Historia de Roma: Monarquía e Imperio
Historia de Roma: Monarquía e Imperio
CULTURA GRECOLATINA
Parte Latina
2020
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República (509- 30 a. C.)
Monarquía (753 – 509 a. C) Imperio (30 a. C -476 d. C)
Primitiva Media Tardía
(509-264 a. C) (264 – 133 a. C) (133 -30 a. C)
Reyes de Roma
luchas entre patricios y Guerras púnicas: Guerras serviles
Principado: Augusto (27 a. C -14 d C)
plebeyos (509-300 a. C) 1° guerra (264-241): los (rebeliones de esclavos [servus=
Rómulo (753-714 a. C.) cartagineses perdieron sus esclavo]). Fueron tres: en el Dinastía Julia-Claudia (14 a. C.-69 d. C.)
Numa Pompilio (714-672 a. C.) Roma en la conquista posesiones en Sicilia 135/132, en el 103 y finalmente, en Tiberio (14-37 d. C.)
de Italia (300-265 a. C) 2° guerra (218-201): las victorias de el 73 a. C., esta última comandada Calígula (37 - 41 d. C.)
Tulio Hostilio (672-641 a. C.) Aníbal pusieron en grave peligro a por Espartaco. Claudio (41-54 d. C.)
Anco Marcio (641-616 a. C.) Roma Nerón (54-68 d. C.)
3° guerra (149-146): Escipión el Guerras sociales Galba
Tarquino Prisco (616-578 a. C.) (entabladas por los estados aliados
Africano conquistó y destruyó la Otón
Servio Tulio (578-534 a. C.) ciudad de Cartago. [socii]). Vitelio
Tarquino el Soberbio (534-509 a. C.) Guerras civiles: (entre ciudadanos Dinastía Flavia (69-96 d. C.)
romanos [civis = ciudadano]. Fueron Vespasiano (69-79 d. C.)
tres: Tito (79-81 d.C.)
- Mario contra Sila Domiciano (81-96 d.C.)
-Pompeyo contra César Dinastía Antonina (los cinco buenos emperadores,
-Antonio contra Octavio 96 - 180 d.C.)
Nerva (96-98 d.C.)
Trajano (98-117 d. C)
Adriano (117-138 d. C)
Antonino Pío (138-161 d. C)
Marco Aurelio (161-180 d. C)
Cómodo (180-193 d. C)
Dinastía Severa (193-235 d.C.)
Septimio Severo (193 - 211)
Caracalla (211 - 217)
Macrino (217 - 218)
Heliogábalo (218 - 222)
Alejandro Severo (222 - 235)
Crisis del siglo III (235-284)
Emperadores ilirios (268-284)
El Bajo Imperio (284-395)
Diocleciano y la Tetrarquía (284-395)
La dinastía Constantiniana (305-363)
La dinastía Valentiniana (364-395)
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La división del Imperio (395-476 / 1453)
Orígenes de Roma
a) La leyenda de la fundación
Sus descendientes fundaron, al pie del monte Albano, la ciudad de Alba Longa. Uno
de los reyes de esta ciudad, Amulio, destronó a su hermano Númitor y obligó a la
hija de este, Rea Silvia, a hacerse vestal, para que guardase perpetua virginidad.
b) Otras hipótesis:
También se considera probable que la ciudad de Roma fuera fundada por pueblos
galos o celtas del norte, que hacia el año 1000 a C. se establecieron en el valle del
Po.
Finalmente, una tercera hipótesis considera que Roma fue en su origen una especie
de puesto de avanzada de los etruscos, quienes unificaron varias agrupaciones
latinas. Etruscos fueron los primeros reyes y muchas de las costumbres y los ritos
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del Lacio.
Es probable que el primer recinto amurallado de la ciudad estuviera sobre el monte
Palatino, una de las siete colinas. Las otras fueron: el Capitolio, Aventino, Quirinal,
Viminal, Celio y Esquilino.
La monarquía (753-509)
A partir de Rómulo, quien organizó la población en tribus, éstas en diez curias y ellas en
gens o familias, se sucedieron seis reyes más de origen sabino o romano.
Entre ellos vale recordar al sucesor de Rómulo, Numa Pompilio (714-672), quien tuvo fama
de sabio y de piadoso: -ordenó el culto y las leyes
- hizo edificar el templo de Jano (divinidad que guardaba la
entrada del año, de las casas y del Foro, y que debía estar
abierto durante la guerra y cerrado en la paz.
También a Tarquino el Antiguo (616-578):
- embelleció Roma y construyó diques en el Tíber
- construyó la Cloaca Máxima para desecar el Foro, que se
constituyó en centro de reuniones públicas (todavía deseca
los pantanos romanos)
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El último, Tarquino el soberbio, llegado al trono por parricidio, gobernó con violencia y
arbitrariedad. Roma alcanzó prosperidad y comenzó a inspirar temores a los cartagineses
por su comercio en el Mediterráneo. El ultraje cometido por su hijo Sexto contra Lucrecia,
dama emparentada con el rey causó una sublevación que lo destronó y estableció la
República en el 510 a. C.
Si puede hacer que le sean favorables, lo hará. Con frecuencia sólo alcanza a cooperar con
ellas, se entrega para que lo utilicen como instrumento, logrando así su propósito.
Contingencias climáticas o pestes malogran sus esperanzas, pero tiene que aceptar el
pacto y tener paciencia. (pp.12-13)
La rutina es la ley de su vida. Como el ritmo siempre constante de las tareas culturales.
