RIESGO VOLCÁNICO
R. Ortiz
Dpto. Volcanología. Museo Nacional de Ciencias Naturales. CSIC. c/ José Gutiérrez Abascal, 2. 28006 Madrid.
INTRODUCCIÓN
La Volcanología es una ciencia joven que ha experimentado un considerable avance en
estos últimos veinte años, existiendo buenas escuelas de volcanólogos y una amplia
literatura al respecto (Araña y Ortiz, 1984; Cas y Wright, 1987; Wohletz y Heiken, 1992).
Sin embargo, el estudio de la actividad volcánica en una región cambia substancialmente
cuando va dirigido a la evaluación de la peligrosidad volcánica (Blong, 1984; Tilling,
1989). Debe plantearse el estudio del volcán en dos frentes: hay que conocer cuál es el
estado del volcán a través de su historia eruptiva, de los magmas que intervienen, de sus
ciclos de evolución magmática y de los distintos mecanismos eruptivos. Por otra parte, se
deben individualizar los peligros volcánicos asociados a cada estado evolutivo,
determinando su periodo de retorno y los parámetros que lo caracterizan (Araña y Ortiz,
1993). Una reciente revisión de los desastres naturales ha centrado la catástrofe volcánica
en su justo término (2% en pérdidas del total de las catástrofes), lo que contribuye a
desarrollar una política realista de mitigación del riesgo volcánico a largo plazo y de
cobertura mundial. Hoy también se tiende a analizar el impacto del fenómeno volcánico
paralelamente a los otros desastres naturales, con la finalidad de desarrollar una política de
mitigación homogénea (Mc Call et al., 1993; Alexander, 1993; Kovach, 1995), a la vez que
se desarrollan nuevas herramientas que facilitan la toma de decisiones en situaciones
críticas (Funtowicz y Ravetz, 1995).
La existencia y dimensión del riesgo volcánico es un concepto que gradualmente se está
imponiendo en todo el mundo, debido a las últimas erupciones catastróficas y su impacto,
magnificado por los medios de comunicación de masas y, especialmente por la labor de
concienciación y divulgación que se realiza con motivo de la Década para la Mitigación de
los Desastres Naturales. Podemos decir que en estos últimos años se está impulsando una
cultura para la mitigación de los desastres naturales, desarrollándose metodologías para la
estimación objetiva del riesgo, teniendo presente que su análisis riguroso afecta a todos los
estamentos de la estructura social y para varias categorías de elementos expuestos a riesgo.
Son numerosas las publicaciones recientes dedicadas al tratamiento unificado de los efectos
negativos de los desastres naturales. En todas ellas presentan un peso importante los temas
dedicados al riesgo sísmico, dado su gran impacto económico y el amplio desarrollo
alcanzado por la ingeniería sísmica (Tiedemann, 1992). Un error frecuente es asociar el
riesgo volcánico y el riesgo sísmico. Ambos sólo tienen en común ser los desastres
naturales popularmente más espectaculares, quizá, porque pocas veces producen un
impacto lo suficientemente grande para saltar a la primera página de los medios de
comunicación y por ser un reflejo de la actividad interna del planeta. Una diferencia
esencial entre el tratamiento del riesgo sísmico y el volcánico radica que el peligro sísmico
es único (el terremoto) y casi instantáneo, mientras que la erupción volcánica puede
prolongarse durante meses y los factores de peligro son múltiples: coladas lávicas, flujos y
caída de piroclastos, lahares y avalanchas, gases, sismos volcánicos, tsunamis, anomalías
térmicas, deformaciones del terreno, etc. En primer lugar, hay que considerar como un todo
el conjunto de elementos (instituciones, medios y personas) que intervienen en caso de
ocurrencia de una erupción. Es absurdo que se potencie la estructura de la Protección Civil
si, simultáneamente, no se refuerza el equipo científico, y poco se conseguirá, si esto no
lleva acompañado un esfuerzo educacional a todos los niveles (Araña y Ortiz, 1996).
DEFINICIÓN DEL RIESGO
El riesgo podría definirse, en términos abstractos, como la expectación de que ciertos
eventos produzcan un impacto adverso sobre algunos elementos expuestos. Esta
expectación está basada en la racional proyección de experiencias, ocurridas en el pasado,
al futuro inmediato. Son los intereses económicos los que introducen en la sociedad el
concepto actual y la consiguiente cuantificación del Riesgo. Esto ocurre en épocas muy
recientes, después de que el término catástrofe natural sustituye al de castigo divino,
dándole así una opción a la Ciencia en el entendimiento de los fenómenos naturales. De
acuerdo con el nivel del conocimiento actual del problema del análisis del riesgo, una parte
importante del mismo se enmarca en un ámbito probabilístico que debe conjugarse con el
conocimiento determinista que exista del fenómeno objeto de estudio. La adopción de este
marco permite extraer, mediante el uso de modelos apropiados y datos reales, importantes
conclusiones para la mitigación del impacto de las catástrofes naturales. Debemos tener
siempre presente que la ocurrencia de un desastre es el resultado de la conjunción de
múltiples elementos (cadena o árbol de sucesos). El establecimiento de un marco para el
estudio de los riesgos asociados a los desastres naturales requiere la introducción de una
serie de conceptos básicos que permitan relacionar de forma inequívoca los distintos
desastres y sus efectos (cuadro 1).
