Obstinado soñador - George R.
R Martin
El mundo deviene sueño, y el sueño deviene mundo.
NOVALIS (Heinrich von Ofterdingeri)
«Toda certeza está en los sueños», solía decir Edgar Allan Poe que, no por casualidad, dedicó su
última obra, el deslumbrante poema cosmogónico Eureka , «a los que sienten más que a los que
piensan, a los soñadores y a los que depositan su fe en los sueños como únicas realidades». Hasta
Poe nunca nadie había revelado con tanta precisión la vida interior de las pesadillas que atormentan
implacablemente a todo aquel que se aventura con audacia, sin reservas, en el proceloso e ilógico
país de los sueños, en el cual él se desenvolvía completamente a sus anchas, cual si se tratara de un
iniciado de épocas pretéritas, alguien que almacenara reminiscencias inmemoriales y atisbos de
sabidurías herméticas hace tiempo desaparecidas, o que hubiese vislumbrado cosas que únicamente
se pueden percibir vagamente «en las brumas del éxtasis… en el reino místico y en los imperios de la
sombra» (en palabras de Rubén Darío).
Al igual que el autor de «El cuervo», Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) fue un ave nocturna y un
cazador de sueños. Para este recluso que por voluntad propia vivió en perpetuo exilio interior,
perversamente orgulloso de su total carencia de sentido práctico y de su autosuficiencia, la noche no
sólo constituía el marco idóneo para sus escapadas al abrigo de los curiosos y el escenario
privilegiado de sus aficiones favoritas: contemplar las estrellas, leer con avidez cuanto caía en sus
manos y, sobre todo, escribir (poesía, ensayo, relatos y especialmente sus más de cien mil cartas
acreditadas, sucedáneo de su casi inexistente vida social), sino que le posibilitaba el acceso al
paradisíaco reino de los sueños. Al refugiarse en su hermético mundo onírico, Lovecraft se embarcó
en un viaje sin retomo hacia una nueva dimensión: el miedo cósmico, el «terror de los espacios
infinitos», que estremecía a Pascal. Su deslumbrante visión fantástica alumbró un universo
totalmente autónomo mediante el cual la imaginación lograba acceder a regiones donde hasta
entonces nadie había osado aventurarse, demostrando que los sueños constituyen una puerta de
entrada a otras dimensiones más allá de la cuarta, inalcanzables para los seres humanos.
Como Poe, Lovecraft abandona definitivamente las invenciones mágicas o legendarias de los góticos
y, en su lugar, los terrores del alma, la enfermedad, la perversidad o la decadencia, se convierten en
verdaderos protagonistas, culminando con ello la mutación del cuento de miedo anunciada por el
primero con su renuncia a seguir utilizando temas y personajes del repertorio romántico (castillo
encantado, fantasma, vampiro, pacto diabólico, brujería, etc.) para materializar sus propias fobias y
temores infantiles, mostrando así «el terror lívido de los sueños, terror de muerte, de juicio final,
meteórico, inexplicable», en palabras del insigne vate criollo antes mencionado. Los tímidos intentos
de finales del siglo XIX de racionalizar los mitos antiguos, dotándolos de una base más realista y
cercana a nosotros, sustentada en nuevas hipótesis seudocientíficas, cristalizaron en la obra
alucinatoria de Lovecraft, cima indiscutible del llamado «cuento materialista de miedo» y punto de
inflexión hacia la moderna ciencia-ficción.
En la nueva mitología fantástica propuesta por el introvertido soñador de Providence ya no hay Dios
ni Diablo, ni monstruos de origen sobrenatural, tan sólo híbridos semihumanos y seres
extraterrestres o extradimensionales, cuyos pretendidos poderes específicos se basan
exclusivamente en la suposición de que todavía subsisten ancestrales secretos científicos,
procedentes de desaparecidas civilizaciones prehumanas y hoy perdidos por nuestro saber
mecanicista. A partir de él, la pura magia de antaño puede explicarse racionalmente mediante
simples fórmulas matemáticas no euclidianas, lo mismo que el descenso al mundo onírico se troca
en fascinante periplo a otras dimensiones o a los abismos del tiempo. El terror se desplaza así del
plano físico al mental, del consciente al inconsciente, y el miedo se convierte en horror cósmico.
