La lógica del fantasma, seminario de 1966-1967
Lección 17
19 de abril de 1967
La última vez les traje un cierto número de enunciados. Formulé algunos tales como, por
ejemplo, no hay acto sexual. Pienso que la noticia corre por la ciudad… [risas]. ¡Pero bueno! No
la di como una verdad absoluta… Dije que era lo que estaba articulado propiamente hablando en
el discurso de lo inconsciente.
Dicho esto, encuadré esta fórmula y algunas más en una especie de repaso, debo decir
bastante denso, de lo que le da su sentido así como sus premisas. Ese curso era una especie de
etapa marcada por puntos de reunión que tal vez podrá servir como título de introducción escrita
para algo que, entonces, busco; que quiero buscar hoy, diría yo, de una forma tal vez más
accesible, concebida en todo caso como una… marcha fácil, una primera manera de adecuar las
articulaciones en las que me voy a adentrar, que son siempre las que hice presentes para ustedes
desde hace dos o tres de mis cursos; a saber, esta articulación tercera entre el a minúscula, un
valor Uno (que sólo está aquí para darle sentido al valor a minúscula, puesto que éste es un
número, propiamente hablando, el número de oro) y un segundo valor Uno.
Por supuesto, una vez más, yo podría rearticularlos de una forma a la que podría llamar
apodíctica, mostrar su necesidad. Procederé de otra manera; pensando antes bien comenzar
identificando el uso que voy a darles, a reserva de retomar luego las cosas de la manera que se
necesita, de lo cual me voy a alejar; voy a hacerlo de un modo que puede llamarse heurístico. 1
Esto, entonces, pensando en quienes no saben de qué se trata: se trata de psicoanálisis. No es
necesario saber de qué se trata en el psicoanálisis para sacar provecho de mi discurso. Se
requiere, además, haber practicado durante cierto tiempo ese discurso. Debo suponer que ese no
es el caso de todo el mundo, especialmente entre quienes no son psicoanalistas.
Si me preocupo por quienes conviene introducir en lo que he llamado mi discurso, por
supuesto no lo hago sin pensar en los psicoanalistas; pero es también que, hasta cierto punto, me
resulta necesario dirigirme a quienes acabo de definir primero, y que un día resulté precisando
como siendo “el número”, me es necesario dirigirme a ellos para que mi discurso vuelva, en
cierta forma, desde un punto de reflexión, a los oídos de los psicoanalistas.
1
“erística” [Sizaret].
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Es sorprendente, en efecto, e interno al asunto en cuestión, que el psicoanalista no entra de
lleno en ese discurso; precisamente en la medida en que ese discurso concierne a su práctica y
que es demostrable. La continuación misma de mi discurso, y de mi discurso hoy, pondrá el
punto sobre la razón por la cual es concebible que el psicoanalista encuentre en su estatuto
mismo, entiendo por ello en lo que lo instituye como psicoanalista, ese algo que hace resistencia
especialmente en el punto que introduje, que inauguré en mi último discurso.
Para decir la palabra, la introducción del valor de goce hace pregunta, en la raíz misma de un
discurso (de todo discurso) que pueda intitularse discurso de la verdad. Al menos en la medida,
compréndanme, en que ese discurso entraría en competencia con el discurso de lo inconsciente,
si ese discurso de lo inconsciente sí está, como se los dije la última vez, realmente articulado por
este valor de goce.
Es muy singular ver cómo el psicoanalista siempre tiene un retoquito que hacerle a ese
discurso competitivo. Es justo ahí donde su enunciado eventual está realmente en lo cierto, que
él busca siempre retomarlo. Y basta con tener un poco de experiencia para saber que esta
oposición es siempre estrictamente correlativa, cuando se la puede medir, de esa especie de
glotonería vinculada en cierta forma con la institución psicoanalítica y que es la que está
constituida por la idea de hacerse reconocer en el plano del saber.
El valor de goce, dije, está en el principio de la economía de lo inconsciente. Lo inconsciente,
dije también, subrayando el artículo del, habla del sexo. No dije habla sexo, sino habla del sexo.
Lo que lo inconsciente nos designa son las vías de un saber. Para seguirlas, no hay que querer
saber antes de haber caminado.
Lo inconsciente habla del sexo. ¿Puede decirse que dice el sexo? En otras palabras, ¿dice la
verdad? Decir que habla es algo que deja en suspenso lo que dice. Se puede hablar para no decir
nada; hasta es habitual. No es el caso de lo inconsciente.
