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La Orden Del Temple

Cuatro caballeros templarios irrumpen en una exposición en Nueva York donde asesinan a varias personas y roban objetos. Uno de los objetos robados es una pieza antigua que parece desatar fuerzas de venganza. Martin de Carmaux lucha para defender Acre de los invasores sarracenos, pero la ciudad es tomada. El Gran Maestre de los Templarios le ordena a Aimard de Villiers que tome un cofre y huya de la ciudad, pero Martin se niega a abandonar a sus hermanos.
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La Orden Del Temple

Cuatro caballeros templarios irrumpen en una exposición en Nueva York donde asesinan a varias personas y roban objetos. Uno de los objetos robados es una pieza antigua que parece desatar fuerzas de venganza. Martin de Carmaux lucha para defender Acre de los invasores sarracenos, pero la ciudad es tomada. El Gran Maestre de los Templarios le ordena a Aimard de Villiers que tome un cofre y huya de la ciudad, pero Martin se niega a abandonar a sus hermanos.
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Cuatro

jinetes vestidos de caballeros templarios irrumpen en una exposición


de antigüedades del Vaticano que se realiza en Nueva York, donde asesinan
a varias personas con sus espadas y roban algunas de las piezas. El caso
desbordará las fuerzas del FBI, cuya única pista apunta hacia uno de los
objetos robados, un extraño artefacto que, en 1312, fue la causa de la brutal
aniquilación de la Orden del Temple a manos de la Iglesia católica, y que
ahora, en pleno corazón de la modernidad, parece capaz de desatar las
fuerzas de una centenaria venganza.

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Raymond Khoury

La Orden del Temple


Sean Reilly & Tess Chaykin - 1

ePub r1.1
kraken61 10.07.16

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Título original: The Last Templar
Raymond Khoury, 2005
Traducción: Marta Torent López de Lamadrid

Editor digital: kraken61


ePub base r1.2

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A mis padres
A mis chicas:
Mia, Gracie y
Suellen
y
A mi amigo
Adam B. Wachtel
(1955-2005)
¡Cuánto habrías disfrutado con esto!
Me alegro de que Victoria y Elizabeth
te compartieran con nosotros.
Te echaremos de menos.
Mucho.

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¡Qué útil nos ha sido este mito de Cristo!
Papa León X, siglo XVI

ebookelo.com - Página 6
Prólogo
Acre, reino latino de Jerusalén, 1291
«Hemos perdido Tierra Santa.»
Ese único pensamiento no dejaba de atormentar a Martin de Carmaux; su brutal
irrevocabilidad resultaba más aterradora que las hordas de guerreros que entraban
trepando por la brecha abierta en el muro.
Se obligó a desechar la idea, a apartarla de su mente.
Ahora no tenía tiempo para lamentarse. Tenía trabajo que hacer.
Hombres que matar.
Blandiendo la espada, se precipitó a través de las asfixiantes nubes de humo y
polvo, y arremetió contra las enfurecidas filas enemigas. Estaban en todas partes, sus
cimitarras y sus hachas desgarraban la carne, y sus gritos de guerra se elevaban por
encima del inquietante y rítmico compás de los timbaleros que había al otro lado de
las murallas de la fortaleza.
Con todas sus fuerzas, abatió la espada partiendo en dos la cabeza de un hombre,
y volvió a levantar la hoja para embestir al siguiente invasor. Echó un vistazo a su
derecha, y vio que Aimard de Villiers clavaba su espada en el pecho de un atacante
antes de enfrentarse a otro enemigo. Aturdido por los gemidos de dolor y los gritos de
ira que le rodeaban, Martin notó que alguien trataba de agarrarle de la mano izquierda
y velozmente dio un fuerte golpe al adversario con la empuñadura de su espada;
luego bajó la hoja y sintió cómo ésta atravesaba músculos y hueso. Percibió a su
derecha algo amenazadoramente cerca y de forma instintiva atacó con la espada,
rebanándole el brazo a otro de los invasores para después abrirle la mejilla y cortarle
la lengua de un tajo.
Sus camaradas y él llevaban horas sin tener un respiro. La embestida islámica no
solamente había sido incesante, sino además mucho peor de lo esperado. Flechas y
proyectiles de llameantes puntas habían llovido sin descanso durante días sobre la
ciudad, provocando más incendios de los que podían atajarse a la vez, mientras los
hombres del sultán cavaban hoyos debajo de las enormes murallas en los que habían
amontonado broza, que también encendían. En muchos puntos, estos hornos
provisionales habían agrietado las murallas, que ahora se derrumbaban bajo una
lluvia de rocas catapultadas. Templarios y hospitalarios habían logrado, a fuerza de
voluntad, repeler el asalto en la Puerta de San Antonio antes de incendiarla y
retirarse. Sin embargo, la Torre Maldita, haciendo honor a su nombre, había
sobrevivido, permitiendo que los violentos sarracenos entraran en la ciudad y sellaran
su destino.
Los gritos roncos de agonía se desvanecieron en medio de la conmoción mientras
Martin bajaba su espada y miraba a su alrededor desesperado en busca de algún signo

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de esperanza, pero en su mente no había ninguna duda. Habían perdido Tierra Santa.
Con creciente temor tomó conciencia de que todos morirían antes de que acabara la
noche. Se enfrentaban con el mayor ejército jamás visto, y pese a la furia y la pasión
que hervían en sus venas, pese a sus esfuerzos y los de sus hermanos, estaban
condenados al fracaso.
También sus superiores se habían percatado de ello. El alma se le cayó a los pies
al oír la fatídica corneta que advertía a los caballeros supervivientes del Temple que
abandonaran las defensas de la ciudad. Mirando rápidamente a izquierda y derecha
con turbado frenesí, sus ojos encontraron de nuevo los de Aimard de Villiers. Y en
ellos detectó la misma agonía y la misma humillación que ardía en él. Codo con codo,
se abrieron paso entre la confusa multitud y consiguieron regresar a la relativa
seguridad del recinto templario.
Martin siguió al viejo caballero por entre el tropel de la población aterrada, que se
había refugiado dentro de los sólidos muros de la fortaleza. La escena que les
esperaba en el amplio vestíbulo le sorprendió aún más que la carnicería que había
presenciado fuera. Tumbado sobre una tosca mesa de comedor larga y estrecha estaba
Guillaume de Beaujeu, el Gran Maestre de los Caballeros del Temple. A su lado, de
pie, se encontraba Pierre de Sevrey, el senescal, junto con dos monjes. Sus afligidos
rostros no dejaban lugar a dudas. Cuando los dos caballeros llegaron hasta él,
Beaujeu abrió los ojos y levantó un poco la cabeza, movimiento que le provocó un
involuntario gemido de dolor. Martin lo miró fijamente, estupefacto. La piel del
anciano había perdido todo color y sus ojos estaban inyectados de sangre. Recorrió su
cuerpo con la mirada, tratando de entender lo que veía, y localizó la saeta emplumada
que sobresalía por un costado de su caja torácica. El Gran Maestre sujetaba su
extremo con una mano mientras con la otra le hacía señas a Aimard, que se aproximó,
se arrodilló a su lado y le cogió la mano entre las suyas.
—Ha llegado la hora —logró decir el anciano con voz débil y apenada, pero clara
—. Vete ya y que Dios te guíe.
Martin no oyó las palabras. Su atención estaba en otra parte, centrada en algo que
había notado en cuanto Beaujeu había abierto la boca. Era su lengua: estaba negra. La
ira y el odio se agolparon en la garganta del joven caballero cuando reconoció los
efectos de la saeta envenenada. Este líder de hombres, la firme figura que había
dominado todas las facetas de la vida de Martin hasta donde éste podía recordar,
estaba prácticamente muerto.
Se fijó en que Beaujeu alzaba la vista hacia Sevrey y asentía casi
imperceptiblemente. El senescal fue hasta el extremo de la mesa y levantó una tela de
terciopelo que dejó al descubierto un pequeño y labrado cofre. No medía más de tres
palmos de ancho. Era la primera vez que Martin lo veía. Observó absorto a Aimard,
que se puso de pie, contempló el cofre con solemnidad y después miró a Beaujeu. El
anciano le sostuvo la mirada antes de volver a cerrar los ojos; su respiración había
adquirido una aspereza siniestra. Aimard se acercó a Sevrey y lo abrazó, a

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continuación cogió el cofre y, sin siquiera mirar atrás, se dirigió hacia la salida. Al
pasar junto a Martin se limitó a decirle: «Ven».
Martin vaciló y lanzó una mirada a Beaujeu y luego al senescal, que asintió en
señal de confirmación. Entonces se apresuró a seguir a Aimard, y pronto cayó en la
cuenta de que no iban al encuentro del enemigo.
Se dirigían al muelle de la fortaleza.
—¿Adonde vamos? —inquirió.
Aimard no dejó de andar.
—El Falcon Temple nos espera. Date prisa.
Martin se detuvo en seco; le daba vueltas la cabeza, estaba confuso. «¿Nos
marchamos?», pensó.
Conocía a Aimard de Villiers desde que su propio padre, también caballero,
muriera quince años atrás cuando Martin tenía apenas cinco. Desde entonces, Aimard
había sido su guardián, su mentor. Su héroe. Habían librado muchas batallas juntos, y
Martin creía que seguirían codo con codo y morirían uno al lado del otro cuando
llegara el final. Pero esto no. Esto era una locura. Era una… deserción.
Aimard también se detuvo, pero únicamente para asir a Martin por el hombro y
obligarle a andar.
—Date prisa —le ordenó.
—¡No! —repuso Martin sacudiéndose la mano de Aimard.
—Sí —insistió tajante el caballero, mucho mayor que él.
Martin sintió náuseas; su rostro se ensombreció al tratar de encontrar las palabras:
—No abandonaré a nuestros hermanos —balbució—. Ahora no, ¡nunca!
Aimard exhaló un gran suspiro y echó una mirada a la ciudad sitiada. Llameantes
proyectiles dibujaban arcos en el cielo nocturno y lo surcaban veloces desde todos los
rincones. Sujetando todavía el cofre, se volvió y dio un amenazante paso hacia
delante de modo que entre sus rostros no quedaron más que unos centímetros, y
Martin reparó en que los ojos de su amigo estaban empañados de lágrimas
reprimidas.
—¿Acaso crees que quiero abandonarlos? —susurró; su voz cortaba el aire—.
¿Que quiero dejar al Maestre en su último trance? Parece que no me conozcas.
La mente de Martin ardía de confusión.
—Entonces… ¿por qué?
—Nuestro cometido es mucho más importante que matar unos cuantos perros
rabiosos más —contestó Aimard sombrío—. Es crucial para la supervivencia de
nuestra Orden. Es crucial, si queremos asegurarnos de que todo aquello por lo que
hemos luchado no muera aquí también. Tenemos que irnos. Ahora.
Martin abrió la boca para protestar, pero la expresión de Aimard era inequívoca.
A regañadientes, inclinó la cabeza en señal de aquiescencia y lo siguió.
La única nave atracada en el puerto era el Falcon Temple; las otras galeras habían
zarpado antes de que el asalto sarraceno cerrara la dársena principal de la ciudad la

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semana previa. Con el agua ya por encima de la línea de flotación, un grupo de
esclavos, hermanos-sargentos y caballeros cargaba la nave. A Martin le asaltó un
montón de preguntas, pero no tenía tiempo para formular ninguna. Cuando se
aproximaron al muelle pudo ver al patrón, un viejo marino al que sólo conocía como
Hugh y al que el Gran Maestre tenía en mucha estima. El hombre, fornido, observaba
la febril actividad desde la cubierta de su nave. Martin paseó la vista por el barco,
desde la carroza de popa, pasando por su gran mástil, hasta la roda de la que
sobresalía el mascarón de proa, una escultura de una fiera ave de presa
extraordinariamente fiel a la realidad.
Sin interrumpir el paso, Aimard preguntó a voz en grito al patrón:
—¿Ya se han cargado el agua y las provisiones?
—Sí, señor.
—Entonces olvídate del resto y leva anclas de inmediato.
En cuestión de minutos izaron la pasarela de embarque, se soltaron amarras y los
marineros separaron el Falcon Temple del muelle desde el esquife de la nave. El
contramaestre no tardó mucho en dar la orden para que los esclavos de la galera
hundieran sus remos en las oscuras aguas. Martin observó a los marineros hacinados
en cubierta izar el esquife y asegurarlo. Al compás rítmico del grave sonido de un
gong y los gruñidos de más de ciento cincuenta remeros encadenados, la nave
empezó a desplazarse y se alejó de las enormes murallas del recinto templario.
Mientras se alejaba del puerto, una lluvia de flechas cayó sobre ella y el mar
circundante estalló en inmensas y ardientes explosiones de espuma blanca producidas
por los disparos de las ballestas y catapultas del sultán, dirigidos a la galera que
escapaba. Pronto estuvieron fuera de su alcance y Martin se levantó y contempló el
paisaje cada vez más lejano. Los infieles ocupaban los muros de la ciudad, aullando e
insultando a la nave como animales enjaulados. Detrás de ellos rugía el infierno; los
chillidos y los gritos de hombres, mujeres y niños se mezclaban con el incesante y
estrepitoso redoble de los tambores de guerra.
Poco a poco, la nave ganó velocidad ayudada por un viento que soplaba de tierra;
los remos se levantaban y caían como alas revolviendo las oscuras aguas. En el
distante horizonte, el cielo se había vuelto negro y amenazador.
Todo había terminado.
Con las manos aún temblorosas y el alma destrozada, Martin de Carmaux se
volvió lentamente y con disgusto, dejó atrás la tierra que le había visto nacer y miró
al frente, hacia la tormenta que les esperaba.

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Al principio, nadie reparó en los cuatro jinetes que emergían de la oscuridad de
Central Park.
Antes bien, cuatro manzanas al sur, todas las miradas estaban posadas en el
continuo desfile de limusinas, iluminadas por flashes y focos de televisión, de las que
descendían celebridades elegantemente vestidas y mortales de menor relevancia
delante de la acera del Museo de Arte Metropolitano, el «Met».
Era uno de esos grandes acontecimientos que ninguna otra ciudad hubiera podido
organizar tan bien como Nueva York, menos aún cuando el recinto anfitrión era el
Met. Espectacularmente iluminado y con haces de luz que atravesaban el oscuro cielo
de abril, el enorme edificio era como un irresistible reclamo en el corazón de la
ciudad, que atraía a sus invitados hacia las austeras columnas de su fachada
neoclásica, sobre la que ondeaba un cartel con la leyenda:

TESOROS DEL VATICANO

Habían hablado de posponer el evento e incluso de cancelarlo, pues recientes


informes de los servicios de inteligencia habían inducido al Gobierno a decretar de
nuevo el nivel naranja de alerta antiterrorista nacional. En todo el país, las
autoridades estatales y locales habían intensificado las medidas de seguridad, y
aunque en Nueva York se mantenía el nivel naranja desde el 11-S, se tomaron
precauciones adicionales. Se apostaron tropas de la Guardia Nacional en las líneas de
metro y en los puentes, y los agentes de policía hacían turnos de doce horas.
Se creía que, debido a su temática, la exposición era particularmente arriesgada.
Pese a ello había prevalecido la firme determinación de algunos políticos, y la junta
del museo había votado que se siguiera adelante con lo planeado. La exposición se
llevaría a cabo según lo previsto, un testimonio más del inquebrantable espíritu de la
ciudad.

De espaldas al museo, una joven reportera con una cuidada melena y dientes de un
blanco resplandeciente trataba por tercera vez de hablar sin equivocarse frente a la
cámara. Después de haber intentado, sin éxito, adoptar una postura estudiada de
erudición, en esta ocasión se concentró y lo logró.
—No recuerdo cuándo fue la última vez que el Met congregó a tanta gente. Desde
luego no había vuelto a suceder desde la exposición sobre los mayas, y de eso hace ya
unos cuantos años —anunció mientras un hombre gordinflón de mediana edad bajaba
de una limusina con una estilizada mujer enfundada en un vestido de noche azul, de
una talla demasiado pequeña y más adecuado para una adolescente que para ella—. Y

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ahí están el alcalde y su encantadora mujer —explicó la reportera—, nuestra propia
familia real que, naturalmente y como de costumbre, llega tarde. —Centrándose en el
acontecimiento que tenía que cubrir y adoptando un tono serio añadió—: Esta noche
será la primera vez que muchos de los objetos expuestos puedan ser vistos por el
público. Han permanecido guardados bajo llave en los sótanos del Vaticano durante
cientos de años y…
Justo entonces, una repentina ola de silbidos y aplausos de la multitud la distrajo.
Dejó de hablar, apartó la vista de la cámara y miró hacia el creciente alboroto.
Y en ese momento vio a los jinetes.
Los caballos eran unos ejemplares soberbios: imponentes tordos y zainos con
ondulantes colas negras y crines. Pero eran sus jinetes los que habían agitado a la
multitud.
Los cuatro hombres, que montaban formando una línea, iban vestidos con
armaduras medievales idénticas. Llevaban yelmos cerrados, cotas de malla,
espalderas negras y calzas que se prolongaban en las perneras de hierro. Parecía que
acababan de salir del túnel del tiempo, y para exagerar su efecto, enormes espadas
envainadas colgaban de sus cinturas. Pero lo más sorprendente de todo eran las largas
capas blancas bordadas con cruces de color rojo sangre que llevaban encima de las
armaduras.
Ahora los caballos trotaban suavemente.
La multitud fue presa de la emoción mientras los caballeros avanzaban con
lentitud, con la vista al frente y ajenos al alboroto que los rodeaba.
—¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? Da la impresión de que el Met y el Vaticano han
hecho un despliegue de medios. ¿No les parece magnífico? —dijo con entusiasmo la
reportera como si se tratara de un espectáculo—. ¡Escuchen a la multitud!
Los caballos llegaron hasta el bordillo frente al museo, y entonces hicieron algo
curioso.
En lugar de detenerse allí, cruzaron la acera hasta el pie de la escalinata.
En ese momento, los cuatro jinetes espolearon a sus caballos con suavidad, y
éstos, perfectamente alineados y sin omitir ninguna grada, continuaron el lento y
ceremonioso avance por la cascada de escaleras hasta el enlosado pórtico de la
entrada del museo.

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—Mamá, de verdad que tengo que ir —suplicó Kim.
Tess Chaykin miró a su hija con el entrecejo fruncido. Las tres (Tess, su madre,
Eileen, y Kim) acababan de llegar al museo y Tess pretendía ver la exposición antes
de que tuvieran lugar los discursos y demás ineludibles formalidades. Pero ahora eso
tendría que esperar. Kim estaba haciendo lo que, inevitablemente, hacía cualquier
niña de nueve años en ocasiones semejantes: esperar al momento menos oportuno
para anunciar que necesitaba ir al lavabo con urgencia.
—Kim, por favor.
El vestíbulo estaba atestado de gente, y acompañar a su hija al lavabo no era lo
que a Tess le apetecía más en este momento.
La madre de Tess, que no se esforzaba mucho por ocultar la ligera satisfacción
que esto le producía, intervino:
—Ya la llevo yo. Tú haz lo que tengas que hacer. —Y a continuación, con una
cómplice sonrisa, añadió—: Y mira que disfruto reviviendo tu infancia.
Tess le dedicó una mueca, luego miró a su hija y sonrió sacudiendo la cabeza. Su
pequeño rostro y sus brillantes ojos verdes siempre lograban cautivarla en cualquier
situación.
—Os veré en el vestíbulo principal. —Agitó un dedo delante de Kim y añadió—:
No te separes de Nana. No quiero que te pierdas en medio de este circo.
Kim soltó un gruñido y puso los ojos en blanco. Tess las vio desaparecer entre la
muchedumbre antes de volverse y disponerse a entrar.

El enorme vestíbulo del museo, el Great Hall, ya estaba repleto de hombres canosos y
mujeres increíblemente elegantes. Imperaban los trajes de etiqueta y los vestidos de
noche y, al mirar a su alrededor, Tess se sintió cohibida. Le preocupaba tanto destacar
por su elegancia discreta como que la consideraran parte de la gente in que la
rodeaba, una gente que no le interesaba lo más mínimo.
De lo que Tess no se daba cuenta era de que lo que la gente percibía en ella no
tenía nada que ver con su sobria elegancia (iba enfundada en un sencillo vestido de
cóctel negro que flotaba unos cuantos centímetros por encima de sus rodillas) ni con
la incomodidad que sentía cuando asistía a eventos como éste, de acentuada
frivolidad. La gente se fijaba en ella, y punto. Siempre lo había hecho. Lo que no era
nada extraño. La causa solían ser los seductores rizos que enmarcaban sus cálidos
ojos verdes, que irradiaban inteligencia, y el esbelto cuerpo de treinta y seis años que
se movía con pasos relajados y fluidos; el hecho de que ella fuera totalmente
inconsciente de su atractivo resultaba determinante. Lástima que siempre se hubiese
equivocado al enamorarse de tipos impresentables. Incluso había acabado casándose
con el menos indicado de ese asqueroso tipo de individuos, error que había

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enmendado no hacía mucho.
Avanzó por la sala principal; el zumbido de las conversaciones reverberaba en las
paredes, un sordo runruneo que hacía imposible entender lo que se decía. Al parecer,
la acústica no había sido un aspecto prioritario en el diseño del museo. Llegaron hasta
ella compases de música de cámara y localizó un cuarteto de cuerda femenino
escondido en una esquina que, aunque inaudible, rasgaba enérgicamente sus
instrumentos. Asintió con timidez a los sonrientes rostros de la multitud y pasó de
largo el sempiterno arreglo de flores frescas de Lila Wallace[1] y el rincón donde
estaba la sublime escultura de Andrea della Robbia, una Virgen y el Niño de terracota
azul y blanca vidriada, que miraban con solemnidad desde el trono. Esta noche, sin
embargo, tenían compañía, pues ésta era sólo una de las muchas representaciones de
Jesucristo y la Virgen María que ahora adornaban el museo.
Casi todos los objetos se exhibían en vitrinas, y bastaba con un simple vistazo
para saber que muchos de éstos eran de un valor incalculable. Incluso para alguien
carente de fe como Tess, resultaban impresionantes, hasta conmovedores, y cuando
pasó por delante de la imponente escalinata en dirección a la sala de exposición, su
pulso se aceleró por el creciente entusiasmo de lo que la aguardaba.
Había ornamentados elementos de culto de alabastro procedentes de Borgoña con
vívidas escenas de la vida de san Martín, y una veintena de crucifijos, la mayoría de
oro macizo y con laboriosas incrustaciones de piedras preciosas; uno de ellos, una
cruz del siglo XII, estaba compuesta por más de cien figuras esculpidas en colmillos
de morsa. Había elaboradas estatuillas de mármol y relicarios de madera labrada;
incluso desprovistos de sus reliquias originales, estos receptáculos eran soberbios
ejemplos del meticuloso trabajo de los artesanos medievales. Un magnífico facistol
de bronce en forma de águila brillaba con luz propia junto a un imponente cirio
pascual español pintado, de casi dos metros de altura, que habían traído de las
dependencias privadas del Papa.
Mientras observaba las diversas piezas, Tess no pudo evitar sentir insistentes
punzadas de decepción por su vida profesional. Los objetos que tenía ante sí eran de
una calidad a la que jamás se había atrevido a aspirar durante sus años de
expediciones. Lo cierto era que habían sido años buenos, años desafiantes, hasta
cierto punto gratificantes. Le habían dado la oportunidad de viajar por el mundo y
conocer culturas diferentes y fascinantes. Algunas de las curiosidades que había
desenterrado estaban expuestas en unos cuantos museos repartidos por el planeta,
pero nada de lo hallado era suficientemente valioso para, por ejemplo, adornar el ala
Sackler de Arte Egipcio o el ala Rockefeller de Arte Primitivo. «Tal vez… tal vez, si
hubiese seguido algún tiempo más.» Desechó la idea. Sabía que esa vida ya se había
terminado, al menos en un futuro próximo. Tendría que conformarse con disfrutar de
estas maravillosas instantáneas del pasado desde la remota y pasiva perspectiva de un
observador agradecido.
Lo cierto es que era una visión maravillosa. Albergar la exposición había sido una

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jugada verdaderamente maestra del Met, porque casi ninguno de los objetos enviados
desde Roma había sido expuesto con anterioridad.
Tampoco era todo oro brillante y joyas relucientes.
En la vitrina que tenía ahora delante había un objeto aparentemente mundano. Era
una especie de artefacto mecánico de cobre, más o menos del tamaño de una vieja
máquina de escribir y semejante a una caja. Tenía teclas en su cara superior, así como
discos interconectados y palancas que salían de los laterales. Daba la impresión de
estar fuera de lugar entre tanta opulencia.
Tess se apartó el pelo de la cara y se inclinó hacia delante para examinarlo más de
cerca. Se disponía a consultar su catálogo cuando percibió un reflejo borroso junto al
suyo en el cristal de la vitrina; había alguien detrás de ella.
—No sé si sigues buscando el Santo Grial, pero si es así lamento decepcionarte,
porque no está aquí —le dijo una voz grave; y aunque llevaba años sin oírla, la
reconoció incluso antes de volverse.
—Clive. —Al volver la cabeza observó a su antiguo colega—. ¿Cómo estás? Te
veo fantástico.
Aquello no era del todo cierto: Clive Edmondson había entrado en la cincuentena
hacía pocos años, y sin embargo parecía un verdadero anciano.
—Gracias. ¿Y tú qué tal andas?
—Estoy bien —aseguró ella—. ¿Cómo te va el saqueo de tumbas?
Edmondson le mostró las palmas de las manos.
—No gano para manicuras. Aparte de eso, como siempre. Exactamente igual que
siempre. —Soltó una risita—. Tengo entendido que has entrado en el Manoukian.
—Sí.
—¿Y?
—¡Oh, genial! —exclamó Tess. Eso tampoco era cierto. Entrar en el prestigioso
Instituto Manoukian había sido una gran oportunidad para ella, pero el trabajo distaba
mucho de ser genial. Claro que esa clase de cosas uno las guardaba para sí, sobre
todo con lo tremendamente chismoso y traicionero que podía llegar a ser el mundo de
la arqueología. Recurriendo a un comentario impersonal, agregó—: Aunque la verdad
es que echo mucho de menos estar con vosotros en las excavaciones.
La sonrisa que esbozó Edmondson le dio a entender a Tess que no la creía.
—No te pierdes gran cosa. Aún no hemos salido en los titulares.
—No me refería a eso… Es sólo que… —Se volvió y paseó la vista por el
montón de vitrinas que había a su alrededor—. Habría sido magnífico hallar
cualquiera de estos objetos. Cualquiera. —Tess lo miró, repentinamente melancólica
—. ¿Por qué nunca encontramos nada tan bueno?
—¡Eh! Yo no he perdido la esperanza. Tú eres la que cambió los camellos por las
oficinas —comentó él con sarcasmo—. Por no hablar de las moscas, la arena, el calor
y la comida, si es que puede llamarse así…
—¡Dios mío! ¡La comida! —se rió Tess—. Pensándolo bien, no estoy tan segura

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de echarla de menos.
—Sabes que puedes volver cuando quieras.
Ella dio un respingo. Era algo en lo que pensaba a menudo.
—Me temo que no. Al menos no por ahora.
Edmondson logró esbozar una forzada sonrisa.
—Tendremos siempre una pala con tu nombre, ya lo sabes —le dijo. No había
mucha esperanza en lo que acababa de decir. Un incómodo silencio reinó entre ellos
—. Oye —añadió—, han abierto un bar en la Sala Egipcia que tiene aspecto de
preparar cócteles decentes. Te invito a una copa.
—Ve tú; me reuniré contigo dentro de un rato —se excusó ella—. Estoy
esperando a Kim y a mi madre.
—¿Están aquí?
—Sí.
Edmondson alzó las manos.
—¡Guau! Tres generaciones Chaykin; eso sí que promete.
—Estás advertido.
—Tomo nota —repuso él mientras se perdía en medio de la gente—. Te veo
luego. No te escapes.

Fuera, en el pórtico, el ambiente estaba animado. El cámara se abrió paso a


empellones para obtener una mejor imagen mientras los aplausos y los vítores de
alegría de la alborotada multitud ahogaban los esfuerzos de la reportera por comentar
lo que ocurría. El ruido incluso aumentó cuando la gente vio que un hombre bajo y
fornido, con el uniforme marrón de los guardias de seguridad, abandonaba su
posición y corría hacia los jinetes que se aproximaban.
Mirando de reojo, el cámara intuyó que algo no iba exactamente según lo
previsto. Las decididas zancadas del guardia y su lenguaje corporal indicaban, sin
duda, que había diferencia de opiniones.
Al llegar hasta los caballos, el guardia de seguridad levantó las manos para que se
detuvieran, y les impidió continuar avanzando. Los caballeros frenaron sus caballos,
que bufaron y cocearon, obviamente molestos por tener que detenerse.
Dio la impresión de que tenía lugar una discusión. Una discusión unilateral,
observó el cámara, ya que, al menos visiblemente, los jinetes ni se inmutaban ante las
órdenes perentorias del guardia.
Y entonces, al fin, uno de ellos hizo algo.
Despacio, dotando al momento de toda teatralidad, el corpulento caballero que
estaba más próximo al guardia de seguridad desenvainó la espada y la levantó sobre
su cabeza, provocando otro sinfín de resplandores de flashes y más aplausos.
La sostuvo en lo alto con las dos manos y la mirada todavía al frente. Sin
parpadear.
Pese a que tenía un ojo pegado al visor, el cámara percibía imágenes periféricas

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con el otro ojo y de pronto comprendió que sucedía algo más. Apresuradamente,
utilizó el zoom para enfocar la cara del guardia de seguridad. «¿Qué había en su
rostro? ¿Desconcierto? ¿Consternación?»
Entonces lo supo.
«Miedo.»
Ahora la multitud estaba frenética, aplaudía y vitoreaba descontrolada. De forma
instintiva, el cámara amplió un poco la toma para que la imagen captara también al
jinete.
Justo en ese momento, el caballero abatió su espada con un movimiento rápido y
certero (la hoja brillaba terriblemente bajo la centelleante luz artificial), y le dio al
guardia justo debajo de la oreja, un golpe lo suficientemente fuerte y veloz para
atravesar carne, cartílago y hueso.
El público, a coro, soltó un fuerte grito que se convirtió en agudos chillidos de
horror que atravesaron la noche. Pero la que gritó con más fuerza fue la reportera, que
se agarró del brazo del cámara, lo que hizo que a éste se le moviera la imagen. Él, no
obstante, no dudó en darle un codazo a la chica para seguir grabando.
La cabeza del guardia cayó hacia delante y empezó a rebotar por la escalinata del
museo, dejando a su paso un reguero rojo; la escena era macabra. Y después de lo que
pareció una eternidad, su cuerpo decapitado se desplomó y cayó como un muñeco de
trapo, mientras brotaba de él un pequeño y sanguinolento géiser.
Entre gritos, los más jóvenes del público tropezaban en su aterradora
desesperación por huir de aquel lugar, mientras que otros, más alejados y ajenos a lo
que sucedía realmente, pero conscientes de que algo impresionante estaba teniendo
lugar, empujaban para avanzar. En cuestión de segundos se produjo una confusión de
cuerpos atemorizados, y en el aire retumbaron exclamaciones y chillidos de dolor y
miedo.
Los otros tres caballos daban ahora coces y caracoleaban en el pórtico. Entonces
uno de los caballeros exclamó:
—¡Adelante, adelante!
El verdugo espoleó a su caballo para que avanzara y cargó contra las puertas del
museo abiertas de par en par. Los demás jinetes se precipitaron detrás de él a muy
poca distancia.

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3
En el Great Hall, Tess oyó gritos procedentes del exterior y enseguida se dio cuenta
de que sucedía algo malo, algo horrible. Se volvió a tiempo para ver cómo el primer
caballo irrumpía en el museo, haciendo añicos los cristales y astillando el suelo de
madera mientras en el vestíbulo se desataba el caos. La reunión tranquila, civilizada e
impecable se desintegró y se convirtió en una jauría de hombres y mujeres que
gritaban y se apartaban a empellones del camino de los furiosos caballos.
Tres de los jinetes avanzaron sin contemplaciones entre la muchedumbre,
hendieron sus espadas en las vitrinas, pisotearon los cristales rotos y la madera
astillada, y dañaron y destrozaron los objetos exhibidos.
Tess fue empujada a un lado cuando un gran número de invitados intentó
desesperadamente salir a la calle por las puertas. Ella recorrió con la mirada el
vestíbulo. «¿Dónde estarán mamá y Kim?» Miró a su alrededor, pero no las vio en
ninguna parte. Al fondo, a su derecha, los caballos caracoleaban y destruían más
vitrinas a su paso. Los invitados salían despedidos contra ellas y contra las paredes, y
sus gemidos de dolor y sus gritos reverberaban en la espaciosa sala. Tess vislumbró
entre ellos a Clive Edmondson, que recibió un fuerte golpe cuando, de pronto, uno de
los caballos se encabritó.
Los caballos relinchaban, tenían los ollares inflados y les caía espuma por los
bordes de los bocados. Sus jinetes alargaban los brazos y se llevaban relucientes
objetos de las vitrinas rotas, que metían en sacos enganchados a las monturas. En las
puertas, la multitud que intentaba salir impedía que entrara la policía, impotente ante
la avalancha de la aterrada muchedumbre.
Uno de los caballos se volvió y golpeó con la grupa una estatua de la Virgen
María, que se tambaleó y se hizo pedazos al caer al suelo. Los cascos del caballo la
pisotearon, aplastando las manos en actitud de rezo de la Madonna. Arrancado de su
marco por los invitados que huían, un bello tapiz resultó pisoteado por la gente y por
los animales; miles de primorosas puntadas desgarradas en segundos. Una vitrina se
vino abajo, la mitra blanca y dorada que contenía cayó al suelo a través del cristal
roto y en la frenética confusión fue pasto de las pisadas de la multitud. La sotana que
hacía juego con ella voló como una alfombra mágica hasta que también fue
pisoteada.
Apartándose rápidamente del camino de los caballos, Tess miró hacia el pasillo y
vio al cuarto jinete y, más allá, al fondo, todavía a más gente que huía hacia otras
partes del museo. Buscó de nuevo a su madre y a su hija. «¿Dónde pueden estar?
¿Estarán bien?» Aguzó la vista para distinguir sus caras entre la confusa multitud,
pero seguía sin haber ni rastro de ellas.
Al oír que gritaban una orden, Tess se volvió y se fijó en que los agentes de
policía habían conseguido, finalmente, abrirse paso entre la muchedumbre. Con las

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armas desenfundadas y vociferando por encima de la confusión reinante, se disponían
a cercar a uno de los tres jinetes, pero éste extrajo del interior de su capa un arma
pequeña de aspecto letal. De manera instintiva, Tess se tiró al suelo y se cubrió la
cabeza, no sin antes presenciar cómo el hombre, barriendo el frente con el arma,
disparaba varias ráfagas por todo el vestíbulo. Una docena de personas se desplomó,
incluidos todos los policías, y los cristales rotos de las vitrinas hechas añicos
quedaron salpicados de sangre.
Acurrucada en el suelo, con el corazón que parecía querer salírsele del pecho e
intentando permanecer lo más quieta posible, aunque algo en su interior la impelía a
correr, Tess vio que dos de los otros jinetes blandían también armas automáticas
como la que acababa de utilizar su compañero. Las balas rebotaron en las paredes del
museo y aumentaron el ruido y el pánico. De pronto, uno de los caballos se encabritó,
las manos del jinete se agitaron y se le disparó el arma; la ráfaga de balas fue a parar
a una pared y al techo y destrozó las ornamentadas molduras de yeso, que cayeron
como una lluvia sobre las cabezas de los invitados, que gritaban agazapados.
Tess tuvo la valentía de asomarse por detrás de la vitrina y su mente evaluó
deprisa las posibles salidas. Vio que detrás de tres filas de vitrinas a su derecha había
una puerta que conducía a otra galería e intentó acercarse a ella.
Acababa de llegar a la segunda fila de vitrinas cuando vio que el cuarto caballero
se dirigía directo hacia ella. Tess se agachó y lanzó una mirada; el jinete se abría paso
con el caballo entre las vitrinas aún intactas, visiblemente despreocupado y ajeno al
alboroto que protagonizaban sus tres compañeros.
Casi podía notar los bufidos del caballo y el aire que salía de sus ollares cuando,
de repente, el caballero tiró de las riendas y se detuvo a menos de dos metros de ella.
Tess se acurrucó aún más, pegándose a la vitrina para salvar su vida y pidiéndole a su
acelerado corazón que se calmara. Levantó la mirada y vio al caballero reflejado en
las vitrinas que había a su alrededor, imponente con su cota de malla y su capa
blanca, y con la mirada fija en una vitrina en particular.
Era la que Tess había estado mirando antes de ponerse a hablar con Clive
Edmondson.
Atemorizada y en silencio, observó cómo el caballero desenvainaba la espada, la
levantaba y la hendía con estrépito en la vitrina, haciéndola pedazos y enviando al
suelo cerca de ella fragmentos de cristal. Luego volvió a envainar, alargó los brazos
desde su silla de montar y extrajo la extraña caja, el artefacto de teclas, discos y
palancas, y lo sostuvo en lo alto durante unos instantes.
Tess casi no podía respirar y, sin embargo, contra todos los instintos racionales de
supervivencia de los que se creía poseedora, necesitaba desesperadamente ver qué
ocurría. Incapaz de contenerse, espió por detrás de la vitrina, apenas asomando un
ojo.
El hombre, con aparente reverencia, miró fijamente el artefacto unos instantes
antes de pronunciar, casi para sus adentros, unas cuantas palabras:

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—Veritas vos libera…
Tess estaba observando fascinada este ritual tan sumamente íntimo cuando otra
ráfaga de tiros los sacó, a ella y al caballero, de su arrobamiento.
Él hizo dar la vuelta a su caballo y durante unos segundos, pese a quedar ocultos
tras la visera del casco, sus ojos se encontraron con los de Tess, que se quedó sin
aliento mientras permanecía allí agachada, completamente helada, inmóvil. Entonces
el caballo fue hacia ella, derecho a ella…, pero pasó de largo. Tess oyó que el hombre
gritaba a los otros tres jinetes:
—¡Vámonos!
Se levantó y vio que el corpulento jinete que había iniciado el tiroteo arrinconaba
a un pequeño grupo de personas junto a la escalinata principal. Reconoció al
arzobispo de Nueva York, así como al alcalde y a su mujer. El caballero guía asintió
con la cabeza, y el hombre corpulento forzó el paso de su caballo entre el grupo de
aturdidos invitados, cogió a la mujer, que forcejeaba, y la subió a su montura.
Empuñó el arma contra su sien y ella se calló, su boca abierta en un grito ahogado.
Impotente, enfadada y asustada, Tess contempló a los cuatro jinetes avanzar hacia
la puerta. El jinete guía —ella había reparado en que era el único que no llevaba arma
de fuego— era asimismo el único que no llevaba un saco abultado atado a la perilla
de su silla. Y mientras los jinetes se alejaban por las galerías del museo, Tess se puso
de pie y corrió en busca de su madre y su pequeña.

Los caballeros salieron apresuradamente por las puertas del museo hacia el fulgor de
las luces de las cámaras. A pesar de los sollozos de la gente atemorizada y los
lamentos de los heridos, de repente estaba todo mucho más tranquilo. No obstante,
alrededor de los caballeros se oían gritos, voces de hombres, en su mayoría policías,
que decían: «¡No disparen! ¡Rehén! ¡No disparen!».
Los cuatro jinetes bajaron por las gradas y subieron por la avenida con el
caballero que llevaba a la rehén cerrando la marcha para proteger al grupo. Sus
movimientos eran enérgicos pero no apresurados; no les inmutaron las sirenas de la
policía, que se aproximaban desgarrando la noche, y en cuestión de segundos habían
desaparecido en la impenetrable oscuridad de Central Park.

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4
Delante de la escalinata del museo, Sean Reilly observaba atento desde fuera del
perímetro de la cinta amarilla y negra que delimitaba la escena del crimen. Se pasó
una mano por su corto pelo castaño mientras miraba la figura silueteada en el lugar en
el que había yacido el cuerpo decapitado. Luego siguió el rastro de las salpicaduras
de sangre y dirigió la mirada hasta una marca del tamaño de una pelota de baloncesto
que indicaba la posición de la cabeza.
Nick Aparo se acercó a su colega y paseó la mirada por la zona. Con la cara
redonda, calvo y diez años mayor que Reilly, de treinta y ocho, era de estatura
mediana, constitución media y aspecto ordinario. Hablando con él uno podía llegar a
olvidarse de su físico, una útil cualidad para un agente que Aparo había explotado
con gran éxito desde que Reilly lo conocía. Al igual que éste, Aparo llevaba un
holgado anorak azul marino encima de su traje gris oscuro, en cuya parte posterior
lucía las siglas FBI con grandes letras blancas. En este momento, una mueca de
aversión torcía su boca.
—No creo que el médico forense tenga muchos problemas para resolver esta
muerte —comentó.
Reilly asintió. No podía apartar la vista de las marcas que señalaban el lugar de la
cabeza decapitada; el charco de sangre había adquirido un tono oscuro. ¿Por qué
morir a balazos o apuñalado no parecía tan terrible como que a uno le cortaran la
cabeza?, se preguntó. Pensó en que en algunos países la decapitación era un
procedimiento habitual. Países de los que habían salido muchos de los terroristas
cuyas intenciones habían tenido a Estados Unidos en vilo y le habían obligado a
elevar los niveles de alerta; terroristas cuya búsqueda consumía todos los días de
Reilly y no pocas de sus noches.
Se volvió hacia Aparo:
—¿Qué ha dicho la mujer del alcalde? —Reilly sabía que la habían abandonado
sin miramientos en medio del parque, junto con los caballos.
—Está impresionada —respondió Aparo—. Tiene más heridas en su ego que en
su culo.
—Por suerte se acercan las elecciones: sería una pena que las contusiones no
sirvieran de nada. —Reilly miró a su alrededor; su mente seguía intentando asimilar
el impacto de lo que había sucedido justo donde se encontraba—. ¿Se sabe algo ya de
los controles de carreteras?
Se habían colocado barreras en un radio de diez manzanas, y en todos los puentes
y túneles que entraban y salían de Manhattan.
—No. Estos tipos sabían lo que hacían. No han cogido ningún taxi.
Reilly asintió. Profesionales. Bien organizados.
«¡Genial!»

