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Vocación de Moisés y Conversión

El documento describe la aparición divina de Dios a Moisés en la zarza ardiente y la misión que Dios le encomienda de liberar al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Dios se le aparece a Moisés en el monte Horeb en forma de llama de fuego en una zarza que no se consume. Le dice que ha visto la aflicción de su pueblo y que lo ha elegido para sacarlos de Egipto y llevarlos a la tierra prometida de Canaán. Moisés debe quitar
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Vocación de Moisés y Conversión

El documento describe la aparición divina de Dios a Moisés en la zarza ardiente y la misión que Dios le encomienda de liberar al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Dios se le aparece a Moisés en el monte Horeb en forma de llama de fuego en una zarza que no se consume. Le dice que ha visto la aflicción de su pueblo y que lo ha elegido para sacarlos de Egipto y llevarlos a la tierra prometida de Canaán. Moisés debe quitar
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Lo,goj

VOCACIÓN (CONVERSIÓN) DE MOISÉS


Aparición divina (Éx 3, 1-8a) 1
El autor sagrado va preparando el escenario para la gran revelación en la que se define la vocación
y misión del liberador de Israel. Apartándose de la zona común de residencia de su suegro Jetró 2,
Moisés conduce sus rebaños hacia el monte de Dios, Horeb (en hebreo ‫‘ = חֹ ֵרב‬resplandor’/’calor’).
Es la montaña que en otras ocasiones se llama Sinaí 3. Podemos considerar como una anticipación
literaria la calificación de monte de Dios, puesto que iba a ser el escenario de la aparición de la
divinidad. El nombre de Horeb parece aludir al carácter seco y rocoso de la montaña.
Inesperadamente, Dios se manifiesta sensible a Moisés en forma de llama de fuego, que es el
símbolo de la santidad divina, porque implica la idea de purificación y de apartamiento de todo lo
sensible, por cuanto todo lo consume. La expresión ángel de Yahvé ha de entenderse como
sinónima de Yahvé mismo, y probablemente es una adición erudita posterior para resaltar la
trascendencia divina. De este modo, Yahvé interviene en la historia sólo por medio de sus enviados
o ángeles. Moisés repara en que la zarza de la que sale la llama de fuego no se consume, y se
acerca a contemplar tan inaudito prodigio. Es en ese momento que oye una voz que le dice que no
se acerque, porque el lugar en que está, tierra santa es. La declaración solemne de Dios indica que
el hombre no debe acercarse sin purificarse a la zona de la santidad del Señor. Para los antiguos
hebreos, lo característico de la divinidad era la santidad, como para los griegos era la inmortalidad.
La idea de santidad en el A. T. implica pureza, separación y trascendencia. Yahvé habita en un
lugar inaccesible, rodeado por una misteriosa atmósfera aislante, que es la santidad, de forma que
está sobre todas las criaturas. En todo este fragmento del Éxodo se destaca la afirmación teológica
de la trascendencia divina. Moisés no debe acercarse sin antes descalzarse, porque el calzado era
impuro, sin duda por haber estado en contacto con muchas cosas legalmente ‘impuras’. Aun hoy
en día, para entrar en las mezquitas es preciso quitarse el calzado o ponerse sandalias que no
hayan hollado el exterior. Es un recuerdo de esta noción de incontaminación en los santuarios
semitas; los samaritanos no suben al monte Garizim sino con los pies desnudos. Moisés debe,
entonces, tener conciencia de hallarse en la región santificada por la presencia de la divinidad. Dios,
al mismo tiempo que previene a Moisés contra la posibilidad de acercarse impuro ante su presencia,
le reanima confiadamente, recordándole que es el Dios de sus antepasados. Moisés se cubrió el
rostro, porque hallarse ante la majestad de Dios, que se manifestaba, era correr peligro de muerte
en la mentalidad israelita, porque «nadie puede ver a Dios sin morir» 4.
A continuación, Dios comunica a su interlocutor aturdido la finalidad de su aparición: He visto la
aflicción de mi pueblo en Egipto… y conozco sus angustias. He bajado para librarle de las manos
de los egipcios y subirle de esa tierra a una tierra fértil y espaciosa, una tierra que mana leche y
miel. Dios conoce la situación y actúa en consecuencia. Antropomórficamente dice que ha bajado,
conformándose con la mentalidad popular hebraica de que Dios habita en las alturas. En Gn 11, 5
se dice que Él «descendió» para ver la torre en construcción, y cuando los crímenes nefandos de
Sodoma, Dios también «bajó» para cerciorarse de que sus habitantes habían colmado la medida
de la iniquidad (Gn 18, 21). Estos antropomorfismos son característicos del documento yahvista,
que es más popular e infantil. Ahora, Dios ha «descendido» para erigirlo en instrumento de sus
designios salvadores sobre Israel. Y asimismo ha llegado la hora de cumplir las antiguas promesas,
y por eso anuncia que va a llevar a Israel a una tierra fértil y espaciosa, que mana leche y miel. La
expresión es hiperbólica, y no tiene otra finalidad que excitar la imaginación del pueblo israelita
para que ilusionadamente emprenda el viaje hacia Canaán, que, a comparación del desierto,
resultaba un verdadero paraíso. En la bendición dada por Isaac a Jacob se habla de una tierra rica
en vino y trigo (Gn 27, 27-28). Era el país de la libertad y del trabajo digno, disfrutando de su fruto.

