Uptown Girl - Kim Karr - Sexy Jerk #0.5
Uptown Girl - Kim Karr - Sexy Jerk #0.5
TRADUCTORAS
Bella’ Niika
EstherC Passionate-Reader
Ms. Lolitha Taywong
CORRECCIÓN 3
EstherC
REVISIÓN FINAL
*Andreina F*
DISEÑO
Tolola
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Próximo Libro
Sobre el autor
4
N
uestra historia no comenzó con un “Érase una vez...” Comenzó
con: que te jodan.
No quise decir eso literalmente.
El juicio se había prolongado y el abogado de la parte
contraria ya no estaba a punto de irritarme. Incluso su cabello rubio, sus ojos
azules y sus hermosas miradas no pudieron detenerme cuando me dijo—:
Protesto, Su Señoría, pero ella debe estar delirando.
—Que te jodan.
Mi arrebato se hallaba justificado. ¿No estás de acuerdo?
Sin embargo, el juez no lo vio así y nos ordenó que fuéramos a su despacho,
donde nos encerró sin ceremonias para arreglar las cosas. A solas con la persona
que se convirtió en una espina clavada en mi costado, no pasó mucho tiempo
antes de que una cosa se hiciera evidente. 5
A Ethan Miller le gusta sucio.
Me di cuenta de que quería arrodillarme. Todas las semanas de tensión
acumulada de repente me parecieron insoportables y no me importó nada.
Quién era él. Quién era yo. El hecho de que estuviéramos en lados opuestos. Ni
siquiera dónde estábamos.
Cuando me empujó de nuevo sobre la dura superficie de madera, no
pensaba en lo incorrecto que esto era. No fue el cómo podía ser expulsada por
esta conducta tan inapropiada. Era más bien como: “Dios mío, tiene mucho
talento con su lengua malvada”.
A mí también me gusta sucio.
No sabía que las consecuencias de nuestra indiscreción nos unirían para
siempre y no de la forma de “felices para siempre”.
Éramos dos personas completamente diferentes, y todo lo opuesto se
atraía y sólo podía estirarse hasta cierto punto.
¿Verdad?
POR FAVOR TEN EN CUENTA: Esta es una historia corta y una precuela de
SEXY JERK.
Objeción
Ethan Miller
E
l ceño fruncido del juez era algo más que la apariencia estoica
habitual que un funcionario público designado para decidir los casos
en un tribunal de justicia normalmente usaba. Este magistrado no sólo
lucía enojado, sino que se encontraba muy enojado conmigo y con ella. Sin
embargo, incluso sabiendo esto no me hizo callar.
—¡Objeción! —expresé sin pensarlo dos veces. Oye, como abogado de la
parte contraria era mi derecho, especialmente dada la falta de fundamento
que se presentaba, ya que ella ofrecía evidencia mal establecida.
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Sobre el borde de sus gafas, el juez me dio una mirada que hizo que se
erizara el vello de la parte posterior de mi cuello.
Bien, ¿y si el abogado defensor sólo argumentaba una simple moción?
Quería objetar. No, tenía que objetar.
Tenía que callarla.
Después de treinta días de estar en el mismo tribunal que Fiona Hargrave,
respirando el mismo aire que ella, observando la forma en que su pequeño y
apretado trasero se movía mientras caminaba por el pasillo en esos jodidos
zapatos de tacón y luciendo una erección del tamaño de una vara de acero
todo el jodido día, me opondría a cualquier cosa que esa linda y pequeña
bocaza tuviera para decir.
La verdad era que cada vez que esos labios rojos se movían todo en lo
que podía pensar era en cómo se sentirían envueltos alrededor de mi polla y el
pensamiento interfería con mi profesionalismo.
Empezaba a fastidiarme.
El áspero sonido del martillo se escuchó fuerte en mis oídos.
—¡Denegado! —gritó el juez, o tal vez escupió.
Traté de respaldar mi objeción con hechos indiscutibles, pero él habló
directamente sobre mí. —Por hoy, se levanta la sesión. Continuará mañana a las
nueve en punto.
Eché un vistazo al gran reloj. Ni siquiera eran las cuatro de la tarde. Mis ojos
se dirigieron a la abogada defensora, quien por la “O” que se formó en sus
deliciosos labios; parecía tan sorprendida como yo.
Justo cuando empezaba a colocar mis escritos legales y a archivar mis
carpetas en mi maletín, el juez se aclaró la garganta.
—Sr. Miller y Sra. Hargrave, la salida temprana no incluye a ninguno de los
dos.
Fiona se detuvo con su bolsa de mensajería ya en su hombro y lo miró
fijamente.
—¿Señoría? —preguntó.
Yo, por otro lado, fui inteligente y mantuve la boca cerrada.
El juez no debe haber tenido la misma afición por las mujeres hermosas que
yo, porque la mirada que le dio era la misma que yo recibí momentos antes.
—Quiero verlos a ambos en mi despacho, ¡ahora!
Mierda, esto no era bueno. 7
Para mí o para ella.
Los ocho minutos de camino a su despacho parecían ser eternos y estaba
seguro de que una vez que llegáramos no íbamos a hablar de béisbol.
El hombre mayor con túnica abrió la gigantesca puerta de madera que
llevaba a su despacho y nos acompañó apresuradamente a Fiona y a mí a
través de ella. Miré a mi alrededor. Había muchos libros gruesos de Derecho y
viejos archivos apilados al azar por todas partes. El desorden habría sido
suficiente para volverme loco.
Para mi sorpresa, no nos detuvimos al lado de su escritorio para discutir
sobre el caso. Sino que más bien, Fiona y yo fuimos prácticamente empujados a
una sala de conferencias adyacente. Sin embargo, el juez no entró; sino que se
detuvo justo fuera del umbral.
—Ethan y Fiona —dijo casualmente—. Tengo que encontrarme con mi
esposa para comer antes de las cinco. Eso significa que ambos tienen menos de
treinta minutos para resolver su hostilidad.
Fiona y yo protestamos.
—No tenemos nada que resolver. —Ladré.
—No tenemos nada que decirnos el uno al otro. —Se rio.
Levantó una mano para silenciarnos, pero al menos sus ojos ya no lucían
llenos de ira. —Obviamente, lo hacen. Después de todo, ambos han estado
discutiendo sobre los temas más triviales y, para ser honesto, la evidencia
presentada por ambas partes es insuficiente. Estoy tentado a sancionarlos por
malgastar el tiempo de la corte.
Suspiré interiormente.
Por otro lado, Fiona no fue tan discreta. Sus ojos se abrieron de par en par.
Eran ojos de cachorrito y me hicieron querer, bueno, no estoy seguro qué. —Su
Señoría, ¿es realmente necesario? —preguntó en voz baja—. Eso no sería justo ni
equitativo para mi cliente. Este caso ha estado pendiente demasiado tiempo y
merece justicia.
Eso me dejó sin nada que decir que no molestara al Juez, pero de nuevo;
eso no me detuvo.