Cuadro 1. Conceptos para la formulación del riesgo volcánico
Peligro volcánico Expectación de la incidencia de un fenómeno ligado a la
actividad volcánica. Se debe expresar como la probabilidad
de que ocurra el fenómeno en un determinado periodo de
tiempo
Factor de peligro El PELIGRO VOLCÁNICO se descompone en elementos
más sencillos que pueden evaluarse separadamente (lavas,
bombas, lahares, etc.)
Vulnerabilidad Expectativa de daño o pérdida infligida a un elemento
expuesto y condicionada a la severidad de la acción del
evento volcánico. Se expresa el porcentaje de daño referido a
la pérdida total para la acción esperada
Elemento de riesgo Cualquier valor que pueda resultar adversamente afectado
como consecuencia de la incidencia de un evento volcánico
Riesgo especifico Expectación de daño o pérdida infligida a un elemento de
riesgo, durante un cierto período de exposición
Riesgo Riesgo específico referido a coste
La adopción de una metodología común a todos los desastres, permite una mejor
comprensión de la problemática de los distintos riesgos por parte de los estamentos sociales
involucrados, y un mejor aprovechamiento de los recursos empleados en su mitigación. El
concepto actual del riesgo lleva implícita su "no eliminabilidad". Así, el riesgo tendrá
siempre un valor numérico (monetario o en número de víctimas), que podrá calcularse con
algún tipo de fórmula. Todas estas fórmulas, en el caso del riesgo volcánico, incluyen el
producto de la peligrosidad volcánica por la vulnerabilidad y por la exposición. Al ser las
funciones de peligrosidad y vulnerabilidad distribuciones definidas en un marco
probabilístico, hay que entender este producto como un producto de convolución entre
funciones.
< RIESGO> = <VULNERABILIDAD> * <EXPOSICION> * <PELIGRO>
Según esta expresión, para establecer el riesgo se debe obtener la peligrosidad y la
vulnerabilidad para cada punto de la zona en estudio. La peligrosidad y la vulnerabilidad
pueden evaluarse siguiendo dos metodologías distintas: en base al estudio de los efectos de
erupciones pasadas (métodos observacionales) o partiendo de modelos teóricos de los
fenómenos y sus efectos (métodos predictivos). En el estado actual del conocimiento del
fenómeno volcánico se utiliza un método mixto, que conjuga la observación detallada de
los efectos de las pasadas erupciones ocurridas en la zona y, mediante técnicas numéricas
basadas en la física de los fenómenos volcánicos, modeliza los efectos de la erupción
esperada (Barberi el al., 1989; Dobran et al., 1990). El carácter estadístico de los análisis de
riesgo volcánico requiere que los trabajos de muestreo en campo satisfagan dos condiciones
• suficientemente numerosos para que el resultado sea estadísticamente creíble
• suficientemente homogéneos para ser significativos
Estos dos requerimientos entran en ocasiones en conflicto, especialmente en el ámbito de
las Ciencias de la Tierra, donde no siempre es fácil muestrear adecuadamente o donde los
intervalos temporales entre los fenómenos no permiten tener un conocimiento directo de los
mismos. Las vulnerabilidades pueden determinarse tanto para estructuras simples como
para sistemas multicomponentes. La vulnerabilidad frente a la exposición a los diferentes
peligros volcánicos es difícil de determinar experimentalmente, pues tenemos muy poca
experiencia directa en erupciones catastróficas que hayan afectado un área urbana
desarrollada. Por ello, debemos extrapolar la información obtenida de los efectos
producidos sobre estructuras simples, generalmente rurales, a sistemas complejos. Esta
extrapolación resulta muy difícil de realizar, por lo que hay que acudir a la utilización de
métodos estadísticos como puede ser Montecarlo, considerando los efectos sobre las
estructuras situadas en distintos escenarios (Sandi, 1986, 1995). Esta metodología está
ampliamente desarrollada para el caso de la determinación de las vulnerabilidades en el
riesgo sísmico, donde terremotos destructores como el de Ciudad de México en 1995 o el
ocurrido en Campania (Italia) en 1980, han aportado suficientes datos experimentales.
El daño causado por una erupción volcánica depende en primer lugar del tipo y magnitud
de la erupción, de la distancia entre el elemento de riesgo y la fuente, de la topografía, del
viento y otras variables meteorológicas, de la vulnerabilidad del elemento de riesgo y,
finalmente, del sistema de alarma y de la optimización del riesgo. Una vez evaluados los
distintos factores de peligro volcánico, con clara referencia a su magnitud, extensión,
duración y período de retorno, se debe proceder a estudiar los elementos de riesgo,
definiendo para cada uno de ellos y para cada uno de los peligros su vulnerabilidad, la cual
será función de sus propiedades estructurales y de su distancia al centro de emisión. El
factor de exposición, que siempre reduce el factor de riesgo, introduce el hecho de que el
elemento de riesgo no estará permanentemente en la zona de peligro y se expresa en % del
tiempo total. Por ejemplo, una construcción se supone que sólo durará 50 años, que una
cosecha sólo está amenazada durante seis meses al año, los turistas sólo están en verano,
etc.
El concepto de peligrosidad volcánica engloba aquel conjunto de eventos que se producen
en un volcán y pueden provocar daños a personas o bienes expuestos, por encima de un
nivel o grado de riesgo asumido. Los fenómenos que ocurren en un volcán son bien
conocidos desde hace mucho tiempo, sin embargo, para valorarlos en su aspecto
directamente relacionado con el riesgo volcánico es útil repasar las grandes catástrofes de
origen volcánico de las que tenemos noticias (Araña, este volumen). Se observa que las
erupciones que han producido mayor número de muertes lo han hecho de modo indirecto:
provocando hambre al arruinar las cosechas, desencadenándose lahares o tsunamis que han
llevado la destrucción hasta zonas muy lejanas del aparato volcánico o por terremotos
probablemente tectónicos ocurridos en la zona. Esto es debido a que un volcán no pasa
inmediatamente del más absoluto reposo a la más violenta actividad, por lo que todas las
grandes erupciones vienen precedidas de actividad menor, pero suficiente para que las
poblaciones próximas al volcán evacuen espontáneamente.
