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Talleres de Literatura en UAEMex

Revista Grafógrafxs 1. Revista de literatura de la Universidad Autónoma del Estado de México. Julio-Septiembre de 2019.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
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Talleres de Literatura en UAEMex

Revista Grafógrafxs 1. Revista de literatura de la Universidad Autónoma del Estado de México. Julio-Septiembre de 2019.
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La nueva revista de literatura de la Universidad Autónoma del Estado de México invita a todos los estudiantes y

público en general a sus talleres permanentes de literatura en los rubros de poesía y narrativa, con el objetivo de
formar nuevos escritores, dar herramientas de escritura y crítica, analizar y ampliar el panorama de la literatura
contemporánea, técnicas narrativas, lecturas de obras paradigmáticas, poesía visual, sonora, nuevas tecnologías,
revisión de las vanguardias históricas y textos experimentales.

Sesiones Gratuitas
POESÍA: NARRATIVA:
Imparte Sergio Ernesto Ríos Imparte Alonso Guzmán
Jueves de 18:00 h a 20:00 h. & Todos los sábados de 12:00 h a 14:00 h.
Inicia 9 de mayo. Inicia sábado 11 de mayo.

Sede: Sala Ignacio Manuel Altamirano del Edificio Central


de Rectoría. Instituto Literario núm. 100, Colonia Centro.

Informes: Revista Grafógrafxs


Sor Juana Inés de la Cruz núm. 300, Colonia 5 de Mayo, Toluca, Estado de México
Tel. (722) 277 38 35, ext. 2147, [email protected]
¿Cómo publicar en Grafógrafxs?

• Grafógrafxs es una revista trimestral de creación literaria de la Universidad Autónoma del Estado de México. Su objetivo es
publicar textos de poesía, narrativa, ensayo, crónica, traducciones y reseñas, y entender la escritura como un territorio intercam-
biable entre lectores y escritores.
• La convocatoria de la revista es permanente. Se recibirán propuestas de publicación de autores de cualquier edad y nacionali-
dad. Además, se solicitarán colaboraciones a los autores que determine el Comité Editorial o el Director de la revista.
• La publicación podrá solicitar colaboraciones en determinados temas, y estas serán pagadas previa suscripción del instrumen-
to jurídico correspondiente, conforme a la legislación aplicable.
• Derivado de donaciones de libros por parte de casas editoriales a Grafógrafxs, esta publicación entrega a alumnos de la UAEM
un libro a cambio de la elaboración de la reseña respectiva. Estas reseñas se publicarán en el soporte electrónico de la revista.
• Tanto las propuestas de publicación como las colaboraciones solicitadas deben enviarse a [email protected] en archivo
de Word, con letra Arial a 12 puntos e interlínea de 1.5.
• En caso de requerir apoyo para redactar la propuesta de publicación o alguna reseña, se sugiere escribir a grafografxs
@uaemex.mx. Quienes radican en Toluca, pueden acudir a los talleres de literatura de Grafógrafxs especializados en poesía
(jueves de 18 a 20 horas) y en narrativa (sábados de 12 a 14 horas), los cuales se imparten en la sala Ignacio Manuel Altamirano
del edificio central de Rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México. El equipo editorial de la revista y los coordina-
dores de los talleres proporcionarán con gusto la ayuda solicitada.
• Grafógrafxs efectuará una lectura de pertinencia de las propuestas de publicación. Si se determina que la obra será publicada,
el autor recibirá un correo electrónico para dar inicio al proceso de publicación. En dicho correo se adjuntará el instrumento
jurídico correspondiente, el cual deberá remitirse a la revista una vez firmado.
• La revista someterá todos los textos por publicar a un proceso de edición y corrección de estilo.
• Las propuestas aceptadas se publicarán conforme al orden de llegada y la disponibilidad de espacio en el número correspondi-
ente. Grafógrafxs resolverá si la propuesta aceptada se publicará tanto en el soporte impreso como en el electrónico.
• Las propuestas de publicación, las reseñas y las colaboraciones solicitadas deben ir acompañadas de una breve ficha de identifi-
cación, en la que se especificará lo siguiente: nombre, lugar y fecha de nacimiento, estudios y, en su caso, lugar de trabajo,
premios y los tres libros publicados más recientes.

Ejemplo:
Claudia L. Gutiérrez Piña (Toluca, México, 1980). Es Doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México, autora de Las
variaciones de la escritura. Una lectura crítica de El grafógrafo y de la obra de Salvador Elizondo (2016) y coordinadora de
los libros Salvador Elizondo: ida y vuelta. Estudios críticos (2016) y Mujeres mexicanas en la escritura (2017). En 2013, obtuvo
el premio a la mejor tesis de doctorado en el área de Humanidades otorgado por la Academia Mexicana de Ciencias. Es miembro
del Sistema Nacional de Investigadores desde 2015.
En las reseñas se deberá incluir, además, la ficha bibliográfica del libro de referencia, la cual contendrá los siguientes datos:
autor, título, ISBN, editorial, fecha de publicación y número de páginas.

Ejemplo:
Dora Moro,
Geodón,
ISBN: 978-607-8490-47-9, México
Ediciones Luzzeta,
2018, 41 pp.

• La extensión máxima recomendada para las propuestas de publicación y colaboraciones solicitadas es la siguiente: cinco
cuartillas en el caso de cuentos, crónicas y ensayos literarios, y dos cuartillas para reseñas. Se aceptará un máximo de cinco
poemas por autor.
• Respecto a los ensayos literarios, se sugiere incluir un máximo de cinco fuentes. Las referencias bibliográficas se deben ajustar
al estilo de citas Harvard tanto dentro del texto como al final de este.

Ejemplos:

Dentro del texto:


(Gutiérrez, 69 :2016)

Al final del texto:


Gutiérrez Piña, Claudia Liliana (2016), Las variaciones de la escritura: una lectura crítica de El grafógrafo y de la obra de
Salvador Elizondo, México, El Colegio de México/Universidad Autónoma del Estado de México.

Rosas Montalvo, Álvaro (2011), “Tres sonetos”, La Colmena, núm. 72, pp. 92-91.
EQUIPO EDITORIAL
Dr. en Ed. Alfredo Barrera Baca
DIRECTOR
Rector Sergio Ernesto Ríos

M. en E. U. y R. Marco Antonio Luna Pichardo


Secretario de Docencia EDITOR
Mauricio Pérez Sánchez
M. en C. Jannet Valero Vilchis
Secretaria de Rectoría
DISEÑO
Dr. en A. José Edgar Miranda Ortiz
Ixchel Edith Díaz Porras
Secretario de Difusión Cultural
Javier Gonzalo Paredes Mendoza
Lic. en C. Gastón Pedraza Muñoz
Director General de Ilustraciones:
Comunicación Universitaria
Gabriela Alcalá
M. en A. Jorge E. Robles Álvarez Tabata Vega Mandujano
Director de Publicaciones Universitarias
COMITÉ EDITORIAL
Carmen Álvarez Lobato
Grafógrafxs, volumen 1, número 1, julio-sep- Yanko González
tiembre de 2019, es una publicación trimes- Reynaldo Jiménez
tral editada por la Universidad Autónoma Josely Vianna Baptista
del Estado de México, Instituto Literario Mónica Nepote
100 ote., Colonia Centro, Toluca, Estado de
León Plascencia Ñol
México, C.P. 50000, Tel. + 52 (722) 2-77-
38-35, http://www.grafografxs.uaemex.mx, Alberto Chimal
[email protected]. Editor responsable: Cristina Rivera Garza
Sergio Ernesto Ríos Martínez, Secretaría de Ana Porrúa
Difusión Cultural, calle Sor Juana Inés de la Ángel Ortuño
Cruz, número 300, Col. 5 de Mayo, Toluca,
Julián Herbert
Estado de México, C.P. 50090. Reserva de
Derechos al Uso Exclusivo núm. 04-2019-
061018201600-102, ISSN: en trámite, ambos CONSEJO CONSULTIVO
otorgados por el Instituto Nacional del Dere-
cho de Autor. Impresa por Litográfica Doran- Claudia Gutiérrez Piña
tes, S. A. de C. V., Oriente 241 A N. 28 bis, col. Maricela Guerrero
Agrícola Oriental, Iztacalco, Ciudad de Mé- Carlos Maldonado
xico, tel. 57003534. Este número se terminó
de imprimir en julio de 2019 con un tiraje de Efraín Velasco
10,000 ejemplares. Carlos Vicente Castro
Las opiniones expresadas por los autores no Luis Eduardo García
necesariamente reflejan la postura del editor Juana Adcock
de la publicación. Rodrigo Quijano
Se autoriza la reproducción total o parcial del
contenido aquí publicado sin fines de lucro, Cristian de Nápoli
siempre que no se modifique y se cite la fuente César Panza
completa. Xitlalitl Rodríguez Mendoza
CONTENIDO

5 Presentación 44 Poema en que se retoman células


Dr. Alfredo Barrera Baca Maricela Guerrero

7 Escribir la escritura 52 Lagerstätte


Claudia L. Gutiérrez Piña 57 Piscinas verticales (fragmento)
Gabriela Torres Olivares
13 Sergio Pitol: El juego de las máscaras
Ernesto Reséndiz Oikión 64 La resurrección de Héctor
73 El terreno de juego de la escritura
20 Calabozo cuatro Gabriel Martínez Bucio
(17-19 de abril, 2010)
Gerardo Villanueva 75 Rumor a ti
Efraín Velasco
28 Novela en doce líneas
Bruna Beber 78 Biografía
Abandonar todo
30 Romance en doce líneas, de Bruna Roberto Piva
Beber
Wilberth Salgueiro

35 Cytotec le informa sobre su uso médico


40 Verde que te quiero verde
Anaité Ancira

Colección de poesía En Marte aparece tu cabeza


HERIDA CUBIERTA DE MALVA
Alonso Guzmán

es una revista trimestral de creación literaria de la Universidad Autónoma del Estado de México, la
cual aparece en enero, abril, julio y octubre. Su objetivo es publicar textos de poesía, narrativa, ensayo, crónica,
traducciones y reseñas y entender la escritura como un territorio intercambiable entre lectores y escritores.
Grafógrafxs está dirigida a la comunidad universitaria y al público en general, cuenta con formatos tanto
impreso como electrónico y se distribuye en forma gratuita.
Esta publicación universitaria tiene el propósito de fomentar el interés por la literatura entre los estudiantes de
nivel medio superior y superior, por lo que no tiene carácter lucrativo.
Presentación

C uando en 1957 Albert Camus recibió el Premio Nobel de Li-


teratura perfiló en su discurso una idea poderosa: “el escritor
no está al servicio de los que hacen la historia, sino de aquellos
que la padecen”. Escribir es el fiel de la balanza, y la vida siempre
impredecible, abrumadora por momentos, no puede volcarnos al
silencio ni a la indiferencia. Escribir es el camino que recorremos
hacia los otros. Se escribe en plural, quiero decir, se escribe siendo
uno y siendo más sustantivo en la pluralidad; es únicamente entre
los demás que encontramos nuestra verdad y voz.
La revista Grafógrafxs se suma al acervo de nuestras presti-
giosas revistas científicas y humanísticas, al vasto catálogo de las
actividades culturales de nuestra alma mater y al trabajo diario
de la comunidad universitaria, sabiendo que el empeño en las la-
bores por el conocimiento de vanguardia es el espejo de nuestra
imaginación, de nuestra histórica veta humanística. Imaginamos
una comunidad creativa, analítica, incluyente, plural y tolerante,
siempre en diálogo con sus semejantes, renovando las ideas al in-
tuir una realidad que demanda un ser integral. La literatura y el Alfredo Barrera Baca

arte han sido y son la medida auténtica de una cultura humanís-


tica y universal.
Cuando a finales de los años cincuenta el gran escritor Juan
José Arreola, pionero de los talleres literarios en México, cobijó a
una nueva generación de estudiantes de las más diversas discipli-
Presentación

nas: ingeniería, publicidad, arquitectura, economía o medicina,


vislumbró que la vocación literaria es universal y es una práctica.

5
Repasar la tradición, dar las herramientas esenciales para experi-
mentar, jugar, desdoblarse en otras voces, conocerse en los otros,
son las lecciones de la literatura. Bajo ese signo y enorme labor,
deseamos que la revista Grafógrafxs y sus talleres permanentes
de poesía y narrativa acojan en breve a nuestros grandes lectores,
mujeres visionarias, hombres conscientes y, ¿por qué no?, futuros
escritores: grafógrafxs.
En el discurso aludido Camus expresó además una idea que
definió su siglo y que nos define también: “Cada generación, sin
duda, se cree llamada a rehacer el mundo, la mía sabe que no lo
hará, su tarea es la más grande, consiste en impedir que el mun-
do se destruya”. Rehacer es también reescribir, mirar y volver a
julio-septiembre de 2019

imaginar los lugares comunes, los prejuicios, las incertidumbres.


La materia de la escritura y de la gran literatura habla de aquello
que nos hace más humanos, eso que entendemos como un valor
primordial. Este siglo y esta década que culmina nos recuerdan
contrastar colectivamente el entendimiento de lo que no funciona
con nuevas fuerzas, con soluciones abarcadoras para escribir e
imaginar plenamente.
vol. 1, núm. 1

Así da inicio Grafógrafxs. Que todos sepan que existe un espacio


para imaginarnos, leernos, nombrarnos, reconocernos y escribirnos.

Dr. Alfredo Barrera Baca


Rector

6
Escribir la escritura

Claudia L. Gutiérrez Piña

Una prosa como la línea del dibujo que avanza


sobre la página se enrolla en una espiral,
se desenvuelve, camina sinuosa y, como si
reflexionase, se detiene Escritura que se dibuja.
Octavio Paz

E n 1971, el escritor mexicano Salvador Elizondo (1932-2006)


compuso el texto titulado “El grafógrafo”, hoy considerado
una de las piezas clave de su obra literaria y también de la litera-
tura mexicana del siglo XX.1 “El grafógrafo” es un texto pequeño
si atendemos a su extensión, pero sus alcances son enormes. Algu-
nos lo consideran una minificción, otros una prosa que tilda con la
poesía, o bien, como el mismo autor lo denominaría, una “fantasía
en prosa”. Si lo pensamos en su cualidad de ficción, hay en él una

Claudia L. G utiérrez P iña


historia que se cuenta: la de un hombre que escribe. ¿Y qué es-
cribe? La respuesta sería sencilla: escribe que escribe. Esta es su
historia. Su enigma se encuentra, sin embargo, más allá de esta
aparente simpleza. “El grafógrafo” encarna, en efecto, una histo-
ria: la del escritor y la escritura. Así las cosas, ¿qué hay más allá
en la imagen de un escritor que escribe? El propio texto lo ilustra:
Escribir la escritura

1 Un año después, en 1972, “El grafógrafo” dio título a uno de los libros más im-
portantes del autor. En él se incluyen textos como “Diálogo en el puente”, “Aviso”,
“Mnemothreptos”, “Ambystoma trigrinum”, “Tractatus rethorico-pctoricus”, “Sis-
tema de Babel” y “Futuro imperfecto”.

7
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que
escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo
escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo
recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome
recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo
haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba
haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo
que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya
había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito
que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.2

A simple vista, es obvio el juego al que invita el texto: seguir un


movimiento circular que revierte sobre sí, cual serpiente que se
muerde la cola; sin embargo, lo extraordinario es la gama de mo-
vimientos que se desatan en el camino de esta circularidad. A
partir de la frase inicial (“Escribo que escribo”), la voz de quien
denominaremos “el escriba” se mueve en un juego de espejos que
oscila entre las proyecciones de su propia imagen filtrada por tres
posibilidades: la percepción (“me veo escribir”), la memoria (“Me
recuerdo escribiendo”) y la imaginación (“puedo imaginarme es-
julio-septiembre de 2019

cribiendo”). Dentro de cada una de ellas se despliega, a su vez,


otro juego de imágenes desdobladas. El efecto deriva en una esce-
na caleidoscópica, como si el escriba estuviera colocado en el cen-
tro de una caja de espejos que refracta su imagen y la multiplica
en una suerte de “espiral mareante”.3
Este texto fascinante crea un universo donde el escriba se
crea y se recrea en una serie de desdoblamientos continuos que
vol. 1, núm. 1

lo transforman en un personaje infinito, ensimismado en las

2 Salvador Elizondo, “El grafógrafo”, en El grafógrafo, Joaquín Mortiz, México,


1972, p. 9.

3 Así calificó el escritor cubano Severo Sarduy al afecto de lectura del texto de Elizon-
do en un ensayo titulado “Los instrumentos del corte”, Plural, 1973, núm. 19, p. 20.

