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Por Todos Los Dioses

Homero se presenta y conoce a un chico del siglo XX al que le gusta la mitología. Homero se ofrece a contarle historias de dioses y héroes usando un lenguaje moderno. El chico está interesado en conocer los significados e implicaciones de los mitos más allá de la curiosidad.

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Por Todos Los Dioses

Homero se presenta y conoce a un chico del siglo XX al que le gusta la mitología. Homero se ofrece a contarle historias de dioses y héroes usando un lenguaje moderno. El chico está interesado en conocer los significados e implicaciones de los mitos más allá de la curiosidad.

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POR TODOS LOS DIOSES


RAMON GARCIA DOMINGUEZ

QUE ME CUENTEN de la Tierra recitando las aventuras de los dioses y de los hé-
HISTORIAS… roes.
—Aventuras que también a mí me gustaría escuchar ahora de
... Es lo que a mí más me gusta y me ha gustado siempre. Pero
tus labios, divino Homero.
que me las cuenten de viva voz: mi abuelo, mi padre, un amigo,
— ¿Divino yo? ¡No me hagas reír, muchacho, no me hagas
el profe, cualquiera a quien le apetezca y sepa contarlas.
reír! También el filósofo Platón me llamó «divino poeta» y has-
Por eso imaginé así este libro: cerré los ojos, agucé los oídos
ta hubo quien dijo que yo era la personificación de Orfeo, a
de la fantasía y escuché la voz del viejo poeta Homero narrando
quien Apolo regaló su lira y a quien enseñaron a cantar las
las más extraordinarias leyendas y aventuras que hayan podido
propias musas. No, por todos los dioses, esas son exageracio-
ocurrir jamás. Seguro que sabes de sobra quién es Homero, pero
nes; ¡yo nunca amansé a las fieras con mi canto, como Orfeo, ni
aun y todo, él mismo tiene la gentileza de presentarse en el pri-
conseguí, como él, que las rocas y los árboles danzasen al son
mer capítulo y hasta va a pedirte que tú también te presentes,
de mi música y mis versos!
pues le gusta saber siempre a quién cuenta sus historias.
Claro que tampoco soy un don nadie, como se han atrevido a
Yo me he limitado a reunirlos a los dos, a ti y a él, en las pá-
decir ciertos comentaristas de mis dos grandes obras La iliada y
ginas de este libro, para que puedas escuchar directamente de
La Odisea. «De Homero no sabemos nada. Es sólo un nombre»,
sus labios las más fantásticas narraciones de la mitología clá-
tuvo la osadía de escribir un profesorete de tres al cuarto llama-
sica. Las epopeyas, andanzas, maravillas, venturas y desven-
do Glotz. ¡Ah, no, señor mío, de eso nada! Homero existió y
turas de los dioses y de los héroes de la antigüedad.
existe, pues los poetas nunca mueren del todo, por si usted no lo
Nadie como Homero para contártelas. Ya lo hizo hace cientos
sabía.
y cientos de años en sonoros versos inmortales, y ahora lo va a
¡Se han dicho de mí tantas cosas y tan controvertidas, mucha-
repetir con palabras y maneras de hablar de hoy. Aguza tú tam-
cho...! ¿Quieres saber que hasta siete ciudades griegas se dis-
bién los oídos de la fantasía, imagina que estás sentado junto al
putan el honor de ser mi lugar de origen? Se ha escrito que soy
gran poeta al amor de la lumbre, si es invierno, o a la sombra de
jonio, que nací en Esmirna, viví en la isla egea de Quío y morí
una frondosa higuera si hace calor, y escucha con suma aten-
en Io.
ción, sin perder palabra ni gesto, las historias más bellas jamás
— ¿Y cuál es la verdad de todo ello?
contadas.
— ¿La verdad? Todas y ninguna, muchacho, deja que los
Pasa la página y observa atentamente: aquel viejo apacible
historiadores y eruditos digan y desdigan acerca de mi persona,
sentado junto al camino, con un cayado y una lira junto a él, es
Homero, el ciego Homero, el cantor de Agamenón, de Aquíles,
el poeta Homero. Acércate con toda confianza,..
de la bellísima Helena de Troya, de Ulises el intrépido, de...
CAPITULO I Pero, un momento, ¿y tú quién eres? Jovencito, hablo contigo:
HOMERO Y YO ¿no vas a presentarte? Anda, acércate y dime tu nombre, al viejo
Homero le gusta saber con quién habla y a quién cuenta sus fá-
¡Por todos los dioses del Olimpo!, ¿quién anda ahí? Noto una bulas.
presencia humana muy cerca, ¿quién está a mi vera, quién? Me —Soy un..., ¿no vas a burlarte si te lo digo?
gusta saber si alguien me escucha o hablo sólo para el viento. Y —Burlarme, ¿por qué?
ahora sé que alguien está oyendo mi voz, son ya muchos años —Es que a lo mejor no lo crees.
aguzando el oído y hasta el olfato como para equivocarme. — ¡Yo creo todas las historias y todas las fantasías, mucha-
Seas quien seas, ven, acércate, no tengas ningún temor. El cho, por muy estrambóticas que parezcan! ¿Es que acaso tu
viejo Homero no se come a nadie. Al viejo y ciego Homero sólo identidad va a ser más rara que la de los compañeros de Ulises,
le gusta que lo escuchen, que alguien, sea hombre o mujer, oiga convertidos en cerdos por la bruja Circe?
con gusto sus versos y sus historias. Incluso si es un muchacho — ¡OH, no, no, claro que no! Yo sólo soy un chico de finales
como tú. del siglo XX a quien le gustaría conocer un poco la mitología,
¿Que cómo sé que lo eres? Más de un mancebo me ha acom- las leyendas y mitos de los dioses y héroes de la antigüedad
pañado, como lazarillo, a lo largo de los caminos y los días. He clásica.
tenido de todo, ¿sabes? Picaruelos que se aprovechaban de mi — ¿Un chico de finales del siglo XX, dices? ¡Por Zeus y todos
ceguera y nobles jovencitos que guiaban mis pasos salvaguar- los dioses del Olimpo, esto sí que es asombroso!
dándome de obstáculos y peligros. — ¿Lo ves? Ya te había dicho que no ibas a creerme...
Tuve uno en Esmirna a quien le gustaban con locura mis ver- — ¡Claro que te creo, muchacho, claro que te creo! Pero vuel-
sos y mis leyendas. Se llamaba Nicómaco. Cuando yo cantaba, vo a decirte que me resulta asombroso, y sobre todo halagador,
él contenía el aliento y permanecía mudo y quieto como una que una persona, qué digo, que un jovencito como lo fue Nicó-
estatua, tanto que yo interrumpía de pronto mi epopeya para maco —¿recuerdas que te hablé de él?— se interese por los
cerciorarme de que Nicómaco seguía a mi lado. ¡Y vaya si hexámetros del viejo y ciego Homero casi veintinueve siglos
seguía...! Junto a mí siguió hasta que el dios Apolo lo hizo tam- después de que yo los compusiera.
bién cantor y poeta, y se echó a recorrer como yo los caminos — ¿Me interese por los qué...?
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—Huy, perdóname, ya me puse en plan cursi y me parece te contaré la historia de Ícaro, que se fabricó unas alas y quiso
que a ti eso no te va. Hexámetro es el tipo de verso en que com- ascender, volando, hasta los altos cielos. ¡Pobre infeliz! Su final
puse mis grandes epopeyas, ¿comprendes? Pero olvidemos eso. fue de lo más trágico. Los dioses y los héroes de la mitología
¿Dices que te interesa la mitología, las historias de los dioses y nunca vieron con buenos ojos a los intrusos que se acercaban a
de los grandes héroes? ¡Cuánto me place que así sea y con qué ellos irreverentemente o con ánimo altivo.
gusto el viejo y ciego Homero va a tomar de nuevo su lira y va Y a propósito: ¿con qué ánimo o intención te acercas tú, mu-
a ponerse a cantar otra vez, como en los mejores tiempos, las chacho? ¿Qué buscas o piensas encontrar en el conocimiento de
aventuras y desventuras de...! ¡Pero no, no será con la lira! Se los grandes mitos de la antigüedad, si puede saberse?
me antoja que la retórica y el estilo ampuloso no es precisa- —No lo sé muy bien, Homero. Puede que sea la curiosidad
mente lo que se usa en tu siglo, ¿me equivoco? ¡Pues mira, mu- mi primer impulso, pero quizá tú puedas, mejor que nadie, ha-
chacho, esto también me agrada sobremanera! He de confesarte cerme ver otras razones o motivos por los que merece la pena
que llegó a hartarme la seriedad y pomposidad con que siempre que un hombre de mi tiempo conozca la mitología y su signifi-
me vi obligado a narrar mis historias. ¡Pero contigo podré ex- cado.
playarme a gusto, lo sé! No les restaremos ni un ápice de im- —El significado de los mitos... ¡menudo lío muchacho! ¡Cla-
portancia ni de hermosa solemnidad a ninguno de los mitos de ro que me gustaría que pudieses calar en el significado de las
los que nos ocupemos, no faltaría más. Sería traicionarlos y historias de los dioses y héroes, sin quedarte tan sólo en lo anec-
traicionarme a mí mismo. Pero eso no quita que podamos tran- dótico, en el simple y más o menos divertido relato de sus haza-
quilamente desarrugar el ceño y echarle al tema unos granos de ñas, venturas y desventuras!
sal y pimienta, de humor y hasta de desenfado, a fin de que las Porque todas ellas, amigo mío, todas, encierran una enseñan-
historias y leyendas de la antigüedad clásica, como tú mismo la za, un símbolo, una alegoría, un oculto significado de cualquier
has llamado antes, resulten un poco más comprensibles y atrac- misterioso fenómeno de la naturaleza, de un comportamiento
tivas para una mentalidad y unos gustos como los tuyos. humano, una respuesta a cuestiones profundas sobre el origen
Además, te diré una cosa: las historias de los dioses y de los del hombre y de la vida, sobre el principio y el fin, sobre el des-
héroes se prestan al relato más encumbrado y sublime y a la par tino y sobre la libertad humana.
al más ameno y divertido. ¿Sabes por qué? Porque su comporta- No nacieron los mitos porque sí, ni yo canté las hazañas de
miento es a la vez excelso y vulgar, divino y humano, virtuoso los dioses tan sólo para divertir al auditorio que me escuchaba.
unas veces y cicatero o depravado otras. Yo pinté a Ulises, en Los mitos nacieron, tanto los griegos y romanos, como cual-
La Odisea, como un héroe aventurero y sagaz. A Aquiles, en quier otra mitología antigua o moderna —pues también en tu
La iliada, como un dechado de virtudes caballerosas. Y lo fue- tiempo hay mitos y héroes mitológicos, no vayas a pensar que
ron sin duda. Pero también el primero fue uno de los más gran- no—, todos los mitos nacieron, digo, para dar respuesta a las
des embrollones de todos los tiempos y el ligero y valeroso más íntimas y misteriosas preguntas del corazón del hombre.
Aquíles se portó como un ruin y un villano con el cadáver de su Además, difícilmente podrá entenderse la historia, la literatu-
enemigo Héctor. ra, el arte y la cultura antigua si se desconoce la mitología. In-
Los olímpicos, amigo mío, son tanto más dignos de admira- cluso gran parte de la llamada cultura occidental a la que tú y yo
ción y de sorpresa cuanto su comportamiento está más cerca del pertenecemos, tanto la antigua como la moderna, está inspirada
nuestro. en los mitos clásicos. En el arte es donde más claramente se de-
— ¿Los olímpicos, dices? muestra: cuadros, bajorrelieves, esculturas de todas las épocas,
—En efecto, los olímpicos, los habitantes del Olimpo... copian no sólo las formas bellas de las obras maestras clásicas,
—Es que en mi tiempo llamamos olímpico al deportista que sino que toman no pocas veces de la mitología los temas que
participa en las olimpiadas... representan.
—Hablando se entiende la gente, muchacho, y me agrada que Los grandes mitos han inspirado siempre a los más encum-
seas así de curioso., Sabrás que las olimpiadas nacieron en la brados escritores y artistas. Yo te los contaré con el estilo más
ciudad griega de Olimpia y atletas olímpicos eran, en efecto, los atractivo de que sea capaz y hasta con cierto y respetuoso hu-
que en ellas participaban. Pero cuando yo empleo este término mor, como antes te decía. Pero deberás ser tú quien ejercite lue-
me estoy refiriendo a los moradores del monte Olimpo o Cielo, go la imaginación y desentrañe cada mito para dar con el meo-
es decir, a las divinidades de la mitología. llo y encontrarle su sentido y hasta su posible lección o mora-
Oye, se me está ocurriendo una idea. ¿Qué te parece si, para leja, como decían los contadores de fábulas.
empezar con buen pie, nos atrevemos a escalar este excelso Pero volvamos a las laderas del Olimpo, donde nos quedamos
monte y sorprendemos a los dioses en su propio elemento? Co- a punto de iniciar la escalada. En la cumbre del monte viven los
noceremos así su fabuloso palacio de oro fabricado por Hefes- dioses, en un palacio de metales preciosos cuyos aposentos han
to, y te iré presentando a Zeus, a Atenea, a Apolo, a Afrodita; a sido trazados por la mano experta del dios orífice llamado He-
Eros, a Urano... ¿Te tienta mi proposición? ¿Sí? festo Vulcano.