—Su Señoría, eso es una mierda total y ella lo sabe.
Esos viejos ojos suyos lucían llenos de ira otra vez.
De acuerdo, fui demasiado lejos.
Nos miró fijamente a los dos, alternando entre Fiona y yo, y luego de
regreso a Fiona mientras hablaba.
—¡Esta es mi sala! ¡Mi despacho! Y me niego a pasar un minuto más
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escuchando argumentos irrelevantes. Ustedes necesitan aprender a mantenerse
en el punto.
—Lo estoy intentando, Su Señoría —dije—. Pero ella...
Esos ojos se entrecerraron hacia mí.
—No, Ethan, no lo haces.
La sonrisa engreída que cruzó los labios de Fiona, esos labios, me irritaban
hasta la mierda.
Entonces, el Juez la miró y la sonrisa desapareció inmediatamente.
¡Ja!
—Para que quede claro —dijo señalándonos—. Quiero que resuelvan sus
problemas personales. ¡Ahora! No tienen lugar en mi sala.
Ambos asentimos.
Bajó la barbilla.
—Bien, entonces estoy seguro de que esto se resolverá de la manera que
sea antes de que regrese.
¿Regresar?
¿Regresar de dónde?
Antes de que pudiera decir otra palabra de protesta, la puerta se cerró de
un portazo y se bloqueó con llave.
Todo lo que pude hacer fue quedarme mirando.
¿Qué demonios?
Fiona y yo podríamos haber sido sólo asociados junior en nuestros
respectivos bufetes de abogados, pero ambos teníamos la suficiente
experiencia como para saber que esto era muy poco convencional.
Cuando escuché el sonido de su bolso cayendo sobre la mesa, me di
cuenta de que se había alejado de mi lado y me di la vuelta.
—No te pongas demasiado cómoda. Tenemos que salir de aquí.
Su risa era sexy pero no podía dejar que mi atracción hacia ella empañara
mi carrera.
—En caso de que no te hayas dado cuenta, no iremos a ninguna parte.
Respiré con frustración.
—Sí, por tu culpa. ¿Qué demonios crees que haces?
Entrecerró los ojos. 9
—No estoy haciendo nada. Eres tú. Todo esto es culpa tuya.
—¿Mi culpa?
Ladeó la cadera. —Sí, culpa tuya. Si aprendieras a callarte y presentar los
hechos en vez de discutir sobre todo, no estaríamos en esta situación.
Como si ese pequeño y curvilíneo cuerpo y ese cabello rubio y sexy ya no
fueran tan difíciles de ignorar, el fuego en sus ojos era casi imposible. Aun así, me
obligué a mantenerme firme. —¿Callarme? —repetí indignado—. Tienes mucho
valor. La última vez que lo comprobé, el propósito de un juicio era presentar los
hechos.
Esa linda barbilla se levantó y al mismo tiempo, también lo hicieron sus tetas
perfectas... y mi polla. ¡Maldita sea! —¿Cuál es tu problema? —preguntó.
Todo lo que tenía que hacer era mirar mi entrepierna. Mierda, mi furiosa
erección iba a ser difícil de ocultar. Tenía que mantener sus ojos en alto y eso
significaba enojarla aún más. Para mantenerla concentrada por encima de mi
cintura, caminé hacia ella y apunté con mi dedo justo hacia el centro de su
pecho.
—Mira, chica de ciudad…
Como si se sintiera ofendida, me interrumpió.
—¡No, mira tú, Kalamazoo! —Todo en ella gritaba imbécil y empezaba a
excitarme demasiado por ello—. Quiero que sepas que crecí en el suburbio de
Elmhurst y no esperaría que un chico de Leave it to Beaver1 de campo como tú
sepa algo sobre Chicago, está lo más lejos posible del centro de la ciudad.
—Lo que sea —dije, preguntándome con quién estuvo hablando de mí
para saber que crecí en Michigan y cómo describió a mi familia tan
perfectamente—. Eso es irrelevante. —Resoplé—. ¿Qué tal si me dices por qué
no has hecho nada más que burlarte de mí desde el primer día de este juicio?
Parecía sorprendida, pero no por mucho tiempo porque caminó hacia mí,
señalándome con el dedo en mi pecho.
—Me burlo de ti. —Puso sus ojos en blanco—. Tú has sido el que ha
intentado lamer el culo al Juez cada vez que ha podido.
Me reí de eso.
—¡Lo has hecho!
—Dame un ejemplo.
—Oh, eso es fácil. En el primer día, cuando se suponía que debíamos
discutir la moción para regular el juicio, decidiste tener una pequeña charla con
el juez Jenkins sobre la Serie Mundial.
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Cierto.
No es que fuera a admitir eso.
Ya no había restricciones. A pesar de que mi pecho subía y bajaba muy
rápidamente y mi corazón latía a un kilómetro por minuto, di ese último paso
hacia ella y eso me dejó a un suspiro de sus labios.
—Tenía que hacer algo para llamar su atención sobre el vestido escotado
que llevabas puesto. Quiero decir, vamos, tenías que saber que mostraba
maravillosamente tus tetas.
Esta vez puso sus manos sobre sus caderas con indignación.
—Tal vez tú no deberías haber estado mirando.
Le di una sonrisa arrepentida. —Era difícil no hacerlo con la pantalla tan
abierta.
Tal vez había ido demasiado lejos porque pensé que ella me iba a
abofetear y yo también lo quería. Pero en vez de eso, bajó la mirada y tan pronto
como lo hizo su aliento se detuvo y sus labios temblaron.
2Juego de palabras que hace con la palabra en inglés “hard”, que también significa “duro” o
“difícil”.
3 Juego de palabras que hace Ethan con “get off” que significa “Déjame en paz” o “hacerla
tener un orgasmo”.
—En lo fuerte que vas a gritar cuando te dé el mejor orgasmo de tu vida.
Inhaló.
Exhaló.
Estaba excitada.
Le gustaba lo sucio.
A mí también.
Sus manos rodearon la parte delantera de mi camisa y desabrochó los
botones, dejando mi corbata en su lugar.
—No solo eres arrogante, Ethan, también eres muy presuntuoso. Lástima
que no soy fácil de complacer. Honestamente, no creo que un buen chico como
tú esté preparado para el desafío que soy.
Mojé mis labios, tocando los suyos con la lengua. Ambos nos estremecimos.
—Oh, Fiona, puede que parezca el chico de al lado; pero te prometo que
no lo soy.
Se echó hacia atrás y me miró fijamente, estudiándome. Algo sin nombre
se interpuso entre nosotros cuando lo hizo y estrellé mi boca contra la suya.
Oh, mierda, sabía tan bien. Sus labios eran suaves. Tenía que tocarla. 12
Probarla. Tenerla. Incapaz de controlarme, le hice un agujero en las medias y
metí mis dedos en la seda de sus bragas.
Mierda, se hallaba empapada y sonreí alrededor de nuestro beso.
