Crítica a la cultura del victimismo
Crítica a la cultura del victimismo
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Lamentablemente, hoy la educación que se da a niños y jóvenes apunta a
todo
lo contrario a lo que enseña el Fausto de Goethe. Desde la escuela en
adelante, explican Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, se crea una cultura del
«safetyism», sobreprotección de los niños y jóvenes, a quienes se busca
resguardar cada vez más de opiniones y realidades que afecten sus
sentimientos. Tres mitos, dicen los autores estadounidenses, han probado
ser
particularmente devastadores para la salud mental de las nuevas
generaciones
fundamentalmente por su disociación con la verdad. El primero es la falsa
idea de que «lo que no te mata te hace más débil»; el segundo es la creencia
de que siempre debes confiar en tus sentimientos, y el tercero, la visión de
que la vida es un conflicto entre buenos y malos [43].
El primer mito revierte la sabiduría de Nietzsche, quien sostendría que «lo
que no te mata te hace más fuerte». Esto plantea un problema porque, así
como el sistema inmunológico requiere de ser expuesto a agentes patógenos
para fortalecerse, nuestra psiquis, explican Haidt y Lukianoff, necesita de
niveles de estrés para el mismo propósito. Impedir, por lo tanto, que niños
pasen malos momentos o sean expuestos a ideas que los afectan lo único
que
consigue es fragilizarlos psicológicamente e incapacitarlos para enfrentar
los
desafíos de la vida adulta[44].
El segundo mito apunta a una distorsión cognitiva que los autores llaman
«razonamiento emocional» y que se caracteriza por generar dañinas
alteraciones en la comprensión de la verdad, la que al filtrarse por las
emociones es exagerada catastróficamente y dramatizada. Como parte de la
solución, Haidt y Lukianoff proponen una terapia llamada Cognitive
Behavioural Therapy (CBT)[45], que tiene por objeto precisamente lidiar
con
aquellos patrones de pensamiento irracional que generan ansiedad y
depresión
recurriendo a creencias más cercanas a la realidad [46].
El tercer mito a que se refieren Haidt y Lukianoff, a saber, la idea de que
el mundo es una lucha entre buenos y malos —pensamiento propio de las
cacerías de brujas—, engendra una peligrosa actitud tribal que predispone
al
conflicto violento entre grupos[47]. A este tribalismo dedicaremos un
análisis
separado y más extenso en el próximo capítulo, pues constituye en sí
mismo
un aspecto específico y particularmente peligroso de la cosmovisión
postulada
por la corrección política.
Por ahora diremos que estas falsedades han sido avaladas y reforzadas por
las universidades de élite anglosajonas, cuyos académicos,
predominantemente de izquierda, han desarrollado toda una jerga para
facilitar la fáustica entrega de los alumnos a la furia de las pasiones. En
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palabras de la intelectual Heather Mac Donald, las universidades a través de
Estados Unidos están creando «individuos extraordinariamente frágiles que
resultan dañados por la menor colisión con la vida», lo cual tendrá
consecuencias duraderas[48]. A tal punto ha llegado este culto a la
hipersensibilidad en el mundo académico, que en 2019 el College Board,
entidad encargada de diseñar el SAT, uno de los exámenes de ingreso
universitario en Estados Unidos, decidió incluir un «adversity score», esto
es,
un puntaje por «adversidad» de modo de beneficiar a aquellos postulantes
que
provinieran de circunstancias socioeconómicas más duras. Lo que el plan
realmente pretendía, sin embargo, era dar un apoyo artificial a minorías
étnicas normalmente desaventajadas, de modo que el desempeño individual
fuera menos relevante a la hora de determinar los ganadores. Debido a las
críticas, este programa finalmente no fue ejecutado siendo reemplazado por
otro que pondría esa información a disposición de los oficiales de admisión
de
las universidades de modo de que puedan contemplarla a la hora de decidir
a
quién aceptar. Lo sintomático en este contexto es que las razones del
rechazo
no fueron basadas en criterios de justicia liberal, a saber, que todos deben
ser
sometidos al mismo estándar independientemente de sus circunstancias,
sino
a que resultaba casi imposible técnicamente ponerle un puntaje fijo a la
«adversidad» que han sufrido las personas [49].
Dentro de las universidades, esta idea de que la vida está en deuda con
quienes han «sufrido» y que ese sufrimiento es constitutivo de su identidad
se
ha promovido en lo que la neolengua de la corrección política ha llamado
«espacios seguros». Un estudiante de George Mason University los definió
para The Washington Post como «un lugar donde usualmente las personas
que
están marginadas hasta cierto punto pueden reunirse, comunicarse, dialogar
y
desentrañar sus experiencias»[50]. Se trata, en otras palabras, de un espacio
de
encuentro entre supuestas víctimas, donde está prohibido disentir y poner
en
duda sus sentimientos, ideas o creencias y en el cual se cultiva un ánimo de
intolerancia con cualquier opinión incómoda que no se ajuste a su
ideología.
Ahora bien, ciertamente no es objetable que existan espacios en que
personas similares compartan sus experiencias sin ser expuestas a conflicto.
El problema es que las universidades constituyen instancias de reflexión y
discusión de todo tipo de ideas y visiones, incluso las más desagradables,
pues su compromiso es, siguiendo a Goethe, con la verdad y la razón. No es
casualidad que el lema fundacional de Harvard sea «veritas» —verdad— y
el
de Yale «lux et veritas» —luz y verdad—. Hoy, sin embargo, la mentalidad
del «espacio seguro» ha llevado a que ni en Harvard ni en Yale, ni en
muchas
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otras