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Match Al Cowboy (Spanish Editio - Sweet Melibea

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Copyright©2022.

Melibea Ramos
Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra ni su
incorporación a un sistema informático ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este
electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del
autor.
Título original: Match al cowboy
Diseño de portada: Melibea Ramos
Maquetación: Melibea Ramos
A todas las cowgirls
1
Sadie
Un match.
Acababa de escuchar el sonido en mi teléfono móvil que me
alertaba de aquello que acababa de pasar.
Y, fíjate tú qué tontería, pero me puse nerviosa.
Hacía meses que no utilizaba Tinder, la verdad es que estaba un
poco desencantada con lo que me había encontrado últimamente en
la aplicación en las últimas citas que había tenido meses atrás.
Pero tampoco la había desinstalado. Fallo mío. O, quizá, no.
Todavía estaba por descubrirlo.
Con el corazón desbocado, dejé con cuidado el último sombrero
que había elaborado sobre una repisa del escaparate.
Claro, pensarás que qué hacía yo con un sombrero de cowboy
precioso y perfecto entre mis manos.
Pues te doy la bienvenida a Sadie’s Barret, mi tienda de
sombreros y complementos de cowboy.
Estaba orgullosa de ella, pues, aunque era pequeña, contaba
con mi propio taller para confeccionar.
Todo un sueño después de haber estudiado moda y confección.
Había invertido todos mis ahorros en aquel proyecto que ya tenía
un año de vida. Había mucho por mejorar, por supuesto, pero
estaba trabajando en ello para conseguirlo.
Soñaba algún día con poder vender más cosas a parte de
cinturones con hebillas plateadas y sombreros, pero primero debía
sacar beneficios para llevarlo a cabo.
Emprender podía resultar difícil, pero no era imposible, y eso
precisamente había demostrado a todo el mundo, incluidos mis
padres.
¿Cómo iba la pequeña y dulce Sadie a montar una sombrerería?
Pues montándola, oiga.
¿Se notaba mucho que soy hija única? Un poco.
Siempre he sido la niña de mis padres, la que estaba
predestinada a dejarse querer con el dinero que generaba el rancho
que regentaba mi familia, pero yo no quería ser cowgirl ni dedicarme
a las reses ni a los caballos, mis manos eran delicadas y estaban
destinadas a confeccionar prendas y complementos que estaban a
la última moda entre los vaqueros del condado.
Y eso fue lo que hice, a riesgo de que a mi pobre padre le diera
un síncope.
Mi madre, por el contrario, sí creía un poquito más en esa faceta
mía creativa y, aunque pensaba que estaba arriesgando, me apoyó
más.
Mi padre seguía ofreciéndome encargarme de la administración
del rancho si no quería desempeñar otras tareas del lugar.
Encontraba siempre mi negativa, por supuesto.
Quería organizarme la vida, así lo veía yo. Seguir viviendo en el
rancho, trabajar en el rancho y vivir del rancho.
Rancho, rancho, rancho.
Pero le salió el tiro por la culata y su única hija, en lugar de ser
ese caballo manso y domable, salió salvaje y desbocada.
Monté mi tienda y me marché del maldito rancho. Ambas cosas
al mismo tiempo. Una locura, según mi padre.
Pero a mí me supo a gloria bendita, a libertad.
Vivía en Franklin, en el condado de Williamson, Tennessee,
desde que tenía uso de razón, y mi familia y mi mejor amiga Ginger
no se habían movido de mi lado en ningún momento.
Claro, ¿en qué cabeza cabía que mis padres salieran del
condado y abandonaran el… sí, narices, el estúpido rancho.
Mi independencia era muy importante para mí y en cuanto vi que
podía hacer uso de ella, me fui de casa y emprendí esta aventura.
Pero volvamos al tema de Tinder y del match que alguien me
había enviado.
Ya he dicho que me había puesto nerviosa, pero no era para
menos.
Acaricié de nuevo el ala de aquel sombrero que reposaba sobre
la repisa del escaparate y giré sobre mis talones.
No había nadie en la tienda en aquel momento y entré al taller
que había en el cuartito interior del que constaba el lugar.
Ahí, sobre la mesa, estaba mi teléfono.
Respiré hondo.
Pero ¿por qué me ponía tan nerviosa?
Desbloqueé el aparato y me mordí una uña cuando la aplicación
de Tinder pareció brillar más que las demás dentro de la pantalla del
aparato.
«¿Y si…?».
No, no, recordé que mis últimas citas habían sido un desastre,
no debería darle tanta importancia a un match que a saber de quién
era.
No es que esperara encontrar ahí dentro a un apuesto y perfecto
príncipe azul cuando meses atrás comencé a utilizarla, pero, no sé,
¿alguien decente?
No sabía si aquello era posible, por lo que había dejado mis citas
aparcadas durante un tiempo.
Ahora sonrío cuando lo recuerdo, porque la verdad es que fueron
bastante locas.
Desde algún chico con una halitosis potente que había llegado a
provocarme náuseas, hasta un fanático de Marvel que llegó
disfrazado al restaurante y me hizo pasar bastante vergüenza
porque hablaba como Batman.
¿Era Batman? ¿Batman pertenece al universo Marvel? Bueno,
da igual, en cualquier caso, era un superhéroe y me pareció muy
rarito.
Después de aquellos encuentros desastrosos, no había vuelto a
tener ningún contacto con un hombre.
No es que creyera en el amor perfecto, pero sí era cierto que me
había desencantado un tanto con el tema, ¿acaso no había nadie
para mí ahí fuera?
Después de un par de relaciones más o menos serias, decidí
abrirme Tinder para conocer gente de todo tipo y hacer lo que más
me apeteciera con esas personas.
Quería airearme un poco y no atarme a nadie por el momento.
¿El amor podía gastar psicológicamente? Por supuesto.
Y así estaba yo, desgastadita mentalmente. Y de mi corazón, ni
hablamos.
Pero yo tampoco estaba hecha para pasar de cama en cama sin,
ni siquiera, llegar a querer a medias a alguien, por lo que pronto me
cansé de tener relaciones con algún que otro chico del que no sabía
absolutamente nada y del que lo único que conocía en profundidad
era su cama.
No.
Eso no era para mí.
Que no lo critico, ¿eh? En serio. No lo critico, somos personas
libres, nuestro cuerpo es libre y nuestras decisiones también.
Pero a mí eso no me servía, no me llenaba. Llegué a pensar que
incluso podía estar vaciándome un tanto por dentro.
Claro que el amor desgastaba, pero ¿no lo hacía también la
promiscuidad?
No me parecía algo negativo, pero repito que no era para mí.
Preferí descansar un tiempo, aunque fuera corto, de la
intensidad del amor.
Porque en el fondo era una enamoradiza de mucho cuidado, por
mucho que me hubiera empeñado en obviarlo durante aquel tiempo.
Y, ahora, a mis treinta años, no es que buscase a alguien con
quien jurar amor eterno o algo parecido, pero en mi interior
albergaba dudas y curiosidad a partes iguales desde que había
escuchado el aviso en mi teléfono.
Sabía de muchas parejas que habían salido airosas,
sentimentalmente hablando, después de conocerse de esa forma,
no era nada descabellado.
Yo ya no buscaba sexo sin más, pero reconozco que también me
daba un poco de reparo lo que pudiera encontrarme.
Que hay personas que están un poco cucu, ¿sabes? Y de esas
ya me había encontrado unas cuantas.
Pero tampoco perdía nada. Las oportunidades había que
aprovecharlas y yo tenía claro que no quería desaprovechar
ninguna.
¿Podría encontrar a alguien nuevo por la zona que me ofreciera
lo mismo?
Me pregunté en aquel momento si mi meta era encontrar el amor
verdadero.
Incluso me reí en voz alta, soltando una pequeña carcajada.
¿Por qué diantres había pensado eso?
No, definitivamente, no.
Mi meta no era encontrar el amor, quizá sí disfrutarlo si me
encontraba él a mí por el camino.
Mi meta, si es que tenía alguna en aquel momento, era que
Sadie’s Barret llegara a buen puerto y poder ampliar la variedad de
mis confecciones.
Sin más.
Suspiré, indecisa.
Mordí mi labio inferior, dudosa, algunos segundos más.
Acto seguido, sin pensarlo demasiado, abrí la aplicación.
Primero decidí echar un vistazo, a ver qué me encontraba por
ahí. Ya vería el match más tarde.
Feo.
Feo.
Narizón.
Cara de psicópata.
Obsesionado con el deporte y los carbohidratos…
«Paso».
«Paso».
«Paso».
«Pa…»
Vale, se acabó, hora de ver el match, estaba aburrida de no
encontrar nada interesante.
«¡Eh!»
Un momentito.
La foto de una boca demasiado perfecta para ser real apareció
ante mis ojos.
Bueno, más bien, era una foto en la que solamente se
contemplaba el ala del sombrero de vaquero, que sujetaba con sus
dedos, y la parte de la boca.
Menudos labios.
¿Sería igual de guapo al verle la cara completa?
Me metí en aquel perfil.
Vaya.
Aquel muchachote tenía un rancho en Nashville y, por lo que
dejaba ver en algunas fotos en las que salía de espaldas, desnudo
de cintura para arriba, estaba en forma.
En ninguna foto se le veía la cara, pero sí los tattoos que
decoraban su piel.
Volví a morderme el labio.
¿Y si era un chico gamba?
Dejé el móvil al lado de la máquina de coser y marqué el número
de Gigi en el teléfono fijo que había sobre mi mesa de trabajo.
Gigi era mi mejor amiga, nos conocíamos desde el instituto y
nuestra amistad era fuerte y leal. Habíamos sobrevivido, incluso, a
nuestra separación cuando decidimos tomar caminos diferentes en
cuanto a estudios se refiere.
Gigi optó por estudiar pediatría y había conseguido una plaza en
un hospital del condado de al lado.
Estaba muy contenta y yo me alegraba infinitamente de que
hubiera alcanzado esa meta.
Era la mejor, y la quería mucho.
—Gigi —dije en cuanto mi amiga respondió al otro lado de la
línea. Sabía que no tenía turno en el hospital hasta por la tarde y
que estaría poniéndose ciega a ganchitos de queso mientras veía
un drama coreano en streaming. Estaban muy de moda ese tipo de
series —, ¿qué haces?
—Te aburres, ¿verdad? —dijo al tiempo que masticaba.
Bingo, lo sabía. Si es que la conocía como si la hubiera parido.
—Pues sí. Ojalá estuviese ahí contigo viendo a los chinos y
comiendo cheetos.
—Son coreanos y no son cheetos.
—Ah, ¿no?
—No, son patatas fritas. Están de muerte.
Gigi era fanática de los snacks.
—¿Qué más da? —pregunté poniendo los ojos en blanco.
—¿Para qué me has llamado?
—Te llamaba porque, a ver, voy a pasarte unas fotos al móvil,
¿vale? Y tú me tienes que decir si crees que ese tío puede ser un
chico gamba.
—¿Cómo? —preguntó ella, confundida a través del aparato.
Bufé. Hablar con Gigi cuando estaba viendo la serie de chinos
era como hablar con una pared.
—¿Quieres apagar la novela y escucharme con atención?
—Se llama drama coreano.
—Por el amor de Dios, Gigi…
—Que sí, que vale, venga, dime.
Hice captura de pantalla de un par de fotos que había visto en el
perfil y se las mandé por mensajería instantánea.
—Te las acabo de enviar.
—Vale —contestó ella.
—¿Lo has abierto ya? —pregunté yo.
—Estoy en ello —me contestó.
Pude comprobar en aquella última respuesta que había
conectado el manos libres, pues escuchaba su voz un poco alejada.
—¿Ya? —insistí.
—¿Estás un poco histérica o me lo parece a mí? —me preguntó
mi amiga.
¿Estaba un poco histérica? Pues no sé, quizá un poquito sí, pero
no entendía el motivo.
Tal vez la sensualidad de aquellos labios me había alterado un
poco.
—Bueno, dime tu opinión.
—¿Cuál era la pregunta?
Suspiré.
—Gigi, o te centras o te cuelgo.
—¡Pero si me has llamado tú!
—Es verdad —claudiqué—. La pregunta es si tú crees que es un
chico gamba.
—Define chico gamba.
Aguanté las ganas de gritarle. Gigi era así, muy lista para ser
pediatra, pero muy lenta para recordar nuestras definiciones
random, ya fuera de tíos o de cualquier cosa.
Aun así, era la persona más avispada que había conocido
nunca.
—Gigi, no me puedo creer que no te acuerdes de eso —dije
suspirando y poniendo los ojos en blanco al tiempo.
—Ya sabes que no.
—Un chico gamba es cuando de él se come todo menos la
cabeza.
—¿Que es feo?
—Exacto. Que todo lo demás muy bien, pero si se pone una
bolsa en la cabeza, pues mejor.
—¿Y por qué has pensado eso? Además, ¿qué haces otra vez
en Tinder?
—Pues…
—Estás muy perdida, Sadie, muy perdida —me dijo riéndose.
Y era verdad, pero yo era así y estaba en ese punto de mi vida
en el que pocas cosas tenía claras.
—Entonces, ¿qué?
—¿Qué de qué?
Bufé.
—Gigi, el chico.
—Ah, tírale un match.
—¿En serio? Él me lo ha tirado a mí.
Casi la vi encogerse de hombros, un gesto muy característico de
ella.
—¿Por qué no? Él ya ha dado el primer paso.
Porque Gigi era así: arriesgaba y que sucediera lo que tuviera
que suceder.
¿Acaso no había hecho yo eso con la sombrerería?
Pero aquello era distinto. ¿Y si era un loco?
—No sé, hay cada personaje ahí…
Por supuesto, podía dar fe de ello, precisamente ese había sido
el motivo por el que había dejado de utilizar aquella app de citas.
—También pueden pensar lo mismo de ti.
—Capulla. Me intriga que no muestre su rostro, tía.
Gigi sonrió al otro lado de la línea, lo supe.
—Por eso lo hace.
—¿Tú crees?
—Estoy segura.
—No sé…
—Siempre puedes hablar con él y que te enseñe una foto en
condiciones.
Aquellas palabras de Gigi me convencieron más.
—Venga, hazlo.
Y eso hice.
Y, escucha, Tinder puede dar para mucho.
2
Jack

Apreté las yemas de mis dedos en la carne de su culo. Aquella


chica me había puesto a cien y solo acababa de llegar a su casa.
Se lanzó a mis labios y nos besamos de forma apasionada.
Tanto, que mi sombrero no tardó en caer al suelo.
Jadeante, le di la vuelta de forma brusca, poniéndola de
espaldas a mí, sus manos apoyadas en el respaldo del sofá del
salón.
Levanté su vestido y palpé su sexo. Estaba mojado y caliente.
Perfectamente preparado para mí.
Gruñí de placer solo de imaginarme dentro de aquella chica que
acababa de conocer por Tinder.
—¿Vas a tardar demasiado? —me preguntó entonces. Tenía la
voz entrecortada. Estaba demasiado cachonda como para poder
hablar en condiciones.
—No —le contesté.
Me apresuré a tantear los bolsillos traseros de mi pantalón para
sacar un preservativo.
Me parecía una mierda, por supuesto, prefería sentir cómo mi
polla se apretaba al entrar en ella sin un trozo de látex de por medio,
pero no quería descendencia, no por ahora, bastante tenía con
cuidar de mí mismo.
El pivón que tenía delante, con su culo expuesto ante mí, se
contoneó varias veces, quería que me diera prisa.
Ya había sacado el envoltorio del bolsillo de mi pantalón y,
cuando pretendía abrirlo con mis dientes para sacar el condón de
dentro, el sonido de unas llaves abriendo la puerta del recibidor nos
sorprendieron.
Inmediatamente me subí los pantalones, a riesgo de que mi sexo
explotara dentro de ellos.
—¿Esperas a alguien? —le pregunté.
Había abrochado de forma rápida mi cinturón y me disponía a
recoger el sombrero del suelo cuando un hombre nos sorprendió
mirándonos cara a cara.
—¿Mary? —preguntó con los ojos muy abiertos.
Mary seguía con el culo en pompa, apoyada en el sofá.
«Que se vista, por el amor de Dios…», pensé queriendo salir por
patas de allí.
Estaba claro que era el marido. No me había dicho que estaba
casada, aunque, pensándolo bien, tampoco tenía obligación.
—Yo me voy. Un placer —me despedí tocándome el ala del
sombrero y mirando a la casada Mary.
—¡Alan! —exclamó ella entonces.
—¡Eh! —El tal Alan solo tenía ojos para mí.
Me enganchó de la camisa y zarandeó mi cuerpo. Me solté
bruscamente, mi rostro serio.
—No tienes que rendir cuentas ante mí —le dije con las palmas
hacia él, en son de paz.
Sí, muy en son de paz iba yo, pero mis huevos se habían
quedado duros como nueces por su interrupción.
Aun así, no quería problemas, pues siempre estaba metido en
alguno.
No me lo esperé, aquel puñetazo en la mandíbula hizo que me
tambaleara.
No obstante, no llegué a caerme y atiné a salir corriendo hacia el
exterior.
Alan gritó detrás de mí, pero conseguí meterme en el coche y
poner los seguros.
Ni siquiera inspeccioné mi labio inferior, en el que tenía un dolor
punzante, y salí de allí quemando rueda.
Miré por el espejo retrovisor izquierdo e hice una peineta al
imbécil de Alan, sacando el dedo corazón por la ventanilla.
*

—¿Otra pelea?
A mi tío Nelson no se le escapaba ni una, eso ya lo sabía yo.
Hice una mueca cuando me toqué el labio para retirarme la
sangre.
Escocía.
A penas me había dado tiempo a hacerlo en el coche, de camino
al rancho que regentaba en Nashville y el que también era mi hogar.
Además, no hubiese sido buena idea, podría haber salido peor
parado de lo que ya estaba.
Aquel puñetazo en la mandíbula había conseguido partirme el
labio y me había dejado entumecida la parte derecha de la cara.
Un buen golpe, sí.
¿Merecido? Quizá.
Bueno, vale, sí, voy a ser sincero. Hablemos tranquilamente, ¿de
acuerdo?
Me lo merecía.
A nadie le hace gracia encontrarse a su pareja con otro hombre
en el sofá del salón de su casa.
Y ese otro hombre, era yo.
Porque no, yo no era el cornudo, yo había sido partícipe de la
infidelidad.
Apenas me había dado tiempo a salir por patas y meterme en el
coche después de aquel puñetazo.
No era ningún cobarde, pero con un golpe había sido suficiente.
En mi defensa diré que no sabía que la chica con la que estaba a
punto de acostarme tenía pareja.
No era nada serio, por supuesto, ya que no me gustaba
comprometerme.
Nunca me había enamorado, y no era algo que pretendiera
empezar a hacer a corto plazo o, quizá, nunca.
Era muy celoso con mi tiempo, mi trabajo y mi vida como para
querer compartirla con alguien.
Suena raro, ya lo sé, pero, además, no hacía más que ver cómo
amigos y familiares sufrían por amor.
Peleas, divorcios, infidelidades…
Incluso yo me había metido de forma inintencionada en medio de
una relación.
Creía que era más sensata la manera en la que me había
montado la vida yo.
Estaba comprometido conmigo mismo, que no solo. La soledad
no existía, al menos no en mi diccionario personal.
Lo que no sabía es que pronto iba a tener la necesidad de
despojarme de una parte de mi soledad para empezar a compartir
mi tiempo, mi rancho, mi vida, mis ganas y hasta mi cama con
alguien más.
—¿Cuándo vas a dejarlo? —preguntó entonces mi tío.
Me había estado esperando en el salón y me sorprendió verlo
allí.
El rancho Foreman era de mi tío Nelson, pero de todos sus
sobrinos solo yo había accedido a ocuparme de él cuando decidió
mudarse a la ciudad.
Mi tío Nelson había estado toda la vida al mando del lugar, había
trabajado como el que más entre caballos y vacas, y ya estaba
cansado de tanto campo y tanto olor a estiércol.
Pero aquel lugar tenía algo especial y eso lo sabíamos todos.
El frescor en la noche, amaneceres espectaculares entre la
vegetación que rodeaba el lugar…
Cuatrocientos treinta acres formaban aquello que, para mí, era
un imperio. Davidson Country, en Bellevue, se encontraba a unos
veinte minutos del centro de Nashville y a unas dos millas y media
del New Bellevue Center.
La mezcla de pastos para los animales con las que contaba era
exquisita, rodeado de bosques, algunos manantiales y grandes
estanques.
Allí se respiraba calma y era lo que más me gustaba.
Constaba de varias dependencias, un par de graneros, establos
y la gran casa en la que vivía.
Yo nunca tuve claro a lo que quería dedicarme en la vida.
Estudié una carrera de finanzas en la universidad solo por el hecho
de estudiar algo.
No paraba de escuchar en mi familia eso de que estudiar algo
relacionado con números podía ser de utilidad en la vida.
Aquello no me motivaba, pero las mates siempre se me dieron
mejor que el lenguaje, por lo que tampoco me costó demasiado
sacrificio aprobar aquel grado en la universidad.
Pero a mí, lo que verdaderamente me apasionaba, era los
caballos.
El rodeo.
Sentir mis pies sobre los estribos y apretar la crin en un puño al
cabalgar para sujetarme bien.
Por eso, cuando ninguno de mis primos quiso ocuparse de ese
lugar que para mí era el paraíso, yo sí accedí.
Era mi oportunidad.
Eso sí, al principio fue mi tío el que estuvo al mando,
encargándose de enseñarme todo lo que me faltaba por saber.
Tenía experiencia, pues desde pequeño había estado corriendo
por las cuadras y las paredes de aquella enorme casa.
Pero mi tío se encargó de enseñarme bien.
—¿El qué? —le pregunté. No sabía a qué se refería, aunque
podía hacerme una ligera idea de que tenía que ver con mi vida
sentimental. Bueno, mi nula vida sentimental por decisión propia.
—No paras de meterte en líos, Jack.
Suspiré.
Tenía razón, claro. Apreté con las yemas de mis dedos el ala del
sombrero y le miré.
En ese momento, Abigail, la mujer del servicio, entró al salón con
una bandeja en la que había depositada una botella de Bourbon
acompañada de dos vasos.
Mi tío me conocía, y aquel gusto lo compartíamos.
—Esta vez no ha sido culpa mía —me defendí al tiempo que me
sentaba en el sofá, a su lado, pues él no se había levantado cuando
yo había hecho acto de presencia.
Soltó una pequeña carcajada con desdén. Pensaba que le
estaba mintiendo, por supuesto. No le culpaba, pues a menudo solía
hacerlo: le decía que no había sido culpa mía y en realidad era todo
lo contrario.
—Tienes que madurar en ese aspecto —dijo tras dar un trago de
su vaso.
—¿Madurar? No soy ninguna fruta. ¿De qué aspecto hablas?
Tío Nelson suspiró.
—Precisamente hoy he venido a decirte algo importante, me
alegro que hayas venido con la boca así.
Arrugué el ceño. ¿De qué iba todo aquello?
—No te entiendo, tío Nelson.
—Las mujeres… Jack. Debes centrarte, sentar la cabeza…
—¿Sentar la cabeza? ¿Eso es lo que querías decirme? ¿Y qué
tienen que ver las mujeres en esto?
—Mucho.
—Tío Nelson, lo de hoy… yo no sabía que estaba casada.
—¿Te has acostado con una mujer casada? —dijo
escandalizado.
—No, no —dije poniendo las palmas de mis manos hacia él, en
señal de paz—. No me ha dado tiempo.
Tío Nelson hizo una mueca.
—El marido me ha pillado por banda antes.
—Bien merecido lo tienes —dijo.
—Lo sé, pero yo no sabía que tenía marido, te lo juro.
Y no juré en falso.
—Jack… —dijo entonces.
—¿Sí?
—Vas a quedarte esta casa, ¿verdad? No vas a echarla a perder
ni nada parecido.
—¿Qué? ¡Por supuesto que no! —exclamé ofendido. ¿Cómo
podía pensar eso de mí mi tío? Adoraba el rancho Foreman, era mi
forma de vida, mi sustento, mi pasión.
—Bien, no esperaba menos de ti —dijo entonces poniéndose en
pie.
¿Qué hacía? ¿Por qué tanto misterio? Estaba muy raro y no
sabía la razón.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Sabes que siempre he estado para ti, que veo en ti el futuro
del rancho, Jack. Sé que he hecho de ti al mejor capataz, mejor de
lo que fui yo en su día, pero quiero ponerte una condición si quieres
seguir ocupándote de todo esto. Cuando yo no esté, quiero que todo
esté en orden.
Parpadeé varias veces, no entendía. ¿Acaso estaba enfermo?
—Creo que… no te entiendo, tío. ¿Estás enfermo?
—Cielo Santo, ¡no! —dio otro trago a su vaso, sonriendo—.
Quiero que te cases, Jack. Te hace falta, te vendrá bien.
—¿Cómo? Tío Nelson, yo no necesito un matrimonio, yo no…
—Tú tienes treinta años y sigues haciendo cosas de un crío de
veinte, Jack. Además, será agradable escuchar pequeños pasitos
por el campo, ¿no crees?
—Pero…
—Es mi última palabra, Jack.
Mi tío se despidió de mí con un asentimiento de cabeza y salió
del salón para dirigirse al exterior de la casa.
No me había dado opción a réplica, ni siquiera había pensado en
una excusa para decirle.
Se había marchado de aquella manera a propósito, quería
dejarme sin armas, salirse con la suya.
¿Y ahora qué hacía?
¿Qué demonios debía hacer? ¿Sucumbir a su voluntad?
¡No!
Pero, el rancho…
Me bebí lo que quedaba de Bourbon en mi vaso de un trago,
estaba nervioso.
Después hundí los dedos en mi pelo y comencé a dar vueltas por
la habitación, como si fuera una bestia encerrada en algún lugar.
Mi tío me había puesto en un aprieto y no sabía cómo salir de él.

Mi amigo Dick dio un trago a su café.


—¿Puedes decirme algo ya? —le pedí con mal humor.
Había pasado una noche de perros. La petición de mi tío Nelson
se repetía una y otra vez en mi cabeza y no me dejaba respirar.
No dejaba que los pensamientos fluyesen en mi cerebro,
simplemente había ocupado toda mi cabeza aquel ultimátum.
Si quería quedarme definitivamente con el rancho una vez mi tío
falleciera, debía casarme.
Muy bonito.
¿Con quién? ¿Con el Espíritu Santo?
Dick me miró de forma seria.
—Es que no conozco a nadie que huya tanto del amor como tú
—dijo.
Me mordí el labio y me pasé las manos por la cara.
Era pronto, muy pronto, antes incluso de la hora a la que cada
día comenzaba a faenar en el rancho.
Dick era un tío de puta madre, había cogido mi llamada
prácticamente al instante y había acudido a mi casa.
—No sería por amor —le dejé claro.
—Entonces puede ser cualquier mujer —dijo él tranquilamente.
—¿Cualquier mujer? —pregunté yo.
De pronto caí en la cuenta y tuve una idea.
Quizá era algo remoto lo que había pensado, pero podría
ayudarme a salir del paso.
—¿Y si ofrezco algo a cambio? —le pregunté a Dick.
—-Explícame eso.
—¿Y si ofrezco dinero a cambio del sí quiero?
Dick, en un primer momento, levantó las cejas, sorprendido, pero
después dijo:
—Busca a alguna chica en Tinder. Tú sueles usar esa aplicación
mucho, ¿no es así?
Asentí con la cabeza.
—Bien, pues cuando te hayas fijado en alguien, hablas con ella
por el chat y, no sé, si te parece maja y tal, quedas con ella y le
planteas el tema.
—Sí, voy a hacerlo. Voy a hacerlo porque no me quedan
opciones —le dije desesperado.
Realmente tenía miedo de que mi tío cumpliera su palabra y me
dejara sin el rancho.
A veces, para ganar la partida, hay que sacrificar a algún peón.
En ese caso, el peón era yo mismo y me disponía a cavar mi
propia tumba.

Seguir el consejo de Dick me pareció sencillo en un principio,


pero después la cosa se complicó. Navegar por Tinder en busca de
tu futura esposa no es algo que se haga todos los días y creí caer
en la desesperación.
No obstante, la encontré.
Una chica de rostro dulce y cierta timidez que parecía colarse
entre las pestañas de sus ojos.
Aparecía rodeada de sombreros de cowboy en prácticamente
todas las fotos.
Incluso en algunas salía con aquel complemento colocado en la
cabeza, dándole un atractivo potente.
¿Sería ella la indicada?
Decidí arriesgarme y lancé un match a su perfil.
La suerte estaba echada y el rumbo de mi vida viró un tanto sin
que yo me diera cuenta.
3
Sadie

Gigi tenía razón, como siempre, y cuando me cercioré de ello bufé.


Aquel cowboy llamado Jack no enseñaba la cara en sus fotos de
Tinder simplemente para causar curiosidad.
Aquel día pasé la tarde hablando con él, a excepción de atender a
un par de mujeres que fueron a recoger unos encargos que me
habían hecho para arreglar y que ya tenía listos para entregarles.
Una chaqueta con la manga rota y un sombrero.
Era lo que tenían los rodeos, el vestuario salía mal parado si el
vaquero rodaba por la tierra.
Y sabía que existía esa faceta suya de crear expectación entre las
féminas de la aplicación porque era lo primero que le había
preguntado.
Debo admitir que al principio me había parecido un poco chulesco,
pero con el pasar de las horas, porque, repito que la tarde había
volado con el teléfono entre mis manos conversando con él, me
había comenzado a caer bien.
Por no hablar de que, haciendo caso a mi amiga, le había pedido
una foto en condiciones, de esas en la que podías apreciar cada
detalle de su rostro, y había podido descubrir lo increíblemente
guapo que era.
Pelo oscuro y bien cuidado, ojos azules y expresivos y boca de
infarto.
Era lo primero que había visto de él cuando todavía no había podido
ver su cara entera, y decidí que era lo que más me gustaba de su
aspecto.
Esos labios del demonio deberían estar prohibidos.
Por no hablar de aquellos dibujos hechos con tinta que decoraban
desde su cuello hasta sus manos.
Desde luego, no era un cowboy convencional, y eso lo hacía todavía
más interesante.
La conversación había sido distendida y agradable, incluso había
habido algún que otro comentario picante que me había hecho sentir
nervios en el estómago.
Vale, también un par de pequeños latigazos en mi sexo, que una no
era de piedra.
También nos habíamos hecho reír y aquello me gustó. Hacer reír es
difícil, pero que te hagan reír te da sensación de paz y bienestar.
No pude soltar el teléfono, pues comenzaba a encontrarme muy a
gusto hablando con él. Tanto, que, como una kamikaze, acepté una
cita con él para comer al día siguiente.
Porque así de rápido iba la vida y el destino. Y así de rápido,
también, me había olvidado de mis reticencias anteriores a no tener
citas provenientes de la aplicación.
Me hice para cenar un sándwich de pollo y lechuga junto a un zumo
de frutas y volví a sentarme en el sofá. Una pequeña lucecita en mi
teléfono móvil me avisaba de que tenía un mensaje pendiente por
leer.
Era él, estaba segura, pues no estaba hablando con nadie más.
¿Estás segura de querer que nos veamos tan pronto?, me preguntó.
Sonreí.
¿Crees que debería pensarlo más a fondo? Veamos… sé unas
cuantas cosas de ti. Te encanta el rodeo, regentas un rancho que te
da muchos beneficios y te gusta la lectura. ¡La lectura! ¿Dónde se
ha visto que a un cowboy le guste la lectura? ¿Dónde ves tú el
inconveniente en conocernos en persona?, le contesté yo.
Se me iba de las manos, se me iba, claro que se me iba. Pero ¿qué
tenía ese hombre, por el amor de Dios?
Pero yo sabía lo que tenía. Y era que me había sentido muy a gusto
hablando con él. ¿Por qué no ir a más?
Me mandó un par de emoticonos en los que la carita se carcajeaba.
De acuerdo, nos vemos mañana para comer en Sandy’s beer.
¿Sabes dónde queda?
Conocía aquel bar, su especialidad era la cerveza, la cual era
artesanal, pero también hacían unas hamburguesas muy buenas.
Claro, perfecto. Nos vemos allí a medio día.
Me mordí una uña, expectante por aquella cita.
Genial, me gustaría poder hablar más contigo y proponerte algo.
Arqueé una ceja en ese instante. ¿Proponerme algo? ¿De qué se
trataría? Solo esperaba que no fuera un depravado que quisiera
probar conmigo alguna práctica fetiche.
Iba a contestarle, pero una llamada entrante en mi teléfono móvil de
Gigi me lo impidió.
Jack tendría que esperar, aunque lo cierto es que me moría de
ganas de preguntarle de qué se trataba la proposición de la que me
había hablado.
—Gigi, hola.
—Acabo de llegar del hospital, ¿dónde te metes? ¿Se sabe algo del
cowboy misterioso?
Ahogué una risita.
—He cenado hace poco —le contesté haciéndome la interesante.
Vaya, todo lo malo se pegaba.
—No has contestado a mi pregunta.
De fondo escuché el sonido de una bolsa de plástico. Fijo que era
de algo insalubre que a Gigi le encantaba.
—¿Otra vez ganchitos malolientes con sabor a queso?
—¿Qué pasa? Tengo hambre —se defendió Gigi—. Y son triángulos
de maíz. Después de diagnosticar varios constipados, una otitis y un
eccema, creo que me lo merezco.
—¿Crees que esa obsesión tuya por esas cosas puede
considerarse como vicio? —le pregunté.
Gigi resopló al otro lado de la línea.
—Y yo qué sé. Bueno, qué, ¿alguna novedad?
—¡He quedado mañana a comer con él! —exclamé para después
soltar una carcajada.
Parecía una colegiala en la edad del pavo, y no me importaba en
absoluto.
—¿Cómo dices?
—¿Qué pasa? Has sido tú quien me ha animado a ello.
—No, no, yo solo te he dicho que le enviaras un match, pero, de ahí
a quedar ya, así, tan pronto, ale, ale, pues no, chica.
—Bueno, pero hemos estado hablando toda la tarde y…
—¿Y?
—Pues que me ha caído muy bien, es muy interesante y, Gigi, es…
—¿Qué?
—Es…
—¿Qué es, Sadie? ¿Qué es? —insistió.
—No te pongas nerviosa, Gigi.
—¡Me estás poniendo nerviosa tú con tanto misterio! ¿Qué es? ¿Un
cranco? ¿Un cayo malayo?
—Pero ¿qué dices? ¡Es guapísimo! ¡El tío más atractivo que he
visto en mi vida! —exclamé al tiempo que me levantaba del sofá.
—Bueno, bueno… ya será menos. En el condado hay muchos
cowboys que son muy atractivos. Será… pues eso, uno más.
—Estás celosa —canturreé.
—¿Celosa, yo?
—Eres una envidiosa, Ginger —la chinché en broma, poniendo
morritos.
—Bah, no sé por qué.
—Pues porque mañana tengo una cita con un cowboy que está de
toma pan y moja.
—Eso tengo que comprobarlo yo.
—¿Quieres que te envíe la foto?
—Por favor y gracias —contestó al tiempo que masticaba uno de
esos triángulos de maíz que se estaba comiendo.
—Vale, yo te la mando y así juzgas por ti misma.
—Ajá —respondió ella al tiempo que tecleaba en el ordenador, pues
le había mandado un par de fotos de Jack por email.
—Bueno, ¿qué te parece?
—Joder, Sadie…
—¿Qué?
—Que está…
—Potente, lo sé.
—¿De verdad vas a quedar con él mañana?
—Además, me ha dicho que quiere proponerme una cosa —le dije
con la boquita pequeña.
—¿Qué cosa?
—Ay, Gigi, pues no lo sé, mañana lo descubriré.
—Sadie, a ver si va a ser un loco o algo.
—¿Tú de verdad le ves cara de loco? Porque yo le veo cara de
volverlas locas a todas. Pues me propondrá… no sé, quizá pasar la
noche en su maravilloso rancho para probar su maravilloso tran…
—Odias los ranchos —me cortó Gigi.
—Sí, pero puedo hacer un esfuerzo, tranquila.
—¿Tú no decías que el sexo sin compromiso no…?
—Decía, decía… donde dije digo, digo Diego. ¿No te sabes el
dicho?
—Ay, Sadie, Sadie, ten cuidado mañana.
—Descuida. No hay compromiso de nada, si no me gusta o veo algo
raro, te doy un toque y salgo pitando de allí.
—Vale —contestó mi amiga, aunque no parecía demasiado
convencida.
No obstante, quien no estaría convencida de absolutamente nada al
día siguiente, sería yo.
Además, aquellas dos palabras “sin compromiso” echarían a volar
nada más encontrarme con él.

El interior de Sandy’s beer siempre me había gustado. Aquel


barecito famoso por su cerveza artesanal estaba decorado en su
interior exclusivamente con madera. Barriles de madera como
asiento y mesas robustas del mismo material. Incluso los posavasos
fabricados con corcho hacían juego con las paredes entabladas.
Claire, la simpática camarera del local, me guio hasta el lugar donde
estaba Jack cuando pregunté por la mesa que me dijo que había
reservado a su nombre.
La noche anterior quise ahondar en el tema de la propuesta, pero,
como parecía ser habitual en él, se hizo el interesante de nuevo,
alegando que prefería posponer aquella conversación al día
siguiente.
Contuve la respiración cuando me acerqué a él. Era inconfundible, y
todavía más guapo en persona.
He de decir que me había puesto mona desde primera hora de la
mañana, antes de ir a abrir la tienda, y que, durante mis horas de
trabajo, había acudido al cuarto de baño para mirarme en el espejo
como unas mil veces, no fuera a pasárseme algún retoque del
escueto maquillaje que llevaba.
Mi larga y rubia melena la había dejado suelta y en ondas, haciendo
un semi recogido en la parte de atrás, sujeto con un pasador
precioso.
Pantalón vaquero ajustado, mis botas de tacón y una camisa a
cuadritos pequeños con un escote que dejaba entrever de manera
sensual mi generoso pecho.
Algo de colorete, máscara de pestañas y labial rojo.
Estupendita.
Jack levantó la vista en cuanto escuchó el ruido de mis tacones en
el suelo de parqué.
Su mirada azul me cautivó durante unos instantes y hube de
carraspear para poder saludarle, pues la garganta se me había
quedado seca.
—Hola —le dije a media voz.
—Ey —saludó de manera jovial, sonriendo, derritiéndome un
poquito por dentro.
Se levantó de la mesa, en la que ya había un gran vaso de cerveza
sobre ella, y me tendió la mano.
Alargué la mía, pequeña en comparación a la suya, grande y fuerte,
y él la estrechó entre sus dedos.
Tenía la palma algo áspera, pero daba calor.
Me pregunté cómo sería sentir aquellas manos grandes
acariciándome y no tardé en notar mis mejillas encendidas.
Jack acarició el dorso de mi mano y se lo llevó a los labios.
Tragué saliva.
«Dios mío».
—Sadie —murmuró—, eres todavía más guapa en persona.
Sonreí, avergonzada por sus palabras.
—Jack Foreman —susurré—, lo mismo digo.
Tomé asiento todavía sin deshacerme de su mano, pero el contacto
se rompió cuando el muchacho chasqueó los dedos en el aire para
decirle a Claire que trajera otra cerveza para mí.
Aproveché para quitarme el abrigo y colgarlo en el respaldo de la
silla. Lo mismo hice con mi bolso.
Además, también necesitaba recuperar la respiración y conseguir
que mi ritmo cardíaco volviera a la normalidad.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—Bien, muy bien. Bueno, algo nerviosa, la verdad —reconocí
haciendo una mueca.
«Sadie, por tu padre, contrólate».
—¿Nerviosa? No entiendo el motivo, no me como a nadie. Todavía
—dijo mirándome de forma inquisitiva.
«Bragas combustionadas en tres, dos…».
Carraspeé de nuevo.
—Lo cierto es que me dejaste muy intrigada con eso que me dijiste
de la proposición —le dije cogiendo la carta de comida plastificada
que había a mi derecha con tal de ocultar mi rostro, que debía estar
rojo como un tomate.
Él bajó la cabeza, supongo que, ganando tiempo para contestar.
Cogió su cerveza y le dio un trago.
—Quería esperar a los postres para eso, pero, ya que insistes
tanto… Anoche me pareció que tenías mucha curiosidad.
—Pues sí.
—¿Crees en el matrimonio, Sadie?
Parpadeé un par de veces, sorprendida.
¿Qué decía el cowboy con cara de empotrador?
—¿Perdón?
—Has entendido perfectamente mi pregunta —dijo, después tragó
saliva.
—Pues… eh… no… ¿A qué viene eso?
—Verás… Sabes que regento un rancho.
—Sí.
—Ese rancho es de mi tío Nelson, pero me he estado ocupando de
todo yo desde que decidió mudarse a la ciudad.
—Muy bien, pero ¿qué tiene que ver eso con el matrimonio? —No
entendía nada de lo que me estaba diciendo.
Jack suspiró. ¿Parecía inseguro?
—Me ha puesto una condición para quedarme con el rancho, y esa
condición es que me case. Quiere que me centre, que…
—¿Qué? ¿Y qué tengo que yo que…? ¿No pensarás que yo…?
¿Qué decía? ¿Qué decía ese maromo? Maldita sea… ¿no podía
haberme pedido oler mis calcetines para excitarse o algo así?
—Puedo pagarte —dijo en un murmullo, como si aquello le
avergonzara. ¡Pero no era para menos!
—¿Me estás ofreciendo dinero a cambio de que me case contigo?
—le pregunté incrédula.
—Pues… ¿sí? —Hizo una mueca.
Me había quedado con la boca abierta, literal. Así que la cerré sin
decir absolutamente nada, porque la verdad es que aquello me
había dejado sin palabras.
Quise dar un trago a mi cerveza para reponerme, pero Claire
todavía no la había traído.
¿Y mi cerveza? ¿Dónde estaba mi cerveza?
Me estaba mareando.
—Di algo.
¿Que dijera algo? Por supuesto que le iba a decir.
—Esto es el colmo, vamos. —Me crucé de brazos y fruncí el ceño.
—Sadie, por favor, nos hemos caído bien, congeniamos… no sé, es
mucho dinero el que te puedo ofrecer por hacerme este favor.
—¡Pero que no te conozco! ¿Estás chalado?
—No, Sadie…
—¿Sabes qué? Me voy.
—¿Qué? No, no, espera.
Me levanté rápidamente de la silla y me puse el abrigo de malas
maneras, abotonándolo en sitios que no correspondían, sin ser
consciente de que iba ridícula en ese momento.
—No, ni hablar.
Hice un movimiento, me tropecé con la silla y Jack, mirándome
fijamente, se levantó de la suya.
—Espérate, por favor.
—Estás chiflado, Foreman.
Me fui de allí taconeando rápidamente y Claire se quedó con mi
cerveza fría en la mano.
¿Qué se había pensado aquel cowboy? ¿Acaso podía comprar mi
compañía así?
4
Jack

—Soy idiota. Soy un imbécil, Dick. Joder… hice el mayor ridículo de


mi vida. ¿Entiendes lo que significa eso? —le dije a mi amigo presa
de los nervios, minutos después de que Sadie saliera por patas de
la cervecería.
Todavía no me podía creer que me hubiera atrevido de veras a
proponerle aquello a una desconocida. ¿Quién en su sano juicio le
ofrece dinero a una chica que acaba de conocer por aceptarle como
esposo?
Nadie, evidentemente.
Nadie, menos yo, porque por lo visto no estaba bien de la cabeza y
la desesperación porque mi tío no me quitara el rancho me hacía
cometer ese tipo de locuras.
—Es que no te imaginas la cara que se le quedó cuando se lo dije.
Me rechazó, Dick, ¿sabes? ¡A mí, Dick! —exclamé desesperado
ante la puerta del asiento del piloto de su coche.
¿Acaso pensaba quedarse ahí dentro todo el día? ¡Qué tío más
lento!
—Soy… soy un maldito lunático —le agarré suavemente del brazo
para instarle a salir del coche y entrar a mi casa, necesitaba una
copa con urgencia. Como siempre, Dick había acudido en cuanto le
había llamado—, soy una escoria que…
El cuerpo de Dick se movía con facilidad, pero no me miraba a la
cara. Mi amigo se limitó a cerrar el coche con llave una vez estuvo
fuera de él.
—Cuando quieras, me paras —le dije.
Entonces sí me miró.
—Es que, hasta ahora, todo lo que has dicho es cierto, Jack.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué dices, tío? Se supone que debes apoyarme, eres mi mejor
amigo.
—Sí, pero tú debes aprender que no todas las mujeres del condado
se mueren por ti —me dijo comenzando a caminar hasta la casa.
—Yo no creo eso.
—Lo haces.
—Te digo que no. Tengo mi público, claro —dije, coqueto,
planchándome con las manos la camisa—, aunque sé que todas no
se mueren por mí. Pero esa chica... Dick esa chica es…
Quería decirle que Sadie era perfecta, que me encantaba hablar con
ella y que cuando la vi en persona el mundo se paró a mi alrededor.
—Es que es una locura lo que le propusiste —comentó Dick nada
más cruzar el umbral de la puerta de mi casa, interrumpiéndome.
—¿Cómo? Fuiste tú quien me dio la idea —le contesté caminando a
grandes zancadas hasta la sala de estar, justo donde tenía un
carrito con baldas de cristal provistas de licores y una cubitera con
hielo.
—¡Y solo un loco la lleva a cabo! —exclamó él—. Ponme un
Bourbon, anda, me tienes la cabeza como un bombo.
Suspiré. Quizá me había puesto un poco pesado con el tema, pero
la vergüenza que me hizo pasar aquella situación, no se la deseo a
nadie.
Entendía que Sadie hubiera rechazado la oferta que le hice, no nos
conocíamos de nada, solo de una tarde hablando.
Una tarde maravillosa, eso sí.
Lo que me molestó fue la forma en la que la rechazó, se
escandalizó.
—Se ha escandalizado —le dije a Dick al tiempo que derramaba
Bourbon en su vaso con hielo.
—Eso significa que tiene principios.
Me humedecí los labios con la lengua.
—Supongo que sí.
¿Acaso era tan descabellada mi propuesta?
—No sé, tío…
—¿Sería tan terrible estar casado conmigo? —le pregunté.
—No creo. Bueno, tendría que acostumbrarse a la infidelidad,
supongo.
Le miré muy serio.
—¿Soy un infiel?
—Eh… —Dick hizo una mueca, estaba pensando la respuesta—.
No es que seas infiel, es que nunca te has enamorado, Jack, no
sabes lo que es estar en pareja ni tampoco el respeto que conlleva
hacia la otra persona. Además, esta boda es un paripé, no vas a
enamorarte.
—En eso tienes razón.
Le tendí su vaso y me senté junto a él en el sofá.
—No sé qué voy a hacer.
—Seguir intentándolo, supongo.
—No, ni en broma. He hecho el ridículo y no pienso buscar a otra
mujer para decirle lo mismo. Pareceré un psicópata y no lo soy,
tengo la cabeza en su sitio.
—Bueno, según tu tío, no —se carcajeó Dick.
—Muy gracioso, pero tengo un problemón del quince.
—Ya se nos ocurrirá algo, aunque veo el tema muy jodido. A no
ser…
Giré la cabeza bruscamente hacia él, los ojos me brillaban de
expectación.
¿Dick había tenido una idea mejor que esta?
—¿Qué?
—A ver, no puedes ir por ahí quedando con chicas y ofreciéndoles
dinero para que se casen contigo, el rumor no tardaría en
expandirse por el condado, te cerrarían la cuenta de Tinder y tendría
que aguantarte yo por no tener un medio para echar un polvo
siempre que te apetezca.
Hice una mueca, no le faltaba razón. Dick era muy sincero, pero
nunca decía nada de malas maneras o con acritud.
—Estoy de acuerdo.
—Descartamos esa parte del plan, pero hay una segunda parte.
—¿Una segunda parte?
—Ajá.
—¿Cuál?
Mi amigo dio un trago de su vaso.
—Tengo a la mujer perfecta.
—¿En serio? —Me sorprendieron mucho aquellas palabras.
—Aceptaría sin lugar a dudas. Y gratis, además.
Arqueé una ceja.
—¿De quién se trata?
—Linda Brown, está enamorada de ti.
—¿Qué dices?
—¡Lo sabes de sobra!
—No me gusta esa chica, Dick —le dije negativo.
—Pues no entiendo por qué, es bien guapa.
—¿Y qué? Aquí —me señalé la sien con mi dedo índice —, no tiene
nada.
—Eso te da igual, es solo un trámite. De cara a los demás será tu
esposa, pero de puertas hacia dentro, todo cambia.
—No va a aceptar eso.
—Te digo que sí. Prueba y verás que tengo razón.
Suspiré.
¿De verdad no tenía otra opción? No, sabía que no me quedaban
opciones.
—No sé, Dick, no quiero joderme la vida…
—¿Quieres el rancho o no?
—Sí, pero…
—No se hable más. Cámbiate de ropa, aséate, perfúmate y todas
esas cosas que haces para ser el cowboy, según tú, más irresistible
de Nashville. Nos vamos a casa de los Brown.
Puse los ojos en blanco.
—¿Tú también vienes?
—¿Y perderme el espectáculo? —Sonrió, triunfal.

