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Indigenas en Buenos Aires
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Revista de Indias, 2009, vol. LXIX, mit. 247
Pégs. 83-104, ISSN: 0034-8341
doi:10.3989/revindias.2009.025
LOS INDIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIENZOS
DEL SIGLO XVII: LOS REALES PUEBLOS DE INDIOS
Y LA DECLINACION DE LA ENCOMIENDA
POR
CARLOS MARIA BIROCCO
‘Universidad de Morin
Instituto y Archivo Histérico Municipal de Morén, Argentina
Durante el siglo XVI, las encomiendas de buenos aires fueron desapareciendo debido a la
incidencia de las enfermedades infecciosas, la fuga y la mestizacién. A comienzos del siglo si-
guiente los pocos indigenas encomendados fueron agrupados en pueblos bajo administracién
real y se los organiz6 bajo el sistema de mita. En ellos se los sometié al reparto de textiles y a
una dieta de proteinas de origen vacuno, a fin de que no distrajeran esfuerzos en la agricultt-
ra y se concentraran en el servicio de mita.
‘PALABRAS CLAVE: Buenos Aires, reales pueblos de Indios, sistema de mita, alimentacién
EL FRACASO EN LiA SEDENTARIZACION DE LAS ETNIAS PAMPEANAS
ORIGINARIAS.*
Cuando en 1580 la ciudad de Buenos Aires fue fundada por segunda vez,
sus pobladores entraron en contacto con varias etnias indigenas y hallaron que
ninguna de ellas se hallaba en condiciones de suministrar excedentes agricolas
suficientes para sustentarlos. Uno de esos grupos, los guaranies asentados en
las costas de los rfos Parand y de la Plata, practicaban una radimentaria agri-
cultura del maiz y la calabaza desmalezando la tierra por medio de la quema.
Estos habian dejado su impronta cultural sobre las etnias pampeanas que habi
taban el nordeste de Ja actual provincia de Buenos Aires y la vecina provincia
de Santa Fe, como los chands y mbegués, quienes adquirieron de ellos la préc-
tica de la agricultura de roza, el uso de canoas y Ia construccién de chozas.
Mas hacia el sur otro grupo pampeano, los querandies, alin no se habia neoliti-{
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84 Cantos MaRiA BROCCO
zado. Recorrian la Ilanura desde el Parand hasta la costa del Atlantico, siguien-
do los movimientos estacionales de los cérvidos y las manadas de guanacos, y
en sus paradas se guarnecian en risticos paravientos hechos de pieles de ani-
males, que los espaiioles Ilamaron tolderias’. Estos serian los mis reacios a se-
dentarizarse, y en 1620, el gobernador espaiiol Diego de Géngora afirmaria
que los pocos querandies que habian podido ser reducidos a encomienda eran
ade costumbres bestiales, sin policia ni gobierno».
En 1582 Juan de Garay, el fundador de la ciudad, hizo el primer reparto de
caciques ¢ indios entre los vecinos principales. Aunque muchas de las parciali-
dades que les sefialé jamds llegaron a ser sometidas, con ello dio principio al
régimen de encomienda en Buenos Aires. Dada la naturaleza no excedentaria
de los indigenas pampeanos, se les exigié la prestacién de servicios personales
antes que el pago de tributo en especie. Pero cuando en 1611 el oidor Francis-
co de Alfaro visit6 la ciudad, prohibié expresamente las prestaciones en traba-
jo y dio indicaciones precisas para que los indigenas encomendados fueran
agrupados en reducciones, ordenando una estricta separacién | residencial entre
naturales y colonos?. Como la regién estaba escasamente poblada, la segrega-
cién territorial no present6 mayores inconvenientes. Atendiendo a las instruc-
ciones dadas por el oidor, el gobernador Diego Marin Negrén asenté en 1611 a
la parcialidad del cacique Juan Bagual a orillas del rio Areco, a unos 100 km
de la ciudad, asigndndole la enorme rinconada que se formaba en la confluen-
cia entre’ dicho rio y la Cafiada Honda. Esta reduccién, bautizada como Nues-
tra Sefiora de la Estrella pero conocida més tarde como San Joseph del Bagual,
fue visitada por el gobernador Hemandarias de Saavedra en 1615, quien hallo
en ella 50 indigenas con sus familias y encarg6 su adoctrinamiento a los fran-
ciscanos. En los meses que siguieron se fundaron otras dos, cuya catequiza-
cién fue también encargada a los religiosos de esa orden. Una de ellas, la de
San Juan Bautista, fue mejor conocida como Tubichamini (pequeiio jefe, en
guaranf) por haberse asentado en ella la parcialidad del cacique de ese nombre,
constituida por unos 150 individuos, presuntamente mbeguas. La otra reduc-
cién; que recibié-el nombre de Santiago del Baradero, se constituyé en 1616
con 250 chands.
En 1620 el gobernador Diego de Géngora realizé la primera evaluacién
censal de la poblacién indigena de Buenos Aires. Encontré en la ciudad 103
indios de servicio, mientras que otros 668 estaban distribuidos en las reduccio-
nes de Bagual, Tubichamini y Baradero. En los afios que siguieron una combi-
1 Para un mayor conocimiento de las etnias pampeanas, consiiltese: Conlazo, 1982: 7-19.
Gonzéilez Lebrero, 2004: 24-44.
2 Mémer, 1999: 120-122.
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4oi:10.3989/revindias.2009.025{LOS INDIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIENZ0S DEEL SIGLO XVII... 85
nacién de alzamientos y epidemias provocé el despoblamiento de esos asenta-
mientos, hasta que a mediados de esa década el gobernador Francisco de Cés-
pedes consiguié restablecerlos, si bien en forma efimera. Céspedes logré
sujetar-a la parcialidad de los baguales, que se habia levantado, y la restable-
cié en Arcco. Asimismo, enfrenté desérdenes en Tubichamini, donde-el ca-
cique Telomydn Condic, que no quiso someterse a los espafioles, fue desterra-
do al Brasil y reemplazado en el cacicato por su hijo. Fund6, ademés, una nne-
va reduccién de indios querandies, que llamé Caguané, con un territorio que
se extendia a ambas margenes del rio Arrecifes, a unos 150 km de la-ciu-
dad. En’ 1628 nombré nuevos corregidores para las cuatro reduéciones que
existian, a quienes encargé que mantuvieran reunidos a los indios para que
«no anden vagando», obligdndolos a hacer sementeras y a aprender la doctrina
cristiana’.
Con excepcién de los chands de Santiago de Baradero, las parcialidades re-
ducidas mostraron particular resistencia a la sedentarizacién. San Juan Bautis-
ta de Tubichamini fue la primera de dichas reducciones en desaparecer. Toda-
via se la menciona en 1636, pero en 1659 habia sido abandonada por sus habi-
tantes, que se habian rebelado contra sus encomenderos y unido a una tribu de
indios serranos no sometidos, junto a los cuales saquearon las haciendas cerca-
nas‘. Los indigenas de San Joseph del Bagual y de Caguané experimentaron la
misma tendencia a abandonar sus poblados. En 1642 se pidié a fray Bartolomé
de Lencinas, clérigo doctrinante de Santiago del Baradero, que también se hi-
ciera cargo de esas reducciones, pero éste se declaré incapaz de hacerlo «por
ser los dichos baguales y caguanés gente andariega que [Link] del afio no asis-
ten en sus tierra’. Es posible que estos grupos siguieran retirindose tierra
adentro cn busqueda de venados y otras presas, desplazamientos de carActer
estacional que Ilevaban a cabo desde antes de la conquista y que estaban en
condiciones de retomar cuando el control de los espafioles se hacia mas laxo.
