Diccionario Falacias
Diccionario Falacias
DICCIONARIO DE FALACIAS
Que contiene, en orden alfabético, los diversos modos de discurrir mal que llaman sofismas, sofisterías o
falacias.
INTRODUCCIÓN
La lógica no enseña a pensar rectamente sino a evitar las falacias, es decir,
el pensamiento torcido.
Definición
Los argumentos sirven, como sabemos, para sostener la verdad (verosimilitud, conveniencia) de una
conclusión. Con frecuencia, sin embargo, los construimos mal, con lo que su finalidad no se alcanza.
También con frecuencia, empleamos argumentos aparentes con el fin de engañar, distraer al adversario o
descalificarlo. A todas las formas de argumentación que encierran errores o persiguen fines espurios, los
llamamos falacias. El término procede del latín fallatia, que significa engaño, y lo empleamos como
sinónimo de sofisma, palabra que acuñaron los griegos para designar el argumento engañoso.
Ya se ve que la terminología es imprecisa porque mezcla errores de razonamiento (por ejemplo, una
generalización precipitada), con maniobras extra-argumentales (por ejemplo, un ataque personal), e
incluye también los falsos argumentos que se emplean con la intención de engañar o desviar la atención
(por ejemplo, la falacia ad ignorantiam, la pista falsa o las apelaciones emocionales).
Todos tienen una cosa en común: adoptan la apariencia de un argumento e inducen a aceptar una
proposición que no está debidamente justificada. Unas veces nos engaña nuestro juicio y otras las mañas
de nuestro interlocutor.
Ocurre con las falacias como con los dioses del panteón greco-romano: son tantas y con parentescos tan
embrollados que cualquier intento de clasificación resulta inútil. Desde que Aristóteles redactara sus
Refutaciones Sofísticas hasta hoy, no han aparecido dos libros sobre esta materia que recogieran el
mismo ordenamiento.
Es mucho más fácil clasificar insectos, porque plantean menos problemas conceptuales y están mejor
definidos. Los fallos argumentales, por el contrario, son escurridizos y ubicuos: un mismo error puede
constituir varios sofismas a la vez. Aquí no vamos ni siquiera a esbozar una clasificación. Nos limitaremos
a exponer las falacias más frecuentes en orden alfabético para facilitar su consulta.
Las falacias con que tropezamos habitualmente se pueden atribuir a cuatro fuentes o tipos de error,
de los que derivan todas:
1. Abandonar la racionalidad.
2. Eludir la cuestión en litigio.
3. No respaldar lo que se afirma.
4. Olvidos y confusiones.
1. El abandono de la racionalidad.
Se produce de varias maneras:
cuando nos negamos escuchar argumentos que pudieran obligarnos a modificar una opinión que
estimamos irrenunciable, es decir, cuando no estamos dispuestos a ser convencidos. Así ocurre,
por ejemplo, en la falacia Ad Baculum y en la falacia Ad Verecundiam.
cuando disfrazamos la realidad con triquiñuelas como la Ambigüedad o las Preguntas
múltiples.
1
cuando tomamos la exigencia de prueba como una cuestión personal y respondemos desviando la
cuestión con un Ataque personal, o una Pista falsa.
4. Olvidos y confusiones.
Aquí se agrupan los fallos propiamente lógicos, aquellos en que olvidamos alternativas o confundimos
conceptos. Si un jugador de ajedrez responde siempre con el primer movimiento que le viene a la cabeza,
cometerá errores sin número por olvido de alternativas. Del mismo modo, si confunde un gambito con el
enroque, tampoco llegará muy lejos.
b. El ataque a la falacia
Nos pasa con muchos sofismas lo que con los juegos de manos: aunque sabemos que hay un truco
no podemos explicarlo. Cada sofisma, como veremos, requiere una respuesta peculiar, pero se pueden
señalar algunas sugerencias generales.
1º. La mejor forma de combatir un mal argumento es dejar que se hunda solo. Para ello lo más
sencillo es reconstruirlo en su forma estándar, con lo que sobresaldrán sus contradicciones o sus
carencias.
2º. Lo peor que se puede hacer es emplear la palabra falacia o agitar latinajos. A nadie le gusta
que le acusen de falaz. Es un término cuasi insultante que tal vez suscite algún arrepentimiento contrito
pero que, generalmente, provoca un contraataque feroz e irracional que puede hundir el debate. Existen
vías más sutiles para informar a los contrincantes de que han resbalado en su razonamiento. No merece
la pena malgastar tiempo en una descripción técnica del error que, como los latines, no entenderá nadie.
Es mejor limitarse a señalar el fallo en las premisas, la conclusión o la inferencia.
3º. Siempre son muy eficaces los ejemplos, especialmente cuando son absurdos. Aquí hemos
procurado facilitar una abundantísima munición que se puede utilizar como está o inspirarse en ella para
fabricar otra.
4º. Con mucha frecuencia un mismo error puede ser clasificado en diversos modelos de falacias.
Determinado ataque personal, por ejemplo, pudiera considerarse como falacia Ad Hominem, Ad
Consecuentiam, Ad Verecundiam, Ad Populum, Pista Falsa, Sofisma Patético o apelación al Tu Quoque.
No tendría sentido enumerarlas. Lo más eficaz es limitarse a denunciar aquélla que parezca más
flagrante, esto es, más comprensible para la audiencia.
2
No recogemos todos los errores imaginables sino los que, por su frecuencia, han recibido un nombre, a
veces en latín (prueba de su abolengo). No es preciso que uno se los aprenda. Lo importante es
diferenciar los errores, aunque hemos de reconocer que las etiquetas ayudan a distinguir, comprender y,
sobre todo, a conservar la memoria de las cosas.
Para más información sobre el origen de las falacias, véase: ¿Qué es un buen argumento? En Nuestra
Manera de Pensar
Las falacias no tienen por qué ser ideas inmediatamente reconocibles como demenciales. De
hecho, normalmente se trata de ideas que suenan muy bien, lo cual facilita que políticos,
intelectuales, medios y toda clase de movimientos sociales se sirvan de ellas para sacar
adelante sus causas o carreras.
Precisamente por su poder de arrastre –especialmente en años electorales– necesitamos
observarlas detenidamente y dar con los errores que las convierten en recetas para el desastre.
Thomas Sowell.
A
Falacia del ACCIDENTE
Se comete al confundir la esencia con el accidente, lo sustancial con lo adjetivo. Incurre en ella, por
ejemplo, quien juzga por las apariencias.
Mefistófeles— Cala sobre tu cabeza una peluca de miles de bucles, calza tus pies con
coturnos de una vara de alto, que no por ello dejarás de ser lo que eres.
Como es sabido, el hábito no hace al monje y aunque la mona se vista de seda... Todo esto viene a decir
lo mismo: que las cosas tienen esencia y accidentes.
Esencia es la substancia de una cosa, lo que no se puede suprimir sin alterar el concepto; lo inherente, lo
necesario, y también lo universal, porque es en lo que coinciden todos los individuos del mismo género.
Un triángulo es, esencialmente, un polígono de tres lados.
Como todos los conceptos, presenta un aire abstracto, fantasmal e invisible hasta que se reviste de
accidentes: triángulo de tiza, de bronce, de flores, azul o verde, tieso o tumbado, isósceles o escaleno.
Puede adoptar muchas presencias accidentales, pero lo común, lo inseparable, lo que se predica de todas
es su esencia: un polígono de tres lados. Percibimos las cosas por sus accidentes y es preciso
desnudarlas para conocerlas, para descubrir su meollo, aquello que permanece bajo los cambios de
apariencia: la substancia, esto es, lo que sostiene los accidentes (del latín substare = estar debajo).
Accidente (del latín accidere = sobrevenir a) es lo que particulariza las cosas, lo añadido, lo sobrevenido.
El accidente puede faltar, no es necesario para el concepto; es contingente, yuxtapuesto. Como ocurre
con los triángulos, las notas variables de los individuos de una misma especie son accidentales.
La Falacia del accidente se comete por tomar una propiedad accidental como esencial, lo que conduce a
errores al generalizar y al definir: un triángulo es un polígono verde. Atribuimos como esencial a todos los
individuos de una especie una cualidad que sólo conviene accidentalmente a algunos de ellos.
Platón era filósofo, pero no por sus facultades dialécticas, como Hipócrates era médico, pero no por
su elocuencia. También yo puedo ser filósofo y cojo al mismo tiempo, y sin embargo, no habíais de
imitarme en la cojera para ser filósofos1.
La definición por los accidentes traiciona el concepto, como ocurre cuando se define la democracia por la
educación y la seguridad social. Si definiéramos las aves como vertebrados que vuelan, no serían aves ni
los pingüinos ni el Pato Donald, pero podrían serlo Dumbo y los murciélagos.
1
Epicteto. Nota de Pablo Jordán en Pláticas, I, 8, 11.
3
S
i hubiera que juzgar a los filósofos por su barba, lo más justo sería poner a la cabeza de todos un
macho cabrío.2
Es una falacia muy próxima a la Generalización Precipitada. La mayoría de las Falacias del Accidente se
cometen al generalizar a partir de los accidentes de las cosas, lo que ocurre con más facilidad cuando los
datos son insuficientes: Todos los españoles bailan flamenco. No es preciso bailar flamenco para ser
español. Estamos ante un carácter accidental, que puede darse y no darse.
Si juzgo todas las tuberculosis según los accidentes que la caracterizaban en mi bisabuelo, construiré una
falsa generalización que no comprenderá la mayoría de las tuberculosis que rondan el planeta. Si
considero esencial que Homero fuera poeta, podré afirmar que todos los hombres son poetas.
Extraer conclusiones a partir de cosas que sólo son ciertas accidentalmente, es lo que hacen tantas
personas que generalizan a determinadas profesiones (jueces, policías, periodistas) el abuso en que
puedan haber incurrido algunos de sus miembros:
Todos los jueces están comprados. Los políticos son unos golfos
Olvidan que lo mismo puede argumentarse sobre los cuchillos de cocina, los medicamentos o la libertad
de prensa. El abuso no es argumento contra el uso. Es la falacia del que juzga la feria, no por lo
sustancial, sino según le va en ella.
— ¿Qué mayor prueba de que nada aprovecha la filosofía que el que algunos filósofos vivan
torpemente?
— No es eso prueba alguna; pues, como los campos, no todos los que se cultivan son fértiles.3
No sólo tienen derechos los seres humanos. Los perros también los tienen.
Bentham llamó a este sofisma Ipsedixitismo (del latín ipse: él mismo, y dixit: dijo), que equivale a nuestra
expresión: lo dijo Blas, punto redondo. Se puede incluir con todo mérito entre las falacias de Elusión de la
carga de la prueba.
Se emplea menos donde cabe el riesgo real de ser replicado con dureza, como ocurre en la vida
parlamentaria, pero es muy frecuente donde no existe tal riesgo, como sucede en la prensa escrita, muy
especialmente en los editoriales y en las columnas de opinión y, por encima de todo, en las tertulias
radiofónicas. Caracteriza a la propaganda y a la publicidad, en cuyos mensajes importa más la sugestión
que las razones.
Vamos a ver de qué trata este escrito que tan certera y duramente he criticado. Mingote, en
ABC
2
Luciano: El eunuco. En esta divertida historia, Luciano bromea con las derivaciones genitales que suscita en
Atenas la oposición a cátedra de un eunuco: ¿tiene o no tiene miembro el aspirante? ¿es preciso el miembro para
filosofar?
3
Cicerón. Tusculanas, II, 5.
4
Falacia de AMBIGÜEDAD, del equívoco o de anfibología
Se produce cuando en un mismo argumento se emplean palabras o frases en más de un sentido,
como ocurre en este ejemplo con la palabra igual:
Toda persona que ocasiona una herida a otra es un delincuente. Todo cirujano ocasiona heridas a
otras personas.
Luego todo cirujano es un delincuente.
Confunde la acción de matar o hacer daño y la intervención quirúrgica efectuada con el propósito,
enteramente opuesto, de lograr la curación de un enfermo y salvarle la vida. Con el mismo fundamento
podría ser acusado de caníbal quien se come un brazo de gitano.
Idéntica falacia comete quien confunde responsabilidad penal y responsabilidad política: No asumiré
ninguna responsabilidad hasta que lo pruebe un tribunal. La responsabilidad jurídica presupone la
inocencia hasta que se demuestre lo contrario. La responsabilidad política se basa en la confianza de los
ciudadanos y es compatible con la inocencia. Bajo el amparo de esta falacia se producen paradojas:
personas que han dimitido de su cargo porque no eran dignas de la confianza (pública), han recibido otro
cargo porque eran dignas de la confianza (del gobierno).
— ¿Cómo afirma usted que sea cierto que sus latas de conserva llevan mitad de liebre y mitad
de caballo?
— Porque es verdad, señor juez. Yo siempre mezclo una liebre y un caballo.
¿Qué significa mitad y mitad? Para evitar (o combatir) esta ambigüedad semántica, se requiere precisar
el significado de cada uno de los términos de las premisas y asegurarse de que no varían a lo largo de la
inferencia.
Un padre y un hijo van de paseo. El niño se detiene delante de un árbol lleno de pequeños frutos y
pregunta:
—¿Qué árbol es?
—Un ciruelo de esos de ciruelas negras.
—¿Negras? Pues yo las veo rojizas.
—Es que están verdes.
Las conversaciones cotidianas abundan también en construcciones gramaticales equívocas que dan lugar
a malentendidos por ambigüedad sintáctica, como sucede en las siguientes:
¿Cuál de los dos tenía mal aspecto? ¿De qué madre se trata?
Durante la noche pasada se han registrado dos grados bajo cero en León y uno más en Burgos.
Dos pastores protestantes hablan del triste estado de la moral sexual de hoy en día:
— Yo nunca me acosté con mi mujer antes de que nos casáramos. ¿Y usted?
—
No estoy seguro. ¿Cómo se llama?4
4
Paulos: Pienso, luego río.
5
Una tercera forma de equívoco se produce a través de sobreentendidos:
¿Cómo hay que entender esto? ¿Señala una situación excepcional o relata lo que ocurre todos los
días?
Si es madrileño, es español
El Cid no es madrileño.
Luego El Cid no es español.
Se ha señalado como condición para ser español la de ser madrileño. Bien se ve que se trata de una
condición suficiente, es decir, compatible con otras igualmente suficientes: se puede ser español por
muchos caminos. Pero lo que nos impide argumentar negando tal condición es que no es necesaria: se
puede ser español sin ser madrileño. Si lo fuera tendría valor negarla. La falacia consiste, precisamente
en tratar una condición suficiente como si fuera una condición necesaria.
Al negar una condición suficiente no cabe concluir nada. El consecuente puede darse gracias a otras
condiciones igualmente suficientes. El juicio condicional se limita a señalar que, si se cumple una
condición, estamos autorizados para afirmar algo, pero no autoriza nada en otros supuestos.
¡Qué más quisiéramos! Pueden producirse atascos circulatorios por otras razones. El argumento
sería correcto si concluyera como Pero Grullo: no tendremos problemas de tráfico a causa de la huelga
de autobuses.
En esquema:
Si A, entonces B X no es A
Luego X no es B
U
n razonamiento que procede de gente sin fama y el mismo, pero que viene de gente famosa,
no tienen igual fuerza.5
Ahí radica la fortaleza de un político, pero también su punto vulnerable. La difamación es tan frecuente
en la vida pública porque los políticos comprenden instintivamente la necesidad de arruinar el crédito
moral de sus adversarios. En un dirigente sin prestigio los argumentos parecerán argucias, las
emociones farsa, y la sinceridad, hipocresía. De aquí procede un componente inevitable de la
acción política: la batalla por la imagen propia y el desprestigio de la ajena que, a veces, convierte las
locuciones públicas en simples variaciones de un único mensaje sustancial: yo propongo lo más justo y
mi oponente es un felón.
Hay dos argumentos falaces o pseudo argumentos que atacan directamente al adversario: la falacia
ad hominem y la falacia del Muñeco de Paja. Son pseudo argumentos porque ninguno refuta las
afirmaciones del contrincante. El primero se limita a descalificarlo como persona y el segundo forja un
oponente imaginario fácil de tumbar. Son también, como se ve, ejemplos de la Elusión de la carga de
la prueba.
Muchos anuncios farmacéuticos nos muestran un señor con bata blanca que parece un médico y no lo
es, pero que da consejos como si lo fuera. Estamos ante una autoridad inconcreta, incompetente e
inexistente. Hasta el más honrado de los humanos cuando discute en familia se inventa autoridades
que le salven del naufragio dialéctico: un maestro, un libro, el primo de la suegra del ministro, etc. y, si
cuela, cuela.
Las características de esta falacia son dos: el empleo de una falsa autoridad y el afán de engañar. De no
ser por esto último, podríamos considerarla como un argumento flojo que no cumple los requisitos
exigibles a cualquier autoridad. La diferencia se aprecia en cuanto solicitamos información acerca de ella.
Si el argumento es débil se nos confesará que no se dispone de tal información. Si el argumento es
falaz, las preguntas quedarán sin respuesta, como si no hubieran sido oídas o, más comúnmente,
serán contestadas con evasivas.
5
Eurípides: Hécuba.
6
Moliére: El médico a palos.
7
En resumen, estamos ante un engaño que pretende ocultar la debilidad del argumento. Podemos
defendernos reclamando la información que se nos niega, porque en este sofisma, a diferencia de lo que
ocurre en la falacia Ad Verecundiam, nadie nos coacciona.
El argumentador falaz intenta explotar nuestra ignorancia o nuestro conformismo, pero no es obligado
que lo consiga, puesto que nada nos prohíbe desnudar la indigencia de sus aseveraciones. Por el
contrario, cuando se pretende cerrar el paso a cualquier crítica mediante expresiones como:
necesariamente, ciertamente, indiscutiblemente, sin duda, obviamente, como saben hasta los niños, etc,
todas las cuales insinúan lo inadecuado, estúpido o insolente que pudiera parecer cualquier duda sobre el
argumento, estamos ante un engaño de tinte dogmático al que llamamos falacia Ad Verecundiam.
Las falacias de autoridad se alinean entre las artimañas que sirven para Eludir la Carga de la Prueba,
es decir, la obligación de aportar datos que sostengan nuestras afirmaciones.
Conviene no olvidar que una autoridad parcial puede tener razón. Esto es muy importante. Si
rechazamos su razón pretextando su parcialidad, incurrimos en una falacia Ad Hominem.
B
Argumentum ad BACULUM, también llamado Recurso a la fuerza,
Argumento ad terrorem, Apelación al miedo
Si A no es B, usted se va a enterar
Luego más le vale aceptar que A es B
La expresión ad baculum significa “al bastón” y se refiere al intento de apelar a la fuerza, en lugar de dar
razones, para establecer una verdad o inducir una conducta. La denominación es irónica, puesto que no
existe tal argumento: se reemplaza la razón por el miedo. Su empleo exige dos requisitos: carecer de
argumentos y disfrutar de algún poder. Representa, con el insulto, la expresión extrema de la renuncia al
uso de cualquier razonamiento.
E
n la asamblea, mientras Espendio y Matos hablaban, todos escuchaban y prestaban solícita
atención a lo que se decía. Pero si algún otro se acercaba a expresar su opinión, al momento, sin
escucharlo, le tiraban piedras hasta matarlo (...) El resultado fue que, como nadie se atrevió ya por
tal motivo a expresar su opinión, nombraron generales a Matos y Espendio7
Es un procedimiento frecuentísimo:
Mira Laura, tú necesitas este empleo y yo necesito una secretaria cariñosa, así que será mejor que
nos entendamos.
Escuche guardia, ya sé que me he saltado el Stop, pero usted no sabe con quién está hablando.
Me parece que a usted no le gusta mucho su empleo. Yo miraría más por mi familia. Si usted me
pone la multa tendré que hablar con sus jefes...
Generalmente las amenazas no se expresan literalmente. Son más eficaces cuanto más veladas. Basta
con evocar la posibilidad de que se produzcan consecuencias desagradables para quien no se deja
convencer.
Y
conste que yo sostendré esto en todos los terrenos. ¡En todos los terrenos! Y repetía lo del
terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en el tropo y en el garrote y se diera por
vencido.8
7
Polibio, I, 69, 9-16.
8
Clarín: La Regenta.
