Talleres de Literatura en UAEMex
Talleres de Literatura en UAEMex
público en general a sus talleres permanentes de literatura en los rubros de poesía y narrativa, con el objetivo de
formar nuevos escritores, dar herramientas de escritura y crítica, analizar y ampliar el panorama de la literatura
contemporánea, técnicas narrativas, lecturas de obras paradigmáticas, poesía visual, sonora, nuevas tecnologías,
revisión de las vanguardias históricas y textos experimentales.
Sesiones Gratuitas
POESÍA: NARRATIVA:
Imparte Sergio Ernesto Ríos Imparte Alonso Guzmán
Jueves de 18:00 h a 20:00 h. & Todos los sábados de 12:00 h a 14:00 h.
Inicia 9 de mayo. Inicia sábado 11 de mayo.
• Grafógrafxs es una revista trimestral de creación literaria de la Universidad Autónoma del Estado de México. Su objetivo es
publicar textos de poesía, narrativa, ensayo, crónica, traducciones y reseñas, y entender la escritura como un territorio intercam-
biable entre lectores y escritores.
• La convocatoria de la revista es permanente. Se recibirán propuestas de publicación de autores de cualquier edad y nacionali-
dad. Además, se solicitarán colaboraciones a los autores que determine el Comité Editorial o el Director de la revista.
• La publicación podrá solicitar colaboraciones en determinados temas, y estas serán pagadas previa suscripción del instrumen-
to jurídico correspondiente, conforme a la legislación aplicable.
• Derivado de donaciones de libros por parte de casas editoriales a Grafógrafxs, esta publicación entrega a alumnos de la UAEM
un libro a cambio de la elaboración de la reseña respectiva. Estas reseñas se publicarán en el soporte electrónico de la revista.
• Tanto las propuestas de publicación como las colaboraciones solicitadas deben enviarse a [email protected] en archivo
de Word, con letra Arial a 12 puntos e interlínea de 1.5.
• En caso de requerir apoyo para redactar la propuesta de publicación o alguna reseña, se sugiere escribir a grafografxs
@uaemex.mx. Quienes radican en Toluca, pueden acudir a los talleres de literatura de Grafógrafxs especializados en poesía
(jueves de 18 a 20 horas) y en narrativa (sábados de 12 a 14 horas), los cuales se imparten en la sala Ignacio Manuel Altamirano
del edificio central de Rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México. El equipo editorial de la revista y los coordina-
dores de los talleres proporcionarán con gusto la ayuda solicitada.
• Grafógrafxs efectuará una lectura de pertinencia de las propuestas de publicación. Si se determina que la obra será publicada,
el autor recibirá un correo electrónico para dar inicio al proceso de publicación. En dicho correo se adjuntará el instrumento
jurídico correspondiente, el cual deberá remitirse a la revista una vez firmado.
• La revista someterá todos los textos por publicar a un proceso de edición y corrección de estilo.
• Las propuestas aceptadas se publicarán conforme al orden de llegada y la disponibilidad de espacio en el número correspondi-
ente. Grafógrafxs resolverá si la propuesta aceptada se publicará tanto en el soporte impreso como en el electrónico.
• Las propuestas de publicación, las reseñas y las colaboraciones solicitadas deben ir acompañadas de una breve ficha de identifi-
cación, en la que se especificará lo siguiente: nombre, lugar y fecha de nacimiento, estudios y, en su caso, lugar de trabajo,
premios y los tres libros publicados más recientes.
Ejemplo:
Claudia L. Gutiérrez Piña (Toluca, México, 1980). Es Doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México, autora de Las
variaciones de la escritura. Una lectura crítica de El grafógrafo y de la obra de Salvador Elizondo (2016) y coordinadora de
los libros Salvador Elizondo: ida y vuelta. Estudios críticos (2016) y Mujeres mexicanas en la escritura (2017). En 2013, obtuvo
el premio a la mejor tesis de doctorado en el área de Humanidades otorgado por la Academia Mexicana de Ciencias. Es miembro
del Sistema Nacional de Investigadores desde 2015.
En las reseñas se deberá incluir, además, la ficha bibliográfica del libro de referencia, la cual contendrá los siguientes datos:
autor, título, ISBN, editorial, fecha de publicación y número de páginas.
Ejemplo:
Dora Moro,
Geodón,
ISBN: 978-607-8490-47-9, México
Ediciones Luzzeta,
2018, 41 pp.
• La extensión máxima recomendada para las propuestas de publicación y colaboraciones solicitadas es la siguiente: cinco
cuartillas en el caso de cuentos, crónicas y ensayos literarios, y dos cuartillas para reseñas. Se aceptará un máximo de cinco
poemas por autor.
• Respecto a los ensayos literarios, se sugiere incluir un máximo de cinco fuentes. Las referencias bibliográficas se deben ajustar
al estilo de citas Harvard tanto dentro del texto como al final de este.
Ejemplos:
Rosas Montalvo, Álvaro (2011), “Tres sonetos”, La Colmena, núm. 72, pp. 92-91.
EQUIPO EDITORIAL
Dr. en Ed. Alfredo Barrera Baca
DIRECTOR
Rector Sergio Ernesto Ríos
es una revista trimestral de creación literaria de la Universidad Autónoma del Estado de México, la
cual aparece en enero, abril, julio y octubre. Su objetivo es publicar textos de poesía, narrativa, ensayo, crónica,
traducciones y reseñas y entender la escritura como un territorio intercambiable entre lectores y escritores.
Grafógrafxs está dirigida a la comunidad universitaria y al público en general, cuenta con formatos tanto
impreso como electrónico y se distribuye en forma gratuita.
Esta publicación universitaria tiene el propósito de fomentar el interés por la literatura entre los estudiantes de
nivel medio superior y superior, por lo que no tiene carácter lucrativo.
Presentación
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Repasar la tradición, dar las herramientas esenciales para experi-
mentar, jugar, desdoblarse en otras voces, conocerse en los otros,
son las lecciones de la literatura. Bajo ese signo y enorme labor,
deseamos que la revista Grafógrafxs y sus talleres permanentes
de poesía y narrativa acojan en breve a nuestros grandes lectores,
mujeres visionarias, hombres conscientes y, ¿por qué no?, futuros
escritores: grafógrafxs.
En el discurso aludido Camus expresó además una idea que
definió su siglo y que nos define también: “Cada generación, sin
duda, se cree llamada a rehacer el mundo, la mía sabe que no lo
hará, su tarea es la más grande, consiste en impedir que el mun-
do se destruya”. Rehacer es también reescribir, mirar y volver a
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6
Escribir la escritura
1 Un año después, en 1972, “El grafógrafo” dio título a uno de los libros más im-
portantes del autor. En él se incluyen textos como “Diálogo en el puente”, “Aviso”,
“Mnemothreptos”, “Ambystoma trigrinum”, “Tractatus rethorico-pctoricus”, “Sis-
tema de Babel” y “Futuro imperfecto”.
7
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que
escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo
escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo
recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome
recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo
haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba
haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo
que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya
había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito
que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.2
3 Así calificó el escritor cubano Severo Sarduy al afecto de lectura del texto de Elizon-
do en un ensayo titulado “Los instrumentos del corte”, Plural, 1973, núm. 19, p. 20.
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posibilidades infinitas también de una escritura infinita. Un juego
muy al modo de otro escritor de laberintos, el emblemático Bor-
ges. La pretensión de “El grafógrafo” es abismar el gesto del es-
criba para, como en el efecto que crea una espiral en movimiento,
fijar sólo su centro: la escritura misma.
He dicho antes que “El grafógrafo” cuenta la historia de su
escritor y así es. Esa espiral mareante es el punto de llegada de un
largo camino de búsqueda y de reflexión que Elizondo emprendió
desde muy temprano por vía de la escritura. Así lo demuestra su
diario, el cual está conformado por al menos 83 cuadernos; el
primero de ellos data de 1945, cuando tenía apenas 12 años, y
su última nota corresponde a 2006, unos días antes de su muerte.
Es decir, de los 73 años que vivió el autor, dedicó a su diario 61
años de escritura en los que dejó constancia de su trayectoria de
vida y de su personalidad. Entre sus páginas podemos conocer las
ambiciosas aspiraciones de Salvador Elizondo, quien desde muy
joven indagó en lecturas de física y matemáticas, arquitectura y
astronomía, filosofía y ciencias, además de incontables libros de
poesía y narrativa que construirían una de las mentes más bri-
llantes en las letras mexicanas. De igual forma, el diario con sus
miles de páginas nos da una idea de la relación casi obsesiva que
el autor forjó con la pluma y el papel.
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Es un ángel que está pensando en algo mucho más interesante
que todo lo que lo rodea en el cuadro, las ciencias, las artes y
las matemáticas. Él ha encontrado algo más interesante, que lo
divierte muchísimo aunque le produzca una cierta melancolía.
