Julio Meinvielle. Los Tres Pueblos Biblicos
Julio Meinvielle. Los Tres Pueblos Biblicos
Los Tres
Pueblos Bíblicos
En su lucha por la dominación del mundo
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BUENOS AIRES
1937
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Índice.
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San Juan 2, 18), de suerte que no hay que aguardar ya otra economía de salud que la misma Iglesia
fundada por Cristo y los apóstoles, y que debe durar hasta la consumación de los siglos. El filósofo
cristiano que quiere escrutar la historia, conoce entonces, a ciencia cierta, que no puede concebirse
la historia futura sin la acción de la Santa Iglesia Romana, que ha de influir sobre los
acontecimientos con su jerarquía, con su doctrina y con sus sacramentos. No incurrirá entonces en
el delirio de imaginar una nueva época del mundo en que Jesucristo haya sido expulsado del seno
de la historia humana. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (San Mateo XVI, 18) es
una palabra que jamás el historiador debe olvidar, si no quiere equivocarse en la interpretación de
los fenómenos históricos.
Esto nos demuestra que si Dios, en los Sagrados libros, nos habla de tres o cuatro
determinados pueblos, y nos habla de ellos en todo tiempo, desde el Génesis al Apocalipsis, es
evidente que estos pueblos deben tener una trascendencia histórica singular para explicar el curso
que deben tomar los acontecimientos humanos. El filósofo cristiano que se ha empeñado en la tarea
de buscar un sentido a estos acontecimientos no puede en forma alguna descuidar la consideración
de estos pueblos, so pena de quedarse en la corteza de los hechos y equivocarse sobre su
significación histórica.
Es evidente asimismo que si llega una época en la historia, en que la humanidad se divide,
de modo manifiesto, en estos tres o cuatro pueblos, y como se entabla una lucha a muerte entre
ellos, esta época debe revestir una significación y alcance histórico decisivo, debe ser una época
apocalíptica porque en ella se entabla una lucha bíblica, ya que no es lucha puramente política o
económica, como tantas otras que registra la humanidad, sino que es una lucha metapolítica, más
allá del orden de lo político, más allá aún del mismo orden de lo humano, porque alcanza a
entablarse entre aquellas formaciones que Dios ha querido para todo el curso de la humanidad.
Ahora bien, nuestro tiempo presenta de modo manifiesto una lucha entre tres o cuatro
pueblos bíblicos, es a saber, paganos, judíos, musulmanes y cristianos. Y una lucha decisiva y a
muerte, porque estos pueblos luchan conscientes de la lucha y del carácter decisivo de ésta para la
dominación del mundo.
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2. LA TEOLOGÍA Y LA HISTORIA.
Que una época así deba revestir una significación histórica particularmente providencial, lo
demuestra precisamente el que la lucha se entable entre estos pueblos bíblicos, precisamente en
cuanto tales. La historia se mueve, y no se mueve al acaso como si no tuviese sentido. Por encima
de todas las contingencias humanas, aprovechando todos los choques de los grupos humanos,
choques religiosos, políticos, económicos, individuales, se va tejiendo la historia, y se va tejiendo,
no al acaso, sino como la quiere escribir la insondable voluntad de Dios, que sabe escribir derecho
con las líneas torcidas de los hombres. Y este escribir derecho de Dios no puede consistir sino en
que todas las cosas, aún las más torcidas, de los hombres, sean dirigidas, suave y fuertemente hacia
los fines providenciales, que en parte nos han sido revelados por Dios en su infinita misericordia. La
historia es entonces la mente de Dios escrita en el tiempo. Donde los hombres no leen, los ángeles
pueden leer. La historia es una lucha eterna entre los derechos de Dios sobre las creaturas y la
soberbia de la creatura sobre los derechos de Dios; entre el amor misericordioso y la miseria del
hombre. Entre la ciudad de Dios y la ciudad del hombre, con el triunfo final de la ciudad de Dios.
La Misericordia de Dios debe finalmente triunfar y a este triunfo debe cooperar la misma rebeldía y
ceguera del hombre. Las palabras de Santo Tomás respecto a la permisión del mal en el orden
providencial ilustran mucha luz sobre esto: "Siendo Dios Causa providencial de todo ser, es propio
de su providencia permitir ciertos defectos en algunas cosas particulares para que no se impida el
bien perfecto del universo; no habría la vida del león si no hubiese la matanza de animales; ni la
paciencia de los mártires, si no hubiese la persecución de los tiranos. (Sum. I, q. 22, a. 2.)
Si se examinan los hechos históricos, aisladamente, sin unirlos con una proyección única de
luz, estos hechos no tienen sentido. Y aún hechos distintos que pueden lograr cierto sentido, por
ejemplo, económico o político, si se los examina con una luz puramente económica o política,
dejarán de tenerlo total, si no se los vincula con una luz superior, que en último caso no puede ser
sino la insondable voluntad divina, manifestada al hombre en la Revelación. Se dirá que ésta apenas
puede arrojar luz sobre la historia porque no es éste su fin primero y principal. La historia queda
entonces indescifrable al hombre. Sólo algo puede. vislumbrar, como muy de lejos y en penumbra,
aprovechando los destellos de luz teológica con que Dios ha querido iluminarle en su camino a la
eternidad.
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Pero es evidente que estos menguados atisbos en la mente de Dios, que nos proporciona la
teología, proyectan una luz de calidad, y por ende de mayor fuerza explicativa, que la que pueden
proporcionar las estadísticas o comparaciones de cualquier otra ciencia humana. De aquí que el
filósofo cristiano que quiera penetrar en el sentido de los hechos históricos, no pueda prescindir de
la luz teológica, que le proporciona la Revelación oral y escrita y las Directivas de la Iglesia en el
gobierno regular de la Cristiandad, por medio del Santo Padre y de los Obispos, puestos por Dios
para regirla. No debe trabajar con esta luz, exclusivamente, pero debe trabajar con ella. Su trabajo
será específicamente filosófico. Pero se habrá ayudado de los datos que le proporciona la teología,
que es la ciencia de Dios.
No es necesario advertir que las conclusiones a que se llegue por este medio están
expuestas a la falibilidad de toda ciencia humana. Su mayor o menor certeza, o probabilidad
dependerá, como en todo discurso humano, del grado de firmeza que tengan las premisas en las que
se apoyen las conclusiones.
Gén. IX, 18 ... Eran pues los hijos de Noé que salieron del arca, Sem, Can y Jafet: este
mismo Can es el padre de Canaán.
19. Dichos tres son los hijos de Noé: y de éstos se propagó todo el género humano sobre
toda la tierra ...
20. Y Noé que era un labrador comenzó a labrar la tierra y plantó una viña.
21. Y bebiendo de su vino quedó embriagado y echóse desnudo en medio de su tienda.
22. Lo cual como hubiese visto Can, padre de Canaán, esto es la desnudez vergonzosa de
su padre, salió fuera a contársela a sus hermanos.
23. Pero Sem y Jafet, echándose una capa sobre sus hombros y caminando hacia atrás,
cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros; y así no vieron las vergüenzas del
padre.
24. Luego que despertó Noé de la embriaguez, sabido lo que había hecho con él su hijo
menor
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25. dijo: maldito sea Canaán, esclavo será de los esclavos de sus hermanos
26. y añadió: Bendito sea el Señor Dios de Sem, sea Canaán esclavo suyo.
27. Dilate Dios a Jafet y habite en las tiendas de Sem y sea Canaán, su esclavo.
Sólo los descendientes de Sem y de Jafet ofrecen interés. El Génesis nos refiere que cuando
se pusieron a construir una torre y una ciudad cuya cumbre llegue hasta el cielo, descendió el
Señor a ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de Adán.
Gén. 7. Ea pues descendamos y confundamos allí mismo su lengua, de manera que el uno
no entienda el habla del otro.
8. Y de esta suerte los esparció el Señor por aquel lugar por toda la tierra ...
La Escritura que nos refiere con estas escuetas palabras la dispersión de los pueblos, no se
ocupa más de ellos si no es indirectamente. Los pueblos siguieron diversos caminos y crearon
diversas civilizaciones. Los dos hermanos conservaron en sus descendientes rasgos inconfundibles.
Los arios y los semitas se perpetúan en sus generaciones con características imborrables. Los
semitas se esparcieron por el Asia Menor y por el Norte del África mientras los jafetistas se
esparcieron en las islas de la nación ( Gén. X, 5) es a saber en las costas del Mediterráneo, en
Europa y Asia Menor de donde avanzaron poco a poco hacia el Norte en toda Europa y ocuparon
una parte considerable del Asia. Horacio en sus Odas (l. l. Odas III, V, 27) evoca al linaje de Jafet
cuando dice Audax Japeti genus.
Estos pueblos, salidos de las manos de Dios, se fueron desviando de sus caminos, olvidando
su ley, y se entregaron a la idolatría. Constituyeron así los pueblos gentiles o paganos.
