—Suéltala, Bron.
349
Mi madre y Silver se metieron en el pequeño círculo que él y sus
soldados habían hecho, y la primera caminó directamente hacia mí.
—Si hay una sola gota de sangre en su piel, arrancaré la tuya de tu
carne.
El agarre del soldado se debilitó, pero eso fue todo lo que necesité. Me
moví, y luego emprendí la huida, todos menos mi madre, que abatió a dos
de los hombres de Bron y me miró. Uno se abalanzó sobre ella por la espalda,
pero aunque quise volver, tuve que confiar en que podría cuidarse sola.
Los lobos estaban por todas partes, pero no eran rivales para el
número de soldados que seguían invadiendo y haciéndolos retroceder. En
un valle bajo la ciudad, con el fuego encendido tras los cientos de
combatientes, el rey y algunos de sus guerreros lucharon espalda con
espalda, uno de ellos cayó y Dade rugió para que se levantara.
Una espada entró en el ojo del lobo y, aunque sabía que lo deseaba, el
rey no pudo liberarse de la multitud que lo rodeaba para ayudar a uno de
sus amigos, la única familia que le quedaba.
Era un baño de sangre que sólo cesaría con la derrota del rey.
Ni siquiera mi madre, me di cuenta mientras estiraba el cuello, podía
razonar con el príncipe mientras los dos se ladraban el uno al otro en el
pequeño claro de cadáveres.
Dade lo sabía, pero esperaba que supiera que aunque se rindiera, la
carnicería continuaría. Que no se detendría.
Que no podía parar.
No había ningún lugar seguro, ningún lugar para aterrizar que me
ayudara a llegar a él, ningún lugar para…
Bolas diminutas, doradas y en llamas, lanzadas desde el cielo de la
ciudad. Yo plegaba mis alas lo suficiente como para caer, descendiendo en
picado y casi enredándome en un viejo roble. Entonces las vi.
Más elfos, esta vez en los tejados de los edificios de la ciudad, con
catapultas tres veces más grandes que ellos, probablemente arrastrados
hasta allí por los Fae carmesí que estaban en los balcones, lanzando
catapultas y flechas propias.
Las bolas de fuego dieron en el blanco y no rebotaron, sino que se
adhirieron a sus objetivos como si estuvieran hechizadas para aterrizar y
350
destruir.
Me encontré con el suelo en la cima del valle, la esperanza infundiendo
cada paso tambaleante mientras rompía a correr hacia Dade y sus
asaltantes, y casi me reí con un alivio tan pesado y salvaje que no pude
evitar sonreír.
El fuego golpeó a dos de los soldados que luchaban con Dade,
llevándolos al suelo donde rodaron y gritaron. Uno se arañó el pecho
mientras el fuego le carcomía la piel, y luego se calló cuando le incineró el
corazón, mientras que el otro se golpeó la cara en llamas contra la hierba
antes de quedarse quieto.
Dade cayó de rodillas, sangrando por todas partes, pero todavía
luchando, consiguiendo matar a otro con un débil golpe de fuego que salía
de su mano hacia la cara del humano, mientras otros dos avanzaban hacia
él.
El fuego se apagó cuando terminó su tarea, el humo chisporroteando
de los cuerpos en el aire fresco de la noche. Debía estar a punto de
amanecer, lo que significaba que, con suerte, pronto llegaría más ayuda.
Tal vez podamos hacerlo, detenerlos, si seguimos trabajando juntos.
Agarrando otra espada olvidada, me apresuré hacia Dade, corriendo,
a contrarreloj, la flotabilidad de la esperanza ayudándome a ignorar el dolor
de estómago y el dolor de cráneo para saltar sobre un cuerpo tras otro. Un
soldado caído me alcanzó, intentando hacerme tropezar…
—Levántate. —Las palabras atravesaron el valle, pero sus rodillas no
pudieron detenerlo, el fuego surcó el aire y no alcanzó a los soldados con
sus espadas que se encontraban con las de Dade, sino al grupo que luchaba
a poca distancia detrás de ellos—. Levántate, levántate, levántate.
Una de esas espadas se topó con su costado cuando cortó el brazo que
sostenía la otra, y entonces cayó hacia adelante. El soldado restante le dio
dos patadas en el estómago, y luego lo obligó a ponerse de espaldas.
Ahora estaba lo suficientemente cerca como para ver que los ojos de
Dade estaban cerrados, pero sus armas aún se movían en su mano, se
levantaban ligeramente y luego caían. El miedo me golpeó con frialdad,
pesando a cada paso mientras gritaba su nombre, gritaba para que se
cambiara, pero por supuesto, no podía.
No podía desplazarse, lo que significaba… 351
—Dade —grité con todas mis fuerzas cuando la espada bajó,
preparada para atravesar su pecho.
Entonces lo agarró.
Su mano rodeó el acero y, con una rapidez que nadie podría haber
previsto, tiró de él y del soldado hacia un lado. El hombre maldijo, se
tambaleó y cayó sobre el rey. Rodaron por una pequeña pendiente, y yo corrí
tras ellos, esquivando a un hombre con una maza que pasó corriendo junto
a mí, gimiendo, con la otra mano en llamas.
Se detuvieron violentamente ante una roca gigante, y entonces me
llevaron al suelo, con un puño en la camisa y una cuchilla apuntando a mi
nariz.
Mi daga se perdió entre la hierba, al igual que mi espada, pero agarré
la muñeca del soldado ante mi cara y envié una ola de calor a mis manos.
Lo sobresaltó lo suficiente como para que yo hundiera mis dedos calientes
en sus ojos. Se abultaron y luego se oscurecieron. Gritó, y unas flores negras
estallaron donde antes estaban sus ojos.
Un gruñido, y luego un lobo se lanzó contra mi atacante, cayendo con
él al suelo detrás de mí con una fuerza estremecedora. Un lobo negro de un
solo ojo desgarró la cara del soldado y luego saltó hacia el rey mientras yo
me ponía de pie.
