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Isamu Noguchi

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De la colaboración entre la 

Editorial RM y el Museo Tamayo de arte


Contemporáneo de México surge una extensa recopilación de
imágenes y reflexiones de variados autores, en torno al diseño de
espacios de juego de Ishami Noguchi.

Isamu Noguchi, escultor, pintor, arquitecto de paisajes y diseñador, es


un reconocido artista del siglo XX. Su fascinación por explorar
posibles puntos de intersección entre la escultura, el espacio público y
el juego han sido el motor principal de su obra.

Este libro es la primera recopilación que reúne la investigación


completa del artista, realizada durante 50 años, en torno a los
parques infantiles. A lo largo de sus páginas se aprecia el notable
aporte de Noguchi a las artes visuales y a la educación,
involucrándonos en el análisis de estos maravillosos espacios
estéticos, lúdicos y recreativos que son los parques infantiles,
enaltecidos por el artista, estadounidense y japonés, pero sobre todo
''internacionalista'', como a él le gustaba definirse.

Además de incluir maquetas, bocetos y fotografías de los icónicos


diseños de Noguchi en torno a la actividad lúdica, la escenografía y la
danza, el libro, que hace las veces de catálogo de la exposición que
dedica el Museo Tamayo de Arte Contemporáneo al artista, incluye
interesantes monográficos de investigadores destacados.
En el Jardín de la Paz que Noguchi creó en la sede de la Unesco, en París, el paso de las estaciones tiene un
gran protagonismo. Resulta tan bello cuando florecen los cerezos como lleno de verde en verano o cubierto de
nieve en invierno. Copyright: Unesco
En pocos paisajistas es tan importante conocer de antemano su biografía para poder
entender en profundidad su obra. Isamu Noguchi fue un crisol: mitad japonés mitad
estadounidense, educado en las dos culturas, mentalidad de puente, viajero constante
por países y vanguardias artísticas, estudiante de medicina, poeta como su célebre
padre, escenógrafo de compañías de teatro y danza, diseñador de muebles-icono
(nunca asumió la jerarquía entre artes mayores y menores), y sobre todo escultor
respetuoso a la vez que intérprete libre de la tradición nipona.
Noguchi entendía el paisaje como un todo
escultural que crea el espacio mediante la
comunicación entre sus elementos, desde un
guijarro a la textura de un tronco, y de estos con el
entorno arquitectónico.
Hijo de padres separados en dos continentes, Noguchi arrastró durante toda su vida
(1904- 1988) un hondo sentimiento de desarraigo. Los jardines zen que diseñó le
sirvieron para proyectar en ellos lo que anhelaba para sí mismo: “Equilibrio y
silencio”. Por esa visión holística e independiente del arte, entendía el paisaje como
un todo escultural que crea el espacio mediante la comunicación entre sus elementos,
desde un guijarro a la textura de un tronco, y de estos con el entorno arquitectónico.
“Todo es escultura, todo sirve como material, cualquier idea que cobra vida
libremente en el espacio como una escultura”, decía el maestro.

El Jardín de la Paz de la Unesco

Su serie de jardines repartidos por el mundo reflejan ese ideario, especialmente el


Jardín de la Paz (1956-1958), en la sede parisina de la Unesco, el primero entre los
zen diseñado por un escultor y no un jardinero. Según Ana María Torres, arquitecta y
especialista en la obra de Noguchi, organizadora de una exposición sobre este autor en
el IVAM, en Valencia, Noguchi crea una nueva visión de la naturaleza en
composiciones abstractas conseguidas con el exquisito equilibrio entre “materia,
textura, escala y símbolo”.

Noguchi decía de su Jardín de la Paz: “Quien entra en él halla algo real hecho a su
escala. Un espacio vacío carece de dimensión visual… la escala y el sentido irrumpen
en el instante en que se introduce una línea o un objeto preconcebidos. He aquí la
razón de que los objetos escultóricos creen espacio. Su función es producir ilusiones.
El tamaño y la forma de los elementos se subordinan a los que tengan los demás
elementos y el espacio. A estas esculturas yo las llamo jardín”.