8
posibilidades infinitas también de una escritura infinita. Un juego
muy al modo de otro escritor de laberintos, el emblemático Bor-
ges. La pretensión de “El grafógrafo” es abismar el gesto del es-
criba para, como en el efecto que crea una espiral en movimiento,
fijar sólo su centro: la escritura misma.
He dicho antes que “El grafógrafo” cuenta la historia de su
escritor y así es. Esa espiral mareante es el punto de llegada de un
largo camino de búsqueda y de reflexión que Elizondo emprendió
desde muy temprano por vía de la escritura. Así lo demuestra su
diario, el cual está conformado por al menos 83 cuadernos; el
primero de ellos data de 1945, cuando tenía apenas 12 años, y
su última nota corresponde a 2006, unos días antes de su muerte.
Es decir, de los 73 años que vivió el autor, dedicó a su diario 61
años de escritura en los que dejó constancia de su trayectoria de
vida y de su personalidad. Entre sus páginas podemos conocer las
ambiciosas aspiraciones de Salvador Elizondo, quien desde muy
joven indagó en lecturas de física y matemáticas, arquitectura y
astronomía, filosofía y ciencias, además de incontables libros de
poesía y narrativa que construirían una de las mentes más bri-
llantes en las letras mexicanas. De igual forma, el diario con sus
miles de páginas nos da una idea de la relación casi obsesiva que
el autor forjó con la pluma y el papel.

Claudia L. G utiérrez P iña


Esta condición de escritura incansable dio origen a una obra
que algunos consideran “excéntrica”, “singular”, “rara”, también
“difícil”, dicen otros, porque en sus textos se mezclan continuamen-
te alusiones a universos tan diversos y al parecer tan disímiles como
la poesía y la arquitectura, la fotografía y la medicina, o la zoología
y la alquimia. Una imagen, convocada en varias ocasiones por el
Escribir la escritura

mismo Elizondo, ilustra y otorga un sentido a esta característica de


su obra. En una entrevista, el autor describe uno de sus grabados
favoritos, realizado por el pintor renacentista Durero:

9
Es un ángel que está pensando en algo mucho más interesante
que todo lo que lo rodea en el cuadro, las ciencias, las artes y
las matemáticas. Él ha encontrado algo más interesante, que lo
divierte muchísimo aunque le produzca una cierta melancolía.
Por eso el grabado se llama La melancolía, que yo veo como
una contemplación plácida del mundo, no agresiva. Es algo
fantástico.4

Este grabado de Durero aparece en varios momentos de las re-


flexiones de Elizondo, como lo fue su célebre autobiografía, escrita
cuando contaba con apenas 33 años, en la que también utilizó el
sentir melancólico para definir la rejilla desde la que su mirada se
posa sobre el mundo:
Muchos años después de que esta fuerza terrible se apoderara
de mis emociones, leí en uno de los libros más bellos que se
han escrito que la melancolía es una tristeza inexplicable y
sorda que, como el amor, o más que éste, es capaz de hacer
girar los mundos, y cuando miro hacia atrás, hacia lo que yo
he sido, compruebo la verdad que encierra esta definición.
Compruebo […] ese estado de ánimo que transcurre en la luz
más mortecina del alma y dentro del que es posible explicarse
el mundo sin que por ello esa explicación tenga un significado.
julio-septiembre de 2019

Yo creo que el grabado de Durero refleja justamente eso: la


sensación de conocer la realidad, pero no su significado.5

Las palabras de Elizondo son por demás significativas, si hace-


mos interactuar sus dos declaraciones. El grabado de Durero, su-
mamente conocido, conjuga la imagen de ese ángel, rodeado de
instrumentos propios de las ciencias y las artes generadoras de
vol. 1, núm. 1

hipótesis de conocimiento de la realidad. Pero su mirada, en un

4 Entrevista con Magali Tercero, “La tragedia real de México es la falta de sentido del
humor”, Milenio, 2 de abril de 2011.

5 Salvador Elizondo, Salvador Elizondo, pról. Emmanuel Carballo, Empresas Edito-


riales, México, 1966 (Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí
mismos), p. 18.

10
franco gesto introspectivo, está dirigida a algo que está más allá,
ajeno a los alcances que esos recursos le presentan. Si seguimos la
interpretación de Elizondo sobre el grabado, resumida como “la
sensación de conocer la realidad, pero no su significado”, encon-
tramos también la clave de los alcances de su escritura. Frente a
la conciencia de lo insuficientes que son los recursos con los que
contamos para construir no el conocimiento del mundo, sino su
sentido, el único espacio posible es el del más allá de la escritura
literaria, como lugar privilegiado porque sólo en ella el lenguaje se
convierte realmente en “un instrumento del espíritu”.6
De lo que llamamos realidad, Elizondo privilegia la de tipo
espiritual, si atendemos a su acepción más estricta, la que remite
a lo que es sustancia de nuestra vida interior, la que habita en
el pensamiento, en la memoria, en el sueño, en la imaginación.
Pero este repliegue a la interioridad no es por una simple actitud
intimista —como algunos cre­en— sino por considerar que en ella
se encuentra la realidad auténtica, ya que “lo único que es capaz
de teñir el mundo exterior es el color de nuestras propias emo-
ciones”.7 Ahora bien, para que esa realidad sea aprehendida es
necesario filtrarla por el lenguaje, y este, a su vez, para hacerse
algo objetivo, es decir, algo concreto y visible, necesita pasar por
el único recurso con el que contamos: la escritura. Ella es, dice

Claudia L. G utiérrez P iña


Elizondo, “su única forma sensible”.8
La apuesta del escritor radica, entonces, en afrontar las con-
diciones que se le imponen para tratar de salvar la distancia
entre el mundo interior y su realización en la palabra. Y en la
Escribir la escritura

6 Salvador Elizondo, Diarios 1945-1985, prólogo, selección y notas Paulina Lavista,


Fondo de Cultura Económica, México, 2015, p. 173.

7 Salvador Elizondo, Salvador Elizondo, p. 19.

8 Salvador Elizondo, Diarios…, p. 249.

11
trascendencia de esta relación es donde descansa la amorosa bús-
queda del escritor en la escritura. Por esto, no es extraño que ella
sea el centro de las reflexiones de la obra de Elizondo y que por
eso también “El grafógrafo” sea el texto que ilustra y condensa
la historia de su autor, como en algún momento declaró el mismo
Elizondo: “El grafógrafo soy yo”.9
“El grafógrafo” y su escriba, ese que se mira, se sueña y se
recuerda escribiendo son un homenaje a la escritura literaria, a su
poder multiforme, proteico y caleidoscópico, en la que el hombre
se refracta. En suma, es la escena de los afanes del espíritu que,
como diría el poeta Octavio Paz, “se enrolla en una espiral, se
desenvuelve, camina sinuosa y, como si reflexionase, se detiene
Escritura que se dibuja”.10

Claudia L. Gutiérrez Piña (Toluca, México, 1980). Es Doctora en Literatura


julio-septiembre de 2019

Hispánica por El Colegio de México, autora de Las variaciones de la escritura.


Una lectura crítica de El grafógrafo y de la obra de Salvador Elizondo (2016)
y coordinadora de los libros Salvador Elizondo: ida y vuelta. Estudios críticos
(2016) y Mujeres mexicanas en la escritura (2017). En 2013, obtuvo el premio
a la mejor tesis de doctorado en el área de Humanidades otorgado por la Acade-
mia Mexicana de Ciencias. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores
desde 2015. Es profesora-investigadora del Departamento de Letras Hispáni-
vol. 1, núm. 1

cas de la Universidad de Guanajuato.

9 Ana María Longi, “Entrevista con Salvador Elizondo”, Hispania, 1977, núm. 2, p.
374.

10 Octavio Paz, “Salvador Elizondo en la Academia”, Proceso, 1980, núm. 209, p. 51.

12
Sergio Pitol: El juego de las
máscaras

Ernesto Reséndiz Oikión

L os recuerdos ahora transformados y un texto que escribí de


aquel encuentro para el periódico Guía, de Zamora, Michoa-
cán, me permiten recrear a la distancia aquel momento único. Fue
la tarde del 22 de septiembre de 2006, cuando subía las escaleras
de la librería del Fondo de Cultura Económica en la avenida Mi-
guel Ángel de Quevedo, y me topé con Sergio Pitol. Una década
después, esa librería fue remodelada y su modificación es signo
del imparable transcurso del tiempo. Otros días aquellos, que me
vienen a la memoria ahora que se conmemoró el primer aniversa-
rio luctuoso de la muerte de Sergio Pitol, ocurrida el 12 de abril

Ernesto Reséndiz Oikión


de 2018, en Xalapa, Veracruz.
En aquel texto escribí mi primera impresión: “volteé hacia
atrás y le dije atropelladamente a mi mamá que Sergio Pitol esta-
ba ahí. Nos acercamos entusiasmados a saludarlo, lo felicitamos
por su premio (el Cervantes 2005) considerado ‘el premio Nobel
Sergio Pitol: El juego de las máscaras
de la literatura española’, le dije que estoy estudiando letras his-
pánicas en la UNAM, por lo que me preguntó si ya había leído
algún libro suyo”.
En aquel momento no recordaba haber leído algo de Pitol,
quizá sólo había leído alguna entrevista que le hizo un periodis-
ta. En mi condición de lector: Sergio Pitol era para mí un famoso
desconocido. La respuesta incómoda que le di a Pitol fue que no lo
había leído; después, el escritor, con “un ademán de los hombros,

13
exclamó un ‘¡vaya!’. Se despidió alegremente y regresó a la estan-
tería de la librería”.
Mi mamá se encontró a un amigo y se puso a platicar con él.
Yo “continuaba estupefacto y contentísimo. Como un mago de
Viena, don Sergio apareció nuevamente en el lugar donde lo en-
contramos y me avisó con un gesto de la mano que me acercara.
Intrigado, sin imaginarme lo que pasaría y sin dudarlo un solo
instante, lo seguí hasta una mesa con libros”. Y el acto de magia
sucedió. Sergio Pitol tomó un ejemplar de El desfile del amor,
rompió el celofán que lo cubría, abrió el libro y me lo dedicó. Acto
seguido, lo acompañé a la caja, sacó de su cartera una American
Express dorada y pagó un libro de la editorial Castalia y El desfile
del amor, que me regaló. Esa generosidad no se me olvida. Tam-
bién recuerdo que en ese breve encuentro Pitol me dijo que de los
libros que había escrito su favorito era el Vals de Mefisto.
Disfruté la lectura de El desfile del amor, con aquella trama
de parodia detectivesca, emprendida por el historiador Miguel del
Solar en los laberintos de la Ciudad de México. Cuando en 1973
julio-septiembre de 2019

Miguel del Solar se adentra en esta comedia de enredos con la


intención de resolver el asesinato del joven Erich María Pistauer,
ocurrido treinta años antes en el edificio Minerva, descubre una
galería de personajes odiosos, ridículos y frívolos.
La presencia de las mujeres es significativa, como personas
que ponen en duda el relato oficial: nos topamos con la tía Eduvi-
ges Briones, una dama de una familia rica venida a menos; la diva
vol. 1, núm. 1

Delfina Uribe, la nueva rica surgida de la revolución que aparenta


ser culta; ambas mantienen absurdas viejas rencillas. Otra pareja
curiosa es la de la desbocada filóloga Ida Werfel y su hija Emma,
“esa ratita mínima” obsesionada con preservar la memoria de su
madre, personajes que me recordaron a Mariana Frenk y a la filó-
loga Margit Frenk.

14
Lo común a estas parejas de contrarios es la exacerbada tea-
tralidad de ellas. Tienen poses y gesticulaciones, y su sobreactua-
ción las convierte en caricaturas de sí mismas. No por nada se
insiste en La huerta de Juan Fernández, la comedia de Tirso de
Molina, “donde nadie era quien decía ser”, que da nombre a uno
de los capítulos de la novela. Por eso, todos los testigos del asesi-
nato en realidad ocultan datos y difieren en sus versiones; es decir,
transforman el pasado al grado que es imposible para Miguel del
Solar dar una solución —encontrar la “verdad histórica”— y des-
cubrir al asesino y sus motivaciones.
Pitol nos da la clave de la intriga en su diario: “la historia
transcurrirá en el nivel de las máscaras. Los rostros jamás llega-
rán a descubrirse. El enigma mayor estriba en la identidad de los
protagonistas”. No existe una sola verdad. Al final, siempre nos
quedará La verdad sospechosa, como el título de la comedia de
Juan Ruiz de Alarcón, también mencionada en la novela.
Recuerdo que lo que más me intrigó en la novela fue el relato
del castrato mexicano, un aborrecido ruiseñor caído en desgracia.

Ernesto Reséndiz Oikión


La historia de un varón sin genitales con una voz esplendorosa
provocó una secreta fascinación en mi imaginación.
En la clase de mi maestra Eugenia Revueltas leímos El desfile
del amor, y nos apoyamos en la lectura de Pasión por la trama, un
ensayo de Pitol donde reflexiona sobre la escritura de novelas. Ya
Sergio Pitol: El juego de las máscaras
por entonces yo tenía pasión por Pitol.
Y gracias a Pitol supe de la existencia de Witold Gombrowicz.
Un día, en los puestos de libros de la facultad, me encontré un
ejemplar de Cosmos, de Gombrowicz, ese autor polaco que vivió
en Argentina y que tradujo Sergio Pitol.
Recuerdo que lo que me atrajo en un primer impulso fue la
portada de Cosmos, que tiene un gorrión ahorcado y de fondo
una especie de arcoíris. Compré el libro por el arcoíris deforme,

15
porque intuía algo gay en la historia o en su autor, pero después
de la lectura no saqué nada en claro. Tardé en enterarme de que
Gombrowicz solía ligar marineros en la noche porteña de Buenos
Aires. El polaco escribió aquellos encuentros fugaces en algunas
páginas vibrantes de su diario. Y mi sorpresa mayor fue un chisme
que me contó un amigo: Sergio Pitol era homosexual. Y fue así
que ciertos guiños en la obra de Pitol tuvieron un nuevo significa-
do para mí.
Hay un texto de Sergio Pitol que me fascina: “Con Monsiváis,
el joven”, una crónica incluida en El arte de la fuga. Lo he leído va-
rias veces y siempre que lo releo descubro o entiendo nuevas cosas
sobre su amistad con Monsiváis. Esa posibilidad de un texto para
compartirte nuevos asombros es la capacidad que tienen los clási-
cos de renovarse con cada lectura. Me emociona aquella amistad
que inició en 1954, cuando Carlos y Sergio se conocieron partici-
pando en un Comité Universitario de Solidaridad con Guatemala.
La amistad de Sergio Pitol, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco
fue una familia por elección. El trío fantástico. El narrador, el cro-
julio-septiembre de 2019

nista y el poeta. Pitol lo dice con claridad: “La amistad en esos días
se volvía casi hermandad”. Un recuerdo en la Zona Rosa me hace
sonreír: “nosotros tres, José Emilio, Carlos y yo, caminamos por el
Paseo de la Reforma, doblamos a la derecha en Niza hasta llegar
a una taquería, al lado del cine Insurgentes, adonde pasamos con
frecuencia por la noche a tomar caldos y a probar la más deliciosa
variedad de tacos que pueda uno imaginar”.
vol. 1, núm. 1

Aunque en esa trinidad cómplice hay un cuarto amigo secre-


to: el historiador Luis Prieto, quien todavía vive. Felices los cuatro
amigos. Luis Prieto aparece en los libros de Carlos Monsiváis y
de Sergio Pitol como un fantasma. Una de las personas a quienes
está dedicado El desfile del amor es a Luis Prieto y es él, según los
comentarios de Antonio Saborit, en quien está basado el personaje

16
de Pedro Balmorán, el bastonero frenético del desfile. En la cróni-
ca “Con Monsiváis, el joven”, Pitol recrea una anécdota inventada
por Prieto que tiene lugar en el club de banqueros:
Don Arturo María estaba desatado, irreconocible. En un
momento se dirigió a su cuñado, Rafael de Aguirre, le tendió
la mano y le dijo: “Mira, Fallo, ahora a ti te toca ser por un
momento Ginger y yo me convertiré en Fred”. Don Rafael se
quedó petrificado. “¿Cómo, tú vas a ser Fred?”, tartamudeó.
“Eso mismo, y tú Ginger; me entendiste muy bien.” Parecía
que don Rafael caería muerto de una embolia, pero su cuñado
lo tranquilizó: “Recuerda, Fallo, que en este tipo de bailes uno
apenas se toca con la punta de los dedos; ¿no te diste cuenta?
¿Viste la película o te quedaste dormido? En estas danzas cada
quien gira como le da la gana”. “Pero, ¿y la barba, gordo? ¿No
se verá mal que sea yo Ginger con barba?” “Todos haremos
de cuenta que no la tienes, o que no la vemos, Fallo”, dijo
contundente don Graciano de Aguirre, su primo, el decano de
la Asociación.

