SEMANA 14
MANUEL SCORZA: REDOBLE POR RANCAS
1. CONTEXTO HISTORICO CULTURAL:
Pocas novelas del movimiento literario
del indigenismo eran consecuentes
con su tiempo cronológico. Esta
novela es testimonio literaturalizado
de una realidad lacerante y cruda.
Esta historia situada en los Andes
Centrales se desarrolla durante el
segundo gobierno de Manuel Prado
(1956 a 1962). En esta época el país
experimentó un apresurado
crecimiento económico por la minería,
lo que provocó una gran
intensificación de los conflictos
sociales.
Un conflicto provocado por la multinacional minera más importante
del Perú, la Cerro de Pasco Corp., sirvió de detonante para que en
1959 la movilización social del campo y el movimiento de toma de
tierras llegaran a la región de los Andes Centrales, en los
departamentos de Pasco y Junín, no muy lejos de Lima y conectados
con ésta por ferrocarril.
La historia de la obra se desarrolla simultáneamente en dos pueblos
de los Andes Centrales: Rancas y Yanahuanca que pertenecen a
Cerro de Pasco.
2. CORRIENTE LITERARIA:
El neoindigenismo constituiría un intento de vincular la cuestión
del indígena con cierto pensamiento de carácter más autoreflexivo,
sobre todo de las tensiones que implican representar el mundo
indígena y al mismo tiempo lidiar con las contradicciones propias
de las modernidades y modernizaciones que conforman el
Occidente periférico (contradicciones que experimentaron las
sociedades latinoamericanas durante buena parte del período de
formación de las repúblicas en el siglo XIX, y durante los intentos
de modernización durante el siglo XX). 1(+)
2.1. CARACTERÌSTICAS:
Alejamiento radical de la estética realista que informa al
indigenismo.
Narrativa con un fuerte componente lírico o mítico.
El empleo de la perspectiva del realismo mágico
La ampliación, complejización y perfeccionamiento del arsenal
técnico de la narrativa que supera los logros alcanzados en este
aspecto por el indigenismo ortodoxo.
El crecimiento del espacio de la representación narrativa en
consonancia con las transformaciones reales de la
problemática indígena. 2(+)
2.2. REPRESENTANTES:
Miguel Ángel Asturias de Guatemala
Rosario Castellanos de México
Manuel Scorza de Perú.
3. AUTOR:
MANUEL SCORZA TORRES
3.1. DATOS BIOGRÁFICOS:
Manuel Scorza nació en Lima el 9 de
setiembre de 1928. Su padre era
mecánico y su madre enfermera. Se
mudaron a Los Andes por los
problemas bronquiales de Manuel y
también por su situación económica.
De regreso a Lima en 1939 continuó
sus estudios primarios. Los tres
primeros años de la secundaria los
realizó en el Colegio Salesiano de
Huancayo pues el clima de Lima había
empeorado su asma.
Terminó sus estudios en el Colegio Militar Leoncio Prado, también
ahí fue un alumno destacado. Alli comenzaron a conformarse entre
los cadetes las primeras células clandestinas del APRA y el Partido
Comunista, él se integró a la célula del APRA. En 1945 ingresó a
la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos donde profundizó su interés por la política. En 1948 hubo un
intento de revolución del APRA, a Scorza se le asignó la misión de
tomar el Arsenal del Colegio Militar Leoncio Prado, pero este
movimiento fue traicionado por la dirección del APRA.
En la dictadura de Manuel Odría, Scorza fue detenido, en prisión
sufrió un terrible ataque de asma que lo tuvo en una situación muy
crítica. Luego partió al exilio recorriendo varios países de
Latinoamérica, incluida la Argentina, hasta que se instaló en México.
En 1952 escribió el Poema “Canto a los mineros de Bolivia”, donde
evidenciaba su compromiso social. “Las imprecaciones”,
aparecido en México en 1955 fue su primer libro de poesía. Luego
de regresar a su país obtuvo en 1958 el Premio Nacional de Poesía.
De regreso a su país en 1956 se convirtió en Editor de libros
populares que replicó en otros países como Colombia, Venezuela
y Cuba. Scorza fue uno de los primeros en publicar a José Carlos
Mariátegui y José Martí en Perú. En 1954 se produjo su ruptura
con el APRA en una senda carta que tituló “Goog bye mister Haya”
donde explicita sus divergencias con el partido.
En 1980 Scorza apoyó a la agrupación de izquierda Frente Obrero
Campesino Estudiantil Popular (FOCEP). Genaro Ledesma.
El 28 de noviembre de 1983, a la edad de 55 años, cuando viajaba
a participar en el Eccuentro cultural hispanoamericano perdió la vida
junto a 56 pasajeros, entre los que se encontraba la novelista
argentina Marta Traba, su esposo uruguayo Angel Rama, el
novelista mexicano Jorge Ibargüengoitia y la pianista catalana
Rosa Sabater.
3.2. PRODUCCIÓN LITERARIA:
Poesía
“Canto a los mineros de Bolivia” ,1955
Las imprecaciones, 1955
Réquiem para un gentilhombre, 1962
Los adioses, 1969
El vals de los reptiles.
Novelas: Cinco baladas que agrupa bajo el título de “La guerra
silenciosa”:
la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San
Redoble por Rancas, 1970
Historia de Garabombo, El Invisible, 1972
El jinete insomne, 1976
El cantar de Agapito Robles, 1976
La tumba del relámpago, 1978.
La danza inmóvil, 1983. Era el inicio de una planificada trilogía
que llamaría “El fuego y la ceniza”.
3.3. CARACTERÍSTICAS:
En cuanto a su temática:
Es una denuncia social propia de su formación
izquierdista.
Su temática predominante es el despojo de los
campesinos, así como el abuso y la marginación de
sus propias autoridades.
“Redoble por Rancas” constituye un canto épico –
social y revolucionario que sintetiza la intromisión del
imperialismo capitalista en los pueblos
subdesarrollados de Latinoamérica.
El lenguaje:
Refleja la fluidez, facilidad expresiva e imaginativa del
autor.
Alterna la expresión poética con lo popular.
Logra descripciones contundentes cargadas de
epítetos, metáforas e hipérboles muy sugerentes.
Estilo del autor:
Emplea multiplicidad de técnicas narrativas. Salto
cualitativo, dato escondido, interpolación,
simultaneidad de historias.
Su argumento es quebrado, no lineal. Los capítulos de
sus novelas se enlazan pero, a la vez, tienen cierta
independencia marcada por los saltos temporales con
que juega el autor.
Sus historias se tejen con crudo realismo, marcada
ironía y doliente humor. El actuar del pueblo muestra
su idiosincrasia mítico- religiosa, tradicional e ingenua.
Se inserta en la tendencia del realismo mágico y se
advierte como continuador del estilo de Gabriel García
Márquez.
Muestra influencias de Rulfo; y en poesía, de Vallejo y
Neruda.
4. OBRA:
“REDOBLE POR RANCAS”
4.1. RESUMEN:
La “Cerro de Pasco Corporation”, compañía minera norteamericana,
se instala en Cerro de Pasco para explotar sus yacimientos de oro;
con ello lleva trabajo y abastece de luz eléctrica al pueblo. Sin
embargo, en su ambición desmedida, “La Compañía” despoja de
sus tierras a los comuneros, ante la indiferencia de las
autoridades. Varios hechos míticos son narrados por el autor:
los cerreños cambian de color, el Cerco crece incontenible
apropiándose de las tierras, una “ceguera” repentina ataca a las
autoridades, y los incapacita para ver el Cerco, el miedo al poder
del Juez Montenegro impide que los pobladores de Yanahuanca se
apoderen de su moneda extraviada en la plaza.
Don Migdonio de la Torre, el más rico hacendado, dueño de El
Estribo, devela la insurgencia de 15 indios que pretendían formar
un sindicato: los hace brindar con una copa envenenada y declara
“muerte por infarto colectivo”.
La hacienda Huarautambo –de propiedad del Juez Montenegro-
crece y se apropia de tierras que pertenecen a los comuneros.
Héctor Chacón, llamado El Nictálope, convoca un conciliábulo:
junto a El Abigeo, el Ladrón de Caballos, la vieja Sulpicia, Pis - Pis
y otros valientes deciden dar muerte al Juez. Chacón sería su
ejecutor.
Las ovejas mueren por millares a consecuencia del relave y la
infestación de los pastos; el Cerco alambrado crece engullendo ríos,
caminos, cerros, sembríos, pueblos enteros; el Juez Montenegro, el
alcalde don Herón de los Ríos, el Subprefecto don Arquímedes
Valerio y el hacendado don Migdonio de la Torre se entretienen con
una partida de póquer durante noventa días.