Así pues, Noguchi equilibra la tradición paisajista japonesa con la del arte occidental,
usando las esculturas en piedra como “los huesos del jardín”, los elementos
sustentadores. De hecho, seleccionó una por una las rocas autóctonas japonesas (80
toneladas) para tallar las esculturas en torno a las que giran unas pocas especies
calculadamente distribuidas: césped, coníferas, magnolios, cerezos, flores de loto...
que reproducen la esencia de los jardines japoneses clásicos y donde es protagonista la
secuencia de las estaciones.

En la entrada del recorrido, estructurado en dos niveles con 1.700 metros cuadrados
en total, se yergue Wa no taki (Cascada de la Paz), en una de cuyas rocas Noguchi
talló el ideograma Wa —“equilibrio y paz”— del revés para que se reflejara
correctamente sobre la superficie del agua. Justo detrás, el Ángel de
Nagasaki, escultura superviviente de una iglesia arrasada por la bomba atómica.

Un lienzo tridimensional

La vista cenital sobre el jardín ilumina su sentido: parterres, montículos y capas de


guijarros de diferentes tonos, con formas orgánicas aisladas o entrelazadas, en
composición minimalista que no concibe lo agreste o lo abigarrado. Un sencillo
puente de hormigón, un sendero, el canal que desemboca en el lago, una isleta, un
banco de cedro rojo, un pequeño túmulo con las rocas a un lado… contados elementos
pero emplazados en un lienzo tridimensional, cuya serenidad estética inspira la
meditación del paseante quizá solitario, busca su integración en un paisaje donde cada
parte es tan importante como el todo, sin jerarquías. Todo es igualmente valioso en la
naturaleza porque todo está conectado, eres afortunado si sabes formar parte, viene a
decir.

Ese simbolismo directo o velado está por doquier. En la gran colina de piedras
rodeada de agua, que evoca la tradición Horai de la isla nipona donde viven los
ermitaños; en los trechos pavimentados del nivel inferior del jardín, que remiten al
budista Paseo de la Felicidad (irónicamente es el País de los Muertos), amenizado
por el baile de las plantas y la música del canal-cascada; en el cilíndrico Espacio para
la Meditación, que reposa sobre una gran losa de granito superviviente de la bomba de
Hiroshima.
Pero Noguchi rompió los moldes del simbolismo zen para reforzar su simbología
personal. El jardín zen clásico no ofrece una panorámica sobre el conjunto, no se
adivinan sus recorridos maestros, se diseña para revelarse paso a paso, pausa a pausa.
Noguchi, en cambio, creó una plataforma elevada —butai— al comienzo del jardín
desde la que se ven discurrir claros sus tres ejes: el Camino de las Flores y la
Corriente, el que conecta el puente combado con una linterna nipona de roca ubicada
en el espacio adoquinado donde se celebra la ceremonia del té, al que conduce el
tercer camino. Para el artista, soberano, esa panorámica anticipa el sentido del detalle,
como el detalle encuentra su sentido en el conjunto.

Mientras la tradición zen mantiene difusos los límites entre espacios vegetales y
ornamentales, Noguchi los separa rotundamente, recurso muy repetido a partir de su
ejemplo. Por eso mismo, quiere que el resultado de su concepto escultural del jardín
permanezca estático, cuando la ortodoxia zen permite la evolución espontánea de las
plantas para que, con los años, el paisaje siga en parte sus propios designios. Noguchi
quería que el Jardín de la Paz no cambiara su forma para imprimir en el visitante la
misma sensación de equilibrio. Ese es su fondo. Como símbolo del buen
entendimiento entre tradición y evolución respetuosa, el encargado de restaurar y
mantener saludables pero inmutables todos sus elementos ha sido Toemon Sano, un
jardinero de larga raigambre zen: 16 generaciones consecutivas en este oficio de la
felicidad. Y de la paz.

Creaba espacios de formas muy alejados de las realidades


paisajísticas de la época.