Un palacio de asombro y maravilla. Ningún otro paraíso de
CAPITULO II cualquier mitología de antes o después puede compararse con el
UNA DIETA OLIMPICA: NECTAR Y AMBROSIA Olimpo. ¡Ninguno! El Olimpo es el reino de la belleza y de la
Con todo, antes de iniciar nuestra aventura he de advertirte armonía. Y sobre todo de la luz. El sol se enciende cada mañana
que no es cosa sencilla trepar hasta la cumbre del Olimpo. No, en su cumbre con la mirada fúlgida de los dioses inmortales y la
no lo es. Los dioses son muy celosos de su intimidad y hay que luna cándida baña cada noche sus laderas copiando la mirada de
pillarlos de buen talante para que admitan a un humano en sus ensueño de las diosas.
dominios sin irritarse. ¡Porque cuando se irritan...! Más adelante
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Las unas y los otros, diosas y dioses, pasan los días en medio llegar más allá de lo permitido a los mortales, lo que lo perdió.
de festejos y embelesados con músicas celestiales, mientras la Vuelvo a decirte que los dioses son muy celosos de sus privile-
joven copera Hebe, hija del gran Zeus, les sirve ambrosía como gios, pero muy celosos.
manjar y exquisito néctar como bebida. Icaro había sido encerrado en el laberinto de Creta juntamente
—Néctar y ambrosía, un menú como para chuparse los dedos. con su padre Dédalo, arquitecto del propio laberinto. Nadie ha-
—Sin duda alguna, muchacho. Un menú olímpico, el menú de bía logrado salir de allí y todos habían sido devorados por el te-
la inmortalidad. rrible minotauro. Pero Dédalo era un ingenioso inventor. Tomó
—Y una dieta muy estimulante para un atleta olímpico, digo cera de un panal que había en una hendidura del muro y, con
yo. Seguro que quien llegase a ingerir tan sólo unos gramos de ella, fabricó para él y para Icaro sendos pares de alas con las
néctar y ambrosia — ¡y siempre que no le practicasen el control que lograron huir volando de aquella cárcel. Dédalo se posó en
antidoping!— lograría ganar todas las pruebas. la cumbre de una montaña cercana, pero de pronto vio que su
—No lo dudes. Pero ningún mortal consiguió nunca arrebatar hijo seguía volando cielo arriba, agitando sus alas como un lo-
su manjar a los dioses —ya te dije que eran muy celosos de sus co.
cosas. Únicamente un semidiós, Tántalo, hijo del propio Zeus y — ¡Icaro —le gritó—, desciende, no seas insensato!
de la ninfa Pluto, se atrevió una vez a hacerlo, y el castigo divi- — ¡Quiero llegar hasta el Sol, padre, hasta el mismísimo Sol!
no fue fulminante y terrible. —respondió el joven, sin dejar de volar desenfrenadamente.
— ¿Por qué no me lo cuentas? Ya me dejaste antes colgada la Su padre volvió a gritarle que sus alas eran de cera, pero esta
historia de Icaro y mi curiosidad está a punto de estallar. advertencia, para su desgracia, ya no logró oírla Icaro. Fue la
—La historia de Tántalo es la historia de la frustración, amigó terrible realidad la que lo hizo ver su error y su atrevimiento: el
mío, de los deseos nunca satisfechos. propio Sol, poderoso y vengativo, derritió sus alas y el joven se
—Pues por lo que veo, poco más o menos igual que la de precipitó hacia el abismo, hecho un muñeco de trapo, para ir a
Icaro, ¿no? caer y ahogarse en el profundo mar, que desde entonces se lla-
—Sí y no. Te narraré brevemente las dos historias para que tú mó de Icaria en su honor.
mismo saques tus conclusiones. —Una triste pero al mismo tiempo bellísima historia, al me-
Tántalo era un privilegiado de los dioses, un mimado de los nos a mí me parece.
habitantes del Olimpo. Participaba en todas sus fiestas y hasta —Lo es, muchacho, lo es. Casi toda la mitología es trágica
se sentaba a su misma mesa. pero bellísima a la par. Las historias de los dioses y semidio-
—Es decir, que comía ambrosía y bebía néctar. ses...
—Exactamente, y estos manjares divinos fueron los que lo —Un momento, Homero, y perdona que te interrumpa. Aca-
perdieron. Sus amigos de la Tierra le dijeron un día: «Oye, ¿por bas de decir dioses y semidioses, e incluso antes has citado la
qué no nos traes néctar y ambrosía del Olimpo? ¡También a no- palabra héroe. Cuando me contaste la aventura de Tántalo, lo
sotros nos gustaría ser inmortales!» definiste precisamente como un semidiós, ¿no es eso? ¿Es que
Tántalo les hizo caso y robó los celestiales manjares para dár- allá arriba, en el Olimpo, además de dioses... de primera cate-
selos a los humanos. Los dioses, enfurecidos, se reunieron en goría, por decirlo de alguna forma, viven también otros dioses
consejo y el gran Zeus habló en nombre de todos: «¡Hay que de menos jerarquía, o sólo dioses a medias?
castigar severamente a Tántalo; no podemos permitir que los
hombres pretendan arrebatar los privilegios de los dioses! ¡Tal CAPITULO III
ambición y osadía es el mayor pecado que un mortal puede co- ZEUS Y SU GRAN Y ENREVESADA FAMILIA
meter! Por eso, el castigo de Tántalo será ejemplar, un verdade- —Eres avispado y curioso, muchacho, ya lo vengo notando.
ro escarmiento. ¡Sabrá lo que es desear algo y no poder alcan- Te gusta la claridad de ideas. Por eso, vamos a comenzar por
zarlo jamás!» el principio, precisamente para que no ocurra en tu cabeza lo
Y así fue. Sumergieron los dioses a Tántalo en las aguas fres- que ocurrió al comienzo del mundo, en que únicamente reinaba
cas de una cristalina fuente. El agua le llegaba hasta los hom- el caos, es decir, la confusión y el desorden.
bros, hasta el cuello, hasta la barbilla... Y cuando ya la sed le Del caos surgieron el Cielo y la Tierra, los hombres y todas
quemaba la garganta y parecía que el agua iba a llegarle a los la- las cosas del universo, y los dioses del Olimpo se encargaron de
bios, descendía bruscamente de nivel y Tántalo no lograba pro- velar por ellas.
bar una sola gota. Otras veces, colgaban delante del reo ramas Y el padre y señor de todos los dioses, el cabeza de familia
de exquisitos frutales. El hambre lo acuciaba y estiraba sus ma- del Olimpo, por así decirlo, era el gran Zeus o Júpiter Tonante.
nos ansiosas para atrapar una manzana, una breva con su gotita —Alto ahí, maestro, ¿o el uno o el otro?
de miel... Justo en ese momento, un golpe de aire elevaba las ra- — ¿Qué quieres decir?
mas y Tántalo apretaba sus puños vacíos con rabia. —Quiero decir que si el padre de los dioses era Zeus o era
Y, para colmo de males y suplicios, estas continuas frustra- Júpiter.
ciones le sucedían a nuestro reo, mientras una roca descomunal —Ay, perdóname, muchacho, tienes razón, tenía que haber
pendía sobre su cabeza amenazando desplomarse en cualquier comenzado por aclararte también esto: Zeus y Júpiter son un so-
momento y aplastarlo. lo dios. Sí, una única divinidad pero nombrada de dos formas
— ¡Seguro que no le quedarían más ganas de robar otra vez diferentes. Zeus es el nombre que le dábamos nosotros, los grie-
los manjares de los dioses! —Y que lo digas, muchacho. Como gos, y Júpiter es el que le otorgaron después los romanos.
tampoco a Icaro le hubieran restado ánimos, de haber sobrevivi- —Claro, entonces de ahí viene la expresión «¡Por Júpiter!»,
do, para emprender de nuevo la hazaña que le costó la vida. Y, similar a la que tú empleas invocando a Zeus.
también, en su caso fue la ambición desmedida o la osadía de
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—Justo. Pero vamos a dejar una cosa bien sentada desde el Creo haberte dicho que al principio de los tiempos sólo existía
comienzo: los nombres auténticos de los dioses son los nues- el caos. De él surgieron Urano, dios del Cielo, y Gea, diosa de
tros, los de la mitología griega. La mitología romana es una co- la Tierra, divinidades ambas las más primitivas de toda la mi-
pia servil de la nuestra, y en lo único que se molestaron los cé- tología.
sares, sacerdotes y senadores romanos fue en cambiar los nom- Gea y Urano forman, pues, la primera pareja divina y engen-
bres a los dioses para que el plagio no resultara tan palpable. dran a los titanes, extraños e indomables monstruos de cincuen-
¡En eso estriba toda su originalidad, ya ves tú! ta cabezas y cien manos cada uno. Urano, al verlos tan horri-
Pero ocurrió luego una cosa: como ellos fueron unos guerre- bles, monta en cólera y los encierra a todos en las entrañas del
ros empedernidos y conquistaron medio mundo, impusieron su Tártaro, o sea, en el infierno. Pero Gea es una madre y las ma-
religión y sus dioses —que, en realidad, eran los nuestros— a dres idolatran y protegen a sus hijos, sean feos o bellos. Así que
los vencidos, y de ahí que los nombres de las divinidades roma- se pone de parte de ellos e incluso incita al primogénito, Cronos
nas resulten más conocidos y familiares en la historia que los —denominado luego Saturno por los romanos—, a que destrone
nombres auténticos de las divinidades helénicas. a su padre y se deshaga de él como único medio de qué todos
¿Te acuerdas que al hablarte del palacio del Olimpo te conté sus hermanos puedan quedar libres.
que había sido labrado por Hefesto o Vulcano? Hefesto es el Cronos ocupa el trono divino de su padre y se casa con Rea.
nombre griego. Vulcano, el que los romanos le dieron al mismo Pero hete aquí que pronto empieza a sufrir negras pesadillas y
dios. Y lo cierto es que Vulcano se ha quedado para la posteri- presagios, vaticinándole que quizá sus hijos puedan hacer con él
dad; hasta el propio pintor Velásquez, cuando lo representa tra- lo mismo que él hizo con su padre, Urano. Ni corto ni perezoso
bajando el metal en su forja, titula el lienzo «La fragua de Vul- —está visto que en esta familia el amor paterno filial no era la
cano». virtud más cultivada— decide deshacerse, uno a uno, de cuan-
¡Gajes de la historia! Se apropian de nuestros dioses, les cam- tos vástagos vaya dándole su esposa Rea.
bian de nombre para que no se note el hurto, y luego son estos Y de nuevo es la madre la que pone orden en esta trágica his-
nombres los que perduran. Pero, tampoco vamos a hacer de esta toria. Profundamente desolada por la suerte de sus hijos, decide
nimiedad una cuestión de vida o muerte, ¿no te parece? Zeus o un día no entregarle ni un recién nacido más a Cronos-Saturno.
Júpiter, Júpiter o Zeus, el padre de los dioses siempre será el pa- Nace Zeus y Rea lo esconde en la isla de Creta, donde es ama-
dre de los dioses, y toda la familia olímpica lo reconocerá como mantado por una cabra y alimentada con la miel de las doradas
tal sin disputarle jamás la primacía. abejas de la joven y hermosa Ida. Pasa el tiempo. Zeus (Júpiter
Zeus está en el más alto trono del Olimpo, y a sus píes están para los romanos, no lo olvides) es ya un mancebo apuesto y a-
los tronos de los demás dioses. ¡Que son legión en la mitología guerrido que se siente predispuesto a ocupar el trono de su pa-
clásica, muchacho, legión! «No hay hombre en el mundo», dre Cronos o Saturno, tanto más cuanto que éste sigue atentan-
decía Hesíodo, otro poeta épico como yo, «que sea capaz de do contra la vida de sus propios hijos, es decir, los hermanos de
recordarlos todos». Zeus. Comienza por resucitar a todos aquéllos que su padre ha-
Había dioses para personificar todas las virtudes y todos los bía ido matando al nacer, y con ellos declara la guerra a Cronos
vicios, cada fenómeno de la Tierra y del Cielo, cada arte y cada y a todos los hermanos de éste, a los terribles y monstruosos ti-
profesión. Las grandes ciudades y las pequeñas aldeas tenían, tanes. Ayudan, también, a Zeus los cíclopes, que otorgan al jo-
también, su dios o diosa protectores. ven dios el trueno y el rayo, símbolos ya para siempre de su au-
Pero toda esta pléyade de divinidades estaba debidamente je- toridad y de su omnipotencia.
rarquizada en grupos o categorías: La batalla es formidable, mucho más que las que yo luego
Primero, los grandes dioses o dioses superiores, en número de contaría en mi iliada entre griegos y troyanos. ¡Versos labrados
veintidós, de los cuales doce formaban la corte olímpica o ce- en oro serían precisos para narrar aquella divina epopeya!
leste y tenían voz y voto en las deliberaciones. Finalmente vence Zeus, arroja a Cronos-Saturno y a los tita-
Los seguían los dioses inferiores, que eran los protectores es- nes a las profundidades del Tártaro, y se proclama rey y señor
pecíficos de los campos, de las familias, de las ciudades, así co- del Olimpo para siempre, repartiéndose el dominio del mundo
mo las divinidades domésticas y las alegóricas, entre otras mu- con sus hermanos Poseidón y Hades (Neptuno y Plutón para los
chas. romanos). Al primero le otorga el mar y al segundo el tenebroso
Finalmente, y ya sin derecho a morar en el Olimpo a no ser mundo subterráneo o también llamado infierno.
que el Consejo de los doce grandes lo permitiese, estaban los —Una extraordinaria historia. Pero muy violenta, maestro, no
semidioses o héroes, como lo fue el desdichado Tántalo. Se de- me digas tú que eso de que los dioses anden liquidándose los
nominaba así a aquellos hombres nacidos de la unión de un dios unos a los otros o monten guerras entre ellos como si fueran...
con una mujer mortal o bien de un mortal con una diosa. A lo —...como si fueran simples mortales quieres decir, ¿no es eso?
largo de esta historia irán saliendo nuevas aventuras de famosos Es que como tales se comportan no pocas veces, muchacho,
héroes mitológicos. ¡Que son tantos o más que la pléyade de los creo habértelo dicho ya antes. Y la razón es muy sencilla: a pe-
dioses, figúrate! sar de ser dioses, a pesar de dirigir e intervenir en la fortuna o
—Pero siempre Zeus o Júpiter rigiendo toda esta larga y com- infortunio de los hombres, nada pueden hacer contra su propio e
plicada familia, ¿no es eso? irrevocable destino. El mismo Zeus Olímpico, padre y señor de
—Exactamente. Y, sin embargo, fíjate qué detalle más curioso. todas las divinidades, se halla sometido a los hados caprichosos
No es él el primero de los dioses, cronológicamente hablando. que pueden zarandearlo a su antojo. Hados que fueron, sin du-
—Ah, ¿no? da, quienes empujaron a Cronos, como acabamos de ver, a rebe-
—No. Te contaré brevemente su origen y cómo consiguió im- larse contra su padre, Urano, a matar luego a sus propios hijos y
plantar su señorío único e incuestionable en la cima del Olimpo. a ser, finalmente, derrotado por uno de ellos: Zeus.