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Como si los aficionados no pudieran hoy en día causar el mismo daño. Lo único
que se necesitaba era un par de clases de vuelo o un camión cargado de nitrato de
amonio junto con una disposición suicida y psicótica, nada de lo cual era
precisamente escaso.
Examinó en silencio la desoladora escena. Al hacerlo, sintió que le inundaban la
indignación y la frustración más absolutas. La arbitrariedad de estos mortíferos actos
de locura y su exasperante propensión a sorprender a todo el mundo con la guardia
baja nunca dejaban de asombrarle. Aun así, en esta particular escena del crimen había
algo raro, incluso confuso. Sintió una extraña indiferencia. En cierta manera, después
de los escenarios siniestros y potencialmente catastróficos para los que él y sus
colegas habían tratado de encontrar una explicación en los últimos años, esto
resultaba demasiado grotesco de entender. Le daba la impresión de que un ridículo
número circense apartaba su atención del acontecimiento principal. Algo que, no
obstante, en cierto modo agradecía, aunque le inquietara y le molestara sobremanera.
Como agente especial a cargo de la Unidad contra el Terrorismo Nacional de
Nueva York, al recibir la llamada había supuesto que el asalto quedaría dentro de su
jurisdicción. No es que le importara la descomunal tarea que suponía coordinar a
docenas de agentes y policías, así como a analistas, técnicos de laboratorio,
psicólogos, fotógrafos y un sinfín de personas más. Era lo que siempre había querido
hacer.
Siempre había intuido que él podía cambiar las cosas.
No, que podía darlas a conocer. Y lo haría.

El sentimiento se había cristalizado durante los años que había estado en la Escuela
de Derecho de Notre Dame. Reilly tenía la sensación de que había muchas cosas en
este mundo que no iban bien —la muerte de su padre cuando él tenía sólo diez años
había sido una dolorosa prueba de ello— y quería ayudar a mejorarlo, si no para él
mismo, al menos sí para otras personas. El sentimiento se hizo ineludible un día en
que para preparar un trabajo sobre crímenes raciales asistió en Terre Haute a una
reunión de los defensores de la supremacía de la raza blanca. Aquel acontecimiento
afectó profundamente a Reilly. Le pareció que había visto al diablo y sintió la
apremiante necesidad de entenderlo mejor para poder ayudar a luchar contra él.
Su primer plan no funcionó exactamente como él había previsto. En un juvenil
estallido de idealismo, decidió convertirse en piloto de la Marina. La idea de ayudar
al mundo a deshacerse del demonio desde la cabina de un Tomcat plateado le parecía
perfecta. Tuvo la suerte de encajar en el tipo de perfil que la Marina buscaba, pero
tenían otra cosa en mente para él. Les sobraban aspirantes a combatientes de élite y lo
que necesitaban eran abogados. Los reclutadores hicieron cuanto pudieron para
convencerle de que entrara en el cuerpo de abogados de la Marina, y Reilly barajó esa
posibilidad durante algún tiempo, aunque al fin decidió no entrar y volvió a centrarse
en aprobar el examen de habilitación estatal de Indiana.

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Fue un encuentro casual en una librería de viejo lo que cambió de nuevo su
rumbo, esta vez de forma definitiva. Allí conoció a un agente del FBI jubilado que
estuvo encantado de hablarle del Bureau y animarle a presentar una solicitud, cosa
que hizo en cuanto pasó el examen. A su madre no le gustaba demasiado la idea de
que su hijo se hubiese pasado siete años en la universidad para acabar siendo un «poli
condecorado», pero Reilly sabía que tenía que hacerlo.
Aún era un novato que apenas llevaba un año en la oficina de Chicago,
recopilando información sobre el trabajo realizado por las brigadas antirrobo y
antidrogas, cuando el 26 de febrero de 1993 todo cambió. Fue el día en que
explosionó una bomba en el aparcamiento del World Trade Center, que mató a seis
personas e hirió a más de mil. En realidad, los conspiradores habían tenido la
intención de que una de las torres se desplomase sobre la otra y, al mismo tiempo,
liberar una nube de gas cianógeno. Pero las limitaciones financieras les impidieron
lograr su objetivo; simplemente, se quedaron sin dinero. No tenían suficientes cargas
de gas para la bomba, que, además de ser demasiado pequeña para llevar a cabo su
atroz propósito, había sido colocada erróneamente junto a una columna sin
importancia estructural.
Pese a que fue un fracaso, el atentado no dejó de suponer una seria advertencia.
Ponía de manifiesto que un pequeño grupo de terroristas inexpertos, de poca monta y
con muy pocos fondos o recursos, podía ocasionar mucho daño. Los servicios de
inteligencia se apresuraron a redistribuir sus medios y hacer frente a esta nueva
amenaza.
De modo que menos de un año después de haber entrado en el Bureau, Reilly fue
destinado a la delegación de Nueva York. Desde hacía muchos años esa oficina tenía
fama de ser la peor de todas por el alto costo de la vida, los problemas de tráfico y la
necesidad de vivir lejos de la ciudad si uno quería un hogar algo más espacioso que
un armario de limpieza. Pero, dado que en Nueva York había más acción que en
ninguna otra parte del país, era un destino con el que soñaba la mayoría de los
agentes especiales nuevos e ingenuos. Y así era el agente Reilly cuando lo enviaron a
la ciudad.
Pero ahora ya no era nuevo ni ingenuo.

Reilly miró a su alrededor y supo que el caos circundante monopolizaría su vida


durante el futuro inmediato. Tomó nota mental para llamar al padre Bragg por la
mañana y decirle que no podría jugar al softball, cosa que lamentaba; odiaba
decepcionar a los niños, y si había algo que intentaba que no quedara relegado a un
segundo plano por motivos profesionales eran esos domingos en el parque.
Probablemente estaría en el parque este domingo, pero por otras razones menos
agradables.
—¿Quieres echar un vistazo dentro? —inquirió Aparo.
—Sí.

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Reilly se encogió de hombros y miró por última vez la surrealista escena que
tenía delante.

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5
Mientras Aparo y él intentaban no pisar los restos de objetos esparcidos por el suelo,
Reilly contempló la devastación que reinaba en el museo.
Había piezas de inestimable valor diseminadas por doquier y sin arreglo posible.
Aquí no había cinta amarilla y negra. El edificio entero era una escena del crimen. El
suelo del vestíbulo era un feo bodegón de destrucción: trozos de mármol, fragmentos
de cristal, manchas de sangre, todo muy útil para los CSI (Equipo de Análisis de la
Escena del Crimen). Cualquiera de esas cosas podía proporcionar una pista; claro que
también cabía la posibilidad de que ninguna de ellas proporcionase ni un maldito
dato.
Mientras miraba al grupo de unos doce CSI vestidos de blanco abriéndose paso
entre los objetos destrozados y acompañados en esta ocasión por agentes del ERT
(Equipo de Recolección de Evidencias del FBI), Reilly repasó mentalmente lo que
sabían. Cuatro jinetes. Cinco muertos: tres policías, un guardia de seguridad y un
civil; otros cuatro policías y más de una docena de civiles heridos de bala, dos de
ellos en estado crítico; veinticuatro personas con cortes producidos por los cristales;
cuarenta y ocho con golpes y magulladuras, y suficientes casos de shock emocional
para mantener a los equipos de terapeutas ocupados durante meses.
En el otro extremo del vestíbulo, el director adjunto en funciones, Tom Jansson,
hablaba con el delgado capitán de detectives del distrito diecinueve. Discutían acerca
de la jurisdicción, un punto de controversia. La conexión con el Vaticano y la clara
posibilidad de que hubiese terroristas involucrados en lo que había sucedido
significaba que el mando de la investigación pasaba de forma automática del NYPD
(Departamento de Policía de Nueva York) al FBI. El consuelo era que años antes
ambas organizaciones habían llegado a un acuerdo. Cada vez que se llevara a cabo un
arresto, el NYPD se atribuiría públicamente el mérito de la captura, con
independencia de quién lo hubiera hecho posible en realidad, y el FBI obtendría sólo
una parte del reconocimiento cuando el caso llegase a los tribunales, por haber
ayudado ostensiblemente a conseguir una condena. Aun así, los egos a menudo
interferían en una cooperación sensata y ése, al parecer, era el caso de esta noche.
Aparo llamó a un hombre que Reilly no reconoció y que le fue presentado como
el detective Steve Buchinski.
—Steve estará encantado de ayudarnos mientras esos dos compiten para ver quién
la tiene más grande —dijo Aparo, mirando hacia donde estaban discutiendo sus
superiores.
—Decidme qué necesitáis —pidió Buchinski—. Tengo tantas ganas como
vosotros de coger a los hijos de puta que han hecho esto.
Era un buen comienzo, pensó Reilly, agradecido, mientras sonreía al policía de
facciones duras.

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—Que toda la atención esté en la calle; eso es lo que necesitamos ahora mismo —
repuso—. Vosotros tenéis efectivos e infraestructura.
—Nos estamos quedando sin agentes; pediré refuerzos a la policía de Central
Park; no creo que haya ningún problema —aseguró Buchinski.
El distrito contiguo al decimonoveno era Central Park; las patrullas a caballo
formaban parte de su trabajo cotidiano. Reilly se preguntó si eso podría tener relación
con el caso y tomó nota para comprobarlo más tarde.
—Iría bien que destináramos también refuerzos para las entrevistas que haya que
hacer —comentó Reilly al policía.
—Sí, porque hay un montón de testigos —añadió Aparo mientras señalaba hacia
la escalinata principal.
La mayoría de las oficinas del piso de arriba se habían habilitado
provisionalmente para interrogar a los testigos.
Reilly miró hacia arriba y vio a la agente Amelia Gaines bajar la escalera
procedente de la galería. Jansson había puesto a la impresionante y ambiciosa
pelirroja al frente de las entrevistas a los testigos. Algo perfectamente lógico, ya que
a todo el mundo le encantaba hablar con Amelia Gaines. Detrás de ella iba una rubia
acompañada de una pequeña réplica de sí misma. Su hija, supuso Reilly. La niña
parecía medio dormida.
Reilly miró de nuevo el rostro de la rubia. Normalmente, todas las mujeres
palidecían por completo al lado de la seductora presencia de Amelia.
Pero ésta no.
Incluso en su estado actual, había algo en ella simplemente irresistible. Sus ojos
se encontraron unos instantes antes de que ella mirase hacia el revoltijo que había
debajo de sus pies. Fuera quien fuese, estaba muy conmocionada.
Reilly la observó mientras se dirigía nerviosa a la puerta y sorteaba los restos de
objetos esparcidos por el suelo. La seguía otra mujer, mayor que ella pero con un
cierto parecido. Juntas abandonaron el museo.
Reilly se volvió y se concentró otra vez.
—Los primeros interrogatorios son siempre una pérdida de tiempo, pero hay que
pasar por ellos y hablar con todo el mundo. No podemos permitirnos lo contrario.
—Probablemente con mayor razón en este caso, porque todo el maldito suceso
está grabado. —Buchinski señaló varias cámaras de vídeo. Eran parte del sistema de
seguridad del museo—. Por no hablar de todo lo que han grabado los periodistas que
estaban fuera.
Reilly sabía por experiencia que la alta seguridad estaba muy bien para los
crímenes sofisticados, pero nadie había contado con unos ladrones de pacotilla a
lomos de caballos.
—Estupendo —asintió—. Voy por palomitas.

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6
Sentado ante una gran mesa de caoba, el cardenal Mauro Brugnone recorrió con la
mirada la sala de techo alto cercana al corazón del Vaticano y examinó a sus
hermanos cardenales. Aunque Brugnone era el único cardenal obispo presente y su
ministerio era superior al de los demás, evitaba deliberadamente presidir la mesa. Le
gustaba que hubiese un ambiente de democracia, aunque supiese que todos se
someterían a él. Era consciente de ello y lo aceptaba, no con orgullo, sino desde el
pragmatismo. Las asambleas carentes de líder eran siempre infructuosas.
Sin embargo, esta desafortunada situación no requería un líder ni una asamblea.
Brugnone debería ocuparse él solo de ella, algo que había tenido claro nada más ver
las imágenes que se habían emitido en todo el mundo.
Al fin, clavó los ojos en el cardenal Pasquale Rienzi. Pese a que era el más joven
de todos ellos y únicamente cardenal diácono, Rienzi era el confidente más cercano
de Brugnone. Igual que el resto de participantes en la reunión, estaba absorto en la
lectura del informe que tenía delante. A continuación, pálido y serio como de
costumbre, alzó la vista y tosió suavemente para atraer la atención de Brugnone.
—¿Cómo ha podido pasar una cosa así —preguntó uno de los allí presentes— en
el corazón de la ciudad de Nueva York, en el Museo de Arte Metropolitano…? —
Sacudió la cabeza con incredulidad.
«Este hombre vive en otro mundo», pensó Brugnone. En Nueva York todo era
posible. ¿Acaso no lo había demostrado la destrucción del World Trade Center?
—Por lo menos el arzobispo no está herido —declaró otro cardenal con tono
sombrío.
—Al parecer, los ladrones han huido. ¿Todavía no saben quién está detrás de
esta… abominación? —preguntó otra voz.
—Ese país está lleno de criminales. De lunáticos que se inspiran en sus amorales
programas de televisión y sus sádicos videojuegos —observó otro cardenal—. Hace
años que sus cárceles están abarrotadas.
—Pero ¿por qué se vistieron así? Capas blancas con cruces rojas… ¿De qué iban
disfrazados? ¿De templarios? —inquirió el cardenal que había hablado en primer
lugar.
«Eso es», se dijo Brugnone.
Eso era lo que había hecho sonar sus alarmas. ¿Por qué los perpetradores iban
vestidos de Caballeros del Temple? ¿Sería simplemente porque en el momento de
buscar un disfraz se habían tenido que conformar con lo primero que encontraron, o
el atavío de los cuatro jinetes tenía un significado más profundo y quizá más
inquietante?
—¿Qué es un rotor codificador multidisco?
Brugnone levantó la vista con brusquedad. La pregunta procedía del cardenal de

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más edad que había allí.
—¿Un rotor codificador multidisco? —preguntó Brugnone a su vez.
El anciano aguzó la vista para leer el documento que les había sido entregado.
—«Objeto 129 —leyó en voz alta—. Siglo dieciséis. Rotor codificador
multidisco. Número de referencia: VNS 1098.» Nunca había oído hablar de esto.
¿Qué es?
Brugnone fingió analizar el documento que tenía en las manos, una copia de un
e-mail que contenía una lista provisional de los artículos robados durante el asalto. Se
estremeció de nuevo; era el mismo estremecimiento que había sentido la primera vez
que lo había localizado en la lista, pero mantuvo su rostro impasible. Sin levantar la
cabeza, lanzó una mirada al resto de los presentes. Ninguno había reaccionado.
¿Cómo iban a hacerlo? Estaban lejos de saberlo.
Apartando el papel, se reclinó en la silla.
—Sea como sea —espetó con rotundidad—, lo tienen esos ladrones. —Mirando a
Rienzi, inclinó levemente la cabeza—. Tal vez podrías encargarte de mantenernos
informados. Ponte en contacto con la policía y diles que queremos estar al tanto de su
investigación.
—Con el FBI —le corrigió Rienzi—, no con la policía.
Brugnone arqueó las cejas.
—El Gobierno estadounidense se ha tomado esto muy en serio —afirmó Rienzi.
—No me extraña —espetó el cardenal de más edad desde el otro lado de la mesa.
A Brugnone le alegró que el anciano se hubiese olvidado momentáneamente de la
máquina.
—Ni a mí —prosiguió Rienzi—. Me han asegurado que harán cuanto puedan.
Brugnone asintió y a continuación le hizo una señal a Rienzi para que siguiera
adelante con la reunión, un gesto que le venía a decir: «Zanja el tema».
La gente siempre se había sometido a Mauro Brugnone. Él suponía que
probablemente fuese por su aspecto, de gran fuerza física. Sabía que, sin su
vestimenta, se parecía a cualquier fornido granjero calabrés de hombros anchos, en lo
que se habría convertido de no ser por la vocación religiosa que había sentido hacía
medio siglo. Su ruda apariencia y los similares modales que había cultivado con el
paso de los años al principio habían convencido a los demás de que era un simple
siervo de Dios. Y lo era, pero debido a la influencia que ejercía sobre la Iglesia,
muchos acabaron suponiendo otra cosa: que era un manipulador y un maquinador. No
era verdad, pero nunca se había molestado en convencerlos de lo contrario. En
algunas ocasiones alimentar las conjeturas era útil, aunque, en cierto modo, ésa fuese
una forma de manipulación.
Diez minutos después, Rienzi hizo lo que Brugnone le había ordenado.

Mientras los demás cardenales salían en fila de la sala, Brugnone la abandonó por
otra puerta y anduvo por un pasillo hasta la caja de una escalera que lo condujo al

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exterior del edificio y a un apartado patio. Avanzó por un resguardado sendero
enladrillado, cruzó el patio del Belvedere, pasó de largo la célebre estatua de Apolo y
se dirigió a los edificios que albergaban parte de la enorme biblioteca del Vaticano, el
Archivio Segreto Vaticano.
En realidad, el archivo no era del todo secreto. En 1998 gran parte del mismo se
abrió de manera oficial a especialistas e investigadores, quienes, al menos en teoría,
podían acceder a su contenido, celosamente guardado. Entre los notables documentos
que se sabía que se almacenaban en sus más de sesenta mil metros de estanterías
estaba el proceso judicial manuscrito de Galileo y la petición del rey Enrique VIII
para anular su matrimonio.
No obstante, al público nunca se le había permitido entrar a la zona donde
Brugnone se dirigía ahora.
Sin tomarse la molestia de saludar al personal o a los especialistas que trabajaban
en las polvorientas salas, se adentró en silencio en el espacioso y oscuro almacén.
Bajó por una estrecha escalera de caracol y llegó a una pequeña antesala donde un
miembro de la Guardia Suiza estaba de pie junto a una puerta de roble
maravillosamente tallada. Bastó un breve gesto de asentimiento del anciano cardenal
para que el guardia marcara la combinación en un teclado y le abriera la puerta. El
cerrojo se descorrió de golpe y su eco ascendió por las gradas de piedra. Sin decir
nada más, Brugnone se introdujo en la cripta abovedada, cuya puerta chirrió a sus
espaldas al cerrarse.
Tras asegurarse de que estaba solo en la cavernosa cámara y mientras sus ojos se
acostumbraban a la tenue luz, se abrió paso hasta la sección de archivos. En la
silenciosa cripta daba la impresión de que se oía un zumbido; era una curiosa
sensación que a Brugnone, al principio, le había desconcertado hasta que se enteró de
que, aunque era casi imperceptible, había realmente un zumbido que emanaba del
sofisticadísimo sistema de climatización que mantenía la temperatura y la humedad
constantes. Se sintió raro con ese aire controlado y seco mientras consultaba un
fichero. La verdad es que no le gustaba estar ahí abajo, pero esta visita era ineludible.
Pasó rápidamente las fichas con dedos temblorosos. Lo que Brugnone buscaba no
estaba incluido en ninguno de los diversos índices e inventarios conocidos de las
colecciones del archivo, ni siquiera en el Schedario Garampi, el monumental fichero
de casi un millón de fichas que contenía prácticamente todo lo que había en el
archivo hasta el siglo XVIII. Pero Brugnone sabía dónde buscar; su mentor se había
ocupado de enseñárselo poco antes de morir.
Localizó la ficha, la sacó de su cajón y, con una profunda corazonada, recorrió los
montones de libros y manuscritos. Había gran cantidad de deteriorados lazos rojos
atados alrededor de documentos oficiales —considerados como el origen del término
«cinta roja»—, que caían silenciosamente de cada estante. Sus dedos se quedaron
inmóviles cuando, al fin, encontró lo que buscaba.
Tremendamente turbado, bajó un volumen grande y muy antiguo encuadernado

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en cuero y lo depositó encima de una sencilla mesa de pino.
Brugnone se sentó y hojeó las gruesas páginas de ricas ilustraciones, que
crujieron en medio del silencio. Incluso en este entorno controlado, las páginas
habían acusado el paso del tiempo. El pergamino estaba desgastado y la humedad
había corroído la tinta y formado diminutas grietas que sustituían ahora a algunos de
los elegantes trazos del artista.
Brugnone notó que su pulso se aceleraba. Sabía que estaba cerca. Al volver la
página apareció ante él la información que buscaba y sintió que se le hacía un nudo
en la garganta.
Observó la ilustración. Describía el complejo funcionamiento de los discos
interconectados y las palancas. Echó un vistazo a su copia del e-mail y asintió.
Brugnone notó que empezaban a dolerle los ojos. Se los frotó y luego volvió a
clavar la vista en el dibujo. Estaba furioso. ¿Qué delincuentes habrían podido hacer
esto?, pensó. Sabía que el artefacto no debía haber salido nunca del Vaticano; estaba
enfadado consigo mismo. Rara vez perdía el tiempo dándole vueltas a lo que era
obvio, y que ahora lo hiciera demostraba lo preocupado que estaba. No, preocupación
no era la palabra adecuada. Esta noticia le había afectado sobremanera. A cualquiera
le afectaría, a cualquiera que conociese la importancia de ese antiguo artefacto. Por
suerte, incluso ahí, en el Vaticano, eran muy pocos los que estaban al corriente del
legendario objetivo de esta máquina en particular.
«Nosotros nos lo hemos buscado; esto nos pasa por esforzarnos tanto en que no
llamase la atención», pensó.
Repentinamente exhausto, Brugnone irguió la espalda. Antes de levantarse para
devolver el libro a su sitio, metió al azar entre sus páginas la ficha que había extraído
del fichero. No convenía que nadie más tropezara con esto.
Suspiró, notando todos y cada uno de sus setenta años. Sabía que la amenaza no
procedía de un académico curioso o de algún despiadado y decidido coleccionista.
Quienquiera que estuviese detrás de lo ocurrido sabía muy bien lo que perseguía; y
era necesario detenerlo antes de que su adquisición, obtenida con malas artes, pudiese
llegar a desvelar sus secretos.

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A seis mil quinientos kilómetros de distancia, otro hombre tenía unas intenciones
totalmente distintas.
Después de cerrar la puerta con llave al entrar, cogió la compleja máquina del
lugar donde la había dejado, el primer peldaño. Entonces la bajó despacio y con
cuidado hasta el sótano; no pesaba demasiado, pero lo último que quería era que se le
cayese.
Ahora no.
No después de que el destino la hubiese puesto en su camino, y desde luego no
después de lo mucho que le había costado hacerse con ella.
La habitación subterránea, pese a estar iluminada por el resplandor titilante de
docenas de velas, era demasiado espaciosa para que la luz amarilla llegase a todos los
rincones. Era de lo más lóbrega, fría y húmeda. Pero él ya no lo notaba. Llevaba tanto
tiempo allí que se había acostumbrado, no se sentía nada incómodo. Era lo más
parecido a un hogar.
«Un hogar», pensó.
¡Qué recuerdo tan lejano!
De una vida pasada.
Puso la máquina encima de una mesa de madera combada y anduvo hasta una
esquina del sótano, donde buscó algo entre una pila de cajas y viejas carpetas de
cartón. Llevó a la mesa la caja que necesitaba, la abrió y extrajo con cuidado una
carpeta, de la que sacó varias hojas gruesas que ordenó junto a la máquina. A
continuación se sentó y, saboreando el momento, miró los papeles, luego el artefacto
lleno de discos y de nuevo los papeles.
Entonces exclamó:
—¡Por fin!
Habló en voz baja pero ronca; era la falta de costumbre.
Cogió un lápiz y centró su atención en el primer documento. Leyó la primera
línea de borrosa escritura y después pulsó las teclas de la parte superior de la máquina
para dar comienzo a la siguiente y crucial etapa de su odisea personal.
Una odisea cuyo resultado sabía que conmocionaría al mundo.

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Tras sucumbir finalmente al sueño apenas cinco horas antes, Tess se había vuelto a
despertar, ansiosa por empezar a trabajar en algo que la había obsesionado nada más
verlo en el Met, antes de hablar con Clive Edmondson y de que se desencadenara la
tragedia. Y se pondría a trabajar, pero para eso su madre y Kim tenían que estar fuera
de casa.
Eileen, la madre de Tess, se había ido a vivir con ellas a la casa de dos plantas que
su hija tenía en una calle tranquila y arbolada de Mamaroneck, una población
neoyorquina, poco después de que, tres años antes, falleciese su marido, un
arqueólogo llamado Oliver Chaykin. Pese a que había sido la propia Tess la que lo
había sugerido, la propuesta no la había convencido demasiado. Pero la casa disponía
de tres dormitorios y era bastante espaciosa, lo que facilitaba las cosas. Lo cierto era
que todo había ido bien, aunque, como ella misma reconocía en ocasiones, y no sin
sentirse culpable, era ella la que más se había beneficiado con la convivencia. Eileen,
por ejemplo, cuidaba de su nieta cuando Tess quería salir por la noche, la
acompañaba a la escuela cuando su hija se lo pedía y, como ahora, se la llevaba a
comprar un donut para evitar que pensase en los acontecimientos de la noche anterior,
algo que seguramente le sentaría de maravilla.
—Nos vamos —anunció Eileen—. ¿Seguro que no necesitas nada?
Tess fue hasta la entrada para despedirlas.
—Vosotras guardadme un par de donuts.
Justo entonces sonó el teléfono. Tess no parecía tener ninguna prisa por cogerlo.
Eileen la miró.
—¿Lo coges o no?
—Dejaré que salte el contestador automático. —Tess se encogió de hombros.
—Más tarde o más temprano tendrás que hablar con él.
Tess puso cara de disgusto.
—Sí, ya lo sé; pero, tratándose de Doug, cuanto más tarde sea, mejor.
Intuía la razón de los mensajes que su ex marido le había dejado en el
contestador. Doug Meritt era presentador del informativo de una cadena de televisión
en Los Ángeles y su trabajo lo absorbía por completo. Probablemente, habría
relacionado el asalto al Met con Tess, porque lo frecuentaba mucho, y seguro que
había pensado que ella tenía buenos contactos. Contactos que a él le servirían para
obtener pistas de lo que se había convertido en la mayor noticia del año.
Pero lo último que Tess necesitaba en ese momento era que él supiese que no
solamente ella había estado allí, sino que también Kim había estado; porque no
dudaría en usar esa información en su contra a la primera oportunidad.
«Kim.»
Tess volvió a pensar en lo que su hija había vivido la noche anterior, aunque fuese

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desde la relativa seguridad de los lavabos del museo, y en cómo habría que enfocarlo.
Si la reacción tardaba en aflorar, porque lo más probable es que hubiese algún tipo de
reacción, ella ganaría tiempo para pensar mejor en cómo abordarla; claro que no era
algo que le apeteciese especialmente. Se odiaba a sí misma por haber arrastrado a
Kim allí, pero echarse la culpa no servía de nada.
Miró a su hija y dio las gracias de nuevo por que estuviese ahí, frente a ella, sana
y salva. Al sentirse observada, Kim hizo una mueca de disgusto.
—Mamá, ¿vas a parar ya o qué?
—¿De qué?
—De mirarme como si tuviese monos en la cara —protestó Kim—. Estoy bien,
¿vale? No me pasa nada, eres tú la que está todo el día viendo pelis.
Tess asintió.
—De acuerdo. Te veré luego.
Las miró mientras se alejaban en coche y luego fue hasta la cocina, donde el
contestador automático parpadeaba, indicando que tenía cuatro mensajes. Tess enarcó
las cejas. «¡Este desgraciado es un caradura!», pensó. Hacía seis meses que Doug se
había vuelto a casar. Su nueva mujer, mejorada gracias al bisturí, tenía veintipocos
años y era junior executive de la cadena donde trabajaba Doug. Tess era consciente de
que su cambio de estado la llevaría a pedir una revisión del régimen de visitas. No es
que él echara de menos, quisiese a Kim o incluso que ésta le preocupase
especialmente, era sólo una cuestión de ego, y de malicia. Era un imbécil y un
rencoroso, y Tess sabía que tendría que seguir lidiando con sus ocasionales estallidos
de instinto paterno hasta que su recién adquirida y joven esposa se quedase
embarazada. Entonces, con un poco de suerte, ya no sería tan mezquino y las dejaría
en paz.
Se sirvió una taza de café y se dirigió a su estudio.
Encendió el ordenador portátil, cogió el teléfono y consiguió averiguar que Clive
Edmondson estaba en el Hospital Presbiteriano de Nueva York de la calle Sesenta y
ocho Este. Llamó y le dijeron que su estado no era crítico, pero que tenía que
permanecer allí unos cuantos días más.
Pobre Clive. Anotó el horario de visitas.
Abrió el catálogo de la desventurada exposición y lo hojeó hasta que dio con la
descripción del artefacto que se había llevado el cuarto jinete.
Se llamaba rotor codificador multidisco.
Según la descripción, era un aparato criptográfico datado del siglo XVI. Quizá
fuese antiguo y curioso, pero no reunía los requisitos para ser considerado un
«tesoro» del Vaticano.
El ordenador ya había concluido su rutina habitual de encendido; Tess se conectó
a una base de datos y tecleó «criptografía» y «criptología». Los enlaces le
proporcionaron páginas web, en su mayoría técnicas, sobre criptografía moderna,
códigos generados mediante programas informáticos y transmisiones electrónicas

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codificadas. Echó un vistazo a los resultados de la búsqueda y, finalmente, encontró
un documento que hablaba de la historia de la criptografía.
Navegó por él y halló una página que mostraba algunos codificadores antiguos. El
primero era un codificador Wheatstone del siglo XIX. Consistía en dos anillos
concéntricos, uno exterior con las veintiséis letras del alfabeto inglés más un hueco
en blanco, y otro interior que contenía sólo el alfabeto. Dos manecillas como las de
un reloj servían para sustituir las letras del anillo exterior por otras en clave del anillo
interior. La persona que recibía el mensaje codificado necesitaba tener un aparato
idéntico y conocer el funcionamiento de las dos manecillas. Varios años después de
que se hubiese generalizado el uso del Wheatstone, los franceses inventaron un
criptógrafo cilíndrico que tenía veinte discos con letras en los bordes exteriores, todos
ellos dispuestos alrededor de un eje central, que complicaba aún más cualquier
intento de descifrar un mensaje en clave.
Bajó por la pantalla con el cursor, y sus ojos se fijaron en un artefacto vagamente
parecido al que había visto en el museo.
Leyó la leyenda que había debajo y se quedó helada.
Aparecía descrito como «el Conversor», uno de los primeros rotores
codificadores que hubo y que fue usado por el Ejército estadounidense en la década
de 1940.
Durante unos instantes permaneció absorta; no podía apartar la vista de las
palabras.
«¿Uno de los primeros rotores? ¿En los años cuarenta?»
Intrigada, leyó el artículo. Los rotores codificadores eran un invento del siglo XX.
Reclinándose en la silla, Tess se pasó la mano por la frente, volvió con el cursor al
principio de la pantalla para ver la ilustración y releyó la descripción. No era en
absoluto la misma, pero se parecía bastante. Y era mucho más moderna que el disco
de cifras sencillo.
Si el Gobierno de Estados Unidos creía que su artefacto era el originario, no era
de extrañar entonces que el Vaticano estuviese ansioso por mostrar uno de sus
aparatos; uno que, al parecer, precedía al del Ejército en unos cuatrocientos años.
No obstante, esto inquietaba a Tess.
De todas las relucientes joyas que podría haberse llevado, el cuarto jinete se había
apoderado únicamente de ese misterioso aparato. ¿Por qué? Sin duda, la gente
coleccionaba cosas extrañísimas, pero esto era exagerado. Se preguntó si el hombre
habría cometido un error. No, desechó la idea; le había dado la impresión de que
estaba muy seguro de su elección.
No solamente eso, es que no se había llevado nada más. Aquello era lo único que
había querido.
Pensó en Amelia Gaines, la mujer que tenía más aspecto de haber salido de un
anuncio de champú que de ser agente del FBI. Tess suponía que los investigadores
querían hechos y no especulaciones, pero aun así, después de meditarlo unos

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segundos, fue hasta su habitación, buscó el bolso que había llevado la noche anterior
y extrajo de él la tarjeta que Gaines le había dado.
Volvió al estudio, dejó la tarjeta sobre la mesa y recordó el momento en que el
cuarto jinete había cogido el codificador. La manera en que lo había levantado, lo
había sostenido en el aire y había susurrado algo.
Su actitud había sido casi… reverencial.
¿Qué era lo que había dicho? En el Met, Tess había estado demasiado aturdida
para darle importancia a eso, pero, de repente, no podía pensar en otra cosa. Se
concentró en aquellos instantes, alejando de su conciencia todo lo demás, y revivió la
escena. El hombre había cogido la máquina y había dicho… ¿qué? «Piensa, ¡maldita
sea!»
Tal como le había explicado a Amelia Gaines, estaba bastante segura de que la
primera palabra era veritas…, pero ¿qué más? ¿Veritas? Veritas algo…
¿Veritas vos? En cierto modo, las palabras le resultaban familiares. Trató de
recordar, pero fue inútil. Las palabras del jinete habían sido interrumpidas por los
tiros que disparaban a sus espaldas.
Tess decidió trabajar con lo que tenía. Se volvió al ordenador y de su barra de
herramientas de enlaces seleccionó el motor de búsqueda más potente que había.
Escribió «veritas vos», pulsó «intro» y obtuvo veintidós mil resultados. No había por
qué alarmarse: con el primer resultado tuvo suficiente.
Ahí estaba. Haciéndole señales.
«Veritas vos liberabit».
«La verdad os liberará.»
Miró fijamente la pantalla. «La verdad os liberará.»
«¡Genial!», pensó.
Su magistral labor de detective había desvelado una de las frases más trilladas de
nuestra época.

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9
Gus Waldron salió de la estación de la calle Veintitrés Oeste y se dirigió al sur.
Odiaba esa parte de la ciudad. La clase media no le gustaba mucho, más bien todo
lo contrario. En su barrio, el hecho de ser un gigante lo había mantenido a salvo. Allí,
su estatura sólo le servía para sobresalir entre los extravagantes y ridículos enanos
que corrían por las aceras con sus vestidos de diseño y sus cortes de pelo de
doscientos dólares.
Encorvó la espalda en un intento de parecer menos alto. Pero era tan grande que
eso no le ayudó mucho, como tampoco le ayudaba el abrigo negro largo y deforme
que se había puesto. No podía hacer nada al respecto: necesitaba el abrigo para
ocultar lo que llevaba.
Giró por la calle Veintidós en dirección oeste. Su destino era un edificio situado a
una manzana del Empire Diner, que estaba en medio de una callejuela con galerías de
arte.
Al pasar por delante de ellas reparó en que la mayoría no tenía más que uno o dos
cuadros en sus escaparates, en que algunos de éstos ni siquiera estaban enmarcados, y
por lo visto ninguno tenía una etiqueta con el precio.
«¿Cómo puedes saber si esta mierda es o no es buena si no te dicen su jodido
precio?», pensó.
Su destino estaba ahora a dos locales de distancia. De puertas afuera, el local de
Lucien Boussard parecía una tienda de antigüedades elegante y lujosa. De hecho, era
eso y mucho más. Las falsificaciones y las piezas de dudosa procedencia se
mezclaban con los pocos objetos auténticos e impecables que había. Sin embargo,
ninguno de sus vecinos intuía nada, ya que Lucien poseía el estilo, el acento y los
modales para no despertar sospechas.
Con mucha cautela y aguzando la vista por si detectaba cualquier cosa o persona
que se saliese de lo ordinario, Gus pasó de largo la galería, contó veinticinco pasos, y
luego se detuvo y retrocedió. Fingió querer cruzar la calle, pero no vio nada que le
llamase la atención y volvió para entrar en la galería; sus movimientos eran rápidos y
ágiles para un hombre de su tamaño. ¿Por qué no iban a serlo? En sus treinta
combates jamás lo habían golpeado lo bastante fuerte para hacerle caer, excepto
cuando había tenido que dejarse ganar.
En el interior de la galería, mantuvo una mano dentro del bolsillo para sujetar una
Beretta 92FS por la culata. No era su pistola predilecta, pero con la 45ACP había
fallado unos cuantos tiros, y después de la gran noche, llevar la Cobray no era lo más
inteligente. Echó un vistazo a su alrededor. No había turistas ni tampoco ningún otro
cliente. Sólo el propietario de la galería.
Gus no sentía simpatía por muchas personas, pero aunque no hubiera sido así,
Lucien Boussard no le habría caído bien, pues era un lameculos y un mierdecilla.

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Tenía el rostro pequeño, los hombros estrechos, y llevaba el pelo largo recogido en
una cola de caballo.
«¡Un jodido marica francés!»
Cuando Gus entró, Lucien alzó la vista; estaba sentado detrás de una pequeña
mesa de largas patas, trabajando, y fingió una entusiasta sonrisa, un intento vano de
ocultar el hecho de que, instantáneamente, había empezado a sudar y a crisparse. Eso
era quizá lo único que a Gus le gustaba de Lucien. Que siempre estaba nervioso,
como si creyese que él podía decidir hacerle daño en cualquier momento. Algo en lo
que el jodido enano grasiento tenía razón.
—¡Gus!
Pronunció «Gueusse»; cada maldita vez que Gus oía eso odiaba todavía más a
Lucien.
Se volvió y corrió el pestillo de la puerta antes de acercarse a la mesa.
—¿Hay alguien ahí detrás? —gruñó.
Lucien se apresuró a sacudir la cabeza.
—Mais non, mais non, voyons, aquí no hay nadie salvo yo mismo. —También
tenía la irritante costumbre de repetir muchas veces sus expresiones francesas de
mierda. A lo mejor lo hacían todos los franceses—. No te esperaba, no me habías
dicho…
—Cierra tu jodida boca de una vez —espetó Gus—. Tengo algo para ti. —Forzó
una sonrisa—. Algo especial.
Del interior del abrigo, Gus extrajo una bolsa de papel y la puso sobre la mesa.
Lanzó una mirada hacia la puerta para asegurarse de que estaban fuera del campo de
visión de cualquier transeúnte y sacó algo de la bolsa. Estaba envuelto en papel de
periódico. Mientras lo desenvolvía miró con fijeza a Lucien.
Cuando al fin sacó el objeto, el francés se quedó boquiabierto y abrió los ojos
desmesuradamente. Era un crucifijo de oro con piedras preciosas incrustadas, una
asombrosa filigrana de unos cincuenta centímetros de largo, o tal vez menos.
Gus lo colocó encima del periódico abierto y Lucien contuvo el aliento.
—Mon dieu, mon dieu! —El francés, atónito, alzó la vista para mirar al otro; de
pronto, el sudor le caía por su estrecha frente—. ¡Jesús, Gus!
Pues sí, era Jesús.
Miró otra vez el crucifijo; Gus hizo lo mismo y vio que el periódico mostraba una
fotografía a toda página del museo.
—Esto es del…
—Sí. —Gus sonrió con presunción—. No está mal, ¿eh? Es una buena pieza.
Lucien frunció la boca.
—Non mais, il est complètement taré, ce mec. Vamos, Gus, yo esto no me atrevo
a tocarlo.
Gus no necesitaba que Lucien lo tocase, sólo que lo vendiera. Y tampoco podía
esperar a que pujasen por el crucifijo. Durante los últimos seis meses había tenido

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una racha nefasta en las apuestas a las carreras de caballos. Anteriormente ya había
estado endeudado, pero nunca como ahora; nunca le había debido dinero a gente
como la que esta vez llevaba la cuenta de sus deudas. Desde hacía bastantes años,
desde el día en que fue más alto y más gordo que su viejo y le dio una paliza al
monstruo borracho, la gente le tenía miedo. Pero en este momento, y por primera vez
desde los catorce años, sabía lo que era estar atemorizado. Sus acreedores no
actuaban como el resto de personas a las que había conocido. Lo matarían en un abrir
y cerrar de ojos.
Pero por ironías de la vida, las carreras también le habían proporcionado una
salida, ya que gracias a ellas había conocido al tipo que lo metió en el robo del
museo. Y ahí estaba ahora, aunque había recibido claras instrucciones de no intentar
vender ningún objeto al menos hasta al cabo de medio año.
¡Una mierda! Necesitaba el dinero y lo necesitaba ya.
—Mira, olvídate de su procedencia, ¿vale? —ordenó Gus a Lucien—. Tú ocúpate
sólo de buscar un comprador y negociar un precio.
Daba la impresión de que el francés iba a sufrir un infarto.
—Non mais… oye, Gueusse, esto es imposible. Absolutamente imposible.
Todavía es demasiado peligroso, sería una locura…
Gus le agarró por el cuello y arrastró la parte superior de su cuerpo sobre la mesa,
que se tambaleó inestable. Acercó su cara a menos de dos centímetros de la de
Lucien.
—A mí como si fuera una bomba atómica —susurró—. Hay gente que colecciona
esta mierda y tú sabes dónde encontrarla.
—Es demasiado pronto.
Lucien habló con un hilo de voz por la presión que estaba sufriendo en la
garganta.
Gus lo soltó y el francés se dejó caer en la silla.
—No me hables como si fuese un idiota —gritó—. Siempre será demasiado
pronto para esta mierda, nunca será el momento adecuado. Así que ¿por qué no
ahora? Además, sabes que hay personas que lo comprarían precisamente por ser lo
que es y venir de donde viene. Jodidos miserables que pagarán una pequeña fortuna y
tendrán un orgasmo cada vez que piensen que lo tienen guardado en su caja fuerte.
Lo único que tienes que hacer es encontrar a uno de esos tipos, y rápido. Y ni se te
ocurra estafarme con el precio. Te quedarás el diez por ciento; el diez por ciento de
una cantidad inestimable no está nada mal, ¿no crees?
Lucien tragó saliva, se frotó la nuca y luego sacó su pañuelo de seda pardusco
para enjugarse la cara. Nervioso, recorrió la habitación con los ojos; era evidente que
se traía algo entre manos. Levantó la vista, miró fijamente a Gus y dijo:
—El veinte.
Gus lo miraba estupefacto.
—Lucien —siempre pronunciaba «lu-shien» para hacerle rabiar—, no me

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provoques.
—Hablo en serio. Por una cosa como ésta, quiero el veinte por ciento. Au moins.
Correré un gran riesgo.
Gus alargó de nuevo los brazos, pero en esta ocasión Lucien fue demasiado
rápido; empujó la silla hacia atrás y su cuello quedó fuera del alcance de su agresor.
Entonces Gus sacó tranquilamente la Beretta, se aproximó a Lucien y le apuntó a su
entrepierna.
—No sé qué narices has dicho, amigo, pero la verdad es que no estoy de humor
para negociar. ¡Te hago una oferta generosa y lo único que se te ocurre es
aprovecharte de la situación! Me has decepcionado, chico.
—No, Gus, verás…
Gus alzó una mano y se encogió de hombros.
—¿Viste esa noche por la tele la mejor parte del espectáculo? En la escalinata.
Con el guardia. ¡Aquello sí que estuvo bien! Todavía tengo la espada, ¿sabes? Lo
cierto es que está empezando a gustarme esto de ir por ahí a lo Conan el Bárbaro…
Me entiendes, ¿verdad?
Mientras Lucien empezaba a sudar, Gus reflexionó unos instantes. Sabía que, si
dispusiese de todo el tiempo del mundo, el miedo que inspiraba a Lucien jugaría en
su favor; pero no disponía de ese tiempo. El crucifijo valía una fortuna, quizá de hasta
siete cifras, pero en ese momento se conformaba con lo que le ofrecieran. El dinero
que había cobrado por anticipado al aceptar el asalto al museo le había permitido
ganar tiempo; ahora lo que necesitaba era deshacerse de esas sanguijuelas.
—Hagamos una cosa —le dijo a Lucien—. Consigue un buen precio y te daré el
quince por ciento.
Al francés le brillaron sus ojos de soplón; había caído en la trampa.
Abrió un cajón del que extrajo una pequeña cámara digital y levantó la mirada
hacia Gus.
—Tengo que…
Gus asintió.
—Haz todas las que necesites.
Lucien hizo un par de fotografías al crucifijo mientras repasaba mentalmente su
lista de clientes.
—Haré algunas llamadas —dijo—. Dame unos cuantos días.
De eso nada. Gus necesitaba un montón de cosas: necesitaba el dinero y la
libertad que éste le proporcionaría. Y, además, tenía que largarse una temporada de la
ciudad hasta que el asunto del robo se calmara un poco.
—No, tendrás que darte prisa. Un par de días como mucho.
De nuevo Gus notó que Lucien tramaba algo; probablemente pensase en cómo
llegar a un acuerdo con el comprador, ofreciéndole un precio más alto del que
hubiese acordado con Gus y quedándose una comisión por el camino. ¡Baboso de
mierda! Decidió que dentro de unos meses, cuando llegase el momento, estaría

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realmente encantado de hacerle otra visita.
—Ven mañana a las seis —concluyó Lucien—. No te prometo nada, pero haré lo
que pueda.
—Lo sé. —Gus cogió el crucifijo y un trapo limpio que encontró encima de la
mesa de Lucien y envolvió la pieza de piedras preciosas antes de meterla con cuidado
en uno de los bolsillos de su abrigo. Luego escondió la pistola en otro—. Mañana —
le dijo a Lucien, y forzó una sonrisa antes de salir a la calle.
El francés seguía temblando mientras contemplaba al grandullón andar hasta la
esquina y luego desaparecer de su vista.

