La verdad de Dios sobre el ser humano (perspectiva bíblica,
antropología y moderna).
● Perspectiva Bíblica.
La Biblia enseña que cada ser humano es creado por amor, hecho a imagen y
semejanza de Dios (Gn 1,26). Esta afirmación nos muestra la inmensa dignidad de
cada persona humana, que no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de
conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras
personas. Demuestra con claridad la doctrina de la creación especial, lo cual significa
que Dios hizo a cada criatura "según su
especie." Creó las diversas especies, y luego las dejó que se desarrollaran y
progresaran de acuerdo a las leyes de su especie o ser. La distinción existente entre el
hombre y las criaturas inferiores queda insinuada en la declaración de que "creó Dios al
hombre a su imagen y semejanza" (Génesis 5:1, 9:6).
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El hombre fué creado a la imagen de Dios; se lo hizo a la semejanza de Dios en
carácter y personalidad. Y a través de las Sagradas Escrituras el nivel y objetivo
sentado ante el hombre es el de ser como Dios. Levítico 19:2; Mateo 5:45-48; Efesios
5:1. Y ser semejante a Dios significa ser semejante a Cristo, que es la imagen del Dios
invisible.
1. Parentesco con Dios. La relación de las criaturas vivas con Dios consistió en la
obediencia ciega a los instintos implantados en ellas por el Creador; empero la vida que
inspiraba al hombre era un resultado verdadero de la personalidad de Dios.
El hombre realmente tiene un cuerpo que fué hecho del polvo de la tierra; pero Dios
sopló en el hálito de vida (Génesis 2:7); dotándole de esa manera con una naturaleza
capaz de conocer, de amar y de servir a Dios.
Por su imagen divina todos los hombres son por la creación, hijos de Dios; más, puesto
que la imagen ha sido empañada por el pecado, el hombre debe ser re-creado o nacer
de nuevo (Efesios 4:24) para ser en realidad hijos de Dios.
2. Carácter moral
El reconocimiento del bien y del mal pertenece solamente al hombre. Se le puede
enseñar a un animal a que no haga ciertas cosas, pero no las hará porque sepa
distinguir entre lo bueno y lo malo, sino simplemente porque sabe que tal cosa no
agrada a su amo.
En otras palabras, los animales no poseen naturaleza religiosa o moral; no son
capaces de absorber verdades relativas a Dios y la moral.
3. Razón
El animal es una simple criatura de la naturaleza; el hombre está por encima de la
naturaleza, es superior a ella. El hombre es capaz de reflexionar y razonar con
respecto a las causas de las cosas.
4. Capacidad para ser inmortal
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El árbol de la vida plantado en el huerto del Edén indica que el hombre nunca hubiera
muerto si no hubiera desobedecido a Dios. Cristo vino al mundo para traer el alimento
de vida y ponerlo a nuestro alcance, de manera que no tenemos que perecer, sino vivir
para siempre.
5. Dominio sobre la tierra
El hombre estaba destinado a ser imagen de Dios en lo que respecta a señorío; y
puesto que nadie puede ejercer soberanía sin súbditos ni reino, Dios le dio gente tanto
como imperio. "Y los bendijo Dios; y les dijo: Fructificad y
multiplicad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, y en las aves del
cielo, y en todas las
bestias que se mueven sobre la tierra.".
La caída del hombre dio como resultado la pérdida o daño de la imagen divina, esto no
significa que los poderes mentales y físicos (el alma) del hombre se perdieran, sino que
la inocencia original y la integridad moral en la cual fué
creado fué perdida por su desobediencia. De ahí que el hombre sea completamente
incapaz de salvarse a sí mismo y no tiene esperanza fuera de un hecho de gracia que
le restaurará la imagen divina.
La Biblia indica claramente que el primer hombre y la primera mujer fueron creados a
imagen de Dios, al principio de la creación (Marcos 10:6), y no fueron tomando forma a
lo largo de millones de años de procesos macro evolutivos. En todos estos versículos
bíblicos encontramos la verdad de Dios sobre el ser humano, que fue la de la creación
a 'su imagen y semejanza' es decir ser como él en todo.