Se pueden decir cosas sin hablar. No es el caso de lo inconsciente tampoco. Y hasta lo que
sobresale, por supuesto desapercibido como muchos otros rasgos que dependen de lo que articulé
en ese punto de partida, es que “eso habla”, lo inconsciente. Si uno tuviera un poquito de oído, se
deduciría que ¡es obligación hablar, para decir algo! Nunca vi a nadie despejarlo, aunque en mi
Discurso de Roma se haya dicho por lo menos de diez formas; una de las cuales me fue
representada recientemente durante conversaciones con muchachos bastante simpáticos, muy
concernidos por una parte, por lo menos, de mi discurso, a propósito de la famosa fórmula, que
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tuvo éxito tanto más, por supuesto, cuanto que es una fórmula –desconfianza, siempre… cuando
se quiere recoger todo en una fórmula– cuando dije que “el analizado le habla a usted analista,
luego habla de él, y cuando hable de él a usted… todo irá bien” 2
Las fórmulas que, como esa, tienen la fortuna de ser bien acogidas, deben ser reubicadas en
su contexto, so pena de engendrar confusiones…
Entonces, ¿dice el inconsciente la verdad sobre el sexo? Yo no dije esto, cuyo asunto,
recuerden ustedes, ya había subrayado Freud. Esto, por supuesto, conviene que se lo precise. Fue
respecto a un sueño, un sueño de una de sus pacientes, 3 sueño hecho manifiestamente para
embaucarlo, a Freud, y hacerle confundir la gimnasia con la magnesia. La generación de los
discípulos de entonces era bastante fresca como para que fuese necesario explicarles eso como
un escándalo. A decir verdad, no se las arregla fácilmente: el sueño es la vía regia de lo
inconsciente. Pero, en sí mismo, ¡no es lo inconsciente! Plantear la pregunta a nivel de lo
inconsciente es otro par de mangas 4 … que yo ya volteé (me refiero a las mangas) como lo hago
siempre rápido, no dejando lugar a la ambigüedad, cuando en mi texto que se llama La cosa
freudiana, 5 escrito en 1956 para el centenario de Freud, hice surgir esa entidad que dice “Yo, la
verdad, hablo”.
La verdad habla. Puesto que es la verdad, no necesita decir la verdad. Escuchamos a la
verdad y lo que dice sólo se escucha para quien sabe articularlo; articular lo que dice. ¿Lo que
dice dónde? En el síntoma, es decir, en algo que cojea. Tal es la relación de lo inconsciente, en
tanto que habla, con la verdad.
Sigue siendo cierto que hay un asunto que abrí el año pasado, en mi primer curso,
publicado… cuando digo “el año pasado” no digo octubre, noviembre últimos… sino el octubre,
el noviembre de antes. El que fue publicado en los Cuadernos para el psicoanálisis, con el título
de La verdad y la ciencia. 6 Allí queda abierto saber por qué -enunciado de Lenin que introduce
ese cuaderno-, por qué “la teoría vencerá porque es verdadera”…
2
“El sujeto, decíamos, empieza su análisis hablando de sí mismo sin hablarle a usted, o hablándole a usted sin
hablar de él. Cuando pueda hablarle a usted de sí mismo, el análisis estará terminado”. Cfr. la nota 4, pág. 356,
Escritos 1, México, Siglo XXI editores, 1984, decimosexta edición en español, traducción de Tomás Segovia,
revisada por el autor, por Juan David Nasio y nuevamente revisada por Armando Suárez [T.].
3
En La interpretación de los sueños.
4
es harina de otro costal… [T.]
5
“La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”, 1955, 1956, retomado en Escritos 1.
6
“La ciencia y la verdad” publicado en Cahiers pour l’analyse, núm. 1 [La science et la vérité], y retomado en
Escritos 2.
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Lo que hace poco dije sobre el psicoanalista, por ejemplo, no da enseguida una sanción
convincente a este enunciado…
Al respecto, el mismo Marx, como muchos otros, deja pasar algo que no deja de ser
enigmático. Como muchos otros antes de él, en efecto, empezando por Descartes, procedía, en lo
que concierne a la verdad, siguiendo una estrategia singular, que enuncia en alguna parte con
estas palabras picantes: “la ventaja de mi dialéctica es que yo digo las cosas poco a poco y, como
ellos creen que he llegado al final, se apresuran a refutarme, lo único que hacen es desplegar su
tontería”. 7 Puede parecer singular que alguien de quien procede esta idea de que “la teoría
vencerá porque es verdadera”, se exprese así.
Política de la verdad y, para decirlo todo, su complemento, en la idea de que en últimas, sólo
lo que yo llamé hace poco “el número” (a saber, lo que se reduce a no ser sino el número, a
saber, que lo que se llama en el contexto marxista “la conciencia de clase”, en tanto que es la
clase del número) ¡no podría equivocarse!… Singular principio, sin embargo, sobre el cual todos
los que merecen haber proseguido en su fe 8 la verdad marxista jamás variaron.
