masada: el último bastión
judío
En el año 74 d.C., decididos a poner fin a la gran revuelta judía contra su dominio, los romanos
sitiaron la fortaleza de Masada. Allí resistía un grupo de aguerridos combatientes que prefirieron
suicidarse antes que aceptar la rendición. O al menos así lo cuenta la leyenda.
n el año 70 d.C., las legiones romanas comandadas por Tito, el hijo del emperador
Vespasiano, tomaron Jerusalén a sangre y fuego. Tras masacrar a sus habitantes y
saquear y arrasar el templo
de Salomón, Tito y sus
lugartenientes creyeron
haber aplastado
definitivamente la gran
rebelión judía contra su
dominio, iniciada cuatro
años antes. Quedaban tan
sólo algunos reductos
rebeldes, particularmente
en tres fortalezas que se
alzaban a orillas del mar
Muerto. Dos de ellas,
Maqueronte y Herodion, no
tardaron en caer. Pero la
tercera presentaría una
encarnizada resistencia y
obligaría a los romanos a
organizar una de las
mayores y más arduas operaciones de asedio de la historia de Roma.
Masada se encuentra sobre un promontorio rocoso que se alza 400 metros sobre
el nivel del mar Muerto. El lugar había sido utilizado como fortaleza desde el siglo II
a.C., pero fue Herodes el Grande, rey de Judea entre los años 37 y 4 a.C. y
aliado de los romanos, quien la habilitó como una ciudadela regia,
construyendo una muralla, una torre de defensa, almacenes, cisternas, cuarteles,
arsenales y residencias para los miembros de la familia real. Desde el año 6 d.C.
había tacionada llí una guarnición romana.
Al estallar la rebelión judía en 66 d.C., un grupo de rebeldes se apoderó de la
plaza fuerte y eliminó a la guarnición romana. Dirigidos por un tal Menahem, y
tras su muerte por su sobrino Eleazar ben Yair, pertenecían a un grupo de judíos
radicales, los sicarios, denominados así por el puñal o sica que solían emplear.
Los sicarios formaban parte a su vez de los zelotas, un movimiento que
propugnaba el uso de la violencia para liberarse del yugo romano y acelerar la
venida del Mesías.
A ojos de los romanos, en cambio, los sicarios eran meros criminales que utilizaron
la revuelta contra Roma como pretexto para sus abusos, según recogía Flavio
Josefo, el principal cronista de la guerra. De hecho, pese a tomar Masada al
principio de la guerra, los hombres de Eleazar ben Yair no combatieron contra los
romanos, sino que se dedicaron a asolar la región del mar Muerto desde su base
en Masada, protagonizando "hazañas" como el saqueo de la vecina población judía
de Eingedi, donde mataron a setecientas personas.
En los años 67 y 68, Vespasiano, al frente de tres legiones y un gran contingente de tropas auxiliares,
logró restaurar el dominio de Roma sobre casi toda Judea. Este éxito le franqueó el camino del trono
imperial a la muerte de Nerón en el año 68.
LA VIDA EN UNA FORTALEZA
Durante los años de guerra contra Roma, los sicarios de Masada modificaron las
construcciones de la fortaleza adaptándolas a sus necesidades y prácticas
religiosas. Construyeron talleres o pequeñas viviendas separadas por tabiques,
donde los arqueólogos han hallado utensilios de uso cotidiano como recipientes
de piedra para la comida, ideales para evitar cualquier impureza ritual descrita en
la ley judía. También se construyeron baños para abluciones rituales (en
hebreo, mikvaot) y una panadería. En el vestuario de la casa de baños de Herodes
se añadieron bancos y se instaló una bañera en una esquina.
La Ley de Moisés autorizaba a los sicarios a quitar la vida a cualquier
enemigo de Israel
Los rebeldes también adaptaron a sus necesidades la sinagoga, construyendo otro
banco corrido, algo que sugiere la necesidad de dar cabida a muchas más
personas de las que habían acogido estas construcciones en origen, cuando
sirvieron únicamente para el rey, su familia y algunos cortesanos. En las
excavaciones de la sinagoga se descubrieron fragmentos de cerámica (ostraca) con
la inscripción "diezmo de los sacerdotes", lo que significa que se preocuparon de
pagar el impuesto debido al templo de Jerusalén, así como una geniza, un hoyo
excavado en la tierra para albergar los textos sagrados que, por su estado de
deterioro, ya no fuesen aptos para el culto. Todo ello indica que los sicarios eran
fervientes cumplidores de la Ley de Moisés, aunque en una versión radical que,
a su modo de ver, les autorizaba a quitar la vida tanto a cualquier enemigo de
Israel como a los compatriotas que no cumplieran sus exigencias de fidelidad a la
Ley.
A lo largo de la guerra, Masada fue acogiendo a una multitud de judíos que
huían de la destrucción que ya se extendía por todo el país. Además de los
sicarios, las excavaciones han sacado a la luz restos que demuestran que en la
cumbre de Masada se refugiaron samaritanos (una comunidad de ascendencia
judía tachada de impura por los judíos) así como esenios, secta ascética judía que
poseía una comunidad en Qumrán, no lejos de Masada. La vida interna de los
esenios en Qumrán se organizó en diez zonas, cada una de ellas al mando de un
jefe. El descubrimiento de unos ostraca que consignan el reparto del pan en
diez secciones nos ha permitido conocer el nombre de otros líderes
rebeldes aparte de Eleazar ben Yair, como Yehohanán, Simón, Yerahemeyah, Bar
Levi, Talmai, Peliah o Dositeo.