Por eso el grabado se llama La melancolía, que yo veo como
una contemplación plácida del mundo, no agresiva. Es algo
fantástico.4
4 Entrevista con Magali Tercero, “La tragedia real de México es la falta de sentido del
humor”, Milenio, 2 de abril de 2011.
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franco gesto introspectivo, está dirigida a algo que está más allá,
ajeno a los alcances que esos recursos le presentan. Si seguimos la
interpretación de Elizondo sobre el grabado, resumida como “la
sensación de conocer la realidad, pero no su significado”, encon-
tramos también la clave de los alcances de su escritura. Frente a
la conciencia de lo insuficientes que son los recursos con los que
contamos para construir no el conocimiento del mundo, sino su
sentido, el único espacio posible es el del más allá de la escritura
literaria, como lugar privilegiado porque sólo en ella el lenguaje se
convierte realmente en “un instrumento del espíritu”.6
De lo que llamamos realidad, Elizondo privilegia la de tipo
espiritual, si atendemos a su acepción más estricta, la que remite
a lo que es sustancia de nuestra vida interior, la que habita en
el pensamiento, en la memoria, en el sueño, en la imaginación.
Pero este repliegue a la interioridad no es por una simple actitud
intimista —como algunos creen— sino por considerar que en ella
se encuentra la realidad auténtica, ya que “lo único que es capaz
de teñir el mundo exterior es el color de nuestras propias emo-
ciones”.7 Ahora bien, para que esa realidad sea aprehendida es
necesario filtrarla por el lenguaje, y este, a su vez, para hacerse
algo objetivo, es decir, algo concreto y visible, necesita pasar por
el único recurso con el que contamos: la escritura. Ella es, dice
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trascendencia de esta relación es donde descansa la amorosa bús-
queda del escritor en la escritura. Por esto, no es extraño que ella
sea el centro de las reflexiones de la obra de Elizondo y que por
eso también “El grafógrafo” sea el texto que ilustra y condensa
la historia de su autor, como en algún momento declaró el mismo
Elizondo: “El grafógrafo soy yo”.9
“El grafógrafo” y su escriba, ese que se mira, se sueña y se
recuerda escribiendo son un homenaje a la escritura literaria, a su
poder multiforme, proteico y caleidoscópico, en la que el hombre
se refracta. En suma, es la escena de los afanes del espíritu que,
como diría el poeta Octavio Paz, “se enrolla en una espiral, se
desenvuelve, camina sinuosa y, como si reflexionase, se detiene
Escritura que se dibuja”.10
9 Ana María Longi, “Entrevista con Salvador Elizondo”, Hispania, 1977, núm. 2, p.
374.
10 Octavio Paz, “Salvador Elizondo en la Academia”, Proceso, 1980, núm. 209, p. 51.
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Sergio Pitol: El juego de las
máscaras
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exclamó un ‘¡vaya!’. Se despidió alegremente y regresó a la estan-
tería de la librería”.
Mi mamá se encontró a un amigo y se puso a platicar con él.
Yo “continuaba estupefacto y contentísimo. Como un mago de
Viena, don Sergio apareció nuevamente en el lugar donde lo en-
contramos y me avisó con un gesto de la mano que me acercara.
Intrigado, sin imaginarme lo que pasaría y sin dudarlo un solo
instante, lo seguí hasta una mesa con libros”. Y el acto de magia
sucedió. Sergio Pitol tomó un ejemplar de El desfile del amor,
rompió el celofán que lo cubría, abrió el libro y me lo dedicó. Acto
seguido, lo acompañé a la caja, sacó de su cartera una American
Express dorada y pagó un libro de la editorial Castalia y El desfile
del amor, que me regaló. Esa generosidad no se me olvida. Tam-
bién recuerdo que en ese breve encuentro Pitol me dijo que de los
libros que había escrito su favorito era el Vals de Mefisto.
Disfruté la lectura de El desfile del amor, con aquella trama
de parodia detectivesca, emprendida por el historiador Miguel del
Solar en los laberintos de la Ciudad de México. Cuando en 1973
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Lo común a estas parejas de contrarios es la exacerbada tea-
tralidad de ellas. Tienen poses y gesticulaciones, y su sobreactua-
ción las convierte en caricaturas de sí mismas. No por nada se
insiste en La huerta de Juan Fernández, la comedia de Tirso de
Molina, “donde nadie era quien decía ser”, que da nombre a uno
de los capítulos de la novela. Por eso, todos los testigos del asesi-
nato en realidad ocultan datos y difieren en sus versiones; es decir,
transforman el pasado al grado que es imposible para Miguel del
Solar dar una solución —encontrar la “verdad histórica”— y des-
cubrir al asesino y sus motivaciones.
Pitol nos da la clave de la intriga en su diario: “la historia
transcurrirá en el nivel de las máscaras. Los rostros jamás llega-
rán a descubrirse. El enigma mayor estriba en la identidad de los
protagonistas”. No existe una sola verdad. Al final, siempre nos
quedará La verdad sospechosa, como el título de la comedia de
Juan Ruiz de Alarcón, también mencionada en la novela.
Recuerdo que lo que más me intrigó en la novela fue el relato
del castrato mexicano, un aborrecido ruiseñor caído en desgracia.
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porque intuía algo gay en la historia o en su autor, pero después
de la lectura no saqué nada en claro. Tardé en enterarme de que
Gombrowicz solía ligar marineros en la noche porteña de Buenos
Aires. El polaco escribió aquellos encuentros fugaces en algunas
páginas vibrantes de su diario. Y mi sorpresa mayor fue un chisme
que me contó un amigo: Sergio Pitol era homosexual. Y fue así
que ciertos guiños en la obra de Pitol tuvieron un nuevo significa-
do para mí.
Hay un texto de Sergio Pitol que me fascina: “Con Monsiváis,
el joven”, una crónica incluida en El arte de la fuga. Lo he leído va-
rias veces y siempre que lo releo descubro o entiendo nuevas cosas
sobre su amistad con Monsiváis. Esa posibilidad de un texto para
compartirte nuevos asombros es la capacidad que tienen los clási-
cos de renovarse con cada lectura. Me emociona aquella amistad
que inició en 1954, cuando Carlos y Sergio se conocieron partici-
pando en un Comité Universitario de Solidaridad con Guatemala.
La amistad de Sergio Pitol, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco
fue una familia por elección. El trío fantástico. El narrador, el cro-
julio-septiembre de 2019
nista y el poeta. Pitol lo dice con claridad: “La amistad en esos días
se volvía casi hermandad”. Un recuerdo en la Zona Rosa me hace
sonreír: “nosotros tres, José Emilio, Carlos y yo, caminamos por el
Paseo de la Reforma, doblamos a la derecha en Niza hasta llegar
a una taquería, al lado del cine Insurgentes, adonde pasamos con
frecuencia por la noche a tomar caldos y a probar la más deliciosa
variedad de tacos que pueda uno imaginar”.
vol. 1, núm. 1
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de Pedro Balmorán, el bastonero frenético del desfile. En la cróni-
ca “Con Monsiváis, el joven”, Pitol recrea una anécdota inventada
por Prieto que tiene lugar en el club de banqueros:
Don Arturo María estaba desatado, irreconocible. En un
momento se dirigió a su cuñado, Rafael de Aguirre, le tendió
la mano y le dijo: “Mira, Fallo, ahora a ti te toca ser por un
momento Ginger y yo me convertiré en Fred”. Don Rafael se
quedó petrificado. “¿Cómo, tú vas a ser Fred?”, tartamudeó.
“Eso mismo, y tú Ginger; me entendiste muy bien.” Parecía
que don Rafael caería muerto de una embolia, pero su cuñado
lo tranquilizó: “Recuerda, Fallo, que en este tipo de bailes uno
apenas se toca con la punta de los dedos; ¿no te diste cuenta?
¿Viste la película o te quedaste dormido? En estas danzas cada
quien gira como le da la gana”. “Pero, ¿y la barba, gordo? ¿No
se verá mal que sea yo Ginger con barba?” “Todos haremos
de cuenta que no la tienes, o que no la vemos, Fallo”, dijo
contundente don Graciano de Aguirre, su primo, el decano de
la Asociación.
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reconocía como su “maestro” a lo largo de su vida. Me dolió ver
que Sergio Pitol no pudo leer ese párrafo.
Los lectores también nos peleamos con nuestros escritores.
Una vez me enojé mucho con Sergio Pitol por su prólogo a un
catálogo del pintor Julio Galán. En el texto, Pitol usa sólo una
vez las palabras “travestido” y “porno shop” y me molestó que
no mencionara la ostensible jotería en la pintura de Julio Galán.
Seguramente don Sergio tuvo razón en no referir lo obvio. Lo que
se ve no se pregunta. Luego se me pasó el coraje.