Scythe no lo consiguió, ya que una flecha le impactó en el costado.
Rodó, cambiando a su forma de Fae para liberarla antes de entablar un
combate cuerpo a cuerpo con un soldado sangrante que surgió de la hierba.
Parpadeé, con la visión borrosa. Dade. Seguí caminando, rompiendo a
correr cuando lo oí.
Un gruñido lo suficientemente feroz como para derribar la luna
mientras otra espada se hundía en el costado de Dade. Se había desplazado.
Su pelaje blanco estaba empapado de rojo y marrón, demasiado para saber
si era su sangre o la de alguien más.
Ambas cosas, reconocí con un corazón que se hundía rápidamente
mientras era forzado a volver a sus ancas, ese mismo soldado ahora muerto
a su lado, pero otro habiendo tomado su lugar.
Bron se rio, el sonido me espoleó más rápido, y luego se lanzó hacia
adelante, demasiado rápido para que Dade pudiera esquivarlo al cambiar
su forma de lobo. No le dio en el corazón, pero sí en el hombro, y la espada 352
atravesó la carne y el tendón.
Dade rugió, la agonía interior aumentó mi rabia mientras arrebataba
una espada de la palma abierta de un soldado caído y rodeaba la espalda
de Bron.
Demasiado perdido en su intento de otro golpe mortal, el príncipe no
me hizo caso.
Mi hoja golpeó en el objetivo, deslizándose en la parte posterior de su
cuello…
Al mismo tiempo, su espada atravesó el pecho de Dade.
Ambos se desplomaron, y grité, empujando al príncipe muerto de Dade
y apuñalándolo de nuevo con rabia, asegurándome de que estaba tan
muerto como podía estarlo. Y entonces, con las manos temblorosas, me volví
hacia mi rey.
Mi compañero.
Un crujido inundó mis oídos, un barranco que se abría y bostezaba de
par en par dentro de mí, llenándose y desbordándose de un dolor abrasador.
No. No, no, no.
—Dade —dije, apartando su cabello de la cara—. Salvaje. —Empujé la
herida que brotaba en su pecho. La sangre rezumaba entre mis dedos, tan
caliente. Todavía caliente—. Oye. —Me incliné sobre él, apoyando mi frente
en la suya—. Resiste. —Olfateé—. Espera, ¿de acuerdo? Buscaré ayuda.
Buscaré un sanador.
Girando, busqué uno mientras sabía que no encontraría ninguno.
Ninguno que no estuviera ya atado ayudando a otros o muerto. Aunque se
estaba desvaneciendo, ya que la ayuda de los elfos y los ciudadanos había
hecho ganar más ventaja, la batalla continuaba.
No venía nadie.
No me importó. Pedí ayuda, grité hasta que mi voz se volvió ronca, y
luego volví a prestar atención al rey.
—Abre los ojos —exigí con los dientes apretados—. Ahora mismo.
Silencio. Tanto silencio cuando necesitaba el sólido golpe de su
corazón contra mis manos empapadas de sangre. Pero no podía.
No podía porque yo lo había hecho, y no habíamos tenido tiempo de…
Mis ojos ardían y luego se inundaban, ese abismo dentro de mí era
353
demasiado grande, demasiado abrumador, demasiado para soportarlo.
Quemaba cada respiración, erosionaba mis huesos y rebanaba mi piel.
—Te perdono —sollocé, las palabras robadas de mi alma, de mi
corazón, fracturándose en el aire calentado por su sangre. Estaba por todo
mi cuerpo, resbaladizo, tanto, mierda…
Mis dedos agarraron el cuello de su túnica, tan mojada por su sangre,
y lo sacudí con cada gramo de fuerza que no poseía.
—Por favor, Dade. Vuelve. Vuelve, vuelve, vuelve. Te perdono. —Caí
sobre sus heridas como si pudiera contenerlas todas si sólo pudiera
cubrirlas…
—Te perdono —grité, las palabras resonando en la eternidad, inútiles,
sin sentido ahora que él ya no estaba.
No, no. Me agarré a sus mejillas, los dedos desesperados por su risa
retumbante debajo de mí, esa sonrisa. Lo que daría por verla, por oírla en
su voz. Las palabras salían de mí, una y otra vez, hasta que no podía respirar
si no se las decía a su boca.
Lo besé. Suavemente, con reverencia, murmurando súplicas
atrapadas en unos labios inmóviles.
—Te perdono, ¿de acuerdo? Te perdono, criatura vil, maravillosa,
despiadada e increíble. Maldita sea, te perdono. —Sorbí—. ¿De acuerdo,
Dade? Te perdono.
Los pasos crujían pero no se acercaban. No me importaba nada, por
la batalla que aún se libraba a nuestro alrededor. Si él se había ido, no me
iría. Me quedaría.
Me quedaría donde estuviera.
Más humedad bañó mis mejillas, el sabor salado de las lágrimas se
mezcló con el sabor cobrizo de la sangre.
—Opal —dijo una voz masculina. Scythe tal vez. No lo sabía. No
importaba. Nada importaba.
Se acercó y me levanté, con las manos resbalando en la hierba
embarrada y ensangrentada a ambos lados de la cabeza de Dade, para
rechinar los dientes.
Hizo una pausa, luego levantó las manos y, aunque le advertí que no
lo hiciera, el guerrero tuerto siguió presionando.
354
Una quietud rugió a través de mí, tan completa, tan violenta en su
silencio, que finalmente se retiró, rebotó.
Cuando lo intentó de nuevo, se quedó con la boca abierta, su mano
chocó con una pared que no podía ver. No se acercaría más.
Aliviada, me volví hacia Dade, olfateando mientras susurraba:
—Yo también te amo. —Me reí entonces, quitando la suciedad y la
sangre de su mejilla—. Aunque sospecho que ya lo sabías. Pero tú —mis
labios se tambaleaban, mi cuerpo temblaba con un arrepentimiento tan
grande que no podía respirar mientras lo expulsaba—, te fuiste antes de que
pudiera decirte que te perdono. Así que, vuelve.
