Colegio Patrona de Lourdes
Lengua y Literatura
Profesora Catalina Ramírez Ll.
GUÍA DE LECTURA PRIMERO MEDIO
LENGUA Y LITERATURA
Nombre: ……………………………………………….………………….……………..……………..…Fecha:…………..…………….
Objetivo: Leer y comprender un cuento de terror, a través del vocabulario y de la historia
EL INTRUSO (H. P. Lovecraft)
Esa noche el barón soñó multitud de desdichas,
Y todos sus guerreros invitados, por sombras y formas, Por brujas y demonios y grandes gusanos de sepultura, Se
vieron en pesadillas atormentados. (Keats)
1. Desdichado aquel a quien los recuerdos de infancia no traen sino miedo y tristeza. Mísero del que vuelve la
vista para reencontrar horas solitarias en grandes y tétricas estancias de parduscas colgaduras y enloquecedoras
hileras de viejos libros, o rememorar espantadas esperas en umbrías alamedas de árboles grotescos, gigantescos,
cubiertos de plantas trepadoras, agitando en silencio sus ramas hacia lo alto. Tal es lo que los dioses me otorgaron... a
mí, el turbado, el decepcionado, el yermo, el quebrantado. Y no obstante me siento extrañamente contento y me
aferro con desesperación a esos marchitos recuerdos cuando mi mente amenaza por momentos con llegar más
allá, al otro.
2. Nada sé de mi nacimiento, excepto que el castillo era infinitamente viejo e infinitamente horrible, lleno de
pasadizos oscuros, con elevados cielos rasos donde el ojo no encontraba sino telarañas y sombras. Las piedras de los
ruinosos corredores parecían siempre espantosamente húmedas y por doquier flotaba un condenado hedor, como el
de cadáveres apilados durante muertas generaciones. Nunca había luz, por lo que empleaba velas para alumbrarme y
me demoraba mirándolas atentamente en busca de algún consuelo; no había sol fuera, ya que aquellos terribles
árboles crecían más alto que la parte superior de la torre accesible. Había una torre negra que descollaba sobre los
árboles hasta el desconocido cielo exterior, pero se hallaba parcialmente en ruinas y no podía llegarse a ella sino a
través de un casi imposible ascenso por la pared vertical, piedra a piedra.
3. Debo haber vivido años en ese lugar, pero no soy capaz de precisar cuánto. Alguien debió atender mis
necesidades, aunque no puedo recordar a nadie que no sea yo mismo, ni nada vivo aparte de las sigilosas ratas y los
murciélagos y las arañas. Creo que, quien fuera el que me cuidó, se trataba de alguien terriblemente anciano, pues la
primera imagen que tengo de una persona viva es la de alguien semejante a una caricatura de mí mismo, aunque tan
deforme, marchito y decadente como el castillo. A mi entender, no había nada grotesco en los huesos y esqueletos
que colmaban algunas de las criptas de piedra en los subterráneos. Yo asociaba tales cosas de una forma fantástica
con los sucesos cotidianos, y los veía más naturales que las imágenes coloreadas de seres vivos que descubrí en
muchos de los mohosos libros. Todo cuanto sé lo aprendí en esos libros. Ningún maestro me azuzo ni me condujo, y
no recuerdo haber escuchado en todos esos años una voz humana... ni siquiera la mía, pues aunque había leído sobre
la conversación, nunca intenté hablar en voz alta. Mi apariencia física me resultaba igualmente desconocida, ya que
no había espejos en el castillo, y yo sencillamente me creía, de forma instintiva, parecido a las juveniles figuras que
veía dibujadas y pintadas en los libros. Estaba convencido de ser joven debido a los pocos recuerdos que guardaba.
4. Fuera, cruzando el foso putrefacto, me tendía a veces bajo los árboles oscuros y silenciosos y soñaba por
espacio de horas con lo leído en los libros, y me imaginaba anhelante entre alegres multitudes, en el mundo
iluminado por el sol que se encontraba más allá de la fronda interminable. Una vez intenté escapar del bosque, pero
conforme me alejaba del castillo las sombras iban haciéndose más oscuras y el miedo se colmaba de un espanto
acechante; así que volví corriendo frenético antes de perderme en un laberinto de silencio nocturno.
5. Así que yo soñaba, esperando entre interminables crepúsculos, aunque no sabía el qué. Luego, en mi
sombría soledad, el ansia de luz se volvió tan frenético que no pude aguardar más, y alcé suplicante las manos hacia la
solitaria torre negra en ruinas que se remontaba sobre el bosque hacia el ignoto cielo exterior. Y al fin me decidí a
escalar esa torre, aun a riesgo de caer, ya que prefería vislumbrar el cielo y morir que vivir sin contemplar jamás la luz
del día.