Los propósitos de Dios con respecto a la humanidad son inseparables de sus
propósitos generales con respecto a su creación (esto es, nosotros los seres humanos
somos lo que somos, porque Dios es quien es). El apóstol Pablo, al hablar de nuestra
futura existencia inmortal con Dios, aɹrma: “Mas el que nos hizo para esto mismo es
Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 5:5).
Es decir, que hay una unidad indisoluble entre las enseñanzas de la Biblia acerca de
Dios, de la creación del universo, y de la creación y naturaleza de la humanidad. Esta
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unidad brota de los propósitos que tuvo Dios en la creación, y estos propósitos de Dios
con respecto a su creación, y en especial con respecto a la humanidad, quedan
capturados en la conocida confesión: “La principal razón de ser del hombre es gloriɹcar
a Dios, y disfrutarle eternamente.”
● Perspectiva antropológica
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Definición
Se define como ser humano al hombre, un animal que pertenece a la familia de los
homo sapiens. Si bien es común definirnos a nivel genérico como hombres, este
término puede provocar cierta confusión ya que también hace referencia al sexo
masculino.
La visión científica del origen del hombre tiene su mayor hito en la obra del naturalista
inglés Charles Darwin que sitúa a la especie humana actual (Homo sapiens sapiens)
dentro de la evolución biológica de la selección natural y la selección sexual.
● El tricotomismo.
Los tricotomistas sostienen que los elementos constitutivos del ser humano son tres:
cuerpo, alma y espíritu. La parte física de los seres humanos es la parte material de su
constitución que los
une con todas las cosas vivientes; esto es, con las plantas y los animales. Se puede
describir, tanto a las plantas, como a los animales y a los seres humanos, en función de
su existencia física.
● El dicotomismo.
Los dicotomistas sostienen que los elementos constitutivos de los seres humanos son
dos: material e inmaterial.
● El monismo.
El monismo, como concepto sobre la realidad, se remonta “a los filósofos presocráticos
que acudían aun solo principio uniɹcador para explicar toda la diversidad de la
experiencia observable".
Sustancialismo y funcionalismo
La interpretación intelectual de la vida humana ha solido oscilar entre dos extremos: lo
que se llama sustancialista y lo que se ve como funcionalista. En La primera, el hombre
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aparece como una cosa, si bien de una especie muy particular, definida por la
racionalidad; en la segunda, este concepto se disuelve en el conjunto de los actos,
sobre todo lo que llamamos hoy “vivencias”: el hombre sería un conjunto de actos
psíquicos.
La antropología es una ciencia que estudia las respuestas del ser humano ante el
medio, las relaciones interpersonales y el marco sociocultural en que se desenvuelven,
cuyo objeto va a ser el estudio del ser humano en sus múltiples relaciones; además
estudia la cultura como elemento diferenciador de los demás seres humanos.
Estudia al ser humano en su totalidad, incluyendo los aspectos biológicos y
socioculturales como parte integral de cualquier grupo o sociedad. Se convirtió en una
ciencia empírica que reunió mucha información, además fue la primera ciencia que
introdujo el trabajo de campo y surge de los relatos de viajeros, misioneros, etc.
Autores como Manuel Marzal (1998: 16), sostienen que Antropología Cultural,
Antropología Social y Etnología son la misma disciplina.
El estudio del ser humano es muy antiguo. Heródoto (484-425 a. C.) en sus Historias
nos cuenta las diferencias entre los distintos habitantes del mundo (Libia, Egipto,
Grecia, Asia Menor), y nos habla de las diferencias de cráneo entre egipcios y persas.
Hipócrates (460-377 a. C.) lanza la teoría de que el medio influye en los caracteres
físicos del ser humano, y llama la atención sobre las diferencias de quienes habitan
climas distintos.
Aristóteles (384-322 a. C.) estudia al ser humano por ser el animal más complejo.