Su vida es la vida misma de la tierra. Como ciudadano se sentirá atraído en defensa de las
tierras y mercados para sus hijos.
Estas son también las virtudes del soldado. También él ha de conocer el valor de la rutina,
que forma parte de la disciplina, que puede responder ante cualquier llamada repentina.
Debe bastarse a sí mismo. El vigor y la tenacidad del campesino son necesarios al soldado.
Su habilidad práctica contribuye a hacer de él lo que debe ser: un albañil, zapador, abridor
de caminos, constructor de balates. Ha de trazar un campamento o una fortificación, medir
un terreno o tender un sistema de drenaje. Puede vivir en el campo porque lo ha hecho
siempre. Tiene además conciencia de que lo imprevisto puede alterar sus planes y de las
‘fuerzas invisibles’ que hacen de un general alguien por quien se inclina la Fortuna. Es leal
con las personas, los lugares, los amigos.
Si asume una actitud política, será para conseguir, cuando las guerras terminen, tierra
para labrar y casa donde vivir. Puede haber conocido muchos lugares, pero nada le parece
más bello que su campo nativo. (p. 13)
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Roma se convirtió penosamente, de una ciudad-estado sobre las 7 Colinas, en la dueña del
mundo conocido. Entre los medios como adquirió y mantuvo su dominio figura su capacidad
para transformar los enemigos en amigos, y eventualmente, en romanos, aunque siguieran
siendo galos, españoles o africanos.
Los nombres de muchos de estos dioses domésticos han pasado a las lenguas romances:
Vesta, el espíritu del fuego del hogar; los Penates, preservadores de la despensa; los Lares,
guardianes de la casa; pero había muchos otros. (p. 16)
Las oraciones eran diarias; la comida de la familia una ceremonia religiosa en la que se
ofrendaban incienso y libaciones. Ciertos festivales se relacionaban con los difuntos, los
cuales se consideraban a veces como espíritus hostiles y que había que expulsar, por lo
tanto, de la casa por medio de ritos, otras como espíritus benévolos que se asociaban
íntimamente a todas las fiestas y conmemoraciones de la familia. (pp. 16-17)
Cuando las familias se unieron para formar una comunidad, el culto y el ritual de la familia
formaron la base del culto del estado.
El rey era el sacerdote; cuando no hubo más monarquía, perduró el título de “rey de las
cosas sagradas”, ayudados por ‘colegios’ de sacerdotes, de los cuales, el principal era el
de los pontifices. Estos últimos produjeron un derecho sagrado (ius divinum). Les
ayudaban colegios menores, como el de las Vírgenes Vestales, que cuidaban el fuego del
hogar del estado o los augures, que veían presagios en las entrañas de los animales
sacrificados.
En un principio, Marte fue un dios de los campos; los campesinos soldados, organizados
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Los hombres cultos del último siglo a. C., versados en la filosofía y la crítica griegas, quizás
considerasen esta religión como una mera forma; pero ellos mismos desempeñaban cargos
en los colegios sagrados y fomentaban su práctica en el estado y en la familia.
Quizás el concepto que mejor demuestra el punto de vista romano es el de genius. La idea
de genius empieza por el paterfamilias, que al engendrar hijos, se convierte en cabeza de
familia. Se aísla su carácter esencial y se le atribuye una existencia espiritual aparte: dirige
y protege a su familia. (p. 20)
En tiempos posteriores se añoró esta estructura sencilla de los primeros tiempos y las
“viejas costumbres” han de sobrevivir siempre, si no como realidades, como ideales.
En todo catálogo de virtudes figura, en primer lugar la certeza de que el hombre está
subordinado a algo externo que ejerce sobre él una “fuerza vinculatoria” a la que se llamó
religio. De un hombre religioso se decía que era un hombre de la más alta pietas, parte de
la subordinación a la que se ha hecho referencia. Se es pius respecto a los dioses, si se
reconocen sus derechos; con respecto a los padres, mayores, hijos y amigos, patria y
bienhechores, si se reconocen sus derechos sobre uno y se cumple con el deber en
conformidad con ellos. Las exigencias de la pietas y del officium (deber y servicios)
constituyen por sí solas un voluminoso código, no escrito, de sentimiento y conducta que
estaba más allá de la ley, y era lo bastante poderoso para modificar en la práctica las
rigurosas disposiciones del derecho privado. (p. 22)
El modo de vida y las cualidades de carácter aquí descritas resumen los mores maiorum,
las costumbres de los antepasados, que son una de las fuerzas más poderosas de la historia
romana.
En el sentido más limitado, la frase significa el concepto de la vida, las cualidades morales,
junto con las normas y los precedentes no escritos inspiradores del deber y la conducta,
componiendo todo ello una sólida tradición de principios y costumbres. (p.23)
La república primitiva
La República se instauró en Roma con la huida de Tarquino el Soberbio, último de los reyes,
quien hizo varios intentos de volver a ocupar el trono. La batalla final se libró en el lago
Regilio, con lo cual terminó definitivamente la amenaza etrusca sobre Roma.
Al darse cuenta los patricios de que la monarquía en sus últimos tiempos había favorecido
a los plebeyos, en vez de conferir la autoridad a una sola persona, otorgaron la
magistratura suprema a dos cónsules, elegidos por los patricios; cargo que era anual.
