Georg Christoph Lichtenberg, protestante ateo, racionalista subjetivo e
indomable moderado, Lichtenberg es una de las figuras más interesantes de
la Ilustración alemana. Su confianza en el futuro y en los poderes de la razón
lo llevó a anotar toda suerte de reflexiones personales sin buscar imponerlas
a la posteridad. Sus aforismos carecen del carácter cerrado del género; por
el contrario, son indagaciones sobre el discurso propio; no son verdades
absolutas sino cuestionamientos sobre la verdad, chispas de ingenio poético
y ascensos al paraíso infernal de la ironía; todas estas características
convierten a Lichtenberg en un excepcional profeta de nuestra modernidad.
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pensamientos no habrán de ser ocasionados por la misma energía que ocasiona la
fermentación?
Lo que nuestro mundo considera “criminal” rara vez es aquello que merece un
castigo, sino algo que se aferra como una raíz a nuestra vida a través de la larga
cadena de los hechos: aquello que depende de nuestra voluntad y que nos hubiera
sido más fácil evitar.
No se trata de odio a los vicios sino de miedo a los grilletes o, dicho de otro modo,
¿quién puede distinguir en cada caso la virtud del miedo a los grilletes?
Desarrollar la frase: así como aun los actos más ruines y vergonzosos requieren de
cierta inteligencia y cierto talento, así también los actos más grandiosos requieren de
una cierta insensibilidad que en otras circunstancias se llama estupidez.
Las sensaciones fuertes, de las que tanto se precian algunos, generalmente no son más
que una disminución del entendimiento […].
Así como un sordomudo aprende a hablar y a leer, así podemos hacer cosas cuyo
alcance ignoramos y cumplir intenciones desconocidas. Aquel hombre habla por un
sentido del que carece.
En una ocasión Richter me dijo: “los médicos no deberían decir ‘lo he curado’, sino
‘no se me ha muerto’ ”. Del mismo modo en la física se podría decir “he
proporcionado causas a las que finalmente no se les puede señalar lo absurdo” en vez
de “lo he explicado”.[2]
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*
Los habitantes de Tahití comen separados unos de otros y no comprenden que sea
posible comer en sociedad, en especial con las mujeres. Banks se sorprendió y les
preguntó por qué comían solos. Dijeron que lo hacían porque así era correcto, pero no
quisieron ni pudieron decir por qué era correcto.
Estos mismos habitantes nadan en las más fuertes corrientes; saben bucear y emergen
antes de que la ola pueda arrojarlos a la orilla. Banks dice que ahí el mejor nadador
europeo estaría irremediablemente perdido. El entrenamiento resulta inútil. Banks
considera esto supernatural. El hombre está dotado de aptitudes que sólo afloran en
situaciones casuales.
Hay una gran diferencia entre creer en algo y no poder creer lo contrario. Con
frecuencia creo en algo sin poderlo comprobar, del mismo modo en que descreo de
algo sin poderlo refutar. El partido que tomo no depende de pruebas estrictas, sino de
un sobrepeso: es una cuestión de preponderancia.
Para la materia inanimada la atracción parece ser lo mismo que el amor propio para la
viva.
[…] Apenas podemos hablar de filósofos; en Europa apenas llegamos a una docena;
los demás son doctores, magistrados y profesores de filosofía. Los antiguos nos
superan en mucho: 1) porque no siempre imitaban, 2) carecían de espíritu
sistemático, 3) aprendían más cosas que palabras, 4) eran más libres, 5) no escribían
tanto sobre pan, 6) veían más la naturaleza.
¿Por qué quien hoy observa estas reglas no iguala a los antiguos?, ¿por qué y
cómo se agotó la naturaleza?
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RECONOCIMIENTOS
La traducción de los Aforismos de Lichtenberg se realizó, en gran parte, gracias a una
beca concedida por la Delegación Cuauhtémoc, de enero a junio de 1988 (el jurado
estuvo integrado por Adolfo Castañón, Elsa Cross y Guillermo Sheridan).