Nacido en Los Ángeles en 1904, fallece el  30 de diciembre de 1988 en  Nueva York, Estados
Unidos. Noguchi heredó al menos tres nacionalidades genéticamente hablando. Su padre, el poeta
japonés Yone Noguchi  y su madre, Leonie Gimore, escritora, maestra de colegio y traductora cuyo
padre era un inmigrante irlandés y cuya madre era en parte india americana.

La sensación de Noguchi de pertenecer a todos lados y a ninguno se explica en su infancia: vivió


con su madre en un pueblo en la costa del Japón, su adolescencia la pasó en un colegio Jesuita
francés en Yokohama, emigró a América a los trece años mientras su madre permanecía en Japón,
su escuela en Indiana se transformó durante la Primera Guerra Mundial en un campo de
entrenamiento de camiones, fue adoptado informalmente por un pastor de la Nueva Iglesia
(Swedenborg), fue aprendiz del escultor Gutzon Borglum, comenzó sus estudios de Medicina en la
Universidad de Columbia.

Expuso su obra escultórica a los veinte años, consiguió una beca Guggenheim para estudiar en
París, fue aprendiz del escultor rumano Constantin Brancusi, tras la muerte de su madre en 1933,
se internó voluntariamente en 1942 en Poston, Arizona y se dedicó a dibujar los planos para los
parques de Nisei y su cementerio.
Diseño de Mesita de café IN50
Durante los años 40 y 50, diseñó sillas y mesas de formas esculturales para Herman Miller y Knoll.
Aplicando técnicas artesanales tradicionales japonesas.
Creó sus famosas Akari Light Sculptures, lámparas de papel de arroz para el uso cotidiano. Más
adelante, Noguchi trabajó en diseños más grandes, incluyendo fuentes y jardines, los cuales veía
como escultura única.
En la década de 1960, Noguchi comenzó a trabajar con la piedra tallador Masatoshi Izumi en la isla
de Shikoku, Japón; una colaboración que también continuaría durante el resto de su vida.

Jardín hundido del Chase Manhattan Bank 1961(jardin del circulo)


Piedmont Park Parque Infantil 1975-76

En 2014, con una subvención de $ 21,000 de Herman Miller Cares, la


fundación filantrópica dirigida por los empleados de Herman Miller, recuperó
parte de las áreas de «Playscapes», un parque con un conjunto de piezas de
metal y hormigón coloridas, arquitectónicas y flexibles diseñadas por el
escultor Isamu Noguchi en el bosque de Piedmont Park en Atlanta, EEUU.
Playscapes, es el único parque infantil del escultor Isamu Noguchi en los
Estados Unidos y quizás uno de los más importantes por las piezas que allí
se encuentran como el resultado de la expresión de décadas de pensamiento
y retoques sobre la mejor manera de hacer que los niños se muevan, piensen
y exploren el mundo natural.
El patio de recreo de 1976 fue patrocinado originalmente por el High Museum
of Art de Atlanta y el National Endowment for the Arts, y demostró el
compromiso de llevar el arte a la gente y a los espacios públicos que
resuenan con la forma en que estamos haciendo y reconstruyendo ciudades
en la actualidad. En los proyectos desde High Line de Nueva York, que
incluye un área para niños, hasta las ubicuas «almohadillas para
salpicaduras» incorporadas en los parques del centro de la ciudad, vemos las
ideas de Noguchi en acción. Como el crítico de arte Thomas Hess escribió
sobre uno de los proyectos no construidos de Noguchi, este «patio de recreo,
en lugar de decirle al niño qué hacer (balancearse aquí, escalar allí), se
convierte en un lugar para la exploración sin fin».
“Pienso en los parques infantiles como una cartilla de formas y funciones; Simple,
misterioso y evocador; por lo tanto educativo «.
-Isamu Noguchi

Décadas de diseño de juegos


Noguchi diseñó su primer paisaje para niños en 1933. Play Mountain, que
nunca se realizó, incluye escalones, una rampa curva, una piscina y una roca,
todos los elementos que se repetirían cuando diseñó y rediseñó patios y
patios en los próximos 50 años. . En 1940, creó los prototipos para equipos
de juego, con una tela de araña y delicada en lugar de excavados y sólidos,
para el parque Ala Moana en Honolulu, Hawai, un proyecto que tampoco
logró avanzar. En 1941, respondiendo a las críticas de que sus pasos y
balancines eran demasiado peligrosos, probó con otra táctica, modelando el
área de juego contorneada completamente de tierra montada, canalizada y
ahuecada. A lo largo de los años cincuenta y sesenta, intentó en varias
ocasiones construir un patio de recreo en Nueva York, primero para un sitio
cercano a las Naciones Unidas y luego, desde 1960 hasta 1966, en
colaboración con el arquitecto Louis Kahn.

