Dignidad Humana y Doctrina Social
Dignidad Humana y Doctrina Social
105 La Iglesia ve en el hombre, en cada hombre, la imagen viva de Dios mismo; imagen que
encuentra, y está llamada a descubrir cada vez más profundamente, su plena razón de ser en el
misterio de Cristo, Imagen perfecta de Dios, Revelador de Dios al hombre y del hombre a sí
mismo. A este hombre, que ha recibido de Dios mismo una incomparable e inalienable dignidad,
es a quien la Iglesia se dirige y le presta el servicio más alto y singular recordándole
constantemente su altísima vocación, para que sea cada vez más consciente y digno de ella.
Cristo, Hijo de Dios, «con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo
hombre»; 197 por ello, la Iglesia reconoce como su tarea principal hacer que esta unión pueda
actuarse y renovarse continuamente. En Cristo Señor, la Iglesia señala y desea recorrer ella
misma el camino del hombre, 198 e invita a reconocer en todos, cercanos o lejanos, conocidos o
desconocidos, y sobre todo en el pobre y en el que sufre, un hermano «por quien murió Cristo»
(1 Co 8,11; Rm 14,15).199
111 El hombre y la mujer tienen la misma dignidad y son de igual valor,211 no sólo porque
ambos, en su diversidad, son imagen de Dios, sino, más profundamente aún, porque el
dinamismo de reciprocidad que anima el « nosotros » de la pareja humana es imagen de
Dios.212 En la relación de comunión recíproca, el hombre y la mujer se realizan profundamente a
sí mismos reencontrándose como personas a través del don sincero de sí mismos. 213 Su pacto de
unión es presentado en la Sagrada Escritura como una imagen del Pacto de Dios con los
hombres (cf. Os 1-3; Is 54; Ef 5,21- 33) y, al mismo tiempo, como un servicio a la vida. 214 La
pareja humana puede participar, en efecto, de la creatividad de Dios: « Y los bendijo Dios y les
dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra” » (Gn 1,28).
112 El hombre y la mujer están en relación con los demás ante todo como custodios de sus
vidas: 215 « a todos y a cada uno reclamaré el alma humana » (Gn 9,5), confirma Dios a Noé
después del diluvio. Desde esta perspectiva, la relación con Dios exige que se considere la vida
del hombre sagrada e inviolable.216 El quinto mandamiento: « No matarás » (Ex 20,13; Dt 5,17)
tiene valor porque sólo Dios es Señor de la vida y de la muerte. 217 El respeto debido a la
inviolabilidad y a la integridad de la vida física tiene su culmen en el mandamiento positivo: «
Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lv 19,18), con el cual Jesucristo obliga a hacerse cargo
del prójimo (cf. Mt 22,37-40; Mc 12,29-31; Lc 10,27-28).
113 Con esta particular vocación a la vida, el hombre y la mujer se encuentran también frente
a todas las demás criaturas. Ellos pueden y deben someterlas a su servicio y gozar de ellas,
pero su dominio sobre el mundo requiere el ejercicio de la responsabilidad, no es una libertad
de explotación arbitraria y egoísta. Toda la creación, en efecto, tiene el valor de « cosa buena »
(cf. Gn 1,[Link].25) ante la mirada de Dios, que es su Autor. El hombre debe descubrir y
respetar este valor: es éste un desafío maravilloso para su inteligencia, que lo debe elevar como
un ala 218 hacia la contemplación de la verdad de todas las criaturas, es decir, de lo que Dios ve
de bueno en ellas. El libro del Génesis enseña, en efecto, que el dominio del hombre sobre el
mundo consiste en dar un nombre a las cosas (cf. Gn 2,19-20): con la denominación, el hombre
debe reconocer las cosas por lo que son y establecer para con cada una de ellas una relación de
responsabilidad.219
114 El hombre está también en relación consigo mismo y puede reflexionar sobre sí mismo. La
Sagrada Escritura habla a este respecto del corazón del hombre. El corazón designa
precisamente la interioridad espiritual del hombre, es decir, cuanto lo distingue de cualquier otra
criatura: Dios « ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el afán en
sus corazones, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin
» (Qo 3,11). El corazón indica, en definitiva, las facultades espirituales propias del hombre, sus
