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ANTOLOGÍA DE LA DIVINA COMEDIA
DANTE ALIGHIERI
1265-1321
INFIERNO
Canto I
En medio del camino de nuestra vida
me encontré en un obscuro bosque,
ya que la vía recta estaba perdida.
¡Ah que decir, cuán difícil era y es
este bosque salvaje, áspero y fuerte,
que al pensarlo renueva el pavor.
Tan amargo, que poco lo es más la muerte:
pero por tratar del bien que allí encontré,
diré de las otras cosas que allí he visto.
No sé bien repetir como allí entré;
tan somnoliento estaba en aquel punto,
que el verdadero camino abandoné.
Pero ya que llegué al pie de un monte,
allá donde aquel valle terminaba,
que de pavor me había acongojado el corazón,
miré en alto, y vi sus espaldas
vestidas ya de rayos del planeta,
que a todos lleva por toda senda recta.
Entonces se aquietó un poco el espanto,
que en el hueco de mi corazón había durado
la noche entera, que pasé con tanto afán.
Y como aquel que con angustiado resuello
salido fuera del piélago a la orilla
se vuelve al agua peligrosa y la mira;
así mi alma, que aún huía,
volvióse atrás a remirar el cruce,
que jamás dejó a nadie con vida.
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Una vez reposado el fatigado cuerpo,
retomé el camino por la desierta playa,
tal que el pie firme era siempre el más bajo;
y al comenzar la cuesta,
apareció una muy ágil y veloz pantera,
que de manchada piel se cubría.
Y no se apartaba de ante mi rostro;
y así tanto me impedía el paso,
que me volví muchas veces para volverme.
Era la hora del principiar de la mañana,
y el Sol allá arriba subía con aquellas estrellas
que junto a él estaban, cuando el amor divino
movió por vez primera aquellas cosas bellas;
bien que un buen presagio me auguraban
de aquella fiera la abigarrada piel,
la ocasión del momento, y la dulce estación:
pero no tanto, que de pavor no me llenara
la vista de un león que apareció.
Venir en contra mía parecía
erguida la cabeza y con rabiosa hambruna,
que hasta el aire como aterrado estaba:
y una loba que por su flacura
cargada estaba de todas las hambres,
y ya de mucha gente entristecido había la vida.
Tanta fue la congoja que me infundió
el espanto que de sus ojos salía,
que perdí la esperanza de la altura.
Y como aquel que goza en atesorar,
y llegado el tiempo en que perder le toca,
su pensamiento entero llora y se contrista;
así obró en mi la bestia sin paz,
que, viniéndome de frente, poco a poco,
me repelía a donde calla el Sol.
Mientras retrocedía yo a lugar bajo,
ante mis ojos se ofreció
quien por el largo silencio parecía mudo.
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Cuando a éste vi en el gran desierto
Ten piedad de mí, le grité,
quienquiera seas, sombra u hombre cierto.
Respondióme: No hombre, hombre ya fui,
y lombardos fueron mis padres,
y ambos por patria Mantuanos.
Nací sub Julio, aunque algo tarde,
y viví en Roma bajo el buen Augusto,
en tiempos de los dioses falsos y embusteros.
Poeta fui, y canté a aquel justo
hijo de Anquises, que vino de Troya,
después del incendio de la soberbia Ilion.
Pero tú, ¿Porqué a tanta angustia te vuelves?
¿Porqué no trepas el deleitoso monte,
que es principio y razón de toda alegría?
¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente
que expande de elocuencia tan largo río?
le respondí, avergonzada la frente.
¡Oh! De los demás poetas honor y luz,
válgame el largo estudio y el gran amor,
que me han hecho ir en pos de tu libro.
Tú eres mi maestro y mi autor:
tú sólo eres aquel de quien tomé
el bello estilo, que me ha dado honor.
Canto XVIII (Círculo VIII: Rufianes y seductores)
Hay lugar en el Infierno llamado Malebolge
todo de piedra de color ferroso,
como la cerca que lo envuelve en torno.