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Tan sólo el amor materno, como habrás podido comprobar, — ¿Cómo, cómo, cómo...? Querrás decir Venus, denominada
puede más y vence a los hados y al destino. Tanto Gea como Afrodita por los romanos.
Rea, abuela y madre de Zeus, imponen su voluntad en esta trá- —No, no, he dicho bien, muchacho. Afrodita fue el nombre
gica historia. El amor, en la mitología griega y romana, y yo di- griego, el auténtico nombre de la diosa. Pero es que en este caso
ría que en todas las mitologías y religiones del mundo, siempre el apelativo romano se ha impuesto de tal modo, se ha hecho,
es más poderoso que el ciego destino, que el mal y que la mis- además, tan famoso, que hasta yo mismo voy a emplear el nom-
ma muerte. Lo podrás comprobar en otras historias de dioses y bré de Venus en esta historia.
de héroes, amigo mío. Te decía, pues, que eran tres las diosas en litigio. ¡Y vaya dio-
Ahora, habíamos dejado al gran Zeus o Júpiter recién instala- sas! Tan altivas las tres, que ninguna aceptó, por principio, que
do en su trono del Olimpo, ¿no es así? Todos los dioses y todos cualquiera de las otras dos pudiese ser la más hermosa. Cada
los hombres, todos los estados y ciudades lo reconocieron de in- una arrogaba para sí el privilegio de llevarse la manzana de la
mediato como el ser supremo. El es quien mantiene el orden y discordia. Los propios dioses comenzaron a dividirse en bandos
la justicia en el mundo. A la puerta de su palacio del Olimpo, y a ponerse del lado de una u otra de las candidatas. ¡La más
según cuento yo en mi Ilíada, tiene dos jarrones de oro bruñido: hermosa es Hera! ¡Ni hablar, Atenea es mucho más bella! ¿Pero
uno contiene el bien y el otro el mal. Zeus distribuye a cada es que no tenéis ojos en la cara? ¡Nadie en el Olimpo gana en
hombre el contenido de ambos recipientes por partes más o me- hermosura a la divina Venus!
nos iguales. Aunque algunas veces hace uso únicamente de una — ¡Oye, por lo que me cuentas, aquello fue como un con-
de las ánforas, y entonces, ¡ay!, el destino de ese mortal es del curso de belleza de los que se celebran ahora! ¡La elección de
todo venturoso o completamente trágico. Miss Olimpo!
CAPITULO IV —Algo parecido. Y fue tal el desconcierto a la hora de la
HERA, VENUS, PARIS Y LA MANZANA elección, que Zeus se vio obligado a poner orden y a nombrar
un juez que dirimiese el asunto. Un juez o árbitro que no tuviese
—Tan trágico como el destino de Icaro, ¿no? Seguro que para nada que ver con el Olimpo ni con la familia divina, ya que así
él Zeus sólo hizo uso del jarrón de los males. no habría intereses o preferencias de ningún orden que determi-
—Puede que sí. Como, sin duda, ocurrió también con el pobre nasen la elección.
Paris, uno de los héroes de la guerra de Troya. Pero en su caso Y Zeus pensó en París, un joven, valeroso y apuesto príncipe
fue más bien la diosa Hera quien marcó su trágico destino. troyano. ¡Menudo susto se llevó cuando Hermes, el heraldo del
— ¿La diosa Hera? Olimpo, le comunicó la decisión del padre de los dioses!
—Eso he dicho, la diosa Hera, llamada luego Juno a los ro- Pero cuando de veras empezó a temblar de los pies a la cabe-
manos. Hera fue una de las esposas de Zeus, la más importante za fue cuando se presentó ante él la primera candidata. Hera
de todas ellas, la que el propio dios coronó, junto a él, como apareció en su máximo esplendor y le prometió a París que lo
reina y señora del Olimpo. haría reinar sobre toda Asia, Llegó luego Atenea, diosa de la
Zeus y Hera —Júpiter y Juno en versión romana— son las sabiduría y de la fuerza, y prometió a Paris dotarlo de ambos ca-
dos grandes divinidades de la mitología. rismas, además de no ser derrotado jamás por sus enemigos, si
Las bodas de ambos fueron esplendorosas, propias de dioses, era a ella a quien le otorgaba la manzana.
como podrás suponer. Tuvieron lugar en el paradisíaco jardín de ¡Paris estaba hecho un mar de dudas! Hasta ahora la elección
las Hespérides, donde fructifican las manzanas de oro y donde no podía ser más complicada: las dos aspirantes eran hermosas
las fuentes manan ambrosía de inmortalidad. Las siete hespéri- y las dos le ofrecían regalos a cual más tentador.
des o ninfas del ocaso prepararon el escenario para una boda de Pero faltaba Venus (Afrodita). Reflexionaba Paris mirando al
ensueño. Ellas mismas danzaron día y noche en torno a las má- mar, cuando de pronto, surgiendo de una ola, brillante de espu-
gicas fuentes, y al final de la danza, una a una, fueron entregan- mas, apareció la diosa del amor y de la belleza.
do sendas manzanas de oro a la recién desposada Hera. El joven se quedó absorto, embelesado. Diosa de la belleza la
—Una boda de película, vaya. ¿Pero qué tiene que ver París llamaban y a fe que respondía con creces a tal nombre. Jamás
en todo esto? Paris había visto tanta hermosura ni tanta armonía en un cuerpo
—No, París aparece en escena mucho más tarde, cuando ya de mujer. Venus se acercó al príncipe y le solicitó para ella la
Hera reinaba con Zeus en el palacio del Olimpo. manzana.
Resulta que un día, el padre de los dioses organizó un sober- — ¿Y qué me darás a cambio? —Contestó Paris—. Las otras
bio banquete con motivo de las bodas entre Tetis y Peleo e invi- diosas me han prometido...
tó a casi todos sus compañeros olímpicos, pero excluyó a Eride, —Sé que amas la belleza por encima de todo, Oh gentil prín-
diosa de la discordia y madre de Lete (el olvido), Limos (el cipe de Troya —lo atajó Venus—. Por ello yo no te prometo ni
hambre), Algos (el dolor) y Ponos (la pena). poder ni riquezas; si me eliges a mí, te otorgaré el amor de la
La siniestra diosa, como venganza, se presentó inesperada- mujer más bella entre las mortales: Helena de Esparta.
mente a los postres y lanzó sobre la mesa una lustrosa manzana París no dudó ya ni un momento. Se presentó ante el padre de
con un rotulito que decía: «Otórguese a la más hermosa de las los dioses, se inclinó profundamente ante él y se expresó así:
diosas aquí presentes». —Ya tengo la decisión tomada, Oh gran Zeus.
¿Y sabes quiénes eran las tres diosas presentes? Pues ni más —Que comparezcan, entonces, ante mi presencia las tres dio-
ni menos que Hera, reina del Olimpo y esposa de Zeus; Atenea sas candidatas.
(llamada después Minerva por ya sabes quiénes), diosa del po- Así lo hicieron y nuevamente Paris, al verlas reunidas, sintió
der y de la sabiduría, y Venus (denominada Afrodita por los un sudor frío que le corría por la espalda. Pero la decisión era
griegos), diosa de la belleza y del amor. bien firme. Tomó la manzana, irguió el pecho y caminó con pa-
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so decidido. Todos los dioses olímpicos contuvieron el aliento. quien las había menospreciado en el concurso de la manzana, es
El joven príncipe se acercó al trío de diosas, se detuvo un ins- decir, a favor de Agamenón y los griegos.
tante frente a ellas y con un gesto enérgico pero al mismo tiem- —Y ya todo dispuesto, empieza la guerra que tú cuentas en
po lleno de galantería, entregó el fruto a Venus. ¡Ella era la ele- La Ilíada, ¿no es eso?
gida, ella era la más bella de las divinidades del Olimpo! —Así es. Aunque he de aclararte una cosa: yo en mi Ilíada no
—Vuelvo a opinar —con todos mis respetos a la mitología— narro toda la guerra de Troya, sino solamente un episodio ocu-
que parece un concurso de belleza de esos que abundan en las rrido en el décimo y último año.
llamadas «revistas del corazón». — ¿Diez años duraron los combates? —Ni uno más ni uno
—Lo que ocurre es que en este caso el final no fue color de menos; los ejércitos de Agamenón cercaron y sitiaron la ciudad
rosa. de Troya, exigiendo la devolución de Helena, y el asedio duró
—Ah, ¿no? 10 años. Pero, como te decía, yo en mi poema épico sólo cuento
—Trágico como pocos en la historia del mundo. La decisión un episodio acaecido poco antes del asalto final de la ciudad.
del joven Paris, aparentemente inocente, trajo como consecuen- Una reyerta entre Agamenón, jefe máximo, como sabes, de las
cia una de las guerras más encarnizadas de la antigüedad. tropas griegas, y Aquiles, uno de sus principales caudillos.
— ¿Una guerra por una manzana? — ¿Una pelea entre los propios griegos?
—Justamente, muchacho. Al entregársela a la diosa Venus, —Bueno, más bien una disputa. Algunos comentaristas de mi
Paris estaba desencadenando la famosa guerra de Troya, la can- epopeya han dicho que el tema fundamental de La Ilíada es la
tada por mí en los versos de La Ilíada, la guerra entre griegos y cólera de Aquiles, y en cierto modo tienen razón. En el poema
troyanos a causa de la belleza de Helena de Esparta. se cuentan multitud de acontecimientos, pero todos en torno a la
cólera de Aquiles, el héroe de los alados pies.
CAPITULO V
— ¿Pero por qué se enfadó Aquiles, si puede saberse?
EL TALON DE AQUILES Y LA GUERRA DE TROYA
—Porque Agamenón, en un capricho de mandamás, le había
—Por una manzana y por una mujer... Me parece que no es la quitado a su esclava Criseida. Entonces el héroe monta en cóle-
primera vez que acontecen grandes males en la historia del ra y se niega a seguir peleando. Una terrible decisión para las
mundo por causas semejantes. tropas griegas. Tan terrible, que la victoria empieza a ponerse
—Veo que no se te escapa nada, muchacho. Ya te dije al co- del lado de los troyanos y algunos capitanes del ejército invasor
mienzo que tú mismo debes sacar tus propias conclusiones de piensan ya en reembarcar sus tropas y levantar el cerco.
cuanto vayas oyendo. — ¿Tanto era el valor de Aquiles?
—Pero dime una cosa, Homero: ¿es que también la manzana —Aquiles, muchacho, es uno de los más grandes héroes de la
de la diosa Discordia era maldita, como la del paraíso terrenal? mitología. Hijo del rey Peleo y de la diosa Tetis, ésta usó todos
—No. Fue la elección de Paris, al entregar la fruta a Venus, la sus poderes divinos para hacer que su hijo perdiese su parte
que desencadenó el conflicto, la guerra. Verás cómo ocurrió. La humana y se convirtiese en inmortal como ella. Para conseguir-
diosa había prometido al príncipe troyano entregarle a Helena lo lo untaba con ambrosía durante el día y lo purificaba con fue-
de Esparta como premio, ¿recuerdas? go por la noche. Pero el padre, considerando que con tal proce-
Pero Helena estaba casada con el rey Menelao y Venus tuvo der podía abrasar a Aquiles, lo arrebató de las manos de Tetis
que urdir una estratagema para raptar a la bella reina. Aprove- cuando aún no estaba consumado el experimento, y el niño que-
chando una ausencia del esposo, Venus prestó a París la figura y dó con los huesos del pie derecho quemado e inutilizado. Fue
el porte de Menelao y lo plantó en palacio como si fuese el pro- entonces cuando el centauro Quirón, experto en medicina y a
pio rey, que regresaba de viaje para llevarla consigo. Y se la lle- quien se había encomendado la educación guerrera de Aquiles,
vó, en efecto, pero a Troya. lo curó injertándole los huesos del pie del gigante Damiso, ve-
Pronto los griegos enviaron embajadores reclamando a la rap- loz, en vida, como el propio viento huracanado. Nuestro héroe
tada, pero todos fracasaron en su empeño. Los reyes troyanos heredó esta misma ligereza de movimientos y de ahí que yo en
Príamo y Hécuba, padres de Paris, que habían quedado también La Ilíada lo nombre siempre como «el de los pies ligeros» o «el
prendados de la belleza de Helena, se negaron a devolver a la de los alados pies».
que ya consideraban como auténtica esposa de su hijo. —Pues volvamos a La Ilíada, si te parece. Me contabas que sin
Fue entonces cuando estalló la guerra. Agotados todos los re- Aquiles las tropas griegas habían comenzado a perder terreno...
cursos diplomáticos, Menelao acude a pedir ayuda a su hermano —Así es. Ten en cuenta que Aquiles, además de veloz como el
Agamenón, rey de reyes entre los griegos, y éste convoca a los rayo, era un intrépido capitán y un aguerrido luchador. Su fuer-
príncipes y ejércitos de los distintos reinos, que se concentran za era proverbial. Y se atribuía también a la educación y adies-
en Aulita dispuestos a atacar a Troya. tramiento del centauro Quirón, quien lo había acostumbrado a
También los troyanos se aprestan al combate, capitaneados comer solamente carne de animales salvajes.
por Héctor, primogénito del rey Príamo y hermano mayor de Por eso su ausencia del campo de batalla era decisiva. Y por
Paris. eso también el resto de los capitanes griegos le suplican que
Los dos bandos, pues, están ya formados y en pie de guerra. vuelva a la lucha si no quiere que la guerra se pierda. Patroclo,
Qué digo los dos, ¡los tres! su más íntimo amigo, le pide que, al menos, lo deje usar a él sus
— ¿Cómo que los tres? —Eso he dicho, los tres: el bando de armas para pelear contra los troyanos. Accede el héroe y Patro-
los griegos, el de los troyanos y el de los dioses, que se dividen clo se presenta en el campo de batalla disfrazado de Aquíles de
a favor de los unos o de los otros. La diosa Venus o Afrodita pies a cabeza. La noticia corre entre los troyanos y con la noti-
encabeza a los que van a favor de su protegido Paris y de los cia el pánico: « ¡Aquiles ha vuelto, Aquiles, el de los pies lige-
troyanos; y Hera y Atenea se ponen del lado de los enemigos de ros, empuña de nuevo su pica veloz y su espada poderosa!»