Los romanos disponen las catapultas y torres de asedio en la rampa frente a las murallas de Masada.
Grabado del siglo XIX.
COMIENZA EL ASEDIO
A comienzos del año 73 d.C., Flavio Silva, comandante de la Legio X Fretensis, se
dispuso a enfrentarse con los rebeldes de Masada. Habían pasado ya tres años
desde la caída de Jerusalén, tardanza tanto más sorprendente cuanto que si los
romanos se pusieron en marcha fue más por consideraciones económicas
que militares, pues los rebeldes de Masada ponían en peligro el negocio de
las plantaciones de bálsamo de la vecina Eingedi, enormemente lucrativo –según
Plinio el Viejo, el comercio de perfumes de Judea produjo la enorme suma de
800.000 sestercios durante los cinco años de guerra–, y a los romanos no les
convenía perder esta importante fuente de ingresos.
Animados por un espíritu indómito, los sicarios estaban dispuestos a
defenderse hasta el final
El cerco de Masada planteaba numerosas dificultades. Los romanos debían traer el
agua desde Eingedi, a varios kilómetros de distancia, y los víveres desde Jericó o
Jerusalén, pues en la depresión del mar Muerto, a 400 metros por debajo del
nivel del mar, las temperaturas de hasta 50 ºC en verano y las heladas en
invierno impedían practicar la agricultura. En cambio, en la cima de Masada el
clima era más benigno y los asediados contaban con depósitos de agua,
provisiones y armas. Animados por un espíritu indómito, los sicarios estaban
dispuestos a defenderse hasta el final.
El general romano lo sabía y por ello organizó un gran operativo de asedio,
decidido a evitar que prendiese de nuevo la llama de la rebelión. Silva hizo
construir una muralla que rodeaba todo el promontorio, con torres de vigilancia a
intervalos, y desplegó un total de ocho campamentos que debían servir no sólo
como cuartel, sino también para evitar fugas de los sitiados y defenderse frente a
incursiones exteriores.
A continuación mandó construir una rampa por el lado oeste, el de menor
desnivel, de apenas cien metros. En las obras, que duraron siete meses, se
empleó a judíos apresados durante la guerra. Una vez terminada la rampa, se
construyó en su cima una plataforma sobre la que se instaló una torre de asalto.
INMOLACIÓN COLECTIVA
Iniciado el ataque, los romanos lograron derribar un tramo de la muralla mediante
los golpes de su ariete, pero los defensores lograron cerrar la brecha con
maderas y piedras. Flavio Josefo cuenta que entonces se produjo un incendio
seguido de un cambio de dirección del viento que, por un instante, amenazó la
integridad de la torre romana. Aquel día no cayó Masada, pero tanto romanos
como judíos sabían que era cuestión de tiempo.
Según el mismo autor, por la noche Eleazar ben Yair pronunció un discurso con
el que persuadió a los defensores de Masada de que lo mejor era quitarse la
vida para ahorrarse el oprobio de verse humillados por los romanos. Puestos
todos de acuerdo, quemaron sus posesiones y víveres, aunque respetando una
parte para dejar claro que no morían por falta de abastecimiento. Luego, puesto
que la ley judía prohíbe el suicidio, cada hombre se encargó de dar muerte a su
esposa e hijos. A continuación, sortearon diez hombres que dieron muerte al
resto y, por último, uno de ellos mató a los otros nueve antes de, éste sí,
suicidarse. Cuando al día siguiente los romanos entraron en Masada se
encontraron con una montaña de más de 950 cadáveres y sólo siete
supervivientes: dos ancianas y cinco niños que se habían escondido y que
contaron lo que había ocurrido en la cumbre de Masada durante el asedio.
Cuando los romanos entraron en Masada se encontraron con una
montaña de más de 950 cadáveres
Sin embargo, en los últimos años las investigaciones arqueológicas han
cuestionado la exactitud del relato de Flavio Josefo. Por una parte, la arqueología
no ha conseguido confirmar que en Masada tuviera lugar un suicidio
colectivo. Por otra, pese a algunos restos de combates localizados junto a la
rampa, hay quien afirma que ésta nunca se terminó y, por tanto, nunca estuvo
operativa, lo que desmentiría la escena del combate en torno a la torre y el ariete
el día anterior a la caída de Masada.
Como quiera que fuese, Masada acabó en manos romanas y el recuerdo de los
sicarios de Eleazar ben Yair se diluyó en las páginas de los libros de
historia. Para conmemorar la victoria, Roma acuñó una moneda con la leyenda
Iudaea capta, con la imagen de un general en postura desafiante, una palmera
(símbolo del país) y una mujer sentada y llorando. El recuerdo de Masada se
perdió durante casi mil novecientos años, hasta que su "redescubrimiento" a
mediados del siglo XX la convirtió en símbolo de la tenacidad judía por
conservar la independencia y la libertad.