8
A veces se insinúan las amenazas tan sutilmente que, llegado el caso, puedan negarse con toda energía,
alegando que uno ha sido malinterpretado o, más frecuentemente, que no se trata de una amenaza sino de
una mera información que pretende ser útil al destinatario y ayudarle a ponderar sus propias decisiones.
No cabe ninguna duda de que está a punto de surgir una falacia ad baculum cuando alguien, utilizando la
excusatio non petita, advierte que no pretende forzar a su interlocutor:
Por supuesto, usted es libre de hacer lo que le parezca mejor... pero usted es consciente de que
nuestro Banco es uno de los principales anunciantes de su periódico y estoy seguro de que no
desea perjudicarnos publicando ese artículo.
No consiste la falacia en apelar al miedo, sino en hacerlo para sostener una conclusión o decidir una
conducta sin alegar razones. Por supuesto, quien ejerce una autoridad normativa (la del que manda), no
precisa recurrir a razonamientos para hacerse obedecer porque generalmente está legitimado para castigar
la desobediencia indebida. Tampoco es falaz quien nos advierte de un peligro real ajeno a su voluntad. Si
nuestro dentista insiste en que nos cepillemos más los dientes o de lo contrario acabaremos sin muelas, sin
duda apela al miedo. Sin intención falaz de ninguna clase, nos muestra consecuencias naturales,
previsibles, demostrables, para que conozcamos todas las posibilidades que pueden determinar nuestras
decisiones. El dentista no piensa intervenir en el proceso; no pretende provocar las consecuencias
desagradables.
—
Haga usted lo que guste, Mawnsey, pero si vota en contra nuestra, compraré mis ultramarinos en
otro sitio: cuando pongo azúcar al té me gusta sentir que hago un beneficio al país manteniendo a
comerciantes que están del lado de la justicia.9
Esta es una falacia que se padece desde una posición de debilidad y que no se puede rebatir
racionalmente. En el mejor de los casos cabe preguntar si, además del poder, existe algún fundamento
para creer que lo que se nos impone es razonable.
Y como Euribíades alzase el bastón como para pegarle, Temístocles le dijo: “Bien, tú pega; pero
escucha”10.
C
on frecuencia se dice que la fuerza no es un argumento. Eso depende por completo de lo que
se quiera probar11
C
Subirse al CARRO
Véase falacia Populista
Falacia de la CASUÍSTICA
Consiste en rechazar una generalización alegando excepciones irrelevantes.
¡Mira esa desnaturalizada! para que luego digan que las madres aman a sus hijos.
Como es sabido, las reglas generales no se invalidan señalando excepciones, sino demostrando que éstas
conforman la mayoría de los casos.
9
G. Elliot: Middlemarch.
10
Plutarco, Temístocles, XI.
11
Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo.
9
Se esfuerza por desvirtuar una regla citando cinco o seis casos en que no se cumple. Aunque
hubiera sido posible aducir cincuenta en vez de cinco, esos cincuenta ejemplos podrían seguir
siendo razonablemente considerados como excepciones a la regla hasta el momento en que
pudiera refutarse la regla misma.12
Se trata de una falacia muy extendida, mediante la cual el adversario intenta llevarse el debate a los cerros
de Úbeda o, al menos, concentrar la atención en los aspectos que sólo a él interesan (excepciones y
casos particulares). Es un recurso muy fácil porque nunca faltan árboles que contradigan la orientación
general del bosque. Es una argucia muy socorrida porque entorpece la discusión y distrae al adversario con
detalles nimios. Es una artimaña fecunda porque contribuye mejor que ninguna otra a degradar un debate
que no se puede ganar, a falsearlo y a confundir al auditorio. Verbi gratia:
Se combate esta falacia desnudando la intención y distinguiendo con claridad entre las excepciones y la
regla.
He visto muchos señores de tan piadosa condición que llevan con mucho valor y paciencia los
descuidos de los criados; pero lo contrario es lo más ordinario. Marcos de Obregón.
Dado que este sofisma, para eludir el problema, desvía la atención hacia los detalles en disputa, podemos
considerarla una variedad de Eludir la Cuestión. Y ya que pretende sustituir una regla general por otra
basada en las excepciones (las madres no aman a sus hijos), debemos incluirla entre las falacias de
Generalización Precipitada.
—¿Como es posible, don Santiago (Rusiñol), cómo es posible que usted y sus amigos, que son
personas tan formales, personas tan buenas y queridas, frecuenten estas mujerotas del barrio,
estas mujerotas de tres pesetas…?
—¡Un momento, un momento! —dijo Rusiñol parándole en seco— ¡La mía era de cuatro...! 13
Otras falacias que acompañan a las generalizaciones son: Conclusión Desmesurada, falacia del
Embudo, y falacia del Secundum quid.
a. falacias por confusión de una condición necesaria con una condición suficiente.
b. falacias por olvido de alternativas.
12
E. Allan Poe: El misterio de Marie Roget.
13
J. Pla: El cuaderno gris.
14
Tradicionalmente se la conoce como falacia de non causa pro causa (tomar por causa lo que no es causa).
10
Se producen cuando atribuimos la responsabilidad causal a una condición necesaria, o sea, a un
componente de la causa. Es frecuentísima.
Simplificamos al considerar únicamente un aspecto del asunto. Puede replicarse: es eso, pero no sólo eso.
Todos sabemos que el desempleo no responde a una causa única: Puede aumentar por razones
demográficas, económicas, laborales o sociales (cambios en la política de inmigración, incorporación de la
mujer, etc.).
Álvaro— ¡No hay derecho! Dijiste que si arreglaba mi habitación podría ir al cine. Ya está
arreglada
Su madre— Sí, pero te pedí que lo hicieras esta mañana.
Ordenar la habitación es una condición necesaria. La suficiente incluía, por lo que vemos, que se arreglara
a su hora. Con frecuencia olvidamos que la oportunidad opera como una condición necesaria.
La esposa, señalando los destrozos del aparador— ¿Has visto, monada, lo que has hecho al
tirarme la plancha?
El marido— ¡Tú tienes la culpa, por agachar la cabeza! Xaudaró.
Agachar la cabeza es condición necesaria para que se destroce la vajilla, pero ni con mucho, salvo que
intervenga la magia, es condición suficiente.
Comer langosta es una condición necesaria, no suficiente. Ni siquiera que esté contaminada forma una
condición suficiente: varía mucho la sensibilidad individual a los tóxicos (condición necesaria). Si juntamos
las tres, se da la condición suficiente: ha comido langosta, en mal estado, una persona sensible.
Aquí se incluyen todos los errores causales producidos al interpretar precipitadamente cualquier relación
como si fuera causal. Se agrupan bajo la denominación genérica de Falacia post hoc. Puede cometerse
de varias maneras:
1. Por sentar la relación causal a partir de una coincidencia.
2. Por confundir la causa con el efecto.
3. Por olvido de una causa común.
4. Por encadenar las causas injustificadamente.
Por ejemplo:
Usted es un incurable cabeza loca porque nació cuando el Sol se paseaba por delante de la
constelación de Acuario en presencia de Urano.
Cuando mi tío se fue a vivir a La Mancha, dejó el café y se pasó al poleo. No te puedes figurar
lo que mejoró su asma.
15
Su nombre deriva de la antigua denominación de la falacia: Post hoc, vel cum hoc, vel sinae hoc, ergo propter hoc,
que para nosotros significa: Tras esto o con esto o sin esto, luego a causa de esto. También se la denomina Falacia de
correlación accidental.
11
Nuestra cordial enhorabuena, pero la mejoría del asma nada tiene que ver con el poleo ni con el café.
Todos los asmáticos mejoran en un clima seco como el de La Mancha. Con el mismo fundamento se puede
atribuir el éxito en la vida a nacer en Jueves. Que dos cosas aparezcan juntas no significa sino que han
aparecido juntas.
Es el error más frecuente en la argumentación causal. Responde al mismo defecto mental que las
generalizaciones precipitadas. De hecho es la generalización precipitada de una asociación de sucesos. La
utilizamos sin pudor para atribuir culpas a quien no corresponden:
Se refuta con facilidad demostrando que no existe una relación significativa, o sea, que estamos ante una
coincidencia. No es difícil probar que el efecto tiene lugar aunque no intervenga la causa, o que está
producido por otra causa distinta de la que se pretende:
Las riadas se llevan los puentes nuevos, pero no pueden con los puentes romanos. Es evidente
que se hunden los puentes porque no se construye hoy como antaño.
Esto sería cierto si los puentes romanos, en general, se mantuvieran en pie, cosa que no ocurre (la
mayoría de los puentes romanos se han hundido), y, por el contrario, los puentes nuevos, en general, se
hundieran, lo que tampoco es verdad. Estamos ante una Generalización Precipitada.
Lo mismo ocurre cuando nos dicen que el consumo de marihuana favorece el paso a drogadicciones
más duras porque el 75% de los drogadictos comenzaron fumando marihuana. ¿Qué ha ocurrido con
esa probable mayoría de fumadores que no se han convertido en adictos a otras drogas?
Estudios demuestran que mujeres que desayunan Special K pesan menos que las que no lo
desayunan.
Dejando a un lado eso de “estudios demuestran” que es una flagrante falacia de Falsa Autoridad, el
anuncio nos invita a olvidar que las mujeres que desayunan esas cosas suelen seguir una dieta para
perder peso.
12
¿No será, al revés, que estén irritados por la falta de empleo?
Dos aborígenes australianos van a Estados Unidos y ven por primera vez a un hombre
practicando el esquí acuático, serpenteando y dando saltos alrededor del lago.
— ¿Por qué va tan de prisa el barco? —pregunta uno de los aborígenes.
—
Porque le persigue el loco de la cuerda —contesta el otro.16
Esto no puede servir para bendecir el agua. Hay una causa común para ambos fenómenos. Los niños
que consumen agua mineral son más pudientes y disponen no sólo de agua sino de un conjunto de
elementos (comida, ropa, educación) que contribuyen a su mejor salud.
Los niños de brazos más largos razonan mejor que los de brazos más cortos.
Sin duda razonan mejor y tienen los brazos más largos los niños de más edad.
He decidido no dormir más en una cama. Casi todo el mundo muere en la cama.
El afán de lucro, más el desprecio de la ley, han suscitado el empleo de piensos cárnicos
infectados, y estos han provocado el Mal de las vacas locas.
Ahora está más claro qué es lo que debemos combatir. Si el afán de lucro no se asocia con otra
condición necesaria, no hace daño por sí mismo.
Debiera decir:
Si no llueve, habrá que regar el jardín (necesariamente), y el niño tal vez se moje o tal vez no se
moje los pies, de lo que puede resultar, o no resultar, una infección de garganta. De manera que,
si no llueve, sabe Dios lo que pasará con el niño.
Siempre que se utilizan cadenas argumentales cabe la posibilidad de que se nos cuele algún eslabón
inadmisible. No le sorprenda que alguien pretenda hacer pasar como explicación razonable una
cadena causal fantástica:
E
l jamón hace beber y el beber quita la sed; ergo el jamón quita la sed.17
16
Paulos.
17
Montaigne: I, XXV, De la educación de los niños.
13
Como dice Montaigne: Haga el discípulo burla de tales cosas. Es más sagaz burlarse que
contestarlas. He aquí el argumento más brillante de Fray Gerundio de Campazas:
Santa Ana fue madre de María; María fue madre de Cristo; luego santa Ana es abuela de la
Santísima Trinidad.
Hijo, basta con una copa para iniciar el camino del alcoholismo. El primer paso es crucial. Si lo
pruebas y te gusta, querrás más, y cuanto más consumas más dependiente te harás, hasta
acabar completamente alcohólico. Hazme caso: lo he visto muchas veces.
Se pretende que las cosas ocurren como al que tropieza en un escalón y no cae al siguiente, sino que
rodando recorre todos los peldaños hasta el final de la escalera.
Si usted permite la eutanasia en este caso en que parece justificada, entonces cualquier
paciente que no esté en una situación terminal podrá escoger esta forma de suicidio legal, y, a
continuación, cualquier persona simplemente deprimida podrá decidir el fin de su vida con
ayuda médica.
En una mala cadena, como ocurre en estos ejemplos, no se justifican los pasos. Se traen las
conclusiones por los pelos y como mejor convenga.
Un camionero llama a la radio para protestar por una tractorada que bloquea las carreteras:
¡No me dejan trabajar! Si no trabajo una semana, no llego a fin de mes. Si no llego a fin de
mes dejo sin pagar una letra. Si dejo sin pagar una letra me embargan el piso. Si me
embargan el piso, me deja mi mujer. Si me deja mi mujer, tengo que pegarme un tiro.
Lo que no dicen es cuántos kilos de yogurcito habría que tomarse cada día para lograr un resultado
que fuera significativo.
En Resumen:
Distinguimos dos variedades en las falacias de Falsa Causa:
b. Falacias del post-hoc que establecen una relación causal sin otro fundamento que la aparición
simultánea o sucesiva de dos hechos.
1. no descartar la casualidad.
2. inversión de la causa, cuando se confunden causa y efecto.
3. olvido de una causa común.
4. no considerar la existencia de un intermediario.
5. encadenar las causas injustificadamente.
6. por simple mala fe.
14
—¿Por qué va usted por la calle dando palmadas?
—Para espantar a los elefantes.
—Pero si no hay ninguno.
—¿Lo ve usted? ¿Ve cómo da resultado?
Por fuerza se trata de una orquesta magnífica porque todos los profesores son extraordinarios.
Los directores saben muy bien que no es así. Una cosa es inducir que todos los profesores son
extraordinarios y otra, transformar esa conclusión en algo distinto: el todo, el conjunto, es
extraordinario. Estamos ante una variedad de la Falacia de Conclusión Desmesurada. No se pueden
trasladar las virtudes de los individuos al conjunto (¡qué más quisiera el Real Madrid!). El presidente
Rodríguez Zapatero, gran devoto de salir del paso con cualquier falacia, decía:
Lo que se predica de las partes no siempre puede predicarse del todo. Una buena colección de frases no
hace un buen libro. Cosas que son ciertas separadas no tienen por qué serlo cuando aparecen unidas. La
sal común, pese a que sus componentes, cloro y sodio, son tóxicos, es indispensable para la vida. Los
hermanos Álvarez Quintero eran brillantes cuando escribían juntos y mediocres si lo hacían por separado. A
los hermanos Machado les ocurría lo contrario.
El caso opuesto se da en la Falacia de la División, según la cual las partes disfrutan las propiedades del
todo.
Debe ser muy buen jugador, porque está en un equipo magnífico. Es un gobierno dubitativo. Se ve
que sus ministros son indecisos.
18
Lichtemberg. Aforismos. Verdades de perra chica.
15
Co
n frecuencia, siendo ciertos los ejemplos, nos empeñamos en obtener de ellos lo que no dicen. Es
conocida la anécdota del sabio que a la voz de ¡salta!, lograba que cada una de las pulgas de su colección
se introdujera en un frasco. Arrancó a una pulga las patas traseras y al ordenar ¡salta!, la pulga no saltó, y
lo mismo ocurrió tras arrancar las patas a todas las demás. El sabio, entusiasmado, anotó en su cuaderno:
Cuando se le quitan las patas traseras a una pulga deja de oír.19
Hay pocas señoras entre los Diputados. Parece que a las mujeres no les atrae la política.
Los restaurantes que están siempre llenos dan muy bien de comer.
Las razones por las que un comedor esté habitualmente lleno pueden ser diversas: sus precios son
atractivos, es limpio y rápido, ocupa un emplazamiento idóneo, está de moda, lo regenta Julio Iglesias... y
todo lo que se quiera y no tenga nada que ver con la comida que sirven.
El índice de participación en las elecciones municipales ha sido del 24%. Se ve que la gente está
harta de los políticos y elige darles la espalda.
Tal vez, pero no necesariamente. Los electores reducen su participación cuando hay un ganador
indiscutible. Lo mismo ocurre cuando no les inquieta el resultado por estimar que la administración del
municipio está asegurada con cualquier candidato.
Concluyen desmesuradamente los partidos políticos cuando interpretan encuestas sobre el voto de los
ciudadanos. Tienen éstas la virtud de lisonjear las esperanzas de todos los afectados. Ocurre lo mismo
con los resultados electorales: nadie confiesa haber perdido las elecciones.
Otras falacias que acompañan a las generalizaciones son: Generalización Precipitada, falacia
Casuística, falacia del Embudo, falacia del Secundum quid.
Si nuestra generalización va más lejos de lo que autorizan los datos, incurrimos en una falacia de
Conclusión desmesurada.
Si negamos que las reglas generales tengan excepciones o si aplicamos una regla general a
una excepción, cometemos una falacia de Secundum quid.
Si rechazamos una regla general porque existen excepciones, caemos en una falacia Casuística.
¿Qué es lo que se discute? Si la racionalidad es, o no, un atributo masculino. Sin duda no lo es, pero
lo que afirma nuestro ejemplo es que no debe serlo, independientemente de que lo sea o no, porque
acarrearía consecuencias indeseables. Es una falacia que deforma la realidad insertando juicios de valor
donde no hacen al caso. No es posible resolver si la proposición es verdadera o falsa alegando que no
es... deseable.
No se ría: lo dijo un juez. A Galileo nadie le negó los hechos. Simplemente se consideró desastrosa la
posibilidad de que pudiera estar en lo cierto. No tenía razón porque no convenía que la tuviera. En 1999
se protestó por la concesión de un Oscar honorífico al director de cine Elia Kazan. Los disconformes
alegaron que hace cincuenta años colaboró en la caza de brujas contra los comunistas. No negaron los
méritos cinematográficos de Kazán. Tampoco negaban que el Oscar sea un reconocimiento al mérito
estrictamente cinematográfico. No importa. ¿Recuerda alguien que Lope de Vega denunció herejes a la
Inquisición? Hace unos años se conmemoró el centenario de Clarín, autor de La Regenta. Surgieron
protestas del mismo estilo cuya fuente prefiero silenciar:
La ob
jetividad no debería existir en el periodismo... El deber supremo del periodista de izquierdas
no es servir a la verdad, sino a la revolución.20
La publicidad abusa sin fatiga de este sofisma. Al ser muy parecidos los productos de las distintas
marcas, los comerciantes acentúan valores que no vienen al caso: las pasiones que despierta un perfume,
o el prestigio que aporta calzar determinadas zapatillas deportivas... Lo mismo ocurre con los cantantes
pop que dedican su concierto a la mujer afgana (o a la difunta princesa de Gales). Ahora les ha dado a los
publicitarios por la ecología y la ayuda al Tercer Mundo: si uno compra determinado artículo recibe
satisfacciones complementarias porque contribuye a la protección de la naturaleza, o porque una parte de
lo que se pague irá destinado a los pobres. El mensaje acentúa ventajas que nada tienen que ver con el
producto.
Alababan a Filipo de hermoso, elocuente y buen bebedor; mas Demóstenes dijo que tales loas
correspondían más que a un rey a una mujer, a un abogado y a una esponja.21
Conviene recordar lo que señalamos al hablar de las valoraciones: ¿es relevante el principio que se alega
para este caso? ¿Complementa otras razones o las sustituye?
20
Salvador Allende. Citado por C. Rodríguez Braun: Diccionario políticamente incorrecto. Periodismo.
21
Montaigne. Ensayos, XXXIX: Consideraciones sobre Cicerón.
17
Cuando lo que está en juego es lo preferible, toda valoración adicional es perfectamente legítima: déme el
más barato, el que regala puntos, el ecologista. Por el contrario, si lo que se discute es la calidad objetiva
de un producto o la verdad de una afirmación, cualquier valoración complementaria está fuera de lugar.
La cuestión no es saber si las medidas previstas por la ley [ante la peste] son graves, si no
si son necesarias para impedir que muera la mitad de la población22
En esquema:
Si A, entonces B. X es B.
Luego, X es A.
Olvida esta falacia que B puede ser consecuencia de otras cosas distintas de A.
El consecuente forma una condición necesaria. Si falta (si la negamos) podemos negar el antecedente:
Si no se ha muerto es seguro que no ha tomado cianuro. Por el contrario, si la afirmamos, no
podemos extraer ninguna conclusión porque no es una condición suficiente: puede haber muerto de otras
muchas maneras.
Quien incurre en esta falacia lee la primera premisa en ambas direcciones: si toma cianuro, se muere; y si
se muere, ha tomado cianuro. Es como si, al afirmar que todo gran ciclista es narigudo, asumiéramos que
todo narigudo es un gran ciclista. No es oro todo lo que reluce, aunque todo oro reluzca.
