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Emmanuele Adolescencia, Crisis y Discurso Social

Este documento discute diferentes perspectivas sobre la adolescencia en la psicología evolutiva. Menciona dos enfoques principales: concepciones monádicas que enfatizan el desarrollo endógeno, y concepciones diádicas que enfatizan la influencia sociocultural. También critica la noción de que el desarrollo es un proceso lineal, argumentando que es el resultado de múltiples dimensiones convergentes y que la biología es solo una posibilidad que se conforma dentro de la trama simbólica. Concluye

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Emmanuele Adolescencia, Crisis y Discurso Social

Este documento discute diferentes perspectivas sobre la adolescencia en la psicología evolutiva. Menciona dos enfoques principales: concepciones monádicas que enfatizan el desarrollo endógeno, y concepciones diádicas que enfatizan la influencia sociocultural. También critica la noción de que el desarrollo es un proceso lineal, argumentando que es el resultado de múltiples dimensiones convergentes y que la biología es solo una posibilidad que se conforma dentro de la trama simbólica. Concluye

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EJE I

ADOLESCENCIA, CRISIS Y DISCURSOS SOCIALES

Elsa S. Emmanuele

La Psicología Evolutiva y su concepción de Humano

La problemática adolescente remite a diversas dimensiones convergentes que se


anudan en una verdadera encrucijada difícil de dilucidar.
Desde el enfoque tradicional, la adolescencia constituye un período de transición
de un momento a otro, un paso de la niñez a la adultez, un período crítico y conflictivo.
Desde esta mirada evolutiva del humano que crece atravesando una secuencia de etapas
sucesivas, se derivan imágenes en cierto modo estáticas y básicamente descriptivas acerca
del cómo es en cada tramo del recorrido, en cada etapa o período.
Las llamadas Psicologías Evolutivas albergan en su interior concepciones diversas
que no obstante sus matices diferenciales, asientan en la postulación de un humano
acabado, capaz de alcanzar la plenitud y de progresar hacia una madurez que culmina en
el logro de una Identidad propia sellada alguna vez y para siempre. Obviamente, requieren
de una lectura crítica más profunda a través del recorrido de autores y textos, tarea
minuciosa que excede los límites del presente trabajo pero que -sin embargo- no puede
soslayarse en esta introducción a la temática.
En términos generales, se distinguen dos grandes líneas o posturas que en
principio parecen enfrentarse en un versus ciertamente falaz: las concepciones monádicas
y las concepciones diádicas.
Las primeras enfatizan la noción de un des / arrollo humano que supone el
progresivo y espontáneo despliegue de algo indudablemente arrollado que sale a luz como
efecto de fuerzas evolutivas biológicas, propias de los seres de la especie humana. Tal
proceso endógeno evoluciona hacia una madurez plena según las influencias ejercidas
desde un medio ambiente que interviene ora favoreciendo, ora obstaculizando el
desarrollo de potencialidades en germen.
Dentro de las concepciones monádicas se pueden distinguir aquellas corrientes
que consolidan un empirismo descriptivo ya sea enfatizando la maduración biológica (por
ej. autores como E. Hurlock; Stone y Church; etc.) o bien, de tendencia psicologista como
por ej. Arnold Gesell, autor que describe conductas y comportamientos asignados a cada
edad: diez, once, etc.
Otras líneas -dentro de las concepciones monádicas- centradas más en la génesis
del psiquismo, asientan en una determinada lectura de las obras de S. Freud y colocan al
Psicoanálisis en la perspectiva de una Psicología Evolutiva en tanto presuponen al
humano como un ser básicamente instintivo que alcanza la plenitud genital luego de
atravesar cronológicamente las sucesivas fases o estadios de la libido: oral, anal, fálica,
latencia.
Autores como Anna Freud y Melanie Klein se pueden ubicar en esta perspectiva
con matices muy diversos y controvertidos. Las contribuciones de M. Klein a la teoría
psicoanalítica de Freud, derivan de investigaciones sobre las primeras experiencias y los

