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Perras Negras

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Lilian Alba Marien

Loreley Flores
Guada Gonzalez
Ma. Bernarda Guerezta
Adriana Jaworski
Cintia Oña
Marianela Salazar
Tempo
Verónica Yáñez Pedrana

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Perras Negras

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Relatos
PROLOGO pag. 5

BLANCO Y NEGRO - Verónica Yánez Pedrana pag. 6

AGUA - Verónica Yánez Pedrana pag. 8

LOS FANATISMOS Y YO - Ma. Bernarda Guerezta pag. 10

UN LUGAR - Ma. Bernarda Guerezta pag. 12

DISPAROS - Tempo pag. 14

COTORRAS - Tempo pag. 18

LA GENETISTA - Loreley Flores pag. 20

LA MOCHILA - Loreley Flores pag. 24

TODAS LAS PALABRAS, CON COHERENCIA - Marianela Salazar pag. 28

YO SOY - Marianela Salazar pag. 30

NO - Cintia Oña pag. 32

ROLLOS - Cintia Oña pag. 36

FOTOS - Adriana Jaworski pag. 38

MIEDOS - Adriana Jaworski pag. 40

CON LOS PIES EN LA LUNA - Guada Gonzalez pag. 42

UN AMOR Y UN CAFE - Guada Gonzalez pag. 44

OLOR RANCIO - Lilian Alba Marien pag. 46

TRENZAS MÁGICAS - Lilian Alba Marien pag. 50

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Perras Negras

Prólogo
Es increíble como muchas veces, al escribir una historia, creemos saber de qué se trata y no.
Esto parecía que iba a ser una historia de desamor, y tal vez lo sea, pero las tormentas que se des-
atan dentro de las personas más pacíficas estallan como huracanes que se cristalizan en el aire y se
transforman. ¿Se transforman o nos transforman?
Y ahí aparecen ellas, perras negras...Y Cortázar hablándole a Horacio ¿o a La Maga?, qué más da. Y
querés decir y callar. ¿Es necesario decir? Tal vez, tal vez no y parás y ahí aparece él de nuevo...
“¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un
sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero.
Total parcial: te quiero. Total general: te amo…” *
Es cierto, ¿Por qué stop? Y llega una propuesta, un desafío de poner en palabras todo aquello que se
quedó como un nudo en la garganta, como una trompada en el estómago.
Una palabra cada día haría que más de veinte minas (¿se dice minas?) desvistieran sus almas y co-
menzaran a quererse y a cuidarse. Las palabras estaban estipuladas de antemano y ocultas.
No podían elegirse.
“Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. Pero estoy
solo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan cómo pueden, me mor-
disquean desde abajo de la mesa. ¿Se dice abajo o debajo? Lo mismo te muerden. ¿Por qué, por qué,
pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras? Miralas ahí en ese poema de Nashe,
convertidas en abejas. Y ahí, en dos versos de Octavio Paz, muslos del sol, recintos del verano.” *
No somos Cortázar. ¡Claro que no! ¿Qué somos? Somos amigas que juegan a escribir, a veces auto-
rreferenciales, otras catárticas. A veces hacemos cuentos, relatos o lo que sea. Somos amigas que
se acuerpan cuando alguna lo necesita (y se puede) y que se abrazan y ríen virtualmente, juegan al
truco, cantan aunque lo hagan mal o sean cursis a la hora de elegir el repertorio.
Después de todo qué es ser cursi, buena, mala, creativa o repetitiva. Somos todo eso y somos pala-
bra: la que se dice, la que se desmenuza, la que se calla. Somos perras. Perras negras que queremos
resignificarlo todo para reír más, bailar más, gozar más y ser cada vez más nosotras mismas.
“En guerra con la palabra, en guerra, todo lo que sea necesario aunque haya que renunciar a la inteli-
gencia, quedarse en el mero pedido de papas fritas y los telegramas Reuter, en las cartas de mi noble
hermano y los diálogos del cine. Curioso, muy curioso que Puttenham sintiera las palabras como si
fueran objetos, y hasta criaturas con vida propia.”*
Cuando escribimos “También a mí (a nosotras), a veces, nos parece estar engendrando ríos de hor-
migas feroces que se comerán el mundo.”* y hoy estamos listas para compartirlas con ustedes

Las perras negras

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BLANCO Y NEGRO

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Perras Negras

Tenía 4 años. Le tocaba posar para una foto carnet y no quería. Estaba enojada. Tal
vez no entendía mucho la situación, pero tenía claro que no le gustaba en absoluto.
Hace mucho que no veía a su papá y su mamá estaba siempre a las corridas. Había que mudarse. Había que
juntar dinero. Había que vender todo lo que se pudiera. Había que dejar la casa. Había que dejar el barrio.
Había que dejar la ciudad. Había que dejar tías, tíos, primas y primos. Había que dejar a las abuelas y a los
abuelos. Había que tomarse un avión. Había que dejar el país.
Y le sacaron la foto.
Una cara en blanco y negro, plasmada en el pasaporte materno. Una foto con fondo blanco y gesto negro

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AGUA

8
Perras Negras

Desperté antes que sonara la alarma. Antes del amanecer.


Dormí pocas horas, luego de pasar una noche muy rara que relataré en otra ocasión. Logré despabilarme lo
suficiente para salir sigilosamente de la cabaña.
Afuera estaba oscuro aún. El mar se escuchaba muy lejos, cosa que me sorprendió porque horas antes pa-
recía que las olas rompían casi en la puerta.
Descubrí que, además de la bajamar, también había un arrecife muy alejado de la orilla lo que producía un
arrullo, más que un bramido.
Cámara en mano, me fui a sentar en la arena. A la espera. No sabía la hora exacta en que febo debía aso-
mar.

Acomodé mis isquiones y me dediqué a observar. Ví que hay varios agujeros en la zona así que me quedé
quieta, con el dedo listo para disparar. A medio metro podía “cazar” con el lente a un pequeño cangrejo, que
estaba obstinado en sacar arena de su cueva… de arena.
En esas tareas estaba, esperando al sol y a mi amigo de las pinzas, cuando la veo aparecer.
Viene caminando por la playa pero no está paseando. Camina algunos pasos y se detiene a levantar cosas de
la orilla. Mi vista no es la de antes, pasando los 40 es inevitable, así que espero que se acerque.
¡Algas!. Ella junta algas y las va guardando en una bolsa. Pero no cualquiera, la selecciona. No pasan dos
minutos y veo acercarse a más mujeres. Hacen la misma tarea. Algunas se saludan, supongo, porque no
hablo suajili. Las que no tienen bolsas, apilan las algas sobre una tela que luego atan con dos nudos y cargan
sobre su cabeza.
Así que dejé de lado al cangrejo y las fotografié a ellas.
Todas están cubiertas de pies a cabeza, aunque no usan velo. Usan un turbante -que ayuda a sostener la pe-
sada bolsa- y vestimenta que las protegen del sol. Dependen de los horarios del mar para cosechar. Porque
no solo levantan lo que deja la marea en la orilla, sino que también tienen sectores donde las cultivan.
Horas agachadas con el agua a las rodillas, o la cintura, bajo el sol que pela, para reunir toda las mwanis que
puedan y luego venderlas.
Aguas turquesas, cálidas, playas de arenas blancas, paradisíacas. Aguas que disfrutan solo los turistas. O por
lo menos eso fue lo que vi durante los 3 días que estuve en Zanzíbar.
 