Cantará si quiere, o si puede. Se llama Falacia de afirmación del consecuente o Falacia del consecuente
porque se produce cuando afirmamos el consecuente. El argumento correcto, repito, lo niega. No es
preciso volverse loco para descubrir estas falacias, pero conviene estar atento.
Si compras el coche no te llegará el dinero a fin de mes. No te llega el dinero a fin de mes,
Luego, has comprado el coche.
22
Albert Camús: La Peste.
18
—¿Dos granos de trigo son montón de trigo?
—No.
—¿Y añadiéndoles otro grano?
—Tampoco.
—¿Y añadiendo otro?
—Tampoco.
—
Luego nunca habrá montón, mientras se añadan uno a uno. Eubulides de Mileto.23
Lo dicho, las pequeñas diferencias en un cambio gradual son irrelevantes. Es lo mismo un grano que un
montón. Del mismo modo se puede argüir en sentido contrario. Si a un montón le quitamos un grano,
sigue siendo montón... y así, cuando solamente quede un grano, diremos que es un montón. Si las
diferencias graduales son irrelevantes, da lo mismo uno que muchos.
Si a quien no es calvo se le arranca un pelo, no queda calvo; si se le quita otro, tam poco; y así,
pelo a pelo, nunca será calvo.
E
ubulides de Mileto.24
Estamos ante cambios graduales. Podemos diferenciar con claridad las posiciones extremas, el principio y
el final, pero somos incapaces de señalar el límite donde se inicia el cambio de la una a la otra: ¿dónde
comienza el montón?
Sin duda existe un límite, un umbral más o menos amplio en que se produce el cambio. Aunque nos
movamos a lo largo de un continuo en el que las variaciones de grado resultan inapreciables, ha de existir
un punto en el cual una pequeña diferencia determine un cambio decisivo.
Las medicinas son eficaces cuando alcanzan una concentración sanguínea suficiente. Un solo pasajero de
más determina el hundimiento de una embarcación, y una ramita de sobra el desfallecimiento del asno
que carga la leña. Nunca sabemos cuál es el último de los pocos o el primero de los muchos. El mismo
problema surge siempre que empleamos cantidades imprecisas:
Si
alguien quisiera saber cuánto hay que añadir o quitar para que el rico sea pobre; el
célebre, desconocido; lo mucho, poco; lo grande, pequeño; lo largo, corto; lo ancho, estrecho; y al
contrario, no podríamos responder nada seguro y cierto. Cicerón25
Así cabe sostener que no existe la pobreza o que, si existe, es imposible determinar el límite entre pobres
y ricos. Con los mismos criterios se arguye que, siendo graduales los cambios del embrión humano y
dado que al nacer es una persona, debemos considerarlo así desde el momento de la fecundación.
Del mismo modo, al ser graduales los cambios entre la vida y la muerte, sería arbitrario establecer un
límite preciso entre ambas. Todos estos razonamientos tienen su corolario: como no es posible conocer el
umbral de la pobreza, no podemos subvencionarla; como el embrión es una persona, todo aborto
constituye un homicidio; como no sabemos cuando se produce la muerte, toda extracción de órganos para
un transplante equivale a un asesinato.
Todo recién nacido es una persona. Su desarrollo desde el embrión hasta el feto maduro es
gradual, sin que exista un punto en que su naturaleza cambie abruptamente. No existe un punto en
que podamos considerar que matarlo es lícito. En consecuencia, la interrupción del embarazo es
tan ilícita como el asesinato de un niño.
23
Diógenes Laercio: II, Euclides, nota.
24
Ídem.
25
Cicerón: Cuestiones Académicas, II, XXVIII.
19
Que no conozcamos el momento en que se producen los cambios no significa que las cosas no cambien.
Un embrión no es una persona, como una semilla no es un árbol. La diferencia entre el calor y el frío
es una cuestión de grado, pero nos importa mucho. No decimos que, como son cambios graduales, no
existe diferencia, ni pensamos que hace calor cuando el termómetro señala 2º C.
Es cuestión de grado la distancia de lo creíble a lo increíble, de la sordera a la audición, de la juventud a
la vejez, de la vida a la muerte. No siempre sabemos en qué punto se produce la diferencia, donde figura
el umbral de la nueva cualidad, pero podemos apreciar que es nueva, que algo ha cambiado: ¿cuándo un
niño se convierte en hombre? ¿qué copa produce la embriaguez?
Otra cosa es que para facilitar nuestra intervención en los acontecimientos, fijemos límites convencionales
en el desarrollo de un cambio gradual. El portero de mi casa tiene señalada la temperatura matinal por
debajo de la cual debe encender la calefacción. En los camiones y en los ascensores figura un rotulito que
señala su carga máxima autorizada: en ningún caso se autoriza más, aunque el camión pudiera
transportarla.
Son umbrales prudenciales que permiten regular nuestras conductas. Así, los 18 años señalan el
comienzo de la vida adulta y el ejercicio de nuevos derechos y obligaciones; determinado nivel de renta
señala el límite oficial de la pobreza; llamamos muerte clínica a la que ha alcanzado un grado irreversible
de lesión cerebral.
Los umbrales que establecemos pueden señalar restricciones por encima o por debajo del límite: mayoría
de edad desde los 18 años: nunca antes aunque se trate de un muchacho muy maduro; se autoriza el
aborto antes de las doce semanas de gestación: en ningún caso (salvo situaciones excepcionales)
después, aunque el feto no sea todavía una persona. Establecemos límites prudenciales amplios para
evitar toda intervención en las situaciones poco claras. Un feto menor de doce semanas no cumple los
requisitos para ser considerado persona, pero no estamos seguros por encima de dicho plazo.
A
la media hora de la fecundación de un huevo aún no hemos atravesado la frontera que
separa un trozo de materia humana de un ser humano, a los cuatro meses ya estamos al otro lado
de la frontera, a los catorce días aún no la hemos cruzado, a los tres meses ya estamos al otro
lado…26
Por supuesto, los límites convencionales no son inamovibles. Los cambios en nuestros conocimientos o
nuestra sensibilidad, pueden modificarlos. Por ejemplo: ¿dónde está el límite de lo tolerable? Es evidente
que nuestros criterios se han modificado en los últimos cuarenta años. Hoy consideramos que la llamada
limpieza étnica es intolerable, justifica nuestra injerencia, incluso nos obliga a intervenir militarmente.
Antaño no ocurría así. Un concepto difuso como lo intolerable admitía umbrales más elásticos.
A quien persevere en la falacia sin atender a razones, es preciso arrastrarlo al absurdo. Se le pregunta,
por ejemplo, cuánto dinero necesita un hombre para que lo llamemos rico. ¿Y si le quitamos un millón?
Seguiremos quitando millones hasta que nuestro contrincante perciba el límite de su propio ridículo y
reconozca que está equivocado.
U
so de la licencia, y como pelos de cola equina paulatinamente arranco uno y luego otro.27
¿Cuántos años necesita una persona para ser vieja? ¿Dónde comienza el exceso en la comida? ¿En qué
punto la sencillez se transforma en grosería y el humor en bufonada?
¿Cuánta agua necesita el trigo para resplandecer? ¿y cuánta más para arruinarse? ¿y dónde está el
límite? ¿Diremos que es lo mismo regar y no regar?
Los antiguos la llamaban falacia del montón (por el de trigo), de la barba (¿cuántos pelos se precisan para
considerar que un hombre tiene barba?) y del calvo.
26
J. Wagensberg. A más cómo menos por qué, [652].
27
Horacio. Epístolas, 2, 45-47.
20
P
ero Grullo- Quien tiene poco, tiene; y si tiene dos pocos, tiene algo; y si tiene dos algos, más es;
y si tiene dos mases, tiene mucho; y si tiene dos muchos, es rico.28
D
Falacia de confundir los DESEOS CON LA REALIDAD o Wishful thinking
(hacerse ilusiones).
Consiste en considerar exclusivamente las posibilidades favorables de un suceso, menospreciando el
resto de las alternativas.
Quien incurre en esta falacia piensa que las cosas irán bien porque pueden ir bien. Es una forma de
turbación afectiva de la inteligencia que nos lleva a confundir nuestros deseos con la realidad o, si usted
prefiere, lo que es meramente posible con lo que es probable o seguro.
Cu
ando Creso preguntó si debía emprender la guerra contra los persas, el oráculo predijo que si lo hacía
destruiría un gran imperio. No se le ocurrió preguntar de qué imperio se trataba, y emprendió la guerra
confiadamente. La realidad fue que cayó un imperio: el de Creso.30
Estamos ante una falacia opuesta a la Pendiente Resbaladiza. Al contrario que ésta, anima a dar el
primer paso. Aquí se trata de mostrar un resultado final extremadamente positivo pero tan incierto como la
catástrofe que nos amenaza allí. El motivo es el mismo: ofrecer un panorama que distraiga de la falta de
méritos del hecho o decisión que se discuten.
A veces se enfrentan ambas falacias, como ocurre en las campañas electorales: los contrincantes se
sacuden golpes de pendiente resbaladiza y soñar despierto mutua y sucesivamente. Sin llegar a estos
extremos, no es raro que en todos los debates públicos en que se emplea la una, surja la otra. Por
ejemplo:
Un megamuseo urbano se puede defender, mediante una pendiente resbaladiza, alegando que: de no
construirlo la ciudad perderá renombre y atractivo; atraerá menos turistas; algunos negocios no se
instalarán y otros abandonarán la ciudad; se perderán empleos, subirán los impuestos y descenderá el
precio de las propiedades inmuebles. Un desastre.
Por el contrario, se puede combatir con una buena ensoñación: es mejor emplear esa montaña de
millones en mejorar las infraestructuras, el trasporte y la educación, todo lo cual atraerá más industrias,
combatirá el paro y permitirá que bajen los impuestos.
Seguramente ni la falta del megamuseo equivale a desastre ni el rechazarlo nos traslada al paraíso.
Ambas posiciones son falaces porque aceptan que las posibilidades remotas son ciertas y automáticas.
"
Boladenieve" sostenía que el molino podría hacerse en un año. En adelante, declaró, se ahorraría
tanto trabajo, que los animales sólo tendrían tres días laborables por semana. "Napoleón", por el
28
Quevedo: Los sueños.
29
Ovidio, Amores, 2, 13.
30
Herodoto. I, 91.
21
contrario, sostenía que la gran necesidad del momento era aumentar la producción de
comestibles, y que si perdían el tiempo en el molino de viento, se morirían todos de hambre.31
Una disyunción que recoge dos únicas opciones alternativas. Dos proposiciones condicionales que
analizan las alternativas.
1. Puede ser falso el dilema porque sus términos: no son exhaustivos (incompletos; olvidan otras
posibilidades). no son excluyentes (no son incompatibles; no obligan a escoger).
2. Pueden ser falsas las premisas condicionales y sus conclusiones.
1. Es falso el dilema
No es cierto que los Tutsi hayan de escoger exclusivamente entre Ruanda y Tanzania. Pueden,
además, ir al Congo.
Si esto es cierto, queda destrozado nuestro dilema. Hemos dejado una vía de escape, con lo que nuestro
gozo dialéctico se desvanece como las ilusiones de un pobre.
Basta con tener los ojos abiertos para percibir que la mayoría de las mujeres caben entre los dos extremos
(hermosas o feas): casi todas mezclan atractivos y defectos. Aquí, pues, falta el término medio, como
ocurre también en los ejemplos que siguen:
31
Orwell: Rebelión en la granja.
22
¿
Soy yo por ventura la causa de que toda cuestión política se resuelva, en último resultado, en
este último dilema: la Religión o las revoluciones; el catolicismo o la muerte?32
Cuenta una leyenda que, cuando los libros de la famosa biblioteca de Alejandría fueron incautados
tras la invasión musulmana, el califa Omar resolvió que si el contenido de los libros estaba de
acuerdo con la doctrina del Corán, eran inútiles, y si tenían algo en contra, debían destruirse.
Cabe un término medio: los libros sin duda no decían lo mismo que el Corán, pero tampoco lo contrario.
O nos preocupamos por el desarrollo industrial, en detrimento del ambiente, o nos preocupamos
de la naturaleza en perjuicio de las industrias. Lo uno o lo otro. Ya sé que las dos opciones
tienen inconvenientes, pero hay que escoger: o patitos o empleos.
No señor. Estamos ante un falso dilema. No son opciones incompatibles y no será difícil armonizar
las ventajas y reducir los inconvenientes de ambos.
Es cierto que los hutus sólo pueden escoger entre Ruanda y Tanzania.
Pero no es verdad que los maten en Tanzania.
Así es que pueden refugiarse en Tanzania.
La disyuntiva era buena, pero uno de los condicionales resulta ser falso. Así de sencillo. En un dilema los
caminos deben estar bien tomados, y los obstáculos que los intercepten deben ser infranqueables. De otro
modo nunca detendrán a nuestro adversario. La conclusión que se extraiga de cada alternativa ha de ser
cierta, obligada, indiscutible.
Este error es una de las muchas formas que adopta la falacia genérica del non sequitur
32
Donoso Cortés. Discurso en Las Cortes el 30.12.1850.
23
En consecuencia, los posibles errores de un argumento disyuntivo son:
I. Que sea falsa la disyuntiva porque sus términos: no sean exhaustivos. no sean excluyentes.
II. Que sean falsas las premisas y las conclusiones de los argumentos condicionales.
I. Es falsa la disyuntiva
Utilizamos la disyunción para expresar implícitamente que no existen más posibilidades que las
presentadas y que sólo una de ellas puede ser cierta: Está vivo o está muerto. La disyunción, pues, ha de
ser exhaustiva y sus términos, excluyentes.
¿Por qué se ha de escoger entre dos dictaduras? Estamos ante una disyuntiva extremista propia de quien
ocupa uno de los extremos y menosprecia las posiciones intermedias. Ni lo uno ni lo otro. Pensar con
los extremos requiere mucho menos esfuerzo mental que buscar diligentemente todas las posibles
soluciones a un problema. ¿Cómo debemos juzgar a Napoleón: como un ilustrado o un protofascista?
Escoger cualquiera de estas opciones es propio del pensamiento en blanco y negro que caracteriza a los
reclutas intelectuales.
Con muchísima frecuencia se construyen falsas disyunciones sin otro fin que descalificar al adversario.
Para hacer más atractiva una propuesta, se le añade la contraria, pero revestida de ropajes que la hagan
parecer manifiestamente rechazable.
O yo, o el caos.
En estas elecciones no existen más que dos alternativas: el progreso, o la caverna.
Se está conmigo, o se está contra mí.
Al ofrecer dos posibilidades extremas en las que una de ellas es francamente rechazable, se pretende que
la otra se admita sin necesidad de prueba. Debemos considerar sospechosas todas las dicotomías, esas
clasificaciones duales: los buenos y los malos, los amigos y los enemigos, lo blanco y lo negro... que
simplifican la realidad.
33
Donoso Cortés. Ídem.
24
¿A quién quieres más? ¿A un ogro que te pinche con un alfiler o a papá?
Gila en La Codorniz.
A
cumulas siempre oposiciones frente a frente (...) Pero hay un término medio en las cosas, y hay
límites que el buen sentido no puede franquear.34
Las disyuntivas incompletas constituyen el mejor ejemplo de falacia por olvido de alternativas.
b. Porque no es excluyente
Si los términos no son incompatibles, no obligan a escoger. En otras palabras: no existe tal disyuntiva.
O hablas o caminas.
O la amas o la aborreces.
Beata primera— Yo soy muy creyente, así que no sé si hacer una novena a la Virgen de las
Angustias, o convocar al demonio, o acudir al consultorio de la tía Blasa, que tiene poderes.
Beata segunda— ¿Y las tres cosas al mismo tiempo? Antonio Mingote en ABC.
Pueden serlo, como argumentos condicionales que son, bien porque no es cierto lo que afirman, bien
porque no sea cierta su conclusión. Caben aquí los mismos errores que en cualquier argumento
condicional.
Falacia de la DIVISIÓN
Ver falacia de la composición.
E
Falacia de ELUDIR LA CARGA (o responsabilidad) DE LA PRUEBA
Consiste en no aportar razones que fundamenten la conclusión o en pretender que las aporte el
oponente.
D
ice y no da razón de lo que dice.35
Sobre la cuestión del divorcio no quiero ni oír hablar. Como te he dicho, creo que el vínculo del
matrimonio es indivisible y punto.
34
Horacio: Sátiras.
35
Fray Luis de León. Los Nombres de Cristo.
25
La expresión carga de la prueba procede del campo jurídico y se expresa en el brocardo: Probat qui dicit
non qui negat, es decir, está obligado a probar sus palabras el que acusa, no el que niega.
Es una falacia principal, madre o componente de otras muchas: Afirmación gratuita, argumento Ad
Ignorantiam, sofisma Patético, Ataque personal, falacia Populista, Recurso al Tu quoque, falacia Ad
Verecundiam.
Quien la comete saca la discusión de su terreno, o se empeña en probar lo que nadie discute. Hace como
el estudiante al que preguntan la lección 16ª y contesta la 14ª porque es la que se sabe bien.
Por ejemplo, quien no desea entrar en un debate sobre la licitud de un proyecto (que es lo que se
discute), puede desviar la atención hacia la utilidad (que no discute nadie).
D
emóstenes— Ahora bien, sé que Esquines va a evitar la réplica a los cargos mismos y, en
su deseo de desviaros lo más lejos posible de los hechos, va a discurrir sobre los grandes beneficios
que resultan a todos los hombres por efecto de la paz y, contrariamente, los males que les
sobrevienen a raíz de la guerra. De esta guisa va a ser su defensa.36
La democracia está en peligro (porque se critica al Gobierno). Usted insulta a Cataluña (porque se
critica a un político catalán).
Este recurso falaz fue bautizado por Bentham37 como Escudo de prevaricadores, porque se emplea para
evitar la censura de las personas que ejercen el poder.
El conductor— Gracias al euro, ante nosotros se abre un sólido futuro común para todos los
europeos a salvo de la inestabilidad internacional y de las maniobras de los especuladores.
El policía de tráfico— Vale, pero usted sopla el alcoholímetro. Forges. Diario El País.
36
Demóstenes: Sobre la embajada fraudulenta.
37
Bentham: Falacias políticas, II, IV.
26
Es una falacia madre, de la que participan todas las que tratan de desviar la atención hacia otro asunto,
como es el caso de las siguientes: Ataque personal, falacia Casuística, falacia Ad Consecuentiam, sofisma
Patético, falacia de la Pista falsa.
El ministro inglés al español— Como estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, vamos a seguir
hablando del Peñón. Primero, esto no es un peñón. Mingote, Diario ABC.
Se utiliza con frecuencia como una pura ley del embudo, para cimentar la excepción o alegar privilegios
cuando se trata de aplicar una regla que nadie discute. La falacia consiste en apelar a una excepción no
justificada. Es un recurso habitual de los políticos a la hora de juzgar a sus adversarios o de rechazar el
recurso al Tu quoque (no me critiques por lo que tú mismo haces).
— Tú también lo haces.
— Sí, pero mi caso es distinto.
La mejor forma de atacar esta falacia, y la primera que nos viene a la cabeza, consiste en reprochar al
oponente por utilizar una doble vara de medir, una doble moral, o, en general, ser contradictorio. A nadie le
agrada una acusación en estos términos. Si, pese a esto, nuestro interlocutor no se siente movido a
justificar la excepción que reclama, exigiremos las razones por las que debe recibir un trato diferente del
que reciben los demás, o por las que no deba ser aplicada la regla general en su caso. Por supuesto que
no le faltarán razones. Lo que importa es si las que aporte justifican su posición. Ante adversarios
especialmente recalcitrantes, podemos comparar su exigencia con un ejemplo absurdo:
Voy a pedir que no me cobren este año el IRPF, porque mi caso no es como el de todos: Yo
necesito ese dinero para otras cosas.
Otras falacias que acompañan a las generalizaciones son: Generalización precipitada, Conclusión
desmesurada, falacia Casuística, falacia del Secundum quid.
Si nuestra generalización va más lejos de lo que autorizan los datos, incurrimos en una falacia de
Conclusión desmesurada.
Si negamos que las reglas generales tengan excepciones o si aplicamos una regla general a una
excepción, cometemos una falacia de Secundum quid.
Si rechazamos una regla general porque existen excepciones, caemos en una falacia Casuistica.