Sus uñas se clavaron en la piel de mi pecho y me preguntaba si me sacó
sangre. Me importaba un carajo. La besé con fuerza. Más fuerte. Lo
suficientemente fuerte como para que nuestros dientes chocaran. Las lenguas
peleaban. Labios aplastados. Todavía no era suficiente.
Fue entonces cuando deslicé mi dedo en su calor y tan pronto como lo
hice, hizo un pequeño ruido que supe que deseaba no haberlo hecho.
A ella le gustaba.
Me moví hacia dentro, hacia fuera, despacio y luego más rápido antes de
añadir otro dedo y curvarlos a la perfección. Esta vez no se podía negar el sonido
de su respuesta de placer. Le di todo lo que tenía; moviendo mis dedos hacia
dentro y luego hacia fuera para rodear su clítoris con la humedad de su
excitación.
Se inclinó hacia atrás para darme mejor acceso.
Le sonreí con suficiencia mientras continuaba moviéndome dentro de ella.
El estrecho nudo de la carne, la humedad; eran el cielo.
—¿Es todo lo que tiene, abogado? —Suspiró.
Eso era todo; iba a dar el golpe de gracia. Levanté una ceja. Tentado a
detenerme y dejarla pensando, deseando, pero me sentía demasiado decidido
a dejar que mi mente gobernara sobre mi cuerpo.
Dejé que un dedo flotara lentamente sobre su hinchada carne y luego lo
metí dentro de ella, torciéndolo hacia abajo para encontrar el punto blando que
la llevaría al límite. Lo arrastré hacia arriba y repetí el proceso.
Tan pronto como lo hice, montaba mi mano desvergonzadamente y sus
uñas arañaban la madera de la mesa para controlarse.
Dejó escapar de su garganta pequeños suspiros y gemidos; luego empezó
a temblar, sin estremecerse. Observé cómo cerraba los ojos y el placer cubría su
rostro. Era tan erótico, especialmente cuando se mordió el labio para
permanecer callada.
Cuando abrió los ojos, tragó lamiéndose los labios. —Tengo que decir que
no eres tan malo.
Le di una sonrisa arrogante.
—Malo, oh, soy malo, bien. No tienes ni idea. Solo espera a que mi polla
esté golpeando dentro de ti.
Por primera vez desde que la conocí, me sonrió. Esa sonrisa me hizo algo,
algo que no podría explicar; aunque me viera obligado a hacerlo. 13
No me gustaba ese sentimiento, así que lo dejé de lado.
—Espero que no seas del tipo que habla y no actúa.
—Oh, no lo soy. Puedo prometerte eso.
Se veía dudosa.
Para probar mi punto, saqué mi mano del agujero que hice en sus medias
y se la llevé a los labios. Una vez allí, usé el dedo que acababa de estar dentro
de ella para delinear esa boca que me obsesionaba. —De hecho, estoy lleno de
acción.
Respiró profundamente, sabiendo exactamente dónde habían estado mis
dedos y qué podía hacer con ellos.
En ese momento, la cerradura se giró. El Juez Jenkins había vuelto y por
suerte para nosotros, íbamos a poder decirle que lo solucionamos todo.
Oye, lo habíamos hecho o estábamos a punto de hacerlo.
Me alejé y rápidamente empecé a abotonarme la camisa. La mancha de
sangre sería obvia, pero de nuevo; él debe haber sabido lo que estaríamos
haciendo. —Hay un hotel en la esquina, nos vemos ahí en cuanto salgamos de
aquí. Te esperaré en el vestíbulo —dije en voz baja.
Deslizaba sus manos de la falda cuando habló. —Ya veremos —dijo—. Y
me debes un par de medias. Eran de seda.
—Lo que tú digas, chica de ciudad. —Sonreí.
—Todavía no me gustas —murmuró.
—No me importa —susurré.
En ese momento levantó la mirada y por la expresión en su rostro supe que
se uniría a mí. También tenía la sensación de que la noche iba a ser lo que ella
dijera.
Normalmente, habría trazado la línea en eso. Me gustaba tener el control.
Pero esta vez, me parecía bien.
No tenía ni idea de por qué... ni sabía que mi mundo estaba a punto de
ser sacudido.
Que la vida nunca iba a ser la misma.
14
Denegado
Fiona Hargrave
H
abía comportamientos socialmente aceptables para casi todo lo
que alguien hacía. Aunque odiaba la idea, usualmente trataba de
adherirme a ellos... al menos cuando me encontraba en público.
Besarse en un ascensor era uno de esos comportamientos que típicamente
se desaprobaban y, como en este momento estábamos en tierra legal, me
guardé mi sombrero profesional y mis labios para mí misma.
No quería hacerlo. 15
El aire casi crujió cuando Ethan se acercó a mí. Cruzó de derecha a
izquierda, donde el último pasajero que finalmente había salido del ascensor me
empujó a la entrada. Separándonos. Causando un tirón que ninguno de nosotros
podría negar. Ni siquiera yo. Y créeme, quería hacerlo.
Las paredes interiores se hallaban cubiertas de espejos y lo observé desde
todos los ángulos mientras se abalanzaba como un depredador al acecho.
Eso me gustó.
Pero no era un gato con un maullido, era una leona y estaba lista para
rugir.
Cuando se colocó de pie frente a mí, con el aspecto de que quería
devorarme; mis rodillas se debilitaron un poco.
Eso no me gustó.
Sólo porque quería atormentarlo, burlarme de él y tentarlo; me aparté. Con
esa sonrisa en su rostro que no debería haberme excitado de la manera en que
lo hacía, no tardó mucho en seguirme.
Y tomó aún menos tiempo antes de que sus manos estuvieran sobre mí y
juro que no pude encontrar el aire para respirar.
Tampoco me gustó eso.
Era el chico de al lado, pero muy posesivo.
Codicioso.
Dominante.
¡Eso me gustaba!
Las puntas de sus dedos pasaban por encima de la mitad de mis muslos
mientras se movía entre mis piernas y se inclinaba para rozar sus labios cerca de
mi oreja. —Bésame. —Respiró, caliente y pesado.
El control era algo que siempre tenía en mi vida y con los hombres. Decía
cuándo, dónde y cómo. No sucumbía a las órdenes de nadie.
Así que no sabía si era el hecho de que me sentía sobrecargada de trabajo
o que este hombre era una especie de loco afrodisíaco; pero en este momento;
no me importaba un bledo el control.
Casi ferozmente, tomé su cara y lo jalé hacia mí para poder estrellar mis
labios contra su hambrienta boca.
No pasó mucho tiempo antes de que él tomara el control. Moviendo sus
labios, empujando su lengua y exigiendo todo lo que tenía para dar.
Y tenía mucho que dar.
Pronto el beso se salió de control. Salvaje, apresurado y frenético.
16
Presionándome contra la pared del ascensor, su calor se filtró a través de
mi cuerpo, pero temblé cuando sus manos se deslizaron debajo del dobladillo
de mi falda y sus dedos jugaron con el agujero de mis medias.
Pronto, sus dedos se movieron hacia arriba para encontrarme empapada.
