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Rosas Feinmann

Rosas asume el poder en 1829 y establece un gobierno autoritario basado en la teoría del enemigo interno. Se presenta a sí mismo como el único capaz de mantener el orden y controlar a las clases bajas, aunque ejerza un control despiadado sobre todas las clases. Su ascenso marca el inicio de una época de terror y represión en la Argentina.
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Rosas Feinmann

Rosas asume el poder en 1829 y establece un gobierno autoritario basado en la teoría del enemigo interno. Se presenta a sí mismo como el único capaz de mantener el orden y controlar a las clases bajas, aunque ejerza un control despiadado sobre todas las clases. Su ascenso marca el inicio de una época de terror y represión en la Argentina.
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CRÍTICA DE LA VIOLENCIA, EL GENERAL ROSAS

JOSÉ PABLO FEINMANN


El fusilamiento de Dorrego torna poderosa la imagen del Gaucho de los Cerrillos, la imagen de Rosas. Todas
las miradas convergen hacia él: deberá ser él, piensan todos, el que habrá de sacar al país de la anarquía, de
la disolución. “Rosas llega al gobierno liderando un amplio frente político. Lo apoyan, en efecto, los
estancieros saladeristas, a los que se encontraba ligado de modo inmediato: la clase ganaderil del litoral no
porteño, a cuyo caudillo Estanislao López había tratado con segura habilidad política; los jefes federales del
interior mediterráneo, hartos del despotismo de la burguesía mercantil rivadaviana; y también esta misma
burguesía cuyos voceros más nuevos y lúcidos eran Alberdi y sus amigos. A este frente se sumaron, en
forma cada vez más intensa y decidida, las peonadas, los gauchos y los negros, cuyos favores había sabido
Rosas ganarse desde siempre” (J. P. F., Filosofía y Nación, Ariel, p. 95). Rosas, sí, había tenido un certero
olfato para saber cómo erigirse en conductor de las clases pobres. Se lo dijo, el día de su ascensión al poder,
es decir, el 8 de diciembre de 1829, a don Santiago Vázquez, representante del gobierno de la banda oriental.
Confiesa, don Juan Manuel, que los errores de quienes lo han precedido en la conducción del país han
radicado, grandemente, en ignorar a “los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son la gente de
acción” (Busaniche, Rosas visto por sus contemporáneos, Kraft, p. 30). Le advierte a Vázquez, como
haciéndole un guiño, sobre “la disposición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos y superiores”
(Busaniche, p. 30). Vázquez lo sabe: teme, como todos los de las clases ilustradas temen, que la plebe se
soliviante. Rosas lo serena: sabe, él, cómo evitarlo. Y se lo dice: siempre, en efecto, le ha parecido “muy
importante conseguir una influencia grande sobre esa clase para contenerla o para dirigirla”. Vemos, aquí,
que Rosas ha sido consciente acerca de las necesidades del control social para gobernar. Lo que no esperaban
los ilustrados era que el Gaucho de los Cerrillos ejercería, también, el control sobre ellos. Y de un modo
despiadado y sangriento. Pero ya llegaremos a esto. Ahora lo tenemos a don Juan Manuel frente a Santiago
Vázquez, el día de su asunción del poder, explicándole cómo se ha ganado la adhesión fervorosa de las
peonadas. Continúa Rosas: “Para esto (para dominar a las clases bajas) me fue preciso trabajar con mucha
constancia, con muchos sacrificios de comodidades y de dinero, hacerme gaucho como ellos y hacer cuanto