El padre Chasán incita la respuesta de los ranqueños: “No basta
rezar –les dice- ¡Hay que pelear!”, pues el Cerco no era cosa de
Dios sino de “La cerro”. Así, el viejo Fortunato y el Personero
Rivera encabezan la resistencia. Pero ninguna autoridad de Pasco
veía el Cerco. Sólo el Alcalde, don Genaro Ledesma, apoya el
reclamo y se enfrenta a Mister Harry Troeller, superintendente de
“La Cerro”, quien, por toda respuesta incrementa el precio de la luz
y deja al pueblo a oscuras.
Traicionado -por su propia esposa o por su hija- Héctor Chacón es
entregado a la policía y hecho prisionero. El despojo a Rancas se
consuma: sin ninguna contemplación, la Guardia de Asalto
incendia chozas y mata al Personero Rivera, al viejo Fortunato y a
otros comuneros.
4.2. FRAGMENTO:
DONDE EL ZAHORI LECTOR OIRÁ HABLAR DE CIERTA
CELEBÉRRIMA MONEDA
Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde,
andando los tiempos, emergería la Guardia de Asalto para fundar
el segundo cementerio de Chinche, un húmedo setiembre, el
atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un
chaleco surcado por la leontina de oro de un Longínes auténtico.
Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje
descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su
imperturbable paseo.
Hacia las siete de ese friolento crepúsculo, el traje negro se
detuvo, consultó el Longines y enfiló hacia un caserón de tres
pisos. Mientras el pie izquierdo se demoraba en el aire y el
derecho oprimía el segundo de los tres escalones que unen la
plaza al sardinel, una moneda de bronce se deslizó del bolsillo
izquierdo del pantalón, rodó tintineando y se detuvo en la primera
grada. Don Herón de los Ríos, el Alcalde, que hacía rato esperaba
lanzar respetuosamente un sombrerazo, gritó: «¡Don Paco, se le
ha caído un sol! »
El traje negro no se volvió. El Alcalde de Yanahuanca, los
comerciantes y la chiquillería se aproximaron. Encendida por los
finales oros del crepúsculo, la moneda ardía. El Alcalde,
oscurecido por una severidad que no pertenecía al anochecer, clavó
los ojos en la moneda y levantó el indice: « ¡Que nadie la toque! »
La noticia se propaló vertiginosamente. Todas las casas
de la provincia de Yanahuanca se escalofriaron con la nueva de que
el doctor don Francisco Montenegro, Juez de Primera Instancia,
había extraviado un sol.
Los amantes del bochinche, los enamorados y los borrachos se
desprendieron de las primeras oscuridades para admirarla. «¡Es el
sol del doctor!», susurraban exaltados. Al día siguiente, temprano,
los comerciantes de la plaza la desgastaron con temerosas miradas.
«¡Es el sol del doctor!», se conmovían. Gravemente instruidos por
el Director de la Escuela -«No vaya a ser que una imprudencia
conduzca a vuestros padres a la cárcel.»-, los escolares la
admiraron al mediodía: la moneda tomaba sol sobre las mismas
desteñidas hojas. de eucalipto. Hacia las cuatro, un rapaz de ocho
años se atrevió a arañarla con un palito: en esa frontera se detuvo
el coraje de la provincia.
Nadie volvió a tocarla durante los doce meses siguientes.
Sosegada la agitación de las primeras semanas, la provincia se
acostumbró a convivir con la moneda. Los comerciantes, de la
plaza, responsables de primera línea, vigilaban con tentaculares
miradas a los curiosos. Precaución inútil: el último lameculos de la
provincia sabía que apoderarse de esa moneda, teóricamente
equivalente a cinco galletas de soda o a un puñado de duraznos,
significaría algo peor que un carcelazo. La moneda llegó a ser una
atracción. El pueblo, se acostumbró a salir de paseo para mirarla.
Los enamorados se citaban alrededor de sus fulguraciones.
El único que no se enteró que en la plaza de Yanahuanca existía
una moneda destinada a probar la honradez de la altiva provincia
fue el doctor Montenegro.
Todos los crepúsculos cumplía veinte vueltas exactas. Todas las
tardes repetía los doscientos cincuenta y seis pasos que constituyen
la vuelta del polvoriento cuadrado. A las cuatro, la plaza hierve,
a las cinco todavía es un lugar público, pero a las seis es un
desierto. Ninguna ley prohíbe pasearse a esa hora, pero sea porque
el cansancio acomete a los paseantes, sea porque sus estómagos
reclaman la cena, a las seis la plaza se deshabita. El medio cuerpo
de un hombre achaparrado, tripudo, de pequeños ojos extraviados
en un rostro cetrino, emerge a las cinco, al balcón de un caserón de
tres pisos de ventanas siempre veladas por una espesa neblina de
visillos. Durante sesenta minutos, ese caballero casi desprovisto de
labios, contempla, absolutamente inmóvil, el desastre del sol.
¿Qué, comarcas recorre su imaginación?
¿Enumera sus propiedades? ¿Recuenta sus rebaños? ¿Prepara
pesadas condenas? ¿Visita a sus enemigos? ¡Quién sabe!
Cincuenta y nueve minutos después de iniciada su entrevista solar,
el Magistrado autoriza a su ojo derecho a consultar el Longines, baja
la escalera, cruza el portón azul y gravemente enfila hacia la plaza.
Ya está deshabitada. Hasta los perros saben que de seis a siete no
se ladra allí. Noventa y siete días después del anochecer en que
rodó la moneda del doctor, la cantina de don Glicérico Cisneros
vomitó un racimo de borrachos. Mal aconsejado por un aguardiente
de culebra, Encarnación López se había propuesto apoderarse de
aquel mitológico sol. Se tambalearon hacia la plaza. Eran las diez
de la noche. Mascullando obscenidades, Encarnación iluminó
el sol con su linterna de pilas. Los ebrios seguían sus movimientos
imantados. Encarnación recogió la moneda, la calentó en la palma
de la mano, se la metió en el bolsillo y se difuminó bajo la luna.
Pasada la resaca, por los labios de yeso de su mujer, Encarnación
conoció al día siguiente el bárbaro tamaño de su coraje. Entre
puertas que se cerraban presurosas se trastabilló hacia la plaza,
lívido como la cera de cincuenta centavos que su mujer encendía
ante el Señior de los Milagros. Sólo cuando descubrió que él
mismo, sonámbulo, había depositado la moneda en el primer
escalón, recuperó el color.
El invierno, las pesadas lluvias, la primavera, el desgarrado otoño y
de nuevo la estación de las heladas circunvalaron la moneda. Y se
dio el caso de que una provincia cuya desaforada profesión era el
abigeato, se laqueó de una imprevista honradez. Todos sabían
que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda idéntica a
cualquier otra circulante, un sol que en el anverso mostraba el
árbol de la quina, la llama y el cuerno de la abundancia del escudo
de la República y en el reverso exhibía la caución moral del Banco
de Reserva del Perú. Pero nadie se atrevía a tocarla. El repentino
florecimiento de las buenas costumbres inflamó el orgullo de los
viejos. Todas las tardes auscultaban a los niños que volvían de la
escuela. «¿Y la moneda del doctor?» «¡Sigue en su sitio!» «Nadie
la ha tocado.» «Tres arrieros de Pillao la estuvieron admirando.»
Los ancianos levantaban el índice, con una mezcla de severidad y
orgullo: «¡Así debe ser; la gente honrada no necesita candados! »
A pie o a caballo, la celebridad de la moneda ríecorrió caseríos
desparramados en diez leguas. Temerosos que una imprudencia
provocara en los pueblos pestes peores que el mal de ojo, los
Teniente gobernadores advirtieron, de casa en casa, que en la plaza
de Armas de Yanahuanca envejecía una moneda intocable.
¡No fuera que algún comemierda bajara a la provincia a comprar
fósforos y «descubriera» el sol! La fiesta de Santa Rosa, el
aniversario de la Batalla de Ayacucho, el Día de los Difuntos, la
Santa Navidad, la Misa de Gallo, el Día de los Inocentes, el Año
Nuevo, la Pascua de Reyes, los Carnavales, el Miércoles de Ceniza,
la Semana Santa, y, de nuevo, el aniversario de la Independencia
Nacional sobrevolaron la moneda. Nadie la tocó. No bien
llegaban los forasteros, la chiquillería los enloquecía:
«¡Cuidado, señores, con la moneda del doctor!» Los fuereños
sonreían burlones, pero la borrascosa cara de los comerciantes los
enfriaba. Pero un agente viajero, engreído con la representación
de una casa mayorista de Huancayo (dicho sea de paso: jamás,
volvió a recibir una orden de compra en Yanahuanca) preguntó
con una sonrisita.- « ¿Cómo sigue de salud la moneda?»