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—La verdad es que esto no ha venido en un buen momento —gruñó Jansson mientras
Reilly se sentaba en una silla frente a su jefe.
Alrededor de la mesa del despacho que el director adjunto en funciones tenía en
la sede del FBI en Federal Plaza ya estaban sentados Aparo y Amelia Gaines, así
como Roger Blackburn, que dirigía el grupo especial contra los crímenes violentos y
las agresiones graves, y dos de sus ayudantes.
Los cuatro edificios gubernamentales del bajo Manhattan estaban a sólo unas
cuantas manzanas de distancia de la Zona Cero. En su interior trabajaban veinticinco
mil funcionarios, y albergaban la delegación neoyorquina del FBI. Allí sentado, se
sintió aliviado lejos del incesante ruido que había en la zona principal del edificio. De
hecho, la tranquilidad que había en el despacho de su jefe era casi lo único que a
Reilly le atraía (aunque fuera sólo remotamente) del trabajo de Jansson.
Como director adjunto al frente de la oficina de Nueva York, durante los últimos
años Jansson había soportado una enorme carga sobre sí. Las cinco áreas que más
preocupaban al Bureau: las drogas y el crimen organizado, los crímenes violentos y
agresiones graves, los delitos financieros, la contrainteligencia extranjera y la oveja
negra más reciente de ese repugnante rebaño, el terrorismo, estaban candentes. Sin
duda, Jansson estaba hecho para ese trabajo: tenía el imponente físico del antiguo
jugador de fútbol americano que había sido, aunque, enmarcado por su pelo gris, su
adusto rostro tenía una expresión distante y de indiferencia. Pero la gente que
trabajaba para él no se confiaba durante mucho tiempo, ya que no tardaban en
aprender que, además de las dos cosas que según el proverbio eran ciertas en la vida
(la muerte y los impuestos), había una tercera: si Jansson estaba de tu parte, arremetía
contra lo que fuera que se interpusiese en tu camino. Pero si cometías el error de
cabrearle, tenías que plantearte seriamente desaparecer del mapa.
Con Jansson tan cerca de la jubilación, Reilly comprendía que a su jefe no le
hiciera mucha gracia que sus últimos meses en el despacho se complicaran con algo
de tanta repercusión como el METRAID (el imaginativo nombre que acababan de
ponerle al caso del robo). Como era de esperar, los medios de comunicación se
habían volcado en la historia. Éste no era un robo a mano armada normal. Era un
robo excepcional. Habían disparado con armas automáticas a la flor y nata
neoyorquina; habían cogido a la mujer del alcalde como rehén; un hombre había sido
asesinado a la vista de todo el mundo, y no con una pistola. Lo habían decapitado, y
no en un patio amurallado de algún país dictatorial de Oriente Próximo, sino aquí, en
Manhattan, en la Quinta Avenida.
«Retransmitido en directo.»
Reilly miró la bandera y la insignia del Bureau que había en la pared a espaldas
de Jansson, y luego de nuevo al director adjunto, que apoyó los codos en la mesa e

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inhaló profundamente.
—Cuando pillemos a esos bastardos me aseguraré de decirles lo desconsiderados
que han sido —comentó Reilly.
—Espero que lo hagas —replicó Jansson mientras se inclinaba hacia delante y
miraba con indignación a todo el equipo reunido—, porque supongo que no hace falta
que os diga la cantidad de llamadas que he recibido por esto ni de qué miembros de la
cúpula. Explicadme qué tenemos y cómo podemos abordarlo.
Reilly lanzó una mirada a los demás y comenzó a hablar:
—Los primeros resultados del laboratorio no apuntan a ninguna dirección
concreta. Esos tipos no dejaron muchas pistas salvo los casquillos y los caballos. El
Equipo de Recolección de Evidencias está desesperado por la escasez de pruebas a
las que agarrarse.
—¡Vaya, qué raro! —puntualizó Aparo.
—De todas formas, los casquillos indican que llevaban Cobray Mac 11 de nueve
milímetros y Micro Uzi. Rog, vosotros os estáis ocupando de eso, ¿verdad?
Blackburn se aclaró la garganta. Era un titán que recientemente había
desmantelado la mayor red de distribución de heroína de Harlem, con más de
doscientos arrestos.
—Son armas corrientes. Estamos en ello, pero yo no me fiaría demasiado. No en
un caso como éste. Dudo mucho que esos tipos las hayan comprado por internet.
Jansson asintió.
—¿Y qué hay de los caballos?
Reilly retomó la palabra.
—Por ahora, nada. Tordos y zainos castrados, bastante comunes. Estamos
cotejándolos con las listas de caballos desaparecidos y buscando la procedencia de las
monturas, pero, como ya he dicho…
—¿No llevan marcas ni chips?
Debido a los más de cincuenta mil caballos robados al año en todo el país, el uso
de las marcas de identificación en estos animales estaba cada vez más generalizado.
El método más habitual era el marcaje a hielo, mediante una plancha helada que
provocaba una alteración en las células de la pigmentación, y como resultado en la
zona marcada crecía pelo blanco en lugar de pelo de color. El otro método, menos
frecuente, consistía en una inyección hipodérmica para introducir debajo de la piel
del animal un diminuto microchip con un número de identificación.
—No, no llevan chips —contestó Reilly—, pero los estamos volviendo a
examinar. Los chips son tan pequeños que, a menos que uno sepa exactamente dónde
están, no son fáciles de encontrar. Además, suelen esconderse en lugares poco obvios
con el fin de que sigan ahí cuando se recupera un caballo robado. La buena noticia es
que sí están marcados, lo que pasa es que los han vuelto a marcar encima y no se
puede leer la marca original. Los del laboratorio creen que separándoles el pelo tal
vez podrían llegar a la identificación auténtica.

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—¿Y qué hay de la vestimenta y las armaduras medievales? —Jansson se volvió
hacia Amelia Gaines, que había seguido esa línea de la investigación.
—Eso nos llevará algo más de tiempo —declaró ella—. Este tipo de vestuario,
especialmente tratándose de espadas auténticas y no de mentira, lo suelen fabricar
especialistas que hay repartidos por todo el país; creo que algo encontraremos.
—O sea que estos tipos han desaparecido por arte de magia, ¿no es eso? —
Jansson empezaba a perder la paciencia.
—Seguro que había coches esperándolos. El parque tiene dos salidas cerca del
lugar donde dejaron los caballos. Estamos buscando testigos, pero de momento no
tenemos nada —confirmó Aparo—. Cuatro hombres que se separan y luego salen del
parque, y a esas horas de la noche… es fácil que pasen desapercibidos.
Jansson se reclinó y asintió en silencio; su mente repasaba los diversos
fragmentos de información y ponía en orden las ideas.
—¿Alguna sospecha en concreto? ¿Alguien tiene alguna teoría?
Reilly miró a sus compañeros antes de intervenir.
—Este caso es complicado. Lo primero que se me ocurre es elaborar una lista de
posibles compradores.
Los robos de piezas de arte, sobre todo cuando se trataba de piezas conocidas,
solían hacerse por encargo, o porque la venta de los objetos en cuestión se pactaba
previamente con coleccionistas que querían esos objetos, aunque nunca pudiesen
enseñárselos a nadie. Pero Reilly descartó esta hipótesis nada más llegar al museo,
porque las listas de compradores casi siempre conducían a ladrones inteligentes. Y
recorrer la Quinta Avenida a caballo no era un acto propio de gente inteligente, como
tampoco lo era sembrar el pánico, y menos aún asesinar.
—Me parece que en esto estamos todos de acuerdo —prosiguió—. Y los informes
preliminares también coinciden: detrás de todo esto hay algo más que el robo de unos
cuantos objetos de valor inestimable. Porque si lo único que querían era llevarse las
piezas, no tenían más que escoger cualquier miércoles tranquilo y lluvioso, entrar
antes de que llegara todo el mundo, sacar las metralletas Uzi y coger lo que quisiesen.
Cuanta menos visibilidad haya, menos riesgo habrá también. En cambio, esos tipos
eligieron el momento más concurrido posible y con mayores medidas de seguridad
para perpetrar el robo. Es casi como si hubiesen querido reírse de nosotros y dejarnos
en ridículo. Se llevaron el botín, pero creo que, además, su intención era decirnos
algo.
—¿Como qué? —inquirió Jansson.
Reilly se encogió de hombros.
—Estamos en ello.
El director adjunto se volvió a Blackburn.
—¿Estáis de acuerdo?
Blackburn asintió.
—Mírelo de este modo: sean quienes sean estos tipos, la gente los considera unos

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héroes. Han hecho en la vida real lo que cualquier estúpido cocainómano sueña con
hacer cuando se conecta a la Playstation. Sólo espero que esto no sirva de precedente.
Pero, sí, creo que aquí hay algo más que unos tipos de calculada eficiencia.
Jansson miró otra vez a Reilly.
—Bueno, parece que ésta va a ser tu pequeña batalla.
Reilly le devolvió la mirada y asintió en silencio. Pequeña no era precisamente la
primera palabra que le venía al pensamiento. El caso era más bien como un gorila de
novecientos kilos de peso, y Jansson estaba en lo cierto: era todo suyo.

La reunión fue interrumpida por la llegada de un hombre delgado y discreto que


llevaba un traje de lana marrón y un alzacuellos. Jansson se levantó de la silla y le
tendió su enorme mano a modo de saludo.
—Monseñor, me alegro de que haya podido venir. Siéntese, por favor. Chicos,
éste es monseñor De Angelis. Le prometí al arzobispo que le dejaría estar presente
para que nos ayudase en lo que pudiera.
Jansson procedió a presentarle a De Angelis los agentes reunidos. No era nada
usual permitir la entrada de terceras personas en una reunión tan delicada como ésa,
pero el nuncio apostólico, el embajador del Vaticano en Estados Unidos, había hecho
las llamadas pertinentes para conseguirlo.
El hombre debía de rozar la cincuentena, intuyó Reilly. Llevaba el pelo negro
impecablemente peinado, y en las sienes éste retrocedía formando dos
semicircunferencias perfectas con mechones plateados alrededor de las orejas. Sus
gafas de montura metálica estaban ligeramente ahumadas, y escuchó los nombres y
cargos de los agentes con actitud afable, silenciosa y respetuosa.
—Por favor, no es mi intención interrumpirlos —comentó al sentarse.
Jansson cabeceó levemente quitándole importancia al asunto.
—Las pruebas todavía no apuntan en ninguna dirección, padre. Sin ánimo de
hacer juicios precipitados, y que quede claro que no son más que conjeturas e
intuiciones, estábamos hablando de los posibles autores del asalto.
—Comprendo —repuso De Angelis.
Jansson se volvió a Reilly, que, con cierta incomodidad, prosiguió. Sabía que
tenía que poner a monseñor en antecedentes.
—Decíamos que salta a la vista que esto es algo más que un simple robo. La
forma en que se realizó, el momento elegido, todo indica que hay más en juego que
un simple robo a mano armada.
De Angelis frunció la boca, asimilando las implicaciones de cuanto se decía.
—Ya veo.
—La reacción inmediata —continuó Reilly— es señalar a los fundamentalistas
islámicos, pero en este caso estoy bastante seguro de que no han tenido ninguna
participación en esto.
—¿Por qué cree eso? —inquirió De Angelis—. Por lamentable que sea, da la

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impresión de que nos odian. Seguro que se acordará de la conmoción que supuso el
expolio del museo de Bagdad. El doble rasero, la indignación… Aquello no sentó
muy bien en la zona.
—Créame, esto no encaja con su modus operandi; de hecho, no tiene nada que
ver. Normalmente, sus ataques son abiertos, les gusta reivindicar sus acciones y
suelen usar kamikazes. Además, para cualquier fundamentalista islámico sería un
anatema ir vestido con una cruz encima. —Reilly miró a De Angelis, que parecía que
estaba de acuerdo—. De todas maneras, lo investigaremos. Hay que hacerlo. Pero yo
me decantaría por otras opciones.
—Por los bubba.
Jansson usó la abreviatura, políticamente incorrecta, para los terroristas blancos
procedentes de las áreas rurales de los estados del sur.
—Sí, yo lo encuentro mucho más probable.
Reilly asintió con la cabeza y encogió los hombros. Los «lobos solitarios»
extremistas y los jóvenes radicales y violentos que había en el país formaban parte de
su vida cotidiana tanto como los terroristas extranjeros.
De Angelis parecía perdido.
—¿Bubba?
—Terroristas locales, padre. Grupos con nombres absurdos como La Orden o La
Hermandad Silenciosa, la mayoría de los cuales opera bajo una ideología del odio
llamada Identidad Cristiana, que, según tengo entendido, es una perversión bastante
extraña del término…
Monseñor se movió en su silla, incómodo.
—Yo pensaba que esta gente eran fanáticos cristianos.
—Así es, pero no olvide que estamos hablando del Vaticano, de la Iglesia
católica. Y estos tipos no son entusiastas de Roma, padre. Sus iglesias inventadas (por
cierto que ninguna de ellas es ni remotamente católica) no han sido reconocidas por
el Vaticano. Es más, la Iglesia ha dejado bien claro que no quiere tener nada que ver
con ellos, y con razón. Aparte de culpar a los negros, a los judíos y a los
homosexuales de todos sus problemas, el denominador común de todos ellos es el
odio hacia el gobierno organizado, el nuestro en concreto y el suyo por asociación.
Nos llaman el Gran Satán, que es, curiosamente, el mismo apodo que nos puso
Jomeini y que el mundo musulmán sigue empleando hoy en día. Recuerde que esos
tipos pusieron una bomba en un edificio federal de Oklahoma City. Son cristianos y
estadounidenses. Y están en todas partes. En Filadelfia acabamos de capturar a uno
que llevábamos mucho tiempo persiguiendo, miembro de un brazo del grupo de las
Naciones Arias, la Iglesia de los Hijos de Yahvé. Por lo visto había sido el enlace de
las Naciones Arias con los grupos islamistas. Como tal, ha reconocido que después
del atentado del 11-S intentaba establecer alianzas con extremistas musulmanes
antiamericanos.
—El enemigo de mi enemigo —musitó De Angelis.

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—Exacto —convino Reilly—. Esos tipos tienen un concepto del mundo
realmente distorsionado, padre. Lo único que tenemos que hacer es intentar entender
qué declaración de principios tienen ahora entre ceja y ceja.
Cuando Reilly finalizó, en la sala reinó un breve silencio. Jansson tomó la
palabra:
—Muy bien, ¿te ocupas tú de esto entonces?
Reilly asintió con tranquilidad:
—Sí.
Jansson se volvió a Blackburn:
—Y tú, Rog, abórdalo desde el punto de vista de un mero robo.
—De acuerdo. Hay que seguir las dos líneas hasta que haya algo que nos oriente
en una u otra dirección.
—Bueno, padre —dijo Jansson, mirando ahora a De Angelis—, la verdad es que
nos sería muy útil que nos consiguiese una lista lo más detallada posible de lo que
robaron: fotografías en color, peso, tamaños, todo lo que tenga.
—Por supuesto.
—Acerca de esto, padre —intervino Reilly—, al parecer, uno de los jinetes se
interesó únicamente por una cosa —declaró mientras extraía una foto ampliada de
una secuencia de las cámaras de seguridad del museo. Mostraba al cuarto jinete, que
sostenía el codificador. Se la dio a monseñor—. En el catálogo de la exposición
aparece con el nombre de rotor codificador multidisco —anunció, y luego preguntó
—: ¿Se le ocurre por qué alguien querría llevarse eso teniendo en cuenta todo el oro y
las joyas que había allí?
De Angelis se ajustó las gafas y examinó la fotografía antes de sacudir la cabeza.
—Lo siento, pero no sé gran cosa de esta… máquina. Sólo se me ocurre que
pueda tener valor como una curiosidad tecnológica. A todo el mundo le gusta hacer
gala de sus pertenencias de vez en cuando, por lo visto, incluso a mis hermanos
encargados de seleccionar lo que debía incluirse en la exposición.
—En ese caso, tal vez podría consultarlo con ellos. Quizá tengan alguna idea, no
sé, o conozcan a algún coleccionista que previamente se hubiese puesto en contacto
con ellos en relación con esta máquina.
—Lo investigaré.
Jansson miró a los presentes. La reunión había terminado.
—Muy bien, chicos —concluyó, recogiendo sus papeles—, cojamos a esos
monstruos.

Mientras los demás abandonaban la sala, De Angelis se aproximó a Reilly y lo


saludó.
—Gracias, agente Reilly. Algo me dice que estamos en buenas manos.
—Los capturaremos, padre. Siempre cometen algún desliz.
Monseñor lo miraba fijamente.

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—Puede llamarme Michael.
—Prefiero llamarle padre, si no le importa. Es un hábito difícil de romper.
De Angelis puso cara de sorpresa.
—¿Es usted católico?
Reilly asintió.
—¿Practicante? —De Angelis bajó los ojos repentinamente avergonzado—.
Disculpe el atrevimiento; supongo que a mí también hay hábitos que me cuesta
romper.
—No pasa nada. Y, sí, soy practicante.
De Angelis parecía bastante satisfecho.
—¿Sabe una cosa? En cierto modo, nuestros trabajos no son tan diferentes.
Ambos ayudamos a la gente a asumir sus pecados.
Reilly sonrió.
—Es posible, pero… no creo que usted esté expuesto a los pecadores de gran
calibre que vemos por aquí.
—Sí, es preocupante…, el mundo no marcha bien. —Hizo una pausa y levantó la
vista hacia Reilly—. Lo que hace que nuestro trabajo adquiera más valor.
Monseñor se percató de que Jansson miraba en su dirección; daba la impresión de
que quería hablar con él.
—Confío plenamente en usted, agente Reilly. Estoy seguro de que los capturará
—dijo el hombre con alzacuellos antes de irse.
Reilly lo observó mientras se alejaba y a continuación cogió la fotografía de la
mesa. Antes de meterla de nuevo en la carpeta, le echó otro vistazo. En una esquina,
aunque borrosa debido a la poca resolución de las cámaras de vigilancia del museo,
pudo fácilmente distinguir una silueta agachada detrás de una vitrina, que miraba
horrorizada al jinete y al artefacto. Por la cinta de vídeo sabía que era la rubia que
había visto abandonar el museo aquella noche. Pensó en el trago amargo que debía de
haber pasado, en lo asustada que debía de haber estado, y sintió lástima por ella.
Esperaba que estuviese bien.
Guardó la fotografía en la carpeta. Al salir de la sala no pudo evitar pensar en la
palabra que Jansson había utilizado.
«Monstruos.»
La idea no resultaba ni mucho menos tranquilizadora.
Averiguar los motivos por los que las personas que estaban en su sano juicio
cometían crímenes era bastante difícil, pero introducirse en la mente de los
depravados a menudo era imposible.

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Clive Edmondson estaba pálido, pero no tenía aspecto de sufrir mucho dolor, lo que
sorprendió a Tess cuando lo vio tumbado en la cama del hospital.
Sabía que uno de los caballos lo había golpeado y lo había tirado al suelo, y que
en medio del pánico consiguiente había acabado con tres costillas rotas localizadas
demasiado cerca de los pulmones para no sentir molestias. Dada la edad de Clive, su
estado de salud general y su tendencia a las actividades que requerían esfuerzo físico,
los médicos del Hospital Presbiteriano de Nueva York habían decidido tenerlo varios
días en observación.
—Me están suministrando un buen cóctel —le dijo a Tess mientras lanzaba una
mirada hacia la bolsa que colgaba de la percha del suero—. No siento nada.
—No es exactamente la clase de cóctel a la que tenías pensado asistir, ¿eh? —
bromeó Tess.
—He estado en alguno mejor.
Clive se rió entre dientes y ella lo miró, preguntándose si sacar o no a colación la
razón primordial de su visita.
—¿Te apetece hablar de algo?
—¡Claro que sí! Siempre y cuando no esté relacionado con lo que sucedió en el
museo, porque eso es lo único que le interesa a todo el mundo. —Suspiró—. Y
supongo que lo entiendo, pero…
—Pues sí que está relacionado —admitió Tess tímidamente.
Edmondson la miró y sonrió.
—¿En qué estás pensando?
Tess titubeó y luego se lanzó:
—Cuando charlamos en el museo, ¿te fijaste por casualidad en lo que yo estaba
mirando?
Él sacudió la cabeza.
—No.
—Era una máquina, una especie de caja con teclas de la que salían palancas. En el
catálogo pone que es un rotor codificador multidisco.
Clive arrugó la frente unos instantes, pensativo.
—No, no me fijé. —Naturalmente que no, sobre todo teniéndola a ella al lado—.
¿Por qué?
—Porque uno de los jinetes se la llevó. Es lo único que se llevó.
—¿Y?
—¿No te parece raro que con la cantidad de cosas de incalculable valor que había
allí se llevara sólo ese artefacto? Además, cuando lo cogió, me dio la impresión de
que para él aquello formaba parte de un ritual; parecía completamente absorto.
—Bueno, a lo mejor se trata de algún coleccionista apasionado por los

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codificadores misteriosos. Avisa a la Interpol. Seguro que la máquina Enigma de los
nazis está en su lista de prioridades. —Le dedicó una mirada irónica—. Hay gente
que colecciona cosas peores.
—Hablo en serio —protestó Tess—. Incluso dijo algo cuando sostuvo la máquina
en el aire. «Veritas vos liberabit».
Clive la miró.
—¿Veritas vos liberabit?
—Eso creo. Estoy bastante segura de que eso es lo que dijo.
Clive reflexionó un momento y luego sonrió.
—Vale, entonces no estamos sólo ante un obseso de los codificadores, sino ante
un coleccionista que además estudió en la Universidad Johns Hopkins. Eso tendría
que reducir la búsqueda.
—¿Johns Hopkins?
—Sí.
—¿De qué estás hablando? —Tess estaba totalmente perdida.
—Es el lema de la universidad. «Veritas vos liberabit». «La verdad os liberará.»
Hazme caso, lo conozco bien; yo estudié allí. Incluso está incluido en esa canción tan
horrible que cantábamos, ya sabes, la Oda a Johns Hopkins. —Empezó a cantar—:
«Deja que el conocimiento crezca más y más, y que los mayores eruditos…». —Clive
observaba a Tess, y disfrutaba con su cara de estupefacción.
—¿Crees que…? —Entonces reparó en su mirada. Conocía esa sonrisa burlona
—. Me tomas el pelo, ¿verdad?
Edmondson asintió con aires de culpabilidad.
—O es eso, o es un ex agente de la CIA descontento. ¿Sabes qué es lo primero
que uno ve cuando entra en el edificio de la CIA en Langley? —Desviándose de la
pregunta de Tess, añadió—: Soy el mayor fan de las novelas de Tom Clancy, ¡qué se
le va a hacer!
Tess cabeceó, molesta por ser tan ingenua. Entonces Clive la sorprendió.
—Aunque no vas desencaminada; lo que dices no carece de sentido.
—¿A qué te refieres? —Notó que ahora Clive hablaba en serio.
—¿Qué llevaban los caballeros?
—¿Qué quieres decir con qué llevaban?
—Yo he preguntado primero.
Tess no lo seguía.
—Pues llevaban la típica indumentaria medieval. Cotas de malla, capas, cascos…
—¿Y…? —insistió él—. ¿Algo más específico?
Tess era consciente de que Edmondson la estaba poniendo a prueba. Trató de
recordar la aterradora visión de los caballeros irrumpiendo en el museo.
—No.
—Capas blancas con cruces rojas. Cruces de color rojo sangre.
Tess torció el gesto; aún no sabía adonde quería llegar Clive.

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—Los cruzados —adivinó ella.
Él no había terminado todavía.
—Te vas acercando. ¡Vamos, Tess! ¿No notaste nada extraño en sus cruces? ¿Una
cruz roja en el hombro izquierdo y otra en el pecho? ¿No te dice nada eso?
Entonces lo vio claro.
—¡Templarios!
—¿Es tu respuesta definitiva?
Su mente pensaba veloz. Aún no entendía lo que quería decir.
—Tienes toda la razón, iban vestidos de templarios, pero eso no explica nada
necesariamente. Así iban todos los cruzados, ¿no? Por lo que sabemos se limitaron a
copiar la primera indumentaria de los caballeros cruzados con la que se toparon, y lo
más probable es que fuese la de los templarios, que es la más conocida.
—Yo pensaba lo mismo. Al principio no me parecía que hubiese nada especial;
los templarios son, con mucho, el grupo más famoso, o impopular, de caballeros
asociados a las cruzadas. Pero la frase en latín que me acabas de decir… cambia las
cosas.
Tess miró fijamente a Clive, desesperada por saber de qué hablaba. Permaneció
callada. Se estaba volviendo loca.
—¿Por qué?
—Veritas vos liberabit, ¿recuerdas? Casualmente, es también el lema de un
castillo del Languedoc, en el sur de Francia. —Hizo un alto—. Un castillo templario.

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12
—¿Qué castillo? —Tess contuvo el aliento.
—El castillo de Blanchefort. El nombre está a la vista, esculpido en el dintel del
portón de la entrada del castillo. «Veritas vos liberabit». «La verdad os liberará.»
Daba la impresión de que esa frase había provocado una sucesión de recuerdos en
Edmondson.
Tess frunció las cejas. Algo la inquietaba.
—Pero los templarios desaparecieron… —Hizo una mueca al caer en la cuenta de
su desafortunada elección de palabras—. ¿No fueron disueltos en el siglo catorce?
—En 1314.
—Pues entonces no encaja, porque según el catálogo el codificador es del siglo
dieciséis.
Clive reflexionó.
—Bueno, a lo mejor se han equivocado de fecha. El siglo catorce no es
precisamente la época más memorable del Vaticano. Todo lo contrario: en el año
1305, el papa Clemente V, un títere del rey francés Felipe el Hermoso, tuvo que pasar
por la humillación de ser obligado a abandonar el Vaticano y trasladar la Santa Sede a
Aviñón, donde estuvo aún más controlado, sobre todo en el momento de ayudar al rey
a acabar con los templarios. De hecho, el papado estuvo setenta años bajo absoluto
control francés, período conocido como el Cautiverio de Babilonia. Duró hasta que el
papa Gregorio XI tuvo el coraje de romper con aquello y volvió a Roma impulsado
por la mística santa Catalina de Siena, pero eso es harina de otro costal. A lo que me
refiero es a que si este codificador es del siglo catorce…
—Lo más probable es que ni siquiera se inventase en Roma —intervino Tess—.
Especialmente si es de los templarios.
Edmondson sonrió.
—Exacto.
Tess vaciló.
—¿Crees que estoy detrás de algo, o que me agarro a un clavo ardiendo?
—No, no dudo de que aquí hay algo. Pero… los templarios no son tu especialidad
que digamos, ¿verdad?
—Se escapan de mi campo por sólo un par de miles de años y algún que otro
continente.
Tess hizo una mueca. Su especialidad era la historia asiria. Los templarios estaban
fuera de su radar.
—Tendrías que hablar con un experto en el tema de los templarios. Los que
conozco, y me consta que saben lo suficiente para serte útiles, son Marty Falkner,
William Vance y Jeb Simmons. Falkner tendrá más de ochenta años, quizá
demasiados para poder ayudarte. A Vance no lo he visto desde hace años, pero sé que

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Simmons está en activo…
—¿Bill Vance?
—Sí, ¿lo conoces?
William Vance había aparecido en una de las excavaciones en que ella había
acompañado a su padre. Debía de hacer diez años, recordó. Su padre y ella trabajaban
en el noreste de Turquía, lo más cerca del monte Ararat que les dejaron los militares.
Recordó que su padre, Oliver Chaykin, había tratado a Vance como un igual, cosa
rara en él. Lo visualizaba perfectamente. Un hombre alto y guapo, tal vez unos quince
años mayor que ella.
Vance había sido encantador con ella, muy solícito, y le había dado muchos
ánimos. Tess no pasaba entonces por un buen momento. Las condiciones del terreno
eran nefastas, y el embarazo, molesto. Y pese a que apenas la conocía, al parecer
Vance detectó su malestar y su incomodidad y fue tan amable con ella que la hizo
sentirse bien cuando se sentía fatal, y atractiva cuando sabía que estaba horrible. Y a
Tess jamás le dio la impresión de que él quisiese algo más, nunca se le insinuó. Ahora
le avergonzaba pensar que la había decepcionado un poco la actitud platónica de
Vance, porque ella sí se había sentido atraída por él. Aunque justo antes de que él
finalizase su breve estancia en el campamento, a Tess le había dado la impresión de
que quizá, sólo quizá, Vance había empezado a sentir lo mismo por ella, y eso que,
embarazada como estaba de siete meses, no se sentía muy sexy.
—Lo he visto una vez, me lo presentó mi padre. —Hizo una pausa—. Pero yo
creía que su especialidad era la historia fenicia.
—Y así es, pero ya sabes lo que sucede con los templarios. Son como la
«pornografía arqueológica»: prácticamente es un suicidio académico interesarse en
ellos. Ha llegado un punto en que los interesados no quieren que se sepa que se toman
el tema en serio. Hay demasiados chiflados obsesionados con toda clase de teorías de
la conspiración alrededor de la historia de los templarios. Ya sabes lo que decía
Umberto Eco, ¿no?
—No.
—«Un claro síntoma de un lunático es que más tarde o más temprano saca a
colación los templarios.»
—Trataré de tomarlo como un cumplido.
—Mira, yo estoy de tu parte en todo esto. Es un tema que merece realmente la
pena estudiar. —Edmondson se encogió de hombros—. Pero, tal como te he dicho,
hace años que no sé nada de Vance. Lo último que supe de él es que estaba en la
Universidad de Columbia, pero yo que tú probaría con Simmons; no tengo ningún
problema en ponerte en contacto con él.
—Está bien, ¡fantástico! —Tess sonrió.
Una enfermera asomó la cabeza por la puerta.
—Haremos los análisis dentro de cinco minutos.
—¡Estupendo! —gruñó Clive.

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—¿Me informarás de los resultados? —inquirió Tess.
—¡Por supuesto! Y cuando salga de aquí, ¿qué te parece si te invito a cenar y me
explicas qué tal marcha el tema?
Tess recordó la última vez que había cenado con Edmondson. En Egipto, después
de haber buceado juntos para explorar los restos de un barco fenicio frente a la costa
de Alejandría. Él se había emborrachado bebiendo arak, se le había insinuado sin
demasiada pasión (proposición que ella había rechazado educadamente) y se había
quedado dormido en el restaurante.
—¡Perfecto! —repuso, pensando que tenía mucho tiempo por delante para que se
le ocurriera alguna excusa para no ir, pero al instante se sintió culpable por haber
pensado algo tan descortés.

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13
Lucien Boussard paseaba lentamente de un lado a otro de su tienda.
Llegó hasta la ventana y clavó la vista en un falso reloj de Ormulu. Permaneció
allí varios minutos, reflexionando. Parte de su cerebro percibió que el reloj necesitaba
una limpieza, y lo llevó a la mesa para ponerlo encima del periódico.
El periódico donde aparecían las fotos del asalto al Met, que parecía que
estuviesen mirando a Lucien.
Pasó un dedo por las fotos y alisó los pliegues del periódico.
«No pienso involucrarme en esto», pensó.
Pero no podía quedarse con los brazos cruzados. Gus lo mataría sin pensarlo dos
veces tanto si no hacía nada como si daba un paso en falso.
Sólo había una escapatoria, que se le había ocurrido durante la amenazadora visita
de Gus a su galería. Decirle a aquel gigantón que no, especialmente sabiendo lo que
había hecho en el museo, era peligroso. Claro que él conocía el número de Gus con la
espada a la entrada del Met, y eso sí que podía jugar en su favor. Era imposible que el
grandullón saliese algún día de la cárcel para vengarse. Si la ley no cambiaba y lo
condenaban a la inyección letal, Gus ya podía despedirse de que le concedieran la
libertad condicional. Seguro que no lo harían.
Además de éste, Lucien tenía otros problemas personales. Había un poli que le
pisaba los talones. Un cabrón implacable que llevaba años detrás de él y que no
mostraba signos de dejarle en paz o de darle al menos un respiro. Y todo por una
maldita figura de un dogon de Malí que resultó ser menos antigua de lo que él había
asegurado y que, en consecuencia, valía sólo una parte del precio por el que lo había
vendido. Por fortuna para Lucien, su septuagenario comprador murió de un ataque al
corazón antes de que los abogados tuviesen claro cómo proceder. Se había librado por
los pelos, pero el detective Steve Buchinski no se olvidó de él. Era como su cruzada
personal. Lucien había intentado sobornar al policía unas cuantas veces, pero no
había sido suficiente. Nada sería suficiente.
No obstante, esto era distinto. «Si le entrego a Gus Waldron, tal vez, sólo tal vez,
me vea libre de esa sanguijuela.»
Consultó su reloj. La una y media.
Lucien abrió un cajón y rebuscó en un tarjetero hasta que dio con la tarjeta que
quería; entonces descolgó el teléfono y marcó.

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14
Apostado frente a la maciza puerta de un quinto piso de Central Park Oeste, el jefe de
la unidad táctica del FBI levantó una mano y lanzó una mirada a su equipo. Su
número dos le hizo una señal alargando un brazo y esperó. Al otro lado del pasillo,
otro agente se acomodó contra el hombro la culata de una escopeta con cargador de
siete balas. El cuarto miembro del equipo le quitó la anilla de seguridad a una
granada de aturdimiento, y los otros dos hombres que completaban la unidad
aprestaron sus fusiles de asalto Heckler & Koch MP5.
—¡Adelante!
El agente que estaba más cerca de la puerta, la golpeó con fuerza y gritó:
—¡FBI! ¡Abran!
La reacción fue casi inmediata. Varios disparos atravesaron la puerta, enviando al
pasillo astillas de madera.
El de la escopeta devolvió tan cordial recibimiento y disparó con su arma hasta
hacer en la puerta varios agujeros del tamaño de una cabeza. Incluso con los tapones
que llevaba en los oídos, Amelia Gaines sintió el estridente impacto en el angosto
espacio.
Del interior salieron más disparos, que astillaron las jambas y perforaron el yeso
de la pared del pasillo. El cuarto hombre avanzó y lanzó la granada por uno de los
agujeros de la puerta. A continuación la escopeta arrancó lo que quedaba de la puerta
y segundos después entraron los dos hombres con los fusiles de asalto.
Se produjo una pausa momentánea. El silencio reverberaba. Un disparo. Otra
pausa. Una voz chilló: «¡Despejado!». Se oyó «¡despejado!» unas cuantas veces más.
Entonces uno de los agentes dijo con indiferencia:
—Muy bien, ¡se acabó la fiesta!
Amelia entró en el apartamento después que los demás. La palabra lujoso no
bastaba para describir aquello. El piso rezumaba opulencia por los cuatro costados.
Pero en cuanto Amelia y el jefe de la unidad revisaron el lugar, enseguida tuvieron
claro que esa riqueza procedía de las drogas.
Sus ocupantes, cuatro hombres, fueron rápidamente identificados como
traficantes de droga colombianos. Uno de ellos estaba herido de gravedad en el
pecho. En otra parte de la vivienda encontraron un importante alijo de droga, dinero
en efectivo y suficientes pistas para tener feliz a la DEA durante meses.
El chivatazo, una llamada de teléfono anónima, los había alertado de que allí
había dinero a raudales, armas y varios hombres que hablaban en una lengua
extranjera; y todo era cierto, pero aquello no tenía relación alguna con el asalto al
museo.
Otra decepción.
Y no sería la última.

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Desanimada, Amelia echó un vistazo al apartamento mientras los colombianos
eran esposados y sacados de allí. Comparó el piso con el suyo. Su casa era bastante
bonita. Desde luego, era elegante, con buen gusto. Pero esto era simplemente
asombroso. Lo tenía todo, incluso una magnífica vista al parque. Al mirar a su
alrededor decidió que aquella opulencia desmedida no era su estilo y que no la
envidiaba en absoluto. Excepto quizá por las vistas que tenía.
Se quedó unos instantes frente a la ventana, observando el parque. Distinguió a
dos personas que recorrían un sendero a caballo. Incluso a esa distancia, pudo ver que
los jinetes eran mujeres. Una de ellas tenía problemas; al parecer, su caballo se había
encabritado, o tal vez lo hubiesen asustado los dos jóvenes que habían pasado con
patines por su lado.
Amelia echó otro vistazo al piso, dejó que el jefe de la unidad táctica acabase la
operación, y se dirigió a la oficina para darle a Reilly el decepcionante parte.

Reilly había estado atareado programando una serie de visitas a las mezquitas y otros
puntos de reunión de los musulmanes de la ciudad. Tras una breve conversación
preliminar con Jansson acerca de la política adecuada en esta fase de la investigación,
había tomado la decisión de que las visitas fueran exactamente eso, simples visitas
realizadas por no más de dos agentes o policías, uno de los cuales debía ser, en la
medida de lo posible, musulmán. No tenía que haber el más mínimo indicio de que
hacían una redada. Buscaban cooperación, y casi siempre la obtenían.
Los ordenadores de la oficina del FBI en Federal Plaza no paraban de arrojar
datos que había que sumar a la creciente oleada de información procedente de la
Oficina Central de la Policía de Nueva York, de Inmigración y de Seguridad
Nacional. Bases de datos que se habían multiplicado después de que Oklahoma City
se inundase de nombres de radicales y extremistas locales; las que se crearon tras el
11-S estaban repletas de nombres de musulmanes de diferentes nacionalidades. Reilly
sabía que la mayoría de ellos figuraba en esas listas no porque las autoridades los
encontraran sospechosos de actos o tendencias terroristas o criminales, sino
simplemente por su religión. Era algo que le inquietaba, además de que generaba un
montón de trabajo innecesario, porque había que separar a los pocos que
posiblemente fueran fundamentalistas radicales de los muchos que no eran culpables
de nada salvo de sus creencias.
Seguía teniendo la sensación de que la línea que debía seguir era la de los
terroristas locales, pero se le escapaba algo. La inquina específica, la conexión
existente entre un grupo de fanáticos fuertemente armados y la Iglesia católica
romana. A ese respecto, había un equipo de agentes dedicados a examinar manifiestos
y bases de datos en busca del escurridizo nexo común.
Observó la diáfana sala, el ordenado caos de agentes que trabajaban al teléfono y
frente a sus ordenadores, antes de dirigirse a su mesa. Al llegar vio que Amelia
Gaines se aproximaba hacia él desde el otro lado de la sala.

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—¿Tienes un minuto?
Para Amelia Gaines todo el mundo tenía siempre un minuto.
—¿Qué pasa?
—¿Te has enterado de lo del apartamento que hemos encontrado esta mañana?
—Sí, lo he oído —contestó un desalentado Reilly—. Al menos servirá para tener
a la DEA contenta durante meses, que no está mal.
Amelia pasó por alto el comentario.
—Verás, cuando estaba allí me he puesto a mirar por la ventana, que tiene vistas
al parque, y había dos personas a caballo. Una de ellas tenía ciertos problemas con su
caballo y eso me ha hecho pensar.
Reilly le acercó una silla y Amelia se sentó. Era una bocanada de aire fresco en el
Bureau, dominado por hombres, donde últimamente el porcentaje de fichajes
femeninos había ascendido sólo a un extraordinario diez por ciento. Los de selección
de personal del Bureau no ocultaban su deseo de que hubiese más candidatas
femeninas, pero eran pocas las que solicitaban un empleo. De hecho, no había más
que una agente que hubiese llegado al rango de agente especial local, proceso durante
el cual se ganó el burlón apodo de Abeja Reina.
En los últimos meses Reilly había trabajado mucho con Amelia. Era una
compañera muy útil cuando había que tratar con sospechosos de Oriente Próximo. Le
encantaban sus rizos pelirrojos y las pecas de su piel, y una sonrisa en el momento
oportuno o un escote estratégico a menudo daban mejor resultado que semanas de
seguimiento. Aunque en el Bureau nadie se tomaba la molestia de ocultar su
atracción por ella, Amelia no había sufrido ningún tipo de acoso sexual; costaba
imaginársela siendo agredida por alguien. Era hija de un militar y había crecido con
cuatro hermanos, fue cinturón negro de kárate a los dieciséis años y era una experta
tiradora. Se defendía bastante bien en cualquier situación.
Hacía menos de un año habían ido a tomar algo a una cafetería y Reilly estuvo a
punto de invitarla a cenar, pero prefirió no hacerlo, consciente (en su fantasiosa
mente) de que era bastante probable que tras la cena ocurriese algo más. Las
relaciones con los compañeros de trabajo nunca eran fáciles; él sabía que dentro del
Bureau no tenían futuro alguno.
—Adelante, sigue —le dijo a Amelia.
—He pensado en los jinetes del museo. En las cintas de vídeo se ve claramente
que esos tipos no se limitaban a montar a caballo, sino que los controlaban
hábilmente. Al subir la escalinata, por ejemplo. Puede que para los dobles de las
películas de Hollywood no sea difícil, pero en la vida real la cosa no es tan fácil.
Hablaba con mucha seguridad, pero parecía algo incómoda con este tema.
Amelia reparó en la mirada de Reilly y esbozó una sonrisa.
—Es que monto a caballo —declaró.
Reilly supo al instante que aquello los conduciría a alguna parte. Aunque desde el
principio, nada más caer en la cuenta de que la policía del distrito de Central Park

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usaba caballos, había pensado en una posible conexión con el caso Met, no había
desarrollado la idea. De haberlo hecho, habrían ganado tiempo.
—¿Quieres ponerte a buscar dobles que tengan antecedentes penales?
—Habría que empezar por ahí, pero no me refiero sólo a los jinetes, sino también
a los caballos. —Amelia se acercó un poco a Reilly—. Por lo que sabemos y hemos
visto en los vídeos, la gente gritó y chilló, y hubo disparos; y, sin embargo, los
caballos no se asustaron.
Amelia hizo una pausa y miró en dirección a Aparo, que acababa de coger una
llamada; era como si le costase formular la siguiente idea.
Reilly sabía adonde quería llegar y terminó la desagradable reflexión por ella.
—Caballos de la policía.
—Exacto.
¡Maldita sea! A Reilly esto le gustaba tan poco como a ella. Si se trataba de
caballos de la poli, podía haber polis implicados; y a nadie le gustaba considerar la
posibilidad de que otros miembros de las fuerzas del orden estuviesen involucrados.
—Todo tuyo —concedió Reilly—, pero ten cuidado.
Amelia no tuvo tiempo para responder. Aparo venía corriendo hacia el despacho
de Reilly.
—Era Steve. Tenemos algo. Y, por lo visto, es un bombazo.