—Estrellas —oí decir a alguien.
Le alisé el cabello, insistiendo:
—Tienes que volver.
—¿Qué carajo? —dijo otro.
—Opal —llamó mi madre, sin aliento—. Opal, detente. —Sus rápidos
pasos se acercaron y se detuvieron al llegar a la barrera invisible. Maldijo,
luego suavizó su voz. No miré. No me moví.
—Escúchame —me instó—. Lo sé, créeme que sé lo mucho que duele,
lo mucho que se siente como el final, pero debes parar.
Las estrellas te hicieron sólo para mí.
No sabía de qué estaba hablando y no me importaba. Estaba segura
de que no me importaría nada durante mucho, mucho tiempo.
Te amo, Opal Gracewood.
—Mierda, está ardiendo. Brim —oí rugir a Scythe—. ¿Ya llegó Fang?
Que alguien lo traiga y un maldito sanador.
—No —oí decir a Silver—. No harás nada.
Entonces sólo hubo luz.
Nos rodeó a mi rey y a mí: intocable, impenetrable y cegador. Me hizo
cosquillas en la piel, zumbaba con un ritmo reconfortante que coincidía con
el lento latido de mi corazón.
Las lágrimas volvieron a brotar mientras protegía a Dade, goteando
355
sobre su cara y cayendo al suelo. Aquel barranco se había roto por fin, la
corriente que se agitaba era demasiado fuerte para ser contenida. Se estrelló
contra mí.
Explotó.
—No se está quemando —dijo mi madre, y sonó como si estuviera
hablando dentro de una cueva profunda, su voz y las demás cada vez más
apagadas—. Está brillando.
La fuerza se me escapaba con cada respiración entrecortada, y me
acurruqué sobre Dade, demasiado débil para moverme aunque hubiera
querido hacerlo. No lo hice. Sabía que al final tendría que hacerlo, pero no
podía imaginarlo. Todavía no.
—Nunca —grazné, con mi nariz rozando la barba incipiente de su
mandíbula, inhalando el tenue aroma a cedro y a humo de su cuello.
Sonó un ruido sordo, algo que se arrastraba bajo mi brazo.
Me sobresalté, me levanté pero sólo hasta el codo, todo demasiado
oscuro, demasiado brillante, demasiado esfuerzo, sólo un sueño.
Gimió y aparté los ojos de su pecho, de la sangre que había dejado de
fluir bajo mi brazo, de la piel que había empezado a coserse de nuevo.
—Dade —jadeé, forzando los ojos pesados hacia su rostro.
—Cisne. —Sus labios se juntaron. Tragó, gimió de nuevo y maldijo—.
Te he oído, y yo… —tosió, con la voz ronca—, te obligaré a ello. A todo ello.
Sonreí, con la respiración perdida y olvidada mientras el alivio se
apoderaba de mí. Sonreí y me acerqué a esa cara, pero mi mano era
demasiado pesada y se posó en su hombro.
Sonreí, y entonces todo se oscureció mientras me dejaba caer dentro
del sueño.
356
Treinta y tres
Opal
Unos dedos ligeros como plumas danzaron por mi frente, alisaron mi
cabello y se deslizaron por mi mejilla.
Me acerqué más a ese toque, sabiendo de quién era, queriendo más,
necesitando más.
El calor me envolvió, un brazo fuerte en mi espalda me atrajo hacia
un pecho firme. Cuando me desperté, él seguía allí, esperando, con los ojos
357
amoratados y débiles, el sueño recubriendo su boca y persistiendo en su
cabello revuelto.
Mi alivio fue instantáneo, profundo, mientras buscaba esa cara, ese
cabello, y luego me detuve cuando mi brazo se deslizó sobre algo áspero en
su pecho. Una venda. Parpadeé con fuerza, surgiendo recuerdos manchados
de sangre.
La batalla.
Leyendo mi pánico, Dade ahuecó mi mejilla, su voz suave pero no
tranquilizadora.
—Se acabó.
Pero por cuánto tiempo, me pregunté, y supe que era consciente por
el oscurecimiento de sus ojos azules.
—Nos preocuparemos de eso más tarde.
Más tarde. Unas palabras insulsas que nunca habían sonado tan
dulces. Una promesa que había dado por sentada toda mi vida.
Mirar esos ojos, sentir su tacto, tan real, tan cálido, tan benditamente
vivo sobre mi piel…
—Dade…
Las puertas se abrieron de golpe y me giré hacia ellas con un gesto de
dolor.
—Opal —gritó mi madre, entrando a toda prisa en los aposentos del
rey como si tuviera todo el derecho—. Estrellas. —Deteniéndose junto a la
cama, se agachó y me alcanzó, me arrebató del rey y arrastró mi cuerpo
hacia el suyo—. Han pasado días —susurró en una explicación
estrangulada.
—¿Cuántos? —murmuré contra su hombro perfumado.
Su mano me rozó la espalda, con los dedos desenredando
cuidadosamente parte de mi cabello.
—Cuatro. Pensé, temí… —Me apartó y se agarró a mis hombros, las
lágrimas cubrían sus ojos—. Nunca has hecho eso.
El resplandor. La antigua curación que, hasta ahora, muchos habían
pensado que era sólo un rumor convertido en ficción con el cisne negro.
—Se ha dicho que algo así ha acabado con la existencia de tus 358
antepasados —susurró—. Caerían al igual que la abeja de la miel después
de usar todo de sí mismos.
—Uno de ellos —dijo Dade secamente, como si le molestara que me
asustara—. Uno de ellos falleció.
Mi padre sabía que podía hacerlo, no me atreví a decirlo, ya que sin
duda empezó a darse cuenta también ella. La forma en que me evadía y
hacía planes para mí como si fuera una bomba en espera, el apodo…
Tragué fuerte, sin recordar mucho, pero lo suficiente de la
hormigueante desesperación que había irradiado de mí, el torrente de ese
órgano roto dentro de mí, para saber que no quería volver a hacerlo.