Consagración Mejorada le contestó: «Si usted no vive aquí, mejor
que no abra la boca». «Yo vivo en cualquier parte», contestó el
bellaco, avanzando. Consagración -que en el nombre llevaba el
destino- le trancó la calle con sus dos metros: «Atrévase a
tocarla», tronó. El de la sonrisita se congeló. Consagración, que en
el fondo era un cordero, se retiró confuso. En la esquina lo felicitó
el Alcalde: «¡Así hay que ser, derecho!» Esa misma noche, en todos
los fogones, se supo que Consagración, cuya única hazaña
conocida era beberse sin parar una botella de aguardiente, había
salvado al pueblo. En esa esquina lo parió la suerte. Porque no
bien amaneció los comerciantes de la Plaza de Armas, orgullosos
de que un yanahuanquino le hubiera parado el macho a un
badulaque huancaíno, lo contrataron para descargar, por cien
soles mensuales, las mercaderías.
La víspera de la fiesta de Santa Rosa, patrona de la Policía,
descubridora de misterios, casi a la misma hora en que, un año
antes, la extraviara, los ojos de ratón del doctor Montenegro
sorprendieron una moneda. El traje negro se detuvo delante del
celebérrimo escalón. Un murmullo escalofrió la plaza. El traje
negro recogió el sol y se alejó. Contento de su buena suerte, esa
noche reveló en el club: « ¡Señores, me he encontrado un sol en la
plaza! »
La provincia suspiró.
4.3. APORTE CRÍTICO:
Diferencia entre lo Real Maravilloso y el Realismo Mágico
El Realismo Mágico
Es una tendencia internacional que surge hacia 1918 y que se da tanto en
la pintura como en la literatura. Franz Roh distinguió algunos rasgos sobre
las diferencias entre el expresionismo y el postexpresionismo Realismo
Mágico en la pintura, aplicables también a la literatura. La primera
manifestación del Realismo Mágico en un cuento ocurrió en 1920 con “El
hombre muerto”, de Horacio Quiroga. Pero la tendencia llegó a su auge
con algunos cuentos de Borges y con “Cien años de soledad”, de García
Márquez.
El Realismo Mágico se plasma en un mundo totalmente realista, en el cual
de repente sucede algo fantástico. Por ejemplo, en “El hombre muerto”, de
Quiroga, un colono acostumbrado a luchar contra la naturaleza se cae sobre
su machete cruzando la cerca de alambre de púa. El detalle mágico realista
es que mientras agoniza, no siente absolutamente nada de dolor y no se ve
ni una gota de sangre y la naturaleza queda totalmente tranquila.
El Realismo Mágico se distingue por su prosa clara y precisa.
Lo Real Maravilloso
No es una tendencia internacional. Proviene de las raíces culturales de
ciertas zonas de la América Latina, raíces indígenas y africanas que
pueden manifestarse tanto en la literatura colonial como en las novelas de
Alejo Carpentier y de Miguel Ángel Asturias.
La prosa de lo Real Maravilloso se caracteriza por un barroquismo, una
prosa recargada de adornos. Para el autor de lo Real Maravilloso, sus
personajes indígenas o negros de Guatemala, Cuba o el Brasil, creen en
los aspectos mitológicos o espirituales de su cultura.
GABRIEL GARCÍA MARQUEZ: CIEN AÑOS DE SOLEDAD
1. CONTEXTO HISTÓRICO CULTURAL
Las décadas de 1960 y 1970 fueron
décadas de agitación política en toda
América Latina. Este clima sirvió de
base para los trabajos de los
escritores del Boom latinoamericano.
Durante esta época ocurren los
acontecimientos siguientes:
La Revolución cubana en 1959
A lo largo de los años 1960 y 1970,
regímenes militares autoritarios
gobernaron en Argentina, Brasil,
Chile, Paraguay, Perú y muchos
otros países.
1973 el presidente electo de Chile, Salvador Allende es derrocado.
La captura de Ernesto “Che” Guevara
Las guerrillas en Colombia
2. CORRIENTE LITERARIA
El "Boom" latinoamericano no solamente fue un movimiento
literario, fue político y social y sobre todo un fenómeno editorial que
surgió entre los años 1960 y 1970, cuando el trabajo de un grupo de
novelistas latinoamericanos relativamente jóvenes se dio a conocer en
todo el mundo
La narrativa latinoamericana a partir de la segunda mitad del siglo fue
llamada en Europa el “Boom” de los escritores nuevos, porque
sorprendieron al mundo con el manejo singular de técnicas no
utilizadas hasta entonces.
El contexto social e histórico latinoamericano y las posibilidades de
comunicación y difusión actuales, facilitaron la vigencia y
trascendencia del boom, que no debe considerarse un movimiento,
como el romanticismo, realismo o modernismo.
El boom es, desde la pluralidad de su creatividad, ganancia que
asume, decanta e incorpora sin reservas los aportes más
permanentes de la creación contemporánea, sin por ello vacilar en
hacer suyo lo más depurado de la gran tradición literaria. Para ello
desconoce todo tipo de dependencia a modelos establecidos, y al
hacerlo, determina que su modelo sea el de la imaginación y oficio de
cada uno de sus autores.
La ascendencia del boom es hacia su propia esencia, a partir de la
superación del realismo de la narrativa regionalista e indigenista,
imperante en la literatura hispanoamericana durante las tres primeras
décadas del siglo da entrada, entre otros, a técnicas narrativas y
recursos formales como el monólogo interior y la renovación de
lenguaje.
Ángel Rama reconoce como figuras centrales solamente a: Julio
Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas
Llosa y solamente y afirma que su duración fue de 1964 hasta 1972;
mientras que Donoso, en forma más austera, sitúa al Boom entre
1965 hasta 1970.
2.1. CARACTERÍSTICAS
El Realismo Mágico aparece como una forma de entender lo
propiamente americano y presenta las siguientes
características:
Exactitud en la descripción realista aplicada a un asunto
sobrenatural o mágico.
La yuxtaposición de elementos, temas, hechos y situaciones
para mostrar la relatividad de la realidad.
El empleo de manifestaciones surrealistas para recrear
situaciones oníricas, extrañas e imprecisas.
Utiliza lo grotesco e hiperboliza la realidad hasta hacerla
casi caricaturesca.
La presencia de la sorpresa como resultado de la
combinación de factores reales o irreales, concretos o
abstractos,, trágicos o absurdos.
El uso de un sincretismo que concilia magia y religión,
civilización y salvajismo, miseria y riqueza, otros.
La utilización del mito sin preocuparse de su fidelidad a la
historia sino como un medio para forjar el mundo autónomo
de la novela.
La aceptación de lo insólito como parte normal de la realidad
Preocupación constante por los problemas sociales,
políticos y culturales deHispanoamérica.1
Los elementos mágicos, cuando aparecen en la obra, son
percibidos por los personajes como hechos normales. Son
intuidos por el lector, no explicados.
PRE BOOM
Ernesto Sábato
Alejo Carpentier
Miguel Ángel Asturias
Jorge Luis Borges
Juan Rulfo
Juan Carlos Oneti
BOOM
Julio Cortázar
Carlos Fuentes
Gabriel García Márquez
Mario Vargas Llosa
POST BOOM
Alfredo Bryce Echenique
Manuel Puig
Severo Sarduy
Isabel allende
Reynaldo Arenas
3. AUTOR:
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
3.1. DATOS BIOGRÁFICOS
Nació en Aracataca (1928) en el seno de
una familia pobre. Vive sus primeros 8 años
en compañía de sus abuelos paternos, el
coronel Nicolás Ricardo Mejía Márquez y su
esposa Tranquilina Iguarán.
En 1936 muere su abuelo y se traslada con
sus padres a Sucre, donde cursa sus
estudios preparatorios que continuará, a
partir de 1940, en Zipaquirá, hasta 1946.
Ingresa a la Universidad Nacional en 1947,
donde es compañero del que luego sería el
famoso cura guerrillero Camilo Torres, y
escribe su primer cuento: “La Tercera
Resignación”, que conjuntamente con otros nueve publicados en “El
Espectador” entre 1947 y 1952, fueron editados con el título de “Ojos de
Perro Azul”.
Durante aquellos años alterna sus trabajos periodísticos en Barranquilla y
Bogotá, para integrarse en forma definitiva en 1954 con “El Espectador”
como columnista de cine y de reportajes especiales.
Al año siguiente gana el Concurso Nacional de Cuento con “Un día
después del sábado”, posteriormente publica su primera novela: “La
Hojarasca” y la crónica “Relato de un náufrago”.
Comienza a involucrarse decididamente en la política internacional; escribe
numerosos artículos sobre la dictadura del general Pinochet en Chile,
sobre Angola, Nicaragua, Vietnam; durante este lapso entabla fuertes
lazos de amistad con Fidel Castro, Omar Torrijos, Jaime Bateman y Felipe
González.
