Lunes Santo.
El triduo formado por los llamados Lunes Santo, Martes Santo y Miércoles Santo, triduo
previo al llamado «triduo pascual», nos sitúa en un ambiente definido por los siguientes
rasgos:
• La persona de Jesús a la luz de la figura del «Siervo del Señor».
• El ambiente de cena pascual y eucarística con sus discípulos.
• La relación entre Jesús y los suyos, particularmente con Judas.
En estos tres días el mensaje presenta una confrontación entre Jesús y Judas:
• El lunes, en medio de la comunidad.
• El martes, entre los tres discípulos más señalados.
• El miércoles, Jesús y Judas cara a cara.
Hoy contrasta la relación entre el discípulo, el dinero y Jesús, y sale a relucir la relación con
los pobres, que en el planteamiento de Jesús es muy diferente a la relación hasta entonces
canonizada en la piedad tradicional. En lugar del asistencialismo, Jesús plantea la
integración.
1. Primera lectura (Isa 42,1-7).
Siervo del Señor es el hombre libre que libremente coopera con el Señor ()יהוה, el Dios del
éxodo. Aquí es presentado como apoyado, amado y elegido por el Señor, y objeto de su
complacencia personal, en quien él ha puesto su Espíritu para traer justicia «a las naciones
(ּגֹוי ִם: paganas)». El don del Espíritu de Dios, aunque común a todos los vivientes (cf. 42,5) y
prometido al pueblo en particular, aparece también en relación con el profeta (cf. 61,1) y con
Moisés (cf. 63,11).
• La misión del Siervo es de carácter universal. Promover el derecho en las naciones
entraña algo así como la búsqueda de la justicia en las relaciones entre los individuos y los
pueblos. No es una amenaza a los otros pueblos, ni tampoco un anuncio de que van a ser
sometidos.
• Porque su misión es positiva, no recurrirá a la violencia, ni con sus palabras ni con sus
hechos. La promoción del derecho será conforme al derecho, sin gritos, ni amenazas ni
atropellos. Esta figura se parece a la del rey-mesías (cf. 11,2), aunque aparente aludir a Ciro
(cf. 44,28; 45,1).
• Trabajará por la justicia constante y firmemente, hasta lograrla. Las metáforas de la
«caña» (o junco) y del «pabilo» se aplican de preferencia a las víctimas de Babilonia para
designar un pueblo despojado de su fuerza («caña cascada»: 1Rey 14,15; 2Rey 18,21; Eze
29,6; «pabilo»: cf. 43,17).
• Será constante en ese empeño. Dedicará toda su vida a esa misión hasta lograr su
cumplimiento, porque esa es la esperanza que anima hasta a los pueblos más lejanos. Esta
decisión corresponde al más profundo anhelo de todas las naciones, porque el designio
divino las abarca a todas.
La justicia en las relaciones humanas, interpersonales o internacionales, no se logra
atropellando lo débil, sino fortaleciéndolo. En esa primera parte del oráculo queda claro el
designio del Señor y su correspondencia con «la esperanza de las naciones», entre todas
ellas, porque el Señor quiere «implantar el derecho en la tierra».
Dios (אֵ ל: su nombre universal), el Señor (יהוה: el nombre del Dios del éxodo), en cuanto
creador, liberador y salvador declara:
1.1. El Siervo, llamado, guiado y formado por él, está «puesto como alianza de Israel y luz
de las naciones», es decir, mediador de la alianza para Israel, testigo de la salvación para
las naciones.
1.2. Su misión es netamente liberadora y salvadora en relación con el ser humano:
• «Abrir los ojos a los ciegos»: libertad interior. Los «ciegos», los privados de luz, no pueden
ver la ruta de su «salida». La liberación comienza por la percepción de su posibilidad.
• «Sacar de la cárcel a los presos»: libertad de acción, independencia. La «prisión» es
privación de libertad de movimiento, carencia de posibilidad de ejercer la propia libertad.
• «(Sacar) del calabozo a los que viven en tinieblas»: garantizar su supervivencia. La
«mazmorra» es la prisión profunda, donde nunca llega la luz y la vida mengua en extremo.