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LOS FANATISMOS Y YO

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Perras Negras

“Yo soy medio fana de Frida”, dijo mientras acariciaba la estampa en su remera blanca. Casi como si quisiera
atravesar la historia. Como si buscara algo que la saque de la rutina diaria, de su vida mundana y anónima.
-Yo creo que me quedo en top mañana
-¿A dónde van?
-A ver a Marlen
-¿Y quién es Marlen?
-¿Cómo quién es? Este bombonazo que baila zumba, dice mientras muestra sus fotos de instagram.
-Yo soy fan, pero no tan fan como para ir tan temprano
-Querés que haga unas vinchas?
-Siiiiii
El diario tituló que Melina era fanática de los boliches, que abandonó la secundaria. Y la nota empezaba di-
ciendo que “La vida de Melina Romero, de 17 años, no tiene rumbo”... El rumbo se lo cortó el asesino que en-
volvió su cuerpo en dos bolsas de basura, porque se ve que el fanatismo nos vuelve objeto, cosa descartable.
Hebe de Bonafini se declara fanática de Evita y pide al pueblo que también lo sea.
Para las neurociencias, el fanatismo es un fenómeno tan viejo como la humanidad y contiene una obsesión
descontrolada. ¿Puede controlarse una obsesión? Quizás con medicación o meditación o por reivindicación...
“Yo no voy a hablar con “e”. Tampoco el fanatismo”
Nicolás conoce a Charly. Nicolás quiere que Charly se deje querer por él, y para ello, insiste e insiste en robar-
le algún momento. Nicolás era el actor protagonista de Soy tu fan, un unitario argentino donde parece que la
idea de consentimiento todavía no había sido muy entendida. Al menos, no en el capítulo primero...
Cuando estaba embarazada, tenía momentos de compulsión por limpiar. Necesitaba mover el trapo con
fuerza, oler el piso con perfumina de flores y descargar algo que nunca supo bien qué era. Más de una vez,
en el medio de esos raptos de frenesí, la etiquetaron de fanática de la limpieza. Saber si eras fan de alguien
era una pregunta casi obligada en su adolescencia, como los pósters que tapaban la soledad de las paredes
y de sus noches.
Cree que las religiones son unas especies de sectas que inyectan fanatismo a las personas para hacerlas más
vulnerables y oprimidas.
“¿Te acordás de la fanática esa que entró en tetas a la cancha de Central? Seguro quería que la llame Tinelli”
De su cuerpo intervenido con un mensaje de No Violencia, ni mu.
Hay quienes creen que las paredes donde se lee “Paren de matarnos” o “Aborto Legal Seguro y Gratuito” o
“Muerte al macho”, son pintadas por una horda de fanáticas que olvidaron cómo es eso de ser femeninas y
que no se merecen vivir en esta sociedad. Y que más vale que se vayan todas juntas a la isla más lejana donde
puedan romper todo, que al final, es lo que mejor les sale.
Si fuera fanática lo sería del pan seguramente. De la suavidad de la miga que se hace pelotita entre los dedos.
De la corteza crocante. Y de su aroma...pero no lo es, por las dudas, porque alguien le dijo que fanatizarse es
perder libertad, y ella es muy obediente.

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UN LUGAR

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Perras Negras

¿Cómo se contiene lo que ya es incontinente? ¿Lo que desborda?


Se hizo un bollito sobre la cama.
Cerró los ojos.
Escapó a un lugar secreto a donde nadie accede.
Sintió miedo. Taquicardias. Frío, calor.
Quedó inmóvil.
Respiró hondo.
Y se perdió por un rato.

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DISPAROS

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Perras Negras

Susan escribía “debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan”, su hijo David quería acompañarla
a la clínica ese viernes, se sentía mal, realmente mal.
-Voy con Annie- le había dicho. Pero Annie se fué, sabía que David no la dejaría sola, aunque tuviera razones
para hacerlo, lo sabía, pero en su corazón no podía dejar de dudar. Seguramente estaría al tanto de la dis-
tancia cada vez más grande entre ellas, de la ausencia de besos, de la ausencia de sexo. El sexo, lo que que
menos le importaba, no se sentía bien, estaba peor.
Los 15 años juntas no habían sido fáciles, ni siquiera podría llamarlos felices. ¿Qué las unía? ¿Sus obsesio-
nes?. Quizás ya había sido demasiado. Quizás esta vez se había ido para siempre.
Susan no podía saber entonces que sería Annie quien le tomaría su última fotografía en el año 2004 en su
lecho de muerte, de donde no se movió ni un segundo.
Cuando la conoció, Susan era una de las intelectuales más influyentes de su época. Annie, que tenía 39 años,
la retrataba para la portada de su libro. Sintió curiosidad por la fotógrafa que tomó la imagen de John Lennon
desnudo abrazando a Yoko Ono, pensó en los cinco disparos que mataron a John luego de esa última foto,
pensó también en los seis disparos de Dorothea.
Susan amaba la fotografía, o no, no exactamente a la imagen en sí, amaba la imagen echa texto, relato, cons-
truyendo en un acto político, transformador de las vidas públicas y privadas, las imágenes de los infelices, en
ellas se iba, en el caudal de palabras que le extinguió al fin su impulso vital. El sufrimiento, el acto heroico del
fotógrafo que entre salvar una vida o tomar la foto, elige lo último.
Los niños habían disfrutado del mar en Santa Barbara.
En marzo de 1936 la temperatura era agradable, un suave viento llegaba seco del Pacífico, Florence viajaba
con su marido y sus siete hijos por la carretera árida que la llevaría al próximo campo de cosechas en Wat-
sonville, ya habían recorrido cerca de 800 km, cuando en Nipomo el transporte dejó de funcionar. Nueve
personas dentro del auto, viajando por la route 101 en California, las remolachas que habían comido en
Valle Imperial comenzaban a ser un recuerdo que daba lugar a la incertidumbre. Florence que sabía que la
espera sería larga, improvisó una carpa. Cuando Dorothea la vió, su marido ya había partido con dos de los
niños a buscar un taller donde reparar el radiador. A Dorothea le dolían mucho los pies, ese día más que
de costumbre, el gobierno la había contratado para difundir sus políticas sociales, llevaba un buen tiempo
caminando, consciente de la importancia de su rol, de su denuncia, responsable de la influencia que podía
generar en el pueblo norteamericano. La sociedad debía sensibilizarse. Los desempleados, las familias des-
plazadas, migrantes, la gente sin hogar, sin recursos básicos para sostenerse, acechadas por el hambre y las
enfermedades, todo aquello debía mostrarse, socorrerse. Podría haber elegido algún equipo de trabajo más
liviano, pero no quería permitírselo, llevaba su pesada cámara soportando el dolor, llevando al límite las po-
sibilidades de su propio cuerpo dañado por la polio durante la infancia, quería esa foto: “La foto”.
Cuando la vio se sintió como una viruta de hierro en un campo magnético, olvidó sus pies torcidos, sus pa-
labras, solo la imagen la absorbía por completo, le quitaba el aliento. Seis disparos y ambas vivieron con las
consecuencias, la fotógrafa con la celebridad, la fotografiada con la vergüenza.
A Florence Leona Christie hija de Cleo Owens y George B Thompson de 32 años de edad, que comía los pá-
jaros que los niños mataban, no le agrado que le tomaran la imagen, pidió discreción, solicitó el envío de la
foto de manera privada, se sentía sucia, fea, culpable de su miseria, avergonzada en esa exposición de su más
íntima frustración, de su fracaso, de su necesidad. Dorothea no pudo, o no quizo escucharla. Gracias a esa
imagen publicada, la imagen icono del fotoperiodismo, el registro más sublime de la depresión de los años
30, pocos días después llegaría a Nipomo la ayuda, el alimento para cientos de familias. LLegaría cuando Flo-