En el mismo centro del maligno campo
hay un vacío bien ancho y profundo,
de cuya estructura me ocuparé en su lugar.
El cerco entonces que resta es redondo
entre el pozo y el borde de la orilla dura,
y está dividido en diez valles el fondo.
Así como, por salvaguardia de los muros,
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más y más fosos ciñen los castillos,
y la parte donde están forma el diseño,
tal imagen aquí hacían aquellos;
y como en tales fortalezas del umbral
a la orilla de afuera hay puentecillos,
así de la cima de la roca parten puentes
que atraviesan las márgenes y el foso
hasta el pozo central que los trunca y los recoge.
En este lugar, expulsados del lomo
de Gerión, estábamos; y el poeta
tomó la izquierda y yo detrás me puse.
A la derecha mano vi nueva miseria,
nuevo tormento y nuevos verdugos,
de que la primera fosa era repleta.
En el fondo estaban los pecadores desnudos;
la mitad primera nos daba la espalda,
la otra más veloz hacia nosotros venía;
como los Romanos que por la muchedumbre
del jubileo, al cruzar el puente
hacen pasar con orden a la gente,
y de un lado todos dan la frente
hacia el castillo y van a San Pedro,
del otro todos van hacia el monte.
De acá, de allá, sobre la férrea piedra,
vi demonios cornudos y con grandes fustas,
que los azotaban cruelmente por detrás.
¡Ay de mi! ¡Cómo se movían las piernas
al primer azote! pues ya ninguno
esperaba el segundo, ni el tercer golpe.
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PURGATORIO
Canto XXIV (Cornisa VI: Glotones)
Mas como el que mira y luego aprecia
más a uno que a otro, así hice con el de Lucca
quien hablarme más querer parecía.
Y murmuraba; y no sé qué de “Gentucca”
sentía yo allí, donde él sentía la llaga
de la justicia que así lo desgrana.
¡Oh alma!, dije yo, que te ves tan deseosa
de hablar conmigo, haz de modo que te entienda,
y a mi y a ti con tu hablar nos calma.
Mujer ha nacido y no lleva aún venda,
comenzó él, que te hará gustar
de mi ciudad, aunque alguno la reprenda.
Tú te irás con esta antevista:
si de mi murmurar error sacaste
ya te lo ha de declarar la realidad cierta.
Mas dime si estoy viendo aquel que afuera
lanzó las nuevas rimas, comenzando
“Damas que tenéis inteligencia de amor.”
Y yo a él: Yo soy uno que, cuando
Amor me inspira, anoto, y del modo
que me dicta adentro voy significando.
¡Oh hermano, ahora veo, dijo él, el nudo
que a Notario y a Guittone y a mi retiene
fuera del dulce estilo nuevo que oigo.
Yo veo bien como vuestras plumas
tras del que os dicta van estrechas,
lo que en verdad con las nuestras no ocurrió;
y el que mirar más allá quisiera
no distinguiría del uno el otro estilo.
Y, ya satisfecho, guardó silencio.
Como las grullas que inviernan en el Nilo
forman falanges a veces por el aire
y luego más veloces vuelan y van en fila,
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así toda la gente que allí era,
volviendo el rostro, apretaban el paso,
no sólo por la flacura mas por el deseo ligeras.
Canto XXX (Foresta: Aparición de Beatriz y despedida de Virgilio)
Ya he visto yo al comenzar el día
la parte oriental toda rosada,
y al otro cielo de bello sereno ornado;
y la faz del Sol nacer tan umbría
que atemperada por los vapores
toleraba el ojo su luz por largo espacio:
así en una nube de flores
que de las manos angélicas salía
y dentro y fuera del carro caía,
bajo cándido velo coronada de olivo,
se me apareció una dama, en verde manto
vestida de color de llama viva.