¿Por qué la conciencia de clase estaría tan segura de su orientación (quiero decir, aún cuando
no sabe nada o bastante poco de la teoría cuando la conciencia de clase funciona, si seguimos a
los teóricos, aún en el nivel no educado) si la conciencia es propiamente reducida a aquellos que
pertenecen al nivel definido, en este caso, por el término de “la clase excluida de los beneficios
capitalistas”?
Tal vez la pregunta que concierne a la fuerza de la verdad, haya de buscarse en ese campo en
que somos introducidos que es el que, metafórico, podemos, repito, por la metáfora, llamar el
mercado de la verdad; si, como de la última vez pueden ustedes entreverlo, el resorte de ese
mercado es el valor de goce.
En efecto, algo se intercambia, que no es la verdad en sí misma. En otras palabras, el lazo de
quien habla con la verdad varía según el punto donde sostiene su goce.
Es justamente toda la dificultad de la posición del psicoanalista. ¿Qué hace éste? ¿De qué
goza en el lugar que ocupa? Es el horizonte de la pregunta, que no hago más que introducir de
nuevo, marcándola en su punto de fisura, con el término de deseo del psicoanalista.
7
Karl Marx, ¿Correspondencia?
8
Tal vez “vía” [S.].
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Entonces, la verdad en este intercambio que se transmite por una palabra cuyo horizonte nos
es dado por la experiencia analítica, no es en sí misma el objeto de intercambio.
Como se ve en la práctica: los psicoanalistas que están entre ustedes aquí pueden dar fe con
su práctica; por supuesto, no están aquí por nada, están aquí por lo que puede caer de la verdad
de esta mesa, hasta lo que podrán hacer con eso, trampeando un poco… Tal es la necesidad a la
que los obliga el efecto 9 de un estatuto obstaculizado que concierne al valor de goce que se
vincula con su posición de psicoanalistas. Puedo decir que recibí confirmación al respecto, la
habré, seguramente, renovado…
Voy a tomar un ejemplo: alguien que no es psicoanalista, el señor Deleuze, para llamarlo por
su nombre, presenta un libro de Sacher-Masoch: Presentación de Sacher-Masoch. 10 ¡Escribe
sobre el masoquismo, incontestablemente, el mejor texto que jamás haya sido escrito! Quiero
decir, el mejor texto, comparado con todo lo que se ha escrito sobre ese tema en el psicoanálisis.
Por supuesto, ha leído esos textos; no inventa su tema. Parte, primero, de Sacher-Masoch… ¡que
algo tiene para decir cuando se trata del masoquismo! Yo sé bien que se ha… cercenado un poco
su nombre, que ahora se dice “maso” [risas]. Pero que, bueno, depende de nosotros señalar la
diferencia que hay entre “maso” y “masoquista”, hasta entre “masoquiano” o “Masoch” a secas.
Como sea, ese texto sobre el que seguramente volveremos, porque, literalmente, puedo decir…
siendo un tema sobre el que no me he quedado mudo, puesto que escribí Kant con Sade, 11 pero
en donde, literalmente, sólo hay en verdad una apreciación; particularmente sobre el hecho de
que el sadismo y el masoquismo son dos vías estrictamente distintas, aun cuando, por supuesto,
se deban ubicar ambas en la estructura, pues todo sadista no es automáticamente “maso”, ni todo
“maso” un sadista que se ignora; no se trata de un guante que se voltea. En resumen, puede ser
que el señor Deleuze (lo juraría, tanto más cuanto que me cita abundantemente) haya sacado
provecho de esos textos… ¿pero no sorprende que ese texto anticipe de verdad todo lo que voy
ahora a tener que decir efectivamente al respecto, por la vía que nos hemos abierto este año?
¡Cuando no hay uno solo de los textos analíticos que no deba retomarse enteramente y volverse a
hacer en esta nueva perspectiva!
9
“el hecho” [Sizaret]; nótese la homofonía: l’effet (el efecto) - le fait (el hecho) [T.].
10
Deleuze Gilles, Présentation de Sacher-Masoch, con el texto completo de La Vénus à la fourrure [La Venus de
las pieles], París, Minuit, 1967.
11
1962, retomado en Escritos 2.
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Me tomé el cuidado de que el autor que cito me confirmara, él mismo, que no tiene
experiencia alguna del psicoanálisis.
