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La Vida Cotidiana. Dora Barrancos. Sudamericana

Este documento describe la diversidad de familias que existían en la Argentina a principios del siglo XX durante la transición demográfica. Describe que aún existían familias extensas con muchos hijos en el interior del país y las clases altas de las ciudades. También habla sobre el modelo emergente de familias nucleares de clase media con menos hijos. Describe costumbres como los viajes a Europa y el empleo de numerosos sirvientes en las familias aristocráticas.
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La Vida Cotidiana. Dora Barrancos. Sudamericana

Este documento describe la diversidad de familias que existían en la Argentina a principios del siglo XX durante la transición demográfica. Describe que aún existían familias extensas con muchos hijos en el interior del país y las clases altas de las ciudades. También habla sobre el modelo emergente de familias nucleares de clase media con menos hijos. Describe costumbres como los viajes a Europa y el empleo de numerosos sirvientes en las familias aristocráticas.
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enfermedades podían debilitar la especie, en particular las sexual-

mente transmisibles, y que ello se agravaría porque las mujeres


abandonaban el hogar para ir a trabajar, descuidando la crianza de
los hijos. Si a ello se une una extendida presión del período empe-
ñada en "fundar la nacionalidad", todo ello fomentó un ideal de
familia y de comportamiento de los sexos que ayudó a establecer,
a medida que avanzaba el nuevo siglo, una clara frontera entre lo
íntimo y lo público, ámbitos éstos que no significaron lo mismo
para los hombres y para las mujeres. Lo público fue ocupado mu-
chas veces por voces autorizadas que señalaban a la familia como
la célula fundamental para la formación de los individuos y el sos-
tén de la Nación, como nexo entre lo íntimo y lo de afuera, cuyo
mandato era unir la moral doméstica con las buenas costumbres
del colectivo. Ingresemos a considerar qué difícil era esa tarea una
vez que no había, precisamente, un único modelo familiar.

DIVERSIDAD DE FAMILIAS en la DEMOGRAFÍA DE


la transición

Durante esas décadas sobrevivió en la Argentina el modelo pa-


triarcal de familia extensa con un gran número de hijos y otros
miembros "agregados", no siempre parientes. La enorme mayoría
de las familias de tronco patricio mantenía una alta natalidad aun-
que hubieran empobrecido, de modo que en promedio conseguían
sobrevivir a la adolescencia alrededor de siete hijos.
Si bien durante este período inició su firme paso el modelo de-
mográfico "transicional" —lo que significó la inexorable caída de
las tasas de natalidad y de mortalidad—, la familia extensa de ca-
rácter tradicional se perpetuó en la mayoría de las provincias del
interior y, desde luego, entre los sectores de la gente "decente" de
las grandes ciudades. Muy raramente se encontraban familias nu-
cleares, esto es, de escaso número de miembros, apenas padres y
pocos hijos, entre la aristocracia de la capital y las provincias; cuan-
do en esas familias había pocos niños, ello constituía una preocu-
pación y motivo de toda suerte de comentarios. Una crónica del
período hace referencias a la excentricidad de una pareja descen-
diente de familias ilustres que había renunciado a tener hijos. Es
que cuando se trataba de una decisión propia eran figuras extrava-
gantes —desde luego, no por eso menos respetadas— y cuando
había un impedimento físico, concitaban consternación.
El sentimiento amatorio con relación a la infancia sin duda se
había extendido entre estos sectores y ello puede advertirse en la
desolación que produce la muerte —todavía muy elevada— de los
pequeños, tal como se desprende de muchas memorias. En la ma-
yoría de estas familias aumentó la preocupación por hacer buenos
administradores de los bienes a los hijos varones mayores y resul-
tó evidente el impulso a la profesionalización que recaía sobre
todo en la abogacía. En general, todas las familias pudientes aspi-
raban a tener todos sus hijos varones universitarios.
Seguramente en las casas distinguidas y en las que deseaban
asemejarse, el código de educación de los niños se refería a las
mismas cuestiones que fueron rectoras en el seno de la familia
Carranza: "No castigar a los niños delante de extraños..., evitar
bochornos... ya que los castigos no deben trascender (...) La oreja
de la taza se toma con el índice y el pulgar de la mano derecha (...)
Sentarse derecho (...) No cruzar las piernas, no colocar los codos
en la mesa (...) No usar palito (...) No estornudar ni bostezar en la
mesa (...) Responder sólo cuando se nos interroga, no iniciar con-
versaciones con los mayores. No eructar; no hacer comentarios
sobre la comida, aunque no sea del agrado (...) No hurguetear la
nariz; no llevar el cuchillo a la boca, no hacer ruido al comer, no
comer con la boca abierta...". 1
Los viajes a Europa cargando a toda la familia (y buena parte de
la servidumbre) constituyeron un hecho común —un clásico de
los modos de vivir de las familias "decentes", sobre todo de las
radicadas en Buenos Aires—. En muchas oportunidades eso sig-
nificaba una larga permanencia de los jóvenes que iban a hacer
estudios, aunque lo que se procuraba no era exactamente la obten-
ción de un título universitario en una prestigiosa institución edu-
cativa, sino la experiencia mundana, el contacto con determinados