La casa de los Brown no estaba demasiado lejos del rancho. La


familia de Linda se había dedicado a la industria quesera y
elaboraba uno de los mejores quesos de la zona.
Sentía que Dick me había vuelto a liar, aunque, en realidad, aquel
problema era mío y solo mío.
Amaba y deseaba quedarme con el rancho por encima de todo, y
tenía claro que en la vida todo tenía un precio.
Si mi precio era casarme con —Santo Dios, lo pensaba y se me
removían las tripas— Linda Brown, que así fuera.
—¿Jack? ¿Jack Foreman? ¿Qué haces aquí? —me preguntó con
los ojos brillantes como chiribitas, una vez estuve frente a ella, en el
salón de aquella gran casa—. Lamento decirte que mis padres no
están, se han ido… eh… bueno, la verdad es que no lo sé. Pero lo
cierto es que no están.
Tragué saliva. Aquella chica de ojitos saltones y cara dulce siempre
andaba dispersa.
No tenía aspiraciones propias, ni tampoco metas ni sueños, eso lo
sabíamos todos en el condado, ya se encargaba su propia madre de
airear aquellos trapos sucios de Linda.
—Tranquila, no vengo a verlos a ellos.
—¿No?
—No, vengo a verte… eh… a ti.
En ese momento, la piel pálida de su rostro se tornó roja. Estaba
azorada y todavía no le había hecho la propuesta.
Carraspeé y Dick se dio cuenta de que estaba incómodo.
—¿A mí? Oh, Jack, ¿y eso? —preguntó acercándose a mí—. Qué
bien hueles.
—Oh, gracias. Bueno, pues, ¿podríamos sentarnos?
—Claro, por favor, qué maleducada he sido. Sentaos. ¿Una copa?
—Doble, gracias.
—Otra para mí —añadió Dick.
Linda se alejó un tanto para servirnos las copas y yo me limité a
ignorar el sudor frío que me corría por la espalda.
—Tranquilízate y saca tus dotes de seducción.
—¿No decías que con ella no iba a hacer falta? —le recriminé a mi
amigo.
—Y así será, pero estás demasiado nervioso.
Me quité el sombrero y me peiné el cabello hacia atrás, lo estaba
pasando realmente mal.
—Aquí tenéis, dos copas para dos hombretones.
—Gracias, Linda —dijo Dick.
—De nada —canturreó ella sentándose frente a mí.
—Bueno, Linda, es que Jack está un poco nervioso —dijo Dick y no
pude evitar mirarle con el ceño fruncido—, pero, verás, ha venido
aquí para…
—Verás, Linda, mi tío está dispuesto a dejar que me quede el
rancho Foreman una vez él no esté entre nosotros, pero me ha
puesto la condición de que me case y… yo… bueno, me
preguntaba… —le solté de carrerilla.
—¡Quieres que me case contigo! —exclamó pegando un salto y
provocando que mi corazón diera un vuelco que casi me dejó sin
respiración.
Aquello no fue una pregunta, sino una afirmación. Linda Brown
pensaba amarrarme y no soltarme nunca.
Dudé unos segundos, todavía podía echarme atrás.
Linda corría por la casa loca de contenta.
—¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! Ya me veo en todas las revistas de
la sociedad, en la portada, ahí, bien grande. Jack Foreman y yo, la
mejor pareja de Nashville —dijo mirando a la nada.
El sudor aumentó ante aquella escena y Dick me puso una mano en
el hombro, quería tranquilizarme.
—Esto es culpa tuya —le dije entre dientes.
—Oh, tengo que avisar a papá, le encantará saber esto. ¡Y a mamá!
Pienso llevar el vestido más hermoso que hayan visto nunca. Mi
amor —dijo mirándome —, ¿te encuentras bien?
Linda se acercó a mí y cogió mi cara entre sus pequeñas manitas.
El olor a vainilla de su fragancia me invadió las fosas nasales. Casi
sentí marearme.
—Sí, sí, eh… cielo —le dije apartando suavemente sus manos de mi
rostro—. Solo…
En ese momento sonó mi teléfono móvil, el aviso de un mensaje de
Tinder.
Podía ser de cualquier mujer, recordemos que era mi lugar favorito
para buscar compañera de cama, pero tuve una corazonada, tenía
que leerlo en ese instante sí o sí.
—Un segundo —le pedí a Linda.
Me alejé unos cuantos pasos de ella y saqué el móvil de mi bolsillo.
Desbloqueé la pantalla y accedí a la aplicación.
Sí, quiero.

El estómago me dio un pellizco, tragué saliva y volví a leer aquellas


dos palabras.
Sadie había dicho que sí.
Miré a Linda de soslayo, que parloteaba con Dick de cosas que no
entendía ni tampoco tenía mucho interés en entender.
—Linda, disculpa… yo…
—¿Qué ocurre, corazón?
—Voy a tener que pensarlo un poco más, ¿vale?
—¿Cómo?
—¿Qué dices? —preguntó Dick, que no sabía lo que había ocurrido.
—Lo siento, Linda. Hablamos, ¿vale?
—¿Me estás plantando, Jack Foreman?
Me acerqué al sofá, donde había dejado mi sombrero, lo coloqué en
mi cabeza y volví a ponerme frente a ella.
—Jack —dijo ella.
—Un placer, señorita Brown —le dije con un asentimiento de
cabeza, mientras tocaba el ala de mi sombrero con los dedos.
—¡Jack! —exclamó ella, roja de ira—. Se lo diré a mi padre, Jack.
—Genial, le gustará saberlo.
—Pero… —intentó decir mi amigo, que estaba tan sorprendido
como Linda.
Lo cogí del brazo y lo insté a que caminara con diligencia.
—Corre, Dick.
—¡Jack Foreman, te llevaré a los tribunales! ¡Mi padre se enterará
de esto! —exclamó Linda desde la puerta.
—¿Qué dice de tribunales? —me preguntó Dick al tiempo que
subíamos al coche.
—Y yo qué sé, me da igual, quiero salir de aquí.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
—Sadie me ha dicho que sí —le confesé a Dick enseñándole el
mensaje.
Mi amigo no dijo nada, solo arrancó el coche, movió el volante
rápidamente y aceleró para huir de aquella casa.
Yo, con una sonrisa triunfal en la cara, observé las vistas por la
ventanilla del copiloto.
«Gracias, Sadie, muchas gracias».
5
Sadie

¿Quién se pensaba que era ese estúpido vaquero? ¿Y yo?


¿Acaso tenía un cartel en mi frente que pusiera “págame”?
Salí del local temblando de ira y vergüenza. De todas mis citas
desastrosas, aquella se llevaba la palma.
Qué desperdicio, qué…todo.
Jack Foreman era un pastelito prohibido a ojos de cualquiera que
tuviera dos dedos de frente.
Pero no estaba bien de la cabeza, esa era la verdad.
¿Cómo se le había ocurrido pedirme aquello? ¿Sería yo a la
única que se lo había dicho? No me conocía de nada, de apenas
una tarde hablando.
Muy cómodos, eso sí.
Pero eso ya no importaba, porque me sentía utilizada y
decepcionada, no pensaba jamás que fuera a pedirme algo así.
Mi teléfono móvil sonó dentro del bolso y paré un momento de
caminar para buscarlo. Le había mandado un SOS a Gigi y lo más
probable es que se tratara de ella.
Eché la vista atrás durante un instante para comprobar si me
había seguido. Por suerte, no.
—Gigi —Descolgué la llamada, llevándome el aparato a la oreja.
—¿Qué ocurre? No ha pasado ni siquiera una hora…
—Tenías razón —le dije a punto de llorar.
Tenía un nudo en la garganta hecho de no sabía qué, que me
impedía hasta respirar.
—¿En qué? ¡Ah! ¡Es feo! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!
—¿Eh? —Arqueé una ceja—. ¿Qué dices? Tú misma viste la
foto que te envié.
—Pues es verdad. Bueno, bueno, pero ahora el Photoshop es
muy moderno.
—¿Que el Photoshop es…? Gigi, me ha pedido que me case
con él.
Silencio en el otro lado de la línea.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—¡Gigi!
—Lo siento, me he quedado en shock.
—A cambio de dinero.
—¿Cómo?
—Voy a tu casa, va a darme un ictus y estoy en medio de la
calle.
—Sí, sí, ven, ven.

Gigi me abrió la puerta de su casa y un bol gigante de palomitas


de caramelo apareció ante mis ojos.
Ahora sí, no pude evitar llorar. Era patética. Yo, no Gigi.
—Ay, la pobre —comentó mi amiga—. Pasa, pasa. Qué guapa
vas.
Atravesé el pasillo que conectaba el recibidor con el salón de su
casa y me dejé caer en el sofá.
—¿Acaso parezco una mujer de vida alegre o algo por el estilo?
Pero si soy una mojigata, si yo… yo con doce años todavía jugaba a
las muñecas.
Gigi volteó los ojos.
—Bueno, a ver… tampoco exageres. Siéntate y cuéntamelo
todo.
La miré, las lágrimas corriendo por mis mejillas.
—Ya estoy sentada, Gigi —le dije mirándola fijamente.
—Es verdad, come. Es que anoche tuve una urgencia en el
hospital y me tocó salir por patas.
Gigi decía ese tipo de cosas para excusar que era la persona
más despistada del planeta. Pero yo la quería igual, porque era un
ser maravilloso.
Y una persona buena.
No como ese Foreman.
¡Uy, qué manía le estaba cogiendo de pronto! ¡Qué manía más
grande!
Cogí el bol de palomitas que me tendía de nuevo y metí la mano
dentro, agarrando en un puño todas las que pude.
—¿Qué ha ocurrido?
—Claro, encima me he quedado sin comer. Y no veas las
hamburguesas que hacen ese sitio, Gigi.
Gigi asintió con la cabeza, daba fe de ello, era uno de nuestros
locales preferidos para salir a cenar y cogernos un buen pelotazo de
cerveza artesanal.
—Ha sido muy raro.
—¿Por qué?
Me limpié las lágrimas de la cara con las manos, a esas alturas
ya debía parecer un mapache melancólico y deprimido.
Gigi me tendió un pañuelo desechable del paquetito que había
sobre la mesita de centro.
—Ayer todo iba de lujo, era perfecto. Es guapísimo, interesante,
no te imaginas cómo está de cañón, sobretodo en persona. Tiene
una dentadura que más quisieran los de cualquier anuncio de
dentífrico. Es inteligente, tiene dinero por un tubo y le encanta el
rodeo.
—Vaya, su biografía entera.
—Ajá, presto atención a lo que me interesa. Además, tiene unas
manos… grandes, fuertes, está acostumbrado al trabajo duro con
ellas. Por no hablar de su espalda, ancha como la de un animal.
Parecía el hombre perfecto.
—Eso no existe, están extinguidos.
—¿Habrán existido alguna vez?
—Puede ser, no te digo yo que no, pero… vamos… pocos,
Sadie, muy poquitos.
—Bueno, en realidad nadie es perfecto.
—Eso es cierto. Bueno, ¿qué ocurrió?
Tragué saliva, me aclaré la voz carraspeando y proseguí:
—Bueno, iba yo pensando todo eso mientras Claire me
acompañaba a la mesa en la que él estaba sentado. Había llegado
primero.
—Sí. —Gigi cogió un puñado de palomitas y se lo llevó a la boca,
expectante al relato de mi no cita o, mejor dicho, la cita más horrible
de mi vida.
—Nos miramos y sentí como… no sé, algo aquí —me señalé el
pecho — y aquí — esta vez hice lo mismo señalando la boca de mi
estómago.
Mi amiga levantó las cejas, sorprendida, mirándome.
—¿No sería hambre?
—No, estoy segura —le dije mirando a un punto fijo en ningún
sitio, soñadora.
—Bueno, sigue.
—Nos saludamos, me tendió la mano y le di la mía y la besó…
Cerré los ojos, dejándome llevar de nuevo por aquella sensación
que me había desbocado el corazón y encendido las mejillas.
Gigi suspendió su mano derecha, provistos sus dedos de una
palomita rosa, en el aire.
—Sadie, ¿tú estás bien?
Desperté de aquel sueño mágico que pronto Jack Foreman
rompería con su extraña propuesta.
—¿Eh?
—¿Tú te oyes?
—Pero de nada sirvió todo aquello —dije levantándome del sofá
para pasear por el salón y calmar así mis nervios—, porque cuando
le pregunté acerca de la propuesta, me ofreció dinero a cambio de
que me casara con él.
Gigi se quedó callada, metiendo una palomita tras otra en su
boca.
—¿No vas a decir nada? —le pregunté.
—Dame un segundo.
Se levantó del sofá, dejó las palomitas sobre la mesa y se
marchó a la cocina.
—¿Dónde vas?
Pero ella no me contestó, y volvió un minuto más tarde con una
bolsa de algo que no sabía qué era en ese momento y dos
botellines de cerveza, de los cuales me tendió uno.
—Tengo el estómago vacío.
—Si es que no sé para qué te saco las palomitas… —dijo en un
murmullo. —Ven —dio un par de golpes sobre el asiento del sofá
con la palma de su mano izquierda—, siéntate aquí.
No dije nada, pero obedecí.
Di un trago a mi cerveza.
—Muy bien, bebe, necesitas esto para la conversación que
vamos a tener —me apremió—. Ah, y come, mira, también he traído
torreznos, no te vaya a dar una pájara por beber con el estómago
vacío.
Asentí con la cabeza. No sabía qué iba a decirme mi amiga, pero
admito que sentí un poquito de miedo.
—Bueno, ¿qué? ¿Acaso no te parece un cerdo? —le pregunté.
Gigi masticaba un torrezno con la boca cerrada. Tragó, bebió de
su cerveza y contestó:
—Sí y no.
Arqueé una ceja.
—No te entiendo.
—A ver… ¿él te dio alguna razón por la que te hizo esa petición?
Asentí con la cabeza.
—Sí. El rancho que él regenta, en realidad, es de su tío Nelson.
Él quiere quedárselo, por supuesto, cuando su tío falte, pero Nelson
le ha puesto una condición —le expliqué a Gigi.
—El matrimonio —terminó ella por mí.
—Así es. No sé por qué motivo está buscando a alguien para
casarse a cambio de dinero, si debe tenerlas a pares.
—Si no hubieras salido huyendo de allí, posiblemente te
hubieras enterado —dijo Gigi metiendo otro torrezno a su boca.
Abrí los ojos, muy sorprendida.
—¿Cómo has dicho?
—¿Acaso le dejaste explicarse? —me preguntó ella.
—Gigi, me ofreció dinero a cambio del sí quiero, a cambio de mi
compañía.
—Yo también estoy de acuerdo en que la propuesta es
desafortunada.
—¿Pero? —pregunté.
Había un pero. Lo sabía, conocía a Gigi demasiado bien.
—¿No te parece raro que alguien como él, que, tal y como lo has
descrito es perfecto, necesite pagar a alguien para casarse? —me
preguntó.
—Pues entonces peor me lo pones. Si necesitas pagar para que
alguien acepte pasar la vida contigo…
—O eso o que no busca ningún tipo de compromiso. Solo quiere
el rancho. Es un paripé, ¿no lo entiendes?
Entrecerré los ojos. ¿Qué me estaba queriendo decir?
—Habla —le pedí al tiempo que cogí un torrezno de la bolsa.
No es que me gustasen demasiado, pero necesitaba hacer algo
para controlar la expectación por las palabras de Gigi.
Ella suspiró.
—A ver, puede sonar mal en un principio lo que te ha pedido.
—Muy mal.
—Vale, no me interrumpas.
—Lo siento, sigue.
Ella puso los ojos en blanco.
—Pero creo que no has analizado bien la situación.
—¿A qué te refieres?
—Cuando la vida nos pone en una encrucijada como esta,
debemos barajar todas las opciones posibles.
—¿Me estás pidiendo que lo piense?
—Te estoy pidiendo que analices. Y voy a ayudarte.
Bufé.
—¿Qué pasaría si le dijeras que no?
—Eso ya lo he hecho.
—Bueno, no importa, siempre hay tiempo de rectificar.
—¡Gigi! —exclamé indignada.
—¿Qué pasaría si dijeras que no?
—Pues nada. ¿Qué va a pasar?
—Pues yo te lo digo. Si le dices que no, volverás a tu vida, a tu
tienda a la que siempre le faltan recursos para crecer, a tu monótona
existencia metida entre sombreros y fieltro, vistiendo vaqueros
exquisitos que jamás vas a tener la oportunidad de probar. Tú ya me
entiendes. Te preguntarás si verdaderamente hay alguien para ti ahí
fuera, cita horrible tras cita horrible, maldiciendo Tinder una y otra
vez, pensando que acabarás siendo una vieja modista con los
dedos atrofiados por la artritis que no habrá hecho nada en la vida.
Tragué saliva.
JO-DER.
—Te has pasado, Gigi, te has pasado —le dije queriendo
levantarme del sofá.
No obstante, ella me cogió del brazo y volvió a sentarme.
—¿Puedo mear?
—Oh, pensé que ibas a marcharte rollo drama queen ofendida.
—Ves demasiadas películas. Déjame ir al baño.
—No, aguanta. Ahora queda la otra parte.
Resoplé y volví a sentarme en el sofá, dispuesta a escuchar a mi
amiga. Todavía me sigo preguntando por qué.
—Si le dijeras que sí. Bueno, tendrías un colchoncito con el
dinero que te ofreciera. ¿Qué le tienes que dar a cambio, un sí ante
Dios? Bueno, una vez tenga el rancho, puedes pedir la nulidad de
ese matrimonio.
—Pero él tendría que estar de acuerdo también.
—Puedes ponerle tú esa condición. Los pactos en una pareja
valen para ambas partes.
Me mordí una uña, pensativa.
—Además, con ese dinero puedes ampliar la tienda, avanzar en
tu proyecto.
—Eso sí. Pero odio los ranchos, Gigi.
—No importa, no creo que tengas que hacer nada allí. Tienes tu
trabajo aquí y pasarás tu jornada laboral en otro lugar. El rancho no
queda muy lejos, ¿no?
Negué con la cabeza.
—Puedes desplazarte en coche.
—Tienes razón.
—Piénsalo, tampoco es tan descabellado. No vas a hacer nada
malo. Además, habías conectado con él. Es un favor para un amigo,
a cambio de una cantidad económica que, para qué nos vamos a
engañar, te viene muy bien. ¿Quién sabe? Quizá surja el amor y
todo.
—Pero… es como si me estuviera prostituyendo.
—No, no —dijo ella negando con la cabeza y levantando las
palmas de sus manos hacia mí—, no es eso. Además, ¿acaso
cuando trabajamos para los demás a cambio de nuestro sueldo, no
estamos alquilando nuestro cuerpo y nuestro tiempo?
La miré, seguía cavilando acerca de sus palabras.
—¿Y si no acepta la condición del divorcio?
Gigi me miró, condescendiente.
—Lo hará.
—¿Cómo estás tan segura?
—¿Crees que después de tu negativa ha ido por ahí a seguir
siendo rechazado por más mujeres? Ese Jack es un cowboy más
que no puede vivir sin las reses ni los caballos. Quiere ese rancho
por encima de todo, estoy segura, y aceptará cualquier cosa que le
digas.
—No sé.
—Ahora, ve a depositar tus orines en mi wc, con la vejiga vacía
se toman mejores decisiones.

No pude quitarme las palabras de Gigi de la cabeza, tenía la


necesidad de rememorarlas una y otra vez. ¿Acaso me había
precipitado en darle aquella respuesta a Jack?
Cierto era que ni siquiera le había dejado explicarme nada. Me
había ido sin más, dejándolo allí plantado, toda airada.
Si es que tenía que ser menos impulsiva.
Quizá hubiéramos expuesto bien la situación entre ambos y
hubiéramos pactado ciertas cosas.
Durante varias horas no aparté la situación de mis
pensamientos, hasta que finalmente tomé la determinación de
aceptar, aunque fuese tarde, y hacerle caso a Gigi.
No sabía en aquel momento que esas dos palabras: “Sí, quiero”,
cambiarían mi vida para siempre.
6
Jack

Observé en derredor. Aquella tiendecita de sombreros era más


bonita todavía al natural que en las fotos que había visto en el perfil
de Sadie.
Pequeña, pero con mucha luz natural, sobre todo aquel día en el
que el sol estaba en todo lo alto, reluciente y brillante.
Cada detalle estaba en su sitio y era acogedora.
El olor a lavanda impregnaba la estancia, debía utilizar algún
ambientador con ese aroma.
Había quedado con ella para fijar las condiciones de nuestro
pacto.
A pesar de que me pidió detalles por teléfono, yo pensaba que
aquella conversación debía darse en persona y en unas condiciones
bastante más favorables que mediante una llamada telefónica.
Debo admitir que todavía no me creía que hubiera dicho que sí,
me sentía flotando en una nube, aunque me hacía cargo de que, a
partir de aquel momento, debía tener especial cuidado. Tío Nelson
no podía enterarse de que todo aquello era una farsa.
Bueno, ni mi tío ni nadie. Solamente Dick guardaría aquel
secreto que me proporcionaría las llaves de mi amado rancho para
siempre.
—Disculpa, ya estoy contigo, debía dar un último pespunte para
terminar de arreglar el chaleco.
Sadie salió de un cuartito en el que no había reparado hasta
entonces. Seguramente fuera su taller de trabajo.
—Descuida —le dije, sonriendo.
Llevaba su pelo rubio recogido en una alta coleta de caballo y
tenía las mejillas sonrojadas.
Sus ojos, pizpiretas como siempre, repararon en mí.
—Mañana vendrán a recogerlo —me explicó.
Yo me limité a asentir con la cabeza.
—¿Por qué has…? —intenté preguntarle.
Quería una respuesta acerca de su cambio de opinión, me
causaba mucha curiosidad y todavía no le había preguntado.
Carraspeé.
—¿Qué?
—¿Quieres que hablemos aquí?
Entonces ella se puso seria.
—No lo sé, no lo había pensado. ¿Qué quieres tú?
«A ti en mi cama estaría bien».
El estómago me dio un vuelco ante aquel pensamiento.
«Basta», me reprendí mentalmente a mí mismo.
—Eh… tomamos una cerveza, mejor. ¿Te parece?
—Sí, claro. Me pongo el abrigo y…
—Sadie —la interrumpí acercándome a ella.
Era magnética, tenía que reconocerlo. Llevaba una camiseta
básica de tirantes con un escote que pensaba que me volvería loco
en cualquier segundo. Sobre ella, una camisa desabotonada de
color azul marido.
—¿Qué?
—Llevas puesto el dedal —le dije fijando la vista en uno de los
dedos de su mano izquierda.
Ella soltó una risotada y el color rojo de sus mejillas se acentuó,
avergonzada.
—Ay, es verdad. Iré a dejarlo.
Desapareció de forma rápida en el interior del taller y no tardó ni
un minuto en volver a estar frente a mí.
—¿Nos vamos?

Aquella vez optamos por Riverfront Tavern, un local muy peculiar


que quería mostrarle.
—¿Lo conocías? —le pregunté una vez nos vimos en la puerta.
Sadie dijo que no con la cabeza.
—Lo cierto es que no. Habré pasado mil veces por aquí, pero
nunca he entrado.
—Bueno, hoy será el día —le dije sonriendo.
Ella me devolvió la sonrisa dulcemente y abrió la puerta del local.
Puse mi mano derecha sobre la parte trasera de su espalda y
juntos nos adentramos en el bar.
Riverfront Tavern lo descubrió Dick.
Mi amigo era muy aficionado a los deportes, y aquel bar, además
de su cobertura en juegos deportivos, ofrecía una comida tradicional
de pub exquisita y una gran variedad de cervezas de barril.
Siendo el lugar perfecto para una noche informal como lo era
aquella, contaba con billar y dardos para quien se animara a jugar.
Pero, lo que más me gustaba del sitio, era su originalidad a la
hora de colgar grifos de cerveza del techo.
—Vaya —susurró Sadie nada más entrar.
—¿Te gusta?
—Sí. Es muy guay.
—Pues espera a probar la cerveza —le dije al tiempo que le
guiñaba un ojo.
Avistamos una mesita un tanto apartada de la zona de juegos,
pues la velada requería de cierta intimidad en la que pudiéramos
hablar tranquilamente.
Lo más importante era que nadie nos escuchase mantener esa
conversación, y creía que habíamos ido al sitio ideal, pues apenas
había gente todavía y las pocas personas que estaban dentro se
encontraban echando una partida de billar en aquel momento.
—No te lo había dicho, pero estás muy guapa —le dije cuando
nos hubimos sentado.
Ella rio con la boca ladeada.
—No hace falta que me adules, ya te he dicho que aceptaré.
—¿Qué? ¿De verdad crees que…? Oh, por favor… —contesté
quitándome el sombrero y dejándolo en una esquina de la mesa.
Ella me miró, condescendiente.
—¿Y bien? ¿Qué será? —la camarera cincuentona de siempre
se acercó a pedirnos la comanda.
—¿Tienes hambre? —le pregunté a Sadie.
Ella levantó la vista de la carta y me miró.
—No demasiada. ¿Te gustan las fish and chips?
Sonreí.
—Un par de cervezas y un plato de fish and chips —le pedí a la
camarera.
La observé apuntar lo que habíamos pedido, después se
marchó.
—¿Me dejarás recomendarte después un par de sándwiches que
son una delicia?
—Por supuesto.
—Genial.
—Bueno, ¿comenzamos?
—Tienes demasiada prisa de repente, ¿no crees?
Ella se encogió de hombros.
—Tengo que saber las condiciones de mi nueva vida. Todavía
puedo decir que no.
Un nudo se me puso en la garganta al escucharla decir eso.
Era cierto, ella todavía podía negarse, no habíamos firmado
ningún acuerdo ni nada parecido.
Solo teníamos nuestra palabra.
Por supuesto que podía negarse. Y podía hacerlo en cualquier
momento, dejándome desprovisto de mi baza para conseguir el
rancho.
—Sí, todavía puedes decir que no. Pero pensaba que te lo
pasabas bien conmigo antes de proponerte nada.
—Y lo hacía.
—Ahora me da la sensación de que solo te interesa el pacto.
Ella arrugó un poco la frente. ¿Había dado en el clavo?
No sabía por qué, pero llegaba a molestarme. ¿Acaso Sadie no
podía apreciarme por lo que yo era?
¿Por qué diantres estaba pensando eso? ¡No la conocía!
¿Por qué me importaba que ella prefiriese mi compañía sin
importar el dinero que hubiera de por medio?
Me estaba volviendo loco. Eso era, sí. Debía ser eso, debía ser
que la sola idea de perder el rancho me hacía perder la cordura.
Ella negó con la cabeza, contradiciéndome.
—No es así.
—Te molestó mucho cuando te lo pedí.
La camarera dejó las cervezas y el plato de patatas y pescado
frito sobre la mesa.
—Sí, es cierto.
—¿Qué ha cambiado? —le pregunté. Después di un trago a mi
vaso de cerveza, agradeciendo el frescor de la bebida, que hidrató
al instante mi garganta, seca por los nervios.
Ella cogió una patata con sus finitos dedos.
Evité mirarla. Sadie era sexi, pero no podía centrarme en eso
ahora, debía mantenerme fuerte mentalmente para la conversación
que íbamos a tener.
Ella se encogió de hombros.
—Me ofendí cuando me lo dijiste, es verdad —admitió al tiempo
que cogía un trocito de pescadito frito y se lo llevaba a la boca—,
pero tampoco me había parado a analizar ni la propuesta ni la
situación.
—Entiendo.
—Eso es todo.
—No, no es todo, Sadie. Quiero que estés segura.
Dio un trago a su cerveza.
—Lo estoy, Jack. Solo quiero que aclaremos las condiciones
para terminar de estarlo.
—¿Ya no te ofende?
—No, si yo también saco beneficio de esto.
Esa última respuesta me sorprendió y debió notarse en mi rostro.
Si acaso había osado pensar en algún momento que podría
manejar a Sadie, no era el caso.
Si bien, tampoco buscaba eso. Me daba igual lo que hiciera, solo
quería su compromiso conmigo ante el altar, no pensaba pedirle
nada más.
Debí abrir los ojos más de lo normal, pues Sadie sonrió,
maliciosa.
—¿Sorprendido? —preguntó.
Bebí de mi cerveza.
—Un poco, sí.
—Es algo grande lo que voy a hacer por ti, Jack. Me juego la
vida, no sé si eres un psicópata —me dijo sin acritud.
Suspiré.
—Lo sé, y te lo agradezco. Quizá el otro día fui muy violento al
pedírtelo, no lo sé, pero no quería ofenderte ni por asomo. Y no soy
ningún psicópata, te lo aseguro.
Ella sonrió.
Estaba un poco desconcertado. Sadie parecía dulce e indefensa
ante mí en algunas ocasiones, pero aquel día estaba empoderada y
no parecía nerviosa en absoluto.
—Un poco. Me sentí como si fuese a alquilar mi cuerpo o algo
así. Pero hablé con mi amiga Gigi y ella me tranquilizó y me ayudó a
analizar la situación.
Sonreí.
—Tu amiga Gigi —repetí sus palabras.
—Sí, es mi mejor amiga. Deberías conocerla, es genial.
Sonrió y cogió una patata del plato.
Sadie era muy natural y eso me agradaba de ella. Normalmente
estaba acostumbrado a tratar con otro tipo de mujeres, las cuales
pretendían ser la perfección personificada cuando estaban conmigo,
como si no fueran humanas.
Pero a Sadie estaba seguro de que se la traería bastante más al
pairo si en ese preciso instante se manchaba de aceite la camiseta.
—Lo haré —dije removiéndome incómodo en la silla, pues había
llegado el momento que temía y esperaba a partes iguales, ya que,
si no llegábamos a ningún acuerdo, todo se iría al traste —.
¿Pactamos?
Sadie asintió con la cabeza.
—La primera condición está clara, es la que te dije el otro día. Tu
compromiso a cambio de mi dinero.
—¿De cuánto estamos hablando? —preguntó ella.
—Veinte mil dólares americanos.
Tosió, intentando que no saliera disparada la cerveza su boca,
pues acababa de dar un trago de su vaso.
—¿Estás bien? —le pregunté, preocupado.
—Sí, sí. Jack, ¿estás seguro?
—Para eso estamos aquí, para asegurarnos los dos. ¿Estás de
acuerdo en eso?
—Sí, por supuesto.
—Bien. ¿Sigues tú?
—No, te escucho.
—De acuerdo —dije mesándome el pelo—. Te vendrás a vivir al
rancho. Por supuesto, puedes trabajar en tu tienda. ¿Un par de
meses antes de la celebración te parece bien?
—Imagino que sí, no creo que tu tío Nelson se trague que vas a
casarte con una desconocida. Habrá que hacer un poco el paripé.
Que me pidas matrimonio de improviso o algo así —contestó ella.
Lo había captado a la perfección.
—Exacto.
—Ahora sí voy a decirte una de mis condiciones.
—Adelante, te escucho.
Cogí un trocito de pescado y me lo metí a la boca. Estaba
delicioso, Sadie había acertado al pedirlo.
Aunque con lo que no acertó demasiado fue con su segunda
condición.
—Nos divorciaremos antes de que obtengas el rancho.
Tragué con fuerza el trozo de pescado y tuve que beber cerveza.
No me esperaba para nada esa petición.
—¿Por qué? —pregunté.
En realidad, tenía sentido lo que ella había dicho. El rancho
pasaría a mis manos una vez mi tío fallecería, y bien sabía que, de
momento, gozaba de buena salud.
No podía obligar a Sadie a estar junto a mí durante años.
—¿Y por qué seguir casados una vez has obtenido lo que
quieres? La condición es casarte, tu tío no puede controlar que
salgan bien o no los matrimonios.
—Porque voy a pagarte.
—El dinero se agota.
Bufé.
—Vale, hagamos una cosa.
—Te escucho.
—Nos divorciamos, pero pasado un tiempo.
—¿Cuánto? —preguntó entrecerrando los ojos.
Su mirada se tornó pérfida y comprendí que Sadie no era una
mujer cualquiera. ¿Estaría complicándome la vida?
—Dos años.
—No —dijo negando con la cabeza.
Suspiré.
—Veinte mil dólares, dos años de matrimonio, alojamiento y
manutención —propuse a la desesperada.
—Veinte mil dólares, un año de matrimonio, alojamiento y
manutención —contraatacó ella.
Negué con la cabeza. Ni de coña, era demasiado dinero.
—Quince mil dólares, un año de matrimonio, alojamiento y
manutención —dije.
Ella pareció pensarlo.
—¿Coche? Eres un poco tacaño, ¿no?
—No, pero valoro el dinero que me gano con mi propio sudor.
Tengo que ofrecerte algo equiparable a lo que me ofreces tú.
—Estás forrado, Foreman —dijo ella, chulita.
Sonreí, jocoso.
Era cierto, pero no iba a permitir que se aprovechase de mí.
—Diez mil dólares, un año de matrimonio, coche propio para
poder desplazarme a la tienda, alojamiento, manutención y una cosa
más.
Aquello parecía mejorar. En cuanto pasase el año y Sadie se
marchara, el coche se quedaría en el rancho. Además, me había
pedido la mitad del dinero que le había ofrecido en un principio.
—¿De qué se trata?
—Quiero que todos tus trabajadores hagan sus arreglos de
vestuario de trabajo en mi tienda.
—Hecho —le dije, tendiéndole la mano.
—Estupendo —contestó ella acercando la suya.
—Una cosa más —añadí.
—Dime —demandó ella con la mano todavía en el aire.
—Que te cases conmigo no incluye exclusividad.
Ella arqueó una ceja.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Nada de amor, Sadie.
—Por supuesto, no nos conocemos.
—De puertas hacia fuera, serás la señora de Foreman, pero de
puertas hacia dentro, compartiré la cama con otras mujeres.
Observé cómo tragó saliva. Inspiró aire y lo dejó salir lentamente
por su boca.
—Yo puedo hacer lo mismo.
Aquello no fue una pregunta, sino una afirmación.
—Las condiciones afectan a las dos partes, por supuesto que sí.
Eres libre, Sadie, no me perteneces, como yo tampoco te
pertenezco a ti.
—Y no pienso hacer ninguna tarea del rancho.
Me reí.
—No será necesario.
Sadie agarró mi mano y dejó que estrechase la suya con la mía.
El pacto estaba sellado.
Acabábamos de firmar nuestro destino sin darnos cuenta.
7
Sadie

Tres días después, Lunes

Hacía un día soleado fuera, y Ginger soltó de entre sus dedos la


cortina violeta de mi ventanal, la cual había apartado para otear el
exterior.
En la radio sonaba You’re gonna miss this de Trace Adkins.
Mi amiga se dio la vuelta y me observó.
—No puedo creer que vayas a marcharte —murmuró.
Yo levanté la vista de la maleta que estaba llenando de prendas y
enseres y la posé sobre su rostro.
—Gigi, todavía no me voy. Estoy preparando todo esto para que no
me pille desprevenida, tengo trabajo que hacer en la tienda.
Era pronto y había invitado a mi amiga a desayunar antes de ella
marcharse al hospital y yo abrir la sombrerería.
Me había despertado dos horas antes de lo habitual para seguir
preparando cosas, Jack y yo habíamos trazado un plan y debíamos
seguirlo pauta por pauta.
Aquel día conocería el rancho Foreman, pues Jack me había
invitado a comer allí para que me fuera habituando al lugar y a las
personas que convivirían con nosotros, las cuales todavía no sabía
quiénes eran.
No me hacía especial ilusión el olor a vaca y estiércol de caballo,
pero era un esfuerzo que debía realizar si quería que todo saliera
bien.
—¿Hoy qué harás? —me preguntó Gigi, ejerciendo presión sobre la
tapa de la maleta para que yo pudiera cerrarla.
—Jack quiere que me deje caer unas cuantas veces por el rancho.
No puedo mudarme allí de repente y casarme con él a los dos
meses —le expliqué.
—Tiene su lógica. Las condiciones finalmente os benefician a
ambas partes. Te dije que lo del divorcio sería buena idea.
—Sí —sonreí—, eres la mejor del mundo.
—Ay, no quiero echarte de menos —dijo ella haciendo un
aspaviento con la mano, controlando sus emociones.
Gigi estaba más afectada con todo aquello de lo que esperaba y eso
me conmovía, pero aquel gran cambio era para mí, no para ella.
Quizá lo que le daba miedo era perderme un poco la pista, aunque,
por mi parte, aquello no iba a suceder.
Qué exagerada. ¿Dónde se creía que me iba? ¿A la Conchinchina?
—¡Pero si voy a estar aquí al lado! Además, que no es ninguna
cárcel, tengo total libertad de movimiento —le dije tranquilizándola.
—Ya, pero…
—Encima fuiste tú quien me animó a decirle que sí.
—No, no —dijo enseñándome las palmas de las manos—, yo solo te
ayudé a analizar la situación.
—Y fue lo mejor que hiciste por mí.
—Ah, ¿sí?
—Efectivamente.
Todavía no sabía qué era lo que iba a suceder, pero con tan solo
saber que contaba con diez mil dólares para ampliar mi negocio, era
feliz.
Debo admitir que me había chocado que Jack me dijera que nuestro
matrimonio ficticio no implicaría exclusividad, aunque era algo que
me esperaba.
Pero, no sabía por qué, me había montado una película de ilusión
en mi cabeza en la que ambos nos enamorábamos y nos
besábamos entre las altas hierbas del lugar, a la luz de la luna y
bien pegaditos el uno al otro.
—¡Sadie! ¡Te estoy hablando!
—Dios, lo siento, estaba pensando... —le dije azorada, pero jamás
le diría en qué consistían mis pensamientos.
Aunque sí me apetecía compartir con ella una parte de ellos que no
sabía cómo gestionar, y eso que todavía no se había dado la
situación.
—Hay algo que te preocupa, lo sé.
Asentí con la cabeza y suspiré. Gigi me conocía bien.
—La exclusividad.
Gigi levantó las cejas, sorprendida.
—¿A qué te refieres, exactamente?
—Jack me dejó claro que de puertas hacia dentro haría lo que le
diese la gana con otras mujeres.
—Espero que le dijeras que las condiciones se aplican a ambas
partes del contrato.
—Hoy lo tendremos por escrito y lo firmaremos, por cierto. Estas
cosas es mejor hacerlas así —Gigi asintió, dándome la razón—. Y,
por supuesto, le dije que yo tampoco tendría exclusividad con él.
—¿Qué es lo que te preocupa, entonces?
—Que nos estábamos conociendo y ahora… no sé, todo se centra
en el pacto. Jack tenía razón cuando me dijo que había cambiado
muy rápido de opinión. Antes de que me propusiera lo de la boda,
estábamos fluyendo.
—Sadie, solo hablaste una tarde con él —me recordó Gigi, poniendo
los ojos en blanco.
Me encogí de hombros.
—Bueno, lo suficiente para darme cuenta de que me hacía sentir
cómoda y a gusto.
—Bueno…
—Y ahora, sé que lo único que voy a tener con él es el papel
firmado.
—¿Por qué dices eso?
—Te lo he dicho, ya me dejó claro que estaría con otras mujeres.
—Y tú con otros hombres.
Bufé y Gigi me captó.
—Te molestaría —afirmó.
La miré sosteniendo mis pupilas en las suyas.
—Yo quería conocerle.
—¿Y quién te dice que no lo harás?
—Pero no quiero que él a su vez esté conociendo a otras, Gigi.
—¿Y quién te dice que no haría lo mismo de no haberte hecho la
propuesta?
Me quedé cavilando acerca de las palabras de Gigi. Tenía razón.
Nadie, ni siquiera él, me había asegurado que, conociéndolo de una
forma normal y corriente, bueno, todo lo normal y corriente que se
puede conocer a alguien por Tinder, iba a tener exclusividad
conmigo.
Jack gustaba, y él lo sabía, cosa que aprovechaba al máximo.
—Supongo que tienes razón.
—Vas a conocerle incluso mejor.
Arqueé una ceja.
—¿Tú crees?
—¿Qué mejor forma de conocer a alguien que vivir con esa
persona?

Pasé la mañana controlando la taquicardia que me provocaba


pensar que aquel día se haría real y tangible nuestro plan.
Aunque podíamos dar marcha atrás siempre que todavía no nos
hubiéramos dado el sí quiero.
Pero sabía que ninguno de los dos lo haría, pues a ambos nos
convenía llegar hasta el final.
A mí, por mi tienda.
A él, por su rancho.
Ambos teníamos un incentivo más allá de nosotros mismos, más
allá del otro.
Arreglé un par de chalecos y confeccioné un nuevo sombrero de
cowboy en color negro con ribetes plateados.
La campanilla en la entrada de la puerta de la tienda titiló.
—Señora Whitson —murmuré al asomarme un tanto a la tienda
desde el pequeño taller para comprobar quién era.
Miré el reloj que colgaba en la pared del fondo y comprobé que
todavía faltaba un ratito para la hora de cerrar.
Jack iba a recogerme para llevarme junto a él al rancho.
Salí del pequeño taller y me reuní con una de mis clientas más
fieles: la señora Whitson, de pelo cardado y lacado hasta decir basta
y bótox en los labios mal hecho.
—Hola, Sadie, vengo a recoger el pantalón de Jeff, el que te dejé el
otro día.
Asentí con la cabeza.
—Claro, lo tengo preparado.
—Gracias, bonita.
—En seguida salgo —le dije al tiempo que volvía a introducirme
dentro del taller.
El pantalón del que me hablaba estaba perfectamente doblado
dentro de una bolsa de cartón de color marrón.
Mi teléfono móvil vibró sobre la mesa en la que estaba dispuesta la
máquina de coser y logré leer el nombre del mensaje entrante.
Jack.
El estómago me dio un vuelco e intenté ignorarlo curvando mis
labios en una sonrisa cuando estuve de nuevo frente a la señora
Whitson.
—Aquí lo tiene.
—Muchas gracias —contestó ella sonriendo. Sacó de su bolso de
mano la cartera y una tarjeta de crédito—. Por cierto, ¿novio nuevo?
—¿Cómo dice?
—Mi hijo Stuart me dijo que te vio el otro día en Riverfront Tavern
con un muchacho muy apuesto.
—Eh…
—Ay, pero no te quiero incomodar tampoco. Lo comenté con mis
amigas a la hora del té, por si alguna sabía decirme quién era, pero
nada sabían.
Jack Foreman era conocido en el condado, pero no lo suficiente
para ser la comidilla de aquellas urracas llenas de joyas de familia.
—Pues… no, no es… mi novio. Es un amigo con el que hacía
mucho tiempo que no quedaba y por fin se dio el momento. Pero
gracias por su preocupación, señora Whitson.
Ella sonrió, desilusionada por mis palabras, fingiendo una sonrisa
deformada por aquel aumento de labios maltrecho, y pasó la tarjeta
por el datafono.
Una vez le hube cobrado por mis servicios y la hube acompañado a
la puerta, corrí hacia el taller, donde tenía el móvil y el mensaje de
Jack esperando a ser leído.
En veinte minutos paso a por ti. Ponte cómoda, guapa estás
siempre. Besos, Jack.

Tragué saliva y miré mi indumentaria. Pantalones vaqueros, botas y


un suéter de color granate. Pelo suelto en ondas.
Era hora de revisar el maquillaje, por lo que me fui al baño y
contemplé mi reflejo en el cristal del espejo.
Cogí aire y lo solté lentamente.
Lavé mis dientes y comprobé que el desodorante no me había
abandonado. Aun así, puse un poco más.
Perfume de rosas detrás de mis orejas.
Pellizqué un poco mis mejillas, que se pusieron rojas al instante y
puse un poco de gloss en mis labios, haciéndolos mullidos y
apetecibles.
Mis pestañas conservaban intacta la máscara que había aplicado
por la mañana, por lo que peiné mi cabello un tanto con los dedos
hasta dejarlo a mi gusto.
Estaba lista y el sonido del claxon de un coche me indicó que el
momento había llegado.