6. En el húmedo crepúsculo ascendí por la vetusta y destartalada escalera hasta llegar al punto en que cesaban,
y de ahí en adelante me aferré en precario a pequeños asideros que llevaban arriba. Aquel cilindro de piedra sin
escaleras resultaba espectral y terrible; negro, ruinoso y desolado, más siniestro aún por culpa de los murciélagos
sobresaltados cuyas alas no despertaban sonido. Pero todavía más espectral y terrible resultaba la lentitud del avance
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ya que, por mucho que subiera, la oscuridad sobre mi cabeza no menguaba, y sentí un nuevo estremecimiento, como
si me encontrase en un túmulo fantasmal y venerable. Temblé preguntándome por qué no aparecía la luz y, de
haberme atrevido, hubiera vuelto la vista abajo. Supuse que la noche me habría alcanzado repentinamente y tanteé
en vano, buscando con la mano libre el alféizar de una ventana a través de la que poder mirar fuera y en torno, e
intentar calcular la altura alcanzada.
7. Entonces, tras una eternidad de espantoso y ciego reptar por ese precipicio cóncavo y desesperanzador,
sentí que tocaba algo sólido con la cabeza, y supe que había alcanzado el techo, o al menos alguna especie de piso.
Alcé la mano libre en la oscuridad y palpé el obstáculo, hallándolo pétreo e inamovible. Entonces tuvo lugar un
mortífero circundar de la torre, agarrándome a cualquier asidero que pudiera ofrecerme el resbaladizo muro, hasta
que al fin, tanteando con la mano, sentí ceder la barrera y pude volver a subir, empujando la losa o trampilla con la
cabeza mientras utilizaba ambas manos para el temible ascenso. Arriba no apareció luz alguna y, elevando las manos,
supe que mi ascenso había concluido por el momento, ya que la losa era la trampilla de una abertura que llevaba a
una superficie de piedra de mayor circunferencia que la torre de abajo, sin duda el suelo de alguna estancia alta y
amplia. Fui deslizándome cautelosamente a su través, intentando impedir que la losa volviera a caer en su hueco,
pero fracasé. Mientras yacía exhausto en el suelo de piedra, escuché los fantasmales ecos de su caída, pero confié en
ser capaz de volver a alzarla cuando fuera necesario.
8. Suponiéndome ahora a prodigiosa altura, muy por encima de las malditas ramas del bosque, me arrastré por
el suelo buscando con las manos las ventanas, esperando ver por primera vez el cielo y la luna y las estrellas sobre las
que tanto había leído. Pero me vi defraudado en mi búsqueda, ya que todo lo que encontré fueron unos grandes
estantes de mármol sosteniendo odiosas cajas ovaladas de un tamaño perturbador. Cuanto más lo pensaba, más me
preguntaba sobre qué arcanos secretos podía albergar esta elevada estancia, separada durante tantos eones del
castillo inferior. Entonces, inesperadamente, mis manos dieron con una puerta encastrada en un umbral de piedra,
tosco y cubierto de extrañas tallas. Tanteando, la encontré cerrada, pero con un supremo esfuerzo conseguí forzarla,
haciéndola abrirse hacia dentro. Al hacerlo, me alcanzó el éxtasis más puro que jamás haya conocido, ya que,
brillando tranquilamente a través de una ornada cancela de hierro, más allá de un breve pasillo de piedra con
escalones que subían desde el portal recién franqueado, se encontraba la radiante luna llena, nunca antes vista sino
en sueños y vagas visiones que no me atrevo a llamar recuerdos.
9. Creyendo ahora haber alcanzado la cima del castillo, remonté el puñado de peldaños que partía de la puerta,
pero el súbito velado de la luna por el paso de una nube me hizo trastabillar, y me moví más despacio en la negrura.
Estaba muy oscuro cuando llegué al enrejado... que probé cuidadosamente, encontrándolo abierto; pero no lo
franqueé por miedo a caer desde la tremenda altura alcanzada. Entonces volvió a salir la luna.
10. El golpe más demoníaco es el procedente de lo abismalmente inesperado y de lo grotescamente increíble.
Nada de lo antes soportado podía compararse en terror con lo visto en ese instante, con los estrafalarios prodigios
que tal visión implicaba. El panorama en sí mismo era tan simple como impactante, ya que se trataba sencillamente
de esto: que en vez de una vertiginosa perspectiva de copas de árboles divisados desde gran altura, a mi alrededor se
extendía, al nivel de la reja, nada menos que el suelo firme , nivelado y salpicado de losas de mármol y columnas,
ensombrecido por una iglesia de piedra cuyo campanario en ruinas resplandecía de forma espectral a la luz de la luna.