De las instituciones políticas de la república, la más importante fue el Senado, que fue el
elemento legislativo y directivo del gobierno. De entre sus miembros se elegían los
cónsules, quienes, a su vez, elegían a los senadores para cubrir vacantes. El poder
permanecía enteramente en manos del patriciado.
Esto ocasionó el choque de las dos clases sociales dominantes: los patricios y los plebeyos.
Los segundos, oprimidos económicamente, carecían de participación en las decisiones
políticas, se equipan por cuenta propia para la guerra [lo que los arruinaba] y al regreso,
se veían insolventes, sin propiedades y hasta peligraba su libertad. La lucha duró dos
siglos, pero los plebeyos obtuvieron sucesivamente: el tribunado, la igualdad civil, la
igualdad política y la religiosa. El primero le posibilitó no sólo la protección de la plebe, sino
el poder poner veto a las prohibiciones del Senado, mediante plebiscitos
Dado que los plebeyos carecían de leyes escritas, exigieron la redacción de un nuevo código
civil, que después de muchos retardos fue redactado por los decemviros y respondió a una
triple finalidad:
Tras conseguir durante diez años de oposición el compartir el consulado con los patricios,
reducir sus deudas y legislar la superficie de tierra máxima para cada ciudadano, los
plebeyos alcanzaron la dignidad religiosa hacia el año 300, con la cual obtuvieron que la
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Con la caída de Tarquino el Soberbio, los pueblos aliados de Roma se levantaron contra
ella. Ellos fueron: los latinos, los ecuos, los veyos, los volscos y los galos.
Los ecuos (al Oeste de Roma, en la Italia central), fueron vencidos por Cincinato; los veyos
(veii,iorum) (ricos, a cuatro leguas de Roma), fueron vencidos por M. Furio Camilo; los
volscos (sur del Lacio, sobre el Tirreno), se pusieron bajo la guarda romana y los galos
(norte de Italia, Galia Cisalpina), que habían sitiado y ocupado Roma en el 390, fueron
vencidos por Marco Furio Camilo, quien reconstruyó la ciudad y fue nombrado segundo
fundador de Roma. Pocos años después los romanos conquistaron las tierras galas y toda
la llanura del Po pasó a poder de Roma.
Los samnitas vivían en el Apenino Central, limitando con el Lacio, Campania y Apulia. Muy
belicosos, se extendieron hacia el sur, llegaron a Capua, ciudad griega y los griegos
pidieron auxilio a los romanos. En principio, Roma venció, anexó a los latinos, pero los
sabinos, emboscados en las montañas vencieron a los romanos en un desfiladero llamado
Horcas (fauces) Caudinas. No obstante, Roma siguió la guerra y los samnitas acabaron por
pedir la paz.
Temerosos del poder creciente de Roma, los pueblos itálicos formaron distintas coaliciones
para detenerlo, pero los romanos respondieron con una energía increíble anexando a los
umbros, los galos, los etruscos y los tarentinos. De modo tal que extendió sus dominios
hasta el río Rubicón, por el norte.
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Finalmente, ante la provocación de los tarentinos y porque Tarento era una de las
principales y más ricas colonias griegas de la Magna Grecia, trabó lucha contra ellos,
dirigidos por el gran general griego Pirro. Pese a vencer en la batalla, el ejército griego
quedó destrozado [otra victoria como esta y estoy perdido: victoria pírrica]. Rehecho, el
ejército romano lo volvió a batir en Benevento y logró la total derrota griega.
Después de la guerra contra Tarento, los romanos conquistaron toda la Italia meridional,
de modo tal que su territorio se extendía desde los Apeninos toscanos al Estrecho de
Mesina.
Cartago (capital fenicia [poeni, orum; de allí el adjetivo punicus,a,um]) había dominado el
comercio marítimo de toda la costa mediterránea, además de ser también una potencia
terrestre, ya que había ocupado varias regiones que se extendían hasta Gibraltar y que
pertenecían como haciendas de cultivo a terratenientes. Al extenderse el dominio romano
sobre la Magna Grecia chocaron sus intereses económicos y comenzó la larguísima
sucesión de las tres Guerras Púnicas.
Cartago se rehízo a las órdenes de Amílcar Barca, quien a su muerte fue sucedido por su
yerno Asdrúbal. Con ellos todo el sur de España estaba bajo su poder. Asesinado, le sucedió
su cuñado Aníbal, quien quedó al frente de un poderosísimo ejército. Aníbal fue una de las
figuras militares más geniales
de la historia. Éste tomó la
ciudad de Sagunto, pese a estar
bajo jurisdicción romana, con lo
que comenzó la 2° guerra
púnica. Aníbal al frente de un
gigantesco ejército (con 37
elefantes), dominó el centro-
oeste de España, pasó el Ebro,
cruzó los Pirineos, el Ródano y
los Alpes y en 5 meses llegó a
Italia. Ganó a los romanos
cuatro batallas, la última de las
cuales, la de Cannas puedo
haber sido definitiva. Pero se
retiró a cuarteles de invierno y
fue finalmente derrotado por
Publio Cornelio Escipión, quien había ya libertado a España, en la célebre batalla de Zama
(202 a. C.)