Mi madre miró a Dade con desagrado.
—¿Y cómo lo sabes?
No necesitaba mirar al rey para saber que estaba sonriendo. Ese
humor seco empapaba su voz.
—Sé muchas cosas que apuesto desearías que no supiera.
Los ojos de mamá se entrecerraron, luego volvió a mirarme y me pasó
las manos por las mejillas.
—Vamos a limpiarte. —Una rápida mirada al rey mientras
murmuraba—: Puedes irte.
No lo hizo, ya que la última criatura que esperaba ver entró en la
habitación con un pequeño montón de toallas y un camisón limpio.
Linka. Gwenn la siguió con una sonrisa y un cubo de agua caliente y
perfumada.
—¿Te pasa algo en el oído? —Mi madre se levantó y me quitó la ropa
de cama del cuerpo.
Quería recuperar el calor, pero me abstuve de alcanzarlo cuando Dade
dijo:
—Lo siento, ¿qué has dicho?
Resoplé y me giré para darle una bofetada, pero recordé su herida y
me detuve.
Atrapó mi mano en la cama, llevándola a su boca. Un turquesa
interminable me robó la vista, la respiración, los latidos de mi corazón
cuando esos labios de seda pasaron por encima de cada nudillo arañado. 359
Mi estómago se revolvió y se calentó, la sensación de fuego salvaje se
extendió por cada miembro demasiado rápido como para detenerse. Aun así,
le dije:
—Vete, por favor.
Sus fosas nasales se encendieron con desagrado, luego sus ojos se
agrandaron y se encapucharon cuando sin duda olió algo más.
Me sonrojé y miré la ropa de cama arrugada mientras él se reía y se
levantaba.
—Bien. Me voy. —Alrededor de la enorme cama, con mi madre
charlando con las duendes en voz baja, sonrió y se ajustó la banda de sus
pantalones bajos en su tonificada cintura—. Después de que haya lavado a
mi compañera.
Las duendecillas se congelaron, quedándose completamente quietas.
La columna vertebral de mi madre se convirtió en acero.
—No harás tal cosa.
—Estoy seguro de que te hervirá la sangre saber que he hecho cosas
maravillosamente peores.
—Dade —siseé, con la vergüenza marcándome.
Me ignoró como si no hubiera dicho nada increíblemente inapropiado.
Me pregunté si tal vez no era consciente de que lo era. Hasta ahora, cuando
miró hacia mí.
Dio un respingo pequeño, pero la mecha de mi madre se había
encendido y estaba a tres segundos de estallar.
—Bestia repulsiva, cómo te atreves…
Linka nos sorprendió a todos interponiéndose entre ellos y levantando
las manos.
—Los dos, fuera.
El rey y mi madre le lanzaron miradas fulminantes. Quise aplaudir
cuando no se acobardó.
—La princesa acaba de despertarse. No necesita el estrés de sus
discusiones, ni necesita la presencia de ninguno de ustedes para una tarea
para la que me han contratado.
Las cejas de Dade se alzaron, con una sonrisa que se movía entre la 360
ira y el humor.
—Reina. Es la reina de Vordane.
Mi madre abrió la boca, pero Gwenn se agachó ante ella y dijo:
—Majestad, Merelda y yo nos preguntábamos si podría ayudarnos con
el menú ahora que Opal está despierta. —Enlazando su brazo con el de ella,
comenzó a guiar a mi sorprendida madre fuera de las puertas, con su voz
arrastrada tras ellas.
Linka miró a Dade con impaciencia.
Entrecerró los ojos, mirándola un momento, y luego volvió a la cama.
Me debatí entre tirar de él y reprenderlo por su desobediencia, pero entonces
me besó. Sus labios, suaves y que me inspiraban, se detuvieron en mi frente
y, antes de que pudiera alcanzarlo, atravesó las puertas que se cerraban.
Linka se ocupó de empapar algunos toallas y luego me pidió la mano.
Quitando mi mirada desenfocada de las puertas, se la di, su tacto frío y
tranquilizador.
—Te adora.
No sabía qué decir, así que no dije nada mientras ella sacaba un paño
y lo colocaba sobre el borde del cubo en el suelo. Me ayudó a ponerme de
pie y, aunque me temblaban las rodillas, cada paso era un poco más fácil
mientras nos dirigíamos a la mesa entre las ventanas. Las pesadas cortinas
negras estaban medio descorridas, y los restos de luz del día salpicaban la
habitación.
Bajé con cuidado mis miembros rígidos a la silla y me desabroché el
camisón.
—Nunca —dijo, como si le preocupara que alguien pudiera escuchar.
No me extrañaría que Dade estuviera al otro lado de las puertas—. Nunca
he visto a un macho tan asustado, tan dispuesto a atacar a cualquiera que
se acerque a estas habitaciones.
Contuve un bufido.
—Me sorprende que fuera un macho y no su bestia.
—Oh, lo era —se rio, recogiendo mi cabello del cuello para empezar a
lavarme—. Durante los tres primeros días. Después de eso, tu madre exigió
que volviera a cambiar o te llevaría a casa. —Otra risa suave, la toalla
caliente contra mi piel fue tan agradable que casi ronroneé—. Así que, por
supuesto, volvió a cambiar con rabia sólo para discutir con ella. 361
Se me hizo un nudo en la garganta al imaginarlo, los dos enfrentados,
como lo estarían para siempre, sin embargo… quizás eso no sería tan malo.
—Entonces —continuó Linka, ofreciéndome la tolla para que me
limpiara la cara—. Tu respiración cambió, como si hubieras dejado la
oscuridad curativa y hubieras entrado en el reino de los sueños, y me
pregunté si dejaría caer las lágrimas de sus ojos.
Le devolví la toalla, mirando sus propios ojos húmedos en forma de
pregunta.