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estadios más tempranos del desarrollo del Yo, conocimiento cuya profundización resulta
esclarecedora del desarrollo posterior de la personalidad humana. Sus aportes nutren las
formulaciones de autores como Arminda Aberastury, Peter Blos, Mauricio Knobel,
Eduardo Kalina, Raquel Soifer, etc. -entre muchos otros- que conceptualizan a la
adolescencia en términos de: momento crucial de la vida; etapa decisiva de un proceso de
desprendimiento; segundo proceso de individuación; etc.
Las concepciones diádicas se formulan a partir de la influencia y de los aportes de
la Antropología Cultural, en oposición a la universalidad de los conceptos freudianos que
exaltan el desarrollo humano como un proceso endógeno.
La Antropología Cultural postula un determinismo cultural. Las investigaciones
comparativas (de M. Mead, por ej.) de la adolescencia, con sociedades primitivas donde
la problemática se considera ausente o bien, enfrenta opciones simples de resolución,
concluyen en que la conflictiva adolescente se deriva básicamente de nuestra
organización socio cultural que promueve la discontinuidad de la sexualidad, ya que las
experiencias sexuales infantiles son censuradas y los niños son mirados como seres
asexuados.
Pero tal como expresa Rolf Muuss "(...) las posiciones extremas del determinismo
ambiental y del universalismo genético han cedido lugar a una posición en que los
factores biogenéticos y las fuerzas ambientales son estudiados más cuidadosamente y
donde se reconoce su mutua interacción" .
Dentro de las corrientes Diádicas se ubican autores como Erikson cuya línea de
culturalismo normativizante y rigurosamente moralista, no obstante su auge de
divulgación tres décadas atrás, aún preserva residuos de vigencia en arcaicos imaginarios
del Discurso Pedagógico. Basta recordar, a modo de ejemplo, un breve fragmento de su
obra donde fundamenta "Identidad versus Confusión de Rol":
"La mente adolescente es (...) una etapa psicosocial entre la infancia y la adultez
y entre la moral aprendida por el niño y la ética que ha de desarrollar el adulto. Es una
mente ideológica y, de hecho es la visión ideológica de la sociedad la que habla más
claramente al adolescente (...) Por lo tanto, al buscar los valores sociales que guían la
identidad, uno enfrenta los problemas de la ideología y la aristocracia, ambos en su
sentido más amplio posible, según el cual, dentro de una imagen definida del mundo y un
curso predestinado de la Historia, los mejores individuos llegarán al poder y éste
desarrolla lo mejor que hay en la gente. Para no caer en el cinismo o en la apatía, los
jóvenes deben ser capaces de convencerse de que quienes triunfan en su mundo adulto
anticipado tienen así la obligación de ser los mejores" .
Otro autor que en términos generales, se ubica en estas corrientes es León Pérez,
abocado al tema de la marginalidad adolescente, extremo ya del "síndrome de amputación
del futuro" con que denomina al cuadro psicosocial de la adolescencia .
Pero más allá de este breve racconto de líneas que alberga la psicología evolutiva
y de autores que conforman la literatura tradicional, lo que importa señalar -siguiendo a
Néstor Braunstein- es que una vez "planteados dos términos, A y B, y el axioma de su
interacción, queda el terreno abonado para discutir el predominio, la determinación, la
subordinación, la emergencia, la influencia, la interacción o la independencia de uno
respecto del otro y viceversa" apoyado en la falsa y vieja antinomia individuo-sociedad.
Sobre ella se despliegan luchas y oposiciones que afirman al paradigma positivista, ya

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sea acentuando la perspectiva ontogenética (Biologista o Psicologista) o bien, la
hegemonía de los condicionantes socio culturales, o bien postulando el equilibrio y
armonía entre tres áreas dicotomizadas, hábil negociación de influencias mutuas que
propone la corriente funcionalista al concebir al hombre como un ser bio-psico-social.
Desde un paradigma alternativo al positivismo vigente, las categorías
conceptuales de interacción, armonía y equilibrio, subordinación o predominio, ya no
pueden sostenerse. El hombre es un ser histórico, en permanente proceso de construcción,
situado en un mundo donde los objetos -lejos de tener una existencia natural- "son
propuestos por la cultura, en y a través del lenguaje", sistema que ordena, para el Sujeto,
el mundo y su percepción .
Pero antes de poder hablar, es preciso ser reconocido como uno a través de un
nombre (primera identificación jurídica y libidinal) y de una imagen fundante, la imagen
especular. El psiquismo humano se constituye desde el discurso de los otros que a uno lo
designa, lo nombra; le atribuye un sexo; lo excluye del otro sexo; atiende las necesidades
que la incompletud orgánica impide satisfacer; le pone palabras significativas a gestos y
balbuceos; y lo incluye en un sistema de parentesco con permisos y prohibiciones .
Discurso que ofrece un lugar para ser asumido como propio en el seno de una familia
inserta ya en una trama simbólica, con complejas relaciones genealógicas, atravesadas
por un contexto histórico social que emite requerimientos a través de las normativas, las
leyes, las creencias, los valores, los imaginarios, etc.
El cuerpo biológico propio de la especie (cuerpo real) es condición necesaria para
devenir humano, pero no suficiente. El proceso de constitución del Sujeto o proceso de
sujeción, ya no puede concebirse como lineal sino como efecto resultante de un
complejísimo entramado de dimensiones convergentes.