Cada vez los rostros de los deseos diversos pueden mostrarse
sin máscaras por doquier, tal cual son. Hay pocos textos que men-
cionan la homosexualidad de Sergio Pitol. Quizá no sea importan-
te para entender su literatura, pero a mí me importa. En la novela
Otros días, otros años, Luis González de Alba narra su atracción
por un novio polaco de Sergio Pitol:
Me sobró tiempo y hacia el mediodía pasé a saludar a Sergio
Pitol, agregado cultural entonces, cuando Carlos Fuentes
era el embajador de México en Francia. Tenía un hermoso
departamento, Sergio, con la intensa luz de julio filtrándose
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derrumbado en una silla de aspecto frágil, dijo a propósito de
nada:
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Calabozo cuatro
(17-19 de abril, 2010)
Gerardo Villanueva
***
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¿Qué sería de Venezuela si aquí hubieran
seguido gobernando aquellos gobiernos adecos
y copeyanos? Bueno, estaría como el boxeador
—el que se atreva a enfrentarse a Edwin Valero—:
noqueada-fulminada.
Hugo Rafael Chávez Frías
Soy soberano.
No pierdo
vigencia.
Gerardo Villanueva
Pronto conduciré el remolque nacional. Qué sería del ídolo sin
anhelo laurel o propósito imperio. Qué sin descarga de caprichos.
Desde rabia: pronunciar revancha y venga escarmiento, aspirar
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010)
justicia y se erija venganza. Quiero en mi lengua la astringencia
dominio. Nadie a izquierda, nadie a derecha.
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al maxilar diletante.
La lista de aprendices crece, como mi palmarés, pero nada qué
heredarles. No soy ejemplo.
Ah,
bien retumba aquella ovación en concurrencia. La planta madera
sintética. Mi mano alzada. El cinturón. Al tiempo que entre
canturreos el comandante advierte:
***
vol. 1, núm. 1
22
Y
por sobrenombre,
por insistencia, añadidura y repetición,
por martilleo, por
sobretodaslascosas
me llaman El Inca y eso que
no vengo del Perú.
Y aunque aspiro ser
quebrantahuesos,
portar
por contraseña, por contraataque
dinamita por horrísono,
en ardid metralleta,
por veloz, en combinación:
Hammer, The Jackal, The Ripper,
cortos se quedan al nombrarme así.
Gerardo Villanueva
18 nocauts consecutivos en primer asalto,
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Nota
24
Otras veces no lo consigo como quisiera, pero no desisto. Tam-
bién procuro ver en televisión cuanto combate sea posible o acu-
dir a ellos. A lo largo de este tiempo he visto cientos de peleas en
youtube, he conseguido cierta literatura, biografías de boxeadores,
novelas, viejas películas, etcétera. Cuando uno enferma de boxeo
y además lo practica, ya no importa si existe remedio; supongo
que lo mismo suele ocurrir con la escritura. El ring terminó por
convertirse en un patio de recreo personal y a la vez en un per-
manente combate contra mí mismo. Me he ganado algunos cortes
en párpados y labios, también ciertas heridas de rápida curación,
pero por suerte —aquí el azar juega el papel principal— no he
sufrido más de eso. Cualquier golpe podría ser definitivo, de eso
estoy seguro, pero de pronto recuerdo la felicidad de Mancini, esa
pelea memorable —al menos para mí— contra Bramble y aquella
detonación que me ha llevado a pisar tres gimnasios diferentes
durante los últimos diez años, uno de ellos el legendario Nuevo
Jordán.
He tenido la suerte de subir al cuadrilátero con toda clase de
sujetos: diletantes, profesionales, boxeadores retirados, oficinis-
Gerardo Villanueva
tas, albañiles, entre otros. También he visto desfilar por la pan-
talla de mi televisor todo tipo de púgiles. Muchos han atrapado
mi atención, ya sea por su estilo, por su velocidad o por su resis-
tencia física. Uno de ellos lo consiguió desde la primera vez que
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010)
vi uno de sus combates. La rabia que se ocultaba tras su rostro
y que desorbitaba en cada golpe era incomparable. Cuando vi
pelear al venezolano Edwin Valero supe que estaba atestiguan-
do el boxeo de un prodigio latinoamericano. Su técnica no era
propiamente ortodoxa. Era de estatura media, transitaba entre
el peso pluma y el superligero, llevaba el pelo largo, un tatuaje
de la bandera venezolana en el pecho y otro más de Hugo Chá-
vez. Quiso la suerte que entre 2007 y 2010 viera unas cinco o
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seis peleas suyas en directo por televisión; todas las terminó por
knockout en el primer round. Mi curiosidad me llevó a averi-
guar un poco más sobre él. ¿Quién era ese Demonio de Tasmania
que en los mejores tiempos de Manny Paqcuiao, de Juan Manuel
Márquez, de Ruslan Provodnikov o de Floyd Maywheather no
brillaba con la misma fuerza mediática que éstos? Pronto supe
que se trataba de una suerte de ídolo local, pero también de un
sujeto con problemas de orden mental, un provocador de violen-
cia intrafamiliar, un seguidor irredento del entonces presidente
Hugo Chávez, un enganchado a las drogas y el alcohol. Su his-
toria personal podría ser irrelevante para cualquiera, pero creo
que parte de ella impactaba en su estilo de boxeo: despiadado,
sangriento, cuasicallejero, siempre hacia delante. Si uno como
escritor mete todos esos ingredientes en la licuadora no tarda-
rá en caer en cuenta de que “El Inca”, como solían llamarlo,
resultaba un personaje idóneo para cualquier tipo de texto sin
importar el género. Se trataba de una estrella del deporte en un
pueblo cuyo sistema de gobierno —el chavismo en auge— arra-
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sin remordimientos al lobby a confesar el crimen. Una vez arres-
tado y encarcelado en los calabozos de la policía de Carabobo,
apareció ahorcado un par de días después.
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010) aspira a rearmar des-
de los acontecimientos, pero también desde una dosis de transfi-
guración, los dos últimos días del boxeador, intoxicado, confun-
dido y recluido en una celda. Una recapitulación lisérgica de los
hechos, previa a su suicidio.
No es novedad que siempre hubo personajes trágicos en el
boxeo. La historia nos puede recordar nombres como Arturo
Gatti, Carlos Monzón u Oscar “Ringo” Bonavena. Sin duda siem-
pre existirán decenas de versiones sobre sus vidas y muertes. Va-
lero se integra a la lista.
No es papel de Calabozo cuatro juzgar al personaje y mucho
menos aplaudir sus acciones. Finalmente, si algo tengo claro es
que este tipo de escritura debe limitarse a nombrar, a describir
o, en otra posible opción, a perturbar la realidad, tanto como ella
sabe hacerlo.
Gerardo Villanueva
Calabozo cuatro (17-19 de abril, 2010)
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Novela en doce líneas
Bruna Beber
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Romance em doze linhas
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Romance 1 en doce líneas,
de Bruna Beber
Wilberth Salgueiro
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Facebook, el poema ya fue compartido más de cien mil veces. [...]
Circuló por ahí firmado por Clarice Lispector3 (risas), por Clarice
Falcão4 (risas) y por ‘autor anónimo’. Ya me pasó estar en lugares
y que alguien cite el poema, sin saber que yo era la autora y estaba
ahí. [...] Es decir, este poema ya no es más mío y ha perdurado”.
El éxito del poema en la red expresa, de cierto modo, que mueve y
conmueve a las personas, probablemente por el carácter a un mis-
mo tiempo particular y colectivo que acciona en los lectores, que
se reconocen en él y reconocen el mundo contenido allí, porque
ese plural incluye a la persona que habla por sí misma, y también,
en nombre de los otros, también a la colectividad. Es como si el
lector pensara: “yo pasé por esto” de lo que habla el poema, aun-
que no fui yo únicamente: mi pareja también, y muchos otros que
amaron, que tuvieron algún asunto amoroso. Pese al punto final
del poema, el contenido de “la trama” y las letras minúsculas de
los versos dan a entender que se trata de un ciclo, que el romance/
poema habrá de repetirse con toda la gente, lo cual no deja de
tener un tono melancólico.
Wilberth Salgueiro
Melancolía, no obstante, que produce humor y risa. Y en ese
sentido el poema figura en la genial “Breve antologia de la poesia
engraçada”5 (2017), organizada por Gregório Duvivier. ¿Por qué
se ríe de algo supuestamente triste y melancólico? El humor es un
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un pasaje sutil del tiempo y de la relación entre los involucrados.
Cada línea marca una etapa del romance, rumbo a su disolución.
La línea/verso aumenta en la medida en que, inversamente, dis-
minuye el interés de uno por el otro. Este cortocircuito entre aque-
llo que se dice y el cómo se dice es lo que provoca el humor y, muy
probablemente, la empatía con el poema y su éxito.