prerrogativas en cuanto creado a imagen de su Creador: la razón, el discernimiento del bien y
del mal, la voluntad libre.220 Cuando escucha la aspiración profunda de su corazón, todo hombre
no puede dejar de hacer propias las palabras de verdad expresadas por San Agustín: « Tú lo
estimulas para que encuentre deleite en tu alabanza; nos creaste para ti y nuestro corazón andará
siempre inquieto mientras no descanse en ti ». 221
115 La admirable visión de la creación del hombre por parte de Dios es inseparable del
dramático cuadro del pecado de los orígenes. Con una afirmación lapidaria el apóstol Pablo
sintetiza la narración de la caída del hombre contenida en las primeras páginas de la Biblia: «
por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte » ( Rm 5,12). El
hombre, contra la prohibición de Dios, se deja seducir por la serpiente y extiende sus manos al
árbol de la vida, cayendo en poder de la muerte. Con este gesto el hombre intenta forzar su
límite de criatura, desafiando a Dios, su único Señor y fuente de la vida. Es un pecado de
desobediencia (cf. Rm 5,19) que separa al hombre de Dios.222
116 En la raíz de las laceraciones personales y sociales, que ofenden en modo diverso el valor
y la dignidad de la persona humana, se halla una herida en lo íntimo del hombre : « Nosotros, a
la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que cada uno lleva
desde su nacimiento como una herencia recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada
uno comete, abusando de su propia libertad ». 224 La consecuencia del pecado, en cuanto acto de
separación de Dios, es precisamente la alienación, es decir la división del hombre no sólo de
Dios, sino también de sí mismo, de los demás hombres y del mundo circundante: « la ruptura
con Dios desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos. En la descripción del
“primer pecado”, la ruptura con Yahveh rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad que unía a
la familia humana, de tal manera que las páginas siguientes del Génesis nos muestran al hombre
y a la mujer como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro (cf. Gn 3,12;); y más
adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina por arrebatarle la vida (cf. Gn 4,2-16).
Según la narración de los hechos de Babel, la consecuencia del pecado es la desunión de la
familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo en su forma
social ».225 Reflexionando sobre el misterio del pecado es necesario tener en cuenta esta trágica
concatenación de causa y efecto.
117 El misterio del pecado comporta una doble herida, la que el pecador abre en su propio
flanco y en su relación con el prójimo. Por ello se puede hablar de pecado personal y social :
todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto
tiene también consecuencias sociales. El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un
acto de la persona, porque es un acto de libertad de un hombre en particular, y no propiamente
de un grupo o de una comunidad, pero a cada pecado se le puede atribuir indiscutiblemente el
carácter de pecado social, teniendo en cuenta que « en virtud de una solidaridad humana tan
misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta
manera en los demás ». 226 No es, por tanto, legítima y aceptable una acepción del pecado social
que, más o menos conscientemente, lleve a difuminar y casi a cancelar el elemento personal,
para admitir sólo culpas y responsabilidades sociales. En el fondo de toda situación de pecado
se encuentra siempre la persona que peca.
118 Algunos pecados, además, constituyen, por su objeto mismo, una agresión directa al
prójimo. Estos pecados, en particular, se califican como pecados sociales. Es social todo
pecado cometido contra la justicia en las relaciones entre persona y persona, entre la persona y
la comunidad, y entre la comunidad y la persona. Es social todo pecado contra los derechos de
la persona humana, comenzando por el derecho a la vida, incluido el del no-nacido, o contra la
integridad física de alguien; todo pecado contra la libertad de los demás, especialmente contra la
libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo.