El paganismo es la infidelidad de los hombres a esta ley de naturaleza. San Pablo nos
describe con caracteres definitivos los rasgos propios de todo paganismo.
21, porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios; sino que
ensoberbecidos devanearon en sus discursos, y quedó su, insensato corazón lleno de tinieblas;
22. y mientras se jactaban de sabios, pararon en ser unos necios;
23. hasta llegar a transferir a un simulacro en imagen de hombre corruptible, y a figuras
de aves, y de bestias cuadrúpedas, y de serpientes, el honor debido solamente a Dios incorruptible.
Dice Santo Tomás II, II, q. 94, a. 1, ad. 4), que el nombre de la idolatría se impuso para
significar cualquier culto dado a las creaturas aunque se haga sin imágenes". Y como los paganos
no tenían una idea clara de la trascendencia de Dios, que está infinitamente por encima de todo lo
creado como el Ser Necesario por encima del contingente y al mismo tiempo de su divina
inmanencia que está presente en todo el ser y en toda la actividad de las creaturas, como Ser y
Causa Primera, (Santo Tomás III, q. 2 y 8) vieron la divinidad en las cosas cambiantes de la
creación, la fraccionaron en estas mismas cosas corruptibles y en ellas la adoraron.
concebibles en la tierra. El paganismo no podía distinguir en la razón de todo y de parte que le cabe
a todo hombre. Es un todo porque el hombre, cada hombre, aun el más infeliz y desgraciado, está
ordenado directamente a Dios su fin último. Es una parte, porque para alcanzar la plenitud de todo,
tiene que someterse como parte de distintas sociedades, necesarias para su perfección. El hombre es
todo, es una persona, y en este sentido no puede estar totalmente sometido a ningún poder de la
tierra: al contrario, los poderes de la tierra y aun la Iglesia están hechos para el hombre. El hombre
es parte y debe obediencia a los poderes legítimos, cuya autoridad viene de Dios (Rom. XIII, 1-2).
(Véase Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política.) El paganismo debió forzosamente
hacer del Poder, del Estado, un Dios. Reconoció el carácter orgánico y jerárquico del poder, pero,
para divinizarlo. El poder resultaba por lo mismo, inevitablemente tiránico, porque no servía al
hombre sino que se servía de los hombres.
Quinto carácter del paganismo: exaltación de los propios instintos y odio a lo extranjero.
24. Por lo cual Dios los abandonó a los deseos de su depravado corazón, a los vicios de la
impureza; en tanto grado que depravaron ellos mismos sus propios cuerpos;
25. ellos que habían colocado la mentira en el lugar de la verdad de Dios, dando culto, y
sirviendo a las creaturas en lugar de adorar al Creador.
26. Por eso los entregó Dios a pasiones infames. Pues sus mismas mujeres, invirtieron el
uso natural en el que es contrario a la naturaleza.
27. Del mismo modo también los varones, desechando el uso natural de la hembra, se
abrazaron en amores brutales de unos con otros, cometiendo torpezas nefandas, varones con
varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de su obcecación.
28. Pues como no quisieron reconocer a Dios, Dios les entregó a un réprobo sentido de
suerte que han hecho acciones indignas;
29. quedando atestados de toda suerte de iniquidad, de malicia, de fornicación, de
avaricia, de perversidad: llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos,
chismosos;
30. infamadores, enemigos de Dios, ultrajadores, soberbios, altaneros, inventores de
vicios, desobedientes a sus padres;
31. irracionados, desgarrados, desamorados, desleales, despiadados.
32. Los cuales, en medio de haber conocido la justicia de Dios, no echaron de ver que los
que hacen tales cosas, son dignos de muerte; y no sólo los que las hacen sino también los que
aprueban a los que las hacen.
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5. EL PUEBLO JUDÍO.
Tales son los caracteres comunes que se aplican al mundo pagano en las distintas y grandes
civilizaciones que han creado, no sólo en la greco-romana sino en las antiquísimas civilizaciones
babilónicas y egipcias. Todos éstos son pueblos idólatras, que al perder el conocimiento del
verdadero Dios, corrompieron también los principios de orden y de salud sobre los que debe estar
edificada la ciudad terrestre.
Grandes y colosales empresas maquinaron y realizaron de las que nos dan pálida idea los
restos arqueológicos, pero disminuyeron al hombre, despojándolo de las prerrogativas de dignidad
humana que constituyen su verdadera grandeza. El hombre fué deshumanizado, para convertirse en
cosa útil, en herramienta. Al perder el hombre a Dios, también se perdió a sí mismo.
Por esto Dios apartó para sí un pueblo, que fuese su pueblo y en el cual se conservase
intacta la revelación primitiva que Dios había comunicado a los primeros padres de la humanidad.
Dos mil años antes de Jesucristo, Dios llama a Abraham y le dice: Sal de tu tierra y de tu parentela,
y ven a la tierra que te mostraré. (Gén. XII, 1).
2. Y yo te haré cabeza de una nación grande, y bendecirte he y ensalzaré tu nombre y tú
serás bendito.
3. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan y en ti serán benditas
todas las naciones de la tierra.
A este pueblo Dios le da una ley escrita, la cual no salva de por sí, por una eficacia
intrínseca, pero que es signo de Aquel en quien deben ser benditos todos los linajes de la tierra. Este
pueblo queda entonces santificado y consagrado a Dios no por ser tal pueblo, ni por venir del Padre
Abraham sino por el Cristo, el Hijo de Dios bendito por los siglos, el Prometido, el Libertador, el
Redentor, que debía salir de su seno.
Este pueblo, al cual Dios protege de modo especial, nos ha traído en efecto al Redentor, y a
la madre del Redentor, y a los apóstoles, tronco primero de la Iglesia de Cristo. El pueblo judío ha
sido en Cristo el vehículo de los grandes bienes de la humanidad.
Pero, así como el paganismo es una infidelidad a la ley de naturaleza, así el Judaísmo es
una infidelidad a la ley escrita. El gran pecado de los judíos consiste en que por adherirse al signo, a
la figura, han perdido la substancia de salud que es Cristo. Como ha escrito en palabra eterna San
Juan (Evangelio I, 11): Vino a su propia casa y los suyos no le recibieron.
El carácter distintivo del pueblo judío, después que Cristo vino al mundo es su anti-
cristianismo. Odian a Cristo como a un traidor salido de su raza. Le odian porque consideran que
les ha decepcionado: cuando debía haberles traído la grandeza dominadora sobre todos sus
enemigos, los otros pueblos, no ha hecho sino atarlos al yugo dominador de estos mismos pueblos.
El segundo carácter distintivo del pueblo judío es su ambición por dominar al mundo. Lo
que Cristo no ha hecho, debe hacerlo su raza. El pueblo judío, que tiene conciencia de su destino
eterno a través de la historia de la humanidad, quiere que las promesas que le fueron hechas y que él
ha entendido siempre en un sentido carnal, logren cumplimiento. Así han invertido el mesianismo; a
lo que en la mente de Dios ha tenido un sentido espiritual, ellos le han asignado una significación
material, y han trabajado con una conciencia metida en lo más profundo de su raza, a través de las
edades, en medio de los más distintos pueblos, ciertos de que día vendrá en que ellos, desde
Jerusalén, centro del mundo, dominarán con vara dura a las naciones.
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A los judíos les cabe entonces la misión de ser los disolventes de los pueblos cristianos, con
la conciencia clara de que cuanto hagan por corromper a estos pueblos, apartándolos de Jesucristo y
de todos los lazos tradicionales de vida, es tarea preparatoria para su futura dominación. (Véase
Julio Meinvielle, El Judío.)
Ley de naturaleza, ley escrita o antigua, ley nueva, no son leyes esencialmente diferentes.
(I, II, p. 106, a. 1). Se distinguen con todo como lo imperfecto y lo perfecto; como la infancia y la
edad adulta; como el germen, la planta y su flor; como el crepúsculo, la aurora y el mediodía. Por
esto en la ciudad de Dios, una en su fondo, hay tres divisiones que corresponden a los tres
momentos de su progreso y forman tres mundos distintos, el mundo de los primeros justos, el
mundo judío y el mundo cristiano. En todos Cristo es conocido: en el primer mundo, muy
oscuramente, sobre todo por la adivinación del instinto y los movimientos interiores de la gracia; en
el segundo, sin duda por mayor gracia, pero además por los símbolos, las figuras, los ritos y las
promesas; en el tercero por la realidad de su presencia: Lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han tocado del Verbo de V ida,
esto es lo que os anunciamos (I Juan, 1, 1). (Ver Journet, 29 Les Mondes, en la Vie lntellectuelle,
marzo 1929).