G
27
Falacia de la GENERALIZACIÓN PRECIPITADA
Las falsas inducciones de algunas experiencias particulares, son una de las más comunes causas de
los falsos juicios de los hombres. Lógica de Port Royal.
Surge este sofisma cuando se generaliza a partir de casos que son insuficientes o poco representativos.
Se presentan las premisas como si aportaran un fundamento seguro a la conclusión, cuando, en realidad,
ofrecen un sustento deleznable.
Si un sacerdote lascivo hace algo indecente, enseguida decimos: ¡Mira qué ejemplo nos da el
clero! Como si aquel sacerdote fuera el clero. T. Moro.
Con frecuencia los ejemplos que pecan de insuficientes no son ni típicos, ni siquiera representativos. Así
ocurre con lo que podemos llamar el argumento de mis parientes basado en informaciones familiares:
A mi cuñada le robaron el bolso en la Gran Vía (como quien dice: a todo el mundo le roban).
Conducen a generalizaciones extremas a partir de un caso aislado que no es típico. No toda familia
representa bien al conjunto de familias españolas (no es cualquier familia). Nuestro grupo de contertulios,
aunque sea plural, tal vez no refleja los criterios predominantes del país... etc. Aquí no se trata de que cada
uno hable de la feria según le va en ella.
Las afirmaciones que carecen de soporte son simples anécdotas, es decir, datos recogidos de manera
poco rigurosa y, por lo general, basados en experiencias exclusivamente personales. Ilustran, pero no
demuestran, porque ignoramos lo principal: si dichas experiencias personales son comunes o muy raras.
Cada vez que enfocan las cámaras de televisión al diputado Gundisalvo lo cogen dormido. Ese
hombre no hace más que dormir.
A lo mejor es verdad, pero no por este razonamiento que generaliza a partir de datos manifiestamente
insuficientes y, además, poco representativos. Sin duda, el conjunto de la actividad parlamentaria del
diputado no se limita a los debates oceánicos que transmite la TV. Aquí se da un fenómeno frecuente en
nuestras apreciaciones: sumamos los datos de las experiencias chocantes y no tomamos en cuenta las
que no llaman la atención.
Es posible que el Sr. Gundisalvo haya aparecido más veces despierto que dormido, pero le ocurre como al
que mató a un perro y se quedó con mataperros. Dicho de otra manera: con frecuencia las malas
generalizaciones proceden de una selección de datos sesgada por exceso de confianza en nuestras dotes
de observación.
Cuando uno se pone siempre en lo peor, cada vez que ocurre algo malo acierta y archiva sus aciertos en
la memoria. Por el contrario, cada vez que se equivoca, la satisfacción porque han salido las cosas bien
aventa el recuerdo de sus temores. Resultado: lo único que almacena son aciertos, con lo que se cree
autorizado a proclamar: ¡nunca me equivoco!
U
n amigo mostraba a Diágoras, en el templo de Neptuno, el gran número de ex- votos depositados
por los que habían sobrevivido a un naufragio: Fíjate bien, tú que consideras locura invocar a
Neptuno en la tempestad. Sí, dijo Diágoras, pero ¿donde están los ex-votos que prometieron
los ahogados?38
Incurren, sin ninguna duda en esta falacia todas las administraciones públicas que ocultan la parte de la
realidad que no les conviene. Por ejemplo, para predicar el uso del cinturón de seguridad se afirma que el
40% de las personas fallecidas en accidente de tráfico no lo llevaban puesto. No lo dicen, pero podemos
pensar que el 60 % de las personas fallecidas sí que llevaban puesto el cinturón de seguridad.
38
Cicerón: Sobre la naturaleza de los dioses. III, 89.
28
En conclusión que ¡mueren más personas con el cinturón puesto que sin el cinturón! No digo yo que
no se deba emplear el salvavidas pero, no será por los razonamientos de una administración pública
que no sabe argumentar.
Lo mismo ocurre cuando se nos dice que muere mucha gente como consecuencia del uso del tabaco
pero se nos oculta cuántos fumadores no se mueren por fumar.
Los prejuicios, en especial los elaborados sobre razas o naciones, tienen su origen en una mala
generalización (que se asocien o no intereses materiales es otra historia). Si nos molesta el vecino de
arriba porque es un español alborotador, no generalizaremos que todos los españoles son alborotadores,
ya que conocemos muchos que no lo son. Pero si nuestro vecino de arriba es marroquí, tal vez no
concluyamos de la misma manera.
El odio extendido es igualmente fruto de una mala generalización, sin la cual no sería posible la guerra.
Para que el deber consista en herir o matar sin saber quiénes son las
víctimas, necesitamos generalizar el odio y que todos los enemigos parezcan similares. Es preciso
uniformarlos, cosificarlos, convertirlos en cualesquiera.
¿
Por qué no he de matarlo? Es un inglés, un enemigo.39
La generalización del odio es tan fantasmal como el amor universal, siempre merecedor de la mayor
sospecha. El amor es incompatible con la generalización. Se deposita en objetos singulares a los que se
diferencia, se destaca del común, se particulariza: una esposa, un amigo, o un libro. Cosa distinta es la
caridad.
S
iempre he odiado a todas las naciones, profesiones y comunidades, y todo mi amor va dirigido
hacia las personas concretas.40
Es posible que, pese a la indigencia de los datos, una generalización sea buena, esto es, que su
conclusión sea verdadera. Habrá que atribuir la puntería al olfato, la intuición o la buena fortuna de quien
la propone, pero nunca a la solidez de un argumento que, no por atinar, deja de ser falaz. ¿Y qué importa,
si hemos acertado? Hemos acertado por casualidad, no por hacer las cosas bien. Si aquí ocurre como en
la lotería, bien pudiera ser que la fortuna no regrese jamás. Lo malo de los aciertos casuales es que
hipertrofian la confianza en los malos procedimientos.
Otras falacias que acompañan a las generalizaciones son: Conclusión desmesurada, falacia
Casuística, falacia del Embudo, falacia del Secundum quid.
Si nuestra generalización va más lejos de lo que autorizan los datos, incurrimos en una falacia de
Conclusión desmesurada.
Si negamos que las reglas generales tengan excepciones o si aplicamos una regla general a
una excepción, cometemos una falacia de Secundum quid.
Si rechazamos una regla general porque existen excepciones, caemos en una falacia Casuística.
39
Dumas: Los tres mosqueteros.
40
Swift: Epistolario.
29
Si rechazamos la aplicación de una regla apelando a excepciones infundadas, incurrimos en
una falacia del Embudo.
Falacia GENÉTICA
Consiste en juzgar las cosas de hoy en razón del valor que concedemos a su origen o desarrollo.
Es incomprensible que a Carlos le hayan concedido el Premio Nóbel de Física. Fuimos juntos
al colegio y era el más tonto de la clase.
No es posible que esa computadora funcione bien. La ha montado un chino en una lonja del
rastro.
¿Cómo puede decir Domínguez que es socialista si su padre hizo la guerra con Franco?
La afirmación sobre cómo nacen o cómo eran las cosas en el pasado no tiene absolutamente nada que ver
con el juicio que nos merezcan los méritos del presente. Está bien explicar el origen y desarrollo de una
persona, idea, o institución, como quien hace historia o analiza la evolución de una enfermedad, pero está
mal basar las valoraciones del presente en las del pasado cuando éstas no son relevantes. Muchas cosas
nacen torcidas o son frutos de errores, casualidades, traumas infantiles o conflictos de clases sin que el
juicio que nos merezca su origen sea trasladable a la opinión de hoy.
Es una maniobra cómoda para evitar la lidia con la idea en sí. Juzgar los méritos de hoy por los defectos
de ayer constituye una variedad de la falacia de Eludir la cuestión y, cuando se refiere a personas, una
falacia Ad Hominem. Constituye, además, una flagrante Petición de principio: En efecto, la falacia genética
parte de un supuesto falso que se da por bueno. Por ejemplo:
Quienes no destacan en el colegio, no destacarán en la vida. Los hijos de los franquistas son franquistas.
H
Falacia ad HOMINEM, o falacia ad personam
Sóc
rates— ¿Qué es eso, Polo, ¿te ríes? ¿Es ese otro nuevo procedimiento de refutación? ¿Reírse
cuando el interlocutor dice algo, sin argumentar contra ello?42
Se llama así todo mal argumento que, en lugar de refutar las afirmaciones de un adversario, intenta
descalificarlo personalmente.
Consiste, por ejemplo, en negar la razón a una persona alegando que es fea. Al describir a un oponente
como estúpido, poco fiable, lleno de contradicciones o de prejuicios, se pretende que guarde silencio o, por
lo menos, que pierda su credibilidad.
Estamos ante un ataque dirigido hacia el hombre, no hacia sus razonamientos. Es una agresión, como la
del jugador de fútbol que no logra alcanzar la pelota y da una patada a su adversario para derribarlo.
Podemos distinguir dos variedades: el ataque directo y el indirecto.
41
Diógenes Laercio: Antístenes.
42
Platón: Gorgias.
30
a. Directo: Va derecho al bulto y suele ser insultante. Pone en duda la inteligencia, el carácter, la
condición, o la buena fe del oponente.
Es estúpido y como tal no puede tener una opinión fiable. Es poco cuidadoso con sus afirmaciones,
un exaltado.
¡Claro que lo dice! ¿qué esperabas de una negra?
Clase social, raza, religión, nacionalidad, antecedentes, o hábitos de vida son irrelevantes a la hora de
juzgar las opiniones ajenas.
Nin vale el azor menos porque en vil nido siga, ni los buenos en siemplos porque judío los diga.
Dom Sem Tob.
Lo menos importante es si los términos del ataque son ciertos o falsos. Tal vez el oponente sea un cerdo
racista, pero no es eso lo que se discute, sino sus argumentos. Es comprensible que la idea puede
desagradar, pero si Hitler afirmara que dos y dos son cuatro habría que otorgarle la razón.
En el Nuevo Reich no debe haber cabida para la crueldad con los animales. A. Hitler.
Pensar que los razonamientos de los monstruos son monstruosos es una ensoñación de idealistas y, para
lo que aquí nos ocupa, una falacia ad hominem.
Hay quien emplea esta falacia antes de escuchar el argumento del contrario, en una maniobra que
coloquialmente se llama envenenar el pozo. No se quiere dejar agua para cuando llegue el contrincante.
Pretende negar que esté cualificado para dar una opinión:
Tú no eres mujer, así que lo que vayas a decir sobre el aborto no cuenta.
¿Qué puede saber un sacerdote sobre los hijos si no ha tenido ninguno?
Tal vez esté muy cualificado para opinar; tal vez sus consejos sean muy sensatos. Esta maniobra adelanta
que nada de lo que diga se tomará en consideración. Los curas no pueden hablar sobre el matrimonio; los
blancos no pueden hablar sobre las minorías de color; los hombres no pueden hablar sobre las mujeres.
E
n una discusión Lenin no se esforzaba en convencer a su adversario. No buscaba la verdad,
buscaba la victoria. Tenía que ganar a toda costa y, para conseguirlo, muchos medios eran
buenos: la zancadilla inesperada, la bofetada simbólica, atizar un mamporro en la cabeza.43
Me temo algún ataque contra mis tesis por parte de personas ignorantes de la educación
elemental, que practican una retórica de plaza pública sin método ni arte.
Ignoro lo que defenderá mi oponente, pero ninguna persona razonable puede sostener que...
43
V. Grossman. Todo fluye.
31
Q
uisiera ver a un hombre sobrio, moderado, casto, justo, decir que no hay Dios: por lo menos
hablaría desinteresadamente; pero tal hombre no existe.44
Con frecuencia se apela a las contradicciones entre lo que el adversario defiende hoy y lo que sostenía
ayer. La gente cambia de opiniones y es un recurso al alcance de cualquier menguado descalificar a un
oponente por defender hoy cosas que antaño combatía.
Cambia usted tantas veces de opinión que no sabemos si lo que defiende hoy seguirá
sosteniéndolo mañana. (Pero ¿tengo razón o no?).
Sorprende que sea usted quien propone estas cosas, teniendo en cuenta que nunca ha creído en
el Estado de Bienestar. (¡Pues más a mi favor!).
Es un recurso falaz porque apela a contradicciones ajenas a la discusión y que, seguramente, no tienen
nada que ver con lo bien fundado del punto que se sostiene hoy.
Existe gran número de personas que no tienen durante su vida más que una idea, y por lo mismo
no se contradicen nunca. No pertenezco a esa clase; yo aprendo de la vida, aprendo mientras
vivo, y, por lo tanto, aprendo hoy todavía. Es posible que lo que hoy es mi opinión, de aquí a un
año no lo sea, o lo considere erróneo, y me diga: ¿Cómo he podido tener esa opinión antes?
Bismarck.
E
n resumen, la falacia que llamamos ad hominem pretende eludir las razones del contrario, lograr el
rechazo de una medida en razón de la supuesta mala condición de quienes la promueven.45
T
iene cien mil libras de renta, luego tiene razón. Es de gran nacimiento, luego se debe creer lo
que él propone como verdadero. Es un hombre que no tiene hacienda, luego no tiene
razón.46
b. Indirecto o circunstancial: El ataque indirecto no se dirige abiertamente contra la persona sino contra
las circunstancias en que se mueve: sus vínculos, sus relaciones, sus intereses, en una palabra, todo
aquello que pueda poner de manifiesto los motivos que le empujan a sostener su punto de vista.
Da por supuesto que, en general, somos más amigos de Platón que de la verdad. Es la forma de ataque
que sufre quien pertenece a un grupo (político, religioso, cultural, económico) no porque sus ideas sean
despreciables, sino porque se supone que disfraza con argumentos los intereses de su grupo. La denuncia
de supuestas conspiraciones de la oposición, que tanto gustan a algunos políticos, adoptan la forma de
esta falacia:
Se da por sentado que, aunque el oponente sea una bellísima persona, sus circunstancias le aconsejan ver
las cosas de una manera determinada que le impide ser objetivo. No importa que sus razones lo sean. Aquí
se trata de eludir las razones para, en su lugar, insinuar que el adversario habla por interés, que es
sospechoso de parcialidad e incluso de mala fe, y, en consecuencia, que no se debe malgastar el tiempo
rebatiéndole.
Se da por supuesto que la opinión es hija del interés y no se consideran sus posibles razones.
44
La Bruyere: Los caracteres.
45
Bentham: Falacias políticas, I, VI.
46
Lógica de Port Royal.
32
No puedes fiarte de ese estudio sobre el tabaco. Lo ha pagado la industria tabacalera.
Debéis guardaros de permitir a los dueños de los esclavos que intervengan en las leyes sobre la
esclavitud.
Se sienta como premisa implícita que los esclavistas, al ser parte interesada, no serán fiables en la
redacción de la ley, lo que es falaz, porque hasta un esclavista puede exponer buenos razonamientos
sobre la esclavitud (al fin y al cabo es el que más sabe). Pero es que, además, aunque su participación
fuera interesada, una medida benéfica no se puede rechazar por el simple hecho de que beneficie al
proponente.
U
n hombre de buenas costumbres puede albergar opiniones falsas y puede un malvado
predicar la verdad aunque no crea en ella. 47
E
l valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la expresa.48
Una cosa es ser más escrupuloso y vigilante en el escrutinio de un argumento y otra dejarse influir en su
evaluación por consideraciones extra-argumentales. Una fuente puede ser parcial y tener razón. Su
parcialidad debe movernos a desconfiar y, enseguida, a buscar datos adicionales, pero no nos autoriza a
rechazar sus razones.
E
l acto mismo, si no es pernicioso, no se convierte en malo porque los motivos sean de los
que miran al propio interés.49
***
Como acabamos de ver, tanto en el ataque ad hominem directo como en el indirecto, se dejan a un lado los
razonamientos para provocar una actitud de rechazo hacia el oponente y, en consecuencia, hacia sus
palabras.
Esta transferencia de la afirmación hecha por una persona a la persona misma resulta ser extremadamente
atractiva para el público, de ahí el "éxito" de estas falacias. Nos inclinamos a contemplar un debate como si
fuera una competición. No se trata de ver quién tiene razón, sino quién gana, es decir, quién zurra con más
contundencia. Si una de las partes sabe alinearse con los sentimientos de la mayoría y caracterizar a la
oposición como un enemigo común, su ventaja es indudable.
P
ara incurrir en personalismos no se requiere ni trabajo ni intelecto. En esta clase de competición,
los más perezosos e ignorantes pueden medirse con los individuos más ingeniosos y mejor
dotados.50
No es raro que en un mismo ataque se empleen unidas la falacia Ad Hominen, la falacia Ad Verecundiam y
el argumento Ad Populum o sofisma Populista. Cumplen funciones idénticas: sirven para silenciar al
adversario y eludir la carga de la prueba:
Por eso conviene señalar que este juego es peligroso. Los ataques personales descalifican también al
atacante, ya que muestran su irracionalidad y su indigencia argumental.
Con frecuencia, se vuelven contra quien los produce (contra producentem), porque repugnan a los sectores
más sensibles del auditorio. No por eso se emplean menos. El caso es hablar para que no se note la
carencia de razones. Abundan quienes consideran más grave callar que decir tonterías.
Si alguna vez nos vemos impelidos a emplear un ataque personal hemos de procurar, en primer lugar, que
culmine nuestro razonamiento (no que lo sustituya) y, en segundo lugar, revestirlo de formas corteses y, a
ser posible, irónicas para mitigar sus efectos negativos.
V
eo que le apoya Lucio Apuleyo, persona principiante, no en edad, sino en práctica y
entrenamiento forense. En segundo lugar, según creo, tiene a Alieno. Nunca presté suficiente
atención a sus posibilidades en la oratoria; para gritar, desde luego, veo que está bien fuerte y
entrenado.51
Si somos víctimas de este abuso oratorio, podemos defendernos al estilo clásico: Verbera sed audi (Pega
pero escucha)52; Si ha terminado usted con sus insultos, nos gustaría escuchar sus razonamientos; es más
fácil escuchar sus insultos que sus razonamientos; o, como narraba Borges de aquel que fue refutado con
un vaso de whisky en la cara: Eso es una digresión. Ahora espero su argumento.
E
sos golpes que me vienen de abajo no me detendrán. Les diré: contestad si podéis;
después calumniad cuanto queráis.53
Olvide que lo he dicho yo. Supongamos que lo dice otro: ¿cuáles serían sus razones para
rechazarlo?
Lo más importante es no perder el temple, porque la tentación de responder en parecidos términos suele
ser fortísima. Si caemos en ella tal vez disfrutemos dándole gusto al cuerpo, pero nuestros objetivos
dialécticos se desvanecerán. Desahogaremos nuestra cólera sin mejorar nuestra causa. Es mejor
contenerse, denunciar el abuso del adversario y solicitar cortésmente un argumento.
Solamente se pueden admitir los ataques a la persona cuando es ella el objeto de discusión y no sus
razonamientos. En muchas ocasiones se discute sobre una persona, por ejemplo para criticar una
conducta o seleccionar un candidato. Si queremos demostrar que el presidente de una empresa pública es
corrupto no queda otro camino que poner los hechos encima de la mesa.
¿
Conocéis mayores inconsecuencias que las cometidas por el General Serrano? Él trabajó con
Espartero contra la Reina Cristina; después, en un paseo que dio a Barcelona, derribó a
Espartero. Entró en el mes de Mayo en la coalición de 1843, y la abandonó en el mes de
Noviembre. Sostuvo al Ministerio puritano algún tiempo y le dejó caer en los abismos. Forzó
con su febril mano al General O'Donnell para que firmara el programa de Manzanares en que se
estableció la Milicia Nacional, y más tarde apoyó el golpe de Estado que disolvía la Milicia
definitivamente. Con un gesto, con un ademán imperioso, salvó la dinastía de Isabel II el 22
de Junio en la Montaña del Príncipe Pío, y con otro gesto, con otro ademán, derribó la dinastía de
51
Cicerón: Contra Q. Cecilio
52
Plutarco, Temístocles XI
53
Mirabeau. Discurso del 14 de mayo de 190.
34
Isabel II, el 28 de Septiembre, en el Puente de Alcolea. ¿No teméis de entregar la suerte del país
al General Serrano?54
Es igualmente legítima la crítica personal cuando se discute la cualificación o la solvencia de una presunta
autoridad. ¿Cómo probar que alguien es incompetente si no se pueden dar ejemplos de su torpeza?
Lo mismo ocurre cuando se conjetura sobre la participación de alguien en determinados hechos. Es
imprescindible apelar a sus motivos o a sus intereses para probar lo que se pretende.