—¿Nerviosa?
Jack estaba imponente con aquella camisa de color blanco bajo una
chaqueta tejana que hacía juego con sus ojos.
Sobre su cabeza, un sombrero de piel de color marrón. Era muy
bonito, incluso me inspiró para futuros proyectos.
—No me gustan los ranchos.
—Me dijiste que tu padre tiene uno.
—Y también te dije que por eso me independicé pronto.
Jack soltó una carcajada al tiempo que giraba el volante hacia la
izquierda.
Sexi.
Demasiado.
Después, una sonrisa ladeada, chulesca.
«Esto es demasiado para mí, Diosito bendito».
—Debes hacerte a la idea, vas a volver a uno —comentó.
Eso me recordó que tenía que hablar con el casero de mi pequeño
apartamento, ya que pronto dejaría la casa vacía.
Quizá podía llegar a algún acuerdo con él para que no se la
alquilara a nadie, aquella casita me gustaba demasiado.
—Lo sé —dije suspirando.
—Tranquila, que no vas al matadero —me dijo él.
Pero yo no lo creía así, yo pensaba todo lo contrario, y solo me
motivaba a seguir con aquella decisión el hecho de que iba a
aumentar mi patrimonio para ampliar mi negocio.
Bueno, eso y que pasaría más tiempo con Jack, quizá demasiado.
No las tenía todas conmigo, pero cuando pisé aquellas tierras,
cambié de opinión, pues Jack hacía que todo fuera lo más fácil del
mundo.
Desde montar a caballo hasta enamorarme.
Sigue leyendo, esto se pone interesante.
8
Jack

Sadie no era la única que estaba nerviosa; yo también. Ella


intentaba disimularlo de forma inútil, pues su lenguaje corporal la
traicionaba.
Había mirado de forma frenética y continua a su alrededor
durante todo el trayecto en mi coche hasta llegar al rancho.
Habíamos trazado nuestro plan con minuciosidad, cuidando cada
detalle, por lo que estábamos casi seguros de que nada podía salir
mal.
Aun así, era arriesgado a pesar de parecer algo que carecía de
importancia.
Podíamos dar el pego de una pareja enamorada, estaba seguro,
más que nada porque a mí no hacía falta más que observarme al
mirarla. Mis ojos escupían lascivia cuando la tenía delante, y eso era
algo difícil de ocultar.
Lo mismo le pasaba a ella, aunque lo expresaba de forma
diferente.
Los hombres sabemos cuándo gustamos a una mujer, al igual
que las mujeres también lo sienten.
Y yo sabía que Sadie se sentía atraída por mí. Además,
habíamos conectado desde el principio y eso facilitaba las cosas.
Sentía que había química entre nosotros, pero bien cierto era que
no nos conocíamos absolutamente de nada.
¿Acaso era una locura lo que estábamos haciendo?
Quizá, sí.
Pero era nuestra locura y nosotros teníamos un propósito para
haberla cometido: conseguir nuestros sueños.
—¿Preparada? —le pregunté al cerrar la puerta del copiloto, una
vez ella estuvo fuera del coche.
Bufó levemente.
—Lo cierto es que estoy bastante nerviosa —contestó
mirándome a los ojos. Después oteó el alrededor y, si no me
equivocaba, pareció gustarle.
Dio una vuelta sobre sí misma, incluso, vislumbrando los parajes
que envolvían el hogar por el que estaba dispuesto a luchar y la
bella vegetación que nos rodeaba.
—Tranquila, saldrá bien —le dije intentando aportar un poco de
convencimiento también a mi interior—. ¿Te gusta?
—Es…
Me reí un poco.
—Lo sé.
—¿Todo esto es tuyo, Jack? —me preguntó.
—Lo será si nuestro plan sale bien —le dije poniéndome serio,
cogiendo sus dos manitas entre las mías.
Ella asintió con la cabeza.
—¡Eh! ¡Parejita! ¿Qué hacéis todavía ahí parados?
Dick caminó desde el porche hasta donde nos encontrábamos
nosotros, cerca de la verja que cercaba todo el terreno y que
aseguraba el hogar de extraños.
—Tranquila, es Dick, mi mejor amigo, y el único que sabe la
verdad, por cierto.
—¿Lo sabe? —preguntó entonces ella con cierto recelo.
—Sí. ¿Acaso tu amiga Ginger no lo sabe? —Quería recordarle
que cualquier condición y privilegio de nuestro pacto afectaba a
ambas partes.
—Sí, pero…
—Es lo mismo —respondí alejándome de ella, pues comencé a
caminar hacia Dick.
Sadie no tardó en seguirme, ya que escuché los rápidos pasos
de sus botas de tacón golpear la tierra.
—Ella es Sadie —le dije a Dick, quien se había apresurado para
acercarse a nosotros y tenía la respiración acelerada.
—Encantado, Sadie —le dijo tendiéndole la mano.
No me pasó desapercibida la forma en que la miró. Conocía a
Dick perfectamente, y sabía lo que pensaba en ese instante de mi
futura esposa, aunque fuera ficticia.
—Hola, Dick, mucho gusto. —Sadie estrechó su mano,
sonriendo.
—Entremos, la comida debe estar lista.
—Y tu tía Marge desesperada —añadió Dick.
—Cielos… no me acordaba de que tía Marge estaría en la
comida.
—¡Jack, por el amor de Dios, vive contigo! —exclamó Dick,
riéndose.
—Quizá iba a salir… —me encogí de hombros.
Lo cierto es que no estaba demasiado pendiente de mi familia.
Ya he dicho que vivía mi vida, no quería ningún tipo de apego
demasiado fuerte con nadie.
Mis padres se quedaron en la ciudad cuando yo decidí ocuparme
del rancho del tío Nelson. Hablábamos a menudo por teléfono, pero
no nos veíamos demasiado.
Tía Marge era la hermana de tío Nelson y de mi madre. Nelson
siempre le ha permitido vivir en el rancho, y yo no era nadie para
echarla.
Además, era la única capaz de tomarse un vaso de Bourbon
conmigo a las tres de la madrugada.
—Esto está lleno de trabajadores, ya los irás conociendo —le
dije a Sadie.
Estaba abriendo la puerta de la casa cuando ella me contestó:
—Voy a tener tiempo.
Le guiñé un ojo y le sonreí.
—Ella es Abigail, puedes pedirle todo lo que necesites —le dije
señalando a nuestra empleada de confianza, quien esperaba con
una bandeja en la que reposaba una gran jarra de limonada fresca y
cuatro vasos.
Sadie asintió y cogió uno de ellos. Dio un trago y sonrió
ampliamente.
—¿La has hecho tú?
—Sí, señorita.
—Su nombre es Sadie, Abigail, para que lo tengas en cuenta —
le dije amablemente, a lo que ella respondió con una leve reverencia
de su cabeza y una sonrisa.
—Está deliciosa, Abigail, muchas gracias.
Compartí una mirada con Dick. Sadie apuntaba a ser una esposa
ejemplar, la compañera perfecta para el dueño del rancho Foreman,
a la que no parecía amedrentarla nada, pues no había tenido ningún
tipo de reparo en plantarme sus condiciones en la cara, pero con
una amabilidad y una dulzura infinitas.
Tío Nelson daría el visto bueno, estaba seguro.
—¡Tía Marge! —exclamé cuando la vi sentada con una revista
entre sus manos.
Llevaba, como siempre, uno de sus coloridos foulards rodeando
sus hombros.
Iba peinada con una permanente horrorosa que nunca había
visto ser sustituida por ningún otro peinado, y sus pequeñas gafitas
siempre por debajo de la nariz.
Parecía una señora mayor de lo más inofensiva.
—¿Qué le pasa a este? —se dirigió a Dick—. ¿Tiene fiebre o ha
bebido demasiado?
Hasta que abría la boca, como habrás podido comprobar.
Mi tía Marge soltaba perlitas que se deslizaban por sus labios y
que podían caerte como una patada en el trasero.
Y lo peor de todo es que nunca se sentía culpable por ello.
Pecaba de ser demasiado sincera.
Dick se rio, se llevaba muy bien con ella.
—Ah, venís acompañados. Diantres, la comida, lo había
olvidado.
—Vaya, qué casualidad, Jack también había olvidado que tú
estarías aquí.
—Maldito crío del demonio… —farfulló levantándose del sillón.
Solté una carcajada y Sadie me miró.
—En realidad soy su sobrino favorito y me quiere —le dije.
—Sí, sí, en el fondo de un pozo…
—Está de broma, Sadie, no te asustes. Tía Marge es así —
comentó Dick.
Ella asintió, poco convencida, y la vi expulsar lentamente el aire
a través de sus labios.
Tuve que obligarme a apartar la mirada o podría quedarme
perfectamente embobado todo el día.
—¿Es ella? —preguntó cuando se acercó a nosotros.
Asentí con la cabeza.
—Hola, tía Marge —dijo Sadie en un hilo de voz, tendiéndole una
mano que, si te fijabas bien, temblaba un tanto.
Tía Marge la observó con sus ojillos de cuervo de forma
minuciosa.
—Es flacucha, aunque tiene buenas…
—¡La comida, la comida! ¡Ya está la comida! —exclamó
entonces Dick.
Y le di las gracias por ellos de forma mental, ya que en ese
momento no podía hacer otra cosa.
Sadie me miró, confundida. Ya se acostumbraría a tía Marge, o
quizá no.
No obstante, era lo que había.
—Vayamos a la mesa, sí. Querida, tú primero —le pedí a mi
futura esposa, cogiéndola suavemente de la cintura.

Jamón en salsa de ojos rojos como plato principal. Era mi


favorito y Abigail lo había tenido en cuenta.
Uno de los platos más populares del lugar. La salsa contaba con
trocitos de jamón fritos que se asemejaban a ojos rojos, de ahí su
nombre.
Ensalada de patata con tocino frito aliñada con vinagre, y
verduras y hortalizas como guarnición.
Aun así, no faltó un poco de requesón ni tampoco el pan de
maíz.
—En la próxima comida debe estar tu tío Nelson —dijo tía Marge
una vez hubo terminado sus platos, al tiempo que se limpiaba las
comisuras de los labios con una servilleta de papel de color azul.
Abigail era muy meticulosa con la decoración de la mesa y eso
me agradaba, pues quedaba todo muy elegante y pulcro cuando
había visita.
—Es cierto, quiero que conozca a Sadie —contesté tras dar un
trago a mi vaso de agua.
Había comido como un Dios, no podía negarlo, y al lado tenía
sentada a la mujer perfecta para sentirme en el paraíso.
—¿Han terminado los señores? —preguntó Abigail.
—Puedes retirarnos los platos, gracias —le pidió tía Marge.
Abigail asintió y se puso manos a la obra.
—Gracias —dijo Dick al tiempo que asentía con la cabeza
cuando la muchacha retiró su plato vacío y sus cubiertos.
Tía Marge encendió un cigarrillo.
—Te acompaño —añadió mi amigo sacando un paquete de
cigarrillos del bolsillo delante de su pantalón y dejándolo sobre la
mesa sin demasiado cuidado.
—No sé cómo puedes consumir eso —le dije refiriéndome al
tabaco.
Dick sonrió de forma ladeada.
—Cada uno se mata como quiere —contestó.
—Eso es cierto —añadió tía Marge para después dar una calada
de su pitillo—, algunos fuman, otros se casan, otros tienen hijos…
Sadie y yo compartimos una mirada.
¿Dónde diantres se había metido Abigail con el postre?
La comida había sido una velada más distendida de lo que había
pensado, ya que mi tía Marge no era fácil. No obstante, le había
agradado que Sadie fuera una mujer independiente y, además,
emprendedora.
Que tuviera una tienda de sombreros de cowboy le había
fascinado, y fascinar con algo a mi tía, no era moco de pavo.
Ella se había mostrado agradable y dulce, algo que era
tremendamente sencillo si sonreía, pues su cara angelical hacía la
mitad del trabajo.
Pero no solo había encandilado de algún modo a Marge, sino
también a Dick y a algún que otro trabajador que se había roto el
cuello para admirar su cuerpo cuando habíamos recorrido el camino
desde el coche hasta la casa.
Y no sabía por qué, pero ese hecho no había pasado inadvertido
para mí.
Al fin, Abigail dejó sobre la mesa un platito con galletas sureñas,
la especialidad de la región, acompañadas de té dulce muy frío,
pastel de fresa y una cafetera humeando un agradable aroma.
Dimos cuenta de los últimos manjares entre conversaciones en
las que Dick contaba anécdotas de la última salida que había tenido
junto a unos amigos y, cuando terminamos, quise pasar un rato a
solas con Sadie.
—Ha sido un rato agradable —comenté.
Tía Marge asintió, para mi sorpresa.
—¿Os retiráis? —me preguntó Dick, quien sabía de sobra que
pronto deberíamos reunirnos Sadie y yo en privado.
Dije que sí con la cabeza.
—Sí, daremos un paseo por los alrededores —añadí sonriendo.
Me levanté de mi silla y Sadie hizo lo propio.
—¿Dónde vamos? —me preguntó una vez nos vimos en el
exterior.
Era medio día y el sol estaba en todo lo alto, algo que invitaba a
hacer lo que había pensado.
—Déjame enseñarte algo.
Ella me sonrió, la duda en sus ojos.
—¿De qué se trata? —volvió a preguntar siguiéndome el paso.
—De amar la vida rural —le contesté sin dejar de caminar, pero
tampoco de mirarla.
Vi cómo ponía los ojos en blanco y eso me hizo gracia.
Me hacía cargo de que Sadie había huido de la vida ranchera
como la que más, pero siempre se acaba odiando aquello que te
imponen.
Yo no quería imponerle nada, solo quería que percibiera las
sensaciones y el placer que esconden ciertas actividades rurales.
—Lo dudo mucho —dijo.
Yo simplemente me limité a sonreír y mirar hacia otro lado.
La notaba dubitativa, inexperta, como un pajarillo recién volado
del nido que ha ido a caer en las garras de cualquier animal salvaje
en un medio desconocido para ella.
Ese medio, por supuesto, era el rancho, y el animal salvaje…
bueno, digamos que podía ser yo.
—Pues, de lo contrario, te costará adaptarte un mundo —me
atreví a decir—. Confía en mí, te va a gustar.
Ella claudicó, ya que no dudó en seguirme hasta los establos.
Mis establos contaban con bastantes ejemplares de los mejores
caballos del condado.
Me encantaba el rodeo y para ello debía tener a mis animales en
condiciones.
Perfectamente domados, limpios y con óptima salud, pues eran
revisados periódicamente por los mejores veterinarios del condado.
Incluso algunos habían participado en algún que otro certamen
de belleza.
Sadie observaba uno por uno, pero no sabía descifrar lo que
pensaba en aquel momento.
No los tocaba, tan solo se limitaba a mirarlos con curiosidad.
—Elige uno —le pedí.
—¿Qué? No.
—¿Por qué no? Has montado alguna vez, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
—De pequeña, creo. Pero no, no, la verdad es que no practicaba
nada la equitación cuando vivía con mis padres.
Chasqueé la lengua contra el paladar en un gesto cansino.
Aquello no podía ser, tenía que remediarlo.
—Aquí tendrás un caballo para ti. Bueno, uno y los que quieras.
Puedes montar cualquiera menos ese. —Señalé a Trueno, mi
caballo.
Era el más fiero, el que más me había costado domar, pues era
ingobernable.
Como yo, supongo.
No dejaba que nadie lo montase, y a mí me había costado
mucho conseguirlo.
—¿Qué ocurre con ese caballo?
—Que es mío y que no deja que nadie lo monte, salvo yo. Nadie
se atreve, tampoco.
—Bueno, yo tampoco me atrevería —dijo mirando con recelo y
temor al tiempo al gran caballo negro, el cual había relinchado y
pegado una coz dentro de su habitáculo cuando nos había visto
acercarnos.
—¿Y a los demás?
—A los demás tampoco.
—La mayoría son mansos. Están bien domados y es una gozada
montarlos —le expliqué.
Sadie negó con la cabeza.
—¿Tampoco te atreverías a montar conmigo? —le pregunté.
La verdad es que yo prefería mil veces montarla a ella, era
preciosa y me excitaba demasiado, pero aquel comentario no era
apropiado para soltarlo en aquel momento.
Dudó unos instantes.
—Pero no a Trueno —dijo al fin.
Sonreí, victorioso.
—No, no, a Trueno no. Elijamos otro.

Sadie se posicionó delante de mí, pero era yo quien llevaba las


riendas de Raya, una yegua majestuosa y preciosa de color marrón
chocolate.
Notaba la inseguridad de la muchacha rubia subida al
cuadrúpedo, pues los muslos le temblaban un poco.
Aun así, me hizo caso en todos los pasos que le indiqué a seguir
para que pudiera subir con seguridad.
Suerte que llevaba botas adecuadas.
Minutos antes de vernos sobre la yegua, saqué a Raya de su
habitáculo en el establo y le acaricié el lomo, contento de verla.
Raya había llegado no hacía demasiado tiempo al rancho, pero
era sociable, obediente y fuerte.
Era joven, pero daba gusto montarla porque obedecía cada
orden indicada con las riendas a la perfección.
Corría, veloz, por los terrenos de tío Nelson como si la vida le
fuera en ello, y muchas veces salía con ella cuando me apetecía
sentir un poco de velocidad.
—Ven, salgamos fuera —le dije a Sadie.
Ensillé a Raya y la dejé preparada antes de hacer las
presentaciones. Sadie seguía admirando el lugar, impresionada.
—Acércate —le pedí.
—No estoy muy segura —dijo ella, dudosa.
—¿Te dan miedo los caballos?
—No, pero…
—Confía en mí, Raya es la indicada —le dije. Estaba totalmente
seguro de mis palabras. Quería mostrarle a Sadie la parte buena y
satisfactoria de la vida rural, esa que no había conocido.
Y sabía que el primer paso era el caballo. Si la experiencia de
montar a caballo te subía la adrenalina y te resultaba satisfactoria,
entonces el camino estaba medio hecho.
Explicaré esto: pruebas la equitación, te gusta, te sigue
gustando, cada vez te gusta más, entiendes que el caballo necesita
un establo y que un establo ha de estar en plena naturaleza.
Necesitas una casa de campo, que en este caso es lo mismo que un
rancho.
Voilà. Comienza a parecerte buena idea eso de vivir la vida de
esta forma.
—Raya, te presento a Sadie, la verás muy a menudo por aquí.
Raya relinchó y movió la cabeza. Me había entendido, lo sabía.
Le acaricié la cara y ella respondió a mi caricia. Era algo que no
se podía explicar, pero quería que Sadie también lo sintiera. De
pronto, aquello se había convertido en una necesidad para mí.
Extendí mi mano hacia ella. Sadie me miró a los ojos, veladas de
dudas sus pupilas. Dije que sí con la cabeza, intentando
convencerla, y le sonreí de forma cálida.
Ella tragó saliva y me dio la mano, la cual posé sobre el hocico
de Raya.
—Acércate más, que ella note tu cercanía.
Sadie dio dos pasos hacia la yegua y esta relinchó suavemente.
—No te alejes, se está presentando.
Ella movió la mano arriba y abajo, acariciando su pelaje cerca
del gran ojo de Raya, oscuro como la noche.
Sadie sonrió.
—Hola, Raya —le susurró.
La yegua acercó su morro a la cara de la muchacha y ella, a
pesar de que se asustó un poco, no se movió ni un poquito.
Agregó su otra mano y, envolviendo el rostro de Raya entre ellas,
susurró un “tranquila, no pasa nada”.
No pude evitar que el corazón me latiera deprisa. Lo había
conseguido. Sadie lo sentía, estaba seguro.
Tenía los ojos cerrados y su frente chocaba con la de Raya.
No me había equivocado, sabía que era Sadie quien debía
comenzar a coger las riendas de ese día en adelante.
9
Sadie

No puedo explicar la sensación que me recorrió por dentro el día


que conocí a Raya.
Aquella yegua del color del cacao parecía haber nacido para
cabalgar conmigo encima.
Y yo para llevar a cabo aquella actividad.
No estaba segura en un principio, Jack me había parecido
incluso un poco pesado con el tema de la equitación, pero después
de aquella comida que, a pesar de haber sido agradable, me había
tenido nerviosa todo el rato, necesitaba un poco de distracción y aire
fresco.
Aquel rancho me había impresionado demasiado. El paraje en el
que estaba era toda una preciosidad. Todo allí era majestuoso,
grande, poderoso.
Las vistas eran espectaculares y se respiraba frescura a pesar
de que había bastantes animales allí.
Entendí entonces la fascinación de Jack por aquel lugar y la
inquietud porque su tío Nelson le despojara de él.
Pero comprendí la necesidad de seguir viviendo allí cuando la
conexión entre Raya y yo se hizo más que palpable.
Aquella preciosa yegua me dio su confianza, y yo a ella la mía.
Acercó su preciosa cara a mi frente y sentí ganas de llorar.
Yo.
Sadie.
Sadie, la costurera.
Sadie, la modista.
Sadie, la que siempre había renegado del rancho de sus padres
y había tenido mucho respeto a los caballos.
Me sentí una persona completamente distinta a la Sadie del
pasado. Incluso llegué a sentirme un poco mal por cómo mi padre
había podido tomarse mis declaraciones acerca de la vida rural que,
además, había sido mi sustento. Gracias a los beneficios del rancho
de mis padres había podido comer, vivir y pagar mis estudios.
—Sadie —dijo Jack sacándome de mis cavilaciones.
Todavía tenía la cara de Raya entre mis manos.
La yegua, sumisa a más no poder, me dio un golpe cariñoso en
el hombro con su hocico.
—¿Montamos? —me preguntó.
Sentía las mejillas encendidas y, aunque me daba miedo,
también sentía curiosidad por subirme a lomos de Raya.
Asentí con la cabeza.
Jack me explicó dónde poner los pies, justo en la acción del
estribo.
Metí la puntera de mi bota y me impulsé hacia arriba, apoyando
todo mi peso en la pierna derecha.
Las manos de Jack acompañaron mi movimiento posadas en mi
cintura y no pude evitar que la piel se me encendiera.
El cowboy no tardó en subir y posicionarse tras de mí.
Estábamos juntos, muy juntos, tanto que nuestra piel se rozaba
bajo la tela de la ropa.
Tragué saliva y observé las manos tatuadas de Jack atrapar en
su puño las riendas de Raya.
—¿Preparada? —me preguntó.
—¿Lo estás tú? —pregunté yo a mi vez.
—Siempre estoy listo para montar, Sadie —me dijo con la voz
grave, en un susurro.
Lo hizo en mi oído y consiguió que se me erizara el vello de lo
sexi que sonó.
—Entonces yo también —contesté.
Jack movió las manos de forma sutil y Raya se movió
suavemente.
—Comenzaremos con un paso suave —dijo Jack.
—De acuerdo.
Raya era alta, grande, majestuosa, y me hacía ver el mundo
desde otra perspectiva desde allí arriba.
El sol picaba con su luz caliente. Suerte que llevaba mi
sombrero.
Admito que las piernas me temblaban un poco, pero una vez
Raya comenzó a caminar, fui sintiéndome más segura.
Obedecía fielmente las indicaciones de Jack, dando un paseo
que me pareció exquisito por los alrededores del rancho.
—Un poco de trote, ¿de acuerdo? —dijo Jack sobre la piel de mi
cuello.
Me permití cerrar los ojos, aquella situación era de lo más erótica
y yo no podía evitar que mi cuerpo respondiera.
Sabía de sobra que no pasaría nada entre el chico y yo, pero la
atracción estaba allí, latente entre nosotros.
Asentí con la cabeza y Raya comenzó a trotar con gracia.
Me enamoré de ella, no pude evitarlo, y agradecí haber aceptado
aquel acuerdo simplemente por haberla conocido.
Nos movíamos al ritmo del trote de la yegua y sentía a Jack
detrás, embistiendo su cuerpo contra el mío.
Le escuché bufar en alguna ocasión.
¿Acaso estaba pasándolo mal? ¿Era incómodo para él que yo
fuera delante y no supiera manejar a Raya?
Eso fue lo que pensé en un primer momento.
Mis manos, una agarrada a la crin de Raya, la otra apoyada de
manera imposible en la silla de montar, comenzaron a sudar desde
el instante en el que noté su erección en mi trasero.
Abrí mucho los ojos, la suave brisa acariciaba mi cara y yo solo
quería girarme para mirar a Jack.
O no, mejor no.
Mejor rezar para que los latigazos de placer que sentía en
aquellos momentos en mi sexo cesaran y poder concentrarme en la
actividad de equitación que estábamos realizando.
Ilusa.
Pobre ilusa, Sadie.
¿Quién en su sano juicio podía concentrarse en una situación así?
—¿Te atreves con el galope? —preguntó entonces Jack.
La piel de mi cuello erizada.
Galopar quería, por supuesto, pero encima de él y tendidos ambos
en su cama.
Negué con la cabeza con vehemencia.
—Creo que… han sido suficientes emociones por hoy —conseguí
decir.
Jack carraspeó e intentó apartarse un poco de mi trasero, aunque
no obtuvo demasiado éxito, pues apenas cabíamos los dos en la
silla sin rozarnos.

Conseguí bajar de Raya con las piernas hechas una gelatina y,


después de despedirme con una caricia en el lomo de la yegua,
esperé a Jack fuera de los establos.
Él querría intimidad para… bueno, jolín, pues para que su… “cosa”
volviera a la normalidad y yo… yo necesitaba respirar, directamente.
Y sabía que aquello sería solo el principio, pues en apenas minutos
firmaríamos el acuerdo y pronto tendría que verlo cada día.
Jack salió del establo carraspeando.
—¿Qué te ha parecido? —me preguntó al tiempo que recolocaba su
camisa, dejando entrever la tinta tatuada que seguía hasta el pecho
desde su cuello.
—Grande —solté a bocajarro.
Jack abrió la boca, separando los labios. No obstante, no dijo ni una
palabra.
—¿Cómo?
Cerré los ojos fuerza.
—Quiero decir… bonito. Muy bonito. Esto —señalé a mi alrededor
con las manos —es muy grande. Y Raya también.
Jack sonrió azorado. ¿Se habría dado cuenta?
Lo más probable era que sí.
—Volvamos. Te enseñaré el despacho y, de paso, firmamos el
acuerdo. ¿Te parece bien?
Asentí con la cabeza, sentía la boca seca como la suela de un
zapato.

*
—¿Podría tomar un vaso de agua? —le pregunté de camino a su
despacho.
Jack paró de caminar, se giró y me miró.
—Estás un poco roja, ¿has pasado calor? —me preguntó con
lascivia.
No pasó desapercibido para mí el pequeño mordisco que dio él
mismo a su labio inferior.
Lo sabía.
En ese momento supe que sabía que yo me había dado cuenta de
lo que había pasado en nuestro paseo.
¡Será posible! ¡Lo estaba haciendo a posta! Estaba jugando
conmigo a la conquista, lo tenía claro.
Y yo…
Yo era como una colegiala inexperta en esos momentos, como una
virgencita que se excitaba con solo mirarla.
Pero no quise que él se percatara de eso, y no me quedó más
remedio que fingir una fortaleza ante sus estímulos que,
obviamente, no sentía.
—Lo cierto es que sí. El sol está en todo lo alto. Además, si a eso le
sumo los nervios por la equitación… —agité mi mano cerca de mi
cara, dándome aire.
Jack sonrió.
—Avisaré a Abigail de que traiga agua para que te refresques. Es
esta puerta —dijo señalando la puerta más cercana a nosotros—.
Toma asiento, vuelvo en seguida.
Sonreí y Jack desapareció.
Hice lo que me pidió y entré dentro del despacho. Olía a limpio y
observé que no había ni una mota de polvo.
Todo estaba en orden, todo en el lugar indicado.
Una silla con almohadillas negras de cuero y ruedines se
encontraba tras la mesa grande de madera.
Ante mí, más cerca, un par de sillas del mismo color que la mesa
esperando ser ocupadas.
Tomé asiento en una de ellas y observé aquella habitación.
No había una pared que estuviera libre de estanterías, aquello
parecía una pequeña biblioteca privada, provista de, seguramente,
las mejores novelas, pues me constaba que Jack era un gran lector.
Odiaba los estereotipos, pero, lo cierto es que no le pegaba nada a
su aspecto rudo y tatuado.
Aunque tampoco había visto a ningún cowboy lleno de tinta.
Quizá por eso marcaba la diferencia, quizá por eso volvía locas a las
mujeres y me había pedido que entre nosotros fuera nula la
exclusividad.
Todavía me molestaba, debo admitirlo.
—Ya estoy aquí. —Jack entró en el despacho quitándose el
sombrero y haciendo ruido con sus botas.
Abigail iba tras él, portaba una bandeja de las manos con una jarra
de agua, un vaso y otro provisto de Bourbon.
La mujer dejó la bandeja sobre la mesa y se retiró.
—Muchas gracias —le dije yo.
Ella me miró de soslayo y dibujó una sonrisa.
Jack se sentó en la silla de color negro, frente a mí.
—Tengo nuestro acuerdo por escrito, como te dije —dijo abriendo lo
que parecía un pequeño cajón en la esquina derecha de la mesa.
Sacó una carpeta de color negro y me tendió un par de folios
grapados.
—Ahí está todo lo que hablamos.
—¿Lo has mandado a redactar mediante un abogado o algo así? —
dije tras beber un sorbo de agua, me había servido mientras él
buscaba la carpeta.
Dejé el vaso a mi derecha y cogí los papeles.
—No. Esto es cosa nuestra y nadie debe saberlo.
—Entonces uno de los dos podría romper el acuerdo, ¿no crees?
—Yo tengo palabra. Además, está por escrito. Es una cuestión de
confianza —me dijo.
No contesté, aquella respuesta por su parte me había sorprendido.
—¿Tú tienes palabra?
Le miré, entrecerrando un tanto los ojos.
«Piensa en tu negocio, piensa en tu negocio, piensa en tu negocio».
—Por supuesto, Jack Foreman.
Él sonrió, cogió el vaso y dio un trago de licor.
—Entonces, firmemos.
Aquel día no solo firmamos un acuerdo confidencial entre dos
personas que buscan provecho la una de la otra.
También unimos nuestros destinos en un camino que no siempre
sería de color de rosa como en aquel paseo con Raya.
10
Jack

Cuando volví al rancho después de dejar a Sadie en su apartamento


encontré a Dick repantingado en el sofá del salón.
Una pierna sobre el respaldo del sofá y la otra colgando, tocando el
suelo. El sombrero le tapaba media cara y pude ver que dormía con
la boca abierta, como siempre.
Puse los ojos en blanco y me acerqué para darle una patadita suave
en el pie que descansaba en el suelo.
Se había quedado dormido con el paquete de cigarrillos sobre el
pecho.
Suerte que no tenía ninguno encendido. Dick era capaz de eso y
mucho más. Era demasiado despistado.
Hizo caso omiso al pequeño golpecito que di a su bota con la mía.
Chasqueé la lengua contra el paladar y le quité el sombrero de la
cara, el cual sujeté con mi mano.
Frunció un poco los párpados por el exceso de luz repentino, pero
no llegó a despertar.
Las siestas de Dick eran así, siempre se alargaban demasiado.
—Ey —murmuré.
Dick se quejó.
—Levanta, ya es hora. Parezco tu madre.
—Tú no llevas rulos —dijo con la boca pastosa, todavía con los ojos
cerrados.
—Ni ahora ni nunca. Despierta.
—¿Por qué? Estoy muy a gusto.
—Porque tengo que hablar contigo. Vayamos al campo, fuera se
está espectacular.
—¿Ahora?
—Sí —le dije contundente—. Cogeré un par de cervezas.
—¿Cerveza? Me acabo de despertar —se quejó.
—Como si eso fuera un problema… Tienes cinco minutos.
Solté el sombrero con dejadez, pero sin brusquedad, sobre su
rostro, y mi amigo dio un respingo.
Después me dirigí a la cocina y saqué dos botellines de cerveza del
frigorífico.
Suspiré al tiempo que cerraba la puerta con el pie.
Esa Sadie me excitaba más de lo que pensaba.
Pero no, no quería pensar en ella más de lo debido, primero quería
hablar con Dick.
Salí al exterior y me senté sobre un tronco de madera. Dick salió
poco después, con el pelo alborotado y la camisa arrugada.
Cogió una brizna de hierba y la sujetó entre los dientes.
—Dame eso, anda —me pidió la cerveza.
—Tienes el estómago de hierro —comenté dándole un trago a mi
botellín.
—Tú has hecho que así sea con estas cosas que me pides que
haga. Despertarme así de la siesta…
—Hay cosas que hacer —le dije.
—Bueno, ¿qué querías decirme? ¿Habéis… ya sabes?
Entrecerré un poco los ojos, mirándole.
¿Acaso sabía mi flojera con Sadie? ¿Acaso se me notaba tanto que
no podía controlar las ganas que tenía de ponerla contra la pared?
—¿Qué has visto? —le pregunté poniéndome de pie.
Y no sabía por qué me importaba tanto eso. Sadie y yo ya habíamos
tonteado en conversaciones por mensaje. No entendía por qué me
imponía tanto que me excitara así cuando la tenía delante.
Quizá porque nuestra primera conversación fue hablar de nosotros y
no de nada relacionado con follar, tal y como sucedía con todas las
demás.
Sadie era Sadie a secas antes del acuerdo.
—¿Qué? —preguntó Dick, confundido—. ¿Que he visto de qué? No
he visto nada, Jack. ¿De qué hablas?
—No… de nada.
—¿Ha pasado algo entre Sadie y tú que no sepa yo? —me preguntó
entonces.
—No. Bueno… sí. No, no —dije dudoso, dando una vuelta sobre mí
mismo, nervioso.
Casi me ponía enfermo recordar cómo se me había puesto de dura
teniéndola tan cerca, con su trasero pegado a mi polla. Mis venas
debían estar marcadas como cuerdas de pozo.
—¿Sí o no? —me preguntó Dick comenzando a exasperarse.
Bufé.
—¿Se puede saber qué pasa? No te entiendo, tío.
Bebí de mi botella y me senté a su lado.
—Te gusta. ¿Es eso?
—No.
—¿Entonces? Te estás comportando de un modo muy raro. Me
estaba refiriendo al pacto —dijo esa última palabra bajando la voz.
Le miré entonces.
—Sí. Hemos firmado. El plan está trazado de manera que sea
creíble. Pero es que…
—¿Qué?
—Que dentro de mí está siendo demasiado creíble.
—¿A qué te refieres? —me preguntó mi amigo.
Pero ni yo mismo sabía a qué me refería ni conseguía entenderme.
Sadie era la mujer que más me había excitado hasta el momento.
Teníamos que fingir que nos amábamos, pero… yo no sabía nada
del amor. Y, si me apurabas, tampoco sabía nada de mujeres.
Bueno, sí sabía cómo hacer que lo pasaran bien, cómo hacer que
se corrieran en mis dedos y, en realidad, de cualquier manera.
Pero no las conocía. Sin embargo, a Sadie sí la estaba conociendo,
al menos sin querer.
¡Joder!
Tan solo había pasado con ella un par de ratos.
Tragué saliva.
—Montamos a caballo —le dije.
—¿Y? Es lo que más haces en todo el día —dijo Dick como si fuera
una obviedad. Y tenía más razón que un santo.
—Sí, pero no con ella o… con mujeres. Yo qué sé.
—Tío, no te pillo.
—Se me puso dura, Dick. Muchísimo. Sadie estaba delante de mí,
montamos en la misma yegua, en Raya.
Dick abrió mucho los ojos. Pero aquello no debería ser ninguna
sorpresa para nadie. Somos humanos y, precisamente los hombres,
no podemos evitar que se nos ponga dura cuando hay una situación
así.
—¿Te asombras? —le pregunté.
—No, no, claro que no. Es normal que se te ponga como el tronco
de una lechuga, pero ¿qué dijo ella?
—Ella…
—¿Lo sabe?
—Joder, claro… —Dejé el botellín en el suelo y me llevé las manos
a la cara, avergonzado.
—¿Te da vergüenza?
—No, no es eso. Es solo… no sé si sería capaz de acostarme con
ella solo una vez.
Dick dio un trago a su botellín.
—¿Y cuál es el problema? —preguntó.
Me quedé callado. El problema era que le había asegurado que una
de las cláusulas del contrato implicaba la no exclusividad.
—Yo no quiero exclusividad en el contrato —le dije.
Dick me miró arqueando las cejas. Vale, ya sé que no me entendía,
pero ni yo mismo lo hacía.
—Sigo sin entender la traba de todo esto.
—No sé si podría estar follando con ella y con otras a la vez.
—Elige —me dijo Dick.
Moví la cabeza, negando.
—No.
—¿No? ¿Por qué? Si Sadie te gusta…
—Sadie no me gusta. Este matrimonio es solo de puertas hacia
fuera.
Dick me miró. Guardaba silencio, quizá esperando a que yo en
algún momento recapacitara y retirara esas palabras para decir lo
contrario.
—Entonces ya tienes solución a tu problema.
Fruncí los labios. No, mi problema acababa de comenzar y sabía
que no tenía solución.
—Pues no.
—Estás muy rayado, ¿eh? —dijo él sonriendo.
—No sé lo que pienso ni tampoco lo que siento cuando la tengo
delante.
—Pues que te pone cerdo, ya lo has dicho. Creo que hasta que no
liberes esta tensión sexual no resuelta, vas a sentirte así.
—¿Con ella?
Solo de pensarlo sentí mi polla palpitar de nuevo.
—Con ella, solo, o con quien quieras. Menos conmigo, ya sabes, no
me vas para nada.
—Ni yo ni ningún tío.
—Por supuesto.
—Si follo con ella no estoy seguro de que solamente pueda desearla
una vez.
—¿Volvemos a lo mismo de nuevo? Esa tía te está pegando fuerte,
me está cansando la conversación.
—¡Es que no me estás ayudando, Dick! —me alteré un tanto.
—Es que no sé qué quieres que te diga. Evítala. Finge solo delante
de la gente. No sé, tío, pero esto te está viniendo ya grande y solo
es el principio.
—¿Qué?
—Mírate. Mira la rayada que tienes porque te has puesto cachondo
montando a caballo. Por el amor de Dios, ¿quién eres y qué has
hecho con mi amigo?
—Soy yo, Jack.
—No, te estás enamorando.
—No. Ni de coña.
—Esa chica te gusta.
—Esa chica me la pela. Jack Foreman no se enamora.
Me levanté de malos modos y dejé a Dick a solas.
Me había tocado la moral con sus estúpidas palabras. No sabía lo
equivocado que estaba.
Pero en algo sí que me había ayudado. No podía quedarme a solas
con Sadie de ese modo. No, porque era capaz de caer en su
hechizo y cagarla, nuestro matrimonio era un mero trámite para
conseguir el rancho, el sentimentalismo no cabía en aquellas
cláusulas.
Y así debía de seguir siendo.

Aquella noche salí a un garito cercano. Había quedado con una tal
Rosetta que me había enviado un match en Tinder hacía unos días.
Nos habíamos apostado en la barra del bar, ambos con sendas
cervezas reposando frente a nuestros ojos.
Apenas habíamos cruzado dos palabras cuando posó su mano en
uno de mis muslos, concretamente en el derecho, haciendo
circulitos con su dedo índice en mi pantalón tejano.
Sonreí de lado.
Era la señal, lo sabía, así que yo también di un paso más.
—Te espero en el baño en cinco minutos —le dije al tiempo que me
levantaba de aquel taburete alto.
Rosetta sonrió con picardía y se acodó en la barra, removiendo con
la uña la espuma blanca de la cerveza.
Acarició mi cuello con sus manos de uñas pintadas,
sorprendiéndome gratamente cuando entró en el baño, pues me
encontraba de espaldas a la puerta, mirando el móvil, cinco minutos
después.
Vale, seré sincero.
Miraba el móvil, sí, pero también el perfil de la aplicación de citas de
Sadie.
Sus fotos, concretamente.
Sonreí al sentir las caricias, me mordí el labio inferior, tragué saliva.
Me giré y atrapé los labios de la chica, que no tardaron en abrirse
para que su lengua entrase en mi boca.
Nos metimos en el cubículo y me senté sobre el WC tras cerrar la
tapa.
Roseta se arrodilló y desabrochó la hebilla de mi cinturón.
Mis pantalones cayeron a la altura de mis pantorrillas y mi erección
fue liberada del calzoncillo bóxer que llevaba puesto.
Rosetta succionó la punta y me hizo soltar un jadeo. Trabajó en la
mamada con maestría y mimo, pero para mí no era Rosetta quien
estaba satisfaciéndome.
Mi mente no paraba de visualizar aquella modista rubia de pechos
generosos y labios dulces.
Aquella joven inexperta que me rozaba de forma inocente con su
trasero montados a caballo.
Sadie, clara y contundente en lo que quería.
Dulce al tiempo, maquiavélica si lo pretendía.
No tardé en correrme con un gruñido.
Me subí los pantalones y salí de allí.
—Nos vemos —le dije a Rosetta cogiendo el ala de mi sombrero.
Aquella fue la primera noche que no me preocupé por el placer de
mi acompañante. En mi cabeza solo había un nombre, y no sabía
cómo sacarlo de mi mente.
11
Sadie

Una semana después

No pude evitar abrir la boca, sorprendida, cuando Gigi me abrió


la puerta de su apartamento.
—¿Qué te has hecho? —le pregunté entrando en su casa con la
bolsa de hamburguesas que acababa de comprar del bar de la
esquina de su calle para cenar juntas.
—¿A que me queda genial? —me preguntó ella tocándose la
larga melena oscura.
—Pues la verdad es que estás guapísima, Gigi —le dije
sonriendo.
Y era cierto.
Gigi era preciosa y ese look le quedaba genial. Con su pelo
rizado también estaba guapa, pero le quedaba estupendamente
bien ese cambio.
—Me he hecho un tratamiento de alisado y mira, toca, toca, más
suave imposible —dijo apremiándome para que tocara con mis
dedos un mechón de su cabello.
—Uy, sí que está suave, sí.
—Además, he cambiado la montura de mis gafas. Este verde
mar es estupendo —dijo levantándose sus gafas de pasta repetidas
veces desde la patilla izquierda.
—Ostras, no me había fijado. ¿Y eso?
—Yo qué sé, amor propio, nena —contestó al tiempo que daba
un golpe de cadera al girar sobre sí misma para llegar hasta el sofá
y coger la bolsa de galletitas saladas que estaba comiendo.
—¿Has probado esto? Son nuevas. —Me tendió la bolsa.
Me reí y cogí una.
—Está buena —dije una vez la hube masticado—. Joder, Gigi,
con la mierda que comes y lo buena que estás.
Mi amiga me miró.
—¿Qué? —le pregunté.
—Eso lo dices porque me quieres —dijo poniendo morritos.
—No, eso lo digo porque es cierto, Ginger.
—Ay, que no me llames como mi madre.
—Bueno, pero eres preciosa y trabajadora y de todo.
Ella frunció un poco el ceño.
—¿Qué pasa hoy? No paras de adularme.
—Nada. Solo he traído cena para pasar un rato agradable con mi
mejor amiga. Sin más.
—Ajá. Sin más. ¿Y Jack? Desde que me contaste que habías ido
a conocer el rancho, no me has vuelto a decir nada más.
Era cierto. Había estado aquella última semana centrada en lo
que requería la tienda y realizando bocetos de nuevos sombreros de
forma frenética.
Había probado, aunque fuera solamente sobre el papel, a
diseñar chalecos de trajes de cowboy para los rodeos. Con el dinero
de Jack podría ampliar mi catálogo y quería estar preparada para
cuando llegara el momento.
En resumen, por más que me empeñara en mantenerme
ocupada para no pensar en él ni en lo que había pasado la última
vez que nos habíamos visto, era inútil.
A mi mente volvía la sensación de fuego por dentro cuando sentí
su dureza tras de mí.
Y tragaba saliva, y me esforzaba por borrar aquel recuerdo de mi
cabeza como fuera.
—Bueno —le dije a Gigi—, he estado bastante ocupada con la
tienda y todo eso.
Puse las bolsas de comida sobre la mesita baja que había frente
al sofá y disimulé sacando las cosas de su interior, intentando
contener las ganas de meter la cabeza dentro de la bolsa y cerrarla
con fuerza para asfixiarme con tal de evitar hablar del cowboy.
—Ah. Bueno, me dijiste que firmasteis ya el pacto, ¿no? ¿Cuál
es el siguiente paso? —se interesó mi amiga.
Y, oye, que yo le estaba muy agradecida y todo eso, pero…
—Gigi, no puedo tenerlo delante.
Ella abrió mucho los ojos, tanto, que creía que sus largas
pestañas impactarían contra la montura de sus gafas.
—¿Cómo? ¡Sadie, es tu futuro marido!
—¿Y? Como si es el mismísimo rey de Inglaterra. Me llevó a los
establos y…
Gigi abrió la boca y acto seguido la tapó con sus manitas.
—¡Os lo montasteis en el pajar! ¡Como en una telenovela! ¡Oh,
Sadie! —gritó emocionada.
—Pero ¿qué dices? ¡No!
—Ah, ¿no? —preguntó decepcionada.
—No, solo… Bueno, qué más da.
—No te forzaría, ¿verdad? Porque como sea así —levantó su
dedo índice en el aire—, le cojo la picha y se la rebano. Y ale,
comida para las reses.
—Pues tendrían para un año… —dije en voz baja, notando cómo
las mejillas se me encendían.
—¿Qué has dicho? Sadie, ¿te hizo algo?
—¿Qué? ¡No! Gigi, Jack no es así. Me llevó a montar a caballo.
—Y acabó montándote a ti.
Gigi soltó una risa socarrona, yo rodé los ojos hacia arriba y
bufé. Pero ¿qué le pasaba a esa chica?
—No, Gigi, solo montamos. Pero…
—Oye, mira, mona, si no vas a contarme las cosas en
condiciones, mejor no me cuentes nada —dijo apartando la mirada
de mi rostro y posándola en las patatas fritas que acababa de sacar
junto a la caja con la hamburguesa—. Ojalá hayas traído salsa
cheddar.
—He traído —le aseguré—. Te estoy contando bien las cosas,
Gigi. Montamos a caballo, yo iba delante, él detrás y se le puso
dura. Ala ya está, ya lo he dicho.
—No veo la salsa, Sadie. ¿Dónde diantres la habrán puesto? —
dijo rebuscando entre las bolsas. De pronto paró y me miró —.
¿Cómo has dicho que se le puso?
—Dura —repetí mordiéndome la vergüenza.
—¿Y tú qué hiciste?
—Nada —contesté encogiéndome de hombros.
¿Qué pretendía que hiciera?
—¿Cómo que nada?
—Pues no, Gigi, nada.
—Tú eres tonta.
—No.
—Sí.
—No.
—No encuentro la salsa.
Bufé y busqué yo misma la maldita salsa.
—Toma.
—Gracias. —Gigi aplaudió un par de veces con sus manitas y
puso kétchup a su hamburguesa, dejando la salsa de cheddar que
le había dado a un lado.
—Bueno, entonces ya entiendo lo que haces.
—Ah, ¿sí? —le pregunté—. ¿Qué es?
—Le estás evitando y no entiendo el motivo.
—Pues yo sí lo entiendo.
—¿Qué tiene de malo que tengas sexo con él? —me preguntó.
Después sorbió de la pajita de su refresco de cola.
—Pues nada de malo, supongo. Tiene pinta de ser bueno en la
cama, pero eso, Gigi, da igual, porque no sucederá.
—Porque tú no quieres.
—Exacto, porque yo no quiero. Bueno, sí. Sí, quiero.
—Eso sigue ensayándolo para cuando llegue el día de la boda,
has de quedar convincente. Por supuesto que quieres, dime tú quién
no querría.
—Pues ese es el problema. Nadie en su sano juicio rechazaría a
Jack Foreman, aunque solo fuera un encuentro fortuito.
—¿Y? Vas a vivir con él, tía, reacciona. Más cerca que tú, no va
a tenerlo nadie.
—Eso será dentro de las cuatro paredes de su habitación, si es
que dormimos juntos. Pero después…
—Te sigue preocupando lo de la exclusividad —afirmó Gigi.
Y tenía razón.
—No quiero pasarlo mal, eso es todo.
—Lo pasarás mal si te enamoras. Piensa que tú puedes tener a
otros hombres, también.
—Pero no quiero llegar a ese punto. No quiero enamorarme de
él. No puedo.
Gigi pegó un bocado a su hamburguesa y yo aproveché para
hacer lo mismo.
—Esto está espectacular —dijo con la boca llena.
—Cerda, come bien.
Ella masticó y tragó, estaba encantada con la cena.
—Bueno, pero escúchame —dijo depositando la hamburguesa
en el papel en el que iba envuelta, el cual estaba extendido sobre la
mesa. Después se limpió los dedos con una servilleta—, tú ya has
dado por hecho que no le gustas.
Parpadeé, mirándola, pero no dije nada.
—Porque no le gusto.
—No lo sabes.
—Sí.
—No.
—Gigi, ¿podemos dejar de tener quince años? No le gusto, lo sé.
Si le gustara no me habría dicho que quiere acostarse con otras
mujeres.
—Joder, Sadie, tía, que pareces nueva. Obviamente claro que
quiere acostarse con otras mujeres. Y tú con otros hombres. No te
conoce. Pero cuando lo haga, sé que va a acabar rendido a tus pies.
Se le puso dura, tía, por ti.
—Se le puso dura por mí… —repetí en voz baja como si fuera un
mantra.
Definitivamente, estábamos chaladas. Las dos.
—Le gustas, Sadie. Tú misma dijiste que habíais conectado
antes de que apareciera el acuerdo de por medio.
—Sí —asentí con la cabeza—, es cierto.
—Has dado por hecho que vas a sufrir si terminas enamorándote
de él en la convivencia que os espera juntos, pero has descartado
completamente que él se enamore de ti y realmente viváis una
historia de amor.
—Sí, eso he hecho.
—Pues es un ataque a tu autoestima y tu amor propio. No me
gusta que hagas eso.
—Jack es… mujeriego, no sé.
—¿Y qué? ¿Acaso los mujeriegos tienen un sistema inmune
totalmente eficaz que repele al amor en cuanto lo sienten o algo
así?
Me reí y estuve a punto de ahogarme con un trozo de patata
frita.
—Ay, mi niña, no te ahogues que nos quedamos sin saber cómo
la tiene.
Gigi me masajeó suavemente la espalda mientras yo me debatía
entre toser y respirar al mismo tiempo.
—¡Ginger! —exclamé una vez me hube recuperado.
—No, ahora en serio. Enamórale, Sadie.
La miré muy sorprendida.
—¿Cómo?
Tanta galletita debía haberle frito el cerebro a mi amiga.
—Sí, enamórale. Eres capaz y él… puede llegar a volverte loca,
lo sé, te conozco. Además, te parece buena persona.
Aquella última frase la afirmó, pues lo sabía a ciencia cierta, ya
que se lo había dicho días atrás.
Por supuesto que Jack me parecía una buena persona. Que
tuviera fama en el condado de golfo, no le hacía mala persona.
Era culto, simpático, tenía labia para dar y regalar y era el chico
más trabajador que había conocido nunca.
Se encargaba de aquel rancho como nadie, incluso del tema
administrativo.
Recordé entonces aquel despacho lleno de literatura y me lo
imaginé devorando aquellos libros saboreando una cerveza fría.
Jack era diferente, tenía algo especial.
¿Sería capaz de enamorarlo y tumbar aquellos prejuicios que
seguro tendría acerca del amor?
Todavía no era consciente de que Ginger tenía razón, ni tampoco
del poder que tendría entre los hombres de aquel rancho.
Estaba segura de que algo podría hacer, pero nunca me pude
imaginar llegar hasta el punto de, a pesar de haber amor, llegar a
pasarlo mal.
12
Jack

Tenía sentimientos encontrados. Apenas había hablado con Sadie la


primera semana después de que viniera al rancho por primera vez. Pero,
una vez pasados esos días, mi falsa prometida parecía bastante
implicada.
Le había proporcionado un jeep que estaba en perfectas condiciones
para que se moviera con libertad. Estaba en las cláusulas del contrato y
yo había dado mi palabra y lo había puesto por escrito, a pesar de que
aquellos documentos nada más tuvieran un valor moral, pues nadie sabía
de ellos.
Ese detalle nos venía bien por cualquier lado, ya que era positivo para ella
de forma personal y también demostraba fortaleza en nuestra relación de
cara a los demás.
Sadie se estaba dejando ver por el rancho, tal y como habíamos
establecido, pero eso ponía mis intentos de evitarla en jaque mate.
Aunque, pensándolo bien, ¿qué mierda de plan era ese de evitarla a toda
costa? Si la evitaba, ¿cómo podríamos hacer creer a los demás que
estábamos completamente enamorados?
Tenía la cabeza hecha un lío, esa era la verdad.
Nos limitábamos a que nos vieran juntos por el rancho, aunque no le
hacía demasiado caso, centrándome en el trabajo que tenía por delante.
Sadie hablaba y compartía impresiones con todos los trabajadores del
lugar, incluida Abigail e incluso mi tía Marge. Bueno, ella no contaba como
trabajadora, por supuesto.
La chica paseaba por los alrededores, iba a los establos a ver a Raya,
con la que mantenía muy buena relación a pesar de que no había vuelto
a subir en ella, observaba a las reses y acudía al huerto de vez en
cuando.
No obstante, tal y como me aseguró, no se había encargado de
ninguna tarea del rancho, aunque tampoco era necesario que
hiciera tal cosa.
Me había pedido en varias ocasiones que montáramos juntos,
quería estar con Raya, pero le había dado una negativa en todas.
Ella parecía estar receptiva y yo… yo era un imbécil, según Dick.
Necesitaba aguantar un poco más, tragarme las ganas que tenía
de ella cuando la tenía delante y morder mis propias palabras, esas
que luchaban por salir de mi boca para decirle que cada día estaba
más guapa.
Me había vuelto un ñoño de los cojones de repente, porque yo
nunca me fijaba demasiado tiempo en una misma mujer.
Sabía que Sadie, finalmente, se cansaría de esperar que pasara
algo entre nosotros, aunque solo fuera un simple beso.
Por supuesto, mi futura esposa se había ganado el afecto de
más de uno en aquel lugar: mi casa.
Ya casi hacía un mes que había entrado en mi vida, aunque mi
tío Nelson todavía no sabía de su existencia, tal y como dictaba el
plan.
Pero pronto tuvimos que improvisar un poco, pues escuché algo
que, de no haber entrado yo mismo a por una jarra de agua a la
cocina, no habría podido oír.