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Los ejércitos griegos avanzan de nuevo invencibles. Pero hete a retomar la historia casi desde el principio para que la entien-
aquí que otra vez intervienen los dioses: Apolo —el más grande das mejor.
después de Zeus —está de parte de Troya y revela a Héctor la ¿Recuerdas a Tetis, la diosa madre de nuestro héroe? ¿Y re-
identidad del camuflado Patroclo, ayudándole, incluso, a derro- cuerdas sus experimentos para hacerlo inmortal? Pues aún so-
tarlo y darle muerte. metió a su hijo a otro que no te he contado. Las aguas del río
Cuando Aquiles recibe la noticia de que su amigo ha muerto a Estigia transmitían el don de la invulnerabilidad a quienes en
manos del caudillo troyano, su corazón se llena de amargura y ellas se bañaban, y allí sumergió la diosa al pequeño Aquiles.
lanza un grito de dolor tan terrible que los ejércitos enemigos Pero para ello agarró y sostuvo al niño por el talón derecho, de
comienzan a temblar. «En los hombres se turbó el ánimo», can- modo que fue esta minúscula parte de su cuerpo la única que no
tan mis versos en la llíada, «y hasta los potros de crines esplén- tocaron las aguas y por ende la única vulnerable. Y mira por
didas se encabritaron sobresaltados. Tres veces gritó el divino dónde había de ir a clavarse la flecha que le quitó la vida junto a
Aquiles y doce de los más bravos guerreros de Troya murieron las murallas de Troya.
bajo los carros y heridos por sus propias lanzas». Bien es verdad que los hados ya habían vaticinado la tempra-
Ahora sí que Aquiles vuelve al campo de batalla. Se lo ha pe- na muerte de nuestro héroe. Y fue por eso por lo que su madre
dido su jefe Agamenón, devolviéndole antes a su esclava Crisei- Tetis, cuando Agamenón comenzó a organizar la expedición
da, pero a él lo empuja, sobre todo, el deseo de vengar a su ami- griega para atacar a Troya, escondió a su hijo en la corte de Li-
go Patroclo. comedes, rey de Esciros, disfrazándolo de muchacha para que
El dios Hefesto le forja nuevas y más poderosas armas y la conviviera con las hijas del monarca. La guerra comienza y los
diosa Atenea —que está a favor de los griegos, recuérdalo— ejércitos griegos van de derrota en derrota. Un oráculo les re-
pone en su frente un fulgor que deslumbra y atemoriza a los vela que mientras Aquiles no participe seguirán perdiendo, y es
enemigos. Aquiles se lanza con un ímpetu arrollador al comba- entonces cuando Ulises —el protagonista de La Odisea, mi otro
te. gran poema— se encamina a Escritos para convencer a Aquiles
Y entre las apretadas filas de los troyanos, busca ansiosa- de que se incorpore a la lucha. Entra en palacio vestido de mer-
mente a Héctor, culpable de la muerte de su amigo. cader y enseña a todas las doncellas preciosas joyas entre las
Se encuentran frente a frente. Los dos ejércitos detienen la que mezcla disimuladamente algunas armas. Todas se lanzan
guerra para contemplar la singular pelea. Hasta los dioses del sobre los collares y brazaletes y sólo Aquiles se inclina por los
Olimpo contienen el aliento. Jamás dos contrincantes libraron puñales y dardos... Al astuto Ulises le ha salido bien la artima-
duelo tan encarnizado como el del troyano Héctor, de brillante ña. «Aquiles», le dice, «los griegos te necesitan. En nombre de
casco, y el griego Aquiles, de alados pies. Agamenón y todos sus ejércitos te suplico que intervengas en la
Uno y otro pelean con furia irrefrenable. A la espada podero- guerra». La diosa Tetis intenta aún retener a su hijo: «Si vas a
sa de Héctor responde la lanza veloz de Aquiles. Y es ésta, al fi- Troya», le dice con lágrimas en los ojos, «tu fama será grande
nal, la que va a clavarse mortalmente en la garganta del joven pero breve tu vida. Si te quedas, por el contrario, vivirás largos
capitán troyano, que cae en tierra entre el alarido de victoria y y gozosos años».
los ayes lastimeros de uno y otro ejército. «¡Pero sin gloria!», respondió resueltamente Aquiles. Nuestro
Pero Aquiles no está aún satisfecho. Ata el cadáver de Héctor héroe no lo duda: escoge la vida corta pero gloriosa y parte para
a un tiro de caballos y lo hace arrastrar en torno a las murallas Troya.
de la ciudad de Troya durante doce largos días. Un escarnio im- —Y allí muere, de un flechazo en el talón.
propio de un héroe mitológico, creo habértelo comentado casi al —Exacto. Muchos héroes y valerosos soldados perecieron en
comienzo de nuestra charla. La sed de venganza por la muerte aquella famosa y triste guerra.
de su amigo Patroclo ciega a Aquiles y lo empuja a cebarse en — ¿Triste dices, maestro?
el enemigo vencido. — ¿Acaso no lo son todas la guerras? En el canto XVIII de la
Sólo las súplicas de un padre logran ablandar su corazón. propia Ilíada lo proclamo yo con estos versos:
Príamo, padre de Héctor y de París, implora con lágrimas a «¡Ojalá la discordia perezca entre dioses y hombres y con ella
Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo y el héroe griego la ira que al hombre cuerdo enloquece...!»
accede al fin. —La diosa Discordia que provocó la guerra con la manzana y
Y con los solemnes funerales de uno y otro ejército en honor la ira de Aquiles que causó tantas desdichas, ¿no es así, maes-
de sus dos grandes guerreros muertos, Héctor y Patroclo, cierro tro?
yo el canto de mi llíada. —Así es, en efecto, muchacho, así es.
— ¿Y no cuentas el final de Aquiles? —Oye, pero dime una cosa: ¿quién fue el que abatió al va-
—No, no lo cuento. Pero lo narraron otros poetas posteriores leroso Aquiles, clavándole un flechazo en su famoso talón?
a mí y yo voy ahora a contártelo para que conozcas en su tota- — ¿No te lo he dicho? Fue Paris, el raptor de Helena, en ven-
lidad la vida y andanzas del más afamado de los héroes de la ganza por la muerte de su hermano Héctor. Aunque según otros,
mitología, como antes te dije. quien disparó la flecha mortal contra el héroe de los alados pies
Aquiles murió del mismo modo como él había matado a Héc- fue el dios Apolo, protector de los ejércitos troyanos.
tor: de un flechazo. Pero no en la garganta, sino en un talón.
— ¿En un talón? ¿Bromeas, maestro? CAPITULO VI
— No, no bromeo, muchacho. Murió de un flechazo en el ta- APOLO, LA SERPIENTE PITON, EL MONTE PARNASO
lón derecho en un nuevo combate ante las murallas de Troya y —O Sea, que Apolo tuvo parte en la muerte de Patroclo y en
antes de que ésta fuera asaltada definitivamente. Pero volvamos la de Aquiles. No cabe duda de que los troyanos tenían un buen
aliado.
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—Pero de poco les sirvió. A los diez años de acoso, Troya fue —Sin que Venus ni Apolo, protectores de los troyanos, hi-
asaltada y saqueada por los griegos. Y hasta podría decirse que cieran nada por impedirlo.
fue el propio Apolo el responsable del desastre. —En efecto.
— ¿De la destrucción de Troya? —Pero aclárame una cosa, maestro. En un punto de tu relato
—Indirectamente si. Resulta que el dios Se había enamorado has dicho que Apolo fue uno de los constructores de la muralla
de Casandra, hija del rey Príamo y hermana de Héctor y Paris. de troya durante el tiempo que estuvo desterrado, del Olimpo.
Y como regalo de amor le había concedido el don de la profe- ¿Un dios desterrado, como si fuese un indeseable?
cía, de adivinar el porvenir. Pero Casandra fue infiel a Apolo y —Ya ves tú. Y aún resulta más extraño si tienes en cuenta
éste, como castigo, la maldijo con estas palabras: «Seguirás adi- que era hijo del propio Zeus y yo diría que la más importante de
vinando lo que ha de ocurrir en el futuro, pero nadie creerá en las divinidades de la mitología después de él. Desde su naci-
tus profecías». Y así fue. Casandra vaticinó el desastre de su miento fue un mimado de su poderoso padre. Apenas su madre,
ciudad y todos sus convecinos lo tomaron en broma descuidan- Leto, lo dio a luz, en la luminosa isla de Delos, Zeus lo colmó
do, incluso, la defensa de la muralla. Y la muralla de Troya, que de dones y privilegios. Le regaló un casco o mitra de oro, un ca-
había sido construida por el propio Apolo cuando fue desterrado rro tirado por cisnes y una lira. Pero, sobre todo, lo hizo el más
del Olimpo, fue asaltada de la forma más grotesca. bello y apuesto de la gran familia de los dioses. De rostro her-
—Con el famoso caballo de madera, ¿no? moso y noble, porte majestuoso, espesa cabellera negra, voz
—Veo que la mitología no te resulta tan desconocida, mucha- profunda y mirada altiva, Apolo es considerado como el prototi-
cho. En efecto, con el famoso y descomunal caballo de madera. po ideal de la belleza varonil. Hasta su propia hermana gemela
Yo narro la historia en el canto VIII de mi Odisea. Los griegos, Artemis —la Diana Cazadora de los romanos— quedó eclipsa-
impulsados por el astuto Ulises, construyen un caballo de made- da por la majestad y atractivo del dios.
ra tan alto como las propias murallas y capaz de albergar en su —Dices que Artemis es la Diana de los romanos, ¿y cómo
vientre a un batallón armado. Hacen luego correr el rumor entre bautizaron éstos a Apolo?
los troyanos de que levantan el sitio de la ciudad dando por ter- —Pues mira qué curioso: fue tal la importancia de este dios
minada la guerra, y que precisamente el caballo es una ofrenda mitológico en todas las épocas, que es el único caso en que no
a la diosa Atenea para que los proteja durante el retorno a su tie- cambió de nombre. Apolo se llamó entre los griegos y Apolo si-
rra. Los troyanos dudan en principio. Los jóvenes, gozosos por- guieron llamándolo los romanos.
que la contienda ha terminado y con ganas de divertirse, quieren Pero prosigamos con su historia. Es también una de las más
meter el enorme «juguete» en la ciudad, pero el sacerdote Lao- bellas de la mitología, tan bella como el propio dios.
coonte recela y pide que sea arrojado al mar o quemado en la Te he dicho ya que nació en la isla de Delos, cuyo suelo se
playa. cubrió de oro para realzar el acontecimiento. Y en el carro tira-
¿Le harán caso? Ahí está de nuevo Ulises para que tal no ocu- do por cisnes que le regaló su padre, Zeus, se trasladó, ya ado-
rra. Vuelve a aguzar su ingenio y desde las naves griegas, que lescente, primero al país de los misteriosos hiperbóreos, donde
han simulado marcharse pero que, en realidad, están escondidas nunca es de noche, y luego a la ciudad de Delfos, que se con-
tras un islote cercano, envía a la ciudad al soldado Sinón, disfra- vertiría ya para siempre en la ciudad de Apolo.
zado de peregrino, que asegura a los troyanos haber visto alejar- Aquí comienzan sus aventuras. Hefesto —o Vulcano—le ha-
se por alta mar la escuadra griega. «¿Y sabéis por qué han cons- bía regalado un haz de flechas y el joven dios las estrenó dando
truido ese caballo tan gigantesco?», revela luego al rey Príamo muerte a la serpiente Pitón, un monstruo que habitaba en una
en plan confidencial. «Para que no podáis introducirlo en la ciu- cueva de la montaña y que asolaba toda la región destruyendo
dad. Porque si conseguís meterlo, los griegos ya no volverán a cosechas y devorando animales y gentes para saciar su hambre.
atacar más a Troya y, por el contrario, vosotros podréis conquis- Los habitantes de Delfos proclamaron a Apolo como su liber-
tar sus ciudades». tador y erigieron en la gruta de la serpiente un templo en honor
—¡Qué artimaña más bien tramada, este Ulises era un astuto! suyo, estableciendo el dios en su recinto un oráculo, el que ya
—Ya lo creo, muchacho; el plan dio pleno resultado. para siempre sería el famoso oráculo de Delfos.
Los troyanos se tragaron el anzuelo y se apresuraron a meter Atendíalo la pitonisa Pitia, que respondía en nombre de Apolo
el caballo en la ciudad. «¡Pero si no cabe por las puertas», dijo á cuantos acudían de toda la Tierra a consultar el porvenir o la
Laocoonte, tratando aún de disuadir a sus conciudadanos. voluntad de los dioses.
«¡Pues se tumba un trozo de muralla!», respondieron los más —¿Pero por qué la llamaban pitonisa?
decididos. —Pues precisamente porque Apolo había forrado con la piel
Y así se hizo. Se abrió una gran brecha en el muro, metieron de la serpiente Pitón el trono de oro donde ella se sentaba para
el caballo y organizaron en torno a él fiestas, bailes y borrache- pronunciar sus oráculos.
ras. Y mientras Pitia, con voz semejante al trueno, respondía a las
Mientras tanto, la flota griega, al amparo de la noche, se acer- preguntas de los mortales, el bello dios Apolo se entregaba a su
ca de nuevo ala ciudad. Los troyanos, vencidos por la fatiga y el pasión favorita: la música, el canto y la poesía. ¿Y dónde ejer-
vino, han caído en un profundo sopor, circunstancia que apro- citar mejor estas aficiones que en, el monte Parnaso, morada de
vecha Sinón para liberar a los trescientos soldados que viajan en las nueve musas? Allí ascendía cada tarde con la lira que le re-
el vientre del caballo. Ocupan los puestos estratégicos y a una galara su excelso padre, y en compañía de las nueve hermanas,
señal de trompeta el grueso del ejército griego irrumpe en la hijas también de Zeus, pasaba largas veladas cultivando todas
ciudad por la brecha abierta en la muralla y Troya es arrasada, las artes imaginables, de las que cada una de las jóvenes diosas
saqueada y destruida para siempre. era y es la protectora.