De igual modo, a la hora de ponderar un testimonio, nadie protestará porque se cuestione la fiabilidad del
testigo alegando que existen razones para dudar de su buena fe al tener interés en el asunto, o de su
capacidad de observación por ser miope o distraído.
Son ataques legítimos porque se limitan a dilucidar si las fuentes son imparciales y están bien informadas,
pero, sobre todo, porque abordan el fondo de la cuestión (en este caso una persona), aportan datos
relevantes y no pretenden eludir ningún razonamiento.
En suma: ante un testimonio, importa saber si el testigo es un embustero pertinaz. Ante un argumento, no,
tanto si viene de un santo como de un loco.
Dicho de otra manera: si la industria tabacalera interviene como experto en un asunto de tabacos, estamos
autorizados a sospechar de su independencia y a considerar que se trata de una autoridad parcial. Pero si
la industria tabacalera se limita a ofrecer sus argumentos en un debate abierto no cabe rechazarlos por el
hecho de que procedan de una parte interesada. Hemos de discutirlos. No se puede rechazar (ni dar por
bueno) el argumento de un antiabortista porque éste sea católico.
Todas
estas falacias revelan el común propósito de desviar la atención de la medida al
hombre, de modo que la maldad de una propuesta se prueba por la maldad de quien la apoya, y la
maldad de quien se opone prueba la bondad de una propuesta.55
I
Falacia ad IGNORANTIAM
Scully— ¿Que tu hermana fue abducida por alienígenas? Eso es ridículo.
Mulder— Bueno, mientras no puedas probar lo contrario, tendrás que aceptar que es cierto. (De la
serie de televisión Expediente X).
Llamó Locke argumento ad ignorantiam al que se apoya en la incapacidad de responder por parte del
adversario. El proponente estima que su afirmación es admisible — aunque no la pruebe— si nadie puede
encontrar un argumento que la refute.
Como nadie puede probar lo contrario, decimos que esta falacia se ampara en la ignorancia o presunta
ignorancia del interlocutor.
35
— Luego es cierto.
Quien conozca algo sobre el llamado pensamiento primitivo aducirá que es inimaginable que los
cavernícolas emplearan recursos ajenos a sus necesidades dialécticas y que exigen un desarrollo
intelectual y social muy superior. Ahora bien, quien no conoce estas cosas ¿qué puede responder?
No se trata de si uno puede o no aportar tales razones (tal vez ni se ha parado a pensarlo). La proposición
inicial no ha sido demostrada.
Encuentra esta falacia un terreno muy favorable en todas las situaciones en que es imposible confirmar o
refutar una afirmación:
Se supone algo como cierto porque es imposible probar su falsedad. Tal es el caso de los extraterrestres,
los fenómenos paranormales, los duendes o el monstruo del lago Ness. Por ejemplo, se puede afirmar que
existen habitantes en otros planetas porque nadie ha demostrado que no existan.
Nadie ha demostrado que los extraterrestres no existan. Debemos concluir que existen.
Se ve que nuestra ignorancia sirve lo mismo para probar una cosa y su contraria.
Nos encontramos en esta falacia ante las situaciones más flagrantes de inversión de la carga de la
prueba, esa maniobra que traslada al oponente la responsabilidad de probar la falsedad de lo que uno
afirma.
En lugar de aportar argumentos, busca un apoyo falaz en el desconocimiento ajeno o en la imposibilidad de
probar lo contrario. Lo que de verdad se ignora en la falacia ad ignorantiam es el principio que dice: Probat
qui dicit, non qui negat. Incumbe la prueba al que afirma, no al que niega.
Quien sostenga que existen extraterrestres debe probarlo y quien disponga de razones para pensar que el
hombre de Atapuerca cultivaba falacias, debe exponerlas. De otro modo nada se demuestra.
Señor Tatcher—¿Barcos españoles cerca de las costas de Estados Unidos? No hay la menor
prueba de lo que dices. ¿Cómo te atreves a afirmar que...?
Señor Kane— Demuestre lo contrario. (De la película Ciudadano Kane.)
En los tribunales, por supuesto, está prohibido el paso a la falacia ad ignorantiam. Quien acusa debe
probar su acusación más allá de toda duda razonable (In dubio, pro reo), y quien la rechaza no precisa
probar nada, porque se le presume inocente. Le basta con refutar los argumentos de la acusación. Ahora
bien ¿constituye esta presunción de inocencia una falacia ad ignorantiam? Aparentemente, sí:
No estamos ante una falacia porque la presunción de inocencia no prueba ni pretende probar la inocencia.
Puede muy bien darse el caso de un culpable cuyo delito no se logre demostrar.
36
Estamos ante una regla prudencial que, para evitar el castigo injusto de los inocentes, aconseja
considerar a todos los acusados como si fueran inocentes mientras no se demuestre lo contrario.
Cuando un jurado dice inocente o no culpable (not guilty), no pretende afirmar la inocencia, sino la falta de
pruebas, y eso es lo que importa, pues sólo se castiga la culpa probada. Los jueces de la Roma republicana
al votar la sentencia de un caso dudoso escribían en su tablilla: N.L. que significa non liquet (no está claro
que sea culpable). Tal vez nuestras sentencias, para evitar equívocos, debieran decir: no ha sido probada
la acusación.
E
n suma, un acusador que traslada la carga de la prueba es falaz. Un acusado que exige la prueba, no,
porque no está obligado a probar su inocencia. (En muchísimas ocasiones es imposible probar la
inocencia.)56
Desgraciadamente, a veces ocurre que se invierten las cosas y lo que era presunción de inocencia se
transforma en presunción de culpabilidad, con lo cual se obliga al acusado a probar su inocencia.
Tamaño desvergonzado empleo de la falacia ad ignorantiam ocurre cuando se produce alarma social por
delitos como violaciones, narcotráfico, corrupciones políticas, abuso sexual de la infancia o malos tratos a
mujeres.
En estos casos, no es raro que se invierta la carga de la prueba y que baste la sospecha para establecer
una condena (aunque adopte la forma de una prisión provisional). La sociedad parece aceptar el riesgo de
castigar inocentes con tal que no escape ningún culpable. Lo mismo ocurre cuando median prejuicios
sociales o raciales aplicables al sospechoso: un gitano, un inmigrante o un negro, como ejemplificaba
aquella joya del cine titulada Matar a un ruiseñor.
Es la misma actitud que históricamente ha caracterizado a la caza de brujas. A este desorden mental
corresponde la falacia de McCarthy, que popularizó dicho senador norteamericano en un período de
histeria colectiva ante la Amenaza Roja:
No tengo mucha información sobre las actividades de este sujeto, excepto la constancia de que no
hay nada en los archivos del FBI que niegue sus conexiones comunistas.
Como nada prueba que no sea usted comunista, debemos concluir que es usted comunista.
Así pensaba el público norteamericano y así piensan todos los públicos en situaciones epidémicas de
histeria colectiva en las que arraiga y se extiende, como un contagio, la presunción de culpabilidad. Es una
actitud tan absurda como la siguiente:
El FBI no ha logrado demostrar que Smith no estuvo en la escena del crimen la noche del 25 de
Junio, por lo que podemos concluir que estuvo allí.
Una advertencia: cuando se solicita la dimisión o destitución de un cargo público presuntamente implicado
en un caso de corrupción ¿se incurre en una presunción de culpabilidad?
Algunos piensan que sí y, en consecuencia, defienden que nadie dimita o sea destituido hasta que un
tribunal se pronuncie. Esto es una falacia. Al solicitar la dimisión de un cargo público sospechoso, no se
presume su culpabilidad sino su incapacidad para seguir ocupando un puesto de confianza, aunque sea
inocente. Lo que resuelvan los tribunales es otra historia. Las personas que ocupan cargos públicos deben
ser como la mujer del César.
La mejor manera de combatir la falacia ad ignorantiam consiste en exigir que se atienda la carga de la
prueba, es decir, que quien sostiene algo o acusa a otra persona, pruebe sus afirmaciones.
Cualquier otro camino nos deja en manos del argumentador falaz. El acusado que, en lugar de exigir
pruebas, intenta demostrar su inocencia, acentúa las sospechas.
56
Todas las reglas prudenciales ofrecen el aspecto de una falacia ad ignorantiam sin serlo: no sé si la escopeta está
cargada, luego debo suponer que lo está, por si acaso. No son falaces porque no pretenden demostrar nada sino tomar
en consideración una posibilidad real y peligrosa para actuar en consecuencia. La duda persiste.
37
Nuestra conclusión debe ser que, a la luz de la razón, la cuestión está abierta. Debiéramos decir que es
una cuestión no pertinente o impertinente, pero nunca faltan indocumentados que toman esta expresión
como un insulto.
M
e resisto a creer que el mundo haya sido creado por la divina sabiduría, aunque no estoy
seguro de lo contrario.57
J
Falacia del JUGADOR
Afirma que si se produce un suceso aleatorio, sus probabilidades de aparecer de nuevo cambian
significativamente.
Que algo aleatorio haya sucedido no modifica las probabilidades futuras ni del mismo suceso ni de los
restantes. Que una moneda caiga de cara seis veces seguidas no garantiza que la próxima vez resulte
cruz. Cada opción, si no se modifican las condiciones, tiene y conserva su propia probabilidad per saecula
saeculorum. Es cierto que si lanzamos la moneda muchísimas veces, cabe esperar, estadísticamente, que
los resultados se igualen, pero eso no permite prejuzgar de qué lado caerá la moneda en el próximo
lanzamiento.
Don Quijote— Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de
serenarse el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el
bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya
cerca.
Véase también la falacia de Confundir los deseos con la realidad (Wishfull thinking).
Apelación a la LEALTAD
Variedad de sofisma patético en la que se apela a nuestras emociones para eludir el
razonamiento.
La apelación falaz a la lealtad supone que uno debe estar de acuerdo con los intereses del grupo al que
pertenece, independientemente de que dicho grupo tenga razón o de que sus intereses estén justificados.
Ya sé, guardia, que he girado donde está prohibido, pero los colegas tenemos que ayudarnos. No
me vas a tratar como si fuera un paisano.
Si lo piensas bien comprenderás que tengo razón y, sobre todo, recuerda que siempre te he
prestado ayuda.
57
Cicerón. Cuestiones Académicas.
38
Con mi patria, con mi equipo, contra el enemigo compartido... con razón o sin ella. Son apelaciones que
invocan uno de nuestros sentimientos más fuertes, más nobles y también más sectarios, como la amistad
o la pertenencia a un grupo: familia, escuela, ciudad, facción política, religión, sociedad recreativa,
admiradores de un autor, etc.
Nos sitúan con frecuencia en un conflicto moral que adopta la forma de un dilema: o con los míos o con la
razón (con los míos o con la ley; con los míos o con la moral); y que resolvemos, en un sentido u otro,
según vengan las circunstancias: unas veces con la razón y otras renunciando a ella en favor de los
vínculos de lealtad, como hace la madre de un delincuente.
No es raro que pese en nuestra elección el afán de no parecer ingratos, desleales, insociables o,
simplemente, poco fiables. Escoger las emociones frente a la razón no es de suyo falaz. Al fin y al
cabo la razón no es lo más importante en la vida. Como en todas las apelaciones emocionales, la falacia
consiste en apelar fraudulentamente a la lealtad —explotando la fragilidad emocional del adversario— para
imponer una conclusión que carece de razones.
Estamos ante una versión restringida del sofisma Populista y, como en éste, ante una variedad de la
falacia de Eludir la cuestión. Véase también sofisma Patético.
M
Falacia AD MISERICORDIAM
Consiste en apelar a la piedad para lograr el asentimiento cuando se carece de argumentos.
Trata de forzar al adversario jugando con su compasión (o la del público), no para complementar las
razones de una opinión, sino para sustituirlas.
L
as palabras que mueven a la piedad, las súplicas y ruegos a los amigos son eficaces
cuando el juicio depende de la multitud.58
Es una variedad de sofisma Populista, en cuanto busca el apoyo irracional de la audiencia y, como aquella,
se incluye entre las falacias de Eludir la cuestión.
Uno apela a las emociones cuando piensa que serán favorables a su causa, lo cual es legítimo, pero
comete una falacia cuando lo hace por carecer de argumentos. La apelación a la misericordia debe ser un
complemento de las razones, no su vicario.
Ya sé que está prohibido girar a la izquierda, guardia, pero no me multe, por favor. He tenido
un mal día; estaba intentando llegar al hospital porque acaban de ingresar a mi anciana madre. Y
voy con el tiempo justo porque entro a trabajar dentro de una hora en mi segundo empleo que es
de tiempo parcial y salario mínimo, pero no puedo perderlo porque es el único soporte de los
diecisiete miembros de mi familia.
La historia es muy triste, pero, ni nos consta que sea cierta (cosa frecuente en las apelaciones a la
piedad), ni aporta una sola razón por la que el protagonista deba eludir la ley, ni justifica el giro a la
izquierda. Es una buena forma de Eludir la cuestión y busca su amparo en la fragilidad sentimental del
interlocutor.
58
Gorgias: Defensa de Palamedes (en Melero: Sofistas).
39
Ya sé que he girado mal, guardia, pero, por favor, no me multe. Si lo hace, me quitarán el permiso
de conducir, no podré trabajar y mis hijos se verán en la miseria.
Sufrir la multa es el primer paso en una terrible cadena de infortunios. De hecho, el primer paso fue el giro
a la izquierda y no hay razón para esperar que las consecuencias de la multa sean tan graves como se
anuncian.
No es raro, cuando se reclaman responsabilidades políticas, que el gobierno recuerde, como única
defensa, el listado de servicios a la patria realizados por la persona que se juzga. Véase la cuestión de
Enjuiciamiento.
E
llos dicen que la Iglesia dice lo que no dice y que no dice lo que dice.59
Se diferencia de la falacia Ad Hominem en que ésta elude los razonamientos para concentrarse en el
ataque a la persona. La falacia del muñeco de paja, ataca una tesis, pero antes la altera. Para ello, disfraza
las posiciones del contrincante con el ropaje que mejor convenga, que suele ser el que recoge los aspectos
más débiles o menos populares.
U
na invencible inclinación a la filantropía lleva a los políticos a señalarnos los infinitos males de sus
adversarios.60
La expresión muñeco de paja (straw man) pertenece a la imaginación boxística anglosajona y refleja la idea
de que es más fácil derribar a un adversario de paja, indefenso, que a un hombre real obstinado en
defenderse. Nosotros podríamos hablar de pelele o alfeñique. No ataca esta falacia lo que es, sino lo que
nos gustaría que fuera. Los políticos la emplean sin fatiga:
Nosotros queremos construir un puente hacia el futuro. Bob Dole habla de construir un puente
hacia el pasado. Bill Clinton.
¿Por qué los políticos están siempre deseando explicar lo que piensa la parte contraria? La razón es obvia:
quien expone la postura de su adversario dispone de magníficas oportunidades para simplificarla o
deformarla. Si uno pinta su propia posición de blanco inmaculado y la contraria del negro más siniestro,
la elección que deba efectuar un ciudadano indeciso se simplifica.
Este es el propósito de una falacia que se basa en la creación de una falsa imagen de las afirmaciones,
ideas o intenciones del adversario.
Por ejemplo: quien rechace una nueva tecnología puede ser acusado de añorar las cavernas. Si propone
una reducción de los gastos militares, le dirán que se rinde al enemigo. Si critica a los pescadores
españoles le dirán que da la razón a los marroquíes.
59
Pascal, Pensamientos, 980.
60
Víctor Márquez Reviriego, en el diario ABC.
40
Rara vez se deforman hechos, pues resultan demasiado evidentes para admitir simplificaciones. Lo normal
es cebarse en opiniones o en propósitos que siempre son más interpretables o se pueden inventar.
Recientemente, al ser suprimido en la Cámara de los Lores el privilegio hereditario, uno de los afectados
construyó, más que un muñeco, toda una falla valenciana:
Lo que estamos viendo es la abolición de Gran Bretaña. La reforma quiere acabar con la reina, la
cultura, la soberanía y la libertad británicas.
Existen dos técnicas para atacar una opinión que no sea realmente la del contrario: a) atribuirle una postura
ficticia; b) deformar su punto de vista real. La primera se inventa un adversario que no existe; la segunda lo
modifica sólo en parte.
San
Agustín— Tuve una alegría mezclada de vergüenza de ver que tantos años hubiese yo
ladrado, no contra la fe católica, sino contra las lecciones y quimeras que los hombres habían
fabricado (...) No me constaba todavía que la Iglesia enseñase las doctrinas verdaderas, pero sí
que no enseñaba aquellas cosas que yo había vituperado y reprendido.61
Una forma solapada de crear un muñeco de paja consiste en afirmar con virulencia el rechazo de algo que
nadie ha propuesto. Por ejemplo, si uno se opone con indignación a que se recorten las pensiones,
sembrará la sospecha de que algunos (sus adversarios, sin duda) pretenden recortarlas, con lo que ya está
creado el muñeco.
Yo, lo que aseguro, es que estoy en contra de la tortura. Yo no pienso que deban cerrarse las
escuelas públicas
No estoy dispuesto a bajar la guardia en la defensa de la democracia y de las libertades.
Sería intolerable que se atacara la libertad de prensa.
¿Quién dice lo contrario? ¿el contrincante? Debe ser así, piensa el público, porque de otro modo no se
insistiría tanto. Y así será, salvo que la víctima se apresure a corregir la mistificación.
Un procedimiento para exagerar un mensaje es radicalizarlo: donde uno afirma algo como probable, el
adversario lo entiende como seguro; si era verosímil se convierte en indudable. Otro procedimiento es la
generalización: donde dice algunos se traduce todos, y si se habla de algunas veces, se lee siempre. Todo
esto contribuye a facilitar el ataque.
61
San Agustín: Confesiones, III, 4-IV, 5.
41
—Siempre cabe la posibilidad de que tengan un accidente, por remota que sea.
—Usted lo ha dicho. Pueden tener accidentes, luego son peligrosas.
El mismo tipo de falacia se produce cuando en las citas textuales se recortan intencionadamente las
frases, se aparta la información del contexto que ilumina su significado, o se enfatiza su lectura de un
modo que tergiversa el sentido:
Se trata de una vulgar manipulación sin otro objeto que impresionar a ingenuos con grandes tragaderas
que no están en condiciones de comprobar las cosas.
En una palabra, no es difícil arruinar la posición adversaria. Basta con citar frases fuera de contexto,
descubrir significaciones ocultas donde no las hay y exagerar cosas que no correspondan a nada real.
Después de esto no es preciso estoquear al toro. Bastará con apuntillarlo. Ni siquiera necesitará el
argumentador falaz mancharse (más) las manos: el público se encargará de la faena.
Lo mejor que podemos hacer para protegernos de esta insidia es comparar meticulosamente nuestro
punto de vista original con la versión que pretendan endosarnos: Critica usted una realidad que no existe.
No hay otro camino para desautorizar a un adversario de mala fe. Puede ocurrir que no dispongamos del
documento original (una grabación de radio, un recorte de prensa), en cuyo caso debemos exigir que
quien acusa lo aporte sin eludir la carga de la prueba.
N
Falacias del NON SEQUITUR (no se sigue) o de la conclusión equivocada
Denominación genérica para todos los argumentos en que la conclusión no se sigue de las premisas.
El médico— La decisión es suya: los fumadores se acatarran el doble, y en Castilla hace un frío
que pela.
Todos los niños necesitan los cuidados de sus padres, pero cuando ambos padres trabajan no
pueden prestársela. Por eso, las madres no debieran trabajar.
La forma más frecuente de esta falacia la ofrecen las deducciones incorrectas (véase: Deducción).
Incurren en non sequitur las falacias del Antecedente y del Consecuente. También lo hacen otros
sofismas, como la Conclusión desmesurada y la Petición de principio.
O
Falacias por OLVIDO DE ALTERNATIVAS
Se produce la falacia por no considerar todas las posibilidades que ofrece un problema, con lo cual se corre
el riesgo de olvidar la buena:
Esto ha sido un suicidio o un accidente (¿por qué no una muerte natural o un asesinato?).
42
Es un error común muy característico de los argumentos Disyuntivos, del Dilema y de los argumentos
Causales, pero lo comparten otros varios sofismas: Generalización precipitada, Conclusión desmesurada,
Pendiente resbaladiza y Wishful thinking.