En otra entrevista, con lucidez, la autora comenta el propio
poema: “La rapidez y todo lo que ella recorre —la oscilación, la
angustia, el vacío de sentido, la falta de foco— son característi-
cas de la vida que llevamos y obviamente las relaciones sufren
por eso, pero, antes de todo, nosotros, las personas. […] No sé
analizar esta mudanza de las relaciones para ese diluvio que vi-
vimos ‘hoy amamos, mañana nos estamos marchando’. Creo que
estamos descartando más rápidamente las cosas porque queremos
vivir en cantidad en detrimento de la duración”. El mundo con-
temporáneo, entendido a partir de la lógica del poema, parece ir
a contramano del estereotipo romántico de la felicidad eterna, de
la armonía, del otro como espejo y plenitud. Hay, naturalmente,
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apenas verse “un día sí un día no, a veces, cada vez menos”; de
ahí la decisión de no “querer vernos” e incluso “no querer vernos
nunca más” hay un paso, son dos líneas; la afirmación dionisiaca
de antes se transforma en negación: ahora falta poco “para vernos
y fingir que no nos vimos” y, más, “para vernos y no reconocer-
nos”. El remate es cruel, sobrepasa la indiferencia y alcanza el
olvido pleno: “cuánto falta para vernos y no recordar que un día
nos conocimos”. Esta volatilidad de las relaciones personales, en
paralelo a la inestabilidad de las instituciones, constituye una de
las facetas del citado mundo líquido de Zygmunt Bauman.
En su primer libro, La fila sin fin de los demonios desconten-
tos (2006), un poema de Bruna Beber dice: “en mi casa puedes
sorprender a alguien/ escondiéndose de la rutina en un cuarto
oscuro/ o tirando la ceniza del cigarro en la ventana/ mientras
espía las ropas bailando en silencio/ en el tendedero de la zona/ a
las tres de la mañana/ puedes sorprender a alguien preocupado/
sujetando una pluma con vino barato/ durmiendo a deshoras/
pensando demasiado la vida/ y en el tedio que es/ esta falta de
Wilberth Salgueiro
pasión”. Aquí, retroactivamente, el tema de la soledad, recurrente
en sus libros, aparece desnudo, en la figura de alguien (nosotros)
que observa a otro (nosotros), ambos solitarios en la madrugada.
Parecen representar el final de un romance en doce líneas: cada
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tiempo el otro, yo mismo y el encuentro prodigioso que al comien-
zo nos descubrió el uno al otro”. El poema de Bruna no explicita
ninguno de estos sufrimientos del amor: es elíptico, habla apenas
de personas que un día quieren verse para siempre y después de
un tiempo no se acuerdan más uno de otro. Pero, teniendo en
cuenta la insinuación del título (este, sí, habla explícitamente de
“romance”), somos llevados a entender que se trata de un liqui-
dado romance en verso.
En 1976, en Cuarenta clics (republicado en Caprichos & re-
laxos, 1983), Leminski escribió en nueve líneas: “¿Amor, enton-
ces,/ también, acaba?/No, que yo sepa./ Lo que yo sé/ es que se
transforma/ en una materia prima/ que la vida se encarga/ de
transformar en rabia. /O en rima”. Décadas después, el final de un
amor gana una nueva versión graciosa, con Bruna Beber. Amar es
peligroso, diría Riobaldo, aun antes. Y reiría Ro Ro, en una situa-
ción afín: tonta fuiste. Tú: nosotros.
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Cytotec le informa sobre su uso
médico 1
Anaité Ancira
Te tomas dos
primero.2
Esperas.3
¿te sientas?
¿caminas?
¿platicas?
¿ves la tele?
Anaité Ancira
¿cuánto tiempo lleva esa alarma sonando?
¿hace cuánto pasó la última patrulla?
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uterus contractus4
Todo mojado5
el calzón, tu entrepierna, el pantalón, la colcha de la cama.
Un calambre,
luego otro,
no sabías que te podías doblar en cuatro.
……………………....0……………………………………………
y te retuerces en la cama,
corres al baño,
mejor te quedas sentada ahí,
mejor no,
cuando los beneficios de finalizar la gestación para la madre y feto sobrepasan los
beneficios potenciales de continuarla.
7 Doctora dixit.
36
mejor tomas agua,
mejor la vomitas,
mejor te sientas en la orilla del colchón,
te quitas el pantalón manchado,
aprietas la colcha,
miras la alfombra,
la pinche pared tan quieta
tan blanca,
tan callada,
ahí.
Si pudieras pararte de manos y que todo se regresara
pero mejor no,
mejor te sientas en el escusado,
pones el bote de basura entre tus piernas
y vomitas,
cagas,
meas,
lloras,8
todo
Anaité Ancira
ahí
así
repitiéndose cada vez más lento.9
Pasan tres horas
Cytotec le informa sobre su uso médico
1,2,3
¿mejor?
mejor morirte10
37
Un calambre
luego otro
no sabías que te podías partir en dieciséis
12 Entre las ventajas de este método abortivo están que puedes estar en tu casa, no requiere
anestesia, a diferencia del aborto quirúrgico. Y es más natural, como un malparto.
38
Sólo habrá que esperar un rato más,14
a esta hora mañana15
tal vez puedas estar en el cine
viendo la nueva película de
Woody Allen.16
Anaité Ancira
Cytotec le informa sobre su uso médico
14 Una vez concluido el tratamiento, con la expulsión del producto se puede presen-
tar sangrado por varios días, en algunos casos como máximo hasta 15 días.
39
Verde que te quiero verde
Anaité Ancira
planteado.
El doctor nos dijo: “El procedimiento es así: llegas al hospital,
te sedamos completa, te hacemos una aspiración y en cuanto te
sientas lista regresas a tu casa”.
Corte a: yo acostada en el quirófano de un hospital cerca de
San Cosme, en bata, con las piernas abiertas, mirando el reloj de
pared que marcaba las 10 a.m.; el doctor con un gorro de los pu-
vol. 1, núm. 1
40
mi casa… silencio… pasamos a una farmacia a comprar lo que
me habían dicho: muchos kotex, mucho ibuprofeno, jugos y agua.
La anestesia se pasaba y los dolores empezaban a sentirse cada
vez más fuerte. Me llevó a mi casa y se fue. No sé cuántos días
pasaron; sólo me acuerdo de que estuve en mi cama por días, en
silencio, sangrando, adolorida, dolida, confundida.
Siete años después las circunstancias eran otras: tenía un hijo
de cinco años, vivíamos solos, trabajaba y estaba sin pareja. No
había mucho que pensar, después de tener un hijo la decisión de
abortar tiene otras implicaciones, al menos para mí.
El aborto estaba empezando a ser legal en el DF y ya existían
clínicas especiales. Esta vez fue una interrupción con pastillas,
una de las experiencias más dolorosas y feas de mi vida, punto.
Día y medio de una especie de trabajo de parto que salió muy mal:
contracciones, vómito, diarrea, sangrado, todo al mismo tiempo.
A pesar de tener pareja, es algo que se vive sola, en la parte más
profunda del cuerpo y del no cuerpo. El recuerdo de los siguientes
días, meses, también es muy borroso. Recuerdo que una tristeza
negra y pesada se me vino encima y me aplastó; salir de ahí fue
un proceso muy largo.
Me ha costado más de un año recuperarme de mi último abor-
to; sentí que mi cuerpo estaba furioso, mis ciclos apenas están em-
pezando a regularizarse y mis hormonas siguen haciendo fiestas
Anaité Ancira
sorpresa sin invitarme.
Sé que hablo de estas heridas emocionales desde un lugar de
privilegio que me permitió interrumpir mis embarazos de forma
Verde que te quiero verde
41
nos enseñaran a las mujeres a estar más en contacto con nues-
tro ciclos menstruales y nuestro cuerpo, en lugar de vendernos
la idea de que es algo que huele feo, que es molesto, que duele?
Que nos enseñaran a reconocer cuando estamos fértiles, que tanto
hombres como mujeres sepamos cómo funcionan nuestros ciclos
reproductivos. No nos embarazamos solas, la reproducción es una
responsabilidad de dos. Sería distinto si los hombres supieran los
días en que su pareja es fértil.
No nos pueden prohibir decidir sobre nuestro cuerpo, lo que
sí pueden hacer es tener infraestructuras laborales más aptas para
mujeres y hombres. Lo que sí podemos es tener un plan de salud
que incluya el acceso a formas seguras de interrumpir un emba-
razo, informar las consecuencias de tomar una u otra decisión. Si
decides tener un hijo sí va a cambiar tu vida; si decides no tenerlo
merece la pena tener contención emocional, porque aunque sean
“sólo células” (para algunos), esas células son vida, no son una
persona, pero sí son vida. Es un proceso físico que empieza, al
interrumpirse tiene efectos en el cuerpo y en las emociones de las
julio-septiembre de 2019
42
estamos listas o no tenemos las posibilidades de recibirlo en la
vida y darle nuestro amor incondicional, tenemos todo el derecho
de hacer lo que necesitemos con ese superpoder.
