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Curso de Formadores Junio 18

Este documento presenta un resumen del discurso inicial que el Arzobispo S.J. Patrón Wong dará en el III Curso para Rectores de Seminarios Mayores de América Latina y El Caribe. En él, explica que la formación sacerdotal debe verse como un único camino que comienza en el bautismo y continúa a lo largo de toda la vida, incluyendo la formación previa, inicial y permanente. También destaca la importancia de reforzar la continuidad entre la formación previa y la del seminario, y de invertir en la
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Curso de Formadores Junio 18

Este documento presenta un resumen del discurso inicial que el Arzobispo S.J. Patrón Wong dará en el III Curso para Rectores de Seminarios Mayores de América Latina y El Caribe. En él, explica que la formación sacerdotal debe verse como un único camino que comienza en el bautismo y continúa a lo largo de toda la vida, incluyendo la formación previa, inicial y permanente. También destaca la importancia de reforzar la continuidad entre la formación previa y la del seminario, y de invertir en la
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III Curso para Rectores de Seminarios Mayores

de América Latina y El Caribe


Quito, 11-13 de junio de 2018

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

I. El arco de toda la formación


Lunes 11 de junio de 2018

Introducción

Durante estos días quisiera hacer una presentación equilibrada de la propuesta


formativa de la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis con el fin de facilitar su
aplicación en los Seminarios de América Latina que están representados. Para ello
daremos dos pasos que corresponden al tiempo con el que contamos.

Dedicaremos el lunes 11 a la comprensión de los principios formativos de fondo


que reflejan necesariamente una concepción del ministerio sacerdotal. Es necesario
que los formadores tengan clara la finalidad última, que es formar pastores para el
pueblo de Dios, pues hacia esta finalidad se orienta toda la acción formativa.

Iniciaremos dibujando el arco de toda la formación sacerdotal, previa, inicial y


permanente; después insistiremos en la gradualidad del proceso formativo y en la
finalidad del mismo, para concluir con un trabajo por grupos.

El resto de las sesiones, martes 12 y miércoles 13, nos ocuparemos de algunos


medios prácticos para la formación sacerdotal que muestran un modo de proceder
en la formación.

1
Pondremos atención al proyecto formativo del Seminario, los agentes de la
formación y particularmente el protagonismo de los seminaristas. Por último
atenderemos al acompañamiento y el discernimiento vocacional a lo largo del
proceso formativo.

En la primera parte se enfoca el «qué» de la formación sacerdotal y en la segunda


parte se atiende al «cómo». Conviene señalar desde el principio que tan im portante
es una cosa como la otra. Cuando se descuida la perspectiva del «qué» terminamos
por formar otra cosa distinta de un pastor: un administrador, un ministro de culto, un
jefe, etc. Cuando falta la perspectiva del «cómo» se crea una confusión, porque los
modos de proceder no corresponden a los principios.

Un nuevo paradigma

La Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis ha introducido un nuevo


paradigma en la formación sacerdotal: La formación de los sacerdotes es la
continuación de un único «camino discipular», que comienza con el bautismo, se
perfecciona con los otros sacramentos de la iniciación cristiana, es reconocido como
centro de la vida, en el momento del ingreso al Seminario, y continúa durante toda la
vida (RFIS, Introducción, 3).

Esta visión unitaria de todo el proceso formativo nos conduce a una interpretación
de cada uno de los grandes momentos de ese proceso:

■La formación previa.

Partimos del reconocimiento del valor de la iniciación cristiana, que se realiza


mediante la educación recibida por los candidatos al ministerio sacerdotal en sus
familias, en las escuelas católicas, en los grupos juveniles y movimientos eclesiales, en
sus parroquias. Todo ello tiene una gran importancia porque la formación sacerdotal
tiene su raíz en el bautismo y en la identidad cristiana de los candidatos.

La palabra clave aquí es «continuidad».

Hay que afirmar con claridad esta continuidad frente a la costumbre de


establecer una ru p tu ra entre la formación previa y el proceso educativo del
Seminario. Tal ruptura ha sido en ocasiones promovida por la misma institución
formativa y por el presbiterio, desde una mentalidad clericalista que considera la
vocación sacerdotal como una realidad totalmente distinta al común de los fieles y
superior a ellos. En esta situación, el seminarista experimentará una ru p tu ra en el
plano psicológico, y tenderá a colocarse en un estatuto de superioridad respecto a los
fieles laicos e incluso en relación con su propia familia. Efectivamente no es extraño
que algunos seminaristas comiencen a utilizar un lenguaje extraño y profundamente
distante de la realidad juvenil y eclesial a la que pertenecían. El problema no se limita

2
al lenguaje, pues la superioridad clericalista se expresa en actitudes de dominio que
llegan a parecer normales y permiten la posibilidad de toda clase de abusos.

Este modo de comprender y vivir el ministerio presbiteral ha sido denunciado en


diversos textos de la Sagrada Escritura con toda claridad, denuncia que nos exige
un cuidadoso discernimiento de las motivaciones de los candidatos al este ministerio:
Apacienten el rebaño que Dios les ha confiado, no a la fuerza, sino con gusto, como
Dios quiere; y no por los beneficios que pueda traerles, sino con ánimo generoso; no
como déspotas, sino como modelos del rebaño (1Pe 5, 2-3).

La pedagogía formativa propuesta por la Ratio Fundamentalis es discipular y


misionera, subrayando el común patrimonio de todos los creyentes: la iniciación
cristiana. Consecuentemente, se dedicará el tiempo que sea necesario a revisar y
profundizar los valores humanos y cristianos, recuperando y afianzando el
camino de fe que cada seminarista ha emprendido ya antes de su ingreso al Seminario,
para emprender posteriormente la formación específica del pastor. Nos damos cuenta
de que esta formación hum ana y cristiana de base no se puede dar por supuesta;
al contrario, constituye un objetivo pedagógico de primer orden.

Con el fundamento humano y cristiano bien establecido, cuya raíz es previa y se


afianza en el Seminario, se cierra la puerta a la “m undanidad espiritual” : la
obsesión por la apariencia, una presuntuosa seguridad doctrinal o disciplinar, el
narcisismo y el autoritarismo, la pretensión de imponerse, el cultivo meramente
exterior y ostentoso de la acción litúrgica, la vanagloria, el individualismo, la
incapacidad de escucha de los demás y todo tipo de carrerismo (RFIS, 42), porque la
vida y el ministerio sacerdotal se interpretan desde la pertenencia al pueblo santo
de Dios como servicio y no como poder.

■La pastoral vocacional.

En el arco del camino de vida sacerdotal, la pastoral vocacional se sitúa en el


marco de las vocaciones eclesiales, que deben ser valoradas y cultivadas con toda
solicitud pastoral, para que puedan florecer y madurar (RFIS, 11), pues cada una de
ellas constituye un modo de maduración de la vocación bautismal.

En la Iglesia actual se ha hecho patente que la vocación al ministerio presbiteral


se manifiesta en diversas circunstancias, en relación con las distintas fases de la vida
humana: la adolescencia, la edad adulta y, como se aprecia en la larga experiencia de
la Iglesia, también en la infancia (RFIS, 11). Consecuentemente la comunidad
diocesana expresará su maternidad eclesial a través de una atención delicada de los
candidatos al Seminario en su diversidad: los adolescentes que se preparan en los
seminarios menores, los jóvenes que proceden de las parroquias, grupos juveniles,
escuelas católicas y movimientos eclesiales, las vocaciones adultas, las de origen
indígena y las que están ligadas al fenómeno de la migración (Cf. RFIS, 11-27).
3
Desde el inicio del proceso para la admisión al Seminario se debe proceder con
suficiente claridad, promoviendo un cuidadoso discernimiento de las vocaciones
sacerdotales, de modo que se garantice un clima sano en la comunidad formativa del
Seminario, marcado por un continuo crecimiento en los valores humanos y cristianos.

Para este fin conviene que las Iglesias particulares inviertan los recursos
necesarios, sobre todo los recursos humanos, pero también los materiales, en orden a
una buena selección de las vocaciones sacerdotales. Desearía subrayar con insistencia
este punto comparando a la diócesis con una familia. Los padres invierten en la
educación de sus hijos la mayor parte de sus recursos con el fin de ofrecerles una buena
educación. Del mismo modo la Iglesia particular debe invertir con determinación en
la pastoral juvenil y vocacional, educando en la fe a las nuevas generaciones, máxime
en este tiempo en el que tienden a alejarse de la comunidad cristiana.

■La formación inicial.

La formación en el Seminario constituye solo una parte de este largo proceso,


por eso recibe el nombre de «formación inicial». Es evidente que el sacerdote
encontrará a lo largo de su vida múltiples ocasiones para su formación y que no se
puede pretender que el Seminario realice una formación exhaustiva.
Consecuentemente, el Seminario debe iniciar procesos que se continuarán a lo largo
de la vida sacerdotal, poniendo en las manos de los seminaristas los instrumentos
adecuados y fomentando entre ellos la conciencia de que son los primeros
responsables de su propia formación.

Un ejemplo puede ayudar a expresar mejor esta idea. Los ejercicios espirituales
en el Seminario deben diseñarse de tal modo que preparen al futuro sacerdote para
hacerse responsable de su propia espiritualidad e incluso para ayudar a otros en su vida
de oración.

Para realizar mejor la formación inicial es necesario garantizar la gradualidad,


es decir, la distinción clara de las etapas. La etapa propedéutica, que introduce a los
seminaristas en la dinámica formativa y promueve un primer discernimiento
vocacional. La etapa discipular o de los estudios filosóficos que procura una
formación humana y cristiana sistemática y consistente. La etapa configuradora o de
los estudios teológicos, que enfoca más específicamente la formación del pastor. La
etapa de síntesis vocacional o pastoral, que inserta al seminarista en el presbiterio y
en una comunidad cristiana y le ayuda en la adecuada recepción de la ordenación
diaconal y presbiteral.

■La formación permanente.

La formación permanente constituye el período formativo más largo. Se


caracteriza por el ejercicio del ministerio presbiteral. Estos dos datos ponen en

4
evidencia la importancia de que exista una cuidadosa atención pastoral durante todo
el proceso de vida de los sacerdotes. Es fundamental que esta acción no se limite a los
sacerdotes jóvenes; también requieren atención los de la edad intermedia y los
mayores.

El prim er responsable de la formación perm anente es cada sacerdote, que


encuentra en el presbiterio el ámbito adecuado para su continuo crecimiento. La
conciencia de esta responsabilidad debe estar presente desde la formación inicial. El
ámbito donde efectivamente se realiza la formación permanente es el presbiterio.
Allí los presbíteros se ayudan unos a otros en el camino de su fe y en el cuidado de
cada una de las dimensiones formativas.

Por este motivo, la comisión para el clero deberá entenderse como anim adora
de la responsabilidad personal y de la fraternidad presbiteral y no como mera
ejecutora de actividades a favor de los sacerdotes.

No se trata solo de afrontar problemas graves que suelen existir entre los
presbiterios, sino de propiciar el crecimiento continuo e integral de cada sacerdote,
en sentido positivo, garantizando un ejercicio amónico y promoviendo la fidelidad
sacerdotal. Paralelamente es necesario promover un clima sano en el presbiterio, que
estimule efectivamente el crecimiento continuo de los sacerdotes.

La perspectiva de la formación permanente

Si la etapa más larga del proceso es la formación permanente y toda la formación


está orientada a la preparación de pastores que sirvan al pueblo de Dios, esto indica
que la formación permanente debe ser considerada la m atriz de todo el proceso. Es
decir, todos los elementos formativos que se introduzcan en el Seminario deben estar
orientados a que el futuro sacerdote se haga responsable de su propia formación
integral. Desde la perspectiva de la fidelidad sacerdotal cambia la interpretación
de la pedagogía formativa. No se trata de superar pruebas ni de imponer una
disciplina, sino de prepararse para la vida y el ministerio presbiteral.

La formación permanente de los agentes

La Ratio Fundamentalis se refiere en varios momentos a la necesidad de cuidar la


formación permanente de todos los agentes de la formación sacerdotal: de los directores
espirituales (RFIS, 136) y de todos en general (RFIS, 152). El Seminario debe representar,
también para ellos una casa de formación permanente integral. Uno de los cauces más
interesantes para hacer esta dinámica realidad es la elaboración de los itinerarios formativos,
ejercicios espirituales y otras actividades destinadas a los seminaristas, porque en el diseño
de los medios formativos es donde el mismo formador tiene más posibilidades de aprender.

Si los a gentes de la formación permanecen en una auténtica actitud formativa,


abrirán la posibilidad de una formación mejor y más integral para las nuevas generaciones.
5
Al contrario, los formadores que repiten modelos del pasado, refugiándose en la postura
cómoda del menor esfuerzo, cerrarán la posibilidad de una mejor formación.

Calidad de los procesos formativos

Desde la visión global de todo el arco de la formación es más fácil evaluar la calidad
de los procesos formativos en el Seminario. Una formación de calidad dispone al
seminarista para la fidelidad sacerdotal, creando los hábitos necesarios para la
perseverancia. Esto significa que el Seminario promueve que los seminaristas tomen
decisiones definitivas que abren precisamente un horizonte de santidad sacerdotal y de
fidelidad humana.

Por ejemplo, durante la etapa propedéutica un seminarista puede tomar la decisión


definitiva de aprovechar el tiempo. Su perspectiva existencial ya no es la de cumplir con una
norma disciplinar o un horario, ni la de satisfacer un examen o una prueba, sino la de una
determinación que necesitará retomar en el futuro y a lo largo de toda la vida. Así se abre la
posibilidad de la formación permanente en este punto concreto. No es poco decir un sacerdote
que siempre aproveche el tiempo.

Si se procede al contrario, centrando la atención del seminarista en pasar pruebas y


cumplir normas, o aún peor, en complacer a los formadores, su horizonte existencial se
limitará al tiempo del Seminario. Con esta estrategia pedagógica quizá se consiga un
Seminario muy ordenado, pero no se estará preparando a los seminaristas para la vida u y el
ministerio sacerdotal.

Llegados a este punto, conviene preguntarnos: ¿La formación que estamos


ofreciendo enfoca los valores cristianos y sacerdotales? ¿O, por el contrario, enfoca el
mero cumplimiento de roles? Si entramos en la perspectiva del seminarista ¿Está
preocupado por cumplir y complacer? ¿O tiene su interés en construir un camino de
santidad?

Conclusión

Reconozco en la dinámica formativa que propone la Ratio Fundamentalis una


resonancia del Sermón de la Montaña. Jesús, después de contemplar a las aves del cielo y a
los lirios del campo, concluye: Así que no se inquieten diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué
beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? Esas son las cosas por las que se preocupan los
paganos. Ya sabe el Padre celestial lo que necesitan. Busquen primero el reino de Dios y
hacer su voluntad, y todo lo demás vendrá por añadidura (Mt 6, 31-33). O la regla
fundamental de discernimiento: Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo,
cargue con su cruz, y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que
pierda su vida por mí, la conservará. Pues ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si
pierde su vida? (Mt 16, 24-26).

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero
6
III Curso para Rectores de Seminarios Mayores
de América Latina y El Caribe
Quito, 11-13 de junio de 2018

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

II. Gradualidad del proceso formativo


Lunes 11 dejunio de 2018

Qué es la gradualidad

La gradualidad es uno de los rasgos más sabios de la pedagogía formativa de la


Iglesia. Los valores de la fe y de la vocación no se aprenden de una vez para siempre,
al contrario, implican un aprendizaje que constituye la base para otro nuevo
aprendizaje. De esta manera se pone a la persona en camino, hacia un siempre más,
donde todo saber y toda experiencia es progresiva y acumulativa.

■Progresiva porque todo aprendizaje abre la puerta hacia un crecimiento


mayor.
■Acumulativa porque la meta ya conseguida permanece en el horizonte
existencial como objeto de crecimiento.

Desde esta perspectiva se puede describir la formación en el Seminario a través


de la siguiente frase: «formación del discípulo de Jesús llamado a ser pastor». Y se
puede dividir ese largo proceso en dos partes:

■primero, la formación del discípulo


■y, después, la formación específica del pastor.
Todo es formación sacerdotal, pero es necesario poner suficientemente una base
discipular para luego especificar el contenido sacerdotal (sentido progresivo); sin
embargo, el discipulado misionero y la configuración con Cristo Pastor implican un
continuo y permanente desarrollo de la personalidad (sentido acumulativo) que dura
toda la vida. El creyente, candidato al ministerio ordenado, va tomando decisiones que
son para siempre; decisiones que después deberá retomar para ampliarlas y
profundizarlas.

La gradualidad en las etapas de la formación inicial

Desarrollando con más detalle el proceso pedagógico del discípulo llamado a ser
pastor, se dibuja con mayor claridad la gradualidad de la formación a través de las
cuatro etapas formativas que propone la Ratio Fundmentalis:

a) La etapa propedéutica, de al menos un año de duración, ofrece una


introducción a la vida sacerdotal y al mismo proceso formativo.

■Inicia al seminarista en la vida espiritual, en concreto en la meditación de la


Sagrada Escritura y en los métodos de oración, en la vida sacramental y en la
participación litúrgica.

■Facilita un primer conocimiento de sí mismo, de modo que el seminarista llegue


a ser consciente de sus principales virtudes y defectos, consiguiendo un «mapa» de la
propia personalidad y haciéndose consciente de aquellos puntos de dificultad que
deberá afrontar y aquellos puntos fuertes que deberá ampliar y profundizar.

■Ofrece al seminarista los conocimientos necesarios para comprender su propia


fe y su opción vocacional y para rellenar las eventuales lagunas de su formación
precedente.

■Ayuda al seminarista a una comprensión más objetiva y universal del apostolado


de la Iglesia.

Resumiendo todos estos contenidos, encontramos que la palabra clave es


«introducción». Se trata así de una introducción que es válida y necesaria para todos
los candidatos, sea cual sea su procedencia, porque plantea un primer paso positivo en
la formación.

b) La etapa discipular o de los estudios filosóficos, de dos a tres años de


duración, acompaña al seminarista en la afirmación consciente y libre de su opción de
seguimiento de Jesús en la vida discipular, elemento absolutamente necesario para
que, después, se pueda hablar específicamente de formación sacerdotal. Se trata de
educar al hombre y al discípulo de una manera rigurosa y sistemática.
■Trabajando sobre la base puesta en la etapa propedéutica, ayuda al seminarista
a poner efectivamente en el centro la vida espiritual que incluye la oración personal
y comunitaria, la vida litúrgica y sacramental, la interpretación creyente de la vida, la
historia y los acontecimientos, el desarrollo de las virtudes cardinales y teologales,
rasgos todos de un verdadero cristiano.
■Durante estos años se propicia el trabajo sistemático sobre la propia
personalidad, afrontando con profundidad, mediante el diálogo con los formadores,
los principales defectos y desarrollando las principales fortalezas. El seminarista debe
ser consciente de no haber ocultado nada de sí mismo y de haber trabajado de modo
particular en su vida afectiva y sexual.
■Es el momento para com partir su fe por medio de la actividad pastoral,
concretamente a través de la catequesis para la iniciación cristiana.

■Durante estos años el seminarista adquiere una visión crítica y creyente de la


realidad toda, a través del estudio de la filosofía y de las ciencias humanas.