Ello fue confirmado en 1673 por el parroco de la catedral de Buenos Aires,
Gregorio Suarez Cordero, quien refirié que estos indios, aunque encomenda-
dos, «gozan de toda libertad vagando como bestias por las campafias... no tie-
nen labranzas por vagabundos y asi se sustentan con cames de animales que
cazan, que comen cruda y seca al soly?.
3 Pefia, 1916, Vol. V: 168.
4 Torre Revello, 1963: 235,
> Actis, 1943, Vol. I: 21-26.
© Lebrero: 32-39.
7 Carta del Dr. Gregorio Suérez Cordero a la reina, 1 de septiembre de 1673, en Torre Re-
vello, 1941: 286-289,
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6oi:10,3989/revindias,2009.02586 CARLOS MARIA BIROCCO
De Ja reduccién del Bagual apenas tenemos noticias més all de mediados
del siglo XVII. Se sabe que fue mudada de una a otra banda del rio Areco y
que sc le construyé una iglesia, pero hacia 1690 ésta se encontraba ya en rui-
nas. En diciembre de 1677 no quedaban mas que doce indios sujetos al joven
cacique Pedro Bagual. Este pretendi6, a fines de esa centuria, reivindicar las
tierras que habjan pertenecido a su parcialidad y estaban entonces en propie-
dad del general Miguel de Riblos, pero perdié el pleito que inicié contra este
influyente vecino portefio®. En cuanto a los indios de Caguané, estos hicie-
ron abandono de Ja reduccién durante el gobierno de Andrés de Robles, ha-
~ cia 1675. Proyectaron su fuga en dos oportunidades, la primera de ellas sin
éxito, pues fueron capturados y reagrupados con un grupo de indios serranos
recientemente sometidos en un paraje proximo al Riachuelo, la- laguna de
Aguirre. A Ja segunda tentativa consiguieron mudar sus tolderias a la Punta
del Sauce, en Cérdoba, donde permanecieron durante dos décadas. Las pocas
familias que los espafioles lograron retener fueron conducidas a Santiago del
Baradero, pero terminaron por buir y reunirse con el resto de Ia parcialidad en
las sierras cordobesas, movidos por los malos tratos que recibian del corregi-
dor de esa reduccién, el capitan Juan Ruiz’.
En la segunda mitad del siglo XVII hubo nuevos intentos de reducir a los
indigenas pampeanos en poblados segregados. Uno de éstos se levant6 fuera
del territorio bonaerense: hacia 1662 se establecié en Entre Rios la reduccién
de Santo Domingo Soriano, cuyos habitantes eran chanas de la reduccién de
Baradero que habian escapado al territorio mesopotdmico al desatarse una epi-
demia. Otro fue la reduccién de Ja parcialidad de Jos vilachichis, que en 1665
fueron radicados més alla de las ltimas suertes de estancia repartidas sobre el
rio Lujan, a unos 80 km de Buenos Aires!®. A éstos se sumé un grupo no pam-
peano: en 1666 fueron deportados desde el Tucumén varias familias de indios
quilmes y acalianes, luego de haber resistido durante décadas en los valles
Calchaquies, y se los asent6 a unos 50 km de Buenos Aires, formando con
ellos Ja reduccién de Santa Cruz. de los Quilmes".
La tendencia observada en los aborigenes pampeanos de retornar al noma-
dismo provocé el rapido despoblamiento de aquellas efimeras poblaciones. La
dispersién pudo haberse debido a nmiltiples causas: su falta de adaptacion a las
pautas de trabajo impuestas por los espaiioles, las numerosas bajas producidas
5 Sobre la consolidacién del latifundio de este opulento vecino de Buenos Aires, Birocco
‘LITE: 1 (Sevilla, 1996): 73-75.
9 Torre Revello, 1941, Vol. I: 301-314.
10 Torre Revello, 1963: 235-236.
4 Sors de Tricerri, 1937: 33-35.
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doi: 103989 /revindias.2009.025LOS INDIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIEN20S DEL SIGLO XVII... 87
por las enfermedades infecciosas, sus hdbitos de cazadores errantes y, sobre
todo, la cercana presencia de la frontera, que facilitaba su fuga y les permitia
reunirse con otros grupos atin no sometidos, retomando sus antiguos circuitos
de migracién y caceria. A fines del siglo XVIL, los encomenderos reforzaron
su control sobre las pocas familias que no huyeron, a las que mantuvieron sir-
viendo en sus chacras y estancias: la otra cara del despoblamiento fue el pro-
ceso de yanaconizacién a que se vieron sometidos estos indigenas, que Se coh-
virtieron en servidores pérsonales de los espafioles y terminaron mezclandose
con los esclavos negros y peones mestizos que vivian en sus fincas rurales!2.
Sélo sobrevivieron las antiguas reducciones que fueron puestas bajo la admi-
nistracién directa de la Corona: Jos reales pueblos de indios de Santingo del
Baradero y ‘Santa Cruz de los Quilmes.
LAS ENCOMIENDAS PORTENAS A COMIENZOS DEL SIGLO XVII
Debido a su escasez, de mano de obra indigena, Buenos Aires contrastaba
con otras ciudades de las gobemaciones del Rio de la Plata, Paraguay y Tucu-
man. Las ciftes de que disponemos demuestran que las encomiendas habfan
ido desapareciendo a partir del ultimo tercio del siglo XVIL. En 1673 la ciudad
contaba con 22 vecinos encomenderos, entre los que se hallaban repartidos
233 indios; cuatro afios mAs tarde, los encomenderos eran 26 y los indios so-
metidos a ellos 240. En el cuarto de siglo que siguio, la mayor parte de las en-
comiendas quedé vacante por deceso de sus titulares. Ello explica que en 1705
los vecinos éncomenderos se hubieran reducido a 8, entre quienes se hallaban
repartidos 95 indios tributarios.
En 1711 se hizo un ultimo intento de agrupar a los pocos naturales que se
hallaban encomendados en una nueva reduccién, Ja. de San Francisco Xavier
_de Lujan. Se trat6, on realidad, de una maniobra del gobertiador Velasco y Te-
“Jada, que buscé apropiarse del trabajo de los indigenas, sustrayéndolos de la,
6rbita de los encomenderos y organizandolos bajo el
tablecié que los indigenas entré 18 y 50 aiios pagaran a la Hacienda
de 5% pesos anuales en plata o especie, con opcién de servir a cambio durante
dos meses. Se limitaron, ademas, las obligaciones que tenian con sus enco- ~
menderos: «si voluntariamente quisieren conchabarse el tiempo que tuvieren
libre para asistir a sembrar, segar o para faenas de campafia con sus encomen-
deros o con otras personas Jo podrén ejecutar con licencia de este gobierno o
12 Tomamos el concepto de yanaconizacién ci la acepcién aplicada para el caso del Para~
guay de Garavaglia, 1983: 269.