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Al girar por la calle Veintidós, Gus Waldron empezó a ponerse nervioso. Sí, cierto,
estaba nervioso desde el domingo por la noche, pero esto era diferente. Reconocía los
síntomas. Hacía muchas cosas por instinto. Apostar en las carreras de caballos era
una de ellas. ¿El resultado? Pésimo. Pero había otras cosas que también hacía
instintivamente y que a veces salían de maravilla, de modo que siempre estaba atento.
Ahora comprendió que había motivos para estar nervioso. Un coche anodino.
Demasiado corriente. En su interior, dos hombres que fingían no mirar nada en
particular. «Polis. ¿Qué otra cosa podían ser?», pensó.
Contó los pasos y se detuvo a mirar un escaparate. En su cristal vio el reflejo de
otro coche, que se asomaba por la esquina. Era tan corriente como el anterior, y al
lanzar una mirada por encima del hombro vio que en él también había dos hombres.
Estaba acorralado.
Gus pensó de inmediato en Lucien. Fantaseó con las mil crueles maneras en que
podía poner fin a la estúpida vida del miserable francés.
Llegó a la galería de arte, abrió rápidamente la puerta, entró como un huracán y
en dos zancadas se plantó frente a un sorprendido Lucien, que se levantaba en ese
momento de su silla. Gus apartó la mesa de una patada, enviando al suelo el horrible
y enorme reloj Ormulu, así como una lata de líquido limpiador, y le dio una bofetada
a Lucien en la oreja.
—Te has chivado a la poli, ¿verdad?
—No, Gueusse…
Cuando Gus alzó la mano para volver a pegarle, vio que Lucien inclinaba la
cabeza y miraba con ansia en dirección a la parte trasera de la galería. De modo que
ahí también había polis. Entonces Gus percibió un olor, de gasolina quizás. El líquido
de la lata que había tirado de la mesa se estaba esparciendo por el suelo.
Cogió la lata, levantó a Lucien y lo lanzó hacia la puerta, donde le propinó una
patada en un muslo, que envió de nuevo al suelo al chivato delgaducho. Le pisó el
tronco con una bota, impidiéndole levantarse, y vertió el contenido de la lata sobre su
cabeza.
—Así aprenderás a no jugar conmigo, enano de mierda —gruñó mientras lo
rociaba.
—¡Por favor! —farfulló el francés, cegado por la gasolina; entonces, con un
movimiento tan rápido que le impidió oponer resistencia, Gus abrió la puerta de
golpe, levantó a Lucien por el cogote, sacó un encendedor, prendió fuego a la
gasolina y echó a la calle a patadas al propietario de la galería de arte.
La cabeza y los hombros de Lucien ardían con llamas azules y amarillas mientras
se tambaleaba por la acera; sus gritos se mezclaban con los de los sorprendidos
transeúntes y un repentino estruendo de bocinas de coches. Al salir de la tienda, Gus

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miró a izquierda y derecha y clavó los ojos como un halcón en los cuatro policías
divididos en dos grupos, uno en cada extremo de la manzana, y que ahora, pistola en
mano, se disponían a bajar de los coches, mucho más preocupados por el hombre que
ardía que por él.
Era exactamente lo que necesitaba.

Reilly supo que los habían descubierto en cuanto vio que el hombre se dirigía con
rapidez hacia la galería de arte. «Nos ha visto. Tenemos una oportunidad, repito,
¡tenemos una oportunidad!», dijo al micrófono que llevaba escondido en la manga,
luego cargó su pistola Browning Hi-Power y se dispuso a bajar del coche mientras
Aparo hacía lo propio por la puerta del asiento contiguo.
Aún no había abierto la puerta del vehículo cuando vio que un hombre salía de la
galería de arte haciendo eses. Reilly no daba crédito. El hombre tenía la cabeza en
llamas.

Mientras Lucien se tambaleaba por la acera, con el pelo y la camisa en llamas, Gus
apareció también, pero se pegó lo suficiente a él para que la policía no se atreviese a
disparar.
O eso esperaba.
Con el objetivo de ahuyentar a los agentes, disparó en ambas direcciones. La
Beretta no servía una mierda para este tipo de acción, pero obligó a los cuatro
policías a ponerse a cubierto.
Los parabrisas se hicieron añicos y los gritos de pánico reverberaron en la calle
mientras las aceras se quedaban desiertas.

Reilly vio que Gus apuntaba con el arma y pudo esconderse detrás de la puerta del
coche. Los disparos resonaron en la calle; dos balas zumbaron en dirección a una
pared de ladrillo que había detrás de él y una tercera dio contra el faro izquierdo de su
Chrysler y produjo una explosión de cromo y cristal. Reilly echó una mirada a su
derecha y se fijó en que había cuatro personas agazapadas detrás de un Mercedes
estacionado, visiblemente atemorizadas. Intuyó que pretendían huir, pero no era una
buena idea. Estarían más seguras detrás del coche. Una de ellas miró hacia donde
estaba él. Reilly hizo un gesto de arriba abajo con la mano y gritó: «¡Agáchense! ¡No
se muevan!». El hombre, nervioso, asintió, obedeció asustado y se acurrucó de nuevo,
desapareciendo de su vista.
Reilly se volvió, se asomó por la puerta del coche e intentó apretar el gatillo, pero
el hombre al que conocía como Gus se había colocado justo detrás del propietario de
la tienda. Estaba demasiado pegado a él. Reilly no tenía buena visibilidad. Y lo que
era aún peor, no podía hacer nada por el dueño de la galería de arte, que ahora se
había caído de rodillas y cuyos gritos de agonía reverberaban en la calle ahora vacía.
Justo entonces, Gus se apartó del hombre en llamas y disparó unas cuantas veces
en dirección de los otros agentes. Reilly vio su oportunidad y tuvo la sensación de

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que el tiempo se congelaba. Contuvo el aliento, se asomó por detrás de la puerta del
coche, empuñó la Hi-Power con las dos manos y los brazos estirados, y en décimas
de segundo alineó la mira de la pistola y apretó el gatillo con un movimiento
uniforme, firme y seco. La bala salió con fragor del cañón de la Browning y de la
pierna de Gus brotó un chorro rojo.
Reilly se puso de pie con la intención de correr hacia el hombre en llamas, pero
Gus interrumpió sus heroicos planes al ver aparecer una furgoneta de reparto, que
avanzaba lentamente por la calle.

Lucien giraba a un lado y otro, sacudiendo los brazos, desesperado por apagar las
llamas. Gus sabía que tenía que huir cuando algo le hirió el muslo izquierdo e hizo
que se tambaleara. Tocó la zona herida y la sangre le goteó de la mano.
«Hijos de puta.» Los policías habían tenido suerte.
Entonces vio la furgoneta y, disparando una ráfaga de tiros a los dos grupos de
policías, aprovechó el paso del vehículo para cubrirse y entonces actuó. Dobló la
esquina cojeando; ahora le tocaba a él tener suerte. Había un taxi detenido, del que
bajó un pasajero, un hombre de negocios japonés con traje claro. Gus empujó al
hombre, abrió la puerta, se metió en el coche y sacó al conductor. Se puso al volante,
puso en marcha el motor y en ese momento notó que algo le golpeaba un lado de la
cabeza. Era el taxista, que, empeñado en recuperar su vehículo, gritaba algo en una
lengua ininteligible. «¡Maldito cabrón!» Gus asomó el cañón de la Beretta por la
ventanilla, apretó el gatillo y disparó a la cara del hombre enfurecido. Luego
desapareció por la calle a toda velocidad.

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Pisando a fondo el acelerador del Chrysler, Reilly lo subió a la acera y, al adelantar a
la furgoneta de reparto, vislumbró a un grupo de gente inclinada sobre el taxista
muerto.
Aparo hablaba por la radio con Buchinski, que se disponía a pedir refuerzos y
organizar controles policiales. ¡Lástima que se les hubiese escapado! Deberían haber
cerrado previamente toda la calle, pero entonces, tal como había apuntado Buchinski,
si ésta hubiese estado anormalmente tranquila, a lo mejor habrían ahuyentado al
grandullón antes incluso de que llegase a la galería de arte. Pensó en el individuo en
llamas que había visto salir de la tienda tambaleándose, y en el taxista, que había
caído hacia atrás por un balazo en la cabeza. «Más nos hubiese valido ahuyentar al
sospechoso.»
Miró por el retrovisor del Chrysler, preguntándose si Buchinski los seguiría.
No, estaban solos.
—¡Cuidado con los coches!
Concentrándose de nuevo gracias a la advertencia de Aparo, Reilly sorteó a varios
coches y camiones adelantándolos a gran velocidad por la izquierda o la derecha. La
mayoría de los conductores hacía sonar el claxon con fuerza al ver que un taxi los
adelantaba a toda velocidad. Ahora el taxi torció por una callejuela. Reilly lo siguió e
intentó orientarse entre la sucia nube de restos de inmundicia que levantaba el taxi a
su paso y que dejaba tras de sí.
—¿Dónde narices estamos? —gritó.
—Vamos en dirección al río.
«¡Pues sí que estamos bien!», pensó.
El taxi salió de la callejuela a toda velocidad y torció a la derecha con un chirrido
de ruedas. Segundos después, Reilly hizo lo propio.
Los coches zumbaban en todas direcciones; del taxi no había ni rastro.
Se había esfumado.
Reilly miró rápidamente a derecha y a izquierda mientras intentaba sortear el
tráfico.
—¡Ahí está! —exclamó Aparo, señalando.
Reilly echó un vistazo en la dirección señalada, frenó y giró a la izquierda
derrapando hasta meterse por otra callejuela; ahí estaba el taxi. Pisó el acelerador a
fondo mientras traqueteaban por la angosta calle y rozaba los contenedores de basura.
El roce de metal contra metal producía chispas.
Esta vez desembocaron en una calle llena de coches estacionados; Reilly oyó
chirridos metálicos: el taxi había arrancado los guardabarros y tapacubos de otros
vehículos, y el choque le había hecho aminorar la marcha.
En el siguiente giro a la derecha Reilly se fijó en los letreros que anunciaban el

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Lincoln Tunnel. Cuando se acercaban al túnel, se pegó al taxi. Miró de reojo y vio
que Aparo tenía la pistola en el regazo.
—No te la juegues —advirtió Reilly—. Con suerte podrás darle.
Provocar la colisión del taxi en esa calle y a esa velocidad podía ser desastroso.
Entonces el taxi torció de nuevo y ahuyentó a los peatones que cruzaban por un
paso de cebra.
Reilly observó un objeto que se asomaba por la ventanilla del conductor del taxi.
No podía ser una pistola. Hay que ser estúpido para conducir y disparar a la vez. O
ser estúpido o estar loco.
Sin embargo, de la pistola vieron salir humo y un fogonazo.
—¡Agárrate! —gritó Reilly.
Dio un volantazo que hizo que el Chrysler derrapara, localizó una explanada
donde un edificio había sido demolido y se metió en ella, arrancando la valla metálica
y levantando una nube de polvo.
Segundos más tarde, el Chrysler salió de la explanada a toda velocidad y se situó
de nuevo tras el taxi. Reilly vio que el brazo y la pistola del conductor ya no se
asomaban por la ventanilla del coche.
Aparo gritó:
—¡Cuidado!
Una mujer que paseaba un terrier negro tropezó y chocó con un repartidor que
empujaba una carretilla cargada de cajas de cerveza, que a su vez se interpuso en el
camino del Chrysler. Reilly dio otro volantazo y pudo esquivar a los peatones por los
pelos, pero no las cajas de cerveza, que cayeron sobre el capó del coche y se
estrellaron contra el parabrisas, que no se rompió pero sí se cuarteó.
—¡No veo nada! —gritó Reilly.
Con la culata de su pistola, Aparo golpeó el cristal, que a la tercera se partió, salió
volando sobre el coche y fue a parar al techo de otro vehículo estacionado.
Entrecerrando los ojos por los embates del viento, Reilly vio que la calle se
estrechaba abruptamente y una señal prohibía su paso. ¿Se la jugaría el conductor del
taxi? Si se encontraba con otro coche, no podría esquivarlo. Reilly localizó una salida
a la derecha, a unos cincuenta metros de distancia de la señal de prohibido el paso, y
supuso que el taxi torcería por allí. Trató de acelerar aún más con la intención de
forzarle a girar. El Chrysler se pegó al taxi.
Casi lo consiguió. El taxi torció por la callejuela derrapando hacia la izquierda y
chocó contra la esquina de un edificio, provocando que saltaran chispas de los
neumáticos.
Cuando Reilly siguió al vehículo por la callejuela, Aparo musitó: «¡Oh, mierda!»;
ambos vieron que había un niño en monopatín por la calle perpendicular a la que
atravesaban ahora. El chico llevaba los cascos puestos, completamente ajeno a la
tragedia que se avecinaba.
De manera instintiva, Reilly aminoró la marcha, pero en ningún momento se

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encendieron las luces de frenada del taxi, que iba directo hacia el niño.
«Le va a dar. Se lo va a cargar», pensó.
Reilly tocó el claxon con la intención de interrumpir el concierto privado del
muchacho. El taxi se acercó al niño. Entonces éste, ajeno a lo que sucedía, miró a su
izquierda y vio el vehículo a escasos metros de distancia, lo que le dio el tiempo justo
para apartarse antes de que éste pasara zumbando, llevándose por delante el
monopatín.
Cuando dejaron atrás al aturdido joven, Reilly se dio cuenta de que la calle en la
que estaban era bastante tranquila. No circulaba ningún vehículo. Tampoco había
peatones. Si quería hacer algo, ahora era el momento. «Antes de que esto se ponga
realmente feo.»
Pisó otra vez el acelerador a fondo y se aproximó al taxi. Se fijó en que salía
humo de la rueda izquierda trasera y se imaginó que al chocar de lado contra el
edificio, la cubierta de la rueda se había dañado.
Al ver lo cerca que estaban del taxi, Aparo preguntó:
—¿Qué haces?
El Chrysler embistió contra la parte posterior del taxi, impacto que Reilly percibió
en nuca y hombros.
¡Pum! Una vez.
Dos.
Desaceleró, pisó de nuevo el pedal y lo embistió por tercera vez.
En esta ocasión, el taxi hizo un trompo antes de caer de costado sobre la acera y
estrellarse contra un escaparate. Mientras pisaba el freno y el Chrysler chirriaba hasta
detenerse, Reilly miró en dirección al taxi, aún de costado, cuyo maletero asomaba
por lo que ahora vio que era una tienda de instrumentos musicales.
Cuando el Chrysler se detuvo, Reilly y Aparo se apresuraron a bajar del coche.
Aparo ya empuñaba la pistola y Reilly se disponía a sacar la suya, pero enseguida se
dio cuenta de que no hacía falta.
El conductor del taxi había salido volando a través del parabrisas y yacía boca
abajo rodeado de cristales rotos e instrumentos de música doblados y torcidos. Varias
partituras descendieron por el aire y aterrizaron sobre su cuerpo inerte.
Con cautela, Reilly metió la puntera del zapato por debajo del cuerpo del
conductor y lo giró boca arriba. Estaba inconsciente, pero respiraba y tenía la cara
llena de surcos sangrientos. Con el movimiento, los brazos del hombre quedaron
paralelos al cuerpo y la pistola se le soltó de la mano. Reilly la apartó con el pie y
entonces descubrió algo más.
Por debajo del abrigo del hombre se asomaba un crucifijo de oro y de piedras
preciosas.

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Cuando Tess llegó a su despacho del Instituto Arqueológico Manoukian de la calle
Lexington con la Setenta y nueve, sólo se encontró unos cuantos mensajes.
Seguramente la mitad sería de su ex marido, Doug; y seguramente también, la otra
mitad sería de Leo Guiragossian, el director del instituto. Guiragossian nunca había
ocultado el hecho de que toleraba a Tess únicamente porque tener en el instituto a la
hija de Oliver Chaykin era muy útil para recaudar fondos. Ella detestaba a ese calvo
asqueroso, pero necesitaba el empleo, y con los rumores que corrían acerca de una
posible reducción de plantilla debido a los actuales recortes presupuestarios, ahora no
era el momento de tratar a su jefe como le gustaría hacerlo.
Tiró todos los mensajes a la papelera, sin hacer caso del gesto de desesperación
de Lizzie Harding, la discreta y maternal secretaria que Tess compartía con otros tres
científicos. Tanto Leo como Doug querían lo mismo de ella: los escabrosos detalles
de los sucesos del sábado por la noche. Aunque, en cierto modo, las razones de su
jefe, aparte de la curiosidad morbosa, resultaban algo menos fastidiosas que las
puramente egoístas de Doug.
Tess tenía el ordenador y el teléfono dispuestos de manera que, girando un poco
la cabeza, podía contemplar el jardín empedrado que había detrás del edificio de
color rojizo. La casa había sido maravillosamente reconstruida, años antes de que ella
naciera, por el fundador del instituto, un magnate naviero armenio. Un imponente
sauce llorón presidía el jardín, y su elegante follaje caía en cascada dando cobijo a un
banco, así como a un gran número de palomas y gorriones.
Tess se concentró en el trabajo y rescató el número de teléfono de Jeb Simmons
que Clive Edmondson le había proporcionado. Lo marcó y le salió el contestador
automático. Colgó y probó el otro número que le había dado Clive. La secretaria que
Simmons tenía en el Departamento de Historia de la Universidad Brown le informó
de que su jefe se había ido por tres meses a una excavación en el desierto del Neguev,
pero que si era importante podía localizarlo. Tess dijo que volvería a llamar y colgó.
Recordando su conversación con Edmondson, decidió probar otro plan de acción.
Consultó las Páginas Amarillas on line, hizo clic sobre el icono de conexión
telefónica y estableció comunicación con la recepción de la Universidad de
Columbia.
—Con el profesor William Vance —le pidió a la voz chillona que contestó.
—Un momento, por favor —repuso la mujer. Después de una breve pausa, le dijo
—: Lo siento, aquí no consta nadie con ese nombre.
Se lo había imaginado.
—¿Podría pasarme con el Departamento de Historia?
Tras un par de clics y tonos, se puso al teléfono otra mujer. Al parecer, ésta sí
conocía a William Vance.

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—Sí, me acuerdo de Bill Vance. Nos dejó, mmm…, hará unos cinco o seis años.
Tess se impacientó.
—¿Sabe dónde podría encontrarlo?
—La verdad es que no, creo que se ha jubilado. Lo siento.
Pero Tess no había perdido la esperanza.
—¿Le importaría hacerme un favor? —insistió—. Necesito hablar con él. Soy del
Instituto Manoukian y nos conocimos hace años, en una excavación. Tal vez podría
preguntar por ahí y averiguar si alguno de sus colegas del departamento sabe dónde
se le puede encontrar.
La mujer se mostró encantada de ayudarle. Tess le dio su nombre y números de
teléfono de contacto, le dio las gracias y colgó. Reflexionó unos instantes y volvió a
navegar por internet para hacer una búsqueda de William Vance en las Páginas
Blancas. Empezó por la zona de Nueva York, pero no obtuvo resultados. Una de las
desventajas de la proliferación de los teléfonos móviles era que la mayoría de ellos no
estaban listados. Probó Connecticut. Sin resultados. Amplió la búsqueda a todo el
país, pero las posibilidades eran infinitas. A continuación escribió el nombre en su
motor de búsqueda y aparecieron cientos de resultados, pero al echarles un vistazo no
encontró nada que le diera una pista sobre dónde encontrar a Vance.
Permaneció sentada, pensando unos segundos. En el jardín, las palomas habían
alzado el vuelo y los gorriones habían duplicado su presencia y se peleaban entre sí.
Giró la silla y dejó que su mirada recorriera los estantes de libros. Se le ocurrió una
idea y volvió a llamar a la Universidad de Columbia, esta vez para pedir que le
pasaran con la biblioteca. Después de darle su nombre al bibliotecario que se puso al
teléfono, le dijo que buscaba cualquier trabajo de investigación o publicación de
Vance que tuvieran. Deletreó el apellido y recalcó que estaba especialmente
interesada en cualquier cosa que hablase de las cruzadas, aunque sabía que lo más
probable era que Vance no hubiese escrito nada concreto sobre los templarios.
—A ver, espere un momento —le dijo el hombre. Al cabo de un rato estaba de
nuevo al teléfono—: He ido a buscar todo lo que tenemos de William Vance.
Leyó en voz alta los títulos de los trabajos y artículos que éste había escrito y que,
aparentemente, encajaban con la petición de Tess.
—¿Podría enviarme una copia de todos?
—Desde luego, pero tendré que cobrarle.
Tess le proporcionó la dirección del despacho y se aseguró de que se lo facturara
a ella misma y no al instituto; no era el mejor momento para hacer enfadar a los
encargados del presupuesto. Colgó y sintió un curioso entusiasmo. Aquello le traía
recuerdos del trabajo sobre el terreno y de la emoción que siempre sentía, sobre todo
al comienzo de una excavación, cuando todo era posible.
Pero esto no era una excavación.
«¿Se puede saber qué haces jugando a los detectives? Llama al FBI, diles lo que
piensas y deja que sigan ellos.» Tess se preguntó si, de alguna manera, obstaculizaba

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la investigación del FBI al no informar de lo que estaba haciendo. Pero desechó la
idea. Lo más seguro es que se rieran de ella y la enviasen a casa. Además, los
detectives y los arqueólogos tampoco eran tan diferentes, ¿no? Ambos se dedicaban a
descubrir el pasado; aunque había que reconocer que los arqueólogos no solían
buscar cosas relacionadas con sucesos de hacía un par de días.
Daba igual.
No podía contenerse, todo aquello la intrigaba demasiado; al fin y al cabo, ya
había empezado a investigar. Y había establecido la conexión. Y, sobre todo, su vida
necesitaba un poco de emoción. Volvió a conectarse a internet y empezó a
documentarse sobre los Caballeros Templarios. Levantó la mirada y vio que Lizzie, la
secretaria, la observaba con interés. Tess le sonrió. Lizzie le caía bien y en algunas
ocasiones le contaba cosas de su vida privada. Pero de esto ya había hablado con
Edmondson y no tenía intención de hablarlo con nadie más.
Con nadie más.

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Ni Reilly ni Aparo tenían lesiones, tan sólo unas cuantas magulladuras producidas
por el cinturón de seguridad y un par de heridas leves a causa de los cristales del
parabrisas. Habían seguido a la ambulancia encargada de trasladar a Gus Waldron por
la avenida Franklin Delano Roosevelt hasta el Hospital Presbiteriano de Nueva York.
Nada más meter a Waldron en el quirófano, una malhumorada enfermera negra los
persuadió de que se dejaran examinar. Finalmente accedieron, la mujer les limpió y
vendó los cortes con más brusquedad de la que hubieran deseado, y los dejó marchar.
Según los médicos de urgencias, su hombre no estaría en condiciones de hablar al
menos hasta dentro de un par de días, quizá más. Estaba gravemente herido. Lo único
que podían hacer era esperar a que se encontrase mejor para poder interrogarlo, y
rezar para que los agentes y detectives que investigaban la vida del ladrón
averiguasen dónde se había alojado desde el día del asalto.
Aparo le dijo a Reilly que daba la jornada por finalizada y se fue a casa con su
mujer, quien a sus cuarenta y cinco años había logrado quedarse embarazada de su
tercer hijo. Reilly decidió quedarse por ahí y esperar hasta que el ladrón saliese del
quirófano antes de irse a casa. Pese a que estaba física y mentalmente agotado tras los
sucesos del día, nunca tenía excesiva prisa por regresar a la soledad de su
apartamento. Era lo que les pasaba a quienes vivían solos en una ciudad rebosante de
vida.
Se fue en busca de un café caliente y montó en un ascensor, donde se topó con
una cara conocida que tenía los ojos clavados en él. Esos ojos verdes eran
inconfundibles. La mujer le dedicó un breve y cordial saludo con la cabeza antes de
volverse. Parecía preocupada por algo, y Reilly desvió la vista y la clavó en las
puertas del ascensor, que estaban cerrándose.
Le sorprendió sentirse desconcertado por la cercana presencia de esa mujer en un
espacio tan reducido. Mientras el ascensor bajaba, Reilly miró en su dirección y ella
volvió a saludarlo. Él trató de esbozar una sonrisa, una media sonrisa, y le asombró
que ella lo reconociera.
—Estuviste allí, ¿verdad? En el museo, la noche del… —se atrevió a decir la
mujer.
—Sí, supongo que sí, pero llegué más tarde. —Reilly hizo una pausa y entonces
pensó que estaba siendo demasiado esquivo—. Soy del FBI.
Le horrorizaba lo mal que debía de haber sonado aquello, pero no había otra
forma más sencilla de decirlo.
—¡Oh!
Hubo un incómodo silencio antes de que los dos hablaran al unísono; el «¿Qué tal
va la…?» de ella se mezcló con el «¿Has venido a…?» de él. Ambos sonrieron,
dejando sus frases a medias.

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—Perdón —se disculpó Reilly—. ¿Qué decías?
—Únicamente iba a preguntarte qué tal va la investigación, pero supongo que no
puedes hablar del asunto.
—Pues la verdad es que no. —Aquello sí que había sonado pretencioso, pensó
Reilly, que enseguida añadió—: Aunque, de todas formas, tampoco hay mucho que
contar. ¿Y a ti qué te trae por aquí?
—He venido a ver a un amigo al que hirieron la otra noche.
—¿Está bien?
—Sí, se pondrá bien.
El ascensor emitió una señal de aviso; habían llegado a la planta baja. Reilly vio
que la mujer se alejaba cuando de pronto se volvió; le dio la impresión de que quería
hablarle de algo.
—He intentado ponerme en contacto con vuestra oficina. La agente Gaines me
dio su tarjeta aquella noche.
—¿Amelia? Sí, trabajamos juntos. Yo soy Reilly. Sean Reilly. —Le dio la mano.
Tess le ofreció la suya y se presentó.
—¿Puedo ayudarte en algo? —inquirió él.
—Bueno, es que… la agente Gaines me dijo que llamase si se me ocurría algo, y,
en fin, he estado pensando en una cosa. En realidad, me ha estado ayudando mi
amigo, el que está aquí ingresado. Pero estoy segura de que ya lo habréis investigado.
—No necesariamente. Además, siempre estamos abiertos a nuevas pistas. ¿De
qué se trata?
—De los templarios.
Reilly no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
—¿Qué templarios?
—Ya sabes, de cómo iban vestidos aquellos hombres, del codificador que se
llevaron y de la frase en latín que pronunció el jinete cuando cogió la máquina.
Reilly la miró perplejo.
—¿Tienes tiempo para un café?

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La cafetería de la planta baja del hospital estaba casi vacía. Después de llevar los
cafés a la mesa, a Tess le sorprendió que lo primero que hiciera Reilly fuese
preguntarle si la niña que estaba con ella en el museo era su hija.
—Sí, es mi hija —contestó con una sonrisa—. Se llama Kim.
—Se parece a ti.
Tess se sintió desilusionada. Aunque en el Met lo había visto sólo de refilón y
hacía apenas unos minutos que se conocían, había algo en él que la hacía sentir a
gusto. «¡Dios! Creo que tendré que reajustar mis sensores masculinos.»
Decepcionada, se preparó para el típico cumplido de los ligones: «Jamás hubiera
dicho que eras madre»; «Pensé que erais hermanas», o algo por el estilo. Pero se
sorprendió de nuevo cuando él preguntó:
—¿Dónde estaba cuando sucedió todo?
—¿Kim? Había ido con su abuela al lavabo. Una vez dentro, mi madre oyó el
alboroto y decidió quedarse allí.
—Entonces no presenció la peor parte.
Tess asintió; le extrañaba tanto interés.
—Ninguna de las dos vio nada.
—¿Y qué pasó luego?
—Que fui a buscarlas y no las dejé salir de los servicios hasta que las
ambulancias se fueron —le explicó Tess, sin saber aún a qué venían tantas preguntas.
—O sea que tu hija no vio a los heridos ni…
—No, sólo los destrozos del vestíbulo.
Reilly asintió.
—Estupendo. Aunque me imagino que sabe lo que ocurrió.
—Tiene nueve años. Nunca había tenido tantos amigos en la escuela; todos
quieren que les cuente qué pasó.
—Ya veo; aun así, es importante que estés pendiente de ella, porque, aunque no
presenciase nada, una experiencia como ésa puede producir efectos secundarios,
sobre todo a esa edad. Podría tener pesadillas o algo más serio. Tú vigílala, eso es
todo. Nunca se sabe.
Tess no daba crédito al interés que Reilly demostraba por Kim. Asintió aturdida.
—Por supuesto.
Él se reclinó.
—¿Y qué me dices de ti? Tú sí que estuviste en el meollo del asunto.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Tess intrigada.
—Por las cámaras de seguridad. Te he visto en las cintas de vídeo. —Reilly no
estaba seguro de si aquello había sonado un tanto falso. Esperaba que no, pero por la
cara que ponía Tess era imposible saberlo—. ¿Estás bien?

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—Sí. —Tess recordó a los jinetes destrozando el museo y disparando sus pistolas,
y al cuarto de ellos, el que había cogido el codificador a sólo unos centímetros de
ella, mientras su caballo respiraba literalmente en su nuca. Jamás olvidaría aquella
escena; el miedo tardaría en disiparse. Procuró no dejar entrever sus sentimientos—.
Pasé bastante miedo, pero…, en cierto modo, fue tan surrealista que, no sé, a veces
pienso que lo he almacenado en la sección de ficción de mi memoria.
—Es lógico. —Reilly titubeó—. Siento insistir tanto, pero es que he vivido
situaciones como ésa y no siempre son fáciles de llevar.
Tess lo miró, más animada.
—Lo entiendo, y agradezco tu interés —dijo, ligeramente sorprendida al darse
cuenta de que con él no tenía que ponerse a la defensiva, algo que le sucedía siempre
que alguien le hablaba de Kim. Su preocupación parecía auténtica.
—Bueno —Reilly cambió de tema—, ¿qué es todo eso de los templarios?
Ella se acercó a él, perpleja.
—No habéis investigado nada sobre los templarios, ¿verdad?
—No que yo sepa.
Tess se desanimó.
—Lo sabía, sabía que sería una tontería.
—Háblame de ello —le pidió Reilly.
—¿Qué sabes del tema?
—No mucho —confesó él.
—Bueno, pues la buena noticia es que no eres un lunático. —Tess sonrió antes de
arrepentirse de su comentario, que Reilly no entendió, y continuar—: Bien, veamos…
1118. Termina la Primera Cruzada y Tierra Santa está otra vez en manos de los
cristianos. Balduino II es rey de Jerusalén y en toda Europa la gente está eufórica, y
empieza el desfile de peregrinos para ver en primera persona el motivo de tanto
alboroto. Lo que los peregrinos a menudo no sabían era que se adentraban en un
territorio peligroso. Una vez «liberada» Tierra Santa, los cruzados consideraron que
habían cumplido con su deber y regresaron a sus hogares repartidos por toda Europa,
llevándose consigo sus botines y dejando la zona precariamente rodeada de estados
islámicos enemigos. Los turcos y los musulmanes, que habían perdido muchas de sus
tierras a manos de los ejércitos cristianos, no estaban dispuestos a olvidar y perdonar,
y muchos de los peregrinos nunca llegaron a Jerusalén. Fueron asaltados y
esquilmados, y con frecuencia asesinados. Los bandidos árabes eran una amenaza tan
constante para los viajeros, que podríamos decir que frustraron el propósito principal
de las cruzadas.
Tess le contó a Reilly cómo ese mismo año, en un solo ataque, los saqueadores
sarracenos tendieron una emboscada y mataron a más de trescientos peregrinos en los
peligrosos caminos que iban de la ciudad portuaria de Jaffa, donde desembarcaban,
en la costa palestina, a la ciudad santa de Jerusalén, cuyos muros los sarracenos
acabaron rodeando permanentemente. Y fue entonces cuando los templarios

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aparecieron por primera vez. Nueve devotos caballeros liderados por Hugues de
Payns se presentaron en el palacio de Jerusalén del rey Balduino y le ofrecieron sus
humildes servicios. Explicaron que habían hecho los tres solemnes votos de castidad,
pobreza y obediencia, a los que añadieron un cuarto: la perpetua protección de los
peregrinos que viajaban desde la costa hasta la ciudad. Dada la situación, la llegada
de los caballeros fue muy oportuna. El reino cristiano necesitaba urgentemente
guerreros experimentados.
Al rey Balduino le sorprendió sobremanera la devoción religiosa de los caballeros
y les cedió alojamiento en el ala este de su palacio, construido en el lugar otrora
ocupado por el Templo del Rey Salomón. Se los conoció como la Orden de los
Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón o, simplemente, los Caballeros
Templarios.
Tess se inclinó hacia delante.
—La importancia religiosa del emplazamiento que el rey Balduino otorgó a la
recién creada Orden resulta esencial —explicó.
El rey Salomón había erigido el primer templo en el año 950 a. C. Su padre,
David, había iniciado la construcción siguiendo el mandato divino de construir un
templo que albergara el Arca de la Alianza, que contenía las tablas de la ley en las
que estaba escrito el decálogo que Dios había dictado a Moisés. El glorioso reinado
de Salomón finalizó a su muerte, cuando los estados orientales conquistaron tierras
judías y se establecieron en ellas. El propio Templo fue destruido en el año 586 a. C.
por los invasores caldeos, que enviaron a los judíos a Babilonia como esclavos. Más
de quinientos años después, Herodes reconstruyó el Templo en un intento de
congraciarse con sus súbditos judíos y demostrarles que su rey, pese a que tenía
orígenes árabes, era un devoto practicante de su religión. Fue su mayor logro.
Ubicado en un punto que dominaba el valle del Cedrón, el nuevo Templo era un
magnífico edificio construido con profusión de detalles y mucho más suntuoso que
los anteriores. Su santuario, al que se entraba a través de dos enormes puertas de oro
y al que únicamente podían acceder los sumos sacerdotes judíos, albergaba el
sanctasanctórum.
Tras morir Herodes, resurgieron las sublevaciones judías y en el año 66 de nuestra
era los insurgentes volvían a controlar Palestina. El emperador romano Vespasiano
envió a su hijo Tito a sofocar la rebelión. Después de una feroz batalla que duró seis
meses, Jerusalén cayó al fin en manos de las legiones romanas en el año 70. Tito
ordenó destruir la ciudad, cuya población, a esas alturas, ya había sido totalmente
aniquilada. Y así fue como «el edificio más hermoso jamás visto o del que jamás se
oyese hablar», tal como lo describió el historiador judío coetáneo Flavio Josefo, se
volvió a perder.
Una segunda sublevación judía, menos de cien años después, fue también
aplastada por los romanos. Esta vez, todos los judíos fueron expulsados de Jerusalén
y en el monte del Templo se construyeron santuarios en honor a Zeus y a Adriano, el

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dios-emperador romano. Casi setecientos años más tarde, ese mismo paraje sería
testigo de la construcción de otro santuario: con el ascenso del islam y la conquista
árabe de Jerusalén, el lugar más sagrado del judaísmo se redefinió como aquel desde
el que el caballo del profeta Mahoma había subido al cielo. De modo que en el año
691, Calif Abd El-Malik erigió allí la mezquita de la Cúpula de la Roca. Desde
entonces ha sido un punto sagrado para el islam, excepto durante el período en que
los cruzados controlaron Tierra Santa, en el cual la Cúpula de la Roca se convirtió en
una iglesia cristiana llamada Templum Domini, el Templo de Nuestro Señor, y la
mezquita Al-Aqsa, construida en el mismo recinto, pasó a ser el cuartel general de los
Caballeros Templarios en expansión.
La heroica idea de nueve valerosos monjes que defendían con valentía a los
vulnerables peregrinos no tardó en calar en la imaginación de la población de toda
Europa. Fueron muchos los que enseguida miraron a los templarios con romántica
reverencia y se ofrecieron para entrar en la Orden. Además, hubo nobles que fueron
muy generosos en el apoyo que les dieron y los agasajaron con dinero y tierras. A
todo ello contribuyó en gran medida el hecho de que recibieran bendiciones papales,
algo nada frecuente y de gran relevancia en unos tiempos en que los reyes y las
naciones consideraban al Papa como la mayor autoridad de la cristiandad. Así fue
como la Orden creció, despacio al principio y luego mucho más deprisa. Sus
guerreros habían sido arduamente preparados, y a medida que aumentaron sus
triunfos en el campo de batalla, sus actividades se diversificaron. De su misión
original de proteger a los peregrinos, poco a poco pasaron a ser considerados los
soldados defensores de Tierra Santa.
En menos de un siglo, los templarios, poseedores de enormes extensiones de
tierras en Inglaterra, Escocia, Francia, España, Portugal, Alemania y Austria, se
convirtieron, después de los Estados Pontificios, en una de las organizaciones más
ricas y poderosas de Europa. Y con semejante red de territorios y castillos, pronto se
erigieron en los primeros banqueros internacionales del mundo, concedieron créditos
a monarquías de toda Europa que estaban en bancarrota y salvaguardaron los bienes
de los peregrinos, inventando así el concepto del cheque de viaje. En aquella época el
dinero era oro o plata y valía simplemente su peso. Y en lugar de llevarlo consigo,
arriesgándose a que se lo robaran, los peregrinos podían, de esta forma, depositar su
dinero en una casa o castillo de los templarios de cualquier punto de Europa por el
que les daban un pagaré codificado. En cuanto alcanzaban su destino tenían que
acercarse a la casa local de los templarios, presentar el documento, que éstos
descodificaban mediante un sistema secreto, y canjearlo por dinero.

Tess miró a Reilly para asegurarse de que seguía el hilo de la explicación.


—Lo que empezó siendo un pequeño grupo de nobles bien intencionados
dedicados a defender Tierra Santa de los sarracenos pronto se convirtió en la
organización más influyente y secreta de la época, que rivalizó con el Vaticano en

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riqueza y poder.
—Y luego las cosas se torcieron, ¿no? —inquirió Reilly.
—Sí, ¡y de qué manera! Los ejércitos musulmanes, finalmente, reconquistaron
Tierra Santa en el siglo trece y echaron a los cruzados, esta vez para siempre. Ya no
hubo más cruzadas. Los templarios fueron los últimos en irse, después de ser
derrotados en Acre en 1291. Cuando volvieron a Europa, su razón de ser había
desaparecido. No había peregrinos a los que escoltar, ni Tierra Santa que defender.
No tenían ni hogar, ni enemigo ni causa. Y tampoco tenían muchos amigos. El poder
y la riqueza se les había subido a la cabeza, los soldados pobres de Cristo ya no eran
tan pobres y se habían vuelto arrogantes y avariciosos. Y muchas casas reales, el rey
de Francia concretamente, les debían dinero.
—Y se hundieron.
—Cayeron en picado —afirmó Tess—. Literalmente.
Tomó un sorbo de café y le explicó a Reilly cómo comenzó una campaña de
desprestigio de los templarios, sin duda facilitada por la ceremonial reserva con la
que la Orden había llevado a cabo sus ritos de iniciación durante esos años.
Enseguida fueron acusados de una sorprendente y ultrajante lista de herejías.
—¿Y qué pasó entonces?
—Un viernes 13 fue fatal para ellos —contestó Tess, irónica—. Peor no les podría
haber ido.