Tales son los puntos (que deseo señalar aquí, en su fecha, porque en últimas, con el tiempo,
pueden cambiar), los puntos que toman valor ejemplar y merecen que se los retenga, así sólo sea
para exigir de mí que dé plena cuenta de ello, quiero decir, en detalle. Al respecto, me queda
entrar en la articulación de esta estructura, cuyo rasgo tan simple, que está en el tablero, da la
base y el fundamento y sobre el que no dejan ustedes de tener, por mi boca, algunos
esclarecimientos sobre la manera como eso servirá.
No obstante, repito, el a minúscula, aquí, es lo que ya, respecto al objeto así designado, pude
hacer que sintieran como siendo, en cierta forma, lo que podría llamarse “la montura”, la
montura del sujeto: metáfora que implica que el sujeto es la joya, y a, la montura, lo que la
soporta, lo que la sostiene, el marco 12 . Ya (lo recuerdo, sin embargo) definimos e imaginamos el
objeto a minúscula como lo que hace caída en la estructura, a nivel del acto más fundamental de
la existencia del sujeto, puesto que es el acto desde donde el sujeto, como tal, se engendra, a
saber, la repetición. El efecto 13 del significante, que significa lo que él repite, es lo que engendra
al sujeto y algo cae de ahí.
Recuerden cómo el corte del doble bucle, en ese menudo objeto mental que se llama plano
proyectivo, recorta esos dos elementos que respectivamente son: la banda de Möbius que, para
nosotros, hace las veces del soporte del sujeto, y el redondel que obligatoriamente le queda, que
es ineliminable de la topología del plano proyectivo.
Aquí, este objeto a minúscula es soportado en una referencia numérica para figurar lo que
tiene de inconmensurable, de inconmensurable en lo que concierne a su funcionamiento de
sujeto, cuando ese funcionamiento tiene lugar a nivel de lo inconsciente, y que no es más que el
sexo, sencillamente. Por supuesto, ese número de oro sólo está allí como un soporte, elegido por
tener el privilegio, que nos lo hace retener, pero sencillamente como función simbólica, por tener
el privilegio (que ya les he indicado como pude, a falta de poder darles, sería realmente
arrastrarnos… la teoría matemática más moderna y la más estricta), de ser, si puedo decirlo, lo
12
“el sujeto es la joya y la montura, lo que la soporta, lo que la sostiene, el marco” [Sizaret].
13
“el hecho” [Sizaret]; nótese nuevamente la homofonía: l’effet (el efecto) - le fait (el hecho) [T.].
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inconmensurable que estrecha lo más lentamente los intervalos en los cuales puede localizarse.
En otras palabras, el que, para llegar a cierto límite de aproximación, exige –de todas las formas
(son múltiples y creo que casi infinitas) de lo inconmensurable– ser el que exige más
operaciones.
En este punto les recuerdo de qué se trata; a saber, que si el a minúscula es aquí situado en el
1, permitiendo marcar con a2 su diferencia (1-a) con el 1, esto dependiendo de su propiedad
propia, de su a minúscula: que sea tal que 1+a sea igual a 1/a, de donde es fácil deducir que 1-
a=a2 (hagan una pequeña multiplicación y lo verán enseguida). El a2, será situado luego en ese a,
que está aquí en el -1 (aquí, por ejemplo…) y engendrará un a3, a3 que se llevará al a2 para que
resulte, a nivel de la diferencia, un a4, el cual se pondrá así para que aparezca aquí un a5.
Ven que, de cada lado, se esparcen, una tras otra, todas las potencias pares de a, de un lado, y
las potencias impares, del otro. Las cosas son de tal manera que si se continúa hasta el infinito,
pues jamás habrá alto ni término para esas operaciones, su límite nunca será otro que a, para la
suma de potencias pares; a2, a saber, la primera diferencia, para la suma de potencias impares.
Entonces, será aquí donde se inscribirá, al final de la operación, lo que, en la primera
operación, estaba marcado aquí como la diferencia. Aquí, en a, el a2 vendrá al final a agregarse,
realizando con su suma, aquí, el 1, constituido por la complementación del a con ese a2.
Lo que aquí se ha constituido por la suma de todos los restos, siendo igual al a primero, de
donde partimos.
Pienso que el carácter sugerente de esta operación no les escapa; tanto más cuanto que hace
un buen tiempo, hace por lo menos un mes o mes y medio, les hice notar cómo éste podía dar
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soporte, dar imagen a la operación de lo que se realiza en la vía de la pulsión sexual con el
nombre de sublimación.
