Apuntes Mary Shelly
Mary Wollstonecraft Shelley
Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), novelista inglesa, hija del filósofo británico William Godwin y de la escritora y feminista
Mary Wollstonecraft. Nació en Londres y recibió una educación privada. Conoció al joven poeta Percy Bysshe Shelley en mayo de 1814
y dos meses más tarde abandonó Inglaterra con él.
Cuando la primera esposa de Shelley murió, en diciembre de 1816, la pareja contrajo matrimonio. En 1818 Mary publicó la primera y
más importante de sus obras, la novela Frankenstein o el moderno Prometeo. Esta obra, un logro más que notable para una autora de sólo
20 años, se convirtió de inmediato en un éxito de crítica y público. La historia de Frankenstein, estudiante de lo oculto y de su criatura
subhumana creada a partir de cadáveres humanos, ha sido llevada al teatro y al cine en varias ocasiones. Ninguna de sus obras posteriores
alcanzó la popularidad o la excelencia de esta primera, pese a que escribió otras cuatro novelas, varios libros de viajes, relatos y poemas.
Su novela El último hombre (1826), considerada lo mejor de su producción, narra la futura destrucción de la raza humana por una terrible
plaga. Lodore (1835) es una autobiografía novelada. Tras la muerte de su esposo, en 1822, Mary se dedicó a difundir la obra del poeta.
Publicó así sus Poemas póstumos (1824) y editó sus Obras poéticas (1839) con valiosas y detalladas notas.
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Mary Shelley: Vida y misterio de una autora
macabra
Biografía. “La mujer que escribió Frankenstein”, de Esther Cross, es una visión personal y atrapante de
una época de profanadores de tumbas, operaciones sin anestesia y ferias de freaks.
Casi doscientos años atrás, Mary Shelley comprendió que la identidad está en los recuerdos. Y que si
un ser existió, éste seguirá haciéndolo a través de la memoria. Lo supo en 1822, a los 25 años, cuando
acababa de quedar viuda, y decidió conservar el corazón de su marido, el escritor y poeta romántico
Percy B. Shelley.
Hacía cuatro años que había escrito Frankenstein, que contaba entonces la tercera edición, y por la
que más tarde iba a ser considerada como la autora de una historia macabra.
Envuelto en la página de una poesía, Mary Shelley trasladó el corazón de su esposo en sus sucesivos
viajes y mudanzas a modo de reliquia, durante un cuarto de siglo, hasta su muerte.
La sordidez de ese detalle es sin embargo lo que resume la naturaleza romántica de su ser y escritura,
muy lejos de la lobreguez a la que fue sintetizada su vida privada y su vida como escritora.
La imagen del corazón de Shelley en el cementerio de Inglaterra, enterrado junto al cadáver de su
esposa, lejos del cuerpo del poeta –cuya tumba está en Roma– es con la que se encuentra el lector de
La mujer que escribió Frankenstein (Emecé), el excéntrico e inquietante libro de Esther Cross
(Buenos Aires, 1961). Allí, la autora narra algunos de los momentos de la vida de la mujer que escribió
la novela sobre un monstruo armado por trozos de cadáveres, en la época de los “resurreccionistas”,
robo y venta de cadáveres, profanadores de tumbas, estudios de disección, operaciones sin anestesia y
ferias de freaks.
Una vida rodeada de tumbas
El corazón de Percy B. Shelley está enterrado con Mary en la ciudad costera de Bornemouth, en
Inglaterra. En esa tumba, además de sobrar un corazón, hay otras partes de su familia. Son reliquias de
tres de los cuatro hijos que murieron de pequeños (una, apenas nacida; otra, a los dos años de edad, un
varón que nació entre ellas, muerto de fiebre o cólera). De cada uno guardó algo, pelo, un pañuelo.
Cross cuenta que fue ese el disparador del libro, que encontró en una vieja biografía. A partir de ahí,
comenzó a buscar más datos, que fueron apareciendo como cajas chinas, por azar.
“Fue como una especie de sinapsis de lecturas”, dice, sobre el modo en que fue encontrándose con
cada una de ellas. Como el libro de Hermione Lee, Virginia Woolf’s Nose , y el capítulo “Shelley’s
Heart and Pepys’s Lobsters”. Allí se narra la muerte de Shelley en Italia en un naufragio, a raíz de una
tormenta repentina. Apareció ahogado en la orilla de la playa, desfigurado por el mar. Allí mismo fue
enterrado, pues las leyes sanitarias de Italia impedían que se lo trasladara para un entierro
convencional. Más tarde, sus amigos desenterraron el cuerpo y llevaron a cabo un ritual casi tribal, en
el que fue cremado. En su funeral estaban Lord Byron, que acompañaba en su vida nómade a los
Shelley, y el biógrafo y aventurero Edward Trelawny, quien rescató el corazón de entre las llamas, al
ver que aquél se mantenía intacto mientras el resto del cuerpo ardí[Link] dice que Mary debió forcejear
con el escritor Leigh Hunt, amigo de Shelley, que quería quedarse con el corazón. Byron –cuya amante
era Claire Clairmont, hermanastra de Mary, que los acompañaba siempre en su travesía– se puso del
lado de la escritora. Una vez que lo consiguió, Mary envolvió el corazón de su esposo en una página
con “Adonais”, un poema de Shelley.