Decidir interrumpir un embarazo también es maternar. Y so-
mos mamás de todos nuestros hijos, los que están en la vida y los
que no, también. Es nuestro derecho.
Desde que entendí esto digo que soy mamá de cinco hijos,
aunque sólo he criado a dos. Daría mi vida por ellos y no hay cosa
que me guste más que escucharlos reír; tenerlos fue una decisión
propia, no una imposición. Esa debe ser la regla si lo que quere-
mos es respetar la vida.
Anaité Ancira
Verde que te quiero verde
43
Poema en que se retoman células
Maricela Guerrero
44
Desde ese privilegio es que escribo sobre los ingenios azuca-
reros y la dulzura en ese poema donde se condensaron muchas de
las intuiciones que tengo sobre el lenguaje, la vida, la escritura y
la alegría. Intuiciones que evocan imágenes para construir una ar-
gumentación sobre por qué vivir es tan emocionante y gozoso, aun
—y quizá, sobre todo— si se perciben las inclemencias del sistema
económico y social que nos obliga a un trabajo remunerado en
algunos momentos francamente deshumanizador o si se considera
la pauperización de la vida en común. Recientemente leí a Rita
Segato, quien en el prólogo a Contrapedagogías de la crueldad
explica dos proyectos históricos divergentes en su concepción de
bienestar y felicidad:
el proyecto histórico de las cosas y el proyecto histórico de los
vínculos, dirigidos a metas de satisfacción distintas, en tensión,
y en última instancia incompatibles. El proyecto histórico
centrado en las cosas como meta de satisfacción es funcional
al capital y produce individuos, que a su vez se transformarán
en cosas. El proyecto histórico de los vínculos insta a la
reciprocidad que produce comunidad. Aunque vivimos
inevitablemente de forma anfibia, con un pie en cada camino,
una contra-pedagogía de la crueldad trabaja la consciencia de
Maricela Guerrero
que solamente un mundo vincular y comunitario pone límites
a la cosificación de la vida.
sas, como dice José Alfredo: “la vida no vale nada”; y eso es
terrible, engendra violencia, depredación y aislamiento, duele
y aterra. Cada vez que se asesina a una persona, cada vez que
se arrasa un bosque, cada vez que se caza a un animal por de-
porte presenciamos actos perpetrados por un sistema que ha
trozado los vínculos entre personas, animales y vegetales; y es
dolorosísimo.
45
Esas intuiciones sobre la vida y la vinculación, la idea de do-
lerse ante los acontecimientos y la búsqueda de un lenguaje ca-
paz de reconectarme con personas y seres queridos —los árboles
y plantas de mi infancia— están imbricadas en los poemas que
escribí en ese libro que temprana y cariñosamente nombré los
arbolitos, y que luego creció, tomó vida propia y en manos de los
editores de Antílope se llamó El sueño de toda célula. Ese libro
fue escrito durante una crisis muy fuerte que me confrontó con
mi ser amoroso, maternal y autocrítico en el mundo; en ese libro
reconsideré la vida desde las células, así como de las personas que
cuidan células, organismos, manantiales, bosques, lobos y aman.
Lenguaje
No hay hora ni lugar ni espacio en que no anduviera buscando
un lenguaje hecho de manos y viento y nutrientes; en que no
estuviera investigando una forma redonda y conveniente de
nutrirlos
julio-septiembre de 2019
de acompañarlos
de estar:
crecer en compañía
46
dejar que ningún Archivo Empleador se quede con todo y te
sorba el cerebro totalmente. Esto es relevante, porque el mé-
todo de escritura e investigación que apliqué en estos poemas
incluye el uso de búsquedas de internet, el almacenamiento de
información en libretas virtuales y la geolocalización de los ma-
pas de Google, como en este poema sobre lobos y especulación
inmobiliaria:
Introducciones
Aquí a 557 kilómetros de distancia al este en dirección hacia el
camino mexiquense, siguiendo instrucciones del localizador
durante siete horas y treinta y tres minutos sin detenerme podría
llegar a un bosque en el que desde 1976 se dejaron de ver lobos,
el Canis lupus baileyi cuyo peso podría variar de 25 a 47 kilos,
casi como mi hijo mayor que este otoño cumplirá 12 años.
Maricela Guerrero
abraza a una mujer trigueña y los dos amparan a un niño y una
niña muy sonrientes.
47
año 1907 con medidas de 47x73 centímetros, varilla:
CGOAXX01 con número de clasificación: 3055-CGE-7272;
ahí queda claro que el manantial deviene y augura paz.
Uno de los motivos que aparecerá en estos poemas será el del ma-
nantial de Ayutla, noticia que he seguido de la mano y la voz de
Yásnaya Aguilar, quien, además de todo el trabajo de reflexión e
investigación sobre diversidad lingüística y cultural, llevó a la Orga-
nización de las Naciones Unidas el expediente con el agravio contra
la comunidad de Ayutla en el que le quitaron el acceso al manantial
julio-septiembre de 2019
1 https://www.proceso.com.mx/581267/llega-a-la-onu-el-caso-de-desabas-
to-de-agua-en-comunidad-mixe-de-oaxaca?fbclid=IwAR1TRBLfRzev71StqF-
taUJdM-kfxa6dLp1jLMTpJW_ulmheBZdFwHNRmyB0
48
Para componer algunos de los poemas de ese libro vi docu-
mentales, leí investigaciones sobre la comunicación de las plan-
tas y recuperé las clases de biología de la secundaria de una
maestra Olmedo en la que se concentran los afectos y contra-
dicciones de tías, amigas, maestras y mi madre. Además, y so-
bre todo, fui a terapia. Después de leer el libro, la Dra. O. me
recomendó una obra de teatro que se llama Estado Vegetal, de
Manuela Infante, que me hizo alucinar de lo potente que es, y me
llevó a ver a la autora en una entrevista donde habla de un libro
que se llama Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, en
el que los autores Stefano Mancuso y Alessandra Viola exponen
sobre las investigaciones que están reconociendo cómo funciona
la inteligencia de las plantas y cómo las personas estamos a pun-
to de cambiar el paradigma sobre nuestra escala imaginaria de
inteligencia, en la que por mucho las plantas están en la cima.
Pulmones
Sé que mi pregunta está mal planteada que lo que digo no es lo
que sucede:
he visto árboles caer
Maricela Guerrero
y desgajarse;
49
pulmones naturales del mundo:
que la industria de la combustión
y su necesidad de carbono y componentes ardiendo: industrias:
emporios de fuego:
ardor y combustión:
Respiramos juntos.
Al lado de nosotros un animal rebufa y duerme plácidamente.
50
quizá enormes pechos consagrados por el celuloide, los platillos
mahlerianos, qué otra cosa
el azúcar se disuelve
te friega los dientes y las arterias,
por eso los ingenios y sólo te pagan las horas de la zafra,
zafremos palabras dulces del verano,
ferméntense que ardan ─OH, también mis muertos,
scripta manen, todo se combustiona, los cuerpos
se corrompen, desaparecen,
el pelo, las uñas
polvo polvo nada.
Maricela Guerrero
Poema en que se retoman células
51
Lagerstätte
52
literatura, expresa. Imaginé una foto en JPG en su versión HTML,
la morfogenética tras las líneas de una cebra, las matemáticas
que abstraen un evento concreto en fórmulas, los códices de an-
tiguas/extintas civilizaciones, la interpretación de signos univer-
sales y/o culturales. Los significados que detonan significantes, los
que traducen y transducen signos en objetos reales, imaginarios o
virtuales (intentar programar en Arduino me hizo entender final-
mente a Marthita, mi profesora de lingüística en la universidad).
Pensé también en las descripciones paradoxográficas que permi-
tieron imaginar regiones, culturas, seres, plantas y animales, y en
la écfrasis de imágenes del pasado que, antes de la cámara, fue
posible visualizar y representar por las palabras. Trabajando para
videastas, netartists, fotógrafos, artistas sonoros e instaladores,
encontré en esta epifanía un potencial deconstruible en mi propia
práctica literaria.
Cuando escribí Piscinas verticales, o más bien, cuando gesté la
idea de la novela, la imaginé como una interfaz, pensando en esa
epifanía de que si todo puede ser escrito, todo puede ser literatura.
Si es posible hacer écfrasis de la imagen estática, es posible hacer
écfrasis del video, de su footage y de ese proceso para obtenerlo;
utilizar lenguajes de otros formatos sin salir de la escritura, es de-
cir, sin insertarlos en su formato “original” en la página. Acaso un
ejemplo más obvio y contemporáneo de esto que digo es la écfrasis
creada por José Saramago en El Evangelio según Jesucristo, en Gabriela Torres Olivares
53
aparato gramatical. Y a esto es a lo que me refiero cuando hablo
de esa posibilidad de construir una écfrasis sin nada más que la
escritura para hacer literatura. De representar imagen o de pro-
ducir y reproducir un video, en este caso, un documental.