La palabra clave de esta etapa es «formación sistemática» y el resultado que se


espera alcanzar es un hombre más libre y un cristiano más auténtico, capaz de
dedicarse intensa y generosamente a su propia formación sacerdotal.

c) La etapa de configuración o de los estudios teológicos, de cuatro años de


duración, es más específica, porque ayuda al seminarista a emprender el camino
místico y ascético de la configuración espiritual con Cristo Siervo, Pastor,
Sacerdote y Cabeza, asumiendo un compromiso eclesial y público a través del rito de
admisión entre los candidatos a las sagradas órdenes. Pasamos de la fase educativa a
una fase propiamente formativa.

■El seminarista, sin descuidar lo aprendido en las dos etapas anteriores, comienza
a vivir la espiritualidad sacerdotal que comprende la oración por el pueblo de Dios,
una participación más activa y consciente en los misterios de Cristo a través de la
liturgia y los sacramentos, que viene ritmada por la recepción de los ministerios de
lector y acólito y un sentido profundo de pertenencia a la Iglesia en el plano particular
y universal.
■El trabajo realizado sobre la propia personalidad adquiere ahora un sentido
pastoral, consiguiendo que el seminarista, consciente de sus virtudes y defectos, llegue
a ser un puente y no un obstáculo entre Jesucristo y los hombres a quienes anunciará
el Evangelio. En este momento de la formación el seminarista pone todo lo que es y
lo que tiene al servicio del Evangelio, profundizando en la pobreza, el celibato y la
obediencia propios del sacerdote diocesano.
■El estudio de la teología está profundamente vinculado a la formación, de tal
modo que el seminarista traduzca sus contenidos en vida espiritual, sacerdotal y
pastoral.
■La actividad apostólica servirá para am pliar su visión del ministerio
sacerdotal específicamente en el ámbito de la Iglesia Particular, aprendiendo a valorar
y potenciar todos los carismas y vocaciones que están presentes en ella y la
constituyen.

Así, la palabra clave en este momento formativo es «especificidad». Se forma


específicamente al pastor y para ello contribuyen los contenidos teológicos, la vida
espiritual y las actitudes cotidianas.

d) La etapa pastoral o de síntesis vocacional, de duración y modalidad variante,


según la práctica y la tradición de cada diócesis. Transcurre entre el fin de la estancia
en el Seminario y la ordenación presbiteral. Viene marcada por dos elementos
fundamentales: la inserción en una comunidad cristiana, sea parroquial o de otro
tipo, y la recepción de las Sagradas Órdenes del diaconado y el presbiterado.

■El candidato al presbiterado debe rescatar todo lo aprendido durante su estancia


en el Seminario y darle continuidad en el contexto pastoral de la comunidad de
inserción, preparándose inmediatamente para iniciar la formación permanente.
■Parte importante de esta inserción pastoral es la participación en el presbiterio
y en diversos equipos sacerdotales, sea a nivel de la parroquia, de la zona pastoral o
de las comisiones diocesanas; debe experimentar en la práctica que se trata de una
común vocación y una común misión, que comparte con sus hermanos en el
presbiterio.
■Un lugar especial en su formación es ocupado por la meditación del ritual de
órdenes, que contiene elementos riquísimos para la configuración sacramental con
Cristo Pastor.
■Por otro lado y como parte de su formación específica, se pone a prueba su
disponibilidad para el humilde servicio y su aptitud para la colaboración en la
misión pastoral con los fieles laicos y religiosos.

Las modalidades de la etapa pastoral son principalmente tres.

■La misión pastoral conviviendo con un equipo sacerdotal, por ejemplo en una
parroquia
■La misión pastoral conviviendo en una casa de formación específica para esta
etapa, bajo la dirección de un sacerdote experimentado;
■La permanencia en el Seminario hasta la ordenación presbiteral.

Los seminaristas que han realizado su formación en un Seminario interdiocesano,


encuentran en esta etapa una oportunidad significativa para un conocimiento más
directo y vivencial de la Iglesia Particular. La palabra clave para esta etapa es
«entrega definitiva».

Conviene notar que los cuatro puntos especificados para cada una de las etapas
corresponden a las cuatro dimensiones formativas. Esto quiere decir que la
formación es integral en cada una de sus etapas. Esto significa que desde el inicio
del proceso formativo el seminarista necesita aprender a procurar un crecimiento en
todos los aspectos de su personalidad. Evidentemente sería más fácil con «cumplir»
en un aspecto como los estudios o la disciplina, pero nos interesa que el sacerdote sea
una «persona completa» y esto también se va consiguiendo gradualmente.

Los niveles de la gradualidad

La gradualidad es parte fundamental de la pedagogía formativa. La gradualidad


existe en varios niveles:

■La gradualidad de las etapas, tal como se ha explicado. Es necesario examinar


bien el proyecto formativo y los estatutos de cada Seminario para garantizar que la
definición y los objetivos de cada etapa sean los correctos.

Conviene especificar los aspectos que corresponden a cada etapa en cada una
de las dimensiones formativas, de modo que se dibuje con claridad la gradualidad en
cada dimensión. Si volvemos al esquema presentado, seleccionando ahora el contenido
de cada dimensión, se podrá apreciar dicha gradualidad.

Al definir la gradualidad de cada una de las dimensiones formativas se descubre


con mayor claridad el sentido del proceso formativo y se abre la posibilidad de cuidar
aspectos significativos de la formación de un modo progresivo, por ejemplo, el
aprendizaje de la oración, la formación de la afectividad, la vivencia de los consejos
evangélicos.
■La gradualidad dentro de cada etapa, trazando un camino formativo con
medios y materiales concretos (objeto del proyecto formativo de cada Seminario). No
es lo mismo un seminarista que inicia la etapa discipular que otro que la concluye.
Cada período formativo tiene objetivos propios y traza un precioso camino de
crecimiento. De esto hablaremos más ampliamente al tocar el tema del proyecto
formativo.
■La gradualidad de cada persona y cada grupo, que maduran de acuerdo a sus
propias características y posibilidades. Los formadores necesitan conocer y valorar el
proceso de maduración que han vivido en el pasado cada seminarista y el grupo como
tal, de modo que pueda establecer las líneas de continuidad y de novedad que se dan
en cada persona y cada grupo, suscitando la confianza en que podrán seguir
progresando.

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero
III Curso para Rectores de Seminarios Mayores
de América Latina y El Caribe
Quito, 11-13 de junio de 2018

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

III. Finalidad de la formación


Lunes 11 de junio de 2018

Flexibilidad y personalización

«La vida y el ministerio sacerdotal ponen en práctica, sin duda, los valores
permanentes del sacerdocio católico. Con todo, es necesario que estos valores entren
en relación con la cultura actual y tengan en cuenta las circunstancias de cada
Iglesia particular y de cada persona. Por este motivo es necesario un proceso
formativo de configuración con Cristo Siervo y Pastor. Se espera de él [del seminarista]
que interiorice, día tras día, el espíritu evangélico, por medio de una continua y personal
relación de amistad con Cristo, hasta llegar a compartir sus sentimientos e imitar su
comportamiento» (RFIS, 41). «La configuración implica la internalización de una
serie de valores objetivos y revelados, que realiza cada candidato y cada sacerdote
desde sus características y posibilidades personales, de un modo original e
irrepetible. La práctica de la contemplación hace que la relación con Cristo sea más
íntima y personal y, al mismo tiempo, favorece el conocimiento y la aceptación de la
identidad presbiteral» (RFIS, 68).

1
A lo largo del proceso vocacional se suceden varios objetivos: suscitar una
vocación y acompañarla en la toma de una primera decisión (pastoral vocacional),
ayudar a un candidato en su proceso de maduración cristiana y sacerdotal (formación
inicial) y animar a los presbíteros en su fidelidad al don recibido (formación
permanente).

La opción pedagógica por la flexibilidad y la personalización exige la superación


de estilos sacerdotales poco sólidos, en los que se adivina un movimiento de fuga de
la realidad o de refugio en modelos sacerdotales y formas del pasado. En esta relación
íntima con el Señor y en la comunión fraterna, los seminaristas serán acompañados
para identificar y corregir la “mundanidad espiritual”: «la obsesión por la apariencia,
una presuntuosa seguridad doctrinal o disciplinar, el narcisismo y el autoritarismo, la
pretensión de imponerse, el cultivo meramente exterior y ostentoso de la acción
litúrgica, la vanagloria, el individualismo, la incapacidad de escucha de los demás y
todo tipo de carrerismo» (RFIS, 42). La falta de consistencia de estos modelos se
manifiesta en la rigidez, tanto de formadores como de seminaristas y en la incapacidad
de asumir los desafíos de nuestro tiempo.

¿Los presbíteros viven los valores sacerdotales de modo flexible y


profundamente personal, en diálogo con la cultura actual? ¿O, por el contrario,
aparecen identificados con modelos rígidos e impersonales?

Formación del hombre interior

La formación personalizada, de la que hemos hablado, demanda que se dé la


prioridad al hombre interior movido por la caridad pastoral. Es necesario
desarrollar una sensibilidad pastoral, una identificación profunda con el modelo de
Cristo, que es a la vez espiritual y humana. La Ratio Fundamentalis propone hacerlo a
través de dos procesos fundamentales: el discipulado misionero y la configuración
con Cristo Pastor. «Una interioridad sólida es el fundamento del discernimiento
pastoral, tarea fundamental de los presbíteros. El gradual crecimiento interior en el
proceso formativo debe tender principalmente a hacer del futuro presbítero el “hombre
del discernimiento”, capaz de interpretar la realidad de la vida humana a la luz del
Espíritu, y así escoger, decidir y actuar conforme a la voluntad divina» (RFIS, 43).

La formación del hombre interior se contrapone a la formación centrada en la


disciplina, el cumplimiento de prácticas externas y el cultivo de las apariencias. Todo
esto encuentra su verdadero valor y su lugar justo en referencia al hombre interior
que lo sustenta, evitando que los seminaristas intenten buscar su identidad en el
cumplimiento.

La opción por la formación del hombre interior se ordena a la preparación de un


sacerdote suficientemente libre, que pueda interpretar el ejercicio de su ministerio
desde las coordenadas y condiciones de la cultura a la que pertenece, sin establecer
2
juicios y una distancia defensiva de sus contemporáneos. ¿Cómo evangelizar la cultura
si nuestros candidatos no se sienten parte de ella?

El proceso discipular

El primer gran momento de la formación en el Seminario tiene un carácter


discipular y misionero. El núcleo del proceso discipular contiene dos elementos
fundamentales: la revisión de la iniciación cristiana y la profundización en la
realidad personal. La formación intelectual y apostólica debe ayudar a la consecución
de este fin. Este proceso se realiza en dos ciclos, el primero de carácter introductorio
(etapa propedéutica) y el segundo de carácter sistemático (etapa discipular o de los
estudios filosóficos). Estando todo ordenado a la vida discipular y misionera, el
discernimiento vocacional permanecerá abierto a la diversidad de los carismas.

Pongamos más atención a los postulados mencionados de un modo más amplio.

El primer gran momento de la formación en el Seminario tiene un carácter


discipular y misionero. El discipulado es un camino de vida que consiste en ponerse a
los pies del M aestro para escuchar su Palabra y distinguir la voluntad de Dios en
las circunstancias de la misión. Por su misma naturaleza dinámica, el seguimiento del
Señor nunca se puede dar por supuesto, no se puede considerar algo ya conseguido,
sino que exige permanecer abierto a la novedad de su presencia y de su amor. Es una
actitud existencial. Si distinguimos un tiempo centrado en la vida discipular es para
iniciar consistentemente a los seminaristas en este camino. La maduración de la vida
discipular cristaliza en una vocación específica, que en nuestro caso es la presbiteral.
De modo que la iniciación discipular es una condición necesaria del proceso
formativo para el sacerdocio.

El núcleo del proceso discipular contiene dos elementos fundamentales: la


revisión de la iniciación cristiana y la profundización en la realidad personal. Iniciarse
en el discipulado misionero implica dos personas que se ponen en relación entre sí: el
Maestro y el discípulo. En los Evangelios encontramos consignado el testimonio de
Jesús, el Maestro, que con palabras y obras ha anunciado la salvación que viene de
Dios. Pero los valores evangélicos se encarnan en una persona, en nuestro caso, el
seminarista que inicia su formación. Así se dibujan dos polos de atención pedagógica:
la identidad cristiana y la persona del seminarista. Durante las primeras etapas en
el Seminario es necesario form ar al hombre y al cristiano que después llegará a ser
pastor. La mayor parte de los problemas que surgen a lo largo de la vida ministerial
tienen su raíz en una falta grave de formación en este sentido. Se requiere por tanto una
prim era fase educativa (sacar de dentro al hombre y al cristiano) para después realizar
una fase propiamente formativa (sobre esta base formar al sacerdote). Sobresalen
dos objetivos prioritarios: desde el plano espiritual formar para la unión con Dios a
través del modelo de Cristo; desde el plano humano, la formación de la afectividad.

3
La formación intelectual y apostólica debe ayudar a la consecución de este fin.
Si se pretende formar al hombre y al cristiano llamado a ser pastor, la dimensión
intelectual deberá ofrecer las claves de comprensión de este hombre y este
cristiano. Tal es el sentido del estudio de la filosofía y por eso son necesarias las
ciencias del hombre. El apostolado durante estas etapas deberá ayudar a la expresión
de la fe del seminarista que se afianza y al cuidado de los procesos de la iniciación
cristiana que atenderá en su futuro ministerio pastoral. Los profesores y los
acompañantes en el apostolado deberán ser conscientes de los objetivos del proceso
formativo que sintonizan profundamente con los contenidos que se transmiten en estas
dos dimensiones.

Este proceso se realiza en dos ciclos, el primero de carácter introductorio (etapa


propedéutica) y el segundo de carácter sistemático (etapa discipular o de los estudios
filosóficos). La experiencia formativa de años nos ha llevado a la conclusión de que es
necesaria una introducción a la vida discipular que ayude al seminarista que apenas
inicia su formación a identificar los valores de la vida cristiana (ideal al que tiende
con la opción vocacional que ha hecho) y a tom ar conciencia del mapa de su
personalidad (Realidad personal en la que necesitan insertarse los valores cristianos).
Este momento introductorio o etapa propedéutica se sitúa en el nivel pedagógico de la
toma de conciencia. Posteriormente, durante la etapa discipular o de los estudios
filosóficos se trab ajará sistemáticamente en la formación humana y cristiana. Desde
el punto de vista espiritual, profundizando en los valores del Evangelio con una mayor
capacidad crítica, de modo que el seminarista llegue a una concepción cristiana de la
realidad y juzgue con criterios cristianos (discernimiento) su situación personal y las
circunstancias que lo rodean. Desde el punto de vista humano se requiere un análisis
sistemático y profundo de su propia realidad personal, familiar, cultural y social, para
que llegue a ser más libre y capaz de anunciar el Evangelio. Como se puede apreciar,
hay un trabajo arduo que hacer durante la etapa discipular. El resultado final será un
candidato al sacerdocio, dispuesto a aprovechar la formación específica porque ha
conseguido la base necesaria. Este es el sentido del rito de la admisión entre los
candidatos a las órdenes.

Estando todo ordenado a la vida discipular y misionera, el discernimiento


vocacional permanecerá abierto a la diversidad de los carismas. La Ratio
Fundamentalis insiste en que durante las primeras etapas del Seminario se lleve a cabo
un cuidadoso discernimiento vocacional. Se hará principalmente en dos momentos.
Al finalizar la etapa propedéutica el seminarista cuenta con elementos suficientes para
afianzar su decisión de ser sacerdote o em prender otro camino de vida cristiana.
Lo aprendido durante este curso le servirá indudablemente para proseguir su camino
discipular independientemente de la elección que haga. Al concluir la etapa discipular
o de los estudios filosóficos el seminarista habrá adquirido una capacidad crítica, un
mayor conocimiento de sí mismo y una identificación clara del ideal cristiano, de modo
que podrá d ar el paso a la etapa de configuración o continuar en un camino
vocacional diferente. Este discernimiento debe realizarse con un gran respeto de la
4
libertad del seminarista y es deseable que lo haga el mismo, siempre con la ayuda de
sus formadores.

El proceso de la configuración

El segundo gran momento de la formación en el Seminario promueve la


configuración con Cristo Pastor.

El segundo gran momento de la formación en el Seminario enfoca un proceso


espiritual de identificación personal con Cristo Pastor. Se trata así de un proceso
formativo específico, es decir, totalmente enfocado a la vocación presbiteral. El núcleo
del proceso formativo contiene dos elementos fundamentales: la contemplación de
Cristo Pastor que conduce a la interiorización de sus ejemplos y la interpretación de
la realidad personal en orden al ministerio sacerdotal. La formación intelectual
ofrece contenidos teológicos necesarios para la correcta interpretación de la misión de
la Iglesia y del ministerio presbiteral. La formación pastoral suscita una visión lo más
amplia posible de la misión de la Iglesia y de la función de los pastores. Este proceso
se realiza en dos ciclos, el primero de carácter fundam entador (etapa de configuración
o de los estudios teológicos) y el segundo de carácter práctico (etapa pastoral o de
síntesis vocacional). Estando todo ordenado al ejercicio ministerial, el discernimiento
vocacional se concentrará en la idoneidad sacerdotal.

Pongamos más atención a los postulados mencionados de un modo más amplio.

El segundo gran momento de la formación en el Seminario enfoca un proceso


espiritual de identificación personal con Cristo Pastor. Se trata así de un proceso
formativo específico, es decir, totalmente enfocado a la vocación presbiteral. El
objetivo es que el candidato al ministerio sacerdotal internalice los valores objetivos
del sacerdocio, de modo que llegue a ser el sacerdote que necesita la Iglesia particular.
Es un proceso delicado y específico que requiere la base de una clara identidad humana
y cristiana. Se establece una continuidad dinámica entre la vida discipular y la
formación sacerdotal, pues formamos al discípulo que se prepara para la misión
sacerdotal. Esto implica que los valores sacerdotales sean asimilados desde la
perspectiva de una suficiente madurez humana y cristiana, haciendo una correcta
interpretación de los mismos. La formación en estas etapas ha de preparar al candidato
efectivamente para la misión sacerdotal, enseñándole a vivir desde la caridad
pastoral la espiritualidad del sacerdote diocesano, a traducir su vida de fe en la
vivencia de la pobreza, la castidad y la obediencia sacerdotales y a cultivar las
actitudes propias del pastor que se pone generosamente al servicio del pueblo de
Dios. Sin una base discipular suficiente sería imposible conseguir esta formación
específica.

El núcleo del proceso formativo contiene dos elementos fundamentales: la


contemplación de Cristo Pastor que conduce a la interiorización de sus ejemplos y la
5
interpretación de la realidad personal en orden al ministerio sacerdotal. Se propone
al candidato al sacerdocio un proceso de identificación mística con Cristo en los
rasgos del Siervo, el Pastor, el Sacerdote y el Esposo que se realiza
fundamentalmente por medio de la contemplación del Señor. A este proceso se le llama
configuración. Este modo de seguimiento de Jesús lleva al candidato a una
interpretación pastoral de su realidad personal, familiar, cultural y social, que ha
sido asiduamente trabajada durante la etapa discipular. De este modo se verifica una
formación específica del sacerdote en el contexto diocesano, es decir, de una Iglesia
particular. Esto es propiamente la espiritualidad del sacerdote diocesano.