En Cristo culminan todas las cosas. Lo que San Pablo enseña en su Carta a los Colosenses,
I, 16 y sig., tiene un valor universal, que nunca será suficientemente ponderado. Por Él fueron
criadas todas las cosas en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, ora sean tronos, ora
dominaciones, ora principados, ora potestades, todas las cosas fueron creadas por Él y en atención
a Él. 17. y así Él tiene ser antes de todas las cosas, y todas subsisten por Él, 18. Él es la cabeza del
cuerpo de la Iglesia, y el principio de la resurrección, el primero a renacer de entre los muertos
para que en todo tenga Él la primacía; 19. pues plugo al Padre poner en Él la plenitud de todo ser,
20. y reconciliar por Él todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra por
medio de la sangre que derramó en la Cruz.
Hacia Cristo convergen todas las cosas. Y aun los mismos pueblos paganos, que fueron
infieles a la ley de la naturaleza, como el pueblo judío, que lo fué a la escrita, le han preparado los
caminos. Todo está escrito en la historia para que Su Reino, anunciado por los Profetas, se levante,
en los últimos tiempos sobre la cima de los montes, y sobre los collados, para que corran allá los
pueblos y vayan a priesa las naciones. (Miqueas IV, 2 y sig.). Sin duda que no es fácil hacer de ello
la verificación histórica plenamente documentada, cuando la historiografía ha sido maliciosamente
pervertida por un criticismo diabólico; pero la historia no se opone a ello y muestra claramente que
éste ha sido el camino de la divina Providencia. Los griegos han preparado el aparato conceptual a
la sabiduría de la Iglesia, tan maravillosamente terminada en la Suma Teológica del Doctor
Angélico y los romanos su lengua maravillosa lo mismo que todo el colosal sentido del derecho y
de la organización, y los bárbaros le han aportado la masa viva, virgen, para la evangelización y aun
para un ordenamiento civil cristiano, fuera de otras inapreciables contribuciones como el ardor
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bélico de los germanos que ha sido utilizado en la· constitución del Sacro Imperio Romano
Germánico.
Las palabras del inmortal León XIII en su encíclica De civitatum constitutione christiana
encierran una verdad perenne. La obra inmortal de Dios misericordioso que es la Iglesia, aunque
de suyo y por su naturaleza mira a la salvación eterna de las almas y a la felicidad que se ha de
alcanzar en los cielos, con todo aun en el orden de las cosas perecederas ofrece con tanta
abundancia, tantas utilidades que no podría ofrecerlas tantas y tan grandes si hubiese sido
instituida primero y sobre todo para la consecución de la prosperidad de la vida presente.
Expongamos los caracteres que debe revestir toda civilización informada por los principios
cristianos o sea asignemos los caracteres de los pueblos cristianos.
Primer carácter del cristianismo: Adoración del único Dios y de su enviado Jesucristo.
Segundo carácter del cristianismo: Dios vive en Cristo y Cristo vive en la lglesia.
Las relaciones del hombre con Dios no quedan al arbitrio del hombre que se entendería con
su Dios. El hombre no puede lograr la unión con Dios sino por medio de su enviado Jesucristo y no
puede a su vez comunicarse con Cristo sino por medio de la Santa Iglesia Católica apostólica
romana que es Jesucristo realizado en el orden social. La Iglesia es una Sociedad espiritual,
instituida por el mismo Dios que propone al hombre el camino concreto de la salvación y le
proporciona los medios dejados por Cristo para la venturosa andanza por este camino. La Iglesia,
con sus divinos dogmas es Maestra de la Verdad; la Iglesia con sus divinos preceptos ejerce una
acción rectora, real, de las conciencias, la Iglesia es rey; la Iglesia, con sus divinos sacramentos y
medios de santificación es Sacerdote que salva. Todo el Orden de las almas en su camino a la
salvación está en las manos de la Santa Iglesia, la cual a su vez está firme e inconmoviblemente
fundada en el Pontífice Romano con el episcopado a El unido.
Así como todas las otras religiones se han localizado en un lugar del tiempo y del espacio,
el cristianismo, lo mismo que Dios, de quien tiene origen, se ha mantenido lo mismo y con la
misma fuerza santificadora y civilizadora, en los más diversos complejos humanos.
Cuarto carácter del cristianismo: su posición frente al Poder político de los pueblos.
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El cristianismo tiene como misión conducir a los hombres hasta la vida eterna. Todo cuanto
de alguna manera cae bajo este fin está en la órbita de sus atribuciones. Pero lo que no puede
incluirse en dicho fin queda por lo mismo fuera de su órbita. El Poder político forma entonces un
mundo irreductible a la autoridad de la Iglesia. "De esta suerte toda persona humana pertenece a dos
ciudades: una ciudad terrestre, que tiene por fin el bien común temporal y una ciudad celeste cuyo
fin es la vida eterna. Entre los mismos muros y en la misma multitud humana hay dos pueblos, y
estos dos pueblos dan origen a dos vidas distintas, a dos principados, a un doble orden jurídico.
(Maritain, Primauté du Spirituel; Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política.) Pero
distinción no es separación. Son dos cosas distintas pero unidas. Unidas jerárquicamente en la
primacía de lo eterno sobre lo temporal, de la Iglesia sobre la sociedad política, de Dios sobre el
hombre.
Quinto carácter del cristianismo: unión de todos los hombres y de todos los pueblos por la
ley de la caridad.
El cristianismo distingue y une. Afirma los derechos sagrados de cada persona humana,
afirma los derechos de la familia, de las agrupaciones de trabajo, de los poderes gubernamentales,
de la misma Iglesia, de Cristo y de Dios, y los une a todos, sin la abdicación, sino al contrario, por
la afirmación de estos derechos con los lazos de la caridad. El hombre que viene de Dios, que ha
sido rescatado por Cristo, que es santificado por la Iglesia, que tiene un único destino, es a saber, la
posesión de la vida eterna, debe vivir unido con sus semejantes, porque éstos están unidos con Dios:
Si alguno dice: Sí, yo amo a Dios; al paso que aborrece a su hermano, es un mentiroso. Pues el
que no ama a su hermano a quien ve, a Dios, a quien no ve, ¿cómo podrá amarle? (San Juan 1,
Carta IV, 20).
Gén. XVII, 20. He otorgado también tu petición sobre Ismael: he aquí que lo bendeciré, y
le daré una descendencia muy numerosa: será padre de doce caudillos y le haré jefe de una nación
grande.
Y la historia nos testifica con qué abundancia se han cumplido estas palabras que significan
el carácter intermedio y de grandeza bélica que le cabe al pueblo musulmán. Los mahometanos han
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sido, en efecto, el intermediario entre la cultura pagana, no sólo greco-romana sino también del
remoto oriente y los pueblos cristianos; y quien sabe no han de ser mañana ellos, convertidos a la fe,
los que reduzcan a Jesucristo las últimas naciones de la gentilidad; los mahometanos han sido sobre
todo, bajo su condición de enemigo exterior de la cristiandad, los que han mantenido la unidad
heroica de los pueblos cristianos, contribuyendo así poderosamente a su esplendor de grandeza.
No se diga que esto pone en peligro la libertad de la elección humana porque esta libertad
no es una libertad omnímoda como si de hecho los individuos o grupos humanos hubiesen de elegir
entre todas las hipótesis simplemente posibles sino que ella está restringida a las hic et nunc
posibles. La esfera de la libertad está entonces condicionada por una cantidad de factores que el
hombre no puede modificar sin que ello importe un desmedro para su libertad psicológica. ¿Acaso
porque somos libres podemos evadirnos de las condiciones de la vida presente y vivir un mundo
que no sea éste -bueno o malo- de la vida moderna? ¿Y acaso porque no podemos evadirnos de él
perdemos la facultad psicológica de elegir esto o aquello a nuestro arbitrio?
Por otra parte, la historia confirma la trascendencia de influencia de estos cuatro pueblos
bíblicos. Todo está arreglado en el curso de los hechos humanos para dar fondo a la figura de Cristo
que es el hecho central de la humanidad. Lo hacía notar antes con el pueblo judío y los pueblos
paganos, que dentro de la fidelidad a la voluntad divina o contrariando sus preceptos, no ha hecho
sino preparar los caminos a Jesucristo, Rey del tiempo y de la eternidad (Pío XI, Mit brennender
sorge). Después de Cristo la misma ley rige el curso de los acontecimientos. En los últimos días el
monte que se erigirá en la Casa del Señor, tendrá sus cimientos sobre la cumbre de todos los
montes, y se elevará sobre los collados; y todas las naciones acudirán a él. Y vendrán muchos
pueblos y dirán: Ea, subamos al monte del Señor, y a la casa del Dios de Jacob y nos mostrará sus
caminos y por sus sendas andaremos... (Is. II, 2). Estas palabras que los teólogos aducen para
demostrar la perpetua visibilidad de la Iglesia de Jesucristo, también demuestra que ella debe ser el
foco central de la historia. Ha sido puesta en medio de la humanidad, en el centro del tiempo y del
espacio, como signo de contradicción, como piedra de tropiezo (San Lucas 11, 34), como ruina y
resurrección; nadie, ni individuos ni pueblos pueden permanecer indiferentes delante de ella, porque
o acopian para su gloria o para su ruina.