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t
88 CARLOS MARIA BROCCO
de su corregidon»'s, La reduccién se establecié en la estancia de Gregorio de
Matos en Lujan, a unos 60 kms de Buenos Aires, recibiendo como doctrinante
al fraile‘dominico Juan de Bustos. Pero se despoblé cuando Felipe V mandé
intervenir estas provincias por el pesquisidor Mutiloa y Andueza, en 1713, y el
gobernador Velasco fue encarcelado, acusado de contrabando con los france-
nal 'de’sus encomenderos.
A:partir de entonces, ya no tenemos noticia de las encomiendas de Buenos
Aires. Estos indigenas, segiin parece, se mezclaron con el resto de la poblacién
de casta de la ciudad. La historia de uno de esos grupos, perteneciente a Her-
nando Rivera Mondragon, sirve para atestiguarlo. En 1655, este vecino se con-
virtié en tercer cabeza de una encomienda de indios chands que habian perte-
necido a su abuelo, Sebastian de Ordufia Mondragén, y luego a su madre, dofia
Juana de Manzanares'4, En 1710 sdlo quedaban tres de ellos a su servicio.
Cuando el gobernador Velasco proyecté la fundacién de Ja reduccién de San
Francisco Xavier, Rivera Mondrag6n consiguié que no le fueran quitados ale-
gando que los suyos no eran querandies ni mbeguas, sino chands, de idioma y
costumbres distintas a las de éstos. Segin explicé, eran
de diferente lengua de la que hablan Jos otros, y que nunca se retiran ni van a ningu-
na otra parte y que siempre estén en mi casa y chacra, porque estos son catdlicos
cristianos desde que nacieron, y en estando en el pueblo oyen misa y se confiesan y
comulgan cuando lo manda nuestra Santa Madre Iglesia y se casan por ella y estén
bien instruidos en la doctrina cristiana.
A continuacién de este pedido de excepcién que elevé al gobernador, Rive-
ra Mondragén agregé un listado de los indios de su encomienda, con el si
guiente detalle:
Fémando, viejo de casi ochenta afios viudo, éste tiene tres hijos que s6lo son los
gue me sirven llamados Pascual, Juan y Esteban.
Sebastién su sobrino de éste, vindo y viejo que tampoco éste me sirve, tiene una
hija llamada Mariana casada con Juan indio chileno, no tiene hijos.
Matheo, viejo y medio ciego que tampoco me sirve de nada, casado con Elvira,
tiene dos hijas casadas. Scbastiana con Agustin mestizo natural del Reino del Pera
tiene-un hijo muchacho de cinco a seis afios y una hijita de dos afios. La otra hija
2 Acta de fundacién del real pueblo de San Francisco Xavier, 9 de abril de 1711, Archivo
General de la Nacién Argentina [AGN] Sala TX, Legajo 39-9-7, Exp. 5.
14 La encomienda de Rivera Mondragén, vacante por muerte de su madre, le habia sido
confirmada por el gobernador Pedro de Baigorri Ruiz en 1655, segim el Informe presentado
por el gobernador Valdés Inélén al Conde de la Monclava, Virrey del Pert, 19 de enero de
1704, Museo Etnografico «Juan B. Ambrosettin, Copias de Documentos del Archivo General
de Indias, Caja H, Expediente 19.
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El asentamiento fue abandonado y los indios ‘volvieron al servicio perso-"LoS mbIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIENZDS DEL SIGLO XVII. 89
esté casada con un mulato esclavo del tenionte Antonio Villoldo donde esté con su
matido.
‘Maria, cuyos padres son muertos y est casada con Antonio indio del Paraguay,
tiohe tres hijas y un hijo, la hija casada con un indio del Paraguay, los otros tres son
muchachos.
Estos, sefior, son cristianos, oyen misa, se confiesan y comulgan y saben la doc-
‘tina y viven como tales, y los que han muerto ha sido con los sacramentos y los he
enterrado unos en San Juan y otros en Santo Domingo, y desde que los poseo no los
he conocido en pueblo que hubiese de chands sino que siempre han estado en mi
chacra y estancia, y aunque tuve algunos de nacién beguais que asistfan en el Bara-
dero todos con las pestes que ha habido se han muerto, y sélo hay hoy allé uno Ila-
mado Bartolomé que nacié en mi casa y se crié en ella y agora siete afios se me fue
Yy se eas6 en el Baradero y hasta hoy no lo he visto y éste es de los chands!5,
Rivera Mondrag6n subrayé en ellos sus hdbitos sedentarios, la adopcién de
practicas rituales cristianas y la hispanizacién de sus costumbres. Con todo, lo
que sobresale en su peticién es lo que no buscaba destacar: el proceso de mis-
cigenacién que habia sufrido este reducido grupo de chands encomendados.
rodestas dimensiones de éste habjan reducido las chances de contraer
vinculos endogdmicos, y cinco de las mujeres habian casado con individuos
extrafios a él, tanto indigenas oriundos de otras provincias como sujetos de
casta. La imposibilidad de unirse dentro del grupo acarrearia, a la larga, la ex-
tincién de la encomienda, y Rivera Mondragon recurri6 a estrategias de reten-
cién, como Ia de forzar a la prole zambomestiza de esas uniones exogamicas a
mantenerse en su servicio. En 1704 el protector de los naturales, Bernardino
Ramirez de Sagues, intervino en defensa de los zambos Agustina y Martin, a
los que aquel tenfa «violentados en su casa y servicio», consideréndolos parte
de su encomienda, En eb litigio con el protector, Rivera Mondragén justificaba
su postura alegando que
Martin y Agustina zambos, mis encomendados... son nacidos y criados en mi casa
¢ hijos de una zamba, hija de un negro mi esclavo y. de una india chan de mi enco-
mienda, habidos fuera de matrimonio asé ellos como su madre, los cuales he estado y
estoy poseyendo como a indios de la dicha mi encomienda como se practica en todo
este Reino, por razin de que los hijos habidos fuera de matrimonio en indias de enco-
mienda, segin las reales ordenanzas, deben seguir la naturaleza de sus madres y tribu-
lar a los duefios de ellas, y eso atin en los mestizos eridndose en ellas!6,
Ademés de las ordenanzas regias, el encomendero basaba su parecer en el
capitulo XXX del libro II de ta Politica Indiana de Solorzano Pereyra. Pero el
15 Peticin de Hernando Rivera Mondragén a Manuel de Velasco y Tejada, sin fecha
{abril de 1711] AGN Sala TX, Legajo 39-9-7, Exp. 5.
16 Presentacién de Hernando Rivera Mondragén a Alonso de Valdés Inclén, 9 de agosto
de 1704, AGN, Sala IX, Legajo 42-2-6, Exp. 3.
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0i:10,3989 /revindias.2009.02590 CARLOS MARIA BIROCCO
protector de naturales sostuvo que el cuadro planteado por Rivera Mondragon
era inaplicable, por tratarse de los hijos de una zamba y no de una india, es de-
cir, una segunda generacién de mestizos. El gobernador Valdés Inclan coinci-
dié con su dictamen.