Recibe al año siguiente la “Legión de Honor”, en Francia, con el grado de
comendador.
La Academia Sueca le otorga el “Premio Nobel de Literatura” en 1982,
destacando la obra del escritor, además de mencionar las virtudes del
mismo como incansable defensor de los derechos humanos en América y
el mundo. Ese mismo año edita “Entre Cachacos”, “De Europa y América”.
Escribe un libro de memorias “Vivir para contarlas”. Y su última obra es
memorias de mis putas tristes.
3.2. PRODUCCIÓN LITERARIA:
“La Hojarasca” (1955) – Novela.
“El coronel no tiene quien le escriba”(1961) – Novela.
“Los funerales de Mamá Grande”(1962).Cuentos
“La Mala Hora”(1962) – Novela
“Cien Años de Soledad”(1967) – Novela
“La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela
desalmada”(1972) – Cuento.
“Ojos de Perro Azul”(1974) – Cuentos.
“El Otoño del Patriarca”(1975) – Novela
“Crónica de una Muerte Anunciada” – Novela
“El Olor de la Guayaba”(1982) –Entrevista.
“El amor en los tiempos del cólera”(1985)
“El General en su Laberinto”(1989)
“Doce cuentos peregrinos”(1992)
“Del amor y otros demonios”(1994)
“Noticia de un secuestro” (1997).
“Vivir para contarla” (2002) – Memorias.
“Memorias de mis putas tristes”
3.3. CARACTERÍSTICAS DE SU OBRA:
Emplea la técnica del salto cualitativo (realismo mágico).
Su literatura recrea anécdotas familiares a las que se
suman la historia, los relatos cosmogónicos, los cantos
populares de su tierra.
Sus temas fundamentales son: el honor y la venganza, el
poder, la soledad, la muerte, el amor, la irrealidad, el
tiempo y el humor.
Constituye una reflexión sobre las causas de la violencia y
especialmente sobre sus consecuencias en los
sobrevivientes.
Su estilo es sobrio, categórico, austero y altamente
poético.
El tono es tierno y se vuelve a veces irónico, pero sin
malicia ni rencor.
Uso de técnicas no siempre asequibles al lector común,
entre ellas el uso del tiempo que pasa y del tiempo circular.
4. CIEN AÑOS DE SOLEDAD
4.1. RESUMEN:
Después de su matrimonio con José Arcadio Buendía, Úrsula, temerosa de
concebir un niño monstruoso, usa un cinturón de castidad para prevenir las
relaciones con su marido hasta el día en que éste lo insulta un tal
Prudencio Aguilar quien, en un momento de despecho, se refiere a la
unión no consumada de la pareja. El impetuoso José Arcadio preserva su
honor al darle muerte al hombre y obliga a Úrsula a cumplir sus deberes
conyugales, pero al poco tiempo el fantasma de Prudencio regresa a
atormentar la pareja. Decididos a escapar de esta presencia del pasado,
los Buendía emprenden con algunos amigos un largo viaje a través de un
vasto desierto. Más de dos años después José Arcadio, exhausto y
completamente desorientado, sueña con una ciudad de casas con muros
de espejos y convence a sus seguidores de construir a Macondo en el
mismo sitio donde habían pasado la noche.
Al principio Macondo es una especie de paraíso y el único contacto con el
mundo exterior que tienen sus habitantes, idílicamente dichosos, es a
través de bandas de gitanos que les muestran instrumentos tan fantásticos
como alfombras mágicas o imanes tan potentes que pueden mover ollas y
cacerolas de los aparadores. Pero eventualmente la civilización y el
progreso se abren paso en la comunidad, en forma de religión organizada,
ideologías políticas e inventos científicos. Pronto Macondo se ve envuelto
en una serie de sangrientas luchas civiles. Una firma norteamericana, no
mucho después, en la colaboración con las autoridades locales, comienza
a explotar las posibilidades de la región para el cultivo del banano. De la
noche a la mañana el pueblo se transforma con la llegada de los gringos
altaneros que viven separados del resto de la comunidad...
Cuando los trabajadores descontentos declaran la huelga para protestar
por los bajos salarios y las malas condiciones de trabajo, el gobierno
convoca una reunión en la plaza situada frente a la estación del ferrocarril
con el pretexto de discutir los términos del acuerdo. Pero cuando se
cierran todas las salidas por soldados armados hasta los dientes, se
produce el asesinato de más de tres mil personas. Casi de inmediato
comienza una lluvia torrencial que dura aproximadamente cinco años y
que le pone punto final a la prosperidad económica, dejando un pueblo
arruinado. Con el estancamiento consiguiente y el éxodo de muchos de
sus ciudadanos, sólo es cuestión de tiempo antes de que la naturaleza
complete la destrucción de Macondo.
La soledad que comparten todos los Buendía está ligada directamente a
su egocentrismo, a la tendencia a volverse hacia dentro de sí mismos en
vez de proyectarse hacia fuera, hacia los otros. Esta introspección, que
explica, en parte, su falta de solidaridad con la comunidad, se muestra
adicionalmente en el tema recurrente del incesto que obsesiona a todas
las generaciones y que se manifiestan en varios episodios.
Los dos últimos sobrevivientes a la destrucción de Macondo, Amaranta
Úrsula y su sobrino Aureliano Babilonia, opondrán al fin fatal predestinado,
la posibilidad del amor. Y obtendrán su castigo: tendrán un hijo con cola
de cerdo. Esto marcará también el fin de pueblo, pues, un remolino
lo borrará totalmente de la faz de la tierra
4.2. FRAGMENTO.
(…) De pronto – cuando el duelo llevaba tanto tiempo que ya se habían
reanudado las sesiones de punto de cruz – alguien empujó la puerta de la
calle a las dos de la tarde, en el silencio mortal del calor, y los horcones se
estremecieron con tal fuerza en los cimientos, que Amaranta y sus amigas
bordando en el corredor, Rebeca chupándose el dedo en el dormitorio,
Úrsula en la cocina, Aureliano en el taller y hasta José Arcadio Buendía bajo
el castaño solitario, tuvieron la impresión de que un temblor de tierra estaba
desquiciando la casa. Llegaba un hombre descomunal. Sus espaldas
cuadradas apenas si cabían por las puertas. Tenía una medallita de la
Virgen de los Remedios colgada en el cuello de bisonte, los brazos y el
pecho completamente bordados de tatuajes crípticos, y en la muñeca
derecha la apretada esclava de cobre de los niños – en – cruz. Tenía el
cuero curtido por la sal de la intemperie, el pelo corto y parado como las
crines de un mulo, las mandíbulas férreas y la mirada triste. Tenía un
cinturón dos veces más grueso que la cincha de un caballo, botas con
polainas y espuelas y con los tacones herrados, y su presencia daba la
impresión trepidatoria de un sacudimiento sísmico. Atravesó la sala de
visitas y la sala de estar, llevando en la mano unas alforjas medio
desbaratadas, y apareció como un trueno en el corredor de las begonias,
donde Amaranta y sus amigas estaban paralizadas con las agujas en el aire.
“Buenas”, les dijo él con la voz cansada, y tiró las alforjas en la mesa de
labor y pasó de largo hacia el fondo de la casa. “Buenas”, le dijo la asustada
Rebeca que lo vio pasar por la puerta de su dormitorio. “Buenas”, le dijo a
Aureliano, que estaba con los cinco sentidos alertas en el mesón de
orfebrería. No se entretuvo con nadie. Fue directamente a la cocina, y allí
se paró por primera vez en el término de un viaje que había empezado al
otro lado del mundo. “Buenas”, dijo. Úrsula se quedó una fracción de
segundo con la boca abierta, lo miró a los ojos, lanzó un grito y saltó a su
cuello gritando y llorando de alegría. Era José Arcadio. Regresaba tan pobre
como se fue, hasta el extremo de que Úrsula tuvo que darle dos pesos para
pagar el alquiler del caballo. Hablaba el español cruzado con jerga de
marineros. Le preguntaron dónde había estado, y contestó: “Por ahí.” Colgó
la hamaca en el cuarto que le asignaron y durmió tres días. Cuando
despertó, y después de tomarse dieciséis huevos crudos, salió directamente
hacia la tienda de Catarino, donde su corpulencia monumental
provocó un pánico de curiosidad entre las mujeres. Ordenó música y
aguardiente para todos por su cuenta. Hizo apuestas de pulso con cinco
hombres al mismo tiempo. “Es imposible”, decían, al convencerse
de que no lograban moverle el brazo. “Tiene niños – en – cruz.” Catarino,
que no creía en artificios de fuerza, apostó doce pesos a que no movía el
mostrador. José Arcadio lo arrancó de su sitio, lo levantó en vilo sobre la
cabeza y lo puso en la calle. Se necesitaron once hombres para meterlo. En
el calor de la fiesta exhibió sobre el mostrador su masculinidad inverosímil,
enteramente tatuada con una maraña azul y roja de letreros en varios
idiomas. A las mujeres que lo asediaron con su codicia les preguntó
quién pagaba más. La que tenía más ofreció veinte pesos. Entonces él
propuso rifarse entre todas a diez pesos el número. Era un precio
desorbitado, porque la mujer más solicitada ganaba ocho pesos en una
noche, pero todas aceptaron. Escribieron sus nombres en catorce papeletas
que metieron en un sombrero, y cada mujer sacó una. Cuando sólo faltaban
por sacar dos papeletas, se estableció a quiénes correspondía.