Las palabras del primo don Graciano de Aguirre muestran la in-


visibilidad de la homosexualidad: “Todos haremos de cuenta que

Ernesto Reséndiz Oikión


no la tienes, o que no la vemos”. También es significativo que este
chisme inventado por Luis Prieto es similar al hecho histórico del
baile de los 41 maricones. Los hombres barbones bailan en pare-
jas una danza que al ser descubierta provoca el escarnio público.
Es un milagro que Luis Prieto, quien fue secretario particular
Sergio Pitol: El juego de las máscaras
del expresidente Lázaro Cárdenas del Río, todavía vive, aunque
su salud es delicada. Me aterra pensar en la futura muerte de
ese hombre gay formidable. Cuando eso ocurra será el fin de una
amistad, de una ciudad, de un país que ya no existe.
Recuerdo a Pitol, en 2010, el año de la muerte de Monsiváis.
Y el pasado 12 de abril se conmemoró un año de la muerte de
Pitol. Don Sergio ya no podía hablar y no pudo leer una nota so-
bre Monsiváis. En esa nota agradeció a Carlos, su amigo a quien

17
reconocía como su “maestro” a lo largo de su vida. Me dolió ver
que Sergio Pitol no pudo leer ese párrafo.
Los lectores también nos peleamos con nuestros escritores.
Una vez me enojé mucho con Sergio Pitol por su prólogo a un
catálogo del pintor Julio Galán. En el texto, Pitol usa sólo una
vez las palabras “travestido” y “porno shop” y me molestó que
no mencionara la ostensible jotería en la pintura de Julio Galán.
Seguramente don Sergio tuvo razón en no referir lo obvio. Lo que
se ve no se pregunta. Luego se me pasó el coraje.
Cada vez los rostros de los deseos diversos pueden mostrarse
sin máscaras por doquier, tal cual son. Hay pocos textos que men-
cionan la homosexualidad de Sergio Pitol. Quizá no sea importan-
te para entender su literatura, pero a mí me importa. En la novela
Otros días, otros años, Luis González de Alba narra su atracción
por un novio polaco de Sergio Pitol:
Me sobró tiempo y hacia el mediodía pasé a saludar a Sergio
Pitol, agregado cultural entonces, cuando Carlos Fuentes
era el embajador de México en Francia. Tenía un hermoso
departamento, Sergio, con la intensa luz de julio filtrándose
julio-septiembre de 2019

por entre el follaje pesado de enormes castaños que velaban los


balcones sin cortinas y subían casi tan altos como el edificio.
Vacío, el departamento, apenas un sillón de dos plazas, blanco,
de piel, y algunas sillas, pilas de libros en el suelo, diarios. Allí
conocí a Piótrek, un polaquito blanco talco, blanco mate, muy
joven y muy guapo. Olvidé por completo e irresponsablemente
mi cita con Michel.
vol. 1, núm. 1

Luis González de Alba cuenta que:


Volvió de la embajada el agregado cultural y se puso en bata.
Fue una noche larga: llegó una escritora mexicana, residente
en París y conocida mía de tiempo atrás, vestida como Peter
Pan. Le había ofrecido a Piótrek matrimonio, según supe allí
mismo. Llegó más gente y se fue. Comimos pan y galletas,
algún paté, no gran cosa, pues, y bebimos. En eso Sergio,

18
derrumbado en una silla de aspecto frágil, dijo a propósito de
nada:

─Llévatelo a México, Lábaro. Llévatelo.

Vi a Piótrek, ya sin camisa, como yo, que no hablaba sino


polaco, y le sonreí pasándole el brazo por los hombros, mi
brazo húmedo, brillante, sus hombros también. El sudor me
pegaba los vellos de las axilas. Sergio insistió:

─Llévatelo, Lábaro, ¿no has notado cómo te mira? Está


enamorado de ti… Puedes ayudarle mucho, allá, en México.

Con ironía, González de Alba cuenta cómo le bajó ese muchacho


de Varsovia en aquel año de 1975. Ese episodio de la memoria
amorosa de Pitol lo ha vuelto a contar Vilma Fuentes en la crónica
“Cuando Sergio Pitol pidió mi mano”, publicada el 27 de febrero
de 2018 en La Jornada. Quizá la magia vuelva a suceder algún
día y pueda ver una foto de ese muchacho de nombre tan recio con
la luz de julio filtrándose en la memoria. Pitol y Piótrek. Pitote.

Ernesto Reséndiz Oikión


Ernesto Reséndiz Oikión (Michoacán, México, 1988). Estudió la licenciatura
Sergio Pitol: El juego de las máscaras
en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Es autor de la crónica “Polvo
enamorado”, incluida en el libro coordinado por Braulio Peralta Juan Gabriel.
Lo que se ve no se pregunta (2016), publicado por Ediciones B; y del capítulo
“La jotería es puro cuento”, del libro México se escribe con J. Una historia
de la cultura gay (2018), coordinado por Michael K. Schuessler y Miguel
Capistrán y publicado por editorial De Bolsillo. Su artículo “César Moro, flor
de invernadero” aparece en la bibliografía de la Obra poética completa de
César Moro (2015), publicada por la colección Archivos.

19
Calabozo cuatro
(17-19 de abril, 2010)

Gerardo Villanueva

Quiero desfigurarlos. Doblarlos. Triturar el esternón asiático. La corona


yanqui en mi cabeza. Al Swift, al Siberiano, al Monster Inoue.

Quiero hacer mi trabajo energúmeno.

Estoy tirando desde fondo, de todos los ángulos y con toda la


julio-septiembre de 2019

fuerza posible, por eso no ha llegado al límite ni un solo rival.


Avanzo al costado. Aporreo. Remate. Vuelvo a reventar caretas,
partirlas en pústulas, desfiladeros. A mí me gusta boxear, a mí me
gusta puño, a mí me gusta partirme la cara con un hombre que
esté enfrente de mí. Por eso me aviento, rústica punción, aunque
la realidad sea pago por evento con tres o cuatro espectadores.
vol. 1, núm. 1

***

20
¿Qué sería de Venezuela si aquí hubieran
seguido gobernando aquellos gobiernos adecos
y copeyanos? Bueno, estaría como el boxeador
—el que se atreva a enfrentarse a Edwin Valero—:
noqueada-fulminada.
Hugo Rafael Chávez Frías

Soy soberano.

Desarmo crochets y pikabus,


arrebatos de Nevada en pergaminos,
rotativos y sus oprobios piel muerta.

Nada consiguen contra mi templanza conciliábulos de táctica


extraordinaria.

No pierdo
vigencia.

Gerardo Villanueva
Pronto conduciré el remolque nacional. Qué sería del ídolo sin
anhelo laurel o propósito imperio. Qué sin descarga de caprichos.
Desde rabia: pronunciar revancha y venga escarmiento, aspirar
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010)
justicia y se erija venganza. Quiero en mi lengua la astringencia
dominio. Nadie a izquierda, nadie a derecha.

Soy auténtico. Mis impactos se llaman Tokio, California, Monterrey.


Donde pongo puños encuentro colapso.

Colecciono reyertas coreanas callejeras en videocintas que el


contrabando provee en Carabobo y que tanto repito como castigo

21
al maxilar diletante.
La lista de aprendices crece, como mi palmarés, pero nada qué
heredarles. No soy ejemplo.

Mis detractores reiteran que en tiempo esta carrera no frisa ni


media hora. Qué decirles de esta izquierda piedra. No me culpen
si émulos lamen lona con urgencia.

Estoy hablando de estilo,


de potestas.

Ah,
bien retumba aquella ovación en concurrencia. La planta madera
sintética. Mi mano alzada. El cinturón. Al tiempo que entre
canturreos el comandante advierte:

No hay Tommy Hearns que valga,


no hay Mano de Piedra que valga,
julio-septiembre de 2019

no hay Cassius Clay que valga, el que vale


es El Inca Valero,
campeón mundial.

***
vol. 1, núm. 1

22
Y
por sobrenombre,
por insistencia, añadidura y repetición,
por martilleo, por
sobretodaslascosas
me llaman El Inca y eso que
no vengo del Perú.
Y aunque aspiro ser
quebrantahuesos,
portar
por contraseña, por contraataque
dinamita por horrísono,
en ardid metralleta,
por veloz, en combinación:
Hammer, The Jackal, The Ripper,
cortos se quedan al nombrarme así.

Sépanlo adoquines: mi plusmarca:


18 nocauts consecutivos en primer asalto,

Gerardo Villanueva
18 nocauts consecutivos en primer asalto,

18 superó al de Yung Otto y eso que


Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010)
ninguno más lo hizo
desde 1905.

23
Nota

No soy profesional del boxeo y nunca lo seré. Llegué tarde a este


deporte —como a muchas otras cosas más en la vida—, cuando
frisaba los veintinueve o treinta. De hecho, nunca fui bueno para
las actividades físicas. En la escuela no quise practicar nada, y
nada me llamó la atención. A lo mucho, en la secundaria y prepa-
ratoria jugué mediocremente al futbol porque había una materia
denominada educación física y debía aprobarla si quería algún
día salir de ahí. Pero hace algunos años, de vacaciones fuera de
la ciudad, mientras mataba tiempo frente al televisor, en el canal
ESPN tropecé con un maratón de peleas legendarias. Puedo de-
cir que, sin quererlo, quedé enganchado a un combate entre Ray
Mancini y Livingstone Bramble. Calculo que era 1983 o 1985.
No era la mejor pelea de la historia, sin embargo, me atrapó la
intensidad con que el “Boom Boom” Mancini conectaba golpes y
al mismo tiempo se dejaba lastimar. A pesar del castigo, sus pasos
iban hacia delante sin escrúpulos. Había algo de felicidad en su
julio-septiembre de 2019

rostro. Parecía disfrutar lo que hacía. Me concentré en su veloci-


dad, en sus movimientos y en la manera en que salía disparado
en cada round con ganas de arrasar con su rival a costa de lo que
fuera. No creo en epifanías, no obstante, desde aquel momento
me dije: quiero hacer eso mismo y no me importa dónde lo tenga
que hacer. Al terminar las vacaciones y volver a la Ciudad de Mé-
xico ya estaba inscrito en un gimnasio. Tuve que empezar apren-
vol. 1, núm. 1

diendo lo más básico y por supuesto a correr muchos kilómetros


para conseguir la condición física necesaria para soportar los en-
trenamientos. Desde entonces boxeo con regularidad sin afán de
convertirme en experto. Algunas veces sostengo rachas de meses
con suma disciplina que implican entrenamientos todos los días,
cuidados en mi alimentación y la rigurosa exclusión del alcohol.

24
Otras veces no lo consigo como quisiera, pero no desisto. Tam-
bién procuro ver en televisión cuanto combate sea posible o acu-
dir a ellos. A lo largo de este tiempo he visto cientos de peleas en
youtube, he conseguido cierta literatura, biografías de boxeadores,
novelas, viejas películas, etcétera. Cuando uno enferma de boxeo
y además lo practica, ya no importa si existe remedio; supongo
que lo mismo suele ocurrir con la escritura. El ring terminó por
convertirse en un patio de recreo personal y a la vez en un per-
manente combate contra mí mismo. Me he ganado algunos cortes
en párpados y labios, también ciertas heridas de rápida curación,
pero por suerte —aquí el azar juega el papel principal— no he
sufrido más de eso. Cualquier golpe podría ser definitivo, de eso
estoy seguro, pero de pronto recuerdo la felicidad de Mancini, esa
pelea memorable —al menos para mí— contra Bramble y aquella
detonación que me ha llevado a pisar tres gimnasios diferentes
durante los últimos diez años, uno de ellos el legendario Nuevo
Jordán.
He tenido la suerte de subir al cuadrilátero con toda clase de
sujetos: diletantes, profesionales, boxeadores retirados, oficinis-

Gerardo Villanueva
tas, albañiles, entre otros. También he visto desfilar por la pan-
talla de mi televisor todo tipo de púgiles. Muchos han atrapado
mi atención, ya sea por su estilo, por su velocidad o por su resis-
tencia física. Uno de ellos lo consiguió desde la primera vez que
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010)
vi uno de sus combates. La rabia que se ocultaba tras su rostro
y que desorbitaba en cada golpe era incomparable. Cuando vi
pelear al venezolano Edwin Valero supe que estaba atestiguan-
do el boxeo de un prodigio latinoamericano. Su técnica no era
propiamente ortodoxa. Era de estatura media, transitaba entre
el peso pluma y el superligero, llevaba el pelo largo, un tatuaje
de la bandera venezolana en el pecho y otro más de Hugo Chá-
vez. Quiso la suerte que entre 2007 y 2010 viera unas cinco o

25
seis peleas suyas en directo por televisión; todas las terminó por
knockout en el primer round. Mi curiosidad me llevó a averi-
guar un poco más sobre él. ¿Quién era ese Demonio de Tasmania
que en los mejores tiempos de Manny Paqcuiao, de Juan Manuel
Márquez, de Ruslan Provodnikov o de Floyd Maywheather no
brillaba con la misma fuerza mediática que éstos? Pronto supe
que se trataba de una suerte de ídolo local, pero también de un
sujeto con problemas de orden mental, un provocador de violen-
cia intrafamiliar, un seguidor irredento del entonces presidente
Hugo Chávez, un enganchado a las drogas y el alcohol. Su his-
toria personal podría ser irrelevante para cualquiera, pero creo
que parte de ella impactaba en su estilo de boxeo: despiadado,
sangriento, cuasicallejero, siempre hacia delante. Si uno como
escritor mete todos esos ingredientes en la licuadora no tarda-
rá en caer en cuenta de que “El Inca”, como solían llamarlo,
resultaba un personaje idóneo para cualquier tipo de texto sin
importar el género. Se trataba de una estrella del deporte en un
pueblo cuyo sistema de gobierno —el chavismo en auge— arra-
julio-septiembre de 2019

saba con la democracia y los derechos humanos, el poder en


turno se había aferrado a su figura, al punto de llevarlo tatuado
en el pecho; también era una promesa del boxeo moderno, un
frenético por naturaleza, adicto y tantas otras cosas. Desde en-
tonces me propuse escribir algo sobre ese personaje, pero ¿qué?
Bueno, más pronto que tarde llegó la tragedia, el motivo por el
que cualquier guionista se apresuraría a escribir la película en
vol. 1, núm. 1

formato Hollywood. El 17 de abril de 2010, en medio de un road


trip que supuestamente lo llevaría a un sitio de rehabilitación,
acompañado de su esposa, la modelo Jennifer Carolina Viera, se
presentó el desastre. En algún momento del viaje hicieron una
escala en el Hotel Intercontinental de Valencia. Pidieron una ha-
bitación. Esa misma noche el boxeador asesinó a su mujer y bajó

26
sin remordimientos al lobby a confesar el crimen. Una vez arres-
tado y encarcelado en los calabozos de la policía de Carabobo,
apareció ahorcado un par de días después.
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010) aspira a rearmar des-
de los acontecimientos, pero también desde una dosis de transfi-
guración, los dos últimos días del boxeador, intoxicado, confun-
dido y recluido en una celda. Una recapitulación lisérgica de los
hechos, previa a su suicidio.
No es novedad que siempre hubo personajes trágicos en el
boxeo. La historia nos puede recordar nombres como Arturo
Gatti, Carlos Monzón u Oscar “Ringo” Bonavena. Sin duda siem-
pre existirán decenas de versiones sobre sus vidas y muertes. Va-
lero se integra a la lista.
No es papel de Calabozo cuatro juzgar al personaje y mucho
menos aplaudir sus acciones. Finalmente, si algo tengo claro es
que este tipo de escritura debe limitarse a nombrar, a describir
o, en otra posible opción, a perturbar la realidad, tanto como ella
sabe hacerlo.

Gerardo Villanueva
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010)

Gerardo Villanueva (Guadalajara, México, 1978). Premio Hispanoamericano


de Poesía para Niños, 2012. Es autor de los libros Calabozo cuatro (Periferia
Escribidores Forasteros, 2019), Feu G Rare (Ínsula, UANL, 2016) y patrivium
(Mantis editores, 2016); y editor de Luzzeta Editores.

27
Novela en doce líneas

Bruna Beber

cuánto falta para vernos hoy


cuánto falta para vernos luego
cuánto falta para vernos todo el día
cuánto falta para vernos para siempre
cuánto falta para vernos un día sí y un día no
cuánto falta para vernos a veces
cuánto falta para vernos cada vez menos
julio-septiembre de 2019

cuánto falta para no querer vernos


cuánto falta para no querer vernos nunca más
cuánto falta para vernos y fingir que no nos vimos
cuánto falta para vernos y no reconocernos
cuánto falta para vernos y no recordar que un día nos conocimos.
vol. 1, núm. 1

Traducción de Sergio Ernesto Ríos

28
Romance em doze linhas

quanto falta pra gente se ver hoje


quanto falta pra gente se ver logo
quanto falta pra gente se ver todo dia
quanto falta pra gente se ver pra sempre
quanto falta pra gente se ver dia sim dia não
quanto falta pra gente se ver às vezes
quanto falta pra gente se ver cada vez menos
quanto falta pra gente não querer se ver
quanto falta pra gente não querer se ver nunca mais
quanto falta pra gente se ver e fingir que não se viu
quanto falta pra gente se ver e não se reconhecer
quanto falta pra gente se ver e nem lembrar que um dia se conheceu.
Bruna Beber
Novela en doce líneas

Bruna Beber (Duque de Caixias, Brasil, 1984). Es autora de cinco libros de


poemas; los más recientes son: Ladainha (Ed. Record, 2017), Rua da PadariA
(Ed. Record, 2013) y Rapapés & apupos (Edições Moinhos de Vento, 2012).
Su obra ha sido traducida al alemán, inglés, italiano y español.