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Inspira la musa Calíope a los poetas épicos y ellos componen Asclepio, llamado luego Esculapio por los romanos, quedaría
los sonoros versos de las epopeyas. ya para siempre como dios y protector de la medicina, pero su
—Ella es, entonces, tu musa, ¿no es así, Homero? padre Apolo fue castigado por su venganza y enviado a la Tierra
—Cierto. Fue Calíope, al son de la heráldica trompeta que lle- a trabajar como esclavo de los hombres. Primero participó en la
va en sus manos, quien me dictó los cantos de La Ilíada y La construcción de la muralla de Troya, como antes te dije, y luego
Odisea. pasó a cuidar los rebaños de bueyes y vacas del rey de Tesalia.
Clío es la musa de la historia. Ella mantiene frescos, en la — ¿Un dios pastor de vacas?
mente de quienes los escriben, los hechos heroicos de los hom- —Un dios pastor, en efecto. Pero fíjate que hasta en este hu-
bres y los pueblos. milde oficio sigue Apolo deslumbrando por su hermosura y su
Melpómene, con su aire triste y severa mirada, inspira la tra- ingenio de músico y poeta. Precisamente por su experiencia
gedia. Los grandes escritores trágicos griegos, Eurípides, Sófo- pastoril sería también nombrado dios protector de los campos y
cles y Esquilo, compusieron sus obras a su dictado. de los animales. Y te diré más: en sus correrías campestres pro-
Talía, por el contrario, musa de la comedia, inspiró las gra- tagonizó Apolo algunas de las más bellas leyendas de la mito-
ciosas obras de teatro de Aristófanes, uno de nuestros come- logía clásica.
diantes más divertidos y burlones. CAPITULO VII
Urania es la musa protectora de la astronomía y de las cien- LIRAS CONTRA FLAUTAS
cias exactas.
Los poetas líricos, aquéllos que cantan al amor, lo hacen ins- ¡Qué hermosas son las verdes praderas y umbrosos bosques
pirados por Erato, musa coronada de mirto y rosas, que recita mitológicos, muchacho, amigo mío!
sus versos al son de una lira semejante a la de Apolo. Por ellos corrió Apolo durante su placentero destierro entre
Todos los moradores del Parnaso hacen coro, extasiados, los hombres, recitando melodiosos versos y haciendo sonar su
cuando ambos actúan juntos. ¡Qué espectáculo, muchacho, qué lira. Las nueve musas, que bajaban del Parnaso a consolar al
maravilla! dios en su destierro, entonaban cánticos excelsos, y las ninfas de
La musa y el dios tañen al unísono sus instrumentos y a su los bosques y las fuentes danzaban en corro coronadas de jacin-
compás baila la alegre Terpsícore, musa de la danza; interpreta tos.
sus melodiosas canciones Polimnia, protectora del canto y la Y a lo lejos, sonaba la flauta de Pan.
oratoria, y realza tan extraordinario concierto Euterpe, musa de La lira y la flauta son los dos instrumentos mitológicos por
la música, haciendo sonar su flauta melodiosa. ¡Y asómbrate de excelencia. De su música están llenas todas las leyendas y fá-
que hasta el mismísimo Eolo, dios de los vientos y furiosos hu- bulas de la mitología.
racanes, reprime aun la más leve brisa para escuchar y contem- La lira de siete cuerdas, regalo de su padre Zeus, era la pre-
plar tanta belleza y armonía! ferida del dios Apolo. Su música era dulce como ninguna. Un
—Por lo que cuentas, el monte Parnaso poco tenía que en- día la escuchó Orfeo, hijo de la musa Calíope, y se prendó de su
vidiar al Olimpo. armonía. Apolo le enseñó a manejarla y hasta le regaló una. Or-
—No te falta razón. Y más, si sabes que alfombraban su cum- feo, entusiasmado, añadió al instrumento dos cuerdas más, en
bre todas las flores imaginables, que de sus fuentes, Hipocrene honor de las nueve musas del Parnaso, y consiguió superar en
y Castalia, fluye el agua pura de la inspiración de los poetas y destreza interpretativa a su propio maestro. ¡La música de Orfeo
que el propio caballo alado, Pegaso, pasta y retoza en sus verdes jamás ha sido ni será superada! Las fieras salvajes se tornaban
praderas. El Olimpo y el Parnaso son los dos grandes paraísos mansas cuando la escuchaban y hasta los ríos detenían su co-
de la mitología. Pero de uno y de otro desterró Zeus un día a su rriente y los vientos su carrera para extasiarse con la lira de Or-
hijo predilecto, enviándolo a la Tierra y sometiéndolo a las feo.
mismas penalidades que a los hombres. Los mismísimos monstruos del infierno o Tártaro quedaron
—¿Pero por qué? hechizados con su son cuando allí descendió nuestro divino mú-
—Pues verás. Resulta que Apolo tuvo un hijo, llamado Ascle- sico en busca de su esposa Eurídice, muerta por la picadura de
pio, y confió su educación al sabio centauro Quirón. una serpiente. Tañendo la lira apaciguó Orfeo a Cancerbero, que
— ¿Al mismo que curó y educó a Aquiles? —Justamente. custodiaba la puerta del abismo; tañendo la lira calmó a las fu-
Quirón enseñó a Asclepio el arte de la medicina y fue tal su rias que querían devorarlo; tañendo la lira convenció al dios Ha-
aprovechamiento que pronto superó al maestro, curando toda des para que le devolviese a su esposa, si bien hubo de aceptar
clase de enfermedades y llegando, incluso, a resucitar a los una pequeña condición: la de no mirarla a la cara hasta llegar al
muertos. reino de los vivos. ¡Pero eran tantas las ansias de contemplar
Esto alarmó al dios Hades, que corrió a quejarse a Zeus: otra vez la belleza de su amada, que Orfeo le levantó el velo que
— ¡Me confiaste el reino subterráneo de los muertos y resulta le cubría el rostro y Eurídice se convirtió en humo, esfumán-
que Asclepio, hijo de Apolo, devuelve a la vida a cuantos de- dose en el aire para siempre! Y la lira del lírico músico quedó
berían atravesar mis fronteras! ¡Me estoy quedando sin clientes! muda también para siempre jamás.
El gran Zeus, que opinaba por su parte que solo los dioses son Pero siguió sonando la del dios Apolo, maravillando a cuan-
dueños de la vida y la muerte de los hombres, se irritó y lanzó tos la escuchaban, y hasta haciéndolos llorar de emoción. Como
su rayo mortal contra Asclepio. Enfurecido Apolo por la muerte ocurrió en el desafío musical que sostuvo con el sátiro Marsias,
de su hijo, se encaminó al país de los cíclopes, que eran quienes inventor de la flauta de doble tuvo. Tan orgulloso estaba de su
forjaban los rayos del gran Zeus, y trabó con ellos descomunal instrumento y de lo bien que lo tocaba que un día retó a Apolo,
batalla, matándolos a todos, uno a uno. poniendo como jueces a todos los habitantes de la ciudad de Ni-
sa. El propio Marsias fue el primero en comenzar la competen-
cia musical; su flauta sonaba melodiosa, alegre, imitando el tri-
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nar de los pájaros, el murmullo de las olas, el rumor de las fuen- Resulta que Apolo, arrogante siempre, se había reído un día
tes, la furia del huracán y el tenue silbido de la brisa. de Eros o Cupido, dios del amor, haciéndolo quedar mal ante la
El público aplaudió con enorme entusiasmo, pero Apolo no se gente por no saber manejar el arco con el que lanzaba sus fle-
arredró: templó su lira, cerró los ojos, invocó a todas las musas chas amorosas. Y Cupido, para demostrarle todo lo contrario,
del Parnaso, amigas suyas, y comenzó a tañer su dorado instru- afinó su puntería y clavó un dardo en el corazón del propio
mento mientras entonaba una canción nostálgica, con historias Apolo y otro en el de la bellísima ninfa Dafne. Sólo que el pri-
de amor y desengaños. mero era de amor apasionado y el segundo de odió y desdén.
A los habitantes de Nisa se les sobrecogió el corazón. Rom- ¡Y otra vez la tragedia del amor no correspondido! Mientras
pieron en dulces lágrimas y dieron el premio del certamen al el dios se lanza como un loco en busca de la ninfa, ésta huye
dios Apolo por completa y aplastante unanimidad. despreciando sus requerimientos. Y de nuevo se repite la histo-
Pero hay que añadir, en honor a la verdad, que al dios le agra- ria de Pan: a punto está Apolo de alcanzarla y abrazarla, cuando
dó tanto el sonido de la flauta de Marsias que, en cuanto tuvo los dioses, compadecidos, la convierten en un verde laurel, que
ocasión, consiguió una igual y aprendió también á tocarla con es precisamente lo que significa «dafne» en la lengua griega. El
maestría. Y la ocasión se le presentó cuando el joven Hermes, dios arranca amorosamente una de sus ramas y se corona con
hijo de Zeus y de la pléyade Maya, robó los bueyes que pasto- ella la frente, estableciendo que sea el laurel, desde entonces, la
reaba Apolo y los encerró en una cueva. El dios acudió furioso recompensa de los buenos poetas.
a rescatar su rebaño, pero hete aquí que, al llegar a las cercanías —Oye, Homero, pero por lo que me cuentas, poco éxito pare-
de la gruta, un dulce son lo hace detenerse, absorto. ¿Qué es lo ce que tenía Apolo en las cosas del amor: ni Casandra, la prin-
que suena tan melodiosamente? Ni más ni menos que la siringa cesa de Troya, ni la ninfa Dafne prestaron demasiada atención a
o flauta de Pan, tocada por el joven Hermes. Apolo queda tan la belleza del dios.
prendado de la música que acepta, sin pensarlo dos veces, el tra- —Tienes razón, muchacho. No fue Apolo muy afortunado en
to que aquél le propone: «Te cambio las vacas por la siringa». sus relaciones amorosas. Pero es que tampoco lo fue en sus
«De acuerdo». Y desde entonces, el dios Apolo fue ya consu- amistades. Amigo íntimo del joven Jacinto, jugaba un día con él
mado maestro en los dos instrumentos mitológicos por excelen- a lanzarse el disco olímpico, cuando Céfiro, que estaba celoso
cia: la lira y la flauta. de esta amistad, desvió el juguete golpeando mortalmente la
—Pero al instrumento que le dio Hermes tú lo has llamado sien del muchacho, cuya sangre regó la tierra. Apolo, inconso-
siringa o flauta de Pan... lable, hizo brotar de ella la flor azul que llevaría para siempre el
—Justamente. Porque fue el dios Pan quien la inventó. Su le- nombre de su amigo muerto.
yenda es una de las más bonitas de cuantas acontecieron en los A Ciparis, otro de sus íntimos amigos, y por su propio deseo,
bosques mitológicos. lo convertiría Apolo en ciprés, árbol que simboliza la amarga
Pan era un dios de extraña figura: la mitad superior de su tristeza, cuando el joven dio muerte, sin querer, a un hermoso
cuerpo era humana y la inferior de macho cabrío, con pezuñas ciervo que cuidaba y quería entrañablemente.
en vez de pies. Pero a pesar de su aspecto era un dios juguetón y —¡La mitología está llena de transformaciones de personajes
enamoradizo. Un día que sesteaba a la sombra de una higuera en plantas!
silvestre vio pasar cerca a la ninfa Siringe. Se enamoró de in- —En plantas, en animales o en ríos y fuentes, ya te lo comen-
mediato de ella y se puso a perseguirla por bosques y valles. té al hablar de las ninfas. Es lo que en mitología sé denomina
Cansada la ninfa de tanto correr, invocó a los dioses que vi- metamorfosis. El poeta latino Ovidio escribió un libro dedicado
niesen en su ayuda y éstos, compadecidos, la convirtieron en al- totalmente a este tema. Y entre las metamorfosis más célebres
ta y cimbreante caña de las que crecen a la orilla de los lagos. de la mitología están, sin duda, las del propio padre de los dio-
Pan se abrazó a ella y suspiró de tristeza. La caña, mecida por el ses, Zeus o Júpiter. El se convirtió en toro para conseguir a la
viento, suspiró también con sonido melodioso. Y entonces el princesa Europa, y en cisne para enamorar a la reina Leda. Son
dios cortó varios trozos de su tallo y con ellos construyó la si- dos historias a cual más curiosa: Europa era hija del rey de Fe-
ringa o caramillo de los pastores, en cuya música puede aún adi- nicia, Agenor, y sobresalía entre todas las mujeres por su belle-
vinarse el triste lamento de la ninfa Siringe. za deslumbrante
—Una bellísima historia, ya lo creo que sí. Jugaba Europa un día con sus compañeras en un prado cer-
—Casi todas las relacionadas con las ninfas lo son. cano a la playa, cuando la vio Zeus y se enamoró apasionada-
—Pero ¿quiénes son las ninfas, maestro? Están apareciendo mente de ella.
repetidamente en tu relato y me gustaría... «¿Pero qué hacer para conquistarla?», se preguntaba el padre
—Las ninfas son las divinidades femeninas de la naturaleza. de los dioses. «Si me presento en todo mi esplendor divino y
Ellas producen la fecundidad de la tierra y reciben distintos con el rayo en la mano, seguro que se asusta y huye de mí».
nombres según el lugar donde moran: náyades si viven en los Entonces se le ocurre la estratagema: se convierte en un ga-
ríos y fuentes, nereidas si en el mar, oréades si en las montañas llardo toro, de piel blanca y brillante cornamenta semejante a la
y alseides si pueblan los bosques sagrados. media luna, y se pone a pastar en el prado donde juega Europa.