«En cada década, Noguchi intentó construir un área de juegos en Nueva


York», dice Dakin Hart, curadora principal del Museo Noguchi. “En cada caso,
el concepto se hizo más sofisticado, hubo más apoyo público y más apoyo
privado. «Puso todo un programa en su lugar para darle la mejor oportunidad
posible y cada vez que finalmente fue frustrado por las complejidades de la
situación política». Su primer patio de recreo completo fue el Kodomo No
Kuni temporal, fuera de Toyko, construido en 1965 para los japoneses. Año
de los niños.

Parque temático Kodomonokuni


El parque temático Kodomonokuni (こ ど も の 国) es un parque de atracciones cerca de Tokio,
ubicado en Yokohama , Japón. El nombre del parque significa País de los Niños. Como su nombre
lo indica, está más orientado a los niños pequeños que a los adolescentes. Fue fundada en
conmemoración del Matrimonio Real del Príncipe Akihito y la Princesa Michiko en 1959 (que reinó
como Emperador y Emperatriz de 1989 a 2019), y se inauguró oficialmente el 5 de mayo, fiesta
nacional del Día del Niño, en 1965. [1] El parque tiene aproximadamente 240 acres (97 ha) e incluye
cosas como un zoológico para niños, un lago para navegar y un sitio para barbacoas.
Isamu Noguchi (1904, L.A. – 1988, N.Y.) es posiblemente uno de los escultores
más importantes del siglo XX. Su obra, principalmente escultórica, se caracterizó
por explorar y difuminar sus límites con disciplinas como la arquitectura, el
paisaje, el diseño y la escenografía; y por integrar una mirada dualista (oriental-
occidental), que desarrolló como consecuencia del sincretismo cultural entre sus dos
países de origen: Japón y EE.UU. No muy seguido se presenta la oportunidad de
que una visita al museo implique tocar las piezas en exhibición y jugar con
ellas. No obstante, esta es precisamente la propuesta curatorial de Manuela
Boscoso en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo, con la exposición  Los
Parques de Noguchi. Apenas se entra al Museo, se percibe el título de la exposición.
Su escala no devela la magnitud de la obra del multifacético artista a quien está
dedicada.

Los Parques de Noguchi es una exposición lúdica que invita al público a


tocar las piezas. Presenta la obra e investigación que el artista realizó durante más
de 50 años que versa de parques infantiles y espacio público y de la idea del juego
como una forma de aprendizaje colectivo: paisajes ideales en los que la escultura se
integra a la vida cotidiana. La exposición incluye 50 objetos, entre maquetas, bocetos,
dibujos, piezas e imágenes de archivo que permiten observar el proceso creativo de
Noguchi, así como colaboraciones que realizó con otras disciplinas y artistas como
Richard Buckminster Fuller, Louis Kahn, John Cage, y Martha Graham.

Lo más atractivo es, por un lado, el discurso curatorial que permite reconocer a


unos de los precursores en arte público –de quien irónicamente poca obra se ha
llevado a cabo, incluso después de la muerte del artista; y, por otro, la propuesta
museográfica que permite un recorrido relativamente libre y cuya economía y
distribución de piezas permite apreciar e imaginar la escala de la obra de Noguchi,
como en Slide Mantra, una montaña abstracta de piedra con forma de espiral, en
donde una escalera se transforma en resbaladilla e invita a subir y bajar infinita y
continuamente.