29
Romance 1 en doce líneas,
de Bruna Beber

Wilberth Salgueiro

E l poema es cristalino, los amores vienen y van, los romances


tienen fecha de caducidad. Desde el título, el humor se ins-
tala, pues la idea de romance, como enamoramiento y relación
sentimental, se mezcla con la noción de género literario, que pre-
supone una narrativa generalmente larga. Así, una novela corta
y en versos (líneas) ya anticipa el corte y el extrañamiento que
la gente padece. La brevedad de la composición, en doce líneas,
acelera el paso del tiempo: no se sabe, con precisión, el tiempo
real que tal relación amorosa duró, pero la sensación es de que fue
rápida, siendo el poema de tamaño relativamente corto. La escan-
julio-septiembre de 2019

sión del poema acompaña la trayectoria teóricamente meteórica


de la —pongamos— pareja implicada: las sílabas poéticas de los
doce versos trazan un dibujo del movimiento: 10, 10, 12, 11, 15,
11, 13, 12, 15, 16, 16, 20 sílabas. Visualmente, tendríamos un
movimiento con idas y vueltas, aunque progresivo, dirigiendo, a
partir de la extensión de los versos, la inestabilidad de las relacio-
nes amorosas y su trayectoria en dirección a un clímax (en el caso,
vol. 1, núm. 1

una acumulación de desencuentros que termina en fatal olvido).


Bruna Beber publicó este poema en Rua da PadariA2 (2013).
La propia autora comenta en una entrevista que, “sólo en

1 En portugués “romance” puede referirse tanto a una relación amorosa como a un


género literario; “romance” es “novela”.

2 “Calle de la panadería”, en español.

30
Facebook, el poema ya fue compartido más de cien mil veces. [...]
Circuló por ahí firmado por Clarice Lispector3 (risas), por Clarice
Falcão4 (risas) y por ‘autor anónimo’. Ya me pasó estar en lugares
y que alguien cite el poema, sin saber que yo era la autora y estaba
ahí. [...] Es decir, este poema ya no es más mío y ha perdurado”.
El éxito del poema en la red expresa, de cierto modo, que mueve y
conmueve a las personas, probablemente por el carácter a un mis-
mo tiempo particular y colectivo que acciona en los lectores, que
se reconocen en él y reconocen el mundo contenido allí, porque
ese plural incluye a la persona que habla por sí misma, y también,
en nombre de los otros, también a la colectividad. Es como si el
lector pensara: “yo pasé por esto” de lo que habla el poema, aun-
que no fui yo únicamente: mi pareja también, y muchos otros que
amaron, que tuvieron algún asunto amoroso. Pese al punto final
del poema, el contenido de “la trama” y las letras minúsculas de
los versos dan a entender que se trata de un ciclo, que el romance/
poema habrá de repetirse con toda la gente, lo cual no deja de
tener un tono melancólico.

Wilberth Salgueiro
Melancolía, no obstante, que produce humor y risa. Y en ese
sentido el poema figura en la genial “Breve antologia de la poesia
engraçada”5 (2017), organizada por Gregório Duvivier. ¿Por qué
se ríe de algo supuestamente triste y melancólico? El humor es un

Romance en doce líneas, de Bruna Beber


efecto del lenguaje. Para Theodor Adorno, en “¿El arte es alegre?”,
el humor debe hacer pensar, reflexionar, ser crítico. La fluctuación
creciente del tamaño de los versos encuentra correspondencia en
la estructura del poema y de su “contenido”: la repetición por
doce veces de “cuánto falta” gana variación, a cada línea; hay

3 Una de las grandes escritoras brasileñas del siglo XX.

4 Actriz, cantante y compositora brasileña nominada al Grammy Latino.

5 Breve antología de la poesía chistosa.

31
un pasaje sutil del tiempo y de la relación entre los involucrados.
Cada línea marca una etapa del romance, rumbo a su disolución.
La línea/verso aumenta en la medida en que, inversamente, dis-
minuye el interés de uno por el otro. Este cortocircuito entre aque-
llo que se dice y el cómo se dice es lo que provoca el humor y, muy
probablemente, la empatía con el poema y su éxito.
En otra entrevista, con lucidez, la autora comenta el propio
poema: “La rapidez y todo lo que ella recorre —la oscilación, la
angustia, el vacío de sentido, la falta de foco— son característi-
cas de la vida que llevamos y obviamente las relaciones sufren
por eso, pero, antes de todo, nosotros, las personas. […] No sé
analizar esta mudanza de las relaciones para ese diluvio que vi-
vimos ‘hoy amamos, mañana nos estamos marchando’. Creo que
estamos descartando más rápidamente las cosas porque queremos
vivir en cantidad en detrimento de la duración”. El mundo con-
temporáneo, entendido a partir de la lógica del poema, parece ir
a contramano del estereotipo romántico de la felicidad eterna, de
la armonía, del otro como espejo y plenitud. Hay, naturalmente,
julio-septiembre de 2019

variaciones de este mito romántico, como en el “eterno mientras


dure” de Vinícius, cuyo célebre “Soneto de fidelidad” ya señala el
carácter de llama de la pasión (bella, intensa y fugaz, diría Octa-
vio Paz en “La llama doble”), y como en la mayoría absoluta de
los llamados poemas de amor y en los tontos poemas de corazones
rotos.
Si el poema es sobre el amor, el amor que no resiste al tiem-
vol. 1, núm. 1

po, es también sobre la muerte. Aunque no diga la palabra amor,


el término romance y la trama de los versos autorizan la lectura
corrosiva de este sentimiento que atonta a todo el mundo. Lenta-
mente Tánatos se va imponiendo a Eros, minándole las fuerzas: la
voluntad y el placer de verse “hoy, luego, todo el día, para siem-
pre”, dan lugar a otro afecto, en que prevalece una disposición de

32
apenas verse “un día sí un día no, a veces, cada vez menos”; de
ahí la decisión de no “querer vernos” e incluso “no querer vernos
nunca más” hay un paso, son dos líneas; la afirmación dionisiaca
de antes se transforma en negación: ahora falta poco “para vernos
y fingir que no nos vimos” y, más, “para vernos y no reconocer-
nos”. El remate es cruel, sobrepasa la indiferencia y alcanza el
olvido pleno: “cuánto falta para vernos y no recordar que un día
nos conocimos”. Esta volatilidad de las relaciones personales, en
paralelo a la inestabilidad de las instituciones, constituye una de
las facetas del citado mundo líquido de Zygmunt Bauman.
En su primer libro, La fila sin fin de los demonios desconten-
tos (2006), un poema de Bruna Beber dice: “en mi casa puedes
sorprender a alguien/ escondiéndose de la rutina en un cuarto
oscuro/ o tirando la ceniza del cigarro en la ventana/ mientras
espía las ropas bailando en silencio/ en el tendedero de la zona/ a
las tres de la mañana/ puedes sorprender a alguien preocupado/
sujetando una pluma con vino barato/ durmiendo a deshoras/
pensando demasiado la vida/ y en el tedio que es/ esta falta de

Wilberth Salgueiro
pasión”. Aquí, retroactivamente, el tema de la soledad, recurrente
en sus libros, aparece desnudo, en la figura de alguien (nosotros)
que observa a otro (nosotros), ambos solitarios en la madrugada.
Parecen representar el final de un romance en doce líneas: cada

Romance en doce líneas, de Bruna Beber


cual en su mundo.
Roland Barthes habla, en “Fragmentos de un discurso amo-
roso”, de tres etapas del “encuentro” amoroso, que se amoldan a
la medida del poema de Bruna: de inicio, la captura, la intensi-
dad; después, el tiempo del idilio, la dulzura; al final, “la conti-
nuación”, que sería un “largo desfile de sufrimientos, amarguras,
angustias, aflicciones, resentimientos, desesperanzas, dificultades,
y trampas de los cuales me torno presa, viviendo entonces sin
tregua bajo amenaza de una decadencia que alcanzaría al mismo

33
tiempo el otro, yo mismo y el encuentro prodigioso que al comien-
zo nos descubrió el uno al otro”. El poema de Bruna no explicita
ninguno de estos sufrimientos del amor: es elíptico, habla apenas
de personas que un día quieren verse para siempre y después de
un tiempo no se acuerdan más uno de otro. Pero, teniendo en
cuenta la insinuación del título (este, sí, habla explícitamente de
“romance”), somos llevados a entender que se trata de un liqui-
dado romance en verso.
En 1976, en Cuarenta clics (republicado en Caprichos & re-
laxos, 1983), Leminski escribió en nueve líneas: “¿Amor, enton-
ces,/ también, acaba?/No, que yo sepa./ Lo que yo sé/ es que se
transforma/ en una materia prima/ que la vida se encarga/ de
transformar en rabia. /O en rima”. Décadas después, el final de un
amor gana una nueva versión graciosa, con Bruna Beber. Amar es
peligroso, diría Riobaldo, aun antes. Y reiría Ro Ro, en una situa-
ción afín: tonta fuiste. Tú: nosotros.

Traducción de Sergio Ernesto Ríos


julio-septiembre de 2019
vol. 1, núm. 1

Wilberth Salgueiro (Río de Janeiro, Brasil, 1964). En 2013, obtuvo el


primer lugar en el concurso de obras literarias de la Secretaría de Estado de
la Cultura de Espírito Santo en la categoría Literatura infantil-juvenil, con la
obra O que tinta no sótão. Es autor de A primazia do poema (Pontes, 2019),
O jogo, Micha e outros sonetos (Patuá, 2019) y Poesia brasileira: violência e
testemunho, humor e resistência (Edufes, 2017).

34
Cytotec le informa sobre su uso
médico 1

Anaité Ancira

Te tomas dos
primero.2

Esperas.3

5………… 4………………….. 3…………………….....………..

¿te sientas?
¿caminas?
¿platicas?
¿ves la tele?

Anaité Ancira
¿cuánto tiempo lleva esa alarma sonando?
¿hace cuánto pasó la última patrulla?

……….......……..2…………………......…1……………………. Cytotec le informa sobre su uso médico

1 Cada tableta de Cytotec contiene 200 mcg de Misoprostol. Este medicamento es de


uso controlado, por lo cual no se vende en farmacias sin receta médica.

2 El tratamiento consta de dos dosis de cuatro pastillas, aplicadas con 24 horas de


diferencia cada una.

3 El sangrado debe empezar de 7 a 9 horas después de tomada la dosis.

35
uterus contractus4

Todo mojado5
el calzón, tu entrepierna, el pantalón, la colcha de la cama.

Un calambre,
luego otro,
no sabías que te podías doblar en cuatro.

Intentas llegar al baño pero en el camino te partes en ocho.

……………………....0……………………………………………

uterus contractus, abortus inmediatus6

“puedes tener dolor, náuseas, vómito, diarrea, fiebre, escalofríos,


sangrado abundante y con muchos coágulos”7
No habías entendido que era todo eso al mismo tiempo
julio-septiembre de 2019

y te retuerces en la cama,
corres al baño,
mejor te quedas sentada ahí,
mejor no,

4 La inducción del parto es un conjunto de procedimientos dirigidos a provocar con-


tracciones uterinas de manera artificial con la intención de desencadenar el parto
vol. 1, núm. 1

cuando los beneficios de finalizar la gestación para la madre y feto sobrepasan los
beneficios potenciales de continuarla.

5 El sangrado es el primer signo de que el aborto ha comenzado.

6 Cytotec es un análogo que promueve la curación de úlcera péptica e incrementa las


contracciones uterinas en el embarazo; puede causar expulsión parcial o completa
del embrión.

7 Doctora dixit.

36
mejor tomas agua,
mejor la vomitas,
mejor te sientas en la orilla del colchón,
te quitas el pantalón manchado,
aprietas la colcha,
miras la alfombra,
la pinche pared tan quieta
tan blanca,
tan callada,
ahí.
Si pudieras pararte de manos y que todo se regresara
pero mejor no,
mejor te sientas en el escusado,
pones el bote de basura entre tus piernas
y vomitas,
cagas,
meas,
lloras,8
todo

Anaité Ancira
ahí
así
repitiéndose cada vez más lento.9
Pasan tres horas
Cytotec le informa sobre su uso médico
1,2,3
¿mejor?
mejor morirte10

8 El volumen de lo que se expulsa varía de acuerdo con el tiempo de gestación.

9 El sangrado dura de 8 a 12 días; esto depende del organismo de cada mujer.

10 Cytotec no es recomendable para personas hipersensibles.

37
Un calambre
luego otro
no sabías que te podías partir en dieciséis

Te acuerdas de las otras pastillas11 que te dieron,


de esas te tomas dos
pero no ayudan.
Te acuerdas que la doctora te preguntó
“¿estás segura de que esto es lo que quieres?”
Te acuerdas que te lo preguntó dos veces
porque pensaste que le habías contestado que sí a la primera
pero no le habías contestado nada
y te volvió a preguntar:
“¿estás segura de que esto es lo que quieres?”12

Ahora estás “malpariendo” ahí en el baño,


en la cama
y en el pasillo que hay entre uno y el otro
julio-septiembre de 2019

con la certeza de las buenas decisiones,13


esas que se toman cuando “mejor” y “peor”
son lo mismo.
vol. 1, núm. 1

11 ACTRON 600. Cada cápsula contiene 600 mg de ibuprofeno.

12 Entre las ventajas de este método abortivo están que puedes estar en tu casa, no requiere
anestesia, a diferencia del aborto quirúrgico. Y es más natural, como un malparto.

13 No es lo mismo tener un hijo CON alguien, que tener un hijo DE alguien.

38
Sólo habrá que esperar un rato más,14
a esta hora mañana15
tal vez puedas estar en el cine
viendo la nueva película de
Woody Allen.16

Anaité Ancira
Cytotec le informa sobre su uso médico

14 Una vez concluido el tratamiento, con la expulsión del producto se puede presen-
tar sangrado por varios días, en algunos casos como máximo hasta 15 días.

15 La única manera de cerciorarse de que el aborto fue “exitoso” es mediante una


ecografía, ya que tanto las pruebas caseras y las sanguíneas van a seguir aparecien-
do positivas hasta 40 días después de terminado el tratamiento, que es el tiempo
que tardan en desaparecer las hormonas de embarazo del organismo. Es importan-
te revisarse, porque si el aborto no se completó pueden quedar restos de tejido en
el útero, lo cual produce infecciones o hemorragias.

