Pensar en Dios ensancha tu mente.
Pensaba en la alabanza en términos de cumplidos, aprobación o dar honor. Nunca me
había dado cuenta de que todo deleite se convierte espontáneamente en alabanza a
menos que [ ... ] la timidez o el miedo a aburrir a otros sean utilizados para controlarla.
El mundo está lleno de alabanzas: hombres que alaban a sus amantes, lectores que
alaban a su poeta favorito, caminantes que alaban el campo, jugadores que alaban a
su deporte favorito; alabanzas al clima, a los vinos, a los platos, a los actores, a los
automóviles, a los caballos, a las universidades, a los países, a los personajes históricos,
a los niños, a las flores, a las montañas, a las estampas difíciles de conseguir, a los
bichos exóticos e incluso a los políticos o eruditos. No había notado cómo las mentes
más humildes, y al mismo tiempo más equilibradas y de gran capacidad, alaban más,
mientras que las inadaptadas y descontentas alaban menos.
Tampoco había notado que, así como los hombres elogian de manera espontánea lo
que valoran, también espontáneamente nos instan a unirnos a ellos para alabarlo:
«¿No es hermosa? ¿No fue glorioso? ¿No crees que es magnífico?». Los salmistas, al
pedirle a todos que alaben a Dios, están haciendo lo que hacen todos los hombres
cuando hablan de lo que les importa. Toda mi dificultad sobre la alabanza de Dios
dependía de mi absurda idea de negarnos, respecto a quien es supremamente valioso,
lo que nos deleitaría hacer y lo que en realidad no podemos dejar de hacer, con el
resto de cosas que valoramos.
Creo que nos encanta alabar lo que disfrutamos porque la alabanza no solo expresa,
sino que completa el goce; es su consumación. No es solo un cumplido que los
amantes sigan diciéndose cuán hermosos son; el deleite es incompleto hasta que se
expresa (C. S. Lewis, Reflections on the Psalms [Nueva York: Harcourt, Brace and
World, 1958],93-95).
Allí estaba. La incesante orden de Dios de que lo veamos como glorioso y lo alabemos
es una orden a que no nos conformemos con nada menos que la consecución de
nuestra alegría en Él. La alabanza no es solo la, expresión, sino la consumación, de
nuestra alegría en lo que es agradable de manera suprema, es decir, en Dios. « Me
llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna 1 a tu derecha» (Sal. 16:11). Al
exigir nuestra alabanza, Dios exige que alcancemos nuestra alegría. Dios es más
glorificado en nosotros cuando encontramos mayor satisfacción en Él.
Eso también es lo que encontramos en Filipenses 1:20-23:
20 Mi ardiente anhelo y esperanza es que en nada seré avergonzado, sino que con
toda libertad, ya sea que yo viva o muera, ahora como siempre, Cristo será exaltado
en mi cuerpo. 21 Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. 22 Ahora
bien, si seguir viviendo en este mundo* representa para mí un trabajo fructífero,
¿qué escogeré? ¡No lo sé! 23 Me siento presionado por dos posibilidades: deseo
partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor,
Pablo afirmó que su gran pasión (espero que también sea la tuya), es que en esta vida
Cristo sea exaltado de forma suprema. Por eso Dios nos creó y nos salvó, para hacer
que Cristo se vea como lo que realmente es: supremamente grande.
Ahora, la relación entre los versículos 20 y 21 es la clave para observar cómo Pablo
pensaba que esto sucedía. Pablo expresó que Cristo sería engrandecido en su cuerpo
mediante la vida o la muerte: «porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia»
(v. 21). Notemos que viva en el versículo 20 corresponde a vivir en el versículo 21, y
muera en el versículo 20 corresponde a morir en el versículo 21. Entonces Pablo está
explicando cómo en ambos casos, en la vida y en la muerte, Cristo será exaltado.
Será exaltado en la vida de Pablo «porque para mí el vivir es Cristo». Pablo explicó más
adelante en Filipenses: «todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor
de conocer a Cristo Jesús, mi Señor» (3:8). Entonces, Cristo es más precioso, más
valioso, más gratificante que todo lo que la vida en esta tierra puede dar.
Esto es lo que Pablo quiso decir cuando escribió: «Para mí el vivir es Cristo» (v. 21). Y
así es cómo su vida exaltaría a Cristo. Cristo sería más exaltado en la vida de Pablo
cuando Pablo, en su vida, encontrara mayor satisfacción en Cristo. Esa es la enseñanza
de estos dos textos.
Y es aún más claro cuando se considera la parte relacionada con la muerte en
Filipenses 1:20-23. Cristo sería exaltado en el cuerpo de Pablo mediante la muerte,
«porque para mí[ ... ] el morir es ganancia» (v. 21).
¿Por qué la muerte sería ganancia? La respuesta está al final del versículo 23. «Deseo
partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor». La muerte es ganancia porque
significa una mayor cercanía a Cristo. Experimentar la muerte es «partir y estar con
Cristo».
Es por eso que Pablo dice en el versículo 21 que morir es ganancia. Sumas todas las
pérdidas que te costará la muerte (tu familia, tu trabajo, la jubilación de tus sueños, los
amigos que dejas atrás, tus placeres favoritos) y luego las reemplazas solo con la
muerte y Cristo; si al hacerlo exclamas con alegría: «¡ganancia!», entonces Cristo es
exaltado en tu muerte. Cristo es más exaltado en tu muerte cuando encuentras tanta
satisfacción en Cristo, que perder todo y obtener solo a Cristo se considera ganancia. O
para resumir las dos mitades del verso: Cristo se glorifica en ti cuando es más valioso
para ti que todo lo que la vida puede dar y todo lo que la muerte puede quitar.
Esa es la base bíblica para la alabanza: Dios es más glorificado en nosotros cuando
encontramos mayor satisfacción en Él. Notemos que esto estaba implícito en el
capítulo anterior cuando dijimos que Dios creó el mundo para la alabanza de la gloria
de Su gracia que se exhibe y se revela de manera suprema en la muerte salvífica de
Jesús. En otras palabras, la búsqueda de Dios de Su propia alabanza llega a su clímax
en el lugar donde encontramos el mayor bien, en la cruz. En la cruz, Dios defiende Su
gloria y proporciona nuestro perdón. En la cruz, Dios vindica Su propio honor y asegura
nuestra felicidad. En la cruz, Dios exalta Su propio valor y satisface nuestras almas. En
el acto más grandioso de la historia, Cristo hizo realidad, para los pecadores que no lo
merecían, que Dios pueda ser más glorificado en nosotros al estar más satisfechos en
Él.