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rence en su auto, con su prole estaba ya muy lejos. Para Florence solo hubo estigma y vergüenza... Solo diez
minutos, unas palabras confusas y seis imágenes.
“Una cámara fotográfica podía verse como un arma”
Solo faltaba remover el dedo de Florence del negativo, ese dedo sujetando fuerte, firme, desconcertado, des-
encajado. Perfeccionar la imagen de la miseria había sido el último acto de una secuencia de amputaciones,
la imposibilidad de decidir fué el primero. Ahora si, la foto lista.
Cuarenta años pasaron, el periodista Emmet Corrigan encontró a Florence en su casa móvil, había vivido en
el anonimato. Y solo después de su muerte sus hijos pudieron ver lo que todos los demás veían, una leyenda
de fortaleza de la maternidad de Americana.
Ficción no tan ficción basada en:
Florence Michel Owens Thompson 1903-1983, Agricultora.
Dorothea Lange 1895-1965, Fotógrafa.
Susan Sontang 1933-2004, Escritora Filosofa.
Annie Leibovitz 1949, Fotógrafa.

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Perras Negras

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COTORRAS

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Perras Negras

Cinco chanchos, gallinas, tres vacas y dos caballos, uno viejo.


Unos cincuenta eucaliptos y su casita. Sobre la copa de los árboles la colonia de cotorras que la acompañaban
día a día, con el sordo gruñido de sus chillidos constantes, nunca silencio. ¿O el silencio era eso? El incesante
ruido blanco que nunca se acaba, ahora aumenta, ahora cesa un poco… ahora se olvida.
Se comían todo. Había probado dispararles una por una, pero eran tantas. Les había puesto veneno, pero se
canso de juntar bichos y de no saber qué hacer con tanto pájaro muerto. Hasta que comenzó a plantar gira-
sol. Ese año también había plantado girasol para alimentarlas y que no comieran sus tomates ni sus choclos.
La tregua del girasol fue buena. Poco a poco, los animales habían comprendido y se habían vuelto amistosos.
Esto a La Luisa le gustaba, y les había tomado cariño. Les hablaba, en realidad le hablaba a todo, pensaba
hablando, ni se molestaba en bajar la voz, si total estaba sola. Sí, sola vivía ahí, en ese ranchito.
Pero hacía más de un mes que La Luisa no dormía bien, y se había hecho jueves. Jueves 23 de enero, como
decía ese telegrama de desalojo.
-Muerta me van a sacar- repetía, mientras ordeñaba en el banquito de una sola pata.
- Muerta me van a sacar- mientras separaba la crema y cortaba la ricota tomando mate.
-Muerta me van a sacar- mientras juntaba los huevos.
-Muerta me van a sacar- tiraba maíz a las gallinas. -Muerta me van a sacar- mientras baldeaba el patio.
-Muerta me van a sacar- horneaba el pan.
-Muerta me van a sacar- montaba el caballo.
-Muerta me van a sacar- guardaba los terneros.
El jueves 23, el ruido de motor alteró la tarde calurosa. Cientos de cotorras alborotadas salieron escanda-
lizadas de sus nidos. Una bandada de aves histéricas abandonando el monte de eucaliptos. -¡Muerta me
van a sacar!- repetían en un graznido unísono los pájaros verdes que volaban sobre el camino de tierra. Los
animales que de tanto haber escuchado a La Luisa repetir la misma frase se la habían aprendido y ahora por
un misterio de la naturaleza repetían una y otra vez todos juntos. -¡Muerta me van a sacar!- En un chillido
ensordecedor el cielo verde que se les venía de jeta.
-¡Muerta me van a sacar!- escucharon en el auto que se detuvo y giró en U, cagados todos de miedo a dos-
cientos metros de la tranquera. Esto sí que nunca les había pasado.

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LA GENETISTA

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Perras Negras

Paula se mudó a Alemania de un día para otro. Algunas personas pensaron que estaba huyendo, aunque no
comprendían muy bien de qué. Ella, en cambio, estaba segura, estaba huyendo. Huía de él, de ella, de la vida,
del dolor, de la decisión de tener que compartir algo que era exclusivamente suyo. Huyó de esa casa, de los
mandatos, de la rutina, del aire pegajoso y pesado de su ciudad que se le tornaba insoportable.

Alemania le brindó la posibilidad de trabajar y ganar bien, pero no fue todo tan fácil. Su niña nació en un lugar
hostil a las infancias. Le costó trabajo encontrar un edificio donde aceptaran niñas, niños, niñes; con las mas-
cotas todo bien. Jamás había pensado en eso. No hay casi sitios de cuidados para las infancias, y los que hay
son caros, casi inaccesibles. Igual, debía pagarlo. En ese mundo que había imaginado ideal, las amistades no
son como acá, Paula no encontró redes de contención ni con quién pasear un sábado por la tarde. El orgullo
le impedía volver, se había ido lejos, había sido su decisión y ahora tirar todo para atrás, hablar, replantear
la vida era muy difícil. El solo hecho de existir le parecía un laberinto enloquecedor, pero ahora, en este mo-
mento, ella no podía hacer otra cosa. No sabía muy bien por qué, pero no podía.
Trazó un plan de acción para no sentirse sola.
Cada mañana, después de llevar a Emma al jardín, iba a desayunar al mismo bar. La moza que la atendía era
cubana, tenían en común algo del idioma natal y la sensación de soledad. Paula, le dió su dirección y le supli-
có que si alguna mañana ella no llegaba a desayunar, por favor, se acercara a ver si le sucedía algo.
Durante más de un año, asistió cada mañana, se sentaba en la misma mesa y miraba al resto de la gente. Una
mujer de unos 40 años comenzó a llamarle la atención, también iba cada mañana sola y se sentaba siempre
en la misma mesa. Pudo averiguar a través de Alcira -la moza cubana- que era genetista, italiana y que hacía
unos meses que estaba haciendo un trabajo de investigación en Berlín.
Paula, sin saber muy bien por qué, esa mañana fue a la tienda de revistas y compró una sobre genética. Cada
mañana la llevaba al bar y simulaba leerla, pero su atención estaba puesta en esa mujer de piel clara, cabello
y ojos color café. No lograba captar su atención en realidad, pero cada noche en sueños, Paula se dejaba des-
vestir por ella y se despertaba con la respiración entrecortada y el sudor empapando todo su cuerpo. Cada
noche la imaginaba más, en cada sueño corría un velo y se animaba a lugares prohibidos, a poses, a sentires.
Esa mañana fue distinta, mientras ojeaba realmente la revista, sintió una voz por detrás que le dijo: “Miras la
misma revista hace más de un mes, si quieres te presto otra”. Paula se paralizó, se le heló la sangre. “Además,
noto que me miras de reojo”, agregó la genetista, segura de sí misma, en un perfecto alemán. Paula giró y la
miró, era bella realmente. Se ruborizó y solo atinó a decir: “No es lo que pensás. Tengo una hija pequeña y
no soy lesbiana.”
-Yo tengo un muy buen vino argentino en casa, que creo que te gustaría probar. Te espero esta noche, dijo la
italiana, mientras deslizaba un papel con su dirección hacia la taza de café de Paula y se marchó.
Qué haría ahora, se preguntó. Recordó uno a uno los sueños y pensó en qué podría ponerse de su guarda-
rropas para verse sexy...imploró a una compañera de trabajo que por favor cuidara un par de horas a Emma,
hasta que lo consiguió.
Volvió a su pequeño departamento, se vistió como hacía años no lo hacía, se perfumó, se puso aros y fue a
buscar el coche. A mitad de camino se detuvo, el corazón parecía querer salirse del cuerpo, su cabeza daba
mil vueltas. ¿Quería convertir en realidad su sueño? Pensar en la corporalidad la asustó, el sueño es abstracto
se dijo y volvió a poner en marcha el auto, fue hacia el aeropuerto, sacó dos pasajes hacia Argentina y huyó.
Otra vez.