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París, Francia - Marzo de 1314
Jacques de Molay volvió en sí poco a poco.
¿Cuánto tiempo había pasado esta vez? ¿Una hora? ¿Dos? El Gran Maestre sabía
que era imposible que fuese más; más horas de inconsciencia era un lujo que ellos
jamás permitirían.
A medida que recuperaba la claridad mental sintió los habituales pinchazos de
dolor, que, como habitualmente, neutralizó. La mente era algo curioso y poderoso, y
tras todos estos años de prisión y torturas, había aprendido a utilizarla como un arma.
Un arma defensiva, pero un arma en definitiva, una con la que al menos podía
protegerse de parte de lo que sus enemigos trataban de llevar a cabo.
Podían partirle el cuerpo entero, ya lo habían hecho, pero su alma y su mente,
aunque deterioradas, seguían siendo suyas.
Igual que sus creencias.
Abrió los ojos y vio que no había cambiado nada; bueno, había una extraña
diferencia que al principio no detectó. Las paredes del sótano estaban todavía
cubiertas con una capa de suciedad verde que goteaba en el suelo toscamente
empedrado y casi nivelado por la acumulación de polvo, sangre seca y excrementos
que lo poblaban. ¿Cuánta de esa mugre provendría de su propio cuerpo? Se temía que
mucha; al fin y al cabo, llevaba allí… Se concentró. ¿Seis años? ¿Siete? Era mucho
tiempo para destrozar un cuerpo.
Le habían roto los huesos y dejado que se recolocaran solos para volvérselos a
romper. Le habían dislocado articulaciones y cortado tendones. Era consciente de que
no podía hacer gran cosa con las manos y los brazos, y de que tampoco podía andar.
Pero no podían impedirle pensar. Podía viajar con la mente, abandonar estas lúgubres
y miserables mazmorras del subsuelo de París y viajar… a donde quisiera.
¿Adónde iría hoy? ¿A las ondulantes tierras agrícolas del centro de Francia? ¿A
las colinas de los Alpes? ¿A la costa, o más lejos, a su amado ultramar?
«¿Estaré loco? —pensó; no era la primera vez que se lo preguntaba—.
Probablemente», decidió. Para poder soportar todo lo que le habían infligido los
torturadores que dirigían ese infernal agujero subterráneo debía de haber perdido la
cordura.
Se concentró un poco más para averiguar el tiempo que llevaba allí. Ya lo sabía.
Habían pasado seis años y medio desde la noche en que los vasallos del rey arrasaron
el Temple de París.
Su Temple de París.
Fue un viernes, recordó. El 13 de octubre de 1307. Como la mayoría de sus
hermanos, el Gran Maestre dormía cuando docenas de senescales asaltaron, al rayar

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el alba, la preceptoría, o sede central, de París. Los Caballeros Templarios deberían
haber estado mejor preparados. Sabía desde hacía meses que el venal rey y sus
lacayos intentaban encontrar la manera de acabar con el poder de los templarios.
Finalmente, aquella madrugada reunieron el valor y el pretexto para hacerlo. También
tenían ganas de luchar, y aunque los caballeros no se rindieron con facilidad, los
hombres del rey contaban con la ventaja del efecto sorpresa y eran más numerosos
que ellos, así que no tardaron mucho en dominarlos.
Impotentes, los templarios se rindieron y contemplaron el saqueo del Temple. Lo
único que el Gran Maestre podía hacer era esperar que el rey y sus secuaces no
averiguaran la importancia del botín que la noche anterior habían puesto a salvo, o
que los consumiese de tal forma el deseo de apoderarse del oro y las joyas que no se
fijasen en ciertos objetos de escaso valor aparente, pero que en realidad tenían un
valor incalculable. Entonces reinó el silencio hasta que, lentamente y con
sorprendente amabilidad, De Molay y sus hermanos fueron conducidos a los carros
que los trasladarían a su destino.
Ahora, mientras De Molay evocaba aquel silencio, se dio cuenta de que ésa era la
diferencia que había hoy.
El silencio.
Normalmente, las mazmorras eran ruidosas: el chasquido de las cadenas, el
chirrido de los potros de tormento, el susurro de los braseros y los incesantes gritos
de las víctimas que estaban siendo torturadas.
Sin embargo, hoy no.
Entonces el Gran Maestre oyó algo. El ruido de pasos que se aproximaban. Al
principio pensó que era Gaspard Chaix, el jefe de los torturadores, pero los pasos de
ese monstruo resonaban distinto: eran lentos y amenazantes. Tampoco se trataba de
ninguno de los animales de su cuadrilla. No, se acercaban muchos hombres, que se
movían a toda prisa por el túnel y que se presentaron en la celda en la que De Molay
estaba colgado con cadenas. Con los ojos hinchados e inyectados de sangre vio que
delante de él había media docena de hombres vestidos con colores claros. Y en el
centro estaba ni más ni menos que el mismísimo rey.
Esbelto e imponente, el rey Felipe IV les sacaba una cabeza al grupo de serviles
parásitos que lo rodeaban. El estado de De Molay era precario, pero eso no impidió
que le sorprendiera una vez más el aspecto del soberano francés. ¿Cómo podía un
hombre de semejante gracilidad ser tan malvado? Felipe el Hermoso, un joven que
aún no había cumplido los treinta, tenía la piel blanca y una melena rubia. Era el vivo
retrato de un noble; sin embargo, durante casi diez años, empujado por una codicia
insaciable de riqueza y poder, sólo igualada por su vulgar libertinaje, asesinó y
destruyó a placer, y torturó a todos aquellos que se interponían en su camino o
incluso que, simplemente, le disgustaban.
Y los Caballeros Templarios lo habían más que disgustado.
De Molay oyó de nuevo pasos en el túnel. Pasos vacilantes e inseguros que

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anunciaron la llegada a la celda de una delgada figura vestida con una túnica con
capucha gris. El hombre resbaló y se derrumbó con torpeza en el suelo. La capucha se
le cayó hacia atrás y De Molay reconoció al Papa. Llevaba mucho tiempo sin ver al
papa Clemente, intervalo durante el cual el rostro del hombre había cambiado. Unas
profundas arrugas enmarcaban su boca como si viviese permanentemente
preocupado, y los ojos se le habían hundido en unas oscuras cavidades.
El rey y el Papa. Juntos.
Esto no auguraba nada bueno.
El rey miraba fijamente a De Molay, pero no era su presencia lo que ahora
despertaba el interés del maltrecho Gran Maestre. Sus ojos estaban clavados en el
hombre diminuto y con capucha que estaba ahí de pie, inquieto y nervioso, y que
esquivaba su mirada. De Molay se preguntó el motivo de la reticencia del Papa.
¿Habría sido él quien, engañando y manipulando al rey con sutileza, había
precipitado la caída de la Orden del Temple? ¿O era que sus ojos no podían soportar
los miembros penosamente deformados del Gran Maestre, las enormes llagas
abiertas, o la carne no cicatrizada de sus heridas putrefactas?
El rey avanzó.
—¿Nada? —le preguntó a un hombre que estaba en un extremo del grupo.
Éste dio un paso adelante y De Molay reconoció a Gaspard Chaix, el torturador,
que sacudía la cabeza y miraba hacia abajo.
—Nada —respondió el hombre fornido.
—¡Que se vaya al infierno! —gritó el rey consumido por la ira.
«Ya estoy en el infierno», pensó De Molay. Vio que Gaspard miraba hacia él;
debajo de sus gruesas cejas, sus ojos eran tan fríos como las piedras de las que estaba
hecho el suelo. El monarca avanzó y examinó de cerca a De Molay, tapándose la
nariz con un pañuelo para protegerse de un hedor que el Gran Maestre sabía que
estaba ahí, pero que hacía mucho tiempo que había dejado de percibir.
El susurro del rey cortó el aire viciado.
—¡Habla, maldito seas! ¿Dónde está el tesoro?
—No hay ningún tesoro —se limitó a responder De Molay con un hilo de voz que
ni siquiera él oyó.
—¿Por qué eres tan terco? —preguntó el rey con voz áspera—. ¿De qué te
servirá? Tus hermanos, tus humildes caballeros de la cruz, ya lo han confesado todo:
las sórdidas ceremonias de iniciación, la negación de la divinidad de Cristo, cómo
han escupido en la cruz e incluso se han orinado en ella. Lo han reconocido… todo.
Lentamente, De Molay se lamió los labios agrietados con la lengua hinchada.
—Sometidos a una tortura así —logró decir—, hasta reconocerían haber matado
al propio Dios.
El rey se aproximó más a él.
—La Santa Inquisición triunfará —aseguró indignado—. Es algo que debería
saber alguien tan inteligente como tú. Dame lo que quiero y me apiadaré de ti.

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—No hay ningún tesoro —repitió De Molay con el tono de alguien resignado ante
su falta de persuasión.
Durante mucho tiempo De Molay había tenido la sensación de que Gaspard Chaix
le creía, si bien es cierto que nunca titubeó cuando tuvo que agredir brutalmente a su
víctima. También sabía que el Papa le creía, pero el cabeza de la Iglesia no estaba
dispuesto a revelarle su pequeño secreto al rey. Y éste, por otra parte, necesitaba las
riquezas que sabía que los Caballeros Templarios habían amasado en los últimos
doscientos años, necesidades que le impedían llegar a la conclusión a la que
cualquiera que estuviese en su sano juicio habría llegado al ver al hombre destrozado
y colgado de la pared que él veía ahora.
—Es inútil. —El rey se volvió, aún enfadado, pero aparentemente tan resignado
como su víctima—. Seguro que el tesoro fue puesto a salvo antes de que los
prendiéramos.
De Molay observó al Papa, que seguía apartando la vista. «Ha calculado
brillantemente la jugada», pensó el Gran Maestre sintiendo una perversa satisfacción.
Lo que reforzaba todavía más su determinación; la actitud ladina del Papa no hacía
sino confirmar la nobleza de la causa de los templarios.
El rey miró con frialdad al torturador.
—¿Cuántos hay aún con vida entre estas paredes?
El cuerpo de De Molay se puso rígido. Por primera vez iba a conocer el destino
de sus hermanos del Temple de París. Gaspard Chaix le dijo al rey que, aparte del
Gran Maestre, el único que había sobrevivido era su ayudante, Geoffroi de Charnay.
El anciano templario cerró los ojos y su mente se inundó de una maraña de
horribles imágenes. «Han muerto todos —dijo para sí—. Nos faltaba muy poco para
lograrlo. Si…» Si al menos hubiesen tenido noticias del Falcon Temple, de Aimard y
de sus hombres…
Pero no habían vuelto a saber nada.
El Falcon Temple, y su valioso cargamento, simplemente habían desaparecido.
El rey se volvió y miró una vez más al preso destrozado.
—Acaba con él —ordenó.
El torturador avanzó arrastrando los pies.
—¿Cuándo, Majestad?
—Mañana por la mañana —contestó el rey, malévolamente animado por la idea.
Al escuchar las palabras del soberano, a De Molay le recorrió una sensación por
el cuerpo que en un primer momento no reconoció. Era una sensación que no había
experimentado desde hacía muchos años.
Alivio.
Con los ojos hinchados miró en dirección al Papa y fue testigo de su contenida
alegría.
—¿Y qué hacemos con sus posesiones? —preguntó el Papa con voz temblorosa.
De Molay era consciente de que lo que aún quedaba no podía venderse para ayudar al

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rey a pagar sus deudas—. Los libros, los documentos, los artefactos. Pertenecen a la
Iglesia.
—Quédeselos.
El rey hizo un gesto de desdén con la mano antes de lanzar una última mirada
cargada de ira a De Molay y salir de la celda con paso decidido seguido de su séquito,
que se apresuraba tras él.
Durante un instante las miradas del Papa y el Gran Maestre se cruzaron, luego el
papa Clemente se volvió y abandonó rápidamente la celda. En esas décimas de
segundo De Molay pudo leer el pensamiento del Papa, lo que confirmó de nuevo qué
clase de persona era el hombrecillo: un astuto oportunista que había manipulado al
codicioso rey en su propio interés. En el interés de la Iglesia.
Un maquinador que le había ganado la batalla.
Pero De Molay se negaba a darle la satisfacción de que lo supiera. Vio que tenía
una oportunidad y la aprovechó; haciendo acopio de todas sus fuerzas le dedicó una
desafiante mirada al causante de sus torturas por venganza. Durante unos instantes, el
miedo ensombreció los apergaminados rasgos del Papa, pero enseguida mudó su
expresión, miró a De Molay con firmeza y se puso la capucha.
Los agrietados labios del Gran Maestre dibujaron lo que antaño había sido una
sonrisa. Sabía que había conseguido sembrar la duda en la mente del Papa.
Algo era algo.
El Papa no dormiría bien esa noche.
«Puede que hayas ganado esta batalla —pensó De Molay—, pero nuestra guerra
no se acabará aquí.» Después cerró los ojos y esperó su inminente muerte.

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Reilly se esforzó cuanto pudo para evitar mostrar su desconcierto. Por mucho que le
gustara estar allí sentado con Tess, no entendía por qué era tan importante lo que
acababa de explicarle. Un grupo de desinteresados caballeros se convierte en un
superpoder medieval al que, finalmente, le cortan las alas y desaparece de manera
ignominiosa en los anales de la historia. ¿Qué tenía eso que ver con una banda de
ladrones armados que había destrozado un museo setecientos años más tarde?
—¿Crees que los tipos del museo iban vestidos como los templarios? —inquirió.
—Sí. Los templarios vestían con sencillez, su indumentaria no era llamativa como
la que llevaban otros caballeros de la época. No olvides que eran monjes que habían
hecho voto de pobreza. Las capas blancas simbolizaban la pureza con la que vivían, y
las cruces rojas de color sangre indicaban la especial relación que mantenían con la
Iglesia.
—De acuerdo, pero si me pidieras que hiciese un dibujo de un caballero,
seguramente, y sin yo quererlo, se parecería bastante a un templario. Su aspecto es
bastante icónico, ¿no crees?
Tess asintió.
—Mira, sé que la cosa en sí no es concluyente, pero luego está el codificador.
—¿El objeto que se llevó el cuarto jinete, el que estaba cerca de ti?
Tess habló ahora más animada:
—Exacto. Lo he estado estudiando y es mucho más avanzado que cualquier otro
construido siglos más tarde. Quiero decir que es una máquina revolucionaria. Y los
templarios fueron conocidos por ser expertos en criptografía. Los códigos eran la
columna de todo su sistema bancario. Cuando los peregrinos que viajaban a Tierra
Santa depositaban dinero en las preceptorías de los templarios, los pagarés que les
daban estaban codificados, y sólo los templarios podían descifrarlos. De esta forma,
nadie podía falsificar un pagaré y timarlos. Fueron pioneros en este terreno y, en
cierto modo, el codificador encaja con sus métodos sofisticados y misteriosos.
—Pero ¿qué hace un codificador de los templarios entre los tesoros del Vaticano?
—El Vaticano y el rey de Francia conspiraron para acabar con la Orden. Ambos
querían sus riquezas. No sería de extrañar que todo lo que los templarios tenían en
sus conventos-fortalezas (que ellos llamaban preceptorías) acabara en el Louvre o en
el Vaticano.
Reilly no parecía convencido.
—¿Y lo de la frase en latín?
Tess recuperó visiblemente el optimismo.
—Eso es lo que hizo sonar mis alarmas. El cuarto jinete, el que se llevó el
codificador; cuando lo cogió, lo sostuvo un momento ante él y era como si ese gesto
formase parte de un ritual, como si estuviese en trance. Entonces dijo algo en latín,

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creo que dijo: «Veritas vos liberabit».
Hizo una pausa para ver si Reilly sabía lo que quería decir esa frase, pero su
mirada le indicó que no tenía ni idea.
—Significa «la verdad os liberará». He estado investigando y, aunque es una frase
muy conocida, da la casualidad de que, además, es el lema de un castillo templario
que hay en el sur de Francia.
Reilly parecía meditabundo, pero Tess no supo con seguridad qué pensaba.
Jugueteó con su taza y tomó el último sorbo de café, ya frío, antes de continuar.
—Puede que no lo consideres relevante, pero cambiarás de idea cuando entiendas
el grado de interés que los templarios despiertan en la gente. Sus orígenes, sus
actividades y sus creencias, y su brusca desaparición están rodeados de misterio.
Tienen un montón de seguidores. No te imaginas la cantidad de libros y material que
he encontrado sobre ellos, y no he hecho más que empezar. Es realmente
impresionante. Y ahora viene lo mejor; lo que suele alimentar las conjeturas es el
hecho de que sus riquezas nunca se recuperaron.
—Pero ¿no era eso lo que perseguía el rey de Francia? ¿No les hizo una encerrona
con el fin de quedarse con sus riquezas? —preguntó Reilly.
—Ésa era su intención, pero nunca las encontró. Nadie las encontró. Ni el oro ni
las joyas. Nada. Y, sin embargo, siempre se creyó que los templarios habían
descubierto un extraordinario tesoro. Hay un historiador que asegura que encontraron
ciento cuarenta y ocho toneladas de oro y plata en Jerusalén y sus alrededores la
primera vez que viajaron a la ciudad, antes incluso de que les lloviesen las
donaciones procedentes de toda Europa.
—¿Y nadie sabe lo que pasó con el tesoro?
—Hay teorías ampliamente aceptadas que afirman que la noche antes de que los
templarios fueran arrestados, veinticuatro caballeros huyeron de la preceptoría de
París con varios carros cargados de cajas en dirección al Atlántico, al puerto de La
Rochelle. Supuestamente, escaparon a bordo de dieciocho galeras que jamás
volvieron a ser vistas.
Reilly reflexionó sobre el asunto.
—¿Qué me estás diciendo entonces? ¿Que, en realidad, los ladrones del museo
iban detrás del codificador para poder, de algún modo, encontrar el tesoro de los
templarios?
—Tal vez. La cuestión es: ¿en qué consistía ese tesoro? ¿Eran monedas de oro y
joyas, o algo más, algo más esotérico, algo… —Tess titubeó— que requiera un poco
más de fe?
Esperó a ver la reacción de Reilly, que le dedicó una reconfortante sonrisa.
—Te sigo, te sigo.
Tess se inclinó hacia delante y, sin darse cuenta, bajó el tono de voz.
—Muchas de estas teorías aseguran que los templarios formaban parte de una
antiquísima conspiración para descubrir y guardar un conocimiento arcano. Podría

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tratarse de un montón de cosas. Se rumoreó que eran los encargados de custodiar
muchas reliquias sagradas (hay un historiador francés que cree incluso que tenían la
cabeza embalsamada de Jesucristo), pero hay una teoría, que he leído en bastantes
sitios y que por lo visto tiene más fundamento que las demás, que habla del Santo
Grial. Me imagino que ya sabrás que no tiene por qué tratarse de una taza o de alguna
clase de cáliz físico del que, supuestamente, bebió Jesús en la Última Cena, sino que
podría referirse de manera metafórica a un secreto relacionado con las verdaderas
circunstancias que rodearon su muerte y la supervivencia de su linaje hasta la época
medieval.
—¿Su linaje?
—Por herético que pueda parecer, esta línea de pensamiento, que por cierto es
muy popular, afirma que Jesús y María Magdalena tuvieron un hijo, quizá más, que
creció a escondidas de los romanos, y que el linaje de Jesús ha sido un secreto
cuidadosamente guardado durante los últimos dos mil años, a través de toda clase de
misteriosas sociedades que protegían a sus descendientes y transmitían el secreto a un
selecto grupo de illuminati. Da Vinci, Isaac Newton, Victor Hugo, y se supone que
casi todas las ilustres personalidades que ha habido a lo largo de los siglos, han
formado parte de esta Cábala secreta destinada a proteger el sagrado linaje. —Tess
hizo un alto para ver cómo reaccionaba Reilly—. Sé que suena ridículo, pero es una
teoría muy conocida y que ha investigado mucha gente; no estamos hablando de una
novela best seller, sino de eruditos y académicos.
Observó a Reilly y se preguntó en qué estaría pensando. «Si había conseguido
ponerlo de mi parte con lo del tesoro, ahora se me ha escapado del todo», pensó.
Reclinándose en la silla, tuvo que admitir que, contada en voz alta, la historia parecía
absurda.
Reilly se mostró pensativo unos instantes antes de que una ligera sonrisa curvara
sus labios.
—Así que el linaje de Jesús, ¿eh? Si tuvo un par de hijos, y supongamos que esos
hijos también tuvieron hijos, etcétera… Han pasado dos mil años, que son algo así
como setenta u ochenta generaciones, lo que significa que tendría que haber miles de
descendientes, que el planeta estaría repleto de descendientes de Jesús, ¿no? —
Chasqueó la lengua—. ¿De verdad la gente se toma esto en serio?
—Completamente. La desaparición del tesoro de los templarios es uno de los
grandes misterios por resolver de todos los tiempos. Y es comprensible que la gente
se sienta atraída por él. El punto de partida ya resulta fascinante: aparecen en
Jerusalén nueve caballeros con la intención de defender a miles de peregrinos. Sólo
nueve caballeros. Suena bastante ambicioso, ¿no crees? Como Los Siete Magníficos.
Al enterarse de esto, el rey Balduino les concede una de las mejores zonas urbanas de
Jerusalén, el monte del Templo, el sitio donde estaba el segundo Templo de Salomón,
que las legiones de Tito destruyeron en el año 70 de nuestra era y cuyo tesoro se
llevaron de vuelta a Roma. Y ahí va la gran pregunta: ¿y si, al enterarse del inminente

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asalto de los romanos, los sacerdotes del Templo escondieron algo? ¿Algo que los
romanos no pudieron hallar?
—Pero los templarios sí.
Tess asintió.
—Lo que fue un alimento perfecto para los mitos. Permanece enterrado allí
durante mil años y después excavan para recuperarlo. Luego está el llamado Rollo de
Cobre que encontraron en Qumrán.
—¿También los Manuscritos del Mar Muerto tienen que ver con todo esto?
«Calma, Tess.» Pero no pudo contenerse y siguió adelante.
—Uno de los manuscritos habla concretamente de enormes cantidades de oro y
otros valiosos objetos enterrados debajo del propio Templo; al parecer se trataba de
veinticuatro lotes. Pero también hace referencia a un tesoro sin especificar. ¿Qué era?
No lo sabemos; podría tratarse de cualquier cosa.
—Muy bien, y, dime, ¿dónde encaja en todo esto la Sábana de Turín? —apuntó
Reilly.
Una fugaz expresión de desconcierto se apoderó de los finos rasgos de Tess antes
de que recuperase la compostura y sonriera con amabilidad.
—No crees nada de lo que te he dicho, ¿verdad?
Reilly alzó las manos, ligeramente abrumado.
—Perdona, lo siento. Sigue, por favor.
Tess ordenó sus ideas.
—A estos nueve caballeros, que no tenían nada de particular, el rey Balduino les
dio un ala de un palacio real con establos que, al parecer, eran suficientemente
grandes como para albergar a dos mil caballos. ¿Por qué fue tan generoso con ellos?
—No lo sé, a lo mejor fue un hombre adelantado a su tiempo. A lo mejor le
sorprendió la entrega de esos caballeros.
—Pues ése es el gran enigma —continuó Tess con obstinación—. Aún no habían
hecho nada. Les dan una enorme base desde la que trabajar, ¿y qué hacen nuestros
magníficos? ¿Salen a la calle y realizan todo tipo de proezas, asegurándose de que los
peregrinos llegan a sus destinos, como era su misión? No. Pasan los primeros nueve
años dentro del Templo. Encerrados. No salen ni amplían el número de caballeros. Se
quedan encerrados dentro del Templo. ¡Nueve años!
—Pues o padecían de agorafobia o…
—O era todo una estafa. La teoría que tiene más fuerza y, personalmente, creo
que es acertada, es la de que estaban cavando en busca de algo que había allí
enterrado.
—Algo que los sacerdotes habían escondido de los legionarios de Tito mil años
atrás.
Tess tuvo la sensación de que, al fin, habían sintonizado, y sus ojos brillaron.
—Exacto. El hecho es que estuvieron nueve años escondidos y luego aparecieron
de repente en escena; su poder y su riqueza creció de manera vertiginosa, y contaron

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con el incondicional respaldo del Vaticano. Quizás encontraron algo allí dentro, algo
enterrado debajo del Templo que posibilitó todo esto. Algo que hiciera que el
Vaticano se desviviese por tenerlos contentos, como por ejemplo una prueba de que
Jesús había tenido descendencia.
El rostro de Reilly se ensombreció.
—Espera un momento, ¿crees que chantajearon al Vaticano? Pero ¿no eran
soldados de Cristo? ¿No sería más lógico que hubiesen encontrado algo que
realmente fuese del agrado del Vaticano y que el Papa decidiese recompensarlos por
su descubrimiento?
Tess frunció el ceño.
—En ese caso, ¿no lo habrían dado a conocer al mundo entero? —Se reclinó en la
silla; también estaba un poco perdida—. Sé que aún me falta una pieza del puzle. Se
pasaron doscientos años luchando por la cristiandad, pero tienes que reconocer que
hay algo que no está claro en toda esta historia. —Hizo una pausa y observó a Reilly
—. Entonces, ¿qué? ¿Hay alguna cosa en todo esto que te parezca que tiene sentido?
Reilly analizó la información que Tess se había afanado en darle. Al margen de lo
absurdo que sonaba todo, no podía descartarlo por completo. El asalto al Met era, sin
duda, un síntoma de algo terriblemente retorcido; todos coincidían en que detrás de
su excepcional puesta en escena debía de haber algo más que un simple robo. Estaba
al tanto de cómo los extremistas radicales se obsesionaban con un mito, con alguna
idea básica, y la hacían suya; de cómo ese mito luego se tergiversaba y distorsionaba
de forma gradual hasta que sus seguidores perdían todo contacto con la realidad y se
apartaban de la esencia. ¿Podía ser ésta la conexión que buscaba? Por lo visto las
leyendas sobre los templarios estaban muy distorsionadas. ¿Habría alguien tan
fascinado por el trágico destino de los templarios que se identificara con ellos hasta el
punto de vestirse como ellos, vengarse del Vaticano en su nombre e intentar incluso
recuperar su legendario tesoro?
Reilly miró a Tess fijamente.
—¿Debo creer que los templarios custodiaron un gran secreto, bueno o malo,
relacionado con los primeros tiempos de la Iglesia? No tengo ni idea.
Tess desvió la vista, procurando ocultar cualquier indicio de decepción, cuando
Reilly se inclinó hacia delante y continuó:
—¿Podría ser posible que exista una conexión entre los templarios y lo que
sucedió en el Met? —Hizo un alto y asintió casi imperceptiblemente antes de esbozar
una sonrisa—. Desde luego, creo que vale la pena investigarlo.

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Sin duda, Gus Waldron no estaba viviendo uno de sus mejores días.
Recordó que se había despertado hacía un rato, pero no sabía cuánto. Horas,
minutos… Luego había vuelto a dejarse llevar. Ahora estaba despierto, un poco más
que antes.
Sabía que no estaba bien. Dio un respingo al recordar el choque con el taxi. Sentía
su cuerpo como si lo hubiesen vapuleado más que a una costilla de ternera en el
famoso restaurante Cipriani’s. Y los molestos e incesantes pitidos de los monitores
que lo rodeaban tampoco le ayudaban.
Sabía que estaba en un hospital; los pitidos y el sonido del entorno lo indicaban
claramente. Tenía que confiar en su oído, porque no veía nada. Los ojos le escocían
horrores. Intentó moverse, pero no pudo. Algo oprimía su pecho. «Me han atado a la
cama.» Aunque no muy fuerte; de modo que la correa estaba ahí por motivos médicos
y no policiales. Bien. Se tocó la cara; tenía vendas y otras cosas. Estaba lleno de
tubos.
De nada servía resistirse, ahora mismo no. Tenía que saber cuál era la gravedad
de sus heridas, y desde luego necesitaría sus ojos para poder largarse de allí. Así que
hasta que lo supiese, intentaría llegar a un acuerdo con la poli. Pero ¿qué podía
ofrecerles? Necesitaba algo gordo, porque no les gustaría enterarse de que le había
cortado la cabeza a aquel jodido guardia de seguridad. La verdad es que no tendría
que haberlo hecho. Pero al verse subido a ese caballo y vestido como el cabrón del
Príncipe Valiente, se preguntó qué se debía de sentir atacando a alguien con la
espada. Pues algo fantástico; para qué negarlo.
Podía delatar a Branko Petrovic. Ya estaba enfadado con el imbécil ése por no
haberle dicho el nombre del tipo que lo había contratado y haberse ido por las ramas
hablándole de lo fantástico que era lo de las células independientes. Ahora entendía
por qué. Él había sido contratado por Petrovic, que había sido contratado por alguien
más y a quien a su vez lo había contratado algún otro idiota. ¿Cuántas jodidas células
independientes habría antes de llegar al tipo que los polis buscaban?
Los sonidos del hospital se intensificaron brevemente y volvieron a calmarse. La
puerta debía de haberse abierto y cerrado. Oyó pasos que crujían en el suelo y se
aproximaban a su cama. Quienquiera que fuese levantó la mano de Gus con la palma
hacia arriba. Algún médico o alguna enfermera le estaría tomando el pulso. No, era
un médico. Sus dedos eran más ásperos y fuertes que los de una enfermera. Al menos
que los de la clase de enfermera con la que él fantaseaba.
Necesitaba saber la gravedad de sus heridas.
—¿Quién es? ¿Doctor?
Fuera quien fuese no contestó. Ahora los dedos sacaron las vendas que le
envolvían la cabeza y las orejas.

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Gus abrió la boca para hacer una pregunta, pero entonces sintió que una mano le
presionaba la boca con fuerza y al instante notó un doloroso pinchazo en el cuello.
Todo su cuerpo se sacudió para librarse de la opresión.
Pero la mano seguía tapándole la boca, convirtiendo los gritos de Gus en un
amortiguado quejido. Notó una sensación de calor en el cuello y alrededor de su
garganta; y después, poco a poco, la mano dejó de ejercer presión.
Una voz masculina, muy suave, le susurró al oído. Podía sentir su cálido aliento.
—Los médicos todavía no dejan que nadie te haga preguntas, pero no puedo
esperar tanto. Necesito saber quién te contrató.
«Pero ¿qué coño…?»
Gus intentó incorporarse, pero la correa que sujetaba su cuerpo y la mano que
ahora le apretaba la cabeza se lo impidieron.
—Contesta a la pregunta —dijo el hombre.
¿Quién era? No podía ser un poli. Seguramente sería algún desgraciado que
pretendía sacar tajada de los objetos que Gus había robado del museo. Pero, entonces,
¿para qué querría saber quién lo había contratado?
—Contesta.
El hombre seguía hablando en voz baja, pero ahora con más sequedad.
—Que te jodan —dijo Gus.
Sólo que no lo dijo. En realidad, no. Había movido los labios y había oído las
palabras en su cabeza, pero no había emitido ningún sonido.
«¿Qué pasa con mi jodida voz?»
—¡Aaah…! —susurró el hombre—. Es por el efecto de la lidocaína. Es una dosis
de nada, pero suficiente para paralizarte las cuerdas vocales. ¿A que molesta no poder
hablar? Verás, lo mejor es que tampoco puedes chillar.
«¿Chillar?»
Los dedos que tan suaves le habían parecido al tomarle el pulso aterrizaron sobre
su muslo izquierdo, justo donde le había disparado el policía. Los dejó ahí unos
instantes antes de moverlos repentinamente y apretar. Con fuerza.
El dolor recorrió el cuerpo de Gus como si le estuvieran quemando por dentro con
un hierro candente, y chilló.
En silencio.
Creyó que iba a perder el conocimiento cuando el dolor disminuyó ligeramente y
la saliva se acumuló en su garganta. Sintió que iba a vomitar. Entonces los dedos del
hombre volvieron a tocarle y Gus se estremeció, pero esta vez le tocó con suavidad.
—¿Eres diestro o zurdo? —inquirió la voz.
Ahora Gus sudaba a chorros. «¿Que si soy diestro o zurdo? ¿Y qué coño importa
eso?» Levantó la mano derecha débilmente y enseguida notó que le colocaban algo
entre los dedos. Un lápiz.
—Pues escribe los nombres —le ordenó el hombre mientras dirigía el lápiz hacia
lo que parecía una libreta.

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Con los ojos vendados y sin poder hablar, Gus se sentía completamente
desconectado del mundo y solo como nunca se hubiese imaginado. «¿Dónde está la
gente? ¡Dios! ¿Dónde están los médicos, las enfermeras y los jodidos policías?»
Los dedos pellizcaron la carne que había alrededor de su herida y apretaron de
nuevo, esta vez más fuerte y durante más rato. El dolor era insoportable. Era como si
le ardiesen todos y cada uno de los nervios del cuerpo, y se revolvió debajo de la
correa, gritando, silenciosamente agónico.
—Esto no tiene por qué durar toda la noche —afirmó el hombre con tranquilidad
—. Únicamente necesito los nombres.
Sólo podía escribir uno. Y lo escribió.
—¿Branko… Petrovic? —confirmó la voz.
Gus se apresuró a asentir.
—¿Y los demás?
Gus cabeceó lo mejor que supo. «¡Joder, es todo lo que sé!», pensó.
De nuevo los dedos.
Presionando con fuerza, apretando. Hundiéndose.
Dolor.
Gritos silenciosos.
«¡Dios santo! ¡Joder!» Gus perdió la noción del tiempo. Logró escribir el nombre
del sitio donde Branko trabajaba. Aparte de eso, lo único que podía hacer era sacudir
la cabeza y decir no con los labios.
Una y otra, y otra vez.
Finalmente, por suerte, el hombre le quitó el lápiz de la mano. Por fin le había
creído.
Gus oyó ahora unos suaves sonidos que no reconoció y volvió a notar cómo los
dedos del hombre levantaban el borde de la misma venda. Se encogió, pero en esta
ocasión apenas notó el pinchazo de la aguja.
—Este analgésico te calmará —susurró el hombre—. Te aliviará el dolor y te
ayudará a dormir.
Gus sintió que un espeso cansancio se extendía con lentitud por su cabeza y
empezaba a descender por su cuerpo, y con él, llegó el alivio; el sufrimiento y el
dolor habían terminado. Entonces cayó en la cuenta de algo horrible: el sueño en el
que irremediablemente se iba sumiendo era un sueño del que jamás volvería a
despertar.
Desesperado, intentó moverse, pero no pudo, y al cabo de un momento ya no
quiso moverse. Se relajó. Fuese a donde fuese, seguro que sería un lugar mejor que la
cloaca en la que había estado metido toda su miserable vida.

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Reilly se levantó de la cama, se puso una camiseta y miró por la ventana de su
apartamento, en un cuarto piso. Fuera, las calles estaban absolutamente tranquilas. Al
parecer, él era el único que vivía la ciudad en estado de ebullición.
Había una serie de razones por las que no solía dormir bien; una era,
simplemente, su incapacidad para desconectar. Era un problema que se le había
agudizado en los últimos años: no podía dejar de darle vueltas a las pistas y la
información relacionada con el caso en el que estuviese trabajando. En realidad, su
problema no era conciliar el sueño, porque estaba exhausto. Pero luego llegaba la
hora temida, las cuatro de la madrugada, y de pronto se despertaba y se devanaba los
sesos, ordenando y analizando pensamientos, en busca de la pieza que faltaba en el
puzle y que podía salvar vidas.
En algunas ocasiones, el volumen de trabajo era suficiente para monopolizar su
mente. Sin embargo, a veces ésta hacía un paréntesis y derivaba hacia asuntos
personales, perdiéndose en territorios aún más oscuros que los bajos fondos de que
eran objeto sus investigaciones, y entonces afloraban unos desagradables ataques de
ansiedad que se apoderaban de él.
Gran parte de la culpa la tenía lo que le sucedió a su padre, que se había pegado
un tiro cuando él tenía diez años. Llegó de la escuela, entró en el estudio de su padre
y se lo encontró allí, sentado, como siempre, en su sillón favorito, sólo que esa vez se
había volado media cabeza.
Sea como fuere, cuando Reilly se despertaba, vivía con enorme frustración las
dos horas siguientes. Demasiado cansado para levantarse de la cama y aprovechar el
tiempo haciendo algo útil, y demasiado alterado para dormirse de nuevo, se limitaba a
permanecer tumbado, a oscuras, y su mente lo conducía a un sinfín de lugares
desoladores. Y esperaba. Misericordiosamente, el sueño reaparecía alrededor de las
seis de la mañana, lo que tampoco era un gran consuelo, teniendo en cuenta que una
hora más tarde debía levantarse para ir a trabajar.
Esa noche se despertó a las cuatro de la madrugada por cortesía de una llamada
del agente que hacía el turno de noche. Le informó de que el hombre al que había
perseguido por las calles del bajo Manhattan había fallecido. El agente mencionó algo
de derrame interno y paro cardíaco, y fallidos intentos por resucitar al hombre
muerto. Como de costumbre, Reilly dedicó las dos horas siguientes a la revisión del
caso; acababa de perder su pista más prometedora y la única real, pues no creía que
Lucien Broussard pudiese decirles gran cosa, eso si volvía a hablar. Pero sus
reflexiones sobre el caso pronto se mezclaron con otros pensamientos que ocupaban
su mente desde que, horas antes, abandonara el hospital. Pensamientos en su mayoría
relacionados con Tess Chaykin.
Miró por la ventana y pensó cómo lo primero que le había llamado la atención

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mientras estaban en la cafetería del hospital era que Tess no llevaba anillo de boda; la
verdad es que no llevaba ningún anillo. Era importante para su trabajo observar cosas
como ésas. Los años de experiencia habían desarrollado en él un instinto para fijarse
en los detalles.
Sólo que esto no era trabajo ni Tess una sospechosa.

—Se llamaba Gus Waldron.


Reilly escuchó atentamente con una taza de café caliente entre las manos mientras
Aparo repasaba sucintamente los antecedentes penales en consideración al equipo de
agentes federales allí reunidos.
—Sin duda, era un puntal de la sociedad; le echarán mucho de menos —prosiguió
Aparo—. Boxeador profesional en combates de segunda, un salvaje dentro y fuera
del ring, le prohibieron pelear en tres estados. Cuatro acusaciones por agresión y robo
a mano armada tanto aquí como en Nueva Jersey. Un par de estancias en la cárcel
Rikers Island —alzó la vista y recalcó—: y una visita a la de Vernon Bain. —La
cárcel Vernon C. Bain, llamada así en honor de un popular comandante de prisión que
murió en un accidente de coche, era un recinto de media y máxima seguridad con
camas para ochocientos presos—. Sospechoso de dos homicidios sin cargos, ambos
por apaleamiento. Jugador compulsivo. Tuvo mala racha durante casi toda su vida. —
Aparo levantó la mirada—. Eso es todo.
—Me da la impresión de que este tipo siempre necesitaba hacer dinero rápido —
observó Jansson—. ¿Con quién se veía?
Aparo pasó una hoja y leyó en voz alta la lista de los conocidos de Waldron:
—Josh Schlattmann, murió el año pasado; Reza Fardousi, una mole de ciento
treinta y cinco kilos de mierda… Dudo que haya un caballo en el país capaz de
soportar su peso. —Echó un vistazo a los nombres, descartando posibilidades—.
Lonnie Morris, un comerciante de poca monta actualmente en libertad y que, lo creáis
o no, vive y trabaja para su abuela, dueña de una floristería de Queens. —Entonces
Aparo miró de nuevo la lista, pero, por la expresión de su rostro, esta vez Reilly supo
que algo no le había gustado—. Branko Petrovic —dijo con disgusto—, ex policía. Y
no os perdáis esto, estuvo en la división montada de la policía de Nueva York. —
Alzó la vista—. Jubilado y no por decisión propia, ya me entendéis.
Amelia Gaines lanzó una mirada de complicidad a Reilly y luego preguntó:
—¿Qué hizo?
—Robó. Hurgó en la prueba del delito después de la incautación de un alijo de
drogas —explicó Aparo—. Por lo visto, no cumplió condena. Lo despidieron y
perdió los derechos de pensión.
Reilly frunció las cejas y dijo a regañadientes:
—Tenemos que hablar con él. Y averiguar cómo se gana la vida en la actualidad.

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Por mucho que se esforzaba, Branko Petrovic no lograba concentrarse en lo que
hacía, aunque su trabajo en las caballerizas tampoco necesitaba una atención total; la
mayoría de los días les daba agua y comida a los caballos, y recogía con una pala sus
excrementos como un autómata. Era una forma de mantener su rechoncho cuerpo
fuerte y firme. Así su cerebro estaba libre para elaborar tortuosos planes, calcular
opciones y diseñar estrategias. Eso era lo que normalmente hacía.
Pero hoy era diferente.
Contratar a Gus Waldron había sido idea suya. Le habían pedido que encontrase a
alguien robusto que supiera montar a caballo y pensó en Gus. De acuerdo, sabía que a
veces se comportaba como un animal, pero no había contado con que decapitara a un
hombre con la espada. «¡Dios! Ni siquiera los jodidos colombianos se la jugaban así;
y menos en público», pensó.
Algo no iba bien. Aquella mañana había intentado sin éxito hablar con Gus por
teléfono. Se acarició con el dedo una vieja cicatriz que tenía en la frente; sabía que,
siempre que las cosas se torcían, volvería el dolor. «No hagas nada que llame la
atención», le habían dicho, incluso advertido, y eso mismo le había dicho él a Gus.
Pero no había servido para una mierda. En este momento, llamar la atención era lo
que menos le preocupaba.
Un pánico repentino recorrió su cuerpo. Tenía que largarse de Dodge cuanto
antes.
Se precipitó a las caballerizas y abrió uno de los boxes, donde una potranca de
dos años sacudió, retozona, la cola al verlo. En una esquina había un tubo cerrado por
arriba lleno de comida para los caballos. Lo abrió, metió las manos dentro apartando
las bolas de pienso, y extrajo de él una bolsa. Comprobó brevemente su peso y luego
introdujo una mano y sacó una reluciente estatuilla de oro de un caballo encabritado,
con suntuosas incrustaciones de diamantes y rubíes. La miró fijamente durante unos
instantes antes de volver a buscar y sacar un medallón de esmeraldas engastadas en
plata. El contenido de la bolsa podía cambiarle la vida; si se tomaba el tiempo
necesario y vendía bien esas joyas, ganaría lo suficiente para comprarse, entre otras
cosas, el apartamento en el Golfo que siempre se había prometido a sí mismo y que,
desde que lo habían expulsado del cuerpo, tenía la sensación de que jamás
conseguiría.
Cerró la puerta del box de la potranca, caminó por el pasillo que había entre los
boxes, y ya estaba casi en la puerta cuando oyó que uno de los caballos se ponía a
relinchar y a dar coces nervioso y asustado. Otro caballo hizo lo mismo, y luego otro.
Se volvió para mirar, pero no vio nada, sólo oía el alboroto que ahora armaban todos
los caballos de esa zona del establo.
Entonces lo vio.