Descubrí a Lichtenberg entre los muchos asombros del Manual del distraído, de
Alejandro Rossi; Joel Peha, auténtico lichtenberólogo, me puso en contacto con las
ediciones de los Aforismos de Promies y Rychner; Carlos Pereda me guió entre el
laberinto de libros de la Universidad de Constanza hasta el estante decisivo (y durante
varios días se convirtió en mecenas del proyecto); Ludwik Margules me descubrió el
notable texto de Jele ´nski y lo tradujo con exacta rapidez; Ruth Netzcker me ayudó a
resolver problemas de traducción; Alejandro Rossi, Adolfo Castañón, José Enrique
Fernández, Alejandro Sandoval y, por supuesto, Déborah Holtz, me apoyaron tanto
que también yo acabé por convencerme de que ésta no era una tarea mítica.
“Somos los libros que nos han hecho mejores”, dice Borges. Lo mejor de este
libro son los amigos que lo hicieron posible.
J. V.
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Algunos médicos pretenden que el género humano le debe las enfermedades venéreas
y otras más a las sátiras que ha hecho de los médicos.
Con frecuencia he observado lo siguiente: mientras más diversos son los
acontecimientos, más rápido pasan los días; sin embargo, el recuerdo del pasado, la
suma de esos días, dura mucho más. En cambio, mientras más uniformes son las
ocupaciones, más largos se vuelven los días y más breve el pasado o la suma de esos
días. La explicación no es difícil.
Debe investigarse si acaso es posible hacer algo sin tener en mente el interés propio.
Las motivaciones que nos llevan a hacer algo podrían ser ordenadas como los 32
vientos y sus nombres construidos de manera similar; pan pan fama o fama fama
an, miedo, placer.
[…] Valdría la pena investigar dónde se originan las imágenes de la gente que nunca
hemos visto, los contornos de las calles y las ciudades que desconocemos. En el
rostro que le atribuyo al general Lee, la doble e tiene más injerencia que todo lo que
he oído acerca de sus fechorías.
Eso es a la psicología lo mismo que esta frase es a la física: “la aurora boreal se
explica por el brillo de los arenques”.
La teoría de Helvecio de que todos los hombres responden a un mismo diseño, echa
por tierra todas las fisonomías. ¿A qué se debe, entonces, que rostros semejantes
suelan tener las mismas convicciones?
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Schopenhauer, Hofmannsthal, Kierkegaard, Wittgenstein, Auden, Tolstói, Musil,
Tucholsky, Jünger, Canetti y muchos otros fueron tocados por las luminosas esquirlas
de su mente.
LA PRIMERA PREGUNTA
Georg Christoph Lichtenberg nació el 1° de julio de 1742 en Ober-Ramstadt, una
aldea cercana a Darmstadt. Fue el último de los 17 hijos del pastor Johann Conrad
Lichtenberg y de su mujer, Henriette Catharina. La vasta prole del pastor estuvo a
punto de ser aniquilada por las enfermedades: ocho hijos murieron al nacer y cuatro a
temprana edad. Christoph nació sano y salvo, pero a los ocho años sufrió una lesión
en la columna, probablemente a causa de una espondilitis tuberculosa (aunque
algunas biografías hablan de una caída). Creció apenas lo suficiente para hacer
inexacto el apelativo de enano, quedó jorobado y su salud fue bastante precaria,
aunque nunca tanto como lo exigía su hipocondria (llegó a detectar la presencia de 13
enfermedades imaginarias en su organismo). En estos días en que estamos
obsesionados con el culto al cuerpo, la deformidad física parece una desgracia
mayúscula. El hombre contemporáneo ríe con cautela para ocultar las incrustaciones
de porcelana en su dentadura y aplazar las arrugas que hagan necesaria otra cirugía
plástica. Lichtenberg aprendió a escribir de espaldas al pizarrón para que no le vieran
su joroba; fue vanidoso e hipocondriaco, pero nunca se sintió en desventaja. Muchos
de sus conocidos incluso consideraban que su fisonomía era una condición natural de
su peculiar ingenio; Jean Paul lo llamaba el “Esopo jorobado”, sin que hubiera la
menor sombra de burla en el apodo, y las mujeres lo encontraban atractivo (sus
descripciones sensuales, aunque no tan anecdóticas, son tan sabias como las de
Casanova). Lichtenberg paseó su sombra oblicua por las calles del siglo XVIII y acabó
por acostumbrarse a ser el inquilino de su cuerpo.