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Esa noche, en un avión, Paula junto a Emma se hundieron en las nubes, fue un viaje, pero no hacia la libertad,
sino hacia las profundidades de su propio laberinto.
Esa noche, en Berlín, un malbec quedó sin abrir.

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Perras Negras

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LA MOCHILA

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Perras Negras

Levantó el forro, el labial, y la lencería erótica que había quedado tirada junto a la cama. Guardó todo en su
mochila y se fue temblorosa de la habitación de aquel hotel.
Al salir, el muchacho que estaba en la recepción la notó nerviosa y le preguntó si estaba bien. Casi sin mirarlo
le contestó que sí y paró el primer taxi que vio con el cartelito de “libre” encendido. Le pidió que la llevara a
una dirección que no era la suya, pero que quedaba cerca. Caminó con paso acelerado hasta su casa, llevaba
la llave en la mano, había aprendido a llevarlas así como método de defensa personal, en algún programa de
tele.
Abrió la puerta, subió la escalera desvistiéndose de camino al baño. Llenó la bañera y se sumergió en ella.
No podía dejar de pensar. No era muy tarde, pero sus hijos ya estaban dormidos. Pasó por la habitación, se
acurrucó un ratito junto a cada uno de ellos, los besó y se dirigió hacia su propia habitación.
Javi la esperaba despierto leyendo. ¿Cómo fue tu día hoy, amor? le preguntó como hacía todas las noches.
-Estuve de guardia hasta tarde, en esta época hay muchos accidentes, ya sabés, dijo ella, deslizándose entre
las sábanas. -¿Y el tuyo?
-Como todos, llevé a los chicos a la escuela, la maestra me comentó de las dificultades de Franco para las
matemáticas y que Lucila está cada vez más distraída. Después fui al super, todo aumentó otra vez: ahora ya
no compramos lo que nos gusta, si no lo que nos alcanza. Fui a la EPE a pagar la factura vencida, preparé el
almuerzo que por supuesto nadie quiso comer porque tenía “verduritas”. Renegué con eso, con el jardinero
que quiere cobrar más a partir de la semana que viene, con las tareas de la escuela. Llevé a Franco a teatro
y Luci a basquet. Volví a renegar a la hora del baño, de la cena y también a la hora de ir a dormir. Les leí un
cuento y acá estoy, disfrutando de mi momento...
-Hagamos el amor, dijo ella con lágrimas en los ojos, mientras le apretaba la mano y se quitaba el piyama.
-¿Ahora, Lau? estoy cansado y los chicos podrían despertarse en cualquier momento, lo sabés...en un rato
Luci tendrá pesadillas y tendremos que ir a calmarla
-Hagamos el amor. Necesito que me sientas y que sepas que sos el único hombre al que amé y amaré en toda
mi vida.
-Lo sé, dijo él, mientras se enredaba en sus brazos morenos y sus piernas largas. Era bella. Perfecta. Cómo re-
sistirse a eso. Jugaron, como lo hacían siempre a desempeñar un papel, eso les excitaba mucho. Usaron cada
uno de los geles y el vibrador que habían comprado la última vez que visitaron el sexshop. Fue una noche
mágica, interminable o casi, porque Lucila se despertó como habían previsto. Javier fue a su habitación y le
cantó la única canción que la calmaba y regresó. Laura no dormía, pero fingió hacerlo y lo abrazó fuertemente
mientras evitaba que las lágrimas le cayeran en el pecho. Él las sintió, una a una y tampoco pudo conciliar el
sueño, pero la amaba demasiado como para atreverse a preguntar.
A las seis y media, el despertador sonó, él intentó levantarse rápido a preparar el desayuno para toda la fa-
milia, pero ella lo retuvo.
-Quedate un ratito más conmigo, le dijo, y volvió a abrazarlo. Quiero que sepas que ustedes son lo que más
amo en el mundo, dijo susurrando.
-Lo sé, repitió él, la besó y bajó a la cocina. Como cada mañana prendió la tele mientras buscaba la leche, el
café, el mate y los cereales, pero una noticia lo sobresaltó. Habían encontrado muerto en la habitación de un
hotel al jefe de residentes de Laura.

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Laura, de pronto, estaba parada en la escalera atónita mirando a Javier y al cronista que decía que habían
podido identificar a la persona que estaba con él en el hotel, porque al salir huyendo, había olvidado su
mochila en un taxi, con un condón usado y todas sus identificaciones.
Y de pronto el infierno. Hubiera querido volver el tiempo atrás y hacer todas las cosas de otra manera. Amaba
al hombre que la miraba incrédulo desde la cocina. Y a Franco y a Lucila. Nunca quiso hacerles daño. Eran
todo lo que ella necesitaba para ser feliz. Buscó en su mente y no supo cómo ni cuándo se había alejado tanto
de su mundo ni por qué. Supo que era tarde, que no había vuelta atrás y pensó que su vida también había ter-
minado en la habitación de ese hotel, unas horas atrás. Quiso acercarse a abrazarlo, pero no podía moverse.
Las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos ni de los de Javier que también se sintió morir.
Un ruido de sirenas la separó para siempre de todo lo que realmente amaba. Un ruido de sirenas y una fanta-
sía estúpida que la había cegado y se le había ido de las manos, pero que ahora la dejaba ver con claridad una
realidad cruel que ella misma había construido y que destruiría todo aquello que le había dado sentido a su
vida. Pensó en sus hijos que aún dormían y corrió a pedirles perdón a la orilla de sus camas. Buscó la mirada
de Javier, pero no la encontró. Hubiera querido decirle tantas cosas, pero lo vio de espaldas preparando el
café, como cada mañana, mientras los oficiales de policía se la llevaban de aquella que ya nunca volvería a
ser su casa.