El hecho luminoso que se levanta en las edades, después de la venida del Señor, es la
Iglesia, con su cabeza Roma, en medio de los pueblos. Alrededor de ella se forma la Cristiandad.
Ocho siglos de choques de pueblos contra pueblos, de civilizaciones contra civilizaciones, de
paganos y de judíos contra cristianos, han sido el crisol, del cual el Espíritu de Dios hizo surgir la
maravillosa Cristiandad. Siempre será uno de los momentos culminantes de la historia aquel, en el
cual el Papa León III, en la noche de Navidad del año 800, puso la corona imperial sobre la frente
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de Carlomagno y le hizo aclamar por el pueblo como emperador romano. "Había en la restauración
de un título conservado como glorioso, algo que debía seducir la imaginación del pueblo de la
ciudad eterna, y el Papado parecía como realzarse viniendo a ser por una iniciativa grandiosa, la
fuente visible de una dignidad sin precedente en el mundo político." (Godefroy Kurth, Les origines
de la Civilisation moderne, tome second, sept. edit., p. 309).
El pueblo cristiano ha dado pruebas de las posibilidades de que son capaces los pueblos
sometidos a la ley de la gracia de Cristo. Pero junto a los pueblos conquistados por Cristo están
también los otros pueblos bíblicos. El pueblo judío está allí como testigo ciego y mudo de la verdad
cristiana; odia esa civilización y lucha contra ella en la sombra de sus ghettos, pero sus terribles
asechanzas y traiciones se estrellan contra la robustez de la vida cristiana plena, de pueblos que
saben que no hay que temer a los enemigos de Cristo cuando se vive con Cristo. (Ver Julio
Meinvielle, El Judío).
También están allí los paganos como una masa inmensa e informe que hay que ir
conquistando poco a poco para la luz cristiana. Por fin los musulmanes, como enemigos bélicos de
esta civilización, sirven para mantener siempre pronto el ánimo de los pueblos cristianos, para que
no se relajen, para que puedan apreciar palmariamente cuánto va de los dominios de Aquel que dijo:
Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón a la barbarie y fiereza destructora de un
pueblo que no se ha sometido a la ley de la gracia.
La civilización medioeval es una civilización sagrada. Es, sin género ninguno de duda, lo
más alto que alcanzó y que ha de alcanzar la humanidad como civilización. Un teólogo de autoridad
indiscutida como el célebre Cardenal Billot (De Ecclesia Christi, epilogus, tom. II), aplica a ella lo
que se lee en el Apocalipsis sobre la iglesia de Thiátira, palabra que significa esplendor y
magnificencia de triunfo. "Es por tanto la Iglesia de Thiátira, la cuarta edad iniciada en Carlomagno
con la Constitución del Santo Romano Imperio, cuya duración debía ser medida con el número mil
(desde el año 800 al 1800). Y ciertamente, la institución del Santo Romano Imperio selló la
subordinación de la ciudad temporal a la espiritual y fué a manera de corona para toda la
organización social del reino del Señor, del cual vaticinaba lsaías: Levántate a iluminar, Jerusalem,
porque vino tu luz y la gloria del Señor apareció sobre ti. Y andarán las naciones en tu luz y los
reyes en el esplendor de tu nacimiento... y a ti vendrán y se te postrarán los hijos de aquellos que te
abatieron y besarán las huellas de tus pies todos los que te insultaban... y te alimentarás con las
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leches de las naciones y te criarán regios pechos y conocerás que yo soy el Señor que te salva, el
Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob. (Cap. 60).
Los otros pueblos bíblicos conviven junto al pueblo cristiano, pero se sienten dominados.
La gracia de Cristo salta con tanta fuerza en el corazón de los pueblos que nada puede resistirla ni
oponerse a ella. Sus esfuerzos son vanos porque qué puede hacerse contra la ciudad cuando es el
mismo Señor quien la custodia. Las fuerzas del mal trabajan, y trabajan con empeño, pero sus
conatos son impotentes. San Pablo y San Juan nos enseñan que el enemigo de Cristo está trabajando
ya entonces contra Cristo y no triunfa porque no puede. El Antecristo obra ya la iniquidad.
9. EL ANTECRISTO.
Veamos de explicar aquí antes de seguir adelante, quién es este personaje misterioso que
llena la historia, también a su manera y cuyos grandiosos triunfos no deben escasear en el correr de
las edades.
¿Qué nos enseña la fe sobre el Antecristo? San Juan (1 Carta, 11) nos dice: Hijitos, esta es
ya la última hora, o edad del mundo y así como habéis oído que viene el Antecristo, así ahora
muchos se han hecho anticristo: por donde echamos de ver que es la última hora. Y San Pablo en
su Carta a los 45 Tesalonicenses (II, II, 3-7) enseña: No os dejéis seducir de nadie, en ninguna
manera, porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía, y aparecido el
hombre del pecado, el hijo de la perdición, el cual se opondrá a Dios, y se alzará contra todo lo
que se dice Dios o se adora, hasta llegar a poner su asiento en el Templo de Dios dando a entender
que es Dios.
De la enseñanza del Apóstol San Pablo que es palabra de Dios para los cristianos aparece
claro que el Antecristo será una persona física singular que resumirá en sí la malicia mayor que se
pueda concebir: Hará la guerra sin cuartel a Dios y a Cristo. Su importancia es tan grande para el
destino de los hombres que el Antecristo tendrá precursores como el Cristo ha tenido los suyos.
Santo Tomás resume en la Suma Teológica, III, q. 8, a. 8) lo que más seriamente sostienen los
teólogos católicos a su respecto: "El Antecristo es cabeza de todos los hombres malos: no en orden
del tiempo o de la causalidad sino por la perfección de su malicia. De donde sobre aquello del
Apóstol II, Tes. II, 2, mostrándose como Dios, dice la Glosa: "Así como en Cristo habitó toda la
plenitud de la divinidad, así en el Antecristo toda la plenitud de la malicia; no porque su humanidad
haya sido asumida por el diablo en unidad de persona, como en Cristo lo fué la humanidad por el
Hijo de Dios, sino porque el diablo influye en él en grado más eminente su malicia, con sugestiones,
que en todos los otros hombres. Y en esto todos los otros malos que han precedido son como cierta
figura del Antecristo, según II Tes. II, 7 ya obra el misterio de iniquidad. Porque el diablo -explica
Santo Tomás en otro lugar (Comentario in Tes. II, II, 1.2)- en cuyo poder vendrá el Anticristo, ya
empieza a obrar ocultamente su iniquidad, por medio de tiranos y seductores, porque las
persecuciones de la Iglesia de este tiempo son figura de aquella última persecución contra todos
los buenos y son como imperfectas en comparación de aquéllas.
¿Cuándo vendrá el Antecristo? El día y la hora sólo Dios lo sabe; pero San Pablo nos
enseña, cuáles son las cosas que le han de preceder; y cómo antes que él venga debe producirse la
discessio o apostasía de las naciones de que nos habla en I Tim. IV y la que el mismo Señor
menciona en San Mateo XXIV; y aún antes de ella ha de acontecer a su vez la predicación del
evangelio del reino por todo el mundo (Mat. XXIV) y la entrada de las naciones en la Iglesia.
18 | P á g i n a Los Tres Pueblos Bíblicos
Del Diablo nos dice San Juan en el Apocalipsis (XII, 9): Así fué abatido aquel dragón
descomunal, aquella antigua serpiente, que se llama diablo, y también satanás que andaba
engañando al orbe universo.
Del Antecristo se dice: Aquel inicuo que vendrá con el poder de Satanás, con toda suerte
de milagros, de señales y de prodigios falsos y con todas las ilusiones que pueden conducir a la
iniquidad a aquellos que se perderán, por no haber recibido y amado la verdad a fin de salvarse.
Por eso Dios les enviará el artificio del error con que crean a la mentira. (II Tes. II, 9-11).
De los judíos dice el mismo Cristo en San Juan VIII, 44: Vosotros sois hijos del diablo y
así queréis satisfacer los deseos de vuestro padre: él fué homicida desde el principio y así no
permaneció en la verdad; y así no hay verdad en él; cuando dice mentira habla como quien es, por
ser de suyo mentiroso y padre de la mentira.
Es evidente que si existe una estrecha intimidad para la perpetración del mal en el mundo
entre el diablo, el Antecristo y los judíos no han de faltar ellos en la gran tarea de deshacer la obra
de Dios que es la Santa Iglesia. Y así vemos con qué furia estos tres enemigos de la Cristiandad han
acometido la empresa de destruir la admirable civilización milenaria que edificó el cristianismo.