La mayor parte de los eventos volcánicos sólo suceden en las proximidades del volcán
(caída de bombas y nubes de gases tóxicos) o bien presenta una movilidad baja, como las
lavas. Incluso los grandes efectos del volcanismo explosivo están limitados a un entorno de
pocos kilómetros. Otras catástrofes asociadas a los volcanes, como pueden ser los lahares o
los deslizamientos de ladera pueden ocurrir sin erupción o terremoto, disparados
simplemente por unas lluvias anormales que inestabilizan los materiales volcánicos. No
sólo las vidas humanas son los elementos de riesgo, ya que nuestra sociedad posee y
depende de estructuras básicas muy vulnerables, como son los sistemas de comunicación o
las redes de distribución de agua y energía. Además, los núcleos urbanos en la proximidad
de volcanes potencialmente peligrosos son cada vez mayores, llegándose en algunos casos a
urbanizar hasta las laderas de un volcán de alto riesgo como el Vesubio. Es probable que la
escala de los desastre volcánicos haya que modificarla dentro de pocos años, cuando se
produzca una catástrofe volcánica en el nuevo orden urbanístico (Chester, 1993).
PELIGROSIDAD VOLCÁNICA
El estudio de la peligrosidad volcánica exige dividir cada uno de los episodios volcánicos
en elementos muy sencillos que se evalúan independientemente (cuadro 2). Cada uno de
estos elementos constituye un peligro volcánico, debiéndose definir para cada uno de ellos
su magnitud (volumen, energía), alcance, duración del impacto y tiempo de propagación.
Además, deberemos establecer las relaciones secuenciales entre ciclos eruptivos, peligros y
periodos de retorno. Debe tenerse presente que toda esta información será procesada
posteriormente de modo homogéneo, entrando como capa en el sistema de información
geográfica a fin de poder establecer los mapas de riesgo volcánico. Este proceder es muy
distinto al que se sigue habitualmente para fines académicos. Una vez aislados los tipos de
peligro correspondientes a cada una de las fases del ciclo eruptivo, debe procederse a
analizarlos individualmente, siempre tratando de poner de manifiesto aquellos aspectos que
tengan relevancia a efectos de daños. Además, en aquellos casos que sea posible, debe
realizarse el análisis del peligro volcánico de forma que puedan determinarse los
parámetros físicos necesarios para la modelización numérica del mismo. En todo caso
deberemos establecer las leyes de atenuación con la distancia, aunque sea de modo
empírico (Ortiz y Araña, 1996).
Cuadro 2. Peligrosidad volcánica (NLA 1992 modificado)
Factores de peligro Tipo de daño
Proyección de bombas y Daños por impacto. Incendio
escorias
Caída de piroclastos Recubrimiento por cenizas. Colapso de estructuras.
Daños a la agricultura. Daños a instalaciones
industriales
Dispersión de cenizas Problemas en tráfico aéreo. Falta de visibilidad
Lavas y domos Daños a estructuras. Incendios. Recubrimiento por lavas
Coladas y Oleadas Piroclásticas Daños a estructuras. Incendios. Recubrimiento por
(Nubes ardientes) cenizas
Lahares Daños a estructuras. Arrastres de materiales.
Recubrimiento por barros
Colapso total o parcial del Daños a estructuras. Recubrimiento por derrubios.
edificio volcánico Avalanchas. Tsunami inducido
Deslizamiento de laderas Arrastres de materiales. Recubrimiento por derrubios.
Daños a estructuras
Gases Envenenamiento. Contaminación aire y agua
Onda de choque Rotura de cristales y paneles
Terremotos y temblores Colapso del edificio volcánico. Deslizamiento de
volcánicos masas. Daños a estructuras
Deformación del terreno Fallas. Daños a estructuras
Variaciones en el sistema Cambios en la temperatura y calidad del agua
geotérmico de acuíferos
Inyección de aerosoles en la Impacto en el clima. Efectos a largo plazo y/o a
estratosfera distancia
PERIODOS DE RETORNO. ASPECTOS PROBABILÍSTICOS
Cada tipo de volcán tiene una vida media estimada, pero en este parámetro es determinante
el origen del magmatismo y el marco geodinámico. En cualquier caso, hay que distinguir
entre los escudos basálticos, alimentados casi directamente desde zonas muy profundas, y
los estratovolcanes alimentados desde unas cámaras someras que las erupciones vacían
periódicamente y vuelven a rellenarse desde zonas profundas. Sin embargo, también aquí
puede haber una transición ya que no es extraño que los escudos basálticos terminen
convirtiéndose en estratovolcanes (Araña y Ortiz, 1993). La identificación de cambios
regulares o secuencias en la actividad volcánica no tiene porque referirse exclusivamente a
los grandes ciclos magmáticos, ya que hay otras pautas de menor entidad que,
correctamente interpretadas, proporcionan importantes elementos de predicción. La
estimación de la probabilidad de que ocurra una erupción en uno cualquiera de los volcanes
que existen en la Tierra debe hacerse a partir de los datos del catálogo (Simkim y Siebert
1994), el cual recoge unas 9000 erupciones en 10000 años, que es una muestra muy
incompleta, más aún si tenemos presente que la mayor parte de las erupciones catalogadas
corresponde a los últimos 250 años. La muestra resulta todavía menos significativa si
pretendemos estimar la probabilidad de que ocurra una erupción altamente explosiva en un
determinado volcán. Si también consideramos que el sistema volcánico puede presentar
largos periodos de reposo o responder a determinadas secuencias, todavía es más acusada la
insuficiencia del tamaño de la muestra en relación con los periodos que pretendemos
determinar. En general, se observa que la pauta para el volcanismo explosivo es el presentar
largos periodos de inactividad, siendo tanto mayor la violencia de la erupción cuanto mayor
sea el periodo de reposo precedente. El escaso número de grandes erupciones explosivas
bien estudiadas hace aventurada cualquier hipótesis. Siempre deberíamos tener presente que
la descripción estadística simplemente suple nuestra falta de conocimiento de la física de
los procesos volcánicos. Un sistema volcánico no es un sistema Poisson, ya que, de hecho,
se produce en el volcán una serie de procesos encadenados, perfectamente claros: ascenso
del magma, almacenamiento y evolución en cámaras magmáticas y erupción. Esto es
especialmente importante para las grandes erupciones explosivas, en las que intervienen
volúmenes de magma que superan el km3. Es por ello que, después de una gran erupción,
este tipo de volcanes queda en reposo durante varios centenares de años y, en general, la
magnitud de la erupción es tanto mayor cuanto más largo ha sido el período de reposo.