Más allá de la casualidad y la coincidencia entre la planeación y el diseño


arquitectónico del Museo Tamayo y la temática de la obra de Noguchi, el museo
desintegra sus fronteras en el paisaje dando la sensación de que brota del suelo. La
vegetación circundante establece entonces una relación entre el inmueble y el entorno,
entre el arte y el paisaje. La obra de Isamu Noguchi encaja y desdobla el
espacio expositivo del Museo Tamayo para dar cabida al estímulo por medio del
juego y a nuevas posibilidades de relación con la obra de arte y el paisaje cultural.

El recurrido de la exposición abandona su espacio tradicional, y al igual que


la escultura de Noguchi se expande en el museo e integra en el ambiente
natural en el que éste está inmerso. El equipamiento para parques que adquirió
Museo Tamayo como parte de su colección aparece, primero, en la explanada interior
con Octetra (1968), figura roja de concreto que juega con la forma octagonal; y,
posteriormente, en el exterior, en donde se puede jugar con Swing (1975-76), unos
columpios color naranja; Playcubes (1968), cubos de cemento verdes y azules; y Play
Scultpure (1975-76), una pieza de metal ondulante amarilla y negra.

Los Parques de Noguchi traza una espiral, como la de Slide Mantra, que invita a


conocer al artista y su legado por medio del juego y de la utopía que el mismo escultor
alguna vez ideó. Una propuesta de colectividad y de espacio público y natural,
desde el arte y la escultura.

Los Parques de Noguchi se presenta del 11 de mayo al 09 de octubre de 2016 en el


Museo Tamayo Arte Contemporáneo, en la Ciudad de México.

Hijo de un poeta japonés y de una escritora de origen escocés, el diseñador estadounidense Isamo
Noguchi (1904-1988) heredó de ambos un espíritu artístico que plasmó en piezas de carácter escultórico
que no dejan de asombrar con el paso de los años. Usó todos los materiales que tuvo al alcance de sus
manos: piedra, metal, madera, arcilla, hueso, papel. Y es que para él todo era escultura. “Cualquier
material, cualquier idea sin obstáculos que surja en el espacio es una escultura”.

Noguchi empezó los estudios de medicina, pero pronto vio que su verdadera vocación era el arte. Se
formó en EE.U. y se trasladó a París para trabajar y aprender en el taller del maestro Brancusi. A lo largo
de su vida, fue desarrollando una obra basada en las formas abstractas perfectamente pulimentadas, en
las que combinaba la sutileza oriental con la refinada sofisticación occidental. Sus piezas, pura poesía,
están repartidas entre el MOMA, el Guggenheim, la Tate, el MET, etc, y el Noguchi Museum. 

Durante un viaje a Japón, visitó la ciudad de Gifu, y allí quedó prendado por los farolillos y las sombrillas
de papel. Fue tal la fascinación que en la misma ciudad empezó el diseño de las lámparas Akari. A lo
largo de su vida firmaría hasta 100 modelos, entre lámparas de mesa, de pie y de techo. Noguchi las
denominó así porque el nombre de akari significa luz y liviano en japonés, tanto en referencia a la
iluminación como a la ligereza.

En 1951, empezó con el diseño de una serie de lámparas. Llegó a crear más de 100 modelos.

A partir de 1950, sus proyectos iban destinados a espacios al aire libre , y estaban diseñados
según los principios estéticos de los jardines japoneses, donde las grandes esculturas abstractas
se sitúan en espacios predestinados a ellas para lograr un equilibrio. En esta época firmó obras
tan ambiciosas como el jardín de la Paz (1956-1958, sede de la UNESCO, París), el jardín del
Agua (1964-1965, Chase Manhattan Bank Plaza, Nueva York) o el jardín Billy Rose
Art (1965, Jerusalén). Creaba espacios de formas muy alejadas de las que realizaban los
paisajistas de la época: Noguchi veía los jardines como una escultura única.

Noguchi creía que la tarea del escultor era dar forma al espacio, darle un orden y un significado y
que ese arte “desaparecería” o se integraría con el entorno. Quizá fue su doble origen (su padre
era un poeta japonés, su madre una escritora de origen escocés-americano) lo que lo hizo ver el
mundo a través de la “unidad”. 
Renuente e incapaz de ser encasillado, Noguchi creó esculturas que podrían ser tan abstractas
como las de Henri Moore o tan realistas como las de Leonardo. Usaba todos los materiales que
tenía al alcance de sus manos; piedra, metal, madera, arcilla, hueso, papel, o una mezcla de
algunos o todos esos materiales; y empleaba todos los métodos: tallado, fundido, seccionado,
golpeteo, cincelado o dinamitado de cualquier forma que se forje.