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De un box vacío que había en el otro extremo salía un hilo de humo.
El extintor más cercano estaba en medio del pasillo; fue hasta él, dejó la bolsa en
el suelo, sacó el cilindro de su abrazadera y se dirigió hacia el box vacío. Ahora el
humo ya no era un simple hilo. Abrió la puerta y vio que el fuego provenía de un
montón de paja que había en un rincón. Tiró de la argolla y apretó el mango del
extintor para apagar rápidamente el fuego, cuando cayó en la cuenta de que hacía
menos de una hora había estado trabajando en ese box, y no había dejado ningún
montón de paja, sólo la que él mismo había esparcido y rastrillado por el suelo.
Branko salió aprisa del box, atento. De nada servía intentar escuchar. Lo único
que se oía era a los caballos, que relinchaban como locos, algunos incluso tiraban
coces contra la paredes y las puertas de sus boxes.
Se disponía a volver por el pasillo cuando detectó más humo, esta vez en la otra
punta del establo. «¡Maldita sea!» Tenía compañía. Entonces se acordó de la bolsa.
Debía recuperarla. Su vida entera dependía de ella.
Soltó el extintor; corrió hacia la bolsa, la cogió y se paró en seco.
«Los caballos.»
No podía irse y dejarlos allí.
Descorrió el cerrojo del box más próximo y se hizo a un lado cuando el caballo
salió disparado por la puerta. Después abrió el siguiente box, y el caballo que había
dentro salió también como una bala, haciendo un ruido ensordecedor con sus cascos
en ese espacio cerrado. Quedaban sólo tres caballos por soltar, pero un brazo le asió
con fuerza por el cuello.
—No te resistas —le susurró un hombre con los labios pegados a su oreja—. No
quisiera tener que hacerte daño.
Branko estaba estupefacto. Ese hombre le agarraba con firmeza, era un
profesional. No tenía ninguna duda de que hablaba completamente en serio.
Lo arrastró deprisa hacia la entrada de las cuadras. Branko notó la otra mano del
hombre en su muñeca y luego una dura anilla de plástico en contacto con su piel, y
con un movimiento más rápido de lo que él habría sido capaz en sus mejores días en
el cuerpo le esposó la mano a una de las dos hojas de la enorme puerta corredera de
las caballerizas. El profesional le sujetó el cuello con el otro brazo, repitió el
procedimiento en la otra muñeca, y Branko quedó esposado en cruz en la entrada.
Los tres caballos que estaban todavía en sus boxes relinchaban y corcoveaban
salvajemente, dando coces contra las paredes de madera mientras las llamas se abrían
paso a lametazos.
El hombre agarró la mano derecha de Branko y con rapidez y sin esfuerzo
aparente le rompió el pulgar.
Branco chilló de dolor y dio patadas con ambas piernas, pero el hombre se apartó
hábilmente.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó el ex policía.
—Nombres —respondió el hombre con voz casi inaudible debido al estruendo

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producido por los caballos—. Y rápido. No tenemos mucho tiempo.
—¿Qué nombres?
Branko notó que la indignación se apoderaba del rostro del hombre, que alargó el
brazo y cogió su mano izquierda. En esta ocasión no le agarró del dedo, sino del
brazo; de repente lo torció con una intensidad feroz y le rompió la muñeca. Branko
sintió un dolor insoportable que le hizo perder el conocimiento momentáneamente;
sus gritos se oían más que el furor de los enloquecidos caballos.
Levantó la vista hacia el desconocido que lo miraba, impasible, a través del humo
cada vez más denso.
—Los nombres de tus amigos. De los amigos con los que vas a ver museos.
Branko tosió y miró hacia los boxes desesperado; detrás del hombre las llamas
avanzaban quemando las puertas de madera. Sería mejor que no lo engañara.
—Gus —confesó asustado—. Gus y Mitch. Es todo lo que sé.
—¿Mitch qué?
Tenía dificultades para hablar más deprisa.
—Adeson. Mitch Adeson. Es todo lo que sé, lo juro por Dios.
—Mitch Adeson.
—Exacto. Así es como lo hicimos. Funciona como una cadena de mando con
células independientes.
El hombre lo examinó con detenimiento, después asintió.
—Sé lo que es.
«Menos mal que el jodido loco me cree.»
—Ahora sácame las jodidas esposas —suplicó—. ¡Vamos!
—¿Dónde puedo encontrar a ese Mitch Adeson? —inquirió el hombre. Escuchó
atentamente mientras Branko farfullaba cuanto sabía; a continuación asintió, y añadió
—: Falta el cuarto hombre. ¿Qué sabes de él?
—No le vi la cara, llevaba un jodido pasamontañas, nunca se lo quitó. Lo llevaba
puesto debajo de la armadura y la mierda esa de disfraz.
El hombre asintió de nuevo.
—Está bien —musitó.
Entonces dio media vuelta y se fue.
—¡Eh! ¡Eh! —chilló Branko.
Pero el hombre no le hizo caso. Se alejó en dirección al otro extremo,
deteniéndose sólo para recoger del suelo la bolsa que contenía las reliquias robadas
del museo.
—¡No puedes dejarme aquí! —suplicó Branko.
En ese momento entendió lo que el hombre estaba haciendo: soltar a los caballos
restantes.
Branko gritó mientras la despavorida potranca torda conducía a los otros dos
caballos hacia la salida. Los tres animales corrieron a galope tendido en dirección a
Branko, con estrépito, los ojos inyectados, los ollares inflados, y en el fondo, las

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llamas; daba la impresión de que salían directamente de la boca del infierno.
Branko se interponía ante los animales, atrapado en medio de la única salida.

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—A ver, cuéntame más cosas de esa monada.
Reilly protestó con un gruñido. Nada más contarle a su compañero su encuentro
con Tess, supo que su conversación se alargaría.
—¿De esa monada? —repuso impasible.
Se dirigían hacia el este entre las congestionadas calles de Queens. Aparte del
color, el Pontiac que les habían adjudicado era prácticamente un clon del Chrysler
que habían destrozado persiguiendo a Gus Waldron. Aparo torció el gesto mientras
sorteaba con cuidado un camión estacionado de cuyo radiador salía humo; frustrado,
su conductor le daba patadas a una rueda delantera.
—Perdona, de la señorita Chaykin.
Reilly se esforzó para que su perplejidad no se trasluciera.
—No hay nada que contar.
—¡Vamos, anda!
Aparo conocía a su colega mejor que nadie; no es que fuera un experto. Reilly era
un hombre que guardaba las distancias con los demás.
—¿Qué quieres saber?
—Se acerca a ti, como salida de la nada. De repente, te recuerda del museo, de
haberte visto de refilón desde la otra punta del vestíbulo, y eso después de todo lo que
había pasado esa noche.
—¿Y yo qué quieres que haga si esa mujer tiene memoria fotográfica?
Los ojos de Reilly estaban clavados en la calle.
—Y una mierda, memoria fotográfica —se burló Aparo—. Esa preciosidad busca
algo.
Reilly puso los ojos en blanco.
—No busca nada. Simplemente es… curiosa.
—Vamos a ver: tiene una memoria fotográfica, una mente inquieta y además está
buenísima, pero tú en eso no te fijaste. ¡Claro! Tú sólo pensabas en el caso.
Reilly se encogió de hombros.
—De acuerdo, puede que me fijase un poco.
—¡Gracias a Dios! ¡Respira, está vivo! —se burló Aparo con una voz que parecía
salida de una vieja película de Frankenstein—. Supongo que sabes si está soltera.
—Digamos que lo he notado.
Reilly había intentado no darle importancia a ese dato. Esa misma mañana,
temprano, había leído la declaración que Tess le había hecho a Amelia Gaines en el
museo justo antes de pedirle a un analista de información que buscara cualquier cosa
que hiciese referencia a la Orden del Temple en los abultados expedientes que
guardaban de grupos extremistas de todo el país.
Aparo lo miró. Conocía tan bien a Reilly que podía leerle el pensamiento. Y le

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encantaba pincharle.
—No sé tú, pero si a mí se me insinuara una tía como ésa, no dudaría en
abalanzarme sobre ella.
—Tú estás casado.
—Sí, de acuerdo, pero puedo soñar, ¿no?
Ahora habían dejado la 405 y pronto estarían fuera de Queens. La dirección que
figuraba en el expediente de Petrovic no estaba actualizada, pero su antiguo casero
había asegurado que sabía dónde trabajaba. Las caballerizas estaban por allí cerca y
Reilly consultó un callejero, guió a Aparo y luego, consciente de que su compañero
no iba a rendirse, retomó el hilo de la conversación a regañadientes.
—Además, no se me insinuó —objetó.
—¡Pues claro que no! No es más que una ciudadana concienciada que se
preocupa por todos los demás. —Sacudió la cabeza—. No lo entiendo; estás soltero,
no eres un cardo y, que yo sepa, no despides ningún olor nauseabundo, y en
cambio… Verás, nosotros, los casados, necesitamos que haya tipos como tú,
necesitamos vivir indirectamente a través de vosotros y, la verdad, no estás dejando el
pabellón muy alto.
Reilly no podía discutirle eso. Hacía bastante tiempo que no pasaba un buen rato
con una mujer y, aunque ni se le pasaba por la cabeza decírselo a Aparo, no podía
negar que se había sentido atraído por Tess. Pero también sabía que, igual que Amelia
Gaines, Tess Chaykin no era una mujer a la que probablemente le gustara ser tratada
como una del montón, y estaba bien, porque él tampoco era así. Y ahí, en el centro de
su soledad, estaba lo paradójico. Si una mujer no le fascinaba por completo, no le
interesaba. Y si reunía esa cualidad especial que hacía que él se lanzara, lo que le
ocurrió a su padre pronto interfería en su camino, y en algún momento dado
aparecían esos miedos que impedían que la relación se desarrollase.
«Olvídalo ya; no tiene por qué pasarte lo mismo», pensó.
Con los ojos clavados al frente, Reilly vio humo y al lado las centelleantes luces
de los vehículos de bomberos. Miró a su compañero, cogió la luz roja intermitente y
la fijó en el techo del Pontiac mientras Aparo conectaba la sirena y pisaba el
acelerador a fondo. Pronto empezaron a sortear el tráfico, zumbando entre las filas de
coches y camiones pegados unos a otros.

Al girar hacia el aparcamiento de las caballerizas, Reilly se fijó en que, además de los
vehículos de bomberos, había un par de coches negros y blancos y una ambulancia.
Estacionaron dejando la salida despejada, bajaron del Pontiac y se dirigieron al lugar
del incendio con las placas en la mano. Uno de los policías que había allí comenzó a
andar hacia ellos con los brazos en alto delante del pecho, pero al ver las placas los
dejó pasar.
Pese a que el fuego estaba casi apagado, el aire era denso y olía a madera
quemada. Había tres o cuatro personas, que a juzgar por su aspecto debían de trabajar

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en las cuadras, y que iban y venían en medio de la humareda intentando controlar a
los asustados caballos entre la maraña de mangueras extintoras que serpenteaban por
el suelo. Un hombre con expresión malhumorada y vestido con un impermeable gris
los observaba, de pie, mientras se acercaban.
Reilly se presentó e hizo lo mismo con Aparo. El policía, un sargento llamado
Milligan, no parecía muy emocionado con su presencia.
—No me diga que pasaban por aquí casualmente —soltó con sarcasmo.
Reilly asintió indicando las caballerizas chamuscadas.
—Branko Petrovic —se limitó a decir.
Milligan se encogió de hombros y los condujo al interior del establo, donde había
dos auxiliares técnicos sanitarios agachados junto a un cadáver. Muy cerca había una
camilla.
Reilly la miró y a continuación miró a Milligan, que captó el mensaje: esto tenía
que ser tratado como la escena de un crimen con una muerte sospechosa.
—¿Qué sabemos? —inquirió.
Milligan se inclinó sobre el cuerpo, carbonizado y arrugado entre astillas de
madera.
—Dígamelo usted; yo pensaba que éste iba a ser un caso fácil.
Reilly se asomó por detrás de Milligan. Resultaba difícil distinguir la carne
chamuscada de la sangre mezclada con el hollín y el agua de las mangueras
extintoras. A la macabra situación había que añadir otro escabroso detalle: el brazo
izquierdo del cadáver yacía junto al cuerpo, pero estaba separado del tronco. Reilly
arqueó las cejas. En cualquier caso, lo que quedaba de Branko Petrovic apenas era
identificable como ser humano.
—¿Cómo puede estar seguro de que es él? —preguntó Reilly.
Milligan alargó el brazo y señaló un lado de la frente del fallecido. Incluso en el
estado en que estaba, Reilly se fijó en que tenía una cicatriz que, desde luego, no era
reciente.
—Lo golpeó un caballo hace muchos años, cuando estaba en el cuerpo. Y solía
presumir de haber sobrevivido a una coz en la cabeza.
Reilly se acuclilló para examinar el cadáver más de cerca y reparó en uno de los
auxiliares técnicos sanitarios, una chica morena de algo más de veinte años. Se la
veía ansiosa por intervenir. Intercambiaron brevemente sus miradas.
—¿Tenéis algo?
La joven sonrió y levantó la mano izquierda de Petrovic.
—No se lo diga al forense. Tal vez me esté adelantando, pero yo diría que este
tipo tenía algún enemigo. La muñeca de la otra mano la tiene totalmente quemada,
pero fíjese en ésta. —Señaló el brazo desmembrado—. Las magulladuras aún son
visibles. Lo esposaron. —Levantó un dedo en dirección a la puerta—. Yo diría que le
esposaron las manos en cruz a las hojas de la puerta corredera.
Aparo hizo una mueca de disgusto al imaginarse la escena.

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—¿Te refieres a que alguien dejó que los caballos salieran de estampida hacia él?
—O contra él —añadió Reilly.
La chica asintió. Reilly les dio las gracias a los dos auxiliares técnicos sanitarios,
y se fue con Milligan y Aparo.
—¿Por qué buscaban a Petrovic? —quiso saber Milligan.
Reilly observó los caballos.
—Antes que nada, ¿se le ocurre algún motivo por el que alguien quisiera matarlo?
Milligan movió la cabeza hacia los rescoldos de las caballerizas.
—Nada en particular. Bueno, ya sabe cómo son estos sitios. A los que se dedican
a esto les gustan sus caballos, y dado el pasado de Petrovic… Pero no, nada concreto.
¿Y usted qué cree?
Escuchó atentamente mientras Reilly le informaba de la conexión que había entre
Gus Waldron y Branko Petrovic, y entre ellos y el asalto al Met.
—Pediré que le den prioridad al caso —le aseguró Milligan a Reilly—. Haré que
venga el Equipo de Análisis de la Escena del Crimen, que el jefe del cuerpo de
bomberos analice hoy mismo si el incendio ha sido provocado, y que hagan la
autopsia lo antes posible.
Cuando Reilly y Aparo llegaron al coche empezó a lloviznar.
—Alguien intenta atar los cabos sueltos —comentó Aparo.
—Eso parece. Convendría que el médico forense examinase bien a Waldron.
—Y habrá que encontrar a los otros dos jinetes antes de que lo haga quienquiera
que haya hecho esto.
Reilly miró al cielo nublado antes de volverse a su colega.
—A dos jinetes o a uno —replicó—, si el cuarto es el asesino.

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Después de forzar la vista durante horas estudiando los antiguos manuscritos, los ojos
le escocían y se quitó las gafas para frotarlos suavemente con una toallita húmeda.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Era de día o de noche? Desde su regreso a casa
tras el asalto a caballo al Museo de Arte Metropolitano, había perdido la noción del
tiempo.
Seguramente, los medios de comunicación, esa panda de retrasados y
semianalfabetos, habían hablado del asunto como de un robo o un atraco. Ningún
periodista, ni siquiera los más importantes, entendería jamás que para él se trataba de
un ejercicio de investigación. Pero eso es lo que era. Y no faltaba mucho para que
llegase el momento en que el mundo entero conociese la realidad del incidente del
sábado por la noche: el primer paso hacia algo que alteraría irrevocablemente la
forma en que mucha gente veía su propio mundo. Un paso que, algún día no lejano,
les obligaría a quitarse la venda de los ojos y abrir sus mezquinas mentes a algo que
superaba a sus débiles imaginaciones.
«Ya casi lo tengo; no falta mucho», pensó.
Se volvió y echó un vistazo a la pared que tenía detrás y de la que colgaba un
calendario. Aunque las horas del día no le importaban, las fechas siempre eran
importantes.
Y una fecha como aquélla tenía que estar marcada en rojo.
Observó de nuevo los resultados de su trabajo con el rotor codificador multidisco
y releyó un pasaje que le había creado problemas desde que lo había descifrado.
«Esto es como un puzle», murmuró. Entonces sonrió al darse cuenta de que,
inconscientemente, había dicho la palabra exacta, ya que antes de escribir el
manuscrito entero en clave, ese pasaje concreto había sido diseñado como un puzle.
Sintió una profunda admiración por el hombre que había escrito ese documento.
Pero entonces frunció el ceño. Tenía que darse prisa en resolverlo. Había ocultado
minuciosamente todas las pistas, pero no era tan idiota como para subestimar al
enemigo. Y por desgracia, para resolver el puzle necesitaba una biblioteca; lo que
significaba que tendría que abandonar la seguridad de su morada subterránea y
aventurarse a salir a la calle.
Reflexionó unos instantes y dedujo acertadamente que aún era por la tarde. Iría a
la biblioteca. Pero extremaría las medidas de seguridad, por si alguien había atado
cabos y alertado al personal de que informaran en el caso de que alguien se interesase
por determinado material.
Sonrió. «Eres un paranoico», pensó. No eran tan listos.
Después de la biblioteca volvería a su cubil, esperaba que con la solución en la
mano, y acabaría de descifrar los pasajes que quedaban.
Miró otra vez el calendario y la fecha marcada con un círculo.

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Una fecha que permanecería eternamente grabada en su memoria.
Una fecha que jamás olvidaría.
Tenía pendiente una pequeña pero importante y dolorosa tarea. Una vez llevada a
cabo, si todo iba bien y descifraba el manuscrito entero, cumpliría con el destino que
le había sido injustamente impuesto.

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27
Monseñor De Angelis estaba sentado en la dura silla de rota que había en su
habitación de la última planta del austero hotel de Oliver Street, que la diócesis había
dispuesto para su estancia en Nueva York. No estaba mal; además, su ubicación le
resultaba muy práctica, porque se encontraba a sólo unas cuantas manzanas al este de
Federal Plaza. Y desde sus plantas superiores la vista del puente de Brooklyn no
hacía sino inspirar románticas visiones de la ciudad en el corazón de los místicos que
ocupaban normalmente esas habitaciones. Pero ahora no podía disfrutar de la
panorámica.
No estaba precisamente de ánimos para misticismos.
Consultó la hora, cogió su teléfono móvil y llamó a Roma. Contestó el cardenal
Rienzi, que se mostró un poco reacio a molestar al cardenal Brugnone, pero que, tal
como De Angelis se había imaginado, finalmente accedió a hacerlo.
—Dime que tienes buenas noticias, Michael —pidió Brugnone, aclarándose la
garganta.
—Los del FBI están haciendo progresos y han recuperado algunos de los objetos
robados.
—Eso es alentador.
—Sí, lo es. El FBI y la policía de Nueva York están cumpliendo su palabra y han
dedicado muchos recursos a este caso.
—¿Y qué hay de los ladrones? ¿Han detenido a alguno más?
—No, Eminencia —contestó De Angelis—. El hombre al que habían detenido ha
muerto antes de que pudieran interrogarlo. Y el segundo miembro de la banda
también ha muerto, en un incendio. Esta mañana a primera hora he hablado con el
agente que supervisa el caso; aún no tienen los resultados de las pruebas forenses,
pero él cree que es posible que lo hayan asesinado.
—¿Asesinado, dices? ¡Qué horror! —Brugnone suspiró—, ¡Y qué trágico! La
avaricia los ha consumido, se están peleando por el botín.
Monseñor se encogió de hombros.
—Eso parece, sí.
Brugnone hizo una pausa.
—Aunque, naturalmente, hay otra posibilidad, Michael.
—Yo también he pensado en ella.
—A lo mejor nuestro hombre está borrando todas las pistas.
De Angelis asintió imperceptiblemente.
—Me temo que de eso se trata.
—Pues no me gusta nada, porque cuando sólo quede él será incluso más difícil
encontrarlo.
—Todo el mundo comete errores, Eminencia. Y cuando él cometa uno, me

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aseguraré de que no se nos escape.
De Angelis oía a Brugnone, que se revolvía inquieto en su asiento.
—El cariz de los acontecimientos no es nada tranquilizador. ¿No podrías hacer
algo para acelerar la resolución del asunto?
—No sin que el FBI lo considerase una interferencia indebida.
Brugnone permaneció unos instantes callado, y luego dijo:
—Bueno, de momento, no los molestaremos; pero quiero que te asegures de que
estamos al corriente de toda la investigación.
—Haré lo que pueda.
La voz de Brugnone adquirió un tono más amenazante:
—Entiendes lo importante que es esto, ¿verdad, Michael? Es preciso que
recuperemos todo antes de que se produzca algún daño irreparable.
De Angelis sabía perfectamente lo que significaba el énfasis en la palabra «todo».
—Por supuesto, Eminencia —repuso—. Lo sé muy bien.
Después de colgar el teléfono, De Angelis se quedó unos minutos sentado,
reflexionando. A continuación se arrodilló junto a la cama para rezar; no pidiendo la
intervención divina, sino que su débil persona no le hiciera fracasar.
Había demasiadas cosas en juego.

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28
Esa tarde Tess recibió en su despacho un sobre con las copias de la biblioteca de la
Universidad de Columbia y le pareció peligrosamente delgado. Un vistazo confirmó
la decepción. No encontró nada que le fuese útil. Clive Edmondson ya le había dicho
que no esperase hallar nada sobre los Caballeros Templarios. No era la especialidad
oficial de William Vance. Se había centrado sobre todo en la historia fenicia hasta el
siglo III a. C. Sin embargo, la conexión existente era natural y hasta prometedora: los
grandes puertos fenicios de Sidón y Tiro se convirtieron mil quinientos años más
tarde en formidables baluartes templarios. Era como si hubiese que quitar capas y
capas de la historia de las cruzadas y los templarios para echar una ojeada a la vida de
los fenicios.
Además, en ninguno de los documentos publicados de Vance se mencionaba algo
remotamente relacionado con criptografía o criptología.
Se desanimó. Después de todo lo que había leído e investigado en la biblioteca,
era evidente que esos artículos de Vance no le servían de nada para solucionar el
enigma.
Decidió hacer un último rastreo por internet, y al introducir el nombre de Vance
en el motor de búsqueda volvieron a aparecer los varios cientos de resultados que le
habían salido la vez anterior. Sin embargo, en esta ocasión se tomó su tiempo para
mirarlos con mayor detenimiento.
Había consultado ya dos docenas de páginas cuando dio con una que mencionaba
a Vance sólo de pasada y en tono descaradamente burlón. El artículo, una
transcripción de un discurso pronunciado hacía casi diez años por un historiador
francés en la Universidad de Nantes, era un mordaz repaso de unas ideas absurdas
que, en opinión del autor, enfangaban las aguas de otros académicos más serios.
El nombre de Vance aparecía casi al final de la exposición. En ella, el historiador
aludía de pasada a que había llegado a sus oídos la ridícula idea de Vance de que
Hugues de Payns podría haber sido cátaro simplemente porque el árbol genealógico
del hombre indicaba que sus antepasados eran del Languedoc.
Tess releyó el párrafo. «¿El fundador de los templarios, cátaro?», pensó. Eso era
ridículo. Ser templario y cátaro era absolutamente contradictorio. Durante doscientos
años, los templarios fueron intrépidos defensores de la Iglesia; y los cátaros, por su
parte, eran un movimiento gnóstico.
Aun así había algo interesante, seductor, en la sugerencia de Vance.
La doctrina cátara había surgido a mediados del siglo X, tomando su nombre de la
palabra griega katharos, que significa «los puros». Se basaba en la idea de que el
mundo era malo y de que las almas se reencarnaban una y otra vez (incluso en
animales, razón por la cual los cátaros eran vegetarianos) hasta que trascendían el

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mundo material y alcanzaban un cielo espiritual.
Todo aquello en lo que creían los cátaros era herético para la Iglesia. Eran
dualistas que creían que, además de un Dios bueno y misericordioso, tenía que haber
otro Dios igualmente poderoso pero malo para explicar los horrores que plagaban el
mundo. El Dios benévolo creaba los cielos y el alma humana, y el Dios malo
encerraba el alma en el cuerpo del hombre. Para el Vaticano, los cátaros elevaban a
Satanás sacrílegamente a la categoría de Dios. Como consecuencia de esta creencia,
los cátaros consideraban que todos los bienes materiales eran malos, por lo que
rechazaban las trampas de la riqueza y el poder que, sin duda, habían corrompido a la
Iglesia católica y romana medieval.
Pero lo que más le preocupaba a la Iglesia es que también eran gnósticos. El
gnosticismo —que como la palabra katharos procede de un término griego, gnosis,
que quiere decir «conocimiento supremo o espiritual»— es la creencia de que el
hombre puede entrar en íntimo contacto con Dios sin la necesidad de un sacerdote o
una Iglesia, cosa que liberaba a los cátaros de toda prohibición moral u obligación
religiosa. Además, al no necesitar suntuosas iglesias ni opresivas ceremonias,
tampoco necesitaban sacerdotes. El culto religioso se realizaba con sencillez en las
casas o en el campo; y, por si eso no fuera suficiente, a las mujeres se las trataba
como iguales y se les permitía convertirse en parfaits, lo más cercano a un sacerdote
para los cátaros. Dado que lo físico no contaba para ellos, el alma que residía en un
cuerpo humano podía ser indistintamente masculina o femenina, con independencia
de la apariencia externa.
Cuando la creencia se popularizó y se extendió por todo el sur de Francia y norte
de Italia, la preocupación del Vaticano se incrementó y, al fin, decidió que esa herejía
no podía seguir tolerándose. No sólo amenazaba a la Iglesia católica, sino también a
la base del sistema feudal europeo, pues los cátaros consideraban que el juramento
era un pecado porque ligaba a las personas al mundo material, y por tanto malo. Esto
socavaba seriamente el voto de fidelidad de los siervos para con los señores. El Papa
no dudó en apoyar a la nobleza francesa para acabar con esta amenaza. En 1209, un
ejército de cruzados invadió el Languedoc, y durante los treinta y cinco años
siguientes se dedicó a masacrar a más de treinta mil hombres, mujeres y niños. Se
dijo que en las iglesias donde algunos de los villanos perseguidos se habían refugiado
la sangre llegaba hasta la altura del tobillo, y que cuando uno de los soldados del
Papa se quejó de que no sabía si mataba a herejes o a cristianos, simplemente recibió
la orden de matar a todos: «Dios reconocerá a los suyos».
«Esto no tiene sentido», pensó Tess. Los templarios habían ido a Tierra Santa
para escoltar a los peregrinos cristianos. Eran las tropas de asalto del Vaticano, sus
firmes defensores; en cambio, los cátaros eran enemigos de la Iglesia.
A Tess le sorprendía que alguien tan culto como Vance sugiriese tan alocada idea,
especialmente cuando se basaba en la resbaladiza premisa de la procedencia de un
hombre. Tal vez fuese un error consultar a Vance, pero tenía que hablar con él en

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persona. Independientemente de su metedura de pata académica, si había una
conexión entre los templarios y el robo en el Met, seguro que él lo averiguaría en un
abrir y cerrar de ojos.
Llamó de nuevo a la Universidad de Columbia y enseguida le pasaron con el
Departamento de Historia. Tras recordar a la secretaria su conversación anterior, le
preguntó si había tenido suerte y había encontrado a alguien en el departamento que
supiese cómo localizar a William Vance. La mujer le explicó que les había
preguntado a un par de profesores que habían trabajado con Vance, pero que le habían
dicho que al marcharse de la universidad habían perdido el contacto con él.
—Ya veo —repuso Tess, contrariada. No sabía a quién más dirigirse.
La mujer notó su disgusto.
—Sé que necesita encontrarlo, pero a lo mejor él no quiere que lo localicen. A
veces la gente no quiere que le recuerden, ya sabe…, los momentos dolorosos.
Tess se animó de golpe.
—¿Momentos dolorosos?
—¡Imagínese! Después de lo que pasó… Fue muy triste. Verá, es que la quería
mucho.
La mente de Tess iba a toda velocidad; ¿se le habría escapado algo?
—Perdone, pero no entiendo a qué se refiere exactamente. ¿Perdió a alguien el
profesor Vance?
—¡Oh! Creí que ya lo sabía. Perdió a su mujer. Cayó enferma y falleció.
Tess no tenía noticia de ese hecho; no aparecía en ninguna de las páginas de
internet que había consultado, claro que eran puramente académicas y no ahondaban
en temas personales.
—¿Cuándo sucedió?
—Pues hace unos cuantos años, cinco o seis. Déjeme pensar… Recuerdo que fue
en primavera. El profesor se había tomado unos meses sabáticos y nunca más volvió.
Tess dio las gracias a la secretaria y colgó el teléfono. Se preguntó si debería
olvidarse de Vance y concentrarse en ponerse en contacto con Simmons. Pero estaba
intrigada. Entró en internet e hizo clic en la página web del New York Times.
Seleccionó la función de búsqueda avanzada y le alivió ver que su archivo llegaba
hasta 1996. Tecleó «William Vance», pulsó la sección de necrológicas y apareció un
dato.
El breve artículo anunciaba la muerte de su mujer, Martha. Sólo hablaba de
complicaciones tras una breve enfermedad, pero no daba más detalles. Por
casualidad, Tess leyó el lugar donde había sido enterrada: cementerio Green-Wood,
Brooklyn. Se preguntó si Vance estaría pagando los gastos de conservación de la
tumba. De ser así, en el cementerio probablemente tuviesen su dirección actual.
Pensó en telefonear, pero decidió no hacerlo. De todas formas, lo más seguro era
que no proporcionasen ese tipo de información. Buscó a regañadientes la tarjeta que
Reilly le había dado y llamó a su despacho. Le dijeron que el agente estaba reunido.

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Tess consideró la idea de hablar con el agente que estaba al teléfono, pero prefirió
esperar a hacerlo con Reilly en persona.
Miró de nuevo el obituario de la pantalla y de repente la sacudió una ola de
entusiasmo.
La secretaria tenía razón; Martha Vance había fallecido en primavera.
Mañana se cumplían exactamente cinco años.

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29
—La autopsia confirma que Waldron también fue asesinado —declaró Reilly
recorriendo con la mirada al resto de los asistentes a la reunión en las oficinas del
FBI. El único miembro que no pertenecía a la agencia era monseñor De Angelis—.
Hemos encontrado restos de lidocaína en su sangre. Es un anestésico y no se lo
suministró ninguno de los empleados del hospital. La dosis fue lo suficientemente
alta para producirle un paro cardíaco. Lo más interesante es que, además, tiene
marcas de un pinchazo en el cuello. Le inyectaron el fármaco para paralizarle las
cuerdas vocales y que no pudiese pedir ayuda.
Monseñor dio un respingo al oír el informe de Reilly, que estaba igual de
asombrado. En la reunión estaban también presentes los principales investigadores
del METRAID: Jansson, Buchinski, Amelia Gaines, Aparo, Blackburn y dos de sus
ayudantes, así como una joven técnica encargada del sistema de audio y vídeo. El
informe no era especialmente tranquilizador.
—También hemos encontrado material para marcar a hielo en las caballerizas —
prosiguió Reilly—, que Petrovic podría haber usado para ocultar las marcas de los
caballos que utilizaron en el asalto. Lo que quiere decir dos cosas: o que el que está
detrás de esto se dedica a liquidar a sus colegas, o que uno de los que participaron en
el robo ha decidido quedarse con todo. Sea como sea, tenemos uno o tal vez dos
jinetes como posibles objetivos. Y no creo yo que el autor de esta historia sea un
prófugo exactamente.
De Angelis se volvió a Reilly:
—¿Han logrado recuperar alguno de nuestros objetos en las caballerizas?
—No, padre, por desgracia no. Es por esos objetos por los que se están matando
entre sí.
De Angelis se quitó las gafas y limpió los cristales con la manga.
—¿Y qué hay de esos grupos extremistas de los que me habló? ¿Ha habido suerte
investigando esa línea?
—De momento, no. Estamos siguiendo de cerca a un par de grupos en concreto,
grupos que recientemente han manifestado su indignación con la Iglesia por lo crítica
que es con ellos. Los dos son de Oriente Próximo, así que nuestras delegaciones
locales se ocupan del tema. Pero todavía no han establecido una conexión sólida, son
sólo líneas muy débiles.
Con las cejas enarcadas, De Angelis volvió a ponerse las gafas. Aunque intentaba
disimularla, su intranquilidad era patente.
—Supongo que tendremos que esperar y ver qué pasa.
Reilly echó un vistazo a su alrededor. Sabía que no habían hecho ningún progreso
drástico hacia el meollo del caso. Hasta ahora reaccionaban ante los acontecimientos
en lugar de iniciarlos.

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—¿Quieres comentar lo de los templarios? —le preguntó Aparo a Reilly.
De Angelis miró a Aparo y a continuación a Reilly.
—¿Qué templarios?
Reilly no esperaba que su compañero sacase a relucir el asunto y trató de quitarle
importancia como buenamente pudo.
—Es otra de las pistas que estamos siguiendo.
Pero De Angelis lo miró expectante.
—Una de las testigos del Met, una arqueóloga…, cree que puede haber una
conexión entre los templarios y el asalto.
—¿Por las cruces rojas de las capas de los jinetes?
«Al menos no le parece un disparate», pensó Reilly.
—Sí, por eso y por algunos detalles más. El jinete que se llevó el codificador dijo
algo en latín que, al parecer, es el lema de un castillo templario que hay en Francia.
De Angelis observó a Reilly y esbozó una sonrisa de incredulidad.
—¿Y esa arqueóloga cree que el asalto al museo fue perpetrado por una orden
religiosa que dejó de existir hace casi setecientos años?
Reilly sintió todas las miradas sobre él.
—No exactamente, es sólo que dada su historia es probable que los templarios
hayan sido la inspiración de un grupo de fanáticos religiosos que los idealiza y actúa
llevado por algún tipo de venganza o fantasía resurgida.
De Angelis asintió pensativo. Con aspecto bastante decepcionado se levantó y
recogió sus papeles.
—Sí, bueno, suena muy prometedor. Que tenga suerte en la investigación, agente
Reilly. Caballeros, agente Gaines.
Se despidió lanzando una mirada a Jansson antes de abandonar la sala en silencio
y dejar a Reilly con la incómoda sensación de que los académicos interesados en los
templarios no eran los únicos lunáticos.

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30
Mitch Adeson sabía que si tenía que quedarse mucho más tiempo escondido en esa
pocilga se volvería loco. Pero también sabía que habría sido una locura quedarse en
su casa, y posiblemente las calles de su barrio fuesen más peligrosas. Al menos allí,
en el piso de su padre, en Queens, estaba a salvo.
«Primero Gus y luego Branko», pensó. Mitch era listo, pero, incluso si fuese tan
estúpido como Gus Waldron, habría deducido que alguien tenía una lista y que sin
duda alguna su nombre no sólo estaba incluido en ella, sino que era el siguiente.
Había llegado el momento de irse a un lugar más seguro.
Lanzó una mirada hacia el otro extremo del salón a su padre medio sordo, que
hacía lo mismo de siempre: mirar fijamente las borrosas imágenes de la televisión,
que mostraban, también como siempre, una infinita sucesión de asquerosas tertulias
contra las que no paraba de soltar improperios.
A Mitch le hubiese encantado averiguar más cosas del tipo que lo había
contratado. Se había preguntado si ése era el hombre del que debía protegerse, pero
pensó que era imposible. Se había defendido bastante bien encima del caballo, pero le
parecía muy poco probable que hubiese matado a Branko, y mucho menos que le
hubiese puesto la mano encima al gigantesco Gus Waldron. Tenía que tratarse de un
eslabón más alto de la cadena de mando. Y para llegar hasta él, quienquiera que
fuese, y molerlo a golpes, Mitch sabía que antes debía vérselas con el tipo que se
había acercado primero a él para hablarle de ese absurdo plan. El único problema era
que no tenía modo de contactar con él. Ni siquiera sabía su nombre.
Entonces oyó que a su padre se le escapaba una ventosidad. «¡Dios! —pensó—.
No puedo quedarme aquí sentado. Necesito hacer algo.»
Fuese de día o no, tenía que moverse. Le dijo a su padre que volvería al cabo de
varias horas. El viejo lo ignoró, pero luego, cuando Mitch se puso el abrigo y se
dirigió hacia la puerta, gruñó: «Cerveza y cigarrillos».
Era la frase más larga que le había oído decir desde la madrugada del domingo,
cuando Mitch había ido allí directamente desde Central Park después de que él y los
otros jinetes se sacaran las armaduras y se fueran cada uno por su lado. Su tarea había
consistido en guardar las vestimentas en una furgoneta que había escondido en un
garaje a dos manzanas de su casa. Se pagó por anticipado el alquiler de un año entero;
hasta entonces no tenía pensado acercarse por allí.
Salió del piso y descendió la escalera. Atardecía y tras mirar atentamente a
izquierda y derecha para comprobar que no había nada sospechoso, se dirigió al
metro.

Llovía mientras Mitch avanzaba cautelosamente por la callejuela que había detrás del
mugriento edificio de siete plantas del barrio de Astoria en el que estaba su

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apartamento. Llevaba una bolsa de papel con seis cervezas Coors y un cartón de
Winston para su viejo debajo del brazo, y estaba empapado. Su intención no era
acercarse a su casa todavía, pero pensó que, si pretendía esfumarse, sería mejor
arriesgarse y coger algo de ropa.
Permaneció un par de minutos inmóvil en la calle antes de estirar el brazo para
bajar el tramo abatible de la escalera de incendios. Siempre la engrasaba, por si acaso,
y ahora descendió sin rechinar en absoluto. Se apresuró a subir mientras, nervioso,
miraba hacia el suelo. Dejó la bolsa de papel junto a la escalera, y ya frente a la
ventana de su habitación palpó con los dedos la abertura que había entre la escalera y
la pared, y cogió la barra de acero que guardaba allí. Forzó rápidamente el tirador de
la ventana y entró en su casa.
No encendió ninguna luz y recorrió a tientas la habitación, que tan bien conocía.
Apartó una vieja bolsa de viaje del estante del armario, rebuscó detrás de ésta y
extrajo cuatro cajas de balas que introdujo en la bolsa. Fue al cuarto de baño y sacó
una bolsa de nailon de la cisterna del váter. En su interior había un gran paquete
envuelto con tela encerada que abrió, y que contenía una Kimber 45 y la pequeña
Bersa de nueve milímetros. Las examinó, cargó la Bersa, que se metió por dentro del
cinturón, y guardó la Kimber con las balas. Cogió algo de ropa y las botas que usaba
para trabajar, sus favoritas. Con eso tendría suficiente.
Salió por la ventana de la habitación, la cerró, se colgó la bolsa de viaje al
hombro y alargó el brazo en busca de la bolsa de papel.
Había desaparecido.
Durante unos instantes, Mitch se quedó helado; después sacó la pistola. Escudriñó
la callejuela. No detectó ningún movimiento. Con el tiempo que hacía, ni siquiera los
gatos salían en busca de sus presas, y desde esa altura las ratas eran invisibles.
¿Quién se habría llevado la bolsa? Seguramente, algunos gamberros. Si había
alguien siguiéndolo, dudaba mucho que se dedicase a ir por ahí como un gilipollas
con unas latas de cerveza y un cartón de cigarrillos, pero no estaba de humor para
hacer hipótesis. Decidió subir a la azotea desde donde podría saltar a otro edificio y
bajar a la calle a noventa metros de distancia de su casa. Lo había hecho con
anterioridad, pero no con las azoteas mojadas.
Empezó a subir por la escalera intentando no hacer ruido, hasta que llegó a la
azotea. Al pasar junto a una torre de ventilación tropezó con unos tubos de acero para
andamios que alguno de mantenimiento había olvidado allí. Salió volando y aterrizó
boca abajo en un charco de agua de lluvia. Se puso de pie con dificultad y caminó
hasta el parapeto de la azotea, que le llegaba a la altura del muslo. Levantó una pierna
para saltar el parapeto, y en ese momento alguien le dio una patada en la rodilla de la
pierna que tenía apoyada en el suelo, que enseguida se dobló.
Buscó su pistola, pero el hombre le agarró del brazo y se lo torció. La pistola voló
por los aires y Mitch oyó cómo se estrellaba contra el suelo. Intentó soltarse con
todas sus fuerzas, se deshizo del hombre y saboreó brevemente su victoria, pero

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perdió el equilibrio y fue a parar al lado exterior del parapeto.
Tratando desesperadamente de sujetarse a algo, logró agarrarse a la cornisa con
ambas manos. Entonces su agresor le cogió por los brazos, justo por encima de las
muñecas, sujetándolo e impidiendo que resbalase hacia lo que sería una muerte
segura. Mitch alzó la vista, vio la cara del hombre y no lo reconoció.
Fuera lo que fuese lo que ese tipo quería, se lo daría encantado.
—¡Súbeme! —jadeó—. ¡Súbeme!
El hombre obedeció con lentitud hasta que Mitch quedó tendido boca abajo con
medio cuerpo colgando de la cornisa. Notó que el desconocido le soltaba uno de los
brazos, y entonces vio algo que reflejaba la luz. Al principio Mitch pensó que era una
navaja, pero luego se dio cuenta de lo que era: una jeringa hipodérmica.
No entendía nada y se retorció para liberarse, pero antes de que pudiera moverse
sintió un repentino y agudo dolor en los tensos músculos del hombro y de la nuca.
El hombre acababa de clavarle la jeringa en el cuello.

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31
Mientras miraba la copia de la fotografía en la privacidad de su habitación del hotel,
De Angelis tocaba con el dedo la estatuilla de oro con diamantes y rubíes incrustados
de un caballo encabritado.
En su fuero interno, el objeto le parecía bastante vulgar. Sabía que era un regalo
que la Iglesia ortodoxa rusa le había hecho al Santo Padre con ocasión de una
audiencia papal a fines del siglo XIX, y también sabía que su valor era incalculable. La
estatuilla era fea y vulgar, pero de inestimable valor.
Examinó la fotografía más de cerca. Reilly se la había dado en su primera
reunión, cuando el agente le había preguntado acerca de la importancia del
codificador multidisco. La escena seguía acelerándole el pulso. Incluso esa borrosa
imagen lograba reavivar en él la inmensa felicidad que había sentido la primera vez
que había visto las grabaciones de las cámaras de seguridad en Federal Plaza.
Caballeros con radiantes armaduras saqueando un museo de Manhattan en el siglo
XXI.
«¡Menuda audacia! —pensó—. Realmente memorable.»
En la imagen se veía al jinete, que ahora De Angelis sabía que se trataba del
cuarto caballero, sostener el codificador. Miró fijamente el casco, intentando traspasar
la tinta y el papel, y acceder a los pensamientos de ese hombre. Era una foto de
tamaño folio y había sido tomada desde el ángulo posterior izquierdo. El caballero
estaba rodeado de vitrinas hechas añicos. Y en la esquina superior izquierda, asomada
por detrás de una vitrina, aparecía el rostro de una mujer.
«La arqueóloga que oyó al cuarto jinete pronunciar algo en latín», pensó De
Angelis. Debía de estar bastante cerca de él para oírle; miró atentamente la imagen y
supo que tenía que tratarse de ella.
Se concentró en su cara: tensa por el miedo, estupefacta. Completamente
aterrorizada.
Seguro que era ella.
Dejó la foto del codificador y el caballo con piedras incrustadas encima de su
cama, junto al medallón, que ahora cogió. Estaba hecho de rubíes engastados en
plata, un regalo del Nizam de Hyderabad. Valía un potosí, ahora y entonces. Le dio la
vuelta y enarcó las cejas: estaba en un callejón sin salida.
Su presa había ocultado bien sus huellas; no esperaba menos de un hombre de
semejante osadía. Los secuaces del líder de la banda, los desgraciados de los bajos
fondos que De Angelis había encontrado, interrogado y liquidado con tanta facilidad,
no le habían servido para nada.
El hombre en cuestión seguía esquivándolo.
Lo que necesitaba era otro plan de acción. Una especie de intervención divina.