Cinco pesos más cada una – propuso José Arcadio – y me reparto entre
ambas.
De eso vivía. Le había dado sesenta y cinco veces la vuelta al mundo,
enrolado en una tripulación de marineros apátridas. Las mujeres que se
acostaron con él aquella noche en la tienda de Catarino lo llevaron
desnudo a la sala de baile para que vieran que no tenía un milímetro del
cuerpo sin tatuar, por el frente y por la espalda, y desde el cuello hasta los
dedos de los pies. No lograba incorporarse a la familia. Dormía todo el día
y pasaba la noche en el barrio de tolerancia haciendo suertes de fuerza.
En las escasas ocasiones en que Úrsula logró sentarlo a la mesa, dio
muestras de una simpatía radiante, sobre todo cuando contaba sus
aventuras en países remotos. Había naufragado y permanecido dos
semanas a la deriva en el mar del Japón, alimentándose con el cuerpo de
un compañero que sucumbió a la insolación, cuya carne salada y vuelta a
salar y cocinada al sol tenía un sabor granuloso y dulce. En un mediodía
radiante del Golfo de Bengala su barco había vencido un dragón de mar en
cuyo vientre encontraron el casco, las hebillas y las armas de un cruzado.
Había visto en el Caribe el fantasma de la nave corsario de Víctor Hugues,
con el velamen desgarrado por los vientos de la muerte, la arboladura
carcomida por cucarachas de mar, y equivocado para siempre el rumbo de
la Guadalupe. Úrsula lloraba en la mesa como si estuviera leyendo las
cartas que nunca llegaron, en las cuales relataba José Arcadio sus
hazañas y desventuras. “Y tanta casa aquí hijo mío – sollozaba -. ¡Y tanta
comida tirada a los puercos!” Pero en el fondo no podía concebir que el
muchacho que se llevaron los gitanos fuera el mismo atarván que se
comía medio lechón en el almuerzo y cuyas ventosidades marchitaban las
flores. Algo similar le ocurría al resto de la familia. Amaranta no podía
disimular la repugnancia que le producía en la mesa sus eructos bestiales.
Arcadio, que nunca conoció el secreto de su filiación, apenas si contestaba
a las preguntas que él le hacía con el propósito evidente de conquistar sus
afectos. Aureliano trató de revivir los tiempos en que dormían en el mismo
cuarto, procuró restaurar la complicidad de la infancia, pero José Arcadio
los había olvidado porque la vida del mar le saturó la memoria con
demasiadas cosas que recordar. Sólo Rebeca sucumbió al primer
impacto. La tarde en que lo vio pasar frente a su dormitorio pensó que Pietro
Crespi era un currutaco de alfeñique junto a aquel protomacho cuya
respiración volcánica se percibía en toda la casa. Buscaba su proximidad
con cualquier pretexto. En cierta ocasión José Arcadio la miró el cuerpo
con una atención descarada, y le dijo: “Eres muy mujer, hermanita.”
Rebeca perdió el dominio de sí misma. Volvió a comer tierra y cal de las
paredes con la avidez de otros días, y se chupó el dedo con tanta
ansiedad que se le formó un callo en el pulgar. Vomitó un líquido verde con
sanguijuelas muertas. Pasó noches en vela tiritando de fiebre, luchando
contra el delirio, esperando, hasta que la casa trepidaba con el regreso de
José Arcadio al amanecer. Una tarde, cuando todos dormían la siesta, no
resistió más y fue a su dormitorio. Lo encontró en calzoncillos, despierto,
tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de
amarrar barcos. La impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoteada
que sintió el impulso de retroceder. “Perdone – se excusó - . No sabía que
estaba aquí.” Pero apagó la voz para no despertar a nadie. “Ven acá”, dijo
él. Rebeca obedeció. Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo,
sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le
acariciaba los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y
luego los muslos, murmurando: “Ay, hermanita: ay, hermanita.” Ella tuvo
que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia
ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó
de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito.
Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia
en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el
pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la
explosión de su sangre.
***
Bueno, niñito – lo consoló - : ahora dime quién es.
Cuando Aureliano se lo dijo, Pilar Ternera emitió una risa profunda, la
antigua risa expansiva que había terminado por parecer un cucurrucuteo
de palomas. No había ningún misterio en el corazón de un Buendía, que
fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencia le
había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones
irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta
la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del
eje.
- No te preocupes – sonrió -. En cualquier lugar en que esté ahora, ella te
está esperando.
Era las cuatro y media de la tarde, cuando Amaranta Úrsula salió del baño.
Aureliano la vio pasar frente a su cuarto, con una bata de pliegues tenues
y una toalla enrollada en la cabeza como un turbante. La siguió casi en
puntillas, tambaleándose de la borrachera, y entró al dormitorio nupcial en
el momento en que ella se abrió la bata y se la volvió a cerrar espantada.
Hizo una señal silenciosa hacia el cuarto contiguo, cuya puerta estaba
entreabierta, y donde Aureliano sabía que Gastón empezaba a escribir una
carta.
- Vete – dijo sin voz.
Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las dos manos, como una
maceta de begonias, y la tiró boca arriba en la cama. De un tirón brutal, la
despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo,
y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada que no tenía un
matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lunar recóndito que él no hubiera
imaginado en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta Úrsula se
defendía sinceramente, con astucias de hembra sabia, comadreando el
escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras trataba de
destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las
uñas, pero sin él ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse
con la respiración de alguien que contemplara el parsimonioso crepúsculo
de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una batalla a muerte,
que, sin embargo, parecía desprovista de toda violencia, porque estaba
hecha de agresiones solemnes, de modo que entre una y otra había
tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus
sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran dos amantes
enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En
el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula
comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría
podido despertar las sospechas del marido contiguo, muchos más que los
estrépitos de guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con
los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero defendiéndose con
mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco, hasta que
ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices,
y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron
caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula
descuidó la defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella
misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción
descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y
su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir
qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban
al otro lado de la muerte. Apenas tuvo tiempo de estirar la mano y buscar a
ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se
le salieran los chillidos de gata que ya le estaba desgarrando las entrañas.
4.3. APORTE CRÍTICO
Teodosio Fernández / Cien Años de Soledad, o la magia sin fin
Han pasado cuarenta años desde la aparición de Cien años de soledad y
todavía hoy se mantiene intacta la magia de ese mundo centrado en
Macondo, con el prolongado y laberíntico proceso que lo lleva desde la
inocencia de sus orígenes hasta una prosperidad precaria y luego a un
final apocalíptico, con el ascenso y la caída de la estirpe de los Buendía,
marcada por la obsesión y el temor del incesto. Otros hitos de la narrativa
hispanoamericana habían abierto el camino por el que Gabriel García
Márquez transitaba entonces, como Pedro Páramo, la extraordinaria
novela con la que Juan Rulfo arraigó la imaginación mítica en suelo
mexicano, o como El reino de este mundo y las demás obras con las que
Alejo Carpentier trató de llevar a la ficción su voluntad de descubrir lo real
maravilloso en un paisaje virgen, donde indios y negros mantenían vivo su
caudal de mitologías, en el territorio donde los conquistadores españoles
habían tratado de encontrar la fuente de la Eterna Juventud y la áurea
ciudad de Manoa, y donde en tiempos de la Revolución Francesa aún salían
expediciones en busca de El Dorado o de la Ciudad Encantada de los
Césares. García Márquez era un heredero declarado de esa actitud,
dispuesto a resaltar la presencia de aspectos extraordinarios en la vida
cotidiana de América Latina: más de una vez recordaría que a fines del siglo
XIX un explorador norteamericano vio en los territorios amazónicos un
arroyo de agua hirviendo y un lugar donde la voz humana provocaba
aguaceros torrenciales, y que en la costa argentina de la Patagonia los
vientos se llevaron un circo entero para que las redes de los pescadores
capturasen al día siguiente cadáveres de leones y jirafas. Esa atmósfera
propicia a lo insólito se acentuaría en el ámbito de su Aracataca natal, en
ese ámbito del Caribe donde Cristóbal Colón pudo encontrar plantas
fabulosas y seres mitológicos, donde arraigó la magia traída desde África
por los esclavos negros y discurrieron las andanzas de piratas capaces de
montar un teatro de ópera en Nueva Orleans y de llenar de diamantes las
dentaduras de las mujeres.