1
Carlos A. Carran/a, Recuerdos de la infancia, Buenos Aires, Talleres Gráficos Rosso,
1947.
sectores sociales que posibilitaban un incremento del "roce so-
cial", imprescindible para la clase. La prodigalidad de los viajes al
Viejo Continente, con centro en París, fue pues un hábito que arrai-
gó por esos años. A medida que aumentaban el patrimonio y los
negocios casi siempre vinculados a la tierra, las relaciones con el
Viejo Mundo se consolidaron a tal punto que algunas familias te-
nían doble residencia, pasando una parte del año en la mansión de
extraordinaria magnificencia en Buenos Aires y otra parte en la
apenas un poco menos lujosa de París.
Los parientes pobres de la aristocracia argentina no podían emu-
lar a los más ricos. En el interior muchas familias conservaban
apellido y alcurnia, pero no podían darse los gustos de las porte-
ñas. A menudo, las familias en mejores condiciones ayudaban a
los parientes pobres, especialmente a las viudas con numerosos
hijos residentes en las provincias. No era nada raro el recibo de
algún pariente por cierto tiempo, que viajaba a Buenos Aires solo
o acompañado. La situación de las sobrinas solteras de los troncos
patricios provinciales, amenazados por la falta de recursos, con-
movía sobre todo a las tías portadoras de grandes apellidos que se
disponían a ofrecerles por lo menos una amplia hospitalidad, ves-
tidos y ajuares. Muchas matronas confeccionaban algo de su pro-
pia ropa o la de sus hijos ya que ello era considerado una virtud
femenina angular aun en ese sector social más empinado.
No dejaba de llamar la atención el enorme número de sirvientes
de que disponían las familias tradicionales aun entre los segmen-
tos empobrecidos. A veces existía un sirviente por cada miembro
de la familia, de tal modo que en ciertas residencias podían encon-
trarse conjuntos de veinte y más personas. Quienes permanecíarf
solteros entre la servidumbre y habían creado lazos de "fidelidad",
solían vivir toda su vida con la familia señorial y hacerse acreedo-
res a legados y a otra suerte de reconocimientos. El casamiento de
una criada fiel podía representar desde la compra del terreno hasta
el mobiliario a cargo de la familia, luego el padrinazgo de los hijos
y más adelante algún auxilio en la enfermedad o el desamparo. Si
bien una buena parte de los criados eran mujeres, era de muy buen
tono disponer de criados (valets) varones; en Buenos Aires, du-
rante las décadas del '80 y '90 hubo al parecer entre las familias
patricias una clara preferencia por las muchachas vascas, a las que
se creía más diligentes y fieles, tanto como por los varones galle-
gos. Pero si bien las españolas seguramente hegemonizaron el ser-
Borrador de memorias