16 Puedes empezar a tener sexo tan pronto como te sientas cómoda…

39
Verde que te quiero verde

Anaité Ancira

Para Sebastián, Ruby Tuesday y Enrique

H e abortado tres veces, de formas distintas, todas las veces


han sido muy dolorosas física y emocionalmente. La primera
vez fue hace casi 14 años. Todavía no era legal la interrupción
del embarazo en el DF, pero se sabía que en el WTC había varios
ginecólogos que la realizaban de manera “segura”, y ahí fuimos
mi pareja y yo. Tenía 23 años, vivía sola y me mantenía. La idea
de ser mamá me era por completo ajena, ni siquiera me lo había
julio-septiembre de 2019

planteado.
El doctor nos dijo: “El procedimiento es así: llegas al hospital,
te sedamos completa, te hacemos una aspiración y en cuanto te
sientas lista regresas a tu casa”.
Corte a: yo acostada en el quirófano de un hospital cerca de
San Cosme, en bata, con las piernas abiertas, mirando el reloj de
pared que marcaba las 10 a.m.; el doctor con un gorro de los pu-
vol. 1, núm. 1

mas, diciéndome adiós con la mano, se fue desvaneciendo hasta


que me desperté de golpe y abrí los ojos; ahora el reloj marcaba
las 10:15 a.m.
“Lista”, me dijo.
Me llevaron a un cuartito donde estaba mi pareja en un sillón.
Nos quedamos en silencio; creo que fueron horas. De camino a

40
mi casa… silencio… pasamos a una farmacia a comprar lo que
me habían dicho: muchos kotex, mucho ibuprofeno, jugos y agua.
La anestesia se pasaba y los dolores empezaban a sentirse cada
vez más fuerte. Me llevó a mi casa y se fue. No sé cuántos días
pasaron; sólo me acuerdo de que estuve en mi cama por días, en
silencio, sangrando, adolorida, dolida, confundida.
Siete años después las circunstancias eran otras: tenía un hijo
de cinco años, vivíamos solos, trabajaba y estaba sin pareja. No
había mucho que pensar, después de tener un hijo la decisión de
abortar tiene otras implicaciones, al menos para mí.
El aborto estaba empezando a ser legal en el DF y ya existían
clínicas especiales. Esta vez fue una interrupción con pastillas,
una de las experiencias más dolorosas y feas de mi vida, punto.
Día y medio de una especie de trabajo de parto que salió muy mal:
contracciones, vómito, diarrea, sangrado, todo al mismo tiempo.
A pesar de tener pareja, es algo que se vive sola, en la parte más
profunda del cuerpo y del no cuerpo. El recuerdo de los siguientes
días, meses, también es muy borroso. Recuerdo que una tristeza
negra y pesada se me vino encima y me aplastó; salir de ahí fue
un proceso muy largo.
Me ha costado más de un año recuperarme de mi último abor-
to; sentí que mi cuerpo estaba furioso, mis ciclos apenas están em-
pezando a regularizarse y mis hormonas siguen haciendo fiestas
Anaité Ancira
sorpresa sin invitarme.
Sé que hablo de estas heridas emocionales desde un lugar de
privilegio que me permitió interrumpir mis embarazos de forma
Verde que te quiero verde

segura, y tener una contención emocional para sanar las heridas


que eso me dejó. No es la regla, ni la mayoría de los casos; eso no
debería discutirse.
Deberíamos discutir cómo tener una educación sexual más
asertiva en forma y tiempo. ¿Qué pasaría si desde la adolescencia

41
nos enseñaran a las mujeres a estar más en contacto con nues-
tro ciclos menstruales y nuestro cuerpo, en lugar de vendernos
la idea de que es algo que huele feo, que es molesto, que duele?
Que nos enseñaran a reconocer cuando estamos fértiles, que tanto
hombres como mujeres sepamos cómo funcionan nuestros ciclos
reproductivos. No nos embarazamos solas, la reproducción es una
responsabilidad de dos. Sería distinto si los hombres supieran los
días en que su pareja es fértil.
No nos pueden prohibir decidir sobre nuestro cuerpo, lo que
sí pueden hacer es tener infraestructuras laborales más aptas para
mujeres y hombres. Lo que sí podemos es tener un plan de salud
que incluya el acceso a formas seguras de interrumpir un emba-
razo, informar las consecuencias de tomar una u otra decisión. Si
decides tener un hijo sí va a cambiar tu vida; si decides no tenerlo
merece la pena tener contención emocional, porque aunque sean
“sólo células” (para algunos), esas células son vida, no son una
persona, pero sí son vida. Es un proceso físico que empieza, al
interrumpirse tiene efectos en el cuerpo y en las emociones de las
julio-septiembre de 2019

mujeres. El estar defendiendo si está bien o mal no nos deja vin-


cularnos con ese proceso que es nuestro, nos pertenece, tenemos el
derecho a escoger cómo lo vivimos.
Yo soy completamente pro derecho a decidir, a veces me cues-
ta conectarme con el discurso del “feto ingeniero”. La realidad es
que en un embarazo sí se gesta una vida y sí se interrumpe. No
pongo en tela de juicio si está bien o mal moralmente. Es como
vol. 1, núm. 1

si no nos diéramos permiso de sentir ese duelo y de darle un lu-


gar, porque si se lo diéramos estaríamos otorgándole la razón a
los “defensores de la vida” que dicen que somos asesinas despia-
dadas. Es una responsabilidad muy grande ese superpoder que
tenemos las mujeres de gestar en nuestro cuerpo a otra persona,
y después sostener a esa persona en la vida. Si no queremos, no

42
estamos listas o no tenemos las posibilidades de recibirlo en la
vida y darle nuestro amor incondicional, tenemos todo el derecho
de hacer lo que necesitemos con ese superpoder.
Decidir interrumpir un embarazo también es maternar. Y so-
mos mamás de todos nuestros hijos, los que están en la vida y los
que no, también. Es nuestro derecho.
Desde que entendí esto digo que soy mamá de cinco hijos,
aunque sólo he criado a dos. Daría mi vida por ellos y no hay cosa
que me guste más que escucharlos reír; tenerlos fue una decisión
propia, no una imposición. Esa debe ser la regla si lo que quere-
mos es respetar la vida.

Anaité Ancira
Verde que te quiero verde

Anaité Ancira (Ciudad de México, 1980). Publicó en 2018 el libro Play,


pausa, rec, mute (Editorial Grupo Rodrigo Porrúa).

43
Poema en que se retoman células

Maricela Guerrero

No sé qué pero yo, hoy ni mis muertos


con Mahler y toda la cosa, ni Pearl Jam, ni la santa
suerte
de vivir en un departamento sin jardín interior exterior
—ni una plantita, vamos ni sapos, palmerines—
pastizales;
no concreto la imagen, la heráldica de cada cosa: por ejemplo,
los ingenios azucareros, sin dulce nada —un terroncito.

Poema en que se retoma el beatus ille

C onsidero que escribir es quizá una de las manifestaciones


julio-septiembre de 2019

creativas más democráticas posible —claro, si es que los pro-


gramas de alfabetización funcionaran, si hubiera tiempo y opor-
tunidad, y si un poco de gracia y otra cosita y arriba y arriba, y
arriba iré—. Bueno es que estas consideraciones, así tan sueltas
y con docto tono de persona conocedora, nos tendrían que poner
a pensar en variables diversas, aunque digamos que idealmente
escribir o construir esculturas y ciudades con piedritas o trozos de
vol. 1, núm. 1

madera debería ser un derecho universal y una posibilidad real de


estar en el mundo; aunque claro, con los niveles de analfabetismo
en aumento, la precarización de la vida de niños y jóvenes, la vi-
sión utilitarista de la educación en el sistema neoliberal, escribir
y construir con piedritas o trozos de madera ha sido un enorme
privilegio.

44
Desde ese privilegio es que escribo sobre los ingenios azuca-
reros y la dulzura en ese poema donde se condensaron muchas de
las intuiciones que tengo sobre el lenguaje, la vida, la escritura y
la alegría. Intuiciones que evocan imágenes para construir una ar-
gumentación sobre por qué vivir es tan emocionante y gozoso, aun
—y quizá, sobre todo— si se perciben las inclemencias del sistema
económico y social que nos obliga a un trabajo remunerado en
algunos momentos francamente deshumanizador o si se considera
la pauperización de la vida en común. Recientemente leí a Rita
Segato, quien en el prólogo a Contrapedagogías de la crueldad
explica dos proyectos históricos divergentes en su concepción de
bienestar y felicidad:
el proyecto histórico de las cosas y el proyecto histórico de los
vínculos, dirigidos a metas de satisfacción distintas, en tensión,
y en última instancia incompatibles. El proyecto histórico
centrado en las cosas como meta de satisfacción es funcional
al capital y produce individuos, que a su vez se transformarán
en cosas. El proyecto histórico de los vínculos insta a la
reciprocidad que produce comunidad. Aunque vivimos
inevitablemente de forma anfibia, con un pie en cada camino,
una contra-pedagogía de la crueldad trabaja la consciencia de

Maricela Guerrero
que solamente un mundo vincular y comunitario pone límites
a la cosificación de la vida.

Y por qué hay que poner límites a esa cosificación, porque


esencialmente en un mundo de individuos que devienen en co- Poema en que se retoman células

sas, como dice José Alfredo: “la vida no vale nada”; y eso es
terrible, engendra violencia, depredación y aislamiento, duele
y aterra. Cada vez que se asesina a una persona, cada vez que
se arrasa un bosque, cada vez que se caza a un animal por de-
porte presenciamos actos perpetrados por un sistema que ha
trozado los vínculos entre personas, animales y vegetales; y es
dolorosísimo.

45
Esas intuiciones sobre la vida y la vinculación, la idea de do-
lerse ante los acontecimientos y la búsqueda de un lenguaje ca-
paz de reconectarme con personas y seres queridos —los árboles
y plantas de mi infancia— están imbricadas en los poemas que
escribí en ese libro que temprana y cariñosamente nombré los
arbolitos, y que luego creció, tomó vida propia y en manos de los
editores de Antílope se llamó El sueño de toda célula. Ese libro
fue escrito durante una crisis muy fuerte que me confrontó con
mi ser amoroso, maternal y autocrítico en el mundo; en ese libro
reconsideré la vida desde las células, así como de las personas que
cuidan células, organismos, manantiales, bosques, lobos y aman.

Lenguaje
No hay hora ni lugar ni espacio en que no anduviera buscando
un lenguaje hecho de manos y viento y nutrientes; en que no
estuviera investigando una forma redonda y conveniente de
nutrirlos
julio-septiembre de 2019

de acompañarlos
de estar:
crecer en compañía

Escribí ese libro en Archivo Cacique Zombi Vampiro, la oficina


a donde me reinstalaron luego de una reingeniería que nos cos-
tó la pérdida de varios compañeros, uno de ellos muy querido,
vol. 1, núm. 1

brillante y combativo, quien —al dejar el Archivo Muerto, como


se llamó la primera oficina que cerraron— no resistió y lo perdi-
mos trágicamente. Entre otras cosas, Fernando hacía ciberacti-
vismo y fue quien, en aquella oficina, me enseñó estrategias de
búsqueda avanzada en internet y otros temas que hace 10 años
eran toda una novedad y una posibilidad importante para no

46
dejar que ningún Archivo Empleador se quede con todo y te
sorba el cerebro totalmente. Esto es relevante, porque el mé-
todo de escritura e investigación que apliqué en estos poemas
incluye el uso de búsquedas de internet, el almacenamiento de
información en libretas virtuales y la geolocalización de los ma-
pas de Google, como en este poema sobre lobos y especulación
inmobiliaria:

Introducciones
Aquí a 557 kilómetros de distancia al este en dirección hacia el
camino mexiquense, siguiendo instrucciones del localizador
durante siete horas y treinta y tres minutos sin detenerme podría
llegar a un bosque en el que desde 1976 se dejaron de ver lobos,
el Canis lupus baileyi cuyo peso podría variar de 25 a 47 kilos,
casi como mi hijo mayor que este otoño cumplirá 12 años.

Ahora introdujeron compañías constructoras extranjeras que


derribarán árboles y traerán progreso, una vida mejor y drenaje
y servicios para usted y su familia, ¡deje de pagar renta y hágase
de un patrimonio! Dice su oferta donde un hombre blanco

Maricela Guerrero
abraza a una mujer trigueña y los dos amparan a un niño y una
niña muy sonrientes.

A siete horas y veintitrés minutos, por la carretera internacional


Poema en que se retoman células

a Oaxaca y después tomando hacia Tehuantepec, siguiendo


instrucciones podríamos llegar a San Pedro y San Pablo Ayutla
que colinda con Tamazulapan del Espíritu Santo. Los dos
pueblos pelean por mover límites y un manantial.

Ayutla apela a un mapa que localizaron en el archivo Orozco y


Berra: plano del pueblo de Ayutla, Distrito de Villa Alta del

47
año 1907 con medidas de 47x73 centímetros, varilla:
CGOAXX01 con número de clasificación: 3055-CGE-7272;
ahí queda claro que el manantial deviene y augura paz.

Han pasado más de cuarenta días y el manantial sigue bajo


resguardo de personas armadas y muchas células se plantean
preguntas en lenguas inusitadas y minerales.

En variadas lenguas vernáculas se plantean preguntas a los


lagos y las montañas, en muchas lenguas, millones de células
piden paz y devenir.

Uno de los motivos que aparecerá en estos poemas será el del ma-
nantial de Ayutla, noticia que he seguido de la mano y la voz de
Yásnaya Aguilar, quien, además de todo el trabajo de reflexión e
investigación sobre diversidad lingüística y cultural, llevó a la Orga-
nización de las Naciones Unidas el expediente con el agravio contra
la comunidad de Ayutla en el que le quitaron el acceso al manantial
julio-septiembre de 2019

desde junio de 2017, sin que el gobierno de Oaxaca resolviera el con-


flicto.1 A lo largo de los poemas aparecen otras referencias a defen-
sores de bosques y cuerpos de agua. Esas personas, con su arrojo en
defensa de árboles, plantas, animales y comunidades, nos demues-
tran que el proyecto histórico de los vínculos es posible y necesario si
pretendemos sobrevivir, es decir, no sólo combaten poderes económi-
cos-políticos reales y crueles, con su coraje brindan esperanza y otras
vol. 1, núm. 1

visiones de la vida; como lo han hecho las plantas mediante otras


formas de comunicarse y vincularse, mucho más efectivas, amorosas
y compasivas que las propuestas por el mundo occidental.

1 https://www.proceso.com.mx/581267/llega-a-la-onu-el-caso-de-desabas-
to-de-agua-en-comunidad-mixe-de-oaxaca?fbclid=IwAR1TRBLfRzev71StqF-
taUJdM-kfxa6dLp1jLMTpJW_ulmheBZdFwHNRmyB0

48
Para componer algunos de los poemas de ese libro vi docu-
mentales, leí investigaciones sobre la comunicación de las plan-
tas y recuperé las clases de biología de la secundaria de una
maestra Olmedo en la que se concentran los afectos y contra-
dicciones de tías, amigas, maestras y mi madre. Además, y so-
bre todo, fui a terapia. Después de leer el libro, la Dra. O. me
recomendó una obra de teatro que se llama Estado Vegetal, de
Manuela Infante, que me hizo alucinar de lo potente que es, y me
llevó a ver a la autora en una entrevista donde habla de un libro
que se llama Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, en
el que los autores Stefano Mancuso y Alessandra Viola exponen
sobre las investigaciones que están reconociendo cómo funciona
la inteligencia de las plantas y cómo las personas estamos a pun-
to de cambiar el paradigma sobre nuestra escala imaginaria de
inteligencia, en la que por mucho las plantas están en la cima.

Pulmones
Sé que mi pregunta está mal planteada que lo que digo no es lo
que sucede:
he visto árboles caer

Maricela Guerrero
y desgajarse;

he visto personas amarrarse a un árbol para que no lo tiren.


Poema en que se retoman células

Hemos visto personas defender un río

y en cada momento nos ocupamos desde lo que nos podrían


doler los pulmones si el aire;
si no hubiese quien:
¿cómo los llaman?

49
pulmones naturales del mundo:
que la industria de la combustión
y su necesidad de carbono y componentes ardiendo: industrias:
emporios de fuego:
ardor y combustión:

que así en algunos modos se respira:


y el dióxido de carbono
es a la vez requerimiento para producir azúcares, clorofila y
verdor: metabolismos, transformaciones de sustancias en
sonoridades y azar.

Esta tarde precisamos el ardor del oxígeno al mirarnos a los


ojos y respirar.
Una nueva llamada telefónica anuncia que la Maestra Olmedo
se repondrá a su modo, que sus células devendrán a sus
maneras.
julio-septiembre de 2019

Respiramos juntos.
Al lado de nosotros un animal rebufa y duerme plácidamente.

Volviendo al “Poema en que retoma el beatus ille”, mis intuiciones


sobre el gozo de la vida, sobre la conexión entre personas, anima-
les y seres vegetales, siguen llevándome de una investigación a
otra, de un poema a otro, en el que:
vol. 1, núm. 1

Después de todo, no somos eternos:


gocemos del abril y mayo que ya vendrá el agosto,
una golondrina de sí sola no hace verano, no crecen los pechos
ni las uñas, créalo o no...
polvo seremos, y a estas alturas, vaya a saber si polvo enamorado;

50
quizá enormes pechos consagrados por el celuloide, los platillos
mahlerianos, qué otra cosa
el azúcar se disuelve
te friega los dientes y las arterias,
por eso los ingenios y sólo te pagan las horas de la zafra,
zafremos palabras dulces del verano,
ferméntense que ardan ─OH, también mis muertos,
scripta manen, todo se combustiona, los cuerpos
se corrompen, desaparecen,
el pelo, las uñas
polvo polvo nada.

Si bien sigo dudando de muchos paradigmas y saberes, he podido


acariciar una certeza que se desprende después de releer estos
versos, y es que sí, siempre seré polvo enamorado.

Maricela Guerrero
Poema en que se retoman células

Maricela Guerrero (Ciudad de México, 1977). Pertenece al Sistema Nacional


de Creadores desde 2018, y recibió el premio Clemencia Isaura de Poesía. Es
autora de los libros El sueño de toda célula (Antílope, 2018), Fricciones (CCD,
2017) y De lo perdido lo hallado (Conaculta, 2015).