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Perras Negras

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TODAS LAS PALABRAS, CON COHERENCIA

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Perras Negras

Cuando se me presentó la palabra autorretrato, se me vino Frida Kahlo a la mente, lo maravilloso que pintaba
desde sus profundos dolores, decía que se pintaba a ella misma porque era a quien mejor conocía, yo tam-
bién creo que soy a quien mejor conozco, aunque no me pinto. A veces soy como las nubes blancas, cuando
dejo que el sol cure mis heridas, otras veces estoy tan cargada como las nubes negras y cuando lloro vuelvo a
estar blanquita y más clara y salgo a los balcones en busca de un nuevo aire, de uno mejor, que me devuelva
la voz, que es una de mis herramientas favoritas. ¿Qué tengo puesto? Hoy no tengo puestos ningún disfraz,
tengo puesta mi cabeza en lo conciente de lo inconsciente, y el agua me calma, me limpia, me alivia...no soy
fanática de nada, aunque me gustan muchas cosas intensamente. Cuando miro mi reflejo en la vidriera, me
gusta mi sonrisa, cómplice conmigo misma y me encanta verme cada vez más libre. Dentro de mi cartera
hay lío, cómo en mi placard y en mi vida, pero trabajo para tratar de armonizar todo este lío, acomodar mis
emociones y sanarlas. Mi mejor desayuno son los dias que desayuno amor, los besos de mis hijes y el mate
en la cama, donde vale todo lo que nos dé placer, cómo la masturbación, ¡por la cual no te vas a ningún in-
fierno! La vida es mejor con amigues, los que te bancan el corazón, porque la felicidad solo es real cuando se
comparte y cuando elegís sacar la basura afuera de tu mente, de tu cuerpo y de tu alma. Y cuando mi vida
está en blanco y negro, trato de dejarme atravesar por la diversidad de colores del arcoiris

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YO SOY

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Perras Negras

Hoy le diría a esa niña que fuí y que aún soy...esa niña intensa, con inseguridades, incertidumbres, cariñosa,
charlatana, rebelde, cuestionadora...que quizás reía tanto como lloraba, que pedía a gritos las verdades...o
con dibujos. A esa niña que pudo contar de esa noche, la noche más oscura...le diría que no fué su culpa, que
existen los monstruos, que casi siempre están más cerca de lo que creemos, que fué muy valiente.

Le diría que no es su tarea salvar a nadie, ni a su mamá...que todas sus travesuras nunca fueron tan graves,
que fué una niña buena...que todos sus deseos más profundos de familia los iba a poder construir cuando
sea grande, si así lo seguía deseando. Que siga levantándose cada vez que se caiga, que en la cama llorando
en la oscuridad, como tanto vió a su madre, no se resuelve nada...que las heridas se iban a sanar con el tiem-
po y con el amor propio...que no iba a alcanzar con pedir en sus deseos de cumpleaños, durante más de 20
años, soplando las velitas que su mamá fuera feliz. Que ser feliz es una elección, una decisión.

Y hoy me digo...vas en camino, nadie dijo que no iba a doler, que iba a ser fácil, podés seguir sanando, limpia-
do, rompiendo esquemas, mandatos, patrones...es por acá, ¡vas bien!...luchando por un mundo más justo,
más humano, más igualitario...luchando para que se caiga el patriarcado, ese que nos atraviesa a todes. Se-
guir desconstruyéndote es el camino y armar lazos desde el amor, la verdad y la lucha.
Te diría que busques tu felicidad y pelees con uñas y dientes para lograr todo lo que deseas, que no es tarde,
nunca… que es el mejor ejemplo que podés darle a tus hijos, seguir adelante y nunca darte por vencida.
Que nadie te venda un amor sin espinas, ni te dé menos de lo que mereces...

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NO

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Perras Negras

Vos no te diste cuenta. Yo te ví. Desde que me miraste raro, yo te vi. Me habías llevado casi arrastrando de
la mano. Nunca ibas tan apurada. A mi me gustaba cuando podía ir mirando las vidrieras, la calle, a la gente;
y aunque vos ibas distraída, como papando moscas, yo la pasaba bien igual. Iba filmando la historia con mis
ojos chiquitos y era el protagonista, el director y el guionista, todo junto. Por ahí, te preguntaba algo y vos
no me contestabas, yo me daba cuenta de que no era porque no sabías qué decirme, ni siquiera me habías
escuchado. Pero aún, me quedaba con tu mano agarrando la mía, y con eso me arreglaba para respirar.

Ese día, no. Ese día no pude hacer la película con mis ojos, porque ibas tan rápido conmigo de la mano que
era como filmar con una cámara acelerada y eso no me gustaba, no se podían ver las caras de las personas,
no me daba el tiempo para contar nada, no podía armar la historia.

Recuerdo también que fui gritándote durante muchas cuadras, que pararas, que me dolían las piernas, que
me faltaba el aire, que nuestra casa no era por ahí. Pero creo que ese día sí, me escuchaste, porque me mi-
raste como desde otro planeta y sólo dijiste con voz de desconocida: CALLÁTE.

Yo me callé por fuera, pero por dentro lloraba muy fuerte y preguntaba “¡Qué hice de malo, qué hice de
malo, mamá!”. Porque en serio yo quería entender. Yo quería entenderte. Y cuando llegamos a un lugar que
no conocía, lleno de cosas raras para mí, entre ellas muchos caños grises, enormes, te detuviste. Miraste
hacia todos lados como quien busca a un pariente en el aeropuerto, te agachaste y me viste a los ojos.
“¿Adónde está mi mamá?” te pregunté, porque esa que me miraba yo sabía que no eras vos. Y esa pregunta
no te la esperabas. Te enojaste y me dijiste que no me hiciera el tonto. Y que me tenía que portar bien, no
hacer ruido y esperar. “¿Qué hay que esperar, má?” te pregunté, y me diste un bife porque no hice eso de
quedarme callado.

Cuando al rato viste que se acercaban las luces de un auto, me miraste tomando distancia, y apretaste los
labios. Yo sentí un nudo en la panza, parecido al de cuando nos acostábamos sin haber comido, pero más
fuerte, más apretado, me llegó a la garganta. Me dijiste que cerrara los ojos, que contara hasta diez como
cuando jugaba con los chicos a las escondidas en el rancherío. Negué con la cabeza aguantando el llanto
porque no quería desobedecer lo de estar calladito. Me insististe. Cerré los ojos y supe que era la última vez
que te iba a ver, má. Y no te hice caso. Sólo conté hasta tres. Te vi corriendo lejos de ese lugar, le gritaste
algo al auto y seguiste corriendo. Me asusté y me escondí dentro de uno de los caños. Así me fui zafando de
unos tipos que me llamaban diciendo que tenían galletitas, un sánguchito, caramelos. Mi panza quería ir con
ellos, pero sabía que tenía que evitarlos. Logré salir por un hueco en el alambrado. Empecé a correr por una
calle oscura, seguí llorando para adentro, llamándote para adentro, teniendo miedo de mirar hacia atrás.
Ya no recuerdo ni cuánto ni por dónde anduve, sólo que una señora con una pollera muy larga y de colores
me encontró llorando, muerto de miedo, de hambre, en la puerta de un supermercado. Me preguntó mi
nombre, se lo dije, me dijo con una acento raro que la siguiera, que me iba a dar de comer, que podía dormir
en una cama. La seguí.