Mi idea en Piscinas verticales era crear un documental (o
mocumental) sobre el turismo de la salud en la frontera a partir
de la muerte (dos décadas atrás) de una escritora en una clínica
alternativa para el tratamiento del cáncer. Esa era mi premisa.
Aunque no necesariamente me interesaba presentar el documen-
tal (o mocumental) en sí, no el objeto final sino su producción y
preproducción, sus posibilidades y limitaciones, los impulsos, las
decisiones (artísticas, estéticas, los obstáculos presupuestales, de
campo, etc.) de algo cuyo proceso e intención son ya de por sí
subjetivos. En esta idea de una producción documental (o mocu-
mental), la epifanía era una excusa perfecta, pues sabía que en
la trayectoria diegética habría eventos que en la realidad sería
muy complejo-imposible filmar con una cámara (cruzar una hos-
til frontera internacional, por ejemplo, o el interior de una garita o
julio-septiembre de 2019
54
de cámara, ensayar antecedentes y especular en la posibilidad de
un futuro, predecirlo y predisponerlo en metadiégesis mientras la
cámara sigue rodando (diégesis). Amalgamar lenguajes técnicos,
efectos sonoros, movimientos de cámara, filtros, iluminación (me-
diante la écfrasis) con formas literarias más conocidas, como la
narrativa, la poesía y el ensayo.
Dentro de esta idea de que todo es potencial literario, porque
todo puede ser escrito de múltiples e infinitas maneras, utilicé
también el recurso formal de las farmacopeas, esos pequeños
libritos que contienen, la mayoría de las veces, democratizadas
recetas para producir alivios y milagros (un ejemplo bibliográfico
famoso es ese del Cúrese con ajo, limón y cebolla, que aún es con-
seguible entre los vendedores ambulantes del transporte público.
Pero hay otros, y todos nos cuentan la idiosincrasia de la salud y
el bienestar, pues su premisa es un manual muy DIY para la auto-
medicación o la autosolución de problemas). Sus recetas itineran
entre la magia y la ciencia (no son libros científicos o avalados por
autoridades e instituciones médicas, la mayoría carecen de ISBN,
son de manufactura casera y practican la muerte del autor, en
ellos la autoría no importa, son nombres de guerra, son siglas que
cambian conforme cambian los tiempos y las rutas camioneras:
el de Cúrese con ajo, limón y cebolla tiene tres distintos autores,
por ejemplo), están escritas de una forma muy particular, en oca-
siones poética, en ocasiones metadiegética (cuando cuentan histo- Gabriela Torres Olivares
55
especular, desde la sobrenaturaleza literaria, los lenguajes ele-
mentales de la naturaleza.
En Piscinas verticales quería narrarlo todo. Construir un
universo detonado por un tramo paroxístico, un instante y sus
variaciones, todas las historias aleatorias a ese instante, un instan-
te quizá enmarcado por la lente de la cámara, tal vez en formato
de un recuerdo fugaz (de un recuerdo muriendo), de la memoria y
sus implantes artificiales y orgánicos, de la memoria y sus prótesis.
Si el instante estaría enmarcado por la lente de la cámara como
una suerte de narrador testigo, al mismo tiempo, en la misma
página y es probable que en el mismo párrafo, la narradora omni-
sciente produciría un mundo subterráneo y otro en la tropósfera.
No como historias simultáneas, sino como partes de una misma
historia, como el estrato le cuenta al paleontólogo ese instante en
que cayó el asteroide hace sesenta y seis millones de años.
Fueron horas críticas, dice el paleontólogo que lee el antes,
durante y después de la catástrofe en las capas del estrato. Habla
de tsunamis, de terremotos y réplicas, de maremotos y seiches,
julio-septiembre de 2019
56
Piscinas verticales
(fragmento)
57
del peligro de contagiarse con esa tristeza particular que tiene la
miseria, tal vez mientras observen los angulosos rasgos del tla-
toani en la alcancía de yeso que compraron, o mientras admiran
el colorido patrón de las chaquiras en el niérika que regatearon
o en los motivos del bordado en una blusa de manta, en los ale-
brijes, en las máscaras de coco o en los adornos de jícara o en
cualquier memorabilia. Pero no ahora. Porque ahora vagan en
filas desordenadas, colectando recuerdos, acumulando instantes
para su experiencia, dándose el lujo de no tener que entender el
tipo de cambio en sus divisas, prueban el elixir: click, exageran
muecas de desagrado: click, esbozan una sonrisa triunfadora para
la fotoevidencia de haberse atrevido a los sabores complejos de la
otredad: click.
Plano general de este congestionamiento humano para sugerir
el flujo turístico. Tal vez pueda utilizarlo junto al footage de otras
escenas citadinas que ya tiene. Ponerlo con el de un buque porta-
contenedores que parece detenido en medio del mar pero avanza
lentamente hacia el encuentro de buques grúa para descargar la
julio-septiembre de 2019
58
congelaría justo en la coyuntura entre los barrotes y el mar y nos
quedamos mirando la espuma de unas olas detenidas, ante la sen-
sación de que la escena se ha pausado por alguna falla del aparato
o el programa en el que estamos reproduciendo la grabación hasta
que un sonido en medio de la imagen detenida nos hace entender
que esto es intencional, que es un efecto para resaltar el clímax
de la escena, destacar su importancia en la memoria inmediata
del espectador por paralizarse en un fotograma. Así, entonces, el
paneo de una barda detenida justo en la coyuntura de los barrotes
al tocar el mar, las gaviotas que se besan y a las que nuestra mi-
rada va acercándose para descubrir que forcejean por las vísceras
de algo y entonces freeze frame para destacar la lustrosa textura
rosa-sanguinolento de la tripa que une ambos picos, unos segun-
dos los une, para que podamos visualizar el drama de la carne y
entonces la escena se descongela cuando la más grande saca el
resto de la tripa del buche de la otra y grácilmente retrocede sólo
para poder impulsar el vuelo. El turismo diurno de la ciudad vaga
en filas desordenadas: freeze frame por unos segundos: se descon-
gela el fotograma y el turismo sigue vagando entre murmullos, en-
59
escenas capturadas en la cámara y otras sólo con los ojos. Recuer-
da, por ejemplo, a la mujer con elefantiasis en las piernas que ven-
día paletas de cajeta, recuerda haberle preguntado amablemente
si se dejaría grabar: no quiero ser intrusiva recuerda diciéndole al
aristocrático gesto en el rostro de una mujer acostumbrada a las
miradas, al escrutinio de sus inflamadas piernas. Plano entero de
su figura inclinada hacia el frente, postrados los brazos, sus ma-
nos asidas al tubo del andador del que cuelgan varias ristras de
paletas. Su mirada atraviesa la lente y sólo se mueve un momen-
to, distraída por la breve interrupción de un claxon cuyo carro es
invisible a cuadro. El cuero de las sandalias ha sido modificado
para contener la crónica deformación en el empeine de los pies,
los dedos asemejan los rizomas de jengibre, amontonándose en el
desorden anquilosado por las secuelas de la enfermedad. Sonríe.
Más triunfal que el turista que en la avenida principal bebe de un
solo trago el ajenjo para tomarse una foto por haber sobrevivido a
la amargura anisada del licor. Más triunfal en ese instante en que
sus piernas ceden protagonismo al rostro, sonríe y son sus labios
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60
la estopa, poco a poco se irán difuminando en la memoria para
que se imprima el recuerdo de un plano entero de frente en don-
de él dice su mote y su profesión de tragafuegos y luego explica
la causa de la amputación que tuvo su primer síntoma en una
tumefacción, aparentemente inocua, que devino en la pérdida de
sensibilidad y finalmente en el necrosamiento del antebrazo por el
uso intravenoso de heroína: zoom in, plano a detalle de la cicatriz
queloide cuando trastabillante, un poco tímido explica que ha de-
jado de inyectarse; luego un plano americano de perfil que graba
la gestación y nacimiento de una llamarada que en la memoria
implantada del video nunca se extinguirá pues ella dejó de filmar
antes de que él terminara.