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Y ahora esto. Un estorbo.
Una distracción.
Miró otra vez el rostro de la mujer. Cogió su teléfono móvil y utilizó la marcación
rápida. Al cabo de dos tonos contestó una voz grave y ronca.
—¿Diga?
—¿A cuánta gente le has dado este número? —replicó un lacónico monseñor.
Oyó que el hombre espiraba ruidosamente.
—Me alegro de oírle, señor.
De Angelis supo que ahora el hombre estaría apagando un cigarrillo mientras,
instintivamente, cogía otro. Siempre le había parecido un hábito repugnante, pero el
resto de virtudes que tenía lo compensaban con creces.
—Necesito tu ayuda para un asunto. —Al decir esto enarcó las cejas. Hubiese
preferido no tener que involucrar a nadie más. Clavó de nuevo los ojos en el rostro de
Tess—. Necesito que accedas a la base de datos que tiene el FBI sobre el METRAID.
—Y añadió—: Con discreción.
El hombre respondió enseguida.
—Ningún problema. Es uno de los gajes de la lucha antiterrorista. Todos estamos
preocupados y con ganas de ayudar. Dígame qué necesita.

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32
Tras dejar uno de los muchos caminos serpenteantes del cementerio, Tess caminaba
ahora por un sendero de grava.
Eran poco más de las ocho de la mañana. Las lápidas estaban rodeadas de
primaverales plantas en flor y de hierba impecablemente cortada, y húmeda a causa
de la lluvia de la noche anterior. El leve aumento de la temperatura del aire había
generado una ondulante neblina que envolvía sepulcros y árboles.
Sobre su cabeza, rompiendo la queda escena con un inquietante reclamo, pasó
volando una solitaria cotorra. Pese a la subida de la temperatura y el abrigo que
llevaba, Tess se estremeció mientras se adentraba en el cementerio. Caminar por un
camposanto era desagradable en cualquier circunstancia y, estando allí, Tess pensó en
su padre y en lo mucho que hacía desde la última vez que había visitado su tumba.
Se detuvo y consultó el plano que había comprado en el quiosco que había junto a
la enorme entrada gótica. Creía que iba en la dirección correcta, pero ahora ya no
estaba tan segura. El cementerio ocupaba más de ciento sesenta hectáreas y era fácil
perderse, especialmente porque no iba en coche. Había cogido la línea R del metro
desde el Midtown, junto a Central Park, hasta la estación de la calle Veinticinco de
Brooklyn, había andado una manzana hacia el este y había entrado en el cementerio
por la entrada principal.
Miró a su alrededor intentando orientarse, y se preguntó si, después de todo,
habría sido una buena idea ir hasta allí. Porque lo cierto es que no tenía nada que
ganar. Si Vance estaba visitando la tumba de su mujer, interferiría en un momento
tremendamente íntimo, y si no estaba allí, habría hecho el viaje en balde.
Desechó sus dudas y siguió caminando. Ahora había llegado a la parte antigua del
cementerio. Al pasar por delante de una recargada tumba coronada por un ángel de
granito recostado, oyó un ruido a su lado. Sobresaltada, escudriñó la niebla. No vio
nada salvo las oscuras y cambiantes siluetas de los árboles. Inquieta, apretó un poco
el paso, consciente de que se adentraba aún más en los recovecos del camposanto.
Echó un vistazo al mapa; ya debía de estar cerca. Convencida de que no se había
equivocado, decidió tomar un atajo por una pequeña loma y anduvo con paso
decidido por la resbaladiza hierba. Tropezó con una cerca de piedra enmohecida y
con los dedos se agarró a un desvencijado jalón para evitar la caída.
Y entonces lo vio.
Estaba a menos de cincuenta metros de distancia, solo, solemnemente de pie
frente a la pequeña lápida, delante de la cual había un ramo de claveles rojos y
blancos. Tenía la cabeza inclinada. Y en el camino de al lado había un solitario Volvo
gris estacionado.
Tess aguardó unos instantes antes de aproximarse a él despacio, en silencio, y
contemplar la lápida en la que pudo leer las palabras «Vance» y «Martha». Aunque

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no había nadie más por allí, él seguía sin notar la presencia de Tess, que ahora estaba
a tres metros de distancia.
—Profesor Vance —dijo titubeante.
William Vance se quedó inmóvil unos segundos antes de volverse.
Parecía otra persona.
Tenía el pelo apelmazado y canoso, y la cara demacrada. Aunque todavía era alto
y delgado, ya no era de complexión atlética y su espalda estaba ligeramente
encorvada. Tenía las manos dentro de los bolsillos de un abrigo oscuro abrochado
hasta el cuello. Tess se fijó en que sus puños estaban raídos y tenían alguna mancha.
De hecho, por mucha pena que le diera admitirlo, su aspecto era bastante
zarrapastroso. Sea lo que fuere a lo que ahora se dedicara, saltaba a la vista que
estaba muy por debajo de la posición de la que tiempo atrás había gozado. Llevaba
diez años sin verlo y, de haberse cruzado con él por la calle, probablemente no lo
habría reconocido, pero allí, en ese entorno, no tenía ninguna duda de que era él.
Vance la miró con cautela.
—Siento muchísimo interrumpirte —balbució— y te pido disculpas por ello. Sé
que es un momento sumamente íntimo, y de verdad que si hubiese otra forma de
contactar contigo…
Hizo una pausa y vio que el rostro de Vance se iluminaba al caer en la cuenta de
quién era ella.
—Tess. Tess Chaykin, la hija de Oliver.
Ella inspiró profundamente y suspiró aliviada. La expresión de la cara de Vance
se relajó, sus penetrantes ojos grises brillaron y Tess detectó en él parte del carisma
que tenía la última vez que se habían visto, hacía muchos años. Estaba claro que no
tenía problemas de memoria, porque dijo:
—Ahora entiendo por qué estás tan distinta. Estabas embarazada cuando nos
conocimos, siempre pensé que el desierto turco no era lo que más te convenía en
aquel entonces.
—Lo sé —afirmó Tess con tranquilidad—. Tengo una hija, se llama Kim.
—Debe de tener… —Vance hacía cálculos del tiempo que había pasado.
—Nueve años —se anticipó Tess con amabilidad, y apartó la vista, avergonzada
—. Lo siento…, sé que no debería estar aquí.
Sintió el impulso de dar media vuelta, pero entonces vio que Vance había dejado
de sonreír. Todo su rostro se ensombreció cuando lanzó una mirada hacia la lápida.
En voz baja dijo:
—Mi hija Annie tendría ahora cinco años.
«¿Mi hija?» Desconcertada, Tess observó a Vance y luego miró en dirección a la
lápida. Era blanca, de una elegante sobriedad, y tenía una inscripción escrita con
letras de unos cinco centímetros de alto:

Martha y Annie

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Vance
Que sus sonrisas alegren
un mundo mejor que éste.

Tardó unos instantes en entenderlo.


Su mujer debió de morir en el parto.
Tess sintió que se sonrojaba; estaba absolutamente avergonzada por su
imprudencia, por haber ido a ver a ese hombre a la tumba de su mujer y su hija. Alzó
la vista hacia Vance, que la miraba; la tristeza había dejado profundos surcos en su
rostro. Se le cayó el alma a los pies.
—Lo lamento muchísimo —musitó—. No lo sabía.
—Ya habíamos elegido el nombre, ¿sabes? Si era niño iba a llamarse Matthew, y
si era niña, Annie. Los decidimos en la noche de la boda.
—¿Qué…? ¿Cómo…? —Tess fue incapaz de acabar la pregunta.
—Sucedió a mitad del embarazo. Había estado bajo observación desde el
comienzo. Ella era, bueno, los dos éramos bastante mayores para tener el primer hijo.
Y en su familia había antecedentes de hipertensión. La cuestión es que le
diagnosticaron eclampsia. Se desconocen las causas. Me dijeron que era bastante
común, y que podía ser mortal, y ése fue el caso de Martha. —Hizo un alto e inspiró
hondo, con los ojos clavados en el horizonte. Era evidente que le resultaba doloroso
hablar de todo eso, y Tess quiso que parara, quiso que la tierra se la tragara para
evitar que ese hombre tuviese que revivir su drama por culpa de su egoísta presencia.
Pero era demasiado tarde—. Los médicos dijeron que no se podía hacer nada —
prosiguió con pesar—. Nos recomendaron que Martha abortase. Annie era demasiado
pequeña para poder sobrevivir en una incubadora, y las posibilidades de que mi mujer
sobreviviese al parto disminuían cada día que pasaba.
—Pero el aborto no…
Su mirada se entristeció.
—En circunstancias normales, ni nos lo habríamos planteado, pero esto era
diferente. La vida de Martha corría peligro; de modo que hicimos lo que hacíamos
siempre. —La expresión de su rostro se endureció—. Fuimos a pedir consejo al cura
de nuestra parroquia, el padre McKay.
Tess se imaginó lo que había ocurrido y se le encogió el corazón.
Vance tensó los músculos de la cara.
—Su posición, la posición de la Iglesia, estaba muy clara. Nos dijo que aquello
era un asesinato, y no cualquier tipo de asesinato, sino el más horrible de cuantos
puedan cometerse. Un crimen abominable. ¡Oh! Se mostró muy elocuente al
respecto. Nos dijo que si mi mujer abortaba, violaríamos el mandamiento de Dios:
«No matarás». Decía que se trataba de una vida humana, que mataríamos a un ser
humano que empezaba a vivir, la criatura más inocente que uno podía asesinar. Una
víctima que no entiende, que no puede protestar ni defenderse. Nos preguntó si

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mataríamos a nuestro hijo, si pudiésemos oír sus gritos y ver sus lágrimas. Y por si
eso no era suficiente, su argumento final fue la guinda: «Si vuestro hijo tuviese un
año, ¿lo mataríais? ¿Lo sacrificaríais para salvar vuestra propia vida? No. Por
supuesto que no. ¿Y si tuviese un mes de vida? ¿Y si tuviese un día? ¿Cuándo
empieza la vida realmente?». —Hizo una pausa y sacudió la cabeza al recordar—. Le
hicimos caso, Martha no abortó y dejamos todo en manos de Dios.
Vance miró hacia la tumba, era patente que una mezcla de dolor y rabia le hervía
en las venas.
—Martha aguantó hasta que empezó a tener convulsiones y murió de un derrame
cerebral. Y Annie, bueno, sus pequeños pulmones ni siquiera tuvieron la oportunidad
de oler nuestro aire contaminado.
—¡Lo siento mucho!
Tess apenas podía hablar. Pero en realidad tampoco importaba. Era como si Vance
estuviese en su propio mundo. Al mirarle a los ojos, vio que la tristeza había sido
reemplazada por una ira que emergía de sus entrañas.
—Fuimos unos estúpidos por poner la vida de Martha y la del bebé en manos de
esos charlatanes ignorantes y arrogantes. Pero no volverá a pasar. Me aseguraré de
que no vuelva a pasarle a nadie. —Contempló la quietud que los rodeaba—. El
mundo ha cambiado mucho en los últimos mil años. Ya no estamos hablando de la
voluntad de Dios o la maldad del demonio, sino de que la vida es un hecho científico.
Y ha llegado el momento de que la gente lo sepa.
Y en ese instante, Tess lo entendió todo.
Se le heló la sangre; ahora lo veía con claridad.
«Él era el hombre del museo. William Vance era el cuarto jinete.»
Se sucedieron en su mente las imágenes del pánico en el museo, del asalto de los
caballeros, de los disparos, de la confusión y los gritos.
«Veritas vos liberabit», pronunciaron sus labios en voz alta.
Vance la miró, sus ojos grises se clavaron en ella llenos de ira; se había dado
cuenta de que ella lo sabía.
—Exacto.
Tess debía irse, pero sus piernas se negaban a moverse. Su cuerpo estaba
completamente rígido y en ese momento pensó en Reilly.
—Lo siento, sé que no tenía que haber venido —fue todo lo que logró decir.
Pensó otra vez en el museo, en que por culpa de ese hombre habían muerto varias
personas. Miró a su alrededor con la esperanza de ver a otras personas enlutadas o a
alguno de los turistas u observadores de pájaros que frecuentaban el cementerio, pero
todavía era demasiado temprano. Estaban solos.
—No, me alegro de que lo hayas hecho. Agradezco la compañía, y tú más que
nadie deberías apreciar lo que intento hacer.
—Por favor, yo… Yo sólo intentaba…
Consiguió mover las piernas y, vacilante, retrocedió unos cuantos pasos mientras,

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nerviosa, lanzaba miradas a un lado y a otro tratando de averiguar cómo salir de allí.
Y entonces su teléfono móvil sonó.
Miró a Vance con los ojos desmesuradamente abiertos y, aún tambaleándose y
con él cada vez más cerca, alzó una mano mientras metía la otra en el bolso para
coger el teléfono.
—Por favor —suplicó.
—No lo hagas —ordenó él.
Y en ese instante se fijó en que Vance tenía una especie de pistola en la mano.
Parecía de juguete, con franjas amarillas pintadas en su cañón, corto y cuadrado. Y
antes de que pudiese moverse o chillar y mientras sujetaba con los dedos el teléfono
en el interior del bolso, vio que él apretaba el gatillo y dos dardos salían despedidos
por el aire. Le dieron en el pecho y sintió una ardiente oleada de un dolor
insoportable.
Al instante le fallaron las piernas y se quedó paralizada, impotente.
Perdió el conocimiento y se desplomó.

Detrás de un árbol cercano, un hombre alto cuya oscura vestimenta apestaba a


cigarrillo sintió que se le disparaba la adrenalina al ver cómo Tess era atacada y caía
al suelo. Escupió un chicle Nicorette, cogió su teléfono móvil y marcó la tecla de
llamada rápida mientras con la otra mano sacaba la pistola Heckler & Koch modelo
USP Compact de la pistolera que llevaba a la espalda.
De Angelis no tardó en contestar.
—¿Qué ocurre?
—Sigo en el cementerio. La chica… —Joe Plunkett hizo una pausa y la observó
tumbada sobre la húmeda hierba—. Se ha visto con un hombre que le acaba de
disparar con una pistola Taser de electrochoque.
—¿Cómo?
—Lo que oye, le ha disparado. ¿Qué quiere que haga? ¿Quiere que lo mate?
En su mente ya había empezado a elaborar un plan de ataque. La Taser no
supondría ningún problema. No estaba seguro de si el hombre de pelo canoso que
estaba de pie junto a la chica tendría o no otra arma, pero le daba igual; sería capaz de
reducirlo antes de que el tipo pudiese reaccionar, sobre todo porque le daba la
impresión de que estaba solo.
Plunkett esperó una orden. Su pulso ya se había acelerado, listo para el ataque;
prácticamente oía los pensamientos de De Angelis. Entonces monseñor habló con voz
serena y ronca:
—No, no hagas nada. Olvídate de ella. Él es ahora nuestra prioridad. Síguelo y no
lo pierdas de vista. Voy para allá.

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33
A Reilly le recorrió un escalofrío mientras escuchaba con la oreja pegada al teléfono.
—¡Tess! ¡Tess!
Sus gritos no obtuvieron respuesta y luego la línea se cortó.
Pulsó inmediatamente la tecla de rellamada, pero tras cuatro tonos saltó el buzón
de voz, que le pidió que dejara un mensaje. Llamó de nuevo, tampoco hubo
respuesta.
«Algo va mal, muy mal», pensó.
Sabía que Tess había telefoneado, pero no había dejado ningún mensaje, y cuando
él le devolvió la llamada, ella ya se había marchado de la oficina. De todas formas,
tampoco sabía con seguridad hasta qué punto quería seguir con la tesis de los
templarios. Le había resultado desagradable y hasta bochornoso sacar a relucir el
tema en medio de la reunión con monseñor y el resto del equipo. Aun así, había
llamado a su despacho a primera hora de la mañana y había hablado con Lizzie
Harding, su secretaria, quien le había dicho que Tess no había ido a trabajar.
—Ha telefoneado para decir que a lo mejor llegaba tarde —le había explicado
Lizzie.
—¿Como a qué hora?
—Eso no me lo ha dicho.
Al pedirle el número del móvil de Tess, la secretaria le dijo que no podían dar
datos personales; fue entonces cuando Reilly decidió que ya era hora de tenerlo,
comentó que era del FBI, y la actitud del Instituto Manoukian cambió rápidamente.
Después de tres tonos Tess descolgó, pero no dijo nada. Lo único que Reilly oyó
fue el ruido de cosas que se entrechocaban, como cuando alguien aprieta una tecla sin
querer y el teléfono se activa dentro del bolso o del bolsillo, y luego oyó que decía
«por favor» en un tono inquietante. Le había parecido que estaba asustada. Como si
suplicase algo. Y a continuación se había producido una sucesión de ruidos que él se
esforzaba por comprender: un chasquido estridente, un par de sonidos sordos, algo
que sonó como un breve y ahogado grito de dolor, y de nuevo un gran ruido. Reilly
había vuelto a chillar «¡Tess!», pero no había obtenido respuesta, y entonces la línea
se había cortado.
Miró fijamente el teléfono, el corazón le latía a toda velocidad. No le había
gustado nada cómo había sonado ese «por favor».
Claramente, algo horrible había pasado.
Mientras la cabeza le daba vueltas, llamó de nuevo al instituto y le pasaron con
Lizzie.
—Soy el agente Reilly otra vez. Necesito saber dónde está Tess —se corrigió
enseguida—, quiero decir la señora Chaykin. Es urgente.
—No sé dónde está. No ha dicho adonde iba. Lo único que ha dicho es que

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llegaría tarde.
—Pues necesito que mire en su agenda y revise su correo electrónico. ¿Hay
alguna manera de entrar en su calendario electrónico? Tiene que haber algo.
—Deme un minuto —repuso la secretaria, nerviosa.
Reilly vio que su compañero lo miraba con cara de preocupación.
—¿Qué ocurre? —inquirió Aparo.
Reilly tapó el extremo del auricular con una mano y con la otra garabateó para
Aparo el número del móvil de Tess.
—Es Tess, le ha pasado algo. Llámala desde tu teléfono.

En la margen opuesta del East River, un Volvo gris avanzaba lentamente hacia la
autopista de Brooklyn-Queens en dirección al puente de Brooklyn.
A una distancia prudencial del Volvo, tres coches más atrás, había un Ford
también gris a cuyo volante iba un hombre que tenía el desagradable hábito de tirar
las colillas encendidas de los cigarrillos por la ventanilla del coche.
A su izquierda, al otro lado del río, sobresalían los rascacielos del Lower East
Side.
Tal como se había imaginado, el Volvo cruzó el puente en dirección a Manhattan.

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34
Incluso antes de abrir los ojos, Tess notó el olor a incienso. Al abrirlos le pareció que
estaba rodeada de cientos de velas, cuyas llamas amarillas irradiaban una luz tenue
que iluminaba la habitación en la que se encontraba.
Estaba echada en una especie de alfombra, un viejo kilim. Era áspero al tacto,
debía de estar desgastado. De pronto le vino a la memoria su encuentro con Bill
Vance y se estremeció de miedo. Pero él no estaba allí; se encontraba sola.
Se incorporó y, aunque se sentía mareada, se puso de pie tambaleándose. Sintió
un dolor agudo en el pecho y otro en el costado izquierdo. Miró hacia abajo para
examinarse mientras intentaba recordar lo sucedido.
«Me ha disparado, no me lo puedo creer.»
«¡Pero estoy viva!»
Miró su ropa en busca de algún orificio y se preguntó cómo podía seguir
respirando. Entonces descubrió dos puntos donde la ropa estaba perforada y los
bordes de los agujeros ligeramente deshilachados y quemados. En ese instante
empezó a recordar la escena de Vance y la pistola. Cayó en la cuenta de que su
intención no había sido matarla, sino sólo incapacitarla, y de que la pistola con la que
le había disparado debía de ser un tipo de arma para aturdir.
Claro que ése tampoco era un pensamiento especialmente reconfortante.
Echó un vistazo a su alrededor todavía algo aturdida y se percató de que estaba en
un sótano de paredes desnudas, suelo embaldosado, y un techo bajo abovedado
apoyado en columnas labradas. No tenía ventanas. De una esquina partía hacia arriba
una oscura escalera de madera a la que no llegaba la luz de las velas, la mayoría de
las cuales eran masas informes de cera derretida.
Poco a poco se dio cuenta de que aquello era más que un sótano. Allí vivía
alguien. Junto a una de las paredes había un catre con una caja de madera al lado que
hacía las veces de mesilla de noche y que estaba repleta de libros y papeles. En el
extremo opuesto de la habitación había una mesa alargada y, frente a ésta, levemente
inclinada como si llevara muchos años prestando servicio, una gran silla de despacho
giratoria. Encima de la mesa había más montones de libros y papeles, y ahí,
céntricamente colocado y rodeado aún de más velas, estaba el codificador del Met.
Incluso en la semipenumbra producida por las velas brillaba como si hubiera
salido de otro mundo. Estaba en mejor estado de lo que Tess recordaba.
Localizó su bolso sobre la mesa, vio su monedero abierto al lado y de pronto se
acordó del teléfono móvil. Recordaba vagamente que lo había oído sonar antes de
perder el conocimiento. Recordaba haberlo palpado con la mano mientras sonaba, y
estaba convencida de que había conseguido descolgarlo. Dio un paso hacia delante
para coger su bolso, pero antes de que pudiera alcanzarlo un repentino ruido la obligó
a volverse. Intuyó que procedía de lo alto de la escalera; se abrió una puerta, que se

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cerró de nuevo con un sordo ruido metálico. Luego oyó pasos que bajaban y vio un
par de piernas; era un hombre que llevaba un abrigo largo.
Cuando lo reconoció, Tess se apresuró a retroceder. Vance la miró y le dedicó una
cálida sonrisa. Durante unos instantes ella pensó que era imposible que Vance le
hubiese disparado.
Avanzó hacia Tess con una gran botella de plástico de agua.
—Lo siento mucho —se disculpó Vance—. Pero no he tenido otra opción.
Cogió un vaso que había entre los libros de la mesa y le sirvió agua. Después
rebuscó en sus bolsillos hasta que encontró un blíster con pastillas.
—Son analgésicos. Ten, tómate uno y bebe toda el agua que puedas. Te irá bien
para el dolor de cabeza.
Tess miró el blíster, que parecía sin uso, y reconoció su nombre.
—Es Voltarol. ¡Vamos!, tómate una pastilla. Te irá bien —la animó Vance.
Titubeó unos instantes antes de sacar una y tragársela con un sorbo de agua.
Vance rellenó el vaso y Tess lo apuró con avidez. Todavía aturdida por lo que le había
ocurrido, miró fijamente a Vance aguzando la vista a la luz de las velas.
—¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es éste?
El rostro del hombre adquirió un aspecto sombrío, casi de desconcierto.
—Supongo que podría decir que es mi casa.
—¿Tu casa? ¿Vives aquí? ¡No hablarás en serio!
Él no contestó.
Tess tenía dificultades para entender lo que estaba sucediendo.
—¿Qué quieres de mí?
Vance la miró fijamente.
—Eres tú la que ha venido a buscarme.
—Quería verte para que me ayudaras a averiguar algo —espetó enfadada—. No
esperaba que me dispararas y me secuestraras.
—Tranquilízate, Tess, que aquí nadie ha secuestrado a nadie.
—Ah, ¿no? ¿O sea que puedo irme cuando quiera?
Vance desvió la vista, pensativo, y después se volvió para mirarla de nuevo.
—A lo mejor no querrás irte cuando te cuente mi versión de la historia.
—Créeme, me largaría de aquí sin pensarlo dos veces.
—Está bien…, tal vez tengas razón. —Vance parecía perdido, incluso
avergonzado—. Puede que todo sea un poco más complicado.
Tess notó que su rabia daba paso a la prudencia. «Pero ¿qué haces? No le lleves la
contraria. ¿No te das cuenta de que se ha vuelto loco? Está desequilibrado. Va por ahí
decapitando a la gente. Mantén la calma.» No sabía adonde mirar o qué decir. Lanzó
otra mirada al codificador y vio que había una abertura en la pared contra la que
estaba apoyada la mesa. Una abertura pequeña, estrecha y tapiada con listones de
madera. La inundó el optimismo, que no tardó en desvanecerse en cuanto pensó que
Vance no habría dejado libre una salida. «Puede que esté loco, pero no es estúpido.»

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Se concentró otra vez en el codificador. ¡De eso se trataba! Sintió que necesitaba
saber más. Se obligó a calmarse y luego preguntó:
—Es de los templarios, ¿verdad?
—Sí… Y pensar que he ido mil veces a la Biblioteca del Vaticano, y que debía de
estar abandonado en algún sótano, acumulando polvo. No creo ni que supieran lo que
tenían.
—¿Y funciona después de tantos años?
—Había que limpiarlo y engrasarlo, pero sí, funciona perfectamente. Los
templarios eran unos artesanos muy minuciosos.
Tess examinó el aparato. Junto a él había un montón de papeles. Eran documentos
antiguos, como hojas de un manuscrito. Vance y ella intercambiaron sus miradas. Le
dio la impresión de que el profesor casi disfrutaba con su desconcierto.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Tess al fin—. ¿Por qué lo necesitabas tan
desesperadamente?
—Todo empezó en Francia hace unos cuantos años. —Mientras reflexionaba,
miró con nostalgia los antiguos documentos—. De hecho, fue poco después de que
Martha y Annie fallecieran —explicó con tristeza—. Había dejado la universidad y
estaba… confuso, y enfadado. Tenía que alejarme de aquel mundo y acabé en el sur
de Francia, en el Languedoc. Había estado allí con anterioridad, haciendo senderismo
con Martha. Es una zona preciosa. Imagínate cómo debía de ser en aquel entonces.
Tiene una gran riqueza histórica, aunque gran parte de ella sea bastante sangrienta…
La cuestión es que durante mi estancia me topé con una historia que ya no pude
quitarme de la cabeza. Era algo que había ocurrido varios siglos atrás. Al parecer, le
habían pedido a un sacerdote joven que fuese a visitar a un monje en su lecho de
muerte para darle la extremaunción y escuchar su confesión. Se creía que el
moribundo era uno de los últimos templarios que aún seguían con vida. El sacerdote
fue a verlo, a pesar de que el monje no pertenecía a su congregación y de que no
había pedido que lo visitara; es más, en un primer momento incluso se había negado a
recibirlo. Finalmente accedió a ver al sacerdote, y cuenta la leyenda que cuando éste
salió, estaba pálido y estupefacto. No sólo su cara estaba blanca, sino también su
pelo. Dicen que después de aquel día el hombre nunca más volvió a sonreír. Y años
más tarde, justo antes de morir, dio a conocer la verdad. Resulta que el templario le
había contado algo y le había enseñado unos misteriosos papeles. Y eso es todo. No
pude olvidar aquella historia, ni alejar de mí la imagen de ese sacerdote al que se le
había quedado blanco el pelo tras pasar sólo varios minutos asistiendo a un anciano
moribundo. Desde entonces encontrar los papeles y averiguar qué eran se convirtió en
una…
«En una obsesión», pensó Tess.
—… especie de misión. —Vance esbozó una sonrisa mientras evocaba imágenes
de bibliotecas solitarias y lejanas—. No sé cuántos archivos habré recorrido, en los
museos, en las iglesias, en los monasterios de toda Francia, hasta en los Pirineos. —

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Hizo una pausa y a continuación alargó el brazo para apoyar la mano encima de los
papeles que había junto al codificador—. Y un día, de repente, encontré algo en un
castillo templario.
«Un castillo con una inscripción en el portón.» Tess se sentía aturdida. Pensó en
las palabras en latín que le había oído pronunciar a Vance, las mismas que Clive le
había explicado que estaban esculpidas en el dintel del portón del castillo de
Blanchefort. Miró los documentos. Se fijó en que eran antiguos y estaban escritos a
mano.
—¿El manuscrito original? —inquirió sorprendida por sentir parte del asombro
que sabía que Vance debía de haber experimentado. De pronto, lo vio claro—. Pero
estaba en clave… ¡Por eso necesitabas el codificador!
Vance asintió despacio, confirmando la hipótesis de Tess.
—Sí, aquello fue de lo más frustrante. Sabía desde hacía algunos años que estaba
detrás de algo importante y que no me había equivocado de papeles, pero no podía
leerlos. La sustitución monoalfabética y la transposición no me funcionaron, y me di
cuenta de que los templarios habían sido más inteligentes que todo eso. Hallé
misteriosas referencias a aparatos codificadores templarios, pero no localicé ninguno.
Era realmente desesperante. Todas sus pertenencias habían sido destruidas cuando los
acorralaron en 1307. Pero entonces el destino quiso que encontrase esta pequeña joya
en las entrañas del Vaticano, donde había estado guardada, escondida y olvidada
durante todos estos años.
—Y ahora ya puedes leer los papeles.
Vance dio unos golpecitos sobre ellos.
—Con absoluta claridad.
Tess observó los documentos. Se reprochó a sí misma la tremenda emoción que la
inundaba y se recordó que había muerto gente, que lo más probable era que ese
hombre estuviese trastornado y que, a tenor de los últimos acontecimientos, fuese
hasta peligroso. El descubrimiento en el que Vance trabajaba era potencialmente
significativo y más importante que cualquiera de las cosas que ella había
desenterrado, pero para ello había sido necesaria la sangre de inocentes, cosa que
Tess no podía permitirse olvidar, como tampoco podía olvidar que en toda esa
historia había algo oscuro y profundamente inquietante.
Contempló a Vance, que daba otra vez la impresión de que estaba en su propio
mundo.
—¿Qué esperas encontrar? —inquirió Tess.
—Algo que lleva demasiado tiempo olvidado. —La miró con ojos entreabiertos y
penetrantes—. Y que pondrá las cosas en su sitio.
«Y por lo que vale la pena matar», quiso añadir Tess, pero prefirió callarse.
Recordó lo que había leído, la idea de Vance de que el fundador de la Orden del
Temple era cátaro. Él acababa de decirle que había encontrado el manuscrito en el
Languedoc, lugar del que (para disgusto del historiador francés cuyo artículo Tess

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había leído) Vance sostenía que procedía la familia de Hugues de Payns. Quería saber
más detalles, pero cuando iba a hablar, oyó un extraño ruido en el techo, como un
ladrillo que entrechocara contra un suelo de piedra.
El profesor se puso de pie de un salto.
—No te muevas de aquí —le ordenó.
Tess recorrió el techo con la mirada tratando de localizar de dónde venía el ruido.
—¿Qué ha sido eso?
—Tú quédate aquí —insistió Vance, que rápidamente se puso en marcha.
Fue hasta detrás de la mesa y sacó la Taser con la que había disparado a Tess,
pero cambió de idea y la dejó. Luego rebuscó en una pequeña bolsa de la que extrajo
una pistola clásica que cargó con cierta dificultad mientras se precipitaba escaleras
arriba.
Las subió con decisión, y cuando las piernas estaban fuera del alcance de su vista,
Tess oyó el ruido metálico y sordo de la puerta al cerrarse.

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35
De Angelis se maldijo cuando golpeó con el pie el carbonizado trozo de madera y se
movieron los escombros de alrededor. Andar con sigilo por la iglesia abrasada no era
fácil; el lugar, oscuro y húmedo, estaba repleto de vigas quemadas y fragmentos de
piedra rota que habían caído del techo desmoronado.
Al principio le había sorprendido que Plunkett hubiese seguido a Tess y a su
raptor de pelo cano hasta ese sitio en ruinas; pero a medida que fue recorriendo los
fantasmales restos de la iglesia de la Ascensión, se dio cuenta de que era un lugar
perfecto para alguien que quisiera trabajar sin ser molestado, alguien para quien su
dedicación fuese más importante que las menudencias de la comodidad material. Un
dato que volvía a confirmar, aunque De Angelis no lo necesitara, que el hombre al
que perseguía sabía perfectamente lo que se había llevado del Met la noche del asalto.
Monseñor había accedido a la iglesia por una puerta lateral; menos de cuarenta
minutos antes, Plunkett había visto a Tess Chaykin, con los ojos vendados, bajar del
Volvo con ayuda y ser conducida por su secuestrador al interior de la iglesia. No
parecía muy consciente y había subido los pocos escalones de la puerta con un brazo
sobre los hombros de su raptor.
La pequeña iglesia estaba en la calle Ciento catorce Oeste, escondida entre dos
construcciones de piedra rojiza, y en la fachada que daba al este había una callejuela
en la que ahora estaban estacionados el Volvo y el Ford.
El templo había sido devastado por las llamas no hacía mucho tiempo y, por lo
visto, su reedificación estaba pendiente de programación. En la entrada había un gran
tablón que mostraba los progresos logrados en la recaudación de fondos destinados a
la reconstrucción: aparecía un termómetro de dos metros de alto, y en lugar de grados
podían leerse los miles de dólares que se precisaban para devolver al templo su
antiguo esplendor; de momento sólo se había conseguido reunir un tercio del dinero
necesario.
A través de un angosto pasillo, monseñor se había abierto paso hasta la nave.
Filas de columnas la dividían en tres secciones, dos laterales y una central, con
montones de bancos chamuscados. El estuco de las paredes se había quemado y
habían quedado al descubierto los ladrillos ennegrecidos y ocasionalmente
agujereados. Debajo del techo e irreconocibles, los pocos arcos de yeso que
quedaban, y que conectaban las paredes exteriores con las columnas, habían sido
carbonizados y deformados por las llamas. Del rosetón, cuyo vitral había presidido la
entrada a la iglesia, no quedaba más que el hueco tapiado.
Avanzó con cautela por un lateral de la nave, rodeó las puertas de bronce
derretido del presbiterio y subió despacio las gradas. A su derecha vio los restos
carbonizados de un gran púlpito. Reinaba el silencio, sólo ocasionalmente se oía
algún ruido de la calle que se colaba por una de las muchas cavidades del derruido

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esqueleto del templo. De Angelis había supuesto que quienquiera que se hubiese
llevado a la chica estaría utilizando las habitaciones traseras. Mientras Plunkett estaba
fuera, vigilando, él sorteó con sigilo los cascotes del altar hasta llegar a un pasillo que
había detrás del santuario, y entonces acopló el silenciador a su pistola Sig Sauer.
Fue en ese momento cuando golpeó el trozo de madera.
El sonido reverberó en el oscuro pasillo. De Angelis se quedó helado,
escuchando, alerta, atento a cualquier alteración que pudiese haber producido.
Aguzando la vista, distinguió con dificultad una puerta al final del pasillo justo
cuando, de pronto, se oyó un sonido seco al otro lado de ésta y a continuación unos
tímidos pasos cada vez más cercanos. Rápidamente se apartó, pegándose a la pared y
levantando la pistola. Los pasos seguían acercándose y oyó el ruido del pomo de la
puerta, pero en lugar de abrirse hacia fuera, hacia él, se abrió hacia dentro, y lo único
que vio fue un espacio oscuro. Era él quien estaba en la zona más iluminada.
Como era demasiado tarde para retroceder, lo que además de ser peligroso no
formaba parte de su naturaleza, se adentró en la penumbra.

Sujetando la pistola con fuerza, Vance vio al abrir la puerta al hombre que se había
colado en el santuario, pero no lo reconoció. Vislumbró algo que le pareció un
alzacuellos, y vaciló.
Entonces el hombre se abalanzó sobre Vance y éste intentó utilizar la pistola, pero
antes de que pudiese apretar el gatillo el intruso lo había tirado al suelo, con lo que el
arma se le cayó de la mano. El pasillo era estrecho y de techo bajo, de modo que el
profesor se apoyó en la pared para ponerse de pie, pero el hombre volvió a golpearle
y cayó de nuevo al suelo. Sólo que esta vez Vance le propinó un rodillazo y oyó un
grito de dolor. Una segunda pistola, la de su agresor, aterrizó en el suelo con
estrépito. Sin embargo, el intruso se recuperó enseguida y le dio un puñetazo a Vance
en la cabeza.
El golpe le hizo daño, pero no lo dejó aturdido. Al contrario: le hizo perder los
nervios. Era la segunda vez en un mismo día, la primera con Tess Chaykin y la
segunda con ese hombre, que intentaban echar por tierra todo su trabajo. Le dio otro
rodillazo, luego un puñetazo y después varios más seguidos. No era un luchador
experto, pero la ira jugaba a su favor. Nada ni nadie tenía derecho a interponerse entre
él y su objetivo.
El intruso bloqueó sus puñetazos con pericia y retrocedió, pero entonces tropezó
con unos listones de madera. Vance vio su oportunidad y le dio una fuerte patada en
la rodilla. Se apresuró a recuperar la pistola, apuntó y apretó el gatillo; pero el
hombre era rápido y tuvo tiempo para esquivar las balas. Entonces oyó un grito y
Vance pensó que alguna de ellas habría alcanzado el blanco, aunque no estaba seguro.
El intruso aún se movía y caminaba tambaleándose hacia el altar.
Vance titubeó unos instantes.
¿Debería ir tras él, averiguar quién era y liquidarlo? Pero en ese momento oyó un

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ruido procedente del otro extremo de la iglesia; el hombre no había venido solo.
Decidió que lo mejor era huir. Se volvió y corrió hasta la puerta secreta que
ocultaba el sótano.

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36
Tess escuchó un fuerte disparo al que siguió una especie de grito; alguien había sido
herido. Después oyó unos pasos que se precipitaban hacia la puerta secreta. No sabía
con certeza si se trataba de Vance o de otra persona, y tampoco estaba dispuesta a
quedarse allí esperando para averiguarlo.
Cruzó la habitación, cogió su bolso de la mesa y sacó su teléfono móvil. A la
tenue luz de las velas, la pantalla del teléfono se iluminó como una linterna y Tess
comprobó que no tenía cobertura. La verdad es que tampoco le importaba; no sabía el
número del FBI de memoria y, aunque podía llamar al número de información
telefónica, sabía que tardaría demasiado tiempo en explicarles lo sucedido. Además,
no tenía la más mínima idea de dónde estaba.
«¡Socorro! Estoy en un sótano en alguna parte de la ciudad.»
«O eso creo.»
¡Genial!
Todavía aturdida y sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza, paseó la vista
por toda la sala, nerviosa, y entonces recordó la abertura tapiada que había
descubierto detrás de la mesa. Impulsivamente, tiró al suelo parte del montón de
cosas que había sobre la mesa, se subió a ella y trató, no sin esfuerzo, de arrancar los
listones de madera que bloqueaban la cavidad. No se soltaban. Desesperada, los
aporreó con los puños, pero no cedieron. En ese instante oyó un ruido; la puerta del
sótano se había abierto. Se volvió y vio que unas piernas bajaban la escalera.
Reconoció los zapatos. Era Vance.
Sin perder un segundo, Tess registró a toda prisa la habitación y localizó la Taser
con la que Vance la había atacado. Estaba allí, en la mesa, en la esquina más próxima
a ella, detrás del montón de libros. La agarró y, con manos temblorosas, apuntó a
Vance, que emergía ahora de la penumbra y cuyos ojos la miraban fijamente, serenos.
—¡No te acerques! —le gritó.
—Tess, por favor —repuso él conminándola a que se calmara con un gesto—,
tenemos que salir de aquí.
—¿Tenemos? ¡No hables en plural y no te acerques a mí!
Vance seguía avanzando hacia ella.
—Tess, baja la pistola.
Atemorizada, apretó el gatillo, pero no ocurrió nada. Vance estaba a menos de tres
metros de distancia. Giró la pistola y la examinó, indignada, preguntándose si se
habría olvidado de hacer algo mientras Vance estaba a punto de abalanzarse sobre
ella. Entonces, nerviosa, localizó finalmente el seguro de la pistola y lo soltó. En la
parte posterior del arma se encendió una pequeña luz roja. Tess apuntó de nuevo y
comprobó que de alguna manera también había activado el láser, que dibujaba un
diminuto círculo rojo en el pecho de Vance. Le temblaban tanto las manos que el

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círculo oscilaba de izquierda a derecha; su objetivo estaba ahora muy cerca de ella.
Con el pulso a cien por hora, cerró los ojos y apretó el gatillo, que por el tacto se
parecía más a un botón de plástico que al frío acero que siempre se había imaginado.
La Taser funcionó y emitió una fuerte detonación, y a Tess se le escapó un chillido
cuando del cañón salieron despedidos dos dardos con lengüetas de acero inoxidable,
de los que partían finos cables metálicos que unían los dardos a la pistola.
El primer dardo se desvió ligeramente, pasó junto al costado de Vance y
desapareció en la oscuridad, pero el segundo le dio en el muslo izquierdo. Durante
cinco segundos sufrió una descarga de cincuenta mil voltios, que le paralizó el
sistema nervioso central y le provocó en los músculos unas contracciones
incontrolables. Vance se sacudió y arqueó mientras los ardientes espasmos recorrían
su cuerpo, y sus piernas cedieron. Paralizado, cayó al suelo; tenía el rostro contraído
por el dolor.
A Tess la desconcertó fugazmente la nube de diminutos discos metálicos
parecidos a confeti que expulsó la pistola cuando la disparó, pero los quejidos de
Vance, que se retorcía de dolor en el suelo, enseguida le recordaron el apuro en el que
se encontraba. Pensó en pasar junto a él y subir la escaleras pero no quería acercarse
tanto. Tampoco sabía con seguridad con quién se había enfrentado Vance allí arriba, y
le daba demasiado miedo ir a averiguarlo. Se volvió de nuevo a la abertura tapiada y
le dio patadas, y tiró de los listones de madera hasta que, al fin, uno de ellos se soltó.
Lo sacó, lo usó para forzar unos cuantos listones más y se asomó por el agujero
recién abierto.
Lo que había era un oscuro túnel.
No tenía otra salida, así que se metió en el agujero, pero antes miró otra vez a
Vance, que seguía retorciéndose de dolor; entonces vio el codificador y se fijó en que
los papeles, el manuscrito, estaban a su alcance.
Era como si la estuviesen llamando; la tentación fue irresistible.
Sorprendida por su propia reacción, salió del túnel, cogió el montón de
documentos y los metió en el bolso. Pero algo más le llamó la atención: su cartera,
que estaba entre las cosas que había esparcidas por el suelo. Dio un paso hacia
delante para recuperarla cuando, de reojo, vio que Vance se movía. Titubeó unas
décimas de segundo, pero decidió que había corrido suficiente riesgo y que ya era
hora de salir de allí. Se volvió, se introdujo de nuevo en el túnel y se adentró en la
penumbra.