La formación intelectual ofrece contenidos teológicos necesarios para la correcta


interpretación de la misión de la Iglesia y del ministerio presbiteral. La formación
pastoral suscita una visión lo más amplia posible de la misión de la Iglesia y de la
función de los pastores. Toda la riqueza de los estudios bíblicos, teológicos, patrísticos
y canónicos se orienta a la formación del pastor. De ello deben ser muy conscientes
los profesores, que comparten con el Obispo y con el equipo formador del Seminario
la responsabilidad de la formación sacerdotal. Cada uno de ellos ha de establecer las
convenientes conexiones con el proceso formativo, de modo que el estudio
fundamente y sostenga la configuración espiritual. El estudio de la teología pastoral
y la actividad apostólica de los candidatos tiene como objetivo que descubran la
amplitud de la misión de la Iglesia y profundicen en las múltiples facetas del ejercicio
del ministerio presbiteral.

Este proceso se realiza en dos ciclos, el primero de carácter fundamentador


(etapa de configuración o de los estudios teológicos) y el segundo de carácter práctico
(etapa pastoral o de síntesis vocacional). El primer ciclo es la etapa de configuración
o de los estudios teológicos, al que la Ratio Fundamentalis ha reservado cuatro años
para garantizar la asimilación de estos profundos contenidos. El acompañamiento
formativo es detallado porque va traduciendo los valores sacerdotales en una realidad
personal y pastoral. Hablamos de formación inicial porque se pretende fundam entar
un estilo sacerdotal que perm anecerá a lo largo de toda la vida. El segundo ciclo
es la etapa pastoral o de síntesis vocacional, se realiza en el contexto de la inserción
pastoral, que tiene un gran valor porque sitúa al candidato en un contexto pastoral para
continuar su proceso de configuración en relación con el pueblo de Dios y con el
presbiterio, ámbito fundamental de la formación permanente. Se puede observar que
se trata de experiencias y perspectivas que perm anecerán a lo largo del tiempo y
por ello tiene una gran importancia que sean vividas con profundidad.

Estando todo ordenado al ejercicio ministerial, el discernimiento vocacional se


concentrará en la idoneidad sacerdotal. El discernimiento vocacional que se realiza
durante esta segunda parte de la formación tiene un sentido específico. Si antes se
presentaba un discernimiento abierto a otros caminos, ahora la atención se concentra
en la idoneidad para el ministerio presbiteral. Iniciamos con el rito de la admisión
entre los candidatos a las órdenes, de modo que estamos hablando de un candidato
6
que ha asumido un compromiso público de dedicarse concienzudamente a su
formación. Este candidato recibe los ministerios de lector y de acólito que tienen
objetivos precisos en su configuración con Cristo Pastor a través de le escucha y la
proclamación de la Palabra y de la participación activa en la Eucaristía. Después,
durante la etapa pastoral, el candidato se prepara para la recepción de la ordenación
diaconal y presbiteral.

Conclusión

Hemos realizado un recorrido por todo el proceso formativo para comprender


mejor su gradualidad y su integralidad. Es claro que nada se improvisa, sino que se
requiere un cuidadoso proceso de construcción de la identidad sacerdotal. El corazón
de este proceso no puede ser otro que la formación del hombre interior. Sin esta
interioridad dinámica, movida por el Espíritu, sería imposible la maduración necesaria
para la recepción de las órdenes. Queda también clara la finalidad pastoral de todo el
proceso y cómo las dimensiones intelectual y pastoral se ordenan a este fin.

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

7
III Curso para Rectores de Seminarios Mayores
de América Latina y El Caribe
Quito, 11-13 de junio de 2018

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

IV. El proyecto formativo del Seminario


Martes 12 dejunio de 2018

Introducción

Es conveniente distinguir diversos documentos que conducen la vida del


seminario: Los estatutos, el proyecto integral de formación, el reglamento y la
programación anual. Estos documentos no tienen el mismo valor y se complementan
entre sí.

Los estatutos definen al Seminario como institución formativa; el proyecto


formativo constituye la propuesta pedagógica de la diócesis para la formación
sacerdotal; el reglamento establece normas de funcionamiento práctico, sobre todo
de carácter disciplinar y la programación anual prevé el calendario de actividades
de un año con sus circunstancias concretas.

Lo más difícil de hacer es el proyecto formativo. Cuando falta el proyecto


formativo se crea un desequilibrio, dando excesiva importancia al reglamento o a la
programación anual. Cuando se pone demasiada atención al reglamento, se subrayan
los aspectos disciplinares. Cuando se da demasiada importancia a la programación
anual, se tiende a dar excesivo valor a las actividades puntuales.

Es responsabilidad del equipo form ador elaborar y aplicar un proyecto integral


de formación que garantice los medios pedagógicos para que los seminaristas de cada
una de las etapas puedan conseguir los objetivos de la formación.

1
Los estatutos

Los estatutos establecen el Seminario como institución formativa desde el


punto de vista jurídico y pedagógico (Can 239 § 3). La presentación de los Estatutos
es a veces más breve y a veces más amplia, pero es recomendable que incluya los
siguientes elementos:

■Hacer explícita la referencia a las normas de la Iglesia, en concreto a la Ratio


Nationalis y a la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, a las determinaciones
de la Conferencia Episcopal y a los acuerdos sobre la formación a que hayan llegado
los Obispos de la Provincia eclesiástica o de la región. En este punto inicial hay que
salvar el valor fundamental de la comunión.
■Incluir una breve reseña histórica sobre el origen del Seminario, la fecha de su
erección, los momentos por los que ha pasado, llegando a su realidad actual.
■Situar la formación en el contexto eclesial y cultural de la Diócesis,
refiriéndose a los sínodos diocesanos que se hayan celebrado, al perfil del pastor que
es necesario formar en esta Iglesia Particular. Especificar los subrayados legítimos que
es necesario hacer a la hora de formar sacerdotes para esta realidad pastoral, salvando
siempre la definición del sacerdocio católico y los valores universales de la misión
sacerdotal. En el caso de los seminarios interdiocesanos o nacionales habitualmente se
trata de un contexto complejo y variado.
■Definir con claridad, y de acuerdo con la Ley general de la Iglesia, las diversas
responsabilidades y funciones generales: del Obispo o los Obispos interesados; del
presbiterio; del Rector, el Vicerrector y el Administrador; del equipo formativo en su
conjunto; de los responsables de cada una de las dimensiones formativas: espiritual,
humana, intelectual y pastoral; de los directores espirituales y confesores; de los
mismos seminaristas; de los profesores, las familias y otro personal del Seminario; de
las parroquias y los presbíteros que acompañan a los seminaristas en su actividad
pastoral. Dichas funciones se desarrollarán de modo específico, en relación con la
magnitud del edificio, el número de seminaristas, las posibilidades del presbiterio y la
tradición formativa de la Diócesis. Conviene señalar también los momentos de
encuentro del equipo formador y las características de su normal interacción.
■Describir las etapas de la formación que se ponen en práctica en el Seminario,
ofreciendo un objetivo general para cada una de ellas, señalando los lugares donde se
realizan, su duración y el equipo de formadores que está previsto para cada una de
ellas. Puede ser útil especificar los criterios para la separación de las etapas y los
momentos fundamentales de encuentro entre ellas.
■Hacer una descripción de las dimensiones formativas, para garantizar la
formación integral, a saber, espiritual, humana, intelectual y pastoral, concretando los
medios personales, materiales y organizativos que se requieren para su cuidado. Al
describir las dimensiones formativas, conviene especificar la función coordinadora de
los miembros del equipo formador y prever las intervenciones del personal auxiliar que
actúa en el Seminario desde un ámbito profesional: médicos, psicólogos, pedagogos y
otros.
2
■Especificar el modo como se realiza el acompañamiento y el discernimiento
vocacional a lo largo del proceso y en cada una de las etapas, perfiles de ingreso y
egreso, elaboración de informes, metodología para los escrutinios, casos de
interrupción del proceso formativo, proceso de órdenes y Consejo de órdenes. E incluso
las salidas del Seminario.
■Detallar algunas cuestiones administrativas: Patrimonio del Seminario.
Sostenimiento ordinario y administración del Seminario. Colegiaturas, gastos
principales, los edificios y su mantenimiento. Previsión de gastos extraordinarios.
■Prever la posibilidad de extinción del Seminario. Destino de los bienes del
seminario en caso de que se cierre.

Los Estatutos son el referente de estabilidad de la Institución, por ello no deben


cambiar. Sin embargo sí conviene que estén actualizados, por ejemplo, cuando se hacen
nuevos acuerdos entre los Obispos, cuando se suprime o se aumenta una etapa de
formación, cuando cambia de modo más definitivo el personal o cuando se toma la
decisión de organizar de otro modo al equipo formador.

El reglamento

El reglamento incluye los aspectos disciplinares y prácticos que se refieren a la


vida diaria y al orden del seminario (Can 243). Algunos reglamentos simplemente dan
normas disciplinares prácticas. Otros, en cambio, agrupan las normas en capítulos,
ofreciendo principios de formación que ayudan a situar las normas en el contexto
formativo y a su correcta interpretación. Algunos puntos que habitualmente se incluyen
en el reglamento son:

■Breve descripción del Seminario y finalidad general de cada una de las etapas
de formación y de las dimensiones formativas que ya han sido tratadas en los Estatutos,
detallando algunos puntos más prácticos, en relación a las circunstancias en las que se
realiza la formación.
■Detalles sobre las funciones específicas de cada uno de los formadores y sobre
los medios para la relación de los mismos con los seminaristas. Por ejemplo,
competencias de cada formador, colaboración de los seminaristas en esas
competencias, duración y frecuencia de las entrevistas con los formadores, momentos
de encuentro de los formadores con cada uno de los grupos o con la comunidad entera.
■Definir los momentos de programación y evaluación en el Seminario. Si se
hace la programación anual, describir en qué consiste e incluso cuál es el proceso de
su elaboración, distinguiéndola del Reglamento y del Plan de formación.
■Normas para la organización de los mismos seminaristas. Organización de
cada una de las etapas y de los diferentes cursos. Si hay un representante de grupo,
describir sus funciones. Si existen equipos de vida, definir el modo de constituirlos, su
finalidad y funcionamiento. Algo similar si existen equipos de trabajo. Se pueden
indicar orientaciones para el trato entre los seminaristas: el respeto a su intimidad, la
ayuda mutua que se pueden prestar y la justa autonomía de cada persona.
3
■Normas de convivencia en la comunidad educativa. Lo relacionado con la
buena educación, el comportamiento en los distintos espacios del Seminario,
subrayando la importancia de ser conscientes de que todos pertenecen a una comunidad
y son corresponsales de su buen funcionamiento.
■Establecer una normativa para la relación del Seminario con el exterior,
previendo el modo de vinculación con el presbiterio, con las parroquias, con sus
propias familias. Normativa para recibir visitas y para salir del edificio del Seminario.
Comportamiento de los seminaristas en la calle, en lugares públicos y en ámbitos de la
comunidad diocesana.
■Normas disciplinares muy concretas, por ejemplo, sobre el uso de los medios
de comunicación, los utensilios de limpieza, la relación de los seminaristas con el
personal de servicio.

Al elaborar el reglamento es conveniente hacer una presentación positiva y


propositiva de las normas, de modo que sean acogidas como cauces para la formación
y no como prohibiciones o limitaciones. Evitar lo más posible establecer sanciones o
hablar de la expulsión del Seminario, para que no se establezca una especie de moral
de consecuencias.

El reglamento del Seminario debe revisarse y ajustarse con cierta frecuencia,


por ejemplo, cada tres o cuatro años, de modo que las normas se adapten a la realidad
objetiva y cambiante de la comunidad formativa. Evitar que sea percibido como un
documento anacrónico, cuyas normas hay que saltar porque no responden a la realidad.
En su elaboración puede ser útil la participación activa de los mismos seminaristas.

El Proyecto integral de formación

En armonía con los Estatutos y el Reglamento, y de acuerdo con la Ratio


Nationalis, la Exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis (nn. 45-46) y otros
documentos sobre la formación sacerdotal, el Proyecto integral de formación propone
un camino pedagógico para conseguir los objetivos de cada una de las etapas
formativas y de las diversas dimensiones de la formación, previendo los medios
más convenientes, los tiempos de su aplicación y la gradualidad educativa que sea más
pertinente, de acuerdo con las circunstancias locales.

El proyecto formativo no se refiere al conjunto, pues esto ya está previsto en la


Ratio Nationalis y en los Estatutos, sino que incluye varios proyectos más
específicos, uno para cada una de las etapas. Es elaborado por los formadores y
constituye la propuesta formativa del Seminario, que los seminaristas deben aceptar.
El proyecto integral de formación:

■Desarrolla el objetivo de cada una de las etapas formativas. Este objetivo se


puede ampliar, tomando el que ya se ha dado en los Estatutos, pero incluyendo el modo

4
específico para el cultivo de cada una de las dimensiones formativas en la etapa
correspondiente. De esta manera desglosa objetivos específicos para la etapa.

■Establece metas formativas al interno de cada etapa. Es decir, los pasos a dar
en el camino de maduración personal que exigen para la etapa los Estatutos. Por
ejemplo, si los Estatutos dicen que durante la etapa teológica el seminarista debe
configurarse con Cristo Buen Pastor, el proyecto de formación debe explicar cómo se
consigue esto, qué pasos debe dar el seminarista para ello. Es como una guía para
caminar. Por eso se utiliza también el término «itinerario». Para establecer estas metas
puede ser útil subdividir la etapa en varios períodos, previendo, en el ejemplo de la
etapa teológica, una meta para cada curso de Teología.

■Propone medios para la formación espiritual en cada etapa: modo de realizar


la oración, materia de la oración, ejercicios espirituales, vida sacramental, devociones,
momentos personales y comunitarios.

■Propone medios para la maduración hum ana y comunitaria:


autoconocimiento, confrontación e integración de las motivaciones, aceptación de la
propia realidad familiar, vínculo con los demás hermanos en el Seminario.

■Propone medios para la formación intelectual. Conocimiento y desarrollo de


las propias habilidades de pensamiento. Vinculación de los estudios que corresponden
a cada etapa con la vida espiritual y con el proceso formativo. Metodología para el
estudio y para el aprovechamiento del tiempo.

■Propone medios para la formación pastoral. Capacitación pastoral.


Distribución de la actividad pastoral a lo largo del proceso y en cada etapa formativa.

■Ofrece los instrumentos y materiales formativos que pueden ayudar a


conseguir las metas y el objetivo final. Estos materiales se van probando y corrigiendo
por medio de su aplicación a diversas generaciones de seminaristas. En la corrección
de los materiales ya experimentados, sí que pueden colaborar los seminaristas.

■Ofrece criterios para la valoración del proceso formativo y para el


discernimiento de la propia vocación en cada etapa e incluso en cada curso o período
formativo.

La elaboración y aplicación del proyecto integral de formación es una


responsabilidad im portante de los formadores en la cual se deben sentir apoyados
y motivados por del Obispo. Habitualmente lleva mucho tiempo y continuamente se
debe trabajar sobre él. El proyecto formativo constituye, con el tiempo, una tradición
formativa propia del Seminario, que es comprendida, aceptada y valorada no sólo por
el equipo formador, sino por toda la comunidad educativa.

5
La programación anual

La programación anual corresponde a las condiciones particulares de un curso


escolar, sea por motivo de acontecimientos sociales o eclesiales, para reflejar algunas
consignas del Plan diocesano de pastoral o a causa de situaciones por las cuales pasa
la comunidad educativa del Seminario. La programación anual es realizada al inicio de
curso con participación de toda la comunidad educativa del Seminario. En esto se
distingue claramente del proyecto integral de formación. La programación anual pude
incluir:

■Algunas consignas válidas para toda la comunidad del Seminario, que


dependen habitualmente de la evaluación del curso precedente. Por ejemplo, subrayar
la austeridad de vida y la solidaridad con los pobres, ya que en la evaluación se constató
una tendencia al consumismo y a la comodidad.

■Algunos acontecimientos que m arcarán el curso presente, por ejemplo, el


Jubileo de la misericordia, el 200 aniversario de la fundación del Seminario, o la
recepción de un nuevo Obispo.

■Algunas consignas derivadas del Plan de pastoral de la diócesis, por ejemplo,


si en el plan diocesano de habla de la mayor integración de los movimientos eclesiales,
se puede promover en el Seminario un mayor conocimiento de estos movimientos.

■Algunos eventos más significativos del calendario del Seminario para el


presente curso, por ejemplo, momentos de convivencia de todas las etapas o fiestas que
se celebrarán de modo especial.

La programación anual es independiente del proyecto formativo y de ninguna


manera puede sustituirlo.

Profundización en el concepto de proyecto formativo.

Ya se ha explicado en qué consiste el proyecto integral de formación. Quisiera


subrayar ahora que este proyecto o itinerario es la mediación pedagógica que el equipo
formador propone para que efectivamente se lleve a cabo un verdadero proceso
formativo. Siendo cada seminarista el protagonista insustituible de su propia
formación, es importante que el proyecto sea formulado de tal m anera que respete
y promueva la responsabilidad, personal y grupal, de los seminaristas. Son ellos
los que necesitan caminar y son ellos quienes, contando con sus propios recursos,
alcanzan los frutos que corresponden a una etapa de formación.

El proyecto formativo aplica las determinaciones de la Ratio nacional y los


estatutos del Seminario, de modo que su perspectiva no es la del conjunto de la
6
formación, sino la de cada una de las etapas en particular. Por ello es más
conveniente usar el plural, refiriéndose a los proyectos o itinerarios de formación.
Por ejemplo, se puede hablar del itinerario formativo de la etapa propedéutica. Allí se
explicará cómo se realiza la formación en esta etapa inicial y se ofrecerán medios y
materiales concretos que los seminaristas y formadores pueden aplicar para conseguir
los objetivos de este curso.

El proyecto formativo se debe aplicar a la vida real. Esto exige que su contenido
sea interdisciplinar. Debe considerar los aspectos teológicos, simbólicos,
antropológicos, psicológicos, litúrgicos, pedagógicos y procesales que se requieren
para que cada seminarista los comprenda y pueda emprender, intencional y libremente,
un camino formativo.