Por su extraordinaria belleza son requeridas de amor por los La joven princesa se asusta al principio. Pero pronto cobra con-
dioses y los hombres y no es la ninfa Siringe, de la que acabo de fianza ante el hermoso y pacífico animal y comienza a acariciar-
hablarte, la única que se transforma en algún elemento de la na- lo y a coronarle la testuz con guirnaldas de flores. Hasta llega a
turaleza para librarse del acoso de sus pretendientes. Otro ejem- sentarse, mimosa, sobre su lomo, acariciándole el sedoso cuello.
plo es Dafne, que se convirtió en laurel ante la persecución a- Zeus aprovecha la ocasión y emprende un trote impetuoso, se
morosa de Apolo. También esta leyenda es hermosísima, verás. adentra en el mar, lo atraviesa de punta a punta y llega hasta la
isla de Creta, siempre con la bella y despavorida Europa a su
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grupa. La joven grita, pide ayuda a los dioses del Olimpo, y Ve- el reino de Calidón. Juntos toman parte en la famosa expedición
nus, diosa del amor, le responde desde los altos cielos: «¿Por de los argonautas, héroes que arrastraron fantásticas peripecias,
qué te afliges, mortal? ¿Acaso ignoras que eres esposa de Zeus en su nave Argos, para conquistar el vellocino de oro vigilado
Tonante, que el propio padre de los dioses te ha elegido entre por un formidable dragón. Juntos luchan y vencen a los piratas
todas las mujeres? Apaga tu llanto y hazte digna de tu alta mi- del mar Egeo. Y, juntos, en fin, participan en numerosas leyen-
sión. De hoy en adelante, una parte del mundo llevará tu nom- das y aventuras de la mitología griega y luego también de la ro-
bre». mana.
Y con el nombre de Europa se bautizó, en efecto, el continen- Juntos siempre, inseparables siempre. Ni la muerte pudo sepa-
te que alberga la blanca Grecia y todos aquellos pueblos o rarlos. Aquí es donde la leyenda se hace hermosa como ningu-
países que heredaron su cultura. na. Habían entablado los dos hermanos extraordinario combate
Europa, la amada de Zeus... contra sus primos Idas y Linceo, a causa del amor de dos bellas
Como, asimismo, lo fue Leda, esposa de Tíndaro, rey de Es- princesas, cuando hete aquí que Cástor es alcanzado y muerto
parta. Se enamoró de ella el padre de los dioses, y sabiendo del por la espada de Idas. ¡Oh, dolor de dolores para el desolado
gusto de la reina por los blancos cisnes de los lagos, se transfor- Pólux! Su desesperación no tiene medida, quiere darse muerte
mó en uno de ellos y la amó. Cuatro hijos tuvo Leda, gemelos con su propia espada, pero no lo consigue porque es inmortal.
dos a dos: Castor y Clitemnestra (la esposa de Agamenón, jefe Entonces, escala el Olimpo y se postra ante su padre, Zeus:
de los griegos en la guerra de Troya), de su esposo Tíndaro; y «¡Oh, dios de dioses, padre mío!, ¿para qué quiero yo la vida si
Pólux y Helena (la bella causante de la famosa guerra), del dios no vive Cástor, mi hermano? Si siempre vivimos juntos, como
Zeus. la flor y su aroma, como el sol y su luz, ¿acaso podré yo vivir
La mitología, como ves, amigo mío, está llena de metamorfo- ahora solo, sin su dulce compañía? Yo te pido, oh gran Zeus,
sis o transformaciones. Pero si te has fijado bien, casi todas que rompas las leyes naturales y me concedas esta gracia: o
ellas motivadas por la amistad o por el amor. El amor, lo mismo bien que yo muera, aun siendo inmortal, para unirme con Cás-
entre los dioses que entre los hombres, ha sido siempre capaz de tor, o bien que él resucite para siempre».
todo. De las conquistas más arriesgadas, de las transformacio- El poderoso Zeus, conmovido por las súplicas de Pólux, in-
nes más profundas y de los heroísmos y renuncias más subli- ventó la fórmula más singular que nadie pudo nunca imaginar-
mes. se para resolver el problema de amor de los dos gemelos. Hizo
Precisamente la historia de Castor y Pólux, hijos de Leda, es que la mitad del año descendiese Pólux al reino de los muertos,
un ejemplo hermoso como hay pocos. Nunca dos hermanos se y que la otra mitad ascendiese Cástor al de los vivos. Y así si-
amaron tanto ni renunciaron a tanto el uno por el otro. guen y seguirán los dos hermanos juntos, inseparables como la
—Pero en realidad, por lo que acabas de contarme, eran sólo uña y la carne, como la voz y el eco por los siglos de los si-
hermanos de madre, ya que el padre de Cástor era... glos...
—Justo, justo. Anda, siéntate aquí a mi lado, muchacho, y es- Como la voz y el eco, acabo de decirte. ¿Tú sabes que Eco
cucha el más emocionante relato que hayas podido imaginar. fue una hermosa ninfa, enamorada de Narciso, que murió de pe-
na repitiendo su lamento por los valles y montañas?
CAPITULO VIII
Es otra de las más bellas historias de amor de la mitología.
TRES HISTORIAS DE AMOR
Vivía Eco en el monte Olimpo. Y era famosa por su melo-
Cástor y Pólux eran sólo hermanos de madre, de la hermosa diosa voz y su maestría en contar historias. Hera, la esposa de
reina Leda, amante de los cisnes de armonioso cuello. Pero el Zeus, se pasaba horas y horas escuchándola embelesada. Hasta
padre de Cástor era el rey Tíndaro y el de Pólux el gran Zeus, que un día cayó en la cuenta de que su excelso marido aprove-
dios de dioses. Para entendernos mejor: Cástor era mortal y Pó- chaba su distracción para entregarse a sus aventuras amorosas.
lux inmortal. Mas el amor no tiene barreras y los dos se amaron Se enfureció la diosa Hera con la pobre Eco, como si ella tu-
entrañablemente. Jugaron juntos de niños y juntos emprendie- viera la culpa, y además de desterrarla del Olimpo y enviarla de
ron, ya mozos, las más arriesgadas aventuras. Cástor era diestro nuevo a los bosques, la condenó a que nunca más pudiese ha-
en la doma de caballos y manejo de las armas, y nadie ganaba a blar por sí misma, repitiendo tan sólo cuanto oyera decir a los
Pólux en la pelea cuerpo a cuerpo. Hermosos ambos como el demás.
propio Apolo, su fama no tenía igual en todo el reino de Espar- Y justo en este punto comienza su triste historia de amor. Se
ta. enamoran Eco y el joven Narciso, bello como el dios Apolo, y
La primera aventura que acometieron juntos fue la de liberar a ambos se reúnen, en las noches de luna, junto a la fuente Cas-
su hermana Helena de manos de Teseo, que la había raptado. talia que nace en la cumbre del Parnaso. Pero la maldición de
—¿Otra vez? ¿Pero es que a Helena la estuvieron raptando Hera comienza a surtir efecto: cada vez que Narciso expresa su
durante toda su vida? amor a su bella ninfa, sólo escucha de la boca de Eco el sonido
—Tal fue su destino a causa de su extraordinaria belleza. Pero repetido de sus propias palabras.
este rapto al que ahora me refiero fue anterior al de París, que «¿Te estás burlando de mí?», grita airado el joven mancebo.
provocó la guerra de Troya. Y en un arranque de orgullo, huye abandonando a la ninfa. Esta
Helena era poco más que una niña cuando Teseo, el héroe que llora y se desespera. Corre por valles y bosques detrás de su
mató al terrible minotauro del laberinto de Creta, la raptó y se la amado, llamándolo sin cesar: « ¡Narciso, Narciso, Narciso...!»
llevó a Atenas. Cástor y Pólux fueron en su busca y la rescata- Pero Narciso no la escucha. Abatida por la tristeza, Eco ya no
ron tras singular batalla. duerme, ni come, ni reposa. Y poco a poco va muriéndose de
A partir de este momento sus aventuras y hazañas no tienen pena, su bello cuerpo se consume como una flor y sus blancos
fin. Juntos participan en la cacería del terrible jabalí que asolaba
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huesos se convierten en rocas que repiten su llamada y su la- ternura. Polifemo estalla en celos. Arranca un enorme peñasco
mentó eternamente. y, con un alarido aterrador, lo lanza contra el joven Acis aplas-
El orgulloso Narciso, mientras tanto, andaba mirándose en to- tándolo sobre la arena de la playa. Galatea, desolada, mezcla sus
das las fuentes y riachuelos, que le servían de espejo para admi- lágrimas con la sangre de su amado pastor, y hace que fluyan
rar su extraordinaria belleza. Y es que la primera vez que se vio juntas para siempre, convertidas en el río Acis, que recorre la is-
reflejado en las aguas, se encontró tan atractivo que se enamoró la de Sicilia. Luego se esconde en el fondo de los mares, en el
de sí mismo. Y en ello estuvo su perdición. Ya se lo había anun- palacio donde moran las nereidas, para no salir ya nunca de sus
ciado a su madre, la ninfa Liriope, el adivino Tiresias: «Este muros de cristal.
niño que acabas de tener llegará a viejo tan sólo si no se da Pero también el rudo Polifemo se siente desolado. ¿Qué ha
cuenta nunca de su hermosura». ¡Pero vaya que si se dio cuenta! conseguido matando a su rival? Tan sólo perder para siempre a
Andaba un día de caza y se acercó a un pequeño arroyo a saciar su adorada Galatea. Por eso también él decide recluirse de por
su sed. Vio su hermoso rostro reflejado en las aguas y ya se ol- vida en su caverna de la montaña.
vidó de beber, de comer y de todo para siempre. Su única ocu- Sólo saldrá para llevar a pastar sus ganados. Pero apenas el
pación era sumergir apasionadamente sus manos en el río tra- sol comienza a declinar cada atardecer, el gigantesco cíclope re-
tando de acariciar y abrazar aquella gentil figura. Pero entonces húsa las fiestas y tertulias de los otros pastores y regresa tacitur-
la imagen se deshacía y Narciso se desesperaba. Y allí, a la ori- no a su oscura morada para rumiar allí su dolor y su soledad.
lla del agua, se consumió de amor por sí mismo y de dolor por
no poder alcanzar lo que amaba. Y dice la leyenda que se con- CAPITULO IX
virtió en la bella flor que lleva su nombre, la cual nace siempre LOS MIL Y UN NAUFRAGIOS DE ULISES
en las orillas de los ríos y se contempla en el espejo de las aguas Precisamente, una de aquellas tardes, al retornar el cíclope
transparentes. Polifemo a su cueva, se encontrará en ella a Ulises y a sus com-
—Un nuevo caso de metamorfosis... pañeros de viaje.
—Así es, muchacho. Como también lo fue el del pastor sici- —¡Un momento, Homero, un momento! ¿Te estás refiriendo
liano Acis, convertido por su amada Galatea, en el río que lleva acaso al astuto Ulises, el héroe de Troya, al que se le ocurrió lo
el mismo nombre. Déjame que te cuente su historia. Podríamos del gigantesco caballo de madera para asaltar la ciudad?
titularla: El amor de Acis y Galatea y los celos del gigante —Al mismo. Ulises es el protagonista de la segunda epopeya
Polifemo. que yo escribí: La Odisea. En ella cuento y canto las aventuras
¿Te acuerdas que te expliqué que las nereidas eran las ninfas del héroe de Troya en su largo viaje de regreso a Itaca, país del
que habitaban en el mar? Pues bien, Galatea era una de ellas, que era rey y de donde Había salido para unirse a los ejércitos
sobresaliente entre todas por su hermosura y por su cuerpo de Menelao qué fueron a rescatar a la bella Helena, raptada por
blanco como la propia espuma de las olas. Estaba enamorada de el troyano Paris.
Acis, un joven pastor de la isla de Sicilia, que se acercaba todas Una vez terminada la guerra, todos los héroes griegos em-
las tardes con sus rebaños a la orilla del mar para ver a la bella prendieron camino de regreso a sus países de origen. Y tam-
nereida y hablar con ella. Pero resulta que, a su vez, el cíclope bién Odiseo, a quien esperaban en Itaca su esposa Penélope y su
Polifemo también se había enamorado de Galatea. hijo Telémaco.