Su gama de productos extraordinarios incluyó zonas de recreación y plazas, muebles y jardines,


esculturas talladas en piedra, luces de papel Akari, tan delicadas que podían doblarse y colocarse
en un sobre. También diseñó numerosas escenografías para la bailarina y coreógrafa Martha
Graham, quien fue de gran influencia para él, al igual que su mentor, Constantin Brancusi.

Noguchi era inteligente, elocuente y sensible. Durante la 2º Guerra Mundial, una época oscura
dentro de la historia de EE. UU., ingresó voluntariamente a un campamento de reubicación para
japoneses-estadounidenses en Arizona, y luego no pudo obtener el permiso para salir. Siete
meses después, fue liberado. “Finalmente fui libre”, dijo agradecido. “. . . Desde entonces, decidí
ser artista únicamente”.

Su relación con Herman Miller se produjo cuando se utilizó uno de sus diseños para ilustrar un
artículo escrito por George Nelson denominado “Cómo crear una mesa”. Se hizo famoso por su
“mesa de café”, que se presentó originalmente en 1947 y se volvió a producir en 1984.

Entre otros logros notables se incluyen los jardines para el edificio de UNESCO en París, cinco
fuentes para el Supreme Court Building en Tokio y un mural de alto relieve para el Mercado
Abelardo Rodríguez en la ciudad de México.

Noguchi falleció en 1988 luego de una carrera brillante que abarcó más de seis décadas. Para
alguien a quien su maestro le dijo a los 15 años que “nunca sería un escultor”, dejó un legado
sorprendente.

(Los Ángeles, 1904 - Nueva York, 1988) Escultor y diseñador estadounidense cuyos trabajos son
representativos del poder expresivo de las obras abstractas orgánicas, desarrolladas por la
escultura americana del siglo XX.

Hijo del poeta japonés Yone Noguchi, su formación fue amplia y cosmopolita. Estudió en la
Universidad de Columbia y, después de residir unos cuantos años en Japón, se trasladó a Nueva
York, donde continuó su formación junto a Onorio Ruotolo. Durante el año 1923 viajó por
Inglaterra, China y México, y posteriormente se trasladó a París, donde fue ayudante de
Constantin Brancusi durante dos años, entre 1927 y 1928. Allí conoció y se relacionó con
escultores como Alberto Giacometti y Alexander Calder y desarrolló una entusiasta escultura
abstracta. Recibió asimismo la influencia del surrealismo y de la obra de Picasso y Joan Miró.

Su primera exposición se celebró en 1929 en Nueva York. En 1938 ganó el concurso nacional
para decorar el pabellón de la Agencia Associated Press en el Rockefeller Center de Nueva York
con una enorme escultura de acero inoxidable, obra que le consagró como un escultor
importante. Durante la Segunda Guerra Mundial se internó voluntariamente en un campo
californiano para ciudadanos estadounidenses de origen japonés.
En sus primeras obras de terracota y piedra, Noguchi plasmó una parte del misterio y del espíritu
del arte primitivo, principalmente de las obras de barro cocido japonesas, que estudió y aprendió
con el alfarero japonés Uno Jinmatsu durante un viaje a Japón realizado entre 1930 y 1931.
Noguchi, formado en medicina en la Universidad de Columbia, intuyó la interrelación que existe
entre los huesos y las rocas, preocupándose por lo que denominó la anatomía comparada de la
existencia, que plasmó en su obra Kouros (1945), conservada en el Museo Metropolitano de
Nueva York. Esta obra, realizada en mármol, supone una interpretación abstracta de la escultura
griega. En 1949, en otro viaje a Japón, sintió la atracción de la piedra en sí, un importante paso
en su desarrollo estético. La importancia que tenía para el artista el contacto con la naturaleza se
pone en evidencia en el techo de su estudio.