Llama la atención sobre el tamaño de su cráneo, mucho mayor que en el resto de
animales, así como sobre su carácter bípedo y que es el único animal capaz de
deliberar y reflexionar. Define al hombre como Zoon politikón o "animal político".
● Perspectiva Moderna
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Las leyes que gobiernan la naturaleza no parecen tomar en cuenta la voluntad
humana: llueve cuando se dan las condiciones objetivas para que llueva, no
cuando los hombres quieren que llueva o cuando le piden a Dios que llueva.
Lo mismo vale a la hora de intentar comprender el movimiento de los astros, o el
origen, evolución y curación de las enfermedades. Una consecuencia de esta
visión del mundo es que, si ello es así, no tendría mucho sentido ni sería muy
razonable creer en un Dios creador. Sin embargo el asunto no es tan sencillo.
El mismo pensamiento moderno, por ejemplo de Kant, al establecer el principio
que conecta los fenómenos naturales entre sí de modo que este no permite
infracción ninguna, toma conciencia de que también existe la libertad humana, es
decir, un principio de autodeterminación que permite pensar como posible y
razonable que, cuanto ha sucedido y debía suceder de modo inevitable teniendo
en cuenta sus fundamentos empíricos, no debiera haber sucedido.
La posibilidad de que el hombre pueda constituirse así en causa de sus propias
acciones introduce una ruptura en el orden natural que escapa a la razón teórica
y abre las puertas a un orden completamente distinto del orden natural, el orden
moral, que se rige por unas leyes distintas a las que rigen el natural.
Gracias a esta perspectiva moral es posible decir, por ejemplo, y con fundamento
en la razón práctica, que a pesar de que en una sociedad dada existe la
esclavitud, esta, por razones morales, debe ser suprimida. Las tensiones
culturales e ideológicas actuales entre las nociones de creación y evolución son
una prolongación de las tensiones entre ciencia y ética contenidas en el
pensamiento moderno.
La pretensión de querer demostrar que Dios no existe, o que si existe no ha
creado el mundo, es muy poco científica en sentido moderno. Kant no dudaría en
llamarla dogmática, lo mismo que a la posición contraria que pretende demostrar
científicamente que existe un ser supremo que lo ha creado todo. De ahí la
necesidad de una nueva ilustración, para científicos y también para creyentes de
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todas las religiones, pues tanto la ciencia como la religión tienen sus propios
límites.
La razón está en capacidad de reconocer y afirmar estos límites, y desconocerlos
lleva a generar conflictos innecesarios entre posiciones dogmáticas y
perjudiciales. En el mundo moderno el discurso religioso encuentra su
legitimidad si está en capacidad de afirmarse desde un horizonte de racionalidad
crítica.
Durante muchos años, en el mundo cristiano el concepto de creación tuvo una
función explicativa del orden natural existente. Como las ciencias no estaban en
capacidad de dar una mejor explicación del origen de cuanto existe, las fuentes
bíblicas de la teología judeo-cristiana ofrecían relatos míticos creacionistas que
le daban sentido a la naturaleza desde un acto creador por parte de Dios.
Con el afianzamiento de la teoría de la evolución en el Siglo XIX esto entró en
crisis. Respaldada por la paleontología, la cosmología y la antropología
biológica, la teoría de Darwin ganó legitimidad como teoría científica, y a pesar de
las críticas que ha recibido hoy forma parte del patrimonio científico de la
humanidad.
Esto hacía aparentemente inútil y caduco el concepto de creación, lo que
conduce aún hoy a algunas sectas, sobre todo norteamericanas, a "defender" la
creación rechazando cualquier comprensión de la teoría de la evolución. Para
algunos de esos grupos Dios creó el mundo de manera directa, hace
aproximadamente 10.000 años, y lo creó tal y como hoy lo conocemos.
Hoy sabemos por la ciencia, si bien de un modo aún imperfecto, que eso no es ni
pudo haber sido así. Y la sabe también la teología católica, cuyos desarrollos en
la segunda mitad del Siglo XX no dejan dudas al respecto.