ellos hacían; protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin, no ahorrar trabajo ni medios
para adquirir más su concepto” (Busaniche, p. 31). Se trata, esta confesión de Rosas a Santiago Vázquez, de
un notable documento acerca de las condiciones de posibilidad del caudillaje entendido como seducción y
manipulación.
Rosas, así, se adueña del gobierno. Los unitarios esperan que calme a la plebe, que evite la anarquía y
posibilite el curso de sus negocios. No saben lo que les espera. O comienzan a saberlo el 13 de diciembre de
ese año veintinueve. Porque ese día Rosas asume para sí la figura feroz de la venganza. Ese día celebra los
funerales de Dorrego. Fueron, sí, estremecedores. El nuevo gobierno no venía dispuesto a olvidar. Que el
primer acto de Rosas como gobernador sea enterrar a Dorrego era un mensaje claro para quienes lo habían
asesinado: la sangre derramada no había caído en vano, no sería olvidada y reclamaba más sangre porque
reclamaba su venganza. Fue un espectáculo desmesurado y atemorizador. El cortejo fúnebre partió de la
Plaza de la Victoria rumbo a la Recoleta. Rosas lo encabezaba. Escribe Manuel Gálvez (y escribe como si
hubiera estado allí, y como si hubiera sucumbido ante la grandeza terrible del Restaurador): “El iba
inmutable y callado. Llevaba el traje de capitán general. Ni miraba a las gentes, que le contemplaban
absortas. Ni una sonrisa, ni un gesto. Rígido, teatral, magnífico en sus galas y en su belleza, parecía
despreciar al mundo entero. En su fuerte puño, el bastón de mando adquiría un terrible significado. Las
gentes lo miraban sumisas, encandiladas, humildes. Algunos bajaban la cabeza. Otros se hubieran arrodillado
a su paso. Su arrogancia espléndida y todo su aspecto tenían algo de los Césares romanos” (Manuel Gálvez,
El Gaucho de los Cerrillos, Austral, p. 161). Sólo le faltaba música de Wagner a don Juan Manuel para
completar su escenografía macabra. Tenía, sin embargo, antorchas. Porque es ya de noche cuando llega a la
Recoleta. Y tiene que leer su discurso. Y extrae unas cartillas minuciosamente escritas. Y alguien le acerca
una antorcha. Y el viento sacude las páginas y las llamas. Y el Restaurador lee un texto que, años más tarde,
hará decir a su biógrafo Carlos Ibarguren (ideólogo del golpe uriburista de 1930, fervoroso fascista de
brillante pluma) que es un “discurso necrológico que tiene la belleza serena de una oración” (Ibarguren, Juan
Manuel de Rosas, Theoría, p. 144). Dice Rosas: “¡Dorrego! Víctima ilustre de las disensiones civiles:
descansa en paz. La patria, el honor y la religión han sido satisfechos hoy, tributando los últimos honores al
primer magistrado de la República, sentenciada a morir en el silencio de las leyes. La marcha más negra de la
historia de los argentinos ha sido ya lavada con las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y sensible (...)
Allá, ante el Eterno, árbitro del mundo, donde la justicia domina, vuestras acciones han sido ya juzgadas, lo
serán también las de vuestros jefes y la inocencia y el crimen no serán confundidos... ¡Descansa en paz entre
los justos!” (Ibarguren, p. 145). De este modo, Rosas accedía al gobierno como Angel de la venganza.
Porque algo estaba claro: sería él quien habría de decidir qué era la inocencia y qué era el crimen. El y no el
Eterno. O, en todo caso, el Eterno encarnado en él, quien llegaba para gobernar en Su nombre, asumiendo Su
justicia y Su castigo. Los días del Terror no estaban lejos.