Yo era muy chico y no tengo una visión de conjunto para decir hasta
qué punto Flores estaba separado del centro, pero sé que las señoritas y
los jóvenes se paseaban en la estación a la llegada de los trenes como
aún se hace hoy en pueblos lejanos. Esa costumbre persistió hasta bien
adelantado el siglo. En 1914, ya mocito fui muchas veces a la estación
de Flores a lucir mi galerita, nuestras galeritas, pues esas excursiones
las hacía en compañía de Mulato del Molino Torres, mi gran amigo de
la adolescencia, muerto antes de los veinte años y cuyo recuerdo aún
me entristece.
Otros de los encantos del Flores de mi infancia eran las quintas, las
grandes quintas señoriales de artísticas rejas y jardines poblados de
blancas estatuas. Para muchas familias eran residencia habitual y para
otras lugares de veraneo. Se daban suntuosos bailes; se organizaban
brillantes cabalgatas. Recuerdo, como un cromo inglés, las amazonas
de larga falda y galerita montando briosos caballos de sangre. En con-
traste con esa vida elegante, a pocas cuadras de la plaza daban sus
interminables vueltas las yeguas de los pisaderos de los hornos de la-
drillo. Hacia el sur se extendían los inmensos bañados, cuyos aguazales
veíamos espejear al sol entre los verdes tiernos y los amarillos de los
juncales cuando llegábamos en nuestras correrías hasta las altas lomas
que los limitaban. Era una "térra incógnita " donde sólo se arriesgaban
intrépidos cazadores tentados por su rica fauna acuática. De tanto en
tanto, se levantaba a lo lejos la nubecilla azul de un disparo. Entre sus
intrincadas malezas se agazapaban míseros ranchos, refugio seguro de
malevos perseguidos por la justicia, cuyos agentes no se arriesgaban a
perseguirlos allí, donde el reconocimiento del terreno y la solidaridad
del hampa los hacía inexpugnables.
En las quintas se practicaba una cordial hospitalidad. Los cuidadores,
con permiso de sus dueños, franqueaban las puertas a los visitantes
que, por una propina, que no pasaba de los diez centavos, tenían dere-
cho a comer toda la fruta que quisieran. Eos concurrentes habituales
eran, salvo alguna que otra señora con niños, jóvenes y señoritas que
iniciaban allí honestos idilios a la sombra de los parrales. Un racimo
de uvas cortado con destreza por el galán y picoteado entre sonrisas y
arrumacos por la damisela fue el origen de muchos matrimonios de
señoras que hoy son abuelas.
Y esto es todo lo que recuerdo del Flores de principios del siglo, por
cuyas calles he vagado y divagado tanto el resto de mi vida.
Conrado Nalé Roxlo, Borrador de memorias, Buenos Aires, Plus Ultra, 1978.
vicio doméstico, fue común la presencia de italianas —era una
italiana quien ejercía las funciones de mayordomo en el gran pala-
cio de los Ortiz Basualdo que hospedó al Príncipe de Gales— y
más rara la de otras nacionalidades en estos puestos.
Las familias patricias adoptaron la moda del veraneo en quintas
y chacras aledañas a las ciudades así como el disfrute de la playa.
Ya en los años '80 la mayor parte de aquellas tenía una propiedad,
o alquilaba alguna, para hospedar a toda la familia desde inicios
de noviembre. El memorioso Carlos Alberto Carranza, por ejem-
plo, narra los largos meses del estío en la zona de Belgrano (re-
cientemente incorporada a la ciudad de Buenos Aires), el disfrute
de las aventuras en el monte de árboles, los juegos de naipes, las
bromas que se gastaban a las pocas mujeres jóvenes que transita-
ban siempre acompañadas por el camino de acceso, tantas veces
barroso, y la labor en la granja y la huerta a cargo de una familia
italiana, con un único hijo que en realidad era del hombre.
No deja de sorprender que el momentáneo desarraigo del centro
de la ciudad donde habitaban implicaba también dejar las escuelas
(eran por lo menos tres los niños en edad escolar e iban a distintos
establecimientos públicos), para cursar con una docente de origen
inglés que había instalado un establecimiento en Belgrano.
En el interior, las familias tradicionales también emprendieron
la costumbre del descanso en las quintas, pero muy difícilmente
pudieron adoptar el mar: las distancias eran casi insalvables, y sólo
cuando el ferrocarril unió Buenos Aires con Salta, Tucumán, San-
tiago del Estero y las provincias cuyanas y el litoral, pudo realizar-
se en apenas unos días la travesía. Para llegar a Salta en la década
de 1880 —recorrido que se hacía en diligencias y recordamos que
este transporte se siguió usando durante todo el período para unir
puntos aún no contactados por el ferrocarril— se demoraba más
que en un viaje a Europa.
El hábito de la playa marcó a las familias litoraleñas y de modo
especial a las porteñas. El turismo patricio a Mar del Plata se afir-
mó a medida que avanzaba el siglo y también este lugar fue alcan-
zado por la sofisticación de los gustos, sofisticación que se trasla-
daba de las mansiones metropolitanas a las residencias costeras,
llevando utensilios, adornos y mobiliario dignos de ocupantes de
alcurnia cada vez más adictos a los placeres —diurnos y noctur-
nos— que producían las largas vacaciones marítimas. Otra com-
petencia para el descanso, y no sólo veraniego, eran las estancias.
Por esos años se acentuó, definitivamente, el extremo cuidado
edilicio y estético de los cascos. Algunas estancias son tan magní-
ficas que Blasco Ibáñez queda maravillado y no sale de su asom-
bro al encontrar en una de ellas desde luz eléctrica, gracias a un
generador propio, hasta un sistema de calefacción. Se admira de
los salones riquísimos, con objetos de mucho valor en los que no
faltan la platería ni los cristales importados; en uno se encuentra el
piano majestuoso que es hábilmente tocado por algún miembro
femenino de la familia. Si se prefiere, a la hora de la cena la con-
versación puede discurrir en francés. Este dominio de las lenguas,
sobre todo del francés, ha sorprendido a otros viajeros. La biblio-
teca de la estancia revela una actualización que deja aun más des-
concertado al visitante: además de una excelente colección de li-
bros, dispone de revistas francesas e inglesas de estricta actua-
lidad.
Dejemos la familia patricia y vayamos a la nueva familia de
clase media urbana que ya limita el número de nacimientos. Se
trata de profesionales, comerciantes, pequeños empresarios, cuen-
tapropistas, empleados de cierto rango de la administración públi-
ca y privada, de los servicios, profesores. Una proporción elevada
está compuesta por extranjeros que han contraído enlace en el país
y que en vista de las perspectivas de seguir progresando, quieren
un porvenir mejor para los hijos. Hacerles posibles los estudios
todo lo que se pueda hasta mandarlos a la Universidad es el deseo
íntimo referido a la crianza de los hijos. Para las mujeres se prefie-
re que sigan el magisterio, pues las maestras consiguen empleo y
están bien consideradas aunque su salario no sea muy alto; una
familia ofrece una señal de elevación cuando las hijas siguen la
carrera del magisterio. Un número muy reducido piensa que las
jóvenes podrían labrarse un futuro interesante si "adornan" su for-
mación con una carrera como Letras, que efectivamente ya cuenta
con no pocas mujeres hacia 1916. Pero por destacadas que resul-
ten sus virtudes intelectuales no pueden descuidarse las habilida-
des básicas femeninas: las muchachas tienen que saber labores y
si es posible costura, deben aprender las tareas domésticas y todo
aquello que cuenta para poder casarse y llevar adelante un hogar.