Como es bien sabido, la afirmación de la creación forma parte del credo católico:
Creo en Dios, padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
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La creación, entendida como la creación de cuanto existe, es inseparable de la fe
en Dios. No se puede creer en la creación sin creer en Dios, y tampoco se puede
creer en un Dios que no es creador de todo cuanto existe.
En ese sentido podemos decir que la teología de la creación resulta inseparable
de una revelación. Si decimos creer que Dios ha creado lo que existe, de alguna
manera lo decimos porque eso nos ha sido comunicado, o mejor, nos ha sido
revelado.
La creación no es una teoría científica, tampoco es parte de una teoría científica.
Si decimos que Dios ha creado el cielo y la tierra es porque así nos lo ha
comunicado Dios a través de su revelación. Que el mundo fue creado por Dios,
propiamente hablando, no es objeto de fe, sino que es algo que se desprende de
la fe en Dios.
Los creyentes no creemos en la creación, menos aún en una forma de
entenderla. Creemos, eso sí, en un Dios creador y salvador. Y precisamente por
eso, como dice el teólogo jesuita alemán Medard Kehl, la noción de creación
forma parte constitutiva de la historia de la salvación y no [es] un presupuesto
simplemente natural accesible al conocimiento racional de esta historia.
La creación adquiere así su pleno sentido y significado desde su relación con
otra noción de carácter estrictamente teológico: la salvación. Sin el concepto de
creación la realidad de la salvación en Jesucristo, que es el núcleo de la teología
cristiana, difícilmente resulta comprensible.
El Dios que salva al hombre es el mismo que lo ha creado. Por eso tiene mucho
sentido decir, no que Dios no creó el mundo en un pasado remoto, sino que lo
crea constantemente, lo cual equivale a decir, dicho sea de paso, que la
responsabilidad del ser humano con el cuidado de la naturaleza puede ser
entendido como colaboración con Dios en el acto creador.
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Para comprender y aceptar el acto creador divino no hay que dirigir la mirada
sólo hacia el pasado remoto, la creación por parte de Dios es permanente, ocurre
cada día pues en Dios no hay tiempo. Hay un pasaje poco leído de la Crítica de la
razón pura, en donde el filósofo de Königsberg afirma que el asentimiento [das
Fürwahrhalten] es un hecho de nuestro entendimiento susceptible de descansar
sobre principios objetivos, pero que exige también causas subjetivas en el
espíritu del que juzga.
Con base en esta idea, Kant diferencia entre opinar (Meinen), saber (Wissen) y
creer (Glauben). De esta forma, la ciencia es la creencia suficiente, tanto
subjetiva como objetivamente; la opinión es una creencia que tiene conciencia de
ser insuficiente tanto subjetivamente como objetivamente, mientras que la fe es
la creencia sólo subjetivamente suficiente y al mismo tiempo objetivamente
insuficiente.
Esta diferenciación va en contra de la extendida y alegre percepción
postmoderna según la cual entre conocimiento, creencia y opinión no existen
diferencias substantivas. A nuestro juicio, y a propósito de las tensiones entre
las nociones de creación y evolución, es importante mantener y afirmar la
diferencia entre opinar sobre algo, conocer algo, y creer algo.
Pero todas estas tres por ser formas legítimas del asentimiento (Fürwahrhalten),
están llamadas a generar diálogo al interior de una cultura. Para ello lo único que
se requiere es que ninguna de ellas deje de ocupar el lugar que le corresponde y
asuma los límites propios del lugar que ocupa.
El pensamiento moderno crítico rechaza tanto los discursos presuntamente
científicos sobre la inexistencia de Dios como la intromisión de la revelación
dentro del discurso científico.
Creer, saber y opinar tienen cada uno su sentido, pero lo tienen dentro de sus
propios límites, y cada uno de ellos tiene cabida en una vida bien vivida, esto es,
como parte de una vida que no se deja reducir a la estrechez de ningún
dogmatismo.
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