—Oh, mierda. —Ethan tomó un poco de aliento, sabiendo que estaba más que
lista para él.
Le mordí el labio. —Los chicos buenos no maldicen.
Su mano libre rodeó mi cuello sosteniéndome en su lugar. —¿Quién dijo
que era un buen chico?
—Yo lo hice.
—Demostraré que esa declaración era errada.
La sensación de él era tan emocionante que no sabía dónde poner mis
manos en su cuerpo primero, así que dejé que me dominara.
Por ahora.
Sin embargo, pronto me encontré queriendo sentir su excitación tanto
como él quería sentir la mía. Para satisfacer mi necesidad, bajé mi mano por la
parte delantera de sus pantalones y delineé su dura erección.
Dejándome ir sólo hasta cierto punto, Ethan quitó su mano de debajo de
mi falda y dio un paso atrás. Me quedé boquiabierta de emoción ante su juego
de poder alfa. Lo encontré emocionante y apresurado.
Sus condiciones.
Exploraría su cuerpo en sus términos.
Lo tenía.
Y estaría de acuerdo con sus reglas por ahora.
—Estás duro para mí —dije.
—Sé que lo estoy —dijo—. Y pronto te mostraré lo duro que voy a follar esa
linda boquita tuya.
Levanté una ceja. —Pensé que primero ibas a meter tu polla en mi coño.
—Oh, me voy a follar a ese dulce coño tuyo esta noche, Fiona. Puedes
apostarlo, pero primero me voy a follar tu boca.
—Tal vez primero quiero tu lengua en mi clítoris.
Tan rápido como el pecado, agarró mi mano y la apretó firmemente
contra su bulto y luego se inclinó hacia delante para hablarme al oído. —Creo
que podemos hacer que ambas cosas ocurran al mismo tiempo, ¿no crees?
17
En ese momento no estaba segura de poder estar de pie por mi cuenta;
mis rodillas se debilitaron y juro que la tierra se movió bajo mis pies.
Nunca había conocido a nadie como él.
Era mi complemento.
Eso me gustaba y al mismo tiempo no.
Cerré los ojos y acuné mi mano sobre él. Sus pantalones eran suaves bajo
mis dedos y debajo de ellos podía sentir lo grande que era. Volví a jadear
mientras se ponía aún más duro y más caliente bajo mi toque.
La puerta se abrió y Ethan se enderezó, tirándome inmediatamente detrás
de él hasta que tuvo la oportunidad de asegurarse de que estábamos solos.
No había nadie a la vista.
Con los labios pegados, nos abrimos paso por el pasillo. Se detuvo para
empujarme contra la pared y sentir mis pechos. Me detuve para jalarlo hacia mí
y así poder pasar mis manos sobre cada ondulación y cada músculo duro de su
torso.
Todos estos empujones y tirones hicieron que llevara por lo menos tres
veces más tiempo llegar a la habitación, pero valió la pena.
En la puerta, sacó la llave y yo la cogí. Me apresuré abriéndola. La luz se
puso verde y la puerta se abrió.
Pasamos por el pasillo a la habitación, antes de que la puerta se cerrara
nuestras manos estaban en todas partes aún más rápido.
Un aire de desesperación se abrió paso entre nosotros. Me empujó contra
la pared para enjaularme con su fuerte cuerpo y luego se puso contra mí.
Fricción.
Duro.
Suave.
Delicioso.
En este momento fugaz, un pensamiento pasó por mi mente. Conocía la
lujuria. Conocía el deseo. Conocía la excitación. Lo que no sabía era qué más
había entre nosotros. ¿Los tres o algo completamente diferente?
Dejé de pensar cuando deslizó su mano dentro de mi blusa,
arrancándome los botones mientras lo hacía.
No le importó. A mí tampoco. Sobre todo, cuando me empezó a acariciar
mi pezón con su pulgar.
—Tienes las mejores tetas. —Gimió—. Me muero por sentirlas, verlas y
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probarlas.
Momentáneamente distraída por el latido, latido, y el salto de mi corazón;
no pude encontrar una buena respuesta. Oh Dios, ahora sus dientes rozaban mi
piel donde había empujado mi cabello a un lado y su otra mano descansaba
en mi cadera.
Este era mi corazón. Salto. Latido. Latido. Latido. Salto. Latido. Latido.
Latido. Salto.
Su boca estaba justo encima de mi hombro y succionaba mi piel entre los
dientes, con la punta de su lengua dando vueltas contra ella. Su mano seguía
sobre mi pecho y ahora la otra se había deslizado desde mi cadera hasta entre
mis piernas.
Cuando metió sus labios en mi pecho, se detuvo en mi cuello y me mordió
un poco más fuerte. Grité de puro placer.
El siseo que recibí en respuesta no se podía pasar por alto y fue entonces
cuando inclinó mi barbilla para que pudiera mirarlo, para encontrarme con esos
ojos azules y resplandecientes. —¿Todavía me odias?
Giré la cabeza para acercar mi boca a su oído. —Nunca te odié, sólo no
me gustabas. Pero empiezas a crecer en mí.
El movimiento ocurrió tan rápido. Un segundo mis pies se hallaban en el
suelo y al siguiente estaba en sus brazos, envolviéndolo con mis piernas;
presionando mi pecho contra el suyo y luego mis pies regresaron de nuevo al
suelo y me encontraba de pie frente a la cama.
—¿Por qué no me enseñas lo mucho que no te gusto, Fiona? —Su voz se
había vuelto muy ronca con tanto deseo que te juro que rezumaba sexo.
Fiona. Mi nombre en sus labios hizo que mi estómago saltara con nervios.
Eso no me gustó.
Sus manos se movían muy rápido. Un segundo tenía puesta la blusa y al
siguiente me la quité. Un segundo las tiras delgadas de mi sostén se hallaban
sobre mis hombros y al siguiente estaban abajo. Al igual que Houdini, sus manos
estuvieron mágicamente en mis pechos durante el más corto de los momentos
como si sólo necesitara un pequeño toque. Entonces me quité el sostén y Ethan
siseó en mi oreja. —Mierda. —Maldecía esa deliciosa palabra una y otra vez.
Mientras le abría apresuradamente los botones de la camisa, escuché uno
rebotar contra la pared.
Oh, bien.
Rápidamente, me moví a su cinturón. No me detuvo. Parecía demasiado
ocupado deslizando sus manos por los costados de mi cuerpo y volviendo a 19
subirlas. Desabrochándole el cinturón, traté de bajar sus pantalones. —Cambiaré
el plan de juego —dije.
—Ah, sí, ¿cómo? —Jadeó deteniéndome.
—Estás a punto de descubrirlo.
—No puedo esperar. —Gruñó.
Para cuando me bajé la falda, ya se había acumulado a mis pies. Ethan
me miró lamiéndose los labios y le sonreí.
Cuando empecé a quitarme los zapatos, Ethan me detuvo. —Déjalos
puestos.
—Pervertido. —Me bajé las bragas.