Entre los grupos abiertos a las nuevas ideas, liberales, socialis-


tas, anarquistas, la educación femenina constituía un valor funda-
mental. Debía hacérseles leer mucho y era muy bueno dejarles a
mano el diario para que pudieran aficionarse a la lectura del folie-
tín. A menudo se pensaba en la importancia de la educación musi-
cal, de tal modo que uno de los sacrificios que en algún momento
realizaba la familia era la compra del piano reclamado por la pro-
fesora de la academia. Enrique Banchs no se sorprende por el he-
cho de que la mayoría de las jovencitas de Paraná aprendieran
piano. Una de las mayores emociones era ver el nombre de la niña,
entre quienes habían sorteado con éxito los exámenes musicales,
publicado por algún medio de gran circulación. El gusto por la
música, y en particular por la ópera italiana, se hallaba muy exten-
dido entre los miembros de esa comunidad y eran numerosos los
apellidos de este origen que aparecían en los variadísimos aconte-
cimientos relacionados con el canto y la música de ese período,
por lo menos en Buenos Aires, que iban desde la asistencia a las
academias musicales hasta la participación en coros y la forma-
ción de pequeñas orquestas o conjuntos musicales, algunos pocos
conformados exclusivamente por mujeres. Para los varones, si no
continuaban estudiando, no faltaban las oportunidades y ello de-
pendía de lo que quisieran hacer: alguna capacitación en una habi-
lidad manual o técnicas administrativas, porque estaban aparecien-
do cada vez más oportunidades en el servicio público.
El veraneo de las familias se reducía a eventuales salidas a cier-
tos lugares típicos de alrededor de las ciudades, a paseos a las
costas de ríos, a lagunas, montañas o bosques. Desde la primavera
en adelante eran numerosas la posibilidades de hacer picnic y si se
era miembro de alguna sociedad mutual, gremial o étnica, no fal-
taban las ocasiones de participar en fiestas al aire libre. Sin embar-
go, las familias mejor posicionadas también comenzaban a procu-
rarse lugares menos eventuales de veraneo y algunas podían darse
el gusto de un viaje a Europa.
El mayor ahorro familiar, después de la casa propia construida
gracias a los bajos precios de un loteo —era enorme la oferta de
lotes en todas las ciudades en franca expansión—, era mejorar el
mobiliario, algo que podía hasta resultar más caro que un viaje al
Viejo Continente, comprar adornos y preparar los ajuares de las
muchachas que con certeza consumían mucho más de un año de
trabajo.
Lo notable es que si uno o los dos progenitores eran italianos, la
lengua no perdurará ya que los hijos, si pueden entender lo que
hablan sus padres, no tendrán ninguna vocación de asumirla. Un
visitante se asombra de esta pérdida, infrecuente en otras latitu-
des. Es que la necesidad urgente de asimilación y de reconoci-
miento aconsejaba a los padres —especialmente a los que aposta-
ban a un rápido cambio de vida— no insistir con el cultivo del
idioma, que no gozaba de buena acogida entre los sectores socia-
les dominantes.
La familia de la franja de los trabajadores más calificados ten-
día a constituir un ideal de vida cuya primera preocupación los
llevaba a mejorar la vivienda, a construirse la casa con algunas
comodidades, aun a riesgo de alejarse de los lugares de trabajo.
Sólo en la medida que era imprescindible las mujeres trabajaban,
de preferencia las hijas y en menor medida las madres. Pero si la
situación familiar era relativamente pasable se prefería que todas
permanecieran en casa haciendo los menesteres domésticos y per-
feccionándolos. El casamiento respetable resultaba la mejor sali-
da, pero se hacían decididos esfuerzos por la educación de las ni-
ñas, sobre todo si había orientaciones ideológicas reivindicadoras
de la clase. Frente a la posibilidad de tener que salir a trabajar,
había estímulos para la búsqueda de un puesto en el comercio o en
los servicios.
Entre los trabajadores menos favorecidos el espejo de la clase
media estaba todavía muy lejos. Pero ya se trate de trabajadores de
mejores niveles de ingresos como de menores, cuentan todos con
el gran entretenimiento familiar de los paseos domingueros que
ofrecen los largos recorridos en tranvía, de excursiones que llevan
todo el día y que son económicas, y de las tertulias que hacen de la
cocina el centro neurálgico del grupo doméstico.
Las familias pobres, y sobre todo las de origen criollo que habi-
taban el interior del país, exhibirán todavía una tendencia a un