Es social todo pecado contra el bien común y contra sus exigencias, en toda la amplia esfera de
los derechos y deberes de los ciudadanos. En fin, es social el pecado que « se refiere a las
relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones no están siempre en
sintonía con el designio de Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre los
individuos, los grupos y los pueblos ».227
119 Las consecuencias del pecado alimentan las estructuras de pecado. Estas tienen su raíz en
el pecado personal y, por tanto, están siempre relacionadas con actos concretos de las
personas, que las originan, las consolidan y las hacen difíciles de eliminar. Es así como se
fortalecen, se difunden, se convierten en fuente de otros pecados y condicionan la conducta de
los hombres.228 Se trata de condicionamientos y obstáculos, que duran mucho más que las
acciones realizadas en el breve arco de la vida de un individuo y que interfieren también en el
proceso del desarrollo de los pueblos, cuyo retraso y lentitud han de ser juzgados también bajo
este aspecto.229 Las acciones y las posturas opuestas a la voluntad de Dios y al bien del prójimo
y las estructuras que éstas generan, parecen ser hoy sobre todo dos: « el afán de ganancia
exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la
propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la
expresión: “a cualquier precio” ».230
120 La doctrina del pecado original, que enseña la universalidad del pecado, tiene una
importancia fundamental: « Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no
está en nosotros » (1 Jn 1,8). Esta doctrina induce al hombre a no permanecer en la culpa y a no
tomarla a la ligera, buscando continuamente chivos expiatorios en los demás y justificaciones en
el ambiente, la herencia, las instituciones, las estructuras y las relaciones. Se trata de una
enseñanza que desenmascara tales engaños.
121 El realismo cristiano ve los abismos del pecado, pero lo hace a la luz de la esperanza, más
grande de todo mal, donada por la acción redentora de Jesucristo, que ha destruido el pecado
y la muerte (cf. Rm 5,18-21; 1 Co 15,56-57): « En Él, Dios ha reconciliado al hombre consigo
mismo ».231 Cristo, imagen de Dios (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15), es Aquel que ilumina plenamente y
lleva a cumplimiento la imagen y semejanza de Dios en el hombre. La Palabra que se hizo
hombre en Jesucristo es desde siempre la vida y la luz del hombre, luz que ilumina a todo
hombre (cf. Jn 1,4.9). Dios quiere en el único mediador, Jesucristo su Hijo, la salvación de
todos los hombres (cf. 1 Tm 2,4-5). Jesús es al mismo tiempo el Hijo de Dios y el nuevo Adán,
es decir, el hombre nuevo (cf. 1 Co 15, 47-49; Rm 5,14): « Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ». 232 En Él, Dios nos « predestinó a
reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos »
(Rm 8,29).
125 La persona no debe ser considerada únicamente como individualidad absoluta, edificada
por sí misma y sobre sí misma, como si sus características propias no dependieran más que de
sí misma. Tampoco debe ser considerada como mera célula de un organismo dispuesto a
reconocerle, a lo sumo, un papel funcional dentro de un sistema. Las concepciones que
tergiversan la plena verdad del hombre han sido objeto, en repetidas ocasiones, de la solicitud
social de la Iglesia, que no ha dejado de alzar su voz frente a estas y otras visiones,
drásticamente reductivas. En cambio, se ha preocupado por anunciar que los hombres « no se
nos muestran desligados entre sí, como granos de arena, sino más bien unidos entre sí en un
conjunto orgánicamente ordenado, con relaciones variadas según la diversidad de los tiempos
» 234 y que el hombre no puede ser comprendido como « un simple elemento y una molécula del
organismo social »,235 cuidando, a la vez, que la afirmación del primado de la persona, no
conllevase una visión individualista o masificada.
126 La fe cristiana, que invita a buscar en todas partes cuanto haya de bueno y digno del
hombre (cf. 1 Ts 5,21), « es muy superior a estas ideologías y queda situada a veces en posición
totalmente contraria a ellas, en la medida en que reconoce a Dios, trascendente y creador, que
interpela, a través de todos los niveles de lo creado, al hombre como libertad responsable ». 236
La doctrina social se hace cargo de las diferentes dimensiones del misterio del hombre, que
exige ser considerado « en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su
ser comunitario y social », 237 con una atención específica, de modo que le pueda consentir la
valoración más exacta.
