MISTICA PROFESIONAL
¿Hoy podremos hablar de mística? ¿en nuestros tiempos hay mística en el docente? ¿nuestra
labor educativa la hacemos con mística?. En mis tiempos de niñez llegó a mis manos un libro
de poesía mística, su portada era una composición de una figura humana en color negro, con
aspectos sacerdotales, en una posición de reflexión y humildad, fundido en un marco color
café claro. La imagen era el ícono perfecto para entender la mística, entender como una base
cognitiva, pero, cómo decir la mística, ¿se puede decir qué es la mística? ¿Puede reducirse la
mística a un concepto? Decir o hacer mística, es un asunto de ya tiempos pasados: sus
orígenes se sitúan el ámbito teológico donde la comunión de lo terrenal con lo sagrado era un
gran misterio en las religiones de la Grecia antigua, posteriormente y con más fervor, en el
cristianismo. Una realidad bastante lejana para nuestra humanidad actual. En el siglo pasado,
el pensamiento de Wittgenstein, filósofo austriaco, da pie a un replanteamiento del misticismo
menos divino y más terrenal; no por ello deja de ser metafísico creo yo, menos ligado a dios y
más con el sentido último del mundo, la vida. En nuestro contexto profesional y social, hablar
de misticismo es remitirnos, indudablemente al pensamiento vasconceliano de 1920 donde la
educación adquirió un sentido nacionalista y de desarrollo de la cultura; su ferviente idea de
lucha contra el analfabetismo, el desarrollo de las escuelas rurales, la difusión de la lectura, el
impulso a las artes se centró en su ideal de educación “moldear a los hombres para una
función social”, para ello era necesaria la figura de un misionero de la cultura, con vocación de
servicio, humildad, sacrificio, heroísmo generoso; todos esos atributos que hoy para nosotros
constituyen el romanticismo del magisterio, a quien le encomió el nombre místico de “apóstol
de la educación”. Pero cada uno de estos momentos históricos del misticismo, el contexto
social, cultural, económico, principalmente axiológico permitió su desarrollo y en el caso de la
tradición normalista, su formación, las normales mexiquenses son un ejemplo de esta mística
en nuestro lema “educar es redimir”. Rescatar de la ignorancia al sujeto. Pero estamos
hablando del maestro rural del los 30s o de los 50s, incluso de los 70s. ¿Nosotros podemos
hablar de mística? ¿Está presente en nosotros la vocación de servicio, la humildad, el sacrificio
o el heroísmo generoso?
¿Cómo hoy podemos hablar de mística? Cómo en este contexto donde nuestra sociedad se
caracteriza por esa necesidad de tener, de disfrutar, de producir, de vender, de comprar,
donde priva un desmesurado afán por la riqueza fácilmente obtenida, donde el hombre se
valora por lo que tiene y aparenta ser y donde la designación de la persona para cumplir una
función social o profesional no depende de la evaluación de los conocimientos, experiencias y
desempeño ético-moral, sino de otras consideraciones como el nepotismo, el compadrismo, el
amiguismo o clientelismo partidista o sindicalista; en fin, es del conocimiento de todos los aquí
presentes que no existe un sincero respeto o estima social por el profesor en estos días.
Nuestras acciones a eso nos han orillado. Sólo permítanme traer a la reflexión algunas
situaciones como ejemplo. Hoy ya no contamos con profesores, están extintos, solo contamos
con licenciados, maestros o doctores. Los títulos de posgrados están a la orden del día, no así
los conocimientos o el desarrollo de habilidades para la docencia. No nos preparamos para
atender a nuestros grupos de alumnos, sino para ascender a directores, supervisores u otro
puesto administrativo. No queremos estar el donde somos necesarios sino donde estamos más
cómodos. Actualmente somos menos ejemplo y creo que perdimos nuestra mística
profesional. El tren del neoliberalismo, y por favor no me tachen de izquierdista, ha sido más
veloz y más fuerte que nuestros principios éticos profesionales, los principios y valores de la
economía han rebasado con mucho a los principios sociales del magisterio vasconceliano. Y
nosotros hemos correspondido con acciones como las anteriormente mencionadas. Pero…
¿Podremos construir una nueva mística? Estamos obligados a ello, hablar de sujetos
historizados es hablar de posibilidad, el sujeto docente debe recuperar la congruencia entre su
pensamiento educativo y discurso pedagógico con su actuar didáctico, esa puede ser la
alternativa para redimir su figura frente a la sociedad y comenzar a construir una nueva
práctica docente con mística de servicio acorde a los nuevos contextos axiológicos de nuestra
sociedad. Lo que es una realidad es que la mística de sumisión, obediencia, conformismo y
sacrificio ya no es prudente, necesitamos maestros si con vocación de servicio, pero
cuestionadores, críticos, emprendedores y propositivos. Si nos vemos obligados a abandonar
una visión de una teoría desde el sentido tradicional para asumirla desde la teoría crítica la
cual entenderá que la producción de conocimientos estará mediada por los intereses y
horizonte social y cultural que anteceden al sujeto. “no hay teoría de la sociedad… que no
contenga intereses políticos, cuya verdad se deba determinar en la actividad histórica
concreta, en lugar de hacerlo en una reflexión aparentemente neutral que, por su parte no
piensa ni actúa” (Bravo Reinoso, 2007, pág. 49) obliga a que el ethos de sujeto debe también
asumir una nueva posición. Nudler Oscar y Naishtat Francisco (2003) El filosofar hoy. Editorial
Biblos. Buenos Aires Argentina