—Lo siento —dijo finalmente, y se puso de rodillas—. No entendía
cómo… —su cabeza temblaba, los labios se tambaleaban—. Cómo alguien
podía amar a una criatura, a un monstruo como él, hasta que vi la forma
en que te amaba.
Mi corazón se ablandó, se calentó, y estreché su mano entre las mías
sobre mis rodillas.
—No pasa nada. Si sirve de algo, he intentado no hacerlo.
Se rio entonces, fuerte y húmedo, la atraje hacia mí, abrazándola con
fuerza.
—No le gustaría —susurró a mi estómago—. Por supuesto, no le
gustaría. Pero le encantaría que fueras feliz.
Una lágrima resbaló por mi mejilla y un zumbido atrajo mi mirada
hacia la ventana.
—Lo sé. —Una abeja revoloteó y luego continuó.
Unos minutos más tarde, mientras Linka me informaba de cómo lo
que quedaba de nuestro ejército había venido a ayudar a cerrar la batalla,
que no terminó oficialmente hasta un día entero después de que Dade y yo
cayéramos y fuéramos llevados a la Fortaleza, llamaron a la puerta.
—Es probable que su rey derribe las puertas.
Otro siguió a las palabras de Linka. Una advertencia velada como una
petición.
Iba a llegar en cualquier momento.
Sonreí, metiendo los brazos en los tirantes del limpio camisón azul.
362
—Mejor déjalo entrar.
Como si lo hubiera oído, las puertas se abrieron y Linka se inclinó
antes de salir a toda prisa con el cubo y las tollas en la mano.
Las puertas se cerraron tras ella y oí un clic.
—¿Acabas de dejar a mi madre afuera?
—Por supuesto —dijo, merodeando hacia mí con una gracia que
desafiaba sus heridas. Incluso con un vendaje alrededor del torso, su piel y
sus músculos brillaban, radiantes bajo la luz del sol que atravesaba la
habitación como si lo estuviera buscando.
Tomándome las manos, me ayudó a ponerme de pie, luego bajó el
camisón con dos cuidadosos tirones y lo colocó en su sitio. El roce de sus
dedos ásperos sobre mi piel, su calor a mi espalda, rodeándome y
enjaulándome, hizo que casi le suplicara que me lo arrancara.
Su boca se cernió sobre mi hombro, los labios presionando
suavemente.
—Más tarde.
—Otra vez esas palabras —dije sin querer.
Tarareó como si comprendiera y me dirigió de nuevo a la cama con
una mano en la cintura. Mientras me deslizaba sobre el colchón y él me
tapaba las piernas desnudas con las mantas, la culpa me invadió.
—Dade, tengo que pedirte disculpas —empecé, firme pero con la
respiración agitada—. Lo que te dije afuera de esa tienda…
—Era verdad, ¿no? —Me hizo un gesto para que me acostara.
En cambio, me apoyé en los codos, con el cuello crispado para poder
leer su expresión tensa.
—Sí, pero tienes que entender que…
—Para —dijo, y una áspera exhalación le abandonó mientras se
restregaba las manos por la cara, y luego dobló con cuidado su gran
estructura en la cama junto a mis rodillas—. ¿Crees que no era consciente
de que había veces que jugabas conmigo? —Parpadeé, dejándome caer sobre
las almohadas—. Cada uno de tus engaños era conocido y bienvenido si te
acercaba a estar donde te necesitaba. —Su boca se curvó—. Completa e
irrevocablemente mía.
Dividida entre querer asfixiarlo con la almohada y con besos, me
363
quedé allí, sin palabras.
—Me amas. —Sus labios se curvaron más, dejando al descubierto un
hoyuelo y un destello de dientes.
Me derretí incluso mientras intentaba resistirme a hacerlo. —Me has
obligado a hacerlo.
—Me perdonas y me amas.
—De nuevo, no me diste opción —dije con voz ronca, mi sonrisa
temblando—. No había otra opción.
Se acomodó a mi lado, con la cabeza apoyada en la mano y esa sonrisa
enloquecedora todavía en su sitio.
—Me amas.
Absorbí ese rostro, las cejas doradas que residían sobre unos ojos que
contenían un cielo reflejado en el océano, y luego ese pecho vendado. Un
pecho que contenía un latido que aumentaba rápidamente. Un corazón. Un
corazón y un alma que habían tardado en calentarse, en aprender y en
amar. Absorbiendo todo, declaré con vehemencia:
—Sí, te amo.
El rey de los lobos extendió sus labios en una sonrisa tan
deslumbrante, tan sincera, la más grande que jamás le había visto, que me
encontré diciéndolo de nuevo sólo para mantenerla ahí.
—Estoy total y completamente enamorada de ti, Dade Volkahn.
Esa sonrisa se estiró, y luego cayó un poco con una risa jadeante.
—Supongo que te he obligado. —Entonces frunció el ceño, pero eso no
restó magia a su mirada. Su felicidad.
Una felicidad sin restricciones, sin diluir, sin precedentes.
Le hice un gesto para que se acercara y así poder alisar las arrugas de
su entrecejo. Sus ojos se cerraron.
—Sí, me has obligado, pero sólo mostrándome quién eres de verdad —
susurré—, quién podrías haber sido siempre y en quién eres capaz de
convertirte.
Alzando mi mano, se la llevó a la boca, con los labios rozando mi piel.
364
—Me lo enseñaste. —Otra sonrisa deslumbrante—. Así que, supongo
que eres tú quien me ha obligado, mi encantadora cisne.
Me reí, rodando hacia sus brazos. Me atrajo, me abrazó, con sus dedos
rozando mi espalda, mi cabello, y su boca en mi frente.
A los pocos minutos, volví a dormirme, arrullada por la reconfortante
cadencia del latido dentro del corazón desenterrado de mi dulce rey salvaje.
Epílogo
Dade
Tres semanas después…
El puño de Fang golpeó la mesa, su molestia despertó más la mía.