No volveré sobre esto hoy, puesto que tengo que avanzar. Sencillamente, al indicarlo así, les
doy la mira de lo que vamos a hacer sirviéndonos de ese soporte. Como lo verán y como ya
pueden presentirlo, no nos bastará. Todo nos indica, en el logro mismo tan “sublime” (es el caso
decirlo) de lo que nos presenta, para presentir que si las cosas fuesen así, que la sublimación nos
hiciese alcanzar ese Uno perfecto, él mismo ubicado en el horizonte del sexo, me parece que
desde el tiempo en que se habla de eso, de este Uno, eso debería saberse… Debe quedar, entre
las dos series, las de las potencias pares e impares del mágico a minúscula, algo como una
hiancia, un intervalo. En todo caso, todo lo indica en la experiencia.
No obstante, no es malo ver que con el soporte más favorable para tales articulaciones
tradicionales, vemos sin embargo ya la necesidad de una complejidad que es de la que, en todo
caso, debemos partir.
No olvidemos que si el primer 1, aquel sobre el cual acabo de proyectar la sucesión de las
operaciones está ahí, sólo lo está para figurar el problema al que, precisamente, en tanto tal, el
sujeto ha de ser confrontado: si ese sujeto es el sujeto que se articula en lo inconsciente, a saber,
el sexo. Ese 1 del medio, de los tres elementos de mi metrito de bolsillo, ese 1 del medio, es el
lugar de la sexualidad.
¡Quedémonos ahí! ¡Estamos en la puerta!
La “sexualidad”, ¡ah!, es un género, una charca, un charco 14 , una “marea negra” como se
dice desde hace cierto tiempo. Métanle el dedo, llévenselo a la nariz ¡y ahí olerán de qué se trata!
Cuando se dice “sexualidad”, ¿eso viene del sexo? Para que sea sexo se necesitaría poder
articular algo un tanto más firme.
Yo no sé, ahí, qué punto de una bifurcación, por dónde coger. Porque es un punto de extremo
litigio. ¿Se requiere que les dé aquí enseguida la idea de lo que podría ser, ¡si funcionara!, la
subjetivación del sexo? Evidentemente, pueden soñar con ello… De hecho, no hacen más que
eso, porque es lo que constituye el texto de sus sueños. Pero de eso no se trata. ¿Qué podría ser,
si eso fuera…? Si eso fuera, y si se le da un sentido a lo que estoy tratando de desarrollar ante
ustedes, un significante, en este caso, lo que se llama (y verán enseguida hasta qué punto
14
“una moira” [Sizaret].
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quedaremos complicados, porque si digo “macho” o “hembra”, bueno, ¡ah!… es bastante animal,
eso). Entonces, estoy de acuerdo: “masculino” o “femenino”…
Ahí, resulta en seguida que Freud, el primero que se adentró en esta vía de lo inconsciente, al
respecto es absolutamente sin ambages: no existe el mínimo medio… Digo (no es que yo le esté
diciendo a ustedes que están ahí ante mí: “¿en qué dosis son ustedes masculino y en qué dosis
femenino?”. De eso no se trata; tampoco se trata de la biología, ni del órgano de Wolff y de
Müller), es imposible darle un sentido, quiero decir un sentido analítico, a los términos
masculino y femenino. Si un significante, sin embargo, es lo que representa a un sujeto para otro
significante, ese debería ser el terreno elegido. Pues, ven ustedes que las cosas estarían bien,
serían puras, si pudiéramos introducir cierta subjetivación, quiero decir, pura y válida en el
término macho. Tendríamos lo que conviene. A saber, que cuando un sujeto se manifiesta como
macho, sería representado como tal, quiero decir, como sujeto, ¿ante qué? Ante un significante
que designa el término hembra ¡y que no sería en absoluto necesario que determine al mínimo
sujeto! ¡La recíproca es cierta!
Subrayo que si interrogamos el sexo en cuanto a su subjetivación posible, no damos ahí
prueba de exigencia alguna, manifiestamente exorbitante, de intersubjetividad. Bien podría ser
que eso se sostenga así… Hasta sería no solamente lo que sería deseable, sino lo que, de manera
enteramente clara –si ustedes interrogan lo que hace poco llamé la conciencia de clase, la clase
de todos los que creen que “el hombre” y “la mujer” existe– eso no podría ser otra cosa que eso y
así, eso estaría bien si fuera.
Quiero decir que el principio de lo que se llama cómicamente (debo decir que ahí lo cómico
es irresistible) “la relación [relation] sexual” , si yo pudiera hacer… –en una asamblea así, que se
me vuelve familiar, una asamblea donde puedo hacer escuchar, justo como conviene, que no hay
acto sexual, lo cual quiere decir: no hay acto en un cierto nivel y justamente es por eso que
tenemos que buscar cómo se constituye– si yo pudiera hacer que el término de “relación sexual”
tomara en cada una de sus mentes exactamente la bufona connotación que merece, esta locución
¡habría ganado algo!