Las raíces de esa visión de América Latina eran ya entonces profundas,
alimentadas por una convicción que desde los años veinte relacionaba el
mito con el modo de pensar de los hombres primitivos, carentes de memoria
histórica. Esa América, un continente joven a los ojos de una cultura
europea que entonces se decía en decadencia y se mostraba ávida de
maravillas, inevitablemente había de estar habitado por las leyendas y los
mitos ya desaparecidos ante los avances de la razón y de la ciencia en otras
partes del mundo. Por otra parte, la literatura parecía ahora capaz de trazar
con nitidez los perfiles de una identidad cultural que antes había resultado
esquiva a los numerosos esfuerzos que los intelectuales latinoamericanos
habían dedicado a su búsqueda. Determinada por esa visión, Cien años de
soledad venía a consolidar una imagen de la realidad y de la historia de
América Latina inseparable de esa condición que la convertía en el territorio
de lo mágico y legendario, de lo maravilloso y lo fantástico, en un mundo
irreducible a los modelos racionalistas europeos y a la represión de los
instintos y de la imaginación que se consideró característica de la
civilización occidental.
Esa imagen de América Latina continúa hoy vigente en buena medida,
aunque ya no lo estén algunos de los presupuestos en que se apoyaba,
como la discutible contraposición entre la fantasía latinoamericana y el
pragmático racionalismo europeo o norteamericano, racionalismo que
precisamente sació su sed de maravillas y de exotismo con ésa y otras
muestras de «realismo mágico» que la literatura de Hispanoamérica le
proporcionaba. Por otra parte, hoy es difícil defender la relación de la
América Latina mítica e insólita con la vitalidad que mostraba entonces su
novela, género que ni se agotó en latitudes que habían olvidado sus
orígenes míticos o legendarios, como a veces se auguró, ni allí fue capaz
de ofrecer por mucho tiempo resultados capaces de mantener la
supremacía internacional conseguida en los años sesenta. Es evidente
que el éxito extraordinario de Cien años de soledad tuvo que ver con la
visión maravillosa y maravillada de la realidad y de la historia que
proponía, pero en el secreto de tal éxito estaba también una manera de
narrar: nadie había conseguido ni conseguiría una conjunción más lograda
de ingredientes míticos y folclóricos para transformar lo inverosímil en
cotidiano, ni una voz más adecuada a tal propósito que ésa que García
Márquez asoció a la de su abuela cuando le contaba las historias de
fantasmas que habían inquietado su niñez; la voz de un narrador
imperturbable que entreveraba sin estridencias lo familiar y lo extraordinario.
La propuesta de un universo fascinante resultaba, pues, inseparable de las
habilidades de un gran escritor.
Con el paso del tiempo, Cien años de soledad ya no es sólo el hito con que
culminó un largo proceso de la literatura hispanoamericana del siglo XX.
Hoy poco queda ya de las convicciones que favorecieron aquella fascinación
ante una realidad que se creía diferente, fascinación exigida por la
necesidad de regresar a los orígenes y de beber en las fuentes aún vivas
de la magia y el mito, por la voluntad de encontrar una dimensión atemporal
ajena a las desventajas de la historia y de la civilización. Con lucidez
admirable, como adivinando el futuro, Cien años de soledad proponía la
mejor concreción literaria de lo real maravilloso de América y a la vez su
cuestionamiento: merece especial atención el momento de la novela en que
Aureliano Babilonia descubre que los manuscritos del gitano Melquíades
refieren toda la historia de los Buendía, y comprende que Macondo, esa
ciudad de los espejos y de los espejismos, será arrasada y desterrada de
la memoria de los hombres en el mismo instante en que él acabe de leer
los pergaminos. En consecuencia, Cien años de soledad no es otra cosa
que la lectura de los manuscritos de Melquíades, lo que no sólo habla de la
fatalidad que rige la historia de una estirpe condenada de antemano, y de
la incapacidad del hombre para alterar un destino preescrito; también
insinúa que esa insólita realidad latinoamericana mostrada en el relato no
tiene otra existencia que la que le proporciona la literatura. Precisamente en
la concreción literaria que representó su expresión cultural más lograda, la
realidad maravillosa de América encontraba a la vez su cuestiona-miento y
su parodia.
Ahora que el realismo mágico es un capítulo cerrado de la historia de la
literatura hispanoamericana, Cien años de soledad revela su capacidad
inagotada para tolerar y aun proponer nuevas significaciones, y entre ellas
merece atención la que cabe relacionar con García Márquez y con su
necesidad de dejar testimonio de su infancia, trascurrida en una casa grande
y muy triste, con una hermana que comía tierra, una abuela que adivinaba
el porvenir, un abuelo que evocaba recuerdos incesantes de una
interminable guerra civil y numerosos parientes de nombres iguales que
nunca alcanzaron a percibir claramente los límites que separaban la
demencia y la felicidad. Desde esa perspectiva, Cien años de soledad ha
podido dejar paulatinamente de ser una imagen y un testimonio de la
realidad latinoamericana para convertirse cada día más en un ejercicio
íntimo y personal de la memoria, determinado por la nostalgia. No es
imposible que esta relectura ayude a rectificar las interpretaciones que
vanamente trataron de conciliar las inquietudes y aspiraciones de un
tiempo de esperanza, también muy presente en la literatura del momento,
con el destino de una ciudad y de una estirpe condenadas a cien años de
soledad y a no tener una segunda oportunidad sobre la tierra. En efecto, el
destino de Macondo y de los Buendía obliga a matizar la visión de aquellos
años sesenta como un tiempo dominado por las utopías revolucionarias,
utopías destinadas a desvanecerse en las décadas siguientes, cuando las
difíciles circunstancias políticas y económicas, y tal vez el agotamiento de
las fórmulas literarias de los años anteriores, determinaron el proceso que
paulatinamente llevó a los narradores a enfrentarse con la dura realidad de
América Latina, a abandonar el mito para acercarse a la historia, no sin dejar
en evidencia que la fantasía podía ser utilizada también para ocultar las
carencias y justificar las derrotas. Nadie mejor que García Márquez para
seguir la crisis del realismo mágico y de la voluntad de crear atmósferas
míticas. Tras El otoño del patriarca y tras el período de silencio con que el
escritor quiso condenar la dictadura militar impuesta en Chile por Augusto
Pinochet, el alcance voluntariamente menor de Crónica de una muerte
anunciada y El amor en los tiempos del cólera significaba un alejamiento
consciente de aquella práctica literaria empeñada en proponer imágenes de
Latinoamérica y en aproximarse a una identidad que otra vez se mostraba
inasible. Entre los muchos aspectos de interés que ofrecen esas novelas,
sólo me interesa señalar esta vez que el narrador de la primera trataba de
recomponer con su relato «el espejo roto de la memoria», y que en la
segunda no sólo prevalecen los aspectos relacionados con el amor sino
también los que tienen que ver con los recuerdos personales y familiares
del autor. En su condición de novela histórica, El general en su laberinto
inevitablemente constituía una recuperación del pasado, esta vez para
evocar los últimas días de Simón Bolívar y extraer una reflexión
desencantada y plena de significación en ese tiempo contemporáneo que
parecía asistir al fin de las utopías. Las
nuevas ficciones parecían crear la atmósfera adecuada para volver a Cien
años de soledad y descubrir ahora que ante todo se trataba de un esfuerzo
de García Márquez para dejar «constancia poética» de su infancia, como
él mismo insistiría en explicar. Quienes descubrieron en Cien años de
soledad la realidad maravillosa de América, aquel mundo fascinante donde
lo cotidiano alcanzaba caracteres de leyenda, pueden volver sobre ella
para reencontrar aquel ámbito mágico y para evocar con el autor las
fantasías y la inocencia de la niñez perdida, y también para recuperar con
ella una parte considerable de la memoria colectiva de los tiempos recientes.
T. F.— UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID
ÍNSULA: revista de letras y ciencias humanas
JULIO RAMÓN RIBEYRO: EL BANQUETE
1. CONTEXTO HISTÓRICO CULTURAL:
Desde los 60 hasta los 80 se suceden una
serie de gobiernos militares en
Latinoamérica.
La década de los 80 significó el retorno a
la democracia, excepto para Chile,
que fue en los 90.
Desarrollo de la informática.
En 1981 se produce un conflicto
armado entre Argentina e Inglaterra.
2. CORRIENTE LITERARIA: NARRATIVA URBANO - REALISTA
2.1. CARACTERÍSTICAS:
Alejamiento de los cánones del Indigenismo y
Costumbrismo.
Hurgamiento de la realidad social en la que se
desenvuelven los escritores.