51
Lagerstätte

Gabriela Torres Olivares

U n paleontólogo observa los estratos de la corteza terrestre en


Dakota del Norte y dice estar siendo testigo de una catástro-
fe que ocurrió hace sesenta y seis millones de años. La roca (sus
sedimentos y sus petrificaciones) le cuenta la historia de un as-
teroide impactando el Golfo de México, el rebote de millones de
toneladas de detritos lanzadas fuera de nuestro planeta y su in-
minente regreso en una lluvia de diminutos cristales tan ardientes
julio-septiembre de 2019

que sobrecalentaron la tierra y extinguieron a los dinosaurios en


solamente unas horas. Sin nociones paleontológicas, geológicas o
sedimentológicas sería imposible ver/leer la historia que cuenta el
estrato. Tendríamos que esperar a la traducción de esta evidencia
del lenguaje de las piedras a nuestro lenguaje humano, es decir, al
reporte escrito por el paleontólogo.
Hace unos años, mientras colaboraba con artistas en proyec-
vol. 1, núm. 1

tos interdisciplinarios, tuve una epifanía. Obvia, quizá ingenua,


pero inédita en ese entonces para mí: que la escritura es un siste-
ma de representación insuperable y atraviesa la mayoría de los
medios. Programar, codificar, encriptar, describir, archivar, etc. No
la literatura, que es una de sus interfaces, sino la escritura, la que
en su forma utilitaria comunica y también la que, a través de la

52
literatura, expresa. Imaginé una foto en JPG en su versión HTML,
la morfogenética tras las líneas de una cebra, las matemáticas
que abstraen un evento concreto en fórmulas, los códices de an-
tiguas/extintas civilizaciones, la interpretación de signos univer-
sales y/o culturales. Los significados que detonan significantes, los
que traducen y transducen signos en objetos reales, imaginarios o
virtuales (intentar programar en Arduino me hizo entender final-
mente a Marthita, mi profesora de lingüística en la universidad).
Pensé también en las descripciones paradoxográficas que permi-
tieron imaginar regiones, culturas, seres, plantas y animales, y en
la écfrasis de imágenes del pasado que, antes de la cámara, fue
posible visualizar y representar por las palabras. Trabajando para
videastas, netartists, fotógrafos, artistas sonoros e instaladores,
encontré en esta epifanía un potencial deconstruible en mi propia
práctica literaria.
Cuando escribí Piscinas verticales, o más bien, cuando gesté la
idea de la novela, la imaginé como una interfaz, pensando en esa
epifanía de que si todo puede ser escrito, todo puede ser literatura.
Si es posible hacer écfrasis de la imagen estática, es posible hacer
écfrasis del video, de su footage y de ese proceso para obtenerlo;
utilizar lenguajes de otros formatos sin salir de la escritura, es de-
cir, sin insertarlos en su formato “original” en la página. Acaso un
ejemplo más obvio y contemporáneo de esto que digo es la écfrasis
creada por José Saramago en El Evangelio según Jesucristo, en Gabriela Torres Olivares

donde el autor inserta un grabado de la crucifixión en la primera


página. Su écfrasis está predispuesta por el grabado. ¿Cómo sería
la experiencia ecfrástica si no atestiguamos la imagen? Mi hipóte-
sis es que, en la écfrasis, la imagen en su formato original no es
necesaria para la experiencia de imaginarla y recrearla en nuestra
Lagerstätte

propia cognición, reproducirla mediante ese sistema de signos que


son letras que forman palabras ordenadas sintácticamente en un

53
aparato gramatical. Y a esto es a lo que me refiero cuando hablo
de esa posibilidad de construir una écfrasis sin nada más que la
escritura para hacer literatura. De representar imagen o de pro-
ducir y reproducir un video, en este caso, un documental.
Mi idea en Piscinas verticales era crear un documental (o
mocumental) sobre el turismo de la salud en la frontera a partir
de la muerte (dos décadas atrás) de una escritora en una clínica
alternativa para el tratamiento del cáncer. Esa era mi premisa.
Aunque no necesariamente me interesaba presentar el documen-
tal (o mocumental) en sí, no el objeto final sino su producción y
preproducción, sus posibilidades y limitaciones, los impulsos, las
decisiones (artísticas, estéticas, los obstáculos presupuestales, de
campo, etc.) de algo cuyo proceso e intención son ya de por sí
subjetivos. En esta idea de una producción documental (o mocu-
mental), la epifanía era una excusa perfecta, pues sabía que en
la trayectoria diegética habría eventos que en la realidad sería
muy complejo-imposible filmar con una cámara (cruzar una hos-
til frontera internacional, por ejemplo, o el interior de una garita o
julio-septiembre de 2019

las oficinas de inspección secundaria o los objetos que se deslizan


por la banda de rayos x o las instalaciones de alguna de las clínicas
de terapias alternativas o la zona roja de Tijuana, etc.), que el úni-
co aparato de posible grabación era mi cuerpo, un aparato para
contrarrestar la ausencia (diría Bioy Casares): capturar el aroma,
lo que vi, escuché, sentí: grabar ese footage en mí, transcribirlo: la
escritura lo era todo, grabar la experiencia en ese otro sistema de
vol. 1, núm. 1

signos. Pero escribir no es hacer literatura, como comunicar no es


expresar ni describir es narrar, por eso me tomó tiempo pasar de
la epifanía a la idea, de la idea a las hipótesis, de las hipótesis a
la praxis, y de la praxis a un mise en abyme vertiginoso en mi ór-
gano de la creatividad. Es decir, regresar a la matriz de las metá-
foras y ficcionar ese proceso, narrar lo que ocurre frente y detrás

54
de cámara, ensayar antecedentes y especular en la posibilidad de
un futuro, predecirlo y predisponerlo en metadiégesis mientras la
cámara sigue rodando (diégesis). Amalgamar lenguajes técnicos,
efectos sonoros, movimientos de cámara, filtros, iluminación (me-
diante la écfrasis) con formas literarias más conocidas, como la
narrativa, la poesía y el ensayo.
Dentro de esta idea de que todo es potencial literario, porque
todo puede ser escrito de múltiples e infinitas maneras, utilicé
también el recurso formal de las farmacopeas, esos pequeños
libritos que contienen, la mayoría de las veces, democratizadas
recetas para producir alivios y milagros (un ejemplo bibliográfico
famoso es ese del Cúrese con ajo, limón y cebolla, que aún es con-
seguible entre los vendedores ambulantes del transporte público.
Pero hay otros, y todos nos cuentan la idiosincrasia de la salud y
el bienestar, pues su premisa es un manual muy DIY para la auto-
medicación o la autosolución de problemas). Sus recetas itineran
entre la magia y la ciencia (no son libros científicos o avalados por
autoridades e instituciones médicas, la mayoría carecen de ISBN,
son de manufactura casera y practican la muerte del autor, en
ellos la autoría no importa, son nombres de guerra, son siglas que
cambian conforme cambian los tiempos y las rutas camioneras:
el de Cúrese con ajo, limón y cebolla tiene tres distintos autores,
por ejemplo), están escritas de una forma muy particular, en oca-
siones poética, en ocasiones metadiegética (cuando cuentan histo- Gabriela Torres Olivares

rias periféricas de personas que se curaron siguiendo la receta que


ahora mismo estamos leyendo), muchas veces metafísica y sin-
crética y de pronto nos sorprenden con un lenguaje más aséptico
que pretende encontrar un espacio de legitimación epistemológi-
ca, imitando la forma del libro de texto. De estas democráticas
Lagerstätte

farmacopeas me interesaba su forma y estructura, escribir mis


propias recetas mágicas/científicas para intervenir el mundo y

55
especular, desde la sobrenaturaleza literaria, los lenguajes ele-
mentales de la naturaleza.
En Piscinas verticales quería narrarlo todo. Construir un
universo detonado por un tramo paroxístico, un instante y sus
variaciones, todas las historias aleatorias a ese instante, un instan-
te quizá enmarcado por la lente de la cámara, tal vez en formato
de un recuerdo fugaz (de un recuerdo muriendo), de la memoria y
sus implantes artificiales y orgánicos, de la memoria y sus prótesis.
Si el instante estaría enmarcado por la lente de la cámara como
una suerte de narrador testigo, al mismo tiempo, en la misma
página y es probable que en el mismo párrafo, la narradora omni-
sciente produciría un mundo subterráneo y otro en la tropósfera.
No como historias simultáneas, sino como partes de una misma
historia, como el estrato le cuenta al paleontólogo ese instante en
que cayó el asteroide hace sesenta y seis millones de años.
Fueron horas críticas, dice el paleontólogo que lee el antes,
durante y después de la catástrofe en las capas del estrato. Habla
de tsunamis, de terremotos y réplicas, de maremotos y seiches,
julio-septiembre de 2019

de malteadas de biota viva, de aluviones de biota muerta. Una


tormenta de tectitas ardientes coronó el paroxismo de la catástro-
fe, como si no fuera ya lo suficientemente dramática. En este
lagerstätte está el instante, el antecedente histórico de nuestro
triunfo mamífero, sólo posible por la extinción de una especie. Es
un cronohorizonte cuyas capas, como páginas, datan el final de
una era y el principio de otra. En la roca está también el detrito de
vol. 1, núm. 1

asteroide, fragmentos de existencia fuera de nuestro planeta. Esta


historia del estrato es ahora un polémico debate que comienza a
bullir en el campo de la paleontología. Aunque la gran Marosa di
Giorgio la predijo a su manera, hace algún tiempo, al hablarnos
de una constelación hirviendo adentro de la piedra. Ojalá el pa-
leontólogo pudiera leer a Marosa y citarla en su reporte.

56
Piscinas verticales
(fragmento)

Gabriela Torres Olivares

E l turismo diurno de la ciudad vaga en filas desordenadas por


la avenida principal. En una diversidad de idiomas, sus mur-
mullos caen, se deslizan o se elevan pero indistintamente aguzan
los oídos de comerciantes y meseros que en la banqueta apron-
tan sobre el rostro del marchante algún menú, un catálogo de
joyas, de sospechosas piedras que prometen ser más de lo que
aparentan, híbridas curiosidades, artesanías de madera, figuritas
de barro, acaso una camiseta, probaditas de afrodisiacos men-
junjes, elixires para todo. El exotismo en la foto, click: la magia
de la pobreza. Montar un burro, calzarse el sombrero, ponerse el

Gabriela Torres Olivares


sarape, esbozar una sonrisa: click. El instantáneo recuerdo para
hablar de la experiencia de este mundo que es y no. Prehispánicas
decoraciones de cartón pintado, cempasúchiles de plástico, catri-
nas que, incansables, suceden todo el año para no decepcionar al
extranjero que visita. A contraflujo de los transeúntes, una mujer
ajorobada, disminuida por cargar en el rebozo a un niño, extiende
Piscinas verticales (fragmento)

la mano en silencio, ignorada por la multitud que prefiere verla


representada en un jarrón de talavera, abrazando alcatraces en
cualquier reproducción, pero no ahora porque su cuerpo incomo-
da, incomoda su carencia que diluye la alegría de vacaciones, de
shorts con estampados de palmeras y de flores tropicales, de flip
flops. Quizá evoquen el momento ya cuando estén en casa, fuera

57
del peligro de contagiarse con esa tristeza particular que tiene la
miseria, tal vez mientras observen los angulosos rasgos del tla-
toani en la alcancía de yeso que compraron, o mientras admiran
el colorido patrón de las chaquiras en el niérika que regatearon
o en los motivos del bordado en una blusa de manta, en los ale-
brijes, en las máscaras de coco o en los adornos de jícara o en
cualquier memorabilia. Pero no ahora. Porque ahora vagan en
filas desordenadas, colectando recuerdos, acumulando instantes
para su experiencia, dándose el lujo de no tener que entender el
tipo de cambio en sus divisas, prueban el elixir: click, exageran
muecas de desagrado: click, esbozan una sonrisa triunfadora para
la fotoevidencia de haberse atrevido a los sabores complejos de la
otredad: click.
Plano general de este congestionamiento humano para sugerir
el flujo turístico. Tal vez pueda utilizarlo junto al footage de otras
escenas citadinas que ya tiene. Ponerlo con el de un buque porta-
contenedores que parece detenido en medio del mar pero avanza
lentamente hacia el encuentro de buques grúa para descargar la
julio-septiembre de 2019

mercancía. Mejor aún, colocarlo antes del travelling progresivo


del muro cuando entra al mar, el del zoom in a las gaviotas que
a lo lejos aparentan darse un beso y, paulatinamente, mientras
la cámara se acerca, nos damos cuenta de que forcejean por las
entrañas de algo, una tripa sanguinolenta que las une por el pico,
son gaviotas siamesas que comparten su cordón umbilical, un lis-
tón de carne, una lengua prolongada, hasta que la más grande ter-
vol. 1, núm. 1

mina por extraer del buche de la otra el resto de su comida para


entonces retroceder a saltitos antes de emprender el vuelo con el
colguije de entrañas: zoom out. Será así: la barda que el mar devo-
ra, las gaviotas que se besan, el turismo diurno en la avenida prin-
cipal. Acaso utilizar el efecto freeze frame para transicionar cada
uno de los planos. Es decir, en el paneo de la barda, la escena se

58
congelaría justo en la coyuntura entre los barrotes y el mar y nos
quedamos mirando la espuma de unas olas detenidas, ante la sen-
sación de que la escena se ha pausado por alguna falla del aparato
o el programa en el que estamos reproduciendo la grabación hasta
que un sonido en medio de la imagen detenida nos hace entender
que esto es intencional, que es un efecto para resaltar el clímax
de la escena, destacar su importancia en la memoria inmediata
del espectador por paralizarse en un fotograma. Así, entonces, el
paneo de una barda detenida justo en la coyuntura de los barrotes
al tocar el mar, las gaviotas que se besan y a las que nuestra mi-
rada va acercándose para descubrir que forcejean por las vísceras
de algo y entonces freeze frame para destacar la lustrosa textura
rosa-sanguinolento de la tripa que une ambos picos, unos segun-
dos los une, para que podamos visualizar el drama de la carne y
entonces la escena se descongela cuando la más grande saca el
resto de la tripa del buche de la otra y grácilmente retrocede sólo
para poder impulsar el vuelo. El turismo diurno de la ciudad vaga
en filas desordenadas: freeze frame por unos segundos: se descon-
gela el fotograma y el turismo sigue vagando entre murmullos, en-

Gabriela Torres Olivares


tre distintos idiomas que se caen o se deslizan o se elevan, aunque
indistintamente aguzan el oído de los comerciantes o los meseros
que en la banqueta aprontan sobre el rostro del marchante algún
menú, un catálogo de joyas o de sospechosas piedras que a la
frontera trajo el big bang.
Mientras este plano general sucede en la lente, en su mente
Piscinas verticales (fragmento)

ocurren recuerdos de otras escenas. Tal vez haya sido la imagen de


la mujer ajorobada, disminuida por cargar en el rebozo a un niño
la que catalizó el footage de la memoria. No sólo el del irónico
paneo de los barrotes que dividen inútilmente el océano o el zoom
in a las gaviotas que pelean, sino también otras. Unas que antago-
nizan esta opulencia con que el turismo se uniforma de casual;

59
escenas capturadas en la cámara y otras sólo con los ojos. Recuer-
da, por ejemplo, a la mujer con elefantiasis en las piernas que ven-
día paletas de cajeta, recuerda haberle preguntado amablemente
si se dejaría grabar: no quiero ser intrusiva recuerda diciéndole al
aristocrático gesto en el rostro de una mujer acostumbrada a las
miradas, al escrutinio de sus inflamadas piernas. Plano entero de
su figura inclinada hacia el frente, postrados los brazos, sus ma-
nos asidas al tubo del andador del que cuelgan varias ristras de
paletas. Su mirada atraviesa la lente y sólo se mueve un momen-
to, distraída por la breve interrupción de un claxon cuyo carro es
invisible a cuadro. El cuero de las sandalias ha sido modificado
para contener la crónica deformación en el empeine de los pies,
los dedos asemejan los rizomas de jengibre, amontonándose en el
desorden anquilosado por las secuelas de la enfermedad. Sonríe.
Más triunfal que el turista que en la avenida principal bebe de un
solo trago el ajenjo para tomarse una foto por haber sobrevivido a
la amargura anisada del licor. Más triunfal en ese instante en que
sus piernas ceden protagonismo al rostro, sonríe y son sus labios
julio-septiembre de 2019

los que atrapan la atención.