Si la relación sexual existiera, esto es lo que querría decir: que el sujeto de cada sexo puede
tocar algo en el otro, a nivel del significante. Entiendo que esto no implicaría, en el otro ¡ni
conciencia ni tampoco inconsciente! Sencillamente, acuerdo. Esa relación [rapport] del
significante con el significante, cuando se encuentra, es seguramente lo que nos maravilla en un
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cierto número de pequeños puntos cautivantes… de tropismos, en el animal. Estamos lejos de lo
que concierne al hombre, y tal vez igualmente, además, en el animal, donde las cosas sólo
suceden por intermedio de ciertas ubicaciones de fáneros, que ciertamente deben prestarse para
ciertos fallos.
Como sea, la virtud de lo que articulé así, no es toda decepcionante. Quiero decir que esos
significantes hechos para que el uno presente y represente al otro en el estado puro, el sexo
opuesto… ¡pues existe a nivel celular! Se lo llama cromosoma sexual.
Sería sorprendente que un día pudiéramos, con algunas posibilidades de certidumbre,
establecer que el origen del lenguaje, a saber, lo que sucede antes de que engendre al sujeto,
tenga alguna relación con esos juegos de la materia que nos entregan los aspectos que hallamos
en la conjunción de las células sexuales. ¡Aún no estamos ahí y tenemos otra cosa que hacer!
Sencillamente, no nos sorprendamos de que a la distancia que estamos de ese nivel donde se
manifestaría, en últimas, algo que no está hecho del todo para no seducirnos, en ese nivel donde
podría designarse algo que yo llamaría “trascendencia de la materia” (créanme, no fui yo quien
lo inventé, ya se le ocurrió a otras pocas personas)… sólo que si lo designo, ese punto extremo,
subrayando expresamente que está enteramente irresuelto, que el puente no está hecho, es
sencillamente para señalar que, en cambio, en el orden de lo que se llama más o menos
propiamente el “pensamiento”, ¡nunca se hizo nada diferente a lo largo del curso de los siglos
(por lo menos de los que nos son conocidos) que hablar como si ese punto estuviera resuelto!
Durante siglos, el conocimiento, de una forma más o menos enmascarada, más o menos figurada,
más o menos de contrabando, nunca hizo más que parodiar lo que pasaría, si el acto sexual
existiera al punto que nos permitió definir lo que concierne, como dicen los hindúes, de Purusha
y de Prâkriti, de animus y de anima ¡y de toda la gama…!
Lo que se nos exige es hacer un trabajo más serio. Trabajo que necesita sencillamente de
esto, que entre ese juego de las significaciones primordiales, tal como podrían inscribirse en
términos, lo subrayo, que impliquen algún sujeto, pues bien, nos hallamos separados por todo el
espesor de algo que llamarán ustedes como quieran: la carne, o el cuerpo, con la condición de
incluir allí lo que aporta de específico nuestra condición de mamíferos, a saber, una condición
absolutamente especificada y para nada necesaria, como la abundancia de todo un reino nos lo
prueba (hablo del reino animal). Nada implica la forma que toma para nosotros la subjetivación
de la función sexual, nada implica que lo que viene allí a jugar a título simbólico esté
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necesariamente vinculado allí. Basta con reflexionar en lo que puede ser eso en un insecto, e
igualmente, además, las imágenes que pueden depender de eso (¿no nos privamos de hacer uso
de eso?) para hacer aparecer, en el fantasma, tal o cual rasgo singular de nuestras relaciones con
el sexo.
Pues bien, he aquí que he tomado una de las dos vías que se me ofrecían hace poco. No estoy
seguro de que haya tenido razón. Ahora tengo que tomar la otra; la otra, y para designarles por
qué el Uno viene aquí a la derecha del a, en ese punto 15 que designé como representando aquí,
por un significante, el hecho del sexo.
Ahí hay una sorprendente convergencia entre aquello de lo que se trata verdaderamente, es
decir, lo que les estoy diciendo y lo que yo llamaría por otra parte el punto mayor de la
abyección psicoanalítica.
Debo decir que deben ustedes únicamente a Jacques-Alain Miller, que hizo con mis Escritos
un índice razonado, el no haber tenido, visto, el índice alfabético con el que, debo decirlo, me
había puesto un tanto a alegrarme imaginándolo empezar con la palabra abyección. No fue así,
no es una razón para que esa palabra no tome su lugar.
El Uno que pongo ahí, por pura referencia matemática, quiero decir que figura sencillamente
esto: que para hablar de inconmensurable se requiere que tenga una unidad de medida y no hay
unidad de medida que no esté simbolizada mejor que por el Uno. El sujeto, bajo la forma de su
soporte, el a minúscula, se mide, SE MIDE AL SEXO (entiendan eso como se diría que él se
mide al celemín o a la pinta), eso es el Uno, la unidad sexo ¡nada más!