Los escritores expresan sus problemas existenciales y dan
testimonio del crecimiento desordenado y exorbitante de las
ciudades.
El lenguaje reproduce el habla de los sectores urbanos.
Uso de técnicas tradicionales.
2.2. REPRESENTANTES
Enrique Congrains Martin
Julio Ramón Ribeyro
Sebastián Salazar Bondy
Oswaldo Reynoso
Mario Vargas Llosa
3. AUTOR
JULIO RAMÓN RIBEYRO
3.1. DATOS BIOGRÁFICOS
(Lima, 1929 - 1994) Escritor peruano, figura destacada de la llamada
Generación del 50 y uno de los mejores cuentistas de la literatura
hispanoamericana del siglo XX.
Realizó sus estudios escolares en el Colegio
Champagnat de Lima, para posteriormente
ingresar a la Universidad Católica del Perú
(1946), donde siguió estudios de Letras y
Derecho. Abandonó los estudios jurídicos en
1952, cuando se encontraba en el último
año de la carrera, al recibir una beca para
estudiar periodismo en Madrid, adonde se
trasladó en noviembre del mismo año.
En julio de 1953, y después de ganar un
concurso de cuentos convocado por el Instituto de Cultura Hispánica, viajó
a París para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad
La Sorbona, pero de nuevo decidió abandonar los estudios y permanecer
en Europa realizando trabajos eventuales, y alternando su estancia en
Francia con breves temporadas en Alemania (1955-56, 1957-58) y Bélgica
(1957).
En 1958 regresó al Perú, y en septiembre del año siguiente viajó a la
ciudad de Ayacucho, para ocupar el cargo de profesor y director de
extensión cultural de la Universidad Nacional de Huamanga. En octubre de
1960 regresó a Francia. En París trabajó como traductor y redactor de la
agencia France Presse (1962-72). En 1972 fue nombrado agregado
cultural peruano en París y delegado adjunto ante la UNESCO, y
posteriormente ministro consejero, hasta llegar al cargo de embajador
peruano ante la UNESCO (1986-90).
Hacia 1993 se estableció definitivamente en Lima. En su país fue
distinguido con el Premio Nacional de Literatura (1983) y el Premio
Nacional de Cultura (1993), habiendo sido galardonado también en 1994
con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, uno
de los galardones literarios de mayor prestigio en el ámbito cultural
hispanoamericano.
3.2. PRODUCCIÓN LITERARIA:
CUENTO NOVELA TEATRO
- Los gallinazos sin - Crónica de San
plumas Gabriel
- Cuentos de - Los geniecillos
circunstancias dominicales - Santiago, el
- Tres historias - Cambio de Pajarero Obra
sublevantes guardia. de teatro
- El próximo mes me basada en
nivelo Santiago el
- La palabra del mudo. Volador, parte
Compilación de sus de las
cuentos completos. Tradiciones
Existen varias Peruanas de
ediciones. Ricardo Palma.
- Silvio en El Rosedal - Atusparia
- Sólo para fumadores
ENSAYO
La caza sutil (Ensayos).
Prosas apátridas (Sin clasificación).
Dichos de Luder (Sin clasificación)
La tentación del fracaso (Diarios).
Cartas a Juan Antonio (Correspondencia).
3.3. CARACTERÍSTICAS DE SU OBRA:
Alterna datos autobiográficos con imágenes del barrio marginal.
Crea un mundo de relatos realistas teñidos de cierta fantasía.
Sus personajes son seres marginados y desclasados.
El escenario es el mundo urbanístico dentro del cual se tejen
historias sórdidas.
Las historias están llenas de desencanto y amargura.
Su estilo es sobrio, lleno de un humor fino.
Destaca la capacidad del hombre para engañarse a sí mismo.
4. EL BANQUETE
4.1. CUENTO:
Con dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había
preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su
residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se trataba de
un caserón antiguo, fue necesario echar abajo algunos muros, agrandar
las ventanas, cambiar la madera de los pisos y pintar de nuevo todas las
paredes.
Esta reforma trajo consigo otras y (como esas personas que cuando se
compran un par de zapatos juzgan que es necesario estrenarlos con
calcetines nuevos y luego con una camisa nueva y luego con un terno nuevo
y así sucesivamente hasta llegar al calzoncillo nuevo) don Fernando se vio
obligado a renovar todo el mobiliario, desde las consolas del salón hasta el
último banco de la repostería. Luego vinieron las alfombras, las lámparas,
las cortinas y los cuadros para cubrir esas paredes que desde que estaban
limpias parecían más grandes. Finalmente, como dentro del programa
estaba previsto un concierto en el jardín, fue necesario construir un jardín.
En quince días, una cuadrilla de jardineros japoneses edificaron, en lo que
antes era una especie de huerta salvaje, un maravilloso jardín rococó donde
había cipreses tallados, caminitos sin salida, una laguna de peces rojos, una
gruta para las divinidades y un puente rústico de madera, que cruzaba sobre
un torrente imaginario.
Lo más grande, sin embargo, fue la confección del menú. Don
Fernando y su mujer, como la mayoría de la gente proveniente del interior,
sólo habían asistido en su vida a comilonas provinciales en las cuales se
mezcla la chicha con el whisky y se termina devorando los cuyes con la
mano. Por esta razón sus ideas acerca de lo que debía servirse en un
banquete al presidente, eran confusas. La parentela, convocada a un
consejo especial, no hizo sino aumentar el desconcierto. Al fin, don
Fernando decidió hacer una encuesta en los principales hoteles y
restaurantes de la ciudad y así pudo enterarse de que existían manjares
presidenciales y vinos preciosos que fue necesario encargar por avión a
las viñas del mediodía.
Cuando todos estos detalles quedaron ultimados, don Fernando constató
con cierta angustia que en ese banquete, al cual asistirían ciento cincuenta
personas, cuarenta mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y
un operador de cine, había invertido toda su fortuna. Pero, al fin de cuentas,
todo dispendio le parecía pequeño para los enormes beneficios que
obtendría de esta recepción.
- Con una embajada en Europa y un ferrocarril a mis tierras de la
montaña rehacemos nuestra fortuna en menos de lo que canta un
gallo (decía a su mujer). Yo no pido más. Soy un hombre modesto.
- Falta saber si el presidente vendrá (replicaba su mujer).
En efecto, había omitido hasta el momento hacer efectiva su invitación.
Le bastaba saber que era pariente del presidente (con uno de esos
parentescos serranos tan vagos como indemostrables y que, por lo
general, nunca se esclarecen por el temor de encontrar adulterino) para
estar plenamente seguro que aceptaría. Sin embargo, para mayor
seguridad, aprovechó su primera visita a palacio para conducir al
presidente a un rincón y comunicarle humildemente su proyecto.
- Encantado (le contestó el presidente). Me parece una magnífica
idea. Pero por el momento me encuentro muy ocupado. Le confirmaré
por escrito mi aceptación.
Don Fernando se puso a esperar la confirmación. Para combatir su
impaciencia, ordenó algunas reformas complementarias que le dieron a su
mansión un aspecto de un palacio afectado para alguna solemne
mascarada. Su última idea fue ordenar la ejecución de un retrato del
presidente (que un pintor copió de una fotografía) y que él hizo colocar en
la parte más visible de su salón.
Al cabo de cuatro semanas, la confirmación llegó. Don Fernando, quien
empezaba a inquietarse por la tardanza, tuvo la más grande alegría de su
vida.
Aquel fue un día de fiesta, salió con su mujer al balcón par contemplar
su jardín iluminado y cerrar con un sueño bucólico esa memorable jornada.
El paisaje, sin embargo, parecía haber perdido sus propiedades sensibles,
pues donde quiera que pusiera los ojos, don Fernando se veía a sí mismo,
se veía en chaqué, en tarro, fumando puros, con una decoración de fondo
donde (como en ciertos afiches turísticos) se confundían lo monumentos
de las cuatro ciudades más importantes de Europa. Más lejos, en un
ángulo de su quimera, veía un ferrocarril regresando de la floresta con sus
vagones cargados de oro. Y por todo sitio, movediza y transparente como
una alegoría de la sensualidad, veía una figura femenina que tenía las
piernas de un cocote, el sombrero de una marquesa, los ojos de un
tahitiana y absolutamente nada de su mujer.
El día del banquete, los primeros en llegar fueron los soplones. Desde
las cinco de la tarde estaban apostados en la esquina, esforzándose por
guardar un incógnito que traicionaban sus sombreros, sus modales
exageradamente distraídos y sobre todo ese terrible aire de delincuencia
que adquieren a menudo los investigadores, los agentes secretos y en
general todos los que desempeñan oficios clandestinos.