Las imágenes se refieren al Siervo y a un grupo de cautivos. Al Siervo se le dirige el Señor
como si fuera un solo hombre, y la misión del mismo se relaciona con ese grupo como
ejecutor de un plan de salvación a favor del mismo. Este oráculo se cumple inicialmente en
el retorno de los deportados a Babilonia, pero queda pendiente de su pleno y definitivo
cumplimiento.
2. Evangelio (Jn 12,1-11).
Según los historiadores, Betania era un barrio marginal de Jerusalén, habitado por galileos.
De ahí ese nombre. «Seis días antes de la pascua» es un dato que tiene intención
teológica: el «sexto día» es el de la creación del hombre. Jesús está en Betania, la
comunidad que tiene experiencia de la nueva vida. Por eso, la cena ofrecida a Jesús por la
comunidad sustituye el banquete fúnebre; él es el homenajeado, pero Lázaro, el muerto
viviente (resucitado) está «con él», y no con sus hermanas. Los tres condensan el ser
íntegro de su comunidad en relación con Jesús desde tres puntos de vista (visión integral):
• Marta encarna la dimensión servicial de la comunidad, que es el rasgo que la define hacia
afuera y su rostro visible en «el mundo», la sociedad de «la tiniebla» que sofoca la luz de la
vida.
• María encarna la inefable comunión de amor de la comunidad con Jesús, amor que tiene
rasgos esponsales y que manifiesta una capacidad de donación asombrosa y sin medida.
• Lázaro, a su vez, encarna la misma comunidad en cuanto ha recibido de Jesús la vida que
venció la muerte, y por eso participa ya «reclinado» (libre) con él del banquete de la vida.
El rasgo distintivo común es la amistad (cf. Jn 11,3.5.11; 15,13-15).
María hace un derroche de generosidad al demostrarle su amor a Jesús, y este espléndido
amor satura la comunidad entera («la casa se llenó de la fragancia del perfume»).
Judas reacciona estableciendo oposición entre el amor a Jesús y el amor a los pobres, pero
no por amor a los pobres, sino porque ama el dinero. Jesús responde:
• No hay contradicción entre el amor a él y el amor a los pobres. Puede haber pobres y no
estar allí Jesús, pero nunca puede estar Jesús sin que estén con él los pobres.
• De hecho, la comunidad de Jesús se define justamente como el «hogar de los pobres»;
Betania ( )ֵּבית עֲ נִָּיהsignifica precisamente eso: «casa del pobre».
• La comunidad no es «benefactora» de los pobres, porque estos no están fuera de ella, ya
que ella está integrada por los que han elegido ser pobres.
Esto último parecen no haberlo captado los discípulos, a juzgar por la conjetura que se
hacen al respecto (cf. Jn 13,28-29). De todos modos, la comunidad, en cuanto goza de la
presencia viva de Jesús y da testimonio de su vida («Lázaro»), es objeto de atracción para
las muchedumbres, y de repulsión por parte de los dirigentes.
Esta cena refleja el clima de gratitud, amor y alegría en que la Iglesia celebra (o debe
celebrar) la eucaristía. Ella es el ideal que deberían alcanzar las llamadas «misas por los
difuntos»: verdaderas celebraciones con gratitud a Jesús por el don de la vida a favor de
nuestros hermanos que ya celebraron su pascua personal y ahora participan con él del
banquete de la vida eterna. Obvio, sigue siendo válido orar por la plena remisión de los
pecados de los difuntos, pero esta no debe ser la única línea, ni la definitiva. Sustituir el
banquete fúnebre, que todavía subsiste en algunas culturas, por la cena del Señor es un
logro de la fe cristiana; pero hay que ir más lejos aún: hacer de esta cena una verdadera
«acción de gracias» por la vida que creemos y confesamos que han recibido nuestros
hermanos difuntos, que murieron «en el Señor» (Apo 14,13).
Demos gracias por la vida eterna dada a nuestros seres queridos y a todos los que ya han
sido definitivamente salvados por Jesús.