La adolescencia como encrucijada

Desde la perspectiva tradicional, se sitúa la adolescencia como un corte transversal


de la biología humana. Queda así localizada en una cierta edad cronológica dentro del
tiempo que transcurre entre el nacer y el morir. Sin embargo, la biografía se inscribe en
una historia singular que precede la existencia real y carece de límites temporales pues se
halla ligada a generaciones pretéritas que involucran variados imaginarios acerca de
determinados personajes familiares ofrecidos a la identificación. Su significación es
relevante en la medida en que representa la historia subjetiva de deseos en la que el Sujeto
ha podido constituirse como tal.
El cuerpo biológico sufre transformaciones permanentes durante el transcurso de
su biografía, transformaciones que conllevan determinado registro en el psiquismo
humano. No se trata -entonces- de situar lo biológico como un área o entidad que
inter/actúa con otras entidades sino de reubicarlo en una dimensión de posibilidad humana
que se conforma como tal dentro de la misma trama estructurante que hace del devenir
humano una constante encrucijada.

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Tal encrucijada, en su doble sentido, como oscuro cruce de caminos convergentes
y como acechanza o emboscada, se materializa en ese tránsito designado como
adolescencia.
El estallido biológico y la metamorfosis empíricamente observable que irrumpe
en cierta edad cronológica denominada Pubertad, se instaura como condición de
posibilidad de un estallido de identificaciones que si bien se produce como correlato,
carece de certeza secuencial. La caída de las identificaciones sostenidas y la búsqueda de
otras nuevas de las cuales apropiarse compensando todo lo perdido, requiere de un tiempo
subjetivo. Tal caída coloca a los ideales parentales fuera del alcance, en posición extrema
de repudio, único modo -quizás- de poder tolerar la angustia propia de tan irremediable
separación.
La ecuación fundamental dejar de ser para desear tener, se atraviesa en el devenir
humano gracias a operaciones simbólicas que -como dice Winnicott- consisten en "pasar
simbólicamente por sobre el cadáver de los mayores", es decir, confrontarlos, destituirlos,
interpelarlos mediante la oposición, triunfar sobre ellos. Si tanto los padres como los
muchos otros adultos (docentes incluidos) permanecen ceñidos a su absoluto saber, si no
se dejan cuestionar, si no admiten caer de la posición de Ideales, se obtura el acceso a la
apropiación subjetiva de las funciones que conlleva la categoría adulto (entre ellas por
ej., la paternidad) .
Ahora bien, ningún humano puede otorgarse a sí mismo aquellas identificaciones
que lo constituyen como tal. Precisa del reconocimiento de otro que mediatice caminos
de acceso al orden simbólico; otro que a través de la mirada corrobore su semejanza
especular; otro que a través de la palabra lo nombre.
El nombre propio representa e identifica a cada humano singular en la trama
simbólica de muchos otros que simultáneamente conforman su Yo. Pero se trata de un
nombre ligado a un sexo biológico que -en principio- ha sido impuesto por los
progenitores, un nombre que resulta ajeno y por tanto, requiere de una apropiación. La
significativa búsqueda de lo propio conlleva -en esa encrucijada adolescente- a interpelar
y a revisar todo lo dado, en una reedición de percepciones de extrañamiento frente a las
cosas familiares desde siempre; frente al cuerpo real autorizado en su sexualidad
únicamente por la biología; frente al nombre que por impuesto se reniega. Pero el
reconocimiento de los otros se formula carente de toda positividad y lejos de la afirmación
anhelada, sólo expresa la evidencia de lo que está en falta. Se dice: no es un niño; no es
un adulto; es grande ya para hacer tantas pavadas; es chico aún para tener tantas
libertades, etc.

La noción de “crisis” y los Discursos Sociales

La noción de crisis aparece ligada de un modo casi incuestionable a la


adolescencia -aunque no restringida a ella en su aplicación- resultando un común
denominador entre todas las posturas teóricas que intentan dar cuenta de su complejidad.
Tanto las concepciones monádicas -sean biologistas, psicologistas o de base
psicoanalítica- como las concepciones diádicas, hablan con matices diferentes de una
crisis que caracteriza a la adolescencia.