Aunque la culpa de esta destrucción la tienen ellos sino los mismos cristianos que fueron infieles al
espíritu de Cristo. Porque para los pueblos vale lo que para las almas: nadie sucumbe a la tentación
si no quiere. Fiel es Dios -dice San Pablo (I Cor X, 13)- que no permite que seáis tentados por
encima de vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que
podáis sosteneros. Los enemigos declarados del hombre cristiano comenzaron a tener éxito en su
Julio Meinvielle P á g i n a | 19
criminal empresa cuando los cristianos comenzaron a debilitarse en el espíritu de su vida interior.
He aquí, por otra parte, lo que confirma la historia de aquellos tiempos bochornosos del fin de la
edad media, en que el clero católico olvidó que debía ser la sal de la tierra y la luz del mundo, con
lo que las costumbres se relajaron vergonzosamente y la fe se debilitó en los pueblos, mientras los
poderes temporales se afirmaban en su soberbia de dominación.
Pero contra esta lógica pueden los hombres reaccionar, si se arman de voluntad fuerte como
conviene a varones. Y esta reacción, cuando se traduce preferentemente en el plano económico-
político, se llama Fascismo y puede dar origen a dos regímenes de vida completamente diversos: el
uno pagano y el otro cristiano. El uno que exalta los puros valores naturales de nación, estado, raza;
el otro que exalta todos los valores naturales sometiéndoles a la ley de gracia; el uno que quiere
reascender a la etapa absolutista, naturalista, racionalista, el otro que quiere reascender a una cultura
francamente cristiana.
Por vía de observación no dejemos de tener en cuenta que no hay necesidad de que estos
nuevos pueblos bíblicos coincidan con los límites de ningún determinado Estado; dentro de los
límites de un mismo Estado pueden coexistir los tres y así sucede hoy, donde en el recinto de una
misma ciudad y Estado, luchan paganos, judíos y cristianos, es decir nacionalistas paganos,
comunistas y cristianos.
No dejemos asimismo de observar que en la clasificación anterior no entran sino las formas
puras para facilitar el análisis filosófico. Pero pueden existir corrientes y fuerzas intermedias; la
historia es un hacerse; está siempre in fieri; así por ejemplo hay estados como Francia e Inglaterra
que no son paganos, ni judíos, ni cristianos, ni liberales, ni comunistas; presentan un tipo de
transición entre el demoliberalismo y el comunismo; no se sabe en ellos qué fuerza va a predominar
si la pagana, si la judía o la cristiana. Pero es evidente que en un plazo más o menos corto tendrán
que decidirse por una de las tres.
Los paganos reconocen a Dios pero desnaturalizan su culto; lo que corresponde al Dios
incorruptible lo tributan ellos a simulacros corruptibles. Y así el nacional-socialismo, como tal,
profesa un cristianismo "positivo" que no es más que la idolatría de la sangre y de la raza nórdica
venerada con formas, dogmas y ritos sacrilégicamente parodiados del culto cristiano. El Santo
Padre en su encíclica a la Iglesia de Alemania denuncia enérgicamente esta adulteración de
nociones y términos sagrados que había sido también denunciada en graves y repetidas ocasiones
por el episcopado alemán. (Carta Colectiva del Episcopado alemán de junio 1934).
En todos los pueblos paganos que alcanzan una gran civilización el poder se diviniza. No
sólo en Roma sino también en los antiguos pueblos asirios y egipcios. La Estatolatría es cosa
típicamente pagana. No es necesario explicar cómo ella se cumple al pie de la letra en la Alemania
Nacional-socialista donde tanto el Estado como el Reich son endiosados. Un estado que puede
disponer de todo es un poder divino. Y en Alemania el Estado arrebata los derechos más sagrados
de la persona humana como es la práctica de la religión; el derecho a constituir matrimonio, por la
ley de la esterilización; el derecho a la vida, por la práctica de la eutanasia contra miembros
inocentes de la colectividad; el derecho de los padres a educar sus hijos, por una educación total de
la juventud en los moldes del Nacional-socialismo. . . El Estado es un Moloc devorador que no hace
sino inmolar individuos en provecho propio. Es un dios.
Y en Alemania toda la lucha contra las confesiones religiosas, tanto contra la protestante
como contra la católica, se lleva precisamente porque estas confesiones son consideradas contrarias
al genio de la raza germánica y en cambio se propicia y se quiere implantar en forma brutal el
cristianismo positivo que ha forjado Rosenberg en el Mito del Siglo XX, porque éste sí ha de excitar
las fuerzas vivas de la raza nórdica.
Quinto carácter del paganismo: Exaltación de los propios instintos y odio a lo extranjero.
En el reciente estudio Entre la Iglesia y el Reich aparece claro cómo la Alemania Nacional-
socialista se ha ido forjando por su odio a lo no alemán y por la glorificación de la grandeza
alemana, cuya misión en la historia es encontrarse a sí misma para salvarse y salvar a la humanidad.
El Pangermanismo, que con tanto ruido inauguró Fichte, es la médula misma del Hitlerismo y de
sus triunfos. De aquí también la gran tarea de depurar la raza alemana, aún en su realidad biológica,
por la adopción de los más modernos procedimientos científicos y por la práctica del deporte . . . La
carne alemana, con todos sus instintos de soberbia, también debe ser endiosada. La Eugenesia
germánica tiene este sentido junto con la educación fuerte que se le da a la juventud en los
campamentos. Lo cual, no sería reprensible si fuese un medio pero no un fin.
Las palabras de S. S. Pío XI (Mit brennender sorge) tienen una significación extraordinaria:
"Muchos os hablan de gimnasia y de deporte, que usados en su justa medida dan gallardía física, lo
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cual no deja de ser un beneficio para la juventud, pero, se asigna hoy con frecuencia a los ejercicios
físicos tanta importancia que no se tiene cuenta ni de la formación integral y armónica del cuerpo y
del espíritu, ni del conveniente cuidado de la vida de familia, ni del mandamiento de santificar el
día del Señor. . . . Que el cuidado de robustecer el cuerpo no les haga echar en olvido su alma
inmortal, que no se dejen dominar por el mal, sino que venzan el mal con el bien (Rom. XII, 21) y
que por último se propongan, cual nobílima meta, la de conquistar la corona de la victoria en el
estado de la vida eterna. (I Cor. IX, 24 y sig.)
Creo que no es posible demostrar con más evidencia, por los caracteres asignados, que el
régimen de vida que el gobierno del Reich ha impuesto obligatorio al pueblo alemán, es típicamente
pagano.
Lo curioso es comprobar que el comunismo tal como se presenta y tal como ha sido
denunciado por los obispos católicos y por el Romano Pontífice demuestra un estrecho parentesco
con el diablo, con el Antecristo y con los judíos.
“Esto es lo que estamos viendo, dice el Romano Pontífice en la Divini Redemptoris. Por
vez primera en la historia asistimos a una lucha fríamente calculada y prolijamente preparada del
hombre contra todo lo divino”. (II, Ts. Il,4). O sea le caracteriza con las palabras con que el
Apóstol caracteriza al Antecristo. Luego éste es el pueblo del Antecristo. Y así en efecto los
Obispos alemanes (24. 12. 26), en la admirable Carta Colectiva, le llaman el precursor del
Antecristo. El Santo Padre, en cierto lugar le llama Flagelo satánico... y en el Discurso a los
refugiados españoles subraya la satánica preparación... "Se diría que una satánica preparación ha
encendido más viva aún en la vecina orilla, esta llama de odio y de la más feroz persecución,
reservada, por confesión misma de sus enemigos, a la Iglesia y a la religión católica, porque ella es
el único verdadero obstáculo al desencadenamiento de estas fuerzas que han hecho ya sus pruebas y
dado su medida en el ensayo de derribamiento de todos los órdenes, de Rusia a la China, de Méjico
a la América del Sur"... En la Divini Redemptoris habla otra vez “de la propaganda
verdaderamente diabólica como tal vez no se ha visto igual en el mundo”.
Ya antes en la Caritate Christi de 1932 había dicho: “Pero frente a este odio satánico contra
la religión, que recuerda el misterio de iniquidad”, de que habla San Pedro (II, Tes. II, 7). Donde,
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como se ve, el Santo Padre lo coteja con el diablo y con el Antecristo, porque a éste alude San Pablo
con dichas palabras.
Estos caracteres bastan para que sin más reconozcamos las huellas judías en el comunismo;
pero hay más. A ella alude claramente el Romano Pontífice cuando en la Divini Redemptoris dice:
“Una tercera y poderosa ayuda a la difusión del comunismo es la verdadera conjuración del silencio
en una gran parte de la prensa no católica de todo el mundo. Decimos conjuración, porque no puede
explicarse de otra manera que una prensa tan ávida de dar relieve a insignificantes incidentes
diarios, haya podido por tanto tiempo callar los horrores cometidos en Rusia, en Méjico, y también
en gran parte de España, y hable relativamente tan poco de la vasta organización universal como es
el Comunismo de Moscú. Este silencio es debido en parte a razones de una política poco previsora
y es favorecido por varias fuerzas que hace tiempo se empeñan en destruir el orden social
cristiano.” ¿Cuál puede ser esta fuerza, y quién puede ser el que mantenga esta conjuración
universal del silencio, sino aquella fuerza también universal que tiene en sus manos, por el oro, la
prensa de todos los países del mundo? (Ver Julio Meinvielle, El Judío).