■Como punto de partida, el itinerario o proyecto formativo exige al seminarista


la decisión de asumir su propia formación. En el contexto de la formación sacerdotal
estamos hablando de una determinación espiritual, que habitualmente se experimenta
como consolación que proviene del Espíritu Santo. Partiendo de tal determinación
la formación será percibida como un gozoso deber, que conduce al sujeto hacia la
realización de un proyecto vocacional y debe desaparecer definitivamente el
sentimiento de una pesada obligación o la perspectiva de un mero cumplimiento. Se
requiere así una correcta interpretación de la fidelidad al don recibido, una fidelidad
creativa, que brota de la interioridad de la persona, que está llena de gratitud al
Señor.
■Como punto de llegada está la consecución de un comportamiento objetivo
del seminarista que, según la gradualidad del proceso, lo aproxima a la reproducción
de la imagen y de la interioridad de Jesús Siervo y Pastor. Estamos hablando de una
unión mística con el Señor y de una identificación existencial con los criterios del
Evangelio. El punto de llegada es siempre una opción definitiva situada en el momento
correspondiente del proceso discipular.
■Como mediaciones para transitar desde el punto de partida (determinación
espiritual) hacia el punto de llegada (comportamiento objetivo), el proyecto formativo
presenta al seminarista un conjunto de instrumentos que incluyen: metodología y
contenidos para la oración, medios para el análisis y la interpretación de su realidad
personal y social, oportunidades para profundizar y compartir su experiencia de fe,
contenidos intelectuales que ayudan a la comprensión de la vida, de la vocación
sacerdotal y de su propio proceso de maduración personal, momentos para compartir
con los demás seminaristas, celebraciones litúrgicas, festivas y comunitarias en torno
a los pasos de maduración que va dando.

Es importante que los pasos que se propongan al seminarista sean realmente


accesibles para él, esto es, que pueda efectivamente caminar y experimente el gozo de
hacerlo. Para ello la propuesta debe ser matizada y adaptada a la realidad cultural
de la diócesis e incluso a la diversidad de los grupos y de las personas. Es así que
no hay soluciones definitivas y universales para la formación, aunque exista un común
7
denominador. Por ello cada equipo formativo debe trab ajar asiduamente en la
elaboración y continua revisión de sus proyectos formativos.

Pasos a dar en la elaboración del proyecto formativo.

Para describir el proceso se indican a continuación algunos pasos consecutivos y


progresivos que el equipo formador, contando siempre con el apoyo del Obispo y en
nombre suyo, puede dar:

1° Definir, con la guía de la Ratio nacional y de los estatutos del Seminario el


objetivo propio de cada etapa formativa. La redacción del objetivo es importante
porque refleja una intención pedagógica. El sujeto debe ser siempre el seminarista,
porque es él quien debe ponerse en camino con la ayuda de Dios y poniendo en juego
toda su capacidad y energía. Además, debe com prender siempre la dimensión
espiritual y la dimensión humana, porque éstas constituyen la estructura fundamental
de la personalidad religiosa del seminarista.

Un ejemplo puede facilitar la comprensión: «El seminarista de la etapa teológica


se configura [espiritualmente] con Cristo Siervo y Pastor y desarrolla su capacidad y
competencia [humana] para ejercer el ministerio sacerdotal. Las palabras entre
paréntesis muestran la integración de las dimensiones espiritual y humana.

La definición de los objetivos formativos es clarificadora tanto para los


formadores como para los seminaristas de la etapa teológica, porque ellos trabajan
cotidianamente para este fin. Sin embargo aún no se ha respondido a la pregunta sobre
el modo de hacer la formación.

2° Dividir la etapa en diversos momentos formativos, según la duración de la


misma. Se trata de diseñar un proceso dentro de la etapa que promueva el
crecimiento integral del seminarista de acuerdo con la finalidad establecida para la
etapa.

En el mismo ejemplo, podríamos dividir la etapa teológica en cuatro años de


formación, según el siguiente esquema:

Primer momento formativo: Las virtudes teologales. El seminarista se adapta a la


nueva etapa, asume el objetivo espiritual de la configuración con Cristo Siervo y
Pastor, comprende el contenido de las virtudes teologales en referencia al ministerio
sacerdotal e inicia una aproximación al proyecto sacerdotal.

Segundo momento formativo: Los consejos evangélicos. El seminarista aprende


más precisamente el concepto de configuración con Cristo Siervo y Pastor, reflexiona
sobre la forma de vida apostólica por medio del esquema de los consejos evangélicos
y elabora por primera vez su proyecto sacerdotal.

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Tercer momento formativo: La caridad pastoral y las prioridades en el ministerio
del presbítero. El seminarista continúa profundizando en la dinámica formativa de la
configuración con Cristo Siervo y Pastor mediante la reflexión sobre la caridad
pastoral, las relaciones del presbítero y las prioridades de la vida sacerdotal; de esta
manera enriquece su proyecto sacerdotal.

Cuarto momento formativo: El comportamiento sacerdotal. El seminarista hace


una síntesis de su proceso formativo, continúa profundizando en la dinámica de la
configuración con Cristo Siervo y Pastor a través de la reflexión sobre textos
sacerdotales del Nuevo Testamento, haciéndose consciente de la importancia del
comportamiento del sacerdote en medio del pueblo de Dios; completando su proyecto
sacerdotal.

La descripción de los diversos momentos traza el m apa del proceso formativo


dentro de la etapa teológica. Los formadores y los seminaristas podrán hacer un
trabajo más preciso y la valoración del proceso será más objetiva. Se ha dado un
paso adelante hacia una formación de mayor calidad.

3° Diseñar una distribución de los encuentros comunitarios dentro de cada uno


de los momentos formativos antes descritos. El tiempo para los encuentros
comunitarios se debe garantizar en el horario del seminario. Esto a veces representa
una dificultad: tomar la decisión de dedicar un tiempo amplio a la formación. Se
trata al menos de una tarde, de cuatro horas de duración, cada mes con cada curso. Esta
decisión implica un trabajo extra para los formadores de la etapa, que deberán
p reparar detalladamente los contenidos y la dinámica de los encuentros.

En el mismo ejemplo, tomemos ahora el tercer año de teología, cuyo fin es tomar
conciencia de la centralidad de la caridad pastoral, de las relaciones y prioridades del
presbítero. A continuación, una propuesta para el tercer año de teología, que contiene
ocho encuentros:

Primer encuentro: Presentación del tercer año de teología. El seminarista del


tercer año de teología comparte una síntesis de todo su proceso formativo, capta el
objetivo del tercer curso y acepta el reto que se le presenta para asumir la caridad
pastoral en las relaciones con los demás y en la dedicación a las prioridades
sacerdotales, como expresión de su proceso de configuración con Cristo Siervo y
Pastor.

Segundo encuentro: El concepto de caridad pastoral. El seminarista del tercer año


de teología reconoce el valor central de la caridad pastoral en su sentido teórico y
práctico y lo acepta como camino existencial para la configuración con Cristo Siervo
y Pastor.

9
Tercer encuentro: La comunión jerárquica. El seminarista del tercer año de
teología profundiza en el conocimiento de la caridad pastoral, descubre el valor de la
relación personal con el Obispo como parte de su vida espiritual y asume el valor de la
obediencia.

Cuarto encuentro: La fraternidad presbiteral. El seminarista del tercer año de


teología conoce el sentido preciso de las relaciones en el presbiterio, acepta la vida
fraterna como parte de su vocación y desarrolla un comportamiento más fraterno.

Quinto encuentro: La fraternidad apostólica. El seminarista del tercer año de


teología conoce el valor y el sentido de la relación del presbítero con los fieles laicos,
como expresión de la caridad pastoral, incorpora este elemento a su proyecto sacerdotal
y aprende a discernir este tipo de relaciones.

Sexto encuentro: El cuidado de los pobres y de los enfermos. El seminarista del


tercer año de teología contempla el ejemplo de Cristo totalmente dedicado a los pobres
y a los enfermos y descubre este elemento como parte esencial de su futuro ministerio
presbiteral.

Séptimo encuentro: La prioridad de la familia y de los jóvenes. El seminarista del


tercer año de teología cae en la cuenta de la importancia de la pastoral familiar, juvenil
y vocacional y la acepta esta prioridad como parte de su proyecto sacerdotal.

Octavo encuentro: El cuidado de las personas consagradas. El seminarista del


tercer año de teología comprende la importancia de la vida consagrada en la Iglesia y
acepta el cuidado de las personas consagradas como parte de su futuro ministerio
presbiteral.

El diseño del proceso de los encuentros comunitarios m uestra un


procedimiento pedagógico específico para cada uno de ellos, presenta al seminarista
un trabajo concreto que hacer, el cual exige atención y una verdadera dedicación de
todos. En este diseño es muy importante prever el vínculo entre los diversos
encuentros, con el fin de garantizar que se realice un verdadero proceso personal y
comunitario, más allá del cumplimiento de algunos actos o requisitos.

4° La elaboración y aplicación de los materiales. En este punto muchos


encuentran una dificultad porque la elaboración de materiales requiere una gran
dedicación de parte de los formadores. Conviene presentar a los seminaristas un
material digno, bien estructurado, al mismo tiempo espiritual y pedagógico, y
también bien presentado. Cada encuentro formativo puede incluir:

La meta, es decir, la finalidad concreta para este encuentro y para el tiempo que
transcurre hasta el siguiente.

10
Un momento de oración, de modo que el tema se aborde siempre desde una
perspectiva espiritual.

Una recapitulación, esto es, un repote del trabajo personal y grupal realizado en
el tiempo comprendido entre un encuentro y otro.

Un contenido. Debe prepararse da acuerdo con la meta propia de este encuentro.


Algunas veces el contenido será más simple y otras complejo. Este contenido debe
incluir material catequético y para la oración.

Las consignas. Las tareas para hacer durante el tiempo que transcurre de un
encuentro al otro, subrayando la importancia de trabajar continuamente en el propio
proceso formativo

5° La revisión comunitaria de los materiales. Después de la aplicación del


itinerario, al final del curso, los formadores recogen todas las sugerencias de los
seminaristas, que de esta manera colaboran al proceso de la siguiente generación. Esta
continua revisión representa un medio para conseguir un camino probado para la
formación en esta etapa.

6° La intervención de otros formadores. A esta altura del proceso, algunos


formadores han dejado el Seminario y han llegado otros nuevos. Es la ocasión para
hacer una revisión de todo el proceso y para dar un paso adelante hacia la continuidad
y objetividad del proceso formativo.

Todo el proceso de elaboración de los itinerarios formativos se puede hacer


durante ocho o diez años. Se trata de un trabajo prolongado y profundo que ofrece
a la Iglesia particular y a cada seminarista un camino probado de formación.

C o n c l u s ió n

Es evidente que la elaboración del proyecto formativo implica un trabajo


arduo y exige que los formadores se coloquen en una perspectiva de formación
permanente. Particularmente tenemos necesidad de formarnos en el ámbito
pedagógico, recurriendo también a expertos en el campo de la educación.

Todo este trabajo debe ser animado por el Espíritu, que nos inspira la
generosidad y la audacia necesarias para ofrecer a las nuevas generaciones algo
mejor de lo que hemos recibido.

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

11
III Curso para Rectores de Seminarios Mayores
de América Latina y El Caribe
Quito, 11-13 de junio de 2018

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

V. Los agentes de la formación inicial


Martes 12 dejunio de 2018

Introducción

El Decreto Optatam Totius ha dedicado al artículo 5 a los “superiores” del


Seminario. El contenido de este párrafo, que incluye los superiores, los profesores, la
“familia” del Seminario, el Obispo y todos los sacerdotes, constituye el trasfondo del
capítulo VI de la Ratio Fundamentalis. La sola consideración de tal diversidad nos
ayuda a comprender que la formación sacerdotal es siempre una responsabilidad
eclesial.

Antes de hacer un análisis más detallado del texto conciliar, me gustaría poner de
relieve una intuición fundamental que inspira el tema de los agentes formativos: toda
la formación sacerdotal depende de la m aternidad de la Iglesia Particular, que
dedica sus mejores recursos a la generación y educación de los nuevos pastores, de tal
modo que la entera comunidad diocesana, respetando la diversidad de las misiones y
competencias de cada uno, se vea envuelta en el esfuerzo formativo de la Pastoral
Vocacional, del Seminario y de la Formación Permanente.

Efectivamente, los episodios narrados en el Nuevo Testamento sobre el


discernimiento de las vocaciones presbiterales, implican a toda la comunidad
cristiana y la praxis concreta de dicho discernimiento se realiza, no en lo oculto por
un grupo de jefes seleccionados, sino por toda la comunidad de los fieles, como, por
ejemplo, en el caso de la agregación de Matías a Colegio apostólico de los Doce.
Después de que San Pedro da un criterio de selección de los candidatos - que hayan
estado con ellos todo el tiempo de la vida pública del Señor hasta el día en que fue
elevado al cielo, y puedan ser así testigos de la resurrección junto a los Apóstoles (cfr.
Hech 1,21-22) - el libro de los Hechos continúa así:

1
Los ciento veinte hermanos “propusieron a dos: José, llamado Barsabás, de
sobrenombre el Justo, y Matías. Y oraron así: «Señor, que conoces los corazones de
todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para desempeñar el ministerio del
apostolado, dejado por Judas al irse al lugar que le correspondía». Echaron suertes, y
la elección cayó sobre Matías, que fue agregado a los once Apóstoles” (Hech 1,23-26).

Normalmente la comunidad presenta los candidatos, es consciente de los


criterios para la elección de los pastores, envía a los evangelizadores, siempre unida
a los Apóstoles y recibe los informes de su actividad apostólica. Un valioso ejemplo,
muy vivo, de dicha participación, es el de la comunidad de Antioquía:

“Allí [Bernabé y Pablo] se embarcaron para Antioquía, donde habían sido


encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababa de cumplir. A
su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios
había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos. Después
permanecieron largo tiempo con los discípulos” (Hech 14, 26-28).

Es agradable imaginar el clima comunitario que existía entre los cristianos en


Antioquía. Se describe una fraternidad que ora, discierne, envía y sostiene a Pablo
y Bernabé. Finalmente es la misma comunidad la que escucha el testimonio de estos
enviados y se alegra por el fruto que el Espíritu Santo había suscitado en el ámbito de
la misión. D ar continuidad a esta activa participación de la comunidad cristiana
constituye un grave deber de los Obispos y de todos los agentes de la pastoral
vocacional y de la formación sacerdotal que modernamente han recibido un encargo
específico al respecto. Evidentemente, un candidato no es idóneo sólo por haber
completado un programa de estudios, o por haber tolerado un régimen disciplinar. En
estos casos prima un criterio de fe, que es muy cercano al sensus fidei y exige una
efectiva participación de la comunidad diocesana en el crecimiento y discernimiento
vocacional.

La primera aproximación de la Ratio Fundamentalis al tema de los agentes de la


formación nos recuerda el primado del Espíritu Santo: “El principal agente de la
formación sacerdotal es la Santísima Trinidad, que modela a cada seminarista según el
designio del Padre” (RFIS, 125). Sin embargo, “el primado de la acción del Espíritu
Santo exige una escucha recíproca y la cooperación entre los miembros de la
comunidad eclesial, sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos” (RFIS, 125).

De este modo queda en evidencia la complementariedad entre la acción


misteriosa del Espíritu Santo y el trabajo educativo y pedagógico de la comunidad
eclesial. Este reconocimiento de la responsabilidad de toda la Iglesia Particular
constituye el pórtico de acceso al proceso formativo de la vocación presbiteral. Siempre
permanecerá la Iglesia particular como referencia necesaria, para la promoción y el
discernimiento de las vocaciones sacerdotales, para la formación inicial en el
Seminario y durante el largo proceso de la formación permanente.
2
Esta misma ha sido la aproximación de la exhortación apostólica Pastores dabo
vobis sobre al tema de los agentes de la formación: “Puesto que la formación de los
aspirantes al sacerdocio pertenece a la pastoral vocacional de la Iglesia, se debe decir
que la Iglesia como tal es el sujeto comunitario que tiene la gracia y la
responsabilidad de acom pañar a cuantos el Señor llama a ser sus ministros en el
sacerdocio” (PDV, 65). La expresión es fuerte y parece un buen antídoto contra otras
aproximaciones individualistas: un sujeto comunitario.

Podemos decir, subrayando el deber específico de la comunidad diocesana, que


no sólo se confía al presbítero una porción del pueblo de Dios, sino que al mismo
tiempo el presbítero, durante todo el transcurso de su vida, es confiado al cuidado de
una comunidad eclesial, que efectivamente vela por el bien de sus pastores con tanta
dedicación, con el sentido de una correspondencia amorosa y con ello da testimonio de
la presencia santificadora del Espíritu del Señor.

La Ratio Fundamentalis retoma este dato y postula una convicción profunda: “La
referencia a la Iglesia local de origen constituye, no obstante, el contexto
imprescindible del proceso formativo” (RFIS, 126). Siguiendo los pasos del Decreto
Conciliar sobre la formación sacerdotal, exige una grande conciencia a todos los que
intervienen en la formación sacerdotal:

“Puesto que la formación de los alumnos depende [.. ,]de los educadores idóneos,
los superiores y profesores de los Seminarios han de elegirse de entre los mejores, y
han de prepararse diligentemente con doctrina sólida, conveniente experiencia pastoral
y una formación espiritual y pedagógica singular [...] adviertan bien los superiores y
profesores que de su modo de pensar y de su manera obrar depende en gran medida el
resultado de la formación de los alumnos; establezcan bajo la guía del rector una unión
estrechísima de pensamiento y de acción, y formen con los alumnos tal familiar
compenetración que responda a la oración del Señor "que sean uno", e inspire a los
alumnos el gozo de sentirse llamados” (OT, 5).

Este artículo del texto conciliar se refiere dos veces a que toda la formación
“depende” del testimonio de fe de los agentes encargados. Considero tal idea un
argumento central, particularmente importante en el momento de actuar en la vida
cotidiana del Seminario. Antes de preguntarnos sobre la idoneidad de los seminaristas,
deberíamos preguntarnos seriamente sobre la idoneidad de los formadores. Más
allá de una preparación académica o técnica es necesario un verdadero y edificante
comportamiento evangélico, el que corresponde a un discípulo del Señor. Jamás
deberíamos olvidar que llegar a ser discípulo y misionero es el principio y fundamento
la vida cristiana y de toda la formación sacerdotal. Sin tal modo de actuar todas las
demás cosas serían superficiales e inútiles, particularmente aquellas que en ocasiones
nos llenan de un vano orgullo. La pregunta sobre la idoneidad de los formadores debe
hacerla cada formador, a través de un serio examen de conciencia y, después, el

3
Rector del Seminario y los mismos seminaristas, que observan continuamente el
comportamiento de sus formadores.

El artículo del documento conciliar se refiere inmediatamente a la relación del


Obispo y del Presbiterio con el Seminario como institución formativa. Ellos están
naturalmente implicados en todo el proceso hacia el ministerio presbiteral: “El Obispo,
por su parte, aliente con especial predilección a los que trabajan en el Seminario, y con
los alumnos muéstrese verdadero padre en Cristo. Finalmente, que todos los sacerdotes
consideren el Seminario como el corazón de las diócesis y le presten gustosa ayuda”
(OT, 5).

Resulta interesante que, según este texto, el prim er y fundamental deber del
Obispo sea anim ar y sostener a los formadores, manteniendo con ellos “frecuentes
contactos personales, como signo de confianza, para animarlos e su acción y permitir
que entre ellos reine un espíritu de plena armonía, comunión y colaboración” (RFIS,
128; Apostolorum Successores, 89). Así podemos afirmar que, normalmente, el
Obispo no actúa en el Seminario de modo directo, sino a través de la acción
formativa de los sacerdotes seleccionados para este fin. En el caso de los Seminarios
interdiocesanos, “el diálogo entre los Obispos interesados, el mutuo acuerdo sobre la
metodología formativa que se debe aplicar y la confianza concedida a los responsables
del Seminario, representan los presupuestos necesarios para conseguir un buen
resultado de la actividad educativa” (ibíd.).