P
Sofisma PATÉTICO
Llamado así porque apela al pathos (la emoción) y no al logos (la razón). Comprende todos los medios de
persuasión no argumentativos que pretenden sostener un punto de vista despertando las emociones en los
oyentes.
No se nos explican las razones por las que debamos hacer o dejar de hacer algo. Se apela a nuestra
sensibilidad para exhortarnos o disuadirnos una acción. No es que hurgar en nuestras emociones esté mal
o sea condenable. Pero si ésa es toda la argumentación disponible, estamos ante una falacia. Su señor
padre puede estar completamente equivocado; y eso de que llore la Virgen no deja de ser una manera de
hablar. Se ve que no disponemos de argumentos más sólidos, que tengan algo que ver con el fondo del
asunto.
Pueden ser muy útiles para suscitar respuestas irracionales, porque para la mayor parte de la gente es
más fácil dejarse llevar por los sentimientos que pensar críticamente. También es más fácil para el orador
excitar las pasiones del auditorio que construir un argumento convincente. Por ello, los que tratan de
persuadirnos más a menudo —políticos y anunciantes— tienden a despertar nuestra emotividad para
inclinarnos a hacer cosas que probablemente no haríamos si pretendieran convencernos con argumentos.
Este tipo de maniobras es muy eficaz cuando se emplea ante un auditorio numeroso, como ocurre en
manifestaciones callejeras, mítines políticos o asambleas religiosas, donde triunfa quien mejor manipule las
emociones colectivas, sean éstas positivas (lealtad, piedad, solidaridad, espíritu de emulación) o negativas
(miedo, envidia, rencor) ligadas o no a prejuicios sociales o étnicos.
¿Dejaremos que alguien piense que los españoles hemos sido cobardes?
¿Qué será de Francia, de nuestra lengua, de nuestras tradiciones, cuando abramos la puerta a los
inmigrantes?
Las falacias patéticas, principal arma del demagogo, representan el colmo de los malos argumentos. Ni
siquiera los hay. Ni existen premisas ni conclusión, ni ganas de argumentar. Precisamente, se trata de
evitarlo. No se pretende justificar una tesis, sino arrancar un asentimiento emocional.
Cuando las razones son débiles, los afectos son los que gobiernan62.
No es que toda apelación a las emociones sea falaz. Nadie puede prescindir de ellas. Los razonamientos
son capaces de convencer a la mente, pero no mueven la voluntad. Es preciso conmover, sin duda, pero
tras haber convencido.
Si p
retendemos lograr que lo dudoso se vea cierto, hay que echar mano del razonamiento, con
las pruebas al canto. Mas si los oyentes necesitan antes bien ser movidos que enseñados, de
suerte que no sean flojos en hacer lo mismo que ya saben y acomoden el asentimiento a las
62
Gibert, Baltasar: Retórica o reglas de la elocuencia.
43
cosas que confiesan ser verdaderas, en este caso, se requieren mayores arrestos de elocuencia,
y aquí son necesarias las súplicas e increpaciones, las incitaciones y apremios y todo otro recurso
propio para conmover los ánimos.63
Una cosa es probar lo que decimos (convencer) y otra lograr que los convencidos actúen (persuadir). Lo
segundo es más difícil y no basta la razón porque con frecuencia, aunque quien nos escucha sepa lo que
debe hacer, no quiere hacerlo.
Le replicaron que se conformara con tener razón, ya que no habría de tener otra cosa. Rabelais.
Con las emociones podemos arrastrar al mundo entero tras el féretro de Diana de Gales; con la razón ni
siquiera lograremos que contribuyan al sostén de Unicef. Ambas, razón y emoción, son necesarias, pero en
su debido orden. Cuando los oyentes estén convencidos suficientemente sobre cómo se debe actuar, será
el momento de apelar a las emociones para mover a los recalcitrantes. Primero, luz al pensamiento y
después, si hace falta, fuego al corazón.
Es preciso probar antes a uno como traidor y luego provocar a los oyentes contra la traición.64
Demóstenes a Esquines— Al oír tu discurso han dicho: ¡qué bien habla! Al oír el mío han corrido a
empuñar las armas. Plutarco.
¿Por qué molestarnos en construir una argumentación convincente si podemos interesar al público de
manera más directa, más fácil y más eficaz excitando sus emociones?
Porque es peligroso y abre la puerta a toda suerte de irracionalidades; porque las emociones se enfrían
tan pronto como termina la función; porque podemos ser refutados con facilidad; porque nuestro prestigio
correrá un peligro permanente.
Ocurre aquí como con todas las trampas: el que a veces salgan bien no las hace recomendables. ¿Y si la
urgencia u otras circunstancias aconsejan apelar directamente a los sentimientos? Adelante con ellos. Al
menos sabremos que estamos fomentando emocionalmente algo que, llegado el momento, podríamos
sostener con la razón. La falacia consiste en hacer lo contrario, como era el caso de Hitler:
Como orador, Hitler nunca se molestó en probar lo que decía: afirmaba para desencadenar la
emoción... Consideraba a su auditorio como una mujer que debe ser en primer lugar desnudada
emocionalmente y después seducida para luego abandonarla. Los últimos diez minutos de su
discurso parecían un orgasmo verbal 65.
Una advertencia más: no todas las pasiones se pueden excitar decentemente. Hay pasiones y
supersticiones sucias que debiera estar prohibido agitar en cualquier tribuna: venganza, odio, envidia,
racismo, violencia… Conviene estar preparado para enfriarlas cuando se perciben en el público y,
especialmente, nos importa ser capaces de combatirlas cuando las emplee nuestro adversario.
Quien no conoce las trampas está desprotegido frente a ellas. No puede preparar antídotos el que no sabe
nada de venenos.
El sofisma patético caracteriza a las siguientes falacias: apelación al Miedo, apelación a la Piedad,
apelación a la Lealtad, falacia de la Pista falsa.
Estamos ante una larga cadena de inferencias del tipo A causa B, B causa C, etc. que culminan en un final
tenebroso. La falacia consiste en dar por fundadas consecuencias que no son seguras y a veces ni
siquiera probables. Se ampara en la inquietud que desata el resultado final para colar de matute algunas
relaciones causa-efecto que son refutables (en este caso, todas): es una temeridad dar el primer paso,
porque las consecuencias se producirán de modo automático e irremediable.
Este ejemplo puede parecer exagerado. De hecho es una deliberada exageración, pero cosas así se
escuchan cuando alguien no sabe qué alegar:
C
uatro órdenes de perturbaciones sociales se pueden estudiar como posibles consecuencias del
divorcio: los suicidios, la criminalidad general, la criminalidad en los menores delincuentes, y la
criminalidad en los cónyuges.66
Se nos presentan las consecuencias como si fueran obligadas cuando distan de ser ni siquiera probables.
Debieras dejar de fumar porque la debilidad frente a la adicción caracteriza a una personalidad
insegura, incapaz de afrontar las responsabilidades de un empleo o de una relación. Acabarás
sola, infeliz y en la miseria.
Los pasos necesarios para aceptar esta conclusión suponen que todo el que fuma padece un defecto de la
personalidad; que los desórdenes de la personalidad conllevan la pérdida del empleo y de las relaciones, y
que esto equivale a terminar sola fané y descangayada. Este progresivo deslizamiento hacia la perdición
es lo que da nombre al sofisma, conocido también como Falacia del dominó.
Si los estudiantes no se plantan ahora ante la administración por este problema pequeño, el
decanato pensará que tiene luz verde para arrebatarnos otro y otro derecho, hasta no dejar
ninguno.
Florece en abundancia siempre que se discuten innovaciones: servicio militar, legalización de las drogas,
reinserción de presos, ampliación de los supuestos legales del aborto, juicios con jurado, o educación laica:
Los jóvenes no educados en el respeto a Dios, serán reacios a soportar disciplina alguna para la
honestidad de la vida y, avezados a no negar nada a su concupiscencia, serán llevados fácilmente
a agitar la misma paz del Estado.
En cualquier campaña electoral se nos alecciona generosamente sobre las terroríficas consecuencias que
se producirían si llegaran a gobernar los contrarios.
Este sofisma, asociado a los ataques personales (falacia Ad Hominem), suele consumir las mejores
energías de los candidatos sin dejarles ocasión para cosas de mayor sustancia.
Cualquier recorte en la asistencia sanitaria puede parecer banal, pero es muy peligroso. Los
pequeños recortes abren la puerta a los grandes recortes y, finalmente, a la supresión del
sistema sanitario gratuito. Si no impedimos esta tendencia, el Gobierno pensará que tiene las
manos libres para acabar con el sistema sanitario público.
66
Leizaola , citado por Vidarte, Simeón: Las Cortes Constituyentes de 1931-1933.
45
Siempre que rebrota el debate sobre la eutanasia, aparece una abundante cosecha de sofismas sin que
falte la pendiente resbaladiza:
U
na vez que una sociedad permite que una persona quite la vida a otra, basándose en sus mutuos
criterios privados de lo que es una vida digna, no puede existir una forma segura para contener el
virus mortal así introducido. Irá a donde quiera.67
Es, en fin, el argumento que nos recuerda que quien mal anda, mal acaba:
A diferencia de la falacia del Wishful thinking, la que nos ocupa considera únicamente posibilidades
desfavorables y sugiere que las cosas irán mal porque pueden ir mal. Nos invita a confundir la realidad con
nuestros temores.
Asociada al sofisma Patético fue muy provechosa para la propaganda exterior del sistema soviético. Las
críticas al régimen comunista iniciaban pendientes resbaladizas que contribuían a un desastre inevitable: el
fracaso de la Revolución. Los críticos, por tanto, eran traidores contrarrevolucionarios.
Una variedad de esta falacia consiste en rechazar una proposición alegando que puede producir efectos
colaterales indeseables.
El ejemplo tradicional se refiere al maestro que no permite a un niño llevar su tortuga a la clase de párvulos
porque eso le obligaría a dejar que otros niños llevaran también sus mascotas: ¡quizás alguno tenga un
elefante!
Lo que se viene a sugerir es que si se acepta una regla, no faltará quien pretenda aplicarla en otras
situaciones que sean claramente indeseables.
Al rechazar la falacia, es preciso no dejarse distraer ni aterrorizar por los derrumbaderos escabrosos que
vaticina. No nos interesa la última conclusión, sino examinar las premisas intermedias (del formato A causa
B) y descubrir cuántas de ellas son refutables o necesitan justificación. Se puede responder de varias
maneras, por ejemplo:
a. Poniendo de manifiesto que la cadena argumental no la forman relaciones causales plausibles, es decir,
que se están arrastrando las consecuencias por los pelos. Basta con que podamos detener la cadena en
uno de los eslabones. Es como trazar una barrera que impide el deslizamiento por la pendiente.
La supresión del servicio militar no provoca la indiferencia de los ciudadanos por los problemas de
la nación.
Suplico a los que anticipan sus temores acerca de los desórdenes que desolarán Francia si se
introduce la libertad de cultos, observen que la tolerancia no ha producido entre nuestros vecinos
frutos emponzoñados; y que los protestantes, inevitablemente condenados, como todos sabemos,
67
Dr. Callahan. Diario ABC
46
en el otro mundo, se han sabido arreglar de una manera cómoda en éste, sin duda en
compensación debida a la bondad del Ser Supremo68.
No todos los argumentos que utilizan cadenas de consecuencias inquietantes son falaces. Por ejemplo:
Debieras abandonar el tabaco. Te deja un desagradable olor en el aliento, el pelo y la ropa, que
molesta a los que se te aproximan.
En este ejemplo, las consecuencias son automáticas e inevitables. Una cadena argumental no es falaz
cuando se construye sobre relaciones causales necesarias o plausibles que se pueden confirmar paso a
paso.
Con frecuencia se emplea esta argumentación legítimamente para no ceder ante una coacción, una
amenaza, o un chantaje:
Si cede usted esta vez, deberá ceder un poco más la próxima, y así sucesivamente.
No por el hecho de anunciar males se incurre en falacia. Muchos temores están bien fundados y es
razonable rechazar iniciativas que no se sabe a dónde conducen:
Si
se legalizara el acto de acabar con la vida de alguien para ayudarlo, tal vez se haga daño a
gente inocente como abuelos demenciados, y el Estado debe proteger a esa gente.69
Tanto la falacia como el argumento legítimo adoptan la forma: Si P entonces Q, entonces R, entonces S,
entonces T... pero una cadena argumental se construye sobre relaciones causales plausibles y se confirma
paso a paso. En la falacia de la pendiente resbaladiza, se menosprecia la plausibilidad de los vínculos
causales y se concentra toda la atención en los remotos resultados indeseables.
Si
uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la
bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por
dejar las cosas para el día siguiente.70
Veamos un ejemplo:
68
Mirabeau. Discurso sobre la libertad de cultos.
69
Asoc. Esp. contra el Cáncer.
70
Thomas de Quincey. El asesinato considerado como una de las bellas artes. Papel segundo.
71
Aristóteles: Analíticos Primeros. 65a, 27.
47
—Porque trata a los estudiantes como niños.
Utiliza como premisa lo mismo que dice la conclusión. Esto es una Petición de Principio.
¿Por qué lleva un nombre tan raro? Es la versión latina de una idea de Aristóteles: petere id quod
demonstrandum in principio propositum est, que (usted perdone por la agresión) significa: afirmar aquello
que se debe demostrar.
¿Por qué conservamos esta denominación? porque es en la que nos entendemos todos: pétition de
principe dicen en Francia, petitio principii o begging the question en Norteamérica. La idea es que el
principio (garantía) de una demostración no puede apoyarse en la conclusión. Una cosa no puede ser
probada por sí misma.
Si
digo yo que un hombre está borracho y usted me dice que es debido a que ha bebido
mucho, no arreglamos nada.72
E
n todo raciocinio, lo que sirve de fundamento debe ser más claro y conocido que lo que se quiere probar.
Por eso la falacia consiste en postular o sentar aquello mismo que es preciso demostrar. 73
a. porque se utiliza como premisa lo mismo que afirma la conclusión o algo cuya verdad depende
de ella.
b. porque se utiliza como premisa algo cuya verdad no está probada.
a. Cuando se utiliza una premisa equivalente a la conclusión o que depende de ella. El círculo
vicioso.
Al emplear una premisa que es equivalente a la conclusión o dice exactamente lo mismo que ella, caemos
vertiginosamente en el llamado círculo vicioso o prueba en círculo (circulus vitiosus, orbis in
demostrando), donde ambas proposiciones se amparan recíprocamente, la una en la otra:
Llega tarde, porque trae retraso. ¿Por qué trae retraso? porque no ha llegado a su hora.
Sócrates fue maestro de Platón y Jenofonte, porque éstos fueron discípulos de aquel.
Se apoya la conclusión con la premisa; si pedimos el fundamento de la premisa nos ofrecen la conclusión.
Se repiten las cosas en vez de probarlas. En un círculo vicioso se queda cualquiera tan en tinieblas con la
respuesta como con la pregunta.
La evolución asegura la supervivencia de las especies. ¿De cuáles? De las que sobreviven.
Dios ayuda a los que se ayudan.
Si hubiese un referéndum sobre la pena de muerte, ganarían los buenos. ¿Y quiénes son
los buenos? Los que ganen el referéndum. Chumy Chumez, Diario 16.
72
Boswell: Vida Samuel Johson.
73
Aristóteles: Tópicos VIII, 162b, 35.
48
Cuando se presentan la premisa y la conclusión en los mismos términos, la falta es tan flagrante que
pocos se atreven a incurrir en ella. A menudo las dos formulaciones se diferencian lo suficiente para
disimular el hecho de que una misma proposición aparece a la vez como premisa y como conclusión.
El mismo caso de falacia se da, como hemos dicho, cuando la premisa, en lugar de repetir lo que afirma la
conclusión, se apoya en ella.
Nos hemos limitado a utilizar como premisa algo que depende de la conclusión: ¿cómo vamos a saber lo
que Dios dice cuando no sabemos aún si existe? Para aceptar la premisa es preciso aceptar antes la
conclusión.
—Mi párroco es un santo porque habla todos los días con Dios.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque me lo ha dicho él mismo.
—¿Y cómo sabes que no te engaña?
—¿Cómo me iba a engañar un hombre que habla todos los días con Dios?
No probamos nada.
El patrono— Sí, ya veo que este señor Gramólez me responde de usted; pero el caso es que a
este señor yo no lo conozco ni le he visto en mi vida.
No todo argumento circular es falaz. Hay fenómenos que se retroalimentan y sólo se pueden describir o
argumentar de manera circular:
Los economistas hablan de círculos viciosos y círculos virtuosos para referirse a situaciones en que las
cosas funcionan en una espiral de empeoramiento o de mejora porque los efectos retroalimentan las
causas.
Baja la bolsa porque se asustan los inversores, y se asustan los inversores porque baja la bolsa.
49
Así nacen y se sostienen las llamadas espirales ascendentes (o escaladas) de acción- reacción-acción que
caracterizan las venganzas y cualquier conducta violenta en general. Nada que ver con nuestra falacia que,
por sus propios méritos, debemos incluir en el grupo de Eludir la carga de la prueba. * *
Todos los perversos han de ser castigados en este mundo o en el otro. Hay perversos que no son
castigados en este mundo.
Luego lo serán en el otro.
En la primera premisa se da por supuesto algo que no está probado y que no todo el mundo acepta. Lo que
sirve de prueba en un argumento debe ser más claro y conocido que lo que se quiere probar. Es preciso
que la conclusión busque un apoyo que no se cuestione.
Esta Petición de Principio da por descontado que el interlocutor aceptará como evidente una proposición
no demostrada. La cometen con frecuencia quienes parten de supuestos religiosos o ideológicos que
consideran indiscutibles (Todo discurso ideológico se apoya necesariamente sobre un presupuesto que no
se cuestiona).
No es bueno liberalizar las farmacias porque entonces habría una en cada calle. Hay que negociar
con los terroristas porque es la única manera de acabar con el problema.
En todos estos ejemplos, se da por supuesto algo que no está probado: ¿por qué no debe haber una
farmacia en cada calle?, etc.
En toda discusión hay que estar de acuerdo sobre algo. Necesitamos compartir un asidero desde el que
argumentar a favor o en contra. Cuando no existe un principio compartido, como ocurre con las creencias
religiosas o políticas, no hay discusión posible.
Contra principia negantem non est disputandum [Con quien niega los principios no se puede
discutir].
A partir de una creencia particular se pueden extraer consecuencias y corolarios para uso privado,
pero no razonamientos:
U
n inquisidor de Arras— Todo acusado de hechicería es necesariamente culpable de ella. Dios no
puede permitir que quien no es un hechicero sea acusado de serlo.74
Y
o he dicho: si el derecho al sufragio es natural, no se puede privar de él a la mujer. Y la comisión
dice: siendo natural, se puede privar de él a la mujer, porque el fin de la mujer no es gobernar.75
74
Huizinga: El otoño de la Edad Media.
75
Romero Robledo. Debate de la Constitución de 1869.
50
La publicidad comercial cultiva amorosamente este sofisma:
Se pueden referir a esta falacia todos los argumentos en que se prueba una cosa incógnita por otra
que es tanto o más incógnita; o una cosa incierta por otra que es tanto o más incierta. A. Arnauld.
Parecía un debate jurídico o político y, de repente, sin discutirlo, se ha transformado en una inquisición
personal. El salto ha sido tan imperceptible que el público lo sigue con naturalidad. Además se han
repartido los papeles de manera que a un lado quedan el promotor de la falacia y el público; al otro, un
sospechoso (no en balde, se ha utilizado como pista falsa una falacia del Muñeco de paja).
Esto se produce en cualquier conversación de una manera tan inconsciente que impide considerarlo falaz.
Cuando se habla por pasar el rato es habitual mariposear por los asuntos; nadie se molesta en disciplinar
las charlas intranscendentes. Otra cosa es que quien debe justificar en serio una tesis pretenda eludir su
obligación con la maniobra descrita.
Ni una palabra sobre la propuesta que se discutía o las tres objeciones que se plantean.
La pista falsa, como decimos, debe ser colateral a la cuestión, porque ha de estar relacionada con ella
aunque sea indirectamente. De otro modo el auditorio no aceptará la fuga. Estaríamos ante una simple
elusión del asunto. Si se está discutiendo sobre la clonación de animales uno puede desviarse por la rama
del hambre en el mundo sin que se note demasiado la trampa. No cabría, por ejemplo, ponerse a
considerar el peso de las multinacionales farmacéuticas en la economía mundial, o las inversiones del
Vaticano en los laboratorios de investigación, porque son saltos descarados. Más que irse por las ramas
parece que cambian de árbol.