1
Relato que combina elementos yahvistas (vv.1-5.16-20 -teofanía y misión de Moisés-) y elohístas (vv. 6.9-15 -revelación del
nombre divino-). Hay otro relato semejante de tradición sacerdotal (en 6, 2-13 y 6, 28—7, 7).
2
En Éx 2, 18 se lo llama Reuel, siendo sacerdote de Madián; en Nm 10, 29 se lo nombra Jobab; y en Jc 1, 16 es quenita.
3
Cf. Éx 19, 2.18; 24, 16; Sal 105, 19. Este nombre puede explicarse como adjetivo derivado del desierto de Sin o por asociación
con el dios lunar mesopotámico Sin, en comparación con Horeb que significaría ‘sol’. Se localiza en el macizo de montañas del
ángulo meridional de la península sinaítica, a 2200 mt sobre el nivel del mar.
4
Cf. Éx 19, 21; 33, 20.23; Dt 5, 25; Jc 13, 22; 1 Re 6, 19-21
Lo,goj
Exhortación a la penitencia (Lc 13, 1-9)
El relato es propio del evangelista Lucas. Está reflejando lo que Cristo rechaza, y que era creencia
ambiental, incluso reflejada en los evangelios (Jn 9, 2-3): que toda desgracia era castigo por un
pecado.
Jesús cita dos casos, conocidos sólo por los evangelios 5. La brutalidad de la matanza que hizo
Pilato en el templo, también cometida por los procuradores romanos, no era rara.
Su respuesta hace suponer que la pregunta venía con esta mentalidad. Pero les dice que eso no
es verdad: que su muerte no significa culpa, sino planes de Dios (Jn 9, 3). No por morir éstos eran
más culpables que los demás galileos o gentes de Jerusalén. Pero les hace una gran advertencia:
en el plan de Dios hay horas señaladas para el ejercicio de castigos o desgracias colectivas. Por
eso, si no hacen penitencia -galileos y jerosolimitanos-, todos perecerán de la misma manera que
estos casos que le contaron. Probablemente esta penitencia a que alude sea la rectificación moral
de conductas para reconocerle como Mesías. Así el castigo llegó pereciendo Israel en la catástrofe
del año 70, con la guerra de Vespasiano y Tito (del imperio romano).
El anuncio es plastificado con una parábola. Una higuera infructuosa, que sistemáticamente no
daba fruto. Se la pensó cortar pronto, pero aún hubo paciencia, y se la cultivó con esmero por otro
año, signo del año jubilar, del tiempo de gracia. Menciona que fueron tres años, tal vez en alusión
al tiempo que duró el ministerio de Jesús (tal como se deduce del cuarto evangelio 6). Mas no dio
fruto. Y hubo que cortarla. Así se trató a Israel, cultivándolo repetidamente con avisos y profetas 7;
luego el Bautista, y, por último, Cristo con su obra de enseñanzas y milagros. Pero Israel, los
dirigentes, no le reconocieron por Mesías. Sólo fructificó… la muerte del Mesías. Y así perecieron
en la catástrofe del 70.
Éste es, por tanto, el punto al que Jesús quiere llevar a quienes le escuchaban: la necesidad de la
conversión. No la presenta en términos moralistas, sino realistas, como única respuesta adecuada