127 El hombre ha sido creado por Dios como unidad de alma y cuerpo: 238 « El alma espiritual
e inmortal es el principio de unidad del ser humano, es aquello por lo cual éste existe como un
todo —“corpore et anima unus”— en cuanto persona. Estas definiciones no indican solamente
que el cuerpo, para el cual ha sido prometida la resurrección, participará de la gloria; recuerdan
igualmente el vínculo de la razón y de la libre voluntad con todas las facultades corpóreas y
sensibles. La persona —incluido el cuerpo— está confiada enteramente a sí misma, y es en la
unidad de alma y cuerpo donde ella es el sujeto de sus propios actos morales ».239
128 Mediante su corporeidad, el hombre unifica en sí mismo los elementos del mundo material,
« el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del
Creador ».240 Esta dimensión le permite al hombre su inserción en el mundo material, lugar de
su realización y de su libertad, no como en una prisión o en un exilio. No es lícito despreciar la
vida corporal; el hombre, al contrario, « debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como
criatura de Dios que ha de resucitar en el último día ». 241 La dimensión corporal, sin embargo, a
causa de la herida del pecado, hace experimentar al hombre las rebeliones del cuerpo y las
inclinaciones perversas del corazón, sobre las que debe siempre vigilar para no dejarse
esclavizar y para no permanecer víctima de una visión puramente terrena de su vida.
129 El hombre, por tanto, tiene dos características diversas: es un ser material, vinculado a
este mundo mediante su cuerpo, y un ser espiritual, abierto a la trascendencia y al
descubrimiento de « una verdad más profunda », a causa de su inteligencia, que lo hace «
participante de la luz de la inteligencia divina ».243 La Iglesia afirma: « La unidad del alma y del
cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la “forma” del cuerpo, es decir,
gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el
hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una
única naturaleza ».244 Ni el espiritualismo que desprecia la realidad del cuerpo, ni el
materialismo que considera el espíritu una mera manifestación de la materia, dan razón de la
complejidad, de la totalidad y de la unidad del ser humano.
a) Abierta a la trascendencia
La persona está abierta a la totalidad del ser, al horizonte ilimitado del ser. Tiene en sí la
capacidad de trascender los objetos particulares que conoce, gracias a su apertura al ser sin
fronteras. El alma humana es en un cierto sentido, por su dimensión cognoscitiva, todas las
cosas: « todas las cosas inmateriales gozan de una cierta infinidad, en cuanto abrazan todo, o
porque se trata de la esencia de una realidad espiritual que funge de modelo y semejanza de
todo, como es en el caso de Dios, o bien porque posee la semejanza de toda cosa o en acto como
en los Ángeles o en potencia como en las almas ». 245
b) Única e irrepetible
131 El hombre existe como ser único e irrepetible, existe como un « yo », capaz de
autocomprenderse, autoposeerse y autodeterminarse. La persona humana es un ser inteligente y
consciente, capaz de reflexionar sobre sí mismo y, por tanto, de tener conciencia de sí y de sus
propios actos. Sin embargo, no son la inteligencia, la conciencia y la libertad las que definen a
la persona, sino que es la persona quien está en la base de los actos de inteligencia, de
conciencia y de libertad. Estos actos pueden faltar, sin que por ello el hombre deje de ser
persona.
133 En ningún caso la persona humana puede ser instrumentalizada para fines ajenos a su
mismo desarrollo, que puede realizar plena y definitivamente sólo en Dios y en su proyecto
salvífico: el hombre, en efecto, en su interioridad, trasciende el universo y es la única criatura
que Dios ha amado por sí misma. 249 Por esta razón, ni su vida, ni el desarrollo de su
pensamiento, ni sus bienes, ni cuantos comparten sus vicisitudes personales y familiares pueden
ser sometidos a injustas restricciones en el ejercicio de sus derechos y de su libertad.