Pues bien, no es nimio que ese Uno (se trata de saber hasta qué punto) converge, como lo dije
hace poco, con ese Uno que reina en el fundamento mental mismo, hasta este día, de los
psicoanalistas, bajo la forma de la virtud unitiva, que estaría en el principio de todo lo que ellos
desarrollan como discurso sobre la sexualidad. No basta con la vanidad de la fórmula de que el
sexo “una”, se requiere además que la imagen primordial le sea dada por… la fusión de la que
beneficiaría el gozador de la “gozada”: el pequeño baby, en el seno de su madre (en donde nadie
hasta hoy, ha podido darnos testimonio de que esté en una posición más cómoda de lo que está la
15
“en esa esquina” [S.]
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madre misma al cargarlo)… y donde se ejemplificaría lo que ustedes han escuchado aún aquí, el
año pasado, en el discurso del señor Conrad Stein (lamento que no lo hayamos vuelto a ver, de
hecho, desde entonces), como necesario para el pensamiento del psicoanalista, como
representando ese Paraíso perdido de la fusión del yo y del no yo, que, lo repito, cuando se
escucha a los psicoanalistas, sería la corner stone, la piedra angular sin la cual nada podría
pensarse sobre la economía de la libido; ¡porque de eso se trata!
Pienso que ahí hay una verdadera piedra de toque, que me permito señalar a quien suponga
seguirme. Es que toda persona que quede de cierta manera pegada a ese esquema del narcisismo
primario, bien puede pasarse por el ojal todos los claveles lacanianos que quiera, dicha persona
no tiene absolutamente nada qué hacer ni de cerca ni de lejos con lo que yo enseño.
No digo que este asunto del narcisismo primario, en la economía de la teoría, no sea algo que
plantee pregunta y merezca ser acentuado un día.
Comienzo hoy, precisamente, a hacer subrayar que si el valor de goce tiene origen en la falta
marcada por el complejo de castración, en otras palabras, la interdicción del autoerotismo que
recae en un órgano preciso –que no juega ahí papel y función más que de introducir este
elemento de unidad en la inauguración de un estatuto de intercambio, de donde depende todo lo
que luego será economía, en el ser hablante del que se trata en el sexo–, está claro que lo
importante es ver la reversión que resulta de ahí. A saber, que es en la medida en que el falo
designa, desde entonces, algo llevado a valor por ese menos que constituye el complejo de
castración: ese algo que constituye precisamente la distancia del a minúscula con la unidad del
sexo.
Es a partir de ahí, como toda la experiencia nos lo enseña, que el ser que vendrá, a ser llevado
a la función de partenaire -en esta prueba del acto sexual donde es puesto el sujeto-, la mujer,
para darle una imagen a mi discurso, tomará su valor de objeto de goce.
Pero, al mismo tiempo y así mismo, miren qué sucede, ya no se trata de “él goza”. “Él goza
de”: el goce ha pasado de lo subjetivo a lo objetivo, hasta el punto de deslizar hacia el sentido de
posesión en la función típica, tal como hemos de considerarla como deducible de la incidencia
del complejo de castración. Y, esto ya lo traje la última vez, está constituida por ese viraje que
hace del partenaire sexual un objeto fálico. Punto que no subrayo aquí en el sentido de “el
hombre” a “la mujer” (los dos entre comillas), sino en la medida en que es ahí donde la
operación es, si puedo decirlo, más escandalosa. Porque es articulable, por supuesto, también en
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el otro sentido; salvo que la mujer no tiene que hacer el mismo sacrificio, puesto que le es
acreditado ya a su cuenta, al comienzo.
En otros términos, subrayo la posición de lo que llamaré la ficción macho, que podría
expresarse más o menos así: “uno es lo que tiene” 16 . No hay nada más contento que un tipo que
nunca ha visto más lejos de la punta de su nariz y que les suelta la fórmula, así, provocante:
“tener o no…”, “uno es lo que tiene”, lo que tiene, lo que ustedes saben… y además “uno tiene
lo que es”. 17 Las dos cosas se sostienen. “Lo que es” es el objeto de deseo, es la mujer.
Esta ficción, simplona debo decir, está seriamente en vías de revisión. Desde hace algún
tiempo nos hemos dado cuenta de que es un tanto más complicada. Pero aún cuando en un
informe denominado Dirección de la cura y los principios de su poder, creí deber rearticularlo
con cuidado, al parecer no se vio bien lo que implica aquello que opondré a esta ficción macho,
como siendo, para retomar una de mis palabras de la última vez, el valor hombre-ella: “uno no es
lo que tiene”. No es exactamente la misma frase, pongan cuidado, ¿ah? “Uno es lo que tiene”
[ce qui a] pero “uno no es lo que tiene” [ce qu’on a] 18 . En otras palabras, es en la medida en que
el hombre tiene el órgano fálico, que él no lo es. Esto implica que, del otro lado, uno puede y
hasta uno es lo que uno no… 19 lo que uno no tiene. Es decir, es precisamente en la medida en
que ella no tiene el falo que la mujer puede tomar su valor.
