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Importancia de la Química en la Vida Diaria

La química es esencial en la vida cotidiana y en el avance de la ciencia, contribuyendo a áreas como la medicina, la tecnología y la biología. A través de la química molecular y supramolecular, se exploran interacciones y auto organización de moléculas, lo que abre nuevas posibilidades en nanotecnología y terapia génica. Jean-Marie Lehn, premio Nobel, destaca la capacidad de la química para crear y transformar la materia, reflejando su similitud con el arte en la invención de nuevas estructuras y propiedades.
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Importancia de la Química en la Vida Diaria

La química es esencial en la vida cotidiana y en el avance de la ciencia, contribuyendo a áreas como la medicina, la tecnología y la biología. A través de la química molecular y supramolecular, se exploran interacciones y auto organización de moléculas, lo que abre nuevas posibilidades en nanotecnología y terapia génica. Jean-Marie Lehn, premio Nobel, destaca la capacidad de la química para crear y transformar la materia, reflejando su similitud con el arte en la invención de nuevas estructuras y propiedades.
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La química desempeña un papel fundamental, tanto por el puesto que ocupa en las ciencias de la

naturaleza y del conocimiento como por su importancia económica y su omnipresencia en nuestra


vida diaria. A fuerza de estar presente por doquier se suele olvidar su existencia, e incluso corre el
riesgo de pasar completamente desapercibida. Es una ciencia que no propende a ofrecerse en
espectáculo, pero sin ella muchas proezas terapéuticas, hazañas espaciales y maravillas de la
técnica, que todos consideramos espectaculares, no habrían visto la luz del día. La química
contribuye de forma decisiva a satisfacer las necesidades de la humanidad en alimentación,
medicamentos, indumentaria, vivienda, energía, materias primas, transportes y comunicaciones.
También suministra materiales a la física y la industria, proporciona modelos y sustratos a la
biología y la farmacología, y aporta propiedades y procedimientos a las ciencias y las técnicas en
general.

Un mundo sin química estaría desprovisto de materiales sintéticos y, por lo tanto, carecería de
teléfonos, ordenadores, tejidos sintéticos y cines. Sería también un mundo carente, entre otras
muchas cosas, de aspirinas, jabones, champús, dentífricos, cosméticos, píldoras anticonceptivas,
colas, pinturas y papel, por lo que no habría tampoco ni periódicos ni libros.

No olvidemos que la química ayuda a los historiadores del arte a descubrir algunos de los secretos
de fabricación de los cuadros y esculturas que admiramos en los museos. Recordemos asimismo
que permite a la policía científica analizar las muestras recogidas en el “escenario del delito” e
identificar así a los culpables más rápidamente, y por último sepamos también que es ella la que
descubre las sutilezas moleculares de los platos que cautivan nuestro paladar.

Junto con la física, que descifra las leyes del universo, y la biología, que descodifica las reglas de la
vida, la química es la ciencia de la materia y de sus transformaciones. Su expresión más alta es la
vida misma. Desempeña un papel primordial en nuestro entendimiento de los fenómenos
materiales, así como en nuestra capacidad para actuar sobre ellos, modificarlos y controlarlos.

Desde hace dos siglos aproximadamente, la química molecular ha creado un vasto conjunto de
moléculas y materiales cada vez más complejos. Desde la auténtica revolución que supuso la
síntesis de la urea, lograda en 1828, que demostró la posibilidad de obtener una molécula
orgánica a partir de un compuesto mineral, hasta la consecución de la síntesis de la vitamina B12
en el decenio de 1970, esta disciplina ha ido consolidando continuamente su poder sobre la
estructura y la transformación de la materia.

La molécula como caballo de Troya


Más allá de la química molecular se extiende el inmenso ámbito de la llamada química
supramolecular, que no estudia lo que ocurre dentro de las moléculas, sino más bien cómo éstas
se conducen entre sí. Su objetivo es comprender y controlar su modo de interacción y la manera
en que se transforman y unen, ignorando a otras moléculas. El sabio alemán Emil Fischer, Premio
Nobel de Química (1902), recurrió al símil de la llave y la cerradura para enunciar este fenómeno.
Hoy en día, lo denominamos “reconocimiento molecular”.

En el ámbito de la biología es donde más sorprendente resulta el papel de las interacciones


moleculares: las unidades proteínicas que se unen para formar la hemoglobina; los glóbulos
blancos que reconocen y destruyen los cuerpos extraños; el virus del sida que encuentra su blanco
y se introduce en él; el código genético que se transmite mediante la escritura y lectura del
alfabeto de las bases proteínicas, etc. Un ejemplo muy elocuente es el de la “auto organización”
del virus del mosaico del tabaco, formado por una agrupación de nada menos que 2.130 proteínas
simples estructuradas en una torre helicoidal.