—Sí, Nelson, esa muchacha rubia lleva un mes frecuentando el


rancho.
Tía Marge tenía puesto el altavoz en su teléfono móvil. Estaba
rellenando crucigramas, sentada en su sillón favorito, el del tapiz de
color verde botella.
—Jack no me ha dicho nada —dijo mi tío al otro lado de la línea.
—Jack no da explicaciones a nadie, ya lo sabes —contestó mi
tía.
—Pero ¿son pareja?
Tía Marge sonrió.
—Si no lo son, se comen con los ojos.
Tragué saliva y tuve que agarrar con fuerza la jarra para que no
se cayera al suelo y se hiciera pedazos. Solo me faltaba formar un
estropicio y que encima mi tía me descubriera espiándola, con el
mal carácter que tenía.
Así que era del todo cierto, se me notaba demasiado que me
moría por pegarle un buen polvo.
—Parece que el chico me está haciendo caso —murmuró
Nelson, y no pude evitar sonreír en mis adentros.
—¿A qué te refieres? —preguntó Marge, dejando sobre sus
muslos el cuadernillo de crucigramas que estaba utilizando.
Miró a un punto fijo en la pared, esperando a que Nelson
contestara.
—Hablé hace varias semanas con él.
—Ajá.
—Y le pedí que sentara la cabeza… Quiero que se case, Marge
—dijo un poco malhumorado.
—No puedes imponerle un matrimonio, Nelson —contestó Marge
frunciendo el ceño—. ¿Qué pasa con su felicidad?
En el fondo, mi tía tenía su corazoncito.
Esperé con ansia a que Nelson hablara, quería saber cuál era su
respuesta a aquella pregunta tan importante.
—Su felicidad es el rancho, Marge, y si lo quiere, se casará.
Marge entrecerró un poco los ojos y cogió lentamente de nuevo
entre sus manos el cuadernillo, todo eso en silencio.
—¿Qué dirán los demás sobrinos? Tus hijos, incluso.
—Que digan lo que quieran, el único que se ha ocupado del
rancho ha sido Jack, y lo ha hecho de forma impecable. Poniéndole
la condición del matrimonio mataré dos pájaros de un tiro. Uno para
mí, para quedarme tranquilo por las manos en las que se queda el
trabajo de toda mi vida, y otro para él, para que tenga tranquilidad y
sosiego.
Realmente ahí entendí que mi tío Nelson no quería joderme de
ninguna manera con aquella condición, pero Marge también tenía
razón al pensar que, de alguna forma, me había impuesto el
matrimonio.
—¿Y ese sosiego del que hablas va a dárselo una mujer? Sigo
pensando que es una imposición para el chico —apuntó Marge —.
Jack es demasiado libre.
—En eso ha salido a ti. Qué poco se parece a sus padres… Y
claro que va a darle tranquilidad una mujer. No para de meterse en
peleas de faldas y la gente habla en el condado, saben que es un
mujeriego que no tiene freno.
Marge sonrió y yo no pude evitar hacer lo mismo.
—Cuéntame más cosas de esa chica —le pidió entonces Nelson.
Escuché atentamente, Marge podía soltar cualquier cosa por su
boca, aunque creía que Sadie le había caído muy bien, pues
parecía alegrarse de verla cada vez que visitaba el lugar.
—Se llama Sadie y tiene una tienda de sombreros en el centro
de la ciudad.
—Así que, una chica independiente.
—Y emprendedora, Nelson.
—Y emprendedora —repitió mi tío—. ¿Tú cómo la ves?
—A mí me gusta.
—Eso está muy bien. Marge, he de dejarte, voy a coger el coche.
Hablamos otro día.
—Bien, hasta luego, Nelson.
—Un beso.
Mi tío Nelson colgó el teléfono y Marge lo dejó sobre la mesita
alta y redonda que tenía a su izquierda.
Caminé hacia el exterior en silencio y, una vez fuera, marqué el
número de Sadie para llamarla.
—Hola, cowboy —saludó al otro lado de la línea.
—Sadie, hola, ¿qué tal?
—Bien. ¿Pasa algo?
—Creo que debemos hacer una pequeña variación.
—¿Te refieres a lo que tú y yo sabemos?
Miré a mi alrededor. Había un par de trabajadores transportando
lo último que quedaba de heno para colocarlo en un lugar adecuado.
—Sí, precisamente a eso me refiero —contesté caminando de un
lado a otro a paso lento.
En ese instante, tía Marge salió al porche con un vaso de whisky
en las manos.
Atardecía y a ella le gustaba ver el ocaso de esa manera.
Entonces, se me ocurrió una idea.
—Necesito que me sigas el rollo —le dije en voz bajita.
—¿Por qué susurras? —preguntó ella con una carcajada.
—Anda, hazme caso.
—Pero dime qué pasa.
—Y había pensado que… —dije subiendo el tono de voz,
paseando alrededor de aquellos trabajadores y, por ende, captando
la atención de tía Marge—. Dios, va a sonar a locura, pero…
Miré a los trabajadores e hice una mueca, como si estuviera
pasando la peor vergüenza de mi vida.
—Niño, ¿qué pasa? —preguntó tía Marge desde el porche.
Caminé un tanto para llegar hasta ella.
—Sadie, espera —me quité el móvil del oído y lo tapé con la
mano —. Estoy a punto de hacer algo.
Tía Marge me miró, parpadeando un par de veces, moviendo así
sus pequeñas pestañas.
—¿Qué?
Contuve una carcajada, aunque aquello no fue fingido, lo juro.
—Ya verás.
—¿Con quién hablas? —preguntó mi tía.
Pero no le respondí. Simplemente, ahí parado, volví a llevarme el
teléfono a la oreja.
—Eh, muchachos, venid. —Marge les indicó con el brazo a los
trabajadores que se acercaran.
Ellos, tras mirarse extrañados, obedecieron.
—¿Qué ocurre? —preguntó uno de ellos.
Yo ya había vuelto a mi papel.
—Cariño —dije.
—¿Cariño? —preguntó ella asombrada al otro lado—. ¿Me
evitas y ahora me dices cariño?
Tenía una boca que nunca callaba, y cuando digo nunca, era
nunca.
Por supuesto, me moría de ganas de callársela yo, además de
varias maneras, y todas placenteras.
—Dice que está a punto de hacer algo —contestó Marge.
—Yo creo que es una locura buena —apuntó el otro trabajador.
—Sí, joder, Sadie, no me presiones —le dije—, me da miedo
pedírtelo.
—¿Pedírselo? —preguntó Marge al trabajador Mike.
Mike se encogió de hombros.
Chasqueé la lengua contra el paladar.
—¿Qué tal si haces las maletas y te vienes aquí?
Tía Marge abrió la boca y pegó un codazo a Mike.
—¡Nene! —exclamó mirándole.
Mike y Will, el otro trabajador, se miraron sonriendo.
—Eso iba a pasar tarde o temprano, señorita Foreman —le dijo
Will a mi tía.
Con aquella última frase supe que ese último movimiento había
sido revelador.
—Estoy flipando con esto, no me has dado ninguna explicación
—dijo Sadie al otro lado.
—Genial, nena, te espero aquí —contesté a Sadie disimulando.
Después colgué la llamada—. Ha dicho que sí.
Sonreí, triunfal.
—Tía Marge —Hice una reverencia con la cabeza, cogiendo el
ala de mi sombrero para marcharme.
—Alucino pepinillos —dijo ella.
Pero no pude escuchar la conversación que siguió con los
trabajadores, pues me adentré en la casa. Estaba deseando darme
una ducha.
Me había puesto nervioso, y no quería imaginar cómo sería estar
con Sadie delante de tío Nelson, y muchísimo menos la boda.
Ahora ya no había marcha atrás. Le había pedido a Sadie que
viniera a vivir al rancho.
Y la tendría cerca.
Demasiado.
¿En mi cama? Eso no habíamos llegado a hablarlo.
El corazón comenzó a palpitarme de expectación, y no fue el
único lugar de mi cuerpo en el que la sangre bombeó de forma
feroz.
13
Sadie

Cogí la pesada maleta de mala gana y comencé a arrastrarla por la


acera, haciendo sonar las estridentes ruedecillas negras. Hice bien en
preparar cosas antes de tiempo, adelantándome a los acontecimientos.
—¿Ya? Pero creía que te irías más tarde —me dijo Gigi al otro
lado de la línea telefónica. Estaba sujetando el aparato entre la cara
y el hombro y era realmente incómodo, pero tenía que hacerlo así si
quería hacer dos cosas a la vez.
Busqué el coche con la mirada.
—Eso también pensaba yo, pero Jack me llamó ayer por
teléfono, me pidió que le siguiera el royo y luego me llamó cariño.
—¿Cariño?
—Sí. El muy imbécil lleva evitándome, como te dije, algunas
semanas, y ahora me dice cariño. No hay quien lo entienda.
—Bueno, ahora tienes la oportunidad de estar con él las
veinticuatro horas del día —dijo Gigi.
—Lo sé, y tener que soportar su rechazo todo el rato.
—O no. ¿Tú qué sabes? Tampoco te has lanzado ni nada de
eso.
—Ni pienso hacerlo.
—¿Por qué no?
—Porque no quiere nada conmigo.
—Ay, Sadie, eres muy pesada. Te cuelgo.
—¿Te enfadas? —pregunté estupefacta. Vamos, vamos, aquello
era el colmo.
—No, pero voy a vestirme. Llámame cuando tengas novedades.
—Está bien.
—Adiós, te quiero.
—Y yo a ti.
Colgué la llamada, guardé el teléfono en mi bolsillo trasero del
pantalón y caminé hacia el coche.
Aquel vehículo era fantástico. Un punto positivo para mí por
haberlo incluido en las negociaciones con Jack.
Metí la maleta con mis cosas en el maletero y me senté al
volante.
Por supuesto, en aquella maleta no cabía todo lo que necesitaba
para vivir allí un año mínimo, tal y como habíamos acordado, pero
por algo se empezaba. Iría llevando cosas conforme volviese de
trabajar en la tienda.
Billy Ray Cyrus sonó en la radio cuando la encendí al arrancar,
pero no cambié de emisora.
Pronto me vi circulando por aquellas carreteras en mitad del
campo, ofreciéndome unas vistas vestidas de vegetación que no me
desagradaban en absoluto.
No voy a mentir: aunque he dicho con anterioridad que salí
huyendo del rancho de mis padres por no querer tener ese tipo de
vida, una vez pisaba el rancho Foreman algo dentro de mí
cambiaba.
Y a ese algo todavía no le podía encontrar explicación.
La tierra mojada por el rocío de la noche, y seca cuando el sol
estaba en lo más alto. Su olor.
El aroma del huerto y los árboles en flor que rodeaban la casa.
Los caballos…
Me sentía en casa en aquel sitio a pesar de que Jack no fuera
tan hospitalario como había esperado en un primer momento.
¿Por qué me evitaba? Estaba claro que, en público, con las
miradas de los trabajadores puestas sobre nosotros, me prestaba
atención, aunque tampoco de forma exagerada.
Pero ya no pasábamos tiempo a solas, solamente visitaba el
lugar para hacer el paripé del siglo.
Aquello me preocupaba, pues todavía no habíamos dicho el sí
quiero de forma oficial y ya me sentía hastiada en ocasiones.
Estaba claro que le atraía físicamente, eso no hacía falta que la
sabionda de Gigi me lo dijera, pues estaba perfectamente segura de
lo que había sentido montando a caballo junto a él.
Entonces, ¿qué ocurría? ¿Acaso había hecho algo mal?
Con todas aquellas elucubraciones, llegué al rancho y estacioné
frente a la entrada.
Los perros ladraron y aquel muchacho rubio amigo de Jack,
Dick, se acercó para abrir él mismo el gran portón negro que
aseguraba el recinto.
—Ey, hola —le saludé al tiempo que bajaba del automóvil.
—Sadie, hola —me dijo sonriente.
—¿Está Jack?
Dick asintió.
—Está cortando leña.
Abrí los ojos, sorprendida.
—¿En serio? Hace un poco de calor para eso.
Era cierto, la primavera había llegado ofreciéndonos unos días
de sol inmejorables.
—Ya sabes cómo es. ¿No trabajas hoy?
Cerré la puerta del coche y fui hacia el maletero.
—¿Tienes equipaje? Te ayudo.
Dick, diligente, corrió hacia mi encuentro para adelantarse a
coger él mismo la maleta.
Curvé los labios en una sonrisa cordial.
—¿Ahora me controlas? —le dije de guasa.
—Esta maleta pesa mucho. ¿Qué llevas aquí? —preguntó
tensando los músculos de sus brazos al cogerla a peso.
No pude evitar fijarme en ellos. Dick era fuerte, tenía un cuerpo
marcado, aunque no en exceso.
Fijó su mirada en la mía y movió la cabeza, haciendo que su
flequillo rubio se apartara de su frente.
—¿Yo? ¿Por qué habría de controlarte?
—Dabas por hecho que estaría trabajando y te ha sorprendido
verme aquí —le expliqué.
Él arqueó un poco las cejas.
—¿Siempre piensas tanto las cosas?
Abrí un poquito la boca, pero no dije nada. Después la cerré,
poniendo morritos.
Qué vergüenza.
Dick se rio y sentí cosquillitas en la piel.
—¿Vamos dentro?
—Meteré el coche —dije.
—Dame las llaves, lo hará un trabajador.
Sonreí, claudicando.
—De acuerdo.
—Llevo tu maleta —dijo comenzando a arrastrarla por el asfalto
de la carretera hasta llegar al interior del lugar—. En serio, ¿qué
llevas aquí?
Me reí.
—Mis pertenencias —contesté.
—¿Te mudas?
—¿No te lo ha dicho Jack? —Pensé que eso era extraño.
—No he coincido con él demasiado hoy, hay mucho trabajo en el
rancho.
—Nunca te he preguntado a qué te dedicas.
Era cierto. También es que no coincidía demasiado con el mejor
amigo de Jack, pero siempre que nos habíamos cruzado había sido
todo demasiado formal.
Al fin y al cabo, allí era una extraña. Una persona no conocida
incluso para mi futuro esposo.
¿Realmente estaba viviendo aquello? Santo Dios, era de locos.
Era una completa locura en lo que se había convertido mi vida
esas últimas semanas.
Pero allí estaba, dispuesta a aprovechar el espacio que Jack me
hubiera hecho en su armario para guardar mi ropa.
«En su armario y en su vida», me recordó una vocecita.
—Soy veterinario. —Dick sonrió, mirándome.
—Vaya —acerté a decir.
Sabía que Dick tenía mano con los animales, le había visto
trabajar con las reses y los caballos, pero no sabía que
específicamente era veterinario.
Sin darme cuenta, habíamos llegado al porche de la casa, tan
metida estaba en la conversación con el chico.
—Mike, mete el jeep dentro —le pidió a un trabajador lanzando
las llaves al aire, las cuales el joven cogió al vuelo.
—Hola, señorita Sadie —me saludó el vaquero.
—Buenos días —contesté sonriendo.
—Nos complace que vaya a vivir en el rancho.
Sonreí con un asentimiento de cabeza.
Mike se marchó para meter el coche en el interior de la finca y yo
acompañé a Dick a buscar a Jack.
Sabía perfectamente que Dick estaba al tanto de nuestro
acuerdo secreto, pero aun así me mordí la lengua para no
preguntarle si sabía qué le ocurría al vaquero conmigo.
Quizá era yo, que me estaba obsesionando con algo que no
existía.
Pero no, yo sabía perfectamente que no estaba loca, Jack tenía
una actitud diferente conmigo.
—Ahí está —dijo señalándolo.
Una camiseta de tirantes de color blanco y completamente
empapada de sudor, se pegaba a sus pectorales.
—Me marcho, tengo trabajo.
Asentí con la cabeza a malas penas para despedirme de Dick,
pues mi atención estaba completamente absorbida por aquel cuerpo
del demonio que se movía con una facilidad pasmosa con el hacha,
partiendo aquel gran tronco, bajo el sol de Tennessee.
Aquellos tejanos de color azul claro le sentaban tremendamente
bien y el sombrero había quedado estupendo.
Me lo había encargado hacía un par de semanas, pensé que
para eso sí quería acercarse a mí como al principio. Aun así, por
supuesto, lo confeccioné para él.
Jack levantaba el hacha en el aire con maestría y fuerza,
después la clavaba en el tronco con hosquedad.
«Santo Dios, como todo lo clave igual…».
Comencé a tener calor y a sentir la garganta seca.
Repitió aquel movimiento unas cuantas veces.
Un latigazo de placer.
Oleada de calor.
Golpe en el tronco.
Apreté los muslos uno contra el otro, tratando de contener la
excitación que me estaba provocando verlo así.
Bruto, sudoroso, fuerte, varonil.
Me abaniqué el rostro con la mano.
¿No hacía demasiado calor?
El sol pegaba de lo lindo y yo no podía apartar la mirada de su
ancha espalda.
Entonces paró, se quitó el sombrero, cogió una botella de agua
que yo no había visto hasta ese momento y mojó su rostro con el
líquido transparente.
«Jo-der».
Zarandeó la cabeza, haciendo que pequeñas gotas salieran
disparadas aquí y allá.
Después bebió un trago sin apoyar los labios en el envase.
Fijó la vista en mi dirección y, cuando me reconoció, sonrió.
—¿Sadie? —preguntó acercándose—. ¿Qué haces aquí?
«Serénate, por tu padre».
—Me pediste que viniera, ¿no? He traído mis cosas. Bueno,
parte de ellas.
Me moví de un lado a otro lo más disimuladamente que pude,
necesitaba deshacer el nudo que se había puesto en mi estómago y,
de paso, intentar no combustionar las bragas.
—¿Por qué no me has avisado?
De pronto pegó un silbido y un trabajador miró hacia nosotros.
—Sam, ¿tienes alguna toalla limpia ahí?
El tal Sam estaba apilando los troncos y colocándolos
correctamente para que no ocuparan más espacio del necesario.
—No, Jack —respondió.
—Joder, qué calor… —se quejó caminando junto a mí, de vuelta
a la casa.
—La verdad es que sí —contesté mirando hacia otro lado.
—Dime, ¿por qué no me has avisado? —insistió.
—Lo cierto es que sí lo he hecho.
Entonces palpó sus bolsillos y puso los ojos en blanco.
—Joder, debo haberme dejado el teléfono dentro. Lo siento, no
he visto tu llamada o si me has escrito.
Negué con la cabeza.
—No importa, ya estoy aquí, cumpliendo tus deseos —le dije
más borde de lo que pretendía. Lo que fuera con tal de dejar de
estar cachonda, joder.
—Eso ha sonado borde.
—Ajá.
—¿Te pasa algo?
—¿Te pasa a ti? —le pregunté fijando mi mirada en la suya.
No pensaba apartarla. No. Estaba harta de tener una de arena y
otra de cal con él.
—¿A mí? En absoluto —dijo apretando el paso para dejarme
atrás.
—Lo has vuelto a hacer —le recriminé adelantándome y
cogiéndole del brazo.
Me importó bien poco que estuviera sudando.
—¿El qué?
—Cambiar tu actitud.
—Yo no cambio nada, Sadie.
—Sí, sí que lo haces —le dije con el ceño fruncido.
—Dame la mano, anda —me pidió.
—¿Qué?
—Mi tía Marge está ahí, dame la mano. ¿Esa es tu maleta?
En efecto, tía Marge esperaba en el porche con un vaso de
limonada, sentada al lado de mi maleta, justo donde Dick la había
dejado.
Me agarré a la mano de Jack y, a pesar de que estaba molesta,
me dio seguridad que su mano envolviera la mía.
—¿Te instalas hoy? —preguntó la mujer cuando llegamos al
porche. No sin antes estrecharme la mano de forma cariñosa, así
era como me saludaba.
—Sí, he traído lo más práctico. Iré —carraspeé— trayendo
cosas.
Marge sonrió.
—Bien. Jack, bebe algo, hace demasiado calor.
—Iré a darme una ducha, quiero estar limpio para el almuerzo.
Cielo, acompáñame, quiero que veas cómo he dejado el armario.
—Claro.
Qué bien fingía el maldito.
—No tardéis, Abigail no tardará en servir el almuerzo.
—Descuida, tía Marge.
Jack se acercó a ella para darle un beso.
—Pero ¿qué haces? Qué guarro eres.
Jack se carcajeó y yo no pude evitar sonreír. Me gustaba cuando
volvía a ser él y no tenía esa maldita coraza que no sabía de dónde
había salido.
—Sígueme, cariño.

—¿Se puede saber de qué vas? —le pregunté poniendo los


brazos en jarras una vez estuvimos en su habitación.
—No sé qué quieres decir —dijo él cerrando la puerta.
—Cariño, cielo… mimimi. ¿Qué mierda dices?
—¿Qué? ¿Cómo quieres que te trate si se supone que eres mi
novia?
—¿Acaso has tenido novia alguna vez para saber eso?
—No, pero no lo hago tan mal, ¿no?
—No, solo la cagas cuando la bipolaridad se adueña de tu
cabeza.
—¿A qué te refieres? —me preguntó al tiempo que se quitaba la
camiseta y dejaba a la vista aquel cuerpo de dios griego que tenía
todo llenito de tinta.
—Por Dios, vístete —le pedí intentando no mirarle, pues no era
el momento más oportuno para tener que lidiar con la sensación que
me provocaba entre las piernas verle así.
—¿Acaso no te gusta lo que ves? —me preguntó, provocativo.
Aquella boca debería estar prohibida, lo juro.
—Estamos teniendo una conversación seria. Dime qué te pasa.
—No me pasa absolutamente nada, Sadie.
—No te creo. Todo va bien a pesar de lo absurdo de todo esto,
pero un día va y se te pone dura y entonces comienzas a evitarme.
¿Qué ocurre? ¿Tan infantil eres? Te excité, no pasa absolutamente
nada.
Su cara cambió por completo, el rostro se le demudó.
—Te diste cuenta —afirmó en un susurro.
—Pues claro que me di cuenta. ¿Y qué? Somos personas. Es…
normal, supongo.
Qué situación más bochornosa, no debería haber soltado eso
por mi boca en ningún momento.
—Eso me pasa con todas, no vayas a pensarte tú que ahora…
«Jodido cowboy de las narices».
—Ah, ¿sí? Pues muy bien, tampoco te he pedido ese tipo de
explicación. Solo quería saber qué te ocurría conmigo.
—Pues ya te he dicho que nada. ¿Ha terminado tu
interrogatorio? —me preguntó chulesco.
—Imbécil.
—Imbécil, ¿yo?
—Sí, tú, y vístete, por favor.
—Voy a ducharme.
—Estupendo, apestas.
En realidad, eso me lo inventé, no había estado tan sumamente
cerca como para olisquearle la axila. Quizá no apestara, o quizá sí.
Jack se rio, socarrón.
—¿Sí? No creo que pensases eso mientras me estabas mirando
cortar la leña.
Le miré con los ojos entrecerrados. ¿De verdad había sido capaz
de decir aquello?
—¿Cómo te atreves? —Aquel gritito me salió más agudo de lo
que pensaba. Me estaba poniendo muy nerviosa.
—¿Acaso estoy mintiendo, Sadie? —preguntó acercándose a
mí.
«Hazte la fuerte, hazte la fuerte, hazte la fuerte. Que no se dé
cuenta de que te tiembla el pepe».
—¿Acaso me has perdido el miedo y ya te atreves a acercarte a
mí, Foreman?
Jack se rio, chulesco, después se mordió el labio.
«Aguanta. Aguanta, no te lances a besarle. No se lo merece».
—Creo que quien debería tener miedo, eres tú.
Estaba cerca, muy cerca, y tenía que salvar aquella distancia
como fuese.
Solté una risotada falsa, ganando tiempo. Me separé un paso de
él, caminando hacia atrás.
—¿Yo? Ningún cowboy, y menos tú, me da miedo —le dije
mirándole a los ojos, desafiante.
Guardamos silencio, ambos retándonos con la mirada,
alternando nuestras pupilas entre los ojos y los labios.
De pronto, el ruido de unos nudillos al golpear la puerta cerrada
de la habitación rompió la burbuja en la que ambos nos habíamos
sumergido.
—Jack, Sadie, el almuerzo está casi listo.
Jack tragó saliva y, después de haber dirigido la vista hacia la
puerta, volvió a posar sus ojos sobre los míos.
—Salvados por la campana —dijo.
Asentí, soltando todo el aire que estaba aguantando dentro de mi
pecho.
¿Qué diantres había sido eso? Una batalla dialéctica en toda
regla, pero cargada de doble sentido sin lugar a dudas.
14
Jack

Me duché en cinco minutos. Literal.


Escuché a Sadie salir de la habitación al tiempo que yo entraba
en el cuarto de aseo.
Me había puesto cachondo y furioso a partes iguales.
Era lista, se fijaba en mí y por eso había notado que yo tenía una
actitud distinta con ella.
Joder, ¿qué hacía? ¿Qué solución buscaba a lo que sentía?
Me daba un miedo atroz colgarme de ella y no sabía si eso que
sentía, si el hecho de que no parara de pensarla, se debiera a eso.
Nunca me había colado por nadie, ya sabes cómo soy con el
apego y esas cosas.
Así que no podía tolerar que pasase en ese momento.
Mi corazón a cambio del rancho. ¿Me rentaba?
No sé, tampoco lo quería comprobar.
Al menos, no de momento.
Me puse una camisa fina de la que no cerré los primeros botones
y un pantalón de color negro.
Cuando bajé al salón, el almuerzo estaba servido y Sadie se
encontraba en compañía de Dick, Marge y algún que otro trabajador
de confianza.
Sabía ganarse a la gente porque era dulce y dicharachera.
¿Qué problema me suponía a mí eso? Que me ganase a mí
también, por supuesto.
Que nublase mi raciocinio y me hiciese sentir cosas.
El almuerzo llegó a su fin entre risas y chistes malos por parte de
Dick.
Hacía reír a Sadie y eso, de alguna forma, me hacía sentir bien,
podía paliar mi mal carácter con ella y compensarlo.
Mal carácter disfrazado de miedo al amor, acuérdate.
Después, me tomé una copa de bourbon y Sadie subió a la
habitación a descansar.
Todavía no habíamos planteado el tema de cómo dormiríamos y,
aunque no sabía por dónde me saldría ella, cuando terminé mi copa
y antes de irme a seguir trabajando, decidí sacar el tema e iniciar
una conversación.
—Tu maleta está aquí— le dije cuando entré en el dormitorio.
Me sorprendió que hubiera tenido esa confianza conmigo tan
pronto, como para ponerse ropa cómoda y tirarse en mi cama a
descansar.
Todavía estoy pensando si me halagó o no.
Aunque, verla con aquella camiseta un par de tallas más grandes
y unas braguitas, era algo que nunca olvidaría.
El color del labial se le había ido de los labios durante el
almuerzo, y decidí que me gustaba mucho más así.
Dios, estaba jodidísimo.
Ella levantó la vista de la pantalla del móvil y me miró.
—Sí, ¿molesta? Si molesta puedo dejarla en otro lugar. Todavía
no me has dicho dónde puedo poner mis cosas, por eso está sin
deshacer.
Asentí con la cabeza en silencio. Tenía razón. Habíamos
discutido y…
Madre mía, tenía la sensación de que estaba haciendo las cosas
fatal.
Carraspeé.
—No, tranquila. Solo quería saber… Bueno, me preguntaba
cómo vamos a dormir.
Ella dejó de mirar el móvil para posar sus ojos sobre mí,
inquisitiva.
Sabía que era una pregunta absurda, pero necesitaba formularla.
—Creía que dormiría aquí, contigo —dijo.
Parecía indignada por solo haberle preguntado.
Intenté tragar saliva, pero la boca se me había secado otra vez.
¿Sadie iba a saco o me lo parecía a mí? Quizá no y fueran cosas
mías.
—¿Aquí?
—Sí, aquí. ¿Acaso quieres que me vaya a otra habitación?
—Sí —dije de forma contundente.
Sadie entrecerró los ojos, era un gesto muy característico que
tenía cuando algo no le cuadraba o le sentaba mal.
—O sea, no, no es eso...
Intenté arreglarlo, pero ya no había nada que arreglar. Además,
¿por qué tenía que fingir? No la quería dentro de mi cama, y los
motivos no tenía por qué decirlos en voz alta.
Pero la cuestión es que prefería que durmiera en otra parte.
Sin dejar su olor en mi almohada.
Sin rozarme la piel con su cuerpo o pasarme la pierna por
encima.
Sin respirar su dulce aliento cuando el resuello se le
acompasase.
No quería compartir cama por no poder aguantar besarla,
ponerla contra la pared y…
—¿De qué va todo esto? —preguntó sacándome de mis
cavilaciones.
—¿El qué, Sadie? ¿Estás un poco… paranoica, no crees?
—¿Paranoica?
—Sí, eso he dicho.
Ahí estaba otra vez mi coraza. Aquella armadura que solía
salirme por sí sola cuando la tenía delante. La misma que cada día
parecía ser más débil ante sus encantos.
—¿Pues sabes qué? —me dijo mientras se levantaba de la
cama y se ponía de pie, cruzando sus brazos.
—¿Qué?
—Que la decepción que me estoy llevando contigo no me la he
llevado nunca con nadie —me dijo.
Aquello me dolió, no lo voy a negar. No era mala persona y
Sadie me importaba. Era divertida y pasábamos buenos momentos
juntos sin que necesariamente hubiera algo sexual de por medio.
Reconozco que eso jamás me había pasado con ninguna otra
mujer.
Y con Sadie se podían dar las dos situaciones perfectamente.
Me parecía tan interesante, que no solamente me fijaba en ella en el
ámbito sexual.
Eso era raro.
Y me preocupaba, me estaba pasando algo que no sabía
controlar.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que estoy a tiempo de echarme atrás, Foreman —me dijo muy
seria—. Además, todavía no he visto ni un duro, y estoy aquí
pringando como la que más.
Arrugué un poco las cejas.
—¿Ese es el problema? ¿El dinero? Porque… rubita, si el
problema es el dinero, tiene fácil solución.
Sadie pareció ofenderse. La rabia se estaba apoderando de ella
y yo tenía la sensación de estar cagándola todo el rato.
Además, mi coraza no aguantaría mucho más en su presencia.
—¿Acaso te doy asco? —me preguntó entonces,
sorprendiéndome con aquella pregunta.
Abrí los ojos y el rostro se me tornó serio, borrándose así la
sonrisa chulesca que me había acompañado todo el rato.
—¿Cómo?
—¿Te caigo mal o es que directamente no tengo ningún tipo de
sex appeal para ti?
—No me caes mal —le dije algo dolido, no me gustaba que
pensase eso.
Aunque ella no lo creyera, le tenía mucho aprecio.
Aprecio y más cosas que todavía no estaba preparado para
reconocer en voz alta.
—Así que es lo segundo —dijo con amargura.
Observé cómo casi le temblaba el labio inferior.
—Sadie…
—No, tranquilo. No importa.
—Sí, sí que importa…
—Jack, no me digas nada más. Si no quieres dormir conmigo, lo
entiendo. Tu rancho es muy importante, pero no hasta ese punto,
¿verdad?
—¿Tú eres consciente de lo que estás diciendo? —le pregunté.
Sinceramente, creía que no se estaba escuchando. ¿Cómo
podía hacerle entender que era la chica más bonita que se había
cruzado en mi camino sin que ella pudiera leer mi interior?
—Por supuesto. Además, déjate la palabrería, sé que es tu
fuerte, pero conmigo ya no funciona. Te conozco un poco, y tus
actos me dicen mucho más.
—¿Mis actos? ¿Como cuáles?
—Como que no quieras tenerme cerca y a solas demasiado
tiempo o que tengas esa actitud seria. Antes no eras así conmigo.
¿Te da vergüenza? ¿Te repugno?
—Pero ¿qué dices? —dije comenzando a exasperarme.
—¡Yo qué sé! ¡No te entiendo! —gritó ella.
Fue entonces cuando sí acorté la distancia entre nosotros.
—Shh —la reprendí agarrándola de la cintura—. ¿Quieres que
nos oigan discutir el primer día?
—No, claro que no —me dijo ella gritando en silencio. — Pero
me tienes harta, Foreman, y esto solo acaba de empezar. Ahora
mismo quiero devolverte las llaves de tu estúpido jeep, coger mis
cosas y pirarme de aquí —dijo enfadada—. ¿Lo entiendes?
—Claro que lo entiendo —contesté, y no le mentí al decir esas
palabras.
Claro que la entendía, pero no sabía si estaba listo para lo que
se suponía que tenía que hacer.
—Pues muy bien. Me alegro, Jack. Me alegro de que lo
entiendas.
No pude evitar mirarle la boca. Era extremadamente irresistible.
Un trozo invisible de mi coraza se me cayó al suelo y se hizo
pedazos.
—¿Entiendes tú que estás diciendo tonterías? —le dije en voz
bajita y ronca.
—No son tonterías, es la verdad. Te doy tanto asco que prefieres
que me humille y finja que voy a dormir aquí, como tu supuesta
novia que soy, para después irme a otra habitación.
—Estás muy nerviosa y no me gusta que te pongas así. Es
solo… un malentendido —afirmé escondiendo un mechón de su
cabello rubio tras su oreja.
El segundo trozo invisible de mi coraza hizo un estruendo
todavía más grande al desprenderse de mí.
Ella tragó saliva.
—Me pongo así porque eres un soberbio y un pretencioso —dijo.
—¿Todo eso soy?
—Así es.
—Entonces ¿por qué no cumples tu amenaza y te echas atrás?
Sadie inhaló aire y lo exhaló. De tratarse de un dibujo animado,
hubiera salido humo de sus fosas nasales, estaba seguro.
—¿Me estás retando? —preguntó entre dientes.
Mis manos seguían sobre su cintura, pero ella no se quejó en
ningún momento.
Estaba disfrutando de aquella cercanía tanto como yo, aunque
solo lo reconociera para mí.
Sonreí.
Su malhumor me la ponía muy dura y sabía que ya era muy
tarde.
—Contesta —me apremió al ver que guardaba silencio.
—Lo haré si admites una cosa.
—¿El qué?
—Que eres la chica más sexi que se ha tumbado nunca en mi
cama.
Ella soltó una risotada que hizo que mi polla diera un vuelco
dentro de los pantalones.
Tragué saliva.
El último trozo invisible de mi coraza cayó al suelo de forma
estrepitosa.
—Tu boca dice una cosa. Tus actos, otra. Ya te lo he dicho. Pero
no pasa nada, Jack, me recuperaré —dijo apartándose de mí.
—Estás equivocada —le dije con la respiración agitada.
Sadie se había ido de mi lado y sentía hasta frío.
—No —respondió ella negando con la cabeza—. Y no harás que
cambie de opinión.
En ese instante se dejó caer en la cama, bocabajo, dejando al
aire su perfecto trasero, solo tapado por aquellas minúsculas
braguitas.
Sentí mi cuerpo arder.
—Sadie…
—¿Qué? —Se giró y se levantó, poniéndose de nuevo frente a
mí.
—A la mierda.
La cogí de uno de sus brazos y la atraje hacia mí.
15
Sadie

Había perdido la cuenta de las veces que me había imaginado cómo


sería besar a Jack Foreman, pero, sin duda, la realidad superó cualquier
expectativa que hubiera podido tener.
Sus labios mullidos, suaves y voraces acariciaron los míos en un baile
tentador que sabía perfectamente cómo acabaría.
Y él también.
Mi táctica había funcionado. Necesitaba con urgencia comprobar que él
se sentía tan excitado como yo cuando estábamos juntos y, acusarle justo
de lo contrario de lo que él me hacía sentir a mí, había dado sus frutos,
pues su boca devoraba la mía sin cesar.
Sin ningún tipo de contemplación, se tumbó sobre mí, mi espalda
apoyada en su cama.
Aparté mi teléfono móvil para que no molestase y Jack aprisionó mi
cuerpo con el suyo, sintiendo su dura erección apretando mi sexo.
Aquel beso era todo lengua, saliva y dientes, resultado de la excitación
contenida durante días, semanas...
De pronto, dejó de besarme y se apartó de mí.
Pasé mi lengua por mis labios, a pesar de que los tenía húmedos de su
boca, observándole.
Rompió los botones de la camisa para desabrocharla y un latigazo de
placer me recorrió por dentro.
Aquel cuerpo tatuado estaba delante de mis ojos, solo para mí.
Me sentía en una nube de deseo y excitación de la que no quería salir
nunca.
Se deshizo de sus botas y desabrochó la hebilla de su cinturón. Después
hizo lo mismo con el botón y la cremallera del pantalón.
Su sexo pugnaba por salir de los calzoncillos, tan excitado se encontraba.
Me mordí el labio y, de forma instintiva, llevé mi mano derecha a uno de
mis pechos.
—Dios, Sadie… no hagas eso.
Pero seguí haciéndolo, todavía con más motivo. Descubrir que aquello le
excitaba fue un punto a mi favor.
—¿No crees que llevas demasiada ropa? —me preguntó con la
respiración agitada.
De pronto, sin esperarlo, me giró, poniéndome de espaldas a él.
Levantó aquella camiseta ancha que me había colocado para estar más
cómoda y dejó al aire mis pechos.
Lanzó al suelo la prenda y los agarró con ambas manos, sintiendo su
torso pegado a mi espalda.
—Eres tan preciosa… —murmuró.
Mordí mi labio de nuevo, me estaba poniendo demasiado
caliente y necesitaba que me tocase ya o explotaría.
Pellizcó mis pezones al tiempo que dejaba un reguero de besos
desde mi nuca hasta la mitad de mi espalda.
Solté un gemido y pegó una palmadita en una de mis nalgas, la
cual comenzó a ponerse roja de inmediato.
Se acostó sobre mí, haciéndome sentir su entrepierna en mi
trasero.
—Quítame las bragas —le pedí.
—Deseo concedido —dijo en tono jovial.
Jack se desprendió de mi ropa interior y pronto sentí sus dedos
entrar dentro de mí.
Primero uno, después dos…
—Estás muy mojada —dijo con un gruñido.
Gemí en voz baja cuando presionó mi clítoris. Lo estaba
deseando. Lo bueno siempre se hace esperar.
—Me encanta cuando gimes así —susurró.
Con una mano me tocaba a mí, con la otra se masturbaba él
mismo.
Me moría de ganas por verle desnudo, así que me deshice de su
mano y me giré, quedando también expuesta ante él.
Tragó saliva y yo hice lo mismo. Nos besamos de nuevo, esta
vez con más pasión.
Abrimos la cama y nos metimos dentro.
Jack sobre mí, yo soportando el peso de aquel cuerpo del
pecado.
Su piel ardía, y la mía recibía aquel calor con anhelo.
—¿Me deseas? —le pregunté con la voz entrecortada.
—¿Cómo puedes pensar que no? —dijo él mirándome desde
arriba.
Así todavía era más guapo, con el pelo revuelto y los labios
sonrosados por mis besos.
—No lo sé…
—Algún día te lo explicaré —me dijo con una expresión que no
supe descifrar en ese instante—. Ahora necesito sentirte.
Y yo también. Yo también necesitaba sentirle, necesitaba
envolver su dureza y dejar que me hiciera suya.
El cowboy buscó un preservativo en el primer cajón de su mesita
de noche, rompió un extremo del envoltorio con los dientes y se
colocó.
Lo sentí dentro de mí de una sola estocada.
Grande, grueso, majestuoso incluso.
Se quedó quieto, esperando a que mis paredes dilatasen para no
hacerme daño.
—¿Bien? —me preguntó.
Aquel gesto me hizo entender que Jack Foreman era muy atento
en el sexo. No solo se preocupaba de él mismo, como algunos
chicos con los que había mantenido relaciones sexuales, sino que
además prestaba atención a mi bienestar en todo momento.
Asentí con la cabeza y cogió mi pierna derecha para colocarla
sobre su hombro.
—Perfecto —murmuró.
Se movía con maestría y a un ritmo perfecto, y me estaba
haciendo gozar como en mucho tiempo nadie había hecho.
No sabía que sus caricias quedarían marcadas en mi piel para
siempre, ni que mi sexo recordaría sus embestidas de por vida.
Agarró uno de mis pechos y se llevó el pezón a la boca.
Gemí y llevó la misma mano hasta mis labios, introduciendo sus
dedos en mi boca.
Era rudo, bruto, pero no en exceso, y aquello para mí era lo más.
Jadeaba y cerraba los ojos al tiempo. Era todo un espectáculo y
a mí me faltaba poco para llegar al clímax.
—¿Crees que te queda mucho? —le pregunté.
Frunció los labios, abrió los ojos y me miró directamente a los
míos.
—No demasiado. ¿Quieres que espere?
Negué con la cabeza.
—Estoy a punto.
Comunicación.
Algo a lo que en ese momento no prestamos atención pero que
había salido solo, sin presión.
Era cierto. Ninguno de los dos mintió, pues ambos estallamos
prácticamente a la vez, destensándonos, aliviando las ganas que
nos teníamos desde hacía tiempo, relajándonos.
Jack exhaló sus últimos jadeos en mi boca, después besó mi
frente y mi corazón dio un vuelco.
Repito: besó mi frente.
¿Acaso no era aquello un gesto de protección?
Se dejó caer a mi lado, su pecho subiendo y bajando de forma
feroz.
Me ardían las mejillas y necesitaba calmar mis pulsaciones.
Había sido brutal y tenía que procesarlo.
Nos miramos y atisbé algo en sus ojos. Un brillo especial que no
supe de dónde venía.
—Ha estado bien, Foreman —le dije.
Él sonrió, después se tapó los ojos con el antebrazo tatuado.
—Lo sé.
—Creído. Ahora era cuando tenías que decir que yo también he
estado bien.
Y claro que quería cumplir sus expectativas, pero más bien había
hecho la estrellita de mar. Con las piernitas abiertas, bien quietita,
dejando que el ardiente cowboy hiciera de mí cuanto quisiera, tan
inesperado había sido todo aquello.
Se rio y me entraron cosquillitas en el estómago.
—Sabes que sí. No te ha hecho falta nada más que morderte el
labio y tocarte una teta. Preciosas, por cierto —dijo mirando al
techo, sonriendo.
—Ahora sé que eso te gusta, lo usaré cuando te pongas borde
como últimamente —murmuré de broma.
Entonces se puso serio, se sentó en la cama y sacó pañuelos
desechables de la mesita para despojarse del preservativo y
asearse un poco.
«Este chico tiene todo un arsenal para las pajas nocturnas»,
pensé, porque me hizo gracia que estuviera tan preparado.
Preparado paras las pajas o quizá para cuando se diera el caso
de que trajera a alguna chica.
La segunda hipótesis no me gustó demasiado e hice una mueca.
—Sadie, si no quiero que duermas conmigo es por otros motivos,
pero no porque me des asco o no me excites —me dijo muy serio,
mirándome.
Asentí con la cabeza.
Hizo una bola con todos los pañuelos que había usado y el
preservativo, y la llevó a la papelera que había en el cuarto de aseo
del que estaba provisto su dormitorio.
—Vale. ¿No vas a explicarme esos motivos? —le pregunté. Yo
también me había puesto seria.
Parecía que aquella burbuja de sexo y frenesí que se había
creado entre nosotros hubiera sido pinchada de pronto con un alfiler.
—No. Pero nada tiene que ver con lo que tú has pensado. Ya
has visto que es todo lo contrario.
Se levantó y buscó su ropa, que estaba esparcida por el suelo de
la habitación.
No tardó en colocarse de nuevo los calzoncillos y los pantalones.
—Pero quiero que me lo expliques —le dije poniéndome de pie
yo también y tapándome el cuerpo desnudo con la sábana.
Menuda tontería, por cierto.
—No tengo obligación de ello —me dijo, aunque de forma
amable—. Pero, acuérdate de que no tenemos ningún tipo de
exclusividad. Por tanto, el acuerdo no implica que tengamos que
dormir juntos sí o sí.
Se puso la camisa, pero no la abrochó.
Miré hacia el suelo. Otra vez la maldita exclusividad.
Asentí con la cabeza.
—Sadie —me levantó el mentón suavemente con sus dedos—,
créeme cuando te digo que eres lo más bello que ha pisado el
rancho, pero esto no puede repetirse.
Jack terminó de calzarse las botas y fue hacia la puerta. Creí que
saldría por ella y se marcharía, pero paró en seco, suspiró y dijo:
—Dormiremos juntos, si quieres, pero ya sabes las condiciones.
En aquel momento sí se fue, y yo no supe cómo sentirme.
Tardé un rato en procesar sus palabras y fue entonces cuando
llamé a Gigi por teléfono y le conté lo que había sucedido.
—¿Que ha hecho qué? —dijo súper indignada por la otra línea.
—No me hagas repetirlo.
—Vale. Pero te digo una cosa, no me importa que tenga un
pollón. Pienso hacer que pague por esto.
Puse los ojos en blanco y apoyé la cabeza en mi mano, la cual
tenía apoyada sobre mi rodilla.
—¿Cómo vas a hacer eso? Gigi, no puedes capar a ningún
hombre.
—No, tengo un plan mejor. Será él mismo quien se termine
capando y dejando a un lado su puta exclusividad.
—No te pillo.
—Tú céntrate, Sadie, aunque sea difícil. A partir de ahora,
tómate esta etapa de tu vida en el rancho como si fuera un trabajo.
Al fin y al cabo, va a pagarte por ello, ¿no?
—¿Cómo pretendes que haga yo eso? No soy para nada una
cowgirl.
—Entonces debes convertirte en una. Has de mimetizarte con
ese lugar. Tanto, que Jack no pueda soportarlo. Lo demás, vendrá
solo.
—Das miedo, ¿lo sabes? ¿Seguro que no tienes otro trabajo
clandestino aparte de mandar antibióticos a niños con las amígdalas
inflamadas?
Gigi se rio y yo me contagié, aunque la verdad es que me sentía
como un trapo.
¿Cómo podía ser que después del mejor polvo de mi vida
pudiera sentirme tan mal?
Jack Foreman era demasiado complicado, y yo ya no sabía si
me rentaba lidiar con eso.
16
Jack

No sabía si lo soportaría, esa era mi verdad en aquellos


momentos.
Habían pasado algunos días desde que la había besado, desde
que la había sentido al cien por cien, piel con piel, y todavía me
estaba recuperando.
No sabía qué tenía esa chica, pero me estaba volviendo loco,
además de verdad.
Suerte que me despertaba antes del alba para faenar en el
rancho y no pasaba demasiadas horas junto a ella metido en la
cama.
En el fondo tenía razón: si queríamos que la gente se creyera
nuestra mentira, teníamos que hacerlo bien. De lo contrario,
pensarían que era una farsa cuando nos casáramos.
Dios, era una locura. Una completa locura, pero ya no había
marcha atrás. ¿O sí?
¿Y si lo cancelaba todo e intentaba disuadir a mi tío Nelson de
su idea de que tuviera una esposa?
No paraba de pensarlo, pero sabía que era absurdo, porque mi
tío no claudicaría.
Pero aquello estaba siendo una tortura para mí, aunque todavía
no sabía cuánto podía llegar a sufrir.
Sin yo saberlo, me estaba cavando mi propia tumba.
Aquellos días intenté tocar la cama lo menos posible.
Sadie pasaba algunas horas del día en la tienda, haciendo
arreglos de los trajes de mis trabajadores, tal y como habíamos
acordado, como también de sus propios clientes. Pero yo siempre
me levantaba antes que ella y, también, me metía en la cama
bastante tarde.
Quemaba lo que sentía por dentro con alcohol en algún bareto
cercano, haciendo tiempo y dándole al coco, preguntándome qué
mierda estaba haciendo con mi vida y cómo podía ser que mi piel
ardiera de aquel modo cuando la tenía cerca, metida en mi cama.
Si ya sabía yo que no era buena idea eso de dormir juntos, pero
Sadie era la lógica en nuestra pareja, si es que podía denominarnos
así, y tenía razón, como ya he dicho.
—Ey, Foreman. —Cody Wilber me palmeó la espalda una de
aquellas noches.
Dejé el vaso despacio sobre la barra y me giré para mirarle.
—¿Qué dices, Wilber? —le saludé sin demasiadas ganas.
Cody Wilber era un cowboy que frecuentaba los rodeos al igual
que yo.
—Vaya, no tienes muy buena cara —dijo.
Sonreí de manera forzada.
—Tan adulador como siempre, Cody —murmuré cogiendo de
nuevo mi vaso.
—Lo digo en serio, tío.
—Lo sé, no duermo bien.
—¿Algún caballo nuevo? Recuerdo cuando trajiste a Trueno…
era imposible de domar aquella bestia, aunque ahora ha mejorado.
Me reí.
—Algo así, sí.
Por supuesto que Trueno había mejorado, me había costado
mucho sudor y muchas caídas conseguirlo. Aun así, era selectivo,
pues solo galopaba conmigo encima.
—Entonces no te interesará lo del rodeo que organiza la
asociación.
Le miré fijamente. ¿De qué hablaba?
—¿Por qué no habría de interesarme?
Cody se encogió de hombros.
—No sé, se te ve cansado.
Negué con la cabeza, sonriendo.
—Nunca estoy demasiado cansado para domar a una fiera —
dije.
Pero cuando aquellas palabras salieron de mi boca, no pensé en
ningún caballo, sino en una rubia exquisita a la que evitaba todas las
noches al dormir.
—Pídete un trago, yo invito.
Cody asintió con la cabeza.
—Está bien, Foreman.