El pleito entre Rivera Mondragén y el protector de los naturales trae a co-
lacién detalles sobre él origen de Martin y Agustina que en otras circunstan-
cias dificilmente se hubieran dado a conocer. La zamba Dominga, madre de
éstos, Jos tuvo en’su solteria, fruto del trato sexual con vecinos cspafioles de la
ciudad. El primero fue hijo del alférez Antonio Vallejos, quien lo habia reco-
nocido por tal y le habia proporcionado alguna vestimenta; en cuanto a la se-
gunda, era hija de otro vecino espafiol, don Juan de Laris, que Ja asistié en sus
necesidades mientras fue soltero, pero dejé de hacerlo cuando pas6 a Santa Fe
a casarse. Las indias encomendadas y sus hijas zambomestizas seguian siendo,
pues, objetos sexuales de los espafioles como en tiempos de la conguis! 9
‘cAndose fuera de los controles morales pautados por los europeos'”. Luego del
nacimiento de sus vastagos, la zamba Dominga contrajo matrimonio con un
indio del Pera y lo acompaiié a las provincias de Arriba, a las que éste paso
conchabado, pero a la larga ambos volvieron a Buenos Aires y se afincaron en
Ja chacra de Rivera Mondragén, donde se mantuvieron por mas de doce afios
sembrando el terreno. De esa manera el encomendero, conciente de que los la~
zos de servidumbre que sus indios mantenfan con é1 se hallaban préximos a
caducar, retenia a una india nacida en su casa y a su esposo por medio de
-vinculos de patronato y contraprestacién, conocidos en esta parte de América
con el nombre. de agregamiento.
LA IMPLEMENTACION DE LA MITA EN LOS REALES PUEBLOS DE INDIOS
En la primera década del siglo XVIII, ninguno de los poblados indigenas
bonaerenses ineorporados a la Corona parece haber superado ef centenar de
tributarios con sus familias. En 1696, los varones adultos en Santa Cruz de los
Quilmes sumaban unos 100, sin que podamos deducir el nimero a que ascen-
dian sus mujeres ¢ hijos. Treinta-de ellos se habian mudado a Buenos Aires,
quizés forzados por las autoridades, y el resto, aunque vivia en Santa Cruz, de-
bfa concurrir a la ciudad para cumplir el servicio de mita en nimero de 25 por
17 Como ha podido verse, las indias de Buenos Aires, al igual que las de otras regiones
‘ocupadas por los espafioles, n0 s6lo se amancebaron con los espafioles, sino también con ne-
gros, mestizos y mulatos, quienes tuvieron con ellas un comportamiento semejante al que tenia
Ia dlite blanca; Esteva Fabregat, 1988: 208-209.
Revista de Indias, 2009, vol. LXIX, n° 247, 83-104, ISSN: 0034-8341
doi:10,3989/revindias.2009.0251LOS INDIGENAS DE BUENOS AIRES [Link] DEL SIGLO XVII 91
mes. Hacia 1701, durante el gobiemo de Prado y Maldonado, los mitayos
que vivian en‘el real pueblo no eran mas que 70, y al finalizar el gobierno
de Valdés Inclén, a comienzos de 1708, habian descendido a 44'8, El pago de
sus tributos, volcado en los libros de Caja de la Real Hacienda de Buenos
Aires, confirma con leves variantes esas estimaciones: refiere la existencia
de’59 tributarios quilmes y acalianes en 1700, 51 en 1701 y 1702, 52 en 1703,
48 én 1704, 46 en 1705, 51 en 1706, 47 en 1707, 42 en 1708, 45 en 1709 y 42
en 1710”,
Contrariamente a lo que sucedié en Santa Cruz, la poblacién masculina
adulta de Santiago del Baradero tuvo un pico de descenso a comienzos del si-
glo XVIII pero experimént6 una recuperacién en la década siguiente. Esto
puede constatarse en los mismos libros manuales de Ia Real Hacienda: 24 in-
dios pagaron tributo en. 1690, 16 en 1700, 8 entre 1702 y 1704, 16 entre 1706 y
1708 y 23 en 1709, Este increment pudo haberse debido a Ia radicacion de
pardos, mestizos ¢ indios fordneos en el poblado, que se habian unido a las in-
dias de chands y formado familias en él, y a los que se exigié tributo al igual
que a os naturales. De la exogamia de los chands resultarfa, no obstante, su
descaracterizacién como etnia. En 1690 el gobernador Herrera y Sotomayor
advertia que la mayor parte de los habitantes de Baradero eran «advenedizos y
agregados en aquella reduecién, por haberse casado en ella y estar connaturali-
zados ya con mujeres ¢ hijos que han procreadoy?!, En 1722 el gobernador
Bruno Mauricio de Zabala se vio obligado a enviar alli un comisionado, a fin
de establecer quiénes eran tributarios. De los 22 varones adultos que vivian en
este real pueblo, seis eran forineos casados con indias chands: un indio guara-
ni, dos mestizos, un mulato y dos indios cordobeses, uno de los cuales ejercia
entonces el cargo de alcalde. El gobernador, remitiéndose a las Ordenanzas de
18 Capitulo que puso el protector de los naturales en Ia residencia de Alonso de Valdés
Inclén, 10 de noviembre de 1708, AGN Sala IX, Legajo 1-1-3, Exp. 2.
19" Los datos sobre tributacién de los indios quilmes y acalianes se encuentran en el Libro
de Carta Cuenta de Buenos Aires de 1703-1707, AGN, Sala XII, Legajo 14-1-2.
20 Los datos sobre la tributacién de los habitantes de Santiago del Baradero han sido ex-
traidos del Libro Manual Borrador de la Réal Hacienda de Buenos Aires de 1682-1692, AGN,
Sala XIII, Legajo 43-2-1 y el Libro de Carta Cuenta de Buenos Aires de 1703-1707, AGN,
Sala XML, Legajo 14-1
21 Informe de Joseph de Herrera y Sotomayor al gobernador Agustin de Robles, 28 de
abril de 1690, Museo Etnogréfico «Juan B. Ambrosetti», Copias de Documentos del Archivo
General de Indias, Caja H, Expediente 2. Algunos de ellos habjan huido de encomiendas on las
provincias arribefias: tal el caso de varios indios de tasa del pueblo de Yaquiliguala, pertcne-
cientes a un yecino feudatario de Santiago del Estero, Juan de Paz y Figueroa, que denuncié
que «én el pueblo del Baradero y en algunas estancias de esta jurisdiceién se hallan diferentes
indios de ta dicha mi encomienda que ha algunos aitos que andan ausentes».
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92 CARLOS MARIA BIROCCO
| poblado.
©" ‘Tanto los quilmes y acalianes de Santa Cruz de los Quilmes como los cha-_
nds de Santiago del Baradero fueron organizados de acuerdo con los prin
de la repiblica de indios. Surgieron de esa manera cabildos de naturales, en
superposicién con la autoridad cacical?2, Ninguna de estas etnias habia conoci-
do, antes de ser reducida, los liderazgos permanentes, pero los espafidles se los
impusieron y los convirtieron en hereditarios. La exencién de cargas y tributos
de que gozaban los caciques y los alcaldes del cabildo de naturales suponia su
colaboracién en el funcionamiento de 1a mita, Esta institucién de origen andi-
no, extrafia a los indigenas del Rio dé la Plata, también Jes Ly
consisti6 en el principal servicio que prestaban los varones adultos de los pue-
blos reales a las autoridades espafiolas y la vecindad.