—Los cíclopes, a ver si recuerdo bien, eran los gigantes que —¿Odiseo...? ¿Pero no estabas hablando de Ulises?
fabricaban los rayos de Zeus, y a los que mató Apolo precisa- —¡Vaya, otra vez el lío de los nombres! Y que conste que en
mente cuando el padre de los dioses disparó uno de sus rayos esta ocasión no quería confundirte pero se me ha escapado. Uli-
contra su hijo Asclepio. sa y Odiseo son un mismo personaje, ¿comprendes? Te diré
— ¡Buena memoria, muchacho! Veo que no se te olvida ni un más: el verdadero protagonista de mi historia es Odiseo, y de
ápice de cuanto te voy contando. Y ello me anima a seguir, pues ahí le viene el título a la epopeya, pero una vez más el nombre
el interés y la atención de quien escucha es el mejor premio para latino prevaleció sobré el griego original, y Ulises se llamará mi
quien narra historias o recita versos. héroe por los siglos de los siglos. Y con este nombre proseguiré
Te decía, pues, que el cíclope Polifemo se había enamorado yo también mi relato, que ni soy, a mis años, cicatero en estas
de la nereida Galatea. Pero ella, prendada del joven Acis, no ha- cosas, ni lo que importa de un personaje inmortal como el que
cía el menor caso al gigante. ¡Y cómo había de hacérselo si era yo creé es su nombre, sino su personalidad y sus hechos.
el más horrible y salvaje de todos los cíclopes! Sólo tenía un ojo Ulises ha sido considerado por todos los comentaristas dé mi
en medio de la frente y todo su cuerpo estaba cubierto de pelo epopeya como el símbolo del hombre viajero, del hombre que
áspero y sucio. Comía carne cruda y sus gestos y su voz eran logra vencer todas las dificultades con las que se topa en el ca-
fieros y estridentes como el trueno o el rugido de las fieras. ¡Y mino de la vida, para llegar sano y salvo a buen puerto y alcan-
eso que el amor por Galatea había hecho que el monstruoso gi- zar la meta deseada.
gante cuidase su aspecto para agradarla y conquistarla! Con una Ulises la alcanzará. Nadie como él habrá de arrostrar mayo-
guadaña afeitaba su barba todos los días y con un rastrillo pei- res aventuras y desventuras para llegar a Itaca. Su viaje será el
naba su tosca cabellera. Se lavaba en el agua de los lagos y has- más largo y penoso de cuanto hombre alguno pudo emprender,
ta dicen que recorría valles y montañas entonando, con su bron- pero al final logrará abrazar a su esposa y a su hijo.
ca voz, dulces canciones para su amada. Yo voy a rememorar contigo, muchacho, algunos de los epi-
Una tarde que se encaminaba hacia el mar para ver a Galatea, sodios de esta fascinante epopeya. Con la intención, para qué
lo que su único ojo vio fue algo que lo hizo enfurecer. Sentados ocultártela, de que mi relato te cautive de tal modo que te ape-
en la arena de la playa, la hermosa nereida y el pastor Acis ha- tezca luego leer de pe a pa La Odisea con todos y cada uno de
blaban amorosamente, tomados de las manos y mirándose con sus veinticuatro cantos. A lo largo de ellos comprobarás cómo
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resolvió Ulises las dificultades y cómo logró desembarazarse de sica. Y si seductora era la melodía de las canciones, mucho más
sus adversarios. lo eran los versos que las sirenas entonaban: «¡Ven, Ulises!
Pero serás tú quien juzgues, al final, cuándo nuestro héroe, ¡Deten tu nave en nuestras doradas playas! Cuantos se recrearon
obró con inteligencia y valor y cuándo lo hizo con astucia y has- con nuestros cantos, se sintieron los seres más dichosos del
ta con engaño y perfidia. Que si la vida es un largo camino y mundo. ¡Aquí serás más feliz que en Itaca! ¡Nuestras praderas
una meta por alcanzar, quizá no todas las maneras de lograrla son más hermosas que las del Olimpo! ¡Ven, Ulises! ¡Ven,
sean honestas y válidas. ven...!»
—Te estás poniendo demasiado sentencioso, maestro Homero. Y el héroe, seducido por aquellas voces, comenzó a gritarles a
—Tienes razón, muchacho, deben ser los años... Te prometo sus compañeros:
que de ahora en adelante dejaré las filosofías para Platón, Aris- —¡Desatadme, os lo suplico os lo ordeno, soy vuestro capi-
tóteles y demás compatriotas del oficio, y yo me ocuparé de lo tán, soltadme, quiero ir a la isla de las sirenas...!
mío, que es contar historias lo más llana y amenamente posible. Pero nadie lo oía y, por tanto, nadie le hizo caso. Y pudo así
¡Ah, el viaje de Ulises a través de mares y tierras! ¡Cómo me librarse del embrujo de aquellos seres, más difícil de vencer que
place volverlo a recordar! No salía de un peligro para entrar en la fuerza bruta del gigantesco Polifemo.
otro mayor. —¡Supongo que ahora sí me contarás la historia del cíclope..!
Antes de encontrarse con el gigante Polifemo, los malos vien- —Claro que lo haré, pero será la última aventura de La Odi-
tos ya lo habían arrastrado al país de los terribles ciclones y lue- sea que te cuente, muchacho, porque ya te dije antes...
go al de los engañosos lotófagos. Logró vencer a los primeros —...que esperas que yo la lea de pe a pa sin olvidar ni un solo
en encarnizada batalla, aunque perdió en la pelea a setenta y dos verso. Te prometo, por Zeus Olímpico, que así lo haré, ¡pero es-
de sus mejores hombres; pero del reino de los segundos era más toy seguro de que la aventura de Polifemo hará que me den aún
difícil escapar, aun cuando eran apacibles y dulces como las flo- más ganas!
res de las que se alimentaban. —Llegaron Ulises y los suyos al país de los cíclopes. Era una
—¿Comían flores? isla cubierta de frondosos bosques. Se internaron en busca de
—Comían lotos, de ahí su nombre de lotófagos. ¡Y en mala comida, cuando descubrieron de pronto la boca de una gran cue-
hora los comieron también algunos de los hombres de Ulises! va resguardada por altos y verdes laureles. Muy cerca sesteaba
Probarlos, perder la memoria y sentirse plenamente a gusto en un nutrido rebaño de ovejas y cabras.
aquella tierra sin acordarse ni apetecerles ya regresar a la suya, —¡Ya tenemos comida! —exclamó alborozado un hombre.
fue todo uno. A la fuerza tuvieron que embarcarlos sus compa- —¡Un momento! —replicó Euríloco—. Ulises, ¿te has fijado
ñeros para poder proseguir el viaje. en eso que está junto a la cueva?
Es curioso... ¿Sabes que ahora que lo pienso me doy cuenta —¡Por todos los dioses, es el hacha más grande que haya vis-
de que las mayores dificultades que tuvo que vencer Ulises para to jamás! ¡Sólo un gigante sería capaz de manejar semejante he-
regresar a Itaca fueron de este género? Del de los deliciosos lo- rramienta!
tos, quiero decir. Porque, sin duda, resulta más difícil vencer la No había duda de que estaban ante la morada de un cíclope de
tentación de algo que te atrae irresistiblemente que superar un estatura descomunal. Un oscuro temor se apoderó de todos. Te-
obstáculo que se interpone en tu camino, ¿no lo crees tú así? mor que se convirtió en pánico cuando Euríloco gritó de nuevo:
Ulises y los suyos tuvieron que vencer enemigos y luchar contra —¡Ulises, la tierra está temblando, son las pisadas del gi-
vientos y huracanes que desviaban el barco de su ruta; pero so- gante que se acerca!
bre todo tuvieron que desoír no pocas veces las dulces «voces Se refugiaron en el interior de la caverna y al punto apareció
de sirena» que los invitaban a olvidar su viaje y su meta final y en la boca Polifemo. Llevaba en sus manos un haz de leña y con
a quedarse plácidamente donde estaban. ¿Sabes que precisa- el único ojo de su frente, que le daba un aspecto terrorífico, mi-
mente la expresión «voces de sirena» se inventó a raíz de un ró de hito en hito a los intrusos. Luego tomó un enorme pedrus-
pasaje de La Odisea? co —que ni varios carros de cuatro ruedas hubieran podido
Sí, verás. Fue cuando Ulises y su tripulación, después de sor- transportar— y tapó con él la entrada de la gruta.
tear mil peligros, avistaron a lo lejos la isla de las sirenas. Eran —¿Quiénes sois, forasteros? —preguntó con voz de trueno
éstas divinidades marinas cuyos cánticos resultaban tan melo- que hizo temblar las paredes y la alta techumbre.
diosos que nadie que los escuchara podía resistir las ganas de —Somos griegos —respondió Ulises, tratando de disimular
acercarse hasta ellas. Pero Ulises sabía que aquella música era su pánico— que luchamos en la guerra de Troya y ahora regre-
una trampa y que nadie había salido con vida de la isla. Así que samos a nuestra patria, Itaca. Imploramos tu hospitalidad para
echó mano de su astucia y llamó a su lugarteniente Euríloco: poder proseguir nuestro viaje.
—Toma cera derretida —le ordenó— y tapa con ella los oídos El gigante lanzó una horrísona carcajada y, tomando en una
de toda la tripulación, los tuyos incluidos. Luego, átame a mí de sus maños a Ulises, lo acercó a su único ojo.
bien atado al palo mayor de la embarcación. Quiero oír las —¡Ridículos y pequeños ratones! Me serviréis como alimen-
voces de las sirenas y comprobar si son tan irresistibles como to. Llevo ya demasiado tiempo devorando ovejas y cabras y es-
dicen. Pero ten esto bien presente, Euríloco: si pido en algún toy harto.
momento que me desatéis del mástil, ¡no me hagáis caso! —¿Quieres decir que eres capaz de comer carne humana?—
Todo ocurrió como nuestro héroe había previsto; se acercó la preguntó Ulises con voz cada vez más aterrada.
nave a la isla de las sirenas, y al punto comenzó a escucharse —¿Y por qué no? —exclamó el gigante, tumbándose a dormir
una dulce melodía que llenaba el aire. Jamás Ulises había oído sobre un montón de heno—. Mañana mismo me desayunaré con
nada igual. Ni el canto de los pájaros ni la lira del propio Apolo dos de vosotros.
o la flauta del mismo Pan podían compararse con aquella mú-
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Cuando el cíclope comenzó a roncar, Ulises habló así a sus Desde ese punto el viaje de Ulises se convirtió en el viaje de
compañeros: los vientos adversos. Como una cáscara de nuez anduvo su na-
—Como veis, está dispuesto a devorarnos. ve, zarandeada de aquí para allá, entre escollos y peligros, hasta
—¿Y qué podemos hacer...? que por fin logró arribar a las costas de Eolia, reino de Eolo,
—No nos queda más solución que matarlo nosotros a él. dios de los vientos buenos y malos. «Si me gano la voluntad del
—¿Estás loco? ¡Con un solo dedo puede reducirnos a polvo a dios», pensó el astuto Ulises, «conseguiré que los vientos favo-
todos juntos! rables empujen mi embarcación hasta mi deseada patria».
—Tengo una idea. ¿Veis ese tronco de olivo? Haremos con él Y así fue. Eolo trabó profunda amistad con Ulises y, al des-
una gran pica, ayudándonos de nuestras espadas, y se la clava- pedirse, le entregó todos los vientos adversos encerrados en un
remos al gigante en su único ojo mientras duerme. gran odre, haciendo que una bonancible y poderosa brisa hin-
Pusieron manos a la obra pero era ya casi el alba cuando ter- chase sus velas rumbo a Itaca.
minaron de sacar punta al grueso madero. El gigante se removió Pero de nuevo se torció su suerte. Varios hombres de la tripu-
y habló todavía entre sueños: lación, curiosos y ambiciosos, creyeron que la gran tinaja, re-
—¿Estáis dispuestos, ratones? El hambre comienza a acuciar- galo de Eolo, contenía oro y riquezas. Y mientras Ulises dor-
me. Os devoraré a todos y de último a vuestro jefe. Y por cierto, mía, la abrieron y dejaron en libertad todos los malos vientos de
todavía no me has dicho cómo te llamas. la tierra y el mar.
Ulises se acercó a la cara del gigante y contestó en tono con- ¡Otra vez los naufragios! ¡Otra vez el vagar sin rumbo, otra
ciliador: —Me llamo Nadie. vez los peligros y desventuras! Sólo al cabo de muchos años, y
—¿Nadie? Pues a Nadie será al último a quien devore. gracias al tesón, al ingenio y a la esperanza nunca perdida, logró
Trató de incorporarse. Entonces Ulises increpó a sus compa- Ulises con sus hombres arribar a las costas de Ítaca, su añorada
ñeros: patria.
—¡Ahora es el momento, amigos! Y tomando entre todos la La Odisea —nombre o término que ya, desde entonces, que-
gran lanza de madera, arremetieron contra Polifemo hundién- daría como sinónimo de viaje lleno de peripecias—había ter-
dole certeramente la aguda punta en el ojo. minado.
Nunca se había oído un alarido tan formidable. La gruta en- CAPITULO X
tera tembló con los gritos de dolor y las convulsiones del gigan- HEROES Y AVENTUREROS
te, que se revolcaba por el suelo intentando arrancarse la pica.
Lo logró al fin, y mientras manaba un raudal de roja sangre del —¡Un héroe de cuerpo entero este Ulises, sí señor!
cuenco de su ojo, retiró a tientas la losa que cerraba la boca de —Pues no señor...
la cueva y llamó a grandes voces a sus compañeros, los cíclopes —¿No? ¿Tu propio personaje no te parece un héroe, maestro
de la isla. Homero?
—¡Ay de mí, compañeros, acudid a socorrerme! —Es que no lo es. Mitológicamente hablando, quiero decir.
Se acercaron varios gigantes vecinos a la gruta de Polifemo y Recordarás que te expliqué que «héroe o semidiós», en la mi-
al verlo en tal estado, le preguntaron: tología clásica, es el hijo de un dios y una mujer mortal o de una
—¿Quién te ha herido así, Polifemo? ¿Quién te ha atacado diosa y un hombre. Por ejemplo, Aquiles, que nació de Peleo y
con tanta crueldad? la diosa Tetis. Pero Ulises era hijo de dos mortales: Laertes y
—Oh, amigos míos, Nadie me ha atacado, Nadie me ha he- Anticlea. Por tanto...
rido y dejado ciego. Como tampoco fue un héroe mitológico Jasón, ya ves tú, un
—Pues si no ha sido nadie—respondieron ellos—, ten pacien- personaje de leyenda que protagonizó tantos actos heroicos o
cia, acepta la desgracia que Zeus te envía y llama en tu auxilio a más que el propio Ulises. El fue quien organizó la expedición
tu padre Poseidón. de los argonautas...
Los cíclopes regresaron a sus guaridas y Ulises volvió a poner —¿En la que participaron los gemelos Castor y Pólux?
en juego su astucia para escapar de Polifemo. —La misma. El fantástico viaje de la nave Argos —que sig-
—Que cada uno —ordenó a sus hombres— se cuelgue del nifica «veloz»— en busca del vellocino de oro guardado en el
vientre de un carnero, agarrándose fuertemente a su lana con reino de Cólquida.
manos y pies. —Y custodiado por un terrible dragón, si no recuerdo mal.