—¿Me estás diciendo que por domar a ese ejemplar dan a


cambio una porción de tierras del condado?
Un vaso de bourbon después de haberme encontrado a Cody,
todavía intentaba encontrar el truco de aquel rodeo.
Cody hizo una mueca.
—No es domarlo en sí. Es aguantar sobre su lomo un tiempo
determinado. Y sí, el ganador recibirá una porción de tierras para lo
que él quiera. Cultivos o… en fin, lo que sea.
Sopesé aquellas palabras de nuevo, era lo que estaba haciendo
desde que me había enterado de aquello.
Si ganaba…
Dios, si ganaba podría construir mi propio rancho.
Empezaría de cero, sí, pero…
Podría parar a tiempo la locura que yo mismo había empezado y
a la que, estaba claro, me costaba enfrentarme más de lo que
pensaba.
—¿Cómo de fiero es ese caballo?
Cody dio un trago a su bebida.
—Lo traen desde Colorado. Es un Trueno dos, para que me
entiendas.
Sonreí, triunfal.
Si había podido con Trueno, podía con cualquier caballo, por
muy indomable que fuera.
—¿Tú te presentas? —le pregunté a Cody.
—¿Yo? —soltó una risotada —. ¿En tan poco aprecio me tienes?
Ni de coña, tío.
—¿Por qué?
—No quiero morir en la arena —dijo encogiéndose de hombros.
Hice una mueca, pero no dije nada.
Esa posibilidad estaba encima de la mesa, por supuesto.
Conocía casos en los que los cowboys caían al suelo, se
golpeaban la cabeza y morían en el acto.
Otros quedaban en coma por alguna coz mal dada o cosas así.
Tragué saliva. Imponía, pero no quería ni pensaba
amedrentarme.
Trueno no me había matado, así que estaba seguro de que
podía aguantar el tiempo estipulado encima de aquel famoso
caballo.
—Pero no crees que yo pueda salir mal parado, por eso me lo
dices a mí.
Cody me miró de forma seria. Nos conocíamos desde hacía
muchos años, siempre habíamos participado en cada rodeo del
condado. Nos apasionaba todo aquello.
Sabía que no me propondría nada que pensara que no pudiera
desempeñar. Me tenía aprecio, al menos eso creía yo.
—Así es. No eres el único que se presenta, por supuesto.
Siempre hay kamikazes por ahí.
—Imagino que sí.
Omití decirle que yo de kamikaze también tenía bastante.
—¿Cuándo es? —le pregunté a Cody.
—En dos meses —respondió él.
Hice una mueca y me di la vuelta en el taburete en el que estaba
sentado, dándole la espalda.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Claro que ocurría. Sería esperar un mes más. En teoría, pronto
debería presentar a Sadie a mi tío Nelson y pedirle matrimonio.
Había pensado que fuera todo en el mismo día, sorprendiendo a
todo el mundo, incluida ella.
Pero eso pasaría en un mes o menos. A penas tres semanas.
No obstante, el rodeo tendría lugar un mes más tarde de aquello.
¿Y si me casaba y luego ganaba?
Perdería dinero, tiempo y mi libertad. Algo perfecto para mi tío
Nelson.
Perfecto para Sadie, porque tendría su dinero.
Pero no para mí, pues me habría jugado la vida y tendría un
premio para nada.
La boda tendría que esperar.
—Nada, Cody, ningún problema.
—¿Te apunto?
—Por supuesto. No hay caballo que se resista a Jack Foreman.
Dicho esto, me levanté, cogí el sombrero de la barra y dejé un
billete sobre ella.
—Cóbrate —le dije al barman —. Gracias, Cody, yo invito.
Le di la mano y me marché del bar.
Tenía una esperanza, aunque fuese pequeña, de que podría
volver a ser el mismo de antes.
Antes de conocerla.
Antes de haberla besado, de haberla tocado…
Antes de haber hecho el amor con ella, porque dentro del pecho
sentía cosas fuertes por Sadie, solo que todavía no lo sabía.
Y el destino me haría creer en más de una ocasión que la
perdería con tal de que espabilase.
El destino o, quizá, su amiga Gigi, que para el caso era lo
mismo.
17
Sadie

Los amaneceres en el rancho eran de colores ocres y naranjas.


Todo un espectáculo digno de ver, por eso no me perdía ni uno
desde que me mudé allí.
Por eso, y porque Jack se acostaba tarde y se marchaba pronto.
Y yo me quedaba despierta cuando dejaba su hueco vacío en la
cama y entraba el frío de las últimas horas de la noche.
Me hacía la dormida mientras le escuchaba vestirse, asearse y
lavarse los dientes. Y cuando cerraba la puerta después de coger su
sombrero del perchero, mis ojos se abrían y miraban por la ventana
desde la cama, arropada hasta las pestañas.
En un primer momento contaba esos puntitos brillantes de luz
llamados estrellas, después iba viendo cómo desaparecían con las
primeras luces de la mañana.
Y pronto comenzaba a despertar la vida en el rancho Foreman.
Admito que los dos primeros días lloré lo que no estaba escrito,
todavía estaba sensible por la estacada en la que me había dejado
Jack después de haber tenido sexo de aquella forma, en la que yo
creí que había complicidad y rendición a nuestras sensaciones
cuando estábamos juntos.
Pero después agradecí estar fresca a esas horas para no
perderme el regalo que el cielo me ofrecía.
Suponía que la vida eran pequeñas cosas como esa, que a la
vez se convertían en lo grandioso de la existencia.
Cuando amanecía del todo, los trabajadores llegaban en
camionetas al rancho y la voz de Jack comenzaba a mezclarse con
el sonido de los cascos de los caballos, los relinchos, los mugidos
de las reses y las risas de los empleados al hacer descansos para
beber o fumar cigarrillos.
Recordaba entonces las palabras de Gigi, esas en las que me
apremiaba para que me mimetizara con aquel lugar.
Las recordaba y las repetía en mi cabeza. Una y otra y otra vez.
Al tercer o cuarto día se me pasó la tontería de estar
lloriqueando por un cowboy al que no entendía.
Gigi tenía razón, aquel era mi trabajo, Jack me pagaría por ello.
¿Por qué no empezar a disfrutarlo?
Lo sé, sé que dije por activa y por pasiva que no quería tener
nada que ver con las actividades del rancho.
Pero Jack me había enseñado la equitación y lo que se sentía
cuando se disfrutaba de ella.
Y no había podido olvidar aquel momento por muchas cosas.
Una de ellas era Raya, la yegua con la que había tenido aquel
flechazo, aquella conexión por la que incluso Jack se había
emocionado y para el que no había pasado inadvertida.
Le había propuesto en repetidas ocasiones volver a montar
juntos, pero él, como ya sabes, se había negado en rotundo.
No obstante, quería que eso cambiara, quería atreverme a
hacerlo sola, pero necesitaba un poco de ayuda.
Así que aquel día me levanté, decidida, me vestí con la ropa
adecuada, desayuné algo rápido y salí al exterior.
Supe que había hecho lo correcto cuando un par de señales me
lo indicaron.
La primera fue observar cómo Jack se marchaba del rancho en
su coche.
Nuestras miradas se cruzaron durante unos instantes, pero tan
pronto aceleró se rompió la conexión.
—Hola, Mike —saludé a uno de los trabajadores de confianza de
Jack, que en ese momento estaba cargando algunas sillas de
montar que Jack había comprado.
Ahí estaba la segunda señal.
En un principio no reparé en ellas, pero más tarde me llevaría
una sorpresa.
—Buenos días —me respondió sonriendo.
—¿Sabes dónde ha ido Jack? No me ha dicho nada al despertar.
Mike asintió.
—Tiene una reunión con unos acreedores.
—De acuerdo —le contesté sonriendo.
—¿Necesita algo, señorita?
—Llámame Sadie, Mike.
—De acuerdo.
—Ahora que lo dices, ¿podrías ayudarme?
—Claro que sí —contestó el joven de manera servicial.
—Genial. ¿Me acompañas a los establos?
—Por supuesto. Además, he de llevar estas sillas allí.
Me acerqué al montón que formaban juntas y acaricié con mi
mano una de ellas, la que estaba más arriba, dándome cuenta de
que el material era muy bueno.
Pronto yo misma diseñaría mis propias monturas, el dinero de
Jack le vendría estupendamente bien a mi negocio.
—Son preciosas —comenté.
—¿Ya has visto la tuya? —me preguntó Mike.
Lo miré, confundida.
—¿La mía?
El joven asintió con la cabeza, sonriendo.
—Claro, mira.
Mike quitó las dos primeras y sacó la tercera del montón para
que la viera.
Era de un cuero exquisito y de color tierra. Mi nombre estaba
bordado en letras oscuras.
—Dios mío…
—¿Vamos a los establos?
—Claro —dije a duras penas, pues me había quedado sin
palabras.
¿Qué significaba aquello? Jack no me había dicho nada.
¿Quién demonios podía entender la actitud de aquel cowboy?
Por el amor de Dios, acabaría encerrada en un psiquiátrico por
su culpa.
Mike me acompañó a los establos y busqué a Raya.
—Quiero aprender a montar sola, Mike, pero necesito tu ayuda
—le dije de forma tranquila, observando el interior del habitáculo de
Raya, como si yo entendiera que todo estaba en orden ahí dentro.
—¿Estás segura?
—Por supuesto.
—¿Jack está de acuerdo?
Le miré, frunciendo las cejas. ¿Acaso él tenía que estar de
acuerdo en algo que haría yo?
Aun así, no quise discutir, pues Mike tenía que explicarme todo.
—Claro. Ahí está mi silla, ¿no?
—Tienes razón.
Ese día aprendí que la cabezada de cuero que Raya vestía en la
zona de la cabeza estaba compuesta por la frontalera, la muserola,
el ahogadero, el ramal, la carrillera, el filete y la rienda.
Como también que la montura constaba del borrén trasero, el
asiento, la perilla, el faldoncillo, la charnela, el faldón, los latiguillos,
la cincha y los estribos.
Mike me lo explicó todo a la perfección.
Suerte que había paseado bastantes veces desde que conocía a
Jack y comencé a frecuentar el rancho por los establos.
Raya se alegraba de verme cuando me veía y eso facilitó mucho
nuestro reencuentro.
Me puse frente a ella cuando Mike la sacó del establo a pesar de
que ya nos conocíamos, y le acaricié el morro suavemente.
Ella me devolvió el gesto cariñoso y sonreí.
—Te quiere —murmuró Mike.
Le miré sonriendo.
—Yo también a ella.
—¿Quieres que suba yo detrás?
—No, no. Solo —dije metiendo el pie en el estribo— ayúdame a
subir.
Mike sujetó mi cuerpo cuando me impulsé hacia arriba para que
no cayera y pronto estuve encima de Raya.
Una vez me vi allí arriba, miré a Mike tragando saliva.
—¿Bien? —me preguntó el chico.
Asentí con la cabeza, aunque no estaba del todo convencida.
—Vale, acuérdate de cómo lo hacía Jack. Firmeza en las
riendas, pero sin agresividad. No tengas miedo, y ten en cuenta que
Raya puede tener alguna reacción inesperada.
Mike hablaba de forma tranquila, gesticulando con sus manos en
alto.
«Quizá no ha sido esto una buena idea», pensé.
—Ponte recta, pero relaja el cuerpo, que la yegua no note tus
nervios.
No dije nada, solo miré a Mike y traté de hacerle caso.
«Lo intento, Mike».
—Bien. Con suavidad, cualquier movimiento que hagas con las
manos, para ella será una indicación de que quieres que vaya hacia
ese lado. Agarra las riendas suavemente, la izquierda con la mano
izquierda y la derecha con la mano derecha.
«Oído, Mike».
—Pulgares hacia arriba, pies correctamente colocados en los
estribos. Presiona suavemente con la pierna izquierda cuando
indiques con la mano izquierda el movimiento.
Le hice caso. Moví levemente la mano izquierda y presioné el
cuerpo de Raya también con mi pierna izquierda, tal y como Mike
me había indicado.
«Esto está chupado, Mike».
Sonreí.
Raya reaccionaba de forma ejemplar a mis órdenes y
movimientos.
Daba pasos certeros pero lentos, y eso me dio confianza.
—¡Genial! Ahora a la derecha.
—A la derecha, Rayita —le indiqué en un susurro dulce al tiempo
que utilizaba también mi mano y pierna derecha.
—¡Sublime, Sadie! Camina un poco más. Coge confianza, lo
estás haciendo genial.
Raya y yo paseamos al paso por los terrenos durante algunos
minutos.
Le acariciaba la crin, felicitándola por habérmelo puesto tan fácil.
—Eres preciosa, Raya. Muchas gracias.
—¡Menuda cowgirl! —exclamó entonces Dick. Tenía la camiseta
blanca manchada de algo que quería pensar que era tierra y no otra
cosa, y algunos mechones de pelo se le pegaban a la cara por el
sudor.
—¡Lo estoy consiguiendo! —exclamé contenta.
Algunos trabajadores levantaron la vista de sus quehaceres para
observar cómo montaba; incluso un par de ellos aplaudieron.
—Ya lo veo. ¿Crees que puedes trotar? —me preguntó
sonriendo.
—Mike, ¿puedo trotar? —le pregunté al chico, que me seguía
con la vista, al tiempo que le indicaba a Raya que volviéramos al
lugar desde donde habíamos comenzado a caminar.
—Creo que sí. Raya está a gusto contigo.
—Indícame.
Desvié la vista unos instantes hacia Dick, hablaba por teléfono
en ese momento.
—Sadie, atenta —Mike llamó mi atención.
Dije que sí con la cabeza y le escuché atentamente.
—Indícale el paso igual que has hecho antes. Una vez estés en
terreno llano y cómoda, acorta las riendas una o dos pulgadas y
aprieta a Raya con las piernas.
Titubeé un tanto.
—Vale —conseguí decir.
—Un consejo: engancha el dedo meñique alrededor del borrén
delantero de la silla. Te acuerdas de las partes de la montura que te
he enseñado antes, ¿verdad?
Asentí con la cabeza.
—Bien, de esa manera no estirarás con fuerza las riendas ni le
harás daño a la yegua en el hocico en el caso de que te notes en
desequilibrio.
«Esto ya no lo controlo tanto, Mike».
—¡Vamos! —me apremió.
Hice lo que me pidió. Absolutamente todo y paso por paso.
Raya comenzó a trotar y debo admitir que tuve un poco de miedo
en un principio, pero aquella yegua estaba tan bien domada, que
pronto me hizo sentirme segura.
Viramos a la derecha, después a la izquierda y Raya relinchó.
Dick seguía hablando por teléfono, mi error fue cerciorarme de
aquello, pues no reparé en que uno de los perros se cruzó en el
camino de Raya, en nuestro camino, persiguiendo un pájaro.
—Raya… —murmuré cuando me di cuenta de que había frenado
en seco y daba pisotones sin ton ni son.
—¡Sadie! —El grito de Dick fue lo último que escuché antes de
caer al suelo.
18
Jack

Decir que las reuniones con acreedores de cualquier tipo me


estresaban, era quedarme corto. Prefería mil veces el papeleo o
cualquier tarea física del rancho.
Estaba deseando terminar y volver. No le había dicho a Sadie
que me marchaba. Bueno, tampoco es que le dijese gran cosa
últimamente.
Caía rendido en la cama para no darme cuenta de que estaba,
para no tener la tentación de decirle que era un imbécil que se
estaba colando por ella y que no sabía cómo gestionarlo.
Para no pedirle un beso, porque ya había perdido hasta la
picardía de robarlos.
Apreté las llaves del coche con mi mano derecha, con fuerza.
Era pensar en todo eso y ponerme nervioso.
Zarandeé la cabeza unas cuantas veces, liberando tensión en mi
cuello e intentando que aquellos pensamientos se desvanecieran.
Le había comprado una silla de montar. Su propia montura
personalizada.
Habían sido demasiadas las veces que me había pedido montar
juntos a Raya, como la primera vez que llegó al rancho, y siempre
se lo había negado.
Quería compensar eso, como también mi comportamiento.
Quería, de alguna forma, también, preparar el terreno para
decirle que la boda se alargaría un mes más.
Sabía que era un poco rastrero lo que pretendía hacer, pero
también sabía que cada uno tenía un plan personal y a espaldas del
otro. Eso no era ningún secreto para mí, y tampoco debería serlo
para ella.
El teléfono vibró dentro del bolsillo delantero de mi pantalón, lo
tenía puesto en silencio por el motivo de aquella tediosa reunión, la
cual, por cierto, había salido conforme había procrastinado.
Había hecho un buen negocio y, al menos, eso era lo positivo
que había sacado de aquel encuentro que me daba una pereza
infinita.
Un mensaje de Dick salió anunciado en la pantalla del móvil
cuando lo tuve en mis manos, tras sacarlo del bolsillo.
No me sorprendió ni tampoco me alteró, al menos no hasta que
lo leí, pues Dick y yo hablábamos mucho por mensajería
instantánea.

No sabía que Sadie había aprendido a montar. La conexión con


Raya es brutal. Pensaba que estabas evitando a la nueva cowgirl.

Paré en seco mis pasos al leer el mensaje una vez hube


desbloqueado el móvil, y mis botas dejaron de resonar contra el
asfalto.
¿Cómo? ¿Sadie montando a caballo?
No pude evitar tensarme.

¿De qué hablas? Yo no…

Pero Dick me llamó por teléfono y no terminé de escribir el


mensaje. Quise decirle que Sadie no era ninguna cowgirl, y que no
lo sería nunca por elección propia. Me lo había dicho en más de una
ocasión.
Entonces, ¿qué hacía subida al caballo ella sola?
—Ey, Jack —me saludó nada más descolgar la llamada.
Volví a caminar de forma enérgica, estaba deseando llegar al
coche y, para ser francos, colgar también la llamada. No me
apetecía tener esa conversación porque no entendía nada.
En cambio, por mensaje, podía decidir no contestar.
—¿Qué pasa, Dick? —le pregunté más serio de lo que quería
sonar.
—Te llamo porque es más cómodo. Estoy viendo a Sadie montar.
Me quedé en silencio.
—¿Jack?
—Lo siento, es que estoy muy sorprendido. Yo no la he
enseñado a montar, Dick.
Me pude imaginar que, ante mi respuesta, como siempre, Dick
arqueaba las cejas, sorprendido.
—Está trotando.
—¿Tiene bien colocados los pies?
Dick tardó un momento en responder, y entonces me di cuenta
de lo absurdo de mi pregunta. ¿Qué era, su padre?
Dios, se me estaba yendo la cabeza.
—Eh… sí.
—No entiendo nada, pero bueno.
—Mike le da directrices desde abajo.
—Ajá.
—Jack, espera un… ¡Sadie!
—Dick —paré otra vez de caminar. Ahora sí me había puesto
nervioso—. Dick, respóndeme.
No era exactamente silencio lo que se escuchaba por la otra
línea, sino voces de cowboys gritando palabras que no entendía.
La respiración de Dick, que no respondía, entrecortada.
—¡Dick! —le grité.
—Jack, ven al rancho.
—¿Qué ocurre?
—Ven.
—Dime qué ocurre —le dije con contundencia, intentando
controlar la voz todo lo que pude.
—Sadie se ha caído del caballo.
Colgué el teléfono sin decirle nada y corrí hasta el coche.
Abrí la puerta, diligente, me metí dentro y agarré el volante con
las manos.
Lo apreté tanto que mis nudillos se pusieron blancos.
—Me cago en la puta… —murmuré antes de arrancar y salir del
aparcamiento tan rápido como pude.

*
No recordaba la última vez que había conducido así, de aquella
forma tan rápida y brusca.
Pero llegué al rancho tan rápido como pude, aunque tampoco
estaba lejos, a unos diez minutos en coche.
—Jack. —Un trabajador se me acercó y, aunque él no tenía la
culpa de nada, le miré con dureza.
—¿Qué ha pasado?
Él no me contestó, debía tener la mirada velada de furia.
Y no consigo comprender qué era lo que me llevaba a sentir eso.
Estaba preocupado, mucho, pero la rebeldía de Sadie me
enfurecía.
—¿Dónde está? —pregunté entonces.
—En los establos.
Asentí con la cabeza y me controlé para no correr hasta allí.
Fui a grandes zancadas, salvando todo el espacio que podía con
mis piernas.
Mike salió a mi paso.
—Jack, no…
—Contigo hablaré más tarde.
—Pero…
—Ahora no, Mike. Necesito saber cómo está.
Se me escapó. Aquella manifestación de lo que requería mi
interior en esos momentos fue tan real como que estaba allí.
Me sorprendí yo mismo por aquello, pero pronto presté atención
a Sadie.
La encontré de pie, espolsándose el polvo de la ropa. Tenía la
mejilla sangrando, se había hecho un buen raspón.
Raya estaba a su lado, con la montura nueva de Sadie sobre su
lomo, de pie, tranquila. Dick la tenía agarrada de las riendas y
hablaba con Sadie.
Los trabajadores se hicieron a un lado para que yo pudiera llegar
hasta ellos.
Iba con intenciones reales de reprenderla por aquella
irresponsabilidad, pero todo aquello se desvaneció cuando la tuve
delante.
Paré ante ella, nos miramos y la atraje hacia a mí. La abracé,
envolviéndola con mi cuerpo y ella me correspondió.
Notaba mi corazón a punto de traspasar mis costillas, tan fuerte
me latía en aquel momento, y su respiración agitada hacía compás
con la mía.
Antes de dar un pequeño beso en su cabeza rubia, me permití
inhalar el aroma de su pelo durante un instante.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Ella asintió con la cabeza y se separó de mí.
—Sí —dijo.
Parecía asustada, vulnerable, aquello le restaba años,
pareciendo una chica que tenía recién cumplida la veintena.
Nos quedamos cerca, mirándonos, y no pude evitar fijar la vista
en su rasguño.
Acaricié su mejilla con mi pulgar y ella cerró los ojos de forma
suave.
Otra vez la burbuja, esa que éramos capaces de crear en
cualquier momento, sin importar cuántas personas hubiera a nuestro
alrededor.
—No es nada.
—¿Seguro que estás bien? —volví a preguntarle.
Asintió con la cabeza.
—Raya se asustó, uno de los perros se cruzó queriendo cazar
un pájaro…
Hice una mueca.
—Lo siento, debí decirte que a Raya le dan mucho miedo los
perros. No sabía… no creí que…
Ella negó con la cabeza.
—¿Cómo se te ha ocurrido hacer esto sin que yo esté aquí? —le
reprendí en voz bajita, aunque mi tono no era duro.
Solamente me había preocupado. Creí que le habría pasado
algo más grave, estaba asustado por ella.
Ella bufó.
—¿Hablamos dentro? —me preguntó.
Fue entonces cuando levanté la vista y observé que algunos de
los trabajadores estaban siendo espectadores de aquel encuentro y
aquella conversación que, en teoría, debería ser privada.
—Sí, tienes razón.
—Guardaré a Raya.
—Tranquila, lo hará cualquier trabajador.
—Pero mi silla…
—¿Has visto tu silla? —pregunté, no sé por qué, avergonzado.
—Sí —dijo sonriendo.
Yo también sonreí, aunque por dentro había algo que no estaba
en paz. Y sabía perfectamente que era el tema del rodeo al que
Cody me había apuntado.
—Cualquier trabajador se ocupará de Raya —le dije.
—De acuerdo.
Le tendí la mano y giramos sobre nuestros talones para llegar
hasta la casa.
—Cuando Marge te vea la cara…
Sadie puso los ojos en blanco.
—Odia los caballos —le conté.
—Vaya…
—¿Acaso no os doy suficientes tareas? —pregunté en voz alta a
los trabajadores.
Acto seguido, volvieron a sus quehaceres y Sadie y yo nos
marchamos de allí.
Supe que fue Will quien se ocupó de Raya, pues vi por el rabillo
del ojo cómo la instaba a caminar para meterla dentro del establo,
después de que Dick le cediera las riendas de la yegua.
Mi amigo corrió a mi encuentro.
—Jack, ¿podemos hablar?
Sadie nos miró a ambos, comprendiendo que era algo que Dick
quería hablar a solas.
—Me voy adelantando.
—Voy enseguida —le aseguré.
No quería dejarla sola, no otra vez.
Sadie se alejó unos cuantos pasos.
—Jack, no sé qué está pasando entre vosotros, pero la verdad
es que no te entiendo —me reprendió Dick.
¿En serio? ¿Dick, reprendiéndome?
—No voy a hablar de esto ahora.
—Todos hemos visto cómo la miras. Cómo os habéis mirado.
¿En qué quedamos? Porque luego tus rayadas me las como yo.
Suspiré y me llevé las manos a la cara. Dick tenía razón.
—Se suponía que la ibas a evitar porque bla bla bla.
—Y eso iba a hacer.
—Te repito: ¿tienes idea de cómo os miráis?
Tragué saliva.
—¿Qué tiene eso de malo?
Dick se exasperó y me cogió del brazo, acercándose a mí.
—¡Que es un maldito pacto! ¿Recuerdas?
—Shhh —le cogí de la camiseta, nervioso—. Hace unos días
tuvimos sexo. ¿Contento?
—Pero…
—¡Ya lo sé! —le contesté medio gritando.
Dick suspiró.
—Estás chalado.
—Eso también lo sé.
—Y yo huelo a mierda —admitió mirándose la camiseta.
Volví la vista hacia él y observé su camiseta.
—¿Estás de coña? Creí que era tierra. Joder, tío, qué asco. Date
una ducha, anda, como Marge te vea así, no te sientas a la mesa
para almorzar.
—Lo sé.
—Tengo que entrar.
—Descuida.
Pero Dick no fue a asearse de inmediato, debía acabar algunas
tareas más antes de eso.
19
Sadie

En efecto, cuando entré dentro de la casa, tía Marge se escandalizó


un poco al verme la mejilla magullada.
—Dios de mi vida… tienes un aspecto horrible. Ven —dijo al tiempo
que se levantaba de aquel sillón que, me jugaba el cuello, tenía el
hueco de su trasero, como el sofá de la serie Los Simpson,
concretamente donde se sienta Homer.
Me acerqué a ella y me tendió la mano. La estreché y su calor me
reconfortó.
—¿Dónde está Jack? —me preguntó.
—Fuera, me ha dicho que no tardaría.
—Esa mejilla está feísima. Con lo bonita que tienes la piel. Yo de
joven también la tenía así, pero es lo que tiene el tabaco, hija, que te
arruga todita. Hablando de tabaco…
Marge dio media vuelta y cogió de aquella mesita alta que ya se
había agenciado para ella la cajetilla de cigarros.
—Sentémonos —me apremió señalando el sofá que había frente a
nosotras—. ¡Abigail!
Di un respingo cuando llamó a la muchacha, quien no tardó
demasiado en aparecer ante nosotras.
—¿Sí?
—Un poco de limonada, por favor. Esta chica mira lo que se ha
hecho en la cara.
Abigail me miró y abrió la boca, asombrada. ¿Para tanto era? Cierto
era que me molestaba la mejilla, pero todavía no me había mirado
en un espejo.
Asintió con la cabeza y, de forma apresurada, marchó del salón para
traer lo que Marge le había pedido.
La tía de Jack encendió un cigarrillo.
—Me he caído del caballo.
Marge me miró, seria.
—¿Cómo se te ocurre subirte sin estar Jack contigo?
«¿Otra vez con lo mismo?», pensé un poco indignada.
—¿Tú también? —cuestioné levantándome y poniendo los brazos
en jarras, como si tuviera con ella toda la confianza del mundo—.
¿Por qué todo el mundo piensa que necesito su permiso para todo?
Realmente aquel tema me molestaba y llegaba a cabrearme.
—Cálmate, anda —me pidió suavemente—. Pues tienes toda la
razón.
—Pues sí —dije volviendo a sentarme de nuevo a su lado—. ¿Tan
fea está?
Marge hizo una mueca, después dio una calada del pitillo.
—Un poco. Esos animalejos…
—Jack dice que odias los caballos.
Marge asintió.
—Es cierto.
—¿Por qué?
No podía entenderlo. Pensaba en Raya y no podía imaginar que
alguien pudiera odiarla a ella o a cualquier caballo. Bien cierto era
que siempre había renegado de ellos y de todo lo que tuviera que
ver con la vida ranchera, pero de ahí a odiarlos…
Marge frunció los labios, cigarro en mano, justamente a la altura de
su mentón.
—Mi padre murió cuando cayó de uno de ellos.
—El abuelo de Jack.
Marge asintió con la cabeza.
—Así es.
—No lo sabía —dije—, lo siento.
—Jack no te cuenta demasiadas cosas, ¿verdad?
Abrí la boca para decir algo, pero no lo hice, me quedé callada.
Era cierto, Jack no me contaba demasiadas cosas.
—Aquí está todo —Abigail dejó una pequeña bandeja con dos vasos
de limonada sobre la mesa baja del sofá—. Me he permitido traer
también esto, señorita.
Sacó del bolsillo de su delantal un bote de agua oxigenada
acompañado de una bolsita de plástico que tenía algodón dentro.
—Ya me ocupo yo, Abigail, gracias.
Jack entró en la casa y cogió las cosas que Abigail le tendía. Con
una pequeña reverencia que hizo con la cabeza, se despidió y
desapareció del salón.
—Anda que… seguro que ha sido ese caballo tuyo del demonio que
todavía sigue sin domar… —farfulló tía Marge mirando a Jack.
Jack chasqueó la lengua contra el paladar.
—No ha sido Trueno, si te refieres a él. Sadie iba con Raya y uno de
los perros se cruzó en su camino. A Raya le dan mucho miedo.
Tía Marge puso los ojos en blanco.
—Debería ser al revés —murmuró entre dientes.
—Te he oído —le advirtió Jack frunciendo las cejas—. Vayamos
arriba, Sadie, te curaré esa herida.

Cerré la puerta de la habitación tratando de controlar el temblor del


que mis piernas todavía estaban apoderadas.
Cogí aire y lo expulsé lentamente.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, sí… todavía tengo el susto metido en el cuerpo. Eso es todo.
Me senté en la cama, rendida. De pronto estaba muy cansada.
—Creo que hoy no voy a ir a la tienda —dije haciendo un mohín.
Sabía que no era para tanto, pero realmente necesitaba descansar,
sentía un temblor en mis piernas que parecía no cesar.
—Déjame ver eso —me pidió Jack acercando su mano a mi rostro.
Pero yo me alejé. Mi corazón se había desbocado encontrándome
entre sus brazos cuando había vuelto al rancho, pero aquella
pregunta de Marge me había hecho acordarme de que estaba
todavía más esquivo conmigo después de habernos acostado.
No era justo. No era justo para mí aquel comportamiento.
—No, Jack.
—¿Qué ocurre?
—Que no te comprendo.
—¿Por qué?
—¿Eres bipolar o algo así? —le pregunté. Comenzaba a cansarme
de tener aquel tipo de conversación con él.
Bufó y se sentó en la cama.
—Sé lo que vas a decirme.
—Ah, ¿sí?
Asintió con la cabeza.
—¿Y qué es?
—Sé cómo te he mirado y cómo te he tratado antes, en los establos.
Y sé que es un comportamiento muy distinto al que tengo cuando
estamos a solas. Sé que delante de la gente tenemos que fingir,
pero yo no he fingido hace un rato, Sadie.
Parpadeé un par de veces, sorprendida.
—¿Qué quieres decir? —Me senté a su lado.
Jack tragó saliva.
—Mira, Sadie, yo… —cogió mis manos entre las suyas— soy un
gilipollas, ya lo sé. Pero siempre actúo con motivos. No soy tan
cabeza hueca, aunque lo parezca.
Asentí con la cabeza.
—¿Y qué motivos tienes para estar así conmigo? Cuando todavía
no había pacto, conectamos, ¿no es así?
Vale, solo hablamos una tarde, pero yo tenía la impresión de que fue
muy bien.
—Soy muy independiente, ¿vale?
—Ajá.
—Pero con todo el mundo. No tengo apego con casi nadie y no creo
en el amor. Bueno, no creía hasta…
—¿Hasta?
—Hasta que di contigo.
¿Qué acababa de decir el rudo cawboy que en ese momento
parecía estar escupiendo purpurina por la boca?
—¿Cómo?
—No sé cómo gestionar… lo que siento. Por eso te evito, por eso
trato de no mirarte demasiado, de no tocarte, de no…
Me lancé entonces a sus labios, despacio, dulce.
Jack me correspondió, por supuesto, pero no tardó en apartarse,
como si mis labios le hicieran daño al tacto.
—Para, Sadie.
—¿Por qué?
Tenía el rostro un poco pálido. ¿Acaso le estaba costando mantener
aquella conversación?
—Huyo del amor, simplemente.
—Esa respuesta es una mierda.
Eso le hizo sonreír y soltar una pequeña carcajada.
—Lo sé, pero es mi realidad. Tú me gustas, Sadie, me gustas
mucho. Me importas… mucho, muchísimo. Más de lo que me
gustaría y más de lo que pienso admitir ahora mismo.
Tragué saliva.
Los latidos de mi corazón resonaban en mis sienes y sentí temblar
mis manos.
No dije nada, solo quería escuchar lo que tenía que decir, aunque
intuía que me iba a doler.
—Cuando Dick me ha dicho que te habías caído del caballo. Joder,
me he sentido tan idiota por no haber estado ahí, contigo… Igual
que todas las veces que me has pedido que montáramos juntos. Te
lo he negado, pero tenía miedo.
—¿Miedo?
—Sí.
—No entiendo, Jack.
—La gente sufre por amor, Sadie. A diario.
—Jack, el amor no duele.
Pero él no opinaba lo mismo y negó con la cabeza.
—No, Jack. Duele el desamor, la mentira, el engaño. Pero no el
amor.
—Tampoco quiero comprobarlo, por eso te evito. No quiero caer en
esa trampa, no quiero volverme dependiente emocionalmente de
alguien.
Arqueé una ceja.
—Pero eso no tiene por qué suceder. Se puede tener una relación
sana perfectamente.
No sabía qué decirle, no me esperaba para nada aquella confesión.
—Por eso insistía tanto en lo de la exclusividad. No quiero que la
tengamos porque no puedo ofrecerte lo que buscas a nivel
sentimental.
Sonreí.
—¿Quién te ha dicho que yo esté enamorada de ti?
Entonces guardó silencio.
—¿No lo estás?
—Pues no —Me encogí de hombros.
—Vaya…
—Jack, que todas las mujeres vayan detrás de ti no significa que yo
también vaya a hacerlo.
—Pues te recuerdo que me acabas de besar.
—Sí, pero eso no significa que esté enamorada. A veces pasa de
repente, otras el amor necesita crecer a fuego lento.
—¿Cuál es nuestro caso?
—El segundo, creo.
Jack sonrió.
—Estás pirada. Lo sabes, ¿verdad?
Me reí y di un pequeño puñetacito en su pecho de acero.
—Así que la boda seguirá siendo ficticia —comenté.
Jack asintió, aunque su expresión parecía un poco triste.
—Me temo que sí.
—Bien —dije tras fruncir los labios.
—Pero prefiero atrasarla un mes más.
—¿Cómo? ¿Por qué? —pregunté sin comprender.
—Necesito que mi tío Nelson se crea todo esto.
Me quedé callada unos instantes. Quizá tuviera razón, al fin y al
cabo, era él quien conocía a su tío, no yo.
—¿Estás seguro?
—Sí. Ya has visto que he encargado una silla de montura para ti.
—Sí —le dije sonriendo.
Entonces, como por instinto, acaricié el dorso de su mano con mis
dedos.
—Creo que conectamos bien, hay química. Pero, Sadie…
—Ya me lo has explicado, Jack. Huyes del amor, del compromiso y
no repites nunca con la misma mujer.
—Eso último no lo he dicho.
—Pero sé que es cierto.
Claro que era cierto. Jack Foreman era ese tipo de hombre. De
piedra, de hielo, con fuego en su interior, pero siempre indemne a
sus propias llamas y a las de los demás.
—¿Amigos? —me tendió su mano llena de tinta.
Titubeé un poco. ¿Podía ser su amiga sin que creciera lo que sentía
por él?
Lo intentaría.
—Amigos. Pero que sepas que me parece absurdo todo esto.
Jack bufó.
—Podremos superarlo, Sadie —dijo entonces poniéndose en pie—.
Vayamos al baño, curaré el rasguño.
—No importa, puedo hacerlo yo.
—Pero…
—Jack, puedo hacerlo yo. Ahora no quieras quedar bien. ¿Crees
que me impresionas? Tienes el ego algo subido. Solo eres un
cowboy más, Jack.
Estaba molesta a pesar de haber claudicado, y con esas últimas
palabras conseguí que Jack se marchase de la habitación.
Sabía perfectamente lo que me esperaba. Quizá ya no me evitaría
tanto como antes, pero sabría que estaría con otras mujeres a pesar
de lo que me había dicho aquella mañana.
Tuve entonces la necesidad de hablar con Gigi, ella daría luz a esa
oscuridad en la que me acababa de sumergir.
20
Jack

Me sentía ligero, liberado, como si me hubiera quitado un peso


de encima.
Si me hubieran dicho aquella mañana al despertar que horas
después le confesaría a Sadie que me gustaba lo suficiente como
para tener miedo a sentir, no me lo hubiera creído.
Fue un cúmulo de sensaciones que, adivina, no supe ordenar en
mi interior.
Siempre había sido muy práctico en cuanto a eso, porque nunca
me había permitido llegar a sentir demasiado por nada ni por nadie.
Bueno, pasión por mi trabajo sí sentía, y mucha.
Pero no sabía en qué momento había aparecido una rendija en
mi pecho por la que se había colado la cara dulce de Sadie y las
ganas de besarla cada vez que la veía.
Eso que sentía era muy fuerte, tanto, que no sabía cómo ni por
qué, se lo había confesado.
No sabía si era amor en sí, si podía hablar del verbo querer o
amar, pero sentía cosas por ella, y todas eran buenas.
Todas menos el miedo, que me atenazaba por dentro y me hacía
tener aquella actitud de mierda.
Haber tenido esa conversación me había servido para muchas
cosas, algo que yo no imaginaba.
Después de eso pensaba que había estado haciendo las cosas
horriblemente mal.
Eso de no hablarle a alguien o evitarle solamente por lo que nos
despierta en nuestro interior, es bajo. Y no está bien.
No sabía que soltarlo, verbalizarlo y hacerlo real y tangible, me
iba a servir para serenarme y tener las cosas más claras.
Ahora sabía que Sadie era algo más que la otra parte del
acuerdo.
Que me importaba como mujer, como compañera de vida.
Que me excitaba hasta decir basta.
Me gustaba la suavidad de su pelo, cómo besaba y la dulzura de
su voz.
Su terquedad y valentía para hacer cosas que nunca había
hecho a solas.
También me había dado cuenta de que podría enamorarme por
primera vez, y que era ella a la que mi corazón había elegido.
Uno no elige lo que siente, pero sí decide actuar o, por el
contrario, dejar las cosas como están, independientemente de los
motivos que tenga para hacer una cosa u otra.
Yo decidí dejar las cosas tal cual estaban.
Con aquella conversación había matado dos pájaros de un tiro:
dejar de mentirme a mí mismo respecto al tema y darle a Sadie una
explicación del por qué me estaba comportando como un tarugo.
No obstante, todavía estaba a tiempo de parar el huracán que
había nacido dentro de mí cuando la tenía delante para que no
causara ningún tipo de desperfecto.
O eso creía.
Así que, aunque me sentía mejor y sabía que actuaría con Sadie
con bastante más naturalidad que antes, seguía adelante con mi
plan.
Sonaba egoísta, pero quería ganar aquel rodeo para tener mi
propia tierra y convertirla en mi medio de vida: mi propio rancho.
No dependería del beneplácito de mi tío Nelson, ni tampoco del
plan que había urdido junto a Sadie.
Había firmado, sí, y le había recalcado que tenía mi palabra.
Pero ¿acaso ella no había estado a punto de echarse atrás?
Al menos, eso me dijo cuando estaba enfadada.
¿Es malo el egoísmo? ¿Suena tan feo decir que quería alejarme
de ella y que ganar aquel concurso era mi medio?
Seguramente, sí.
Seguramente seguiría comportándome como un imbécil, pero no
sabía ser de otra manera y sé que esta última frase de mierda no
justifica el comportamiento que tenía.
Cuando volví a faenar en el rancho corté leña sin cesar.
Sudando, manchándome de tierra, haciendo nuevos callos en las
palmas de mis manos.
Un resquicio de rabia pugnaba todavía de mi pecho, y venía del
sentimiento de impotencia que aparecía al pensar que me había
podido la debilidad al permitir que mi corazón latiera de aquella
forma por ella.