Y mi espíritu, que había pasado ya
tanto tiempo que en su presencia
no estuviera de estupor, temblando, librado,
sin que mis ojos tuvieran otra advertencia,
por una oculta virtud que de ella vino,
del antiguo amor sentí la gran potencia.
Así como me hirió los ojos
la alta virtud, que ya me había traspasado
antes de que salido de la puericia fuese,
volvíme a la izquierda con el respeto
del niñito que corre a la mama,
cuando tiene miedo o está triste,
para decir a Virgilio: Menos de un dracma
de sangre me ha quedado que no tiemble;
conozco los signos de la antigua llama.
Pero Virgilio nos había dejado privados
de él, Virgilio dulcísimo padre,
Virgilio al cual para mi salud me dieron;
ni cuanto perdió la antigua madre,
valió a las limpias mejillas del rocío
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que, lagrimeando, no tornaran negras.
Dante, porque Virgilio se vaya
no llores siquiera, no llores todavía;
que has de llorar por otra espada.
Como almirante que en popa y en proa
viene a ver la gente en servicio
de otros barcos, y a bien hacer los alienta;
sobre la banda del carro izquierda,
cuando volvíme al oír mi nombre,
que aquí por necesidad se consigna,
vi a la dama que antes me apareciera
velada bajo la angélica fiesta,
alzar los ojos a mí de acá del río.
Aunque el velo que de su cabeza caía,
como cerco de la fronda de Minerva,
no la dejaba ver manifiesta,
con majestad real y de aspecto altiva
continuó, como el que hablando
la palabra más ardiente dentro reserva:
¡Míranos bien! Soy yo, en verdad soy yo, Beatriz,
¿cómo te atreviste a acceder el monte?
¿no sabes tú que aquí el hombre es feliz?
PARAÍSO
Canto I (Dante acompañado por Beatriz)
Entonces ella, tras un pío suspiro,
los ojos dirigió a mí con el semblante
de una madre ante el delirio de su hijo,
y comenzó: Las cosas todas ellas
guardan entre sí un orden, que es la forma
que a Dios el universo hace semejante.
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Aquí las nobles criaturas ven la huella
del eterno valor, que es el fin
para el que fue hecha la indicada norma.
Al orden que yo digo se inclinan
todas las criaturas, de diversas formas,
más a su principio o menos vecinas;
por donde corren a diversos puertos
por el gran mar del ser, y cada una
con el instinto conductor que le fue dado.
Uno arrastra el fuego hacia la Luna;
otro el corazón mortal motora;
otra la tierra restringe en sí y aduna;
y no sólo a las criaturas que son
sin inteligencia este arco saeta,
mas a las que tienen intelecto y amor.
La providencia, que todo regula,
con su luz mantiene siempre quieto al cielo,
dentro del cual está el que gira con mayor presteza
y entonces a allí, como a lugar preciso,
conduce la virtud de aquella cuerda
que, lo que dispara, a feliz blanco endereza.
Verdad es que muchas veces la forma
no se ajusta a la intención del arte,
porque a responder la materia es sorda,
así a veces de este curso se aparta
la criatura que tiene el poder
de plegarse, aunque así ordenada, a otra parte,
y, tal como verse puede caer
fuego de nube, así el ímpetu primero
a tierra baja desviado por falso placer.
No debes pues admirarte, si bien estimo,
de tu subida, más que del río que
del alto monte desciende a bajo sitio.
Maravilla sería en ti, si, de impedimento
libre, abajo te quedaras quieto,
como si a tierra se adhiriera el fuego vivo.
Entonces retorné la vista al cielo.
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Canto XXXIII (Final de la obra)
Virgen Madre, hija de tu hijo,
humilde y alta más que otra criatura,
término fijo del consejo eterno,
tú eres quien la humana natura
ennobleció tanto, que su hacedor
no desdeñó hacerse su hechura.
En tu vientre se reencendió el amor,
a cuyo calor en la eterna paz
ha germinado así esta flor.