—¿Qué parte de no ser lo suficientemente bueno no comprendes?
Quería salir de esta maldita habitación y entrar en mi pareja.
Habíamos hecho planes. 365
Bueno, había hecho planes para nosotros, pero estaba seguro de que
no le importaría.
Sin inmutarse por el arrebato de Fang, Scythe se frotó la barbilla y
echó la rodilla sobre su pierna.
—No sé qué quieres que diga. El cautivo no hablará.
Habíamos guardado una colección de soldados de la guerra librada
por los humanos. Una guerra que, según supimos, se había producido con
la ayuda de Sinshell. Mis hermanos, aunque no estaban entusiasmados con
ello, habían estado de acuerdo conmigo cuando declaré que nuestro tiempo
de atormentarlos había terminado, a pesar de sus engañosos planes de
venganza.
Porque habían sido engañados, y de una manera enorme. No sólo se
llevaron a mi cisne y la obligaron a tejer oro para los cretinos con el pretexto
de salvar a su familia, sino que engañaron a su madre haciéndole creer que
esas mierdas reales los ayudarían para derrotarme.
No. Su misión había sido sencilla si se planeaba bien. Una sentencia
de muerte para todos.
Ahora, guardaban un curioso silencio. Lo que quedaba de sus fuerzas
de huida había desaparecido. O bien habían viajado de vuelta a Errin para
curarse y recuperarse antes de volver a atacar, o bien habían navegado a
través del Mar de la Noche para regresar a sus propios países.
En cualquier caso, había muchas posibilidades de que volvieran.
No sólo se confirmó con la muerte del Príncipe Bron, y el volumen de
números en retirada, sino que también habíamos obtenido lo mismo de
nuestros cautivos. Ahora se ha impuesto una rotación de la guardia en la
Cala Real, y más espías a mi cargo para vigilar a la nobleza, el comercio y
los mares.
—¿Por qué? —habló Opal entonces, y Scythe pareció sobresaltarse
como si recordara que ahora teníamos una hembra en nuestra presencia.
Ni él ni Fang se emocionaron cuando decidí incluir a mi cisne en nuestras
reuniones a partir de la semana anterior, pero el shock desapareció
rápidamente, al igual que su reticencia a compartir información importante.
Sobre todo después de haber amenazado con echar a los dos y
dejarnos el trabajo de la guerra y la reconstrucción a mi compañera y a mí. 366
Mi tío aún estaba vivo. Desgraciadamente. También le habían dado un
ascenso.
Ahora dirigía uno de nuestros nuevos proyectos: la reparación y
restauración de Sinshell. Esperaba que protestara, pero se limitó a asentir
con la cabeza y a vomitar muchos agradecimientos a mis pies y a los de Opal
antes de que Nikaya entrara con una sombría mirada de determinación. Los
dos se habían marchado hace una semana, la reina de Sinshell aceptando
con lo que parecía un perverso placer supervisar la reconstrucción de las
partes fracturadas de su reino.
Estrellas, un destino peor que la muerte si me preguntas.
Sin embargo, pronto me uniría a ellos. En un pueblo lejos de donde
cualquiera de ellos estaría trabajando, muchas gracias.
Opal había protestado al enterarse, su preocupación por mi presencia
tan cerca de la frontera de Errin cortaba cada palabra mientras sugería que
ambos nos centráramos en la reconstrucción de las ciudades y pueblos en
ruinas aquí en Vordane.
Hizo falta un beso arrebatador para que recordara quién carajo era yo.
Una criatura que no es tan fácil de vencer, a no ser que se encuentre
con un cisne negro.
Así que se tardó una noche, pero recuerda que lo hizo con toda
seguridad.
Scythe miró fijamente a mi compañera y se me erizó la piel al ver cómo
la hacía esperar. Suspirando, dijo:
—¿Cómo que por qué? Si lo supiera, te lo diría —añadió secamente—,
mi reina.
Opal sonrió.
—No, me refiero a los humanos en general. ¿Por qué un número tan
grande? ¿Por qué ese interés repentino en librarnos de Nodoya? —La cabeza
de Fang se inclinó mientras la observaba, escuchando atentamente—.
Nunca han intentado algo así porque saben que no pueden erradicarnos, ni
matar a un número suficiente de nosotros para apoderarse del continente.
—Cisne, estoy seguro de que ese príncipe engreído asumió que podía
hacerlo, pero —levanté un dedo, sintiendo que intentábamos atrapar algo
que se nos escapaba—, los ejércitos del otro lado del mar no cuadran. En
algunos de esos continentes viven más de los nuestros…
—Avaricia —dijo Scythe—. El oro es el oro, y todos hemos ido a la
367
batalla por mucho menos.
Los ojos de Opal se entrecerraron y la estudié, luego suspiré.
—Piénsalo. Nos reuniremos de nuevo en dos mañanas. —Me levanté
de la mesa antes de que nadie pudiera protestar y le tendí la mano a Opal.
Miró el mapa, las ubicaciones de los lugares que habíamos brutalizado
en Sinshell ahora marcadas por diferentes razones, luego miró a Scythe.
—¿Puedo hablar con ella? —preguntó, refiriéndose a una cautiva que
él había asumido para mantenerla prisionera en su casa.
Scythe estaba a medio camino de la puerta cuando gruñó:
—No, no puedes —gruñí, y él se detuvo, volviéndose con un suspiro—
. ¿Por qué?
Opal deslizó su mano en la mía, diciendo suavemente pero con
firmeza:
—Tal vez otra hembra la animaría a hablar.
—Quieres decir, ¿un enfoque más suave? —Se rio a través de las
palabras—. No, no le importan las cosas suaves. —Esbozó una media
reverencia. Confíe en mí y discúlpeme.
Fang lo vio desaparecer en el oscuro vestíbulo, con los labios entre los
dientes, y luego lo siguió.