El factor tiempo es muy importante para construir un mapa de peligros volcánicos. No es
posible trata por igual un fenómeno que se produce cada pocas decenas de años y otro con
periodicidades de miles de años. Una erupción es la culminación de un largo proceso que se
inicia con la generación de magmas, su lento ascenso, su posible almacenamiento en
cámaras magmáticas más o menos superficiales y su salida a la superficie. Todo ese
complejo proceso es claramente repetitivo, los tiempos entre erupciones o los distintos
mecanismos eruptivos se repiten de forma tremendamente constante, pero con las lógicas
fluctuaciones derivadas de su propia complejidad. El conocimiento adquirido en estos
últimos años sobre los sistemas caóticos ha permitido comprender el por qué de estas
fluctuaciones y está proporcionando las herramientas necesarias para cuantificarlo. La
primera aproximación que podemos hacer es mediante la estadística de las distintas
erupciones que ocurren en nuestro volcán (Astiz et al., este volumen). Es importante
destacar que es imprescindible que los datos de los que se parte sean homogéneos, no es
posible mezclar en el mismo modelo datos históricos precisos con datos intuidos de
leyendas o información geocronológica con amplias horquillas de error. Cada fuente de
información deberá analizarse por separado. Una técnica sencilla para determinar el periodo
de retorno entre erupciones consiste en representar el número de veces que un determinado
tiempo ha transcurrido sin erupciones. Una vez obtenido el periodo de retorno y aplicando
modelos estadísticos elementales podemos conocer cual es la probabilidad de que ocurra
una erupción en un determinado intervalo de tiempo (ver Astiz et al., este volumen).
VULNERABILIDADES
La vulnerabilidad de los elementos de riesgo es muy difícil de evaluar, pues no existen
suficientes experiencias recientes en las que haya sido posible determinar directamente los
daños sobre elementos de y grandes concentraciones de riesgo. Las vulnerabilidades se han
establecido en base al análisis de observaciones antiguas y extrapolaciones. La
vulnerabilidad se expresa en % del valor total del elemento en riesgo. Este valor, al ser un
concepto estadístico, hay que calcularlo para todos los elementos similares (igual tipo de
construcción, de cultivo, etc.), por ello se prefiere definir una escala de daños de tres
niveles: ligero (0-20%), moderado (10-60%) y grave ( 50-100%) que se superponen por la
dificultad real de distinguir si un daño es del 45% ó 55% del total. Hay que tener presente
que cuando una estructura sufre daños superiores al 40% ya no es rentable su reparación y
debe ser destruida. Para cada uno de los peligros volcánicos, en sus distintos grados de
intensidad, y para cada uno de los elementos de riesgo hay que analizar la correspondiente
vulnerabilidad. El resultado de este análisis se puede expresar en forma matricial (matriz de
vulnerabilidad) para transferirlo al sistema de información geográfica como capas distintas.
En general, el daño producido por coladas lávicas está limitado al entorno próximo del
volcán y fuertemente controlado por la topografía. Las avalanchas, incluyendo en ellas las
coladas y oleadas piroclásticas, pueden causar la destrucción total a decenas de kilómetros
del volcán. Las nubes de cenizas pueden causar pérdidas millonarias a miles de kilómetros
del volcán. La complejidad de la actual sociedad tecnológica hace que sea mucho más
vulnerable que las primitivas sociedades de subsistencia. Hoy, nuestros sistemas de energía
y comunicaciones nos hacen tremendamente vulnerables ante la catástrofe volcánica
(Blong, 1984; Tiedemann, 1992; Ortiz y Araña, 1996).