Aquella mañana Sadie decidió descansar. Yo quería curarle la


mejilla, supongo que por compensar lo que acababa de decirle.
Que fuéramos amigos, le había pedido.
Ja.
No me lo creía ni yo. Pero, escucha, en aquel momento estaba
súper convencido.
—¿Cómo está? —me preguntó Dick. Venía secándose las
manos con un trapo.
—Bien. No ha dejado que le cure la mejilla. Hemos estado
hablando y hemos dejado claras las cosas.
Omití lo que me había hecho sentir aquel último comentario que
había salido de su boca, eso me lo guardaba para mí.
Dick asintió con la cabeza.
—¿Y bien?
—Seremos amigos —contesté bajando la voz.
Dick sonrió, aunque no supe descifrar de qué forma.
—¿Qué?
—Tú mismo.
—¿Qué quiere decir eso?
—Os gustáis, no entiendo nada.
Aquello me molestó, me daba absolutamente igual que me
entendiera o que no. No tomaba las decisiones para que nadie me
entendiera.
—Con entenderme yo, me sobra.
—Muy bien —dijo Dick casi en un murmuro.
Suspiré y quise cambiar de tema.
—¿Cómo va el tema de las reses? —le pregunté. Sabía que una
de las vacas estaba a punto de parir y Dick era el veterinario del
rancho.
—Queda muy poco, puede suceder en cualquier momento.
Asentí con la cabeza, tranquilo y contento a partes iguales, pues
sabía que mis animales no podían estar en mejores manos.
—Bien, avísame con lo que sea.
—Claro.
—Luego nos vemos.
Me fui de aquella parte del rancho en la que las reses campaban
a sus anchas y me dirigí a los establos.
Sabía exactamente lo que necesitaba: mi dosis de equitación.
Me sentía un poco ansioso todavía, pero aun no alcanzaba a
comprender que aquel estado cesaría solamente cuando me
proporcionara a mí mismo aquello que mi interior estaba anhelando.
Mientras, estaría poniendo parches, utilizando cosas que
también me hacían feliz para paliar esa sensación, pero sin éxito.
Varios relinchos se escucharon dentro del establo cuando entré.
Era la magia de los caballos, esa que pocas personas saben ver y
que tiene que gustarte mucho para poder apreciarla.
Ellos saludaban, se alegraban de verme a pesar de no ser yo
quien los montara o que todos y cada uno de ellos no fueran mi
montura predilecta.
Aun así, cada uno era especial a su manera y tenía algo único.
Tal y como pasa con las personas.
El habitáculo en el que estaba Trueno se encontraba al final del
establo, en uno de los últimos, antes de llegar al extremo de la
construcción, en el que un montón de paja fresca esperaba a ser
utilizada.
Relinchó y movió la cabeza de un lado a otro, mirándome.
—Hola, chico —susurré acariciándole el hocico, el cual acercaba
a mi rostro.
Trueno intentó morder de forma cariñosa una de mis orejas y me
hizo reír.
Aquello me costó entenderlo durante un tiempo, al principio me
asustaba mucho, pues siempre creía que me arrancaría media cara
o algo así.
Después entendí que era su forma de expresar el amor. Porque
hasta el ser más tozudo, alberga sentimientos.
No obstante, su rebeldía y su carácter alejaba a los demás.
Aunque solo hacía falta alguien que entendiera que tenía demasiada
personalidad, que no se dejaría domar tan fácil y que no había
nacido para ser domesticado al cien por cien.
De alguna manera, yo me sentía reflejado con aquel caballo.
Supongo que por eso habíamos firmado una tregua y solo a mí me
dejaba galopar con él.
—¿Te apetece correr? —le pregunté.
Trueno respondió pegando una coz a una de las paredes del
habitáculo.
Sonreí.
—Así me gusta.
Realmente era la señal que estaba esperando, y Trueno nunca
me dejaba en la estacada.
Me había costado que fuéramos amigos, pero una vez lo hube
conseguido, ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Ni para él, que había conseguido el saber estar perfecto.
Ni para mí, que me daba exactamente el límite de adrenalina que
necesitaba en cada momento.
Di un par de palmadas cariñosas en su rostro y corrí el cerrojo de
la puerta para abrirla.
Trueno salió un poco acelerado, pero sabía calmarse estando
dentro del establo.
Cogí la montura y todo lo necesario para cabalgar fuera, y
salimos al exterior.
Relinchó, contento, una vez la brisa nos rozó la piel suavemente.
Coloqué las riendas y Trueno se quejó.
—Eso no es lo que habíamos hablado —le dije con guasa.
Alzó las patas delanteras hacia arriba en señal de protesta
cuando puse la silla sobre su lomo, pero me dio lo mismo.
Esperé paciente a que volviera a estar medianamente tranquilo.
—Shhh —susurré acariciando su cabeza, acercando la mía a él.
Pasé la palma de mi mano derecha por su lomo, paciente, con
cariño.
—Voy.
Subí a él y Trueno volvió a alzarse, dejando todo el peso en sus
patas traseras.
Lo hacía siempre, era su protesta, pero yo ya sabía cómo actuar
y no osé soltar mi agarre.
Trueno volvió a tener las cuatro patas apoyadas y paseó,
intranquilo, formando un gran circulo por el lugar.
Me negaba a usar espuelas que pudieran hacerle daño. Nunca
las había usado con él, por lo que cuando lo domé o, digamos, hice
el intento, me caí demasiadas veces.
En una de ellas incluso me rompí la muñeca por caer con todo
mi cuerpo sobre mi mano y hube de llevarla escayolada algún
tiempo.
Pero había merecido la pena.
Tenía al caballo más bravo, más grande y más rápido del rancho
y, si me apuraba, del condado.
—Ahora sí, Trueno. Corre —dije apretando las piernas contra él
y zarandeando las riendas.
Velocidad.
El viento impactaba contra mi cara de forma furiosa, algo que
disfrutaba.
Adrenalina.
Trueno era alto y grande, y mi trasero se levantaba de la montura
en su carrera.
Me atreví a soltar mi agarre y abrir los brazos a los lados, en
forma de cruz.
Euforia.
Cerré los ojos y disfruté de aquellas sensaciones.
Esas que solamente sentía en una ocasión diferente: cuando
Sadie intentaba domarme a mí.
21
Sadie

Agarré suavemente la cortina con mi mano derecha. Me sentía


una completa espía en aquel lugar, desde la ventana, observando,
seguramente sin ser vista, la actividad del rancho.
Estaba dolida, mustia. Me costaba entender qué le pasaba a
Jack por la cabeza y por el pecho, pero aquello no era ninguna
novedad.
Todavía sentía mis piernas como gelatina después del susto que
había pasado con Raya. Debí saber que le tenía pavor a los perros.
No había sido culpa suya, ni tampoco mía, pues podría no haber
pasado nada y haber disfrutado de la experiencia. Imaginé que eran
cosas que sucedían, sin más.
Ser amigos…
Puse los ojos en blanco al recordar aquellas palabras.
¿Amigos?
Nos llevábamos bien, habíamos follado y parecía que nos
entendíamos también en aquel término.
Pero el maldito cowboy le tenía miedo al compromiso y después
de mirarme de aquella forma, como si fuera su tesoro más preciado
para proteger, me decía que mejor sería que fuéramos amigos.
Gilipollas.
Una oleada de rabia reptaba por mi pecho cada vez que lo
pensaba.
No me parecía justo y estaba harta de seguirle el juego y de
esforzarme en algo que parecía que no podía ser por mucho que me
empeñara.
Gigi seguramente me abofetearía por pensar así, pero me
encontraba cansada y me parecía absurda mi presencia en aquel
lugar.
¿Y si renunciaba?
No, lo habíamos firmado y nos habíamos dado nuestra palabra.
A los dos nos beneficiaba aquel acuerdo, pero ¿era sano seguir
con aquello, aunque me costara mi salud mental?
Ahí estaba él, montando aquel caballo desbocado, a lo lejos.
Incluso con tanta distancia por delante lo reconocía. Le había
visto montar muchas veces desde que le conocía.
No sabía qué me sucedía con aquel vaquero, ni qué estúpida
obsesión se había adueñado de mi cabeza desde la primera vez
que lo vi.
Tenía algo demasiado atrayente, algo a lo que de momento
seguía siendo indemne, aunque no sabía por cuánto tiempo.
Quizá era esa rebeldía, esa fuerza para no caer a los pies de
nadie de buenas a primeras.
No lo sabía, pero necesitaba descubrirlo para actuar.
Mi teléfono móvil sonó y respondí sin ni siquiera mirar de quién
era la llamada entrante.
—¿Sí?
—Sadie.
La voz de Gigi sonó alarmada en el otro lado de la línea.
Debíamos tener telepatía, aquella mañana la necesitaba
demasiado para que me diera un poco de luz, para desahogarme,
para que hiciera de guía en aquel camino en el que me encontraba
demasiado perdida.
Pero me había puesto a mirar por la ventana y ni siquiera había
cogido el teléfono para llamarla.
—Gigi, ¿qué pasa? —le pregunté.
—Eso me gustaría saber a mí —me dijo.
—No entiendo.
—Estoy en la tienda. ¿Dónde estás? ¿Ha pasado algo?
—Oh, Dios… es cierto, no he ido a la tienda. No iré hoy.
—Vaya, ¿no tienes nada que hacer? Qué bien vives, hija.
No sonreí ante aquel comentario.
—No, no es eso, Gigi.
—¿Entonces? No me digas que mi intuición no ha fallado y sí ha
pasado algo.
—Bueno, no me apetece ir hoy, eso es todo.
—Mentira.
—No.
—Mentira cochina, Sadie.
—Te digo que no.
No quería preocuparla con el accidente del caballo, pero sí
necesitaba hablar con ella de la última conversación que habíamos
tenido Jack y yo.
—Nunca has faltado a la tienda, ni siquiera cuando tenías gripe y
cuarenta de fiebre.
—Lo sé.
—Porque así de loca estás.
—Ya.
—Así que tiene que pasar algo grave o extraño para que no
vayas.
Resoplé y Gigi me escuchó.
—Habla.
—He decidido montar a Raya sola.
—¿Cómo? ¿Jack no estaba contigo?
—¡Gigi, no me jodas!
—Tía es que eres una negada para la vida en el rancho,
perdona.
—No, es que todo el mundo cree que no puedo hacer nada aquí
sin que ese estúpido cowboy esté pegado a mí como una lapa.
Gigi guardó silencio unos segundos.
—¿Ha… pasado algo? —preguntó al fin.
—Sí, Gigi. Que por más que lo intente no lo entiendo y no lo voy
a hacer. Y, mira, ya no estoy tan segura de querer seguir adelante
con el acuerdo.
—¿Qué estás diciendo?
—Lo que oyes.
—Estás nerviosa. Voy para allá.
Y sabía que lo decía en serio.
—No, Gigi.
—¿Por qué?
Era cierto. ¿Por qué? ¿Por qué no podía venir si la necesitaba?
¿Podía parar ya de ser idiota? Aquella era mi casa, al menos por
el momento. Así que tenía todo el derecho a invitar a mi mejor
amiga.
—Es verdad, no lo sé. Tengo la cabeza hecha un lío.
—Envíame la dirección y cojo el coche.
—¿Hoy no trabajas?
—No, libro dos días en el hospital.
—Vale, ahora te mando los datos.
—De acuerdo. Hasta ahora. Te quiero, Sadie.
—Y yo a ti.
22
Gigi

Solía ser muy práctica, al menos aquello era lo que me decía todo el
mundo.
La situación que estaba viviendo mi mejor amiga era para libro de
principio a fin, y yo notaba que comenzaba a afectarle.
Sadie era muy responsable, nunca había faltado a nada relacionado
con sus estudios o su trabajo. Jamás.
Ni con fiebre, resaca o cualquier cosa.
Así que cuando me había presentado en su tienda con un trozo de
pastel de zanahoria y un par de vasos de té matcha para llevar y
había visto que estaba cerrada, algo malo me olí.
Y acerté.
Sadie debía encontrarse alicaída o algo peor si había decidido no ir
a trabajar, por eso supe que me necesitaba sin que ella me lo
hubiera pedido.
Si Mahoma no iba a la montaña, sería la montaña quien se acercara
a Mahoma.
En ese caso la montaña sería yo, y no pensaba dejar que mi
Mahoma se derrumbara por ese estúpido de Jack Foreman.
Podía estar muy bueno y todo eso, pero de coco tenía demasiado
poco para tratar de rehuir así a Sadie por el motivo que fuese.
¿Estaba loco o qué? Sadie no era ningún juguete y, si tenía que
demostrárselo yo misma, lo haría.
Mi amiga no tardó en enviarme la ubicación del rancho de Jack en
Nashville, por lo que me di la vuelta y deshice mis pasos hasta mi
casa, donde tenía el coche aparcado.
Había decidido ir a la tienda dando un paseo y comprar de camino
aquel tentempié, el cual dejé en el asiento del copiloto del automóvil
una vez me vi dentro de él.
Puse el navegador del teléfono a funcionar y emprendí mi camino
hacia aquel famoso rancho.
Era uno de los mejores del condado, por cierto, casi tanto como el
capataz que llevaba las riendas del lugar: Jack.
Por lo visto, era un muchacho mujeriego y libre como el viento que
no se dejaba engatusar con nadie.
Y aquello no lo decían las malas lenguas, que seguro también
hablaban del cowboy, sino yo misma, a raíz de todo lo que Sadie me
había ido contando.
Así que era de entender que me sentía en la obligación de pisar
aquel lugar y otear la situación.

Nada más salir del centro de la ciudad, el paisaje fue cambiando y la


vegetación siendo predominante.
Hacía un buen día y lo agradecí, si hubiera llovido me hubiera
costado horrores llegar hasta allí, pues era un camino que no
conocía, y el mal tiempo no hubiera ayudado en absoluto.
Sadie llamó a mi teléfono en aquel momento. Suerte que llevaba
conectado el manos libres y la pantalla con el indicador del gps no
desaparecería de mi vista.
—Gigi, ¿estás de camino?
—Sí, estoy conduciendo hacia allí —contesté, y viré el volante a la
izquierda—. Oye, estos caminos son bonitos.
—Sí, la verdad es que sí —contestó Sadie, inundando con su voz el
vehículo.
—He comprado pastel de zanahoria y té matcha —le dije.
—No deberías haberte molestado, aquí hay de todo.
Sonreí.
—Lo sé. Bueno, lo imagino. Jack Foreman debe ser un excelente
anfitrión, pero lo había pillado de camino a tu tienda.
—Ah, vale.
—Por cierto, ¿está al tanto de mi visita?
—No, está trabajando en el rancho. No he vuelto a hablar con él
después de nuestra última conversación.
Me quedé callada y miré por el espejo retrovisor central.
—Mejor —contesté a Sadie—. El factor sorpresa siempre viene
bien.
—¿A qué te refieres? Gigi, no sé lo que estás pensando, pero, por
favor, no la líes.
—¡No estoy pensando nada!
Y era cierto. Quería trazar un plan si el vaquero se ponía tonto, eso
era verdad, pero todavía no había pensado nada.
—Te conozco.
—Lo sé, pero te prometo que no he pensado nada. Solo voy a verte
a ti, creo que necesitas ese pastel con urgencia.
—¿Es de la pastelería de siempre?
—¿De cuál, sino?
Sabía que estaba sonriendo al otro lado de la línea.
Fue entonces cuando vislumbré un gran cercado negro.
—Sadie, te cuelgo, estoy a punto de llegar.
—Vale, cualquier trabajador te dirá indicaciones.
—De acuerdo, hasta ahora.
Colgué la llamada y paré el motor frente a aquella gran puerta
negra.
El destino era caprichoso, me hacía cargo, pero todavía, ni siquiera
yo misma, me imaginaba cuánto.
La búsqueda del amor es poderosa, y su poder puede irradiar a
todas partes, incluso hacia donde nunca nos imaginaríamos.
23
Dick

Un coche que nunca había visto apagó su motor en el otro lado


del cercado.
Entrecerré un poco los ojos para enfocar mejor, pues lo cierto es
que me encontraba algo lejos para dilucidar a la perfección de quién
podía tratarse.
Me acerqué, aunque no tenía mi mejor aspecto ni de lejos.
—Hola, ¿se te ha averiado el coche o algo así? —pregunté
desde el interior.
Se trataba de una muchacha con el pelo oscuro, el cual llevaba
sujeto en una cola baja. Sobre la cabeza, un sombrero de color rosa
bastante aceptable.
Pantalones tejanos y chaqueta corta a juego. Un top del mismo
color que el sombrero bajo la tela de la chaqueta, el cual dejaba al
aire la zona del ombligo.
Gafas de pasta que la hacían parecer sacada de una película de
chicas peligrosas.
Tragué saliva.
No había visto una chica tan guapa nunca, y no sabía quién
podía ser.
Ella arqueó las cejas ante la pregunta que acababa de hacerle y
yo olisqueé a mi alrededor con disimulo.
Me había pasado la mañana entre las reses, seguramente olía
como ellas, y mi camiseta estaba manchada de tierra y otras cosas
referentes a los animales que no comentaré en este momento, se
supone que es una escena en la que va a darse una primera toma
de contacto.
—¿No puedo visitar este rancho sin que necesite ayuda de
alguno de los cowboys que trabajan aquí? —me preguntó a su vez,
poniendo los brazos en jarras.
Soberbia…
Interesante.
—No, no he querido decir eso —le dije enseñándole las palmas
de las manos.
Ella las miró. ¿Estaban sucias?
«Perfecto, Dick, has empezado genial».
—Oh —dijo.
Sus labios dibujaron un circulo perfecto y no pude evitar fijarme
en ellos.
—Aun así, ¿puedo ayudarte en algo? —insistí.
—Si pudieras abrir esta puerta y que entrase, te lo agradecería.
¿Entrar? No podía dejar entrar a cualquiera. ¿Quién era aquella
chica?
—El dueño se mudó a la ciudad, pero quizá estés buscando a
Jack Foreman, el capataz —le dije.
Ella sonrió.
—Lo cierto es que no lo buscaba a él, pero creo que me
agradará verle.
Aquella respuesta me pareció un poco extraña, aun así, la creí.
¿Por qué habría de mentirme? Pero ¿si no buscaba a Jack, a
quién deseaba ver?
Suspiré, indeciso.
—De acuerdo, le avisaré.
—Ábreme y paso dentro el coche.
—Puede hacerlo cualquier trabajador —le dije al tiempo que
sacaba las llaves del bolsillo de mi pantalón de trabajo y accionaba
la cerradura con un click para que la puerta se abriera de forma
automática.
Por fin la tuve delante sin barreras de por medio.
Era todavía más guapa de cerca.
—¿Crees que voy a dejarle las llaves de mi coche a cualquiera?
Levanté una ceja.
—Es lo que hace todo el mundo — contesté como si aquello que
era tan obvio para mí, también debiera serlo para ella.
—Me ha costado demasiadas guardias en el hospital pagar el
coche, vaquero.
—Me llamo Dick —le recalqué, cambiando el tono a uno más
serio—. ¿Trabajas en un hospital?
Los modales de aquella chica distaban un poco de ser los
correctos. Aun así, ¿qué tenía que me llamaba tanto la atención?
—Encantada, Dick. Sí, soy pediatra en urgencias. ¿Puedo ver a
Jack?
—Ya te he dicho que iré a buscarlo, pero todavía no me has
dicho quién eres tú y para qué buscas al capataz.
Ella sonrió, pérfida.
—Digamos que… está haciendo algunas cositas que no debería.
Y alguien está saliendo afectado por ello.
—¿Cómo?
No entendía nada de lo que estaba diciendo.
—¡Dick! —exclamó entonces Will, quien venía corriendo hacia
mí.
—¿Gigi? ¿Por qué no me has avisado de que ya estabas aquí?
Sadie se acercó a paso rápido hacia la chica.
Así que eran amigas…
Pero quería ver primero a Jack. Aquella chica parecía de armas
tomar y no estaba seguro de que debiera llamar a mi mejor amigo.
—Dick, hola, ¿ya os conocéis?
—¿Conocernos? —pregunté extrañado. Por mí, encantado, pero
por desgracia todavía no tenía el placer.
—Sí, es Gigi, mi mejor amiga —dijo Sadie sonriendo.
—Menudo rasguño tienes ahí. Déjame ver.
Gigi cogió suavemente el mentón de Sadie y se acercó para ver
la herida de cerca.
—Es fea, ya lo sé.
—Tampoco mucho. Pero es un buen raspón.
Sadie suspiró.
—Así que tú eres la famosa Gigi.
—Creía que te había dicho que era pediatra en urgencias —
contestó ella.
Sonreí.
—Dick se refiere a que les he hablado mucho de ti —dijo
entonces Sadie.
Gigi sonrió.
¿Sabes ese momento en el que alguien te desarma sin decir
siquiera una sola palabra?
Bien.
Gigi me dejó sin balas con solo una sonrisa.
Lo que no sabía es que ella sería la pólvora para hacer cosas
que jamás me hubiese imaginado.
En ese momento hube de marcharme, una de las vacas me
necesitaba y Will me estaba esperando.
24
Sadie

—Esto es espectacular.
Gigi estaba maravillada con el lugar. La verdad es que no me
sorprendía, pues el rancho Foreman impresionaba a todo aquel que
lo visitase.
—Te lo dije —contesté.
Nuestros brazos estaban enhebrados el uno con el otro, y
caminábamos agarradas como si fuésemos inseparables.
Lo cierto es que así era, Gigi no podía ser una mejor confidente y
amiga, y agradecía a la vida por tenerla a mi lado.
—Ahora entiendo que tu cowboy quiera luchar tanto para conservar
esto.
—Anda. ¿Piensas que estar casado conmigo es librar una batalla?
—le pregunté. Acto seguido pellizqué su brazo.
—¡Auch! —se quejó ella—. No he querido decir eso y lo sabes.
Puse los ojos en blanco y sonreí.
—Ya lo sé, boba. Te has puesto muy guapa —comenté a propósito
de su aspecto.
Gigi movió la cabeza de un lado a otro, coqueta como ella era, y su
coleta oscura se movió al son de su cabeza.
—Normalita.
—Apuesto a que todos los vaqueros te han mirado al pasar.
Gigi chasqueó la lengua contra el paladar.
—Ahora que mencionas a los vaqueros… El muchachito rubio…
—Dick.
—Ese.
—¿Qué pasa con él? Es un encanto.
Gigi miró al frente.
—No, nada, es mono.
—¿Te has fijado en él?
Paré de caminar en seco. Solo faltaba que Gigi y Dick tuvieran algo
más que unas palabras para que mi vida terminase de ser
surrealista.
—¿Qué dices? ¡No! Solo me ha causado curiosidad, es quien me ha
abierto la puerta.
—Si tú lo dices…
Comenzamos a caminar de nuevo.
Pero yo sabía que no era cierto aquello que me había dicho, Gigi
era transparente como el agua y la conocía.
Dick había llamado de algún modo su atención.
—Bueno, ¿vas a contarme qué ha pasado?
Hice una mueca.
—Jack y yo hemos estado hablando.
—Ajá.
—Quiere que seamos amigos.
Ahora fue Gigi la que frenó sus pasos. De verdad, ¿no podíamos
pasear como personas normales?
—¿Qué?
—Me ha dicho que siente cosas… no sé. Pero que no sabe cómo
gestionarlo.
Gigi bufó.
—Será gilipollas…
—Shhh —Zarandeé su brazo, solo me faltaba que alguien nos
escuchara. Sería nuestro fin, el mío y de Jack, digo.
Gigi siempre terminaba saliendo ilesa de todas las movidas, yo no
sé cómo se las apañaba.
Quizá sería porque todo se la traía al pairo. Ojalá yo fuera igual que
ella en ese aspecto, pues era todo lo contrario y mi cabeza nunca
paraba de darle vueltas a todo.
—Pero ¿qué mierda de motivo es ese?
—Pues yo qué sé.
—¿Te estás oyendo? Te estás rindiendo.
Me puse seria.
—¿Rindiendo de qué, Gigi?
—Quedamos en que le enamorarías.
—¿Te estás oyendo tú ahora?
—Sí, porque tiene sentido.
—No, Gigi, no tiene sentido forzar las cosas, ni el amor ni nada.
—Pero ¿no ves que no has de forzar nada? Jack te ha dicho que
siente cosas por ti.
—Sí. Pero también me ha dicho que no quiere tener apegos con
nadie y tiene miedo a sufrir.
—¿Por qué le defiendes? ¿Acaso crees que tiene razón en eso?
¿Vas a hacerle sufrir?
—¡Claro que no! No le defiendo, pero me resigno a lo que me ha
dicho, sin más.
Gigi suspiró.
—¿Qué? —le pregunté.
—No puedo creer que renuncies a él así…
Puse los brazos en jarras.
—¿Vamos a pelearnos? —me dijo ella, con sus ojos fijos en los
míos.
—No, Gigi, no vamos a pelearnos, pero no puedo renunciar a algo
que nunca he tenido.
—Eso no lo sabes.
—¿Qué interés tienes en que esté con él? Porque estoy empezando
a cansarme de tu insistencia.
—¿Yo? Ninguno. Solo quiero que te hagas valer, que no te creas
cualquier cosa que te diga, porque está claro que te está mintiendo.
Arqueé una ceja.
—Ese cowboy está loco por ti y tú no lo ves.
—No le conoces, no lo sabes —le dije molesta.
No quería admitir que Jack sentía algo real y sincero por mí por si
me hacía falsas ilusiones, y porque sabía que todo lo que estaba
viviendo en aquellas últimas semanas, sería pagado por él y se
desvanecería dentro de un año.
—No, no lo conozco, pero voy a tener la oportunidad en breves
momentos —dijo Gigi.
Mi amiga se recolocó las gafitas que le daban ese aire sexi e
intelectual y miró al fondo, tras de mí.
Me giré entonces, y allí estaba él.
Y, joder, no podía estar más guapo a pesar de todo.
—Me habían dicho que tenemos visita, pero nadie me había avisado
de su atractivo —dijo cuando estuvo junto a nosotras—. Jack
Foreman.
Gigi paseó sus ojos de arriba abajo, observando.
Jack había extendido su mano para atrapar la de Gigi.
—Ginger —dijo.
—Mucho gusto —comentó Jack.
—Qué pena que no pueda decir lo mismo —dijo Gigi forzando una
sonrisa.
—¿Cómo dices?
Le di un codazo a mi amiga.
—¿Qué? —me espetó.
—¿Ocurre algo? —preguntó Jack, confundido.
—Nada, no ocurre nada.
Pero Jack no pareció muy convencido.
—Sadie me ha hablado mucho de ti.
—¿Sí? Qué casualidad, Sadie también me ha hablado mucho de ti a
mí.
En ese momento sonrió. Y aquella sonrisa parecía sincera. Nuestras
miradas se cruzaron durante un instante fugaz, pero ese mínimo
contacto hizo que mi corazón galopara en mi interior.
—¿Sí? ¿Y qué te ha dicho?
—Mira, chaval, no quieras ahora ir de majo conmigo. Los dos
sabemos el lío que te estás haciendo, pero si piensas que puedes
jugar con Sadie como lo estás haciendo, es que no le tienes ningún
aprecio a tu po…
—¿Qué te parece si te quedas a pasar el día? ¿Eh? Te enseño todo
esto, los establos, conoces a la tía Marge. Creo que te llevarías de
lujo con ella. ¿Eh? ¿Qué me dices?
O frenaba a Gigi, o se comía a Jack con patatas. Y no en el mejor
de los sentidos.
Observé el rostro del cowboy, serio y confundido a partes iguales.
Gigi suspiró, me miró y asintió con la cabeza. Parecía calmarse por
momentos.
Así era mi amiga: de mecha corta que se apagaba rápido.
—De acuerdo.
—Te parece bien, ¿verdad? —pregunté a Jack, ganándome una
mirada reprobatoria de Gigi.
—Eh… claro, por supuesto. Le diré a Abigail que prepare todo.
—Muy bien.
Lo mejor sería que él se marchara y Gigi y yo siguiéramos nuestro
paseo por el lugar.
Y eso hicimos, caminar sin parar hasta llegar al río. Le enseñé todo
el paraje que envolvía el rancho Foreman y aquello sirvió para
calmarnos las dos.
—Entonces, ¿vas a echarte atrás con el contrato? —me preguntó
cuando emprendimos el camino de vuelta a la casa.
Me encogí de hombros.
—Me hace falta el dinero, pero admito que de poco me servirá en un
futuro si me lo tengo que gastar en psicólogos.
Hice una mueca y luego sonreí. Gigi imitó mi sonrisa.
—Ahí has exagerado —apuntó mi amiga.
—Sí, supongo que sí. Pero… no sé, estoy muy cansada
mentalmente de este tipo de situaciones. No le pillo, nunca he
terminado de entenderle. Quizá sí sea lo mejor que seamos amigos,
¿no crees?
Gigi rodó los ojos hacia arriba.
—Sadie, por favor… Lo que le hace falta a ese vaquero es ver que
no vas detrás de él como un perrito.
—¿Cómo?
—Sadie, todos los hombres son así. Cuando pases de él, él irá a ti.
Aunque te cueste.
—Pues ya me dirás cómo hago eso si vivo aquí y tengo que fingir.
—Usa la exclusividad.
—Explícame eso —dije poniéndome ante ella, muy intrigada por
aquello.
—¿Crees que él no ha estado con otras mujeres desde que estás
aquí? Es lo primero que te dejó claro que haría.
Aquellas palabras no me gustaron, me removieron por dentro y
causaron en mí una sensación incómoda.
—Bueno, ¿y qué?
—Haz lo mismo.
—Creo que no le importaría.
—¿No? Eso ya lo veremos. Te dije que le haría ver la realidad para
contigo, y creo que ya sé lo que voy a hacer. Solo necesito que
alguien más me ayude.
—Gigi…
—Confía en mí. Ahora, conozcamos a la famosa tía Marge.

Tía Marge soltó una carcajada estruendosa y Gigi rompió a reír junto
a ella.
Aquella presentación había sido todo un éxito, por no hablar de lo
agradable y divertida que fue la comida todos juntos.
Pensé en un primer momento que se haría algo difícil tras esa
primera toma de contacto entre Gigi y Jack, pero todo había
concurrido con normalidad.
—Ey, cowboy, ¿me das un cigarro? —Gigi se dirigió a Dick.
Dick la miró.
—Eh… claro, claro que sí.
Abrió la cajetilla de tabaco y sacó un cigarrillo para Gigi.
Se lo tendió y ella lo cogió de forma dulce.
Gigi era algo así, una mezcla rara entre dulzura y explosividad.
—Gracias, a Marge se le han terminado. Pero en el coche tengo un
par de paquetes, luego los cogeré.
—No hay de qué. Creía que las pediatras no fumaban.
—¿Y eso por qué?
Dick se encogió de hombros.
—Eres médico, sabes que es nocivo para la salud.
Gigi soltó una pequeña carcajada.
—Eso también lo sabes tú. ¿Verdad, Dick?
Dick frunció los labios, sabía que tenía palabras que le quemaban
en la boca, pero que no diría.
Efectivamente, no dijo nada.
Jack y yo nos retiramos a descansar, pero Gigi se quedó bebiendo
bourbon con tía Marge y Dick.

*
—¿Todo bien? —preguntó Jack.
Decidí ponerme cómoda y tumbarme en la cama. Aquel día había
sido uno de muchas emociones y me moría por echar una
cabezadita.
—Sí —le contesté, fingiendo totalmente que no me importaba nada
que estuviera relacionado con él en absoluto.
—Bien. Creo que a tu amiga no le caigo demasiado bien.
Le miré.
—Gigi es así, no se lo tengas en cuenta. Supongo que se habrá
dado cuenta de que me has estado mareando un poco. ¿No crees?
No dijo nada. Tragó saliva y agachó la cabeza.
—Supongo que sí. Si tú lo has vivido así será por algo.
Sonreí, aunque admito que me costó demasiado.
—Pero ahora todo ya está claro.
—¿Sí?
—Claro —contesté sin apagar mi sonrisa—. Amigos, Jack. Sin
ningún tipo de exclusividad, tal y como tú querías.
Se quitó la camisa y me obligué a apartar la mirada de su cuerpo.
Después hizo lo mismo con los pantalones para colocarse un
pantalón de pijama liviano y de color gris.
—Perfecto, Sadie.
Se tumbó en la cama, a mi lado y me dio la espalda.
—¿Vas a dormir?
—Sí.
—Vale, yo también.
Me tumbé como había hecho él y me di la vuelta, dándole la
espalda.
Sonreí, aquella vez de verdad, pues creía haber visto decepción en
su rostro.
Si Jack me había pedido eso, lo tendría, aunque tuviera que
tragarme las lágrimas.
No quería que aquello se convirtiese en la competición de a ver
quién ligaba más o nada por el estilo, pero le haría caso a Gigi y no
me anclaría en él a partir de ahora.
Ni en él, ni en su cuerpo de infarto, ni en su sonrisa perfecta.
Ni siquiera en su dulzura cuando se encontraba desinhibido.
Lo que estaba comenzando a sentir por él debía ir matándolo dentro
de mí poco a poco, o terminaría volviéndome loca.
25
Jack

Gigi me había puesto de vuelta y media en tan solo unos instantes.


Lo entendía, era su mejor amiga, y Sadie debía haberle estado
contando todo lo que había pasado entre nosotros desde que nos
habíamos conocido.
Las mujeres son así, no guardan ningún tipo de secreto unas con
otras.
Así que me jugaba el cuello a que Gigi sabía absolutamente todo.
No la juzgaba, tenía razón.
Quizá sí había jugado con Sadie, aunque no lo pretendía. Ese ahora
sí y ahora no podía haberle hecho daño y yo no me había dado
cuenta.
Cada vez estaba más seguro de que había hecho bien en pedirle
que fuéramos amigos, aunque por dentro siguiera teniendo aquella
batalla interior que me impedía estar bien.
Sadie me importaba, me importaba mucho, pero renunciar sin ni
siquiera saber cómo sería tener una relación formal, era lo mejor.
Sobre todo, para ella, porque yo ya me encontraba incluso perdido.
Intenté dormir y descansar, a pesar de que sabía que ella estaba
tendida a mi lado, de espaldas hacia mí, a escasos centímetros de
que nuestros cuerpos se rozaran.
Me costó bastante, pero lo logré, y cuando lo hice, Abigail llamó a la
puerta y nos despertó.
Supe que era ella por su forma de tocar.
—¿Sí? —contesté con voz adormilada.
—Jack, Dick lo necesita en el rancho.
Parpadeé un par de veces, espabilándome, de pronto tenía
muchísimo sueño.
—¿Dick? —pregunté sin entender.
—Sí. El ternerito está a punto de nacer, le han avisado un par de
trabajadores.
Entonces sí abrí los ojos de golpe.
El nacimiento de algún ternero o caballo siempre era motivo de
celebración en el rancho.
—De acuerdo. Gracias, Abigail, bajo en seguida.
Sadie gimió, le molestaba mucho que la despertaran.
—Tranquila, puedes seguir durmiendo —le dije en un tono neutral.
—¿Qué ocurre fuera? —preguntó con voz adormilada —. Solo
espero que Gigi no la haya liado.
Solté una pequeña carcajada al tiempo que me cambiaba de
pantalón.
—No, tranquila, Dick me ha avisado de que un ternero va a nacer de
un momento a otro.
—¿En serio?
—Sí. Puedes bajar a verlo, si quieres.
Sadie se incorporó en lo que yo me ponía de nuevo la camisa.
—Sí, claro.
Cogí el sombrero del perchero que había al lado de la puerta de la
habitación y la miré con dulzura.
—Baja solo si no eres aprensiva.
La vi asentir y me marché de la habitación.

Dick, con la ayuda de algunos trabajadores, había metido a la vaca


en unos de los graneros.
Allí tenía todo lo necesario para encontrarse bien y tranquila.
A primera hora de la mañana ya había asomado la placenta, pero
habían sido horas después cuando Dick había tomado la decisión
de acompañarla hacia el granero, donde ella misma se había metido
para estar más tranquila.
Cuando llegué, las patas del becerro asomaban al exterior.
—Ey, ¿cómo va? Abigail nos ha avisado.
Gigi no se separaba de la vaca ni un solo instante y, para mi
sorpresa, el animal se dejaba acariciar la cara.
Estaba seguro de que se estaba apoyando en ella. Las vacas solían
dejarse ayudar mucho en los alumbramientos.
—Se ha enfriado —me explicó Dick.
Hice una mueca.
—¿Hay que intervenir?
—Creo que sí. Te estaba esperando.
—Actúa como consideres. En lo que te pueda ayudar, aquí estoy.
—Creo que tengo ya la ayuda organizada —comentó haciendo un
ademán con la cabeza, señalando a Gigi.
Sonreí, no sé por qué.
—Creo que Sadie bajará.
—Bien. ¿Me das esas cuerdas de allí? Vamos a sacar al ternero.
Obedecí a lo que Dick me pidió y entre los dos atamos y
enroscamos la cuerda alrededor de las patas traseras del pequeño
ternero.
La vaca mugió.
—¿Qué se supone que hacéis? —preguntó entonces Gigi.
—Vamos a ayudar a sacarlo —le contestó Dick.
—¿Atando al pobre animal? —dijo ella con el ceño fruncido.
—Los terneritos, aunque parece que no, pesan mucho, señorita —le
explicó Mike.
—¿Vais a estirar? —preguntó ella.
Yo asentí con la cabeza.
—¡Eso es violencia obstétrica! —exclamó ella.
—¿Qué es violencia obstétrica? —preguntó Sadie entonces.
Acababa de entrar al granero y todavía no había visto nada—. Oh,
dios mío…
Lo retiro, ya había visto la situación en la que estábamos.
Las cuerdas estaban atadas y decidimos proceder a estirar.
—Esto no va a salir bien… —murmuró Gigi.
—¿Confías en mí? —le preguntó Dick—. Porque hago esto más de
lo que imaginas.
Mi amigo estaba sudoroso y con la respiración agitada. Le
apasionaba tanto su trabajo como a mí. Su labor era salvar
animales, y sabía que no haría nada que pudiera perjudicar a alguno
de los míos.
Gigi no dijo nada, solo se limitó a asentir.
—Ven a mi lado, lo cogerás cuando esté fuera.
—¿Yo?
—Coges a niños recién nacidos, seguro que eres capaz —le dije yo
guiñándole un ojo—. Sadie, ¿todo bien?
Sadie asintió, aunque estaba un poco pálida.
—Bienvenida a la vida rural —le dije sonriendo.
Acto seguido, Mike, Will y yo comenzamos a estirar de las cuerdas.
La vaca caminó hacia delante y Sadie se acercó a ella,
acariciándole el lomo.
Había hecho exactamente lo que esperaba de ella: demostrar toda
la dulzura que llevaba dentro.
Sacar al ternerito costaba más de lo que habíamos imaginado, pero
mis trabajadores y yo tiramos de las cuerdas con todas nuestras
fuerzas, al tiempo que Dick apartaba la bolsa blanquecina en la que
iba envuelto.
Gigi contenía la respiración, observando sin cesar cada movimiento
de la criatura.
—¡Chicos, un tirón más! —exclamó Dick.
Dicho y hecho.
El ternero salió del todo y cayó en los brazos de Gigi, quien,
alucinada, lo observaba con brillo en los ojos.
Dick sonrió y la instó a arrodillarse para ponerlo en la paja.
—Lo has hecho muy bien —le dijo.
Gigi asintió, y ambos se apartaron cuando la vaca se dio la vuelta
para lavar a su bebé.
Sadie y yo nos miramos. Asentí con la cabeza, sonriendo, y ella hizo
lo mismo.

—¡Cerveza para todos! —exclamó el trabajador Mike, levantando un


botellín en alto.
Todos los demás le imitamos y después bebimos.
Carne a la brasa, aperitivos y una gran hoguera controlada en el
terreno del rancho.
Mi tío Nelson utilizaba siempre aquel lugar cuando había algo que
celebrar y, como ya he dicho, el nacimiento de cualquier animal del
rancho siempre era motivo de celebración, pues formaba parte de
nuestro sustento.
Fue en ese momento cuando los ojos de mi trabajador se cruzaron
los míos.
Se acercó a mí y yo contuve la respiración. Sabía perfectamente la
conversación que íbamos a tener, pero tampoco me apetecía
enfadarme.
—Jack, respecto al accidente de Sadie… —dijo.
Suspiré.
—Podría haberse hecho daño.
—Lo sé. Lo siento.
—Era tu responsabilidad.
—Le pregunté si tú estarías de acuerdo, pero ella me recordó que
su silla estaba ahí…
—Yo no tengo que estar de acuerdo en que ella quiera montar sola
o no. Yo no tengo que estar de acuerdo de forma obligatoria en las
decisiones que tome. No soy nadie para hacer eso.
—Es tu novia.
Me puse serio. Tragué saliva.
—Eso no implica que tenga que darle órdenes. La pareja no
funciona así —repliqué.
No sabía de dónde me había sacado eso, pero pensaba que era lo
que se debía hacer y cómo debía funcionar una relación
sentimental. Al menos, yo no sentía que tenía poder sobre Sadie por
el hecho de que sintiera cosas hacia ella.
Ella no era de mi pertenencia, ni yo tampoco de la suya.
—Sadie nunca había montado sola, tú le dabas directrices, Mike.
Era tu responsabilidad —añadí.
Mike agachó la cabeza, avergonzado.
—Lo siento mucho, Jack. Un perro se cruzó en su camino,
perseguía a un pájaro…
—Debiste advertirle que Raya le tiene pánico a los perros.
—Le dije que debía tener en cuenta que la yegua podía tener
reacciones inesperadas, pero no caí en especificarle lo de los
perros. Una vez más, lo siento.
Le palmeé la espalda con la mano.
—Por suerte, todo ha quedado en un susto.
—Sí —dijo en un hilo de voz.
—Ve a celebrar con los demás.
Mike cogió con sus dedos el ala del sombrero e hizo una pequeña
reverencia con la cabeza. Después se marchó.
Miré en derredor. Los trabajadores festejaban, tía Marge andaba de
aquí para allá con algunos de ellos, Dick y Gigi conversaban un
tanto apartados y Sadie estaba cerca de la hoguera. Portaba un
botellín de cerveza en su mano derecha y estaba sentada sobre un
neumático de tractor gastado.
Me acerqué a ella y me senté a su lado.
—Hola.
—Hola —me contestó, mirándome. Después se frotó las manos.
La primavera había llegado al rancho con un sol radiante por las
mañanas, pero las noches seguían siendo frías.
—¿Tienes frío?
Negó con la cabeza.
—La hoguera es potente —dijo.
Asentí.
—¿Lo estás pasando bien?
—Mirando cómo esos dos hablan de no sé qué cosas, claro, por
supuesto —dijo con ironía y una sonrisa.
Me contagié de ella y sonreí también.
—¿Vas a seguir teniendo conmigo esa actitud de hielo para
siempre? —le pregunté entonces.
Ella hizo una mueca.
—¿Actitud de hielo? No todos somos como tú, Foreman —dijo.
Después dio un trago a su cerveza.
—Pues te noto distinta.
Dijo que sí con la cabeza y se encogió de hombros.
—Solo me comporto como creo que debo hacerlo. Somos amigos,
¿no?
—Así que, te vas a vengar de mí, ¿no es eso?
Ella sonrió.
—No, Jack, solo acepto la situación, aunque no esté de acuerdo.
Suspiré y me llevé el botellín a los labios.
—Me gustaría que algún día lo entendieras —murmuré.
—¿Algún día entenderás tú que el amor no duele, Foreman?
La miré a los ojos. Las llamas se reflejaban en ellos y nunca la había
visto tan guapa como en ese instante.
No sabía si comprendería lo que me pedía alguna vez, pero ya daba
por hecho que estaba conociendo el amor, pues tenía a Sadie
delante.
Tenía claro que lo que sentía por ella o cuando la tenía cerca jamás
lo había sentido por nadie, nunca me preocupé por los sentimientos.
Lograba dejarlos apartados en algún lugar de mi interior del que no
tenía un mapa para llegar.
Pero ahora… ahora no sabía qué hacer con ellos porque se habían
vuelto incontrolables.
—No lo sé —le contesté.
—Ni siquiera lo has intentado —me dijo.
Tenía razón, ni siquiera lo había intentado.
—Todavía tengo un poco de fuerza de voluntad para tomar
decisiones en cuanto a eso —le confesé.
No podía apartar los ojos de su mirada. Tragué saliva, estaba
luchando de manera feroz contra mis instintos.
Aun así…
Agarré suavemente su nuca y atraje un poco su rostro hacia el mío.
Nuestros labios estaban a apenas unos centímetros.
Si me acercaba un poco más podría besarla.
Entonces ella hizo algo inesperado: negó con la cabeza y apretó los
labios.
—No, Jack, los amigos no se besan en los labios —susurró.
Ahí me quedé, como a un niño al que le dan un caramelo para
quitárselo instantes más tarde.
—Lo siento —murmuré avergonzado.
—Lo sé.
Sadie se levantó y se marchó de allí, tocando de forma suave mi
nuca con la palma de su mano derecha al marcharse.
Me quedé solo ante el fuego, pero qué pequeña me parecía aquella
hoguera con la que yo tenía dentro del pecho.
26
Sadie

El día que encendimos aquella gran hoguera en honor al


pequeño ternero y su nacimiento, no fue el único que Gigi pasó por
el rancho.
Había hecho muy buenas migas con tía Marge y también con Dick.
Además, desde que me veía con otros ánimos, incluso le sonreía a
Jack de manera sincera.
Solía quedarse cuando libraba más de un día y lo cierto es que me
vino genial para acabar de adaptarme al rancho.
Jack y yo no habíamos vuelto a tener ningún tipo de acercamiento
salvo cuando dormíamos, momento en el que no nos quedaba más
remedio que, sin querer, rozarnos espalda con espalda al dormir.
No sabía lo que sentiría él, pero sí tenía claro lo que sentía yo. Y fui
sincera cuando aquel día le aclaré que no me vengaría de él. No
obstante, sí le daría a probar de su propia medicina, tal y como
estaba haciendo desde un tiempo a esta parte. Solo que él todavía
no se había percatado.
—¿De verdad no quieres que te espere? —le pregunté a Jack.
Habíamos quedado con Gigi y con Dick para cenar y tomar unas
copas después.
La verdad es que nos lo pasábamos muy bien los cuatro juntos, y
eso hacía que me evadiera un poco de cómo Jack quería que
hiciéramos las cosas desde hacía tiempo.
Ya sabes, eso de ser amigos y tal, aquella tontería tan grande como
un piano, pues estaba claro que los dos nos gustábamos.
Pero si era lo que quería, eso tendría.
—No, adelantaos vosotros. Acabo de llegar y no quiero asearme
con prisas —me contestó.
Era cierto, Jack estaba sucísimo de trabajar en el exterior, y
tampoco tenía por qué hacer las cosas corriendo.
—De acuerdo, lo que prefieras —le contesté retocándome los
labios, pintados de color rojo.
—¿Tú ya estás lista?
—Ajá. —Di un beso al aire para igualar el color en ambos labios y
me giré hacia él.
—Estás muy guapa.
—Muchas gracias, vaquero —contesté al tiempo que cogía mi
chaqueta tejana del perchero.
Me había decidido por un vestido corto y ajustado de color negro,
medias transparente y botas de cowboy. Para el frío, la chaqueta
tejana.
—¿Vas en tu coche?
—Oh, no, iremos Dick y yo juntos. Gigi nos espera allí.
—Muy bien.
—No tardes, hay hambre —le dije sonriendo, tocándome la barriga.
Jack se rio y yo me marché de la habitación.

—Gigi me da miedo —comentó Dick una vez estuvimos dentro de


su coche.
—¿Miedo? Creía que lo que te daba era gustito en el paquete.
Lo sé, la confianza con Dick con el paso de los días había
aumentado y éramos muy buenos amigos. Tanto, que perfectamente
le soltaba comentarios de ese tipo sin miedo a lo que pudiera pensar
de mí.
Dick me miró e hizo una mueca.
—Se hace la dura. Lo sabes, ¿verdad? —le recordé.
La puerta del cercado estaba abierta, y Will esperaba a que nos
marcháramos para cerrarla.
—Cuando esas palabras salgan de su boca, me lo creeré —
contestó él accionando el acelerador con el pie.
—¡Ey! Joder, creía que me iba a quedar aquí como una estatua
toda la noche.
Gigi, quien nos estaba esperando en la puerta del establecimiento,
me dio un abrazo a mí y otro a Dick, quien no dudó en posar su
mano sobre la cintura de mi amiga.
Iba preciosa, como siempre. Con un pantalón vaquero de color
negro, unas zapatillas azules y un top a juego. Para el frio, una
americana de color azul.
Incluso se había puesto un sombrero.
—¿Dónde está Jack? —preguntó entonces ella.
—Tardará un poco más, todavía tenía que ducharse —le aclaré.
—Bueno, ¿vamos entrando nosotros? —preguntó Gigi.
—Sí, está bien.
Habíamos elegido Clarke & Kate’s para aquella noche. Había leído
algunas reseñas en Internet acerca de los nachos con salsa que
servían y la buena música country en vivo que ofrecían todas las
noches.
Gigi nos guio hasta la mesa que habíamos reservado para las
cuatro y nos sentamos.
—Creo que este lugar pinta muy bien —comentó Dick oteando a su
alrededor.
—Nos os vais a creer quién actúa esta noche —dijo Gigi entonces,
la emoción era palpable en su voz.
—¿Quién? —pregunté yo, muerta de curiosidad, Gigi no se ponía
así por cualquier cantante.
—Billy Ray Cyrus —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡No fastidies! —exclamé súper contenta. Era uno de mis
cantantes favoritos y no tenía ni idea de que aquella noche actuaba
allí.
—¿Será verdad? —preguntó entonces Dick.
—Lo confirmaré en cuanto el camarero venga a pedirnos la
comanda —dijo Gigi ilusionada.
Efectivamente, tras pedir una cerveza artesanal para cada uno, Gigi
preguntó al camarero acerca de la actuación.
—Así es. Su actuación no estaba prevista hasta dentro de unas dos
semanas, pero la cantante que tenía que actuar esta noche tiene
faringitis y hemos decidido adelantar el debut de Billy Ray —explicó
el chico.
Gigi se frotó las palmas de las manos, ilusionada como ua niña con
zapatos nuevos.
—Muchas gracias —dije yo al camarero con una sonrisa.
—Esta noche promete —dijo Dick—. No es que me encante ese tío,
pero oye, no lo hace mal.
—¿Bromeas? —le pregunté incrédula—. Es el mejor.
—La noche prometerá cuando Sadie, por fin, se ligue a un tío y le dé
en las narices a Jack —dijo Gigi tras beber un trago de su cerveza.
Puse los ojos en blanco.
—Lo haré cuando quiera.
—Claro, claro, tú sigue guardándole el luto, que él ya liga por ti
cuando sale por las noches —dijo ella.
No voy a negarlo, aquel comentario me molestó a sabiendas de que
yo me imaginaba que él sí estaría teniendo encuentros con otras
mujeres.
Mi amiga fue mordaz, como siempre que algo no le parecía bien, y
su comentario me pareció hasta fuera de lugar.
—Como sueltes otro comentario parecido —le dije con bordería —,
me levanto y me marcho de aquí. Así os dejo solos, quizá deberías
ser tú la que pensase lo que está sucediendo en su vida las últimas
semanas, porque realmente es algo que no habrías de echar a
perder.
Gigi me miró tras sus gafitas de pasta, pero no dijo nada.
—No sé de qué me hablas.
Dick carraspeó.
—Si os vais a pelear… será mejor que me…
—Tú, calla —le dije a Dick. Después cogí mi vaso de cerveza y le di
un trago.
—Pues entonces os quedaréis sin escuchar mi plan de amoríos en
cuanto a Sadie.
—¿Qué plan? —pregunté, aunque lo cierto es que tampoco me
apetecía demasiado escucharlo después de aquel comentario.
Dick chasqueó la lengua contra el paladar.
—Y debería decíroslo antes de que el vaquero venga —insistió
refiriéndose a Jack.
Bufé y rodé los ojos hacia arriba.
—Estás deseando soltarlo. Adelante —dijo Dick cruzándose de
brazos.
Gigi se miró las uñas, haciéndose la interesante.
—Si insistes… Además, te interesa, es tu amigo y le vas a ayudar a
que se dé cuenta de lo que siente por Sadie.
Dick bufó.
—Pues ya me dirás de qué forma, porque se lo he dicho mil veces
desde que Sadie apareció en su vida.
Arqueé una ceja, estaba cansada del tema. Además, hablaban
como si yo no estuviera delante.
—Hola, estoy aquí, por si no os habéis dado cuenta.
—Acércate a ella. Tengo claro que si le haces creer a Jack que
estás interesado en ella, cederá y reconocerá lo que siente.
—¿Cómo? —preguntamos los dos al unísono.
—Eso es muy bajo, Gigi. Tanto, que de ti no me lo esperaba.
Además, Jack ya me ha dicho lo que siente, solo que no quiere
enfrentarse a ello.
—Lo que sea. No entiendo por qué te parece mal —dijo ella muy
serena, mirándome a la cara.
—No pienso hacer eso —dijo Dick. —No te ofendas, Sadie—
levantó las palmas de mis manos hacia arriba cuando se dirigió a mí
—, pero a quien me quiero acercar es a ti, y lo sabes perfectamente
— dijo tras mirar a Gigir de nuevo.
No me esperaba aquella declaración tan directa de Dick hacia Gigi,
pero por lo visto ella sí.
—¿Hay algo que me haya perdido? —pregunté.
—Ese no es el caso —dijo entonces Gigi—. ¿De verdad no vas a
hacer eso por tus amigos?
—Pero ¿tú te oyes? —le pregunté a Gigi indignada—. Una palabra
más y os quedáis aquí. Mira, así tenéis una cita a solas.
—Demasiado tarde, ahí viene Jack —comentó Dick—. Y a ti, ya te
vale, monada.
Gigi le remedó, haciendo una mueca con los labios.
—Benditos los ojos, Jack, creíamos que ya no venías —le dijo a mi
futuro esposo ficticio una vez estuvo junto a nosotros.
Jack sonrió y contestó:
—Uno no puede salir a cenar y a beber de cualquier manera, ¿no?

