Borges y la duda como elemento de
juicio
Gastón E. Giribet
Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas
y Universidad de Buenos Aires
Buenos Aires, Argentina
gaston@[Link]
Resumen
En este artículo se presenta una breve digresión acerca de
ciertos aspectos propios de la imagen del tiempo que Jorge
Luis Borges nos brinda en su constante referencia a las
historias múltiples coexistentes. Se ensaya como tesis que la
aparición recurrente de la duda en el relato se yergue como el
recurso literario que salva a la historia del implacable juicio de
la razón.
¿Desde dónde nos habla Borges cuando nos habla del tiempo?
Borges nos brinda una imagen del tiempo; él nos presenta la imagen
de una red de tiempos alternativos que confluyen, se bifurcan o
quizás se entrelazan sin tocarse jamás; una imagen que en principio
nos cobija y contempla, en cuanto nos ubica en un sendero que por
la arbitrariedad y la completitud del Universo viene a ser el nuestro.
Y es en el instante en el que experimentamos la inserción de
nuestra imagen en el cuadro que esta visión del tiempo nos brinda
cuando reconocemos verdaderamente el precio que Borges debió
pagar por legarnos su visión. Es este precio el que Schrödinger
reconoce como el que se debe pagar cuando se pretende obtener
una imagen moderadamente satisfactoria del mundo: extraer de él el
yo1. Borges, así, se extrajo a sí mismo al construir su imagen del
mundo material. Él se excluyó a sí mismo del mundo, del tiempo; hizo
esto al ubicarse en el papel del bibliotecario omnisciente, del testigo
privilegiado que se deleita con asistir a las congruencias y
bifurcaciones de los caminos, que se deleita con reconocer todos los
senderos como propios e igualmente reales.
Es Borges el espectador que ve aunarse los senderos, fundirse
éstos entre sí y volver a bifurcarse en una red infinita; es quien siente
miedo de referir a falsos recuerdos, de citar nombres apócrifos,
miedo que es la manifestación de ese precio a pagar por ser testigo
privilegiado de un proceso que, como él mismo nos dice, es
inaccesible a los hombres.
Borges nos propone que es superflua esa imposibilidad de Dios
para cambiar el pasado, porque es suficiente cambiar una remota
imagen del pasado o escribir una nueva página sin desechar la
anterior para crear una realidad paralela o congruente en la que
Patricio Gannon considere innecesario traducir a Emerson al
castellano2; porque es suficiente escribir una nueva página sin
desechar la anterior para hacer posible un viaje al sur que nos lleve a
morir en el pasado3.
Él contempla desde su universo, desde la biblioteca en la que todo
está escrito, y es real por cuanto está escrito. Borges, el que recorre
los senderos del jardín, privilegiado testigo consciente de las
bifurcaciones de los senderos.
¿Desde dónde nos habla Borges cuando nos habla del tiempo? Él
comparte el jardín de los senderos que se bifurcan con nosotros, pero
lo hace desde allí, desde atrás del cristal que, según él nos cuenta,
separa lo que vive en el tiempo de lo que vive en la eternidad.
Pero no es exacto creer que las imágenes del pasado, y por su
calidad de reales, reemplacen a los sucesos mismos. Necesita un
recuerdo ser borroso, una imagen de la memoria sentirse remota
para ser germen de un nuevo sendero que se abre en la infinita trama
de tiempos. Las bifurcaciones se nos hacen evidentes en la instancia
en la cual el recuerdo se vuelve sombra. Este hecho le otorga al
Universo de Borges el elemento de realidad.
De esta manera, la confluencia de los senderos y las bifurcaciones
de las historias llegan a nosotros en las últimas horas. Es por esto
que estas bifurcaciones y fusiones de los caminos son accesibles
para las sombras de los moribundos, que en cuanto sombras y
recuerdos borrosos nos salvan del corcoveo de la lógica.
Concebir toda página escrita como real lleva consigo una pesada
implicancia: debemos enfrentar, así, el problema de concebir el
carácter real de todo lo escrito, aún cuando dé cuentas de alguno de
los temidos escándalos de la razón. Borges elude este problema
sabiamente: lo hace recurriendo a su duda, al hecho de dudar de los
recuerdos, los nombres y los rostros. Entendemos, así, que esta
duda es también una manifestación del precio que Borges ha pagado
por su imagen del tiempo. El tiempo todo lo borra y lo transfigura;
consciente de ello soslaya el peligro de violar las condiciones de
contorno que la razón nos dicta.
Al igual que nos tranquiliza la fe en la existencia de infinitos
diccionarios que en remotos hexágonos4 nos permiten descubrir La
Ilíada tras cualquier combinación caótica de símbolos, debe
tranquilizarnos saber que de todo remoto recuerdo puede dudarse.
Así, para Borges, lo remoto viene a salvarnos de lo absurdo. La duda
se convierte, así, en su único y débil nexo con la realidad.
Borges les ha regalado su imagen del tiempo a los Hombres, lo hizo
cuando descifró el enigma de Ts’ui Pên5. Por hacer esto se condenó
a la eternidad, se recurrió en la atemporalidad de los hexágonos.
Notas:
[1] I. Prigogine, Opiniones de un renacentista contemporaneo,
entrevista realizada a Illya Prigogine, 1988.
[2] J.L. Borges, La otra muerte, el Aleph, 1957.
[3] J.L. Borges, El sur, Ficciones, 1998 reEd.
[4] J.L. Borges, La biblioteca de Babel, Ficciones, 1998 reEd.
[5] J.L. Borges, El jardín de los senderos que se bifurcan,
Ficciones, 1998 reEd.
© Gastón E. Giribet 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de
Madrid
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