—Hablaré con él más tarde —dije entre dientes. El imbécil estaba
haciendo drama con esta situación del cautiverio, y estaba empezando a
molestarme de verdad.
—No —dijo Opal, llevándome a la puerta—. No te metas. Lo intentaré
de nuevo la próxima vez.
—Eres la reina —le recordé, algo que tenía que hacer a menudo—.
Puedes hacer lo que quieras, y él lo sabe. —Le dediqué mi mejor sonrisa—.
Mañana iremos a visitar a esta cautiva.
Opal sonrió, con sus ojos risueños, y se apoyó en mi costado mientras
tomábamos las escaleras que nos llevaban desde las entrañas de la
Fortaleza.
—No, no puedes abusar de su confianza.
Los prisioneros gemían, lloraban y gritaban en el calabozo. Se gritaba
para que nadie pudiera oír. Nadie, salvo los lobos.
368
Tenía razón. Una criatura con una historia como la de Scythe… no
importaría que yo fuera su rey. Su lealtad hacia mí sería diezmada si le
faltara el respeto de esa manera.
Apartando de mi mente los pensamientos sobre la guerra, las
reparaciones, mis amigos de mierda y un conjunto de otros asuntos,
conduje a Opal a mis aposentos. Bueno, nuestros aposentos. Se había
quedado conmigo desde que se despertó tras el ataque a Vordane. Me había
negado a dejarla fuera de mi vista durante días, y parecía más feliz cuando
no me alejaba de la suya.
Me dirigió una mirada confusa cuando la aparté de las puertas y la
conduje a la puerta de sus antiguos aposentos.
Me tragué una sonrisa come mierda de oreja a oreja cuando la madera
se abrió para revelar su nueva perfumería, sala de reparación y biblioteca.
En una hilera de estanterías blancas que van desde el suelo hasta el
techo, los títulos que a menudo le había visto releer, y otros que creía que
eran lo suficientemente parecidos como para que también le gustaran,
estaban colocados ordenadamente. Había algunas filas vacías para que ella
añadiera a la colección lo que considerara oportuno. En la siguiente
estantería había botellas de cristal, frascos, cuencos llenos de corchos
desparejados, cintas, cordeles, diferentes aceites, sales y botes para
mezclar.
En las esquinas de la habitación había rollos de telas sobre soportes,
y en los estantes junto a ellos, más materiales doblados y apilados. El sol de
la tarde los salpicaba y los dedos de Opal se balanceaban sobre todo ello
con una reverencia que se me hizo difícil de ver y me puso casi celoso.
Y lo habría estado, si ella no me hubiera tratado de la misma manera.
Me tocaba como si yo fuera el mejor proyecto que hubiera creado, como si
no pudiera creer que yo fuera tangible, que todo esto fuera real.
Había hecho muchas cosas horribles en mi vida, pero nunca lo sabrías
por la forma en que me adoraba. Y aunque un hombre mejor podría hacerlo,
no perdí el tiempo lamentando lo indigno que era. Ella era mía, y prefería
pudrirme antes que perder el tiempo sin disfrutar de todo con lo que había
sido bendecido.
Retrocedí contra la puerta cerrada mientras ella asimilaba todo, yendo
de un estante a otro, con los dedos bailando pero sin tocarse, revoloteando
hacia su boca y luego hacia su pecho. Giró hacia el espacio donde solía estar
la cama. Ahora había una gran alfombra de felpa roja y dorada bajo un largo
369
escritorio blanco.
Plumas, tinteros y pergaminos se apilaban en las esquinas, y una gran
silla hecha de un rico terciopelo azul elegido con la ayuda de Olivianna
esperaba a su perfecto trasero. Mi cisne no se sentó. Siguió flotando por el
espacio, con el dobladillo de cuentas de su vestido de bronce golpeando las
patas de la mesa y arrastrándose por la alfombra.
Me moría de ganas por desprenderlo de su cuerpo, sabiendo que no
habría más que carne desnuda y húmeda esperándome debajo.
Conteniendo la necesidad de agarrarla y doblarla sobre la mesa, la
dejé dando vueltas por la habitación y tomé una botella de aceite de romero
de la estantería. Apenas la descorché, volví a poner el corcho en su sitio y
arrugué la nariz.
—Bien hecho, salvaje.
Podría prescindir de que experimentara con eso.
—¿Qué quieres decir?
Opal se acercó a mí, tomando el aceite de mi mano y poniéndolo de
nuevo en su soporte de madera en el estante.
—Sabes —se inclinó hacia mí, enlazando sus brazos detrás de mi
espalda y poniendo su barbilla sobre mi pecho—, podrías haberme
preguntado.
Limpié mi expresión de curiosidad, fingiendo confusión con una
inclinación de la cabeza.
—¿Preguntarte qué?
—Para compartir aposentos contigo —dijo rotundamente.
—Oh. —Apreté los labios y exhalé una respiración agitada—. Bueno,
esto es bastante incómodo. Verás, he hecho que lleven tus cosas a una
habitación más pequeña en la planta principal.
Sus brazos se aflojaron, al igual que la expresión punzante de su
rostro enrojecido.
—Mi adorable e impresionante cisne —ronroneé, subiendo las manos
para ahuecar sus mejillas—, ¿extrañarás estar tan cerca de mí?
Se rio, el sonido un néctar bajo y cálido bañado bajo la luz del sol.
—Supongo que al estar más cerca de las cocinas, la biblioteca… 370
Atrapé un gruñido vibrante detrás de mis dientes, y ella rio más fuerte,
apretando mis manos sobre sus mejillas y levantándose sobre sus dedos de
los pies desnudos.
—Llévame a esas nuevas habitaciones mías.
Su corazón se aceleró cuando le pellizqué la punta de su pequeña
nariz, y luego la recogí en mis brazos.
—Con mucho gusto.
Apenas habíamos atravesado la puerta contigua que daba acceso a la
de nuestras aposentos cuando se dio cuenta de que su ropa ocupaba buena
parte del amplio espacio. Con una carcajada, se retorció en mis brazos para
que sus piernas se enroscaran alrededor de mí, con los brazos apretados
alrededor de mi cuello.