Desde su más tierna infancia Lovecraft padeció violentos sueños y pesadillas. La posterior
transcripción de esas aflicciones nocturnas nutrió buena parte de su obra, en la que es bien patente
la constante preocupación por los sueños: muchos de los personajes de sus relatos están dominados
por ellos. Su alter ego Randolph Cárter es un soñador nato y «La declaración de Randolph Cárter»,
primer eslabón del ciclo de aventuras oníricas dedicado a este personaje emblemático, deriva de un
sueño del propio Lovecraft. La novela corta La búsqueda en sueños de la ignota Kadath penetra a
fondo en el fabuloso orbe de los sueños de Cárter, y los relatos «La llave de plata» y su continuación
«A través de las puertas de la llave de plata» hacen hincapié en las fantasías nocturnas de este
mismo personaje.
Una de las primeras creaciones de la imaginación fantástica de Lovecraft fueron precisamente esas
extrañas criaturas producto de sus sueños a las que llamó «noctívagos demacrados» y describió con
tanto vigor (incluidos los corchetes) en sus cartas. «Cuando tenía seis o siete años solía sentirme
constantemente atormentado por un extraño tipo de pesadilla recurrente en la que una monstruosa
especie de entidades (a las que yo llamaba “noctívagos demacrados”: no sé cómo se me ocurrió el
nombre) solían agarrarme por el estómago [¿mala digestión?] y llevarme por los aires a través de
infinitas leguas de oscuridad por encima de las torres de horribles ciudades muertas. Finalmente me
introducían en un sombrío vacío desde donde podía ver millas más abajo las puntiagudas cimas de
enormes montañas. Entonces me dejaban caer… y mientras adquiría velocidad en mi caída digna de
Ícaro, empezaba a despertar en tal estado de pánico que detestaba la sola idea de volver a
dormirme. Los “noctívagos demacrados” eran unas criaturas negras, flacas, viscosas, con cuernos,
rabos de púas, alas de murciélago y sin ningún tipo de rostro. Indudablemente saqué la imagen de
una mezcla de recuerdos de dibujos de Doré (en gran parte ilustraciones de El Paraíso perdido) que
me fascinaban en mis horas de vigilia. No tenían voz y su única forma de tortura real era su
costumbre de hacerme cosquillas en el estómago [otra vez la digestión] antes de agarrarme y huir
conmigo a toda prisa».
La más memorable aparición de estas criaturas tiene lugar en La búsqueda en sueños de la ignota
Kadath , donde forman parte del variopinto bestiario imaginario que puebla la singular geografía
fantástica del país de los sueños, desplegada con tanta brillantez en el texto. Años más tarde
Lovecraft las describiría sucintamente en el soneto «Night Gaunts», incluido en su colección de
poemas Fungi from Yuggow (1929-30): «De qué cripta salen a rastras no sabría decir, / pero cada
noche veo a esas viscosas criaturas, / negras, cornudas y enjutas, de alas membranosas / y colas que
ostentan el dardo bífido del infierno. / Llegan por legiones traídas por el viento del norte, / y con sus
obscenas garras que cosquillean y escuecen / en monstruosos viajes me arrebatan / hasta mundos
sombríos ocultos en la más honda pesadilla».
Al igual que el narrador de «Al otro lado de la barrera del sueño» que se pregunta si la gente «se
detiene alguna vez a reflexionar sobre la inmensa importancia que de vez en cuando tienen los
sueños», Lovecraft vivía por y para sus sueños. En ellos