Además de colateral, es importante que el asunto despierte emociones. El público rara vez se involucra
con los argumentos de un debate, pero lo hace siempre con las emociones. Toma partido enseguida por
aquel orador que expresa los sentimientos comunes. De este modo se divide la concurrencia: el tramposo
y los oyentes se sitúan en el lado de los buenos frente a un incauto que se ha dejado distraer y comienza a
parecer sospechoso.
¿No va a votar usted en contra del aborto? ¿Es que no le importan los niños que morirán sin ver la
luz, sin que se respete, como se le respetó a usted, el derecho a vivir, a estar aquí?
51
Quien explote la situación adecuadamente, puede lograr lo que con cualquier apelación a las emociones:
que el público no sólo simpatice, sino que llore; no sólo que olvide lo que se discutía, sino que deje de
interesarle aunque se le recuerde.
C
uando defienden una causa, evitan tenazmente entrar en el fondo, pero se muestran vocingleros,
violentos y prolijos al examinar todo aquello que es ajeno al asunto.76
Esta falacia produce un diálogo de sordos en el que no existe ninguna posibilidad de entendimiento, porque
ni siquiera se sabe cuál es la postura de los contendientes, ni qué es lo que se quiere demostrar. El único
resultado claro es que la cuestión se elude, que el auditorio pierde el rumbo y que, si quien la cultiva es
hábil, puede dar la impresión de que domina el debate.
En términos coloquiales solemos llamar a esta maniobra Cambio de agujas, en clara imagen ferroviaria:
hablamos de desviar la cuestión. Los británicos, amantes del deporte y del juego limpio, la llaman Arenque
ahumado, porque antes de iniciar la caza del zorro se pasa un arenque sobre las pistas del animalito para
confundir a los perros.
Se basa en la supuesta autoridad del pueblo, de una mayoría o, simplemente del auditorio, para sostener
la verdad de un argumento, como si la razón dependiera del número de los que la apoyan: no es posible
que tantos se equivoquen, dicen. El recurso es evidentemente falaz, porque de lo que dicen muchos lo
único seguro es que lo dicen muchos, y lo más probable es que se trate de un interés, un prejuicio o una
pasión colectiva.
Si
lo dudas, interrógales, o más bien yo lo voy a hacer por ti. ¿Qué os parece, varones atenienses?
¿Esquino es huésped de Alejandro o mercenario suyo?...¿Oyes lo que dicen?77
La imaginación anglosajona la bautizó como Bandwagon fallacy, esto es, falacia del carro de la banda,
refiriéndose al de los músicos en los festejos electorales, al que se encaraman los entusiastas del ganador.
Es la misma idea que nosotros, hijos de Roma, reflejamos con la expresión: subirse al carro del vencedor.
En este sentido, se supone que una idea ha de ser cierta cuando todo el mundo la acepta:
Debe ser una película estupenda, porque hay unas colas enormes en la taquilla.
Algunos confunden la verdad con el número de manifestantes, porque mezclan las diversas verdades en
juego. La verdad de lo que opina la mayoría se puede expresar en el número de asistentes a una
manifestación: es verdad que 24654 dicen X (verdad estadística); pero, por muchos manifestantes que se
reúnan, no sabremos ni una palabra más acerca de lo bien fundada que pueda estar su reclamación.
Sócrates— Los hay que desechan una moneda falsa si está sola, pero si está en montón la
aprueban78.
76
Swift: Viaje al país de los Houyhnhnms.
77
Demóstenes: Sobre la corona.
78
Erasmo, Apotegmas, [43].
52
Recurrir al número de los que opinan algo es una vía legítima cuando se trata de medir el alcance de una
opinión. Solamente podemos conocer lo que piensa la mayoría preguntándoselo. Ahora bien, si nos dicen
que el 64% de los jóvenes adora la música bacalao, no lo entenderemos como un argumento a favor de la
bondad de tales sones, sino como un dato que expresa un gusto juvenil.
E
l volumen de aplausos no mide el valor de una idea. La doctrina imperante puede ser una
estupidez pomposa.79
Del mismo modo, cuando analizamos un sondeo que mide la popularidad de los políticos, no concluimos
que los ciudadanos escogen bien o mal, no entramos a considerar si tienen o no razón. Nos limitamos a
constatar cuáles son sus preferencias. No pedimos que nos desvelen la verdad, sino que den su opinión.
Estamos ante una falacia cuando se intenta probar mediante el peso de la opinión cosas que no son
opinables. Para averiguar si Sevilla tiene más habitantes que Barcelona, las creencias de la mayoría son
irrelevantes (bien pudiera ocurrir que una mayoría pensara que tiene más Sevilla).
Apelar a opiniones populares para sostener algo que debe ser comprobado objetivamente es una falacia de
opinión, un mal argumento basado en una pésima autoridad. Todo el mundo no es una fuente concreta, no
es imparcial y, generalmente, ni siquiera está bien informada.
S
ócrates— Sobre lo que dices vendrán ahora a apoyar tus palabras casi todos los atenienses y
extranjeros, si deseas presentar contra mí testigos de que no tengo razón. Pero yo, aunque no soy
más que uno, no acepto tu opinión; no me obligas a ello con razones, sino que presentas contra mí
muchos testigos falsos.80
Si existe alguien capaz de sostener hoy una cosa y mañana la contraria, sin más fundamento que el calor
de los acontecimientos, las sugestiones de una película, o la moda, ese alguien, al que Hobbes llamó
Leviathan, es la opinión pública.
N
o existe opinión alguna, por absurda que sea, que los hombres no acepten como propia, si
llegada la hora de convencerles se arguye que tal opinión es “aceptada universalmente”. Son como
ovejas que siguen al carnero a dondequiera que vaya. 81
A este mismo tipo de sofismas corresponden la apelación a la tradición (siempre se ha hecho así) y la
apelación a la práctica común (todo el mundo hace lo mismo). Por ejemplo:
Hay situaciones en que nos dejamos llevar por la corriente porque, como decía San Agustín, da vergüenza
no ser desvergonzado; pero esto es una explicación, no un argumento. Lo que hagan otros o lo que
hicieran nuestros abuelos, no ofrece ninguna garantía de acierto.
Son argucias que se emplean para intentar justificar (mal) una acción, olvidando que las conductas deben
apoyarse en sus propios méritos, no en los actos ajenos. Como señala una frecuente recriminación
materna: ¿Así que, si otros se tiran por la ventana, tú también te tiras?
C
uando algún diputado quiera afirmar una teoría absurda o apoyar una idea descabellada,
tenga la precaución de decir: “Esta norma se sigue en el extranjero”. Si desea dotar de mayor y
79
Gómez Dávila. Escolios a un texto implícito I.
80
Platón: Gorgias.
81
Schopenhauer: Dialéctica Erística (Estratagema 30).
53
más prestigiosa ambigüedad al concepto, insinúe sencillamente: “Porque como ocurre en todas
partes…” 82
Se puede combatir esta falacia rechazando la razón del número y su carácter de autoridad parcial y mal
informada, pero es preferible aportar ejemplos y comparaciones:
Si juzgamos la calidad de las películas por las colas de las taquillas, deberíamos colocar en la
cúspide El último cuplé.
Dicen los japoneses que la caza y consumo de delfines forma parte de su cultura.
También formaba parte de su cultura la discriminación de la mujer y ahora la combaten.
Al hablar de las costumbres sacrosantas de antaño, nadie se acuerda de las auténticas, de las de verdad:
sufrir hambre, pasar frío, soportar abusos, padecer enfermedades, enterrar a los hijos y quemar herejes.
¡Ah, los buenos viejos tiempos!
La
experiencia de todos los tiempos nos prueba que los ángeles tienen figura humana.83
Si uno contesta distraídamente, con un sí o un no, como si se tratara de una sola pregunta, corre el riesgo
de equivocar la respuesta.
No toda pregunta múltiple es falaz. Con frecuencia los periodistas amontonan varias preguntas en una y,
aunque no siempre actúan de buena fe, tampoco lo hacen siempre con mala intención. En cualquier caso,
nada impide subdividir las respuestas como a uno mejor le convenga o solicitar que se plantee cada
pregunta por separado. Nadie está obligado a responder dócilmente con un sí o un no. Las preguntas
complejas requieren respuestas matizadas.
— Señor presidente. Unos periódicos dicen que está usted satisfecho de las economías que
proyecta su ministro, y otros que está usted descontento. ¿Es verdad?
— Verdad debe ser que digan eso los periódicos, si es usted quien los ha leído.
— Pocos días antes del señalado para mi boda caí en cama con una gastritis infecciosa.
— ¿Ya está usted fuera de cuidado?
— Respecto a la gastritis sí. Xaudaró.
Son mucho más peligrosas las preguntas tramposas, que encierran presupuestos inaceptables:
82
W. Fernández-Flórez: Acotaciones de un oyente I, 71.
83
Flaubert. Estupidiario.
54
Responda la interlocutora lo que responda, admite implícitamente un presupuesto falso: que ha
golpeado a su marido:
He aquí la falacia: se trata de dos preguntas, pero sólo se enseña una. La salida sensata es corregir la
pregunta denunciando la falsedad del supuesto: Nunca he golpeado a mi marido.
No toda pregunta con presupuesto es falaz. Si consta que una señora golpeaba a su marido no sería falaz
preguntarle si ha dejado de golpearlo. En este caso el presupuesto está justificado. La falacia busca apoyo
en una falsa presunción.
Aquí lo que se da por supuesto es que robó las joyas. Si esta pregunta se hace a una persona cuya
participación en el delito está probada, no encierra ninguna falacia. Por el contrario, si el destinatario de
la pregunta no ha reconocido su participación, está injustificada.
Sin comentarios.
Sócrates— Haré lo que tú digas, pero cuando no sé lo que preguntas ¿quieres que conteste sin
pedirte explicación?
Eutidemo— Contéstame según lo que comprendes.
Sócrates— Yo, ¡por Zeus!, no contestaré si antes no he aclarado la pregunta.
E
utidemo— Tampoco contestarás nunca a lo que crees haber comprendido porque pierdes el
tiempo en charlatanerías y eres más viejo de lo debido..84
S
Falacia del SECUNDUM QUID o falacia por mala aplicación de una regla, o
falacia del mal uso de una generalización
Se comete al aplicar rígidamente una regla como si no existieran excepciones.
Olvida este sofisma que, en determinado caso particular, puede darse alguna circunstancia especial que
haga la regla inaplicable o aconseje no aplicarla.85
Estima como afirmaciones absolutas (en las que no caben excepciones) las reglas generales, y considera
que admitir la existencia de una excepción quiebra la regla. Confunde lo absoluto con lo relativo.
Pongamos el principio: no matarás. Si se toma como una regla general, significa que caben excepciones:
84
Platón: Eutidemo.
85
A efectos de esta falacia, hablamos de reglas tanto para referirnos a las generalizaciones como a las normas que
regulan nuestra conducta. En ambos casos se trata de expresiones generales que admiten la existencia de
excepciones
55
No se debe matar (en general), salvo en circunstancias excepcionales.
La primera interpretación considera la regla como una orientación que se elude en situaciones atípicas. La
segunda lo entiende de una manera rígida. Quien plantee el principio de esta forma lo aplicará
incorrectamente en aquellos casos en que matar pudiera estar justificado, por ejemplo, en legítima defensa.
Sostendrá que si se acepta la excepción se quiebra la regla: ¡para eso mejor suprimir la regla! Así, pues,
quien incurre en esta falacia comete dos errores:
1. confunde una regla general, abierta a excepciones, con una regla absoluta.
2. olvida que las excepciones no anulan la regla.
1. Confunde:
Todo S es probablemente P
Con: Todo S es necesariamente P
que son los esquemas correspondientes de las generalizaciones presuntivas y absolutas. Las normas
expresan generalizaciones abiertas: ni bajan del Sinaí, ni están fundidas en bronce, ni carecen de
excepciones: como norma, en general, no se debe matar.
2. Olvida que las excepciones no anulan una regla general. Es de sentido común que una regla absoluta,
sólo se puede rechazar absolutamente:
Por el contrario, las cosas que se afirman en general, solamente se rechazan en general:
Las reglas absolutas valen para todos y para cada uno de los individuos. Las reglas generales valen para
todos pero no ponen la mano en el fuego sobre lo que pueda ocurrir con los casos individuales, porque no
saben cuándo tropezarán con las excepciones.
Pan
tagruel- Nada hay peor que pedir o prestar. No quiero inferir de aquí que jamás sea lícito
deber y prestar. Nadie es tan rico que alguna vez no deba. Nadie es tan pobre que alguna vez no
pueda prestar.86
Tomar en cuenta circunstancias excepcionales, atípicas, no significa que matar se haga bueno, o que
podamos tomar las normas a beneficio de inventario, sino que tales circunstancias pueden modificar
nuestras valoraciones. Claro está que las excepciones deben justificarse.
Por ejemplo, sea el principio: Todo el mundo tiene derecho al uso de su propiedad. No carece de
excepciones: que la propiedad sea un automóvil y el propietario esté ebrio; que la propiedad sea un arma y
el propietario un suicida. No es bueno mentir vale como principio, pero está justificada la mentira al
enemigo o a la vecina cotilla. La libertad de palabra no autoriza a gritar ¡fuego! en un teatro lleno.
No se debe irrumpir en una propiedad ajena, pero en un caso de vida o muerte, nadie reprochará a quien
entre en una casa rompiendo la ventana para llamar por teléfono. Se deben administrar antibióticos en una
pulmonía, siempre y cuando no estemos ante un caso de alergia a los antibióticos.
86
Rabelais. Tercer libro de Pantagruel, 5.
56
No precisaríamos jueces si las leyes pudieran administrarse automáticamente. Llamamos huelga de celo a
la aplicación rígida de un reglamento. El sentido común exige que todo razonamiento presuntivo esté
abierto a cambios en la situación y al reconocimiento de circunstancias excepcionales.
T
engo orden de leer toda la correspondencia de Su Majestad, pero procuro no abrir las cartas de su
amante, y nunca me han reñido por esta negligencia. 87
No es razonable aplicar las reglas generales de manera rígida, menospreciando las limitaciones que puede
reclamar un caso concreto, porque podemos caer con facilidad en el absurdo:
No es verdad que cada matrimonio tenga 1,5 hijos. Los Montenegro tienen 6. Esa regla no
funciona.
El mismo caso se da cuando aplicamos una regla por analogía menospreciando las diferencias
(excepciones):
Al fin y al cabo, las analogías no afirman que dos cosas sean iguales en todo, sino en cierto aspecto, en
cierto sentido, a determinados efectos.
E
l nombre, secundum quid que traducimos respecto a algo, nos viene de que, como decía Aristóteles, no
es lo mismo afirmar algo sin más, en general, que decirlo respecto a algo particular.89
Hay cosas que siendo ciertas en general pueden ser falsas en algún aspecto, en algún lugar, en alguna
ocasión. Es justo obedecer a los superiores, pero no es justo hacerlo cuando ordenan algo malo. La
riqueza es un bien, en general, y puede ser un mal, en particular, para el insensato que no sabe
administrarla.
Así, pues, tenemos cosas que son aparentemente contradictorias: obedecer puede ser justo e injusto; la
riqueza puede ser buena y mala. No existe tal contradicción si sabemos distinguir lo que se afirma sin
más, sin detenernos en las circunstancias, de lo que se dice respecto a algo concreto. Porque no
hablamos de las mismas cosas: es verdad que mi coche es blanco, pero en algún aspecto (las ruedas) es
negro. Eso no significa que mi coche, en conjunto, en general, sea blanco y negro al mismo tiempo.
Nada impide que siendo algo un bien sin más, no sea un bien para tal individuo o que sí lo sea
pero no ahora ni aquí. Aristóteles.
Pues bien, quien olvida o desprecia esta diferencia incurre en la Falacia del secundum quid. No toma en
cuenta los requisitos tácitos que invalidarían el uso de una generalización.
87
Bernard Shaw: El carro de manzanas.
88
Rabelais. Tercera parte de Pantagruel, 19.
89
Aristóteles: Refutaciones Sofísticas. 167a, 168b12, 180a21. El nombre completo de la falacia dice: A dicto
simpliciter ad dictum secundum quid: de lo dicho sin más (simplemente) a lo dicho según lo que (realmente) es. No
es lo mismo hablar relativamente, en cierto sentido, en un sentido restringido (secundum quid), que hacerlo
absolutamente (simpliciter).
57
¡Está usted incurriendo en una falacia del secundum quid! Si nos expresamos de esta manera, nuestro
adversario quedará perturbadísimo pero no habremos ganado ni un ápice de razón porque nadie nos
entenderá.
Es más eficaz explicar en qué consiste una regla general y cómo es posible que aparezcan excepciones.
Aceptado esto, será más sencillo hacer ver que estamos ante una situación atípica en la que no cabe
aplicar la regla rígidamente porque lo impiden razones específicas del caso, tal vez valores superiores, que
entran en conflicto con la regla. Si con esto no basta, podemos utilizar alguno de los absurdos ejemplos
precedentes, que para eso están. Tal vez no logremos convencer a nuestro empecinado contrincante, pero
el auditorio nos dará la razón.
En resumen, la Falacia del secundum quid o del mal uso de una generalización, consiste en olvidar que
una regla general puede no ser aplicable en situaciones atípicas o excepcionales. Como es sabido, las
malas generalizaciones exageran, enfatizan, los casos atípicos (no representativos), con los cuales
pretenden erigir reglas válidas.
En la Falacia del secundum quid ocurre lo contrario: se menosprecian los casos atípicos.
Ya que esta falacia se refiere a circunstancias inhabituales o accidentales, podemos considerarla como una
variedad de la falacia del Accidente.
Otras falacias que acompañan a las generalizaciones son: Generalización precipitada, Conclusión
desmesurada, falacia Casuística, falacia del Embudo.
Si nuestra generalización va más lejos de lo que autorizan los datos, incurrimos en una falacia
de Conclusión desmesurada.
Si negamos que las reglas generales tengan excepciones o si aplicamos una regla general a
una excepción, cometemos una falacia de Secundum quid.
Si rechazamos una regla general porque existen excepciones, caemos en una falacia Casuistica.
El supuesto de la primera premisa es absolutamente falso. Tan falso como suponer que si existiera el alma
humana podríamos verla en el quirófano. De premisas falsas resultan conclusiones falaces.
La conclusión hereda el carácter presuntivo de la primera premisa y debiera decir, más humildemente: Es
probable que mi abuelo no naciera en Numancia. Con la misma inconsistencia se puede argüir:
No es raro encontrarse con falsos argumentos ex silentio que dan un salto hasta la falacia Ad Ignorantiam.
En esta, característicamente, se traslada la carga de la prueba al interlocutor, es decir, con todo desparpajo
se viene a decir: Pruebe usted que no es cierto lo que yo afirmo y no pruebo. Supongamos, por ejemplo, el
siguiente falso argumento ex silentio:
Si usted no fuera comunista habría constancia de ello en los archivos del FBI.
No consta que no sea comunista
Luego, no es cierto que usted no sea comunista.
Estamos ante un abuso que desarma a la víctima. Por eso se llama falacia ad ignorantiam porque explota
nuestra incapacidad (ignorantiam) para demostrar lo que no nos corresponde demostrar.
En resumen: Cuando empleamos un argumento ex-silentio débil y, para compensar su debilidad, tratamos
de imponerlo abusivamente como si fuera conclusivo, y trasladamos la carga de la prueba al oponente,
incurrimos en una falacia ad ignorantiam.
T
Recurso al TU QUOQUE
59
Tu quoque, traducido al castellano significa Y tú también. Es una variedad de Ataque personal que consiste
en rechazar un razonamiento alegando la inconsistencia del proponente. Se le acusa de hacer o defender
lo mismo que condena o, al contrario, de no practicar lo que aconseja hacer a otros.
Es decir, se emplea para despreciar las razones de quien no es consecuente, sin analizarlas.
A
hí está ése dándonos consejos a los griegos sobre concordia, cuando aún no ha logrado
convencerse a sí mismo, a su mujer y a su criada—tres personas tan solo— a ponerse de
acuerdo en su vida íntima.90
Estamos ante una réplica que siempre parece contundente y cuenta con el asentimiento del público. A todo
el mundo le vienen a la cabeza expresiones tales que: consejos vendo y para mí no tengo; el que esté libre
de pecado que tire la primera piedra; no ve la viga en su ojo...