MAPAS DE RIESGO VOLCÁNICO
En el caso del riesgo volcánico debemos empezar por conocer cuáles son los peligros
volcánicos. Después hay que conocer cuál es la probabilidad temporal de que ocurra cada
uno de ellos y, en caso de que el fenómeno se produzca, cuál es la probabilidad de que cada
lugar se vea afectado. Seguidamente, se deberá calcular qué vulnerabilidad presenta cada
elemento de riesgo presente en la zona afectada para la intensidad esperada para el
fenómeno. Con todo esto ya podemos construir el mapa de riesgo. En la práctica (Felpeto et
al., 1996), se separan los tres factores en dos términos: el primero es exclusivamente el
peligro, mientras que el segundo engloba solo información económica (exposiciones y
vulnerabilidades). De esta forma el mapa de riesgo se construye partiendo de un mapa de
peligros, realizado por volcanólogos, que se transforma incluyendo una información
económica aportada por técnicos de otras disciplinas, como geógrafos, economistas,
sociólogos, etc. Este tipo de mapas debe ir acompañado de la correspondiente memoria que
facilite su utilización. Es importante insistir en que una información imprescindible que
debe figurar en los mapas es el diagrama de tiempos disponibles para actuar frente a cada
uno de los peligros. Lógicamente este tipo de información no sirve si no existe una
planificación anterior. Es importante disponer del material didáctico necesario y preparado
a distintos niveles. Además, este material debe actualizarse periódicamente. Hay que pensar
que una crisis puede iniciarse en cualquier momento y puede que transcurran varios meses
antes de culminar en una fase catastrófica. Pero este tiempo es muy pequeño si hay que
improvisar todo el material informativo y preparar al personal que debe intervenir, además
de establecer los correspondiente planes de actuación.
Para establecer un mapa de riesgo volcánico debemos partir de la definición de riesgo. El
riesgo es una densidad de probabilidad, definida a partir de la peligrosidad, es decir de la
densidad de probabilidad P(x,y,z,∆t) de que en un punto (x,y,z), en un intervalo de tiempo
∆t, ocurra un evento peligroso y de la vulnerabilidad V(x,y,z), entendida como densidad de
probabilidad de que dado el evento peligroso se sufra un determinado daño. Hay que
destacar que mientras la peligrosidad es función del intervalo de tiempo y, por ello,
invariante frente a una traslación temporal, la vulnerabilidad es sólo función del punto
considerado y de la actividad humana en ella desarrollada y por ello puede estar sujeta a
normas tendentes a disminuir el riesgo. Introduciendo el valor $(x,y,z) de los bienes sujetos
a posibles pérdidas se tiene
R(x, y, z, ∆t) = $(x, y, z) V(x, y, z) P(x, y, z, ∆t)
Por consiguiente, en la valoración del riesgo los factores primordiales son de carácter social
y económico, mucho más próximos a la política regional que a la aproximación científica y
técnica de los volcanólogos y técnicos de Protección Civil. En consecuencia, cuando a los
volcanólogos se les pide un mapa de riesgo, éstos deben limitarse a establecer el mapa de
peligrosidad volcánica, dejando a otros especialistas la transformación de este mapa en un
mapa de riesgo, mapa que viene expresado en dinero y en el que hay que evaluar si es más
rentable un hombre, una vaca o una industria, cuyos valores dependen del contexto
socioeconómico (Araña y Ortiz, 1993).
Para plantear un mapa de peligrosidad (Felpeto et al., 1996; Felpeto, este volumen) se debe
definir cuál es el intervalo de tiempo ∆t considerado. Un criterio es considerar todos
aquellos eventos que puedan producirse en los próximos 60 años, lo que supone períodos
de retorno del orden de 500 años para un margen de confianza del 99.5%. Seguidamente,
debe realizarse un estudio geológico de las erupciones habidas en la zona, reconstruyéndose
sus mecanismos eruptivos y tratando de establecer las relaciones temporales existentes
entre ellas y la presencia de secuencias significativas. Estos datos son analizados
estadísticamente, tratando de establecer el modelo que permita reconstruir las distintas
secuencias e intervalos. Este modelo estadístico permite calcular para cada mecanismo
eruptivo, su densidad de probabilidad para el intervalo de tiempo considerado. En general,
los valores obtenidos correspondientes a las erupciones más peligrosas, salvo en volcanes
muy particulares, son tremendamente pequeños. En algunos casos, deben modelarse
numerosas situaciones que pueden modificar considerablemente los resultados obtenidos;
un ejemplo de ello puede ser la modelización de la caída de los piroclastos cuando en la
zona no existen vientos dominantes claramente definidos.
La metodología (figura 1) para la realización del mapa de riesgo volcánico pasa por la
necesaria coordinación de un equipo multidisciplinar, necesario para la realización de los
estudios geológicos encaminados a la reconstrucción individualizada de cada evento
eruptivo, de su modelización física y de su transposición a la realidad social y económica
actual de la zona afectada por la posible erupción (Dobran et al., 1990). Es importante
recordar que tanto los datos como los modelos deben utilizarse en una crisis real, lo que
implica que mucha de la información requerida puede no estar disponible en ese momento.
De poco sirve un sistema muy sofisticado si no es útil en el transcurso de una crisis. En
muchos casos la única información de que se dispone en los primeros momentos (horas,
días) son las coordenadas del centro de emisión y una vaga idea sobre el tipo de erupción.
Posteriormente, si la accesibilidad del volcán y las condiciones meteorológicas lo permiten,
se podrá empezar a estimar otros parámetros
GEOLOGÍA FÍSICA
Estratigrafía y Geocronología Modelos físicos y numéricos
Historia Eruptiva
Petrología y
Magnitud geoquímica
explosividad Modelo Digital
Periodo de retorno de Elevación
Dinámica y extensión Validación
de cada evento eruptivo sobre pasadas erupciones
Tipología Sistema de
Erupción esperada vigilancia
Meteorología Hidrología Simulación
Numérica
Mapa de Peligros
Factores Económicos
exposición
vulnerabilidad Mapa de Riesgo
Factores Sociales
elementos culturales Mapa Administrativo
estructura administrativa
Mapa Educativo
Figura 1. Metodología para la realización de mapas de riesgo volcánico.