Que desde Moscú se dirija la satanización de los pueblos por el comunismo no puede haber
duda; y de que en Moscú sean los judíos los que gobiernan y dirigen esta campaña tampoco puede
caber duda ninguna. El discurso de Alfredo Rosenberg, pronunciado en la Asamblea del Partido
Nacional-socialista en Nuremberg, el año 1936, es una pieza documental de valor extraordinario. A
ella remito a los lectores en la imposibilidad de hacer aquí una demostración documental.
“En estos tiempos, en nombre de la Iglesia Católica, los obispos de diferentes países han
hecho un llamado en coro, si así es dado decir, a la conciencia del mundo para oponerse al
bolchevismo y rechazar a este primer campeón, a este precursor del Antecristo. La oposición entre
el día y la noche, entre el fuego y el agua no puede ser más grande que la oposición entre la Iglesia
Católica y las concepciones generales del Bolchevismo. Aquí, en la Iglesia Católica, la fe en un
Dios personal cuyo nombre consideramos como sagrado y cuyos mandamientos tenemos que
observar. Allá, en el bolchevismo, la rebelión contra Dios, y el desprecio de sus mandamientos.
Aquí la fe en la palabra de Dios, el respeto de las Santas Escrituras del Antiguo y del Nuevo
Testamento. Allá, los relatos bíblicos presentados como cuentos o mitos y entregados, en el museo
de Moscú, a las burlas de los visitantes. Aquí, en la Iglesia Católica, la fe en Jesucristo, el Salvador
y Redentor del mundo cuya sangre nos ha rescatado, cuya cruz es para nosotros, el signo de nuestra
fuerza y de nuestra elevación. Allá en el bolchevismo, la cruz y los otros emblemas religiosos son
expulsados de la vida pública y aun arrancados por la violencia de las casas de los particulares.
Aquí, la Iglesia es el reino de Dios sobre la tierra; fundada por el Salvador, está encargada de una
misión divina en el mundo; independiente del Estado en lo que concierne a las cuestiones religiosas
o morales, fué ella en la historia de la civilización, la más grande bienhechora de la humanidad. Allá
24 | P á g i n a Los Tres Pueblos Bíblicos
La gracia de Dios está siempre pronta a volcarse sobre el mundo. . . pero es menester que
encuentre un suelo propicio. . . y éste son las almas libres de sí mismas, despojadas de la propia
soberbia. Hay que ver qué significa esto después del humanismo en que el hombre durante cuatro
siglos no ha sabido hacer más que esto, buscarse a sí mismo en todas las manifestaciones de la vida
y para ello, para su propia glorificación ha sabido ordenar todos los resortes de la actividad humana
en la religión, la filosofía, la política, la economía, el arte, etc. . . .
Un mundo cristiano que puede ahora surgir en cualquier momento, una vez agotadas las
posibilidades metafísicas del terrible proceso de descristianización, necesita esta condición previa,
del martirio del fuego y de la sangre por el cual tan gloriosamente ha pasado y está pasando España.
No olvidemos que una civilización cristiana es heroica, no sólo en el heroísmo de las grandes gestas
sino en el de la vida cristiana, continuamente llevada, hora tras hora, con una terrible fidelidad a la
gracia. Y el heroísmo español que nunca se ha derrochado tanto, posiblemente ni en la cruzada
contra la media luna, tiene este sentido de preludio de una vida cristiana también grande. No es
posible imaginar que un pueblo, que se ha visto oprimido como uva en el lagar por la barbarie
Julio Meinvielle P á g i n a | 25
comunista que ha amenazado arrebatarle su suelo, su honor y su religión, y que ha sabido luchar
con denuedo por no sucumbir, confiando en Jesucristo y en su Madre, salga ahora de esta cruenta
purificación para no hacer nada grande o para traicionar los principios cristianos.
Por otra parte, por el aire que se respira en la España reconquistada, por el espíritu de las
milicias de requetés, por la gran piedad de la mujer española, por las declaraciones de los obispos
en Documentos públicos, por las mismas declaraciones de los actuales jefes de la España Nacional,
todo induce seriamente a afirmar que de España ha de salir un Estado cristiano.
Un Estado cristiano que después de haber asegurado los derechos legítimos que tienen
todos los españoles al bienestar humano, por una regulación equitativa de la actividad económica en
una economía corporativa impregnada por la justicia social y la caridad cristiana, afianzará la vida
familiar, la vida regional; la vida nacional, para afirmar la unidad de España bajo un jefe
prestigioso, dentro de la continuidad de la monarquía carlista; un Estado Cristiano que después de
fundarlo todo en la justicia y en la caridad cristiana que penetrará en todos los ambientes y clases de
la sociedad, no creerá que todo está hecho sino que coronará su obra por el reconocimiento público
y solemne de la Realeza de Jesucristo. En España reinará, como está anunciado, el Corazón de
Jesús, y no por una simple entronización oficialista sino porque las almas de todos los españoles,
individual como colectivamente tomados (habrá sus excepciones como en todo lo humano, pero
serán excepciones), se doblegará a la gracia de Jesucristo. Nada nos extrañará que muchos y
ruidosos enemigos públicos de Jesucristo, aún de la triste España republicana, vuelvan con
sinceridad y con regocijo a trabajar por la grandeza de la España Católica.
No sólo será España la que establezca un Estado cristiano. Otras naciones la imitarán,
porque las fuerzas de cristianismo auténtico que se vienen desarrollando en el mundo desde la
época anticristiana de la Revolución Francesa, tendrán que lograr plenitud de realización en Estados
cristianos también auténticos. El futuro, y no muy remoto, dirá qué hay de verdad en esta
apreciación.
Sin embargo, si se examinan las tres fuerzas, se llega a la conclusión de que completa y
enteramente irreductibles no son más que dos, es a saber Cristo y el Antecristo, el Catolicismo y el
Judaísmo. El Paganismo es una fuerza autónoma, con sentido propio, pero que después de todo, ha
de trabajar para Cristo o para el Antecristo. La lucha final de la humanidad se entablará entre estas
únicas fuerzas, así como el mundo comenzó con la lucha primera de Dios y del diablo, también la
historia humana se cerrará con estos terribles actores.
Entonces el ciclo humano podrá cerrarse porque el fin alcanzó el comienzo. De Dios salió
el mundo por la creación, a él debe volver por el juicio final y la vida perdurable. Cuando el diablo
se presentó en el paraíso para perder al hombre no estaban sino ellos dos: Dios y la serpiente que
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Ahora bien; no estamos todavía en esta lucha suprema de la humanidad. Esto que resulta
clarísimo por la consideración del estado del mundo, en el que se debaten todavía grandes y sólidas
fuerzas que no pueden tan fácilmente reducirse ni a Cristo ni al Antecristo, se hace más claro aún a
la luz de la teología católica, que enumera cuáles son los hechos transcendentales por los que es
necesario pasar para que lleguemos a esta Suprema y definitiva lucha por la conquista de los
pueblos. El Antecristo no vendrá hasta que acaezca la apostasía de los pueblos de que se habla en
distintos pasajes del Nuevo Testamento (San Pablo, II. Tes. XX, II, 2). Pero por otra parte esta
apostasía de los pueblos tampoco es posible hasta que no acaezca la plenitud de los gentiles,
plenitudo gentium, la entrada de las naciones en el seno de la Iglesia: “se convertirá al Señor toda
la extensión de la tierra; se postrarán ante su acatamiento las familias todas de las gentes. (Ps.
XXI, 28). Y dominará de un mar a otro y desde el río hasta el extremo del orbe de la tierra... le
adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le rendirán homenaje. (Ps. LXXI, 8, 11).
Veamos íntegro el pasaje del Apóstol, en el que preanuncia la entrada de la plenitud de las
gentes. No quiero que desconozcáis, hermanos, este misterio (a fin de que no tengáis sentimientos
presuntuosos de vosotros mismos) y es que una parte de Israel ha caído en la obcecación, hasta
tanto que la plenitud de las naciones haya entrado; entonces salvarse ha todo Israel. (Rom. XI,
25).
Santo Tomás, comentando este pasaje (in Rom. XI, 2 5) dice: “Hasta que entre en la fe la
plenitud de las naciones, esto es, no sólo algunos particularmente de los pueblos gentiles, como
entonces se convertían, sino cuando en su totalidad o en su mayor parte fuese fundada la Iglesia
entre todos los pueblos gentiles, del Señor es la tierra y cuanto ella contiene”.