La muerte de Percy B. Shelley fue casi conceptual a su vida: murió viajando, tal como vivía. Se había
embarcado aun en contra de los deseos de Mary, que quedaba en Italia. La manía de viajar los
convertía en mucho más que nómades. “¿Podían dejar de viajar?”, se pregunta Cross. “Eran
románticos”, responde. “Constantemente en fuga, viajar era la expresión física de un movimiento de
ruptura de límites”, explica. Francia, Suiza, Milán, Venecia, Roma, Nápoles, otra vez Roma. Así como
llegaban ya estaban embarcando de nuevo en caravana. Trasladaba muebles, escritos, correspondencia,
una cuna. Porque ese es otro dato que caracterizó sus vidas: dejaban atrás una tumba y partían con una
cuna. En las cartas y diarios los Shelley aparecen siempre moviéndose; la gente alrededor se moría, sus
hijos se morían, pero ellos seguían adelante, reafirmándose vivos.
Cross explica que el monstruo y el doctor Frankenstein de algún modo también son románticos por eso
mismo. Están todo el tiempo moviéndose, y se encuentran en Suiza, Alemania, Escocia, el Polo:
“ambos siguen, aunque dejen cadáveres en el camino”, escribe la autora.
La zona de escritura
Mary Wollstonecraft Godwin, como se llamaba, era hija de dos escritores y pensadores de avanzada,
Mary Wollstonecraft y William Godwin. Se habían casado cuatro meses antes de que Mary naciera,
para hacerle la vida más fácil a su hija y evitar que fuera vista como una bastarda. “Nunca voy a
casarme”, había escrito su madre, autora de “Una reivindicación de los Derechos de la Mujer”, cuando
tenía veintiún años. “El matrimonio: una forma de monopolio, el peor”, escribió su padre, autor de
Ensayo sobre los sepulcros.
Su madre murió a los diez días del nacimiento de Mary. Era la época en que la asepsia en los partos era
algo impensado. Faltaban cincuenta años, escribe Cross, para que el doctor Semmelweiss descubriera
que “los dedos ensuciados llevan las partículas cadavéricas fatales a los órganos genitales de las
mujeres encintas”, de modo que nadie se lavaba las manos. El médico introdujo sus dedos y retiró los
restos de placenta que la parturienta no había llegado a expulsar. La infección no tardó en
generalizarse, y Mary Wollstonecraft murió al cabo de diez días de fiebre, convulsiones y dolores, que
trataban de calmarle dándole de beber vino.
Los pasajes de Frankenstein se intercalan en este libro de Esther Cross con momentos de la vida de
Mary Shelley, en un extraño recorrido que lo convierten en un volumen difícil de definir: no es una
novela, aunque se vale de los recursos literarios de ésta; no es un ensayo –huye de la metodología de
cita y referencia de documentos–, aunque se pueden identificar sus hipótesis y argumentaciones; no es
una biografía, pese a que los extractos constituyen el trayecto desde su nacimiento a su muerte. “Me
interesa el entorno de la vida de un escritor, y con Mary Shelley quise contar qué veía por la ventana.
Qué era la figura y qué el fondo. Qué es entorno y qué es vida, cómo se desdibujan”, dice Cross.
Desde su ventana, lo que Mary Shelley veía esencialmente eran tumbas y cadáveres. Su vida estuvo
asociada a los cementerios desde la infancia. El tiempo en que vivió fue el de los ladrones de tumbas,
que trabajaban clandestinamente para proveer de cuerpos a médicos y anatomistas. Esto, antes de
1832, cuando se sancionó el Acta de Anatomía, que entregaba a la Medicina los cuerpos de indigentes
o muertos en asilo que nadie reclamaba.
El cirujano del rey, Sir Astley Cooper, quien describió estructuras anatómicas y algunas enfermedades,
lo definió: “La ley no impide que obtengamos el cuerpo de cualquier individuo que consideramos
necesario. No hay persona, sea cual sea su situación, cuyo cuerpo no podamos conseguir para
diseccionar”. Frases como esas llevaron a que los cementerios se poblaran de deudos que hacían
guardia alrededor de las tumbas de sus seres queridos, ante el temor de que ellas fueran
[Link] muchos otros en su tiempo, Cooper necesitaba de los ladrones y vendedores de
cadáveres, para dar clases y practicar cómo cortar. En tiempos en que la anestesia todavía no se había
descubierto, se necesitaba ser rápido, ganar adiestramiento, abrir y cerrar con velocidad; el paciente se
podía morir a causa del dolor.