Por otro lado, la presencia del Obispo se define como “paterna” hacia los
seminaristas. Hablamos de un padre que conoce a cada uno de sus hijos y los llama por
su nombre, sin entrometerse demasiado ni privilegiar a un grupo o a otro. Según la
expresión del Papa Francisco, podemos decir que se espera del Obispo una prudente
cercanía, de tal modo que se realice en el respeto de la complejidad de los procesos de
maduración vocacional y en una ágil colaboración con el equipo formativo. No podría
hacer de otro modo; de hecho, los Obispos tienen tantos quehaceres pastorales que
incluso les será difícil encontrar los momentos adecuados para sus intervenciones en
el Seminario.

Por su parte, el Presbiterio tiene sus propios deberes, según las características
de cada Iglesia Particular. Todos los sacerdotes pueden ofrecer una valiosa
contribución llamando, acompañando y discerniendo las vocaciones sacerdotales.
Guiado por la caridad debida a los hermanos, cada presbítero contribuirá a la
formación inicial en el Seminario y a la formación permanente de los hermanos.
Su aportación es principalmente fraterna, desde su calidad de miembros de un único
Presbiterio.

4
Las diversas responsabilidades en la formación sacerdotal

Teniendo en cuenta el fundamento de la acción misteriosa del Espíritu Santo que,


junto con el servicio educativo de la comunidad diocesana, actúa en los corazones,
podemos especificar las diversas responsabilidades que corresponden a los agentes de
la formación, teniendo siempre en cuenta las características de la Iglesia Particular, las
características de la comunidad del Seminario y las condiciones físicas, económicas y
culturales en que se desarrolla la formación.

El Obispo Diocesano

La legislación canónica, la exhortación Pastores dabo vobis y la Ratio


fundamentalis explican el sentido de la paternidad del Obispo respecto a los
seminaristas: “que el Obispo les visite con frecuencia y de cualquier modo «esté» con
ellos” (PDV, 65; cfr. can. 259 §2 e RFIS, 128). A continuación, el testo de la Pastores
dabo vobis hace una descripción positiva del valor que implica su cercanía:

“La presencia del Obispo tiene un valor particular, no sólo porque ayuda a la
comunidad del Seminario a vivir su inserción en la Iglesia particular y su comunión
con el Pastor que la guía, sino también porque autentifica y estimula la finalidad
pastoral, que constituye lo específico de toda la formación de los aspirantes al
sacerdocio. Sobre todo, con su presencia y con la co-participación con los aspirantes al
sacerdocio de todo cuanto se refiere a la pastoral de la Iglesia particular, el Obispo
contribuye fundamentalmente a la formación del «sentido de Iglesia», como valor
espiritual y pastoral central en el ejercicio del ministerio sacerdotal” (PDV, 65).

He aquí la razón de garantizar una modalidad específica a la formación


sacerdotal en cada Nación y en cada Iglesia Particular: el servicio pastoral al pueblo
de Dios. Por ejemplo, si el pueblo de Dios habla una lengua indígena, sus presbíteros
deben aprender dicha lengua; si el pueblo cristiano trabaja en el campo, sus sacerdotes
no pueden permanecer extraños al trabajo agrícola; y así, si el pueblo sufre violencia,
tiene hambre, la falta educación, o vive inmerso en una sociedad del confort.

El Pastor de la Diócesis debe garantizar una modalidad tal de la formación que


perm ita a las nuevas generaciones sacerdotales evangelizar la cultura en medo de
una situación histórica. Al contrario, cuando los seminaristas se forman en un ambiente
privilegiado, y sobre todo lejano a la realidad pastoral, probablemente llegarán a ser
ministros de lo sagrado, pero no pastores según el corazón del Señor.

La Ratio Fundamentalis afirma que la responsabilidad formativa del Obispo “se


expresa en la elección del Rector y de los miembros del equipo formativo de la
comunidad de los formadores, en la elaboración y aprobación de los estatutos, del
proyecto educativo y del reglamento del Seminario” (RFIS, 128). Así, no se trata de
una acción directa. El rol del Obispo no se confunde con el del Rector, o el de los

5
profesores. Su responsabilidad es sobre todo episcopal, es decir, vigilar que el
Seminario efectivamente cumpla su función formativa.

En nuestro tiempo, resulta evidente que la función formativa del Seminario se


realiza a través de una mediación normativa y pedagógica que debe ser
continuamente actualizada. Los estatutos, el reglamento y el proyecto educativo
deben ser documentos vivos, nunca reliquias de tiempos antiguos. Desde esta
perspectiva se puede valorar el trabajo exigente que implica la presencia del Seminario
como una institución educativa de la Iglesia Particular.

El presbiterio

Una responsabilidad formativa corresponde al presbiterio. La formación


sacerdotal es similar a la educación ofrecida por los padres a sus hijos. Es algo propio
de la familia. El Seminario es un reflejo y un signo de la fecundidad de la Iglesia
particular guiada por sus presbíteros. Los presbíteros tienen una función
insustituible lo largo del proceso de vida de un sacerdote "todo sacerdote debe ser
consciente de sus responsabilidades educativas en lo que respecta seminaristas" (RFIS,
129). Con frecuencia es un párroco, o un sacerdote cercano a los jóvenes quien
presenta a los candidatos al Seminario, garantizando la calidad del acompañamiento
vocacional realizado; los sacerdotes en sus diversos deberes pastorales ofrecen un
ejemplo de vida y de humilde servicio, testimonio de inmenso valor en el camino de
la formación sacerdotal; finalmente, los co-hermanos son la referencia inmediata y
necesaria de la formación permanente.

Del clima del presbiterio depende, en notable medida, la calidad de la


formación sacerdotal en todas sus etapas. Además de las tareas más específicas que
pueden realizar los presbíteros, como el acompañamiento en las actividades pastorales,
que requiere "un diálogo franco y concreto" (ibid.) con los formadores, o la dirección
espiritual de algún seminarista, ellos forman ante todo con el ejemplo de la propia
vida sacerdotal, tantas veces oculto y simple.

Los mismos seminaristas

Los artículos 130 y 131 de la Ratio Fundamentalis explican la responsabilidad de


los mismos seminaristas. Se excluye la posibilidad de un comportamiento pasivo. Al
contrario, cada seminarista, según el grado de madurez conseguido, debe llegar a ser
protagonista del propio proceso formativo y capaz de poner en práctica el
discernimiento de la propia vocación. Así, cada uno podrá colaborar en la creación
y mantenimiento de un clima comunitario formativo, coherente con los valores
evangélicos y que elevará toda la vida del Seminario.

El texto de la Ratio Fundamentalis pone de relieve el hecho “de haber


interiorizado un estilo de vida auténticamente sacerdotal, en la humildad y en el

6
servicio a los hermanos, signo de la opción madura de emprender un especial
seguimiento de Cristo” (RFIS, 131). Tal interiorización, que se expresa también en la
conducta exterior, debe ser observable en cada seminarista y constituye un punto
importante del discernimiento vocacional. La pregunta central es: ¿En qué grado este
candidato reproduce los rasgos de Cristo, Siervo, Pastor, Sacerdote, Esposo? Una
pregunta ineludible, sea en el examen de conciencia, o en el diálogo de cada seminarista
con sus formadores.

El pleno reconocimiento de la responsabilidad de los seminaristas nos muestra


un camino más seguro para la formación sacerdotal. De hecho ¿cómo podrá guiar al
pueblo de Dios una persona que no es capaz de discernir los propios pasos?

El equipo formador

Después de haber mencionado los elementos básicos - Obispo, Presbiterio,


seminaristas - la Ratio Fundamentalis afronta el tema del equipo formador. Ya es
significativo el título de este apartado, que se refiere no a los individuos, sino a una
comunidad sacerdotal que ofrece una referencia inmediata y testimonial de la vida
y del ministerio presbiteral: “El grupo de formadores no responde solamente una
necesidad institucional, sino que es, ante todo, una verdadera y propia comunidad
educativa, che ofrece un testimonio coherente y elocuente de los valores propios del
ministerio sacerdotal” (RFIS, 132).

Según las características del Seminario y de acuerdo con la tradición educativa de


la Diócesis, se hará una distribución de las funciones entre los formadores. Sin
embargo, conviene enfatizar que no debe faltar nunca esta referencia fraterna y
sacerdotal, similar a la referencia al amor del padre y la madre en una familia. El
núcleo fundamental del equipo formador lo constituye un Rector, un Director
Espiritual y un Ecónomo. Esta sería la distribución elemental para un Seminario
pequeño. En la constitución del equipo formador, es conveniente garantizar siempre la
proporción adecuada entre el número de seminaristas y el número de formadores,
además de seleccionar sacerdotes bien preparados y “destinados exclusivamente a
este fin” (RFIS, 132). Es necesario afrontar tres realidades principales:

a) La de los Seminarios pequeños, en los que se debe discernir la sostenibilidad


del Seminario, particularmente cuando no hay un número suficiente de seminaristas o
de formadores competentes;

b) La de los Seminarios de tamaño intermedio, donde el desafío consiste en


garantizar una formación de calidad;

c) La de los Seminarios grandes, donde a veces es urgente un acompañamiento


personalizado.

7
Cada situación es diversa y exige una organización precisa del equipo
formador. A veces se organiza según las etapas de la formación; a veces, obedeciendo
al criterio de las cuatro dimensiones formativas; a veces mezclando estas dos
perspectivas. El punto central es la exigencia de contar con sacerdotes preparados que
puedan gestionar adecuadamente la formación integral y gradual, en las situaciones
concretas.

En este contexto, podemos pasar a las diversas tareas: el Rector, el Director


Espiritual, el Vice Rector, el Coordinador de la dimensión humana, el de la dimensión
intelectual y el de la dimensión pastoral. El Ecónomo es considerado como parte del
equipo formador.

Un punto de particular interés es el concepto de “comunidad educativa” : Con


este término “se entiende el conjunto de los agentes implicados en la formación
presbiteral: el Obispo, los formadores, los profesores, el personal administrativo, los
trabajadores, las familias, las parroquias, las personas consagradas, el personal
especializado, además, naturalmente, de los mismos seminaristas, ya que sin su plena
colaboración no será posible un buen clima formativo. Todos ellos deben ser
conscientes de la función educativa que realizan y de la importancia de su coherencia
de vida” (RFIS, 139). Es claro el elenco de responsabilidades personales que se
orientan a una perspectiva eclesial y comunitaria, que los nuevos formadores
necesitan adoptar desarrollando la correspondiente sensibilidad educativa.

Los profesores

El texto de la Ratio Fundamentalis inicia refiriéndose al nombramiento de parte


del Obispo (cfr. RFIS, 140), insistiendo en el discernimiento a la hora de seleccionar
los profesores. Garantizada la debida competencia científica, es absolutamente
necesario que los profesores asuman una verdadera responsabilidad formativa, en
plena comunión con el equipo formativo. La formación intelectual nunca debe
desconectarse de las otras dimensiones de la formación sacerdotal. También en el caso
de que una parte de la misma haya sido confiada a una facultad eclesiástica.

Así como los formadores son considerados sobre todo una comunidad de
referencia, “en el cumplimiento de su deber, los profesores se consideren parte de una
única comunidad docente y verdaderos educadores; procuren guiar a los seminaristas
hacia la unidad del saber, que encuentra su plenitud en Cristo, camino, verdad y vida”
(RFIS, 142). El papel de un profesor en la formación sacerdotal, sea en la Facultad o
en el Seminario no se limita a ofrecer una simple enseñanza; al contrario, debe llegar
a ser un auténtico formador, impregnado de la Palabra de Dios e inspirado por
ella, que pueda conducir a los seminaristas hacia la verdad en plenitud. Esta
función la realizan juntos, como miembros vivos de una comunidad cristiana. En este
punto tenemos tanto qué hacer en el camino de la formación integral, que tantas veces
falta a nuestros seminaristas.
8
Los especialistas

La Ratio Fundamentalis ha reservado un espacio específico a los profesionales


que comúnmente hacen una valiosa contribución a la formación sacerdotal, desde su
propio ámbito científico y pedagógico. No se propone una novedad, sino que se
reconoce un hecho. Responsabilidad del equipo formativo y parte del proyecto integral
de formación será prever los diversos momentos de intervención de los especialistas
a lo largo de todo el proceso formativo, según las necesidades de los seminaristas y las
características de la cultura. Hablamos evidentemente de profesionales cristianos, que
ofrezcan ante todo un testimonio de fe.

Nunca corresponde a los profesionales la responsabilidad del discernimiento


vocacional, que compete al Rector y al Obispo. Sin embargo, se aprecia grandemente
su contribución que, en muchas ocasiones, ofrece luz y es clave para este
discernimiento, porque pone en evidencia si existe una naturaleza apta para el
ministerio presbiteral.

La perspectiva de los profesionales perm anecerá válida durante la formación


permanente. Tenemos necesidad de una reflexión más cuidadosa sobre este punto:
cómo gestionar y también promover la ayuda adecuada de parte del médico, del
psicólogo, del pedagogo y de otros especialistas en la vida sacerdotal en una armoniosa
colaboración con los Superiores y los Directores Espirituales.

La familia, la parroquia, la vida consagrada, los laicos y otras realidades


eclesiales.

Los criterios del testimonio de fe y de competencia, son válidos para la familia


del seminarista y del sacerdote. También para la parroquia de origen y los movimientos
eclesiales, la vida religiosa y el apoyo de parte de los laicos. Estas realidades, en cuanto
comunión de los carismas, siempre presentes en la vida sacerdotal, constituyen una
referencia de apoyo humano y espiritual muy valiosa. La Ratio insiste particularmente
en el aporte femenino para el discernimiento vocacional y la formación.

A veces existen desequilibrios en esta materia, que suelen tener su origen en la


falta de aceptación de su influjo y de su importancia espiritual y humana. Sin embargo,
las dificultades no deben cerrar nuestra perspectiva, que es siempre la de la integración
y la de la comunión eclesial.

La formación permanente de los agentes

El texto del capítulo dedicado a los agentes de la formación concluye con un


párrafo sobre la formación permanente de todos estos agentes. Su intervención debe
transformarse en una im portante oportunidad también para ellos mismos. Los
fieles laicos, personas de vida consagrada y sacerdotes que participan de múltiples
formas en la vida del Seminario, aprecian los momentos de formación permanente,
9
especialmente en las dimensiones espiritual y humana, que el Seminario puede y debe
ofrecer a sus colaboradores. El Seminario, se convierte así, en una gran familia, donde
todos aprendemos de todos en el crecimiento y fidelidad a la propia vocación y misión
en la Iglesia. La concentración de los elementos formativos en el Seminario, que se
justifica por la importancia del ministerio presbiteral, debe beneficiar prim eram ente
a las mismas personas que intervienen en el proceso formativo. Que a ninguno de
ellos le falte la oportunidad de la formación continua. Un ambiente de esta naturaleza
preparará a los presbíteros para la adecuada atención a sus futuros colaboradores y
empleados.

Conclusión

Para concluir, o mejor, para continuar en vista de una formación según el plan de
Dios para nuestro tiempo, debemos recordar, con la Ratio fundamentalis, que “el
principal agente de la formación sacerdotal es la Santísima trinidad, que modela a cada
seminarista según el proyecto del Padre” (RFIS, 125). En la medida en que cada
seminarista, cada agente comprometido en la formación y, finalmente, todo el pueblo
de Dios escuche al Padre en la adoración y en la oración, seguirá a Jesús en su
comportamiento y en la realización de su misión, será dócil al soplo del Espíritu
presente en la Iglesia, y colaborará en verdad al surgimiento, al acompañamiento y a
la formación de las vocaciones que Dios regala a su Iglesia a manos llenas.

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

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III Curso para Rectores de Seminarios Mayores
de América Latina y El Caribe
Quito, 11-13 de junio de 2018

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

VI. El protagonismo de los seminaristas


Martes 12 dejunio de 2018

Introducción

La Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis dedica dos breves artículos al


tema de los seminaristas como responsables de su propia formación:

130. Como se ha dicho, cada seminarista es protagonista de su propia


formación y debe hacer un camino de constante crecimiento en el ámbito humano,
espiritual, intelectual y pastoral, teniendo en cuenta la propia historia personal y
familiar. Los seminaristas son también responsables de la creación y mantenimiento
de un clima formativo coherente con los valores evangélicos.

131. Se espera que los seminaristas, individualmente y en grupo, muestren - no


sólo en su comportamiento externo - que han interiorizado un estilo de vida
auténticamente sacerdotal, en la humildad y en el servicio a los hermanos, signo
de la opción madura de emprender un especial seguimiento de Cristo.

1
Se llama “protagonista” a la persona que desempeña un papel principal. Partimos
del reconocimiento de que el mismo seminarista debe hacer un camino de formación
integral. Llama la atención que la Pastores dabo vobis utiliza la expresión
“protagonista” en el contexto de la formación sacerdotal para referirse al Espíritu Santo
(33) como garante de la vida espiritual, a la comunidad eclesial que cuida de las
vocaciones (41), a todos los agentes de la formación (65) y en particular a los
seminaristas (69). Con este uso del término se está aludiendo a una ágil colaboración
en la que confluyen los distintos agentes formativos para el bien del seminarista. El
responsable de esta sinergia es el mismo seminarista a quien la Pastores dabo vobis
no duda en llamar “protagonista necesario e insustituible de su formación”. Veamos
cómo lo dice:

69. El mismo aspirante al sacerdocio es también protagonista necesario e


insustituible de su formación: toda formación -incluida la sacerdotal es en definitiva
una auto-formación. Nadie nos puede sustituir en la libertad responsable que
tenemos cada uno como persona.

Ciertamente también el futuro sacerdote —él el primero— debe crecer en la


conciencia de que el Protagonista por antonomasia de su formación es el Espíritu Santo,
que, con el don de un corazón nuevo, configura y hace semejante a Jesucristo, el buen
Pastor; en este sentido, el aspirante fortalecerá de una manera más radical su libertad
acogiendo la acción formativa del Espíritu. Pero acoger esta acción significa
también, por parte del aspirante al sacerdocio, acoger las «mediaciones» humanas de
las que el Espíritu se sirve. Por esto la acción de los varios educadores resulta
verdadera y plenamente eficaz sólo si el futuro sacerdote ofrece su colaboración
personal, convencida y cordial.

La perspectiva pedagógica

El reconocimiento del protagonismo del seminarista cambia radicalmente la


perspectiva pedagógica de los formadores. Lo que el seminarista hace libre,
razonable y voluntariamente es realmente lo más importante. Todos los demás
agentes y medios de la formación se ordenan a este fin.

Hay un cambio de perspectiva, porque no podemos seguir programando


acciones de los formadores que consideran al seminarista un receptor pasivo; al
contrario, hemos de considerarlo responsable de su auto-formación. Estamos
hablando de un principio pedagógico básico: la acción formativa no procede de arriba
(formadores) hacia abajo (seminarista) ni de afuera (medios formativos) hacia dentro
(interioridad), sino de abajo hacia arriba y de dentro hacia fuera.