El sistema de mita cumplido por los quilmes y acalianes en Santa Cruz de
los Quilmes es mejor conocido, mientras que es poco lo que sabemos de como
se implementé en Santiago del Baradero. Segiin un informe de 1696, de los 25
indigenas que bajaban desde Santa Cruz mensualmente a cumplir con la mita a
la ciudad, dos tercios eran destinados a trabajar en conventos y obras publicas
y el resto era’ repartido entre los vecinos. El Hospital Real de la ciudad; con-
Vertido a Comienzos del siglo XVII én una casa de recogimiento de doncellas
pobres, era una de las instituciones publicas que se servia de esos mitayé
cuentas del Hospital refieren que les eran enviados dos o tres meses
mientras que en los meses restantes les era imposible hallar alguno para el ser-
vicio, debiendo recurrir al conchavo de peones. Ademas de un jornal de 1%
real, cada mitayo recibia una racién diaria de harina de semita [Link]®.
La escasa disponibilidad de mano de obra mitaya denunciada por la admi-
nistracién del Hospital Real se debja, mas que a una disminucién en el nimero
de varones. adultos cn Santa Cruz, a la presién de los gobernadores, que ten-
dieron cada vez mas a monopolizar este recurso en detrimento de los conven-
tos y de la vecindad. Eso sucedié particularmente durante los gobiernos de
Agustin de Robles, a fines del siglo XVI, y de Alonso de Valdés Inclan y Ma-
nuel de Velasco y Tejada, a comienzos del XVIIL En el juicio de residencia a
2 Sobre la institucién capitular en Santa Cruz de los Quilmes: Sors de Tricerri, 1937,
37-39, La existencia de alcaldes en Baradero puede constatarse en el padrin de estos indios de
1717; Padron de Indios de Santiago de Baradero, 20 de noviembre de 1721, AGN Sala IX Le-
gajo 9-1-18.
2 Birocco, 2000: 30-37.
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Valdés Inclin, los indios guilmes «se quejaron del excesivo trabajo en que fue-
ton molestados todo el tiempo en que goberné... en las penosisimas faenas de
la atrobas de cal, ladrillo, teja y sacar rama y lefia para los hornos de los bafia-
dos de la costa del rio»™. Apenas se les dejaba tiempo para cuidar sus semen-
teras, ya que segin denuncié el protector de los naturales, Francisco dé Tagle
Bracho, pocos indios quedaban libres durante uno o dos meses al afio. A esto
se sumaba que no se les habian pagado los jomales de todo un semestre de
servicios. [Link] no negé. haberlos empleado en preparar materiales
para la reparaci6n del fuerte, sino que aleg6 que habia sido «estilo» de sus an-
tecesores-el utilizarlos en ese ramio, y admitié incluso haberles hecho sembrar
cebada para sus propias tropillas de caballos.
Los caciques, que resistieron a ese abuso, le respondieron. que las reglas
originales de Ja mita habjan sido trastocadas. El cacique quilme Martin Salchi-
ca afirmaba haber escuchado a los viejos de su pueblo que en tiempos en que
se establecié la reduccién, mitaban anualmente dos tercios de los tributarios y
un tercio permanecfa en ésta, lo que garantizaba el cuidado constante de las se-
menteras..Pero desde que Valdés Inclin disponia libremente de-todos ellos,
sélo les daba «el tiempo de quince dias para sembrar y otros quince para coger,
queddndose la mitad en el trabajo de las faenas, la cual mitad tenia otros quin-
ce dias para sus siembras 0 recogidas, viniendo la otra mitad al trabajo de las
faenas del rey o de algim particular». Valdés no s6lo los habia hecho servir
en los trabajos de reparacién de las fortificacio la ciudad, sino que los
habia trasladado a la Banda Oriental para realizar queria (caceria de ga-
nado cimarrén). El cacique acalién Martin de Anchoca confirmé con ligeras
variaciones la version de Salchica: la mita pautada originariamente reclutaba a
la mitad de los indios por vez, pero como desde tiémpos del gobernador Agus-
tin de Robles habja «quedado poca gente» en Santa Cruz, se obligé a la totali-
dad de los adultos pasar a las obras de cién del fuerte de Buenos Airés?s,
De esta carga s6lo [Link] los indios principales: los caciques y los
tiembros del cabildo de naturales. , HE z
Al ir disminuyendo el mimero de tributarios del pueblo de Santa Cruz de
Jos Quilmes se recargé sobre los cada vez més escasos mitayos el trabajo que
% Declaracién del protector de naturales Francisco de Tagle Bracho en el juicio de resi-
dencia de Alonso de Valdés Inclén, 10 de diciembre de 1708, AGN Sala IX, Legajo 1-1-3,
Exp. 2.
25 Declaracién del cacique quilma Martin Salchica en el (juicio de residencia de Alonso
de Valdés Inclén, 10 de diciembre de 1708, AGN Sala IX, Legajo 1-1-3, Exp. 2.
26 Declaracién del cacique acalién Martin Anchaca en el |juicio de residencia de Alonso
de Valdés Inclan, 10 de diciembre de 1708, AGN Sala IX, Logajo 1-1-3, Exp. 2.
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antes se distribufa entre una poblacién mas numerosa. Ademés de alterarse las
pautas originarias de la mita, establecidas en tiempos de la deportacién, Ia ser-
vidumbre se extendié a las mujer: 702 se levantaron cargos Contra el ca-
pitén Bernabé Caravallo, corregidor de los quilmes, que sc habia apoderado de
dos muchachas para su servicio bajo el pretexto de adoctrinarlas*’. ‘También en
tiempos del gobernador Valdés Inclin las indias viudas y solteras serfan obli-
gadas a servir a particulares, para lo cual fueron trasladadas a Ja ciudad’*.
En Santa Cruz de los-Quilmes y Santiago del Baradero, la implementacién
de la mita y el pago del tributo estaban fuertemente vinculados, ya que la capi-
tacién anual se descontaba de lo que se debia a cada indio por sus jornales
como mitayo. Una vez deducidas esas cargas, los indigenas podian contar con
algin sobrante a su favor, que a menudo les fue abonado con retraso y casi
siempre en especie. Los mitayos de Santa Cruz recibjan, en teoria, 1’ real por
jornada de trabajo. A los efectos de comparar su remuneracién con la de los
trabajadores libres, puede recurrirse a los informes de la reparacién de las for-
tificaciones de Buenos Aires, donde en 1713 el jornal de un albaiiil era de 1
peso y el de un pon de 3 reales. Pero ese 1% real diario no era més que una
unidad de cuenta, ya que en casi todos los casos fue abonado en textiles 0 en.