Para nosotros eres aquí meridiana faz
de caridad, y abajo, entre los mortales,
eres de la esperanza fuente vivaz.
Señora, eres tan grande y tanto vales,
que quien quiere gracia y a ti no se acoge,
su deseo quiere que sin alas vuele.
Tu benignidad no sólo socorre
a quien demanda, mas muchas veces
liberal al demandar precede.
En ti misericordia, en ti piedad,
en ti magnificencia, en ti se aduna
cuanto en la criatura hay de bondad.
Ahora, este, que de la ínfima laguna
del universo hasta aquí ha visto
las vidas espirituales una a una,
te suplica, por gracia, de virtud
tanta, que pueda con los ojos alzarse
más alto hasta la última salud.
Y yo, que nunca por mi propio ver me inflamé
como hago por el suyo, todas mis preces
te ofrezco, y ruego que no sean escasas,
por que de toda nube lo desligues
de su mortalidad con tus ruegos,
para que el sumo placer se le despliegue.
Aún más te ruego, reina, que puedes
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lo que quieres, que conserves sanos,
luego de tanto ver, sus afectos.
Venza tu guardia las mociones humanas:
¡Mira a Beatriz con cuantos beatos
a favor de mis ruegos juntan las manos!
Aquellos ojos de Dios amados y venerados,
fijos en el orador, demostraron
cuánto los ruegos devotos le son gratos;
de allí a la eterna luz se alzaron,
de lo cual no debe creerse que pueda
una criatura dirigir un mirar tan claro.
Y yo que al final de todas mis deseos
me acercaba, como era natural,
calmé el ardor en mí de mi deseo.
Bernardo me indicaba y sonreía
para que mirase arriba; mas yo estaba
ya por mi mismo como él quería;
porque mi vista, venida sincera,
más y más se metía por el rayo
de la alta luz que en sí misma es verdadera.
De aquí en adelante mi mirar fue mayor
que nuestra charla, que a la visión cede,
y cede la memoria a grandeza tanta.
Como quien soñando mira,
que tras el sueño la emoción impresa
queda, y lo otro la mente no retiene,
así estaba yo, que casi a su término llegada
mi visión, todavía me destila
en el corazón el dulzor que nació de ella.
[…]
En adelante será más corta mi conversa,
sólo de lo que recuerdo, que la de un infante
que en el pezón baña todavía la lengua.
No era que más de un simple semblante
hubiera en aquella luz que yo miraba,
pues es siempre así como era antes;
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sino porque la visión se avaloraba
en mi mirada, una sola apariencia,
mudando yo, por mi se trastocaba.
En la profunda y clara subsistencia
del alto lumbre me aparecieron tres giros
de tres colores y de un continente;
y uno de otro como iris de iris
parecía reflejo, y el tercero parecía fuego,
que aquí y allá igualmente se espire.
¡Oh! ¡Cuán poco es el decir y cuán flaco
mi concepto! y esto, y lo que vi,
es tanto, que no basta con decir “poco”.
¡Oh luz eterna que sola en ti sedes,
sola te entiendes, y por ti entendida
y tú te entiendes, amas y sonríes!
Aquel circular, que así concebido
parecía en ti como luz refleja,
contemplado por mis ojos en torno,
dentro de sí, de su color mismo,
me parecía ver pintada nuestra efigie;
porque mi rostro en él estaba metido todo.
Como el geómetra que se afana y aflige
por medir el cerco, y no encuentra,
pensando, el principio que precisa,
así estaba yo en aquella visión nueva;
ver quería cómo la imagen al círculo
correspondía y cómo allí se encontraba;
mas no bastaban las propias alas:
si no que mi mente fue herida
de un fulgor que cumplió su anhelo.
A la alta fantasía aquí faltaron fuerzas;
mas ya movía mi deseo y mi velle,
como rueda a su vez movida,
el amor que mueve el Sol y las demás estrellas.