Esta dinámica pedagógica no se opone al proceso de “internalización” de los


valores objetivos y revelados. Más bien lo promueve, porque es el mismo seminarista
quien se abre a este modo de vivir, admitiendo como bueno para sí el ideal que le es
2
presentado de manera objetiva. Se trata de ser el sacerdote que la Iglesia particular
necesita.

Si esto es así, la acción del formador consistirá principalmente ya no en dirigir o


mandar, sino en escuchar y acom pañar; el objetivo ya no se limitará a poner medios,
sino que consistirá en motivar y garantizar su aprovechamiento. Las acciones
centrales del formador ya no son organizar, controlar, inspeccionar, corregir, enseñar,
permitir o prohibir. Ahora deberá observar, confrontar, animar, alentar, estimular,
expresar la valoración de un crecimiento. Así se dibuja un nuevo liderazgo formativo,
que pertenece no tanto al form ador como individuo sino al equipo form ador y a
la comunidad educativa.

Evolución del protagonismo del seminarista

En el lenguaje espiritual clásico esta actitud es definida como la “humildad para


recibir correcciones” o, desde otro punto de vista, como la disponibilidad a “purificar
las motivaciones”. Las dos expresiones son imprecisas y pueden prestarse a
confusiones, pero queda claro que la vida espiritual y vocacional exige esta
confrontación. La capacidad actual de confrontar las motivaciones se perfila así como
un nuevo criterio de discernimiento vocacional. No basta con la conducta
positivamente comprobada ni con una aproximación a las motivaciones, es del todo
necesaria la actitud humilde del que sabe aceptar la confrontación, e incluso la pide,
porque está dispuesto a corregir la senda.

Aún podemos desplegar este criterio en dos distintos. Primeramente, la apertura a


la confrontación. En un segundo momento, la aceptación cordial de lo confrontado y
su integración en un único proceso. Para ambos aspectos podemos trazar un camino
evolutivo que será conveniente observar en el proceso formativo:

a) En la línea de la apertura a la confrontación podríamos señalar tres momentos:

■El primero consiste en la mera disposición a recibir la confrontación cuando


ésta ocurra. Observar si la persona es capaz de reaccionar positivamente ante ello y
cómo aprende a hacerlo poco a poco.

■El segundo momento consiste en que dé el paso a pedir las correcciones. Esto
supone la conciencia más clara del propio yo con sus contradicciones.

■ Un tercer momento consiste en que haya adquirido tal conciencia de sí mismo


que no le extrañe la confrontación, sino al contrario, mantenga, de modo permanente,
una actitud crítica ante el propio comportamiento, proporcionándose a sí mismo un
camino de crecimiento.

3
Estos tres estadios deberán darse durante la formación incial, de modo que, sobre
todo el tercero, se pueda continuar en la formación permanente.

b) En la línea de la aceptación e integración de las motivaciones también se puede


marcar un proceso evolutivo:

■En primer lugar que el individuo “tome nota”, es decir, ponga verdadera
atención al reporte que recibe de sus impulsos contrarios a los valores y haga memoria
de ello. Esto se puede verificar en su capacidad de reportar a un orientador. La
confrontación no queda como un mal recuerdo en el pasado, sino como una advertencia
que es estimada en su sentido concreto y por ello es agradecida. El individuo puede
aceptar la confrontación pero no reducir la gratificación de los impulsos que están
debajo. Cuando esto ocurre hay mayor conciencia de la contradicción pero no se
perfilan actitudes nuevas, incluso pueden recrudecerse los comportamientos
gratificantes.

■En un segundo momento la actitud ante la confrontación es de aceptación más


plena. El sujeto decide perm anecer atento a este rasgo de su personalidad de modo
que prevé el impulso que va a surgir y es ya conocido para él, de esta manera se
aproxima a una moderación de sus reacciones.

■En un tercer momento la persona ha dado una orientación precisa a sus impulsos
desde el punto de vista de la fe y de los valores de su vocación, de modo que m ira sus
propias deficiencias o tendencias con afecto, como una bendición y un camino
concreto para hacer especialmente viva su opción por los valores. En este caso el
impulso es integrado en la personalidad a partir de un significado que la persona le
otorga. Esta integración ha hecho a la persona más libre y más dueña de sí misma.

El protagonismo del seminarista a lo largo de las etapas

Si nos colocamos en la perspectiva pedagógica de quien valora los pasos que va


dando el seminarista, tendremos que observar tres realidades que se dan en él.

■El dato prim ario es la conducta objetiva del seminarista en la línea de los
valores de la vocación humana, cristiana y sacerdotal. Es observar cómo se ajusta su
conducta.

■El dato secundario son las motivaciones que conducen desde el fondo las
decisiones del seminarista. Es intuir el para qué de su comportamiento.

■El dato terciario es la integración de las motivaciones que consiste en una


asimilación cordial de la propia realidad que permite al seminarista abrazar los valores
de un modo cada vez más auténtico, personal e irrepetible.

4
Etapa propedéutica

Es una etapa inicial. En ella se propone una revisión general de la personalidad y


de la iniciación cristiana. El seminarista se sabe confrontado, como si se mirara al
espejo y llega a un reconocimiento puntual, más o menos detallado de sus propias
cualidades y defectos. Reconoce también con claridad las deficiencias en su
formación cristiana. El resultado final es una persona dispuesta para la formación.

■El dato primario o conducta objetiva consiste en que aproveche los medios que
se ofrecen para su formación, aprenda a realizar las actividades que corresponden a
cada una de las dimensiones formativas y se abra en la relación de acompañamiento
con los formadores.

■El dato secundario o motivación consiste en que reconozca con sencillez


algunas ambigüedades que existen en su comportamiento y perfile, a partir de un
mayor conocimiento de la vocación y de sus valores, los motivos de su opción.

■El dato terciario o integración de las motivaciones consiste en que acepte las
correcciones que se le hacen con serenidad y ponga los medios para m ejorar lo
que sea conveniente.

Desde la etapa propedéutica debe ser notoria la buena disposición para la


formación, es decir, que se haga verdadero protagonista de la misma. Este es un
criterio de discernimiento para el paso a la siguiente etapa.

Etapa discipular o de los estudios filosóficos

En esta etapa se ponen los fundamentos de la personalidad cristiana del


seminarista. Objetivadas las carencias y posibilidades del sujeto ahora se trata de
trabajarlas asiduamente. Es el momento para la enseñanza de los métodos en todas las
dimensiones formativas. Una formación sistemática, que logre crear hábitos. Estos
hábitos se pondrán en funcionamiento en las etapas siguientes.

■El dato primario consiste en que se vayan perfilando actitudes positivas y


constructivas hacia la comunidad formativa y en el servicio apostólico. Está dispuesto
a enfrentar sus limitaciones con la ayuda de los formadores y en una relación
transparente con ellos. Asume los medios formativos sistemáticamente formando
hábitos. Aplica estos hábitos a realidades y circunstancias fuera de la casa de
formación, como los tiempos de vacaciones, o la realidad de la familia o el apostolado.

■El dato secundario viene dado por la capacidad de cuestionar su proyecto


vocacional y reformular los motivos de su opción. El diálogo profundo con los
formadores y el trabajo continuo sobre sí mismo ha hecho de él una persona más segura
y serena y por ello más capaz de comprender a los demás.
5
■El dato terciario puede comprobarse en la capacidad de com partir el propio
proyecto y de acoger las orientaciones de otros, sobre todo las metodológicas, como
datos válidos, sin ofrecer demasiadas resistencias. Consiste en cultivar la confianza
básica en que Dios conduce la propia historia a través de mediaciones personales.

El seminarista de la etapa discipular ha asumido la autoformación, no para hacer


su voluntad, sino para realizar la voluntad de Dios sobre su vida en el servicio a su
pueblo. Por este motivo el criterio para el paso a la siguiente etapa es que se perfile
como un candidato a las órdenes, dispuesto a poner al servicio de la comunidad
cristiana todo lo que es y lo que tiene aprovechando coherentemente los medios
formativos.

Etapas configuradora y de síntesis vocacional

Esta etapa de la formación inicial ha de llevar al seminarista a interpretar los


datos concretos de su personalidad en la clave de la unión mística con Cristo Pastor
y de la asimilación del carisma de la caridad pastoral. Ya debe hacer una interpretación
vocacional de su personalidad. La parte vulnerable es leída como ocasión para que
actúe la gracia de Dios (soy fuerte abrazando la debilidad). La parte germinativa es
interpretada como un don ordenado a la misión (me comprendo como destinado al
servicio). La personalidad en su conjunto es vista desde el amor redentor, unida al
misterio de la cruz desde la clave de la vocación presbiteral.

■El dato primario está en las actitudes positivamente comprobadas que dan
calidad y densidad a la propia vivencia vocacional. Es decir, traducen los valores
sacerdotales en esta personalidad irrepetible, de un modo original y auténtico. De modo
que se perfila una manera específica de vivirlos. Hay solidez de la conducta en relación
a los valores.

■El dato secundario consiste en m irar con ojos nuevos la propia realidad
personal, releyendo las propias virtudes y defectos con simpatía, tal como Dios las
mira e incluyendo todo ello en un solo proyecto que el seminarista sabe bendecido por
Dios. Hace así una interpretación espiritual de la personalidad con sus virtudes y
defectos.

■ El dato terciario consiste en interpretar con prontitud los propios aciertos y


las propias deficiencias desde el punto de vista espiritual, como oportunidades para
hacer el bien en el ministerio sacerdotal. Se trata de un candidato habituado a la
confrontación y por tanto vigilante sobre sí mismo, cuyas deficiencias personales han
dejado de ser un impedimento para la misión porque las ha unido al misterio de Cristo.

La idoneidad para el ministerio presbiteral se da cuando el candidato ha


adquirido la capacidad de gestionar dinámicamente su personalidad en relación con los
6
valores sacerdotales. Llegará a ser más fácilmente el prim er responsable de su
formación permanente.

El protagonismo del seminarista en las dimensiones formativas

El primer dato que habría que observar es que el seminarista asuma su propio
proceso de crecimiento en cada una de las dimensiones formativas, sin descuidar
ninguna de ellas. Decimos en el lenguaje común que una persona es “completa” cuando
desarrolla armónicamente todos los aspectos de su personalidad. No es necesario que
sea perfecta, basta con que se ponga en camino, en nuestro caso, en el camino
discipular, que exige un desarrollo integral. El dinamismo de autoformación es notorio
si enfocamos cada una de las dimensiones formativas. A continuación vienen descritos
una serie de criterios de discernimiento vocacional a partir del comportamiento de los
seminaristas en cada una de las dimensiones de la formación. Conviene notar que el
seminarista es siempre el sujeto de su proceso.

Dimensión Espiritual

Etapa propedéutica

■Descubre el valor del silencio como medio espiritual.


■Aprende a reservar un espacio para el encuentro con Cristo en la oración.
■Revisa su iniciación cristiana reconociendo su camino de fe.
■Aprende a vivir la experiencia sacramental.

Etapa discipular

■Estructura el encuentro con Cristo con un método de oración.


■Profundiza el camino discipular del cristiano.
■Participa de los sacramentos de manera consciente y metódica.
■Aprovecha los tiempos de retiro para encontrarse con Dios.

Etapa configurativa

■Lleva a la oración lo que estudia y las situaciones de su vida.


■Desarrolla los valores propios del sacerdote diocesano.
■Integra y asume el espíritu de la liturgia y los sacramentos.
■Hace un camino de configuración con Cristo Siervo y Pastor.

Etapa de síntesis vocacional

■Manifiesta la caridad pastoral en todas sus acciones.


■Actúa como buen pastor en el servicio a la comunidad.
■Vive los sacramentos con sentido eclesial, iniciando a otros.
■Busca sus propios espacios de silencio y de retiro.
7
Dimensión humana

Etapa propedéutica

■Identifica sus principales virtudes y defectos.


■Aprecia las virtudes humanas como camino de crecimiento.
■Aprende a hacer deporte, a tener higiene y orden personal.
■Se integra positivamente al grupo formativo.
■Respeta la persona y los bienes de los otros.
■Cuida y da buen uso a los bienes de la casa de formación.
■Crea vínculos de amistad con compañeros y formadores.

Etapa discipular

■Afronta su realidad personal y trabaja en su madurez humana.


■Desarrolla significativamente las virtudes humanas.
■Consigue hábitos de deporte, limpieza y orden.
■Consolida su sentido de pertenencia a la comunidad cristiana.
■Profundiza en la valoración de cada uno de sus compañeros.
■Se responsabiliza de los bienes y aporta para su mejoramiento.
■Fortalece y amplía sus vínculos de amistad.

Etapa configurativa

■Interpreta su realidad humana a la luz de Cristo y de la misión sacerdotal.


■Vive los valores humanos en relación con el evangelio.
■Transmite los valores del deporte, el orden y la limpieza.
■Edifica a los demás en la comunidad con motivos de fe.
■Es solidario con sus hermanos y con otros, en especial con los más necesitados.
■Pone al servicio sus bienes y cualidades.
■Profundiza las relaciones y se abre a nuevas amistades.

Etapa de síntesis vocacional

■Sus actitudes sacerdotales son un medio para edificar la comunidad.


■Aplica los valores humanos al servicio de la comunidad cristiana.
■Se inserta en una comunidad y se entrega al servicio en ella.
■Mantiene los hábitos de deporte, orden y limpieza en el contexto pastoral.
■Crea un vínculo fraterno con los agentes pastorales y sirve a los más necesitados.
■Ayuda a crecer a la comunidad y no se aprovecha de ella.
■Muestra interés por las personas, construye la comunidad.

Dimensión Apostólica

Etapa propedéutica
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■Participa positivamente en las actividades pastorales.
■Ha asumido una actitud de compromiso social.
■Colabora con sus compañeros y con otros en equipo.

Etapa discipular

■Aplica medios pedagógicos y pastorales en el apostolado.


■Es solidario ante la injusticia y propone soluciones evangélicas.
■Se habitúa a trabajar en equipo y no individualmente.

Etapa configurativa

■Capacita a otros agentes pasando él mismo a un 2° término.


■Interpreta su vocación en la clave de la solidaridad y el servicio.
■Da un sentido eclesial al trabajo en equipo, dentro y fuera del Seminario.

Etapa de síntesis vocacional

■Asume la actividad pastoral como estilo de vida.


■Integra la dimensión social en su tarea pastoral.
■Consulta sus dudas e iniciativas en el apostolado y colabora con los agentes
pastorales.

Dimensión Intelectual

Etapa propedéutica

■Aplica un método de estudio y se inicia en el hábito de lectura.


■Descubre su inserción personal en la Historia de salvación.

Etapa discipular

■Analiza y critica la realidad de modo sólido y objetivo.


■Adquiere una visión cristiana del mundo que lo rodea.

Etapa configurativa

■Aplica su capacidad crítica a los estudios y a la vida comunitaria.


■Integra los conocimientos adquiridos desde una visión de fe.

Etapa de síntesis vocacional

■Aplica su saber a la vida pastoral, interpreta la realidad.


■Ilumina los problemas actuales a partir del estudio teológico.

9
Después de este recorrido por las dimensiones formativas en el que se ha
subrayado el crecimiento gradual de los seminaristas, queda en evidencia que en
realidad son ellos quienes van progresando, contando con sus propios recursos,
quienes mejor conocen su propia situación y por tanto la pueden evaluar.

La función del formador será más la de un facilitador que la de un artesano,


porque los verdaderos protagonistas son el Espíritu Santo y cada seminarista. El
formador no puede “fabricar” la santidad de los seminaristas, pero sí puede llegar a ser
un puente para su encuentro con el Señor y su progreso integral. Para él será
importante contemplar la obra que Dios realiza y alegrarse con ella, particularmente
cuando el resultado es original y no reproduce el modelo del formador.

El estilo del acompañamiento personal y grupal

Si respetamos el protagonismo del seminarista, realizando la función del formdor


como un facilitador o un puente, y contemplando con gozo el crecimiento gradual del
seminarista, también cambia el estilo del acompañamiento personal y grupal. El
elemento central será la escucha, unida a la observación, con el fin de poder percibir
con la mayor exactitud posible lo que ocurre en el interior de la persona del seminarista.
También la escucha y la observación del grupo, para conocer el ambiente en el que
viven y discernir si las dinámicas que los seminaristas establecen entre sí son
evangélicas.

Es precisamente así como Jesús procede. En los relatos de los encuentros de Jesús
el punto central es una atenta escucha que envuelve toda la realidad personal y se
enriquece con la observación, para poder ofrecer una palabra clave y unos gestos
precisos que comunican la salvación a cada persona en particular. En los relatos de la
enseñanza al grupo discipular, Jesús observa detenidamente lo que conversan entre
ellos, intuye sus inquietudes y tensiones y acude con una enseñanza bien situada en
su realidad comunitaria que invita a realizar entre ellos el reino de Dios.

El resultado final del acompañamiento no es un consejo o una consigna dada


desde arriba y desde fuera, sino una reiterada confianza en la acción de la gracia y
en los recursos presentes en cada seminarista y cada grupo para que pueda caminar
hacia una mayor libertad y hacia una más plena configuración con Cristo Siervo y
Pastor.

El discernimiento vocacional

Promoviendo el protagonismo del seminarista cambia, por último, el modo de


realizar el discernimiento. Ya no es principalmente un juicio que los formadores
realizan sobre el comportamiento del seminarista, sino una actitud del mismo
seminarista que, ayudado por sus formadores, se mantiene en una actitud de
disponibilidad ante la voluntad de Dios y de escucha de la voz de la Iglesia. De esta

10
manera, nos podemos acercar al ideal, que consiste en que él mismo tome la decisión
vocacional adecuada y la asuma con convicción y alegría, sabiendo que realiza lo
debido.

En este estilo de discernimiento la opinión de los formadores tiene su lugar,


pero deberá ajustarse a criterios objetivos y de ninguna manera podrá entenderse como
un ejercicio de poder. El formador preparará los informes con temor y temblor,
procurando ajustar cualquier expresión y cualquier juicio al criterio fundamental de la
búsqueda de la voluntad de Dios, del bien del seminarista y del bien de la Iglesia.
El informe de los formadores será un reflejo de todo un proceso realizado y no el
resultado de una improvisación. Nos acercaremos al ideal de que todo su contenido sea
conocido y asimilado por el seminarista gracias al prolongado proceso de
acompañamiento que se ha realizado.

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

11
III Curso para Rectores de Seminarios Mayores
de América Latina y El Caribe
Quito, 11-13 de junio de 2018

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

VII. El acompañamiento en la formación inicial


Miércoles 13 dejunio de 2018

Introducción

La Ratio Fundamentalis ha querido privilegiar el acompañamiento personal y


grupal entre los medios formativos (Cf. RFIS, 44-52).

Es frecuente que en nuestros Seminarios esta sea una asignatura pendiente. A


veces los formadores “delegan” esta responsabilidad en los directores espirituales y
confesores. En otras ocasiones, por no violentar a los seminaristas, se deja a su voluntad
buscar o no el acompañamiento. No es raro que a causa de un trato de tal modo
superficial, los formadores no tengan la capacidad de informar sobre los seminaristas,
porque no los conocen.