a sucesos que ponen en crisis las certezas humanas. Ante ciertas desgracias, advierte, no sirve de
nada echar la culpa a las víctimas. Lo verdaderamente sabio consiste más bien en dejarse interpelar
por la precariedad de la existencia y asumir una actitud de responsabilidad: hacer penitencia y
mejorar nuestra vida.
Ésta es la sabiduría, ésta es la respuesta más eficaz al mal, a todos los niveles, interpersonal, social
e internacional. Cristo invita a responder al mal ante todo con un serio examen de conciencia y con
el compromiso de purificar la propia vida. De otro modo, pereceremos, dice, pereceremos de la
misma manera. De hecho, las personas y las sociedades que viven sin ponerse en discusión tienen
como único destino final la ruina. La conversión, por el contrario, a pesar de que no preserva de los
problemas y adversidades, permite afrontarlos de «manera» diferente.
Ante todo, ayuda a prevenir el mal, desactivando algunas de sus amenazas. Y, en todo caso,
permite vencer al mal con el bien, si bien no siempre a nivel de los hechos, que a veces son
independientes de nuestra voluntad, ciertamente siempre a nivel espiritual.
En definitiva: la conversión vence al mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre pueda
evitar sus consecuencias. La conversión es salir de uno mismo, de nuestro estéril encierro, para ir
a Jesús, unirse a Él, la savia que da vida. Cristo, el divino Intercesor, nos sigue cuidando, con su
Palabra (que es como un arado que abre nuestro corazón, a veces con acontecimientos dolorosos,
o como una semilla que germina para dar fruto), con los sacramentos, con intervenciones
providenciales.
Llamados a redescubrir la grandeza, incluso la belleza de la conversión. Hacer penitencia y corregir
la propia conducta no es simple moralismo, sino el camino más eficaz para mejorarnos tanto a

5
Respecto a la caída de la torre, en excavaciones hechas en 1914 se han descubierto cimientos de una torre en la zona de Siloé.
6
Jn dice que cuatro Pascuas se celebraron durante el ministerio de Jesús. La primera que menciona Juan tuvo lugar poco después
que Jesús ejecutó su primer milagro: 2, 13. Luego en 5, 1 (no explicitada, pero reconocida basándose en 4, 35: la siega de la cebada
principiaba al tiempo de la Pascua, y ésta era la única fiesta que se celebraba durante aquellos cuatro meses); a continuación en
6, 4. La última Pascua, mencionada por los cuatro escritores del Evangelio, la celebró Jesús con sus doce apóstoles justamente
antes de su muerte: Mt 26, 17; Mc 14, 14; Lc 22, 11; Jn 13, 1
7
Cf. Jr 8, 13; Os 9, 10; Mq 7, 1. También en los otros sinópticos es símbolo de solicitudes no correspondidas: Mc 11, 12-14; Mt 21,
18-22
Lo,goj
nosotros mismos como a la sociedad. Lo explica muy bien una acertada máxima: es mejor encender
una cerilla que maldecir la oscuridad.

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