Pero si esta lucha actual de los pueblos bíblicos, no puede ser la final, tampoco puede andar
muy lejos de la final. El pueblo bíblico del Antecristo ya se ha instalado en el mundo. Como
demostré anteriormente por el paralelismo entre el diablo, el Antecristo, los judíos y el comunismo,
este no puede ser sino el pueblo del Antecristo.
Las palabras del Pontífice Pío X, en la encíclica E Supremi, vendrían a confirmar esta
opinión de que el Antecristo no está lejos: “Quien considera estas cosas -dice- debe sentir temor de
que esta perversidad de las almas no sea el comienzo de los males que han de acontecer en los
últimos tiempos; y que el hijo de la perdición, de que habla el Apóstol, no esté ya sobre la tierra. . .
Con tan grande audacia, con tanto furor, se combate por todas partes a la religión y se impugnan los
documentos de la Revelación y se intenta destruir y borrar los lazos que unen al hombre con su
Creador. . . Por otra parte la nota que es característica del Antecristo, según el mismo Apóstol, es a
saber de que el hombre, con gran temeridad, ocupe el lugar de Dios, levantándose por encima de
todo lo que se dice Dios, de tal suerte la realiza que, aún cuando no pueda destruir completamente
Julio Meinvielle P á g i n a | 27
Y en la encíclica Miserentíssimus Redemptor (8.5.28) dice aún más claramente Pío XI,
después de describir los estragos comunistas. “Espectáculo de tal suerte desconsolador, que se
podría ver en él la aurora de los “comienzos de dolores” (initia dolorum) que debe traer “el hombre
del pecado levantándose contra todo lo que es llamado Dios u honrado con un culto”.
En unos pueblos, como España, el comunismo será vencido por los cristianos, en otros será
vencido por los paganos. Pero el comunismo será vencido. Suponer, por un instante, que el
comunismo pudiese salir vencedor de esta primera lucha, sería entregar la humanidad a Satanás de
cuyas manos nadie ya podría reconquistarla. Correspondería ya la hora al juicio universal, y
entonces ¿qué sería de la plenitud de los gentiles en la Iglesia, qué de las familias de todas las
gentes, que se postrarán ante su acatamiento? Pareciera que el Romano Pontífice, en la Divini
Redemptores, ve tan luminosamente esto que por ello no concibe ninguna especie de colaboración
con el comunismo, sobre ningún terreno.
Por otra parte, el triunfo del comunismo, más o menos general, y el fin del mundo, es una
misma cosa, porque ¿qué cosa puede reservarse más espantoso, más pavoroso y terrorífico que el
comunismo?
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Si el comunismo ha de ser vencido en esta primera batalla, ¿qué suerte habrán de correr los
otros pueblos, el pagano y el cristiano? También ellos deberán enfrentarse en decisiva lucha, que ha
comenzado ya sobre el suelo alemán.
Todo hace presagiar que el poderío alemán, apoyado por las otras potencias fascistas o
semifascistas, irá en aumento progresivo hasta convertirse en el tremendo Nabucodonosor de
Europa. Rusia y el comunismo quedarán liquidados; las potencias comunizantes, como Francia e
Inglaterra también habrán de ser liquidadas ... el inmenso imperio inglés se deshará rápidamente.
Europa temblará ante el fantástico imperio alemán y el mundo parecerá entregado a un imperio
pagano.
Este próximo triunfo de los pueblos paganos sobre el comunismo que importará una
tremenda exaltación pagana es también el último esfuerzo desesperado del paganismo por afirmarse
en el mundo antes que el soplo de Cristo le eche para siempre de la tierra. La cruz vencerá a la
svástica. El hitlerismo que habrá creído terminar con la Iglesia no habrá hecho más que terminar
con los enemigos de la Iglesia, es a saber con el protestantismo, el demoliberalismo y el
comunismo. En efecto son estos tres monstruos los que vienen perturbando la cristiandad desde
hace siglos y contra ellos también arremete furioso el Nacional-socialismo. Sin quererlo el
Hitlerismo trabajará para la Iglesia que en último término habrá de vencerlo. El Poderío germánico
amansará los pueblos para hacerlos dóciles a oír la voz de la Santa Iglesia que resonará potente por
toda la tierra, de un confín al otro, después que el Hitlerismo sea subsumido por la fuerza
sobrenatural de la Alemania Católica. Así Alemania sin quererlo cumplirá la vocación grande para
la que fué predestinada cuando se la constituyó el brazo secular de la Cristiandad.
Y el triunfo pagano logrará sentido porque será el preludio del triunfo cristiano que vendrá
detrás de él. Y así una vez más la historia convergerá hacia Cristo, que debe ser conocido y
glorificado por las naciones.
19.RESTAURACIÓN DE LA CRISTIANDAD.
No es fácil presagiar cuál podrá ser el camino que seguirán los pueblos apóstatas de Europa
para retornar al seno de la Iglesia. Si el poderío germánico, que sufrirá un delirio de necia
exaltación, será simplemente subsumido en la cristiandad por las fuerzas católicas de su propio
seno, o si un príncipe cristiano libertador, de Francia, de España o de Italia, que Dios puede suscitar
cuando le plazca, doblará la cerviz del temible y frágil coloso.
No hay duda que en esa hora a España y a Francia le ha de caber una misión excepcional. A
España la que está realizando ahora: ser el inconmovible baluarte contra el comunismo y contra el
paganismo así como otrora lo fué contra la arrogancia de la media luna. Y a Francia, purificada de
sus grandes delitos, llevar el estandarte del orden cristiano al oriente y al occidente. Quizás entonces
pueda cumplirse lo que el Venerable Bartolomé Holzhauser, escribió en el siglo XVII y que se
conserva impreso en su vida latina, en 1734, de la que existe un ejemplar en la biblioteca de -la
Minerva, en Roma. (Ver Voces Proféticas de J. M. Curicque, 1875)…
. . . . "En medio de esto, la paz no se habrá aun restablecido definitivamente, pues de todos
lados conspirarán los pueblos en favor de la república, y así se verán todavía terribles calamidades
por todas partes; la Iglesia y sus ministros serán hechos tributarios, los príncipes serán derribados,
los monarcas condenados a muerte y sus vasallos entregados a la anarquía. El Omnipotente
entonces intervendrá con un golpe admirable que nadie en el mundo pudiera imaginarse. Y aquel
poderoso monarca que debe venir de la parte de Dios, reducirá a la nada la república, subyugará a
todos sus enemigos y reinará de Oriente a Occidente. Lleno de celo por la verdadera Iglesia de
Cristo unirá sus esfuerzos a los del futuro Pontífice por la conversión de los infieles y herejes. Bajo
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semejante Pontífice que Dios predestina al mundo, será menester que el reino de Francia y las otras
monarquías se pongan por fin de acuerdo, después de las sangrientas guerras que las habrán
desolado, y que bajo la dirección de aquel gran Papa se presten a la conversión de los infieles y así
todas las naciones vendrán a adorar al Señor su Dios. Al tiempo de este triunfo de la fe católica y
ortodoxa florecerán gran número de santos y de doctores; los pueblos amarán la justicia y la
equidad, y la paz reinará en la tierra por espacio de largos años, hasta la venida del hijo de
perdición… “ “En aquel tiempo todos los pueblos y todas las naciones afluirán a un apriscó y
entrarán en él por solo la puerta de la fe. Así se cumplirá la profecía: Y será hecho un solo aprisco y
un solo pastor (S. Juan X, 16) y esta otra también: Y será predicado este Evangelio del reino por
todo el mundo, en testimonios a todas las gentes: y entonces vendrá el fin (Mt. XX, 14) ".
Quizás no sea tan peregrino lo que escribe un monje del siglo X, recogiendo tradiciones
comunes de la época (Adsonis abbatis monasterii Dervensis, Liber de Antechristi, Patrol. Latina CI,
pág. 1295): "Dice después el Apóstol que el Antecristo no ha de venir al mundo, si no viniere
primero la apostasía, la discessio, esto es si todos los reinos del mundo no se apartaren del Imperio
Romano, al cual estaban sometidos. Este tiempo todavía no llegó porque, aunque veamos el reino
de los romanos destruido en su mayor parte, con todo mientras duren los reyes de los Francos, que
deben tener el Imperio Romano, la dignidad del Imperio Romano no habrá perecido
completamente, porque se mantendrá en sus reyes. Enseñan en efecto nuestros doctores que uno de
los reyes de los Francos tendrá bajo su poder íntegramente el imperio romano, que existirá en los
últimos tiempos; y será el mayor de todos los reyes y el último, el cual después de haber gobernado
finalmente su reino, vendrá por último a Jerusalén y depondrá en el monte de los Olivos su cetro y
corona. Este será el fin y consumación del imperio de los romanos y de los cristianos y entonces se
revelará el hombre de pecado. Este rey devastará grandes islas y ciudades, destruirá todos los
templos de los ídolos, convocará a todos los paganos al bautismo y en todos los templos erigirá la
cruz de Cristo. Y entonces los judíos se convertirán al Señor. En aquellos días se salvará Juda, e
Israel habitará confiadamente. (Jer. XXXIII, 16)."
