Cuentos y Leyendas de la selva peruana (II)
Ya contamos en un post anterior alguno de los cuentos y leyendas de la selva peruana
más populares, entre los que destacan la leyenda del Delfín rosado, la historia de
cuando el sol era un perezoso, el Chullachaqui, o los hermanos y la oropéndola.
En esta ocasión queremos traeros nuevas historias de las leyendas y cuentos más
populares en la Amazonía peruana, que hemos recopilado en base a la lectura de
diferentes publicaciones en el Centro Cultural Pío Aza y el Centro Amazónico de
Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP), ambas sitas en la ciudad de Lima.
Esperamos que disfrutéis con su lectura.
El Páucar y la Víbora
Cuenta la leyenda que el Páucar era un niño que tenía la lengua demasiado
suelta y que gustaba de burlarse de las personas de la aldea imitando sus voces;
solía llevar siempre puestos un pantalón negro y camisa amarilla.
Cierto día, por inventar que una anciana que acababa de llegar al poblado era una
runa-mula que los viernes en la noche volaba sobre una escoba, ésta –que en verdad
era un hada disfrazada- lo transformó en un pájaro que aún mantuvo los
colores de la ropa que llevaba puesta.
Pero el hada tuvo una deferencia con el niño: una vez transformado en ave también
mantuvo su inteligencia y su habilidad para imitar el sonido de las gentes y de otros
animales. Además de eso, también fue otorgado con una fina habilidad para tejer con
pequeñas ramas unos cubículos donde todos anidan muy cerca los unos a los otros.
Cierto día en que el páucar estaba en lo más alto de un delgado árbol, pudo observar
cómo llegaba reptando una víbora que venía huyendo de un búho y un águila que la
habían expulsado de la zona del bosque donde solía cazar.
Hambrienta y con todo el peso de los cielos sobre su cuerpo, dejó llevarse hasta los
árboles buscando algo con que saciar su enorme apetito. Trepó y trepó hasta llegar a
la parte más alta de la punga, árbol de tallo blanco, y al llegar allí no pudo moverse
más. Se sentía segura allá arriba y decidió dormir desde que se pusiera el sol hasta
que se levantara el día siguiente.
Al abrir los ojos, la víbora vio un festín en los nidos de las hembras del páucar.
Brillantes huevos relucían con la caricia del sol, haciéndolos aún más apetecibles a la
mirada hambrienta de la víbora.
Tampoco pasó desapercibido para ella que bajo los nidos había un avispero donde las
avispas se revolvían al compás de los rayos del sol. “De todas formas este
suculento manjar valdrá correr el riesgo”, pensó la víbora.
Con cuidado y sin hacer ningún ruido, la víbora comenzó a subir y a subir hacia donde
estaban los nidos, pero el súbito grito del águila que la perseguía la otra noche
sonó como un estruendo y ésta cayó directamente sobre el avispero. Los cientos de
picotazos que recibió sobre todo su cuerpo hicieron que las esperanzas de la víbora se
desvanecieran y saliera huyendo en un ondulante y rápido movimiento.
Ni siquiera sospechó que quien realmente realizó ese sonido de águila fue el propio
páucar, que reía ahora tranquilo y orgulloso por su buena imitación. Sin duda no
verían a la víbora por esas tierras en mucho, mucho tiempo.
El amor que surgió de Pacaya Samiria
Hace un siglo atrás, cuando los ríos que dan nombre a la reserva de Pacaya Samiria
aún no tenían nombre, sucedió una bella historia de amor que aún sigue
transmitiéndose de generación en generación. La tribu de los Cocamas, que vivían
en las orillas del Río Pacaya eran enemigos de los Cocamillas, que gobernaban
las riberas del Río Samiria.
En la época de lluvias el bosque que circunscribe estas orillas está inundado, por lo
que sus fronteras de caza y pesca son más amplias.
Cierto día la bella Irini, hija querida del jefe de la tribu que dominaba los Pacaya,
amiga íntima del páucar, se adentró en canoa en las lagunas del bosque junto a su
amigo para explorar la zona. La época de lluvias era además su preferida para hacer
este tipo de incursiones sin el permiso de su padre.
Pero el destino quiso que su barca se adentrara cada vez más en el afluente del río y
se fuera alejando más y más de su aldea; tan ensimismada estaba en los colores que
iban adornando la tarde reflejándose en la corriente de agua, que hubo un momento
en que ya no supo regresar. Asustada preguntó al páucar si sabía el camino de
vuelta, pero éste había estado tan absorto en sus pensamientos como ella.
La noche llegó, e Irini junto a su amigo descubrieron una hermosa Punga junto a la
orilla. Le pidió al árbol sagrado que le dieran cobijo durante la noche, pues el suelo de
la selva estaba plagada de peligros y depredadores. Así fue que escalaron a sus
ramas, aunque Irini seguía preocupada por saber cómo estaría su padre al darse
cuenta de que no había aparecido en su casa durante el día.
Mientras tanto, Nanuqii, cazador de la tribu de los Cocamillas salió a buscar animales
para alimentar a su aldea. El joven, que había sido adoptado por su tío, el Gran
Jefe del grupo de los Samiria, era huérfano, y tan buen mozo que todas las chicas de
su aldea lo pretendían. No obstante, él no sentía interés por ninguna.