Marco Porcio Catón, llamado el Censor por su severidad moral, al advertir el peligro que
Cartago representaba para Roma, terminaba sus discursos ante el Senado con la frase:
Ceterum censeo Carthaginem esse delendam [“y también pienso que Cartago debe ser
destruida”]
Después de las guerras púnicas, Roma fue paulatinamente apoderándose de todo el mundo
mediterráneo: España, parte de las Galias (la Narbonense, al sur de Francia), Grecia,
Macedonia y Siria.
derechos políticos.
Las ciudades aliadas conservaban su independencia y gobierno, pero sus
habitantes no eran considerados romanos. A cambio de la protección
romana, colaboraban en la guerra con soldados y dinero.
a. 2. Fuera de Italia:
Tierras conquistadas por Roma y sometidas a la autoridad absoluta de un
gobernador romano. Estaban obligadas a prestar servicio militar y a pagar
tributos. El comportamiento generalmente abusivo de los gobernadores
(pese a los esfuerzos que desde Roma se hicieron para limitarlo), que
utilizaban su cargo para el enriquecimiento personal, generó todo tipo de
excesos.
f. Cambios en la educación:
intentaron, desde sus puestos de tribunos de la plebe, hacer una reforma agraria que
repartiera los terrenos del estado (ager publicus), arrendados a latifundistas, entre los
ciudadanos sin tierra. Tiberio fue asesinado. Su hermano, que propuso una lex frumentaria
(ley de venta a bajo precio del trigo a los ciudadanos más pobres), la fundación de colonias
en tierras despobladas y una reforma política que limitara los poderes del Senado y
otorgara la ciudadanía a los pueblos aliados, también fue perseguido y se suicidó antes de
ser prendido.
Se forman así dos partidos: el senatorial y otro, de corte más popular. Sus
enfrentamientos empezaron a ser violentos y comenzaron entonces las guerras civiles, que
terminaron con la República como organización política. Estas guerras opusieron
sucesivamente a: Mario contra Sila, Pompeyo contra César y Antonio contra Octavio.
Mario, hombre de enorme valentía, venció a Yugurta, rey de Numidia, (N. del África)
que se había levantado contra el imperio. También redujo a los cimbrios y teutones -
pueblos del N de Germania que huyeron ante el cataclismo que desbordando el Mar Báltico
formó las islas de Dinamarca-. Estas victorias inmensas le valieron el ser reelecto como
cónsul 7 veces, con lo que se muestra su contemporización con la clase senatorial.
Los pueblos itálicos, aliados entre sí, decidieron dar guerra a Roma para
obtener la igualdad de derechos civiles. En la primera etapa, fueron vencidos por Mario.
Pero éste, que sentía simpatía por sus antiguos soldados nacidos de estos pueblos, se
retiró de la lucha. En su lugar se designó a Sila, quien terminó la tarea comenzada por
Pompeyo y que tuvo como efecto que la ley Julia (aprobada por César) concediera la
ciudadanía a todos los pueblos itálicos que aceptaban -puesto que habían sido vencidos-
la supremacía romana.
El Senado, dirigido por los seguidores de Mario, declaró a Sila enemigo de la Patria;
pero éste declaró la guerra a Roma [su propia ciudad] y combatió hasta lograr la victoria
completa. Comenzó entonces lo que se conoció como la “era del terror”: proscripciones
que elevaron a 100.000 el n° de víctimas (ciudadanos romanos e italianos que había
simpatizado con Mario). Luego solicitó y obtuvo el título de “dictador” y decretó un nuevo
orden legal de tipo aristocrático en donde el Senado reunía la suma de los poderes,
derogando todos los derechos de la plebe y los derechos conseguidos por los pueblos
itálicos. Después de 10 años de gobierno, se retiró a Cumas, donde muere a los 60 años.
Pompeyo, yerno de Sila, afamado por vencer en los levantamientos en España y por
sofocar violentamente la rebelión de los esclavos, llega a Roma en momentos en que la
ciudad estaba amenazada por piratas que dominaban todo el Mediterráneo. Pompeyo, en
tres meses, mediante el bloqueo de los puertos fundamentales, cosa que obligó a los
piratas a refugiarse en las costas del Asia Menor, logra darles sitio y confiscarles todos los
bienes.
Al terminar con esta tarea, reúne su ejército para enfrentar el último levantamiento
de Mitrídates, que acaba con la huida de éste y el anexamiento, como provincias romanas
de Bitinia, Siria, Fenicia y Palestina, en cuya capital, Jerusalén, residió desde entonces un
procónsul romano. Estamos en el año 64 a. C.
Entretanto, en Roma, un noble venido a menos con ansias de adueñarse del poder,
organiza un ejército y, tramando matar a su opositor Cicerón para adueñarse después de
la ciudad, es denunciado por éste ante el Senado y sucumbe en batalla ante un
lugarteniente de Antonio, colega de Cicerón en el Consulado.
Entre tanto, Cayo Julio César, nacido de una estirpe patricia y que hacía remontar
su linaje (la gens Iulia) de Eneas, hijo de Venus y Anquises, adhirió desde muy joven al
partido popular. Perseguido por Sila, cuando retorna a Roma, asciende la jerarquía de
magistraturas, de modo tal que -después de consolidar su posición económica con la
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pacificación y prosperidad de la Lusitania-, formó parte del Primer Triunvirato, junto con
Pompeyo y Craso (armas y dinero).
La transformación de la República en monarquía imperial, se prepara
lentamente: Sila da el primer paso y los Triunviratos siguientes ponen fin a
la tarea. Con el nombre de Triunvirato se conocía en Roma el gobierno de
tres personajes influyentes y rivales entre sí, que se distribuyen el poder
con el consentimiento del pueblo y del Senado, para evitar guerras civiles.