‘cabezas de ganado, y s6lo en contadas ocasiones en plata. En 1709 y 1710, de”
‘acuerdo con la liquidacién de sus jomales que hizo la Real Hacienda, el com-
ponente-metilico se mostré escasisimo: 92,2% se compuso de textiles, 5,8%
de plata y 2% de cuchillos, frenos y otros utensilios de trabajo. Resulta claro
que para esas comunidades indigenas, la subsistoncia debié asegurarse por
otros medios. En Santiago del Baradero, sus habitantes recibieron licencia de
las autoridades espafiolas para la captura de ganado cimarrén, que era atin
abundante en Ja llanura pampeana. También los quilmes y los acalianes, que
trajeron de los valles calchaquies habitos alimentarios basicamente agrico-
las, debieron ‘adaptarse al consumo de came. Como veremos luego, la adop-
cién de una dieta fundada en las proteinas de origen vacuno permitié redoblar
Ja explotacién de la mano de obra indigena, ya que los mitayos no debian dis-
traerse en la produccién de alimentos y pudieron concentrarse en servir al go-
bernador.
Desde fines del siglo XVI, los jornales de los mitayos eran pagados en
textiles, tendencia que se acentué a comienzos de la siguiente centuria, Cuan-
do el gobernador Valdés Inclin se sirvié de varios indios quilmes en una expe-
27 Cargo puesto contra el corregidor de los Quilmes en el juicio de residencia a Manuel
de Prado y Maldonado, 7 de agosto de 1701, AGN Sala IX, Legajo 41-9-5, Exp. 1.
28 Demanda que puso el protector de los naturales a Alonso de Valdés, AGN Sala 1X Le-
gajo 1-1-3 Exp. 15.
Revista de Indias, 2009, vol. LXIX, n.* 247, 83-104, ISSN: 0034-8341
doi:10.3989/revindias.2009.025‘LOS INDIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIENZOS DEL SIGLO XVII. 95
dicién a las Salinas, éstos recibieron a cambio 36 varas de pafiete®. También
utilizé mitayos quilmes para la reparacién del fuerte, a los que pag6 «en géne-
ros de bayetas de la tierra’. {Se debia es tacion a que-la indumentaria
de estos indigenas se hallaba parcial o totalmente espafiolizada? Palermo y
Boixadés recogen el caso del cacique quilme Agustin Filca, quien se declard
en su testamento poseedor de vestidos de pafio y holandilla, monteras, camisas
y medias de seda, y sugieren que cn el uso de estas prendas se comprobaba su
adaptaci6n a las normas del prestigio espaiiol?!. No faltan otros ejemplos: el
cacique acalién Martin de Anchoca, que pretendia que el derecho de sefioraje
que le debian los mitayos le fuera abonado «en plata o en bretaita’, pidid fi-
nalmente que le fueran libradas varias varas de lienzo de algodén, bretafia y
pafiete en los almacenes del gobernador®, Es indudable qué los indigenas fue-
ron asimilando las pautas culturales de sus dominadores, que empezaron sien
do aceptadas por los caciques y luego se extendieron a los demis. g
Pero a nuestro entender, la difusién de textiles europeos entre los mitayos se
debié en menos a Ia inclinacién de los indigenas a adoptar los habitos de los es-
pafioles’ que a las practicas de reparto Ievadas a cabo por las autoridades de
Buenos Aires. Si sus jornales fueron abonados con frecuencia en pafiete o breta-
fia se debié a que éstos abundaban en los dep¢ tatales, donde también se
proveia a los soldados del Presidio de Buenos Aires. Gracias a su activa partici-
pacion én el contrabando con Jos franceses, tanto’ el gobemador Valdés Inclén
como su sucesor Velasco y Tejada disponian de
les, que distribuyeron entre soldados y mitayos
‘Gue correspondia a su paga. Los almacenes del gobernador Velasco y Tejada,
administrados por el mercader Antonio Meléndez de Figueroa, cumplieron,
cefectivamente, un activo papel en la paga a los mitayos. En 1711, por ejemplo,
Velasco le ordené; que repartiera bayeta y bretafia a los indios quilmes que parti-
ciparon de una vaqueria®, Esto explica que la fienda de Meléndez fuera a menu-
do mencionada por los libros manuales de Ja Real Hacienda en las cuentas de la
administracién de la mita. La prepondcrancia de los textiles en la composicién
de los jornales fue, en conclusién, el resultado de las condiciones imperantes en
% Capitulo que puso Joseph de Narriondo en la residencia de Alonso de Valdés, 3 de
mayo de 1708, AGN Sala IX, Legajo 39-9-5, Exp. 8.
5° Declaracién del protector de naturales Francisco de Tagle Bracho en el juicio de resi-
dencia de Alonso de Valdés Inclén, 10 de diciembre de 1708, AGN Sala IX, Legajo 1-1-3,
Exp. 2.
31 Palermo y Boixadés, 6 (Tandil, 1991): 28,
32 Cuenta de los pagamentos hechos a los indios quilmes, 12 de septiembre de 1712, AGN
Sala IX, Legajo 41-3-8, Exp. 6.
33 Thidem.
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oi:10.3989/revindias.2009.02596 CARLOS MARIA BROCCO
Buenos Aires a partir de 1700, cuando la existencia de un sobrestock de mercan-
cfas europeas permitié su reparto entre soldados ¢ indigenas, circunstancia que
hubiera sido inimaginable una o dos décadas atrés.
SOBREEXPLOTACION Y MODIFICACION DE LA DIBTA ALIMENTARIA
La sobreexplotacién a. que fue sometida la. poblacién de estos reales
pueblos [Link] del siglo XVDI puede encontrar una explicacién en la
imposicién de nuevos hébitos alimentarios, fundados en Jas proteinas de ori-
gen animal. Al encarar la temética de la alimentacién es siempre necesatio de-
sentrafiar Jos factores, no sélo culturales y econémicos, sino también histéri-
co-politicos, que explican sus limitaciones 0 preferencias en la utilizacion de
los recursos disponibles. En el caso de los indigenas de Buenos Aires deben
separarse dos grupos con experiencias diferenciadas. Por un lado, las antiguas
etnias de cazadores-recolectores pampeanos, entre las cuales apenas hubo un.
atisbo de neolitizacién antes de la conquista; por otro, los quilmes y acalianes
deportados a esta ciudad en la década de 1660, que traian pricticas agricolas
de los valles de los que eran oriundos.
Desde sus ms tempranos contactos con los conquistadores, los indigenas
pampeanos agregaron la came de yegua a una dieta que estaba ya basada en
protefnas animales, provenientes de la caceria de venados y otras especies ver-
naculas. En 1620, al visitar las reducciones del Bagual, Tubichamini y Barade-
0, el gobernador Géngora constat6 que sus habitantes subsistian fundamental-
mente de la captura de cérvidos, guanacos y potrancas cimarronas. Sélo los
chands del Baradero consumian ademés algo de maiz, que babian aprendido a
cultivar de los guaranies antes de la llegada de los espaiioles, y un poco de pes-
cado™. Sin hacer mayor distincién entre unos y otros, el gobernador Céspedes
afirmaria en 1629 que los aborigenes de las cercanias de Buenos Aires se sus-
tentaban «de rafces, carne y sangre de caballo a medio asar, de venados, aves-
truces y otras cazas y de pesquerias»*®.