Luego fueron llegando los automóviles. De su interior descendían
ministros, parlamentarios, diplomáticos, hombre de negocios, hombre
inteligentes. Un portero les abría la verja, un ujier los anunciaba, un valet
recibía sus prendas, y don Fernando, en medio del vestíbulo, les estrechaba
la mano, murmurando frases corteses y conmovidas.
Cuando todos los burgueses del vecindario se habían arremolinado
delante de la mansión y la gente de los conventillos se hacía una fiesta de
fasto tan inesperado, llegó el presidente. Escoltado por sus edecanes,
penetró en la casa y don Fernando, olvidándose de las reglas de la
etiqueta, movido por un impulso de compadre, se le echó en los brazos
con tanta simpatía que le dañó una de sus charreteras.
Repartidos por los salones, los pasillos, la terraza y el jardín, los invitados
se bebieron discretamente, entre chistes y epigramas, los cuarenta cajones
de whisky. Luego se acomodaron en las mesas que les estaban reservadas
(la más grande, decorada con orquídeas, fue ocupada por el presidente y
los hombre ejemplares) y se comenzó a comer y a charlar ruidosamente
mientras la orquesta, en un ángulo del salón, trataba de imponer inútilmente
un aire vienés.
A mitad del banquete, cuando los vinos blancos del Rin habían sido
honrados y los tintos del Mediterráneo comenzaban a llenar las copas, se
inició la ronda de discursos. La llegada del faisán los interrumpió y sólo al
final, servido el champán, regresó la elocuencia y los panegíricos se
prolongaron hasta el café, para ahogarse definitivamente en las copas del
coñac.
Don Fernando, mientras tanto, veía con inquietud que el banquete,
pleno de salud ya, seguía sus propias leyes, sin que él hubiera tenido
ocasión de hacerle al presidente sus confidencias. A pesar de haberse
sentado, contra las reglas del protocolo, a la izquierda del agasajado, no
encontraba el instante propicio para hacer un aparte. Para colmo,
terminado el servicio, los comensales se levantaron para formar grupos
amodorrados y digestónicos y él, en su papel de anfitrión, se vio obligado a
correr de grupos en grupo para reanimarlos con copas de mentas,
palmaditas, puros y paradojas.
Al fin, cerca de medianoche, cuando ya el ministro de gobierno, ebrio,
se había visto forzado a una aparatosa retirada, don Fernando logró
conducir al presidente a la salida de música y allí, sentados en uno de
esos canapés, que en la corte de Versalles servían para declararse a una
princesa o para desbaratar una coalición, le deslizó al oído su modesta.
-Pero no faltaba más (replicó el presidente). Justamente queda vacante
en estos días la embajada de Roma. Mañana, en consejo de ministros,
propondré su nombramiento, es decir, lo impondré. Y en lo que se refiere
al ferrocarril sé que hay en diputados una comisión que hace meses
discute ese proyecto. Pasado mañana citaré a mi despacho a todos sus
miembros y a usted también, para que resuelvan el asunto en la forma que
más convenga.
Una hora después el presidente se retiraba, luego de haber reiterado sus
promesas. Lo siguieron sus ministros, el congreso, etc., en el orden
preestablecido por los usos y costumbres. A las dos de la mañana
quedaban todavía merodeando por el bar algunos cortesanos que no
ostentaban ningún título y que esperaban aún el descorchamiento de
alguna botella o la ocasión de llevarse a hurtadillas un cenicero de plata.
Solamente a las tres de la mañana quedaron solos don Fernando y su mujer.
Cambiando impresiones, haciendo auspiciosos proyectos, permanecieron
hasta el alba entre los despojos de su inmenso festín. Por último se fueron
a dormir con el convencimiento de que nunca caballero limeño había tirado
con más gloria su casa por la ventana ni arriesgado su fortuna con tanta
sagacidad.
A las doce del día, don Fernando fue despertado por los gritos de su
mujer. Al abrir los ojos le vio penetrar en el dormitorio con un periódico
abierto entre las manos. Arrebatándoselo, leyó los titulares y, sin proferir
una exclamación, se desvaneció sobre la cama. En la madrugada,
aprovechándose de la recepción, un ministro había dado un golpe de estado
y el presidente había sido obligado a dimitir.
(Escrito en Lima en 1958)
4.2. APORTE CRÍTICO
Dice el refrán: “En la puerta del horno, se quema el pan” y esto parece ser
lo que ocurrió con los planes de don Fernando Pasamano, protagonista del
cuento El banquete, escrito por Ribeyro en 1958. Este don Fernando se
entera que tiene un parentesco lejano con el presidente de la república:
[…] Le bastaba saber que era pariente del presidente –con uno de esos
parentescos serranos tan vagos como indemostrables y que, por lo
genera, nunca se esclarecen por el temor de encontrarles un origen
adulterino– […]. En base a ese supuesto, don Fernando decide hacer una
recepción a todo dar en su casa e invitar al presidente. Para llevarla a cabo
empieza los preparativos aún antes de hacer efectiva la invitación al
mandatario y supuesto pariente.
Desde el inicio, la pluma del cuentista peruano se encarga de crear y
mostrarnos la escena de los preparativos previos: Con dos meses de
anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de
este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una
transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue
necesario echar abajo algunos muros, agrandar ventanas, cambiar la
madera de los pisos y pintar de nuevo todas las paredes. Esta reforma
trajo consigo otras y –como esas personas que cuando se compran un par
de zapatos juzgan que es necesario estrenarlos con calcetines nuevos y
luego con una camisa nueva y luego con un terno nuevo y así
sucesivamente hasta llegar al calzoncillo nuevo– don Fernando se vio
obligado a renovar todo el mobiliario, desde las consolas del salón hasta el
último banco de la repostería. Luego vinieron las alfombras, las lámparas,
las cortinas […] Finalmente, como dentro del programa estaba previsto un
concierto en el jardín, fue necesario construir un jardín. En quince días,
una cuadrilla de jardineros japoneses edificaron en lo que antes era una
especie de huerta salvaje, un maravilloso jardín rococó donde había
cipreses tallados, caminitos sin salida, laguna de peces rojos, una gruta para
las divinidades y un puente rústico de madera, que cruzaba sobre un
torrente imaginario. […] Lo más grave, sin embargo, fue la confección del
menú. Don Fernando y su mujer, como la mayoría de la gente proveniente
del interior, sólo habían asistido en su vida a las comilonas provinciales, en
las cuales se mezcla la chicha con el whisky y se termina devorando los
cuyes con la mano. […]
El narrador no deja pasar ningún detalle y nos hace testigos de la historia y
de las ansias del dueño de casa para que esa recepción este acorde con
sus intenciones, ya que veía una oportunidad, según él, de obtener algún
cargo por parte del presidente debido, principalmente, a su supuesto
parentesco. No escatimó esfuerzo ni gasto pues había invertido toda su
fortuna. Una buena noticia: el presidente había confirmado su asistencia.
Todos los preparativos estaban listos.
Llego el ansiado día y, también, empezaban a llegar los invitados. Todo
parece ir de maravilla, pero los relatos de Ribeyro se caracterizan por tener
esos giros que hacen especial la historia. Si, como dice la canción: La vida
te da sorpresas, sorpresas te da la vida, con mucha más razón podemos
aplicar esas palabras a la política. Para poder saber qué sucede con don
Fernando Pasamano, los invito a leer el texto completo haciendo clic aquí.
Don Fernando es otro de los personajes creados por Ribeyro, a quienes la
vida parece haber almacenado en algún lugar y, a través de los cuentos de
La palabra del mudo, encuentran la manera de manifestarse en sus
historias.
DOMINGO 14 DE ABRIL DEL 2013 | 12:41
Julio Ramón Ribeyro y su decálogo del buen narrador
Nuestro mayor cuentista trazó las reglas que deben regir una buena
arquitectura narrativa. Aquí sus diez reglas de oro
EL DOMINICAL
El Comercio
Julio Ramón Ribeyro Ribeyro, como lo hiciera Horacio Quiroga, estableció
diez pautas para elaborar una excelente narración breve. Es que, al
contrario de lo que muchos asumen, escribir un cuento exige mayor rigor
que la novela. Julio Cortázar dijo alguna vez que la novela gana por puntos
y el cuento por nocaut. En definitiva, el cuento debe impactar en pocas
palabras. Su imperativo es la concisión. El decálogo de Ribeyro debiera
servir de referente para todo novel escritor.
DIEZ PASOS
I. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento
se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
II. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real, debe
parecer inventada y si es inventada, real.
III. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de
un tirón.
IV. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o
sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos,
no existe como cuento.
V. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni
digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
VI. El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una
moraleja.
VII. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura
y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y
cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión
oral.
VIII. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven
un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su
destino.
IX. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada
palabra es absolutamente imprescindible.
X. El cuento debe conducir necesaria e inexorablemente a un solo
desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es
que el cuento ha fallado.