Como cónsul aprobó la ley agraria de reparto de tierras a veteranos de guerra e hizo
desterrar a Cicerón, principal defensor de los derechos senatoriales. En calidad de
procónsul, tomó a su cargo la conquista definitiva de las Galias, con el pretexto de
responder a los aliados eduos y secuanos, atacados por sus vecinos los helvecios y suevos.
Después de una guerra que el mismo César narró en siete libros de sus Comentarios a la
Guerra de las Galias (De bello gallico), en el 50 a. C., las Galias estaban sometidas.
Craso, uno de los hombres más ricos de Roma, como gobernador de Siria, marchó
contra los Partos, pueblos de Persia que amenazaban las fronteras romanas, muriendo en
la batalla junto con su hijo y con la derrota completa del ejército romano.
Muerto Craso, quedaron enfrentadas la ambición por el sumo poder tanto de César
como de Pompeyo. El primero representaba los intereses populares y el segundo, los
aristocráticos y senatoriales. Ante intrigas que le impedían volver a Roma, César pasa con
su ejército el río Rubicón y marcha contra Roma. La batalla definitiva entre ambos líderes
se dan en Farsalia (48 a. C.), en Tesalia, donde triunfa César. Traicionado por el rey de
Egipto, Ptolomeo XIII, Pompeyo es muerto en Siria. Ante esta traición, César, ataca al rey,
le obliga a pagar deudas y tributos y coloca en el trono a su hermana Cleopatra. [Para
tener en cuenta: aun con su enemigo, un romano es un compatriota para otro
romano, frente a cualquier otro, considerado interiormente un bárbaro. César se
horroriza ante la cabeza decapitada de Pompeyo y, por eso, reacciona
violentamente contra la traición a un romano; traición hecha para congraciarse
con el que se sabía más poderoso. ]
de los veteranos de César, reclama y vende el patrimonio de éste para cumplir lo ordenado
por su testamento repartiéndolos, con lo que se gana al Senado, al pueblo y al ejército.
Por intervención de Cicerón, Antonio es declarado enemigo de la patria (Filípicas), y es
combatido por Octavio, como pretor. Antonio, vencido, se fugó a los Alpes y Octavio, antes
de que el Senado se volviera contra él, toma Roma con su ejército y es nombrado cónsul,
con 20 años.
Fustel de Coulanges, Numa D. La ciudad antigua. Porrúa, México, 1992 (en el síntesis se
consignan las páginas).
Si, remontando a las primeras edades de una raza, es decir, al tiempo en que fundó sus
instituciones, se observa la idea que tenía del ser humano, de la vida, de la muerte, de la
segunda existencia, del principio divino, adviértese una relación íntima entre estas
opiniones y las reglas antiguas del derecho privado, entre los ritos que emanan de esas
creencias y las instituciones políticas. (p. 3)
La comparación de las creencias y de las leyes muestra que una religión primitiva ha
constituido la familia griega y romana, ha establecido el matrimonio y la autoridad paterna,
ha determinado los rangos del parentesco, ha consagrado el derecho de propiedad y el de
herencia. Esta misma religión, ha formado luego una asociación mayor, la ciudad y de ella
han procedido las instituciones y el derecho privado de los antiguos; sus reglas, sus
costumbres, sus magistraturas.
Pero esas viejas creencias se han modificado con el tiempo y el derecho privado y las
instituciones políticas, se han modificado con ellas. Entonces, se ha desarrollado la serie
de revoluciones, y las transformaciones sociales han seguido regularmente a las
transformaciones de la inteligencia. (p. 4)
Las generaciones más antiguas han creído en una segunda existencia después de la actual.
Han considerado la muerte, no como una disolución del ser, sino como un mero cambio de
vida (p.7).
Según las más antiguas creencias de los italianos y de los griegos, no era en un mundo
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extraño al presente donde el alma iba a pasar su segunda existencia: persistía cerca de
los hombres y continuaba viviendo bajo la tierra.
También se creyó que en esta segunda existencia, el alma permanecía asociada al cuerpo.
Nacida con él, la muerte no los separaba y ella se encerraba con él en la tumba. Testimonio
de estas creencias son los ritos de sepultura de que dan cuenta escritores muy posteriores
en el tiempo, como Virgilio, Ovidio o Plinio el Joven: se llamaba por tres veces el nombre
del muerto, se deseaba que la tierra le fuera ligera, se enterraba con él objetos de que
podría necesitar (vestidos, vasos, armas), se derramaba vino sobre su tumba para calmar
su sed y alimentos; se sacrificaban caballos y esclavos, en la creencia de que le servirían
en otra vida. (p. 9-10)
Más importante que la muerte misma era para los antiguos que se sepultara el cuerpo y
se cumplieran escrupulosamente todos los ritos. Esta era una fuente de continuas
inquietudes. (12) A los culpables se les infligía un castigo reputado de terrible, la privación
de sepultura, con la que se castigaba el alma misma y se la condenaba eternamente (p.
11-12).