Durante el transcurso del siglo XVII, los habitos alimenticios de las etnias
pampeanas no experimentaron modificaciones sustanciales. La principal va-
riante que se produjo fue la paulatina incorporacién del consumo de [Link]-.___
cuna, conforme crecian los rebafios de ganado cimarrén. Los testimonios de
os espaiioles insisten en atribuirles rasgos de primitivismo, tanto por su moda-
34 Coinciden en resaltar Ja incidencia cultural de los guaranies sobre los chand-mbegué:
Conlazo, 1982: 67-73. Pi Ugarte, 1995: 62.
35 Marfany, 1941: 43.
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i ni onceLOS INDIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIENZOS DEL SIGLO XVI. 97
lidad de preparaci6n de los alimentos como por las formas de consumo. Mos-
traban rechazo por su manera de preparar la carne, que no asaban, sino alt
ban o desecaban. El cura de espafioles de la Catedral dé Buenos Aires, Grego:
rio. Suarez ro, afirmaba en 1680 que los naturales de las pampas «se
sustentan con cames de animales que cazan que comen cruda y seca al soby3*.
En 1691 otro religioso, el jesuita Antonio Sepp, referia qué «no. coien otra
cosa que carne vacuna sin pan ni sal, casi completamente cruda». De la res,
decfa éste, desechaban Ia cabeza, las visceras y las patas, y cortaban largas ti-
ras de came que comian apenas pasadas por el fuego. Capturaban a los anima-
Jes de la:misma manera que los peones espafioles en las vaquerias: los sujeta~
ban con Iazos y los hacfan caer cortandole los tendones, validos de un instru-
mento cortante que describe como «un largo cuchilloy, mejor conocido en
estas provincias como desjarretadora??,
A comienzos del siglo XVIII, los aborigenes pampeanos seguian soste-
niendo una dicta con predominio de protefnas vacuna y equina, incluso aque-
los que estaban reducidos a cnoiitnionda desde hace una o mas generaciones.
Al serle:confiscada en 1711 la estancia en que-se levanté la reduccién de San
Francisco Xavier, el capitin Gregorio de Matos se quejé de que los aborigenes
depredaban.a diario sus rebafios: el «gentio pampa», afirmaba, «no sélo come
la vaca y la temera, sino el potro, Ja mula y el caballo, y mata la yegua para sa-
car el cuero para su vestuario y toldos»°t, Es cierto que el general Joseph Ruiz
de Arellano, que condujo a los indios encomendados hasta ese paraje, les hizo
entrega de bizcocho y harina, pero estos no parecen haber tenido mas que un
carécter de gratificacién, pues no se vuelve a hacer mencién de ellos. Al dis-
poner la fundacién de San Francisco Xavier, el gobermador Velasco y Tejada
prometié ocuparse de Ia alimentacién de sus habitantes, proveyéndolos de ga-
nado vacuno «para que no les falte en el interin que dispongo se les dé en la
misma forma que se hace con los pueblos de indios que se hallan en esta juris-
diccién agregados a la Real Coronan®.
36 Torre Revello, 1941, 288.
37 Al describir Sopp el festin indigena en tomo a la hoguera no le falta un toque de repul-
sion europea: «encienden fuego con plantas de cardos, y mientras aquellos destripan los ani-
males, estos ya van cortando'con sus cuchillos tiras de carne, que ensartan en una varilla de
madera y manticnen un rato sobre el humo y el fuego, las dejan calentar apenas y ya las Ile-
yan al hocico glotén, devordndolas mientras por todos lados chorrea la sangren; Sepp, 1971,
1: 120.
38 Presentacién de Gregorio de Matos contra Manuel de Velasco y Tejada, 3 de enero de
1713, AGN Sala IX, Legajo 39-9-7, Exp. 5.
% Acta de fundacién del real pueblo de San Francisco Xavier, 9 de abril de 1711, AGN
Sala IX, Legajo 39-9-7, Exp. 5.
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t
98 CARLOS MARIA BIROCCO
Los quilmes y acalianes, como hemos referido, trafan consigo practicas
agricolas de los Valles calchaquies, pero debieron adaptarse aqui al consumo
de la carne; inusual en la region de la que eran oriundos. Hay evidencias de ese
proceso de adaptacién en los testimonios de la demanda que puso el protector
de log naturales Francisco de Tagle Bracho en el juicio de residencia del go-
bernador Valdés Inclan contra la explotacién a que se vieron sometidos los ha-
pitantes*de Santa Cruz de los Quilmes‘®, Afirmaba Tagle Bracho-que.a estos
indigenas; fandamentalmente agricultores, se los habia obligado a trabajar
comio'mitayos la mayor parte del afio, a causa [Link] cual debieron abandonar
sus labranzas. Alegaba el protector que «el sustento mas natural de dichos in-
dios es el maiz y legumbres por ser originarios de donde no hay ganado vacu-
no, sino el que se leva de esta ciudad y la de Santa Fe y pasa por la provincia
de Tucumén hasta el Peri, Pero al ser interrogados, los indios respondieron
que «su sustento natural ha sido siempre e] maiz, el trigo, porotos y todo géne-
ro de legumbres, y también la carne». Esto dio pie a que cl defensor de Valdés
Inclin, Francisco Martinez de Salas, arguyera que estos «dicen que igualmente
lo es la carne, el maiz y el trigo, y asi lo debe-ser habiendo tantos afios que de-
jaron su natural y siendo hoy los mas de-dicha reduccién naturales criados con
el mantenimiento mas ordinario en ella que es la carnen‘’.
La primera generacién de quilmes y acalii sidos en esta
se habia adaptado a una dieta compuesta p vacuna y por legumino:
_—ambas ricas en proteinas de alto valor biolégico— y también por cereales.
Los caciques y el protector de indios afirmaban que las siembras en Santa
Cruz de los Quilmes habia arrojado, afios atras, un excedente, que los indige-
nas habian conducido a Buenos Aires para comercializarlo. Observaba el ca-
cique acalian Martin Salchica que hasta los tiempos [Link] Agustin
de Robles estos naturales tuvieron. sobrantes de trigo y maiz, y «lo que co-
gian, trayéndolo a esta ciudad, lo vendian y con su importe se vestian». Pero
Martinez de Salas alegaba que también Valdés Inclan les habia dado tiem-
po para sembrar y cosechar, y que no habia obstaculizado su costumbre de
pasar con el grano a la ciudad, «pues todo el aio venden y han vendido
publicamente por las calles de esta ciudad trigo, maiz y todo género de le-
gumbres».
4 Declaracién de Francisco de Tagle Bracho en el Capitulo puesto por el protector de
Ios naturales a Alonso de Valdés, 10 de noviembre de 1708, AGN Sala IX, Legajo 1-1-3,
Exp. 2.
41 Declaracién de Francisco Martinez de Salas en el Capitulo puesto por el protector de
Ios naturales a Alonso de Valdés, 10 de noviembre de 1708, AGN Sala IX, Legajo 1-1-3,
Exp. 2.