Las reseñas que había leído tenían más razón que un santo.
Efectivamente, aquellos nachos estaban la mar de buenos y casi
nos faltó chuparnos los dedos.
Unas cuantas cervezas después, Billy Ray Cyrus subió al escenario
y, por insistencia de Gigi, nos unimos a la marea de gente que
bailaba sus canciones con pasos country un poco imperfectos
gracias al alcohol.
Hacía mucho tiempo que no me reía así, ni me lo pasaba tan bien.
Incluso Jack y Dick se animaron y bailaron un poco.
Dick conmigo, Dick con Gigi…
Incluso Jack bailó con ambas.
¿Puedo decir ya que hasta eso hacía bien Jack Foreman?
¿Acaso había algo que hiciera mal?
«Por supuesto, chata: enamorarse. Eso se le da como el culo».
Aquella vocecita me recordó la realidad de nuestra situación a pesar
de que hubiéramos aprendido a llevarnos bien una vez me dejó
clara su postura.
Un joven me agarró de la cintura y me atrajo hacia él,
contoneándose al ritmo de la música de Cyrus.
Sonreí y bailé con él un par de canciones.
Comprendí que era el momento de mover mi ficha y ver la reacción
de Jack.
El chico era muy mono y tenía unos ojos azules preciosos. Tenía
una buena percha y se movía muy bien.
—Me llamo Henry —me dijo sonriendo, una vez Billy Ray se tomó
un tiempo de descanso.
—Encantada, mi nombre es Sadie —le contesté devolviéndole la
sonrisa.
Observé de reojo cómo Gigi y los dos cowboys volvían a la mesa
donde habíamos estado sentados.
—Bailas muy bien —me dijo.
—Gracias, hago lo que puedo después de unas cuantas cervezas —
comenté riéndome.
—¿Has venido con alguna amiga? —me preguntó.
—Sí, y con dos amigos —contesté.
La mirada de Jack me escocía en la nuca, sabía de sobra que tenía
los ojos puestos en nosotros, y la verdad es que no sabía muy bien
cómo sentirme al respecto.
—Qué guay —dijo el tal Henry. Parecía no saber muy bien qué
decir.
—Bueno, he de volver a la mesa, me están esperando.
Giré un momento la mirada y vi a Jack poniéndose de nuevo la
chaqueta. ¿Se marchaba?
—El concierto aún no ha terminado —colocó un mechón de mi
cabello rubio tras mi oreja —, ¿por qué no te quedas?
Sentí…
Nada.
Absolutamente nada.
Ni siquiera unas tristes cosquillas en el estómago.
Volví a girar mi cabeza hacia ellos. Jack había salido del local y Gigi
y Dick no sabían dónde mirar.
—No. Otro día, mejor. Mis amigos se marchan ya y habíamos
quedado en ir a otro lugar.
Henry suspiró.
—De acuerdo. Otro día, entonces —dijo resignado.
—Ha sido un placer —le dije con media sonrisa.
Me sabía mal rechazar su oferta, pero no me apetecía llegar a
quedarme a solas con aquel muchacho.
Amor con amor se pagaba, eso solían decir, pero yo me había
equivocado creyendo que sentiría algún tipo de satisfacción por
actuar de alguna manera que a Jack pudiera llegar a molestarle, o
simplemente como él sí estaría actuando a mis espaldas.
Y muchísimo menos llevaría a cabo el plan que Gigi nos había
propuesto. Llámame tonta, pero yo no concebía el amor forzado.
—Te han faltado piernas para salir corriendo del local, me he
quedado con ganas de una copa en otro sitio —le dije a Jack tras
cerrar la puerta de la habitación que compartíamos.
Cuando había salido de allí, a mitad del concierto, Jack se había
marchado en su coche. Yo volví al rancho en el de Dick después de
dejar a Gigi en su casa, tal y como habíamos hecho a la ida.
Jack estaba sin camiseta, con uno de aquellos pantalones de pijama
que insinuaban más que si no lo llevara puesto.
—Creía que ya tenías compañía para ello —contestó sin levantar la
vista del libro que estaba leyendo y que sostenía entre sus manos.
No alcancé a ver el título, pues colgué mi bolso y mi chaqueta del
perchero y cuando me giré Jack lo había guardado en uno de los
cajones de su mesita de noche.
—¿Celoso, Foreman? —le pregunté levantando las cejitas,
haciéndome la interesante, a sabiendas de que no tenía ningún
motivo para ello y, en el caso de tenerlo, él mismo se lo había
buscado.
Soltó una risotada, creyendo hacerme creer que no le importaba en
absoluto, aunque, con ese comportamiento, demostraba todo lo
contrario.
—Yo no tengo citas con hombres por los que no siento nada. Hace
mucho tiempo que no hago eso —le aclaré.
—No tienes por qué darme explicaciones —me dijo él.
—Tu comportamiento hace ver lo contrario, Jack.
Sonrió con la boca ladeada y se recostó en la cama, en silencio.
—Estaba cansado, simplemente.
—Ajá. Lo cierto es que te he visto muy animado bailando. Mucho,
hasta que ese chico se ha acercado a mí.
Jack bufó y me dio la espalda, tumbándose de lado.
—Apaga la luz cuando te cambies.
Sonreí para mí.
¿Y si Gigi tenía razón?
27
Jack
Durante aquella etapa de mi vida aprendí muchas cosas. Una de
ellas fue el poder de la empatía, el cual no recordaba haber
practicado demasiado a menudo.
Sentir eso que yo había hecho sentir a Sadie, recalcándole una y
otra vez que ella no sería la única en mi vida por mucho acuerdo
que firmáramos, había sido un poco miserable por mi parte.
Quizá no me podía hacer una idea de cómo ella estaba sintiendo
estar en la otra parte.
No, hasta que la vi con aquel chico.
El muy tonto ni siquiera se dio cuenta de que había bailado
conmigo o con Dick.
¿Y si realmente era mi novia?
Me mesé el pelo, intentando tranquilizarme. Acababa de llegar al
rancho después de haber salido de aquel local como alma que lleva
el diablo.
No podía ponerme así, Sadie no había hecho nada malo y, lo
más importante de todo: no me pertenecía.
Ninguna persona era dueña de otra y eso también tuve que
trabajarlo.
Llevaba muy bien llevar mi libertad por bandera, pero no que
Sadie lo hiciera.
Pasaba de mí, al menos eso me estaba demostrando las últimas
semanas, desde que le dejé claro que quería que fuéramos amigos.
Parecía que yo era la típica persona en esos momentos a la que
llamar “el perro del hortelano”, pues ni comía ni tampoco dejaba
comer a nadie.
Era horrible.
Me sentía mal por comportarme así, pero a la vez lo tenía como
una necesidad.
Me había molestado ver a otro tío agarrando su cintura,
haciéndola sonreír, colocando aquel mechón detrás de su oreja.
Tenía claro que ya no podía parar lo que sentía, ni tampoco
hacerlo desaparecer o cambiar mis sentimientos por otros.
Todo el mundo vio lo que Sadie provocaba en mí, menos yo.
Dick me lo avisó y yo lo negué en rotundo.
Hacía demasiados días que nada me satisfacía. Nada, salvo que
ella me dedicara una sonrisa.
No me había percatado, pero no había vuelto a tocar a ninguna
mujer desde algunas semanas a esta parte.
Salía, bebía, me encontraba con amigos, pero siempre volvía al
mismo sitio por las noches.
Allí donde estaba ella, durmiendo plácidamente, en mi cama.
No me molestaba en contestar los mensajes de la aplicación,
porque lo cierto es que no me importaban una mierda.
Me había dejado la piel en no sentir nada, en canalizar la
impotencia por no conseguirlo trabajando duro en el rancho, pero no
había servido de nada, porque cuando la vi reír con alguien que no
era yo y disfrutando, en cierto modo me dolió y llegué molesto a
casa.
Joder, sé que suena horrible y tóxico. Pero para tener una
relación sana conmigo mismo primero tenía que tener esa
conversación incómoda en mi propia cabeza en la que me paraba
los pies y me obligaba a poner en orden todo mi interior.
Y llegué molesto, como ya he dicho. Más conmigo mismo que
con ella, porque, al fin y al cabo, estaba haciendo su vida, igual que
yo la había hecho semanas atrás.
¿Acaso no era eso lo que le había pedido?
Era un imbécil, y ahora ya no podía hacer nada.

A la mañana siguiente, Sadie se despertó cuando yo lo hice,


poco antes del alba. No tenía que ir a la tienda hasta horas más
tarde, por eso me sorprendió.
Tenía los ojitos somnolientos cuando nuestras miradas se
encontraron.
—Buenos días —le dije.
Mi tono fue neutral, aunque más dulce que el de la noche
anterior.
Ella bostezó y se desperezó. Los pezones se le marcaban bajo
la camiseta que llevaba y aparté la mirada.
Se removió un poco.
—Qué escalofrío. Buenos días.
—¿Qué haces tan pronto despierta? —le pregunté sacando la
ropa del armario.
—Quiero montar antes de ir a la tienda.
La miré.
No había vuelto a hacerlo desde que se cayó de Raya, pero no
sería yo quien la desanimase con eso si tenía ganas.
—Me parece muy bien. Es estupendo, si te encuentras animada.
Ella sonrió.
—Sí. Nadie tuvo la culpa de eso y no quiero cogerle miedo. Me
gusta montar.
Sonreí.
—Me alegro de haber contribuido a ello —le dije.
—Te doy las gracias, fue todo por ti —me contestó con una
sonrisa.
—¿Desayunamos juntos? —le propuse.
—Claro.
Asentí con la cabeza y ella se metió en el dormitorio para
arreglarse.

Unos huevos con bacon y una buena taza de café siempre


templan el cuerpo y dan la energía necesaria para comenzar el día.
Ayudé a Sadie a preparar a Raya y a ensillarla para el paseo.
Después hice lo mismo con otro de los caballos.
—¿Me vas a acompañar? —me preguntó.
—Solo si te apetece —le dije, pues no quería importunarla con
mi compañía si es que acaso quería montar a solas.
Aunque, reconozco que me daba un poco de miedo la segunda
opción. A veces todavía tenía remordimientos por lo que pasó la
última vez.
—Claro. —Sonrió y el tiempo se congeló. Hacía tiempo que no lo
hacía de esa forma.
Arriba de los caballos, cuando las primeras luces mortecinas del
amanecer intentaban iluminar el cielo, comenzamos el paseo a un
paso ligero.
Sadie lo hacía muy bien y me sentí orgulloso de ella. Como
también de Raya.
—Trota, Sadie —le dije.
Iba tras ella y vi cómo apretaba las piernas contra la yegua para
llevar a cabo lo que le había dicho.
Troté yo también detrás de ella hasta alcanzarla.
—¿Bien? —le pregunté.
El cielo, entre tonos naranjas y ocres, se abría para dar la
bienvenida al día.
Estaba viviendo uno de los momentos más mágicos de mi vida
sin siquiera pretenderlo.
Entendí que la magia llega cuando dejas de buscarla y que
mientras más fuerces las cosas, menos suceden.
Sadie asintió e instó a Raya a galopar.
Su cuerpo se movía al compás de los movimientos del animal, y
su cabello suelto y largo, ondeaba al viento.
El naranja del cielo seguramente estaría reflejado en sus ojos.
Me fijé en su silueta y en su bonito cuerpo, cabalgando sin
miedo.
Tragué saliva.
Mi caballo estaba quieto, tan estático como yo.
—¡Vamos, Jack! —exclamó ella—. Una carrera hasta el rancho.
¿O es que te da miedo?
Me reí.
—A mí nada me da miedo, cowgirl.
Raya corrió hacia mi posición y Sadie se puso a mi lado.
—Demuéstramelo —me dijo. Después me guiñó un ojo.
Nos dimos la mano, sellando el trato, y a la que hizo tres
comenzamos a cabalgar.
Pero nuestras manos volvieron a agarrarse durante el recorrido.
Pensé que ojalá no se soltaran nunca, que nunca tuviera que
renunciar a ella, que nunca me faltara.
Ahí comprendí que estaba enamorado hasta las trancas.

—¿Cody? Necesito que hablemos. ¿Puedes pasarte por mi


rancho durante la mañana?
Sadie acababa de irse hacía un rato a la tienda, tenía algunos
pantalones que parchear y estaba trabajando en un nuevo modelo
de sombrero.
Necesitaba hablar con el cowboy, no quería presentarme al
rodeo.
Lo había decidido justo después de aquella carrera.
—Claro, puedo estar allí en una hora, más o menos. Eso sí,
invítame a un buen almuerzo.
«Lo que sea con tal de que no me haya apuntado al concurso»,
pensé.
—Eso está hecho. Aquí te espero.
Colgué la llamada y guardé mi teléfono en el bolsillo.
Después me dirigí a los establos, había un par de caballos que
necesitaban ser lavados e iba a ponerme con ello.
Aquella tarea podía delegarla en cualquier trabajador, por
supuesto, pero me gustaba desempeñarla a mí.
Todos mis trabajadores eran muy profesionales, pero quería
ocuparme personalmente.
Preparé todo lo necesario y me deshice de la camisa que llevaba
puesta. Ya sabía por experiencia que era mejor trabajar sin ella.
Dentro del establo no hacía el ambiente más fresco del mundo, por
desgracia, y sabía que tendría calor si la mantenía puesta.
Además, no quería mancharla.
Apoyé el cubo de agua limpia en el suelo y saqué a una yegua
blanca de su habitáculo.
Mojé el cepillo en el agua y eché un poco de jabón.
Después comencé a frotar el lomo de la yegua, que permanecía
tranquila, sabiendo que nada malo iba a hacerle.
Un rato después Dick entró a los establos.
—Ey, ¿qué dices? —le pregunté.
—Estaba revisando al cordero pequeño.
—¿Y bien?
—Estupendamente.
—Perfecto.
—Por cierto, tienes visita —me informó.
Paré de frotar con el cepillo y le miré.
—¿Cody?
Dick negó con la cabeza y yo arrugué el ceño. ¿Si no era Cody,
quién podía ser?
—¿Quién, entonces?
—Tu tío Nelson.
Me quedé parado unos segundos. No me lo esperaba, aunque
debía haberme olido que pronto podía hacer algo así, ya que no era
la primera vez que se presentaba en el rancho sin avisar.
Aunque el motivo de esta visita, lo sabía a la perfección: conocer
a Sadie.
No me cabía duda de que tía Marge le había estado informando
de todo.
«Mierda», pensé.
Sabía que pronto habría de hacer las presentaciones y llevar a
cabo lo que tenía pensado, pero no sería así, de improviso, y estaría
preparado.
Por el contrario, en ese momento estaba con una mano delante y
otra detrás.
Esperaba poder improvisar y que me saliera bien.
Asentí con la cabeza, contestándole a Dick.
—Ha preguntado por Sadie y por ti, pero Marge ya se ha
encargado de decirle que es la más trabajadora del lugar y que está
en la tienda.
—Bien.
—¿Lo tienes todo controlado?
—Casi. Oye, ¿te importa ocuparte de esto?
—Claro. ¿Dónde vas?
—Tengo que hacer un par de cosas.
Dick se quedó terminando de lavar a la yegua y yo fui hasta la
casa.
—¿Dónde está mi sobrino favorito? —dijo, sonriendo mi tío,
cuando me vio entrar al salón.
Sonreí.
—Creía que no paraba de meterme en líos —le recordé
haciendo una mueca.
Nelson me dio un abrazo.
—Apestas a caballo.
—Estaba lavando a una yegua, ¿a qué quieres que huela? ¿Qué
haces aquí?
—Hacía tiempo que no venía —contestó volviéndose a sentar en
la silla.
Un vaso de limonada estaba frente a él. A su lado, tía Marge con
una bobina de lana de un rosa horroroso y unas agujas de hilar.
—¿Piensas sentarte con esa peste? —me preguntó entonces.
—Lo cierto es que esperaba una visita, pero tengo que
marcharme, he de hacer un recado, así que no, tía Marge, pienso
lavarme a conciencia hasta quitar este olor.
Tío Nelson se rio.
—¿A quién esperas?
—Cody Wilber.
—¿Tu amigo de los rodeos?
—El mismo.
—¿Y eso?
Dudé si decirle la verdad, pero lo cierto es que ya le había
mentido demasiado.
—Lo vi hace algunas semanas, me habló de un rodeo y le dije
que me apuntara. Pero lo he pensado mejor y no quiero participar.
Mis dos tíos me miraron fijamente.
—¿Cómo has dicho? —preguntó tía Marge.
—No te creo… —dijo entonces tío Nelson—. Estás más diferente
de lo que pensaba.
—No estoy diferente, soy el mismo.
—Tú amas el rodeo, no ha habido concurso en el condado al que
no te hayas presentado —dijo Marge.
—Además, eres de los mejores cowboys de la zona. Si no el
mejor.
Eso último lo dijo Nelson. Era cierto, ninguno de los dos mentía,
pero había dejado de hacerme gracia la idea de participar en ese
rodeo, más que nada por el motivo que me llevó a hacerlo. Ya no
me sentía cómodo con eso.
Qué fácil se vuelve todo cuando aceptamos lo que sentimos,
cuando nos aceptamos a nosotros mismos, sea en la situación que
sea.
—Eso me da igual.
Nelson y Marge se miraron.
—Creo que deberías ir —comentó entonces mi tío.
—¿Y lo que a mí me apetece no cuenta?
Sentí rabia hacia él en aquel momento. Él había provocado esta
situación con su estúpido ultimátum.
Si él…
Decidí sosegarme y me mordí el carrillo por dentro,
conteniéndome para no decir nada más.
—Bueno, haz lo que quieras. Así que la chica está en la tienda.
¿No es así?
—¿Sadie? —pregunté entonces.
Tío Nelson asintió con la cabeza.
—Sí. Haré un recado e iré a por ella. Imagino que te quedas a
comer, ¿cierto?
Nelson asintió.
—Claro.
—Bien, luego nos vemos.
No sabía por qué, pero estar allí ya me estaba asfixiando.
Necesitaba darme una ducha e ir a la ciudad.
Después recogería a Sadie y vendríamos juntos al rancho.

—¿Cody, te pillo viniendo?


—Iba a coger la camioneta ahora mismo.
—Escucha, he de ir a la ciudad. ¿Crees que podemos vernos por
allí mejor?
—No me importa, Foreman. Donde sea está bien.
—Vale, espérame en Madie’s. Estaré allí en un rato para que
almorcemos.
Después de aceptar lo que le pedía, Cody colgó el teléfono y yo
me subí al coche.
Me había duchado, vestido con ropa limpia y perfumado.
Me encontraba más tranquilo, pero no lo estaría del todo hasta
cerciorarme de que mi nombre no aparecía en la lista de
participantes del rodeo.

—Me quedo con este —le dije a la dependienta de la joyería.


Haber citado a Cody en Madie’s no era más que otra estrategia
para hacer todo de una y ahorrar tiempo, pues justo en frente estaba
la mejor joyería del condado.
No quería un anillo al azar, quería uno que pudiera ser bonito
bajo los ojos de cualquier persona.
—También tenemos este modelo, lleva esmeralda en el centro —
me dijo la chica. Portaba la sortija sujeta entre dos de sus dedos. Me
la mostró y asentí con la cabeza.
Era bonita, no cabía duda, pero yo ya había decidido cuál me
llevaría.
—Sigo prefiriendo el modelo que te he dicho. El solitario con el
diamante. Gracias.
—Muy bien —claudicó ella.
Cogió el anillo y lo metió en su correspondiente cajita.
Me hizo la factura y pagué con la tarjeta de crédito. Después
guardé la caja en el bolsillo interior de mi chaqueta como si fuera oro
en paño.
Por nada del mundo quería que se perdiera, era especial.
Salí al exterior y observé el bar en el que había quedado con
Cody frente a mí.
Su camioneta estaba aparcada fuera, por lo que deduje que
estaría dentro tomando algún refrigerio.
Me quité el sombrero al entrar en el establecimiento y busqué a
Cody con la mirada.
Lo encontré acodado en la barra con un vaso de birra frente a él.
Le palmeé la espalda a modo de saludo y él sonrió cuando
comprobó que era yo.
—Al fin llegas —comentó.
—¿Llevas mucho esperándome? —le pregunté al tiempo que me
sentaba sobre un taburete alto que había a su lado.
—Un par de cervezas —contestó riéndose—. ¿Qué ocurre? ¿Ha
pasado algo?
Negué con la cabeza.
—Solo quería preguntarte si me habías apuntado al rodeo del
que me hablaste.
Cody dio un trago de su cerveza.
—Claro. Me dijiste que sí, ¿no? A propósito de eso. Se ha
adelantado. Pensaba llamarte en un par de días para informarte.
—¿Cómo? —pregunté incrédulo.
—Han comprado al caballo.
—¿Quién?
—Eso no lo sé, pero para la fecha en la que habían previsto
celebrar el rodeo estará en un establo, si es que consiguen domarlo.
De ahí a que lo adelanten, tienen por seguro que no sufrirá ningún
tipo de daño y que estará perfectamente cuando tenga que irse a su
nuevo hogar.
—Vaya…
—¿No quieres participar?
—No —le dije, sin más.
—¿Por qué? Parecías muy seguro cuando te lo propuse.
—Lo he pensado mejor —contesté más hosco de lo que
pretendía.
—Jack, ¿ocurre algo?
Miré entonces la hora en mi móvil. Necesitaba desahogarme y
Cody era un buen amigo.
—¿Tienes tiempo?
—Para ti, siempre. Pero no puedo borrarte de la lista, ya son
oficiales. Necesitarías un parte médico o algo parecido.
Bufé.
—Pero, bueno, cuéntame. ¿Qué ocurre?
—¿Cuándo es?
—En una semana.
Últimamente el tiempo pasaba demasiado rápido a mi alrededor.
—Vale —claudiqué.
—Pero, Jack, ¿qué pasa?
—Voy a contarte algo.
Quizá fue un error contarle a Cody la verdad, pero en ese
momento no me lo pareció.
No debí olvidar que en todos los lugares puede haber oídos
dispuestos a escuchar cualquier conversación con tal de sacar algo
en beneficio propio.
No sabía que aquella calma que sentía por la aceptación de lo
que estaba sucediendo en mi vida, precedía a la tormenta que se
desataría más adelante.
28
Sadie

Encontrar a Jack en el interior de la tienda después de que las


campanitas sonasen fue toda una sorpresa.
—Hola, vaquero. ¿Qué haces aquí?
Me encontraba limpiando los estantes de los sombreros en ese
momento.
Me sonrió al entrar y se acercó para darme un beso en la mejilla.
Agradecía muchísimo que hubiéramos normalizado nuestra
situación, por muy atípica que fuera.
Quizá llevábamos la procesión por dentro, pero entre nosotros
las cosas marchaban mejor de lo que hubiera esperado semanas
atrás.
El paseo matutino de aquella mañana había sido genial a su
lado.
Comprendí entonces que, no es que Gigi estuviera equivocada o
fuera yo la que tuviera razón, solo me hacía falta escucharme a mí
misma.
Hacer caso a lo que sentía y pensaba.
A lo que mi corazón me estaba dictando, porque, al final, si le
hacemos caso a él, nunca habremos fallado.
Sabía que no debía forzar nada, y no me sentía bien provocando
reacciones en Jack, pues si debía tenerlas, era porque realmente le
nacían de dentro, no porque yo las estuviera incentivando desde
fuera.
Me sentía bien, me sentía tranquila, con ningún tipo de
expectativa en aquel momento a lo que pudiera pasar.
Estaba abierta a cualquier cosa y situación. Había soltado el
control y la expectativa que tenía puesta en nuestra relación, y eso
me daba paz.
—Tenemos visita —contestó Jack.
—¿Visita?
No entendía a qué se refería, aunque podría ser cualquier
persona.
—¿En el rancho, dices?
—Ajá.
—¿Quién?
—Adivina.
—Pues no sé, Jack, no puedo pensar ahora —me reí al tiempo
que intentaba coger el sombrero del estante más alto para pasar el
plumero.
Jack se acercó y lo cogió por mí, pues él era más alto que yo.
—¿A quién no conoces todavía? —me preguntó arqueando las
cejas.
Comencé a pasar el plumero por la baldita de madera blanca.
Cavilé algunos segundos, caí en la conclusión y le miré.
—¿Tu tío Nelson está en el rancho?
Los dedos se me liaron con el palo del plumero y este acabó
cayendo al suelo.
Jack se rio.
—¿Nerviosa?
—Hombre, es nuestro mayor espectador. La función tiene que
salir perfecta —le recordé.
Intenté evadir el pensamiento de que mucho, lo que se decía
mucho, tampoco íbamos a tener que fingir.
Al fin y al cabo, la atracción entre nosotros seguía palpable, y
nos teníamos cariño.
Cogí el plumero del suelo y lo agarré por las plumas.
—Y así saldrá —me dijo, muy seguro de sí mismo.
—No habrás planeado nada por tu cuenta, ¿verdad?
Jack se rio.
—¡Jack! —exclamé poniéndome aún más nerviosa.
—Lo digo en serio —le advertí señalándolo con el palo de
plástico del plumero en dirección a su pecho.
—Yo también. Saldrá todo perfecto, ya lo verás.
Suspiré.
—Bueno, ¿has venido hasta aquí solamente para decirme eso?
—le pregunté.
—Y para recogerte —miró la pantalla de su móvil un instante —,
faltan diez minutos para que cierres.
—¿Qué dices? ¿Ya? Dios, se me ha pasado la mañana volando.
Le quité a Jack el sombrero del estante de las manos
suavemente, pues lo estaba sujetando en lo que yo pasaba el
plumero, y lo volví a colocar en su sitio.
—¿Has terminado todo lo que tenías pendiente?
—Por suerte, sí. Me ha cundido mucho la mañana, así da gusto
—contesté sonriendo.
Después entré en el taller y guardé el plumero en un cajón.
—Me alegro. Una carrera matutina siempre da energía para todo
el día —comentó.
Le miré y ambos nos sonreímos.
—Ha sido genial, deberíamos repetirlo más veces.
—Cuando quieras. Oye, Sadie, no me has dicho nada del dinero
en todo este tiempo. Estipulamos que te lo daría una vez
hubiéramos firmado los papeles de la boda de forma legal, pero, si
necesitas un adelanto o… lo que sea.
Negué con la cabeza.
—No, tranquilo. Estoy organizándolo todo, quiero tener claro qué
hacer con él antes de tenerlo —le contesté despreocupada.
—De acuerdo, como quieras. ¿Nos vamos?
—Claro. Recojo un par de cosas y nos vamos. ¿Qué tal estoy?
—Perfecta. La vida rural te sienta genial.

La carne a la brasa no faltó en aquella comida, como tampoco los


encurtidos fritos y el pudín de plátano.
Nelson me pareció de lo más amable y hospitalario. Al fin y al cabo,
era su casa.
Un cowboy como los de antes. No demasiado mayor, pero sí con el
pelo cano y la barba cuidada.
—Ya sabes que Sadie vive aquí desde hace un tiempo, ¿verdad,
tío? —le preguntó Jack.
—Por supuesto, tengo oídos en todas partes.
Hice una mueca ante esa respuesta. Esperaba que no fuera del
todo cierto, pues no me gustaría que esos oídos escuchasen que
toda aquella situación era una farsa.
Jack sonrió cuando me miró.
—Es muy guapa, Jack. Y parece buena persona, eres un chico con
suerte.
El vaquero cogió mi mano, la cual tenía apoyada en la mesa, y la
apretó con la suya.
—Lo sé, tío Nelson, muchas gracias.
Bebí un traguito de agua, sentía calor hasta en las orejas por la
situación. No me gustaba en absoluto ser el centro de atención.
Nelson sonrió y bebió de su copa de vino.
—¿Has podido localizar a Cody? —le preguntó Nelson a Jack.
Jack carraspeó y soltó mi mano.
—Sí, pero no hay nada que hacer, las listas son oficiales.
Necesitaría un parte médico o algo por estilo para dejar de ser
participante.
¿Participante? ¿De qué hablaba Jack? No sabía nada de ese tal
Cody.
Jack limpió su boca con la servilleta.
—Bueno, no hay mal que por bien no venga. Eso puede ser una
señal de que vas a ganar.
Jack me miró entonces.
—¿De qué habláis? ¿Quién ese ese tal Cody?
Jack suspiró, pero fue Nelson el que me contestó:
—Mi sobrino se apuntó a un rodeo, y ahora no quiere participar.
—No sabía nada. ¿Por qué no? ¿Tiene premio?
El cowboy asintió con la cabeza, pero tenía una expresión extraña
en el rostro.
—Una porción de tierras.
—Oh. Pues qué buen premio. Deberías participar, es posible que
ganes.
—¿Ves? Hasta tu novia te lo dice.
—Me tocará asistir, claro… ya no me queda otra —dijo resignado.
Quizá le animé porque no sabía nada de aquello o quizá porque
estaba más ciega de lo que creía.
Jack besó mi mano y aquel gesto, no me preguntes por qué, supe
que no fue fingido, pues me miró a los ojos mientras sus labios se
posaban en el dorso de mi mano.
Después soltó mi mano y se puso de pie con la copa en alto.
No entendía lo que hacía, pero guardé silencio.
—Me gustaría hacer un brindis y aprovechar que estamos todos
juntos hoy.
—¿Aprovechar para qué? —preguntó Marge, que había estado
callada todo el rato.
Era raro en ella, pero también había observado que se le daba
mejor escuchar que hablar.
Todos nos pusimos también en pie, acompañando a Jack en aquel
brindis que tanta ilusión parecía hacerle.
Mi futuro esposo dio un trago de la copa de vino y después la dejó
sobre la mesa.
—Quizá sea la mayor locura de mi vida, pero…
«¿Cómo?».
Jack buscó en el interior de su chaqueta y sacó, sujetándola con dos
de sus dedos, una pequeña cajita.
—Sadie…
«¿Qué hace? ¿Qué hace? ¿Qué hace?».
Jack Foreman se arrodilló ante mí.
Repito.
Jack Foreman se arrodilló ante mí.
Abrió la pequeña caja y el diamante de un solitario relució ante mis
ojos.
«Por el amor de Brad Pitt en Leyendas de Pasión».
—Dick, la madre que lo parió —escuché a tía Marge murmurar.
Dick y yo nos miramos.
Mis mejillas estaban como los tomates del huerto del rancho y
sentía un ardor que no cesaba en el estómago.
Todo estaba sucediendo demasiado rápido.
Miré a Nelson, quien, atónito, observaba la escena. No era el único
que estaba alucinando.
Yo sabía que aquello formaba parte del plan, pero Jack había
improvisado el momento, quizá para que yo no estuviera tan
nerviosa. Yo qué sé.
Había hincado la puta rodilla
Joder, ¿dónde estaba Gigi cuando la necesitaba?
Sentía que mi corazón estaba a punto de romperme el pecho, tan
rápidos y fuertes eran mis latidos.
—Sadie, ¿quieres casarte conmigo?
Tragué saliva.
Sabía que aquello era parte de nuestro pacto.
Entonces, ¿por qué leía verdad en sus ojos?
29
Jack

La noticia corrió rápido por el condado. Mi tío Nelson era una


persona influyente, pues los Foreman siempre hemos sido gente
importante por nuestra faena en el mundo de la ganadería.
Al rancho llegaron felicitaciones y regalos, incluso la clientela de
Sadie aumentó de forma exponencial.
No voy a negar que toda aquella situación me ponía un nudo en
la garganta difícil de deshacer. Si ya éramos la comidilla de la zona,
no quería imaginarme qué ocurriría el día que todo terminase,
porque eso también formaba parte de nuestro acuerdo.
Llegó el día del rodeo y tenía sentimientos encontrados. Una
sensación agridulce.
Por un lado, ilusión por esa boda y la acogida de la gente,
aunque fuera ficticia.
Por otro, tenía que enfrentarme a aquel caballo y no tenía ni un
ápice de ganas.
Los rodeos se celebraban en un terreno cercado y con gradas a
las afueras de la ciudad.
A unos veinte minutos en coche del rancho.
Mi tio Nelson acudió, por supuesto, aunque no se sentó en el
mismo lugar que Sadie, Dick y Gigi, sino con otros cowboys de la
vieja escuela.
Mi tío era un fanático de los rodeos, y sabía que de algún modo
se sentía orgulloso de mí en ese aspecto.
Aunque, a estas alturas de la historia, te imaginarás que me
tenía en un pedestal por haber logrado el cometido que me
encomendó.
—¿Nervioso? —me preguntó Sadie unos minutos antes de
acceder a la parte interior de la plataforma, donde esperaban todos
los participantes del concurso.
Hice una mueca.
—Un poco.
—Tonterías… —comentó Dick.
—¿Un cowboy como tú? —apuntó Gigi —. Me extraña.
—Lo harás genial —me animó Sadie.
Le sonreí, aunque de forma débil.
Me encontraba muy incómodo en esos momentos, sentía que la
estaba traicionando de algún modo y me sentía mal por ello.
No obstante, me consolaba pensar que había intentado evitar
aquella situación y no presentarme al concurso.
Se acercó a mí y, sin poder evitarlo, la abracé.
Vi por el rabillo del ojo cómo Gigi y Dick compartían una mirada.
Ya no me salía fingir, ya no tenía que aparentar sentimientos,
afloraban por todos y cada uno de mis poros, a pesar de que no
había cambiado de decisión en cuanto a eso de ser amigos.
—Suerte —me susurró ella al oído tras dejarse abrazar por mí.
Asentí con la cabeza y le sonreí.
Me marché de inmediato, colocándome bien el sombrero y
evitando mirar atrás, como si fuera de camino a la horca.
La sensación era la misma, una cuerda invisible me envolvía la
garganta.
Se llamaba conciencia y lo sabía perfectamente.

El reto consistía en aguantar quince segundos encima de aquel


caballo desbocado. Si ninguno de los concursantes lo conseguía, el
ganador sería quien más tiempo aguantase a lomos del cuadrúpedo.
Reconozco que en un principio lo subestimé, pero recapacité en
mis expectativas cuando vi al primer participante caer de inmediato.
El primer cowboy apenas duró dos segundos a lomos del fiero
animal.
Uno de los participantes se marchó sin dar explicaciones cuando
ocurrió.
—El primer penalizado del concurso —comentó entonces Brad,
el hijo mayor de los Brown.
¿Recuerdas a Linda Brown? Pues, en efecto, era su hermano.
Tragué saliva. Casi ni me acordaba de ella. Todavía daba gracias
al cielo porque Sadie hubiera aceptado mi proposición, de lo
contrario, sé de sobra que me hubiera echado a los toros con tal de
no compartir ni un solo día de mi vida a su lado.
Brad rebosaba chulería y despotismo, al igual que su padre.
Tenían el ego demasiado subido desde que se pusieron en
primera posición en ventas y calidad en cuanto a sus productos
queseros.
Eran los mejores del condado, no había duda, pero como
personas dejaban mucho que desear.
Aun así, a la gente del lugar eso le importaba poco con tal de
tener un manjar como el queso que producían en la mesa cuando
tenían visita los domingos.
—¿Te presentas? —le preguntó otro muchacho que estaba a su
lado.
Brad sonrió, chulesco.
Pues claro que se presentaba, siempre lo hacía, y era un rival
fuerte, además.
—¿Lo dudas? Y ganaré, como en todo.
Puse los ojos en blanco y decidí no prestarle atención.
El segundo concursante cayó casi al mismo tiempo que el
primero.
El próximo, era Brad.
—Es mi turno. Mirad y aprended, vaqueros —fardó tocándose el
ala del sobrero y saliendo a la tierra.
Todos los restantes observamos su actuación desde nuestro
lugar.
El caballo pegaba unos brincos aterradores. Por no hablar de las
coces que daba al aire con sus potentes patas traseras.
Brad subió en él de un salto y el público le vitoreó.
Agarró en su puño la crin del caballo y se movió siguiendo los
movimientos del cuadrúpedo con maestría.
Siete segundos fueron los que se mantuvo arriba.
Pero cayó con clase, casi de pie, pues se soltó cuando vio que el
caballo lo lanzaría por los aires si no lo hacía.
La gente aplaudió como loca, era uno de los mejores, y no tardó
en volver junto a los demás al tiempo que se sacudía el polvo de la
ropa.
El cuarto concursante salió al exterior.
—¿Has aprendido, Foreman? —me dijo con insolencia —. A ver
cuánto duras tú. ¿Apostamos?
—Nunca haría apuestas contigo, Brown. No soy caería tan bajo.
Él frunció los labios en una media sonrisa de serpiente.
Me dio repelús.
Un “¡Oh!” desalentado del público recorrió las gradas.
El quinto se preparó. Pronto sería mi turno y me puse algo
nervioso. La conversación con ese imbécil tampoco estaba
ayudando.
—Ya entiendo, te gustan más otro tipo de acuerdos, ¿no es
verdad? Enhorabuena por tu matrimonio, por cierto. He visto que tu
mujercita está en las gradas. Buen fichaje, Jack. Suerte, no vayas a
resbalar del caballo.
Entrecerré los ojos. ¿Qué había querido decir?
Mi nombre resonó por el megáfono que anunciaba la identidad
de los concursantes.
Me tocaba.
Cuando quise contestarle, Brad ya se había marchado.
Solo esperaba que no tuviera el valor de acercarse a Sadie,
porque no sabía cómo reaccionaría ante ello.
30
Sadie

—¡Ya sale! —exclamé cuando lo vi patear la tierra.


El caballo corría por el espacio como no hubiera un mañana, y
me pregunté entonces cómo haría Jack para subir sobre él.
Reconozco que lo subestimé, pues me quedé con la boca abierta
cuando, de un salto, aprovechó la dirección en la que corría el
animal y se apostó sobre su lomo.
La gente aplaudió como loca y yo no me quedé atrás.
Dick silbó de forma estridente para animarle.
El público gritaba su apellido y yo me sentí muy orgullosa de él.
—Es bueno —comentó Gigi.
—Es el mejor —respondió Dick.
—Lo es —reconocí sonriendo, sin apartar la vista de su figura, la
cual aguantaba con fuerza encima del caballo.
Habían pasado seis segundos.
Entonces alguien me cogió del brazo y Jack cayó al suelo.
Ocho segundos había sido su resultado.
Ahogué un grito y mi corazón comenzó a bombear rápido.
«Que no le haya pasado nada, que no le haya pasado nada».
Un nudo de lágrimas amenazó con estrangularme y tuve que
obligarme a tranquilizarme.
Me solté del agarre de aquel tío al que no conocía de nada, pero
no aparté la vista de la arena.
Jack permanecía en el suelo, se había dado un buen golpe.
Algo dentro de mí se activó.
—Dick, sigue en el suelo —le dije, asustada.
Dick no dijo nada, pero sí miró a su amigo.
—Así que esta es la futura mujercita de Foreman, ¿no es cierto?
La actitud chulesca de ese muchacho no me gustaba para nada.
—¿Qué quieres, Brown? —le preguntó Dick, cogiendo a su vez
su brazo.
Ese tal Brown posó la mirada en la mano de Dick y luego le miró
a los ojos.
Jack seguía tumbado en la arena y yo me debatía entre seguir
con la vista fija en él, donde varios vaqueros le habían rodeado, o
estar pendiente de la trifulca que parecía que se iba a librar entre
Dick y el muchacho de un momento a otro.
—Nada —dijo levantando las palmas de sus manos hacia arriba.
Gigi lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Tú quién te crees que eres para venir aquí y coger a mi
amiga de ese modo?
—Vaya, tenéis perrito guardián.
Dick le pegó un leve empujón.
—Lárgate —le dijo entre dientes.
Jack se levantó del suelo y espolsó el polvo de su ropa.
Miró hacia las gradas, concretamente donde nosotros estábamos
observando el concurso.
Supuse que había visto a ese muchacho desde ahí, ya que
tampoco había demasiada altura, pues apretó el paso para volver al
interior.
—Claro que me voy a largar, no quiero mezclarme con gente
como vosotros.
—¿Qué tenemos de malo? —le preguntó Gigi.
Yo recé en mi mente para que se callase, pero sabía que era
impulsiva y tenía mucho carácter.
—Oye, mira, no sé quién eres y la verdad es que me da igual,
pero será mejor que te vayas —le pedí todo lo amablemente que
pude.
Brown soltó una carcajada.
—No sé qué has visto en ese Foreman, pero te aseguro que no
me llega ni a la suela de los zapatos —me dijo acercándose a mí
demasiado.
Casi no había distancia entre nuestros rostros y cogió un
mechón de mi cabello, recogido en una coleta para acariciarlo con la
punta de los dedos.
Su aliento olía a regaliz y le aparté la mano de una manotada.
Dick tensó la mandíbula. Tenía miedo de que de algún momento
a otro se liasen a golpes.
—Mira, estúpido idiota…
Pero a Gigi no le dio tiempo a seguir con su verborrea. Sin
esperarlo, un puñetazo impactó en la cara de Brad Brown, del que
supe su nombre más tarde, y lo hizo caer al suelo.
Jack, cubierto todavía un poco de polvo, jadeaba delante de él.
—No tienes respeto por nada ni por nadie —le espetó.
El chico se levantó del suelo, su nariz sangraba y sus dientes se
mancharon del líquido rojo.
Se rio y me recorrió un escalofrío. Casi como por instinto, me
agarré al brazo de Jack, quien no tardó en pasarlo por mis hombros
y pegarme a él.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Pobre Foreman, has caído del caballo, ¿eh? —dijo riéndose—.
A mí no me engañas, Jack. Y después de esto no voy a dudar en
que tampoco lo hagas con el resto de personas.
Jack intentó abalanzarse de nuevo sobre él, pero Dick lo sujetó,
impactando sus manos contra su pecho.
—No merece la pena —le dijo.
Jack asintió con la cabeza y trató de calmarse.
Se sentó en un tocón de madera que había para ello y se acodó
en sus propias rodillas, enterrando la cara entre las manos.
—¿Estás bien? —le preguntó Dick.
—He tenido caídas peores —dijo.
—¿Qué ha querido decir ese idiota? —preguntó entonces Gigi,
con quien compartí una mirada.
Jack paseó sus ojos sobre nosotros tres.
—No lo sé.
32
Jack

—Deberías descansar —murmuró Sadie al tiempo que


bloqueaba la pantalla de su móvil—. No puedo creerme que haya
clientas que me hablen a estas horas. Es increíble.
Su teléfono móvil comenzó a sonar, pero Sadie colgó la llamada
sin siquiera cogerla.
—Las clientas y mis padres, que les ha cogido por sorpresa todo
lo de la boda y todavía no les he dado una explicación.
Hice una mueca y me levanté de la cama. No podía estar más
tiempo ahí postrado.
La caída había sido fuerte, pero yo me sentía bien.
Habían pasado algunos días desde entonces.
—Tengo el cuerpo entumecido y no por la caída, sino por no
moverlo. No puedo estar ahí.
Estiré los brazos y un leve dolor me invadió el costado.
No obstante, no me quejé ni un ápice, no quería seguir en la
cama.
Sinceramente, lo que me apetecía era cabalgar.
—Tu clientela no para de crecer —le dije a Sadie—. Lo de tus
padres es normal, deberías hablar con ellos, les parecerá todavía
más extraño si no lo haces.
Ella asintió con la cabeza.
—Así es. Es por todo el revuelo de la boda y demás —dijo
distraída en referencia a las clientas. Se había levantado y oteaba la
calma nocturna del rancho mirando por la ventana. Después suspiró
—. En cuanto a mis padres… no sé con qué cara voy a explicarles
nada, siempre he renegado de la vida ranchera y ahora voy a
casarme con uno de los cowboys más relevantes del condado.
Sujetaba la cortina con la mano derecha y el solitario con el
diamante que le había regalado para pedirle aquel matrimonio
ficticio, relució.
—Está siendo todo una locura, me hago cargo —le dije,
intentando desviar la vista de su perfecto trasero.
—Lo sé y, la verdad, todavía me cuesta creérmelo.
Suspiré.
—Odio que me impongan cosas, no sé. Todo se hace de forma
diferente.
Ella me miró a la cara y se sentó en la cama, a mi lado, pues yo
acababa de hacer lo mismo.
Estaba acodado en mis propias rodillas, con solamente uno de
aquellos pantalones de pijama que me resultaban de lo más
cómodos.
—¿Qué quieres decir? —me preguntó ella entonces.
—Estoy un poco confuso.
—¿No estás seguro de seguir adelante con el plan? ¿Es eso? —
me preguntó ella.
Suspiré.
—¿Y si no hay plan, Sadie?
Parpadeó varias veces, perpleja. La entendía, ni yo mismo
esperaba hacerle ese tipo de pregunta.
—¿Cómo?
—Está claro que toda esta parafernalia me ha llevado a ti. A
conocernos, a sentir cosas el uno por el otro, a confundirnos…
Bueno, más yo que tú —hice una mueca y ella sonrió —, pero... no
sé, ¿tú crees que me he obsesionado con la idea de perder el
rancho? Yo creo que se ha ido de madre todo esto. Al principio me
parecía un plan perfecto y ahora…
Ahora ya no sabía ni qué pensar, porque veía todo desde otra
perspectiva.
Ella suspiró y cruzó las dos piernas a lo indio, sobre la cama.
Después giró su cuerpo para estar frente a mí y mirarme.
—A ver, es cierto que al principio no entendía esa necesidad por
querer conservarlo para ti a toda costa. Aunque mi opinión no es
objetiva, porque yo odiaba la vida rural.
Sonreí.
—Has hablado en pasado.
—¿Cómo?
—Has dicho odiabas. ¿Ya no?
Ella se percató de ello, se le arrebolaron un poco las mejillas y
bajó la cabeza, avergonzada y soltando una risita.
—Cállate. Ese no es el tema, ¿vale?
—De acuerdo, prosigue.
—Bueno, yo pensaba eso. Pero cuando vine aquí… En fin,
supongo que te entendí un poco más. Realmente es el trabajo de
muchos años, entiendo que tu tío quiera dejarlo en buenas manos.
Asentí con la cabeza. Estaba de acuerdo con ella, pero pensaba
que las cosas no habían de funcionar así.
—Estoy de acuerdo, pero yo he sido el único que ha querido
ocuparse de todo esto.
Ella asintió con la cabeza.
—Lo sé, Jack, y lo has hecho estupendamente.
—Entonces, ¿por qué Nelson no valora eso? ¿Por qué tengo
que necesitarte a ti para tener lo que es mío por trabajo propio? —
pregunté indignado.
Ella se mordió el labio.
—No te ofendas, no tiene nada que ver contigo.
—No, lo entiendo. Es normal.
—¿Por qué tengo que quererte con condiciones, Sadie? Con
cláusulas, firmando un documento legal. No quiero una unión
impuesta, porque yo ya estaba unido a ti antes de comprar ese
maldito anillo —dije mirando su delicado dedo, donde descansaba la
joya.
—¿Qué has dicho?
Tragué saliva. Casi no había sido consciente de lo que había
salido por mi boca.
¿Había dicho que la quería?
¿Había reconocido mis sentimientos en voz alta?
—Perdona. Son cosas que siento que he guardado para mí,
porque te pedí amistad y…
Sadie me cogió la cara entre sus manos.
—Jack, somos un equipo en esto. A mí a veces también me han
entrado dudas. Necesito saber qué piensas realmente. Y, sobre
todo, qué sientes.
Resoplé y traté de elegir las palabras de forma correcta en mi
cabeza antes de pronunciarlas.
—Creo que no quiero casarme contigo, Sadie.
—¿Qué?
Soltó mi rostro.
—No te confundas, lo último que quiero es eso. Te quiero. Te
quiero como nunca he querido a nadie porque jamás me he
permitido llegar a enamorarme, no quería que me dañaran.
—Pero…
—Pero ahora esto es imparable. Lo que siento por ti, se ha
vuelto incontrolable, no puedo hacer nada con ello.
La vi tragar saliva y se mesó el pelo, nerviosa.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque me lo has pedido y porque ya no puedo seguir
negándolo. Ni ante ti, ni ante nadie. Mucho menos negármelo a mí
mismo.
—Aun así, no quieres casarte.
Negué con la cabeza.
—La boda formaba parte del pacto, enamorarme de ti, no.
—¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Que me parece injusto que mi tío me imponga algo tan
importante como eso.
—¿Qué pasa con el rancho?
—Este rancho me lo he ganado cada día, Sadie,
independientemente de si tengo una relación con alguien o no. Mi
tío Nelson debe entender eso, y si no lo hace, quien tiene el
problema es él.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
Se puso de pie y comenzó a pasear por la habitación.
—Sadie… eh, para… Te acabo de confesar lo más importante
que he confesado en mi vida. Santo Dios, dime algo.
La cogí del brazo y ella estrechó mi mano.
Sus ojos parecieron aguarse y brillaron más de lo normal.
—He deseado tanto esto…
—¿El qué?
—Gustarte, que sintieras algo por mí. Creía volverme loca. Me
resigné a que esto simplemente formaba parte del plan. A que
estarías entregado a otras mujeres, en otros lugares, en otras
camas…
—Eso no ha sido así.
Me miró a los ojos.
—Sadie, ¿te apetece dar una vuelta?
Ella asintió con la cabeza, limpiándose con una manotada una
lágrima traicionera que se había escapado de uno de sus ojos.