La eficacia y elegancia de los fenómenos naturales son tan fascinantes para un químico que su
tentación es tratar de reproducirlos, o de inventar nuevos procedimientos que permitan crear
nuevas arquitecturas moleculares con aplicaciones múltiples. ¿Por qué no podríamos imaginar,
por ejemplo, la elaboración de moléculas capaces de transportar al centro de un blanco escogido
un fragmento de ADN destinado a la terapia génica? Esas moléculas serían como “caballos de
Troya” que permitirían a su pasajero atravesar barreras como las membranas celulares,
consideradas infranqueables.

Armados de paciencia, muchos investigadores de todo el mundo construyen –yo diría que “a la
medida”– estructuras supramoleculares. Observan como las moléculas, mezcladas en aparente
desorden, se encuentran de por sí solas, se reconocen y se van uniendo después paulatinamente
hasta formar de manera espontánea, pero perfectamente controlada, el edificio supramolecular
final.

Por eso ha surgido, inspirada por los fenómenos que se dan en la naturaleza, la idea de suscitar la
aparición de ensamblajes supramoleculares y pilotarlos, esto es, llevar a cabo una “programación
molecular”. El químico concebirá los “ladrillos” de base (moléculas con determinadas propiedades
de estructura e interacción) y luego aplicara el “cemento” (el código de ensamblaje) que va a
unirlos. Así obtendrá una superestructura mediante auto organización. La síntesis de los ladrillos
moleculares capaces de auto organizarse es mucho más sencilla de lo que sería la síntesis del
edificio final. Esta pista de investigación abre vastas perspectivas, sobre todo en el ámbito de las
nanotecnologías: en vez de fabricar nano estructuras, se deja que éstas se fabriquen de por sí
solas mediante auto organización y así se pasa de la fabricación a la auto fabricación.
Más recientemente todavía ha surgido una química denominada adaptativa, en la que el sistema
efectúa de por sí solo una selección entre los ladrillos disponibles y es capaz de adaptar la
constitución de sus objetos en respuesta a las solicitaciones del medio. Esta química, que yo llamo
“química constitucional dinámica” tiene un matiz darwiniano.

De la materia a la vida

En el principio era la explosión original, el “Big Bang”, y la física reinaba. Luego, con temperaturas
más clementes, vino la química. Las partículas formaron átomos y éstos se unieron para producir
moléculas cada vez más complejas que, a su vez, se asociaron en agregados y membranas dando
así a luz a las primeras células de las que brotó la vida en nuestro planeta. Esto ocurrió unos 3.800
millones de años atrás.

Desde la materia viva hasta la materia condensada, primero, y luego desde esta última hasta la
materia organizada, viva y pensante, la expansión del universo nutre la evolución de la materia
hacia un aumento de su complejidad mediante la auto organización y bajo la presión de la
información. La tarea de la química es revelar las vías de la auto organización y trazar los caminos
que conducen de la materia inerte –a través de una evolución prebiótica puramente química– al
nacimiento de la vida, y de aquí a la materia viva, y luego a la materia pensante. La química nos
proporciona, por consiguiente, medios para interrogar al pasado, explorar el presente y tender
puentes hacia el futuro.

Por su objeto –las moléculas y los materiales–, la química expresa su fuerza creadora, su poder de
producir moléculas y materiales nuevos – auténticamente nuevos porque no existían antes de ser
creados– mediante recomposiciones de los átomos en combinaciones y estructuras inéditas e
infinitamente variadas. Debido a la plasticidad de las formas y funciones del objeto de la química,
ésta guarda una cierta semejanza con el arte. Al igual que el artista, el químico plasma en la
materia los productos de su imaginación. La piedra, los sonidos y las palabras no contienen la obra
que el escultor, el compositor y el escritor modelan con esos elementos. Del mismo modo, el
químico crea moléculas originales, materiales nuevos y propiedades inéditas a partir de los
elementos que componen la materia.

Lo propio de la química no es solamente descubrir, sino también inventar y, sobre todo, crear. El
Libro de la Química no es tan sólo para leerlo, sino también para escribirlo. La partitura de la
química no es tan sólo para tocarla, sino también para componerla.

Jean-Marie Lehn
Jean-Marie Lehn, es especialista en química supramolecular y obtuvo el Premio Nobel de Química
en 1987, junto con Donald Cram y Charles Pedersen. Es profesor emérito de la Universidad de
Estrasburgo (Francia), profesor honorario del Colegio de Francia, miembro de la Academia de
Ciencias de Francia y fundador del Instituto de Ciencia e Ingeniería Supramoleculares (ISIS) de
Estrasburgo.

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