—Gracias —dijo entre besos a mi garganta, a mi barbilla y robé sus
labios antes de que pudieran llegar a mi boca.
Aceptó mi lengua con una avidez que coincidía con la mía: áspera,
caliente y urgente. Su vestido se levantó de su cuerpo cuando la bajé al suelo
ante el extremo de la cama, y gruñí con aprobación ante lo que tenía delante.
Perfección desnuda.
Después de despojarme de mi ropa, el aroma de su deseo impregnando
el aire, sus labios entre los dientes mientras me observaba, la levanté de
nuevo y me dejé caer sobre ella en la cama.
—Espero que tengas hambre porque he estado hambriento todo el
maldito día.
—Podemos estar más de seis horas sin follar —dijo Opal, aunque gimió
y se apretó contra mis dedos cuando se metieron entre sus piernas.
—Esto dice lo contrario. —Introduje un dedo dentro de ella, me tragué
su gemido y luego exigí—: Repite lo de follar.
—Follar —repitió, con un brillo danzante en los ojos.
Rodeé su clítoris como recompensa, observé cómo esas pestañas se
agitaban y sus brazos caían sobre la cama mientras el calor líquido la
recorría.
—Di que quieres que te folle mañana, tarde y noche.
Una risa jadeante la abandonó, seguida de otro gemido.
—Quiero que me folles ahora mismo. 371
Fruncí los labios, incluso mientras mi polla se agitaba y se clavaba en
su estómago.
—Eso no fue lo que dije. —Arrastrando mis dedos por su cuerpo,
decorando su piel con su reluciente deseo, lamí su esencia de ellos y luego
rocé su labio inferior—. Abre.
Lo hizo, chupando de mis dedos, esos malditos ojos nunca dejaron los
míos. Sus dientes rasparon suavemente mientras salían lentamente de su
boca. Me estremecí violentamente. Antes de que pudiera devolverlos a su
coño, me sujetó la muñeca y volvió a introducir uno, retorciéndose debajo
de mí.
Y me quebré.
Sonrió cuando maldije y me preparé para embestirla. Nuestras bocas
se fundieron y gemimos juntos mientras la penetraba profundamente y ella
enganchaba sus muslos en mi espalda. Hice un círculo con mis caderas,
con mi lengua en su boca, y luego arrastré su labio hacia el mío con mis
dientes.
—Perversa ave desobediente.
Se rio entre gemidos y agarró mis caderas con sus muslos.
—¿Me tendrías de otra manera?
—Nunca —gruñí, empujando profundamente y mordisqueando su
barbilla hasta el cuello. Su cuerpo se puso rígido y luego se desenrolló
debajo de mí, temblando cuando llegué a ese punto dentro de ella—. Ahí —
gruñó, y mordí la suave curva entre su hombro y su cuello, moviéndome con
una precisión lenta y a la vez aguda—. Fúndete para mí, cisne.
Sus uñas se clavaron en mi espalda. No me di por vencido, y ella se
desbordó en cuestión de segundos, sus gritos y gemidos bajos fueron música
para mis malditos oídos. Me apretó tan fuerte, tan bien, que apreté los
dientes y luché contra el impulso de liberarme con ella y me obligué a
esperar.
Todavía no estaba cerca de haber terminado con ella.
Ligeros como el aire empañado, sus dedos subieron por mis brazos,
cada músculo temblando, los puños junto a su cabeza apretándose con más
fuerza.
—Para siempre —me dijo en el hombro, y despegué mis labios de su
piel enrojecida. 372
Un efecto dorado, como el que me había llevado tiempo asimilar, para
darme cuenta de qué era lo que brillaba en sus ojos cuando me miraba así,
hundió unas garras cómo el terciopelo en mi pecho.
—Te deseo en cada comida, en el patio de entrenamiento, en el bosque,
en las cocinas, en el baño, en los jardines, molestándome mientras leo… —
sonrió cuando fruncí el ceño—. No te deseo mañana, tarde y noche. Te deseo
—un dedo acarició mi mejilla—, en todas partes y siempre. Todo tú, para
siempre.
Una promesa verbal como ninguna otra que me haya declarado hasta
ahora. Una incrustación permanente que arañaba tan profundamente, que
casi exploté dentro de ella mientras una tormenta se agolpaba en mi pecho
y amenazaba con brotar de mis ojos.
Bajé la cabeza.
—Maldición, solecito.
Volvió a desgarrarme.
—Lo juro —prometió, presionando mi nariz contra la suya, sus ojos se
negaban a dejar de mirar los míos—. Lo juro.
Parpadeé para que la humedad de mis ojos desapareciera y me mareé
por todo lo que ella era, por todo lo que había encontrado, por todo lo que
ahora necesitaba para respirar.
—Tenías razón —dije, y besé su nariz—. Tenías razón al pensar que
no tenía corazón. No lo tenía.
Los labios de mi reina se separaron, pero los besé y susurré:
—Llegó cuando te encontré. Eres el latido dentro de mi pecho, el
corazón que nunca supe que necesitaba.
Las lágrimas brillaron en sus ojos, y besé cada una de ellas, para luego
volver a su boca. Nuestros cuerpos se movieron, deslizándose y
empujándose. Los latidos de nuestros corazones retumbaron y se estrellaron
antes de que empezáramos de nuevo con ella subiendo encima de mí.
Y me prometí, con cada caricia y cariño murmurado, que no importaba
cuántas veces se pusiera el sol, nunca perdería mi luz.
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Sobre la autora
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Ella Fields, autora del USA Today y de bestsellers internacionales,
reside en Australia con su marido, sus dos hijos y sus criaturas peludas.
Amante del chocolate, del amor, de la magia y de las palabras, disfruta
explorando el caos emocional de los raros “y si” en diversos géneros
románticos.
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