Durante años me desperté en medio de la noche agitado, llamándote, viéndote correr y yo, agachado a la
entrada de un túnel. No volví a verte, no supe buscarte o no quise, qué sé yo. Pero el otro día, una señora

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me dijo si no tenía algo para darle. Estaba en la puerta de una panadería, yo iba con mi nene de la mano.
Ella me dijo “Por favor, algo, lo que sea”. Y estiró su mano, tocó la mía, todo alrededor dejó de sentirse real.
La miré, te miré, por un momento pareció que algo en tus ojos se encendía como cuando uno se despierta
y ve la luz del día dejándolo medio ciego. En menos de un segundo ese algo desapareció. Tal vez más rápido
que tu figura alejándose esa noche. Pero yo lo supe con tanta seguridad como supe esa vez que algo terrible
pasaría. Eras vos, mamá, y yo estaba ahí, con mi hijo, con una vida, con una historia recompuesta, estudios,
laburo, una familia completa que estuvo al otro lado de ese caño de cemento. Entonces te hice señal de “no”
con la cabeza, igual que hice el último día que fuiste algo mío.
“No”, pero era un “no me dejes”.
Ahora este “no” es que “no tengo nada para darte”.

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Perras Negras

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ROLLOS

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Otra vez...otra vez...El despertador sonó seis y media de la mañana como si hubiera algo lindo que anunciar.
Como si no hubiera sonidos mejores para escuchar a esa hora, por ejemplo el del silencio. Le sacudió un ma-
notazo y terminó estampándolo contra el placard. Abrió medio ojo y ya tenía un brillo radiante quemándole
la retina. “Me cago en el departamento luminoso y sin cortinas, Gerardo, la puta que te parió” pensó hacia
adentro. Se levantó, fue hacia el baño y recordó que el día anterior se había quedado sin papel higiénico.
“Qué apuesto a que yo no compré papel, así que por ende NO HAY PAPEL”...Entró al baño, el sol también
penetraba por la ventanita sobre la ducha, y al mirar, se encontró con que habría ganado una apuesta si la
hubiera hecho. “¡¡¡¡GERAAAAAAAARRRRRRRDDDOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!!!”, dijo.
Gerardo, un tipo tranquilo, panzón, de sueño profundo e incipiente hipoacusia en ambos oídos, si-
guió soñando con que hacía un gol de media cancha y una tribuna entera le gritaba GERAAAAAARRRR-
RRDDDDDOOOOOOO!!!!
Entre pestañas vio una presencia amenazante cerniéndose sobre él. “¡NO PUEDO MEAR, GERARRRRRDO,
PORQUE AYER SE ACABÓ EL PAPEL Y DECIDÍ NO IR A COMPRARLO YO, GERARDO, Y ENTONCES, PARECE QUE
LA OPCIÓN ES NO MEAR, GERARDO, PORQUE VOS NO-LO-COMPRÁS...!!!” “Carla, qué te pasa...calmate...HAY
SERVILLETAS DE PAPEL!”
Carla se enfureció, le gritó que las servilletas eran para limpiarse la boca. Gerardo le comparó la boca con
otras partes del cuerpo, la cosa es que todo terminó agravándose innecesariamente. Carla le revoleó el
portarrollos del baño. Gerardo lo esquivó y al hacerlo perdió el equilibrio, cayó de costado, se dio la cabeza
contra la punta de la mesa de luz de algarrobo que tanto había insistido en comprar cuando Carla le decía que
prefería la madera lacada de terminaciones redondeadas. Acabó en el piso sobre una alfombrita preciosa
de color manteca que Carla había comprado en oferta en el Easy, y la sangre comenzó a manchar absoluta-
mente todo...el parquet, la alfombrita, la suela de las chinelas, un pañuelo que había quedado olvidado bajo
la cama, los pies de Carla que no podía dejar de mirarlo con la boca abierta, las piernas abiertas, los ojos
abiertos de mirada fija...y sólo atinó a decir casi en un susurro... “Gerardo, papel higiénico había que comprar,
papel higiénico, papel higiénico, Gerardo...”

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FOTOS

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Perras Negras

Imagen dice la rae.


Imágenes que pretenden reflejar un momento. Capturas de momentos en que no estuvimos disfrutando el
momento. Una captura que sin dudas no alcanzará a mostrar ni a mostrarnos nada de la realidad. Un paisaje
que al volver a verlo no tendrá los olores que nos perdimos en ese instante de estar enfocando, acomodando
la cámara, posando para…¿para? ¿para qué? ¿para quién?

No tengo casi fotos de cuando era chica, no era como ahora que guardamos cada paso en un click que queda
grabado en un montón de lugares y podemos buscar y modificar cuando y como queremos.
De mediana tampoco tengo muchas, me gustaría tener guardados algunos momentos importantes pero no
sé, en mi familia no era usual lo de las fotos y hasta un poco más de mediana no tuve cámara.
Ya siendo un poco más de mediana empecé a querer atrapar sentimientos en una cajita pero me daba cuenta
que nunca reflejaban lo que yo quería mostrar. Quizás, seguramente, era mi falta de conocimiento del tema.
Me han sacado muchas fotos que dicen tanto pero tanto que entendí que puede lograrse. Quizás yo quería
resumir en ese segundo tanto todo que no lograba meterlo en tan poco.
Una imagen que sirve para recordar un momento, un momento que no vivimos porque lo estábamos miran-
do a través de un cuadradito para guardar el momento que tendríamos que haber estado viviendo.

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MIEDOS

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Perras Negras

No tenía miedo porque no lo había aprendido, no había lugar, no había tiempo, no había posibilidad.
El miedo detiene, y esa no era una opción. Había que resolver, hacerse cargo, había que ser grande. Que
hacer cosas de grandes.
Siete años tenía cuando empezó a dejar de tener miedo. Siete, y ya no tenía miedo de dormir sola, de calen-
tar el desayuno, de llevar a la hermanita a la escuela. Siete años cuando empezó a vivir entre gente extraña,
un lugar lejano desconocido, a escuchar que murmuraban a sus espaldas.
Aprendió a esconder los miedos, aunque a veces asomaban, como cuando tendría que haber dicho que no,
o cuando tendría que haber hablado. Pero tenía siete años.
Creció tirando piedras sobre el miedo para hundirlo y que no salga más. Y dejó de sentirlo.
Se hizo grande creyendo que la gente mayor no tenía miedo de nada. Tener miedo es de débiles, igual que
llorar.
Tampoco lloraba, ni de dolor ni de risa. Y nada le daba miedo. Nada le daba nada, hasta hoy, que creció. Hasta
hoy que crecí.
No tenía miedo, antes. Ahora sí, ahora tengo muchos. De algunos me doy cuenta rápido, a otros me los niego,
a casi todos los enfrento.
Aprendí a llorar, mucho, y lo hago; a veces me da vergüenza pero ya casi no. Pido abrazos para desahogarme
y organizo reuniones todo el tiempo para reirme, bailar y tomar mucha cerveza.
Aprendí a vivir.
Les grandes, cuando estamos vivos, tenemos miedos.