La herramienta imprescindible para realizar estos mapas es un Sistema de Información
Geográfica (SIG), aplicación informática que permite trabajar con bases de datos
georeferenciadas. Este tipo de aplicaciones permite combinar una base topográfica con la
información disponible de cada localización (habitantes, cultivos, vías de comunicación,
infraestructuras, etc.). Actualmente existen muchas aplicaciones de este tipo, aunque
ninguna de ellas está específicamente diseñada para la gestión de desastres, por lo que
siempre habrá que desarrollar módulos e interfases (ver Felpeto, este volumen). El primer
elemento que debemos introducir en el Sistema de Información Geográfica es el mapa
topográfico de la zona. Es importante que este mapa se corresponda exactamente con el
modelo digital del terreno utilizado por los modelos numéricos: red viaria, centros urbanos,
etc. El material utilizado para los trabajos de campo (foto aérea, foto satélite, cartografía
específica, etc.) deberá corregirse adecuadamente. El modelo digital de terreno debe
construirse de forma que presente la máxima resolución posible en función de la
información topográfica existente de la zona. Difícilmente se puede trabajar con
resoluciones de 25 m partiendo de un mapa básico a 1:100.000. Una resolución de 200 m
puede resultar insuficiente para el modelado de coladas lávicas, pero resulta más que
suficiente para la proyección balística o los flujos piroclásticos. Para la modelización
detallada de avalanchas se necesita un modelo topográfico particular que se puede obtener
fácilmente transformando el modelo digital de elevación. Los modelos digitales de terreno
contienen numerosos errores debidos al algoritmo que se ha utilizado para trazar las
isolineas en el mapa original y al método seguido para transformarlas en malla regular.
La modelización de la erupción esperada, requiere disponer de un conjunto de programas
para la simulación de los distintos peligros volcánicos que pueden presentarse en la zona.
Esta modelización debe realizarse a distintos niveles de resolución, pues cuanto más preciso
sea el ajuste mayor será el número de parámetros sobre la erupción que se necesitarán. No
hay que olvidar que, a efectos de valoración del riesgo volcánico, se necesita más una
valoración global de los efectos de la erupción que el detalle preciso de cada uno de los
fenómenos. En este aspecto, es interesante organizar los modelos en forma escalonada,
entrando cada vez más en el detalle de cada fenómeno mediante modelos más elaborados.
Así, en primera aproximación, es posible utilizar el mismo modelo gravitacional para todos
los fenómenos bajo control topográfico, introduciendo un parámetro que refleje la
movilidad de cada evento particular y que se ajusta empíricamente en base a los datos
disponibles para cada zona. Procediendo de este modo se puede obtener una buena
representación del fenómeno, apta para servir de base al mapa de peligrosidad volcánica.
Los modelos numéricos de los distintos peligros volcánicos parten de una simplificación
del modelo físico del fenómeno y precisan de la entrada de una serie de parámetros
característicos de la erupción esperada y utilizan los datos del modelo digital del terreno. En
función del tipo de modelo será necesario realizar una transformación de los datos de
elevación, generando un modelo local del terreno de menores dimensiones. Esto mejora la
eficiencia del proceso de cálculo, pues se trabaja con modelos de menores dimensiones. Al
finalizar, los resultados de la simulación deben escribirse en un fichero directamente
compatible con el SIG.
La transformación del mapa de peligrosidad en mapa de emergencia o en mapa de riesgo,
es un proceso simple que se realiza directamente mediante el uso de las herramientas
propias del SIG. Sin embargo, para que esta transformación sea sencilla de realizar es
necesario que la salida de los distintos modelos de peligros volcánicos esté adecuadamente
escalada, de modo que la aplicación de las tablas de vulnerabilidad sea inmediata.
Evidentemente, la utilidad del sistema dependerá fundamentalmente de la correcta
actualización de los datos que constituyen la base del SIG. Este tipo de proceso requiere
actuar sobre las vulnerabilidades definidas para todos los elementos. Por consiguiente, es
conveniente que desde un principio se introduzcan las distintas capas que constituyen el
SIG. Esto también debe aplicarse al formato de salida de los distintos modelos.
Los mapas de riesgo y gestión de la emergencia deben actualizarse continuamente en caso
de crisis, en función de como vaya evolucionando la actividad del volcán o de como los
datos procedentes del seguimiento de la crisis vayan permitiendo optimizar el ajuste de los
modelos. Para que este proceso pueda realizarse de forma adecuada, el sistema debe poder
operar de un modo sencillo sin necesidad de tener que realizar operaciones manuales.
Finalmente, los mapas de tipo educativo o informativo deben realizarse manualmente, en
colaboración con un equipo de pedagogos, ya que los criterios de tipo cultural y tradicional
afectan al contenido de estos mapas.
Los mapas de peligros volcánicos se deben construir teniendo en cuenta su objetivo final.
Así tenemos
• Mapa de peligros ocurridos: refleja todo lo que ha ocurrido en el volcán y en cierta
forma se diferencia poco de un mapa geológico.
• Mapa de peligro específico: refleja sólo un peligro, por ejemplo el camino que
recorrerán los lahares.