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El origen etimológico de la palabra crisis (Krisis) que significa juicio, la ubica ya
en una trama que enlaza el Discurso Médico con el Discurso Jurídico.
Se trata del momento decisivo en que una enfermedad se resuelve entre la curación
o la muerte; es -entonces- el momento decisivo en el que podrá juzgarse. Traspolada al
Discurso Psicológico, la crisis marca un momento de ruptura casi lineal entre el pasado
de un niño pronto a desaparecer y el futuro de un adulto por venir.
Así, la crisis connota tanto el peligro frente a algo como la posibilidad misma de
ese algo. Cuando la dificultad y la magnitud de un problema sobrepasa los recursos que
se disponen en forma inmediata para enfrentarlo, sobreviene la crisis.
Se trata, pues, de una disfunción, un desorden, un desequilibrio que irrumpe en la
supuesta armonía de un orden establecido.
Desde la mirada adultocéntrica vigente, la adolescencia se concibe en términos
de una crisis que entraña desde la posibilidad y los riesgos derivados de dejar de ser
juicioso y obediente, hasta los peligros de una pérdida irremediable del juicio, con todos
los matices intermedios que socialmente se adjudican entre el desacato y la locura.
Así, la noción de crisis condensa -por su sentido adaptacionista- todos los
Discursos Sociales tanto en sus tipologías específicas (Médico, Pedagógico, Jurídico,
etc.) como en sus múltiples entrecruzamientos.
El Discurso es siempre una construcción histórica social que trasciende a sus
hablantes; no se reduce a un fenómeno de expresión. Se trata de un espacio de exterioridad
que ofrece diversas posiciones de subjetividad y en cuya trama el Sujeto es
constitutivamente situado, "sin que pueda figurar en él jamás como titular"
Los Discursos Sociales vigentes tienen como sustrato común concepciones
evolucionistas del humano, ya que toda organización social, en mayor o menor medida,
es evolutiva desde sus criterios básicos.
Desde el Discurso Jurídico la población se clasifica en mayores y menores,
femeninos y masculinos. Se regula lo permitido y lo prohibido montado sobre edades
cronológicas definidas por la hegemonía biologista del Discurso Médico, edades que
habilitan -desde la maduración neurofisiológica estándar del cuerpo real- para votar, para
conducir vehículos, para contraer matrimonio, para acceder a la actividad laboral, etc. La
categoría social de mayor se obtiene a los 21 años y la de emancipado de la patria potestad
sobre todo para actividades comerciales, a partir de los 18 años.
El Discurso Pedagógico encarna a su modo, las normativas sociales,
instituyéndolas en el ámbito de la organización escolar. El verticalismo de tinte
gerontocrático consolida los lugares respectivos del enseñante (docente) y del enseñado
(alumno) como ubicaciones fijas, inamovibles, absolutas. Los mayores dirigen y enseñan
a los enseñantes y éstos, a los enseñados.
A su vez, dentro de la población estudiantil la palabra vale más cuanto más
avanzado en la carrera; cuanto más grande o superior es el año o curso, quedando la
palabra de los ingresantes prácticamente descalificada.
La categoría mayores concentra el compendio del saber y del poder infalibles;
siempre queda -al igual que la institución educativa- exenta de todo error o equívoco.
Desde la perspectiva del devenir humano y la estructuración de su psiquismo, la
edad cronológica aislada, por sí, no es más que una arbitraria cuantificación habilitante
sólo como condición de posibilidad biológica.

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En términos generales, todos los Discursos Sociales insisten de las más diversas
maneras, en situar la crisis nominada adolescente adherida o localizada en la
metamorfosis misma del cuerpo real y en las supuestas conductas derivables que se
observan al modo de un organismo reactivo.
Consecuentemente, desde variados dispositivos sociales, queda fertilizado un
mercado propio de esta sociedad de consumo que comercializa con los jóvenes en la
oferta de insignias y de marcas, para poner señuelos de distinción a sus cuerpos. Por su
parte, los medios de comunicación de masas incitan al consumo de imágenes
extravagantes acerca del éxito, del triunfo, de la omnipotencia, de la sexualidad, etc.,
imágenes que ofertan fragmentaciones y alienación.
Maud Mannoni afirma que "el invento del concepto adolescencia (nacido en
Occidente) estuvo inmediatamente acompañado por medidas administrativas, médicas y
psicopedagógicas diversas. Y es esta respuesta social lo que el Psicoanálisis cuestiona" .
A su vez, resulta un tanto paradójico que una organización social regulada por
criterios evolutivos, no ofrezca ritos puntuales de pasaje que faciliten la apropiación de
un lugar social y el reconocimiento de una posibilidad productiva y no de inercia. Tiempo
atrás, las religiones y algunas costumbres burguesas instauraban ritos de presentación y
afirmación social.
El sistema educativo mismo con la adjudicación de un título habilitante, con la
escena teatral de la graduación de saberes acumulados, etc. -entre otros- ofrecía algunos
ritos de pasaje que hoy carecen ya de validez y de fuerza como tales, en virtud de la
pérdida y del vacío de significación social tanto de la Escuela como de la Universidad.
Vacío sin duda harto peligroso ya que unido a las quebradas perspectivas de inserción
laboral propias de nuestro contexto histórico nacional, obstaculiza no sólo las
posibilidades de identificación sino la búsqueda misma del humano en pos de un
reconocimiento, una mirada de otros que lo afirmen como alguien capaz de producción.
Recuperar el sentido de las prácticas sociales -sea en Salud, sea en Educación-
conlleva sostener el lema compartido de "un desafío y un compromiso para todos" .
Pero aquel que reniega, que ignora, que olvida, que condena, que desprecia su
propia adolescencia, difícilmente pueda ocupar sitio alguno o función posible en el
escenario de la vida real o imaginaria de aquellos protagonistas que una vez evaluados
obtienen la clasificación social de adolescentes. Si no resulta posible exponerse a caídas
bruscas desde el sitio de Ideales; a sostener confrontaciones que evidencian la propia
incompletud humana; a compartir los lugares circulantes del saber, menos aún resultará
posible tomar alguna posición de desafío.