Alemania era entonces un conjunto de 300 estados independientes, que no
acababan de reponerse de la Guerra de Treinta Años (1618-1648). Las manufacturas
inglesas y escandinavas llegaban como los elaborados artificios de lejanas
civilizaciones. En los bosques de Suabia, Sajonia y Baviera los dialectos se
descomponían en subdialectos; en las bibliotecas y las universidades se conspiraba
para unirlos en un idioma que parecía un castigo excesivo para el pueblo menos
sofisticado de Europa. Mientras Kant escribía La crítica de la razón pura, los
labriegos de mejillas enrojecidas por el frío y la cerveza hablaban de elfos y duendes
con infinitos errores gramaticales; también hablaban de mierda y castigos feudales.
De esa mezcla, de la precisa geometría de los gramáticos y de la injuria y la
escatología, surgió el alemán moderno, portento de la razón y del insulto. En este
periodo formativo en que el alemán escrito se apartaba por completo del hablado,
Lichtenberg concibió un estilo intermedio tan digno de las aulas como de las
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tabernas. Su prosa fue un sostenido ejercicio de claridad, sólo comparable a los de
Lessing y Schopenhauer.
En Ober-Ramstadt la vida se regía por un severo código de las supersticiones. Los
cuervos, los búhos, las cornejas, las urracas y la madera apolillada eran signos de mal
agüero; los campesinos hacían ofrendas de huevo y manteca; el aullido de los perros
presagiaba la muerte; corrían leyendas de dragones que salían de las chimeneas,
colonias de ratas, homúnculos asesinos, lluvias de leche y sangre. La gente de palacio
no era menos supersticiosa: un cristal resquebrajado, el crujido de un arma colgada en
la pared, un reloj adelantado o atrasado eran ominosas señas del desastre.
Alemania entró descalza al siglo XVIII, pero salió convertida en el país más
importante al este de Francia. Los reinos dispersos se unificaron bajo la supremacía
de Prusia, se consolidaron la lengua y la cultura, surgió una conciencia nacional, la
tiranía feudal fue matizada con las reformas jurídicas, económicas y educativas del
absolutismo ilustrado.
Lichtenberg vivió deslumbrado por el insólito origen de las cosas: “El lenguaje
surgió del berrido del niño como un vestido de gala francés de la hoja de parra”. El
país de los cuentos de aparecidos y los platillos simples fue la patria del Sturm und
Drang, el romanticismo, el racionalismo, el clasicismo y la filosofía kantiana, de
Goethe, Beethoven, Fichte, Schiller y Hölderlin. Lichtenberg nació dos años antes
que Herder y siete antes que Goethe.
Su influencia en la transformación alemana se extendió a la física, las
matemáticas, la literatura, la filosofía, la tecnología, el periodismo, el teatro, los
balnearios y aun la macrobiótica.
La primera refutación de las supercherías aldeanas tuvo lugar en su propia casa.
El pastor Johann Conrad Lichtenberg era estudioso de las matemáticas, la física y la
astronomía; incluso instaló un pequeño laboratorio en su casa. Un domingo habló de
astronomía en un sermón y los feligreses, casi todos campesinos, fueron a verlo más
tarde para pedirle que “volviera a hablar de estrellas”.
El “pastor politécnico”, como lo llama Wolfgang Promies, hizo que su hijo menor
se familiarizara con el laboratorio. Georg Christoph se divertía con estos juguetes
científicos en la misma medida en que lo aburría el tutor que le enseñó a escribir en la
letra gótica que siempre asociaría con su tremenda nariz.
El aprendiz de físico tenía nueve años cuando murió su padre. Para entonces la
familia ya se había trasladado a Darmstadt. En 1752, Georg Christoph ingresó al
Pedagogium de la ciudad, donde también había estudiado el pastor Lichtenberg.
Aunque se interesó en las matemáticas y la física, su primera pasión fue la
astronomía. En los apuntes de esa época insistía mucho en sus problemas
respiratorios y sus accesos de tos.
A los 10 años decidió añadir una frase a sus plegarias nocturnas: “algo para la
tarjeta”. Tenía la costumbre de anotar sus ideas en tarjetas, y como los pensamientos
le parecían un don del cielo, nada resultaba más natural que convocarlos con un rezo
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