gran número de hijos y la mortalidad infantil será muy elevada. En
los ingenios norteños raramente las mujeres salían de sus casas
para hacer tareas con los hombres. Sólo en las familias muy nece-
sitadas se incorporaba toda la familia, incluidos los niños. Cuando
abundaba el agua, las criollas resultaban impecables en materia de
higiene a pesar del enjambre infantil que pululaba en casas de ado-
be, la mayoría de las veces de una sola habitación-cocina donde
dormían todos los miembros de la familia.
Las familias del Norte, y no sólo de esta región, solían ampliarse
notablemente con agregados, a los que se brindaban toda suerte de
hospitalidad. Había una enorme capacidad de entretenimiento do-
méstico, con música provista por guitarras y a menudo arpa, al
que se agregaban las danzas, espectáculo que se acompañaba de
comidas y bebidas. Los vecinos participaban y esta función, que
transcurría todas las noches hasta tarde, solía rotarse, una casa hoy
y otra mañana. Pero las casas tenían exactamente lo preciso en
materia de utensilios y la comida se hacía en un fogón o en el '
horno de barro. Mate y galleta dura resultaban infaltables —tam-
bién era común el pan con grasa—, mientras se armaba una tortilla
o se cocinaba el locro u otras comidas a base de maíz, como el
mote, la pasacana, o las que llevaban zapallo —muy condimenta-
das todas y casi siempre con el ingrediente del charqui—. Si bien
los códigos podían ser tan estrictos como ocurría en la familia de
clase media urbana, aquí por lo general no se dictaban tantas nor-
mas a la vida y los emparejamientos solían ser más libres.
Otras familias estaban constituidas por conjuntos de origen ex-
tranjero en el mundo rural, tales como los "gringos" y judíos de
las colonias santafecinas, cordobesas, bonaerenses y pampeanas,
para señalar algunas áreas expresivas y aunque había diferencias
derivadas de los orígenes étnicos, las condiciones de vida y el or-
den material de la supervivencia les conferían alguna asimilación.
Se trataba de familias que si bien tenían todavía un número impor-
tante de hijos, no alcanzan la cifra de las franjas más pobres de la
sociedad, ni desde luego la de las familias tradicionales.
Las mujeres jugaban un papel singular pues además de partici-
par fuertemente en los trabajos de subsistencia —cuidado de la
huerta y de los animales de granja, además de realizar las tareas de
ordeño y la manufactura de productos lácteos y la dulcería— so-
lían dar algunos pálpitos sobre la producción. Las imágenes de las
chacareras, con sus vestidos largos y pañuelos en la cabeza, ocu-
pando activamente el espacio que rodeaba la casa con diversos
menesteres, contrastaba con las de otras mujeres rurales. En gran
medida se debía a ellas la procura de la escuela próxima para man-
dar a los niños y aun la demanda de establecimientos en las colo-
nias, así como se les debía la voluntad de organizar los servicios
religiosos, radicando sacerdotes, pastores o rabinos.
La casa que ocupaban era de material y constaba por lo menos
de dos grandes ambientes aunque el retrete debía quedar afuera.
Se nos aparece en las fotografías del período —y en el testimonio
de diversos viajeros— como una construcción de cierta calidad,
sorprendente en medio de las precariedades medioambientales, en
donde se imponía, durante todo el período, el uso de diligencias,
luego de charrets y, cuando las cosas mejoraban, de breaks (algo
más elegantes) para trasladarse. El mobiliario era muy sencillo y
la higiene solía ser ejemplar. Los años de buena cosecha permitían
alguna expansión, ciertos derroches como la compra de telas para
vestidos, pero era necesario ahorrar, ahorrar mucho —los piamon-
teses y un grupo religioso dentro de ellos, los valdenses, eran pa-
radigmáticos en la materia—, sobre todo porque la cosecha era
siempre un gran azar, amenazada por todo tipo de hostilidades,
desde la lluvia, poca o mucha según se tratara, hasta las plagas,
entre ellas la temida —y reiterada— manga de langostas.
En estas familias, los hijos varones mayores adquirían muy tem-
prano enormes responsabilidades y debían permanecer en la cha-
cra. Sólo los menores tendrán alguna chance de continuar estu-
diando y, tal vez, llegar a la Universidad. Para las mujeres, con la
escuela primaria era suficiente. Pero no eran raras en el seno de
algunas familias las lecturas colectivas en las que alguien en voz
alta desgranaba imágenes, epopeyas, aventuras y aun escenas ro-
mánticas cuando no páginas consagradas a afirmar la fe religiosa.