A modo de epílogo, un significativo episodio

Un considerable número de profesores de enseñanza media integra el auditorio de


las Primeras Jornadas de Escuelas Agrotécnicas de la Pcia. de Santa Fe . La disertación
de apertura -a mi cargo- incluye dos temas arduos: Adolescencia y Sujeto de aprendizaje,
nada sencillos cuando el propósito primordial es reflexionar, desandar, revertir, las
clásicas literaturas -algunas ya vetustas- que nutren aún la formación del docente.
En la última fila, observo la presencia de tres o cuatro jóvenes que contrastan
visiblemente con el resto del auditorio. Alguien me explica que son alumnos de la Escuela

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Agrotécnica de Casilda de la UNR, que al parecer han aceptado la invitación -tal vez el
desafío- de asistir a tales Jornadas que así se inician.
Inmediatamente, concentro mi atención en la coherencia discursiva de la ponencia
que despliego y que desencadena debates colectivos cuyo dinamismo perfila -en
ocasiones- ciertos matices de pasiones y violencias.
La mayoría de los docentes discute enérgicamente las posiciones conceptuales
vertidas y se oponen a ellas con el desfile teórico tradicional, propio de la psicología
evolutiva. Exaltan la personalidad, el desarrollo, la madurez y sobre todo, la experiencia
del adulto, ingredientes en falta para un adolescente.
Aventuro entonces, una pregunta: "Pero... ¡¿qué dirían Uds. qué es un
adolescente?!".
Pregunta que -tal como esperaba- alguno retorna desafiante sobre mi. Respondo:
"Diría que un adolescente es alguien a quien se la ha roto el espejo; transitoriamente no
tiene dónde mirarse. Los humanos que le rodean son distintos y representan o encarnan
el corpus social que justamente repudia, con excepción de su grupo de pares, condición
privilegiada de quienes pueden sostener estrictamente una imagen de iguales".
Se produce un breve, tal vez reflexivo silencio. Desde la última fila, una mano en
alto pide la palabra. Es uno de los alumnos presentes, cualquiera diría -sin lugar a dudas-
un adolescente: cabellos largos, vaqueros cortados ventilando sus rodillas. Con admirable
serenidad, dice: "Quiero agregar que no se trata de un sólo espejo, son muchos los espejos
que se rompen".
Palabras de contenido altamente pertinente que evidencian no sólo la comprensión
de los conceptos vertidos durante la ponencia, sino también un admirable desafío hacia
esos otros reales que impugnan su estatuto.
Pero la escena no restringe su efecto al terreno de lo intelectual.
El protagonista -soporte y objeto de variados Discursos- atraviesa con su decir la
subjetividad de todo pretendido adulto expuesto con asombro ante sus propias faltas, ante
su incompletud.
Un adulto que todo lo sabe pero resiste saberes; un adulto que todo lo puede
aunque fallen sus poderes.
En la reconstrucción actual del episodio, recuerdo claramente que destaqué la
validez y pertinencia del aporte de aquel joven. Sin embargo, me queda hoy algo
importante sin saber: ¡¿cómo es posible que haya omitido preguntar su nombre?!
Sin duda, desafiar lo instituido, aquello que opaca la cotidianeidad de toda
práctica, resulta tarea ardua. Conlleva tolerar las implicancias angustiantes de ser mirado
como nadie y exige revitalizar por tanto, aquella posición de adolescente a ultranza.

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