En esta hipótesis, la monarquía de los Franceses, la legítima de los Capetos, no estaría sino
interrumpida, y volvería a la historia a renovar las grandezas de fe y equidad de los tiempos de San
Luis.
No es necesario advertir que lo antiguo, que sería restaurado no por lo que tiene de antiguo
sino de eterno, esto es valedero para todo tiempo, alcanzaría su existencia en condiciones nuevas de
vida, de acuerdo a todos los progresos legítimos alcanzados con el trabajo de las generaciones. Que
toda adquisición positiva, operada en los tiempos del retroceso moderno alcanzará mayor esplendor
cuando se le integre en los principios saludables del orden humano.
¿Cuál sería la razón de ser de cuatro siglos de vida moderna? Muy sencillo. ¿Cuál debió ser
la tarea de los pueblos europeos que recibieron los beneficios de la fe? ¿Porqué en los designios
inescrutables de Dios, fueron estos pueblos favorecidos primero con la fe cristiana? Sin duda para
que fuesen los portadores de esta palabra por toda la tierra. Europa debía dar al mundo
gratuitamente lo que recibió gratuitamente. ¿Qué hizo en cambio? Se desvió de los caminos del
Señor y se entregó en cuerpo y alma a descubrir las fuerzas que escondió el Señor en lo profundo de
la tierra. Y sea cualquiera la especie de relación que pueda existir entre ambas series de fenómenos
el hecho es que, a medida que se fué apartando de la fe, fué progresando en el descubrimiento y en
la utilización de los inmensos secretos que encerró el Señor en lo recóndito de los seres.
Ahora bien; todo esto lo ordenó providencialmente Dios. Porque lo que los pueblos
cristianos de Europa no han cumplido a las buenas meritoriamente, habrán de cumplirlo de otra
manera y sin mérito; pero habrán de cumplirlo. Y así los pueblos al impulsar al progreso técnico y
llevarlo por toda la tierra, acortando las distancias no han hecho sino preparar los instrumentos para
que en un día próximo, cuando el Señor así lo ordene, purificados los pueblos por saludables
castigos, amansados y dóciles para escuchar la voz del Señor, pueda esta dejarse oír, en un instante
por todos los ámbitos del globo. Los terribles instrumentos mortíferos que ellos mismos en su
orgullo insensato han inventado servirán para purificarlos y llamarlos a la contrición del corazón
que no han querido lograr de otra manera y los otros poderosos inventos que han cambiado las
condiciones de todos los elementos, sea el aire, el fuego, la tierra o el agua servirán para evangelizar
los pueblos en pocos años. Lo que de otra suerte se habría logrado en siglos hoy se podrá lograr en
contados años. Y así todas las cosas -el cielo y la tierra- han de cantar la grandeza de Dios, que sabe
valerse de todos los caminos de los hombres para edificar su camino. ¿Quién podrá imaginar lo que
puede ser, en un mañana próximo, la prodigiosa maquinaria de la técnica moderna en manos de
príncipes cristianos que no tengan otra preocupación que la difusión del Evangelio?
La segunda objeción que se puede formular contra esta hipótesis, hela aquí: Vemos hoy una
lamentable apostasía de las masas. Los pobres, los humildes que son la porción predilecta del
Salvador vánse apartando progresivamente de la fe y vánse sumando a las filas marxistas de los sin
Dios. ¿Cómo se solucionará este "gran escándalo", denunciado por Pío XI, y recordado aún en la
Divini Redemptoris? Todo cuanto se haga en este sentido, como todo lo que se viene haciendo
desde Ketteler, aunque no produzca frutos visibles de una estructura económica cristiana, no es
trabajo perdido. Esta semilla que se siembre dará fruto, y abundante, a su hora. Pero quizás sea otro
el camino concreto, por el cual Dios ha de llevar a los obreros lamentablemente proletarizados de
vuelta al aprisco que han abandonado. Una triple y casi simultánea acción ha de realizar esta tarea,
la misma que ha de recristianizar a los demás hombres de cualquier condición social porque todos
están igualmente descristianizados. El fuego purificador de castigos tremendos que se harán sentir
en todas partes, como los que ahora se ciernen sobre España. Desgraciadamente el hombre está tan
apartado de Dios, se ha hecho tan insensible a su voz, que solo a sacudones puede ser despertado
del letargo en que se halla sumido. No se diga que estos prenuncias terroríficos pueden ser
excitaciones calenturientas del cerebro. No se olvide que en su Caritate Christi de 1932 el Santo
Padre conjuraba al mundo a entregarse a la oración y a la penitencia si no quería verse sumido en
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una catástrofe de terror y anarquía. Y como el mundo no escuchó la voz augusta del Vicario de
Cristo, estos castigos han comenzado ya, y en qué forma tremenda y espantosa, en la noche negra
de la España roja. Cuando los hombres hayan sido así preparados, podrá ser útilmente aprovechada
la efusión del amor de Dios, que infundirá en los corazones de los hombres, de toda condición
social, la palabra encendida de sacerdotes y de laicos santos, que el Señor suscitará en la tierra;
varones de una santidad extraordinaria como no se ve hace siglos en la Iglesia, según lo ha
anunciado el beato Grignon de Monfort, en su admirable Tratado de la Verdadera Devoción a la
Virgen. Esta santidad de los sacerdotes y de los laicos colaboradores de la Jerarquía, santificará las
almas y las instituciones y nos dará la nueva cristiandad. Y en qué abundancia no habrá de darlos el
suelo de naciones que, como España, han sido regadas con la sangre de mártires y de héroes. Ellos
forjarán la España nueva que emulará la epopeya cristiana de los tiempos idos, así como ahora ha
emulado las más grandes gestas de los siglos legendarios. Esto es lo que no deben olvidar aquellos
que creen que un Estado cristiano pueda surgir por la imposición tiránica de un príncipe poderoso.
No puede dar la espada, lo que sólo es efecto de la gracia de Dios. Pero también será necesaria la
espada del príncipe cristiano que reprima la perversidad de los impíos, que no sólo no quieren
convertirse a su Dios, sino que buscan por medio de toda clase de seducciones y engaños pervertir a
los pueblos. El liberalismo corruptor será totalmente excluido de los pueblos y éstos habrán de
someter su vida pública a las santas leyes de Jesucristo y de su Iglesia.
El fuego purificador preparará entonces los caminos del Señor; el apostolado de santidad
evangelizará profundamente los corazones; y la espada de los príncipes cristianos mantendrá la
integridad del ambiente público cristiano. Y los hombres de cualquier condición y los pueblos de
toda raza y nación conocerán al Señor, su Salvador.
Y así la nueva cristiandad no será del todo nueva, como han querido fingir los filósofos,
sino que será la antigua renovada, restaurada. El sacerdocio y el poder de los príncipes trabajarán
juntos en esta Restauración de los derechos de Dios y de los pueblos. Los hombres, cualquiera sea
la condición que les toque en la escala social, habrán aprendido a apreciar sobre todas las
contingencias de lo humano la dignidad altísima de la persona humana, que no en vano ha sido
rescatada misericordiosamente por la sangre de Cristo para que por ella y en El, sepan todas amarse
como hermanos.
Después de esta feliz restauración cristiana de las naciones, que será la plenitud de pueblos,
de que habla el Apóstol (Rom. XI, 2 5) y que será coronada con lo que el mismo Apóstol llama
plenitud de Israel, los pueblos se irán apartando de Cristo y el comunismo volverá a mostrar
terriblemente su cabeza. Los judíos, que se habrán ido convirtiendo en gran número, en muchas
regiones de la tierra, por donde se hallarán diseminados, también se irán haciendo más satánicos en
el núcleo judaico central que se irá estrechando. Y así los últimos residuos de Israel dominarán
fuertemente a los pueblos y prepararán la entronización a su Mesías, que será entronizado
probablemente en Jerusalén.
Y entonces se dejará ver aquel perverso, a quien el Señor Jesús matará con el soplo de su
boca y destruirá con el esplendor de su presencia: A aquel inicuo que vendrá con el poder de
satanás, con toda suerte de milagros, de señales y de prodigios falsos, y con todas las ilusiones que
pueden conducir a la iniquidad ... (II, Tes. II, 8-11).
Lo que venga entonces y después, sólo Dios lo sabe, como asimismo solo él sabe cuándo.
Pero luego después de la tribulación de aquellos días (que han de abreviarse por amor a los
escogidos [San Mt. XXIV, 22]), el sol se oscurecerá, la luna no alumbrará, y las estrellas caerán del
cielo y las virtudes de los cielos temblarán: entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del
hombre, a cuya vista todos los hombres de la tierra prorrumpirán en llantos: y verán venir al Hijo
del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad. (Mt. XXIV. 29-30).