Tales son los puntos que es extremadamente necesario articular al comienzo de toda
inducción de lo que dice lo inconsciente sobre el sexo, ¡porque esto es propiamente lo que hemos
aprendido a leer en su discurso! Sólo que, allí donde yo hablo de complejo de castración, con por
supuesto todo lo que implica de litigio, puesto que lo menos que puede decirse es que puede
prestarse un tanto a error sobre la persona, y especialmente del lado macho, respecto a lo que nos
describe tan bien el Génesis, a saber, la mujer concebida como ese algo de cuyo cuerpo el
hombre ha sido privado (a eso se lo llama, en ese capítulo que bien conocen ustedes, una
“costilla”, ¡es por pudor!…) Lo que conviene ver es que en todo caso, allí donde hablo de
complejo de castración como original en la función económica del goce, el psicoanalista hace
16
on est ce qui a, “uno es lo que tiene / uno es eso que tiene”, Nótese el uso del ce qui en vez del ce qu’on, con su
insoslayable efecto objetivante. En contraste, en el párrafo siguiente Lacan llama la atención: no es lo mismo ce qui
a que ce qu’on a. Hay que subrayar además el efecto de a en la afirmación: “uno es lo/eso que a”. [T.]
17
on a ce qui est – « lo que es », también con el acento objetivante del qui.
18
O también, al explicitar el on: “uno no es lo que se tiene” [T.].
19
Sizaret transcribe sin los puntos suspensivos : « on est ce qu’on a – on est ce qu’on n’a pas »; Dorgeuille separa
con comas : « On est ce qu’on a, on est ce qu’on n’a pas ». [A notar una homofonía entre « on est ce qu’on n’a… » y
« on est ce qu’on a ». T.]
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gárgaras con el término de “libido objetal”. Lo importante es ver que si hay algo que merezca ese
nombre, es precisamente la relación de esta función negativada que está fundada en el complejo
de castración.
El valor de goce, prohibido en el punto preciso, en el punto de órgano constituido por el falo,
es el que es remitido como “libido objetal”; contrariamente a lo que se dice, a saber, que la libido
llamada narcisista sería el reservorio de donde ha de extraerse lo que será libido objetal.
Esto puede parecerles una sutileza. Porque, en últimas, me dirán ustedes, si, en cuanto al
narcisismo, hay ahí libido que recae en el cuerpo propio, pues bien, aún cuando usted precise las
cosas, se trata de una parte de esta libido… me dirán ustedes. En lo que enuncio ahora, ¡para
nada! Muy precisamente por esto: que para decir que una cosa es extraída de la otra habría que
suponer que está pura y simplemente separada por vía de lo que se llama un corte, pero no
solamente por un corte: por algo que cumple luego la función de un borde.
Pero es precisamente lo discutible y no solamente lo discutible, sino que, lo que ya se puede
dilucidar es que no hay homeomorfismo, no hay estructura tal que el colgajo fálico (si puede
decirse) pueda captarse como una parte del investimento narcisista. Es que no constituye ese
borde; se requiere que mantengamos esto contra 20 lo que permite al narcisismo construir esta
falsa asimilación de lo uno y lo otro, que es adoctrinada en las teorías tradicionales del amor. Las
teorías tradicionales del amor dejan, en efecto, al objeto del bien en los límites del narcisismo.
Pero la relación en cuestión verdaderamente (la economía del goce), es distinta. La libido
objetal, en tanto introduce algo que, si puedo decirlo, nos deja deseando la nota exacta del acto
que se pretende sexual, es de naturaleza, hay que decirlo, propiamente hablando, diferente,
discernible. Es aquí donde yace el punto incisivo en torno al cual es esencial no ceder. Puesto
que, como lo verán luego, es solamente en torno a ese punto que pueden tomar justo lugar,
especialmente todo lo que sucede en el campo del acto analítico, ya se trate de la relación
analizado-analista o de los efectos de regresión.
Pido excusas por dejar en suspenso. La ley de mi discurso no me permite zanjarlo en el punto
de caída que siempre me convendría; la hora nos interrumpe aquí hoy. Proseguiré la próxima
vez.
Traducción: Pio Eduardo Sanmiguel A.
20
entre [S.]
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