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CON LOS PIES EN LA LUNA

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¿Qué significa “tener los pies sobre la tierra”? Porque es una obviedad “los pies en la tierra”, en el césped,
en el pavimento, con calzado o sin, pero “en la tierra”. Planeta en el que vivimos y nos lo hacen un saber ele-
mental desde primer grado. “Esta es la Tierra, esta es la Luna, este es Júpiter, Marte, Saturno, Urano, Venus
y el Sol, que es una estrella”.
Pedir que los pies estén en la tierra es como pedir que una mesa sea sostenida por 3 o 4 patas, depende que
mesa, porque todo es muy relativo como esto de tener los pies en la tierra.
Si tuviéramos los pies en el aire, estimo que o no seríamos humanos o lo seríamos de una especie evolucio-
nada tipo “humanos homo sapiens voladintuns”. Aunque cuando cabalgamos, tenemos los pies en el aire.
Cuando andamos en bicicleta, nos hamacamos, nos tiramos en un paracaídas, incluso en un avión, porque
no podemos decir que los tenemos en la tierra por más que estén apoyados.
Además, eso de los pies en la tierra (sí, sí, lo voy a repetir mil veces) me suena a reto, sanción, casi una es-
pecie de coscorrón discursivo. Y otras veces se conjuga “los pies en la tierra” con “la cabeza en la luna” o “en
marte”. Lo que ya da una sensación de cuerpo disociado que ni metafóricamente suena agradable.
Indefectiblemente esta especie de asociación libre que estoy haciendo lleva a que me pregunte: ¿Por qué
para crecer, madurar o lograr nuestros objetivos no podemos volar? ¡Qué censura más grande a la imagina-
ción! ¿Qué nos hace pensar que arraigarse a algo, en este caso a la tierra, nos garantiza algo mínimamente
“exitoso”?
Como dijo el más maravilloso de los gatos:
-La imaginación es la única arma en la guerra contra la realidad.

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UN AMOR Y UN CAFE

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Todas las mañanas trenzaban su cabello. Dorado, largo, sedoso, con destellos que se marcaban en las ondas
que casi acariciaban su cintura. Era un hábito placentero, su mamá buscaba el cepillo de cerdas finas, mien-
tras Irupé se sentaba en la silla, siempre la misma, en el comedor.
Había algo mágico en ese momento, era todo lo que necesitaba para que su día comenzara. Varias cepilladas
suaves, una raya al medio y luego las trenzas. Finalizado esto, tomaba su mochila y salía para la escuela.
Pasaron los años, el cabello de Irupé creció más, los destellos y las ondas se volvieron más salvajes. Su pelo
era todo lo que ella pretendía mostrar. Largo hasta el coxis, con un movimiento tan sexi como la mano que lo
corría de su cara y lo tiraba para el costado.
Irupé se levantaba, hacía café, unas tostadas y se peinaba. Casi sin trenzas, solo unas pocas veces.
Exitosa y avasallante, creativa y llena de energía. Sus grandes ojos verdes centelleaban ante cada nuevo
proyecto laboral. Toda esa completud era la dicotomía de su soledad. Nunca se enamoró, desconocía ese
sentimiento que ella definía como “una especie de apego”. “Si quiero triunfar en lo que hago, la energía debe
estar puestas ahí”.
Y los días pasaban e Irupé solo tapaba con éxito, sensualidad y su imponente presencia, varios agujeros exis-
tenciales soportados por un cúmulo de ilusiones rotas. Ella presentía que no entendía mucho del amor, lo
suficiente para retraerse ante la más minúscula de las posibilidades.
Como cada tarde, para descansar la mente del trabajo, se sentaba en el bar de la esquina de la oficina. Vin-
tage, decorado en colores pasteles y frases de almanaque que a Irupé la distraían. Jamás en su hiper mini-
malismo podría gustarle ese estilo, pero algo más había en ese lugar. Quizás la cercanía, la tranquilidad, la
luminosidad, quizás el café o el tostado que le parecían geniales. Allí y desde un amplio ventanal observaba
el exterior, buscaba algo que le hiciera entender eso que creía no tener. Buscaba afuera una respuesta que
estaba muy dentro suyo.
Martes 29 de septiembre dice el almanaque, Irupé fue a tomar su café de cada tarde. Observaba apática por
el ventanal: los árboles estaban más verdes, los canteros florecidos y las mesas de afuera comenzaban a ocu-
parse. Un par de voces interferían con la calma habitual del lugar-. “Tio, dale. Ya llega la choco” se escuchaba
desde la mesa de atrás.
Irupé se levantó, sacó su billetera y quedó de frente a la escena: un pelo largo, lacio, dorado, con ondas en
las puntas siendo trenzado suavemente. En ese momento un escalofrío invadió su cuerpo y sus sentidos. No
podía parar de mirar las manos de ese hombre trenzando el cabello de la niña. La sensación que tenía de
pequeña volvía y recorría sus muslos y su entrepierna y la excitaba: sus músculos se tensaban, su mandíbula
y los dedos de los pies estaban apretados. Su respiración se agitaba más y más entre tanto el calor se apo-
deraba de su cuerpo. Mientras trataba de reponerse, el sudor recorría su espalda. Sintió el peine acariciar su
espalda, tocar su cintura y nunca corrió la vista de las suaves manos que trenzaban aquel cabello. El tiempo
no importaba, el espacio tampoco. Se acercó a la mesa y en una servilleta escribió “todos los días a las 18
estoy acá, ¿tomamos un café?”.