En relación con los alimentos (leche, tortas, frutas, sal, carne asada de las víctimas, vino),
ni los familiares tomaban nada de lo que correspondía al muerto y tanto entre griegos
como entre romanos ante cada tumba había un emplazamiento destinado a la inmolación
de víctimas y a la cocción de su carne. (15)
Todos estos ritos obligatorios instituyeron una religión de la muerte. Los muertos pasaban
por seres sagrados, nombrados con los más respetuosos epítetos y despertaban la
veneración de lo que se ama y de lo que se teme. En su pensamiento, cada muerto era
como un dios. (p.17) Esto no era privilegio de clases, entre los muertos no había distinción,
incluso los hombres malos. Los romanos les daban el nombre de dioses Manes. (p.18)
Este culto de los muertos se encuentra entre los helenos, los latinos, sabinos, los etruscos,
los pueblos arios de India. (p. 19-20) Si el muerto cuyos ritos se descuidaban se convertía
en una amenaza para los suyos, el que era honrado con ellos, cumplía una función tutelar,
interviniendo en los acontecimientos de modo fuerte y activo. (p. 21)
Estas almas humanas, divinizadas por la muerte, eran lo que los griegos llamaban demonio
[de dáimon, genio] o héroes; los latinos les dieron el nombre de Lares, Manes. (p.22)
Esta religión de los muertos parece ser la más antigua que haya existido entre esta raza
de hombres. Antes de concebir y de adorar a Indra o a Zeus, el hombre adoró a los
muertos; tuvo miedo de ellos y les dirigió sus preces. La muerte fue el primer misterio y
puso a los hombres en el camino de los demás misterios. Ella elevó su pensamiento de lo
visible a lo invisible, de lo transitorio a lo eterno, de lo humano a lo divino. (p.23)
El fuego sagrado
La casa de un griego o de un romano encerraba un altar: en este altar tenía que haber
siempre ceniza y carbones encendidos. Era obligación del jefe de la casa conservar el fuego
día y noche. Todas las noches se cubrían los carbones con ceniza para evitar que se
consumiesen enteramente; al levantarse, el primer cuidado era reavivar ese fuego
alimentándolo con astillas. El fuego no cesaba hasta que la estirpe familiar no se extinguía.
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El fuego del hogar era, pues, la Providencia de la familia. Su culto resultaba muy sencillo.
La primera regla era que hubiese siempre en el altar algunos carbones encendidos, pues
si se apagaban, era un dios quien cesaba de existir. Se nutría y fomentaba su cuerpo con
astillas, leñas, vino, aceite, incienso y la grasa de las víctimas. (28)
La comida era el acto religioso por excelencia. El dios presidía. Él era quien había cocido el
pan y preparado los alimentos; por eso se le consagraba una oración al empezar y otra al
concluir la comida. Este ritual, perduró aun cuando las creencias mismas habían
desaparecido. Todavía Horacio, Ovidio, Juvenal, comen ante su hogar, hacen las libaciones
y oran. (28)
Estas prácticas se encuentran tanto en las costas del Mediterráneo como en la India.
Griegos, italianos e indos pertenecen a un mismo tronco racial; sus antepasados vivieron
juntos en Asia Central en épocas remotísimas; desde allí las tribus se separaron en distintas
direcciones llevando consigo las creencias originales. En tiempos posteriores, toda oración,
cualquiera que fuese, debía concluir entre griegos y romanos con otra oración al hogar.
(30-31)
En Roma, la primera adoración era siempre para Vesta, que no era otra cosa que el hogar.
Cuando las poblaciones de Grecia y de Italia adquirieron el hábito de representarse a los
dioses como personas, el viejo culto al hogar quedó personificado en el culto a Estia o
Vesta, nombre común tanto en griego como en latín. (31) Sin embargo, más allá de toda
personificación, todavía Ovidio reconoce en el nombre a la “llama viviente”. (32)
El fuego del hogar es, sobre todo, una especie de ser moral: al tiempo que calienta y cocina
los alimentos sagrados, concibe los deberes y vela para que se realicen (concede al hombre
la pureza, concibe lo bello y lo bueno, nutre el alma.) (32-33)
Todavía después, cuando ya se honraba como Vesta, esta fue la diosa virgen, imagen del
orden moral, especie de alma universal, que regula los movimientos diversos de los
mundos, como el alma humana dicta la regla en nuestros órganos. (33)
Esto conduce al culto de los muertos. Se observa en pasajes de Plauto o Columela que, en
el lenguaje ordinario, se decía indiferentemente ‘hogar’ o Lar doméstico; o que en Cicerón
no se diferencian el hogar de los Penates, ni los Lares de los Penates. En un pasaje
famoso de la Eneida, Héctor dice a Eneas que va a entregarle los Penates troyanos
y le ofrece el fuego del hogar. En otro, Eneas invoca a estos mismos dioses,
llamándolos a la vez Penates, Lares y Vesta [II, 297; IX, 257-258;V, 744] (34).
Servio cuenta que era costumbre muy antigua enterrar a los muertos en las casas y que
“Por consecuencia de esta costumbre, también se honra en las casas a los Lares y a los
Penates” (p. 34)
Así, la religión no residía en los templos, sino en la casa; cada cual tenía sus dioses; cada
dios protegía a su familia y era dios en su casa. La cuna de esta religión no es otra que la
familia y se propagaba de generación en generación, de varón en varón. (42-43)
Costumbres que acarrearon consecuencias en el lugar que en la historia ocupó la mujer en
el derecho al culto y en el derecho privado.