—Mucho. —Sonrió con suficiencia. Después de haberse quitado los
zapatos, se quitaba los pantalones y los bóxers. Luego tiraba un paquete de
papel aluminio muy viejo sobre la cama.
—¿Es de la secundaria? —pregunté, no bromeaba del todo.
Encogió sus hombros. —Universidad. No, facultad de derecho.
Abrí los ojos de par en par con incredulidad. No era como si llevara
condones en mi bolso cuando iba a trabajar. —Tienes que estar bromeando.
Se enderezó. —Normalmente no llevo a mis citas a las habitaciones de
hotel.
—¿Adónde las llevas? ¿Clubes de sexo donde tienen tazones llenos de
condones, de tamaño mediano a grande? —pregunté tímidamente.
—Gracioso, Fiona, gracioso, pero no ha expirado. Y no, normalmente llevo
a mis citas a cenar y luego a mi apartamento, donde tengo condones en el
cajón de al lado de la cama.
Hice un sonido de molestia. —Qué buen chico.
Se pavoneó hacia mí y su delicioso pene era grueso, largo y muy listo. Todo
se movió tan rápido una vez más. Sus manos hallaban en mis caderas y me
jalaba contra él cuando su boca encontró mi garganta. —Sé que
eventualmente aprenderás a dejar de llamarme así, pero hasta entonces seré el
único que haga planes. Y voy a volver al plan original.
Estaba mirando su polla. —Lo que tú digas, chico universitario.
Sacudió la cabeza. —Aquí arriba, Fiona. Mis ojos están aquí arriba.
Levanté la mirada.
—Ahora presta atención, una vez que me folle tu dulce coño; voy a follar
a esa boca inteligente tuya y luego te voy a comer como un hombre
hambriento.
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Jadeando una vez más sin palabras, dejé pasar el hecho de que teníamos
un condón viejo porque todo lo que podía pensar era que soy buena con eso.
Lamiendo mi cuello, su boca se fusionó con la mía y caímos en la cama.
Atrapados en la red de la pasión y del deseo, lo único que importaba era lo que
estaba por venir.
Cuerpo a cuerpo.
Piel con piel.
Latido a latido.
Sin perder nunca nuestra conexión, Ethan logró sin esfuerzo mover nuestros
cuerpos a la cabecera de la cama. Una vez que descansaba en una de las
almohadas, se echó hacia atrás y me miró.
El depredador al acecho.
Competente.
Fuerte.
Listo.
Sin pensarlo mucho, estiré mi mano para tocarlo, sentirlo, pero ya estaba
dado vuelta, rompiendo el paquete del condón y deslizando el látex hasta la
base.
Al llegar a él una vez más, estaba dispuesta a fusionar algo más que
nuestras bocas.
Tan rápido como el pecado, capturó mis dos muñecas con sus manos y
puso mis brazos sobre mi cabeza. Mis dedos se enroscaron sobre la cabecera
mientras lo miraba a los ojos. Aunque no estaba acostumbrada a que los
hombres eligieran posiciones sexuales, me mantuve ahí.
Como un rayo, golpeó y se colocó encima de mí. Una vez allí, usó sus
brazos para no aplastarme. Así, su polla empujó dentro mí y oh, Dios, sentí
pequeños temblores por todo mi cuerpo.
Así que lista para esto, abrí mis piernas para él e incliné mis caderas para
permitirle la entrada. Frotó la punta sobre mi coño, empujando un poco antes
de bajar sobre sus antebrazos y alcanzar entre nosotros para guiarse dentro de
mí.
Gemí cuando estuvo dentro y él también lo hizo. Más fuerte, con un sonido
más feroz de lo que jamás había oído de ningún hombre.
Sus empujes eran profundos, rápidos y se sentía muy bien. Se movió. Me
moví. El ritmo era automático. Era como si conociéramos el cuerpo del otro,
21
cuando claramente no lo hacíamos. Sin embargo, no hubo tanteos ni
suposiciones. Sólo dos piezas de rompecabezas que encajaban perfectamente.
Me folló rápido y luego más rápido aún. Ahora mismo lento no era una
opción. Cuando empujó hacia arriba sobre sus manos para llevar su pene más
profundo, me abrí más y más hasta que envolví mis pies a su alrededor mientras
mis manos seguían agarrando la cabecera de la cama.
Dijo que quería follarme y eso es exactamente lo que hacía.
Moviéndose.
Moviéndose.
Moviéndose.
Con el espíritu de adaptarse para hacer que cada empuje sea mejor que
el anterior, deslizó sus manos debajo de mi culo para inclinarme contra él. Y Dios,
la deliciosa fricción hizo que mi cuerpo subiera cada vez más y más alto.
Dando
Tomando.
Sus ojos nunca dejaron los míos, ni siquiera cuando reajustó nuestra
posición, esta vez para deslizar una mano entre nosotros para acariciar mi clítoris
al ritmo de sus estocadas.
Fue entonces cuando realmente comencé a caer en el remolino del
orgasmo y ya no pude sostenerme más de la cama. Dejándome ir, arrastré mis
uñas por su espalda no lo suficientemente fuerte como para extraer sangre; pero
lo suficientemente fuerte como para dejar mi huella.
Las palabras fueron dichas por él. Por mí. No sabía qué o por quién. Todo
lo que sabía era que me encontraba en el límite, más alto que nunca. El placer
insano azotó a través de mi cuerpo. Era de naturaleza prácticamente animal.
Era como si nos estuviéramos moviendo de la manera más salvaje.
Más fuerte.
Más rápido.
Con desesperación.
Perdiéndome a mí misma en la dulce nada, sentí que el placer me recorría
con brillantes rayos de color y luego me vine en largas y ondulantes sacudidas,
gritando su nombre y solo Dios sabe qué más.
—Mantén tus ojos abiertos. —Gruñó con los dientes apretados. 22
Temblando de pies a cabeza, abrí los ojos. No me había dado cuenta de
que los había cerrado. Tan pronto como vi su cara y su expresión de placer,
comencé a desentrañar todo de nuevo, montando esas olas durante todo el
tiempo que me llevaran.
Ethan se estremeció cuando su inminente clímax golpeó. Lo observé todo
a su alrededor: la tensión en su rostro, el descenso de sus cejas, la forma en que
sus ojos primero se entrecerraron y luego prácticamente rodaron hacia atrás en
su cabeza y la forma en que su boca se abrió en una “O” perfecta para dejar
salir su gemido.
Una vez que su clímax había dejado su marca, en lugar de rodarse, sus
brazos se deslizaron debajo de mí y me apretó con fuerza. Y cuando hundió su
cara con más fuerza en mi piel, presioné mi cabeza contra él. Cuando hice eso,
me mordió.
—Ouch. —Le di una palmada en el brazo.
Se apartó de mí para rodar hacia un lado con un brazo y una pierna sobre
mi cuerpo. —Haz eso de nuevo.
—¿Quieres que te golpee?