El acompañamiento es personal y grupal porque la dinámica intrapersonal es


tan im portante como la interpersonal.

La dinámica intrapersonal. Los valores cristianos y sacerdotales se hacen


personales e irrenunciables cuando se pone en juego toda la personalidad del
seminarista en torno a ellos a través de un proceso de internalización. Comparando este
fenómeno con las cámaras fotográficas, podríamos decir que el seminarista “enfoca”
dinámicamente los valores, personalizándolos. Hay una diferencia sustancial entre una
persona que gira en torno a los valores y otra que los desconoce, poniendo en el primer
plano sus propias necesidades. La primera conserva como un tesoro el deseo de
santidad, la segunda considera imposible la santificación porque de hecho atiende a
otras necesidades.

1
La dinámica interpersonal. Algo similar ocurre con los grupos. El clima grupal
en el Seminario es adecuado y ayuda a la formación cuando “enfoca” los valores
cristianos y sacerdotales. Es decir, establece una dinámica en la que los valores están
en el centro, definiendo un camino objetivo de continuo crecimiento o de santificación.
Entonces gozamos de un ambiente comunitario que forma por sí mismo. Al contrario,
cuando en la dinámica grupal se “enfocan” otros intereses, surge en el grupo un clima
de mundanidad espiritual.

Entre la dinámica intrapersonal y la dinámica interpersonal existe una profunda


complementariedad. Efectivamente los seminaristas que se hallan en el camino
discipular, crean un clima discipular; los seminaristas que hacen personalmente un
proceso de configuración con Cristo Pastor, crean un clima comunitario que
salvaguarda y promueve la identidad del pastor. En sentido contrario, la comunidad
identificada con los valores anima y sostiene a los individuos en la lucha que sostienen
por realizar el ideal que les ha convocado.

EL acompañamiento personal y grupal en el Seminario establece la base


necesaria para el discernimiento de la vocación sacerdotal.

Vamos a comentar a continuación ese grupo de artículos de la Ratio


Fundamentalis que se refieren al acompañamiento.

El acompañamiento personal

El n. 44 hace ver la necesidad del acompañamiento: Los seminaristas, en las


diversas etapas de su camino, necesitan ser acompañados personalmente por quienes
han sido encargados de la formación, cada uno según su competencia y el encargo
que le corresponde. Las palabras están medidas y permiten vislumbrar que:

■El acompañamiento es necesario en cada una de las etapas formativas. Por


tanto no es solo para el momento inicial ni para momentos de especial dificultad, sino
un medio ordinario.

■ Todos los encargados de la formación realizan el acompañamiento desde


diversas competencias y encargos. Por tanto no es algo que corresponda solo al fuero
interno o que se deba reservar al director espiritual. Prácticamente cualquier
encomienda en la formación exige un acompañamiento.

En ese mismo n. 44 se expresa la finalidad del acompañamiento: realizar el


discernimiento vocacional y formar al discípulo misionero.

■Solo quien acompaña estará capacitado para discernir. Si los formadores


desconocen a los seminaristas, si no dedican el tiempo necesario a estar cerca de cada
uno, si falta el ejercicio de una paciente escucha y de una solícita observación de las

2
personas y los grupos, es imposible el discernimiento. A mayor acompañamiento
corresponde un mejor discernimiento.

■A través del acompañamiento se personaliza la formación. Puede ser útil el


concepto de inculturación del evangelio. Los valores sacerdotales se deben introducir
en la vida personal y grupal de los seminaristas así como el evangelio se hace parte de
una cultura. Para ello no son válidos los cauces genéricos, porque cada persona y cada
grupo interiorizan los valores de un modo irrepetible. He aquí el vínculo entre
acompañamiento y formación. A mayor acompañamiento corresponde una mejor
formación.

El n 45 describe la actitud formativa del seminarista: Durante el proceso


formativo es necesario que el seminarista se conozca y se deje conocer, relacionándose
de modo sincero y transparente con los formadores.

■Durante la formación se realiza un proceso complejo de autoconocimiento y


apertura. Estos dos elementos se complementan entre sí, de modo que cuando uno se
abre al acompañamiento se conoce mejor y cuando uno se conoce mejor tiene materia
para dejarse conocer.

■La sinceridad y transparencia constituyen la condición de posibilidad de un


verdadero acompañamiento. Es verdad que sinceridad y transparencia son bienes
precarios, que siempre podemos crecer en autenticidad. Por ello es necesario situarse
desde el inicio en una actitud diáfana. Autenticidad llama a autenticidad; engaño y
mentira solo traen frustración.

■Todos los encargados de la formación realizan el acompañamiento desde


diversas competencias y encargos. Por tanto no es algo que corresponda solo al fuero
interno o que se deba reservar al director espiritual. Prácticamente cualquier
encomienda en la formación exige un acompañamiento, particularmente el responsable
de cada curso y el director espiritual.

El mismo número 45 concluye diciendo: Teniendo como fin la “docibilitas” al


Espíritu Santo, el acompañamiento personal representa un instrumento indispensable
de la formación. Con ello se deja claro la absoluta necesidad del acompañamiento y
cómo este medio es determinante de la calidad de todo el proceso.

El artículo 46 pone atención al modo del acompañamiento:

■El primer punto consiste en que las entrevistas con los formadores sean
regulares y frecuentes. Con ello se está excluyendo un estilo de entrevistas esporádicas
o espontáneas, porque no llegan a establecer un proceso.

3
■El acompañamiento, independientemente de quién lo realice, debe integrar
todos los aspectos de la persona humana. No es válido un acompañamiento que intenta
aislar un aspecto sin considerar el conjunto, porque estamos tratando con personas, con
toda la complejidad que esto supone. El acompañamiento es siempre global, no puede
ser solo espiritual, ni solo humano, ni solo psicológico, ni solo pastoral.

■El corazón del acompañamiento es la escucha y el diálogo que se da entre los


actores del mismo. Estamos hablando de la dinámica misma del llamado de Dios, y por
ello el documento afirma que a través de este medio el seminarista llega a descubrir el
verdadero significado de la obediencia y la libertad interior. Dejarse conocer, con
sinceridad y transparencia es al final un modo de permitir la acción del Espíritu en
nuestra vida.

■La apertura en el acompañamiento conduce al autoconocimiento, es decir,


es un medio privilegiado para el crecimiento personal, ayudando al seminarista para
que sea consciente de su propia condición, de los talentos recibidos y también de las
propias fragilidades.

El artículo 47 subraya una condición necesaria para el acompañamiento


formativo: la confianza. Este es un terreno delicado porque en algunos ambientes
eclesiásticos existen graves faltas de confianza y de espontaneidad. Esto se debe
superar en la comunidad educativa del Seminario. El contenido de este artículo es
suficientemente claro, de modo que se puede proponer textualmente y marcan un reto
pastoral a los foramdores:

■La confianza recíproca es un elemento necesario en el proceso del


acompañamiento.

■En el proyecto formativo se deben prever los medios concretos para que dicha
confianza pueda ser salvaguardada y promovida.

■ Conviene sobre todo garantizar las condiciones que puedan ayudar a crear un
clima sereno de confianza: cercanía fraterna, empatía, comprensión, capacidad de
escucha y de sincera apertura y, especialmente, coherente testimonio de vida.

El artículo 48 insiste en que el acompañamiento debe estar presente desde el


inicio del proceso formativo y debe continuar durante toda la vida, aunque tenga
diversas modalidades después de la ordenación. Como otros elementos formativos, se
debe introducir de tal modo que prepare al seminarista para la fidelidad en la futura
vida y ministerio presbiteral.

4
El artículo 49 establece algunas exigencias importantes para un adecuado
acompañamiento formativo.

■La exigencia de un sigilo profesional. El formador debe guardar en secreto


cuanto conoce de la vida de los seminaristas. Si pretendemos hacer un proceso
formativo cimentado en la mutua confianza, la discreción es absolutamente necesaria.
Esto no solo corresponde a los directores espirituales, sino a todos.

■Para realizar este servicio se requiere preparación. Un recto acompañamiento,


equilibrado y respetuoso de la libertad y de la conciencia de los demás, que les ayude
en su desarrollo humano y espiritual, exige que cada formador sea competente y esté
dotado de los recursos humanos, espirituales, pastorales y profesionales necesarios.

■El ministerio de la formación exige, además, plena dedicación. Se espera de


aquellos que son destinados a la formación una preparación específica y una generosa
dedicación a tan importante responsabilidad. Se necesitan formadores que sepan
garantizar una presencia a tiempo completo y sean testigos de cómo se ama y se sirve
al Pueblo de Dios, desgastándose sin reservas por la Iglesia. La dedicación de los
formadores establece un modelo de entrega pastoral para los futuros presbíteros.

El acompañamiento comunitario

El artículo 50 describe en qué consiste el acompañamiento grupal: Prestar


atención a la experiencia y a las dinámicas de grupo, en las cuales el seminarista
participa. Contamos para esto con el precioso ejemplo de la enseñanza privada de
Jesús al grupo discipular. Él permanece atento a lo que ocurre en el grupo y pone los
medios para definir una conducta que se debe dar “entre ustedes”, es decir, en el ámbito
concreto de los doce. El primer lugar donde se debe experimentar que el reino de Dios
está presente es la comunidad formativa del Seminario. El texto hace a continuación
dos constataciones:

■La vida comunitaria, durante los años de la formación inicial debe incidir en
cada individuo, purificando sus intenciones y transformando su conducta en una
gradual conformación con Cristo. Es necesario reconocer la importancia de las
relaciones fraternas en la interiorización de los valores vocacionales. Aprendemos a
vivir los valores de los grupos en los que convivimos. Las dinámicas internas de estos
grupos expresan las motivaciones de sus participantes y crean una sintonía que define
la identidad discipular del grupo.

■ En la vida diaria, la formación se realiza mediante las relaciones


interpersonales, los momentos para compartir y de interpelación, que contribuyen al
desarrollo del “humus humano ”, sobre el cual, concretamente, madura una vocación.
El grupo es una mediación humana de toda la formación. Consecuentemente, de la
calidad humana del grupo depende la calidad de la formación.
5
Los artículos 51 y 52 desarrollan las condiciones de la comunidad educativa. Me
limito a subrayar algunos de estos postulados:

■La comunidad del Seminario educa en la comunión y para la comunión. Es


una experiencia de filiación, fraternidad y paternidad que prepara a los seminaristas
para el ministerio pastoral.

■La formación sacerdotal implica una fuerte experiencia de vida comunitaria


porque la Iglesia es una comunidad desde su mismo origen.

■El fin de la vida comunitaria del Seminario es preparar a los seminaristas para
que sean agentes de comunión, fundando esta exigencia en la común vocación y en
la común misión en la pertenencia a un solo presbiterio.

■Tal experiencia comunitaria tiene su fundamento en la comunión de la


Santísima Trinidad. Esto exige que se establezcan vínculos filiales, fraternos y
paternales entre los seminaristas y los formadores.

■Es necesario superar las diversas formas de individualismo que se oponen asl
espíritu fraterno.

■Una relación fraterna «no puede ser sólo algo dejado al azar, a las
circunstancias favorables», sino una elección deliberada y un reto permanente.

■La comunidad del Seminario se describe como una familia, caracterizada por
un clima grupal que favorece la amistad y la fraternidad.

Conclusión

Después de recorrer estos números de la Ratio Fundamentalis dedicados al


acompañamiento, no queda duda de que se trata de un punto fundamental. Conviene
examinar seriamente a nuestras comunidades formativas para mejorar en este
punto. Está en juego la calidad de toda la formación.

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

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III Curso para Rectores de Seminarios Mayores
de América Latina y El Caribe
Quito, 11-13 de junio de 2018

S Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

VIII. El discernimiento vocacional en la formación inicial


Miércoles 13 dejunio de 2018

Introducción: Criterios para el discernimiento de la vocación sacerdotal.

El primer dato que hay que observar en el discernimiento vocacional es la


conducta objetiva del seminarista. Es éste el prim er criterio de discernimiento pero
también será el último, es decir, el que se presente para iniciar el proceso formativo
y a la hora de avalar a un candidato para un ministerio dentro de la Iglesia. La pregunta
que, según el ritual de órdenes, hace el obispo al responsable de la formación se refiere
a la idoneidad que se manifiesta precisamente en la conducta. No me refiero a
cualquier clase de conducta, sino a la conducta que objetivamente recomienda a una
persona para asumir un servicio y una responsabilidad en la comunidad cristiana,
es decir, un comportamiento evangélico y sacerdotal.

Para juzgar sobre la idoneidad de un seminarista, sea en el paso de una etapa a


otra o en el discernimiento propio del proceso de órdenes, no basta con el buen
comportamiento. Esto es lo que se pide a los presos en la cárcel para reducir su
condena. El seminarista debe dar pruebas de un verdadero y positivo progreso en
su camino formativo. La declaración de idoneidad certifica la ausencia de deficiencias
graves, pero también debe constatar, de modo positivo, el crecimiento integral del
candidato y prever su disposición para asumir con responsabilidad la formación
permanente. Al finalizar cada semestre o cada año, los formadores deben elaborar un
informe detallado de cada seminarista, en el que expresen el progreso conseguido en
1
cada una de las dimensiones. Efectivamente, dice la Ratio Fundamentalis en el n. 58:
Al equipo formador se le exige coherencia y objetividad en la periódica evaluación
integral de los seminaristas, teniendo en cuenta las cuatro dimensiones de la
formación.

A lo largo del proceso formativo se presentan las siguientes ocasiones para el


discernimiento de las vocaciones sacerdotales:

a) Al concluir el proceso vocacional. Verificar que el candidato que ingresa al


Seminario cuente con las condiciones personales para poder emprender la formación:
una experiencia de fe y de pertenencia eclesial, suficiente salud física y psíquica,
capacidad intelectual para los estudios eclesiásticos, una primera experiencia
apostólica. Por otro lado, constatar que ha pasado por un proceso adecuado de
catequesis y acompañamiento vocacional.

b) Al concluir la etapa propedéutica. Que el seminarista haya aprovechado


efectivamente los medios que la Iglesia le ofrece para su formación. Que, conseguido
un más preciso conocimiento de la vida de la Iglesia y del ministerio sacerdotal, haga
por sí mismo un primer discernimiento de su vocación, en un ambiente comunitario y
ayudado por los formadores. Que se halle dispuesto a emprender la formación en el
Seminario mayor, consciente de las exigencias que comporta.

c) Al concluir la etapa discipular o de los estudios filosóficos. Que el


seminarista haya tomado la decisión definitiva y profunda de seguir a Cristo como
discípulo y misionero para el resto de su vida. Que el seminarista identifique
claramente los rasgos de comportamiento que avalan su opción por el sacerdocio, de
modo particular el humilde servicio.

A partir de este momento, se realizan de una manera formal los escrutinios, que
deben evaluar la formación integral del seminarista y verificar la idoneidad para cada
paso en particular:

■Al solicitar la admisión entre los candidatos a las órdenes.


■Al solicitar el ministerio de lector.
■Al solicitar del ministerio de acólito.
■Para la ordenación diaconal.
■Para la ordenación presbiteral.

Vamos a poner atención a cada uno de estos momentos, con el fin de localizar los
aciertos y deficiencias en nuestros Seminarios. Cuando uno trabaja continuamente con
expedientes de seminaristas o de sacerdotes, no le extraña que en estos procesos haya
notables deficiencias, no solo las debidas a la persona, sino de carácter institucional.
Por ello parece pertinente reconocer con humildad las deficiencias y caminar

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conscientemente hacia estilos mejores de discernimiento de las vocaciones
sacerdotales.

La admisión al Seminario diocesano

La selección de los candidatos al Seminario se hace durante el proceso de la


pastoral vocacional, continúa especialmente durante la etapa propedéutica y se
mantiene a lo largo de toda la formación inicial, acentuándose especialmente en el
momento final de cada etapa formativa.

Conviene poner mucha atención a la prim era selección de los candidatos al


Seminario por tres motivos fundamentales:

■Por el bien del candidato. Para garantizar al mismo joven que ingresa al
Seminario, desde el primer momento, un adecuado discernimiento vocacional,
fundamento de un proceso formativo consistente y libremente asumido.

■Por el bien de la comunidad formativa. Una buena selección de las vocaciones


constituye la roca firme sobre la cual se puede establecer una comunidad que sea
auténticamente formativa. Por su parte, una comunidad sana, atrae vocaciones, porque
los seminaristas mantienen un vínculo con los jóvenes de su edad y de sus lugares de
origen. El discernimiento es así un bien para la comunidad formativa. Al contrario, la
admisión irreflexiva de cualquier candidato perjudica gravemente a la comunidad
educativa del Seminario.

■Por el bien de la Iglesia. Estar demasiado preocupados por el número y admitir


a cualquiera que toque a las puertas del Seminario es un mal para la Iglesia, porque al
final este modo de actuar deteriora capacidad evangelizadora de la comunidad cristiana
y daña la imagen pública del presbiterio.

El Obispo diocesano es el último responsable de la admisión al Seminario (Cf


CIC, can. 241 § 1), sin embargo es conveniente que nunca ejerza directamente esta
responsabilidad, ni al inicio, ni a la mitad, ni al final del proceso formativo, sino a
través de los responsables de la pastoral vocacional y de los formadores del
Seminario. Porque este derecho del Obispo implica también unos deberes, pues, según
el mismo canon, el Obispo debe verificar las dotes humanas, morales, espirituales e
intelectuales de los candidatos, su salud física, su equilibrio psíquico y su rectitud de
intención. Esto no lo puede hacer directamente, sino a través de personas que se
dediquen al acompañamiento de las vocaciones, que conozcan bien a los candidatos y
a sus familias y puedan avalar su admisión a través de un informe escrito, recurriendo
incluso a la ayuda de profesionales de la medicina y de la psicología.

El Obispo ejercerá esta responsabilidad adecuadamente sobre todo a través de la


preparación y selección de los animadores vocacionales y formadores y
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garantizando el correcto desarrollo de las estructuras de la pastoral vocacional en la
diócesis, como son el Centro diocesano para la pastoral vocacional, los equipos
parroquiales de la pastoral vocacional y facilitando una más profunda relación y
colaboración de la pastoral vocacional con la pastoral juvenil, familiar, educativa y
social. También poniendo en práctica procesos serios de acompañamiento específico,
personal y grupal, de los candidatos al Seminario.

El momento de la solicitud de admisión al Seminario debe caracterizarse por un


clima de recíproca confianza y apertura de corazón, en el que se expongan al
aspirante con claridad las condiciones requeridas para la admisión y el mismo aspirante
consiga la libertad suficiente para dar a conocer a sus acompañantes cualquier duda
sobre su propia idoneidad vocacional.

Pongamos una atención más detallada a los criterios de selección que presenta el
mismo Código de derecho canónico:

Dotes humanas. Una buena presencia personal, la capacidad suficiente para


establecer relaciones positivas con los demás, el sentido común necesario para juzgar
con ecuanimidad las situaciones de la vida y de la comunidad, el reconocimiento
objetivo y la integración suficiente de la propia realidad familiar, de modo que cuente
con la base que sustente su opción por el sacerdocio y específicamente por el celibato
sacerdotal.