La sonrisa de la mujer con elefantiasis será recordada de una
forma hasta que vea la grabación de esa sonrisa en una pantalla y
entonces al recuerdo lo suplantará la reproducción de esa sonrisa,
la sonrisa se ceñirá a la calidad del video, a los colores posibles por
la capacidad de la cámara. Igualmente ocurrirá con la sutura que-
loide en el muñón del brazo de un joven tragafuegos al que filmó
vol. 1, núm. 1

hace unos días: la lombriz tiznada que sellaba al bíceps dándole


la apariencia de un animalito autónomo, atrapado en un costal
de piel humana, no tendrá los mismos detalles en la grabación.
Los objetos y sujetos del ambiente, la formación de las nubes en
el cielo, el calor del pavimento a esa hora, el olor de la gasolina
en su aliento, y en su cuerpo y en todas partes, la combustión de

60
la estopa, poco a poco se irán difuminando en la memoria para
que se imprima el recuerdo de un plano entero de frente en don-
de él dice su mote y su profesión de tragafuegos y luego explica
la causa de la amputación que tuvo su primer síntoma en una
tumefacción, aparentemente inocua, que devino en la pérdida de
sensibilidad y finalmente en el necrosamiento del antebrazo por el
uso intravenoso de heroína: zoom in, plano a detalle de la cicatriz
queloide cuando trastabillante, un poco tímido explica que ha de-
jado de inyectarse; luego un plano americano de perfil que graba
la gestación y nacimiento de una llamarada que en la memoria
implantada del video nunca se extinguirá pues ella dejó de filmar
antes de que él terminara.
Los turistas vagan en filas desordenadas por las banquetas de
la calle principal. Ha dejado de grabarlos para buscar una ban-
ca en donde descansar del presente y hundirse por completo en
sus pensamientos. Para inventariar sus imágenes, para recordar el
footage capturado por la cámara y también el que sólo es posible
en la memoria: no cámaras, only with your eyes, güera. Porque
mientras esto ocurre, ella sabe que a unas cuadras de aquí no es

Gabriela Torres Olivares


posible filmar, only with your eyes. Porque hay una escena que in-
tentó y no pudo grabar, y acaso sea este motivo de restricción por
el que la imagen recordada persista vívida, más puntiaguda, con
ciertos detalles pulsando para irrigar nitidez al ejercicio de evoca-
ción. Exiliarse un instante del presente e imaginar lo que sucede
simultáneamente a unas cuadras de aquí, detrás de esos edificios,
Piscinas verticales (fragmento)

de los locales y hoteles, detrás de los ojos, en una memoria que se


sigue perpetuando sin importar si ha pasado, porque a esta hora
sigue sucediendo.
En el recuerdo hay un montón de adolescentes recargadas
en los muros a lo largo de una calle. Todas vestidas con pren-
das semejantes, sólo pueden diferenciarse por los colores o algún

61
accesorio para definir una cierta autonomía en el cautiverio de
iguales indumentarias. Un par de arracadas fluorescentes, me-
tálicos cromados en las cuentas de un collar, más brillantina en
los tacones, calcetas en vez de medias, un poco de rebeldía en
el tinte del cabello para que el mundo se entere de que no es su
tono natural. Ahora recuerda haber pensado en el aburrimiento
de las jóvenes, en la mala circulación cuando se está tanto tiempo
de pie, en las piernas con elefantiasis, en la tumefacción, en las
piernas, en el necrosamiento, en las piernas, en la similitud de
las facciones (además de la ropa), como si todas fueran parien-
tes en diverso grados o en varias líneas, en la edad estrictamen-
te homogénea de las chicas, ninguna podía llevarse más de dos
años, recuerda haber pensado en esa grasa infantil de las meji-
llas, en la cándida redondez de sus rasgos pese al maquillaje. Las
adolescentes se recargan en los muros, en las columnas de los ba-
res, hacen bromas entre ellas, juguetean con los cordones de sus
bolsos, caminan unos pasos regresando sobre huellas invisibles,
mueven las piernas en un vaivén por el hastío hasta que algún
julio-septiembre de 2019

carro se aproxima lentamente, entonces todas se enfilan a la van-


guardia de la acera, las más creyentes se persignan antes de po-
sar con la mano en la cintura, abocinan los labios, o contonean
las caderas y los hombros, o sumen el estómago y se enderezan.
Pero mientras el carro avanza, en los rostros van desvaneciéndose
mágicamente los vestigios del aburrimiento para que entonces su-
ceda filosa una impaciencia, una impaciencia mellada, instintiva,
vol. 1, núm. 1

endémica a la mirada de la gente que tiene que defenderse sola,


una impaciencia que los otros nunca pueden entender. Explícita-
mente prohibido y bajo el riesgo propio es ingresar a esta parte
de la zona roja e intentar grabarla sin un permiso especial, sin la
influencia de un cacique que domine el área, de un conocido o
cercano: le dijeron: no cámaras, only with your eyes, güera.

62
No cámaras.
Sólo con los ojos. Detrás de los edificios, de los negocios y hoteles,
a unas cuadras, a esta hora, en este mismo instante, una mirada de
pájaro podría visualizar aéreamente la distancia, sólo con los ojos, de
lo que simultáneamente el recuerdo está evocando. Pero podría verla
también a ella, sentada en una banca, descansando junto a una cá-
mara y un tripié, de espaldas al presente, al turismo diurno que vaga
en filas desordenadas por la calle principal, mientras los meseros o
comerciantes aprontan en los rostros de los marchantes sus menús y
sus catálogos, y las adolescentes aburridas se recargan en los muros
hasta que el techo rectangular de un vehículo va acercándose lenta-
mente, lentamente también ella deja caer el peso de su espalda en la
banca para terminar de hundirse en el inventario de la memoria, para
pensar en las dinámicas humanas, en los cuerpos de su especie, y sólo
la saca de esta frenética retahíla la súbita paranoia de estar siendo
observada, observada por un pájaro y vuelve la mirada al cielo para
descubrir una hilera de palomas espectando desde los cables de luz la
vida abajo. Su rostro sorprendiendo aves espías: freeze frame.

Gabriela Torres Olivares


El presente texto es un fragmento de la novela Piscinas verticales,
escrita por Gabriela Torres Olivares.

Piscinas verticales (fragmento)

Gabriela Torres Olivares (Monterrey, México, 1982). En 2010, publicó el


libro de cuentos Enfermario (FETA), cuya versión en inglés fue publicada por
la editorial angelina Les Figues Press, en 2017. Su novela Piscinas verticales (o
la bruma un hábitat sustentable) obtuvo el premio Frontera de Palabras/
Border of Words 2017, y fue publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro
en ese mismo año.

63
La resurrección de Héctor

Gabriel Martínez Bucio

“Cualquier mujer cree que la vida del amado puede depender


del marchitarse del clavel que le diera si el amado descuida
ponerlo en agua en el vaso que ella le regaló”.
Tantalia, Macedonio Fernández

A quiles nos despertó con el cadáver de Héctor entre el hocico y


nos lo tiró, ahí nomás, en medio de la cama, como una ofren-
da sangrante y juguetona. Lo reconocimos enseguida: tres man-
chas negras, en línea, puntos suspensivos sobre la blanca pelusa
de su espalda. No mames, Aquiles, qué pedo, soltó Ana mientras el
julio-septiembre de 2019

susto descendía y le ascendía la rabia. Aquiles, sin embargo, lamía


el cuerpecito inerte y nos miraba divertido. El lodo que envolvía
a la víctima evidenciaba una buena arrastrada por el jardín, y me
hizo pensar que, esa noche, la Ilíada se había convertido en una
fábula de La Fontaine; como si de pronto los animales hubiesen
querido parodiar el famoso duelo. Mientras observaba el deshon-
roso cadáver temí que en nuestra alcoba, a esas horas, anduvieran
vol. 1, núm. 1

revoloteando extrañas versiones de Apolo y Tetis. Pero Ana ya se


había sacudido el sueño y me llamaba a la realidad: Gabriel, aho-
ra sí se pasó de verga este perro. ¿Ya viste? Es Héctor, el conejito
de los vecinos.
Desde cachorro, Aquiles había demostrado aptitudes de caza-
dor. Cada que se acercaba para lamernos las mejillas o los labios,

64
nos dejaba restos de bichitos, abejas, flores. Pensamos que era un
divertimento. Cosas de cachorro que se detendrían una vez que lo
entrenáramos y ahí no se puede orinar Aquiles y carajo, si traes
las patas sucias no duermes dentro de la casa y muy bien, senta-
dito, así, toma tu croquetita. No pudimos corromper su espíritu
trampero. Con el tiempo sus habilidades fueron desarrollándo-
se y, como cualquier persona que durante su infancia demuestra
destrezas singulares y en la adolescencia sale al mundo para afi-
larlas, Aquiles no tardó en olvidarse de nuestro pequeño jardín
para aventurarse en nuevos territorios indómitos: las casas de los
vecinos y su fauna doméstica.
Conforme las travesuras se convirtieron en crímenes, el pai-
saje del carrer de Aiguafreda cambió. Donde antes había puertas
abiertas y jardines que se extendían hasta la calle, comenzaron a
levantarse bardas, versiones minúsculas y coloridas de la muralla
de Troya. De igual forma, los consejos de los vecinos devinieron
en amenazantes advertencias hasta encallar en insultos racistas.
Hostia puta, mexicanos de mierda, sacrifiquen a ese perro, joder.
¿Querían un muro? Allí lo tenéis, coño. Alguna vez, incluso, apa-
reció un mosso en nuestra puerta con una demanda formal que,
gracias a la burocracia, conseguimos alargar hasta el olvido.

Gabriel Martínez Bucio


─¿Qué vamos a hacer? —murmuró Ana.
─No lo sé.
─Tenemos que ayudar a Aquiles.
─Nos lo van a sacrificar si se enteran.
─Pinche Aquiles, carajo.
La resurrección de Héctor

Pasamos la noche en vela barajando todas las posibilidades


—una más torpe que la otra—, que incluían regresar a México
en el primer vuelo, pero no había suficiente dinero; hacernos los
despistados, si no hay cuerpo no hay delito, subrayó Ana, pero la
mala fama de Aquiles en el barrio nos volvería muy sospechosos;

65
o confesar la verdad a nuestros vecinos, una pareja recién casada
que se encontraba de viaje. Hacía unas cuantas semanas que los
habíamos visto corretear a su conejito por su jardín mientras
lo llamaban por su nombre. Ellos no saben del currículum de
Aquiles. Acaban de llegar al barrio. Pero se van a enterar, les basta
hacer una pregunta para que todos nos señalen. Así continuamos
un par de horas, mirando el techo, con el cadáver entre nosotros
y Aquiles durmiendo plácidamente. De pronto, Ana se irguió y,
alborotada, preguntó:
─¿Los conejos tienen paros cardiacos?
─Si le dieron duro a la fumada…
─No seas cabrón, estoy hablando en serio. ¿Tienen o no tie-
nen paros cardiacos?
─ Y yo qué sé, me imagino, tienen su corazoncito, las cosas pasan.
─No mames, a ver, googléalo en tu celular que se me ocurrió algo.
En efecto, querido lector, los conejos pueden sufrir afecciones
cardiacas. Lo comprobamos tras encontrar un video que tenía por
título un extraño y perverso juego de palabras o una ignorancia
julio-septiembre de 2019

ortográfica: “paro cardiaco a conejo, cojiendo”. Ana sonrío y me


dio dos palmadas en la panza, un beso en la mejilla. Ya sé qué
hacer, dijo, extasiada.
Hacía mucho tiempo que no la veía así de contenta. Como
cualquier matrimonio, teníamos nuestros problemas. Pero no ha-
bíamos querido resolverlos como otras parejas, un hijo, un viajeci-
to, otra ciudad y un nuevo comienzo. Desde hacía algunos meses,
vol. 1, núm. 1

la discusión había caído en la costumbre de la postergación para


inmovilizarse, como un barco encallado en el puerto, en una di-
sensión geográfica: Ana estaba cansada de ser extranjera y ama-
gaba con volver a México para estar cerca de su madre. Yo quería
terminar mi doctorado en Letras en Barcelona y echar raíces en
este lado del Atlántico.

66
Jamás pensamos que el cadáver de un conejito fuese nuestra
salvación matrimonial.
Encendimos la luz. Nos levantamos de la cama. Tomé entre
mis palmas el cuerpecito sucio y lo llevé al baño. Uno debía sos-
tenerlo y el otro tallarlo con delicada fuerza. Abrimos la llave,
jabón, primero el pechito. Mientras Ana fregaba y yo le sostenía
el cuellito roto, nuestros dedos comenzaron a enlazarse, como si
tuvieran vida propia, un meñique, el jabón resbalando, el anillo
de bodas relucía, dos meñiques, las orejas ya están limpias, aho-
ra la cola, tres caricias y qué haces, sonrió Ana, ella lo sabía, la
delataba esa costa de sonrisa y la mirada de soslayo cuando le
besé el cuello, pero ya era tarde para una respuesta innecesaria
y mi mano libre comenzó a buscar sus muslos, la entrepierna y
su mano libre no tardó en pasear por el resorte de mi pijama.
Estuvimos así unos cuantos minutos, con movimientos lentos,
sigilosos, casi como si no quisiéramos que nuestras otras manos,
las que sostenían al cadáver, se enteraran de lo que hacían las
otras manos.
Y entre beso y beso, abandonamos el cuerpecito de Héctor
en remojo, y entre beso y beso, regresamos tropezando hacia la
cama. Ni siquiera nos importaron las sábanas enlodadas. No fue

Gabriel Martínez Bucio


brusco ni pasional. Fue un reencuentro delicado, nervioso, entre-
gado, donde nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo. Dormimos
abrazados, profundamente, con sueños y todos sus derivados.
Al despertar, nos dimos cuenta de que habíamos dejado la lla-
ve del lavabo abierta. La alfombra de nuestra habitación estaba
La resurrección de Héctor

empapada. Nos tomó un par de minutos encontrar el cadáver del


náufrago debajo del armario. Acá está el cabrón, dijo Ana, antes
de soltarnos a reír como dos locos, dos recién enamorados.
Ninguno asistió a sus obligaciones ese día. Ana se reportó en-
ferma en la tienda de música donde trabajaba y yo envié un mail

67
a mi tutor donde describía un extraño dolor estomacal resultado
de una mala paella del fin de semana.
El café fue placentero. Caricias en el pelo cada vez que nos
levantábamos por otra magdalena y quieres más fruta, bichito, te
pongo más jugo. Estábamos contentos, excitados. El plan estaba
en marcha. Colgamos a Héctor de las orejas en el tendedero para
dejarlo secar. Rodeé con mi brazo la cintura de Ana y salimos a
la calle.
Las ramblas nos recibieron como en nuestros primeros días
por Barcelona cuatro años atrás. Con tierna parsimonia, nos dete-
níamos a cada paso para entregarnos a la contemplación. Por mo-
mentos, olvidábamos nuestro cometido y nos dejábamos envolver
por el murmullo arquitectónico, el dragón del farol, el mosaico de
Miró, la Casa Beethoven, de donde salimos con pequeñas mani-
velas de La vie en rose, de Edith Piaf, y Love me tender, de Elvis.
Con este estado de ánimo romántico y extravagante, entramos
a las ferreterías del carrer de Tallers y pedíamos palas, cadenas,
ganzúas, llaves inglesas, como quien pide una caja de chocolates,
julio-septiembre de 2019

bombones, peluches o una nieve de limón en la feria nocturna.