Sólo en contadas ocasiones y dependiendo de las sensibilidades
familiares con relación a lo letrado, alguna muchacha destacada
por su inteligencia y voluntad abandonará la familia para seguir
estudios y abrirse camino con una profesión.
Otros grupos humanos que constituían familias singulares esta-
ban representados por los pueblos indígenas del Norte y del Sur,
con gran variedad étnica e igual diversidad de tradiciones, ritos y
costumbres. Los ecos de la expedición del general Roca estaban
todavía frescos y estas poblaciones en el contexto del período re-
sultaban una "anomalía", un residuo arcaico que debería eliminar
la civilización. Raleaban las opiniones de contemporáneos que se
contraponían a esta concepción de la época.
Algunos viajeros, como Vicente Blasco Ibáñez, sin contradecir
absolutamente las visiones dominantes, se asomaban a la cotidia-
nidad de estos grupos entendiendo apenas lo superficial: el enor-
me número de hijos, la falta de higiene, la entrega fácil de las
muchachas muy jóvenes a los blancos, la espantosa precariedad
de las chozas, la manía orgullosa que tenían los hombres de vestir
ropa, aunque fuera harapienta, de soldados, la casi desnudez de las
mujeres, salvo en los grupos más urbanizados. Una visión sin duda
más comprensiva de las costumbres criollas y aborígenes nos ha
dejado Roberto J. Payró, especialmente de la generosidad de esos
pobres para compartir aves siempre flacas de corral, charqui y gra-
nos de la mazamorra o del locro, o para celebrar con discreción la
independencia sexual de algunas mujeres cuyos maridos habían
ido lejos a trabajar o las habían abandonado para siempre.
Para banalizar aun más estas percepciones no faltaban aconte-
cimientos. En esos años ocurrieron algunos hechos que erizaban
la piel: un explorador de nombre Ibarreta se había internado en el
Pilcomayo —es difícil saber a ciencia cierta con qué intenciones—
y hasta decidió quedarse a vivir definitivamente, atraído por una
joven india. La leyenda insistía en que deseaba hacer vida con los
indígenas, atraído por la mayor libertad sexual que encontraba entre
las tribus de la región. Corrió la noticia de que había sido asesina-
do, lo mismo que el pintor de apellido Boggiani, que habitaba en
el Paraguay y que al parecer también tuvo amores con indias. Los
relatos fantaseaban sobre la sexualidad de estas mujeres.
Sin embargo, para observadores como Roberto Payró, Ciro Bayo
y Enrique Banchs, el reconocimiento del legado indígena era in-
soslayable. Para el primero no debía encontrarse sólo en el fenó-
meno de la mezcla de la sangre aborigen con la española, sino en
una serie de costumbres que sobrevivían, sin duda metamorfosea-
das, en diversas liturgias cotidianas. Para el segundo, ese legado
ocupaba el centro mismo de la comunicación y tenía soberanía en
el lenguaje: el criollismo era su consumación.
El paisaje de las familias que acabamos de presentar es inaca-
bado y hay que percibirlo dinámicamente, incluyendo la pérdida
de uno o de ambos progenitores —la muerte tronchaba vidas jóve-
nes— y aun por otras razones, como padres que retornaban a sus
países de origen dejando a las mujeres con los hijos, o el abandono
deliberado para formar otra familia. Resultó menos común que las
mujeres hicieran completo abandono de sus familias; si había que
dejar el hogar siguiendo a un hombre o forzada por la dureza de
una convivencia infeliz —de alta probabilidad en el período—, se
cargaban los hijos, aunque entre los sectores populares, para so-
brevivir, fuera común distribuir los hijos menores entre parientes
y no parientes. Ello ocurrió frecuentemente frente a la muerte del
jefe de familia. Las casas de la gente "decente" solían ser el recep-
táculo de estas distribuciones y buena parte de las "criaditas" pro-
cedían de disoluciones familiares; también las instituciones reli-
giosas solían contar con niñas y adolescentes de esa procedencia.
Fueron en extremo común en las regiones del interior —y en
todos los segmentos sociales— las ramas encadenadas de "fami-
lias" cuyo vínculo en común eran los numerosos hijos ilegítimos
de varias mujeres. Por otra parte, durante las primeras décadas de
este período, la reciente Ley del matrimonio civil resultó inocua.
Repetidamente, las parejas apenas si solicitaron el sacramento del
matrimonio (aun en Buenos Aires, el número de casamientos reli-
giosos era menor que el civil) y otorgar juridicidad al vínculo esta-
ba muy lejos del propósito —y hasta del conocimiento— de una
gran cantidad de gente.