18
La familia antigua
El matrimonio
La mujer tenía parte en el culto, al lado del varón: si soltera, al lado de su padre; si casada,
al lado del marido. Cuando una joven era dada en matrimonio cambiaba de dioses Lares,
abandonaba a los que había venerado desde niña, para honrar a los dioses desconocidos
del hogar de su marido. El matrimonio era la ceremonia religiosa que incorporaba una
sacerdotisa al hogar, de modo que necesitaba de una ordenación y adopción. (48-49) Por
eso, la ceremonia de bodas se realizaba en la casa y era presidida por los dioses
domésticos, no por los grandes dioses de la ciudad; aunque con el tiempo, estos dioses
fueron admitidos en ella. (50)
El casamiento romano se parece mucho al griego, como éste, comprendía tres partes:
traditio, deductio in domum, confarreatio,
a. La joven abandona el hogar paterno. Como está ligada al hogar por su padre, sólo
éste puede desligarla y ‘entregarla’ al otro culto.
b. Se conduce a la joven a la casa del esposo. Va velada, lleva una corona y una
antorcha precede al cortejo. Se canta en torno de ella un antiguo himno religioso,
que, aunque cambiante con los tiempos, conservó la palabra Talassie,
incomprensible para los romanos y, seguramente, resto de alguna fórmula
antiquísima. En la puerta del marido se presenta a la joven el fuego y el agua. El
fuego es emblema de la divinidad doméstica; el agua es el elemento lustral que
sirve a la familia para todos los actos religiosos. Para que entre, se simula el rapto;
el esposo debe levantarla en brazos y transportarla sobre el umbral sin que los
pies de ella lo toquen.
c. Se conduce a la esposa ante el hogar, donde se encuentran los Penates, los dioses
domésticos y los antepasados, alrededor del fuego sagrado. Ambos esposos
ofrecen un sacrificio, hacen la libación, pronuncian oraciones y comen juntos una
torta de flor de harina (panis farreus). Esta torta, comida entre las oraciones,
asocia a ambos en un mismo culto y da santidad al vínculo. La mujer, que ha
entrado a participar en la religión del marido, es, como dice Platón, aquella a quien
los dioses mismos introducen en la casa. (53-54)
La institución del matrimonio sagrado debe de ser tan antigua entre los indoeuropeos como
la religión doméstica, pues una va unida a la otra. Las nupcias eran tan solemnes y de tan
graves consecuencias, que es normal que se haya creído lícita para una mujer en cada
casa; tal religión no podía admitir la poligamia. (55)
Si bien los romanos admitían el divorcio por coemptio o por usus, la disolución del vínculo
religioso era dificilísima. El efecto de la confarreatio solo podía destruirlo la diffarreatio. Los
esposos se ofrecían por última vez ante algunos testigos, ante el hogar común y, como en
el día del casamiento, se les presentaba una torta de harina que, entre oraciones e
imprecaciones no era aceptada por los esposos; especie de maldición con que la mujer
renunciaba al culto de los dioses del marido y el lazo religioso quedaba roto. Con él, toda
comunidad cesaba de pleno derecho y el matrimonio quedaba disuelto. (55-56)
19
El principado de Augusto
El objetivo de sus primeras medidas fue restablecer las clases superiores de la sociedad
romana y el conjunto de los ciudadanos, y restaurar la ciudad de Roma. Para lo primero,
realizó un saneamiento moral de las instituciones expulsando a los miembros indignos
No aceptó recibir cultos divinos, pero sí se hizo llamar “hijo del divino César”. En el 27 a.
C. al devolver los poderes al Senado, éste insistió para que se reservara los militares y a
los otros nombres añadió el de “Augustus” [el incrementador del Estado, denominación
dada solo hasta entonces a algunos dioses, y que descansa en la creencia romana del
‘genio’ individual].
Los romanos llamaban desde hacía tiempo a su Estado “Imperio Romano”, y naturalmente,
Augusto, devino con el tiempo su Emperador.
Como él también decidía en relación con los trabajos de los soldados en tiempos de paz,
instituyó un sistema de pensiones, fijo y regular, el aerarium militare, en el que el propio
Augusto puso una parte de su fortuna personal.
20
Esta organización general dotaba de la suma de los poderes a Augusto, pero disfrazadas,
evitaba así otras formas repulsivas de suyo al espíritu romano.
Pese a que los gastos superaban los recursos del imperio, la fabulosa riqueza de Augusto
evitó muchas veces la bancarrota o el recurso expoliatorio de los tiempos republicanos.
Esto producía una satisfacción general tanto por el clima de seguridad y tranquilidad como
por el orden instituido.
Los gobernadores, alejados en sus propias provincias, ya no se sentían libres, pues sabían
que la mirada de Augusto vigilaba lo que hacían y que debían contentarse con el generoso
salario que se les había fijado, bajo pena de ser juzgados en Roma por el Emperador
mismo.
En cuanto al resto de la población, también mejoró. Las tierras concedidas a los veteranos
de guerra ya no fueron expoliadas, como en la república, sino compradas; terminaron las
levas obligatorias y el ejército estaba abierto para quien quisiera hacer la carrera militar.
Había garantía contra los saqueos.
La vida había vuelto a sus cauces ordinarios. Los ciudadanos romanos tenían excelentes
oportunidades. Floreció la industria y el comercio que enriquecía a los libertos, una clase
animosa y activa. También podían servir en la marina, en las brigadas contra incendios y
en las actividades financieras. El proletariado recibía una ración de cereal, además de
empleos temporarios, diversiones y hasta dinero.