11. Medio desmayado, abrí la reja y me tambaleé por el camino de grava blanca que iba en dos direcciones. Mi
mente, aunque aturdida y sumida en el caos, aún guardaba una frenética ansia de luz, y ni siquiera el fantástico
prodigio que había tenido lugar podía detener mi búsqueda. Ni siquiera sabía o me preocupaba el saber si aquello era
locura, sueño o magia, pero estaba resuelto a contemplar a toda costa el resplandor y la alegría. No sabía quién o qué
era, ni dónde me hallaba; pero al proseguir titubeando adelante me hice consciente de una especie de recuerdo
espantosamente latente que implicaba que mis pasos no habían sido totalmente fortuitos. Salí de aquella zona de
lápidas y columnas a través de un arco, y fui deambulando campo a traviesa, siguiendo a veces el camino, otras
abandonándolo para cruzar curioso por praderas donde ruinas ocasionales hablaban de otro camino, ya olvidado. En
cierta ocasión vadeé un torrente junto al que restos musgosos y caídos hablaban de un puente derrumbado mucho
tiempo atrás.
12. Debieron pasar unas dos horas antes de que llegara a lo que parecía ser mi meta, un venerable castillo
cubierto de hiedra en mitad de un parque frondosamente arbolado; inquietantemente familiar y a un tiempo ajeno
en una forma que me dejaba perplejo. Vi que el foso estaba lleno y que algunas de las familiares torres estaban
caídas, mientras que nuevas alas habían surgido para confundir al observador. Pero eran las ventanas abiertas lo que
yo contemplaba con gran interés y delicia... gloriosamente resplandecientes de luz, dejando escapar los sones del más
encantador de los festejos. Llegándome a una de ellas, me asomé y vi una concurrencia ataviada de forma extraña; se
divertían y hablaban animadamente entre sí. Creo que nunca antes había oído voces humanas, y tan sólo podía
conjeturar vagamente lo que se decía. Algunos rostros mostraban expresiones que despertaban en mí recuerdos
increíblemente remotos; otros me resultaban completamente ajenos.
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13. Entonces, por la baja ventana, accedí a la estancia brillantemente iluminada y, apenas hacerlo, pasé del
breve instante de esperanza a la más negra convulsión de desesperanza y entendímiento. La pesadilla se desató
instantáneamente; apenas entrar, tuvo lugar uno de los más terroríficos sucesos que jamás haya podido concebirse.
No bien había cruzado el antepecho, se abatió sobre la concurrencia un repentino e inesperado espanto de la más
terrible intensidad, demudando los rostros y provocando los más horribles gritos jamás surgidos de garganta alguna.
La huida fue masiva, y entre gritos y pánico algunos se desvanecieron, siendo arrastrados por quienes escapaban
enloquecidos. Muchos se cubrían los ojos con las manos y se abalanzaban ciegamente adelante, tropezando
torpemente en su fuga, volteando muebles y yendo a chocar contra los muros antes de alcanzar alguna de las
numerosas puertas.
14. Los gritos resultaban estremecedores, y mientras me quedaba sólo y aturdido en la brillante estancia,
escuchando ecos que se desvanecían, temblé con la idea de que podía haber junto a mí algo que no hubiera visto. La
habitación se mostró desierta en una somera inspección, pero al llegar a una de las alcobas creí detectar allí una
presencia, un atisbo de movimiento del otro lado del arco dorado que llevaba a una habitación similar. Al
aproximarme al arco comencé a distinguir con más claridad la presencia y entonces, con el primer y último sonido que
haya pronunciado jamás –un alarido espectral que me sacudió casi tanto como la repugnancia despertada por el ser
nocivo que lo causaba–, contemplé con espantoso detalle la monstruosidad inconcebible, indescriptible e
inmencionable que, con su mera presencia, había convertido una alegre concurrencia en un hato de enloquecidos
fugitivos.
15. Ni siquiera me atrevo a insinuar su aspecto, ya que resultaba el compendio de todo lo sucio, estrafalario,
nefasto, anormal y detestable. Era la necrótica sombra de decadencia, decrepitud y desolación; el fantasma pútrido y
goteante de insalubre revelación. Sabe Dios que eso no pertenecía a este mundo –al menos, ya no–, aunque, para mi
espanto, descubrí en sus rasgos consumidos y sepulcrales una horrenda y obsesionante parodia de ser humano, y en
su mohosa y degenerada apariencia alguna indecible cualidad que me estremecía aún más.