134 Los auténticos cambios sociales son efectivos y duraderos solo si están fundados sobre un
cambio decidido de la conducta personal. No será posible jamás una auténtica moralización de
la vida social si no es a partir de las personas y en referencia a ellas: en efecto, « el ejercicio de
la vida moral proclama la dignidad de la persona humana ». 250 A las personas compete,
evidentemente, el desarrollo de las actitudes morales, fundamentales en toda convivencia
verdaderamente humana (justicia, honradez, veracidad, etc.), que de ninguna manera se puede
esperar de otros o delegar en las instituciones. A todos, particularmente a quienes de diversas
maneras están investidos de responsabilidad política, jurídica o profesional frente a los demás,
corresponde ser conciencia vigilante de la sociedad y primeros testigos de una convivencia civil
y digna del hombre.
135 El hombre puede dirigirse hacia el bien sólo en la libertad, que Dios le ha dado como
signo eminente de su imagen: 251 « Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia
decisión (cf. Si 15,14), para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose
libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere,
por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido
por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera
coacción externa ».252
El hombre justamente aprecia la libertad y la busca con pasión: justamente quiere —y debe—,
formar y guiar por su libre iniciativa su vida personal y social, asumiendo personalmente su
responsabilidad.253 La libertad, en efecto, no sólo permite al hombre cambiar convenientemente
el estado de las cosas exterior a él, sino que determina su crecimiento como persona, mediante
opciones conformes al bien verdadero: 254 de este modo, el hombre se genera a sí mismo,
es padre de su propio ser 255 y construye el orden social.256
136 La libertad no se opone a la dependencia creatural del hombre respecto a Dios .257 La
Revelación enseña que el poder de determinar el bien y el mal no pertenece al hombre, sino
sólo a Dios (cf. Gn 2,16-17). « El hombre es ciertamente libre, desde el momento en que puede
comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque
puede comer “de cualquier árbol del jardín”. Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe
detenerse ante el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, por estar llamado a aceptar la ley
moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena
realización en esta aceptación ».258
137 El recto ejercicio de la libertad personal exige unas determinadas condiciones de orden
económico, social, jurídico, político y cultural que son, « con demasiada frecuencia,
desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y
colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al
apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo,
rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina ». 259 La liberación
de las injusticias promueve la libertad y la dignidad humana: no obstante, « ante todo, hay que
apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de la
conversión interior si se quieren obtener cambios económicos y sociales que estén
verdaderamente al servicio del hombre ».260
b) El vínculo de la libertad con la verdad y la ley natural
138 En el ejercicio de la libertad, el hombre realiza actos moralmente buenos, que edifican su
persona y la sociedad, cuando obedece a la verdad, es decir, cuando no pretende ser creador y
dueño absoluto de ésta y de las normas éticas.261 La libertad, en efecto, « no tiene su origen
absoluto e incondicionado en sí misma, sino en la existencia en la que se encuentra y para la
cual representa, al mismo tiempo, un límite y una posibilidad. Es la libertad de una criatura, o
sea, una libertad donada, que se ha de acoger como un germen y hacer madurar con
responsabilidad ».262 En caso contrario, muere como libertad y destruye al hombre y a la
sociedad.263
139 La verdad sobre el bien y el mal se reconoce en modo práctico y concreto en el juicio de la
conciencia, que lleva a asumir la responsabilidad del bien cumplido o del mal cometido. «
Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la obligación de realizar un
determinado acto, se manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad. Precisamente por esto la
conciencia se expresa con actos de “juicio”, que reflejan la verdad sobre el bien, y no como
“decisiones” arbitrarias. La madurez y responsabilidad de estos juicios —y, en definitiva, del
hombre, que es su sujeto— se demuestran no con la liberación de la conciencia de la verdad
objetiva, en favor de una presunta autonomía de las propias decisiones, sino, al contrario, con
una apremiante búsqueda de la verdad y con dejarse guiar por ella en el obrar ». 264
140 El ejercicio de la libertad implica la referencia a una ley moral natural, de carácter
universal, que precede y aúna todos los derechos y deberes.265 La ley natural « no es otra cosa
que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se
debe hacer y lo que se debe evitar. Esta luz o esta ley Dios la ha donado a la creación » 266 y
consiste en la participación en su ley eterna, la cual se identifica con Dios mismo. 267 Esta ley se
llama natural porque la razón que la promulga es propia de la naturaleza humana. Es universal,
se extiende a todos los hombres en cuanto establecida por la razón. En sus preceptos principales,