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OLOR RANCIO

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Perras Negras

El cuerpo yacía boca abajo; indudablemente había caído así, tras rebotar en el sofá de lujo por efecto del tiro
en el pecho. Limpio. Orificio de entrada y salida atravesando el corazón. Inesperado supongo, las fichas del
tablero estaban preparadas para la partida que nunca empezó.
Me habían llamado porque la escena del crimen revestía un misterio. No entiendo por qué le siguen diciendo
misterio… miles de casos de asesinatos con puertas cerradas desde adentro se pueden encontrar en la lite-
ratura de suspenso. Agatha Christie lo usó varias veces, Sir Arthur Conan Doyle también… En fin, parece que
es más común en la literatura que en la vida real.
Me paré en el centro del living. Observé la habitación como observo el sándwich que me trae mi secretario,
nunca pasaría un mínimo control bromatológico. Nada raro a simple vista, ahora a agudizar los sentidos
(como oler la mayonesa del sándwich).
El sillón frente a la víctima estaba apenas hundido, dibujaba un cuerpo pequeño, como de un niño, pero el
vaso de whisky sin tocar frente al sillón desmentía la edad. Se notaba que alguien había clavado las uñas en
el apoyabrazos, uñas cortas e irregulares, habían enganchado la fina tela, así que o se comía las uñas o era
muy desaliñado, porque tenía que ser un hombre. Estadísticamente las mujeres matan con veneno (está en
todos los libros, no hace falta darle más vueltas) y esto fue un tiro limpio y frío.
Y como dice mi mentor Sherlock “cuando hayas descartado lo imposible, lo que quede, aunque sea impro-
bable, debe ser la verdad”. ¿Pero qué era lo imposible? Que el asesino hubiera salido. Lo improbable, que
siguiera adentro.
Pedí que revisaran cada rincón de la casa, empezaba a darme cuenta que el asesino seguía allí. Personalmen-
te me encargué de supervisar la búsqueda.
Todo estaba revisado y no había nadie. Tampoco estaba el arma.
Y en ese momento, cuando todos bajaban los brazos y se rendían ante lo imposible, la vi. Una pequeña marca
en el techo, un dedo sucio dejó media huella en un panel del techo.
Ahí se escondía entonces, en silencio señale la huella, pero los polis no veían y empezaban a tirar respuestas
al azar “la chimenea”, “la lámpara”, “el cielo”, “se fue volando”. Insufribles e ineptos. No entiendo por qué ese
simple gesto funcionaba tan bien en CSI y nunca en la vida real.
Pedí una escalera, la persona que trepó hasta el techo lo hizo apoyándose en el respaldo del sillón. Un pie en
la chimenea y de ahí a la placa suelta. De lo que deduje dos cosas: conoce muy bien la casa y tiene un estado
físico envidiable.
Abrí lentamente el panel e iluminé el espacio. Unos enormes ojos de gato encandilado me devolvieron la
mirada. Eran fríos y sin vida. “¡Alto!”, grité más por el susto que por valentía.
Los ojos no parpadearon siquiera, pero se sabían acorralados.
No alcanzaba a ver nada más que los ojos. ¿Dónde estaba el cuerpo?, ¿dónde los brazos?
Finalmente lo entendí. Arriba se guardaban animales disecados de los tiempos de cazador del occiso. Mierda,
pensé que lo había atrapado.
Ya iba a bajar cuando escuché un ruido a mis espaldas, mi esbelto y contorneado cuerpo no pasaba el panel,
así que con la cabeza asomada y la linterna en una mano, desenfundé mi arma como pude para apuntar. Allí
me di cuenta de dos cosas, no tengo arma ni equilibrio.

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Caí ruidosamente y mientras me auxiliaban, vimos saltar del panel y salir corriendo a una sombra pequeña
que se reía de nosotros.
No llegó a escapar. Mi secretario que venía a traerme el sándwich abrió violentamente la puerta de entrada
y estampó al hombrecillo contra la pared.
Otro caso resuelto.
Me voy a comer a un restaurante, el sándwich tiene olor rancio.

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TRENZAS MÁGICAS

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“Había una vez”, así empezaban los cuentos de la abuela cuando se sentaba a la hora de la siesta mientras
trenzaba su cabello blanco y mágico.
Ese día no era la excepción, así que Babu, como la llamaban quienes la conocían, se sentó a trenzar su cabello
y empezó:
“Había una vez una niña muy pequeñita y valiente, la llamaban Lore. Todos los días Lore salía de su casa muy
temprano a la escuela, solita se iba la Lore caminando las 15 cuadras del pueblito, desde su casa a la escuela.
Lore amaba su escuela y su maestra, que le enseñaba dibujos con sonidos, que cuando los juntabas formaban
palabras, que cuando las juntabas formaban oraciones, que cuando las juntabas formaban viajes misteriosos
a cualquier lugar. Podían ser aventuras, romances, épicos, fantásticos, no importaba qué te imaginaras, todo
empezaba con esos dibujos y sonidos.
A la Lore la retaban mucho porque era muy distraída, apenas leía algo nuevo en los libros de la escuela y su
cabeza salía volando como un colibrí por la ventana.
Y ahí la maestra, que la quería mucho y ya sabía que era voladora, la llamaba ¡¡¡¡¡“Loreeeee”!!!! ¡Volvé a la
escuela que hay más que aprender!” y la Lore volvía de su ensoñación y se sumergía en el libro hasta volver
a salir por la ventana y la maestra la volvía a traer, y así pasaba la mañana en la escuela.
A Lore sus compañeros y compañeras no la entendían, creían que tenía algún problema para pensar las
cosas, que no entendía o que era tonta. Le decían cosas feas porque no la entendían, le decían “cabeza de
chorlito”, “cabeza hueca” y un montón de otras frases hechas que a la Lore no le gustaban.
Un día, la Lore no aguantó más y le pidió a la maestra que le explicara al grado que ella no estaba loca, ni era
tonta, ni nada, que tenía la cabeza muy voladora no más.
La maestra explicó entonces que las personas son distintas, que cada una es una sola y no se parece a otra,
les fue preguntando qué gustos de helados preferían y las respuestas fueron distintas y también, algunas
iguales.
- Chocolate
- Frutilla
- Dulce de Leche
- Menta granizada
Y todos se rieron del Pancho, que le gusta la menta granizada. Y ahí estaba el bicho raro que le gustaba un
sabor raro. Y la maestra preguntó:
-¿Lo dejamos de querer al Pancho por que le gusta la menta granizada?
-¡Nooooooooo!- gritaron al unísono.
-Y si a la Lore le gusta imaginar cosas, ¿la dejamos de querer?
Y ahí se hizo un silencio en el aire, nadie estaba seguro si que te guste menta granizada era lo mismo que
tener mucha imaginación, se miraron entre sí buscando respuestas pero solo encontraron los ojos bien abier-
tos en las otras caras, fue ahí cuando alguien, tímidamente, levantó la mano y dijo:
- Pero la Lore no nos cuenta qué está imaginando.
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La maestra la miró a la Lore, que por primera vez tenía todos los sentidos en lo que estaba pasando y le dijo:
-De hoy en adelante, los últimos 10 minutos de clases nos contás qué estuviste imaginando.
Nadie sabía si eso era una buena o una mala idea, pero la aceptaron igual.
Una semana más tarde la maestra le contaba a sus compañeras que esa había sido una idea genial, que ahora
en el grado esperaban con alegría los cuentos de la Lore y que ella tenía amigos y amigas que le pedían más
cuentos. Que iban a su casa a escucharla y que la habían invitado al club para que allí también escucharan
lindas historias.
Pero ahora había otro problema, que parecía que nadie había notado…cuando empezaban los cuentos, a la
Lore le salían alas de colibrí.
Babu ató la trenza con una tirita de tela, y con sus alas de colibrí se fue a preparar el agua para el mate.

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Este libro se realizó en forma colectiva
durante la cuarentena establecida
a causa de la pandemia de Coronavirus.

Es un abrazo simbólico para todas aquellas personas


que deseen ser abrazadas.

Ediciones PERRAS NEGRAS


Marzo/2020

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