Condición moral. Durante el proceso de la formación inicial se dará un


desarrollo de la conciencia moral, pero desde el principio es necesaria una base
suficiente. No debe ser admitido al Seminario un candidato que haya vivido
recientemente situaciones morales graves, como la drogadicción, la delincuencia y la
promiscuidad sexual. Tampoco es adecuado un candidato que carezca de una visión
cristiana de la realidad, que defienda situaciones de injusticia social o promueva
contextos morales contrarios a la fe cristiana como el matrimonio temporal, la cultura
gay, la violencia de género o la corrupción.

Condición espiritual. No es conveniente admitir al Seminario candidatos que


desconocen la fe o que no han tenido un proceso de iniciación cristiana, pues ésta
constituye la base para una auténtica vocación sacerdotal. Hay que evitar la confusión
que se puede dar entre primera conversión y opción por el sacerdocio, sobre todo
cuando se trata de candidatos procedentes de movimientos de carácter kerigmático. La
pastoral vocacional debe enseñar a los candidatos algunos rudimentos de vida
espiritual que deberán haber aplicado con fruto antes de ser admitidos al Seminario.

Capacidad intelectual. Hay dos puntos para examinar en esta dimensión:


primero, que el candidato tenga el coeficiente intelectual necesario para responder a
las exigencias del Seminario; además, que haya desarrollado las habilidades de
pensamiento que le permitirán hacer los estudios eclesiásticos.
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Salud física. Es necesario verificar durante el proceso vocacional las condiciones
mínimas de higiene y de nutrición que toda persona debe vivir. El candidato debe
tener la salud física que se requiere para la vida del Seminario y para el futuro ejercicio
del ministerio sacerdotal. Además de poner atención a las eventuales enfermedades
graves o crónicas, es importante el criterio positivo de una “sana y robusta
constitución”. Para ello es muy recomendable que se haga un serio examen médico,
incluyendo los análisis clínicos. Ya desde este primer momento el candidato debe
aprender a cuidar su salud, de un modo específico a través del deporte.

Equilibrio psíquico. La vida sacerdotal es exigente desde el punto de vista


psicológico, porque el sacerdote se ve sometido a una serie de tensiones
extraordinarias, tanto desde el punto de vista de la acción pastoral como desde la
vivencia del celibato sacerdotal. No basta con excluir los casos patológicos, por
ejemplo, la esquizofrenia, paranoia, trastorno bipolar o parafilia. Además, es necesario
garantizar un equilibrio psíquico positivo que permita al candidato una adaptación
normal a diversas situaciones de la vida y una sana gestión de la frustración. Por todo
ello es recomendable la aplicación de una batería de pruebas psicológicas bien
estandarizada.

Rectitud de intención. Es frecuente que el sacerdocio y el celibato sean


utilizados, consciente o inconscientemente, como un paraguas o un escudo que protege
al candidato para no afrontar diversas problemáticas personales o sociales. En estos
casos la opción vocacional puede ser utilizada como un camino de fuga de cualquier
tipo de situaciones no afrontadas, por ejemplo, una condición de pobreza extrema,
tensiones familiares fuertes, confusión de la identidad sexual, adolescencia retardada,
pasado conflictivo, incapacidad para el matrimonio, etc. La pastoral vocacional debe
detectar estas situaciones cuanto antes, para ayudar a los candidatos a afrontarlas, y
que hagan una opción verdaderamente libre.

La salida del Seminario diocesano

La expulsión del Seminario sólo se debe realizar en casos extraordinarios y


extremos. El camino normal consiste en que el seminarista haga el discernimiento
de su propia vocación, ya sea que descubra, valore y elija la vocación laical o que
continúe en el proceso formativo del Seminario, discernimiento que exige a su vez un
cuidadoso acompañamiento de parte de los formadores y en concreto del director
espiritual, del formador y del rector.

Los criterios para el discernimiento de las vocaciones sacerdotales deben ser


positivos. No basta con constatar la ausencia de deficiencias notables, es importante
que el seminarista muestre actitudes y conductas positivamente comprobadas y
estables. La observación se centra no sólo en la existencia de un mayor o menor
número de cualidades personales, sino sobre todo en el modo como el seminarista
pone en acto esas cualidades según el momento del proceso en que se encuentra.
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Este discernimiento se hace en cada una de las etapas del proceso formativo y se
acentúa al final de las mismas. Es un proceso paralelo y correlativo al de la opción
vocacional. Se pueden dibujar los principales momentos para este discernimiento:

■Al finalizar la etapa propedéutica. El seminarista afirma con más claridad su


primera opción por el sacerdocio. En este momento es normal que un número
proporcional de seminaristas abandone el Seminario eligiendo otra forma de vida
cristiana. La experiencia de la vida comunitaria, el contenido y la metodología
formativa de esta etapa deben presentarse considerando esta posibilidad, de modo que
el seminarista goce de absoluta libertad para tomar esta decisión.

■Al finalizar la etapa discipular. En este momento se pueden dar diversas


situaciones:

La del seminarista que ha llegado a la convicción de que este no es su camino y,


consecuentemente abandona el Seminario. La formación humana y cristiana recibida
debe ser percibida por él como un gran tesoro que le servirá a lo largo de su vida
cristiana. Es importante que el Seminario continúe acompañándolo durante un
tiempo prudente hasta que se sitúe en su nueva forma de vida.

Subsisten dudas notables sobre la idoneidad del seminarista para el paso a la


etapa de configuración, de modo que se recomienda una experiencia de un año o más
fuera del Seminario. Dependiendo de la naturaleza de estas dudas será el programa
que se le proponga. Conviene que los formadores diseñen un program a formativo
para cada caso e incluso lo pongan por escrito, para que el seminarista sea consciente
de los puntos en los cuales debe crecer y ponga los medios pertinentes. Entre estos
medios sobresale el acompañamiento de parte de los formadores, tanto del formador
de la etapa como del director espiritual.

El seminarista que ha manifestado el deseo de continuar su formación


sacerdotal en otra institución, por ejemplo, en la vida religiosa o en la vida monástica.
Este caso requiere que se haya realizado a lo largo de la etapa discipular un
acompañamiento previo de parte de los formadores y que haya tenido un contacto
suficiente con la otra institución, de modo que el paso se pueda dar con toda
naturalidad. Sin que lo sepa el seminarista, los formadores transmitirán a la otra
institución los informes pertinentes.

El seminarista que pasa a la etapa de configuración. También requiere un


discernimiento, de modo que el paso a la etapa teológica no sea vivido como algo
inconsciente o automático, sino como una decisión bien ponderada que implica una
maduración significativa de la persona.

■D urante la etapa de configuración, y particularmente cuando el seminarista ha


sido admitido como candidato a las órdenes, ya es más raro que se plantee una salida
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del Seminario o un cambio a otra institución. Sin embargo, es importante que siempre
haya apertura para ello y se realice el discernimiento adecuado. La salida de
seminaristas al fin de la etapa de configuración o ya próximos a las órdenes requiere
un esmerado acompañamiento, que ayude a que la nueva situación sea asumida con
paz, sobre todo cuando los formadores y el Obispo han decidido no admitirlo a la
ordenación diaconal. Durante esta etapa se incluyen habitualmente tres momentos de
escrutinios con el correspondiente discernimiento.

Al solicitar la admisión entre los candidatos a las órdenes. Este rito supone, de
parte del seminarista, un compromiso público de prepararse responsablemente para
las sagradas órdenes. Es necesario com probar positivamente que el seminarista que
esté en condiciones de sustentar tal compromiso. Cuando no se den suficientemente
estas condiciones, será conveniente aplazar este momento, de modo que no se den
pasos en falso. Por este motivo es recomendable situar el rito de admisión ya iniciada
la etapa teológica o de configuración, cuando el seminarista ha superado la adaptación
al cambio de etapa.

Al solicitar el lectorado. La recepción del ministerio de lector fortalece la


vinculación esencial del seminarista a la Palabra de Dios, en dos vertientes
fundamentales: la unión con Dios a través de la meditación asidua de la Palabra y la
proclamación de la misma no solo en la asamblea litúrgica, sino también en la
catequesis y en otras ocasiones. Es importante establecer el vínculo entre este
ministerio y el estudio de la Sagrada E scritura y de la Teología, de modo que el
seminarista pueda efectivamente hacer oración y vida el contenido de los estudios. El
otro polo es pastoral, que sitúa la “lectura” de la Palabra de Dios en el plano del
testimonio de vida y de una enseñanza coherente dirigida al pueblo de Dios, algo
esencial en la vida y el ministerio presbiteral. Me estoy refiriendo a fundamentos
importantes, que el seminarista ha ido construyendo durante todo el proceso
formativo, pero ahora adquieren la forma específica de un ministerio eclesial. Sería un
grave error admitir al lectorado a un seminarista que no tenga la una actitud responsable
y dócil ante la Palabra de Dios, el estudio de la teología y la enseñanza al pueblo de
Dios.

Al solicitar el acolitado. La recepción del ministerio de acólito fortalece y


expresa la vinculación del seminarista a la Eucaristía, elemento central de la
espiritualidad sacerdotal. Aproximarse al altar y servir en él tiene profundas
connotaciones espirituales y pastorales. Hay un aspecto personal que subraya la
misma liturgia: el sacerdote que se alimenta del cuerpo y de la sangre de Cristo, que
participa de la comunión eclesial y comparte la misión con el Obispo y el presbiterio.
Complementariamente surge la vertiente pastoral: el sacerdote que prepara y ofrece
la ofrenda del pueblo de Dios, que a ejemplo de Cristo alimenta con su vida y
ministerio a los fieles. Como se puede apreciar, se trata de contenidos muy serios y
centrales en la preparación para el ministerio presbiteral.

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NOTA: Es fundamental que los informes y los escrutinios correspondientes a los
ministerios, además de incluir los aspectos generales, evalúen el contenido específico
del ministerio ya ejercido. Hay que evitar lo más posible el mal hábito de copiar del
informe anterior. Al contrario, deben ser documentos originales y distintos, de modo
que se pueda percibir con claridad si hay una evolución positiva en el candidato. Si
esto se hace bien, se facilita el discernimiento para las órdenes.

■Durante la etapa pastoral o de síntesis vocacional. Esta etapa inicia cuando


el seminarista, que ya es un candidato a las órdenes, es destinado a una comunidad
cristiana fuera del Seminario y concluye con la ordenación presbiteral.
Consecuentemente se amplía la participación en el discernimiento vocacional:
además de los formadores entran en juego el sacerdote que acompaña al candidato, el
presbiterio y la comunidad cristiana a la que ha sido destinado. Cuanto más amplia sea
la consulta es mejor, porque se está facilitando la participación del pueblo de Dios.

Refiriéndose a la etapa anterior, la Ratio Fundamentalis afirma: Un


acompañamiento adecuado podría evidenciar que la llamada que un joven pensaba
haber recibido, aunque haya sido reconocida durante la primera etapa, no sea en
realidad una vocación al sacerdocio ministerial, o no haya sido adecuadamente
cultivada. En tal caso, por propia iniciativa o después de una intervención autorizada
de los formadores, el seminarista deberá interrumpir el camino formativo hacia la
ordenación presbiteral (RFIS, 72). Y en relación con la etapa pastoral: Como
conclusión del ciclo formativo del Seminario, los formadores deben ayudar al
candidato a aceptar con docilidad la decisión que el Obispo tome sobre él (RFIS, 77).
Es fácil que la inserción pastoral en una comunidad cristiana y en el presbiterio saque
a la luz algunas deficiencias de la formación e incluso cuestione la idoneidad de un
candidato. Por eso, también en este momento final se debe hacer el necesario
discernimiento vocacional, que vendrá ritmado por la recepción del diaconado y el
presbiterado.

Los escrutinios que se realizan al solicitar el diaconado tienen una importancia


particular, porque suponen en general la aceptación para el presbiterado (CIC, can.
1030). Consecuentemente conviene dar este paso con la debida seriedad y aplazar la
ordenación diaconal siempre que exista cualquier duda sobre la idoneidad o la madurez
del candidato. Como ya se ha explicado, la valoración de los ministerios de lector y
acólito dan una m ateria abundante de discernimiento. Por otro lado, surge un
conjunto de elementos que surgen de la consideración de los rituales de la ordenación.
No se debe olvidar que también en este momento el candidato debe discernir su propia
vocación, aunque el peso de la decisión recaiga sobre la autoridad.

Los escrutinios que se realizan al solicitar el presbiterado evalúan


específicamente el ejercicio diaconal. Si surgiera en ese momento una causa grave, se
puede aplazar o suspender la ordenación presbiteral. También está previsto que si el
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caso de que el diacono transitorio, por algún motivo, no quisiese recibir la ordenación
presbiteral (CIC, can. 1038). Ambas situaciones son delicadas y exigen un cuidadoso
acompañamiento, sea para continuar adelante hacia el presbiterado o no. En ocasiones
se llega a este momento sin la claridad suficiente porque no se ha hecho bien el
proceso de discernimiento de la vocación. En este caso hay que reconocer una
responsabilidad institucional, que exige por justicia, además de un verdadero
discernimiento, un tratamiento muy cuidadoso de estos casos.

La expulsión del Seminario diocesano

Pueden darse casos extremos en los que sea necesario expulsar a un seminarista.
Conviene evitar que esto se convierta en un procedimiento ordinario y también que
se cree en la comunidad formativa una «moral de consecuencias», cuyo máximo
castigo es la expulsión. En todos los casos es necesario impedir que la expulsión sea la
última palabra, procurando lo más posible un diálogo sereno y que la relación del
seminarista con la diócesis y con el Seminario concluya en buenos términos.

En principio no se debe expulsar a un seminarista por motivos disciplinares.


Tendría que tratarse de faltas gravísimas y pertinaces. La expulsión del Seminario
supone motivos que cuestionan gravemente la idoneidad del candidato y deben
quedar por escrito en el informe final.

El procedimiento viene descrito en la Ratio Fundamentalis: Si el equipo formador


considera necesario expulsar a un seminarista en cualquier momento del camino
formativo, después de haber consultado al Obispo, se refiera el hecho en un documento
escrito y bien conservado, que exponga con prudencia, al menos sumariamente, pero
con indicaciones claras, tanto las circunstancias que han motivado la expulsión, como
una síntesis del discernimiento realizado (RFIS, 197).

Algunos motivos para la expulsión serían los siguientes:

■Faltas morales gravísimas que entran en flagrante contradicción con el


ministerio presbiteral. Por ejemplo, el seminarista que roba o abusa de los bienhechores
en beneficio propio, mostrando que utilizará el ministerio como un medio para su
propia promoción. Cuando un seminarista mantiene relaciones sexuales, frecuenta
lugares de dudosa moralidad o donde se da la promiscuidad, consume alcohol o drogas
o ha cometido algún delito.

■ Cerrazón al acompañamiento. El seminarista que, habiéndosele advertido y


contando con formadores bien dispuestos, no permite el acompañamiento personal,
permaneciendo como una persona desconocida para sus formadores. En este caso se
está dañando de raíz el proceso formativo, que requiere un mínimo de apertura de
corazón.

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■Abuso de personas vulnerables. El ministerio sacerdotal está al servicio de los
demás y particularmente de los pequeños y de quienes son despreciados. Cuando en un
seminarista se observan conductas de abuso de las mujeres, de los menores de edad, de
los pobres o de personas que pasan por situaciones de sufrimiento se está constatando
un grave impedimento para que continúe el proceso formativo.

La re-admisión al Seminario diocesano

La re-admisión al Seminario diocesano de seminaristas provenientes de otros


Seminarios o casas de formación debe considerarse siempre un proceso delicado, en
el que conviene proceder con mucha prudencia. En este punto es importante que el
Obispo no actúe solo, sino contando siempre con el Rector y los formadores de la
propia diócesis y de la diócesis o congregación religiosa de procedencia.

Para estos procesos es de una gran ayuda el clima de confianza que pueda
existir tanto entre los Obispos como entre los formadores del país. Cuando entre ellos
hay un conocimiento mutuo y existe una comunicación fluida y natural, se facilita
enormemente el discernimiento. Al contrario, cuando entre ellos existen prejuicios y
distancias ideológicas resulta muy difícil discernir, porque falta la confianza para hacer
una consulta e incluso para pedir un informe.

El orden y la precisión de los archivos de cada Seminario preparan remotamente


y facilita este tipo de gestiones. Que los informes estén bien hechos. Que siempre se
elabore y se archive un informe final, en el que se aclaren las causas de la salida del
seminarista. Que para cada seminarista haya un expediente bien armado, en el que no
falten datos y documentos que son indispensables. Que se consignen por escrito los
resultados de los escrutinios. En muchas ocasiones ya ha cambiado el Rector, de modo
que los archivos serán su único recurso para poder responder a la petición de
información de otro Seminario.

En todos los casos es fundamental la manifestación sincera y transparente de


las causas del abandono del proceso formativo por parte del mismo candidato. Si
faltara esta claridad es mejor «cortar por lo sano» que arriesgarse a ser engañados.

Algo similar hay que decir de la Institución. En las diócesis y en los Seminarios
no siempre se procede adecuadamente. Reconocer con transparencia estas
deficiencias para que los errores se corrijan y no se multipliquen.

Se pueden identificar diversos tipos de procedimiento.

■Cuando el seminarista pasa directamente de un Seminario al otro y es


recomendado por sus formadores. No ha habido un período fuera del Seminario. En
este caso, es conveniente establecer una comunicación amplia entre los responsables
de ambos Seminarios o casas de formación. Lógicamente, el candidato viene precedido
de un informe positivo. Es importante identificar las causas del cambio, por ejemplo,
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por un cambio de domicilio de la familia del seminarista, por un ofrecimiento del
mismo para una diócesis necesitada, o porque tiene inquietudes de vida religiosa.

■Cuando el seminarista ha abandonado el proceso formativo y pide ser


admitido en otro Seminario. Conviene informarse bien de lo sucedido durante el tiempo
transcurrido fuera del Seminario. En este caso, los formadores del nuevo Seminario
deberán solicitar los informes. Es necesario no dar el paso a la re-admisión hasta que
no se reciba un informe positivo.

■Cuando el seminarista ha sido expulsado y pide ser admitido en otro Seminario.


En este caso, el informe será siempre negativo. No es prudente suponer una injusticia,
al menos que los formadores actuales del seminario que lo expulsó lo reconozcan en el
mismo informe. En otro caso, no debe ser admitido.

Conclusión

Quisiera terminar esta sesión con una cita de la Ratio Fundamentalis que muestra
el profundo sentido pastoral del discernimiento de las vocaciones sacerdotales: Un
serio discernimiento de la situación vocacional del candidato desde el inicio impedirá
que se postergue inútilmente eljuicio sobre su idoneidad para el ministerio presbiteral,
evitando conducir a un seminarista a los umbrales de la ordenación, sin que tenga las
condiciones imprescindibles requeridas (RFIS, 48). Por el bien de cada seminarista, de
la comunidad educativa del Seminario y de la Iglesia, el discernimiento de las
vocaciones debe ser oportuno. El discernimiento es siempre un bien, porque consiste
precisamente en hallar la voluntad de Dios. Tarea de los formadores y particularmente
de los rectores es hacerlo sentir así a los seminaristas, aunque el resultado no siempre
sea complaciente.

* Jorge Carlos Patrón Wong


Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

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