• Mapa de erupción esperada: construido en base al conocimiento del estado actual del
volcán, refleja los efectos de una futura erupción. Este es el mapa de peligros
volcánicos que se realiza habitualmente para la cuantificación del riesgo volcánico.
Hay que tener en cuenta que en muchos casos vamos a tener varios tipos de erupciones
posibles y deberemos construir un mapa para cada uno de ellos, considerando el árbol
de probabilidades correspondiente.
• Mapa del máximo evento posible: se considera la mayor erupción que pueda ocurrir en
ese volcán, independientemente de cuando se vaya a producir. Desborda las
posibilidades de gestión inmediata. La probabilidad de que ocurra es extremadamente
baja.
• Mapa del mayor evento abordable: considera la máxima erupción esperada que pueda
ocurrir en un plazo razonable y que pueda gestionarse con los medios disponibles.
Por otra parte, un mapa de riesgo volcánico afecta los intereses de corporaciones e
individuos. Las presiones sobre los investigadores para que una zona aparezca o no
afectada en el mapa son muy fuertes, especialmente cuando la zona se reactiva y los
habitantes son conscientes de ello. Además, el grado de responsabilidad sobre la zona a
proteger no está claro. Ciudadanos y corporaciones tienden a transferirla al Gobierno
Regional y al Nacional, independientemente del grado actual de responsabilidad. La
educación sobre este tipo de fenómenos naturales es escasa y muy deficiente y, por ello, es
muy importante tener previsto cómo debe ser la información que se debe proporcionar a los
habitantes de una posible zona afectada. La aplicación de este tipo de estudio es clara
cuando se trata de aparatos volcánicos en actividad continua o que por las características
especiales de su estado actual, como es la presencia de un domo en evolución, de una
cámara magmática somera activa o de erupciones casi continuas, sea posible conocer cuál
será la evolución normal del sistema y establecer el modelo correspondiente. Situación muy
distinta es cuando en una área volcánica activa se desencadena una crisis. En tal situación,
hay una serie de indicadores que se activan y se empiezan a recibir datos por la aplicación
de las distintas técnicas de vigilancia de volcanes. Especialmente significativos son en estos
casos los datos de la geodesia y de la geoquímica de fluidos: estos datos nos permiten
delimitar con bastante precisión la zona donde se está produciendo realmente el fenómeno.
Con los conocimientos volcanológicos de la zona es posible reducir a unos pocos tipos de
mecanismos la posible erupción. La aplicación de los modelos de simulación numérica
acoplados directamente al Sistema de Información Geográfica, permite establecer
rápidamente los distintos tipos de mapas de riesgo necesarios para afrontar la crisis.
ZONIFICACIÓN
Es la división de una región en zonas y su ordenación en función del grado de riesgo frente
a un peligro volcánico. Inicialmente, el concepto de zonificación era muy amplio y de
hecho sólo permitía definir las áreas volcánicas activas. Para obviar esto se introduce el
concepto de microzonificación aplicado a una zona concreta (Alexander, 1993). Esta
técnica se ha diseñado para mostrar la variación espacial del riesgo, a fin de concentrar los
recursos y enviar los equipos de emergencia durante los periodos de crisis. A largo plazo,
permite dictar normas encaminadas a la ordenación del territorio y construir las
infraestructuras del modo menos vulnerable posible. Hay que tener presente que el
concepto de microzonificación es siempre local; el aplicarlo a escalas regionales puede
traer problemas a largo plazo al introducirse datos no exactamente equivalentes para cada
una de las zonas: una zona de alto riesgo puede quedar enmascarada por otra de menor
riesgo pero de la que haya un conocimiento mayor. Los elementos básicos para la
zonificación volcánica son: el número de personas expuestas, sus actividades económicas,
la localización de las estructuras y servicios de emergencia y sus vulnerabilidades frente a
cada peligro considerado. El tipo de mapa de microzonificación depende de dos factores: el
peligro considerado y el uso al que va destinado.
• Mapa de peligro único y un sólo uso: Es el más fácil y barato de realizar. Resulta
apropiado para resolver situaciones particulares, donde es posible aislar un único tipo
de peligro que afecta a una estructura vulnerable muy simple. Por ejemplo analizar la
caída de piroclastos sobre una zona residencial para realizar el diseño adecuado de las
cubiertas.
• Mapa de peligro único y múltiple uso: Apropiado cuando el peligro esperado afecta a
más de una actividad. Siguiendo con el ejemplo de la caída de piroclastos, se puede
conocer, basándose en un único trabajo de campo, el impacto sobre el sistema de
comunicaciones (carreteras y aeropuertos), el suministro de agua y energía, las
construcciones residenciales y las zonas agrícolas.
• Mapa de peligro múltiple y uso múltiple: Este tipo de mapas es el requerido para la
ordenación del territorio. Debe incluir todos los peligros esperados en la zona. Por su
complejidad es necesario estructurarlo sobre un SIG. Es importante escalar cada
peligro en relación con los otros, tanto en magnitud como en periodos de retorno.