Sacudió la cabeza y se echó a reír. —No, el dolor no es lo mío. La parte del
sexo, porque, santa mierda —dijo su voz grave, manchada de sexo—. Eso fue
jodidamente increíble.
—Sí, santa mierda está bien.
Casi mareados, nos sonreímos y nos miramos a los ojos; probablemente
ambos reviviendo lo que acaba de suceder.
Fue intenso.
Crudo.
Real.
Increíblemente caliente.
Una vez que ambas respiraciones volvieron a la normalidad; Ethan se
movió para deshacerse del condón en un bote de basura cercano y luego volvió
a su posición justo a mi lado.
Me puse de rodillas.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Follando tu polla con mi boca, como lo planeaste.
Había una sonrisa maliciosa en su rostro. —En realidad creo que te gusto. 23
Con las tetas fuera, le di una mirada seductora. —Tal vez un poco.
En un movimiento rápido, se puso de rodillas y me empujó sobre la cama,
donde bajó su boca caliente hasta mi ombligo. —Estoy cambiando el plan.
Oh, eso se sentía muy bien.
—Pensé que querías follar mi boca inteligente.
—Oh, lo quiero. Voy a hacerlo. Pero tenemos toda la noche y no más
condones —dijo soplando contra mi clítoris—. A menos que me dejes tomar tu
culo.
Le di una bofetada de nuevo.
—Así que oral será. —Se rio—. Ahora tengo que probarte.
Al sentir el contacto no iba a discutir ni a decirle que se detuviera.
Me levanté sobre mis codos. Ethan sobre su vientre, en la cama era casi la
cosa más sexy que jamás había visto.
Y pronto su boca se hallaba en mi sexo y grité cuando me besó allí, justo
allí; en el lugar hecho para volver locas a todas las mujeres.
Luego me lamió y gimió. —Oh, mierda, sabes muy bien.
Era tan extraño. No quería que me gustara. Él era todo lo que no quería:
un abogado de una prestigiosa firma de abogados que subía rápidamente la
escalera dirigiéndose a la política. Para arrancar, tenía la apariencia del chico
de al lado. Era bueno. ¿Pero a quién le importaba? Por el poco tiempo que
pasamos juntos, estaba dispuesta a pensar en él como lo que era ahora.
Caliente.
Sexy.
Un chico malo.
Demonios, un macho alfa si eso era lo que quería.
Y sí, incluso su chica de ciudad...
Si él insistía.
24
Suspendida
Fiona Hargrave
E
ra sin duda el caso más largo de la historia.
Luego de cuatro semanas después de la noche en que Ethan y yo
follamos, finalmente presentamos nuestros argumentos finales.
Decidimos que no volveríamos a contactarnos hasta que se alcanzara el
veredicto, excepto para vernos todos los días en la sala de audiencias; eso era
todo.
Por la forma en que se veían las cosas, nos veríamos el lunes y no solo en el 25
tribunal.
Había sido tan condenadamente difícil.
Pero no debería haberlo sido. Juré que nunca sería esa chica.
Sabía a ciencia cierta que Ethan era el tipo de hombre para casarse, tener
dos hijos y comprar una casa en los suburbios.
Esa no era yo.
Yo no era para él.
Eso no significaba que no quisiera follarlo duro; porque sí lo quería.
Eché un vistazo a la hora. Casi las ocho. Me encontraría con las chicas en
un club a las diez. Probablemente debería conectar con alguien para dejar de
pensar en él.
Sus manos.
Su boca.
Esa polla. Esa polla mágica. Esos dedos. Esos muslos.
Me daba fiebre recordando cada parte del cuerpo de Ethan Miller.
Incluso después de haber tomado una ducha fría, seguía pensando en él
y ahora mis pezones estaban erectos y mi clítoris palpitaba.
Apoyándome contra mis almohadas con el ventilador del techo girando
perezosamente sobre mi cabeza para secarme antes de vestirme, cerré los ojos
e intenté sacarlo de mi mente. Imágenes mías subiendo por su cuerpo para
centrar mi vagina sobre su boca ansiosa, esperando, era todo lo que podía ver.
El aire en mi cuerpo se sentía tan increíble y no quería ponerme ropa. Pasé
una mano por mis pechos, pellizcando mis pezones. Había pasado un mes desde
que follamos y él seguía en mi mente.
—Te follarás a alguien más esta noche —me dije en voz alta. Pero luego
contesté a esa afirmación con—: No, no lo harás. Al igual que los últimos tres
sábados por la noche, volverás a casa y te masturbarás.
Tenía noticias para mí. Iba a hacer eso ahora. Dejé que mis manos
recorrieran mi cuerpo y deslicé una entre mis piernas, provocando mi clítoris. La
otra torció un pezón hasta que dejé escapar un largo y lento suspiro.
Ahora me vendría y me haría dejar de pensar en él. Mis dedos se hundieron
profundamente por un momento y me dije a mí misma que este orgasmo era
necesario porque sin eso lo llamaría y le rogaría que me dejara montar esa
gruesa y perfecta polla, su boca o incluso su mano.
Todo se convertía en él. —Oh, mierda, lo deseo. Lo deseo. Lo deseo —grité
y luego con el más pequeño pellizco de mi clítoris, exploté y mi orgasmo me
desgarró. 26
Una vez que recuperé el aliento, me incorporé y agarré mi teléfono para
mirar el calendario. Si el veredicto llegaba el lunes, podríamos vernos el lunes por
la noche. Hice clic en la fecha para asegurarme de que no tenía ningún plan
porque si lo tuviera, tendría que cancelarlo.
En cambio, me encontré mirando esa fecha.
Oh, mierda.
Apelación
Ethan Miller
E
ra mi vigésimo quinto cumpleaños y me sentía más que preparado
para emborracharme y echar un polvo.
Los chicos sabían lo que quería y estaba seguro de que planeaban la
noche perfecta. Se lo había dejado a ellos y esperaba un mensaje que me dijera
dónde o cuándo encontrarme con ellos.
Con un muy extraño momento de descanso en mis manos, decidí empezar
la fiesta un poco antes. Después de todo era sábado por la noche, bueno, casi 27
lo era y tenía varias botellas de coñac de calidad suprema que me dejó mi
abuelo esperando a ser bebidas.
Quería emborracharme y follar, y no solo porque sentía la necesidad de
celebrar el convertirme un año más mayor, sino que más bien quería olvidarla a
ella.
Solo eran las cuatro de la tarde, pero me serví tres dedos de coñac en un
vaso junto a la botella y me lo acabé. Después me serví otros tres más. Era
derrochador por mi parte beberme la excepcional bebida de esta manera, pero
lo necesitaba. Antes de saberlo, un tercio de la botella había desaparecido.
Mierda.
Todo lo que hizo fue hacerme pensar más en ella.
Por otro lado, no fui capaz de dejar de pensar en ella por demasiadas
razones.