Con respecto al norte, deseó incorporar las tribus celtas y tracias del sur del Danubio y las
germanas del oeste del Elba, de suerte de crear una frontera natural que se pudiese
defender más fácilmente desde el Mar Negro al Mar del Norte pasando por el Danubio y el
Elba.
Tras los horrores de las guerras civiles, la idea de la libertad civil -una idea que los romanos
relacionaban íntimamente con la idea del Estado- se había hecho inseparable, en la mente
de la mayoría, de la anarquía y de la confusión, tan frescos en la memoria todavía.
que hilaba la lana en su casa, fue muy fiel, cuidó celosamente de la salud de su marido y
fue un ejemplo de las virtudes de la mujer de la nobleza romana. Ella fue quizás la
inspiradora de las medidas con que Augusto trató de resucitar la antigua moral
republicana: La lex Julia, que otorgaba grandes beneficios a las familias con hijos, y, por
el contrario, grababa la situación civil de quienes no los tenían; una ley que ayudaba a
concertar matrimonios, incluso con la oposición paterna. O las fuertes leyes contra el
adulterio, con penas como el exilio, la confiscación de bienes y la imposibilidad de nuevo
matrimonio. Más duras eran aún las penas aplicadas al lenocinium y al estuprum.
Durante los primeros años del principado de Augusto, el pueblo romano se halló
constantemente solicitado por fiestas, juegos y ceremonias religiosas. Los miembros de la
familia real presidían y participaban de ellos.
Pero nada puede dar mejor idea del esfuerzo deliberado que se hacía para restaurar la
piedad romana, que los ritos con que Augusto y sus colaboradores trataron de impresionar
al pueblo, resucitando la costumbre de los Juegos Seculares. Se celebraban cada ciento
diez años, lo que constituía una era. Augusto decidió que se celebraran el año 18.
Probablemente de origen etrusco, estos juegos servían para apaciguar a los dioses
infernales. Después de tres noches de sacrificios de animales, los días se llenaban de fiestas
y juegos atléticos, alternados con procesiones y cánticos religiosos. No sólo fue una
restauración de un pasado folklórico, sino que se le dio un valor profético de inauguración
de una era feliz. El canto o himno que Horacio compuso expresamente para estos días es
la más sublime exaltación del patriotismo que ha producido la poesía. Simultáneamente,
los relieves históricos del Ara Pacis reviven las comitivas oficiales de la familia imperial,
sacerdotes y senadores para rendir tributo a la más poderosa de las divinidades, símbolo
y cifra del gobierno de Augusto.
Cabe aclarar que solo en este punto Roma busca su propia identidad en las fuentes de sus
propias virtudes antiguas. Lo que sigue, cuando no la decadencia por inversión de los
hábitos morales, no es sino el reino de lo supersticioso o del individualismo que trajeron
desde la griega envejecida el estoicismo, o el epicureísmo o el gnosticismo.
Desde el 193, rige la dinastía de los Antoninos: Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío,
Marco Aurelio y Cómodo (algunos hijos, otros, simplemente adoptados). Salvo Cómodo, la
dinastía tuvo hombres de grandes condiciones y virtudes, que llevaron tranquilidad y
prosperidad al imperio, que alcanzó su máxima extensión con Trajano.
Estas dinastías dieron al mundo romano una época de oro y de grandeza. Lo más
importante fue la paz romana: poder imperial + beneficios materiales y morales.
El latín fue la lengua oficial del Occidente; el Oriente, se mantuvo bilingüe (griego/latín)
Con el fin de los Antoninos, se produce un estado de caos, con luchas entre las legiones
imperiales, emperadores ambiciosos y poco inteligentes y la llegada al trono de los
Severos: Septimio Severo (déspota militar), Caracalla (pésimo gobernante, no muy en su
sano juicio), Heliogábalo (un desmesurado orientalizante y loco) y Severo Alejandro,
asesinado rápidamente. Durante casi todo el siglo III, domina el estado de anarquía que
lleva el imperio al borde de la ruina:
a. paralización del comercio y de la agricultura
b. debilitamiento de las fronteras
c. ingreso y saqueos de tribus bárbaras (germanas) en Europa y de los
persas en Asia.
División del Imperio en dos partes: una en Occidente a cargo de Maximiniano, con capital
en Milán; y otra en Oriente, a cargo de Dioclesiano con capital en Nicodemia
El imperio se vuelve cada vez menos romano, Roma pierde importancia. En esta monarquía
absoluta, el rey se llamaba dominus; mantienen el sistema monetario en oro, los esclavos
pasan a ser siervos ‘servidumbre de la gleba’. Por primera vez, los ciudadanos romanos
cruzaron el imperio para buscar mejores condiciones de vida en los países bárbaros.
Cuando abdican y después de muchas luchas civiles, triunfa Constantino, quien completa
las reformas de Dioclesiano. Cesa la persecución cristiana, política de tolerancia y
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Sus sucesores favorecen el cristianismo hasta Teodosio, quien lo nombra religión oficial,
única y exclusiva del Imperio. Al morir, vuelve a repartir el imperio: el de Oriente perdurará
hasta la invasión turca en el 1473, pero Roma, bajo Honorio, será saqueada y destruida
completamente en el 476 por los bárbaros germanos que fueron empujados hacia el sur
por las migraciones orientales de los hunos, cuyo rey Atila, entró en Roma, aun cuando
esta ya estaba casi enteramente destruida.
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