16. Me encontraba casi paralizado, aunque no tanto como para no hacer un débil intento de escapar; un
traspiés atrás que no llegó a romper el hechizo en que el indescriptible, el innombrable monstruo me tenía preso. Mis
ojos, embrujados por las vidriosas esferas que acechaban espantosamente en su interior, rehusaban cerrarse, aun
cuando se hallaban piadosamente velados, y, tras una primera impresión, mostraban a aquel ser terrible sólo de
forma turbia. Traté de interponer la mano para ocultar la imagen, pero tan aturdidos estaban mis nervios que el brazo
rehusó obedecer mi voluntad. El intento, empero, fue suficiente como para desequilibrarme, haciéndome titubear
unos pasos para no caer. Al hacerlo me percaté, repentina y agónicamente, de la proximidad de aquel ser inmundo,
cuyo sordo y odioso resollar creí oír. Casi enloquecido, fui entonces capaz de tender una mano para protegerme de la
fétida aparición que tan cerca estaba y, en un cataclísmico segundo de cósmica pesadilla e infernal accidente, mis
dedos rozaron la putrefacta zarpa que el monstruo había tendido bajo el arco dorado.
17. No chillé, pero todos los espíritus demoníacos que cabalgan el viento gritaron por mí en el preciso
instante en que brotó en mi interior un sencillo y fugaz recuerdo capaz de aniquilar el alma. En ese segundo recordé
cuanto fui; recordé antes del espantoso castillo y los árboles, y reconocí el alterado edificio en el que me hallaba; y,
más terrible que todo lo demás, reconocí a la infeliz abominación que me miraba mientras yo apartaba mis dedos
mancillados de los suyos.
18. Pero en el cosmos hay tanto bálsamo como amargura, y ese bálsamo es la nepenta. En el supremo horror
de ese segundo olvidé cuanto me espantaba, y el estallido de negra memoria se desvaneció en un caos de imágenes
retumbantes. Como en sueños huí de ese sitio fantasmal y maldito, corriendo rápida y silenciosamente a la luz de la
luna. Cuando regresé al camposanto de mármol y descendí los peldaños, encontré inamovible la trampilla de piedra,
pero no me pesó, porque odiaba el antiguo castillo y los árboles. Ahora frecuento a los burlones y amigables
demonios del viento nocturno, y juego durante el día entre las catacumbas de Nephren-Ka, en el prohibido e ignoto
valle de Hadoth, en el Nilo. Sé que la luz no es para mí, excepto la de la luna sobre las pétreas tumbas de Neb; ni
tampoco otras alegrías que las de los indescriptibles festejos de Nitokris bajo la Gran Pirámide, aunque en medio de
mi nuevo salvajismo y libertad casi daría la bienvenida a la amargura de la soledad.
19. Pero aunque la nepenta me haya calmado, tengo siempre presente que soy un intruso; forastero en este
siglo y entre quienes aún son hombres. Es algo que sé desde que tendí mis dedos hacia la abominación que
aguardaba en el interior del gran marco dorado; tendí mis dedos y toqué una fría y tersa superficie de cristal pulido.
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Responde en tu cuaderno, de manera completa, las siguientes preguntas:
1. ¿Qué características tiene el castillo en el que se encuentra el narrador-protagonista al comienzo del relato?
2. ¿Cómo era la imagen que el protagonista tenía de sí mismo? Realiza una descripción con tus propias palabras.
3. ¿En qué parte del relato aparece el primer indicio de que se realiza el paso de una realidad a otra? Subraya.
4. ¿Cómo se relaciona el estado de ánimo del narrador con los distintos espacios descritos en el relato? Fundamenta
señalando tres ejemplos.
5. ¿Qué recursos son utilizados en la narración para mantener el suspenso hasta la revelación final? Fundamenta tu
respuesta considerando la información presentada en cursiva a lo largo del cuento.
6. ¿Con qué propósito se presentan dos realidades aparentemente opuestas en el relato?
7. Si consideramos el relato como una alegoría o una metáfora, ¿a qué estado de ánimo o situación del ser humano
haría referencia? Fundamenta considerando tu historia personal o la de otros.
8. Relee el fragmento de El castillo de Otranto de las páginas de inicio e identifica dos similitudes con la descripción
del castillo de este cuento.
9. Explica por qué este cuento puede ser definido como un cuento de terror. Incorpora ejemplos del texto para
ilustrar tu explicación.
10. ¿Qué te pareció el cuento? Fundamenta tu opinión.