Dependiendo del destinatario podemos considerar tres tipos de mapas de peligrosidad
volcánica: un mapa que recoja la información estrictamente volcanológica, un mapa de
carácter administrativo y un tercero de tipo educativo (Yoshioka, 1992):
• Mapa de Peligrosidad Volcánica basado en Estudios Volcanológicos: En él se
muestran las áreas peligrosas bajo ciertas condiciones de cada factor de peligro
considerado. Se pueden adoptar dos criterios para establecer este mapa: reflejando los
efectos de una erupción de un tipo concreto en un punto y bajo unas determinadas
condiciones meteorológicas o bien un mapa recogiendo todas las posibles erupciones y
fenómenos asociados que puedan tener lugar en la zona. El primero es útil para hacer
frente a una crisis, mientras que el segundo es de interés muy relativo y sólo sirve a
efectos de ordenación del territorio a muy largo plazo. En muchos casos, se opta por
realizar un mapa en el que se superponen todas las erupciones posibles en la zona que
son esperables durante el desarrollo de una crisis. Estos mapas sirven de base para
crear el mapa administrativo y el educativo. Este mapa resulta inútil si no existe un
equipo de volcanólogos, debidamente coordinado, trabajando en la zona.
• Mapa de Peligrosidad Volcánica con Datos Administrativos: Es el mapa útil para la
Administración (no para especialistas en volcanes) y en él se incluyen las medidas a
tomar para cada factor de peligro así como las escalas de tiempo correspondientes.
Sobre este mapa se planificarán las operaciones de evacuación, las contramedidas a
tomar y las actuaciones post-desastre. Se realiza revisando y evaluando el mapa
volcanológico desde el punto de vista de la gestión de desastres, añadiendo la
información referente a vías y centros de evacuación y todos aquellos datos necesarios
para la actuación en la emergencia. Este mapa carece de sentido si no existe una
normativa para su aplicación.
• Mapa de Peligrosidad Volcánica para Uso Educativo de los habitantes: Está basado en
el Mapa Administrativo e incluye información precisa para los habitantes y turistas,
especialmente sobre las medidas a tomar en caso de un factor de desastre, por ejemplo,
las instrucciones para el caso de una evacuación. Se debe recordar que en la misma
zona ya han ocurrido antes erupciones y que ello no siempre supone un desastre, así
como dar a conocer el fenómeno volcánico. Hay que tener presente que la publicación
y distribución de estos mapas puede provocar una alarma infundada que afecte
seriamente la economía de la zona: disminuye el número de turistas, bajan los precios
de las tierras, los seguros se disparan y muchas empresas pueden abandonar la zona o
requerir fuertes compensaciones económicas.
SEGURIDAD AÉREA Y ACTIVIDAD VOLCÁNICA
La seguridad del tráfico aéreo en una erupción exige evitar que los aviones vuelen dentro de
zonas contaminadas por cenizas. Ello requiere un adecuado seguimiento de las nubes de
ceniza,que inmediatamente se recubren de una capa de agua, son semitransparentes y
difícilmente distinguibles visualmente de las nubes normales. Además no son detectables
por el radar que lleva el avión. Cuando un avión entra en una nube de cenizas volcánicas
sufre importantes daños como la erosión de todas las superficies por el fuerte poder
abrasivo de la ceniza o el fallo completo de los motores. Incluso nubes muy diluidas
provocan daños que obligan a cambiar inmediatamente los motores con los enormes costes
que esto supone. Evitar las nubes requiere la comunicación entre el piloto y los
observadores en tierra. Es importante que la información sobre la actividad volcánica
circule rápidamente entre todos los grupos involucrados, si es posible en tiempo real, para
proporcionar la información oportuna a los directores de tráfico aéreo y a los pilotos. Cada
grupo debe tener un plan o formulario de notificación de emergencia por ceniza volcánica y
estos procedimientos deben ser parte de la rutina operacional del grupo
Figura 2. La confección de un mapa de riesgo involucra dos bloques: la actividad volcánica y su modelización y
por otro lado la actividad humana. Al final obtenemos una representación de los efectos esperados que ocurran en
una futura erupción.
La coordinación y notificación debe ser rápida y eficaz; se deben usar caminos múltiples
para evitar que la pérdida de un eslabón no rompa el camino de la información. La
Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) ha establecido desde 1993 los
procedimientos de comunicaciones para el caso de las cenizas volcánicas que establecen las
consultas entre portadores aéreos, pilotos, meteorólogos y volcanólogos. Las autoridades de
aviación civil deben estar alerta para informar sobre nubes de cenizas volcánicas originadas
fuera de su jurisdicción. La OACI recomienda que todos los estados miembros con
amenaza de ceniza volcánica establezcan un grupo en que los especialistas de los distintos
organismos se reúnan periódicamente para discutir los procedimientos relacionados con el
riesgo volcánico. Hoy, la Asociación Internacional de Aviación Civil mantiene una serie de
centros especializados en el seguimiento de nubes volcánicas y dotados de computadores
especialmente preparados para la modelización de la evolución temporal de las nubes de
cenizas y enviar estos pronósticos inmediatamente a los centros de control de tráfico aéreo.
Estos centros están en continuo contacto con los Observatorios Volcanológicos
responsables de cada área volcánica activa. Como ejemplo podemos citar el volcán Redoubt
(Alaska, año 1989) donde una erupción que no provoca ninguna víctima, si produjo daños
en el tráfico aéreo comercial a más de 4000 km del volcán, que supusieron 80 millones de
dólares en un sólo avión (Przedpelski y Casadevall, 1994). Durante la erupción del volcán
Pinatubo (Filipinas, año 1991) sufrieron daños por la nube eruptiva 14 grandes aviones
(Boeing 747 y DC10) con el resultado de tener que cambiar 10 motores (Casadevall, 1991 y
1995). En los aeropuertos situados en las proximidades de un volcán que presenta actividad
explosiva persistente, como es el caso del Sakurajima en Japón o el Popocatépetl en
México, se han instalado equipos que proporcionan información automática de la actividad
del volcán.
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