Agachada y con la cabeza rozando el techo, habría recorrido ya unos treinta metros
del túnel cuando vio que éste desembocaba en otro más ancho y más alto. A Tess le
recordó fugazmente unas viejas catacumbas mexicanas que había visitado durante su
época de estudiante. Sólo que aquí el aire era todavía más húmedo, y al mirar hacia
abajo entendió por qué. Por el centro del túnel fluía un riachuelo de agua negra. Tess
perdió el equilibrio y resbaló con un pie en la desgastada y húmeda piedra. El agua

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helada le mojó las puntas de los zapatos. Entonces el riachuelo llegó a su fin; el agua
caía en cascada, aproximadamente entre un metro y medio o dos, y desembocaba en
un túnel aún más grande.
Miró hacia atrás y aguzó el oído. ¿Qué era eso? ¿Era sólo agua o era algo más?
Entonces un angustioso grito resonó en la oscuridad.
—¡Tess!
Era la voz de Vance, que tras reponerse la había seguido.
Tess respiró hondo, se volvió y se colgó del borde del túnel con los brazos; el
agua se le metió por una manga del abrigo, y le empapó la ropa y el cuerpo. Por
suerte, sus pies enseguida tocaron el suelo y pudo soltar los brazos; sin embargo,
ahora el riachuelo de agua turbia era más hondo y ancho. Una capa de asqueroso lodo
era arrastrada por su superficie y el olor era tan nauseabundo que supo que estaba en
una cloaca. Tras un par de intentos de andar por el lateral del túnel, desistió. La
curvatura era demasiado pronunciada y la superficie muy resbaladiza, por lo que,
tratando de no pensar en lo que habría en el aceitoso líquido, se dispuso a caminar por
el centro, donde el agua le llegaba casi a las rodillas.
De repente, vislumbró a los lados movimiento y color, y miró en esa dirección.
Unos leves destellos de luz rojiza iluminaron la penumbra y Tess oyó un murmullo.
Eran ratas, que corrían por los bordes del turbio riachuelo.
—¡Tess!
La voz de Vance retumbó en el húmedo canal, rebotando en sus paredes; el eco
era atronador.
Avanzó unos cuantos metros más y se fijó en que la oscuridad que tenía delante
ya no era tan intensa. A punto de perder el equilibrio, siguió hacia delante tan rápido
como se atrevió. No quería arriesgarse a caer de bruces en el agua. Cuando,
finalmente, llegó a la luz vio que ésta venía de arriba, de una rejilla de ventilación.
Oyó voces de gente. Se acercó un poco más y vio que a unos seis metros de distancia
sobre su cabeza había personas andando.
Sintió una oleada de esperanza y empezó a chillar.
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Estoy aquí abajo! ¡Socorro! —Pero, al parecer, nadie la
oyó y, de hacerlo, simplemente no habían hecho caso de sus gritos. «¡Pues claro que
no te hacen caso! ¿Qué esperabas? Esto es Nueva York. Lo último que harían en esta
ciudad es tomar en serio a una loca que grita desde una cloaca.»
Tess se dio cuenta de que sus gritos resonaban en todo el túnel. Escuchó unos
ruidos cada vez más próximos; era el chapoteo del agua. No estaba dispuesta a
quedarse allí esperando a que Vance le diese alcance, así que continuó avanzando,
ahora ya le daba igual mojarse, le daba igual el nauseabundo olor, y casi al instante
llegó a una bifurcación.
Uno de los túneles que se abrían ante ella era más ancho, pero más oscuro y
parecía más húmedo. ¿Sería un escondite mejor? Tal vez. Siguió por allí. Pero tras
recorrer unos quince metros le dio la impresión de que se había equivocado, porque

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frente a ella había una pared de ladrillo desnuda.
No había salida.

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37
Después de librarse del intruso junto al altar de la iglesia en ruinas, Vance tenía
pensado utilizar los túneles para huir del sótano, llevándose el codificador y el
manuscrito, que aún no había acabado de descifrar. Pero lo único que en ese
momento tenía, y que cargaba en sus brazos, era la compleja máquina. Los papeles
habían desaparecido. Sintió que la rabia se apoderaba de él y chilló el nombre de
Tess; su iracundo grito rebotó en las húmedas paredes que lo rodeaban.
No tenía nada en contra de Tess Chaykin. Recordó que le había caído bien, antes,
cuando él todavía era capaz de sentir afecto por las personas, y ahora no encontraba
motivo para sentir antipatía por ella; en realidad, hasta se le había pasado por la
cabeza invitarla a su… cruzada particular.
Pero le había robado los documentos, sus documentos, y eso le enfurecía.
Se colocó el codificador en una posición más cómoda y siguió persiguiendo a
Tess. Si no la alcanzaba pronto, probablemente ella acabaría encontrando alguna de
las diversas salidas que había en el tortuoso laberinto.
Y eso era algo que no podía consentir.
La ira hervía en su interior; no podía permitirse un movimiento en falso.
Ahora no.
Y menos aún allí abajo.

Tess dio media vuelta con la intención de dejar el desvío sin salida que había elegido,
cuando vio que en una de las paredes laterales había una puerta de hierro. Con la
mano tiró de su oxidado pomo. No estaba cerrada, pero sí atascada. Haciendo acopio
de todas sus fuerzas abrió la puerta y distinguió una escalera de caracol que
descendía. Bajar aún más y a un sitio más oscuro no le parecía una decisión muy
inteligente, pero no tenía muchas opciones.
Palpó a tientas los angulosos peldaños antes de apoyar sobre ellos todo su peso, y
bajó por la escalera, a cuyo pie encontró otro túnel. «¡Dios mío! Pero ¿cuántos
túneles hay aquí?», pensó. Al menos éste era más grande que el anterior y, lo que era
mejor, de momento estaba seco. Por lo menos no estaba en una cloaca.
No sabía qué camino elegir. Decidió girar a la izquierda. Vio que más adelante
una luz centelleaba. Era amarilla. «¿Serán más velas?»
Vacilante, caminó con cautela.
La luz desapareció.
Tess se quedó helada. Pero entonces cayó en la cuenta de que no se había
apagado, sino que alguien la tapaba con su cuerpo.
Seguía oyendo ruidos a sus espaldas, de modo que era imposible que fuese Vance
quien estuviese frente a ella. ¿O no? Quizá conocía al dedillo esos túneles. ¿Acaso no
le había dicho que vivía allí? Se obligó a continuar avanzando y ahora, a varios

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metros de distancia, pudo distinguir no una sino dos siluetas. Dudaba mucho que se
tratase de Vance. Ignoraba si eran hombres o mujeres, aunque la verdad es que allí
abajo ninguna de las opciones presagiaba nada bueno.
—¿Qué pasa, nena? ¿Te has perdido? —inquirió una voz ronca.
Pensando que titubear no la beneficiaría, Tess prosiguió con dificultades su
camino en la semipenumbra.
—Me parece que hoy es tu día de suerte, colega —comentó otra voz más aguda.
No le parecieron especialmente amables.
Tess siguió andando. A sus espaldas se oyó un ruido más fuerte. El corazón le dio
un vuelco. Ahora estaba cerca de las dos siluetas, pero la oscuridad todavía ocultaba
sus rostros. La tenue luz de la vela que había detrás de los dos hombres le permitió
vislumbrar un revoltijo de cajas de cartón, una especie de alfombra enrollada y fardos
de harapos.
Tess pensó con rapidez.
—Viene la poli —espetó mientras se aproximaba a las siluetas.
—¿Y qué coño quieren? —gruñó uno de ellos.
Tess se abrió paso entre los dos hombres, pero en ese instante uno de ellos alargó
el brazo y la agarró del abrigo.
—¡Eh! ¡Vamos, muñeca…!
De manera instintiva, ella se volvió, le dio un puñetazo al hombre en la sien, y
éste se tambaleó hacia atrás al tiempo que soltaba un grito, asustado. Su compañero,
el de la voz más aguda, hizo ademán de probar suerte, pero algo debió de ver en los
ojos de Tess, que brillaban a la luz de la vela, porque desistió.
Ella se volvió y corrió para alejarse lo máximo posible de ese par de vagabundos.
Estaba cansada, jadeante, la desolación de ese tenebroso mundo subterráneo había
empezado a agobiarla.
Llegó a otra bifurcación. No tenía ni idea de adonde ir. Esta vez escogió el
camino de la derecha. Anduvo a trompicones varios metros más y localizó un hueco
en la pared, en el que había una reja que se abrió al empujar. De nuevo, otra escalera
que iba hacia abajo. Pero ¡lo que necesitaba era subir, no bajar! Sin embargo, debía
alejarse de Vance; así que, con la esperanza de librarse de él, empezó a descender.
La escalera desembocaba en un túnel mucho más grande y también seco, pero de
paredes rectas. No obstante, era más oscuro y avanzó lentamente mientras tocaba la
pared con la mano para orientarse. Ya no oía los pasos de Vance, ni sus gritos.
Suspiró. «¡Muy bien! ¿Y ahora qué?», dijo para sí. Y, luego, después de
aproximadamente un minuto que a ella le pareció una eternidad, oyó un ruido a sus
espaldas. En esta ocasión no eran ratas ni un ruido producido por una persona. Era el
estrépito de un tren.
«Mierda, estoy en la vía de un tren.»
Una luz débil y oscilante rebotó en las paredes e iluminó las vías del suelo
mientras el tren se acercaba a ella. Tess corrió desesperada procurando no perder de

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vista el raíl para no tropezar. El tren se aproximaba a toda velocidad con su rítmico
traqueteo y estaba a punto de arrollarla cuando, gracias a sus faros, pudo ver una
pequeña cavidad en la pared y acurrucarse en ella. Justo entonces el tren pasó
atronando a escasos centímetros de su tembloroso cuerpo. El corazón le latía; se tapó
la cara con los brazos, cerró los ojos, aunque eso no impidió que a su paso la luz la
deslumbrara, y esperó. Sintió que la sacudía un aire cálido y sucio, que cubrió cada
poro de su piel y se le metió por la nariz y la boca. Tess se acurrucó y se pegó a la
pared lo máximo que pudo. El ruido era ensordecedor y bloqueaba todos sus sentidos.
No abrió los ojos hasta que, finalmente, el tren terminó de pasar y empezó a frenar
con un agudo chirrido que cortaba el aire. Con el pulso aún acelerado, sintió un
inmenso alivio.
«¡Una estación! ¡Debo de estar cerca de una estación!», pensó.
Reunió las pocas reservas de energía que aún tenía y, tambaleándose, recorrió los
interminables metros que le quedaban. En el momento en que el tren arrancó de
nuevo, llegó a la luminosa estación y se subió al andén. Los últimos pasajeros ya
estaban ascendiendo por la escalera y era evidente que nadie se había fijado en su
presencia.
Tess permaneció unos instantes allí, a cuatro patas, en el borde del andén con el
corazón a cien por hora a consecuencia del miedo y el agotamiento. Después,
empapada y sucia, se puso de pie y, exhausta y con las piernas temblorosas, subió por
la escalera al encuentro de la civilización.

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Envuelta en una manta y sosteniendo un enorme vaso de café caliente, Tess, sentada
en el coche de Reilly frente a la estación de metro de la calle Ciento tres, tiritaba.
Tenía el frío metido dentro del cuerpo. De cintura para abajo, estaba congelada, y el
resto no es que estuviera mucho mejor.
Reilly se había ofrecido a acercarla a un hospital o a casa, pero ella había insistido
en que no estaba herida y en que no tenía ganas de volver a casa todavía. Antes
quería contarle lo que había descubierto.
Cuando los equipos de la policía entraron en la estación, empezó a hablarle a
Reilly de su encuentro con Vance. De cómo Clive le había sugerido que consultase al
profesor, de cómo ella lo había conocido años atrás y había ido al cementerio con la
esperanza de encontrarlo y de que pudiese ayudarle a resolver lo sucedido en el Met.
Le habló de lo qué Vance le había explicado, del fallecimiento de su mujer durante el
parto y de cómo había culpado a su párroco por ello, y repitió la frase que le había
oído decir a Vance de que su descubrimiento pondría las cosas en su sitio, algo que, al
parecer, inquietó a Reilly. Le contó la historia del monje templario moribundo y el
sacerdote al que se le había vuelto blanco el pelo, y le contó que Vance le había
disparado y de cómo al volver en sí se encontró en un sótano; de que alguien se había
presentado allí, de la pelea y los tiros que había oído, y de cómo, finalmente, había
logrado escapar.
Mientras hablaba, Tess se imaginó a los equipos de búsqueda desperdigándose
por los diversos túneles con la intención de localizar a Vance en esa pesadilla
subterránea, pero sabía que lo más seguro era que se hubiese marchado hacía rato. El
recuerdo de los túneles la hizo estremecerse. No era un sitio al que le apeteciese
regresar, ¡ojalá no le pidieran que lo hiciera! No había sentido tanto miedo en toda su
vida. Por lo menos desde el asalto al Met, del que no había pasado ni una semana.
Salía de una para meterse en otra. ¡Qué mala racha!
Al terminar su relato, Reilly sacudió la cabeza.
—¿Qué? —preguntó Tess.
Él se limitaba a mirarla en silencio.
—¿Por qué me miras así? —insistió ella.
—Porque estás loca, ¿lo sabías?
Ella suspiró, cansada.
—¿Por qué?
—¡Vamos, Tess! No tendrías que ir por ahí en busca de pistas para intentar
resolver el caso por tu cuenta. Es más, no deberías ni intentar resolverlo. Ése es mi
trabajo.
Tess esbozó una sonrisa.
—A ti lo que te da miedo es que los honores sean para mí.

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Reilly no bromeaba.
—Hablo en serio. Podrían haberte herido. O peor que eso. No lo entiendes,
¿verdad? Ha muerto gente por este asunto, Tess. No es un juego. ¡Dios, tienes una
hija!
Ella se puso visiblemente tensa cuando Reilly mencionó a Kim.
—¡Para un momento! Yo lo único que pretendía era tomarme un café con un
profesor de historia para hablar un poco del tema, ¿entiendes? No esperaba que me
atacara con esa… —Se le quedó la mente en blanco.
—Una Taser. Una pistola de electrochoque.
—Pues con eso, y que me metiera en su coche y luego me persiguiera por unas
cloacas infestadas de ratas. ¡Por Dios, es un profesor de historia! Se supone que los
académicos fuman en pipa y son hombres refinados que viven en su propio mundo, y
no…
—¿Psicópatas?
Tess enarcó las cejas y levantó la mirada. De algún modo y a pesar de todo lo
sucedido, esa palabra no le parecía apropiada.
—Yo no diría tanto, pero… lo que está claro es que Vance no está bien. —Sintió
cierta compasión hacia el profesor y añadió sorprendida—: Necesita ayuda.
Reilly la observó en silencio.
—De acuerdo, repasaremos todo minuciosamente como es debido en cuanto te
recuperes, pero, de momento, lo que necesitamos es averiguar adonde te llevó. ¿No
tienes ni idea de dónde estabas, de dónde está ese sótano?
Tess negó con la cabeza.
—No, ya te he dicho que no. En todo el trayecto en coche y hasta que estuve
dentro del escondite tenía los ojos vendados. Y logré escapar por un inmenso
laberinto de oscuros túneles. Pero no debe de estar muy lejos, me refiero a que lo he
hecho todo andando.
—¿A cuántas manzanas dirías que estabas?
—No lo sé, puede que a cinco.
—Muy bien, iré a buscar un mapa para ver si podemos encontrar esa mazmorra.
Reilly se disponía a marcharse cuando Tess le agarró del brazo y lo detuvo.
—Hay algo más… que no te he contado.
—¿Por qué será que no me sorprende? —bromeó—. ¿De qué se trata?
Tess introdujo la mano en el bolso, extrajo el rollo de papeles que se había
llevado de la mesa de Vance y los desenrolló para enseñárselos a Reilly; era la
primera vez que podía verlos bien, con luz. Los documentos, antiguos pergaminos, no
tenían ilustraciones, pero eran una preciosidad. Eran singulares, porque los textos,
escritos con una letra de trazo impecable e ininterrumpido, ocupaban prácticamente
toda la hoja, de lado a lado; entre las palabras o los párrafos no había espacios.
Sin salir de su asombro, Reilly examinó las hojas en silencio y luego miró a Tess.
Ella sonrió y su sonrisa iluminó su cara sucia tras su estancia en los túneles.

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—Son de Vance —le informó—. Son los manuscritos templarios del Languedoc.
Pero aquí viene lo más curioso. Sé reconocer el latín escrito, y esto de latín no tiene
nada. Es un auténtico galimatías. Por eso Vance necesita el codificador. En estos
documentos está la clave de todo el caso.
El rostro de Reilly se ensombreció.
—Pero estos textos no nos sirven de nada sin la máquina.
A Tess le brillaban los ojos; era consciente de ello.
—Es cierto…, pero el codificador tampoco sirve de nada sin los documentos.
Siempre disfrutaría recordando ese momento: recordando a Reilly contrariado y
sin habla. Seguro que la noticia le alegraba, pero no podía exteriorizar sus
sentimientos ni aunque lo mataran. Lo último que Reilly quería era alimentar la
temeridad de Tess. De modo que se limitó a mirarla antes de bajar del coche y llamar
a otro de los agentes para pedirle que fotografiara los documentos de inmediato.
Minutos después, un agente se acercó corriendo con una gran cámara y Reilly le dio
los papeles.
Tess lo observó mientras colocaba los manuscritos sobre el maletero del vehículo
y empezaba su trabajo. Entonces se fijó en que Reilly cogía un walkie-talkie y se
ponía al tanto de la situación que se vivía en los túneles. El empeño con que ejecutaba
su trabajo tenía cierto atractivo. Tess lo miró mientras él se comunicaba crípticamente
por el aparato, él le devolvió la mirada y a ella le pareció adivinar una sonrisa.
—Tengo que ir ahí abajo —anunció después de cortar la transmisión—. Han
encontrado a tus dos amigos.
—¿Y qué hay de Vance?
—Ni rastro de él. —Saltaba a la vista que aquello le disgustaba—. Le pediré a
alguien que te lleve a casa.
—No hay prisa —objetó ella.
No era verdad, se moría de ganas de deshacerse de esa ropa mojada y sucia, y
quedarse horas debajo del chorro de agua de la ducha, pero no se iría hasta que el
fotógrafo acabara. Porque no había cosa que le apeteciera más que echarles una
ojeada a los documentos que habían originado toda esa historia.
Reilly se alejó y la dejó en su coche. Tess vio que hablaba con un par de agentes
más antes de dirigirse con ellos hacia la entrada de la estación.
De pronto, el teléfono móvil sonó e interrumpió sus pensamientos. El
identificador de llamada mostraba el número de su casa.
—Tess, cariño, soy yo. —Era Eileen, su madre.
—Mamá, perdona, debería haberte llamado.
—¿A mí? ¿Por qué? ¿Ocurre algo?
Tess suspiró aliviada. No tenía que preocuparse de su madre. Seguro que, si
habían llamado preguntando por ella, el FBI se habría cuidado de no alarmarla.
—No, claro que no. ¿Qué pasa?
—Pues quería saber a qué hora piensas venir, porque tu amigo ya está aquí.

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Tess notó que un escalofrío le subía por la espalda.
—¿Mi amigo?
—Sí —contestó su madre alegremente—, es un hombre encantador. Espera, que
se pone un segundo, cariño. Y no tardes mucho. Le he invitado a cenar.
Tess oyó que el auricular cambiaba de mano y se ponía al teléfono una voz que le
resultaba familiar.
—¡Tess, preciosa! Soy Bill. Bill Vance.

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39
Sentada en el asiento del coche de Reilly, Tess se quedó helada y se le hizo un
enorme nudo en la garganta. Vance estaba en su propia casa. Con su madre… ¿Y
Kim?
Se apartó de la ventanilla mientras sujetaba el teléfono con fuerza.
—¿Se puede saber qué…?
—Supuse que ya estarías en casa —la interrumpió Vance con serenidad—. No me
he equivocado de hora, ¿no? En el mensaje decías que era bastante urgente.
«¿En el mensaje? —Tess pensaba a toda velocidad—. ¡Se presenta en mi casa y
ahora pretende que le siga el juego!», pensó. Una ola de ira se apoderó de ella.
—Si les haces daño, te juro que…
—No, no, no —replicó él—, por eso no te preocupes. Lo que pasa es que no
puedo quedarme mucho rato. Me encantaría aceptar la invitación de tu madre y cenar
con vosotras, pero tengo que volver a Connecticut. Antes me has dicho que tenías
algo que querías enseñarme.
«¡Naturalmente! Los documentos. Quiere que se los devuelva.» Se dio cuenta de
que su intención no era hacerles daño alguno ni a su madre ni a Kim. Se había hecho
pasar por un amigo y estaba actuando como tal. Su madre no sospecharía nada. «Muy
bien, será mejor así», pensó.
—¿Tess? —preguntó Vance con una tranquilidad inquietante—. ¿Estás ahí?
—Sí. ¿Qué quieres? ¿Que te acerque los documentos?
—¡Eso sería estupendo!
Se acordó de su cartera, que se había dejado entre el revoltijo esparcido por el
suelo del sótano de Vance y se reprochó a sí misma por no haberla cogido. Miró
nerviosa por la ventanilla del coche. La única persona que tenía cerca era el
fotógrafo, que seguía haciendo fotos a los documentos. Tess respiró hondo y,
sintiendo un pinchazo en el pecho, apartó la vista del agente.
—Voy para allá. Por favor, no les hagas nada…
—Por supuesto que no —replicó, y se rió entre dientes—. Entonces nos vemos
ahora. ¿Vendrás con alguien más?
Tess frunció el ceño.
—No.
—Perfecto. —Vance hizo una breve pausa, que Tess no comprendía—. Entre
tanto será un placer conocerlas un poco mejor —prosiguió—; la verdad es que tienes
una hija encantadora.
De modo que Kim estaba en casa. «¡Será cabrón! Pierde a su hija y ahora se
dedica a amenazar a la mía.»
—Iré sola, no te preocupes —aseguró Tess tajante.
—No tardes.

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La comunicación se cortó y ella permaneció unos instantes con el móvil pegado a
la oreja mientras repasaba otra vez la conversación, intentando comprender lo que
pasaba.
Debía tomar una importante decisión. «¿Se lo digo a Reilly?», se preguntó. La
respuesta era: por supuesto. Cualquiera que hubiese visto un poco la tele sabía que,
dijera lo que dijese un secuestrador, en las películas se avisaba a la policía. Siempre
se les avisaba. Pero esto no era una película, era la vida real. Se trataba de su familia,
que estaba en manos de un hombre destrozado. Por muchas ganas que tuviese de
decírselo a Reilly, no quería correr el riesgo de que su madre y su hija se convirtieran
en sus rehenes. No en el estado psíquico de Vance.
Se agarró a un clavo ardiendo y quiso convencerse de que su familia no sufriría
ningún daño. A ella tampoco le había pasado nada, ¿no? Vance le había pedido
incluso perdón por lo que le había hecho. Pero ahora estaba enfadado y ella tenía
unos documentos que eran cruciales para su «misión». Documentos, tal como había
apuntado Reilly con acierto, por los que algunas personas habían muerto.
No podía arriesgarse. Su familia estaba en peligro.
De nuevo, miró con disimulo al fotógrafo. Ya había terminado. Con el móvil
todavía al oído, salió del coche y fue a su encuentro.
—Sí —dijo en voz alta fingiendo que hablaba con alguien—, acaba de terminar.
—Asintió y miró al fotógrafo, forzando una sonrisa—. ¡Claro! Ahora mismo te los
llevo —continuó—. Ve montando el equipo.
Fingió colgar y se dirigió al fotógrafo.
—¿Está seguro de que saldrán bien?
Al fotógrafo le sorprendió la pregunta.
—Eso espero. Para eso me pagan.
Tess enrolló los pergaminos mientras el agente se alejaba extrañado.
—Tengo que irme volando al laboratorio. —La excusa no estaba mal, sólo faltaba
que fuera remotamente creíble. Lanzó una mirada a la cámara y añadió—: A Reilly le
interesa tenerlas pronto. ¿Podría darse prisa en revelarlas?
—¡Pues claro! Ningún problema; la cámara es digital —repuso él en tono burlón.
Consciente de su patinazo, Tess hizo una mueca de fastidio, y aparentando la
mayor seguridad posible a la vez que conteniéndose para no salir corriendo, volvió
hacia el coche de Reilly. Al llegar a la puerta del conductor, echó un vistazo en su
interior y vio que las llaves seguían donde él las había dejado. Se metió dentro y puso
el vehículo en marcha.
Buscó a Reilly con la mirada, deseando no encontrarlo. No estaba por allí, y su
compañero tampoco. Puso en marcha el vehículo y circuló lentamente entre el resto
de coches de la policía, sonriendo con timidez al par de agentes que le indicaron con
un gesto que pasara, y esperando que no se notase el pánico que la embargaba.
En cuanto abandonó la zona y tras echar una mirada por el espejo retrovisor,
aceleró en dirección a Westchester.

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Al entrar en el camino de acceso a su casa, Tess calculó mal el giro y golpeó el
bordillo; lanzó un chillido y frenó.
Sentada en el coche y paralizada por el miedo, se miró las manos. Le temblaban,
y su respiración era entrecortada. Se esforzó por sobreponerse. Tenía que calmarse.
«¡Vamos, Tess! Ánimo», pensó. Si lograba manejar la situación, tal vez, sólo tal vez,
tanto Vance como ella podrían tener lo que querían.
Bajó del coche y de pronto lamentó su decisión de no explicarle a Reilly lo
ocurrido; porque habría podido volver a casa igualmente mientras él organizaba…
¿qué? ¿Un equipo de agentes especiales con pistolas y megáfonos que rodearían la
casa, y gritarían: «¡Salga con las manos arriba!»? ¿Horas de interminables
negociaciones para que Vance soltara a las rehenes y, por muy bien planificado que
estuviese, un rescate altamente arriesgado? Dejó volar su imaginación antes de volver
a la realidad. No, después de todo, quizá su decisión había sido acertada.
De cualquier forma, ahora era demasiado tarde.
Ya estaba en casa.
Anduvo hasta la puerta y, de pronto, la asaltaron las dudas. Visualizó lo que debía
de haber sucedido. Vance había llamado al timbre y había estado hablando un par de
minutos con Eileen sobre Oliver Chaykin y luego sobre Tess, lo que habría dejado a
su madre completamente desarmada y hasta fascinada.
¡Si se lo hubiera explicado a Reilly!
Introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta y entró en el salón. La escena
que se encontró era de lo más surrealista. Vance estaba allí, sentado con su madre en
el sofá, charlando afablemente mientras tomaban sorbos de sendas tazas de té. Hasta
los oídos de Tess llegó música procedente del cuarto de Kim. Su hija estaba arriba.
Eileen se quedó literalmente boquiabierta al ver el desaliñado aspecto de su hija y
saltó del sofá.
—¡Oh, Dios mío! Pero ¿qué te ha pasado, hija?
—¿Te encuentras bien? —inquirió Vance fingiendo un interés sincero y
levantándose también.
«¡Hay que tener valor para preguntarme esto!» Tess lo miró fijamente e intentó
por todos los medios reprimir la rabia que sentía, que en ese momento superaba al
miedo.
—Sí, estoy bien —contestó forzando una sonrisa—. Es que ha habido un escape
de agua en la calle, delante del instituto, y justo ha pasado un camión por delante, y
en fin… No necesito entrar en detalles.
Eileen agarró a su hija por el brazo.
—Cariño, vete a cambiar o pillarás un resfriado. —Se volvió a Vance—. Bill, con
tu permiso…

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Tess le lanzó una mirada a Vance. Seguía allí de pie, irradiando cordialidad e
interés.
—No, si yo ya me iba. —Le devolvió la mirada a Tess—. ¿Me das los papeles?
Además, seguro que ahora mismo lo último que necesitáis es tener invitados.
Tess permaneció de pie, indignada; el silencio era sepulcral. Eileen miró a Vance
y luego a Tess, que se dio cuenta de que su madre empezaba a olerse algo raro.
Cambió rápidamente su actitud y le dedicó a Vance una sonrisa.
—Enseguida te los doy, los tengo aquí.
Metió la mano en el bolso y sacó los manuscritos. Alargó el brazo para dárselos y
durante unos segundos ambos sujetaron los papeles.
—Gracias, los miraré lo antes posible.
Tess forzó otra sonrisa.
—¡Fantástico!
Vance se volvió a Eileen y le cogió una mano entre las suyas.
—Ha sido un placer.
La mujer se relajó y se ruborizó, y agradeció el cumplido con una sonrisa. A Tess
la alivió enormemente que su madre no hubiera tenido que enterarse de quién era
Vance en realidad; al menos por ahora. Miró al profesor, que la estaba observando
atentamente, pero no pudo leerle el pensamiento.
—Será mejor que me vaya —dijo él finalmente—. Gracias otra vez.
—No hay de qué.
Se detuvo en la puerta. Se giró y se despidió de Tess:
—Hasta pronto. —Y abandonó la casa.
Tess se acercó a la puerta y lo vio alejarse en coche. Eileen se reunió con ella.
—Es un hombre encantador. ¿Por qué no me habías dicho que lo conocías? Me ha
contado que trabajó con tu padre.
—¡Venga, entremos! —dijo Tess mientras cerraba la puerta.
Todavía le temblaban las manos.

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Tess pudo verse, finalmente, en el espejo del cuarto de baño. Nunca había estado tan
sucia, empapada ni pálida. Pese a que debido a la tensión aún le temblaban las
piernas, contuvo su impulso de sentarse. Después de todo lo que había pasado ese día,
sabía que si se sentaba, probablemente no podría volver a levantarse en varias horas.
Como también sabía que el día no había terminado. Reilly estaba en camino; la había
llamado al poco de irse Vance y no tardaría en llegar. Por teléfono había aparentado
serenidad, pero Tess suponía que estaría furioso con ella. Tendría que darle una
explicación.
Otra vez.
Sólo que en esta ocasión la cosa era más seria. Tendría que explicarle por qué no
confiaba en él lo suficiente para pedirle ayuda.
Miró fijamente a la desconocida del espejo. La rubia decidida y segura se había
esfumado para dar paso a un desastre físico y mental. Las dudas la asaltaban. Repasó
los acontecimientos de la jornada, cuestionándose cada uno de sus movimientos y
reprochándose por haber puesto en peligro a su madre y a su hija.
«Esto no es un juego, Tess. Déjalo ya. Tienes que parar», pensó.
Mientras se desnudaba le entraron ganas de llorar. Se había aguantado al abrazar a
Kim después de que Vance se fuera; había reprimido las lágrimas de felicidad
cuando, apartándose de ella, Kim le había dicho: «¡Uf, mamá, apestas! Necesitas una
buena ducha». Se había aguantado al hablar por teléfono con Reilly mientras se
aseguraba de que su madre y Kim no escuchaban la conversación. Bien pensado, no
recordaba la última vez que había llorado, pero ahora ya no aguantaba más. Se sentía
fatal y le temblaba todo el cuerpo, tanto por el miedo como al imaginarse lo peor que
podía haber sucedido.
Además de quitarse la suciedad y el olor del cuerpo, aprovechó el rato que estuvo
en la ducha para tomar algunas decisiones; entre ellas, que Kim y Eileen merecían
algo mejor.
Merecían seguridad.
Y entonces se le ocurrió una idea.
Enfundada en un albornoz y con el pelo aún goteando, Tess fue en busca de su
madre. La encontró en la cocina.
—He estado pensando en lo que hablamos de ir este verano a casa de tía Hazel —
dijo Tess sin preámbulos.
Hazel, la hermana de su madre, vivía sola en un pequeño rancho de las afueras de
Prescott, en Arizona (sola, a excepción de varias docenas de animales diversos).
—¿Y?
Tess no perdió comba.
—Y creo que deberíamos ir ahora, en Pascua.

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—¿Y eso por qué? —se extrañó su madre, que añadió—: Tess, ¿hay algo que no
me hayas contado y deba saber?
—No —mintió, y se acordó del hombre que había venido a buscar a Vance en el
sótano, de los disparos y su grito de dolor.
—Entonces…
Tess interrumpió a su madre.
—Nos irá bien un descanso. Yo también iré, ¿sabes? Dentro de un par de días;
tengo que organizarme la agenda y dejar resueltas unas cosas en el trabajo, pero
quiero que vosotras dos os marchéis mañana.
—¿Mañana?
—¿Por qué no? Tú llevas tiempo queriendo ir, y a Kim no le pasará nada por
empezar las vacaciones unos días antes. Reservaré los billetes de avión, sí, será lo
mejor, así nos aseguraremos las plazas —insistió.
—Tess. —El tono de su madre era serio—. ¿Qué está pasando?
Ella sonrió nerviosa, consciente de que su madre estaba molesta. Ya se disculparía
en otro momento.
—Es importante, mamá —dijo en voz baja.
Eileen la miró con detenimiento. Siempre le había leído el pensamiento a su hija y
hoy no iba a ser menos.
—¿Qué ocurre? ¿Estás en peligro? Quiero una respuesta sincera, ahora. ¿Estás en
peligro?
No mintió del todo, pero su respuesta fue evasiva:
—Creo que no, pero de lo que estoy segura es de que en Arizona no habrá nada
de qué preocuparse.
Su madre frunció las cejas. Evidentemente, la respuesta no la había convencido.
—Entonces ven mañana con nosotras.
—No puedo. —Su expresión y su tono no dieron pie a réplica.
Eileen inspiró hondo y observó a su hija.
—Tess…
—Mamá, de verdad, no puedo.
Eileen asintió disgustada.
—Pero te reunirás pronto con nosotras, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo. Iré dentro de un par de días.
De repente, Tess sintió un gran alivio.
Entonces sonó el timbre.

—Tendrías que habérmelo dicho, Tess. Tendrías que habérmelo dicho. —Reilly
estaba lívido—. Podríamos haberlo detenido al irse de tu casa, podríamos haberlo
seguido, podríamos haberlo hecho de muchas maneras. —Sacudió la cabeza—.
Podríamos haberlo capturado y acabar con todo esto.
Hablaron en el patio trasero de la casa, lejos de su madre y de Kim. Tras

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asegurarle que estaban bien, Tess le había pedido que fuese discreto y no apareciese
con un despliegue de hombres armados. De modo que Aparo se había quedado en la
parte frontal de la casa vigilando y esperando a que llegase el coche patrulla de la
policía local, y Reilly comprobó que, como Tess le había dicho, la situación estaba
bajo control y el peligro, ciertamente, había pasado.
Ella llevaba un albornoz blanco, el pelo largo, que mojado parecía más oscuro, y
las piernas desnudas. Sentados debajo de una malva arbórea y pese a lo frustrado y
enfadado que sabía que estaba Reilly por su culpa, Tess se sentía curiosamente
tranquila; debido en gran parte a la presencia de él. Era la segunda vez en un mismo
día que se había visto amenazada como nunca en toda su vida, y las dos veces él
había estado a su lado.
Desvió la vista, ordenando sus ideas y dejando que Reilly también se relajara, y
después lo miró a los ojos.
—Lo siento, lo siento mucho… No sabía qué hacer. Supongo que me he
equivocado; me imaginé un desfile de equipos de agentes especiales y las
negociaciones con el secuestrador, y…
—… y te entró miedo. Lo entiendo, es comprensible. Quiero decir, que el tipo era
una amenaza para tu hija y tu madre, pero aun así… —Suspiró con resignación y
cabeceó de nuevo.
—Lo sé, tienes razón, lo siento.
Reilly la miró.
No le gustaba nada el hecho de que Tess y su hija hubiesen corrido peligro. Pero
tampoco podía culparla por ello. No era una agente del FBI; era arqueóloga y madre.
No podía pedirle que pensara igual que él y reaccionara fría y racionalmente en una
situación límite como ésa. No, estando su hija involucrada; no, después del día que
había tenido.
Reilly esperó un rato antes de hablar.
—Mira, has hecho lo que creías que era mejor para tu familia y nadie puede
culparte por ello. Seguramente yo habría hecho lo mismo. Las tres estáis sanas y
salvas, y eso es lo único que realmente importa.
A Tess se le iluminó la cara. Asintió con cierto sentimiento de culpa y recordó la
escena vivida con Vance en el salón.
—He tenido que devolverle los papeles.
—Pero tenemos las copias —le recordó Reilly antes de añadir—: Los del
laboratorio están trabajando a marchas forzadas. —Tess esbozó una sonrisa, que
Reilly le devolvió mientras asentía y consultaba su reloj—. Bueno, no te molesto
más, necesitas descansar. He dado la orden de que un coche de policía vigile la casa,
y no te olvides de cerrar la puerta con llave cuando me vaya.
—No te preocupes. —De pronto, Tess tomó conciencia de su vulnerabilidad, de
lo vulnerables que eran todos—. No tengo nada más que a Vance le pueda interesar.
—¿Estás segura? —repuso él bromeando sólo a medias.

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—Palabra de girl scout.
Reilly sabía cómo hacerla relajarse.
—Muy bien, pues si mañana te ves con ánimos, me gustaría que te acercaras a mi
oficina. Creo que sería estupendo volver a repasarlo todo con el resto del equipo y
poner sobre la mesa la información que tenemos.
—¡Por supuesto! Pero deja que primero meta a mi madre y a Kim en un avión.
—De acuerdo. Nos vemos mañana.
Sus ojos se encontraron.
—Sí. —Tess se puso de pie para acompañarlo a la salida.
Reilly había dado unos cuantos pasos cuando se detuvo y se volvió:
—Verás, es que hay algo que antes no he podido preguntarte.
—Dime.
—¿Por qué te llevaste los documentos? —Hizo una pausa—. Me refiero a que
debías de estar desesperada por largarte de allí… y, sin embargo, retrasaste la huida
para coger los papeles.
Tess no sabía con certeza qué la había impulsado a hacerlo. Todo era un tanto
confuso.
—No lo sé —dijo—. Los vi y los cogí.
—Ya, pero aun así… Supongo que me sorprende, nada más. Lo lógico hubiese
sido que te escaparas de aquel agujero lo más rápido posible.
Tess desvió la vista. Ahora veía por dónde iba Reilly.
—¿Crees que podrás olvidarte de este asunto —insistió él—, o por tu propia
seguridad tendré que encerrarte? —Hablaba completamente en serio—. ¿Tan
importante es esto para ti, Tess?
Ella esbozó una sonrisa.
—Es que…, no sé…, hay algo en ese manuscrito, en su historia, que… Tengo la
sensación de que debo estar ahí, necesito averiguar de qué se trata realmente. Me
gustaría que entendieras algo —prosiguió Tess—: la arqueología no es una profesión
muy agradecida. No todo el mundo descubre un Tutankhamón o una ciudad de Troya.
Me he pasado catorce años viajando y excavando en los rincones más remotos e
infestados de mosquitos del planeta, siempre con la esperanza de topar con algo como
esto, no sólo con insignificantes piezas de cerámica o un mosaico parcialmente
conservado, sino con algo grande, ya sabes. Es el sueño de cualquier arqueólogo.
Siempre he querido encontrar algo que pasase a la historia para poder ir con Kim al
Met dentro de unos años y decirle con orgullo: «Esto lo descubrí yo». —Hizo una
pausa, esperando la reacción de Reilly—. Supongo que para ti es sólo un caso más,
¿no?
Reilly pensó en lo que le acababa de explicar Tess y luego bromeó:
—¡Claro que sí! Todas las semanas nos encontramos con dementes montados a
caballo que se dedican a destrozar museos. Eso es lo que más odio de mi trabajo, la
rutina. Quema a cualquiera. —Volvió a ponerse serio—: Tess, te olvidas de un

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pequeño detalle. Esto no se trata sólo de un desafío académico, de un manuscrito y de
su significado… Estamos ante una investigación criminal en la que han muerto
muchas personas.
—Lo sé.
—Deja que primero los capturemos y después ya tendrás tiempo de averiguar qué
buscaban. Ven mañana, explícanos lo que sabes y déjanos continuar la investigación.
Si necesitamos ayuda, no dudaremos en llamarte. Y no sé, si quieres que lleguemos a
algún tipo de acuerdo sobre…
—No, no es eso, es que… —Se dio cuenta de que nada de lo que pudiera decir
haría que Reilly cambiara de idea.
—Tienes que dejar el tema, Tess. Por favor. Necesito que lo dejes.
Su forma de hablar era conmovedora.
—¿Lo harás? —continuó él—. No es un juego del que ahora mismo puedas salir
bien parada.
—Lo intentaré —accedió Tess.
Él la observó, y luego sonrió sacudiendo la cabeza.
Los dos sabían que Tess no tenía elección.
Y sabían que estaba completamente involucrada en el caso.

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Inquieto, sentado en una silla de la austera y acristalada sala de conferencias en
Federal Plaza, De Angelis estudió a Tess Chaykin con detenimiento. Saltaba a la vista
que era una mujer muy inteligente, pensó. Pero lo más preocupante era su aparente
falta de miedo. Una combinación curiosa y potencialmente peligrosa, aunque, si lo
enfocaba bien, podía serle muy útil. Daba la impresión de que era una mujer que
sabía las preguntas que tenía que hacer y las pistas que debía seguir.
De Angelis echó un vistazo al resto de los presentes en la reunión y escuchó el
relato del secuestro de Tess y de su posterior huida. Con discreción, se masajeó la
zona de la pierna donde la bala de Vance le había rozado. Le escocía mucho,
especialmente cuando andaba, pero esperaba que los calmantes que tomaba paliaran
el dolor lo suficiente para que no se notara su cojera.
Las palabras de Tess le hicieron recordar su enfrentamiento con Vance en el
oscuro pasillo, detrás del altar. La rabia se apoderó de él. Se reprochó a sí mismo
haber dejado escapar a ese débil y atormentado profesor de historia. Era
imperdonable. No volvería a repetirse. Entonces se le ocurrió que, de haber reducido
a Vance, después habría tenido que ocuparse de Tess, y eso habría sido más
complicado. No tenía nada contra ella, al menos de momento. No, mientras sus
intereses no fuesen antagónicos a su misión.
Necesitaba comprenderla mejor. «¿Por qué hace esto? ¿Qué pretende
realmente?», se preguntó De Angelis. Indagaría en su pasado, pero sobre todo cuál
era su punto de vista acerca de asuntos de vital importancia.
Mientras Tess hablaba, monseñor se fijó en otra cosa. En la forma en que Reilly la
miraba. Había algo raro en ello, pensó. Curioso. Era evidente que el agente la
consideraba algo más que un elemento de apoyo en la investigación, lo que viniendo
de Reilly no era de extrañar, pero ¿era recíproco?
Estaba claro que no podía perderla de vista.
Cuando Tess terminó su relato, Reilly intervino y recuperó del ordenador portátil
una imagen de la iglesia en ruinas, que apareció en la gran pantalla que había frente a
la mesa de la sala de conferencias.
—Ahí es donde te retuvo —le explicó a Tess—. En la iglesia de la Ascensión.
Tess no pudo disimular su sorpresa.
—¡Pero si está carbonizada!
—Sí, todavía están recaudando fondos para su reconstrucción.
—El olor, la humedad…, sin duda todo encaja, pero… —Tess estaba estupefacta
—. De modo que Vance vivía en el sótano de una iglesia en ruinas… —Hizo una
pausa mientras intentaba asociar la imagen que tenía delante con los recuerdos de lo
que había vivido y de lo que Vance le había dicho. Miró a Reilly—. Pero yo creía que
él odiaba a la Iglesia.

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—Es que no era una iglesia cualquiera. Se quemó hace cinco años. Por aquel
entonces las pruebas para determinar si el incendio había sido provocado no
mostraron nada sospechoso, y eso que su párroco murió durante el mismo.
Tess se esforzó en recordar el nombre del cura que Vance había mencionado.
—¿El padre McKay?
—Exacto.
Reilly la miró; era evidente que ambos habían llegado a la misma conclusión.
—El cura al que Vance culpaba