Los turistas vagan en filas desordenadas por las banquetas de
la calle principal. Ha dejado de grabarlos para buscar una ban-
ca en donde descansar del presente y hundirse por completo en
sus pensamientos. Para inventariar sus imágenes, para recordar el
footage capturado por la cámara y también el que sólo es posible
en la memoria: no cámaras, only with your eyes, güera. Porque
mientras esto ocurre, ella sabe que a unas cuadras de aquí no es
61
accesorio para definir una cierta autonomía en el cautiverio de
iguales indumentarias. Un par de arracadas fluorescentes, me-
tálicos cromados en las cuentas de un collar, más brillantina en
los tacones, calcetas en vez de medias, un poco de rebeldía en
el tinte del cabello para que el mundo se entere de que no es su
tono natural. Ahora recuerda haber pensado en el aburrimiento
de las jóvenes, en la mala circulación cuando se está tanto tiempo
de pie, en las piernas con elefantiasis, en la tumefacción, en las
piernas, en el necrosamiento, en las piernas, en la similitud de
las facciones (además de la ropa), como si todas fueran parien-
tes en diverso grados o en varias líneas, en la edad estrictamen-
te homogénea de las chicas, ninguna podía llevarse más de dos
años, recuerda haber pensado en esa grasa infantil de las meji-
llas, en la cándida redondez de sus rasgos pese al maquillaje. Las
adolescentes se recargan en los muros, en las columnas de los ba-
res, hacen bromas entre ellas, juguetean con los cordones de sus
bolsos, caminan unos pasos regresando sobre huellas invisibles,
mueven las piernas en un vaivén por el hastío hasta que algún
julio-septiembre de 2019
62
No cámaras.
Sólo con los ojos. Detrás de los edificios, de los negocios y hoteles,
a unas cuadras, a esta hora, en este mismo instante, una mirada de
pájaro podría visualizar aéreamente la distancia, sólo con los ojos, de
lo que simultáneamente el recuerdo está evocando. Pero podría verla
también a ella, sentada en una banca, descansando junto a una cá-
mara y un tripié, de espaldas al presente, al turismo diurno que vaga
en filas desordenadas por la calle principal, mientras los meseros o
comerciantes aprontan en los rostros de los marchantes sus menús y
sus catálogos, y las adolescentes aburridas se recargan en los muros
hasta que el techo rectangular de un vehículo va acercándose lenta-
mente, lentamente también ella deja caer el peso de su espalda en la
banca para terminar de hundirse en el inventario de la memoria, para
pensar en las dinámicas humanas, en los cuerpos de su especie, y sólo
la saca de esta frenética retahíla la súbita paranoia de estar siendo
observada, observada por un pájaro y vuelve la mirada al cielo para
descubrir una hilera de palomas espectando desde los cables de luz la
vida abajo. Su rostro sorprendiendo aves espías: freeze frame.
63
La resurrección de Héctor
64
nos dejaba restos de bichitos, abejas, flores. Pensamos que era un
divertimento. Cosas de cachorro que se detendrían una vez que lo
entrenáramos y ahí no se puede orinar Aquiles y carajo, si traes
las patas sucias no duermes dentro de la casa y muy bien, senta-
dito, así, toma tu croquetita. No pudimos corromper su espíritu
trampero. Con el tiempo sus habilidades fueron desarrollándo-
se y, como cualquier persona que durante su infancia demuestra
destrezas singulares y en la adolescencia sale al mundo para afi-
larlas, Aquiles no tardó en olvidarse de nuestro pequeño jardín
para aventurarse en nuevos territorios indómitos: las casas de los
vecinos y su fauna doméstica.
Conforme las travesuras se convirtieron en crímenes, el pai-
saje del carrer de Aiguafreda cambió. Donde antes había puertas
abiertas y jardines que se extendían hasta la calle, comenzaron a
levantarse bardas, versiones minúsculas y coloridas de la muralla
de Troya. De igual forma, los consejos de los vecinos devinieron
en amenazantes advertencias hasta encallar en insultos racistas.
Hostia puta, mexicanos de mierda, sacrifiquen a ese perro, joder.
¿Querían un muro? Allí lo tenéis, coño. Alguna vez, incluso, apa-
reció un mosso en nuestra puerta con una demanda formal que,
gracias a la burocracia, conseguimos alargar hasta el olvido.
65
o confesar la verdad a nuestros vecinos, una pareja recién casada
que se encontraba de viaje. Hacía unas cuantas semanas que los
habíamos visto corretear a su conejito por su jardín mientras
lo llamaban por su nombre. Ellos no saben del currículum de
Aquiles. Acaban de llegar al barrio. Pero se van a enterar, les basta
hacer una pregunta para que todos nos señalen. Así continuamos
un par de horas, mirando el techo, con el cadáver entre nosotros
y Aquiles durmiendo plácidamente. De pronto, Ana se irguió y,
alborotada, preguntó:
─¿Los conejos tienen paros cardiacos?
─Si le dieron duro a la fumada…
─No seas cabrón, estoy hablando en serio. ¿Tienen o no tie-
nen paros cardiacos?
─ Y yo qué sé, me imagino, tienen su corazoncito, las cosas pasan.
─No mames, a ver, googléalo en tu celular que se me ocurrió algo.
En efecto, querido lector, los conejos pueden sufrir afecciones
cardiacas. Lo comprobamos tras encontrar un video que tenía por
título un extraño y perverso juego de palabras o una ignorancia
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66
Jamás pensamos que el cadáver de un conejito fuese nuestra
salvación matrimonial.
Encendimos la luz. Nos levantamos de la cama. Tomé entre
mis palmas el cuerpecito sucio y lo llevé al baño. Uno debía sos-
tenerlo y el otro tallarlo con delicada fuerza. Abrimos la llave,
jabón, primero el pechito. Mientras Ana fregaba y yo le sostenía
el cuellito roto, nuestros dedos comenzaron a enlazarse, como si
tuvieran vida propia, un meñique, el jabón resbalando, el anillo
de bodas relucía, dos meñiques, las orejas ya están limpias, aho-
ra la cola, tres caricias y qué haces, sonrió Ana, ella lo sabía, la
delataba esa costa de sonrisa y la mirada de soslayo cuando le
besé el cuello, pero ya era tarde para una respuesta innecesaria
y mi mano libre comenzó a buscar sus muslos, la entrepierna y
su mano libre no tardó en pasear por el resorte de mi pijama.
Estuvimos así unos cuantos minutos, con movimientos lentos,
sigilosos, casi como si no quisiéramos que nuestras otras manos,
las que sostenían al cadáver, se enteraran de lo que hacían las
otras manos.
Y entre beso y beso, abandonamos el cuerpecito de Héctor
en remojo, y entre beso y beso, regresamos tropezando hacia la
cama. Ni siquiera nos importaron las sábanas enlodadas. No fue
67
a mi tutor donde describía un extraño dolor estomacal resultado
de una mala paella del fin de semana.
El café fue placentero. Caricias en el pelo cada vez que nos
levantábamos por otra magdalena y quieres más fruta, bichito, te
pongo más jugo. Estábamos contentos, excitados. El plan estaba
en marcha. Colgamos a Héctor de las orejas en el tendedero para
dejarlo secar. Rodeé con mi brazo la cintura de Ana y salimos a
la calle.
Las ramblas nos recibieron como en nuestros primeros días
por Barcelona cuatro años atrás. Con tierna parsimonia, nos dete-
níamos a cada paso para entregarnos a la contemplación. Por mo-
mentos, olvidábamos nuestro cometido y nos dejábamos envolver
por el murmullo arquitectónico, el dragón del farol, el mosaico de
Miró, la Casa Beethoven, de donde salimos con pequeñas mani-
velas de La vie en rose, de Edith Piaf, y Love me tender, de Elvis.
Con este estado de ánimo romántico y extravagante, entramos
a las ferreterías del carrer de Tallers y pedíamos palas, cadenas,
ganzúas, llaves inglesas, como quien pide una caja de chocolates,
julio-septiembre de 2019
68
objeto sagrado en el centro de un aquelarre. Daba la impresión de
que los utensilios montaban guardia en un velorio. Aquiles, inclu-
so, se mostraba arrepentido del ultraje y no se atrevía a franquear
el círculo metálico.
Esperamos impacientes el anochecer. La Aiguafreda es una
pequeña calle de apenas cincuenta metros de largo, pero concen-
tra la mayor cantidad de balconcitos por metro cuadrado de la
ciudad. Demasiados ojos. Por cualquier cosa, decidimos usar los
pasamontañas. Los probamos una y otra vez delante del espejo
del baño. Parecíamos delincuentes. Y mientras las ventanas de los
vecinos quedaban en penumbras, nos entregábamos divertidos al
otro, como una sombría versión de Los amantes de Magritte.
La calle quedó vacía. Nadie cruzaba el pequeño puente que
corona la Aiguafreda. Apenas filamentos del único farol que se
acurrucaba al inicio de la cuadra. Era el momento. Guardamos a
Héctor en una cajita de zapatos y salimos suaves, elásticos, por la
silenciosa noche.