En uno de sus viajes para cazar decidió adentrarse en el bosque para alcanzar buenas
presas, topándose con el árbol sagrado donde la misma noche había pedido refugio
Irini. Era de noche y el joven volvió a preguntar a la Punga si podría colgar allí su
hamaca.
No bien trató de dormir, escuchó el canto del páucar. “Qué extraño lugar para un
páucar”, pensó, pero acto seguido escuchó una voz de mujer que le decía:
“¡Cuidado! Me puedes chancar”. Nanuqii no dio crédito a lo que acababa de escuchar
y miró hacia abajo. Irini y Nanuqii charlaron y charlaron, y de repente ambos notaron
como si se conocieran de toda la vida.
“Por qué no tomas mi lugar en la hamaca”, le propuso Nanuqii a Irini. Al día siguiente
recorrieron juntos el bosque, mientras el joven cazador le enseñaba a la chica los
secretos que él conocía de los árboles, las propiedades que ofrecían, y la mejor
forma para cazar y pescar en la zona. Los días pasaron y ambos se dieron cuenta de
que el tiempo se había detenido sin que ni siquiera lo notaran.
Irini urgió de pronto a Nanuqii para volver a su tierra. Cuando llegaron a la aldea de los
Pacaya, el cazador se armó de valor y pidió al cacique a Irini en matrimonio.
Tras interrogar al joven y saber de qué tribu provenía, amenazante le dijo: “Nunca
permitiría que el hijo de una tribu enemiga se case con mi hija. No te mataremos en
este momento por haberme devuelto a Irini sana y salva, así que retírate y no se te
ocurra volver nunca por estas tierras”.
Nanuqii e Irini se miraron con lágrimas en los ojos, sin entender nada de la
rivalidad entre sus dos aldeas. Cuando Nanuqii se retiró, la joven fue llorando hasta
su cabaña, pero el páucar entristeciéndose de esto voló hasta el cazador y le dijo:
“¡Espera! No te vayas. Esta noche te ayudaré a robarte a Irini, pero prométeme
que jamás se les ocurrirá volver de nuevo, pues el cacique los matará a los dos”.
De esta forma Nanuquii e Irini huyeron lejos y formaron una bella familia, allá donde
los dos Ríos que los separaban se unían, como una dulce metáfora de la unión de
sus dos corazones. La leyenda pasó de generación a generación, y los habitantes de
la reserva decidieron así poner fin a sus rivalidades y convivir como uno solo en la
tierra que los vio nacer.
La mágica curación del árbol del Chuchuhuasi
La mitología de la selva está íntimamente unida con el alma de los árboles y las
plantas, que otorgarán sus propiedades curativas a quien de verdad tenga el corazón
puro y pida sus favores sin buscar otro beneficio que no sea el de la sanación del
cuerpo.
Cuenta la leyenda que entre los nativos Cocamas había desaparecido el hijo del
curandero de la aldea. La desaparición de un miembro de la tribu era algo bien
extraño a no ser que fuera llamado por alguna divinidad de la selva, y los habitantes
de la zona se preguntaban qué podía haber pasado.
Los Cocamas se apiadaron del curandero, que triste no dejaba de buscar a su niño en
cualquier rincón del bosque. Buscaba y buscaba, pero no aparecía, hasta que sus ojos
finalmente se secaron de tanto llorar.
Pasaron los días, y junto a la humilde cabaña del curandero comenzó a crecer un
árbol. Y tanto creció con el paso del tiempo que pronto superó a todos los que había a
su alrededor. Estaba grande y orgulloso junto a la cabaña, dándole su sombra y su
protección a diario durante las calurosas jornadas que azotaban la selva.
El sol, que asomaba cada mañana por el este, bañaba su lado derecho al amanecer y
cuando se ponía tras el poniente, acariciaba dulcemente su lado izquierdo. Una noche
el espíritu del árbol se apareció ante el curandero en sueños y éste quedó
petrificado. “¿Es la voz de mi hijo la que habla?”, pensó, “Es este árbol el alma de mi
hijo querido y perdido hace tanto tiempo atrás?”.
Escuchaba atentamente en sueños la voz de su hijo que le decía: “Padre, estoy aquí
para ayudarte, nunca desaparecí, siempre estuve aquí a tu lado”.
El curandero abrió los ojos en la noche con una gran emoción en su pecho. ¡Cómo no
se dio cuenta antes! El mensaje que estaba recibiendo eran las palabras de su
hijo que le estaba dictando: “Padre, escucha. Toma de mí el lado chuchu, el lado
bañado por el sol saliente; y toma de mí el lado huasi, el que es acariciado por el sol
de poniente. Macéralos solo así… primero el uno y luego el otro, juntos serán tu
tesoro. Con eso podrás curar a muchos y darás alegría a muchos más”.
Su hijo le estaba diciendo que si seguía su secreto podría ofrecer el bien a los
habitantes de su aldea y las comunidades vecinas. Las semillas del Chuchuhuasi se
extendieron por la selva, y el curandero sigue curando junto a su hijo, para todos
aquellos que crean en el poder del espíritu del árbol.
Seguiremos buscando más información para poder traeros algunas leyendas y
cuentos más de los distintos pueblos originarios que pueblan la Amazonía peruana.
Todas con un auténtico encanto sobre la comunión de estas tribus con la naturaleza
que les rodea y con la magia que esconden los espíritus de las plantas y los animales.
Francis, Viajes del Perú
Febrero del 2018
[email protected]Publicado por Administrador ViajesdelPeru
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir con Twitter