Gran parte de su trabajo, como Pájaro C(MU), realizada entre 1952 y 1958, desarrolla elegantes
formas abstractas que se rodean de piedras muy pulimentadas. En trabajos como Eurípides
(1966) emplea bloques masivos de piedra brutalmente horadados con una gubia y un martillo.
Reconociendo la importancia de acercar la escultura a la arquitectura, en sus primeros años de
trabajo había creado una obra en bajo relieve para el edificio de Associated Press de Nueva York
(1938); en esta relación con la arquitectura diseñó una fuente en el Pabellón de la Ford en la
Feria Mundial de Nueva York el año 1939. Realizó también trabajos importantes para
reestructurar la estética del medio urbano. Su jardín para el edificio de la UNESCO en París, de
1958, su lugar de vacaciones en Hawaii, los diseños de sus muebles o la fuente de la Plaza del
Centro Cívico de Detroit recibieron un reconocimiento internacional.

En todos estos proyectos jugó con las grandes esculturas al aire libre, espacios diseñados según
los principios estéticos de los jardines japoneses, en los que grandes esculturas abstractas se
disponen en lugares predeterminados para lograr un equilibrio entre ellas, los espacios o jardines
que las integran y la arquitectura que las rodea.

Noguchi también diseñó jardines esculturales: el Jardín del Agua del Chase Manhattan Bank y el
del John Hancock Building (ambos en Nueva York), el jardín Billy Rose Art (1965) en Jerusalén
y la plaza del distrito japonés de Los Ángeles. También creó escenografías y vestuarios teatrales
para los bailarines Martha Graham, George Balanchine y Merce Cunningham. En 1982 le fue
concedida la medalla Edward MacDowell por su contribución a las artes. En 1985 Noguchi abrió
el Museo-Jardín de Isamu Noguchi en Long Island, que cuenta con unas 500 esculturas al aire
libre, modelos y fotografías.

El Jardín de Arte Billy Rose es el parque de esculturas diseñado por el escultor japonés-americano Isamu
Noguchi en la ladera occidental del Museo de Israel en Jerusalén, Israel. El jardín artístico lleva el
nombre del empresario y letrista Billy Rose (1899-1966). Isamu Noguchi comenzó a planificar el parque
de esculturas a partir de la década de 1960 en las laderas del recinto del museo y dividió el terreno en
diferentes secciones mediante muros hechos con piedras de campo sin trabajar. El jardín artificial se
completó en 1965.

Pero por encima de casi toda su obra destacan sus jardines. Noguchi aprendió durante sus viajes y
estancias en Japón los fundamentos del jardín japonés, uno de los países con una tradición más
arraigada a la hora de proyectar y crear sus jardines de todo el mundo. Noguchi fue absorbiendo los
principios y guías que ayudaban a los maestros diseñadores japoneses a crear sus jardines tradicionales
y pronto, ya en su primer jardín, comenzó a ponerlos en práctica. Los mismos elementos que constituían
algunas tipologías de jardines tradicionales aparecen en multitud de jardines de Noguchi que, a medida
que éste iba refinando su dominio, se volvían más completos y complejos. Sin embargo, la mirada que
desarrolló el escultor gracias a sus experiencias y a sus raíces americanas, le permitió jugar con la
tradición y la modernidad al mismo tiempo, dejando para la posteridad un legado de una gran cantidad
de jardines modernos y fascinantes espacialmente, pero repleto de simbolismos y metáforas ocultas
asociados a un lenguaje tradicional. Este trabajo profundiza, en primer lugar, en la vida de Noguchi, en
su búsqueda del origen de ese sentimiento de no pertenencia que aflige al artista, e intenta dar una
explicación al porqué de su profundo interés por la tradición nipona. También incide en sus jardines más
significativos, centrándose principalmente en el Jardín Hundido del Chase Manhattan Bank (uno de los
jardines más representativos de su carrera), analizando el uso de elementos tan recurrentes en el jardín
tradicional como son la piedra, el agua, el vacío o la forma, basándose en los planos originales de este no
publicados hasta ahora.

contraposición

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