Primera de todas, perdí el caso más importante de mi corta carrera contra
ella. En segundo lugar, no había tenido sexo con nadie excepto con mi propio
puño durante los últimos tres meses; no desde esa primera noche caliente con
ella. Y por último y golpe de gracia, intenté llamarla al menos una docena de
veces desde que el juicio terminó hace dos meses, pero ella todavía tenía que
devolver cualquiera de mis llamadas.
Así que, que la jodan.
Que le jodan a su pequeño y apretado trasero.
Que le jodan a su dulce coño.
Y que le jodan a su caliente boca.
Sip, que la jodan y que la jodan bien.
La palabra joder resonaba en mi cabeza cuando mi teléfono pitó por un
mensaje. Creí que eran los chicos diciéndome en dónde me vería con ellos, pero
un rápido vistazo me dijo que no lo era. Era ella. Era Fiona. Fiona Hargrave.
Inmediatamente mi corazón comenzó a latir más rápido y le eché la culpa al
alcohol.
Quería eliminar el mensaje sin leerlo y al mismo tiempo quería leerlo a toda
prisa.
No hice ninguna.
En su lugar, lo abrí con el pulgar y lentamente leí cada una de las palabras,
y cuando terminé, lo volví a leer. Había cinco simples palabras en su mensaje:
¿Puedes encontrarte conmigo ahora?
Escribí: No
28
Lo borré.
Encontré la imagen del dedo corazón y la elegí, pero después retrocedí y
lo obvié.
Al final respondí con un simple: ¿Dónde?
Cuando me dio la dirección de su piso, tengo que decir que me
sorprendió, y quizás me sentí un poco demasiado excitado por la ligera sacudida
de mi polla.
Ni siquiera habían pasado cuarenta y cinco minutos cuando un taxi me
dejó en su casa. Con los vaqueros y la camiseta que llevaba puestos cuando me
mandó el mensaje, llamé a su puerta. Sintiéndome un poco más que mareado
por el coñac, pensé en saludarla con un vete a la mierda, pero entonces la
puerta se abrió y sentí como si el aire fuera succionado de la habitación; no
podía respirar.
Lucia muy hermosa.
Llevaba puestos unos pantalones de yoga y una camiseta a través de la
que podía ver si miraba lo bastante duro y tuve que parpadear un par de veces.
La vista me hizo querer pasar los pulgares por sus pezones. Llevaba su cabello
rubio suelto y tuve la más loca urgencia de pasar mis dedos por él. Y sus labios.
Sus labios se veían tan llenos y rojos, y todo lo que quería hacer era besarlos; así
que lo hice.
Fiona, bastante sorprendida me permitió hacerlo, eso fue hasta que
saboreó el coñac en mi lengua y entonces me hizo retroceder. —¿Estás
borracho?
Sacudí la cabeza. —Mareado, pero es mi cumpleaños así que no me
eches la bronca por ello.
Pareció sorprendida —No tenía ni idea, feliz cumpleaños.
Le sonreí. —¿Quieres celébralo haciéndome una mamada?
—Ethan, sé serio. Necesito hablar contigo.
—Estoy siendo serio. No puedo olvidar esa noche. Quiero hacerlo otra y
otra vez.
Agarrando mi mano me guio por su apartamento hacia la cocina, en
donde encendió la cafetera. Mientras se preparaba, habló de su vida, su trabajo
y sus amigos.
Era extraño que me dejase entrar de una manera en la que no lo había
hecho esa noche. Quería recuperar la sobriedad y rápido, para así poder hablar
con ella con inteligencia, sensatez y normalidad. Entonces me di cuenta de que
no solo quería follármela, quería llegar a conocerla.
Eran después de las seis para cuando me pidió que entrara con ella a su
sala de estar y para entonces me hallaba completamente sobrio.
29
Justo cuando nos sentamos, mi teléfono pitó con un mensaje. Sabía que
eran los chicos, pero lo ignoré. —¿De qué querías hablar conmigo? —le
pregunté.
Se posicionó para mirarme a la cara y después levantó las piernas sobre el
sofá para sentarse con las piernas cruzadas. —No estoy segura de cómo decirte
esto.
Coloqué un tobillo sobre mi rodilla y me preparé. Tenía novio. No quería
volver a verme nunca. Deseaba nunca haber follado conmigo. La lista era
interminable, y sabía que para cuando me fuera de aquí estaría más que
preparado para lo que hubieran planeado los chicos. —Qué te parece si
simplemente lo dices —sugerí con un poco de dureza.
Eso, de todas las cosas; la hizo sonreír. Y a la mierda si esa sonrisa no me
ponía del cabeza. —Puedes ser un auténtico cabrón arrogante, ¿no es así,
Ethan?
No era una pregunta y no necesitaba una respuesta, pero le di una. —Y tú
puedes ser una perra sin corazón, ¿no es así, Fiona?
Justo entonces las lágrimas empezaron a gotear de sus ojos.
Chico, hablando de meter la pata. ¿Qué diablos sucedía? —Lo siento,
Fiona. No debería haber dicho eso. Es solo que te he estado llamando,
invitándote a salir, dejándote mensajes y no me has devuelto las llamadas.
Presionó las puntas de sus dedos en sus mejillas para limpiar las lágrimas y
después sacudió la cabeza. —Lo sé y quería devolverte las llamadas, pero
primero tenía que asimilar mi situación y después descubrir cómo contártelo.
—¿De qué hablas?
—Estoy embarazada, Ethan, y el niño es tuyo.
La habitación se oscureció, mi cuerpo se entumeció y mi mente se vació.
Por un momento me pregunté si me había desmayado. Sufrido un ataque.
Malditamente muerto. El condón. El viejo condón que no estaba caducado no
funcionó.
—No tienes que estar involucrado en la vida del bebé si no quieres, pero
creí que al menos deberías saberlo.
Su voz.
Esa voz.
Esas palabras.
Me trajeron del lugar al que momentáneamente me había ido. 30
Parpadeando a través de la confusión, abrí la boca para hablar. La cerré. La
volví a abrir. —¿Estás embarazada de mi hijo?
Su risa no era realmente una risa. —Sí, estoy embarazada de tres meses y
lo siento por haber esperado tanto tiempo para decírtelo, pero estaba en shock.
Tragué el nudo en mi garganta. —Sí, en shock. Yo diría que sí.
—¿Me escuchaste, Ethan? Puedes irte ahora mismo si no quieres ser parte
de esto y no te juzgaré. Sé que esto no era algo que hubieras planeado en tu
vida. No ahora mismo.
Todos mis sentidos comenzaron a dispararse y me encontré mirando su
vientre, notando una ligera protuberancia que no noté antes. Mi bebé. Mi bebé
se encontraba en ese cuerpo perfecto. —Sí, esto es un shock, pero, Fiona, no me
iré. Nunca haría eso.
—Bueno, tengo mi primera cita médica en una semana a partir del lunes.
Si quieres venir.
Mis ojos seguían en su vientre. —Sí, sí quiero. ¿Puedo tocarlo a él o a ella?
Bajó la mirada y luego alcanzó mi mano. —Sí, seguro.