conflictos y resoluciones de LA MATERNIDAD


no QUERIDA

Es evidente que el descenso de la natalidad se produjo en las


parejas que se forjaban mejores condiciones de vida y que repre-
sentaban a los sectores medios urbanos. Entre éstos se acondicio-
naron actitudes mentales, sentimientos y prácticas consecuentes
destinados a reducir el número de hijos. La cuestión implicaba
métodos y lo que la demografía vino a mostrar, con estadísticas
decrecientes de natalidad, remitía a decisiones íntimas que gene-
ralmente recayeron en la firme voluntad de las mujeres. Fueron
ellas las que seguramente manifestaron de manera más contun-
dente el duelo por la pérdida de criaturas, la infelicidad por las
contingencias que amenazaban a proles numerosas, la conciencia
de protección que debía garantizarse a los niños, su derecho a edu-
carse y el trazado de cada trayecto filial. También comenzó a con-
tar el extendido sentimiento de autopreservación. Huir de la posi-
bilidad de morir en un parto y eludir las fatigas de infinitas obliga-
ciones fueron más o menos conscientemente considerados. En es-
tos nuevos cálculos no estuvieron solas aunque es difícil estimar
la repercusión de las voces auxiliares.
Efectivamente, como en otras latitudes, el concepto de contra-
concepción encontró difusores que pudieron manifestarse más abier-
tamente a través de conferencias, folletos y de cierta prensa perió-
dica a medida que avanzaba el nuevo siglo, respondiendo a lo que
en la época se denominaba el "librepensamiento" y, de manera es-
pecial, a las ideas anarquistas. Así, la defensa del derecho a regular
los embarazos fue un aspecto significativo de la prédica libertaria
al calor de las posiciones más audaces que se ventilaban en Euro-
pa. En buena medida ese derecho estaba asociado a la necesidad de
preservar el buen desarrollo de la especie, cuidando severamente
la calidad de la reproducción para garantizar una población sana.
El propósito eugenésico —que constituyó un motor fundamental
para la reforma social, higiénica y sanitaria en el país— estaba en
la base de la defensa de la contraconcepción, cuya argumentación
empleaba el nombre de "neomalthusianismo", en alusión a las teo-
rías catastróficas sobre la procreación sostenidas por Malthus. Para
forjar una conciencia contranatalista se hacía referencia a las en-
fermedades de transmisión sexual, con su amenaza de taras en los
descendientes, a la tuberculosis y a otras dolencias que constituían
un azote grave del que había que prevenirse si se quería una huma-
nidad física, mental y espiritualmente calificada. Había pues que
fomentar medidas que evitaran el gran número de nacimientos y
sobre todo impedir que las personas enfermas pudieran engendrar.
Los sectores trabajadores —tan expuestos a las enfermedades por
sus malas condiciones de vida— debían evitar los hijos. Pero por
importante que fuera esta prédica, estaba reducida sólo a algunos
sectores y es poco probable que su influencia se dejara sentir efec-
tivamente en las decisiones de las parejas de las clases trabajado-
ras. Sin embargo, no debería restarse significado a la persuasión
ocasional de que fueron capaces estos mensajes.
Indudablemente el coitus interruptus fue la medida contracon-
cepcional de mayor aceptación, seguida de los lavajes, con menor
uso del condón y de otros medios mecánicos. Sólo entre los gru-
pos sociales mejor posicionados hubo posibilidad de acceso a es-
tos últimos. El problema radicaba en el frecuente fracaso de cual-
quiera de ellos.
La interrupción del embarazo se presentaba así como una cues-
tión grave con muy escasas posibilidades de cuidadoso abordaje,
más inabordable aún a medida que las interesadas resultaran mu-
jeres de menores recursos. Entre los sectores populares las prácti-
cas de las comadres no siempre garantizaban la expulsión y lo más
dramático era que muchas mujeres terminaban muriendo. Sin em-
bargo, las parteras muy expertas debieron trabajar con menos ries-
gos, además de ser buenas consejeras; seguramente en ciertos ca-
sos se interpusieron desalentando el aborto cuando entrevieron su
complejidad. Esta hipótesis está fuertemente sugerida por otra que
identifica al aborto como la receta contraconcepcional que, final-
mente, encontraron aquellas mujeres decididas a no aumentar el
número de hijos. Si no se podían evitar los embarazos sí se podían
impedir los nacimientos. La caída incontenible de la tasa de nata-
lidad seguramente está más asociada a la interrupción de los em-
barazos que al éxito masivo de las fórmulas contraconcepcionales.
Y si bien la mortalidad por infección puerperal fue indudablemen-
te alta, hay que admitir que la pericia de las matronas seguramente
evitó un panorama más tétrico. En verdad, el aborto más grave era
el que recaía en la manipulación de las mismas interesadas, de una
conocida o de alguna comedida inexperta. En esos casos la posibi-
lidad de la infección era enorme y mínima la de sobrevivir.
Pero para quienes podían pagar, las buenas parteras que ayuda-
ban a dar luz también se disponían a realizar prácticas abortivas.
Nativas y extranjeras empleaban los diarios capitalinos para ofertar
servicios, desde luego de manera velada y casi entre líneas. Sin
duda, esta oferta se hizo más amplia en las décadas posteriores,
cuando aumentó la demanda por tales servicios.
No es necesario señalar la tenaz oposición de la Iglesia a estas
prácticas. Pero la Iglesia no estaba sola con relación al problema.
No se encontrará posiblemente ningún sector, ni de opinión
"librepensadora", ni mucho menos médico, que se refiera al abor-
to voluntario sin el adjetivo de "criminal". Se podrá moderar sus
causas, disminuir el acento delictivo del acto y hasta ignorar su "
existencia, pero el resultado común es la más estricta condena so-
bre todo a sus oficiantes. Como en otras latitudes, no deja de ser
paradójica la larga práctica social del aborto en ese cambio de si-
glo, a contrapelo de la opinión pública autorizada.