Rosas asume su segundo gobierno el 13 de abril de 1835. Se dirá que la sociedad argentina estaba dividida
en dos, que no fue Rosas quien creó esa división y que, por el contrario, él venía a solucionarla, a superarla.
Hay, incluso, un libro de un apasionado rosista, Ricardo Font-Ezcurra, que se llama La unidad nacional. Sin
embargo, no es así: la división, es cierto, existía, pero Rosas la instrumentó para fortalecerse. Rosas hizo de
la división nacional (y no de la unidad) su metodología de gobierno. La división nacional implica la teoría
del enemigo interno: la libertad, la juridicidad y la paz social siempre están amenazadas cuando un gobierno
recurre a la teoría del enemigo interno.
Rosas explicita frontalmente esta teoría en su discurso de asunción en la Legislatura de Buenos Aires.
Observemos dos puntos cruciales: el enemigo interno y la necesariedad de la dictadura. Anticipándonos:
siempre la teoría del enemigo interno funciona al servicio de la justificación de la dictadura. Dice, magnífico,
teatral, Rosas: “Ninguno ignora que una fracción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su
impiedad y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas
partes el desorden y la inmoralidad” (Ibarguren, p. 210). El enemigo interno está señalado: una fracción
numerosa de hombres corrompidos. Serán, para Rosas, los unitarios. Pero serán, centralmente, quienes no
piensan como él. Como lo siguieron siendo y lo serán siempre para todo gobernante que apele a la teoría del
enemigo interno. Continúa Rosas, ese día de otoño, en la Legislatura de Buenos Aires: “El remedio a estos
males no puede sujetarse a formas y su aplicación debe ser pronta y expedita”. Así, la teoría del enemigo
interno justifica la rapidez de los procedimientos; lo cual, claro, justifica, a su vez, un avance temible del
Poder Ejecutivo sobre las formas judiciales, ya que la Justicia –para los que combaten ejecutivamente contra
el enemigo interno– siempre es lenta y llega tarde. Continúa Rosas, y continúa y concluye de un modo
palmario y estremecedor: “La Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra
virtud y nuestra constancia. Persigamos a muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida y sobre todo al
pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe”. Y atención ahora: “Que de esta raza de
monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y de
espanto (...). El Todo Poderoso dirigirá nuestros pasos”.
Lo admito: se trata de un texto algo desmesurado. Tal vez suene extrañamente hoy como un rescoldo de
tiempos salvajes, felizmente superados. Ocurre, no obstante, que no hay tiempos felizmente superados, y que
sólo hace algo más de una década hemos dejado de oír el lenguaje despiadado de la teoría del enemigo
interno. (Por otra parte –en setiembre de 1996– el presidente Carlos Menem pronunció una frase que alarmó
a la sociedad, ya que remitía, de un modo directo y hasta brutal, a la teoría del enemigo interno. Sintiéndose
molesto por el desarrollo de un polo opositor, declaró: “El enemigo acecha”.)
Carlos Ibarguren se complace con ese texto feroz del Gaucho de los Cerrillos. Rosas, argumenta, era
transparente, no pretendía engañar a nadie. Asumía el gobierno como dictador. Nadie podía ignorar que los
tiempos que se avecinaban serían difíciles y que las libertades públicas y privadas serían avasalladas. Pero,
dice, esto era necesario. Como vemos, la teoría del enemigo interno funciona, en Ibarguren (y la utilizará,
también, para validar a Uriburu ante la demagogia yrigoyenista), como encuadre justificatorio de la
dictadura. “¿Qué es una dictadura?”, se pregunta nuestro nacionalista de brillante prosa. Responde: “Es el
violento avasallamiento de un pueblo a la voluntad omnímoda de un hombre, de un grupo o de una clase
social”. Jugueteaba –al mencionar la dictadura de una clase social– con el concepto marxista-leninista de
dictadura del proletariado. Pero, para Ibarguren, hombre de linaje, amigo de estancieros, individualista
implacable, la dictadura ideal es la que responde a la voluntad omnímoda de un jefe. (Los nacionalistas viven
soñando con los jefes, con la voluntad de los jefes, con la omnipotencia de los jefes, con su espectacularidad
escenográfica). De este modo, Ibarguren encuentra en Rosas al dictador ideal. Y, para demostrarlo, distingue
dos tipos de dictaduras: la ocasional y la trascendental. La ocasional es efímera; es, bueno ¿para qué
abundar?, su nombre lo dice: es ocasional, meramente correctiva de algunos desórdenes y no abre surcos
históricos. La trascendental sí: abre surcos históricos y, abriéndolos, supera la anarquía, ya que la anarquía es
el fundamento de las dictaduras trascendentales. “¿Cómo y por qué nace la dictadura? Ella es siempre
consecuencia de la anarquía (...) Una colectividad desgarrada por la anarquía sólo puede volver a su quicio, y
formar otra vez un todo coherente, mediante una fuerte acción que reajuste todos los elementos que se han
aflojado y disgregado. Tal acción debe ser necesariamente violenta” (Ibarguren, p. 212). Queda cerrado así el
círculo de la teoría del enemigo interno. ¿Por qué? Porque la teoría del enemigo interno se implementa –
siempre– para concluir en una justificación de la violencia. El teorema que –a partir de Rosas– traza
Ibarguren es impecable: la anarquía (que existe porque existe el enemigo interno) conduce a la dictadura
trascendental (único ejercicio de gobierno capacitado para erradicarla) y la acción desarrollada por la
dictadura trascendental debe ser necesariamente violenta. Y, aún, insiste Ibarguren: “Rosas interpretó y
dirigió, como jefe supremo, este gran movimiento –el de la erradicación de la anarquía (J. P. F.)–; por eso su
dictadura fue trascendental y durante su larga duración, en la que se mantuvo firmemente la unidad nacional
y su independencia, pudieron madurar los elementos que forjaron la organización constitucional, después de
su caída” (p. 213). Notable texto: Ibarguren acepta la organización constitucional que impusieron Sarmiento,
Mitre y Roca, como fruto maduro de la dictadura rosista. Torpemente –anticipándolos– incurre en la misma
y lamentable justificación que los militares de la Seguridad Nacional ofrecerían de sí mismos: la democracia
fue el fruto maduro del aniquilamiento de la subversión, de la anarquía; en suma, del enemigo interno. Si,
para Ibarguren, las atrocidades de la Sociedad Popular Restauradora (la Mas-horca) abrieron el horizonte de
posibilidad de la constitución de 1853 y de la república consolidada en el ochenta, para los procesistas del
‘76 el Operativo Independencia y las torturas de la ESMA abrieron la posibilidad de la democracia. Dos
formas de justificar –a través de dos procesos políticos diferenciados– la crueldad infinita de la violencia
histórica.

publicado en dos notas en Página/12, 1996. ©J.P.Feinmann.

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