La falacia surge con facilidad porque utilizamos el Tu quoque en dos situaciones distintas que no
distinguimos con nitidez. Despacharemos en primer lugar el uso legítimo de este recurso.
El uso legítimo.
Procure ser en todo lo posible, Procure ser, en todo lo posible, el que ha de reprender,
irreprensible.91
Es legítimo recurrir al Tu quoque para rechazar una autoridad moral. ¿Qué significa autoridad
moral? Llamamos así a aquella cuya solvencia consiste en ser consecuente con lo que aconseja, a la que
argumenta con el ejemplo, a la que ofrece un modelo vivo de la conducta que predica.
Son
mis hechos, no mis palabras, soldados, lo que quiero que secundéis; que no sólo busquéis en
mí órdenes, sino también ejemplo.92
Recurrimos a una autoridad cuando las cosas no están claras, nos falta información o no son persuasivos
los razonamientos. En muchas situaciones no buscamos tanto la opinión de un experto como la de una
persona fiable, no esperamos una demostración sino un modelo.
Así ocurre, por ejemplo, cuando alguien nos aconseja, reclama sacrificios o critica nuestra conducta.
Necesitamos confiar en la persona que aconseja o acusa y medimos su credibilidad por su coherencia.
Carece de crédito un político que no dé ejemplo en el cumplimiento de sus propias normas, y consideramos
hipócrita a quien nos critica defectos que comparte.
¿
Quien toleraría que los Gracos se quejasen de una sedición?93
N
o hay nada más intolerable que exigir a otro cuentas de su vida quien no puede rendirlas de la
suya.94
En todos estos casos en que los consejos o las acusaciones precisan el respaldo de una sólida autoridad
moral que sostenga nuestra confianza, es legítimo exigir las credenciales a tal autoridad, que no son otras
que su ejemplo, y estamos autorizados para rechazarla, mediante el recurso al tu quoque, cuando no lo
ofrece.
90
Plutarco, Moralia: Preceptos conyugales, 43.
91
Samaniego. Los dos perros.
92
Valerio Corvino, en Tito Livio VII, 32, 12.
93
Juvenal, Sátiras II, 24.
94
Cicerón Contra Q. Cecilio.
60
M
uy gran vergüenza han de tener de corregir a otros los que ven que hay mucho que corregir en sí
mesmos; porque el hombre tuerto no toma por adalid al ciego.95
No sólo estamos ante un ataque legítimo a la persona, a su autoridad, sino que suele ser un gran ataque,
un mazazo demoledor. Imaginemos el caso de un político que evade impuestos, un obispo drogadicto o un
juez venal. Queremos que cada uno se aplique su propia medicina, y que su vida no desmienta sus
palabras.
E
n verdad, si os parece conveniente que las ciudades estén en manos de tiranos, estableced
primero un tirano entre vosotros mismos, y luego buscad de establecerlo entre los
demás.96
Te pareces al boticario que hacía propaganda de un remedio contra la tos, mientras tosía.
Ahora bien: ¿el rechazo de una autoridad justifica el rechazo de sus razonamientos? Evidentemente no.
Supongamos, por ejemplo, que el gobierno rechaza las acusaciones de la oposición:
Ustedes señores no tienen ninguna credibilidad ante el Parlamento ni ante la sociedad porque
cuando gobernaban hacían lo contrario de lo que ahora reclaman.
Se les reprocha, con razón, la falta de autoridad moral pero no se entra a combatir sus razonamientos. Si
se pretende que estos quedan suficientemente rebatidos con el reproche moral, entramos de lleno en el
uso falaz del recurso al tu quoque.
El uso falaz
Estamos ante una falacia cuando el tu quoque se emplea para rechazar un razonamiento o excusar una
conducta.
El médico no precisa ampararse en la autoridad moral. Es un experto; le sobran razones técnicas para
fundamentar sus consejos: el tabaco no daña por igual a todo el mundo; los peligros para un determinado
paciente pueden objetivarse mediante exámenes clínicos o instrumentales. Si es así, menospreciar las
razones porque el consejero es incoherente constituye un sofisma. Lo mismo ocurre cuando rechazamos
una crítica fundamentada alegando: ¡Tú más! Un error no se corrige con otro.
E
stos versos son malos, pero tú no los haces mejores.97
A veces se emplea esta falacia como un recurso cómodo para eludir la cuestión, es decir, de mala fe. Lo
más frecuente, sin embargo, es que se cometa por confundir las cuestiones. En efecto: mezclamos
inconscientemente asuntos diferentes. Cualquier persona que sufre esta objeción puede preguntar a su
contrincante:
Son cuestiones muy distintas y exigen un tratamiento diferenciado. De lo contrario ocurre, como es
habitual, que no discutimos el hecho y, en su lugar, nos ocupamos de mí o de usted.
95
Fray Antonio de Guevara: Reloj de príncipes.
96
Herodoto, V, 92.
97
Marcial Epigramas, II, 7.
61
De mí: No des consejos porque tú haces lo mismo.
Si se discute un consejo o una acusación fundamentada, el consejero y sus actos son irrelevantes.
Hemos de atender a sus razones. De otro modo estaremos eludiendo la cuestión mediante un
ataque personal ilegítimo: la falacia Ad Hominem.
Si se pretende justificar acciones en razón de que otro las ha cometido antes, estamos eludiendo
la cuestión mediante un sofisma Populista.
Como, en cualquier caso, no se discute el hecho en sí, estamos ante una falacia de Eludir la
cuestión en la variedad de Pista falsa.
La respuesta a esta falacia exige que el debate regrese a su terreno, el hecho en sí, y que clausuremos
las vías de fuga. Por ejemplo:
— No estamos discutiendo sobre mí, sino sobre una propuesta. Déjeme a un lado o imagine que
la sugerencia procede de otra persona. Dígame si lo que propongo está bien o mal en sí mismo.
Después, si usted quiere, hablaremos de mi inconsistencia, y de si mi conducta justifica la de
usted.
— ¡Pero usted no es quién para dar consejos!
— Aquí no cuenta quién ofrece las razones, sino cuánto pesan. Tal vez yo debiera hacer lo que
predico, tal vez soy hipócrita, pero la hipocresía es un defecto moral, no un error lógico. No olvide
que yo puedo ser inconsecuente y, sin embargo, tener razón. Discuta mis razones, no mi conducta.
— ¿Pero cómo puede usted aconsejar lo que no practica o criticar cosas que usted mismo hace?
— Yo no critico a nadie ni me ofrezco como ejemplo. Me limito a presentar una propuesta
razonada. Si me corto con un cuchillo no podré censurar a quien haga lo mismo, pero nada me
impedirá advertir de los riesgos. Al contrario: sabe más de los cuchillos quien muestra cicatrices.
— Pero usted, con su conducta, da la razón a quien haga lo contrario.
— Yo no sirvo de excusa para lo que usted haga mal. Mis errores seguirán siendo errores cuando
los cometa otro.
To
ma ejemplo saludable de los extravíos de tu padre, pero no quieras ponerlos como excusa para
tus propias locuras.98
En resumen:
Cuando, enfrentados a un razonamiento, lo menospreciamos alegando la inconsistencia del proponente,
estamos ante un caso claro de falacia del tu quoque que es una variedad de la falacia ad hominem. Si lo
empleamos para excusar una conducta caemos en una variedad de la falacia ad populum. En ambos
casos utilizamos el recurso al tu quoque, para eludir la cuestión.
***
Hay situaciones en que la confusión entre los usos legítimo e ilegítimo se ve favorecida porque coinciden
en una misma persona la autoridad del experto y la autoridad moral. Así ocurre con los médicos, por
ejemplo, en los que nunca está claro qué tipo de autoridad pesa más. La mayoría de los pacientes no están
en condiciones de juzgar la solidez de los argumentos técnicos. Obedecen porque confían en su médico.
En consecuencia, si mengua la autoridad moral del facultativo, decae su capacidad como consejero.
Lo mismo ocurre en la política. Un gobernante puede estar cargado de razón para subir el sueldo a los
diputados al mismo tiempo que congela el de los funcionarios, pero como al público no se le alcanzan tales
razones, lo único que percibe es la contradicción aparente.
En estos casos lo deseable sería examinar por un lado las razones y por otro las coherencias, pero rara vez
asistimos a este milagro de racionalidad. Por eso no basta con tener razón: conviene guardar las formas.
98
Bernard Shaw: Trata de blancas.
62
¿
Quién ignora que los discursos parecen más verídicos si son pronunciados por personas bien
consideradas que por gente desacreditada, y que puede ofrecer más confianza una vida que un
discurso? 99
O
yendo los gobernantes de Esparta que un hombre disoluto proponía al pueblo un consejo útil, le
mandaron callar y encargaron a un hombre honrado que se atribuyese él la invención de la
propuesta.100
En el Evangelio se distinguen bien las dos situaciones. Cuando Jesucristo dice: el que esté libre de
pecado... no niega que la acusación esté fundada; no elogia el adulterio. Se limita a negar autoridad moral a
una acusación hipócrita. También dijo en otra ocasión:
H
aced lo que dicen, pero no los imitéis en lo que hacen.101
que es tanto como afirmar que un hipócrita puede tener razón y, en consecuencia, que conviene distinguir
razones y coherencias.
V
Argumento AD VERECUNDIAM, apelación a la vergüenza o a la reverencia
Falacia en la que, para intimidar al adversario, se apela a una autoridad que no está bien visto discutir.
El Papa, el propio Padre Santo ha bendecido hoy al Sr. Corleone. ¿Es usted más listo que el Papa?
(De la película El Padrino III).
En esta falacia se produce un engaño con tintes dogmáticos que cierra el paso a cualquier crítica del
argumento y acaba con la discusión. Es una falacia bautizada por Locke hace trescientos años, pero
llevamos milenios empleándola.
Podríamos llamarla falacia de la Autoridad Reverenda, entendiendo por tal la que parece digna de respeto
y veneración, esto es, casi infalible y, a todas luces, indiscutible.
Imaginemos que, en una disputa escolástica medieval, alguien citara, como apoyo, una opinión de Santo
Tomás. ¿Quién osaría contradecir al Doctor Angélico? Nadie: por respeto, por ignorancia, por timidez,
para no ser objeto de la chacota universal.
C
alicles— Así pues, si alguien por vergüenza no se atreve a decir lo que piensa, se ve obligado a
contradecirse. Sin duda tú te has percatado de esta sutileza y obras de mala fe en las
discusiones.103
99
Isócrates: XV, 278.
100
Montaigne. Ensayos, II, XXVIII: De cómo todo tiene su oportunidad.
101
San Mateo, 23,2
102
Menosprecio de corte y alabanza de aldea.
103
Platón: Gorgias, 483a
63
Lo habitual es apelar a una autoridad que no se pueda criticar sin desdoro. Donde antes decíamos Santo
Tomás (que no tiene ninguna culpa en esto), pongamos que nos citan al fundador del partido, al pueblo
soberano, a la opinión de la mayoría, a lo que todo el mundo acepta, a lo que se considera normal... y
vendremos a encontrarnos en una situación muy incómoda para criticar o rechazar lo que se nos impone.
Es obvio que esta falacia juega con las emociones del contrincante. Explota la timidez ante los grandes
nombres y tapa la boca por respetos humanos, por temor a las conveniencias sociales, por no parecer
desleal a lo que debiera ser reverenciado, en una palabra: por vergüenza.
A
ristóteles— A los espectadores les afectan las fórmulas que usan los oradores hasta la
saciedad: "¿Quién no lo sabe? ¡Todo el mundo lo sabe!". Y el que escucha, avergonzado,
asiente, con el fin de participar en lo que todos los demás saben.104
El argumentador falaz explota la confusión entre dos tipos de autoridad. Está por un lado la del que más
sabe (cognitiva), que admite un examen crítico, nos autoriza a comprobar su fiabilidad, y se muestra
abierta al debate. Pero está, por otro lado, la autoridad del que más manda (normativa), como pueda ser la
de los dioses, los maestros o los padres, todos los cuales están en condiciones de pronunciar la última
palabra en los asuntos bajo su control sin necesidad de justificarla.
La falacia ad verecundiam apela a una autoridad que se supone cognitiva, esto es, que basa su peso
argumental en la razón, pero que se comporta como puramente autoritaria y no deja otra opción que
obedecer el mandato, seguir el camino indicado, tomar la opinión recibida como obligatoria e indiscutible.
No se trata simplemente de una falsa autoridad que oculta sus deficiencias. Estamos ante una autoridad
que no admite examen y considera insolente la réplica.
Es un abuso dogmático que nos deja indefensos, porque cuando uno de los participantes interviene desde
las alturas, investido de poder (propio o transferido por la autoridad que cita), mientras al contrincante se le
esposa por los tobillos, el combate resulta desigual y deja pocas opciones al inferior: callar, pasar por
insolente o parecer imbécil.
La primera condición para discutir con libertad es que las autoridades reverendas se despojen del halo de
su cargo y desciendan a la arena sin más padrinos que su razón. Como se ve estamos ante una condición
de imposible cumplimiento.
A
ndrómaca— Temo que el hecho de ser yo tu esclava me niegue la palabra aunque tenga mucha
razón y, si venzo, verme acusada por ello de haber hecho un daño.105
Hace siglos que la autoridad reverente se emplea para erradicar como herética, traidora o antisocial toda
opinión divergente que pudiera perjudicar los criterios establecidos.
En los primeros quince años de existencia de ETA, el argumento callejero que cerraba el paso a cualquier
comentario crítico ante el asesinato del día era: Algo habrá hecho, esto es, Algo (malo) habrá hecho (o
pretendido) ¡la víctima! En opinión de la mayoría, ETA era una organización experta en ciudadanos
malandantes que velaba por el bien del pueblo. No podía equivocarse ni en la elección de las víctimas ni
en los procedimientos: ETA no mata porque sí, alguna razón habrá tenido.
¿Por qué era eficaz esta insidia, es decir, por qué silenciaba las críticas tamaña petición de principio?
Porque era un argumento ad verecundiam. Si lo políticamente correcto era pensar bien de ETA, la osadía
de criticarla, amén de otros riesgos, equivalía a convertirse en un ciudadano bajo sospecha a los ojos de
los convecinos más progresistas.
Estamos ante un sofisma sectario, dispuesto para proteger el dogma, para silenciar cuanto pueda
debilitarlo. Es el preferido de los aficionados a rasgarse las vestiduras. No es que no quieran oír porque la
palabra les produzca alguna suerte de urticaria. Pretenden que nadie escuche para que nadie sea
persuadido. El argumento ad verecundiam busca el silencio.
Caracteriza a toda sociedad bienpensante celosa de sus principios. Los marxistas popularizaron e n su
día este tipo de irracionalidad que rechazaba toda idea de origen ilegítimo, esto es, todas las ideas que
104
Aristóteles: Retórica, 1408a
105
Euripides: Andrómaca.
64
no fueran marxistas-leninistas. Los intransigentes del extremo contrario despreciaban toda propuesta que
no gozara del nihil obstat eclesiástico. Lo emplean con profusión y desparpajo quienes pretenden encarnar
la exclusiva de algunos valores:
Ni todos los obreros ven al patrón como enemigo, ni guarda relación la inteligencia con la posición política,
ni todos los patronos son de derechas. En cualquier debate parlamentario tenemos ocasión de descubrir
expertos en democracia, en libertad, en sentido social, en derechos humanos que enarbolan los valores
como si fueran patrimonio de su familia y contemplan a sus prójimos de soslayo y con menosprecio.
Sóc
rates— Tratas de asustarme, noble Polo, pero no me refutas.106
En la actualidad, conforme crecen corrientes irracionales que imponen dogmáticamente sus criterios, no
se precisa mucho esfuerzo para sufrir las disciplinas de esta falacia. Los bienpensantes de hoy, por
ejemplo, todos los partidarios del llamado pensamiento PC (políticamente correcto), comparten la rigidez
mental de los bien pensantes de todos los tiempos, y hostigan a cuantos no siguen la corriente por
atreverse a pensar o actuar de una forma que ellos consideran escandalosa, perversa, desviada, herética, o
reaccionaria.
Si, en un determinado asunto, percibimos que todas las opiniones que se escuchan van en la misma
dirección mientras en la contraria resuena el silencio, es que el sectarismo impregna el ambiente y los
prudentes se callan.
Cualquiera que sostenga sus pretensiones por medio de autoridades semejantes, cree que, por
eso mismo, debe triunfar, y está dispuesto a calificar de impúdico a toda persona que ose
contradecirlas. Eso es—pienso— lo que puede llamarse argumentum ad verecundiam. Locke107.
En suma: la falacia ad verecundiam (al respeto o a la vergüenza), en lugar de ofrecer razones, presenta
autoridades elegidas a la medida de los temores o respetos del adversario. Apela, pues, a la vergüenza
que produce rechazar a una autoridad que se supone indiscutible. Es una posición dogmática cuya
expresión paradigmática: Magister dixit, fue popularizada por los discípulos de Pitágoras como expresión
suprema de toda argumentación.
Se
tiene un juego fácil si tenemos de nuestra parte una autoridad que el adversario respeta.
Podrán utilizarse tantas más autoridades cuanto más restringidos sean los conocimientos del
adversario.108
El sofisma Populista es una simple variedad de esta falacia, en la que la opinión común se convierte en
autoridad reverenda. Por ejemplo:
P
olo— ¿No crees que quedas refutado, Sócrates, cuando dices cosa tales que ningún hombre se
atrevería a decir? En efecto, pregunta a alguno de éstos.109
W
Falacia del Wishful thinking
Ver falacia de Deseos, confundirlos con la realidad.
106
Platón: Gorgias, 473d.
107
Locke. Ensayo sobre el conocimiento humano, IV, XVII, 19.
108
Schopenhauer: Dialéctica erística. Estratagema 30.
109
Platón: Gorgias, 473e.
65
ÍNDICE
Introducción.
66
CONSECUENTE, falacia del 17
CONSEQUENTIAM, falacia ad. 16
CONTINUUM, falacia del. 18
CUESTIÓN, falacia de eludir la.
CUESTIÓN COMPLEJA, falacia de la. 53
DESEOS, falacia de confundirlos con la realidad 20
DILEMA, falacia del falso 21
DISYUNCIÓN, falacia de la falsa. 23
DIVISIÓN, falacia de la. 25
DOMINÓ, falacia del. 44
ELUDIR LA CARGA DE LA PRUEBA, ELUDIR LA CUESTIÓN, falacia de.25
EMBUDO, falacia del. 26
EMOCIONES, apelación a las.
ENVENENAR EL POZO.
EQUÍVOCO, falacia del.
ESPANTAPÁJAROS, falacia del. 39
EX - SILENTIO, falacia del falso 57
FUERZA, recurso a la.
GENERALIZACIÓN, falacia por mal uso de 54
GENERALIZACIÓN PRECIPITADA, falacia 27
GENÉTICA, falacia. 29
HOMINEM, falacia ad. 30
IGNORANTIAM, falacia ad.
IGNORATIO ELENCHI.
JUGADOR, falacia del 37
LEALTAD, apelación a la. 38
MANIQUEO, falacia del. 39
MIEDO, apelación al.
MISERICORDIAM, falacia ad. 38
MONTÓN, falacia del.
MULTITUD, apelación a la. 51
MUÑECO DE PAJA, falacia del. 39
NEGAR EL ANTECEDENTE, falacia de
NON SEQUITUR, falacias del. 41
OLVIDO DE ALTERNATIVAS, falacias por. 42
PATÉTICO, sofisma. 42
PENDIENTE RESBALADIZA, falacia 44
PERSONAM, falacia ad.
67
PETICIÓN DE PRINCIPIO, falacia por. 47
PISTA FALSA, falacia de la. 50
POPULISTA, sofisma. 51
POST-HOC, falacia del.
POPULUM, argumento ad. 51
POZO, Envenenar el.
PREGUNTAS MÚLTIPLES, falacia de las. 53
PRESUPOSICIÓN, falacia por. 53
REVERENCIA, apelación a la. 62
SECUNDUM QUID, falacia del. 54
SILENCIO, falacia del falso. 57
TERROREM, argumento ad.
TU QUOQUE, recurso al. 58
VALORACIONES IRRELEVANTES, falacia
VERECUNDIAM, falacia ad 62
VERGÜENZA, apelación a la. 62
WHISFULL THINKING. 20
68