la ley divina y natural está expuesta en el Decálogo e indica las normas primeras y esenciales
que regulan la vida moral.268 Se sustenta en la tendencia y la sumisión a Dios, fuente y juez de
todo bien, y en el sentido de igualdad de los seres humanos entre sí. La ley natural expresa la
dignidad de la persona y pone la base de sus derechos y de sus deberes fundamentales. 269
141 En la diversidad de las culturas, la ley natural une a los hombres entre sí, imponiendo
principios comunes. Aunque su aplicación requiera adaptaciones a la multiplicidad de las
condiciones de vida, según los lugares, las épocas y las circunstancias, 270 la ley natural
es inmutable, « subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso... Incluso
cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del
hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades ». 271
Sus preceptos, sin embargo, no son percibidos por todos con claridad e inmediatez. Las
verdades religiosas y morales pueden ser conocidas « de todos y sin dificultad, con una firme
certeza y sin mezcla de error », 272 sólo con la ayuda de la Gracia y de la Revelación. La ley
natural ofrece un fundamento preparado por Dios a la ley revelada y a la Gracia, en plena
armonía con la obra del Espíritu.273
142 La ley natural, que es ley de Dios, no puede ser cancelada por la maldad humana .274 Esta
Ley es el fundamento moral indispensable para edificar la comunidad de los hombres y para
elaborar la ley civil, que infiere las consecuencias de carácter concreto y contingente a partir de
los principios de la ley natural. 275 Si se oscurece la percepción de la universalidad de la ley
moral natural, no se puede edificar una comunión real y duradera con el otro, porque cuando
falta la convergencia hacia la verdad y el bien, « cuando nuestros actos desconocen o ignoran la
ley, de manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas, causando daño ». 276 En
efecto, sólo una libertad que radica en la naturaleza común puede hacer a todos los hombres
responsables y es capaz de justificar la moral pública. Quien se autoproclama medida única de
las cosas y de la verdad no puede convivir pacíficamente ni colaborar con sus semejantes. 277
Puesto que en el rostro de cada hombre resplandece algo de la gloria de Dios, la dignidad de
todo hombre ante Dios es el fundamento de la dignidad del hombre ante los demás
hombres.282 Esto es, además, el fundamento último de la radical igualdad y fraternidad entre los
hombres, independientemente de su raza, Nación, sexo, origen, cultura y clase.
También en las relaciones entre pueblos y Estados, las condiciones de equidad y paridad son el
presupuesto para un progreso auténtico de la comunidad internacional.284 No obstante los
avances en esta dirección, es necesario no olvidar que aún existen demasiadas desigualdades y
formas de dependencia.285
146 « Masculino » y « femenino » diferencian a dos individuos de igual dignidad, que, sin
embargo, no poseen una igualdad estática, porque lo específico femenino es diverso de lo
específico masculino. Esta diversidad en la igualdad es enriquecedora e indispensable para
una armoniosa convivencia humana: « La condición para asegurar la justa presencia de la mujer
en la Iglesia y en la sociedad es una más penetrante y cuidadosa consideración de
los fundamentos antropológicos de la condición masculina y femenina, destinada a precisar la
identidad personal propia de la mujer en su relación de diversidad y de recíproca
complementariedad con el hombre, no sólo por lo que se refiere a los papeles a asumir y las
funciones a desempeñar, sino también y más profundamente, por lo que se refiere a su
significado personal ».287
Es necesario, por tanto, destacar que la vida comunitaria es una característica natural que
distingue al hombre del resto de las criaturas terrenas. La actuación social comporta de suyo
un signo particular del hombre y de la humanidad, el de una persona que obra en una
comunidad de personas: este signo determina su calificación interior y constituye, en cierto
sentido, su misma naturaleza. 297 Esta característica relacional adquiere, a la luz de la fe, un
sentido más profundo y estable. Creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), y
constituida en el universo visible para vivir en sociedad (cf. Gn 2,20.23) y dominar la tierra
(cf. Gn 1,26.28-30), la persona humana está llamada desde el comienzo a la vida social: « Dios
no ha creado al hombre como un “ser solitario”, sino que lo ha querido como “ser social”. La
vida social no es, por tanto, exterior al hombre, el cual no puede crecer y realizar su vocación si
no es en relación con los otros ».298
151 La sociabilidad humana no es uniforme, sino que reviste múltiples expresiones. El bien
común depende, en efecto, de un sano pluralismo social. Las diversas sociedades están
llamadas a constituir un tejido unitario y armónico, en cuyo seno sea posible a cada una
conservar y desarrollar su propia fisonomía y autonomía. Algunas sociedades, como la familia,
la comunidad civil y la comunidad religiosa, corresponden más inmediatamente a la íntima
naturaleza del hombre, otras proceden más bien de la libre voluntad: « Con el fin de favorecer la
participación del mayor número de personas en la vida social, es preciso impulsar, alentar la