Dalton, un caballo blanco de gran tamaño y fortaleza, relinchó


cuando lo ensillé tras sacarlo del establo.
El rancho estaba en completo silencio, el cual solamente se
rompía con algún mugido o el canto de algún búho.
Nos habíamos cambiado de ropa y colocado prendas cómodas
para montar y dar aquel paseo que, esperábamos, nos sosegase.
Estábamos teniendo una conversación demasiado importante
como para hablar a la ligera.
Esperaba que Sadie me comprendiera, y creía que lo estaba
haciendo.
Aun así, me notaba acelerado, y solo montando conseguiría
relajarme un tanto.
Ayudé a Sadie a subir sobre Dalton y yo me coloqué tras ella.
Hacía relativamente poco que nos habíamos visto por primera
vez en aquella situación, pero había sido tal la intensidad entre
nosotros desde que nos habíamos conocido, que me parecía una
eternidad.
Comenzamos con un paso lento y agradable.
El frescor de la noche y el sonido de los cascos de Dalton al
impactar contra la tierra parecían calmar cualquier huracán.
No obstante, la situación era delicada.
—¿No vas a decirme nada? —le susurré al oído.
Ella se estremeció ante el sonido de mi voz.
—No sé ni qué decirte, Jack. Lo cierto es que estoy algo
confusa, no esperaba ninguna de tus palabras.
—Lo sé, te entiendo. Pero has dicho que necesitabas saber qué
pensaba y lo que sentía. Ahora quiero que me lo cuentes tú.
—¿Esperas oír que siento algo por ti? Eso lo sabes de sobra,
Foreman.
—Creía que no estabas enamorada de mí —le dije.
—Yo también.
—¿Qué ha cambiado?
Sadie suspiró y yo presioné levemente su cintura con una de mis
manos.
—Que te vi caer del caballo, Jack, y pensé que no volvería a
verte nunca más.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—Que quiero verte cada día —dijo mirando al frente,
moviéndose al ritmo de los pasos del caballo—, que no podría
mirarte de otra forma distinta a como te miro.
—Eso significa que…
—¿Que me he enamorado de ti? Sí, aunque me duela.
—Yo no quiero que te duela —le susurré —, yo no quiero que
nada que venga de mí te cause dolor.
Paseé mi mano por su cintura y bajé hacia su vértice.
—Que no quiera casarme contigo por obligación no va implícito
en lo que siento por ti. Nadie me ha obligado a sentir lo que siento,
me ha nacido solo.
Sadie suspiró y mi polla dio una sacudida dentro del tejano.
—¿Qué estamos haciendo, Jack?
—Dime que pare y lo haré. No haremos nada que tú no quieras
hacer. Y hablo de todo, en general.
—No, no quiero que pares.
Y no tuvo que decirme nada más para que desabrochase el
botón de su pantalón y colase mi mano dentro de él.
Sus braguitas estaban empapadas y eso me puso a mil.
Metí mis dedos dentro de ellas y acaricié su sexo depilado.
Besé su cuello, y ella movió la cabeza lentamente.
Presioné con mimo aquel botoncito del placer y Sadio jadeó.
No paré, pero a los pocos segundos sí hice parar al caballo.
Bajé de él y deseé sacar mi sexo de aquel pantalón, me sentía
aprisionado de tan excitado me encontraba.
Sadie bajó y la atraje hacia mí para besarla.
Un beso apasionado, con mucha lengua y poco tacto.
Demasiadas ganas contenidas, casi más que la primera vez.
—Hazme el amor, Jack.
Nos tumbamos en la hierba y no tardé en sentir el calor de su
sexo envolviendo mis dedos.
—Me encanta que estés así de mojada.
Sadie me besó como respuesta y nos despojamos de la ropa.
No sentíamos frío, no sentíamos nada, tan solo el roce de
nuestra piel, ardiente de deseo.
Nuestros poros destilaban calor, lujuria, pasión.
Me coloqué bocarriba, Sadie apoyada en mi pecho,
completamente desnuda, besándome con vehemencia.
Fue en el momento en el que la vi recoger su cabello con una
goma elástica cuando predije lo que sucedería a continuación.
Solo de imaginarlo sentí que me iba, que el clímax se acercaba,
por lo que tuve que detenerla algunos segundos.
—Si haces eso ahora, no aguantaré.
—De acuerdo —claudicó ella para después darme un pequeño
besito en la nariz.
—Eres tan perfecta —le susurré, acariciando su cara.
Ella sonrió bajo la luz de la luna, y sentí que me explotaba el
corazón de quererla.
Aquella era la mayor locura de mi vida, pero me estaba haciendo
feliz. Más feliz que nada en el mundo.
—¿Crees que ya estás preparado? —me preguntó de forma
dulce.
Asentí con la cabeza.
—Sí, creo que sí.
Sadie se expuso ante mí, de espaldas, encorvada y enfocada
hacia mi sexo.
Su perfecto trasero ante mis ojos, a pesar de la oscuridad.
Pero para mí era sublime, pues los otros sentidos se activan
cuando la vista no alcanza.
Las sensaciones chocaban y hacían vibrar mis terminaciones
nerviosas, provocándome un placer inexplicable.
Palpé su sexo con mis dedos y ella gimió.
Se metió mi sexo en su boca, y pensé que nadie lo hacía como
ella.
Jadeé y gemí como un quinceañero experimentando sus
primeras veces.
—Para o me corro. Y la verdad es que quiero hacerte gritar como
nunca, nena.
Sadie me hizo caso y se colocó sobre mí.
Gimió cuando se empaló en mi polla. Yo hice lo mismo.
Comenzó a moverse y nuestras respiraciones se agitaron.
Nuestros jadeos se escucharon en el silencio de la noche, solo
apagados cuando nos besábamos y nos mordíamos la boca.
—Sí, nena —gruñí.
Agarré sus dos nalgas con mis manos y las amasé, apretando su
carne y, seguramente, enrojeciéndola.
Ella besaba mi pecho, y yo aumenté los movimientos de mi
cadera, haciéndola botar sobre mí.
Gemía, y aquello me excitaba muchísimo.
Entonces quiso cambiar de posición y se tumbó sobre la hierba.
Lamí sus pezones y bajé hacia abajo, dejando un reguero de
besos por su abdomen.
Estaba abierta para mí y succioné su clítoris provocándole un
gemido.
Se contoneaba, arrancaba la hierba con la mano, jadeaba.
Pronto lamí aquellos pliegues, jugosos y entregados a lo que
estábamos haciendo.
Agarró mi cabello con una mano y presionó para que ahondara
todavía más mi lengua en su interior.
Después estiró un tanto de mi cabello y me instó a subir de
nuevo hasta su boca.
La penetré en aquella posición, y pocos minutos después nos
dejamos ir juntos.
Había sido espectacular. Ya no sabría estar sin ella. La luna
había sido testigo de que me acababa de entregar en cuerpo y alma
a aquella mujer.
Jadeando, descansamos bocarriba sobre la hierba.
—Jack, yo tampoco quiero casarme —confesó.
—¿Qué?
—No, no quiero hacerlo porque alguien lo ordene.
—Pero ¿qué pasa con tu negocio?
—Mi negocio, si ha de crecer, lo hará por sí solo. Desde abajo,
como todo lo que triunfa en la vida. Yo quiero estar contigo, no
seguir unas reglas absurdas de un señor que ni siquiera conozco.
—¿Te refieres a mi tío?
—Exacto.
—Entonces, ¿pensamos lo mismo? ¿Estamos de acuerdo?
—Esto ha sido más fácil que acordar esas estúpidas cláusulas.
Solté una carcajada. Después la besé.
33
Sadie

La vida es un constante movimiento, y a pesar de que mi


existencia había girado en redondo después de lo acontecido
aquella noche con Jack, olvidé que estábamos en un cambio
perseverante.
Todavía podía sentir sus dedos en mi culo, apretando mi carne
como si el mundo fuera a acabarse. Sus embestidas y jadeos,
nuestras respiraciones totalmente desacompasadas tendidos en
aquella hierba, donde la luna era nuestra vigía.
Habíamos abierto nuestro corazón a la verdad, a los
sentimientos.
Queríamos dejar de lado todo tipo de convicciones para vivir
nuestro presente, ese que no paraba de ser remoto y que parecía
escaparse de nuestros dedos de forma constante, obligándonos a
improvisar continuamente.
La noticia de aquella boda precipitada y ficticia había corrido
como la pólvora, y sabíamos que cuando lo desmintiéramos pasaría
lo mismo.
Me había atrevido a hablar con mis padres, pero no les había
dicho esa parte de verdad en la que nos negábamos a contraer
nupcias.
No lo entendían, por supuesto, pero tenía otras cosas en la
cabeza como para preocuparme por eso. Ya llegaría el momento de
aclararlo todo con más calma.
Mi móvil no paraba de sonar en el interior del taller, pero cuando
no era mis padres, que me llamaban, era Gigi, que aquella mañana
estaba muy pesada. Me había hecho varias llamadas, pero yo no le
había cogido ninguna, estaba ocupada.
No presté atención a quién hizo sonar las campanitas de la
puerta de la tienda cuando la abrió, estaba atareada con la nueva
colocación en el estante de un nuevo diseño en color beige de un
sombrero de cowgirl.
—¿Sadie?
Una voz femenina que me era desconocida pronunció mi
nombre.
Me giré y observé a la chica que acababa de entrar a la tienda.
Llevaba puesto un vestido horrible que yo nunca me pondría,
pero para gustos, colores.
Un moño en lo alto de la cabeza, perfectamente repeinado, y una
sonrisa pérfida.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarte? —le contesté
amablemente, dejando el sombrero en el estante.
Me ocuparía de ello más tarde, o eso creía, pues no tenía ni la
menor idea de que un nuevo movimiento del destino me haría
cambiar los planes.
Paseó por la estancia hasta llegar al mostrador.
Pasó un dedo por la mesa de madera y lo miró, después refregó
la yema con la del dedo pulgar.
Hizo una mueca.
¿De qué iba todo aquello? ¿Acaso era alguna inspección de
limpieza o algo así? Casi me sentí ofendida, siempre intentaba
mantener mi tienda impecable.
—En nada. Creo que soy yo quien puede servirte a ti de utilidad.
Arqueé las cejas.
—Disculpa, pero, creo que no te entiendo —le dije acercándome
a ella.
Me encogí de hombros cuando la tuve delante.
—Oh, discúlpame tú a mí, he sido una maleducada al no
presentarme antes que nada.
Permanecí estática, sin decir ni una sola palabra, esperando a
que dijera algo más.
—Me llamo Linda Brown —dijo extendiendo la mano para que yo
la estrechara.
«Linda Brown… ¿Sería familia de aquel impresentable?», pensé,
temiéndome lo peor.
—Ajá. ¿Qué quieres? —le pregunté.
No estreché su mano y ella la retiró disimulando haberla
extendido.
—Soy la hermana de Brad Brown. A él sí le conoces, ¿verdad?
Respiré profundamente, aquello me daba mala espina.
—Lo cierto es que la primera impresión que tuve de él, no fue
buena. Tampoco tengo ningún interés en conocerle.
Ella sonrió y un escalofrío me recorrió la espalda.
—Qué lástima. No es eso lo que se dice por ahí de él.
—Me trae sin cuidado lo que se diga, no me interesa.
—Pero sí lo que se dice de Jack Foreman. ¿Me equivoco? Tu
futuro marido no está quedando en buen lugar últimamente.
Arrugué el ceño.
—Mira, Linda, no sé lo que quieres ni qué has venido a hacer
aquí, pero no tengo tiempo para estas cosas.
—Oh, yo creo que sí.
Negué con la cabeza.
—Tu hermano, lamento decirlo, pero fue muy maleducado
conmigo y con mis amigos. Jack solo hizo lo que haría cualquier
persona que…
—¿Cualquier persona que está enamorada?
Me quedé callada. Linda soltó una risotada.
—¿No hablas? —preguntó.
—¿Qué quieres que diga?
—¿Te crees esa patraña, futura esposa de Foreman?
—¿Qué patraña? Jack y yo tenemos una relación. ¿Se ha
enterado todo el condado menos tú? Me extraña, solo ha faltado
que saliera la noticia en los periódicos. ¿Dónde queda la privacidad
en este sitio?
Puse los brazos en jarras y Linda se miró una uña, tenía una
manicura perfecta.
—Una relación ficticia, claro. No, eso no ha corrido de boca en
boca, por desgracia.
Se me secó la boca y me dio un escalofrío.
—¿Cómo?
—La privacidad de esa relación que tú dices, termina cuando
Jack habla de más.
—¿A qué te refieres?
—Mira, Sadie, no sé qué historia os traéis, pero solo he venido a
avisarte de que no te creas ni una de las palabras que salen de su
boca. Jack Foreman es un mujeriego que nunca cambiará. Ni
siquiera cuando se case contigo.
—Eso no es cierto —le dije, disimulando los nervios que corrían
por mi estómago en ese momento.
En mi garganta comenzó a formarse un nudo que me provocó
una molestia terrible que me impedía tragar.
—¿Piensas que eres una privilegiada o algo así? Jack me
propuso matrimonio antes que a ti. Me dijo que su tío Nelson le
había puesto esa condición si quería quedarse el rancho de forma
definitiva.
Sentí palidecer, lo juro.
—¿Qué?
—¿No lo sabías? Me acabas de confirmar que habéis engañado
a todo el mundo. A todos, menos a mí, por supuesto. Yo ya sabía
que Foreman andaba por ahí mendigando un matrimonio. Supongo
que me dijo que no porque tú le dirías que sí. No lo entiendo, la
verdad. Solo hay que mirarnos para saber elegir bien.
—¿De qué mierda me estás hablando? —le dije perdiendo las
formas.
—También te digo, a ti te habrá elegido para esta pantomima del
tres al cuarto, pero conmigo, ha gozado cada noche sobre mi cama.
Sentí que me mareaba, que en cualquier momento caería de
bruces contra el suelo y me rompería la crisma o algo parecido.
—Estás mintiendo.
Linda negó con la cabeza.
—No, señorita. No miento. Nunca lo hago. Además, se presentó
al rodeo para ganar las tierras y romper su compromiso contigo. Si
ganaba, ya no te necesitaba, tendría su propio rancho. Claro, que
hacer eso realidad, no significa que no vaya a seguir siendo mi
amante.
No lo pude evitar, sentí cómo mi mano volaba hasta su cara y
golpeaba su cachete.
El rostro de Linda viró a la izquierda del impacto y cerró los ojos.
Cuando volvió a mirarme, sus ojos estaban rojos de ira.
—Puedes pegarme todo lo que quieras, no eres más que una
busca fortunas y una barriobajera, pero la realidad, es esta.
—Lárgate de mi tienda.
Linda sonrió como una serpiente.
—¡Lárgate ahora mismo! —grité enfurecida, echándola de allí.
Conseguí que esa harpía saliera de mi local y cerré la puerta con
un estruendo.
Me faltaba la respiración y hube de taparme la boca con las
manos para no gritar.
El estómago se me había revuelto a más no poder y la cabeza
me daba vueltas.
Casi llegué al baño para poder vomitar, muerta en arcadas
repentinas, pero no lo hice.
En cambio, mi pecho estaba inundado de dolor.
34
Jack

—Ya has visto que el tener o no pareja formal es irrelevante —le


contesté a mi tío Nelson cuando aquel mismo día, apareció en el
rancho.
Me había recriminado el puñetazo que le di a Brad Brown
delante de los espectadores, en plena grada, con público a nuestro
lado.
Me había echado en cara que era un salvaje que no paraba de
meterse en líos.
Como había hecho toda mi existencia, vamos.
No era la primera vez que me peleaba con otro cowboy en algún
rodeo, pero sí la que más a gusto me quedé después de darle aquel
puñetazo a semejante idiota.
Se lo tenía bien merecido, era un canalla.
No me gustaron ni un poco las palabras que Brad me había
dedicado antes de salir a la tierra, y me olí que subiría a molestar a
Sadie.
Así fue.
Y eso no lo podía permitir. Tenía la necesidad de protegerla, de
guardarla de cualquier mal que el mundo pudiera infligirle.
Me había costado reconocerlo, me había costado aceptar que
Sadie me había robado el corazón, y ahora que ya lo tenía claro, no
permitiría que nadie le hiciera daño. Sobre todo después de la
conversación que habíamos tenido y de lo que pasó a continuación.
Mi tío había permanecido en silencio desde el altercado porque
solía hacer ese tipo de cosas. Algo así como templar la situación en
su interior, y después tomar una decisión.
No estaba del todo convencido con su forma de actuar respecto
a la condición que me puso en cuanto al rancho.
Y cada vez dudaba más de ello. Si tanto me merecía heredar
aquella casa, los terrenos y todo lo que traía consigo, ¿por qué me
condicionaba?
Me había obsesionado con el lugar hasta el punto de contratar,
porque eso era lo que había hecho, a una persona, en este caso,
Sadie, con tal de no perderlo.
Por pura cabezonería.
Porque lo tenía como mi vida, y mi sustento.
Hasta ahí, bien.
Pero me había aferrado de una manera insana, llegando a límite
de construir una parte de mi vida que era totalmente falsa y engañar
a todo el mundo.
Algo dentro de mí estaba fallando, y el incentivo había sido ganar
el rodeo, como también aquella conversación que tuve con Sadie en
la que descubrí que ambos estábamos de acuerdo.
Por un solo segundo le había arrebatado el puesto de ganador a
Brad Brown, los demás cowboys habían caído antes que nosotros.
Y tenía aquella porción de tierras que eran mías, de Jack
Foreman, solamente mías, sin llevar implícito en ellas el esfuerzo de
Nelson Foreman, ese que debía permanecer intacto cuando el
rancho pasase a ser su legado.
Aquellas tierras las había ganado por mi esfuerzo sobre el
caballo a pesar de haber caído al suelo.
Aquello me hacía sentir orgullo de mí mismo, me hacía sentirme
fuerte y libre.
Y, aunque gracias a aquel matrimonio ficticio había conocido a
Sadie y al amor al mismo tiempo, mi libertad seguía siendo lo más
importante para mí.
Y ya no esa libertad que te confiere no tener un papel firmado
que te ate a una persona, no, si no la libertad de decisión, de poder
decir que no a algo que se te ha impuesto.
No es que no quisiera estar con Sadie toda la vida, por ahí no
iban los tiros, simplemente el único lazo que quería que me uniera a
ella por el momento era el del sentimiento que me despertaba en el
interior.
Y, si más adelante quería unirme a ella en matrimonio, quería
hacerlo por decisión propia, no mediante imposiciones e incentivos.
No con dinero y cláusulas de por medio.
Me parecía que todo aquello manchaba lo que sentíamos el uno
por el otro.
Tenía las cosas claras, y quería decírselo a mi tío, pero sería él
quien me sorprendiera a mí con cierta revelación y no al revés.
—Eso no estuvo bien, Jack —me dijo tío Nelson.
—Como tampoco lo estuvo que se atreviera a subir a las gradas
para molestar a Sadie —le dije con rabia, la cual debía notárseme
en las pupilas, pues mi tío se quedó mirándome a los ojos fijamente.
—Es algo que no voy a permitir. Ni por parte de Brad Brown ni
por parte de nadie. Como si quiere ser el mismísimo presidente de
Estados Unidos. Fue una falta de respeto hacia ella, y no lo puedo
tolerar.
No dijo nada, simplemente me observó.
Había encendido su pipa y el aroma del tabaco quemado
inundaba todo el salón.
Tía Marge escuchaba la conversación, atenta a cada una de
nuestras palabras.
—Yo creo que… —intentó decir.
Pero ninguno de los dos le prestamos atención.
—Estás loco por ella —susurró mi tío Nelson, sin dejar de
mirarme a la cara, como si hubiera llegado a la conclusión más clara
del planeta. Como si hubiera sido todo un descubrimiento
cerciorarse de ello.
Fruncí los labios.
Por supuesto que estaba loco por ella. Loco, enamorado,
enchochado o como quieras llamarlo.
—Claro que lo estoy, Nelson.
Tía Marge me miró a la cara.
—Jamás te he oído decir algo parecido de ninguna chica —
comentó.
—No te comprendo, Jack —dijo Nelson.
—¿Por qué?
Realmente no entendía qué sucedía.
—Siéntate.
Suspiré e hice lo que me pedía. Me senté frente a él y entrelacé
los dedos de mis manos sobre la mesa.
Necesitaba decirle que no nos casaríamos, necesitaba hacerme
valer ante él y mostrarme firme en la decisión que Sadie y yo
habíamos tomado.
Aun así, me olía que algo raro pasaba, por eso dije:
—Le pedí matrimonio, ¿cómo no quieres que…?
Mi tío se llevó el dedo índice a los labios, pidiéndome que
guardara silencio.
—Nelson… —¿Aquello fue un ruego de tía Marge?
—No me gusta que me mientan, Marge.
¿Mentir? Tragué saliva. ¿De qué iba todo aquello?
—¿Está Sadie? —preguntó mi tío.
Negué con la cabeza.
—Está en la tienda, aunque terminará pronto.
Moví el cuello de un lado a otro y en una de las veces crujió.
Notaba tensas las cervicales, pero por más que intentaba
tranquilizarme, no lo terminaba de conseguir.
En el ambiente se respiraba algo extraño, y no me hacía una
idea de lo que podía ser.
Pero algo estaba pasando.
La tormenta se acercaba. No obstante, fui tan imbécil que ni
siquiera la vi venir.
—¿Qué pasa, Nelson? —le pregunté.
—¿Quién es Sadie, Jack?
Pero, a veces, la tormenta es lo único que necesitas para que el
sol vuelva a salir.
Las ruedas de un coche derraparon al frenar en el terreno.
Los tres lo escuchamos y la conversación terminó ahí.
La tormenta había llegado y se llamaba Sadie.
35
Sadie

Mike me abrió la puerta del cercado y entré pisando a fondo el


acelerador.
El coche no era el único que se había revolucionado, yo misma
también estaba en ese estado.
La rabia y el dolor me consumían.
Había cerrado la tienda en cuanto me recuperé un poco, pero las
lágrimas no habían parado de mojar mi cara en todo el trayecto
hasta el rancho.
Quizá había sido una imprudencia por mi parte conducir así, pero
me había guiado por una impulsividad imposible de controlar.
Le había escrito a Gigi un escueto mensaje en el que ponía que
todo se había torcido, que Jack me había utilizado de la forma más
vil y que había jugado conmigo como si yo fuera una muñeca de
trapo a la que podía manejar como quisiera. No le había devuelto
aquellas llamadas, no era el momento. Quizá, si lo hubiera hecho,
me habría ahorrado todo lo que pasó a continuación.
Ese cowboy era demasiado listo, y yo había caído en su trampa
como una imbécil.
Derrapé al frenar con tal de no atropellar a Dick, que se
encontraba en ese momento cerca de la gran puerta.
Salí del coche y cerré la puerta del piloto con una rabia que
jamás había experimentado.
—Ey, ey, ¿qué ocurre? —me preguntó poniéndose ante mí.
—Apártate, Dick.
—¿Sadie? ¿Qué pasa? —me cogió de los hombros y me
deshice en un movimiento brusco de sus manos.
—¡Sadie! —exclamó.
—¿Tú lo sabías? —le pregunté sin poder controlar el temblor de
mi labio inferior.
—¿Qué? ¿A qué te refieres? ¿El qué sabía?
Me limpié la cara de lágrimas.
—¿Tú sabías que Jack ha estado teniendo relaciones con esa
mujer?
Dick parecía asombrado, como si realmente no supiera de qué
diantres le estaba hablando.
—¿Jack? ¿Qué mujer? ¿De qué me estás hablando, Sadie?
—De Linda Brown.
—¿Linda?
Entonces su cara demudó.
—Así que sí lo sabías.
—No, no, Sadie… Jack no…Estás equivocada.
—Esto me lo podía esperar de él, pero no de ti…
Estaba decepcionada, con una losa en el centro del pecho que
me impedía pensar con claridad cada acción que tomaba.
—¡Sadie! ¡Para!
—No, Dick, no te acerques —le pedí mostrándole las palmas de
mis manos—. Espero que el impresentable de tu amigo se
encuentre aquí.
—Me cago en la puta… —le escuché decir cuando corrí como
una exhalación al interior de la casa antes de seguirme.
Justo cuando yo entraba, Jack quería salir al exterior, y casi
choqué de bruces contra él.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó—. ¿El derrape del coche ha
sido cosa tuya?
—Aparta —le dije empujándole con las manos en el pecho.
—¿Qué haces? —me preguntó sin entender nada.
—No, Jack, ¿qué haces tú? ¡¿Qué mierda haces tú?!
Dick entró en el recibidor. Casi ni me percaté de que tía Marge y
tío Nelson también estaban allí.
—¿Yo? Pero ¿qué pasa?
Le miré con odio en los ojos, pero no dije nada.
—Ey, cariño… ¿qué pasa? —me preguntó de forma cariñosa,
acercándose a mí y cogiendo con sus manos mi cintura.
—No te atrevas a tocarme.
Arqueó las cejas, pero la sonrisa no se borró de su cara.
—Oye… eres demasiado bonita para estar tan rabiosa. Relájate
y disfruta —me pidió, aunque su gesto ya comenzaba a cambiar.
—¿Cómo me dices eso? ¿Me estás vacilando, Jack?
—Es que no sé qué te pasa.
—¿Podemos hablar en privado? —le pedí.
—No hasta que aclaremos por qué Brad Brown me ha contado
que tenéis un pacto y que vuestra boda es una farsa —dijo entonces
Nelson.
Aquella información cayó como un jarro de agua fría sobre mi
cabeza, disipando toda la rabia que sentía.
Compartí una mirada con Jack, y sentí temblar mis piernas.
—Creo que… me tengo que sentar —dije.
Jack me acompañó hasta una silla, pero yo me zafé de su
contacto cuando acercó su mano a mi cuerpo.
Que fuéramos a tener esa conversación no significaba que no
estuviera dolida y enfadada con el cowboy.
—Así estábamos todos antes de que vinieras de esa forma.
—¿Eso era lo que tenías que decir? —le preguntó Jack en un
tono más bien seco a su tío.
¿Qué me había perdido?
—Sí, eso era. Me habéis mentido. Los dos —dijo señalándonos
con el dedo índice indistintamente a Jack, que se había sentado a
mi lado, y a mí.
Jack bufó y se llevó las manos a la cara.
—¡Será hijo de puta! —bramó enfadado.
—¿Es cierto? Te escuchó contárselo a Cody Wilber en una
taberna.
—¿Que hiciste qué? —le pregunté enfadada.
—Vale, eso me lo confirma.
—No nos vamos a casar, tío Nelson. Estaba intentando decírtelo
antes de que Sadie llegara.
Tío Nelson nos miró a ambos.
—No entiendo nada de lo que está pasando.
—¿Quieres que te lo explique? —le preguntó Jack.
—Claro. Claro que quiero una explicación —dijo Nelson en tono
hosco.
—Yo te voy a dar la explicación —dije entonces.
Jack me miró, sus ojos a punto de salir de las órbitas.
—Resulta que Jack quería conservar el rancho a toda costa, y
para eso debía cumplir la condición que le habías puesto: casarse.
Así que no solo me pidió a mí hacerlo a cambio de dinero, sino que
cuando le dije que no, se lo pidió a Linda Brown. No sé por qué se
echó para atrás con ella, imagino que porque yo terminé diciéndole
que sí. Pero eso no es todo, se apuntó al rodeo para deshacerse de
mí después de haberme mentido en la cara diciendo que sentía
cosas por mí y después de haberme metido en su cama. Para
colmo, ha estado acostándose con Linda Brown mientras a mí me
prometía amor eterno hace… ¿Cuánto, Jack? ¿Ni dos semanas?
Jack parpadeó varias veces, totalmente perplejo, pero no dijo
nada, no todavía.
—Eres un sinvergüenza y me alegro de que decidiéramos no
seguir adelante con esta mentira y este plan sin sentido.
—Dios mío… —Nelson se llevó las manos a la cara.
—Sadie, ¿quién te ha dicho todo eso?
—¿Ahora te haces el tonto? Linda, por supuesto. Acaba de estar
en la tienda.
—¿Cómo? —preguntó levantándose.
—No te hagas el sorprendido. Lo habías planeado todo desde el
principio, yo he sido una puta marioneta —le espeté.
—Eso no es así.
—¿No? ¿Vas a negar que le pediste a Linda matrimonio? —le
pregunté.
Jack suspiró.
—No…
—¿Vas a negar que te apuntaste al rodeo para así no tener que
casarte conmigo y tener tu propio rancho si ganabas las tierras?
—Intenté no presentarme al rodeo porque te quería. Porque te
quiero, Sadie, y mis pensamientos habían cambiado. Creía que este
punto estaba claro —me dijo.
—Así que era todo una mentira, Jack, me has mentido. A todos
—dijo Nelson.
Tía Marge suspiró, y todos escuchamos aquel suave sonido,
pues nadie dijo ni una palabra más.
—Jack, aclara esto. Acláralo porque es importante —le pidió.
—Si me dejaran hablar…
—Yo no tengo nada que hablar contigo. Me has engañado. Me
has… Dios, menos mal que acordamos no casarnos…
Me levanté de la silla y Jack me cogió del brazo.
—Suéltame.
—Sadie —me llamó entonces Marge —, si de algo estoy segura
de que es cierto, es que Jack está enamorado de ti.
Negué con la cabeza, con una sonrisa en los labios, pero con los
ojos llenos de lágrimas de nuevo.
—Lo siento, Marge, no lo creo.
—Sadie, te juro que lo que pasó la otra noche…
—Lo que pasó la otra noche fue un error. Igual que todas las
demás, igual que todo lo que tenga que ver contigo.
—Te juro que no he tocado a Linda Brown.
—Ella no dice eso —le dije cruzándome de brazos.
Pero lo cierto es que yo ya no tenía ningún tipo de fortaleza para
seguir teniendo aquella conversación, ni tampoco para seguir en
aquel lugar al que, ilusa de mí, había llegado a sentir como mi casa.
—Ella está obsesionada con Jack, Sadie —dijo entonces Dick,
ganándose las miradas de nosotros tres.
—¿Qué?
—Fui yo quien le propuso a Jack que se lo pidiera cuando tú le
dijiste que no.
—Esto… es un despropósito —dijo tío Nelson levantándose de la
silla y llevándose las manos a la nuca.
Le entendía, yo también lo pensaba.
—¿Por qué?
—Porque Jack estaba desesperado —dijo Dick encogiéndose de
hombros—, porque ella es la única mujer que se casaría con él con
los ojos cerrados, sin pactos ni dinero de por medio. Está
obsesionada con él.
Miré a Dick de forma triste.
—¿Tan terrible soy? —le preguntó Jack a su amigo.
—No te ofendas, Jack, pero…
Negué con la cabeza, mordiéndome el labio inferior y dejando
que las lágrimas corrieran por mis mejillas.
—¿Sabes qué? Linda no es la única mujer que se casaría con él
con los ojos cerrados. Yo antes de esto también lo hubiera hecho, y
sin pedir nada a cambio. Bueno, quizá sinceridad y amor verdadero,
en todo caso.
—Sadie…
—Déjame, Jack, quiero irme de aquí —le dije en un murmuro.
—Sadie, por favor, te juro que no estoy mintiendo, que es cierto
lo que te digo.
—Me voy.
Y me fui.
Me fui con el corazón hecho pedazos y la cabeza hecha un lío.
Dejé aquel anillo sobre la mesa y me marché.
Quizá Dick tuviera razón, pero yo ya no podía confiar en Jack.
No de momento.
Fui a casa de Gigi con el jeep, no tenía otro medio para hacerlo.
—¿Estás chalada? Tienes mil llamadas mías y mensajes. ¿Por
qué me has escrito eso? ¿Qué ha pasado?
—Ahora no, Gigi. No tengo dónde ir, ¿puedo quedarme? —le dije
dejándome caer en el sofá como un fardo.
Estaba agotada, triste, dolida, con el corazón hecho trizas y solo
quería dormir.
—Quizá si me hubieras cogido el teléfono…
—¿Qué narices querías? —le pregunté de malos modos.
—Oye, guapa, conmigo no pagues tus mierdas, ¿vale? Quería
avisarte de que Linda Brown, la hermana de ese imbécil, estaba
esta mañana en nuestra pastelería predilecta.
—No me nombres a esa mujer, por favor te lo pido. ¿Cómo
sabías que era ella?
—Porque ha mencionado a su hermano en la conversación que
tenía con otra mujer unas trescientas veces. Le estaba contando
toda la verdad acerca de vuestro plan, la muy harpía.
Debí imaginarlo. Era de tan baja calaña como su hermano.
—Muy bien, ¿y qué?
—Escuché que iba a ir a tu tienda y que iba a poner a Jack en tu
contra.
—¿Cómo?
Ahí sí me levanté del sofá y cogí a Gigi del brazo.
—Lo que oyes. Intenté avisarte y tú pasaste de mi culo.
—Joder… —me llevé las manos a la cara.
—¿Qué ocurre?
—El tío de Jack se ha enterado de todo. Sabe toda la verdad. He
ido allí, la he liado…
—¿Qué dices? ¿Qué te ha dicho esa estúpida?
—Que Jack estaba visitando su cama todas las noches.
—Pero eso es mentira.
—Ahora sé que sí. Dios, Gigi…
—Pues ve a buscarle.
Negué con la cabeza.
—No, Gigi, esto no funciona así. Hay otras cosas…
—¿Más?
Le conté a Gigi todo lo que había sucedido, y aquella noche
dormimos juntas y abrazadas después de una ingesta descomunal
de helado.
Después de lágrimas, muchas.
Después de aceptar que el cowboy había perdido mi confianza y
que me sentía decepcionada.
Sabía que no volvería a verle, que tenía una herida abierta y no
sabía cómo cerrarla.
36
Jack

Dos semanas después

—¿Eres idiota? Ve a buscarla —me apremió tía Marge después


de darme un calbote.
Pasaba de la cama al trabajo y del trabajo al sofá.
—No —dije cansado de tener la misma conversación desde que
Sadie se había marchado del rancho.
Algunas de sus cosas se las había llevado Gigi de mi habitación,
pero otras seguían allí, como aquella botella de gel con olor a
chocolate que solía utilizar y que había comprado poco tiempo antes
de irse.
Olía a ella, a su piel. Era un aroma inconfundible y era lo único
que todavía me permitía sentirme cuerdo.
Lo estaba pasando fatal.
Jamás había sufrido por nadie, y menos por ninguna mujer.
Ahora sabía lo que era sentirse vacío de amor, notar la ausencia
de alguien y sufrirla dentro del pecho.
Esa losa en el centro, haciendo presión entre las costillas y el
corazón.
Me sentía impotente, un idiota que había perdido lo más bonito
que le había sucedido en la vida.
Si no hubiera sido por Dick y mi tía Marge, le hubiera partido la
cara a ese engendro de Brad Brown, aunque sí me presenté en
aquella casa y puse a sus correctos padres al corriente de lo que
habían hechos sus dos hijos.
Sabía que para ellos no había una vergüenza mayor que la
decepción de sus padres con ellos.
Y, al igual que ambos habían hecho, me encargué de que llegara
a oídos de todo el mundo lo patanes que habían sido.
Quizá no era la mejor venganza, pero sí la más práctica.
Necesitaba tranquilidad, y meterme en más líos no iba a
proporcionármela.
—Pero tienes que explicarle la verdad.
—Ya lo hice —le contesté a Marge.
En ese momento, Abigail entró en el recibidor.
—Nelson está aquí.
Suspiré.
Aquel día, salió airado del rancho, con la decepción reflejada en
sus pupilas, y no había vuelto a saber nada de él.
Me incorporé y me senté en el sofá. Me coloqué el sombrero y
refregué mis manos por mis ojos, pensando que así tendría un
mejor aspecto, aunque la barba desaliñada y la desazón nadie me la
quitaría.
Sadie no había contestado ninguna de mis llamadas, tampoco
ninguno de mis mensajes, pero había sabido por Gigi que estaba
viviendo con ella en lo que encontraba una nueva casa de alquiler y
que la dejara estar, que el tiempo pondría todo en su lugar.
Nelson apareció frente a mí.
—¿Podemos hablar? —me preguntó.
Suspiré.
—Claro.
Mi tío se sentó a mi lado y Marge volvió a su sillón de siempre.
—Tú dirás —le apremié.
—Quería pedirte disculpas.
Eso sí era sorprendente.
—¿A mí?
—Sí. Por imponerte algo tan importante como unir tu vida a la de
otra persona.
—Me asusté cuando me dijiste aquello. Creía que ya había
demostrado suficiente cuánto me importa este lugar, que mi trabajo
sería un motivo suficiente para que confiaras en mí. Por eso decidí
finalmente no sucumbir a tu condición —le dije de forma tranquila.
—Y tienes razón, te has dejado la piel como el que más.
—¿Por qué cambias ahora de opinión? —le pregunté.
—Sabes que nunca me pronuncio de buenas a primeras. Te vi
golpear la mesa con rabia cuando esa muchacha se marchó de
aquí. Ella te importa.
Enterré la cara entre mis manos, acodándome en mis rodillas.
—Claro que me importa, pero apenas he tenido tiempo para
demostrarle que yo también puedo ser capaz de querer a alguien,
aunque nunca lo haya hecho.
—¿Cómo que nunca lo has hecho? —preguntó entonces Marge
—. Lo haces cada día, Jack. Siempre has fanfarroneado de que
nunca demuestras amor, pero desde bien pequeño has hecho todo
lo contrario.
—¿Qué?
—Tu sensibilidad con los caballos, lo bien que te portas con los
trabajadores, con Dick, con tus amigos. Con nosotros, Jack.
—Eso no…
—Eso se llama amor. Y yo he visto día tras día cómo esa chica
te ha llenado el corazón de él. Cómo ha ido rompiendo el hielo que
tú creías tener protegiéndote de los sentimientos. Te has enamorado
y no es la primera vez que lo haces.
—No sé qué…
—Te enamoras del campo, de la vida rural, de quién eres cuando
estás con las personas que te importan y te quieren, de los caballos.
Oh, esos estúpidos bichos… Eres capaz de sentir más de lo que
crees.
Jamás me imaginé que aquellas palabras pudieran salir de la
boca de mi tía Marge. Estaba sorprendido y emocionado por ello a
partes iguales.
—Yo solo quería conservar el rancho, pero me daba rabia tener
que cumplir con esa estúpida condición. Mi trabajo y mi valía es lo
único que me he tomado en serio, y parece que no sirve de nada —
dije.
—Tienes razón —claudicó Nelson.
—Pero ahora ya no importa… Empezaré de cero en las tierras
que gané, e intentaré olvidar todo esto.
—Oh, sí que importa —dijo Nelson.
—Siento que he perdido el tiempo, que todo esto solo ha valido
para causar daño.
—No, has conocido a Sadie.
—¿Y de qué me ha servido? —pregunté exasperado.
—Jack, todo tiene solución en esta vida. Tómalo como un
aprendizaje.
—¿Y qué quieres que aprenda?
—Que todo lo que cuesta, merece la pena. Sadie merece la
pena. Lucha por ella.
Negué con la cabeza.
—No sé cómo hacer eso…
Era cierto, me encontraba más perdido que nunca, sin saber
cómo proceder.
—Nosotros te diremos la manera.
Arqueé una ceja.
—¿Cuál?
Entonces, Nelson sacó una tarjeta del bolsillo interior de su
chaqueta.
—Ve a esta dirección mañana a las doce del medio día.
37
Gigi

Había conseguido que Sadie se entretuviera un rato.


Había ido bastante pronto a la tienda y, como había terminado
los encargos pertinentes, se había permitido volver.
La afluencia de clientas era grande, y no quería que nadie la
compadeciera o le hiciese preguntas que prefería no contestar.
La primera semana había sido dura, no me había despegado de
ella en ningún momento.
Me necesitaba, y yo era su mejor amiga.
Entre Dick y yo nos habíamos mantenido comunicados.
Qué tonta vuelve el amor a la gente… qué poca capacidad de
resolución deja en los cuerpos.
Ambos queriendo hablar con más calma, queriendo verse, saber
qué sentían…
Ambos en silencio por miedo, orgullo y vergüenza.
Algo había que hacer, y Jack ya había aceptado, solo teníamos
que conseguir que Sadie hiciera lo mismo, pues ella era más dura
de roer.
Llamaron a la puerta y fui a abrir todavía con la escoba en la
mano, pues estaba barriendo la cocina.
Era Dick.
—Hola, ya estás aquí —le saludé sonriendo.
Dick me dio un beso en la mejilla y le dejé pasar. Ya sé que te
preguntas qué pasaba con nosotros, pero imagino que eso da para
otro libro.
Quién sabe.
—¿Qué tal hoy? —preguntó.
—Bueno, bueno, la he enganchado a un drama coreano de
pocos capítulos y está flipando.
Dick se rio y a mí me dio un vuelco el estómago, como cada vez
que lo hacía.
—¿De verdad?
—Para que luego se quejase tanto de mis series —comenté.
—¿Le has dicho lo de mañana?
Negué con la cabeza.
—Te estaba esperando, no vaya a ponerse como la niña del
exorcista.
Hice una mueca.
—Vale, probemos, pues.
Entramos a la habitación y encontramos a Sadie tumbada en la
cama con el ordenador portátil al lado.
—Nena, mira quién ha venido a verte.
Ella levantó la vista del portátil y nos miró.
Sonrió.
Bien, qué bien.
Al principio no quería ni verle.
—Hola, Dick.
Dick pasó dentro de la habitación.
—¿Qué tal?
Ella hizo una mueca y cerró la tapa del portátil.
—¿Y tú?
—He escuchado tomando café que van a hacer una convención
de telas para chalecos de cowboy o algo así. Y, obviamente, me he
acordado de ti.
—¿Una convención de telas? —preguntó.
Estupendo, parecía interesada.
—Ajá —dije yo—. ¿Quieres que te acompañe? Mañana no tengo
que ir a trabajar.
Sadie dudó.
—No sé, no sé si iré.
«Mierda».
—¿Por qué? —preguntó Dick.
—Bastante tengo con encontrarme con señoras chismosas a las
que no puedo echar de la tienda porque son mis clientas. ¿Y si veo
a alguien que no quiero?
Suspiré.
—Sadie, tienes que hacer tu vida. Normalizar. Brad y Linda
Brown han quedado fatal en el condado. Ya se encargaron de…
—Sí, y sé que fue Jack. Aun así…
—Aun así, nada. Iremos juntas. Así te aireas. Ala, sigue viendo
los chinos.
—Son coreanos —dijo frunciendo el ceño.
—Esa es mi chica —le guiñé un ojo.
Dick y yo salimos de la habitación y lo acompañé hasta la puerta.
—¿Crees que irá? Como Jack se quede plantado…
—Descuida, irá, aunque tenga que arrastrarla de los pelos.
—Bien.
Dick sonrió, acarició mi mejilla y se marchó.
Nuestro plan seguía en marcha. Ahora, había que dejar que
actuase el amor.
Epílogo

Iban a ciegas. Ella, creyendo que acudiría a una convención de


telas.
Casi había gruñido al recibir un mensaje de Gigi en el que le
ponía que no podía ir, que la habían llamado del hospital de una
urgencia.
Sadie se había adelantado, ya que su amiga estaba terminando
un informe. Pero eran las doce, justo a la hora que aquello
comenzaba.
Gigi tenía razón, debía airearse y vivir un poco.
Él, llegando a un sitio en el que no sabía qué iba a encontrarse.
Con un nudo en el estómago, con miedo incluso.
Su historia había sido corta, pero las más intensa de sus vidas.
¿Y acaso el amor no se mide en intensidad?
El amor había llenado sus pechos, había hecho latir sus
corazones al galope, como Trueno, como Raya, como Dalton…
Y esos latidos todavía estaban presentes, solo que un poco
dormidos.
En el aire, pululando por Tennessee, intentando encontrar la
forma de volver a ser los de antes.
Sadie llegó a aquella cafetería de la cual Gigi le había dado la
dirección, pero allí no había ninguna convención de telas.
Sintió sus mejillas arder cuando lo vio.
Ese maldito cowboy que todavía ocupaba sus pensamientos.
Jack no sabía qué esperarse, así que simplemente se sentó en
una de las mesas y pidió un café americano.
Miraba a un lado y a otro, intentando entender qué hacía ahí,
pues se sentía un poco tonto.
Entonces, paseando la mirada por aquel lugar, la vio.
Era ella.
Estaba allí, mirando a todos lados como él había hecho algunos
momentos atrás.
Se levantó de la silla, aunque no se movió.
Sus miradas se habían encontrado y ya no podían despegarse.
Sadie, con mucho valor y disimulando el miedo que sentía, se
acercó a la mesa en la que él había permanecido sentado.
—Esto no es ninguna convención de telas, ¿verdad? —le dijo
algo insegura.
—¿Una convención de telas? —preguntó con una sonrisa
ladeada—. Vaya, al menos contigo se lo han currado más. A mí
simplemente me han dado la dirección de este lugar y la hora a la
que debía estar aquí.
—¿Y has aceptado sin más? Estás loco.
—Debo estarlo, sí. Te pediré algo. ¿Qué quieres tomar?
—Agua está bien.
Se quedaron en silencio unos cuantos segundos, pero Jack ya
no quería seguir perdiendo el tiempo, ni tampoco volver a ser un
insensato y perderla a ella otra vez.
La conversación sería difícil, pero las charlas más incómodas
son luego las más fructíferas.
—¿Quieres sentarte? —le preguntó.
Sadie suspiró y asintió con la cabeza.
—Me tiembla todo el cuerpo, así que sí, será mejor que me
siente.
—Tranquila, solo soy yo —le respondió él, como si eso
realmente la llegase a tranquilizar, lo cierto es que provocaba lo
contrario.
—Ese es el problema —dijo ella. Pero sonrió, y eso tranquilizó a
Jack.
—Sadie, todo lo que pasó… yo…
Ella negó con la cabeza.
—Sé que Linda vino a la tienda a ponerme en tu contra, Gigi la
escuchó hablar en la pastelería con alguna amiga. Lo hizo adrede.
Jack asintió con la cabeza.
—Es que jamás he tenido nada con ella.
—Lo sé.
—En cuanto a lo del rodeo… en un primer momento sí lo hice
para así no tener que cumplir la condición, pero era tarde cuando
me sentí mal por ti. Sentía que era una traición.
—Está bien.
—¿Está bien?
—¿Te has dado cuenta de que los dos mirábamos por nuestros
intereses más banales?
—¿Cómo?
—Quiero decir… creímos que el pacto era el medio idóneo para
conseguir tú tu rancho y yo aumentar mi negocio, pero no
concebimos ninguna otra forma de hacerlo.
Jack caviló unos instantes las palabras de Sadie.
—Es cierto, tienes razón. Pero, de haberlo hecho, no nos
hubiéramos conocido.
—Eso no lo sabremos nunca, Jack. Lo que ha sucedido es esto
—dijo ella levantando las manos en el aire, señalando el espacio
que los rodeaba.
—¿Te arrepientes? —le preguntó él.
Jack negó con la cabeza.
—¿Y tú?
Ella tardó un poco más en contestar.
—Ha habido aprendizaje. Supongo que las cosas que tienen que
pasar, pasan, aunque no nos gusten y, las que no, ni aunque nos
empeñemos en ello. Si no está de Dios, pues…
—Yo tenía que conocerte, Sadie.
Ella sonrió y él le tendió la mano.
—¿Confías en mí?
Ella tragó saliva.
—Todos cometemos errores, supongo.
—Eso no contesta a mi pregunta —dijo él, hidratándose los
labios con la lengua.
—¿Tú has comprendido que lo que duele no es el amor?
—Aun me queda un poco de trabajo. Creo que necesito ayuda.
Confía en mí, Sadie. Ayúdame a convencerme de lo que dices.
Él sonrió, macarra.
—¿Crees que con ese aire chulito voy a derretirme, cowboy? No
soy la Sadie que llegó al rancho la primera vez.
—No te resistas tanto, sabes que estás coladita por mí. Soy tu
match al cowboy. ¡Chica lista, Sadie!
Sadie rio.
—¿Crees que estás en un anuncio de televisión o algo así o
qué? Estás fatal.
Le dio un empujón cariñoso.
—No, pienso que estoy en el cielo por tenerte delante de nuevo.
Guardaba aquel anillo en el bolsillo, y estaba comenzando a
quemar.
Ella le miró a los ojos, después a los labios, a continuación a los
ojos de nuevo…
Sacó la cajita.
—Jack…
Abrió la caja y sacó el solitario.
—¿Probamos a querernos? Es un compromiso entre tú y yo,
nada más.
Ella sonrió, los ojos llenos de lágrimas.
—Déjame besarte.
—Te doy permiso.
Aquellos dos enamorados, Sadie y Jack, confiaron en darse una
oportunidad.
Al fin y al cabo, el amor se usa hasta que se agota, ¿no es así?

FIN

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