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doi:10.3989/revindias.2009.025{LOS INDIGENAS D2 BUENOS AIRES A COMIENZDS DEL SIGLO XVII. 99
‘Varias son las conclusiones que podemos extraer de estos testimonios. Es
innegable que los quilmes y acalianes aceptaron una dieta rica en proteinas
animales, pero aunque ésta Ilegé a predominar frente al maiz y al trigo nunca
pudo desplazarlos por completo. El alto contenido energético de estos cereales
os hizo insustituibles, especialmente después de que se trastocé el sistema de
Ia mita y se les impuso un régimen de trabajo mucho més riguroso. Los indige-
nas siguieron cultivando trigo y con él hacfan pan: asf Io afirmaba en el juicio
a Valdés el cacique acali4n Martin Salchica. Idéntico destino debia tener la ra-
cién de semita o salvado menudo que el Hospital Real repartia entre los mita-
yos quilmes que servian en él*.
Resulta obvio que las autoridades espafiolas tenfan un especial interés en
que los mitayos y sus familias se adaptaran a una dieta predominantemente
cémea. Ello permitia a los gobernadores absorber una mayor cantidad de
dias-hombre, ya que la recogida de ganado cimarrén insumia menor canti-
dad de tiempo que el tradicional cultivo del maiz, y al no Sef estacional como
éste, facilitaba 1a disponibilidad laboral del grupo a lo largo de todo el aiio.
En 1713, por ejemplo, una comisién conformada por el ingeniero militar y dos
cabildantes, encargada de evaluar los gastos de reparacién del fuerte de Bué-
nos Aires, calculaba un consumo diario de una vaca por cada Véifiticinco mita~
yos. Esta estimacién podria parecer exagerada, si no se tuviera en cuenta que
entonces s6lo se consumian algunos cortes de la res, y cl resto se desechaba.
La manutencién de los mitayos de Santa Cruz de los Quilmes acarreaba de esa
manera el degtiello de menos de mil reses por afio.
La sobreexplotacién que sufrieron | es y acalianes redundé en la
recreacién de nuevas estrategias comuni a la produccién agricola, ya
que al abandonar los sembrados para servir en forma casi permanente como
mitayos, los hombres debieron delegar el cuidado de los cultivos en las muje-
tes, los viejos y los nifios. Bl hecho de que aun en esas condiciones la produc-
cién de maiz y trigo siguiera brindandoles un pequeiio excedente comerciable
¢s otro indicador de que su dieta ya no predominaba en hidratos de carbono,
sino en proteinas animales. Hasta el gobierno de Agustin de Robles, los habi-
tantes de Santa Cruz de los Quilmes no sélo cultivaban cereales para procurar-
se un suplemento energético, sino para venderlo en la ciudad y conseguir algo
de metélico para gastos de indumentaria. Segin declaré el cacique Martin de
Anchoca en 1707, esa habia sido la manera en que habfan adquirido tradi-
cionalmente su vestimenta. No obstante, desde principios del siglo XVII,
cuando el contrabando generalizado con los franceses saturé la plaza de texti-
® Birocco, 2000: 30-37. Para los distintos tipos de pan consumidos durante la colonia en
Buenos Aires: Garavaglia, Il: 4 (Buenos Aires, 1991): 16.
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les europeos, ya no se vieron obligados a vender trigo y maiz para proveerse
de tejidos, sino que los mismos le fueron entregados como pago de sus jorna-
les como mitayos. Los gobernadores de Buenos Aires consiguieron mediante
la provision de reses y el reparto de textiles que estos indigenas no distrajeran
esfuerzos en la consecucion de alimento y vestido, y de esa forma pudie-
ron incrementar al maximo Ja cantidad de dias-hombre exigida en el servicio
de mita.
CONCLUSION
En Buenos Aires, la poblacién indigena trib u
neo, A las etnias guaranitizadas de las zonas cercanas a costa del Parand sé
agregaron algunos grupos de querandies del interior de fa Ilammra pampeana y,
décadas mis tarde, unos pocos cientos de quilmes y acalianes, traidos de los
valles calchaquies de donde eran orjundos. Con excepcidn dé estos iiltimos y
de Jos que fueron asentados en la reduccién de Baradero, los demas grupos ha-
bian desaparecido hacia 1720, ya que el reducido ntimero de individuos que
Jos conformaban les impidié consolidarse y los obligé a mezclarse con el resto
de la poblacién mestiza de la regién.
La experiencia de la encomienda en Buenos Aires tuvo corta vida, inte-
rrumpida por la creciente injerencia de las autoridades locales, que se apropia-
ron de la mano de obra indigena organizindola en reales pueblos de indios y
explotandola por medio del sistema de la mita. Al ser colocados bajo el contr:
directo de [Link], Ia presién sobre los naturales se hizo cada vez
mayor, particularmente en el caso de los quilmes y acalianes, a quicnes se uti-
lizé en las expediciones de caza de ganado cimarrén, en los acarreos de mate-
riales para el fuerte y otras tareas no especializadas. La reglamentacién de la
mita, que en un principio garantizaba a estos indigenas la disposicién del tiem-
po necesario para emprender sus labores agricolas —que, por otra parte, cran
protegidas y fomentadas por la Corona— fue modificada por los sucesivos go-
bernadores. La estrategia de estos consistié en habituar a Jos mitayos y sus fa-
milias al consumo de proteinas vacunas, ampliamente disponibles gracias a la
abundancia de ganado cimarrén, y apropiarse de su fuerza de trabajo durante
la mayor parte del afio, lo que no hubiera podido lograrse si les hubiesen per-
mitido seguir subsistiendo de la agricultura. Los indigenas se adaptaron asi a
una dieta fundamentalmente carnea, aunque complementandola con la ingesta
de farindceas; y al serles exigido un nimero mayor de dias de trabajo, se vie-
ron forzados a depositar el cuidado de Jos cultivos en las mujeres y nifios de
sus comunidades. Pero la modificacién de sus habitos alimenticios, gracias a
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ia tuvo un origen heterogé-1108 INDIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIENZOS DEI. SIGLOXVII.. 101
la cual disminuyé su consumo de trigo y maiz, les permitié derivar hacia el
mercado de Buenos Aires sus excedentes de grano y adquirir con su venta ves-
tidos y otros objetos, haciendo propias las pautas de consumo que copiaron de
los espafioles.
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Fecha de recepeién: 11-7-2007
Fecha de aceptaci6n: 19-2-2008
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doi:10.3989/revindias.2009.025LOS INDIGENAS DE BUENOS AIRES A COMIENZOS DEL SIGLO XVIU.. 103
THE INDIGENOUS POPULATION OF BUENOS AIRES AT
THE BEGINNING OF THE EIGHTEENTH CENTURY:
THE REALES PUEBLOS DE INDIOS AND THE DECLINE
OF THE ENCOMIENDA
During the seventeenth century, infectious diseases, desertion, and intermarriage were
taking their toll on the encomiendas of Buenos Aires. At the beginning of the following century,
the few indigenous groups that were still subject to the encomienda system were settled in
towns by the royal administration and organized according to the mita system. They were thus
administered textiles and a diet rich in bovine proteins in order that they might concentrate
their efforts more effectively on their mita duties, rather than on their own agricultural efforts.
Key worps: Buenos Aires, Royal Indian Towns, Mita system, nutrition.
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