creación de asociaciones e instituciones de libre iniciativa “para fines económicos, sociales,
culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos, tanto dentro de cada una de las
Naciones como en el plano mundial”. Esta “socialización” expresa igualmente la tendencia
natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que
exceden las capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su
sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos ». 301
152 El movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno
de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de
la dignidad humana.302 La Iglesia ve en estos derechos la extraordinaria ocasión que nuestro
tiempo ofrece para que, mediante su consolidación, la dignidad humana sea reconocida más
eficazmente y promovida universalmente como característica impresa por Dios Creador en su
criatura.303 El Magisterio de la Iglesia no ha dejado de evaluar positivamente la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre
de 1948, que Juan Pablo II ha definido « una piedra miliar en el camino del progreso moral de la
humanidad ».304
153 La raíz de los derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que pertenece a todo ser
humano.305 Esta dignidad, connatural a la vida humana e igual en toda persona, se descubre y se
comprende, ante todo, con la razón. El fundamento natural de los derechos aparece aún más
sólido si, a la luz de la fe, se considera que la dignidad humana, después de haber sido otorgada
por Dios y herida profundamente por el pecado, fue asumida y redimida por Jesucristo mediante
su encarnación, muerte y resurrección.306
La fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres
humanos,307 en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en
Dios su Creador. Estos derechos son « universales e inviolables y no pueden renunciarse por
ningún concepto ».308 Universales, porque están presentes en todos los seres humanos, sin
excepción alguna de tiempo, de lugar o de sujeto. Inviolables, en cuanto « inherentes a la
persona humana y a su dignidad » 309 y porque « sería vano proclamar los derechos, si al mismo
tiempo no se realizase todo esfuerzo para que sea debidamente asegurado su respeto por parte
de todos, en todas partes y con referencia a quien sea ». 310 Inalienables, porque « nadie puede
privar legítimamente de estos derechos a uno sólo de sus semejantes, sea quien sea, porque sería
ir contra su propia naturaleza ».311
154 Los derechos del hombre exigen ser tutelados no sólo singularmente, sino en su conjunto:
una protección parcial de ellos equivaldría a una especie de falta de reconocimiento. Estos
derechos corresponden a las exigencias de la dignidad humana y comportan, en primer lugar, la
satisfacción de las necesidades esenciales —materiales y espirituales— de la persona: « Tales
derechos se refieren a todas las fases de la vida y en cualquier contexto político, social,
económico o cultural. Son un conjunto unitario, orientado decididamente a la promoción de
cada uno de los aspectos del bien de la persona y de la sociedad... La promoción integral de
todas las categorías de los derechos humanos es la verdadera garantía del pleno respeto por cada
uno de los derechos ».312 Universalidad e indivisibilidad son las líneas distintivas de los
derechos humanos: « Son dos principios guía que exigen siempre la necesidad de arraigar los
derechos humanos en las diversas culturas, así como de profundizar en su dimensión jurídica
con el fin de asegurar su pleno respeto ».313
155 Las enseñanzas de Juan XXIII,314 del Concilio Vaticano II,315 de Pablo VI 316 han ofrecido
amplias indicaciones acerca de la concepción de los derechos humanos delineada por el
Magisterio. Juan Pablo II ha trazado una lista de ellos en la encíclica « Centesimus annus »: « El
derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de
la madre después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un
ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la
propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad;
el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el
sustento propio y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y
educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y síntesis de estos
derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad
de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona ». 317
El primer derecho enunciado en este elenco es el derecho a la vida, desde su concepción hasta
su conclusión natural,318 que condiciona el ejercicio de cualquier otro derecho y comporta, en
particular, la ilicitud de toda forma de aborto provocado y de eutanasia. 319 Se subraya el valor
eminente del derecho a la libertad religiosa: « Todos los hombres deben estar inmunes de
coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier
potestad humana, y ello de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar
contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o
asociado con otros, dentro de los límites debidos ». 320 El respeto de este derecho es un signo
emblemático « del auténtico progreso del hombre en todo régimen, en toda sociedad, sistema o
ambiente ».321
c) Derechos y deberes
156 Inseparablemente unido al tema de los derechos se encuentra el relativo a los deberes del
hombre, que halla en las intervenciones del Magisterio una acentuación adecuada.