De niña, como la mayoría de los chicos, Mary tenía su lugar de evasión. En su caso era el cementerio
de Saint Pancras, donde estaba enterrada su madre. Sobre su tumba aprendió a leer. Su padre solía
llevarla junto a su hermanastra Fanny, con quien practicaban lectura sobre las lápidas.
En Saint Pancras, a los dieciséis, Mary se encontró por primera vez a solas con Percy B. Shelley. Ahí
se declararon su amor y planearon fugarse. Mary lo había conocido en su casa, a donde Percy, con
veintidós años, fue a visitar a su padre, en compañía de su esposa, con quien ya tenía hijos. “El
cementerio, con la tumba sagrada, fue el primer sitio donde el amor brilló en tus ojos. Nos
encontraremos de nuevo (...). Un día vamos a unirnos”, escribió Mary en su diario diez años después,
cuando ya había quedado viuda.
Desde su ventana, Mary podía ver los carros clandestinos que trasladaban cadáveres. Muchas veces
estaban envueltos en bolsas o en cajas con falsas leyendas, como “piano”. Iban desnudos, pues
trasladarlos con mortaja sí constituía delito de robo. La prenda para la morada última era un elemento
material que correspondía a la familia, pero el cuerpo de una persona muerta a nadie pertenecía.
Entre las lecturas predilectas de la época, estaba el Newgate Calendar, con noticias de la cárcel. Allí en
1803 se narra la disección del condenado George Forster a cargo del profesor Giovanni Aldini,
especialista en galvanismo. “Rodeó el cuerpo con láminas de zinc, cobre y plata traídas de Italia,
hundió unas varas en el cuerpo, en la boca y en las orejas. La mandíbula empezó a temblar. Los
músculos que la rodeaban se contrajeron terriblemente. Se abrió el ojo izquierdo”, transcribe Cross en
su libro.
La autora sitúa a Mary Shelley, además, en tiempos de la feria de Saint Bartholomew, una “kermesse
diabólica” de cuatro días, famosa por sus freaks, donde desfilaban deformes, como una albina, enanos,
y la chica de dos cabezas, “viva”. El público pagaba caro por ver esas atracciones. O las del dentista
Martin van Butchell, especializado además en fístulas anales, que conservaba embalsamado el cuerpo
de su mujer expuesto en una ventana.
En Frankenstein and the 1832 Anatomy Act, Tim Marshall define la época y la importancia de la
novela de Mary Shelley. “Frankenstein es la clásica historia de la era de profanación de cuerpos.
También, es un relato de ficción sobre la legislación que acabó con ella. Con la Ley de Anatomía,
nació la cara monstruosa de la cultura utilitaria de Inglaterra de mediados de la era victoriana”.
En su novela, Mary Shelley da menos explicaciones y se refiere a “terribles actividades” nocturnas del
doctor Frankenstein. Así es como lo manda a trabajar a Inglaterra en la temporada de exhumación de
cadáveres. El doctor, recuerda Cross, “quiere entender la vida (...). Para hacerlo, debe ponerse,
literalmente, en contacto con los muertos. En la novela de Mary Shelley, el médico habla, de hecho,
con un muerto que está vivo”. Esther Cross precisa así el foco de la novela de Mary Shelley: “En su
novela, los muertos se levantaron. Son los muertos, resumidos en el monstruo, los que observan al
doctor y no al revés, como pasaba en la vida”, escribe. Y cuando el doctor Frankenstein muere, ahí
están, convertidos en monstruo, para velarlo. Así, el hecho de que la tumba de Mary Shelley sea
“muchas tumbas a la vez”, con su propia colección de reliquias, figura y fondo se fusionan y pierden,
para redimir a la autora. ¿Es posible creer que Mary Shelley concibió su obra a partir de la morbosidad
de su mente? ¿Quién es el sujeto de la morbosidad, el que la consume o el que la narra?
La mujer que escribió Frankenstein es un relato de viaje aciago, con el que Cross, dice, se propuso
“desandar el camino de ese cuerpo extraño”. El libro, sin embargo, es bastante más. Obliga a recordar
la frase de Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Porque si un escritor tiene por misión la de ser
cronista de su tiempo, Mary Shelley no escribió otra cosa más que aquella que debía escribir, la
crónica de la realidad que la contenía.
Disponible en [Link]/literatura Consultado el 28 de diciembre de 2016