LAS OTRAS instituciones DE la SEXUALIDAD:


prostitución Y OTRAS RELACIONES ÍNTIMAS

En las últimas décadas del siglo XIX ya se había instalado un


numeroso repertorio de prostíbulos que disponían de gran número
de mujeres entre quienes sobresalían las de origen europeo. En las
grandes ciudades competían los muy sofisticados —con renova-
ción permanente de "pupilas", veladas musicales y hasta salas de
juego— con casas de tolerancia de muy modesto porte. Prostitu-
ción, ya se sabe, hubo siempre; la novedad consistía en la magni-
tud escalofriante del negocio y en su articulación internacional, en
la circunstancia de que la Argentina fue reconocida como uno de
los lugares de mayor incidencia en materia de trata de blancas.
La opinión europea no exageraba. El hecho de que el país se
poblara de manera impresionante y el arribo de ondas de hombres
solos fueron señales suficientes para que la prostitución resultara
una muy lucrativa actividad, por lo que hacia aquí se dirigieron
organizaciones de rufianes que captaron a cientos de candidatas
—sobre todo del Este europeo—con diversos procedimientos. Ade-
más del gran negocio concentrado de la prostitución —ciertas co-
munidades, como la judía, veían con enorme preocupación que
algunos de sus miembros se dedicaran al proxenetismo—, prolife-
ró el número de "cafishios" que regenteaban la actividad en escala
más modesta. No hubo pueblo del interior, por pequeño que fuera,
que no haya visto surgir su casa de citas, atendida por "madamas"
y adonde a menudo iban a parar las mujeres de origen europeo,
rezagos de los circuitos más jerarquizados. En las provincias so-
bresalían las oficiantes de origen criollo. Rosario, en particular, se
distinguió por la magnitud con que apareció el fenómeno, por las
intrincadas articulaciones entre el poder económico y político vin-
culado al mismo y por la creciente preocupación de sus reformis-
tas para disminuir sus efectos mediante una serie de intervencio-
nes higiénicas, tal como ocurría en Buenos Aires y, en menor
medida, en los municipios más poblados de todo el territorio na-
cional.
En buena parte las grandes comunas optaron por legalizar la
actividad —en la década de 1870 tanto Buenos Aires como Rosa-
rio ya contaban con ordenanzas reglamentarias— y ese ejemplo
fue seguido en municipios más pequeños. La mayor preocupa-
ción de los reformistas del período consistía en el control médi-
co-sanitario de las profesan-
tes —desde luego no de los
clientes— debido al miedo
generalizado al contagio de
las enfermedades venéreas a
cuya cabeza se hallaba la sí-
filis. La creación de sifilico-
mios y dispensarios constitu-
yó un lugar común en el pro-
grama reglamentarista de "
esos años, organismos éstos
que necesariamente actuaban
en estrecha cooperación con
las policías que tenían a su
cargo la identificación de las
prostitutas, el efectivo con-
trol de la intervención sani-
taria y la inspección de los es-
t a b l e c i m i e n t o s . Paralela-
mente, se multiplicaban las
formas ilegales del ejercicio
de la prostitución.
Desde el punto de vista de los más radicalizados —una vez más,
"librepensadores" y anarquistas—, que señalaban la hipocresía del
vínculo matrimonial pues sólo respondía a la conveniencia y a
razones de interés, la prostitución era una forma de auténtico
reaseguro para el matrimonio convencional y por lo tanto una ins-
titución solidaria de la sociedad burguesa. Lo que aquél no podía
garantizar por ausencia de vínculos amatorios y de pasiones ins-
tintivas, sí podía obtenerse en el circuito paralelo de la sexualidad
sin consecuencias.
El arraigo definitivo del principio de que la sexualidad tenía
como objetivo exclusivo la reproducción —que se reforzó gracias
a diversas construcciones del siglo XIX—, encontraba obstáculos
ya que el comportamiento efectivo de las personas se empeñaba
en contradecirlo. Desde luego, la Iglesia y el pensamiento que le
era cercano propiciaban el matrimonio casto, y si bien no puede
decirse que observaran con indulgencia el oficio de las rameras,
debieron admitir que mientras efectivamente la moral matrimo-
nial, núcleo de la idea de familia, no fuera comprometida, había
que cerrar los ojos a los pecados de aquéllas.
Entre los extremos representados por los más radicales y los
muy conservadores se situaban los empeñados en las reformas
sociales. Aunque no comulgaran con la idea de que las prostitutas
fueran auxiliares de las familias y tampoco estuvieran del todo
convencidos de identificar moralidad con reproducción, preferían
denunciar las consecuencias sanitarias de la prostitución. Dividi-
dos entre reglamentaristas y antirreglamentaristas (esto es, a favor
y en contra de mantener casas de tolerancia), apuntaban al peligro
de las enfermedades y al futuro de la especie. Por lo tanto, las
medidas profilácticas y sanitarias, más que las críticas costum-
bristas, estuvieron a la orden del día en sus intervenciones.
Desde el punto de vista práctico, la concurrencia a los lupanares
constituyó un tránsito absolutamente común en todos los sectores
sociales. Los padres, los amigos y los consejeros incitaban a la
iniciación sexual de los jóvenes con prostitutas. Preocupaciones
con la identidad sexual de los adolescentes y, especialmente, con
los hábitos del vicio solitario —el onanismo alcanzó niveles exa-
cerbados de problematización médica y pedagógica— culmina-
ban casi sin reservas en la necesidad de contactos con mujeres que
enseñarían el ejercicio de la masculinidad.
Muy a menudo esos contactos podían obtenerse sin necesidad
de abandonar la casa paterna. En efecto, para las familias pudien-
tes, el ejercicio discreto del sexo podía ser provisto por las muje-
res que se desempeñaban en el servicio doméstico, aprovechando
sus propios alojamientos. Si bien las memorias suelen ser crípticas
en la materia, la literatura está plagada de ejemplos de prácticas
amatorias ilegítimas en el espacio doméstico. Este tipo de inter-
cambios alcanzaba a todos los miembros masculinos de la familia
y se mostró en todas las regiones del país. En algunos casos, espe-
cialmente donde reinaba el más absoluto desprecio por el derecho
de los servidores y donde eran más características las relaciones
de dominación patriarcal, ingresar a una casa, ingenio o estancia
significaba a ciencia cierta que habría que estar a disposición del
patrón, y muchas veces engendrar hijos sin reconocimiento de pa-
ternidad. En situaciones extremas, pero no poco comunes, las
muchachas de los medios rurales cuyas familias estaban subordi-
nadas a propietarios debían afrontar la donación de la primera no-
che con el patrón o sus representantes, y muchas debían saber que
si se presentaban visitantes había que ofrecerse e insistir en caso
de que el pudor de éstos los hiciera vacilar. Tales costumbres re-
sultaban más comunes en las regiones donde había numerosa po-
blación indígena ya que las jóvenes orillaban la prostitución, aun-
que fueran incapaces de solicitar nada a cambio de sus servicios.
Mucho menos cuestionada que la prostitución, estas relaciones
fueron una experiencia muy conocida por los varones de las clases
"decentes" y aun de las menos empinadas pero con capacidad de
disponer de empleadas domésticas. El acoso en talleres y fábricas
fue también moneda corriente, pero a diferencia de las relaciones
ancilares, la denuncia de anarquistas y socialistas alcanzó de ma-
nera reiterada a patrones y capataces.

SOCIABILIDAD EN CONFITERÍAS, BARES, cafés Y


CASAS DE COMIDA

Los cambios de fin de siglo renovaron y ampliaron la interacción,


gracias a la actividad cumplida por una enorme diversidad de ca-
tegorías de despachos de bebidas —muchas veces con apéndice
de almacén o viceversa—, de bares y cafés, de confiterías —cuya
suntuosidad en algunos casos llegaban a admirar los visitantes

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