Frecuentemente se recuerda la recíproca complementariedad entre derechos y deberes,
indisolublemente unidos, en primer lugar en la persona humana que es su sujeto titular. 322 Este
vínculo presenta también una dimensión social: « En la sociedad humana, a un determinado
derecho natural de cada hombre corresponde en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo
».323 El Magisterio subraya la contradicción existente en una afirmación de los derechos que no
prevea una correlativa responsabilidad: « Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos,
olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que
derriban con una mano lo que con la otra construyen ». 324
157 El campo de los derechos del hombre se ha extendido a los derechos de los pueblos y de
las Naciones,325 pues « lo que es verdad para el hombre lo es también para los pueblos ». 326 El
Magisterio recuerda que el derecho internacional « se basa sobre el principio del igual respeto,
por parte de los Estados, del derecho a la autodeterminación de cada pueblo y de su libre
cooperación en vista del bien común superior de la humanidad ». 327 La paz se funda no sólo en
el respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de los pueblos,
particularmente el derecho a la independencia. 328
Los derechos de las Naciones no son sino « los “derechos humanos” considerados a este
específico nivel de la vida comunitaria ». 329 La Nación tiene « un derecho fundamental a la
existencia »; a la « propia lengua y cultura, mediante las cuales un pueblo expresa y promueve
su “soberanía” espiritual »; a « modelar su vida según las propias tradiciones, excluyendo,
naturalmente, toda violación de los derechos humanos fundamentales y, en particular, la
opresión de las minorías »; a « construir el propio futuro proporcionando a las generaciones más
jóvenes una educación adecuada ». 330 El orden internacional exige un equilibrio entre
particularidad y universalidad, a cuya realización están llamadas todas las Naciones, para las
cuales el primer deber sigue siendo el de vivir en paz, respeto y solidaridad con las demás
Naciones.
158 La solemne proclamación de los derechos del hombre se ve contradicha por una dolorosa
realidad de violaciones, guerras y violencias de todo tipo: en primer lugar los genocidios y las
deportaciones en masa; la difusión por doquier de nuevas formas de esclavitud, como el tráfico
de seres humanos, los niños soldados, la explotación de los trabajadores, el tráfico de drogas, la
prostitución: « También en los países donde están vigentes formas de gobierno democrático no
siempre son respetados totalmente estos derechos ». 331
Existe desgraciadamente una distancia entre la « letra » y el « espíritu » de los derechos del
hombre332 a los que se ha tributado frecuentemente un respeto puramente formal. La doctrina
social, considerando el privilegio que el Evangelio concede a los pobres, no cesa de confirmar
que « los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor
liberalidad sus bienes al servicio de los demás » y que una afirmación excesiva de igualdad «
puede dar lugar a un individualismo donde cada uno reivindique sus derechos sin querer hacerse
responsable del bien común ».333
[Link]
rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html#CAP%C3%8DTULO
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