Con mi mano en su vientre, nos miramos el uno al otro. La subida y bajada
de su pecho era tan exagerada como la mía. —Fiona —le dije.
—¿Sí, Ethan? —respondió en voz baja.
—¿Pasarás mi cumpleaños conmigo? Déjame llevarte a cenar.
Su sonrisa. De nuevo, esa sonrisa. Era pequeña, pero estaba allí. —¿Seguro
que quieres pasar tu cumpleaños conmigo? Probablemente tengas grandes
planes con tus amigos y con lo temprano que me he quedado dormida
últimamente, no te garantizo que tengas suerte.
Sí, estaba seguro.
De hecho, estaba seguro de que quería pasar el resto de mi vida con ella.
Y sabía que lo haría.
31
En la banca
Fiona Miller
C
on un sostén que se parecía al de mi abuela y con ropa interior
demasiado pequeña, me miré en el espejo; más específicamente
a mi gigantesca barriga y al brillante anillo de diamantes.
¿Qué hice?
¿Quién era yo?
¿Una esposa?
¿Una futura madre?
32
¿Una ama de casa?
La última me dio ganas de arañarle los ojos. ¿Cómo me convenció para
que me tomara un año de descanso después de tener el bebé? De la misma
manera en que me convenció para casarme con él y comprar una casa en
Lincoln Park, así es como lo hizo.
Él dijo que fue su polla mágica.
Yo dije que era una blasfemia.
—Cariño, ¿el lunes debería ponerme la corbata púrpura o la verde? —
preguntó Ethan cuando entró en la habitación con los dos lazos alrededor del
cuello.
Me di la vuelta lista para golpearlo; pero luego sonreí cuando vi su rostro.
—La verde. Demuestra que el dinero es importante para ti y cada socio debe
demostrar que está preocupado por el bienestar financiero de la empresa.
Recién duchado y vistiendo solo su ropa interior blanca y las corbatas, se
dirigió hacia mí y plantó sus manos firmemente en mis caderas. Acercándome,
me miró fijamente. Esperaba que me besara y luego me golpeara el culo,
diciéndome que sería mejor que me diera prisa porque quería elegir el color de
la habitación y pintar la habitación. El bebé es un niño, así que, por supuesto, la
habitación será azul, pero quién sabía que había más de un millón de matices
diferentes.
Eso no fue lo que hizo.
En cambio, Ethan se puso de rodillas.
Todo dentro de mí comenzó a temblar ante esto, su adoración hacia mí,
su cara presionada contra mi vientre, él, todo él. Mis manos fueron
automáticamente a la parte superior de su cabeza, mis dedos pasando por su
suave cabello.
Podía sentir su calor a través de la delgada tela de mis bragas y no podía
respirar. Las bajó, deslizando sus manos por la parte de atrás de mis muslos
cuando lo hizo. Con la presión de su boca entre mis piernas, murmuré un gemido.
Él se rio y me acarició. Mis dedos se apretaron en su cabello hasta que me
miró. Sus ojos ardían. Su boca húmeda.
Encontré mi voz. —¿Quieres este coño en tu lengua?
—Sí —dijo.
Tiré de su cabello un poco más fuerte. Durante el sexo, había momentos
en los que fingí ser sumisa, había momentos en los que luchamos por el control y
luego había momentos como ahora, cuando me dejaba tomar las riendas. Pero
no importa qué, ha habido muchas veces. Resultó que éramos muy compatibles
33
en la cama y fuera de ella.
Cuando no dijo nada, tiré de nuevo de su cabello.
—Por favor —agregó finalmente con esa sonrisa socarrona.
Mi agarre se apretó un poco más. —¿Por favor, qué?
Sus ojos se entrecerraron, cargados de deseo. —Por favor, ¿puedo lamer
tu coño?
—¿Eso es todo lo que quieres hacer?
Sacudió la cabeza. —No. Quiero hacer que te vengas y luego quiero
poner mi polla dentro de ti y hacer que te vuelvas a venir.
—¿Me lo preguntas o me lo dices?
—Preguntando, por supuesto. —Sonrió—. ¿Puedo, mamá?
Suspiré con satisfacción. —Sí, puedes.
Y cuando su lengua lamió mi clítoris y se zambulló en mi vagina, supe que
todo entre nosotros podría no ser perfecto; pero iba a estar bastante cerca
porque a pesar de que crecimos de manera totalmente distinta de alguna
manera estábamos hechos el uno para el otro.
Esto era lujuria.
Esto era deseo.
Esto era excitación.
Y esto era amor.
Después de todo, él era mi chico de al lado y yo era su chica de ciudad.
Fin
34
(Sexy Jerk World #2)
Kim Karr
H
ace diez años no tenía ni idea de lo
que quería de la vida, hasta que
conocí a Hannah Michaels. Ella era
una estudiante de ingeniería
informática lista para conquistar el mundo de los
medios sociales, y yo estaba enamorado. Aunque
sabía que estaba tomada, tenía que tenerla.
Siendo el pez gordo que era, no dejé que su
35
estatus se interpusiera en mi camino. No pasó
mucho tiempo antes de que mis manos estuvieran
en sus muslos y mi nombre en un susurro en sus
labios. Esta chica inteligente y sexy me inspiró a la
grandeza, me ayudó a convertirme en la clase de
hombre que nunca supe que quería ser. El
hombre que soy hoy.
Lástima que no crecí lo suficientemente
rápido para quedármela.
Seguir adelante no fue fácil, pero sabía que tenía que dejarla ir.
Eventualmente, encontré a alguien con quien compartir mis días y noches, y
juntos tuvimos una hija. Mi vida era casi perfecta hasta que mi mundo dio un
vuelco.
Un padre soltero tiene desafíos, y uno de ellos es aprender a lidiar con
calma cuando su hija llega a casa llorando. No tenía ni idea de que el día que
golpeé la puerta de la compañera de clase de mi hija, Hannah sería la que
estaría del otro lado.
El deseo salvaje y ardiente que rugía por mis venas era indeseable, pero
imposible de ignorar. Dejarla entrar significaba mucho más esta vez. La culpa me
golpeó como un martillo. Me odiaba a mí mismo. La odiaba. El problema era
que no la odiaba, la amaba más que nunca.
Pero esta vez no puedo tenerla.
Esta vez es mi estatus el que se interpone en nuestro camino. Y enfrentarme
a mí mismo podría ser lo más difícil que he hecho.
36
Es una de las 18 novelistas más vendidas del
New York Times y USA Today. Mejor conocida por
escribir de historias de amor sexy y contemporáneas,
le encanta dar vida a personajes defectuosos.
Sus romances son crudos, reales y explosivos.
Sus personajes te harán reír, llorar, sentir.
Y sus felices para siempre jamás, siempre son
dignos de desmayo.
Desde la melancólica estrella de rock hasta el
arrogante millonario. Desde la ingeniosa damisela en
apuros hasta la audaz mujer de negocios de alta
potencia. No hay dos historias que sean iguales. 37
Prepárate para enamorarte.
38