Por suerte, nuestros vecinos no habían edificado aún ningún
muro. Así que entramos a hurtadillas en su jardín. La viscosidad
del lodo que envolvía nuestros pasos aumentaba la sensación de
aventura. De pronto, Ana tropezó en un pequeño hoyo. Al caer so-
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llamó la atención encontrar la jaula cerrada y arrumbada al fondo
del armario junto a unas bolsas de espinacas y remolacha echadas
a perder. ¿Cómo chingados llegó Aquiles hasta acá? Sin embar-
go, Ana estaba furiosa como para atender mis dudas. ¿Pero estos
están enfermos o qué?, se fueron de vacaciones y le dejaron la
comida a una distancia imposible. Está bien pinche raro, pero no
te me pongas defensora de los animales ahorita, hay que meterlo
y salimos en chinga.
Regresamos a Héctor a su hogar con éxito. Le apoyamos la
cabecita sobre una esquina de la jaula. Listo. Un paro cardiaco. O
que se chinguen, que sepan que se les murió de hambre. Lo que
sea, pero ya está. Vámonos, vámonos.
Los siguientes días fueron plácidos y armoniosos. Por fin nos
sentíamos del mismo lado del mundo. Ana telefoneó a su madre
para informarle que siempre sí Barcelona, que ya, si eso, habla-
rían en diciembre. Nos amábamos de nuevo, inmensamente, como
antes. Pensé, por un instante, que era feliz, es decir, que sentía que
iba a dejar de serlo. El ansiado retorno de los vecinos operaba so-
julio-septiembre de 2019
bre nosotros como un imán que nos impedía alejarnos mucho del
barrio. Sólo una vez tuvimos que bajar a Gràcia para que le revi-
saran el tobillo a Ana, que parecía sanar sin ningún contratiempo.
Esta crema, antes de acostarse, reducirá la hinchazón, fue lo que
dijo el médico. Todas las tardes, después del trabajo y la univer-
sidad, paseábamos a Aquiles por los miradores de los bunkers y
espiábamos la ciudad como si nos asomáramos a nuestra propia
vol. 1, núm. 1
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hombre fumando a altas horas de la madrugada tratando de sacu-
dirse un trago amargo, ninguna mujer llorosa. Nada. Y de repente,
sin ninguna queja, las luces de la casa de los vecinos se apagaron.
Sin embargo, la curiosidad, querido lector. Si no hubiera sido
por la curiosidad, Ana no hubiese vuelto a México y yo no estaría
escribiendo estas páginas en la biblioteca en lugar de terminar mi
tesis doctoral. La descalabrada curiosidad fue la que nos sedujo
a invitarlos a cenar la siguiente noche. Disfrazamos la reunión
de una cordial cena de bienvenida al barrio. Ya saben, para co-
nocernos mejor, ¿les parece bien a las diez? Muchas gracias, ahí
estaremos, ¿quieren que llevemos algo? Tranquilo, tenemos todo
preparado. Aunque quizás también fue el amor, el amor que ya
se había ido y, al regresar, como una ola que rompe con fuerza,
escupe a los bañistas fuera del mar.
¿No sería maravilloso que acariciaran a Aquiles?, preguntó
Ana cuando poníamos la mesa y pegó unos brinquitos encantado-
res por la cocina. Su maldad me parecía la muestra más genuina
de la ternura.
Después de las formalidades de qué bonita casa y desde hace
cuánto viven acá y sí, un poco más de vino, por favor, y contar-
nos que las vacaciones en Cerdeña espléndidas, que dos años de
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—Sí, sí. Pues no sé cómo contarlo. Ha sucedido algo extraño.
Se llamaba Héctor. Lo compramos el día en que nos hicimos novios.
Ana y yo nos sonreímos, pero disimulamos el entusiasmo tras
un ingenuo interés en su historia.
—Al regresar de nuestro viaje lo hemos encontrado muerto en
su jaula.
En ese momento el fervor nos controlaba. Queríamos ver has-
ta dónde más podíamos llegar, hasta dónde soporta un humano
que le remuevan el cuchillo en la herida. Y pregunté, tratando de
ahogar la carcajada en la lengua con un bocadillo de pan:
—¿Un paro cardíaco? —Ana casi escupe el vino en la copa.
—Desde luego. Pero lo extraño es que eso sucedió hace dos
semanas, unas horas antes de irnos de viaje. Le teníamos tanto
cariño que lo enterramos en el jardín y como no teníamos mucho
tiempo guardamos sus cosas en el armario de nuestra habitación.
Ahora que hemos vuelto lo descubrimos limpio de nuevo en su
jaula. ¿Cómo puede ser? Sólo queda el hoyo donde lo habíamos
sepultado. ¿Quién puede ser tan perverso?
julio-septiembre de 2019
Ana abrió los ojos con desmesura, como quien intenta recor-
dar una época que ha dejado de existir. Me miró sorprendida antes
de cerrar los ojos con fuerza. Se inclinó sobre la mesa y comenzó a
tocarse el tobillo, a sobarlo. ¿Estás bien?, alguien preguntó. Sí, sí,
sí, respondió, pero en sus labios ya no pude distinguir una sonrisa
sino una especie de mueca.
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El terreno de juego de la escritura
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el mundo, lo cual se explica por el doble movimiento en el que se
encuentra situado el escritor, sumido en un curso de eventos tanto
introspectivos como externos. Y hay que estar atentos. Sobre todo
en los momentos de relajación. Los bares, las citas, los cafés son los
escenarios donde la mente finge liberarse del trabajo literario y ahí
la idea, como una mujer celosa por haberla dejado de lado, apare-
ce con más fuerza. Tampoco hay que salir corriendo del bar para
escribir una línea del cuento. Eso significaría, a la larga, la pérdida
de algunas amistades. Mucho menos abandonar a la chica de la
cita a media anécdota sobre lo que le pasó en la niñez. No hay que
ser groseros en esta vida. Basta con sacar una libretita discreta y
apuntar la idea para que no se olvide con los vapores de la cerveza.
Pero al llegar a casa, es necesario volver al trabajo. El tiempo co-
rre y la partida está en juego. Y si uno se desentiende por completo, el
relato pierde interés para el mismo escritor o las tramas se confunden
en su mente. Por eso es vital, cuando se siente la íntima necesidad de
escribir, de no despegarse por mucho tiempo del teclado o el papel,
para los románticos. La literatura es una tenue vela que no hay que
julio-septiembre de 2019
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RU MOR A TI
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
M :* I :* E :* R :* C
:* O :* L :* E :* S :*
Efraín Velasco
Rumor a ti
EFRAÍN VELASCO
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1. Para caracterizar la capacidad asociativa del
lenguaje poético, Ezra Pound acuñó el término
logopoeia.
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8. ¿Cómo inocular un rumor en una palabra sin
que esta se desarticule al grado de perder su
significación?
cional de Poesía Joven "Elías Nandino" 2008 por el libro & mi voz tokonoma
(FETA, 2008). Es autor de los libros de poesía Gretel regresa sola (y no cuenta
nada de lo sucedido) (Luzzeta, 2018), Sostiene Gruñón (CCD, 2015) y 4' 33''
Rumor a ti
(PdlF, 2015).
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Biografía
Roberto Piva
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Nada más provinciano que los clubcitos cerrados de la poesía
brasileña, con sus autores-burócratas tratando de restaurar el
Orden & cagando Reglas que el futurismo, dadaísmo, surrealismo
& modernismo ya se encargaron de destruir. A estos neozhda-
novistas de todos los matices, me gustaría recordarles este pa-
saje del manifiesto redactado por André Breton & León Trotsky:
“En materia de creación artística, importa esencialmente que
la imaginación escape a toda sujeción, no se deje imponer filia-
ción bajo ningún pretexto. A aquellos que nos presionan, hoy o
mañana, para que consintamos que el arte sea sometido a una
disciplina que sustentamos radicalmente incompatible con sus
medios, oponemos una recusa inapelable, y nuestra delibera-
da voluntad de mantenernos en el lema: todas las licencias en
arte”. Cierro también con John Cage & no abro: “Estoy por la
multiplicidad, la atención dispersa y la descentralización, y por
tanto me sitúo del lado del anarquismo individualista”. O Jean
Dubuffet: “El unísono es una música miserable”. Necesitamos
creaciones desprovistas de reglas & de convenciones paralizan-
tes. La poesía es un salto en la oscuridad, como el amor. Por
eso, mis lectores preferidos son los herejes de todas las escuelas
& los transgresores de todas las leyes morales & sociales. Como
no soy intelectual de izquierda, estoy siempre de regreso al pro-
blema del varo.
Pasolini comenzó la cuenta regresiva de nuestro planeta a
partir de la desaparición de las luciérnagas en Italia. Yo podría
comenzar la misma cuenta regresiva a partir del desconoci-
miento & desaparición de la abeja Jataí en Brasil. Creo que,
Roberto Piva
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Respondí: Amor, Poesía & Libertad. Y en los ovnis también.
Roberto Piva (São Paulo, Brasil, 1937-2010). Es uno de los grandes poetas
brasileños del siglo XX, autor del emblemático “Paranoia”, publicado en
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