Estamos reparando la casa, decía Ana al dependiente, y, sonrien-
do, se escondía en mi pecho. En realidad no necesitábamos tantas
herramientas. Hubiera bastado una lámpara y un par de destor-
nilladores. Quizás un pasamontañas, una soga. Pero el exceso y la
desproporción metálica eran la envergadura de nuestra secreta y
desbordada felicidad.
vol. 1, núm. 1

Después de una lenta caminata por el malecón, regresamos


a nuestra casa con el celaje del atardecer. Descolgamos a Héctor.
Una vez seco por el calor del verano, advertimos que su abundan-
te pelaje camuflaba con éxito las marcas vampiresas de Aquiles.
Lo colocamos en el piso, en medio de todos los artefactos que ha-
bíamos comprado, con el mismo respeto con el que se deposita un

68
objeto sagrado en el centro de un aquelarre. Daba la impresión de
que los utensilios montaban guardia en un velorio. Aquiles, inclu-
so, se mostraba arrepentido del ultraje y no se atrevía a franquear
el círculo metálico.
Esperamos impacientes el anochecer. La Aiguafreda es una
pequeña calle de apenas cincuenta metros de largo, pero concen-
tra la mayor cantidad de balconcitos por metro cuadrado de la
ciudad. Demasiados ojos. Por cualquier cosa, decidimos usar los
pasamontañas. Los probamos una y otra vez delante del espejo
del baño. Parecíamos delincuentes. Y mientras las ventanas de los
vecinos quedaban en penumbras, nos entregábamos divertidos al
otro, como una sombría versión de Los amantes de Magritte.
La calle quedó vacía. Nadie cruzaba el pequeño puente que
corona la Aiguafreda. Apenas filamentos del único farol que se
acurrucaba al inicio de la cuadra. Era el momento. Guardamos a
Héctor en una cajita de zapatos y salimos suaves, elásticos, por la
silenciosa noche.
Por suerte, nuestros vecinos no habían edificado aún ningún
muro. Así que entramos a hurtadillas en su jardín. La viscosidad
del lodo que envolvía nuestros pasos aumentaba la sensación de
aventura. De pronto, Ana tropezó en un pequeño hoyo. Al caer so-

Gabriel Martínez Bucio


bre el césped soltó una dolorosa risilla. Espérate, me torcí horrible
el tobillo. Shhhh, Ana, ¿estás bien? Ay, cabrón, más o menos, su-
surró, mientras se le escapaba una risa nerviosa que se apresuraba
a agarrar con una mano y, con la otra, se acomodaba de nuevo el
zapato.
La resurrección de Héctor

La puerta de la entrada cedió ante un par de movimientos


certeros de las ganzúas. Una vez dentro, debíamos localizar la
jaula de Héctor. Teníamos que ser rápidos y no dejar rastro de
nuestra presencia. Con un vivaz palpar de ciego buscamos en la
cocina, en el baño, el comedor, hasta entrar en el dormitorio. Nos

69
llamó la atención encontrar la jaula cerrada y arrumbada al fondo
del armario junto a unas bolsas de espinacas y remolacha echadas
a perder. ¿Cómo chingados llegó Aquiles hasta acá? Sin embar-
go, Ana estaba furiosa como para atender mis dudas. ¿Pero estos
están enfermos o qué?, se fueron de vacaciones y le dejaron la
comida a una distancia imposible. Está bien pinche raro, pero no
te me pongas defensora de los animales ahorita, hay que meterlo
y salimos en chinga.
Regresamos a Héctor a su hogar con éxito. Le apoyamos la
cabecita sobre una esquina de la jaula. Listo. Un paro cardiaco. O
que se chinguen, que sepan que se les murió de hambre. Lo que
sea, pero ya está. Vámonos, vámonos.
Los siguientes días fueron plácidos y armoniosos. Por fin nos
sentíamos del mismo lado del mundo. Ana telefoneó a su madre
para informarle que siempre sí Barcelona, que ya, si eso, habla-
rían en diciembre. Nos amábamos de nuevo, inmensamente, como
antes. Pensé, por un instante, que era feliz, es decir, que sentía que
iba a dejar de serlo. El ansiado retorno de los vecinos operaba so-
julio-septiembre de 2019

bre nosotros como un imán que nos impedía alejarnos mucho del
barrio. Sólo una vez tuvimos que bajar a Gràcia para que le revi-
saran el tobillo a Ana, que parecía sanar sin ningún contratiempo.
Esta crema, antes de acostarse, reducirá la hinchazón, fue lo que
dijo el médico. Todas las tardes, después del trabajo y la univer-
sidad, paseábamos a Aquiles por los miradores de los bunkers y
espiábamos la ciudad como si nos asomáramos a nuestra propia
vol. 1, núm. 1

obra, una Barcelona renacida.


Una noche se encendieron las luces de la casa de los vecinos.
Volvieron. Ana pasó no sé cuántas horas con la oreja pegada a la
pared en espera de un grito desgarrador. Incluso cenó de pie, no
quiero perderme ningún detalle. Pero nada, nadie, nunca. Por
la ventana tampoco observamos ningún rastro extraño, ningún

70
hombre fumando a altas horas de la madrugada tratando de sacu-
dirse un trago amargo, ninguna mujer llorosa. Nada. Y de repente,
sin ninguna queja, las luces de la casa de los vecinos se apagaron.
Sin embargo, la curiosidad, querido lector. Si no hubiera sido
por la curiosidad, Ana no hubiese vuelto a México y yo no estaría
escribiendo estas páginas en la biblioteca en lugar de terminar mi
tesis doctoral. La descalabrada curiosidad fue la que nos sedujo
a invitarlos a cenar la siguiente noche. Disfrazamos la reunión
de una cordial cena de bienvenida al barrio. Ya saben, para co-
nocernos mejor, ¿les parece bien a las diez? Muchas gracias, ahí
estaremos, ¿quieren que llevemos algo? Tranquilo, tenemos todo
preparado. Aunque quizás también fue el amor, el amor que ya
se había ido y, al regresar, como una ola que rompe con fuerza,
escupe a los bañistas fuera del mar.
¿No sería maravilloso que acariciaran a Aquiles?, preguntó
Ana cuando poníamos la mesa y pegó unos brinquitos encantado-
res por la cocina. Su maldad me parecía la muestra más genuina
de la ternura.
Después de las formalidades de qué bonita casa y desde hace
cuánto viven acá y sí, un poco más de vino, por favor, y contar-
nos que las vacaciones en Cerdeña espléndidas, que dos años de

Gabriel Martínez Bucio


novios y cuatro meses de recién casados, que la vecina aquella es
bastante rara, ¿no?, y en qué horarios pasa el camión de la basu-
ra, no aguantamos más.
—Una vez los vimos jugando con un conejito en su jardín. ¿Es
su mascota?
La resurrección de Héctor

Como malos criminales queríamos observar de cerca a nues-


tras víctimas, comprobar que habían caído en nuestro truco y
burlarnos de su ignorancia que atribuirían, imaginábamos, a un
fallo de la naturaleza. Hubo un silencio incómodo, casi descortés.
Y, titubeante, él comenzó el relato mientras le cogía la mano a ella.

71
—Sí, sí. Pues no sé cómo contarlo. Ha sucedido algo extraño.
Se llamaba Héctor. Lo compramos el día en que nos hicimos novios.
Ana y yo nos sonreímos, pero disimulamos el entusiasmo tras
un ingenuo interés en su historia.
—Al regresar de nuestro viaje lo hemos encontrado muerto en
su jaula.
En ese momento el fervor nos controlaba. Queríamos ver has-
ta dónde más podíamos llegar, hasta dónde soporta un humano
que le remuevan el cuchillo en la herida. Y pregunté, tratando de
ahogar la carcajada en la lengua con un bocadillo de pan:
—¿Un paro cardíaco? —Ana casi escupe el vino en la copa.
—Desde luego. Pero lo extraño es que eso sucedió hace dos
semanas, unas horas antes de irnos de viaje. Le teníamos tanto
cariño que lo enterramos en el jardín y como no teníamos mucho
tiempo guardamos sus cosas en el armario de nuestra habitación.
Ahora que hemos vuelto lo descubrimos limpio de nuevo en su
jaula. ¿Cómo puede ser? Sólo queda el hoyo donde lo habíamos
sepultado. ¿Quién puede ser tan perverso?
julio-septiembre de 2019

Ana abrió los ojos con desmesura, como quien intenta recor-
dar una época que ha dejado de existir. Me miró sorprendida antes
de cerrar los ojos con fuerza. Se inclinó sobre la mesa y comenzó a
tocarse el tobillo, a sobarlo. ¿Estás bien?, alguien preguntó. Sí, sí,
sí, respondió, pero en sus labios ya no pude distinguir una sonrisa
sino una especie de mueca.
vol. 1, núm. 1

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El terreno de juego de la escritura

Gabriel Martínez Bucio

M i relación con la escritura parte del juego. Así como el mundo


de los jugadores de fútbol es dotado de sentido durante noventa
minutos por un límite rectangular, en la escritura sucede un proce-
so parecido. Cuando brota un recuerdo, un personaje, una situación
que nos obliga a sentarnos a trabajar (tras avisar a los amigos que
se estará indispuesto por un determinado tiempo), la existencia pa-
rece adquirir sentido. Los límites, veloces, trazan nuevas geografías,
la cancha de juego. Y, de pronto, el mundo es nuestro patio. En este
sentido hay que saber discernir quién es la pelota, quiénes los con-
trincantes, el árbitro, la porra y quién es de nuestro equipo. Todos
están bajo nuestro poder. Sólo hay que saber moverse por la cancha.
De igual forma, el mundo parece hablarnos. Es decir, cuando

Gabriel Martínez Bucio


se está inmerso en la escritura cualquier lectura nos interpela, nos
señala el rumbo. No importa que sea del siglo XII o un cuento
contemporáneo. Hay una imantación del mundo que debemos sa-
ber leer y percibir. Por ejemplo, la cotidianidad se transforma en
campo de cultivo para nuestros relatos. Y ya no se diga nuestras El terreno de juego de la escritura

propias vivencias que parecen adquirir un brillo particular en la


memoria y en la imaginación. Y no se preocupe por no ser fiel a lo
que realmente pasó en la realidad, por torcer los hechos en función
de su relato. La ficción, en muchas ocasiones, es una de las formas
más profundas de acceder a lo genuino. Y eso es lo que buscamos.
En este proceso a veces se sufre, otras se disfruta en demasía.
Pero algo es seguro. Se padece un trance. Uno está y no está en

73
el mundo, lo cual se explica por el doble movimiento en el que se
encuentra situado el escritor, sumido en un curso de eventos tanto
introspectivos como externos. Y hay que estar atentos. Sobre todo
en los momentos de relajación. Los bares, las citas, los cafés son los
escenarios donde la mente finge liberarse del trabajo literario y ahí
la idea, como una mujer celosa por haberla dejado de lado, apare-
ce con más fuerza. Tampoco hay que salir corriendo del bar para
escribir una línea del cuento. Eso significaría, a la larga, la pérdida
de algunas amistades. Mucho menos abandonar a la chica de la
cita a media anécdota sobre lo que le pasó en la niñez. No hay que
ser groseros en esta vida. Basta con sacar una libretita discreta y
apuntar la idea para que no se olvide con los vapores de la cerveza.
Pero al llegar a casa, es necesario volver al trabajo. El tiempo co-
rre y la partida está en juego. Y si uno se desentiende por completo, el
relato pierde interés para el mismo escritor o las tramas se confunden
en su mente. Por eso es vital, cuando se siente la íntima necesidad de
escribir, de no despegarse por mucho tiempo del teclado o el papel,
para los románticos. La literatura es una tenue vela que no hay que
julio-septiembre de 2019

dejar apagar porque cuesta mucho trabajo volver a encenderla.

Gabriel Martínez Bucio (Uruapan, Michoacán, México, 1989). Estudió


Letras en la Universidad Iberoamericana, y formó parte de la novena
generación del Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra,
en Barcelona. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo de la Revista Punto de
vol. 1, núm. 1

Partida (UNAM) por su trabajo sobre Macedonio Fernández. Es autor de la


novela Vidrios en el parque (La Equilibrista Editorial, Barcelona, 2018). Sus
crónicas, cuentos y ensayos han aparecido en antologías como Once cuentos
rusos (Ficticia Editorial, México, 2018), Esto no es una revista literaria (La
Milana Bonita, España, 2016), Relats d’amor (España, 2017) y Pluma, Tinta
y Papel (Diversidad Literaria, España, 2016).

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RU MOR A TI

M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
Efraín Velasco
Rumor a ti

EFRAÍN VELASCO

75
1. Para caracterizar la capacidad asociativa del
lenguaje poético, Ezra Pound acuñó el término
logopoeia.

2. Para su mejor entendimiento, il miglior fabbro


nos recomendó pensar en la logopoeia como “la
danza del intelecto entre las palabras”.

3. La palabra tiene un componente físico, lo que sen-


sorialmente percibimos a través del oído o del ojo.

4. Entonces sospecho que “un algo” se mueve de-


trás del plano físico de la palabra.

5. ¿Qué estrategia se podría utilizar para pasar


a primer plano esta cualidad del lenguaje
poético?

6. A finales de los años setenta, los poetas Charles


julio-septiembre de 2019

Bernstein y Bruce Andrews editaron la revista


L=A=N=G=U=A=G=E.

7. Al margen del movimiento que se desarrolló a


través de esta publicación, el nombre de la re-
vista me sugirió una posibilidad de llevar al lí-
vol. 1, núm. 1

mite la condición de logopoeia del lenguaje. No


explorar las asociaciones que se pueden aludir
en las construcciones gramaticales, sino entre
las partículas que articulan a las palabras, las
letras.

76
8. ¿Cómo inocular un rumor en una palabra sin
que esta se desarticule al grado de perder su
significación?

9. El movimiento conocido como poesía concreta


entiende “lo verbivocovisual” como una reacción
sinestésica en la que el cuerpo visual de la pala-
bra alude intermitentemente a lo audible y a lo
visible, para dotar de significado al poema.

10. :* es un emoticono que alude a la imagen de un


beso, es decir, aunque no refiere un sonido, esta
conjunción de grafías denota un concepto, un
concepto mudo.

11. Insertar estos emoticonos entre las letras de la


palabra MIÉRCOLES y después utilizar la estra-
tegia verbivocovisual concretista para una cali-
bración visual.

12. El poema se titula Rumor a ti.

Oaxaca, abril, 2019.

Efraín Velasco (1977, Oaxaca de Juárez, México). Recibió el Premio Na-


Efraín Velasco

cional de Poesía Joven "Elías Nandino" 2008 por el libro & mi voz tokonoma
(FETA, 2008). Es autor de los libros de poesía Gretel regresa sola (y no cuenta
nada de lo sucedido) (Luzzeta, 2018), Sostiene Gruñón (CCD, 2015) y 4' 33''
Rumor a ti

(PdlF, 2015).

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Biografía

Roberto Piva

N ací en la maternidad Pró-Matre, en el corazón de São Pau-


lo, hace 46 años. Piva es un antiguo nombre de Véneto
(Italia del Norte). Mi abuelo era de Saleto, cerca de Rovigo.
El Libro de la Familia, que tenía allá en casa, cuenta la histo-
ria de un antepasado caballero que combatió en las Cruzadas,
como el abuelo Cacciaguida de Dante, sólo que al regresar de
las Cruzadas se hizo hereje & comenzó a predicar a favor del
Demonio. Por orden del obispo local, fue quemado en la plaza
julio-septiembre de 2019

pública con armadura & todo. En este momento, debe estar


pasando una temporada en la IX Bolgia del Infierno de Dante,
lugar destinado a los sembradores de discordia. Los hijos hu-
yeron de la ciudad & la descendencia continuó.
Pero en materia de revuelta yo no necesito de antepasados.
Mi vida & poesía han sido una permanente insurrección contra
todas las Órdenes. Soy una sensibilidad antiautoritaria actuan-
vol. 1, núm. 1

te. Prisiones, desempleo permanente, epifanías, estudio de las


lenguas, LSD, hongos sagrados, pasones, jazz, rock, pasiones,
delirios & todos los boys. El cine holandés informará.
Sólo creo en el poeta experimental que tenga vida experimen-
tal. No tengo ningún patrón en un “Puesto”, ni saca-borrachos &
guardacostas literarios en las redacciones de periódicos & revistas.

78
Nada más provinciano que los clubcitos cerrados de la poesía
brasileña, con sus autores-burócratas tratando de restaurar el
Orden & cagando Reglas que el futurismo, dadaísmo, surrealismo
& modernismo ya se encargaron de destruir. A estos neozhda-
novistas de todos los matices, me gustaría recordarles este pa-
saje del manifiesto redactado por André Breton & León Trotsky:
“En materia de creación artística, importa esencialmente que
la imaginación escape a toda sujeción, no se deje imponer filia-
ción bajo ningún pretexto. A aquellos que nos presionan, hoy o
mañana, para que consintamos que el arte sea sometido a una
disciplina que sustentamos radicalmente incompatible con sus
medios, oponemos una recusa inapelable, y nuestra delibera-
da voluntad de mantenernos en el lema: todas las licencias en
arte”. Cierro también con John Cage & no abro: “Estoy por la
multiplicidad, la atención dispersa y la descentralización, y por
tanto me sitúo del lado del anarquismo individualista”. O Jean
Dubuffet: “El unísono es una música miserable”. Necesitamos
creaciones desprovistas de reglas & de convenciones paralizan-
tes. La poesía es un salto en la oscuridad, como el amor. Por
eso, mis lectores preferidos son los herejes de todas las escuelas
& los transgresores de todas las leyes morales & sociales. Como
no soy intelectual de izquierda, estoy siempre de regreso al pro-
blema del varo.
Pasolini comenzó la cuenta regresiva de nuestro planeta a
partir de la desaparición de las luciérnagas en Italia. Yo podría
comenzar la misma cuenta regresiva a partir del desconoci-
miento & desaparición de la abeja Jataí en Brasil. Creo que,
Roberto Piva

para la defensa de nuestro planeta, las mejores ideas, como


dice Edgar Morin, son las ideas “biodegradables”.
Una tarde, en una isla olvidada del litoral sur de São Paulo,
Biografía

un muchacho con ojos de Afrodita me preguntó en lo que creía.

79
Respondí: Amor, Poesía & Libertad. Y en los ovnis también.

Iguape (SP), febrero de 85


Hora Cósmica del Leopardo.

Traducciones de Sergio Ernesto Ríos


julio-septiembre de 2019

Roberto Piva (São Paulo, Brasil, 1937-2010). Es uno de los grandes poetas
brasileños del siglo XX, autor del emblemático “Paranoia”, publicado en
vol. 1, núm. 1

1963. Sus poemas, ensayos y manifiestos se enmarcan, a contracorriente, en


una postura marginal que recuerda en ciertos momentos a la poesía beat y
vanguardias, como el surrealismo, una radical defensa de la naturaleza, y el
ascenso de la figura del poeta como chamán. Entre 2005 y 2008 apareció su
poesía reunida en tres tomos: Um Estrangeiro na Legião, Mala na Mão & Asas
Pretas y Estranhos Sinais de Saturno.

80

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