Así lo hicieron todos e instigaron luego, al rebaño para que —Vencer al dragón guardián fue el último de los obstáculos
saliese fuera de la gruta. El gigante iba palpando el lomo de ca- que hubo de superar Jasón para conquistar el vellocino. Primero
da uno de los animales para impedir que se fugasen entre ellos fue el largo y penoso viaje, lleno de tantas desventuras o más
los prisioneros, sin sospechar ni remotamente dónde se oculta- que el viaje de Ulises. Pero cuando ya logra arribar a Cólquida,
ban. Y una vez todos fuera de la gruta, emprendieron los fugi- el rey Eetes lo somete todavía a dos pruebas a cual mas pelia-
tivos veloz carrera hasta el barco, haciéndose de inmediato a la guda: la primera, uncir él solo dos indómitos bueyes, consagra-
mar. Desde cubierta, increpa Ulises a Polifemo con tanto sar- dos a Hefesto o Vulcano, cuyas cornamentas eran de bronce y
casmo y carcajadas tales, que acercándose el cíclope al acanti- echaban llamas por los ollares. Una vez uncidos, venía la según-
lado, arranca la cumbre de una gran montaña y la arroja con fu- da prueba: tenía que arar con ellos un campo y sembrar de se-
ria a las aguas del mar. Olas gigantes se levantaron al punto, y guido los dientes de un dragón en los surcos.
todo el océano amenazó con tragarse la embarcación. Y más to- —No veo yo tan arriesgada esta segunda condición.
davía cuando Polifemo invocó a su padre, Poseidón, dios de las —Porque no sabes todavía que aquellos dientes, al brotar de
profundidades marinas, que desató contra nuestro héroe todas la tierra, se convertirían en un ejército de feroces guerreros que
las tempestades y huracanes. se lanzarían a matar a nuestro héroe.
—¡Corchos! ¿Y aceptó Jasón?
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—Aceptó y logró superar ambas pruebas. Pero toma buena La hidra era un extraño ser con muchas cabezas en forma de
nota: todo gracias al amor de la princesa Medea, hija del rey Ee- serpiente. Había que cortárselas todas para acabar con ella. La
tes y que luego sería la esposa de Jasón. La historia de esta ex- empresa resultaba harto arriesgada, primero porque el aliento
traordinaria mujer es otra de las más bellas historias de amor de pestilente que despedían todas aquellas fauces era capaz de ma-
la mitología. tar a un hombre; y, sobre todo, porque cada vez que al monstruo
Pero volvamos al relato. Se untó el capitán de los argonautas se le cercenaba una cabeza, volvía ésta a regenerarse y a atacar
de una pócima mágica que le dio Medea, y evitó así la furia de con más furia. Hércules tomó en una mano su espada y en la
los toros, a los que el olor del ungüento transformó en mansos otra una antorcha llameante. Y, ¡zas!, cabeza que cortaba, mu-
corderillos. Y cuando los dientes de dragón se transformaron en ñón del cuello que quemaba de inmediato para que no volviese
guerreros, un nuevo artilugio de Medea hizo que aquéllos se pe- a crecer. Exhausto acabó nuestro héroe tras su terrible combate
learan furiosamente entre sí, no quedando ni uno vivo. con la hidra.
Venció luego, como ya sabes, al dragón que custodiaba en un Pero apenas si pudo reponer fuerzas, pues hubo de salir, co-
bosque el vellocino de oro —¡también con la ayuda de Me- rriendo a todo correr, en búsqueda y captura del jabalí de Emi-
dea!—, y Jasón y sus argonautas dieron por coronado triunfal- ranto y de la cierva de Cerinia. Un año entero le costó dar alcan-
mente su aventurero viaje. ce y capturar a estos dos animales.
—Oye, Homero, ¿pero es que estos héroes mitológicos no ha- El quinto «trabajo» consistió en enfrentarse con los pájaros
cen otra cosa que viajar? del lago Estínfalo, de picos y garras de bronce, a los que Hércu-
—Viajar y sumar hazaña tras hazaña. Su vida entera es una les fue abatiendo uno a uno a flechazos.
sucesión de pruebas o dificultades que vencer, eso es cierto. No —Se diría que no hubo fiera con la que Hércules no luchara...
salen de un peligro cuando ya están metidos en el siguiente; aún —Así es. En Creta dominó a un furioso toro que echaba fuego
no han coronado una aventura cuando ya andan enredados en por las narices y atravesó luego el mar montado en su grupa. Lo
otra más arriesgada. mismo hizo con las salvajes yeguas de Diomedes, devoradoras
El ejemplo más espectacular sería el de Hércules. de carne humana. Las apaciguó, calmó su voraz apetito, y las
—¿El forzudo? condujo, como se le había ordenado que hiciera, al monte Olim-
—El mismo. No hay en la mitología griega ni romana —en la po. Robó luego los bueyes del gigante Geriones, sacrificándose-
primera se llamó Heracles y Hércules en la segunda— un héroe los a la diosa Hera y, finalmente, trajo a la Tierra al perro Cer-
más popular y aventurero que él. Famoso sobre todo por su bero, monstruo canino de tres cabezas que custodiaba las puer-
fuerza, como tú bien dices. Ya en la cuna, figúrate, destrozó con tas del Hades o de los infiernos.
sus manecitas a una terrible serpiente que se había colado entre —¿Has enumerado ya los doce «trabajos»?
los pañales. —No. He dicho «finalmente» porque el que acabo de referir-
Sus hazañas y descomunales demostraciones de fuerza no tie- te fue el último que Hércules realizó. Pero restan por citar otros
nen número. Pero, sin duda, los más famosos y conocidos son tres, aquéllos que, precisamente, no tienen a ningún animal co-
los llamados «Doce trabajos de Hércules», que si uno resulta in- mo protagonista. Uno de ellos consistió en limpiar, en sólo 24
creíble, el siguiente lo es aún mucho más. horas, los establos del rey Augías. Eran tan gigantescos que ni
Los emprendió el héroe como castigo y purificación de un te- mil nombres juntos hubieran logrado hacerlo en una semana.
rrible crimen que había cometido: había dado muerte a todos los Pero Hércules desvió el curso de los ríos Alfeo y Peneo y su po-
hijos tenidos con su esposa Mégara. derosa corriente arrastró el estiércol lejos de las cuadras, deján-
—¡Entonces más que forzudo realmente es una bestia! dolas limpias como jamás lo habían estado.
—No lo juzgues tan mal. Ya te dije qué el destino, en la mi- También se le encomendó que se apoderase del cinturón má-
tología clásica, gobierna tanto la vida de los hombres como la gico de Hipólita, reina de las amazonas. Y que robase; igual-
de los propios dioses o los héroes. Y Hércules, aun siendo hijo mente, las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Em-
de Zeus y la princesa Alcmena, tuvo siempre tras de sí la mal- presas ambas que Hércules...
dición de la diosa Hera, esposa de Zeus, quien plagó su vida de —Espera un momento: ¿no fue en el Jardín de las Hespérides
desdichas. Fue ella quien cegó la mente de Hércules y éste, sin donde se celebró la boda entre Zeus y Hera?
saber lo que hacía, dio muerte a todos sus hijos uno por uno. Pe- —Ni más ni menos, muchacho. Y bien. Recordarás que a la
ro cuando volvió en sí y se percató de aquella tragedia, corrió a diosa le fueron ofrendadas, como regalo nupcial, las menciona-
consultar al oráculo de Delfos —te acuerdas, el erigido en ho- das manzanas de oro que custodiaban las siete hespérides o nin-
nor de Apolo— y allí se le ordenó que tenía que superar doce fas del ocaso y un descomunal dragón. Hércules venció a la fie-
pruebas o «trabajos» para borrar su pecado y conseguir al mis- ra, logró distraer la atención de las ninfas y escapó del jardín
mo tiempo la inmortalidad. con las manzanas.
Hércules puso de inmediato manos a la obra. Talló él mismo Los doce «trabajos» fueron, pues, cumplidos meticulosamen-
una descomunal maza, arma con la que siempre se le representa, te por nuestro héroe, que consiguió así que se le perdonase su
y fue en busca del terrorífico león de Nemea, un monstruo car- terrible filicidio y le fuese otorgada la inmortalidad.
nicero que devoraba animales y hombres. Lo sorprendió en su Pero ya te dije que no fueron éstas las únicas aventuras del
guarida, cerró con una roca la entrada para que no pudiera es- poderoso Hércules. Sorteó mil peligros y, libró más de mil bata-
capar, y se enfrentó a él cuerpo a cuerpo. Hércules destrozó a la llas. A mí una me fascinó siempre entre todas: la que sostuvo
fiera con sus potentes brazos, la despellejó, se hizo un manto contra el centauro Folo y sus diez compañeros centauros. A to-
con su piel y se encaminó en busca del siguiente monstruo: la dos los venció Hércules en singular combate. ¡Y cómo vuela mi
hidra de Lerna. fantasía imaginándolo! ¡Once centauros, batiendo el suelo con
sus cascos rotundos, acometiendo a la vez a nuestro héroe! Es-
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cenas así merecerían versos más sublimes que los del viejo Ho- Un día llegan a Atenas los emisarios de Creta para exigir el
mero y cinceles más diestros que los del divino Fidias. establecido y terrorífico tributo, y he aquí que Teseo, hijo del
—Curiosos seres los centauros, mitad caballos y mitad hom- rey Egeo, se presenta a su padre y le propone:
bres. Ha salido su imagen repetidamente a lo largo de tu relato, —Quiero que me incluyas entre los siete muchachos que han
maestro Homero, pero nunca me hablaste de su origen mitoló- de ser echados como pasto al minotauro.
gico. —¡Pero hijo...!
—Verás: los centauros fueron engendrados por Ixión, rey de —Yo libraré a Atenas de ese monstruo y del vergonzoso tri-
los lapitas, al unirse con una nube que tenía la forma de la diosa buto.
Hera. El resultado, como castigo de Zeus, fueron estos seres con Accede el padre, con harto pesar, y parte la expedición para
busto humano y cuerpo de caballo, de costumbres salvajes e in- Creta. Son presentados ante el rey Minos los catorce jóvenes
clinaciones inconfesables. víctimas, pero he aquí que a su vera se encuentra su hija A-
—Ah, ¿sí? Pues no he sacado yo esa imagen del centauro riadna, bella mujer entre las mujeres. Teseo y Ariadna se miran
Quirón, del que me has hablado repetidas veces. y surge el amor entre ellos. Se ven en secreto y Teseo promete a
—Claro, porque Quirón y Folo fueron las únicas excepciones su enamorada casarse con ella si le ayuda a salir triunfante del
dentro de la especie. El centauro Quirón, sobre todo, fue apa- laberinto.
cible y sabio como un filósofo. Tal es así, que no pocos perso- —Toma este ovillo de hilo —le propone ella— y vete desen-
najes de la mitología—Aquiles, Asclepio— lo tomaron como rollándolo desde la misma puerta de entrada. Si logras burlar al
preceptor y maestro. monstruo, el hilo te servirá para regresar sobre tus pasos, en-
—Centauro, mitad caballo, mitad hombre; sátiro, mitad hu- contrar la salida y escapar.
mano, mitad macho cabrío; sirena, busto de mujer y cuerpo de No sólo logró Teseo burlar al minotauro, sino que hasta le dio
pez... muerte en singular y encarnizado combate. Y como había cum-
—...minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de toro. Con él se plido rigurosamente el plan de su amada Ariadna, no tuvo luego
enfrentó Teseo, otro de los grandes héroes mitológicos, en el más que seguir el hilo que había ido tendiendo por el suelo, para
laberinto de Creta. retornar sin perderse al punto de partida y lograr así fugarse del
—¿El laberinto de donde logró escapar Icaro con sus alas de terrible laberinto de Dédalo.
cera? Corriendo como un loco desanduvo Teseo las largas galerías
—Tal cual, muchacho. Aunque de poco le sirvió fugarse, aca- en busca de la puerta que lo llevaba a la libertad. Y dicen los
bando como acabó. Teseo corrió mejor suerte. Y gracias, otra poetas que cantaron esta hazaña, que toda la isla de Creta oyó,
vez, al amor. En esta ocasión al amor de Ariadna, que ayudó a conteniendo el aliento, los gritos de triunfo que Teseo lanzó a
Teseo a vencer al minotauro y, sobre todo, a salir del intrincado los cielos al verse libre y con vida.
laberinto del que nadie había logrado escapar jamás. De toda la mitología clásica, muchacho amigo, es ésta, sin du-
Es una hermosa historia, llena de poesía, por un lado, y de da, la más hermosa historia del triunfo del hombre sobre el inal-
misterio o suspenso, por otro. terable destino que rige la vida de los humanos y hasta la tra-
Minos era el rey de Creta y había mandado al arquitecto Dé- yectoria de los astros.
dalo construir un laberinto donde encerrar al monstruoso mi- Con ella te dejo por hoy; soy ya viejo y estoy fatigado. Otro
notauro. Todo su ingenio puso Dédalo en ello y el resultado fue día volveré con nuevas leyendas y nuevos nombres de dioses y
una complicada maraña de pasillos, túneles, recintos y puertas, de héroes. Homero, el viejo y ciego Homero, no sabe otra cosa
de la que nadie lograba nunca encontrar la salida. Ni el mino- que narrar historias. No olvides nunca la del intrépido Teseo. Y
tauro ni los jóvenes que en el laberinto eran encerrados para ali- no olvides, sobre todo, joven amigo mío, que si logró salir triun-
mentar al monstruo. fante del laberinto —la vida también lo es—, fue gracias al in-
—¿El minotauro se alimentaba con carne humana? genio que le infundió el amor.
—Así es. Pero para no tener que sacrificar a sus propios con- ¡La mitología es tan hermosa, muchacho...!
ciudadanos, el rey Minos encontró una fórmula política perfec-
ta: tras vencer en guerra a los atenienses, exigió a su rey Egeo
un tributo anual de siete mancebos y siete doncellas que eran POR TODOS LOS DIOSES
encerrados en el laberinto de Creta. A todos los devoraba el mi- RAMON GARCIA DOMINGUEZ
notauro, pero aun aquéllos que lograban librarse del monstruo
en un primer intento, perecían tarde o temprano destrozados por
Madrid.
su cornamenta, al no encontrar jamás la salida del laberinto. Y Grupo Editorial Norma.
no pocos morían de pura desesperación golpeándose la frente 2.003
contra el granito de los altos y enrevesados muros.

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